miércoles, 3 de marzo de 2021

Un daño irreparable

 El Peje es un personaje que polariza

 

Impreso en México por Editorial Planeta Mexicana, en enero de 2021 se publicó la primera edición de Un daño irreparable. La criminal gestión de la pandemia en México, libro de la doctora Laurie Ann Ximénez-Fyvie, cuya campaña publicitaria empezó antes de que físicamente apareciera en las librerías del país (con acceso restringido) y por ende se pudo comprar en preventa a través de varias cadenas con tienda virtual. (Yo mismo así lo adquirí el viernes 29 de enero y lo recibí en mi casa, en Xalapa, el viernes 5 de febrero.)

           

Editorial Planeta Mexicana
México, enero de 2021

          Además de la foto del rostro (¿angustiado?, ¿azorado?) del impune y hablantín doctor Hugo López-Gatell (“subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud de México”), en el encabezado de la portada se pregonan (a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y envirulada aldea global) las altas calificaciones de la autora del libro: “Jefa del Laboratorio de Genética Molecular de la UNAM, Doctora en Ciencias Médicas por la Universidad de Harvard”, mismas que se reiteran y amplían en la segunda de forros (debajo de su fotografía y encima de su twitter): “Laurie Ann Ximénez-Fyvie se doctoró en la Universidad de Harvard y es profesora e investigadora de Microbiología. Actualmente es jefa de Laboratorio de Genética Molecular de la Facultad de Odontología de la UNAM [que ella fundó y encabeza ‘desde el año 2000’], directora general de la iniciativa Salvemos con ciencia [ONG con plataforma en la web que orienta y apoya a los contagiados con el virus SARS-CoV-2] y asesora proyectos para ayudar a controlar la pandemia de COVID-19 en México. A raíz de su artículo ‘El fiasco del siglo’ en el periódico Reforma se volvió una de las referentes expertas que han trabajado para exponer la verdad detrás de la gestión de la pandemia en México.”

          El libro Un daño irreparable, si bien está escrito por una científica e investigadora muy documentada y analítica que a sí misma se llama “cazadora de microbios” (cuyo objetivo es entender y admirar “la vida microscópica y las relaciones que guarda con nosotros y con el resto de las especies con las que cohabitamos en este planeta”), es de índole periodística, testimonial y autoanecdótica (con visos autobiográficos); en este sentido, sin discriminar a la comunidad médica y científica, se dirige al lego y al público en general para denunciar y compartir constancia de lo que desde el inicio fue (y aún es a inicios de marzo de 2021) La criminal [e impune] gestión de la pandemia en México. Yo, como muchos lectores mexicanos confinados en el interior del país, no leí su seminal artículo en Reforma (“publicado el 5 de mayo de 2020”) ni ninguno otro escrito por ella; pero sí la oí en varios programas del canal televisivo El Financiero Bloomberg, y por ello me percaté de que era una mujer muy parlanchina, pero crítica e inteligente, con una oratoria fácil, polémica y puntillosa, y al unísono amena, pedagógica, sarcástica, dicharachera, lúdica, juvenil, dispuesta a no dejar títere con cabeza, a señalar errores y omisiones, y a proponer lo que debería ser la ruta más óptima para confrontar, individual y comunitariamente, el curso y la propagación de la pandemia en territorio mexicano. Y esto es, precisamente, la pulsión y el tono conversacional o de charla de su libro: la leo y me parece que la estoy oyendo en uno de los programas de El Financiero Bloomberg.      

       

Dra. Laurie Ann Ximénez-Fyvie

        En el “Epílogo” de Un daño irreparable, la doctora Laurie apunta: “Ha comenzado un nuevo año. Estamos a 11 de enero de 2021.” Esto implica que lo concluyó antes de que el Estado Mexicano empezara (morosa y caóticamente y con abusiva propaganda de Morena) a vacunar a la población que reside en territorio mexicano. Y que si bien lo empezó a urdir (quizá aún sin saberlo) desde el momento de 2020 en que decidió ser crítica y activista, y no indiferente al dolor de los demás, ni omisa ante las mortales barrabasadas y tonterías del subsecretario López-Gatell, del Peje (Manuel López Obrador), del fantasmal secretario de la Secretaria de Salud y del no menos fantasmal e ineficiente Consejo de Salubridad General, apenas concluido, se fue la imprenta. Y quizá por ello le faltó cierta corrección y cierta concordancia en algunas líneas. Claro que lo relevante y trascendente de su libro, además de las cifras duras y del bosquejo histórico del surgimiento y propagación planetaria del virus SARS-CoV-2 y de la mortal enfermedad COVID-19, es que exhibe y pone en la palestra una serie de equivocadas decisiones, erradas estrategias, ridículos argumentos (entre los más memorables están los referentes a la supuesta inutilidad del uso del cubrebocas, al menosprecio de las pruebas diagnósticas y al supuesto hecho de que los asintomáticos no contagian), inextricables a la flagrante impunidad de las autoridades mexicanas (reflejada en el creciente número de muertos, contagiados, asintomáticos y enfermos), supuestamente encargadas de contener y mitigar la dispersión de la pandemia; de oír, por sentido ético y común, los señalamientos y recomendaciones de los especialistas y críticos; de brindar a los pacientes el tratamiento adecuado y digno; de proveer los insumos necesarios y la protección debida a todo el personal sanitario que estaba en la primera línea y falleció, dando por resultado que sea México el país del mundo que presenta el mayor número de muertos por COVID-19 en esa área angular y básica de la salud pública. 

       Ejemplo uno. En la página 24 dice la doctora Laurie: “Hoy sabemos que COVID-19 no es una enfermedad respiratoria, sino un síndrome microvascular.” Pero en la página 164 resulta que sí es una enfermedad respiratoria, pues apunta (y añade el plus): “Hoy sabemos que COVID-19 es un síndrome sistémico microvascular, no sólo una enfermedad respiratoria, y produce daños en órganos y tejidos, que finalmente pueden resultar en la muerte.”

       Ejemplo dos. En la página 19 anota: “El 27 de febrero [de 2020], en México se confirmó el primer caso de COVID-19.” Y en la página 95: “los dos primeros casos de COVID-19 en México se dieron a conocer el 28 de febrero de 2020 en Ciudad de México.”

       Ejemplo tres. Entre las páginas 21 y 22 apunta (observe el paciente lector el patético cantinfleo del subsecretario Hugo López-Gatell, pues es él quien parlotea en la transcripción entrecomillada por ella):

      “Para marzo [de 2020] era claro que el discurso y las decisiones en torno a la pandemia en nuestro país adoptaban cada vez tintes más político-demagógicos que académico-científicos: ‘Vamos a suponer que tenemos una escuela de mil niños, nadie está infectado y de repente, de esos mil, un niño tiene la infección; si yo cierro la escuela en ese momento, voy a tener un efecto positivo, porque estoy evitando que un niño contagie a 999 niños. Si yo, en lugar de cerrar la escuela en ese momento, me espero a que la escuela tenga, por ejemplo, 10 niños infectados, puedo cerrar la escuela y esa medida aplicada a 10 contra 990 es más efectiva que si la cierro cuando es solo uno contra 999. Si me espero aún más y tengo, por ejemplo, 100 niños infectados, es todavía más efectiva la intervención, porque estoy evitando que 100 tienen una mayor fuerza de infección [sic], así se llama técnicamente, para contagiar a los 900 restantes, y así sucesivamente hasta llegar a un punto en donde llego a la máxima utilidad de la intervención y es cuando un volumen muy grande, vamos a pensar 400 niños, tienen la fuerza de 400 para infectar a los 600 que restan, esa sería la máxima utilidad de la infección.’

     

Detalle de la cuarta de forros

       “López-Gatell dijo lo anterior en la conferencia de prensa del 14 de marzo de 2020. Lo escuché por televisión durante la transmisión en vivo.

       “Su explicación contradecía los principios básicos de la contención epidemiológica de las enfermedades transmisibles y evidenció la estrategia que el gobierno mexicano había emprendido para enfrentar la pandemia, misma que habría de sentenciar la vida [de] más de 134368 personas —en cifras oficiales— al cierre de este texto. Cuatro días atrás, la Organización Mundial de la Salud (OMS) había declarado la expansión de COVID-19 en el mundo como una pandemia.”

       

Tedros Adhanom Ghebreyesus
Director General de la OMS

        O sea: según reporta la doctora Laurie: la OMS, tardíamente, declaró la pandemia el 10 de marzo de 2020. Fecha que reitera en la página 171 al apuntar: “el 13 de marzo, cuando la OMS hacía apenas tres días que había decretado la pandemia mundial”. Pero en la página 69 dice que fue el 11 de marzo, pues apunta: “Para el 25 de marzo, apenas 14 días después de la declaración tardía de pandemia por parte de la OMS, Italia registraba 7527 víctimas fatales y 74349 casos.” No obstante, en la página 47 había optado por “el 9 de marzo”: “Un mes después del aviso por parte de las autoridades chinas, con casos reportados en cuatro continentes, la OMS finalmente declaró la emergencia, pero no fue hasta el 9 de marzo cuando decidió declararla oficialmente pandemia; habían ya más de 110 países que en conjunto reportaban alrededor de 113000 casos y cerca 4000 defunciones.”

      Ejemplo cuatro. Entre las páginas 99 y 100 apunta: “Para que quede claro: como lo grafica un artículo de El Financiero, ‘las industrias que regula Cofepris producen todo aquello que ingerimos, tomamos, nos untamos, nos aplicamos, inhalamos; es decir, todo lo que entra de una u otra manera a nuestro organismo. Esta industria tiene su propio peso dentro de la producción económica de país. En años anteriores se ha estimado que los sectores industriales que regula el organismo sanitario representan el 10% del producto interno bruto (PIB) de México’.” Cita cuyo pie de página es el número 32; no obstante, en la página 260 el número 32 remite a una página web de El Economista, no de El Financiero.

      Vale resaltar que el preludio de tal cita es la crítica que la doctora Laurie formula en torno al hecho de que, frente al cuestionamiento mediático que polemizaba sobre la desatinada gestión del subsecretario López-Gatell, el Peje, en lugar de destituirlo o de exigirle un cambio certero y eficaz que pusiera punto final a sus erradas y erráticas estrategias, decidió empoderarlo aún más. Lo cual está en la lógica autoritaria, ególatra, caprichosa (el Tren Maya, el Aeropuerto Felipe Ángeles, la Refinería Dos Bocas, la remodelación del estadio de beisbol en Palenque para el equipo de su hermano Pío), antidemocrática y concentradora del poder supremo que caracteriza al populista, aldeano, misógino, machista y demagogo presidente de México, proclive al monopolio y manipulación de todos los poderes subalternos y paralelos, y no sólo al retrógrado regreso y monopolio estatal de las arcaicas y encarecidas energías sucias y fósiles. En este sentido, apunta la doctora Laurie en la página 99:

      “El nombramiento de López-Gatell como máximo responsable de conducir al país durante esta tormenta, que es la de COVID-19, no sería nepotismo. Es verdad que el niño mimado de López-Obrador no se cansa de adular en público a su jefe —en realidad, el único que tiene, pues Alcocer Varela [el afásico secretario de Salud de México] es a todas luces un secretario fantasma—. A diferencia del doctor Anthony Fauci, su par estadounidense que varias veces y en forma pública ha contradicho a su jefe, el ahora expresidente Donald Trump, López-Gatell permanece sin chistar, pues en apariencia el pacto que hizo fue el siguiente: obedecer ciegamente al presidente a cambio de obtener favores y ascensos.

      

El Peje y su cuate Hugo López-Gatell

       “Prueba de ello es que, en agosto [de 2020], Andrés Manuel López Obrador [alias el Peje] le cedió a la subsecretaría de López-Gatell el control de 13 unidades administrativas y órganos desconcentrados de la SSA [Secretaria de Salud], entre los que destacan la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) y la Comisión Nacional contra las Adicciones (Conadic). Que hoy el subsecretario de prevención y promoción de la salud esté a cargo de la Cofepris, un órgano hasta agosto independiente y hoy degradado, lo convierte en uno de los funcionarios más poderosos del actual gobierno.”

        Ejemplo cinco. En la página 229, dentro del subcapítulo “Los errores de la OMS”, apunta la doctora Laurie Ann Ximénez-Fyvie dirigiéndose a un lector plural:

        “En caso de que no lo recuerden, vuelvo a citar la primera parte del documento [‘Un mundo en peligro. Informe anual sobre preparación mundial para las emergencias sanitarias’, elaborado por la OMS y difundido en ‘septiembre de 2019’]: ‘Nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi 5% de la economía mundial.”

     

Dra. Laurie Ann Ximénez-Fyvie

        Quizá no es la intención de la doctora Laurie, pero me parece que trata al lector de marras con cierta soberbia, dando por hecho que es un pobre desmemoriado que lee cabeceando o echándose un coyotito entre las páginas, casi como el clásico aquel, que en la feria de Guadalajara, rebuznó que La silla del águila era de Krauze; o aquel otro que, dándoselas de “muy leído”, dizque citó a José Luis Borgues. Ese pasaje, tal cual, se lee primero en la página 81 con el siguiente añadido del mismo informe de la OMS que cita la doctora: “Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizadas. El mundo no está preparado.”

       Tal fragmento la doctora Laurie lo cita en el subcapítulo “Nadie escucho las alarmas” (p. 79-82). Y según mi experiencia de lector ese subcapítulo se torna indeleble (o memorable y ubicable en su libro) porque allí alude tres advertencias (que nadie oyó) sobre la inminencia de una catastrófica pandemia a escala mundial. Me parece que la mayor gravedad de la paradójica sordera (sin excluir al subsecretario Hugo López-Gatell) recae en la propia OMS, pues es un organismo científico, dependiente de la ONU, que éticamente vela por la salud y sobrevivencia del género humano que habita e infesta la aldea global. De ahí que la doctora apunte, en la página 81, antes del citado fragmento: “en septiembre de 2019, es decir, muy poco antes de que se detectara el primer brote en Wuhan, la misma Organización Mundial de la Salud emitió un grito que pocos oyeron”. Pero años antes hubo otro vaticino, casi de hollywoodense y restringido top secret, pues según reporta la doctora Laurie: “Como indica el periodista Ignacio Ramonet, hubo otra alerta, en 2017, en un informe elaborado por el Pentágono y destinado al presidente de Estados Unidos, Donald Trump.” De ese impresentable y obtuso presidente (inculto, mentiroso, tramposo, gandalla, culocéntrico y racista) se puede inferir que lo desdeñó tras saber de él a priori. De ahí que no sorprenda que al ver el voraz aumento de muertes y la multitudinaria propagación del apostrofado por él de vairus chainís, haya rebuznado ante los medios que era “algo que nadie esperaba”. (Sorprendentemente, el pasado viernes 26 de febrero de 2021, en el noticiero de las 8 pm del canal televisivo de El Financiero Bloomberg, al conmemorar el primer aniversario del primer caso en México de un enfermo de COVID-19, la periodista Sofía Villalobos dijo, también, “que nadie lo vio venir”, que era “algo que nadie esperaba”.) En este sentido, creo que vale la pena transcribir (para todo el disperso orbe de habla hispana que navega por la web) los fragmentos del subcapítulo “Nadie escuchó las alarmas”, donde la doctora Laurie comenta y reseña lo que parece fue (y quizá es) la primera advertencia del inminente y cercano arribo de una pandemia a escala planetaria:

        “En Estados Unidos, el primer deceso por COVID-19 se produjo el 29 de febrero de 2020, cerca de Seatle. Hacía casi tres meses que la epidemia había estallado en Wuhan y velozmente había saturado el sistema hospitalario de China primero y luego de varias naciones europeas; o sea, en Estados Unidos hubo tiempo para prepararse.

       

Páginas 80-81 de Un daño irreparable (Planeta, 2021)

       “Donald Trump, por ejemplo, no dudó en afirmar repetidas veces —cuando ocurrieron en su país las primeras muertes por coronavirus, meses después de China o Europa— que ‘nadie sabía que habría una pandemia o una epidemia de esta proporción’, y que se trataba de ‘un problema imprevisible’, ‘algo que nadie esperaba’, ‘surgido de ninguna parte’.

      “¿Pero realmente nadie esperaba esta pandemia? ¿No hubo forma de anticiparla?

       “Tristemente sí.

        “Hubo varias advertencias e informes provenientes de organismos de distinto tipo, empezando por la que emitió en 2009 —sí, leyeron bien, 2009— el National Intelligence Council (NIC), la oficina de anticipación política de la CIA. Aquel año, ese organismo de inteligencia publicó el reporte Global Trends 2025: A Transformed World, basado en estudios realizados por más de 2000 expertos de universidades de 35 países. Un megainforme que luego se convirtió en libro y que desde 2010 se consigue en Amazon por poco más de 400 pesos, más envío. Increíble, ¿no?

       “Más increíble aún es lo que contiene ese reporte respecto a las tendencias en temas que moldearán y afectarán a todo el planeta para 2025: migración, terrorismo, alimentos y agua, cambio climático, energía, ascenso de la clase media global, economía, urbanización. En efecto, en la página 95 se alerta sobre algo que provocaría una especie de madre de todas las pandemias: ‘La aparición de una enfermedad respiratoria humana nueva, altamente transmisible y virulenta para la cual no existen contramedidas adecuadas, y que se podría convertir en pandemia global’.

       “El libro alertaba, además, de que ‘la aparición de una enfermedad pandémica depende de la mutación o del reordenamiento genético de cepas de enfermedades que circulan actualmente, o de la aparición de un nuevo patógeno en el ser humano que podría ser una cepa de influenza aviar altamente patógena como la H5N1, u otros patógenos, como el SARS-CoV-1, que también tiene ese potencial’.”

       

Dra. Laurie Ann Ximéz-Fyvie

        Ejemplo cinco. Puede ser, pero no imagino a un romo pejezombi, renuente al uso del cubrebocas (y por ende seguidor a ultranza de las necias posturas del Peje y del subsecretario López-Gatell), leyendo el presente libro de la doctora Laurie Ann Ximénez-Fyvie. No lo veo, además, gastando $298.00 para comprarlo y atesorarlo en su biblioteca personal o familiar. Me parece que el lector promedio de su libro no es ese previsible estereotipo, sino aquel que ya tiene, con antelación, una postura crítica y cuestionadora ante La criminal gestión de la pandemia en México y por ende usa, motu proprio, el cubrebocas y observa, día a día, las consabidas medidas higiénicas y de “sana distancia”, y el doméstico uso del oxímetro y del termómetro. Desde luego que no resulta inaceptable y baladí la reiterada defensa que la doctora Laurie hace del uso del cubrebocas; pero sí parece chocante, y fuera de sitio (con falta de respecto al lector que compró su libro), que entre las páginas 184 y 186 (o sea: muy avanzada la lectura) se le suba el tepache y adopte un papel de regañona mamá de los pollitos del octavo día y vocifere y vuelque una jocosa e hilarante diatriba para que, ya por fin, los necios (entre los mil y un necios de nunca acabar) se enteren y usen el cubrebocas. Truena la doctora Laurie en el salón de clases ante los demudados alumnos que no aprueban ni de panzazo y sacan cero en conducta:

     


         “Y si hay quien todavía tenga dudas sobre la utilidad de este pedazo de tela que se sujeta de las orejas, diré lo siguiente: a estas alturas no me voy a tomar el tiempo de escribir un tratado sobre la utilidad de los cubrebocas para el control de las infecciones, porque me parece una verdadera necedad.

      “Mejor les hago algunas preguntas para que ustedes las contesten solos y saquen la conclusión que, desde un inicio, debería haber sido obvia e intuitiva para todos. Si los cubrebocas/mascarillas no sirven para controlar la transmisión de las infecciones,

        “1. ¿Por qué un cirujano que realiza —digamos— una cirugía rutinaria, como podría ser una colecistectomía por laparoscopía, se coloca un cubrebocas en el quirófano? (aquí la intención es proteger a quien no porta el cubrebocas, es decir, el paciente).

        “2. ¿Por qué, desde hace décadas, uno de los dogmas centrales para el control de infecciones durante la realización de cualquier procedimiento odontológico es la utilización de cubrebocas por parte del clínico? (aquí la intención es proteger tanto a quien porta el cubrebocas como a quien no lo porta: paciente y clínico).

       “3. ¿Por qué una de las indicaciones principales que se hace a los pacientes seriamente inmunocomprometidos, cuando tienen que deambular por donde hay otras personas, es que se coloque un cubrebocas? (aquí la intención es proteger a quien porta el cubrebocas).

       “¿Todavía son tan ingenuos como para pensar que, en la OMS, como en cualquier otra gran institución u organismo —incluyendo la Iglesia católica, la ONU y todas las demás—, en donde existen jaloneos de poder, todos los que toman decisiones son querubines, discípulos de la madre Teresa de Calcuta, y que no predominan los intereses económicos y políticos muchas veces por encima de cualquier otro?

      “¿Necesitan que ‘papá López-Gatell’ les dé luz verde y autorización para protegerse a ustedes mismos, a sus familiares y a la gente que los rodea de una enfermedad que los puede matar? ¿Acaso el afán por la obediencia rebasa el sentido común?

   “¿Requieren que alguien —yo o quien sea— les escriba un tratado sobre el tema para tener un ‘arma’ que les permita justificar el uso de medidas preventivas, que de antemano saben que son efectivas, con tal de esquivar las posibles críticas de una multitud de ignorantes? ¿Acaso el temor al ‘oso’ supera el instinto de supervivencia?

      “Contéstense las preguntas anteriores y, si después les queda alguna duda de lo que opino sobre el uso generalizado de los cubrebocas por parte de toda la población que deambula fuera de sus hogares, entonces mándenme un mensaje para que se los explique con dibujitos.”

       Curiosamente, y pese a su airado y chistoso discurso de dogmática bolchevique defensora del uso y utilidad del mentado cubrebocas, en un despiste y exceso de confianza se lo quitó para conversar y debatir, en grupo, en un programa en vivo (en YouTube) conducido por la periodista Adela Micha, y por ende se contagió del virus SARS-CoV-2 y padeció los síntomas de la COVID-19, e incluso llegó a necesitar un tanque de oxígeno y pensó en la fóbica cercanía de la muerte, dado que, con 51 años, padece de obesidad y de esclerosis múltiple (y por ello utiliza unas muletas para moverse), según lo narra en el “Epílogo” de su libro.

        

Los cuatro jinetes del Apocalipsis:
el Peje, el fantasma, Gatell y Ebrard

          En contrate con toda la crítica y el cuestionamiento que hace sobre las paradójicas declaraciones y la errada tarea del subsecretario Hugo López-Gatell, incluido el presidente de México y el canciller Marcelo Ebrard cuando desatinadamente cantó “¡Misión cumplida!” ante el arribo de las insuficientes vacunas y de las que luego no llegaron, la doctora Laurie Ann Ximénez-Fyvie alude y elogia las gestiones, con reconocibles resultados, emprendidas por varias mujeres de la aldea global: Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán; Jacinta Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda; Angela Merkel, canciller de Alemania; y Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno de Ciudad de México, de quien apunta:

       “En relación con el manejo de la pandemia, la física e ingeniera, que también es investigadora de la UNAM, ha tratado de hacer las cosas mejor que el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud. Ha implementado medidas sencillas, mínimas, las cuales, para las dimensiones de esta tragedia, deben ser reconocidas pero no aplaudidas. Hablo, por ejemplo, del cubrebocas. Sheinbaum se lo puso desde el inicio de la pandemia. De hecho, es una de las pocas dirigentes en México que lo ha usado consistentemente en público.

     

Claudia Sheinbaum
Jefa de Gobierno de Ciudad de México

        
“Sólo se lo quitó una vez ante las cámaras, cuando estaba frente al presidente de la nación. Mal hecho. Pero, ante la indolencia y el cinismo de López-Gatell, estamos frente a una funcionaria que se ha tomado más en serio su vocación de servir a la sociedad.”

        Vale añadir, no obstante, que a Claudia Sheinbaum también le observa fallos estratégicos y proyectos no del todo concretados, como son el plan de las pruebas diagnósticas, la localización y seguimiento de los probables infectados, y las insuficientes medidas para lograr la contención y mitigación de la pandemia.

        En una entrevista a tres bandas en La Silla Roja, programa televisivo de El Financiero Bloomberg, la doctora Laurie Ann Ximénez-Fyvie habló de una posible segunda parte de su libro. Ojalá lo haga, pues además de que siempre es relevante oír los argumentos de una voz autorizada y crítica que piensa de manera oral y escrita, la historia del COVID-19 en México, con sus trágicos y escandalosos números rojos, aún está en curso; y todo indica que en esos cáusticos menesteres el Peje y el subsecretario Hugo López-Gatell no son, ni serán, los héroes de la patria ni de la llamada, con demagogia, 4T. 

 

Laurie Ann Ximénez-Fyvie, Un daño irreparable. La criminal gestión de la pandemia en México. Editorial Planeta Mexicana. México, enero de 2021. 264 pp.

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 Laurie Ann Ximénez-Fyvie charla con Adela Micha.

Enlace a la plataforma COVID-19: Salvemos con ciencia (ONG).

Historias de mujeres




Entre evanescentes costillas

En Historias de mujeres, cuya primera edición en Alfaguara data de noviembre de 1995, la española Rosa Montero (Madrid, enero 5 de 1951), periodista y narradora, ha reunido una serie de esbozos biográficos o retratos de mujeres, previamente publicados por entregas en El País Semanal, revista de El País, periódico de España que circula en la Ciudad de México y en algunos puntos de la provincia mexicana, como es el caso de Xalapa, capital del estado de Veracruz. Si la revista limitó la extensión de sus escritos, en el libro fueron ampliados, pero la iconografía, rica y a color en las primeras versiones, se constriñó, en blanco y negro, a una página por texto. 

(Alfaguara, 5ª ed., Madrid, 1996)
Rosa Montero
      
       Enmarcados por un prólogo y un epílogo, Rosa Montero, con afán sintético, boceta en 15 ensayos la vida y obra de Agatha Christie, Mary Wollstonecraft, Zenobia Camprubí, Simone de Beauvoir, Lady Ottoline Morrell, Alma Mahler, María Lejárraga, Laura Riding, George Sand, Isabelle Eberhardt, Frida Kahlo, Aurora y Hildegart Rodríguez, Margaret Mead, Camille Claudel, y las hermanas Brontë. Si en todas estas historias se da por supuesto que hay un trasfondo de documentada investigación (de ahí la bibliografía al pie de cada texto, entre los párrafos e incluso al pie del prólogo), también es cierto que a través de los sesgos subjetivos de la autora sus bocetos se leen como cuentos, sin duda aderezados con buenas dosis de leyenda, chisme y mitificación, pero sobre todo por su amenidad para matizar y narrar. Por ejemplo, de Margaret Mead (1901-1978), controvertida antropóloga que revolucionó su especialidad, dice: “Desde que en 1960 se rompiera una pierna, Margaret llevaba siempre consigo una larga horquilla de castaño. Viéndola en las fotos de esa época, redonda y pigmea hasta lo inverosímil y blandiendo su primitiva vara, la antropóloga parece un personaje de cuento de hadas: un gnomo, una bruja gruñona pero bondadosa, una hechicera arcaica. Una criatura no del todo humana, en cualquier caso, a medio camino entre el chiste y la leyenda.” De María Lejárraga (1874-1974), otro ejemplo, que fue la fiel y cornuda esposa de un famoso dramaturgo español de principios del siglo XX y a quien ella le escribía los libretos, ensayos y artículos que él firmaba y explotaba, apunta: “A los veintitrés años se echó su primero y último novio: Gregorio Martínez Sierra, el hijo de un vecino, un renacuajo de diecisiete años raquítico y tuberculoso (cinco de sus hermanos murieron del bacilo), un chico feísimo, él sí, cabezón, sin barbilla, las orejas desparramadas y todo el aspecto de un ratón. Pero le gustaba el teatro, y escribir poemas, y la literatura.”

Margaret Mead
María Lejárraga
     
        Pero también Rosa Montero, de manera intextricable, vierte una serie de datos y reflexiones de índole feminista (antifalocéntricas, pero no androfóbicas), un conjunto de bosquejos históricos y reivindicatorios de la situación y del papel de la mujer a través del tiempo y de la historia, a lo que se añade una serie de personales puntualizaciones que dan indicios de sus perspectivas e idiosincrasia. Por ejemplo, en un momento dice: “¿Quién podría hoy creer, en su sano juicio, que la literatura sirva para salvar el mundo, o siquiera que el mundo pueda ser susceptible de ser salvado de ningún modo?” O en otro: “el amor, en cualquier caso, consiste en cegarse ante el engaño y en ver al otro no como en realidad es, sino como dice ser, en su representación (igual que una actriz, igual que un actor) del papel que le adjudican nuestros deseos.” Esto ocurre en el prólogo y en el epílogo, en los textos donde habla de mujeres destacadas capaces de ser ellas mismas y contra viento y marea, como son los polémicos y legendarios casos de Agatha Christie, Simone de Beauvoir, George Sand, Margaret Mead, Frida Kahlo y Mary Wollstonecraft. 

Agatha Christie
Simone de Beauvoir
George Sand
Frida Kahlo
Foto: Manuel Álvarez Bravo
Mary Wollstonecraft
Isabelle Eberhardt
Zenobia Campubrí
Zenobia Campubrí y Juan Ramón Jiménez
Laura Riding
Camille Claudell
Lady Ottoline Morrell
Emily Brontë
Las hermanas Brontë
Alma Mahler
  
    Y desde luego, en los casos de las singulares mujeres cuyos destinos resultaron truncos, dolorosos y trágicos; tal es caso de la citada María Lejárraga; el de Isabelle Eberhardt (1877-1904), políglota de ascendencia rusa, incipiente escritora, musulmana conversa en busca de su fanático martirio, de equívocas y oscuras actividades en el norte de África, muerta en la miseria y con el cuerpo roído por la sífilis y el paludismo; el de Zenobia Camprubí (1887-1956), la mujer y musa de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), capaz de anularse a sí misma con tal de cumplir con las manías, caprichos y mezquindades de su dueño y señor; el de Frida Kahlo (1907-1954), sorprendida en 1918 por “un golpe en el pie derecho que le causa una atrofia ligera” y por la polio que la arroja a la cama durante nueve meses, y más tarde por el legendario accidente de 1925 y su larga, torturante y complicada secuela; el de Mary Wollstonecraft (1759-1797), narradora, demócrata, liberal y feminista enfrentada a las discriminaciones y miserias antepuestas por los atavismos sociales y machistas de su tiempo, quien antes de morir dio a luz a Mary Shelley (1797-1851), la famosa autora de Frankenstein (1816); el de Hidelgart Rodríguez (1915-1933), niña prodigio educada y asesinada de tres balazos por Aurora (1880-1955), su megalomaniaca y posesiva madre, cuyo patético declive, en la cárcel y en el manicomio (donde estuvo entre 1935 hasta su muerte), la autora también bosqueja; el de Laura Riding (1901-1991), cuyo delirio de bruja y sibila sedujo y arrastró a una cohorte de diocesillos bajunos (“escritores, pintores, fotógrafos”), entre ellos Robert Graves (1895-1985), quien le sirvió de perro y fiel lacayo en la legendaria casita de Deyá, en la isla de Mallorca (“le llevaba todos los días el desayuno a la cama, le liaba los cigarrillos, le hacía los recados, la inundaba de regalos”), pero a la que no obstante le dedicó La Diosa Blanca (1948), dizque inspirado en ella, diciendo en el epílogo: “Ningún poeta adquiere conciencia de la Musa sino por medio de su experiencia con una mujer en la que la Diosa reside hasta cierto punto”; el de Camille Claudel (1864-1943), hermana de Paul Claudel (1868-1955), siempre a la sombra de Auguste Rodin (1840-1917), confinada a la pobreza, a la pérdida y dispersión de su obra escultórica, a la falta de reconocimiento, al olvido y al manicomio durante 30 años, donde murió; el de Lady Ottoline Morrell (1873-1937), anacrónica y dieciochesca mecenas cercana no sólo al grupo de Bloomsbury, mal entendida y despreciada por sus agraciados y coterráneos, pese a la devoción de Bertrand Russell (“fue fundamental para la vida y obra del premio Nobel”), quien terminó solitaria, con su fortuna extinguida, y el rostro desfigurado tras una torpe operación de un cáncer en la cara que le descubrieron a los 55 años; el de Emily Brontë (1817-1848) y su novela Cumbres borrascosas (1847), destinada, por los siglos de los siglos, a atrer mil y un lectores de todos los calibres e idiomas, y por extensión a la lectura y relectura de la vida, obra y avatares de los miembros de su familia; el de Alma Mahler (1879-1964), que se negó por siempre jamás como pianista y compositora ante las obtusas exigencias de Gustav Mahler (1860-1911), su marido durante una década (de 1901 hasta la muerte de éste): “...¿Cómo te imaginas la vida matrimonial de un hombre y una mujer que son los dos compositores?”, le pregunta Gustav Mahler en el fragmentario fragmento de una carta de antología que contiene una serie de risibles y obsolescentes “razones” que Rosa Montero, con exultante espíritu crítico y deportivo, discute y combate una y otra vez a lo largo del libro: “¿Tienes alguna idea de lo ridícula y, con el tiempo, lo degradante que llegaría a ser inevitablemente para nosotros dos una relación tan competitiva como ésa? ¿Qué va a ocurrir si, justo cuando te llega la inspiración, te ves obligada a atender la casa o cualquier quehacer que se presentara, dado que, como tú has escrito, quisieras evitarme las menudencias de la vida cotidiana? ¿Significaría la destrucción de tu vida [...] si tuvieras que renunciar a tu música por completo a cambio de poseerme y de ser mía? [...] Tú no debes tener más que una sola profesión: la de hacerme feliz. Tienes que renunciar a todo eso que es superficial (todo lo que concierne a tu personalidad y tu trabajo). Debes entregarte a mí sin condiciones, debes someter tu vida futura en todos sus detalles a mis deseos y necesidades, y no debes desear nada más que mi amor.”

Rosa Montero


Rosa Montero, Historias de mujeres. Iconografía en blanco y negro. Extra Alfaguara. 5ª edición. Madrid, abril de 1996. 248 pp.


El Paraíso en la otra esquina



 El lobo y la santa 


Para pergeñar su magistral novela El Paraíso en la otra esquina (Alfaguara, 2003), el peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936) estudió y asimiló varias biografías de Paul Gauguin (1848-1903) y de Flora Tristán (1803-1844), abuela materna del pintor, e incluso visitó y deambuló por rincones y vestigios clave en el itinerario de sus protagonistas: Francia, Londres, Arequipa, Lima, Tahití, las islas Marquesas, etcétera; periplo convertido en crónica fotográfica por su hija Morgana Vargas Llosa: Las fotos del paraíso (Alfaguara, 2003), con un texto de Mauricio Bonnett, y que estuvo expuesta en la Casa de América, el Palacio de Linares en Madrid, entre el 29 de marzo y el primero de mayo de 2003.
(Alfaguara, 2003)
       
Fotos: Morgana Vargas Llosa
         Basado, además, en una implícita investigación bibliográfica que contextualiza los entornos, los usos, los hábitos, las costumbres, las idiosincrasias, las ideologías y los movimientos político-sociales decimonónicos que aborda (como el cartismo inglés y las sectas derivadas de Saint-Simon y de Charles Fourier), en fechas, nombres y datos históricos, y en episodios y lugares legendarios, Mario Vargas Llosa imagina con fluidez y seducción los últimos períodos de la triste, dramática y vertiginosa vida de sus dos personajes y los intrincados hechos anteriores que los sustentan.

Así, en un conjunto de XXII capítulos alternos (que conforman dos novelas paralelas en una misma novela) el narrador desarrolla y contrasta las antagónicas semblanzas de Paul Gauguin y de Flora Tristán.
Paul Gauguin (París, c. 1895)
     
Flora Tristán
(1803-1844)
         En “La odisea de Flora Tristán”, un ensayo que Mario Vargas Llosa firmó en “Marbella, julio de 2002” y que se puede localizar en la web y leer en el Diccionario del amante de América Latina (Paidós, 2005), antología de Mario Vargas Llosa coordinada por Albert Bensoussan, el novelista dice que Stéphane Michaud (“profesor de literatura comparada en la Sorbona, presidente de la Sociedad de Estudios Románticos del Diecinueve y autor, recientemente, de un libro notable sobre Lou Andreas-Salomé, que conjuga la erudición con la claridad expositiva y la amenidad”, y de “Flora Tristán. La Paria et son rève, la cuidadosa edición de su correspondencia”) “es probablemente el mejor conocedor de la vida y la obra de Flora Tristán, que rastrea desde hace años con obstinación de sabueso y ternura de enamorado. Sus estudios sobre ella y los coloquios que ha organizado en torno a su gesta intelectual y política han contribuido de manera decisiva a sacar a Flora Tristán del injusto olvido en que se hallaba, pese a esfuerzos aislados, como el admirable libro que escribió sobre ella, en 1925, Jules Puech.”

(Alfaguara, México, 2003)
     Pero El Paraíso en la otra esquina, en el ámbito de la lengua española (y quizá en otros idiomas), también ha tenido la virtud de desempolvar y revitalizar lo que de histórico y precursor implica la vida y la obra de Flora Tristán, normalmente omitida por los estudiosos de las utopías del siglo XIX, de la génesis de las ciencias sociales, de la historia del movimiento obrero y de la reivindicación de los derechos de la mujer y de los niños, como bien lo indica el libro impreso en México por Editorial Colibrí: Mi vida (2003), cuyo sonoro y publicitario subtítulo: De París al Perú: el viaje iniciático de la precursora del feminismo moderno, alude el autobiográfico y cáustico libro que le brindó cierta celebridad entre la intelligensia parisina de la época: Peregrinaciones de una paria (1838).



Mario Vargas Llosa leyendo el diario de Flora Tristán
Foto: Morgana Vargas Llosa
   

        En lo que concierne a las vicisitudes, a las menudencias de su delirio mesiánico y redentor y a los detalles de la vida, de los libros y la personalidad de Flora Tristán, en El Paraíso en la otra esquina, pese a que su prédica empezó en la capital francesa el “4 de febrero de 1843” ante “un grupo de trabajadores parisinos”, su último trecho, con una bala cercana al corazón y con la salud paulatinamente mermada, comienza el “12 de abril de 1844”, que es cuando inicia su gira por pueblitos, puertos y ciudades del sur de Francia, con el fin de inocular y propagar entre los obreros y artesanos el ideario de su doctrina-manifiesto: La Unión Obrera (editado en París en junio de 1843) —que antecede a la edición del Manifiesto del Partido Comunista (“publicado por primera vez en Londres en febrero de 1848”)— y la formación seminal de una serie de comités de la Unión Obrera, que según supone Flora, traerá, con una revolución pacífica de filiación cristiana (pero no católica), bienestar, trabajo, educación, salud, justicia y seguridad en la vejez a los miserables inscritos en los Palacios Obreros. Y concluye el 14 de noviembre de 1844, día en que acaba de agonizar en la casa de Charles y Elisa Lemonnier, sus protectores sansimonianos, a partir de que “el nefasto 24 de septiembre de 1844” perdiera el conocimiento durante el concierto que el compositor y pianista Franz Liszt daba en el Grand Théâtre de Burdeos.  
Paul Gauguin, dos amigos y la javanesa
(París, c. 1893-1894)
       Por su parte, el último trayecto de la vida del pintor Paul Gauguin, repleto de excesos, locuras, contradicciones, quimeras, padecimientos de la sífilis y de su cojera y de ciertos pasajes en los que el lector lo ve pintar e introducirse en varios de sus famosos cuadros que se pueden cotejar en un libro iconográfico o en páginas de la web —por ejemplo: Nevermore (1897), Manao Tupapau (1892), La visión tras la prédica (1888) y Vicent van Gogh pintando girasoles (1888)—, empieza “el amanecer del 9 de junio de 1891”, día que desembarca en Papeete, en Tahití; y termina con su muerte, acaecida el 8 de mayo de 1903, en Atuona, diminuta isla de las Marquesas, en cuya tumba, además de colocar una flor roja a los pies, Mario Vargas Llosa se sentó a escribir notas (“con esa máscara de infinita concentración y pocos amigos que asume cuando escribe”), según lo ilustra una de las fotos a color tomadas por su hija Morgana, nacida en Barcelona, en 1974, y que desde 1996 se ha desempeñado como fotógrafa en distintos ámbitos (incluso bélicos) y medios impresos, como El País, El País semanal, Paris Match, Caretas, Gente y Gato pardo.



Mario Vargas Llosa en la tumba de Paul Gauguin
Foto: Morgana Vargas Llosa


Morgana Vargas Llosa
        Si la construcción del fraterno paraíso obrero para Flora Tristán implicaba su papel mesiánico, la congruencia entre sus ideas y sus actos y la entrega total (de ahí que ante Olimpia Maleszewska renuncie a las delicias del amor lésbico y no obstante a que desatiende sus responsabilidades de madre frente a su hija Aline, quien sería la madre de Paul), el paraíso del pintor es una visión individualista, egocéntrica, hedonista y erótica que pretendía encontrar, idealizando, mitificando y autoengañándose, en un ámbito salvaje, primigenio y virginal, donde el supuesto anquilosamiento del arte del viejo Occidente y los atavismos de la idiosincrasia europea no hubieran hecho mella, mismo que fantaseando empezó a buscar en Pont-Aven y luego a soñar durante su tensa y malhadada convivencia con Vincent van Gogh en La Casa Amarilla, en Arles, entre octubre y diciembre de 1888. 

 
Vincent van Gogh pintando girasoles (1888)
Óleo sobre lienzo de Paul Gauguin
      Y si en Panamá y en la Martinica se tropezó con experiencias y enfermedades que lo volcaron de nuevo a Europa marcado para siempre, tanto en Tahití como en Atuona sobran los claros indicios de que ese entorno “salvaje” no era tal. Gauguin debió haberlo supuesto, pues la Polinesia, pese a la lengua, a la cultura, a lo desinhibido y a los vicios de los indígenas maoríes, era una colonia de la monarquía francesa ya minada por el gobierno de la metrópoli y por las costumbres de Europa y por la moral y las creencias de las misiones católicas y protestantes. Sin embargo, si en un momento se desencantó de Tahití y supuso que en las islas Marquesas estaban los verdaderos maoríes en estado salvaje, semidesnudos y conocedores de los antiguos dioses, de los ritos de la antropofagia y de los arcanos de los tatuajes, cuando ya está en sus últimos momentos, también desilusionado de la isla de Atuona, sentenciado a tres meses de cárcel y 500 francos de multa, semiciego e inválido, con las piernas llagadas y pestilentes y sometido a la inconsciencia o semiinconsciencia a la que lo sumergía la morfina, fantasea o alucina que lo que buscaba está en el idilio nipón: “A veces, se veía, no en las islas Marquesas, sino en Japón. Allí debías haber ido a buscar el Paraíso, Koke, en vez de venir a la mediocre Polinesia. Pues, en el refinado país del Sol Naciente todas las familias eran campesinas nueve veces al año y todas eran artistas los tres meses restantes. Pueblo privilegiado, el japonés. Entre ellos no se había producido esa trágica separación del artista y los otros, que precipitó la decadencia del arte occidental. Allí, en Japón, todos eran todo: campesinos y artistas a la vez. El arte no consistía en imitar a la Naturaleza, sino en dominar una técnica y crear mundos distintos del mundo real: nadie había hecho eso mejor que los grabadores japoneses.”

Manao tupapau  (1892)
Óleo sobre lienzo de Paul Gauguin

 
Nevermore  (1897)
Óleo sobre lienzo de Paul Gauguin
  Y más aún, en la secuencia de sus moribundas cavilaciones de morfinómano “lobo en el bosque”, de “lobo sin collar” (según decía él, pero nunca dejó de comulgar y depender de Europa y de sus atavismos e idiosincrasia europea), colige que no logró ser “un salvaje cabal”, pues pese a su efímero y secreto encuentro sodomita con Jotefa, “el leñador de Mataiea”, quien era un mahu, un hombre-mujer que utilizó de modelo para su cuadro Pape moe (1893), concluye que debió aparearse y hacer su mujer a un individuo de tales hermafroditas características.

Pape moe (1893)
Óleo sobre lienzo de Paul Gauguin


Mario Vargas Llosa, El Paraíso en la otra esquina. Alfaguara. México, 2003. 488 pp.



lunes, 15 de febrero de 2021

Redburn. Su primer viaje

Dios les ha dado derecho a venir

 

I de V

Editada por Alba Editorial, en abril de 2008 apareció en Barcelona la traducción al español que Miguel Temprano García hizo de Redburn, la tercera novela del escritor norteamericano Herman Melville (1819-1891). Según apunta el traductor en su “Nota al texto”, la edición londinense se publicó unos meses antes que la edición neoyorquina, pero con cierta censura del editor británico (ñoña y vil mojigatería que quiso “suavizar el tono de algunas de las descripciones de los compañeros de tripulación de Redburn”); por ende, “la primera edición norteamericana, publicada en 1849 por Harper & Brothers en Nueva York y basada directamente en el manuscrito de Melville, ha sido siempre la edición de referencia y también aquella en la que nos hemos basado a la hora de traducir el texto.” A lo que se añade el hecho de que si bien no se trata de una rigurosa y exhaustiva edición anotada, el traductor introdujo una serie de notas, cuyas observaciones y relevantes datos enriquecen e inciden en la comprensión y apreciación de los intríngulis de la obra.

          

Alba Clásica XCVIII, Alba Editorial
Barcelona, abril de 2008

        Redburn. Su primer viaje tiene un largo subtítulo: “Recuerdos y confesiones del hijo de un caballero, enrolado como marinero en la marina mercante”. Y se divide en 62 capítulos con rótulos y números romanos. Y está precedida por una dedicatoria que pregona a los cuatro vientos (del ahora recalentado y envirulado globo terráqueo): “Este libro está dedicado a mi hermano pequeño Thomas Melville marinero en la ruta a la China.” Vale decir que ese “hermano pequeño” quizá era su primo, el homónimo hijo de su tío Thomas Melvill (hermano mayor de su padre), quien según apunta Elizabeth Hardwick en su biografía Melville (Mondadori, 2002), “le dio una paliza a un compañero de travesía, fue castigado y sobrevivió para caer enfermo de cólera y hundirse con su barco.”

           

Vita Breve, Mondadori
Barcelona, mayo de 2002

        Por los sucesivos comentaristas se sabe, a priori y de manera preliminar, que la novela Redburn, con remanentes autobiográficos, está basada en las vivencias que Herman Melville tuvo durante su primer viaje por el mar, de Nueva York a Liverpool (y viceversa), cuatro meses durante los cuales fue grumete del barco mercante St Lawrence. Herman Melville tenía entonces 19 o 20 años, pero su personaje Redburn Wellingborough bautizado así por su tío abuelo, “el senador Wellingborough, que murió siendo miembro del Congreso en los días de la antigua Constitución” (la datada el 17 de septiembre de 1787), grumete en el barco mercante Highlander, no es un perspicaz y pícaro jovenzuelo más o menos de esa edad, sino un adolescente de buen corazón y nobles pensamientos, con un indeleble bagaje bibliográfico en su memoria, pero signado por su ingenuidad e ignorancia (no sólo del oficio y del argot de la marinería, de la estratificación laboral y severa disciplina en un barco), pero también por su consubstancial creencia en Dios e idiosincrasia puritana. Por ejemplo, en el pueblo cercano a Nueva York en las inmediaciones del río Hudson, de donde parte y radican sus hermanos y hermanas y su humilde madre viuda que para el viaje le remendó los pantalones (cuyo modelo no parece ser Maria Gansevoort, la orgullosa y gastalona madre del autor), cada domingo iba a la iglesia y era miembro de la Asociación por la Abstinencia Total Juvenil.   

  La travesía de Redburn dura también cuatro meses (entre junio y septiembre): de Nueva York a Liverpool y viceversa; alrededor de un mes de ida y otro mes de regreso. Y en el inter: la estancia en el puerto de Liverpool; período durante el cual el Higlander permanece atracado en el muelle del Príncipe. Por ende, Redburn va y viene del barco al puerto; los marineros laboran en el Higlander durante el día y duermen allí en sus literas y se alimentan en la pensión el “clíper de Baltimore”, donde también empinan el codo con la “cerveza de recuelo” (“una especie de falsa cerveza, fabricada con lo que se saca al limpiar los barriles viejos”). Y él, solitario y sin amigos, los domingos va a la iglesia y explora Liverpool en su tiempo libre (a partir de las cuatro de la tarde), al principio más o menos auxiliado por una casi inútil y anacrónica “guía de viaje” impresa en 1803, que hace una treintena de años fue de Walter Redburn, su finado padre, quien la dató el “20 de marzo de 1808” en el “Riddough’s Royal Hotel”, edificio que Redburn busca y no localiza porque fue derruido. Vagabundeos que comprenden muchos episodios (que rebasan los márgenes de una reseña perdida en la web), entre ellos su encuentro e íntima amistad con Harry Bolton, un joven femenino por naturaleza, con menor estatura que él, pero unos años mayor; sin un clavo en el bolsillo, pero con un baúl repleto de ropa en una pensión; quien se dice, con su tendencia a fantasear, “heredero de unas cinco mil libras”, que dizque ya derrochó. Con quien en una súbita y efímera escapada a Londres incursiona, disfrazado y actuando para el caso, en un lujoso y espacioso burdel homosexual (con recargada y alusiva ornamentación, que Redburn llama “el palacio de Aladino”), sin que él, por ingenuo y falto de mundo, se percate de lo que en realidad es el mercantil sitio nocturno donde se halla posando a imagen y semejanza de “un joven príncipe Esterhazy” (mientras espera ver departiendo a condes, duques y lores entre los comensales), ni del oficio (para saldar una oscura deuda) que allí ejerce Harry Bolton durante esa vaporosa y etílica noche; quien con antelación, de un modo subrepticio, velado y semejante, obtuvo unas monedas de oro en los muelles del puerto de Liverpool; dinero que le sirvió para la utilería, los alimentos, las bebidas, y el viaje en tren de ambos.

  A través de Redburn, Harry Bolton, quien va en pos de un futuro prometedor en América, se enrola como grumete en el Highlander. Pero en el trayecto a Nueva York se revela su incompetencia e ignorancia de los hábitos y tareas de la marinería (se aterra sólo con la idea de trepar hasta la cima de la arboladura). Lo cual enfatiza su inclinación al fantaseo, pues a Redburn, entre sus mentiras para persuadirlo y encandilarlo, le dijo que había estado en Bombay, a donde supuestamente llegó como “conejillo de indias”, es decir, como guardiamarina de un barco de la Compañía de las Indias Orientales, y que por ello: “había trepado a menudo a los mástiles y aprendido a manejar las velas, por lo que no le cabía la menor duda de que no tardaría en convertirse en un consumado acróbata en el aparejo del Highlander”.

 

II de V

El libro de marras (publicado por Herman Melville a sus 30 años) es una especie de cuaderno de bitácora, diario de viaje, novela de aventuras y memorias autobiográficas, pues Redburn Wellingborough, quien es la voz narrativa, omnisciente y ubicua, si bien desglosa su narración de manera progresiva y paulatina, está evocando las circunstancias y vivencias de Su primer viaje desde la adultez, cuando ya es un experto marinero de larga data (fue cazador de ballenas en el Pacífico y quizá ha circunnavegado o casi), y con una inextricable añoranza y erudición (literaria, histórica, geográfica, cultural) que disemina a la largo de las páginas y de sus comentarios y pensamientos, continuamente salpimentados por referencias y alusiones bíblicas.

           

Allan Melvill
(1782-1832)

Retrato pintado en 1810 por John Rubens Smith

            Allan Melvill (1782-1832), el legendario padre de Herman Melville, quien murió en la ruina cuando el futuro escritor era un niño de 12 o 13 años, es el modelo, rezan los comentaristas, con que acuñó el entrañable y nostálgico bosquejo tutelar de Walter Redburn, el padre de Redburn Wellingborough, el memorioso héroe de la novela. En este sentido, en los episodios que preceden a su viaje y aventura como aprendiz de grumete a bordo del Highlander, apunta que su padre, ya “fallecido, había atravesado varias veces el Atlántico por cuestiones de negocios, pues había sido importador de Broad Street”; y que a él y a su hermano mayor les contaba anécdotas de sus viajes a través del océano, y “sobre todo de Le Havre, y de Liverpool, y de cuando subió a la cúpula de la catedral de St. Paul en Londres”.

            Pero lo que resulta singular (y algo premonitorio) es el hecho de que entre los libros de su ilustrado padre, que Redburn hojeaba en su infancia, había “dos grandes álbumes franceses verdes de estampas coloreadas que a esa edad yo apenas podía levantar. Todos los sábados mis hermanos y hermanas los sacaban del rincón donde estaban guardados y los extendíamos en el suelo para contemplarlos con infinito deleite.” Escudriñaban allí “ilustraciones de historia natural que mostraban rinocerontes y elefantes y tigres rayados; y sobre todo había una estampa de una enorme ballena, tan grande como un barco y cubierta de arpones, y tres botes que navegaban tras ella tan rápido como el viento.”

     


       Pues además de que en el trayecto de ida llega a apuntar con exultación (e idealismo y pulsión épica) sobre la vida marinera (epicentro del cosmos): “¡Dadme esta gloriosa vida oceánica, esta vida salada por el mar, esta vida salobre y espumosa, cuando el mar bufa y relincha y uno respira el mismo aire que respiran las ballenas!”, ve esos descomunales y míticos cetáceos por primera vez cuando el Highlander atraviesa los neblinosos Bancos de Terranova a lo que se añade el hecho indisoluble y quintaesencial de que él mismo fue marinero en un barco ballenero en el Pacífico

       


         Y más aún: la breve y última noticia que tuvo de Harry Bolton sobre su inesperada e infausta aventura de cazador de ballenas se la transmitió un inglés “que llevaba varios años en el Pacífico”, cuyo barco: Cazadora de Nantucket, “había tenido el privilegio de llevarlo hasta aquella parte del mundo.”

          

Maqueta de un ballenero de Nantucket

          
No obstante, dice, “lo que probablemente contribuyó más a convertir mis vagos anhelos y ensoñaciones en el propósito de ganarme la vida en el mar fue un viejo y anticuado barco de cristal, de unos cuarenta y cinco centímetros de largo y manufactura francesa, que mi padre había llevado a casa desde Hamburgo unos treinta años antes, como regalo” al senador Wellingborough, el susodicho tío abuelo de Redburn.

       

Maqueta de la ballenera San Juan

        
Ese barco de cristal, llamado La Reine, fue devuelto al donante tras la muerte del senador Wellingborough. Y según recuerda Redburn, “Lo guardábamos en una vitrina cuadrada de cristal, a la que una de mis hermanas le quitaba el polvo todas las mañanas, y estaba sobre una mesita de té holandesa con patas en forma de garras que había en un rincón del salón. Dicho barco, tras despertar la admiración de las visitas de mi padre en la capital, se convirtió en la maravilla y el deleite de todos los habitantes del pueblo donde vivimos después, muchos de los cuales pasaban por casa de mi madre sin ningún otro propósito que ver el barco. Y ciertamente merecía aquellas largas y curiosas inspecciones a las que lo sometían.

           


        “En primer lugar, estaba fabricado todo de cristal, lo que era una gran maravilla, pues los mástiles, las vergas y los cabos estaban hechos para que se pareciesen exactamente a las partes correspondientes de un navío capaz de navegar. Tenía dos filas de cañones negros a lo largo de las dos cubiertas; y a menudo yo escudriñaba las portillas, para ver qué más había dentro, pero los agujeros eran tan pequeños y dentro estaba tan oscuro, que poco o nada pude descubrir; aunque, cuando yo era muy pequeño, daba por sentado que, si alguna vez fuera capaz de abrir el casco y romper el cristal en pedazos, descubriría sin duda algo maravilloso, tal vez algunas guineas de oro, que me han hecho falta desde que tengo memoria. Y, en ocasiones, sentía el alocado impulso de convertirme en destructor del barco de cristal, de la vitrina y de todo lo demás para hacerme con el botín; un día en que se lo di a entender de algún modo a mis hermanas, corrieron a decírselo a mi madre con gran alboroto; y después de eso, colocaron el barco por un tiempo lejos de mi alcance, sobre la repisa de la chimenea, hasta que recobrase la razón.”

           


           Esa Reine de cristal, de la que Redburn abunda en minucias y detalles de la tripulación en miniatura (¡tiene hasta “un perro de cristal, con la boca roja”, que le ladra al despensero, “mientras el capitán se fumaba un cigarro de cristal en el alcázar”!) es una sobreviviente en su viaje por el tiempo, pues según apunta, “Todavía la tenemos en la casa, aunque por desgracia muchos de sus cabos y perchas están rotos y hechos añicos... No obstante, nunca he mandado arreglarla: su mascarón de proa, un valiente guerrero con bicornio, está sumergido bocabajo entre las olas de aquel mar calamitoso... y no he querido que nadie vuelva a ponerlo en pie, hasta que lo haya hecho yo; pues entre ambos hay un vínculo secreto y mis hermanas me cuentan, todavía hoy, que se cayó de su sitio el mismo día en que partí de casa para embarcarme en este mi primer viaje.”

 

III de V

Pese a que Redburn no tiene por objetivo ser una obra didáctica, sí parece que Herman Melville, a través de la mirada, de las vivencias y aventuras de su protagonista, tiene como proyecto aleccionar al lego sobre el submundo de la marinería y su vocabulario, sobre la arquitectura de un navío mercante (incluidos los detalles y el mantenimiento del mascarón de proa: “un robusto y valiente escocés de las tierras altas”) y sobre el día a día en un enorme barco de vela de tal índole y, por ende, sobre las diversas tareas que la tripulación, rigurosamente tipificada, confronta y realiza en altamar (entonando canciones marineras), no sin conflictos, sinsabores ni peligros. En el trayecto de ida al puerto de Liverpool, aunado a su aprendizaje y oficio de grumete del Highlander (resulta hábil para trepar hasta lo alto del aparejo), e inextricable a la semblanza del capitán Riga, del oficial primero y del segundo, y de algunos marineros (entre ellos el despensero, el cocinero negro y sobre todo el patán Jackson, un despreciable y odioso energúmeno que domina y coacciona a casi toda la fauna rastrera), descuella el trato ríspido y soez con que discriminan al adolescente y novato; y los motes, las burlas y mofas con que lo humillan e impiden que se alimente y duerma como le correspondería, ya por su inexperiencia, falta de malicia y educada conducta, como por la estrambótica chaqueta de cazador que porta, cuyos grandes botones, “sobre cada uno de los cuales había un zorro tallado”, induce a que lo apoden Buttons (Botones). No obstante, también lo apodan Boots, por sus inadecuadas botas; y Jack, que “era el apodo con el que se conocía a todos los marineros”. No entraña, entonces, que Redburn anote casi con melancólica orfandad: “El mundo entonces me parecía frío y amargo como el mes de diciembre, y tan crudo como sus tormentas; no hay mayor misántropo que un muchacho decepcionado; y eso era yo con mi alma tantas veces azotada por la adversidad.”

            Esto pone en tesitura de juicio el hecho de que en el decurso narrativo abundan, de un modo ineludible, las anécdotas y los episodios que ilustran sobre las peculiaridades de la maldad, de la miseria, de la deshumanización y del egocentrismo que distinguen el comportamiento del género humano a través de todos los lugares y tiempos. Por ejemplo, antes de emprender Su primer viaje, su hermano mayor, débil y frágil por un padecimiento incurable (el modelo de éste parece ser Gansevoort, el hermano mayor de Herman), le regala su chaqueta de cazador y su carabina de caza, la cual Redburn, para hacerse de un volátil dinero que no tiene, se la vende a un prestamista de nariz ganchuda, cuya avaricia, tacañería y abusivo comportamiento traza el arquetipo de la comunidad de usureros judíos asentados en esa zona neoyorquina. En Liverpool, Redburn, que desde niño es un inveterado lector, entra a una “sala de prensa” (un salón de lectura); pero además de las mezquinas miradas reprobatorias que fustigan su facha desarrapada y pobretona, un petulante tipejo lo pone de patitas en la calle. Próximo a los cercados y vigilados muelles de Liverpool, hay un vertedero donde se acumula la basura y los desechos de los barcos (botín de reventa del que, previamente, el segundo oficial ya expurgó e hizo su agosto). Redburn, que deambula por esos mugrientos lares, reporta la indigencia y las penurias de las míseras mujeres pepenadoras que pululan y hurgan allí; pero también su dureza, frialdad y seca indiferencia cuando intenta, sin lograrlo, que auxilien a la cadavérica mujer (que ellas conocen), con dos cadavéricas niñas y un cadavérico bebé, que él oyó (un tenue y quejumbroso llanto) y vislumbró, por causalidad, en un sótano abandonado del pasaje Lancelot. Redburn, en su intento por socorrer ipso facto le comunica la dramática escena (de hambre y abandono) a un policía; pero éste, que da visos de saber de qué se trata, se niega a mover un dedo: “No es asunto mío, amigo”, le dice, “Esa calle no está en mi sector.” Redburn, en su impotencia, les lleva un poco de pan y queso; y una de las chiquillas, a quien le faltan fuerzas para ingerir eso, le pide “agua”. Obviamente, Redburn sale hecho una flecha para conseguirla. Pero poco después descubre “que la bodega estaba vacía”, que en el “lugar de la mujer y las niñas había un reluciente montón de cal”. Según dice: “No pude averiguar quién se las había llevado, o dónde las dejaron, pero mis oraciones habían tenido respuesta: estaban muertas y en paz.”

           

Monumento a la hambruna en Dublín

           No asombra, entonces, que el barco mercante Highlander, que es un microcosmos que refleja el macrocosmos terrestre, no esté exento de las corruptelas, individuales y sociales, que signan las transacciones mercantiles y económicas que forran los bolsillos de unos pocos. Esto lo denota el capitán Riga con la dualidad de su postura y teatral hipocresía. Antes de partir, lúdico, dicharachero y socarrón, contrata al novato Redburn (un manejable y explotable “chico de pueblo”, ve) prometiéndole la tutoría al señor Jones, el amigo del hermano mayor que acompaña a Redburn hasta los muelles en busca de empleo y al barco, quien, pretendiendo beneficiarlo, le pregona al capitán Riga que es hijo de un caballero que fue un “acaudalado comerciante”, “de las mejores familias de América”, que “cruzó el Atlántico en varias ocasiones para atender varios negocios de suma importancia”. Pero ya en la travesía el capitán Riga se torna desdeñoso, cerrado y omiso, como si nunca hubiera visto ni oído a tal muchachillo. Y cuatro meses después, al regresar a Nueva York, una vez que uno a uno le ha pagado a toda la tripulación, finge no advertir que el par de grumetes: Redburn y Harry Bolton, están allí esperando su pactada paga, que es la menor de todas las pagas: tres dólares por mes. El capitán Riga, como si también tuviera una hedionda y repleta bacinilla colgada con una argolla en las fosas de su nariz ganchuda, vocifera los supuestos yerros y deudas de Redburn (al que sólo le adelantó tres dólares en Liverpool) y determina no pagarle nada: ni un clavo. Y a Harry Bolton, que también cobró tres dólares adelantados en Liverpool, con matizados enredos, sólo le pagará, dice, “un dólar y medio”, y por ello le entrega “seis monedas de dos chelines”. Las cuales Harry arroja “con desprecio sobre el escritorio” y exclama, antes de marcharse con Redburn: “¡Ahí tiene, capitán Riga, puede quedarse con su calderilla! Ha estado en su bolsa y me daría urticaria quedármela. Que tenga muy buenos días.”    

     Vale añadir que esa ventajosa y alevosa falta de escrúpulos del capitán Riga no es un caso aislado, pues parece ser la norma que signa y trasmina los tejemanejes de ciertos negocios, algo turbios o negros, de la marina mercante que va y viene de Nueva York a Liverpool. Si bien, sobre todo en el trayecto de ida, Redburn relata la estratificación y el modo de vida de los marineros que laboran, duermen y se alimentan en el Highlander (incluso lo que comen y la ritual manera de hacerlo, dándole a él pescozones en el cráneo con las duras galletas de barco), no data cuál es la carga que llevan a Liverpool; pero sí las características de una carga con la que el barco regresa a Nueva York: unos quinientos inmigrantes de escasos recursos, irlandeses en su mayoría. A los que se añaden unos cuantos pasajeros de camarote, con poder pecuniario, y por ende se alimentan mucho mejor y son atendidos por un servil camarero.  

 

Caricatura en la que se retrata a los emigrantes
irlandeses como violentos y conflictivos

           Pero el Highlander no es un navío de pasajeros y los emigrantes pobres son ingeniosamente instalados en cubierta, no obstante, a merced de las inclemencias del tiempo. Y previamente, para engatusarlos (incluidos los pasajeros de camarote), los agentes, los armadores y los capitanes los engañan y no les informan, con previsión, que deben llevar alimentos para un promedio de unos dos meses, y no para un poco más de veinte días, como les dicen. Es decir, se pasan por el maloliente arco del triunfo “la ley inglesa respecto a las raciones de comida que debe llevar consigo cada emigrante que embarca en Liverpool”. De modo que llega el momento en que a todos los pasajeros se les agotan los comestibles. Por una petición en comitiva, el capitán Riga ordena que a cada pasajero de camarote (hay niños entre ellos) les briden, a cada uno, “una galleta de barco y dos patatas al día”. (Esas galletas son tan duras como piedras.) Mientras “decenas de emigrantes se paseaban por cubierta en busca de algo que devorar. Saqueaban el gallinero, se llevaban los pollos de tapadillo y los guisaban en la cocina pública [o sea: en el fogón comunitario instalado en cubierta por los emigrantes]. Hacían incursiones en la pocilga del barco y raptaban a un prometedor lechón que devoraban crudo, pues no se atrevían a deshacerse de su cuerpo de otro modo; rondaban el tabuco del cocinero, hasta que éste tenía que salir a amenazarles con un cucharón lleno de agua hirviendo; asaltaban al despensero en sus trayectos habituales del camarote a la cocina; merodeaban por el castillo de proa para robar la cesta del pan y acosaban a los marineros como mendigos de la calle [en Liverpool son legiones los indigentes], pidiéndoles un bocado en nombre de la Iglesia.

“Al final, se vieron empujados a cometer tales excesos que aquel Grande de Rusia, el capitán Riga, redactó otro ucase advirtiéndoles de que cualquier emigrante al que se encontrase culpable de robo sería atado al aparejo y azotado.”

    Pero el episodio más difícil y dramático que enfrenta el total de la población que trasporta el Highlander, y que incide en esa hambruna que empuja al robo, al saqueo, a la deshonra y a la mendicidad, ocurre veinte días después de haber dejado atrás las inmediaciones de la isla irlandesa Cape Clear. Una sucesión de tormentas que duran una semana, con furiosos vientos y mucha lluvia, obligan al resguardo. Previsiblemente, a quien peor les va es a los inmigrantes irlandeses, quienes se ven obligados a dejar la cubierta y a amontonarse en la antecámara, donde en un tris se avecina “una fiebre maligna” que, en medio de la fobia, del hambre y de las tensiones, diezma a emigrantes, pero también a marineros y a pasajeros de camarote, entre quienes figura un médico que niega serlo y no mueve un dedo por terror al contagio. Según reporta Redburn, “no me cabe la menor duda de que fue aquel repugnante confinamiento en un agujero cerrado, abarrotado y sin ventilación, unido a la falta de comida, lo que, ayudado por la falta de higiene personal, trajo una fiebre maligna.”

   

El interior de un barco ataúd

        Desencadenada la voraz epidemia, los emigrantes, apilados en la antecámara, hacen una barricada de baúles que separa a la mayoría de los primeros cuatro contagiados, postrados en literas contiguas. Ante tal medida, que según el capitán Riga no detendrá el contagio, ordena bajar a los renuentes marineros y deshacer la barrera. La orden no se logra cumplir por la valentona y retadora oposición de los emigrantes. Y Redburn, que va en la vanguardia, reporta el dantesco escenario: “La imagen que nos esperaba era ciertamente infortunada. Era como entrar en una cárcel superpoblada. Desde las hileras de literas, cientos de caras flacas y sucias se volvieron hacia nosotros, mientras sentados en los baúles había cientos de hombres sin afeitar, fumando hojas de té y contribuyendo a crear un vapor sofocante. Pero aquel vapor era mejor que el aire del lugar que, por motivos casi increíbles, era extremadamente fétido. En cada rincón, las mujeres se apiñaban unas contra otras, llorando y lamentándose; los niños les pedían pan a sus madres, que no tenían nada que darles; y los ancianos, sentados en el suelo, se recostaban contra los barriles de agua con los ojos cerrados y casi faltos de aliento.”

  Infernal escenario que, por sus detalles, resulta, quizá, más espeluznante y sobrecogedor que la súbita aparición de una especie de barco fantasma como surgido del más allá: los restos del naufragio “de un barco maderero de New Brunswick”, provincia de Canadá, que los tripulantes de Highlander vieron, demudados, en el mar de Irlanda, en su trayecto de ida al puerto de Liverpool (y que tal vez Arthur Gordon Pym pudo soñar en una nebulosa pesadilla):

 

Ilustración de Luis Scafati  en la
Narración de Arthur Gordon Pym (Zorro Rojo, 2015
)

        “Era un espectáculo siniestro: una goleta desmantelada y casi hundida que debía llevar a la deriva varias semanas. Las bordas casi habían desaparecido y, aquí y allá, se alzaban los candeleros y el codaste y partían en dos las olas que rompían sobre la cubierta casi al nivel del mar. El trinquete estaba roto a menos de un metro de la base y los restos astillados parecían el tocón de un pino tirado en medio de un bosque. Cada vez que los restos asomaban entre las olas se veía la escotilla principal abierta, pero enseguida volvía a llenarse y a sumergirse con un gorgoteo a medida que entraba en ella el agua.

En lo alto del tocón del palo mayor, a unos tres metros de la cubierta, había clavado algo parecido a una manga: supimos que eran los restos de una chaqueta que debió clavar allí la tripulación como señal y que el viento había hecho jirones.

“Atados e inclinados sobre el coronamiento, había tres objetos oscuros y verdosos que se movían al ritmo de las olas, pero por lo demás estaban inmóviles. Vi que el capitán apuntaba hacia ellos su catalejo y por fin le oí decir: ‘Deben de llevar mucho tiempo muertos’. Eran marineros que se habían atado al coronamiento para no ahogarse y habían muerto de hambre.”

 


           Pero desde la noche de los tiempos, y como por arte de birlibirloque o por la inescrutable voluntad del todopoderoso y ubicuo dedo flamígero, luego de la tormenta viene la calma; y de la negra y maligna oscuridad emerge la aurora, casi como una aleluya, como un jubiloso canto divino de angelitos alados y mofletudos vibrando en el tabernáculo. Pues “mientras los muertos partían, su lugar en las filas de la humanidad volvió a ocuparse con el nacimiento de dos niños, cuya llegada al mundo habían apresurado la plaga, el pánico y el temporal. El primer llanto de uno de aquellos niños casi coincidió con el chapoteo que hizo su padre al hundirse en el agua. Así vamos y venimos. Aunque rodeados por la muerte, sobrevivieron tanto las madres como los niños.”

 Según reporta Redburn:

“A media noche, el viento amainó y dejó mucha mar de fondo y, por primera vez en una semana, un cielo despejado y estrellado.

“En la primera guardia matutina, me senté con Harry en el molinete a contemplar las olas, que, vistas de noche, parecían auténticas montañas, sobre las que podrían haberse construido fortalezas y verdaderos valles, que podrían haber albergado pueblos, bosques y jardines. Parecía un paisaje de Suiza, pues en aquellas oscuras gargantas purpúreas rompía a menudo, como si de una avalancha se tratase, la blanca espuma de la cresta de las olas con un estruendo y burbujeo que parecía estar engullendo seres humanos.

“Al día siguiente por la tarde, cesó la mar de fondo y surcamos las olas a todo trapo desplegado, bonetas incluidas, nuestro mejor timonel a la rueda con el mismísimo capitán a su lado y una suave y alegre brisa en el coronamiento.

“Despejamos la cubierta y la frotamos hasta dejarla seca, y luego todos los emigrantes que no estaban enfermos se desparramaron por ella a inhalar el aire delicioso, extender al sol la ropa de cama húmeda y disfrutar de la generosa caridad del capitán, que últimamente había considerado apropiado aumentar la cantidad de comida que les correspondía. Varios de ellos se unieron a un grupo de marineros que entraron en la antecámara con cubos y escobas e hicieron una buena limpieza y sacaron a cubierta no sé cuántos cubos llenos de inmundicia. Aquello era más parecido a limpiar un establo que un alojamiento de hombres y mujeres. Ese día enterramos a tres [lanzándoles al mar]; al día siguiente a uno y luego la pestilencia nos abandonó, con siete convalecientes que, instalados junto a la escotilla abierta, pronto respondieron al tratamiento y tiernos cuidados del oficial.”

     El corolario que matiza esa corrupción sistémica que sin reparos morales lucra y se forra, deshumanizadamente, con los emigrantes pobres, y no tan pobres, se observa, también, en el arribo a Nueva York; pues para eludir la cuarentena de rigor y la inspección del “oficial de cuarentena”, quien por Staten Island señala su posta con “una bandera de color amarillo pálido” enarbolada en “un mástil blanco”, debió obrar algún soborno contante y sonante, pues el Highlander pasó por allí sin mayor pena ni gloria y sin que nadie inspeccionara el barco ni a los inmigrantes, y por ende Redburn apunta: “Nunca supimos por qué nos dejaron pasar sin abordarnos”.

   

Emigrantes en Ellis Island (1892)

               En este sentido, ya en las inmediaciones del puerto de Nueva York, para burlar la cuarentena y maquillar al Higlander de impoluta asepsia, se ordenó una limpieza de cabo a rabo, lo que no la eximió de una infecta cauda contaminante, frecuente en esos mares que, con el vaivén, recala en la costa. Según narra Redburn: “La antecámara se había convertido en una casa de locos: se cerraban y ataban baúles con cuerdas y por todas partes se veía a gente lavándose la cara y las manos. Mientras eso ocurría, llegó la orden del alcázar de arrojar al mar todas las camas, mantas, cabezales y hatos de paja de la antecámara. Una orden que los emigrantes recibieron con consternación primero y con ira después. Pero se les aseguró que se trataba de una medida indispensable para librarse de una posible cuarentena que podía durar largas semanas. El caso es que aceptaron a regañadientes, y almohadas y jergones acabaron yéndose por la borda. Detrás fueron viejos potes y sartenes, botellas y cestas. El mar quedó cubierto de edredones que flotaban sobre las olas, convertidos en colchones para cualquier sirena que no fuese melindrosa. Un sinfín de cosas parecidas, arrojadas por la borda desde los barcos emigrantes al acercarse al puerto de Nueva York, flotan en los Narrows y acaban depositándose en las costas de Staten Island, a lo largo de cuya playa oriental yo había paseado a menudo y especulado sobre el origen de las jarras rotas, almohadas desgarradas y cestas deshechas que encontraba a mis pies.”

 

IV de V

Redburn Wellingborough, quien ya es un hombre maduro al redactar sus pensamientos y los episodios y aventuras de Su primer viaje, no se confiesa homosexual, aunque quizá lo sea o quizá no. Qué más da. Lo que sí parece es que Herman Melville (quien al escribir no era un burro ni un inconsciente visionario del octavo día), a través de la mirada y de la perspectiva de su protagonista, confronta, de un modo revulsivo, el machismo y la atávica homofobia de su tiempo, pues a su protagonista no se le traba la lengua ni se ruboriza al describir la belleza femenina de Harry Bolton (incluida su voz dotada para el canto), ni al referir lo femenino que él observa en las piernas de Carlo (“de rodillas abajo”), un adolescente italiano de unos 14 años, algo regordete y bajo de estatura, quien viaja entre los emigrantes irlandeses y toca el organillo por gusto y para el baile colectivo, y para subsistir y desplazarse por las callejuelas y recovecos del mundanal orbe. Las interpretaciones de Carlo dan pie a que Redburn reflexione, con cierta erudición y exaltación, sobre la música y sus instrumentos; e incluso a que deslice alguna pátina homoerótica no muy críptica: “¡Toca, toca, joven italiano! Qué más da que no suenen todas las notas, hay algo en mi interior que completa la melodía. Vuelve hacia mí tus ojos pensativos y matutinos, y mientras me arrastran los dos órganos —uno tuyo y otro mío—, deja que me asome a tu mirada insondable: hacerlo es tan hermoso como mirar en los mares de Sur y contemplar los rayos deslumbrantes de los delfines.”

         


        Esto trae a colocación el matiz homoerótico que también parece subyacer en el marinero (ex “tripulante de un barco de guerra”) que exhibe, para que todos los vean, “sus preciosos pies”, “que eran particularmente pequeños”; y en la peculiar cercanía amistosa que día a día cultivan el despensero y el cocinero negro. El despensero es “un apuesto dandi mulato que había sido barbero en Broadway”, el mismo “mulato de aspecto elegante” (pisaverde al parecer) que servía (con un gran anillo) al capitán Riga en su camarote la primera vez que lo vio luciendo un “magnífico turbante”; y el señor Thompson, el cocinero negro, quizá “miembro de una de esas iglesias negras que hay en Nueva York”, trajina en su cochambrosa covacha y no sólo los domingos lee su cochambrosa y luida Biblia que, para asombro de Redburn, tiene atada “con una cinta de cuero al barril donde guardaba la grasa que espumaba del agua en la que cocía la ternera salada”. “Cada tarde, al caer el crepúsculo, aquellos dos, el cocinero y el despensero, se sentaban en un banquito de la cocina y se recostaban el uno en el otro, como hermanos siameses, para no caerse, pues el banco era muy corto, y se quedaban hasta después de oscurecer fumando una pipa y cotilleando sobre los sucesos acontecidos durante el día en el camarote.” Mullido y reconfortante idilio que preludia la consabida cercanía corporal y fraterna que, en Moby Dick (1851), cultivan Ismael, joven, blanco y protestante, y el pagano, idólatra y arponero Quiqueg, aborigen de cráneo rapado y piel oscura y tatuada.

           

Ismael y Quiqueg

         Vale añadir que, por contribuir a la tacañería y al rapaz ahorro del capitán Riga, el cocinero negro (“el doctor”) es el tripulante del Highlander que más paga recibe al retornar a Nueva York: “no había pedido ningún anticipo” y “cobró la hermosa suma de setenta dólares”. Y el color de su piel, por asociación, ilustra sobre el contraste racista que Redburn observa en Nueva York y en Liverpool: en el puerto inglés un negro puede pasear con una mujer blanca; en el puerto norteamericano sería un escándalo (y tal vez habría una vocinglera recriminación de patio de vecindad o hasta un raudo y violento linchamiento público). 

           

Monumento a lord Nelson en Liverpool
(detelle)

           Pero además, Redburn, crítico de la esclavitud y del racismo, reflexiona, en Liverpool, hojeando el monumento estatuario donde lord Nelson muere en brazos de la mítica Victoria: “Aquellas desconsoladas figuras de cautivos representan las principales victorias de Nelson, pero no podía mirar sus miembros atezados y sus grilletes sin pensar involuntariamente en cuatro esclavos africanos en el mercado de esclavos.” Y por ende piensa en la esclavitud “en Virginia y en Carolina y también en el hecho histórico de que el tráfico de esclavos africanos fue, en cierta época, el principal comercio de Liverpool, y que la prosperidad de la ciudad se suponía indisolublemente ligada a su continuación”.

 

Monumento a lord Nelson en Liverpool
(detalle)

V de V

El marinero Redburn Wellingborough, como se entrevé en lo reseñado, no se limita a evocar y a narrar los episodios y aventuras de Su primer viaje, sino que es proclive a la reflexión y al comentario, a veces circunstancial, filosófico o religioso, y a las mil y una citas y alusiones librescas y no sólo bíblicas. En sentido, descuella el hecho de que ve a la Unión Americana como “una tierra prometida”, un ámbito ecuménico, propio del american dream, en el que tienen cabida la multitud de emigrantes de todas las latitudes del globo terráqueo. Y lo hace por su intrínseca óptica idealista, humanitaria y bondadosa, inextricable al designio cosmogónico y divino en el que cree. En este sentido, desde el púlpito de libro, y como si a través de él discursara el ectoplasma del senador Wellingborough y el eco de Nostradamus, le arenga al lector norteamericano buscando su solidaridad y reconversión:

        

Herman Melville
(c. 1846-47)

Retrato al óleto de Asa Weston Twitchell

          “Dejemos a un lado esa manida polémica nacional sobre si debería permitirse que semejantes multitudes de extranjeros pobres desembarquen o no en nuestro país; olvidémosla con la idea de que, si pueden llegar hasta aquí, es que Dios les ha dado derecho a venir, aunque traigan consigo a toda Irlanda y sus miserias. Pues el mundo entero es patrimonio del mundo entero y es imposible saber quién es dueño de una piedra de la Gran Muralla China. Dejemos esa polémica a un lado y pensemos sólo en la mejor manera en la que pueden venir los emigrantes, ya que vienen, quieren venir y vendrán.”

         

Emigrantes llegando a Nueva York

             
Y si bien Redburn dice muy poco del esclavismo y del racismo en Norteamérica, y ninguna palabra sobre la destrucción civilizatoria y la sangría étnica que conllevó la conquista y paulatina colonización de esas latitudes por parte de emigrantes europeos de pellejo blanco y barba tupida (que no se limitaron a la fiebre del oro en el viejo, salvaje y lejano Oeste), argumenta, crítico de la autosegregación judía, pero con un criterio conciliador (utopista y visionario) más allá de las fronteras nacionales, sobre la población radicada en esa geografía a mediados del siglo XIX:

           

Emigrantes en Nueva York

            “Hay algo en el modo en que ha sido poblada América que, al contemplarlo, destruye para siempre en cualquier espíritu noble los prejuicios nacionales.

     “Habitada por gente de todas las naciones, todas las naciones pueden reclamarla como suya. Es imposible derramar una gota de sangre americana sin derramar la sangre del mundo entero. Ya sea inglés, francés, alemán, danés o escocés, el europeo que se mofa de un americano está llamando Racca a su propio hermano y se arriesga a ser juzgado por ello [‘...La palabra Racca, traducida del arameo, significa cabeza vacía o sin seso’]. No somos un pueblo estrecho de miras, de intolerante nacionalidad hebrea; nuestra sangre no se ha degradado en el intento de ennoblecerla con una sucesión exclusivamente limitada a nosotros mismos. No, nuestra sangre es como la corriente del Amazonas: está hecha de un millar de nobles afluentes que desembocan todos en uno. No somos tanto una nación como un mundo, pues a menos que podamos decir, como Melquisedec, que el mundo es nuestro padre, no tendremos ni padre ni madre.

“[...]

“Somos los herederos de todos los tiempos, y compartimos nuestra herencia con todas las demás naciones. En este hemisferio occidental todas las tribus y los pueblos se están uniendo en un todo confederado, y habrá un futuro en el que veamos a los hijos de Adán reunidos como en el viejo hogar del Edén.”

 

 

Herman Melville, Redburn. Su primer viaje. Traducción del inglés al español y notas de Miguel Temprano García. Colección Alba Clásica número XCVIII, Alba Editorial. Barcelona, abril de 2008. 520 pp.