sábado, 21 de noviembre de 2020

La bestia debe morir

 

Mi venganza será para mí solo

 

I de IV

Nicholas Blake es el consabido seudónimo que el poeta irlandés Cecil Day-Lewis (1904-1972) utilizó para escribir un conjunto de novelas policíacas protagonizadas por el detective Nigel Strangeways. En el ámbito del idioma de Cervantes la más célebre es, al parecer, La bestia debe morir, cuya primera edición en el idioma de Shakespeare (The Beast Must Die) data de 1938. La traducción al español del escritor argentino Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978), impresa por primera vez en Buenos Aires el 22 de febrero de 1945, fue el número 1 de El Séptimo Círculo, la colección de novelas policiales que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dirigieron y editaron, para Emecé, entre 1945 y 1955. Misma que en Barcelona, en abril de 2011,  la editorial RBA recuperó con el número 117 de la Serie Negra.

           

(RBA, 2011)

         Vale observar que si bien el cineasta Claude Chabrol en 1969 dio a conocer, en francés y en París, una versión cinematográfica (Que la b
ête meure) basada en el libro de Nicholas Blake, el 8 de mayo 1952, en Buenos Aires y español, tuvo lugar el estreno del primer filme, en blanco y negro, basado en tal novela negra, muy probablemente leída y adaptada a partir de la traducción de J.R. Wilcock, dado que la película y la obra literaria son homónimas.

 

(Emecé, 1945)

II de IV

La novela de Nicholas Blake: La bestia debe morir, se divide en cuatro partes (con sus correspondientes capítulos y rótulos), más un “Epílogo”. La “Primera parte” la conforma “El diario de Felix Lane” y está narrada en primera persona por Frank Cairnes, viudo de 35 años y un metro 65 de estatura (“hombrecito”, suelen tildarlo los grandotes y grandotas que lo observan), quien, desde su casa de campo en las inmediaciones del pueblito de Sawyer’s Cross, ha tenido por lucrativo y cómodo oficio la escritura de novelas policíacas, las cuales firma con el seudónimo de Felix Lane. (El contrato con el editor de sus libros, en Londres, implica que su verdadera identidad permanezca oculta; mientras que en Sawyer’s Cross ha chismorreado, incluso a su criada, que escribe una “biografía de Wordsworth”.) Las entradas de su diario van del “20 de junio de 1937” al “20 de agosto” de ese año. Así, en el íncipit se canturrea a sí mismo (el especular e hipócrita lector: “mi compañero”, “mi hermano”) que cometerá un crimen: “Voy a matar a un hombre. No sé cómo se llama, ni dónde vive, no sé cómo es. Pero lo encontraré y lo mataré...”

        

Nicholas Blake
(Cecil Day-Lewis)

          
Según se lee en el diario, ese “20 de junio de 1937” su hijo Martie, pequeño y frágil, hubiera cumplido siete añitos y ambos lo hubieran festejado con un “picnic en el Golden Cap”, donde le hubiera enseñado a maniobrar un bote de vela. El 3 de enero de ese año, alrededor de las seis de la tarde, el chiquillo, autorizado por su papá y como otras veces, había ido caminando al pueblo a comprar caramelos. Al regreso, en una curva próxima a su domicilio, un auto, que iba veloz y sin precauciones, lo atropelló y se dio a la fuga. Frank Cairnes, por la conmoción, estuvo en un sanatorio “durante bastante tiempo” (“fiebre cerebral, ataque de nervios o algo parecido”). Luego, para distenderse y más o menos recuperarse, no fue a su casa de campo (atendida por la sirvienta: la señora Teague), sino que se refugió, solo, en el búngalo de un amigo, desde cuya ventana, ese día, observa “el Golden Cap que brilla bajo el sol de la tarde, las olas metálicas y encrespadas de la bahía y el brazo curvo del Cobb con sus barquitos, cuarenta metros más abajo”.

   

Fotograma de Que la bête meure (1969)

           Frank Cairnes no tiene ninguna pista para dar con el asesino de su hijo; no obstante, se interroga e inicia algunas indagaciones. Pero, como si el dedo flamígero del todopoderoso hado estuviera de su parte, el “29 de junio”, rumbo a Oxford, un accidente en su auto (se mete en un río al pasar por Cotswolds) lo pone en contacto con un testigo que le dice que no hace mucho, en ese mismo sitio, cayó otro coche. Al preguntarle por la fecha de tal semejante imprevisto, el testigo le dice que fue el “3 de enero”, y Frank, fingiendo que ese conductor era su amigo, obtiene datos relevantes: que el tipo que manejaba se llamaba George y que las siglas de la matrícula corresponden al condado de Gloucestershire. Y es en ese episodio cuando empieza a descollar el ancestral, rancio y arraigado tópico machista que trasmina, por diversas tesituras y vericuetos, las páginas de La bestia debe morir, pues para que el testigo suelte aún más la mojigata lengua, Frank le dice con mojigatería: “tendré que preguntarle a George acerca de esta amiga suya. Esas cosas no se pueden hacer. ¡Y un tipo casado! Me gustaría saber quién era ella.” En este sentido, Frank oye que la furtiva fémina de su supuesto amigo era, nada menos, que Polly, la protagonista de una película recién vista por el testigo y su esposa: Pantorrillas de criada. Y esa información el matrimonio se la da reflejando en sus dichos su elemental nivel cultural y sus idiosincrásicos prejuicios. Así, el testigo le dice: “oí su nombre, pero no lo recuerdo. La semana pasada la vi en una película. En Chel’unham. Aparecía en paños menores, y no llevaba demasiados” [...] Mi mujer se escandalizó.” Y la esposa, quien es la que recuerda el título del filme, dice, no menos atávica, puritanoide y mojigata: “esa señorita era Polly, la criada, ¿comprende? Dios, casi no enseñaba las piernas” [...] “Me pareció una loca”. Y el testigo añade: “Mi Gerti está colocada, pero no usa ropa interior de encaje, ni tiene tiempo de andar mostrando sus encantos como esa desvergonzada de Polly. Le daría su merecido.”

     Así, en lugar de encaminarse a Oxford, Frank Cairnes se dirige al Cheltenham a averiguar sobre esas impúdicas Pantorrillas de criada que ponen de punta los vellos púbicos. Allí ve que se trata de “una película inglesa”; y, según apunta peyorativo y gazmoño, es típica “de la inclinación británica hacia la indecencia barata y vulgar”; ve que la actriz (que se cubría la cara para que no la reconocieran en el accidente en el río) se llama Lena Lawson; dizque “Es lo que llaman una ‘aspirante a estrella’”; y remata con petulancia de abuelita ñoña: “Dios, ¡menuda expresión!”. El caso es que, para grabarse el rostro de la actriz, al día siguiente ve Pantorrillas de criada en el Gloucester. Y antes de verla, cavilando en matar a Georges con precisión de relojería suiza y sin dejar rastros que lo inculpen, apunta con una inmoralidad e indiferencia que lo equiparan al asesino de su hijo Martie: “El único peligro podría ser Lena; tal vez tenga que deshacerme de ella; espero que no, aunque no tengo razones para suponer que su desaparición sea una pérdida para el mundo.” Lo cual está en la misma tesitura del verborreico general Shrivenham, su vecino, dispuesto a aterrorizar con su Winchester 44 a la persona que a Frank Cairnes le deja en su casa anónimos de malaleche: “No es que me importe matar a una mujer; hay tantas que es fácil matarlas por equivocación, especialmente de perfil.”  

     

Cartel del filme La bestia debe morir (1952)

             Al verla en el filme, Lena Lawson le resulta “bastante guapa”. Y para que ella (sin enterarse de nada) la lleve hasta el maldito Georges, corporifica y asume la falsa identidad del famosillo autor de sus novelas policiales: Felix Lane; por ende, se deja crecer la barba y anota: “Me gustaría saber si Lena se enamorará de mi barba; uno de los personajes de Huxley habla de las propiedades afrodisiacas de las barbas; comprobaré su veracidad.” Lo cual es una de las referencias librescas (lúdicas, chuscas, irónicas, culteranas) que pueblan la verborrea de Frank Cairnes (y que además es un aderezo que sazona in extenso el libro de Nicholas Blake), proclive a mencionar los estereotipados clichés de las novelas policíacas y a decir estupideces; por ejemplo, ante la visita que el “3 de julio” le hizo en su casa de campo el general Shrivenham, “Un hombre admirable”, según dice, anota en su diario: “¿Por qué todos los generales son inteligentes, encantadores e instruidos, mientras que los coroneles son aburridos, y casi todos los mayores incalificables? En este tema podría profundizar la estadística.”

            Frank Cairnes se instala en Maida Male, en Londres, en un departamento amueblado. Y como a Holt, su editor, le informa que pretende ubicar su “nueva novela policíaca en un estudio cinematográfico”, le da una tarjeta que lo contacta con un tal “Callaghan, no sé qué de la British Regal Films Inc., la compañía donde trabaja Lena Lawson”, quien le chismorrea sobre ella de un modo muy despectivo: “se cree una segunda Harlow, todas lo creen”; y añade (quizá reprimido y con la lengua de fuera y escurriendo baba): “De piernas para arriba... está muy bien como percha de lencería”; no obstante, le parece “tonta”. Criterio misógino parecido al criterio misógino, utilitarista y cosificante, de un tal Weinberg que Callaghan parodia al rebuznar con impostada voz aguda y afeminada: “¡Oh, Weinberg quiere que salga en todas las películas!”

         

Alfred Hitchcock

               No obstante, para que Callaghan lo ponga en contacto con esas inquietantes pantorrillas, el falso Felix Lane le dice que busca que su novela en ciernes pueda “adaptarse cinematográficamente tipo Hitchcock— y Lena Lawson podría ser la adecuada para ser la protagonista”. Y cuando ya la ha conocido repara: “No sé qué quiso decir Callaghan cuando la llamó ‘tonta’; frívola, sin duda, pero no tonta.” Y otro día anota en su “diario íntimo de un asesino”: “ella es, a su manera, una criatura fascinadora, que me será útil y me permitirá combinar el placer con los negocios [de matar], mientras no me enamore”. Y otro día: “Lena no es tan tonta como parece, o más bien, como parecen las de su calaña.” Pues según apunta el engreído y misógino Frank Cairnes (en su papel del novelista Felix Lane con seductora e irresistible barba afrodisiaca): lo que los vincula “Es un asunto de negocios: toma y daca. Los dos ganamos algo. Yo quiero a George [para matarlo], y Lena mi dinero.”

    Así, el día que la lleva a su departamento londinense ella le parlotea los hirientes dichos del tal Weinberg: “¿Qué se ha creído que es? ¿Una actriz o una anguila embalsamada? No le pago para que intente parecer una piedra, ¿no? ¿Qué le pasa? ¿Se ha enamorado de alguien, gallina clueca?” (No extraña, entonces, que ante ese ríspido trato en el plató Lena Lawson haya escupido sobre él con veneno antisemita: “todos esos judíos están confabulados... Aquí no nos vendría mal un poco de Hitler, aunque a mí que no me vengan con cachiporras y esterilización.”) 

   

Fotograma de El gran dictador (1940)

           Pero cuando la cacareante “gallina clueca” descubre y toma el osito tuerto de Martie que el fetichista Frank Cairnes tenía atesorado en la chimenea de su dormitorio, la incontrolable neurosis de él suscita una mutua tensión e intercambio de dimes y diretes; escaramuza verbal que queda rubricada cuando el machín de Frank Cairnes le da “su merecido”; es decir, le suelta una bofetada a Lena Lawson, inicio de una pelea (que termina en revolcón y en sexo) matizada por los reclamos que ella le vocifera: “¿Así que no soy lo bastante pura como para tocar el osito de tu sobrino? Podría contaminarlo. Te avergüenzas de mí, ¿verdad? Está bien, llévate esa porquería.” [...] “Pero, realmente, te avergüenzas de mí, ¿no? ¿Me crees una loca vulgar? [...] “¡Qué viejo más cauteloso eres! Crees que voy enredarte en un matrimonio.” [...] “¡Qué buena idea! Me gustaría ver la cara de George”.

    “¿George? ¿Quién es George?” Le pregunta el falso Felix Lane y ella le responde: “Bueno, bueno, no tienes que saltarme encima, celoso. Georges es solo... bueno, está casado con mi hermana.”

   Esa revelación le indica a Frank Cairnes que no anda desencaminado en sus vengativos y asesinos propósitos, y que su buena estrella lo alienta y dirige hasta el epicentro del empantanado y pestilente miasma, pues Lena Lawson, ahora sí para utilizar al barbudo Felix Lane (y retribuirlo con la misma moneda: él la usa “como si fuera un peón de ajedrez”), lo invita a Severnbridge, el pueblo pesquero del condado de Gloucestershire, donde George Rattery tiene una mancomunado taller mecánico: Rattery & Carfax; una esposa doméstica, maltratada y sumisa: Violeta; un resentido y traumatizado hijo de unos doce años: Phil; y una repulsiva, serpentina y decrépita madre: Ethel Rattery, viuda de un militar (fallecido en un manicomio), atávica, machista, metiche, lenguaraz, intrigante, manipuladora, mandona, autoritaria, y con un falaz concepto del honor y de la honra, de la guerra y del crimen: “En la guerra es cuestión de honor”, dictamina, “no es asesinar, cuando se trata de honor”.

 

III de IV

Para no desvelar todas las menudencias de la urdimbre narrativa de La bestia debe morir, vale resumir que en el “El diario de Felix Lane”, Frank Cairnes reporta su arribo al pueblo de Severnbridge en compañía de Lena Lawson, su hospedaje en el hotel Angler’s Arms, y luego en la casa del asesino de su hijo Martie, y los dos intentos que pergeña para matarlo en un supuesto e impune “crimen perfecto”. Uno: empujarlo por un acantilado (falla porque, apunta, George Rattery en el instante peliagudo le dijo padecer acrofobia). Dos: propiciar que se ahogue en el río, pues dizque no sabe nadar ni conducir un bote. Asesinas tentativas que luego quedan trastocadas y hechas trizas por el revelador hecho que el grandulón y voluminoso George Rattery le vocifera y restriega en el rostro al ocurrente hombrecito Frank Cairnes: había leído su escondido diario in progress y sabía que planeaba borrarlo del mapa.

   Pero “El diario de Felix Lane” también reporta que el tal Georges Rattery es un patán y un machote en toda la extensión de la palabra; de ahí que se comporte como “un gallo en su gallinero”, que además fanfarronea y mueve el culo sintiéndose el matón del pueblo y el amo y señor del entorno que pisa, cruza y siembra de escupitajos. Supremacía anacrónica y cerril que apoya la colmilluda abuela Ethel Rattery recriminándole a su nieto Phil: “no puede haber más de un dueño en la casa”. Pues Philip Rattery, blanco del odio, del menosprecio y del maltrato de su agrio, cascarrabias y gruñón progenitor (por ende su carcelario y desmantelado cuarto casi está vacío), se opone a que insulte y golpee a su madre, y a que (delante de las narices de todo ese núcleo familiar, incluido el matrimonio Carfax, con quienes suelen comer, departir y jugar tenis) tenga por amante a tal Rodha, la esposa de James Harrison Carfax, su socio mayoritario en el taller mecánico.

   

Fotograma de Que la bête meure (1969)

          Al sopesar la conducta y los abruptos modos de tal cretino, parece increíble que Violeta alguna vez se haya enamorado de él (lleva 15 años soportándolo encadenada en esa tóxica relación matrimonial sadomasoquista y con un torturador pie en el cogote: “ha sido su felpudo durante quince años”). Y más aún: que Lena Lawson, que parece perspicaz y no una vil tontorrona de poca monta, haya traicionado a su hermana y aceptado ser, durante un tiempo, la furtiva amante de turno del paleto e inveterado adúltero y gordinflón Georges Rattery.

 

Fotograma de Que la bête meure (1969)

        Oculto en la trinchera e impostura de su barbudo personaje Felix Lane, Frank Cairnes, durante una cena con la familia Rattery (incluida Lena Lawson y el niño Philip con las orejas bien erectas y los ojos abiertos como platos soperos), formula su intrínseco y secreto leitmotiv, su íntima declaración de principios existenciales y asesinos: que a él le “parece justificado matar a una persona” “que hace desgraciada la vida de todos y de cada uno de los que le rodean”; que “Esa clase de persona no tiene derecho a vivir”; y que él la mataría “si no corriera riesgo alguno”.

 

IV de IV

A partir de la “Segunda parte” de la novela: “Plan en un río”, pasando por la “Tercera parte”: “El cuerpo del delito”, y hasta la “Cuarta parte”: “La culpa se revela”, las voces y sucesos de la trama de La bestia debe morir son hilados por una ubicua e impersonal voz narrativa (incluido el “Epílogo”).

           

Fotograma de La bestia debe morir (1952)

        El plan “impune” y “perfecto” de que Georges Rattery se ahogara en el río se deshace y se diluye en un instante, como un quebradizo e inasible terrón de azúcar caído en un charco de agua, porque el malandrín hurtó el diario de Felix Lane y se lo envió a sus abogados para que sea abierto y leído si algo le sucede. No obstante, unas horas después de haberse alejado del tal barbudo escritor de novelas policíacas, el voluminoso y grandulón Georges Rattery muere en su casa envenenado con una dosis de estricnina diluida en el tónico que solía ingerir después de la cena. Así, dados los indicios que se leen en el diario de Felix Lane, el presunto asesino parece ser Frank Cairnes. (Por ejemplo, el “2 de julio” mencionó la estricnina: “Me gustaría quemarlo despacio, pulgada a pulgada, o ver cómo lo devoran las hormigas; o, si no, la estricnina, que retuerce el cuerpo y lo convierte en un arco rígido. Por Dios, me gustaría empujarlo por la pendiente que dirige al infierno.”) De modo que con su verdadera identidad: Frank Cairnes solicita los servicios del abogado y detective privado Nigel Strangeways. Su objetivo: desfacer el entuerto y demostrar que él no mató a Georges Rattery.

            Con departamento en Londres, el detective Nigel Strangeways, que rebasa la treintena y está casado con la atlética Georgia desde hace un par de años, se traslada con su esposa al pesquero pueblo de Severnbridge y se instalan en el hotel Angler’s Arms, donde también se hospeda Frank Cairnes. Georgia es de índole viajera y aventurera; y en sus actos, bromas y diálogos con Nigel refleja el aprecio, la confianza y el amor que se tienen, y que ella es apoyo y complemento logístico y medular de sus andanzas y reflexiones detectivescas. No obstante, en una puntillosa réplica que Georgia le hace a Nigel alude el estereotipado y consubstancial machismo que le otorga a la mujer un papel secundario y tipificado: “El lugar de la mujer es la cocina. De ahora en adelante me quedaré allí. Estoy harta de tus calumnias. Si quieres plantar víboras en los senos de la gente, ve y plántalas tú mismo, para variar.”

            La investigación oficial y policíaca la encabeza el inspector Blount, de la New Scotland Yard; quien es un viejo conocido del detective Nigel Strangeways. De tal modo que ambos dialogan, exploran y comparten datos y observaciones; no obstante, compiten entre sí. Y en los episodios que preceden al desvelamiento de la identidad de quien parece el verdadero asesino, siguen, cada uno por su lado, divergentes hipótesis. 

           

Edgar Allan Poe

            Cabe observar, entonces, que si bien el asesinato no es una variante del arquetípico crimen de cuarto cerrado (inaugurado en 1841 por Edgar Allan Poe con “Los crímenes de la calle Morgue”), casi lo parece; y por ello los principales sospechosos después de Frank Cairnes, quien no estaba en la casa de Georges Rattery cuando murió, son todos los que estaban en tal residencia, incluida la servidumbre, y los que entraron y salieron de ella, como es el caso del furtivo y cornudo esposo de Rodha Carfax.

         

Fotograma de Que la bête meure (1969)

            Las conjeturas y pistas que sigue el inspector Blount le indican que el asesino es el niño Phil, quien ha huido del hotel Angler’s Arms, donde, por sugerencia de Felix Lane (quien lo ve, trata e instruye como si fuera su hijo porque le recuerda al pequeño Martie), estaba protegido por Georgia y su esposo (y también por el didáctico novelista) del dominio, de la manipulación y de la insidia de su abuela paterna Ethel Rattery. Mientras que el detective Nigel Strangeways ha inferido que el asesino es (o puede ser) nada menos que Frank Cairnes. Pero una conversación con él, un inútil revólver que empuña el presunto asesino, y un acuerdo pacífico y empático le permite rasurarse, cambiar de apariencia y huir del cerco policíaco. 

           

Cecil Day-Lewis
(Nicholas Blake)

           No obstante, según se lee en el “Epílogo”, lo que no dedujo ni previó Nigel Strangeways es que el escritor Frank Cairnes, quien era un experimentado y diestro navegante, buscara perecer, cerca de la playa de Portland, haciendo que una furiosa tempestad hiciera añicos el barco Tessa, bautizado así por el nombre de su muy amada ex mujer, la madre de su único y muy querido hijo, quien falleció en el parto hace un poco más de siete años.

 

 

Nicholas Blake, La bestia debe morir. Traducción del inglés al español de Juan Rodolfo Wilcock. Serie Negra número 117, RBA. Barcelona, abril de 2011. 240 pp. 

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La bestia debe morir (1952), película dirigida por Román Viñoly Barreto, basada en la novela homónima de Nicholas Blake.

Que la bête meure (1969), filme dirigido por Claude Chabrol, basado en The Beast Must Die (1938), novela de Nicholas Blake.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Los rojos Redmayne

 Tenían el crimen en la sangre

 

I de III

Traducida del inglés por Marta Acosta van Praet e impresa en Madrid (con visibles erratas) por Hyspamérica Ediciones, en 1985 se publicó Los rojos Redmayne, novela policíaca del prolífico escritor británico (nacido en la India) Eden Phillpotts (1862-1960), número 39 de la histórica colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges. La exhumada y expurgada edición del uruguayo Emir Rodríguez Monegal y del cubano Enrique Sacerio-Garí: Jorge Luis Borges. Textos cautivos. Ensayos y reseñas en “El Hogar” (1936-1939) (Barcelona, Tusquets Editores, 1986), permite ver que buena parte del “Prólogo” que precede a Los rojos Redmayne fue una “Reseña sintética”, sobre Eden Phillpotts, que Borges publicó el “2 de abril de 1937” en la sección “Libros y autores extranjeros” de la porteña revista de señoras elegantes El Hogar. Sólo le quitó las dos últimas líneas: “Acaba de publicar la novela Wood Nymph (‘Ninfa de la selva’). Trabaja, ahora, en otra novela de Dartmoor.” Y le añadió un indeleble fragmento donde, ante los ojos de la aldea global, puntualiza haber sido un consumado lector de novelas policíacas: “Me ha tocado en suerte el examen, no siempre laborioso, de centenares de novelas policiales. Quizá ninguna me ha intrigado tanto como The Red Redmaynes, libro cuyo argumento repetirá con las variaciones del caso Nicholas Blake en There’s Trouble Brewing [obra de 1937, traducida por Juan Ángel Cotta con el título Los toneles de la muerte, publicada en Buenos Aires en 1945 con el número 13 de El Séptimo Círculo, serie de Emecé]. En otras ficciones de Phillpotts la solución es evidente desde el principio; ello no importa, dado el encanto de la historia. No así en este volumen que sumirá al lector en la más grata de las perplejidades.”

           

Esta antología: Los mejores cuentos policiales 1,
número 368 de la serie Libro de bolsillo, sucesivamente
coeditado en Madrid por Alianza y Emecé desde 1972,
incluye, sin prólogo, lo que fue la Segunda serie impresa
en Buenos Aires, en 1951,  por Emecé Editores.

          La estima de las narraciones policiales del autor de Los rojos Redmayne, Borges la compartió con Adolfo Bioy Casares, dado que un cuento de Eden Phillpotts: “Tres hombres muertos” (Three Dead Men), traducido por Cecilia Ingenieros, fue antologado y anotado por ambos en la Segunda serie de Los mejores cuentos policiales (Buenos Aires, Emecé, 1951). Y cinco de sus novelas las seleccionaron para El Séptimo Círculo, la legendaria serie de novelas policíacas dirigida y editada por ellos (entre 1945 y 1954) para la argentina editorial Emecé: en 1945 y con el número 12 y traducción de Leonor Acevedo (la madre de Borges): El señor Digweed y el señor Lumb (Mr. Digweed and Mr. Lumb, 1933); en 1947 y con el número 37 y traducción de Marta Acosta van Praet: Eran siete (They Were Seven, 1944); en 1947 y con el número 42 y la susodicha traducción de Marta Acosta van Praet: Los rojos Redmayne (The Red Redmaynes, 1922); en 1951 y con el número 80 y traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz: Una voz en la oscuridad (A Voice from the Dark, 1925); y en 1954 y con el número 120 y traducción de Josefina Martínez Alinari: El cuarto gris (The Grey Room, 1921).

           

Colección Marginales 92, Tusquets Editores
Barcelona, septiembre de 1986

            En Textos cautivos también se lee una minúscula reseña que Borges publicó en El Hogar el “30 de septiembre de 1938”, precisamente en su miscelánea página “Libros y autores extranjeros”, sobre “Portrait of a Scoundrel, de Eden Phillpotts”. Donde además de reflejar que estaba al día (esa novela se publicó ese año) y que con la lupa de Sherlock Holmes desde Buenos Aires le seguía las huellas digitales y la respiración a Eden Phillpotts, comienza diciendo (no sin lúdica ironía) con su característico estilo sintético y enciclopédico —uno de sus episodios más excelsos lo conforma su libro de ensayos Otras inquisiciones (1937-1952) (Buenos Aires, Sur, 1952)—, en cierta medida heredado de su afición a la undécima edición de la Encyclo
ædia Britannica:

           
         

Borges observa tigres en su laberinto
Ilustración de Osvaldo

           “El asesinato es una especialidad de las letras británicas, ya que no de la vida británica. Macbeth y Jonas Chuzzlewit, Dorian Grey y el sabueso de los Baskerville son ilustres ejemplos de esa afición. Hasta su nombre
murder— posee una vibración que no tiene la palabra española y horriblemente zumba en muchas carátulas: On Murder Considered as one of the Fine Arts, The Murder in the Rue Morgue, Murder for Profit, Murder in the Cathedral... (El último no es de Agatha Christie, es de T.S. Eliot).

            Portrait of a Scoundrel [Retrato de un canalla] de Phillpotts prosigue esa admirable tradición. Narra con ostentosa tranquilidad la historia y la prehistoria de un crimen (más bien, de una serie de crímenes) desde el punto de vista del criminal, hombre afortunado y sagaz [...]”

          

Jorge Luis Borges
Foto de Diane Arbus en la segunda de forros de
Textos cautivos

            
Y entre el par de “imperfecciones” que Borges le objeta viene a colación la “venial”: “la no desagradable pero inverosímil pompa del diálogo”. Pues algo que descuella en Los rojos Redmayne es, precisamente, lo pomposo y arcaico de los diálogos; antiguallas que son parte de la obsolescencia y del anacronismo que trasminan las páginas de la obra, pues si bien el tempo narrativo transcurre entre junio de 1920 y unos días después del “20 de octubre de 1921”, visiblemente marcado por los sucesos y secuelas de la Gran Guerra, ciertas particularidades resultan decimonónicas, como son los atavismos y prejuicios idiosincrásicos, patriarcales, machistas, xenófobos y racistas de varios personajes —y el inveterado y constante hábito de aspirar rapé que caracteriza al raciocinador y astuto detective Peter Ganns—, y los episodios que oscilan en lo que parece (pero no lo es) ingenuo y trasnochado romanticismo amoroso del siglo XIX. No obstante, esto no le resta interés ni amenidad ni magnetismo a la ingeniosa, envolvente y lúdica urdimbre de la obra, signada por los engaños al lector (y a los detectives Marc Brendon y Peter Ganns), por la intriga, el misterio, el suspense, y por los sorprendentes giros sorpresivos y las inesperadas vueltas de tuerca que implican los sucesivos asesinatos de los pelirrojos hermanos Redmayne: Robert, Benjamin y Albert, y la infructuosa condena al cadalso del encarcelado, histriónico, prestidigitador y mimético asesino material (con doble identidad), quien con el ideograma de sus criminales actos, inextricable complicidad femenina, barrocos y estrambóticos montajes y representaciones teatrales, maniático ideario homicida, iconoclasta y antiestablishment, y megalómana y egocéntrica confesión, también cataloga (de manera perversa e irreductible) al asesinato como una de las bellas artes y no como una simple y vulgar sed de la felicidad del cuchillo.

 

II de III

La novela Los rojos Redmayne, repleta de minucias y de numerosos vericuetos, comprende diecinueve capítulos numerados y con rótulos. Marc Brendon, un prestigioso y reconocido detective del Departamento de Investigaciones Criminales de la londinense New Scotland Yard, soltero, feucho y de 35 años, en junio de 1920 se halla de vacaciones en Dartmoor, precisamente hospedado en el Hotel Ducado del minúsculo pueblo de Princetown, desde donde se desplaza a pie hasta la abandonada y solitaria cantera de Foggintor, en la que ha localizado unas escondidas pozas en las que suele pescar regios ejemplares de truchas. Esa oculta ubicación propicia su efímero y fugaz encuentro con un singular desconocido, alto y fortachón, con cabellos colorados y grandes bigotes rojos, quien lleva una gorra roja y porta un pintoresco traje de tweed: “chaqueta de cazador, anchos pantalones ceñidos bajo la rodilla y chaleco rojo con llamativos botones dorados”.

          

William Blake (1807)

Retrato de Thomas Phillips

            Ese momentáneo encuentro circunstancial no hubiera tenido mayor trascendencia y hubiera caído en el olvido, si el tocayo del poeta y pintor: “William Blake, el limpiabotas del Hotel Ducado”, no le entrega a Marc Brendon un mensaje donde una tal Joanna Penrod, presuntamente informada de su presencia por la policía local, le solicita “sus servicios” para que investigue el recién asesinato de su marido, ocurrido, exactamente, en las inmediaciones de la cantera de Foggintor, dentro de la estructura de una casa en proceso de construcción. Residencia de seis habitaciones en ciernes que Joanna, dice, iba habitar con su esposo Michael Penrod, si su tío, Robert Redmayne, no lo hubiera matado y desaparecido el cadáver.

            Con el visto bueno de Londres y apoyado por la policía de Princetown, Marc Brendon parece un diestro investigador policíaco y al parecer hace lo que puede y lo que está a su alcance para hallar los restos de Michael Penrod y atrapar al fugitivo y presunto asesino Robert Redmayne, quien tiene 35 años y una flamante “medalla de Servicios Distinguidos” por su papel en la Gran Guerra; no obstante, según el testimonio de Joanna y de Flora Reed, la novia con quien se iba a casar en Paignton, la guerra le dejó secuelas psíquicas; es decir, en términos más actuales, está signado por un traumatismo postraumático que se refleja en cierta amnesia. Según los indicios que rastrea y sigue el detective Brendon, Robert Redmayne, dentro de “un saco grande de cemento”, atado en la parte posterior de su motocicleta, trasladó, durante la noche y la madrugada, los restos de Michael Penrod hasta Berry Head y los arrojó a la garganta del mar desde lo alto de un acantilado. Y luego, al parecer, huyó al continente: a España o a Francia.

         

El nacimiento de Venus (c. 1482-1485),
lienzo de Sandro Botticelli

Museo Uffizi, Florencia, Italia

            Pero el quid que trastoca ese episodio es el hecho de que la presunta viuda Joanna Penrod, de 25 años (pero aparenta menos) es hermosísima. Todos los que la miran y observan coinciden en esa calificación superlativa. El inspector Halfyard, de la policía de Princetown, dice de ella: “es tan hermosa que no parece de este mundo”. “Es la mujer más bonita que he visto en mi vida. Nunca he encontrado otra cara que se parezca tanto a la Venus de Botticelli; y es el rostro más dulce que conozco.” Dice su viejo tío Albert. Y el feucho Marc Brendon hubiera rubricado ese dictamen de cinco estrellas Michelin, pues cuando aún se halla en la espera de las truchas en la cantera de Foggintor, parece haber sido testigo de la onírica aparición de la paradisiaca y evanescente flor de Coleridge o de una inasible ninfa de los bosques: “irguió la cabeza al oír un rumor de leves pisadas. En ese instante pasó junto a él la mujer más hermosa que había visto en su vida y esa inesperada belleza lo sobresaltó e hizo que su imaginación echara a volar. Parecía que del árido desierto hubiera brotado una flor exótica o que la luz crepuscular, que ahora se apagaba en los helechos y en las piedras, se hubiera concentrado en una llamarada para encarnarse en aquella bellísima mujer. Era delgada y de estatura mediana. No llevaba sombrero y sus cabellos de tono cobrizo, levantados sobre la frente, parecían atraer los cálidos rayos de la puesta del sol y brillaban como una aureola alrededor de su cabeza. El color de esos cabellos era deslumbrante; poseía las tonalidades raras y perfectas con que el otoño engalana las hayas y los helechos. Y la joven tenía ojos azules, azules como la nomeolvides. El tamaño de esos ojos impresionó a Brendon.” Y la melodía de su cantarina e inefable voz sin duda le resulta una especie de celestial allegro, de explícito y divino canto a la vida y al amor. Pues según apunta la voz narrativa, Marc Brendon “Oyó que cantaba con la alegría despreocupada de la juventud y retuvo en el oído unas cuantas notas claras y jubilosas, semejantes a las de un pájaro.”

 

Adelaide Phillpotts
(1896-1993)

            No extraña, entonces, su sorpresa y asombro al descubrir que esa hermosísima joven, que le parece de unos 19, es nada menos que la viuda Joanna Penrod, casada, dice, hace cuatro años, en la época en que murió su abuelo paterno. Y que tras dialogar con ella y oír su informativo y abundante relato sobre sí misma, sobre sus ancestros y estirpe oriunda de Australia, sobre su marido Michael Penrod y sobre su matrimonio opuesto a la desaprobación y al enojo de sus atávicos, necios y machistas tres tíos (los últimos “rojos Redmayne”), se diga a sí mismo literalmente boqueando y mortalmente flechado por Cupido: “Existe una hora en la que el hombre, si consigue descubrirla, puede ser feliz para el resto de su vida.” Vale subrayar, entonces, que a partir de ese instante el leitmotiv detectivesco y el íntimo pensamiento de Marc Brendon se verán perturbados por ese flechazo y por esa imagen femenina, y por ende le jala las narices, enturbia sus pesquisas, y lo orilla a no dar pie con bola y a deambular por derroteros que no llevan a ningún sitio.

  Antes de irse de Princetown con la sensación de fracaso, Marc Brendon le escribe una carta a Joanna Penrod, quien al unísono le envía una carta (se lee en la obra) en la que lo invita a ir a casa de su tío Benjamin Redmayne, pues éste, le dice, recibió una carta manuscrita del fugitivo tío Robert, misma que le mostrará (y que fue remitida desde Plymouth). Para llegar a la casona del tío Benjamin, ubicada en lo alto de un acantilado de Devon cercano a Dartmouth, el detective Marc Brendon viaja en tren hasta Kingswear Ferry, donde lo espera “la gasolinera” (la lancha) de “El nido del cuervo” (el nombre de la casa del tío Benjamin), cuyo timonel y único tripulante es un tal Giuseppe Doria, un dizque marino italiano proclive a los refranes, que parlotea vivaracho hasta por los codos y que canta a todo gaznate como si fuera un gondolero de Venecia. Y para el íntimo deleite y regocijo de Marc Brendon la única pasajera es Joanna Penrod. La breve carta manuscrita del tío Robert (también se lee en la novela) revela que mató Michael Penrod y que huirá a Francia.

Eden Phillpotts

            El tío Benjamin Redmayne, “de edad madura”, “proporcionado y sólido”, también participó en la Gran Guerra. Lleva “barba corta y patillas que empezaban a encanecer, pero no tenía bigote”, y “su cabeza descubierta brillaba con el fulgor rojizo de sus cabellos”. Durante su vida laboral (ya está jubilado) fue un marinero que sólo llegó a capitán de buques de carga de la Mala Real Inglesa. De ahí su rostro “curtido por la intemperie”, “rubicundo y ligeramente amoratado en los pómulos”. Su biblia (o i ching) es un luido y releído ejemplar de Moby Dick. Y su casona, edificada con sus ahorros, recuerda (o semeja) un barco encallado en lo alto de las rocas: “Encaramada en las alturas, como un nido de pájaro, se veía una casita con ventanas que miraban hacia el Canal de la Mancha. En el centro se elevaba una torre [donde el viejo capitán Benjamin tiene una especie de solitario camarote donde suele dormir en la litera y observar, con un “catalejo de ocho centímetros” y a través de la claraboya, “lo que sucede en el mar”], y delante se extendía una meseta en la cual había un asta de bandera y un mástil, en cuya punta flameaba una enseña roja. Detrás de la casa se extendía un valle arbolado del cual descendía un camino; debajo de los acantilados que la rodeaban, rompían perezosamente las olas estivales, adornando la costa con un collar de espumas. Mucho más debajo de la casa, apenas sobre el nivel de la marea alta, se extendía una angosta playa cubierta de guijarros y más arriba había una caverna convertida en fondeadero de botes. Hacia allí se dirigieron Brendon y sus acompañantes.”

      El capitán Benjamin Redmayne, ante el detective Marc Brendon, se alarma al “¡Pensar que Scotland Yard no es capaz de encontrar a un pobre diablo que ha perdido el juicio!” Y en sus charlas con Brendon entrevé la posibilidad de que Giuseppe Doria enamore a su bella, doliente y viuda sobrina, pues es un adonis ambicioso y parlanchín (según pregona: aspira a casarse con una riquísima heredera para recuperar así el antiguo castillo que fue de sus ancestros), de quien lamenta que sea italiano (y no inglés) y con una cultura inferior. El caso es que invitado por Joanna Penrod a pasar allí la próxima Navidad, el detective Marc Brendon, sumido en sus conjeturas e hipótesis, y descendiendo hacia el embarcadero, de pronto se topa con la inaudita y súbita figura del fugitivo y supuesto demente:

    “Junto a un rústico portón, paralelo al camino que marcaba el límite de un espeso matorral, se hallaba Robert Redmayne.

     “Sólo los separaba el portón, el hombre estaba apoyado en él, con los brazos cruzados sobre la barra superior. La luz de la luna iluminaba de lleno su rostro y, sobre su cabeza, sacudidos por la violencia del viento, los pinos emitían un rumor áspero y tétrico, mientras de allá abajo subía el grito sordo del mar embravecido que azotaba los acantilados. El pelirrojo estaba inmóvil, vigilante. Tenía puesto el traje de ‘tweed’, la gorra y el chaleco rojo que Brendon recordaba haberle visto en Foggintor; la luz de la luna brillaba en sus ojos sobresaltados y descubría su bigote y la blancura de sus dientes. Su rostro ojeroso reflejaba miedo y dolor, pero ningún síntoma de demencia.” Y Brendon, sorprendido como por un súbito mazazo en la blanda sesera, a penas reacciona, pues, raudo y más ágil que un gato montaraz, el fugitivo se da la vuelta y huye internándose en el bosque.

    Infructuosa resulta la búsqueda que el detective Marc Brendon hace auxiliado por la policía de Dartmouth. Y a través de Joanna Penrod y Giuseppe Doria, el fugitivo, al margen de la policía y de la ley, acuerda dialogar con el tío Benjamin, quien, pese a que Brendon le dice que se pondrá del lado de su hermano si éste le demuestra que mató a Michael Penrod en defensa propia, teme que lo agreda y mate. En ese sentido, resuelven que se verán a la una de la madrugada en la solitaria torre, mientras Brendon, armado, estará oculto en un armario, listo para el contraataque. Pero ese encuentro se frustra porque, en lugar del tío Robert, llega Doria con otro mensaje: el encuentro será en una solitaria y oscura caverna, donde, trasladado en la lancha por Doria, previsible y lamentablemente ocurre el asesinato del tío Benjamin, la desaparición del cadáver y la huida del presunto asesino, cuya búsqueda Brendon hace auxiliado por la policía de Dartmouth, encabezada por el inspector Damarell. E incluso participan “el Comisionado del Condado y las altas autoridades”.

Eden Phillpotts

         Frente a esos dramáticos sucesos, pese a su desagrado y contrariedad, llega a “El nido del cuervo”, desde Italia, el tío Albert, el último de “los rojos Redmayne”, quien es un viejillo nervioso, “pequeño, macilento y calvo, de cabeza desproporcionada y ojos grandes y luminosos”, cuyo “escaso cabello que circundaba a su calvicie y su barba larga y fina tenían el color rojo de los Redmayne; pero veteado de plata”. Y es en ese episodio donde figura uno de los extraños yerros diseminados en la traducción. Según se lee en la página 152: “Joanna estaba ojerosa y agotada. Sin embargo, se ocupó de instalar al anciano, expresándole su deseo de que el viaje le hubiese sentado mal.” Pues obviamente lo que ella le deseó es que “el viaje” no “le hubiese sentado mal”.

    Nueve meses después de la desaparición del marido de Joanna, pese a que Michael Penrod oficialmente no ha sido declarado muerto (al no hallarse el cadáver), se casa con Giuseppe Doria. Así, “Un día, a fines de marzo [de 1921], Brendon [en Londres] recibió por correo una cajita de forma triangular, procedente del extranjero, y al abrirla se sintió paralizado al ver que contenía un trozo de torta de boda. El obsequio iba acompañado de una línea..., una sola: ‘Afectuosos y agradecidos recuerdos de Giuseppe y Joanna Doria’.”

     Y en junio, tres meses después de ese irónico regalo que parece un burlesco botón de pestilente humor negro (la última carcajada de la cumbancha), el detective Marc Brendon, a petición expresa del tío Albert Redmayne, recibe de Joanna Doria una carta donde le solicita que se ponga en contacto con el detective Peter Ganns, que está en Londres, y que ambos, raudos y veloces, viajen a Italia, a las cercanías de Menaggio. La razón: en el empinado y campestre entorno del Griante, un cerro en las inmediaciones del lago Como, luego de que Joanna Doria diera un largo paseo y una larga caminata con Assunta Marzelli, la criada y ama de llaves del tío Albert, vieron, de pronto, la inesperada aparición del enorme “Hombre Rojo”, según lo tilda Assunta Marzelli, quien lo supone un contrabandista extranjero (alemán o inglés, entre los mil y un contrabandistas que pululan por allí), mientras Joanna se desmaya ipso facto, luego de agarrarle el brazo a la sirvienta y de lanzar “un grito de terror”. Es decir, según cuenta la voz narrativa:

   “Finalmente las dos mujeres iniciaron el regreso. Después de descender aproximadamente dos kilómetros buscaron la sombra bienhechora del Griante y se sentaron a descansar. Veían a sus pies, mirando hacia el Norte, la casa de Albert situada al borde del agua y delante del caserío de Menaggio, diseminado en racimos. Joanna declaró que divisaba el techo rojo de ‘Villa Pianezzo’ [el nombre de la casona de Albert Redmayne] y la pátina del tejado de la barraca próxima a la casa, que contenía los gusanos de seda de su tío.

     “En frente, a cierta altura, se extendía el pueblecito de Bellagio [donde vive Virgilio Poggi, el entrañable y mejor amigo del tío Albert, ambos bibliófilos], detrás del cual, bajo un sol sin nubes, resplandecía la faz del Lecco. Y de pronto, como una aparición pintada en el aire, vieron, de pie en el sendero, la figura de un hombre de gran estatura. Su cabeza descubierta mostraba rojizos cabellos y sus ojos hundidos tenían un brillo salvaje. Vieron el enorme bigote pelirrojo del desconocido, su traje de ‘tweed’, sus anchos pantalones ceñidos debajo de la rodilla, su chaleco rojo y la gorra que llevaba en la mano.”

        Ante tal alarmante noticia, el viejo Albert Redmayne teme un mortal asalto de su hermano Robert o que le proponga una cita similar a la que literalmente borró del mapa al capitán Benjamin. Y como no le gustan los procedimientos de la policía italiana, le pide a su sobrina Joanna que escriba dos cartas. Una a su marido Giuseppe Doria, quien dizque se halla en Turín (dizque pergeñando negocios) y en quien confía para su protección y seguridad. Otra a Marc Brendon, “el joven detective de Scotland Yard”, de quien dice tener “excelente opinión” (pese a que no hay ninguna razón para ello), y que le pida ponerse en contacto con Peter Ganns, un experimentado, viejo y célebre detective norteamericano de paso por la capital inglesa, quien es un apreciado y viejo amigo del tío Albert.

   

Sudamericana/Penguin Random House
Buenos Aires, 2ª ed., enero de 2020

          Vale observar que en “Tres hombres muertos”, el citado cuento de Eden Phillpotts antologado por Borges y Bioy en la Segunda serie de Los mejores cuentos policiales, “Miguel Duveen, el jefe de investigaciones”, un viejo y experimentado detective británico, es quien formula la probable y muy sugestiva resolución del caso, luego de que un joven detective no pudo hacerlo, pese a que éste investigó, in situ, “durante seis semanas de trabajo muy duro y concienzudo”. Es decir, el viejo detective, asentado en Londres, envió a las Indias Occidentales, precisamente a Bridgetown, en la isla de Barbada (Barbados, en la vida real), para que, bajo su nombre y su férula, investigue y aclare el asesinato del inglés Enrique Slanning (copropietario “de las famosas plantaciones y fábricas Pelícano”) y el asesinato del negro Juan Diggle, su fiel capataz y vigilante en los sembradíos de caña de azúcar, y el degollamiento del mestizo Solly Lawson, un joven alegre, libertino, locuaz, ex reo e impulsivo, con empleo en Pelícano. Y el viejo detective, un modelo de infalible raciocinador descendiente del cerebral y laberíntico raciocinador Auguste Dupin, sólo con leer y meditar durante dos semanas el legajo de información recabada por el joven detective, de manera persuasiva y convincente le expone al joven discípulo la resolución del caso; es decir, tras analizar la conducta, la personalidad y el perfil psicológico de los involucrados y circunstantes, expone el puzle; es decir, lo que debió ocurrir y derivar en esas tres muertes, al parecer, inexplicables.

        

Edgar Allan Poe
(1809-1849)

            En la novela Los rojos Redmayne, Eden Phillpotts plantea un esquema parecido: el viejo y experimentado investigador y raciocinador policíaco alecciona al joven detective armando, frente a sus narices, las piezas del puzle que éste no podía ni pudo ver, ni armar ni analizar. Tal situación empieza a entretejerse durante el trayecto en tren a Menaggio, pues los detectives no se conocían y Brendon le narra a Ganns los antecedentes del caso. Las conjeturas e hipótesis del detective Peter Ganns comienzan a entreverse cuando, a través del diálogo con él, supone a Brendon víctima de un acto de prestidigitación, de una lúdica y malévola fantasmagoría. Meollo que empieza a cobrar mayor sentido luego de que Ganns habla con Joanna Doria y le advierte a Marc Brendon que desconfíe de ella, que esté alerta, que no crea en todo lo que ve y oiga en derredor.

          

Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges número 39
Hyspamérica Ediciones
Madrid, 1985

            
Puesto que en el entorno de Villa Pianezzo se ha visto la acechante figura de Robert Redmayne, siempre ataviado con su estrambótica y llamativa vestimenta, y dado que ambos detectives desconfían de Giuseppe Doria (lo suponen cómplice del asesino), Peter Ganns decide ir Inglaterra por unos días (para localizar las piezas que le faltan para armar el criminal puzle), pero como a nadie puede confiarle la vida del tío Albert, se lo lleva consigo y deja en Villa Pianezzo a Marc Brendon, quien se siente gratificado al poder estar cerca de la hermosa Joanna, a quien supone noble, angelical, ingenua e incapaz de matar una mosca, víctima del arribismo y de las fechorías del malvado malandrín Giuseppe Doria.

            En ese ínterin, Brendon, para hablar con Doria, da un paseo con él por el bosque, pese a que mutuamente se detestan. Doria se confiesa víctima de Joanna, la demoniza y echa pestes contra ella; y lo mismo, en su turno, hace Joanna, incluso al charlar con Ganns. El caso es que Doria se va y Brendon se queda solo. Y tras proseguir el paseo y sus cavilaciones, de pronto es sorprendido por Robert Redmayne, vestido con su peculiar y llamativo atavío. Y Brendon se lanza corriendo tras él; pero no pudo perseguirlo más porque, súbitamente, “a menos de veinte metros del fugitivo”, éste se dio la vuelta y disparó su revólver contra él. Brendon cae y de su boca mana sangre. El fugitivo se va tras marcar un árbol, pues creyó que el detective murió (y el desocupado lector también). Es decir, el matón no le dio el tiro de gracia (craso error) y por ende no pudo verificar que la bala sólo rozó a Marc Brendon y que éste, al caer, se mordió la lengua y se hizo el muerto. Tras levantarse y suponer que por allí se cavará la fosa donde sería enterrado su cadáver, Brendon, con sus ropas y yerba, arma un monigote y espera a que regrese el asesino para enterrarlo. Ya entrada la noche, oculto en una cueva y desnudo, pese al frío (afortunadamente se alimentó porque llevó emparedados y vino), oye que dos individuos se acercan al lugar, cuyos rasgos no puede ver. Pero al descubrir que el supuesto cadáver es un bulto que se deshace al levantarlo, salen corriendo y eludiendo la emboscada y la lluvia de balas que esperan recibir; y Brendon identifica a Doria por su voz y por una de sus recurrentes frases en italiano: Corpo di Bacco.

            Tras el retorno de Peter Ganns, tal episodio se lo celebra a Brendon; pero también decide no confrontar a Giuseppe Doria y manejar el incidente con astucia y sigilo. En este sentido, para acorralarlo y atraparlo, Ganns, de noche, irá por la policía de Menaggio y por la orden para detenerlo. No obstante, su error, su gran error, pese a sus muchos años de experiencia, es que le confía a Marc Brendon la custodia del tío Albert, quien, instruido por Ganns, no debe de salir de su recámara por ningún motivo. Ganns se marcha. Joanna, hablantina, distrae a Brendon y le ruega que la rescate y la salve del demoníaco y pérfido de su marido y se la lleve con él. De tal modo que Brendon no pudo oír ni ver el momento en que el tío Albert, engañado por un supuesto barquero, salió de su cuarto para dirigirse a la casa de Virgilio Poggi en el caserío de Bellagio. Cuando regresa Ganns con “el barco de la policía lacustre”, silencioso y con las luces apagadas, descubre la ausencia del tío Albert. Assunta le dice que el amo salió presuroso a casa de su amigo, ubicada al otro lado del lago, pues por un accidente demandó su presencia de un modo inmediato. Ganns ordena que vayan a buscarlo allá. Y al saber que nunca llegó ni nadie solicitó su presencia, infiere que fue asesinado en medio del lago Como. Cuando súbitamente regresa Doria, el jefe de los policías, perentorio y dispuesto a esposarlo, le canta la orden de detención: “Michael Penrod”, “queda usted detenido por los asesinatos de Robert y Benjamin Redmayne.” “Y añada de Albert Redmayne”, gruñe Ganns. Giuseppe Doria o Michael Penrod intenta huir. Y en la violencia y rapidez de los sucesivos movimientos, para impedir que un joven policía le dé un mortal balazo a su cómplice y amante, Joanna interpone su cuerpo para protegerlo y cae “al suelo sin un gemido”.

 

III de III

Según se lee en la novela, el móvil del asesinato de “los rojos Redmayne” era la venganza, muy por encima del hecho de que Joanna, por medio del histriónico, lúdico y teatral “crimen perfecto”, heredaría mucho más rápido el dinero y las propiedades de sus tres tíos. Es decir, al menospreciar y humillar a Michael Penrod por negarse a ir a la guerra de manera voluntaria y por iniciativa propia, los tres tíos, sin saberlo, firmaron su sentencia de muerte, que tarde o temprano la pareja cumplimentaría, según el secreto dictamen pactado y compartido, amorosamente, entre ellos.

            Sin duda Joanna encarna un inexplicable y misterioso arquetipo de sutil malicia, hipocresía, vocación actoral y codicia pecuniaria. Es decir, pese a que al parecer “Odiaba a su familia, como sólo pueden odiar los parientes”, es difícil entender el odio, la maldad, la deshumanización, y la mente criminal y teatral de ella, y de él, y la fascinación por el lúdico montaje escénico que ambos compartían para llevar a cabo, fríos y crueles, tales asesinatos de manera tan pausada y rocambolesca, y tan carente de ética y de empatía con sus víctimas. Ambos poseían habilidades y medios para vivir y sobrevivir sin matar a nadie. Joanna recibiría veinte mil libras de su abuelo paterno al cumplir 25 años o al casarse, además de que era la única sobrina de sus tres solterones tíos: la última de “los rojos Redmayne”; y antes de la Gran Guerra, Michael Penrod ya recibía una renta de “cuatrocientas libras anuales” del negocio de pesca de sardinas heredado de su padre. De hecho, la índole perversa e hipócrita, histriónica y teatral de ambos comienza a gestarse durante la guerra (o quizá antes), pues para no alistarse ni ser llamado a filas, según confiesa el joven y cínico Michael Penrod (quien aún no cumple la treintena al ser hecho prisionero): “Como lo hicieron varios millares de hombres inteligentes, eludí el servicio activo ingiriendo un droga que afectaba al corazón. Conservé mi pellejo, no salí del país y obtuve mi parte: la Orden del Imperio Británico, en lugar de una tumba sin nombre. Fue bastante fácil.” Y sí que lo fue, pues Joanna y Michael Penrod se desplazaron a Princetown (allí eran honrosos inquilinos de la “viuda del célebre Eduard Gerry que durante veinte años fue miembro del Club de cazadores de Dartmoor”) y se ofrecieron como voluntarios para laborar en el Depósito de Musgo instalado allí con la contribución del Príncipe de Gales. Joanna y otras mujeres recogían “el musgo esfagníneo de los pantanos de Dartmoor, que después de ser secado, limpiado y sometido a proceso químico, era enviado a todos los hospitales de guerra del reino.” Y el supuestamente debilucho y vulnerable Michael Penrod, como sus “escasas fuerzas no le permitían recorrer las ciénegas ni entregarse al duro trabajo de recogerlo y llevarlo a Princetown, se ocupaba de secarlo y extenderlo en el asfalto de los campos de tenis de los guardianes del presidio, lugar donde se efectuaba ese proceso preliminar”. Pero además “Michael tenía también a su cargo los archivos y la contabilidad; y, a decir verdad [dice Joanna], organizó a la perfección el depósito”, ganándose la estima de los vecinos de Princetown y la rutilante medalla de la Orden del Imperio Británico.

           

Eden Phillpotts
(1862-1960)

              El detective Peter Ganns regresó a Estados Unidos, precisamente a “la cómoda casa que poseía en los alrededores de Boston”, convencido de que atrapó al criminal Michael Penrod y seguro de que sería ahorcado en el cadalso, y que la megalomanía y la vanidad del histriónico asesino eran tales, que haría, motu proprio, su confesión, donde narraría el trasfondo y los pormenores de sus actos. Cosa que, efectivamente, hizo de manera manuscrita (y tituló “Mi apología”), pues en la prisión no le quisieron proporcionar una máquina de escribir. En su texto (se lee en la novela), además de hablar del uso del arma homicida, semejante a un “hacha de matarife”, adquirida “en una herrería de Southampton”, el asesino dice que tuvo en Ganns “a un enemigo digno de mi inventiva y de mis recursos”; pero no admite haber sido derrotado, sino que declara: “He jugado una partida con Peter Ganns y hemos empatado; él no pretenderá que ha triunfado, ni dejará de conceder el primer aplauso a quien lo merece. No ignora que, aunque él y yo somos iguales, ella era superior a nosotros dos.” Pero para demostrarle, y restregarle, que él, Giuseppe Doria, y no Michael Penrod, es el verdadero vencedor y que en realidad le ganó la partida al viejo detective, firma como Giuseppe Doria y no como Michael Penrod, además de anunciarle al mundo (en realidad le anuncia y le dice a Ganns) que no aceptará la ignominia de “Morir en el cadalso”.

            Esto se lo patentiza a Ganns con el envío post mortem que le llega a través del triste Marc Brendon, doblemente burlado y derrotado: por la “angelical” y “noble” Joanna y por su torpeza en el caso. En este sentido, pese a que la carta que Brendon le dirige a Ganns está datada en “New Scotland Yard, 20 de octubre de 1921”, le dice que ya renunció a la corporación policíaca. Que el asesino “Redactó en la cárcel su testamento y la ley admitió” que él “heredara sus bienes personales”, mismos que repartió, “por partes iguales, entre los orfanatos de la Policía”, de Estados Unidos y de Inglaterra. Pero el carozo de la marzo (gran premio hez de la canalla) exclusivamente destinado a Peter Ganns es una cajita, que éste, al recibirla, cree de rapé, donde el asesino le envió “su ojo de cristal, exquisitamente fabricado, imitando la realidad”. Artificio de utilería que el experimentado detective, aficionado a las charadas y proclive a deducir y raciocinar, nunca advirtió, en cuyo interior el criminal guardaba el cianuro de potasio con que se suicidó entre las rejas de la cárcel. En este sentido, se lee:

            “Dos noches antes del día fijado para la ejecución, Penrod se retiró, como de costumbre, y aparentemente durmió varias horas con la cara tapada por las ropas de la cama. Dos guardias se hallaban sentados a ambos lados de la cama y la luz estaba permanentemente encendida. De pronto lanzó un suspiro y, extendiendo el brazo, alcanzó algo al hombre de la derecha.

            “Ocúpese de que esto llegue a manos de Peter Ganns..., es mi legado —dijo—. Y recuerde que Marc Brendon es mi heredero.

            “Y dejó un pequeño objeto en la mano del guardián. Al mismo tiempo sufrió una espantosa convulsión, lanzó un gemido y, de un salto, se incorporó. En seguida cayó de bruces, sin sentido. Uno de los hombres lo sostuvo, mientras el otro corría en busca del médico de la cárcel. Penrod estaba muerto...”


Eden Phillpotts, Los rojos Redmayne. Prefacios de Jorge Luis Borges. Traducción del inglés al español de Marta Acosta van Praet. Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges número 39, Hyspamérica Ediciones. Madrid, 1985. 332 pp.