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domingo, 22 de febrero de 2026

Nueve noches con Violeta del Río

Fantasmas en la noche de trasluz

 

I de IX

En enero de 2022, con un tiraje de veinte mil ejemplares, el FCE publicó, en la Ciudad de México y en la colección Vientos del Pueblo, el librito de 32 páginas Nueve noches con Violeta del Río, cuento del escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), ilustrado (en el interior) con dibujos en blanco y negro de Edu Molina que parecen recuadros de historieta o de novela gráfica. Datado al calce en “2001”, el relato es uno de los trece cuentos del narrador reunidos en Aquello estaba deseando ocurrir, libro editado por Tusquets en España y en México, en febrero y mayo de 2015, con el número 849 de la Colección Andanzas. El hecho de que la Violeta del Río del cuento sea una cantante de boleros, homónima de la cantante de boleros de la que se tiene noticia (y diversos visos y testimonios) en La neblina del ayer (Tusquets, 2005) —novela negra de la saga protagonizada por el investigador criminal Mario Conde— incita a la ineludible comparación o a reseñar algunos rasgos en que coinciden y no coinciden.

           

Leonardo Padura

          Las novelas policiales en las que se mueve Mario Conde están pobladas de monólogos, de un coro de voces, de distintas hablas y tesituras teñidas de modismos y cubanismos; es decir, de relatos en primera persona en los que algunos de los personajes rememoran o bosquejan aspectos de su autobiografía (o pormenores de su vida) y su versión de los hechos en torno a un crimen, sucedido o persona. Tal cualidad polifónica y poliangular implica y coloca en relieve la virtud de Leonardo Padura para el relato en primera persona; un botón de muestra (in extenso) son las memorias del poeta decimonónico José María Heredia que se leen, en capítulos entreverados, a lo largo de La novela de mi vida (Tusquets, 2002). Vine a colación esto porque en La neblina del ayer abundan los relatos en primera persona y porque el cuento Nueve noches con Violeta del Río es una narración en primera persona. La voz cantante del relato (que no canta boleros de viva voz, pero sí en su intrínseca memoria y por ende en el evocativo texto del cuento) es la voz de un anónimo ex universitario cubano, de 48 años, quien en mayo de 1998 recién hizo su primer viaje a los Estados Unidos, “invitado a participar en un encuentro académico”. Y “antes de regresar a La Habana” (y oír la grabada voz de Bola de Nieve cantando un bolero junto a la foto de Violeta del Río conservada por él durante treinta años), dice: “logré pasar varios días en Miami, donde ahora viven muchos de mis viejos amigos, mi única hermana, casi todos mis primos y los que todavía respiran de mis tíos”. Y para despedirlo, su hermana y su cuñado lo llevaron a cenar a La Carreta, un restaurante de comida cubana; y luego a La Cueva, un club en Miami Beach, “uno de los muchos locales de moda en Ocean Drive” que, “según decían, “solía ser tranquilo y tenía muy buen ambiente, pues sólo se escuchaban boleros”. El trío familiar arriba a La Cueva a las once de la noche del 16 de mayo; y allí, como si penetrara y se sumergiera en la penumbra de un subterráneo, onírico, odorífico, vaporoso
e íntimo déjà vu, percibe y observa la silueta y la sugestiva voz del revulsivo fantasma llamado Violeta del Río, cantando para él (así lo interpreta), que fuma y paladea un ron collins como en los iniciáticos tiempos de antaño, los versos de La vida es un sueño; cantante a la que le perdió la pista hace tres décadas, precisamente en octubre de 1968, cuando él aún no cumplía los 19 años de edad.

          

Colección Vientos del Pueblo, Fondo de Cultura Económica
Ciudad de México, enero de 2022

          Si en ese breve y anecdótico pasaje, aparentemente aséptico, que es el culmen final del cuento, Leonardo Padura alude el recurrente tema (en su narrativa) del exilio cubano en Estados Unidos y al unísono el implícito e inextricable trasfondo que subyace en el leitmotiv que lo incita y catapulta; o sea: el drama social, político y económico que agobia a la isla caribeña (con miseria, rezago, falta de libertades, injusticia y abuso del poder autoritario) desde que empezó a empantanarse la Revolución Cubana (más aún durante el Período Especial de los 90), esto también permea la urdimbre sociológica del relato.

            El anónimo protagonista inicia su evocativa memoria narrando su arribo a La Habana, en 1967, para inscribirse en la universidad y hospedarse en la residencia de becarios; entonces era un mal vestido jovenzuelo, “provinciano, católico y revolucionario”. Según dice: “comencé a gastar mis solitarias noches de sábado en deslumbrados recorridos ascendentes y descendentes por aquel esplendoroso tramo de calle, empinado entre el mar eterno y la recién abierta heladería Coppelia. Subía y bajaba la Rampa en un éxtasis permanente, empeñado en llenar mis pulmones y mis ojos con aquel mundo magnético de neones coloridos y autos americanos todavía potentes, de las primeras minifaldas y los primeros hippies tropicales y subdesarrollados que brotaban en la isla, y de los últimos vestigios del glamur brillante de los cincuenta, ya en franca retirada ante el avance de la indetenible propaganda socialista, con sus exaltadas consignas cargadas de rojos y persistentes llamados al combate y a la victoria.”  

           

Ilustración de Edu Molina

        En esas vagancias, una noche de 1967 durante uno de sus recorridos por la Rampa, el joven se encuentra con el retrato de Violeta del Río, el cual lo seduce y hechiza ipso facto (siente que la foto lo mira a él y sólo a él): “Quiero recordar que fue precisamente durante uno de mis primeros paseos por la Rampa, alucinado por tantos encantos y promesas de una vida que no conocía, cuando vi, junto a la escalera que bajaba hacia las penumbras del club La Gruta, el cartel protegido por un cristal desde el que de forma aviesa me miró Violeta del Río, ‘La Dama Triste del Bolero’. Una invasiva atracción, que nacía en mi estómago y se expandía indetenible para palpitar en cada rincón de mi cuerpo, me obligó a detenerme y contemplar aquel rostro de un suave matiz moreno de una mujer de unos treinta años, en el que se confundían los rasgos de mil mezclas raciales para propiciar el milagro de unos ojos levemente rasgados y cargados de despecho asiático, una boca de labios carnosos y enrojecidos de los que pendía displicente un cigarro humeante, y un pelo tal vez demasiado amarillo, que caía en ondas furiosas hacia los hombros tersos y promisorios. El cartel advertía que Violeta del Río cantaba en La Gruta todas las noches, de martes a domingo, siempre a las once, pero mientras contemplaba el rostro singular y lascivo, ni siquiera se me ocurrió considerar la posibilidad de entrar en aquel sitio quizás demasiado pecaminoso, demasiado sofisticado y alejado de todas las expectativas del joven cándido —revolucionario, católico y pobre, ya lo he dicho— que era entonces.”

           

Ilustración de Edu Molina

            A partir de esa magnética conmoción visual e interna, el joven vuelve una y otra vez a la entrada de la subterránea Gruta para contemplar la foto de Violeta del Río. Y en el cuarto de la residencia de becarios, a través de la radio, empieza a familiarizarse con la fatalidad, la estética, la endeble versificación, el sentimentalismo y la melcocha del bolero. Y haciendo acopio de las aportaciones monetarias de su parentela, se alista para ir a La Gruta el día de su dieciocho aniversario. Esto ocurre “el 13 de diciembre de 1967”; y para poder entrar y demostrar su mayoría de edad, tuvo que mostrarle al portero su carnet de estudiante universitario. Allí se inició con el ron collins (porque le sonaba bien) y en el hábito del tabaco oscuro; pero sobre todo, y ante todo, con la figura y la voz de Violeta del Río y su ritual y rutinaria actuación, tanto en el pequeño escenario acompañada por un pianista, como solitaria en la barra (fumando y bebiendo un único y moroso trago de carta blanca) y a la hora de irse, sola, a las dos de la madrugada. Esa noche escuchó nueve boleros cantados por ella. Y a la noche siguiente regresó a la calle del crimen. Y volvió, casi un ser invisible y distante en una dimensión aislada y paralela, cada vez que reunía el dinero para el consumo. Y para eludir que ese delirio lo consumiera a él y llevara al fracaso el inicio de sus estudios universitarios, se impuso dejar de ir a La Gruta.

            Pero tras dos meses de vacaciones de verano en su pueblo (o ciudad), de regreso a La Habana en septiembre de 1968 para el inicio del “segundo curso en la universidad”, sus condiscípulos de la residencia estudiantil y habituales en la heladería Coppelia (donde cotorreaban, fumaban y de contrabando bebían ron camuflado) acordaron ir en grupo a La Gruta para ver y oír a Violeta del Río. Esa noche, sin preverlo, empezó el indeleble clímax lúbrico para él, pues de entrada la bolerista cantó Vete de mí y al término, según evoca:

      “Algo inconcebible y maravilloso ocurrió en ese momento: Violeta del Río, que había cantado todo el bolero con su fuerza y despecho de siempre, sin dignarse siquiera a mover el pelo que le cubría la cara, acomodó tras la oreja aquella cortina furibunda, y entonces yo pude ver que sus ojos me miraban y que en sus labios se iniciaba el leve movimiento de una sonrisa. ¿Me miraba a mí? ¿Me sonreía a mí, ella, Violeta del Río?”

       

Ilustración de Edu Molina

         El caso es que el joven aguantó el nerviosismo y el desasosiego hasta que ella cantó el último bolero de la jornada: La vida es un sueño; salió del club y se ocultó “tras un sólido Chevrolet Bel Air de 1957”. Y una vez que sus compañeros salieron y se fueron, dejó el escondite:

  “Entonces crucé la calle, empujé la puerta de La Gruta, ya sin portero a esa hora final de la noche, y vi cómo La Dama Triste del Bolero levantaba su vaso y bebía un sorbo de su carta blanca.

  “Con una decisión que desconocía y unas ansias que me superaban, me acerqué a la barra y, casi rozando el brazo de Violeta, pedí una carta blanca a la roca, encendí mi cigarrillo y volteé la cara para observar la de aquella mujer capaz de seducirme con su voz y sus boleros.

“—Al fin apareciste... —me dijo ella, con el mismo tono susurrante y grave con que cantaba, y recolocó el pelo que insistía en caer sobre su cara—. Pensé que te habías ido... Todos los días se va tanta gente.”

   

Ilustración de Edu Molina

               El caso es que Violeta del Río, con su actitud desdeñosa y esquiva, muy reservada y enigmática en lo que concierne a sus actos y a su vida personal e íntima, es quien toma la batuta de lo que dice y no se dice en los breves diálogos y más aún: en las decisiones y en los lujuriosos movimientos en la cama. Y por ello, por el puro goce sexual y porque ella quiere, en el cuchitril de una mísera posada le regala su desnudez y nueve candentes e inefables noches de plenitud lasciva, las cuales se sucedieron en ese septiembre de 1968. La décima noche tendría que haber ocurrido el jueves 2 de octubre (miércoles en la vida real, que no se olvida en las históricas efemérides porque en la Ciudad de México ocurrió la trágica y sangrienta masacre no sólo de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco; matanza que disgregó y quebrantó el movimiento estudiantil de 1968 con los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina). Pero el joven se encontró con las luces de neón apagadas, las puertas cerradas y “el cartel grosero que advertía: CLAUSURADO INDEFINIDAMENTE”. Y algo violento tuvo que haber ocurrido con antelación, pues según dice:

     “[...] descubrí en el suelo, en un rincón del pequeño vestíbulo del club, el mural encristalado en el que había visto por primera vez a Violeta del Río. Lentamente bajé los escalones y volteé la pancarta, y encontré que el cristal se había deshecho, pero que, pegada al cartón, allí seguía la imagen de ‘La Dama Triste del Bolero’ y el anuncio de unas actuaciones que ya nunca se repetirían. Con todo el cuidado que era capaz de pedirle a mis manos temblorosas, desprendí la foto y hui de La Gruta como si hubiera robado un banco.

 

Ilustración de Edu Molina

         “Con aquel tesoro en mi bolsillo, recorrí los otros clubes cercanos y descubrí que todos habían sido clausurados, también indefinidamente. En mi desesperación le pregunté a varias personas si sabían qué ocurría y a retazos pude armar la respuesta: como todo el país debía ponerse en función de la Gran Zafra Azucarera, los clubes y cabarets de La Habana habían sido decretados antros de decadencia burguesa y nocturnidad perniciosa, pues podían entorpecer la entrega de los hombres al magno evento económico, y de momento se había decidido cerrarlos, hasta que se les encontrara un mejor destino: tal vez comedores obreros, o salas de reuniones, quizás democráticos restaurantes para trabajadores destacados en la emulación laboral y en las faenas agrícolas...”

      Toda esa traumática, coercitiva y ortodoxa transformación social y política porque, según rememora: “Por aquellos días había sido decretada una asoladora Ofensiva Revolucionaria, empeñada en poner en manos del Estado toda la economía y la ideología de la isla, mientras se había comenzado a preparar una gigantesca zafra azucarera, que en 1970 produciría diez millones de toneladas de azúcar con los cuales, de una sola vez, el país podría salir del subdesarrollo.”

      Ese anónimo joven de casi 19 años, que no es detective ni aspira a serlo, para localizar a Violenta del Río (que supone su nom de guerre  y no el real), a partir de esa noche, con la foto de ella, emprende una ansiosa y agitada búsqueda que se convierte en “Dieciocho días de investigación”, los cuales concluyen cuando se entera, por un guagüero de la ruta 68, que “todos los artistas de clubes y cabarets habían sido enviados a sembrar café en el llamado Cordón de La Habana”, allá por el “cercano pueblito de El Calvario”. Según dice:

     “Sin esperar alguno de los transportes que unían Mantilla con aquel lugar llamado precisamente El Calvario, salí en busca de Violeta del Río. Aquella zona de La Habana, que visitaba por primera vez, me pareció entonces brillante y hermosa, pues en medio de mi desesperación había encontrado un camino hacia la mujer que tanto necesitaba, por la que me sentía seducido y, ahora, abandonado. Antes de llegar a El Calvario pregunté a unos muchachos y me indicaron un descampado al final del cual estaban trabajando ‘los artistas’, como los llamaban en la zona. Atravesé aquel llano agreste, en el que ahora brotaban unas pequeñas matas de café y, debajo de un árbol, disfrutando de la brisa, descubrí a aquel viejo cantante, bien conocido en el país por sus frecuentes apariciones en la televisión, donde solían calificarlo como ‘La Voz de Oro del Bolero’. No tengo que decir cómo palpitó mi corazón y, luego de darle las buenas tardes, le pregunté al cantante si la había visto.

     “—Sí, vino dos días la semana pasada —me dijo—. Pero si quieres verla, vas a tener que ir hasta Miami... Me dijeron que el lunes se fue en una lancha.”

 II de IX

En La neblina del ayer, el ex periodista Silvano Quintero, ya viejo, pobrísimo y tullido de la mano derecha, pero otrora reportero del espectáculo para el periódico El Mundo, al hablar de ese obscuro objeto del deseo y de los turgentes y voluptuosos volúmenes de las boleristas de los años 50, le dice al ex policía Mario Conde en septiembre de 2003: “¿Se ha fijado cómo las mujeres de ahora no tienen ni tetas, y hasta se ponen contentas de pasar hambre porque así no les engorda el culo?” Viene a colación esto porque el cuerpo menudo y compacto de la Violeta del Río del cuento al parecer cabría en esa óptica hilarante e ineludiblemente machista, según se colige a través del trazo que de ella hace el anónimo ex universitario que vivió nueve candentes e inolvidables noches con la cantante, precisamente cuando él tenía 18 años y ella unos 30. En la sesión donde la oye y la observa por primera vez en el escenario de La Gruta dice que le resultó “más pequeña de lo que había imaginado, menos rotunda de formas de lo que había soñado”. Lo cual reitera al vivir con ella las dos horas de su primer festín de sexo: “Ya he dicho que su cuerpo no era especialmente voluptuoso: más bien era delgada, tenía senos pequeños y sus nalgas apretadas y duras estaban lejos de los volúmenes habituales en las cubanas.”

          

Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores
Ciudad de México, julio de 2005

          En La neblina del ayer, el ex policía Mario Conde, de 48 años, quien desde el otoño del 89 se dedica a la compraventa de libros de segunda mano, antiguos y raros, al hojear, en septiembre de 2003, un recetario de comida cubana del año 56 se encuentra, entre sus 800 páginas, una hoja doblada de la revista Vanidades, impresa en mayo de 1960, donde se da noticia del “adiós de Violeta del Río”. O sea: allí se reporta que “la excitante bolerista”, “la Dama de la Noche”, anunció, al final de su “presentación memorable” en el “segundo show del cabaret Parisién”, que esa era “su última actuación”, pese que se halla “En el momento cumbre de su carrera” y a que “Recientemente grabó el single promocional Vete de mí, como adelanto de su long play Havana Fever”.

     Pero de entrada, lo que magnetiza y atrapa la atención del Conde (ídem al anónimo universitario) es la imagen fotografía de esa mujer de papel de ojos negros, “exultante y provocativa, entre los veinte y los veinticinco años, que desde su estatismo y a través del tiempo era capaz de transmitirle un vívido calor”:

            “A toda plana habían impreso una foto calada de Violeta del Río, enfundada en un vestido de lamé —eso pensó el Conde, aunque nunca en su vida había tocado un vestido de lamé—, ajustado a la estructura de la mujer como una piel de serpiente. La tela, dotada de la capacidad de insinuar la potencia de unos senos embravecidos, dejaba ver unas piernas sólidas, que recortaban la evidencia de las caderas macizas, abiertas desde una cintura estrecha y tentadora. El pelo negro, levemente ondeado, en el más estricto estilo de los años cincuenta, le caía hasta los hombros, enmarcando una cara de cutis terso donde sobresalía la boca, gruesa, provocadora, y aquellos ojos que desde el viejo papel transmitían un vigoroso magnetismo.”

            Tal es el embeleso y la seducción ante esa imagen de Violeta del Río que el Conde, incitado por sus premoniciones e intrigas, decide investigar para saber dónde está o que pasó con esa cantante de boleros retirada en 1960 y de la que nadie o casi nadie se acuerda. A Pancho Carmona, marchante y librero a quien Yoyi el Palomo y el Conde le venden raros y costosos ejemplares hallados por él, le dice: “Pancho, ando averiguando por un single que se llama Vete de mí. Creo que es un 78...” Y Pancho, tras mover unos segundos “el mouse de su computadora mental”, le responde: “Es un 45, de una tal Violeta del Río. Lo grabó la casa Gema, creo que en 1958 o a principios de 1959. Tenía por una cara Vete de mí, de los hermanos Expósito, y por la otra Me recordarás, de Frank Domínguez. Una vez tuve uno y trabajo me costó venderlo.”

            Vale apuntar, entre paréntesis, que esa es la razón o más bien: la obediencia nocturna (y por todo lo que se narra entorno a la noctámbula bolerista y no sólo porque es el único disco que grabó) que explica que la novela se titule La neblina del ayer, pues es un verso del bolero Vete de mí (por lo que se lee en la obra y dice el ex periodista Silvano Quintero: “ése era su himno de combate, y lo cantaba siempre como si le fuera la vida en la canción”), y que las dos partes que la componen estén rotuladas como si se tratara del par de lados de un anacrónico vinilo de 45 revoluciones por minuto: “Cara A: Vete de mí” y “Cara B: Me recordarás”. A lo que se añade el hecho sustancial de que en la novela se leen estrofas de ambos boleros (que el Conde oye en un ejemplar de ese raro y legendario disco). Y en esto coincide con el cuento Nueve noches con Violeta del Río, que además incluye una nota que lo patentiza: “Los boleros reproducidos total o parcialmente en el relato son: Me recordarás, de Frank Domínguez; Vete de mí, de Virgilio y Homero Expósito; y La vida es un sueño, de Arsenio Rodríguez.” (En la edición de Tusquets se lee al inicio y en la edición del Fondo al término.)

           

Colección Andanzas núm. 849, Tusquets Editores
Ciudad de México, mayo de 2015

        Pero el caso es que Pancho Carmona, si bien recuerda los datos del disco, ignora de qué lado masca la iguana, es decir: todo de Violeta del Río; no obstante, evoca que el disco lo tuvo “hace como quince años” y que se lo vendió a Rafael Giró, el “cegato ese que escribe de música”. Ese musicólogo, de gruesas gafas y minúsculos ojos hundidos, tiene en su casa una colección de 12 mil 622 discos de 78 y 45, pero no los puede oír porque, les dice al Yoyi y al Conde: “mi tocadiscos está roto. Y en este cabrón país no hay agujas de tocadiscos. Estoy esperando que un amigo me traiga una de España”. Y como resulta que Rafael Giró aún tiene el disco de Violeta del Río, el Conde le propone un trueque: que le dé el disco a cambio de uno de los 218 libros que él y su socio llevan en siete cajas en la cajuela del inmaculado Chevrolet Bel Air 1956 del Yoyi. Y entre las maravillas que hojea oliéndolos y palpándolos con exclamaciones de asombro, Giró opta por la edición príncipe, de 1935, de la Historia universal de la infamia. Y si bien Giró no se preocupó “por saber dónde se había metido” “La Dama de la Noche”, pese a que oyó rumores de “Que se le acabó la voz” (“Ella tenía una voz chiquita, no era un chorro como Celia Cruz o como Omara Portuondo”, dice), sí ha oído o sabe (quizá sin corroborar) que sólo grabó ese disco, que “trabajaba en clubs y cabarets”, cuando en La Habana “habían más de sesenta clubes y cabarets con dos y hasta tres espectáculos por noche. Sin contar los restaurantes y los bares donde había tríos, pianistas y hasta conjunticos...” Y más aún, les bosqueja, magnifica y comprime (semejante a un paneo cinematográfico) la legendaria época habanera —en cuyo bosquejo subyace la cronista mano que en esos menesteres mueve la pluma (algo como la sangre late y circula en ella), la misma que tecleó las crónicas y entrevistas que se leen en Los rostros de la salsa (Tusquets, 2019):

          

Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores
Ciudad de México, marzo de 2020

         “—¿Se imaginan cuántos artistas tenía que haber para mantener ese ritmo? La Habana era una locura: yo creo que era la ciudad con más vida de todo el mundo. ¡Qué carajo París ni Nueva York! Demasiado frío... ¡Vida nocturna la de aquí! Verdad que había putas, había drogas y mafia, pero la gente se divertía y la noche empezaba a las seis de la tarde y no se acaba nunca. ¿Te imaginas que en una misma noche podías tomarte una cerveza a las ocho oyendo a las Anacaonas en los Aires Libres del Prado, comer a las nueve con la música y las canciones de Bola de Nieve, luego sentarte en el Saint John a oír a Elena Burke, después irte a un cabaret a bailar con Benny Moré, con la Aragón, con la Casino de Playa, con la Sonora Matancera, descansar un rato vacilando los boleros de Olga Guillot, Vicentico Valdés, Ñico Membiela... o irte a oír a los muchachos del feeling, al ronco José Antonio Méndez, a César Portillo y, para cerrar la noche, a las dos de la mañana, escaparte a la playa de Marianao a ver el espectáculo del Chori tocando sus timbales, y tú ahí, como si nada, sentado entre Marlon Brando y Cab Calloway, al lado de Errol Flynn y de Josephine Baker. Y después, si todavía te quedaba aire, bajar a La Gruta, ahí en La Rampa, para amanecer metido en una descarga de jazz de Cachao con Tata Güines, Barreto, Bebo Valdés, el Negro Vivar, Frank Emilio y todos esos locos que son los mejores músicos que ha dado Cuba? Eran miles, la música estaba en la atmósfera, se podía cortar con un cuchillo, había que apartarla para poder pasar... Y Violeta del Río era una de ellos...”

          

Paraba el tráfico
Calle Balderas con Ayuntamiento (c. 1957)
Ciudad de México
Foto: Nacho López

        Y como el Conde le pregunta si “¿Era una del montón?”, el cegato Giró le dice: “Ella no era Elena Burke ni Olguita Guillot, pero tenía su voz. Y su estilo. Y su cuerpo. Yo nunca la vi, pero Rogelito, el timbalero, me dijo un día que era una de las hembras más tremendas de La Habana. Paraba el tráfico.”

 III de IX

Así que Rogelito el timbalero, un vivaz, memorioso y parlanchín viejecillo nonagenario, retirado “hace como quince años”, quien subsiste en el oscuro cuchitril de un estrecho, mugroso y mísero vecindario, donde es auxiliado por una guajirita bisnieta —pese a la bonanza que tuvo y a las etapas de oro que vivió a partir de 1921—, le bosqueja al Conde (y al desocupado lector, lectora o lectore) el devenir que conoció “En más de sesenta años tocando en cuanta orquesta aparecía”, y una semblanza del encanto y la seducción de Violeta del Río:

         

Bailarines del Rumba Palace
La Habana, 1950
Foto: Constantino Arias 

         “[...] Desde los años veinte La Habana era la ciudad de la música, de la gozadera a cualquier hora, del trago en todas las esquinas, y eso le daba vida a mucha gente, no sólo ya a maestros como yo, que donde usted me ve pasé siete años en el conservatorio y toqué también en la Filarmónica de La Habana [¡ah chiguaguá!], sino a cualquiera que quisiera buscarse la vida con la música y tuviera agallas para insistir... Después, los treinta y los cuarenta fueron el tiempo de los salones de baile, los clubes sociales y los primeros cabarets grandes con casino de juego, Tropicana, el Sans Souci, el Montmartre, el Nacional, el Parisién, y de los cabarecitos de la playa, donde mi socio el Chori era el rey. Pero en los cincuenta aquello se multiplicó por diez, porque se abrieron más hoteles, todos con cabarets, y empezaron a ponerse de moda los night-clubes, había no sé cuántos en El Vedado, en Miramar, en Marianao, y ahí no cabían orquestas grandes, sino un piano o una guitarra, y una voz. Fue la época de la gente del feeling, y de las boleristas sentimentales, como yo les decía. Eran unas mujeres especiales, cantaban con deseos de cantar y dejaban la piel en el escenario, vivían las letras de las canciones y lo que hacían era pura emoción, pura emoción. Una de ellas fue Violeta del Río...

          

Pas de Quatre
La Habana, 1950
Foto: Constantino Arias

         “Me acuerdo haber visto a la Violeta, no sé, tres o cuatro veces, claro, yo no tenía tiempo de ir a ver a otros músicos. Una vez estaba en el cabaret Las Vegas, y otra, de la que mejor me acuerdo, en La Zorra y el Cuervo, donde había una pista así, chiquita, y ese día ella no estaba actuando, quiero decir, ella no actuaba allí, sino que estaba cantando porque tenía muchas ganas de cantar y Frank Emilio estaba en el piano porque tenía muchas ganas de tocar y como los dos tenían tantas ganas, lo que hicieron esa noche fue como para que a uno no se le olvidara nunca, así viva mil años. ¿Ya te dije que Violeta era una hembra de campeonato? Bueno, tenía dieciocho o diecinueve años y a esa edad está buena hasta la Madre Teresa de Calcuta. Era una trigueña así, quemadita, pero no mulata, de pelo negro-negro, ondeado, y una boca grande, linda, gorda, con los dientes parejitos, aunque un poquito botados, con mucha gracia. Pero lo mejor eran los ojos: un par de ojos negros que te enfriaban la vida cuanto te enfocaban, registrándote por dentro y por fuera, como un aparato de rayos X. Era una de esas mujeres que te ponen dulzón nada más que de mirarlas... Ella, me dijeron, a cada rato hacía eso de ponerse a cantar por cantar, disfrutaba cantando, siempre boleros, bien suaves, y los cantaba con un aire de desprecio, así medio agresiva, como si te estuviera contando cosas de su propia vida. Tenía un timbre un poco ronco, de mujer mayor que ha bebido muchos tragos en la vida, y nunca subía demasiado, casi decía los boleros, más que cantarlos, y cuando se soltaba a cantar la gente se quedaba callada, se olvidaba de los tragos, porque era como una bruja que hipnotizaba a todo el mundo, a los hombres y a las mujeres, a los chulos y a las putas, a los borrachos y a los marihuaneros, porque hacía de aquellos boleros un drama y no una canción cualquiera, ya te dije, como si fueran cosas de su propia vida y las contara allí, delante de todo el mundo.

       

Josephine Baker
La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

         “Aquella noche yo me quedé pasmado, me olvidé hasta de Vivi Verdura, una putona grande, como de seis pies, que se me había encarnado y estaba tumbándome los tragos. Y a la hora y pico, dos horas, qué sé yo, todo el tiempo que Violeta estuvo cantando, fue como andar lejos del mundo, o muy cerca, tan cerca como estar metido dentro de aquella mujer, sin querer salir nunca de allí... ¡Del carajo!... Ese día un fotógrafo que siempre andaba por los clubes y cabarets, porque se dedicaba a tirar fotos de los artistas para los periódicos y las revistas, me dijo: Rogelito, el milagro de Violeta no es que cante mejor, sino que sabe seducir. ¡Santa palabra!: ésa era la verdad. Tanta verdad que, oyendo un día una cosa por aquí y otra por allá, me enteré de que un tipo muy rico, de los ricos de verdad que no iban a los clubes, se había enamorado de ella, quería casarse y todo, aunque le llevaba como treinta años. Parece incluso que el señorón aquel fue quien pagó la grabación de un disco para lanzarla después al mercado grande y poder meterla en la televisión y hacerle luego long play con diez o doce canciones...”

 IV de IX

Pero entre el acopio de coloquiales testimonios que compila el Conde entorno a Violeta del Río, descuella el que en dos sesiones le aporta la anciana Flor de Loto, octogenaria resto de un naufragio, quien subsiste, tullida de un brazo y pobrísima, en el cuartucho de un miserable solar de lavanderas, el cual comparte con una sobrina gordísima que vende en la calle turrones de maní. Flor de Loto también bosqueja pormenores de su autobiografía, precisamente desde que a los 13 años, con un turgente y tentador cuerpo de pecado, empezó a venderse en el vecindario donde vivía con su madre viuda y su hermanita. A los 17, y porque ella buscó la oportunidad de bailar desnuda en un show, se convirtió en la estrella del Shanghai. Época de la que atesora una foto que le muestra al Conde (y luego al Yoyi):

 

Leda frente al espejo (1949)
Foto: Constantino Arias

         “Sin mirar a la anciana extendió la enorme fotografía y quedó frente a una mujer en sus veinte años, intensamente rubia, sólida, sonriente, hermosa, que se defendía de la desnudez total con unas coronas brillantes, como flores de loto, sostenidas sobre el pubis y los pezones de sus senos prodigiosos.”

       Allí en el Shanghai se le acercó un tal Louis Mallet, un franchute cuarentón con residencia en Nueva Orleáns, que se movía entre los Yunaites, Cuba, Honduras y Guatemala, quien al mes de conocerla le alquiló un “apartamentico cerca de la universidad”. Pero su vida dio un salto radical, que la hizo dejar el Shanghai, cuando Mallet, en el 55, la llevó a una casona en Varadero (una casa de madera como de película) donde hubo una reunión de hombres de negocios en la que estuvieron un tal Joe Stasi, el cubano Alcides Montes de Oca y el legendario mafioso Meyer Lansky, en la que hablaron de la construcción de hoteles con todas las atracciones para los turistas americanos, como los casinos de juego y un exclusivo servicio de prostitutas, con buenos salarios, del que Flor de Loto, la Rubia, sería la reclutadora y mánager. “A principios del 56 ya estaba lista la agencia” con 16 rameras de lujo, muy educadas, refinadas y pulidas por especialistas. Y, según le dice: “A fines de ese año la agencia funcionaba tan bien que debimos buscar más mujeres. En una de las invasiones, en un cabarecito en Cienfuegos, me encontré con una muchacha que cantaba allí tres o cuatro noches por semana, y además de ser una de las mujeres más bellas que había visto en mi vida, tenía una voz especial, yo decía que era una voz de mujer porque no podía calificarla de otra manera. Lo único horrible de la muchacha era el vestido pobretón que usaba y sobre todo el nombre, Catalina Basterrechea, aunque para mejorarla la gente le decía Lina, Lina Ojos Bellos.”

            Según Flor de Loto, “Lina no era puta ni tenía vocación de serlo”. Pero como la conmovió con su historia de Cenicienta maltratada, se dispuso a ayudarla y por ende la llevó a La Habana (la guajirita pobre “cargó con una maletica baratona”) y la instaló en su apartamentico. Y “Al mes, mes y medio de estar Lina en La Habana”, o sea: en enero o febrero del 57, hubo otra reunión en la casona de Varadero, a la que Flor de Loto llevó a Lina para que cantara y en la que estuvieron los citados hombres de negocios y “dos empresarios americanos, dueños de una compañía constructora que se iba a encargar de hacer unos hoteles allá mismo en Varadero”. Y, según dice, allí “se conocieron Alcides Montes de Oca y Lina Ojos Bellos: él tenía casi cincuenta y ella menos de veinte, pero esa noche, cuando terminó la conversación de negocios y Lina empezó a cantar, Alcides, nada más de verla y oírla, se enamoró como un loco de la muchacha.”

            Vale resumir, para el objetivo de la presente nota, que el mafioso Alcides Montes de Oca (fallecido en “marzo de 1961” en un accidente automovilístico “en los cayos del sur de la Florida”), entonces dueño de la enorme y valiosísima biblioteca preservada durante 43 años en la que el Conde halló el recetario del 56 con la hoja de Vanidades y en ella la foto de la bolerista, es el influyente adinerado que patrocinó y promovió la vertiginosa y fulgurante carrera de Violeta del Río. Le compró y amuebló un departamento en un edificio nuevo en Miramar y un coche (“un Morris de aquellos que parecían una cuña”), ambos bajo el nombre de Louis Mallet; “le consiguió un hueco para cantar en el segundo show de Las Vegas”, donde él la etiquetó como Violeta del Río. Y “enseguida empezó a hacerse famosa y a cantar en mejores lugares, hasta llegar al show del Parisién, cuando ya La Habana la conocía como la Dama de la Noche” (epíteto que el periodista Silvano Quintero, que la seguía, insomne, con la lengua de fuera y los ojos desorbitados, le endilgó en sus crónicas: “lo que Violeta cantaba nada más tenía sentido si se oía en la noche, cuanto más tarde mejor”). Él financió, en el 59, la grabación del single Vete de mí. Pero ante la vorágine de expropiaciones y prohibiciones que conllevó la huida de Batista y el avance del triunfo de la Revolución, “a finales de 1959 Violeta anunció su retiro del espectáculo”, pues planeaba irse a Norteamérica con Alcides (viudo desde el 56) y sus dos hijos adolescentes, donde se casaría con él y empezaría una vida de señorona burguesa, lejos de los escenarios y de las cabareteras luces del bolero cubano. Pero no se fueron de inmediato, como sí lo hicieron el judío Meyer Lansky y el francés Louis Mallet. Y hasta 1960 “Alcides empezó a preparar la salida de Cuba tratando de salvar lo salvable, aunque perdió cantidad de dinero cuando empezaron a intervenir centrales azucareros y a nacionalizar negocios americanos en los que él tenía acciones”.

         

Haga juego
Casino Parisién, La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

             Y ante la inminencia de la salida de Cuba rumbo a los Yunaites, Flor de Loto se enteró del presunto suicidio de Violeta del Río. Según le dice al Conde: “Yo me vine a enterar de lo que había pasado el lunes siguiente, cuando fui al apartamento de Violeta para saber cómo le había ido en lo que nosotras le decíamos su entrada triunfal en el gran mundo de los Montes de Oca. Cuando llegué, me extrañó ver un movimiento raro y a la que me encontré allí fue a Nemesia Moré, la secretaria de Alcides. Ella me recibió como si yo fuera una extraña y me pidió que me fuera inmediatamente. ¿Pero quién coño es usted?... Ésta es la casa de mi amiga, empecé a decirle, y la muy bestia me soltó la bomba de un tirón: Su amiga está muerta y usted ya no es bienvenida en esta casa... En aquel momento me quedé paralizada y sólo atiné a preguntar qué había pasado. Se suicidó, me dijo la mujer, y me advirtió: No llame al señor Alcides, está muy afectado y lo mejor es dejarlo en paz.”

 V de IX

Vale resumir que catalizado por sus premoniciones y presentimientos, y a través de sus laberínticas averiguaciones (incluso en los virulentos bajos fondos asesinan a un informante de sus tiempos de detective policíaco y a él le dan una golpiza y lo dejan inconsciente y despierta en el hospital rodeado y apapachado por Tamara y sus socios de siempre), el Conde, con el apoyo de Manolo (el capitán Manuel Palacios, quien era sargento y su auxiliar cuando el librero era teniente investigador de la Central), sí llega a desvelar que la bolerista no se suicidó, sino que subrepticiamente fue asesinada con dos píldoras de cianuro diluidas en el jarabe para la tos que estaba tomando en su departamento.

            Pero antes de esto, en un pasaje sobre su desasosiego y las preguntas sobre lo que pudo suceder con la enigmática Violeta del Río, mientras comparte unas botellas de ron con el Flaco Carlos, el Conejo y Candito el Rojo (tres de sus entrañables socios desde la época setentera del Pre de La Víbora), les habla de la bolerista y de sus intrínsecas inquietudes entorno a ella; y entonces el Flaco le dice: “¿Te acuerdas, Conde, cuando cerraron los clubes y los cabarets porque eran antros de perdición y rezagos de pasado?” A lo que añade Candito: “Y para compensar nos mandaron a cortar caña en la zafra del setenta. Con tanta azúcar íbamos a salir de un solo golpe del subdesarrollo [...] Cuatro meses estuve cortando caña, todos los días de Dios.”

           

Viñeta de Edu Molina

           Tarea obligatoria que en Nueve noches con Violeta del Río también vivió el anónimo universitario que se tropezó, el jueves 2 de octubre de 1968, con la clausura de los antros de La Rampa, pues según evoca, tras enterarse, por “La Voz de Oro del Bolero”, que la bolerista recién se había fugado a Miami en una lancha, recuerda: “atravesé otra vez el descampado donde morían bajo el sol implacable las posturas de un café que nunca nadie tomaría, y comencé a llorar, mientras trataba de alejarme de la agobiante necesidad que me había creado aquella mujer. En verdad, no fue fácil; durante años me negué a escuchar boleros y por años me fue imposible amar a otra mujer: ninguna me permitía alcanzar las escalas de placer que había disfrutado con ella, y el sexo me parecía repetitivo y vacío. Pero el paso de esos mismos años, el empeño que puse en mis estudios, los largos meses que pasé lejos de La Habana, cortando caña para la Grana Zafra Azucarera que no resultó ser tan grande como se esperaba y no nos libró del subdesarrollo, y, sobre todo, la llegada de otra mujer —mi mujer—, me ayudaron a aliviar aquel recuerdo que nunca pude matar del todo y que guardé en el cofre cerrado de las más dolorosas nostalgias.” Sitio, íntimo y secreto, donde también yacía la foto de Violeta del Río, guardada durante treinta años.

 VI de IX

Resguardo parecido al que hizo, nada menos, que el progenitor de Mario Conde. Es decir, casi al principio de su pesquisa, el ex policía consultó al párroco Mendoza, ya octogenario, quien conoció a su abuelo el gallero Rufino el Conde y a su padre, de quien le revela que “en 1958” (cuando el Conde tenía “Tres años”) se “enamoró de una cantante”. Y aunque no puede confirmarle si esa cantante era Violeta del Río, esto sí parece embonar (luego embona) con la especie de déjà vu que el Conde les comenta a sus citados compinches en la citada sesión de ron:  

   “Desde que me enteré de la existencia de esa mujer me pasó una cosa muy rara: era como si alguna vez yo hubiera sabido algo de ella y después lo hubiera olvidado. No sé de dónde me viene esa idea, pero si consigo saber qué pasó con ella, a lo mejor encuentro el origen de esa sensación... Después, cuando oí el disco [gracias al portátil y empolvado tocadiscos del Flaco, que incluso se lleva a su casa para oírla a solas y en la intimidad], Violeta acabó de complicarme la vida.”

   Así que en un episodio pre masturbatorio entorno a la voz y a la seductora imagen fotográfica de Violeta del Río, de pronto lo catapulta un borroso recuerdo (de la neblina del ayer) que le lleva a registrar, desnudo y en el cuarto de los trebejos, el cajón de madera donde su padre guardaba varios objetos y que él no había vuelto a mirar desde su lejana muerte. Saca de allí:

“Un viejo guante de beisbol de modelo prehistórico, dos álbumes de fotografías, un sobre con diplomas por méritos laborales, un par de zapatos blancos y negros de puntera afilada, una libreta de teléfonos carcomida, dos cajas de oxidadas cuchillas Gillette, la gorra de conductor de ómnibus con su chapa de identificación, fueron saliendo del baúl hasta que Conde vio lo que su memoria al fin le había remitido desde el recodo de sus más turbios recuerdos. El sobre original aparecía desvaído por la humedad y los años, pero resultaba inconfundible: metió la mano y extrajo el pequeño disco, iluminado con la circunferencia amarilla donde brillaba la gema de la casa grabadora. Conde acarició la placa plástica y descubrió que su superficie se había ondulado, convirtiéndola en un objeto inservible. Consiguió al fin recordar a su padre, sentado en la sala de esa misma casa, envuelto en una penumbra que su mirada de niño sentía misteriosa, dedicado a escuchar ese disco, deglutiendo, quizás, sensaciones similares a las que, más de cuarenta años después, aún podían alarmar a su hijo. La recuperación de aquella imagen de un hombre espantosamente solo que oye cantar a una mujer desde un aparato eléctrico le pareció que, de alguna manera, explicaba al fin su visceral empatía con una voz que había recibido por primera vez hacía tanto tiempo y que se había empozado en su mente, dormida mas no muerta. ¿Hasta qué punto su padre había amado a aquella mujer a la que escuchaba en la oscuridad? ¿Por qué había conservado para siempre aquel disco, tal vez ya inservible mucho antes? ¿Qué le había dicho a su hijo aquella noche perdida en el ayer? ¿Y por qué él, tan recordador, se había olvidado de aquel episodio peculiar que debía haberse mantenido a flote en sus recuerdos? Mario Conde acarició otra vez la superficie plástica, ondulada como un mar nocturno [Mar que teje en la sombra su tejido flotante], y pensó que su padre había sido uno más de los hombres que habían sucumbido a la capacidad de seducción de Violeta del Río y que, como Silvano Quintero, seguramente lloró al conocer la noticia de su muerte y al comprender que de ella ya sólo quedaba el testimonio de su voz estampado en los surcos de aquel pequeño disco.” (Lo llevo en mí como un remordimiento,/ pecado ajeno y sueño misterioso,/ y lo arrullo y lo duermo/ y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.)

   Conjetura probable, pues casi como preámbulo de la última confesión que le brinda Flor de Loto sobre la temible personalidad del mafioso Alcides Montes de Oca, le dice a quemarropa: “Tu padre iba a cada rato a oír cantar a Violeta y empezaba a darse tragos, hasta que se caía de la silla. Dos veces vi cómo lo sacaban a rastras del club. Tu padre era un cobarde, nunca tuvo valor para acercarse a Violeta. Yo hablé con él dos o tres veces, me daba lástima. El pobre infeliz, estaba enamorado como un perro... [El amor es un perro infernal, Bukowski dixit.] Estuvo dándole vueltas a Violeta hasta que alguien le dijo que si quería seguir caminando con las dos piernas, mejor no apareciera más por donde ella estuviera cantando. Desde ese día no volví a verlo...”

   

El sueño
La Habana, 1959
Foto: Raúl Corrales

        Vale observar, entonces, que Alcides Montes de Oca, que procuraba simular la impoluta y respetable imagen de un hombre decente y convencional, era un mafioso de cuidado y muy vengativo. Al parecer borró del mapa, o hizo borrar, al chofer de la familia que figuraba como padre del par de hijos bastardos que tuvo con Nemesia Moré, su secretaria, administradora y ama de llaves: Dionisio y Amalia Ferrer (el vivo retrato de Alcides), los famélicos y harapientos viejecillos que han custodiado la regia biblioteca durante 43 años en la mansión en El Vedado edificada a todo lujo en 1921. Ordenó que el negro Ortelio, su gorila y chofer en La Habana, dejara tullido, descarrilado y timorato para siempre, al entonces periodista Silvano Quintero de 25 años. Y a Flor de Loto la amenazó la última vez que lo vio en las inmediaciones de la Western Union, cuando ya había muerto Violeta del Río y ella pretendía hablar con él sobre el supuesto suicidio:

   “Lo que me dijo Alcides es que no metiera la nariz donde no debía. En ese momento él no podía arriesgar el futuro de sus hijos [el par de herederos que tuvo con la fallecida Alba Margarita, ‘una de los Méndez-Figueredo, los dueños de dos centrales azucareros en Las Villas y ni se sabe de cuántas cosas más’, y quizá la dueña del recetario del 56, el año en que murió] y por eso se iba, pero pensaba volver en cuanto pudiera, porque tenía que arreglar aquí ciertas cosas. Y su chofer, el negro Ortelio [con aspecto de bóxer y boxeador, tal vez parecido al hercúleo y temible Mike Tyson y con la altura de Michael Jordan], se iba a ocupar de algunos de sus negocios y uno de ellos era que nadie revolviera la muerte de Lina o sus reuniones secretas con Lansky. Todo, como Lina, debía quedar muerto y sepultado hasta que él volviera y lo desenterrara. Por mi bien, me dijo, yo debía olvidarme de todo, especialmente de comentarle aquella conversación a la policía... Y lo dijo de una manera que todavía me espanta. Por eso cerré la boca y no averigüé más. Aquel hombre no era de los que te pedían algo por gusto y luego se olvidaban. No, nunca, fue de ésos...”

 VII de XIX

Parte de la intriga (o intrigas) de la novela La neblina del ayer la suscitan e implican las diez cartas en cursiva que “Tu Nena” (Nemesia Moré) le dirige a su “Querido mío” (Alcides Montes de Oca), las cuales se hallan entreveradas entre los capítulos de las dos partes de la obra: “Vete de mí” y “Me recordarás”. Fechadas, cronológicamente, entre el 2 de octubre (de 1960) y el 19 de marzo (de 1961), esas cartas (especie de páginas de un diario íntimo y secreto) nunca fueron enviadas a nadie y estuvieron ocultas entre los libros de la enorme biblioteca, donde luego aparece asesinado Dionisio Ferrer. Sorpresivo e inesperado crimen que suscita la intervención de la policía con el capitán Manuel Palacios a la cabeza de la investigación, que interrumpe el boyante negocio de compraventa de libros que estaban haciendo el Conde y su socio Yoyi el Palomo, y los coloca entre los sospechosos y por ende son fichados e interrogados en la Central. Y si bien el Conde llega a saber de la existencia de esas cartas, no pudo leerlas y enterarse de su contenido porque Amalia Ferrer las localizó y destruyó.

            Vale resumir que en varias de esas misivas Nemesia Moré, al unísono de que reporta un paulatino deterioro mental, lamenta que Alcides la suponga la asesina de la bolerista; pero luego habla del temor que él le suscitaba y de la posibilidad de que él sea quien la mató. Y casi por último, previo al comentario de la muerte de Alcides en Estados Unidos, refiere el descubrimiento, doloroso e inquietante para ella, de la persona (sangre de su sangre) que sustrajo dos píldoras de cianuro de una adquisición para combatir una plaga de ratones en el jardín.

            Vale subrayar que en septiembre de 2003, Nemesia Moré es una anciana nonagenaria recluida (y escamoteada) en una recámara de la casona de El Vedado, más que por su remota pérdida de la razón y del habla, por el oculto, empantanado y ponzoñoso sadismo de su hija Amalia Ferrer, inextricable a su evidente psicosis. Y el patético y lastimoso estado en que la descubren el Conde y el capitán Manuel Palacios es el pasaje más estremecedor, macabro y espeluznante de la obra:

            “Decidido a resolver aquel enigma pospuesto, Conde dio un paso hacia el interior del cuarto y estuvo a punto de soltar un alarido. Sobre la cama imperial de madera oscura, con sólidas columnas talladas de las que colgaban unas gasas deshechas, estaba el cadáver viviente, completamente desnudo, de lo que alguna vez había sido un ser humano. Imponiéndose a sus deseos de echar a correr, Conde hizo un acopio de fuerzas y observó el esqueleto yacente sobre el colchón desprovisto de sábanas. Sólo el levísimo movimiento del aire en el diafragma hundido advertía que allí quedaba algún aliento de vida, pero el cráneo, definitivamente cadavérico, sumergido en la almohada, parecía desprendido del resto de cuerpo, de donde se había evaporado toda fibra muscular, como devorada por un carroñero voraz. Los brazos y las piernas inertes parecían gajos secos, quebradizos, y con horror Conde vio la abertura morada y tumefacta del sexo, macerada por los ácidos de la orina, y la piel colgante, plegada una y otra vez sobre sí misma, que alguna vez estuviera poblada por el monte de Venus. La muerte tocaba todas las puertas de acceso a aquel deshecho humano y hasta en el aire se respiraba el aroma amargo de su presencia.”

 VIII de XIX

No obstante la serie de testimonios y conjeturas, quizá vale dudar del presunto enamoramiento de Violeta del Río y su presunta decisión de dejar de cantar por cantar para convertirse en la joven, bella y esplendorosa cónyuge de un burgués mafioso y cincuentón cubano autodesterrado en Florida. Según le dijo la ex madama Flor de Loto al Conde: “Lina no era puta ni tenía vocación de serlo”, pero “podía estar dispuesta a hacer lo necesario para alcanzar su meta”. ¿Y cuál era su meta? ¿Ser una profesional del bolero que además podía, y podría, cantar por cantar en el escenario donde la contrataran y donde le diera su regalada gana? ¿O sólo ser la querida o gratificada esposa de un viudo y rico mafioso con dos hijos adolescentes? ¿Estaba realmente enamorada de ese hombre que metía miedo y la agasajaba con caros caprichos? ¿Su “himno de combate” Vete de mí lo cantaba así, como si fueran cosas de su propia vida, como si le fuera la vida, porque en esa letra subyacía o le imprimía algo oscuro y desesperado, quizá maldito, de amor-odio y coercitivo por la implícita y tácita omertà? A priori, por lo pronto, parece que sí gozaba a lo grande con el señor Alcides Montes de Oca, pues Amalia Ferrer, quien entonces tenía la misma edad que Violeta del Río, con la copia de la llave que tenía Nemesia Moré en su calidad de administradora y ama de llaves, se metió a la lujosa leonera en Miramar, según les confiesa al Conde y a Manolo, quien porta su uniforme de capitán de la policía:  

    “Lo primero en sorprenderme fue comprobar lo bien que vivía: en comparación con esta casa [la deteriorada, desamueblada y vetusta mansión en El Vedado donde se resguardó, intocable y durante 43 años, la enorme biblioteca de tres generaciones de Montes de Oca: cinco mil volúmenes que van del siglo XVI al XX], aquél era un apartamento modesto, pero estaba montado a todo lujo. Para mí fue como un golpe en el estómago entrar en la habitación y encontrarme con una cama matrimonial de estilo, más grande que las camas normales, donde seguramente se revolcarían ella y el señor Alcides, viéndose fornicar como animales en un espejo que habían hecho colgar del techo. En varios cofrecitos tenía joyas finas, debían de valer una fortuna. Y la ropa: clósets llenos de ropa cara, zapatos de las mejores marcas, hasta abrigos de piel que nunca habría podido usar en Cuba... Todo eso lo había comprado con el dinero que nos pertenecía a mamá, a Dionisio y a mí, yo, que jamás había usado una ropa como aquella y no tuve otra joya que una cadenita de oro y un anillo, el regalo del señor Alcides por mis quince años.”

    Y luego añade en su varias veces estremecedor monólogo: “fui a la sala del apartamento y saqué de su sobre el disco que había visto al llegar. Era el que el señor Alcides había pagado para que le grabaran. Lo coloqué en el tocadiscos y lo puse a funcionar. Cuando oí su voz, sentí cómo me temblaban las piernas. Ella cantaba una canción, se llamaba Vete de mí, y de pronto tuve la impresión de que se dirigía a mí. Por eso, sin esperar más, tomé las precauciones que había aprendido del veterinario, trituré las cápsulas y las diluí en el jarabe. Luego lo limpié todo y salí de la casa.

IX de IX

Aún en busca de respuestas, siguiendo su intuitiva e intrínseca pulsión, el Conde va a deambular, solitario, perruno apaleado y a pata pelada, por los noctámbulos sitios donde anduvo Violeta del Río con su tentador cuerpo de pecado (y donde previamente observó los actuales y variopintos ejemplares de la infame turba de nocturnas aves que pululan y talonean por allí):

            “Sin intenciones de buscar una respuesta satisfactoria, Conde se alejó del bullicio nocturno y tomó la pendiente de La Rampa, con los límites cronológicos de la nostalgia ubicados más allá de su memoria personal, mucho más allá de su más remoto recuerdo, y trató de encontrar los rastros todavía visibles de una ciudad rutilante y pervertida, un planeta lejano, conocido de oídas, escuchado en discos olvidados, descubierto en infinitas lecturas, y que en sus evocaciones siempre se le aparecía poblado de unas luces, clubes, cabarets, melodías y personajes que, ahora lo sabía, casi cincuenta años atrás debió de frecuentar Violeta del Río, con sus esperanzas a toda máquina, en busca de su lugar en el mundo.

       

Esperando el año
Hotel Nacional, La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

           “Transitó, sin detenerse, ante el lumínico revitalizado de La Zorra y el Cuervo, donde alguna vez cantó aquella mujer, vedado ahora a quienes no cargaran los cinco dólares norteamericanos capaces de abrir sus puertas y garantizarles una silla; contempló la entrada sólidamente clausura de La Gruta [donde en los 60 cantaba boleros la Violeta del Río del cuento], de la cual no salía ya ni el último eco de los acordes trasnochados que una vez hicieron retumbar aquella cueva musical cuando afuera comenzaba a salir el sol; miró sin emociones especiales las ruinas calcinadas del antiguo Montmartre, proletariamente rebautizado como Moscú y proféticamente devorado por un incendio unos años antes de la desintegración del imperio; pasó, como si huyera, frente al portón desangelado del cabaret Las Vegas, donde le llamó la atención la presencia de un hombre, más o menos de su edad [ídem el desterrado Fernando Terry en pos de la presunta novela perdida del poeta independentista José María Heredia y Heredia], que miraba con especial nostalgia el sitio ahora empapelado donde por tantísimos años se pudo beber el último café de las madrugadas habaneras; cruzó sin esperanzas ante la torre coronada por el Pico Blanco y no lo tocó ni un arpegio de guitarra; subió hacia el oscurecido Salón Rojo del Capri, con sus puertas atadas con una cadena, y por fin entró en los jardines del Hotel Nacional, atravesando la mirada hosca de los vigilantes, armados de walkie-talkies, que le perdonaron la vida cediéndole el paso sin hacerle preguntas, aunque visualmente lo acusaron de los cargos de ser cubano, de no tener dólares, de no ser del ambiente. Se detuvo unos minutos ante el pórtico lujoso y también dolarizado del Parisién, el cabaret donde alguna vez actuaron el inmortal Frank Sinatra —para que lo oyeran [el mafioso Lucky] Luciano, [Meyer] Lansky, Trafficante— y una joven olvidada que se hacía llamar Violeta del Río y cantaba por el gusto supremo de cantar.”

     

Frank Sinatra

          Pero si esa enigmática Violeta del Río, La Dama de 
la Noche de los 50, no hubiera muerto hace 43 años siendo una atractiva y seductora veinteañera que volvía locos a los hombres (y a las mujeres y demás fauna noctámbula), sin duda tendría una variante pizca (algo o mucho) de las ineludibles mutaciones (no me preguntes cómo pasa el tiempo) que el académico cubano (casi cincuentón) observa la noche del 16 de mayo de 1998, treinta años después, en la Violenta del Río que mira y escucha en la vaporosa y odorífica penumbra de La Cueva de Miami Beach cantando por cantar (o por el gusto supremo de cantar) el bolero La vida es un sueño:

           

Rita Montaner
La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

          “La señora que ahora remedaba el estilo dramático y despechado de la que alguna vez fue La Dama Triste del Bolero y animaba las noches perdidas de La Gruta, tenía sesenta años, algunas libras de más, un poco menos de su voz gruesa de entonces y el pelo de un rubio más exagerado, cayéndole ya sin furia sobre la cara. Sin embargo, dueña de sus posibilidades, el espectro de la mujer que una vez me había enloquecido, todavía conservaba una fascinante comunicación con sus canciones, siempre susurradas, como dichas al oído, con aquel sentimiento interior que tan bien sabía expresar Violeta del Río.”  

 

Constantino Arias y Raúl Corrales, Cuba. Dos épocas. Colección Río de Luz, FCE. Fotos en blanco y negro. Presentación de María E. Haya. Edición de Pablo Ortiz Monasterio. México, junio 15 de 1987. 72 pp.

Nacho López, Yo, el ciudadano, Colección Río de Luz, FCE. Fotos en blanco y negro. Presentación de Fernando Benítez. Edición de Pablo Ortiz Monasterio. México, agosto 30 de 1984. 80 pp.

Leonardo Padura, Aquello estaba deseando ocurrir. Colección Andanzas núm. 849, Tusquets Editores. México, mayo de 2015. 262 pp.

Leonardo Padura, La neblina del ayer. Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores. México, junio de 2005. 360 pp.

Leonardo Padura, La novela de mi vida. Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2002. 350 pp.

Leonardo Padura, Los rostros de la salsa. Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores. México, marzo de 2020. 334 pp.

Leonardo Padura, Nueve noches con Violeta del Río. Ilustraciones en blanco y negro de Edu Molina. Colección Vientos del Pueblo, FCE. México, enero de 2022. 32 pp.

Xavier Villaurrutia, Obras. Poesía, teatro, prosas varias, críticas. Recopilación de textos de Miguel Capistrán, Alí Chumacero y Luis Mario Schneider. Bibliografía de Xavier Villaurrutia de Luis Mario Schneider.Letras Mexicanas, FCE. 1ª reimpresión, octubre 10 de 1974. México. 1096 pp.  

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Vete de mí (1966), corto, con Virgilio Expósito y la dirección de Alberto Ponce. 

martes, 14 de octubre de 2025

El manuscrito Borges

Sería capaz de matar por ello

 

I de VII

El 22 de mayo de 2019, Ediciones Espuela de Plata, de Editorial Renacimiento (ubicada en Valencia de la Concepción, Sevilla, España), publicó, con vistosas erratas, El manuscrito Borges (Texto revisado por Gabriel García Santos), novela del coleccionista y escritor argentino Alejandro Vaccaro (Buenos Aires, 1951), cuya primera edición (no acreditada en la página legal) fue publicada por Bruguera en 2006.

           

Col. Narrativa 101, Espuela de Plata
(Valencia de la Concepción, mayo 22 de 2019)

             A modo de exordio, la obra de Vaccaro está signada por un par de fragmentos de una breve divagación que Borges publicó, el 15 de abril de 1938, en la sección “Libros y autores extranjeros” de la revista El Hogar, en torno a la novela policíaca Excellent Intentions, de Richard Hull —se pude leer completa entre las páginas 227-228 de Textos cautivos. Ensayos y reseñas en “El Hogar” (1936-1939) (Tusquets, 1986), antología editada por Enrique Sacerio-Garí y Emir Rodríguez Monegal—. En ella, Borges comenta la idea de una novela policíaca que no escribirá nunca, en cuyo epicentro dice: “He aquí mi plan: urdir una novela policial corriente, con un indescifrable asesinato en las primeras páginas, una lenta discusión en las intermedias y una solución en las últimas. Luego, casi en el último renglón, agregar una frase ambigua —por ejemplo: ‘y todos creyeron que el encuentro de ese hombre y de esa mujer había sido casual’— que indicara o dejara de suponer que la solución era falsa y daría con otra solución, con la verdadera. El lector de ese libro imaginario sería más perspicaz que el ‘detective’...”

             

Alejandro Vaccaro

            Esto induce a suponer que Vaccaro tuvo la idea de su novela a partir de ese planteamiento. No obstante, El manuscrito Borges, cuyo crimen medular ocurre en 2005 en un country situado en las inmediaciones de Buenos Aires, no es una novela policial, pero sí de intriga, de especulación detectivesca y desconcierto. Pero ante todo, inextricable a la ficción y a la trama, refleja una extrema idolatría (sobre todo pecuniaria) ante el legado de primeras ediciones y manuscritos del Jorge Luis Borges de la vida real. En este sentido, vale recordar que si bien en su departamento B en el sexto piso de Maipú 994 desde 1944 poseía y resguardaba un particular acervo bibliográfico, pese a la ceguera que lo imposibilitó a leer motu proprio a partir de 1955 (el año que empezó a dirigir la Biblioteca Nacional tras la caída de Perón), su valoración del libro, soporte del conocimiento y de la quintaesencia poética y literaria, no descansaba en el punto de vista físico (pese a la placentera gravitación que solía experimentar al deambular, ciego, entre los altos anaqueles de la Biblioteca que albergaba setecientos mil libros): “No me interesan los libros físicamente (sobre todo los libros de los bibliófilos, que suelen ser desmesurados)”, postula en “El libro”, una de las conferencias transcritas en Borges, oral (Emecé/Universidad de Belgrano, 1979), sino en la íntima comunión en los instantes de la lectura: “Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.” De ahí que diga en un fragmento (destinado al lector único y exclusivo) que se lee en el prefacio que precede a cada título que integra la célebre Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges: “Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin por qué, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.”

II de VII

(Bruguera, 2006)

La novela El manuscrito Borges comprende dos partes, cada una segmentada en 35 breves capítulos numerados. En el desarrollo de la trama se observan tres vertientes. En una, que se sucede en Madrid, conversan Rodrigo de Atchuel y Camilo Rodríguez Aldao, un par de empresarios e inversionistas españoles que pretenden capitalizar la esfumada base de sus invisibles negocios con la venta, a través de una casa de subastas en Londres, de una colección de primeras ediciones de libros de Borges, la mayoría dedicados, complementada con manuscritos, revistas y fotos. En otra, actúa un tal Mariano Billinghurst, un argentino que se mueve entre Buenos Aires y Montevideo: bibliófilo, grafólogo, restaurador, miope, cuentero y charlatán con ínfulas y palabrería de supuesto erudito, y dizque experto en la vida y obra de Borges, quien en Madrid es contratado por los empresarios españoles para compilar el acervo que se rematará en Londres, además de diseñar y editar el catálogo que lo publicitará y hará visible y codiciable entre los entendidos del globo terráqueo: coleccionistas, universidades, bibliotecas o instituciones especializadas que quieren crear o enriquecer el departamento dedicado a Jorge Luis Borges, para muchos, la voz más alta de la literatura del siglo XX. Y en la otra, que es la principal en el quid de la trama —narrada en primera persona por un supuesto escritor de novelas policiales que nunca revela su nombre— conversan e interactúan él y un tal Guillermo De Marco, vecinos de la misma edad, de quien dice: “Ingeniero de profesión, exitoso en los negocios, gozaba de algo más de lo que se suele denominar ‘un buen pasar’. Había dedicado los últimos años de su vida al estudio de la física cuántica, que trataba de explicarme infructuosamente, y ahora estaba abocado a relacionar sus estudios con la obra de Borges. De Marco era lector de Borges y disfrutábamos mucho al intercambiar pareceres al respecto. Yo, como buen borgeano, me sentía atraído por su literatura y ello era también imprescindible para mi trabajo de escritor. Por otra parte, me solazaba con todas las biografías que de él se escribían y me gustaba mucho seguir el derrotero de las distintas ediciones, llenas de peripecias y de zonas de indecibilidad. A veces nos enfrascábamos en un asimétrico intercambio. De Marco intentaba, infructuosamente, que yo entendiera la física cuántica, y yo a veces conseguía fascinarlo con historias de la vida de Borges, de las ediciones de sus libros y con anécdotas sobre las falsas atribuciones de autoría. Su trabajo titulado Borges: Teoría cuántica y universos paralelos estaba en permanente reescritura pero él sentía que de a poco iría encontrando el camino definitivo.”

           

(Argentinos de Hoy, 2006)

               Esto revela que el modelo de tal personaje novelístico es el ingeniero argentino Oscar Antonio Di Marco Rodríguez (La Plata, 1942), autor del ensayo Borges, teoría cuántica y los universos paralelos. Un retrato de nosotros y la “Realidad” (Ediciones Escritores Argentinos de Hoy, 2006). Pero si en tal caso Vaccaro optó por parafrasear el apellido de ese ingeniero de la vida real, en otros no. Por ejemplo, Marcos-Ricardo Barnatán (Buenos Aires, 1946) —biógrafo de Borges y estudioso y editor de cierta parte de su obra poética, narrativa y ensayística—, en la charla preparatoria entre el par de empresarios españoles y Mariano Billinghurst, lo recuerdan, con su nombre, como el prologuista de un catálogo impreso del acopio de libros y manuscritos de Borges que ya poseen (en calidad de lingotes de oro que se cotizan en millones de dólares), otrora rastreado y comprado a través de Billinghurst, entre ello “una joya [de Alí Babá]: un prólogo escrito por Borges a un libro de su hermana Norah, titulado Notas lejanas, un manuscrito excepcional”; sobre el que Camilo, muy enterado de las infinitesimales menudencias de la vida y obra de Borges, le puntualiza a Billinghurst, aludiendo, tácitamente, Borges. Biografía total (Ediciones Temas de Hoy, 1995), de Marcos-Ricardo Barnatán, y Borges. Vida y literatura (Edhasa, 2006), del propio Vaccaro: “los biógrafos de Borges no se ponen de acuerdo en relación con a quién corresponde la letra del mismo. Para Barnatán el manuscrito no corresponde a la letra de Borges, y esboza la posibilidad de que pudo haber sido escrito por su madre. Esa hipótesis, empero, debe ser descartada, señala un biógrafo argentino, cuyo nombre no recuerdo, y refiere dos causas: en primer lugar por los errores de ortografía que desvanecen esa plausibilidad y además porque, al parecer, en la fecha que señala el texto los padres de Borges se encontraban de viaje por Italia. [Los adolescentes Georgie y Norah, al cuidado de la abuela materna, se quedaron en Ginebra por sus estudios.] En fin, nada de esto anula la importancia del texto y los manuscritos de los poemas de Norah Borges.”

           

(Atlántida, 1995)

             Otro caso es Irma Zangara, responsable de la “Investigación y recopilación” —con la anuencia y el beneplácito de María Kodama expresado en una nota preliminar— de Borges en Revista Multicolor. Obras, reseñas y traducciones inéditas de Jorge Luis Borges. Diario Crítica: Revista Multicolor de los Sábados 1933-1934 (Atlántida, 1995). El novelista policíaco, casi en la parte inicial de la obra, tras aleccionar a De Marco sobre la válida reescritura de un texto de Von Lichberg que hizo Nabokov para elaborar Lolita (1955) y Borges para escribir el cuento La intrusa (Edición privada, 1966) haciendo uso de “Hermanos enemigos”, relato atribuido a Andrés Corthis en el número 11 de Revista Multicolor de los Sábados (octubre 21 de 1933), vocifera: “En la víspera [De Marco] había conseguido el texto del cuento de Husson o Corthis o Madame Lecuyer que se había publicado en una recopilación de textos de Borges que no son de Borges, editada por Atlántida en 1995. El despropósito había sido perpetrado por la inefable profesora Irma Zangara, empeñada en atribuirle a Borges cuanto texto pasa por sus narices.” Lección regurgitada y rumiada por De Marco, pues casi en las postrimerías de la obra le replica al novelista policial: “Se quiere convertir en el gran denunciante de todas las erróneas atribuciones y falsificaciones que giran en torno a nuestro admirado escritor, y perdóneme que le diga, pero parece la contracara de Irma Zangara, que cuanto texto le pasa cerca se lo atribuye a Borges.”

        

Borges y María Kodama

           
Y si el titiritero Alejandro Vaccaro con ese par de sonoros pisotones le da muerte de chinahuate a Irma Zangara, a María Kodama, sin escribir su nombre, la hace papilla de camote de Puebla, tal si bailando la raspa, o el jarabe tapatío, apisonara uva pretendiendo conseguir un exótico y deletéreo mosto (o brebaje) de Yellow Lady. Esto lo hace a través del controvertido anecdotario y los asegunes que al novelista policial le comparte en corto el Dr. Miguel Ángel Meizoso González, quien “había fundado unos años atrás la Sociedad Mundial de Amigos de Jorge Luis Borges, cuya primera presidenta fue María Esther Vázquez y que ahora presidía Betina Edelberg”; psicoanalista con el que cena, camina y dialoga en Londres; quien además, al término, le chismorrea el inminente remate de una colección Borges: “Dentro de unos meses, me contó finalmente, se anuncia acá en Londres el más importante remate de libros, manuscritos, revistas, artículos y demás objetos de Borges. Dicen que va a ser una cosa única. Según parece, unos fuertes financistas españoles armaron, tras años de labor, la colección Borges cuyo precio final superará los veinte millones de euros. Habrá muchos interesados, algunos privados, inversores, pero hay un rumor de peso que sostiene que el Gobierno francés, a través de una de sus instituciones, vendrá dispuesto a quedarse con todo.”

III de VII

El asesinato que desencadena la trama ocurre en el Club de Campo San Diego, country ubicado en la Provincia de Buenos Aires, no muy lejos de la capital porteña. Doña Rosa María De Marco De Marco, vivaracha anciana casi nonagenaria y abuela del ingeniero Guillermo De Marco, es descubierta en su casa 48 horas después de haber sido asesinada de cinco balazos en la cabeza —se lee casi al inicio de la obra (casi al término resulta que fueron “cuatro, ya que hay uno que sólo la rozó, según las pericias policiales” (o sea: por ahí quedó botado el pituto)— sin que nadie del entorno haya oído el estallido de ningún balazo. (“El arma utilizada [antigua al parecer] era de bajo calibre [luego se dice que era del 40] y los disparos fueron realizados a quemarropa, es decir a escasos centímetros del cuerpo de la víctima.”) Y según las pericias policiales (incluidas las científicas): no le robaron nada de su casa ubicada en la manzana 139, donde vivía sola desde hace muchos años, y donde cuidaba sus plantas y leía sus libros; pues, reporta el novelista policial casi al inicio: “era por sobre todas las cosas una gran lectora. Se jactaba de tener en su biblioteca primeras ediciones de los más importantes escritores del siglo pasado y siempre me decía, Vea, estos libros los compré por entonces y así los fui leyendo. Jamás estuve en una librería anticuaria o ‘de viejo’, como las llaman ahora, donde usted y mi nieto suelen ir a llenarse de polvo.” Es decir, dizque no hay móvil del crimen ni se halló el arma asesina.


                  Ineludiblemente, ese misterioso asesinato evoca el mediático y amarillista Caso García Belsunce. Es decir, el asesinato, con cinco balas en la cabeza, de la socióloga María Marta García Belsunce de Carrascosa, ocurrido el 27 de octubre de 2002 en el Carmel, country club ubicado en el Ramal Pilar, Provincia de Buenos Aires. Vuelto aún más celebérrimo y especulativo, más allá de la Argentina, por la difusión en Netflix de la miniserie documental Carmel, ¿quién mató a María Marta? (2020), dirigido por Alejandro Harmann; donde reflexionan y comentan, brevemente, los escritores argentinos Claudia Piñeiro y Guillermo Martínez, y el filósofo Andrés Páez.

            Parecido al Carmel, el country club San Diego es un coto cercado, y cerrado para los extraños, donde hay vigilancia privada las 24 horas, con cámaras visibles y ocultas (incluso para los habitantes) —“uno de los lugares más seguros de la Argentina”, reza el novelista policial—, donde vive y se solaza gente de la high society (entre ellos estrellas del cine y la televisión), cuyas opulentas casonas ocupan manzanas completas rodeadas de jardines y árboles; y pese a la distancia entre sí, los vecinos confían en la seguridad y no cierran con llave las puertas de acceso; donde hay administración y registro de entradas y salidas no sólo de empleados y proveedores; y donde los vehículos tienen por norma circular a 30 km por hora como máximo.

            “Hace ocho años vivo en el country. En la paz del country.” Canturrea el solitario y solterón narrador policíaco, adusto, hermético y distante del cotilleo vecinal, dice. Al parecer llegó a ese privilegiado y elitista coto gracias a las regalías de sus libros publicados con pseudónimo, pues según afirma: “En los pasados veinte años escribí y publiqué una treintena de novelas policiales, de las cuales vivía, y muy bien, ya que algunas habían tenido un verdadero éxito de ventas, con traducciones y mucha promoción editorial.” No obstante, pese a la adulación de sí mismo (“Yo me tenía por astuto, sagaz, cauteloso y además especial en alguna materia”), a sus reseñas autoelogiosas y a que planea editar y dirigir una colección de novelas policiales semejante a El Séptimo Círculo, da la impresión de ser una especie de superventas del spaghetti policial argentino, con una impronta que deviene de Agatha Christie, pues además de que el título de su “libro Secuestro en el expreso” tiene un sonoro retintín del Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, 1934) —un clásico de la Dama del Crimen llevado al cine por primera vez en 1974—, cuando en la postrera parte de la novela, previo al desconcertante giro o vuelta de tuerca que preludia el término de la obra, él le explica y le narra a De Marco como si tuviera en la frente una bola de cristal o un diminuto aleph en las escaleras del sótano o de perdis un espejo de tinta en el hueco de la palma de la mano, las conjeturadas menudencias del asesinato de su abuela (inextricable al robo de siete primeras ediciones de libros de Borges que atesoraba la anciana y a la falsificación de la letra manuscrita del autor de “La muerte y la brújula”) en una especie de ineludible repetición del consabido clisé (cinematográfico y televisivo) en el que el detective, o investigador policial, reúne a los sospechosos y circunstantes y, como por arte de birlibirloque, es un previsible e infalible raciocinador que, con elocuencia y agudeza, monta y desmonta las piezas del puzle y trampantojo (algunas invisibles o microscópicas) que nadie dedujo y observó más que él.

           

Fotograma de Asesinato en el Orient Express (1974)

              No obstante, también llega a encapsularse en la escritura de una pesadillesca, catastrofista y apocalíptica distopía (y pastiche de ciencia ficción) que quizá se transforme en un best seller y novela gráfica con visos de adaptarse en un churro hollywoodense, donde quizá no falten los consabidos e infalibles heroicos héroes (los menos pelotudos entre los pelotudos en extinción) que, después de mil y una aventuras y peripecias en las que arriesgan el pellejo, salvan los restos y casi extinguidos vestigios de vida en el recalentado y desolado planeta Tierra. 

             


           Según apunta, mientras suspira por María (quizá dándole al cogote al pollo), empleada en la administración del country —acto de ensoñación que evoca el milenario aforismo que Rafael Cansinos-Asséns seleccionó en las postrimerías del tercer tomo de su traducción de Las mil y una noches (Aguilar, 1955), celebrada por Borges en La Nación el 10 de julio de 1960: La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne:

            “Me encontraba aquel día terminando un trabajo que debía presentar en forma perentoria a la editorial y no encontraba la forma de cerrarlo. Sentía nublada la mente. Había trabajado durante mucho tiempo en una novela distinta cuyo eje giraba en torno a una idea fantástica. Se trataba de un ataque terrorista, de los denominados ‘con armas biológicas’. Habían inyectado en los sistemas de provisión de agua de casi todas las ciudades más importantes del mundo una sustancia que no mataba, pero que producía en el acto esterilidad a quien la ingería, ya fuera hombre o mujer. El virus era muy contagioso y rápidamente toda la población mundial lo contrajo. La infección de los reinos animal y vegetal fue simultánea. La noticia llegó por una llamada anónima y rápidamente se realizaron las pruebas, que al cabo de un tiempo determinaron la veracidad de la amenaza. A partir de esa trama empecé a tirar líneas que señalaban las consecuencias del hecho para la sociedad. No habría más descendencia, con cada hombre que moría se perdía un eslabón del género humano, que ahora sí iba a desaparecer. Lo que no pudo hacerse a través de las guerras —se calculaba en algo más de un millón las guerras sucedidas al cabo de los últimos mil doscientos años, con un resultado de mil quinientos millones de muertos, y con todas las armas de destrucción masiva que el hombre había inventado— se lograba ahora de una forma impensada. Sólo que la operación era lenta, pues para que ello ocurriera debían morir incluso aquellos niños que aún no habían nacido y aguardaban ese momento en el vientre de sus madres. No pude evitar pensar en lo solo que se iba a sentir el último hombre. La teoría de la vida era ahora igual a la figura de un rombo, desde el primero al último humano.

            “Debía resolver la cuestión a través de la contraposición de dos formas geométricas, el rombo y la circunferencia. Podía decirse que una contenía a la otra y yo debía demostrar lo contrario. Me interesaba la posibilidad del análisis del rombo en cuatro dimensiones y algo de los universos paralelos, así como el experimento conceptual denominado ‘el gato de Schröndinger’. En esto nadie mejor que De Marco para ayudarme.

          

Thérèse soñando (1938)

Óleo sobre tela de Balthus

          “Me hallaba navegando sin rumbo, desorientado, inmerso en disquisiciones laberínticas, cuando reapareció María. Su presencia que tanto había anhelado por días y noches me producía invariablemente una gran turbación. Estaba hermosa, desafiante, etérea, vital.”

IV de VII

Vale resumir que la policía (ídem la tácita e implícita fiscalía del caso) resulta negligente, mediocre e incapaz de resolver el asesinato de la abuela, pues no da con el asesino ni con el arma del crimen, ni descubre, en la biblioteca de la anciana, el robo de siete primeras ediciones de libros de Borges, ni formula ningún móvil, ni señala ningún sospechoso y muy pronto se desentiende del caso. Según dice el novelista policial al inicio de las supuestas indagaciones policíacas: “El oficial Martínez sabía de mis conocimientos de literatura policial, pero no que yo era totalmente incapaz de intervenir y resolver un caso verdadero. Sólo pensar que a metros de mi casa se había producido un asesinato me hacía temblar el cuerpo, y desde luego en las salidas diarias para caminar o para hacer compras evitaba pasar por la, para mí, fatídica manzana. Creo además, mejor dicho, estoy seguro de que soy un hombre cobarde. Sin embargo, atendí con deferencia cada visita y respondía a todas las preguntas que me formularon. Creí advertir en las entrevistas (todas se realizaron en mi casa) más interés por mi opinión sobre el caso que por el caso en sí. Algo así como, bueno, esto lo tiene que resolver usted; ocurrió a doscientos metros de su casa, es experto en enigmas policiales: acá tiene todos los elementos. Resuelva.”

            A esto se añade la frialdad o casi indiferencia que transluce Guillermo De Marco: el asesinato de su abuela no parece conmocionarlo ni perturbarlo más allá del blablablá, de alguna pose y de algún gesto compungido: no sufre ni padece ningún duelo. Y las hipótesis del crimen que formula charlando con el novelista policial son desechadas ipso facto por éste, incluida la que inculpa a un vecino “de apellido D’Olvido”, pese que tampoco resulta perspicaz (pero sí extrañamente omiso ante la tasación de la biblioteca de la abuela que él ha visto) al decirle: “¿Qué podrían querer robarle a su abuela si no tenía nada de valor en su propiedad? Ni dinero, ni joyas, ni nada.” Y al concluir la charla, como si fuera el evanescente ectoplasma del fiscal o uno de los torpes polis que dizque investigaron, le dice: “¿Por qué cinco disparos en la cabeza? Cuestiones pasionales, discúlpeme que le diga, no creo que encuadren en este caso. Aparentemente no hay razón para que ocurriera lo ocurrido; no hay móvil.” No obstante, luego se contradice, pues le sugiere a De Marco el trillado crimen pasional, característico de las telenovelas, de los novatos y tontorrones: “Empecemos por el móvil. Puede ser que su abuela haya tenido alguna relación amorosa”.

     Pero lo que sorprende aún más, y resulta absurdo, es el hecho de que la fiscalía no precintó la casa de la abuela ni puso vigilancia policíaca, dado lo irresuelto del crimen; por ende ambos llegan a entrar, pisotear y manosear; además de que previamente De Marco lo hizo, pues le informa al novelista: “Hemos revisado toda la casa y no hemos notado ninguna falta. Además, le repito, no había nada de valor, los cuadros, que siguen estando, los libros, una biblioteca repleta y chucherías. Ninguna de ellas justifica un asesinato, Es cierto, dije, pero tenemos que buscar por todos lados. Tenemos que trabajar juntos, De Marco, Caballo solo no da mate.” Resulta consecuente, entonces, que luego diga con petulancia, olvidando la preceptiva borgeana que lo induciría a aludir a Poe en calidad de creador del arquetipo del género policial, precisamente con “Los crímenes de la calle Morgue” (The Murders in the Rue Morgue, 1841), primer ejemplo de crimen de cuarto cerrado y de raciocinador criminal, pues dice envanecido: “Podríamos decir sin exagerar que el caso quedó en nuestras manos y a la manera de Holmes, ya que el asunto se ventilaba entre cuatro paredes con disquisiciones literarias de por medio.” 

   

Borges en la tumba de Edgar Allan Poe
(Baltimore, 1983)

          Pero además, De Marco, pese a su solvencia económica, no contrata ningún detective privado que investigue el caso y se lo sirva en bandeja de plata a la inútil fiscalía (una especie de
Philip Marlowe entre los boludos de la Argentina o de Mario Conde porteño —remember que el Conde habanero después de 1989 sólo es un vendedor de libros ambulante que investiga y resuelve crímenes por vocación y no porque tenga placa de policía o detective privado—) y se restringe a la supuesta ayuda y asesoría detectivesca que le brinda el novelista policial. Y puesto que De Marco, con nociones de ornitología, es un fotógrafo aficionado que grafica las aves que pueblan el country, de pronto, al observar las diez fotos que le hizo a su abuela días antes del asesinato, precisamente “en el living de la casa con la biblioteca detrás” (“La biblioteca de mi abuela estaba para una postal”), al hacer el contraste entre las imágenes y lo que ahora hay en la biblioteca descubre huecos, cuyos faltantes, deduce, son “el móvil del asesinato de mi abuela”. Por ello, hecho una tromba va a la casa del novelista para ponerlo al tanto. Para despejar el intríngulis, ambos se meten en el escenario del crimen; pero como las imágenes no son del todo grandes ni legibles para determinar de qué libros se trata, De Marco, en el cuarto oscuro de su casa, positiva los negativos para ampliarlas y observarlas y hacer el cotejo, mientras el novelista policial espera divagando en el living de la abuela asesinada. Luego, los dos —que siempre se hablan de usted y no son íntimos ni compinches— con “un adminículo casero, una suerte de caja con un lamparita dentro y un vidrio encima” que el novelista tiene en su casa, ven que “Faltaban un total de siete libros, de los cuales no todos tenían el título en el lomo.” 

   


          Según el novelista, “Se podía ver con claridad El idioma de los argentinos de la colección Cuadernos del Plata II, Cuaderno San Martín y con alguna dificultad pude observar Historia de la eternidad, Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza. [Hay que objetarle, entre corchetes, que Cuaderno San Martín, tercer poemario de Borges, es el número 2 de Cuadernos del Plata —colección dirigida por el mexicano Alfonso Reyes, entonces Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en Argentina— coeditado con Proa en 1929, Con un retrato a lápiz del autor por Silvina Ocampo; mientras que El idioma de los argentinos, tercer libro de ensayos de Borges, con Viñetas de Xul Solar, se editó en 1928 en la Colección Índice del editor Manuel Gleizer.] En otro, el lomo estaba escrito pero era prácticamente ilegible. Después de mucho analizar, llegué a la conclusión de que era El jardín de senderos que se bifurcan, teoría que De Marco, por supuesto, no compartió, y el último tenía el lomo en blanco. Examiné éste en distintas fotos, comparé tamaños de libros con los de mi biblioteca, y al cabo de un rato disipé todas las dudas. Se trataba de Fervor de Buenos Aires. [Según Camilo: el precio de uno de los 300 ejemplares del tiraje de éste puede sobrepasar los cincuenta mil dólares... Es una pieza tentadora para cualquiera, para cualquiera que hace del delito su profesión. Y, dice, ya hubo Un ejemplar de Fervor de Buenos Aires robado de la Biblioteca Nacional en venta en un remate en Londres que terminó secuestrado por la justicia.] La tarea fue breve, pero nos dejó exhaustos, así que nos sentamos en los sillones y estuvimos pensativos hasta que, sin quererlo y al mismo tiempo, rompimos el silencio diciendo al unísono, ‘Esto no prueba nada’.”   

    Luego el novelista policial, para dizque hacer algunas indagatorias, le sugiere a De Marco no informar a la policía del robo. Y muy pronto, sin que hayan descubierto otra cosa, se alejan entre sí (y no sólo por la paradójica y verbalizada iniciativa de Guillermo De Marco) y el misterio del robo y asesinato de la abuela queda empantanado en un maloliente y paradójico impasse. Pero después del citado dictamen, el novelista policial, para sus adentros y ya solo, sospecha de su vecino:

   “Me quedé inerme en el sillón. Tenía muchas cosas para analizar y necesitaba disipar algunas dudas, pero había algo que me rondaba por la cabeza, como esas palabras que uno siente tener en la punta de la lengua y no salen, como la piedrita en el zapato, esa enorme molestia que requiere un mínimo esfuerzo para desactivarla. Las palabras de María no me daban tregua: Ayer fui con el plomo de mi papá hasta Buenos Aires para hacer trámites y cobrar la herencia y el seguro de la abuela. ¿Por qué De Marco me había ocultado que detrás de la muerte de su abuela había una herencia y un seguro? Jamás había hecho un comentario al respecto, ni había dicho que la biblioteca contaba con valiosos ejemplares que ahora, curiosa y misteriosamente, habían desaparecido. [Conste que casi al inicio el novelista dijo de la abuela: siempre me decía, Vea, estos libros los compré por entonces y así los fui leyendo; lo cual implica que el boludo, que se hace el pelotudo, bibliófilo y experto en Borges, los vio más de una vez con su “borgeseano” e “infalible” ojo clínico de buen cubero y por ende sabía, al igual que Billinghurst y De Marco, que era dueña de impecables primeras ediciones de Borges.] Ni a él ni a mí se nos podía escapar nada de eso. Decidí en lo sucesivo trazar un plan concreto de investigación en el cual, por supuesto, no incluía a De Marco como colaborador sino... como sospechoso.

V de VII

El citado viaje a Europa (estuvo en Madrid y en Londres) el novelista policial lo hizo para eludir su presencia en la inauguración “de la muestra fotográfica ‘Pájaros del country’” del ingeniero y disparador fotográfico Guillermo De Marco, montada “en los salones del House Principal”. Días después de su regreso a la Argentina, le llegó a su casa un ejemplar del catálogo de la colección Borges que se rematará en la capital inglesa. (También De Marco recibió uno.) Según reporta: “El libro era imponente por donde se le mirara. Amo los libros por su contenido y por su continente. Me rindo ante un buen volumen, me subyuga una sobria encuadernación, me encanta el buen papel y la calidad de las ilustraciones: no soy indiferente al tamaño de las letras y soy sensible al olor del papel, pero nada se compara con un buen contenido.” Y para que el desocupado lector tenga aún más idea de lo que habla, enumera varios títulos de rutilantes ediciones magnus; de ahí que cante: “me maravillé con ‘El Congreso del Mundo’ de Borges, en edición de Franco Maria Ricci con miniaturas de la cosmología tántrica y estudio de Alain Daniélou, de 1982.” No obstante, como sin duda sabe el coleccionista y biógrafo Alejandro Vaccaro, y lo refiere María Esther Vázquez en Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, 1996), es un lujoso librote en un estuche, tamaño caguama, que Borges desdeñó con cara de fuchi y haciéndole fuchi dizque por “pornográfico”, además de que la edición prínceps, en italiano, data de 1974.

           


           El novelista policial presume ser un sabiondo borgeano y un coleccionista de libros de Borges y de sus manuscritos. Pero además, dice, es un diestro grafólogo que otrora estudió y analizó “aproximadamente doscientos momentos distintos de la letra” de Borges. Por ello, dice, puede “calcular, tras ver un manuscrito, la fecha aproximada en que fue escrito con un margen mínimo de error. De esta forma realicé algunos trabajos de identificación de manuscritos para un par de universidades de Estados Unidos y para muchos coleccionistas privados, que desde luego no puedo mencionar.” (No vaya a ser que el desocupado lector, no necesariamente de alcantarilla, sea un Tom Ripley porteño capaz de matar por ello sin dejar huellas dactilares ni rastros.) Así que al hojear las imágenes del susodicho catálogo, algo le chirría en el rompecabezas de letras de Borges. 

   

Borges y Bioy

            Pero además, dice, “hubo otro hecho que me llamó poderosamente la atención. Al mirar una de las fotografías que se ponían a la venta en el remate, firmada por Borges, observé que se trataba de una placa tomada el 27 de noviembre de 1985 en la librería de Alberto Casares, que por entonces se encontraba en la calle Arenales. Borges había ido a inaugurar una muestra de primeras ediciones de sus libros, pertenecientes a la colección de José Gilardoni. [Vale apuntar que sobre esa histórica muestra se ve una foto, sin crédito del fotógrafo, en la página 173 de
Borges. Una biografía en imágenes (Ediciones B, 2005), libro iconográfico del propio Vaccaro, misma que también se ve en las páginas iconográficas de su biografía Borges. Vida y literatura (Edhasa, 2006); y dos fotos en las páginas 164-165 de Borges: la posesión póstuma (Foca, 2000), indagatoria y corrosivo reportaje del periodista Juan Gasparini.] La firma era virtualmente ilegible, como las que acostumbraba hacer Borges cuando la ceguera invadió definitivamente su intimidad. A la tarde siguiente de ese día, Borges partió hacia Europa para dar unas conferencias en Italia y recalar luego en Ginebra, donde moriría seis meses después [el sábado 14 de junio de 1986], sin volver a la Argentina. Me sorprendí pensando que esa fue una de las últimas fotografías en su tierra, o tal vez la última. La fotografía era en blanco y negro y junto a él estaba Alberto Casares, al parecer leyéndole algún párrafo de un libro perteneciente a los Breviarios del Fondo de Cultura Económica. [¿Antiguas literaturas germánicas (FCE, 1951) o Manual de zoología fantástica (FCE, 1957?] Me pregunté inmediatamente: ¿En qué momento Borges habrá firmado esa fotografía? Me comuniqué a las pocas horas con Julio Giuztozzi, uno de los fotógrafos que había retratado a Borges durante aquella tarde, y me confirmó que en ese tiempo no existían cámaras digitales y que los revelados llevaban algún tiempo. Salvo en los casos de los medios gráficos, que por obvias razones requerían un revelado inmediato, los demás rollos se hacían revelar a lo largo de varios días. Si el procedimiento hubiera sido hecho aquella misma noche, alguien llevó la fotografía a la mañana siguiente a la casa de Borges y se la hizo firmar antes de que partiera. Si no fue así, ese alguien siguió a Borges por Europa, y tal vez se la hizo firmar en su lecho de muerte en la habitación del hotel L’Arbalette de la ciudad de Ginebra. Cualquier alternativa me resultaba dudosa y me di cuenta de que estaba frente a la punta de un iceberg.”

            Cierto es que en 1985 no faltaba el che araña de a pie que, sin ser un periodista gráfico o un fotógrafo profesional o aficionado, traía en el cogote o en bandolera una cámara de 35 mm (una Canon, una Nokia o una Pentax), cuyo revelado del rollo (de 24 o 36 exposiciones), efectivamente, tardaría unos días en el laboratorio de un negocio de cámaras e implementos fotográficos. Pero también existían, como sin duda recuerda el fotógrafo Julio Giuztozzi de carne y hueso, las populares y hogareñas Polaroid, que revelaban y positivaban en instantes (60 segundos), muy prácticas para un espontaneo disparador que buscara inmortalizar una o varias imágenes de Borges, más aún ante la posibilidad de añadirle, allí mismo, su firma.

           

Polaroid Mondadori (1985)

              Pero el caso es que el novelista policial enseguida advierte otra incongruencia en el catálogo:

            “La novedad siguiente fue confirmatoria: el ítem 138 [son 200 ítems en total] ofrecía un hermoso ejemplar de El jardín de senderos que se bifurcan, editado por Sur en 1941, con la siguiente dedicatoria manuscrita de Borges: A Alicia, con antigua y nueva amistad. Georgie, Buenos Aires, 1942. Otra vez me invadió la sospecha. El texto da por cierto que se trata de una dedicatoria del autor para su amiga Alicia Jurado, salvo que Alicia Jurado ha escrito en sus memorias y ha repetido en entrevistas que conoció a Borges en 1953. Imposible dedicar un libro a una persona once años antes de conocerla, con el agravante de que el autor habla de ‘antigua amistad’.”

           

Genio y Figura de Jorge Luis Borges (Eudeba, 1964), p. 10-11

            Vale observar, no obstante, que el novelista policial yerra —pese que presume haber dado sobre la vida y obra de Borges muchas conferencias por todo el mundo (ídem Manguel el memorioso)—, pues en la página 10 de Genio y Figura de Jorge Luis Borges, número 2 de la Colección Genio y Figura editada por la Editorial Universitaria de Buenos Aires, cuya primera edición “se acabó de imprimir en octubre de 1964” —se lee en el colofón—, Alicia Jurado (1922-2011), al inicio del capítulo “Borges y yo”, dice: “Conocí a Borges en 1954.” 

       

(Eudeba, 1997)
Contraportada

            Frase que repite en la contraportada y en la página 19 de la versión (revisada, recortada y modificada) del mismo libro, cuya “Cronología” preliminar llega hasta “1986” (“Viaja a Ginebra, donde revisa la traducción de sus obras completas al francés; muere allí y es enterrado en el cementerio de Plainpalais, en esa ciudad.”);
Segunda reimpresión de la Tercera edición de agosto de 1996, impresa en Buenos Aires en octubre de 1997 por la misma EUDEBA.

VI de VII

Al final del capítulo que cierra la “Primera parte” de la obra, la voz narrativa cuenta la visita que hizo Billinghurst a la casa de la abuela De Marco De Marco, dado que “años ha, había mantenido una estrecha relación de simpatía con su padre”. Mariano Billinghurst, que es un solitario proclive a las muchachitas y a las mujeres jóvenes (incluidas las curvilíneas hetairas de lujo), ve que en la biblioteca de la anciana “brillaban Fervor de Buenos Aires, Inquisiciones, El idioma de los argentinos, El tamaño de mi esperanza, Luna de enfrente y un sinnúmero de libros de autores nacionales que mucho tenían que ver con el autor de ‘El aleph’. Desde Radiografía de la Pampa hasta la primera edición de Don Segundo Sombra, pasando por Leopoldo Lugones, Enrique Banchs, Roberto Artl, Bioy Casares, Cortázar, Marechal... Según pudo apreciar Billinghurst, los libros gozaban de un estado excepcional. Sin embargo, los intentos por convencer a la atildada viejecita de que a cambio de algunos libros podía juntarse con varios miles de dólares fueron infructuosos.”

            Pero lo que no relata la omnisciente voz narrativa es cómo Mariano Billinghurst le robó a la abuela las faltantes siete primeras ediciones de libros de Borges y cómo la asesinó a balazos en la cabeza, si es que él es el asesino material y el delincuente que se introdujo en la casa para robar únicamente esos siete libros con vías de ser rematados en Londres, potenciando la especulación de su valor con dedicatorias falsificadas por él, pues según canturrea el novelista policíaco y dizque experto borgeseano: “Cualquiera que estuviera en el tema sabía que los libros dedicados multiplican su valor en forma exponencial.” (De ahí que Camilo le cante a Rodrigo de Atchuel: “cualquier libro que este firmado o dedicado por Borges puede llegar a triplicar su valor”.) 

     

Pasaporte de Borges

           Lo que ocurre es que en el proceso de observación, análisis y clasificación de las dedicatorias manuscritas en buena parte de los documentos y libros de Borges que se anuncian con imágenes en el catálogo para el remate en Londres, el novelista policial, además de que a través de la lista de precios calcula la venta en “unos cuarenta millones de dólares” de entrada, descubre que se trata de falsificaciones. (Lo cual induce a suponer que el citado manuscrito del prólogo a
Notas lejanas también es una falsificación de Billinghurst.) Y mientras se ha instalado en Buenos Aires en un departamento en el barrio de Palermo que posee, preguntando e indagando poco entre libreros y coleccionistas de manuscritos de Borges que él conoce, se entera de la identidad y del nombre del librero uruguayo Mariano Billinghurst y de los movimientos que hizo para adquirir manuscritos y primeras ediciones de Borges, paralelos a las compras hechas por una dispersa camarilla por parques y ferias, que él infiere eran sus auxiliares a sueldo (y no se equivoca); e incluso se entera del “dinero que gastó, aproximadamente”, y hasta, dice: “Algún indiscreto me aseguró que éste trabajaba para unos financistas españoles que nuevamente intentaban hacerse la América.” Con esa información recabada en Buenos Aires, sumada a los datos inferidos del análisis de los visos apócrifos expuestos en el catálogo, el novelista policial construye un conjunto de conjeturas técnicas y un persuasivo relato del robo de los siete libros de Borges y del asesinato de la abuela. Según dice: “Absolutamente ninguna de las evidencias que iba reuniendo paso a paso eran definitivas, más teniendo en cuenta que hay otras formas de probar si un texto es apócrifo o no. Necesitaba cotejar mis investigaciones con alguien que por sus conocimientos pudiera ser un abogado del diablo. Tenía miedo de entrar en un camino equivocado y el microclima de mi encierro no me permitiera ver que había otros senderos, tal vez impensados, y también otras respuestas a mis dudas. No pude dejar de hacer una reflexión: la persona indicada para avalar o denostar mis conclusiones era De Marco; pero ¿cómo hacerlo sin vincular las anomalías del catálogo con el asesinato de su abuela?”

      Es entonces cuando se sucede el giro sorpresivo y la brusca vuelta de tuerca, que parece una tomadura de pelo al presunto desocupado e ingenuo lector que, chupándose el dedo, ha leído, bobalicón, el otro lado de la tortilla del universo paralelo. De Marco, después de oírlo metiendo su cuchara, lo insulta llamándolo “gran farsante” y lo empuja al sillón y le suelta una desconcertante perorata, sin que el novelista policial se defienda, lo contradiga, lo insulte y lo corra de su casa a gritos, empellones, golpes y patadas. (Hubiera podido, pues según dice: “Yo me cuidaba desde siempre, casi nunca bebo alcohol, no fumo ni nunca supe de ningún exceso. Hacía mis diarias sesiones de trote y caminata y mantenía el cuerpo esbelto y espigado con que la naturaleza me había dotado. De Marco en cambio era petiso y mofletudo, con una prominente barriga producto de muchas noches de prolongadas comilonas, y de su cabeza asomaban unos pocos pelos que hacían su calvicie más pronunciada. Parecía cargar con diez años más. Yo, con cinco menos.”) En el meollo de la furia, De Marco le acusa de ser el asesino de su abuela y de haberse robado los siete libros de Borges que luego dizque quemó en la chimenea. Pero además le echa en cara el supuesto móvil de serie telenovelera clasificación B, donde quizá actuaría una hilarante imitadora de la inspectora Laura Lebrel del Bosque (María Pujalte): “Usted mató por amor [a María], por temor a perder a su lolita amada, y en estos casos incluso una persona sensata y pacífica se puede transformar en un monstruo cruel que no titubea en apretar el gatillo de un revólver para segar una vida. Nadie entró ni salió del country y encontrar el arma asesina es una tarea imposible.”

     

Niña con gato (1937)

Óleo sobre madera de Balthus

         O sea que tras oírlo (según el novelista policial “De Marco parecía no sentir el impacto del relato que escuchaba; más bien se le notaba ansioso por comenzar a rebatir mi teoría”), el ingeniero le suelta:

    “Usted es un gran farsante, me dijo, y cuando intenté ponerme de pie para impedir que me insultara, se paró rápidamente y me empujó hacia el sillón. Ahora me va a escuchar a mí todo el tiempo que sea necesario. Usted cree que me va a seguir engañando como a un chico, pero no va a poder. Sé muy bien que usted mantiene una relación amorosa con mi hija, situación inconveniente para un hombre de su edad y una mocosa que apenas hace un tiempo pasó los dieciocho años. Mi abuela fue la primera en enterase y enseguida me puso al tanto de lo que ocurría. También me dijo que en muchas ocasiones había tocado el tema con usted y le pidió en forma reiterada que terminara con ello. Nunca desde luego consiguió los resultados, hasta que cometió la estupidez de amenazarlo con contarme a mí lo que ocurría si no daba por concluida la historia. La pobre nunca supo que esa había sido su sentencia de muerte. Sólo que debo reconocer que preparó muy bien la trama. ¿Qué otra cosa se podía esperar de un autor de novelas policiales? Pero sigamos [.] Según sus dichos, tenemos al asesino y también el móvil, y eso para una muerte de la cual la policía poco o nada se ocupa es casi un círculo perfecto. Pero usted no tuvo en cuenta algunas cosas que yo le dije sobre la física cuántica, sobre todo cuando le hablé del ‘observador independiente’. Yo sabía muchas cosas, otras las intuía o intentaba razonarlas, pero créame que jamás imaginé que usted fuera capaz de asesinar a mi abuela. No me entraba en la cabeza, y cuando llegué a esa conclusión sentí un gran temor, no por la vieja, que estaba muerta, sino por mi hija, que involuntariamente tuvo participación en ese terrible hecho. [¡Ha chingá!] Me parecen una pieza de literatura fantástica sus inventos sobre la falsificación de dedicatorias de libros y manuscritos de Borges, pero debo reconocerle que es una persona creativa. Lo primero que quiero decirle para su tranquilidad es que la única persona que sabe la verdadera trama de lo ocurrido soy yo y que no voy a denunciarlo. He tomado, sí, algunos recaudos, pero sólo saldrán a la luz si a partir de ahora usted volviera a equivocarse.”

   Pero lo todavía más sorprendente, incongruente e inverosímil es que el novelista policial, pese a sus carcajadas a quijada batiente y a que le dice: “usted está totalmente loco”, se resigna a los descabellados infundios, ofensivas imputaciones y mentiras de chamaco villero y rijoso (De Marco vocifera, incluso, que su abuelo, quizá contemporáneo de Matusalén, “murió recién se había inventado la pólvora”), y dizque por María, a la que dizque también quiere “proteger” su padre, asume una complicidad con su acusador y por ende De Marco prosigue con sus periódicas visitas a su casa (“tres o cuatro veces por semana”). Y hasta el muy pelotudo comienza “a sentir un cariño por este hombre”, dice. “¿Hasta dónde De Marco y yo éramos hermanos e íbamos a llevar el secreto a la tumba?”, regurgita retorciendo, a modo, el asesinato de Juliana Burgos que se lee en “La intrusa”, cuento de Borges publicado por primera vez en 1966, en Buenos Aires, tanto en una plaquette privada con una Ilustración de Emilio Centurión, como al ser añadido a la sexta edición de El Aleph, libro editado por Emecé en la Colección Obras Completas de Jorge Luis Borges; cuyo tremendo desenlace, reza la leyenda, le fue sugerido a Georgie por su madre y amanuense doña Leonor Acevedo de Borges:

     

Borges y su madre

          “—A trabajar, hermano. Después no ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas, ya no habrá más prejuicios.

     “Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.”

       Y como el novelista policial (ídem el ingeniero) —indiferente ante la víctima del crimen del country (dizque así fue etiquetado en los medios cuando hizo llamarada de petate) y dizque hermanado con De Marco y embozado en la sangrienta capucha de la omertà—, da por entendido que goza de reputación y credibilidad entre las legiones de borgeanos y negociantes de su universo paralelo (para lelos), dice: “De a poco le fui dando argumentos sólidos por los cuales consideraba que muchas de las dedicatorias de los libros y manuscritos ofrecidos en el remate de Londres eran obra de Billinghurst. [Muerto misteriosamente en la habitación de un hotelucho a pocas cuadras de la gare de Lyon de París, según De Marco; por ende el lector puede suponer que tal vez le dio matarile la cosa güestra, pues Camilo le dijo a su socio al ponerse en marcha el operativo el gran Georgie: Tenemos una persona que va a monitorear los movimientos de Billinghurst y nos va a mantener informados de todo.] Mis apreciaciones se diseminaron de boca en boca y la consecuencia fue que el remate devino en fracaso. La mayoría de los lotes no alcanzaron a tener oferentes y quedaron para una mejor oportunidad.”

          


       

           
El último giro de la brusca vuelta de tuerca gira en torno a la visita que un psicoanalista (quizá falso) le hace al novelista policial para ofrecerle “un manuscrito de Borges, atractivo para cualquier coleccionista”, que él supone apócrifo con su olfato de dogo argentino entrenado para el caso. Pero en el penúltimo giro (después de todo el novelista policíaco es un títere del verdadero prestidigitador y Mago de Oz que le da aliento y le aceita y jala la lengua) revela que la “novela” es obra suya. Y si el desocupado lector se pregunta ¿quién “realmente” asesinó a la abuela y se robó los siete libros de Borges?, también puede preguntase si la “novela” escrita por el novelista policial se limita a lo que él narra en primera persona o comprende, además, las otras dos vertientes que relata una impersonal voz narrativa. El caso es que dice:

           

Thérèse (1938)

Óleo sobre lienzo de Balthus

         
El súper agente 86

          “Sentía en el cuerpo algo extraño, pero no podía determinar a qué se debía. Mi relación con María se afianzó y ya no era necesario ocultarse ni vivir atormentado por un secreto que no era tal. Y fue entonces cuando pensé por primera vez en escribir esta novela. Tenía sus riesgos, ya que alguien podría creer en la verosimilitud del relato y querer rehabilitar una investigación que estaba muerta. [Quizá algún pelotudo súper agente 86 o el infalible patrullero 777, fanático lector de sus novelas.] Al principio la trama me pareció interesante y hasta original, pero ahora que está escrita siento que es de una vulgaridad manifiesta. Así me ha pasado con cada una de las novelas anteriores, algunas de singular éxito. Cada vez que están terminadas pierdo totalmente el interés por ellas y me olvido de los muchos días que estuve frente a la computadora tratando de descifrar todo lo que en mi interior estaba dispuesto a salir fuera.

            “Las cartas están jugadas y la realidad del tiempo transcurrido y los hechos sucedidos imposibilita cualquier alternativa de volver atrás. Todo lo dicho es demasiado autobiográfico y nada se puede cambiar. Sólo unos pocos detalles.”

VII de VII

Cuando María aparece casi al inicio de la obra —luego de casi calcar, a modo de enigmático misterio, la sentencia de Borges que se lee en el citado exordio: “Es más, muchos creyeron que mi encuentro con ella había sido casual”—, el novelista policíaco se ve a sí mismo a imagen y semejanza de una variante de Humbert Humbert soñando y desando a Lolita, dado que la ve parecida a una nínfula doceañera de unos 16 años (que no mata a una mosca ni muerde un plátano) a más de tres décadas de distancia de él. Según dice:  

     

(Funambulista, 2004)

          “La primera vez que la vi, atiné sólo a pensar que se trataba de una niña. Llevaba camisa blanca, pollera escocesa estilo colegiala, trenzas, zapatos marrones abotinados y medias tres cuartos por debajo de las rodillas. Yo salía del paseo de compras por la pequeña rampa que desemboca en el bicicletero y ella subía en sentido opuesto. Me dijo ¡hola! como quien saluda a un viejo conocido y estoy seguro de que mi ‘hola’ no llegó a oírlo.

            “Trabajaba desde hacía unos meses en la administración del country, según supe después cuando fui por un trámite de rutina, Hola, Qué tal, me dijo, soy María, nos cruzamos el otro día y usted no me saludó, Hola, dije ahora con fuerza, y un calor se me subió a la cara, que sentía toda colorada. No podía admitir que me recordara.”

       O sea: el empleo de ella en la administración del country es el de office girl: a la casa del novelista lleva sobres y recados; pero también él, para verla y relamerse, hace “trámites diarios en el edificio de la administración”. Luego se entera que María tiene 17 y luego que cumple 18. Y si bien en la Argentina de la vida real la mayoría de edad en el 2005 se alcanzaba hasta los 21 años (no obstante dice cuando ya tiene 18: “Ella era mayor de edad, aunque muy joven, y tenía derecho a elegir libremente con quién quería relacionarse. Yo era una persona mayor para ella, demasiado mayor”, por ende la ve chiquilla: “esta mujer era una lolita, una mocosita que se comportaba con una persona mayor en todos sus procederes”), también es cierto que en el siglo XXI es consabida la precocidad sexual entre adolescentes y jovencitas: parece que de manera ancestral y natural se saben de memoria las posturas, ayuntamientos y charamuscas del milenario Kama-Sutra, incluso sin haberlo hojeado nunca (ni siquiera una aséptica versión del Reader’s Digest) y sin saber de su existencia (ni de la existencia del capitán sir Richard Francis Burton, ni que Borges atesoraba en su departamento de Maipú los 17 tomos de su versión de Las mil y una noches (The Book of the Thousand Nights and a Night), descubierta en la infancia, quizá al unísono de The Arabian Nights, en la paterna biblioteca de ilimitados libros ingleses, precisamente en la casona de Serrano 2135, en el barrio de Palermo, donde los Borges vivieron entre 1901 y 1913. (“El chico aprendió a leer en inglés y más tarde en castellano, pero ni él ni su hermana fueron de pequeños a la escuela. El padre, que temía las enfermedades contagiosas, prefirió que los educara en la casa una institutriz inglesa, miss Tink, y Georgie no entró a la escuela hasta los nueve años de edad y a cuarto grado. El inglés fue el idioma de su infancia... En inglés leyó las Mil y una noches, que tanto persistieron en su imaginación”, apunta Alicia Jurado entre las páginas 27-28 de su citado libro de 1964, considerado la primera biografía de Borges.) De modo que no extraña que María sea quien inicia el diálogo, el acercamiento y el tuteo, y quien luego toma la iniciativa para empezar y dirigir la subrepticia e íntima relación en la casa de ese solitario señor que tiene la edad de su padre; que además, ante el desocupado lector, resulta un tipo ñoño y anacrónico, preocupado por el qué dirán y por su convencional y maquillada imagen de boludo respetable. ¿María era virgen? Parece que no: sabía lo que tenía que saber.

     Pero el vínculo neurálgico padre-hija sólo se desvela, como un presunto y maquinado “engaño al lector”, hasta la “Segunda parte” de la obra. Es decir, durante medio libro el titiritero, a través del novelista policial, ha escamoteado ese dato angular y al desocupado lector le ha hecho creer, de manera tácita e implícita, que María sólo es una empleadita del country; quien quizá con ese humilde empleo ayuda a sus padres de escasos o nulos ingresos entre los desarrapados y malevos de Villa Luro, o a su madre soltera (una pobre costurerita de conventillo que dio aquel mal paso con un compadrito o con un guapo que la abandonó, tal y como reza el tango que un falso Borges solía canturrear en un almacén de una esquina rosada del barrio sur, imitando, sin buscarlo ni quererlo, una tesitura antigua anterior a la voz de Gardel). 

   


        Pero resulta que no: que María es hija del flamante ingeniero Guillermo De Marco, quien un día la lleva “hasta Buenos Aires para hacer unos trámites y cobrar la herencia y el seguro de la abuela” (¡más panchólares! ¡hurra!, gritaría, dándose un chapuzón a la Rico McPato), cuya casona también está en San Diego, un exclusivo country que alberga a ricos y ricachones del alto pedorraje de la Argentina. Por ende, la hija de uno de esos homúnculos adinerados, a esa edad, en vez de encadenarse a una chambita de baja estofa, aún debería estar estudiando en un elitista colegio privado o en una universidad privada, exclusiva para la cr
ème de la crème, ya en la Argentina o en el extranjero. Con clases particulares de piano o violín, de danza, tenis, equitación, aviación y astronomía.

       El novelista policíaco —por lógica elemental, Watson— debió verla crecer en el country desde sus nueve años de edad (“Hace ocho años que vivo en el country”, rebuzna al inicio) y no sólo cuando desde la casa familiar de su padre la niña, con un chupetín y trencitas, iba a pie o dando saltitos o en bicicleta a la casa de la anciana lectora de primeras ediciones de Borges, su bisabuela; por ende resulta una boludez inverosímil e incongruente que la vea, dizque por primera vez, con sus lascivos y puñeteros ojos de Humbert Humbert, cuando a sus 17 años trabaja de mandadera en la administración del country.

      En ese postergado desvelamiento de la identidad de María descuella un relato que se contrapone a las neuróticas acusaciones y neurálgicos dichos (transcritos arriba) que luego le echa en cara el vocinglero Guillermo De Marco:

           


            “María inundó mi cabeza de dudas. Se daba cuenta de que su padre estaba distanciado de mí y temía que fuera a causa de nuestra relación. Ella también esbozaba sombras de temor cuando barajábamos la posibilidad de que él pudiera estar enterado. Su bisabuela en una ocasión nos había sorprendido in fraganti [¿en alguna postura del Kama Sutra?] y nunca supimos si ese secreto se lo llevó a la tumba junto al rostro del asesino. Lo cierto es que algunas incomodidades hacían de la relación un juego muy peligroso
—y por lo tanto más excitante. Ahora la ansiedad me había invadido y mi necesidad era volver al trabajo, cosa que hice inmediatamente después que María traspuso la puerta de salida y yo pasé el cerrojo, para que nadie me molestara.”

            Vale puntualizar, por último, que el fragmentario relato de la relación sexual y amorosa entre el novelista policial y María, contado por él, a veces resulta algo anodino: un huevo sin sal ni pimienta ni chile piquín. Entonces orbita a años luz, perdido en el espacio de un universo paralelo muy lejano a la eufonía, la sensualidad y el erotismo que condensa, por ejemplo, ese magnífico pequeño poema en prosa que es el “Capítulo 7” de Rayuela (Sudamericana, 1963).

 

 Alejandro Vaccaro, El manuscrito Borges. Colección Narrativa núm. 101, Ediciones Espuela de Plata. Valencia de la Concepción, Sevilla, España, mayo 22 de 2019. 264 pp.

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Capítulo 7 de Rayuela (1963) leído por Julio Cortázar.