lunes, 14 de octubre de 2019

El perro canelo

El buzón de cartas había escupido un tiro

Con el número 29 de la Colección Acantilado bolsillo se publicó en Barcelona, en diciembre de 2012, El perro canelo (Le chien jaune), novela del prolífico narrador belga Georges Simenon (1903-1989), traducida del francés al español por Caridad Martínez. 
Colección Acantilado bolsillo número 29
Barcelona, diciembre de 2012
       En Pietr, el León (Pietr le Letton), novela policíaca de Georges Simenon editada en 1930, apareció por primera vez el célebre comisario Maigret, protagonista de 103 narraciones: “72 novelas y 31 relatos, publicados entre 1930 y 1972”. Y de 1931 data la primera edición de El perro canelo (impresa en París por Éditions Fayard), donde descuella el comisario Maigret y su infalible pipa; y de 1932 es la homónima versión cinematográfica en blanco y negro, dirigida por el cineasta galo Jean Tarride (1901-1980).  

 
Cartel del filme Le chien jaune (1932)
        Pese a que a estas alturas del siglo XXI ese mediometraje está prácticamente olvidado (sólo lo ven ciertos historiadores de cine y algunos curiosos), la vieja novela El perro canelo ha acentuado su tesitura antigua (demodé) y su sabor de añejo cuento peliculesco, lúdico y bufo. La amena obra se divide en once capítulos con números y rótulos; y de manera tenue (y a veces obvia) se trasmina en cada página (de supuesto realismo) una pulsión lúdica y bufa. 
El caso es que cerca de las once de la noche del “Viernes 7 de noviembre”, en Concarneau, un pequeño puerto bretón asediado por un temporal, uno de los trasnochados comensales del café del Hôtel de l’Amiral, tras salir a la calle (sin asfalto) bamboleándose y canturreando por el alcohol y la ventolera, recibe un balazo a quemarropa al detenerse en el portal de una casona deshabitada. La fuerza del viento le levantaba el abrigo y ya le había arrancado el sombrero hongo y sólo se detuvo en el portal para poder encender un puro. El único testigo de su caída fue “el aduanero de guardia”, quien “a menos de cien metros” estaba “aterido y acurrucado en su garita”; fue rápido hacia el hombre tirado y luego dio la voz de alarma corriendo hacia el café, donde entró seguido de un perro canelo que nadie conocía (surgido de algún sitio y con pinta de callejero) que se tumbó a los pies de Emma, la joven camarera (con cofia bretona) que estaba en la caja registradora. Ese es el hecho que desencadena la intriga y el misterio, porque la bala salió del buzón de la casa deshabitada y el herido en el vientre a bocajarro es monsieur Mostaguen, el “dueño del negocio de vinos más importante de Concarneau, un buenazo que sólo tiene amigos” (pero le teme a su esposa, quien cree que lo balearon por un “lío de faldas”). Frente a la agitación de Yves Le Pommeret y de Jean Servières (ambos de la élite de “alegres camaradas” y habituales del café con quienes departía el vinatero borrachín) y ante la obvia incapacidad de los policías del pueblo para investigar el intento de asesinato, el acalde, “alarmado”, hace una llamada telefónica que recibe el comisario Maigret, a quien “Hacía un mes le habían incorporado a la Brigada Móvil de Rennes, en la que había que reorganizar algunos servicios”.
Fotograma de Le chien jaune (1932)
       El curtido comisario Maigret llega a Concarneau en compañía del inspector Leroy, un joven de 25 años con el que nunca había trabajado, proclive al técnico acopio de pruebas para su examen científico en París; de ahí, por ejemplo, que envíe unas huellas digitales a través de un belinógrafo. El sábado 8 de noviembre, día de su llegada a Concarneau, Maigret y Leroy se alojan en el Hôtel de l’Amiral, cuyo café-bar se convierte en núcleo de operaciones y sucesos alrededor del crimen. Por ejemplo, la tarde de ese sábado 8 de noviembre, allí en el café, Maigret conversa (en realidad recaba información) con el doctor Ernest Michoux, quien departe con Le Pommeret y Jean Servières; entonces el doctor descubre indicios de estricnina en su copa, y Maigret, al hacer oscilar la botella de pernod y observarla a contraluz, ve “motas blancas flotando en el líquido”, y lo mismo ocurre al observar el frasco de calvados (“de panza ancha”) que le indicó uno de comensales. El farmacéutico, cuyo laboratorio está a unos pasos del café, examina todas las copas y las 48 botellas del bar; y sólo encuentra veneno en el pernod y en el calvados, que es lo que cada tarde suelen beber esos trasnochados y licenciosos habituales del café del l’Amiral, con quienes a veces se sienta el alcalde (u otros “principales”) para jugar cartas.

     La mañana del domingo 9 de noviembre, allí en el café del Hôtel de l’Amiral, el comisario Maigret lee la alarmante noticia, voceada por un chiquillo periodiquero, sobre la desaparición del periodista Jean Servières (quedaron “Manchas de sangre en su coche”) y sobre el supuesto miedo que ya se propaga, corre y “reina en Concarneau”.  
    Vale decir que los alarmantes titulares y la nota periodística se leen en la novela; y en ella se alude al “perro canelo que nadie conocía, que parece no tener amo y que reaparece a cada nueva desgracia”; el cual se asocia allí con la furtiva presencia de un vagabundo gigantón (el presunto criminal) “aún no identificado pero que ha dejado huellas curiosas en distintos lugares, la de unos pies mucho más grandes que la media normal”. 
   
Fotogramas de Le chien jaune (1932)
         Esa noticia publicada por Le Phare de Brest causa mucho revuelo, alharaca, cotilleos e inquietud entre los lugareños de Concarneau. De modo que en su ritual paseo durante el lluvioso domingo de su publicación se acercan al café y miran con curiosidad bobalicona por los glaucos cristales de las ventanas, y luego van (o viceversa) al sitio donde quedó el coche abandonado y con manchas de sangre, y ahí se quedan un buen rato y cuchichean entre sí. Y los jóvenes que se atreven a entrar al café, piden de tomar (orgullosos de su valentía), pero no ingieren un sorbo. Y en un momento cercano a las ocho de la noche, el inspector Leroy llama por teléfono al comisario Maigret para notificarle que un zapatero le disparó al perro canelo “en la ciudad vieja, junto al canal”, de donde le llama. Maigret va del café para allá y lo rescata de la masacre y ordena que lo trasladen, en una carretilla, para que el veterinario le extraiga la bala. Y luego, Maigret y Leroy lo resguardan en el hotel, donde “Habían puesto una manta vieja sobre la paja, en el cobertizo pavimentado con granito azul que daba al patio y a la escalera de la bodega”, pues el perro canelo estaba “incapaz de andar y hasta de arrastrase con el vendaje que le aprisionaba por los cuatro traseros”. No obstante, sin que nadie haya visto ni oído nada, el perro canelo desaparece de allí misteriosamente. 
     
Fotograma de Le chien jaune (1932)
        La susodicha noticia en Le Phare de Brest, además, atrae a varios reporteros de París que  se atrincheran en el Hôtel de l’Amiral (de Le Petit Parisien, de Le Journal..., incluso del propio Le Phare de Brest), listos para usar las mesas de escritorio y el teléfono para dictar sus notas y para que los fotógrafos disparen destellos con sus cámaras con explosivos flash de magnesio. Y a través de una llamada telefónica al periódico Le Phare de Brest, Maigret, además de solicitar el envío del manuscrito, se entera (por el director) que fue dejado sin firma la mañana del mismo domingo de su publicación (con el rótulo “Máxima urgencia”) y por ende deduce que se redactó antes de que fuera hallado el pequeño coche de Jean Servières, con manchas de sangre y supuestamente abandonado por un acto violento, “cerca del río Saint-Jacques” (donde, quizá, pudo ser ahogado por alguna deuda o después de robarle la billetera).
El lector, por su parte, sospecha (y luego Maigret lo corrobora) que ese artículo fue escrito por el propio Jean Servières (seudónimo de Jean Goyard), pues además de que el mismo Servières le presume al recién llegado comisario su otrora exitosa vida de periodista llevada en París, la noche del viernes 7, después del atentado contra el vinatero Mostaguen, la omnisciente y ubicua voz narrativa canta sobre él: “Monsieur Servières es un personajillo regordete, con chaqueta color piedra, que estaba con Le Pommeret en el Hôtel de l’Amiral. Es redactor de Le Phare de Brest, donde entre otras cosas publica todos los domingos una crónica humorística.” 
Pero el inquietante hecho que sobre todo marca ese lluvioso domingo 9 de noviembre es el sorpresivo asesinato del señorito Yves Le Pommeret, “el niño bonito de la familia”, el rimbombante vicecónsul de Dinamarca, con fama de “mujeriego impenitente”, con “Numerosas aventuras con obreras jovencitas” y algunos escándalos encubiertos. Siempre de porte impecable. Y un día antes de morir, al darle la mano a Maigret ahí en el café, “iba vestido de hidalgo campesino: pantalón de montar, a cuadros, polainas ceñidas, sin motas de barro, y corbata de plastrón de piqué blanco. Teína un buen bigote entrecano, el pelo bien atusado, una tez clara y las mejillas veteadas de cuperosis.” Cerca de las ocho de la noche de ese domingo 9 de noviembre, Le Pommeret dejó el café de l’Amiral y se fue a su casa a cenar. Su cuerpo (después de la cena) lo descubrió “la propietaria del inmueble”, quien llamó por teléfono al café para darle al comisario la noticia del deceso. Y el médico que observó su cadáver tirado en su recámara dedujo que fue envenado con una dosis de estricnina, ingerida, al parecer, entre media y dos horas antes.
Instigado por el acalde, quien con aires de poderoso influyente no ha dejado de exigirle a Maigret que detenga a alguien, el lunes 10 de noviembre el comisario detiene al doctor Ernest Michoux, flamante administrador de la controvertida Urbanización de Les Sables Blancs (donde el doctor y el alcalde tienen sus correspondientes mansiones) y ordena su encarcelamiento en la Gendarmería, que se halla en la zona antigua de Concarneau.
A priori, esa detención parece un tanto arbitraria y en cierto modo parece que protege al doctor Michoux de un posible atentado y de la fobia que lo angustia y consume. Y al unísono parece que el posible móvil del asesinato de Le Pommeret es una oscura venganza que tiene que ver con la vida bulliciosa, lasciva e impune que llevaba coludido a la élite de los habituales del café de l’Amiral. El mismo sábado 8 de noviembre, día de la llegada del comisario Maigret, Jean Servières le presume sobre el donjuanismo que caracterizaba a Le Pommeret: “¿Sabe cómo llamamos a la casa donde vive, frente a la lonja del pescado...? ¡La casa de la lascivia!” De ahí que cuando el comisario Maigret va a observar su cadáver ese domingo 9, vea, “En las paredes, fotos de actrices, cuadros con dibujos recortados de publicaciones eróticas y algunas dedicatorias de mujeres.” Y que la voz narrativa diga cantarina sobre el diván donde murió: “¡Aquel mismo diván que le había valido a la vivienda de Le Pommeret el sobrenombre de la casa de la lascivia! En torno a aquel mueble los grabados eróticos abundaban más que en ninguna otra parte. Una lamparita destilaba una media luz color de rosa.” 
   
Fotograma de Le chien jaune (1932)
         A esto se suma el testimonio informal (y circunstancial) que le brinda el joven policía de Concarneau con el que Maigret camina rumbo al “antiguo puesto de guardia de Le Cabélou”, donde estuvo oculto el furtivo gigantón vagabundo y su escurridizo perro canelo: “Depende de qué gente... La gente del pueblo, los obreros, los pescadores, no se alteran demasiado... Y hasta casi se alegran de lo que pasa... Porque el doctor [Michoux], monsieur Le Pommeret y monsieur Servières no tenían muy buena reputación... Eran señores, claro... Nadie se atrevía a decirles nada... Y ellos se aprovechaban, abusando de todas las chiquillas de las fábricas... En verano, con sus amigos de París, era aún peor... Siempre andaban bebiendo, metiendo ruido por la calle a las dos de la mañana, como si fueran los amos de la ciudad... Teníamos quejas a menudo... Sobre todo en lo referente a monsieur Le Pommeret, que era incapaz de ver unas faldas sin ponerse a cien... Es triste decirlo... Pero las fábricas apenas trabajan... Hay paro... Así que, con dinero... todas esas chicas...”
Y desde luego en esa (bochornosa y libertina) línea incide el testimonio, de índole confidencial, que a Maigret le charla Emma, la camarera de 24 años, quien vive en la buhardilla del Hôtel de l’Amiral. Ella también ha sido objeto del acoso sexual del doctor Michoux, que también ve a otras chicas. A veces le paga y a veces no. Y la hace ir a su casa (“Anteayer mismo”, le dice, “Aprovecha que su madre está de viaje”). O se alberga en una habitación del hotel, como lo hizo después de que él detectara (a ojo de buen cubero) la estricnina en su copa de pernod. Y sobre Le Pommeret ella le dice: “Igual... Sólo que no fui más que una vez a su casa, hace mucho..., estaba también una obrera de la fábrica de conservas y... ¡y yo no quise! Van cambiando cada semana.” Y sobre el articulista Jean Servières le dice que “no es lo mismo”, porque “está casado” y “Parece que para ir de juerga se va a Brest”. Que sólo le hace alguna broma o la pellizca al pasar.
       
Fotograma de Le chien jaune (1932)
       No obstante, esto resulta ser un engaño al lector, porque el intríngulis de la cadena criminal no va por allí. El comisario Maigret hace sus anotaciones detectivescas y el inspector Leroy hace las suyas. Y sobre todo reflexiona, une cabos, elabora conjeturas y formula hipótesis, como lo hace en voz alta (ídem todo un raciocinador de catadura inglesa) en la regia biblioteca de la mansión del alcalde, a donde fue con él en el coche de su anfitrión, ya muy entrada la noche del lunes 10 de noviembre, pues abandona el lujoso chalé alrededor de la “una de la madrugada”.  

     
Georges Simenon
(1903-1989)
           Y en varias pesquisas el inspector Leroy auxilia al comisario Maigret. Así que para no desvelar todos los vericuetos, las menudencias, las omisiones narrativas (de Georges Simenon) y los procedimientos detectivescos, vale decir que Maigret descubre la habitación (frente al Hôtel de l’Amiral) donde se oculta el vagabundo gigantón iluminado por una vela. Y encaramado sobre el techo del hotel más de tres horas, pese al frío nocturno, junto con Leroy, después de las once de la noche del lunes 10 de noviembre, descubre y observan (como en una pantalla de cine mudo en sepia) el escenario y la mímica del ríspido y luego apasionado amorío del vagabundo con la camarera Emma, preludio de su huida hacia los muelles. A esto se añade la información que Maigret recopila al registrar la buhardilla de la camarera: una foto de feria, tomada en Quimper, donde se le ve a ella, feliz y sonriendo, y a él robusto y “con una gorra de marinero”. Y lo más revelador: una amorosa carta del gigantón a Emma (se la envió de Quimper a Concarneau, y se lee en la novela), donde le habla de sus planes de casarse con ella en Quimper, que ya ha adquirido un barco que se llamará La Belle-Emma, que tiene que “ingresar en el banco diez mil francos al año” por el navío, y que piensa ganar lo suficiente para que el matrimonio se haga lo más pronto posible (“El transporte de cebollas a Inglaterra puede dar mucho dinero”, le dice ilusionado).
En resumidas cuentas, Maigret formula sus corazonadas e hipótesis en secreto: sólo él sabe lo que ata (y desata) y se propone con su intuición y olfato de sabueso. Así que el martes 12 de noviembre (un día con el cielo azul y sin las nubes del mal tiempo) cita y reúne en el patio de la Gendarmería a los involucrados en el entuerto que tiene en vilo a los habitantes de Concarneau. Frente a la cárcel se agrupa una multitud de curiosos y periodistas, pues además del arribo del alcalde en su lujoso coche con chofer, los gendarmes llevan detenidos a Emma y al gigantón (con esposas en las manos y con los pies atados); y también llega detenido el periodista Jean Servières (quien fue hecho preso en París y remitido a Concarneau por petición del comisario); y la madre del doctor Ernest Michoux, profiriendo ínfulas y amenazas, es traída ex profeso por el inspector Leroy que fue por ella a su casa; mientras que el doctor observa, participa y toma notas encerrado en su celda. Como si se tratara de un juicio (o parodia de juicio en un anfiteatro) y Maigret fuera, al unísono, el fiscal y el juez de instrucción, solicita sillas para sus invitados y al brigadier le pide que haga el papel de escribano y para ello le instalan una mesita.
Fotograma de Le chien jaune (1932)
        Maigret, fumando su pipa y yendo de un lado a otro, dirige el interrogatorio, que en su parte medular revela un entramado mafioso (ocurrido “hará unos cuatro o cinco años, tal vez seis”) que llevó a la ruina al barco La Belle-Emma (requisado en Estados Unidos por un alijo de cocaína de diez toneladas) y a la penitenciaría de Sing-Sing al marinero Léon Le Guérec que lo había hecho construir con un préstamo bancario. Léon, apremiado por las deudas, aceptó llevar un cargamento ilícito a “un pequeño puerto de Nueva York”. Léon, ingenuo, creía que era “contrabando de alcohol”, que otros hacían (algo regular) por la Ley Seca en la Unión Americana, y que a él le reportaría lo suficiente; de modo que, dice: “quedaría pagado el barco y aún me sobrarían veinte mil francos para mí”. 

Según afirma Léon, fue el periodista Jean Servières el que en un café de Brest le presentó a un americano que le propuso el trato y por ende unos oficiales instalaron “un motor semidiésel en La Belle-Emme”. Pero el negocio se torció y el americano y sus tres socios franceses (los inversionistas Jean Servières, Yves Le Pommeret y Ernest Michoux) lo dejaron solo. Según dice, lo condenaron “a dos años de trabajos forzados y a cien mil dólares de multa”. Y pudo salir de tal encierro porque un día vio “al americano de Brest” que visitaba a un recluso allí en Sing-Sing. El gringo le reveló, que además de traficar por su cuenta, era “agente del gobierno cuando la Ley Seca”. Y ese americano movió algunos hilos negros bajo el retrete, porque lo ayudó a salir de su condena en Sing-Sing (una cárcel donde “Había presos ricos que salían a pasear casi cada noche... ¡Y los demás les hacían de criados...!”). Y su objetivo en Concarneau, según dice, era mantenerse oculto y distante de Emma y aterrorizar al doctor Michoux, apareciéndose y desapareciendo, con su terrible pinta de astroso gigantón vagabundo, de modo que el doctor le disparara y terminara en la cárcel, pues según sabe, fue Michoux el que tomó la decisión de traicionarlo y dejarlo solo. 
El dramaturgo y actor Abel Tarride hizo el papel
del comisario Maigret en Le chien jaune (1932)
         El caso es que el comisario Maigret descubre con antelación a ese testimonio que, efectivamente, el doctor Ernest Michoux planeó e intentó matar al marinero Léon Le Guérec. Y esto lo hizo de un modo rocambolesco e hilarante, pues al observar el interior de la habitación número 3 del Hôtel de l’Amiral, en unas hojas de papel secante con el membrete del albergue, halló una “apenas salpicada de caracteres incompletos”, que para leerlos se necesita completarlos y proyectarlos en un espejo. Pero antes de que Leroy regrese con el espejo, Maigret reconstruye el críptico mensaje dirigido a Léon, escrito con la letra y la firma de Emma, porque el doctor maquiavélicamente se la dictó a ella. Tal mensaje dice a la letra: “Necesito verte. Ven mañana a las once a la casa deshabitada que hay en la plaza, poco más allá del hotel. Cuento totalmente contigo. Sólo tienes que llamar y te abriré.” De ahí que el buzón de cartas (de la casa deshabitada) escupiera una sorpresiva y misteriosa bala el viernes 7 de noviembre a las once de la noche y penetrara en la barriga de monsieur Mostaguen, y el perro canelo apareciera rondando por allí.   

     En su intervención, Maigret declara haber sido él el que introdujo el veneno en el frasco del pernod; pero deduce y explica al corro que fue el doctor Michoux el que, fóbico y desesperado, envenenó a Yves Le Pommeret. Así que para cerrar el cónclave, firma “una orden de detención contra el doctor Ernest Michoux por intento de asesinato y lesiones en la persona de monsieur Mostaguen y por envenenamiento voluntario de su amigo monsieur La Pommeret”; más “otra orden de arresto, contra madame Michoux, por agresión con agravante de nocturnidad”, pues ella, en un intento de confundir las cosas (para sacar a su hijo de la cárcel), la noche del lunes 10 noviembre disparó desde las sombras contra el susodicho aduanero, pero sólo lo rozó en una pierna (no obstante el tipo se aterrorizó creyendo que perdería una pata). Y, curiosamente, Maigret no expide ninguna orden de detención contra el periodista Jean Servières, pese a que a todas luces fue parte inicial y orgánica de la trama de traficantes de cocaína que llevó a la cárcel a Léon Le Guérec y a la pérdida de su barco, y a que su artículo periodístico, alarmante y persuasivo para los lectores de Concarneau (escrito, además, con la mano izquierda para que nadie reconociera su letra), predispuso a los lugareños a disparar contra el fantasmal vagabundo de pies grandes y contra su perro canelo. Así que sobre Servières sólo dictamina: “creo que sólo puede imputársele ultraje a la magistratura, por la comedia que representó”.   
     Y no presenta ningún cargo contra Léon Le Guérec ni contra Emma. Es decir, el comisario Maigret se hizo de la vista gorda y dictó “justicia” por su cuenta. Para alejarse de la Gendarmería y de la multitud, el alcalde le sede su coche al comisario, quien sube y se marcha con Léon Le Guérec y Emma. Y es allí donde la camarera le agradece al comisario no haber revelado que fue ella la que introdujo la estricnina en el pernod y en el calvados. Había descubierto que Léon andaba escondido en el pueblo y “Sabía que querían matarle”; y pese a que Léon no la quería ver (se moría de celos), ella lo seguía queriendo y terminaron reconciliándose. 
Fotograma de Le chien jaune (1932)
  Aún no saben a dónde irán. Quizá vayan hacia Le Havre y salgan de Francia en algún barco. “Al final me ganaba bien la vida en los muelles de Nueva York”, le dice León. Y puesto que los gendarmes no le devolvieron los once francos y la calderilla que le decomisaron, Maigret, próximo a una pequeña estación, golpea para que el chofer detenga el coche (y se bajen), y les regala “dos billetes de cien francos”: “¡Cójanlos...! Los pondré en mi cuenta de gastos”, dice, bonachón.

Por lo que resume la omnisciente voz narrativa en la última página de la novela, “El proceso [contra el doctor Michoux] duró un año” y fue “Condenado a veinte años de trabajos forzados por la audiencia de Le Finistère”. Mientras que su engreída y megalómana madre cumplió una pena de tres meses de cárcel. Y una “fotografía de hace apenas un mes, publicada en la prensa”, lo exhibía “cada vez más flaco y amarillento, con la nariz de través y el petate al hombro, embarcando rumbo a la isla de Ré en La Martinière, que lleva a ciento ochenta forzados a Cayenne” (o sea: a la Guyana Francesa).
Si esto semeja una ingrata imagen rumbo a los bajos fondos del ardiente infierno, el destino amoroso de Emma y del gigantón parece de cuento de hadas: “Léon Le Guérec pesca arenques en el mar del Norte, a bordo de La Francette, y su mujer está esperando un niño.”



Georges Simenon, El perro canelo. Traducción del francés al español de Caridad Martínez. Colección Acantilado bolsillo número 29, Editorial Acantilado. Barcelona, diciembre de 2012. 152 pp.




Que se mueran los feos


    El as del sexo, el sapo y la pata de palo

El legendario y fugaz Boris Vian, quien por un infarto sólo vivió casi 39 años (Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959), fue un escritor polifacético y polímata que se codeó con jazzistas e intelectuales de la crème de la crème del existencialismo francés. Escribió poemas, cuentos, novelas, libretos teatrales, canciones y artículos para revistas como Les Temps Modernes, Jazz Hot y el periódico Combat. Y además de ingeniero e inventor, fue cantante y trompetista de jazz, locutor de radio, escenógrafo y traductor.  
En el centro: Boris Vian y su mujer Michelle
A los lados: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir
(París, 1952)
  Urdida en francés y dispuesta en 30 capítulos con rótulos, su novela Que se mueran los feos se publicó en París, en 1948, firmada con el pseudónimo de Vernon Sullivan (supuesto escritor gringo de raza negra) y en ella Boris Vian figuró como traductor. Si la fecha de la primera edición corresponde al hipotético tiempo en que sucede la trama (después de la Segunda Guerra Mundial), también hay cierta consonancia entre la juventud del autor y la de Rock Bailey, el protagonista, quien dentro de seis meses cumplirá 20 años. 

Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores
Primera reimpresión mexicana
México, diciembre de 1992
  Podría ser que Boris Vian hubiera escrito una obra consistente, profunda, lo cual no excluye lo humorístico, lúdico y paródico. No es el caso: se trata de una novela light, bufa, de una especie de thriller para adolescentes crónicos e incurables, pero de unos chamacos desmadrosos que sólo esperen pasar un buen rato leyendo una mezcla de cómic y novela negra, cuento de Playboy y pastiche holliwoodense, con acción, trompadas, intrigas, secuestros, mujeres bellas desaparecidas, autos a toda máquina que se persiguen por las calles, agentes del FBI, balas, cuerpos perforados y chorreando sangre, estallidos de granadas, absurdos caricaturescos, hazañas espectaculares y cierta dosis de ciencia ficción: androides y un científico loco que pretende exterminar a los feos y construir un mundo feliz (que obviamente deviene del mundo feliz que imaginó y propagó Aldous Huxley en 1932) con series de mujeres y hombres hermosos, perfectos, hipersexuales, con su tarea laboral preconcebida y tipificada en el laboratorio. Pero sobre todo, mediante esa cohorte de demiurgos menores, el doctor Markus Schutz, el científico loco, sueña con apropiarse del todopoderoso gobierno de los Estados Unidos de América. Y, desde luego, en tal explosivo menjurje no podían faltar los heroínos en quienes los jóvenes lectores (aún con acné) proyectan sus soterradas fantasías: varios aún no tienen 20 años y dos de ellos: Rock y Mike, son guapos, atléticos, hipersexuales, temerarios, y pueden contra lo que sea. 

     
Boris Vian
(Ville-d’Avray, marzo 10 de 1920-París, junio 23 de 1959)
       Quizá en francés la obra resulte distinta y su vacuidad argumental sea, no obstante, un divertimento digno de leerse; pero la presente traducción al castellano —y no es chovinismo— es lamentable: los personajes parlotean a imagen y semejanza de los humanoides de España, pese a que son gringos de Los Ángeles, California; y todo el tiempo berrean chistes y frases hechas que sólo articulan y vociferan los españoletes cursis. Así, la tradicional leyenda que deifica al autor más o menos se desinfla en esta versión.

     
Boris Vian, trompetista de jazz
       Rock Bailey, la estrella del elenco, se ha propuesto perder su virginidad sólo al cumplir la veintena. Es un deportista con 90 kilos de peso y un metro 88 de altura. El año anterior ganó el título Mister Los Ángeles. Es el más atractivo de todos, por lo que constantemente tiene que quitarse de encima a las féminas que se lanzan sobre él para comérselo en un tris. Al principio sus chistes son muy bobos, ridículos y pedantes, precisamente del tamaño de su estupidez e ingenuidad; así, se cohíbe, ruboriza y grita al estar desnudo frente a una mujer desnuda. Suele encontrarse con sus amiguetes en el Zooty Slammer, el bar de Lem Hamilton, un pianista negro y gordo. Uno de tales compinches es Gary Kilian, reportero del California Call, y otro, menos compinche, es Douglas Thruck, crítico cinematográfico (sintomáticamente, para Boris Vian, quien parece sentirse filmado por Hollywood en el papel de Rock Bailey y quizá con la corpulencia y el rostro del goberneitor Arnold Schwarzenegger), cuyo sueño es escribir una Estética del cine, diez volúmenes en diez años de trabajo. 

Boris Vian en su papel de escritor
Cierta noche entre las noches el grupo se halla en una de sus reuniones en el bar; Rock Bailey, como siempre, exhibiendo su idiotez y su virginal éxito con las mujeres. Sale a tomar aire y un tipo con “la clásica treta del gángster decidido a hacer una jugarreta”, le pide fuego y le invita un cigarrillo que lo duerme. Lo secuestran y lo encierran desnudo con una mujer desnuda. 

Al regresar al bar con su virginidad intacta, sucede que Sunday Love, una de las chavas del grupo, de 17 años, descubre un cadáver en la caseta telefónica. 
A partir del secuestro y del crimen, el asunto cambia. Rock Bailey, junto con Gary Kilian, literalmente empiezan a jugar a los detectives (y el juego se prolonga hasta la última página), no sin invocar, como bendición, las películas de Humphrey Bogart. Rock Bailey deja de ser un niño bobo y con agilidad e inteligencia (pero también su cuate) deduce a la investigador policíaco e incluso sus chistes son menos tontos. 
Paralelamente a Nick Defato, el jefe de la policía, pero apoyados por éste, se introducen en la madeja de los misterios. ¿Qué mafia secuestró a Rock Bailey, en una especie de clínica, para que hiciera el sexo con una fémina tipo modelo de Playboy? ¿Quién mató al hombre de la caseta telefónica? ¿Quién hizo las fotos de vivisección con humanos? ¿Para qué se hacen tales operaciones quirúrgicas? ¿Quién y para qué ha desaparecido a varias mujeres bellas y jóvenes? ¿Las fotos y el atentado contra el coche en que viajaba Nick Defato aluden el enfrentamiento de dos bandas o es la escisión de una sola?
     
Boris Vian de locutor de radio
        El tono y el ritmo para resolver tales misterios iniciales es el juego del suspense: los improvisados detectives juegan y dicen bromas, pero también los otros personajes. Y si no escasean las chavas, los desnudos y los manoseos, también abundan los gags de acción citados líneas arriba, como las peleas cuerpo a cuerpo en las que destaca, para dar y recibir golpes y porrazos (así reza el estereotipado rosario de clisés del heroíno), la fortaleza y resistencia de Rock Bailey, pero también la de Mike Bokanski, el joven que se les une junto con su supuesto tío, el viejo Andy Sigman, dizque taxista, quien posee la peliculesca virtud de llegar al rescate en el momento en que se le necesita.

      Los crímenes, pesquisas y trompadas los conducen a la clínica del doctor Markus Schutz, ubicada en San Pinto, cerca de Los Ángeles. Esta es, al unísono, búnker y laboratorio clandestino; un laberinto subterráneo, con pisos y pisos, puertas y puertas, pasillos y pasillos. Allí, Rock, Mike y su perro Noonoo, son conducidos por el androide número 16 de la serie C, al que Rock bautiza: “Jef Devay”. 
Tal androide es un paradójico sapo, diría Jules Renard, en la sopa de perfección y belleza del doctor Schutz: además de feo y defectuoso, anima un odio al padre (en cuyos defectos, escuálida figura y pulsión parricida, se vislumbra una pátina del engendro abandonado por el doctor Frankenstein en la clásica novela que Mary W. Shelley publicó en 1818, tantas veces adaptada y parodiada en el cine, en la tele, en el cómic y en la novela gráfica), pero sobre todo les revela varios de los secretos del doctor Markus Schutz, el científico loco: que en poco tiempo fabrica humanoides; la escena de una vivisección; un suculento forniqueo entre dos insaciables androides. Y entre otras cosas, les enseña una cámara de incubación y envejecimiento acelerado en la que observan a varios embriones que serán androides de distintas series, cada ejemplar idéntico al modelo de la serie a que pertenece. Por último, les dice que el doctor Schutz se ha ido a una isla del Pacífico, de su propiedad, llevándose aparatos, archivos y series de sujetos. 
El defectuoso androide Jef Devay, además de sapo, es un hilo suelto, dado que después de que los héroes dejan el laboratorio, pese a que iba a seguir con ellos, nunca se sabe más de él. Lo mismo ocurre con Noonoo, el perro super entrenado que llega a hablar (otro clisé de caricatura y teleserie clasificación A) sin que nadie se sorprenda ni diga ni mu ni pío sobre el asunto. Simples detalles, como el chiste sobre el presidente Truman, al que llaman Truwoman.
        Al salir del búnker, Mike Bokanski y Andy Sigman revelan que son agentes secretos del FBI y que ya le seguían las huellas y la pista al doctor Markus Schutz. Gary y Rock, casi sin dormir ni comer y guiados por la compulsión que les dicta su instinto y su olfato de sabueso detectivesco (otro cliché), vuelan con los agentes en un B-29 rumbo a la isla del Pacífico, que fue base militar durante la guerra, por lo que entre los abandonados restos abundan los cascos japoneses. Al llegar, se dejan caer en paracaídas. Pero frente al fragor sexual visto en el anterior laboratorio y frente a lo incierto del regreso, Rock Bailey, antes de partir de la ínsula, decide perder la virginidad. Y en tal ámbito, al igual que su atlética fortaleza de heroíno, la escenas eróticas denotan que es un as del sexo: durante horas y horas lo hace con Sunday Love y casi enseguida y al mismo tiempo con Mona y Beryl. 
En la isla, luego de cruzar un jardín en el que no faltan los empalados (que evocan los cruentos sembradíos del legendario antropófago Vlad Tepes, El Empalador), pero con un letrero en el cuello que reza: aspecto defectuoso, resulta que en el nuevo búnker hay una orgía entre androides de ambos sexos, desnudos, perfectos, idénticos y superpotentes, todos de la serie O. Y puesto que Rock, camuflado, puede hacerse pasar por un ejemplar de la serie S, vuelve a demostrar sus ínfulas de superdotado. 
Boris Vian observando su efigie
  Cuando finalmente Mike y Rock se encuentran con el heresiarca, éste les presume que ya sabía que lo seguían, que su divisa es que se mueran los feos, que para exterminarlos llenará el orbe de generaciones bellas y perfectas, que ya posee androides infiltrados entre artistas famosos, deportistas campeones, políticos y militares con los que se apoderará de la Casa Blanca, como es el caso del almirante que comanda el cercano torpedero, que dizque iba a apoyar a los que llegaron por aire. 

A Mike y a Rock los enclaustran con dos androides idénticas y pese a que las inducen a escenificar para ellos un espectáculo lésbico, no pierden la cabeza. El viejo Andy Sigman, en cambio, se encierra con cuatro androides y delega su responsabilidad en Mike Bokanski. 
Boris Vian pensando en el cine
  El frijol en la sopa, o paradoja del caso, es que a partir de que el doctor Markus Schutz se va de vacaciones, pese a que se supone científico y megalómano obseso de la perfección y del todopoderoso poder, Mike Bokanski puede desmontarle los planes con una simple prueba del añejo: ordena que del torpedero le envíen 25 marinos guapos y 25 feos y los coloca frente a 50 hermosas, húmedas y sedientas androides. Luego ordena a éstas que se lancen sobre los marinos que ellas deseen. Sin pensarlo optan por los feos; es decir, están hartas de tanta perfección y belleza, el mismo síndrome y hastío que muestra Mike Bokanski e incluso el mismo almirante-androide, quien para calmarlo y excitarlo le dice que tiene a bordo, a su disposición, una secretaria jorobada, repulsiva, con una enorme sonrisa y una pata de palo.



Boris Vian, Que se mueran los feos. Traducción del francés al español de T.P. Lugones. Colección Andanzas núm. 105, Tusquets Editores. Primera reimpresión mexicana. México, diciembre de 1992. 208 pp.


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Enlace a "Que se mueran los feos", interpretación de Los Xochimilcas.
"El jeque de Arabia", Boris Vian a la trompeta.

La gota de oro



En busca del rostro perdido

La gota de oro, novela de Michel Tournier (París, diciembre 19 de 1924-Choisel, enero 18 de 2016)), fue publicada en francés, en 1985, por Editions Gallimard. Y la traducción al español de Jacqueline y Rafael Conte impresa en Madrid, en 1988, por Alfaguara, denota el poder verbal, intelectual, poético, imaginario y narrativo de su autor. En La gota de oro confluye una veta signada por varias de sus obsesiones narrativas; por ejemplo, su atracción y reescrituración de mitos, supersticiones, leyendas y cuentos de tradiciones orales; pero también la fotografía, y la investigación y documentación a partir del tema y subtemas implícitos en la obra. 
Michel Tournier
Idriss, el protagonista de La gota de oro, es un adolescente de Tabelbala, un diminuto oasis perdido en las profundidades del desierto argelino. Cierto día, dunas adentro, mientras cuida su rebaño de ovejas y cabras, pasa un Land Rover, casi un espejismo, y de allí desciende una rubia inquietante que le toma una foto. Ella, a petición de él, le promete enviársela desde París, pero la foto nunca llega. Así que Idriss emprende la travesía y búsqueda de esa imagen que, según sus ágrafos y rupestres atavismos musulmanes, es parte suya y el no tenerla bajo control implica ser vulnerable a maleficios como el mal de ojo, por lo que puede enfermar, enloquecer e incluso morir.
      El itinerario de Idriss comienza en el mismo Tabelbala. Es un acto preparatorio (que sin embargo se prolonga hasta sus días parisinos). Entre las anécdotas iniciales se cuentan: la muerte de su amigo el camellero de una tribu Chaamba; las visitas a Mogadem ben Abderrahman, su tío, el ex cabo, dueño de la única foto que existe en el oasis; las burlas de Salah Brahim, el camionero que lleva y trae los enseres y el correo; el ambiente en la casucha familiar; las preocupaciones de su madre; la celebración de una boda tradicional a la que asiste un grupo de bailarines y músicos del Alto Atlas, entre ellos la negra Zett Zobeida, con velos rojos y rutilantes y cantarinas joyas, quien canta unos versos que Idriss evoca y varía una y otra vez hasta las páginas finales. 
(Alfaguara, Madrid, 1988)
Pero durante la boda —luego de oír el relato “Barbarroja o el retrato del rey”, que narra Abdullah Fehr, un negro de los confines del Sudán y del Tibesti, en cuyas palabras Idriss encuentra un aliento más para partir—, resulta que al dirigirse a Zobeida y al grupo, éstos ya se han ido y sólo halla tirada y solitaria una gota de oro que pendía del cuello de la bailarina. La joya es una bulla áurea, un antiguo emblema que era colocado en el cogote de los niños que nacían libres y que sólo se quitaban al cambiar la toga pretexta por la toga viril. Es decir, es un símbolo de inocencia y libertad; así, Idriss lo hace suyo. Pero al unísono se trata de un metal que “excita la codicia y provoca el robo, la violencia y el crimen”; cuya imagen y recuerdo también evoca hasta el término, precisamente cuando el significado de los versos que cantaba Zobeida inextricablemente se urde a la cifra de su destino.
       Idriss, siempre en medio de ricas anécdotas y digresiones, atraviesa Béni Abbès, donde sin buscarlo observa su hábitat y a sí mismo entre las curiosidades del museo sahariano. Béchar, donde es el efímero ayudante de Mustafá, un fotógrafo de estudio. Orán, donde la vieja Lala Ramírez, eterna apestada y viajera, lo lleva al cementerio español e intenta que en él reencarne su hijo Ismaïl. Marsella, donde una prostituta disfrazada de rubia le arrebata la gota de oro, cumpliéndose así los venales signos implícitos en el metal y su forma. 
Ya en París, guiado por Achour, su primo diez años mayor, Idriss se instala en el hogar Sonacotra de un gueto musulmán. Francia es llamada “el país de las imágenes” y París: “capital de las pantallas”. No es fortuito, entonces, que se diga que “la imagen es el opio de Occidente”. 
Idriss, ingenuo y recién desempacado en la Ciudad Luz, es uno más de los inmigrantes árabes y bereberes sujetos a discriminaciones y subempleos, tan históricos, legendarios y pintorescos, como son, por ejemplo, la Torre Eiffel, el Louvre, la Plaza de la Concorde, o los pestilentes vagabundos de las subterráneas inmediaciones del Sena. “Creíamos que los habíamos alquilado [dice una voz sobre los inmigrantes árabes] y que luego podríamos devolverlos a sus casas cuando ya no les necesitáramos, y ahora resulta que los hemos comprado y que nos los tenemos que quedar en Francia.” 
La primera chamba de Idriss es la de barrendero. Pero como es un inocente y un supersticioso que busca su foto y no puede discernir el trasfondo y el sentido de los signos visuales, no sólo es atraído por los escaparates y las pantallas, sino que su propio hado lo introduce al mundo de las imágenes y de la reproducción en serie: recorre las calles mirando las vitrinas y anuncios; penetra, aunque no toque fondo, el mundillo del Electronic, un antro de videojuegos para jovencitos donde se instala un grupúsculo de delincuentes; se deja ir por la rue Saint-Denis, siente la llamada y el tufillo del sexo en los letreros que rezan: Sex shop, Live show y Peep show; entra en uno de éstos y a través de una pantalla mira los lascivos movimientos de una piruja. 
Por alguna droga que seguramente le dio uno de los mozalbetes del Electronic, mientras en el rincón de un café hojea un cómic, alucina que en los cuadros lee el diálogo que tuvo con la rubia que lo fotografió y lo que ésta se dijo con el hombre que conducía el Land Rover, y luego imagina que éste se dedica a explotar la imagen de ella y entonces Idriss asume el papel de héroe y trata de proteger y rescatar a la rubia del café y del cómic, pero para su sorpresa lo llevan a la cárcel, le toman fotos y lo fichan. Su primo Achour, al explicarle la magia onírica del cine, le dice: “¡Cuántos de nosotros no han hecho el amor más que en el cine! No tienes ni idea”.
El director de un grupo que filma anuncios para la televisión, ve a Idriss con su escoba y le paga para que figure de barrendero. Un poco después lo invita para otro anuncio, el del Palmeral, un refresco; pero a pesar de su creencia, no es parte del elenco, sino el beduino que tras bambalinas mueve a un escuálido camello que sí participa en el rodaje; y luego, como el nómada sahariano que no deja de ser, cruza París de un extremo a otro para llevar al camello a un matadero. 
Michel Tournier
Más tarde, Idriss va a los almacenes Tati por un overol, allí conoce a un fotógrafo y coleccionista de maniquíes (sólo efigies de muchachitos de los años 60 del siglo XX), de quien escucha su maniático y soporífero monólogo y al que acompaña a su pocilga. Pero también conoce a un decorador de escaparates, que al verlo, lo invita a que se preste para reproducir en serie un modelo idéntico a él. 
Después de asistir a los laboratorios de la Glyptoplástica (pese a su fobia) donde se somete al proceso para obtener su efigie, Idriss termina deprimido y se refugia en el hogar Sonacotra. Allí, al lado de los viejos musulmanes, como si tratara de recuperar algo muy suyo, muy profundo y recóndito, los escucha, comparte ciertos ritos, y oye las noticias y acentos árabes que los ancianos oyen en la radio a través de La Voix des Arabes. Pero sobre todo escucha a Mohammed Amouzine, un viejo egipcio que le habla de la historia de su país y de la cantante Oum Kalsoum. Mohammed Amouzine le presenta al calígrafo Abd Al Ghafari, del que Idriss se hace su discípulo. 
Abd Al Ghafari lo introduce en la mística de la antigua caligrafía árabe, que comprende la fabricación de la tinta, de las cañas, los estilos caligráficos, la sincronía entre la respiración y el trazo de los signos, los aforismos, los poemas en prosa, y el relato “La Reina Rubia”, que comienza con el clásico íncipit de los milenarios cuentos tradicionales: “Érase una vez”, y que el maestro, rodeado de sus alumnos, narra como “la conclusión de su enseñanza y de toda la sabiduría de la caligrafía”. 
En el relato hay un muchachito (alter ego de Idriss y de los otros discípulos) al que Ibn Al Houdaïda, el calígrafo, le enseña a leer las líneas del rostro. Es decir, así como la quiromancia supone que el destino de un hombre está escrito en la palma de la mano, la mística de la caligrafía supone que en las líneas de un rostro hay versos, los cuales, en conjunto, son un poema que revela los diferentes rostros de un mismo individuo; pero también revela su origen, pasado y futuro. 
Después de tal revelación, Idriss, al empuñar un taladro en la Plaza Vendôme, inesperadamente se encuentra ante un escaparate que exhibe la bulla áurea, la misma joya que vio por primera vez en el cuello de la negra bailarina Zett Zobeida; entonces, iluminado desde dentro y al zumbar y hundir la herramienta en una erógena fisura de Francia, comulga con el sentido profundo de sus líneas (proyectadas en las grietas de la vitrina), su signo, el poema escrito en su rostro, que no cifra y canta otra cosa más que a sí mismo, su destino, prefigurado en la forma de la gota de oro y en los versos del canto de Zett Zobeida, la negra de velos rojos y rutilantes y cantarinas joyas.


Michel Tournier, La gota de oro. Traducción del francés al español de Jacqueline y Rafael Conte. Alfaguara Literaturas (251). Madrid, 1988. 272 pp.






El complot mongol

   Los copetones de la alta política y el gatillo

Nacido en la Ciudad de México el 28 de junio de 1915 y muerto en Berna, Suiza, el 17 de septiembre de 1972, el escritor y diplomático Rafael Bernal tiene en su legado varios libros de distintos géneros; pero el más famoso, en el contexto mexicano, es su novela negra El complot mongol, cuya edición príncipe, editada por Joaquín Mortiz, data de 1969; la cual fue adaptada al cine en una homónima y gris película, de 1978, dirigida por el vasco Antonio Eceiza (1935-2011), quien la guionizó junto al mexicano Tomás Pérez Turrent (1935-2006).  
DVD de El complot mongol (1978), película dirigida por
Antonio Eceiza, basada en la novela homónima de Rafel Bernal.
  Dividida en VI capítulos, los veloces acontecimientos de El complot mongol se desarrollan, en menos de tres días, en varios reconocibles sitios y calles del Centro Histórico de la Ciudad de México. Corre alguno de los años 60 del siglo XX; a nivel mundial se está en el contexto de la Guerra Fría y de la ruptura y beligerancia entre la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y la China comunista de Mao Tse-tung; no se menciona la frustrada invasión a la Cuba de Fidel Castro y los barbudos, a través de Bahía de Cochinos (sucedida entre el 15 y el 19 de abril de 1961), ni la crisis de los misiles en territorio cubano (cuyo tenso clímax ocurrió entre el 15 y el 28 de octubre de 1961); pero el asesinato de John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, sucedido en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963, sí es un hecho tangencialmente citado y parafraseado en las páginas. (En un cuarto del hotel Magallanes, por ejemplo, aparece un rifle con mira telescópica, arma que delata al francotirador gringo que evoca al controvertido Lee Harvey Oswald, el presunto asesino de Kennedy). 

John F. Kennedy y su esposa Jackie el día de su asesinato en
Dallas, Texas, noviembre 22 de 1963.
  No obstante, El complot mongol no es una novela de intriga política ni de análisis sociológico ni de introspección psicológica ni realista en sentido estricto ni con pretensiones de gran obra artística; es, ante todo, un artilugio literario, bufo y sarcástico pero crítico; un ágil e hilarante divertimento repleto de humor negro, caricaturesco y folletinesco, donde bullen los apócopes, las palabrotas, los modismos, los chistes y los dichos del popular habla mexicano, a lo que se agrega la hilarante parodia del modo de hablar de los chinos que habitan en las calles de Dolores, el barrio chino de la Ciudad de México, donde, en la semiclandestinidad, hay casas de juego y fumaderos de opio, y donde, al parecer, se prepara nada menos que el inminente asesinato del presidente de los Estados Unidos, que en tres días estará de visita en México, y quien con el presidente mexicano inaugurará, en una plaza pública que es un parque, una “estatua de la Amistad”.

El sucesor de Kennedy fue Lyndon B. Johnson, quien fue presidente de Estados Unidos entre el 22 de noviembre de 1963 y el 20 de enero de 1969, y por ende podría ser el modelo del anónimo presidente gringo de la novela. En este sentido, el modelo del anónimo presidente mexicano podría ser el nefando Gustavo Días Ordaz, quien fue presidente de México entre 1 de diciembre de 1964 y el 30 de noviembre de 1970; pero también podría serlo Adolfo López Mateos, su predecesor, que fue presidente entre el 1 de diciembre de 1958 y el 30 de noviembre de 1964. En cualquier caso, el probable e inminente asesinato de un presidente de Estados Unidos en territorio mexicano, sería indagado, en primera instancia y de un modo encubierto y semiencubierto, por el Servicio Secreto gringo, por la CIA y el FBI; y en México, dado que el magnicidio ocurrirá a un lado del presidente mexicano, por la policía política, es decir, por la Dirección Federal de Seguridad, cuyo titular, entre 1964 y 1970, era el veracruzano Fernando Gutiérrez Barrios (“el hombre más informado de México”, vox póluli dixit), cuyos inicios en los sótanos de tal oscuro y negro aparato de espionaje e inteligencia, en calidad de jefe de Control e Información, se remonta a 1952. Pero en la novela de Rafael Bernal el asunto no va por ahí. Un Coronel, jefe de la policía, bajo el mando de un copetón de la alta política: el presidenciable don Rosendo del Valle, citan, con conocimiento de sus actos, a Filiberto García, un policía que en realidad es un matón, un pistolero duro y sin escrúpulos de 60 años, para que en menos de tres días indague y resuelva el caso, junto con otros dos policías, cuya declaración de principios y complicidad de sangre reza: “No se puede gobernar sin matar [...] Eso lo han aprendido ya todos los pueblos. Por eso existimos nosotros.”: Iván Mikailovich Laski, agente del Servicio Secreto de la Unión Soviética, y Richard P. Graves, agente del FBI, de quien Filiberto García dice para sus adentros, quizá evocando un filme o caricatura protagonizada por James Bond, el agente 007 con licencia para matar: “Tiene dentadura postiza. Capaz y de una muela saca una pistola en miniatura y de la otra un transmisor de radio, como en las películas de la tele.” Esto es así porque “Un alto funcionario de la embajada rusa” soltó el rumor de que desde la República Popular China se pergeñó el asesinato del presidente de Estados Unidos y que para perpetrarlo “tres terroristas al servicio de China” ya están en México. Y Filiberto García es el idóneo para el caso, puesto que además de que es asiduo y conocido en las tiendas, restaurantes, fumaderos de opio y casas de juego del barrio chino de las calles de Dolores, es un gatillero (“un fabricante de pinches muertos”) con un largo y colorido currículum. “Maté a seis posibles diablos, los únicos seis que formaban el gran cuartel comunista para la liberación de las Américas. Iban a liberar las Américas desde su cuartel en las selvas de Campeche. Seis chamacos pendejos jugado a los héroes con dos ametralladoras y unas pistolitas.” Se dice. Lo cual evoca la subterránea, clandestina y diseminada estrategia de los focos guerrilleros, bajo la férula de la URSS y Cuba, que harían la revolución comunista en América Latina, y en particular el foco guerrillero sembrado y encendido en Bolivia que derivó en la ejecución del Che Guevara el 9 de octubre de 1967.
(Joaquín Mortiz, México, abril de 2013)
  Vale puntualizar, para no desgranar todas las menudencias del carozo de la mazorca, que la novela El complot mongol, además de varios asesinatos y de los episodios de violencia, está repleta de vueltas de tuerca, giros inesperados y sorpresas. El derrotero de la investigación que protagoniza Filiberto García toma varios cauces y desenmascara, sin buscarlo ni quererlo, una cruenta y camuflada trama urdida por un par de copetones de la alta política, un dúo de ambiciosos arribistas, oriundos de Tamaulipas, incrustados en el epicentro del gobierno federal mexicano, tipificados con la patriotera labia de la más ramplona y hueca demagogia nacionalista, que, con las supuestas manos limpias, buscan adueñarse, sucesivamente, de la todopoderosa silla del águila de la presidencia de la república del partido hegemónico emanado de la Revolución Mexicana. Es decir, aprovechando el rumor surgido de la embajada rusa, planearon y maicearon, al unísono, el maquiavélico asesinato del presidente de México.

Y también sin buscarlo ni quererlo, Filiberto García colige, dados ciertos indicios en los hechos de sangre, un complot en ciernes para “llevar a Cuba dentro de la órbita de Pekín”. A lo que se añade el postrero hecho de que, acompañado por Laski, el políglota agente ruso, en una tienda del barrio chino encuentran los dólares, ocultos en latas de té, destinados a tal presunto golpe de estado en la Cuba socialista.
Rafael Bernal
(1915-1972)
  Pero paralelo a los asesinatos y a la investigación policíaca y sus sorpresas, la novela El complot mongol también narra y bosqueja detalles y aspectos de la persona y personalidad de Filiberto García (prieto de ojos verdes, con una cicatriz en el rostro), de su arraigado ideario de macho redomado y corrupto a más no poder, de su roma perspectiva y popular verborrea para cuestionar, pitorrearse, descalificar e insultar lo que lo rodea, ve y oye. Es decir, entre la voz narrativa y los diálogos, Filiberto García monologa episodios de su infancia y adolescencia en Yurécuaro, Michoacán, donde a su madre le decían la Charanda; de su paso en las huestes de la Revolución Mexicana (“la Revolución se hizo a balazos”, dice); de sus inicios como policía con órdenes de matar pollos gordos o flacos de cualquier color; de varios asesinatos del pasado en los que descuella su facilidad para asesinar fríamente y sin remordimientos; de que suele ir a la cantina La Ópera donde su reúne con el Licenciado, un abogado andrajoso y borrachín que lo auxilia, pago de por medio, en ciertas pesquisas y que lo acompaña para rezar en un postrero, solitario y patético velorio; de que vive en un inmaculado departamento de un edificio de su propiedad; de su cartera repleta de billetes; de que constantemente, en sus andanzas policíacas, está al acecho para robarse toda “la fierrada” que pueda, como es el medio millón de dólares, en billetes de cincuenta, que, según informa el agente ruso, es dinero de la República Popular China que salió de Hong Kong, la colonia británica, precisamente del Hong Kong Shangai Bank, y que ya está en México para subsidiar y operar el inminente atentado contra el presidente de Estados Unidos.


           
Rafael Bernal y su alter ego
         Es así que pese a su vulgar y machista concepto de la mujer (“Una mujer es como cualquier otra. Todas con agujerito.” “A las viejas hay que tomarlas una vez o dos y dejarlas. ¡Pinches viejas”!) y a que nunca se le ha hecho con una china, a partir de que Marta se instala en su departamento (Marta es una china de 25 años que era dependiente en una tienda del barrio chino), a imagen y semejanza de un adolescente ante su primera noviecita, escucha su triste historia de china huérfana susceptible de ser deportada y empieza a encandilarse por ella como si estuviera en una sentimental telenovela Palmolive, a gastar y a cavilar con lo que ocurrirá en los días después del atentado (no la toca, pese a algunos picoretes; le deja seis mil pesotes para que se vista y atilde en El Palacio de Hierro y le compra un rutilante reloj de cuatro mil morlacos) y fantasea con lo que el par de tortolitos podrán hacer si se hace con el botín de medio millón de dólares en billetes de cincuenta. En el coche se irán “a Cuautla, al Agua Hedionda o hasta Acapulco”, etcétera. Pero el inesperado asesinato de la fémina en su departamento (“Estaba en el suelo, junto a la cama, cubierta de sangre, las piernas encogidas, los ojos abiertos”) trunca esos planes. Y después de meditarlo unas horas, lo catapulta a tomar feroz venganza, la cual lo lleva a descubrir la susodicha y maquiavélica intriga para asesinar al presidente de México. Y luego, junto al agente ruso, a localizar el sitio donde se escondían los dólares para convertir a Cuba en satélite de la China comunista de Mao Tse-tung.



Rafael Bernal, El complot mongol. 2ª edición de la 1ª presentación de julio de 2011. Joaquín Mortiz. México, abril de 2013. 224 pp.

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Enlace a El complot mongol (1978), película dirigida por Antonio Eceiza, basada en la novela homónima de Rafael Bernal.

miércoles, 2 de octubre de 2019

La noche de Tlatelolco



                 
Un fantasma recorre México: 
el fantasma del 2 de octubre


                                                                                                           In memoriam Luis González de Alba  


Tlatelolco, octubre 2 de 1968
El viernes 27 de septiembre de 2014 murió, por el cáncer, Raúl Álvarez Garín, legendario luchador social y visible político de izquierda, quien, como alumno del Instituto Politécnico Nacional, fue delegado de Consejo Nacional de Huelga del Movimiento Estudiantil de 1968 y como tal fue detenido la trágica noche del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y hecho preso en el Palacio Negro de Lecumberri. Pese a que Raúl Álvarez Garín es autor del libro La estela de Tlatelolco. Una reconstrucción histórica del movimiento estudiantil del 68 (Editorial Ítaca, 2002), todo indica que entre la extensa y creciente bibliografía sobre el Movimiento Estudiantil de 1968, el libro de Elena Poniatowska: La noche de Tlatelolco, cuya primera edición data de “febrero de 1971”, es el más emblemático, el más reeditado, el más popular, y tal vez el más trágico, espeluznante y doloroso que incide en la llama viva de un hecho fehaciente y contundente: la masacre del 2 de octubre no se olvida, su tétrico fantasma recorre México, está vivo en la luctuosa, histórica y democrática memoria colectiva del país.
La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)
Primeras fotos del libro
        El miércoles 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco, ya pasadas las 17:30, poco después de que desde el tercer piso del edificio Chihuahua los oradores en la tribuna dieran por concluido el mitin y de que anunciaran que, debido a la presencia militar en la zona, no se haría la manifestación al Casco de Santo Tomás del IPN (tomado por el ejército desde el 23 de septiembre), se vieron en lo alto unas luces de bengala e inició el asedio y los disparos, cundió el terror, la refriega y la estampida de la gente (“aproximadamente diez mil personas”: jóvenes, adultos, adolescentes, niños, mujeres, ancianos). Los soldados y policías de civil y guante y blanco (el Batallón Olimpia) salieron de apartamentos del edificio Chihuahua y de su camuflaje entre la multitud; detuvieron a los estudiantes de la tribuna y bloquearon los accesos al edificio. Hubo tal gritería, tal turbulencia de masas y tal confusión entre los destacamentos armados que fue ineludible el cruce de balas entre los de guante blanco, los militares, los granaderos, los policías y los francotiradores.
Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, a la cabeza
El Movimiento Estudiantil de 1968 tenía apenas dos meses y pico de haberse gestado in crescendo (con amplias adhesiones y repercusiones sociales en todo el país y protestas en el extranjero), debido a la constante represión policíaca y militar (exacerbada con la toma de CU el 18 de septiembre), a los asesinatos, y a las detenciones y secuestros de alumnos, maestros, militantes de izquierda y gente ajena, y a la relevante incapacidad política de las autoridades (empezando por el presidente Gustavo Díaz Ordaz y por el secretario de gobernación Luis Echeverría Álvarez) para establecer el diálogo público, los acuerdos en torno a los 6 puntos del pliego petitorio y por ende la paz. Lo ocurrido y los testimonios del libro sugieren que la matanza y el encarcelamiento masivo estaban planeados para tal día y en ese lugar, pues el 12 de octubre iniciarían los XIX Juegos Olímpicos y había que descabezar el movimiento y evitar que los disturbios estudiantiles (dizque de una conjura internacional comunista) continuaran durante éstos. 
   Mercedes Olivera, antropóloga, lo resume: “obviamente todo estaba preparado, el gobierno sabía lo que iba hacer. Se trataba de impedir cualquier manifestación o brote estudiantil antes y durante las Olimpiadas. Las luces de bengala fueron la orden de tirar y se disparó de todas partes y los supuestos francotiradores —y te lo digo, porque los que estuvimos allí y lo vimos podemos decirlo con toda conciencia sin temor a equivocarnos— los francotiradores eran parte de la organización gubernamental.”
(Ediciones Era, 37ª ed., México, 1980)
      La noche de Tlatelolco es un libro fragmentario, polifónico, colectivo, de ahí que se subtitule Testimonios de historia oral; pero fue Elena quien compiló, matizó y urdió el conjunto durante dos años. Hay en él trozos de entrevistas (muchos con terribles testimonios de asesinatos, torturas y vejaciones); panfletos transcritos de pancartas, de volantes, de pintas y de los coros durante las manifestaciones y mítines; versos de poemas; capitulares y fragmentos de artículos publicados en periódicos y revistas; pasajes de actas militares; declaraciones en contra, declaraciones a favor; voces anónimas; saldos de muertos, de heridos, de humillados y violentados en lo más elemental de sus libertarias garantías individuales y en lo más esencial de sus derechos humanos.


Elena Poniatowska
(foto: Rogelio Cuéllar)
       De nobiliario origen polaco, Elena nació el 19 de mayo de 1932 en París, pero hizo de México su patria, sus entrañas más entrañables donde nació y creció como periodista y narradora. De ahí que si su libro es de Todo México, también es muy suyo, muy de sus intimidades más íntimas. Ella lo dedicó “A Jan”, cuyas fechas de nacimiento y muerte, “1947-1968”, representan al joven asesinado el 2 de octubre o durante el Movimiento Estudiantil, pese a que se trata de su hermano “Jan Poniatowski Amor, estudiante de la Preparatoria Antonio Caso”, muerto en un accidente automovilístico el 8 de diciembre, en cuya segunda aparición afirma: “EL PRI no dialoga, monologa.”
Jan Poniatowski Amor
(1947-1968)
  También incluyó un par de pasajes, críticos y reflexivos, de dos cartas que el astrónomo Guillermo Haro, su marido, le envió desde Armenia, una el “22 de julio de 1970” y la otra el “28” del mismo mes. En el primer pasaje 
refiere su disgusto y desacuerdo con la prisión, en la cárcel de Lecumberri, de Demetrio Vallejo y Valentín Campa, líderes ferrocarrileros, sindicalistas y comunistas; y en el segundo pasaje le habla sobre la hipocresía y responsabilidad ética del científico mexicano en el contexto de la arcaica, consubstancial y sistémica corrupción política y gubernamental del PRI:
 
La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)
En el cartel se ve el rostro de Demetrio Vallejo
        “...Y me lleno de furia y pienso cómo se puede vivir sin ser furioso. Cómo se le puede entrar a la política mexicana y retenerte y modularte y repartir sonrisitas y quedar bien con todo el mundo y lograr puestecitos y puestezotes. No estoy de acuerdo con las declaraciones periodísticas de mis amigos; que el hombre de ciencia debe intervenir en la política. Sé lo que quieren decir. Piensan que intervenir en la política es ocupar puestos, ser influyente, tener éxito. Eso no es política, eso es estiércol, es ser mercader en el más vil sentido. A que no le entran a la política de oposición, a la política que no da puestos seguros, a la que pone en peligro tu vida y tu libertad. Claro que no se le puede pedir a un hombre, a otro hombre, que se sacrifique. Pero que tampoco nos vengan a señalar como deber sacrosanto y necesario el participar en ‘nuestra’ política priísta. No hay en ello nada noble, nada desinteresado, nada honesto. Y si uno le entra por pura conveniencia personal, por lo menos ser discreto, ser un honrado bandolero, no tratar de hacer comulgar a los demás con ruedas de molino. Nuestro deber como científicos es simplemente tratar de hacer buenos científicos, ayudar a los jóvenes, formar cuadros competentes, hacer verdadera política aunque esto implique —y lo implica— estar peleado a muerte con los ‘políticos’ burócratas. Claro que el no cortejar a los ‘políticos’, el no estar bien con ellos, dificulta la tarea. Pero en el fondo lo mismo da...
  “No es cierto que puedas ser un buen político cuando dejas de ser un buen médico. No es cierto que es preferible ser presidente de Chalchicomula que un mediocre ginecólogo. Si no puedes hacer bien una cosa que durante años has aparentado amar, no podrás hacer ninguna otra cosa mejor que la primera. Lo contrario es mentira, es la prueba más contundente de tu fracaso íntimo, de tu verdadera mediocridad. Pero, claro, existe el sagrado derecho de ser tan mediocre o tan pendejo como se quiera o como se pueda y eso independientemente de todos los éxitos o las glorias aparentes.”
   
Guillermo Haro y Elena Poniatowska
con su hijo Felipe
          Pero Elena Poniatowska 
también incluyó un fragmento de su madre Paula Amor de Poniatowski, donde habla de los muchachitos que vio el 13 de septiembre de 1968 durante la Marcha del Silencio que fue del Bosque de Chapultepec, frente al Museo Nacional de Antropología, al Zócalo (“300 mil personas”): “¿Sabes?, me gustaron, me cayeron bien, por hombrecitos. Muchos tenían esparadrapo en la boca, casi todos parecían gatos escaldados con sus suéteres viejos, sus camisas rotas pero decididos. Les eran simpáticos a la gente que estaba en las banquetas viéndolos, y muchos, además de aplaudirles, se les unían y cuando no se les daba propaganda la pedían, e incluso el público se ponía a repartir de mano en mano. Nunca había visto antes una manifestación tan vasta, tan de a de veras, tan hermosa. Toma, te traje unos volantes.
       
Las hermanas Elena y Kitzia  con su madre Paula Amor de Poniatowski
       Si tal testimonio es desde afuerita, el de Luis González de Alba, alumno de Filosofía y Letras de la UNAM y delegado del CNH (Consejo Nacional de Huelga) 
—fallecido a los 72 años el 2 de octubre de 2016, es desde dentro y más crítico que el pasaje parecido que se lee en su libro Los días y los años (Era, 1971): 

Cabeza de Vaca, Hernández Gamundi y Luis González de Alba,
tres líderes del Consejo Nacional de Huelga detenidos
“El helicóptero seguía volando casi al ras de las copas de los árboles. Finalmente, a la hora señalada, a las cuatro, se inició la marcha en absoluto silencio. Ahora no podrían oponer ni siquiera el pretexto de las ofensas. En el CNH habíamos discutido muchísimo. Unos delegados decían que de hacerse la manifestación no podría ser silenciosa porque le quitaría combatividad. Otros, que nadie guardaría silencio. ¿Quién se siente capaz de controlar y llevar callados a varios cientos de miles de muchachos escandalosos acostumbrados a cantar, gritar y echar porras en cada manifestación? ¡Es una tarea imposible y si no lo logramos el CNH mostrará debilidad! Por eso los más jóvenes llevaron esparadrapo en la boca. Ellos mismos lo eligieron: los unos a los otros se pusieron la tela adhesiva sobre los labios para asegurar su silencio. Les dijimos: ‘Si alguno falla, fallamos todos.’
Marcha del Silencio

Septiembre 13 de 1968
        “Salíamos apenas del Bosque, habíamos caminado sólo unas cuadras cuando las filas comenzaron a engrosarse. Todo el Paseo de la Reforma, banquetas, camellones, monumentos y hasta los árboles estaban cubiertos por una multitud que a lo largo de cien metros duplicaba el contingente inicial. Y de aquellas decenas y después cientos de miles sólo se oían los pasos... Pasos, pasos sobre el asfalto, pasos, el ruido de muchos pies que marchan, el ruido de miles de pies que avanzan. El silencio era más impresionante que la multitud. Parecía que íbamos pisoteando toda la verborrea de los políticos, todos sus discursos, siempre los mismos, toda la demagogia, la retórica, el montonal de palabras que los hechos jamás respaldan, el chorro de mentiras; las íbamos barriendo bajo nuestros pies... Ninguna manifestación me ha llegado tanto. Sentí un nudo en la garganta y apreté fuertemente los dientes. Con nuestros pasos vengábamos en cierta forma a Jaramillo, a su mujer embarazada, asesinados, a sus hijos muertos, vengábamos tantos años de crímenes a mansalva, silenciados, tipo gángster. Si los gritos, porras y cantos de otras manifestaciones les daban un aspecto de fiesta popular, la austeridad de la silenciosa me dio la sensación de estar dentro de una catedral. Ante la imposibilidad de hablar y gritar como en otras ocasiones, al oír por primera vez claramente los aplausos y voces de aliento de las gruesas vallas humanas que se nos unían, surgió el símbolo que pronto cubrió la ciudad y aun se coló a los actos públicos, a la televisión, a las ceremonias oficiales: la V de ‘Venceremos’ hecha con los dedos, formada por los muchachos al marchar en las manifestaciones, pintada después en casetas de teléfonos, autobuses, bardas. En los lugares más insólitos brotaba el símbolo de la voluntad inquebrantable, incorruptible, resistente a todo, hasta a la masacre que llegó después. Aún reciente Tlatelolco, la V continuó apareciendo hasta en las ceremonias olímpicas, en las manos del pueblo.”

Primera edición en Lecturas Mexicanas
Segunda Serie número 41
(Ediciones Era/SEP, 1986)
Los días y los años
1ª edición en Lecturas mexicanas, 2ª Serie, núm. 41
(Ediciones Era/SEP, 1986)
Contraportada
       La noche de Tlatelolco abre con 49 fotos en blanco y negro que dan visos de varios episodios que van de la confusa bronca del 22 de julio de 1968 en la que se mezclaron pandilleros (“Los ciudadelos” y “Los arañas”) y alumnos de la preparatoria Isaac Ochotorena y estudiantes de la Vocacional 2 del IPN (Instituto Politécnico Nacional), y que a la postre significó, dada la arbitraria golpiza emprendida por los granaderos, el inicio de la represión (exacerbada entre el 23 y el 26 de julio) y por ende del Movimiento Estudiantil. Y se culmina con una imagen nocturna en la que se observa a un grupo (hombres, mujeres, niños y jóvenes) de pie y arrodillados frente a veladoras y ofrendas mortuorias, en cuyo pie se lee: “El 2 de noviembre, día de los muertos, depositamos cempasuchitl y veladoras en la Plaza de las Tres Culturas... Muchos soldados nos vigilaban pero pronto se prendieron miles de veladoras y surgieron gentes de entre los árboles que comenzaron a rezar por sus hijos masacrados el 2 de octubre en Tlatelolco…”



La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)

       
Cadáveres en la morgue y niño asesinado en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968

La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)
      Entre el conjunto de fotografías, si bien hay algunas muy dramáticas y violentas, como la hilera de cadáveres en la morgue o el niño muerto aún tirado en las piedras del suelo de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, contrastan dos: una es la del par de alegres jóvenes vestidos de blanco dándole a una campana de la Catedral de México y que ineludiblemente remite al 13 de agosto de 1968, cuando la multitudinaria manifestación (unas “150 mil personas”) llegó por primera vez al Zócalo (el epicentro de los poderes y simbólico corazón del país mexicano) 
pero también a la del 27 de agosto (“más de 400 mil personas”); dice el pie: “¡Entramos al Zócalo! ¡Estaban repicando las campanas de catedral! Dos estudiantes de medicina subieron con el permiso del padre Jesús Pérez y también encendieron todas las luces de la fachada. Todo el mundo aplaudía sin parar.”
Iglesia de Santiago Tlatelolco
Octubre 2 de 1968
          La otra fotografía resulta un artero, masivo y cruento golpe de bayoneta o de bala expansiva, muy semejante a los golpes y proyectiles con que, según testimonios que se leen en el libro, se hirieron y mataron a jóvenes, a mujeres, a niños y ancianos durante la larga noche que duró el sitio y el acoso, militar y policíaco, en la Plaza de las Tres Culturas y en los edificios circunvecinos. Se trata de una panorámica en la que desde lo alto se observa a una multitud frente a la antigua Iglesia de Santiago Tlatelolco;  
el pie de Elena Poniatowska consigna: “Junto a la vieja Iglesia de Santiago Tlatelolco, se reunió confiada una multitud que media hora más tarde yacería desangrándose frente a las puertas del Convento que jamás se abrieron para albergar a niños, hombres y mujeres aterrados por la lluvia de balas...”
La “Primera parte” de La noche de Tlatelolco se titula “Ganar la calle” y la “Segunda” es homónima del libro y por ende los testimonios ponen mayor énfasis en lo ocurrido durante la masacre del 2 de octubre de 1968; pero también en ciertas secuelas inmediatas, como la angustiosa y desesperada búsqueda de los hijos desaparecidos (incluso niños) y la situación y el destino de los prisioneros, particularmente en el Campo Militar Número 1 y en el Palacio Negro de Lecumberri. Y se concluye con una breve “Cronología basada en los hechos a que se refieren los estudiantes en sus testimonios de historial oral”, la cual va del lunes 22 de julio de 1968 al siguiente jueves 31 de octubre, y que se puede completar con la información, los análisis y la angular y crítica bibliografía con la que ahora se cuenta, en 2019,  51 años después, incluida una ritual vista al Memorial del 68 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, ubicado en la histórica Plaza de las Tres Culturas. 
 
La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)
  
    

Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral. Iconografía en blanco y negro. Ediciones Era. Ejemplar 1019 de la 37ª edición. México, marzo 24 de 1980. 288 pp.

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La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)

      Vale añadir que en agosto de 2012 Ediciones Era publicó una Edición Especial de La noche de Tlatelolco, con un “Prólogoex profeso de Elena Poniatowska, un nuevo y mejor diseño y mayor tamaño, 104 fotos en blanco y negro (con buena resolución) distribuidas a lo largo de las páginas (más dos postreras páginas de “Créditos de las fotografías”) y la ampliación de la “Cronología” hasta el viernes 13 de diciembre de 1968.

(Era, México, agosto 20 de 2012)


 
(Contraportada)


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Enlace a Masacre de Tlatelolco (2010), documental dirigido por Roberto Latorre.