domingo, 16 de diciembre de 2018

Frankenstein anotado

A veces un dedo es sólo un dedo

I de IX
En 2018 se cumplieron los 200 años de la primera edición, en inglés, de Frankenstein o El moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus), la celebérrima y popular novela de Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851), en cuyo manuscrito y revisión incidió y participó la pluma y el pensamiento del poeta y ensayista Percy Bysshe Shelley (1792-1822). En tal sonoro aniversario aparecieron, en el orbe del idioma español, varias traducciones del Frankenstein de 1818; disperso ámbito de la recalentada aldea global donde circulan y predominan las traducciones del Frankenstein de 1831, presunta versión “definitiva”, prologada, revisada y modificada en varios puntos nodales por Mary Shelley en solitario. Por ejemplo, la serie Alma Clásicos Ilustrados publicó en Barcelona, con tapas duras, listón separador, viñetas, e ilustraciones en blanco y negro de John Coulthart, una traducción de Alejandro Pareja Rodríguez titulada Frankenstein, pulcra y amena, pero con tenues bemoles, sin prólogo y sin notas. Y traducida por José C. Vales (y “la introducción, los anexos y notas” por Vicente Campos), en España y en México, Ariel publicó un Frankenstein de pastas blandas con solapas y a dos tintas, que desde la portada hace guiños y pestañeos al incauto al anunciar: “BICENTENARIO 1818-2018”; y dentro de un círculo dorado: “EDICIÓN ANOTADA PARA CIENTÍFICOS, CREADORES Y CURIOSOS EN GENERAL”; pero paradójicamente se añadió: “EDICIÓN DE 1818, REVISADA Y CORREGIDA”. Y el boquiabierto e ingenuo lector puede preguntarse, a priori, ¿qué le revisaron y dizque “corrigieron” a la supuesta “EDICIÓN DE 1818”?, dado que se trata de una traducción al idioma de Cervantes (ineludiblemente tamizada y arbitraria) de una obra originalmente escrita y publicada en el idioma de Shakespeare. 
   
(Akal, Madrid, 2018)
         Una de las versiones en español del Frankenstein de 1818 es la impresa en Madrid, en 2018, por Ediciones Akal, con sedes en España, Argentina y México. Con un rótulo en la sobrecubierta (y en el lomo): Edición anotada. Frankenstein, y otro en el interior: Frankenstein anotado, se trata de un vistoso volumen a dos tintas (negra y verde), de buen tamaño (26.02 x 20 cm), buen papel, tapas duras, forros, viñetas, y numerosas imágenes e ilustraciones en blanco y negro y a color. En el diseño de la sobrecubierta (que evoca una marquesina teatral o cinematográfica), además de los estelares nombres que recaman y apuntalan la novela de la británica Mary Shelley: “Introducción de Guillermo del Toro” (cineasta mexicano apapachado por Hollywood), “Epílogo de Anne K. Mellor” (biógrafa de Mary Shelley y ensayista de su obra) y “Edición, prólogo y notas” de Leslie S. Klinger (investigador y crítico norteamericano especializado en bestsellerianas ediciones anotadas), descuella la pesadillesca y fantasmagórica imagen del monstruo: un gigantón sonámbulo perseguido por el horrorosísimo fantasma estrangulador de su íntima y particular pesadilla existencial, que es una recreación e híbrido de dos imágenes icónicas que pululan en el imaginario colectivo y popular de los sueños y pesadillas de la aldea global educada y uniformada por la estética de los mass media del siglo XX: la caracterización del actor Boris Karloff en el par de canónicos filmes dirigidos por James Whale: Frankenstein (1931) y La novia de Frankenstein (1935); y la hilarante, cómica y sentimental parodia del gigantón Herman Munster, encarnado por el actor Fred Gwynne en la familiar serie televisiva que la CBC produjo entre 1964 y 1966. Vale añadir que, como si se tratase del negativo de un fotograma, en el solitario encuadre (trazado con tinta plateada) que se halla en el epicentro de la tapa negra con marco plateado, se observa el tristón rostro de ese monstruoso híbrido; a cuyo arquetipo, en la novela, el ginebrino Victor Frankenstein, su creador, nunca le puso nombre, pero sí le endilgó despectivos, condenatorios e incendiarios epítetos: “demonio”, “monstruo”, “engendro”, “diablo”, etcétera. 
   
(Akal, Madrid,  2018)
        Tras leer los rimbombantes elogios de la segunda, tercera y cuarta de forros, y al hojear rápidamente el Frankenstein anotado y entrever las imágenes y recuadros, y los bloques tipográficos a dos tintas, el lector se alista a paladear y a degustar, morosamente, un suculento banquete visual, enriquecido (y viceversa) por las delicatessen (traducidas del inglés por Lucía Márquez de la Plata) que se anuncian en el menú o sea en el “Índice”: “Mary Shelley o la moderna Galatea”, el laudatorio y personal prólogo de Guillermo del Toro (cineasta proclive a los monstruos); un “Prólogo” y “Una nota sobre el texto”, ambos de Leslie S. Klinger, el profesional de las ediciones anotadas, que según se lee en el frontispicio interior, trabajó “con la investigación adicional de Janet Byrne”; el Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela de Mary Shelley (que es el corazón del banquete) repleta de notas con tinta verde (entre las que descuellan los cambios que la autora urdió para modificar y matizar la edición de 1831); el “Epílogo” de Anne K. Mellor: “El Frankenstein de Mary Shelley y la ingeniería genética”. Y seis apéndices: la “Introducción” que Mary Shelley escribió ex profeso para la edición de 1831 (en este caso anotada) y por ende la dató en “Londres, 15 de octubre de 1831”; “Una cronología de los acontecimientos de Frankenstein”; la póstuma reseña de Percy Bysshe Shelley: “Sobre Frankenstein”, publicada el 10 de noviembre de 1832 en The Athenaeum Journal of Literature, Science, and Fine Arts; compilada, también, en la antología de éste: Crítica filosófica y literaria (Madrid, Akal, 2002), con traducción de Inmaculada Tormo e “Introducción” de ella y José Montoya; y en el libro antológico La noche de los monstruos (Barcelona, Edhasa, 2012), con edición, notas biográficas, cronología y bibliografía de Ángela Pérez (ésta y Montoya-Tormo la datan en 1817, pero Klinger supone que fue “escrita en 1818”); “Frankenstein en el escenario y en la pantalla”; “Frankenstein en el mundo académico” y “Frankenstein en la cultura popular”. Y por último se anuncian la “Bibliografía” y los “Agradecimientos” (del profesional de las ediciones anotadas, quien firma en “Malibú, California”). Y lo que menos espera el desocupado y goloso lector (aspirante a gourmet) es darse de topes con una edición anotada (e ilustrada) rebosante de yerros y chapuzas. O sea, el Frankenstein anotado, tras ardua, nocturna, insomne y neurótica labor en el oculto laboratorio (diseccionando, ajustando, suturando y remendando piezas y trozos extirpados de distintos abrevaderos), resultó monstruoso, horrorosísimo, a medio hornear, y así anda y deambula por el mundanal mundo (quizá en busca de ese maldito e inmoral “padre” que le insufló su desolada, feísima, horrible, insomne, ingrata e infeliz vida).
 
Página v
         Pese el rico bagaje visual (a veces no muy legible), a la relevancia de los textos a dos tintas y al coste del volumen, los editores (y los subterráneos galeotes) de Akal, encargados de cuidar y revisar la edición del Frankenstein anotado, no hicieron la elemental y debida corrección de galeras y de estilo, de modo que a lo largo de las páginas el lector se tropieza con descuidos y con las burras y numerosas erratas. Aunado e inextricable a esto descuellan algunas torpezas sintácticas (y de puntuación) de la traductora Lucía Márquez de la Plata, pese a que ella articula sus propias notas, y a que en algunas notas de Leslie S. Klinger inserta sus propios comentarios, aclaraciones y añadidos destinados al lector no anglosajón. Véanse los siguientes ejemplos: “Godwin valoró a Mary en 1812, en una carta a un amigo por correspondencia desconocido” (p. xxxviii); “Ella realizaba en esos momentos en una corta visita a su padre desde Escocia junto a Christina Baxter” (p. xl), allí la segunda “en” sobra; “La relación seguía el patrón de anteriores encaprichamientos anteriores” (p. xlviii); “Poco después de su expulsión de Oxford, Percy, de diecinueve años, conoció y se casó con una amiga de su hermana de dieciséis años, Harriet Westbook, la hija del propietario de un café en Londres” (p. xl); vale precisar que Harriet Westbook, de 16 años (que se ahogaría el 10 de diciembre de 1816 en el Lago Serpentine del Hayde Park de Londres), era amiga de la hermana de Percy, con quien tuvo dos hijos: Ianthe (1813-1876) y Charles (1814-1826); “La semilla de Frankenstein germinó en esa compañía —los detalles se discuten más adelante— cuando Mary Shelley comenzó a trabajar en él en algún momento en junio” (p. lv); escúchese allí la “eufónica” cacofonía; “Los hinduistas le dan al mundo un elefante para que lo sostenga, pero hacen que el elefante esté sobre una tortuga” (p. 312); obviamente es al revés: al elefante le dan el mundo para que lo sostenga; lo cual, paradójicamente, se corrobora en la correspondiente nota 12 que se lee en la misma página: “En la mitología hindú, el mundo descansa sobre el elefante Maha-Pudma, que se sostiene en pie sobre la tortuga Chukwa (en el Dictionary of Phrase and Fable de Brewer).”  
En este sentido, quizá a la traductora se deban los despropósitos y dislates que se leen en el párrafo con que, en la página 295, Anne K. Mellor inicia su “Epílogo” (no obstante cabe suponer que tal vez no sólo a ella):
 
Cuarta de forros
         “La edición maravillosamente anotada por Leslie S. Klinger de Frankenstein, o el moderno Prometeo nos ha recordado que un mito nació en Ginebra la noche del 16 de junio de 1816, el único mito fechable y completamente creado por el hombre acerca del origen de la humanidad. (El resto de mitos sobre la creación dependen, bien de la voluntad directa de un Dios o dioses, bien como en el caso del golem, de la participación divina a través de una señal sagrada.) Aquella noche, Mary Wollstonecraft Godwin trajo al mundo a uno de los mitos más duraderos de la civilización moderna, la narrativa del científico que, sin ayuda de nadie, crea una nueva especie, una forma humanoide que no debe morir.” 
Vale objetar, primero, que dados los yerros y desaguisados que abundan en el “Prólogo” y en las notas de Klinger, el presente Frankenstein anotado no es ninguna maravilla; es decir, no es el non plus ultra de la quintaescencia. Segundo; Mary Shelley no era “hombre”. Tercero; el “mito” creado por Mary Shelley (con la inextricable participación de Percy) no es “sobre el origen de la humanidad”, sino sobre el supuesto descubrimiento del “principio de la vida” y sobre la supuesta generación de ésta en la materia inerte, a la sazón aplicado (gnosis y fórmula que no revela a nadie) a un gigantón cuerpo masculino ensamblado y suturado, en el oculto laboratorio, con trozos y órganos de cadáveres humanos y de animales; a lo que se añade que Victor, aún planeando, sólo vislumbra la posibilidad de, en el futuro, descubrir el modo de revivir, “científicamente”, un muerto, según se lee en la página 85: “[...] Siguiendo estas reflexiones [evoca y narra Victor], pensé que, si pudiera infundir vida sobre la materia inerte, con el tiempo tal vez pudiera (aunque ahora lo encontraba imposible) devolver la vida a un cuerpo aparentemente abocado a la corrupción.” Cuarto; por algún extraño lapsus, Mellor olvida (u omite) el mito de la creación del hombre que moldea y anima el mítico Prometo (al margen “de un Dios o dioses”), aludido en el título de la novela de Mary Shelley, cuya variante no supone la intervención de “la voluntad directa de un Dios o dioses”, sino de un sustraído elemento divino: el fuego, como bien se lee al inicio de la nota 1 de la página lxxxiv: “El Dictionary of Phrase and Fable (1894) de E. Cobham Brewer resume el mito de Prometeo: ‘Prometeo hizo al hombre de arcilla y robó el fuego del cielo para animarlo. Por esto fue encadenado al monte Cáucaso por Zeus, donde un águila carcomía su hígado a diario.’” 
     
Página lxxxiv (detalle)
           Quinto; la creación del golem (moldeado con arcilla por un rabino) no se restringe a “la participación divina a través de una señal sagrada”, sino que supuestamente la animación se propicia a través de un esotérico y complejo rito cabalístico y rabínico (en el que se permutan las letras de los secretos nombres de Dios), cuyas menudencias esboza Jorge Luis Borges, con Margarita Guerrero, en “El golem”, celebérrimo texto del Manual de zoología fantástica (México, FCE, 1957), e incluso en su poema “El golem” (1958); y Gershom Scholem en “La idea del Gólem en sus relaciones telúricas y mágicas”, ensayo de su libro La cábala y su simbolismo (México, Siglo XXI, 1978). Sexto; los alquimistas, que por antonomasia buscaban la piedra filosofal (el secreto para transformar los metales en oro) y el elixir de la larga vida, también veían la posibilidad de crear “seres humanos”; de ahí que en la nota 6 que se lee en la página 51 del Frankenstein editado en España por Vicens Vives en 2006, se diga: “Paracelso postulaba que se podía crear seres humanos de pequeño tamaño mediante la alquimia.” De ahí, en consecuencia, que en el filme La novia de Frankenstein (1935) el doctor Pretorious (Ernest Thesiger) exhiba siete diminutos homúnculos en movimiento (cada uno dentro de un frasco) creados por él en el laboratorio.    

       
Fotograma de La novia de Frankenstein (1935)
       Y séptimo: Victor Frankenstein, aún en sus quiméricas y megalómanas divagaciones preliminares, entrevé la posibilidad de generar, en el futuro, una “nueva especie”, según dice en la página 85: “Una nueva especie me bendeciría como a su causa y creador; muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia. Ningún padre podría reclamar tan completamente la gratitud de sus hijos como yo merecería la suya.” Pero en ningún momento se plantea, antes y después de crear al monstruo, que sea “una forma humanoide que no debe morir”. 

   Por otra parte, la vitalidad bicentenaria y multilingüe del monstruo de Frankenstein gestado y parido por Mary Shelley (con el seminal apoyo de Percy), y sus múltiples e incesantes ediciones, traducciones y derivaciones (teatrales, musicales, coreográficas, cinematográficas, gráficas, narrativas, televisivas, lúdicas, etcétera), rebasó los propósitos iniciales de la autora (escribir una terrorífica y espeluznante historia de fantasmas a partir del reto propuesto por lord Byron en Villa Diodati aquel frío, lluvioso y legendario verano de 1816), y rebasa las pretensiones de quienes manipulan y capitalizan el fenómeno de consumo masivo y global.


Villa Diodati


II de IX
El carozo de la mazorca del presente Frankenstein anotado (cuya primera edición en inglés data de 2017: The New Annotated Frankenstein) es, desde luego, la traducción del Frankenstein de 1818 (originalmente editado en tres volúmenes), en cuya serie de notas se pueden leer (y contrastar) las modificaciones que Mary Shelley realizó en solitario para el Frankenstein de 1831 (editado en un solo volumen). Pero ante la proliferación de erratas, desaciertos y ligerezas del propio Leslie S. Klinger resulta ineludible no leer sin suspicacia.  
Leslie S. Klinger
         Al inicio de sus postreros “Agradecimientos” (p. 367), Klinger apunta: “A diferencia de Víctor Frankenstein, yo no trabajé solo al crear esta ‘espantosa progenie’. La amplitud de la investigación que se refleja aquí habría sido imposible en los tiempos pasados preinternet, pero, como siempre, he dependido enormemente de otros para juntar todo el material que se incluye. El pionero trabajo de Leonard Wolf, en The Annotated Frankenstein, y el de James Rieger y Charles Robinson al diseccionar los textos, fueron esenciales para la producción de este libro. También estoy en deuda con las docenas de académicos que han escrito incansablemente sobre los Shelley y sus obras, especialmente aquellos que han publicado sus ensayos para consumo público.” De ahí que en la página xx de su “Prólogo” declare sobre sus propósitos de anotador impenitente (obviamente destinados al “consumo público”): “Este volumen no está específicamente concebido para sumarse al cuerpo existente de erudición académica.” Y que en la página xxiv pregone a los cuatro vientos sobre la presente edición de la novela bicentenaria: “Excepcionalmente, esta obra prestará especial atención a los cambios que sufrió el texto a lo largo de su maduración y proporcionará una única fuente de referencia para todas las variantes del texto.”

Klinger no registra en su bibliografía la edición príncipe de la novela de Mary Shelley, que fue anónima. Y en su “Prólogo” no precisa la fecha de la primera edición y en la página lvi de éste sólo bosqueja yerros y vaguedades; pero otros críticos y comentaristas sí lo han hecho. Es decir, con el título Frankenstein; or, The Modern Prometheus, el 1° de enero de 1818 (o “el 11 de marzo de 1818”, según James Rieger e Isabel Burdiel) fue editada en Londres, en tres volúmenes, por la empresa editorial dirigida por James Lackington: Lackington, Hughes, Harding, Mavor, & Jones, con un tiraje de 500 copias. Y según reporta Klinger en su “Prólogo”, la segunda edición de Frankenstein en dos tomos fue editada en 1823, en Londres, por el padre de Mary Shelley, William Godwin (1756-1836), mientras ella aún estaba en Italia; que le hizo algunas correcciones (al parecer sin consultarla) y que “al fin llevaba su nombre”. Y según afirma en esa página lvi: “Todos sus libros posteriores se publicaron inicialmente sin su nombre como autora, llevando como única identificación el texto ‘Del autor de Frankenstein’.” Pero en la página lxviii de su “Prólogo” se exhibe, en blanco y negro y con baja resolución, la portada del primer volumen de Rambles in Germany and Italy in 1840, 1842 and 1843 (London, 1844), donde se logra leer el flamante nombre de la autora: “MRS. SHELLEY”; además de que no figura la leyenda: BY THE AUTHOR OF “FRANKENSTEIN” (“Por el autor de Frankenstein”). Sobre tal libro dice Klinger en ese misma página lxviii: “Ese mismo año [1844], Mary publicó su último libro, Rambles in Germany and Italy in 1840, 1842 and 1843, un relato de sus viajes.” 
   
Página lxviii (detalle)
         En la citada página lvi, Klinger dice que Mary Shelley completó el manuscrito de Frankenstein “el 14 de mayo de 1817, 11 meses después de su concepción”. Ocurrida el “16 de junio de 1816”, según apunta Anne K. Mellor en el “Epílogo”, al parecer basada en la célebre línea que se lee en el póstumo (y expurgado) Diario de John William Polidori (1795-1821), datada el 17 de junio de 1816: “Todos menos yo han empezado a escribir los cuentos de fantasmas.” 

   
Página 9 (detalle)

Nota: 
 “El vampiro” (The Vampyre), cuento de John William Polidori, se publicó
por primera vez en abril de 1819 (no en 1816), en New Monthtly Magazine,
y fue atribuido a lord Byron. 
       Y añade: “Embarazada otra vez, Mary viajó a Londres con Percy, donde intentó vender Frankenstein a John Murray, el venerable editor de Percy.” Pero John Murray no era “el venerable editor de Percy”, sino de lord Byron (1788-1824). Y al parecer, según esboza Isabel Burdiel, fue Percy, en solitario, quien en Londres buscó editor e hizo las gestiones para que Frankenstein se publicara de manera anónima. (Mary, además, el 2 de septiembre de 1817 dio a luz a su hija Clara Everina, producto de su tercer embarazo, quien fallecería en Venecia el 24 de septiembre de 1818.) Si esto ocurrió así, entonces Mary se quedó en Albion House, la casa que rentaron “unos meses” en Marlow después de que se casaran, el 30 de diciembre de 1816, “en la iglesia londinense de Santa Mildred”, según precisa Ángela Pérez. Casa (“un hogar permanente, muy político y muy poético”) donde jugaba y berreaba el pequeño William (nacido en Londres en enero de 1816 y muerto por el cólera, en Roma, en junio de 1819) —el segundo vástago de Mary y Percy (el primero fue una niña nacida en Londres el 22 de febrero de 1815, fallecida 13 días después)—, donde ella completó su manuscrito original (que no sobrevivió), donde supo que a Percy se le denegó “la custodia de sus hijos Ianthe y Charles por resolución del lord canciller Elton”, donde él colaboró en las revisiones, cambios, añadidos y enmiendas del texto manuscrito que finalmente entregó a los editores para la imprenta (también perdido), y donde él escribió y dató, de manera anónima, el “Prefacio” del Frankenstein de 1818, que aquí, en la edición de Akal, se lee así: “MARLOW, 1817”; y que en las traducciones del Frankenstein de 1831 se suele leer así: “Marlow, septiembre de 1817”. Vale observar que sobre tal cambio y añadido de Mary Shelley en solitario, Klinger, el aceitado anotador, no anotó nada: ni mu ni pío. 
 
Página lxxix (detalle)
         En la página lxxviii del “Prólogo”, Klinger alude los cambios (“en su mayoría sustituciones de palabras”, dice) que William Godwin, el padre de Mary Shelley, insertó en la edición de 1823 y según él: “Los cambios de 1823 no son material para la comprensión de Frankenstein y no están detallados en las notas de esta edición.” Y continúa en la misma página: “No obstante, hay otro texto que sí se tiene en consideración en las notas. En 1823, mientras residía en Génova, Mary Shelley presentó [debería leerse prestó] a una amiga suya, la Sra. Thomas —una mujer inglesa a quien conoció allí pero que, si no fuera por esto, sería anónima para la posteridad—, una copia corregida y anotada a mano de la edición de 1818. Esta fue creada, al parecer, sin ninguna referencia de la edición de Godwin en dos volúmenes de 1823. A pesar de que la copia Thomas es parte de la colección de la Morgan Library de Nueva York, no fue hasta la edición del texto de 1818 realizada en 1982, publicada por la University of Chicago Press y editada por James Rieger, que estas enmiendas fueron publicadas. Los cambios materiales reflejados en la copia de Thomas (mencionado de ahora en adelante como ‘Texto Thomas’) están anotados abajo.” Es decir, entre la serie de notas que Klinger urdió para la edición del presente Frankenstein anotado. Pero por alguna soterrada razón omite (incluso en su postrera bibliografía) la primera edición que hizo James Rieger del Frankenstein de 1818, editada, efectivamente, por la University of Chicago Press, que es la pionera, la cual data, no de 1982, sino de 1974, y se titula: Frankenstein; or, The Modern Prometheus (The 1818 Text). Seminal edición (y parteaguas) de la que Isabel Burdiel testimonia —casi al final de la nota 56 (p. 48) de su “Introducción” a Frankenstein o El moderno Prometeo (Madrid, Cátedra, 1996): “James Rieger, en su edición del texto de 1818 ya citada, ofrece una comparación exhaustiva entre ambos textos [el de 1818 y el de 1831] que es la más completa que conozco”. 
   En la página lxxii del “Prólogo”, Klinger apunta: “Mary comenzó a revisar Frankenstein, primero tímidamente en 1823 y más en profundidad en 1831.” Pero antes, en la página xx (que apenas es la segunda página de su “Prólogo”) dijo otra cosa: “Como señalan biógrafos y estudiosos, Shelley revisó su relato en 1823 y en 1832”; así que el lector puede preguntarse si ese yerro (“1832”) es de él o de la traductora. Elemental error (mi querido Watson) que los “correctores” pasaron por alto. El caso es que está allí: vil frijol saltarín en la sopa de letras. Y a continuación de éste, Klinger continúa: “pero ninguna edición anotada o académica previa de Frankenstein ha tenido en cuenta el efecto de sus revisiones o los posibles motivos de determinados cambios.” Klinger, obviamente, no pierde oportunidad de llevar agua a su molino; cosa que hace, incluso, al inicio de su “Prólogo”, puesto que en inglés ha anotado las obras de H.P. Lovecraft, Arthur Conan Doyle, Bram Stoker y Mary Shelley (editadas en español por Akal): “Tres figuras literarias se alzan sobre el siglo XIX, extendiendo sus sombras hasta el siglo XXI: Sherlock Holmes, Drácula y el monstruo de Frankenstein.” Pero, a priori, y a estas alturas del tiempo, de los caudalosos ríos de tinta, y de las laberínticas y dispersas bibliotecas que conforman las múltiples y exhaustivas investigaciones en torno a Mary Shelley y su obra, es imposible tragarse esa píldora de Perogrullo; es decir, que en el orbe del idioma inglés nadie, antes que él, ha realizado una “edición anotada o académica previa de Frankenstein” que haya “tenido en cuenta el efecto de sus revisiones o los posibles motivos de determinados cambios.” 
(Cátedra, 4ª ed., Maderid, 2003)
         Vale recordar, entonces, que en el orbe del idioma español, destinada al “consumo público”, sí hay una previa edición anotada del Frankenstein de 1818 que “ha tenido en cuenta el efecto de sus revisiones o los posibles motivos de determinados cambios”. Se trata del citado Frankenstein o El moderno Prometeo, impreso en Madrid, en 1996, por Ediciones Cátedra, no exento de erratas, omisiones, límites y bemoles, el cual se ha venido reeditando hasta lo que va del siglo XXI, y circula en España y en Hispanoamérica. La traducción al español es de María Engracia Pujals y la “Introducción” y las notas son de Isabel Burdiel, investigadora y académica de la Universidad de Valencia; quien además pergeñó la “Introducción” y las notas del libro Vindicación de los Derechos de la Mujer, el polémico ensayo que Mary Wollstonecraft (1750-1797) —la madre de Mary Shelley—, publicó en Londres, en 1792. Con traducción al español de Carmen Martínez Gimeno, la primera edición apareció en Madrid, también en 1996, coeditado por Ediciones Cátedra, la Universidad de Valencia y el Instituto de la Mujer. 



(Cátedra/UV/IM, 2ª ed., Madrid, 1996)



III de IX
 
lustración de Lynd Ward en
Frankenstein (Sexto Piso, 2013)
Y a propósito de la mujer y Mary Wollstonecraft, según apunta Klinger en la página xxxv de su “Prólogo”: “Algunas de las opiniones de Wollstonecraft sobre las mujeres en la sociedad aparecen en Frankenstein, en boca de Elizabeth Lavenza, la desafortunada prometida de Víctor.”
 Sin embargo, pese a tal categórica y relevante aseveración, Klinger no indica ni bosqueja en una nota en qué parte de la obra supuestamente Elizabeth Lavenza opina “sobre las mujeres en la sociedad”, puesto que en la novela son pocas las veces que habla. En la carta que Elizabeth Lavenza le envía a Victor Frankenstein (ya con seis años de residencia en la Universidad de Ingolstadt), fechada en “Ginebra, 18 de marzo de 17_” (p. 98-102), cuestiona la consabida y anquilosada labor de los estereotipos de un abogado y de un juez (“cuya desgracia era lidiar siempre con el lado más sórdido de la naturaleza humana”). Y entre lo que evoca y le charla del itinerario de Justine Moritz, la criada de la familia Frankenstein en Ginebra, desliza un pensamiento radical, crítico con la monarquía, que ineludiblemente deviene de la ideología de Mary Wollstonecraft y de William Godwin, y que también coincide con el ideario de Percy Bysshe Shelley: “Las instituciones republicanas de nuestro país [Ginebra, amurallada ciudad independiente de Suiza] han fomentado costumbres más sencillas y felices que las que suelen imperar en las grandes monarquías que nos rodean. Por lo tanto, hay menos distinción entre las clases sociales de sus habitantes, y los de clases más bajas no son ni tan pobres ni tan despreciados, tienen modales más refinados y morales. Un criado en Ginebra no tiene la misma consideración que uno en Francia o en Inglaterra. Así pues, una vez en nuestra familia, Justine aprendió las obligaciones de una criada, condición que en nuestro afortunado país no incluye la ignorancia y el sacrificio de la dignidad humana.” Fuera de esto, en esa carta Elizabeth no dice otra cosa “sobre las mujeres en la sociedad”. Y en la posterior defensa que hace de Justine Moritz durante el expedito juicio que la condena a la horca, argumenta a favor de su inocencia (p. 121-122), no sobre su condición de mujer “en la sociedad”. Ni tampoco lo hace durante su breve visita en la celda donde Justine Moritz está presa y condenada a muerte. 
Ilustración de John Coulthart en
Frankenstein (Alma, 2018)
         Elizabeth Lavenza, prima-hermana de Victor Frankenstein, con la que ha convivido desde que ambos eran niños (tras morir en Italia la madre de ella), y prometida en matrimonio ante el lecho mortuorio de la progenitora de él (precisamente cuando a sus 17 años se alistaba para iniciar sus estudios de filosofía natural en la Universidad de Ingolstadt, en Alemania), no tuvo educación universitaria por ser mujer. Pero sobre ello no habla nadie; y sólo se transluce porque no tuvo estudios universitarios y cuando Victor, supuestamente para ampliar sus conocimientos en Inglaterra, se dispone a viajar durante “dos años” con Henry Clerval (p. 206); pues según cuenta Victor (p. 207): “Elizabeth aprobaba los motivos de mi partida y sólo lamentaba que ella no tuviera las mismas oportunidades para ampliar sus experiencias y cultivar su conocimiento.” Y más aún, ella, la prometida de Victor desde la temprana juventud (y aún desde la lúdica infancia), restringe su futuro (de mujer) sólo a ser la esposa de su primo, además de que tras la muerte de su tía Caroline Beaufort (la madre de Victor), se hizo responsable del cuidado, maternal y doméstico, tanto de su envejecido tío, como de sus primos Ernest y William, los hermanos menores de Victor; y por ende, tras la exoneración de éste por el estrangulamiento de Henry Clerval (en el anónimo y pequeño puerto de Irlanda), en la ruta de regreso a Ginebra con su padre Alphonse Frankenstein, Elizabeth le envía una carta a Victor, datada en “Ginebra, 18 de mayo de 17_” (p. 251-253), donde, pese a sus incertidumbres amorosas, le expresa su íntimo anhelo de casarse con él lo más pronto posible.  

Quien sí cuestiona, con su conducta, ideas y rebeldía, el papel de “las mujeres en la sociedad”, pero sobre todo en la sociedad musulmana —y por ello resulta crítica, revulsiva y opuesta a la idiosincrasia islámica y a la poligamia y menoscabo de la mujer en el ámbito islamista de Constantinopla— es Safie (p. 171-174), la joven árabe-cristiana que en contra de lo maquinado y ordenado por su padre turco-mahometano, y sin hablar ni escribir francés ni alemán, huye de su reclusión en un convento de Leghorn (“Livorno [...], la ciudad portuaria más importante de la Toscana, en el mar de Liguria”) y viaja al bosque cercano a Ingolstadt (en cuya solitaria cabaña los De Lacey sobreviven exiliados de Francia y en la pobreza), con el añorante y feliz objetivo de ser mujer (y esposa) de su amado e idealizado Félix De Lacey. 
Ilustración de John Coulthart en
Frankenstein (Alma, 2018)
         Según le narra el monstruo a Victor (p. 171), “Safie contó que su madre era una árabe cristiana, capturada y esclavizada por los turcos. Destacada por su belleza, conquistó el corazón del padre de Safie, quien se casó con ella. La joven hablaba en términos muy elevados y entusiastas sobre su madre, que, nacida en libertad, rechazaba la sumisión a la que ahora se veía reducida. Instruyó a su hija en la doctrina de su religión y la enseñó a aspirar a un nivel intelectual elevado y a una independencia de espíritu prohibidos para las mujeres seguidoras de Mahoma. Esta mujer murió, pero sus lecciones se impregnaron profundamente en la mente de Safie, que enfermaba ante la perspectiva de regresar de nuevo a Asia y ser encerrada entre los muros de un harén con la única autorización de entregarse a divertimentos pueriles, poco acorde con la disposición de su espíritu, ahora acostumbrado a una mayor amplitud de pensamientos y a la noble emulación de la virtud. La posibilidad de casarse con un cristiano y permanecer en un país en el que las mujeres podían ocupar un lugar en la sociedad le resultaba cautivadora.” 

Extraña y obnubiladamente, Klinger, en la misma página 171, apunta al inicio de su nota 10: “A menudo se interpreta que el Corán predica que las mujeres están al servicio del hombre, quienes son señores, amos y dueños de la casa. Sin embargo, la criatura no está estrictamente en lo cierto al adscribir al islam la idea de que las mujeres no deben ser educadas.” Primero; en ninguna parte de la novela el monstruo afirma que el islam adscribe que “las mujeres no deben ser educadas”; vamos, ni Safie ni nadie dice tal cosa. Segundo; lo que reporta el monstruo a Victor, tras leer en francés las cartas de Safie a Félix (y quizá por oír ciertas anécdotas), son las consabidas, atávicas y ancestrales circunstancias sociales (familiares y religiosas), de índole medieval, que limitan a la mujer en una Constantinopla bajo el dominio de la machista y falocéntrica idiosincrasia musulmana (o sea: de los seguidores de Mahoma, cuyo libro sagrado es el Corán). Ámbito donde la madre de Safie, nacida libre (no se narra en qué país), en contra de su voluntad subsistía robada y esclavizada por los turcos. (Cabe preguntarse: ¿de qué tipo de esclavitud se trató?, ¿sexual?) Y donde Safie, según dijo, sería “encerrada entre los muros de un harén con la única autorización de entregarse a divertimentos pueriles” (eufemismo que implica la tácita y consabida lujuria), perspectiva que rechaza y por ende la enferma. 
       
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein (Sexto Piso, 2013)
      Vale añadir que el padre de ella, un turco musulmán y enriquecido comerciante en París, de pocos escrúpulos y proclive a la traición y a la puñalada trapera (caído en desgracia en la capital francesa), muy probablemente compró la supuesta “libertad” de la madre de Safie, dado que, antes de desposarla, fue capturada y esclavizada; crimen no muy distinto de la trata de blancas (mestizas y negras) en el orbe occidental. Es decir, por lo que narra Safie, se infiere que el matrimonio de su madre (árabe cristiana con un turco musulmán) no fue un vínculo amoroso, sino una transacción de compraventa que supuestamente la liberó de la esclavitud. Y para su hija Safie, al parecer, el turco musulmán urdía algo parecido, pues según se lee en la página 173, el padre de Safie, en París, pese a que permitía el galanteo y el amistoso trato con Félix (dialogaban a través de un intérprete) y “alentaba las esperanzas de los jóvenes amantes”, “en su corazón ya había trazado otros planes muy distintos”, pues “Odiaba la idea de que su hija se uniera con un cristiano”.


IV de IX
Pero regresando a lo que nos ocupa, después de la susodicha palabra “cambios”, continúa Klinger en el mismo párrafo de su “Prólogo” (p. xx): “Finalmente, a diferencia de los relatos de Sherlock Holmes o Drácula (que resultan estar escritos por hombres), Frankenstein incorpora sorprendentemente mucha información sobre la vida privada de su autora, y comprender esos nexos enriquece la historia.” Y esto parecer ser uno de los objetivos que Klinger glosa en sus notas y en el “Prólogo”; de ahí que más adelante diga (p. xxii): “Y, como ya se ha sugerido, la obra también es sumamente biográfica. Los elementos de la autobiografía están tan finamente calibrados con la forma y el contenido del libro que la tarea de descifrarlos, como se demuestra en estas anotaciones, y aunque compense el esfuerzo, supone casi una trampa. No obstante, siempre ha sido una vigorosa línea de investigación.” 
Página xxiii (detalle)
          En torno a esa dizque “vigorosa línea de investigación”, Isabel Burdiel, en su ensayo preliminar (op. cit., p. 9-113) —de mayor extensión, envergadura, documentación y calado analítico e intelectual que el “Prólogo” de Klinger—, sobre la vida de Mary Shelley, y sobre los familiares, personas e intelectuales que la rodearon, antes y después de la creación del Frankenstein de 1818 y de sus modificaciones para la edición de 1831, aborda y bosqueja anécdotas y entresijos truculentos, complejos, revulsivos y controvertidos que el prologuista y crítico del Frankenstein anotado no toca (y otros apenas toca). De hecho, el “Prólogo” de Klinger, pese a sus notas y documentación (y al velado auxilio de Janet Byrne), es muy superficial, light, y nada profundo ni analítico. Y pensando en el “consumo público”, parece dirigirse a un lector norteamericano muy ignorante (y algo tontorrón), casi sin cultura ni interés por los libros; de ahí que diga en la citada página xx: “este libro pretende mostrar a los lectores que el texto original de la novela de Mary Shelley, al leerse atentamente, es mucho más complejo y cautivador que la historia simplista que la mayoría de los nuevos lectores, que sólo conocen las películas o los cómics, esperan encontrar.” No extraña, entonces, que dirigiéndose a su hipotético lector promedio, para hacerle comprensible la fama que lord Byron tenía en el cenit de su época (y por ende en Villa Diodati, donde Mary Shelley empezó a escribir su novela a mediados de junio de 1816), diga entre las páginas xlvii-xlviii: “y a día de hoy [sic] muchos lo ven como la primera ‘estrella de rock’ famosa”. Y que ya en el corpus de la anotada novela, como si el lector no fuera capaz de dilucidar y comprender lo que está leyendo, en varias notas “le aclare” que allí Victor Frankenstein se dirige al británico Robert Walton; o que la lengua natural de Victor es el francés, y que ésta es la única lengua que habla y lee el monstruo.

Página xxxiii (detalle)
        No obstante, además de que en su “Prólogo” y en sus notas, Klinger apenas menciona (sin analizar) algunas minucias biográficas, y “autobiográficas”, que Mary Shelley vertió en su novela de manera explícita o subyacente (tanto en la edición de 1818, como en la edición de 1831), entre lo más irrelevante (además de que no tienen nada que ver con Mary Shelley y su novela) descuellan las citas de autores que han hecho interpretaciones y especulaciones dizque “psicoanalíticas” de los personajes del libro, y que son auténticas perogrulladas de lo más burras, hilarantes y baladíes. Ante esto, vale contrastar que sobre la fiebre nerviosa y los trastornos neuróticos que aquejan a Victor Frankenstein tras la creación del monstruo (incluida la crisis mental que padece durante su reclusión en la celda del aldeano puerto de Irlanda donde “apareció” el recién estrangulado cadáver de Henry Clerval), Klinger no aventura ni especulada nada. Es decir, Klinger no reflexiona sobre por qué Victor Frankenstein interrumpe (y manda al traste) sus investigaciones científicas tras ver, vivo y coleando, el horrible y gigantesco monstruo creado por él (que era horrendo y enorme aún antes de abrir sus acuosos ojos). Nada sobre la ansiedad, el insomnio, el aislamiento y el nerviosismo que padece durante la elaboración del engendro. Nada sobre por qué cayó en esa súbita crisis neurótica y fóbica que durante varios meses lo mantuvo en cama, afiebrado, amnésico, ausente y débil. Nada sobre por qué abandonó al monstruo a su incierta suerte; que en sentido estricto no es su hijo, pese a que el engendro lo vea como “su padre”, y a que Victor, aún antes de las imperativas exigencias del monstruo, suponga y asuma cierta paternidad. Nada sobre dónde quedó la angular e intrínseca curiosidad, la investigación en ciernes y la perspectiva científica de Victor Frankenstein; y nada sobre la básica y consubstancial ética del arquetipo de un científico que experimenta y crea un ser vivo en el laboratorio. Nada sobre por qué interrumpió y abandonó su pesquisa (y el producto) a la primera de cambios: ¡era el primer ser creado en el laboratorio con trozos de cadáveres humanos y de animales! Nada sobre por qué se horrorizó sobremanera, por qué actuó de manera tan irresponsable e irracional, si según le contó a Robert Walton (p. 82) estaba curtido y curado de espanto, no lo asustaba ni el petate del muerto, ni el ulular de un fantasma, ni el vuelo del vampiro: “En mi educación mi padre había tomado todas las precauciones para que mi mente no se impresionara con horrores sobrenaturales. Ni siquiera recuerdo haber temido la aparición de espíritus. La oscuridad no tenía efecto alguno sobre mi imaginación y el camposanto de la iglesia no era para mí más que un receptáculo para los cuerpos privados de vida que, de ser cobijo de belleza y fuerza, se han convertido en comida para los gusanos. Ahora me veía obligado a examinar las causas y el progreso de esta descomposición y a pasar días y noches en criptas y osarios.” 

Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein (Sexto Piso, 2013)
       Y más aún: Klinger no reflexiona (y por ende no se moja ni se quema) sobre por qué el monstruo, si de manera vertiginosa (asombrosa y sobrenatural) se convirtió en un ser razonable, sensible, sentimental, culto, elocuente, retórico y persuasivo, opta por la maldad, la intriga, el maquiavelismo, la violencia y el asesinato para acercarse y presionar a su creador, que llama “padre”. Es decir, Klinger, motu proprio, no especula en torno a las pulsiones psíquicas del monstruo ni de Victor Frankenstein.

   Claras omisiones y huecos de Leslie S. Klinger, pese al cúmulo de sus arbitrarias notas, las cuales oscilan entre la erudición, el prejuicio idiosincrásico y la chabacanería.

V de IX
Así como las erratas y descuidos en la traducción del Frankenstein anotado ponen en entredicho y en tela de juicio su calidad, las omisiones y metidas de pata de Leslie S. Klinger lo desvirtúan sobremanera. Habría que diseccionar y destripar minuciosamente todo el aparato crítico e iconográfico del horrorosísimo volumen; es decir, hacer un análisis exhaustivo y pormenorizado del monstruoso y descomunal Frankenstein anotado. No obstante, para la presente nota, se pueden entresacar, arbitrariamente, dos ejemplos.
 
(UV, México, 1999)
          Primer ejemplo. Al inicio del segundo párrafo de la nota 48 de su “Prólogo” (p. xlix), Klinger dice: “Henry James escribió una novela corta, ‘Los papeles de Aspern’ (1888), sobre la lucha de un individuo cuyo fuerte deseo de privacidad entra en conflicto con su sentimiento de compromiso con la historia. En el relato, el antiguo y envejecido amante de una gran poetisa americana duda sobre si publicar las reveladoras cartas de la poetisa y finalmente las quema.” Tal fragmento evidencia, de manera contundente, que Klinger no leyó Los papeles de Aspern (The Aspern Papers), pues en ésta, quien quema las cartas que el fallecido y decimonónico escritor Jeffrey Aspern otrora le enviara a la joven norteamericana Juliana Bordereau (que no tenía un pelo de “poetisa”), no es el crítico norteamericano, radicado en Londres y especialista en Aspern, que en el vetusto palacio de Venecia pretendía apoderarse de ellas saltándose todos los escrúpulos y barreras, sino Tita, la fea, mangoneada y envejecida sobrina de la autoritaria, maniática, fetichista, tacaña, codiciosa y muy decrépita Juliana Bordereau, quien las quema dolida y violentada ante la negativa del crítico de pedir su mano y casarse con ella.
     
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein (Sexto Piso, 2013)
Segundo ejemplo. En la página 161 de la novela el monstruo dice sobre el rechazo y el maltrato que ha recibido de los humanos: “Era como el asno y el perrito faldero, aunque seguro que el amable asno, cuyas intenciones eran buenas, aunque sus modales fueran rudos, merecía mejor trato que los golpes y los insultos.” Y Klinger (ídem otros comentaristas) supone que alude una fábula de Esopo; de ahí que al término de su correspondiente nota 7 apunte: “Aesop’s Fables es una colección de fábulas atribuidas al griego Esopo, de biografía incierta, así que podrían únicamente ser una amalgama del folclore. Una edición alemana de Heinrich Steinhöwel apareció en 1476 y una francesa apareció en 1480, a la que siguió una inglesa de Caxton, en 1484.” Klinger coincide, en el supuesto, con Gabriel Casas y Cristina Garrigós, autores de las notas del susodicho Frankenstein editado en 2006 por Vicens Vives (con “Introducción” de James Rieger), quienes, sin citar la fuente bibliográfica, la resumen en la página 152 (nota 3): “En la fábula de Esopo ‘El asno y el perro faldero’, el asno, celoso de los cuidados y mimos que su amo prodiga al perro faldero, decide comportarse como su compañero, así que brinca y mueve el rabo para llamar la atención del amo y luego salta encima de él; sin embargo, como su tamaño es muy superior al del perro, causa un gran estropicio en la casa, por lo que el amo lo insulta y lo vapulea.” Isabel Burdiel, por su parte, se decanta por el francés Jean de La Fontaine, según apunta en la nota 80 (op. cit., p. 233): “Referencia a la fábula de ‘El asno y el perrito’ de Jean de La Fontaine (1621-1695). Las fábulas de La Fontaine. Libros I-VI (trad. Teodoro Llorente, Madrid, Compañía Literaria, 1995).” Conjetura plausible porque, según se lee en la novela, la única lengua que habla y lee el monstruo es el francés. Burdiel no la transcribe ni resumen; pero, amén de su referencia bibliográfica, con el título “El asno y el perrito”, también se puede leer entre las fábulas de La Fontaine (p. 142-143) compiladas y traducidas de manera anónima en el tomo Las mejores fábulas. Iriarte, Samaniego, Esopo, La Fontaine (Madrid, Edimat, 1999), la cual coincide con lo que resumen Gabriel Casas y Cristina Garrigós. 

     
“El asno y el perrito”, fábula de La Fontaine en Las mejores fábulas.
Esopo. La Fontaine. Iriarte. Samaniego (Edimat, 1999)
       En ese sentido, la fábula de La Fontaine parece o resulta ser una reescrituración de “El burro juguetón y su amo”, escueta fábula de Esopo que figura (sin chispa) en la página 83 del título Fábulas de Esopo. Vida de Esopo. Fábulas de Babrio (Madrid, Gredos, 1993)), documentado y erudito libro con “Introducción general” de Carlos García Gual, e “Introducción, traducciones y notas” de Pedro Bádenas de la Peña y Javier López Facal.  

 
“El burro juguetón y su amo”, fábula de Esopo en Fábulas de Esopo.
 Vida de Esopo. Fábulas de Babrio (Gredos, 2ª ed., 1993)
        Al margen del debate de si primero fue el huevo o la gallina, lo muy cuestionable en esa nota 7 de Klinger es que la transcripción de “la fábula del asno y del perrito faldero” que se lee allí es una versión muy moderna, retocada y ampliada, en la que se menciona “el maíz”, que es de arcaico origen mesoamericano y elemento sustancial de la gastronomía y mitología prehispánica (entre ella la imperial y guerrera cultura mexica), y por ende en la remotísima y legendaria época de las fábulas de Esopo no había maíz en Grecia ni en ninguna parte de Europa. Y quizá esa moderna versión (y no otra), siendo racionalista y obtuso a la Klinger, el monstruo no la pudo leer en francés (ni tampoco Victor), o escuchar en tal idioma, oculto en su estrecho escondrijo anexo a la cabaña de la familia De Lacey, situada (vale recordarlo) en un bosque cercano a Ingolstadt, en Alemania, donde los aldeanos hablan alemán y/o algún dialecto. La versión transcrita por Klinger reza así: 
“Un hombre tenía un Asno y un Perrito Faldero, una auténtica belleza. El asno siempre estaba en el establo, y tenía avena y heno en abundancia para comer, igual que cualquier otro Asno. El Perrito Faldero sabía muchos trucos y era el favorito de su dueño, que a menudo lo acariciaba y rara era la vez que salía a cenar y no le traía alguna exquisitez. Por el contrario, el Asno tenía mucho trabajo que hacer moliendo el maíz y trayendo leña del bosque, entre otras tareas de la granja. A menudo se lamentaba de su difícil suerte y la comparaba con el lujo y la ociosidad del Perrito Faldero, hasta que, al fin, un día, rompió una de las correas del cabestro y galopó dentro de la casa de su dueño, pateando sin medida, brincando y presumiendo lo mejor que podía. Después, imitando al Perrito Faldero, intentó saltar sobre su dueño, pero rompió la mesa y redujo todos los platos que estaban sobre ella a átomos. Acto seguido, intentó chupar a su dueño y saltó sobre su espalda. Los criados, al escuchar el extraño alboroto y viendo el peligro al que estaba expuesto su amo, corrieron a quitárselo de encima y llevaron al Asno al establo entre patadas, garrotazos y golpes. El Asno, al regresar al establo apaleado casi hasta la muerte, se lamentaba: ‘¡Yo me lo he buscado! ¿Por qué no podía contentarme con el trabajo con mis compañeros y no desear estar ocioso todo el día como ese inútil Perrito Faldero?’”
Habiéndola leído tal moderna, caricaturesca y retocada versión, se transluce que se trata de una especie de palimpsesto, no de la fábula de Esopo: “El burro juguetón y su amo”, sino de “El burro y el perrito de lujo”, la cual se lee en la página 374 de la erudita y citada edición de Gredos, dentro de las “Fábulas de Babrio”:
“El burro y el perrito de lujo”, fábula de Babrio en Fábulas de Esopo. 
Vida de Esopo.  Fábulas de Babrio (Gredos, 2ª ed., 1993)
        “Un hombre mantenía a un burro y a un simpático perrito. El perrito se divertía jugando graciosamente y saltando alrededor de su dueño con mil cabriolas, y éste a su vez lo cogía en el regazo. El burro, en cambio, por las tardes se cansaba moliendo el trigo de la amable Deméter y por las mañanas trasportaba leña del bosque o cualquier cosa que hubiese que traer del campo. Y ya en la cuadra, atado al pesebre como un prisionero, comía su forraje de cebada como todos los días. Pero una vez herido en su corazón y lamentándose más que de costumbre, al ver al cachorro en medio de toda suerte de lujos, rompió la cuerda que le ataba al pesebre asnal y salió al medio del corral coceando sin medida. Quiso retozar en torno a su dueño, también él, y hacerse de querer y se echó en medio de la mesa y la rompió y después machacó toda la loza. A continuación, se fue a besar a su dueño, que estaba cenando, subiéndole por la espalda. Los criados cuando vieron a su dueño en medio de tamaño peligro lo salvaron de las mandíbulas del asno, golpeándolo por todas partes con varas de cornejo hasta que lo dejaron por muerto. Y éste, lanzando su último suspiro, decía: ‘He sufrido lo que merecía, desgraciado de mí. ¿Por qué no me quedé con las mulas en lugar de compararme, para mi ruina, con un diminuto perrito?’”


VI de IX
No es gratuito hablar de dispersos descuidos editoriales en la edición que Akal hizo del Frankenstein anotado. Por ejemplo, en la nota 1 de la página 307, correspondiente a la “Introducción” que Mary Shelley hizo para la edición del Frankenstein de 1831, Klinger dice sobre los padres de la autora: “Estos son William Godwin y Mary Wollstonecraft. Véase en el Prólogo, el texto que sigue a la nota 20, anteriormente.” Además de que sobra ese “anteriormente” (tautológico yerro que se repite cada vez que el anotador remite a su “Prólogo”), la “nota 20” de éste, que se halla en la página xxxv, no se correlaciona con lo que argumenta y sólo reza: “Ibid, p. 643”; y la nota 21: “Ibid, p. 672.” 
Fotograma de La novia de Frankenstein (1935)
           Otra discordancia se advierte en torno a la súbita destrucción de la inconclusa compañera del monstruo que ejecuta Victor Frankenstein en el laboratorio que instaló en la rupestre y solitaria cabaña ubicada en la más lejana de las Islas Orcadas. Pues en torno a los dos meses de fiebre nerviosa que Victor padeció tras la aparición del estrangulado cadáver de Henry Clerval en el anónimo y pequeño puerto de Irlanda, Klinger apunta en la nota 5 de la página 237: “Lo que sitúa la fecha en octubre o noviembre de 1796, dos meses después de la destrucción de la compañera de la criatura en agosto-septiembre.” Pero antes, en la nota 8 de la página 230, dijo que la destrucción de la compañera en ciernes ocurrió en “1797” y no en “1796”: “Lo que confirma que Frankenstein destruyó a la compañera de la criatura aproximadamente en agosto o septiembre de 1797.”

   
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein (Sexto Piso, 2013)
         Y, entre otros ejemplos, en la nota 10 de la página 94, Klinger cuestiona en torno a la “lóbrega noche de noviembre” en que el monstruo abrió sus “ojos acuosos” por primera vez en el oculto laboratorio que Victor dispuso (ex profeso para crearlo) en la Universidad de Ingolstadt: “¿Cómo es posible que la criatura, que más tarde describe sus problemas para entender el funcionamiento de sus propios sentidos, fuera capaz de viajar desde la habitación solitaria en la que Víctor trabajaba, ubicada ‘en la parte más alta de la casa, y separada de todas las demás estancias por una galería y una escalera’, al apartamento de Víctor, sin accidentes y sin encontrase con inquilinos? La criatura también debió desmandarse por todo el edificio a lo largo de la noche, atrapado en sus confines, ya que después Víctor comenta que las verjas del patio, por las que declara que la criatura salió, no fueron cerradas hasta las 6 a.m.” Pero esto no es así, sino exactamente al revés, según lo narra el propio Victor Frankenstein, quien tras horrorizarse al ver al pesadillesco monstruo observándolo al pie de su cama, huyó al patio de la universidad y allí estuvo hasta que amaneció y el portero abrió las verjas y salió a las calles sin rumbo fijo (p. 92-93): “El amanecer, lúgubre y húmedo, al fin llegó, y reveló ante mis agotados y doloridos ojos la iglesia de Ingolstadt, con su blanco campanario y el reloj, que marcaba las seis. El portero abrió las verjas del patio que había sido mi asilo aquella noche, y salí a las calles, recorriéndolas con paso rápido, intentando evitar al engendro que temía ver aparecer al doblar a cada esquina. No me atrevía a volver a mi apartamento, pero me sentía impulsado a seguir corriendo, aun mojado por la lluvia que caía del encapotado y amenazante cielo.”

VII de IX
Tampoco son gratuitos los calificativos “racionalista y obtuso” aplicados en la frente a Leslie S. Klinger. Es decir, ningún lector ignora que por antonomasia en la literatura fantástica todo es posible y que en ella es consubstancial y orgánico lo insólito, inverosímil y maravilloso, y por ende la cuadratura del círculo es moneda común y corriente. Pero por algún atavismo y prejuicio idiosincrásico, Klinger, en numerosas notas, olvida que Frankenstein es una novela fantástica y el monstruo un ser imaginario y sobrenatural supuestamente creado en el laboratorio con trozos de cadáveres humanos y de animales (un cadáver exquisito para los surrealistas); incluso, casi al inicio de sus argumentos, en la página xxviii de su “Prólogo”, parece que le cuesta trabajo verlo así y por ello lo llama “casi sobrenatural monstruo”. En este sentido, con estrecha o inflexible lógica cartesiana, en torno a numerosas menudencias y pasajes de la novela “reflexiona”, y apunta, como si Frankenstein fuera una novela realista, y con pretensiones realistas, y por ende al contenido fantástico y al imaginario decurso narrativo (incluidas las citas y alusiones literarias) le aplica grilletes y torniquetes realistas, hipotéticos ajustes temporales, y marcos históricos, geográficos, librescos, lógicos y socioculturales que son parte de la historia, de la geografía, de la literatura y de la realidad, pero no, en sentido estricto y fiel, de la fantástica obra de Mary Shelley. De modo que, por ejemplo, si Klinger no cuestiona la imposible (pero ficticia) creación del monstruo con trozos de cadáveres, ni su bestial fortaleza, ni su animalesca velocidad física, ni su resistencia sobrehumana en inhóspitas y extremas zonas bajo cero, ni sus súbitas y fantasmales apariciones (ya en el bosque de Plainpalais, en el mar de hielo al pie del Montanvert, en la más remota de las Islas Orcadas, en la hospedería de Évian, en el cementerio de Ginebra, en el barco de Robert Walton, e incluido el sigiloso y fantasmal trabajo nocturno que hace para beneficiar a sus supuestos “protectores” (les proporciona leña, quita la nieve del sendero y cultiva el huerto), ni que los De Lacey no advirtieran su voluminosa presencia en el diminuto cuarto adherido a su cabaña de madera, haciendo caso omiso ante el obvio IQ del monstruo (implícito en su vertiginoso aprendizaje e índole fantástica) le alarma y le resulta inverosímil la forma en que aprende a leer en francés a través de la rendija que halla en los tablones del estrecho cobertizo adjunto a la cabaña de los De Lacey (“El libro con el que Félix instruía a Safie era Las ruinas de los imperios, de Volney”, dice en la p. 165), y da por supuesto que el monstruo (que en sus notas llama “criatura”) es más o menos igual a una persona de carne y hueso que pedalea, suda, duerme, respira, gime, mastica, eructa y chifla por los linderos del planeta Tierra. Así que en la nota 5 de la página 165 cuestiona “muy docto”, divaga, fantasea, cita y se interroga: 
   
Ilustración de Fuencisla del Amo y Francisco Solé en
Frankenstein (
Vicens Vives, 2006)
        “Simplemente no es posible que alguien pueda aprender a leer escuchando a otra persona haciendo lo mismo. La lectura se trata de conectar símbolos con su significado y, si no se puede ver el símbolo (o sentir, si está aprendiendo Braille) no se pueden hacer conexiones. Definitivamente, la criatura estaba demasiado lejos para ver los símbolos del libro cuando se los mostraba a Safie [esto lo supone Klinger]. Una teoría más plausible [que no deja de ser fantástica] es que su cerebro, tomado de otra persona francófona, ‘recordaba’ cómo leer (y hablar) y él simplemente se ha convencido a sí mismo de que estaba ‘aprendiendo’ una habilidad que ya poseía. [Conjetura sin duda sugerida por el planteamiento que se observa en el citado filme de 1931: que el cerebro del monstruo, extirpado del cráneo de un criminal, explica que sea un asesino en potencia y luego en acto.] Sir Walter Scott escribió en su crítica de 1818 de Frankenstein para Blackwood’s Edinburgh Magazine, ‘que no sólo haya aprendido a hablar, sino también a leer y, por lo que podemos suponer, a escribir [...] escuchando a través de un agujero en la pared, parece tan improbable como que haya adquirido de la misma manera los problemas de Euclides o el arte de la contabilidad por partida simple y doble’.” 
Y quebrándose la cabeza hasta hacerla añicos y polvo, Klinger prosigue cuestionando en la misma nota: “Además, ¿debemos entender que Safie no sabía leer? ¿O que Félix simplemente leía para ella para ayudarla a expandir su conocimiento del idioma? La segunda es más plausible, puesto que la madre de Safie ‘le enseñó aspirar a los poderes superiores del intelecto’, lo que debía incluir la lectura (aunque tal vez sólo aprendiera turco de su madre árabe-cristiana).” Es decir, Klinger olvida que Safie, la querida “arabe” de Félix, cuando arriba a caballo a la cabaña de los De Lacey (conducida por un guía) no habla ni lee francés ni alemán ni el dialecto (o dialectos) de los aldeanos circunvecinos de Ingolstadt; y que Félix, que ignora el idioma de su amada, le enseña a hablar y a leer en francés (y al unísono así aprende el enorme monstruo oculto en el estrecho cobertizo, pero mucho más rápido que ella).
Ilustración de John Coulthart en
Frankenstein (Alma, 2018)
      Pero además de sus interrogantes y de su particular incredulidad racionalista (contraria a la maleable y flexible lógica fantástica), Klinger, como buen Perogrullo, se pitorrea del monstruo; o sea: de lo imaginado y escrito por Mary Shelley, cuya obra, obviamente, no es perfecta y numerosos críticos (entre ellos Isabel Burdiel) han observado sus inconsistencias, contradicciones y erratas en las ediciones originales en inglés (sobre todo en la edición de 1818). Por ejemplo, sobre las cartas, dictadas a un amanuense que las redactó en francés y que Safie otrora le enviara a Félix, en la página 171 el monstruo le dice a Victor: “Tengo copias de esas cartas, ya que durante mi estancia en la choza encontré la manera de procurarme los instrumentos para la escritura y las cartas estaban a menudo en las manos de Félix o de Agatha.” Y Klinger, con su estrechez de miras, apunta en su nota 8 de la página 171, haciendo su particular cuento del cuento: “Uno se pregunta cómo puede haber obtenido la criatura las cartas sin que se dieran cuenta los habitantes de la casa. Tras hacerse con instrumentos para la escritura, sin duda también robados de la casa, después optó por copiarlas mientras estaba confinado en una ‘choza’ apenas suficientemente amplia como para sentarse derecho, iluminada sólo por la luz que entra desde la pocilga exterior. La historia es difícil de creer. Y ¿para qué copiaba las cartas? Tal vez formaban parte de su currículum de lectura autodidacta.” 

   
lustración de Lynd Ward en
Frankenstein (Sexto Piso, 2013)
         ¡Vaya pulla! (o puntiagudo cuchillo sin hoja al que le falta el mango, diría Lichtenberg). ¿Y quién supone que las copió dentro del minúsculo cobertizo?: Leslie S. Klinger. ¿Y quién supone que los De Lacey estaban todo el tiempo dentro de la casa de madera?: Klinger. (El anciano De Lacey, además, es ciego y el monstruo es sigiloso en extremo, pese a su descomunal tamaño.) ¿Y quién supone que el monstruo robó los instrumentos para escribir?: Klinger. ¿Y por qué no las copió en el bosque?, donde observó su horripilante rostro reflejado en las aguas de un manantial y donde halló “una bolsa de cuero llena de ropa y algunos libros”, axiales para él, que le brindaron, leyéndolos, un panorama de la historia, de cierto comportamiento humano, y de la creación (“las Vidas de Plutarco”, Las penas del joven Werther y El Paraíso perdido, que leyó “como si fuera una historia real”). 
¿Y para qué las copió? Quizá para ejercitar la lectura de un manuscrito, la caligrafía y la nemotecnia. Y quizá las observó de cerca y atesoró las copias por el intrínseco y afectivo fetichismo de su inoculada y voyerista educación sentimental: eran autobiográficas y amorosas cartas de amor, quizá queridas y entrañablemente añoradas por él, pues por entonces el monstruo era noble e ingenuo, anhelante de amor, comprensión y cariño; y estaba encantado y enamorado de los amorosos, bellos, angelicales y nobles habitantes de la cabaña de los De Lacey. Y además de que aspiraba a que ese idealizado, inasible y onírico grupo lo aceptara, quisiera y conviviera con él, aún no había sido sujeto y víctima de la agresiva y traumática expulsión de ese paraíso familiar que protagonizó Félix, aporreándolo e insultándolo, al descubrir, de pronto, su repulsiva y horrenda monstruosidad; mientras que ipso facto “Agatha se desmayó y Safie, incapaz de atender a su amiga, salió corriendo de la casa.”
Ilustración de Fuencisla del Amo y Francisco Solé en
Frankenstein (
Vicens Vives, 2006)
           Una burla semejante se lee en la página 293, cuando el monstruo, recién fallecido Victor Frankenstein, le anuncia a Robert Walton (elocuente, retórico y dramático) que se matará en una hoguera: “[...] Abandonaré su barco en la balsa de hielo que me trajo hasta aquí y buscaré el extremo más septentrional del globo; juntaré mi pira funeraria y consumiré a cenizas este cuerpo miserable, para que sus restos no puedan arrojar luz a ningún curioso y desgraciado infeliz sobre la idea de crear un ser semejante a mí. Moriré [...]” Pues Klinger, en su nota 58, apunta: “¿De dónde obtendría la criatura la madera para semejante ‘pira funeraria’? En el Quarterly Review (enero 1818), John Crocker ingeniosamente afirma que la pira sería ‘(de hielo, suponemos)’.” Y luego añade como enmendando esa hilarante burla: “Wolfson y Levao, en The Annotated Frankenstein, sugieren que consistiría de los restos de los trineos de Frankenstein y de la criatura, así como de restos de barcos de anteriores exploradores que quedaron atrapados en el hielo.”


VIII de IX
Vale puntualizar que en sus notas, en torno a las referencias y alusiones literarias y bibliográficas que halla (o destaca) en la novela de Mary Shelley, Klinger inserta comentarios y trata de precisarlas, y a veces bosqueja o resume el contenido o el tema de la cita (o alusión), pero sólo en el caso de la susodicha “fábula de Esopo” hizo una transcripción completa. 
Y sobre la brevísima y consabida referencia a un episodio de Simbad el marino que se lee en el “Capítulo III” del “Volumen I” del Frankenstein de 1818 (y en el “Capítulo IV” en la edición de 1831), Isbel Burdiel apunta en su nota 44 (op. cit., p. 164): “Referencia al ‘Cuarto Viaje de Simbad’ de Las mil y una noches en el cual éste, después de ser encerrado en una caverna junto a su esposa muerta, sigue una luz que le permite escapar de su encierro.” Mientras que Gabriel Casas y Cristina Garrigós esbozan en la nota 2 de la página 70 (op. cit.): “En el cuarto viaje de Simbad el marino (relato perteneciente a Las mil y una noches), el protagonista es encerrado en una cueva subterránea junto con el cadáver de su esposa y provisiones suficientes para sobrevivir unos días en los que lamentar su pérdida. Al borde de la desesperación, Simbad se topa con una fiera salvaje a la que sigue por un pasadizo, al final, del cual ve un rayo de luz que proviene de una apertura de la cueva por la que el héroe consigue escapar.”
Anónima ilustración en el Cuarto Viaje de Simbad el marino
        En ambos casos los comentaristas no precisan su fuente bibliográfica; y Klinger vagamente la alude en la primera parte de su nota 7 de la página 83, que a la letra reza (con la sintaxis y puntuación de la traductora): “Según Las mil y una noches de Burton, un rey amigable le regaló una esposa a Simbad, el legendario marino árabe o persa, en su cuarto viaje. Posteriormente descubre que es costumbre en el país en el que se encuentra que si uno de los dos muere, el otro sea enterrado vivo junto al difunto. Cuando su mujer fallece repentinamente, Simbad es sepultado a la fuerza con ella a una cueva. Atrapado, consigue escapar cuando ve luz que entraba a través de una pequeñísima abertura en la pared de la gruta, hacia la que trepa. Agranda el agujero y sale de la tumba, huyendo del país.”

No obstante, Klinger —que en sus notas dizque fija el tiempo histórico en que se mueven los personajes de la novela fantástica, y dizque precisa los libros que los personajes leen, leyeron o debieron leer—, yerra, precisamente por tal cometido, al aludir al británico capitán Richard Francis Burton (1821-1890), cuya legendaria y angular versión de Las mil y una noches (o Arabian Nights), traducida y urdida por él en inglés (The Book of the Thousand Nights and a Night), apareció por primera vez en diez volúmenes (repletos de notas) editados en 1885, en Benarés, por la Kama Shastra Society (volúmenes a los que entre 1886 y 1888 se añadieron otros siete). Es decir, recapitulando la novela de Mary Shelley, Victor Frankenstein es ginebrino, creció en Ginebra hasta los 17 años, y su lengua natural es el francés, y por ende la historia de Simbad el marino que leyó (de niño o adolescente) tuvo que ser la versión en francés del francés Antoine Galland (1646-1715), nada menos que el introductor de los Cuentos árabes en el orbe occidental; es decir, en la mentalidad, los sueños, la tradición, los idiomas, la idiosincrasia y la fantasía europea y latinoamericana. Según Luis Alberto de Cuenca, Les mille et une nuits. Contes arabes “aparecieron en doce volúmenes editados en París entre 1704 y 1717”. Y según Borges, esos “Doce primorosos volúmenes aparecieron de 1707 a 1717, doce volúmenes innumerablemente leídos y que pasaron a diversos idiomas, incluso al hindustani y el árabe”.
lustración de Lynd Ward en
Frankenstein (Sexto Piso, 2013)
        Esa breve alusión a Simbad el marino, Victor Frankenstein se la refiere a Robert Walton (p. 83) luego de narrarle que, tras dos años de investigación en su oculto y oscuro laboratorio en la Universidad de Ingolstadt, vio una luz que lo sacó de la oscuridad en que se hallaba: “Me detuve a examinar y analizar todas las minucias de la causalidad, ejemplificada en el cambio de la vida a la muerte y de la muerte a la vida, hasta que en la mitad de esa oscuridad, de repente, surgió una luz que me alumbró; una luz tan brillante y asombrosa y a la vez tan sencilla que, aun mareado por la inmensidad del proyecto que iluminaba, me sorprendió que, entre tantos genios que habían dedicado sus investigaciones a esta misma ciencia, sólo yo tuviera reservado el descubrimiento de tan extraordinario secreto.” Y luego añade: “Tras días y noches de increíble trabajo y fatiga, conseguí descubrir la causa de la generación de la vida; es más, yo mismo me volví capaz de infundir vida a la materia inerte.” Y por ello luego le reitera sobre ese conocimiento, sobre esa seminal “luz”: “Era como el árabe que fue enterrado con los muertos y encontró un pasadizo hacia la vida con la única ayuda de una luz tenue y, en apariencia, bastante ineficaz.” Y sobre esa minúscula y metafórica referencia a la aventura de Simbad el marino, Klinger, como si no le bastara estar fuera de foco remitiendo al lector a la versión de Richard Burton, en la segunda parte de esa nota 7 inserta una hilarante vuelta de tuerca psicoanalistoide de su autoría, que remata con una ampulosa y tergiversadora cita de Perogrullo, inútil para la compresión del intríngulis, de los entresijos, intersticios y génesis de la novela de Mary Shelley:

“La alusión de Víctor puede tomarse como un comentario sobre su punto de vista acerca del matrimonio pendiente con Elizabeth, está atrapado por su mujer muerta y sólo la creación —sólo la criatura— le salvará de ese destino. Véase Mary Shelley and Frankenstein: The Fate of Androgyny, cap. 4, ‘Woman and the Divided Self’, de William Veeder. Este libro resume el punto de vista de muchos críticos psicoanalíticos de Frankenstein y analiza más o menos en profundidad cómo el libro intenta resolver la relación personal de Mary Shelley con los hombres ‘prometidos’ (incluyendo a Percy Shelley y a su padre, William Godwin) a través de la representación de Víctor, así como el papel correcto de las mujeres. ‘Androginia’ significa para Veeder la integración armónica de las virtudes y los rasgos masculinos y femeninos en una única personalidad, un objetivo que él considera vital para Mary Shelley, tanto en su vida como en su literatura.”

IX de IX
¿Qué le objetaría Leslie S. Klinger, no al total de las infinitas e inagotables páginas de Las mil y una noches, sino tan sólo a ese cuarto viaje de Simbad el marino? Quizá, dado que es un racionalista obtuso de cabeza cuadrada, tomaría a Simbad por una persona de la vida real y empezaría por discutir (cejijunto y blandiendo el dedo flamígero) que es imposible que un hombre de carne y hueso pase tanto tiempo metido en una oscura y fétida cripta repleta de esqueletos y de cadáveres en descomposición y de asfixiantes y deletéreas emanaciones. En fin, no obstante la incredulidad racionalista de Klinger, sus somníferas citas psicoanalistoides y argumentos de Perogrullo, en el mejor de los casos incitan al cotejo, a la reflexión, a la relectura y al debate.


Anónima ilustración en el Cuarto Viaje de Simbad el marino




Bibliografía de Frankenstein

Pérez, Ángela, La noche de los monstruos. Incluye: Frankenstein o el moderno Prometeo (1831), de Mary W. Shelley (traducción del inglés de Mercedes Rosúa); “Augustus Darvell, fragmento” (1819), de Lord Byron (traducción de Ángela Pérez); y “El vampiro” (1819), de John William Polidori (traducción de Ángela Pérez). Edición, prólogo, notas biográficas, bibliografía y cronología de Ángela Pérez. Edhasa. Barcelona, 2012. 446 pp.
Shelley, Mary, Frankenstein. Traducción del inglés al español de Alejandro Pareja Rodríguez. Ilustraciones en blanco y negro de John Coulthart. Alma Clásicos Ilustrados/Anders Producciones. Barcelona, 2018. 256 pp.
Shelley, Mary, Frankenstein. Traducción del inglés al español de Francisco Torres Oliver. Introducción de James Rieger. Notas de Gabriel Casas y Cristina Garrigós. Iconografía en color y en blanco y negro de Fuencisla del Amo y Francisco Solé. Colección Aula de Literatura núm. 38, Ediciones Vicens Vives. Barcelona, 2006. 318 pp.
Shelley, Mary, Frankenstein anotado. Traducción del inglés al español de Lucía Márquez de la Plata. Edición, prólogo y notas de Leslie S. Klinger. Investigación adicional de Janet Byrne. Introducción de Guillermo del Toro. Epílogo de Anne K. Mellor. Iconografía en color y en blanco y negro. Ediciones Akal. Madrid, 2018. 456 pp.
Shelley, Mary, Frankenstein o el moderno Prometeo. Bicentenario 1818-2018. Edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general. Traducción del inglés al español de José C. Vales. Traducción de las notas y apéndices de Vicente Campos. Ariel/Ediciones Culturales Paidós. México, octubre de 2018. 344 pp.
Wollstonecraft Shelley, Mary, Frankenstein o El moderno Prometeo. Traducción del inglés al español de María Engracia Pujals. Edición, prólogo, notas y bibliografía de Isabel Burdiel. Iconografía en blanco y negro. Colección Letras Universales núm. 230, Ediciones Cátedra. 4ª edición. Madrid, 2003. 260 pp.
Wollstonecraft Shelley, Mary, Frankenstein o el moderno Prometeo. Traducción del inglés de Rafael Torres. Epílogo de Joyce Carol Oates (traducción de Jesús Gómez Gutiérrez). Ilustraciones en blanco y negro de Lynd Ward. Editorial Sexto Piso. España, 2013. 264 pp.

Bibliografía complementaria

Anónimo, El libro de las mil noches y una noche. Traducción del francés al español de Vicente Blasco Ibáñez, de la traducción del árabe al francés de Joseph Charles Mardrus. Introducción, apéndices y notas de Jesús Urceloy y Antonio Rómar. Bibliotheca AVREA, Ediciones Cátedra. Madrid, marzo 21 de 2007. Dos volúmenes, 3060 pp.
Anónimo, Fábulas de Esopo. Vida de Esopo. Fábulas de Babrio. Introducción general y asesor para la sección griega: Carlos García Gual. Prólogos, traducciones y notas de Pedro Bádenas de la Peña y Javier López Facal. Biblioteca Clásica Gredos núm. 6, Editorial Gredos. 2ª edición. Madrid, 1993. 408 pp. 
Anónimo, Historia de Aladino o la lámpara maravillosa. Versión de Antoine Galland. Prólogo y traducción del francés al español de Luis Alberto de Cuenca. Libros del tiempo núm. 203, Ediciones Siruela. Madrid, 2005. 136 pp.
Anónimo, Las mejores fábulas. Esopo. La Fontaine. Iriarte. Samaniego. Antología, traducción y edición anónima. Edimat Libros. España, 1999. 304 pp.
Anónimo, Las mil y una noches. Antología anónima. Anónima traducción al español según la versión francesa de Antoine Galland. Anónimas ilustraciones persas e hindúes en color. Editorial Óptima. 6ª edición. Barcelona, junio de 2002. 448 pp.
Anónimo, Las mil y una noches según Burton. Traducción del inglés al español de Jesús Cabanillas. Selección y prólogo de Jorge Luis Borges. La Biblioteca de Babel núm. 22, Ediciones Siruela. Madrid, 1985. 222 pp.
Anónimo, Las mil y una noches según Galland. Traducción del francés al español de Luis Alberto de Cuenca. Selección y prólogo de Jorge Luis Borges. La Biblioteca de Babel núm. 21, Ediciones Siruela. Madrid, 1985. 222 pp.
Anónimo, Libro de las mil y una noches. Notas y traducción del árabe al castellano de Rafael Cansinos Assens. Láminas en color de Julio Castro de la Gandara. Ilustraciones en negro de Manuel Benet. Tomo II. México, noviembre 15 de 1986. 1440 pp.
Anónimo, Simbad el marino. Traducción del árabe al español de Juan Vernet. Ilustraciones en blanco y negro de Alberto Urdiales. Botella al Mar, CONACULTA/Espasa-Calpe. México, 1992. 158 pp.
Borges, Jorge Luis, Obras completas. Emecé Editores. 14ª edición. Buenos Aires, septiembre de 1984. 1168 pp.
Borges, Jorge Luis y Guerrero, Margarita, Manual de zoología fantástica. Viñetas e ilustraciones en blanco y negro. Breviarios núm. 125, FCE. México, marzo 30 de 1957. 160 pp.
James, Henry, Los papeles de Aspern. Traducción del inglés al español de Sergio Pitol. Colección Sergio Pitol Traductor núm. 18, Universidad Veracruzana. México, agosto de 2012. 146 pp.
Scholem, Gershom, La cábala y su simbolismo. Traducción al español de José Antonio Pardo. Siglo XXI Editores. 4ª edición. México, junio 27 de 1986. 234 pp.
Pitol, Sergio, Adicción a los ingleses. Vida y obra de diez novelistas. Editorial Lectorum. México, noviembre de 2002. 168 pp.
Shelley, Percy Bysshe, Crítica filosófica y literaria. Según la edición de John Shawcross, Londres: Henry Frowde 1909. Introducción de José Montoya e Inmaculada Tormo. Traducción del inglés al español de Inmaculada Tormo. Clásicos del pensamiento núm. 10, Ediciones Akal. Madrid, 2002. 160 pp.
Rice, Edward, El capitán Richard F. Burton. Traducción del inglés al español de Miguel Martínez-Lage. Iconografía en blanco y negro Libros del tiempo núm. 45, Ediciones Siruela. 3ª edición. Madrid, marzo de 1993. 594 pp.
Wollstonecraft, Mary, Vindicación de los Derechos de la Mujer. Traducción del inglés de Carmen Martínez Gimeno. Introducción y notas de Isabel Burdiel. Feminismos núm. 18, Ediciones Cátedra/Universidad de Valencia/Instituto de la Mujer. 2ª ed. Madrid, 1996. 400 pp.
Wollstonecraft, Mary, Vindicación de los derechos de la mujer. Traducción del inglés de Marta Lois González. Introducción de Shelia Rowbotham (traducción de Alfredo Brotons Muñoz). Notas de Nina Power. Revoluciones núm. 10, Ediciones Akal. Madrid, 2014. 320 pp. 



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Clip de La novia de Frankenstein (1935).

domingo, 2 de diciembre de 2018

La amargura del condenado

En busca del rinconcito perdido

Con el número 5011/11 de la colección Biblioteca Maigret y dentro de la serie de bolsillo Booket, Tusquets Editores publicó en Barcelona, en 2003, La amargura del condenado, novela policíaca del inagotable narrador belga Georges Simenon (1903-1989), traducida al español por Joaquín Jordá, cuya primera edición en francés (La guinguette à deux sous) data de 1931. Y cuenta con dos adaptaciones a la pantalla chica: The Wedding Guest (1962), filme de la BBC para la televisión británica dirigido por Terence Williams, con Rupert Davies en el papel del inspector Maigret; y La guinguette à deux sous (1975), película de la televisión francesa dirigida por René Lucot, con Jean Richard en la caracterización del comisario Maigret.
(Tusquets, Barcelona, 2003)
       La intriga policial de La amargura del condenado se desglosa en once capítulos con rótulos. La tarde del “27 de junio” (un día muy luminoso) el comisario Maigret va a la prisión Santé. Su objetivo (como si fuera el defensor de oficio) es informarle a “Jean Lenoir, el joven jefe de la banda de Belleville”, que el presidente de la República rechazó su indulto y que su ejecución en la guillotina “tendrá lugar mañana al amanecer”. Acojonadora y sonora noticia (con cuenta regresiva) que “A esa misma hora” se puede leer “en los diarios de la tarde que corrían por las terrazas de los cafés” de París.

Según la voz narrativa, “Había sido precisamente Maigret quien, tres meses antes, había echado el guante a Lenoir en un hotel de la Rue Saint-Antoine. Un segundo más, y la bala que el delincuente disparó contra él le habría alcanzado de pleno en lugar de perderse en el techo.” El condenado a muerte, Jean Lenoir, es un joven malhechor de 24 años que desde los 15 colecciona delitos y condenas. Su autoimpuesto “código de honor” le impide delatar a sus cómplices. Y en un instante de amargura exclama: “¡Si al menos me acompañaran todos los que se lo merecen!” Cuyo deshago es la anécdota que le narra al comisario Maigret en torno a un hecho impune que él, a sus 16 años, dice, presenció junto a su colega Victor (que ya tosía, por la tuberculosis, y que “debe estar ahora en un sanatorio”). Es decir, hace ocho años, vagando por las calles de París, a eso de las “tres de la madrugada” vieron que un tipo sacó un cadáver de una casa, lo subió a un coche, manejó un trayecto y luego lo arrojó a las aguas del canal Saint-Martin. Algo muy pesado debió llevar en los bolsillos porque el cuerpo se hundió de inmediato. Hecho esto, le dice Lenoir, “En la Place de la République, el hombre se detuvo para tomar una copa de ron en el único café que seguía abierto. Luego llevó el coche al garaje y se metió en su casa. Mientras se desnudaba, vimos su silueta recortada en las cortinas.”  
    Los jovenzuelos pudieron seguir al tipo y averiguar el sitio donde vivía porque se subieron al parachoques del auto. Y según añade el condenado: “Victor y yo lo chantajeamos durante dos años. Éramos novatos. Y como teníamos miedo de pedir demasiado, exigíamos cien francos cada vez. Un día el tipo se mudó y no logramos dar con él. Hace menos de tres meses lo vi por casualidad en el Merendero de Cuatro Cuartos y él ni siquiera me reconoció.”
     El comisario Maigret ignora dónde se halla el Merendero de Cuatro Cuartos. Y pese a que en los “archivos de los asuntos sin resolver  de aquel año” ve que “en el canal Saint-Martin habían encontrado por lo menos siete cadáveres”, esa anécdota carcelaria, contada en la antesala de la muerte, hubiera caído en el olvido si el comisario no se hubiera tropezado con una circunstancia fortuita. El sábado 23 de julio, casi un mes después de la ejecución de Jean Lenoir, Maigret se alista para viajar en ferrocarril a Alsacia, pues su esposa ha ido allí “a casa de su hermana, donde, como todos los veranos, pasaría un mes”. Puesto que el bombín que usa está roto y su mujer le ha “dicho cientos de veces que se comprara otro” (“¡Acabarán por darte limosna en la calle!”), Maigret entra en una sombrerería del Boulevard Saint-Michel “para probarse sombreros hongos”. Allí, un cliente de unos 35 años, con un “traje gris muy corriente”, solicita una chistera de modelo antiguo, pues, le dice al vendedor, “es para una broma, una boda de mentira que hemos organizado unos amigos en el Merendero de Cuatro Cuartos. Habrá una novia, una suegra, testigos y todo lo demás. ¡Como en una boda de pueblo, vaya! ¿Comprende ahora lo que necesito? Yo hago de alcalde del pueblo.”
   
Georges Simenon
(1903-1989)
          Dentro de la sombrerería, el comisario Maigret, todo oídos, aún no ha “experimentado lo que solía llamar la ‘vuelta de llave’”, “aquel pequeño pellizco” [debajo de la tetilla izquierda, diría el teniente investigador Mario Conde], aquel desfase, en suma, aquella vuelta de llave que lo zambullía en la atmósfera de un caso”. Pero el hecho de oír el retintín del nombre del Merendero de Cuatro Cuartos y dado su intrínseco instinto y pulsión de sabueso, empieza a seguir al hombre de la chistera y traje gris. A bordo de un taxi persigue el coche del tipo, que se detiene en la Rue Vieille-du-Temple, donde entra “en una tienda de ropa de segunda mano y al cabo de media hora salió con una enorme caja alargada y plana que debía contener el traje adecuado para la chistera”. “Después enfilaron a los Campos Elíseos, luego a la Avenue de Wagram. Un bar pequeñito, en una esquina. Sólo pasó allí cinco minutos y salió en compañía de una mujer de unos treinta años, rellenita y alegre.” El coche donde va la pareja se detiene “en la Avenue Niel, delante de un hotelito” de paso, en cuya “placa de cobre” se anuncia: “Se alquilan habitaciones por meses y por días”. “En la recepción, que olía a adulterio elegante”, Maigret muestra su placa de la Policía Judicial y la “encargada perfumada” le dice, sobre “la pareja que acaba de entrar”, que “Son personas muy correctas, casadas los dos, que vienen dos veces por semana”. Mientras los amantes están refocilándose en el cuarto, Maigret lee en “la cédula del vehículo” el nombre y la dirección del galán de marras: “Marcel Basso. Quai d’Austerliz, número 32, París”. 
  Tras salir del hotel de paso, los tortolitos se van en el auto de Marcel Basso y se detienen “en la Place des Ternes. Se les veía besarse a través de la ventanilla trasera. Seguían cogidos de la mano cuando, con el coche al ralentí, la mujer salió del vehículo y paró un taxi.” Maigret, por su parte, le ordena a su taxista que vaya a Quai d’Austerliz, donde lee en un “cartel enorme” más datos sobre el galancete: “MARCEL BASSO. IMPORTADOR DE CARBONES DE TODAS LAS PROCEDENCIAS. VENTA AL POR MAYOR Y AL DETALL. REPARTO A DOMICILIO. PRECIOS DE VERANO.” Allí, “Una empalizada negruzca rodeaba unos almacenes de carbón. Enfrente, al otro lado de la calle, había un muelle de descarga de la misma compañía y garrabas inmóviles junto a los montones de carbón descargados ese mismo día.
     “En medio de los depósitos de carbón se alzaba una gran casa con jardín. Monsieur Basso aparcó el coche, con un gesto maquinal se aseguró de que no llevaba cabellos de mujer en los hombros y entró en su casa.
    “Maigret lo vio reaparecer en una habitación del primer piso, que tenía las ventanas abiertas de par en par, en compañía de una mujer alta, rubia y bonita. Los dos reían. Hablaban animadamente. Monsieur Basso se probaba la chistera y se miraba en un espejo.
   “Metían ropa en unas maletas. Apareció una sirvienta con delantal blanco.
   “Un cuarto de hora después —eran las cinco— la familia bajó. Un niño de diez años, con una escopeta de aire comprimido, abría la comitiva. Lo seguían la sirvienta, Madame Basso, su marido y un jardinero con las maletas.”
    En el auto de Marcel (que no es “de lujo”, pero sí “casi nuevo”), los Basso “se dirigieron a Villeneuve-Saint-Georges”. Maigret los sigue en el taxi. “Después tomaron la carretera de Corbeil. Cruzaron esa ciudad y enfilaron un camino lleno de baches, paralelo al Sena.” Y su destino final es una casa de campo llamada “El Reposo”, ubicada entre los poblados Morsang y Seine-Port. Maigret le pregunta al taxista si “¿Hay algún hotel o fonda por los alrededores?” Y el taxista le responde que “En Morsang está el Vieux Garçon. Y Marius, más arriba, en Seine-Port.” Pero ignora si en el Merendero de Cuatro Cuartos rentan habitaciones. 
 
En el centro:
Georges Simenon y Josephine Baker
        Para no desvelar todas las menudencias de la narración, vale resumir que ese ámbito cercano a París es un entorno de descanso y recreación para una multitud de gente clasemediera y pequeñoburguesa que suele ir allí los fines de semana a reposar, divertirse, convivir, comer, beber, pescar y navegar en el Sena, ya en bote o en embarcaciones de distinta catadura. Y Marcel Basso y los suyos (una de las pocas familias que poseen casa de campo y por ende no se resguardan en los hoteles) forman parte de una pandilla de conocidos entre sí que tienen al Merendero de Cuatro Cuartos (una modestísima taberna) como el punto central de sus comilonas y francachelas. Y Maigret, infiltrado entre ellos con su traje oscuro de ciudad (o sea: el notorio frijol en la sopa de letras campiranas), observa que, efectivamente, en el Merendero de Cuatro Cuartos se celebra una boda de broma en la que los alegres comensales están disfrazados. Marcel Basso caracteriza al alcalde de pueblo y la novia de la boda es nada menos que su amante furtiva, la misma fémina treintañera con que unas horas antes se regocijó en el hotelito de paso de la Avenue Niel, esposa, además de Feinstein, un cincuentón, muy serio y canoso, que está disfrazado de vieja, dueño de una camisería en el Boulevard des Capucines (en “la zona de los grandes bulevares” de París). Esa mujer, llamada Mado, era “la más ruidosa de todos. Estaba claramente borracha y se distinguía por su pasmosa exuberancia. Bailaba con Basso, tan pegada a él que Maigret desvió la mirada.” Y la cereza del pastel de bodas es otra escena pícara y libertina, pues la falsa novia y el falso novio son empujados al cuartito de la luna de miel, “y luego lo cerraron con llave”. Hay que recalcar que Marcel Basso, pese a la obvia y descarada cachondez en el baile frente a las narices del camisero, no es el falso novio, y por su papel de alcalde del pueblo le toca cortar “la liga de recuerdo” y repartirla en pedacitos; mientras que el falso novio, “con la cara embadurnada de blanco y maquillada”, “Iba disfrazado de campesino granujiento y risueño”.
 
Josephine Baker
(1906-1975)
      James, un británico, miembro de la pandilla, quien bebe y bebe sin caerse ni perder lucidez, es el que trata a Maigret como si fuera un invitado más del grupo e incluso le ofrece su habitación de hotel sino encuentra sitio en el Vieux Garçon. Maigret supone que entre esos alegres comensales hay un asesino camuflado y por ciertas miradas que le dirigen algunos, colige que saben que es policía. 
   La tarde del día siguiente, domingo 24 de julio, Maigret es invitado a jugar bridge en la casa de campo de Marcel Basso, la cual se localiza exactamente frente al Merendero de Cuatro Cuartos; es decir, cruzando el Sena en bote de remos, en balandro de vela o en lancha de motor. Luego de unas dos horas de jugar, beber y bailar en la casa de los Basso, la pandilla decide regresar al Merendero. Maigret lo hace en el balandro de vela de James, pero van remando con lentitud porque no sopla viento. Mientras que el camisero Feinstein y Marcel Basso en unos instantes cruzan el río en la lancha de éste. Cuando James y Maigret están cerca de la orilla se oye un disparo. El comisario se apresura batiendo los remos. Y detrás del Merendero observa la escena del sorpresivo crimen: el camisero Feinstein yace en el suelo y Marcel Basso, que empuña “un pequeño revólver con culata de nácar”, pregunta por su esposa (quien vestida de marinero se ha quedado en la casa de campo con el hijo) y repite fóbico y angustiado: “¡No he sido yo! ¡No he sido yo!”
  El comisario Maigret anuncia al corro que es de la Policía Judicial e inicia las diligencias policiales. Al médico (miembro de la pandilla) le ordena que vigile que nadie toque el cadáver. Y dado que no hay teléfono en la casa de los Basso ni en el Merendero, le ordena al tabernero que vaya en bicicleta a la esclusa y llame por teléfono a la gendarmería. Y puesto que Maigret “no estaba en misión oficial”, antes de irse delega “las responsabilidades” en los gendarmes, quienes detienen a Marcel Basso y avisan “al juez de instrucción”. Pero “Una hora después”, Marcel Basso, “sentado en la pequeña estación de ferrocarril de Seine-Port, flanqueado por dos brigadas”, empuja “a sus guardianes” y escapa corriendo entre la muchedumbre, cruza la vía y se pierde “en un bosque cercano”.
  Por orden del juez de instrucción, el comisario Maigret se hace cargo de las pesquisas de ese caso y al unísono investiga el crimen impune ocurrido hace “ocho años”, pues está seguro que el asesino (otrora chantajeado por Jean Lenoir y su compinche tuberculoso) es uno de los miembros de la pandilla del Merendero de Cuatro Cuartos.
  En el transcurso de los días, “El juez de instrucción encargado del asunto del Merendero” presiona a Maigret y lo mismo hace el Jefe de la Policía Judicial, pues por las vacaciones de verano “tenía pocos hombres disponibles, y éstos debían vigilar todos los lugares en los que el fugitivo podía presentarse”. El comisario Maigret, desde luego, resuelve ambos casos en unos cuantos días, pues ya muy entrada la noche del miércoles 3 de agosto va en tren, por fin, rumbo a Alsacia, donde en la estación lo esperan su esposa y la hermana de ésta; incluso su mujer lo recibe con unos “zuecos pintados”, adquiridos para él en Colmar. “Eran unos preciosos zuecos amarillos, y Maigret quiso probárselos antes incluso de quitarse el traje oscuro con el que había llegado, procedente de París.”
  Así como el sábado 23 de julio el azar llevó a Maigret a una sombrerería donde oyó hablar del Merendero de Cuatro Cuartos, en éste, la mañana del domingo 31 de julio (una semana después del asesinato de Feinstein) al oír la tos de un jovenzuelo (de unos 25 años) con pinta de vagabundo, infiere que se trata del cómplice de Jean Lenoir, que sin duda está ahí para cobrar el chantaje y por ende le pide su documentación. En su “mugrienta cartilla militar” lee que se llama Victor Gaillard. Y su última dirección, le dice el rapaz, fue el “Sanatorio municipal de Gien”, que abandonó “Hace un mes”. Y añade: “Estaba sin un céntimo. Por el camino he trabajado haciendo algunas chapuzas. Puede usted detenerme por vagabundeo, pero tendrá que enviarme a un sanatorio. Sólo me queda un pulmón.” Victor Gaillard niega haber conocido a Jean Lenoir y haber recibido de él una carta (enviada desde la cárcel) donde le indicó el sitio donde hallaría al tipo que otrora arrojó un cadáver al canal de Saint-Martin y que para él y Lenoir (durante dos años) fue la gallina de los huevos de oro. Y como Victor se obstina en no revelarle nada, Maigret lo encierra en una celda del Quai des Orfèvres. Allí lo interroga. Y como sólo puede acusarlo de vagabundeo, ordena que lo liberen a la una de la madrugada (del martes 2 de agosto) y que lo siga el brigada Lucas.  
   Victor, que merodea por Les Halles y luego duerme en un banco hasta que a las cinco de la madruga lo despierta un gendarme, sabe que un poli lo sigue. Y temprano en la mañana de ese martes 2 de agosto, Lucas le deja un aviso a Maigret para que acuda a la Rue des Blancs-Manteaux. De su oficina en el Quai des Orfèvres, el comisario va a pie a esa calle del barrio judío donde se ubican “la mayoría de las tiendas de objetos usados, a la sombra del Monte de Piedad”. Victor, que se hace el remolón y merodea frente al escaparte del tendejón donde se anuncia: “HANS GOLBERG, COMPRA, VENTA, OCASIONES DE TODO TIPO”, no le revela al comisario Maigret por qué hizo que el brigada Lucas lo siguiera hasta allí y él se apersonara en ese sitio. Entonces Maigret le ordena a Lucas que no lo pierda de vista y él entra al tendejón e inicia las averiguaciones en torno al propietario: el judío Hans Golberg, dueño del negocio desde “Algo más de cinco años”; y sobre el anterior propietario: el tío Ulrich,  judío, también dedicado a la compraventa de cachivaches y usurero clandestino, misteriosamente desaparecido del mapa. 
  “Sumergido entre viejos archivos” policiales, Maigret halla algunos datos sobre el tío Ulrich que resume en “una hoja de papel”:
  “Jacob Ephraim Levy, llamado Ulrich, sesenta y dos años, natural de la Alta Silesia, chamarilero, Rue des Blancs-Manteaux, sospechoso de practicar regularmente la usura.
  “Desaparece el 20 de marzo, pero los vecinos no acuden a la comisaría para denunciar su ausencia hasta el día 22.
  “En la casa no se encuentra ningún indicio. No ha desaparecido ningún objeto. Se descubre la suma de 40.000 francos en el colchón del chamarilero.
  “Este, al parecer, salió de su casa la noche del día 19, como hacía con frecuencia.
  “No hay información sobre su vida privada. Las investigaciones realizadas en París y provincias no dan resultado alguno. Escriben a la Alta Silesia y, un mes después, una hermana del desaparecido llega a París y pide entrar en posesión de la herencia.
  “Al cabo de seis meses la hermana consigue un certificado de desaparición de Ulrich.”
Luego, hacia el mediodía de ese martes 2 de agosto, Maigret, en la comisaría de La Villete, recaba información sobre un cadáver sacado el “1 de julio” del canal Saint-Martin, después “Trasladado al Instituto de Medicina Legal”, donde “no pudo ser identificado”. No obstante, pese a los pocos indicios, Maigret concluye que “Poseía datos sólidos”: “El tío Ulrich es el hombre al que asesinaron hace seis años y al que arrojaron después al canal Saint-Martin.” Vale observar, no obstante, que Jean Lenoir, ejecutado en la guillotina el pasado 28 de junio a los 24 años, le contó que ese asesinato ocurrió a sus 16 años, o sea hace ocho años y no hace seis.
   A Maigret ahora sólo le resta indagar por qué lo mataron y quién es el asesino, sin duda oculto entre los miembros de la pandilla del Merendero de Cuatro Cuartos, de la que James, el inglés, es el cofrade fundador (hace “siete u ocho años”) y “el más popular”.
  Sobre el cadáver del camisero Feinstein, muerto por una diminuta bala salida del pequeño revólver de su joven y licenciosa esposa, “El martes [26 de julio] por la mañana, el médico forense entregó su informe: el disparo se había efectuado a una distancia de unos treinta centímetros. Era imposible determinar si el autor del disparo era el propio Feinstein o Monsieur Basso.” 
  El jueves 28 de julio la policía aún no atrapa al prófugo y presunto homicida. Y la tarde de ese jueves, sentado con James frente a una mesa de la Taverne Royale, Maigret murmura “como para sus adentros”: “La hipótesis más sencilla, la que sugieren los periódicos”, “es que Feinstein, por algún motivo, atacó a Basso, y éste se apoderó del arma apuntada contra él, disparando sobre el camisero”. 
   
Plaza Vendôme
       El británico James “trabaja en un banco inglés, en la Place Vendôme”. Y al término de la jornada, de lunes a sábado, a las cuatro de la tarde, se va a la Taverne Royale, donde entre las cinco y las ocho de la noche lee y bebe en su “rinconcito propio”: una “mesita de mármol” en la terraza de la Taverne Royale, desde donde observa “la columnata de la Madeleine a lo lejos, el delantal blanco de los camareros, la multitud de transeúntes y los coches en movimiento”.
Columnata de La Madelaine
  Marthe, su mujer, también es del grupo que los fines de semana se reúnen a retozar y a beber en Morsang y en el Merendero de Cuatro Cuartos. Llevan ocho años casados y no tienen hijos. Y al visitar a James en su estrecho departamento en el cuarto piso de un edificio de la Rue Championnet, Maigret entrevé las minucias y matices de ese matrimonio gris, insípido y asfixiante, donde cada uno hace su vida aparte, sin amor y sin comunicación. Y por ello comprende por qué James, filósofo de la abulia y de la aburrición, necesita ese “rinconcito propio”, “en la terraza de la Taverne Royale, delante de un Pernod”, donde tiene “un mundo propio, que creaba de pies a cabeza, a base de Pernods o de coñacs, y en el que se movía impasible e indiferente a la realidad”: “Un mundo un poco borroso, bullicioso como un hormiguero, poblado de sombras inconsistentes, en el que nada tenía importancia, nada servía para nada, donde caminaba sin rumbo, sin esfuerzo, sin alegría, sin tristeza, en una neblina algodonosa.”
   James, sin proponérselo, desde que conoce a Maigret la tarde del sábado 24 de julio en el Merendero de Cuatro Cuartos, se convierte en su principal informante. Por ejemplo, le dice que Mado, la esposa de Feinstein, “necesitaba hombres”, que había tenido aventuras con “la mayoría de los habituales de Morsang”; y que el camisero “pedía dinero a los amantes de su mujer” y “¡Les debía dinero a todos!” 
   Y sobre la bala que mató al camisero, James le dice a Maigret: “¡Entiendo tan bien lo que ha ocurrido! Feinstein necesitaba dinero y acechaba a Basso desde la tarde anterior [a su muerte], en espera del momento propicio. Incluso durante la falsa boda, cuando iba vestido de anciana, pensaba en sus letras, ¿me entiende? Miraba cómo Basso bailaba con su mujer... y al día siguiente habla con él. Basso, que ya le ha prestado dinero en otras ocasiones, se niega. El otro insiste, lloriquea: ¡la miseria!, ¡la deshonra!, mejor el suicidio... Le juro que debió ser una comedia de ese tipo. Todo transcurrió en un hermoso domingo con barquitas en el Sena.”
   Por órdenes de Maigret, el “experto en contabilidad” de la Policía Judicial revisa “la contabilidad de la camisería en los últimos siete años” y observa que Feinstein ha subsistido debiéndole a los proveedores, pero pagando sus deudas y siempre con el agua al cuello y al borde de la quiebra. Según ese contable, “En los libros de hace siete años aparece por primera vez el nombre de Ulrich. Préstamo de dos mil francos, un día de vencimiento.” Y después de una serie de préstamos y devoluciones (con intereses), pues “Feinstein es honrado”, “En el mes de marzo [de hace seis años], Feinstein debía treinta y dos mil francos a Ulrich.” Y el camisero no los retribuyó (porque el tío Ulrich despareció de su tienda en el barrio judío). Y “A partir de ese momento, ya no hay rastro de Ulrich en los libros.” 
  El sábado 30 de julio, Maigret, a las cinco de la tarde, entra a la Taverne Royale y habla con James, quien irá a Morsang (y por ende al Merendero de Cuatro Cuartos), “como todos los sábados”, pese a las dramáticas ausencias del camisero Feinstein y de Marcel Basso, quien sigue fugitivo. Un camarero le dice a Maigret que le hablan por teléfono. Al ir a la cabina telefónica descubre que es un engaño. Y alcanza a ver que James dialoga con Basso, quien viste ropas que le quedan chicas, y por ello parece “achicado, como si hubiera sufrido una transformación”, mientras “acechaba con ojos febriles la puerta de la cabina”. Al ver que Maigret lo ha descubierto, huye entre la multitud.
  James no le revela a Maigret lo que habló con Marcel Basso. Y pese a que “podría acusarlo de complicidad”, le dice, va con él a Morsang y ambos se instalan en el hotel Vieux Garçon. El comisario observa la fauna de los habituales, quienes lo evitan. Y al anochecer va a la casa de campo de los Basso, donde, bajo la vigilancia de sus agentes, han estado viviendo la esposa del rico carbonero y su hijo. 
 
Georges Simenon
    La mañana del domingo 31 de julio, mientras Maigret interroga a Victor Gaillard tras haberlo descubierto en el Merendero, se oye un disparo. Maigret le ordena al vagabundo tísico que no se mueva del Merendero y él va hacia la casa de campo de los Basso (donde se oyó el tiro) y se entera que James, manejando el coche nuevo del médico, se llevó, hecho un bólido, a la esposa de Marcel y a su hijo. Empieza la búsqueda del auto por todas las arterias. Y hacia las cinco de la tarde, Maigret recibe una llamada desde Montlhéry y le dicen que el auto corría en el autódromo y que el piloto era James. 
  Maigret va hacia allá con el médico, por ser el dueño del coche. No detiene a James, pero sí el auto, para que los expertos lo analicen. La respuesta de los peritos llega hasta las tres de la tarde del lunes 1 de agosto: el cemento Portland hallado en las llantas ha sido utilizado en la carretera que va de La Ferté-Alais a Arpajon, y por ende el rastreo policial se concentra en la zona de La Ferté-Alais, donde el martes 2 de agosto, por una circunstancia azarosa, los Basso son localizados ocultos en una pobrísima casucha. (Es decir, una humilde y solitaria anciana fue a comprar a una tienda del mercado “¡Veintidós francos de jamón!” y la empleada le dijo: “¡Parece que desde hace algún tiempo se cuida usted más!”, “¿Y piensa comérselo todo usted sola?”. Esto lo oyó el brigada Piquart, quien estaba allí enviado por su mujer para comprar cebollas, y por ello siguió a la vieja y avisó a la gendarmería.) Pero además, el lunes 1 de agosto, según indaga y descubre Maigret, a eso de las diez de la mañana, en el banco que negocia con la empresa de Marcel Basso (“La Banque du Nord, en el Boulevard Haussmann”), James se presentó en la ventanilla y cobró “un cheque de trescientos mil francos firmado por Marcel Basso”, fechado “cuatro días antes”; o sea: el viernes 29 de julio. Dinero que Basso, al parecer, iba a usar para su huida al extranjero. 
 Mientras ocurre la detención de los Basso en la zona de La Ferté-Alais, Maigret ha ido a la empresa de carbón en el Quai d’Austerliz. Y guiado por la secretaria, en el archivo personal de Marcel Basso el comisario hojea (y luego decomisa) un cuaderno de direcciones de “por lo menos quince años”, donde encuentra “Una dirección vergonzante, pues el comerciante de carbón no se había atrevido a escribir el nombre entero: ‘UL., Rue des Blancs-Manteaux, 13 bis’.”
 Luego el comisario Maigret va a la casucha donde los gendarmes mantienen detenido al carbonero. Allí, Marcel Basso le confiesa que solía prestarle dinero a Feinstein y que el domingo 25 de julio le pedía 50 mil francos; que durante la patética y lacrimosa petición amenazó con suicidarse con el pequeño revólver de su esposa, y que en el forcejeo para que lo no hiciera un tiro se disparó.  
  Sobre esa confesión Maigret le dice: “Creo que mató a Feinstein de manera involuntaria”. No obstante, quiere que le diga si Feinstein, para chantajearlo, “contaba con un arma más contundente que la infidelidad de su mujer”. Y mostrándole su viejo cuaderno de direcciones y abriéndolo “por la letra U”, le dice: “En pocas palabras, me gustaría saber quién mató hace seis años a un tal Ulrich, que vivía en la Rue des Blancs-Manteaux, y quién arrojó después su cadáver al canal Saint-Martin.”
  Esto provoca en Marcel Basso tal conmoción que se deshace en lágrimas repitiendo la palabra “¡Dios! ¡Dios!” Su mujer sale estrepitosamente del cuarto contiguo y grita: “¡Marcel! ¡Marcel! ¡Eso no es verdad! ¡Di que no es verdad!” Ambos lloran y el chiquillo también. E incluso la vieja (“la tía Mathilde”), que “a pasitos cortos y rápidos, sin dejar de resoplar, fue a colocar de nuevo la cacerola sobre el fuego, que avivó con un atizador”.
  Para resolver ese enigma y desvelar quién mató al usurero Ulrich hace seis años, Maigret, el miércoles 3 de agosto, hace coincidir a James y a Marcel Basso en una celda del Quai des Orfèvres, donde también encierra al vagabundo Victor Gaillard, quien le había exigido al comisario 30 mil francos (y luego 25 mil) para revelarte la identidad del asesino y todos los pormenores del chantaje. 
  

       Vale añadir que el misterio del asesinato del usurero judío en esa celda se aclara de un modo imprevisto; es decir, matizado por los yerros, las ambiciones, las contradicciones, las lealtades amistosas, las tentaciones sexuales y las debilidades humanas de James y Marcel Basso. Y que el otrora imprudente culpable, previo al arribo del juez de instrucción, le solicita al comisario Maigret: “Oiga, ¿me haría el favor de comentarle el caso? ¡Pídale simplemente que se dé prisa! Confesaré todo lo que quiera, pero que me manden lo antes posible a un rincón.”


Georges Simenon, La amargura del condenado. Traducción del francés al español de Joaquín Jordá. Colección Biblioteca Maigret, serie Booket número 5011/11, Tusquets Editores. Barcelona, 2003. 184 pp.  


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Josephine Baker, Sirena de los trópicos.

Los que aman, odian


El cuarto cerrado y el tufillo del crimen

A estas alturas del siglo XXI son más que consabidas la amistad, las afinidades electivas y las complicidades literarias que sostuvieron los escritores argentinos Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Jorge Luis Borges (1899-1986). En lo referente al género policíaco, además de practicarlo a cuatro manos al confluir con pseudónimos —B. Suárez Lynch: Un modelo para la muerte (Buenos Aires, Oportet y Haereses, 1946), y H. Bustos Domecq: Seis problemas para don Isidro Parodi (Buenos Aires, Sur, 1942), Dos fantasías memorables (Buenos Aires, Oportet y Haereses, 1946), Crónicas de Bustos Domecq (Buenos Aires, Losada, 1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (Buenos Aires, Librería La Ciudad, 1977)—, se propusieron, como un lúdico y hedonista tributo a sus autores y fuentes, promover la lectura de los clásicos (y sus epígonos) al editar, sin prólogo, la antología Los mejores cuentos policiales, la cual, con 16 cuentos (y traducciones de ambos), fue impresa por Emecé en 1943 en la capital argentina; y la homónima segunda serie, con 14 cuentos y sin prefacio, fue impresa por Emecé en 1951, con alguna modificación diez años después, y es la que ahora, coeditada por Alianza y Emecé, se conoce como Los mejores cuentos policiales 1, pues la antología Los mejores cuentos policiales (2), reelaboración de la primera de 1943, se coeditó, con 15 cuentos, hasta 1983, en Madrid, por Alianza Editorial y Emecé, con un “Prólogo”, que aunque firmado por los dos en “Buenos Aires, 19 de octubre de 1981”, parece haber sido escrito únicamente por Borges, pues además de que el aliento es suyo, se formulan tópicos que éste repitió a lo largo de su vida (en prólogos, reseñas, entrevistas, clases y conferencias), entre ello lo relativo a la génesis del género policíaco: 
(Alianza/Emecé, Madrid, 1983)
         “A partir de 1841, fecha de la publicación de The Murders in the Rue Morgue, primer ejemplo y de algún modo arquetipo del género policial, éste se ha enriquecido y ramificado considerablemente. Edgar Allan Poe tenía el hábito de escribir relatos fantásticos; lo más probable es que al emprender la redacción del texto precitado sólo se proponía agregar, a una ya larga serie de sueños, un sueño más. No podía prever que inauguraba un género nuevo; no podía prever la vasta sombra que esa historia proyectaría. Esta historia para su autor no habrá sido muy distinta de The Fall of the House of Usher y de Berenice. Tal vez corrobora este acierto la circunstancia de que el crimen y su investigador hayan sido situados en París, lejana ciudad fuera del control de la mayoría de sus lectores [...] 

“En The Murders in the Rue Morgue, en The Purloined Letter y The Mystery of Marie Roget, Edgar Allan Poe crea la convención de un hombre pensativo y sedentario que, por medio de razonamientos, resuelve crímenes enigmáticos, y de un amigo menos inteligente, que refiere la historia. Esos dos personajes, meras abstracciones en los textos de Poe, se convertirán con el tiempo en Sherlock Holmes y en Watson, que todos conocemos y queremos. Algunos autores —baste recordar a A.E.W. Mason y a Agatha Christie— proponen un detective extranjero y un narrador inglés, más bien estólido.”
(Emecé, Buenos Aires, 1946)
         Y para contribuir aún más con la transgresión de los límites porteños de los años 40 del siglo XX, en 1945, para Emecé, Borges y Bioy empezaron a dirigir y a editar la legendaria serie policíaca El Séptimo Círculo (su dirección duró hasta 1955) —nombre elegido por Borges que alude “el círculo de los violentos en el infierno de Dante”—, misma que el 8 de agosto de 1946 publicó, con el número 31, la primera edición de Los que aman, odian, única novela policial escrita entre Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo (1903-1993), con quien se había casado el 15 de enero de 1940 (Borges entre los testigos), el año de la célebre Antología de la literatura fantástica (Buenos Aires, Sudamericana, 1940), que conformaron los tres, y el de La invención de Morel (Buenos, Aires, Losada, 1940), la novela más famosa de Bioy, prologada por Borges.

Con el equívoco y la ambigüedad que transluce el título Los que aman, odian, Silvina y Bioy se revelan contagiados por la empatía y el entusiasmo emprendido entre Adolfito y Georgie al escribir a cuatro manos como si fueran un sólo autor, y toman la estafeta de los ingredientes esenciales de la clásica narración policial para tributar al a veces llamado “género menor” y “género negro” cuando se incluyen situaciones de violencia que ineludiblemente recuerdan las tutelares narraciones negras de Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Leslie Charteris (el creador del popular Simón Templar, alias El Santo).
(Tusquets, Barcelona, septiembre de 1989)
  Al inicio de Los que aman, odian, el doctor Humberto Huberman, el narrador y protagonista, anuncia a los cuatro pestíferos vientos del Cono Sur que va a relatar “la historia del asesinato de Bosque del Mar”. A partir de tal declaración evocativa que posterga el punto nodal de la obra, se inocula la intriga y el suspense. Al insaciable lector, como gancho preliminar y para que empiece a formularse las preguntas cuyas respuestas irán cambiando con los datos y giros de la secuencia, se le atrae con el tufillo del crimen. Casi de entrada intuye que entre los personajes que deambulan en el cuarto cerrado que es el subterráneo Hotel Central (“caserón cerrado como en un barco en el fondo del mar, o más exactamente, como en un submarino que se ha ido a pique”) —ubicado en el balneario Bosque del Mar, casi frente al agitado océano y a cierta distancia de la estación ferroviaria de Salinas, a donde se va y viene en un viejo Rickenbacker— mínimamente habrá un muerto y un asesino, con sus lógicas dosis de misterio, de ambigüedades, de enredo, de engaños al lector, de truculencias, de posibles culpables, de giros sorpresivos, y con las imprescindibles e inteligentísimas inferencias y deducciones detectivescas que arma y desarma el racionicinador por antonomasia.

     
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
Foto: Mariano Roca
        La escritura de Los que aman, odian está concebida con sobriedad, mimo, esmero, humorística parodia y fina ironía. En cada uno de los 34 capítulos breves es elocuente la búsqueda de las palabras precisas y limadas. Las necesarias para contar lo debido desde una cortesía y elegancia que proyecta la psicología convencional del protagonista (a imagen y semejanza de un culto gentleman argentino con ínfulas británicas). La maniática y egocéntrica personalidad del doctor Humberto Huberman (adicto a los glóbulos de arsénico, a las citas librescas y contrario a la farmacopea alopática), no sólo implica humor en lo que respecta a su moral conservadora y a sus prejuicios de raigambre decimonónica, en sus latinajos y extranjerismos de inveterado políglota, en el hecho de que escribió la narración como una crónica testimonial para las amigas de su madre (sus únicas amigas), en sus arraigados hábitos culinarios y domésticos de señor flemático y urbano entrado en años, que se las da de respetable, de autoridad ética, con “cualidades de conductor espiritual”, de culto y descubridor de los hilos negros que, según él, ocultan los trasfondos de los hechos delictivos: “Yo era, en ese limitado mundo de Bosque del Mar, la inteligencia dominante, y mis declaraciones habían orientado la investigación.” Sino que también sus rasgos adquieren matices radiográficos cuando haciendo agua en el flébil terror a la muerte al descubrirse extraviado en medio de la tormenta de arena, entre la inclemencia y los cangrejales que rodean el Hotel Central del balneario Bosque del Mar (dizque “el paraíso del hombre de letras”), el incontinente torbellino de su monólogo expresa la dimensión de su cobardía, de su fobia e inmoralidad que oculta y maquilla tras su imagen de doctor respetable metido a detective de salón y sobremesa.

    
(Alianza/Emecé, 5a ed., Madrid, 1985)
           En tales proyecciones especulares descuella el carácter novelesco de la obra. Se trata de una ficción, de un divertimento, feliz e inocuo, frente al hecho, muchas veces jaculatorio, de que la narración policíaca, aunque no se lo proponga, siempre resulta crítica por el lance de aludir a una sociedad enferma, pestilente y corrompida que se incrimina y castiga a sí misma, muchas veces desde parámetros que ponen en tela de juicio los procedimientos arbitrarios e ilegales de la policía y los designios dudosos de la llamada “Justicia”, sobre todo cuando no se incurre en el detestable e infantil maniqueísmo (por lo regular norteamericano y de churro hollywoodense) de confrontar a los buenos (los detectives) contra los malos (los criminales). De ahí que resulte ineludible citar el lapidario epígrafe de Honoré de Balzac que preludia a El Padrino (1969), la gran novela sobre la mafia de Mario Puzo adaptada al cine: “Detrás de cada fortuna hay un crimen”.  

Atrás: Silvina Ocampo y Cecilia Boldarin
Al frente: Georgie, María Esther Vázquez, Marta Bioy Ocampo y Adolfito
Mar del Plata, febrero 21 de 1964
  El doctor Humberto Huberman ha ido al Hotel Central de Bosque del Mar a pasar unas vacaciones y para aprovechar el retiro y la soledad que le permitan escribir la adaptación cinematográfica, nada menos que del Satyricón de Cayo Petronio, “a la época actual y a la escena argentina”, encargo ex profeso de la Gaucho Film, Inc. Allí, en ese sitio rodeado de tormentas de arena, de nidos repletos de cangrejos, de arenales movedizos y de un océano enloquecido cuya marea sube vertiginosamente devorando grandes distancias, al ocurrir el envenenamiento de una fémina y mientras se dilucida si fue suicidio o asesinato y quién es el asesino o los asesinos o los cómplices, le toca permanecer encerrado con los otros vacacionistas y con el personal del hotel, a quienes luego se añaden el hombre de las pompas fúnebres, dos gendarmes, el comisario Raimundo Aubry y el doctor Cecilio Montes, su alcohólico adjunto —traídos ex profeso de Salinas en el Rickenbacker del hotel—, los encargados de las pesquisas policiales, en cuyos rasgos se proyectan las célebres sombras imaginadas en 1887 por el escocés sir Arthur Conan Doyle: Sherlock Holmes y el doctor Watson, que sin buscarlo le sugirió Edgar Allan Poe (Borges dixit). Mientras se esclarece el meollo del crimen a través de varias investigaciones e hipótesis detectivescas —no sólo de los policías—, en un margen de seis días ocurren una serie de situaciones equívocas y difusas que aparentemente señalan como culpable (o cómplice) ya a alguno, ya a otro de los circunstantes, y que continuamente dan giros y sorpresas inesperadas, quitando y añadiendo datos y matices.

       
Silvina Ocampo en 1959
Foto: Adolfo Bioy Casares
     Hay que subrayar, sintéticamente, que la naturaleza libresca y la condición de escritores que definían a Silvina Ocampo y a Adolfo Bioy Casares está lúdicamente cernida en la anécdota y en la delineación de sus personajes, e implícita en frases como la siguiente que apunta el doctor Huberman: “El destino de todos nosotros, los escritores que obedecemos al llamado de la vocación y no al afán del lucro, es una continua busca de pretextos para diferir el momento de tomar la pluma.”

 
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
  El doctor Humberto Huberman, además de médico y adaptador de obras literarias a guiones cinematográficos —Borges y Bioy publicaron dos guiones de cine en un mismo libro: Los orilleros y El paraíso de los creyentes (Buenos Aires, 1955)— es un conocedor de literatura que sostiene diálogos literarios con el comisario Raimundo Aubry; éste, al hablar sobre el laberinto de sus reflexiones detectivescas, salpica sus palabras con citas de Victor Hugo. Mary —la envenenada con estricnina diluida en una taza de chocolate— era una solterona y maniática traductora de obras policíacas que llevaba siempre consigo todos los libros traducidos por ella, las versiones originales del autor, sus versiones manuscritas, las mecanografiadas y las pruebas de imprenta. Al Hotel Central, próximo al Hotel Nuevo Ostende, no sólo cargó con todo esto, sino que también se encontraba allí traduciendo un libro de Michael Innes, mientras departía con su hermana Emilia y el novio de ésta. Y es precisamente un fragmento de una novela de Eden Phillpotts donde se habla de suicidio (desde luego tomado de un manuscrito hecha por la misma mujer), uno de los elementos clave, junto con el robo de las joyas de la envenenada, utilizados por un personaje con doble identidad (Enrique Atuel e inspector Atwell) para alterar el sentido de los hechos y el rumbo de la investigación policíaca. El solitario niño Miguel Fernández, con “cara de laucha”, sobrino de la patrona del Hotel Central, extraño y tenebroso taxidermista, tiene su habitáculo en el cuarto de los baúles (un rincón sombrío y apartado de la hostería) y utiliza como un punto de sus oscuros y cruentos juegos el Joseph K, un velero encallado en la playa. Navío, que no obstante su inutilidad, al término de la novela desaparece del mapa durante la tormenta de arena que mantuvo a los circunstantes encerrados en el hotel —con calor, falta de aire y moscas perseguidas por el matamoscas de una obesa dactilógrafa (“atareada encarnación de Muscarius, el dios que alejaba a las moscas de los alteres”)—, llevándose así los enigmas más enigmáticos del niño, pese a los secretos que revela en una póstuma carta que le deja a Paulino Rocha, el boticario de la Farmacia Los Pinos del balneario Bosque del Mar, quien le enseñara el procedimiento de “la conservación de las algas”.


Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Los que aman, odian. Colección Andanzas núm. 101, Tusquets Editores. Barcelona, septiembre de 1989. 160 pp.


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Los que aman, odian (2017), película dirigida por Alejandro Maci, basada en la novela homónima de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.