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lunes, 23 de marzo de 2026

La guerra de los mundos

Bajo el talón de los marcianos

I de III
El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) leyó en inglés la prolífica y polifacética obra del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946). De ahí que lo haya antologado y prologado, en español, en dos libros pertenecientes a dos colecciones canónicas seleccionadas y dirigidas por él y su dedo flamígero de demiurgo mayor (que alguna poderosa empresa editorial del siglo XXI debería exhumar y editar para los remisos y sobre todo para las nuevas generaciones de lectores de habla hispana). Uno es La puerta en el muro, número 11 de la serie La Biblioteca de Babel, editado en Madrid, en 1984, por Ediciones Siruela, que compila los relatos: “La puerta en el muro”, “El país de los ciegos”, “El caso Plattner”, “La historia del difunto señor Elvesham” y “El huevo de cristal” (que es un pequeño, camuflado y perdidizo objeto alienígena donde, en su interior y en la obscuridad, se pueden observar imágenes que corresponden al planeta Marte y sus habitantes, y donde al unísono, desde allá, se ve el planeta Tierra como una reluciente estrella vespertina); del cual, en su prefacio, revela: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” El otro libro, editado en 1985 por Hysparémica, en Madrid y en Buenos Aires, es el número 14 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges y reúne a La máquina del tiempo (1895) y a El hombre invisible (1897), dos de las novelas más famosas y sucesivamente traducidas y reeditadas de H.G. Wells, uno de los angulares precursores de la ciencia-ficción de siglo XX; obras, de eufónicos títulos (explotados ad nauseam por la industria del cine), no menos célebres que La isla del Doctor Moreau (1896), La guerra de los mundos (1898) y Los primeros hombres en la Luna (1901).
H.G. Wells con su primer traje de etiqueta
(enero de 1895)
Foto en H.G. Wells (Circe, 1993),
biografía de Anthony West
       Abundan las dispersas y múltiples alusiones de Borges sobre la obra de H.G. Wells —entre las más notables descuella la que se lee en “La flor de Coleridge”, ensayo publicado el 23 de septiembre de 1945 en La Nación, periódico de Buenos Aires, luego compilado en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952), donde también antologó a “El primer Wells”, ensayo que se autoeditó, en septiembre de 1946, en el número 9 de Los anales de Buenos Aires; y la reseña ideológico-política 
“Dos notas”, que con el título Dos libros de este tiempo” había publicado el 12 de octubre de 1941 en La Nación, en cuya primera parte alude tres libros de Wells leídos por él en inglés: Guide to the New World. A Handbook of Constructive World Revolution (1941), The Fate of Homo Sapies (1939) y The Common Sense of War and Peace (1940)—. Y en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica de la capital argentina, Borges publicó tres cuentos de H.G. Wells traducidos por él: “El caso del difunto Mr. Elvesham” en el número 28 (febrero 17 de 1934), “Los distantes ojos de Davidson” en el número 41 (mayo 19 de 1934) y “El cono” en el número 58 (septiembre 15 de 1934). Y en la revista Sur se ocupó de su obra en cuatro artículos: “Wells, previsor”, en el número 26 (noviembre de 1936); “H.G. Wells y las parábolas”, nota en torno a The Croquet Player y Star Begotten, en el número 34 (julio de 1937), incluida en 1957 en su libro Discusión (Gleizer, 1932); “Apropos of Dolores”, nota en torno al libro homónimo, en el número 50 (noviembre de 1938); y la reseña “H.G. Wells, Travels of a Republican Radical in Search of Hot Water” en el número 64 (enero de 1940). Y en “Libros y autores extranjeros”, sección de la revista bonaerense El Hogar, entre el “27 de noviembre de 1936” y el “24 de marzo de 1939”, Borges comentó y criticó en español, brevísimamente, ocho libros de H.G. Wells leídos en inglés: Things to Come, The Croquet Player, Star Begotten, Brynhild, The Brothers, The Camford Visitation, Apropos of Dolores y The Holy Terror. Y el “13 de mayo de 1938” concluyó la miscelánea subsección “De la vida literaria” con un sarcástico e hilarante comentario: “En el segundo volumen de su Autobiografía, H.G. Wells declara que Marcel Proust tiene menos valor documental y es menos divertido que un diario viejo y que éste ofrece la ventaja de ser más fidedigno y de no imponer su interpretación.”   
 
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      
Pero la relevante anécdota para la presente nota, y como preludio a mi reseña de La guerra de los mundos —la novela de H.G. Wells editada en octubre de 2016 por Libros del Zorro Rojo—, descuella el hecho de que el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar (cuando aún era reciente la sonora “broma de Halloween” con que Orson Welles y el Mercury Theatre aterrorizaron a los crédulos radioescuchas de la cadena CBS que oían “un programa de música de baile” “interrumpido por unos alarmantes boletines informativos”, y por entrevistas y transmisiones supuestamente en vivo desde el dramático lugar de los hechos, que reportaban el arribo de los marcianos haciendo la destructiva guerra a los horrorizados y masacrados terrícolas en varios lugares del país del Tío Sam), Borges, en la subsección “De la vida literaria” y con el título “H.G. Wells contra Mahoma”, alude otra perenne guerra de los mundos ideológico-religiosos, que da visos de que por esas trincheras del planeta Tierra podría existir otro ayatola Jomeini, barbudo y ortodoxo, dispuesto a condenar a la hoguera otros Versos satánicos y a su barbudo autor anglohindú, por sus presuntas blasfemias contra el Islam, El Corán y su profeta. En su prefacio a La puerta en el muro, Borges recuerda que al igual que George Bernard Shaw, H.G. Wells perteneció a la Sociedad Fabiana de Londres, una agrupación de intelectuales con ideas pragmáticas y socialistas, pero no marxistas ni revolucionarias ni todos coreando al unísono una especie de candorosa y acólita internacional socialista; no obstante, Wells, en su búsqueda de un hipotético y cooperativo “Estado mundial organizado” —según se lee casi al término de su Experimento en autobiografía (Espasa-Calpe Argentina, 1943)— llegaría a alabar los “logros” en la URSS del sanguinario genocida y dictador José Stalin y su supuesta personalidad (“Jamás he visto a un hombre más cándido, más limpio y más honesto”), con quien dialogó en 1934 en su viaje al Kremlin de Moscú, el epicentro de la totalitaria e imperialista cortina de hierro. En este sentido (y contrasentido), Borges apunta: “En su libro La conspiración abierta, Wells declaró que la división actual del planeta en distintos países, regidos por distintos gobiernos, es del todo arbitraria y que los hombres de buena voluntad acabarán por entenderse y prescindirán de las formas actuales del Estado. Las naciones y sus gobiernos desaparecerán, no por obra de una revolución, sino porque la gente comprenderá que son del todo artificiales.” 
   
Espasa-Calpe Argentina
(Buenos Aires, 1943)
           
  Pese a que Borges recuerda que “Anatole France dijo de él que era ‘la mayor fuerza intelectual del mundo de habla inglesa’”, se trata de un presagio incierto, de una vaporosa y evanescente utopía (digna de la Oda a la alegría de Beethoven) que, sin proponérselo, refrenda, por actual (en el contexto de la globalizada islamofobia y viceversa), el meollo de la breve nota “H.G. Wells contra Mahoma”, escrita con ese estilo borgeseano de condensada erudición enciclopédica que se aprecia, por ejemplo, en su prefacio a La cruzada de los niños, de Marcel Schwob; en su prólogo a Mystical Works, de Emmanuel Swedenborg; y en algunos de los textos del Libro del cielo y del infierno (Emecé, 1960), antología urdida a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares:
“Es conocida la veneración que el Islam profesa por su libro sagrado. Los teólogos musulmanes afirman que el Corán es eterno, que los ciento catorce capítulos que lo forman son anteriores a la tierra y al cielo y sobrevivirán a su fin, y que el texto original —la Madre del Libro— está en el paraíso, donde lo veneran los ángeles. Otros doctores, no contentos con esas prerrogativas, han divulgado que el Corán puede tomar la forma de un hombre o la de un animal y contribuir a la ejecución de los impenetrables propósitos del Señor. Este mismo (en el capítulo diecisiete de su obra) dice que aunque los hombres colaboraran con los demonios para confeccionar otro Corán, no lo conseguirán... H.G. Wells (en el capítulo cuarenta y tres de su Breve historia del mundo) se felicita de esa incapacidad humanodemoníaca, y deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso.
“Indignados, los mahometanos que residen en Londres han procedido en su mezquita a una ceremonia expiatoria. Ante una silenciosa congregación, el doctor Addul Yakub Khan, barbudo y ortodoxo, ha arrojado a las llamas un ejemplar de la Breve historia del mundo.”
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        O sea que, al parecer, esa Breve historia del mundo, por tal bemol, no es parte de los últimos e idealistas libros de H.G. Wells que Borges refiere casi al concluir su prólogo a La máquina del tiempo y El hombre invivible: “En las últimas décadas de su vida pasó de la escritura de sueños a la redacción laboriosa de grandes libros que pudieran ayudar a los hombres a ser ciudadanos del mundo.” 

Vale decir que en su nota “H.G. Wells contra Mahoma”, Borges alude, sin precisar, el versículo 90 de la “Sura XVII” del Corán. En la traducción de Juan Vernet reza así: “Di: ‘Aunque se reuniesen los hombres y los genios para traer algo semejante a este Corán, no traerían nada parecido, aunque se auxiliasen unos a otros’.” Y en la versión de una anónima vulgata tariqa: “Di: Aunque los hombres y los genios se reuniesen para producir una cosa semejante a este Corán, no producirían nada semejante, aunque se ayudasen mutuamente.” Y una consulta a “Mahoma y el Islam”, el escueto “Capítulo XLIII” de Breve historia del mundo (con traducción “corregida y puesta al día” de R. Atard, publicada en Méjico, en 1939, por A.P. Márquez, Editor, “Con trece mapas a colores” y permiso de la empresa española M. Aguilar, Editor, que la publicó en Madrid, por primera vez, en 1935, “Con doce mapas”), revela que H.G. Wells esboza una imagen crítica, escéptica y somera del Corán y de ciertos rasgos humanos de la legendaria y mítica personalidad de Mahoma, quizá “lesivos” para los intolerantes barbudos y ortodoxos dispuestos a blandir la sharia, una fetua, la cimitarra, el Kaláshnikov o los ocultos explosivos adheridos al cuerpo (imagen de reprochable y violenta lobotomía que evoca “el conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche un credo servil”, que según el demiurgo mayor: “es el Vaticano y es Lhasa”). Por ejemplo, dice incrédulo de Mahoma: “Hacía versos que decía le comunicaba un ángel y tenía extrañas visiones en que aseguraba era transportado al cielo e instruido por Dios acerca de su misión [...] Al declinar sus años se casó con varias mujeres, y su vida, en conjunto, era poco edificante desde el punto de vista de las ideas modernas. Parece que Mahoma fue un compuesto de gran vanidad, codicia, astucia, desengaño y pasión religiosa muy sincera. Dictó un libro de preceptos y explicaciones: el Corán, que afirmó le había sido comunicado por Dios. Tanto literaria como filosóficamente, el Corán es manifiestamente indigno del Autor Divino a quien se atribuyera.” 
       Pero a pesar de la acritud y del disentimiento de H.G. Wells, en ninguna línea del “Capítulo XLIII” de su Breve historia del mundo “se felicita de esa” susodicha y supuesta “incapacidad humanodemoníaca” “para confeccionar otro Corán”, ni “deplora que doscientos millones de musulmanes acaten ese libro confuso”.   
   
A.P. Márquez, Editor
(Méjico, 1939)
        
    Desde las catacumbas del recalentado y minúsculo globo terráqueo, ciertos terrícolas sobrevivientes sabemos, por lega antonomasia, que no sólo los libros sagrados y los Evangelios apócrifos son formas de la literatura fantástica. Y si Borges, como buen humano-demiurgo, también incurría en olvidos y lapsus, quizá sí leyó y tuvo noticia de lo que apuntó y comentó el “23 de diciembre de 1938” en la revista El Hogar. Y tal vez, ante el auto de fe que condenó a la hoguera (en la mezquita de Londres) a su Breve historia del mundo, H.G. Wells decidió extirparle ese pasaje “revulsivo” (e “incendiario”) y por ende el traductor R. Atard no lo encontró cuando tradujo en la España de los años 30. 

II de III
Al término de su prefacio a La puerta en el muro, Borges dice: “Lamento haber descubierto a Wells a principios de nuestro siglo: querría poder descubrirlo ahora para sentir aquella deslumbrada y, a veces, terrible felicidad.” Aserto literariamente autobiográfico (ídem: “me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses”; “a veces pienso que nunca he salido de esa biblioteca”) que repite y varía al concluir su preámbulo a La máquina del tiempo y El hombre invisible: “Las ficciones de Wells fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos.” Palabras que repiten lo dicho por él casi al concluir su ensayo “El primer Wells”: “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí, tal vez serán los últimos...” Y concluye con un vaticinio de oráculo que alcanza con celeridad el imaginario colectivo del siglo XXI y lo rebasa: “Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien lo escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos.”
   
Borges en 1911
       
H.G. Wells en 1876
     
    No sin olvidar que “Un libro no es menos íntimo que las manos y los ojos” y que “La lectura es una forma de la felicidad” —Borges dixit—, en tales finales parece pregonar que las ficciones de Wells son propias para la infancia y la juventud de todo lector. Esto parece ser así en angulares casos y sin duda mucho lo es en el caso de La guerra de los mundos, novela que al parecer no era de sus preferidas, quizá por su desbordante y diverso filón fantástico. No obstante, en “El primer Wells”, afirma categórico: “Verne escribió para adolescentes, Wells, para todas las edades del hombre.”
Libros del Zorro Rojo
(Polonia, octubre de 2016)
      “Impreso en Polonia por Zapolex”, en “octubre de 2016”, el libro La guerra de los mundos editado en Barcelona por Libros del Zorro Rojo está diseñado y manufacturado con un criterio celebratorio y preciosista, pese a que el corrosivo e insomne duende dejó su lúdica impronta (casi una cagadita de mosca): en el antepenúltimo renglón de la página 90 refulge una planetaria errata. De buen tamaño (24.05 x 17 cm), pastas duras y vistosa sobrecubierta (ilustrada en el anverso y en el reverso), en el frontispicio se anuncia que está “Ilustrado por Alvim Corrêa”. Y en el faldón se evoca la susodicha y legendaria “Transmisión radial de 1938” que suscitó “una ola de pánico colectivo” que catapultó a la fama (y a Hollywood) al joven Orson Welles en medio de un escandaloso y mediático juicio contra la CBS, y que por otra parte, Woody Allen recrea en un jocoso pasaje de su película Días de radio (1987): “Damas y caballeros, tengo el deber de comunicarles una grave noticia. Los extraños seres que han aterrizado esta noche son la vanguardia de un ejército invasor procedente de Marte.” Episodio que se complementa, en la contraportada y en la cuarta de forros, con un dizque desfragmentado código de barras (para quesque activarlo en la web) y su adjunto letrero: “Este enlace permite escuchar la grabación original de Orson Welles y leer la traducción de dicho guion radiofónico.” Episodio que se retoma en el tercer párrafo de “Sobre La guerra de los mundos”, nota sin firma de los editores, que precede a la traducción de la novela hecha por Ramiro de Maeztu: “El 30 de octubre de 1938, como broma de Halloween, el actor, director y guionista estadounidense Orson Welles adaptó La guerra de los mundos a un guion de radio que, teatralizado en forma de noticiario, narraba el arribo de naves marcianas a la ciudad de Nueva York. Los oyentes que sintonizaron la emisión ya comenzada y que, por ende, no habían escuchado la introducción aclaratoria, fueron presa de un estado de pánico que se extendió rápidamente por la ciudad. ‘Muchas verdades se han dicho en broma’, escribió H.G. Wells en su célebre libro. Sociedades con poderosos ejércitos y altamente armadas (como la británica y la estadounidense) habían recibido, en forma de reflejo espejeado, el terror que suscita su propensión al abuso militar.”

Orson Welles en 1938
       Vale puntualizar que si bien en esa legendaria e histórica transmisión radial hecha a través de las ondas hertzianas encadenadas a la CBS de Nueva York la noche del domingo 30 de octubre de 1938, entre las 20 y las 21 horas, el joven Orson Welles, de 23 años, era el director del Mercury Theatre —una pequeña compañía de actores (fundada por él y John Houseman) con quienes producía y realizaba el semanario programa radiofónico The Mercury Theatre on the Air (El teatro de Mercurio en el aire)— y el flamante primer locutor y actor del radioteatro (fue la diecisieteava entrega del programa semanal), él no escribió el guion radiofónico basado y a partir de La guerra de los mundos, la famosa novela de H.G. Wells, sino el dramaturgo y guionista Howard E. Koch. Y además de que durante la emisión del radioteatro hubo cuatro alusiones a la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells (al inicio, a la mitad, y dos veces al término), la supuesta invasión marciana (que dizque suscitó una apresurada ley marcial) no empezó en la ciudad de Nueva York ni se limitó a ella: el primer cilindro (no una nave) en el que dizque llegaron los marcianos supuestamente cayó en la Granja Wilmuth, en Grovers Mill, Nueva Jersey; y fue allí donde dizque se formó un cerco de “siete mil hombres armados con rifles y ametralladoras frente a una sola máquina de guerra marciana”, que en un instante los incendió y fulminó con su “rayo térmico”. 

   
Henrique Alvim Corrêa
(1876-1910)
       
 En la segunda de forros de La guerra de los mundos editada por Libros del Zorro Rojo, precedida por un retrato en blanco y negro de H.G. Wells, se lee una nota sobre su vida y obra. Y en la tercera de forros, encabezada también por un retrato en blanco y negro, se lee una nota de la misma índole sobre el pintor y artista gráfico Henrique Alvim Corrêa (Río de Janeiro, 1876-Bruselas, 1910), quien “falleció de tuberculosis a los treinta y cuatro años”. Es decir, derrotado en otra guerra de los mundos: la feroz batalla sin cuartel contra las bacterias, que son, con los virus, los seres microscópicos del planeta Tierra que, en la novela de Wells, derrotan y matan a los marcianos y exterminan en un santiamén (casi como con barita mágica) a la plaga de la invasora Hierba Roja, de rápida propagación, que los extraterrestres trajeron consigo.
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Treinta y dos espléndidas estampas de Henrique Alvim Corrêa figuran en el interior del libro con excelente reproducción, dispuestas en páginas completas e ilustrando, en buena parte, episodios adyacentes. Tan modernas y contemporáneas que podrían haber sido trazadas hoy mismo. Y se distinguen por su impronta caricaturesca, de recuadros de historieta (o novela gráfica), y por su dejo hilarante e infantil, muy visible, por ejemplo, en los saltones ojos antropomórficos (o animalescos) de las giratorias caperuzas metálicas de las descomunales Máquinas de Combate que en la novela se desplazan a gran velocidad con enormes zancadas de su mecánico trípode, una de las cuales se observa, en pleno ataque, en el diseño de la tapa. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Saltones ojos que, por ejemplo, también poseen los marcianos que se observan en esa imagen donde un hombre está cabizbajo y sentado en una escalera y agarrándose el cráneo con las crispadas manos, frente al cadáver de otro hombre que yace en el suelo con la cabeza reposada en el rastrero cuerpo de un marciano, y que remite a la angustia, neurosis y pesadilla que al escritor y filósofo le suscitan la presencia de los invasores extraterrestres y a la necedad, fobia, obcecación, delirio y psicosis del clérigo católico de Weybridge empeñado en seguirlo y en hacerle difícil la sobrevivencia. 

     
Editorial Sexto Piso
(México, 2005)
       Curiosamente, la traducción y edición de La guerra de los mundos que Sexto Piso publicó en México, en 2005, exhibe en la portada una de las láminas de Henrique Alvim Corrêa; pero además de que es la única (y se repite en la tarjeta postal adjunta al libro), en la página legal se acredita así: “Ilustración de portada: Alvin Correco, 1906”. Pero eso sí, en un fosforescente círculo anaranjado pegado al plástico protector que lo envolvía, se pregonaba con bombo y platillo a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “Nueva traducción y edición del libro clásico La guerra de los mundos, en el que está basada la película dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Cruise.” Largometraje de 2005 que supera con creces el filme de 1953, guionizado por Barré Lyndon y dirigido por Byron Haskin.

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         La preliminar y anónima “Nota de la edición” de Libros del Zorro Rojo informa y canta sobre las ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa:
    “La presente edición de La guerra de los mundos recupera las magníficas ilustraciones del artista brasileño Henrique Alvim Corrêa, iniciadas apenas cuatro años luego de la aparición del célebre libro. Estas portan, inalterado, el imaginario de una época que aún no conocía las feroces guerras del siglo XX. Trabajadas con lápiz de carbón y tinta sobre papel fueron publicadas por primera y única vez en 1906 por la editorial belga L. Vandamme & Co. En una tirada limitada de tan solo quinientos ejemplares.
“Por vez primera se ofrece al lector de habla hispana este trabajo que sorprendió gratamente al propio H.G. Wells, y cuyos trazos premodernistas y mirada futurista merecieron elogiosas palabras del autor homenajeado.”
Y entre lo que se dice en la tercera de forros sobre Alvim Corrêa, se lee que “En 1890 fue llevado por su padrastro a Europa. En 1894 comenzó sus estudios artísticos en París, donde asistió a las clases del pintor Jean Baptiste Édouard Detaille, especializado en pinturas de temática bélica. Al año siguiente expuso por primera vez en el Salón de París, y en 1900 se trasladó a Bruselas, donde instaló su taller. Realizó óleos sobre la guerra franco-prusiana, y acuarelas de impronta erótica, que firmó bajo el seudónimo de Henri Lemort (‘El muerto’ en francés) [...] En 1942, la guerra de este mundo casi acaba con su obra: el navío que transportaba a Brasil los originales de su trabajo fue atacado por las tropas alemanas. Pese a ello, prevaleció el arte.” 
 
Ramiro de Maeztu
(1874-1936)
          No obstante, Libros del Zorro Rojo no aporta ningún dato sobre el traductor Ramiro de Maeztu ni sobre su traducción de La guerra de los mundos. Nacido en Vitoria, el 4 de mayo de 1874, Ramiro de Maeztu “fue un diplomático y escritor español perteneciente a la generación del 98”, asesinado en otra sangrienta guerra de los mundos ideológico-políticos; es decir, el 29 de octubre de 1936 fue fusilado en Aravaca, entonces provincia de Madrid, “en el curso de una de las sacas que elementos del bando republicano efectuaron en el Madrid posterior al golpe de Estado de julio de 1936”. 
     
Editorial Bruguera
(Barcelona, 1981)
         Curiosamente, Editorial Bruguera, en Barcelona, en enero de 1981, publicó la traducción de Ramiro de Maeztu en un libro de bolsillo, de pastas duras y con ilustraciones en blanco y negro de Eugenio Darnet, número 1 de la colección Club Joven Bruguera, que en la tapa le canturreaba (y aún le canturrea) al novicio lector: “Ediciones íntegras e ilustradas”. Allí, en la página legal, el circulito del copyright de la traducción de Ramiro de Maeztu está datado en 1902. Es decir, primero, entre el 17 de marzo y el 21 de abril de 1902, la traducción de Ramiro de Maeztu, a modo de folletín, se publicó por entregas en El Imparcial, periódico de Madrid; y luego “ese mismo año la publicó la imprenta de El Imparcial en formato de libro”. Y “En 1914 [el año que en Europa estalló la cruenta, espeluznante y sonora Gran Guerra de varios mundos del mundanal mundo] apareció otra edición dentro de la Colección ‘Biblioteca de El Imparcial’, editada por Establecimiento Tipográfico de la Sociedad Editorial de España”. Pero lo que sí hizo Libros del Zorro Rojo fue añadirle, a la traducción de Ramiro de Maeztu, cinco sesudas e ilustrativas notas al pie de página.

III de III
Dedicada a su “hermano Frank Wells, que tuvo la idea”, y precedida por un epígrafe de Kepler, transcrito de La anatomía de la melancolía, de Robert Burton, La guerra de los mundos está dividida en dos partes. La primera se titula “Libro primero: La llegada de los marcianos”, y está seccionada en catorce capítulos con rótulos y números romanos. La segunda se titula “Libro segundo: La Tierra en poder de los marcianos”, y está dispuesta en nueve capítulos con rótulos y números romanos. Y la concluye un “Epílogo”. La voz narrativa, omnisciente y ubicua (alter ego de H.G. Wells), es la de un británico de clase media que reside en Woking (donde vivió el autor), pueblo en el sureste de Inglaterra, ubicado a un poco más de 40 km al sureste de Londres. Según dice de sí mismo, es “un escritor reputado que se ocupa en cuestiones filosóficas”; y por ende, previo al ataque alienígena, se pasa el tiempo “en aprender a andar en bicicleta y en escribir una serie de artículos” sobre el “Probable desarrollo de las Ideas Morales en concordancia con el progreso material e intelectual”. El meollo es que el arribo de los belicosos extraterrestres ocurrió un viernes de junio de 1894 y la dramática guerra de los ingleses contra los marcianos duró sólo unos quince días (o un poco más); y él traza un círculo narrativo en el decurso de la trama que evoca y relata, pues el domingo (posterior al viernes), ante el avance asesino y destructor de los marcianos, salió huyendo de Woking en compañía de un artillero y un mes después regresa a su medio destruida y saqueada casa familiar, donde en su despacho, en el piso superior, lee el inconcluso manuscrito del artículo que estaba escribiendo cuando aquella noche del viernes cayó el primer cilindro en la llanura de Horsell. Y al poco rato de su retorno, para, con un final feliz, cerrar el círculo evocativo y narrativo del libro, llegan nada menos que su propia esposa y su primo, a quienes creía masacrados en la villa de Leatherhead, pues los suponía allí cuando fue demolida por una de las terroríficas y altas Máquinas de Combate de los marcianos.
Vale puntualizar, entonces, que el filósofo y escritor, quien nunca dice su nombre, hace un recuento y una reminiscencia de lo ocurrido seis años antes: en 1894. Es decir, él escribe y narra sus memorias —y lo indagado, lo meditado, lo conjeturado y lo hipotético— en 1900, o sea: en el inminente futuro ante el presente de H.G. Wells, pues La guerra de los mundos se editó en 1898.   
Portada de la primera edición en inglés
de La guerra de los mundos (1898)
      Entre sus preliminares reflexiones sobre el extinto y fugaz ataque de los marcianos —cuyo clímax destructivo (y la derrota) se sucede en Londres, la metrópoli más poderosa del mundo, de la que frente el avance de los marcianos salieron huyendo unos seis millones de aterrorizados terrícolas—, el filósofo y escritor apunta: “Antes de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no solo especies animales, como el bisonte y el dodo, sino también razas humanas inferiores. Los tasmanios, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en una guerra exterminadora de cincuenta años que emprendieron los inmigrantes europeos.” Es obvio que ese prejuicio y atavismo xenofóbico y racista del arquetipo del hombre blanco que se transluce en sus conceptos taxonómicos, propio de la idiosincrasia y supremacía imperial británica decimonónica, resulta ahora obsoleto y anacrónico. Pero es lo que piensa el filósofo y escritor, tan veraz como es su inveterada creencia en Dios, sus rezos y ruegos; y por ende, antes de su breve colapso amnésico, le agradece haber sobrevivido al ataque de los extraterrestres. E incluso es a Dios a quien le atribuye la creación y existencia de las bacterias y virus que causan la muerte y exterminio de los marcianos: “por las ínfimas criaturas que Dios, con su sabiduría, ha puesto sobre la Tierra”. De ahí que diga: “Acaso los marcianos, llenos de confianza, invocaban también a Dios. Seguro que, aunque no hayamos aprendido nada más, esta guerra nos ha enseñado la piedad, piedad hacia esas almas sin razón que nosotros dominamos.”

H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kensington,
como alumno del curso de biología elemental del gran
Thomas Henry Huxley.

Foto en H.G. Wells (circe, 1993)


       
Thomas Henry Huxley
(1825-1895)
Según Borges:
Apodado el bulldog del darwinismo
Foto en Experimento de autobiografía  (Espasa-Calpe, 1943)
          No obstante que la novela La guerra de los mundos se cuenta entre los decimonónicos y finiseculares libros precursores del género literario de la ciencia-ficción del siglo XX (y de su traslación al cine), sus planteamientos “científicos” son pseudocientíficos y a todas luces ficticios, ingenuos e imaginativos, y muy marcados por las limitaciones y recursos técnicos, mecánicos, armamentísticos, tecnológicos y científicos de la época, y por los usos, hábitos, costumbres y transportes terrestres y acuáticos del entorno social victoriano. Su ritmo es vertiginoso, envolvente y trepidante. Y en el desarrollo de la trama, además de las escenas y anécdotas particulares, descuella la mirada panorámica, geográfica y aérea de la voz narrativa, que evoca y narra sus propias observaciones y experiencias vividas y sabidas entre las villas y villorrios que van de Woking a Londres y en los márgenes del Támesis; pero también las vistas y vividas por su hermano, estudiante de medicina en la capital inglesa, quien, en medio de los sinsabores y ríspidos azares suscitados por el sorpresivo e imprevisto ataque alienígena, logra huir de Londres y embarcarse en un vapor rumbo a Ostende en compañía de un par de señoras.  

Inextricable a las escenas bélicas y a los escenarios de destrucción, muerte y abandono, y a la agresiva competitividad, deshumanización y egoísta beligerancia que la guerra y el terror suscita en un tris entre los pobladores que huyen o son atacados por los marcianos (hay robos y rapiña —no sólo alimenticia— en los comercios, bares y casas, y se suceden abusos, agandalles, tacañerías, pleitos callejeros y asesinatos, e incluso los periódicos aumentan sus precios en su afán de lucrar con el pánico, el drama y el avance de los extraterrestres), lo que descuella sobremanera, por inaudito y nunca visto, es lo que concierne a los extraños seres procedentes de Marte, de los cuales, según reporta el escritor y filósofo, seis años después del ataque, en el Museo de Historia Natural, en Londres, se “conserva en alcohol” “un ejemplar magnífico y casi completo”; mientras que en la cima de “la cuesta del Primrose Hill”, “todavía se alza allí” una de las gigantes Máquinas de Guerra de trípode, que los británicos, adultos y niños, acuden a contemplar con asombro y boquiabiertos, casi como si fuera la enorme montaña rusa de un parque de diversiones itinerante. 
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
          Para viajar al planeta Tierra desde Marte —focalizada su caída en la todopoderosa Gran Bretaña—, los marcianos cruzaron, raudos y veloces, los “sesenta millones de kilómetros” del “espacio vacío” a bordo de unos enormes cilindros (cayeron diez en total en distintos puntos). Los cuales fueron disparados, uno a uno, por un ciclópeo, potente, explosivo y ultralumínico cañón. Instrumento y protonave espacial que ineludiblemente evoca al rudimentario cañón de mecha (que al unísono evoca los ahora arcaicos pero entonces poderosos cañones Maxim con que los artilleros británicos combaten a los marcianos) y el hilarante cohete (especie de bala de lata construida por los herreros que golpeaban sobre el aledaño yunque) en cuyo hueco interior viaja a la Luna un estrafalario grupo de terrícolas con paraguas desintegradores y cobijas para dormir en el pedregoso y cavernoso territorio de la salvaje tribu de los monárquicos selenitas, según se observa en Viaje a la luna (1902), el caricaturesco y fantástico cortometraje silente de Georges Méliès, “la primera película de ciencia-ficción de la historia”.

     
Fotograma del Viaje a la luna (1902),
cortometraje silente de Georges Méliès.
        En su violenta caída, cada cilindro causa un enorme cráter, que luego los marcianos acrecientan con su imparable laboriosidad de hormigas insomnes y obreras, según lo observa el escritor y filósofo en tres escenarios: en la llanura de Horsell (contigua a Woking); en la villa de Mortlake, precisamente frente al borde de un cráter, donde pasa dos semanas de miedo y angustia oculto entre los restos de una casa en compañía del obcecado, psicótico, fóbico y glotón sacerdote católico, hasta que lo atrapa un ciego tentáculo rastreador de una Máquina de Combate (luego de que quedara inconsciente por el golpazo que le da el escritor y filósofo con el mango de un cuchillo de carnicero); y en Londres, donde, en medio de las ruinas, de la desolación en las calles y de la muerte del último marciano en Regent’s Park (quien moribundo aúlla llamando a sus compinches dentro de la caperuza de la enorme Máquina de Guerra), llega a pie y exhausto al borde de lo que fue “el último y el mayor de los campamentos marcianos”. 

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
         Antes de salir a la Tierra a hacer de las suyas, los extraterrestres esperan a que el cilindro se enfríe. Y cuando ya está frío, paulatinamente desatornillan la tapa y del interior emergen esos extraños seres de apariencia horrenda y repulsiva: parecen enormes, pesados, torpes y redondeados moluscos babeantes con tentáculos (“pulpos”, los tilda un zapador del ejército tras oír su descripción), cuyos detalles físicos el escritor y filósofo observa en primera línea al emerger el primer alienígena en el cráter de la llanura de Horsell; y luego, con mayor detenimiento, en su cautiverio en los restos de la casa de Mortlake; a lo que se añaden otros datos, características y conjeturas sobre su anatomía externa e interna (incluso quizá absurda, como el hecho de que tienen pulmones, pero no fosas nasales ni olfato).

Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
        Esos catapultados cilindros son de considerables dimensiones, pues en ellos los marcianos transportaron las enormes y desplegables Máquinas de Guerra, que se desplazan a través de un trípode que da enormes y veloces zancadas. Las Máquinas de Guerra son manejadas por un marciano ubicado dentro de la giratoria caperuza, situada en lo alto, quien despliega y mueve los prensiles tentáculos. Y para atacar y destruir despliega y utiliza dos móviles y poderosas armas: el Rayo Ardiente, “un rayo luminoso” que es un “chorro invisible” que incendia lo que toca: personas, flora, fauna, arquitectura; y el tóxico y letal Humo Negro, del que un periódico reportó con amarillista alarma: “Los marcianos descargan enormes nubes de humo negro y venenoso por medio de cohetes. Han asfixiado a los artilleros de las baterías, destruido Richmond, Kingston y Wimbledon y avanzan lentamente hacia Londres, devastándolo todo al pasar. Es imposible detenerlos. Contra el Humo Negro no hay otro modo de salvación que la fuga.” 

       
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       A lo que se agrega la plaga de la trepadora, expansiva y voraz Hierba Roja (de un rojo-sangre y con el ramaje “parecido al del cactus”), de rápida y predominante propagación, cuyas semillas transportaron no por accidente, sin duda. A esto se añade el hecho de que los marcianos armaron “una máquina voladora”, que dizque están “aprendiendo a manejarla”, según le reporta el artillero, al escritor y filósofo, en su avituallado y egocéntrico escondrijo en Putney Hill; lo cual lo induce a pensar en el “¡Adiós a la humanidad!”, pues “Si consiguen volar, darán la vuelta al mundo...” No obstante, además de que esa “máquina voladora” quedó abandonada en el último campamento marciano a imagen y semejanza de un trebejo inútil, sí la sabían manejar, pues su hermano, en su huida a Ostende a bordo del vapor, vio en lo alto lo que a todas luces es un alienígena platillo volador: “Se puso el sol bajo las nubes grises, se enrojeció el cielo, se oscureció después; parpadeó en la penumbra la estrella de la noche. Era grande la oscuridad cuando el capitán lanzó un grito tendiendo los brazos al cielo. Miró mi hermano con atención. Del horizonte gris subió a lo alto, por encima de las nubes, un objeto que con marcha oblicua y rápida brilló en los últimos resplandores del crepúsculo; un objeto plano y gigantesco que luego de describir una inmensa curva, de disminuir poco a poco y de hundirse lentamente, se desvaneció en el gris misterio de la noche. Se hubiera dicho que extendía las tinieblas al pasar.”   

    
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
       Los marcianos se comunican con gritos y aullidos y al parecer de un modo telepático. Y para construir sus campamentos en los subterráneos cráteres y trabajar en ellos, utilizan dos tipos de máquinas. Las Máquinas de Mano, dice el escritor y filósofo, no parecen un mecanismo, “sino una criatura semejante a un cangrejo de mar de tegumento resplandeciente”, con “el aspecto de una especie de araña metálica, con cinco piezas articuladas y ágiles y un número extraordinario de varillas y palancas, también articuladas, y de tentáculos que tocaban y agarraban las cosas en derredor del cuerpo.” Estas son manipuladas por un tripulante alienígena; pero las máquinas excavadoras no y laboran sin cesar totalmente automatizadas. O sea: son robots, artilugios marcianos diseñados y construidos décadas antes de que la humanidad desarrollara la electrónica, la computación, la informática y la robótica. 

     
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
            Pero a pesar de su complejo y avanzado desarrollo tecnológico, ingenieril y armamentístico, los marcianos, que según la descripción de su anatomía externa e interna, son sobre todo “cerebros” hiperactivos que no necesitan dormir ni hablar ni descansar ni mordisquear ni digerir, su monstruosa, destructiva, voraz y coreográfica conducta castrense parece la de un potenciado ente híbrido, con rasgos de bestia salvaje, cefalópodo, crustáceo, artrópodo, reptil, insecto rastrero y arácnido. Viajaron a la Tierra para alimentarse a toda costa, casi como un enorme oso hormiguero necesita, por ciego instinto, atiborrar su gran panza de minúsculas hormigas; y, para dar con ellas, penetra en los rincones y recovecos su larga trompa y su larga lengüeta de gusano; y en esas orgías culinarias destruye las laberínticas construcciones arquitectónicas que son los subterráneos hormigueros. Vale observar que según reporta el escritor y filósofo, pese a que “los marcianos carecen de sexo” (o sea: no hay cuchicuchi), “nació un marciano en nuestro planeta durante la guerra; se le encontró pegado a su progenitor, como un capullo a medio abrir, del mismo modo en que brotan los bulbos en los lirios o los animálculos en los pólipos de agua dulce”. Pero el alimento que les interesa de las hordas y manadas de los aterrorizados y alharaquientos terrícolas, no es su carne ni sus órganos ni sus huesos ni su médula ósea (ni las aletas de los delfines ni la bolsa de aceite de los tiburones ni los colmillos de los elefantes ni los cuernos de los rinocerontes ni el buche de totoaba ni los huevos de codorniz ni las pieles de las focas del norte de Canadá), sino la sangre, el plasma sanguíneo de los humanos, que extraen y se inyectan directamente “en sus propias venas” con avidez de murciélago, quizá placentera, embriagadora, adictiva y psicotrópica. Delicatessen de dulce vita y delirium alimenticio para los alienígenas, que implica la preservación, continuación y propagación de su horrorosísima y pesadillesca especie. Es por tal objetivo que alguna manipulada Máquina de Combate transporta, en lo alto de la giratoria caperuza, una clase de cesta o jaula, donde va coleccionando especímenes de terrícolas vivitos y coleando y lanzando gritos de terror, los cuales son cazados y atrapados con el mecanismo prensil de los móviles tentáculos. Según reporta el escritor y filósofo, en los cilindros los marcianos traían víctimas “consigo desde Marte en calidad de provisiones. A juzgar por los arrugados cadáveres que han caído en poder de los hombres, esas criaturas eran bípedos de frágiles esqueletos silíceos (parecidos a los de las esponjas), músculos débiles, de un metro ochenta de altura, cabezas redondas y erguidas y grandes ojos en órbitas petrificadas. Parece que en cada cilindro venían dos o tres y que ya estaban muertos antes de llegar a la Tierra. Hubiera sido lo mismo que los dejaran vivos, porque al solo esfuerzo de sostenerse en pie sobre nuestro planeta se les habrían roto todos los huesos del cuerpo.”
Ilustración de Henrique Alvim Corrêa
      Vale comentar, por último, y no por terror cósmico (de solitario navegante en la infinita noche de los tiempos) ni para ponerle los pelos de ponketa a nadie (por mucha melena de Rapunzel que tengan), que según reporta en el “Epílogo” el escritor y filósofo, ciertos astrónomos del planeta Tierra han observado agitadas y elocuentes actividades en Marte, y de Marte a Venus, indicativos de alguna marciana y violenta intromisión. Lo cual implica, quizá, el futuro ataque en la Tierra de otra tribu alienígena, quizá con tecnología aún más avanzada. ¡Felices sueños y felices pesadillas!



H.G. Wells, La guerra de los mundos. Traducción del inglés al español de Ramiro de Maeztu. Ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa. Libros del Zorro Rojo. Polonia, octubre de 2016. 210 pp. 







sábado, 14 de febrero de 2026

Los que aman, odian

 

Algo aulló en la penumbra

 

I de V

En 1964, editado e impreso en París, el cuarto número de Cahiers de L’Herne estuvo destinado a la vida y obra de Jorge Luis Borges (1899-1986). 

     

Cuarto número de Cahiers de L’Herne
(París, 1964) 

       Adolfo Bioy Casares (1914-1999) publicó allí, ex profeso, “Libros y amistad” (Lettres et amitié), memorioso y celebérrimo texto que él compiló en su libro La obra aventura (Buenos Aires, Galerna, 1968), antologado por Marcelo Pichon Rivière en La invención y la trama (México, FCE, 1988) y por Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi en Museo. Textos inéditos (Buenos Aires, Emecé, 2002), antología de textos de Borges y Bioy, que en su mayoría se deben a Biorges, ese hipostático y evanescente ser de cuatro manos y dos cabezas que, ídem el genio de la botella, sólo se corporificaba durante las horas en que Borges y Bioy escribían juntos. E incluso un fragmento de “Libros y amistad” preludia el voluminoso Borges (Buenos Aires, Destino, 2006), la expurgada, retocada y ladrillesca compilación y edición póstuma de los “diarios” de Adolfo Bioy Casares “al cuidado de Daniel Martino”, quien con su controvertido y arbitrario criterio le mochó el título de Bioy y le puso “1931-1936”, además de que al consabido apellido del doctor Praetorius le “enmendó” una letra y por ende se lee “Preetorius”. Cosa que anteriormente hizo con el entonces fragmento inédito de Bioy y Borges al exhumarlo el “4 de noviembre de 1990” en La Nación, periódico de Buenos Aires, con el título: “El joven Bustos Domecq”; no obstante, en Museo, las editoras ya le habían objetado: “Bioy Casares, que revisó las pruebas de La otra aventura, 1983 [edición de Emecé], escribe ‘Praetorius’.” Además de que también así lo escribió en un memorioso texto breve donde habla de “cómo vino al mundo Honorio Bustos Domecq”, intercalado, en Museo, en una entrevista sobre la personalidad y los vaivenes de H. Bustos Domecq que, a Borges y a Bioy, les hizo Renée Salas, publicada en el número 629 de la porteña revista Gente el “11 de agosto de 1977” (por ende se infiere que el texto breve de Bioy apareció en un recuadro junto a la entrevista). Allí, en “Libros y amistad”, sobre el germen de los cuentos, prosas breves, prólogos, antologías, traducciones y guiones de cine a cuatro manos y dos cabezas, evoca Bioy:

           

Biorges
Dos retratos y superposición de Gisèle Freund
Album Borges (París, Gallimard, 1999)

         “En 1935 o 36 fuimos a pasar una semana a una estancia en Pardo [Rincón Viejo], con el propósito de escribir en colaboración un folleto comercial, aparentemente científico, sobre los méritos de un alimento más o menos búlgaro [La leche cuajada de La Martona, la empresa lechera de la familia materna del joven Adolfito, fundada en 1888 por Vicente Casares (1844-1910), cuyo vicepresidente, Miguel Casares, fue quien le hizo el encargo a su sobrino]. Hacía frío, la casa estaba en ruinas, no salíamos del comedor, en cuya chimenea crepitaban ramas de eucaliptos.

            “Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje; después de su redacción yo era otro escritor, más experimentado y avezado. Toda colaboración con Borges equivale a años de trabajo.

      “Intentamos también un soneto enumerativo, en cuyos tercetos no recuerdo cómo justificamos el verso

           los molinos, los ángeles, las eles

          “y proyectamos un cuento policial —las ideas eran de Borges— que trataba de un doctor Praetorius, un alemán vasto y suave, director de un colegio, donde por medios hedónicos (juegos obligatorios, música a toda hora), torturaba y mataba niños. Este argumento, nunca escrito, es el punto de partida de toda la obra de Bustos Domecq y Suárez Lynch.”

           

(Buenos Aires, Emecé, 2002)

           De manera laudatoria, Borges, el “2 de noviembre de 1940” prologó La invención de Morel, novela editada por Losada que Bioy le dedicó, de la que en septiembre, en el número 72 de Sur, se publicó un fragmento. Y el 15 de enero de ese año, en Las Flores, Provincia de Buenos Aires, Bioy se casó con Silvina Ocampo (1903-1993) y Borges fue uno de los testigos de la boda. Y los tres (“el trío infernal”, Victoria Ocampo dixit) publicaron dos antologías en la porteña Editorial Sudamericana: a fines de 1940, con un “Prólogo” de Bioy, la Antología de la literatura fantástica, número 1 de la Colección Laberinto; y en 1941 el número 2 de ésta: la Antología poética argentina, con un “Prólogo” de Borges que se puede leer en Borges. Textos recobrados 1931-1955 (Bogotá, Emecé, 2001), volumen urdido por
Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi; quienes también editaron y cuidaron la antología Borges en Sur (Buenos Aires, Emecé, 1999), donde se lee la elogiosa reseña que hizo del segundo libro de Silvina Ocampo que al unísono era su primer poemario: Enumeración de la patria (Buenos Aires, Sur, 1942), publicada en el número 101 de la revista Sur (febrero de 1943), en la que pondera al final: “Hace mucho tiempo que las muchas literaturas cuyo idioma es el español no producen un libro tan diverso y tan continuamente admirable.” —Ponderación que se contrapone al categórico dardo venenoso que Alberto Manguel lanza en su fragmentario Con Borges (Buenos Aires, Siglo XXI, 2006): “Borges nunca vio en Silvina a alguien de igual peso intelectual: los intereses y los escritos de ella estaban lejos de los suyos.”— Si bien tales datos, más allá de la confluencia en la revista Sur (iniciada en enero de 1931, financiada y dirigida por Victoria Ocampo, la mayor de las cinco hermanas de Silvina, en cuya editorial, en 1937, publicó su primer libro de cuentos: Viaje olvidado), son indicios de una cercana amistad y colaboración intelectual, ante el susodicho intento de “cuento policial” de Borges y Bioy (en Museo se lee la transcripción del fragmento manuscrito que hasta 1990 se creyó perdido) resulta revelador que el primer título que ambos publicaron con el pseudónimo de H. Bustos Domecq sea, precisamente, un libro de cuentos policiales: Seis problemas para don Isidro Parodi (Buenos Aires, Sur, 1942). Y que el segundo de los seis cuentos de éste: “Las doce figuras del mundo”, haya sido antologado por Borges y Bioy en la Segunda serie de Los mejores cuentos policiales, editado, sin prólogo, en la capital argentina, en 1951, por Emecé.

(Madrid, Alianza/Emecé, 6ª ed., 1985)

          Vale observar, entre paréntesis, que sucesivamente coeditada en Madrid por Emecé y Alianza, esa Segunda serie, desde 1971 y sin prefacio, es el tomito 1, número 368 de la colección El libro de bolsillo; mientras que el tomito (2) de Los mejores cuentos policiales, número 950 de la colección El libro de bolsillo, coeditado en Madrid, en 1983, por Emecé y Alianza, con un canónico “Prólogo” que los antólogos fecharon en “Buenos Aires, 19 de octubre de 1981”, deviene (pues no es exactamente la misma antología original) de la que fue la primera serie editada en Buenos Aires, sin prefacio, en 1943 por Emecé. En esa edición príncipe antologaron “La muerte y la brújula”, cuento policial de Borges, sobreviviente de la criba a cuatro manos y por ende prevaleció en el tomito (2); magistral relato publicado por primera vez en el número 92 de la revista Sur (mayo de 1942), incluido por él en la segunda parte de Ficciones (Buenos Aires, Sur, 1944) y luego en La muerte y la brújula (Buenos Aires, Emecé, 1951), antología de cuentos de Borges “aparecidos anteriormente, revisados y corregidos para esta edición”, con un “Prólogo” suyo que no se lee en el citado tomo: Borges. Textos recobrados 1931-1955, pero sí en el erudito compendio de Antonio Fernández Ferrer: Ficciones de Borges. En las galerías del laberinto (Madrid, Cátedra, 2009). Y de Silvina Ocampo, para el tomito (2) el dúo dinámico eligió “El vástago”, reunido por ella en su tercer libro de cuentos: La furia (Buenos Aires, Sur, 1959), donde si bien hay un inducido crimen (Labuelo niño mata a Labuelo viejo), no es un cuento policial, ni en él hay una mente detectivesca o un raciocinador a imagen y semejanza del cuarentón Isidro Parodi, quien en “Las doce figuras del mundo”, otrora peluquero y preso desde hace 14 años en la celda 273 de la Penitenciaría de Buenos Aires, con el tango Naipe Marcado de fondo y leitmotiv, desvela el trasfondo y el oscuro tejemaneje del asesinato del doctor Abenjaldún, del que Aquiles Moliniari se descubría culpable.

 

(Buenos Aires, Sudamericana, 2ª ed., 2020)

          Cabe observar que en “noviembre de 2019” (y en “enero de 2020”) el todopoderoso consorcio transnacional Penguin Random House Grupo Editorial, con el sello de Sudamericana, publicó en Buenos Aires el título Los mejores cuentos policiales, con una preliminar y anónima “Nota del editor” que pregona a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y envirulada aldea global: “esta edición reúne en un único volumen la selección de cuentos publicada originalmente en dos (1943 y 1951) y en todos los casos sigue la última versión revisada por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (1981)”. Esto explica que el citado “Prólogo” que Borges y Bioy dataron en “Buenos Aires, 19 de octubre de 1981”, el cual preludia el susodicho tomito (2) —también compilado en Museo—, haya sido dispuesto a modo de prefacio general. Pero si bien la “Segunda serie” comprende los 14 cuentos (con sus correspondientes notas) que desde 1971 se leen en el tomito 1 sucesivamente coeditado en Madrid por Alianza y Emecé, la “Primera serie” agrupa 17 cuentos; es decir, a los 15 cuentos que desde 1983 se leen en el tomito (2) se le añadieron un par: “El marinero de Ámsterdam”, de Guillaume Apollinaire; y “La noche de los siete minutos”, de Georges Simenon. No obstante, la antología de 1943, con sólo 16 cuentos, fue distinta a la presente y a la del tomito (2), según lo testimonia y bosqueja el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal entre las páginas 340-341 de su póstumo libro Borges. Una biografía literaria (México, FCE, 1987).

Borges, César Ferández Moreno y Emir Rodríguez Monegal
(Montevideo, c. 1948)


 

II de V

Para Emecé Editores, entre 1945 y 1955, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dirigieron la legendaria colección de novelas policiales El Séptimo Círculo (hasta el número 120). Sobre la serie, en Museo se compila la breve glosa titulada “El Séptimo Círculo”, escrita entre Borges y Bioy, que además es una vindicación y declaración de principios del género policíaco, publicada en el Tomo VIII del Repertorio Bibliográfico Emecé. Catálogo General Perpetuo (Buenos Aires, Emecé, 1946), cuyo título es homónimo de un humorístico texto breve (escrito por el hipostático ser transfigurado en el seudónimo B. Lynch Davis) que se lee en la sección “Museo” —originalmente publicada en el número 5 de Los Anales de Buenos Aires (mayo de 1946)—, dizque transcrito “De Negations (1893), de Edwin Soames”, y que tal vez el doctor Humberto Huberman podría aprobar con beneplácito y una sonrisa autocomplaciente, dada su preliminar e inveterada aversión “a la novela policial” (y a “la novela fantástica”): “La lectura de novelas policiales no es conveniente. Todas las novelas, después, parecen novelas policiales frustradas; las novelas policiales también.” Y según dice Bioy en sus Memorias (Barcelona, Tusquets, 1994): “Borges dio el nombre, El Séptimo Círculo, el círculo de los violentos en el infierno de Dante, a la colección, y también el emblema del caballito de ajedrez. Es claro que al caballito lo había propuesto cuando todavía teníamos un título que permitía ese emblema. El diseño de la tapa, de Bonomi, nos gustó mucho y creo que le debemos buena parte del éxito.”

           

(Buenos Aires, Emecé, 1946)

           En El Séptimo Círculo, el 8 de agosto de 1946, con el número 31 de la serie y una ilustración en la tapa de José Bonomi, apareció la novela policíaca Los que aman, odian, la única obra que Adolfo Bioy Casares escribió en tándem con Silvina Ocampo. Ese año, el 4 de junio, Juan Domingo Perón arribó al poder de la Argentina; Borges, “el 15 de julio”, “por haber firmado unas declaraciones antiperonistas”, fue “promovido a inspector de aves y conejos en los mercados municipales” y por ende perdió su mísero y subterráneo empleo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, con cuyo magro sueldo subsistían él y su madre doña Leonor en el departamento B del sexto piso de Maipú 994. No obstante, en marzo, había comenzado a dirigir la revista Los Anales de Buenos Aires (lo haría durante dos años); y con Bioy, a través del hipostático y fugaz ser, publicó dos títulos en la editorial apócrifa Oportet y Haereses: Un modelo para la muerte, firmado con el pseudónimo de B. Suárez Lynch; y el segundo librito atribuido a H. Bustos Domecq: Dos fantasías memorables. Curiosamente, Daniel Martino no consideró relevante a Los que aman, odian como para citarla en el año “1946” de su “Cronología” que se lee en el voluminoso y susodicho Borges, donde además no hay ninguna entrada en la que Bioy la mencione; aunque sí la nombra en su telegráfica “Autocronología” compilada en La invención y la trama: “En colaboración con Silvina Ocampo escribo Los que aman, odian, novela policial”. De la cual, en “Silvina Ocampo”, el “Diálogo efectuado el 14 de septiembre de 1998” que cierra el libro de Noemí Ulla: Conversaciones con Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, Corregidor, 2000), éste comenta entre lo poco o nada anecdótico que revela: “creo que salió muy bien, que es una historia no muy importante, pero sí graciosa y agradable [...] Era en Mar del Plata después de la temporada, nos quedamos allí. Hacía un frío terrible. Conteniendo el frío, en un cuarto que yo tenía ahí, escribimos ese cuento [...] Lo armábamos conversando y escribíamos conversando. Vale decir que yo no puedo reconocer ‘esta frase es mía’ o ‘esta frase es de Silvina’.” En contraste, en sus truncas y citadas Memorias (libro 1, y a la postre único, que tuvo por amanuenses, transcriptores y urdidores a Cristina Castro Cranwell y a
Marcelo Pichon Rivière), Bioy es aún más parco y evasivo: Los que aman, odian, que escribimos con Silvina”, es todo lo que dice; además de que el célebre (y llevado y traído) apellido del doctor Praetorius aparece “enmendado”: “Pretorius”, quizá para que al unísono (de un modo subyacente o subliminal) remita a su probable origen: el retintín del sonoro apellido del doctor Pretorios que figura en La novia de Frankenstein (1935), el celebérrimo filme dirigido por James Whale.

(Barcelona, Anagrama, 2018)

       La narradora Mariana Enríquez, en La hermana menor (Santiago de Chile, Universidad Diego Portales, 2014) —su anecdótico y rumoroso retrato [íntimo] de Silvina Ocampo (reeditado en 2018 por Anagrama de manera física y en iBook)— apunta entre lo poco que dice de Los que aman, odian: “En 1946 había escrito en Mar del Plata, y en menos de un mes, un libro en colaboración con Bioy, el policial de enigma Los que aman, odian (Emecé). Todos los escenarios del thriller —que tiene un final muy ocampiano, con niño perverso incluido— son marinos: los cangrejales de la boca del Río Salado, un hotel parcialmente sepultado por una tormenta de arena. Escribe Bioy en el prólogo a Los que aman, odian: ‘Nosotros nos quedábamos en Mar del Plata hasta el final del verano, cuando ya no había casi nadie, y en ese final de la estación empezamos y terminamos la novela. El método de trabajo fue muy parecido al que empleábamos con Borges: inventábamos episodios, alguien proponía una solución y yo escribía. Quisiera agregar que nunca hubo una discusión ni una pelea, ni con Silvina ni con Borges. Reconocíamos enseguida cuál era la mejor frase para el texto y la aceptábamos sin discusiones... En cuanto a la originalidad de la novela, sólo puedo decir que Silvina tenía una originalidad inevitable y que era un placer trabajar con ella. La verdad es que lamento no haber escrito otro libro con Silvina.’” Y, enseguida, Mariana Enríquez reprocha sentenciosa y lapidaria: “Cuando se publicó, nadie, absolutamente nadie reseñó Los que aman, odian, precursora de la novela policial argentina.” No obstante, en septiembre de 1946 la escritora española Rosa Chacel sí la reseñó entre las páginas 75 y 80 del número 143 de la revista Sur.

 

Índice del número 143 de la revista Sur (septiembre de 1946)


           
Por otro lado, Silvia Renée Arias, coautora, motor y redactora de Los Bioy (Buenos Aires, Tusquets, 2002), obtuvo y aporta alguna información anecdótica y relevante, pues sobre Los que aman, odian apunta en su Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares (México, Tusquets, 2016):  

       

(México, Tusquets, 2016)

      “
Al año siguiente [1946], en Mar del Plata, Bioy y Silvina decidieron quedarse hasta mayo. Animados por el especial entorno que sugería el desolado paisaje otoñal, imaginaron una historia a propósito de una anécdota que recordaban muy bien. Una vez, su amigo Ernesto Pissavini les había contado que fue a veranear a un pequeño balneario entre Mar del Plata y la boca del Salado. Se hospedó en un hotel de tres pisos, y al volver, cuatro años después, se encontró con que el mismo constaba de uno solo: los otros dos habían quedado enterrados en la arena. Este hecho lo había impresionado mucho, y el efecto se trasladó a Bioy y a Silvina. Así es que ese verano, hablando de eso en la desierta Mar del Plata, de pronto Bioy mencionó un recuerdo que tenía de su infancia: cuanto tenía alrededor de diez años, fue a la estancia Rincón de López, en la boca del Salado, propiedad de su bella tía Juana Sáenz Valiente de Casares, y allí vio unos cangrejales enormes. Sus sorprendidos ojos de niño vieron cómo las vacas y los caballos seguían unos estrechos caminitos y no se equivocaban nunca, porque de lo contrario se habrían hundido, con jinete y todo, en el fango de los cangrejales.

          

El niño Adolfito en Rincón Viejo
(Pardo, Provincia de Buenos Aires, c. 1922)

         
“Asociando todo esto, Bioy y Silvina comenzaron a escribir una novela policial que introducía estos elementos: ‘Y se abrió ante nosotros la horrenda y la más desesperada visión: una playa estremecida de cangrejos, negra, viscosa, interminable’. El personaje que cuenta la historia va en busca de la soledad para encontrarse a sí mismo. El libro les demandó menos de un mes porque, en palabras de Bioy, ‘cuando dos personas escriben juntas, las dificultades que pueden demorar a alguno de los dos están salvadas por el otro; si yo no encuentro la palabra justa, se le ocurre al otro y a la inversa’, y lo terminaron cuando volvieron a Buenos Aires. El título era Los que aman, odian, y a Bioy le gustaba recordarlo como un ejercicio del pensamiento, el fruto de la creación y de su vida en común. A partir de ese momento, Silvina le mostraría sus originales antes de mandarlos a la editorial (muchas veces se enojaba porque él no leía los suyos y sí los de ilustres desconocidos), y él haría lo mismo con sus textos.”

           

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
(Mar del Plata, c. 1950)

         Vale observar, no obstante, que el génesis de la escritura en la solitaria e íntima isla (el aislado “cuarto” en el frío Mar del Plata del que habla Bioy —tácitamente Villa Silvina, la mansión de los Bioy—, prolongado en el porteño departamento de Santa Fe 2606) y el instante (o los instantes) de la creación, son un enigma perdido en la noche de los tiempos (y en el laberinto de las hipótesis y de las difusas y vaporosas chismografías locales) y que ese misterio (entre los misterios) evoca, por ósmosis (algo como la sangre late y circula en ella), un arquetípico pasaje de El miedo a perder a Eurídice (México, Joaquín Mortiz, 1979), esa fascinante novela de la escritora cubana Julieta Campos que al unísono es un largo poema en prosa signado (y recamado) por fragmentos y aforismos de autores angulares:

         

(México, Joaquín Mortiz, 1979)


            
“La historia podría comenzar en cualquier momento. Acaso así:

            “La isla surgió al mismo tiempo en la fantasía de ambos, que irreflexivamente, decidieron en ese instante convertirla en el espacio de su amor. Fue desde entonces el lugar del encuentro soñado y el lugar soñado del encuentro.

            “O bien:

            “Fue entonces cuando la isla empezó a brotar dulcemente del mar como una Venus con los pies mojados por las ondas. Engendrada en una noche tormentosa, nació predestinada. Sería ingenuo evocar una aurora: la creación es un misterio y el paisaje de los misterios es familiar de las tinieblas.”

 

Villa Silvina, Mar del Plata

         Si el instante (o los instantes) de la creación (y del más allá) son un misterio (entre los misterios), también lo es el hecho de que de que Bioy y Silvina no hubieran gestado, concebido y procurado otra obra en tándem (quizá lo proyectaron y tal vez lo intentaron). Y que pese a las consecutivas infidelidades de Bioy (y a los sáficos y legendarios viajes a la solitaria isla de Lesbos que, se dice, hizo Silvina) hayan permanecido juntos hasta el final.

           

Silvina Ocampo y Marta Casares, madre de Bioy
(Mar del Plata, 1953)

             Una posible respuesta medular y angular (quizá el non plus ultra de la quintaescencia) se logra entrever en un pasaje compilado en las citadas Memorias de Bioy:

            “En el Rincón Viejo, un día le anuncié a mi querido amigo Oscar Pardo [empleado y consejero suyo en esa estancia paterna en la que Bioy fue un pésimo administrador]:

            —Prepárate. Nos vamos a casar.

            “Corrió a su cuarto y volvió con una escopeta en mano. Entendió que íbamos a cazar. El casamiento fue en Las Flores [se habían conocido en 1933 o en 1934] y los testigos, además del mencionado Oscar Pardo, Drago Mitre [amigo de Bioy desde su infancia] y Borges. Ese día, en el estudio fotográfico Vetere, de aquella ciudad, nos fotografiamos. A veces me he preguntado, a lo largo de la vida, si no he sido muchas veces cruel con Silvina, porque por ella no me privé de otros amores. Un día en que le dije que la quería mucho, exclamó:

           

Boda de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
Testigos: Borges, Enrique Drago Mitre y Oscar Pardo.
(Las Flores, enero 15 de 1940)

         “—Lo sé. Has tenido una infinidad de mujeres, pero has vuelto siempre a mí. Creo que eso es una prueba de amor.”

            Y otra prueba de amor, por correspondencia biunívoca y recíproca, es el hecho de que Marta, la única hija de ambos (fallecida a los 39 años, el 4 de enero de 1994, en un accidente automovilístico) era, en realidad, la hija que Adolfo Bioy Casares tuvo con María Teresa von der Lahr.

 

Borges, María Esther Vázquez, Silvina Ocampo,
la niña Marta y Adolfo Bioy Casares.
(Playa San Jorge, Mar del Plata, 1964)

III de V

Alguna vez el tecleador de marras pudo reseñar en el ciberespacio (o sea: aquí en el blog) algo de Los que aman, odian en la edición que Tusquets editó en septiembre de 1989, en Barcelona, con el número 101 de la Colección Andanzas; en cuya primera solapa se observa una fotografía en blanco y negro de Mariano Roca, donde, ya viejitos, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares parecen dialogar en torno a una hoja mecanografiada o manuscrita (quizá por ambos).  

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
(Foto: Mariano Roca)

         Entre las diversas ediciones que ha tenido Los que aman, odian se halla la que ahora ocupa al reseñista, que, lamentablemente, no incluye el prólogo que Mariana Enríquez alude en La hermana menor. Se trata de una sobria edición impresa en Barcelona, en febrero de 2002, por Emecé, dentro de la serie Cruz del Sur, en cuyo cintillo se lee un tóxico y adictivo slogan que promete un crimen (o quizá la muerte del lector tras o durante la lectura): “Ocampo y Bioy/ Una pareja letal”.


        En el interior, al desplegar la solapa de la segunda de forros se descubre un retrato en blanco y negro de la joven, atractiva y seductora Silvina Ocampo, que Bioy tal vez le tomó en la estancia de Rincón Viejo, donde ya vivían juntos años antes de casarse y donde había unos sillones de mimbre; celebérrima fotografía que también ilustra la carátula del tomo I de los Cuentos completos de Silvina, editado por Emecé en “junio de 2006”, y la portada del volumen único de éstos editado en 
“julio de 2017 por la misma editorial (con un prólogo de Laura Ramos), y el frontis del susodicho libro de Mariana Enríquez: La hermana menor

 


           Y al desplegar la tercera de forros aparece un retrato en blanco y negro del sonriente y cautivador héroe de las mujeres: Adolfo Bioy Casares. Cada uno signado por la insondable e infinita noche (el negro) y el enigma que implica la sugerencia de la Constelación de la Cruz del Sur (el azul con estrellas blancas).

           


          En su “Prólogo”, Borges calificó de “perfecta” a La invención de Morel (cuya trama Bioy vislumbró sentado en uno de los sillones de mimbre de Rincón Viejo) y de ejemplo de “imaginación razonada”. Los que aman, odian quizá no sea “perfecta”, pero lo parece, y sin duda es un modelo de “imaginación razonada”. Por todo lo que se dice parece que en 1946 fue escrita con prontitud y editada con rapidez. Quizá sea así. Lo cierto es que se advierte que fue redactada, revisada y pulida con mimo y esmero; y en la urdimbre, pese al crimen, se transluce una intrínseca pulsión lúdica y libresca, con engaños al lector, bromas, ironías y juguetones giros sorpresivos; por lo que no es errado calificarla de feliz divertimento y por ende quizá no yerre suponer que Bioy y Silvina se divirtieron imaginándola y escribiéndola de principio a fin, y no sólo por las mofas y bufonadas, algunas sutiles y librescas
—como la fugaz alusión a Betteredge, personaje de La piedra lunar (1868)—, y otras muy obvias, como la que protagoniza la empleada del Hotel Central que el doctor Humberto Huberman apoda “dactilógrafa” y “Muscarius, el dios que alejaba las moscas de los altares”, pues, anciana y obesa, se dedica a perseguirlas por las habitaciones blandiendo y azotando un matamoscas, dado que infestan el asfixiante, claustrofóbico, caluroso y subterráneo hotel; quien llama a los huéspedes al comedor haciendo sonar un gong y quien, ante los aullidos de los perros del exterior y del ulular del viento que acompañan a la tormenta de arena, vaticina sintiéndose pitonisa: “¡Esta noche va ocurrir algo! ¡Esta noche va a ocurrir algo!” Y, efectivamente, ocurre.

 

(Buenos Aires, Emecé, 2004)

           
El doctor Humberto Huberman es la evocadora voz narrativa que (supuestamente) redactó “la historia del asesinato de Bosque del Mar” (que es la legendaria novela policial que el desocupado, intrigado e insomne lector tiene en sus manos). Y, según informa casi al término, la escribió por petición de varias amigas de su madre, (las únicas amigas que tiene), interesadas (y al parecer impresionadas) por su hablantina, presunta y presuntuosa labor detectivesca.

           

(Barcelona, Emecé, 2002)

          Se entrevé que el doctor Humberto Huberman (petulante, ridículo, solitario, maniático, citadino, fetichista, hedonista, egocéntrico, engreído, dizque “erudito” y supuesto poseedor de la “inteligencia dominante” en Bosque del Mar) es un consumado solterón, sin ningún enredo amoroso que le pise los talones y le agrie la yerba mate, los sueños o la fría tacita de cocoa (un día sí y otro también); quien en su “casa de la Capital” cada mañana se despierta y comporta como todo un pachá (repantigado en su otomana) atendido por sus añorados “enanos correntinos trayendo la bandeja pajiza, el té aromático, las tostadas y los bizcochos, el dulce y la miel”. Y, según revela con un dejo de intrínseca misantropía y quizá androfobia: “En general, me entiendo mejor con las mujeres que con los hombres [...] la sociedad que yo prefiero es la de mujeres maduras” (no la sociedad de las mujeres jóvenes y por ende en la plenitud de su atractivo y belleza física). No obstante, además de algún ancestral prejuicio misógino: menosprecia a las pelirrojas, comparte ciertos atavismos machistas (con un tinte psiconalistoide): “A las mujeres histéricas hay que dejarlas solas.” Admite y apunta: “Hay todo un tratado por escribir sobre el llanto de las mujeres; lo que uno cree la expresión de ternura es a veces una expresión de odio, y las más sinceras lágrimas suelen ser derramadas por mujeres que sólo se conmueven ante sí mismas.”

            Según apunta en su relato, es un boyante médico homeópata, adicto a los glóbulos de arsénico, quien ha viajado en el tren nocturno, de la capital a la calurosa Salinas, con destino al balneario Bosque del Mar, donde se halla el Hotel Central, propiedad de un matrimonio sin hijos (Esteban y Andrea), que son primos suyos y distantes, custodios de un sobrino de ella (el niño Miguel, de unos diez o doce años), a los que alguna vez les hizo un préstamo; lo que implica una postergada deuda que le permite no pagar el alojamiento y tratar a sus parientes con ciertas exigencias y contenida altanería. Su plan no es coincidir con nadie en ese hotel que a todas luces nunca había visitado ni visto, sino instalarse durante por lo menos dos meses de vacaciones en la playa, durante las cuales pretende escribir, en ese supuesto “paraíso del hombre de letras”, un sesudo guion cinematográfico, pues, según apunta, “la Gaucho Film Inc.” le ha pedido adaptar el “Satyricón, de Cayo Petronio”, “a la época actual y a la escena argentina”. Nada menos.

           

(Barcelona, Tusquets, 1989)

       El doctor Humberto Huberman viaja en el cómodo camarote del tren nocturno (al parecer a imagen y semejanza del cinematográfico y novelesco Orient Express, pues, según dice: “no hay que olvidarlo: en los trenes el té es de Ceylán”). Y tras su llegada a la solitaria estación del pueblerino Salinas (7:02 am y ya hace un tremendo calor) y luego de encargar en la oficina de correos que le remitan su correspondencia al Hotel Central del balneario Bosque del Mar, como único pasajero y en compañía de su equipaje y de unas gallinas enjauladas que llegaron con él en el tren, se desplaza encajado en un peliculesco y anacrónico Rickenbacker conducido por un chofer que él llama chauffeur; indicio de su proclividad a ciertos vocablos en franchute e inglés, (incluso alemán), a las frases en latín y francés, a las evocaciones librescas y a los fantaseos detectivescos o devaneos literarios (“he confundido la realidad con un libro”, llega a decir.) De ahí que en su índole irrisoria y ridícula, como si se tratase de la arquetípica y proustiana madeleine remojada en té, el maloliente tufillo de las gallinas que lo acompaña en el Rickenbacker lo remita a un grato e indeleble capítulo de su perdida niñez, pues según evoca: esa “efímera sensación olfativa traía a mi memoria un feliz episodio de la infancia, con mis padres, en los gallineros de mi tío, en Burzaco. ¿Confesaré que durante algunos minutos logré refugiarme, en medio de los sacudones y del calor, en la prístina visión de un huevo pasado por agua, en una taza de porcelana blanca?” Así, durante ese viaje de largas y calurosas horas en las que el Rickenbacker llega a cruzar, lentamente y sobre unos estrechos tablones, unos arenales por los que el coche podría caer y hundirse (“Si una rueda se desvía”), como ocurrió hace un año con “el caballo del farmacéutico”: “se metió en el pajonal” y, ante los ojos de los circunstantes, “despareció en el barro”. Pero el caso es que según dice el cantarín y “rapsoda” doctor Huberman trazando su particular, instantánea y evanescente épica: “Yo buscaba el mar, como un griego del Anabasis: ninguna pureza en el aire parecía anunciarlo.” Pero el pedúnculo umbelífero (o minúsculo intríngulis) de esa petulancia libresca es que la palabra anábasis refiere, por defecto y para el caso, una expedición de la costa hacia el interior de un territorio. Y catábasis es la palabra que alude el viaje desde el interior a la costa. Y cuando aún “heroicamente” montado en el Rickenbacker creer ver el mar (se trata de un espejismo de huitlacoche) exclama, exultante, a modo de homérico saludo: Thalassa!... Thalassa! (como si además del impetuoso y agitado océano viera emerger a la mitológica diosa del mar). Y cuando de nuevo cree verlo al divisar “una mancha violeta” dice, rumiando para sí, su particular, críptico y joyceano Ulises: Epi oinopa ponton. Pero como se trata de “flor morada”, según le aclara el rústico chofer, bien hubiera podido recitar al didáctico profesor Borges aludiendo la Odisea: “Los dioses les tejen adversidades a los hombres para que las futuras generaciones tengan algo que cantar.”

            Satisfecho consigo mismo y con su pequeña imagen, el doctor Humberto Huberman, tras su arribo al hotel, se autorretrata, envanecido y narcisista, para sus boquiabiertas lectoras (algo caricaturesco y esperpéntico, dadas las titiriteras manos que lo trazan y atildan):

            “Me desperté en la penumbra. No sabía dónde estaba ni siquiera qué hora era. Hice un esfuerzo, como quien trata de orientarse. Recordé: estaba en mi cuarto, en el Hotel Central. Entonces oí el mar.

            “Encendí la luz. Vi en mi cronógrafo —que yacía junto a los volúmenes de Chiron, de Kent, de Jahr, de Allen y de Hering, sobre la mesita de pino— que eran las cinco de la tarde. Pesadamente empecé a vestirme. ¡Qué descanso verme libre de la rigurosa indumentaria que nos imponen los convencionalismos de la vida urbana! Como un evadido de la ropa, me enfundé en mi camisa escocesa, en mi pantalón de franela, en mi saco de brin crudo, en el plegadizo panamá, en los viejos zapatones amarillos y en el bastón con empuñadura en cabeza de perro. Agaché la cabeza, con no disimulada satisfacción examiné en el espejo mi abultada frente de pensador, y otra vez convine con tanto observador imparcial: la similitud entre mis facciones y las de Goethe es auténtica. Por lo demás, no soy un hombre alto; para decirlo con un vocablo sugestivo, soy menudo —mis humores, mis reacciones y mis pensamientos no se extenúan ni se embotan a lo largo de una dilatada geografía—. Me precio de tener una cabellera agradable a la vista y al tacto, de poseer unas manos pequeñas y hermosas, de ser breve en las muñecas, en los tobillos, en la cintura. Mis pies, ‘frívolos viajeros’, ni cuando duermo descansan. La piel es blanca y rosada; el apetito, perfecto.”

        

Goethe

       
Cercano al mar, próximo a pantanosos médanos y a los peligrosos cangrejales, y no lejos del Hotel Nuevo Ostende, el Hotel Central ha sido víctima frecuente de las tormentas de viento y arena; de ahí que, pese al asfixiante y claustrofóbico calor, las ventanas de las recámaras hayan sido selladas; y que el piso que hace un par de años era la recepción, ahora es el sótano; y que los huéspedes, en vez de subir a sus alcobas bajen a ellas, incluso al comedor, donde hay una larga mesa en la que los pensionistas coinciden para la cena, amenizados con la música de la radio y luego con el piano que toca Emilia en medio de la intrínseca neurosis y agresiva rivalidad que la confronta y antagoniza con su hermana Mary.

Cuando a la mañana siguiente se descubre la sorpresiva muerte de la joven Mary, envenenada por estricnina, según el diagnóstico a priori del doctor Humberto Huberman (quien añade “que el deceso había ocurrido dentro de las últimas dos horas”) y aún no se sabe si se trata de un asesinato o de un suicidio, y puesto que en ese momento de la mañana (y desde la noche anterior) el Hotel Central sufre el furioso ataque de una furiosa y ululante tormenta de arena, todo indica, si acaso es un asesinato, que se trata de un crimen ocurrido en el oscuro vientre de esa “casa enterrada en la arena”, lo que equivale al crimen de cuarto cerrado —circunstancia clásica en una narración detectivesca y policial, aleccionó Borges, desde que Edgar Allan Poe, en 1841, publicó su cuento “Los crímenes de la calle Morgue”—, enfatizada cuando el doctor Huberman apunta: “Estábamos en ese caserón cerrado como en un barco en el fondo del mar, o, más exactamente, como en un submarino que se ha ido a pique.” Y por ende (indica el cliché) todos los habitantes del hotel, incluidos quienes viven y trabajan en él, son probables sospechosos. Para despejar el misterio, en un momento en que afloja la impetuosa y ululante tormenta de viento y arena, envían el Rickenbacker por la policía. Es así que unas horas después llegan al Hotel Central: el comisario Raimundo Aubry, memorioso diletante y citador de novelas del siglo XIX (sobre todo de Victor Hugo), y el doctor Cecilio Montes, “médico de la policía”, quien es un borrachín incurable, pringoso, misántropo e irascible; dos gendarmes y el hombre de la funeraria; más el ataúd, que instalan en el sótano.

   Pese a cierto reparo inicial, el doctor Montes coincide con el ojo clínico del doctor Huberman: la víctima murió envenenada con una dosis de estricnina, que, al parecer, tomó (o le dieron a tomar) antes de acostarse, pues solía beber una taza de chocolate frío antes de dormir; taza que, misteriosamente, no se halla en el lugar del crimen o suicidio; es decir, alguien la desapareció y por alguna razón dejó, según parece, “el frasco de los glóbulos que tomaba todas las mañanas” y el corcho en el suelo.

   El comisario Raimundo Aubry, antes de interrogar a los moradores del hotel, decide registrar sus habitaciones, empezando por la recámara del doctor Humberto Huberman, quien se ofende al suponerse sospechoso de algo o de esconder la estricnina; no obstante, en medio del escrutinio policial logra escamotear su “tubo de arsénico” focalizando la ruda y enfática búsqueda en los tubitos de su homeopático botiquín. El caso es que las pesquisas del comisario lo llevan a inferir que Emilia, la hermana de Mary, es la asesina. Y piensa detenerla y recluirla en la cárcel tan pronto amaine la tormenta de arena. La razón: había un traicionero y subrepticio lío sexual entre Mary y Enrique Atuel, el novio de Emilia. Esto lo refleja la pelea a gritos entre ambas, misma que Huberman oyó por casualidad; y lo acentúa la tensión neurótica que esgrimen entre sí durante la ríspida cena y durante el convivio entorno al piano, preludio de la súbita salida de Emilia del hotel, pese a la oscuridad y al peligro que implica la tormenta de viento y arena. Y más aún cuando el doctor Humberto Huberman, también sin proponérselo, previo a la grupal búsqueda de Emilia en el exterior, ve que Atuel y Mary se besan en lo oscurito; no obstante, puntualiza: “Autel se resistía; Mary lo asediaba apasionadamente.” Ante tan desventurada y lastimosa escena, comenta pomposo para sí: “‘¿Qué somos’, murmuré, ‘sino osamentas besadas por los dioses’? Con el alma apesadumbrada, seguí mi camino. Algo aulló en la penumbra. Era el niño. Yo había tropezado con él. Me miró un instante —¿qué había en su expresión: desprecio, odio, terror?—; después huyó.”

Mary
(Luisana Lopilato)
Foto alusiva al filme Los que aman, odian (2017)

          La muerta, la joven Mary, o sea: María Gutiérrez, fue paciente del doctor Humberto Huberman dos o tres veces en su consultorio, allá en la capital; y la recuerda por “el accrochecoerur en la frente”, porque él le dijo “somos almas gemelas”, dada su compartida adicción a los glóbulos de arsénico, y porque le recomendó, ese año, unas “vacaciones en Bosque del Mar”. Todo indica que coincidieron, sin premeditarlo, en el Hotel Central, pues las hermanas Gutiérrez, con la infancia en Tres Arroyos, pudieron hospedarse en el vecino, y no muy distante, Hotel Nuevo Ostende, donde está registrado y tiene su recámara (quizá sólo protocolaria) Enrique Atuel, cuya facha, al doctor Huberman, no le gusta nada. Según dice: es “joven, amulatado. A despecho de cierta vulgaridad en el hablar y de una apariencia que recordaba los cartelones del ‘tango en París’ [remember al icónico y popular Gardel y su ‘estilo del Alma que canta’] —pelo negro, lacio, ojos vivos, nariz aguileña— me pareció que ejercía sobre sus compañeros [Mary, Emilia y el doctor Cornejo] —nada brillantes, por lo demás— alguna superioridad intelectual.” Y de ninguna manera el doctor Huberman galantea ni pretende a Mary, ni tiene íntimas ensoñaciones con su cuerpo, “demasiado atlético para mi gusto”, dice y observa en ella “una animalidad que atrae a ciertos hombres sobre cuyas aficiones prefiero no opinar”. Mary, además de su sensualidad y magnetismo corporal (“alta, rubia”, “muy hermosa, con una impresionante blancura, con manchas rosadas”) era una traductora notoriamente fetichista y maniática: trajo consigo todos los libros traducidos por ella (que son narraciones policiales con tapas arlequinadas), “los manuscritos de las traducciones y los borradores de los manuscritos” e incluso “las pruebas de imprenta”; tambache al que se suman “las páginas escritas a mano” de la última traducción que estaba haciendo: “una novela de Michael Innes”. (Pseudónimo, cabe la digresión, del escocés John Innes McKintosch Steward, antologado por Borges y Bioy en la citada Segunda serie de Los mejores cuentos policiales con el relato 
“La tragedia del pañuelo” y de quien ambos editaron, en la legendaria serie policíaca El Séptimo Círculo, cuatro obras traducidas al español con los títulos: Los otros y el rector, ¡Hamlet, venganza!, La torre y la muerte, y El peso de la prueba.) 

Silvina Ocampo
(verano en Mar del Plata)

         Paralelo a la investigación policial del comisario Aubry, el doctor Huberman hace su propia labor detectivesca que, de hecho, empieza desde antes de la llegada de la policía y su comitiva. En tal vertiente, cuando Emilia es la presunta asesina de su hermana, le sorprende y alarma encontrar al doctor Manning y al galán Atuel muy despreocupados y desentendidos leyendo: “Manning leía la novela inglesa que Atuel había robado del cuarto de Mary [subrepticia y sospechosa sustracción que Huberman observó oculto]. Atuel leía una de esas novelas de tapa arlequinesca, que Mary había traducido. En una mesa interpuesta entre los lectores había papeles con anotaciones y lápices.” Y más aún, según dice: “¡Redactaban apostillas y notas a textos policiales!” El resultado de ese escrutinio lector, y de la lectura de los papeles que dejó la muerta en su cuarto, es que el doctor Manning le presenta al comisario Aubry la transcripción de una nota manuscrita, originalmente redactada por Mary en una “hoja de block”, donde anuncia su suicido y, según afirma categórico, “la frase no figura en ninguno de los libros” traducidos por Mary. Ese fragmento manuscrito, transcrito por Manning, parece eximir a Emilia de ser la presunta asesina. Aún así el comisario piensa llevarla presa a Salinas y hacerla hablar.

    No obstante, los posteriores giros sorpresivos y las rápidas vueltas de tuerca revelan que esa nota suicida en realidad sí es un fragmento de una novela policíaca traducida por Mary, que resulta ser otro libro sustraído por el sigiloso Atuel (al parecer se trata de una narración policial de Eden Phillpotts, otrora mentor de la joven y futura Agatha Christie), escondido por él en su recámara del Hotel Nuevo Ostende (¿por qué no la destruyó el muy boludo y listillo?), y luego localizado allí por el pálpito, la reflexión y las veladas dilucidaciones del doctor Manning, que en algún momento debió descubrirse manipulado por Atuel. Las razones que impulsaron a Atuel a hacer tal oscuro tejemaneje —incluso abandona al doctor Huberman en el violento y nebuloso arenal, y éste, desorientado, se alucina perdido en angustiosas y fóbicas pesadillas que coinciden con el desierto y la arquitectura del filme silente dirigido por Jacques Feyder: L’Atlantide (1921), y a expensas de los espeluznantes y horrorosísimos cangrejales— evidencian que creía que Emilia era la asesina y con sus artimañas quería exculparla del asesinato y de la condena carcelaria. Ante tales manipulaciones, vale puntualizar que el galán Atuel reveló ser, sólo ante el comisario y Manning (y no ante el ofendido Huberman), un famoso inspector de policía que vacaciona de incognito, quien dice trabajar “en la Sección de Investigaciones”, allá en “la Capital Federal”, y cuyo verdadero apellido es Atwell. Pero para que sus subrepticios y ocultos propósitos no se estropeen, induce, además, el simulacro de envenenamiento del doctor Cornejo con una dosis del tubo de veronal que había robado del maletín del doctor Montes y señala al desparecido niño Miguel, y al recién desaparecido doctor Manning, como al posible ladrón de las costosas joyas de la muerta, recién hurtadas a Emilia. Las cuales, antes de marcharse de Bosque del Mar de manera furtiva y sin despedirse de nadie y dado que se descubrieron sus numerosos ardides, a través de La Bruna (“un hombre parecido a Wagner”, según Huberman), quien es el dueño del vecino Hotel Nuevo Ostente, devuelve, en el Hotel Central, las joyas robadas envueltas en un paquete.

Wagner

       No obstante, pese a las detectivescas indagaciones, especulaciones y deducciones del doctor Manning, del doctor Huberman, del comisario Aubry y a las meteduras de pata del supuestamente fogueado y célebre inspector de policía Atwell (¿no se tratará de una impostura?), los puntos sobre las íes del enredo y del crimen sólo se aclaran, para el corro (y para los lectores), con la carta de despedida que el niño Miguel Fernández le dejó a su apreciado amigo y mentor el farmacéutico Paulino Rocha (se lee casi al término de la novela). Misiva que, motu proprio, el boticario lleva al Hotel Central para entregársela al comisario Aubry, una vez que la tormenta de viento y arena pareció extinguirse por arte de birlibirloque. Sólo entonces, ya desvelada la identidad del asesino y sus secretas y peculiares razones, es cuando Emilia revela que ella desapareció la taza de Mary, porque creyó que el asesino era Atwell y quiso protegerlo.

 

H. Bustos Domecq
Composiciones fotográficas de Silvina Ocampo,
basadas en ideas de Francis Galton.

IV de V

En el Hotel Central el niño Miguel era un marginado y un desdichado, y, al parecer, una molestia, un estorbo, y una penosa y despreciable carga para sus tíos, que no lo querían ni comprendían. Según le dijo Andrea a Huberman: “Miguel ha tenido una infancia triste. Es anémico, está mal desarrollado. Es muy chico para su edad. Cavila todo el tiempo. Mi hermano creía que el mar podía fortalecerlo...” No obstante, no le asignaron una adecuada habitación, propia para un chaval con los hábitos e inclinaciones de un probable o futuro naturalista, explorador y científico, sino que lo arrinconaron en el astroso y subterráneo cuarto de los baúles, donde además no hay luz eléctrica y por ende se iluminaba con una vela. No extraña, entonces, que no quiera a sus tíos y los desprecie, y que haya hecho su refugio y su “casita” en el Joseph K, el barco encallado y abandonado en la playa, donde pasaba mucho tiempo solo y donde, antes de partir durante la tormenta y la subida de la marea, ya tenía “allí muchas botellas de agua, bizcochos y una bolsita de yerba”. No obstante, el destino de su errático viaje (lo deja ver en su carta) no es una isla desierta con un tesoro enterrado por un pirata o un mundo utópico o mejor, sino el fondo del mar. Y por ello, en su posdata, le pide al boticario que envíe a sus padres el albatros embalsamado por él que dejó, ex profeso, en el cuarto de los baúles, donde, antes de que apareciera su reveladora carta, fue encontrado por el comisario Aubry: “Atada al pescuezo del pájaro con una cinta verde, colgaba una fotografía del niño, con la inscripción. A mis queridos padres, recuerdo de Miguel.” Lamentablemente no pudo llegar a tales manos, pues el doctor Huberman, en una de sus equivocas conjeturas, supuso que Miguel era el ladrón de las joyas de Mary y que las había escondido en el vientre del pájaro y por ello las manos del comisario lo destrozan y despanzurran.

    El caso es que el niño Miguel, a escondidas de sus tutores, aprendió del boticario el modo de conservar las algas marinas, pues la caza y la taxidermia las había aprendido de su padre. En el Hotel Central sus tíos le habían prohibido la “crueldad” con los animales. Quizá Miguel no haya sido cruel a la hora de cazar nutrias (con su padre) o el albatros. Eso se ignora, pues la caza es un milenario deporte (o ancestral oficio de sobrevivencia) y un ave o animal disecado puede ser un trofeo de caza y de habilidad y orgullo taxidermista. Pero el doctor Huberman, que lo ve con “cara de laucha” y que trató de evocar a Conrad para hablar de barcos con él, se alarma ante la rareza de encontrar bajo su catre, en el cuarto de los baúles, el albatros ensangrentado. Imprevisto descubrimiento que el niño rubrica pegando un grito, dándole a Huberman un zarpazo en el rostro y huyendo de allí. Indicio de una potencia anímica, neurótica, pasional, agresiva y mental que no controla ni domina, pese a la corrección y al sosiego con que redactó su carta de despedida, donde se lee que no está arrepentido de lo que hizo, ni de su decisión de borrarse del mapa:

            “Yo pensé: ‘Voy a hacer una cosa terrible’. Ahora comprendo que hice lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar.

            “Bajé a mi cuarto, busqué la estricnina, me fui al cuarto de Mary y eché la mitad del frasquito en la taza de chocolate frío que ella tomaba antes de dormirse. Revolví la cuchara para que el veneno se disolviera bien y cuando estaba secándola oí los pasos de Mary. Al escaparme se me cayó el frasco. No tuve tiempo de recogerlo. Me fui por el cuarto de Emilia.

            “Al día siguiente volví a buscar el frasco, pero no estaba. Yo quería tomar la estricnina, como la había tomado Mary.”

            Vale añadir, para no desvelar todo el carozo de la mazorca, que el niño Miguel se enamoró de Mary hasta el tuétano y la locura; que le resultaba doloroso e intolerable el maltrato que le endilgaba cuando estaban a solas, que rechazara y le disgustaran los besos que él le daba o intentaba darle, y para el colmo: su traicionero y subrepticio amorío con Atwell y las burlonas infidencias que, sobre el niño, se permitía con su casanova y polígamo. No obstante, antes de irse al más allá, el niño Miguel bajó al sótano, abrió el ataúd y besó en los labios el cadáver de Mary. Al inesperadamente descubrir ese cuadro mortuorio, el doctor Cornejo se impresionó y escandalizó e impresionó y escandalizó a los otros moradores del Hotel Central. No pudo, y no podía ver, que el niño enamorado, con ese amoroso, elegíaco y último beso, se despedía para siempre de su amada. Y sólo vio algo anómalo e inquietante, quizá con indicios de cierta necrofilia.

 

 

V de V

Cartel de la película argentina Los que aman, odian (2017), basada
en la novela homónima de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.

Vale añadir, a modo de corolario, que la novela Los que aman, odian ha sido adaptada al cine, de manera parcial y no muy afortunada (y sin una pizca de la erudición y del humor de la obra literaria) en la homónima y patética película de 2017, dirigida por el cineasta argentino Alejandro Maci
—director del filme El impostor (1997), basado en el cuento homónimo de Silvina Ocampo—, donde los lentes de sol que lucen las hermanas Fraga: Emilia y Mary, son un implícito y tácito homenaje a los lentes oscuros, de grandes y pesados armazones, que usaban las hermanas Ocampo: Victoria y Silvina. Entre los protagonistas descuella la actriz Luisana Lopilato como Mary Fraga (ese obscuro objeto del deseo), notable, además, en la caracterización de Pipa (Manuela Pelari), policía de investigación criminal en dos thrillers argentinos dirigidos por Alejandro Montiel: Perdida (2018) y La corazonada (2020). Y, desde luego, Guillermo Francella en el papel del doctor Hubermann, muy recordado por su brillante trabajo actoral en El secreto de sus ojos (2009), filme dirigido por Juan José Campanella, basado en La pregunta de sus ojos (Buenos Aires, Galerna, 2005), novela del escritor argentino Eduardo Sacheri, quien, por razones pecuniarias y de marketing, le cambió el título por el nombre de la película.

Silvina y Victoria Ocampo con Borges


 

 

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Los que aman, odian. Cruz del Sur, Emecé Editores. Barcelona, febrero de 2002. 136 pp.


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Trailer de Los que aman, odian (2017), película dirigida por Alejandro Maci, basada en la novela homónima de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.