martes, 22 de junio de 2021

Sira

Un grato reencuentro con la mujer que fui

 

I de VII

Editada, en España y en México, por el consorcio Planeta en abril de 2021, Sira, la quinta novela de la narradora española María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964), continúa la saga de las vivencias y de las intrépidas aventuras de la protagonista aludida en el título, iniciada con el boom y las masivas ventas de su primera novela: El tiempo entre costuras (Temas de Hoy, junio de 2009). Vale decir, entonces, que en la presente continuación: “Sira Quiroga Martín, nacida en Madrid el 25 de junio de 1911”, quien durante la Segunda Guerra Mundial fue, en la capital española, la sagaz espía de la inteligencia británica oculta bajo el carisma de Arish Agoriuq (exitosa, elegante y atractiva modista de supuesto origen marroquí), dejó de serlo tras la capitulación del Tercer Reich, suscrita el 7 de mayo de 1945. En este sentido, el lector, entre la primera y la segunda página del capítulo 1, tiene noticia de que Sira Quiroga, un día de marzo de 1944, en un efímero y subrepticio viaje de Madrid al Peñón de Gibraltar —entonces guarnición y base del ejército británico en la guerra contra las potencias del Eje (particularmente contra los nazis)—, se casó allí, en una sencilla y secreta ceremonia, con el inglés y agente encubierto Marcus Logan, cuyo nombre real es Mark Bonnard; y por ende, además de convertirse ipso facto en súbdita del rey Jorge VI (es decir: de la corona del Imperio Británico), pasó a llamarse Sira Bonnard.

          

Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta
México, abril de 2021

          
Al igual que en El tiempo entre costuras, la voz narrativa es la voz de Sira y por ende a veces recapitula circunstancias del pasado y episodios vividos por ella en esas épocas, o evoca a sus conocidos (particularmente en 1936) y a sus padres e incluso a sí misma; pero en este caso, además de estar matizada por anglicismos y galicismos, vocablos y frases que sazonan la oralidad y la postura cosmopolita que ahora presume al hablar y al ir por aquí y por acullá, se distingue por su omnisciencia (casi de visionaria del aleph o de automatizada Encyclop
ædia Britannica o de robótica y parlante Wikipedia); es decir, Sira narra, pero su narrativa, que sigue la nervadura, la intimidad, el pálpito y la respiración de sus pasos y pensamientos en primera persona y paulatinamente, implica y conlleva un sinnúmero de datos y relevante información histórica y geográfica no sólo sobre lugares y personajes y sobre el entorno y el tiempo presente donde se va moviendo y actuando, sino también sobre el porvenir; y que para nosotros, aldeanos lectores de las laberínticas, recalentadas y enviruladas catacumbas de la segunda década del siglo XXI, es historia. Tal urdimbre, desde luego y con diestra y fina técnica de suspense, ensamblaje y palimpsesto, es obra y gracia del arte literario de María Dueñas, auténtica contadora y costurera de mil y una historias de nunca acabar (de la estirpe de Sherezade) y por ende: encantadora de rejegas y descamisadas mazacuatas prietas, cuya voz y canto, además de incidir en los sueños y en las pesadillas, encandila y apacigua a las mortíferas y agresivas bestezuelas de la noche.

María Dueñas con Sira (2021)

 

 

II de VII

Centralmente, la novela Sira se desarrolla y transcurre entre junio de 1945 y agosto de 1947; y en tal sentido comprende 83 capítulos distribuidos en cuatro partes, cuyos rótulos aluden los epicentros geográficos donde la protagonista vive, actúa e interactúa: “Palestina”, “Gran Bretaña”, “España” y “Marruecos”; a lo que se añade el “Epílogo” y la “Nota de la autora”.  

            La ida a Palestina al lado de Marcus Logan obedece a que él fue destinado a Jerusalén por el Servicio Secreto de la inteligencia británica. No obstante, la reclusión doméstica de Sira había iniciado en Madrid, precisamente al término de su papel de la glamurosa modista Arish Agoriuq; es decir, tras sucederse la huida de los nazis y el desmantelamiento de los edificios y casas que usurparon en España. Antes de volar a Palestina la pareja pasa por Londres, donde Sira conoce a su suegra, la viuda Lady Olivia Bonnard, con quien no hace migas y cuya antipatía es mutua y recíproca; la cual sobrevive, asistida por una decrépita sirvienta y en medio de la pobreza y de las generalizadas carencias de la postguerra, en la vetusta y deteriorada casona donde Marcus nació y vivió de niño con su padre (muerto de un infarto casi a los 54 años), con su hermana (fallecida de meningitis en la adolescencia) y con su hermano menor (“piloto de la RAF”, caído “en combate al principio de la Batalla de Francia”, sucedida entre el 10 de mayo y el 25 de junio de 1940); caserón que se halla en “The Boltons”, el nombre de la calle donde se localiza en el “área de Brompton, Kensington”. 

            Mientras Marcus Logan cumple con su secreta y escurridiza misión en Palestina, Sira, no del todo recluida en el ámbito del hotel American Colony, ubicado en las inmediaciones de Jerusalén, continúa con su insípida, vacua y gris vida doméstica, sin dar golpe en ninguna parte, con neuróticas y frustradas ganas de largarse de ahí, quizá a Marruecos, donde en Tetuán reside su madre (retirada de la costura y casada con un viudo y jubilado). Tal grisura parece empezar a desquebrajarse cuando, sin buscarlo ni preverlo, una periodista canadiense: Frances Nash, quien no habla ni escribe ni jota del español (pero usa pantalones y maneja un jeep sin capota), le propone redactar con ella notas informativas para Télam, la agencia argentina fundada en Buenos Aires apenas el 14 de abril de 1945. La canadiense se informa o investiga y escribe las notas en inglés y Sira las traduce al castellano, las cuales firman con un pseudónimo que las asocia y suena masculino (útil y sutil para trasminar los atavismos y prejuicios machistas que pululan en el boludo y pelotudo ámbito del Río de la Plata): Frances Quiroga.   

     

Sir Alan Cunningham
El último Alto Comisionado del Mandato Británico de Palestina
(Noviembre 25 de 1945-mayo 14 de 1948)


         
 Vale puntualizar y resumir que el Mandato Británico de Palestina, cuyo gobierno militarizado, con la anuencia de la Liga de las Naciones, se remonta a 1920, confronta una creciente incertidumbre, inestabilidad y violencia social, dado que en medio de la población inglesa, árabe y judía, además de oponerse a las oleadas masivas y multitudinarias de inmigrantes judíos y a que éstos construyan más asentamientos, está en contra de la creación del Estado de Israel. Por ende, los grupos armados sionistas, desde la clandestinidad y el camuflaje, cometen una serie de atentados terroristas, que pese a que algunos se focalizan en destructivos ataques contra la infraestructura operativa del Mandato, se llevan por delante a miembros de la población civil, incluida la judía. Uno de esos ataques estalla frente a las narices de Sira, pues a través del reportero radiofónico Nick Soutter, amigo de la periodista canadiense Frances Nash, estaba por iniciar un conjunto de cuatro descafeinadas y asépticas grabaciones (sobre España) en la PBS (Palestina Broadcasting Service), “emisora oficial del Mandato”, subsidiaria de la BBC (British Broadcasting Corporation), la legendaria e histórica Corporación británica de radiodifusión, institución pública con matriz en Londres desde el 18 de octubre de 1922; o sea: también es matriz de “La Voz de Londres”, que Gonzalo Alvarado, su padre, oía en Madrid: “La escuchaba por las noches en su salón de Hermosilla, con su batín y una copa de brandy. ‘Estación de Londres de la BBC emitiendo para España’, así empezaba la retransmisión que al día siguiente comentaría con sus amigos durante el aperitivo en La Gran Peña.” Es decir, la fría mañana del 19 de enero de 1946, Sira, a bordo del “Morris del PBS”, estaba llegando al edificio de dos plantas de la Broadcasting House cuando ocurrió la súbita ofensiva. Según narra Sira:

            “[...] El auto avanzaba sin prisa, yo seguía cobijada en mi abrigo y mis cálidos guantes, sumida mentalmente en los apuntes de mi patria.

            “Fue entonces, llegando a la puerta, cuando algo inesperado cruzó veloz frente a nosotros. Una sombra, una presencia rauda, resbalosa, humana. El chófer frenó en seco y me gritó algo que no logré entender, mi cuerpo se abalanzó con brusquedad hacia delante por efecto de la inercia, de manera instantánea me crucé los brazos sobre el vientre.

            “La explosión sonó brutal, el coche se sacudió como movido por la mano de un gigante furioso y los oídos se me quedaron atronados. Todo alrededor se llenó de humo polvoriento; de inmediato se oyeron ráfagas de metralleta, gritos broncos y carreras, el conductor se giró hacia atrás y me agarró sin miramientos por la cabeza, arrancándome el sombrero y obligándome a tumbarme a la vez que bramaba en árabe e intentaba retroceder para alejarnos.

            “Hecha un ovillo sobre el asiento trasero, todo el tiempo restante permanecí con los ojos abiertos, muda, paralizada y a la vez extrañamente serena mientras mantenía los brazos entrelazados como tenazas sobre mi torso y las piernas dobladas encima. Los tiros, los gritos desgarrados alrededor en hebreo, en inglés y en árabe, las carreras, los motores de otros autos que llegaron precipitados, sus neumáticos derrapando sobre la gravilla, las sirenas que entonces empezaron a sonar desde la lejanía haciéndose cada vez más intensas: todo, todo me fue indiferente. Mi frialdad era tenaz, mi quietud sólo tenía un propósito. Lo único que me obsesionaba era que mis brazos no se movieran de su sitio, que siguieran cobijando a mi criatura, dándole calor, aliento.”

            Efectivamente, Sira está embarazada. Y aunque ni ella ni María Dueñas apuntan la fecha del nacimiento se infiere que el bebé: Víctor Bonnard, nació seis meses después, precisamente el 22 de julio de 1946 (en los momentos del parto moría, al unísono, Marcus Logan), pues fue ese día cuando ocurrió otra ofensiva aún más terrible: el planificado, cruento y coreografiado ataque terrorista que destruyó varios pisos del hotel King David, precisamente en el ala donde estaban los dormitorios, los archivos y las oficinas del Mandato Británico de Palestina. 

         

El hotel King David después del atentado terrorista
Jerusalén, julio 22 de 1946

         
Una histórica foto del hotel King David después del estruendoso, asesino y destructivo embate se observa en el ángulo superior izquierdo de la segunda de forros. Y Sira lo refiere, sin precisar, en el primer párrafo del primer capítulo: “Trescientos cincuenta kilos de explosivos depositados en los bajos de un hotel en Jerusalén: algo infinitamente más siniestro.”

Detalle de la segunda de forros


 

III de VII

Dado el constante polvorín y “la ley marcial” impuesta en Palestina por el Mandato inglés, Sira, en contra de su voluntad y con su bebé (ambos súbditos del Reino Unido y con pasaporte británico) es evacuada a Londres a inicios del heladísimo febrero de 1947. Lady Olivia Bonnard, su suegra, los recibe en el aeropuerto y los lleva a su empobrecida casona en un “opulento Bently” con chofer. Pese a que Lady Olivia se encariña con el bebé Víctor y lo considera el único heredero de su estirpe y del caserón, la convivencia resulta difícil, sobre todo por la indiferencia, el menosprecio y la grosería de la suegra hacia la yerna. Sira no tarda, entonces, en volver a desear irse a Marruecos, con su madre. Ni en descubrir, sin proponérselo, que lo “Lady” no es un título nobiliario; que un añoso, oscuro y retorcido episodio de infidelidad colocó a Sira y al nieto como los únicos herederos de la casona; y que Lady Olivia, sabiendo esto con antelación, y sin informarle a la yerna de las minucias del testamento de Marcus Logan, opera en la sombra desleales y tramposos tejemanejes para quedarse, por lo menos, con un trozo de la casa familiar.

            En marzo de 1947, cerca de Hyde Park, Sira localiza la dirección de Rosalinda Fox, pero su amiga ya no vive allí ni hay datos sobre su paradero. Luego va al edificio de la BBC a recoger un paquete remitido a ella desde Palestina. Enviado desde Jerusalén por el reportero radiofónico Nick Soutter, se trata de la radio que Marcus Logan le regaló cuando ambos eran residentes en el hotel American Colony y ella estaba por preparar sus truncos programas para la PBS. Radio que ella conservó en el apartamento del Austrian Hospice, en Jerusalén, lugar donde vivió con su bebé y donde era vecina de la periodista canadiense Frances Nash. En el edificio de la BBC, porque le entrega el paquete, conoce a Cora Soutter, la ríspida ex o aún esposa de Nick, y madre de sus dos hijos. Y tras descubrir allí las oficinas del Servicio Latinoamericano de la BBC, cuyo director es el colombiano George Camacho y el español Ángel Ara, su segundo, Sira da un paso al frente y les propone hablar en castellano sobre la situación en Palestina. Se aprueban tres colaboraciones que se logran realizar, tras un agrio y breve bloqueo maquinado, desde las tripas, por Cora Soutter.

   

La vieja Casa de Radiodifusión de la BBC
Londres, Inglaterra
 

         Pero lo relevante para ella en ese brevísimo paso por la BBC es que recibe allí un sigiloso mensaje confidencial para entrevistarse con emisarios de la inteligencia británica. Ella, que ahora quiere hacer las cosas a su manera, elige que la cita sea esa “tarde a las tres en The Dorchester”. Y escoge ese sitio porque lo observó en su búsqueda del domicilio de Rosalinda Fox, pues según narra: “Mi referencia era The Dorchester: me guié por aquel dato porque en la última de sus cartas Rosalinda mencionaba que solía frecuentarlo. Qué marvellously convenient resulta, decía, vivir junto al lado de uno de los más exclusivos hoteles de Londres.” Y añade con su peliculesca y consabida e infalible omnisciencia (no pocas veces del corazón): “Ése era el ambiente que a ella le chiflaba para tomar el té o un cocktail: por aquel establecimiento, sin yo saberlo, había pasado durante la guerra lo más pinturero del conflicto. El presidente americano Eisenhower junto con su secretaria-chófer-amante durante el Desembarco de Normandía. El ministro de Exteriores británico Lord Halifax, que ocupaba ocho habitaciones con su esposa mientras, en paralelo, encontraba tiempo para serle infiel en una suite con la espléndida Baba Metcalfe, que a su vez mantenía un idilio con el embajador de Mussolini. Todos aquellos egregios huéspedes, no obstante, me importaban bastante poco. Lo único que yo pretendía era dar con una amiga esquiva, aquella mujer que había marcado en gran manera mi devenir.”


            Son dos los trajeados agentes de la inteligencia británica con quienes Sira conversa en The Dorchester. El veterano Kavannagh, quien ya peina canas, y Dean Haines, su adjunto, rubio y treintañero. Y como para poner sobre el tablero quién es ella en la jugada, Kavannagh, además de trasmitirle el reconocimiento y los saludos de su ex jefe: el capitán Alan Hillgarth, agregado naval en la embajada británica en Madrid durante la guerra contra la expansión nazi, le resume su identidad e itinerario: “Por refrescarnos todos un poco la memoria, según consta en nuestros archivos, usted, la súbdita británica Sira Bonnard, anteriormente ciudadana española Sira Quiroga, prestó sus servicios entre los años 1940 y 1945 para el Special Operations Excecutive bajo la cobertura de la supuesta modista marroquí Arish Agoriuq, con el nombre clave Sidi y base de operaciones en España, trasladándose de forma ocasional a Portugal y desempeñando en todo momento su cometido con absoluta competencia, rigor, dedicación y entereza.”

Su misión posible (y después de oír la secretísima propuesta que se volatizará en un tris la acepte o no) es espiar a Eva Perón y a su cortejo durante su gira por España, la cual sucederá en junio de 1947. La razón: la esposa y emisaria de Juan Domingo Perón planea visitar Gran Bretaña y ser recibida por Jorge VI y hospedarse en el palacio de Buckingham. Y para tal espionaje tendrá que hacerse pasar por una reportera del Servicio Latinoamericano de la BBC. Además de enterase de qué lado masca la iguana, si tiene lengüetilla viperina o no, si hace el bizco frente al espejo o no, y de considerar el coste y las implicaciones estratégicas y geopolíticas en el contexto internacional que implica recibir (o no) a Eva Perón, la monarquía y el gobierno británico sopesan los intereses comerciales y económicos con la ricachona Argentina, pues según le comenta Kavannagh a Sira: “Incluso dentro de nuestra precaria situación económica, seguimos teniendo cosas que nos interesa venderles: aviones de guerra, pedidos millonarios para la Armada, maquinaria diversa. Y, por supuesto, seguimos necesitando de ellos la carne para alimentar a nuestro sufrido pueblo.”

 

Segunda de forros
(detelle)

       
Para su misión de infiltrada en la “Gira del Arco Iris” recibió informes sobre Evita y los miembros de su cortejo. Y se preparó para dar el gatazo de supuesta reportera radiofónica de la BBC. Según narra, “Una de las primeras iniciativas fue un curso acelerado de mecanografía en unas oscuras oficinas del Whitehall. A cargo de mi aprendizaje, pegada a mi espalda en todo momento, estuvo una secretaria madura de moñete tenso, flaca y áspera.” [...] “Para no resultar ignorante del todo entre fotógrafos, en un estudio de Fitzrovia me adiestraron sobre el funcionamiento y la nomenclatura elemental de distintas cámaras, tipos de rollos y lentes, cómo usar el obturador, el temporizador, el disparador, cómo cambiar la película. En otro estudio de Broadcasting House me enseñaron a manejar un magnetófono de bobina abierta, por si en algún momento viniera al caso. Una y otra vez maniobré los controles, tanteé los cabezales e inserté y saqué los rollos de cinta magnética hasta lograr repetirlo todo con facilidad mecánica.”

     El nom de guerre (para su pasaporte y para las tarjetas de presentación) ella misma lo elige: Livia Nash; es decir, expropia el apellido de su amiga canadiense y al nombre de la madre de Marcus le extirpa la ele. Y como broche de oro y como quizá era de esperar, dado que a Sira le gusta lo glamuroso y servirse con la cuchara grande, elige un deslumbrante vestuario de diosa del cine, como para dejar el ojo cuadrado y escurriendo la baba o como para detener el tráfico pedaleando a media avenida con tacones de aguja, pues no compró una modesta ropa (para nadar de a muertito y pasar desapercibida) en alguno de los populares almacenes de la cadena Woolworth (donde se hizo de unos chuchulucos de madera para su bebé), sino costosos vestidos de reconocido y rimbombante diseñador. En este sentido, apunta: “Sería incorrecto decir que renové mi vestuario, porque en realidad apenas tenía prendas que cambiar por otras nuevas; la maleta que había traído de Jerusalén sólo contenía ropa de invierno. A fin de abastecerme, volví a la tienda de Digby Morton en Kensington. Tuve la buena fortuna de que el mismo modisto estuviera allí [en realidad la atendió una empleada, y no el modisto, la vez que adquirió el ‘tailleur de tweed azul plomo’ para asistir a la cena en casa de los padres de Dominic Hodson, amigo de Marcus desde la infancia y su albacea testamentario], elegimos las prendas mano a mano. Se tragó que yo era la esposa de un diplomático portugués, no le di explicación alguna acerca de mi pasado entre costuras. Con su criterio y el mío ensamblados, cargué un guardarropa magnífico por el que pagué una indecente cantidad de dinero. Confesé el pecado ante mi conciencia y me di la absolución de inmediato: iba a cobrar un salario lustroso por mi misión en España y estaba a la espera de la imprevista liquidez por el patrimonio de Marcus. El propio diseñador me acompañó hasta el coche.” “Tiene usted un gusto soberbio, my dear”, le canta el diseñador autoelogiándose (y frotándose las manos con la lengua de fuera), “Vuelva cuando quiera, siempre será bienvenida.”

 

IV de VII

A inicios de junio de 1947, Sira, en su papel de la reportera radiofónica Livia Nash, arriba al aeropuerto de Barajas. Con disimulo, su padre, Gonzalo Alvarado, y Miguela, su criada, se llevan a la casona de Hermosilla al bebé Víctor, junto con Phillippa, la nana inglesa. Y Sira, en un taxi, se dirige al Club de Prensa, donde se hospeda y donde al día siguiente se hace la presentación de los periodistas extranjeros, tutelados y puestos al día por Diego Tovar, director de la Oficina de Información Diplomática.

            Pese a que su informe final y el resultado es de calidad media (y a que por su parte la monarquía británica no quiso recibir a la esposa de Juan Domingo Perón), Sira cumple su cometido de espiar la personalidad, los discursos incendiarios y populistas (“más de uno creyó escuchar ecos de una Pasionaria con acento porteño”), las frases lapidarias, las palabrotas, la neurosis, las fobias, la inseguridad, los caprichos, el carácter autoritario, la megalomanía, y el recargado y ostentoso vestuario invernal de Evita en su recorrido veraniego por la empobrecida, católica y reprimida España de Franco, el Generalísimo y dictador proclive a los largos y somníferos protocolos, a las alharaquientas concentraciones masivas, a la simulación, a la hipocresía, al boato, al derroche, a los excesos y a la demagogia.

Evita saludando al dictador Francisco Franco.
En medio: Carmen Polo, esposa del Generalísimo.
Atrás de ésta: Lillian Lagomarsino de Guardó,
asesora de la esposa de Juan Domingo Perón.
 
       
En ese tiempo de espionaje en la oscura España de Franco sobresalen varios ingredientes narrativos. Uno es el embrionario y desabrido enamoramiento de Sira por Diego Tovar, el citado funcionario de la propaganda franquista hacia el exterior del país, quien en los instantes de despedida, por lo que él se ha enterado de su encubierta y paralela actividad, se distancia de ella. Al preguntarle si “de todas formas” tendrán “el reportaje de la BBC”, Sira le responde: “Eso seguro. Pero no seré complaciente.” A lo que él apunta: “No esperaba menos de ti.” Y “Me guiñó uno de sus ojos claros, cómplice.” Lo cual debe ser totalmente falso e hipócrita, hueca palabrería, pues Diego Tovar, como lacayo de la dictadura de Franco (en cuyo ámbito antidemocrático no hay libertad de expresión ni de prensa ni ideológica), no traicionaría a lo tonto, ni le mordería la mano al statu quo del que vive, se posiciona, y saca raja y privilegios. De ahí que una de sus diplomáticas funciones, a través del aburguesado y ricachón agasajo y del trato excepcional y galante, haya sido inhibir el sentido crítico de los periodistas extranjeros e inducir sus observaciones reporteriles para la causa franquista.

          

Evita y Franco

          
Pero lo que descuella y desconcierta en su papel de supuesta enviada del Servicio Latinoamericano de la BBC es que actúa como periodista de un medio impreso y no como una reportera radiofónica. Veamos. Si bien dice que al regresar a Londres grabó, ante los micrófonos de la BBC, el reportaje sobre la visita a España de Eva Perón (“allí quedó mi voz, grabada en los surcos de tres discos de pizarra”) y que rechazó los emolumentos (“Utilice ese dinero para contratar a algún otro de mis compatriotas, me consta que necesitan más que yo estos trabajos”), lo que hizo en territorio español fue sólo tomar algunos apuntes (con el moderno biro comprado en Jerusalén), pero no hizo lo que hubiera hecho una auténtica reportera radiofónica o alguien que finge serlo: grabar breves reportes orales hechos por ella y fragmentos de los discursos de Evita, y editarlos, con su propia voz, en cápsulas informativas sobre los pasos y actos protocolarios y públicos de la esposa de Perón en varias ciudades de España (ni siquiera lo hizo cuando Franco la condecoró con la Gran Cruz de Isabel la Católica).


Evita, oradora hasta la saciedad

       
Y lo más sorprendente y llamativo: siendo Eva Perón una oradora nata y con experiencia en radio (incluso encadenan su perorata a través de Radio Nacional de España), ¡nunca la entrevistó en exclusiva para el Servicio Latinoamericano de la BBC! Y pudo hacerlo si la monarquía británica aprobaba o no la visita de Eva a Inglaterra, precisamente cuando al viajar de Madrid a Granada, Alberto Dodero, el magnate y naviero argentino, la invita a que no lo haga en el avión donde se acomoda la prensa, sino en el avión donde viaja Evita, sus allegados y algunos funcionarios de alto pedorraje; y entonces, allí, Sira habla con ella (tête à tête), pero, ¡oh my God!, ¡no la entrevista! Pero lo que trasciende es que Evita le elogia a Sira el conjunto que lleva y los hermosos vestidos que le ha visto al seguirla. Y al preguntarle: “¿Te los hicieron acá, en España?” Sira responde: “En Londres, señora. Un modisto inglés.” Y para que el dato no se vaya por la fétida coladera, Evita le pide a Lillian Lagomarsino de Guardó, su consejera y especie de cabizbaja y sumisa dama de compañía, que tome nota para visitarlo cuando vayan a Londres. La alusión del viaje a Londres sorprende a los concurrentes y entonces Evita (llamada la Perona por sus críticos y adversarios) truena a todo gaznate: “¡Cuando vayamos a Londres dije, sí, no me miren con esas caras! ¡Cuando vayamos a Londres a ver al rey, si es que nos envían la invitación oficial! ¡Y si no, los mando yo a todos a la mierda!”

 

Eva Perón y Lillian Lagomarsino de Guardó

           
En su papel de espía al servicio de la inteligencia británica, Sira, a través del galante y discreto apoyo del sesentón Alberto Dodero, se introduce, solitaria, en el Palacio del Pardo (“me estaba metiendo en la boca del lobo”, dice), donde husmea y critica con ironía el vestuario de Evita, y donde obtiene confidencias del par de modistas argentinas que la acompañan desde Buenos Aires. Por ejemplo, de “un extravagante ropón negro que colgaba de la barra de las cortinas con capa, capucha y enorme ruedo”, y del que comenta: “Tuve la impresión de que cabrían tres Evas dentro”, Asunta, una de las modistas, le dice: “Es un diseño de Madame de Gres para la casa de Bernarda Meneses, va a lucirlo con la Gran Cruz de Isabel la Católica en el pecho durante la audiencia con el papa Pacelli, a ver si consigue que la hagan marquesa [...] Que el Santo Padre la nombre marquesa pontificia, eso es lo que quiere.” Desafortunadamente Eva Perón, en su visita a la Santa Sede, sólo logró que Pío XII le obsequiara un rosario.

   

Eva Perón rumbo a su audiencia con Pío XII
(Ciudad del Vaticano, 1947)

         
Y de su ansiado viaje a Londres (meollo que la ponía neurasténica e insomne haciendo constantes y perentorias llamadas telefónicas a Buenos Aires), Asunta le revela: “Aunque no lo haya dicho en público, espera una invitación formal del Palacio de Buckingham. Pretende que la alojen en él y que, al igual que están haciendo en España, le den tratamiento de jefe de Estado. Están viendo fechas. Oí comentar que podría ser antes del 20 de julio, después de Italia y Francia [...] Y dice la Señora que, o los reyes acceden, o por allí no se asoman.” Y para esa soñada recepción de cuento de hadas (“Cinderella from the Pampas [Cenicienta de las Pampas], la llamaría la prestigiosa revista norteamericana Time”), Sira se entera que Evita tiene dispuesto “un modelo un tanto especial de Ana de Pombo”, que “lo tiene reservado por si finalmente van a Londres”, pero sólo si “la reciben los reyes”, si no: nanay. Según observa Sira, se trata de “un larguísimo vestido de encaje azul cielo, plagado de lentejuelas.” [...] “No pude evitar una triste sonrisa. A mucho aspiraba la audaz Eva Perón, con esa capa pretendidamente majestuosa que parecía sacada de un dramón de Hollywood. Quizá nadie de su entorno le había hablado de la austeridad y la dureza de los tiempos de Gran Bretaña, de cómo la principal obsesión del Gobierno y el pueblo era la subsistencia. O quizá sí lo sabía, y no le importaba.”

           

Madre Teresa de Calcuta

       
 Extrañamente, parece que a Sira se le ablandó la sesera, pues el colonialista, altivo y racista gobierno del Imperio Británico no es ninguna Madre Teresa de Calcuta, ni ninguna hermanita de la caridad del cobre, cantora de cachetito del Himno a la alegría de Miguel Ríos. Habría que recordar, por lo menos, su dominio colonial, predador y explotador, en el India desde 1858, cuya sonora independencia se avecina y sería declarada el 15 de agosto de 1947; y su tóxica presencia y ocupación militar en Palestina, de facto desde 1917 y formalmente a partir del 10 de agosto de 1920 por el Tratado de Sèvres, que derivaría, pese a su contrariedad política y a sus impositivos intereses, en una guerra civil entre árabes y judíos, sucedida entre el 14 de noviembre de 1947 y el 14 de mayo de 1948, día de la salida del último militar británico y de la declaración del Estado de Israel. Y aunque ella haya sido testigo del racionamiento y la pobreza en ciertos ámbitos de Londres y de la heroicidad de ciertos sectores de la población para confrontarla y aunque algo obnubilada o falaz se diga a sí misma: “desde mi España desastrada y encogida, con el paso de los días era consciente de que cada vez valoraba más Inglaterra y a los ingleses. Aunque mi estancia entre ellos fue breve, me proporcionaron grandes lecciones de pragmatismo, dignidad y entereza”, el intríngulis neurálgico es otro, pues además del derroche de libras esterlinas que la inteligencia británica le paga del erario por su trabajo de espía en la reprimida, santiguada y pobretona España de Franco, el mismo Kavannagh le mencionó los intereses de su gobierno hacia la Argentina de Perón: “nos interesa venderles: aviones de guerra, pedidos millonarios para la Armada, maquinaria diversa [...] estimamos que, siendo convenientemente orquestada, la visita de Madame Perón tal vez podría ayudar a destensar tiranteces, limar asperezas y reconducir los vínculos entre las dos naciones. Podría, en definitiva, convertirse para nosotros en una interesante oportunidad estratégica.”

           

Mery y Agustín de Foxá

     
 Sira, además, pese a su crítica a la pretensiosa y desmesurada manera de vestir de Eva, en lugar de camuflarse de reportera con un perfil bajo en medio de los empobrecidos y ruinosos tiempos de postguerra, también eligió un esplendente y exclusivo vestuario como para actuar, deslumbrando, en una película de Hollywood (quizá un thriller de espías o un clásico de James Bond). Esto lo calibra, sin conocer el trasfondo y a ojo de buen cubero, la esposa del escritor de derechas (glotón, bufo y diplomático) Agustín de Foxá, en ese banquete de despedida de Madrid, donde Sira dice que “Madame Perón se había pasado por el arco del triunfo el asesoramiento de sus discretas modistas: a su antojo y albedrío, se había vestido y peinado para una gala de la Metro-Goldwyn-Mayer y no para una cena protocolaria en el Madrid pacato del 47”, pues esa fémina, Mery Larrañaga, “una joven tremendamente atractiva que destacaba por su estatura y un estilo bastante más mundano que el resto de las castas señoras que formaban la comitiva de doña Carmen Polo”, le espeta a bocajarro en la intimidad del solitario tocador: “No tiene aspecto de periodista, no creo que pudiera permitirse un evening dress semejante con su sueldo.” Y además esa Mery (resentida, mohína e insatisfecha) le comparte, tras bambalinas y sintiéndose pitonisa, su apología y admiración por Eva Perón: “Nada la intimida —añadió saliendo del cubículo—. No se achica ante nadie. Ahí la tiene, sentada junto al tirano de Franco, vestida como le da la real gana y absolutamente segura de sí misma. Jamás conocí a ninguna mujer tan libre, tan dueña de sus opiniones, sus decisiones y sus actos.” [...] “Cuéntelo en la BBC, que se entere el mundo —concluyó mientras nuestros tacones repicaban sobre el mármol del lobby. Del comedor salían voces elevadas, estaban sirviendo ya el café y los licores—. Diga a través de sus micrófonos que Evita es única y pasará a la historia. Cuando de usted, de mí y de las bobadas de mi marido no haya quien se acuerde, cuando la gloria de Franco se haya convertido en humo y todos los que ahora la adulan no sean más que sombras, la memoria de Eva Perón seguirá perviviendo.”  

  Pero el quid de la cuestión es el vestuario de diosa del cine hollywoodense que Sira eligió para representar a Livia Nash, supuesta reportera del Servicio Latinoamericano de la BBC, destinada a cubrir la ruta que sigue Evita en su paso por la pobretona y reprimida España de Franco. Y un ejemplo es ese vestido de noche, azul y largo, que luce cuando arriba “a la plaza de la Lealtad” para asistir a la cena en el hotel Ritz que, narra Sira, “ofrecía Madame Perón como gratitud por su hospitalidad al Generalísimo antes de arrancar la tournée que nos llevaría a distintos rincones de la Península”. De la acarreada multitud, populachera y vociferante, que antecede a la entrada le lanzan piropos. Ella va del brazo de Diego Tovar, refulgente en su frac; pero alguien empuja a un fotógrafo, quien, al trastabillar, pisa el amplio borde de su largo y glamuroso vestido; y, a punto de caer, quien la sostiene por la cintura y evita el porrazo es un policía que va de paisano: nada menos que Ignacio Montes, el ex noviecito con quien estuvo a punto de casarse en el Madrid de poco antes de la Guerra Civil.  

 

Evita en la manicura
(foto: Gisèle Freund)

           P
ero el vestido más deslumbrante diseñado por Digby Morton no lo luce en la mojigata España de Franco, sino en Tánger, en julio de 1947, cuando ha asumido el papel de Arish Bonnard, una supuesta “couturière, recién llegada de Buenos Aires”. Según dice, es “el más vistoso de mis modelos ingleses, con hombros desnudos y espalda al aire. Ni siquiera había llegado a estrenarlo durante el tour de Eva Perón: lo encontré algo descarado para nuestra modosa España.” Pero esa posterior y sorpresiva velada en Tánger es la ocasión de lucirlo, precisamente en la Gala Estival que la Asociación Internacional de la Prensa efectúa “en las instalaciones de la Emsallah Garden”. Allí, al coincidir con “la plana mayor del diario España”, de Marruecos, un fotógrafo inmortalizó el momento siendo ella la resplandeciente y llamativa gema, el recamado, onírico y maravilloso epicentro. Según narra Sira:

            “La fotografía ocupaba media página. Ocho hombres y yo en el centro: una de las estampas que ilustraban la crónica de la velada de la Asociación Internacional de la Prensa. Todo un contraste mi vestido claro de cintura estrecha, mi escote y mis hombros desnudos, con los formales varones que me parapetaban. A pie de fotografía, una nota elocuente.

            “La directiva del diario España, con la señora Arish Bonnard, colaboradora de doña Barbara Hutton, quien acaba de instalar su residencia veraniega en una villa próxima al Parque Brooks a fin de preparar la llegada a la Zona Internacional de la millonaria norteamericana.”

 

V de VII

Pero dentro de las mil y una aventuras en esa incursión en la España de Franco, destaca el hecho de que Sira Bonnard, representado el papel de la atractiva reportera Livia Nash (quien dosifica el coqueteo y sabe seducir y usar sus encantos femeninos cuando es necesario), sin buscarlo ni preverlo, coincide, inesperadamente, con Ramiro Arribas haciéndose pasar por un tal Román Altares, supuesto empresario argentino que parlotea con fluido acento de porteño del Cono Sur. Ese bataclano sin escrúpulos, oculto en su facha de impecable galán, es el canalla que frustró su inminente boda con Ignacio Montes, el méndigo que le doró la píldora para irse con él a Tánger poco antes del estallido de la Guerra Civil, el que tras robarle las joyas y el dinero que le dio su padre, la abandonó estando embarazada y obligada a pagar las deudas del hotel Continental y por ende quedó bajo custodia de la policía del Protectorado de Español de Marruecos. De un vistazo ambos se reconocen. Y Ramiro Arribas no tarda en acercársele para sacar provecho de ella: quiere que le facilite un recomendado encuentro con Alberto Dodero, el millonario y naviero argentino que acompaña a Eva Perón. Sira se niega. Y él intenta coaccionarla y chantajearla, incluso seduciendo (y luego secuestrando) a la nana del bebé Víctor. Y es en ese enredo donde Sira actúa con el arrojo, la estrategia y el instinto detectivesco que la distingue, sin excluir el toque y remate invisible de su índole de costurera. Camuflada de española común y corriente, se introduce en la recámara del hotel donde se hospeda Ramiro y con su habilidad con la aguja y el hilo, deja, oculta en el neceser, nada menos que la Gran Cruz de Isabel la Católica, misma que ella rescatara en un astroso y mugriento caserío gitano, tras haber sido robada al hermano de Eva Perón, aficionado al sexo, a la parranda, a la bebida y a los lupanares. Pero además de sembrar la Gran Cruz en el neceser de Ramiro, sin haberlo previsto, rescata de esa recámara a la nana de Víctor, quien es una cándida e incauta muchachita que aún ronda la veintena. Pero lo que sí previó Sira con esa acción inculpatoria fue que la policía, a través de Ignacio Montes, le echara el guante y lo encarcelara.

           

Tercera de forros (detalle)

               
Pero Ramiro Arribas es un astuto delincuente que deja ese hotel antes de que lo apañen. De modo que, habiendo urdido otra trampa para que la policía por fin lo atrape, Sira le asegura que la entrevista con Alberto Dodero la tendrá en el Hornero, el barco del magnate que se halla en el puerto de Barcelona cuando ya casi concluye en España la gira de Eva Perón (y pasa el día 25 de junio de 1947 sin que nadie se acuerde del aniversario 36 de Sira, ni siquiera ella). Para emboscarlo, la policía arriba al muelle de un modo peliculesco y estrepitoso; pero Ramiro es hábil y ágil y por ello logra colarse en el buque sin que lo atrapen. A lo que se agrega el hecho de que en ese navío, por ser argentino y en el que se transportaron las toneladas de ayuda a la España de Franco, la policía del régimen no tiene jurisdicción. Y además de que así se elude un escándalo periodístico y un conflicto internacional con la Argentina de Perón, todo indica que el pelotudo de Ramiro Arribas, en su papel de Román Altares, retornará a Buenos Aires.  

 

VI de VII

Sira regresa a Londres con su padre, Gonzalo Alvarado, con la nana Phillippa y el bebé Víctor, y se instalan en la achacosa casona de Lady Olivia Bonnard. Y una vez cerrados sus compromisos con la BBC y con la inteligencia británica, Sira entra, cada vez más, en una neurosis y en un vacío existencial, egoísta y egocéntrico, en el que se entroncan dos contrariedades: ante la antipatía recíproca que media entre Sira y Lady Olivia, su padre y su suegra se hacen amiguetes y se enamoran, pese a que ella no habla español ni él inglés. Y Sira, sola y solitaria en el inframundo, siente que no hace nada y que es del todo inútil. Así que cuando de nuevo Kavannagh solicita sus servicios, ni tarda ni perezosa se engancha, aún antes de saber de qué se trata. Sólo sabe que no lo hará para la inteligencia del gobierno británico, sino para una compañía de seguros.

           

Barbara Hutton
La pobre niña rica

       
Barbara Hutton

         
La multimillonaria y caprichosa Barbara Hutton, dueña de la cadena de almacenes Woolworth (menospreciados por Lady Olivia Bonnard), recién ha adquirido un palacio en Tánger: el Sidi Hosni, ubicado en la medina. Su misión: investigar el entorno físico y humano de esa residencia, pues la pobre niña rica, el día de la inauguración, lucirá unas valiosísimas esmeraldas montadas en una tiara (que puede ser gargantilla), cuyo origen, según le cuentea el parlanchín inglés que la contrata por dos mil libras esterlinas contantes y sonantes, pertenecieron “a la familia Romanov”, que eran “de la gran duquesa Maria Pavlovna cuando salieron de Rusia”, y dizque “Se dice incluso que en el pasado pudieron pertenecer a Catalina la Grande”.  

            Puesto que Gonzalo Alvarado, el padre de Sira, decidió quedarse en Londres con Lady Olivia Bonnard, Sira, con su bebé Víctor y la nana Phillippa, viajan a Marruecos un espléndido día de julio de 1947. Al respecto, narra Sira:

            “Tánger empezó a desplegarse ante mis ojos blanca y compacta, recortada contra el cielo luminoso como un montón de pequeños cubos amontonados. A pesar de los esfuerzos por resistirme, no pude evitar rememorar otra llegada semejante. Once años atrás y unos cuantos meses habían transcurrido desde que Ramiro y yo cruzamos el Estrecho con ese mismo rumbo, cuando yo era una joven sometida e incauta. Ahora no viajaba ningún hombre a mi lado, sino que llevaba a mi cargo a un niño, a una niñera y un equipaje voluminoso. Y heridas en el alma. Y una tarea concreta.

   

Félix Aranda y Sira Quiroga
(Carlos Santos y Adriana Ugarte)
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)

     
  “Me emocionó identificar a la figura que nos saludaba desde el muelle, agitando los brazos con aspavientos. Vestido de lino tostado, con una pajarita de fantasía y gafas nuevas, allí estaba Félix Aranda, mi vecino en los viejos tiempos del taller en Sidi Mandri.” Taller de alta costura que ella pudo montar en Tetuán con la complicidad y el bonachón apoyo de Candelaria la Matutera, donde conoció a Rosalinda Fox y donde le hiciera el efímero falso Delphos que luego luciría al lado de Juan Luis Beigbeder, entonces Alto Comisario del Protectorado Español de Marruecos.

            Vale resumir, entonces, y sin desvelar todos los sucedidos, ni la cronología, ni el total de los ingredientes del carozo de la mazorca, que ese regreso a Marruecos es la parte más entrañable de la novela, la más conmovedora y peliaguda. Pues paralelo a su secreta tarea detectivesca, que es un divertimento con registro antropológico, y entrecruzándose con ella, Sira se reencuentra con sus seres queridos (y sus inextricables y consustanciales modos de parlotear); además del hablantín de Félix Aranda, anquilosado y mediocre pintor que ahora vive en Tánger (“empleado en la Oficina de Abastecimientos, negociado de Estadística”), también se reencuentra con su madre Dolores y con Candelaria la Matutera, ambas residentes en Tetuán, una en una minúscula casita con su marido viudo y jubilado, y la otra haciendo agua en la desvencijada y miserable pensión de La Luneta. A través de la reciprocidad, y de reglas no escritas, establecen una fraterna red de apoyo y convivencia. Más aún cuando en el escenario de Tánger, sin preverlo ni esperarlo, reaparece el villano de Ramiro Arribas, con más saña y violencia, decidido a sacar una buena suma (¡diez mil dólares!) tras secuestrar al bebé Víctor y a la nana Phillippa. Coaccionada así, Sira trata de conseguir esa cantidad que no tiene. Pero en el inter, para desfacer el entuerto y rescatar a las víctimas, reaparece el comisario Claudio Vázquez, ahora retirado; quien con el apoyo de otro policía en retiro, más Nick Soutter (quien estaba en los micrófonos de Gibraltar Radio dando parte de la inminente independencia de la India), de un hostelero y de un par de patrulleros de la Policía Internacional, logran acosarlo y atraparlo, pero porque se cayó en la huida.

 

VII de VII

En El tiempo entre costuras, el lector pudo apreciar la buena estrella de Sira para sortear sus mil y una aventuras (a veces jugándose el pellejo) y su virtud teatral e histriónica para actuar e improvisar. Y la presente novela lo reitera. En este sentido, una vez localizado el palacio de Barbara Hutton, sin saber cómo podrá infiltrarse allí, sin buscarlo ni preverlo se le presenta la oportunidad de hacerse pasar por la esperada costurera que ajustará las nuevas cortinas de Sidi Hosni. Pero esta vez, Sira no se pone al frente de la máquina de coser, sino que hace que en una pieza de la casa que renta cerca del Parque Brooks, tres costureras asturianas instalen allí sus propias máquinas de coser: la costurera Maruja Peña, más “una vecina suya y una sobrina”. No obstante, dice: “volver a tener entre las manos aquellos preciosos tejidos, estar de nuevo rodeada de telas, agujas, tijeras e hilos me generó una especie de emoción momentánea, como un grato reencuentro con la mujer que fui algún día”. 

       

Paquita, Sira y su madre
(Pepa Rus, Adriana Ugarte y Elvira Mínguez)
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)

         
Situación que, inesperadamente, abre y potencia los vectores cuando la rusa Ira Belline, la afrancesada ama de llaves de Sidi Hosni, le solicita a la couturière Arish Bonnard, el diseño y la realización de “un vestuario acorde con el sitio”, “un caprichoso guardarropa con aroma moruno”, exclusivo y ex profeso para que la princesa lo luzca en su palacio de Tánger. Para confeccionarlo, Sira le pide a Félix que le reúna revistas donde se aprecien vestidos de princesas moras. 

         

Barbara Hutton en su palacio de Tánger

         
Y aunque Sira cumple con el encargo y Barbara Hutton lució, en agosto de 1947, una de sus “creaciones en suntuosa seda india” y “su tiara de esmeraldas en la fiesta de inauguración del palacio de la casbah”, en la presente novela ella no se coloca ante la máquina de coser (para esos vestidos morunos quienes lo hacen son seis costureras del patio Pinto, donde vive Maruja Peña, cada una con su propia máquina), ni se le ve, como en El tiempo entre costuras, haciendo paso a paso una magnética y artística labor, como aquella vez que, prácticamente de la nada, hizo surgir, auxiliada por Jamila, la sirvienta mora, el inefable, efímero y falso Delphos que una sola noche lució Rosalinda Fox de un deslumbrante e indeleble modo.

           

Jamila y Sira
(Alba Flores y Adriana Ugarte)
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)

         
En la presente novela, en ese reencuentro con la mujer que fue, Sira, además de representar el papel de la couturière Arish Bonnard, es la fémina alfa, la mandamás, la patrona de una sola pieza: ama y señora de todas las Petras. O sea: dirige a toda la orquesta a su servicio: a las seis costureras que laboran en su casa; a Félix Aranda, su informante e investigador de cabecera que la auxilia con diversas tareas; a Candelaria la Matutera, quien casi en bancarrota con su pensión de La Luneta, es la cocinera de los delirios gastronómicos de rechupete; a la nanny inglesa que, huérfana de todo, se encarga del bebé; y tiene, además, a un par de fantasmales sirvientas moras que incorporó Félix.  

   

María Dueñas, escritora alfa

         
 La posibilidad de convertirse en empresaria alfa, con un amoroso matiz (lo cual quizá signifique: “esta historia continuará”), se lee en el “Epílogo”:

     “El fin de la contienda mundial había convertido al noroeste de África en uno de los grandes centros de comunicaciones del planeta, un puente de conexiones entre América y decenas de naciones en Europa. Usando antiguas infraestructuras militares o implantando nuevas construcciones, adelantos electrónicos y antenas, entre los transmisores y los receptores comenzaban a fluir mensajes e ideas, propaganda e intriga. La poderosa RCA norteamericana acababa de instalar una estación repetidora en el cercano cerro del Charf; Radio Tánger Internacional y Pan American Radio difundían ya sus programas conviviendo con emisoras más modestas. Entre seriales, inocentes concursos, publicidad comercial y música en apariencia inocua, ya fuera en árabe o francés, inglés o español, el potencial de la radio para moldear opiniones seguía empujando.

 “Con aquella propuesta despedimos el verano [en agosto de 1947].

 “Sin decir ni sí ni no, agarrados por la cintura regresamos caminando hasta mi casa. Nick tenía la experiencia, yo el dinero que llegaría tras la venta de la casa de The Boltons, a ninguno de los dos nos disgustaba la idea de emprender algo juntos. El mundo se preparaba para una guerra heladora y por él necesariamente habríamos de transitar unos y otros, entre costuras o entre las ondas.”

 

 

María Dueñas, Sira. Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta. México, abril de 2021. 644 pp.

             


              

El señor de las moscas

 

Los ingleses somos siempre los mejores en todo

 

El británico William Golding (1911-1993), Premio Nobel de Literatura 1983, en 1954 publicó en inglés su obra más célebre: Lord of the flies, en 1972 traducida al español por Carmen Vergara con el título El señor de las moscas; novela que conoce dos homónimos filmes basados en ella, cuyos resultados no son óptimos: el dirigido por Peter Brook, estrenado en 1963 y nominado a la Palma de Oro en el Festival de Cannes —el menos chafa—, y el dirigido por Harry Hook, de 1990, verdaderamente mediocre, tergiversador, aburrido y somnífero.

           

Edhasa Literaria
Barcelona, junio 20 de 2006

         
La novela El señor de las moscas se divide en doce capítulos con rótulos. Un grupo de niños británicos, de entre seis y un poco más de doce años, han sobrevivido al forzado aterrizaje de un aeroplano en una pequeña isla desierta, cuya ubicación no se precisa; pero que, se infiere, podría localizarse no muy lejos de la isla de Gran Bretaña o quizá en el Mediterráneo, pues además de que el aparato al parecer se dirigía o venía de Londres, al término de la obra arriba un bote de la Marina inglesa armado con una metralleta. No sobrevivió ningún adulto y “El avión cayó en llamas por los disparos”, testimonia un niño. Es decir, no se trató de un error humano o de una falla mecánica, sino del resultado de un ataque en un entorno bélico, al parecer en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, pues otro niño dice haber oído hablar al piloto “de la bomba atómica” y que “Están todos muertos”. (Lo cual remite a las masivas y cruentas masacres atómicas sucedidas el 6 y el 9 de agosto de 1945 en Hiroshima y Nagasaki). 

             

Hongo atómico en Hiroshima
Agosto 6 de 1945

         
 Y más aún: en un pasaje nodal y trascendente en el desarrollo de la trama, cae en la isla un silencioso y solitario paracaidista muerto.

           

Ilustración: Andrés Vera Martínez

         
¿Por qué en el avión viajaban solo niños con insignias de varios colegios y ninguna niña? ¿De dónde procedían y por qué volaban? ¿Qué adultos estaban a cargo de ellos? ¿Qué fue de los restos del piloto y del tácito copiloto? Son enigmas que la novela no revela. De hecho, prácticamente no cuenta casi nada del pasado de los menores, quienes en buena parte no se conocían entre sí. La mayoría figura a modo de siluetas escenográficas y sólo disemina unas pocas pinceladas de unos cuantos, como es el caso de los chicos del coro (con capas y boinas negras) que comanda el pelirrojo Jack Merridew, quienes estuvieron “en Gibraltar [territorio británico en el extremo sur de la Península Ibérica] y en Addis [la actual Adís Abeba, capital de Etiopía en el Cuerno de África, la antigua Absinia donde anduvo Arthur Rimbau y por ende evoca sus legendarias y postreras Cartas abisinias]”. E incluso el caso de los principales personajes: Ralph, que dice ser hijo de un “teniente de navío en la Marina” y quien en varios episodios vive remembranzas de una época feliz en Devonport, cuando su madre aún vivía y por la “casa de campo al borde de las marismas” rondaban caballos salvajes. Y Piggy, el gordito huérfano que a la menor provocación cita la autoridad y la parlanchina sapiencia de su tía.

          

Ilustración: Andrés Vera Martínez

            
Después del avionazo, Ralph y Piggy se conocen en la isla y son quienes convocan y reúnen a los dispersos sobrevivientes mediante una caracola marina que Ralph sopla a modo de trompeta. Por el hecho de estar solos en la isla y por efecto de su educación, Ralph, auxiliado y aconsejado por Piggy, preludia la organización del grupo entreviendo la subsistencia y la probabilidad de que los rescaten. Es decir, pactan una serie de reglas que todos deben seguir; por ejemplo, la asamblea se convoca mediante la caracola (especie de ancestral cetro sagrado y tribal bastón de mando) y habla quien la sostiene entre las manos. Además del sitio de la asamblea, que a la postre es llamada “plataforma”, eligen el sitio para erigir los rupestres refugios, cercano a la poza donde se bañan y juegan, y a la parte entre unas rocas (que limpia la marea) donde deben defecar. Y además de cierta distribución de las labores (de las que prácticamente quedan exentos los más pequeños), escogen el lugar en lo alto de un cerro (dizque montaña) donde siempre debe estar encendida una fogata para que el humo sea la señal que desde la distancia atraiga a sus posibles rescatadores.

           

Ilustración: Andrés Vera Martínez

          Ralph es elegido jefe. Pero en el proceso de la organización del grupo, y de su elección, se hace patente cierta rivalidad por el poder que confronta a Ralph con Jack Merridew, quien además de ambicioso, virulento y menos razonable, exhibe un obvio desprecio y vejación hacia Piggy por ser un gordito, cegatón y asmático al que le gusta pensar y hablar, y cuyas gruesas lentes de miope son el único instrumento con que cuentan para encender el fuego auxiliados con los rayos del sol.

            Al término de otra sesión del grupo, Jack, como preludio a su propuesta: dividirá a sus cazadores (es decir, a los chicos del coro, para que unos cacen jabalís y otros mantengan vivas las brasas), toma la caracola y declara con ímpetu nacionalista: “Estoy de acuerdo con Ralph. Necesitamos más reglas y hay que obedecerlas. Después de todo, no somos salvajes. Somos ingleses, y los ingleses somos siempre los mejores en todo. Así que tenemos que hacer lo que es debido.”

          

Ilustración: Andrés Vera Martínez

            
Sin embargo, pese a tal declaración de principios, es Jack quien se empeña en escindir al grupo de niños (hijos de la megalómana civilización occidental) y en encabezar y mangonear a su propia tribu de belicosos salvajes (descendientes de violentos corsarios y feroces colonizadores ansiosos de apoderarse del globo terráqueo y de sus riquezas). Todo lo cual refleja, matizado con remanentes atávicos que implican míticas y subconscientes fobias cavernícolas y cuaternarias, las vertientes más oscuras del predador y sanguinario género humano, cuyo mundo adulto se confronta y mata entre sí no sólo en cruentas y devastadoras guerras, donde un intolerante y dictatorial país —como fue la Alemania nazi y la Unión Soviética (e incluso el llamado Estado Islámico y el beligerante y pendenciero Estado de Israel)— pretende someter y dominar a otro o a otros.

            Una noche, en lo alto del cerro que la voz narrativa llama montaña, los mellizos Sam y Eric, que custodian la hoguera, se quedan dormidos y por ende el fuego casi se apaga. Mientras duermen, desciende por allí el silencioso cadáver del paracaidista. “Metro a metro, soplo a soplo, la brisa le remolcó sobre las azules flores, sobre las peñas y las piedras rojas hasta dejarle acurrucado entre las quebradas rocas que coronaban la montaña. Allí la caprichosa brisa permitió que las cuerdas del paracaídas se enrollasen alrededor de él como guirnaldas; y el cuerpo quedó sentado en la cima, con la cabeza cubierta por el casco y escondida entre las rodillas, aprisionado por una maraña de hilos. Al soplar la brisa se tensaban los hilos y por efecto del tirón se alzaba la cabeza y el tronco, con lo que la figura parecía querer asomarse al borde de la montaña. Después, cuando amainaba el viento, los hilos se aflojaban y de nuevo el cuerpo se inclinaba, hundiendo la cabeza entre las rodillas. Así, mientras las estrellas cruzaban el cielo, aquella figura, sentada en la cima de la montaña, hacía una inclinación y se enderezaba y volvía a inclinarse y enderezarse una y otra vez.”

           

Ilustración: Andrés Vera Martínez

           
Es así que después del amanecer, cuando los mellizos se despiertan y avivan los rescoldos de la hoguera y ven el incesante movimiento de tal espectro, atosigados por el miedo y con los pelos de punta, creen que han visto a la fiera y salen corriendo hacia los refugios a dar la voz de alarma. Es decir, esa enorme alimaña que les causa un atávico, mítico e inconsciente terror, puede ser la fiera que sale del mar, según cree Percival, un pequeño de unos seis años con cierta narcolepsia; o la descomunal y nocturna serpiente comeniños que dijo ver otro pequeño con una morada mancha de nacimiento en el rostro, quien misteriosamente desaparece la vez que el fuego de la primera hoguera está a punto de provocar un desastroso incendio en toda la isla. 

           


           Y es que los pequeños, y la mayoría de los mayores, creen que hay algo bestial y monstruoso que acecha y ronda por ahí. Por ejemplo, frente a quienes rechazan la existencia de la fiera, Maurice testimonia: “Quiero decir que no se puede estar seguro”. “Papá dice que hay cosas, esas cosas que echan tinta, los calamares, que miden cientos de metros y se comen las ballenas.”

           


             El caso es que los cabecillas de la tribu: Ralph y Jack (más Roger), después de rastrear en grupo por el acantilado que llaman “castillo” (o “Peñón del Castillo”) van a lo alto de “la montaña” a verificar la existencia de la fiera. Y además de la infantil y ridícula escena de fobia que protagoniza cada uno y que les impide constatar que sólo se trata de un paracaidista muerto que mueve el viento, queda el consenso de que en la cima de “la montaña” hay una bestia que se hincha, se endereza y se inclina y, por ende, pese a que se trata del sitio elegido para mantener la señal de humo, se torna un lugar prohibido, inaccesible y terrorífico.

           

Neandertal

           A
unado al hecho de que el agreste entorno convierte su ropa en sucios harapos y les crece la greña a lo neandertales, Jack, el jefe de los cazadores (su otrora inmaculado pelotón de boinas negras), dispone que éstos, para la cacería del jabato o del jabalí, se armen con lanzas de madera con las puntas afiladas y que se pintarrajeen el rostro a modo camuflaje. Jack, además, es el único que posee una afilada navaja, una amenazante arma corta cogotes con la que degüella y destaza a la presa cazada. Cuando el fantasma de la fiera aparece en el escenario de la isla, él dispone que, para calmar y saciar a ese terrorífico ser del oscuro corazón de las tinieblas que los acecha, se le tribute con la cabeza del jabalí, que le dejan (y le deben dejar) ensartada en lo alto de una lanza clavada en el suelo.

         

Minotauro
(México, octubre de 1983)
Traducción: Ricardo Goyssen

              
La caza es un ríspido rito de supervivencia matizado con un cariz salvaje surgido del inescrutable fondo de la noche de los tiempos y de su inconsciente colectivo, cuyo clímax, lúdico, paródico y liberador, se sucede a la hora de la comilona en torno a la hoguera. Los chiquillos, jugando, escenifican una danza macabra, una danza de la muerte en torno al fuego, en la que unos representan a los cazadores y uno de ellos al jabalí sacrificado. Y mientras bailan y juegan, la tribu grita y repite una enervante cantinela de troglodita guerra (que también llega a ser vociferada y entonada durante la caza): “¡Mata a la fiera! ¡Córtale la cabeza! ¡Derrama su sangre!”, “¡Mata a la fiera! ¡Córtale la cabeza! ¡Derrama su sangre!”, “¡Mata a la fiera! ¡Córtale la cabeza! ¡Derrama su sangre!”, “¡Mata a la fiera! ¡Córtale la cabeza! ¡Derrama su sangre!”.

           

Ilustración: James Fenner

           
Llega el virulento día en que la tribu de salvajes cazadores, que comanda y mangonea Jack, se desgaja del liderazgo de Ralph y por ende abandonan los refugios y la plataforma y se instalan en “el Peñón del Castillo”, el alto acantilado donde hay una cueva, que vigilan y pertrechan como si fuera un fortín militar que puede ser sorpresivamente atacado por una salvaje y desalmada tribu enemiga. Dado que su principal cometido es la caza y la carne, y no hacer una fogata para mantener una señal de humo que atraiga el lejano y probable barco que los rescate, Jack, ahora un jefe o reyezuelo autoritario que impone reglas, ordena robarles el fuego al pequeño grupo que se quedó con Ralph, y que no es otra cosa que los lentes de Piggy (a las que sólo les resta un cristal), cosa que logran en una imprevista y violenta incursión nocturna.  

           

Ilustración: James Fenner

       
 La tribu de Jack caza un enorme jabalí y organiza una comilona nocturna frente al mar a la que invitan al grupo de Ralph. En el punto catártico del frenético baile en torno al fuego y de la repetitiva y enervante cantaleta de caza, Simon, el solitario, emerge de la floresta. Un pequeño fóbico lo señala como la fiera. Casi nadie quiere oír lo que dice Simon (vio en la cima el cadáver del paracaidista) y la enloquecida tribu, frenética y ciega, lo mata con sus lanzas y su cuerpo es devorado por el mar. Es decir, nadie supo que en una febril pesadilla que lo ataca y derrumba frente a la empalada cabeza del jabalí invadida por las moscas, vio y oyó que ésta le hablaba convertida en “el Señor de las Moscas” y que le dijo ser la fiera.

         

Ilustración: Andrés Vera Martínez

           
El sádico y violento crimen colectivo se torna un tabú del que casi nadie quiere hablar. Piggy y Ralph se desplazan hasta “el Peñón del Castillo” con tal de urdir un diálogo y un acuerdo con Jack. Pero los cavernícolas no oyen razones; y Roger mueve la palanca que desde lo alto arroja una enorme roca sobre Piggy y por ende el golpe lo catapulta por los aires y muere con el cráneo partido. Ralph, solitario en el oscuro y amenazante inframundo, sale huyendo y se oculta en la maleza. Y al día siguiente, cuando la tribu salvaje, para cazarlo, ha incendiado la isla y muy de cerca lo persiguen con gritos y condenatorias cantinelas, Ralph, corriendo a la orilla de la playa, cae y al levantarse se encuentra con la impecable e impoluta figura de un “civilizado” oficial de la Marina británica, cuyo barco se acercó a la ínsula al ver el humo y el fuego (y quizá a la horda de chiquillos salvajes acosando a su víctima). El “civilizado” oficial tiene la mano en la culata del revólver y en el bote hay dos marinos sosteniendo los remos y otro empuña una metralleta. Mar adentro, el navío espera.

 

William Golding, El señor de las moscas. Traducción del inglés al español de Carmen Vergara. Edhasa Literaria. 1ª reimpresión. Barcelona, junio 20 de 2006. 288 pp.

William Golding
(1911-1993)


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Nota bene: Aquí estuvo un enlace que, al pinchar, llevaba al desocupado lector a ver, en YouTube y de manera gratuita (así la hallé buscando y con subtítulos en español), Lord of the Flies (1963), la citada película en blanco y negro de Peter Brook, basada en la novela homónima de William Golding. Esto, al parecer, irritó a alguien que, en Estados Unidos, reclamó a Blogger (no a mí ni dio la cara) el uso no autorizado de la propiedad intelectual del filme y de los fotogramas. Nadie ignora que Borges dijo (para que se oyera por todos los recovecos, rincones y catacumbas de la recalentada y envirulada aldea global) que nuestro patrimonio es el universo y que debemos de aspirar al universo. Desafortunadamente, sobran y pululan las mentalidades cerradas, mezquinas y egocéntricas que sólo interactúan en términos mercantiles, jurídicos y judiciales. En contraste, quiero apuntar que la primera vez que vi ese filme fue, hace muchos años, en una improvisada salita de cine itinerante; ciclo gratuito, que iba por distintos lugares, organizado y auspiciado por la Universidad Veracruzana, en Xalapa.