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jueves, 20 de noviembre de 2025

Los crímenes de Alicia

La memoria de Carroll

(o los pelotudos de la mesa redonda)

 

I de VII

Con su novela Crímenes imperceptibles, el narrador y matemático argentino Guillermo Martínez (Bahía Blanca, julio 29 de 1962) obtuvo en su país el Premio Planeta Argentina 2003, cuya edición príncipe se publicó ese año en Buenos Aires. Y el 4 de marzo de 2004 apareció en España con el rótulo Los crímenes de Oxford, publicada por Ediciones Destino. Título más pegajoso y sonoro y a todas luces mucho mejor, el cual sirvió de base para The Oxford Murders (2008), filme en inglés dirigido por el cineasta español Álex de la Iglesia, quien elaboró el guion a cuatro manos con Jorge Guerricaechavarría. Y de nuevo en España obtuvo el Premio Nadal de Novela 2019 con Los crímenes de Alicia, publicada en abril de ese mismo año por Editorial Planeta Mexicana en la Colección Áncora y Delfín de Ediciones Destino; en cuya cuarta de forros se lee una breve y falaz reseña (¡desde luego intrigante! y salpimentada con una alabanza de ligas mayores y estelares) que el matemático Arthur Seldom, proclive a la falacia y al sofisma, quizá pudo pergeñar y publicitar en el Oxford Times:

           

Guillermo Martínez y
Los crímenes de Alicia

         “Oxford, 1994. La Hermandad Lewis Carroll decide publicar los diarios privados del autor de Alicia en el país de las maravillas. Kristen Hill, una joven becaria, viaja para reunir los cuadernos originales y descubre la clave de una página que fue misteriosamente arrancada. Pero Kristen no logra llegar con su descubrimiento a la reunión de la Hermandad. Una serie de crímenes se desencadena con el propósito aparente de impedir, una y otra vez, que el secreto de esa página salga a la luz.

            “¿Quién quiere matar al mensajero? ¿Cuál es el verdadero patrón que se esconde tras esta sucesión de crímenes? ¿Quién y por qué está utilizando el libro de Alicia para matar?

            “Para desentrañar lo que ocurre, el célebre profesor de Lógica Arthur Seldom, también miembro de la Hermandad Lewis Carroll, y un joven estudiante de Matemáticas unen fuerzas para llegar al fondo de la intriga, y serán peligrosamente arrastrados por unos crímenes impredecibles, en una investigación que combina la intriga con lo libresco.

            “Con una prosa tersa y precisa, Guillermo Martínez, autor de Los crímenes de Oxford, ha escrito una novela fascinante que en la tradición de Borges y Umberto Eco lleva el relato policial al terreno literario.”

Umberto Eco

II de VII

Los crímenes de Alicia es continuación de Los crímenes de Oxford. Es decir, la voz narrativa es la misma voz del joven matemático argentino becado en el Instituto de Matemática de Oxford. (No obstante, ni por equivocación o descuido, dado su asumido pacto de silencio, menciona a la asesina Beth y a la abuela asesinada, ni la actividad teatral, escenográfica y manipuladora de Arthur Seldom para encubrir ese asesinato. Pero sí evoca el falaz teorema, y lógico autoelogio, con que Seldom justificó y maquilló sus oscuros actos: “El crimen perfecto no es el que queda sin resolver, sino el que se resuelve con un culpable equivocado.”) En la primera novela los hechos se desarrollan en el verano del 93 y el narrador tiene 22 años; y en la segunda tiene ya 23 e inicia en el verano del 94. En la primera ocurre un asesinato; el primero (y el único) de una supuesta serie de crímenes cometidos por un supuesto asesino serial que supuestamente, desde la sombra y el enigma, reta y confronta al profesor Arthur Seldom, supuesto “paradigma de la inteligencia” y de las matemáticas. Y en la segunda ocurre un intento de asesinato, seguido por dos asesinatos que parecen cometidos por “alguien”, que desde la sombra y el camuflaje, parece querer impedir que la Hermandad Lewis Carroll dé cauce a la exhumación y difusión de un controvertido y oculto capítulo de la vida íntima del reverendo Charles Dodgson (Lewis Carroll), y, al unísono, denunciar una elitista y clandestina red de voyeristas pedófilos. Pero en ambas novelas juega un papel protagónico el consabido dúo dinámico: el becario argentino del Instituto de Matemática y su mentor Arthur Seldom, pues desarrollan juntos (y separados) varias especulaciones y pesquisas detectivescas; más aún en la segunda. De tal modo que configuran aún más una variante (diría el profesor Borges ante un multitudinario auditorio de la UBA) de los arquetipos inaugurados en 1841 por Edgar Allan Poe con The Murders of the Rue Morgue; es decir, el brillante y marisabidillo raciocinador es, sobre todo, el lógico y matemático Arthur Seldom; y su acompañante, epígono y admirador de sus virtudes intelectuales y cognoscitivas, es quien reporta, transcribe su voz (y las otras voces) y relata al desocupado lector.

           

Borges en el catafalco de Edgar Allan Poe
(Baltimore, 1983)

           En este sentido, descuella el hecho de que en la primera novela el joven becario narre que el matemático y lógico Arthur Seldom es autor de un
best seller sobre “las series lógicas”; y en la segunda de una Estética de los razonamientos, pues en el culmen de la trama los presuntos demiurgos de la mesa redonda, es decir, los “miembros plenos” de la selecta Hermandad Lewis Carroll (entre ellos Arthur Seldom), confabulados en el Sanctum Sanctorum del Christ Church College, exponen de viva voz, y en secreto, sus inferencias y razonamientos en torno a los hechos delictivos y subrepticios que los han orillado a reunirse, de nuevo, casi al final de la obra. Y entre sus voces (incluida la raciocinadora voz del inspector Peterson y la raciocinadora voz de Kristen Hill a través de una carta post mortem) el más chipocludo y luciente raciocinador, analista y detective es, desde luego, Arthur Seldom.

 

III de VII

La novela Los crímenes de Alicia comprende veintinueve capítulos, un “Epílogo” y una nota de “Aclaraciones y agradecimientos”. Pese a su matiz realista y al recurrente palimpsesto sobre ciertos pormenores de la biografía y leyenda de Lewis Carroll y su obra fotográfica y literaria (incluidos sus legendarios y censurados diarios) es, sobre todo, una obra de ficción, extremadamente amena, que conforma un ingenioso puzle repleto de anécdotas, detalles, subtemas, digresiones, matices, vueltas de tuerca, y giros sorpresivos e inesperados. 

     

Colección Áncora y Delfín, Ediciones Destino
México, abril de 2019

        En la vida real pudiera ser que el Príncipe de Gales, el heredero del trono del Reino Unido, galán de la
jet set y rutilante estrella de la chismografía rosa, fuera el presidente honorario de la Hermandad Lewis Carroll. Pero resultaría muy ingenuo, desenfocado e hilarante suponer que su nominación simbólica sólo fue conseguida por Sir Richard Ranelagh, el presidente de la Hermandad —según le dice el verborreico Seldom al inspector Petersen—, “para que pudiéramos impresionar a nuestros corresponsales en el exterior e intercambiar materiales con universidades y círculos carrollianos alrededor del mundo”; de tal modo que, fuera de una vieja fotografía inaugural donde se ve al entonces joven Príncipe con el pleno de la Hermandad y de que nunca ha asistido a sus reuniones, sólo usan y pronuncian “su nombre” —en el mismo tenor inverosímil— cuando deben “recurrir al escudito para pedir alguna publicación universitaria extranjera”
.

           

Lewis Carroll
(1832-1898)

          Pero lo que resulta no menos inverosímil (o quizá más aún) es la hiperrelevancia que los “miembros plenos” de la Hermandad (un conjunto de vejestorios que llevan décadas escrudiñando y analizando vertientes, escondrijos, secretos y minucias de la vida y obra de Lewis Carroll) le dan a la edición, presuntamente autorizada y definitiva, de los sobrevivientes y expurgados diarios del reverendo Charles Dodgson: nueve (de trece) cuadernos archivados y catalogados en la Casa Museo de Guildford. Y más todavía al papel sustraído de allí por la veinteañera Kristen Hill del “ítem que dice Páginas cortadas del diario”; pues aún sin haberlo visto ni leído suponen que resquebrajará y hará trizas (y quizá polvo) el sentido, la arquitectura o el rumbo de toda la bibliografía biográfica existente sobre Lewis Carroll. 

       

Última página del manuscrito de Lewis Carroll:
Aventuras subterráneas de Alicia (1864)

          Lo cual el desocupado lector confirma cuando la frase medular de ese papel es desvelado casi al final de la novela; pero, no obstante su brevedad y banalidad (relativa al motivo de la pelea entre la madre de Alice Liddell y el diácono Charles Dodgson), le sirvió a Kristen Hill para escribir a vuela pluma o a veloz maquinazo, no una adenda o una peculiar nota al pie de página de la biografía más voluminosa y “total” de Lewis Carroll (que en la novela es la escrita por Thornton Reeves, “miembro pleno” de la Hermandad, del que ella era asistente y además compiladora de datos y folios para todos los “miembros plenos”), sino un libro de probable (o no) edición póstuma: Ina in Wonderland. 

 

Edith, Lorina y Alice Liddell
(Oxford, verano de 1858)
Foto: Lewis Carroll

        Ina, vale apuntarlo, era la mayor de las tres hermanas Liddell: Lorina, Alice y Edith (de 13, 10 y 8 años de edad), a quienes el diácono Charles Dodgson, profesor de lógica y de matemáticas en el Christ Church College de Oxford, les contó de manera oral e improvisada, “el 4 de julio de 1862”, remando una barca en las aguas del río Támesis (o Isis), con su amigo el reverendo Robinson Duckworth y rumbo a una excursión a Godstow, las simientes de las Aventuras subterráneas de Alicia; las cuales, luego de la versión manuscrita con portada y dibujos suyos y con un postrero retrato (en ovalito) tomado por él a la niña homónima y preferida —misma que en 1864 le enviara a su casa como regalo de Navidad—, se convertiría, en 1865, en el inmortal libro infantil traducido a todos los idiomas del globo terráqueo y desde entonces sucesivamente reeditado y vivito y coleando en los sueños, las fantasías y los recuerdos no sólo de todas las chiquillas y chiquillos del mundanal orbe: Alicia en el país de las maravillas, con las célebres ilustraciones de John Tenniel; tan únicas y distintivas que cada “miembro pleno” de la Hermandad tiene su correspondiente tarjeta donde se ve al Conejo Blanco observando su reloj de leontina.

 

El Conejo Blanco
Ilustración: John Tenniel

IV de VII

Los miembros de la Hermandad Lewis Carroll no pretenden superar las ediciones anotadas de las dos Alicias urdidas por Martin Gardner (“Las dos Alicias no son libros para niños: son libros en los que nos convertimos en niños”, reza el teorema de Virginia Woolf); sino que cada uno, como si fuera un superlativo e inigualable hermeneuta, va a revisar y a anotar, con sesudas, exhaustivas y eruditas disquisiciones, los nueve cuadernos íntimos de Charles Dodgson (será “una authoritative edition”, declara con petulancia sir Richard Ranelagh), cuyos originales obran en la Casa Museo Lewis Carroll de Guildford; y en conjunto (un monstruoso cancerbero de nueve cabezas —el número de los círculos del Infierno—), quizá, en el oscuro trasfondo de su inconsciente colectivo y mancomunado, busquen configurar a mano (por aquella llevada y traída premisa de que toda lectura reescribe el texto) una especie de Pierre Menard, autor de los diarios de Lewis Carroll; y quizá, ineludiblemente y en su chochez, terminen pareciéndose a la mejor lectora de Cien años de soledad habida y por haber, según le contó Gabo a su amigo del alma Plinio Apuleyo Mendoza: 

     

Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza
(París, 1981)
Foto: Fina Torres

           “Una amiga soviética encontró una señora, muy mayor, copiando todo el libro a mano, cosa que por cierto hizo hasta el final. Mi amiga le preguntó por qué lo hacía y la señora le contestó: ‘Porque quiero saber quién es en realidad el que está loco: si el autor o yo, y creo que la única manera de saberlo es volviendo a escribir el libro’.”

            Fisgona y caprichosa tarea de subalterno diosecillo bajuno (como retorcerle el cogote a Cronos con un lúdico pero insustancial crucigrama) que evoca el vaciadero de basuras que alude Funes el memorioso sobre las menudencias de su descomunal memoria indeleble: el recordar un día (y revivirlo minuciosamente en la memoria) le lleva exactamente un día (un funesday). Pero el non plus ultra de la quintaescencia de un escritor es la obra y no el consubstancial vaciadero de basuras que conlleva e implica el día a día de un ser humano de carne y hueso. Ese vaciadero, desde luego, puede interesar a los biógrafos, a los curiosos, fisgones y cotillas de las debilidades, de las patologías, de las fobias, de los fracasos, de las dudas, de las confesiones, de los secretos más íntimos, contradictorios, innombrables y polémicos. Pero, vale reiterarlo, lo trascendente y relevante en un escritor suele ser la obra, y no sus memorias, su autobiografía, sus entrevistas, sus cartas o sus diarios personales. No obstante, mucho depende, también, de la calidad angular, analítica y filosófica de su pensamiento y de su prosa poética (o no), y de lo que exponga y revele sobre sus creaciones artísticas y estéticas (o antiestéticas).  

Borges en Grecia

        La pretensión de ser la voz autorizada y definitiva de la memoria de Carroll trasvasada en sus diarios íntimos evoca el sentido de los consabidos versos de Borges que cantan: “Si (como el griego afirma en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa,/ en las letras de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo.” Lo que equivale a dar por supuesto que todo Carroll está en la palabra Carroll; tal y como ocurre con esa especie de inasible, evanescente e indeleble sustancia mágica y cognitiva que es la memoria de Shakespeare (una especie de aleph circunscrito a los días y a las noches del poeta y dramaturgo), codiciable, sobre todo, entre los especialistas y biógrafos entregados a escudriñar la vida y obra del autor de El mercader de Venecia. Según se revela en el homónimo cuento de Borges, esa especie de sustancia mágica y cognitiva se otorga y transmite sólo con decir: “¿Quieres la memoria de Shakespeare?” O algo amplificado, rimbombante y respetuoso: “Le ofrezco la memoria de Shakespeare desde los días más pueriles y antiguos hasta los del principio de abril de 1616.” Y el humanoide, el homúnculo o el especialista que la recibe únicamente debe asentirlo y pronunciar: “Acepto la memoria de Shakespeare.”

(Emecé, 2004)

                 Antes de recibirla en torno a un congreso shakespeariano, el alemán Hermann Soergel ya había redactado una “Cronología de Shakespeare” con cierta reputación en varios idiomas, incluido el español. Y Daniel Thorpe, el que le otorgó la memoria, escribió con ella “una biografía novelada que mereció el desdén de la crítica y algún éxito comercial en los Estados Unidos y en las colonias.” Y ya encarrerado el gato y en posesión de la memoria de Shakespeare, antes de que terminara por anular la memoria de su identidad individual, Hermann Soergel pensó en una biografía (nunca realizada) que se sumó a su trunca traslación al alemán de Macbeth. Pero al inició, previo a la posesión de esa especie de infinitesimal aleph, refiere un aprehensivo e ilusorio anhelo que al parecer adecuarían y suscribirían los “miembros plenos” de la Hermandad (el codicioso cancerbero de nueve cabezas), poniendo Carroll donde se lee Shakespeare:

Borges y el aleph

         “Shakespeare sería mío, como nadie lo fue de nadie, ni en el amor, ni en la amistad, ni siquiera en el odio. De algún modo yo sería Shakespeare. No escribiría las tragedias ni los intrincados sonetos, pero recordaría el instante en que me fueron reveladas las brujas, que también son las parcas, y aquel otro en que me fueron dadas las vastas líneas: [...]”.  

    Sin embargo, inextricable a la creciente, angustiosa y fóbica pérdida y anulación de su memoria personal (“Todas las cosas quieren perseverar en su ser, ha escrito Spinoza. La piedra quiere ser una piedra, el tigre un tigre, yo quería volver a ser Hermann Soergel.”), éste resume el vaciadero de basuras que implica y conlleva la posesión de la memoria de Shakespeare:

    “La memoria de Shakespeare no podía revelarme otra cosa que las circunstancias de Shakespeare. Es evidente que éstas no constituyen la singularidad del poeta; lo que importa es la obra que ejecutó con ese material deleznable.

Borges saludando a monseñor

        “Ingenuamente, yo había premeditado, como Thorpe, una biografía [...] ese libro sería inútil. El azar o el destino dieron a Shakespeare las triviales cosas terribles que todo hombre conoce [‘Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare’... y no]; él supo transmutarlas en fábulas, en personajes mucho más vívidos que el hombre gris que los soñó, en versos que no dejarán caer las generaciones, en música verbal. ¿A qué destejer esa red, a qué minar la torre, a qué reducir a las módicas proporciones de una biografía documental o de una novela realista el sonido y la furia de Macbeth?”

 

Shakespeare

V de VII

Curiosamente, entre los “miembros plenos” de la conspirativa mesa redonda de la Hermandad Lewis Carroll, no hay o no descuellan los filólogos ni los lingüistas. Arthur Seldom es lógico y matemático y al parecer también lo es Raymond Martin, el compilador de los acertijos lógicos de Charles Dodgson; y quizá también lo es Thornton Reeves, el citado biógrafo y ex condiscípulo del otrora joven Arthur Seldom, pues su joven auxiliar, Kristen Hill, no es egresada de letras inglesas, sino de matemáticas, graduada a los 19 años y ex alumna del profesor Seldom, pero con su tesis inconclusa. El doctor Albert Raggio es siquiatra y Laura, su esposa, es sicóloga y autora de “un libro muy sorprendente sobre la lógica del sueño y los simbolismos de cada animal en la historia de Alicia”. Henry Haas, un peculiar enano con “aspecto de un Peter Pan envejecido y tímido”, es el compilador de “la correspondencia de Carroll con todas sus amigas niñas”, el organizador del “archivo de todas las fotos que les sacaba a esas niñas”, y antólogo y comentarista de una iconografía de esas imágenes elegidas por su diminuto dedo flamígero. 

       

Alice Liddell como La mendiga
(Oxford, verano de 1858)
Foto: Lewis Carro
ll

         Pero además, cultiva en secreto una sospechosa y artística inclinación con la que emula a Lewis Carroll: con alguna juguetería (y quizá utilería) se provee de un trato amistoso con niñas menores de doce años y las retrata, pero no con la cámara y el proceso del colodión, sino a lápiz; por ende, escondida en su casa, preserva una rica galería de esos espléndidos dibujos de fina y meticulosa calidad. 

         

Xie Kitchin
(Christ Church Studio, Oxford, julio 1 de 1876)
Foto: Lewis Carroll

         Josephine Grey —anciana notoriamente decrépita (necesita auxilio y apoyo para caminar con lentitud, pero fue una intrépida corredora de autos en su juventud y ahora tiene un antiguo y abollado Bently que maneja su chofer y criado pakistaní o hindú)—, también es biógrafa del autor de Alicia, sin que se diga si es literata o matemática. No obstante, el más controvertido de esa variopinta fauna no es el supuestamente reprimido retratista de niñas con visos de pedófilo dizque encadenado por la opaca o translúcida moralina o ética de sí mismo, sino el viejo Sir Richard Ranelagh, el presidente de la Hermandad, pues amén de que es un escritor “muy reconocido de novelas de espionaje”, “Fue viceministro de Defensa del Reino Unido durante muchos años” (el verdadero poder tras bambalinas, colige el becario argentino). Quizá con estudios matemáticos; y quizá también con instrucción militar (y con diplomados en interrogatorios y técnicas de tortura), policíaca y leguleya, pues ante el fallido y dramático intento de matar a Kristen Hill atropellándola (en el Radcliffe se recupera con increíble celeridad del coma y de la trepanación en el cráneo, pero pierde el movimiento de las piernas y la capacidad de engendrar hijos), seguido del envenenamiento del editor de los libros de la Hermandad, de la desaparición del periodista Anderson, y de las manipuladas y retocadas fotos de niñas desnudas (y no) que “alguien”, al parecer, les remite desde la sombra y el anonimato a cada uno de los “miembros plenos” (incluido el Príncipe), se revela como una especie de arcaica y apestosa larva durmiente, espía encubierto y activo agente del M15; o sea: del servicio secreto y de la inteligencia del poder monárquico del Reino Unido, ante el cual, su eminencia Arthur Seldom, resulta ser su ineludible oreja y utilitario informante y hablantín de cabecera.  

 

VI de VII

Es tal la intrínseca codicia y el arribismo de los boludos de la mesa redonda de la Hermandad Lewis Carroll, que con la publicación de la edición anotada y supuestamente definitiva de los nueve diarios íntimos de Charles Dodgson cavilan forrarse (de por vida) al mejor postor y al unísono traicionar y defenestrar a Leonard Hinch, “el editor de Vanished Tale y de todos los libros de la Hermandad” desde el inicio. Es decir, según le revela Arthur Seldom al becario argentino (rayando en lo inverosímil): “tuvimos una oferta difícil de rechazar de una de las editoriales más grandes de Estados Unidos. Basta decir que por el mismo trabajo que estábamos dispuestos a hacer ad honoren cada uno en nuestro tiempo libre, ahora nos ofrecen una pequeña fortuna y además, quizá más importante, un porcentaje de los royalties futuros, algo así como una renta vitalicia.” Es decir, al unísono de las especulaciones en torno al papel sustraído por Kristen Hill, los “miembros plenos” debaten si deben venderse a la editorial gringa o proseguir con su editor histórico, quien además de publicarles sus libros (entre ellos uno de Arthur Seldom: A través de los silogismos y lo que Carroll encontró allí), ha cedido “parte de los derechos para gastos de la Hermandad”. Pero en el chismorreo del ínterin, como parte de la conspiración, los “miembros plenos” han puesto en entredicho la moral y la conducta de Leonard Hinch, pues tiene fama de acosador sexual de jovencitas. No obstante, el editor, que no es “miembro pleno”, no se queda de brazos cruzados: ronda las reuniones secretas de los pelotudos de la mesa redonda en el Sanctum Sanctorum del Church Christ College; y para no verse descarrilado del negocio, hipoteca su casa e iguala la suma ofrecida por la editorial norteamericana. Mientras los boludos discuten en secreto la defenestración o no de Leonard Hinch, éste, disgustado y ansioso (y devorando bombones), dialoga con el becario argentino en un pasillo aleñado al Sanctum Sanctorum donde se observa “la colección completa” de los ilustres títulos publicados por su editorial y le resume una cáustica radiografía de lo que piensa sobre “los máximos expertos en Carroll” y sobre esos libros publicados por él:

           

Xie Kitchin y sus hermanos en San Jorge y el Dragón
(Christ Church Studio, Oxford, junio 24 de 1875)
Foto: Lewis Carroll

           “Cada uno que terminaba su librito sobre Carroll venía corriendo a mí. Me pedían, me insistían, me adulaban. Fíjese la cantidad de títulos y titulitos. Avergonzarían a cualquier otro editor: libros sobre las obras de teatro infantiles de Carroll, sobre su tartamudeo, sobre sus callos; sobre sus sermones, sobre sus cuentas de lavandería y sobre cada hojita de Oxford que pisó. Y después, por supuesto, el segundo aluvión: libros sobre los libros sobre Carroll, el catálogo de los catálogos. A todos les dije que sí. Y cuando por fin hay un libro, uno, que me permitiría recobrar algo de todo lo que perdí con ellos, así me lo agradecen: ¡al pasillo, como lacayo! ¿Sabe que tuve que hipotecar mi casa, lo único que logré comprar en toda una vida dedicada a esos malditos libros? Y todo para emparejar una oferta demencial. Es injusto: una editorial internacional tiene toda la eternidad para recuperar la inversión; a mí, en cambio, no me quedan tantos años por delante... Pero en fin —suspiró—, supongo que hay cosas mucho peores. Basta pensar en esa pobre chica [Kristen Hill]. Usted fue con Arthur al hospital [Radcliffe], ¿no es cierto? ¿Pudo verla después? Uno tiente a suponer que la gente joven se conoce toda entre sí.”

           

Beatrice Hatch
(Christ Church Studio, Oxford, marzo 24 de 1874)
Foto: Lewis Carroll

            Sin embargo, pese a su incertidumbre y malestar viperino, sir Richard Ranelagh, el presidente de la Hermandad, le comunica la resolución estipulada por el pleno de los pelotudos de la mesa redonda: “Querido Leonard: me alegra decirte que la votación fue unánime. Cada uno de nosotros recordó su libro en tu colección y todo lo que te debemos.”

            No obstante, todo indica que Leonard Hinch pretende cobrarse la revancha con la bilis y las tripas de cada uno de los pelotudos, pues a través de la TV nacional y del periodista “del canal cultural universitario” que le sigue los pasos (y las ocultas y controvertidas huellas), esa noche anuncia los burlescos entretelones de su plan editorial, mismo que reporta el becario argentino desde su covacha del college:

            “Recordé de pronto que saldría en el noticiero la nota sobre la edición de los diarios y pasé los canales hasta dar con la emisora de la universidad. La nota ya estaba empezada. El periodista —que se llamaba Anderson finalmente— sostenía el grueso micrófono delante de Leonard Hinch y detrás se veían, avejentados y ruinosos, los miembros de la Hermandad. Seldom parecía casi un refuerzo juvenil entre ellos. Hinch hablaba sobre cómo se dividirían el trabajo y explicó que se irían publicando los volúmenes a razón de uno por año, con una investigación exhaustiva de todos los nombres de la época que aparecían mencionados por Carroll. El periodista preguntó, algo perplejo, cuántos años llevaría entonces todo el proyecto. Nueve volúmenes: nueve años, dijo Hinch con orgullo, y la cámara volvió a pasear, de izquierda a derecha, casi con ironía, por los rostros huesudos y descarnados, como si el hombre tras la cámara se estuviera preguntando, igual que yo, cuántos de ellos vivirían para verlo.”


Alice Liddell en 1870
Foto: Lewis Carroll


 

VII de VII

En la urdimbre de Los crímenes de Alicia, a través de las pesquisas, de los vaivenes de las pistas falsas, de las evidencias, de las deducciones, de los engaños, de los equívocos, y del coro de los argumentos y razonamientos, se desvela, casi hasta el final de la obra, el trasfondo que explica el intento de matar a Kristen Hill atropellándola (y su posterior suicidio), el envenenamiento del editor Leonard Hinch y la decapitación del periodista Anderson. (Salpimentado el embrollo con el supuesto sentimiento de culpa, quizá falso, del sofista Arthur Seldom, debido a la verborreica superstición personal de que donde mete las narices, la cuchara, la cola o la pata, ocurren cosas dramáticas y monstruosas.) Asimismo, por qué esos tres crímenes (ejecutados por distintas manos) parecen referir, y casi escenificar, anecdóticos detalles indelebles que se narran por siempre jamás en el libro de Alicia. (Lo cual da pie a que el becario argentino, ansioso por verse, otra vez, en el laberinto de la intriga y el misterio de otra supuesta serie de crímenes, le pregunte a su mentor: “¿Quiere decir que quizá sea esta la serie? ¿Muertes basadas en escenas del libro de Alicia? ¿Crímenes arrancados del País de las Maravillas?”). Y por qué, con las fotos de niñas desnudas (y no) enviadas a los pelotudos de la mesa redonda (incluido el Príncipe), parece que ese “alguien” es un cruzado, o un puritano (quizá psicótico) que ataca y protesta contra la presunta pedofilia del fotógrafo de niñas Lewis Carroll; y luego, también, contra el tráfico de pornografía infantil que produce y comercia, desde la clandestinidad y con una elitista clientela, nada menos que el editor histórico de los libros publicados por la Hermandad.    

           

Xie Kitchin dormida en el sofá (1873)
Foto: Lewis Carroll

        Pero además, en esa misma urdimbre se observa que la sustracción del papel de la Casa Museo de Guildford saca a la palestra, y pone en evidencia, la encarnizada rivalidad y las egocéntricas ambiciones de los investigadores que hurgan lo más íntimo, escabroso y morboso de los secretos de la vida privada de Lewis Carroll; es decir, Kristen Hill descubrió el papel y lo ocultó, para sí, porque al unísono de que sabía que el crédito y los intereses del copyright se los podía arrebatar y agandallar el biógrafo Thornton Reeves, ella entrevió la posibilidad de pasar a la historia primero con un artículo y luego con el libro que escribió con rapidez antes de suicidarse. Y Thornton Reeves confiesa en secreto, ante los pelotudos de la mesa redonda, que él también leyó el papel en el ítem Páginas cortadas del diario; pero ante la eminente publicación de su biografía “total” (que ya estaba en prensa), optó por omitirla. Lo cual transluce que, pese a su presunta experiencia y trayectoria, actuó como un simple mercachifle y tontorrón del octavo día. Pues nada le hubiera costado exponer en separata lo que hubiera que argumentar, enmendar y debatir, incluso contra sí mismo.

           

Ilustración de Lewis Carroll incluida en su manuscrito:
Aventuras subterráneas de Alicia (1864)

         Pero lo más dramático y pestilente de todo ese marasmo de condiciones y debilidades humanas es lo que manipula, ningunea, oculta y superpone sir Richard Ranelagh en su papel de operador del M15 al servicio de la presunta integridad moral del Príncipe y del poder monárquico del Reino Unido (después de todo fue como si lo hubiera ordenado la propia Reina de Corazones). El inspector Peterson, honroso (y torpón) sabueso rastreador de Scotland Yard, había descubierto que el periodista Anderson (trunco alumno de matemáticas y ex alumno de Seldom) chantajeaba por una periódica cantidad al enano Henry Haas, el secreto dibujante de niñas menores de doce años. Y Anderson, indagando el envenenamiento de Leonard Hinch, se enteró de que agentes de la policía habían hallado en la editorial una serie de fotos de niñas desnudas (con apariencia decimonónica) y una encriptada lista de clientes de alta posición social (¡el intocable alto pedorraje de los polimorfos perversos del Reino Unido!) Y estaba por publicar un reportaje sobre ello en el Oxford Times. Pero, debido a la poderosa y estratégica intervención de sir Richard Ranelagh, nunca llegó a hacerlo y su cabeza apareció decapitada en la zona del río donde otrora paseaba en barca el cuentacuentos Lewis Carroll con las tres hermanas Liddell; ámbito donde hace tiempo, un día antes de cumplir los doce años, se suicidó la hija de los Raggio, fanática lectora del libro de Alicia y onírica sabedora de las minucias de la vida y leyenda de Lewis Carroll en relación a su amistad con niñas menores de doce años; y donde el enano Henry Haas, con su inofensivo aspecto de viejecito Peter Pan que no mata una mosca ni muerde un plátano, suele deambular y fisgonear con algún juguetito para seducir alguna niñita incauta y dibujarla a placer.

           

Puente del Magdalen College de Oxford
(verano de 1861)
Foto: Lewis Carroll

          Para no involucrar ni salpicar la quesque impoluta reputación del Príncipe, nada se publicará del envío de fotos de niñas desnudas a los pelotudos de la mesa redonda, ni del consumo de pornografía infantil entre la clase pudiente del Reino Unido. No habrá más investigación policial (el inspector Peterson dice que presentará su renuncia), pero dizque se romperá la red pedófila. Sin embargo, no se revelará la identidad de los clientes (encriptada en un código inventado por Lewis Carroll); y al parecer, dado el elocuente caso omiso, tampoco se indagará ni revelará la identidad de quienes producían las imágenes para venderlas en ese exclusivo mercado negro. Ni tampoco se divulgará la verdad sobre la decapitación del periodista Anderson (le metieron en la garganta las trizas de la foto de una niña desnuda) y dónde quedó su cuerpo desaparecido; lo harán figurar como una víctima de “una célula de espionaje serbia” a la que dizque estaba investigando para un reportaje en el Oxford Times. Tampoco se dirá nada sobre el envenenamiento de Leonard Haas (era diabético y engullía bombones); ni nada sobre el intríngulis del suicidio de Kristen Hill (y quizá su libro nunca se publique, dada la influencia y el obtuso y retorcido envanecimiento del biógrafo Thornton Reeves). Para comprar su silencio y complicidad de simples y oscuros diosecillos bajunos (bajo el maquillaje de presunta “seguridad nacional” y “máximo secreto”), sir Richard Ranelagh (emisario de la monarquía y del M15) les anuncia, en la mesa redonda del Sanctum Sanctorum del Church Christ College, que los miembros de la Hermandad Lewis Carroll serán “nombrados caballeros reales como él” y las viejecitas Josephine Grey y Laura Raggio “se convertirán en Dames”.

           

Ilustración: John Tenniel

         Ante tales hechos y determinaciones irrefutables (¡Dios salve a la Reina!), resulta matemáticamente lógico que el viejo Arthur Seldom le diga a su pupilo argentino que votó en contra por ser escocés (¿será verdad?) y que su vida corre peligro, que debe irse de inmediato de Inglaterra y que él mismo puede comprarle el boleto de avión y hablar con Emily Bronson, su supervisora académica en el Instituto de Matemática. Pero el joven becario, antes de hacer las maletas e irse al día siguiente en un vuelo nocturno, hace un breve viaje en tren a Guildford, donde a las afueras del pueblo la madre de Kristen Hill cultiva su huerto contiguo a su solitaria casa, quien le transmite otros pormenores de los últimos pensamientos y actos de su única hija. Y por ello le entrega, para su sorpresa, un sobre blanco donde se lee la letra G y que contiene el papel hurtado de la Casa Museo, que Kristen le dejó de regalo junto con una breve carta de despedida. Pero el boludo tiene sus algoritmos éticos; así que antes de regresar en tren a Oxford, va a pie a la Casa Museo Lewis Carroll, no muy lejos de la cima donde se hallan los restos del castillo de Guildford, con el propósito de restituirlo en el sitio que le corresponde en el ítem Páginas cortadas del diario. De modo que lo cambia por el papel que, debido a las maquinaciones y órdenes trasbambalinas y subterráneas del decrépito pero poderoso sir Richard Ranelagh, el jipioso matemático Leyton Howard, ex alumno de Arthur Seldom y perito calígrafo de “la sección científica del Departamento de Policía”, había falsificado ex profeso (y verificado la supuesta autenticidad con el software corrido y manipulado por el becario argentino para verificar, en una mastodóntica computadora del sótano del Instituto de Matemática, la autenticidad del papel sustraído por Kristen Hill).

 

 

Guillermo Martínez, Los crímenes de Alicia. Premio Nadal de Novela 2019Colección Áncora y Delfín, Ediciones Destino (Editorial Planeta Mexicana). México, abril de 2019. 334 pp.    

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"Borges y yo", poema en prosa de Borges recitado por él mismo.

Les Luthiers: "Teorema de Thales" ilustrado.

Claudia Piñeiro y Guillermo Martínez conversan sobre Borges y la matemática.

martes, 14 de octubre de 2025

El manuscrito Borges

Sería capaz de matar por ello

 

I de VII

El 22 de mayo de 2019, Ediciones Espuela de Plata, de Editorial Renacimiento (ubicada en Valencia de la Concepción, Sevilla, España), publicó, con vistosas erratas, El manuscrito Borges (Texto revisado por Gabriel García Santos), novela del coleccionista y escritor argentino Alejandro Vaccaro (Buenos Aires, 1951), cuya primera edición (no acreditada en la página legal) fue publicada por Bruguera en 2006.

           

Col. Narrativa 101, Espuela de Plata
(Valencia de la Concepción, mayo 22 de 2019)

             A modo de exordio, la obra de Vaccaro está signada por un par de fragmentos de una breve divagación que Borges publicó, el 15 de abril de 1938, en la sección “Libros y autores extranjeros” de la revista El Hogar, en torno a la novela policíaca Excellent Intentions, de Richard Hull —se pude leer completa entre las páginas 227-228 de Textos cautivos. Ensayos y reseñas en “El Hogar” (1936-1939) (Tusquets, 1986), antología editada por Enrique Sacerio-Garí y Emir Rodríguez Monegal—. En ella, Borges comenta la idea de una novela policíaca que no escribirá nunca, en cuyo epicentro dice: “He aquí mi plan: urdir una novela policial corriente, con un indescifrable asesinato en las primeras páginas, una lenta discusión en las intermedias y una solución en las últimas. Luego, casi en el último renglón, agregar una frase ambigua —por ejemplo: ‘y todos creyeron que el encuentro de ese hombre y de esa mujer había sido casual’— que indicara o dejara de suponer que la solución era falsa y daría con otra solución, con la verdadera. El lector de ese libro imaginario sería más perspicaz que el ‘detective’...”

             

Alejandro Vaccaro

            Esto induce a suponer que Vaccaro tuvo la idea de su novela a partir de ese planteamiento. No obstante, El manuscrito Borges, cuyo crimen medular ocurre en 2005 en un country situado en las inmediaciones de Buenos Aires, no es una novela policial, pero sí de intriga, de especulación detectivesca y desconcierto. Pero ante todo, inextricable a la ficción y a la trama, refleja una extrema idolatría (sobre todo pecuniaria) ante el legado de primeras ediciones y manuscritos del Jorge Luis Borges de la vida real. En este sentido, vale recordar que si bien en su departamento B en el sexto piso de Maipú 994 desde 1944 poseía y resguardaba un particular acervo bibliográfico, pese a la ceguera que lo imposibilitó a leer motu proprio a partir de 1955 (el año que empezó a dirigir la Biblioteca Nacional tras la caída de Perón), su valoración del libro, soporte del conocimiento y de la quintaesencia poética y literaria, no descansaba en el punto de vista físico (pese a la placentera gravitación que solía experimentar al deambular, ciego, entre los altos anaqueles de la Biblioteca que albergaba setecientos mil libros): “No me interesan los libros físicamente (sobre todo los libros de los bibliófilos, que suelen ser desmesurados)”, postula en “El libro”, una de las conferencias transcritas en Borges, oral (Emecé/Universidad de Belgrano, 1979), sino en la íntima comunión en los instantes de la lectura: “Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.” De ahí que diga en un fragmento (destinado al lector único y exclusivo) que se lee en el prefacio que precede a cada título que integra la célebre Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges: “Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin por qué, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.”

II de VII

(Bruguera, 2006)

La novela El manuscrito Borges comprende dos partes, cada una segmentada en 35 breves capítulos numerados. En el desarrollo de la trama se observan tres vertientes. En una, que se sucede en Madrid, conversan Rodrigo de Atchuel y Camilo Rodríguez Aldao, un par de empresarios e inversionistas españoles que pretenden capitalizar la esfumada base de sus invisibles negocios con la venta, a través de una casa de subastas en Londres, de una colección de primeras ediciones de libros de Borges, la mayoría dedicados, complementada con manuscritos, revistas y fotos. En otra, actúa un tal Mariano Billinghurst, un argentino que se mueve entre Buenos Aires y Montevideo: bibliófilo, grafólogo, restaurador, miope, cuentero y charlatán con ínfulas y palabrería de supuesto erudito, y dizque experto en la vida y obra de Borges, quien en Madrid es contratado por los empresarios españoles para compilar el acervo que se rematará en Londres, además de diseñar y editar el catálogo que lo publicitará y hará visible y codiciable entre los entendidos del globo terráqueo: coleccionistas, universidades, bibliotecas o instituciones especializadas que quieren crear o enriquecer el departamento dedicado a Jorge Luis Borges, para muchos, la voz más alta de la literatura del siglo XX. Y en la otra, que es la principal en el quid de la trama —narrada en primera persona por un supuesto escritor de novelas policiales que nunca revela su nombre— conversan e interactúan él y un tal Guillermo De Marco, vecinos de la misma edad, de quien dice: “Ingeniero de profesión, exitoso en los negocios, gozaba de algo más de lo que se suele denominar ‘un buen pasar’. Había dedicado los últimos años de su vida al estudio de la física cuántica, que trataba de explicarme infructuosamente, y ahora estaba abocado a relacionar sus estudios con la obra de Borges. De Marco era lector de Borges y disfrutábamos mucho al intercambiar pareceres al respecto. Yo, como buen borgeano, me sentía atraído por su literatura y ello era también imprescindible para mi trabajo de escritor. Por otra parte, me solazaba con todas las biografías que de él se escribían y me gustaba mucho seguir el derrotero de las distintas ediciones, llenas de peripecias y de zonas de indecibilidad. A veces nos enfrascábamos en un asimétrico intercambio. De Marco intentaba, infructuosamente, que yo entendiera la física cuántica, y yo a veces conseguía fascinarlo con historias de la vida de Borges, de las ediciones de sus libros y con anécdotas sobre las falsas atribuciones de autoría. Su trabajo titulado Borges: Teoría cuántica y universos paralelos estaba en permanente reescritura pero él sentía que de a poco iría encontrando el camino definitivo.”

           

(Argentinos de Hoy, 2006)

               Esto revela que el modelo de tal personaje novelístico es el ingeniero argentino Oscar Antonio Di Marco Rodríguez (La Plata, 1942), autor del ensayo Borges, teoría cuántica y los universos paralelos. Un retrato de nosotros y la “Realidad” (Ediciones Escritores Argentinos de Hoy, 2006). Pero si en tal caso Vaccaro optó por parafrasear el apellido de ese ingeniero de la vida real, en otros no. Por ejemplo, Marcos-Ricardo Barnatán (Buenos Aires, 1946) —biógrafo de Borges y estudioso y editor de cierta parte de su obra poética, narrativa y ensayística—, en la charla preparatoria entre el par de empresarios españoles y Mariano Billinghurst, lo recuerdan, con su nombre, como el prologuista de un catálogo impreso del acopio de libros y manuscritos de Borges que ya poseen (en calidad de lingotes de oro que se cotizan en millones de dólares), otrora rastreado y comprado a través de Billinghurst, entre ello “una joya [de Alí Babá]: un prólogo escrito por Borges a un libro de su hermana Norah, titulado Notas lejanas, un manuscrito excepcional”; sobre el que Camilo, muy enterado de las infinitesimales menudencias de la vida y obra de Borges, le puntualiza a Billinghurst, aludiendo, tácitamente, Borges. Biografía total (Ediciones Temas de Hoy, 1995), de Marcos-Ricardo Barnatán, y Borges. Vida y literatura (Edhasa, 2006), del propio Vaccaro: “los biógrafos de Borges no se ponen de acuerdo en relación con a quién corresponde la letra del mismo. Para Barnatán el manuscrito no corresponde a la letra de Borges, y esboza la posibilidad de que pudo haber sido escrito por su madre. Esa hipótesis, empero, debe ser descartada, señala un biógrafo argentino, cuyo nombre no recuerdo, y refiere dos causas: en primer lugar por los errores de ortografía que desvanecen esa plausibilidad y además porque, al parecer, en la fecha que señala el texto los padres de Borges se encontraban de viaje por Italia. [Los adolescentes Georgie y Norah, al cuidado de la abuela materna, se quedaron en Ginebra por sus estudios.] En fin, nada de esto anula la importancia del texto y los manuscritos de los poemas de Norah Borges.”

           

(Atlántida, 1995)

             Otro caso es Irma Zangara, responsable de la “Investigación y recopilación” —con la anuencia y el beneplácito de María Kodama expresado en una nota preliminar— de Borges en Revista Multicolor. Obras, reseñas y traducciones inéditas de Jorge Luis Borges. Diario Crítica: Revista Multicolor de los Sábados 1933-1934 (Atlántida, 1995). El novelista policíaco, casi en la parte inicial de la obra, tras aleccionar a De Marco sobre la válida reescritura de un texto de Von Lichberg que hizo Nabokov para elaborar Lolita (1955) y Borges para escribir el cuento La intrusa (Edición privada, 1966) haciendo uso de “Hermanos enemigos”, relato atribuido a Andrés Corthis en el número 11 de Revista Multicolor de los Sábados (octubre 21 de 1933), vocifera: “En la víspera [De Marco] había conseguido el texto del cuento de Husson o Corthis o Madame Lecuyer que se había publicado en una recopilación de textos de Borges que no son de Borges, editada por Atlántida en 1995. El despropósito había sido perpetrado por la inefable profesora Irma Zangara, empeñada en atribuirle a Borges cuanto texto pasa por sus narices.” Lección regurgitada y rumiada por De Marco, pues casi en las postrimerías de la obra le replica al novelista policial: “Se quiere convertir en el gran denunciante de todas las erróneas atribuciones y falsificaciones que giran en torno a nuestro admirado escritor, y perdóneme que le diga, pero parece la contracara de Irma Zangara, que cuanto texto le pasa cerca se lo atribuye a Borges.”

        

Borges y María Kodama

           
Y si el titiritero Alejandro Vaccaro con ese par de sonoros pisotones le da muerte de chinahuate a Irma Zangara, a María Kodama, sin escribir su nombre, la hace papilla de camote de Puebla, tal si bailando la raspa, o el jarabe tapatío, apisonara uva pretendiendo conseguir un exótico y deletéreo mosto (o brebaje) de Yellow Lady. Esto lo hace a través del controvertido anecdotario y los asegunes que al novelista policial le comparte en corto el Dr. Miguel Ángel Meizoso González, quien “había fundado unos años atrás la Sociedad Mundial de Amigos de Jorge Luis Borges, cuya primera presidenta fue María Esther Vázquez y que ahora presidía Betina Edelberg”; psicoanalista con el que cena, camina y dialoga en Londres; quien además, al término, le chismorrea el inminente remate de una colección Borges: “Dentro de unos meses, me contó finalmente, se anuncia acá en Londres el más importante remate de libros, manuscritos, revistas, artículos y demás objetos de Borges. Dicen que va a ser una cosa única. Según parece, unos fuertes financistas españoles armaron, tras años de labor, la colección Borges cuyo precio final superará los veinte millones de euros. Habrá muchos interesados, algunos privados, inversores, pero hay un rumor de peso que sostiene que el Gobierno francés, a través de una de sus instituciones, vendrá dispuesto a quedarse con todo.”

III de VII

El asesinato que desencadena la trama ocurre en el Club de Campo San Diego, country ubicado en la Provincia de Buenos Aires, no muy lejos de la capital porteña. Doña Rosa María De Marco De Marco, vivaracha anciana casi nonagenaria y abuela del ingeniero Guillermo De Marco, es descubierta en su casa 48 horas después de haber sido asesinada de cinco balazos en la cabeza —se lee casi al inicio de la obra (casi al término resulta que fueron “cuatro, ya que hay uno que sólo la rozó, según las pericias policiales” (o sea: por ahí quedó botado el pituto)— sin que nadie del entorno haya oído el estallido de ningún balazo. (“El arma utilizada [antigua al parecer] era de bajo calibre [luego se dice que era del 40] y los disparos fueron realizados a quemarropa, es decir a escasos centímetros del cuerpo de la víctima.”) Y según las pericias policiales (incluidas las científicas): no le robaron nada de su casa ubicada en la manzana 139, donde vivía sola desde hace muchos años, y donde cuidaba sus plantas y leía sus libros; pues, reporta el novelista policial casi al inicio: “era por sobre todas las cosas una gran lectora. Se jactaba de tener en su biblioteca primeras ediciones de los más importantes escritores del siglo pasado y siempre me decía, Vea, estos libros los compré por entonces y así los fui leyendo. Jamás estuve en una librería anticuaria o ‘de viejo’, como las llaman ahora, donde usted y mi nieto suelen ir a llenarse de polvo.” Es decir, dizque no hay móvil del crimen ni se halló el arma asesina.


                  Ineludiblemente, ese misterioso asesinato evoca el mediático y amarillista Caso García Belsunce. Es decir, el asesinato, con cinco balas en la cabeza, de la socióloga María Marta García Belsunce de Carrascosa, ocurrido el 27 de octubre de 2002 en el Carmel, country club ubicado en el Ramal Pilar, Provincia de Buenos Aires. Vuelto aún más celebérrimo y especulativo, más allá de la Argentina, por la difusión en Netflix de la miniserie documental Carmel, ¿quién mató a María Marta? (2020), dirigido por Alejandro Harmann; donde reflexionan y comentan, brevemente, los escritores argentinos Claudia Piñeiro y Guillermo Martínez, y el filósofo Andrés Páez.

            Parecido al Carmel, el country club San Diego es un coto cercado, y cerrado para los extraños, donde hay vigilancia privada las 24 horas, con cámaras visibles y ocultas (incluso para los habitantes) —“uno de los lugares más seguros de la Argentina”, reza el novelista policial—, donde vive y se solaza gente de la high society (entre ellos estrellas del cine y la televisión), cuyas opulentas casonas ocupan manzanas completas rodeadas de jardines y árboles; y pese a la distancia entre sí, los vecinos confían en la seguridad y no cierran con llave las puertas de acceso; donde hay administración y registro de entradas y salidas no sólo de empleados y proveedores; y donde los vehículos tienen por norma circular a 30 km por hora como máximo.

            “Hace ocho años vivo en el country. En la paz del country.” Canturrea el solitario y solterón narrador policíaco, adusto, hermético y distante del cotilleo vecinal, dice. Al parecer llegó a ese privilegiado y elitista coto gracias a las regalías de sus libros publicados con pseudónimo, pues según afirma: “En los pasados veinte años escribí y publiqué una treintena de novelas policiales, de las cuales vivía, y muy bien, ya que algunas habían tenido un verdadero éxito de ventas, con traducciones y mucha promoción editorial.” No obstante, pese a la adulación de sí mismo (“Yo me tenía por astuto, sagaz, cauteloso y además especial en alguna materia”), a sus reseñas autoelogiosas y a que planea editar y dirigir una colección de novelas policiales semejante a El Séptimo Círculo, da la impresión de ser una especie de superventas del spaghetti policial argentino, con una impronta que deviene de Agatha Christie, pues además de que el título de su “libro Secuestro en el expreso” tiene un sonoro retintín del Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, 1934) —un clásico de la Dama del Crimen llevado al cine por primera vez en 1974—, cuando en la postrera parte de la novela, previo al desconcertante giro o vuelta de tuerca que preludia el término de la obra, él le explica y le narra a De Marco como si tuviera en la frente una bola de cristal o un diminuto aleph en las escaleras del sótano o de perdis un espejo de tinta en el hueco de la palma de la mano, las conjeturadas menudencias del asesinato de su abuela (inextricable al robo de siete primeras ediciones de libros de Borges que atesoraba la anciana y a la falsificación de la letra manuscrita del autor de “La muerte y la brújula”) en una especie de ineludible repetición del consabido clisé (cinematográfico y televisivo) en el que el detective, o investigador policial, reúne a los sospechosos y circunstantes y, como por arte de birlibirloque, es un previsible e infalible raciocinador que, con elocuencia y agudeza, monta y desmonta las piezas del puzle y trampantojo (algunas invisibles o microscópicas) que nadie dedujo y observó más que él.

           

Fotograma de Asesinato en el Orient Express (1974)

              No obstante, también llega a encapsularse en la escritura de una pesadillesca, catastrofista y apocalíptica distopía (y pastiche de ciencia ficción) que quizá se transforme en un best seller y novela gráfica con visos de adaptarse en un churro hollywoodense, donde quizá no falten los consabidos e infalibles heroicos héroes (los menos pelotudos entre los pelotudos en extinción) que, después de mil y una aventuras y peripecias en las que arriesgan el pellejo, salvan los restos y casi extinguidos vestigios de vida en el recalentado y desolado planeta Tierra. 

             


           Según apunta, mientras suspira por María (quizá dándole al cogote al pollo), empleada en la administración del country —acto de ensoñación que evoca el milenario aforismo que Rafael Cansinos-Asséns seleccionó en las postrimerías del tercer tomo de su traducción de Las mil y una noches (Aguilar, 1955), celebrada por Borges en La Nación el 10 de julio de 1960: La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne:

            “Me encontraba aquel día terminando un trabajo que debía presentar en forma perentoria a la editorial y no encontraba la forma de cerrarlo. Sentía nublada la mente. Había trabajado durante mucho tiempo en una novela distinta cuyo eje giraba en torno a una idea fantástica. Se trataba de un ataque terrorista, de los denominados ‘con armas biológicas’. Habían inyectado en los sistemas de provisión de agua de casi todas las ciudades más importantes del mundo una sustancia que no mataba, pero que producía en el acto esterilidad a quien la ingería, ya fuera hombre o mujer. El virus era muy contagioso y rápidamente toda la población mundial lo contrajo. La infección de los reinos animal y vegetal fue simultánea. La noticia llegó por una llamada anónima y rápidamente se realizaron las pruebas, que al cabo de un tiempo determinaron la veracidad de la amenaza. A partir de esa trama empecé a tirar líneas que señalaban las consecuencias del hecho para la sociedad. No habría más descendencia, con cada hombre que moría se perdía un eslabón del género humano, que ahora sí iba a desaparecer. Lo que no pudo hacerse a través de las guerras —se calculaba en algo más de un millón las guerras sucedidas al cabo de los últimos mil doscientos años, con un resultado de mil quinientos millones de muertos, y con todas las armas de destrucción masiva que el hombre había inventado— se lograba ahora de una forma impensada. Sólo que la operación era lenta, pues para que ello ocurriera debían morir incluso aquellos niños que aún no habían nacido y aguardaban ese momento en el vientre de sus madres. No pude evitar pensar en lo solo que se iba a sentir el último hombre. La teoría de la vida era ahora igual a la figura de un rombo, desde el primero al último humano.

            “Debía resolver la cuestión a través de la contraposición de dos formas geométricas, el rombo y la circunferencia. Podía decirse que una contenía a la otra y yo debía demostrar lo contrario. Me interesaba la posibilidad del análisis del rombo en cuatro dimensiones y algo de los universos paralelos, así como el experimento conceptual denominado ‘el gato de Schröndinger’. En esto nadie mejor que De Marco para ayudarme.

          

Thérèse soñando (1938)

Óleo sobre tela de Balthus

          “Me hallaba navegando sin rumbo, desorientado, inmerso en disquisiciones laberínticas, cuando reapareció María. Su presencia que tanto había anhelado por días y noches me producía invariablemente una gran turbación. Estaba hermosa, desafiante, etérea, vital.”

IV de VII

Vale resumir que la policía (ídem la tácita e implícita fiscalía del caso) resulta negligente, mediocre e incapaz de resolver el asesinato de la abuela, pues no da con el asesino ni con el arma del crimen, ni descubre, en la biblioteca de la anciana, el robo de siete primeras ediciones de libros de Borges, ni formula ningún móvil, ni señala ningún sospechoso y muy pronto se desentiende del caso. Según dice el novelista policial al inicio de las supuestas indagaciones policíacas: “El oficial Martínez sabía de mis conocimientos de literatura policial, pero no que yo era totalmente incapaz de intervenir y resolver un caso verdadero. Sólo pensar que a metros de mi casa se había producido un asesinato me hacía temblar el cuerpo, y desde luego en las salidas diarias para caminar o para hacer compras evitaba pasar por la, para mí, fatídica manzana. Creo además, mejor dicho, estoy seguro de que soy un hombre cobarde. Sin embargo, atendí con deferencia cada visita y respondía a todas las preguntas que me formularon. Creí advertir en las entrevistas (todas se realizaron en mi casa) más interés por mi opinión sobre el caso que por el caso en sí. Algo así como, bueno, esto lo tiene que resolver usted; ocurrió a doscientos metros de su casa, es experto en enigmas policiales: acá tiene todos los elementos. Resuelva.”

            A esto se añade la frialdad o casi indiferencia que transluce Guillermo De Marco: el asesinato de su abuela no parece conmocionarlo ni perturbarlo más allá del blablablá, de alguna pose y de algún gesto compungido: no sufre ni padece ningún duelo. Y las hipótesis del crimen que formula charlando con el novelista policial son desechadas ipso facto por éste, incluida la que inculpa a un vecino “de apellido D’Olvido”, pese que tampoco resulta perspicaz (pero sí extrañamente omiso ante la tasación de la biblioteca de la abuela que él ha visto) al decirle: “¿Qué podrían querer robarle a su abuela si no tenía nada de valor en su propiedad? Ni dinero, ni joyas, ni nada.” Y al concluir la charla, como si fuera el evanescente ectoplasma del fiscal o uno de los torpes polis que dizque investigaron, le dice: “¿Por qué cinco disparos en la cabeza? Cuestiones pasionales, discúlpeme que le diga, no creo que encuadren en este caso. Aparentemente no hay razón para que ocurriera lo ocurrido; no hay móvil.” No obstante, luego se contradice, pues le sugiere a De Marco el trillado crimen pasional, característico de las telenovelas, de los novatos y tontorrones: “Empecemos por el móvil. Puede ser que su abuela haya tenido alguna relación amorosa”.

     Pero lo que sorprende aún más, y resulta absurdo, es el hecho de que la fiscalía no precintó la casa de la abuela ni puso vigilancia policíaca, dado lo irresuelto del crimen; por ende ambos llegan a entrar, pisotear y manosear; además de que previamente De Marco lo hizo, pues le informa al novelista: “Hemos revisado toda la casa y no hemos notado ninguna falta. Además, le repito, no había nada de valor, los cuadros, que siguen estando, los libros, una biblioteca repleta y chucherías. Ninguna de ellas justifica un asesinato, Es cierto, dije, pero tenemos que buscar por todos lados. Tenemos que trabajar juntos, De Marco, Caballo solo no da mate.” Resulta consecuente, entonces, que luego diga con petulancia, olvidando la preceptiva borgeana que lo induciría a aludir a Poe en calidad de creador del arquetipo del género policial, precisamente con “Los crímenes de la calle Morgue” (The Murders in the Rue Morgue, 1841), primer ejemplo de crimen de cuarto cerrado y de raciocinador criminal, pues dice envanecido: “Podríamos decir sin exagerar que el caso quedó en nuestras manos y a la manera de Holmes, ya que el asunto se ventilaba entre cuatro paredes con disquisiciones literarias de por medio.” 

   

Borges en la tumba de Edgar Allan Poe
(Baltimore, 1983)

          Pero además, De Marco, pese a su solvencia económica, no contrata ningún detective privado que investigue el caso y se lo sirva en bandeja de plata a la inútil fiscalía (una especie de
Philip Marlowe entre los boludos de la Argentina o de Mario Conde porteño —remember que el Conde habanero después de 1989 sólo es un vendedor de libros ambulante que investiga y resuelve crímenes por vocación y no porque tenga placa de policía o detective privado—) y se restringe a la supuesta ayuda y asesoría detectivesca que le brinda el novelista policial. Y puesto que De Marco, con nociones de ornitología, es un fotógrafo aficionado que grafica las aves que pueblan el country, de pronto, al observar las diez fotos que le hizo a su abuela días antes del asesinato, precisamente “en el living de la casa con la biblioteca detrás” (“La biblioteca de mi abuela estaba para una postal”), al hacer el contraste entre las imágenes y lo que ahora hay en la biblioteca descubre huecos, cuyos faltantes, deduce, son “el móvil del asesinato de mi abuela”. Por ello, hecho una tromba va a la casa del novelista para ponerlo al tanto. Para despejar el intríngulis, ambos se meten en el escenario del crimen; pero como las imágenes no son del todo grandes ni legibles para determinar de qué libros se trata, De Marco, en el cuarto oscuro de su casa, positiva los negativos para ampliarlas y observarlas y hacer el cotejo, mientras el novelista policial espera divagando en el living de la abuela asesinada. Luego, los dos —que siempre se hablan de usted y no son íntimos ni compinches— con “un adminículo casero, una suerte de caja con un lamparita dentro y un vidrio encima” que el novelista tiene en su casa, ven que “Faltaban un total de siete libros, de los cuales no todos tenían el título en el lomo.” 

   


          Según el novelista, “Se podía ver con claridad El idioma de los argentinos de la colección Cuadernos del Plata II, Cuaderno San Martín y con alguna dificultad pude observar Historia de la eternidad, Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza. [Hay que objetarle, entre corchetes, que Cuaderno San Martín, tercer poemario de Borges, es el número 2 de Cuadernos del Plata —colección dirigida por el mexicano Alfonso Reyes, entonces Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en Argentina— coeditado con Proa en 1929, Con un retrato a lápiz del autor por Silvina Ocampo; mientras que El idioma de los argentinos, tercer libro de ensayos de Borges, con Viñetas de Xul Solar, se editó en 1928 en la Colección Índice del editor Manuel Gleizer.] En otro, el lomo estaba escrito pero era prácticamente ilegible. Después de mucho analizar, llegué a la conclusión de que era El jardín de senderos que se bifurcan, teoría que De Marco, por supuesto, no compartió, y el último tenía el lomo en blanco. Examiné éste en distintas fotos, comparé tamaños de libros con los de mi biblioteca, y al cabo de un rato disipé todas las dudas. Se trataba de Fervor de Buenos Aires. [Según Camilo: el precio de uno de los 300 ejemplares del tiraje de éste puede sobrepasar los cincuenta mil dólares... Es una pieza tentadora para cualquiera, para cualquiera que hace del delito su profesión. Y, dice, ya hubo Un ejemplar de Fervor de Buenos Aires robado de la Biblioteca Nacional en venta en un remate en Londres que terminó secuestrado por la justicia.] La tarea fue breve, pero nos dejó exhaustos, así que nos sentamos en los sillones y estuvimos pensativos hasta que, sin quererlo y al mismo tiempo, rompimos el silencio diciendo al unísono, ‘Esto no prueba nada’.”   

    Luego el novelista policial, para dizque hacer algunas indagatorias, le sugiere a De Marco no informar a la policía del robo. Y muy pronto, sin que hayan descubierto otra cosa, se alejan entre sí (y no sólo por la paradójica y verbalizada iniciativa de Guillermo De Marco) y el misterio del robo y asesinato de la abuela queda empantanado en un maloliente y paradójico impasse. Pero después del citado dictamen, el novelista policial, para sus adentros y ya solo, sospecha de su vecino:

   “Me quedé inerme en el sillón. Tenía muchas cosas para analizar y necesitaba disipar algunas dudas, pero había algo que me rondaba por la cabeza, como esas palabras que uno siente tener en la punta de la lengua y no salen, como la piedrita en el zapato, esa enorme molestia que requiere un mínimo esfuerzo para desactivarla. Las palabras de María no me daban tregua: Ayer fui con el plomo de mi papá hasta Buenos Aires para hacer trámites y cobrar la herencia y el seguro de la abuela. ¿Por qué De Marco me había ocultado que detrás de la muerte de su abuela había una herencia y un seguro? Jamás había hecho un comentario al respecto, ni había dicho que la biblioteca contaba con valiosos ejemplares que ahora, curiosa y misteriosamente, habían desaparecido. [Conste que casi al inicio el novelista dijo de la abuela: siempre me decía, Vea, estos libros los compré por entonces y así los fui leyendo; lo cual implica que el boludo, que se hace el pelotudo, bibliófilo y experto en Borges, los vio más de una vez con su “borgeseano” e “infalible” ojo clínico de buen cubero y por ende sabía, al igual que Billinghurst y De Marco, que era dueña de impecables primeras ediciones de Borges.] Ni a él ni a mí se nos podía escapar nada de eso. Decidí en lo sucesivo trazar un plan concreto de investigación en el cual, por supuesto, no incluía a De Marco como colaborador sino... como sospechoso.

V de VII

El citado viaje a Europa (estuvo en Madrid y en Londres) el novelista policial lo hizo para eludir su presencia en la inauguración “de la muestra fotográfica ‘Pájaros del country’” del ingeniero y disparador fotográfico Guillermo De Marco, montada “en los salones del House Principal”. Días después de su regreso a la Argentina, le llegó a su casa un ejemplar del catálogo de la colección Borges que se rematará en la capital inglesa. (También De Marco recibió uno.) Según reporta: “El libro era imponente por donde se le mirara. Amo los libros por su contenido y por su continente. Me rindo ante un buen volumen, me subyuga una sobria encuadernación, me encanta el buen papel y la calidad de las ilustraciones: no soy indiferente al tamaño de las letras y soy sensible al olor del papel, pero nada se compara con un buen contenido.” Y para que el desocupado lector tenga aún más idea de lo que habla, enumera varios títulos de rutilantes ediciones magnus; de ahí que cante: “me maravillé con ‘El Congreso del Mundo’ de Borges, en edición de Franco Maria Ricci con miniaturas de la cosmología tántrica y estudio de Alain Daniélou, de 1982.” No obstante, como sin duda sabe el coleccionista y biógrafo Alejandro Vaccaro, y lo refiere María Esther Vázquez en Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, 1996), es un lujoso librote en un estuche, tamaño caguama, que Borges desdeñó con cara de fuchi y haciéndole fuchi dizque por “pornográfico”, además de que la edición prínceps, en italiano, data de 1974.

           


           El novelista policial presume ser un sabiondo borgeano y un coleccionista de libros de Borges y de sus manuscritos. Pero además, dice, es un diestro grafólogo que otrora estudió y analizó “aproximadamente doscientos momentos distintos de la letra” de Borges. Por ello, dice, puede “calcular, tras ver un manuscrito, la fecha aproximada en que fue escrito con un margen mínimo de error. De esta forma realicé algunos trabajos de identificación de manuscritos para un par de universidades de Estados Unidos y para muchos coleccionistas privados, que desde luego no puedo mencionar.” (No vaya a ser que el desocupado lector, no necesariamente de alcantarilla, sea un Tom Ripley porteño capaz de matar por ello sin dejar huellas dactilares ni rastros.) Así que al hojear las imágenes del susodicho catálogo, algo le chirría en el rompecabezas de letras de Borges. 

   

Borges y Bioy

            Pero además, dice, “hubo otro hecho que me llamó poderosamente la atención. Al mirar una de las fotografías que se ponían a la venta en el remate, firmada por Borges, observé que se trataba de una placa tomada el 27 de noviembre de 1985 en la librería de Alberto Casares, que por entonces se encontraba en la calle Arenales. Borges había ido a inaugurar una muestra de primeras ediciones de sus libros, pertenecientes a la colección de José Gilardoni. [Vale apuntar que sobre esa histórica muestra se ve una foto, sin crédito del fotógrafo, en la página 173 de
Borges. Una biografía en imágenes (Ediciones B, 2005), libro iconográfico del propio Vaccaro, misma que también se ve en las páginas iconográficas de su biografía Borges. Vida y literatura (Edhasa, 2006); y dos fotos en las páginas 164-165 de Borges: la posesión póstuma (Foca, 2000), indagatoria y corrosivo reportaje del periodista Juan Gasparini.] La firma era virtualmente ilegible, como las que acostumbraba hacer Borges cuando la ceguera invadió definitivamente su intimidad. A la tarde siguiente de ese día, Borges partió hacia Europa para dar unas conferencias en Italia y recalar luego en Ginebra, donde moriría seis meses después [el sábado 14 de junio de 1986], sin volver a la Argentina. Me sorprendí pensando que esa fue una de las últimas fotografías en su tierra, o tal vez la última. La fotografía era en blanco y negro y junto a él estaba Alberto Casares, al parecer leyéndole algún párrafo de un libro perteneciente a los Breviarios del Fondo de Cultura Económica. [¿Antiguas literaturas germánicas (FCE, 1951) o Manual de zoología fantástica (FCE, 1957?] Me pregunté inmediatamente: ¿En qué momento Borges habrá firmado esa fotografía? Me comuniqué a las pocas horas con Julio Giuztozzi, uno de los fotógrafos que había retratado a Borges durante aquella tarde, y me confirmó que en ese tiempo no existían cámaras digitales y que los revelados llevaban algún tiempo. Salvo en los casos de los medios gráficos, que por obvias razones requerían un revelado inmediato, los demás rollos se hacían revelar a lo largo de varios días. Si el procedimiento hubiera sido hecho aquella misma noche, alguien llevó la fotografía a la mañana siguiente a la casa de Borges y se la hizo firmar antes de que partiera. Si no fue así, ese alguien siguió a Borges por Europa, y tal vez se la hizo firmar en su lecho de muerte en la habitación del hotel L’Arbalette de la ciudad de Ginebra. Cualquier alternativa me resultaba dudosa y me di cuenta de que estaba frente a la punta de un iceberg.”

            Cierto es que en 1985 no faltaba el che araña de a pie que, sin ser un periodista gráfico o un fotógrafo profesional o aficionado, traía en el cogote o en bandolera una cámara de 35 mm (una Canon, una Nokia o una Pentax), cuyo revelado del rollo (de 24 o 36 exposiciones), efectivamente, tardaría unos días en el laboratorio de un negocio de cámaras e implementos fotográficos. Pero también existían, como sin duda recuerda el fotógrafo Julio Giuztozzi de carne y hueso, las populares y hogareñas Polaroid, que revelaban y positivaban en instantes (60 segundos), muy prácticas para un espontaneo disparador que buscara inmortalizar una o varias imágenes de Borges, más aún ante la posibilidad de añadirle, allí mismo, su firma.

           

Polaroid Mondadori (1985)

              Pero el caso es que el novelista policial enseguida advierte otra incongruencia en el catálogo:

            “La novedad siguiente fue confirmatoria: el ítem 138 [son 200 ítems en total] ofrecía un hermoso ejemplar de El jardín de senderos que se bifurcan, editado por Sur en 1941, con la siguiente dedicatoria manuscrita de Borges: A Alicia, con antigua y nueva amistad. Georgie, Buenos Aires, 1942. Otra vez me invadió la sospecha. El texto da por cierto que se trata de una dedicatoria del autor para su amiga Alicia Jurado, salvo que Alicia Jurado ha escrito en sus memorias y ha repetido en entrevistas que conoció a Borges en 1953. Imposible dedicar un libro a una persona once años antes de conocerla, con el agravante de que el autor habla de ‘antigua amistad’.”

           

Genio y Figura de Jorge Luis Borges (Eudeba, 1964), p. 10-11

            Vale observar, no obstante, que el novelista policial yerra —pese que presume haber dado sobre la vida y obra de Borges muchas conferencias por todo el mundo (ídem Manguel el memorioso)—, pues en la página 10 de Genio y Figura de Jorge Luis Borges, número 2 de la Colección Genio y Figura editada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires, cuya primera edición “se acabó de imprimir en octubre de 1964” —se lee en el colofón—, Alicia Jurado (1922-2011), al inicio del capítulo “Borges y yo”, dice: “Conocí a Borges en 1954.” 

       

(Eudeba, 1997)
Contraportada

            Frase que repite en la contraportada y en la página 19 de la versión (revisada, recortada y modificada) del mismo libro, cuya “Cronología” preliminar llega hasta “1986” (“Viaja a Ginebra, donde revisa la traducción de sus obras completas al francés; muere allí y es enterrado en el cementerio de Plainpalais, en esa ciudad.”);
Segunda reimpresión de la Tercera edición de agosto de 1996, impresa en Buenos Aires en octubre de 1997 por la misma EUDEBA.

VI de VII

Al final del capítulo que cierra la “Primera parte” de la obra, la voz narrativa cuenta la visita que hizo Billinghurst a la casa de la abuela De Marco De Marco, dado que “años ha, había mantenido una estrecha relación de simpatía con su padre”. Mariano Billinghurst, que es un solitario proclive a las muchachitas y a las mujeres jóvenes (incluidas las curvilíneas hetairas de lujo), ve que en la biblioteca de la anciana “brillaban Fervor de Buenos Aires, Inquisiciones, El idioma de los argentinos, El tamaño de mi esperanza, Luna de enfrente y un sinnúmero de libros de autores nacionales que mucho tenían que ver con el autor de ‘El aleph’. Desde Radiografía de la Pampa hasta la primera edición de Don Segundo Sombra, pasando por Leopoldo Lugones, Enrique Banchs, Roberto Artl, Bioy Casares, Cortázar, Marechal... Según pudo apreciar Billinghurst, los libros gozaban de un estado excepcional. Sin embargo, los intentos por convencer a la atildada viejecita de que a cambio de algunos libros podía juntarse con varios miles de dólares fueron infructuosos.”

            Pero lo que no relata la omnisciente voz narrativa es cómo Mariano Billinghurst le robó a la abuela las faltantes siete primeras ediciones de libros de Borges y cómo la asesinó a balazos en la cabeza, si es que él es el asesino material y el delincuente que se introdujo en la casa para robar únicamente esos siete libros con vías de ser rematados en Londres, potenciando la especulación de su valor con dedicatorias falsificadas por él, pues según canturrea el novelista policíaco y dizque experto borgeseano: “Cualquiera que estuviera en el tema sabía que los libros dedicados multiplican su valor en forma exponencial.” (De ahí que Camilo le cante a Rodrigo de Atchuel: “cualquier libro que este firmado o dedicado por Borges puede llegar a triplicar su valor”.) 

     

Pasaporte de Borges

           Lo que ocurre es que en el proceso de observación, análisis y clasificación de las dedicatorias manuscritas en buena parte de los documentos y libros de Borges que se anuncian con imágenes en el catálogo para el remate en Londres, el novelista policial, además de que a través de la lista de precios calcula la venta en “unos cuarenta millones de dólares” de entrada, descubre que se trata de falsificaciones. (Lo cual induce a suponer que el citado manuscrito del prólogo a
Notas lejanas también es una falsificación de Billinghurst.) Y mientras se ha instalado en Buenos Aires en un departamento en el barrio de Palermo que posee, preguntando e indagando poco entre libreros y coleccionistas de manuscritos de Borges que él conoce, se entera de la identidad y del nombre del librero uruguayo Mariano Billinghurst y de los movimientos que hizo para adquirir manuscritos y primeras ediciones de Borges, paralelos a las compras hechas por una dispersa camarilla por parques y ferias, que él infiere eran sus auxiliares a sueldo (y no se equivoca); e incluso se entera del “dinero que gastó, aproximadamente”, y hasta, dice: “Algún indiscreto me aseguró que éste trabajaba para unos financistas españoles que nuevamente intentaban hacerse la América.” Con esa información recabada en Buenos Aires, sumada a los datos inferidos del análisis de los visos apócrifos expuestos en el catálogo, el novelista policial construye un conjunto de conjeturas técnicas y un persuasivo relato del robo de los siete libros de Borges y del asesinato de la abuela. Según dice: “Absolutamente ninguna de las evidencias que iba reuniendo paso a paso eran definitivas, más teniendo en cuenta que hay otras formas de probar si un texto es apócrifo o no. Necesitaba cotejar mis investigaciones con alguien que por sus conocimientos pudiera ser un abogado del diablo. Tenía miedo de entrar en un camino equivocado y el microclima de mi encierro no me permitiera ver que había otros senderos, tal vez impensados, y también otras respuestas a mis dudas. No pude dejar de hacer una reflexión: la persona indicada para avalar o denostar mis conclusiones era De Marco; pero ¿cómo hacerlo sin vincular las anomalías del catálogo con el asesinato de su abuela?”

      Es entonces cuando se sucede el giro sorpresivo y la brusca vuelta de tuerca, que parece una tomadura de pelo al presunto desocupado e ingenuo lector que, chupándose el dedo, ha leído, bobalicón, el otro lado de la tortilla del universo paralelo. De Marco, después de oírlo metiendo su cuchara, lo insulta llamándolo “gran farsante” y lo empuja al sillón y le suelta una desconcertante perorata, sin que el novelista policial se defienda, lo contradiga, lo insulte y lo corra de su casa a gritos, empellones, golpes y patadas. (Hubiera podido, pues según dice: “Yo me cuidaba desde siempre, casi nunca bebo alcohol, no fumo ni nunca supe de ningún exceso. Hacía mis diarias sesiones de trote y caminata y mantenía el cuerpo esbelto y espigado con que la naturaleza me había dotado. De Marco en cambio era petiso y mofletudo, con una prominente barriga producto de muchas noches de prolongadas comilonas, y de su cabeza asomaban unos pocos pelos que hacían su calvicie más pronunciada. Parecía cargar con diez años más. Yo, con cinco menos.”) En el meollo de la furia, De Marco le acusa de ser el asesino de su abuela y de haberse robado los siete libros de Borges que luego dizque quemó en la chimenea. Pero además le echa en cara el supuesto móvil de serie telenovelera clasificación B, donde quizá actuaría una hilarante imitadora de la inspectora Laura Lebrel del Bosque (María Pujalte): “Usted mató por amor [a María], por temor a perder a su lolita amada, y en estos casos incluso una persona sensata y pacífica se puede transformar en un monstruo cruel que no titubea en apretar el gatillo de un revólver para segar una vida. Nadie entró ni salió del country y encontrar el arma asesina es una tarea imposible.”

     

Niña con gato (1937)

Óleo sobre madera de Balthus

         O sea que tras oírlo (según el novelista policial “De Marco parecía no sentir el impacto del relato que escuchaba; más bien se le notaba ansioso por comenzar a rebatir mi teoría”), el ingeniero le suelta:

    “Usted es un gran farsante, me dijo, y cuando intenté ponerme de pie para impedir que me insultara, se paró rápidamente y me empujó hacia el sillón. Ahora me va a escuchar a mí todo el tiempo que sea necesario. Usted cree que me va a seguir engañando como a un chico, pero no va a poder. Sé muy bien que usted mantiene una relación amorosa con mi hija, situación inconveniente para un hombre de su edad y una mocosa que apenas hace un tiempo pasó los dieciocho años. Mi abuela fue la primera en enterase y enseguida me puso al tanto de lo que ocurría. También me dijo que en muchas ocasiones había tocado el tema con usted y le pidió en forma reiterada que terminara con ello. Nunca desde luego consiguió los resultados, hasta que cometió la estupidez de amenazarlo con contarme a mí lo que ocurría si no daba por concluida la historia. La pobre nunca supo que esa había sido su sentencia de muerte. Sólo que debo reconocer que preparó muy bien la trama. ¿Qué otra cosa se podía esperar de un autor de novelas policiales? Pero sigamos [.] Según sus dichos, tenemos al asesino y también el móvil, y eso para una muerte de la cual la policía poco o nada se ocupa es casi un círculo perfecto. Pero usted no tuvo en cuenta algunas cosas que yo le dije sobre la física cuántica, sobre todo cuando le hablé del ‘observador independiente’. Yo sabía muchas cosas, otras las intuía o intentaba razonarlas, pero créame que jamás imaginé que usted fuera capaz de asesinar a mi abuela. No me entraba en la cabeza, y cuando llegué a esa conclusión sentí un gran temor, no por la vieja, que estaba muerta, sino por mi hija, que involuntariamente tuvo participación en ese terrible hecho. [¡Ha chingá!] Me parecen una pieza de literatura fantástica sus inventos sobre la falsificación de dedicatorias de libros y manuscritos de Borges, pero debo reconocerle que es una persona creativa. Lo primero que quiero decirle para su tranquilidad es que la única persona que sabe la verdadera trama de lo ocurrido soy yo y que no voy a denunciarlo. He tomado, sí, algunos recaudos, pero sólo saldrán a la luz si a partir de ahora usted volviera a equivocarse.”

   Pero lo todavía más sorprendente, incongruente e inverosímil es que el novelista policial, pese a sus carcajadas a quijada batiente y a que le dice: “usted está totalmente loco”, se resigna a los descabellados infundios, ofensivas imputaciones y mentiras de chamaco villero y rijoso (De Marco vocifera, incluso, que su abuelo, quizá contemporáneo de Matusalén, “murió recién se había inventado la pólvora”), y dizque por María, a la que dizque también quiere “proteger” su padre, asume una complicidad con su acusador y por ende De Marco prosigue con sus periódicas visitas a su casa (“tres o cuatro veces por semana”). Y hasta el muy pelotudo comienza “a sentir un cariño por este hombre”, dice. “¿Hasta dónde De Marco y yo éramos hermanos e íbamos a llevar el secreto a la tumba?”, regurgita retorciendo, a modo, el asesinato de Juliana Burgos que se lee en “La intrusa”, cuento de Borges publicado por primera vez en 1966, en Buenos Aires, tanto en una plaquette privada con una Ilustración de Emilio Centurión, como al ser añadido a la sexta edición de El Aleph, libro editado por Emecé en la Colección Obras Completas de Jorge Luis Borges; cuyo tremendo desenlace, reza la leyenda, le fue sugerido a Georgie por su madre y amanuense doña Leonor Acevedo de Borges:

     

Borges y su madre

          “—A trabajar, hermano. Después no ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas, ya no habrá más prejuicios.

     “Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.”

       Y como el novelista policial (ídem el ingeniero) —indiferente ante la víctima del crimen del country (dizque así fue etiquetado en los medios cuando hizo llamarada de petate) y dizque hermanado con De Marco y embozado en la sangrienta capucha de la omertà—, da por entendido que goza de reputación y credibilidad entre las legiones de borgeanos y negociantes de su universo paralelo (para lelos), dice: “De a poco le fui dando argumentos sólidos por los cuales consideraba que muchas de las dedicatorias de los libros y manuscritos ofrecidos en el remate de Londres eran obra de Billinghurst. [Muerto misteriosamente en la habitación de un hotelucho a pocas cuadras de la gare de Lyon de París, según De Marco; por ende el lector puede suponer que tal vez le dio matarile la cosa güestra, pues Camilo le dijo a su socio al ponerse en marcha el operativo el gran Georgie: Tenemos una persona que va a monitorear los movimientos de Billinghurst y nos va a mantener informados de todo.] Mis apreciaciones se diseminaron de boca en boca y la consecuencia fue que el remate devino en fracaso. La mayoría de los lotes no alcanzaron a tener oferentes y quedaron para una mejor oportunidad.”

          


       

           
El último giro de la brusca vuelta de tuerca gira en torno a la visita que un psicoanalista (quizá falso) le hace al novelista policial para ofrecerle “un manuscrito de Borges, atractivo para cualquier coleccionista”, que él supone apócrifo con su olfato de dogo argentino entrenado para el caso. Pero en el penúltimo giro (después de todo el novelista policíaco es un títere del verdadero prestidigitador y Mago de Oz que le da aliento y le aceita y jala la lengua) revela que la “novela” es obra suya. Y si el desocupado lector se pregunta ¿quién “realmente” asesinó a la abuela y se robó los siete libros de Borges?, también puede preguntase si la “novela” escrita por el novelista policial se limita a lo que él narra en primera persona o comprende, además, las otras dos vertientes que relata una impersonal voz narrativa. El caso es que dice:

           

Thérèse (1938)

Óleo sobre lienzo de Balthus

         
El súper agente 86

          “Sentía en el cuerpo algo extraño, pero no podía determinar a qué se debía. Mi relación con María se afianzó y ya no era necesario ocultarse ni vivir atormentado por un secreto que no era tal. Y fue entonces cuando pensé por primera vez en escribir esta novela. Tenía sus riesgos, ya que alguien podría creer en la verosimilitud del relato y querer rehabilitar una investigación que estaba muerta. [Quizá algún pelotudo súper agente 86 o el infalible patrullero 777, fanático lector de sus novelas.] Al principio la trama me pareció interesante y hasta original, pero ahora que está escrita siento que es de una vulgaridad manifiesta. Así me ha pasado con cada una de las novelas anteriores, algunas de singular éxito. Cada vez que están terminadas pierdo totalmente el interés por ellas y me olvido de los muchos días que estuve frente a la computadora tratando de descifrar todo lo que en mi interior estaba dispuesto a salir fuera.

            “Las cartas están jugadas y la realidad del tiempo transcurrido y los hechos sucedidos imposibilita cualquier alternativa de volver atrás. Todo lo dicho es demasiado autobiográfico y nada se puede cambiar. Sólo unos pocos detalles.”

VII de VII

Cuando María aparece casi al inicio de la obra —luego de casi calcar, a modo de enigmático misterio, la sentencia de Borges que se lee en el citado exordio: “Es más, muchos creyeron que mi encuentro con ella había sido casual”—, el novelista policíaco se ve a sí mismo a imagen y semejanza de una variante de Humbert Humbert soñando y desando a Lolita, dado que la ve parecida a una nínfula doceañera de unos 16 años (que no mata a una mosca ni muerde un plátano) a más de tres décadas de distancia de él. Según dice:  

     

(Funambulista, 2004)

          “La primera vez que la vi, atiné sólo a pensar que se trataba de una niña. Llevaba camisa blanca, pollera escocesa estilo colegiala, trenzas, zapatos marrones abotinados y medias tres cuartos por debajo de las rodillas. Yo salía del paseo de compras por la pequeña rampa que desemboca en el bicicletero y ella subía en sentido opuesto. Me dijo ¡hola! como quien saluda a un viejo conocido y estoy seguro de que mi ‘hola’ no llegó a oírlo.

            “Trabajaba desde hacía unos meses en la administración del country, según supe después cuando fui por un trámite de rutina, Hola, Qué tal, me dijo, soy María, nos cruzamos el otro día y usted no me saludó, Hola, dije ahora con fuerza, y un calor se me subió a la cara, que sentía toda colorada. No podía admitir que me recordara.”

       O sea: el empleo de ella en la administración del country es el de office girl: a la casa del novelista lleva sobres y recados; pero también él, para verla y relamerse, hace “trámites diarios en el edificio de la administración”. Luego se entera que María tiene 17 y luego que cumple 18. Y si bien en la Argentina de la vida real la mayoría de edad en el 2005 se alcanzaba hasta los 21 años (no obstante dice cuando ya tiene 18: “Ella era mayor de edad, aunque muy joven, y tenía derecho a elegir libremente con quién quería relacionarse. Yo era una persona mayor para ella, demasiado mayor”, por ende la ve chiquilla: “esta mujer era una lolita, una mocosita que se comportaba con una persona mayor en todos sus procederes”), también es cierto que en el siglo XXI es consabida la precocidad sexual entre adolescentes y jovencitas: parece que de manera ancestral y natural se saben de memoria las posturas, ayuntamientos y charamuscas del milenario Kama-Sutra, incluso sin haberlo hojeado nunca (ni siquiera una aséptica versión del Reader’s Digest) y sin saber de su existencia (ni de la existencia del capitán sir Richard Francis Burton, ni que Borges atesoraba en su departamento de Maipú los 17 tomos de su versión de Las mil y una noches (The Book of the Thousand Nights and a Night), descubierta en la infancia, quizá al unísono de The Arabian Nights, en la paterna biblioteca de ilimitados libros ingleses, precisamente en la casona de Serrano 2135, en el barrio de Palermo, donde los Borges vivieron entre 1901 y 1913. (“El chico aprendió a leer en inglés y más tarde en castellano, pero ni él ni su hermana fueron de pequeños a la escuela. El padre, que temía las enfermedades contagiosas, prefirió que los educara en la casa una institutriz inglesa, miss Tink, y Georgie no entró a la escuela hasta los nueve años de edad y a cuarto grado. El inglés fue el idioma de su infancia... En inglés leyó las Mil y una noches, que tanto persistieron en su imaginación”, apunta Alicia Jurado entre las páginas 27-28 de su citado libro de 1964, considerado la primera biografía de Borges.) De modo que no extraña que María sea quien inicia el diálogo, el acercamiento y el tuteo, y quien luego toma la iniciativa para empezar y dirigir la subrepticia e íntima relación en la casa de ese solitario señor que tiene la edad de su padre; que además, ante el desocupado lector, resulta un tipo ñoño y anacrónico, preocupado por el qué dirán y por su convencional y maquillada imagen de boludo respetable. ¿María era virgen? Parece que no: sabía lo que tenía que saber.

     Pero el vínculo neurálgico padre-hija sólo se desvela, como un presunto y maquinado “engaño al lector”, hasta la “Segunda parte” de la obra. Es decir, durante medio libro el titiritero, a través del novelista policial, ha escamoteado ese dato angular y al desocupado lector le ha hecho creer, de manera tácita e implícita, que María sólo es una empleadita del country; quien quizá con ese humilde empleo ayuda a sus padres de escasos o nulos ingresos entre los desarrapados y malevos de Villa Luro, o a su madre soltera (una pobre costurerita de conventillo que dio aquel mal paso con un compadrito o con un guapo que la abandonó, tal y como reza el tango que un falso Borges solía canturrear en un almacén de una esquina rosada del barrio sur, imitando, sin buscarlo ni quererlo, una tesitura antigua anterior a la voz de Gardel). 

   


        Pero resulta que no: que María es hija del flamante ingeniero Guillermo De Marco, quien un día la lleva “hasta Buenos Aires para hacer unos trámites y cobrar la herencia y el seguro de la abuela” (¡más panchólares! ¡hurra!, gritaría, dándose un chapuzón a la Rico McPato), cuya casona también está en San Diego, un exclusivo country que alberga a ricos y ricachones del alto pedorraje de la Argentina. Por ende, la hija de uno de esos homúnculos adinerados, a esa edad, en vez de encadenarse a una chambita de baja estofa, aún debería estar estudiando en un elitista colegio privado o en una universidad privada, exclusiva para la cr
ème de la crème, ya en la Argentina o en el extranjero. Con clases particulares de piano o violín, de danza, tenis, equitación, aviación y astronomía.

       El novelista policíaco —por lógica elemental, Watson— debió verla crecer en el country desde sus nueve años de edad (“Hace ocho años que vivo en el country”, rebuzna al inicio) y no sólo cuando desde la casa familiar de su padre la niña, con un chupetín y trencitas, iba a pie o dando saltitos o en bicicleta a la casa de la anciana lectora de primeras ediciones de Borges, su bisabuela; por ende resulta una boludez inverosímil e incongruente que la vea, dizque por primera vez, con sus lascivos y puñeteros ojos de Humbert Humbert, cuando a sus 17 años trabaja de mandadera en la administración del country.

      En ese postergado desvelamiento de la identidad de María descuella un relato que se contrapone a las neuróticas acusaciones y neurálgicos dichos (transcritos arriba) que luego le echa en cara el vocinglero Guillermo De Marco:

           


            “María inundó mi cabeza de dudas. Se daba cuenta de que su padre estaba distanciado de mí y temía que fuera a causa de nuestra relación. Ella también esbozaba sombras de temor cuando barajábamos la posibilidad de que él pudiera estar enterado. Su bisabuela en una ocasión nos había sorprendido in fraganti [¿en alguna postura del Kama Sutra?] y nunca supimos si ese secreto se lo llevó a la tumba junto al rostro del asesino. Lo cierto es que algunas incomodidades hacían de la relación un juego muy peligroso
—y por lo tanto más excitante. Ahora la ansiedad me había invadido y mi necesidad era volver al trabajo, cosa que hice inmediatamente después que María traspuso la puerta de salida y yo pasé el cerrojo, para que nadie me molestara.”

            Vale puntualizar, por último, que el fragmentario relato de la relación sexual y amorosa entre el novelista policial y María, contado por él, a veces resulta algo anodino: un huevo sin sal ni pimienta ni chile piquín. Entonces orbita a años luz, perdido en el espacio de un universo paralelo muy lejano a la eufonía, la sensualidad y el erotismo que condensa, por ejemplo, ese magnífico pequeño poema en prosa que es el “Capítulo 7” de Rayuela (Sudamericana, 1963).

 

 Alejandro Vaccaro, El manuscrito Borges. Colección Narrativa núm. 101, Ediciones Espuela de Plata. Valencia de la Concepción, Sevilla, España, mayo 22 de 2019. 264 pp.

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Capítulo 7 de Rayuela (1963) leído por Julio Cortázar.