viernes, 1 de noviembre de 2019

La Muerte pies ligeros


                
Danza macabra: “como me ves, te verás”

Tal vez, más allá del orbe y del habla zapoteca: el habla didxazá, “el idioma de las nubes”, el “Cuento del Conejo y el Coyote” comenzó a urdir cierta perenne celebridad y arraigarse en el imaginario colectivo del español que se parla y parlotea en las distintas latitudes mexicanas, desde que Antonieta Rivas Mercado (1900-1931) le hizo escribir y publicar, al joven oaxaqueño Andrés Henestrosa (1906-2008) —todavía muy provinciano en la capital del país— su libro Los hombres que dispersó la danza (1929). Es decir, Antonieta le dio cobijo en su casa (entre fines de 1927 e inicios de 1929), le ayudó en su aprendizaje literario y del habla y escritura del español, le tomó el dictado de las narraciones y fábulas orales que había oído de niño y le financió la edición, la cual le entregaron el 30 de noviembre de 1929, día que cumplió 23 años. 
Andrés Henestrosa en 1995
Foto: Graciela Iturbide
      Tal edición, le dijo Andrés Henestrosa a Carla Zarebska, fue “de 200 ejemplares que se vendieron a peso” e incluía un retrato de éste y otros dibujos hechos por el pintor Manuel Rodríguez Lozano (1896-1971). A la hora de imprimir, según él, se extravió un prólogo de Julio Torri (1899-1970) que nunca se recuperó. También se perdieron cuentos, dijo, que luego reescribió e incluyó en una edición posterior. Tales son: “La sirena del mar”, “La flor del higo”, “La cigarra y la iguana”, “La milpa salva a Jesús”, “La langosta” y “Los árboles y la sequía”.
      En 1979, en Los libros del Rincón (Colibrí), coeditado por la SEP y Salvat, apareció una versión telegráfica y bilingüe (zapoteco y español) del Cuento del Conejo y el Coyote/Didxaguca’ sti’ Lexu ne Gueu’, adaptado, para los niños, por Gloria y Víctor de la Cruz, con la reproducción fotográfica a color de una serie de estampas creadas por el pintor Francisco Toledo (Juchitán, julio 17 de 1940), cuyos originales pertenecen a la Galería Arvil de la Ciudad de México. En 1998 tal versión fue reeditada en un pequeño formato (17 x 14 cm), con pastas duras y a color, por la Dirección General de Publicaciones del CONACULTA en la serie Círculo de Arte (en este caso también denominada Circo de Arte), sin acreditar la técnica que usó el artista y el año de su creación. Y en 1995 varias reproducciones de tal serie fueron incluidas en la edición bilingüe (español e inglés) de Los hombres que dispersó la danza, con un formato mayor (31 x 23 cm), que Carla Zarebska prologó y editó a través del Grupo Serla, Litografía Turmex y Promotora Cultural Sacbé, en cuya iconografía a color y en blanco y negro, entre otras obras zoomorfas y antropomórficas de Toledo, también descuellan varios retratos y fotografías concebidas por la cámara de Graciela Iturbide. En tal volumen se anotan los títulos de cada estampa incluida de la serie del cuento Conejo y Coyote, hecha por Toledo, c. 1979, con “Gouache, acuarela, pluma, tinta y lápiz sobre papel”.

De la serie Cuento y Coyote (c. 1979) de Francisco Toledo
(Gouache, acuarela, pluma, tinta y lápiz sobre papel)
     Sin embargo, la versión del “Conejo y Coyote” que se lee en Los hombres que dispersó la danza, vertida en un solo bloque, con una pátina cristiana y con más detalles que la versión telegráfica, no es muy afortunada. Pero allí está como un testimonio de lo oído y recreado por el joven Andrés Henestrosa, nacido en Ixhuatán (“pueblo de hojas de palmeras”), quien hasta los 15 años aprendió los primeros rudimentos del español (sólo hablaba zapoteco y huave), y a los 16 (“indio huérfano de padre”), después de mercar su burrito en la estación del ferrocarril, emigró de Juchitán rumbo a la Ciudad de México, a la que llegó “con una funda de almohada como maleta, dos mudas de ropa y una toalla que le sirvió de bufanda para el frío”.
      La versión telegráfica de Gloria y Víctor de la Cruz, dispuesta en pequeños fragmentos alternos (zapoteco y español), al parecer fue urdida y adaptada a partir de las estampas de Toledo (con recuadros y secuencia de historieta sin globitos), o quizá fue al revés o de común acuerdo, pues los textos están compaginados al desarrollo de la narración gráfica: en una página se leen los fragmentos en ambos idiomas y en la contigua se aprecian las imágenes correspondientes. 
(DGP del CONACULTA, México, 1998)

        Y esto lo enfatiza aún más la versión parecida (en compaginados y alternos fragmentos en zapoteca y español) del Cuento del Conejo y Coyote que hizo la poeta Natalia Toledo (Juchitán, 1967) —hija del pintor y Premio Nezahualcóyotl de Literatura 2004— a partir de las mismas láminas, la cual en 2008 conoció dos ediciones impresas por el Fondo de Cultura Económica y la cortesía de la Galería Arvil. La primera en la serie Tezontle y la segunda en la serie Clásicos (28.02 x 19.02 cm). Allí, después de la “Presentación” de Josefina Vázquez Mota, entonces titular de la Secretaría de Educación Pública, Natalia Toledo dice al término de su “Introducción”: 
(FCE, México, 2008)
      “Quiero contarles, a mi manera, la historia de Conejo y Coyote, inspirada, a su vez, en la versión que me contó mi padre cuando yo tenía ocho años, a la orilla del río de las nutrias, en una casa con un cielo lleno de murciélagos”.
Natalia Toledo y su padre Francisco Toledo
     Tal colaboración: padre e hija, donde la poeta escribe a partir de las imágenes creadas por el pintor, en 2005 ya había dado un fruto semejante, público y bilingüe, con La Muerte pies ligeros/Guendaguti ñee sisi, libro para niños, de pastas duras (21 x 25.07 cm), láminas a color y tipografía a dos tintas: negra (zapoteco) y roja (español), coeditado por el Fondo Editorial del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca y el Fondo de Cultura Económica en la serie Los especiales de A la orilla del viento, donde también han aparecido versiones mixe-español, mazateco-español, chinanteco-español y mixteco-español.
(IEEPO/FCE, México, 2005)
      Los originales del artista también pertenecen a la Galería Arvil (sólo se apunta que son “gouache sobre papel”, pero seguro empleó otros materiales). Y en su prólogo dice Natalia: 
     “Escribí esta historia a partir de unos grabados que hizo el pintor Francisco Toledo sobre la muerte brincando el mecate con distintos animales de la región del Istmo de Tehuantepec, de donde él y yo somos.
      “Quise escribir este cuento en zapoteco, mi lengua natal. Cuando me preguntan qué lengua hablo, yo contesto ‘nube’. Se preguntarán cómo se puede hablar nube, bueno, los zapotecas dicen que su lengua desciende de las nubes: diidxa significa ‘palabra’ y za, ‘nube’, y así como las nubes dibujan diversas formas de animales y objetos en el cielo, los zapotecas sabemos dibujar con las palabras.
     “Me divertí mucho escribiendo este cuento, y espero que los niños zapotecas, chinantecos, mixes, mixtecos, mazatecos y los que hablan español también lo disfruten, pues cada lengua contiene su propio universo y misterio.”
Natalia Toledo
(Como me ves, te verás)
Foto: Blanca Charolet
      La Muerte pies ligeros no es, en desde luego, una danza de la muerte, una danza macabra de ascendencia medieval, donde la huesuda aparezca con guadaña, lira y reloj de arena, una de cuyas recreaciones visuales —ésta sí ubicada en el espeluznante Medioevo— es la que se observa en El séptimo sello (1956), filme del sueco Ingmar Bergman (1919-2007), donde, amén de las epifanías que sólo ve el bufón Jof (Nils Poppe), el caballero Antonius Block (Max von Sydow), tras haber retornado de Tierra Santa —con su escudero Jöns (Gunnar Björnstrand)— después de una década de haber partido de su fortín con la tropa de una Cruzada, juega una partida de ajedrez con la Muerte vestida de monje (Bengt Ekerot).
El caballero Antonius Block (Max von Sydow)
y la Muerte (Bengt Ekerot) juegan ajedrez 
      En La Muerte pies ligeros, el arquetípico esqueleto —a cuya calavera otrora José Guadalupe Posada (1852-1913) le dibujó un inmortal sombrero de Catrina— también, para actuar y ejercer su oficio, emprende un juego: brincar la cuerda con su elegido, un juego que normalmente practican y juegan los boxeadores y las niñas (más aún las de pueblo o de barrio) y que algo o mucho tiene de danza macabra, pues por lo regular el derrotado, que nunca es la Muerte, ni tardo ni perezoso se va al más allá (al Mictlán, según los nahuas). 
La Muerte saltando con Murciélago
(Gouache sobre papel, 2004)
Autor: Francisco Toledo
      La Muerte pies ligeros no es un cuento con pretensiones de alta cultura, sino que quiere ser y es de auténtica y sencilla cepa popular. Siguiendo las estampas de Francisco Toledo (que ilustran y tienen su impronta lúdica e infantil y el movimiento y la rapidez de las confrontaciones y hasta sus resultados), la autora lo desglosa mediante dos procedimientos consecutivos: prosa y verso. En la prosa habla la voz narrativa (alter ego de Natalia) y se entretejen algunos diálogos; pero en los versos, dispuestos en cuartetas, canta la Muerte y le canta al adversario que con ella brinca y danza con la reata que ella mueve y lo que versifica no es muy distinto de las tradicionales calaveras que se imprimen y cantan cada 2 de noviembre, Día de Muertos (de Gran fandango y francachela de todas las calaveras que emergen de sus sepulturas) y de los Fieles Difuntos. Por ejemplo, cántense cinco casos: 
                                            Changuito de la selva oscura
                                            mueve tu cola tiznada
                                            aunque grites como un cura
                                            te llevará la changada.
                                                              *
                                           Iguana del iguanar
                                           en molinito te comiera,
                                           cavas tu tumba al brincar,
                                           como si volver pudieras.
                                                              *         
                                          Brinca, Coyote risueño,
                                          tu risa es tu perdición,
                                          y aunque yo no soy tu dueño
                                          sí te llevaré al panteón.
                                                              *
                                         Conejo, en los cuentos ganas,
                                         aquí pelarás los dientes
                                         porque a mí me da la gana
                                         ya llorarán tus dolientes
                                                              *
                                        Brinca el Sapo saltarín
                                        con cachetes de papera,
                                        ya conocerás el fin
                                        que la Muerte nunca espera...
                                                               *



La Muerte saltando con Sapo
(Gouache sobre papel, 2004)
Autor: Francisco Toledo
La Muerte saltando con Lagarto
(Gouache sobre papel, 2004)
Autor: Francisco Toledo
La Muerte saltando con Toro
(Gouache sobre papel, 2004)
Autor: Francisco Toledo
La Muerte saltando con Rana
(Gouache sobre papel, 2004)
Autor: Francisco Toledo
      En La Muerte pies ligeros hay un planteamiento cosmogónico, de fábula mítica y fantástica que relata el origen de las cosas que suceden y existen en el mundo desde la noche de los tiempos. En el principio nadie había muerto y en el edénico entorno los animales y los hombres se reproducían sin cesar y sin que nadie dijera hasta aquí, ya basta, no va a caber ni la cabecita de un alfiler. Fue la Muerte quien decidió interrumpir tal cosa con el juego de saltar el mecate y el arquetipo del Hombre tuvo la ventura de ser el primero que la esquelética se llevó al Mictlán haciéndolo brincar y danzar con su reata y con ella. Y ya tumbado en el suelo y con la pata estirada y tiesa, la Muerte le quitó al Hombre sus zapatos de cuero con agujetas de bejuco y se los puso y se los ató. Y así calzada y muy oronda estuvo brincando y danzando con su cuerda y cantándole versitos al oponente que se iba a llevar en un tris hasta que se encontró con el Chapulín. 
      A tal bicho, “comida de oaxaqueños”, le cantó a todo gaznate: 
                                               Baila conmigo este son,
                                               Chapulín bella figura;
                                               picaré con mi aguijón
                                               tu saltarina cintura.
      Y trató de vencerlo de mil y una formas, días y días saltando y danzado con su reata, e incluso trató de hacerlo mole batiendo y haciendo zumbar el mecate a toda velocidad. Pero no pudo. El Chapulín, muy listo (más listo que el consabido Conejo y que aquí resulta tan tontorrón como su compadre el Coyote), se paró en la cuerda y por la rapidez con que la Muerte la movía, daba la impresión de que brincaba, pero no fue así. Simplemente se quedó quietecito.
La Muerte saltando con Chapulín
(Gouache sobre papel, 2004)
Autor: Francisco Toledo
      De modo que la Muerte, harta y enojada de no poder llevarse al mentado Chapulín, se fue para otro lado y de coraje se quitó y tiró los zapatos de cuero. Es por esto, cuenta la omnisciente voz narrativa, “que cuando la Muerte entra en las casas no se le oye llegar, porque sus pies son ligeros y no llevan zapatos”. Mientras que al Chapulín “le quedaron tantas ganas de brincar que se quedó brincando para siempre”.


Natalia Toledo, La Muerte pies ligeros/Guendaguti ñee sisi. Textos en zapoteco y español. Estampas a color de Francisco Toledo. Colección Los especiales de A la orilla del viento, FCE/Fondo Editorial del IEEPO (Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca). México, 2005. 54 pp.




El gato negro y otros cuentos ilustrados de misterio e imaginación


El trece de un nigromante dedo flamígero

Con el número 2 de la Colección Grangaznate, en “diciembre de 2008” la madrileña editorial Valdemar publicó el libro en cartoné: El gato negro y otros cuentos ilustrados de misterio e imaginación, en cuya página legal se acredita que en 2006 apareció en Berlín editado por Die Gestalten Verlag GmbH & Co. KG. Con traducción de Mauro Armiño —viejo y connotado traductor de Poe al español— se trata de una anónima antología de 13 textos del norteamericano Edgar Allan Poe (Boston, enero 19 de 1809-Baltimore, octubre 7 de 1849) urdida, se pregona en la cuarta de forros, para conmemorar el 200 aniversario del nacimiento del escritor que “propició, en opinión de H.P. Lovecraft, ‘un amanecer literario que afectó no sólo la historia del cuento fantástico, sino a la del relato corto en general, modelando indirectamente las tendencias y el rumbo de una gran escuela estética europea’”. De ahí las pastas duras, el buen tamaño (24.7 x 19.5 cm), el buen papel mate, el listón separador, el sobrio pero atractivo diseño, la cuidada tipografía, y el generoso espacio que ocupan las ilustraciones a color de “trece artistas plásticos contemporáneos” de varias nacionalidades, de quienes desafortunadamente no se dice ni mu ni pío sobre sus técnicas, pese a que se enlistan sus páginas web y sus correos electrónicos. Y en contra de lo que se anuncia en el título y en la contraportada, no todos los textos son relatos. Es decir, diez son cuentos y tres son poemas.
Colección Grangaznate núm. 2, Valdemar
Madrid, diciembre de 2008
     
Edgar Allan Poe
         En el ámbito del español la poesía de Edgar Allan Poe, además de que su traducción es mucho más difícil, no tiene la celebridad de su narrativa, en particular sus 67 cuentos. No obstante, inextricable a la icónica y popular fama de Edgar Allan Poe —ataviado de negro y con su capa militar de cadete de West Point—, aletea si cesar, en innumerables variaciones visuales y de toda laya, la imagen del cuervo que, originalmente, en medio de la fría y fúnebre noche arriba a la habitación del romántico poeta donde, melancólico y nostálgico, añora a Leonore, su fallecida amada (muerta quizá por la tuberculosis), y se posa en el marmóreo busto de Palas y vocifera y repite el consabido e inmortal estribillo: “Nunca más”. En este sentido, “El cuervo” es uno de los tres poemas de Edgar Allan Poe seleccionados por el anónimo dedo flamígero del editor de marras, los cuales aparecieron en inglés en el libro El cuervo y otros poemas (1845); está ilustrado con cinco oníricas, pesadillescas y nocturnas láminas abstracto-figurativas de Dirk Rudolph que parecen tintas (quizá lo sean), en las que predomina el café, el sepia, el negro y ciertos toques de rojo. Muchísimo menos interesantes y no tan logradas son el otro par de poesías. Una es “El gusano vencedor”, con dos cromos de Jan Feindt; y la otra es “Las campanas”, con cuatro tintas de Maria Tackmann.

Ilustración de Dirk Rudolph para  “El cuervo
  Casi resulta tautológico observar que las diez narraciones de Edgar Allan Poe seleccionadas en El gato negro y otros cuentos ilustrados de misterio e imaginación son de las más eximias y que se hallan en múltiples ediciones y antologías. Tales son: “Manuscrito hallado en una botella”, cuya primera edición data del 19 de octubre de 1833 —apunta Margarita Rigal Aragón en el volumen Narrativa completa (Bibliotheca AVREA, Cátedra, Madrid, 2011)—, ilustrado con ocho láminas a color de Jens Harder. “Hop-Frog”, publicado por primera vez el 17 marzo de 1849 (ídem), ilustrado con ocho dibujos coloreados de Jen Ray. “El corazón delator”, que latió por primera vez en enero de 1843 (ídem), con cuatro ilustraciones a color de Cheval Noir. “El gato negro”, impreso el 19 de agosto de 1843 (ídem), con siete dibujos en blanco y negro de Aaron Baggio. “El retrato oval”, publicado en abril de 1842 (ídem), con tres ilustraciones a color de Mateo. “El pozo y el péndulo”, que vio la luz en octubre de 1842 (ídem), con doce láminas a color de Samuel Casal. “El cuento mil y dos de Sahrazade”, impreso en febrero de 1845, con trece estampas a color de Hell. “La máscara de la muerte roja”, publicado en mayo de 1842 (ídem), con cuatro ilustraciones a color de Lars Henkel. “Los hechos del caso del señor Valdemar”, publicado en diciembre de 1845 (ídem), con ocho estampas a color de Vania/Ivan Zouravliov. Y “Un descenso al Maelström”, que vio la luz en mayo de 1841 (ídem), con trece ilustraciones a color de Fuyuki. 

Ilustración de Hell para “El cuento mil dos de Scherezade”
  Según apunta Julio Cortázar en su postrera nota sobre “El cuento mil dos de Scherezade” —su canónica traducción y ordenamiento de los 67 cuentos de Poe apareció en 1956 editada en dos tomos por la Universidad de Puerto Rico y la Revista de Occidente y luego la revisó y corrigió para la edición que Alianza Editorial publicó en Madrid en 1970—, es “Poco original, pues repite un procedimiento caro al siglo XVIII, este relato marca en la presente ordenación el comienzo de las composiciones secundarias de Poe. A su tema se le puede aplicar la observación de Brownell: empeñado siempre en hacer creer lo increíble, Poe invertía a veces su técnica. Aquí, en efecto, la verdad pasa por pura fábula.” Vale objetar que en el contexto de su tiempo quizá no haya sido muy original —no obstante, junto a las sucesivas y diversas ediciones y reediciones de Las mil y una noches, algunas preciosistas y con un bagaje enciclopédico, el consabido tema del postrero destino de la mítica y legendaria contadora de historias que las narra para salvar su vida ante la amenaza del rey (empeñado en matar cada noche una doncella después de poseerla) aún desvela y hace soñar la imaginación de los escritores y lectores del siglo XXI; ejemplos: Voces del desierto (Alfaguara, 2006), novela de Nélida Piñón, cuya primera edición en portugués data de 2004, y Las mil noches y una noche (Alfaguara, 2009), libreto teatral de Mario Vargas Llosa—; pero inextricable a la romanticista impronta arabesca y dieciochesca, aunada a la parodia de acotaciones científicas y pseudocientíficas que son la serie de notas al pie de página que pueblan el cuento de Poe, se transluce una pulsión lúdica, de goce estético e intelectual, del arte por el arte de contar historias, que es la quintaesencia y el non plus ultra que subyace y le da sustento a la urdimbre de los relatos, aún en los más sanguinarios, pesadillescos y tétricos, además de que no es una de “las composiciones secundarias de Poe”, como tampoco lo es el divertimento “El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether”, que también figura en tal segundona y canónica clasificación cortazariana. 

Ilustración de Fuyuki para “Un descenso en el Maelström”
  Todo indica que se trata de un yerro de Julio Cortázar, como sin duda lo es un frijol negro en la sopa de letras, una minucia que descuella en su traducción de “Un descenso en el Maelström”. En tal cuento, un viejo pescador noruego de la costa de Lodofen ha servido de guía a un forastero con el que subió hasta la cima de la montaña Helseggen, “la Nebulosa”, desde donde se observa el punto exacto, entre las pequeñas islas y el mar, donde se forma el temido y terrible Maelström; allí, al socaire en lo alto del acantilado, casi al oído le narra la historia de su accidental e increíble descenso a las profundidades de tal vórtice veloz y oscilatorio, cuando cierta vez, a él y a sus dos hermanos, el fenómeno los sorprendió, a bordo de “un queche aparejado como goleta”, cuando regresaban de una faena pesquera. Julio Cortázar, en su traducción, escribe: “y uno de los palos se llevó consigo a mi hermano mayor, que se había atado para mayor seguridad”. No obstante, pese a que tal supuesto “hermano mayor” fue arrastrado fuera de la barcaza por la fuerza oscilatoria de la vorágine, reaparece junto al protagonista, lo cual no corresponde con la lógica del cuento. En este sentido, se lee, con precisión y certeza, en la versión de Mauro Armiño: “y el palo mayor arrastró consigo a mi hermano pequeño, que se había atado a él para mayor seguridad” y por ende ya no se le vuelve a ver y sí al hermano mayor, quien reaparece (el protagonista no sabía dónde estaba y cómo se salvó) y luego le disputa al narrador la armella, cercana al gobernalle, de la que éste se sostiene. Y en esto coincide con Doris Rolfe, cuya traducción se lee entre los trece Relatos de Edgar Allan Poe (Mil Letras, Cátedra, Madrid, 2009), antologados, prologados y anotados por Félix Martín: “y el palo mayor se llevó consigo a mi hermano, el más joven, que se había atado a él, creyendo que tendría más seguridad”.

Ilustración de Jens Harder para “Manuscrito hallado en una botella”
  No obstante, las traducciones de Julio Cortázar son celebérrimas, y además de sus múltiples reediciones en distintos sellos editoriales, pasan por ser las mejores en el ámbito del idioma español. De ahí que, por ejemplo, Jacobo, el Conde de Siruela, haya elegido su traducción del “Manuscrito hallado en una botella” en su Antología universal del relato fantástico (Atalanta, Girona, 2013). Con sus ineludibles variantes, en la versión de Mauro Armiño del “Manuscrito hallado en una botella” se lee el mismo fragmentario diario escrito a mano (y depositado en un frasco) por el sobreviviente que naufraga no muy lejos de las inmediaciones del “archipiélago de las islas de la Sonda”. Náufrago que parece un solitario fantasma (quizá lo sea y lo ignora) atrapado en un antiquísimo, onírico y pesadillesco buque fantasma de gigantescas dimensiones, con vetustos y herrumbrosos artilugios de navegación y expedición científica, cuya fantasmal y muy decrépita tripulación, de extraño e ininteligible idioma, no lo ve ni lo oye; quien narra su postrero destino y el preciso instante en que el navío (stultifera navis en pos del secreto de los secretos), negro como la pez, con el velamen desplegado y a toda velocidad, se hunde oscilando, en el Polo Sur, en las profundas fauces del abismo. 

Ilustración de Lars Henkel para “La máscara de la muerte roja” 
  En “Hop-Frog” —el nombre del bufón enano y cojitranco que significa salto de rana y que sirve en la corte de un rey obeso, bromista y autoritario— descuella la estratagema asesina y circense con que corona y venga, en medio de una palaciega mascarada, la ofensa, la humillación y la burla dada a él y a su colega la enana Trippetta por el soberano y sus gordinflones y alegres siete ministros. En “La máscara de la muerte roja” también se sucede una festiva mascarada en las entrañas de un egocéntrico y egoísta palacio cerrado y fortificado ante la peste que ha diezmado a la población circunvecina. Según dice la voz narrativa, “Jamás peste alguna había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el color y el horror de la sangre. Comenzaba por agudos dolores, seguía con desvanecimientos súbitos y concluía en un abundante derrame de sangre por los poros; poco después sobrevenía la muerte. Las manchas purpúreas en el cuerpo y especialmente en el rostro de la víctima eran las trompetas de la muerte que aislaban de todo socorro y toda simpatía. La invasión, el progreso y fin de la enfermedad era cuestión de media hora.” En medio del clímax de la orgiástica celebración de los enmascarados que deambulan de salón en salón (cada uno con su particular color y decorado), hace acto de presencia un extraño cuyo mortuorio atavío traza los signos de la muerte y de la epidemia. Es nada menos que la Muerte Roja ataviada o disfrazada de la Muerte Roja y con la máscara de la Muerte Roja y por ende el príncipe Próspero y sus nobles y cortesanos no tardan en vivir sus últimos minutos “inundados por un rocío sangriento”.

 
Ilustración de Mateo para “El retrato oval”
  En “El retrato oval” un viajero herido y su criado arriban a un solitario, gótico y romántico palacio ubicado en algún lugar de los Apeninos. Se instalan en una recámara “situada en una torre aislada del edificio”. La regia, astrosa y añeja habitación es al unísono una recargada galería de pinturas, tapices y trofeos heráldicos; y en el lecho halla un libro que expone la crítica y el análisis de las obras que lo rodean. A la luz de las velas lee hasta la medianoche. Al mover el candelabro para orientar la luz, descubre, en la penumbra de un nicho, un cuadro que no había visto; se trata del vivo retrato, de medio cuerpo, de una joven mujer, cuyo marco oval es “de un bello estilo morisco”. En el libro lee que se trata de la esposa del artista, quien obsesionado y abstraído en su creación, paulatinamente la fue pintando hasta insuflarle a la imagen la vida de la fémina, de tal modo que murió en el preciso instante en que él concluyó su obra. 

   
Edgar Allan Poe
(Boston, enero 19 de 1809-Baltimore, octubre 7 de 1849)
         En “El corazón delator” un loco neurasténico monologa los pormenores que, a la medianoche, lo instigan a matar a un solitario anciano con el que cohabita en una misma casa, a quien ya muerto descuartiza y entierra bajo los tablones de su recámara. No tolera y le produce aversión y fobia su horrendo y nauseabundo “ojo de buitre” cegado por una tela e incluso no soporta el latido de su corazón, que cree oír, y que a la postre sigue oyendo y lo sigue atormentado, y por ende se ve impelido a confesar a gritos su crimen ante los policías que, a las cuatro de la madrugada, han acudido a la casa porque algún vecino oyó un alarido en medio de la noche. 

Ilustración de Aaron Baggio para “El gato negro”
  En “El gato negro” también es un loco y un sádico asesino el que monologa y narra. Aunada a su inclinación por el alcohol y a los consabidos trastornos ópticos y mentales que tal estado implica, es la presencia de un felino negro y su posible reencarnación y maleficio lo que lo induce, delata y condena. Pues el minino, con sus siete vidas, corporifica “la antigua creencia popular que veía brujas disfrazadas de gatos negros”. Es decir, pese a que el beodo quiere y apapacha al gato negro, primero le saca un ojo con un cortaplumas y más tarde lo ahorca colgándolo de un árbol. Después de un tiempo, añorando al bicho, en una taberna encuentra un felino muy parecido a Plutón, que fue el nombre que le dio al gato mutilado y sacrificado, y que a todas luces es el mismo gato negro (pese a su mancha blanca en el pecho), pues además de que también está tuerto, cuando mata a su querida esposa de un hachazo en el cráneo y la empareda en el sótano donde subsistían en la pobreza y los agentes de la policía están allí indagando la desaparición de la mujer, son los horripilantes maullidos del gato negro dentro del muro los que delatan y desvelan su oculto crimen ante los gendarmes, quienes al oírlo derrumban el recubrimiento de la falsa chimenea y hallan el sanguinolento cadáver descompuesto de la fémina y “Encima de su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y el ojo único despidiendo fuego, estaba subida la abominable bestia”. Vale añadir que en la mancha blanca que el tuerto gato negro luce en el pecho, está cifrado el maleficio y presagio de la condena y destino del asesino, pues traza la espeluznante forma del patíbulo.

Ilustración de Samuel Casal para “El pozo y el péndulo”
        En “El pozo y el péndulo” un condenado por los monjes de la Inquisición, cuya herejía se ignora, escribe, medita y narra los pesadillescos, delirantes y maniáticos detalles de su terrible y aterradora tortura en un subterráneo calabozo en Toledo, la manera en que varias veces sortea la muerte y las angustiosas minucias de lo que parecía su inminente fallecimiento. Pues en los últimos instantes, en una apoteósica y angelical aleluya, el general Lasalle y el ejército francés entran triunfales, toman Toledo y cae la Inquisición. 

Ilustración de Vania/Ivan Zouravliov para “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”
      Según dice Julio Cortázar en su correspondiente nota, “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, en Londres, “fue tomado por un informe científico”. Lo cual casi coincide con Margarita Rigal Aragón cuando apunta que tal cuento “fue interpretado por los lectores como un caso verídico con gran sorpresa de Poe”. A mucha distancia de la soterrada mentalidad y de los atavismos y de la idiosincrasia de los humanoides de la época, impregnada por los prejuicios del mesmerismo, tal meollo no deja de sorprender, pues el final del relato reitera y denota aún más su índole y prosapia fantástica que transpira y late en cada página. Es decir, el homónimo alter ego de Poe hipnotizó al señor Ernest Valdemar in articulo mortis y bajo el poder de la hipnosis estuvo alrededor de siete meses muerto en su recámara sin que su cadáver se corrompiera y desde el más allá, con una tenebrosa voz de ultratumba y haciendo vibrar la lengua de sus mortuorios despojos, habló y dio fe de que estaba muerto. Y cuando tal latente, angustioso y horrorosísimo impasse es interrumpido por el volitivo influjo de la hipnosis del señor P, sucede lo aún más impensable. Según dice el narrador:

Ilustración de Vania/Ivan Zouravliov para “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”
  “[...] lo que realmente ocurrió fue algo para lo que ningún ser humano podía estar preparado.

“Mientras ejecutaba rápidos pases hipnóticos entre exclamaciones de ‘¡muerto!’, que literalmente explotaban en la lengua y no en los labios del paciente, su cuerpo entero, de pronto, en un solo minuto o incluso en menos tiempo, se contrajo, se deshizo, se pudrió entre mis manos. En el lecho, a la vista de todos los presentes, sólo quedaba una masa casi líquida de repugnante, de execrable putrefacción.”
Vale añadir que tal instantánea disolución evoca, ineludiblemente, la no menos fantástica, vertiginosa y muy visual disolución de la gótica casona de los incestuosos gemelos Madeline y Roderick Usher en el pestilente y mórbido miasma de las negras aguas del aledaño lago.



Edgar Allan Poe, El gato negro y otros cuentos ilustrados de misterio e imaginación. Traducción de Mauro Armiño. Iconografía a color. Colección Grangaznate núm. 2, Valdemar. Madrid, diciembre de 2008. 240 pp.


lunes, 14 de octubre de 2019

El perro canelo

El buzón de cartas había escupido un tiro

Con el número 29 de la Colección Acantilado bolsillo se publicó en Barcelona, en diciembre de 2012, El perro canelo (Le chien jaune), novela del prolífico narrador belga Georges Simenon (1903-1989), traducida del francés al español por Caridad Martínez. 
Colección Acantilado bolsillo número 29
Barcelona, diciembre de 2012
       En Pietr, el León (Pietr le Letton), novela policíaca de Georges Simenon editada en 1930, apareció por primera vez el célebre comisario Maigret, protagonista de 103 narraciones: “72 novelas y 31 relatos, publicados entre 1930 y 1972”. Y de 1931 data la primera edición de El perro canelo (impresa en París por Éditions Fayard), donde descuella el comisario Maigret y su infalible pipa; y de 1932 es la homónima versión cinematográfica en blanco y negro, dirigida por el cineasta galo Jean Tarride (1901-1980).  

 
Cartel del filme Le chien jaune (1932)
        Pese a que a estas alturas del siglo XXI ese mediometraje está prácticamente olvidado (sólo lo ven ciertos historiadores de cine y algunos curiosos), la vieja novela El perro canelo ha acentuado su tesitura antigua (demodé) y su sabor de añejo cuento peliculesco, lúdico y bufo. La amena obra se divide en once capítulos con números y rótulos; y de manera tenue (y a veces obvia) se trasmina en cada página (de supuesto realismo) una pulsión lúdica y bufa. 
El caso es que cerca de las once de la noche del “Viernes 7 de noviembre”, en Concarneau, un pequeño puerto bretón asediado por un temporal, uno de los trasnochados comensales del café del Hôtel de l’Amiral, tras salir a la calle (sin asfalto) bamboleándose y canturreando por el alcohol y la ventolera, recibe un balazo a quemarropa al detenerse en el portal de una casona deshabitada. La fuerza del viento le levantaba el abrigo y ya le había arrancado el sombrero hongo y sólo se detuvo en el portal para poder encender un puro. El único testigo de su caída fue “el aduanero de guardia”, quien “a menos de cien metros” estaba “aterido y acurrucado en su garita”; fue rápido hacia el hombre tirado y luego dio la voz de alarma corriendo hacia el café, donde entró seguido de un perro canelo que nadie conocía (surgido de algún sitio y con pinta de callejero) que se tumbó a los pies de Emma, la joven camarera (con cofia bretona) que estaba en la caja registradora. Ese es el hecho que desencadena la intriga y el misterio, porque la bala salió del buzón de la casa deshabitada y el herido en el vientre a bocajarro es monsieur Mostaguen, el “dueño del negocio de vinos más importante de Concarneau, un buenazo que sólo tiene amigos” (pero le teme a su esposa, quien cree que lo balearon por un “lío de faldas”). Frente a la agitación de Yves Le Pommeret y de Jean Servières (ambos de la élite de “alegres camaradas” y habituales del café con quienes departía el vinatero borrachín) y ante la obvia incapacidad de los policías del pueblo para investigar el intento de asesinato, el acalde, “alarmado”, hace una llamada telefónica que recibe el comisario Maigret, a quien “Hacía un mes le habían incorporado a la Brigada Móvil de Rennes, en la que había que reorganizar algunos servicios”.
Fotograma de Le chien jaune (1932)
       El curtido comisario Maigret llega a Concarneau en compañía del inspector Leroy, un joven de 25 años con el que nunca había trabajado, proclive al técnico acopio de pruebas para su examen científico en París; de ahí, por ejemplo, que envíe unas huellas digitales a través de un belinógrafo. El sábado 8 de noviembre, día de su llegada a Concarneau, Maigret y Leroy se alojan en el Hôtel de l’Amiral, cuyo café-bar se convierte en núcleo de operaciones y sucesos alrededor del crimen. Por ejemplo, la tarde de ese sábado 8 de noviembre, allí en el café, Maigret conversa (en realidad recaba información) con el doctor Ernest Michoux, quien departe con Le Pommeret y Jean Servières; entonces el doctor descubre indicios de estricnina en su copa, y Maigret, al hacer oscilar la botella de pernod y observarla a contraluz, ve “motas blancas flotando en el líquido”, y lo mismo ocurre al observar el frasco de calvados (“de panza ancha”) que le indicó uno de comensales. El farmacéutico, cuyo laboratorio está a unos pasos del café, examina todas las copas y las 48 botellas del bar; y sólo encuentra veneno en el pernod y en el calvados, que es lo que cada tarde suelen beber esos trasnochados y licenciosos habituales del café del l’Amiral, con quienes a veces se sienta el alcalde (u otros “principales”) para jugar cartas.

     La mañana del domingo 9 de noviembre, allí en el café del Hôtel de l’Amiral, el comisario Maigret lee la alarmante noticia, voceada por un chiquillo periodiquero, sobre la desaparición del periodista Jean Servières (quedaron “Manchas de sangre en su coche”) y sobre el supuesto miedo que ya se propaga, corre y “reina en Concarneau”.  
    Vale decir que los alarmantes titulares y la nota periodística se leen en la novela; y en ella se alude al “perro canelo que nadie conocía, que parece no tener amo y que reaparece a cada nueva desgracia”; el cual se asocia allí con la furtiva presencia de un vagabundo gigantón (el presunto criminal) “aún no identificado pero que ha dejado huellas curiosas en distintos lugares, la de unos pies mucho más grandes que la media normal”. 
   
Fotogramas de Le chien jaune (1932)
         Esa noticia publicada por Le Phare de Brest causa mucho revuelo, alharaca, cotilleos e inquietud entre los lugareños de Concarneau. De modo que en su ritual paseo durante el lluvioso domingo de su publicación se acercan al café y miran con curiosidad bobalicona por los glaucos cristales de las ventanas, y luego van (o viceversa) al sitio donde quedó el coche abandonado y con manchas de sangre, y ahí se quedan un buen rato y cuchichean entre sí. Y los jóvenes que se atreven a entrar al café, piden de tomar (orgullosos de su valentía), pero no ingieren un sorbo. Y en un momento cercano a las ocho de la noche, el inspector Leroy llama por teléfono al comisario Maigret para notificarle que un zapatero le disparó al perro canelo “en la ciudad vieja, junto al canal”, de donde le llama. Maigret va del café para allá y lo rescata de la masacre y ordena que lo trasladen, en una carretilla, para que el veterinario le extraiga la bala. Y luego, Maigret y Leroy lo resguardan en el hotel, donde “Habían puesto una manta vieja sobre la paja, en el cobertizo pavimentado con granito azul que daba al patio y a la escalera de la bodega”, pues el perro canelo estaba “incapaz de andar y hasta de arrastrase con el vendaje que le aprisionaba por los cuatro traseros”. No obstante, sin que nadie haya visto ni oído nada, el perro canelo desaparece de allí misteriosamente. 
     
Fotograma de Le chien jaune (1932)
        La susodicha noticia en Le Phare de Brest, además, atrae a varios reporteros de París que  se atrincheran en el Hôtel de l’Amiral (de Le Petit Parisien, de Le Journal..., incluso del propio Le Phare de Brest), listos para usar las mesas de escritorio y el teléfono para dictar sus notas y para que los fotógrafos disparen destellos con sus cámaras con explosivos flash de magnesio. Y a través de una llamada telefónica al periódico Le Phare de Brest, Maigret, además de solicitar el envío del manuscrito, se entera (por el director) que fue dejado sin firma la mañana del mismo domingo de su publicación (con el rótulo “Máxima urgencia”) y por ende deduce que se redactó antes de que fuera hallado el pequeño coche de Jean Servières, con manchas de sangre y supuestamente abandonado por un acto violento, “cerca del río Saint-Jacques” (donde, quizá, pudo ser ahogado por alguna deuda o después de robarle la billetera).
El lector, por su parte, sospecha (y luego Maigret lo corrobora) que ese artículo fue escrito por el propio Jean Servières (seudónimo de Jean Goyard), pues además de que el mismo Servières le presume al recién llegado comisario su otrora exitosa vida de periodista llevada en París, la noche del viernes 7, después del atentado contra el vinatero Mostaguen, la omnisciente y ubicua voz narrativa canta sobre él: “Monsieur Servières es un personajillo regordete, con chaqueta color piedra, que estaba con Le Pommeret en el Hôtel de l’Amiral. Es redactor de Le Phare de Brest, donde entre otras cosas publica todos los domingos una crónica humorística.” 
Pero el inquietante hecho que sobre todo marca ese lluvioso domingo 9 de noviembre es el sorpresivo asesinato del señorito Yves Le Pommeret, “el niño bonito de la familia”, el rimbombante vicecónsul de Dinamarca, con fama de “mujeriego impenitente”, con “Numerosas aventuras con obreras jovencitas” y algunos escándalos encubiertos. Siempre de porte impecable. Y un día antes de morir, al darle la mano a Maigret ahí en el café, “iba vestido de hidalgo campesino: pantalón de montar, a cuadros, polainas ceñidas, sin motas de barro, y corbata de plastrón de piqué blanco. Teína un buen bigote entrecano, el pelo bien atusado, una tez clara y las mejillas veteadas de cuperosis.” Cerca de las ocho de la noche de ese domingo 9 de noviembre, Le Pommeret dejó el café de l’Amiral y se fue a su casa a cenar. Su cuerpo (después de la cena) lo descubrió “la propietaria del inmueble”, quien llamó por teléfono al café para darle al comisario la noticia del deceso. Y el médico que observó su cadáver tirado en su recámara dedujo que fue envenado con una dosis de estricnina, ingerida, al parecer, entre media y dos horas antes.
Instigado por el acalde, quien con aires de poderoso influyente no ha dejado de exigirle a Maigret que detenga a alguien, el lunes 10 de noviembre el comisario detiene al doctor Ernest Michoux, flamante administrador de la controvertida Urbanización de Les Sables Blancs (donde el doctor y el alcalde tienen sus correspondientes mansiones) y ordena su encarcelamiento en la Gendarmería, que se halla en la zona antigua de Concarneau.
A priori, esa detención parece un tanto arbitraria y en cierto modo parece que protege al doctor Michoux de un posible atentado y de la fobia que lo angustia y consume. Y al unísono parece que el posible móvil del asesinato de Le Pommeret es una oscura venganza que tiene que ver con la vida bulliciosa, lasciva e impune que llevaba coludido a la élite de los habituales del café de l’Amiral. El mismo sábado 8 de noviembre, día de la llegada del comisario Maigret, Jean Servières le presume sobre el donjuanismo que caracterizaba a Le Pommeret: “¿Sabe cómo llamamos a la casa donde vive, frente a la lonja del pescado...? ¡La casa de la lascivia!” De ahí que cuando el comisario Maigret va a observar su cadáver ese domingo 9, vea, “En las paredes, fotos de actrices, cuadros con dibujos recortados de publicaciones eróticas y algunas dedicatorias de mujeres.” Y que la voz narrativa diga cantarina sobre el diván donde murió: “¡Aquel mismo diván que le había valido a la vivienda de Le Pommeret el sobrenombre de la casa de la lascivia! En torno a aquel mueble los grabados eróticos abundaban más que en ninguna otra parte. Una lamparita destilaba una media luz color de rosa.” 
   
Fotograma de Le chien jaune (1932)
         A esto se suma el testimonio informal (y circunstancial) que le brinda el joven policía de Concarneau con el que Maigret camina rumbo al “antiguo puesto de guardia de Le Cabélou”, donde estuvo oculto el furtivo gigantón vagabundo y su escurridizo perro canelo: “Depende de qué gente... La gente del pueblo, los obreros, los pescadores, no se alteran demasiado... Y hasta casi se alegran de lo que pasa... Porque el doctor [Michoux], monsieur Le Pommeret y monsieur Servières no tenían muy buena reputación... Eran señores, claro... Nadie se atrevía a decirles nada... Y ellos se aprovechaban, abusando de todas las chiquillas de las fábricas... En verano, con sus amigos de París, era aún peor... Siempre andaban bebiendo, metiendo ruido por la calle a las dos de la mañana, como si fueran los amos de la ciudad... Teníamos quejas a menudo... Sobre todo en lo referente a monsieur Le Pommeret, que era incapaz de ver unas faldas sin ponerse a cien... Es triste decirlo... Pero las fábricas apenas trabajan... Hay paro... Así que, con dinero... todas esas chicas...”
Y desde luego en esa (bochornosa y libertina) línea incide el testimonio, de índole confidencial, que a Maigret le charla Emma, la camarera de 24 años, quien vive en la buhardilla del Hôtel de l’Amiral. Ella también ha sido objeto del acoso sexual del doctor Michoux, que también ve a otras chicas. A veces le paga y a veces no. Y la hace ir a su casa (“Anteayer mismo”, le dice, “Aprovecha que su madre está de viaje”). O se alberga en una habitación del hotel, como lo hizo después de que él detectara (a ojo de buen cubero) la estricnina en su copa de pernod. Y sobre Le Pommeret ella le dice: “Igual... Sólo que no fui más que una vez a su casa, hace mucho..., estaba también una obrera de la fábrica de conservas y... ¡y yo no quise! Van cambiando cada semana.” Y sobre el articulista Jean Servières le dice que “no es lo mismo”, porque “está casado” y “Parece que para ir de juerga se va a Brest”. Que sólo le hace alguna broma o la pellizca al pasar.
       
Fotograma de Le chien jaune (1932)
       No obstante, esto resulta ser un engaño al lector, porque el intríngulis de la cadena criminal no va por allí. El comisario Maigret hace sus anotaciones detectivescas y el inspector Leroy hace las suyas. Y sobre todo reflexiona, une cabos, elabora conjeturas y formula hipótesis, como lo hace en voz alta (ídem todo un raciocinador de catadura inglesa) en la regia biblioteca de la mansión del alcalde, a donde fue con él en el coche de su anfitrión, ya muy entrada la noche del lunes 10 de noviembre, pues abandona el lujoso chalé alrededor de la “una de la madrugada”.  

     
Georges Simenon
(1903-1989)
           Y en varias pesquisas el inspector Leroy auxilia al comisario Maigret. Así que para no desvelar todos los vericuetos, las menudencias, las omisiones narrativas (de Georges Simenon) y los procedimientos detectivescos, vale decir que Maigret descubre la habitación (frente al Hôtel de l’Amiral) donde se oculta el vagabundo gigantón iluminado por una vela. Y encaramado sobre el techo del hotel más de tres horas, pese al frío nocturno, junto con Leroy, después de las once de la noche del lunes 10 de noviembre, descubre y observan (como en una pantalla de cine mudo en sepia) el escenario y la mímica del ríspido y luego apasionado amorío del vagabundo con la camarera Emma, preludio de su huida hacia los muelles. A esto se añade la información que Maigret recopila al registrar la buhardilla de la camarera: una foto de feria, tomada en Quimper, donde se le ve a ella, feliz y sonriendo, y a él robusto y “con una gorra de marinero”. Y lo más revelador: una amorosa carta del gigantón a Emma (se la envió de Quimper a Concarneau, y se lee en la novela), donde le habla de sus planes de casarse con ella en Quimper, que ya ha adquirido un barco que se llamará La Belle-Emma, que tiene que “ingresar en el banco diez mil francos al año” por el navío, y que piensa ganar lo suficiente para que el matrimonio se haga lo más pronto posible (“El transporte de cebollas a Inglaterra puede dar mucho dinero”, le dice ilusionado).
En resumidas cuentas, Maigret formula sus corazonadas e hipótesis en secreto: sólo él sabe lo que ata (y desata) y se propone con su intuición y olfato de sabueso. Así que el martes 12 de noviembre (un día con el cielo azul y sin las nubes del mal tiempo) cita y reúne en el patio de la Gendarmería a los involucrados en el entuerto que tiene en vilo a los habitantes de Concarneau. Frente a la cárcel se agrupa una multitud de curiosos y periodistas, pues además del arribo del alcalde en su lujoso coche con chofer, los gendarmes llevan detenidos a Emma y al gigantón (con esposas en las manos y con los pies atados); y también llega detenido el periodista Jean Servières (quien fue hecho preso en París y remitido a Concarneau por petición del comisario); y la madre del doctor Ernest Michoux, profiriendo ínfulas y amenazas, es traída ex profeso por el inspector Leroy que fue por ella a su casa; mientras que el doctor observa, participa y toma notas encerrado en su celda. Como si se tratara de un juicio (o parodia de juicio en un anfiteatro) y Maigret fuera, al unísono, el fiscal y el juez de instrucción, solicita sillas para sus invitados y al brigadier le pide que haga el papel de escribano y para ello le instalan una mesita.
Fotograma de Le chien jaune (1932)
        Maigret, fumando su pipa y yendo de un lado a otro, dirige el interrogatorio, que en su parte medular revela un entramado mafioso (ocurrido “hará unos cuatro o cinco años, tal vez seis”) que llevó a la ruina al barco La Belle-Emma (requisado en Estados Unidos por un alijo de cocaína de diez toneladas) y a la penitenciaría de Sing-Sing al marinero Léon Le Guérec que lo había hecho construir con un préstamo bancario. Léon, apremiado por las deudas, aceptó llevar un cargamento ilícito a “un pequeño puerto de Nueva York”. Léon, ingenuo, creía que era “contrabando de alcohol”, que otros hacían (algo regular) por la Ley Seca en la Unión Americana, y que a él le reportaría lo suficiente; de modo que, dice: “quedaría pagado el barco y aún me sobrarían veinte mil francos para mí”. 

Según afirma Léon, fue el periodista Jean Servières el que en un café de Brest le presentó a un americano que le propuso el trato y por ende unos oficiales instalaron “un motor semidiésel en La Belle-Emme”. Pero el negocio se torció y el americano y sus tres socios franceses (los inversionistas Jean Servières, Yves Le Pommeret y Ernest Michoux) lo dejaron solo. Según dice, lo condenaron “a dos años de trabajos forzados y a cien mil dólares de multa”. Y pudo salir de tal encierro porque un día vio “al americano de Brest” que visitaba a un recluso allí en Sing-Sing. El gringo le reveló, que además de traficar por su cuenta, era “agente del gobierno cuando la Ley Seca”. Y ese americano movió algunos hilos negros bajo el retrete, porque lo ayudó a salir de su condena en Sing-Sing (una cárcel donde “Había presos ricos que salían a pasear casi cada noche... ¡Y los demás les hacían de criados...!”). Y su objetivo en Concarneau, según dice, era mantenerse oculto y distante de Emma y aterrorizar al doctor Michoux, apareciéndose y desapareciendo, con su terrible pinta de astroso gigantón vagabundo, de modo que el doctor le disparara y terminara en la cárcel, pues según sabe, fue Michoux el que tomó la decisión de traicionarlo y dejarlo solo. 
El dramaturgo y actor Abel Tarride hizo el papel
del comisario Maigret en Le chien jaune (1932)
         El caso es que el comisario Maigret descubre con antelación a ese testimonio que, efectivamente, el doctor Ernest Michoux planeó e intentó matar al marinero Léon Le Guérec. Y esto lo hizo de un modo rocambolesco e hilarante, pues al observar el interior de la habitación número 3 del Hôtel de l’Amiral, en unas hojas de papel secante con el membrete del albergue, halló una “apenas salpicada de caracteres incompletos”, que para leerlos se necesita completarlos y proyectarlos en un espejo. Pero antes de que Leroy regrese con el espejo, Maigret reconstruye el críptico mensaje dirigido a Léon, escrito con la letra y la firma de Emma, porque el doctor maquiavélicamente se la dictó a ella. Tal mensaje dice a la letra: “Necesito verte. Ven mañana a las once a la casa deshabitada que hay en la plaza, poco más allá del hotel. Cuento totalmente contigo. Sólo tienes que llamar y te abriré.” De ahí que el buzón de cartas (de la casa deshabitada) escupiera una sorpresiva y misteriosa bala el viernes 7 de noviembre a las once de la noche y penetrara en la barriga de monsieur Mostaguen, y el perro canelo apareciera rondando por allí.   

     En su intervención, Maigret declara haber sido él el que introdujo el veneno en el frasco del pernod; pero deduce y explica al corro que fue el doctor Michoux el que, fóbico y desesperado, envenenó a Yves Le Pommeret. Así que para cerrar el cónclave, firma “una orden de detención contra el doctor Ernest Michoux por intento de asesinato y lesiones en la persona de monsieur Mostaguen y por envenenamiento voluntario de su amigo monsieur La Pommeret”; más “otra orden de arresto, contra madame Michoux, por agresión con agravante de nocturnidad”, pues ella, en un intento de confundir las cosas (para sacar a su hijo de la cárcel), la noche del lunes 10 noviembre disparó desde las sombras contra el susodicho aduanero, pero sólo lo rozó en una pierna (no obstante el tipo se aterrorizó creyendo que perdería una pata). Y, curiosamente, Maigret no expide ninguna orden de detención contra el periodista Jean Servières, pese a que a todas luces fue parte inicial y orgánica de la trama de traficantes de cocaína que llevó a la cárcel a Léon Le Guérec y a la pérdida de su barco, y a que su artículo periodístico, alarmante y persuasivo para los lectores de Concarneau (escrito, además, con la mano izquierda para que nadie reconociera su letra), predispuso a los lugareños a disparar contra el fantasmal vagabundo de pies grandes y contra su perro canelo. Así que sobre Servières sólo dictamina: “creo que sólo puede imputársele ultraje a la magistratura, por la comedia que representó”.   
     Y no presenta ningún cargo contra Léon Le Guérec ni contra Emma. Es decir, el comisario Maigret se hizo de la vista gorda y dictó “justicia” por su cuenta. Para alejarse de la Gendarmería y de la multitud, el alcalde le sede su coche al comisario, quien sube y se marcha con Léon Le Guérec y Emma. Y es allí donde la camarera le agradece al comisario no haber revelado que fue ella la que introdujo la estricnina en el pernod y en el calvados. Había descubierto que Léon andaba escondido en el pueblo y “Sabía que querían matarle”; y pese a que Léon no la quería ver (se moría de celos), ella lo seguía queriendo y terminaron reconciliándose. 
Fotograma de Le chien jaune (1932)
  Aún no saben a dónde irán. Quizá vayan hacia Le Havre y salgan de Francia en algún barco. “Al final me ganaba bien la vida en los muelles de Nueva York”, le dice León. Y puesto que los gendarmes no le devolvieron los once francos y la calderilla que le decomisaron, Maigret, próximo a una pequeña estación, golpea para que el chofer detenga el coche (y se bajen), y les regala “dos billetes de cien francos”: “¡Cójanlos...! Los pondré en mi cuenta de gastos”, dice, bonachón.

Por lo que resume la omnisciente voz narrativa en la última página de la novela, “El proceso [contra el doctor Michoux] duró un año” y fue “Condenado a veinte años de trabajos forzados por la audiencia de Le Finistère”. Mientras que su engreída y megalómana madre cumplió una pena de tres meses de cárcel. Y una “fotografía de hace apenas un mes, publicada en la prensa”, lo exhibía “cada vez más flaco y amarillento, con la nariz de través y el petate al hombro, embarcando rumbo a la isla de Ré en La Martinière, que lleva a ciento ochenta forzados a Cayenne” (o sea: a la Guyana Francesa).
Si esto semeja una ingrata imagen rumbo a los bajos fondos del ardiente infierno, el destino amoroso de Emma y del gigantón parece de cuento de hadas: “Léon Le Guérec pesca arenques en el mar del Norte, a bordo de La Francette, y su mujer está esperando un niño.”



Georges Simenon, El perro canelo. Traducción del francés al español de Caridad Martínez. Colección Acantilado bolsillo número 29, Editorial Acantilado. Barcelona, diciembre de 2012. 152 pp.




La gota de oro



En busca del rostro perdido

La gota de oro, novela de Michel Tournier (París, diciembre 19 de 1924-Choisel, enero 18 de 2016)), fue publicada en francés, en 1985, por Editions Gallimard. Y la traducción al español de Jacqueline y Rafael Conte impresa en Madrid, en 1988, por Alfaguara, denota el poder verbal, intelectual, poético, imaginario y narrativo de su autor. En La gota de oro confluye una veta signada por varias de sus obsesiones narrativas; por ejemplo, su atracción y reescrituración de mitos, supersticiones, leyendas y cuentos de tradiciones orales; pero también la fotografía, y la investigación y documentación a partir del tema y subtemas implícitos en la obra. 
Michel Tournier
Idriss, el protagonista de La gota de oro, es un adolescente de Tabelbala, un diminuto oasis perdido en las profundidades del desierto argelino. Cierto día, dunas adentro, mientras cuida su rebaño de ovejas y cabras, pasa un Land Rover, casi un espejismo, y de allí desciende una rubia inquietante que le toma una foto. Ella, a petición de él, le promete enviársela desde París, pero la foto nunca llega. Así que Idriss emprende la travesía y búsqueda de esa imagen que, según sus ágrafos y rupestres atavismos musulmanes, es parte suya y el no tenerla bajo control implica ser vulnerable a maleficios como el mal de ojo, por lo que puede enfermar, enloquecer e incluso morir.
      El itinerario de Idriss comienza en el mismo Tabelbala. Es un acto preparatorio (que sin embargo se prolonga hasta sus días parisinos). Entre las anécdotas iniciales se cuentan: la muerte de su amigo el camellero de una tribu Chaamba; las visitas a Mogadem ben Abderrahman, su tío, el ex cabo, dueño de la única foto que existe en el oasis; las burlas de Salah Brahim, el camionero que lleva y trae los enseres y el correo; el ambiente en la casucha familiar; las preocupaciones de su madre; la celebración de una boda tradicional a la que asiste un grupo de bailarines y músicos del Alto Atlas, entre ellos la negra Zett Zobeida, con velos rojos y rutilantes y cantarinas joyas, quien canta unos versos que Idriss evoca y varía una y otra vez hasta las páginas finales. 
(Alfaguara, Madrid, 1988)
Pero durante la boda —luego de oír el relato “Barbarroja o el retrato del rey”, que narra Abdullah Fehr, un negro de los confines del Sudán y del Tibesti, en cuyas palabras Idriss encuentra un aliento más para partir—, resulta que al dirigirse a Zobeida y al grupo, éstos ya se han ido y sólo halla tirada y solitaria una gota de oro que pendía del cuello de la bailarina. La joya es una bulla áurea, un antiguo emblema que era colocado en el cogote de los niños que nacían libres y que sólo se quitaban al cambiar la toga pretexta por la toga viril. Es decir, es un símbolo de inocencia y libertad; así, Idriss lo hace suyo. Pero al unísono se trata de un metal que “excita la codicia y provoca el robo, la violencia y el crimen”; cuya imagen y recuerdo también evoca hasta el término, precisamente cuando el significado de los versos que cantaba Zobeida inextricablemente se urde a la cifra de su destino.
       Idriss, siempre en medio de ricas anécdotas y digresiones, atraviesa Béni Abbès, donde sin buscarlo observa su hábitat y a sí mismo entre las curiosidades del museo sahariano. Béchar, donde es el efímero ayudante de Mustafá, un fotógrafo de estudio. Orán, donde la vieja Lala Ramírez, eterna apestada y viajera, lo lleva al cementerio español e intenta que en él reencarne su hijo Ismaïl. Marsella, donde una prostituta disfrazada de rubia le arrebata la gota de oro, cumpliéndose así los venales signos implícitos en el metal y su forma. 
Ya en París, guiado por Achour, su primo diez años mayor, Idriss se instala en el hogar Sonacotra de un gueto musulmán. Francia es llamada “el país de las imágenes” y París: “capital de las pantallas”. No es fortuito, entonces, que se diga que “la imagen es el opio de Occidente”. 
Idriss, ingenuo y recién desempacado en la Ciudad Luz, es uno más de los inmigrantes árabes y bereberes sujetos a discriminaciones y subempleos, tan históricos, legendarios y pintorescos, como son, por ejemplo, la Torre Eiffel, el Louvre, la Plaza de la Concorde, o los pestilentes vagabundos de las subterráneas inmediaciones del Sena. “Creíamos que los habíamos alquilado [dice una voz sobre los inmigrantes árabes] y que luego podríamos devolverlos a sus casas cuando ya no les necesitáramos, y ahora resulta que los hemos comprado y que nos los tenemos que quedar en Francia.” 
La primera chamba de Idriss es la de barrendero. Pero como es un inocente y un supersticioso que busca su foto y no puede discernir el trasfondo y el sentido de los signos visuales, no sólo es atraído por los escaparates y las pantallas, sino que su propio hado lo introduce al mundo de las imágenes y de la reproducción en serie: recorre las calles mirando las vitrinas y anuncios; penetra, aunque no toque fondo, el mundillo del Electronic, un antro de videojuegos para jovencitos donde se instala un grupúsculo de delincuentes; se deja ir por la rue Saint-Denis, siente la llamada y el tufillo del sexo en los letreros que rezan: Sex shop, Live show y Peep show; entra en uno de éstos y a través de una pantalla mira los lascivos movimientos de una piruja. 
Por alguna droga que seguramente le dio uno de los mozalbetes del Electronic, mientras en el rincón de un café hojea un cómic, alucina que en los cuadros lee el diálogo que tuvo con la rubia que lo fotografió y lo que ésta se dijo con el hombre que conducía el Land Rover, y luego imagina que éste se dedica a explotar la imagen de ella y entonces Idriss asume el papel de héroe y trata de proteger y rescatar a la rubia del café y del cómic, pero para su sorpresa lo llevan a la cárcel, le toman fotos y lo fichan. Su primo Achour, al explicarle la magia onírica del cine, le dice: “¡Cuántos de nosotros no han hecho el amor más que en el cine! No tienes ni idea”.
El director de un grupo que filma anuncios para la televisión, ve a Idriss con su escoba y le paga para que figure de barrendero. Un poco después lo invita para otro anuncio, el del Palmeral, un refresco; pero a pesar de su creencia, no es parte del elenco, sino el beduino que tras bambalinas mueve a un escuálido camello que sí participa en el rodaje; y luego, como el nómada sahariano que no deja de ser, cruza París de un extremo a otro para llevar al camello a un matadero. 
Michel Tournier
Más tarde, Idriss va a los almacenes Tati por un overol, allí conoce a un fotógrafo y coleccionista de maniquíes (sólo efigies de muchachitos de los años 60 del siglo XX), de quien escucha su maniático y soporífero monólogo y al que acompaña a su pocilga. Pero también conoce a un decorador de escaparates, que al verlo, lo invita a que se preste para reproducir en serie un modelo idéntico a él. 
Después de asistir a los laboratorios de la Glyptoplástica (pese a su fobia) donde se somete al proceso para obtener su efigie, Idriss termina deprimido y se refugia en el hogar Sonacotra. Allí, al lado de los viejos musulmanes, como si tratara de recuperar algo muy suyo, muy profundo y recóndito, los escucha, comparte ciertos ritos, y oye las noticias y acentos árabes que los ancianos oyen en la radio a través de La Voix des Arabes. Pero sobre todo escucha a Mohammed Amouzine, un viejo egipcio que le habla de la historia de su país y de la cantante Oum Kalsoum. Mohammed Amouzine le presenta al calígrafo Abd Al Ghafari, del que Idriss se hace su discípulo. 
Abd Al Ghafari lo introduce en la mística de la antigua caligrafía árabe, que comprende la fabricación de la tinta, de las cañas, los estilos caligráficos, la sincronía entre la respiración y el trazo de los signos, los aforismos, los poemas en prosa, y el relato “La Reina Rubia”, que comienza con el clásico íncipit de los milenarios cuentos tradicionales: “Érase una vez”, y que el maestro, rodeado de sus alumnos, narra como “la conclusión de su enseñanza y de toda la sabiduría de la caligrafía”. 
En el relato hay un muchachito (alter ego de Idriss y de los otros discípulos) al que Ibn Al Houdaïda, el calígrafo, le enseña a leer las líneas del rostro. Es decir, así como la quiromancia supone que el destino de un hombre está escrito en la palma de la mano, la mística de la caligrafía supone que en las líneas de un rostro hay versos, los cuales, en conjunto, son un poema que revela los diferentes rostros de un mismo individuo; pero también revela su origen, pasado y futuro. 
Después de tal revelación, Idriss, al empuñar un taladro en la Plaza Vendôme, inesperadamente se encuentra ante un escaparate que exhibe la bulla áurea, la misma joya que vio por primera vez en el cuello de la negra bailarina Zett Zobeida; entonces, iluminado desde dentro y al zumbar y hundir la herramienta en una erógena fisura de Francia, comulga con el sentido profundo de sus líneas (proyectadas en las grietas de la vitrina), su signo, el poema escrito en su rostro, que no cifra y canta otra cosa más que a sí mismo, su destino, prefigurado en la forma de la gota de oro y en los versos del canto de Zett Zobeida, la negra de velos rojos y rutilantes y cantarinas joyas.


Michel Tournier, La gota de oro. Traducción del francés al español de Jacqueline y Rafael Conte. Alfaguara Literaturas (251). Madrid, 1988. 272 pp.