sábado, 14 de septiembre de 2019

Las fiestas de Frida y Diego

Me he de comer esa tuna
                               
I de III
De 1994 data la primera edición de Las fiestas de Frida y Diego. Recuerdos y recetas (tal año también se imprimió en inglés). Y de 2007 es la presente edición de Editorial Patria impresa en Japón. Con portada de Carlos Aguirre y diseño de Julio Vega, se trata de un vistoso libro con sobrecubiertas y pastas duras e iconografía a color y en blanco y negro (casi toda reproducida en términos aceptables), donde destaca el anecdotario memorioso y gastronómico de Guadalupe Rivera Marín (México, octubre 23 de 1924) —hija de Lupe Marín (1895-1983) y del pintor Diego Rivera (1886-1957)—, lo cual condimenta y sazona el carozo de la mazorca: “más de 100 recetas de la comida tradicional [auténticos delirios para el paladar y la gula] que a Diego le gustaba y que a Frida [dizque] le encantaba preparar”, “adaptadas por Laura B. de Caraza Campos”. Todo ello ilustrado con el montaje escenográfico de numerosas exquisiteces culinarias dirigido por Marie-Pierre Colle Corcuera, cuyos detalles fueron puestos en página a través de las imágenes en color de Ignacio Urquiza, fotógrafo de publicidad.
(Editorial Patria, 3ª ed., Japón, 2007)
  Para no desentonar con la tradición y el folclor, no faltan los prietitos en la sopa de letras e imágenes; por ejemplo, en la página 137 se reproduce a color el cuadro de Frida: Naturaleza muerta con pitahayas (óleo sobre lámina, 1938) —según dice Martha Zamora en la página 301 de su edición de autor del volumen Frida, el pincel de la angustia (México, 1987), “Se desconoce su paradero”—, pero lo que debería estar a la derecha está en la izquierda y viceversa. Y en la página 218 la reproducción en color de Naturaleza viva (óleo sobre masonite, 1952) está mutilada en la parte inferior. Y en la página 46 se dice que se ven “Peras con anís”, pero lo que se aprecia en la foto a color son tunas verdes y no blancas, como deberían ser, según se indica en la receta correspondiente: “Tunas blancas al anís”. 

Naturaleza muerta con pitahayas (1938),
óleo sobre lámina de Frida Kahlo.
Así se reproduce en la página 137 de Las fiestas de Frida y Diego,
pero lo que debería estar a a la derecha está en la izquierda y viceversa.
       
Naturaleza viva (1952),
óleo sobre masonite de Frida Kahlo.
Así se reproduce en la página 218 de Las fiestas de Frida y Diego,
con la parte inferior mutilada.
     
Dizque “Peras con anís (pues son tunas verdes),
imagen correspondiente a la receta “Tunas blancas al anís
que se lee en Las fiestas de Frida y Diego (2007).
Foto: Ignacio Urquiza
      Otros pies de foto resultan sospechosos; por ejemplo, bajo la imagen a color y actual de una vendedora de flores con mandil y pelo cano (pero no viejita ni muy viejecita) se dice que es “La marchante, vendedora de flores del mercado de Coyoacán que le vendía a Frida sus flores favoritas”. ¿Será? ¿Habrá vivido tanto tan conservada? La misma duda surge cuando se leen otros pies de fotos a color: la rústica mesa con la “Comida en casa de don Tomás Teutli y su esposa, doña Rosa, en Teotihuacan”, a donde la narradora dice que fue y comió con Frida en marzo de 1943 durante una salida furtiva de la Casa Azul.

En el ámbito del recelo, llaman mucho la atención dos pies: “Un rincón de la azotea de Tina Modotti con el tequila y los limones listos para servirse”; y “La mesa del banquete de bodas de Diego y Frida, recreado para la fotografía en la azotea de Tina Modotti”. 
Frida Kahlo y Diego Rivera el día de su boda
Agosto 21 de 1929
Foto de estudio atribuida a Víctor Reyes
  Tal matrimonio se efectuó el 21 de agosto de 1929 en el registro civil de la Villa de Coyoacán, a unos pasos de la Casa Azul. Desde fines de 1926, Tina vivía hasta el centro de la Ciudad de México, en el quinto piso del Edificio Zamora (la Torre de Pisa) ubicado en la esquina de Atenas y Abraham González 31, departamento que por alrededor de tres meses compartió con el líder cubano Julio Antonio Mella, precisamente hasta que pasadas las 10:40 de la noche del 10 de enero de 1929 fue balaceado en Abraham González, al parecer, por órdenes de Gerardo Machado, el dictador de Cuba (en septiembre de 1928, en el puerto de Veracruz, Mella —cuyo nombre real era Nicanor MacPartland— intentó organizar una guerrilla para derrocar tal dictadura y en La Habana recién se le difamaba de haber “profanado la bandera cubana durante un acto en la ciudad de México” ocurrido el 15 de diciembre de 1928); comenzó entonces un embarazoso y difícil proceso judicial y político contra Tina, que además de suscitar el registro y el saqueo de su hábitat por policías sin escrúpulos (se llevaron papeles, fotos y cartas íntimas), fue ensuciado con difamaciones en la prensa derechista, con encono en el Excélsior. Al término fue absuelta de participar en el crimen. Pero a escasos siete meses del asesinato de Mella y luego de tal embrollo judicial que incidía en su temor de que la expulsaran del país aplicándole el artículo 33 de la Constitución (lo que finalmente ocurrió casi un mes después de que el 5 febrero de 1930 se sucediera el fallido atentado contra el presidente Pascual Ortiz Rubio, precisamente el día que asumió el cargo y se le involucrara el día 7), ¿por qué se efectuó allí tal juerga? ¿Acaso porque el Edificio Zamora era “refugio de escritores, artistas y radicales bohemios”? Pues si en el departamento de Tina confluían comunistas (entre ellos miembros extranjeros del Comité Central del estalinista PCM), exiliados latinoamericanos y algunos otros que celebraban francachelas (como los condiscípulos de Julio Antonio Mella en la facultad de derecho de la Universidad Nacional), por la época de la boda de Diego y Frida, ante la efervescencia social en medio de la Guerra Cristera y del Maximato y de la inminencia de las elecciones presidenciales tras el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón el 17 de julio de 1928 en el restaurante La Bombilla en San Ángel, además de que habían ocurrido asesinatos de comunistas y una redada en el PCM y la clausura del periódico El Machete el pasado 6 de junio, el gobierno de Emilio Portes Gil —presidente interino entre el 1 de diciembre de 1928 y el 5 de febrero de 1930— amenazaba “con deportar a los todos los comunistas extranjeros”.

Campesinos leyendo El Machete (México, 1929)
Foto: Tina Modotti
Margaret Hooks, en Tina Modotti: fotógrafa y revolucionaria (Plaza & Janés, 1998), dice que el “modesto departamento” de Tina tenía “tres habitaciones con pisos de madera y techos altos”, cuyo “cuarto de servicio” en la azotea convirtió “en un sencillo estudio que dominaba la maravillosa vista de los volcanes”; y que entre sus vecinos figuraron o figuraban las hermanas Campobello (Nellie y Gloria); Bruno Traven (¿con tal identidad?), autor de El tesoro de la Sierra Madre (1927); y dos cercanos amigos de Tina: Frances Toor (la Paca), directora de la revista bilingüe Mexican Folkways, cuyo departamento también estaba en el quinto piso y las oficinas de la publicación en la planta baja, donde Diego, Mella y Tina colaboraban y donde ésta, hacia principios de 1927, ya fungía como “editora auxiliar” (según Margaret, la aventura erótica entre Diego y Tina data de la primera mitad de 1927, cuando ella fotografiaba los murales de la SEP); y Carleton Beals, célebre periodista de la época y corresponsal de The Nation, quien en 1925 tuvo un breve amorío con Mercedes, la hermana mayor de Tina, y quien además fue testigo de los últimos minutos de Mella en el quirófano de la Cruz Roja.  

Las camaradas Tina Modotti y Frida Kahlo
(México, 1928)
  Según Margaret Hooks, “Tina les prestó el estudio que tenía en la azotea para llevar a cabo la fiesta” de la boda; y que se dice que Rivera sacó la pistola para darle “al fonógrafo y desistió sólo cuando Tina le dijo que se lo había prestado un amigo”. Y entre las pintorescas anécdotas, Margaret afirma que desde fines de 1927 Tina tenía carnet del PCM y que fue ella —y no el pintor— quien hacia 1928 introdujo a Frida a tal militancia; que fue en su departamento donde en alguna borrachera Frida y Diego se conocieron (él sacó la pistola y perforó una foto); que Tina alentó a Frida “a vestir de manera más sobria, como era ‘propio’ de una comunista”: con “falda y blusa sencillas, un estilo que era el sello particular de Tina”; más o menos a imagen y semejanza a como Diego las pintó (“testimonio de su amistad”), en 1928, repartiendo municiones y armas a los milicianos en el panel En el arsenal —ubicado en el tercer piso de los murales de la SEP (contando la planta baja), y que es la escena que inicia el Corrido de la Revolución Proletaria—, donde también se ven los rostros de otros comunistas: David Alfaro Siqueiros, Julio Antonio Mella y Vittorio Vidali, y donde el broche que lleva Frida en la camisola, con la hoz y el martillo, fue “un obsequio de Tina”; vestimenta muy parecida a la que Frida, con 21 años de edad, llevaba puesta cuando Tina Modotti la fotografió en una imagen que se muestra en la página 187 del susodicho libro de Margaret Hooks, cuyo pie reza: “Diego Rivera y Frida Kahlo con miembros del Sindicato de Pintores, Escultores y Grabadores Revolucionarios durante la manifestación del Primero de Mayo, 1929.” 

Detalle del panel En el arsenal (1928),  fresco de Diego Rivera,
primera escena del Corrido de la Revolución Proletaria,
ubicado en el tercer piso de la Secretaría de Educación Pública.
   
Diego Rivera y Frida Kahlo con miembros del Sindicato de Pintores, Escultores y Grabadores
Revolucionarios durante la manifestación del primero de mayo de 1929

Foto: Tina Modotti
       Hayden Herrera, en la página 93 de Frida: una biografía de Frida Kahlo (Diana, 9ª ed., marzo de 1991), dice que “Andrés Henestrosa recuerda que la fiesta se llevó a cabo en la azotea de la casa de Tina Modotti. ‘Había prendas de ropa interior tendidas en la azotea para que se secaran. Daban buen ambiente para una boda’.” Tal cachonda y odorífica aseveración (quizá imaginaria y onanista) remite a la belleza natural de Tina, a su leyenda de femme fatal y libertina devoradora de hombres, y desde luego a la serie de retratos de su rostro y de desnudos en la azotea que le hizo Edward Weston, sin olvidar los desnudos alegóricos (La tierra dormida y Germinación) en los murales que Diego Rivera pintó al fresco, en 1926, en la ex Hacienda de Chapingo.

Tina Modotti en la azotea (Ciudad de México, 1924)
Foto: Edward Weston
  Pero Hayden también anota que Frida dijo que la bacanal del bodorrio se efectuó en otro lado: “Ese día nos hicieron una fiesta en la casa de Roberto Montenegro. Diego se puso una borrachera tan espantosa con tequila que sacó la pistola y rompió el dedo meñique de un hombre, además de otras cosas. Luego nos peleamos. Salí llorando y me fui a mi casa. Pasaron unos días hasta que Diego fue a recogerme y me llevó a la casa ubicada en el número 104 de Reforma.”

Frida Kahlo y Diego Rivera
(San Ángel, 1941)
Foto: Nickolas Muray
Dice Margaret Hooks que en junio de 1929 en el PCM “comenzaron las purgas de ‘derechistas’ acusados de extrema cercanía con el gobierno ‘burgués’ y de trotskistas”, y que en tal entorno donde sobresalían los comunistas extranjeros (Vittorio Vidali, Joseph Freeman), Diego ya estaba en la mira, pues era conocida su simpatía hacia Trotsky.

Entre las páginas 191 y 196 de Tina Modotti. Una mujer sin país. Las cartas a Edward Weston y otros papeles personales (Cal y Arena, 2ª ed., 2001), Antonio Saborit tradujo del inglés una carta de ella a Weston, en cuya postdata del 18 de septiembre de 1929 hay un pasaje donde brevemente alude la recién boda de Diego y Frida, y el meollo de su acérrima postura y disciplina estalinista y por ende de su distancia del pintor, quien, dice, acababa de ser expulsado del Partido Comunista Mexicano:
Tina Modotti y Edward Weston celebrando su “aniversario
México, 1924

Foto de estudio de autor anónimo
“[...] ¿No te había dicho que Diego se casó? Eso iba a hacer. Una muchacha encantadora de diecinueve años, de padre alemán y madre mexicana; pintora. ¡A VER QUÉ SALE! Su nueva dirección es: Paseo de la Reforma 104.

“Pero la noticia más sorprendente sobre D[iego] es otra, que mañana llegará a todos los rincones del mundo, sin duda tú te vas a enterar antes de que esta carta llegue: Diego fue expulsado del partido. La decisión se tomó apenas anoche. Razones: que los numerosos trabajos que aceptó últimamente del gobierno —decorar el Palacio Nacional, la Dirección de Bellas Artes, decorar la nueva Secretaría de Salubridad— son incompatibles con un militante activo del p[artido]. No obstante el p[artido] no le pedía que dejara su puesto, lo único que le pidieron fue que se manifestara públicamente diciendo que asumir estos trabajos no le impedía luchar en contra del actual gobierno reaccionario. Toda la actitud de él últimamente ha sido muy pasiva en lo relacionado con el p[artido] y no quiso firmar la declaración, por lo que lo expulsaron. No queda otra alternativa. Te das cuenta que este asunto tiene muchos flancos, todos sabemos que él es mucho mejor pintor que miembro del p[artido] por lo que el p[artido] no le pedía que abandonara la pintura, no, lo único que le pidieron que hiciera era una declaración y hasta ahí. Todos sabemos que el gob. le confió todos estos trabajos precisamente para sobornarlo y para poder decir: ¡Los rojos dicen que somos reaccionarios, pero vean, permitimos que Diego Rivera pinte todos los martillos y las hoces que quiera en los edificios públicos! ¿Ves la ambigüedad de su postura?
“Yo creo que su salida del partido le hará más daño a él que al p[artido]. Se le considerará, y eso es lo que es, un traidor. No tengo que agregar que yo también lo veré como tal, y a partir de ahora toda mi relación con él se limitará a nuestras transacciones fotográficas. Por lo tanto te agradeceré que trates directamente con él lo relacionado con su trabajo.
Hasta luego querido”.


II de III
Las fiestas de Frida y Diego. Recuerdos y recetas (2007)
Contraportada

En las Las fiestas de Frida y Diego. Recuerdos y recetas abundan las fotos de la recreación de ciertas bebidas y platillos de la cocina tradicional de México y de ciertos ingredientes y recipientes de la artesanía mexicana, como pueden ser la “Cazuela con mole poblano y los ingredientes para su preparación en la cocina de la Casa Azul”; “La tradicional capirotada servida en un platón poblano de vidrio prensado”; las “Guayabas en sancocho servidas en un platón de Tzintzuntzan pintado a mano”; la “Sopa de ostiones servida en un plato de barro de Michoacán; el vaso pintado a mano es poblano”; las “Chalupas verdes y rojas en un plato oaxaqueño”; el “Atole de fresa servido en loza pintada a mano de Guanajuato”; las “Enchiladas tapatías en un platón oaxaqueño; el collar de plata es de Yalalag”; la “Sopa de flor de calabaza servida en una sopera poblana”; el “Consomé de gallina con sus guarniciones”; la “Sopa seca de fideos con rodajas de aguacate”; las “Lenguas de gato y rompope en una jarra de Guadalajara”; los “Merenguitos servidos en una dulcera de Michoacán”; el “Pan de muerto y calaveras para las fiestas de noviembre”, en cuyas etiquetas se leen los nombres de “Diego” (la más grande), “Frida” (la mediana), y “Piquitos” y “Ruth” (las más pequeñas); esto último es así porque a Guadalupe Rivera Marín le decían de cariño Pico o Piquitos, mientras que a Ruth, su hermana menor, le decían Chapo, por prieta linda, es decir, por dizque ser más negra que el chapopote. 
Diego Rivera con su hija Guadalupe Rivera Marín (c. 1927)
  Pero también en el volumen hay imágenes de vistas de interiores y exteriores, de objetos y de otros montajes escenográficos, como la imagen a color de la “Naturaleza muerta con maíz, inspirada en un cuadro de Frida”; la “Naturaleza muerta con bandera mexicana inspirada en un cuadro” de la misma artista; el “Rebozo tricolor anudado para celebrar las fiestas patrias”; “El comedor de la casa colonial de Antonio y Francesca Saldívar, en el que se recreó la decoración de Frida para las fiestas patrias”; “La mesa puesta [en una trajinera] para almorzar en los canales” de Xochimilco; las “Trajineras en los canales de Xochimilco y marchantes en sus chalupas”; “La pirámide del Sol en Teotihuacan”; “El Anahuacalli, el estudio que Diego mandó construir con piedra volcánica en San Pablo Tepetlapa”; una “Santa Cruz [que] protege a los albañiles durante la construcción”; los “Arcos de entrada al zócalo [más bien al parque] de Coyoacán donde Frida paseaba en las mañanas”; “Una canasta con el almuerzo, como las que Frida le preparaba a Diego cuanto éste estaba pintando los murales, en el patio de la Casa Azul”; los “Camarones en escabeche en el comedor de la Casa Azul”; los “Jarritos de Michoacán con el delicioso caldo de camarón”; la “Preparación de las tortillas en la cocina de la Casa Azul”; “La mesa puesta en honor de Frida, para celebrar su cumpleaños, con un mantel de plástico de vivos colores, del tipo que ella adoraba”; una “vista del patio [...] desde el comedor de la Casa Azul”, en cuya mesa hay “Mouse de mamey”; “Una calavera con el nombre de Frida”; el “Altar de muertos en honor de Frida en el Museo estudio de Diego Rivera” (en San Ángel Inn); la “Pieza central [un foto de la pintora] del altar de muertos dedicado a” ella; “Los pinceles de Frida [que] aún cuelgan del trastero en su estudio de la Casa Azul”; “Un rincón de la cocina [de ésta], decorada con azulejos poblanos y amarillos. [Donde] El nombre de Frida está formado con ollitas de barro”; el “Detalle de uno de los vestidos de tehuana de Frida”; el “Álbum de fotografías de Frida que se exhibe en el Museo Frida Kahlo”; “Una hoja de la libreta donde Frida apuntaba las pinturas que vendía”; un “Guardapelo con un retrato de Frida”; un “Detalle de la decoración del comedor en la Casa Azul”; los “Gaznates y mostachos sobre la mesa [repleta y rodeada de objetos], en un rincón del estudio de Diego, en la Casa Azul, que se construyó para Frida”; unos “Niños [de yeso policromado] vestidos para la fiesta de La Candelaria en el mercado de Coyoacán”; una perspectiva de “El patio de la Casa Azul”; la “Alacena de madera pintada a mano en el comedor. La mesa también está pintada de amarillo, que era el color favorito de Frida para la decoración de la Casa Azul”. Tal color: “el profundo azul cobalto” 
—dice Guadalupe Rivera Marín— era “considerado protector contra los espíritus malignos acompañado del rojo y el verde”.
Autorretrato con marco  o Frame (c. 1939),
óleo sobre aluminio con cristal sobrepuesto, de Frida Kahlo
Autorretrato con chango y loro (1942),
óleo sobre masonite de Frida Kahlo
       
Naturaleza muerta (1942),
óleo sobre lámina de Frida Kahlo
     
La novia que se espanta de ver la vida abierta (1943),
óleo sobre tela de Frida Kahlo
        Además del citado óleo sobre lámina: Naturaleza muerta con pitahayas (1938), hay reproducciones a color de otras pinturas de Frida, que están allí porque la narradora, en su mayoría, las alude en sus anécdotas: Autorretrato con marco o Frame (óleo sobre aluminio con cristal sobrepuesto, c. 1938) —que es el cuadro (“con marco integrado y dos pájaros”) que le compró el Louvre cuando en 1939 participó en Mexique, en la Galería Renou & Colle de París, la exposición colectiva y antológica inicialmente pergeñada por André Breton durante su viaje al país mexicano (entre abril 18 y agosto 1 de 1938)—; Autorretrato con chango y loro (óleo sobre masonite, 1942); Naturaleza muerta (tondo, óleo sobre lámina, 1942) —hecha por encargo para la esposa del general Manuel Ávila Camacho, pero luego rechazada por ella debido a que le pareció obscena—; La novia que se espanta al ver la vida abierta (óleo sobre tela, 1943) y el susodicho Naturaleza viva (óleo sobre masonite, 1952).

Diego y Frida en el comedor de la Casa Azul (1941)
Foto: Emmy Lou Packard
Frida en el portón de la iglesia de Coyoacán (1937)
Foto: Fritz Henle
Por si fueran pocas las delicias y los canapés, en el disperso tentempié visual se observan conocidos retratos fotográficos; por ejemplo: la imagen de la joven Frida que Guillermo Kahlo, su padre, le tomó y fechó el 16 de octubre de 1932 (Matilde Calderón, su madre, había fallecido el pasado 15 de septiembre); la foto que Emmy Lou Packard, en 1941, les tomó a Diego y a Frida en el comedor de la Casa Azul; Frida en el jardín de ésta, foto sin fecha de Guillermo Zamora, de quien también se ve otra donde está con Diego, al pie del estudio de ella en la Casa Azul; Frida en el mismo ámbito del jardín, pero en otro punto y bajo una perspectiva más amplia, donde se le ve con uno de sus perros xoloescuincles (o itzcuintlis) y que es una imagen de una serie que allí le hizo Gisèle Freund en 1951; una de las llevadas y traídas fotos de estudio que documentan la boda de Frida y Diego, atribuidas a Víctor Reyes; una de las imágenes que Fritz Henle le hizo, en 1937, al pie del regio portón de madera de la iglesia de Coyoacán, donde con su rebozo en la cabeza semeja una hermosa devota saliendo de misa; Diego y Frida besándose en un andamio frente a los murales en proceso de él en Detroit (por ende es 1932), la cual, según se dice vagamente en los “créditos”, fue “tomada por el fotógrafo de [la] Ford Motor Company para el Instituto de Arte de Detroit”; y, entre otras imágenes, figura uno de los espléndidos retratos donde Frida Kahlo posa con un sencillo rebozo de campesina mexicana, grandes aretes de reminiscencias aztecas y un collar de gruesas piedras (quizá de jade), que Imogen Cunningham le tomó en San Francisco en 1930. 

Frida Kahlo en San Francisco (1930)
Foto: Imogen Cunningham

III de III
La voz que articula y le da sentido a Las fiestas de Frida y Diego. Recuerdos y recetas es la voz de Guadalupe Rivera Marín, quien en 2006 condujo y cocinó en una serie de trece programas televisivos del Canal 22 (canal del CONACULTA): La cocina de Diego y Frida. El sabor de un mundo, mientras charlaba con un singular invitado no menos parlanchín: Gilberto Aceves Navarro, Ofelia Medina, José Luis Cuevas, Gerardo Estrada, etcétera. Es decir, luego de un par de anecdotarios preliminares de Guadalupe Rivera Marín: “Una historia de familia” y “La vida al lado de Frida”, siguen los siguientes doce capítulos, donde en cada uno, amén de algunas vivencias personales salpimentadas con detalles culinarios, memoriosos y costumbristas, bosqueja un banquete o un festín ocurrido en cada mes del año (varias veces relativo a una arraigada celebración tradicional de la cultura mexicana), cada uno complementado por su menú y sus correspondientes recetas y los modos de hacerse y servirse, pues según dice y lo puntualiza a lo largo del libro, entre 1942 y 1943 ella vivió más de un año en la Casa Azul de Coyoacán, y por ende Frida es el epicentro de sus evocaciones y de las recetas: “Agosto: La fiesta de bodas de Frida y Diego”, “Septiembre: Las fiestas patrias”, “Octubre: Mi fiesta de cumpleaños”, “Noviembre: Días de Todos los Santos y de Fieles Difuntos”, “Diciembre: Las posadas y el fin de año”, “Enero: La Rosca de Reyes”, “Febrero: Un bautizo, el día de La Candelaria”, “Marzo: Teotihuacan, donde viven el Sol y la Luna”, “Abril: Xochimilco: un paseo en trajinera”, “Mayo: La fiesta de la Santa Cruz”, “Junio: La comida de manteles largos” y “Julio: El cumpleaños de Frida”.
Diego mordiendo un taco de albañil
Diego con su hija Ruth a punto de romper el hueso de la buena suerte
tras devorar una pechuga de guajolote en mole poblano (México, 1955)
Foto: Héctor García
   A ojo de buen cubero, lo más certero entre lo certero son las recetas, pues las reminiscencias y los datos que bosqueja Guadalupe Rivera Marín no están exentos de leyendas, omisiones y errores. 

Diego Rivera y su hija Guadalupe Rivera Marín
  Se dice que el muralista era un gran fabulador. Y esto también se alude casi al inicio de Encuentros con Diego Rivera (Siglo XXI, 1993), volumen polifónico, misceláneo e iconográfico —no exento de yerros y contradicciones— coordinado por ella y su erudito sobrino Juan Rafael Coronel Rivera: “Mi padre lo inventaba todo, todos los días, afirma su propia hija Guadalupe Rivera Marín [...] con una mezcla de asombro y de admiración, que además define el descomunal espíritu creativo que animaba al artista.” Pues de tal palo, tal astilla, dado que ella no canta mal las rancheras (incluidas las que cantaba Frida a todo tequila y gaznate pelado con Concha Michel e Isabel Villaseñor, la estrella de Maguey, capítulo de ¡Que viva México!, el filme cuyo rodaje y edición Serguei Eisenstein no concluyó), que es artista de la cocina y de la palabra. Por ejemplo, en Las fiestas de Frida y Diego afirma que cuando Rivera pintaba La Creación (1922-1923) en el Anfiteatro Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria, “José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Rufino Tamayo iniciaban otros murales en el claustro del ex colegio jesuita; los estudiantes —entre ellos Frida— agredían de palabra y obra no sólo a Diego sino a los demás pintores, cuyas obras y motivos no les convencían y querían destruirlos a como diera lugar.”

 
Credencial escolar de Frida Kahlo (1922)
       
Frida y los Cachuchas
      Quizá la adolescente Frida y sus compinches los Cachuchas (entre ellos su novio Alejandro Gómez Arias, futuro líder estudiantil que pugnaría por la autonomía universitaria) estaban entre tales lenguaraces y rijosos (ella estudió allí entre inicios de 1922 y el 17 de septiembre de 1925, día del fatídico accidente), pero Rufino Tamayo no pintó ningún mural en San Ildefonso y el primero que hizo, El canto y la música, data de 1933 y lo plasmó en el entonces Conservatorio Nacional de Música, ubicado muy cerca de allí, en la calle Moneda del actual Centro Histórico de la Ciudad de México.

Guadalupe Rivera Marín
  Según Lupe Rivera Marín (quien estudiaba derecho y era novia del futuro presidente Luis Echeverría), el padre de Frida departió con ellas (y otros comensales e invitados) la rosca de reyes de enero de 1943, pero Guillermo Kahlo había fallecido el 14 de abril de 1941. Por ende también yerra cuando narra que semanas después, antes del día de La Candelaria (2 de febrero), durante una visita a las librerías de viejo “ocurrió algo muy curioso; en una de ellas encontramos el álbum formado con las fotografías tomadas por el padre de Frida, Guillermo Kahlo, en 1910, con motivo de las fiestas del Centenario de la Independencia. Fue una grata sorpresa, pues las fotos estaban en perfectas condiciones y permitían apreciar la congruencia que existía en aquella época entre la arquitectura y el paisaje, en tanto el centro de la ciudad, con sus monumentos y edificios señoriales, parecía formar parte —en menor escala— de cualquier país europeo. El álbum fue un gran obsequio para el ilustre fotógrafo.”

Guillermo Kahlo (1872-1941)
Autorretrato
  Dice la narradora que su abuela materna, Isabel Preciado, le regaló dos tomos decimonónicos titulados Recetas clásicas para las señoras de la casa, que “las damas tapatías de su época” utilizaban para cocinar; y que Frida le mostró en la Casa Azul, y tiempo después también le regaló, el Nuevo cocinero mejicano; libro que, según dice, había sido de doña Matilde, la madre de la pintora (cosa curiosa, pues Matilde Calderón y González, si bien era iletrada cuando el 21 de febrero de 1898 se casó con Guillermo Kahlo Kaufmann, luego aprendió a leer y a escribir con dificultades), del cual en la página 15 se observan las pequeñas reproducciones en color de dos páginas, donde se lee que fue impreso en París, en 1888, por la Librería de Chevalier Bouret; y que en la Ciudad Luz tenía una dirección: “Rue Visconti, 23”; y en la Ciudad de los Palacios otra: “Cinco de Mayo, 14”.

Isabel Preciado y Francisco Marín
(Guadalajara, 1924)
Foto: Edward Weston
       
Matilde Calderón y González
(1876-1932)
     
Nuevo cocinero mejicano (1888)
     
Nuevo cocinero mexicano (1888)
   
La otra fiesta:
doña Matilde, mamá de Frida, dándole de comer a los perros de la Casa Azul

(junio 30 de 1932)
          Con la misma sazón de la leyenda —aroma y sabor que impregna cada amena y deliciosa página (incluidas las recetas)— la narradora dice que su madre Lupe Marín (quien otrora le preparó a Diego “una sopa de ídolos para vengarse de su indiferencia con el mantenimiento de su casa y de sus hijas”) enseñó a cocinar a Frida, lección que por igual se puntualiza en el susodicho volumen Encuentros con Diego Rivera; por ejemplo, en un rótulo que figura al pie de una pequeña reproducción de un cuadro de la artista: “Lupe Marín enseñó a Frida a preparar la comida favorita de Rivera. En agradecimiento, Frida pintó para ella este retrato en 1929”. También narra que hubo ocasiones en que cocinaron juntas; por ejemplo, en la casa de Tampico 8, cerca de Chapultepec, que hacia 1930 compartieron con Diego y Frida, quienes ocuparon la planta baja, en tanto que en el tercer piso se instalaron las niñas Pico y Chapo, el poeta Jorge Cuesta y Lupe Marín, quien el 13 de marzo de tal año parió al bebé Lucio Antonio Cuesta Marín, el único hijo que tuvo con el más triste de los alquimistas, mas no cuenta una palabra de esto ni del grave deterioro psíquico que la fémina sufrió después del nacimiento; pero sí dice que Lupe Marín cocinó para la comilona de las bodas de Diego y Frida (aunque también afirma que hubo botanas y platillos preparados por las cocineras de un mercado), quesque celebrada en la azotea del edificio de la calle Abraham González donde Tina Modotti vivía en el quinto piso, quien para ello hizo arreglitos “con los vivos colores de cientos de banderitas y hojas de papel picado, donde pendían del pico de tiernas palomas mensajes de amor.”

     
Lupe Marín y su hija Guadalupe Rivera Marín
       Guadalupe Rivera Marín, además, cuenta que se armó una bronca de película o de consabido churro hollywoodense y atolito con el dedo (para turistas, dieguistas, tinistas y fridomaníacos de hueso colorado): 

“La azotea de la casa de Tina, adornada profusamente con papel picado y serpentinas, se convirtió en un sitio alegre, lleno de color y sabor pueblerino. La concurrencia, acompañada por la música que un conjunto de mariachis tocaba sin cesar, esperaba la llegada de los novios entre tragos de tequila y mordidas de chicharrón con aguacate. El drama empezó en el preciso momento en que Lupe no pudo reprimir los celos y la emoción triunfó sobre sus buenas maneras; airada retó a Frida haciéndole notar sus defectos físicos:
“—Tú —le dijo a Frida— tienes las piernas flacas; yo, en cambio, mira qué piernas tengo.
“En seguida alzó las faldas de la novia y mostró a la concurrencia el defecto de Frida, consecuencia del ataque de poliomielitis ocurrido en su niñez.
“Frida respondió al agravio dando un buen empujón a Lupe, quien perdió el equilibrio y cayó al suelo. Diego las separó para evitar que corriera sangre.”
Pareja no identificada, Lupe Marín y Frida Kahlo con el rostro autorrecortado
Hotel Barbizon Plaza, Nueva York, 1933
Foto: Lucienne Bloch
  Hilarante anécdota que remite a otra no menos legendaria, risible y peliculesca donde también dizque estuvieron a punto de agarrarse del chongo y desgreñarse a patadas, rasguños y mordiscos, y que según Guadalupe Rivera Marín ocurrió en 1925, pero al parecer se equivoca de año, pues el fatal accidente en el camión que destrozó a la muchachita Frida sucedió el 17 de septiembre de 1925 y fue durante tal dolorosa y larga convalecencia cuando comenzó a pintar postrada en la cama. Posteriormente, dando el gatazo de rápida y excelente recuperación, fue a enseñarle varios cuadros a Diego, quien por entonces aún pintaba en los muros de la SEP y al parecer fue cuando germinó o se inoculó el gusanillo que los haría casarse el 21 de agosto de 1929 (hay quienes dicen que se reconocieron antes de tal reencuentro en la SEP: durante una fiesta en casa de Tina Modotti, de quien también se dice que introdujo a Frida en la Liga de Juventudes Comunistas). En 1928 —alrededor de un año antes de su matrimonio con la pintora, Diego ya se había separado de Lupe Marín, quien no obstante sus dos pequeñas hijas, había iniciado su relación amorosa con el poeta Jorge Cuesta, mientras el muralista aún estaba en Rusia celebrando el décimo aniversario de la Revolución de Octubre— pintó a Frida en el citado panel En el arsenal repartiendo armas y municiones junto con Tina Modotti. 
Lupe Marín y Frida Kahlo
La susodicha y peliculesca anécdota del pleito en la SEP, Guadalupe Rivera Marín la narra así: 

“Cuando Frida sanó, con algunas de sus obras bajo el brazo y ya decidida a cambiar la ciencia por el arte [había soñado con estudiar medicina], fue a buscar a Diego Rivera, quien ya pintaba en la Secretaría de Educación Pública [lo hizo en la planta baja y en el primero y en el segundo piso, entre 1923 y 1928]. Quería conocer la opinión del maestro y, de ser posible, que la aceptara como ayudante. Diego le aconsejó que continuara como pintora y le auguró un gran éxito artístico.
“Al dar por terminada la entrevista, apareció Lupe Marín cargando la canasta con la comida de su famoso marido. Furiosa, al reconocer a Frida, estuvo a punto de tirarle los platos a la cabeza para así calmar sus celos inauditos. Diego, entre risa y susto nervioso, intervino y separó a las dos fieras que peleaban por él.”




Guadalupe Rivera Marín y otros, Las fiestas de Frida y Diego. Recuerdos y recetas. Iconografía a color y en blanco y negro. Grupo Editorial Patria, 3ª edición. Japón, 2007. 224 pp.
Martha Zamora, Frida, el pincel de la angustia. Iconografía a color y en blanco y negro. 1ª edición de autor. México, 1987. 408 pp.
Margaret Hooks, Tina Modotti. Fotógrafa y revolucionaria. Traducción del inglés al español de Susana de los Ángeles Moreno y Margarita González. Iconografía en blanco y negro. Plaza & Janés, 1ª edición en español. México, noviembre de 1998.
Raquel Tibol, Palabras de Siqueiros. Selección, prólogo y notas de Raquel Tibol. FCE. México, 1996. 542 pp.
Hayden Herrera, Frida: una biografía de Frida Kahlo. Traducción del inglés al español de Angelika Scherp. Iconografía a color y en blanco y negro. Editorial Diana, 9ª impresión. México, marzo de 1991. 440 pp.
Antonio Saborit, Tina Modotti. Una mujer sin país. Las cartas a Edward Weston y otros papeles personales. Iconografía en blanco y negro. Traducción del inglés al español, edición y notas de Antonio Saborit. Cal y Arena, 2ª edición corregida y aumentada. México, diciembre de 2001. 288 pp.
Pablo Ortiz Monasterio y otros, Frida Kahlo. Sus fotos. Iconografía en sepia y a color. Editorial RM. China, 2010. 524 pp.


sábado, 31 de agosto de 2019

La metamorfosis y otros relatos

El zumbido de la mosca en la rama engomada

                                            Para Aris y Sophie la cantora



I de IV
En el inconsciente colectivo del disperso ámbito del idioma español es consabido e indeleble el eufónico retintín del íncipit de Don Quijote (1515): “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.” (Crítica, 2001). Y lo mismo sucede con Pedro Páramo (1955): “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.” Y con Cien años de soledad (1967): “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Si la prosa es la poesía que la poesía no es (Pasolini dixit), algo semejante tiene que ser en alemán el íncipit de “La transformación” (1915), el relato más celebérrimo de Franz Kafka (1883-1924), leído y popularizado en los oscuros y subterráneos túneles y luminosos recovecos de la aldea global del español con el título “La metamorfosis”. No obstante, en la lengua de Cervantes cunden hasta la saciedad las mil y una variaciones. Por ejemplo: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.” (Losada, 1943). “Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.” (Cátedra, 1985). “Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho.” (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2003). “Una mañana, cuando Gregor Samsa despertó, después de un sueño intranquilo, se encontró en su cama transformado en un monstruoso insecto.” (Navona, 2009). “Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso.” (Libros del Zorro Rojo, 2009). “Una mañana, al despertar de sueños intranquilos, Gregor Samsa se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho.” (Austral, 2010). “Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana de unos sueños intranquilos, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho.” (Cátedra, 2011). “Cuando una mañana Gregor Samsa despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto.” (Astiberri, 2011). “Cuando una mañana se despertó de un sueño agitado, Gregor Samsa se encontró en su cama transformado en un espantoso insecto.” (Alma Clásicos Ilustrados, 2018).
Alma Clásicos Ilustrados
Barcelona, 2018
       Esta última versión, publicada por Editorial Alma, se debe a un tal R. Kruger y figura en el título La metamorfosis y otros relatos (homónimo del citado libro impreso por Ediciones Cátedra en 1985 con el número 37 de la serie Letras Universales), con espléndidas ilustraciones y viñetas del artista argentino Santiago Caruso, listón separador, preciositas guardas, pastas duras y en relieve la tipografía central de la tapa (que parece articulada a mano con las numerosas patas de un insecto). Dado que en la página legal se enumeran sin fechas los “Títulos originales” en alemán (Die Verwandlung, Das Urteil y Brief an den Vater), se infiere que Kruger tradujo del idioma de Goethe los tres textos que conforman el libro de 144 páginas: “La metamorfosis”, “La condena” y “Carta al padre”. Y curiosamente se lee en la página 3: “Edición revisada y actualizada”; lo cual, además de ser un falaz eslogan de mercadotecnia (quizá los sedientos e insaciables lectores caigan y queden atrapados como moscas panzudas y zumbonas), implica las arbitrariedades que se aprecian en la edición y en la traducción. 

Por ejemplo, las ediciones críticas y anotadas de Cátedra (2011) y GG/CL (2003), cuya principal prerrogativa es ser los más fiel a las fuentes originales en alemán, argumentan que el título más certero (ideado por Kafka) para “La metamorfosis” es “La transformación”. Y por lo que se observa en las páginas interiores se ve que Kafka dividió tal relato en tres partes (figuran numeradas con romanos). No obstante, en el libro publicado por Editorial Alma se prescindió de tal división, que no es gratuita, puesto que el término de las dos primeras partes está signado por la violencia con que el padre acosa y ataca a su hijo Gregor Samsa (el monstruoso “escarabajo pelotero”) para recluirlo en su carcelaria recámara (paulatinamente convertida en una mugrosa y pestilente pocilga y en un polvoriento cuartucho repleto de tiliches y trebejos en desuso).  
   Vale apuntar, entonces, que la primera parte concluye cuando el padre, que ha hostigado a Gregor tronando bufidos (o silbidos) y blandiendo hacia él “un grueso periódico” y el bastón del “jefe de personal” (quien huyó despavorido del departamento dejando su abrigo, su sombrero y el bastón), le da un fuerte golpe que lo introduce “hasta el medio del cuarto”, donde queda herido e inconsciente. Es decir, según se lee en la página 28: el lento y torpe “Gregor, sin reparar en medios, se comprimió en el marco de la puerta [una hoja estaba abierta y la otra cerrada]. Se levantó de medio cuerpo. Quedó cruzado en el umbral, con el costado totalmente comprimido. En la pintura de la puerta se formaron unas manchas repugnantes. Se quedó allí atrancado, sin posibilidades de efectuar ningún movimiento. Las patitas de uno de los lados oscilaban en el aire y las del otro estaban penosamente apretujadas contra el suelo... En esa postura el padre le propinó un golpe contundente y liberador, que lo impulsó hasta el medio del cuarto, sangrando abundantemente. Después cerró la puerta con el bastón y todo pareció tornar a la calma.” 
   
Ilustración de Santiago Caruso
(detalle, p. 26-27)
       Mientras que la segunda parte del relato concluye de manera muy dramática, cuando el padre, recién llegado de su empleo embutido en su flamante (pero astroso) uniforme de ordenanza bancario, después de corretearlo en torno a la mesa del comedor, lo empieza a atacar lanzándole las manzanas del frutero y por ende una manzana le da en el caparazón y de nuevo lo deja herido e inconsciente (herida que se suma a la que unos minutos antes le causó su hermana Grete, pues al quebrar accidentalmente un frasco “una esquirla se clavó en la cara de Gregor, chorreándole un líquido cáustico”). 
     Ese dramático noqueo que corresponde al fin de la segunda parte del relato se lee así en la página 52 de Editorial Alama:
    “De repente, algo certeramente disparado cayó y rodó junto a él. Era una manzana, a la que no tardó en seguir otra cosa. Se detuvo asustado, sin hacer el menor movimiento. De nada servía seguir huyendo, pues el padre había apelado a aquellos proyectiles. Se había provisto con el contenido del frutero que estaba en el aparador, y disparaba manzana tras manzana, aunque afortunadamente por ahora sin hacer blanco.
   “Al fin, una le acertó de lleno. Intentó escapar, como si aquel insoportable dolor pudiese aliviarse al mudar de lugar, pero sintió que le clavaban al lugar en que se encontraba, y cayó allí despatarrado, sin noción ninguna de lo que pasaba a su alrededor.
  “Su última mirada le sirvió para ver que se abría bruscamente a puerta de su habitación y aparecía su madre en camisón —Grete la había desvestido para hacerla volver en sí—, seguida por la hermana que gritaba, lanzándose hacia el padre y perdiendo en la carrera varias prendas interiores, para después de enredare en éstas caer en los brazos del padre, apretándose fuertemente a él.
  “Y con la vista ya desvanecida, sintió por último que la madre, con las manos cruzadas en la nuca del padre, le imploraba que perdonase la vida del hijo.”
   
Ilustración de Santiago Caruso
(p. 53)
        Mientras que tal episodio se lee de un modo más claro y detallado entre las páginas 122 y 123 del tomo III de GG/CL: “[...] en ese preciso instante, algo lanzado sin fuerza pasó volando a su lado, cayó a tierra y rodó delante de él. Era una manzana, a la que al momento siguió una segunda. Gregor se quedó paralizado por el miedo; seguir corriendo era inútil, pues el padre había decidido bombardearlo. Con el contenido del frutero que había sobre el aparador se había llenado los bolsillos y empezó a lanzar manzana tras manzana, si afinar mucho, de momento, la puntería. Aquellas manzanas pequeñas, rojas, rodaban por el suelo como electrizadas y chocaban unas con otras. Una de ellas, arrojada débilmente, cayó sobre la espalda de Gregor, pero se deslizó por ella sin hacerle daño. En cambio, otra que la siguió de inmediato se le incrustó; Gregor quiso arrastrarse un poco más, como si el increíble e inesperado dolor pudiera desaparecer cambiando de lugar, pero se sintió como clavado en el sitio y se estiró, presa de una confusión total. Aún alcanzó a ver, con una última mirada, cómo la puerta de su habitación se abría violentamente y por ella, precediendo a la hermana, que chillaba, salía corriendo la madre en enaguas, pues la hermana la había desvestido para que pudiera respirar en su desmayo más libremente, y vio también cómo la madre corría hacia el padre y en el camino se le iban resbalando una tras otra las enaguas desatadas, y cómo, tropezando con ellas, se abalanzaba hacia el padre, y abrazándolo, estrechamente unida a él —ya aquí la vista le falló a Gregor—, le suplicaba, con las manos pegadas a la nuca del padre, que le perdonase la vida a Gregor.” 
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores
Barcelona, 1999
    Y más aún. En la misma página 52 de Editorial Alma, precisamente al inicio del párrafo que corresponde al principio de la tercera parte del relato, se lee: “Aquella dolorosa herida tardó un mes en curar —no se atrevió nadie a quitarle la manzana, quedó incrustada en su cuerpo, como testimonio indudable de los acontecimientos”. Y allí permanece incrustada hasta que unos meses después, ya casi sin alimentarse, se avecina “su último aliento” encerrado bajo llave en su sucio cuartucho repleto de cachivaches y tiliches. “Incluso [los tres inquilinos] habían trasladado al piso parte de su mobiliario, lo que convertía innecesarias muchas cosas, imposibles de vender, pero que no se querían tirar. Y todo esto iba a dar al cuarto de Gregor, y también ceniceros y el cajón de la basura. Todo aquello que momentáneamente parecía no tener ninguna utilidad, sin vacilar demasiado, la asistenta [vieja] lo tiraba al cuarto de Gregor”; “[...] debido a la suciedad en que vivía, el menor movimiento que hacía levantaba nubes de polvo a su alrededor, e incluso él estaba cubierto de polvo y acarreaba en la espalda y en los costados hilachas, pelusas y restos de comida.” Se lee en las páginas 61 y 63 de Editorial Alma. Y luego en la 73: “Casi no le molestaba ya la manzana podrida que llevaba incrustada en su caparazón y la inflamación rodeada de blanco polvo. Pensaba en los suyos con ternura y emoción. Estaba más decidido que su hermana a su desaparición. Y este estado de serena reflexión y apatía se mantuvo hasta oír dar las tres de la mañana en el reloj de la iglesia. Aún pudo vivir hasta el comienzo del alba, que clareaba tras los cristales. Después, a pesar suyo, su cabeza se hundió del todo y su hocico despidió su último aliento.”
Letras Universales núm. 439
Ediciones Cátedra, 4ª edición

Madrid, 2002
           Pero en el corpus de “La metamorfosis” traducida por R. Kruger también se observan controvertidas nimiedades que no se limitan al vocabulario, al sentido, a la sintaxis y a la puntuación. Por ejemplo, en la página 35 se lee: “Desde el primer día [de la transformación de Gregor Samsa] el padre informó a la familia de la situación real de la economía familiar y las posibilidades que les deparaba el porvenir. Con alguna frecuencia se levantaba de la mesa para buscar en su pequeña caja fuerte [...]” Aquí el frijol en la sopa de letras radica en que Kruger extirpó el nombre de la marca de esa “pequeña caja fuerte”: “Wertheim”, sobre la cual, en la página 254 de la susodicha edición crítica de Cátedra se lee en una nota: “Empresa alemana dedicada a la fabricación de cajas registradoras y de caudales; en la tienda de los Kafka había una de ellas. Hoy estas máquinas, así como las de escribir, son objetos de colección.” Mientras que en la página 1000 de la edición anotada en el tomo III de GG/CL se lee: “Marca de unas cajas de caudales muy habituales en el territorio imperial de aquellos años, de tamaño vario; las había, por ejemplo, grandes, de color marrón oscuro, habitualmente dispuestas detrás del mostrador donde se colocaba la caja registradora en tiendas y negocios como el que poseía el padre de Kafka en Praga; de menor tamaño, las solían tener en sus casas los comerciantes y hombres de negocios.” Como es el caso del padre de Gregor Samsa, pese a que al inicio de la metamorfosis de éste ya hace cinco años que quebró su negocio y se endeudó con el empresario y empleador de su hijo, cuyo puesto era el de viajante de comercio de telas. Empleo y boyantes ingresos con que Gregor Samsa sostenía a su familia (además de cubrir el paulatino pago de la deuda paterna y la renta del oneroso piso 
en la tranquila pero céntrica Charlottenstrasse —nombre de la calle también mochado por Kruger en la página 37): padre y madre, más la cocinera y su querida hermana Grete, de 17 años y aficionada al violín, a quien amorosamente pensaba inscribir en el conservatorio el año entrante, tras darle la noticia a la familia la noche de Navidad. Cuya notoria y trascendente falta, debido a la transformación de Gregor en el monstruoso y repelente insecto, merma y trastoca con celeridad la vida íntima y doméstica de la católica familia: el padre, que estaba en retiro y con secretos ahorros en su caja Wertheim, se ve obligado a emplearse de uniformado ordenanza en un banco; la madre, pese al asma que padece, a coser en casa “ropa blanca de calidad para una tienda”; y Grete a trabajar de dependienta y a estudiar “por la noche taquigrafía y francés, con el deseo de mejorar de empleo”. Pero además de cavilar sobre “la dificultad para dejar aquel piso, excesivamente oneroso en las circunstancias que atravesaban”, los Samsa tienen “que recurrir a la venta de algunas alhajas de la familia, que antaño habían exhibido felices la madre y la hermana en reuniones y fiestas”. Parece razonable, entonces, que Kruger traduzca en la página 56: “Tuvieron que apurar hasta el final la hez del cáliz que la vida exige a los desdichados.” (Arbitrario y escatológico trago y enunciado si se compara con las límpidas e idénticas traducciones de Cátedra y GG/CL: “Todo cuanto el mundo exige de la gente pobre lo cumplían ellos con creces”; páginas 270 y 125, respectivamente.) Incluso llegan a rentar una habitación a los tres inquilinos de largas barbas, cuya similar tipología (de índole judía, se infiere), parlamentos y movimientos escenográficos y coreográficos hacen pensar en un posible influjo teatral del actor Jizchak Löwy y su compañía de teatro yidis, con quienes Franz Kafka convivió en Praga durante varios meses de 1911 y principios de 1912. (Según se lee en la página 990 del tomo III de las Obras Completas editadas por GG/CL, “Franz Kafka escribió La transformación entre el 17 de noviembre y el 7 de diciembre de 1912.”)  
     
Ilustración de Santiago Caruso
(detalle, p. 68-69)
        Amistad y convivencia que el cáustico, prejuicioso y autoritario padre de Kafka desaprobó y cuestionó. Amargo intríngulis que Kafka, brevemente, le echa en cara en su recriminatoria y patética “Carta al padre”. En el presente libro de Editorial Alma ese pasaje se lee así en la página 102: “[...] Bastaba con que yo demostrase algún interés por una persona —cosa que, por mi forma de ser, no ocurría con frecuencia— para que tú, con ninguna consideración a mi sentimiento ni respeto por mi opinión, te manifestaras inmediatamente con insultos, calumnias, humillaciones. Personas inocentes e ingenuas, como por ejemplo el actor Löwy, fueron víctimas. Sin conocerlo, lo comparaste de un modo horrible, que ya he olvidado, con una sabandija. ¡Con cuánta frecuencia, para aludir a personas que apreciaba, mencionabas automáticamente el refrán de los perros y las pulgas! [
Quien con perros se acuesta, con pulgas se levanta.] Recuerdo especialmente al actor, porque anoté tus juicios sobre él con la siguiente nota: ‘Así habla mi padre de mi amigo (a quien desconoce), por el solo hecho de ser mi amigo. Siempre se lo podré recriminar cuando me reproche falta de amor y gratitud filiales’. Nunca he podido entender tu absoluta insensibilidad ante el dolor y la vergüenza que podías causarme con tus palabras y tus juicios. Era como si no fueras consciente de tu poder [...]”
Jizachk Löwy
          Y en la nota correspondiente que se lee en la página 102 de su versión de “Carta al padre”, Kruger apunta sobre Löwy: “Componente de una compañía de teatro de judíos polacos, que recorría Europa central representado obras en yiddish. La relación con este actor y con la compañía en general fue de especial importancia en la vida de Kafka. Por medio de él conoció el judaísmo oriental, pietista y sionista.” 

Además de lo que Klaus Wagenbach bosqueja en su biografía en torno a la mínima y escasa cultura judía de Kafka y al vínculo amistoso de éste y Löwy, compilada en el tomo I de las Obras Completas de Kafka editado en 1999 por GG/CL, en la página 867 del tomo II de éstas se lee una nota sobre esa Compañía de teatro judía: “Una compañía de teatro yídish, de Lemberg, visitó Praga entre el 24 de septiembre de 1911 y el 21 de enero de 1912. Se alojó primero en el hotel Central, en la Hybernergasse, y luego en el café Savoy, en la Ziegenplatz, donde también actuaba. A este segundo lugar acudió Kafka en diversas ocasiones, y allí conoció, además de los actores citados en esta y siguientes entradas, a Jizchak Löwy, con quien trabó una estrecha y larga amistad, origen de la bien conocida influencia del teatro yídish en la obra de Kafka, así como del interés del autor por la lengua y la cultura judías centroeuropeas (véase al respecto el libro de Evelyn Torton Beck, Kafka and the Yiddish Theater. Its Impact on his Work).” 
     Otra minucia de Kruger, más polémica, se lee en la página 43 en torno a la segunda cocinera de la familia Samsa (la primera, de nombre Ana —con doble ene en Cátedra y en GG/CL—, rogó de rodillas su despido debido a la presencia del enorme y horrorosísimo insecto cautivo en su cuarto): “Tampoco [Grete, la hermana de Gregor,] podía apelar a la sirvienta, pues ésta, una buena mujer que rondaba los sesenta, pese a que había mostrado gran valor después de que se despidiera [sic] su antecesora, había pedido como condición indispensable poder tener siempre cerrada la puerta de la cocina y abrirla solamente cuando fuese requerida.” Aquí el salatarín frijol en la sopa de letras radica en que esa segunda sirvienta no es una anciana sino una muchachita, según se lee en la página 115 del tomo III de GG/CL: “[...] la criada seguro no la habría ayudado, pues aunque esa chiquilla de dieciséis años venía resistiendo valientemente desde que despidieron a la cocinera anterior, había pedido como favor especial que le permitiesen mantener siempre cerrada la puerta de la cocina y abrirla tan solo si oía una llamada concreta.” Mientras que en la página 260 del libro de Cátedra ese pasaje se lee así: “[...] la criada no la hubiera ayudado con toda seguridad, pues aquella chica de unos dieciséis años resistía con verdadero valor desde que despidieron a la cocinera anterior, pero había pedido como favor especial que la dejaran mantener cerrada la puerta de la cocina y abrirla solamente al oír una determinada llamada.” 
     
Gregor Samsa
Dibujo del profesor  Nabokov
         En fin, entre otras pequeñeces, vale mencionar y subrayar lo que concierne a la nomenclatura fantástica del insecto Gregor Samsa (que posee el tamaño de un perro, inteligencia, torpeza y atavismos de humano, un frágil y convexo caparazón, cabeza y antenas, mandíbulas sin dientes, y numerosas patitas en constante movimiento involuntario cuando yace panzarriba y que dejan una baba viscosa cuando se desplaza por las paredes y el techo), misma que vocifera la tercera y última sirvienta, ésta sí una vieja (y que a la postre es quien lo encuentra muerto una mañana de marzo y da a la católica y persignada familia la fúnebre y liberadora noticia): “una mujerona huesuda, con un halo de cabellos blancos alrededor de la cabeza, que acudía una hora por la mañana y otra por la tarde”, se lee en la página 45. Mujer ruda y hosca que no le teme al monstruoso insecto y por ende se entromete en su cuarto, lo hojea, lo azuza, lo enfrenta y a voces lo apostrofa, quizá con el cariño que se le endilga a un gato tuerto o a un horripilante perro sarnoso, según se lee en la página 59: “¡Ven aquí, pedazo de bicho! ¡Menudo pedazo de bicho éste!” Mientras que en la página 128 del tomo III de GG/CL le grita: “¡Ven aquí, viejo escarabajo! o: ¡Caramba con el viejo escarabajo estercolero!” Versión que casi coincide con la versión de Cátedra: “¡Ven aquí, viejo escarabajo pelotero! o ¡Vaya con el viejo escarabajo pelotero!”, se lee en la página 272. Lo cual corresponde al vocablo alemán usado por Kafka (con “un ritmo fluido y maravilloso en la sucesión de las frases”), pues según reporta el profesor Nabokov en su célebre cátedra sobre “La metamorfosis”: “En el texto original alemán la vieja asistenta le llama Mistkäfer, ‘escarabajo pelotero’.” No obstante, vale observarlo, Gregor Samsa, quien convertido en el monstruoso insecto repele la alimentación humana, no resulta coprófago, sino saprófago, y por ende rechaza la leche (su otrora “bebida favorita”) y el olor de los “alimentos frescos” que su hermana Grete le lleva al carcelario cuarto, y se deleita con las “legumbres ya pasadas, a punto de descomponerse”, y chupando, con lágrimas de placer, el “mohoso trozo de queso, que dos días antes Gregor consideraba indigesto”.

II de IV
Vale apuntar que en la página 989 del tomo III de GG/CL se bosqueja con vaguedad en torno al divulgado y arraigado título en español “La metamorfosis” —incluso en francés: La Métamorphose (traducción de Alexandre Vialatte, 1928), en italiano: La metamorfosi (traducción de R. Paoli, 1934), e inglés: la británica: Metamorphosis (traducción de Eugene Jolas, 1936) y la norteamericana: The Metamorphosis (traducción de A.L. Lloyd, 1937)—, catalogada, en “la Bibliografía de Maria Luise Caputo y Julius Michael Herz” (ver la ficha bibliográfica en la p. 995 del tomo III), como “la primera traducción universal del cuento de Kafka”. No obstante, se lee, “Lo más curioso e inexplicable del caso es que la primera traducción al inglés del cuento de Kafka, a cargo de [los esposos] Willa y Edwin Muir, se editó, junto con En la colonia penitenciaria, bajo el título The Transformation (1933; no reseñada por Caputo y Herz en su Bibliografía), título que luego desapareció en favor de la voz de origen griego.” Según se apunta allí, con el título “La metamorfosis” el relato de Kafka en alemán, Die Verwandlung, apareció por primera vez en español, en 1925, “en los números 24 y 25 de la Revista de Occidente”, dirigida por José Ortega y Gasset. La traducción fue anónima y se infiere que la pudo hacer el mismo José Ortega y Gasset “o el secretario de redacción, por entonces Fernando Vela, ambos buenos conocedores de la lengua alemana”. 
   
La pajarita de papel núm. 1
Editorial Losada
Buenos Aires, 1938
          Según se lee, esa traducción anónima fue incorporada al libro La metamorfosis, publicado por “la editorial Losada, Buenos Aires, 1938”, en el que Jorge Luis Borges colaboró. 
Pero lo que no se precisa allí es que Borges figuró como autor de la Traducción y Prólogo; y así permaneció en las sucesivas reediciones de Losada (se infiere que con la anuencia de Borges o con su patente caso omiso). Es decir, a partir de esa edición (capitalizada por Losada) empezó a circular un equívoco que tampoco se bosqueja en el tomo III de GG/CL, pues a la luz pública se daba por sentado que Borges había traducido “La metamorfosis” y optado por ese título. Así lo creyeron muchos novatos, entre ellos el joven Gabriel García Márquez, pésimo estudiante de derecho en Bogotá (un caso perdido), que descubrió a Kafka a mediados de agosto de 1947 (y las mil y una posibilidades narrativas) al leer un ejemplar de esa legendaria edición de Losada, número 1 de la colección La pajarita de papel, creyendo que Borges era el traductor. Y lo mismo sucedió con cientos de anónimos y dispersos lectores de la recalentada aldea global que leyeron ese prólogo de Borges en las ediciones de Losada o compilado en su libro Prólogos, con un prólogo de prólogos (Buenos Aires, Torres Agüero, 1975), luego reunido (con la anuencia de María Kodama) en el póstumo volumen IV de sus Obras Completas (Barcelona, Emecé, 1999), pues en la ficha bibliográfica del celebérrimo prefacio se acredita a Borges como autor de la “Traducción y prólogo” (y así se relee en la reedición argentina de 2005 “al cuidado de Sara Luisa del Carril”). Nicolás Helft, por su parte, en la página 52 de su Jorge Luis Borges: bibliografía completa (Buenos Aires, FCE, 1997), en la ficha bibliográfica correspondiente a esa edición de Losada impresa en 1938, matiza (para las huestes de crédulos e incautos que zumbaron y papalotearon en torno a la rama engomada) con una breve nota aclaratoria: “Borges figura como traductor del libro, pero los textos ‘La metamorfosis’, ‘Un artista del hambre’ y ‘Un artista del trapecio’ no fueron traducidos por él. Reimpreso con el mismo prólogo por la misma editorial en la colección Clásica y contemporánea. Hay varias reediciones.” 
     
Colección Biblioteca Clásica y Contemporánea núm. 118
Editorial Losada, 8ª edición
Buenos Aires, dicembre 10 de 1970
             Es decir, si bien al parecer se ignora quién tradujo “La metamorfosis”, “Un artista del hambre” y “Un artista del trapecio”, Borges tradujo del alemán los restantes cuentos que conformaron ese legendario libro antológico editado por Losada en 1938 por primera vez: “La edificación de la muralla china”, “Una cruza”, “El buitre”, “El escudo de la ciudad”, “Prometeo” y “Una confusión cotidiana”. 
   
Antología de la literatura fantática
Col. Laberinto núm. 1, Editorial Sudamericana
Buenos Aires, diciembre 24 de 1940
        A tal conjunto, el 24 de diciembre de 1940 —según el colofón de la Antología de la literatura fantástica editada en Buenos Aires por Editorial Sudamericana con el número 1 de la Colección Laberinto—, al parecer se sumaron “Josefina la cantora o El pueblo de los ratones” y “Ante la Ley”, pues si bien no se acredita al traductor de tales cuentos de Kafka, Borges, ante los aún recién casados Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares (se casaron el “15 de agosto de 1940” y Borges fue uno de los testigos de la boda), era el erudito y políglota espíritu tutelar y fehaciente que desde su juventud en Europa leía y traducía el idioma de Gustav Meyrink (la leyenda reza que a sí mismo se enseñó alemán con auxilio de un diccionario alemán-inglés y el Intermezzo lírico de Heinrich Heine; y que el primer libro que descifró en ese idioma fue Der Golem, la onírica e intrincada novela de Meyrink publicada en 1915, en Leipzig, por Kurt Wolff); e incluso lúdico, pues una versión de su cuento “Historia de los dos que soñaron” figura en la Antología atribuida al orientalista alemán “Gustavo Weil”.

     
El libro de bolsillo núm. 4
Alianza Editorial, 1
8ª edición
Madrid, 1984
             Vale añadir que las susodichas traducciones anónimas de La metamorfosis”, “Un artista del hambre” y “Un artista del trapecio”, en 1966, en Madrid, fueron publicadas por Alianza Editorial, también de manera anónima —y sin mencionar la edición príncipe de Losada—, con el título La metamorfosis, número 4 de la serie El libro de bolsillo, sucesivamente reeditado. Anónima y canónica traducción de 
“La metamorfosis” compilada, incluso, en el homónimo libro editado en 1996 ex profeso para la celebratoria serie: Biblioteca Conmemorativa del 30 Aniversario de Alianza Editorial, que además de pastas duras, listón separador y sobrecubierta, incluyó un “Prólogo” de Fernando Savater; un “Apéndice” integrado por la “Carta al padre de Kafka (traducida por Feliu Formosa y sin notas) y la “Carta de su padre”, originalmente escrita en inglés por Nadine Gordimer y reunida en su libro de cuentos: Something out there (1984), traducido al español por Alicia Bleiberg con el título Hay algo ahí afuera (Alianza, 1987); más un espléndido “Álbum” en separata (por su numeración propia), armado a cuatro manos por Javier Setó y Alberto Manguel, que comprende cronología e iconografía (a veces no muy legible) sobre la vida y obra de Kafka.
   
Biblioteca Conmemorativa del 30 Aniversario de Alianza Editorial
Madrid, noviembre 15 de 1996
         Por ende, el consabido íncipit de la llevada y traída “La metamorfosis” sigue canturreando, desde 1925, a quien quiera oírlo: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.” Pesadilla que parece cumplir al pie de la letra la especie de declaración de principios literarios del joven Kafka, transcrita de una carta que le envió, en 1904, a su amigo Oskar Pollak, según se lee en la página 19 del susodicho “Álbum”: “[...] Creo que sólo deberían leerse libros que a uno le muerdan y le puncen. Si el libro que leemos no nos despierta con un puñetazo en el cráneo, entonces ¿para qué leemos un libro? [...] Lo que necesitamos son libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente, como la muerte de una persona a quien hubiésemos amado más que a nosotros mismos, como si fuésemos arrojados a los bosques, lejos de los hombres, como un suicidio, un libro tiene que ser el hacha para el mar heleado que llevamos dentro.” (Subrayado del reseñista.) (Carta que se puede leer completa, traducida por Adan Kovacsics, en las páginas 30 y 31 del tomo IV de las Obras Completas de Kafka editadas por GG/CL.)
     Pesadillesca narración, sin duda, cuya simiente Klaus Wagenbach refiere entre las página 77 y 78 de su biografía de Kafka editada en 1970 por Alianza, con traducción de Francisco Latorre: 
   “[...] El motivo de La metamorfosis, el famoso relato de Kafka [escrito en 1912], hélo aquí, expuesto ya cinco años antes:  
   “[...] Me parece que cuando estoy echado en la cama tengo la forma de un gran coleóptero, de un ciervo volante o de un escarabajo.
 
Ilustración de Santiago Caruso
(detalle, p. 10-11)
       “De un escarabajo de gran tamaño, eso es. Hago como si se tratase de un sueño hibernal y aprieto mis piernecillas contra el cuerpo tripudo. Y cuchicheo unas palabras. Son órdenes que dirijo a mi triste cuerpo, que está a mi lado, inclinado. Pronto termino; él hace una reverencia, se escabulle para llevarlo todo a cabo con la mayor perfección y, mientras tanto, yo reposo.”
   Fragmento transcrito por Wagenbach de “Preparativos para una boda en el campo y otros fragmentos en prosa de las obras póstumas” de Kafka, citado, con la misma traducción de Francisco Latorre, entre las páginas 33 y 35 del susodicho “Álbum”. (Texto originalmente fragmentario e inconcluso, cuyas tres versiones en ciernes se leen, con traducción de Juan José del Solar, en el tomo III de las Obras Completas de Kafka editas por GG/CL.)
 
La Biblioteca de Babel núm. 6
Ediciones Librería de La Ciudad/Franco Maria Ricci
Buenos Aires, diciembre 31 de 1979
          Pero para desasosiego y desconcierto del kafkiano y subterráneo lector, esas presuntas traducciones anónimas de “Un artista del hambre” y “Un artista del trapecio” editadas por Losada en 1938 por primera vez, figuran, atribuidas a Borges, entre los doce cuentos de Kafka que conforman el título El buitre, numero 6 de la serie La Biblioteca de Babel, editado por Ediciones Librería de La Ciudad (con autorización expresa de Franco María Ricci) y prologado ex profeso por Borges, cuyos “cuatro mil ejemplares numerados” se terminaron de “imprimir el día 31 de diciembre de 1979, en el Instituto Salesiano de Artes Gráficas (I.S.A.G.), Don Bosco 4053, Buenos Aires, República Argentina”. Y según el colofón del ejemplar 1732, cuidó la edición Miguel Acevedo Ballesteros, quien en la página legal, entre la enumeración de los títulos en alemán, se reparte las traducciones con Borges. Vale observar que “Un artista del trapecio” se titula allí “Primera tristeza”; no obstante, la traducción del cuento, repito, es exactamente la misma que la editada en 1938 por Losada (y aún en 1970 en la “Octava Edición” en la serie Biblioteca Clásica y Contemporánea, cuya primera edición en ésta data de 1943). La cual, además, de nuevo con el rótulo “Un artista del trapecio” y atribuida a Borges, figura antologada en el título Conversación con el Orante, segundo número de la serie Cuadernos del Aqueronte, editado por Losada, en Buenos Aires, en “agosto de 1990”. De modo que en El buitre —el sexto y último libro de la serie La Biblioteca de Babel editada en Buenos Aires, entre 1978 y 1979, por Ediciones Librería de La Ciudad y Franco Maria Ricci—, Borges figura como traductor de ocho cuentos de Kafka: “El buitre”, “Un artista del hambre”, “Primera tristeza”, “El escudo de la ciudad”, “Prometeo”, “Una confusión cotidiana”, “Una cruza” y “La edificación de la Muralla China”. Y Miguel Acevedo Ballesteros como traductor de cuatro cuentos de Kafka: “Chacales y árabes”, “Informe para una academia”, “Once hijos” y “La aldea más cercana”.
La Biblioteca de Babel núm. 6
(contraportada)


III de IV
El libro La metamorfosis y otros relatos, editado en Barcelona por Editorial Alma en la atractiva y vistosa serie Clásicos Ilustrados, no le brinda al lector ningún dato sobre la vida y obra de Franz Kafka (pese al notorio y laudable esmero en el cuidado y diseño de la edición), ni registra las fechas de las primeras ediciones de los tres textos que reúne. Al respecto, fuentes informativas (y eruditas) para el novicio (y para el añejo y subterráneo lector de a pie) pueden ser los susodichos títulos editados por Ediciones Cátedra y Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 
Franz Kafka
(c. 1915-1916)
          En este sentido, se lee que “La transformación” (supraconocida como “La metamorfosis” en el ámbito del español y más allá de él) se publicó por primera vez en “el otoño de 1915, en la revista mensual Die Weissen Blätter, año 2, cuaderno 10, a instancias de Kurt Wolff, que había oído mencionar a su colaborador Franz Werfel —también amigo personal de Kafka— la historia de un ‘chinche’.” Y en forma de libro “debió salir a la calle a fines de 1915”, pese a que está datado en 1916, en Leipzig, “como volumen doble de la serie ‘Der Jüngste Tag’, Kurt Wolff Verlag”. Luego, “entre septiembre y noviembre de 1918 salió una nueva edición del relato, siempre en la editorial Kurt Wolff, con un copyright que induce al error, pues reza: Kurt Wolff Verlag, Leipzig, 1917”. Pero la segunda fue “la única edición que el autor corrigió personalmente”.

Portada de la primera edición en formato de libro
(“la única edición que el autor corrigió personalmente”)
        Kafka escribió “La condena” en “septiembre de 1912”, lo hizo “de un tirón durante la noche del 22 al 23, entre las diez de la noche y las seis de la mañana”. Y apareció por primera vez a principios de junio de 1913 en el único número de la revista Arkadia, almanaque de poesía, dirigida por Max Brod y editada en Leipzig por Kurt Wolff Verlag. Y “supervisada con toda seguridad por Kafka”, la segunda edición en forma de libro (“casi de plaquette, pues ocupaba 31 páginas en total”) “fue el número 34 de la colección ‘Der Jüngste Tag’ (El Juicio Final), título (el de la colección, asociado al contenido del texto) que hizo muchísima gracia al escritor.” Y “La tercera edición de La condena tuvo lugar en 1919 (pie de imprenta, 1920), en la misma colección ‘Der Jüngste Tag’ editada por Kurt Wolff, sin que pueda asegurarse que Kafka interviniera en la corrección de pruebas e introdujera ninguna de las escasas variantes que en ella se registran.” El cuento “La condena” fue dedicado por Kafka a Felice Bauer —a quien le pidió matrimonio por primera vez en una carta escrita en 1913, al parecer entre el 8 o el 10 y el 16 de junio—. Tal dedicatoria en la revista Arkadia se leía así: “Para la señorita Felice B.” Y en la plaquette fue “más escueto y misterioso”: “Para F.” Íntima e histórica dedicatoria que no figura en la presente edición de Alma Clásicos Ilustrados, vinculada a la amistad y al noviazgo que Kafka sostuvo con su dos veces prometida Felice Bauer, destinataria de numerosas cartas, editadas y anotadas en diversos libros traducidos al español. Entre ellos: Cartas a Felice. Correspondencia de la época del noviazgo (1912-1917) (Salamanca, Nórdica Libros, 2013) y el parcial (pero cronológico y exhaustivo) tomo IV de las Obras Completas de Kafka editadas por GG/CL: Cartas 1900-1914 (Barcelona, 2018).

Dibujo de Kafka
(Nórdica, 2013)
      Franz Kafka, a los 36 años de edad, escribió su autobiográfica y recriminatoria “Carta al padre” “en la pensión Stüdl, en la localidad de Schelesen, cerca de Liboch, entre el 4 y el 20 de noviembre de 1919”. Pero nunca llegó a las manos de Hermann Kafka, su autoritario e intolerante progenitor. Y sólo se publicó hasta 1953 a instancias del escritor Max Brod, amigo íntimo de Kafka, su memorioso biógrafo y póstumo albacea editorial. (Según apunta en la página 997 del tomo II de GG/CL: “Después de que Brod editada la carta a partir, básicamente, de la copia mecanografiada, se halló la parte sustancial del manuscrito original, que el lector curioso podrá consultar en la siguiente edición facsimilar: Franz Kafka, Brief an den Vater. Faksimile, editada y con un epílogo de Joachim Unseld, Frankfurt am Main, Fischer Taschenbuch Verlag, 1994.”)

     Al unísono de los matices del desdén, encierro, desamor, abandono y deterioro in crescendo que padece Gregor Samsa en su núcleo familiar tras convertirse en un monstruoso insecto del tamaño de un perro de unos 90 centímetros de la largo (según calcula el profesor Nabokov, op. cit.) —recuérdese que, antes de posarse en la pared o en el techo, se encarama sobre una butaca (o sillón) para observar por la ventana de su cuarto—, cobra relevancia el egocentrismo del padre y la tiranía hacia su hijo, precisamente porque ese es el tema nodal que descuella y trasciende en “La condena” y en la interrumpida “Carta al padre”. 
     
Ilustración de Santiago Caruso
(detalle, p. 38-39)
       A la luz de la póstuma “Carta al padre”, llaman poderosamente la atención las coincidencias y lo premonitorio de algunos detalles axiales del cuento “La condena”, con algunos datos y anécdotas del esbozo autobiográfico que Kafka vertería en la misiva siete años después del relato, inextricable a la imagen que él tenía de su autoritario y tiránico progenitor, desde la infancia, en la adolescencia, en la juventud y en la adultez. 
  Para no desgranar todo el carozo de la mazorca, tanto del cuento, como el de la epístola, recuérdese que Georg Bendemann, el joven protagonista de “La condena”, desde hace meses tiene planeado casarse con su prometida Frieda Brandenfeld e invitar a la boda a un amigo y coterráneo suyo que lastimosamente sobrevive a cierta enfermedad y a los malos negocios en San Petersburgo y con cual se cartea. Georg Bendemann lleva el negocio de su padre y aún vive con él en una pequeña casa frente a un río (cuyo modelo es el río Moldava). Ese padre es un vejestorio viudo que al parecer padece cierta debilidad física, cierta amnesia y cierta demencia senil. Cuando Georg va a verlo en la penumbra de su cuarto, su padre se levanta “para recibirlo”. Y “Al aproximarse, se entreabrió su gruesa bata y en amplio vuelo onduló crujiente en torno a él.” Y al ver su íntima corporeidad, Georg se dice así mismo: “Mi padre todavía es un gigante”. Y esto es lo que, curiosamente, también le resulta su padre a Gregor Samsa convertido éste en un monstruoso insecto del tamaño de un perro. Y por ende, se lee en la página 51 de “La metamorfosis”: “Gregor quedó sorprendido de las descomunales proporciones de sus suelas. No obstante, esa actitud no le preocupó excesivamente, pues no ignoraba que, desde el primer día de su nueva existencia, había adoptado frente a él una actitud de extrema severidad. Empezó a correr delante de su progenitor, deteniéndose cuando éste lo hacía y reanudando la huida al menor movimiento de su progenitor.” Vale contrastar, en torno a ese hilarante pasaje de cine mudo que ocurre previo al dramático ataque de manzanas que el padre lanza sobre Gregor Samsa en esquivo e intermitente movimiento, un fragmento de la “Carta al padre” que en Editorial Alma se lee en la página 106; pero el reseñista prefiere la versión que figura en la página 815 del tomo II de GG/CL: 
   
Kafka con 10 años y sus hermanas
Valli (izquierda) y Elli (centro)
      “Los insultos los reforzabas con amenazas, y eso sí lo sufría yo en mis propias carnes. Por ejemplo, me aterrorizaba oírte decir: ‘Te voy a abrir en canal’; sabía muy bien que no iba a suceder nada grave (de pequeño no estaba tan seguro), pero, de acuerdo con la idea que tenía de tu poder, no dudaba de que habrías sido capaz de hacerlo. También sufría terriblemente cuando echabas a correr gritando alrededor de la mesa en persecución de alguno de nosotros [el chiquillo Franz y sus tres hermanas menores que él: Elli, Valli y Ottla], y, aunque obviamente no tenías intención de capturarlo, fingías que sí, hasta que al final mamá, sumándose a la pantomima, nos salvaba la vida.”
 
Las hermanas de Kafka hacia 1898
De izquierda a derecha: Valli, Elli y Ottla
        Vale recordar, entonces, que en varios pasajes y anécdotas de su “Carta al padre”, Kafka cuenta que de niño lo veía enorme y poderoso (“¡Eras tan gigantesco en todos los aspectos!”), y junto a él a sí mismo se veía pequeño, frágil y débil: un escuálido alfeñique. 

   
Kafka a los 5 años
         Y, asombrosamente: aún de adulto. O quizá sin asombro: porque a sus 36 años (estigmatizado por la tuberculosis desde septiembre de 1917 y sobre todo por la corrosiva dependencia y ciega obediencia psíquica y emocional hacia él) aún le tenía miedo, pese que Kafka se doctoró en derecho en junio de 1906 y “medía un metro ochenta y dos centímetros, según su hoja de alistamiento para el servicio militar”. De ahí que apunte en la “Carta”: “Durante años seguía atormentándome aún la idea de que el hombre gigantesco, mi padre, la última instancia [el poder supremo], podía venir a mí casi sin motivo y en la noche levantarme de la cama y sacarme a la terraza. Esto significaba que yo no era [sic] absolutamente nada para él.” Y más aún sobre ese descomunal hombre gigantesco: poco antes del término de la misiva le dice: “Algunas veces me imagino el mapamundi desplegado y a ti extendido transversalmente sobre él. Me parece entonces que para poder vivir no puedo contar más que con las regiones que tú no ocupas o que están fuera de tu alcance. Estas partes, de acuerdo con la idea que tengo formada de tu grandeza, ni son muchas ni muy habitables, y el matrimonio no está en ellas.” Y esto es algo muy parecido a lo que ocurre con Georg Bendemann en el dramático y suicida final de “La condena”. El padre —hipócrita, egoísta, envidioso y manipulador por antonomasia—, ante la inminencia del matrimonio de Georg Bendemann con Frieda Brandenfeld, de un iracundo manotazo se arranca la máscara de su presunta amnesia y supuesta fragilidad: le revela lo fuerte que es, que no está chocheando ni está tan decrépito (remember que el padre de Gregor Samsa, antes de la transformación y para sacarle jugo al sostén de la familia, también fingía una desvalida y vulnerable vejez), que lo ha espiado y traicionado confabulándose con su amigo en San Petersburgo, que se opone a su inminente casorio, a su íntima felicidad afectiva y erótica, y con su irascible egocentrismo y bestial tiranía lo condena a muerte ipso facto, que Georg, patológicamente ciego y atado a las órdenes y causticidad de su padre, cumple como un zombi o autónoma a la voz de ya: “te sentencio a morir ahogado”. Es decir, con todo el embrollo y la mezquindad de su odio y la maledicencia de su verborrea viperina, el padre (ídem el gigantesco ogro de las pesadillas nocturnas de Kafka) transluce que, desde antaño y desde lo más intrínseco, su hijo era absolutamente nada para él.  
   
Ilustración de Santiago Caruso
(p. 82)
        Y en esa virulenta diatriba contra Georg Bendemann y contra su inminente boda con Frieda Brandenfeld, descuella un calumnioso fragmento donde se transluce la carencia de amor del padre hacia su hijo y la falta de empatía y respeto ante la libre e íntima decisión del vástago de casarse con quien mutuamente ha elegido, inextricable a la misoginia que vocifera el rapaz progenitor, matizada con una procaz parodia: 
   “—Como ella se levantó las faldas —empezó a decir el padre—, como ella se levantó las faldas así, la cerda inmunda —y, como remedo, se alzó la camisa tan arriba que podía verse en su muslo la cicatriz de la guerra—, como ella se levantó las faldas así, te entregaste completamente; y para gozar tranquilamente con ella, manchaste la memoria de tu madre, traicionaste al amigo y arrojaste en el lecho a tu padre para que no pudiera moverse.”
    Sin buscarlo ni preverlo a través del minúsculo aleph o de una bola de cristal, ese fragmento evoca o remite a un pasaje de la “Carta al padre” donde Kafka traza (y acentúa) la catadura idiosincrásica y misógina de su progenitor (al parecer o sin duda inconsciente arquetipo del padre de Georg Bendemann), recién opuesto a su tentativa de matrimonio con la joven judía Julie Wohryzek y que caló en él: “[...] ¿qué restaba de mí a los treinta y seis años que todavía pudiera ser herido? Aludo a una rápida conversación que se produjo uno de aquellos días intranquilos que sucedieron a la noticia de mi propósito de casarme. Lo que dijiste fue más o menos esto: ‘Probablemente se puso una blusa muy bonita, como saben hacer las judías de Praga, y por supuesto tomaste la resolución de casarte rápidamente con ella. Y cuanto antes, mejor, dentro de una semana, mañana, mejor hoy. No te comprendo. Eres un hombre ya formado, vives en la ciudad y lo mejor que se te ocurre es casarte con la primera mujer que te parece propicia. ¿Acaso no existen otras posibilidades? Si es por temor, yo mismo iré contigo.”
     En este sentido, para hacer más comprensible el intríngulis y el lacerante y traumático leitmotiv que incitó la escritura de la “Carta al padre” a los 36 años del autor, se puede transcribir un postrero y revelador pasaje de la biografía de Franz Kafka escrita por Klaus Wagenbach, compilada casi al inicio del tomo I de GG/CL:
   
Julie Wohryzek
         “Por lo demás, en aquel momento (que los análisis de la Carta desde un punto de vista clínico no suelen tener en cuenta) Kafka tenía toda la razón en quejarse de la rudeza y falta de interés de su padre, como muestra la reacción de este a la aparición de En la colonia penitenciaria en octubre del mismo año [1919]. Como siempre que Kafka le entregaba un ejemplar de un libro suyo, el padre, molesto aquella vez al ver interrumpido el juego de cartas de todas las noches, le dijo: ‘¡Déjalo en la mesita de noche!’. Lo que en este caso pudo ser simple falta de interés, se convirtió en rudeza cuando el hijo le comunicó que se había prometido con Julie Wohryzek, lo que provocó una airada protesta paterna. A los ojos de Hermann Kafka, aquella unión era simple y llanamente ‘una vergüenza’ que ensuciaría ‘su nombre’. En la escala social de la burguesía judía, un sacristán de sinagoga [además de zapatero] como el padre de Julie ocupaba el último peldaño del mundo profesional. Después de insultar al hijo —como refiere este—, acabó aconsejándole (no olvidemos que Kafka tenía ya treinta y seis años) que acudiera a un burdel. ‘Seguro que se ha puesto una blusa bonita, como hacen todas las judías de Praga, y tú, claro, a la primera de cambio has decidido casarte con ella. Y lo antes posible, la semana que viene, hoy mejor que mañana. De verdad no te entiendo. Eres una persona adulta, vives en la ciudad, y no se te ocurre nada mejor que casarte con la primera que pasa. Como si no hubiera otras posibilidades. Si te da miedo, te acompaño yo mismo.’
    “En esas circunstancias escribió Kafka la Carta al padre, un documento autobiográfico tan doloroso como opaco, en el que el escritor, indignado por tanto desprecio y opresión, tergiversó en exceso algunos hechos de su vida [Afirmación que se contrapone a lo que se apunta en la página 996 del tomo II de GG/CL: ‘Sea como fuere, esta Carta al padre es, sin duda, el documento autobiográfico más completo, sincero y de mayor recorrido temporal de cuantos documentos legó Kafka a la posteridad.’].
    “En diciembre de 1919, Kafka regresa a Praga [de Schelesen, donde escribió la misiva] (sin que la Carta al padre llegara nunca a su destinatario, ni por correo ni en mano), y se queda allí hasta principios de abril del año siguiente.”
   
El libro de bolsillo núm. 241
Alianza Editorial
Madrid, 1970
             En 1964, Klaus Wagenbach publicó en alemán la primera versión de tal monografía o ensayo biográfico sobre la vida y obra de Franz Kafka. Traducida por Federico Latorre, cientos de lectores de habla hispana pudieron leerla en la edición publicada en 1970, en Madrid, por Alianza Editorial con el número 241 de la serie El libro de bolsillo, ilustrada con una pertinente y rica iconografía, por ende se titula: Franz Kafka en testimonios personales y documentos gráficos; rótulo que sigue el título original en alemán: Franz Kafka in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten. En el tomo I de GG/CL se prescindió de la iconografía, “así como de la tabla cronológica, la bibliografía y la breve selección de testimonios de contemporáneos de Kafka que lo complementan”. Y el traductor Joan Parra Contreras tradujo “de la última edición revisada (1995)”. Y según se lee en la página 171: “Todos los fragmentos citados se dan en traducción del propio Joan Parra, a excepción de los correspondientes a las novelas y narraciones de Kafka, que se dan conforme a las nuevas versiones de Miguel Sáenz y de Juan José del Solar, respectivamente, y la Carta al padre, que se cita según la traducción de Feliu Formosa (Barcelona, 1974). Toda vez que procede hacerlo así, la toponimia de las calles y lugares se dan en checo, y no en alemán. A continuación se ofrece una tabla de equivalencias de una y otra lengua (en cursiva los nombres en alemán): [...]”
   
(GG/CL, 1998)
      Vale observar que la ausencia iconográfica en el ensayo biográfico de Klaus Wagenbach se cubre con el título de éste: Franz Kafka. Imágenes de su vida, editado por GG/CL en 1998; que la edición crítica y anotada en los tomos de GG/CL “se basa en la edición crítica de las Obras Completas de Franz Kafka, publicadas por S. Fischer Verlag, Frankfurt am Main”, “a partir de 1982”; y que la traducción de la “Carta al padre” que se lee en el tomo II no es la citada de Feliu Formosa, que en 1974 se publicó en Barcelona con un ensayo y notas de Ricard Torrents (edición reeditada por Lumen en 1996), sino de Joan Parra, quien tal vez sea el autor de las notas que acompañan su traducción (pero quizá no sea así y provengan de la edición alemana); las cuales a veces amplían (o precisan) la información o coinciden con las notas de Ricard Torrents; las cuales a veces son iguales o muy parecidas a las que figuran en la traducción de Kruger editada por Editorial Alma.

IV de IV
Claro está que lector puede leer esas tres versiones de la “Carta al padre” y decidir con cuál se queda. Encrucijada que se suscita ante el dilema de elegir, a priori, entre las mil y una traducciones de las obras de Kafka de nunca acabar. Por ejemplo, en el tomo III de GG/CL se pondera (y profusamente se anota) la traducción que Juan José del Solar hizo de “Josefina la cantante o El pueblo de los ratones”, “la última [narración] de cuantas Kafka escribió” (se dice que enfermo de la laringe, consecuencia de la tuberculosis), entre el 18 de marzo y el 5 de abril de 1924; primero fue “publicada en el diario Prager Presse, 20 de abril de 1924” (en el “Álbum” se dice que era “el número de Pascua de 1924”); y luego incluida con varios cambios en Un artista del hambre. Cuatro historias (Ein Hungerkünstler. Vier Geschichten), libro que “apareció [en Berlín] a finales de agosto de 1924, a los tres meses escasos de la muerte del autor”; que fue (y es) “el último de los libros que Franz Kafka escribió, mandó a un editor y corrigió en vida”. 
       
Antología de la literatura fantática
Col. Laberinto núm. 1, Editorial Sudamericana
Buenos Aires, diciembre 24 de 1940
          En la versión de Juan José del Solar (como en muchas otras) los ratones silban (incluida Josefina), pero en la anónima versión que se lee en la citada Antología de la literatura fantástica, titulada “Josefina la cantora o el pueblo de los ratones”, éstos chillan y no silban (incluida Josefina), lo que resulta, para el reseñista (y quizá para otros lectores), más persuasivo, convincente y acorde con su modelo natural: la índole de los familiares ratones de la vida doméstica y cotidiana; pese a que ahora se dice, por presuntas divulgaciones científicas, que ciertos “roedores emiten sonidos ultrasónicos para cortejar y defender su territorio”; es decir, “lanzan un pequeño chorro de aire procedente de la tráquea contra la pared interior de la laringe, causando una resonancia y produciendo un silbido ultrasónico”. 

     
Compactos núm. 61
Editorial Anagrama
Barcelona, 1990
         El caso es que el crítico Jordi Llovet —nada menos que el director editorial de las Obras Completas de Kafka editadas por GG/CL—, en su antología de los dizque “más importantes relatos de Kafka protagonizados por animales”, titulada Bestiario (Barcelona, Anagrama, 1990), con “Selección, prólogo y notas” suyas (y traducciones históricas de varios autores, entre ellos Borges), además de denominar a “La transformación” con el habitual “La metamorfosis” (quizá por razones de mercadotecnia, ídem Fernando Savater y Alberto Manguel, op. cit.), la excluyó porque, según apunta en su prefacio, “se encuentra publicada en múltiples ediciones, como obra independiente”, y “merece la denominación de ‘novela corta’”. No obstante, en GG/CL “La transformación” no está compilada en el tomo I, dedicado a las “Novelas” de Kafka (El desaparecido —supraconocida con el título elegido por Max Brod en 1927: América—, El proceso y El castillo), donde quizá debería estar —si es que se trata de una “novela corta” y no de una “narración larga” o de un “cuento largo” o “relato largo”—, sino que se halla en el tomo III, dedicado a las “Narraciones y otros escritos”, donde, como para no contradecirse con las llevadas y traídas etiquetas, se le llama “narración” (“celebérrima narración”). Y también excluyó el relato “La construcción” (titulado “La obra” en el tomo III de GG/CL), porque “el protagonista”, dice, “no aparece en ningún momento calificado o descrito como un verdadero animal, aunque en el supuesto de que lo fuera podría tratarse de un topo”. Y el célebre cuento “Josefina la cantante o el pueblo de los ratones” también fue excluido por él porque, según apunta, “los ratones sólo constituyen una vaga referencia colectiva, una especie de masa anónima y amorfa”. Interpretación algo errónea, pues si bien los ratones del pueblo son una “referencia colectiva, una especie de masa anónima y amorfa”, el hecho es que se trata de una parabólica y paradójica fábula o narración contada en primera persona por un ejemplar de esa gregaria tribu o dispersa raza de ratones errantes, quien funge como anónimo cronista y consciencia crítica, omnisciente, especulativa y escéptica de Josefina la cantante y de ese contradictorio y errabundo pueblo de ratones fantásticos y especularmente humanizados (que algunos han interpretado como una metáfora o alegoría de “las comunidades judías esparcidas por todos los reinos y naciones del Este de Europa en su tiempo histórico, escasamente relacionadas entre sí aunque emergiera entre ellas, precisamente por esa época, el movimiento sionista que conduciría a la fundación del Estado de Israel”), entre los cuales descuella la idolatrada Josefina, que es una ratona común y corriente (y por ello: a imagen y semejanza de la ratona original y de todas las ratonas habidas y por haber), con un canto semejante al consustancial canto de cada uno de los ejemplares de ese disperso pueblo de ratones que, “en general, no ama la música”; y por ende no es muy distinta de las otras ratonas (incluida la niña ratona que la iguala en el canto), pero que, por una oscura pulsión inefable, atrae, encandila y parcialmente cohesiona a su dispersa comunidad (sobre todo a sus incondicionales feligreses) emitiendo unos chillidos (o silbidos, según se lea), no muy distintos (repito) a los chillidos (o silbidos) de los demás ratones que silban (o chillan) sin darse cuenta, sin saber que tal peculiaridad es una de sus características congénitas y taxonómicas; pero que, no obstante, la distinguen y la tornan singular, única, irrepetible y sobresaliente a la hora de presentarse y cantar ante la masa anónima y amorfa que la oye y la sigue embelesada, y bobalicona, para oírla en silenciosa asamblea popular; como si la sonoridad de esa especie de canto a cappella (el non plus ultra de la quintaescencia: la ambrosía auditiva y la panacea fónica) o la presunta melodía de sus órficos chillidos o silbidos (quizá ultrasónicos) tuvieran un poder mágico, poético, seductor, somnífero e hipnótico semejante a los eufónicos sonidos del flautista de Hamelín. Con ese poder fónico e hipnótico podría metafísicamente redimir a la masa anónima y amorfa que la idolatra, sigue y concurre ex profeso desde distintos rincones y recovecos del subterráneo laberinto (quizá judío) para escucharla arrobada en esa silenciosa asamblea popular. Incluso, podría conducirla al abismo de nunca jamás. O a la Tierra Prometida.

   
Primeras líneas del último cuento de Kafka, Josefina la cantora”,
publicado en el número de Pascua de 1924 de la Prager Presse
“Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído
no conoce el poder del canto...
         Tal vez no yerre esa interpretación (quizá reduccionista) que supone que ese disperso y errante pueblo de ratones son una metáfora (o mentáfora) o alegoría de ciertas comunidades judías centroeuropeas de la época de Franz Kafka. Si no yerra y es así (o más o menos así), se puede concluir la azarosa nota con los siguientes fragmentos de una carta que, en junio de 1921, Kafka le envió a Max Brod, los cuales se leen entre las pátinas 58 y 61 del citado “Álbum”. Allí, el magnético y cautivador canto de sirena (o de ratona) sería la lengua y la literaria alemana para ciertos judíos literatos que aspiraban integrarse a cierta germanofilia y a cierto pangermanismo, y que quizá hablaban el checo en Praga (y el alemán en la universidad praguense) e ignoraban el yidis y el hebreo. Y esa tribu de escribientes judíos que alude Kafka en su carta, con “patas traseras” y “patas delanteras”, podrían ser ratones, con sus infalibles colas y característicos incisivos superiores:

   
Dora Diamant, compañera de Kafka
durane el último período de su vida
      “Pero ¿por qué se ven los judíos arrastrados de forma tan irresistible hacia esta lengua [el alemán]? [...] existe una relación entre todo esto y el judaísmo, o, para ser más precisos, entre los judíos jóvenes y su judaísmo, con el horrible agobio interno de estas generaciones [...]
   “El psicoanálisis hace hincapié en el complejo respecto al padre y son muchos los que encuentran fecundo este concepto. En este caso concreto yo prefiero otro punto de vista, en el que el asunto gira no en torno al inocente padre, sino en torno al judaísmo del padre. La mayoría de los judíos jóvenes que empezaron a escribir en alemán quería dejar el judaísmo atrás, cosa que sus padres aprobaban, aunque vagamente (era esta vaguedad lo que les resultaba vergonzosa). Pero tenían las patas traseras prisioneras aún en el judaísmo de sus padres, mientras que con sus patas delanteras manoteaban si hallar una nueva tierra [subrayado del reseñista]. La desesperación resultante se convirtió en su inspiración.
  “Una inspiración tan honorable como otra cualquiera, pero, vista más de cerca, con ciertas peculiaridades desgraciadas. En primer lugar, el producto de su desesperación no podría ser literatura alemana, aunque exteriormente lo pareciera. Su existencia se movía entre tres imposibilidades que se me ocurre llamar lingüísticas. [...] Son las siguientes: la imposibilidad de no escribir, la imposibilidad de escribir alemán y la imposibilidad de escribir otra cosa. Se podría añadir todavía una cuarta, la imposibilidad de escribir (como la desesperación no se podía ver aliviada con la escritura, se revolvía tanto contra la vida como contra la escritura; ésta no es más que un recurso, como lo es para el que está escribiendo su testamento antes de colgarse: un recurso que puede prolongarse toda una vida). Así pues, el resultado fue una literatura imposible bajo todos los puntos de vista, una literatura gitana que había raptado de su cuna al niño alemán y lo había adiestrado a toda prisa, ya que alguien tenía que caminar sobre la cuerda floja. (Aunque ni siquiera era un niño alemán; no era nada. La gente se limitaba a decir que alguien caminaba.)”




Bibliografía

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