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lunes, 3 de abril de 2017

Que se mueran los feos


    El as del sexo, el sapo y la pata de palo

El legendario y fugaz Boris Vian, quien por un infarto sólo vivió casi 39 años (Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959), fue un escritor polifacético y polímata que se codeó con jazzistas e intelectuales de la crème de la crème del existencialismo francés. Escribió poemas, cuentos, novelas, libretos teatrales, canciones y artículos para revistas como Les Temps Modernes, Jazz Hot y el periódico Combat. Y además de ingeniero e inventor, fue cantante y trompetista de jazz, locutor de radio, escenógrafo y traductor.  
En el centro: Boris Vian y su mujer Michelle
A los lados: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir
(París, 1952)
  Urdida en francés y dispuesta en 30 capítulos con rótulos, su novela Que se mueran los feos se publicó en París, en 1948, firmada con el pseudónimo de Vernon Sullivan (supuesto escritor gringo de raza negra) y en ella Boris Vian figuró como traductor. Si la fecha de la primera edición corresponde al hipotético tiempo en que sucede la trama (después de la Segunda Guerra Mundial), también hay cierta consonancia entre la juventud del autor y la de Rock Bailey, el protagonista, quien dentro de seis meses cumplirá 20 años. 

Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores
Primera reimpresión mexicana
México, diciembre de 1992
  Podría ser que Boris Vian hubiera escrito una obra consistente, profunda, lo cual no excluye lo humorístico, lúdico y paródico. No es el caso: se trata de una novela light, bufa, de una especie de thriller para adolescentes crónicos e incurables, pero de unos chamacos desmadrosos que sólo esperen pasar un buen rato leyendo una mezcla de cómic y novela negra, cuento de Playboy y pastiche holliwoodense, con acción, trompadas, intrigas, secuestros, mujeres bellas desaparecidas, autos a toda máquina que se persiguen por las calles, agentes del FBI, balas, cuerpos perforados y chorreando sangre, estallidos de granadas, absurdos caricaturescos, hazañas espectaculares y cierta dosis de ciencia ficción: androides y un científico loco que pretende exterminar a los feos y construir un mundo feliz (que obviamente deviene del mundo feliz que imaginó y propagó Aldous Huxley en 1932) con series de mujeres y hombres hermosos, perfectos, hipersexuales, con su tarea laboral preconcebida y tipificada en el laboratorio. Pero sobre todo, mediante esa cohorte de demiurgos menores, el doctor Markus Schutz, el científico loco, sueña con apropiarse del todopoderoso gobierno de los Estados Unidos de América. Y, desde luego, en tal explosivo menjurje no podían faltar los heroínos en quienes los jóvenes lectores (aún con acné) proyectan sus soterradas fantasías: varios aún no tienen 20 años y dos de ellos: Rock y Mike, son guapos, atléticos, hipersexuales, temerarios, y pueden contra lo que sea. 

     
Boris Vian
(Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959)
       Quizá en francés la obra resulte distinta y su vacuidad argumental sea, no obstante, un divertimento digno de leerse; pero la presente traducción al castellano —y no es chovinismo— es lamentable: los personajes parlotean a imagen y semejanza de los humanoides de España, pese a que son gringos de Los Ángeles, California; y todo el tiempo berrean chistes y frases hechas que sólo articulan y vociferan los españoletes cursis. Así, la tradicional leyenda que deifica al autor más o menos se desinfla en esta versión.

     
Boris Vian, trompetista de jazz
       Rock Bailey, la estrella del elenco, se ha propuesto perder su virginidad sólo al cumplir la veintena. Es un deportista con 90 kilos de peso y un metro 88 de altura. El año anterior ganó el título Mister Los Ángeles. Es el más atractivo de todos, por lo que constantemente tiene que quitarse de encima a las féminas que se lanzan sobre él para comérselo en un tris. Al principio sus chistes son muy bobos, ridículos y pedantes, precisamente del tamaño de su estupidez e ingenuidad; así, se cohíbe, ruboriza y grita al estar desnudo frente a una mujer desnuda. Suele encontrarse con sus amiguetes en el Zooty Slammer, el bar de Lem Hamilton, un pianista negro y gordo. Uno de tales compinches es Gary Kilian, reportero del California Call, y otro, menos compinche, es Douglas Thruck, crítico cinematográfico (sintomáticamente, para Boris Vian, quien parece sentirse filmado por Hollywood en el papel de Rock Bailey y quizá con la corpulencia y el rostro del goberneitor Arnold Schwarzenegger), cuyo sueño es escribir una Estética del cine, diez volúmenes en diez años de trabajo. 

Boris Vian en su papel de escritor
Cierta noche entre las noches el grupo se halla en una de sus reuniones en el bar; Rock Bailey, como siempre, exhibiendo su idiotez y su virginal éxito con las mujeres. Sale a tomar aire y un tipo con “la clásica treta del gángster decidido a hacer una jugarreta”, le pide fuego y le invita un cigarrillo que lo duerme. Lo secuestran y lo encierran desnudo con una mujer desnuda. 

Al regresar al bar con su virginidad intacta, sucede que Sunday Love, una de las chavas del grupo, de 17 años, descubre un cadáver en la caseta telefónica. 
A partir del secuestro y del crimen, el asunto cambia. Rock Bailey, junto con Gary Kilian, literalmente empiezan a jugar a los detectives (y el juego se prolonga hasta la última página), no sin invocar, como bendición, las películas de Humphrey Bogart. Rock Bailey deja de ser un niño bobo y con agilidad e inteligencia (pero también su cuate) deduce a la investigador policíaco e incluso sus chistes son menos tontos. 
Paralelamente a Nick Defato, el jefe de la policía, pero apoyados por éste, se introducen en la madeja de los misterios. ¿Qué mafia secuestró a Rock Bailey, en una especie de clínica, para que hiciera el sexo con una fémina tipo modelo de Playboy? ¿Quién mató al hombre de la caseta telefónica? ¿Quién hizo las fotos de vivisección con humanos? ¿Para qué se hacen tales operaciones quirúrgicas? ¿Quién y para qué ha desaparecido a varias mujeres bellas y jóvenes? ¿Las fotos y el atentado contra el coche en que viajaba Nick Defato aluden el enfrentamiento de dos bandas o es la escisión de una sola?
     
Boris Vian de locutor de radio
        El tono y el ritmo para resolver tales misterios iniciales es el juego del suspense: los improvisados detectives juegan y dicen bromas, pero también los otros personajes. Y si no escasean las chavas, los desnudos y los manoseos, también abundan los gags de acción citados líneas arriba, como las peleas cuerpo a cuerpo en las que destaca, para dar y recibir golpes y porrazos (así reza el estereotipado rosario de clisés del heroíno), la fortaleza y resistencia de Rock Bailey, pero también la de Mike Bokanski, el joven que se les une junto con su supuesto tío, el viejo Andy Sigman, dizque taxista, quien posee la peliculesca virtud de llegar al rescate en el momento en que se le necesita.

      Los crímenes, pesquisas y trompadas los conducen a la clínica del doctor Markus Schutz, ubicada en San Pinto, cerca de Los Ángeles. Esta es, al unísono, búnker y laboratorio clandestino; un laberinto subterráneo, con pisos y pisos, puertas y puertas, pasillos y pasillos. Allí, Rock, Mike y su perro Noonoo, son conducidos por el androide número 16 de la serie C, al que Rock bautiza: “Jef Devay”. 
Tal androide es un paradójico sapo, diría Jules Renard, en la sopa de perfección y belleza del doctor Schutz: además de feo y defectuoso, anima un odio al padre (en cuyos defectos, escuálida figura y pulsión parricida, se vislumbra una pátina del engendro abandonado por el doctor Frankenstein en la clásica novela que Mary W. Shelley publicó en 1818, tantas veces adaptada y parodiada en el cine, en la tele, en el cómic y en la novela gráfica), pero sobre todo les revela varios de los secretos del doctor Markus Schutz, el científico loco: que en poco tiempo fabrica humanoides; la escena de una vivisección; un suculento forniqueo entre dos insaciables androides. Y entre otras cosas, les enseña una cámara de incubación y envejecimiento acelerado en la que observan a varios embriones que serán androides de distintas series, cada ejemplar idéntico al modelo de la serie a que pertenece. Por último, les dice que el doctor Schutz se ha ido a una isla del Pacífico, de su propiedad, llevándose aparatos, archivos y series de sujetos. 
El defectuoso androide Jef Devay, además de sapo, es un hilo suelto, dado que después de que los héroes dejan el laboratorio, pese a que iba a seguir con ellos, nunca se sabe más de él. Lo mismo ocurre con Noonoo, el perro super entrenado que llega a hablar (otro clisé de caricatura y teleserie clasificación A) sin que nadie se sorprenda ni diga ni mu ni pío sobre el asunto. Simples detalles, como el chiste sobre el presidente Truman, al que llaman Truwoman.
        Al salir del búnker, Mike Bokanski y Andy Sigman revelan que son agentes secretos del FBI y que ya le seguían las huellas y la pista al doctor Markus Schutz. Gary y Rock, casi sin dormir ni comer y guiados por la compulsión que les dicta su instinto y su olfato de sabueso detectivesco (otro cliché), vuelan con los agentes en un B-29 rumbo a la isla del Pacífico, que fue base militar durante la guerra, por lo que entre los abandonados restos abundan los cascos japoneses. Al llegar, se dejan caer en paracaídas. Pero frente al fragor sexual visto en el anterior laboratorio y frente a lo incierto del regreso, Rock Bailey, antes de partir de la ínsula, decide perder la virginidad. Y en tal ámbito, al igual que su atlética fortaleza de heroíno, la escenas eróticas denotan que es un as del sexo: durante horas y horas lo hace con Sunday Love y casi enseguida y al mismo tiempo con Mona y Beryl. 
En la isla, luego de cruzar un jardín en el que no faltan los empalados (que evocan los cruentos sembradíos del legendario antropófago Vlad Tepes, El Empalador), pero con un letrero en el cuello que reza: aspecto defectuoso, resulta que en el nuevo búnker hay una orgía entre androides de ambos sexos, desnudos, perfectos, idénticos y superpotentes, todos de la serie O. Y puesto que Rock, camuflado, puede hacerse pasar por un ejemplar de la serie S, vuelve a demostrar sus ínfulas de superdotado. 
Boris Vian observando su efigie
  Cuando finalmente Mike y Rock se encuentran con el heresiarca, éste les presume que ya sabía que lo seguían, que su divisa es que se mueran los feos, que para exterminarlos llenará el orbe de generaciones bellas y perfectas, que ya posee androides infiltrados entre artistas famosos, deportistas campeones, políticos y militares con los que se apoderará de la Casa Blanca, como es el caso del almirante que comanda el cercano torpedero, que dizque iba a apoyar a los que llegaron por aire. 

A Mike y a Rock los enclaustran con dos androides idénticas y pese a que las inducen a escenificar para ellos un espectáculo lésbico, no pierden la cabeza. El viejo Andy Sigman, en cambio, se encierra con cuatro androides y delega su responsabilidad en Mike Bokanski. 
Boris Vian pensando en el cine
  El frijol en la sopa, o paradoja del caso, es que a partir de que el doctor Markus Schutz se va de vacaciones, pese a que se supone científico y megalómano obseso de la perfección y del todopoderoso poder, Mike Bokanski puede desmontarle los planes con una simple prueba del añejo: ordena que del torpedero le envíen 25 marinos guapos y 25 feos y los coloca frente a 50 hermosas, húmedas y sedientas androides. Luego ordena a éstas que se lancen sobre los marinos que ellas deseen. Sin pensarlo optan por los feos; es decir, están hartas de tanta perfección y belleza, el mismo síndrome y hastío que muestra Mike Bokanski e incluso el mismo almirante-androide, quien para calmarlo y excitarlo le dice que tiene a bordo, a su disposición, una secretaria jorobada, repulsiva, con una enorme sonrisa y una pata de palo.



Boris Vian, Que se mueran los feos. Traducción del francés al español de T.P. Lugones. Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores. Primera reimpresión mexicana. México, diciembre de 1992. 208 pp.


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Enlace a "Que se mueran los feos", interpretación de Los Xochimilcas.
"El jeque de Arabia", Boris Vian a la trompeta.

domingo, 5 de marzo de 2017

Chiquita




La reina liliputiense cubana

El cubano Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, junio 30 de 1956) obtuvo con Chiquita el XI Premio Alfaguara de Novela 2008. Se trata de un divertimento que posee un descomunal, hilarante y caricaturesco sentido lúdico y humorístico que impera en casi todas las páginas y en sus mil y una historias, en algunas de las cuales se transluce su estudio y análisis de la literatura infantil no sólo de América Latina y del Caribe y por ende a veces conllevan una mixtura popular muy emparentada con los cuentos para niños, adolescentes y jóvenes.


Antonio Orlando Rodríguez
En su “Nota final”, firmada en “Miami, noviembre de 2007”, el autor vierte una especie de declaración de principios: “Soy un novelista; es decir, un mentiroso profesional. Aunque este libro se inspira en la vida de Espiridiona ‘Chiquita’ Cenda, dista mucho de reproducirla con fidelidad. Se trata de una obra concebida desde la libertad absoluta que permite la ficción, así que cambié a mi antojo todo lo que quise y añadí episodios que, probablemente, a la famosa liliputiense le hubiese gustado protagonizar.
“He entremezclado sin el menor escrúpulo verdad histórica y fantasía, y dejo al lector la tarea de averiguar cuánto hay de una y de otra en las páginas de esta suerte de biografía imaginaria de un personaje real. Ahora bien, le recomiendo que no se fíe de las apariencias: algunos hechos que parecen pura fabulación están documentados en libros y periódicos de la época.”
(Alfaguara, México, 2008)
Sin embargo, pese a la broma implícita en esto último, a tales alturas del libro lo que declara resulta perogrullesco, pues inextricablemente urdidos a un enorme acopio de datos, hechos, anécdotas y personajes históricos y de la farándula (básicamente extirpados de los anales de Cuba, Estados Unidos y Europa), se desglosa con muchísimos detalles, pasajes y elementos imaginarios, maravillosos y fantásticos para conformar una novela bufa y no una biografía novelada. Así, Espiridiona Cenda del Castillo, la Chiquita del divertido y desternillante volumen de Antonio Orlando Rodríguez es, simple y llanamente, el personaje literario que lo protagoniza.
En cierta página del libro se indica la diferencia entre enanos y liliputienses (no por casualidad Lemuel Gulliver fue el seudónimo con que concursó el autor): los primeros son deformes, con la cabeza muy grande, casi sin cuello, con el pecho combado y alguna porra en la espalda; los segundos son a imagen y semejanza de las personas de talla “normal”. En este sentido, la Chiquita de la novela fue una encantadora y atractiva liliputiense, muy bien hechecita, que desde los diez años hasta su muerte midió 26 pulgadas.
Estrella de vaudeville en teatros, pero también atracción en ferias y zoológicos, sobre todo en Estados Unidos, la cubana Espiridiona Cenda del Castillo nació en Matanzas el 14 de diciembre de 1869, y murió en su casa de Far Rockaway, en Long Island, el 11 de diciembre de 1945, tres días antes de cumplir 76 años, acompañada por Rústica, su fiel y abnegada criada negra de toda la vida.
Con la falda corta, en una tarjeta postal vendida en la feria del condado
Lake, en Ohio, en 1926. Aunque por entonces estaba cerca de los cincuenta
y siete años de edad, en la dedicatoria que escribió en el reverso Chiquita
dice tener sólo cuarenta y cuatro años.
En el “Preámbulo de la novela, el supuesto albacea final (alter ego y homónimo del autor) que hizo posible la transcripción y edición de la supuesta biografía de Chiquita, puntualiza su identidad (novelística) al término de la primera nota al pie de página (cuyo conjunto, a lo largo de las hojas, también son parte de la ficción, del juego y de las bufonadas): “Todas las notas al pie de página son de Antonio Orlando Rodríguez”.
En tal prefacio el tocayo del autor dice que supo de Chiquita, por primera vez, cuando en La Habana, en 1990, Cándido Olazábal, un octogenario que “había sido corrector de pruebas de la revista Bohemia”, puso en venta su biblioteca antes de retirarse al asilo Santovenia, y que el anciano, por saber que Antonio era escritor, le ofreció las viejas cajas sobrevivientes del furibundo huracán Fox que en 1952 azotó e inundó a Mantazas y su hábitat, mismas que contenían papeles amarillentos y apolillados de lo que el joven Cándido mecanografió durante tres años (en medio de la Depresión Económica desencadenada en 1929) sobre la vida y milagros de Chiquita, oyendo la viva voz y el dictado de ésta, quien para tal cosa le brindó honorarios y cobijo en su casa de Far Rockaway.
En este sentido, el cuerpo central del volumen se desarrolla en dos vertientes alternas: los capítulos numerados con romanos, que se supone son la transcripción de las hojas otrora mecanografiadas por el joven Cándido; y los capítulos que se perdieron durante el huracán, también numerados con romanos pero entre corchetes, y que el parlanchín viejito Cándido Olazábal evocó y reconstruyó de memoria, no sin digresiones, hablándole de tú a Antonio y por ende los modismos y los giros coloquiales son más frecuentes.


Tarjeta para publicitar sus presentaciones en el Lit Brother's Free
Theatre de Pensilvania. Curiosamente, en el manuscrito no se
hace alusión a este momento de su carrera.
A esto se añaden tres anexos compilados y anotados por el tocayo del autor de la novela. Unos versos en inglés y español de la matancera quezque transcritos del folleto Chiquita “Little One”, dizque “publicado en Boston, alrededor de 1897”. La nota y listado: “Liliputienses y enanos: mientas más pequeños, más grandes”, que el húngaro F. Koltai, erudito en notable gente pequeña, publicó hacia 1926 en el Rhode Island Lady’s Magazine. Más un “Testimonio gráfico” sobre Chiquita que reproduce 19 imágenes (no muy legibles) con sus correspondientes lúdicos y jocosos pies.
Si después de tres años de trabajar en la casa de Far Rockaway, el joven Cándido está cansado y siente nostalgia de su terruño cubano y por ende se apresuran y él y Chiquita terminan la biografía en dos meses (su encomienda fue mecanografiarla no a modo de memorias autobiográficas en primera persona, sino a la manera de un narrador despersonalizado, omnisciente y ubicuo), esto coincide con los capítulos finales del volumen, cuando entre 1906 y 1909 comienza a sucederse cierto declive artístico y anímico de Chiquita. Es decir, el lector tiene la impresión de que si bien el novelista de carne y hueso no pierde la pulsión amena, fabulosa, juguetona y humorística, sí parece que también él se cansó y apresuró el paso para concluir de prisa con pequeñas anécdotas y grandes huecos y omisiones.


Chiquita
En 1872, en Matanzas, el príncipe ruso Alejo Romanov de paso por Cuba con una comitiva en la que figura su viejo preceptor: el contrahecho y feo enano Arkadi Arkadievich Dragulescu, a través de sus padres le obsequia a la bebé Chiquita una cadenita de la que cuelga una diminuta esfera de oro que tiene grabados unos crípticos jeroglíficos y lo que les dice de la joya parece la cháchara de un vendedor de maleficios y pócimas mágicas, quizá médium y experto en la bola de cristal, la quiromancia y la cartomancia: “Es un talismán”. “La esfera es el mundo, pero también es Sphairos, el infinito y la perfección. Si su niña lo lleva siempre consigo, el universo será gentil con ella, la buena suerte la acompañará a donde vaya y tendrá una vida larga y feliz.” 
Pues bien, alrededor de tal objeto (cuyo oculto meollo ignoran Chiquita y su parentela) se entretejen, a lo largo de la novela, el suspense y las intrigas más relevantes, pues además de los indicios sobrenaturales: los jeroglíficos se mueven en ciertos instantes y la bolita de oro emite luz y destellos a manera de señal o de advertencia de algún peligro, ocurren varios misteriosos asesinatos (a cuyos cadáveres les clavan en la lengua trece alfileres) y el furtivo robo de la joya durante una madrugada de agosto de 1896, día en que Chiquita debuta en el neoyorquino Palacio del Placer, precisamente con un show que alude la guerra de independencia de los cubanos contra el imperio español, sangriento enfrentamiento conjurado gracias a la dizque noble y quezque desinteresada y samaritana intervención del Tío Sam.


Chiquita poseía una voz afinada y bastante más potente
de lo que su talla hacía suponer.
Si diez meses después del hurto la joya es recuperada en forma subrepticia, su intríngulis comienza a despejarse cuando a Chiquita, en la feria mundial de Omaha, en 1898, el chino Ching Ling Foo, mago y amante suyo con quien hace el amor levitando en medio de una nube, le dice que la alhaja es emblema de la secreta “secta de los pequeños” y que en algún momento le pedirán que se integre a ella; y opta por no decir una palabra más, porque no quiere aparecer muerto y con trece alfileres clavados en la lengua.
Tal requerimiento ocurre durante la noche del 14 de diciembre de 1900, día de su 31 aniversario, cuando en un ineludible viaje astral le es revelada la arcana existencia de La Orden de los Pequeños Artífices de la Nueva Arcadia, cuyo origen data del siglo XV, ídem la acuñación de su idioma secreto (los jeroglíficos). Y si bien sus cofrades de enanos y liliputienses otrora se infiltraron “en las cortes de emperadores, reyes y príncipes de Europa” con tal de incidir en las decisiones de los poderosos y en el rumbo de la historia, su objetivo último es apoderarse del gobierno del planeta, pero encabezado por la gente pequeña. 
Tal propósito megalómano y hegemónico es dirigido por una especie de diocescillo bajuno llamado Demiurgo (al parecer del más allá ¿subterráneo? o de un ámbito liminal entre el sueño y la vigilia o de una dimensión paralela a la nuestra); por su dedo flamígero y las conjunciones astrales Chiquita fue elegida al nacer. Es por ello que se le entregó la joya para que siempre la llevara consigo; y no es un talismán, sino el indicativo de la posición privilegiada y única que le corresponde dentro de la autoritaria, dogmática y excluyente Orden, que además le sirve para realizar las bilocaciones; es decir, que mientras el Maestro Mayor y los cuatro Artífices Superiores (quienes también tienen sus bolitas de oro) dejan su cuerpo físico en la cama o en otro sitio, éstos, con su cuerpo astral, viajan por el espacio y se reúnen y dialogan entre sí.


Medir mucho menos que los demás no significaba que pudieran
esclavizarla o arrogarse el derecho de decidir por ella.
Sin embargo, a Chiquita, pese a su designación ultraterrena y privilegiada en la jerarquía inamovible y dictatorial, la secta le importa un comino y con ello su cualidad paranormal de bilocación; y esto contrasta con el silencio y la indiferencia del Demiurgo (que al parecer se equivocó de títeres y sumos acólitos) y con la paulatina ruina y muerte de la Orden, antecedida por la extinción de un par de sectarios y cruentos desgajamientos: Los Auténticos Pequeños y Los Verdaderos Auténticos Pequeños.


¿Su última foto?


Antonio Orlando Rodríguez, Chiquita. Alfaguara. México, 2008. 510 pp.


martes, 14 de febrero de 2017

La invención de Morel



Una isla habitada por fantasmas artificiales

En noviembre de 2002, en Caracas, Venezuela, con el número 221 de la serie Biblioteca Ayacucho, se terminó de imprimir un tomo que reúne tres libros del narrador argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999): La invención de Morel (Losada, 1940), Plan de evasión (Emecé, 1945) y La trama celeste (Sur, 1948), cuya “Selección, prólogo, notas, cronología y bibliografía” se deben a Daniel Martino, autor del libro ABC de Adolfo Bioy Casares (Emecé, 1989), quien cuidó la edición del Libro abierto: De jardines ajenos (Tusquets, 1996), el primer volumen de los personales y secretos diarios de Adolfito; y editor del par de póstumos y expurgados volúmenes de los  Diarios íntimos de Adolfo Bioy Casares: Descanso de caminantes (Sudamericana, 2001) y el voluminoso Borges (Destino, 2006).
La invención de Morel
(Sur, Buenos Aires, 1948)
Según reporta Daniel Martino en su “Prólogo”, la segunda edición de La invención de Morel (Sur, 1948) “corrige vocablos y atenúa expresiones: su cotejo con la primera muestra que casi no hay línea que no haya sido modificada. Las dos ediciones siguientes, de 1953 y 1991, en cambio introducen un número considerablemente menor de variantes.” En este sentido, anuncia en su nota “Criterio de esta edición”: “La presente edición sigue la cuarta y definitiva, cuyo texto fue fijado por Daniel Martino en 1991. Únicamente se ha corregido la divisa que cita el náufrago [Hostinato rigore] para ajustarla a la grafía original leonardiana tal como la invoca Valéry y tal como aparecía en la primera edición de la novela. En las notas se incluyen sólo aquellas variantes que alteran contenidos.”
Daniel Martino y Adolfo Bioy Casares
(Madrid, 1991)
       En contraste con el rigor del “Prólogo” de Daniel Martino (un ensayo repleto de citas donde repasa la obra de Adolfo Bioy Casares), lo primero que extraña en la presente edición de La invención de Morel es la ausencia de la dedicatoria: “A Jorge Luis Borges”; es probable que se trate de una simple errata, de un craso descuido, pues se sabe que la amistad y la mutua estima entre ambos autores perduró hasta el fin de sus días; hipótesis que es reforzada por el hecho de que Plan de evasión sí incluye su dedicatoria: “A Silvina Ocampo”. Afortunadamente el célebre “Prólogo” de Borges, fechado en “Buenos Aires, 2 de noviembre de 1940”, sí fue incluido, memorable porque celebra la “imaginación razonada” de Bioy en términos deificantes: “He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído: no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.”
Día de la boda de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
Las Flores, enero 15 de 1940
Testigos: Jorge Luis Borges, Enrique Drago Mitre y Oscar Pardo
         En sus Memorias (Tusquets, 1994), Bioy recuerda que fue un mal administrador de Rincón Viejo, la estancia en Pardo, propiedad de su familia paterna, ubicada a 35 km de Las Flores (donde se casó con Silvina el 15 de enero de 1940) y a 214 km de Buenos Aires. En Rincón Viejo montaba a caballo y tenía sus perros; un gran danés, su favorito, se llamaba Áyax (1931-1942); en algún momento fueron nueve canes y Silvina Ocampo los tributó en “Nueve perros”, cuento dedicado a Bioy, reunido en su libro Los días de la noche (Sudamericana, 1970). En Rincón Viejo, Bioy leía mucho y allí escribió La invención de Morel. Según dice en la página 92 de sus Memorias: “Hacia 1937, cuando yo administraba el campo del Rincón Viejo, sentado en las sillas de paja, en el corredor de la casa del casco, entreví la idea de La invención de Morel. Yo creo que esa idea provino del deslumbramiento que me producía la visión del cuarto de vestir de mi madre, infinitamente repetido en las hondísimas perspectivas de las tres fases de su espejo veneciano.”
La invención de Morel
(Losada, noviembre 14 de 1940)
Sobrecubierta de Norah Borges
Por la notas de un supuesto editor y por lo que el protagonista anónimo narra en primera persona, el lector pronto descubre que los fragmentos de La invención de Morel son el póstumo testamento de un náufrago, el diario de un perseguido por la justicia (desde Caracas, Venezuela), que al huir de la sentencia a cadena perpetua llegó en bote, casi al azar (no sabía leer la brújula), a una isla desierta cercana a Rabaul, en Sicilia, que supura una terrorífica leyenda negra que en Calcuta le recitara Dalmacio Ombrellieri, un italiano vendedor de alfombras (alguna vez fue con él a un burdel de hetairas ciegas), quien le brindó la subrepticia ayuda para llegar allí como un objeto de contrabando: nadie la habita, de no ser un museo, una capilla y una alberca, conjunto abandonado más o menos en 1924. Le dijo, además, que esa isla solitaria, de malignos arrecifes y corales, de súbitas mareas y mórbida vegetación y fauna, es el foco de una extraña enfermedad que propicia la caída de las uñas, del pelo, de la piel y de las córneas de los ojos. “Los tripulantes de un vapor que había fondeado en la isla estaban despellejados, calvos, sin uñas —todos muertos—, cuando los encontró el crucero japonés Namura. El vapor fue hundido a cañonazos.” 
       La vida del condenado y perseguido en esa “corte de los vicios llamada civilización” era un oscuro y pestilente laberinto. Su tabla de salvación parecía ser la isla; pero también la ínsula, tan sólo por su salvaje y agreste naturaleza, es otro laberinto plagado de infortunios y pestes que agudizan sus carencias, padecimientos, fobias, delirios, sugestiones, fantaseos, pesadillas, sueños, deseos inasibles, inutilidad práctica e ignorancia, pese a su cultura, salpimentada por algún latinajo, y por su ampulosa y risible pretensión de “escribir la Defensa ante sobrevivientes y un Elogio de Malthus”; y, más aún, por sus falaces reflexiones metafísicas en torno a la inmortalidad, pues al recorrer por primera vez los libreros del hall del museo, dice: “Recorrí los estantes buscando ayuda para ciertas investigaciones que el proceso interrumpió y que en la soledad de la isla traté de continuar. Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Sólo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia.”
La invención de Morel
(Losada, noviembre 14 de 1940)
Portada de Norah Borges
La arquitectura del museo y sus detalles decorativos (el biombo de espejos de más de veinte hojas, por ejemplo) revelan que su asombrosa construcción es un enigma y otro laberinto. A esto se agrega la aparición de unos seres vestidos a la moda de los años veinte, que se divierten y matan el tiempo a imagen y semejanza de vacacionistas en un gran hotel. Hay entre ellos una fémina: Faustine, que ciertos crepúsculos posa en las rocas como si lo hiciera ante un fotógrafo invisible. El fugitivo, a escondidas y hecho un voyeur, se enamora de la fémina; y con claros y grotescos indicios de psicosis, en ella deposita sus quimeras e inciertas esperanzas. Cayendo en cursilerías y en humillaciones, el prófugo hace lo posible por conmover y conquistar a Faustine; pero ella y los demás (inquilinos y servidumbre) actúan como si él no existiera. Llega a suponer que todo es una teatral conjura contra él, urdida por esos “héroes del snobismo” o “pensionistas de un manicomio abandonado”, que tal vez lo entreguen a la policía, si es que la policía no es la responsable de todo...
       Oculto, una sombra furtiva, el astroso condenado espía y observa una misteriosa reunión nocturna convocada por Morel, el propietario de la isla y del museo. En las palabras que oye empieza a entrever el meollo del fantasmal asunto: esos seres que deambulan en la solitaria ínsula son reproducciones de una especie de máquina cinematográfica inventada por Morel. Repiten una y otra vez lo sucedido durante siete días, la semana que grabaron los receptores de actividad simultánea.
       El artilugio de Morel es activado con la energía que generan las mareas. Siempre y de un modo idéntico se repite ese tiempo circular: una semana. Infinitesimal y perniciosa inmortalidad y pesadillesco eterno retorno. Es el triunfo de Morel, su dicha y condena de científico loco. Lo cual, ineluctablemente, denota que pertenece a la estirpe de los científicos locos que habitan las obras no sólo de ciencia ficción (literarias y cinematográficas) habidas y por haber. 
     La proyección de los siete días, ubicua, se posesiona de la isla y pese a la superposición coexisten dos espacios y dos tiempos distintos. Las imágenes proyectadas, más que especulares, como de cuarta dimensión, son terriblemente verosímiles: tienen la exacta apariencia de lo real. El fugitivo percibe sonidos, aromas, hedores, volúmenes, epidermis; e incluso pasa por un episodio en el que vive la terrorífica certidumbre de que en la bóveda celeste han surgido dos soles y dos lunas. No obstante, su mayor tribulación es la fría indiferencia de Faustine y el modo de seducirla y conquistarla. Las imágenes del artificio no pueden atravesarse y son indestructibles en las horas de su proyección. Esto lo descubre en uno de sus momentos más angustiosos: cuando al buscar la manera de interrumpir el mecanismo, queda encerrado entre las paredes de porcelana celeste de la secreta habitación de las máquinas, que él por causalidad otrora descubrió (buscaba alimentos).
Biblioteca Ayacucho núm. 221
(Caracas, 2002)
      Además de los lúdicos pies de página del supuesto editor, el diario del fugitivo incluye la transcripción comentada de ciertas notas que dejó Morel; pero también esto implica la inextricable suma de sus deducciones. Esa enfermedad que mató a los tripulantes del vapor citado líneas arriba, no es otra cosa que los efectos causados por los receptores a la hora de grabar (los muertos eran Morel y su grupo). Luego de ser grabados, los árboles y las plantas quedan secos y los humanos pierden la vida, casi como supone el arcaico atavismo de ciertos pueblos primitivos: que al formarse la imagen fotográfica de un individuo, “el alma pasa a la imagen y la persona muere”.
       La Faustine de carne y hueso desdeñaba a Morel, observa el fugitivo (“Bella como la noche y fría como la Muerte”, decía Luis Buñuel ante la bellísima e inasible Catherine Deneuve). El único Paraíso y la única inmortalidad a la que logró acceder con Faustine son esos siete días, esos efímeros intentos de seducción destinados a repetirse una y otra vez, esos fugaces diálogos en los que desde el fondo de su conciencia (si es que vive en la imagen) la oye y contempla por siempre jamás. 
 
Silvina Ocampo
Foto: Adolfo Bioy Casares
       Para poseer a Faustine, para hacerla suya a perpetuidad, Morel inventó y construyó el artefacto; es decir, ante la índole inasible y evanescente de la fémina y frente a la frustración de sus deseos y sueños más íntimos: la mató, se mató y mató al grupo de amigos. “La hermosura de Faustine merece estas locuras, estos homenajes, estos crímenes”, se dice el fugitivo, muy identificado con la megalomanía y cruel apoteosis de Morel. De modo que proclama: “Yo soy el enamorado de Faustine; el capaz de matar y de matarse; yo soy el monstruo.”
       Así, el prófugo de la justicia, un hombre sin esperanza, que se dice escritor y con el erosionado anhelo de haber querido vivir en una isla desierta, perdido en el insular laberinto, enfermo y loco de amor y desahuciado ante la imagen de esa mujer que sabe imposible, decide morir y entregarse, también, a “la eterna contemplación de Faustine”. Durante quince días, siguiendo las imágenes de los siete días que grabó Morel, ensaya el libreto de su autoría: lo que serán sus actos y parlamentos con que matiza su papel de eterno voyeur. Luego, regraba las escenas de Morel con él incluido en el elenco y cambia los discos. Así, “las máquinas proyectarán la nueva semana, eternamente”.


Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares



Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel, Plan de evasión, La trama celeste. Selección, prólogo, notas, cronología y bibliografía de Daniel Martino. Biblioteca Ayacucho (221). Caracas, 2002. 396 pp.


El gran Gatsby




Tú vales más que todos ellos juntos

Abundan las traducciones del inglés al español de El gran Gatsby, la novela más famosa del norteamericano Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), publicada por primera vez en 1925, en Nueva York, por la reputada editorial Charles Scribner’s Sons. La presente, urdida por Justo Navarro (Granada, 1953) con una serie de brevísimas notas, se distingue por estar vertida en una atractiva edición en cartoné editada en 2012, en Barcelona, por Sexto Piso, cuya medidas (24.2 x 17.2 cm), buen papel, diseño y maquetación favorecen las viñetas e ilustraciones en color del artista gráfico Jonny Ruzzo (Rhode Island, 1983), una de las cuales, la que se observa a lo largo y a lo ancho de las páginas 18 y 19, tributa la caracterización que la actriz Mia Farrow hizo de Daisy Buchanan en el filme homónimo, estrenado 1974, con guión de Francis Ford Coppola y la dirección de Jack Clayton. 
(Sexto Piso, Barcelona, 2012)
       
Portada del DVD del filme El gran Gatsby (1974)
basado en la novela homónima de Francis Scott Fitzgerald.
En la imagen:
Mia Farrow (Daisy Buchanan) y Robert Redford (Jay Gatsby), protagonistas.
       
Jordan Baker y Daisy Buchanan
Ilustración de Jonny Ruzzo que se observa en las
páginas 18 y 19 de El gran Gatsby (Sexto Piso, 2012)
       
Francis Scott Fitzgerald
(1896-1940)
     
Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre
           No obstante, ni en la página legal ni en la cuarta de forros ni en las notas del traductor se acredita la susodicha primera edición, cuya fecha es significativa puesto que la trama de la novela se desarrolla en el contexto de la Prohibición y de la Era del Jazz. Se puede disentir de los criterios del traductor, ya sea en la elección del vocabulario, en la construcción sintáctica y sus añadidos culturales y en el arbitrio de las notas. Por ejemplo, Justo Navarro no dice nada de Zelda Sayre (1900-1948), la esposa de Fitzgerald, a quien se la dedicó (“Una vez más, a Zelda”); ni “del káiser Guillermo”, por decir algo. Pero las torpezas alarman y asombran en un traductor que se supone es un profesional del oficio, con reconocimientos y premios. En la página 77, por ejemplo, Jordan Baker, la joven jugadora de golf que se volvió amiga de Nick Carraway —quien es la voz narrativa que rememora y escribe el libro—, al narrarle a éste minucias de su pasado biográfico vinculado al pasado biográfico de Daisy en Louisville, dizque dice: “Y bueno, hace unas seis semanas, [Daisy] oyó el nombre de Gatsby por primera vez al cabo de los años. Fue cuando te pregunté en West Egg —¿te acuerdas?— si conocías a Gatsby.” Y es allí donde descuella un yerro, pues dentro de la lógica de la obra y como se lee en la página 21, Jordan Baker se lo preguntó en East Egg y no en West Egg.

Justo Navarro, traductor
Es decir, en el capítulo uno, cuando Nick Carraway empieza a contar la historia, deja claro que él llegó a vivir al Este, cerca de Nueva York, en “la primavera de 1922”, precisamente a la bahía de Long Island, a una pequeña casa rentada situada en West Egg (contigua a la descomunal mansión de Jay Gatsby, a quien entonces no conocía), y que Daisy, su ricachona prima lejana, casada con el riquísimo Tom Buchanan, tiene su mansión exactamente en el lado opuesto de la bahía: en East Egg. El día que Jordan Baker le pregunta a Nick Carraway si conoce a Gatsby, es el primer día que Nick visita la mansión de Daisy y el día que conoce a Jordan Baker y por ende el errado pasaje debió leerse más o menos como lo tradujo E. Piñas en una edición de Plaza & Janés publicada en Barcelona en julio de 1984: “Bueno, hace unas seis semanas oyó el nombre de Gatsby por vez primera en muchos años; fue cuando te pregunté, ¿te acuerdas?, si conocías a un Gatsby que vive en West Egg?”

(Plaza & Janés, Barcelona, julio de 1984)
  La novela El gran Gatsby se divide en nueve capítulos numerados. Los hechos centrales se suceden en un margen de tres meses: entre junio y septiembre de 1922. Y Nick Carraway —entonces un modesto vendedor de bonos en Nueva York que casi al final de tal lapso cumple 30 años— los evoca y narra en 1924 como una especie de tributo a la memoria y a la amistad de Jay Gatsby, ese legendario y romántico personaje, de súbito y dramático fin, cuya moral y actos, pese a enriquecerse y moverse en ámbitos mafiosos y proscritos por la ley, él coloca muy por encima de los petulantes burgueses de East Egg y de los locos, egoístas y fugaces advenedizos que los fines de semana infestaban su mansión en busca del prohibido alcohol, del banquete y del frenético desfogue con el shimmy y el jazz. “Son mala gente”, “Tú vales más que todos ellos juntos”, fue lo último que alcanzó a decirle unas horas antes de que lo mataran a balazos, casi como un corte de caja e ineludible epitafio.

Ilustración de Jonny Ruzo
La novela no hace una intromisión en las gansteriles andanzas de Jay Gatsby ni en el modus operandi con que, de manera vertiginosa, amasó esa miliunanochesca fortuna que derrocha a manos llenas en su infausto anhelo y frustrado intento de seducir y reconquistar a Daisy; pero sí brinda pistas de sus nexos, siendo el más elocuente su trato con Meyer Wolfshiem, el judío e impune capo que “amañó la serie mundial de las Grandes Ligas de béisbol en 1919”, quien desde la fachada de su empresa neoyorquina, cuyo rótulo reza: “The Swastika Holding Company”, confabula conexiones para favorecer “negocios” en el mercado negro. Es decir, según se narra, luego de que Gatsby retornó de Europa tras el armisticio que puso término a la Gran Guerra y de una estancia de cinco meses en Oxford, Inglaterra, en 1919, (una especie de premio por sus servicios en el ejército norteamericano), Wolfshiem lo rescató de la pobreza y lo hizo rico prácticamente en un santiamén. Y según le echa en cara Tom Buchanan, el treintañero esposo de Daisy, en un ríspido desencuentro en una suite del Hotel Plaza de Nueva York: “Él [Gatsby] y ese Wolfshiem compraron un montón de drugstores en callejuelas de aquí y de Chicago y se dedicaron a vender licor de contrabando.” 


Ilustración de Jonny Ruzzo
     
Jonny Ruzzo
       El caso es que Jay Gatsby, de origen humilde y cuyo nombre real era James Gatz, abandonó su casa paterna a los 17 años. Cuando en 1917 se entrenaba en Camp Taylor para ir a la Gran Guerra fue cuando conoció a Daisy, quien en Louisville era una opulenta joven de 18 años rodeada de pretendientes. Gatsby le hizo creer que eran de la misma posición social y la sedujo; pero dado que tuvo que partir a Europa, el romance, frente a frente, sólo duró un mes: entre octubre y noviembre de 1917. Se escribieron cartas; pero en junio de 1918 ella se casó con Tom Buchanan, de acaudalada familia en Chicago. Aún estaba en Oxford cuando recibió la funesta noticia en una carta de Daisy. Aún así, al regresar, y entonces los recién casados andaban de luna de miel en los Mares del Sur, fue a Louisville y recorrió los sitios donde estuvo con ella. 

Es decir, sin un clavo en el bolsillo, Gatsby se quedó prendado y obsesionado por Daisy. De modo que a mediados de 1922, ya fastuosamente enriquecido y con rutilante glamour, todo lo que ha hecho y hace gira en torno a ella. Sin embargo, la fémina, superficial y ligera, no es modelo de nada y a sí misma se retrata y radiografía cuando bosqueja lo que pensó cuando en 1919 nació su hija de 3 años (con Tom ausente): “Estupendo”, “me alegra que sea una niña. Y espero que sea tonta. Es lo mejor que en este mundo puede ser una chica: una tontita preciosa.”
Viñeta de Jonny Ruzzo
A través de Nick Carraway, su vecino, Gatsby logra acercarse a Daisy cuando el próximo noviembre de 1922 se cumplirán cinco años desde la última vez que se vieron. Le exhibe su enorme mansión y su deslumbrante opulencia y entre ambos se entabla un vínculo subrepticio que contrasta con la doble moral y la mojigatería que define a Tom Buchanan, pues además de megalómano y racista, ha sido un perpetuo donjuán que en esos momentos tiene una voluptuosa y locuaz amante: Myrtle, casada con Georges Wilson, un pobretón mecánico y gasolinero que también se dedica a la compraventa de autos usados. Para tal querida, Tom ha montado un departamento en Nueva York donde ocurre una borrachera, cuyo machista corolario es el manotazo con que él le rompe la nariz porque ella se empeña en pronunciar y repetir el sacrosanto nombre de Daisy.

Ilustración de Jonny Ruzzo
Durante el susodicho desencuentro entre Jay Gatsby y Tom Buchanan en una suite del Hotel Plaza de Nueva York, se transluce, en lo que argumenta Gatsby y acota Daisy, que ambos habían hablado sobre la posibilidad de que ella dejara a su marido y se fuera con él. Sin embargo, pese a lo que vocifera en contra de Tom, Daisy da visos de que no será así, pues le grita a Gatsby: “¡Pides demasiado!”, “Te quiero, ¿no es suficiente? No puedo borrar el pasado. —Empezó a sollozar sin poder contenerse—. Lo he querido, pero también te quería a ti.”

Ilustración de Jonny Ruzzo
  Después de los insultos, de la discusión y del melodrama, Gatsby y Daisy regresan a Long Island en el Rolls Royce amarillo de él; mientras más tarde lo hacen Nick Carraway, Jordan Baker y Tom Buchanan en el cupé azul de éste. Es en tal interludio cuando casi frente al puesto de gasolina de Georges Wilson, el veloz Rolls Royce amarillo atropella y mata a Myrtle, quien salió de su casa a toda carrera y haciendo señas suponiendo que lo iba manejando Tom (recién, de ida, lo había visto tras el volante). El Rolls Royce no se detuvo ni esquivó el golpe y se dio a la fuga. Y aunque al parecer fue un inesperado accidente, cabe la posibilidad de que no haya sido así, pues era Daisy quien lo conducía.

Ilustración de Jonny Ruzzo
El caso es que tras la muerte de Myrtle, sale a relucir, ante un vecino, que Georges Wilson había encerrado a su mujer, para llevársela a otro lugar, porque recién había descubierto indicios de que tenía una aventura (“había vuelto de la ciudad con la cara amoratada y la nariz hinchada” y “en el tocador, envuelta en papel de seda”, guardaba “una correa de perro, muy cara, de piel con adornos de plata”), pese a que no sabía quién era él. Deprimido, indaga el nombre y el domicilio del propietario del Rolls Royce amarillo. Es así que llega hasta la mansión de Gatsby; y mientras éste descansa en medio de la alberca echado sobre un colchón inflable, lo mata a balazos y luego se suicida en el jardín.

Ilustración de Jonny Ruzzo
  Nick Carraway, siempre preocupado y solidario con la suerte de su amigo, es quien se encarga de organizar las exequias, a las que, reveladoramente, casi no va nadie, ni siquiera el gánster judío que dizque lo hizo “un hombre de negocios”. Sólo un ser querido figura en el entierro: Henry C. Gatz, el padre de Gatsby, llegado “de un pueblo de Minnesota”, junto a los pocos asistentes circunstanciales: el ministro luterano, “cuatro o cinco criados y el cartero de West Egg, todos empapados hasta los huesos”. Y en los últimos minutos, ya en el cementerio, arriba “Ojos de Búho”, el único de entre los cientos de fiesteros que iban a saciarse a las ruidosas bacanales del gran Gatsby. 

Ilustración de Jonny Ruzzo
Aunado al hecho de que Gatsby y Tom quedaron en segundo plano ante la hipotética decisión que tomara Daisy: irse con el amante o quedarse con el marido, su rol de hipócrita femm fatale queda rubricado por la fría y egoísta indiferencia que observa Nick Carraway: “Daisy no había mandado ni un mensaje ni una flor”. Y más aún, poco después descubre, para sus adentros y al hablar con Tom, que Daisy, que no asumió su responsabilidad ante la muerte de Myrtle (imprudente o no), tampoco le reveló a su marido que era ella quien manejaba el Rolls Royce y no Gatsby, y por ende Tom le replica a Nick: “Ese individuo recibió lo que merecía. Te cegó igual que cegó a Daisy, pero era peligroso. Atropelló a Myrtle como quien atropella a un perro, y ni siquiera se paró.” 

        No asombra, entonces, que el buenazo y moralista de Nick Carraway, quien de sí mismo proclama: “soy una de las pocas personas honradas que he conocido en mi vida”, dictamine de ellos: “Tom y Daisy eran personas desconsideradas. Destrozaban cosas y personas y luego se refugiaban detrás de su dinero o de su inmensa desconsideración, o de lo que los unía, fuera lo que fuera, y dejaban que otros limpiaran la suciedad que ellos dejaban...”
Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald



Francis Scott Fitzgerald, El gran Gatsby. Traducción del inglés al español de Justo Navarro. Ilustraciones a color de Jonny Ruzzo. Sexto Piso. Barcelona, 2012. 168 pp.


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Enlace a un trailer de El gran Gatsby (1974), largometraje dirigido por Jack Clayton, basado en la novela homónima de Francis Scott Fitzgerald.

Enlace a un trailer de El gran Gatsby (2013), película dirigida por Baz Luhrmann, basada en la novela homónima de Francis Scott Fitzgerald.