viernes, 10 de enero de 2020

Las hijas del Capitán

Gracia tienen para parar un tren

I de VII
Editada por Planeta en la serie Autores Españoles e Iberoamericanos, en mayo de 2018 se publicó la primera reimpresión mexicana de Las hijas del Capitán, cuarta novela de la narradora española María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964), dividida en 105 capítulos distribuidos en seis partes, más un “Epílogo”. En la tercera línea de su dedicatoria, María Dueñas, desde el alto, sonoro y panóptico minarete de su prestigio narrativo, proclama ante los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y expoliada aldea global: A todos aquellos a los que la vida empujó a emigrar. Esto no es gratuito, pues a través de los vulnerables y humanizados protagonistas de su obra, centralmente ubicados en territorio neoyorquino en 1936 (antes de que en España estalle la cruenta Guerra Civil), hace un tributo memorioso y anecdótico en torno a las generaciones de trabajadores y soñadores que desde inicios del siglo XX, y fines del XIX, emigraron de Europa a Estados Unidos de América en busca de un prometedor futuro; es decir, del consabido e idealizado american dream, particularmente desde distintas regiones de la Península Ibérica. No obstante, vale destacarlo, no faltan por allí los ejemplares de origen italiano, chino, cubano, puertorriqueño y mexicano.  
   
María Dueñas
          Y para trazar el mapa de los pintorescos y populares barrios de los emigrantes españoles asentados en Nueva York (pero también de las privilegiadas zonas y los lujosos sitios donde viven y se mueven los acaudalados y los ricachos), María Dueñas, como es su costumbre, hizo una laboriosa investigación testimonial, documental, bibliográfica e in situ, lo cual alude en sus postreros “Agradecimientos”. En este sentido, vale subrayar que así como en la urdimbre de la trama descuellan las calles, las avenidas, los imponentes rascacielos, los fastuosos hoteles y los escenarios transcritos (y retocados) de la realidad y de los anales de la geografía y de la historia (ineluctables la emblemática, fotogénica y cinematográfica Estatua de la Libertad, el celebérrimo Central Park y el característico Puente de Brooklyn), también se distinguen los personajes que fueron de carne y hueso; por ejemplo, el asturiano Benito Collado, fundador y dueño del night-club El Chico; el catalán Xavier Cugat, músico y director de orquesta —activo en la obra en el comedor del Hotel Waldorf Astoria, en cuyos muros aún se aprecian las 15 pinturas que el artista catalán Josep María Sert creara ex profeso en 1929 a partir del quijotesco tema de Las bodas de Camacho—; y el madrileño, hemofílico y dramático Alfonso de Borbón y Battenberg, ex Príncipe de Asturias y Conde de Covadonga, quien sólo vivió 31 años; y cuyo esbozo biográfico María Dueñas bosqueja, ensambla y menudea con hábil cuño palimpséstico. 
Alfonso de Borbón y Battenberg con Edelmira Sampedro y Robato
       El malagueño Emilio Arenas, un trotamundos impenitente de 52 años y con mil oficios y lugares a cuestas, subsiste recalado en Nueva York desde 1929 (antes de la Gran Depresión), y plancha la oreja “en un cuarto de alquiler en la zona de Cherry Street, el asentamiento de españoles más antiguo de la ciudad.” Y para que el desocupado lector de la aldea global sepa de qué nodo geográfico y fundacional se trata, la omnisciente y ubicua voz narrativa puntualiza: “Allí, en el extremo sureste de la isla de Manhattan, frente al waterfront, junto a los muelles, bajo el ruido estrepitoso del arranque del puente de Brooklyn, se concentraban desde finales del siglo pasado varios miles de almas procedentes del mismo rincón del globo. En un principio eran sobre todo gentes del mar: fogoneros y engrasadores, cocineros, estibadores, meros buscadores de inciertas fortunas y montones de simples marineros que embarcaban y desembarcaban en un constante vaivén. La colonia fue después creciendo y diversificando ocupaciones, llegaron parientes, paisanos, cada vez más mujeres, hasta familias enteras que se amontonaron en pisos baratos por las calles cercanas: Water, Catherine, Monroe, Roosevelt, Oliver, James...”

        El caso es que desde “la primavera de 1935”, Emilio Arenas trabaja de multichambas y comodín en La Valenciana, el variopinto negocio del alicantino Paco Sendra, y recepción y resguardo de la correspondencia de españoles itinerantes, ubicado “en la esquina de Cherry con Catherine”. Es así que una mañana de “principios de noviembre de 1935”, allí en el comedor de La Valenciana, en que el malagueño les sirve “sendos vasos de vino y unas rodajas de butifarra” a Paco Sendra y a un desconocido con acento del norte de España, tras oír la conversación de éste con su patrón, Emilio se quita el mandil y alcanza en la calle al tal Venancio, un envejecido y solitario cántabro, quien por estar a punto de retornar a su añorado terruño, vende los muebles y los enseres de “Una pequeña casa de comidas ubicada en un semisótano cerca ya de la Octava avenida, en los bajos de un vulgar edificio de tres plantas sin lustre ni atractivo aparente. Sin el menor signo externo de nada prometedor.” Emilio, iluso, exhuma sus ahorros y le compra los deteriorados trastos y trebejos al tal Venancio; paga el primer mes de renta y se instala “a vivir en el almacén trasero” de local. Y, patéticamente, a las letras del astroso y desvencijado letrero del que fuera “El Cántabro” sólo se le restan “El Ca...”; así que barajea probables nombres para bautizar el minúsculo changarro y se decide por “El Capitán”, que se convierte en su mote y luego matiza el apodo de sus hijas entre la gente del suburbio de la calle Catorce: “Las hijas del Capitán”. 
Las hijas del Capitán, p. 7
         Y con la idea de arraigar y sentar cabeza ante su mujer y sus tres hijas, desde La Valenciana envía una carta a Málaga para que su familia se traslade a Nueva York; pero, al unísono, Remedios, su analfabeta mujer, le envía una misiva donde le dice que “Ha muerto Mama Pepa” (la madre de ella, a cuyas expensas han vivido en extrema pobreza), y que por ende las desahucian del mísero corralón (ubicado “en el modesto barrio de La Trinidad”) y que no tienen a dónde ir. Así que perentorio, Emilio Arenas, pese a que ignora cuándo podrá pagarle, le pide prestado a Paco Sendra los dólares para costear los cuatro pasajes para traer por barco a Remedios, su ágrafa y necia esposa de menos de 43 años, y a sus tres veinteañeras, esbeltas y atractivas hijas a las que de manera breve e intermitente poco ha visto: Victoria (la mayor), Mona (la de en medio) y Luz (la benjamina). 


II de VII
Las hijas de Emilio Arenas viajan a Nueva York en contra de su voluntad y no porque algo las ilusione o entusiasme dando brinquitos y pegando grititos de alegría, sino porque las llevan a la fuerza. Mona, por ejemplo, con tal de “poder quedarse [en Málaga], se buscó en el paseo del Limonar una casa buena para servir como criada con derecho a la habitación.” Y según dice la voz narrativa: “Las broncas fueron monumentales y se oyeron por medio barrio de La Trinidad; tuvieron que intervenir los vecinos del corralón en que vivían, la familia próxima y la lejana, la madre de rodillas ante la imagen del Cautivo en la iglesia medio arrasada desde el 31 —y en última instancia— hasta una pareja de la Guardia Civil. Alertados por un vecino de peso de un potencial desacato a la autoridad paterna, un par de agentes uniformados no las perdió de vista hasta tenerlas a bordo del buque Manuel Arnús en su escala malagueña entre Barcelona y el Nuevo Mundo, puestas a recaudo del capitán médico de la tripulación.”
Primera reimpresión en México
Mayo de 2018
         Para dar cobijo a su mujer y a sus hijas, quienes llegan a Nueva York “una heladora mañana de enero” de 1936 tras “Once días” de viaje “con humildes pasajes para literas de entrepuente”, Emilio Arenas renta un minúsculo “apartamento de dos habitaciones en el último piso de un edificio de ladrillo rojo en la esquina entre la Catorce y la Séptima avenida”, que por lo menos tiene “cuatro bombillas eléctricas, agua corriente y un diminuto cuarto de baño propio”, inauditas excentricidades y lujos de la modernidad inexistentes en el magro y pobretón vecindario donde subsistían y por ello ya no tendrán “que salir cada dos por tres a compartir retrete con los vecinos”. 

Endeudado y auxiliado por su mujer, pero no por sus peleoneras, egocéntricas y engreídas hijas, que al principio se niegan a mover un brazo y cuyas riñas y gritos lo obligan a volver a dormir sobre un jergón en el almacén del Capitán, Emilio Arenas hace todo lo posible por remozar, arrancar y hacer productivo y conocido el pequeño restaurante. Incluso imprime y reparte volantes e inserta un anuncio en La Prensa, “el único diario en español de la ciudad”, “el diario que cada mañana leía la colonia española e hispana extendida por toda Nueva York”. Pero el negocio da poco, nada o casi nada. Y en la búsqueda de adquirir a bajo precio unos birlados galones de aceite de oliva, un “sábado de finales de marzo” de 1936 se desplaza “al familiar muelle 8 del East River”, porque sabe que el trasatlántico Marqués de Comillas arriba “con el buche lleno de pasajeros y mercancías”. Pero tales son sus preocupaciones y su ensimismamiento, que no oye el estrépito de los contiguos ruidos ni los gritos de advertencia; de modo que una mala “maniobra de estiba” propicia que “una grandiosa red repleta de bultos” se precipite sobre él y le quiebre el cráneo. 

III de VII
La instantánea e inesperada muerte de Emilio Arenas trastoca la estancia y las expectativas de Remedios y sus hijas, quienes no tienen un clavo en el bolsillo para solventar el sepelio, las deudas del difunto, las del Capitán y los boletos del regreso a Málaga. Pero para su desconcierto, los gastos de la funeraria, del velatorio y del entierro se resuelven como por arte de birlibirloque, sin que ellas hayan tenido que soltar un solo centavo y sin decir esta boca es mía. Incluso con costosos visos en el “ataúd que parecía como de ministro”, en la ornamentación fúnebre, en el traslado en autos relucientes y en el inaudito entierro en el cementerio de Queens. Es decir, “alguien les había dicho que La Nacional, la Sociedad Española de Beneficencia a la que el padre pertenecía, cubriría los gastos básicos del entierro como afiliado que era, pero lo que el día anterior vieron se les antojó desbordado, ostentosamente excesivo.” Así que ese día en que las tres hermanas devuelven los cacharros de las vecinas que colaboraron con viandas y asistieron a la velación y al entierro, dejan para lo último la asistencia a la “funeraria Hernández”, “casi vecina del Centro Asturiano”, donde el dueño, el puertorriqueño Fidel Hernández, les informa, para su sorpresa, que todo ha sido cubierto por la “Compañía Trasatlántica Española. New York Agency”. Y según les puntualiza: “De haberse tratado de unas exequias comunes, [a Emilio Arenas] lo habríamos enterrado en una parcela colectiva y grabado su nombre al final de una lista de infortunados compatriotas, no habría habido despliegue de detalles estéticos y ustedes tendrían que haber acompañado al féretro en el coche de algún vecino. Recordarán en cambio que el trato y los aditamentos fueron muy distintos y podrán comprobar asimismo que esta factura incluye una lápida de mármol individual de primera calidad pendiente aún de encargo: estoy a la espera de que ustedes me detallen los datos del finado y elijan los ornamentos.”
Tal es el bajo nivel cultural y lingüístico de las hermanas Arenas que “No tenían ni la más remota idea de lo que significaba la palabra ornamento, ni se imaginaban que, al mencionar al finado, el propietario del negocio se estaba refiriendo a su pobre padre sepultado bajo el barro.” Pero si librar tales gastos les da cierto alivio, el resultado de las inesperadas visitas, que discretamente con los nudillos tocan la puerta del departamentucho, les causa un desbordante regocijo y alharaca que Remedios tiene que controlar, pues ya se ven regresando a Málaga ipso facto. Es decir, sin buscarlo ni preverlo llegan dos impecables cuarentones que “empezaban a peinar canas y se comportaban con la más exquisita corrección”, y que luego, para ellas, corporifican “el equivalente neoyorkino de la Santísima Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con su bondad infinita y su magnanimidad gloriosa”. El principal y la voz cantante es don Santiago Lemos, “agente y máximo responsable de la Compañía Trasatlántica Española en su delegación de Nueva York”, quien “vestía de calle con corbata a rayas y elegante terno gris”; y el otro es “don Enrique Arnaldos, capitán del vapor Marqués de Comillas”, quien lleva “uniforme: chaqueta cruzada azul marino, galones dorados en las hombreras y bocamangas, [y] gorra de plato en la mano.” Además del darles el pésame y de confirmar el pago de los gastos fúnebres por parte de la Compañía Trasatlántica, les entregan “un efectivo de doscientos dólares por familiar dependiente para afrontar otros gastos sobrevenidos por el deceso, así como cuatro pasajes” de primera clase para que retornen a Málaga cuando lo deseen. 
       
Las hijas del Capitán (p. 11)
        Pero luego, como para agriarles el atole ante el “botín” (nunca antes habían visto tanto dinero junto en billetes nuevos de cincuenta dólares) y como si se tratase de una opereta de barrio o de un tragicómico sainete, unos momentos después, tras interrumpir el alborozo y asustarlas con la brusquedad del estridente timbre, arriba al escenario del minúsculo y pobretón apartamento un tal Fabrizio Mazza, un casi cuarentón que parla el español con acento y vocablos italianos, que pese al perfume masculino, al tacuche, a la llamativa corbata y al pelo engominado, tiene una estereotipada pinta de hampón de baja estofa. Con su untuosa verborrea les dice que es un abogado, que está “del lado de los más perjudicados”, que “pueden confiar plenamente” en él, que no toquen los boletos ni el dinero, que puede conseguirles “diez veces más”, una jugosa “Indemnización”, “un acuerdo económico muy superior al ofrecido por la Trasatlántica”. 

A las timoratas e ignorantes Arenas, obviamente, se les corta el entusiasmo en el cogote. Y entre las preguntas y el runrún para despejar las dudas y la confusión sobre lo que deben hacer, la vieja Milagros Couceiro, su vecina gallega, con más de cuarenta años en Manhattan, pese a los ríspidos y groseros roces del principio de la mutua convivencia en el hacinado edificio de la calle Catorce, las lleva a pie a un sitio cercano a La Nacional, precisamente a Casa María, un convento y orfanato femenino operado por monjas, donde sor Lito, su antigua y legendaria comadre, es una peculiar religiosa; es decir, viste sin toca “el hábito de las Siervas de María” y por ello luce “una cabeza de cabello entrecano cortado a trasquilones”; y lo más singular: es una caricaturesca enana que usa botitas de niña y fuma como chacuaco en medio de su desordenada oficina. Pero lo relevante y trascendente es que sor Lito es abogada, “la primera religiosa católica que se sentó en las aulas de la cercana Universidad de Nueva York”. Y como posee una puntillosa y corrosiva labia, y una crítica mirada que sondea y cuestiona la conducta humana y el drenaje y los albañales del entorno neoyorquino, les dice que no acepten ninguna de las dos ofertas. De Fabrizio Mazza, cuya ascendencia, sucios tejemanejes y pestilentes movidas conoce de sobra, les dice que “iría a despellejarlas sin contemplaciones”. Y sobre el representante de la Compañía Trasatlántica les receta con una sarcástica sonrisa: “Lo que el agente de la Trasatlántica ha pretendido básicamente es comprar el silencio de ustedes, nada más. Que no haya demanda, eso es lo que quiere. Que el buen nombre de la ilustre naviera no se manche con ninguna publicidad negativa, que nada trascienda más allá de lo estrictamente necesario. Si en unos días se las quitan a ustedes de en medio y las facturan al otro lado del Atlántico, todos respirarán tranquilos: muerto el perro, se acabó la rabia. You follow me, right?” Así que sor Lito les ofrece representarlas y llevar su caso; y “a modo de honorarios”, les dice, espera quedarse “con la mitad del dinero que les consiga”.
Según dibuja la voz narrativa, el azoro en el rostro de las Arenas “hizo soltar a la viejas amigas”, Milagros y sor Lito, “otra carcajada”.
“—¡Cambien esa cara, por el amor de Dios! —les gritó sor Lito. Después apagó su último cigarrillo en la tierra de la famélica maceta—. Un cincuenta por ciento puede parecerles mucho de entrada, pero ¿cómo creen ustedes que se mantiene esta casa y con qué medios pretenden que atendamos a tanta pobre desgraciada como viene por aquí?”
María Dueñas
        Vale subrayar que es imposible comprimir y aludir en una simple y parcial reseña todas las minucias, entresijos y digresiones narrativas de Las hijas del Capitán. Baste decir que las historias de las duras y miserables vidas de Milagros Couceiro y sor Lito son ejemplos de los muchos relatos que proliferan en la obra no sólo sobre los tristes itinerarios de los inmigrantes pobres de origen español. Pero ante todo, y sobre todo, y pese a lo dramático, la escritura de María Dueñas (amena, magnética, envolvente, repleta de sabiduría, algo como la sangre late y circula en ella) transluce una intrínseca pulsión lúdica, un contagioso y gozoso divertimento que hace vivos y peliculescos a sus personajes, pese a que el lector no oiga el acento malagueño de las Arenas ni el torpe modo en que las hermanas llegan a morder el inglés.


IV de VII
Las Arenas deciden quedarse en Nueva York y dejar la demanda en las manos de sor Lito y por ende acuerdan reabrir El Capitán. Victoria y Remedios laboran allí de tiempo completo; Luz se emplea en la cercana lavandería del matrimonio Irigaray; y Mona sobre todo se ocupa de las compras para abastecer el negocio, luego del único día que sirvió de uniformada camarera en el lujoso piso “en la planta diecisiete del edificio The Majestic”. (Ganó tres volátiles dólares por más de seis horas de trabajo.) Día en que la monárquica y pomposa madrileña “Doña Esperanza Carrera y de la Mata, marquesa de la Vega Real”, organizó un elitista cocktail party para agasajar al primogénito de Alfonso XIII, nada menos que el achacoso y débil ex Príncipe de Asturias y Conde de Covadonga, sin que Mona, dada su tremenda ignorancia y desinformación, se haya percatado de la identidad de tal histórico y legendario personaje (y mucho menos de la antipatía y las explosivas connotaciones políticas e ideológicas que tal identidad suscita entre la mayoritaria comunidad republicana, o prorrepublicana, de sus paisanos inmigrantes de clase humilde y trabajadora), pese a que ya en la avenida, ella intervino espontáneamente, dado el súbito y agresivo acoso de un fotógrafo y un reportero de la chismografía del corazón amarillista, para que el conde, en medio de la insidiosa y violenta escaramuza, no se diera un mortal porrazo contra el asfalto. Y a modo de gratitud, él le dijo ya acomodado en el interior del “elegante Lincoln” manejado por su chofer: “Le quedo infinitamente agradecido; aquí tiene mis coordenadas, por si en algo puedo servirla alguna vez.” Y por ende le obsequió su tarjeta, tachando la dirección francesa y anotando con su real grafía: “St Moritz Hotel”, “New York”. 
      
Las hijas del Capitán
Detalle de la tercera de forros
      Sorpresivo incidente callejero que la deja sola en la intemperie “frente a la gigantesca oscuridad de Central Park”. (Sus desesperadas, gritonas y egoístas colegas regresaron en la furgoneta conducida por un desesperado “chico del barrio” que, dando claxonazos, no quiso esperarla.) Y de nuevo por su ignorancia, incluso del inglés, inextricable a su fobia al subway (“ni muerta estaba dispuesta a bajar sola a esas cavernas donde decían que los trenes pululaban como gusanos por las entrañas de la ciudad”), se ve obligada a regresar a pie, pese a la madrugada, desde el “115 de Central Park West” hasta la Catorce, caminando “en línea recta a lo largo de casi sesenta manzanas”.



V de VII
Todo indica que el matrimonio Irigaray, de origen vasco, en cuya lavandería trabaja Luz, se percató del talento para el baile y el canto de su empleada, pues son ellos quienes la animan a que se presente al casting para una zarzuela que por las noches se ensayará en La Nacional. “Gracia tienes para parar un tren”, la elogia cantarín don Enrique. “El año pasado representaron La Revoltosa, contó [doña Concha] mientras sacudía una camisa impoluta; el anterior, La rosa del azafrán. Todos los participantes eran meros aficionados, se ensayaba en los locales de La Nacional y después, para el estreno, se alquilaba el teatro San José de la Quinta avenida, y las entradas se agotaban, y no había hablante de español en Nueva York que no acudiera y no aplaudiera a rabiar.” “Para este año tienen en mente Luisa Fernanda”, añade.
Al compartirle a su madre que irá a la selección, Remedios, atávica y obtusa, le impone su negativa alegando “el trabajo” y, sobre todo, el luto por la muerte de Emilio Arenas. Y en la gresca a voces, Luz afirma su postura con su aceitada lengua: “¿Sabe lo que le digo, madre? Que trabajo nueve horas al día y con eso ya cumplo con mi parte; si este negocio [El Capitán] no funciona, no es culpa mía. Y, además, si soy capaz de ganarme yo sola un jornal, lo mismo puedo decidir en qué otras cosas gasto el poco tiempo que me sobra.” Y le recalca puntillosa: “¡Decido que no tengo por qué mostrar una pena que no siento!”
Estando las cosas así de tensas, el matrimonio Irigaray, casi sus padrinos, la acompañan al multitudinario casting; y Mona, por su cuenta, va a curiosear casi de manera furtiva. Según relata la voz narrativa:
“Eran más de las diez de la noche cuando a Luz le llegó el turno, para entonces la sala estaba llena de sillas descolocadas, huecos vacíos y caras que rezumaban cansancio y aburrimiento. Tan pronto la vio subir a la tarima, Mona se sacudió la modorra y enderezó la espalda. Ahí estaba su hermana pequeña, ese rabo de lagartija que fue de niña convertida ahora en una espléndida mujer embutida en el vestido de tela barata que Mama Pepa le cosió a mano un par de meses antes de marcharse al otro barrio. Sobre los hombros llevaba un mantoncillo prestado; en los labios, algo de carmín. Lo demás —el talle, la soltura y el brillo que irradiaba— lo traía de natural.
“Arrancó el piano por enésima vez, Luz miró al techo y cogió aire, barrió la sala con los ojos, sonrió segura y empezó a cantar. Y de pronto, todo pareció despertar de una densa somnolencia. Ahí estaba la hija pequeña del desgraciado del Capitán, peleando como una jabata por el papel de la joven Rosita, la que abría Luisa Fernanda con su canto chispeante y desenfadado.

                  Mi madre me criaba pa chalequera,
                  pero yo le he salido pantalonera...

“Toda la gracia del sur, todo el sol de su tierra parecían haberse concentrado en ella a pesar de no haber cantado en su vida zarzuela: ahora giraba un hombro, ahora acunaba las caderas, luego requebraba al pianista y le lanzaba un guiño. Con desparpajo y movimientos entre airosos y seductores, Luz dominó el escenario como si no hubiera hecho otra cosa desde que Remedios la trajo al mundo.
“El salón entero la aplaudió de pie.
“Mona, en cambio, no fue capaz de dar más de tres lentas palmadas: tantos sentimientos se le habían juntado dentro, que se le puso la piel de gallina.”
Las hijas del Capitán (p. 167)
        Viene a colación tal pasaje porque el talento para el canto y el baile es algo consubstancial en Luz; siempre que lo hace descuella y llama la atención. Un talento que, no obstante, habría que desarrollar, diversificar y pulir a base de práctica y estudio, y, llegado el caso, convertir en modus vivendi. Esto lo advierte una tal Marita Reid al observarla en un ensayo en La Nacional y por ende la convoca a una prueba en el Chanin Theatre. Altanera, gibraltareña de nacimiento, con más de cincuenta años de edad, Marita Reid, quien le hace la prueba tocando el piano, tiene a cuestas una larga trayectoria en las tablas y en los escenarios, según les recita de carrerilla a Luz y a Mona, quien acompaña a su hermana a la prueba de esa extraña que no le despierta mucha confianza y cuyo intríngulis de su verbosidad poco entienden, dada su incultura: “Pisé mis primeras tablas con una troupe de cómicos antes de cumplir los siete años, recorrí media España en carromato haciendo espectáculos ambulantes, a lo dieciséis me vine para New York en un carguero italiano que tocó el puerto de Algeciras, todo el mundo decía que aquí había un futuro prometedor, por eso habréis venido vosotras también, ¿no? [...] Estuve con la Compañía de Teatro Español desde que Zárraga la fundó en el 21 —prosiguió—, fui la Malvaloca de los Álvarez Quintero y la María en El nido ajeno de Benavente, me sumé a los montajes que Narcisín Ibáñez Menta se trajo de Buenos Aires, conocí al poeta García Lorca cuando estuvo aquí hace unos años fascinado con los negros de Harlem; he hecho sainete, astracanada, opereta y vodevil, Fortunio Bonanova quiso llevarme a Hollywood en el 32 y le dije nanay...”

     Luz, obviamente, pasa la prueba y tendrá que decidir “en un par de días, tres a lo sumo”, si se integra (o no) a ese mundillo de la farándula que apenas capta y que Marita Reid les puntualiza: “Se llama espectáculo de variedades ambulante, sweetheart: un poquito de zarzuela como la que estáis ensayando en la Catorce, algo de humor que les haga reír, buenas dosis de folklore, un par de números de guitarra, un galán que recite unos versos bien sentidos, una artista algo descolocada que cante el cuplé con picardía... Y a ti, después de haberte visto hoy, te quiero para que aportes la cuota andaluza ligera, la de la copla y la tonadilla, ya sabéis...” 
 
Las hijas del Capitán (p. 223)
     Esa experiencia, aunada a la que viven las tres hermanas en El Chico (“inclasificable mezcla de cabaret, mesón sofisticado, pequeña sala de fiestas y célebre night-club”) al que van en taxi invitadas por el modesto vendedor de tabaco Luciano Barona (tras la sugerencia terapéutica de sor Lito), donde fueron “las mujeres peor vestidas de la noche”, incita a Mona emprender (sin decirle nada a su explosiva y prejuiciosa madre, pero sí a sus hermanas) la azarosa, onírica y aventurera tarea de convertir el casi improductivo restaurancito en un boyante night-club basado, además, en la empresa formulada por Marita Reid, quien se ríe de ella y cuestiona sus ingenuas intenciones cuando Mona la busca, sin dinero para financiar el proyecto, para que monte en El Capitán su “espectáculo de variedades”. 
   Ante la negativa de Marita Reid, Mona no se da por vencida en su quimérico empeño y empieza, apoyada por un viejo guitarrista retirado y sobre todo por el jovenzuelo Fidel Hernández (el homónimo hijo del susodicho funerario e imitador de Gardel que fracasara en su intención de ganarse un lugar en El Chico), a organizar un casting en una azotea cercana al edificio de la Catorce, con el objetivo de seleccionar un elenco que se presentará en el inminente estreno del night-club bautizado por ella: Las hijas del Capitán, cuyo acondicionamiento y publicidad también planea y organiza endeudándose por aquí y por allá, apoyada en todo por Fidel, quien además de aportar su imitación de Gardel, pone sus ahorros y contribuye con ideas y tareas. Y es en tal azotea de populoso vecindario donde un desconocido, tras oír y ver la interpretación de Luz, pese a que la adula y celebra, les sorraja al corro su criterio demoledor diciéndoles que “van directos a un fracaso seguro”, que “su estilo tiene muy poco futuro aquí”, porque dizque “todo el mundo está loco” por “la música del Caribe”, que no llegarán “a ningún sitio fuera de los círculos de inmigrantes y de algunos wealthy snobs, algunos ricos que regresan de sus tours por Europa y quieren hacerse los entendidos”. El caso es que mandan al carajo a ese tipejo aguafiestas, quien al despedirse rebuzna su nombre para que lo sepan hasta las piedras de las catacumbas: Franz Kruzan, y dizque es popular “en cualquier tienda de música del Uptown”.
   
Xavier Cugat y Abbe Lane
        Mona, que además de las compras del Capitán y de servir de asistente de la vieja Máxima Osorio (una ricachona española en silla de ruedas: tirana, engreída, pretenciosa, cleptómana, embustera, culocéntrica, manipuladora, y con proclividad para el insulto y la soez humillación verborreica), sigue adelante ilusionada y bregando para lograr sus oníricos propósitos en torno al futuro night-club. Pero el gusanillo deja incómoda a Luz y por ende busca a ese supuesto experto que se dice “buscador de talentos”, que si bien, dado que ella no tiene ni calderilla, le paga un astroso maestro cubano con el que está compinchado y que le enseña a bailar los ritmos tropicales del Caribe, lo que busca, además del nauseabundo deshago y abuso sexual, es manipularla, dominarla y explotarla a largo plazo únicamente para sus bolsillos. De modo que le prohíbe que participe en el programa con el que Mona planea inaugurar Las hijas del Capitán y para el colmo del machismo ramplón, troglodita e inveterado: la golpea, le deja un elocuente moretón en un pómulo. (“Amoratado, hinchado, siniestramente feo.”) Es de decir, se trata de un vulgar vividor, de un auténtico pelafustán, de un hipócrita que además maltrata a su esposa. Y si Luz, con determinación, hace patente su individualidad y su derecho a ser ella misma ante los castrantes prejuicios de su madre, e incluso se depila las cejas y se tiñe de pelirroja frente al agrio desacuerdo de las Arenas, carece de madurez, malicia y suspicacia para discernir, por sí misma y sin ayuda de nadie, que ese patético y supuesto mánager que la usa y mangonea, además de ser un reverendo hijo de puta que le dora la píldora diciéndole que será una gran artista, una gran estrella que brillará y deslumbrará en el firmamento, está en la vil ruina.
   
Detalle de Las bodas de Camacho (1929)
Grisalla en negro sobre lienzo de Josep Maria Sert,
otrora exhibido en el Sert Room del hotel Waldorf Astoria.
        El talento para el baile de los ritmos caribeños que recién ha aprendido con el desastrado maestro cubano (al parecer bailarín y coreógrafo), se hace patente, sin buscar la aprobación, la noche en que Luz, Mona y Tony Carreño (el cicerone y lazarillo para ellas en el laberinto neoyorquino y en el idioma inglés) asisten inesperadamente invitados, por el frágil Alfonso de Borbón, “al imponente Sert Room del hotel Waldorf Astoria”. (Mona, ingenua e ignorante ante la comunidad republicana y prorrepublicana asentada en Nueva York, pretende que el ex Príncipe de Asturias, dada su fama, apadrine y publicite la apertura de Las hijas del Capitán; y para la sorpresiva invitación a cenar en el Sert Room del Waldorf Astoria, luego de colarse hasta la habitación del hotel St Moritz donde se hospeda el desvalido, aburrido y solitario conde, los tres se ataviaron
ex profeso en la casa de empeños de un prestamista y chamarilero judío, del que Tony es conocido y asiduo cliente, quien además las llevó con una peluquera conocida de él.) Bilingüe y pícaro con mucha calle neoyorquina, astucia y olfato de perro callejero, y facilidad para el mimetismo, el camuflaje y la teatralización, Tony, nacido en Tampa de padre español y madre cubana, baila con Luz “con una gracia y un desparpajo que llamaba la atención”. Tal es así que el director de la orquesta (que toca El manisero, Cachita, Amapola y Siboney), nada menos que el legendario Xavier Cugat (conocido “ya por toda América” “Como el rey de la rumba”, “el Rhumba King”) al acercarse a la mesa a saludar al Conde de Covadonga, le dice a ella sin que le pregunten y como mostrándole un espejo para que observe y mejore su estilo y su imagen: “Te he visto bailar, nena. Y lo haces molt bé, molt bé... Me recuerdas mucho a una noia de origen español a la que conocí no hace mucho en el casino Agua Caliente de Tijuana. Tenía un número con el seu pare, un bailarín sevillano; un cosa que llamaban ‘Tardes mexicanas’ aunque ninguno de los dos conocía México ni de lejos. La noia prometía, pero le chirriaban algunas cosas. El color de pelo, por ejemplo, y algo de peso de más. Le faltaba también sofisticación, no era seductora al caminar ni sabía mover las manos y tenía un apellido feo, poco apropiado para la rapidez con la que todo transcurre en este país; por eso yo mismo le propuse cambiárselo: de Cansino a Hayworth, que aquí suena molt millor. Fixa’t tú la suerte que le traje, que ya está rodando films en Hollywood con la Columbia…” 
   
Rita Hayworth y Xavier Cugat
        Y como para que el elogio no suene a palabrería ni a vil adulación, ni caiga en saco roto y se escurra por la hedionda alcantarilla, le dice con su catador ojo de buen cubero: “Estoy montando un espectáculo nuevo para dentro de unos meses, nena; si necesitas trabajo y estás dispuesta a pulirte y a trabajar duro, búscame. No tengo tarjeras, no las necesito, me conoce tothom. Tan sólo averigua por dónde ando y pregunta por mí.”
 
Las hijas del Capitán
Detalle de la tercera de forros
        Así que en un posterior episodio, Tony, para que Luz se realice y se aleje del méndigo golpeador y manipulador de Franz Kruzan, la anima a que busque a Xavier Cugat, quien la recibe “en una sala subterránea del majestuoso Waldorf Astoria, al compás de una orquesta de seis verdaderos profesionales”. Y tras “un par de temas”, Cugat le da su dictamen: “Tienes potencial, nena, pero estás encara una mica verda. Para primera artista no me sirves, aunque no te digo que en un futuro no puedas llegar.” Y añade: “Lo que puede ofrecerte de momento es un puesto de chica de conjunto en el sexteto que va a acompañarnos.” “Pero antes de decidirte, nena, hay una cosa importante que debes tener en cuenta. El show vamos a prepararlo a lo largo del verano acá en New York, pero a finales de agosto empezaremos a hacer un coast-to-coast que durará al menos todo el otoño.” Y como Luz Arenas no entiende esas palabrejas en inglés: “coast-to-coast”, Xavier Cugat, tras la sonora carcajada le dice: “Nada raro, reina, no te asustes: un coast-to-coast, una gira atravesando el país de costa a cosa, ¿entiendes?”



VI de VII
Sin revelar el discurrir de la obra y su desenlace, ni todos los vericuetos y entresijos de la novela Las hijas del Capitán, ni el total de sus personajes (con sus correspondientes peculiaridades y anécdotas) ni sus varias líneas de paulatino y dosificado suspense, se observa que Victoria, la mayor de las Arenas, es la que única que opta por ajustar el destino de su infausta vida con los romos prejuicios y anacrónicos atavismos de su inculta, iracunda, supersticiosa, broncuda, cretina, egocéntrica, castrante, lenguaraz y viperina madre, quien piensa que el subway, las bombillas eléctricas y los timbres eléctricos son cosa del demonio, y que “un varón siempre da buena sombra por malo que sea” y que lo ideal para sus hijas, que llama “niñas” o “chicas”, son “hombres que les saquen un puñado años”. Pues como para complacerla y darle “a la familia un poco de seguridad”, Victoria, pese a que no siente amor ni está enamorada, acepta casarse con el viudo Luciano Barona, el cincuentón y ambulante vendedor de tabaco, con una pequeña casa en Brooklyn, que empieza por volverse asiduo del restaurancito. Pero el día de la boda, al presentarse Chano, el homónimo hijo del tabaquero, un joven y musculoso ex boxeador, brota entre éste y Victoria una recíproca, soterrada y candente atracción erótica que enturbia su equilibrio mental, y luego la intimidad y fidelidad de su matrimonio. 

VII de VII
Vale concluir la fragmentaria nota apuntando que las ambiciones, la vileza y la malicia del abogado Fabrizio Mazza son tales, que no ceja en acosar a las Arenas para dizque representarlas en la demanda contra la Compañía Trasatlántica, ni por descarrilar y arrebatarle el caso a sor Lito. Por ejemplo, en complicidad con su sobrino Tomasso, quien con fuerza la sube a un auto, secuestra por unas horas a Mona e intenta manosearla. (La dejan abandonada en un solitario muelle cercano al Puente de Brooklyn, “donde un cuerpo podía quedar tirado como un bulto hasta la mañana siguiente”.) En El Capitán, Fabrizio Mazza está a punto de golpear a Victoria, pero las rudas manazas y el puñetazo del tabaquero Luciano Barona lo frustran. Hace que un par de mozalbetes empujen a la liliputiense monja por las escaleras del subway, maltrato que parece haber incidido en el extraño dolor en un costado que va minando su salud, bienestar y optimismo, a tal punto que, antes de fallecer, traspasa la representación de las Arenas a un abogado traicionero y sin escrúpulos que, que sin que la religiosa y ellas lo sepan, le vende el archivo y la representación a Fabrizio Mazza. La madrugada del “viernes 26 de junio de 1936”, el esperado y soñado día en que iba a efectuarse la inauguración del minúsculo night-club Las hijas del Capitán, hace que sus matones lo hagan trizas, por fuera y por dentro. Y cuando, sin que las Arenas lo sepan, Luciano Barona, con su atado de tabacos, va a pie hasta su oficina en el barrio italiano para reclamarle el artero y delincuencial hecho, Fabrizio Mazza lo mata de tres balazos a quemarropa. Y ya en la madrugada, los mismos matones que destruyeron el nonato night-club, arrojan el cadáver, enrollado en una manta, a una fuente inmediata al edificio. 
Las hijas del Capitán, p. 450
        Deprimidas, dolientes y desmoralizadas las hermanas Arenas, tras discutir y sopesar durante una madrugada los impunes y criminales actos del abogado Fabrizio Mazza (recién descubrieron la subrepticia compra del expediente de la demanda y que el italiano es el asesino de Luciano Barona y que la policía no dio pie con bola), urden un teatral y peliculesco plan vengativo para cazarlo y desaparecerlo del mapa en un solitario cobertizo de una naviera noruega en los desérticos muelles de Brooklyn, logística y tácticamente apoyadas y respaldadas por los tres hombres que las quieren hasta el tuétano: Chano, Tony y Fidel. Pero cuando cada una empuña una pistola contra el ensangrentado picapleitos (ya el ex boxeador le dio una buena golpiza en memoria de su padre), pese a que se trata de la odiada y pestilente hez de la canalla que ha estado hostigando y fastidiando su vida y su futuro, descubren que no tienen la frialdad necesaria para apretar los tres gatillos y perforarlo a balazos. Y si bien una inesperada y súbita intervención las salva de ser ellas las ejecutoras del asesinato (y a ellos también), no dejan de estar moralmente comprometidas e involucradas.



María Dueñas, Las hijas del Capitán. Iconografía en blanco y negro. Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta. 1ª reimpresión en México, mayo de 2018. 624 pp. 


 

La guerra de los mundos

Bajo el talón de los marcianos

I de III
El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) leyó en inglés la prolífica y polifacética obra del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946). De ahí que lo haya antologado y prologado, en español, en dos libros pertenecientes a dos colecciones canónicas seleccionadas y dirigidas por él y su dedo flamígero de demiurgo mayor (que alguna poderosa empresa editorial del siglo XXI debería exhumar y editar para los remisos y sobre todo para las nuevas generaciones de lectores de habla hispana). Uno es La puerta en el muro, número 11 de la serie La Biblioteca de Babel, editado en Madrid, en 1984, por Ediciones Siruela, que compila los relatos: “La puerta en el muro”, “El país de los ciegos”, “El caso Plattner”, “La historia del difunto señor Elvesham” y “El huevo de cristal” (que es un pequeño, camuflado y perdidizo objeto alienígena donde, en su interior y en la obscuridad, se pueden observar imágenes que corresponden al planeta Marte y sus habitantes, y donde al unísono, desde allá, se ve el planeta Tierra como una reluciente estrella vespertina); del cual, en su prefacio, revela: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” El otro libro, editado en 1985 por Hysparémica, en Madrid y en Buenos Aires, es el número 14 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges y reúne a La máquina del tiempo (1895) y a El hombre invisible (1897), dos de las novelas más famosas y sucesivamente traducidas y reeditadas de H.G. Wells, uno de los angulares precursores de la ciencia-ficción de siglo XX; obras, de eufónicos títulos (explotados ad nauseam por la industria del cine), no menos célebres que La isla del Doctor Moreau (1896), La guerra de los mundos (1898) y Los primeros hombres en la Luna (1901).
H.G. Wells con su primer traje de etiqueta
(enero de 1895)
Foto en H.G. Wells (Circe, 1993),
biografía de Anthony West
       Abundan las dispersas y múltiples alusiones de Borges sobre la obra de H.G. Wells —entre las más notables descuella la que se lee en “La flor de Coleridge”, ensayo publicado el 23 de septiembre de 1945 en La Nación, periódico de Buenos Aires, luego compilado en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952), donde también antologó a “El primer Wells”, ensayo que se autoeditó, en septiembre de 1946, en el número 9 de Los anales de Buenos Aires; y la reseña ideológico-política 
“Dos notas”, que con el título Dos libros de este tiempo” había publicado el 12 de octubre de 1941 en La Nación, en cuya primera parte alude tres libros de Wells leídos por él en inglés: Guide to the New World. A Handbook of Constructive World Revolution (1941), The Fate of Homo Sapies (1939) y The Common Sense of War and Peace (1940)—. Y en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica de la capital argentina, Borges publicó tres cuentos de H.G. Wells traducidos por él: “El caso del difunto Mr. Elvesham” en el número 28 (febrero 17 de 1934), “Los distantes ojos de Davidson” en el número 41 (mayo 19 de 1934) y “El cono” en el número 58 (septiembre 15 de 1934). Y en la revista Sur se ocupó de su obra en cuatro artículos: “Wells, previsor”, en el número 26 (noviembre de 1936); “H.G. Wells y las parábolas”, nota en torno a The Croquet Player y Star Begotten, en el número 34 (julio de 1937), incluida en 1957 en su libro Discusión (Gleizer, 1932); “Apropos of Dolores”, nota en torno al libro homónimo, en el número 50 (noviembre de 1938); y la reseña “H.G. Wells, Travels of a Republican Radical in Search of Hot Water” en el número 64 (enero de 1940). Y en “Libros y autores extranjeros”, sección de la revista bonaerense El Hogar, entre el “27 de noviembre de 1936” y el “24 de marzo de 1939”, Borges comentó y criticó en español, brevísimamente, ocho libros de H.G. Wells leídos en inglés: Things to Come, The Croquet Player, Star Begotten, Brynhild, The Brothers, The Camford Visitation, Apropos of Dolores y The Holy Terror. Y el “13 de mayo de 1938” concluyó la miscelánea subsección “De la vida literaria” con un sarcástico e hilarante comentario: “En el segundo volumen de su Autobiografía, H.G. Wells declara que Marcel Proust tiene menos valor documental y es menos divertido que un diario viejo y que éste ofrece la ventaja de ser más fidedigno y de no imponer su interpretación.”   
 
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      Pero la relevante anécdota para la presente nota, y como preludio a mi reseña de La guerra de los mundos —la novela de H.G. Wells editada en octubre de 2016 por Libros del Zorro Rojo—, descuella el hecho de que el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar (cuando aún era reciente la sonora “broma de Halloween” con que Orson Welles y el Mercury Theatre aterrorizaron a los crédulos radioescuchas de la cadena CBS que oían “un programa de música de baile” “interrumpido por unos alarmantes boletines informativos”, y por entrevistas y transmisiones supuestamente en vivo desde el dramático lugar de los hechos, que reportaban el arribo de los marcianos haciendo la destructiva guerra a los horrorizados y masacrados terrícolas en varios lugares del país del Tío Sam), Borges, en la subsección “De la vida literaria” y con el título “H.G. Wells contra Mahoma”, alude otra perenne guerra de los mundos ideológico-religiosos, que da visos de que por esas trincheras del planeta Tierra podría existir otro ayatola Jomeini, barbudo y ortodoxo, dispuesto a condenar a la hoguera otros Versos satánicos y a su barbudo autor anglohindú, por sus presuntas blasfemias contra el Islam, El Corán y su profeta. En su prefacio a La puerta en el muro, Borges recuerda que al igual que George Bernard Shaw, H.G. Wells perteneció a la Sociedad Fabiana de Londres, una agrupación de intelectuales con ideas pragmáticas y socialistas, pero no marxistas ni revolucionarias ni todos coreando al unísono una especie de candorosa y acólita internacional socialista; no obstante, Wells, en su búsqueda de un hipotético y cooperativo “Estado mundial organizado” —según se lee casi al término de su Experimento en autobiografía (Espasa-Calpe Argentina, 1943)— llegaría a alabar los “logros” en la URSS del sanguinario genocida y dictador José Stalin y su supuesta personalidad (“Jamás he visto a un hombre más cándido, más limpio y más honesto”), con quien dialogó en 1934 en su viaje al Kremlin de Moscú, el epicentro de la totalitaria e imperialista cortina de hierro. En este sentido (y contrasentido), Borges apunta: “En su libro La conspiración abierta, Wells declaró que la división actual del planeta en distintos países, regidos por distintos gobiernos, es del todo arbitraria y que los hombres de buena voluntad acabarán por entenderse y prescindirán de las formas actuales del Estado. Las naciones y sus gobiernos desaparecerán, no por obra de una revolución, sino porque la gente comprenderá que son del todo artificiales.” 
   
Espasa-Calpe Argentina
(Buenos Aires, 1943)
           Pese a que Borges recuerda que “Anatole France dijo de él que era ‘la mayor fuerza intelectual del mundo de habla inglesa’”, se trata de un presagio incierto, de una vaporosa y evanescente utopía (digna de la Oda a la alegría de Beethoven) que, sin proponérselo, refrenda, por actual (en el contexto de la globalizada islamofobia y viceversa), el meollo de la breve nota “H.G. Wells contra Mahoma”, escrita con ese estilo borgeseano de condensada erudición enciclopédica que se aprecia, por ejemplo, en su prefacio a La cruzada de los niños, de Marcel Schwob; en su prólogo a Mystical Works, de Emmanuel Swedenborg; y en algunos de los textos del Libro del cielo y del infierno (Emecé, 1960), antología urdida a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares:
“Es conocida la veneración que el Islam profesa por su libro sagrado. Los teólogos musulmanes afirman que el Corán es eterno, que los ciento catorce capítulos que lo forman son anteriores a la tierra y al cielo y sobrevivirán a su fin, y que el texto original —la Madre del Libro— está en el paraíso, donde lo veneran los ángeles. Otros doctores, no contentos con esas prerrogativas, han divulgado que el Corán puede tomar la forma de un hombre o la de un animal y contribuir a la ejecución de los impenetrables propósitos del Señor. Este mismo (en el capítulo diecisiete de su obra) dice que aunque los hombres colaboraran con los demonios para confeccionar otro Corán, no lo conseguirán... H.G. Wells (en el capítulo cuarenta y tres de su Breve historia del mundo) se felicita de esa incapacidad humanodemoníaca, y deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso.
“Indignados, los mahometanos que residen en Londres han procedido en su mezquita a una ceremonia expiatoria. Ante una silenciosa congregación, el doctor Addul Yakub Khan, barbudo y ortodoxo, ha arrojado a las llamas un ejemplar de la Breve historia del mundo.”
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        O sea que, al parecer, esa Breve historia del mundo, por tal bemol, no es parte de los últimos e idealistas libros de H.G. Wells que Borges refiere casi al concluir su prólogo a La máquina del tiempo y El hombre invivible: “En las últimas décadas de su vida pasó de la escritura de sueños a la redacción laboriosa de grandes libros que pudieran ayudar a los hombres a ser ciudadanos del mundo.” 

Vale decir que en su nota “H.G. Wells contra Mahoma”, Borges alude, sin precisar, el versículo 90 de la “Sura XVII” del Corán. En la traducción de Juan Vernet reza así: “Di: ‘Aunque se reuniesen los hombres y los genios para traer algo semejante a este Corán, no traerían nada parecido, aunque se auxiliasen unos a otros’.” Y en la versión de una anónima vulgata tariqa: “Di: Aunque los hombres y los genios se reuniesen para producir una cosa semejante a este Corán, no producirían nada semejante, aunque se ayudasen mutuamente.” Y una consulta a “Mahoma y el Islam”, el escueto “Capítulo XLIII” de Breve historia del mundo (con traducción “corregida y puesta al día” de R. Atard, publicada en Méjico, en 1939, por A.P. Márquez, Editor, “Con trece mapas a colores” y permiso de la empresa española M. Aguilar, Editor, que la publicó en Madrid, por primera vez, en 1935, “Con doce mapas”), revela que H.G. Wells esboza una imagen crítica, escéptica y somera del Corán y de ciertos rasgos humanos de la legendaria y mítica personalidad de Mahoma, quizá “lesivos” para los intolerantes barbudos y ortodoxos dispuestos a blandir la sharia, una fetua, la cimitarra, el Kaláshnikov o los ocultos explosivos adheridos al cuerpo (imagen de reprochable y violenta lobotomía que evoca “el conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche un credo servil”, que según el demiurgo mayor: “es el Vaticano y es Lhasa”). Por ejemplo, dice incrédulo de Mahoma: “Hacía versos que decía le comunicaba un ángel y tenía extrañas visiones en que aseguraba era transportado al cielo e instruido por Dios acerca de su misión [...] Al declinar sus años se casó con varias mujeres, y su vida, en conjunto, era poco edificante desde el punto de vista de las ideas modernas. Parece que Mahoma fue un compuesto de gran vanidad, codicia, astucia, desengaño y pasión religiosa muy sincera. Dictó un libro de preceptos y explicaciones: el Corán, que afirmó le había sido comunicado por Dios. Tanto literaria como filosóficamente, el Corán es manifiestamente indigno del Autor Divino a quien se atribuyera.” 
       Pero a pesar de la acritud y del disentimiento de H.G. Wells, en ninguna línea del “Capítulo XLIII” de su Breve historia del mundo “se felicita de esa” susodicha y supuesta “incapacidad humanodemoníaca” “para confeccionar otro Corán”, ni “deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso”.   
   
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        Desde las catacumbas del recalentado y minúsculo globo terráqueo, ciertos terrícolas sobrevivientes sabemos, por lega antonomasia, que no sólo los libros sagrados y los Evangelios apócrifos son formas de la literatura fantástica. Y si Borges, como buen humano-demiurgo, también incurría en olvidos y lapsus, quizá sí leyó y tuvo noticia de lo que apuntó y comentó el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar. Y tal vez, ante el auto de fe que condenó a la hoguera (en la mezquita de Londres) a su Breve historia del mundo, H.G. Wells decidió extirparle ese pasaje “revulsivo” (e “incendiario”) y por ende el traductor R. Atard no lo encontró cuando tradujo en la España de los años 30. 

II de III
Al término de su prefacio a La puerta en el muro, Borges dice: “Lamento haber descubierto a Wells a principios de nuestro siglo: querría poder descubrirlo ahora para sentir aquella deslumbrada y, a veces, terrible felicidad.” Aserto literariamente autobiográfico (ídem: “me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses”; “a veces pienso que nunca he salido de esa biblioteca”) que repite y varía al concluir su preámbulo a La máquina del tiempo y El hombre invisible: “Las ficciones de Wells fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos.” Palabras que repiten lo dicho por él casi al concluir su ensayo “El primer Wells”: “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí, tal vez serán los últimos...” Y concluye con un vaticinio de oráculo que alcanza con celeridad el imaginario colectivo del siglo XXI y lo rebasa: “Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien lo escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos.”
   
Borges en 1911
       
H.G. Wells en 1876
      No sin olvidar que “Un libro no es menos íntimo que las manos y los ojos” y que “La lectura es una forma de la felicidad” —Borges dixit—, en tales finales parece pregonar que las ficciones de Wells son propias para la infancia y la juventud de todo lector. Esto parece ser así en angulares casos y sin duda mucho lo es en el caso de La guerra de los mundos, novela que al parecer no era de sus preferidas, quizá por su desbordante y diverso filón fantástico. No obstante, en “El primer Wells”, afirma categórico: “Verne escribió para adolescentes, Wells, para todas las edades del hombre.”
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      “Impreso en Polonia por Zapolex”, en “octubre de 2016”, el libro La guerra de los mundos editado en Barcelona por Libros del Zorro Rojo está diseñado y manufacturado con un criterio celebratorio y preciosista, pese a que el corrosivo e insomne duende dejó su lúdica impronta (casi una cagadita de mosca): en el antepenúltimo renglón de la página 90 refulge una planetaria errata. De buen tamaño (24.05 x 17 cm), pastas duras y vistosa sobrecubierta (ilustrada en el anverso y en el reverso), en el frontispicio se anuncia que está “Ilustrado por Alvim Corrêa”. Y en el faldón se evoca la susodicha y legendaria “Transmisión radial de 1938” que suscitó “una ola de pánico colectivo” que catapultó a la fama (y a Hollywood) al joven Orson Welles en medio de un escandaloso y mediático juicio contra la CBS, y que por otra parte, Woody Allen recrea en un jocoso pasaje de su película Días de radio (1987): “Damas y caballeros, tengo el deber de comunicarles una grave noticia. Los extraños seres que han aterrizado esta noche son la vanguardia de un ejército invasor procedente de Marte.” Episodio que se complementa, en la contraportada y en la cuarta de forros, con un dizque desfragmentado código de barras (para quesque activarlo en la web) y su adjunto letrero: “Este enlace permite escuchar la grabación original de Orson Welles y leer la traducción de dicho guion radiofónico.” Episodio que se retoma en el tercer párrafo de “Sobre La guerra de los mundos”, nota sin firma de los editores, que precede a la traducción de la novela hecha por Ramiro de Maeztu: “El 30 de octubre de 1938, como broma de Halloween, el actor, director y guionista estadounidense Orson Welles adaptó La guerra de los mundos a un guion de radio que, teatralizado en forma de noticiario, narraba el arribo de naves marcianas a la ciudad de Nueva York. Los oyentes que sintonizaron la emisión ya comenzada y que, por ende, no habían escuchado la introducción aclaratoria, fueron presa de un estado de pánico que se extendió rápidamente por la ciudad. ‘Muchas verdades se han dicho en broma’, escribió H.G. Wells en su célebre libro. Sociedades con poderosos ejércitos y altamente armadas (como la británica y la estadounidense) habían recibido, en forma de reflejo espejeado, el terror que suscita su propensión al abuso militar.”

Orson Welles en 1938
       Vale puntualizar que si bien en esa legendaria e histórica transmisión radial hecha a través de las ondas hertzianas encadenadas a la CBS de Nueva York la noche del domingo 30 de octubre de 1938, entre las 20 y las 21 horas, el joven Orson Welles, de 23 años, era el director del Mercury Theatre —una pequeña compañía de actores (fundada por él y John Houseman) con quienes producía y realizaba el semanario programa radiofónico The Mercury Theatre on the Air (El teatro de Mercurio en el aire)— y el flamante primer locutor y actor del radioteatro (fue la diecisieteava entrega del programa semanal), él no escribió el guion radiofónico basado y a partir de La guerra de los mundos, la famosa novela de H.G. Wells, sino el dramaturgo y guionista Howard E. Koch. Y además de que durante la emisión del radioteatro hubo cuatro alusiones a la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells (al inicio, a la mitad, y dos veces al término), la supuesta invasión marciana (que dizque suscitó una apresurada ley marcial) no empezó en la ciudad de Nueva York ni se limitó a ella: el primer cilindro (no una nave) en el que dizque llegaron los marcianos supuestamente cayó en la Granja Wilmuth, en Grovers Mill, Nueva Jersey; y fue allí donde dizque se formó un cerco de “siete mil hombres armados con rifles y ametralladoras frente a una sola máquina de guerra marciana”, que en un instante los incendió y fulminó con su “rayo térmico”. 

   
Henrique Alvim Corrêa
(1876-1910)
       En la segunda de forros de La guerra de los mundos editada por Libros del Zorro Rojo, precedida por un retrato en blanco y negro de H.G. Wells, se lee una nota sobre su vida y obra. Y en la tercera de forros, encabezada también por un retrato en blanco y negro, se lee una nota de la misma índole sobre el pintor y artista gráfico Henrique Alvim Corrêa (Río de Janeiro, 1876-Bruselas, 1910), quien “falleció de tuberculosis a los treinta y cuatro años”. Es decir, derrotado en otra guerra de los mundos: la feroz batalla sin cuartel contra las bacterias, que son, con los virus, los seres microscópicos del planeta Tierra que, en la novela de Wells, derrotan y matan a los marcianos y exterminan en un santiamén (casi como con barita mágica) a la plaga de la invasora Hierba Roja, de rápida propagación, que los extraterrestres trajeron consigo.
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Treinta y dos espléndidas estampas de Henrique Alvim Corrêa figuran en el interior del libro con excelente reproducción, dispuestas en páginas completas e ilustrando, en buena parte, episodios adyacentes. Tan modernas y contemporáneas que podrían haber sido trazadas hoy mismo. Y se distinguen por su impronta caricaturesca, de recuadros de historieta (o novela gráfica), y por su dejo hilarante e infantil, muy visible, por ejemplo, en los saltones ojos antropomórficos (o animalescos) de las giratorias caperuzas metálicas de las descomunales Máquinas de Combate que en la novela se desplazan a gran velocidad con enormes zancadas de su mecánico trípode, una de las cuales se observa, en pleno ataque, en el diseño de la tapa. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Saltones ojos que, por ejemplo, también poseen los marcianos que se observan en esa imagen donde un hombre está cabizbajo y sentado en una escalera y agarrándose el cráneo con las crispadas manos, frente al cadáver de otro hombre que yace en el suelo con la cabeza reposada en el rastrero cuerpo de un marciano, y que remite a la angustia, neurosis y pesadilla que al escritor y filósofo le suscitan la presencia de los invasores extraterrestres y a la necedad, fobia, obcecación, delirio y psicosis del clérigo católico de Weybridge empeñado en seguirlo y en hacerle difícil la sobrevivencia. 

     
Editorial Sexto Piso
(México, 2005)
       Curiosamente, la traducción y edición de La guerra de los mundos que Sexto Piso publicó en México, en 2005, exhibe en la portada una de las láminas de Henrique Alvim Corrêa; pero además de que es la única (y se repite en la tarjeta postal adjunta al libro), en la página legal se acredita así: “Ilustración de portada: Alvin Correco, 1906”. Pero eso sí, en un fosforescente círculo anaranjado pegado al plástico protector que lo envolvía, se pregonaba con bombo y platillo a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “Nueva traducción y edición del libro clásico La guerra de los mundos, en el que está basada la película dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Cruise.” Largometraje de 2005 que supera con creces el filme de 1953, guionizado por Barré Lyndon y dirigido por Byron Haskin.

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         La preliminar y anónima “Nota de la edición” de Libros del Zorro Rojo informa y canta sobre las ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa:
    “La presente edición de La guerra de los mundos recupera las magníficas ilustraciones del artista brasileño Henrique Alvim Corrêa, iniciadas apenas cuatro años luego de la aparición del célebre libro. Estas portan, inalterado, el imaginario de una época que aún no conocía las feroces guerras del siglo XX. Trabajadas con lápiz de carbón y tinta sobre papel fueron publicadas por primera y única vez en 1906 por la editorial belga L. Vandamme & Co. En una tirada limitada de tan solo quinientos ejemplares.
“Por vez primera se ofrece al lector de habla hispana este trabajo que sorprendió gratamente al propio H.G. Wells, y cuyos trazos premodernistas y mirada futurista merecieron elogiosas palabras del autor homenajeado.”
Y entre lo que se dice en la tercera de forros sobre Alvim Corrêa, se lee que “En 1890 fue llevado por su padrastro a Europa. En 1894 comenzó sus estudios artísticos en París, donde asistió a las clases del pintor Jean Baptiste Édouard Detaille, especializado en pinturas de temática bélica. Al año siguiente expuso por primera vez en el Salón de París, y en 1900 se trasladó a Bruselas, donde instaló su taller. Realizó óleos sobre la guerra franco-prusiana, y acuarelas de impronta erótica, que firmó bajo el seudónimo de Henri Lemort (‘El muerto’ en francés) [...] En 1942, la guerra de este mundo casi acaba con su obra: el navío que transportaba a Brasil los originales de su trabajo fue atacado por las tropas alemanas. Pese a ello, prevaleció el arte.” 
 
Ramiro de Maeztu
(1874-1936)
          No obstante, Libros del Zorro Rojo no aporta ningún dato sobre el traductor Ramiro de Maeztu ni sobre su traducción de La guerra de los mundos. Nacido en Vitoria, el 4 de mayo de 1874, Ramiro de Maeztu “fue un diplomático y escritor español perteneciente a la generación del 98”, asesinado en otra sangrienta guerra de los mundos ideológico-políticos; es decir, el 29 de octubre de 1936 fue fusilado en Aravaca, entonces provincia de Madrid, “en el curso de una de las sacas que elementos del bando republicano efectuaron en el Madrid posterior al golpe de Estado de julio de 1936”. 
     
Editorial Bruguera
(Barcelona, 1981)
         Curiosamente, Editorial Bruguera, en Barcelona, en enero de 1981, publicó la traducción de Ramiro de Maeztu en un libro de bolsillo, de pastas duras y con ilustraciones en blanco y negro de Eugenio Darnet, número 1 de la colección Club Joven Bruguera, que en la tapa le canturreaba (y aún le canturrea) al novicio lector: “Ediciones íntegras e ilustradas”. Allí, en la página legal, el circulito del copyright de la traducción de Ramiro de Maeztu está datado en 1902. Es decir, primero, entre el 17 de marzo y el 21 de abril de 1902, la traducción de Ramiro de Maeztu, a modo de folletín, se publicó por entregas en El Imparcial, periódico de Madrid; y luego “ese mismo año la publicó la imprenta de El Imparcial en formato de libro”. Y “En 1914 [el año que en Europa estalló la cruenta, espeluznante y sonora Gran Guerra de varios mundos del mundanal mundo] apareció otra edición dentro de la Colección ‘Biblioteca de El Imparcial’, editada por Establecimiento Tipográfico de la Sociedad Editorial de España”. Pero lo que sí hizo Libros del Zorro Rojo fue añadirle, a la traducción de Ramiro de Maeztu, cinco sesudas e ilustrativas notas al pie de página.

III de III
Dedicada a su “hermano Frank Wells, que tuvo la idea”, y precedida por un epígrafe de Kepler, transcrito de La anatomía de la melancolía, de Robert Burton, La guerra de los mundos está dividida en dos partes. La primera se titula “Libro primero: La llegada de los marcianos”, y está seccionada en catorce capítulos con rótulos y números romanos. La segunda se titula “Libro segundo: La Tierra en poder de los marcianos”, y está dispuesta en nueve capítulos con rótulos y números romanos. Y la concluye un “Epílogo”. La voz narrativa, omnisciente y ubicua (alter ego de H.G. Wells), es la de un británico de clase media que reside en Woking (donde vivió el autor), pueblo en el sureste de Inglaterra, ubicado a un poco más de 40 km al sureste de Londres. Según dice de sí mismo, es “un escritor reputado que se ocupa en cuestiones filosóficas”; y por ende, previo al ataque alienígena, se pasa el tiempo “en aprender a andar en bicicleta y en escribir una serie de artículos” sobre el “Probable desarrollo de las Ideas Morales en concordancia con el progreso material e intelectual”. El meollo es que el arribo de los belicosos extraterrestres ocurrió un viernes de junio de 1894 y la dramática guerra de los ingleses contra los marcianos duró sólo unos quince días (o un poco más); y él traza un círculo narrativo en el decurso de la trama que evoca y relata, pues el domingo (posterior al viernes), ante el avance asesino y destructor de los marcianos, salió huyendo de Woking en compañía de un artillero y un mes después regresa a su medio destruida y saqueada casa familiar, donde en su despacho, en el piso superior, lee el inconcluso manuscrito del artículo que estaba escribiendo cuando aquella noche del viernes cayó el primer cilindro en la llanura de Horsell. Y al poco rato de su retorno, para, con un final feliz, cerrar el círculo evocativo y narrativo del libro, llegan nada menos que su propia esposa y su primo, a quienes creía masacrados en la villa de Leatherhead, pues los suponía allí cuando fue demolida por una de las terroríficas y altas Máquinas de Combate de los marcianos.
Vale puntualizar, entonces, que el filósofo y escritor, quien nunca dice su nombre, hace un recuento y una reminiscencia de lo ocurrido seis años antes: en 1894. Es decir, él escribe y narra sus memorias —y lo indagado, lo meditado, lo conjeturado y lo hipotético— en 1900, o sea: en el inminente futuro ante el presente de H.G. Wells, pues La guerra de los mundos se editó en 1898.   
Portada de la primera edición en inglés
de La guerra de los mundos (1898)
      Entre sus preliminares reflexiones sobre el extinto y fugaz ataque de los marcianos —cuyo clímax destructivo (y la derrota) se sucede en Londres, la metrópoli más poderosa del mundo, de la que frente el avance de los marcianos salieron huyendo unos seis millones de aterrorizados terrícolas—, el filósofo y escritor apunta: “Antes de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no solo especies animales, como el bisonte y el dodo, sino también razas humanas inferiores. Los tasmanios, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años que emprendieron los inmigrantes europeos.” Es obvio que ese prejuicio y atavismo xenofóbico y racista del arquetipo del hombre blanco que se transluce en sus conceptos taxonómicos, propio de la idiosincrasia y supremacía imperial británica decimonónica, resulta ahora obsoleto y anacrónico. Pero es lo que piensa el filósofo y escritor, tan veraz como es su inveterada creencia en Dios, sus rezos y ruegos; y por ende, antes de su breve colapso amnésico, le agradece haber sobrevivido al ataque de los extraterrestres. E incluso es a Dios a quien le atribuye la creación y existencia de las bacterias y virus que causan la muerte y exterminio de los marcianos: “por las ínfimas criaturas que Dios, con su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra”. De ahí que diga: “Acaso los marcianos, llenos de confianza, invocaban también a Dios. Seguro que, aunque no hayamos aprendido nada más, esta guerra nos ha enseñado la piedad, piedad hacia esas almas sin razón que nosotros dominamos.”

H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kensington,
como alumno del curso de biología elemental del gran
Thomas Henry Huxley.

Foto en H.G. Wells (circe, 1993)


       
Thomas Henry Huxley
(1825-1895)
Según Borges:
Apodado el bulldog del darwinismo
Foto en Experimento de autobiografía  (Espasa-Calpe, 1943)
          No obstante que la novela La guerra de los mundos se cuenta entre los decimonónicos y finiseculares libros precursores del género literario de la ciencia-ficción del siglo XX (y de su traslación al cine), sus planteamientos “científicos” son pseudocientíficos y a todas luces ficticios, ingenuos e imaginativos, y muy marcados por las limitaciones y recursos técnicos, mecánicos, armamentísticos, tecnológicos y científicos de la época, y por los usos, hábitos, costumbres y transportes terrestres y acuáticos del entorno social victoriano. Su ritmo es vertiginoso, envolvente y trepidante. Y en el desarrollo de la trama, además de las escenas y anécdotas particulares, descuella la mirada panorámica, geográfica y aérea de la voz narrativa, que evoca y narra sus propias observaciones y experiencias vividas y sabidas entre las villas y villorrios que van de Woking a Londres y en los márgenes del Támesis; pero también las vistas y vividas por su hermano, estudiante de medicina en la capital inglesa, quien, en medio de los sinsabores y ríspidos azares suscitados por el sorpresivo e imprevisto ataque alienígena, logra huir de Londres y embarcarse en un vapor rumbo a Ostende en compañía de un par de señoras.  

Inextricable a las escenas bélicas y a los escenarios de destrucción, muerte y abandono, y a la agresiva competitividad, deshumanización y egoísta beligerancia que la guerra y el terror suscita en un tris entre los pobladores que huyen o son atacados por los marcianos (hay robos y rapiña —no sólo alimenticia— en los comercios, bares y casas, y se suceden abusos, agandalles, tacañerías, pleitos callejeros y asesinatos, e incluso los periódicos aumentan sus precios en su afán de lucrar con el pánico, el drama y el avance de los extraterrestres), lo que descuella sobremanera, por inaudito y nunca visto, es lo que concierne a los extraños seres procedentes de Marte, de los cuales, según reporta el escritor y filósofo, seis años después del ataque, en el Museo de Historia Natural, en Londres, se “conserva en alcohol” “un ejemplar magnífico y casi completo”; mientras que en la cima de “la cuesta del Primrose Hill”, “todavía se alza allí” una de las gigantes Máquinas de Guerra de trípode, que los británicos, adultos y niños, acuden a contemplar con asombro y boquiabiertos, casi como si fuera la enorme montaña rusa de un parque de diversiones itinerante. 
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
          Para viajar al planeta Tierra desde Marte —focalizada su caída en la todopoderosa Gran Bretaña—, los marcianos cruzaron, raudos y veloces, los “sesenta millones de kilómetros” del “espacio vacío” a bordo de unos enormes cilindros (cayeron diez en total en distintos puntos). Los cuales fueron disparados, uno a uno, por un ciclópeo, potente, explosivo y ultralumínico cañón. Instrumento y protonave espacial que ineludiblemente evoca al rudimentario cañón de mecha (que al unísono evoca los ahora arcaicos pero entonces poderosos cañones Maxim con que los artilleros británicos combaten a los marcianos) y el hilarante cohete (especie de bala de lata construida por los herreros que golpeaban sobre el aledaño yunque) en cuyo hueco interior viaja a la Luna un estrafalario grupo de terrícolas con paraguas desintegradores y cobijas para dormir en el pedregoso y cavernoso territorio de la salvaje tribu de los monárquicos selenitas, según se observa en Viaje a la luna (1902), el caricaturesco y fantástico cortometraje silente de Georges Méliès, “la primera película de ciencia-ficción de la historia”.

     
Fotograma del Viaje a la luna (1902),
cortometraje silente de Georges Méliès.
        En su violenta caída, cada cilindro causa un enorme cráter, que luego los marcianos acrecientan con su imparable laboriosidad de hormigas insomnes y obreras, según lo observa el escritor y filósofo en tres escenarios: en la llanura de Horsell (contigua a Woking); en la villa de Mortlake, precisamente frente al borde de un cráter, donde pasa dos semanas de miedo y angustia oculto entre los restos de una casa en compañía del obcecado, psicótico, fóbico y glotón sacerdote católico, hasta que lo atrapa un ciego tentáculo rastreador de una Máquina de Combate (luego de que quedara inconsciente por el golpazo que le da el escritor y filósofo con el mango de un cuchillo de carnicero); y en Londres, donde, en medio de las ruinas, de la desolación en las calles y de la muerte del último marciano en Regent’s Park (quien moribundo aúlla llamando a sus compinches dentro de la caperuza de la enorme Máquina de Guerra), llega a pie y exhausto al borde de lo que fue “el último y el mayor de los campamentos marcianos”. 

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Antes de salir a la Tierra a hacer de las suyas, los extraterrestres esperan a que el cilindro se enfríe. Y cuando ya está frío, paulatinamente desatornillan la tapa y del interior emergen esos extraños seres de apariencia horrenda y repulsiva: parecen enormes, pesados, torpes y redondeados moluscos babeantes con tentáculos (“pulpos”, los tilda un zapador del ejército tras oír su descripción), cuyos detalles físicos el escritor y filósofo observa en primera línea al emerger el primer alienígena en el cráter de la llanura de Horsell; y luego, con mayor detenimiento, en su cautiverio en los restos de la casa de Mortlake; a lo que se añaden otros datos, características y conjeturas sobre su anatomía externa e interna (incluso quizá absurda, como el hecho de que tienen pulmones, pero no fosas nasales ni olfato).

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
        Esos catapultados cilindros son de considerables dimensiones, pues en ellos los marcianos transportaron las enormes y desplegables Máquinas de Guerra, que se desplazan a través de un trípode que da enormes y veloces zancadas. Las Máquinas de Guerra son manejadas por un marciano ubicado dentro de la giratoria caperuza, situada en lo alto, quien despliega y mueve los prensiles tentáculos. Y para atacar y destruir despliega y utiliza dos móviles y poderosas armas: el Rayo Ardiente, “un rayo luminoso” que es un “chorro invisible” que incendia lo que toca: personas, flora, fauna, arquitectura; y el tóxico y letal Humo Negro, del que un periódico reportó con amarillista alarma: “Los marcianos descargan enormes nubes de humo negro y venenoso por medio de cohetes. Han asfixiado a los artilleros de las baterías, destruido Richmond, Kingston y Wimbledon y avanzan lentamente hacia Londres, devastándolo todo al pasar. Es imposible detenerlos. Contra el Humo Negro no hay otro modo de salvación que la fuga.” 

       
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       A lo que se agrega la plaga de la trepadora, expansiva y voraz Hierba Roja (de un rojo-sangre y con el ramaje “parecido al del cactus”), de rápida y predominante propagación, cuyas semillas transportaron no por accidente, sin duda. A esto se añade el hecho de que los marcianos armaron “una máquina voladora”, que dizque están “aprendiendo a manejarla”, según le reporta el artillero, al escritor y filósofo, en su avituallado y egocéntrico escondrijo en Putney Hill; lo cual lo induce a pensar en el “¡Adiós a la humanidad!”, pues “Si consiguen volar, darán la vuelta al mundo...” No obstante, además de que esa “máquina voladora” quedó abandonada en el último campamento marciano a imagen y semejanza de un trebejo inútil, sí la sabían manejar, pues su hermano, en su huida a Ostende a bordo del vapor, vio en lo alto lo que a todas luces es un alienígena platillo volador: “Se puso el sol bajo las nubes grises, se enrojeció el cielo, se oscureció después; parpadeó en la penumbra la estrella de la noche. Era grande la oscuridad cuando el capitán lanzó un grito tendiendo los brazos al cielo. Miró mi hermano con atención. Del horizonte gris subió a lo alto, por encima de las nubes, un objeto que con marcha oblicua y rápida brilló en los últimos resplandores del crepúsculo; un objeto plano y gigantesco que luego de describir una inmensa curva, de disminuir poco a poco y de hundirse lentamente, se desvaneció en el gris misterio de la noche. Se hubiera dicho que extendía las tinieblas al pasar.”   

    
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Los marcianos se comunican con gritos y aullidos y al parecer de un modo telepático. Y para construir sus campamentos en los subterráneos cráteres y trabajar en ellos, utilizan dos tipos de máquinas. Las Máquinas de Mano, dice el escritor y filósofo, no parecen un mecanismo, “sino una criatura semejante a un cangrejo de mar de tegumento resplandeciente”, con “el aspecto de una especie de araña metálica, con cinco piezas articuladas y ágiles y un número extraordinario de varillas y palancas, también articuladas, y de tentáculos que tocaban y agarraban las cosas en derredor del cuerpo.” Estas son manipuladas por un tripulante alienígena; pero las máquinas excavadoras no y laboran sin cesar totalmente automatizadas. O sea: son robots, artilugios marcianos diseñados y construidos décadas antes de que la humanidad desarrollara la electrónica, la computación, la informática y la robótica. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
            Pero a pesar de su complejo y avanzado desarrollo tecnológico, ingenieril y armamentístico, los marcianos, que según la descripción de su anatomía externa e interna, son sobre todo “cerebros” hiperactivos que no necesitan dormir ni hablar ni descansar ni mordisquear ni digerir, su monstruosa, destructiva, voraz y coreográfica conducta castrense parece la de un potenciado ente híbrido, con rasgos de bestia salvaje, cefalópodo, crustáceo, artrópodo, reptil, insecto rastrero y arácnido. Viajaron a la Tierra para alimentarse a toda costa, casi como un enorme oso hormiguero necesita, por ciego instinto, atiborrar su gran panza de minúsculas hormigas; y, para dar con ellas, penetra en los rincones y recovecos su larga trompa y su larga lengüeta de gusano; y en esas orgías culinarias destruye las laberínticas construcciones arquitectónicas que son los subterráneos hormigueros. Vale observar que según reporta el escritor y filósofo, pese a que “los marcianos carecen de sexo” (o sea: no hay cuchicuchi), “nació un marciano en nuestro planeta durante la guerra; se le encontró pegado a su progenitor, como un capullo a medio abrir, del mismo modo en que brotan los bulbos en los lirios o los animálculos en los pólipos de agua dulce”. Pero el alimento que les interesa de las hordas y manadas de los aterrorizados y alharaquientos terrícolas, no es su carne ni sus órganos ni sus huesos ni su médula ósea (ni las aletas de los delfines ni la bolsa de aceite de los tiburones ni los colmillos de los elefantes ni los cuernos de los rinocerontes ni el buche de totoaba ni los huevos de codorniz ni las pieles de las focas del norte de Canadá), sino la sangre, el plasma sanguíneo de los humanos, que extraen y se inyectan directamente “en sus propias venas” con avidez de murciélago, quizá placentera, embriagadora, adictiva y psicotrópica. Delicatessen de dulce vita y delirium alimenticio para los alienígenas, que implica la preservación, continuación y propagación de su horrorosísima y pesadillesca especie. Es por tal objetivo que alguna manipulada Máquina de Combate transporta, en lo alto de la giratoria caperuza, una clase de cesta o jaula, donde va coleccionando especímenes de terrícolas vivitos y coleando y lanzando gritos de terror, los cuales son cazados y atrapados con el mecanismo prensil de los móviles tentáculos. Según reporta el escritor y filósofo, en los cilindros los marcianos traían víctimas “consigo desde Marte en calidad de provisiones. A juzgar por los arrugados cadáveres que han caído en poder de los hombres, esas criaturas eran bípedos de frágiles esqueletos silíceos (parecidos a los de las esponjas), músculos débiles, de un metro ochenta de altura, cabezas redondas y erguidas y grandes ojos en órbitas petrificadas. Parece que en cada cilindro venían dos o tres y que ya estaban muertos antes de llegar a la Tierra. Hubiera sido lo mismo que los dejaran vivos, porque al solo esfuerzo de sostenerse en pie sobre nuestro planeta se les habrían roto todos los huesos del cuerpo.”
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
      Vale comentar, por último, y no por terror cósmico (de solitario navegante en la infinita noche de los tiempos) ni para ponerle los pelos de ponketa a nadie (por mucha melena de Rapunzel que tengan), que según reporta en el “Epílogo” el escritor y filósofo, ciertos astrónomos del planeta Tierra han observado agitadas y elocuentes actividades en Marte, y de Marte a Venus, indicativos de alguna marciana y violenta intromisión. Lo cual implica, quizá, el futuro ataque en la Tierra de otra tribu alienígena, quizá con tecnología aún más avanzada. ¡Felices sueños y felices pesadillas!



H.G. Wells, La guerra de los mundos. Traducción del inglés al español de Ramiro de Maeztu. Ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa. Libros del Zorro Rojo. Polonia, octubre de 2016. 210 pp.