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sábado, 26 de abril de 2014

Del amor y otros demonios



 Entre efluvios, sueños y pestilencias:
la historia de los dos que soñaron

Vieja, legendaria y consabida es la afirmación del colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-México, abril 17 de 2014)) de que la realidad de América Latina y del Caribe va más lejos que la imaginación humana, que es mejor escritor que los propios escritores. Así, Gabriel García Márquez, en Estocolmo, Suecia, dijo en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura 1982: “Nuestro destino, y tal vez nuestra gloria, es tratar de imitarla con humildad, y lo mejor que nos sea posible.” En este sentido, y como para no reñir con otra de sus célebres sentencias: “No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad”, Del amor y otros demonios (Diana, 1994) empieza con un prólogo que Gabriel García Márquez firma y fecha con su nombre en “Cartagena de Indias, 1994”. Apunta allí que el 26 de octubre de 1949, trabajando de reportero, fue a buscar una noticia en el acto de exhumación de las criptas del antiguo convento de Santa Clara, dado que sería derrumbado para construir en ese lugar un hotel de cinco estrellas. Una “lápida saltó en pedazos al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta”, “medía veintidós metros con once centímetros” y tenía un promedio de 200 años. Estos datos, unidos a la leyenda que según él de niño le contaba su abuela materna (Tranquilina Iguarán Cotes) sobre “una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto del mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros”, fueron, dice, el origen de su noticia y de la presente novela. Pero ¿quién le puede creer al pie de la letra a este sofista y prestidigitador fuera de serie?
Tranquilina Iguarán Cotes (1863-1947)
Abuela materna de Gabriel García Márquez
      La novela Del amor y otros demonios se ubica en la antigua Cartagena de Indias, frente al Mar Caribe, a mediados del siglo XVIII. Empieza con el mordisco que un perro con el mal de rabia le da a Sierva María de Todos los Ángeles, niña de doce años e hija única del marqués de Casalduero. Ante el prólogo, quizá el lector espere asistir a su conversión en santa y a algunos de sus milagros. No es exactamente así, pese a que Dominga de Adviento (la esclava negra que la educó en el patio de los esclavos, la que juró ante sus santos que “la niña no se cortaría el cabello hasta su noche de bodas”) haya pronosticado: “¡Será santa!” Sin embargo, la novela concluye en el instante en que su conversión en una niña santa y milagrosa no resultaría extraña, sobre todo entre los esclavos y comunidades negras.
(Diana, México, 1994)
      Del amor y otros demonios es un título elocuente. Todas las venas y órganos amorosos se hallan corrompidos, por lo que se puede decir que el amor es un efluvio demoníaco que infesta todo. Esta mórbida atmósfera, casi siempre fantasmal, supura y repta entre el abandono y las ruinas de los antiguos edificios, entre la pobreza de los criollos y europeos venidos a menos y entre la miseria de los alegres arrabales negros, en la exuberancia de la naturaleza, de los vicios y desenfrenos sexuales, y en las diversas y abundantes formas de la locura, de la soledad y de la incomunicación. El obispo de la diócesis y las enterradas vivas del convento de Santa Clara, son herederos del desprecio y los resentimientos que engendró una antigua guerra entre franciscanos y clarisas. No sólo las monjas de clausura, sino todo lo que tiene el rancio hedor del catolicismo se halla amortajado y envilecido por los prejuicios y supersticiones de las creencias y prácticas sadomasoquistas, cuyo máximo flagelo es el Santo Oficio, que prohibe libros y enjuicia, tortura y lleva a la hoguera a dizque endemoniados, que pueden ser curanderos, dementes o los mordidos por un perro con rabia. Los padres de Sierva María de Todos los Ángeles nunca la amaron. Sólo el marqués de Casalduero empezó a quererla después del mordisco; pero al principio solamente se le acerca por y con el miedo a que la peste del mal de rabia también haga presa de él.
Gabriel García Márquez
   El marqués de Casalduero nunca pudo cultivar el amor: a los 20 años de edad se enamora de Dulce Olivia, una loca de la Divina Pastora, el manicomio de junto a su casona, pero no se atreve a unirse a ella. Dulce Olivia, siempre desamorada, con el paso del tiempo se convierte en un fantasma nocturno que se aparece en casa del marqués cuando éste menos se lo espera. Para protegerse de sus fobias, el marqués de Casalduero acepta que su padre lo case con “la heredera de un grande de España”: doña Olalla de Mendoza; pero esta mujer con honorables virtudes muere chamuscada por un rayo. Con Bernarda Cabrera, la madre de Sierva María de Todos los Ángeles, se casó a los 52 años, no por amor, sino para no enfrentarse al arcabuz del indio Cabrera, progenitor de Bernarda. Esta mujer es otro bicho no menos repugnante y endemoniado: en realidad, confabulada con su padre, el indio Cabrera, dispuso una trampa para casarse con el marqués de Casalduero. Bernarda nunca amó al marqués. Su delirio sexual fue un negro proxeneta y vicioso de bíblico y elocuente nombre: Judas Iscariote; y cuando lo matan a sillazos en un baretucho, Bernarda se dedica a fornicar con todo tipo de esclavos y esclavas, hasta que la melancolía la convierte en una devoradora insaciable de tabletas de cacao y de miel fermentada, abandona sus turbios negocios, engorda, enferma por siempre jamás y emite sonoras y fétidas flatulencias. 
   Hay otros personajes no menos pintorescos, como Sagunta, la curandera loca, que dizque posee las llaves de San Huberto, patrono de los cazadores y salvador de los arrabiados. Y Abrenuncio de Sa Pereira Cao, el médico portugués, erudito y solterón, cuyo proverbio sobre el amor no es menos triste que las anteriores vidas para nada ejemplares; según el médico portugués, el amor es un sentimiento contra natura, que condena “a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa”.
     El obispo de la diócesis, los atavismos religiosos y las supersticiones populares suponen que el demonio puede “adoptar la apariencia de una enfermedad para introducirse en un cuerpo inocente”. El mal de rabia es una de tantas. Así, ante la fiebre, las convulsiones y las obscenidades que Sierva María de Todos los Ángeles profiere en yoruba, congo y mandinga, el obispo De Cáceres y Virtudes deduce que se trata de una posesión demoníaca y ordena que la encierren en el convento de Santa Clara y que el padre Cayetano Delaura se haga cargo del exorcismo. 
Garcilaso de la Vega
   El padre Cayetano Delaura, de 36 años, piensa que su progenitor desciende de Garcilaso de la Vega. Políglota y erudito, el padre Delaura tenía 23 años cuando el obispo lo oyó por primera vez en Salamanca y entonces pensó que era “uno de esos raros valores que adornaban la cristiandad de su tiempo”. El padre Delaura fundó y es bibliotecario de la biblioteca de la diócesis, que llegó a contarse “entre las mejores de las Indias”. Se encuentra, nada menos, que en “la lista de tres candidatos al cargo de custodio del fondo sefardita en la biblioteca del Vaticano”. Su dignidad de lector lo hace estar cerca del obispo De Cáceres y Virtudes y fungir como su vicario. Y aunque su especialidad es la teología y aspira a convertirse en ángel, acepta el papel de exorcista de la niña Sierva María de Todos los Ángeles. 
  Sin embargo, el destino del padre Cayetano Delaura está cifrado en una serie de sueños (de índole borgesiana) y de premoniciones, como son los sonetos de amor de Garcilaso de la Vega, que lee y sabe de memoria, al derecho y al revés. Al tratar de demostrar que la niña no está poseída ni tiene rabia, el padre Delaura es presa del demonio del amor, que en él es una fiebre incontrolable, una locura que lo hace olvidarse de sí mismo, una enfermedad equivalente a la lepra.
Samuel Taylor Coleridge
       “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor  como prueba de que había estado allí y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces qué?”, reza el fragmento del inglés Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) que inmortalizó el argentino Jorge Luis Borges (1899-1986). Y más adelante agrega Borges en el mismo ensayo reunido en su libro Otras inquisiciones (Sur, 1952), donde el citado pasaje le sirve de leitmotiv: “Detrás de la invención de Coleridge está la general y antigua invención de las generaciones de amantes que pidieron como prueba una flor.” Así, el padre Cayetano Delaura, sentado ante el mesón de trabajo de la biblioteca, en el que hay “un florero con un clavel podrido”, mientras lee los sonetos de amor de Garcilaso durante toda la noche, siempre pensando en la niña, se queda dormido sobre el mesón y la ve venir “con la bata de reclusa y la cabellera de fuego vivo sobre los hombros”; ella “tiró el clavel viejo y puso un ramo de gardenias recién nacidas en el florero del mesón”. El padre Delaura le dice un verso de Garcilaso, cierra los ojos y los vuelve a abrir, la visión se ha desvanecido, “pero la biblioteca estaba saturada por el rastro de sus gardenias”. Ante tal intensidad odorífera y erógena equivalente a la ambrosía, quizá el padre Delaura se hubiera reconocido en la esencia de las siguientes palabras (pese a la supuesta índole herética) que se leen en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento que Borges incluyó en su libro El jardín de senderos que se bifurcan (Sur, 1941): “En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua de los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que esa tarde sentí.” 
Jorge Luis Borges
       El otro sueño el padre Delaura lo tiene antes de conocer a la niña Sierva María de Todos los Ángeles. La sueña tal como es, “sentada frente a la ventana de un campo nevado, arrancando y comiéndose una por una las uvas de un racimo que tenía en el regazo. Cada uva que arrancaba retoñaba en seguida en el racimo.” Era evidente que “llevaba muchos años frente a aquella ventana infinita tratando de terminar el racimo, y que no tenía prisa, porque sabía que en la última uva estaba la muerte.” 
  Más adelante, cuando el sacerdote y la niña ya son amigos, Sierva María le platica un sueño que resulta ser el mismo que el padre Delaura tuvo. Sobra decir, entonces, que ambos fueron poseídos por el mismo demonio, que se abandonaron a la pureza de sus mieles oníricas, que en los momentos de éxtasis se decían los versos de Garcilaso, los intercambiaban y trastocaban hasta el cansancio. El padre Delaura, para introducirse a la celda del convento donde la tenían presa y atada, cruzaba un túnel y escalaba un alto muro que lo hacía sangrar. Y si se hubiera acordado del largo pelo de Rapunzel, la niña de doce años que en el cuento de los hermanos Grimm, para hacer subir a su príncipe azul a la habitación donde se halla encarcelada, lanza sus cabellos desde el único ventanuco de una altísima torre que no tiene puerta ni escalera y que además se encuentra en medio del profundo bosque, quizá el padre Delaura, mientras trepaba feliz el muro, habría parafraseado, recitado y repetido: “Sierva María, Sierva María/ deja tus cabellos caer”. 
   Sin embargo, el padre Delaura termina en un juicio en la plaza pública que lo condena a servir, por un oscuro favor, de enfermero entre los leprosos, buscando siempre que la lepra se apodere de su muerte en vida. La niña Sierva María de Todos los Ángeles, por su parte, sola en las torturas del exorcismo, decide morir de amor. La niña, intencionadamente, vuelve a soñar el sueño de las uvas, “pero esta vez no las arrancaba una por una, sino de dos en dos, sin respirar apenas por las ansias de ganarle al racimo hasta la última uva”.
     Pese a lo triste y melancólico de la historia, Del amor y otros demonios es, sobre todo, una novela placentera repleta de una retórica y una erudición signada por calificativos y nombres propios igualmente floridos, por un estilo aforístico y lapidario que matiza la forma de hablar de los personajes, y por las infalibles anécdotas maravillosas e insólitas que caracterizan la mágica prosa garciamarquina.
(La Oveja Negra/Diana, México, 1982)
Cabe recordar, a modo de apéndice y ya encarrerado el gato en cuanto a libres y arbitrarias asociaciones que suscita e implica la epifanía de una inasible y evanescente flor celestial y sus efluvios aromáticos, lo relativo a las flores amarillas que, afirma Gabriel García Márquez, siempre hay en la casa que habita en cualquier rincón del mundo, según se lee en El olor de la guayaba (Diana, 1982), el libro de crónicas biográficas y entrevistas que Plinio Apuleyo Mendoza le hizo a Gabriel García Márquez meses antes de la noticia del Premio Nobel. Dice Gabo: “Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres.” De ahí que Mercedes Barcha Pardo, su mujer desde el 21 de marzo de 1958, siempre ponga en su escritorio una rosa amarilla: “Siempre. Me ha ocurrido muchas veces estar trabajando sin resultado; nada sale, rompo una hoja de papel tras otra. Entonces vuelvo a mirar hacia el florero y descubro la causa: la rosa no está. Pego un grito, me traen la flor y todo empieza a salir bien.” 
Gabriel García Márquez la noche en que recibió el Premio Nobel de Literatura 1982
   De ahí que en Estocolmo, Suecia, ante el Rey y la Reina y “las cámaras de televisión de 52 países” proyectando por todo el globo terráqueo la imagen de Gabriel García Márquez, éste asistió a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura “vestido de blanco liqui-liqui de algodón” y con una rosa amarilla en la mano, semejante a las rosas amarillas que entre los cientos de desconocidos y celebridades que había en los palcos, los amigos de Gabo (entre ellos Plinio Apuleyo Mendoza) lucían en las solapas del frac (algunos rentados “por doscientas coronas en una sastrería de Estocolmo”), mismas que Mercedes Barcha les entregó a cada uno en calidad de amuleto de la buena suerte. 


Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha Pardo


Gabriel García Márquez, Del amor y otros demonios. Diana. México, abril de 1994. 208 pp.



       Enlace a Del amor y otros demonios (2009), película dirigida por Hilda Hidalgo basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez




viernes, 18 de abril de 2014

El otoño del patriarca




El poder corrompe 
y el poder absoluto corrompe de un modo absoluto


La primera edición de El otoño del patriarca apareció en Barcelona, en 1975, editada por Plaza & Janés. Es la novela que el colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-México, abril 17 de 2014) escribió después del vertiginoso éxito obtenido con Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967) y por ende aún en la segunda edición que La Oveja Negra editó en Bogotá, en noviembre de 1979, con 10,500 ejemplares, concluye con la datación del lapso en que fue urdida: “1968-1975”. 
(La Oveja Negra,  2ª ed., Bogotá, 1979)
Portada
   
(La Oveja Negra, 2ª ed., Bogotá, 1979)
Contraportada
 
  (Diana, 16ª edición, México, septiembre de 2002)
         En México, Editorial Diana ha acaparado la continua edición de la mayoría de los libros de Gabriel García Márquez, pese a que normalmente son libros feotes y con erratas, como es el caso de la dieciseisava edición de El otoño del patriarca, concluida “el 9 de septiembre de 2002”, la cual, además de las infalibles erratas, mochó la datación que figura al final.

Dispuesta en seis capítulos sin títulos ni números, El otoño del patriarca es un divertimento, la novela más bufa, caricaturesca, hilarante y experimental de Gabriel García Márquez, pues además de que tales capítulos son seis largos y apretados bloques narrativos en los que las reglas de la puntuación han sido trastocadas y usadas de manera arbitraria, sucesivamente la secuencia narrativa se rompe y cambia de tiempos y de voces. No obstante, la polifonía y el conjunto narrativo trazan un círculo concéntrico, pues inicia con el descubrimiento del cadáver del anciano dictador (carcomido por los zopilotes) en la ruinosa casa presidencial infestada de vacas y gallinas, y concluye con el relato en el que por fin fallece, preámbulo del primer capítulo.
Gabriel García Márquez escribiendo El otoño del patriarca
Barcelona, años 70
Foto: Rodrigo García Barcha
       Con El otoño del patriarca la poderosa imaginación de Gabriel García Márquez vive uno de sus momentos más líricos y exultantes, pues pese a bosquejar el supuesto contexto social y la siniestra y cruenta trayectoria de un supuesto hombre que despóticamente gobierna un hipotético país caribeño, lo que campea y predomina en cada página es un constante sentido del humor, ya en el uso de la hipérbole y del eufónico vocabulario (que no excluye coloquialismos, palabrotas y juegos de palabras), en sus exageradísimas, caricaturescas y fantásticas anécdotas, y en sus incesantes y abigarradas imágenes poéticas, insólitas, absurdas, kafkianas, surrealistas e imposibles.  

Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez en 1959
         Pese a que la idea de la novela del dictador la tuvo Gabo por primera vez cuando en enero de 1958 (como reportero de la revista Momento) vivió en Caracas la caída y la salida al exilio del dictador Marcos Pérez Jiménez, y a que su obra implica y supone “una síntesis de todos los dictadores latinoamericanos, pero en especial del Caribe”, con mil y un remantes extirpados de la historia y de la realidad, El otoño del patriarca no tiene un grumo de realista ni de historicista ni de sociología ni de análisis y conflicto político, pese a los genocidios y crímenes políticos y a que durante una aciaga coyuntura haya cedido, por fin, la entrega del Mar Caribe a los gringos con tal de saldar la impagable deuda externa. Pero esto no supone la ocupación y explotación de tales aguas territoriales que se observan desde su casona, sino que literalmente dejaron un desierto y se lo llevaron a territorio norteamericano: “o vienen los infantes o nos llevamos el mar, no hay otra, excelencia, no había otra, madre, de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro, mi general, con el reflejo de nuestras ciudades [...]” 

Y no fue una entrega fácil, pues el vejete replicó, aún rejego y egocéntrico: “qué haría yo solo en esta casa tan grande si no pudiera verlo ahora como siempre a esta hora como una ciénega en llamas, qué haría sin los vientos de diciembre que se meten ladrando por los vidrios rotos, cómo podría vivir sin las ráfagas verdes del faro, yo que abandoné mis páramos de niebla y me enrolé agonizando de calenturas en el tumulto de la guerra federal, y no crea usted que lo hice por el patriotismo que dice el diccionario, ni por espíritu de aventura, ni menos porque me importaran un carajo los principios federalistas que Dios tenga en su santo reino, no mi querido Wilson, todo eso lo hice por conocer el mar, de modo que piense en otra vaina, decía”.


Gabriel García Márquez
        El trazo legendario y mítico de ese abominable vejestorio rodeado siempre de lacayos (aún antes de morir casi como lo pronosticaron las pitonisas de los lebrillos) reza que vivió más de cien años con una salud de hierro (sólo padeció de fiebres tercianas durante la guerra y cuando arribó por primera vez a la casa presidencial), de hecho se dice que “había seguido creciendo hasta los cien años y que a los ciento cincuenta había tenido una tercera dentición” y que tuvo “una edad indefinida entre los 107 y los 232 años”, cosa probable dentro de la desmesurada, movediza y delirante lógica de la novela, pues durante el sanguinario período de terror en que el dandy y políglota José Ignacio Sáenz de la Barra controla los aparatos de inteligencia y las fuerzas represivas, se celebra “el primer centenario de su ascenso al poder”.
Vale apuntar que el entorno de su casona casi siempre está rodeado de hordas de leprosos, ciegos y paralíticos; y esto es así porque se le atribuyen poderes ultraterrenos. De modo que él evoca: “no me dejaban caminar con la conduerma de que écheme en el cuerpo la sal de la salud mi general, que me bautice al muchacho a ver si se le quita la diarrea porque decían que mi imposición tenía virtudes aprietativas más eficaces que el plátano verde, que ponga la mano aquí a ver si se me quitan las palpitaciones que ya no tengo ánimos para vivir con este eterno temblor de tierra, que fijara la vista en el mar mi general para que se devuelvan los huracanes, que la levante hacia el cielo para que se arrepientan los eclipses, que la baje hacia la tierra para espantar a la peste porque decían que yo era el benemérito que le infundía respeto a la naturaleza y enderezaba el orden del universo y le había bajado los humos a la Divina Providencia”. Así, no extraña que en los postreros límites de su vida y de la novela haya quienes digan: “y en el instante en que nos tocaba recuperábamos la salud del cuerpo y el sosiego del alma y recobrábamos la fuerza y la conformidad de vivir, y vimos a los ciegos encandilados por el fulgor de las rosas, vimos a los tullidos dando traspiés en las escaleras y vimos esta mi propia piel de recién nacido que voy mostrando por las ferias del mundo entero para que nadie se quede sin conocer la noticia del prodigio y esta fragancia de lirios prematuros de las cicatrices de mis llagas que voy regando por la faz de la tierra para escarnio de infieles y escarmiento de libertinos, lo gritaban por ciudades y veredas, en fandangos y procesiones, tratando de infundir en las muchedumbres el pavor del milagro, pero nadie pensaba que fuera cierto, pensábamos que era uno más de los tantos áulicos que mandaban a los pueblos con un viejo bando de merolicos para tratar de convencernos de lo último que nos faltaba creer que él había devuelto el cutis a los leprosos, la luz a los ciegos, la habilidad a los paralíticos, pensábamos que era el último recurso del régimen para llamar la atención sobre un presidente improbable cuya guardia personal estaba reducida a una patrulla [...]”
Gabriel García Márquez
        Se dice que “Se estimaba que en el transcurso de su vida debió tener más de cinco mil hijos, todos sietemesinos, con las incontables amantes sin amor que se sucedieron en su serrallo hasta que él estuvo en condiciones de complacerse con ellas, pero ninguno llevó su nombre ni su apellido, salvo el que tuvo con Leticia Nazareno que fue nombrado general de división con jurisdicción y mando en el momento de nacer, porque él consideraba que nadie era hijo de nadie más que de su madre, y sólo de ella.” Es así que la “proclamó por decreto matriarca de la patria”. Bendición Alvarado, su madre, pajarera ambulante y pintora de oropéndolas, con risibles hábitos y prejuicios de mujer doméstica de pocas luces, fue la persona que más lo quiso (o quizá la única), y a quien él amorosamente recuerda durante toda su ancianidad, incluso mucho después de que por todos los rincones del país se sucediera la peregrinación post mortem y de cuerpo presente que buscó proclamarla santa. Pero cuando aún está en los últimos suspiros trata de revelarle  minucias de su concepción y nacimiento: “cómo le echaron su placenta a los cochinos, señor, cómo fue que nunca pude establecer cuál de tantos fugitivos de vereda había sido tu padre, trataba de decirle para la historia que lo había engendrado de pie sin quitarse el sombrero por el tormento de las moscas metálicas de los pellejos de melaza fermentada de una trastienda de cantina, lo había parido mal en un amanecer de agosto en el zaguán de un monasterio, [...] y sólo una adivina de circo cayó en la cuenta de que el recién nacido no tenía líneas en la palma de la mano y eso quería decir que había nacido para ser rey, y así era”. 

Ahora que si el vejete estuvo estúpidamente enamorado de Manuela Sánchez, “reina de la belleza de los pobres”, que lo desdeñó y se esfumó de sus garras durante un manipulado eclipse, la joven Leticia Nazareno, por orden suya, fue secuestrada en un monasterio de Jamaica y traída en barco hasta su casona, donde con el tiempo se convirtió en su amante y luego en la esposa que le dio el hijo que él reconoció y cuyo espeluznante asesinato (mueren descuartizados por 60 perros) precede al susodicho período de terror dirigido por el todopoderoso José Ignacio Sáenz de la Barra (“lo hizo dueño absoluto de un imperio secreto dentro de su propio imperio privado, un servicio invisible de represión y exterminio”), cuya vengativa ejecución por las muchedumbres: “macerado a golpes, colgado de los tobillos en un farol de la Plaza de Armas y con sus propios órganos genitales metidos en la boca, tal como lo había previsto mi general”, evoca otra ejecución orquestada por éste, la del general de división Rodrigo de Aguilar, su otrora compañero de armas y luego su ministro de la defensa, servido en bandeja de plata al estado mayor de sus guardias presidenciales: “puesto cual largo fue sobre una guarnición de coliflores y laureles, macerado en especias, dorado al horno, aderezado con el uniforme de cinco almendras de oro de las ocasiones solemnes y las presillas del valor sin límites en la manga del medio brazo, catorce libras de medallas en el pecho y una ramita de perejil en la boca, listo par ser servido en banquete de compañeros por los destazadores oficiales ante la petrificación de horror de los invitados que presenciamos sin respirar la exquisita ceremonia del descuartizamiento y el reparto, y cuando hubo en cada plato una ración igual de ministro de la defensa con relleno de piñones y hierbas de olor, él dio la orden de empezar, buen provecho señores.”
Gabriel García Márquez
         Y además de que con Leticia Nazareno vive episodios de intenso placer sexual coronados por las nauseabundas y pestilentes secreciones excrementicias de él, fue ella la que, pese a su decrepitud, le enseñó a leer y escribir y por ende durante su larga senilidad a veces evoca y canturrea infantiles cantaletas de alfabetización mnemónica, pero no puede evitar las fallas ortográficas en lo que rotula en la puerta del hediondo retrete: “prohibido haser porcerías en los escusados”. 




Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca. Editorial Diana. 16ª edición. México, septiembre de 2002. 304 pp.








Gabriel García Márquez. Una vida


       
Yo seré lo que tú digas que soy

Dividido en tres partes y veinticuatro capítulos (más la iconografía en blanco y negro, los “Agradecimientos”, los “Mapas”, el “Prefacio”, el “Prólogo”, el “Epílogo”, los “Árboles genealógicos”, las “Notas”, la “Bibliografía”, las “Referencias de las ilustraciones y los textos citados” y el “Índice alfabético”), el volumen Gabriel García Márquez. Una vida, del británico Gerald Martin (Londres, 1944), apareció en octubre de 2009 impreso en Colombia por Debate, traducido al español por Eugenia Vázquez Nacarino, puesto que en 2008 la primera edición en inglés fue impresa en Inglaterra por Bloomsbury Publishing Plc.
Gabriel García Márquez. Una vida
(Debate, Colombia, 2009)
Todo indica que se trata de la biografía más gruesa, ladrillesca y ambiciosa escrita hasta el momento sobre la ascendencia, la vida, la obra y el itinerario ideológico y político del colombiano Gabriel García Márquez [Aracataca, marzo 6 de 1927-México, abril 17 de 2014], el celebérrimo autor de Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967), Premio Nobel de Literatura 1982.
Según Gerald Martin trabajó en ella durante diecisiete años. Sus marcos temporales parten del siglo XIX (con alusiones relativas a la época prehispánica, a la Conquista y a la Colonia) y llega hasta el año 2007, precisamente en el contexto de la celebración en Cartagena de Indias, Colombia, del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, cuando el 26 de marzo le fue entregado el primer ejemplar (de un millón) de la Edición Conmemorativa de Cien años de soledad, editada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española.
Si tal es un episodio feliz en la trascendencia de la obra de García Márquez, esbozado en torno a la dramática e íntima esfera de su declive personal y creativo (a partir del cáncer que le diagnosticaron en enero de 1999 y de la esporádica y paulatina pérdida de la memoria), en el volumen descuellan otros dos episodios apoteósicos, más exultantes y novelescos por las minucias y por el hecho de haber ocurrido en el mediodía de la vida y la salud del personaje. Uno es lo que atañe a la noticia y a la recepción del Premio Nobel en 1982 (dizque Borges fue de los primeros en felicitarlo, lo cual quizá no sea cierto). El otro es todo lo que concierne a la magia que se fue gestando al escribirla y al boom que suscitó la aparición de Cien años de soledad en 1967, capítulos que abarcan la mayor parte del volumen, pues el génesis de la novela (no sólo lo relativo a su escritura, entre 1965 y 1966, en el estudio de la casa que los García Márquez rentaban en el barrio de San Ángel, en la Ciudad de México) se remonta a sus ancestros y a su genealogía y a todo lo vivido y narrado por Gabo con anterioridad. 
Gerald Martin apunta, en el “Prefacio” y en el “Epílogo”, que en 2006 Gabo públicamente dijo que él era su “biógrafo oficial”. Quizá esto significa que, con tal espaldarazo, se considera el biógrafo canónico, el apapachado, el cómplice, el de la última e inapelable palabra. 
Sin embargo, todo sugiere que esto último no puede ser así. Pues si bien Gabo, en septiembre de 1993, en su casa en el Pedral de San Ángel, le dijo que “todo el mundo tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta” (por ende se negó a revelarle detalles del amour fou vivido con la española Tachia Quintana, en París, en 1956), y que “Yo seré lo que tú digas que soy”, su biografía resulta parcial en numerosos aspectos y subjetiva en otros tantos, muy matizada con sus propias interpretaciones y juicios, tan arbitrarios y discutibles como cuando Álvaro Mutis, en su nota preliminar incluida en la susodicha Edición Conmemorativa de Cien años de soledad, declara categórico: “Sigo pensando que su obra más acabada y perfecta es El coronel no tiene quien le escriba; la que se considera su obra prima” (sic).
En este sentido, Gerald Martin, por ejemplo, con su particular glosa e idiosincrasia, interpreta y sopesa en un grado superlativo el cuento “Los funerales de la Mamá Grande” (homónimo del libro editado en Xalapa por la UV en 1962) y la novela El otoño del patriarca (1975), a la cual, incluso, glorifica a la altura de Cien años de soledad.
 Gabriel García Márquez y Fidel Castro convaleciente en La Habana, en 2007,
poco antes de que Gabo viajara a Cartagena de Indias para los festejos de su
       80 aniversario, donde le entregarían el ejemplar número uno de la
Edición Conmemorativa de Cien años de soledad
Otro aspecto no menos controvertido (pero más intrincado, farragoso, parcial y fragmentario) es todo lo que concierne al ideario socialista y de izquierdas de Gabo (y su viraje hacia la derecha en los años 90) y al itinerario de sus posicionamientos políticos ante ciertos sucesos y entornos (ya en Colombia, la URSS, Europa, Cuba, México, Latinoamérica, España, Angola, Vietnam, etcétera) o frente a ciertos hombres del poder (Omar Torrijos, Felipe González, François Mitterrand, Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox, Bill Clinton, etcétera), descollando en ello su largo vínculo con el dictador cubano Fidel Castro. Si Gerald Martin yerra cuando dice que Simón Bolívar “es el político más destacado de América Latina” (p. 537), no es menos falaz y demagogo al apuntar: “Cuando escribió El general en su laberinto [1989], García Márquez mantenía desde hacía tiempo una estrecha relación con Fidel Castro, un indudable candidato de excepción para ocupar el segundo puesto —después de Bolívar— en la lista de los grandes hombres de América Latina. Aunque sólo sea por su longevidad política —casi medio siglo en el poder—, el récord de Fidel Castro está fuera de toda duda. Y Fidel, me dijo García Márquez en una ocasión, es ‘un rey’” (p. 531).
Vale decir, entonces, que ineludiblemente el lector tiene que hacer criba y llenar huecos al discurrir por las páginas de tal biografía, pues amén de que Gerald Martin matiza y mete su cuchara en primera persona, también escamotea o toma partido por su biografiado ante distintas controversias, lo cual puede ejemplificarse con la manera en que aborda el legendario pleito (sucedido “el 12 de febrero de 1976” en el aeropuerto de la Ciudad de México) que truncó la amistad personal que desde 1967 cultivaban Gabo y Mario Vargas Llosa (y por ende se coloca al lado de su gallo cada que vez puede, como cuando recuerda que en distintos foros el peruano llamó “lacayo de Fidel” a García Márquez):
“La política, el sexo y la rivalidad personal hacen un cóctel sumamente fuerte, sean cuales sean las proporciones en que se mezclen. Tras el evidente sentimiento de traición de Vargas Llosa, tal vez acechara la preocupación de que aquel colombiano de corta estatura y escaso atractivo le había tomado la delantera. El extraordinario y merecido éxito del propio Mario, su apostura de galán, tal vez no bastaran en sí mismos; así que quizá la única arma que le quedó fue aquel tremendo puñetazo. Y probablemente sólo podía acometerlo con el beneficio de la sorpresa: imaginemos a un García Márquez prevenido corriendo a su alrededor, como Charlie Chaplin, y dándole puntapiés en el culo una y otra vez. No importa lo bien que escribiera Mario, ni cuánta publicidad recibiera, porque era de García Márquez de quien los periódicos y el público deseaban oír hablar; y por muy justificado que Mario se considerara en su rechazo de Castro y de Cuba, García Márquez parecía haber reaparecido sin un solo rasguño tras el caso Padilla [sic] y se había convertido en el paladín literario de la izquierda latinoamericana [sic]. Tuvo que ser sumamente frustrante. Los dos hombres no volverían a encontrarse nunca más” (p. 436).
En la segunda de forros del presente volumen, se pregona a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global que Gerald Martín es un académico con una larga y reputada trayectoria en Estados Unidos, Inglaterra y Francia. En este sentido, su biografía denota, con todo su aparato de notas, entrevistas y citas bibliográficas y hemerográficas, que no da paso sin guarache, que todo lo asentado e interpretado por él tiene una base documental y fehaciente. Esto sin duda es así. Y en México a un lector de a pie (incluso sin ser un gabomaníaco de hueso colorado) puede no darle mucho trabajo ir haciendo el cotejo de las notas y citas, pues la parte vertebral (la obra narrativa y periodística del biografiado) está publicada y es de fácil acceso. Sin embargo, es notorio que a la traducción al español impresa por Debate le faltó revisión (lo cual refleja un vil chambismo antiacadémico y antigarciamarquista, si se piensa que Gabo solía tirar a la basura la hoja si daba un mal teclazo en la máquina de escribir). Y esto se halla en numerosos detalles; por ejemplo, cuando en Bogotá hacia 1947-1948 el desgarbado costeño García Márquez era un alumno irregular de Derecho que vagabundeaba en los cafetines estudiantiles, se lee: “Plinio dice que muchos lo miraban con desdén, como una ‘causa perdida’” (p. 128); pero allí debió leerse “caso perdido”, tal y como lo ha contado el propio Plinio Apuleyo Mendoza en libros como La llama y el hielo (1989) y Aquellos tiempos con Gabo (2000). O cuando se lee que en 1975, “Durante el verano la familia se reunió en México. García Márquez y Mercedes [su esposa desde el 21 de marzo de 1958] habían encontrado una casa enclavada en el sur de la ciudad en la calle Fuego, en la zona del Pedregal del Ángel, justo detrás de la Universidad Nacional” (p. 434); pero allí, como se sabe, debió leerse “Pedregal de San Ángel”. O cuando se lee que “El 4 de noviembre García Márquez le llevó un ejemplar [de Vivir para contarla, recién salida del horno ‘el 8 de octubre de 2002’] al presidente Fox, al palacio de Los Pinos de Ciudad de México” (p. 604-605); pero tal residencia presidencial no es un palacio. O cuando se lee que “Saldívar, García Márquez: el viaje a la semilla [1997], es la fuente más completa sobre la época de GGM en el Colegio San Juan” (p. 649); pero debió leerse San José, el colegio de Barranquilla donde Gabito hizo estudios secundarios entre 1940 y 1942, y en cuya revista Juventud publicó sus primeras crónicas y sus primeros versos.
También hay contradicciones muy burras y obvias, como la que sigue. Entre las páginas 95 y 96 se narra que cuando “Acababa de estallar la Segunda Guerra Mundial”, en medio de la pobreza y de la continua ausencia de Gabriel Eligio —el padre de Gabito—, éste, pese a ser un niño, se vio impelido a orquestar el traslado de la familia de Barranquilla hasta Sucre, el pueblo ribereño elegido por su progenitor en su delirante papel de agente viajero de una firma farmacéutica: “Como de costumbre, Gabriel Eligio se adelantó al nuevo destino y dejó a Luisa, de nuevo embarazada, a cargo del traslado o la venta de los efectos familiares —en esta ocasión vendió la mayoría— y de sus siete hijos. Gabito, a quien ya se le habían encomendado tareas impropias para su edad cuando [desde Aracataca] fue a sondear el terreno a Barranquilla con su padre un año y medio antes, ahora se vio realzado en su papel de hombre de la familia. Se ocupó de prácticamente todos los preparativos, entre ellos hacer las maletas, contratar el camión de mudanzas y comprar los billetes del vapor para llevar a su familia río arriba hasta Sucre.” Pero si se cotejan los mapas de las páginas preliminares, claramente se observa que Sucre, en relación a Barranquilla, se ubica río abajo, hacia el sur del río Magdalena, y no “río arriba”. En fin: leerla para contarla.


Gerald Martin, Gabriel García Márquez. Una vida. Traducción del inglés al español de Eugenia Vázquez Nacarino. Iconografía en blanco y negro. Debate/Random House Mondadori. Colombia, octubre de 2009. 768 pp.


Enlace al discurso de Gabriel García Márquez leído al recibir el Premio Nobel el 8 de diciembre de 1982:  http://www.nobelprize.org/mediaplayer/index.php?id=1496




martes, 11 de junio de 2013

Diatriba de amor contra un hombre sentado



 ¡Nada se parece tanto al infierno
 como un matrimonio feliz!  

Rubricado en la Ciudad de México en “noviembre de 1987”, Diatriba de amor contra un hombre sentado (Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1995), libro del periodista y narrador Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927), es un libreto teatral cuyo estreno, según la presente edición, se efectuó “en Colombia en el Teatro Nacional, el día 23 de marzo de 1994, en el marco del IV Festival Iberoamericano de Teatro, con la coproducción del Teatro Libre de Bogotá, el Teatro Nacional y el Instituto Colombiano de Cultura”. Laura García fue la actriz, Juan Antonio Roda el escenógrafo, Juan Luis Restrepo el compositor, y Ricardo Camacho el director.
 
(Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1995)
       El monólogo en un acto de Graciela, la protagonista, transcurre en la recámara de una mansión ubicada en una ciudad del Caribe. Inicia “poco antes del amanecer del 3 de agosto de 1978”, que es el día en que su matrimonio, uno de los más adinerados y notables, celebra sus bodas de plata. Y concluye cuando una paulatina invasión de canastas de rosas y las siluetas de ciertos invitados hacen patente la proximidad de la rimbombante y ampulosa fiesta que se avecina.

     
Gabriel García Márquez
          En este drama teatral no hay realismo mágico ni metáforas insólitas ni maravillosas, como quizá el lector podría esperar de un Gabriel García Márquez eventualmente convertido en dramaturgo. El lenguaje y las imágenes escenográficas que construye tienen que ver más que nada con los consabidos y melodramáticos lugares comunes que infestan y erosionan la vida sentimental y doméstica de una pareja latina de la high society, cuya vida íntima, con un tinte convencional y conservador, se ha convertido en un vacío, en una farsa, en un desastre sin remedio. En este sentido, apenas hay por allí alguna que otra pincelada poética que ínfimamente dejan entrever las virtudes narrativas del célebre narrador colombiano, como cuando Graciela, al evocar la primera vez que entró a la fastuosa casona donde se halla, recuerda que en medio del silencio “Había un canario en alguna parte, y cada vez que cantaba se movían las flores”. O cuando en una momento dice: “El avión se parece a un milagro, pero va tan rápido que una llega con el cuerpo solo, y anda dos o tres días como una sonámbula, hasta que llega el alma atrasada.”

       Lo primero que se oye en el escenario, incluso antes de la tercera llamada, es el ruido de una vajilla que está siendo rota y hecha añicos con cierto júbilo, pero también con “una rabia inconsolable”. Los cacharros, los no siempre sacros recipientes de un ritual cotidiano, casi sobra decirlo, son los depósitos donde día a día se cocinan, se sirven y paladean los humores que pueden atemperar los afectos y las rutinas domésticas y familiares. Así, el destrozo implica el amargo sazón de un resquebrajamiento irremisible, de un perentorio exterminio.
      Tal preludio es puntualizado con la primera y lapidaria frase que a sí misma se dice y vocifera Graciela ante un maniquí (el marido) que siempre permanecerá sentado e inmóvil leyendo el periódico, sumergido en la más negra, abyecta, sorda y ciega indiferencia: “¡Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz!” Así, todo lo que ocurre en la obra (flashbacks a episodios del pasado y retornos al presente) le da sentido a tales actitudes y palabras; constata los matices y fisuras de ese solitario averno e infelicidad doméstica que a luz pública se exhibe de otra manera, aunque no engañe la mirada de basilisco de ningún carroñero lobo ni de ninguna vieja cabra. Por ejemplo, Graciela recuerda: “Las revistas de comadres van a publicar que hemos pasado todo el día celebrando las bodas de plata en la cama.” De ahí el ambiguo matiz del claustrofóbico encierro en la rutilante jaula de oro: ¿sola con un fantasma inasible o con alguien de cuerpo presente que ignora el estiércol y el miasma de su neurótico y solitario parloteo?
       Si el cúmulo de quejas, resquemores y resentimientos que monologa la protagonista, representan una serie de variaciones sobre consabidos y domésticos clisés, el juego escénico propuesto en el libreto, si está bien trazado, tampoco escapa a ciertos cánones dramatúrgicos y escenográficos. Son los casos en los que se va del presente al pasado y viceversa. En tales instantes de transición, la actriz mueve objetos apoyada por la móvil utilería y por la tramoya y por otros elementos que pueden ser la música, sus palabras, su canto o la sombra ausente de un criado. O cuando la iluminación enfoca ciertos ángulos del escenario o simplemente cuando la actriz habla ante el supuesto espejo, que es un marco hueco a través del cual da la cara al público como si en realidad estuviera observando sus rasgos y gestos.
       Borges decía que la memoria es una forma del olvido, en el sentido de que lo que uno recuerda o elige recordar va siendo trastocado por ciertas vivencias (que pueden ser circunstanciales o convenencieras). Graciela se habla a sí misma, parece sincera ante sí, que dice la verdad y nada más que la verdad. Pero el lector ¿tiene que creerle al pie de la letra? ¿No se estará engañando a sí misma con un fardo de mentiras y de complejos y culpas que ha terminado por retorcer y creer para justificar y matizar su soledad y fracaso?
       Esta fémina, amasijo de contradicciones, dibuja para sí una variante del consabido mito de la mujer que ama demasiado y pese a todo: por amor se entregó virgen al hombre de su vida y en contra de los atavismos y prejuicios familiares, por amor lo ayudó a conseguir un empleo, por amor aceptó acercarse a la casa de los padres de él, por amor ha resistido vejaciones, que mil veces la engañe con otras, especialmente con una mujer que le quita el sueño y la hace sobrevivir masacrada y corroída por los celos, y que es la querida con la que al parecer el marido tiene un rebaño de bastardos bajo la férula de un esposo postizo comprado por él. Sin embargo, Graciela siempre fue más fiel que un perro apaleado, nunca lo coronó con nadie, pese a que pudo hacerlo y a que ahora colige y apostrofa: “hay un momento de la vida en que una mujer casada puede acostarse con otro sin ser infiel”. Así, además de primera actriz y heroína de sí misma, es siempre la eterna víctima del villano y malvado de su cónyuge, cuya riqueza e influyentes nexos translucen las sucias complicidades con los hombres del dinero y del poder.
 
Gabriel García Márquez
         No obstante, pese a sus baños de martirio, de resignación y fidelidad, da visos de que tampoco cantó mal las rancheras. El pirurris de ambos, de 25 años, sintomáticamente se niega a asistir a la inminente fiesta de las bodas de plata. Pero además le rebuzna dizque “de muy buen tono”, quezque “sin deseos de ofender”, que siente como si ella y su papi estuvieran muertos desde siempre. ¿Qué le habrán hecho o habrán hecho los muy méndigos, egocéntricos y condenados para que el junior vomite tal cosa?

      Pese a que nunca confiesa que no se le borran las macbethrianas manchas de las neuróticas manos, se sirvió con la cuchara grande: disfrutó la rancia posición de los Jaraiz de la Vera, los puercos vínculos, simulaciones y haberes de su marido; allí están las elocuentes joyas familiares en el cofre del tesoro, un botín de pirata, que si las arroja por la taza del retrete, las había atesorado para otros rutilantes y exhibicionistas fines; se transformó en una culta dama con cuatro doctorados, dos maestrías y dos lenguas extranjeras; y durante años se consoló con la para nada modesta ilusión “de una casa de reposo frente al mar”, donde, casi una reina, se iría a vivir “lejos de tanto horror”, seguida por la cohorte de demiurgos menores y diocesillos bajunos que para ella son sus hombres de letras.
      Sin embargo, parece que está harta de ese sainete de cartón y oropel, que después de 25 años de matrimonio el estallido de la loza son los añicos y el saldo de la mala inversión de su vida. Haciendo agua en la pestilente charca de su derrota y escepticismo, las relaciones entre la gentezuela donde se mira y mueve le resultan un asco. Así, la androfobia con que una y otra vez sataniza y vapulea a su marido no es más que un indicio del miasma, a punto de reventar, que aún la atosiga y refleja con la fidelidad de un espejo: “No te aguanto más a ti travestido de manola, con la cara pintorreteada y la voz de retrasada mental cantando la misma cagantina de siempre”.
      Pese a todo, según ella, tiene esperanza de rehacerse, de encontrar un hombre que la ame de verdad, aunque en el idilio que visualiza sólo habla de sexo, como si el sexo lo fuera todo y eterno, la piedra angular de la comunión afectiva, intelectual y doméstica. Si quizá esto es un espejismo, el último manotazo de ahogada, el vituperio moraloide con que flagela a su marido implica su propia autoflagelación e ineludible autocensura y condena. En este sentido, cuando literalmente (y como no queriendo, casi como un descuido) le prende fuego y lo sentencia a la hoguera de la eterna consumación, el lector puede entrever que esas llamas también la rozan y la tocan y quizá la envuelvan y la lleven a la extinción definitiva.
Gabriel García Márquez 



Gabriel García Márquez, Diatriba de amor contra un hombre sentado. Grijalbo Mondadori. Barcelona, 1995. 88 pp. 







lunes, 18 de marzo de 2013

Aquellos tiempos con Gabo



       Mi personaje inolvidable: 
crónica de una amistad anunciada

Como el lector recordará, el 8 de diciembre de 1982, en Estocolmo, Suecia, el colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927) recibió el Premio Nobel de Literatura 1982. En mayo de ese año había aparecido en Colombia, impreso por La Oveja Negra con un tiraje de doscientos mil ejemplares, El olor de la guayaba, libro, aderezado con fotos en blanco y negro, que reúne un conjunto de entrevistas y crónicas biográficas que el también colombiano Plinio Apuleyo Mendoza (Tunja, 1932) le hizo a Gabriel García Márquez, el celebérrimo autor de Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967). Casi simultáneamente, El olor de la guayaba fue coeditado en México por La Oveja Negra y Diana, con un tiraje de cincuenta mil ejemplares. Y otro tanto, más o menos semejante, ocurrió en España a través de Bruguera y La Oveja Negra, además de que (gracias a la fama del entrevistado) fue traducido a diecisiete idiomas. 
(La Oveja Negra/Diana, México, 1982)
Contando con la aprobación y la complicidad de Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba es el reconocimiento y el tributo que un entrañable y viejo amigo (periodista y narrador) le hace a otro (también periodista y narrador), cuya novela central (Cien años de soledad) lo convirtió con rapidez en un escritor masivamente traducido a muchas lenguas del orbe, además de rico, amigo de “las criaturas del poder supremo” (presidentes, generales y fauna por el estilo), y rutilante estrella de la jet set internacional. Cuando en El olor de la guayaba, García Márquez le responde a Plinio que nunca se ha puesto un frac y que no se lo pondría si llegara a ganar el Premio Nobel, el lector puede recordar que cumplió su palabra, pues en Estocolmo, ante el Rey y la Reina, Gabo asistió a la ceremonia de entrega “vestido de blanco liqui-liqui de algodón” y con una rosa amarilla en la mano, similar a las rosas amarillas que entre los centenares de desconocidos y celebridades que había en los palcos, los amigos de García Márquez (entre ellos Plinio) lucían en las solapas del frac (algunos rentados “por doscientas coronas en una sastrería de Estocolmo”), mismas que Mercedes Barcha Pardo (Magangué, noviembre 6 de 1932), la esposa de Gabo desde el 21 de marzo de 1958, les entregó a cada uno a modo de talismán de la buena suerte. 
Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha Pardo 
Gabriel García Márquez coronado con
Cien años de soledad (Sudamericana, 2da. ed., Buenos Aires, 1967)
Si el lector quiere leer el discurso que Gabriel García Márquez dijo en Estocolmo durante la recepción del Premio Nobel, puede consultar el volumen Cultura y creación intelectual en América Latina (Siglo XXI, México, 1984), antología de ensayos bajo la coordinación de Pablo González Casanova, donde se halla ampliado con el título “Fantasía y creación artística en América Latina y el Caribe” [o tal cual: “La soledad de América Latina”, antologado en su libro Yo no vengo a decir un discurso (Random House Mondadori, México, 2010)]. Pero en cuanto a lo que implican y significan las rosas amarillas, en El olor de la guayaba el cataquero dice que en la casa del mundo donde se encuentra siempre hay flores amarillas: “Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme. Para estar seguro necesito tener flores amarillas (de preferencia rosas amarillas) o estar rodeado de mujeres.” Lo cual, según afirma, le sirve para desencadenar o incentivar la imaginación y la creatividad, pues se da por entendido que Mercedes Barcha pone siempre en su escritorio una rosa amarilla: “Siempre. Me ha ocurrido muchas veces estar trabajando sin resultado; nada sale, rompo una hoja de papel tras otra. Entonces vuelvo a mirar hacia el florero y descubro la causa: la rosa no está. Pego un grito, me traen la flor y todo empieza a salir bien.”
Gabriel García Márquez y las rosas amarillas
Como el rótulo del libro lo anuncia: Aquellos tiempos con Gabo (Plaza & Janés, Barcelona, 2000) es otro tributo y reconocimiento más que Plinio Apuleyo Mendoza le rinde a Gabriel García Márquez, donde retoma ciertas anécdotas contadas en El olor de la guayaba, en La llama y el hielo (Planeta, Bogotá, 1984) y en crónicas dispersas. Así, Aquellos tiempos con Gabo es un libro de memorias a través del cual el autor evoca y narra una serie de episodios y sucesos trascendentes en la vida de ambos (pues básicamente los vivieron los dos en calidad de amigos y compadres), a lo que se añade el hecho de que ciertos acontecimientos, vivencias, perspectivas ópticas e ideológicas le conciernen única y exclusivamente a la vida y al pensamiento de Plinio Apuleyo Mendoza. 
(Plaza & Janés, Barcelona, 2000)
La portada del libro tiene, bajo la reproducción del rostro de Gabo, un falaz slogan que a la letra dice: “Hallazgo de un García Márquez desconocido”. Pues a estas alturas del año 2000 ya han corrido tantos ríos y ríos de tinta sobre la vida y milagros del hijo del telegrafista de Aracataca, que casi nada de lo que rememora Plinio Apuleyo Mendoza sobre su personaje inolvidable lo ignora un anónimo lector, un minúsculo hijo de vecino metido (o no) a reseñista de libros en un semanario de Xalapa, la provincia jarocha donde a Gabo, la Universidad Veracruzana, le publicó su cuarto libro: Los funerales de la Mamá Grande (1962), cuando aún estaba recién llegado en la Ciudad de México (arribó por tierra desde de Nueva York, con Mercedes Barcha y Rodrigo, el primer hijo de ambos, “el domingo 2 de julio de 1961”, día del suicidio de Ernest Hemingway), libro dedicado “Al cocodrilo sagrado” (su mujer), que además contiene el cuento en que se basó la película homónima dirigida por el chileno Miguel Littin: La viuda de Montiel (1979), con guión de éste y José Agustín, protagonizada por Geraldine Chaplin (Adelaida, viuda de Montiel) y Nelson Villagra (José Chepe Montiel), rodada en locaciones de Tlacotalpan y Xalapa, Veracruz. Pero también, tal libro comprende el cuento en que está basado el filme homónimo En este pueblo no hay ladrones (1964), dirigido por Alberto Isaac en base al guión de éste y Emilio García Riera, entre cuyo notable reparto de escritores, pintores y cineastas haciendo pequeños papeles, figura, de fugaz boletero de cine, el propio Gabriel García Márquez. Protagonizada por Julián Pastor (Dámaso) y la entonces bellísima bailarina Rocío Sagaón (Ana), están allí, por ejemplo, Juan Rulfo y Carlos Monsiváis de jugadores de dominó; Leonora Carrington entre los fieles de la pequeña iglesia donde Luis Buñuel, el cura, dicta un furioso sermón contra los ladrones y pecadores de toda laya; José Luis Cuevas de jugador de billar; Emilio García Riera de experto en billar; María Luisa la China Mendoza de cabaretera; Héctor Ortega, que sí era actor, de mesero gay, amanerado y algo cómico. La pintoresca imagen de Gabo como boletero de cine, remite, quizá ineludiblemente, al rol que desempeñó en Roma, Italia, cuando en su fracasado intento por estudiar guión en el Centro Experimental de Cinematografía durante noviembre y diciembre de 1955 (quería convertirse en el Cesare Zavattini del Caribe), logró ser el flamante “tercer asistente del director Alexandro Blasetti en la película Lástima que sea un canalla”, según apunta Dasso Saldívar en García Márquez. El viaje a la semilla (Alfaguara, Madrid, 1997), su biografía de Gabriel García Márquez. Pero Gabo no pudo ni siquiera acercarse al oscuro objeto de su deseo: Sofía Loren, la estrella del filme, puesto que su chamba “consistió, durante un mes, en sostener una cuerda en la esquina para que no pasaran los curiosos”.
Gabriel García Márquez, Geraldine Chaplin y Miguel Littin
durante el rodaje de La viuda de Montiel (1979)
Abel Quezada y Juan Rulfo tomado cerveza
Fotograma de la película En este pueblo no hay ladrones (1964)
En la barra: Abel Quezada y Juan Rulfo
Jugando dominó: don Luis M. Rueda y Carlos Monsiváis
Fotograma del filme En este pueblo no hay ladrones (1964)
Lo singular, entonces, de las memorias y episodios de Aquellos tiempos con Gabo estriba en que la voz que evoca y narra fue (y es) un entrañable amigo del más notable y popular de los escritores latinoamericanos del boom, y por ende lo que recuerda, relata y comenta le atañe hasta la médula. Los hechos y las anécdotas que Plinio Apuleyo Mendoza rememora en su libro tienen un desglose más o menos cronológico; es decir, parten del año en que Plinio y Gabo se vieron por primera vez en Bogotá (Plinio no precisa la fecha, pero pudo ser en 1947 o en 1948), y casi concluyen con el bosquejo de lo ocurrido el 8 de diciembre de 1982, en Estocolmo, cuando Gabo recibió el Premio Nobel de Literatura. Pero la remembranza y la voz van y vienen por el tiempo y por el espacio, según el parecer del autor. 
(Alfaguara, Madrid, 1997)
Conforme a los registros que Dasso Saldívar consultó para El viaje a la semilla, Gabriel García Márquez se matriculó en el primer curso de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, ubicada en Bogotá, el “25 de febrero de 1947”, y la abandonó en el segundo curso el “9 de abril de 1948”. En 1947 o en 1948, la vez que se vieron por primera vez en un cafetín de Bogotá, Gabo tendría 20 ó 21 años y Plinio 15 ó 16, y fue cuando Luis Villar Borda, condiscípulo de García Márquez en la Facultad de Derecho, le colgó el letrero de “caso perdido”: 
 “Es un masoquista típico. Un día aparece por la universidad diciendo que tiene sífilis. Otro día habla de una tuberculosis. Se emborracha, no presenta exámenes, amanece en burdeles.
  “Villar se queda contemplando taciturno el humo del cigarrillo que acaba de encender. Su tono es el de un médico que da un diagnóstico severo, irremediable.
 “—Lástima, tiene talento. Pero es un caso absolutamente perdido.” 
Anécdota (contada antes en La llama y el hielo) que Dasso Saldívar pone en tela de juicio diciendo: “Aunque estas palabras pueden traducir una opinión generalizada entre los compañeros del entonces estudiante de Derecho Gabriel García Márquez, parecen más bien una exageración de la memoria de Plinio Mendoza puesta en boca de Villar Borda, pues, como se ve, éste debió tener en la más alta estima a quien fue, sobre todo, su compañero de lecturas literarias y aventuras periodísticas.”
Pero tal imagen vuelve a ser recordada cuando casi al concluir Aquellos tiempos con Gabo, Plinio evoca la noche de la ceremonia del Premio Nobel, “con las cámaras de televisión de 52 países fijas” en Gabriel García Márquez: “La imagen queda fija, y yo vuelvo ahora atrás, al principio, al muchacho demacrado con un vistoso traje color crema que 35 años atrás, en un café sombrío de Bogotá, sin pedirnos permiso se ha sentado a nuestra mesa. El muchacho flaco y bohemio, con una carrera de derecho abandonada, secreto devorador de libros en pensiones de mala muerte, pasajero de tranvías dominicales que no van a ninguna parte, ardoroso fabricante de sueños desesperados, considerado por su padre y sus amigos un caso perdido.”
Gabriel García Márquez durante la recepción del Premio Nobel de Literatura 1982
Sin embargo, la amistad de Plinio y Gabo no empezó allí, en Bogotá, sino en París, a fines de diciembre de 1955, pues Gabriel García Márquez había llegado al Viejo Continente a mediados de julio de ese año como corresponsal en Europa de El Espectador, diario bogotano, para quedar varado en la Ciudad Luz a inicios de 1956 en medio del frío, el hambre, la pobreza y las crecientes deudas, pues el dictador Gustavo Rojas Pinilla clausuró el diario (y El Independiente, que lo sustituyó, cerró sus puertas el 15 de abril de 1956) y para Gabo no fue fácil conseguir empleo para sobrevivir después de que se le acabó el dinero del boleto de regreso que el diario le envió (entre otras cosas, “recogió botellas, revistas y periódicos viejos y los cambió por algunos francos”, cantó rancheras a dúo en un club nocturno y “llegó el día en que tuvo que pedir un franco en el metro”). No obstante, pese a las penurias y a las deudas de la rentada buhardilla en el séptimo piso del astroso Hotel de Flandre, en la Rue Cujas del Barrio Latino, Gabriel García Márquez (que a fines de 1956 dejó la estrecha buhardilla y se fue “a la Rue d’Assas, donde compartió una chambre de bonne [cuarto de criada] con Tachia Quintana”, una vasca que sobrevivía de actriz de teatro y empleada doméstica), no dejó de teclear por las noches (hasta el amanecer) en la máquina portátil roja que alguna vez Plinio le vendió por 40 dólares, y entre mediados de 1956 y enero de 1957 concluyó su segundo libro, mismo que escribió nueve veces: El coronel no tiene quien le escriba (Aguirre Editor, Medellín, 1961), que muchos años después, en 1999, conocería una homónima, libre y somnífera adaptación fílmica, rodada en locaciones de Chacaltianguis, pueblo a orillas del río Papaloapan, Veracruz, con guión de Paz Alicia Garciadiego y la dirección de Arturo Ripstein. 
El joven periodista Gabriel García Márquez
En el verano de 1957 los amigos viajan por Alemania Oriental y luego por la URSS (Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas), recorridos recordados en forma muy parcial y resumida por el autor, donde según éste pierden la “inocencia respecto del mundo socialista”, pese a que Gabo en el otoño de 1955 ya la había perdido al viajar por Polonia y Checoslovaquia, a lo que se añade la circunstancia de que al retornar del tal viaje por la URSS, ambos se separaron en Kiev y García Márquez vive quince días en Hungría, donde aún eran visibles los vestigios del levantamiento húngaro y de la invasión rusa de octubre de 1956. Gabo, además, daría constancia de tal experiencia en la serie de diez reportajes (“90 días en la Cortina de Hierro”) que escribió en 1957 al regresar a París; y pese a que ese mismo año se los envió a su colega Ulises (Eduardo Zalamea Borda) para que los publicara en el resurgido El Independiente, sólo los pudo dar a conocer en la revista Cromos, de Bogotá, entre julio y septiembre de 1959. 
A fines de 1957, Plinio, quien ya estaba en Caracas, Venezuela, recién nombrado jefe de redacción de la revista Momento, celebra las virtudes periodísticas de García Márquez y gracias a la locura del loco MacGregor, el dueño, éste le paga a Gabo el boleto de avión de Londres a Caracas, lo cual, sin que el par de amigos pudieran preverlo, los hizo vivir, de cerca y como periodistas, la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, ocurrida entre el primero y el 23 de enero de 1958.
Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza
(París, 1981)
Como periodistas, primero en Caracas y luego en La Habana, en enero de 1959 los dos participan en la efervescencia que suscita la recién estrenada Revolución Cubana. Poco después, en Bogotá, con Plinio a la cabeza, a ambos les toca organizar la corresponsalía de Prensa Latina, sucursal de la agencia noticiosa de Cuba, entonces dirigida desde La Habana por el argentino Jorge Ricardo Masetti. Según se sabe y confirma el autor, su paso por Prensa Latina implica uno de los episodios más controvertidos vividos por el par, pues fueron testigos (y chivos expiatorios) de cómo la elemental ortodoxia y el ciego sectarismo de la burocracia comunista prosoviética se apoderó de Prensa Latina, lo que propició la renuncia del dúo dinámico, cuando ya Gabo, desde inicios de 1961 estaba en Nueva York como corresponsal de la agencia cubana (allí lo alcanzó Plinio), enfrentando una serie de amenazas telefónicas que incluían a su mujer Mercedes Barcha y al pequeño Rodrigo, hijo de los dos, quien había nacido en Bogotá, el 24 de agosto de 1959, apadrinado por Plinio y bautizado por Camilo Torres, el cura, amigo de Gabo desde la época en que fueron estudiantes de Derecho en 1947, año en que Luis Villar Borda y Camilo Torres le publicaron a García Márquez dos poemas en el suplemento estudiantil La Vida Universitaria, editado en el periódico La Razón; pero luego, anota Dasso Saldívar en El viaje a la semilla, Camilo Torres “abandonó el primer curso de derecho y se fue al Seminario Mayor de Bogotá”. Y en 1964 (siendo el prominente sociólogo graduado en 1958 en la Universidad de Lovaina, Bélgica, fundador de la Facultad de Sociología, en Bogotá, el año que bautizó al bebé Rodrigo) Camilo Torres se convirtió en un militante del Ejército de Liberación Nacional, lo cual lo haría morir en su papel de guerrillero durante su primer enfrentamiento con el ejército colombiano (el 15 de febrero de 1966 en Patio Cemento, Santander) cuando apenas tenía cuatro meses de empuñar las armas.
El sacerdote Camilo Torres
El guerrillero Camilo Torres
Fidel Castro y Gabriel García Márquez
Además de las razonables críticas que hace Plinio Apuleyo Mendoza a la Revolución Cubana, al dictador Fidel Castro, a los comunistas del partido y a los pseudocomunistas antropófagos de café, tal vertiente se entronca con otro hecho ocurrido en 1971, en París, cuando Plinio, gracias a las recomendaciones de Gabo —quien vivía en Barcelona y escribía El otoño del patriarca (Plaza & Janés, Barcelona, 1975)—, recién estaba a cargo de la coordinación de la revista latinoamericana Libre (aún en gestación y que sólo duraría hasta 1973), dirigida por Juan Goytisolo y financiada la Patiño (Albina du Boisrouvray), célebre productora de cine y heredera de un imperio minero boliviano, quien además “había realizado para el Nouvel Observateur un reportaje en Bolivia con motivo de la muerte del Che Guevara” (fue ejecutado el 9 de octubre de 1967). Según Plinio, Libre, con un directorio de plumas de primer nivel en América Latina y Europa, estaba “destinada a agrupar a todos los escritores en lengua castellana”, y “daría voz a la izquierda amordazada del mundo hispano”. Pero los problemas empezaron, dice, cuando en reuniones previas Julio Cortázar anteponía reparos, como exigir “una declaración política en la que explícitamente se diera respaldo a la Revolución Cubana”. Lo cual se agudizó, escribe Plinio, cuando el célebre “caso Padilla” les estalló “en las manos como una granada antes de que apareciera el primer número de Libre, dividiendo para siempre en dos bandos a los escritores de lengua castellana”. 
Ante tal controversia que también polariza la ideología de los dos amigos, destaca el hecho de que pese a ello (y a la distancia y a ciertos legendarios y oscuros equívocos) nunca han dejado de ser los grandes cuates, y que el reconocimiento que Plinio le rinde a Gabo implica mencionar las múltiples veces en que la amistad de García Márquez con Fidel Castro y su filiación por la Revolución Cubana, le ha servido al Premio Nobel de Literatura para auxiliar y rescatar de las mazmorras cubanas a escritores y a otras personas caídas en desgracia. 
Julio Cortázar
Pero Julio Cortázar, pese a la estima que suscitaba en Plinio, más de una vez es cuestionado y no sale sin un chichón en el trazo que hace de él: “Salvo en el humor y en la cortante ironía porteña que fulguraban a veces sus palabras, Cortázar no se parecía a Horacio Oliveira, el personaje central de Rayuela. Astrológicamente Oliveira tiene toda la pinta satánica, amarga y tierna de un escorpión, mientras que Julio, ordenado, ingenuo, sensitivo, con su vida, pese a todo, puesta como una camisa bien planchada en el ropero, con una prodigiosa capacidad de acumulación de conocimientos diversos y una fina aptitud hacia la especulación intelectual era un auténtico virgo. Un virgo fascinante por el que uno tenía sin remedio mucho afecto. Pero en política, por Dios, era como un boyscout confiado y limpio, con su silbato y su bastón, internándose sin saberlo, atrevidamente, en los parajes en donde reina Maquiavelo.”
Plinio Apuleyo Mendoza hojeando su libro
Gabo. Cartas y recuerdos (Ediciones B, Barcelona, 2013)
Como el lector supondrá, muchos detalles, intríngulis, pasajes y anécdotas no están reseñados en la presente nota, como lo vivido por Plinio con Marvel Moreno, su hermosa ex esposa, ya fallecida, quien mucho antes de ser escritora, fue reina del carnaval en Barranquilla, Colombia, con la que tuvo dos hijas y con quienes vivió en “una vieja casa de piedra en un pueblo de Mallorca, Deyá, con un fantasma en el desván y un limonero en el traspatio”. Mientras Plinio y Marvel escribían, sus hijas, “muy pequeñas, iban a su escuelita a través de un paisaje de cuento de hadas hasta un torrente que bajaba rápido de la montaña y corría entre casas y jardines por la parte baja del pueblo”. 
Cabe observar, para concluir, que Aquellos tiempos con Gabo carece de una iconografía que lo hubiera hecho más atractivo y memorable.


Plinio Apuleyo Mendoza, Aquellos tiempos con Gabo. Plaza & Janés Editores. Barcelona, 2000. 224 pp. 





     Enlace a un documental sobre la época en que Gabo escribió, en París, El coronel no tiene quie le escriba (1961): http://www.youtube.com/watch?v=8qHCc2tn9Qg

    Enlace al discurso que Gabriel García Márquez dijo el 8 de diciembre de 1982 al recibir el Premio Nobel de Literatura: http://www.youtube.com/watch?v=dDCz8iiNLAQ