jueves, 6 de junio de 2013

Un hogar sólido


 La raíz de todas las hierbas

En 1957, el narrador Sergio Galindo (1926-1993), al frente de un grupo de jóvenes, fundó en Xalapa y en el seno de la Universidad Veracruzana, la revista La Palabra y el Hombre; y en 1958 inició la serie Ficción al autoeditarse su novela Polvos de arroz. Ese mismo año publicó, con el número 5 de Ficción, Un hogar sólido, el primer libro de Elena Garro (1916-1998) donde reunió seis libretos teatrales, cada uno de un acto. 
Sergio Galindo con su perro Rex
(Xalapa, 1958)
(UV, Xalapa, 1958)
(FCE, México, 1ra. reimpresión, 1980)
   Según anota el historiador y crítico Antonio Magaña-Esquivel (1909-1981) en el tomo V de Teatro mexicano del siglo XX (FCE, México, 1970), en 1956 se había estrenado en el Teatro del Caballito, de la Ciudad de México, y durante el segundo programa de Poesía en Voz Alta, La hija de Rappaccini, el libreto teatral que Octavio Paz (1914-1998) escribió en 1953 al adaptar “un cuento de Nathaniel Hawthorne [1804-1864], quien a su vez no hizo sino recoger un relato anónimo de su país, transmitido por tradición oral”. En 1956, Elena Garro escribió las seis obras reunidas en la primera edición de Un hogar sólido; tres de ellas: “Andarse por las ramas”, “Los pilares de doña Blanca” y “Un hogar sólido”, fueron estrenadas el 19 de julio de 1957 en el Teatro Moderno, bajo la dirección de Héctor Mendoza [1932-2010]. 
(UV, Xalapa, 2da. ed. aumentada, 1983)
(Joaquín Mortiz, México, 2da. ed., 1977)
 
(UV, Xalapa, 1964)
 Sólo hasta el “3 de enero de 1983” la Universidad Veracruzana, en la serie Ficción, reeditó Un hogar sólido, ilustrado con viñetas de Juan Soriano (1920-2000). A las seis obras iniciales, se añadieron otras seis, entre ellas “La mudanza”, que había sido impresa en el número 10 de la revista La Palabra y el Hombre (abril-junio de 1959). Editada en “noviembre de 1963” por Joaquín Mortiz, el segundo libro de Elena Garro es la novela Los recuerdos del porvenir (al parecer escrita en Berna, Suiza, en 1953, y luego guardada en un baúl). Después, el “15 de octubre de 1964”, editado por Sergio Galindo, apareció en Xalapa su tercer libro con el número 58 de Ficción: los cuentos La semana de colores, todavía en la época de oro de tal labor editorial (aún no superada). 
(Sudamericana, Buenos Aires,  diciembre 24 de 1940)
Boda de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
Las Flores, enero 15 de 1940
Testigos: Jorge Luis Borges, Enrique Drago Mitre y Oscar Pardo
 Entre el notable y trascendente destino del libreto “Un hogar sólido” figura el haber sido incluido en la Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges (1899-1986), Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Silvina Ocampo (1903-1993). La primera edición de ésta, impresa en Buenos Aires por Editorial Sudamericana, data de 1940 (se terminó de imprimir el 24 de diciembre), el año en que Borges fue uno de los testigos de la boda de Bioy y Silvina (se casaron “el 15 de enero en Las Flores, un pequeño poblado situado a unos 200 kilómetros al sudoeste de Buenos Aires”), y el del surgimiento de La invención de Morel, novela de Bioy, editada por Losada en noviembre de 1940, con un prefacio de Borges, y que Elena Garro traduciría al francés en 1951. Sólo hasta 1965, bajo el mismo sello editorial, apareció la segunda edición de la Antología de la literatura fantástica; al “Prólogo” con que la signó Bioy en 1940, además de ciertos cambios y correcciones, se añadió una “Posdata” firmada por él y un conjunto de textos de Ryunosuke Agutagawa, José Bianco, Léon Bloy, Julio Cortázar, Elena Garro, Carlos Peralta, H. A. Murena, Barry Perowne, y Juan Rodolfo Wilcock.
(Sudamericana, Barcelona, 16ª edición especial)
Sobrecubierta
   
(Sudamericana, Barcelona, 16ª edición especial)
Portada
   


         La inclusión de Elena Garro en tal Antología ineludiblemente recuerda la legendaria relación amorosa y furtiva que ésta sostuvo con Bioy entre 1949 y 1969 (según lo indica la correspondencia de Bioy a Elena Garro, vendida por ésta en 1997, junto con otros documentos, a la Universidad de Princeton), pues ambos estaban casados y él tenía fama de donjuán. Sobre tal vínculo, en una carta más o menos autobiográfica fechada en “Madrid, 29 de marzo de 1980”, Elena le dijo al crítico Emmanuel Carballo (Protagonistas de la literatura mexicana, SEP, 1986): “Guardé la novela [Los recuerdos del porvenir] en un baúl, junto con algunos poemas que le escribía a Adolfo Bioy Casares, el amor loco de mi vida y por el cual casi muero, aunque ahora reconozco que todo fue un mal sueño que duró muchos años.” Lazo que terminó alrededor de una serie de malos entendidos que suscitaron cuatro gatos que Elena le envió a Bioy de México a la Argentina, pues él era y fue aficionado a los perros y no a los felinos. En una entrevista que le hizo José Alberto Castro (Proceso 1097, noviembre 9 de 1997) ella lo recordó así:
Elena Garro en 1949
       “Lo conocí a fines de los cuarenta en París, en el hotel George V, el más elegante de París, con su esposa Silvina Ocampo. Él llegó atribulado con la fama de ser un hombre rico, amable, risueño y encantador. Mantuvimos una amistad que se prolongó durante 20 años, pero de repente se acabó. Fue un gran amor y creo que yo fui el amor de su vida. Cuando me fui de México después de 1968 tenía cuatro gatos y no los quería dejar aquí. Me vino a la mente recurrir a Bioy, entonces le mandé a mis bichitos en una caja por avión a Buenos Aires, porque sabía que era muy rico y tenía casas grandes donde acogerlos. Aceptó y dijo ‘los recojo a todos’. Los tuvo un tiempo en su casa. Sin embargo, Pepe Bianco me escribió que luego se los había llevado a una casa de campo, a una Quinta, y los había dejado ahí. Me dio coraje. El adujo que lo hizo para darles más libertad. Yo, en cambio, me dije: pobrecitos de mis gatos. El amor que sentía por él se secó. Haga de cuenta que nunca estuve enamorada.”

Elena Garro, Adolfo Bioy Casares, Octavio Paz y Helena Paz Garro
(Nueva York, 1956)
       Sin embargo, si el nexo con Adolfo Bioy Casares incidió en su elección para la Antología, también es verdad que el libreto “Un hogar sólido” posee su propio valor estético y literario: un inextricable y lírico tejido de farsa, humor y poesía.

      Hay unas pocas y minúsculas diferencias entre las dos versiones de “Un hogar sólido”; por ejemplo, en la versión de 1965 a un parlamento de Mamá Jesusita se le añadió la frase: “¡Éramos pocos y parió la abuela!”, expresión de anónimo origen que también vocifera Horacio Oliveira, protagonista de Rayuela (Sudamericana, Buenos Aires, 1963), la novela central de Julio Cortázar (1914-1984).
Portadas de Un hogar sólido
Respectivamente, la edición de 1983 y la de 1958
     En la obra “Un hogar sólido” palpita y subyace una heterodoxa y fantástica imagen de la muerte y de la eternidad que evoca y remite a los sueños y anhelos de trascendencia más antiguos e íntimos del imaginario e inconsciente colectivo e individual, cuyos fantaseos y visión mítica implica el idealismo religioso que suele manipular la vox populi de la tradición cristiana, particularmente de la católica.

Viñeta de Juan Soriano
      Siete personajes, decimonónicos y de las primeras décadas del siglo XX, se hallan en una cripta familiar de un panteón mexicano. Cada uno viste la antigua ropa con que fue enterrado (“los trajes están polvorientos y los rostros pálidos”) y conserva la edad con que murió. Mientras Lidia (el octavo personaje, de 32 años) desciende a la tumba, se oye la voz del orador: “don Gregorio de la Huerta y Ramírez Puente, presidente de la Asociación de Ciegos”, “de la Banca, de los Caballeros de Colón, de la Bandera y del Día de la Madre”, un doliente de rancio y estereotipado conservadurismo, se transluce, quien en su discurso de circunstancias le dice a la fallecida que ha dejado “un hogar cristiano y sólido en la orfandad más atroz”.

  Allí en la tumba los muertos esperan la lejana hora del Juicio Final. Mientras tanto, cifran su nostalgia de un Paraíso Terrenal, edénico y hogareño, repleto de armonía, amor y eterna felicidad de angelitos alados y mofletudos. Muni, de 28 años, un melancólico incurable que se suicidó con cianuro para huir de su vida de perro, entre lo que narra lo dice así: “Pues yo ya no quería caminar banquetas atroces buscando entre la sangre un hueso. Ni ver las esquinas, apoyo de borrachos, meadero de perros. Yo quería una ciudad alegre, llena de soles y de lunas. Una ciudad sólida, como la casa que tuvimos de niños: con un sol en cada puerta, una luna para cada ventana y estrellas errantes en los cuartos. ¿Te acuerdas de ella, Lilí? Tenía un laberinto de risas. Su cocina era cruce de caminos; su jardín, cauce de todos los ríos; y ella toda, el nacimiento de los pueblos”.
   Eva, su extranjera madre, de 20 años, refrenda algo parecido. Y lo mismo hace Lidia, la recién llegada a la catacumba, mientras relata sus avatares de la vida: “¡Un hogar sólido, Muni! Eso mismo quería yo... y ya sabes, me llevaron a una casa extraña. Y en ella no hallé sino relojes y unos ojos sin párpados, que me miraron durante años... Yo pulía los pisos, para no ver las miles de palabras muertas que las criadas barrían por las mañanas. Lustraba los espejos, para ahuyentar nuestras miradas hostiles. Esperaba que una mañana surgiera de su azogue la imagen amorosa. Abría libros, para abrir avenidas en aquel infierno circular. Bordaba servilletas, con iniciales enlazadas, para hallar el hilo mágico, irrompible, que hace de dos hombres uno [...] Pero todo fue inútil. Los ojos furiosos no dejaron de mirarme nunca. Si pudiera encontrar la araña que vivió en mi casa —me decía a mí misma— con su hilo invisible que une la flor a la luz, la manzana al perfume, la mujer al hombre, cosería amorosos párpados a estos ojos que me miran, y esta casa entraría en el orden solar. Cada balcón sería una patria diferente; sus muebles florecerían; de sus copas brotarían surtidores; de las sábanas, alfombras mágicas para viajar al sueño; de las manos de mis niños, castillos, banderas y batallas... pero no encontré el hilo, Muni...”
Ante esto, es don Clemente, padre de Lidia, de 60 años, quien juega el papel de inequívoco profeta: “Hallarás el hilo y hallarás la araña”, le dice. “Ahora tu casa es el centro del sol, el corazón de cada estrella, la raíz de todas las hierbas, el punto más sólido de cada piedra.” “Después de haber aprendido a ser todas las cosas, aparecerá la lanza de San Miguel, centro del Universo. Y a su luz surgirán las huestes divinas de los ángeles y entraremos en el orden celestial.”
Jorge Luis Borges en 1968
(Foto: Eduardo Comesaña)
         Así, mientras en la bóveda celeste aún gire el globo terráqueo y aún no se oiga la estentórea trompeta del Juicio Final y luego empiece la vida eterna (en el Paraíso o en el Infierno) y “por lo siglos de los siglos”, el aprendizaje de “ser todas las cosas” implica que tienen la virtud de ser todo tipo de pequeñeces y fenómenos naturales (y no), cuyas alusiones evocan las infinitesimales minucias que vio y enumera el personaje Borges (el eterno e infructuoso pretendiente de Beatriz Viterbo) al conocer un minúsculo y esférico Aleph en la parte inferior del decimonoveno escalón de la escalera del sótano de la casona (a punto de ser derruida) del poeta Carlos Argentino Daneri (“un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos”, “el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”): “¡Yo quiero ser el pliegue de la túnica de un ángel!”, dice Muni. “¡Yo quiero ser el dedo índice de Dios Padre!”, dice Catalina, de 5 años. “¡Y yo una ola salpicada de sal, convertida en nube!”, dice Eva. “¡Y yo los dedos costureros de la Virgen, bordando... bordando...!”, dice Lidia. “Y yo la música del arpa de Santa Cecilia”, dice Gertrudis, de 40 años. “Y yo el furor de la espada de San Gabriel”, dice Vicente, de 23. “Y yo una partícula de la piedra de San Pedro”, dice Clemente. “¡Y yo la ventana que mira al mundo!”, dice Catalina. 

    Así, en el interior de la cripta familiar (que es el escenario) cada uno empieza a desaparecer en un mágico destello, puesto que se supone que en un tris se transforma en lo que declara: “Me voy. Soy el viento. El viento que abre todas las puertas que no abrí, que sube en remolino las escaleras que nunca subí, que corre por las calles nuevas para mi uniforme de oficial y levanta las faldas de las hermosas desconocidas... ¡Ah, frescura!” (Vicente). “¡Ah, la lluvia sobre el agua!” (Clemente). “¡Leño en llamas!” (Gertrudis). “¿Oyen? Aúlla un perro. ¡Ah, melancolía!” (Muni). “¡La mesa donde comen nueve niños! ¡Soy el juego!” (Catalina). “¡El cogollito fresco de una lechuga!” (Mamá Jesusita, anciana de 80 años). “¡Centella que se hunde en el mar negro!” (Eva). “¡Un hogar sólido! ¡Eso soy yo! ¡Las losas de mi tumba!” (Lidia). 
Arturo Ripstein y Elena Garro bailando rock and roll
(México, 1964)


Elena Garro, “Un hogar sólido”, p. 176-189, en Antología de la literatura fantástica, de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Editorial Sudamericana. 16ª edición especial. Barcelona, 1999. 


Nota publicada en Punto y Aparte (enero 15 de 2004)





1 comentario: