lunes, 2 de marzo de 2026

El pájaro pintado

Una pulguita negra como yo

 

I de IX

Sin duda El pájaro pintado (2019), largometraje de 169 minutos, rodado en 35 milímetros y en blanco negro, del guionista, productor y director checo Václav Marhoul, revitalizó, a nivel global y en diversos idiomas, la novela homónima del escritor polaco Jerzy Kosinski. No obstante, con su espléndida fotografía y sugestivas localizaciones (y un notable reparto en el que figuran estrellas de Hollywood), y hablada en checo, ruso, intereslavo y alemán, es sólo una resumida adaptación, con aleaciones y variantes, de la riqueza anecdótica y de los innumerables matices e intríngulis que se leen en la trama del libro que Kosinski, asentado en Nueva York desde 1957, escribió en inglés.

     

Houghton Mifflin
Boston, diciembre 15 de 1965

       De 1965 data la edición príncipe de The Painted Bird, impresa en Boston por la editorial Houghton Mifflin. Y de 1976 data la edición revisada y aumentada por el propio Kosinski. De ahí que en la traducción al español de Eduardo Goligorsky, editada en la Península Ibérica por Pomaire (con pastas duras, guardas y sobrecubierta), cuyo tiraje se terminó de imprimir en Badalona “el día 26 de octubre de 1977”, se lea una nota que reza: “Esta nueva edición de El pájaro pintado incorpora algunos materiales que no aparecieron en la primera.” Y que esté precedida por un prefacio que el narrador fechó en “Ciudad de Nueva York, 1976”.

     

Editorial Pomaire
Badalona, octubre 26 de 1977

        Vale apuntar que por entonces la extinta Editorial Pomaire tenía distribución en Argentina, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos, México, Uruguay y Venezuela. Y que la traducción de Eduardo Goligorsky resulta tan lograda, envolvente y persuasiva que se tornó canónica. De ahí que Debolsillo, sello editorial del consorcio transnacional Penguin Random House, la haya reeditado, en 2011, en formato físico e iBook.

II de IX

El pájaro pintado
(Pomaire, 1977)
3a de forros

En su prefacio, Jerzy Kosinski, de manera mínima y somera, pero muy ilustrativa, esboza la censura y proscripción de El pájaro pintado en su país natal y en los países del bloque “socialista” dominado por la bota militar y totalitaria de la URSS. “Nunca se publicó en mi patria”, dice, “ni se permitió su introducción”. Pero eso sí: “algunos diarios y revistas de Europa oriental emprendieron una campaña contra la obra”. Por ejemplo, afirma: “Indignados artículos de fondo de publicaciones controladas por el Estado denunciaban que las autoridades norteamericanas me habían ordenado escribir El pájaro pintado con fines políticos ocultos.” E incluso esa campaña le pisó los talones en su departamento de Manhattan, pues, dice, un día “Dos hombres robustos, vestidos con gruesas gabardinas”, se presentaron con “el artículo del New York Times sobre los ataques contra El pájaro pintado” y con un par “de tubos de acero envueltos en periódicos”. Los hombretones nunca lo habían visto y por ello no pudieron correlacionar la reproducción borrosa de una vieja foto suya que acompañaba el artículo, con la persona que tenían enfrente, quien se hizo pasar por un primo de Kosinski y los instó a esperarlo. Ese par de matones estaban allí, le dijeron, para “castigar a Kosinski por El pájaro pintado, un libro que injuriaba a su país y ridiculizaba a sus habitantes”. Maldecían al escritor y hablaban entre sí utilizando el dialecto rural que él entendía. Según dice: “Permanecí callado, estudiando sus anchos rostros campesinos, sus cuerpos rechonchos, sus gabardinas demasiado holgadas. Aunque separados por una generación de las chozas con techo de paja, de la fétida vegetación de las ciénegas y de los arados tirados por bueyes, continuaban siendo los campesinos que había conocido. Parecían haber salido de las páginas de El pájaro pintado.” Así que con unos tragos de vodka, un revólver oculto en el librero, varios disparos de la cámara fotográfica, y una buena dosis de astucia y teatralización, Kosinski logró que se largaran sin tocarle un pelo.

     

Jerzy Kosinski

      Según reporta el novelista: “La campaña contra el libro, que había sido generada en la capital del país [polaco], no tardó en difundirse por toda la nación. En el curso de pocas semanas, aparecieron varios centenares de artículos y un alud de chismes. La red de televisión controlada por el Estado presentó una serie, ‘Sobre los pasos de El pájaro pintado’, con entrevistas a personas que supuestamente habían estado en contacto conmigo o con mi familia durante los años de la guerra. El director del programa leía un pasaje de la novela, y luego presentaba al individuo que, según él decía, había inspirado al personaje ficticio. Estos testigos ofuscados, a menudo analfabetos, estaban despavoridos por lo que hipotéticamente habían hecho, y a medida que desfilaban se les oía despotricar coléricamente contra el libro y su autor.”

       Y por lo que relata, esa campaña mediática también proliferó en el mundillo intelectualoide prohijado y apapachado por el establishment polaco, pues, según narra, por instancias del PEN Club, en la Gran Manzana le sirvió de traductor y cicerón a una joven poeta que había llegado de Polonia para una cirugía cardíaca. Ya de regreso en su país, dice, “me envió una carta, por intermedio de otra persona, en la que me advertía que la unión nacional de escritores había descubierto nuestra amistad y le exigía que escribiera un cuento corto basado sobre su encuentro en Nueva York con el autor de El pájaro pintado. En la historia yo aparecía como un hombre desprovisto de moral, un pervertido que había jurado denigrar todo lo que su madre patria representaba. Al principio se había negado a escribirla, explicando que como no sabía inglés no había leído la novela, y que nunca había hablado de política conmigo. Pero sus colegas siguieron recordándole que la unión de escritores había sufragado la operación y le pagaba toda la atención médica postoperatoria. Insistieron en que, como era una poetisa descollante y ejercía considerable influencia sobre los jóvenes, tenía el deber de cumplir con su obligación patriótica y atacar, por escrito, al hombre que había traicionado a su país.

       “Unos amigos me enviaron la revista literaria semanal donde publicó el relato difamatorio solicitado. Yo intenté comunicarme con ella por intermedio de nuestros amigos comunes para hacerle saber que comprendía que la habían colocado en un compromiso ineludible, pero nunca contestó. Pocos meses más tarde me enteré de que había sufrido una crisis cardíaca que había producido su muerte.”

     

(Editions Flammarion, París, 1966)
Prix du Meilleur Livre Étranger 1966

       No menos patético y sintomático sobre la carencia de libertades, el control ideológico, la intolerancia, la manipulación, la coerción y la represión impuesta en ese sistema autoritario y antidemocrático, es el caso del notable escritor que elogió la novela y luego se vio obligado a desdecirse. Jerzy Kosinski, sin precisar, alude la versión francesa, traducida por Maurice Pons, editada en París, en 1966, por Flammarion, con el título L’oiseau bariolé, que ese año mereció el Prix du Meilleur Livre Étranger (Premio al mejor libro extranjero): “Uno de los mejores y más respetados autores de Europa oriental leyó la versión francesa de El pájaro pintado y elogió la novela en su reseña bibliográfica. Pronto la presión gubernamental lo obligó a retractarse. Publicó su opinión revisada y luego la completó con una ‘Carta abierta a Jerzy Kosinski’ que apareció en la revista que él mismo dirigía. En ella, me advertía que yo, como otro novelista premiado que había traicionado su lengua nativa para adoptar un idioma extranjero y alabar al decadente Occidente, terminaría mis días suicidándome en un sórdido hotel de la Riviera.” (Vale contrastar que Kosinski sí terminó suicidándose, pero por otros motivos. Lo hizo a los 58 años el 3 de mayo de 1991. Según se lee en Wikipedia, tomó “una dosis mortal de barbitúricos, su habitual ron con Coca Cola y asegurándose del resultado introduciendo su cabeza en una bolsa de plástico”. Y de irónico colofón “Dejó una nota” que se publicó el siguiente 13 de mayo en el Newsweek: “Me he ido a dormir por un rato mayor de lo habitual. Llamad Eternidad a ese rato.”)

      Pero el acoso a su madre, en Lodz —la ciudad polaca donde el escritor nació el 14 de junio de 1933— sin duda lo trastocó sobremanera. Según narra en su prefacio:

      “Cuando se publicó El pájaro pintado, mi madre, que era mi único familiar consanguíneo sobreviviente, ya frisaba los sesenta y había sido operada dos veces de cáncer. Al descubrir que aún vivía en la ciudad donde yo había nacido, el principal diario local publicó artículos injuriosos en los que la acusaban de ser la madre de un renegado, al mismo tiempo que instigaba a los fanáticos y a las multitudes de vecinos enardecidos a arremeter contra su casa. La policía se presentó a la llamada de la enfermera de mi madre, pero se limitó a permanecer de brazos cruzados, simulando controlar a quienes se autoerigían en defensores de la justicia.  

     

Jerzy Kosinski en 1973
(Foto: Rob Mierment)

      “Cuando un viejo condiscípulo me telefoneó a Nueva York para comunicarme, furtivamente, lo que sucedía, movilicé todo el apoyo que pude obtener de organizaciones internacionales, pero durante meses mis esfuerzos parecieron vanos, porque los vecinos coléricos, ninguno de los cuales había leído realmente mi libro, continuaron sus ataques. Por fin, los funcionarios gubernamentales, fastidiados por las presiones que ejercían las organizaciones extranjeras interesadas en el problema, ordenaron a las autoridades municipales que trasladaran a mi madre a otra ciudad. Permaneció allí durante algunas semanas, hasta que amainaron las agresiones, y después se trasladó a la capital, dejando todo atrás. Con la ayuda de algunos amigos pude mantenerme al tanto de su paradero y enviarle dinero regularmente.

       “Aunque la mayor parte de su familia había sido exterminada en el país que ahora la perseguía, mi madre se negaba a emigrar, e insistía en que deseaba morir y ser sepultada junto a mi padre, en la tierra donde había nacido y donde todos los suyos habían sucumbido. Cuando falleció, su muerte se utilizó como medio para abochornar e intimidar a sus amigos. Las autoridades no permitieron publicar ningún anuncio del funeral y la simple noticia de su fallecimiento sólo apareció varios días después del entierro.”

 III de IX

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

En su prefacio, Jerzy Kosinski refiere “una costumbre campesina que había observado durante mi infancia. El entretenimiento favorito de uno de los aldeanos consistía en atrapar aves, pintarles las plumas, y soltarlas luego para que se reunieran en bandadas. Cuando dichos pájaros refulgentes de colores buscaban la protección de sus semejantes, éstos los veían como intrusos amenazadores, atacaban a los descastados hasta matarlos. Resolví enmarcar yo también mi obra en un territorio mítico, en el presente ficticio intemporal, libre de las ataduras de la geografía y la historia. Mi novela se titularía El pájaro pintado.” Vale objetar, no obstante, que si bien la obra se sucede en un territorio mítico e imaginario: el de la novela contada por la omnisciente, minuciosa e ingenua voz de un niño, su presente ficticio no resulta intemporal, ni libre de las ataduras de la geografía y la historia. Esto se advierte desde el primer párrafo del primer capítulo, pues la obra inicia los veinte capítulos que la integran con un breve proemio en cursiva, que es la única parte en la que narra una impersonal voz narrativa que sitúa al lector en el tiempo y en el espacio: Durante las primeras semanas de la Segunda Guerra Mundial, en el otoño de 1939, los padres de un niño de seis años de una gran ciudad de la Europa oriental, lo enviaron, como a miles de otras criaturas, al abrigo de una lejana aldea. Lo cual se complementa con el hecho contundente de que la novela (con sus mil y un sucesos y minucias) concluye seis años después, en 1945, cuando el protagonista ya tiene doce años y los nazis han sido expulsados y derrotados por el ejército soviético, quien ahora controla ese territorio de la Europa oriental e impone la ideológica comunista y atea, deificando la emblemática figura de Stalin; y lo que se observa en el entorno donde ahora se mueve y narra el niño son los desastres de la postguerra; o sea, para decirlo con Andrezj Wajda: el paisaje después de la batalla.

     

Jerzy Kosinski con el actor polaco Daniel Olbryschki,
protagonista de Paisaje después de la batalla (1970),
película dirigida por el cineasta polaco Andrzej Wajda.

       Y en lo que corresponde a la transposición novelada de esa costumbre campesina de pintar un pájaro y soltarlo para que en el aire lo ataquen y maten sus congéneres, esto ocurre en el capítulo cinco, cuando el niño protagonista convive con el pajarero Lej. Lej, que imita el silbido de los pájaros y los atrapa con trampas para intercambiarlos por víveres y utensilios, sostiene un vínculo sexual con la Estúpida Ludmila; una mujer semidesnuda, alta y esbelta, de grandes pechos y fuertes pantorrillas, ninfómana y deficiente mental, que sobrevive escondida en el bosque aledaño a la aldea, acompañada por un enorme perro. Ludmila desparece un tiempo; y Lej, para atraerla hacia él, pinta un pájaro con pestilentes colores que él elabora y lo suelta al vuelo para que sus congéneres lo maten a picotazos en el aire. Esto lo repite varias veces y varios días sin que Ludmila se haga presente; mientras Lej, ansioso y deprimido, se pierde en el bosque para aturdirse con el vodka casero. Cuando reaparece Ludmila, a la fuerza y con algún cintarazo, intenta que el niño de siete años la fornique. Esto lo observan varios campesinos que dejan sus labores para desfogarse con ella. Un grupo de mujeres (quizá madres, esposas, hermanas o novias de esos aldeanos) se acercan a la fornicación armadas con rastrillos, palas y palos. Los hombres se alejan a la carrera y observan a la distancia. Las mujeres matan al perro con golpes salvajes de pala y someten y golpean a Ludmila:

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      “La Estúpida Ludmila sangraba profusamente. Sobre su cuerpo atormentado aparecieron hematomas azules. Gemía con voz potente, arqueaba la espalda y temblaba, esforzándose en vano por liberarse. Entonces se acercó una de las mujeres, empuñando una botella tapada y llena de estiércol negruzco. En medio de las risas roncas y los gritos de estímulo de sus compañeras, se arrodilló entre las piernas de Ludmila e insertó la botella dentro de la vagina maltratada y ultrajada, mientras ella chillaba como una bestia. De pronto, una de ellas pateó con todas sus fuerzas el fondo de la botella que asomaba por el bajo vientre de la Estúpida Ludmila. Se oyó el ruido apagado de vidrios que se hacían añicos dentro de ella. Luego todas las mujeres asestaron puntapiés y la sangre saltó a borbotones alrededor de sus botas y sus pantorrillas. Cuando acabaron con ese ejercicio, Ludmila estaba muerta.”

      En el suceder de la novela, esto es sólo un botón de muestra de la crudeza, crueldad, deshumanización e impunidad que pulula entre los romos habitantes de las aldeas (supersticiosas, xenofóbicas, rezagadas, incultas y analfabetas) entre las que se desplaza y subsiste el menor.

IV de IX

Jerzy Kosinski

A parecer, Jerzy Kosinski, quien era un niño durante la Segunda Guerra Mundial, también fue alejado de sus padres y escondido en una aldea para protegerlo de los nazis. Pero esto no significa que El pájaro pintado sea una novela autobiográfica, testimonial y realista en sentido estricto; suponerlo, a priori, además de entrar en un debate desenfocado, anacrónico y caduco, implica plantear una perogrullada, un inútil bizantinismo. No obstante, desde la imaginación y el cruento y cruel drama imaginario y literario, sí es una exploración de las zonas más oscuras y controvertidas que signan el comportamiento y la psique humana desde la noche de los tiempos. Y para lograrlo y condensarlo, se transluce que Kosinski se documentó en mil y una minucias relativas a la flora y fauna y a la geografía de la Europa oriental, a las creencias, cuentos populares, supersticiones y supercherías de los aldeanos fanáticos, xenofóbicos y de pocas luces; y no sólo en anécdotas, testimonios y documentos históricos concernientes a lo ocurrido en la zona durante la ocupación nazi, como son los campos de concentración y los crematorios distribuidos en el territorio; las casamatas militares abandonadas por los alemanes y los puestos artillados de éstos en los puentes de los ríos y en las estaciones del ferrocarril; más los trenes de carga, atestados de gitanos y judíos, que cruzaban los campos y las inmediaciones de las chozas de piso de tierra y sin luz eléctrica; y la satanización y persecución de gitanos y judíos ocultos en algún sitio de las aldeas.

       Sobre este último abrevadero, por ejemplo, en su prefacio transcribe el testimonio de “una sobreviviente de diecinueve años que describió el castigo aplicado a una aldea de Europa oriental que había concedido asilo a un enemigo del Reich: ‘Vi cómo los alemanes llegaban junto con los calmucos para pacificar la aldea —escribió la joven—. Fue una escena pavorosa, que perdurará en mi memoria hasta que muera. Después de rodear la aldea, empezaron a violar a las mujeres, y luego dieron la orden de quemarla junto con todos sus habitantes. Fuera de sí, aquellos salvajes acercaron teas a las casas, y quienes huían eran acribillados a tiros o arrojados nuevamente a las llamas. Les arrebatan los hijos a las madres y los lanzaban al fuego. Y cuando las mujeres desconsoladas corrían para salvar a sus niños, les pegaban un tiro primero en una pierna y luego en la otra. Sólo las mataban cuando consideraban que ya habían sufrido bastante. Esa orgía duró todo el día. Al anochecer, cuando los alemanes se fueron, los aldeanos regresaron lentamente para rescatar los despojos. Lo que vimos fue horrible: los maderos humeantes y los restos de los incinerados en las proximidades de las cabañas. Detrás de la aldea, los campos estaban cubiertos de cadáveres; aquí, una madre con su hijo en brazos y con la cara salpicada por los sesos de la criatura; más allá, un niño de diez años con su libro de lectura en la mano.’ Todas las aldeas de Europa oriental conocieron episodios de esa naturaleza, y centenares de comunidades corrieron una suerte parecida.” Comenta Jerzy Kosinski, quien en su prefacio dice: “Tal vez la mejor prueba de que no exageré la brutalidad y la crueldad que caracterizaron a los años de guerra en Europa oriental, la constituye el hecho de que algunos de mis antiguos compañeros de escuela, que consiguieron ejemplares clandestinos de El pájaro pintado, escribieron luego que la novela era un relato bucólico cuando se la comparaba con las experiencias que tantos de ellos y sus familias padecieron durante la conflagración.” Y en el capítulo quince narra, a través de los ojos del niño y de un modo muy visual, descarnado e impresionante, el brutal y feroz ataque a una aldea. 

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      En la película de Václav Marhoul lo hace una horda de cosacos a caballo. Pero en la novela de Kosinski se trata de una caterva de jinetes, llamados calmucos por sus rasgos mongoles, quienes arriban a galope tendido después de la huida de los nazis ante el avance y la inminente llegada del ejército soviético. Esos calmucos, armados de rifles y sables, portan “uniformes alemanes verdes con botones brillantes y quepis calados hasta los ojos”. Y según narra la cronista voz del niño: “Los campesinos decían que cuando el hasta entonces invencible ejército alemán había ocupado un vasto territorio soviético, se le habían sumado muchos calmucos, la mayoría de ellos voluntarios, y desertores del ejército ruso. Como odiaban a los soviéticos se aliaron a los alemanes, que les permitían saquear y violar según lo estipulado por sus costumbres guerreras y sus tradiciones varoniles. Por eso enviaban a los calmucos a las aldeas y ciudades a las que querían castigar por alguna transgresión, y sobre todo a aquellas que se levantaban en los lugares por donde debía pasar en su avance el ejército rojo.” Y de hecho, los asesinatos, torturas, destrozos, incendios de las chozas, y las frenéticas y delirantes violaciones de las mujeres (incluida una niña de unos cinco años) son interrumpidas por la llegada del ejército soviético. Los calmucos tratan de huir y esconderse. Y quienes no son ejecutados al rendirse, son colgados de los árboles. Según narra el niño:

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

        “A los calmucos se les veía desde lejos: colgaban de los árboles como piñas gigantescas, desprovistas de savia. Cada uno ocupaba un árbol distinto, suspendido por los tobillos, con las manos atadas detrás de la espalda. Los soldados soviéticos, de rostros cordiales y sonrientes, se paseaban liando cigarrillos con trozos de periódico. Aunque los soldados no permitían que los campesinos se acercaran, algunas mujeres, que reconocieron a sus martirizadores, empezaron a maldecirlos y a arrojar pedazos de madera y puñados de tierra contra los cuerpos que pendían fláccidamente.

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

        “Las hormigas y las moscas se paseaban sobre los calmucos colgados. Se metían en sus bocas abiertas, en sus fosas nasales y en sus ojos. Anidaban en sus orejas y pululaban sobre su pelo. Llegaban por millares y se disputaban el lugar más apetecible.

       “Los hombres se mecían a merced del viento y algunos de ellos giraban lentamente, como salchichas que se estuvieran ahumando sobre el fuego. Otros se estremecían y emitían un chillido o un susurro ronco. Varios parecían muertos. Colgaban con los ojos muy abiertos, sin parpadear, y las venas del cuello se les habían hinchado monstruosamente. Los campesinos encendieron una fogata cerca de allí, y familias íntegras miraban a los calmucos suspendidos, recordando sus crueldades y regocijándose ante el fin que habían encontrado.”

V de IX

En el citado proemio en cursiva se lee sobre el itinerario inicial del niño, quien corporifica la voz de un arquetipo infantil del que nunca se sabe su nombre:

       Los pueblos donde habría de pasar los cuatro años siguientes pertenecían a un grupo étnico distinto de su región natal. Los campesinos locales, aislados y unidos entre sí por lazos de consanguinidad, eran de tez blanca, rubios y de ojos azules o grises. El niño tenía la piel cetrina, pelo oscuro y ojos negros. Hablaba el lenguaje de la clase culta, apenas inteligible para los campesinos del Este.

      Pensaban que era un gitano o un judío fugitivo, y los individuos y las comunidades que daban asilo a gitanos o judíos, a quienes les estaban reservados los ghettos y campos de exterminio, corrían el riesgo de ser implacablemente castigados por los alemanes.

      Vale apuntar que debido a las actividades antinazis que el padre había protagonizado antes de la guerra, él y su mujer tuvieron que esconderse para evitar que los enviaran a un campo de trabajos forzados en Alemania o que los encerraran en un campo de concentración. Así que, para proteger al hijo se lo encomendaron, por una suma, a un hombre que le encontró refugio con una mujer (Marta) que muere dos meses después (al parecer de un infarto), dejando al chiquillo a la deriva tras el accidental incendio de la cabaña que él mismo provoca. Pero hay que objetar que el niño sobrevive más de cuatro años entre las aldeas, los bosques y las marismas, pues en la última aldea donde estuvo fue donde ocurrió el arribo de los calmucos, seguido del arribo de los soviéticos, quienes a la vera del río, donde estuvo un puente y una guarnición nazi, montan una posta de comunicaciones, dado que conforman un “regimiento de comunicaciones”. En el hospital de ese regimiento el niño convalece unas semanas, debido a la herida interior que le causó un calmuco con un culatazo en el pecho y lo dan de alta cuando ya “corría el otoño de 1944”. Los militares soviéticos lo protegen y son amistosos con él, sobre todo sus cercanos mentores: Gavrila, un oficial político del regimiento; y Mitka el Cuclillo, un experto francotirador e instructor de tiro que ostenta “el título de Héroe de la Unión Soviética”, y secreto y camuflado oficiante de la ley del talión. Gavrila es quien le enseña a leer el ruso, pese a su traumática mudez, cuando “ya tenía más de once años”. Al momento de despedirse, porque el regimiento se va y a él lo destinan a un orfanatorio ubicado en una “ciudad industrial, la mayor del país”, “la misma donde había vivido antes de la guerra” (quizá Lodz), le encarga ser un buen comunista y leer los libros rusos que le regala y el periódico Pravda; cosa que él hace con fidelidad, día a día —ataviado con su uniforme de soldado soviético a la medida (incluida “una pequeña pistola de madera, con el retrato de Stalin a un lado y el de Lenin al otro”)— para enterarse de las andanzas y avances del ejército de la URSS, entreviendo la promesa y la ilusión de que cuando termine la contienda, si nadie reclama su paternidad, Gavrila vaya por él al orfanatorio y se lo lleve a vivir al “paraíso humanitario” de la Unión Soviética. Según dice:

   

León Tolstói y Máximo Gorki

        “Mi primer libro lo leí con ayuda de Gravila. Se titulaba Mi infancia, y su protagonista, un niño como yo, perdía a su padre en la primera página. Leí el libro varias veces y me llenó de esperanza. Su protagonista tampoco había tenido una vida fácil. Después de la muerte de su madre quedó totalmente solo, pero, a pesar de las múltiples dificultades se convirtió, según dijo Gavrila, en un gran hombre. Se trataba de Máximo Gorki, uno de los mejores escritores soviéticos. Sus libros llenaban muchos estantes de la biblioteca del regimiento y eran conocidos en todo el mundo.”

 VI de IX

Si bien el niño tiene aspecto de gitano, al parecer no lo es, dado que no posee ni recuerda nada de la cultura y las tradiciones gitanas (ni de las judías). No obstante, los virulentos, obtusos y supersticiosos aldeanos lo tildan, fóbicos y con desprecio, de bastardo gitano o expósito gitano, y temen el supuesto poder maléfico y diabólico de sus ojos negros, y no dudarían en entregarlo a los nazis para que lo encierren o exterminen. De hecho, hay un episodio en el capítulo diez donde un par de aldeanos son comisionados, por un grupo guerrillero que expolia esa aldea robando cerdos, gallinas y otros víveres (ídem los nazis), para que lo trasladen atado en un carromato, junto a un judío ex terrateniente que estuvo oculto, y lo entreguen a un cuartel alemán. Allí el niño ve por primera vez a un rutilante y rubio oficial de las SS vestido con un uniforme negro como el hollín: “su rostro estaba iluminado por el sol, y era de una belleza prístina y cautivadora. Su tez tenía el color de la cera, y su pelo rubio era tan suave como el de un bebé. En otro tiempo, en una iglesia, había visto un rostro igualmente delicado. Estaba pintado sobre un muro, bañado en la música del órgano, y sólo lo acariciaba la luz de las vidrieras.” Al judío lo ejecutan ipso facto por gritarle “cerdo” al oficial de las SS; y el niño, por una extraña misericordia de ese oficial nazi, es expulsado del cuartel y prácticamente cae en los brazos del cura que minutos antes había defendido, al judío y al niño, de los insultos, golpes, escupitajos, basuras y piedras lanzados por la desarrapada e infame turba de nocturnas aves de rapiña. Y en el capítulo siete, el niño ha estado escondiéndose en la cabaña de un herrero para el que trabaja, cuando no hay moros con tranchetes, por la comida y el techo de paja; quizá hubo un chivatazo, pues un grupo guerrillero llega y hace un registro en la vivienda; golpean y torturan al herrero, a su esposa, a su hijo y a los dos jornaleros; y al niño, tras descubrirlo oculto en el desván, lo atan de pies y manos. Y en un carromato, por orden de esos guerrilleros, dos campesinos lo llevan hasta la posta alemana ubicada en la estación del tren. El joven oficial que lo observa, le ordena algo a un viejo soldado nazi, quien lo desata del carromato y atado se lo lleva de allí andando por las vías del tren, junto a una lata de gasolina que le entregaron. El niño, dice, “estaba seguro de que el soldado tenía la orden de pegarme un tiro, empapar mi cuerpo de gasolina y quemarlo”. Pero de eso se salva porque, a la mera hora, el viejo soldado nazi lo insta a que huya hacia el bosque y él lo hace corriendo a pata pelada (va descalzo). Y según dice:

       

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      “Mientras yacía escuchando los ruidos del bosque, oí dos detonaciones que provenían de la vía del ferrocarril. Al parecer, el soldado simulaba mi ejecución.

      “Los pájaros se despertaron y empezaron a agitarse entre el follaje. Una lagartija saltó de una raíz, junto a mí, y me miró atentamente.  Podría haberla reventado de un manotazo, pero estaba demasiado cansado.”

      Y sólo hasta el capítulo nueve, cuando ya ha corrido mucha tinta, el niño menciona que su padre era rubio y de ojos azules y su madre era morena. Es decir, es mestizo, si acaso no fue adoptado o quizá sólo es hijo biológico de ella. Y se infiere que sus padres antinazis tenían una posición acomodada, atea y culta, dada las características del apartamento familiar donde vivían antes de la guerra, y por los relatos y poemas que le leían y contaban su madre y alguna niñera. De ahí que en el capítulo ocho, pese que en esa aldea lo maltratan y menosprecian por suponerlo un bastardo gitano, su “amo” a veces lo utiliza de loro negro, o negro rapsoda, y por ello lo embriaga para que recite los poemas y cuentos que se sabe de memoria. Según narra:

      “Mi amo era muy respetado y le invitaban a menudo a las bodas y festejos locales. A veces, cuando los niños estaban de buen talante y ni su esposa ni su suegra se oponían, me llevaba también. En esas recepciones me ordenaba que hablara a los huéspedes en mi jerga urbana, y que recitara los poemas y las narraciones que mi madre y las niñeras me habían enseñado antes de la guerra. Comparado con el dialecto local, suave y arrastrado, mi lenguaje ciudadano, lleno de consonantes duras que tableteaban como fuego de ametralladoras, sonaba como una parodia. Antes de la función, mi granjero me obligaba a beber de un solo trago un vaso de vodka. Yo me tambaleaba, enredándome en los pies, y a duras penas conseguía llegar al centro de la estancia.

      “Iniciaba el espectáculo inmediatamente, esforzándome por no mirar  los ojos o los dientes de los invitados. [Creen que puede causarles algún mal y cada diente contado dizque significa un año menos de vida.] Siempre que recitaba poesías a toda velocidad, los campesinos abrían desmesuradamente los ojos, atónitos, y pensaban que yo estaba loco y que mi discurso atropellado era el síntoma de una dolencia.

   


       “Las fábulas y las historias en verso de animales les hacían prorrumpir en carcajadas. Cuando escuchaban la historia de la cabra que recorría el mundo en busca de la capital de Chivolandia, o las del gato con botas de siete leguas, del toro Ferdinando, de Blanca Nieves y los Siete Enanitos, el ratón Mickey y de Pinocho, los invitados reían, se atragantaban con la comida y espurreaban vodka.”

 

VII de IX

En el primer capítulo, cuando el niño convive con Marta —una supersticiosa, maloliente, harapienta e insalubre anciana solitaria—, es la primera en la obra que le restriega en el rostro el estigma de sus características físicas y el peligro que ello implica ante los atavismos y crueldades de los aldeanos blancos, rubios y ojiazules que infestan el entorno, por lo que debe procurar mantenerse alejado de ellos. Eso se lo vocifera cuando le niño le sugiere, que para aliviarse del dolor agudo que padece bajo las costillas (allí donde el corazón palpita eternamente enjaulado), cambie de piel, igual que lo hizo la serpiente que mantiene en una pequeña madriguera de piedra:

       “Cuando se lo sugerí se encolerizó y me maldijo por ser un asqueroso blasfemo gitano, pariente del Diablo. Dijo que la enfermedad ataca al ser humano cuando éste menos lo espera. Puede estar sentada detrás de ti en una carreta, o puede saltarte sobre los hombros cuando te inclinas para recoger bayas en el bosque, o pude reptar fuera de las aguas cuando atraviesas un río en un bote. La enfermedad se infiltra en el cuerpo subrepticia y taimadamente, a través del aire, del agua, o del contacto con un animal u otra persona, o incluso —al decir esto me miró con desconfianza— a través de un par de ojos negros engarzados junto a una nariz ganchuda. Esos ojos, conocidos por el nombre de ojos gitanos o de bruja, pueden producir la invalidez, la peste o la muerte. Por ello me prohibió que mirara directamente sus ojos y los de los animales domésticos. Me ordenó que si alguna vez miraba accidentalmente sus ojos o los de un animal, escupiera en seguida tres veces y me santiguara.”

      Marta, dice: “A menudo se enfurecía cuando la masa que sobaba para el pan se agriaba [dizque porque él la miró] y me dejaba dos días sin pan para castigarme.” También dice que “nunca bebía líquidos ni sonreía en mi presencia. Pensaba que si lo hacía, yo podría contarle los dientes, y cada diente contado restaría un año de su vida.” “Siempre dormía vestida”, dice. “Según ella, las ropas eran la mejor defensa contra la amenaza de las múltiples enfermedades que el aire fresco podía introducir en la habitación.” Y “Para proteger la salud, afirmaba, había que bañarse solamente dos veces al año, en Navidad y Pascua, y aun entonces muy superficialmente y sin desvestirse. Sólo utilizaba el agua caliente para reducir los infinitos callos, juanetes y uñeros de sus pies nudosos. Ésa era la única razón por la que los humedecía una o dos veces por semana.” Y al igual que otras mujeres que pueblan las aldeas de la zona, actúa de curandera y por ello, dizque para conjurar el dolor que periódicamente la aqueja bajo las costillas, “cogía un trozo de carne cruda, lo reducía a un picadillo fino, y lo colocaba en una vasija de barro. Luego vertía en su interior el agua extraída de un pozo poco antes del amanecer. La vasija la enterraba a mucha profundidad en un rincón de la choza. Gracias a este procedimiento, los dolores se mitigaban durante algunos días, según afirmaba, hasta que se descomponía la carne. Pero después, cuando reaparecían los dolores, repetía la trabajosa operación.”

   

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

        Pero es Olga la Sabia —una curandera comarcal que hablaba un dialecto extraño que el niño no comprende muy bien, cuya choza semeja el repleto cuchitril de una bruja salida de un cuento de hadas tradicional (o de un set de Hollywood o Disneylandia) y que lo compra a un campesino que lo fustigaba con ferocidad ante la diversión de otros—, quien le brinda mayores datos sobre el tenebroso entorno de supuestos seres invisibles, latentes y maléficos que los rodean, y sobre el supuesto poder de sus ojos negros. Según narra el niño: “Me llamaba el Negro. Ella fue la primera que me enseñó que yo estaba poseído por un espíritu maligno, y que se agazapaba dentro de mí como un topo en su madriguera profunda, y cuya presencia yo desconocía. A un moreno como yo, poseído por este espíritu maligno, se le identificaba por sus ojos negros embrujados que no parpadeaban cuando miraba otros ojos claros brillantes. Debido a ello, afirmaba Olga, yo podía mirar a los demás y hechizarlos inconscientemente.” Creencia que explica por qué los campesinos blancos, rubios y de ojos azules o grises, además de insultarlo, maldecirlo y atacarlo a voces o físicamente, escupen y se persignan al verlo. No obstante, Olga la Sabia, en misiones requeridas, utiliza el supuesto poder de sus ojos negros para “curar” algún padecimiento. Poder que parece nulo cuando una epidemia (que llaman peste) empieza a diezmar a la población de una aldea, que incluso, al parecer, contagia al niño, a quien ella supone un vampiro. Según cuenta el chaval:

      “Una noche empezó a arderme la cara y me vi sacudido por convulsiones incontrolables. Olga me miró fugazmente los ojos y apoyó su mano fría sobre mi frente. Luego, me arrastró rápida y silenciosamente hasta un campo apartado. Allí excavó un hoyo profundo, mi quitó las ropas y me ordenó que saltara dentro.

     “Una vez estuve dentro del hoyo, temblando de fiebre y de frío, Olga volvió a llenarlo de tierra y me sepultó hasta el cuello. A continuación pisoteó la tierra en derredor y la golpeó con la pala hasta dejar la superficie perfectamente lisa. Después de asegurarse de que no había hormigueros en las cercanías, encendió tres humeantes hogueras de turba.

    “Así plantado en el suelo helado, mi cuerpo se enfrió por completo en poco tiempo, como la raíz de una hierba marchita. Perdí toda conciencia. Como una col abandonada, pasé a formar parte de la tierra.”

 

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

       Ese episodio de la novela casi concluye con el ataque a picotazos de una parvada de negros cuervos que aletea y brinca en torno a su cabeza; espeluznante escena que la homónima película de Václav Marhoul, con su particular narrativa y mediática publicidad, tornó icónica.

   


      No menos sorprendente (o quizá más) resulta el procedimiento de otra curandera, ya mayor, para conjurar el bocio de un grupo de campesinos de otra aldea. Allí, durante la celebración de una boda en la que el niño hizo el citado papel de rapsoda, agazapado en un rincón cercano a la mesa de la cena para eludir la impertinencia de los briagos, ve que un par de amigos que se cuentan entre “los granjeros más prósperos de la aldea”, entran a mordisquear y compartir. Y “tal como lo estipulaba la costumbre, evitaron mirarse a los ojos y conversaron con talante serio”. Pero uno de ellos, mientras muerde un pedazo de salchicha, saca “un cuchillo de larga hoja puntiaguda” y se lo clava al otro en la espalda. El asesino “Abandonó la estancia sin mirar atrás, saboreando la salchicha con deleite.” Además de que el frío y traicionero asesino no fue desvelado (cabe suponer un complot para usar el cadáver), días después siguió entrando y saliendo y comiendo allí, tal si fuera Pedro en su bacinica. Y según cuenta el niño:

     “El cadáver del hombre asesinado no fue retirado de la casa inmediatamente después de la boda. Lo colocaron en uno de los aposentos laterales, mientras la familia del difunto se congregaba en la sala principal. Entre tanto, una de las mujeres más ancianas de la aldea desnudó el brazo izquierdo del cadáver y lo lavó con un mejunje marrón. Los hombres y las mujeres enfermos de bocio desfilaban por el aposento, de uno en uno, con las repugnantes protuberancias de carne tumefacta colgando bajo el mentón y extendiéndose sobre el cuello. La anciana los acercaba al cadáver, ejecutaba unos pases complicados sobre la zona enferma, y luego levantaba la mano sin vida para tocar siete veces la hinchazón. El paciente, pálido de miedo, debía repetir con ella: ‘Haz que la enfermedad vaya a donde irá esta mano’.

      “Después del tratamiento, los pacientes le pagaban a la familia del muerto por la cura. El cadáver permaneció en la habitación. La mano izquierda descansaba sobre el pecho, y en la diestra rígida le habían colocado un cirio sagrado. Al cabo de cuatro días, cuando en la estancia empezó a flotar un olor más intenso, llamaron a un sacerdote e iniciaron los preparativos para el entierro.”

VIII de IX

En el decurso de la novela, el niño es testigo de brutales y crueles episodios; por ejemplo: ve cómo un celoso molinero con una cuchara de hierro le saca los ojos a un muchacho que era su empleado. Ve cómo un carpintero, en el oscuro fondo de una casamata militar abandonada, es devorado por un mar negro y efervescente de ratas (caída que el niño propicia con astucia para librarse del maltrato, de los golpes y del inminente asesinato dentro de un saco). Ve el violento acto sexual entre un aldeano y una judía (huida de un tren) que iba a ser entregada a los nazis: extrañamente, el tipo no puede librarse de la vagina y mandan a llamar a una comadrona bruja para que los separe; la judía es asesinada y abandonan el cadáver en las vías del tren para que lo recoja la patrulla nazi. Ve, con horror, el ayuntamiento de una mujer desnuda que se mete debajo de un hediondo macho cabrío; orgiástico bestialismo en el que participan, desnudos, el hermano de ella y el supuesto padre de ambos. Por entonces, el jefe de esa aldea, tras ver que “no tenía llagas ni úlceras en el cuerpo” y que “sabía hacer el signo de la cruz”, le encontró acomodo (casi de esclavo) en la alejada granja de conejos del tal Makar, quien vive con sus hijos: Anton, de 20 años, y Ewka, de 19. Según narra el niño, a Makar no “le conocían muy bien en la aldea. Había llegado hacía pocos años y le trataban como a un forastero. Pero circulaban rumores de que evitaba a los demás porque pecaba tanto con el muchacho que pasaba por su hijo como con la chica que pasaba por su hija.” A lo que se añade el bestialismo que el pelirrojo Makar practica con la más grande y hermosa de sus conejas de ojos rosados; pero esto, por ingenuo, no lo infiere el niño. Según dice: a Ewka el “bocio empezaba a desfigurarle el cuello”; “Era alta, rubia y delgada, con pechos semejantes a peras aún no maduras y caderas que le permitían deslizarse fácilmente entre las estacas de una cerca.” Y antes de descubrir el secreto bestialismo con el apestoso macho cabrío y de alejarse de allí con la convicción de que se trata de un “pacto con el Diablo”, con Ewka, al margen de Anton y Makar, vive sus primeras y placenteras experiencias sexuales; e incluso fantasea enamorado: “No había nada que no estuviera dispuesto a hacer por Ewka. Olvidé mi destino de gitano mudo condenado a la hoguera. Dejé de ser un duende hostigado por los pastores, un duende que arrojaba maleficios sobre niños y animales. En sueños me convertía en un hombre alto, apuesto, de tez blanca y ojos azules, con una cabellera del color de las pálidas hojas otoñales. Me convertía en un oficial alemán de uniforme negro, ceñido. O en un cazador de pájaros, familiarizado con todos los senderos secreto de los bosques y las marismas.” Ve que un grupo de chavales patinadores lo persiguen y le dan alcance; al desvelar de cerca sus características físicas lo toman por “Un gitano”, por “Un bastardo gitano”; no obstante, intentan violarlo: “Alguien me aprisionó las piernas y los otros empezaron a arrancarme los pantalones. Sabía qué era lo que se proponían hacer. Había visto cómo una pandilla de pastores violaba a un chico de otra aldea que se había internado por azar en territorio ajeno. Comprendí que sólo un acontecimiento imprevisto podría salvarme.” Así que espera con astucia el instante del contraataque con los toscos patines que él se hizo y lleva puestos. “Puse los músculos en tensión, encogí ligeramente una pierna, le asesté una patada a uno de los muchachos que se inclinaban sobre mí. Algo crujió en su cabeza. Al principio pensé que había sido el patín, pero cuando lo despegué de su ojo estaba entero. Otro intentó asirme por las piernas, y le pequé con el patín en el cuello. Los dos gallitos cayeron sobre el hielo, sangrando profusamente. Sus compañeros se espantaron, y la mayoría de ellos empezaron a remolcar a los dos heridos hacia la aldea, dejando un reguero de sangre sobre el hielo. Cuatro de ellos se quedaron atrás.” Quienes son los que se orquestan, lo balancean y arrojan a un hueco en el hielo para que, sumergido, se ahogue o muera congelado.

     Pero el suceso más traumático para él ocurre cuando a los diez años de edad pierde la voz. Vale observar, primero, que el niño es bastante permeable e influenciable ante a lo que va viviendo y absorbiendo su idiosincrasia. (Casi lo último que aprende, previo a un sosegado pensamiento nihilista y misántropo, es el ideario ateo y comunista de la URSS de Stalin.) Por ejemplo, luego de que la vieja Marta le revela el supuesto poder aojador de sus ojos negros, él, además de que lo cree a pie juntillas de ahí en adelante, dice:

      “Con el afán de complacer a Marta y no mirarla a los ojos, caminaba por la choza con los míos cerrados, tropezando con los muebles y volcando cubos, y afuera pisoteaba los macizos de flores, llevándome todo por delante como una polilla enceguecida por un resplandor súbito. Mientras tanto, Marta recogía plumones de oca y los dispersaba sobre las brasas. El humo que desprendían lo aventaba por toda la habitación, entonando sortilegios para exorcizar el maleficio.”

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      En este sentido, y en ese idiosincrásico contexto de supersticiones medievalescas y mistificada religiosidad, en el capítulo once, cuando subsiste en la cabaña de Garbos, un granjero racista, endemoniado e irascible, que posee un enorme y agresivo perro de ojos inyectados llamado Judas, además de que lo tilda de “bastardo gitano sin bautizar” al verlo por primera vez, día a día lo tortura colgándolo y golpeándolo con un látigo, mientras el niño, por las amenazas y el terror, no se atreve a revelarle al cura el castigo y las humillaciones al que es sometido. Ese sacerdote es el que lo rescata tras el indulto del rutilante y rubio oficial de las SS. Y de ahí lo traslada en su carreta a otro caserío, dizque a protegerlo y a trabajar (de esclavo) en la aledaña granja del “amo” Garbos. Y más tarde lo inicia de monaguillo en la parroquia de la cercana aldea; donde, por su piel morena, pelo negro y ojos negros, es víctima de los atavismos y de la fanática xenofobia desde el primer día que el cura lo lleva en su carreta:

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

       “Bajo la luz creciente del alba, una multitud de ancianas esperaban frente a la iglesia. Tenían los pies y el cuerpo envueltos en tiras de tela y extraños embozos, y susurraban plegarias incesantes mientras sus dedos entumecidos por el frío hacían correr las cuentas del rosario. Al ver aproximarse al cura se pusieron torpemente en pie, balanceándose sobre sus bastones nudosos, y marcharon rápidamente a su encuentro, arrastrando los pies, y disputándose el honor de ser las primeras en besar su manga pringosa. Me mantuve a un lado tratando de pasar inadvertido. Pero las que tenían mejor vista me miraron con asco, me insultaron llamándome vampiro o expósito gitano, y escupieron tres veces en dirección a mí.”

     Durante ese duro y tormentoso período de tortura y catequización, el niño se esmera, inocente y crédulo, por ganarse, post mortem y para toda la Eternidad, los inescrutables favores de Dios. Pero todo se hace añicos cuando durante la misa de Corpus Christi, pese a que lo suponen un gitano sirviendo en el altar del Altísimo, le toca desplazar un pesado misal sobre un pesado atril. De pronto pierde el equilibrio y “El misal y su atril rebotaron por los escalones”. Según narra:

   

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

        “Unas manos toscas me levantaron del suelo y me empujaron hacia la puerta. La muchedumbre abrió paso, estupefacta. Desde el coro, una voz masculina aulló ‘¡Vampiro gitano!’, y otras repitieron el estribillo. Las manos atenazaron mi cuerpo con feroz violencia, desgarrándome la carne. Ya en el exterior quise gritar e implorar misericordia, pero de mi garganta no brotó ningún sonido. Repetí el intento. Me había quedado sin voz.”

     Según colige: “Estaban convencidos de que yo era un vampiro y de que la interrupción de la Santa Misa sólo podría traer desgracias a la aldea.” Así que con insultos y a la fuerza lo llevan a la única fosa séptica de la comarca, atestada, pestilente, mefítica y aledaña a la parroquia.

     “Nos detuvimos junto al borde del pozo. Su superficie marrón, ondulada, despedía una fetidez semejante a la que se desprende de la horrible película que se forma sobre un cuenco de sopa de alforfón caliente. Sobre aquella superficie bullía una miríada de gusanillos blancos, que tenían más o menos la longitud de una uña. Por encima revoloteaban nubes de moscas que zumbaban monótonamente, dotadas de bellos cuerpos azules y violetas que refulgían bajo el sol, entrechocándose, precipitándose fugazmente hacia el pozo, para luego volver a remontarse el aire.

     “Tuve arcadas. Los campesinos me columpiaron por las manos y los pies. Las nubes pálidas del cielo azul flotaron ante mis ojos. Caí en el centro mismo de la inmundicia marrón, que se abrió bajo de mi cuerpo para devorarme.

      “La luz del día desapareció sobre mí y empecé a ahogarme. Me debatí instintivamente en el espeso elemento, manoteando y pataleando. Toqué el fondo y reboté tan rápidamente como pude. Una tromba esponjosa me empujó hacia la superficie. Abrí la boca y aspiré una ráfaga de aire. Me sentí nuevamente succionado y volví a tomar impulso en el fondo. La boca del pozo medía poco más de un metro cuadrado. Reboté nuevamente, esta vez hacia el borde. En el último momento, cuando la onda de rechazo estaba a punto de tragarme, me aferré a un zarcillo de las fuertes y largas malezas que creían alrededor del pozo. Luché contra la succión de las fauces devoradoras y salí a duras penas, casi cegado por el légamo que me cubría los ojos.

      “Me arrastré fuera del cieno y casi inmediatamente me acometieron los calambres del vómito. Me sacudieron durante tanto tiempo que perdí todas mis fuerzas y me desplomé completamente exhausto sobre los matorrales cáusticos y quemantes de cardo, helechos y ortigas.

“Oí la música lejana del órgano y los cánticos humanos, y consideré que era probable que después de la misa los feligreses, al salir de la iglesia volvieran a ahogarme en el pozo si me veían vivo entre los arbustos. Debía huir y en consecuencia corrí hacia el bosque. El sol endureció la costra marrón que me cubría, y me acosaban nubes de moscardones y otros insectos.

     “Apenas me encontré a la sombra de los árboles comencé a rodar sobre el musgo fresco y húmedo, friccionándome con hojas frías. Raspé con trozos de corteza los restos de inmundicia. Me froté el pelo con arena y después me revolqué en la hierba y volvía a vomitar.

      “De pronto comprendí que algo le había sucedido a mi voz. Traté de gritar, pero la lengua aleteó infructuosamente en mi boca abierta. No tenía voz. Estaba despavorido y, cubierto de sudor frío, me negué a creer que esto fuera posible e intenté convencerme de que recuperaría el habla. Esperé un momento y repetí el ensayo. No sucedió nada. Sólo el zumbido de las moscas que me rondaban rompía el silencio del bosque.”

IX de IX

Sin aludir numerosos matices e intríngulis de la obra y otras anécdotas y episodios del chiquillo (como lo relativo a las linternas que llaman “cometas” y al catálogo de niñas y niños recluidos en el orfanatorio, con daños físicos y mutilaciones y trastornos psíquicos postraumáticos, entre quienes descuella su compinche delincuencial el Silencioso),  vale resumir, para concluir la nota, que al final del capítulo veinte y de la novela, el chaval, que aún tiene doce años (quizá cercano a los trece) y ya está con sus padres y un hermano menor adoptado, de pronto, al intentar responder una llamada telefónica, recupera la voz y es algo que le place y disfruta oyéndose a sí mismo. Según dice:

     “Abrí la boca e hice un esfuerzo. Los sonidos treparon dificultosamente por mi garganta. Tenso y concentrado empecé a ordenarlos en sílabas y palabras. Oí claramente que brotaban de mí unos y otros, como gigantes de una vaina reventada. Dejé el auricular a un lado, casi sin poder convencerme de que eso era cierto. Empecé a recitar palabras y oraciones, fragmentos de las canciones de Mitka. La voz perdida en la iglesia de una aldea remota había vuelto a encontrarme y llenaba la estancia. Hablé en voz alta e incesantemente como los campesinos, y después como la gente de la ciudad, fascinado por los sonidos que estaban grávidos de significado como la nieve húmeda lo está de agua, convenciéndome una y otra vez de que ya era dueño del habla y de que ésta no pretendía escapar por la puerta del balcón.”

      No obstante, a esto se aúna la previa certidumbre de la soledad del individuo y de la orfandad cosmogónica del ser humano, articulada cuando todavía es un doceañero mudo y por acuerdo de sus padres que buscan que crezca y dejé atrás su delgadez extrema, lo entrena un maestro con quien con vive en una cabaña entre las altas montañas:

      “Todas las mañanas nos levantábamos muy temprano. El profesor se arrodillaba para rezar mientras yo le miraba con indulgencia. Tenía ante mí a un hombre maduro, educado en la ciudad, que se comportaba como un palurdo y no se resignaba a aceptar que estaba solo en el mundo y que no podía esperar la ayuda de nadie. Todos estábamos solos, y cuanto antes se diera cuenta de que todos los Gavrilas, Mitkas y Silenciosos eran prescindibles, tanto mejor sería para él. Poco importaba la mudez: de todas maneras los seres humanos no se entendían. Chocaban con sus prójimos o los seducían, se abrazaban o se pisoteaban los unos a los otros, pero cada uno sólo se conocía a sí mismo. Sus emociones, recuerdos y sentidos los separaban de los demás tan nítidamente como el espeso juncal separa la corriente del río de la ribera cenagosa. Nos mirábamos como los picos montañosos que nos circundaban, separados por valles, demasiado altos para pasar inadvertidos, demasiado bajos para tocar el cielo.”

        Pero, páginas antes, cuando en el capítulo diecinueve tiene doce años y sus progenitores lo localizan en el orfanatorio (se infiere que estuvieron ocultos en la URSS, porque el niño oye que su padre habla el ruso con fluidez) y se niega, pese a su mudez, a aprender a leer y escribir el idioma de su país (se deduce que el polaco) y a quitarse, o a que le quiten a la fuerza, el uniforme de soldado soviético, dice:

      

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

     “Sabía que el reencuentro con mis padres implicaba el fin de todos mi sueños de convertirme en un gran inventor de espoletas para cambiar el color de la gente, de trabajar en el país de Gavrila y Mitka, donde el hoy ya era mañana.”

       Es decir, además de idealizar, entonces, el imperio totalitario de la Unión Soviética de Stalin y la supuesta hermandad de los camaradas comunistas (casi semejante al culmen de los alados y mofletudos coros proletarios de un Himno a la alegría idéntico al de Miguel Ríos), en su inocencia aún alberga la quimera de convertirse en el gran inventor de espoletas para cambiar el color de su piel, de su pelo y de sus ojos, que acuñó, casi al final del capítulo ocho, previo a la agresión que un domingo le propinan un grupo de niños rubios, blancos y ojizarcos, más altos que él, que volvían de la iglesia andando en suecos de madera y de la que se defiende, descalzo, con violencia y sagacidad; y que es el preludio de un linchamiento multitudinario (con guadañas, rastrillos, palos y palas) que se avecina en pos de él, del que se escabulle y salva metiéndose en el bosque y alejándose a la carrera de esa infausta aldea, porque, oculto en el granero y con astucia, hace estallar tres minas antipersona con una espoleta de acción retardada. Por entonces narra:

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      “Me adormecí pensando en los inventos que me habría gustado realizar. Por ejemplo, una espoleta para el cuerpo humano que, una vez encendida, trocara la piel vieja por otra nueva y alterara el color de los ojos y el cabello. Una espoleta que, insertada entre materiales de construcción, pudiera edificar en un día una casa más bella que cualquiera de las de la aldea. Una espoleta que sirviera para proteger a todo el mundo del mal de ojo. De esa forma, nadie me temería y mi existencia sería más fácil y agradable.”

 


Jerzy Kosinski, El pájaro pintado. Prólogo del autor. Traducción del inglés al español de Eduardo Goligorsky. Editorial Pomaire. Badalona, octubre 26 de 1977. 332 pp.

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Trailer de El pájaro pintado (2019), película dirigida por Václav Marhoul, basada en la novela homónima de Jerzy Kosinski.

domingo, 22 de febrero de 2026

Nueve noches con Violeta del Río

Fantasmas en la noche de trasluz

 

I de IX

En enero de 2022, con un tiraje de veinte mil ejemplares, el FCE publicó, en la Ciudad de México y en la colección Vientos del Pueblo, el librito de 32 páginas Nueve noches con Violeta del Río, cuento del escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), ilustrado (en el interior) con dibujos en blanco y negro de Edu Molina que parecen recuadros de historieta o de novela gráfica. Datado al calce en “2001”, el relato es uno de los trece cuentos del narrador reunidos en Aquello estaba deseando ocurrir, libro editado por Tusquets en España y en México, en febrero y mayo de 2015, con el número 849 de la Colección Andanzas. El hecho de que la Violeta del Río del cuento sea una cantante de boleros, homónima de la cantante de boleros de la que se tiene noticia (y diversos visos y testimonios) en La neblina del ayer (Tusquets, 2005) —novela negra de la saga protagonizada por el investigador criminal Mario Conde— incita a la ineludible comparación o a reseñar algunos rasgos en que coinciden y no coinciden.

           

Leonardo Padura

          Las novelas policiales en las que se mueve Mario Conde están pobladas de monólogos, de un coro de voces, de distintas hablas y tesituras teñidas de modismos y cubanismos; es decir, de relatos en primera persona en los que algunos de los personajes rememoran o bosquejan aspectos de su autobiografía (o pormenores de su vida) y su versión de los hechos en torno a un crimen, sucedido o persona. Tal cualidad polifónica y poliangular implica y coloca en relieve la virtud de Leonardo Padura para el relato en primera persona; un botón de muestra (in extenso) son las memorias del poeta decimonónico José María Heredia que se leen, en capítulos entreverados, a lo largo de La novela de mi vida (Tusquets, 2002). Vine a colación esto porque en La neblina del ayer abundan los relatos en primera persona y porque el cuento Nueve noches con Violeta del Río es una narración en primera persona. La voz cantante del relato (que no canta boleros de viva voz, pero sí en su intrínseca memoria y por ende en el evocativo texto del cuento) es la voz de un anónimo ex universitario cubano, de 48 años, quien en mayo de 1998 recién hizo su primer viaje a los Estados Unidos, “invitado a participar en un encuentro académico”. Y “antes de regresar a La Habana” (y oír la grabada voz de Bola de Nieve cantando un bolero junto a la foto de Violeta del Río conservada por él durante treinta años), dice: “logré pasar varios días en Miami, donde ahora viven muchos de mis viejos amigos, mi única hermana, casi todos mis primos y los que todavía respiran de mis tíos”. Y para despedirlo, su hermana y su cuñado lo llevaron a cenar a La Carreta, un restaurante de comida cubana; y luego a La Cueva, un club en Miami Beach, “uno de los muchos locales de moda en Ocean Drive” que, “según decían, “solía ser tranquilo y tenía muy buen ambiente, pues sólo se escuchaban boleros”. El trío familiar arriba a La Cueva a las once de la noche del 16 de mayo; y allí, como si penetrara y se sumergiera en la penumbra de un subterráneo, onírico, odorífico, vaporoso
e íntimo déjà vu, percibe y observa la silueta y la sugestiva voz del revulsivo fantasma llamado Violeta del Río, cantando para él (así lo interpreta), que fuma y paladea un ron collins como en los iniciáticos tiempos de antaño, los versos de La vida es un sueño; cantante a la que le perdió la pista hace tres décadas, precisamente en octubre de 1968, cuando él aún no cumplía los 19 años de edad.

          

Colección Vientos del Pueblo, Fondo de Cultura Económica
Ciudad de México, enero de 2022

          Si en ese breve y anecdótico pasaje, aparentemente aséptico, que es el culmen final del cuento, Leonardo Padura alude el recurrente tema (en su narrativa) del exilio cubano en Estados Unidos y al unísono el implícito e inextricable trasfondo que subyace en el leitmotiv que lo incita y catapulta; o sea: el drama social, político y económico que agobia a la isla caribeña (con miseria, rezago, falta de libertades, injusticia y abuso del poder autoritario) desde que empezó a empantanarse la Revolución Cubana (más aún durante el Período Especial de los 90), esto también permea la urdimbre sociológica del relato.

            El anónimo protagonista inicia su evocativa memoria narrando su arribo a La Habana, en 1967, para inscribirse en la universidad y hospedarse en la residencia de becarios; entonces era un mal vestido jovenzuelo, “provinciano, católico y revolucionario”. Según dice: “comencé a gastar mis solitarias noches de sábado en deslumbrados recorridos ascendentes y descendentes por aquel esplendoroso tramo de calle, empinado entre el mar eterno y la recién abierta heladería Coppelia. Subía y bajaba la Rampa en un éxtasis permanente, empeñado en llenar mis pulmones y mis ojos con aquel mundo magnético de neones coloridos y autos americanos todavía potentes, de las primeras minifaldas y los primeros hippies tropicales y subdesarrollados que brotaban en la isla, y de los últimos vestigios del glamur brillante de los cincuenta, ya en franca retirada ante el avance de la indetenible propaganda socialista, con sus exaltadas consignas cargadas de rojos y persistentes llamados al combate y a la victoria.”  

           

Ilustración de Edu Molina

        En esas vagancias, una noche de 1967 durante uno de sus recorridos por la Rampa, el joven se encuentra con el retrato de Violeta del Río, el cual lo seduce y hechiza ipso facto (siente que la foto lo mira a él y sólo a él): “Quiero recordar que fue precisamente durante uno de mis primeros paseos por la Rampa, alucinado por tantos encantos y promesas de una vida que no conocía, cuando vi, junto a la escalera que bajaba hacia las penumbras del club La Gruta, el cartel protegido por un cristal desde el que de forma aviesa me miró Violeta del Río, ‘La Dama Triste del Bolero’. Una invasiva atracción, que nacía en mi estómago y se expandía indetenible para palpitar en cada rincón de mi cuerpo, me obligó a detenerme y contemplar aquel rostro de un suave matiz moreno de una mujer de unos treinta años, en el que se confundían los rasgos de mil mezclas raciales para propiciar el milagro de unos ojos levemente rasgados y cargados de despecho asiático, una boca de labios carnosos y enrojecidos de los que pendía displicente un cigarro humeante, y un pelo tal vez demasiado amarillo, que caía en ondas furiosas hacia los hombros tersos y promisorios. El cartel advertía que Violeta del Río cantaba en La Gruta todas las noches, de martes a domingo, siempre a las once, pero mientras contemplaba el rostro singular y lascivo, ni siquiera se me ocurrió considerar la posibilidad de entrar en aquel sitio quizás demasiado pecaminoso, demasiado sofisticado y alejado de todas las expectativas del joven cándido —revolucionario, católico y pobre, ya lo he dicho— que era entonces.”

           

Ilustración de Edu Molina

            A partir de esa magnética conmoción visual e interna, el joven vuelve una y otra vez a la entrada de la subterránea Gruta para contemplar la foto de Violeta del Río. Y en el cuarto de la residencia de becarios, a través de la radio, empieza a familiarizarse con la fatalidad, la estética, la endeble versificación, el sentimentalismo y la melcocha del bolero. Y haciendo acopio de las aportaciones monetarias de su parentela, se alista para ir a La Gruta el día de su dieciocho aniversario. Esto ocurre “el 13 de diciembre de 1967”; y para poder entrar y demostrar su mayoría de edad, tuvo que mostrarle al portero su carnet de estudiante universitario. Allí se inició con el ron collins (porque le sonaba bien) y en el hábito del tabaco oscuro; pero sobre todo, y ante todo, con la figura y la voz de Violeta del Río y su ritual y rutinaria actuación, tanto en el pequeño escenario acompañada por un pianista, como solitaria en la barra (fumando y bebiendo un único y moroso trago de carta blanca) y a la hora de irse, sola, a las dos de la madrugada. Esa noche escuchó nueve boleros cantados por ella. Y a la noche siguiente regresó a la calle del crimen. Y volvió, casi un ser invisible y distante en una dimensión aislada y paralela, cada vez que reunía el dinero para el consumo. Y para eludir que ese delirio lo consumiera a él y llevara al fracaso el inicio de sus estudios universitarios, se impuso dejar de ir a La Gruta.

            Pero tras dos meses de vacaciones de verano en su pueblo (o ciudad), de regreso a La Habana en septiembre de 1968 para el inicio del “segundo curso en la universidad”, sus condiscípulos de la residencia estudiantil y habituales en la heladería Coppelia (donde cotorreaban, fumaban y de contrabando bebían ron camuflado) acordaron ir en grupo a La Gruta para ver y oír a Violeta del Río. Esa noche, sin preverlo, empezó el indeleble clímax lúbrico para él, pues de entrada la bolerista cantó Vete de mí y al término, según evoca:

      “Algo inconcebible y maravilloso ocurrió en ese momento: Violeta del Río, que había cantado todo el bolero con su fuerza y despecho de siempre, sin dignarse siquiera a mover el pelo que le cubría la cara, acomodó tras la oreja aquella cortina furibunda, y entonces yo pude ver que sus ojos me miraban y que en sus labios se iniciaba el leve movimiento de una sonrisa. ¿Me miraba a mí? ¿Me sonreía a mí, ella, Violeta del Río?”

       

Ilustración de Edu Molina

         El caso es que el joven aguantó el nerviosismo y el desasosiego hasta que ella cantó el último bolero de la jornada: La vida es un sueño; salió del club y se ocultó “tras un sólido Chevrolet Bel Air de 1957”. Y una vez que sus compañeros salieron y se fueron, dejó el escondite:

  “Entonces crucé la calle, empujé la puerta de La Gruta, ya sin portero a esa hora final de la noche, y vi cómo La Dama Triste del Bolero levantaba su vaso y bebía un sorbo de su carta blanca.

  “Con una decisión que desconocía y unas ansias que me superaban, me acerqué a la barra y, casi rozando el brazo de Violeta, pedí una carta blanca a la roca, encendí mi cigarrillo y volteé la cara para observar la de aquella mujer capaz de seducirme con su voz y sus boleros.

“—Al fin apareciste... —me dijo ella, con el mismo tono susurrante y grave con que cantaba, y recolocó el pelo que insistía en caer sobre su cara—. Pensé que te habías ido... Todos los días se va tanta gente.”

   

Ilustración de Edu Molina

               El caso es que Violeta del Río, con su actitud desdeñosa y esquiva, muy reservada y enigmática en lo que concierne a sus actos y a su vida personal e íntima, es quien toma la batuta de lo que dice y no se dice en los breves diálogos y más aún: en las decisiones y en los lujuriosos movimientos en la cama. Y por ello, por el puro goce sexual y porque ella quiere, en el cuchitril de una mísera posada le regala su desnudez y nueve candentes e inefables noches de plenitud lasciva, las cuales se sucedieron en ese septiembre de 1968. La décima noche tendría que haber ocurrido el jueves 2 de octubre (miércoles en la vida real, que no se olvida en las históricas efemérides porque en la Ciudad de México ocurrió la trágica y sangrienta masacre no sólo de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco; matanza que disgregó y quebrantó el movimiento estudiantil de 1968 con los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina). Pero el joven se encontró con las luces de neón apagadas, las puertas cerradas y “el cartel grosero que advertía: CLAUSURADO INDEFINIDAMENTE”. Y algo violento tuvo que haber ocurrido con antelación, pues según dice:

     “[...] descubrí en el suelo, en un rincón del pequeño vestíbulo del club, el mural encristalado en el que había visto por primera vez a Violeta del Río. Lentamente bajé los escalones y volteé la pancarta, y encontré que el cristal se había deshecho, pero que, pegada al cartón, allí seguía la imagen de ‘La Dama Triste del Bolero’ y el anuncio de unas actuaciones que ya nunca se repetirían. Con todo el cuidado que era capaz de pedirle a mis manos temblorosas, desprendí la foto y hui de La Gruta como si hubiera robado un banco.

 

Ilustración de Edu Molina

         “Con aquel tesoro en mi bolsillo, recorrí los otros clubes cercanos y descubrí que todos habían sido clausurados, también indefinidamente. En mi desesperación le pregunté a varias personas si sabían qué ocurría y a retazos pude armar la respuesta: como todo el país debía ponerse en función de la Gran Zafra Azucarera, los clubes y cabarets de La Habana habían sido decretados antros de decadencia burguesa y nocturnidad perniciosa, pues podían entorpecer la entrega de los hombres al magno evento económico, y de momento se había decidido cerrarlos, hasta que se les encontrara un mejor destino: tal vez comedores obreros, o salas de reuniones, quizás democráticos restaurantes para trabajadores destacados en la emulación laboral y en las faenas agrícolas...”

      Toda esa traumática, coercitiva y ortodoxa transformación social y política porque, según rememora: “Por aquellos días había sido decretada una asoladora Ofensiva Revolucionaria, empeñada en poner en manos del Estado toda la economía y la ideología de la isla, mientras se había comenzado a preparar una gigantesca zafra azucarera, que en 1970 produciría diez millones de toneladas de azúcar con los cuales, de una sola vez, el país podría salir del subdesarrollo.”

      Ese anónimo joven de casi 19 años, que no es detective ni aspira a serlo, para localizar a Violenta del Río (que supone su nom de guerre  y no el real), a partir de esa noche, con la foto de ella, emprende una ansiosa y agitada búsqueda que se convierte en “Dieciocho días de investigación”, los cuales concluyen cuando se entera, por un guagüero de la ruta 68, que “todos los artistas de clubes y cabarets habían sido enviados a sembrar café en el llamado Cordón de La Habana”, allá por el “cercano pueblito de El Calvario”. Según dice:

     “Sin esperar alguno de los transportes que unían Mantilla con aquel lugar llamado precisamente El Calvario, salí en busca de Violeta del Río. Aquella zona de La Habana, que visitaba por primera vez, me pareció entonces brillante y hermosa, pues en medio de mi desesperación había encontrado un camino hacia la mujer que tanto necesitaba, por la que me sentía seducido y, ahora, abandonado. Antes de llegar a El Calvario pregunté a unos muchachos y me indicaron un descampado al final del cual estaban trabajando ‘los artistas’, como los llamaban en la zona. Atravesé aquel llano agreste, en el que ahora brotaban unas pequeñas matas de café y, debajo de un árbol, disfrutando de la brisa, descubrí a aquel viejo cantante, bien conocido en el país por sus frecuentes apariciones en la televisión, donde solían calificarlo como ‘La Voz de Oro del Bolero’. No tengo que decir cómo palpitó mi corazón y, luego de darle las buenas tardes, le pregunté al cantante si la había visto.

     “—Sí, vino dos días la semana pasada —me dijo—. Pero si quieres verla, vas a tener que ir hasta Miami... Me dijeron que el lunes se fue en una lancha.”

 II de IX

En La neblina del ayer, el ex periodista Silvano Quintero, ya viejo, pobrísimo y tullido de la mano derecha, pero otrora reportero del espectáculo para el periódico El Mundo, al hablar de ese obscuro objeto del deseo y de los turgentes y voluptuosos volúmenes de las boleristas de los años 50, le dice al ex policía Mario Conde en septiembre de 2003: “¿Se ha fijado cómo las mujeres de ahora no tienen ni tetas, y hasta se ponen contentas de pasar hambre porque así no les engorda el culo?” Viene a colación esto porque el cuerpo menudo y compacto de la Violeta del Río del cuento al parecer cabría en esa óptica hilarante e ineludiblemente machista, según se colige a través del trazo que de ella hace el anónimo ex universitario que vivió nueve candentes e inolvidables noches con la cantante, precisamente cuando él tenía 18 años y ella unos 30. En la sesión donde la oye y la observa por primera vez en el escenario de La Gruta dice que le resultó “más pequeña de lo que había imaginado, menos rotunda de formas de lo que había soñado”. Lo cual reitera al vivir con ella las dos horas de su primer festín de sexo: “Ya he dicho que su cuerpo no era especialmente voluptuoso: más bien era delgada, tenía senos pequeños y sus nalgas apretadas y duras estaban lejos de los volúmenes habituales en las cubanas.”

          

Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores
Ciudad de México, julio de 2005

          En La neblina del ayer, el ex policía Mario Conde, de 48 años, quien desde el otoño del 89 se dedica a la compraventa de libros de segunda mano, antiguos y raros, al hojear, en septiembre de 2003, un recetario de comida cubana del año 56 se encuentra, entre sus 800 páginas, una hoja doblada de la revista Vanidades, impresa en mayo de 1960, donde se da noticia del “adiós de Violeta del Río”. O sea: allí se reporta que “la excitante bolerista”, “la Dama de la Noche”, anunció, al final de su “presentación memorable” en el “segundo show del cabaret Parisién”, que esa era “su última actuación”, pese que se halla “En el momento cumbre de su carrera” y a que “Recientemente grabó el single promocional Vete de mí, como adelanto de su long play Havana Fever”.

     Pero de entrada, lo que magnetiza y atrapa la atención del Conde (ídem al anónimo universitario) es la imagen fotografía de esa mujer de papel de ojos negros, “exultante y provocativa, entre los veinte y los veinticinco años, que desde su estatismo y a través del tiempo era capaz de transmitirle un vívido calor”:

            “A toda plana habían impreso una foto calada de Violeta del Río, enfundada en un vestido de lamé —eso pensó el Conde, aunque nunca en su vida había tocado un vestido de lamé—, ajustado a la estructura de la mujer como una piel de serpiente. La tela, dotada de la capacidad de insinuar la potencia de unos senos embravecidos, dejaba ver unas piernas sólidas, que recortaban la evidencia de las caderas macizas, abiertas desde una cintura estrecha y tentadora. El pelo negro, levemente ondeado, en el más estricto estilo de los años cincuenta, le caía hasta los hombros, enmarcando una cara de cutis terso donde sobresalía la boca, gruesa, provocadora, y aquellos ojos que desde el viejo papel transmitían un vigoroso magnetismo.”

            Tal es el embeleso y la seducción ante esa imagen de Violeta del Río que el Conde, incitado por sus premoniciones e intrigas, decide investigar para saber dónde está o que pasó con esa cantante de boleros retirada en 1960 y de la que nadie o casi nadie se acuerda. A Pancho Carmona, marchante y librero a quien Yoyi el Palomo y el Conde le venden raros y costosos ejemplares hallados por él, le dice: “Pancho, ando averiguando por un single que se llama Vete de mí. Creo que es un 78...” Y Pancho, tras mover unos segundos “el mouse de su computadora mental”, le responde: “Es un 45, de una tal Violeta del Río. Lo grabó la casa Gema, creo que en 1958 o a principios de 1959. Tenía por una cara Vete de mí, de los hermanos Expósito, y por la otra Me recordarás, de Frank Domínguez. Una vez tuve uno y trabajo me costó venderlo.”

            Vale apuntar, entre paréntesis, que esa es la razón o más bien: la obediencia nocturna (y por todo lo que se narra entorno a la noctámbula bolerista y no sólo porque es el único disco que grabó) que explica que la novela se titule La neblina del ayer, pues es un verso del bolero Vete de mí (por lo que se lee en la obra y dice el ex periodista Silvano Quintero: “ése era su himno de combate, y lo cantaba siempre como si le fuera la vida en la canción”), y que las dos partes que la componen estén rotuladas como si se tratara del par de lados de un anacrónico vinilo de 45 revoluciones por minuto: “Cara A: Vete de mí” y “Cara B: Me recordarás”. A lo que se añade el hecho sustancial de que en la novela se leen estrofas de ambos boleros (que el Conde oye en un ejemplar de ese raro y legendario disco). Y en esto coincide con el cuento Nueve noches con Violeta del Río, que además incluye una nota que lo patentiza: “Los boleros reproducidos total o parcialmente en el relato son: Me recordarás, de Frank Domínguez; Vete de mí, de Virgilio y Homero Expósito; y La vida es un sueño, de Arsenio Rodríguez.” (En la edición de Tusquets se lee al inicio y en la edición del Fondo al término.)

           

Colección Andanzas núm. 849, Tusquets Editores
Ciudad de México, mayo de 2015

        Pero el caso es que Pancho Carmona, si bien recuerda los datos del disco, ignora de qué lado masca la iguana, es decir: todo de Violeta del Río; no obstante, evoca que el disco lo tuvo “hace como quince años” y que se lo vendió a Rafael Giró, el “cegato ese que escribe de música”. Ese musicólogo, de gruesas gafas y minúsculos ojos hundidos, tiene en su casa una colección de 12 mil 622 discos de 78 y 45, pero no los puede oír porque, les dice al Yoyi y al Conde: “mi tocadiscos está roto. Y en este cabrón país no hay agujas de tocadiscos. Estoy esperando que un amigo me traiga una de España”. Y como resulta que Rafael Giró aún tiene el disco de Violeta del Río, el Conde le propone un trueque: que le dé el disco a cambio de uno de los 218 libros que él y su socio llevan en siete cajas en la cajuela del inmaculado Chevrolet Bel Air 1956 del Yoyi. Y entre las maravillas que hojea oliéndolos y palpándolos con exclamaciones de asombro, Giró opta por la edición príncipe, de 1935, de la Historia universal de la infamia. Y si bien Giró no se preocupó “por saber dónde se había metido” “La Dama de la Noche”, pese a que oyó rumores de “Que se le acabó la voz” (“Ella tenía una voz chiquita, no era un chorro como Celia Cruz o como Omara Portuondo”, dice), sí ha oído o sabe (quizá sin corroborar) que sólo grabó ese disco, que “trabajaba en clubs y cabarets”, cuando en La Habana “habían más de sesenta clubes y cabarets con dos y hasta tres espectáculos por noche. Sin contar los restaurantes y los bares donde había tríos, pianistas y hasta conjunticos...” Y más aún, les bosqueja, magnifica y comprime (semejante a un paneo cinematográfico) la legendaria época habanera —en cuyo bosquejo subyace la cronista mano que en esos menesteres mueve la pluma (algo como la sangre late y circula en ella), la misma que tecleó las crónicas y entrevistas que se leen en Los rostros de la salsa (Tusquets, 2019):

          

Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores
Ciudad de México, marzo de 2020

         “—¿Se imaginan cuántos artistas tenía que haber para mantener ese ritmo? La Habana era una locura: yo creo que era la ciudad con más vida de todo el mundo. ¡Qué carajo París ni Nueva York! Demasiado frío... ¡Vida nocturna la de aquí! Verdad que había putas, había drogas y mafia, pero la gente se divertía y la noche empezaba a las seis de la tarde y no se acaba nunca. ¿Te imaginas que en una misma noche podías tomarte una cerveza a las ocho oyendo a las Anacaonas en los Aires Libres del Prado, comer a las nueve con la música y las canciones de Bola de Nieve, luego sentarte en el Saint John a oír a Elena Burke, después irte a un cabaret a bailar con Benny Moré, con la Aragón, con la Casino de Playa, con la Sonora Matancera, descansar un rato vacilando los boleros de Olga Guillot, Vicentico Valdés, Ñico Membiela... o irte a oír a los muchachos del feeling, al ronco José Antonio Méndez, a César Portillo y, para cerrar la noche, a las dos de la mañana, escaparte a la playa de Marianao a ver el espectáculo del Chori tocando sus timbales, y tú ahí, como si nada, sentado entre Marlon Brando y Cab Calloway, al lado de Errol Flynn y de Josephine Baker. Y después, si todavía te quedaba aire, bajar a La Gruta, ahí en La Rampa, para amanecer metido en una descarga de jazz de Cachao con Tata Güines, Barreto, Bebo Valdés, el Negro Vivar, Frank Emilio y todos esos locos que son los mejores músicos que ha dado Cuba? Eran miles, la música estaba en la atmósfera, se podía cortar con un cuchillo, había que apartarla para poder pasar... Y Violeta del Río era una de ellos...”

          

Paraba el tráfico
Calle Balderas con Ayuntamiento (c. 1957)
Ciudad de México
Foto: Nacho López

        Y como el Conde le pregunta si “¿Era una del montón?”, el cegato Giró le dice: “Ella no era Elena Burke ni Olguita Guillot, pero tenía su voz. Y su estilo. Y su cuerpo. Yo nunca la vi, pero Rogelito, el timbalero, me dijo un día que era una de las hembras más tremendas de La Habana. Paraba el tráfico.”

 III de IX

Así que Rogelito el timbalero, un vivaz, memorioso y parlanchín viejecillo nonagenario, retirado “hace como quince años”, quien subsiste en el oscuro cuchitril de un estrecho, mugroso y mísero vecindario, donde es auxiliado por una guajirita bisnieta —pese a la bonanza que tuvo y a las etapas de oro que vivió a partir de 1921—, le bosqueja al Conde (y al desocupado lector, lectora o lectore) el devenir que conoció “En más de sesenta años tocando en cuanta orquesta aparecía”, y una semblanza del encanto y la seducción de Violeta del Río:

         

Bailarines del Rumba Palace
La Habana, 1950
Foto: Constantino Arias 

         “[...] Desde los años veinte La Habana era la ciudad de la música, de la gozadera a cualquier hora, del trago en todas las esquinas, y eso le daba vida a mucha gente, no sólo ya a maestros como yo, que donde usted me ve pasé siete años en el conservatorio y toqué también en la Filarmónica de La Habana [¡ah chiguaguá!], sino a cualquiera que quisiera buscarse la vida con la música y tuviera agallas para insistir... Después, los treinta y los cuarenta fueron el tiempo de los salones de baile, los clubes sociales y los primeros cabarets grandes con casino de juego, Tropicana, el Sans Souci, el Montmartre, el Nacional, el Parisién, y de los cabarecitos de la playa, donde mi socio el Chori era el rey. Pero en los cincuenta aquello se multiplicó por diez, porque se abrieron más hoteles, todos con cabarets, y empezaron a ponerse de moda los night-clubes, había no sé cuántos en El Vedado, en Miramar, en Marianao, y ahí no cabían orquestas grandes, sino un piano o una guitarra, y una voz. Fue la época de la gente del feeling, y de las boleristas sentimentales, como yo les decía. Eran unas mujeres especiales, cantaban con deseos de cantar y dejaban la piel en el escenario, vivían las letras de las canciones y lo que hacían era pura emoción, pura emoción. Una de ellas fue Violeta del Río...

          

Pas de Quatre
La Habana, 1950
Foto: Constantino Arias

         “Me acuerdo haber visto a la Violeta, no sé, tres o cuatro veces, claro, yo no tenía tiempo de ir a ver a otros músicos. Una vez estaba en el cabaret Las Vegas, y otra, de la que mejor me acuerdo, en La Zorra y el Cuervo, donde había una pista así, chiquita, y ese día ella no estaba actuando, quiero decir, ella no actuaba allí, sino que estaba cantando porque tenía muchas ganas de cantar y Frank Emilio estaba en el piano porque tenía muchas ganas de tocar y como los dos tenían tantas ganas, lo que hicieron esa noche fue como para que a uno no se le olvidara nunca, así viva mil años. ¿Ya te dije que Violeta era una hembra de campeonato? Bueno, tenía dieciocho o diecinueve años y a esa edad está buena hasta la Madre Teresa de Calcuta. Era una trigueña así, quemadita, pero no mulata, de pelo negro-negro, ondeado, y una boca grande, linda, gorda, con los dientes parejitos, aunque un poquito botados, con mucha gracia. Pero lo mejor eran los ojos: un par de ojos negros que te enfriaban la vida cuanto te enfocaban, registrándote por dentro y por fuera, como un aparato de rayos X. Era una de esas mujeres que te ponen dulzón nada más que de mirarlas... Ella, me dijeron, a cada rato hacía eso de ponerse a cantar por cantar, disfrutaba cantando, siempre boleros, bien suaves, y los cantaba con un aire de desprecio, así medio agresiva, como si te estuviera contando cosas de su propia vida. Tenía un timbre un poco ronco, de mujer mayor que ha bebido muchos tragos en la vida, y nunca subía demasiado, casi decía los boleros, más que cantarlos, y cuando se soltaba a cantar la gente se quedaba callada, se olvidaba de los tragos, porque era como una bruja que hipnotizaba a todo el mundo, a los hombres y a las mujeres, a los chulos y a las putas, a los borrachos y a los marihuaneros, porque hacía de aquellos boleros un drama y no una canción cualquiera, ya te dije, como si fueran cosas de su propia vida y las contara allí, delante de todo el mundo.

       

Josephine Baker
La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

         “Aquella noche yo me quedé pasmado, me olvidé hasta de Vivi Verdura, una putona grande, como de seis pies, que se me había encarnado y estaba tumbándome los tragos. Y a la hora y pico, dos horas, qué sé yo, todo el tiempo que Violeta estuvo cantando, fue como andar lejos del mundo, o muy cerca, tan cerca como estar metido dentro de aquella mujer, sin querer salir nunca de allí... ¡Del carajo!... Ese día un fotógrafo que siempre andaba por los clubes y cabarets, porque se dedicaba a tirar fotos de los artistas para los periódicos y las revistas, me dijo: Rogelito, el milagro de Violeta no es que cante mejor, sino que sabe seducir. ¡Santa palabra!: ésa era la verdad. Tanta verdad que, oyendo un día una cosa por aquí y otra por allá, me enteré de que un tipo muy rico, de los ricos de verdad que no iban a los clubes, se había enamorado de ella, quería casarse y todo, aunque le llevaba como treinta años. Parece incluso que el señorón aquel fue quien pagó la grabación de un disco para lanzarla después al mercado grande y poder meterla en la televisión y hacerle luego long play con diez o doce canciones...”

 IV de IX

Pero entre el acopio de coloquiales testimonios que compila el Conde entorno a Violeta del Río, descuella el que en dos sesiones le aporta la anciana Flor de Loto, octogenaria resto de un naufragio, quien subsiste, tullida de un brazo y pobrísima, en el cuartucho de un miserable solar de lavanderas, el cual comparte con una sobrina gordísima que vende en la calle turrones de maní. Flor de Loto también bosqueja pormenores de su autobiografía, precisamente desde que a los 13 años, con un turgente y tentador cuerpo de pecado, empezó a venderse en el vecindario donde vivía con su madre viuda y su hermanita. A los 17, y porque ella buscó la oportunidad de bailar desnuda en un show, se convirtió en la estrella del Shanghai. Época de la que atesora una foto que le muestra al Conde (y luego al Yoyi):

 

Leda frente al espejo (1949)
Foto: Constantino Arias

         “Sin mirar a la anciana extendió la enorme fotografía y quedó frente a una mujer en sus veinte años, intensamente rubia, sólida, sonriente, hermosa, que se defendía de la desnudez total con unas coronas brillantes, como flores de loto, sostenidas sobre el pubis y los pezones de sus senos prodigiosos.”

       Allí en el Shanghai se le acercó un tal Louis Mallet, un franchute cuarentón con residencia en Nueva Orleáns, que se movía entre los Yunaites, Cuba, Honduras y Guatemala, quien al mes de conocerla le alquiló un “apartamentico cerca de la universidad”. Pero su vida dio un salto radical, que la hizo dejar el Shanghai, cuando Mallet, en el 55, la llevó a una casona en Varadero (una casa de madera como de película) donde hubo una reunión de hombres de negocios en la que estuvieron un tal Joe Stasi, el cubano Alcides Montes de Oca y el legendario mafioso Meyer Lansky, en la que hablaron de la construcción de hoteles con todas las atracciones para los turistas americanos, como los casinos de juego y un exclusivo servicio de prostitutas, con buenos salarios, del que Flor de Loto, la Rubia, sería la reclutadora y mánager. “A principios del 56 ya estaba lista la agencia” con 16 rameras de lujo, muy educadas, refinadas y pulidas por especialistas. Y, según le dice: “A fines de ese año la agencia funcionaba tan bien que debimos buscar más mujeres. En una de las invasiones, en un cabarecito en Cienfuegos, me encontré con una muchacha que cantaba allí tres o cuatro noches por semana, y además de ser una de las mujeres más bellas que había visto en mi vida, tenía una voz especial, yo decía que era una voz de mujer porque no podía calificarla de otra manera. Lo único horrible de la muchacha era el vestido pobretón que usaba y sobre todo el nombre, Catalina Basterrechea, aunque para mejorarla la gente le decía Lina, Lina Ojos Bellos.”

            Según Flor de Loto, “Lina no era puta ni tenía vocación de serlo”. Pero como la conmovió con su historia de Cenicienta maltratada, se dispuso a ayudarla y por ende la llevó a La Habana (la guajirita pobre “cargó con una maletica baratona”) y la instaló en su apartamentico. Y “Al mes, mes y medio de estar Lina en La Habana”, o sea: en enero o febrero del 57, hubo otra reunión en la casona de Varadero, a la que Flor de Loto llevó a Lina para que cantara y en la que estuvieron los citados hombres de negocios y “dos empresarios americanos, dueños de una compañía constructora que se iba a encargar de hacer unos hoteles allá mismo en Varadero”. Y, según dice, allí “se conocieron Alcides Montes de Oca y Lina Ojos Bellos: él tenía casi cincuenta y ella menos de veinte, pero esa noche, cuando terminó la conversación de negocios y Lina empezó a cantar, Alcides, nada más de verla y oírla, se enamoró como un loco de la muchacha.”

            Vale resumir, para el objetivo de la presente nota, que el mafioso Alcides Montes de Oca (fallecido en “marzo de 1961” en un accidente automovilístico “en los cayos del sur de la Florida”), entonces dueño de la enorme y valiosísima biblioteca preservada durante 43 años en la que el Conde halló el recetario del 56 con la hoja de Vanidades y en ella la foto de la bolerista, es el influyente adinerado que patrocinó y promovió la vertiginosa y fulgurante carrera de Violeta del Río. Le compró y amuebló un departamento en un edificio nuevo en Miramar y un coche (“un Morris de aquellos que parecían una cuña”), ambos bajo el nombre de Louis Mallet; “le consiguió un hueco para cantar en el segundo show de Las Vegas”, donde él la etiquetó como Violeta del Río. Y “enseguida empezó a hacerse famosa y a cantar en mejores lugares, hasta llegar al show del Parisién, cuando ya La Habana la conocía como la Dama de la Noche” (epíteto que el periodista Silvano Quintero, que la seguía, insomne, con la lengua de fuera y los ojos desorbitados, le endilgó en sus crónicas: “lo que Violeta cantaba nada más tenía sentido si se oía en la noche, cuanto más tarde mejor”). Él financió, en el 59, la grabación del single Vete de mí. Pero ante la vorágine de expropiaciones y prohibiciones que conllevó la huida de Batista y el avance del triunfo de la Revolución, “a finales de 1959 Violeta anunció su retiro del espectáculo”, pues planeaba irse a Norteamérica con Alcides (viudo desde el 56) y sus dos hijos adolescentes, donde se casaría con él y empezaría una vida de señorona burguesa, lejos de los escenarios y de las cabareteras luces del bolero cubano. Pero no se fueron de inmediato, como sí lo hicieron el judío Meyer Lansky y el francés Louis Mallet. Y hasta 1960 “Alcides empezó a preparar la salida de Cuba tratando de salvar lo salvable, aunque perdió cantidad de dinero cuando empezaron a intervenir centrales azucareros y a nacionalizar negocios americanos en los que él tenía acciones”.

         

Haga juego
Casino Parisién, La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

             Y ante la inminencia de la salida de Cuba rumbo a los Yunaites, Flor de Loto se enteró del presunto suicidio de Violeta del Río. Según le dice al Conde: “Yo me vine a enterar de lo que había pasado el lunes siguiente, cuando fui al apartamento de Violeta para saber cómo le había ido en lo que nosotras le decíamos su entrada triunfal en el gran mundo de los Montes de Oca. Cuando llegué, me extrañó ver un movimiento raro y a la que me encontré allí fue a Nemesia Moré, la secretaria de Alcides. Ella me recibió como si yo fuera una extraña y me pidió que me fuera inmediatamente. ¿Pero quién coño es usted?... Ésta es la casa de mi amiga, empecé a decirle, y la muy bestia me soltó la bomba de un tirón: Su amiga está muerta y usted ya no es bienvenida en esta casa... En aquel momento me quedé paralizada y sólo atiné a preguntar qué había pasado. Se suicidó, me dijo la mujer, y me advirtió: No llame al señor Alcides, está muy afectado y lo mejor es dejarlo en paz.”

 V de IX

Vale resumir que catalizado por sus premoniciones y presentimientos, y a través de sus laberínticas averiguaciones (incluso en los virulentos bajos fondos asesinan a un informante de sus tiempos de detective policíaco y a él le dan una golpiza y lo dejan inconsciente y despierta en el hospital rodeado y apapachado por Tamara y sus socios de siempre), el Conde, con el apoyo de Manolo (el capitán Manuel Palacios, quien era sargento y su auxiliar cuando el librero era teniente investigador de la Central), sí llega a desvelar que la bolerista no se suicidó, sino que subrepticiamente fue asesinada con dos píldoras de cianuro diluidas en el jarabe para la tos que estaba tomando en su departamento.

            Pero antes de esto, en un pasaje sobre su desasosiego y las preguntas sobre lo que pudo suceder con la enigmática Violeta del Río, mientras comparte unas botellas de ron con el Flaco Carlos, el Conejo y Candito el Rojo (tres de sus entrañables socios desde la época setentera del Pre de La Víbora), les habla de la bolerista y de sus intrínsecas inquietudes entorno a ella; y entonces el Flaco le dice: “¿Te acuerdas, Conde, cuando cerraron los clubes y los cabarets porque eran antros de perdición y rezagos de pasado?” A lo que añade Candito: “Y para compensar nos mandaron a cortar caña en la zafra del setenta. Con tanta azúcar íbamos a salir de un solo golpe del subdesarrollo [...] Cuatro meses estuve cortando caña, todos los días de Dios.”

           

Viñeta de Edu Molina

           Tarea obligatoria que en Nueve noches con Violeta del Río también vivió el anónimo universitario que se tropezó, el jueves 2 de octubre de 1968, con la clausura de los antros de La Rampa, pues según evoca, tras enterarse, por “La Voz de Oro del Bolero”, que la bolerista recién se había fugado a Miami en una lancha, recuerda: “atravesé otra vez el descampado donde morían bajo el sol implacable las posturas de un café que nunca nadie tomaría, y comencé a llorar, mientras trataba de alejarme de la agobiante necesidad que me había creado aquella mujer. En verdad, no fue fácil; durante años me negué a escuchar boleros y por años me fue imposible amar a otra mujer: ninguna me permitía alcanzar las escalas de placer que había disfrutado con ella, y el sexo me parecía repetitivo y vacío. Pero el paso de esos mismos años, el empeño que puse en mis estudios, los largos meses que pasé lejos de La Habana, cortando caña para la Grana Zafra Azucarera que no resultó ser tan grande como se esperaba y no nos libró del subdesarrollo, y, sobre todo, la llegada de otra mujer —mi mujer—, me ayudaron a aliviar aquel recuerdo que nunca pude matar del todo y que guardé en el cofre cerrado de las más dolorosas nostalgias.” Sitio, íntimo y secreto, donde también yacía la foto de Violeta del Río, guardada durante treinta años.

 VI de IX

Resguardo parecido al que hizo, nada menos, que el progenitor de Mario Conde. Es decir, casi al principio de su pesquisa, el ex policía consultó al párroco Mendoza, ya octogenario, quien conoció a su abuelo el gallero Rufino el Conde y a su padre, de quien le revela que “en 1958” (cuando el Conde tenía “Tres años”) se “enamoró de una cantante”. Y aunque no puede confirmarle si esa cantante era Violeta del Río, esto sí parece embonar (luego embona) con la especie de déjà vu que el Conde les comenta a sus citados compinches en la citada sesión de ron:  

   “Desde que me enteré de la existencia de esa mujer me pasó una cosa muy rara: era como si alguna vez yo hubiera sabido algo de ella y después lo hubiera olvidado. No sé de dónde me viene esa idea, pero si consigo saber qué pasó con ella, a lo mejor encuentro el origen de esa sensación... Después, cuando oí el disco [gracias al portátil y empolvado tocadiscos del Flaco, que incluso se lleva a su casa para oírla a solas y en la intimidad], Violeta acabó de complicarme la vida.”

   Así que en un episodio pre masturbatorio entorno a la voz y a la seductora imagen fotográfica de Violeta del Río, de pronto lo catapulta un borroso recuerdo (de la neblina del ayer) que le lleva a registrar, desnudo y en el cuarto de los trebejos, el cajón de madera donde su padre guardaba varios objetos y que él no había vuelto a mirar desde su lejana muerte. Saca de allí:

“Un viejo guante de beisbol de modelo prehistórico, dos álbumes de fotografías, un sobre con diplomas por méritos laborales, un par de zapatos blancos y negros de puntera afilada, una libreta de teléfonos carcomida, dos cajas de oxidadas cuchillas Gillette, la gorra de conductor de ómnibus con su chapa de identificación, fueron saliendo del baúl hasta que Conde vio lo que su memoria al fin le había remitido desde el recodo de sus más turbios recuerdos. El sobre original aparecía desvaído por la humedad y los años, pero resultaba inconfundible: metió la mano y extrajo el pequeño disco, iluminado con la circunferencia amarilla donde brillaba la gema de la casa grabadora. Conde acarició la placa plástica y descubrió que su superficie se había ondulado, convirtiéndola en un objeto inservible. Consiguió al fin recordar a su padre, sentado en la sala de esa misma casa, envuelto en una penumbra que su mirada de niño sentía misteriosa, dedicado a escuchar ese disco, deglutiendo, quizás, sensaciones similares a las que, más de cuarenta años después, aún podían alarmar a su hijo. La recuperación de aquella imagen de un hombre espantosamente solo que oye cantar a una mujer desde un aparato eléctrico le pareció que, de alguna manera, explicaba al fin su visceral empatía con una voz que había recibido por primera vez hacía tanto tiempo y que se había empozado en su mente, dormida mas no muerta. ¿Hasta qué punto su padre había amado a aquella mujer a la que escuchaba en la oscuridad? ¿Por qué había conservado para siempre aquel disco, tal vez ya inservible mucho antes? ¿Qué le había dicho a su hijo aquella noche perdida en el ayer? ¿Y por qué él, tan recordador, se había olvidado de aquel episodio peculiar que debía haberse mantenido a flote en sus recuerdos? Mario Conde acarició otra vez la superficie plástica, ondulada como un mar nocturno [Mar que teje en la sombra su tejido flotante], y pensó que su padre había sido uno más de los hombres que habían sucumbido a la capacidad de seducción de Violeta del Río y que, como Silvano Quintero, seguramente lloró al conocer la noticia de su muerte y al comprender que de ella ya sólo quedaba el testimonio de su voz estampado en los surcos de aquel pequeño disco.” (Lo llevo en mí como un remordimiento,/ pecado ajeno y sueño misterioso,/ y lo arrullo y lo duermo/ y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.)

   Conjetura probable, pues casi como preámbulo de la última confesión que le brinda Flor de Loto sobre la temible personalidad del mafioso Alcides Montes de Oca, le dice a quemarropa: “Tu padre iba a cada rato a oír cantar a Violeta y empezaba a darse tragos, hasta que se caía de la silla. Dos veces vi cómo lo sacaban a rastras del club. Tu padre era un cobarde, nunca tuvo valor para acercarse a Violeta. Yo hablé con él dos o tres veces, me daba lástima. El pobre infeliz, estaba enamorado como un perro... [El amor es un perro infernal, Bukowski dixit.] Estuvo dándole vueltas a Violeta hasta que alguien le dijo que si quería seguir caminando con las dos piernas, mejor no apareciera más por donde ella estuviera cantando. Desde ese día no volví a verlo...”

   

El sueño
La Habana, 1959
Foto: Raúl Corrales

        Vale observar, entonces, que Alcides Montes de Oca, que procuraba simular la impoluta y respetable imagen de un hombre decente y convencional, era un mafioso de cuidado y muy vengativo. Al parecer borró del mapa, o hizo borrar, al chofer de la familia que figuraba como padre del par de hijos bastardos que tuvo con Nemesia Moré, su secretaria, administradora y ama de llaves: Dionisio y Amalia Ferrer (el vivo retrato de Alcides), los famélicos y harapientos viejecillos que han custodiado la regia biblioteca durante 43 años en la mansión en El Vedado edificada a todo lujo en 1921. Ordenó que el negro Ortelio, su gorila y chofer en La Habana, dejara tullido, descarrilado y timorato para siempre, al entonces periodista Silvano Quintero de 25 años. Y a Flor de Loto la amenazó la última vez que lo vio en las inmediaciones de la Western Union, cuando ya había muerto Violeta del Río y ella pretendía hablar con él sobre el supuesto suicidio:

   “Lo que me dijo Alcides es que no metiera la nariz donde no debía. En ese momento él no podía arriesgar el futuro de sus hijos [el par de herederos que tuvo con la fallecida Alba Margarita, ‘una de los Méndez-Figueredo, los dueños de dos centrales azucareros en Las Villas y ni se sabe de cuántas cosas más’, y quizá la dueña del recetario del 56, el año en que murió] y por eso se iba, pero pensaba volver en cuanto pudiera, porque tenía que arreglar aquí ciertas cosas. Y su chofer, el negro Ortelio [con aspecto de bóxer y boxeador, tal vez parecido al hercúleo y temible Mike Tyson y con la altura de Michael Jordan], se iba a ocupar de algunos de sus negocios y uno de ellos era que nadie revolviera la muerte de Lina o sus reuniones secretas con Lansky. Todo, como Lina, debía quedar muerto y sepultado hasta que él volviera y lo desenterrara. Por mi bien, me dijo, yo debía olvidarme de todo, especialmente de comentarle aquella conversación a la policía... Y lo dijo de una manera que todavía me espanta. Por eso cerré la boca y no averigüé más. Aquel hombre no era de los que te pedían algo por gusto y luego se olvidaban. No, nunca, fue de ésos...”

 VII de XIX

Parte de la intriga (o intrigas) de la novela La neblina del ayer la suscitan e implican las diez cartas en cursiva que “Tu Nena” (Nemesia Moré) le dirige a su “Querido mío” (Alcides Montes de Oca), las cuales se hallan entreveradas entre los capítulos de las dos partes de la obra: “Vete de mí” y “Me recordarás”. Fechadas, cronológicamente, entre el 2 de octubre (de 1960) y el 19 de marzo (de 1961), esas cartas (especie de páginas de un diario íntimo y secreto) nunca fueron enviadas a nadie y estuvieron ocultas entre los libros de la enorme biblioteca, donde luego aparece asesinado Dionisio Ferrer. Sorpresivo e inesperado crimen que suscita la intervención de la policía con el capitán Manuel Palacios a la cabeza de la investigación, que interrumpe el boyante negocio de compraventa de libros que estaban haciendo el Conde y su socio Yoyi el Palomo, y los coloca entre los sospechosos y por ende son fichados e interrogados en la Central. Y si bien el Conde llega a saber de la existencia de esas cartas, no pudo leerlas y enterarse de su contenido porque Amalia Ferrer las localizó y destruyó.

            Vale resumir que en varias de esas misivas Nemesia Moré, al unísono de que reporta un paulatino deterioro mental, lamenta que Alcides la suponga la asesina de la bolerista; pero luego habla del temor que él le suscitaba y de la posibilidad de que él sea quien la mató. Y casi por último, previo al comentario de la muerte de Alcides en Estados Unidos, refiere el descubrimiento, doloroso e inquietante para ella, de la persona (sangre de su sangre) que sustrajo dos píldoras de cianuro de una adquisición para combatir una plaga de ratones en el jardín.

            Vale subrayar que en septiembre de 2003, Nemesia Moré es una anciana nonagenaria recluida (y escamoteada) en una recámara de la casona de El Vedado, más que por su remota pérdida de la razón y del habla, por el oculto, empantanado y ponzoñoso sadismo de su hija Amalia Ferrer, inextricable a su evidente psicosis. Y el patético y lastimoso estado en que la descubren el Conde y el capitán Manuel Palacios es el pasaje más estremecedor, macabro y espeluznante de la obra:

            “Decidido a resolver aquel enigma pospuesto, Conde dio un paso hacia el interior del cuarto y estuvo a punto de soltar un alarido. Sobre la cama imperial de madera oscura, con sólidas columnas talladas de las que colgaban unas gasas deshechas, estaba el cadáver viviente, completamente desnudo, de lo que alguna vez había sido un ser humano. Imponiéndose a sus deseos de echar a correr, Conde hizo un acopio de fuerzas y observó el esqueleto yacente sobre el colchón desprovisto de sábanas. Sólo el levísimo movimiento del aire en el diafragma hundido advertía que allí quedaba algún aliento de vida, pero el cráneo, definitivamente cadavérico, sumergido en la almohada, parecía desprendido del resto de cuerpo, de donde se había evaporado toda fibra muscular, como devorada por un carroñero voraz. Los brazos y las piernas inertes parecían gajos secos, quebradizos, y con horror Conde vio la abertura morada y tumefacta del sexo, macerada por los ácidos de la orina, y la piel colgante, plegada una y otra vez sobre sí misma, que alguna vez estuviera poblada por el monte de Venus. La muerte tocaba todas las puertas de acceso a aquel deshecho humano y hasta en el aire se respiraba el aroma amargo de su presencia.”

 VIII de XIX

No obstante la serie de testimonios y conjeturas, quizá vale dudar del presunto enamoramiento de Violeta del Río y su presunta decisión de dejar de cantar por cantar para convertirse en la joven, bella y esplendorosa cónyuge de un burgués mafioso y cincuentón cubano autodesterrado en Florida. Según le dijo la ex madama Flor de Loto al Conde: “Lina no era puta ni tenía vocación de serlo”, pero “podía estar dispuesta a hacer lo necesario para alcanzar su meta”. ¿Y cuál era su meta? ¿Ser una profesional del bolero que además podía, y podría, cantar por cantar en el escenario donde la contrataran y donde le diera su regalada gana? ¿O sólo ser la querida o gratificada esposa de un viudo y rico mafioso con dos hijos adolescentes? ¿Estaba realmente enamorada de ese hombre que metía miedo y la agasajaba con caros caprichos? ¿Su “himno de combate” Vete de mí lo cantaba así, como si fueran cosas de su propia vida, como si le fuera la vida, porque en esa letra subyacía o le imprimía algo oscuro y desesperado, quizá maldito, de amor-odio y coercitivo por la implícita y tácita omertà? A priori, por lo pronto, parece que sí gozaba a lo grande con el señor Alcides Montes de Oca, pues Amalia Ferrer, quien entonces tenía la misma edad que Violeta del Río, con la copia de la llave que tenía Nemesia Moré en su calidad de administradora y ama de llaves, se metió a la lujosa leonera en Miramar, según les confiesa al Conde y a Manolo, quien porta su uniforme de capitán de la policía:  

    “Lo primero en sorprenderme fue comprobar lo bien que vivía: en comparación con esta casa [la deteriorada, desamueblada y vetusta mansión en El Vedado donde se resguardó, intocable y durante 43 años, la enorme biblioteca de tres generaciones de Montes de Oca: cinco mil volúmenes que van del siglo XVI al XX], aquél era un apartamento modesto, pero estaba montado a todo lujo. Para mí fue como un golpe en el estómago entrar en la habitación y encontrarme con una cama matrimonial de estilo, más grande que las camas normales, donde seguramente se revolcarían ella y el señor Alcides, viéndose fornicar como animales en un espejo que habían hecho colgar del techo. En varios cofrecitos tenía joyas finas, debían de valer una fortuna. Y la ropa: clósets llenos de ropa cara, zapatos de las mejores marcas, hasta abrigos de piel que nunca habría podido usar en Cuba... Todo eso lo había comprado con el dinero que nos pertenecía a mamá, a Dionisio y a mí, yo, que jamás había usado una ropa como aquella y no tuve otra joya que una cadenita de oro y un anillo, el regalo del señor Alcides por mis quince años.”

    Y luego añade en su varias veces estremecedor monólogo: “fui a la sala del apartamento y saqué de su sobre el disco que había visto al llegar. Era el que el señor Alcides había pagado para que le grabaran. Lo coloqué en el tocadiscos y lo puse a funcionar. Cuando oí su voz, sentí cómo me temblaban las piernas. Ella cantaba una canción, se llamaba Vete de mí, y de pronto tuve la impresión de que se dirigía a mí. Por eso, sin esperar más, tomé las precauciones que había aprendido del veterinario, trituré las cápsulas y las diluí en el jarabe. Luego lo limpié todo y salí de la casa.

IX de IX

Aún en busca de respuestas, siguiendo su intuitiva e intrínseca pulsión, el Conde va a deambular, solitario, perruno apaleado y a pata pelada, por los noctámbulos sitios donde anduvo Violeta del Río con su tentador cuerpo de pecado (y donde previamente observó los actuales y variopintos ejemplares de la infame turba de nocturnas aves que pululan y talonean por allí):

            “Sin intenciones de buscar una respuesta satisfactoria, Conde se alejó del bullicio nocturno y tomó la pendiente de La Rampa, con los límites cronológicos de la nostalgia ubicados más allá de su memoria personal, mucho más allá de su más remoto recuerdo, y trató de encontrar los rastros todavía visibles de una ciudad rutilante y pervertida, un planeta lejano, conocido de oídas, escuchado en discos olvidados, descubierto en infinitas lecturas, y que en sus evocaciones siempre se le aparecía poblado de unas luces, clubes, cabarets, melodías y personajes que, ahora lo sabía, casi cincuenta años atrás debió de frecuentar Violeta del Río, con sus esperanzas a toda máquina, en busca de su lugar en el mundo.

       

Esperando el año
Hotel Nacional, La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

           “Transitó, sin detenerse, ante el lumínico revitalizado de La Zorra y el Cuervo, donde alguna vez cantó aquella mujer, vedado ahora a quienes no cargaran los cinco dólares norteamericanos capaces de abrir sus puertas y garantizarles una silla; contempló la entrada sólidamente clausura de La Gruta [donde en los 60 cantaba boleros la Violeta del Río del cuento], de la cual no salía ya ni el último eco de los acordes trasnochados que una vez hicieron retumbar aquella cueva musical cuando afuera comenzaba a salir el sol; miró sin emociones especiales las ruinas calcinadas del antiguo Montmartre, proletariamente rebautizado como Moscú y proféticamente devorado por un incendio unos años antes de la desintegración del imperio; pasó, como si huyera, frente al portón desangelado del cabaret Las Vegas, donde le llamó la atención la presencia de un hombre, más o menos de su edad [ídem el desterrado Fernando Terry en pos de la presunta novela perdida del poeta independentista José María Heredia y Heredia], que miraba con especial nostalgia el sitio ahora empapelado donde por tantísimos años se pudo beber el último café de las madrugadas habaneras; cruzó sin esperanzas ante la torre coronada por el Pico Blanco y no lo tocó ni un arpegio de guitarra; subió hacia el oscurecido Salón Rojo del Capri, con sus puertas atadas con una cadena, y por fin entró en los jardines del Hotel Nacional, atravesando la mirada hosca de los vigilantes, armados de walkie-talkies, que le perdonaron la vida cediéndole el paso sin hacerle preguntas, aunque visualmente lo acusaron de los cargos de ser cubano, de no tener dólares, de no ser del ambiente. Se detuvo unos minutos ante el pórtico lujoso y también dolarizado del Parisién, el cabaret donde alguna vez actuaron el inmortal Frank Sinatra —para que lo oyeran [el mafioso Lucky] Luciano, [Meyer] Lansky, Trafficante— y una joven olvidada que se hacía llamar Violeta del Río y cantaba por el gusto supremo de cantar.”

     

Frank Sinatra

          Pero si esa enigmática Violeta del Río, La Dama de 
la Noche de los 50, no hubiera muerto hace 43 años siendo una atractiva y seductora veinteañera que volvía locos a los hombres (y a las mujeres y demás fauna noctámbula), sin duda tendría una variante pizca (algo o mucho) de las ineludibles mutaciones (no me preguntes cómo pasa el tiempo) que el académico cubano (casi cincuentón) observa la noche del 16 de mayo de 1998, treinta años después, en la Violenta del Río que mira y escucha en la vaporosa y odorífica penumbra de La Cueva de Miami Beach cantando por cantar (o por el gusto supremo de cantar) el bolero La vida es un sueño:

           

Rita Montaner
La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

          “La señora que ahora remedaba el estilo dramático y despechado de la que alguna vez fue La Dama Triste del Bolero y animaba las noches perdidas de La Gruta, tenía sesenta años, algunas libras de más, un poco menos de su voz gruesa de entonces y el pelo de un rubio más exagerado, cayéndole ya sin furia sobre la cara. Sin embargo, dueña de sus posibilidades, el espectro de la mujer que una vez me había enloquecido, todavía conservaba una fascinante comunicación con sus canciones, siempre susurradas, como dichas al oído, con aquel sentimiento interior que tan bien sabía expresar Violeta del Río.”  

 

Constantino Arias y Raúl Corrales, Cuba. Dos épocas. Colección Río de Luz, FCE. Fotos en blanco y negro. Presentación de María E. Haya. Edición de Pablo Ortiz Monasterio. México, junio 15 de 1987. 72 pp.

Nacho López, Yo, el ciudadano, Colección Río de Luz, FCE. Fotos en blanco y negro. Presentación de Fernando Benítez. Edición de Pablo Ortiz Monasterio. México, agosto 30 de 1984. 80 pp.

Leonardo Padura, Aquello estaba deseando ocurrir. Colección Andanzas núm. 849, Tusquets Editores. México, mayo de 2015. 262 pp.

Leonardo Padura, La neblina del ayer. Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores. México, junio de 2005. 360 pp.

Leonardo Padura, La novela de mi vida. Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2002. 350 pp.

Leonardo Padura, Los rostros de la salsa. Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores. México, marzo de 2020. 334 pp.

Leonardo Padura, Nueve noches con Violeta del Río. Ilustraciones en blanco y negro de Edu Molina. Colección Vientos del Pueblo, FCE. México, enero de 2022. 32 pp.

Xavier Villaurrutia, Obras. Poesía, teatro, prosas varias, críticas. Recopilación de textos de Miguel Capistrán, Alí Chumacero y Luis Mario Schneider. Bibliografía de Xavier Villaurrutia de Luis Mario Schneider.Letras Mexicanas, FCE. 1ª reimpresión, octubre 10 de 1974. México. 1096 pp.  

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Vete de mí (1966), corto, con Virgilio Expósito y la dirección de Alberto Ponce.