Los ingleses somos siempre los mejores en todo
El británico William Golding (1911-1993), Premio Nobel de Literatura 1983, en 1954 publicó en inglés su obra más célebre: Lord of the flies, en 1972 traducida al español por Carmen Vergara con el título El señor de las moscas; novela que conoce dos homónimos filmes basados en ella, cuyos resultados no son muy óptimos: el dirigido por Peter Brook, estrenado en 1963 y nominado a la Palma de Oro en el Festival de Cannes —el mejor—, y el dirigido por Harry Hook, de 1990, verdaderamente pésimo.
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| William Golding |
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| (Edhasa, Barcelona, 2006) |
¿Por qué en el avión viajaban solo niños con insignias de varios colegios y ninguna niña? ¿De dónde procedían y hacia dónde iban y por qué volaban? ¿Qué fue los restos del piloto y del tácito copiloto? Son enigmas que la novela de William Golding no revela. De hecho, prácticamente no cuenta casi nada del pasado de los niños, quienes en buena parte no se conocían entre sí. La mayoría figura a manera de siluetas coreográficas y sólo disemina unas pocas pinceladas de unos cuantos, como es el caso de los chavales del coro (con capas y boinas negras) que comanda el pelirrojo Jack Merridew, quienes estuvieron “en Gibraltar [territorio británico en el extremo de la Península Ibérica] y en Addis [la actual Abís Abeba, capital de Etiopía en el Cuerno de África, la antigua Abisinia donde anduvo Arthur Rimbaud y por ende evoca sus legendarias y postreras Cartas abisinias]”. E incluso el caso de los principales personajes: Ralph, que dice ser hijo de un “teniente de navío en la Marina” y quien en varios episodios vive remembranzas de una época feliz en Devonport, cuando su madre aún vivía y por la “casa de campo al borde de las marismas” rondaban caballos salvajes. Y Piggy, el gordito huérfano, corto de vista, reflexivo y hablantín que a la menor que cita la autoridad y la sapiencia de su tía.
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| Ralph y Piggy Fotograma del filme El señor de las moscas (1963) |
Ralph es elegido jefe; pero en el proceso de la organización del grupo y de su elección se hace patente cierta rivalidad por el poder que confronta a Ralph con Jack Merridew, quien además de ambicioso, virulento y menos razonable, exhibe un obvio desprecio y vejación hacia Piggy por ser un gordito, cegatón y asmático al que le gusta pensar y hablar, y cuyas gruesas lentes de miope son el único instrumento con que cuentan para prender el fuego auxiliados con los rayos del sol.
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| Piggy Fotograma del filme El señor de las moscas (1963) |
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| Piggy Fotograma de la película El señor de las moscas (1990) |
Sin embargo, pese a tal egocéntrica y etnocéntrica declaración de principios, es Jack quien se empeña en escindir al grupo de niños (hijos de la megalómana civilización occidental) y en encabezar y mangonear a su propia tribu de belicosos salvajes (descendientes de violentos corsarios y feroces colonizadores ansiosos de apoderarse del globo terráqueo y de sus riquezas naturales, económicas y políticas). Todo lo cual refleja, matizado con atávicos remanentes que implican míticas y subconscientes fobias, las vertientes más oscuras del predador y sanguinario género humano, cuyo mundo adulto se confronta y mata entre sí no sólo en cruentas, encarnizadas y devastadoras guerras donde un intolerante y dictatorial país —como fue la Alemania nazi y la Unión Soviética (y no hace mucho el autoproclamado Estado Islámico)—, pretende someter y dominar a otro o a otros.
Una noche, en lo alto del cerro que la voz narrativa llama montaña, los mellizos Sam y Eric, que custodian la hoguera, se quedan dormidos y por ende el fuego casi se apaga. Mientras duermen desciende por allí el silencioso paracaidista muerto. “Metro a metro, soplo a soplo, la brisa le remolcó sobre las azules flores, sobre las peñas y las piedras rojas hasta dejarle acurrucado entre las quebradas rocas que coronaban la montaña. Allí la caprichosa brisa permitió que las cuerdas del paracaídas se enrollasen alrededor de él como guirnaldas; y el cuerpo quedó sentado en la cima, con la cabeza cubierta por el casco y escondida entre las rodillas, aprisionado por una maraña de hilos. Al soplar la brisa se tensaban los hilos y por efecto del tirón se alzaba la cabeza y el tronco, con lo que la figura parecía querer asomarse al borde de la montaña. Después, cuando amainaba el viento, los hilos se aflojaban y de nuevo el cuerpo se inclinaba, hundiendo la cabeza entre las rodillas. Así, mientras las estrellas cruzaban el cielo, aquella figura, sentada en la cima de la montaña, hacía una inclinación y se enderezaba y volvía a inclinarse y enderezarse una y otra vez.”
Es así que cuando al amanecer los mellizos se despiertan y avivan las brasas y ven el incesante movimiento de tal espectro, atosigados por el miedo, creen que han visto a la terrorífica fiera y salen corriendo hacia los refugios a dar la voz de alarma. Es decir, esa enorme alimaña que les da terror puede ser la fiera que sale del mar, según cree Percival, un pequeño de unos seis años con cierta narcolepsia; o la descomunal y nocturna serpiente comeniños que dijo ver otro pequeño con una morada mancha de nacimiento en el rostro, quien misteriosamente desaparece la vez que el fuego de la primera hoguera está a punto de provocar un desastroso incendio en toda la isla. Y es que los más pequeños, y la mayoría de los mayores, creen que hay algo bestial y monstruoso que acecha y ronda por ahí. Por ejemplo, frente a quienes rechazan la existencia de la fiera, Maurice testimonia: “Quiero decir que no se puede estar seguro”. “Papá dice que hay cosas, esas cosas que echan tinta, los calamares, que miden cientos de metros y se comen las ballenas.”
El caso es que los inteligentes cabecillas: Ralph y Jack (más Roger), después de rastrear en grupo por el acantilado que llaman “castillo” (o “Peñón del Castillo”) van a lo alto de “la montaña” a verificar la existencia de la fiera. Y además de la infantil y ridícula escena de fobia que protagoniza cada uno y que les impide constatar que sólo se trata de un paracaidista muerto que mueve y mece el viento en un constante vaivén, queda el consenso de que en la cima de “la montaña” hay una bestia que se hincha, se endereza y se inclina y por ende, pese a que se trata del sitio elegido para mantener la señal de humo, se torna un lugar inaccesible y terrorífico.
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| Jack y sus cazadores Fotograma del filme El señor de las moscas (1963) |
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| Fotograma del filme El señor de las moscas (1990) |
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| Fotograma de la película El señor de las moscas (1990) |
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| Fotograma del filme El señor de las moscas (1963) |
Llega el virulento día en que la tribu de salvajes cazadores que comanda y mangonea Jack se desgaja del liderazgo de Ralph y por ende abandonan los refugios y la plataforma y se instalan en “el Peñón del Castillo”, el acantilado donde hay una cueva, que vigilan y pertrechan como si fuera un fortín militar que puede ser atacado por sorpresa por una tribu enemiga. Dado que su principal cometido es la caza y la carne, y no hacer una fogata para mantener una señal de humo que atraiga el lejano barco que los rescate, Jack, ahora un jefe dictador o reyezuelo autoritario que impone reglas, ordena robarles el fuego al pequeño grupo que se quedó con Ralph y que no es otra cosa que los lentes de Piggy (a los que sólo les resta un cristal), cosa que logran en una sorpresiva y sigilosa incursión nocturna.
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| Piggy Fotograma del filme El señor de las moscas (1963) |
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| Simon Fotograma del filme El señor de las moscas (1963) |
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| William Golding (1911-1993) |
William Golding, El señor de las moscas. Traducción del inglés al español de Carmen Vergara. Edhasa Literaria. 1ª reimpresión. Barcelona, junio 20 de 2006. 288 pp.
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La isla, por el clima, no puede estar cerca de Inglaterra. Además, hay varias referencias al océano Pacífico. El militar que los rescata, procede de un crucero que pasa por la isla y ve el humo de la hoguera de los "salvajes".
ResponderEliminarcerra el orto pelotudito
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