lunes, 26 de marzo de 2018

Por si las moscas



Entre soplos y soplidos: galas del juglar                     

El escritor Hernán Lavín Cerda (Santiago de Chile, 1939) es una mezcla de hereje, sátiro, juglar y bufón. Para confirmarlo, baste leer su plaquette Por si las moscas (1992), desprendible número 13 de la extinta colección Margen de Poesía editada por la revista Casa del tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana.
Hernán Lavín Cerda
       Hernán Lavín Cerda entiende la poesía como una respiración de voces en la que se conjugan y amalgaman voces antiguas y presentes, múltiples y contradictorias, conscientes e inconscientes. Es por ello que una de las particularidades humorísticas de Galas del trovar (el subtítulo del poemario) es el eco, pero también lo es el desdoblamiento. El trovador pulsa el laúd de voces, emite su voz con tesituras que son y no son la suya, y, “por si las moscas”, dadas sus supuestas blasfemias, imprudencias y lujurias, dizque intenta “escribir con tinta invisible”. 
(UAM, 1992)
       La voz esencial, obviamente, es la del juglar. Suyo es el sentido eufónico, suyas son las humoradas, lo revulsivo, la ventriloquia, las sátiras y las anécdotas. Es él quien rubrica el proemio: esa “Alabanza de la respiración” que inaugura la plaquette, abre el círculo vicioso, traza una espiral a través de las páginas, y lo cierra con una “confesión” y un aforismo que lo signa y exime casi de toda culpa y de todo pecado: 


Eres voluntariamente ocioso:
casi fuiste un Santo.


Hernán Lavín Cerda
      Puesto que la idea de Dios, la mitología e imaginería de los Libros Sagrados (formas de la literatura fantástica, Borges dixit) y el poder del cristianismo permean el comportamiento y el curso de la vida social, política, económica y cultural, una serie de sardónicas caricaturas (reflexivas, pero al fin caricaturas) sobre tales tópicos, no dejan de ser corrosivas y sacrílegas para quienes de buena (y de mala fe) comulgan y ofician con dichas creencias (no obstante que la irreverencia resulta inocua, dados los mil 700 ejemplares de la remota edición, otrora circunscrita a algunas librerías chilangas y a unos cuantos subterráneos lectores que los rescataron de por allí, si bien le fue a la revista universitaria que incluía la desprendible plaquette y si es que al lector que la adquirió le interesa la poesía, género no muy leído y muchas veces subestimado a imagen y semejanza del patito feo de la literatura). Una de las bromas, por ejemplo, alude a Nonata Pedroso, quien sostiene con orgullo, sin ningún rubor y con cierto tinte lautréamontniano (por aquello del “encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección” que tanto celebraron los surrealistas, pregoneros del automatismo psíquico y de la libre asociación): 

Aunque ustedes no lo crean, juro que tuve relaciones
con el espíritu de Nuestro Señor Jesucristo 
sobre el bramadero de una cama ortopédica
[...]
El me besó tres veces, dijo no te apresures, éste es el fin. 
Yo le mordí los labios, tres veces, la trinidad en sus labios,
pero no tuve el valor para decirle tu boca es mía, sólo mía.


      Sin embargo, coexistiendo con el hereje que parece exigir a gritos la condenación eterna en las llamas del Infierno y como suele dictar el lugar común, en el fondo de todo crítico de los mitos, supersticiones y tradiciones religiosas, transpira encerrado o encadenado un moralista. Un moralista libre de atavismos y prejuicios que se coloca los dedos de la siniestra en la frente y a sí mismo se diagnostica: “La satiriasis te hizo perder la razón: tu cerebro es un strip-tease permanente”. Pero ante todo se trata de un poeta sin pelos en la lengua, de un fabulador que se divierte al tañer las cuerdas vocales, ya al dibujar fantasías, voces y escenas que puntualizan vestigios antediluvianos y ancestrales. En “La maldición”, por ejemplo, se da cuenta del “lobo que recibió una maldición desde el cielo”, “se convirtió en la más hermosa criatura humana”, la cual, “como si recién hubiera comenzado la Edad de las Cavernas”, “se dedicó a cultivar el crimen y el canibalismo”.
       Cierta nostalgia en la olla, una pizca de sorna y algo de espolvoreada melancolía ante la figura imposible y nunca vista de Dios, ante lo Eterno, frente al llevado y traído Edén, las manzanas desnudas, la viperina y colmilluda mazacuata prieta enredada en el tronco del Árbol del Conocimiento y la Eva sin la hoja de parra, luciendo por completo, y por lo siglos de los siglos, su tentador cuerpo de pecado.
Mas por lo pronto, vapuleada por la ausencia del Único y su consubstancial e inextricable y ancestral silencio, la especie de las religiosas costumbres sigue, como San Francisco de Asís, abandonada “sobre las nieves del Universo”. Es decir, todo parece indicar que la creación universal, la vida y la muerte no dejarán de ser un inescrutable enigma mientras el conglomerado de las más o menos razonables hordas no extravíe por completo su razón no siempre pura. Y mientras ya concluido el milenio (con su cauda de augurios milenaristas), el fin de siglo (con su cauda de presagios finiseculares), y en tanto se sigue tardando el cordero que limpia los pecados del mundo, el ocioso, desocupado e hipócrita lector, nomás “para no aburrirse mientras se acaba el mundo” (así rezan en coro y vestidos de monaguillos ciertos catastrofistas que ofician en las catacumbas de la historia), puede castrar al diocesillo Cronos leyendo Por si las moscas, si es que le da su regalada gana.
Hernán Lavín Cerda
       Entre las voces que confluyen en estas juglarescas páginas figura la del “Beato de Liébana”, monje que vive escondido desde el siglo VIII “en una de las celdas de Santo Toribio de Liébana”, obstinado en fabricar láminas policromadas, que incluso llegó a leer un ejemplar de El nombre de la rosa (novela donde también “el nombre es arquetipo de la cosa” y por ende, dicta el juego palimpséstico, en las letras de risa está la risa, alguna vez prohibida en el siglo XIII en una escarpada abadía benedictina del norte de Italia (por dizque lépera, alharaquienta, gesticulante, irrespetuosa y transgresora), pero que no obstante albergaba la biblioteca más rica de la cristiandad de la época, según se narra en el libro de Umberto Eco y como bien no lo supo el ciego, obtuso y siniestro bibliotecario e inquisidor Jorge de Burgos). La del casto onanista (como por antonomasia también lo es el mórbido fabulador de “La ceremonia” y Nonata Pedroso “que sólo se masturba pensando en Dios”) quien a sí mismo se dice: 

Noche a noche, bailo desnudo, lento, semidesnudo 
y soy adamita en la tonsura que brilla como una hostia: 
me voy de poligamia intelectual, el sueño es cómplice,
           [...] 
Noche a noche, bailando, sólo bailando, soy adamita 
en el prepucio, el más viejo 
y más joven de los prepucios, el circunciso con algo de humor.

     Definitivamente, Por si las moscas sirve para reírse el sábado de Gloria (la del barrio), el domingo (de ramos o sin ramos) y durante toda la semana no siempre santa. 
Y si algunas de las caricaturas de Hernán Lavín Cerda son tan reflexivas como sardónicas y satíricas, también hay poemas, con la misma satiriasis, en los que predomina la humorada, lo absurdo, el juego rítmico, la vil fantasía (“Elogio de la virginidad”, “Canción para una bella dama”, “Peluquerías”, “Música de Cámara”, por nombrar varios).
      Se puede concluir la nota (si el lector lo permite y si por razones de peste bufónica no se irrita con el chistorete y la especular nomenclatura escatológica) leyendo la “Brevísima descripción del ser humano” (toda semejanza por el estilo es un fenómeno insólito, una caprichosa e impostergable coincidencia): 

Un poco de excremento, 
tal vez una sonrisa, un sueño muy antiguo 

           y otro poco de excremento
y otro poco, venid a mí, de excremento:

la santidad, la santidad, sólo la santidad 
y a veces la locura, aquel sueño tan ambiguo 
y otro poco de excremento, bienaventurado 
el que ya viene, y otro poco de excremento.



Hernán Lavín Cerda, Por si las moscas. Galas del trovar. Serie Margen de Poesía (13), revista Casa del tiempo, Universidad Autónoma Metropolitana. México, 1992. 72 pp.


El bosque de la serpiente



Nostalgia de la unidad primordial

El polígrafo Andrés de Luna (Tampico, 1955) era el marisabidillo del erotismo que en el extinto suplemento sábado (bajo la dirección de Huberto Batis) firmaba su columna Eros con el translúcido pseudónimo de Andreas der Mond. 

Andreas der Mond hojeando un sábado,
extinto suplemento del periódico mexicano unomásuno.
Foto de Huberto Batis, autor de Estética de lo obsceno

(y otras exploraciones pornotópicas) (UAEM, 1983)
        En 1992 la Editorial Grijalbo le publicó Erótica, la otra orilla del deseo, misceláneo libro de ensayos signado por tal erudición y lascivia, profusamente ilustrado en blanco y negro, que incluye Lapsus linguae, poema suyo donde celebra a ese “amado delirio” que es el ojo del trasero de una fémina con un tentador cuerpo de pecado. 


Andrés de Luna hojeando su libro Erótica, la otra orilla del deseo (1992)
Foto: Norma Patiño
  Para El bosque de la serpiente (Tusquets, 1998) optó por el cuento breve, cuyo conjunto, de 43 ejemplares, “fue finalista en el XIX Premio Internacional de Literatura Erótica La sonrisa vertical en 1996”.

El principal tufillo y afrodisiaco leitmotiv que permea buena parte de las variantes de este festín de Eros que oscila (con diversos matices e intensidades) entre lo sacro y lo perverso, es el hecho de que el hereje hace actuar en sus fantasías eróticas a una serie de sonoros nombres de rutilantes personajes de la literatura, el cine, las artes plásticas, la filosofía, la farándula, la música, el poder y la historia; por ejemplo, Adán y Eva, Gertrude Stein, Anaïs Nin, Greta Garbo, Miguel Ángel, William Blake, Gala y Salvador Dalí, la esposa de Paul Bowles y Henry Miller, José Rubén Romero, María Cristina de Nápoles, Catalina II de Rusia y Denis Diderot, Ava Gardner y Robert Graves, Vicent Van Gogh, Henri de Toulouse-Lautrec, Paul Gauguin, Johann Wolfgang Goethe, Adolf Hitler, Aldous Huxley, Joris-Karl Huysmans, James Joyce, Clark Gable, Bona y André Pieyre de Mandiargues, Pier Paolo Pasolini, Elvis Presley, Nastassja Kinski y Roman Polanski, Pierre Klossowski y Balthus, Tamara de Lempicka, Carlos VII de Francia, Peter O’Toole, Richard Wagner, el Marqués de Sade, Anthony Burgess, y otros más.


(Tusquets, México, 1998)
Ilustración de la portada: detalle de
La batalla del amor (c. 1880), lienzo de Paul Cézanne 
    Para sumergirse en tales páginas, hay que tener una visión muy distante de la mirada estrábica de un rancio y mocho señorito de la Liga de la Decencia; es decir, hay que poseer una mente libre y libertina para disfrutar (o por lo menos para leer) y corporificar en cuarta dimensión las lúbricas escenas que Andrés de Luna imagina en sus secuencias (no siempre narradas con óptima seducción), incluso aquellas que se ubican en el extremo de lo transgresor, repugnante, revulsivo y depravado, como es el caso de Hitler, cuyo vicio estriba en aspirar la fetidez de la mierda y en que la prostituta de turno defeque en su pecho (el clímax para él); o el caso del cineasta Pasolini, pasando vista, nariz y mano por una caterva de sucios, analfabetas y apestosos muchachitos árabes y luego dándose vida al succionar tres falos en una sesión; o el caso del príncipe Stefan de Serbia, abandonándose a un casual y frenético encuentro con otros dos mariquitas en una letrina de los baños del Sanborns del Ángel; o el del faraón Ferón, buscando, a través de mil y una mujeres que suelen hacer pipí sobre sus ojos ciegos, la esposa fiel cuya orina (“miel sagrada”, “espuma celestial”) le devuelva la perdida vista; o el de varios ayuntamientos lésbicos (más un macho cabrío), sodomías, bestialismos y orgías grupales.

Una ondulante Sherezada y Borges

Foto en Borges-Bioy. Confesiones, confesiones (Sudamericana, 2ª ed., Buenos Aires, 1998),
crónicas, relatos, entrevistas e iconografía de Rodolfo Braceli. Su pie de foto reza:
Comienzo de la década del 80, Jorge Luis Borges, odalisca mediante, 
en una noche para agregar a las Mil y Una...


       “Todos los hombres son el mismo hombre”, dijo Borges, quien en 1978, según consigna Emir Rodríguez Monegal en la cronología de Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (FCE, México, 1985) —con “Edición, introducción, prólogos y notas” del crítico y biógrafo uruguayo, ganó “un segundo premio de un concurso de cuentos organizado por la revista Playboy: 500 dólares y una conejita de mascota”. Y tal ancestral prerrogativa parece cumplirse al pie de la letra cuando el hereje traza diversos enlazamientos profanos y frívolos. Pero también (o quizá sobre todo) al comparar el placer de los sentidos con la ambrosía o con la panacea universal; o la comunión sexual con el Paraíso o con una prueba de éste y por ende de la inapelable existencia de Dios. 
Así, el carácter sacro y ritual de la vivencia erótica puede implicar una revelación o constatación del Espíritu. 
William Blake, desnudo con su pareja en “el pequeño edén del patio” donde lee El Paraíso perdido de John Milton, piensa que los deleites de la carne son una bendición de Dios (“Lo demás es misterio y eso es parte de la sabiduría del Creador”). 
Algo semejante concibe y repite el alcohólico príncipe Christian VII ante el sexo de Lise, “la hetaira de alabastro”, “uno de los dones que Dios había concedido a Dinamarca”. “Beber de su entrepierna formaba parte de los hechos que transportaban al paraíso terrenal”, dice la voz narrativa. “¿Cómo puede alguien tildar de locura al que ha emprendido el viaje a las regiones donde Dios nos hace partícipes de sus bondades, de su extrema bienaventuranza y, por qué no decirlo, de su entrañable amor por nosotros?” 
Y pese a que el retorcido James Joyce suele rendir culto a los vapores de la mierda y del ano de una mujer con magros cuidados higiénicos, el momento de hundir y mover la lengua en tal hoyuelo le brinda un goce con una plenitud parecida: “hoy besa con fruición este orificio y se abren las puertas del jardín del edén”. 

Emmanuelle Seigner
  Estadio no muy distinto del que vive la maquillista y rubia Paulette al chupar el maná de la vagina de Emmanuelle Seigner, la actriz de Luna amarga (1992), filme de Roman Polanski: “Todavía contraída y con el orgasmo a cuestas, Paulette se arrodilla y asume la adoración a la diosa, se interna en esta humedad cubierta de pelo castaño. Nunca había probado nada semejante, éste es el bálsamo de la vida; las mieles íntimas que curarían a los enfermos y darían vida a los moribundos: ambrosía pura.”

Así las cosas, el matiz sagrado y ceremonial de la comunión erótica entre un hombre y una mujer (una epifanía condenada a repetirse y a multiplicarse por los siglos de los siglos), está dicho y cantado en esa especie de heterodoxa rogativa, de oración-celebración (algo tiene de poema en prosa) que es “De su propia imagen dividida”, el cuento que preludia El bosque de la serpiente, que inicia puntualizando: “Nuestro es el jardín del paraíso, nuestra es la bienaventuranza ante aquello que nos inquieta. Señor, permítenos ser Adán y Eva, dulces habitantes que rehacen los caminos, observan el paso de la serpiente y la ignoran.” 
Homenaje a Balthus
Foto de Norma Patiño en Erótica, la otra orilla del deseo (1992)
  Encarnando tales arquetipos primigenios y pletóricos de inocencia, pureza y sabiduría, no es difícil que una terrestre y efímera pareja sienta suyos algunos destellos, pese a que los convidados de piedra sean un dúo de feos, mortales, solitarios, enfermos, desahuciados, ateos y curtidos agnósticos: “Penetro en Eva y ella monta en mí para recibir los dones de mi virilidad que busca sus profundidades. La escucho gemir y ese sonido forma parte de la aurora que llega con el rubio sol estival. Arquea su cuerpo y siento una humedad que la moja y me perturba, anticipa nuestros goces comunes, me hace cerrar los ojos y vislumbrar este jardín que nos contiene y en el cual somos felices.” 


Jorge Luis Borges en 1968
Foto: Eduardo Comesaña
Ante tal visión y exultación se puede recordar la que Borges escribió en un pasaje de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuyo énfasis y sentido puede implicar cierta desnudez y el haber accedido a los misterios, al aroma y ambrosía de ciertas puertas celestiales: “En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua de los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que esa tarde sentí.”

      No obstante, entre las certidumbres que se refieren en el cuento de Andrés de Luna, no faltan los viejos y ancestrales interrogantes: “Nunca sabremos qué misterios están presentes en esta cópula de hoy, en este acto que repetimos con infinito agrado porque nos hace uno y nos duplica nuestro saber. Siento cómo nos observas en las alturas, o entre las rocas que rodean este jardín del paraíso. Nada debe cambiar, tú eres nuestro guía, el enamorado del mundo y el erudito que palpa la Creación para comunicárnosla. La siento como parte de mí y la comparto con Eva. Huelo sus deyecciones y nada sucio encuentro en esos restos; ella hace lo mismo conmigo, incluso desea que mi orina la bañe, que haga espuma sobre su ombligo y sobre sus pechos de pezones levantados.”
Pero como en distintos cuentos o variaciones los representantes del inconsciente colectivo evocan o remiten al Jardín del Paraíso y al placer edénico, se puede concluir la nota con un puñado de fragmentos de una entrevista de Braulio Peralta al Nobel mexicano —El poeta en su tierra: diálogos con Octavio Paz (Grijalbo, 1996)—, donde éste habla del mito del jardín: 

Octavio Paz y Marie-José

En Octavio Paz (Júcar, Barcelona, 1975), con ensayo,
antología e iconografía de Jorge Rodríguez Padrón.
“Sí, hay muchos y todos ellos son el mismo jardín: es el espacio de la revelación. El jardín es naturaleza, pero naturaleza transfigurada. El jardín es uno de los mitos más antiguos y aparece en todas las civilizaciones. Piense en el Jardín del Señor, en el Edén, en el Paraíso Terrenal. Es el reino perdido: la inocencia del primer día. El jardín simboliza la unidad primordial, fundada en el pacto entre todos los seres vivos. En el paraíso el agua habla y conversa con el árbol, con el viento, con los insectos. Todo se comunica, todo es transparente. El hombre es parte del todo. La ruptura del pacto, la expulsión del jardín, es el comienzo de la inmensa soledad cósmica: las cosas, desde los átomos a los astros, caen en sí mismas, en su realidad solitaria; los hombres caen en el abismo transparente de su conciencia sin fin... El jardín restaura, así sea parcial, provisionalmente, el pacto del principio, la unidad original de la pareja, la reconciliación con la totalidad cósmica.” 

“El jardín es el teatro de los juegos de la infancia y de los juegos pasionales del amor.” 
“La existencia de jardines en todas las civilizaciones y sociedades se explica, quizá, por la universalidad del deseo que satisface esa singular creación. Nostalgia de la unidad primordial entre el mundo humano y el mundo natural. Restaurar esa unidad, así sea precariamente, es entrever nuestra condición original.”



Andrés de Luna, El bosque de la serpiente. Colección La sonrisa vertical, Tusquets Editores. México, 1998. 180 pp.

*********
Respuesta a Patricia Damiano (ver comentario).  Lo injuriante es aderezo tuyo. Tienes un punto de vista mojigato y nada lúdico, característico de una censora de la Vela Perpetua y de Liga de la Decencia. Supongo que, semejante al ciego bibliotecario Jorge de Burgos, catalogas la risa como prohibida, obscena y pecaminosa (no se diga el sexo y el erotismo) y que prefieres regocijarte con una foto de Borges al ser condecorado con la Gran Cruz de la Orden Bernardo O’Higgins, otorgada por Pinochet y los militares golpistas y genocidas, o en Buenos Aires dándole la mano al general Videla y luego diciendo: “He saludado a esa Junta de caballeros”.



jueves, 22 de marzo de 2018

De lágrimas y de santos



La vida no es más que una pirueta en el vacío

Imposible no acercarse a De lágrimas y de santos (1988), libro del filósofo y aforista rumano Emile Michel Cioran (1911-1995), con cierta curiosidad más o menos arqueológica, pues su primera edición en su lengua natal data de 1937.
E.M. Cioran
Foto: Sophie Bassouls
Encargado él mismo de propagar a los cuatro pestíferos vientos, como principio ontológico y gnoseológico, que era hijo de un pope ortodoxo, Cioran había contado que De lágrimas y de santos era (y es) un libro concebido tras una crisis suscitada, en buena medida, por su hábito pernicioso de leer vidas y obras de santos (entrevista de María Dolores Aguilera en Quimera número 30, abril de 1983). 
Quimera núm. 30, Barcelona, abril de 1983
Cuando en 1936 quiso publicar De lágrimas y de santos, un editor rumano se negó a hacerlo argumentado que lo que tenía lo había logrado gracias a Dios, por lo que no podía publicar algo donde a éste le iba tan mal. Por otra parta, en 1937, al estar instalado ya en París y al aparecer en Rumania el libro, su madre le escribió desaprobando el agravio que a ella y a su padre, dado su estatus eclesiástico, les había causado.
      Durante la Segunda Guerra Mundial, Cioran permaneció en París y una de sus placenteras y hedonistas ocupaciones era consumir y degustar los volúmenes de la biblioteca de la iglesia rumana asentada allí. No es difícil suponer, entonces, que mientras realizaba esa herética disección hagiográfica estuviera revisando, depurando y ampliando lo que había escrito en sus anteriores libros rumanos, entre ellos la primera versión de Breviario de podredumbre. Esta apareció en su lengua de origen en 1939; pero sería hasta 1949, después de haberlo reescrito cuatro veces, que el mismo Cioran lo tradujo al francés.
Traducción y ensayo preliminar de Fernando Savater
(Taurus, Madrid, 5ta. reimpresión, 1986)
Al adoptar tal idioma y con tal título, comienza en la Europa occidental (y por ende en América) la propagación y el mito de un autor que se clasificaba a sí mismo como escéptico y desesperado. En consecuencia, el lector del siglo XXI localiza en la versión definitiva de Breviario de podredumbre los fundamentos angulares de su literatura y pensamiento. 
En este sentido, cuando Cioran decía que una de las cosas que le impedía autorizar la traducción de sus obras juveniles escritas en rumano era su “mezcla deplorable de jerga filosófica y lirismo extravagante” y al tener ahora la posibilidad tardía de incursionar (en español) en De lágrimas y de santos, se puede deducir que no sólo era tal intríngulis (o carozo de la mazorca) lo que lo detenía, sino sobre todo que éste, en su calidad embrionaria, azarosa y fragmentaria, está contenido en Breviario de podredumbre. Es decir, no se trata simplemente de tópicos implícitos, sino que en éste hay un desglose más meditado, trabajado y profundizado, de las mismas posturas críticas e irónicas.
(Tusquets, Barcelona, 1988)
Lo que en De lágrimas y de santos resulta somero y aleatorio —sobre la vida, la religión, Dios, la muerte, la música, la santidad, la soledad, la nada, la mística, el éxtasis, la filosofía, las lágrimas, el escepticismo, el conocimiento, la inteligencia, etcétera—, es ahondado a lo largo del Breviario de podredumbre y concretado, en cierta medida, en la parte denominada “La santidad y las muecas de lo absoluto”.
Es así que De lágrimas y de santos es la exhumación de un ejercicio iconoclasta y revulsivo que prefigura libros subsiguientes; por ejemplo, El aciago demiurgo (1969), La tentación de existir (1972) e, incluso, Ese maldito yo (1987). 
(Tusquets, Barcelona, 1987)
Si a estas alturas del milenio es requete consabida la compulsión transgresora de Cioran, cuyo arrojo —(lúdico para unos, corrosivo para otros, inocuo para tantos más) implica y representa la pérdida de la fe, el desencanto, el nihilismo, la desesperanza, la parodia y la cosificación del hombre moderno encerrado en sí mismo y en una visión solipsista del universo y de la historia, De lágrimas y de santos se lee como una serie de repeticiones y variantes de temas neuróticos e insomnes que el rumano ya había abordado hasta la saciedad y el cansancio (la náusea o la esclerosis múltiple), como si fuera un fraile enajenado que se autoflagela sin cesar sobre la supuración de las mismas llagas hasta lograr la lubricidad que desencadene el éxtasis o el goce frenético o paulatino de las lágrimas.
Los fragmentos o aforismos reunidos en De lágrimas y de santos son una exacerbación que reflexiona y filosofa a veces desde una postura sardónica o juguetona: “Un día el mundo, esta vieja chabola, acabará por derrumbarse de una vez. Nadie puede saber de qué manera, pero ello no tiene la menor importancia, pues desde el momento en que todo carece de substancia y la vida no es más que una pirueta en el vacío, ni el comienzo ni el final prueban nada.”
O a través del sofisma de un taxista, enterrador de pueblo o boletero de cine que piensa y punza con un tono concluyente y lapidario; por ejemplo, ante el supuesto “camino de perfección” que ciertos santos siguen por medio del dolor, de la abstinencia, del martirio de la carne y de la autodestrucción: “¿No habría aún suficiente sufrimiento en este mundo? Se diría que no, a juzgar por la complacencia de los santos, expertos en el arte de la auto-flagelación. No existe santidad sin voluptuosidad del sufrimiento y sin un refinamiento sospechoso. La santidad es una perversión inigualable, un vicio del cielo.” (Lo que equivale a decir que no vuela una mosca ni nadie muerde un plátano ni se tira una trompetilla sin que lo sepa Dios).
Si en Breviario de podredumbre, Cioran, refiriéndose a su pasado, decía: “Estimaba yo que ser secretario de una santa constituía la más alta carrera reservada a un mortal”, en De lágrimas y de santos cifró más o menos la misma postura e inmediatez, pero con un matiz lascivo y lúdico: “Por el beso culpable de una santa, aceptaría yo la peste como una bendición.”
E.M. Cioran
La mística es para Cioran una evasión fuera del conocimiento, y el escepticismo un conocimiento sin esperanza. De ahí que si el supuesto anhelo de perfección de los santos lo entiende como una nostalgia y búsqueda del Paraíso, para él la desesperanza y su enfrentamiento y cuestionamiento ante la idea de Dios es la certidumbre de la nada y de la soledad cósmica: “Todo es nada: ésa es la revelación inicial de los conventos. Así comienza la mística. Entre la nada y Dios no hay ni siquiera un paso, pues Dios es la expresión positiva de la nada; “Estar solo, despiadadamente solo, ése es el imperativo al que hay que someterse cueste lo que cueste. El universo es un espacio vacío y las criaturas no existen más que para atestiguar y consolidar nuestro aislamiento. Yo nunca he encontrado a nadie, no he hecho más que tropezar con sombras simiescas.”
Yacer enterrado en el miasma de sí mismo, ser un solitario empedernido en el vacío infinito y una simiesca pero civilizada sombra misántropa (“Detesto a todos los seres. Pero soy extremadamente social”) es la condición dramática de un individuo efímero, egocéntrico e infinitesimal que no espera nada. Sin embargo, a imagen y semejanza de un retorcido y megalómano egotista, se exhibe dueño de una voz, de una melodía y un pensamiento con el poder del sarcasmo, de la mordacidad y del fragmentario artilugio literario, filosófico y moralista.
E.M. Cioran
(1911-1995)
En el plano del placer de la palabra escrita, si Cioran disfruta negando y cuestionando todo lo metafísico y religioso que se le ofrece como verdad hagiográfica o irreductible y única, no extrañe que en De lágrimas y de santos, tanto en Bach, en el órgano y en el instante de la música, como buen sofista, vislumbre un kepleriano grumo divino y evanescente: “La música es la emanación final del universo, como Dios es la emanación última de la música.”

E.M. Cioran, De lágrimas y de santos. Traducción del francés al español de Rafael Panizo. Prefacio de Sanda Stolojan. Colección Marginales (100), Tusquets Editores. Barcelona, 1988. 120 pp.



Memorial del convento



La ilusión viaja en globo
(Alfaguara, Madrid, 1998)
De 1982 data la primera edición en lengua portuguesa de Memorial del convento, novela del portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, nacido en Azinhaga, Santarém, Portugal, el 16 de noviembre de 1922 [muerto en Tías, isla de Lanzarote, España, el 18 de junio de 2010]. Y de 1998 data la traducción del portugués al español de Basilio Losada, autor de las ilustrativas notas al pie de página, tales como las fichas biográficas del padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão (1685-1724) y la del dramaturgo Antonio José da Silva (1705-1739), aunque tal vez debió incluir otras, por ejemplo, la del compositor y clavecinista Domenico Scarlatti (1675-1757), pues también juega cierto papel protagónico. 
      Memorial del convento es una novela voluminosa, muy descriptiva, sin profundidad psicológica en el carácter y en el comportamiento de los personajes, con la mayoría de las páginas repletas de cabo a rabo, por lo que no es fácil reseñar en un puñado de cuartillas todas las menudencias que se narran allí, incluidas algunas arbitrariedades o descuidos en el transcurso de varios de los tiempos que maneja. 
El estilo narrativo de José Saramago es caudaloso, denso y apretado, proclive a los excesos, a las frecuentes y largas enumeraciones, a la palabrería, al bagazo, a los ripios, a la infalible digresión, a los comentarios humorísticos o cáusticos de la voz narrativa (alter ego del autor) desde su particular perspectiva de europeo del siglo XX y Memorial del convento no es la excepción, pero con la salvedad o con la notable y trascendente característica de que en esta obra la narración fulgura, de un modo extraordinario, por su riqueza y sabiduría barroca. Esto es así porque los acontecimientos centrales, que se desarrollan de un modo lineal y alterno, se ubican entre 1711 y 1739 en territorio portugués, bajo la monarquía imperial de Don Juan V y de la atávica y prejuiciosa férula de la Iglesia católica y de los terroríficos, inhumanos y carnavalescos autos de fe que promueve el Santo Oficio en sus mazmorras y en las plazas públicas.
      De modo que el lector del siglo XXI, si quiere comprender al pie de la letra el sentido o el intríngulis de lo que significan, narran y pintan un sinnúmero de palabras, una y otra vez tiene que consultar el Diccionario de la Real Academia Española o algún otro de buen calibre.  
José Saramago
(1922-2010)
Los sucesos que se relatan en Memorial del convento giran, sobre todo, en torno a dos epicentros paralelos que a veces se entrecruzan, tal laberíntico jardín de senderos que se bifurcan. 
Uno lo protagoniza la conducta (muchas veces libertina) del rey de Portugal y de su parentela y todo el fasto y la superabundancia y exageración de los ritos y protocolos de la corte y de los cortesanos y de la Iglesia católica, vertiente que además implica la cimentación del convento que alude el título de la novela. Al principio de la misma, el joven rey Don Juan V, en 1711, aún no cumple los 22 años de edad y está empeñado en embarazar a la reina: Doña María Ana Josefa, importada de Austria, muy devota, con la que lleva casado más de dos años. 
     Bajo la conjura del obispo inquisidor: Don Nuno da Cunha, de los frailes de la Arrábida y de la reina María Ana Josefa, un fraile franciscano que se supone milagroso: Antonio de San José, le dice al joven rey Don Juan V que si promete construir y construye el convento franciscano en la villa de Mafra que desde 1624 busca ser edificado, engendrará heredero al trono. 
      Don Juan V dicta su promesa. A la reina poco a poco le crece la feliz barriga y a su debido tiempo nace la infanta Doña María Javiera Francisca Leonor Bárbara, primera de los seis hijos que el real matrimonio tendrá.
  Comienza la construcción del convento en la villa de Mafra y simbólicamente la primera piedra, después de la bendición de rigor por un prelado de primer orden, es colocada por el rey el 17 de noviembre de 1717 en medio de una rimbombante ceremonia religiosa. La edificación es una obra ardua y ciclópea que llega a emplear a más de veinte mil hombres y hacia 1730 ya suman más de cuarenta mil. El rey Don Juan V, caprichoso e ignorante, ante la imposibilidad de construir en territorio portugués una réplica de la basílica de San Pedro de Roma (“consumió ciento veinte años de trabajos y riquezas”, le dice el arquitecto del convento de Mafra), en 1728 decide que el convento de Mafra ya no será sólo para 80 frailes, según se acordó, sino para 300. Y frente al miedo y al presentimiento de morir y no ver su obra terminada, decide que dentro de dos años, el domingo 22 de octubre de 1730, día que cumplirá sus 51 años de edad, tendrá que celebrarse la consagración del convento, cosa que ocurre casi al término de la novela, pese a que aún está inconcluso y a los mil y un problemas y desventuras que el agrandamiento y la prisa provocaron entre los estrategas de la construcción y entre los hombres (la mayoría pobrísimos, harapientos y analfabetas) que de todos los rincones del reino de Portugal fueron cazados y extirpados de sus familias y de sus oficios y llevados a la fuerza (no pocos sujetos por una cuerda) a laborar en las obras y a subsistir en los barracones (cuasi campo de concentración nazi) por un vil y mísero mendrugo. 
Sobre el monumental, monstruoso y lento alzamiento del convento franciscano en la villa de Mafra, abundan los detalles y los episodios, mismos que dada su cantidad y colorido puede descubrir el lector por su cuenta; por ejemplo, las peripecias y muertes que suscita, durante ocho días de julio de 1725, el transporte de una piedrota de mármol de 31 toneladas cuyo destino es el “balcón que quedará sobre el pórtico de la iglesia” (“Es la madre de la piedra”, dijo uno de los boyeros), misma que es llevada de la cantera de Pêro Pinheiro al futuro convento de Mafra en un gran carro (“especie de nave de India con ruedas”) arrastrado por 400 bueyes y más de 20 carros con los pertrechos para la conducción. O las 18 monumentales estatuas de santos desembarcadas de Italia en San Antonio do Tojal, llevadas de allí al convento de Mafra sobre 18 carros jalados por bueyes que se cruzan en el “camino que viene de Cheleiros con el que viene de Alcaínça Pequena” con un grupo de “novicios del convento de San José de Ribamar, cercano a Algés y Carnaxide”, cuyos infortunios se narran con pintorescos pelos y señales, pues fueron enviados a pata pelada por caminos agrestes para participar en la consagración del convento de Mafra, el cual habitarán en aposentos donde les esperan otras desdichas. 
El otro epicentro narrativo de Memorial del convento, que a la postre resulta el principal, lo conforma la historia de amor que a lo largo de las páginas protagonizan Baltasar Mateus, alias Sietesoles, y Blimunda, ambos pobres en extremo e iletrados. Casi al comienzo de la novela, Baltasar (alto, delgado, con 26 años de edad, nacido en Mafra el año de 1685) ha sido liberado del ejército de su majestad después de cuatro años de guerrear, tras perder la mano izquierda en una batalla ocurrida en Jerez de los Caballeros un día de octubre de 1710. En la primavera de 1711, Baltasar Mateus anda en Évora pidiendo limosna para reunir el pago al herrero quien le hace un gancho de hierro y un punzón, que alternativamente usará ligados al muñón con correas de cuero, ya como instrumento de trabajo, ya como puntiaguda y mortal arma, que en su camino a Lisboa, donde tal vez obtenga de las arcas del palacio real una pensión de guerra “por la sangre vertida”, pasando Pegões, le sirve para matar a uno de los bandidos que intentan asaltarlo y quizá liquidarlo. 
Ya en Lisboa, Baltasar Sietesoles vagabundea y se informa para comer de limosna en las hermandades católicas y conoce a João Elvas, un viejo ex soldado convertido en ladrón que se hace su amigo y lo lleva a dormir a su refugio de truhanes en un olivar a un lado del convento de la Esperanza. Pero lo más trascendente de ese año de 1711 es el hecho de que entre la multitud vociferante y blasfema conglomerada en el Rossío (incluso figura el rey) en torno a un vistoso, terrorista y ejemplar auto de fe convocado por el Santo Oficio, Baltasar conoce a la joven Blimunda, quien se halla acompañada por el padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão. Son 104 los sentenciados por la Inquisición, unos a la hoguera, otros a recibir garrotazos o azotes, entre ellos Sebastiana María de Jesús, la madre de Blimunda, “condenada a ser azotada en público y a ocho años deportada en el reino de Angola”, cuya herejía consiste en oír voces del cielo, en tener visiones y revelaciones, y en creer que puede ser santa. Poderes que Blimunda, con 19 años de edad, sólo heredó en cierto aspecto, pues ella únicamente puede ver el interior material de los cuerpos, no los pensamientos, pero sí las voluntades de los humanos, que las llega a ver como “una nube cerrada sobre la boca del estómago” después de que el padre Bartolomeu Lourenço, en un pasaje y para determinada misión, la insta a observar con detenimiento; es decir, en ayunas, además de las voluntades de hombres y mujeres, Blimunda únicamente ve los huesos, el flujo sanguíneo, los pulmones, el corazón, las vísceras, el relleno de relleno, los minúsculos pedúnculos umbelíferos y demás etcéteras de todo humano o animal que se le ponga enfrente o lo que ocultan las extrañas de la tierra (puede descubrir, por ejemplo, un escondido y profundo ojo de agua que alivie la sequía de un territorio); y para evitar o interrumpir tales imágenes, cada mañana con los ojos cerrados come un trozo de pan. 
   Una especie de inducción telepática hace que ante al paso y la mirada de la madre entre los procesados por el Santo Oficio, Blimunda, sorpresivamente, le pregunte al desconocido que tiene al dado: “Cuál es tu gracia”; y allí mismo, con pocas palabras, largos silencios y sobreentendidos, empieza a tejerse la entrañable e ideal historia de amor entre Baltasar Sietesoles (el susodicho desconocido) y Blimunda, pues luego del auto de fe se van a la casucha de ella acompañados por el padre Bartolomeu Lourenço, cuya amistad los signa hasta los últimos días que tienen destinados sobre el planeta Tierra y en medio de la eterna e infinita soledad del cosmos.
   Nacido en Santos, Brasil, el padre Bartolomeu Lourenço, también tiene 26 años de edad y es conocido en Lisboa como el Volador porque otrora voló en un globo construido por él. Según la nota de Basilio Losada, el verdadero Bartolomeu Lourenço de Gusmão, creador del globo aerostático y precursor de la aeronáutica, “inventó un globo rudimentario que se alzó de tierra el 8 de agosto de 1709” y ese año “envió a Juan V una Memoria comunicándole haber inventado ‘un instrumento para andar por el aire del mismo modo que por la tierra y el mar’”. Pero además, apunta, “por Lisboa circuló un dibujo de un extraño artefacto en forma de ave —de ahí el nombre de passarola— que parece ser una mixtificación del propio Volador para desviar la atención de las gentes de la verdadera índole de sus experiencias”. 
  Dado que el padre Bartolomeu Lourenço goza de cierta cercanía y protección del rey Don Juan V, le consigue empleo a Baltasar Sietesoles en el matadero del Terreiro do Paço aledaño al castillo real, pero no el pago de su pensión de guerra. Antes lo lleva a conocer su máquina de volar que oculta en la especie de bodega de una finca en San Sebastián da Pedreira, no muy lejos de Lisboa, y le enseña el dibujo de un ave, nada menos que la passarola, con la que según él volará, y le propone a Baltasar que lo auxilie en su construcción. Baltasar acepta después de oír los argumentos algo heréticos del padre Bartolomeu Lourenço. Pero la passarola sólo podrá volar cuando el cura, les dice a Baltasar y a Blimunda en otro momento, conozca y domine el misterio del éter, que según él “es donde cuelgan las estrellas” y que únicamente se baja del espacio mediante la alquimia, arte que el cura Bartolomeu aprenderá en Holanda. 
   Para hacerse entender, el padre Bartolomeu les explica que el éter “es parte de la virtud general que atrae a los seres y a los cuerpos, y hasta a las cosas inanimadas y los libera del peso de la tierra, llevándolos al sol”. Y más aún: “para que la máquina se levante en el aire, es preciso que el sol atraiga el ámbar que ha de estar preso en los alambres del techo, que a su vez atraerá al éter que habremos introducido en las esferas, que a su vez atraerá a los imanes que estarán abajo, los cuales, a su vez, atraerán las laminillas de hierro de que se compone la osamenta de la barca, y, entonces, subiremos al aire con el viento, o con el soplo de los fuelles, si el viento falta, pero vuelvo a decir, faltando el éter nos falta todo”. 
Así, hacia 1713, el padre Bartolomeu Lourenço realiza su viaje de estudios a Holanda. Dejan bajo llave la passarola. Y Baltasar y Blimunda se van a Mafra, donde ella conoce a la parentela de Sietesoles y donde se suceden una serie episodios, algunos relativos a la construcción del monumental convento franciscano.
    En 1717 el cura Bartolomeu retorna de Holanda y los visita en Mafra, precisamente en el chamizo de los padres de Baltasar y en un paseo los pone al tanto de sus nuevos conocimientos (que resultan aún más etéreos y metafísicos): que el éter “no se puede alcanzar por las artes de la alquimia”, y que “antes de subir a los aires para ser aquello de donde las estrellas cuelgan y el aire que Dios respira, vive dentro de los hombres y mujeres”; “no se compone de las almas de los muertos, se compone, oídlo bien, de las voluntades de los vivos”. “Dentro de nosotros existen voluntad y alma, el alma se retira con la muerte, y va allá donde las almas esperan el juicio, nadie sabe, pero la voluntad, o se separó del hombre estando vivo, o se separa de él con la muerte, ella es el éter, es, pues, la voluntad del hombre lo que sostiene las estrellas, y es la voluntad del hombre lo que Dios respira”.
   Siendo las cosas así, mientras el padre Bartolomeu Lourenço se marcha rumbo a Coimbra en busca de su doctorado en Cánones, dispone que Baltasar y Blimunda regresen a Lisboa y se instalen en la finca en San Sebastián da Pedreira con dos objetivos: que Baltasar Sietesoles construya la máquina siguiendo el dibujo y las indicaciones del cura (cosa que hace con el auxilio de Blimunda), y que Blimunda, con el poder de su mirada en ayunas, se dedique a coleccionar voluntades donde haya gente (procesiones religiosas, autos de fe, durante los estragos de la peste, en las obras del convento). Es decir, puesto que la voluntad de un humano la ve como “una nube cerrada sobre la boca del estómago”, ella anda en ayunas por todos lados con un frasco de cristal en cuyo fondo hay una pastilla de ámbar amarillo, “llamado electro”, informó el cura, que atrae y atrapa a las voluntades en fuga, que no es otra cosa (ya se dijo) que el éter, el elemento (miles y miles de voluntades) que hará posible que la luz del sol haga volar a la passarola
Así, entre 1717 y 1724, Baltasar y Blimunda viven en la finca de San Sebastián da Pedreira realizando, sobre todo, las labores que les destina el cura. Llega el momento en que la passarola ya está en condiciones de volar, cosa que ocurre un día de septiembre de 1724 cuando el padre Bartolomeu Lourenço, en medio de la locura que lo atosiga, de sus devaneos religiosos y de la persecución del Santo Oficio, inesperadamente arriba a la finca de San Sebastián da Pedreira y los tres huyen volando en la máquina, pasan incluso sobre las obras del convento de Mafra, donde “hay quien los ve, gente que huye despavorida, gente que se arrodilla y alza las manos implorando misericordia, gente que tira piedras, se apodera la inquietud de miles de hombres, quien no ha llegado a verlo, duda, quien lo vio, jura y pide el testimonio del vecino, pero pruebas ya nadie puede presentar, porque la máquina se ha alejado en dirección al sol, se ha vuelto invisible contra el disco refulgente, tal vez no haya sido más que una alucinación, los escépticos triunfan sobre la perplejidad de los que creyeron”. Sin embargo, la passarola sigue su azaroso curso y aterriza al concluir la luz del día sin que a los tres ocupantes les pase nada. Durante la noche el padre Bartolomeu intenta incendiar la máquina. “Si he de arder en una hoguera, al menos que sea en ésta”, les dice. Y luego desaparece en la oscuridad sin que Baltasar y Blimunda lo adviertan. Al día siguiente, en el camino, las palabras de un pastor les hace ver que cayeron en Monte Junto, un sitio de la sierra del Barregudo, donde la passarola ha quedado chamuscada y escondida. 
    La pareja tarda dos días en retornar a la villa de Mafra, donde se encuentran en las calles con una procesión que celebra y da gracias a Dios por hacer volar a su Espíritu Santo “por encima de las obras de la basílica”. No vuelven a tener noticia del cura, hasta que el músico Domenico Scarlatti, quien había llevado un clavicordio a la finca de San Sebastián da Pedreira (instrumento que arrojó a las profundidades de un pozo para no ser inculpado por el Santo Oficio), les lleva la mala nueva de que el padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão murió en Toledo, España, el 19 de diciembre de 1724. 
En la novela de José Saramago las cosas siguen su curso. Gracias a la recomendación de Alvaro Diego, el cuñado de Baltasar que trabaja en las obras del convento (quien de albañil pasa a cantero, y de cantero a cantero de obra fina, el cual morirá al caer de un muro de 30 metros de alto), en 1724, tras su retorno a Mafra, Sietesoles, con 39 años de edad, comienza a trabajar en las mismas obras llevando y trayendo una carretilla; y en 1725 se convierte en boyero, es decir, en conductor de una de las cientos de yuntas de bueyes. 
   Baltasar y Blimunda, que se aman hasta la saciedad, de vez en cuando van de Mafra hasta Monte Junto, en la sierra del Barregudo, a visitar a la passarola, que tiene forma de ave, y limpian y remozan las averías que presenta por el abandono y la vuelven a dejar oculta, quizá con una especie de esperanza de volar en ella.
Días antes del domingo 22 de octubre de 1730, fecha dictada por Don Juan V para la consagración del convento franciscano, en la villa de Mafra se vive la efervescencia de las inminentes fiestas y ceremonias religiosas. Han pasado seis meses desde la última vez que Baltasar estuvo donde la passarola. Al visitarla y arreglar los daños, un súbito accidente provoca que la luz del sol dé sobre la máquina y que el mecanismo se active. La passarola sale volando con Sietesoles colgado de ella. Esa noche y al día siguiente Blimunda espera el retorno de Baltasar. Va a buscarlo al sitio de Monte Junto y se encuentra con la desaparición de la máquina y de su hombre, además de que en la búsqueda se ve impelida a matar a un fraile dominico que intenta abusar de ella.
    El mismo domingo de las celebraciones, el primero de los ocho días de la consagración del convento, Blimunda, sin decirle nada a nadie, se marcha de la villa de Mafra con el fin de localizar a Sietesoles o sus restos.
     Entre 1730 y 1739, durante nueve años, Blimunda, casi siempre a pie y descalza, busca a Baltasar por todos los rincones de Portugal, incluso un poco más allá de la frontera de España. Se hace más vieja y más astrosa, y hay lugares donde le tiran piedras y se burlan de ella. La séptima vez que pasa por Lisboa, en 1739, se encuentra con una multitud en la plaza de Santo Domingo donde se efectúa un auto de fe. Son once los condenados por el Santo Oficio que arden en la hoguera, entre ellos “un hombre a quien falta la mano izquierda”.
Pilar del Río y José Saramago
   Vale subrayar, por último, que Memorial del convento, una de las extraordinarias novelas de José Saramago, también es una crítica a la histórica intolerancia de la Iglesia católica, pues, por ejemplo, es una herejía ser judío y por ende el judío, por serlo, puede ser condenado a la hoguera. Pero además es una crítica a la hipocresía y a la endeble ética de los feligreses y sacerdotes, pues, también por ejemplo, durante Cuaresma y durante Semana Santa casi todo es libertinaje y fornicación; además de que sobran las sabrosas y lúdicas anécdotas de los frailes disolutos; y del consabido y sobresaliente caso de que el propio monarca, Don Juan V, se da la gran vida con las monjas de los conventos del reino.


José Saramago, Memorial del convento. Notas y traducción del portugués al castellano de Basilio Losada. Alfaguara. Madrid, 1998. 472 pp.