martes, 5 de diciembre de 2017

La guerra de los mundos

Bajo el talón de los marcianos

I de III
El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) leyó en inglés la prolífica y polifacética obra del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946). De ahí que lo haya antologado y prologado, en español, en dos libros pertenecientes a dos colecciones canónicas seleccionadas y dirigidas por él y su dedo flamígero de demiurgo mayor (que alguna poderosa empresa editorial del siglo XXI debería exhumar y editar para los remisos y sobre todo para las nuevas generaciones de lectores de habla hispana). Uno es La puerta en el muro, número 11 de la serie La Biblioteca de Babel, editado en Madrid, en 1984, por Ediciones Siruela, que compila los relatos: “La puerta en el muro”, “El país de los ciegos”, “El caso Plattner”, “La historia del difunto señor Elvesham” y “El huevo de cristal” (que es un pequeño, camuflado y perdidizo objeto alienígena donde, en su interior y en la obscuridad, se pueden observar imágenes que corresponden al planeta Marte y sus habitantes, y donde al unísono, desde allá, se ve el planeta Tierra como una reluciente estrella vespertina); del cual, en su prefacio, revela: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” El otro libro, editado en 1985 por Hysparémica, en Madrid y en Buenos Aires, es el número 14 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges y reúne a La máquina del tiempo (1895) y a El hombre invisible (1897), dos de las novelas más famosas y sucesivamente traducidas y reeditadas de H.G. Wells, uno de los angulares precursores de la ciencia-ficción de siglo XX; obras, de eufónicos títulos (explotados ad nauseam por la industria del cine), no menos célebres que La isla del Doctor Moreau (1896), La guerra de los mundos (1898) y Los primeros hombres en la Luna (1901).
H.G. Wells con su primer traje de etiqueta
(enero de 1895)
Foto en H.G. Wells (Circe, 1993),
biografía de Anthony West
       Abundan las dispersas y múltiples alusiones de Borges sobre la obra de H.G. Wells —entre las más notables descuella la que se lee en “La flor de Coleridge”, ensayo publicado el 23 de septiembre de 1945 en La Nación, periódico de Buenos Aires, luego compilado en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952), donde también antologó a “El primer Wells”, ensayo que se autoeditó, en septiembre de 1946, en el número 9 de Los anales de Buenos Aires; y la reseña ideológico-política 
“Dos notas”, que con el título Dos libros de este tiempo” había publicado el 12 de octubre de 1941 en La Nación, en cuya primera parte alude tres libros de Wells leídos por él en inglés: Guide to the New World. A Handbook of Constructive World Revolution (1941), The Fate of Homo Sapies (1939) y The Common Sense of War and Peace (1940)—. Y en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica de la capital argentina, Borges publicó tres cuentos de H.G. Wells traducidos por él: “El caso del difunto Mr. Elvesham” en el número 28 (febrero 17 de 1934), “Los distantes ojos de Davidson” en el número 41 (mayo 19 de 1934) y “El cono” en el número 58 (septiembre 15 de 1934). Y en la revista Sur se ocupó de su obra en cuatro artículos: “Wells, previsor”, en el número 26 (noviembre de 1936); “H.G. Wells y las parábolas”, nota en torno a The Croquet Player y Star Begotten, en el número 34 (julio de 1937), incluida en 1957 en su libro Discusión (Gleizer, 1932); “Apropos of Dolores”, nota en torno al libro homónimo, en el número 50 (noviembre de 1938); y la reseña “H.G. Wells, Travels of a Republican Radical in Search of Hot Water” en el número 64 (enero de 1940). Y en “Libros y autores extranjeros”, sección de la revista bonaerense El Hogar, entre el “27 de noviembre de 1936” y el “24 de marzo de 1939”, Borges comentó y criticó en español, brevísimamente, ocho libros de H.G. Wells leídos en inglés: Things to Come, The Croquet Player, Star Begotten, Brynhild, The Brothers, The Camford Visitation, Apropos of Dolores y The Holy Terror. Y el “13 de mayo de 1938” concluyó la miscelánea subsección “De la vida literaria” con un sarcástico e hilarante comentario: “En el segundo volumen de su Autobiografía, H.G. Wells declara que Marcel Proust tiene menos valor documental y es menos divertido que un diario viejo y que éste ofrece la ventaja de ser más fidedigno y de no imponer su interpretación.”   
 
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      Pero la relevante anécdota para la presente nota, y como preludio a mi reseña de La guerra de los mundos —la novela de H.G. Wells editada en octubre de 2016 por Libros del Zorro Rojo—, descuella el hecho de que el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar (cuando aún era reciente la sonora “broma de Halloween” con que Orson Welles y el Mercury Theatre aterrorizaron a los crédulos radioescuchas de la cadena CBS que oían “un programa de música de baile” “interrumpido por unos alarmantes boletines informativos”, y por entrevistas y transmisiones supuestamente en vivo desde el dramático lugar de los hechos, que reportaban el arribo de los marcianos haciendo la destructiva guerra a los horrorizados y masacrados terrícolas en varios lugares del país del Tío Sam), Borges, en la subsección “De la vida literaria” y con el título “H.G. Wells contra Mahoma”, alude otra perenne guerra de los mundos ideológico-religiosos, que da visos de que por esas trincheras del planeta Tierra podría existir otro ayatola Jomeini, barbudo y ortodoxo, dispuesto a condenar a la hoguera otros Versos satánicos y a su barbudo autor anglohindú, por sus presuntas blasfemias contra el Islam, El Corán y su profeta. En su prefacio a La puerta en el muro, Borges recuerda que al igual que George Bernard Shaw, H.G. Wells perteneció a la Sociedad Fabiana de Londres, una agrupación de intelectuales con ideas pragmáticas y socialistas, pero no marxistas ni revolucionarias ni todos coreando al unísono una especie de candorosa y acólita internacional socialista; no obstante, Wells, en su búsqueda de un hipotético y cooperativo “Estado mundial organizado” —según se lee casi al término de su Experimento en autobiografía (Espasa-Calpe Argentina, 1943)— llegaría a alabar los “logros” en la URSS del sanguinario genocida y dictador José Stalin y su supuesta personalidad (“Jamás he visto a un hombre más cándido, más limpio y más honesto”), con quien dialogó en 1934 en su viaje al Kremlin de Moscú, el epicentro de la totalitaria e imperialista cortina de hierro. En este sentido (y contrasentido), Borges apunta: “En su libro La conspiración abierta, Wells declaró que la división actual del planeta en distintos países, regidos por distintos gobiernos, es del todo arbitraria y que los hombres de buena voluntad acabarán por entenderse y prescindirán de las formas actuales del Estado. Las naciones y sus gobiernos desaparecerán, no por obra de una revolución, sino porque la gente comprenderá que son del todo artificiales.” 
   
Espasa-Calpe Argentina
(Buenos Aires, 1943)
           Pese a que Borges recuerda que “Anatole France dijo de él que era ‘la mayor fuerza intelectual del mundo de habla inglesa’”, se trata de un presagio incierto, de una vaporosa y evanescente utopía (digna de la Oda a la alegría de Beethoven) que, sin proponérselo, refrenda, por actual (en el contexto de la globalizada islamofobia y viceversa), el meollo de la breve nota “H.G. Wells contra Mahoma”, escrita con ese estilo borgeseano de condensada erudición enciclopédica que se aprecia, por ejemplo, en su prefacio a La cruzada de los niños, de Marcel Schwob; en su prólogo a Mystical Works, de Emmanuel Swedenborg; y en algunos de los textos del Libro del cielo y del infierno (Emecé, 1960), antología urdida a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares:
“Es conocida la veneración que el Islam profesa por su libro sagrado. Los teólogos musulmanes afirman que el Corán es eterno, que los ciento catorce capítulos que lo forman son anteriores a la tierra y al cielo y sobrevivirán a su fin, y que el texto original —la Madre del Libro— está en el paraíso, donde lo veneran los ángeles. Otros doctores, no contentos con esas prerrogativas, han divulgado que el Corán puede tomar la forma de un hombre o la de un animal y contribuir a la ejecución de los impenetrables propósitos del Señor. Este mismo (en el capítulo diecisiete de su obra) dice que aunque los hombres colaboraran con los demonios para confeccionar otro Corán, no lo conseguirán... H.G. Wells (en el capítulo cuarenta y tres de su Breve historia del mundo) se felicita de esa incapacidad humanodemoníaca, y deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso.
“Indignados, los mahometanos que residen en Londres han procedido en su mezquita a una ceremonia expiatoria. Ante una silenciosa congregación, el doctor Addul Yakub Khan, barbudo y ortodoxo, ha arrojado a las llamas un ejemplar de la Breve historia del mundo.”
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        O sea que, al parecer, esa Breve historia del mundo, por tal bemol, no es parte de los últimos e idealistas libros de H.G. Wells que Borges refiere casi al concluir su prólogo a La máquina del tiempo y El hombre invivible: “En las últimas décadas de su vida pasó de la escritura de sueños a la redacción laboriosa de grandes libros que pudieran ayudar a los hombres a ser ciudadanos del mundo.” 

Vale decir que en su nota “H.G. Wells contra Mahoma”, Borges alude, sin precisar, el versículo 90 de la “Sura XVII” del Corán. En la traducción de Juan Vernet reza así: “Di: ‘Aunque se reuniesen los hombres y los genios para traer algo semejante a este Corán, no traerían nada parecido, aunque se auxiliasen unos a otros’.” Y en la versión de una anónima vulgata tariqa: “Di: Aunque los hombres y los genios se reuniesen para producir una cosa semejante a este Corán, no producirían nada semejante, aunque se ayudasen mutuamente.” Y una consulta a “Mahoma y el Islam”, el escueto “Capítulo XLIII” de Breve historia del mundo (con traducción “corregida y puesta al día” de R. Atard, publicada en Méjico, en 1939, por A.P. Márquez, Editor, “Con trece mapas a colores” y permiso de la empresa española M. Aguilar, Editor, que la publicó en Madrid, por primera vez, en 1935, “Con doce mapas”), revela que H.G. Wells esboza una imagen crítica, escéptica y somera del Corán y de ciertos rasgos humanos de la legendaria y mítica personalidad de Mahoma, quizá “lesivos” para los intolerantes barbudos y ortodoxos dispuestos a blandir la sharia, una fetua, la cimitarra, el Kaláshnikov o los ocultos explosivos adheridos al cuerpo (imagen de reprochable y violenta lobotomía que evoca “el conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche un credo servil”, que según el demiurgo mayor: “es el Vaticano y es Lhasa”). Por ejemplo, dice incrédulo de Mahoma: “Hacía versos que decía le comunicaba un ángel y tenía extrañas visiones en que aseguraba era transportado al cielo e instruido por Dios acerca de su misión [...] Al declinar sus años se casó con varias mujeres, y su vida, en conjunto, era poco edificante desde el punto de vista de las ideas modernas. Parece que Mahoma fue un compuesto de gran vanidad, codicia, astucia, desengaño y pasión religiosa muy sincera. Dictó un libro de preceptos y explicaciones: el Corán, que afirmó le había sido comunicado por Dios. Tanto literaria como filosóficamente, el Corán es manifiestamente indigno del Autor Divino a quien se atribuyera.” 
       Pero a pesar de la acritud y del disentimiento de H.G. Wells, en ninguna línea del “Capítulo XLIII” de su Breve historia del mundo “se felicita de esa” susodicha y supuesta “incapacidad humanodemoníaca” “para confeccionar otro Corán”, ni “deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso”.   
   
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        Desde las catacumbas del recalentado y minúsculo globo terráqueo, ciertos terrícolas sobrevivientes sabemos, por lega antonomasia, que no sólo los libros sagrados y los Evangelios apócrifos son formas de la literatura fantástica. Y si Borges, como buen humano-demiurgo, también incurría en olvidos y lapsus, quizá sí leyó y tuvo noticia de lo que apuntó y comentó el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar. Y tal vez, ante el auto de fe que condenó a la hoguera (en la mezquita de Londres) a su Breve historia del mundo, H.G. Wells decidió extirparle ese pasaje “revulsivo” (e “incendiario”) y por ende el traductor R. Atard no lo encontró cuando tradujo en la España de los años 30. 

II de III
Al término de su prefacio a La puerta en el muro, Borges dice: “Lamento haber descubierto a Wells a principios de nuestro siglo: querría poder descubrirlo ahora para sentir aquella deslumbrada y, a veces, terrible felicidad.” Aserto literariamente autobiográfico (ídem: “me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses”; “a veces pienso que nunca he salido de esa biblioteca”) que repite y varía al concluir su preámbulo a La máquina del tiempo y El hombre invisible: “Las ficciones de Wells fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos.” Palabras que repiten lo dicho por él casi al concluir su ensayo “El primer Wells”: “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí, tal vez serán los últimos...” Y concluye con un vaticinio de oráculo que alcanza con celeridad el imaginario colectivo del siglo XXI y lo rebasa: “Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien lo escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos.”
   
Borges en 1911
       
H.G. Wells en 1876
      No sin olvidar que “Un libro no es menos íntimo que las manos y los ojos” y que “La lectura es una forma de la felicidad” —Borges dixit—, en tales finales parece pregonar que las ficciones de Wells son propias para la infancia y la juventud de todo lector. Esto parece ser así en angulares casos y sin duda mucho lo es en el caso de La guerra de los mundos, novela que al parecer no era de sus preferidas, quizá por su desbordante y diverso filón fantástico. No obstante, en “El primer Wells”, afirma categórico: “Verne escribió para adolescentes, Wells, para todas las edades del hombre.”
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      “Impreso en Polonia por Zapolex”, en “octubre de 2016”, el libro La guerra de los mundos editado en Barcelona por Libros del Zorro Rojo está diseñado y manufacturado con un criterio celebratorio y preciosista, pese a que el corrosivo e insomne duende dejó su lúdica impronta (casi una cagadita de mosca): en el antepenúltimo renglón de la página 90 refulge una planetaria errata. De buen tamaño (24.05 x 17 cm), pastas duras y vistosa sobrecubierta (ilustrada en el anverso y en el reverso), en el frontispicio se anuncia que está “Ilustrado por Alvim Corrêa”. Y en el faldón se evoca la susodicha y legendaria “Transmisión radial de 1938” que suscitó “una ola de pánico colectivo” que catapultó a la fama (y a Hollywood) al joven Orson Welles en medio de un escandaloso y mediático juicio contra la CBS, y que por otra parte, Woody Allen recrea en un jocoso pasaje de su película Días de radio (1987): “Damas y caballeros, tengo el deber de comunicarles una grave noticia. Los extraños seres que han aterrizado esta noche son la vanguardia de un ejército invasor procedente de Marte.” Episodio que se complementa, en la contraportada y en la cuarta de forros, con un dizque desfragmentado código de barras (para quesque activarlo en la web) y su adjunto letrero: “Este enlace permite escuchar la grabación original de Orson Welles y leer la traducción de dicho guion radiofónico.” Episodio que se retoma en el tercer párrafo de “Sobre La guerra de los mundos”, nota sin firma de los editores, que precede a la traducción de la novela hecha por Ramiro de Maeztu: “El 30 de octubre de 1938, como broma de Halloween, el actor, director y guionista estadounidense Orson Welles adaptó La guerra de los mundos a un guion de radio que, teatralizado en forma de noticiario, narraba el arribo de naves marcianas a la ciudad de Nueva York. Los oyentes que sintonizaron la emisión ya comenzada y que, por ende, no habían escuchado la introducción aclaratoria, fueron presa de un estado de pánico que se extendió rápidamente por la ciudad. ‘Muchas verdades se han dicho en broma’, escribió H.G. Wells en su célebre libro. Sociedades con poderosos ejércitos y altamente armadas (como la británica y la estadounidense) habían recibido, en forma de reflejo espejeado, el terror que suscita su propensión al abuso militar.”

Orson Welles en 1938
       Vale puntualizar que si bien en esa legendaria e histórica transmisión radial hecha a través de las ondas hertzianas encadenadas a la CBS de Nueva York la noche del domingo 30 de octubre de 1938, entre las 20 y las 21 horas, el joven Orson Welles, de 23 años, era el director del Mercury Theatre —una pequeña compañía de actores (fundada por él y John Houseman) con quienes producía y realizaba el semanario programa radiofónico The Mercury Theatre on the Air (El teatro de Mercurio en el aire)— y el flamante primer locutor y actor del radioteatro (fue la diecisieteava entrega del programa semanal), él no escribió el guion radiofónico basado y a partir de La guerra de los mundos, la famosa novela de H.G. Wells, sino el dramaturgo y guionista Howard E. Koch. Y además de que durante la emisión del radioteatro hubo cuatro alusiones a la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells (al inicio, a la mitad, y dos veces al término), la supuesta invasión marciana (que dizque suscitó una apresurada ley marcial) no empezó en la ciudad de Nueva York ni se limitó a ella: el primer cilindro (no una nave) en el que dizque llegaron los marcianos supuestamente cayó en la Granja Wilmuth, en Grovers Mill, Nueva Jersey; y fue allí donde dizque se formó un cerco de “siete mil hombres armados con rifles y ametralladoras frente a una sola máquina de guerra marciana”, que en un instante los incendió y fulminó con su “rayo térmico”. 

   
Henrique Alvim Corrêa
(1876-1910)
       En la segunda de forros de La guerra de los mundos editada por Libros del Zorro Rojo, precedida por un retrato en blanco y negro de H.G. Wells, se lee una nota sobre su vida y obra. Y en la tercera de forros, encabezada también por un retrato en blanco y negro, se lee una nota de la misma índole sobre el pintor y artista gráfico Henrique Alvim Corrêa (Río de Janeiro, 1876-Bruselas, 1910), quien “falleció de tuberculosis a los treinta y cuatro años”. Es decir, derrotado en otra guerra de los mundos: la feroz batalla sin cuartel contra las bacterias, que son, con los virus, los seres microscópicos del planeta Tierra que, en la novela de Wells, derrotan y matan a los marcianos y exterminan en un santiamén (casi como con barita mágica) a la plaga de la invasora Hierba Roja, de rápida propagación, que los extraterrestres trajeron consigo.
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Treinta y dos espléndidas estampas de Henrique Alvim Corrêa figuran en el interior del libro con excelente reproducción, dispuestas en páginas completas e ilustrando, en buena parte, episodios adyacentes. Tan modernas y contemporáneas que podrían haber sido trazadas hoy mismo. Y se distinguen por su impronta caricaturesca, de recuadros de historieta (o novela gráfica), y por su dejo hilarante e infantil, muy visible, por ejemplo, en los saltones ojos antropomórficos (o animalescos) de las giratorias caperuzas metálicas de las descomunales Máquinas de Combate que en la novela se desplazan a gran velocidad con enormes zancadas de su mecánico trípode, una de las cuales se observa, en pleno ataque, en el diseño de la tapa. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Saltones ojos que, por ejemplo, también poseen los marcianos que se observan en esa imagen donde un hombre está cabizbajo y sentado en una escalera y agarrándose el cráneo con las crispadas manos, frente al cadáver de otro hombre que yace en el suelo con la cabeza reposada en el rastrero cuerpo de un marciano, y que remite a la angustia, neurosis y pesadilla que al escritor y filósofo le suscitan la presencia de los invasores extraterrestres y a la necedad, fobia, obcecación, delirio y psicosis del clérigo católico de Weybridge empeñado en seguirlo y en hacerle difícil la sobrevivencia. 

     
Editorial Sexto Piso
(México, 2005)
       Curiosamente, la traducción y edición de La guerra de los mundos que Sexto Piso publicó en México, en 2005, exhibe en la portada una de las láminas de Henrique Alvim Corrêa; pero además de que es la única (y se repite en la tarjeta postal adjunta al libro), en la página legal se acredita así: “Ilustración de portada: Alvin Correco, 1906”. Pero eso sí, en un fosforescente círculo anaranjado pegado al plástico protector que lo envolvía, se pregonaba con bombo y platillo a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “Nueva traducción y edición del libro clásico La guerra de los mundos, en el que está basada la película dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Cruise.” Largometraje de 2005 que supera con creces el filme de 1953, guionizado por Barré Lyndon y dirigido por Byron Haskin.

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         La preliminar y anónima “Nota de la edición” de Libros del Zorro Rojo informa y canta sobre las ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa:
    “La presente edición de La guerra de los mundos recupera las magníficas ilustraciones del artista brasileño Henrique Alvim Corrêa, iniciadas apenas cuatro años luego de la aparición del célebre libro. Estas portan, inalterado, el imaginario de una época que aún no conocía las feroces guerras del siglo XX. Trabajadas con lápiz de carbón y tinta sobre papel fueron publicadas por primera y única vez en 1906 por la editorial belga L. Vandamme & Co. En una tirada limitada de tan solo quinientos ejemplares.
“Por vez primera se ofrece al lector de habla hispana este trabajo que sorprendió gratamente al propio H.G. Wells, y cuyos trazos premodernistas y mirada futurista merecieron elogiosas palabras del autor homenajeado.”
Y entre lo que se dice en la tercera de forros sobre Alvim Corrêa, se lee que “En 1890 fue llevado por su padrastro a Europa. En 1894 comenzó sus estudios artísticos en París, donde asistió a las clases del pintor Jean Baptiste Édouard Detaille, especializado en pinturas de temática bélica. Al año siguiente expuso por primera vez en el Salón de París, y en 1900 se trasladó a Bruselas, donde instaló su taller. Realizó óleos sobre la guerra franco-prusiana, y acuarelas de impronta erótica, que firmó bajo el seudónimo de Henri Lemort (‘El muerto’ en francés) [...] En 1942, la guerra de este mundo casi acaba con su obra: el navío que transportaba a Brasil los originales de su trabajo fue atacado por las tropas alemanas. Pese a ello, prevaleció el arte.” 
 
Ramiro de Maeztu
(1874-1936)
          No obstante, Libros del Zorro Rojo no aporta ningún dato sobre el traductor Ramiro de Maeztu ni sobre su traducción de La guerra de los mundos. Nacido en Vitoria, el 4 de mayo de 1874, Ramiro de Maeztu “fue un diplomático y escritor español perteneciente a la generación del 98”, asesinado en otra sangrienta guerra de los mundos ideológico-políticos; es decir, el 29 de octubre de 1936 fue fusilado en Aravaca, entonces provincia de Madrid, “en el curso de una de las sacas que elementos del bando republicano efectuaron en el Madrid posterior al golpe de Estado de julio de 1936”. 
     
Editorial Bruguera
(Barcelona, 1981)
         Curiosamente, Editorial Bruguera, en Barcelona, en enero de 1981, publicó la traducción de Ramiro de Maeztu en un libro de bolsillo, de pastas duras y con ilustraciones en blanco y negro de Eugenio Darnet, número 1 de la colección Club Joven Bruguera, que en la tapa le canturreaba (y aún le canturrea) al novicio lector: “Ediciones íntegras e ilustradas”. Allí, en la página legal, el circulito del copyright de la traducción de Ramiro de Maeztu está datado en 1902. Es decir, primero, entre el 17 de marzo y el 21 de abril de 1902, la traducción de Ramiro de Maeztu, a modo de folletín, se publicó por entregas en El Imparcial, periódico de Madrid; y luego “ese mismo año la publicó la imprenta de El Imparcial en formato de libro”. Y “En 1914 [el año que en Europa estalló la cruenta, espeluznante y sonora Gran Guerra de varios mundos del mundanal mundo] apareció otra edición dentro de la Colección ‘Biblioteca de El Imparcial’, editada por Establecimiento Tipográfico de la Sociedad Editorial de España”. Pero lo que sí hizo Libros del Zorro Rojo fue añadirle, a la traducción de Ramiro de Maeztu, cinco sesudas e ilustrativas notas al pie de página.

III de III
Dedicada a su “hermano Frank Wells, que tuvo la idea”, y precedida por un epígrafe de Kepler, transcrito de La anatomía de la melancolía, de Robert Burton, La guerra de los mundos está dividida en dos partes. La primera se titula “Libro primero: La llegada de los marcianos”, y está seccionada en catorce capítulos con rótulos y números romanos. La segunda se titula “Libro segundo: La Tierra en poder de los marcianos”, y está dispuesta en nueve capítulos con rótulos y números romanos. Y la concluye un “Epílogo”. La voz narrativa, omnisciente y ubicua (alter ego de H.G. Wells), es la de un británico de clase media que reside en Woking (donde vivió el autor), pueblo en el sureste de Inglaterra, ubicado a un poco más de 40 km al sureste de Londres. Según dice de sí mismo, es “un escritor reputado que se ocupa en cuestiones filosóficas”; y por ende, previo al ataque alienígena, se pasa el tiempo “en aprender a andar en bicicleta y en escribir una serie de artículos” sobre el “Probable desarrollo de las Ideas Morales en concordancia con el progreso material e intelectual”. El meollo es que el arribo de los belicosos extraterrestres ocurrió un viernes de junio de 1894 y la dramática guerra de los ingleses contra los marcianos duró sólo unos quince días (o un poco más); y él traza un círculo narrativo en el decurso de la trama que evoca y relata, pues el domingo (posterior al viernes), ante el avance asesino y destructor de los marcianos, salió huyendo de Woking en compañía de un artillero y un mes después regresa a su medio destruida y saqueada casa familiar, donde en su despacho, en el piso superior, lee el inconcluso manuscrito del artículo que estaba escribiendo cuando aquella noche del viernes cayó el primer cilindro en la llanura de Horsell. Y al poco rato de su retorno, para, con un final feliz, cerrar el círculo evocativo y narrativo del libro, llegan nada menos que su propia esposa y su primo, a quienes creía masacrados en la villa de Leatherhead, pues los suponía allí cuando fue demolida por una de las terroríficas y altas Máquinas de Combate de los marcianos.
Vale puntualizar, entonces, que el filósofo y escritor, quien nunca dice su nombre, hace un recuento y una reminiscencia de lo ocurrido seis años antes: en 1894. Es decir, él escribe y narra sus memorias —y lo indagado, lo meditado, lo conjeturado y lo hipotético— en 1900, o sea: en el inminente futuro ante el presente de H.G. Wells, pues La guerra de los mundos se editó en 1898.   
Portada de la primera edición en inglés
de La guerra de los mundos (1898)
      Entre sus preliminares reflexiones sobre el extinto y fugaz ataque de los marcianos —cuyo clímax destructivo (y la derrota) se sucede en Londres, la metrópoli más poderosa del mundo, de la que frente el avance de los marcianos salieron huyendo unos seis millones de aterrorizados terrícolas—, el filósofo y escritor apunta: “Antes de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no solo especies animales, como el bisonte y el dodo, sino también razas humanas inferiores. Los tasmanios, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años que emprendieron los inmigrantes europeos.” Es obvio que ese prejuicio y atavismo xenofóbico y racista del arquetipo del hombre blanco que se transluce en sus conceptos taxonómicos, propio de la idiosincrasia y supremacía imperial británica decimonónica, resulta ahora obsoleto y anacrónico. Pero es lo que piensa el filósofo y escritor, tan veraz como es su inveterada creencia en Dios, sus rezos y ruegos; y por ende, antes de su breve colapso amnésico, le agradece haber sobrevivido al ataque de los extraterrestres. E incluso es a Dios a quien le atribuye la creación y existencia de las bacterias y virus que causan la muerte y exterminio de los marcianos: “por las ínfimas criaturas que Dios, con su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra”. De ahí que diga: “Acaso los marcianos, llenos de confianza, invocaban también a Dios. Seguro que, aunque no hayamos aprendido nada más, esta guerra nos ha enseñado la piedad, piedad hacia esas almas sin razón que nosotros dominamos.”

H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kensington,
como alumno del curso de biología elemental del gran
Thomas Henry Huxley.

Foto en H.G. Wells (circe, 1993)


       
Thomas Henry Huxley
(1825-1895)
Según Borges:
Apodado el bulldog del darwinismo
Foto en Experimento de autobiografía  (Espasa-Calpe, 1943)
          No obstante que la novela La guerra de los mundos se cuenta entre los decimonónicos y finiseculares libros precursores del género literario de la ciencia-ficción del siglo XX (y de su traslación al cine), sus planteamientos “científicos” son pseudocientíficos y a todas luces ficticios, ingenuos e imaginativos, y muy marcados por las limitaciones y recursos técnicos, mecánicos, armamentísticos, tecnológicos y científicos de la época, y por los usos, hábitos, costumbres y transportes terrestres y acuáticos del entorno social victoriano. Su ritmo es vertiginoso, envolvente y trepidante. Y en el desarrollo de la trama, además de las escenas y anécdotas particulares, descuella la mirada panorámica, geográfica y aérea de la voz narrativa, que evoca y narra sus propias observaciones y experiencias vividas y sabidas entre las villas y villorrios que van de Woking a Londres y en los márgenes del Támesis; pero también las vistas y vividas por su hermano, estudiante de medicina en la capital inglesa, quien, en medio de los sinsabores y ríspidos azares suscitados por el sorpresivo e imprevisto ataque alienígena, logra huir de Londres y embarcarse en un vapor rumbo a Ostende en compañía de un par de señoras.  

Inextricable a las escenas bélicas y a los escenarios de destrucción, muerte y abandono, y a la agresiva competitividad, deshumanización y egoísta beligerancia que la guerra y el terror suscita en un tris entre los pobladores que huyen o son atacados por los marcianos (hay robos y rapiña —no sólo alimenticia— en los comercios, bares y casas, y se suceden abusos, agandalles, tacañerías, pleitos callejeros y asesinatos, e incluso los periódicos aumentan sus precios en su afán de lucrar con el pánico, el drama y el avance de los extraterrestres), lo que descuella sobremanera, por inaudito y nunca visto, es lo que concierne a los extraños seres procedentes de Marte, de los cuales, según reporta el escritor y filósofo, seis años después del ataque, en el Museo de Historia Natural, en Londres, se “conserva en alcohol” “un ejemplar magnífico y casi completo”; mientras que en la cima de “la cuesta del Primrose Hill”, “todavía se alza allí” una de las gigantes Máquinas de Guerra de trípode, que los británicos, adultos y niños, acuden a contemplar con asombro y boquiabiertos, casi como si fuera la enorme montaña rusa de un parque de diversiones itinerante. 
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
          Para viajar al planeta Tierra desde Marte —focalizada su caída en la todopoderosa Gran Bretaña—, los marcianos cruzaron, raudos y veloces, los “sesenta millones de kilómetros” del “espacio vacío” a bordo de unos enormes cilindros (cayeron diez en total en distintos puntos). Los cuales fueron disparados, uno a uno, por un ciclópeo, potente, explosivo y ultralumínico cañón. Instrumento y protonave espacial que ineludiblemente evoca al rudimentario cañón de mecha (que al unísono evoca los ahora arcaicos pero entonces poderosos cañones Maxim con que los artilleros británicos combaten a los marcianos) y el hilarante cohete (especie de bala de lata construida por los herreros que golpeaban sobre el aledaño yunque) en cuyo hueco interior viaja a la Luna un estrafalario grupo de terrícolas con paraguas desintegradores y cobijas para dormir en el pedregoso y cavernoso territorio de la salvaje tribu de los monárquicos selenitas, según se observa en Viaje a la luna (1902), el caricaturesco y fantástico cortometraje silente de Georges Méliès, “la primera película de ciencia-ficción de la historia”.

     
Fotograma del Viaje a la luna (1902),
cortometraje silente de Georges Méliès.
        En su violenta caída, cada cilindro causa un enorme cráter, que luego los marcianos acrecientan con su imparable laboriosidad de hormigas insomnes y obreras, según lo observa el escritor y filósofo en tres escenarios: en la llanura de Horsell (contigua a Woking); en la villa de Mortlake, precisamente frente al borde de un cráter, donde pasa dos semanas de miedo y angustia oculto entre los restos de una casa en compañía del obcecado, psicótico, fóbico y glotón sacerdote católico, hasta que lo atrapa un ciego tentáculo rastreador de una Máquina de Combate (luego de que quedara inconsciente por el golpazo que le da el escritor y filósofo con el mango de un cuchillo de carnicero); y en Londres, donde, en medio de las ruinas, de la desolación en las calles y de la muerte del último marciano en Regent’s Park (quien moribundo aúlla llamando a sus compinches dentro de la caperuza de la enorme Máquina de Guerra), llega a pie y exhausto al borde de lo que fue “el último y el mayor de los campamentos marcianos”. 

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Antes de salir a la Tierra a hacer de las suyas, los extraterrestres esperan a que el cilindro se enfríe. Y cuando ya está frío, paulatinamente desatornillan la tapa y del interior emergen esos extraños seres de apariencia horrenda y repulsiva: parecen enormes, pesados, torpes y redondeados moluscos babeantes con tentáculos (“pulpos”, los tilda un zapador del ejército tras oír su descripción), cuyos detalles físicos el escritor y filósofo observa en primera línea al emerger el primer alienígena en el cráter de la llanura de Horsell; y luego, con mayor detenimiento, en su cautiverio en los restos de la casa de Mortlake; a lo que se añaden otros datos, características y conjeturas sobre su anatomía externa e interna (incluso quizá absurda, como el hecho de que tienen pulmones, pero no fosas nasales ni olfato).

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
        Esos catapultados cilindros son de considerables dimensiones, pues en ellos los marcianos transportaron las enormes y desplegables Máquinas de Guerra, que se desplazan a través de un trípode que da enormes y veloces zancadas. Las Máquinas de Guerra son manejadas por un marciano ubicado dentro de la giratoria caperuza, situada en lo alto, quien despliega y mueve los prensiles tentáculos. Y para atacar y destruir despliega y utiliza dos móviles y poderosas armas: el Rayo Ardiente, “un rayo luminoso” que es un “chorro invisible” que incendia lo que toca: personas, flora, fauna, arquitectura; y el tóxico y letal Humo Negro, del que un periódico reportó con amarillista alarma: “Los marcianos descargan enormes nubes de humo negro y venenoso por medio de cohetes. Han asfixiado a los artilleros de las baterías, destruido Richmond, Kingston y Wimbledon y avanzan lentamente hacia Londres, devastándolo todo al pasar. Es imposible detenerlos. Contra el Humo Negro no hay otro modo de salvación que la fuga.” 

       
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       A lo que se agrega la plaga de la trepadora, expansiva y voraz Hierba Roja (de un rojo-sangre y con el ramaje “parecido al del cactus”), de rápida y predominante propagación, cuyas semillas transportaron no por accidente, sin duda. A esto se añade el hecho de que los marcianos armaron “una máquina voladora”, que dizque están “aprendiendo a manejarla”, según le reporta el artillero, al escritor y filósofo, en su avituallado y egocéntrico escondrijo en Putney Hill; lo cual lo induce a pensar en el “¡Adiós a la humanidad!”, pues “Si consiguen volar, darán la vuelta al mundo...” No obstante, además de que esa “máquina voladora” quedó abandonada en el último campamento marciano a imagen y semejanza de un trebejo inútil, sí la sabían manejar, pues su hermano, en su huida a Ostende a bordo del vapor, vio en lo alto lo que a todas luces es un alienígena platillo volador: “Se puso el sol bajo las nubes grises, se enrojeció el cielo, se oscureció después; parpadeó en la penumbra la estrella de la noche. Era grande la oscuridad cuando el capitán lanzó un grito tendiendo los brazos al cielo. Miró mi hermano con atención. Del horizonte gris subió a lo alto, por encima de las nubes, un objeto que con marcha oblicua y rápida brilló en los últimos resplandores del crepúsculo; un objeto plano y gigantesco que luego de describir una inmensa curva, de disminuir poco a poco y de hundirse lentamente, se desvaneció en el gris misterio de la noche. Se hubiera dicho que extendía las tinieblas al pasar.”   

    
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Los marcianos se comunican con gritos y aullidos y al parecer de un modo telepático. Y para construir sus campamentos en los subterráneos cráteres y trabajar en ellos, utilizan dos tipos de máquinas. Las Máquinas de Mano, dice el escritor y filósofo, no parecen un mecanismo, “sino una criatura semejante a un cangrejo de mar de tegumento resplandeciente”, con “el aspecto de una especie de araña metálica, con cinco piezas articuladas y ágiles y un número extraordinario de varillas y palancas, también articuladas, y de tentáculos que tocaban y agarraban las cosas en derredor del cuerpo.” Estas son manipuladas por un tripulante alienígena; pero las máquinas excavadoras no y laboran sin cesar totalmente automatizadas. O sea: son robots, artilugios marcianos diseñados y construidos décadas antes de que la humanidad desarrollara la electrónica, la computación, la informática y la robótica. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
            Pero a pesar de su complejo y avanzado desarrollo tecnológico, ingenieril y armamentístico, los marcianos, que según la descripción de su anatomía externa e interna, son sobre todo “cerebros” hiperactivos que no necesitan dormir ni hablar ni descansar ni mordisquear ni digerir, su monstruosa, destructiva, voraz y coreográfica conducta castrense parece la de un potenciado ente híbrido, con rasgos de bestia salvaje, cefalópodo, crustáceo, artrópodo, reptil, insecto rastrero y arácnido. Viajaron a la Tierra para alimentarse a toda costa, casi como un enorme oso hormiguero necesita, por ciego instinto, atiborrar su gran panza de minúsculas hormigas; y, para dar con ellas, penetra en los rincones y recovecos su larga trompa y su larga lengüeta de gusano; y en esas orgías culinarias destruye las laberínticas construcciones arquitectónicas que son los subterráneos hormigueros. Vale observar que según reporta el escritor y filósofo, pese a que “los marcianos carecen de sexo” (o sea: no hay cuchicuchi), “nació un marciano en nuestro planeta durante la guerra; se le encontró pegado a su progenitor, como un capullo a medio abrir, del mismo modo en que brotan los bulbos en los lirios o los animálculos en los pólipos de agua dulce”. Pero el alimento que les interesa de las hordas y manadas de los aterrorizados y alharaquientos terrícolas, no es su carne ni sus órganos ni sus huesos ni su médula ósea (ni las aletas de los delfines ni la bolsa de aceite de los tiburones ni los colmillos de los elefantes ni los cuernos de los rinocerontes ni el buche de totoaba ni los huevos de codorniz ni las pieles de las focas del norte de Canadá), sino la sangre, el plasma sanguíneo de los humanos, que extraen y se inyectan directamente “en sus propias venas” con avidez de murciélago, quizá placentera, embriagadora, adictiva y psicotrópica. Delicatessen de dulce vita y delirium alimenticio para los alienígenas, que implica la preservación, continuación y propagación de su horrorosísima y pesadillesca especie. Es por tal objetivo que alguna manipulada Máquina de Combate transporta, en lo alto de la giratoria caperuza, una clase de cesta o jaula, donde va coleccionando especímenes de terrícolas vivitos y coleando y lanzando gritos de terror, los cuales son cazados y atrapados con el mecanismo prensil de los móviles tentáculos. Según reporta el escritor y filósofo, en los cilindros los marcianos traían víctimas “consigo desde Marte en calidad de provisiones. A juzgar por los arrugados cadáveres que han caído en poder de los hombres, esas criaturas eran bípedos de frágiles esqueletos silíceos (parecidos a los de las esponjas), músculos débiles, de un metro ochenta de altura, cabezas redondas y erguidas y grandes ojos en órbitas petrificadas. Parece que en cada cilindro venían dos o tres y que ya estaban muertos antes de llegar a la Tierra. Hubiera sido lo mismo que los dejaran vivos, porque al solo esfuerzo de sostenerse en pie sobre nuestro planeta se les habrían roto todos los huesos del cuerpo.”
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
      Vale comentar, por último, y no por terror cósmico (de solitario navegante en la infinita noche de los tiempos) ni para ponerle los pelos de ponketa a nadie (por mucha melena de Rapunzel que tengan), que según reporta en el “Epílogo” el escritor y filósofo, ciertos astrónomos del planeta Tierra han observado agitadas y elocuentes actividades en Marte, y de Marte a Venus, indicativos de alguna marciana y violenta intromisión. Lo cual implica, quizá, el futuro ataque en la Tierra de otra tribu alienígena, quizá con tecnología aún más avanzada. ¡Felices sueños y felices pesadillas!



H.G. Wells, La guerra de los mundos. Traducción del inglés al español de Ramiro de Maeztu. Ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa. Libros del Zorro Rojo. Polonia, octubre de 2016. 210 pp. 







miércoles, 18 de octubre de 2017

El gólem


Yo está aquí, echado a mis pies,
mirándome mirándose mirarme mirado

I de II
En 2013, en Madrid, con el número 11 de la Colección Letras Populares de Ediciones Cátedra, apareció El gólem, la novela más famosa del vienés Gustav Meyrink (1868-1932), escrita en alemán y editada en 1915, en Leipzig, por Kurt Wolff, en un libro ilustrado con ocho litografías de Hugo Steiner-Prag, cuya primera edición por entregas apareció en diciembre de 1913, en Leipzig, en Die Weissen Blätter, revista del expresionismo alemán, donde en octubre de 1915 se editó La metamorfosis de Franz Kafka (que Kurt Wolff llamaba “historia de la chinche”). Traducida del alemán por Isabel Hernández —“profesora titular de Literatura Alemana en la Universidad Complutense de Madrid”—, lo que hace singular y relevante a la presente edición de El gólem son sus postreras notas que clarifican 33 menudencias de la obra, más la “Bibliografía” y la “Introducción” dispuesta en siete partes: “Gustav Meyrink: biografía de una obra”, “Meyrink en el fin de siècle alemán”, “El auge de la literatura fantástica”, “Praga y el gólem”, “El gólem y Praga”, “La función de las fuerzas ocultas” y “Athanasius Pernath y el gólem: el motivo del doble”. 
Colección Letras Populares núm. 11
Ediciones Cátedra
Madrid, 2013
  Divida en veinte capítulos, la novela El gólem —de naturaleza fantástica, repleta de un abigarrado y maleable esoterismo, ubicada en el siglo XIX en Praga y no exenta de largos vericuetos melodramáticos, dickensianos, folletinescos, mezquinos y mundanos—, traza un círculo, pues en el segundo capítulo la voz narrativa —que en primera persona y sucesivamente encarna los sueños, las pesadillas, la personalidad, las vivencias y los vestigios de la memoria de Athanasius Pernath, el protagonista— dice, de pasada y con ambigüedad onírica, haber tomado por error el sombrero de éste; y sólo hasta el último capítulo, en una sorpresiva vuelta de tuerca, reitera y precisa que él no es Pernath (aunque lo parecía), que sólo ha “dormido una hora”, que el sombrero lo tomó por equivocación ese mismo día “en la catedral del Hradschin” y por ende todo lo narrado y transcurrido en la novela ocurrió dentro tal breve período; es decir, el narrador soñó y vivió todo eso por haberse colocado el sombrero de Athanasius Pernath (una especie de objeto mágico de apariencia antigua e impoluta) y se propone devolvérselo y recuperar el suyo. Para tal propósito, va a la judería, al gueto de Praga; pero además de que ha sido reconstruido (fue saneado por una epidemia de tifus y por la tácita e inextricable insalubridad) y de que no lo encuentra allí, descubre que los hechos del presente del sueño sucedieron “Hace treinta y tres años”. “El tallador de gemas Pernath tendrá ahora casi noventa”, se dice, pero yerra, pues en el presente del sueño, según calcula el viejo Zwakh, “no debe tener más de cuarenta años”, lo cual casi coincide con el cálculo del propio Pernath al ver de cerca por primera vez a Schemajah Hillel (el padre de Miriam y archivero en la “vieja Sinagoga Nueva”): “no debía ser mayor que yo: a lo sumo unos cuarenta y cinco años”; es decir, tendrá unos 70 años o un poco más. Pero el caso es que el narrador logra llegar, reconociendo sitios y detalles del sueño suscitado por el sombrero, a la zona y al punto exacto, lejos del barrio judío, donde ahora vive Athanasius Pernath en la “calle de los Alquimistas”, precisamente donde aparece la “casa blanca de la Ciudad Pequeña”, que según la leyenda narrada por Josua Prokob, “solo se ve con la niebla, y si se ha nacido con buena estrella. La llaman ‘El muro de la última farola’. Quien sube allí de día no ve más que una gran piedra gris... detrás hay un gran precipicio, la Fosa de los Ciervos, y puede usted considerase afortunado, señor Pernath, de no haber dado un paso más: habría caído en ella inevitablemente y se habría roto todos los huesos.” 

Gustav Meyrink
(1868-1932)
  Es decir, Athanasius Pernath —que en el edificio donde vive corteja a su vecina la humilde Miriam y le hace creer que por un “milagro” suele encontrar dinero en el pan—, después de un furtivo y efímero amorío con la bella, ricachona, casquivana y libertina Angelina (oh paradoja), ve esa fantasmagórica casa blanca en medio de la niebla y dentro de ella a un decrépito anciano con una vela, quien no lo ve ni lo oye, en medio de utensilios y trebejos alquimistas. Pero ahora, en el preciso lugar de la casa blanca, el narrador descubre una palaciega casona que semeja un ámbito sagrado, un edénico santuario, cuyo “jardín está todo cubierto de mosaicos. Azul turquesa con frescos dorados, con una curiosa forma de concha, que representan el culto al dios egipcio Osiris.

“La puerta de dos hojas es el dios mismo: un hermafrodita hecho de las dos mitades que conforman la puerta, la derecha femenina, la izquierda masculina... Está sentado en un valioso trono plano de madreperla, en semirrelieve, y su cabeza dorada es la de una liebre. Las orejas están hacia arriba y muy pegadas la una de la otra, de manera que parecen las dos caras de un libro abierto...
“Huele a rocío, y un aroma a jacintos llega desde lo alto del muro.”
El narrador le entrega el sombrero de Pernath a un viejo criado (“con zapatos de hebillas de plata, chorreras y una chaqueta de extraño corte”), quien le devuelve el suyo con las disculpas pertinentes. Pero en medio del esplendor y de la magnificencia del entorno logra ver el rutilante cuesco de oro, el epicentro de la majestad, casi una epifanía:
“Sin decir palabra le alcanzo el sombrero envuelto de Athanasius Pernath.
“Lo coge y cruza la puerta de dos hojas.
“Al abrirse veo detrás una casa de mármol, similar a un templo, y en sus escalones a:
“ATHANASIUS PERNATH
“y apoyado en él a:
“MIRIAM,
“y ambos miran hacia la ciudad.
“Miriam se vuelve por un instante, me ve, sonríe y susurra algo a Athanasius Pernath.
“Estoy fascinado por su belleza.
“Es tan joven como la he visto esta noche en sueños.
“Athanasius Pernath se vuelve despacio hacia mí y mi corazón se para: es como si me viera en el espejo, tan parecido es su rostro al mío.
“Después las hojas, de la puerta se cierran y no reconozco más que al reluciente hermafrodita [...]”
Vale puntualizar que pese a tal apoteósica redención y trascendencia metafísica y amorosa que implica la idealizada escena, cuyos implícitos visos de metempsicosis, predestinación e inmortalidad al protagonista le bosqueja en la cárcel un tal Amadeus Laponder —quien incluso ve en su pecho una premonitoria señal que también vio el estudiante de medicina Innocenz Charousek—, el hábil restaurador de antigüedades y tallador de gemas Athanasius Pernath, quien subsistía en una oscura y horrenda covacha de un vetusto, pobretón y hacinado conventillo del laberíntico barrio judío, por lo que se aprecia en lo sueños vividos y contados por el narrador, no era místico ni alquimista ni cabalista ni mago ni judío ortodoxo (habla alemán, pero no hebreo ni checo), ni siquiera un individuo sabio o extraordinario, si no un tipo gris, común, contradictorio, débil ante sus sueños, pesadillas y pulsiones sexuales, con amnesia y trastornos psíquicos (al parecer rescoldos y secuela de cierta demencia que lo recluyó en un manicomio donde fue “curado” mediante la hipnosis), y con prejuicios misántropos ante las tribus del barrio judío y hasta xenófobos (lo cual particulariza al describir el asco que le causa Rosina la pelirroja, una niña judía de 14 años que rondaba frente a su puerta; no obstante fantasea con su cuerpo desnudo, llevando “unas largas medias rosas”, un “sombrero, grande y lujoso” y “un frac de caballero”; e incluso en un pasaje deja que “ardorosa” se apriete a él). A todo ello se añade un hastío, una melancolía y una depresión que lo induce a pergeñar su inminente suicidio. En esas estaba (preparando sus ahorros bancarios para dejárselos a Miriam) cuando fue detenido por la policía y llevado a la cárcel, donde estuvo siete meses preso acusado de haberle robado un reloj a Karl Zottman, “director de la compañía de seguros de vida”, a quien supuestamente también asesinó, en cuya celda conoció al susodicho Amadeus Laponder, preso por asesinato y violación, según proclama y no niega, quien además de sus cualidades de vidente, también es un “sonámbulo”, alguien que dormido, mientras su cuerpo yace acostado, va hasta el lugar donde se hallan otras personas y observa y cuenta lo que hacen, cosa que realiza para Pernath, dada su subconsciente e ineludible petición, y le narra, entre otras cosas, del archivero Schemajah Hillel preocupado por la fiebre que padece su hija Miriam.  
De hecho el “salto” a ese estado de gracia, a esa dimensión que está allí y no está allí, lo preludia una “caída”, cuando ya libre y redimido de la acusación policíaca, pero aún sin Miriam y sin saber dónde se halla, en medio de un súbito incendio Pernath cae por una alta ventana del “edificio de la calle de la Vieja Escuela” donde se localiza el cuarto sin puertas y con una sola ventana enrejada que da a la calle —“la única calle que se había librado del saneamiento del barrio judío”—, donde la leyenda dice que el gólem aparece cada 33 años.  
      Según narra Athanasius Pernath en el sueño del narrador, en medio del humo condensado en el cuarto:
“Como si una mano tirara de mí, me volví de pronto y allí estaba mi propia imagen en el umbral. Mi doble. Con un abrigo blanco. Una corona en la cabeza.
“Solo un momento.”
[...]
“Corro hacia la chimenea para no chamuscarme, porque las llamas tratan de agarrarme.
“La soga de un deshollinador está atada a ella.
“La desenrollo, me la ato a la muñeca y al tobillo, tal como había aprendido de niño en la clase de gimnasia, y me descuelgo tranquilamente por la fachada de la casa.
“Paso ante una ventana. Miro al interior: dentro todo lleno de una luz cegadora.
“Y entonces veo... entonces veo... todo mi cuerpo se convierte en un único y atronador grito de alegría:
“—¡Hillel! ¡Miriam! ¡Hillel!
“Trato de saltar hasta los barrotes.
“Me agarro a un lado. La soga se me escapa.
“Durante un minuto me quedo colgado boca abajo, con las piernas cruzadas, entre el cielo y la tierra [obvio trazo y símbolo del colgado del tarot].
“La soga silba con la sacudida. Las fibras se tensan con un crujido.
“Me caigo.
“Mi conciencia se pierde.
“Mientras caigo me agarro al alféizar de la ventana, pero resbalo. No hay sujeción: la piedra está lisa.
Lisa como un pedazo de sebo.”



II de II
Pese al magnético título de la obra, en la novela de Gustav Meyrink no figura ningún rabino (de hecho no aparece ninguno) que mediante los preceptos de la cábala y de la Torá o Libro del Esplendor, le insufle vida a un torpe y mudo gólem, moldeado con la tierra de las orillas del Moldava, para que le sirva de criado en la sinagoga, que tal vez engorde y crezca de un modo descomunal y por ende, para que no cause terror y estropicios, haya que desactivar para siempre. No obstante, la leyenda del gólem y las supersticiones y fobias que conlleva, trasminan el imaginario y la psique colectiva de los habitantes del gueto de Praga. Es así que reunidos una fría noche alrededor del ponche para celebrar el aniversario de Athanasius Pernath en el cuarto de éste, el viejo Zwakh, de oficio marionetista itinerante, narra la leyenda del gólem al músico Josua Prokop y al pintor Vrieslander, mientras el celebrado dormita y oye. Tal leyenda se remonta al siglo XVII, según dice, a la época del emperador Rodolfo, cuando un rabino creo un gólem (tácita e implícita alusión al histórico y legendario Jehuda Löw Ben Becadel, “rabino del gueto judío de Praga”, que Borges, en su poema “El Golem”, llama Judá León), de cuyos restos perdura “una diminuta figura de barro” que puede verse “en la antigua Sinagoga Nueva”, donde Schemajah Hillel es archivero y cuida “los utensilios del culto”, y para quien, dice el viejo Zwakh, la figura de barro “tal vez no sea otra cosa que un antiguo presagio” de la inminente aparición del gólem, que, pregona Zwakh, aparece cada 33 años precedido por una serie de presagios, algunos funestos. 
Fotograma de Der Golem, wie er in die Welt kam (1920),
filme silente dirigido por Carl Boese y Paul Wegemer.
  No obstante, cuando en una conversación frente a Pernath, Zwakh insiste e interroga a Schemajah Hillel (que se supone “Ha estudiado la Cábala”) para que abunde sobre los presagios y la inminente aparición del gólem, le refuta lapidario: “No creería en él ni aunque lo viera ante mis ojos en esta misma habitación”. Y le sugiere, con ironía, dado que Zwakh dice no poder estudiar el Zohar o Libro del Esplendor, cuyo supuesto único ejemplar está “en el Museo de Londres”, que estudie el tarot, pues dizque encierra “toda la Cábala”. ¿No le ha llamado nunca la atención que el juego del tarot tenga veintidós arcanos, exactamente las mismas letras que el alfabeto hebreo?”, le espeta y se explaye en su cátedra.

La citada conversación en torno al ponche toma tal derrotero porque Athanasius Pernath habló de un extraño que le llevó el libro de Ibbur para que le restaurara la gran “I” capitular, cuyos rasgos (“imberbe” y de “ojos rasgados”) a Zwakh le recuerdan al gólem, que él, dice, vio hace 33 años, y que al tenerlo frente a frente, además de cierto agarrotamiento (obvio terror), sintió que se hallaba frente a sí mismo y que esto también le sucedió a la fallecida esposa de Schemajah Hillel. Lo equívoco y ambiguo del caso es que tal extraño a Pernath le entregó en un sueño el libro de Ibbur (que luego restaura y resguarda en un baúl y que no puede leer porque está en hebreo y cuyo mensajero nunca recoge). Lo cual, ineludiblemente, evoca la celebérrima “Flor de Coleridge” transcrita y comentada por Borges en Otras inquisiciones (Sur, 1952): “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?”
 
Jorge Luis Borges “recibe una rosa de oro como homenaje a la sabiduría
Universidad de Palermo, Sicilia, 1984

Foto en Album Borges (Gallimard, París, 1999)
  En la charla sobre el gólem, el viejo Zwakh, entre lo que narra, relata una anécdota que le ocurrió hace 66 años, en su niñez, cuando un grupo de su familia, que por diversión fundía plomo, un pedazo del metal formó la figura del gólem y que esto, que fue un inesperado presagio de su aparición, aterrorizó a todos. Entre el ponche y la plática, el pintor Vrieslander saca de su bolsillo un pedazo de madera y empieza a tallar una figura que luego, sin buscarlo, traza los rasgos del gólem, un presagio de su inminente aparición que los aterroriza y confronta y en los que Pernath, además de reconocer los rasgos del extraño que le dejó el libro de Ibbur, en su demencial delirio se espejea, se transmuta y desdobla sin dejar de ser él mismo:

“Vrieslander seguía aún tallando la cabeza y la madera crujía bajo la hoja del cuchillo.
“Casi me dolía oírlo y miré para ver si iba a acabar pronto.
“Al moverse de un lado a otro en la mano del pintor, parecía como si la cabeza tuviera conciencia y estuviera espiando de rincón en rincón. Luego sus ojos se posaron un buen rato sobre mí, satisfechos de haberme encontrado por fin.
“Yo tampoco era capaz de apartar mi mirada, que se quedó fija, inmóvil, en el rostro de madera.
“Por un momento, dubitativo, el cuchillo del pintor pareció como si buscada algo; luego, decidido, talló una línea y, de repente, los rasgos de la cabeza de madera cobraron una vida horrible.
“Reconocí el amarillento rostro del extraño que me había traído el libro.
“Luego ya no puede distinguir más, la visión había durado tan solo un segundo y sentí que mi corazón había dejado de latir y aleteaba temeroso.
“No obstante, igual que antes, seguía siendo consciente de su rostro.
“Se había convertido en mí mismo y desde el regazo de Vrieslander miraba a todas partes.
“Mis ojos recorrían la habitación, y una mano extraña me movía el cráneo.
“Luego, de repente, vi el rostro excitado de Zwakh y escuché sus palabras: ‘¡Por Dios, es el gólem!’
“Y se originó una breve pelea tratando de arrancar a la fuerza la talla de las manos de Vrieslander, pero éste se resistió y exclamó sonriendo:
“—Pero, ¿qué queréis? Si ha salido mal...
“Y, librándose de ellos, abrió la ventana y tiró la cabeza a la calle.
“Entonces perdí el conocimiento y me sumergí en una profunda oscuridad atravesada por relucientes hilos de oros, y cuando desperté después de mucho, mucho tiempo, o eso me pareció, oí la madera tableteando sobre el asfalto...”
Fotograma de Der Golem, wie er in die Welt kam (1920)
   Esta situación de verse observado por un objeto supuestamente inanimado y desdoblarse en él sin dejar de ser él mismo, también le ocurre una noche cuando, al recorrer oscuros pasadizos subterráneos, al empujar “Una trampilla de madera en forma de estrella” (obvia alusión a la Estrella de David), accede por el piso al cuarto del edificio de “la calle de la Vieja Escuela” donde la leyenda dice que aparece el gólem. Allí halla, entre el polvo, la suciedad del tiempo y los trastos abandonados, unos “harapos enrollados en un atillo”, que son la túnica medieval del gólem (quizá un disfraz) y una cajetilla blanca con las cartas del tarot pintadas a la acuarela por las manos de un niño, que luego vagamente recuerda haber pintado él en su infancia y haber estado allí. No obstante, se trata de “un juego de tarot antiquísimo”, en cuya figura del primer naipe que ve, la del mago, observa “una extraña similitud” con su rostro. Las cartas tienen la frialdad del hielo y la mano se le entume, se le congela. Hace frío, teme extraviarse en los oscuros pasillos del laberinto subterráneo, así que levemente iluminado por los rayos de la luna que entran por la enrejada ventana, se agazapa con el traje del gólem. Y entre su fobia, el sueño, la pesadilla y el delirio ve:

“Una y otra vez: ¡la mancha blanquecina... la mancha blanquecina...! Algo en mi cerebro gritaba: ‘Es una carta, una simple carta, estúpida e ingenua...’ en vano..., ahora incluso ha cobrado... incluso ha cobrado forma... el Mago... y agachado en el rincón me mira fijamente con mi propio rostro.
“Permanecí allí horas y horas, inmóvil, agachado en mi rincón, ¡un esqueleto congelado con ropas ajenas y mohosas! Y él enfrente: yo mismo.
“Mudo e inmóvil.
“Así estuvimos mirándonos a los ojos... uno el terrible reflejo del otro...
“¿Verá él también cómo los rayos de la luna se arrastran por el suelo con la pereza de un caracol y suben por la pared como las agujas de un reloj invisible en el infinito mientras se vuelven más y más pálidos...?
“Le hechicé firmemente con la mirada y no le sirvió de nada tratar de disolverse al brillo del amanecer que entraba en su ayuda por la ventana.
“Lo retuve.
“Paso a paso he luchado con él por mi vida... por la vida que es mía, porque ya no me pertenece.
“Y a medida que, al llegar el día, fue haciéndose cada vez más pequeño y volvió a esconderse en su carta, me levanté, me dirigí a él y me lo metí en el bolsillo... al Mago.”
Fotograma de Der Golem, wie er in die Welt kam (1920)
   Así que ya de mañana, cuando en la calle ya se oyen los ruidos del día y escucha voces humanas, Pernath asoma la cabeza y grita en busca de auxilio para salir de allí, pero las dos ancianas que alzan la cabeza y lo ven huyen horrorizadas al tomarlo por el gólem. La calle se queda sola. Y de vez en cuando observa que alguna persona, timorata, se asoma y sube la vista para ver si el gólem está allí. 

Athanasius Pernath, finalmente, hace de tripas corazón y abandona tal cuarto sin puertas. Y cuando camina por la calle del Salnitre, “un raquítico anciano judío con blancos rizos en las sienes” se asusta y masculla oraciones hebreas porque, dado que aún lleva puesta la túnica medieval, lo toma por el gólem. Entonces abandona por allí “los apolillados harapos”. Y, dice, “Justo después la multitud pasó gritando a mi lado con palos en alto y las bocas desencajadas.” 
Vale añadir que más tarde se entera del destino de tal ropaje a través del músico Josua Prokop, pues éste le dice que se aclaró lo del gólem, que Haschile, un “loco mendigo judío”, era el gólem:
“Pues sí, el tal Haschile era el gólem. Esta tarde el fantasma, todo complacido, ha estado paseando a plena luz del día con su famoso traje a la moda del siglo XVII por la calle del Salnitre, y justo en ese momento el verdugo ha tenido la suerte de atraparlo con una correa de perro.” 

Gustav Meyrink, El gólem. Edición y traducción de Isabel Hernández. Colección Letras Populares núm. 11, Ediciones Cátedra. Madrid, 2013. 360 pp.  

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Enlace a Der Golem, wie er in die Welt kam (1920), filme silente del expresionismo alemán, de Carl Boese y Paul Wegener. Música de Hans Landsberger. Rótulos en español.
Enlace a "El Golem", poema de Jorge Luis Borges recitado por él mismo.

jueves, 5 de octubre de 2017

La isla del Dr. Moreau

El aire se poblaba de gritos y aullidos

De 1896 data la primera edición en inglés de La isla del Dr. Moreau, celebérrima novela del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946), punto de partida de citas y parafraseos cinematográficos y televisivos y de dibujos animados y de argumentos de infumables y soporíferos filmes basados en ella: el primero es una película silente de 1911 dirigida por Joe Hamman y la última, homónima de la novela y de 1996, es el horripilante churro dirigido por John Frankenheimer, protagonizado por Marlon Brando, Val Kilmer y David Thewlis. Tan implantados pululan los avatares y las fantasmagorías de la isla del doctor Moreau (en el inconsciente colectivo de los homúnculos que infestan las catacumbas de la laberíntica y recalentada aldea global) que resulta ineludible no recordar el vaticinio que el demiurgo Jorge Luis Borges articula al término de “El primer Wells” —ensayo publicado por él en el número 9 de la revista Los Anales de Buenos Aires (septiembre de 1946), luego compilado en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952)—: “De la vasta y diversa bibliografía que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí [en la basta biblioteca paterna de innumerables libros ingleses donde creció, se infiere]; tal vez serán los últimos... Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien los escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos.”
(Alianza Editorial, 2ª ed., Madrid, 2014)
       La traducción al español de Catalina Martínez Muñoz de La isla del Dr. Moreau en la serie El libro de bolsillo de la madrileña Alianza Editorial (la primera data de 2003 y la segunda de 2014) no es una exhaustiva edición crítica, con prólogo, notas y bibliografía; no obstante, tiene seis pies de página. Por ejemplo, el que corresponde al apellido “Huxley” telegrafía al pie de la letra: “Thomas Henry Huxley (1825-1895), fisiólogo británico que, de 1846 a 1850, tomó parte en una expedición científica por el océano Pacífico y por Insulindia [el archipiélago malayo]. Amigo de [Charles] Darwin, fue un defensor de las teorías de éste.” Esto implica que con esa única y casi cifrada alusión novelística H.G. Wells le rinde un lúdico tributo a quien fue su mentor en The Normal School of Science de Londres. Allí, becado, estudió durante tres años, entre 1884 y 1887. Pero no se tituló y sólo lo hizo a fines de 1889 —dice el propio Wells en su Experimento de autobiografía (Espasa Calpe, 1943)— al recibir un “diploma de licenciado del Colegio de Profesores”, “con honores sólo en Zoología”. Entrañable y seminal circunstancia pedagógica que Borges menciona en su prólogo a La puerta en el muro (La Biblioteca de Babel núm. 11, Ediciones Siruela, 1984), antología de cinco cuentos de H.G. Wells: “Fue discípulo de Thomas Huxley, apodado el bulldog del darwinismo.” 

   
(Espasa Calpe, Buenos Aires, 1943)
         Y que el propio H.G. Wells refiere en su Experimento de autobiografía, precisamente en el subcapítulo “El profesor Huxley y la biología (1884-1885)”: “El día en que caminé desde mi alojamiento por el parque de Westbourne y a través de los jardines de Kensington, hasta la Escuela Normal de Ciencias, firmé a la entrada de aquel enorme edificio de ladrillos y terracota, y subí por el ascensor al laboratorio de biología, fue uno de los días más grandes de mi vida. Todos mis conocimientos hasta entonces habían sido de segunda mano, sino de tercera o cuarta. Había leído mucho, me había atestado de libros de texto, me había examinado por escrito con la convicción de que estaba muy lejos de los hechos concretos y más lejos aún de las observaciones en los pensamientos, de las cualificaciones vivientes y de las teorías de primera mano que constituyen la realidad científica. Hasta entonces yo no había tenido más que los informes impresos e insuficientes, y descuidadamente escritos con frecuencia, de los libros de texto, reproducidos en unos cuantos diagramas y grabados. Ahora, por una serie de circunstancias favorables, había obtenido el derecho de ponerme en contacto con todo aquello de que sólo había oído hablar. Aquí había microscopios, disecciones, modelos, diagramas al lado de los objetos que aclaraban, ejemplos, museos, respuestas inmediatas, explicaciones, discusiones. Y aquí estaba a la sombra de Huxley, el observador más agudo, el más generalizador, el gran maestro, el más lúcido y valiente de los controversistas. Me habían asignado a su curso de biología  elemental, y después había de ir con él también a estudiar zoología.” 

 
Thomas Henry Huxley

Retrato en Experimento de autobiografía (Espasa Calpe, 1943)
       Y Anthony West (hijo de Rebeca West y H.G. Wells) algo alude de tal circunstancia pedagógica en su libro de memorias H.G. Wells. Aspectos de una vida (Circe, 1993). En este sentido, en Experimento de autobiografía (publicado en inglés en 1934 y traducido en México por León Felipe) se observa un retrato de Thomas Henry Huxley donde posa con grandes patillas, tres voluminosos libros y un cráneo humano en la mano; mientras que Anthony West ilustra el episodio con una imagen donde el joven Wells posa con un cráneo humano en la mano y con el esqueleto de un gorila junto a él, cuyo pie de foto reza: “H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kensington [en Londres], como alumno del curso de biología elemental del gran Thomas Henry Huxley.”

H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kemsington, como alumno del
curso de biología elemental del gran Thomas Henry Huxley.

Retrato y pie en H.G. Wells. Aspectos de una vida (Circe, 1993)
    Lo cual remite a dos pasajes de citado subcapítulo del Experimento de autobiografía; en el primero, H.G. Wells evoca: “Aquel año que pasé en la clase de Huxley fue, sin duda, el año más educativo de mi vida. [...] Trabajé mucho en realidad todo aquel primer año. El escenario de mis trabajos estaba en el piso alto de la Escuela Normal, el Real Colegio de Ciencias, como se llama ahora, un piso que hoy se dedica a otros menesteres. Había un gran laboratorio con ventanas que daban a las escuelas de arte, provisto de mesas, pilas, grifos; y enfrente de las ventanas, estantes de preparaciones coronados por diagramas y dibujos de disección. En las mesas estaban nuestros microscopios, los reactivos, las cápsulas, animales disecados... En nuestros libros de notas apuntábamos nuestros resultados. Sobre las puertas había encerados, donde el ayudante G.B. Howes, que después fue el profesor Howes, un dibujante maravilloso y diligente, dibujaba con tizas de colores. Era un hombre, este Mr. Howes, pálido, de barba negra y muy nervioso, una especie de Svengali con gafas; ligero y vívido, y precipitado siempre, contrastaba notablemente con la reposada reflexión del maestro. El mismo Huxley daba las clases en el salón de conferencias adyacente al laboratorio, una habitación cuadrada, cubierta de estantes negros que contenían esqueletos de mamíferos y cráneos expuestos para mostrar sus homologías, una serie de modelos en cera del crecimiento de un pollo y otros materiales por el estilo. Cuando yo conocí a Huxley era un hombre viejo, de faz amarilla y cuadrada, con ojos pequeños, pardos y brillantes, agazapados en sus cuencas bajo las cejas espesas y grises, y patillas grises también. Hablaba con una voz clara y firme, sin prisa y sin rezagos, volviéndose al encerado que estaba detrás de él para dibujar algún diagrama, y sacudiéndose siempre el polvo de la tiza que se le quedaba entre los dedos, con un gesto de disgusto antes de resumir. Por entonces estaba enfermo, y Howes, inquieto, nervioso y brillante, tomaba su puesto, hablando y dibujando sin respiro y dejando el encerado siempre lleno de líneas graciosas de colores. Detrás del auditorio había cortinas que daban al museo dedicado a los vertebrados. Se decía que cuando Huxley daba clases, Carlos Darwin solía a veces sentarse detrás de aquellas cortinas a escuchar, hasta que su amigo y compañero terminaba. Entonces sólo hacía un año, poco más o menos, que había muerto Darwin (murió en 1882).” En el segundo pasaje, Wells apunta: “Este curso de biología de Huxley era pura y estrictamente de carácter científico. No tenía más fin que el crecimiento, el escrutinio y la perfección de la ciencia dentro de su campo. Jamás supe de aplicaciones prácticas o negocios a donde llevar lo que estábamos aprendiendo allí, y, sin embargo, los beneficios de la economía y de la higiene que han surgido de la labor biológica en los últimos cuarenta años han sido inmensos. Pero estos aspectos eran desdeñados en nuestro estudio. Durante aquel año me encontré cada vez más pobre. Mal alimentado y no muy bien alojado. Pero esto no me importaba nada cuando consideraba la vida que estaba surgiendo en mi mente. Trabajé sin descanso y pasé un año, más feliz aún, que el que había pasado en Midhurst. Me vi un poco embarazado por la irregularidad y la inseguridad de mi educación general, pero, a pesar de ello, fui uno de los tres estudiantes que componía la primera clase en los exámenes de zoología que sirvieron de prueba a nuestra labor.”  
   
H.G. Wells en 1876

Retrato en Experimento de autobiografía (Espasa Calpe, 1943)
       Vale añadir que páginas antes, Wells bosqueja su estancia en Midhurst, pueblito del condado de West Sussex, donde entre 1883 y 1884 fue profesor de niños en una casa-escuela, y donde dio una nocturna y rudimentaria clase sobre varias de las “materias del plan científico del Departamento de Educación”, y donde en secreto concursó para obtener la beca que lo convirtió en alumno de Huxley (influjo que se refleja en el hecho de que su primer libro publicado, dice, fue un pedagógico y escolar Texto de biología): “El Departamento de Educación de aquella época no estaba muy satisfecho con la clase de ciencia que enseñaba en el país, y trataba de reunir sus clases desperdigadas en escuelas de ciencia organizada para producir así un tipo mejor de maestro que el de los graduados clásicos, clérigos, etc., en quienes había confiado hasta entonces. Se enviaron con este objeto circulares a los que en los exámenes habían obtenido mejores notas, y en estas circulares se ofrecía un número determinado de becas, libres de todo gasto, para estudiantes en la Escuela Normal de Ciencias en South Kensington, con una guinea a la semana para el mantenimiento durante el curso y un billete de segunda clase para ir a la capital. Yo leí aquel papel azul con desconfianza, lo llené en secreto y con nerviosidad y me encontré de pronto que me habían aceptado como ‘teacher in training’ por un año en el curso biológico del profesor Huxley, el gran profesor Huxley cuyo nombre veía en los periódicos y era conocido en todo el mundo.”
H. G. Wells
           Vale puntualizar, entonces, que Edward Prendick, el náufrago británico que incidentalmente se refugia en la minúscula isla del doctor Moreau, en su primera conversación le dice “que había pasado algunos años en el Royal College of Science [nombre posterior de la citada Normal School of Science de Londres], y que había llevado a cabo ciertas investigaciones biológicas bajo la dirección de Huxley”. Lo cual calma un poco el agresivo recelo, la neurosis y la suspicacia de Moreau (estuvo a punto de abandonarlo en el mar), y por ello le dice falaz: “Da la casualidad de que todos los que estamos aquí somos biólogos. Esto es, en cierto modo, una estación biológica”. Y el hecho de la pequeña isla del doctor Moreau se localice en algún lugar del Océano Pacífico Sur (no muy lejos del entorno de Apia, puerto de la isla de Samoa), quizá también sea un guiño o un tributo o un homenaje a su inolvidable y vertebral maestro Thomas Henry Huxley. (Dice su memorioso discípulo en su Experimento de autobiografía: “Nuestra principal disciplina era el análisis riguroso de la estructura vertebrada, de la embriología vertebrada y de la sucesión de las formas vertebradas en el tiempo. Nosotros sentíamos que nuestra tarea particular era determinar relaciones de grupos mediante la crítica más aguda de la estructura.”) Quien, por cierto, fue abuelo del escritor Aldous Huxley (1894-1964), autor de la novela Un mundo feliz (1932), piedra angular en el devenir de la ciencia ficción durante el siglo XX y XXI, cuyo término en inglés sience-fiction se atribuye a Hugo Gernsback (1884-1967), editor de Amazing Stories, revista norteamericana, especializada en el género, que empezó a circular en Nueva York en abril de 1926. 

Aldous Huxley
     
(Nueva York, abril de 1926)
         La isla del Dr. Moreau
, una envolvente y fantástica novela de aventuras con su incipiente y anacrónica pátina de ciencia ficción, se divide en un prólogo y veintidós capítulos con números y apropiados rótulos. Ese preámbulo está escrito y firmado por Charles Edward Prendick, sobrino del otrora náufrago Edward Prendick, quien al parecer había decidido dedicarse en el Pacífico Sur “a las ciencias naturales para huir del aburrimiento de una holgada independencia”. El tío Edward Prendick ya murió y su sobrino halló, entre sus póstumos papeles, el manuscrito de las memorias que prologa y publica, pese a que el tío no dejó alguna “nota que indicara expresamente el deseo de su publicación”. Según dice el sobrino, “La única isla que se conoce en la zona en que mi tío fue rescatado es la Isla de Noble, un pequeño islote volcánico completamente deshabitado.” Y por lo que luego se pormenoriza a lo largo de las novelescas memorias del tío, ese “pequeño islote volcánico” sin arcilla fue el ámbito de su supervivencia y de los aventurados y crueles experimentos con animales hechos por el doctor Moreau. Según se lee en la “Introducción” del sobrino, “El 1 de febrero de 1887” su tío Edward Prendick (“un caballero particular”) zarpó del Callao (al parecer el puerto del Perú) a bordo del Lady Vain en calidad de pasajero; barco que “naufragó tras colisionar con un pecio cuando navegaba a 1° de latitud sur y 107° de longitud oeste”; y por ende el tío “había sido dado por muerto”. Según el sobrino, “El 5 de enero de 1888, es decir, once meses y cuatro días después” del naufragio del Lady Vain, su tío Edward Prendick “fue rescatado a 5° 3’ de latitud sur y 101° de longitud oeste en un pequeño bote cuyo nombre era ilegible, pero que al parecer perteneció a la desaparecida goleta Ipecacuanha. Su relato fue tan extraño que lo tomaron por loco.” 

    Vale adelantar que en el último capítulo de sus memorias, Edward Prendick dice que al tercer día de haber zarpado de la isla del doctor Moreau a bordo de ese bote del Ipecacuanha (con un comprensible aspecto de sucio salvaje y greñudo cavernícola delirante), “fue rescatado por un bergantín que cubría la ruta entre Apia y San Francisco.” Apia es el susodicho puerto de Samoa, isla de la Polinesia, en Oceanía; y San Francisco sin duda es el consabido puerto norteamericano de California. Pero Edward Prendick (especie de alter ego de H.G. Wells) regresó a Londres con cierta psicosis y muy misántropo y por ello, luego de una consecutiva terapia con un psiquiatra que durante varios años ha tratado de conjurar su fobia y sus esquizoides visiones (cuyos rescoldos no se apagan por completo y a veces brotan), concluye sus días terrenales viviendo en el campo (y no en Londres) distanciado de la gente y entregado a la lectura, a la experimentación química y a la observación de la bóveda celeste. Según apunta en el idílico y poético broche final de sus circulares memorias: “Me he alejado del caos de las ciudades y de las multitudes, y me paso el día rodeado de libros doctos, de ventanas llenas de luz en esta vida iluminada por las resplandecientes almas de los hombres. Veo a pocos extraños, y mi servicio doméstico es muy reducido. Dedico los días a la lectura y a los experimentos de química, y paso muchas noches claras en el laboratorio de astronomía. El brillo de las estrellas me produce, aunque no sepa cómo ni por qué, una sensación de paz y seguridad infinitas. Creo que es allí, en las vastas y eternas leyes de la materia, y no en las preocupaciones, en los pecados y en los problemas cotidianos de los hombres, donde lo que en nosotros pueda haber de superior al animal debe buscar el sosiego y la esperanza. Sin esa ilusión no podría vivir. Y así, en la esperanza y la soledad, concluye mi historia.”
   
H.G. Wells en Australia (1939)

Retrato en H.G. Wells. Aspectos de una vida (Circe, 1993)
      El doctor Moreau, el propietario y mandamás de la isla, de “por lo menos un metro ochenta” de estatura y el pelo blanco, tiene por mano derecha y segundo de a bordo a un tal Montgomery, quien es el joven treintañero que propició el rescate de Edward Prendick cuando solitario, sin agua, inconsciente y moribundo iba a la deriva en un bote tras el naufragio del Lady Vain. Al descubrirlo en el vaivén del mar, el rubio Montgomery y el negroide M’ling, su raro ayudante, iban de regreso a la isla del doctor Moreau a bordo de la citada goleta Ipecacuanha, propiedad de John Davies, su alcohólico, melenudo y pelirrojo capitán, “tocado con una gorra blanca”. Montgomery pudo auxiliarlo y reanimarlo con inyecciones y brebajes porque estudió medicina en Londres (cinco aciagos años, dice, de “mala comida, alojamientos miserables, ropas raídas, vicios lamentables”). Pero tras llegar a las inmediaciones de la isla del doctor Moreau, Edward Prendick de nuevo estuvo a punto de convertirse en un náufrago a bordo del mismo bote del Lady Vain (que había sido remolcado y “estaba medio lleno de agua, sin remos ni provisiones”), pues el irascible, borrachín, racista y lépero capitán John Davies se negó a transportarlo en su goleta (al parecer se dirigía a Hawai) y el necio y egocéntrico doctor Moreau se opuso a darle refugio en la isla. No obstante, tras un breve lapso de terror a la deriva, la lancha de Moreau, bajo la persuasión de Montgomery, regresó por él; barcaza donde previamente fue acarreado el cargamento de provisiones y de animales que Montgomery y su ayudante traían en la goleta Ipecacuanha. Según le dice Montgomery a Prendick en ese episodio preliminar, el Ipecacuanha “Es un pequeño mercante que viene de Arica y Callao”, y que él viene de Arica, que es un puerto de Chile. Pero más tarde Prendick sabrá que en realidad retornaba de un puerto de África, a donde Montgomery iba una vez al año, y donde “Apenas se relacionaba con la gente en aquel pueblecito marinero de mulatos españoles.”
    Ya en la isla y a regañadientes, el doctor Moreau dispone que Prendick se hospede en la habitación de Montgomery (donde hay una tumbona, una hamaca y una estantería con “libros viejos, principalmente obras de cirugía y ediciones de los clásicos latinos y griegos”), que es un cuarto que introduce a un patio interior y luego al recinto de piedra donde el doctor tiene su laboratorio y realiza sus experimentos. Un lugar prohibido para Prendick y por ende la puerta que da al patio interior y que lleva a él debe estar siempre cerrada con llave; “es una especie de cámara de Barba Azul”, le dice Moreau. 
    Ni Montgomery ni Moreau le revelan ipso facto qué tipo de investigaciones realiza el doctor en ese secreto laboratorio. Ante sus interrogantes, Montgomery, pese a que le dice que la “isla es un lugar infernal”, trata de despistarlo y le responde con tonteras y evasivas. Pero Edward Prendick, ineludiblemente y desde que llegó, al unísono de los rugidos y aullidos del puma (traído en una jaula en el Ipecacuanha) que constantemente oye desde su cuarto, elucubra sobre las rarezas físicas de los grotescos y feísimos habitantes que pueblan la isla (casi todos con las manos malhechas, deformes e incompletas, y dizque incapaces de reír), empezando por el negroide M’ling, el feo ayudante de Montgomery (que tiene “las orejas puntiagudas y cubiertas de un vello fino de color marrón”), y por los “tres hombres vendados”, oscuros y extraños, que iban en la citada lancha del doctor Moreau, los cuales ayudaron con el acarreo de las provisiones y de los animales (el puma, una llama, seis perros, una veintena de conejos), que “Hablaban entre sí en tono gutural” y que a él le parece “una lengua extranjera”.
    Pronto el retintín del apellido del doctor lo traslada a diez años antes en Londres, cuando Edward Prendick era “un chaval” y Moreau “debía tener” “unos cincuenta años” y “era un eminente cirujano”, célebre por sus descubrimientos “sobre la transfusión de sangre” y su “investigación sobre tumores malignos”. Entonces, según dice, supo de él a través de un folleto, publicado por un editor sensacionalista, que incitó su expulsión de Inglaterra tras exponer ante la opinión pública, y frente a la ética y a los escrúpulos de la comunidad médica, la “crueldad desmesurada” de sus experimentos. Según evoca, el titular del folleto voceaba: “¡Los horrores de Moreau!” Y, dice, “El mismo día de su publicación, un pobre perro, desollado y mutilado, escapó del laboratorio de Moreau.” El caso es que Prendick, que aún ignora lo que ocurre en la isla, se pregunta: “¿Qué significaría todo aquello? Un vivisector de mala fama y esos hombres tullidos y deformes...” 
    Llega el momento en que Edward Prendick, que desde su cuarto no ha dejado de oír los terribles y desquiciantes alaridos del puma (parece que lo martirizan), tiene la certeza de que en el laboratorio “¡Estaban torturando a un ser humano!” Entonces cruza la puerta prohibida y en el patio ve que “Un aterrorizado galgo de caza gañía y se retorcía de dolor” y que “En el fregadero había sangre, sangre oscura, mezclada con sangre escarlata”. Y “Luego” [dice], a través de una puerta abierta, bajo la imprecisa claridad de la penumbra interior, vislumbré algo dolorosamente atado a una estructura, lleno de cicatrices, rojo y vendado.” 
 
Fotograma de La isla del Dr. Moreau (1996)
        Aterrorizado, Prendick no tarda en suponer “que Moreau estaba practicando la vivisección con un ser humano” y que él es un cebado e inminente conejillo de Indias de “esos repugnantes canallas” (Montgomery y el doctor), y que “la isla sólo estaba habitada por los dos vivisectores y sus víctimas” (los grotescos y feos humanoides), y que algunas de ellas podrían ser obligadas a atacarlo. En su súbita huida del recinto, sólo lleva “una endeble estaca con un clavo en la punta, una ridícula parodia de maza”, que sin embargo no duda en emplear hasta que la pierde en una caída (ni tampoco duda en usar un revólver cuando lo tiene en su poder). No lleva alimentos ni agua y, pese a su formación biológica, desconoce “por completo la botánica”, por lo que no puede consumir “las raíces o los frutos que allí crecían”. Andando en la selvática floresta, se le acerca el Hombre Mono, o sea “la simiesca criatura que aguardaba a la lancha en la playa” cuando él llegó a la isla. Pese que el Hombre Mono habla con la legendaria y mítica torpeza de Tarzán y es “poco menos que idiota”, lo lleva a “las cabañas”, donde tiene su “casa” y hay comida.
     “Las cabañas” son en realidad una pestilente y oscura gruta donde los monstruos de la isla tienen sus guaridas. Según Prendick, “era un estrecho pasillo entre altas paredes de lava, con una abertura en su rugosa caída, y, a ambos lados, montones de palletes, hojas de palma en forma de abanico y cañas apoyadas contra la pared formaban un conjunto de impenetrables, toscas y oscuras madrigueras. El tortuoso sendero que ascendía por el barranco apenas superaba los tres metros de ancho y estaba cubierto de fruta podrida y otros desperdicios, lo que explicaba el desagradable hedor del lugar.” Pero el epicentro de ese reducto terrícola infestado de horrendas bestias es que allí se oficia, en la semioscuridad del semicircular hipogeo, un dogmático ritual que oficia “el Recitador de la Ley”, un supuesto “Hombre de Pelo Plateado”, es decir, un monstruo “cubierto de pelo gris, como un skye-terrier”, que habla con un “acento inglés” “asombrosamente correcto”. Prendick, como si estuviera preso en un campo de concentración enemigo, se ve obligado a repetir y a hacer la mímica de la “estúpida fórmula”; una cantinela que rezan y corean los miembros de la subterránea secta, mientras todos “se balanceaban hacia los lados, dándose con las manos en las rodillas”. Por ejemplo, repiten a capela: “No caminarás a cuatro patas: ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?” “No sorberás la bebida; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?” “No comerás carne ni pescado; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?” “No cazarás a otros Hombres; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?” Y a esa “larga lista de prohibiciones” (“demenciales, imposibles e indecentes”, que algunos quebrantan en secreto), añaden una especie de coda, un rezo donde rinden pleitesía y reconocimiento vocal a su tácito y todopoderoso Creador: “Suya es la Casa del Dolor.” “Suya es la Mano que crea.” “Suya es la Mano que hiere.” “Suya es la Mano que cura.” Y así, camuflado en la tribu (una parodia de etnia salvaje y cavernícola), atestigua las menudencias de esa extraña “ceremonia absolutamente demencial”. Según deduce allí, “Moreau, tras animalizar a aquellos hombres, había infectado sus cerebros enanos con una especie de deificación de sí mismo”. 
 
Fotograma de La isla del Dr. Moreau (1996)
      Edward Prendick al parecer no se equivoca en lo segundo, pero sí en lo primero. Es decir, cuando Moreau logra acercársele en la gruta y más o menos lo apacigua y le empieza a explicar con latinajos sus razones y el intríngulis de sus experimentos, le aclara que esos seres monstruosos (que se asustan y controlan con el chasquido del látigo y a latigazos) no son humanos sino animales viviseccionados, sometidos en el laboratorio a “Un proceso de transformación en seres humanos”, algunos hechos con trozos de distintos ejemplares. Por ejemplo, el negroide M’ling (el servil, tontorrón y poco diestro ayudante de Montgomery) es “un cruce de mono y cabra”, que además “vive en una perrera detrás del recinto”; el Hombre Mono, orgulloso de sus cinco dedos e incontinente parlanchín con dos dedos de frente, es “un oso mezclado con perro y buey”; y la Osa-Zorra, maloliente y desagradable, es una “mezcla de zorro y osa”.
   Pese a que no confía en Montgomery y mucho menos en Moreau, tras esa primera aclaración y tras recibir el par de revólveres de sus anfitriones, Prendick accede a regresar al recinto, donde el doctor, quizá sólo para oírse a sí mismo, o para que lo entienda y se vuelva cómplice y auxiliar suyo, le hace un recuento de su ideario y de sus experimentos hasta el presente; es decir, según le dice: su praxis “Desde hace veinte años (contando los nueve que pasé en Inglaterra)”. Según Montgomery, quien dejó la Gran Bretaña desde hace once o diez años siguiendo a Moreau, éste “En total había creado casi ciento veinte Monstruos”, de los cuales en ese momento hay “poco más de sesenta”, “sin contar las monstruosidades menores que vivían entre la maleza y carecían de forma humana” (en su huida Prendick llega a ver “Tres extraños saltamontes de color rosa, grandes como gatos”). Pero el egocéntrico, intrínseco y megalómano objetivo de los experimentos del doctor Moreau él mismo lo resume y proyecta en una frase que le suelta a su inesperado huésped: “Esta vez acabaré por completo con el animal, esta vez haré una criatura racional de mi propia invención.” Que para el caso es el puma que llegó a la isla al mismo tiempo que Prendick y que tanto lo horrorizó al oírlo desde su habitación y más todavía al descubrirlo sanguinolento y con vendas en el secreto laboratorio. “Tengo esperanzas en ese puma: he trabajado intensamente en su cabeza y en su cerebro...”, le dice.
 
Fotograma de La isla del Dr. Moreau (1996)
       Tras el señalamiento que le hace Prendick de que “estos animales hablan”, Moreau alude con vaguedad “la ciencia del hipnotismo”. Pero todo indica que le miente cuando le informa que él no es la causa de que los monstruos se agrupen en las guaridas y que tengan una especie de sociedad y un credo al que llaman “la Ley”: “Son ellos quienes se marchan. Los echo cuando empiezo a descubrir en ellos al animal, y lo cierto es que se van allí. Temen esta casa [la llaman ‘la Casa del Dolor’] y me temen a mí. Lo que hay allí es una especie de parodia de la humanidad [...] Es asunto suyo. A mí me producen una terrible sensación de fracaso. No me intereso por ellas. Supongo que siguen las directrices del misionero canaca y llevan un remedo de vida racional, ¡pobres bestias! Hay algo a lo que llaman la Ley. Cantan himnos, construyen sus propias guaridas, recogen fruta de los árboles y arrancan hierbas; incluso se casan. Pero yo veo más allá de todo eso, veo el interior de sus almas y sólo encuentro el alma de las bestias, bestias perecederas, su cólera y el deseo de vivir y satisfacerse a sí mismas... Y sin embargo, son extrañas, complejas, como todo ser vivo. Hay una especie de creciente rivalidad entre ellas, parte vanidad, parte instinto sexual inútil, parte curiosidad inútil. El resultado es para mí una vana burla.” 
   Vale acotar que ese misionero de raza amarilla que Moreau menciona en su perorata, era —según le dijo a Prendick en ese mismo recuento—, uno de los seis canacas, ya fallecidos, que llegaron a la ínsula, “Hace casi once años”, con él y Montgomery: “una especie de misionero que le enseñó a leer” al primer hombre que Moreau creó en la isla con un gorila, “o al menos a deletrear, y le inculcó ciertos conceptos morales básicos. Pero, al parecer, las costumbres de la bestia dejaban mucho que desear.”  
(Sur, Buenos Aires, 1952)
   En este sentido, vale observar que el dogmático, impositivo y totalitario credo de “la Ley”, además de proveerles de cierta socialización y cohesión grupal y de someter a los sectarios miembros de la horda a una especie de reglamentaria lobotomía en la que los monstruos apelan a una supuesta naturaleza humana que debe prevalecer en ellos sobre su intrínseca y salvaje animalidad, resulta, a todas luces y como lo observó Prendick, una especie de deificación que Moreau hizo de sí mismo, pues en el rito y en sus versículos lo adoran y deifican a él y no a otro; por ende, esa parodia de subterráneo culto judeocristiano y de hilarante parodia de tabla mosaica que recitan, danzan y percuten los monstruos en la oscuridad del semicircular hipogeo, no parece ser el producto de un proceso de enseñanza-aprendizaje inculcado por un bienintencionado misionero canaca, sino un híbrido y malévolo implante dizque humanizante y civilizatorio (pergeñado y acuñado para ejercer el dominio ideológico y la manipulación de la conducta) de un locuaz diosecillo bajuno o demiurgo menor idéntico al doctor Moreau, aspirante a monarca absolutista de su propia distopía y pretendido semidiós creador de su propia especie y progenie (no en vano Borges refleja ese oscuro y sectario culto en un corrosivo espejo: “conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche un credo servil es el Vaticano y es Lhasa”, y es el yihadista DAESH, añadiríamos ahora), más aún si se recuerda que Moreau le revela a Prendick en esa sesión explicativa: “Además, soy un hombre muy religioso, Prendick, como ha de ser todo hombre en su sano juicio. Puede que yo crea haber visto más caminos del Hacedor que usted, porque he seguido Sus leyes, a ‘mi manera’, durante toda mi vida, mientras que usted, según tengo entendido, se ha dedicado a coleccionar mariposas. Y le aseguro que el placer y el dolor no tienen nada que ver con el cielo o el infierno. ¡Placer y dolor! ¿Qué son sus éxtasis teológicos sino las huríes de Mahoma, pero en la oscuridad? Esta reserva de hombres y mujeres agredidos por el dolor y el placer, Prendick, llevan la marca de la bestia, la marca de la bestia de la cual proceden. ¡Dolor! El dolor y el placer serán para nosotros una característica sólo mientras nos movamos entre el polvo...”
   Apenas “siete u ocho semanas” (o “quizá más”) después de la llegada de Edward Prendick a la isla ocurre la sonora “catástrofe” que trastoca de raíz los cimientos del entorno. El torturado, tumefacto y sanguinolento puma rompe los grilletes y escapa del recinto. En la violenta huida, Prendick queda con un brazo roto. Y poco después él y Montgomery descubren los restos mortuorios de la bestia y del doctor Moreau. Para que no cunda el caos ante la pérdida de Moreau, Prendick, como si fuera el pitoniso de huitlacoche o el visionario profeta del nopal que vislumbra en un islote el águila devorando una mazacuata prieta, proclama ante los crédulos monstruos que presencian el hallazgo de los restos del supuesto patriarca: “¡Hijos de la Ley! ¡Él ‘no’ ha muerto!” “Ha cambiado de forma. Ha cambiado de cuerpo”. “Durante algún tiempo no lo veréis. Está... allí” (señala “hacia lo alto” con su dedo flamígero), “y desde allí os vigila. Vosotros no lo veis, pero Él sí os ve a vosotros. ¡Respetad la Ley!”. El caso es que parece que los supersticiosos monstruos le creen, entre ellos el Recitador de la Ley, quien nombra a Prendick con pensamiento bíblico: “Hombre que camina por el mar”. Y esto parece el preludio de una época en la que él o Montgomery o algún monstruo representará la reencarnación o el glorioso regreso del soberano y diosecillo bajuno que ve y manda desde lo alto empuñando el cetro del poder y restallando su todopoderosa voz de trueno. Pero tal cosa no sucede y más bien se torna el preámbulo de la degradación y fin de la delirante invención de Moreau. 
   Montgomery, afectado desde el principio por su dipsomanía, escepticismo y apego a ciertos monstruos (e incapaz de huir de la isla, de sí mismo y de Moreau), no resulta nada razonable. Y en medio de una francachela con un grupo de monstruos que prueban los efectos del coñac que les brinda, organiza en la playa la quema del par de lanchas que hay en la ínsula, previendo y frustrando la posibilidad de que Prendick se fugue. Al salir precipitadamente hacia la hoguera en la playa, Prendick vuelca una lámpara sobre unos baúles, cuyas llamas provocan el incendio y destrucción de todo el recinto. Cerca de la fogata donde arden los tablones de las lanchas, Prendick ve el cuerpo degollado de M’ling; mientras Montgomery, tirado bajo el cadáver del Recitador de la Ley, agoniza y fallece con las garras de éste en el cogote. 
 
DVD de La isla del Dr. Moreau (1996)
       Látigo en mano y gritando recriminaciones, postraciones, amenazas y órdenes a mansalva (“¡Saludad!”, “¡Inclinaos ante mí!”) de nuevo parece que Prendick será el nuevo califa y barrigón reyezuelo de la isla de los monstruos. “El Maestro y la Casa del Dolor volverán otra vez. ¡Ay de aquel que quebrante la Ley!”, les amaga. Y si bien al inicio de ese período se le acerca un Hombre Perro (San Bernardo) que lo llama “Maestro” y se declara su fiel “esclavo” y lo tilda con un pensamiento mágico semejante al palimpsesto bíblico que le endilgara el Recitador de la Ley: “¡oh tú que caminas sobre las aguas!”, también reaparece, en el selvático y agreste escenario, un quebrantador de “la Ley” (¡oh Judas!), el feroz, peligroso, ágil y ovijerde Hombre Leopardo, que no reconoce su pretendida autoridad y por ello lo confronta y se convierte en su latente peor enemigo. Para protegerse y resguardarse, Prendick se va con los monstruos a subsistir en las guaridas del hediondo barroco.
    Según apunta Edward Prendick, “Así empezó el período más largo de mi estancia en la isla del doctor Moreau”; “diez meses que pasé en compañía de aquellas bestias semihumanas”. Sin embargo, no todo el tiempo estuvo confinado en las guaridas, ni se convirtió en el dictadorzuelo resucitado del “más allá”, ni en el nuevo revelador y recitador de “la Ley”. Paulatinamente los monstruos, todos con consubstanciales deficiencias mentales, perdieron su capacidad de hablar a la Tarzán (quizá les faltaba el “educativo” tratamiento hipnótico en dosis precisas y controladas) y poco a poco se fueron animalizando. Se convirtieron en monstruosos animales muy peligrosos para él (carnívoros y promiscuos) y por ende abandonó las pestilentes guaridas. Incluso olvidaron “el arte del fuego y sentían hacia él un renovado temor”. Lo cual le sirvió para protegerse, convertido ahora en un solitario fugitivo atrapado en una isla infestada de fieras salvajes (su fiel San Bernardo, ya sólo perro, muere en un ataque del Hombre Leopardo); un sigiloso y camuflado cavernícola que dormía de día y andaba alerta cada noche, pues según dice, cuando “No debían quedar más de veinte carnívoros”, “Casi todos pasaban el día durmiendo, y la isla le habría parecido desierta a cualquier recién llegado; pero de noche el aire se poblaba de gritos y aullidos.”
 
The Island of Dr. Moreau (London, 1896)
        Durante esos diez meses de pesadilla no dejó de otear y escudriñar el océano ni de suponer que algún navío podría rescatarlo. Por ello solía mantener el fuego de una fogata para que el humo diera visos de su presencia en la pequeña ínsula. También “Confiaba en el regreso anual del Ipecacuanha, pero nunca llegaba.” Pues Montgomery, a bordo de esa astrosa goleta (“cascarón”, la llamó), “Sólo una vez al año iba a África para negociar con el agente de Moreau, tratante de animales.” Pese a su torpeza manual, carencia de materiales y de herramientas e ignorancia de la carpintería, dos veces intentó construirse una balsa. La primera vez que lo logró, su “falta de sentido práctico” se hizo evidente porque la armó “a más de un kilómetro del mar, y antes de poder arrastrarla hasta la orilla se había hecho pedazos”. Pero su siempre anhelada salvación llega el sorpresivo día en que “Hacia el sudeste” atisba una vela (un intenso episodio contado con la detallista maestría, amena y visual, que distingue lo mejor de la narrativa de H.G. Wells, entre la que figura La isla del Dr. Moreau). Tras una noche en que trabaja sin descanso para mantener el fuego de una fogata que lo haga visible, cuando ya está cerca el bote que divisó el día anterior, ve que “Había dos hombres a bordo, uno en la proa y otro en el timón.” Prendick se agita con saltos y movimientos y se desgañita para que lo oigan y lo vean. Pero nada ocurre. Los hombres permanecen inmóviles y la barca va a la deriva, como en zigzag. Así que espera a que la corriente la arrastre hasta la arena. Según dice, “Los hombres que la ocupaban estaban muertos, llevaban muertos tanto tiempo que se cayeron a pedazos cuando intenté desembarcarlos. Uno de ellos tenía una melena roja como la del capitán del Ipecacuanha, y en el fondo del barco había una gorra blanca, muy sucia.” 
   
H.G. Wells con su primer traje de etiqueta (enero, 1895)

Retrato y pie en H.G. Wells. Aspectos de una vida (Circe, 1993)
      Esa errante barcaza con dos muertos (que evoca el barco errante repleto de hediondos cadáveres que atisba el náufrago Arthur Gordon Pym) es el bote que le sirve a Edward Prendick para irse por fin de la isla con un barril de agua y navegar “a la deriva durante tres días” con su pinta de esmirriado, greñudo, mugroso y loco troglodita, hasta que lo rescató el susodicho “bergantín que cubría la ruta entre Apia y San Francisco”.


Herbert George Wells, La isla del Dr. Moreau. Traducción del inglés al español y notas de Catalina Martínez Muñoz. El libro de bolsillo (L94), Alianza Editorial. 2ª edición. Madrid, 2014. 192 pp.