martes, 13 de octubre de 2026

Nueve noches con Violeta del Río

Fantasmas en la noche de trasluz

 

I de IX

En enero de 2022, con un tiraje de veinte mil ejemplares, el FCE publicó, en la Ciudad de México y en la colección Vientos del Pueblo, el librito de 32 páginas Nueve noches con Violeta del Río, cuento del escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), ilustrado (en el interior) con dibujos en blanco y negro de Edu Molina que parecen recuadros de historieta o de novela gráfica. Datado al calce en “2001”, el relato es uno de los trece cuentos del narrador reunidos en Aquello estaba deseando ocurrir, libro editado por Tusquets en España y en México, en febrero y mayo de 2015, con el número 849 de la Colección Andanzas. El hecho de que la Violeta del Río del cuento sea una cantante de boleros, homónima de la cantante de boleros de la que se tiene noticia (y diversos visos y testimonios) en La neblina del ayer (Tusquets, 2005) —novela negra de la saga protagonizada por el investigador criminal Mario Conde— incita a la ineludible comparación o a reseñar algunos rasgos en que coinciden y no coinciden.

           

Leonardo Padura

          Las novelas policiales en las que se mueve Mario Conde están pobladas de monólogos, de un coro de voces, de distintas hablas y tesituras teñidas de modismos y cubanismos; es decir, de relatos en primera persona en los que algunos de los personajes rememoran o bosquejan aspectos de su autobiografía (o pormenores de su vida) y su versión de los hechos en torno a un crimen, sucedido o persona. Tal cualidad polifónica y poliangular implica y coloca en relieve la virtud de Leonardo Padura para el relato en primera persona; un botón de muestra (in extenso) son las memorias del poeta decimonónico José María Heredia que se leen, en capítulos entreverados, a lo largo de La novela de mi vida (Tusquets, 2002). Vine a colación esto porque en La neblina del ayer abundan los relatos en primera persona y porque el cuento Nueve noches con Violeta del Río es una narración en primera persona. La voz cantante del relato (que no canta boleros de viva voz, pero sí en su intrínseca memoria y por ende en el evocativo texto del cuento) es la voz de un anónimo ex universitario cubano, de 48 años, quien en mayo de 1998 recién hizo su primer viaje a los Estados Unidos, “invitado a participar en un encuentro académico”. Y “antes de regresar a La Habana” (y oír la grabada voz de Bola de Nieve cantando un bolero junto a la foto de Violeta del Río conservada por él durante treinta años), dice: “logré pasar varios días en Miami, donde ahora viven muchos de mis viejos amigos, mi única hermana, casi todos mis primos y los que todavía respiran de mis tíos”. Y para despedirlo, su hermana y su cuñado lo llevaron a cenar a La Carreta, un restaurante de comida cubana; y luego a La Cueva, un club en Miami Beach, “uno de los muchos locales de moda en Ocean Drive” que, “según decían, “solía ser tranquilo y tenía muy buen ambiente, pues sólo se escuchaban boleros”. El trío familiar arriba a La Cueva a las once de la noche del 16 de mayo; y allí, como si penetrara y se sumergiera en la penumbra de un subterráneo, onírico, odorífico, vaporoso
e íntimo déjà vu, percibe y observa la silueta y la sugestiva voz del revulsivo fantasma llamado Violeta del Río, cantando —para él (así lo interpreta), que fuma y paladea un ron collins como en los iniciáticos tiempos de antaño—, los versos de La vida es un sueño; cantante a la que le perdió la pista hace tres décadas, precisamente en octubre de 1968, cuando él aún no cumplía los 19 años de edad.

          

Colección Vientos del Pueblo, Fondo de Cultura Económica
Ciudad de México, enero de 2022

          Si en ese breve y anecdótico pasaje, aparentemente aséptico, que es el culmen final del cuento, Leonardo Padura alude el recurrente tema (en su narrativa) del exilio cubano en Estados Unidos y al unísono el implícito e inextricable trasfondo que subyace en el leitmotiv que lo incita y catapulta; o sea: el drama social, político y económico que agobia a la isla caribeña (con miseria, rezago, falta de libertades, injusticia y abuso del poder autoritario) desde que empezó a empantanarse la Revolución Cubana (más aún durante el Período Especial de los 90), esto también permea la urdimbre sociológica del relato.

            El anónimo protagonista inicia su evocativa memoria narrando su arribo a La Habana, en 1967, para inscribirse en la universidad y hospedarse en la residencia de becarios; entonces era un mal vestido jovenzuelo, “provinciano, católico y revolucionario”. Según dice: “comencé a gastar mis solitarias noches de sábado en deslumbrados recorridos ascendentes y descendentes por aquel esplendoroso tramo de calle, empinado entre el mar eterno y la recién abierta heladería Coppelia. Subía y bajaba la Rampa en un éxtasis permanente, empeñado en llenar mis pulmones y mis ojos con aquel mundo magnético de neones coloridos y autos americanos todavía potentes, de las primeras minifaldas y los primeros hippies tropicales y subdesarrollados que brotaban en la isla, y de los últimos vestigios del glamur brillante de los cincuenta, ya en franca retirada ante el avance de la indetenible propaganda socialista, con sus exaltadas consignas cargadas de rojos y persistentes llamados al combate y a la victoria.”  

           

Ilustración de Edu Molina

        En esas vagancias, una noche de 1967 durante uno de sus recorridos por la Rampa, el joven se encuentra con el retrato de Violeta del Río, el cual lo seduce y hechiza ipso facto (siente que la foto lo mira a él y sólo a él): “Quiero recordar que fue precisamente durante uno de mis primeros paseos por la Rampa, alucinado por tantos encantos y promesas de una vida que no conocía, cuando vi, junto a la escalera que bajaba hacia las penumbras del club La Gruta, el cartel protegido por un cristal desde el que de forma aviesa me miró Violeta del Río, ‘La Dama Triste del Bolero’. Una invasiva atracción, que nacía en mi estómago y se expandía indetenible para palpitar en cada rincón de mi cuerpo, me obligó a detenerme y contemplar aquel rostro de un suave matiz moreno de una mujer de unos treinta años, en el que se confundían los rasgos de mil mezclas raciales para propiciar el milagro de unos ojos levemente rasgados y cargados de despecho asiático, una boca de labios carnosos y enrojecidos de los que pendía displicente un cigarro humeante, y un pelo tal vez demasiado amarillo, que caía en ondas furiosas hacia los hombros tersos y promisorios. El cartel advertía que Violeta del Río cantaba en La Gruta todas las noches, de martes a domingo, siempre a las once, pero mientras contemplaba el rostro singular y lascivo, ni siquiera se me ocurrió considerar la posibilidad de entrar en aquel sitio quizás demasiado pecaminoso, demasiado sofisticado y alejado de todas las expectativas del joven cándido —revolucionario, católico y pobre, ya lo he dicho— que era entonces.”

           

Ilustración de Edu Molina

            A partir de esa magnética conmoción visual e interna, el joven vuelve una y otra vez a la entrada de la subterránea Gruta para contemplar la foto de Violeta del Río. Y en el cuarto de la residencia de becarios, a través de la radio, empieza a familiarizarse con la fatalidad, la estética, la endeble versificación, el sentimentalismo y la melcocha del bolero. Y haciendo acopio de las aportaciones monetarias de su parentela, se alista para ir a La Gruta el día de su dieciocho aniversario. Esto ocurre “el 13 de diciembre de 1967”; y para poder entrar y demostrar su mayoría de edad, tuvo que mostrarle al portero su carnet de estudiante universitario. Allí se inició con el ron collins (porque le sonaba bien) y en el hábito del tabaco oscuro; pero sobre todo, y ante todo, con la figura y la voz de Violeta del Río y su ritual y rutinaria actuación, tanto en el pequeño escenario acompañada por un pianista, como solitaria en la barra (fumando y bebiendo un único y moroso trago de carta blanca) y a la hora de irse, sola, a las dos de la madrugada. Esa noche escuchó nueve boleros cantados por ella. Y a la noche siguiente regresó a la calle del crimen. Y volvió, casi un ser invisible y distante en una dimensión aislada y paralela, cada vez que reunía el dinero para el consumo. Y para eludir que ese delirio lo consumiera a él y llevara al fracaso el inicio de sus estudios universitarios, se impuso dejar de ir a La Gruta.

            Pero tras dos meses de vacaciones de verano en su pueblo (o ciudad), de regreso a La Habana en septiembre de 1968 para el inicio del “segundo curso en la universidad”, sus condiscípulos de la residencia estudiantil y habituales en la heladería Coppelia (donde cotorreaban, fumaban y de contrabando bebían ron camuflado) acordaron ir en grupo a La Gruta para ver y oír a Violeta del Río. Esa noche, sin preverlo, empezó el indeleble clímax lúbrico para él, pues de entrada la bolerista cantó Vete de mí y al término, según evoca:

      “Algo inconcebible y maravilloso ocurrió en ese momento: Violeta del Río, que había cantado todo el bolero con su fuerza y despecho de siempre, sin dignarse siquiera a mover el pelo que le cubría la cara, acomodó tras la oreja aquella cortina furibunda, y entonces yo pude ver que sus ojos me miraban y que en sus labios se iniciaba el leve movimiento de una sonrisa. ¿Me miraba a mí? ¿Me sonreía a mí, ella, Violeta del Río?”

       

Ilustración de Edu Molina

         El caso es que el joven aguantó el nerviosismo y el desasosiego hasta que ella cantó el último bolero de la jornada: La vida es un sueño; salió del club y se ocultó “tras un sólido Chevrolet Bel Air de 1957”. Y una vez que sus compañeros salieron y se fueron, dejó el escondite:

  “Entonces crucé la calle, empujé la puerta de La Gruta, ya sin portero a esa hora final de la noche, y vi cómo La Dama Triste del Bolero levantaba su vaso y bebía un sorbo de su carta blanca.

  “Con una decisión que desconocía y unas ansias que me superaban, me acerqué a la barra y, casi rozando el brazo de Violeta, pedí una carta blanca a la roca, encendí mi cigarrillo y volteé la cara para observar la de aquella mujer capaz de seducirme con su voz y sus boleros.

“—Al fin apareciste... —me dijo ella, con el mismo tono susurrante y grave con que cantaba, y recolocó el pelo que insistía en caer sobre su cara—. Pensé que te habías ido... Todos los días se va tanta gente.”

   

Ilustración de Edu Molina

               El caso es que Violeta del Río, con su actitud desdeñosa y esquiva, muy reservada y enigmática en lo que concierne a sus actos y a su vida personal e íntima, es quien toma la batuta de lo que dice y no se dice en los breves diálogos y más aún: en las decisiones y en los lujuriosos movimientos en la cama. Y por ello, por el puro goce sexual y porque ella quiere, en el cuchitril de una mísera posada le regala su desnudez y nueve candentes e inefables noches de plenitud lasciva, las cuales se sucedieron en ese septiembre de 1968. La décima noche tendría que haber ocurrido el jueves 2 de octubre (miércoles en la vida real, que no se olvida en las históricas efemérides porque en la Ciudad de México ocurrió la trágica y sangrienta masacre no sólo de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco; matanza que disgregó y quebrantó el movimiento estudiantil de 1968 con los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina). Pero el joven se encontró con las luces de neón apagadas, las puertas cerradas y “el cartel grosero que advertía: CLAUSURADO INDEFINIDAMENTE”. Y algo violento tuvo que haber ocurrido con antelación, pues según dice:

     “[...] descubrí en el suelo, en un rincón del pequeño vestíbulo del club, el mural encristalado en el que había visto por primera vez a Violeta del Río. Lentamente bajé los escalones y volteé la pancarta, y encontré que el cristal se había deshecho, pero que, pegada al cartón, allí seguía la imagen de ‘La Dama Triste del Bolero’ y el anuncio de unas actuaciones que ya nunca se repetirían. Con todo el cuidado que era capaz de pedirle a mis manos temblorosas, desprendí la foto y hui de La Gruta como si hubiera robado un banco.

 

Ilustración de Edu Molina

         “Con aquel tesoro en mi bolsillo, recorrí los otros clubes cercanos y descubrí que todos habían sido clausurados, también indefinidamente. En mi desesperación le pregunté a varias personas si sabían qué ocurría y a retazos pude armar la respuesta: como todo el país debía ponerse en función de la Gran Zafra Azucarera, los clubes y cabarets de La Habana habían sido decretados antros de decadencia burguesa y nocturnidad perniciosa, pues podían entorpecer la entrega de los hombres al magno evento económico, y de momento se había decidido cerrarlos, hasta que se les encontrara un mejor destino: tal vez comedores obreros, o salas de reuniones, quizás democráticos restaurantes para trabajadores destacados en la emulación laboral y en las faenas agrícolas...”

      Toda esa traumática, coercitiva y ortodoxa transformación social y política porque, según rememora: “Por aquellos días había sido decretada una asoladora Ofensiva Revolucionaria, empeñada en poner en manos del Estado toda la economía y la ideología de la isla, mientras se había comenzado a preparar una gigantesca zafra azucarera, que en 1970 produciría diez millones de toneladas de azúcar con los cuales, de una sola vez, el país podría salir del subdesarrollo.”

      Ese anónimo joven de casi 19 años, que no es detective ni aspira a serlo, para localizar a Violenta del Río (que supone su nom de guerre  y no el real), a partir de esa noche, con la foto de ella, emprende una ansiosa y agitada búsqueda que se convierte en “Dieciocho días de investigación”, los cuales concluyen cuando se entera, por un guagüero de la ruta 68, que “todos los artistas de clubes y cabarets habían sido enviados a sembrar café en el llamado Cordón de La Habana”, allá por el “cercano pueblito de El Calvario”. Según dice:

     “Sin esperar alguno de los transportes que unían Mantilla con aquel lugar llamado precisamente El Calvario, salí en busca de Violeta del Río. Aquella zona de La Habana, que visitaba por primera vez, me pareció entonces brillante y hermosa, pues en medio de mi desesperación había encontrado un camino hacia la mujer que tanto necesitaba, por la que me sentía seducido y, ahora, abandonado. Antes de llegar a El Calvario pregunté a unos muchachos y me indicaron un descampado al final del cual estaban trabajando ‘los artistas’, como los llamaban en la zona. Atravesé aquel llano agreste, en el que ahora brotaban unas pequeñas matas de café y, debajo de un árbol, disfrutando de la brisa, descubrí a aquel viejo cantante, bien conocido en el país por sus frecuentes apariciones en la televisión, donde solían calificarlo como ‘La Voz de Oro del Bolero’. No tengo que decir cómo palpitó mi corazón y, luego de darle las buenas tardes, le pregunté al cantante si la había visto.

     “—Sí, vino dos días la semana pasada —me dijo—. Pero si quieres verla, vas a tener que ir hasta Miami... Me dijeron que el lunes se fue en una lancha.”

 II de IX

En La neblina del ayer, el ex periodista Silvano Quintero, ya viejo, pobrísimo y tullido de la mano derecha, pero otrora reportero del espectáculo para el periódico El Mundo, al hablar de ese obscuro objeto del deseo y de los turgentes y voluptuosos volúmenes de las boleristas de los años 50, le dice al ex policía Mario Conde en septiembre de 2003: “¿Se ha fijado cómo las mujeres de ahora no tienen ni tetas, y hasta se ponen contentas de pasar hambre porque así no les engorda el culo?” Viene a colación esto porque el cuerpo menudo y compacto de la Violeta del Río del cuento al parecer cabría en esa óptica hilarante e ineludiblemente machista, según se colige a través del trazo que de ella hace el anónimo ex universitario que vivió nueve candentes e inolvidables noches con la cantante, precisamente cuando él tenía 18 años y ella unos 30. En la sesión donde la oye y la observa por primera vez en el escenario de La Gruta dice que le resultó “más pequeña de lo que había imaginado, menos rotunda de formas de lo que había soñado”. Lo cual reitera al vivir con ella las dos horas de su primer festín de sexo: “Ya he dicho que su cuerpo no era especialmente voluptuoso: más bien era delgada, tenía senos pequeños y sus nalgas apretadas y duras estaban lejos de los volúmenes habituales en las cubanas.”

          

Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores
Ciudad de México, julio de 2005

          En La neblina del ayer, el ex policía Mario Conde, de 48 años, quien desde el otoño del 89 se dedica a la compraventa de libros de segunda mano, antiguos y raros, al hojear, en septiembre de 2003, un recetario de comida cubana del año 56 se encuentra, entre sus 800 páginas, una hoja doblada de la revista Vanidades, impresa en mayo de 1960, donde se da noticia del “adiós de Violeta del Río”. O sea: allí se reporta que “la excitante bolerista”, “la Dama de la Noche”, anunció, al final de su “presentación memorable” en el “segundo show del cabaret Parisién”, que esa era “su última actuación”, pese que se halla “En el momento cumbre de su carrera” y a que “Recientemente grabó el single promocional Vete de mí, como adelanto de su long play Havana Fever”.

     Pero de entrada, lo que magnetiza y atrapa la atención del Conde (ídem al anónimo universitario) es la imagen fotografía de esa mujer de papel de ojos negros, “exultante y provocativa, entre los veinte y los veinticinco años, que desde su estatismo y a través del tiempo era capaz de transmitirle un vívido calor”:

            “A toda plana habían impreso una foto calada de Violeta del Río, enfundada en un vestido de lamé —eso pensó el Conde, aunque nunca en su vida había tocado un vestido de lamé—, ajustado a la estructura de la mujer como una piel de serpiente. La tela, dotada de la capacidad de insinuar la potencia de unos senos embravecidos, dejaba ver unas piernas sólidas, que recortaban la evidencia de las caderas macizas, abiertas desde una cintura estrecha y tentadora. El pelo negro, levemente ondeado, en el más estricto estilo de los años cincuenta, le caía hasta los hombros, enmarcando una cara de cutis terso donde sobresalía la boca, gruesa, provocadora, y aquellos ojos que desde el viejo papel transmitían un vigoroso magnetismo.”

            Tal es el embeleso y la seducción ante esa imagen de Violeta del Río que el Conde, incitado por sus premoniciones e intrigas, decide investigar para saber dónde está o que pasó con esa cantante de boleros retirada en 1960 y de la que nadie o casi nadie se acuerda. A Pancho Carmona, marchante y librero a quien Yoyi el Palomo y el Conde le venden raros y costosos ejemplares hallados por él, le dice: “Pancho, ando averiguando por un single que se llama Vete de mí. Creo que es un 78...” Y Pancho, tras mover unos segundos “el mouse de su computadora mental”, le responde: “Es un 45, de una tal Violeta del Río. Lo grabó la casa Gema, creo que en 1958 o a principios de 1959. Tenía por una cara Vete de mí, de los hermanos Expósito, y por la otra Me recordarás, de Frank Domínguez. Una vez tuve uno y trabajo me costó venderlo.”

            Vale apuntar, entre paréntesis, que esa es la razón o más bien: la obediencia nocturna (y por todo lo que se narra entorno a la noctámbula bolerista y no sólo porque es el único disco que grabó) que explica que la novela se titule La neblina del ayer, pues es un verso del bolero Vete de mí (por lo que se lee en la obra y dice el ex periodista Silvano Quintero: “ése era su himno de combate, y lo cantaba siempre como si le fuera la vida en la canción”), y que las dos partes que la componen estén rotuladas como si se tratara del par de lados de un anacrónico vinilo de 45 revoluciones por minuto: “Cara A: Vete de mí” y “Cara B: Me recordarás”. A lo que se añade el hecho sustancial de que en la novela se leen estrofas de ambos boleros (que el Conde oye en un ejemplar de ese raro y legendario disco). Y en esto coincide con el cuento Nueve noches con Violeta del Río, que además incluye una nota que lo patentiza: “Los boleros reproducidos total o parcialmente en el relato son: Me recordarás, de Frank Domínguez; Vete de mí, de Virgilio y Homero Expósito; y La vida es un sueño, de Arsenio Rodríguez.” (En la edición de Tusquets se lee al inicio y en la edición del Fondo al término.)

           

Colección Andanzas núm. 849, Tusquets Editores
Ciudad de México, mayo de 2015

        Pero el caso es que Pancho Carmona, si bien recuerda los datos del disco, ignora de qué lado masca la iguana, es decir: todo de Violeta del Río; no obstante, evoca que el disco lo tuvo “hace como quince años” y que se lo vendió a Rafael Giró, el “cegato ese que escribe de música”. Ese musicólogo, de gruesas gafas y minúsculos ojos hundidos, tiene en su casa una colección de 12 mil 622 discos de 78 y 45, pero no los puede oír porque, les dice al Yoyi y al Conde: “mi tocadiscos está roto. Y en este cabrón país no hay agujas de tocadiscos. Estoy esperando que un amigo me traiga una de España”. Y como resulta que Rafael Giró aún tiene el disco de Violeta del Río, el Conde le propone un trueque: que le dé el disco a cambio de uno de los 218 libros que él y su socio llevan en siete cajas en la cajuela del inmaculado Chevrolet Bel Air 1956 del Yoyi. Y entre las maravillas que hojea oliéndolos y palpándolos con exclamaciones de asombro, Giró opta por la edición príncipe, de 1935, de la Historia universal de la infamia. Y si bien Giró no se preocupó “por saber dónde se había metido” “La Dama de la Noche”, pese a que oyó rumores de “Que se le acabó la voz” (“Ella tenía una voz chiquita, no era un chorro como Celia Cruz o como Omara Portuondo”, dice), sí ha oído o sabe (quizá sin corroborar) que sólo grabó ese disco, que “trabajaba en clubs y cabarets”, cuando en La Habana “habían más de sesenta clubes y cabarets con dos y hasta tres espectáculos por noche. Sin contar los restaurantes y los bares donde había tríos, pianistas y hasta conjunticos...” Y más aún, les bosqueja, magnifica y comprime (semejante a un paneo cinematográfico) la legendaria época habanera —en cuyo bosquejo subyace la cronista mano que en esos menesteres mueve la pluma (algo como la sangre late y circula en ella), la misma que tecleó las crónicas y entrevistas que se leen en Los rostros de la salsa (Tusquets, 2019):

          

Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores
Ciudad de México, marzo de 2020

         “—¿Se imaginan cuántos artistas tenía que haber para mantener ese ritmo? La Habana era una locura: yo creo que era la ciudad con más vida de todo el mundo. ¡Qué carajo París ni Nueva York! Demasiado frío... ¡Vida nocturna la de aquí! Verdad que había putas, había drogas y mafia, pero la gente se divertía y la noche empezaba a las seis de la tarde y no se acaba nunca. ¿Te imaginas que en una misma noche podías tomarte una cerveza a las ocho oyendo a las Anacaonas en los Aires Libres del Prado, comer a las nueve con la música y las canciones de Bola de Nieve, luego sentarte en el Saint John a oír a Elena Burke, después irte a un cabaret a bailar con Benny Moré, con la Aragón, con la Casino de Playa, con la Sonora Matancera, descansar un rato vacilando los boleros de Olga Guillot, Vicentico Valdés, Ñico Membiela... o irte a oír a los muchachos del feeling, al ronco José Antonio Méndez, a César Portillo y, para cerrar la noche, a las dos de la mañana, escaparte a la playa de Marianao a ver el espectáculo del Chori tocando sus timbales, y tú ahí, como si nada, sentado entre Marlon Brando y Cab Calloway, al lado de Errol Flynn y de Josephine Baker. Y después, si todavía te quedaba aire, bajar a La Gruta, ahí en La Rampa, para amanecer metido en una descarga de jazz de Cachao con Tata Güines, Barreto, Bebo Valdés, el Negro Vivar, Frank Emilio y todos esos locos que son los mejores músicos que ha dado Cuba? Eran miles, la música estaba en la atmósfera, se podía cortar con un cuchillo, había que apartarla para poder pasar... Y Violeta del Río era una de ellos...”

          

Paraba el tráfico
Calle Balderas con Ayuntamiento (c. 1957)
Ciudad de México
Foto: Nacho López

        Y como el Conde le pregunta si “¿Era una del montón?”, el cegato Giró le dice: “Ella no era Elena Burke ni Olguita Guillot, pero tenía su voz. Y su estilo. Y su cuerpo. Yo nunca la vi, pero Rogelito, el timbalero, me dijo un día que era una de las hembras más tremendas de La Habana. Paraba el tráfico.”

 III de IX

Así que Rogelito el timbalero, un vivaz, memorioso y parlanchín viejecillo nonagenario, retirado “hace como quince años”, quien subsiste en el oscuro cuchitril de un estrecho, mugroso y mísero vecindario, donde es auxiliado por una guajirita bisnieta —pese a la bonanza que tuvo y a las etapas de oro que vivió a partir de 1921—, le bosqueja al Conde (y al desocupado lector, lectora o lectore) el devenir que conoció “En más de sesenta años tocando en cuanta orquesta aparecía”, y una semblanza del encanto y la seducción de Violeta del Río:

         

Bailarines del Rumba Palace
La Habana, 1950
Foto: Constantino Arias 

         “[...] Desde los años veinte La Habana era la ciudad de la música, de la gozadera a cualquier hora, del trago en todas las esquinas, y eso le daba vida a mucha gente, no sólo ya a maestros como yo, que donde usted me ve pasé siete años en el conservatorio y toqué también en la Filarmónica de La Habana [¡ah chiguaguá!], sino a cualquiera que quisiera buscarse la vida con la música y tuviera agallas para insistir... Después, los treinta y los cuarenta fueron el tiempo de los salones de baile, los clubes sociales y los primeros cabarets grandes con casino de juego, Tropicana, el Sans Souci, el Montmartre, el Nacional, el Parisién, y de los cabarecitos de la playa, donde mi socio el Chori era el rey. Pero en los cincuenta aquello se multiplicó por diez, porque se abrieron más hoteles, todos con cabarets, y empezaron a ponerse de moda los night-clubes, había no sé cuántos en El Vedado, en Miramar, en Marianao, y ahí no cabían orquestas grandes, sino un piano o una guitarra, y una voz. Fue la época de la gente del feeling, y de las boleristas sentimentales, como yo les decía. Eran unas mujeres especiales, cantaban con deseos de cantar y dejaban la piel en el escenario, vivían las letras de las canciones y lo que hacían era pura emoción, pura emoción. Una de ellas fue Violeta del Río...

          

Pas de Quatre
La Habana, 1950
Foto: Constantino Arias

         “Me acuerdo haber visto a la Violeta, no sé, tres o cuatro veces, claro, yo no tenía tiempo de ir a ver a otros músicos. Una vez estaba en el cabaret Las Vegas, y otra, de la que mejor me acuerdo, en La Zorra y el Cuervo, donde había una pista así, chiquita, y ese día ella no estaba actuando, quiero decir, ella no actuaba allí, sino que estaba cantando porque tenía muchas ganas de cantar y Frank Emilio estaba en el piano porque tenía muchas ganas de tocar y como los dos tenían tantas ganas, lo que hicieron esa noche fue como para que a uno no se le olvidara nunca, así viva mil años. ¿Ya te dije que Violeta era una hembra de campeonato? Bueno, tenía dieciocho o diecinueve años y a esa edad está buena hasta la Madre Teresa de Calcuta. Era una trigueña así, quemadita, pero no mulata, de pelo negro-negro, ondeado, y una boca grande, linda, gorda, con los dientes parejitos, aunque un poquito botados, con mucha gracia. Pero lo mejor eran los ojos: un par de ojos negros que te enfriaban la vida cuanto te enfocaban, registrándote por dentro y por fuera, como un aparato de rayos X. Era una de esas mujeres que te ponen dulzón nada más que de mirarlas... Ella, me dijeron, a cada rato hacía eso de ponerse a cantar por cantar, disfrutaba cantando, siempre boleros, bien suaves, y los cantaba con un aire de desprecio, así medio agresiva, como si te estuviera contando cosas de su propia vida. Tenía un timbre un poco ronco, de mujer mayor que ha bebido muchos tragos en la vida, y nunca subía demasiado, casi decía los boleros, más que cantarlos, y cuando se soltaba a cantar la gente se quedaba callada, se olvidaba de los tragos, porque era como una bruja que hipnotizaba a todo el mundo, a los hombres y a las mujeres, a los chulos y a las putas, a los borrachos y a los marihuaneros, porque hacía de aquellos boleros un drama y no una canción cualquiera, ya te dije, como si fueran cosas de su propia vida y las contara allí, delante de todo el mundo.

       

Josephine Baker
La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

         “Aquella noche yo me quedé pasmado, me olvidé hasta de Vivi Verdura, una putona grande, como de seis pies, que se me había encarnado y estaba tumbándome los tragos. Y a la hora y pico, dos horas, qué sé yo, todo el tiempo que Violeta estuvo cantando, fue como andar lejos del mundo, o muy cerca, tan cerca como estar metido dentro de aquella mujer, sin querer salir nunca de allí... ¡Del carajo!... Ese día un fotógrafo que siempre andaba por los clubes y cabarets, porque se dedicaba a tirar fotos de los artistas para los periódicos y las revistas, me dijo: Rogelito, el milagro de Violeta no es que cante mejor, sino que sabe seducir. ¡Santa palabra!: ésa era la verdad. Tanta verdad que, oyendo un día una cosa por aquí y otra por allá, me enteré de que un tipo muy rico, de los ricos de verdad que no iban a los clubes, se había enamorado de ella, quería casarse y todo, aunque le llevaba como treinta años. Parece incluso que el señorón aquel fue quien pagó la grabación de un disco para lanzarla después al mercado grande y poder meterla en la televisión y hacerle luego long play con diez o doce canciones...”

 IV de IX

Pero entre el acopio de coloquiales testimonios que compila el Conde entorno a Violeta del Río, descuella el que en dos sesiones le aporta la anciana Flor de Loto, octogenaria resto de un naufragio, quien subsiste, tullida de un brazo y pobrísima, en el cuartucho de un miserable solar de lavanderas, el cual comparte con una sobrina gordísima que vende en la calle turrones de maní. Flor de Loto también bosqueja pormenores de su autobiografía, precisamente desde que a los 13 años, con un turgente y tentador cuerpo de pecado, empezó a venderse en el vecindario donde vivía con su madre viuda y su hermanita. A los 17, y porque ella buscó la oportunidad de bailar desnuda en un show, se convirtió en la estrella del Shanghai. Época de la que atesora una foto que le muestra al Conde (y luego al Yoyi):

 

Leda frente al espejo (1949)
Foto: Constantino Arias

         “Sin mirar a la anciana extendió la enorme fotografía y quedó frente a una mujer en sus veinte años, intensamente rubia, sólida, sonriente, hermosa, que se defendía de la desnudez total con unas coronas brillantes, como flores de loto, sostenidas sobre el pubis y los pezones de sus senos prodigiosos.”

       Allí en el Shanghai se le acercó un tal Louis Mallet, un franchute cuarentón con residencia en Nueva Orleáns, que se movía entre los Yunaites, Cuba, Honduras y Guatemala, quien al mes de conocerla le alquiló un “apartamentico cerca de la universidad”. Pero su vida dio un salto radical, que la hizo dejar el Shanghai, cuando Mallet, en el 55, la llevó a una casona en Varadero (una casa de madera como de película) donde hubo una reunión de hombres de negocios en la que estuvieron un tal Joe Stasi, el cubano Alcides Montes de Oca y el legendario mafioso Meyer Lansky, en la que hablaron de la construcción de hoteles con todas las atracciones para los turistas americanos, como los casinos de juego y un exclusivo servicio de prostitutas, con buenos salarios, del que Flor de Loto, la Rubia, sería la reclutadora y mánager. “A principios del 56 ya estaba lista la agencia” con 16 rameras de lujo, muy educadas, refinadas y pulidas por especialistas. Y, según le dice: “A fines de ese año la agencia funcionaba tan bien que debimos buscar más mujeres. En una de las invasiones, en un cabarecito en Cienfuegos, me encontré con una muchacha que cantaba allí tres o cuatro noches por semana, y además de ser una de las mujeres más bellas que había visto en mi vida, tenía una voz especial, yo decía que era una voz de mujer porque no podía calificarla de otra manera. Lo único horrible de la muchacha era el vestido pobretón que usaba y sobre todo el nombre, Catalina Basterrechea, aunque para mejorarla la gente le decía Lina, Lina Ojos Bellos.”

            Según Flor de Loto, “Lina no era puta ni tenía vocación de serlo”. Pero como la conmovió con su historia de Cenicienta maltratada, se dispuso a ayudarla y por ende la llevó a La Habana (la guajirita pobre “cargó con una maletica baratona”) y la instaló en su apartamentico. Y “Al mes, mes y medio de estar Lina en La Habana”, o sea: en enero o febrero del 57, hubo otra reunión en la casona de Varadero, a la que Flor de Loto llevó a Lina para que cantara y en la que estuvieron los citados hombres de negocios y “dos empresarios americanos, dueños de una compañía constructora que se iba a encargar de hacer unos hoteles allá mismo en Varadero”. Y, según dice, allí “se conocieron Alcides Montes de Oca y Lina Ojos Bellos: él tenía casi cincuenta y ella menos de veinte, pero esa noche, cuando terminó la conversación de negocios y Lina empezó a cantar, Alcides, nada más de verla y oírla, se enamoró como un loco de la muchacha.”

            Vale resumir, para el objetivo de la presente nota, que el mafioso Alcides Montes de Oca (fallecido en “marzo de 1961” en un accidente automovilístico “en los cayos del sur de la Florida”), entonces dueño de la enorme y valiosísima biblioteca preservada durante 43 años en la que el Conde halló el recetario del 56 con la hoja de Vanidades y en ella la foto de la bolerista, es el influyente adinerado que patrocinó y promovió la vertiginosa y fulgurante carrera de Violeta del Río. Le compró y amuebló un departamento en un edificio nuevo en Miramar y un coche (“un Morris de aquellos que parecían una cuña”), ambos bajo el nombre de Louis Mallet; “le consiguió un hueco para cantar en el segundo show de Las Vegas”, donde él la etiquetó como Violeta del Río. Y “enseguida empezó a hacerse famosa y a cantar en mejores lugares, hasta llegar al show del Parisién, cuando ya La Habana la conocía como la Dama de la Noche” (epíteto que el periodista Silvano Quintero, que la seguía, insomne, con la lengua de fuera y los ojos desorbitados, le endilgó en sus crónicas: “lo que Violeta cantaba nada más tenía sentido si se oía en la noche, cuanto más tarde mejor”). Él financió, en el 59, la grabación del single Vete de mí. Pero ante la vorágine de expropiaciones y prohibiciones que conllevó la huida de Batista y el avance del triunfo de la Revolución, “a finales de 1959 Violeta anunció su retiro del espectáculo”, pues planeaba irse a Norteamérica con Alcides (viudo desde el 56) y sus dos hijos adolescentes, donde se casaría con él y empezaría una vida de señorona burguesa, lejos de los escenarios y de las cabareteras luces del bolero cubano. Pero no se fueron de inmediato, como sí lo hicieron el judío Meyer Lansky y el francés Louis Mallet. Y hasta 1960 “Alcides empezó a preparar la salida de Cuba tratando de salvar lo salvable, aunque perdió cantidad de dinero cuando empezaron a intervenir centrales azucareros y a nacionalizar negocios americanos en los que él tenía acciones”.

         

Haga juego
Casino Parisién, La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

             Y ante la inminencia de la salida de Cuba rumbo a los Yunaites, Flor de Loto se enteró del presunto suicidio de Violeta del Río. Según le dice al Conde: “Yo me vine a enterar de lo que había pasado el lunes siguiente, cuando fui al apartamento de Violeta para saber cómo le había ido en lo que nosotras le decíamos su entrada triunfal en el gran mundo de los Montes de Oca. Cuando llegué, me extrañó ver un movimiento raro y a la que me encontré allí fue a Nemesia Moré, la secretaria de Alcides. Ella me recibió como si yo fuera una extraña y me pidió que me fuera inmediatamente. ¿Pero quién coño es usted?... Ésta es la casa de mi amiga, empecé a decirle, y la muy bestia me soltó la bomba de un tirón: Su amiga está muerta y usted ya no es bienvenida en esta casa... En aquel momento me quedé paralizada y sólo atiné a preguntar qué había pasado. Se suicidó, me dijo la mujer, y me advirtió: No llame al señor Alcides, está muy afectado y lo mejor es dejarlo en paz.”

 V de IX

Vale resumir que catalizado por sus premoniciones y presentimientos, y a través de sus laberínticas averiguaciones (incluso en los virulentos bajos fondos asesinan a un informante de sus tiempos de detective policíaco y a él le dan una golpiza y lo dejan inconsciente y despierta en el hospital rodeado y apapachado por Tamara y sus socios de siempre), el Conde, con el apoyo de Manolo (el capitán Manuel Palacios, quien era sargento y su auxiliar cuando el librero era teniente investigador de la Central), sí llega a desvelar que la bolerista no se suicidó, sino que subrepticiamente fue asesinada con dos píldoras de cianuro diluidas en el jarabe para la tos que estaba tomando en su departamento.

            Pero antes de esto, en un pasaje sobre su desasosiego y las preguntas sobre lo que pudo suceder con la enigmática Violeta del Río, mientras comparte unas botellas de ron con el Flaco Carlos, el Conejo y Candito el Rojo (tres de sus entrañables socios desde la época setentera del Pre de La Víbora), les habla de la bolerista y de sus intrínsecas inquietudes entorno a ella; y entonces el Flaco le dice: “¿Te acuerdas, Conde, cuando cerraron los clubes y los cabarets porque eran antros de perdición y rezagos de pasado?” A lo que añade Candito: “Y para compensar nos mandaron a cortar caña en la zafra del setenta. Con tanta azúcar íbamos a salir de un solo golpe del subdesarrollo [...] Cuatro meses estuve cortando caña, todos los días de Dios.”

           

Viñeta de Edu Molina

           Tarea obligatoria que en Nueve noches con Violeta del Río también vivió el anónimo universitario que se tropezó, el jueves 2 de octubre de 1968, con la clausura de los antros de La Rampa, pues según evoca, tras enterarse, por “La Voz de Oro del Bolero”, que la bolerista recién se había fugado a Miami en una lancha, recuerda: “atravesé otra vez el descampado donde morían bajo el sol implacable las posturas de un café que nunca nadie tomaría, y comencé a llorar, mientras trataba de alejarme de la agobiante necesidad que me había creado aquella mujer. En verdad, no fue fácil; durante años me negué a escuchar boleros y por años me fue imposible amar a otra mujer: ninguna me permitía alcanzar las escalas de placer que había disfrutado con ella, y el sexo me parecía repetitivo y vacío. Pero el paso de esos mismos años, el empeño que puse en mis estudios, los largos meses que pasé lejos de La Habana, cortando caña para la Grana Zafra Azucarera que no resultó ser tan grande como se esperaba y no nos libró del subdesarrollo, y, sobre todo, la llegada de otra mujer —mi mujer—, me ayudaron a aliviar aquel recuerdo que nunca pude matar del todo y que guardé en el cofre cerrado de las más dolorosas nostalgias.” Sitio, íntimo y secreto, donde también yacía la foto de Violeta del Río, guardada durante treinta años.

 VI de IX

Resguardo parecido al que hizo, nada menos, que el progenitor de Mario Conde. Es decir, casi al principio de su pesquisa, el ex policía consultó al párroco Mendoza, ya octogenario, quien conoció a su abuelo el gallero Rufino el Conde y a su padre, de quien le revela que “en 1958” (cuando el Conde tenía “Tres años”) se “enamoró de una cantante”. Y aunque no puede confirmarle si esa cantante era Violeta del Río, esto sí parece embonar (luego embona) con la especie de déjà vu que el Conde les comenta a sus citados compinches en la citada sesión de ron:  

   “Desde que me enteré de la existencia de esa mujer me pasó una cosa muy rara: era como si alguna vez yo hubiera sabido algo de ella y después lo hubiera olvidado. No sé de dónde me viene esa idea, pero si consigo saber qué pasó con ella, a lo mejor encuentro el origen de esa sensación... Después, cuando oí el disco [gracias al portátil y empolvado tocadiscos del Flaco, que incluso se lleva a su casa para oírla a solas y en la intimidad], Violeta acabó de complicarme la vida.”

   Así que en un episodio pre masturbatorio entorno a la voz y a la seductora imagen fotográfica de Violeta del Río, de pronto lo catapulta un borroso recuerdo (de la neblina del ayer) que le lleva a registrar, desnudo y en el cuarto de los trebejos, el cajón de madera donde su padre guardaba varios objetos y que él no había vuelto a mirar desde su lejana muerte. Saca de allí:

“Un viejo guante de beisbol de modelo prehistórico, dos álbumes de fotografías, un sobre con diplomas por méritos laborales, un par de zapatos blancos y negros de puntera afilada, una libreta de teléfonos carcomida, dos cajas de oxidadas cuchillas Gillette, la gorra de conductor de ómnibus con su chapa de identificación, fueron saliendo del baúl hasta que Conde vio lo que su memoria al fin le había remitido desde el recodo de sus más turbios recuerdos. El sobre original aparecía desvaído por la humedad y los años, pero resultaba inconfundible: metió la mano y extrajo el pequeño disco, iluminado con la circunferencia amarilla donde brillaba la gema de la casa grabadora. Conde acarició la placa plástica y descubrió que su superficie se había ondulado, convirtiéndola en un objeto inservible. Consiguió al fin recordar a su padre, sentado en la sala de esa misma casa, envuelto en una penumbra que su mirada de niño sentía misteriosa, dedicado a escuchar ese disco, deglutiendo, quizás, sensaciones similares a las que, más de cuarenta años después, aún podían alarmar a su hijo. La recuperación de aquella imagen de un hombre espantosamente solo que oye cantar a una mujer desde un aparato eléctrico le pareció que, de alguna manera, explicaba al fin su visceral empatía con una voz que había recibido por primera vez hacía tanto tiempo y que se había empozado en su mente, dormida mas no muerta. ¿Hasta qué punto su padre había amado a aquella mujer a la que escuchaba en la oscuridad? ¿Por qué había conservado para siempre aquel disco, tal vez ya inservible mucho antes? ¿Qué le había dicho a su hijo aquella noche perdida en el ayer? ¿Y por qué él, tan recordador, se había olvidado de aquel episodio peculiar que debía haberse mantenido a flote en sus recuerdos? Mario Conde acarició otra vez la superficie plástica, ondulada como un mar nocturno [Mar que teje en la sombra su tejido flotante], y pensó que su padre había sido uno más de los hombres que habían sucumbido a la capacidad de seducción de Violeta del Río y que, como Silvano Quintero, seguramente lloró al conocer la noticia de su muerte y al comprender que de ella ya sólo quedaba el testimonio de su voz estampado en los surcos de aquel pequeño disco.” (Lo llevo en mí como un remordimiento,/ pecado ajeno y sueño misterioso,/ y lo arrullo y lo duermo/ y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.)

   Conjetura probable, pues casi como preámbulo de la última confesión que le brinda Flor de Loto sobre la temible personalidad del mafioso Alcides Montes de Oca, le dice a quemarropa: “Tu padre iba a cada rato a oír cantar a Violeta y empezaba a darse tragos, hasta que se caía de la silla. Dos veces vi cómo lo sacaban a rastras del club. Tu padre era un cobarde, nunca tuvo valor para acercarse a Violeta. Yo hablé con él dos o tres veces, me daba lástima. El pobre infeliz, estaba enamorado como un perro... [El amor es un perro infernal, Bukowski dixit.] Estuvo dándole vueltas a Violeta hasta que alguien le dijo que si quería seguir caminando con las dos piernas, mejor no apareciera más por donde ella estuviera cantando. Desde ese día no volví a verlo...”

   

El sueño
La Habana, 1959
Foto: Raúl Corrales

        Vale observar, entonces, que Alcides Montes de Oca, que procuraba simular la impoluta y respetable imagen de un hombre decente y convencional, era un mafioso de cuidado y muy vengativo. Al parecer borró del mapa, o hizo borrar, al chofer de la familia que figuraba como padre del par de hijos bastardos que tuvo con Nemesia Moré, su secretaria, administradora y ama de llaves: Dionisio y Amalia Ferrer (el vivo retrato de Alcides), los famélicos y harapientos viejecillos que han custodiado la regia biblioteca durante 43 años en la mansión en El Vedado edificada a todo lujo en 1921. Ordenó que el negro Ortelio, su gorila y chofer en La Habana, dejara tullido, descarrilado y timorato para siempre, al entonces periodista Silvano Quintero de 25 años. Y a Flor de Loto la amenazó la última vez que lo vio en las inmediaciones de la Western Union, cuando ya había muerto Violeta del Río y ella pretendía hablar con él sobre el supuesto suicidio:

   “Lo que me dijo Alcides es que no metiera la nariz donde no debía. En ese momento él no podía arriesgar el futuro de sus hijos [el par de herederos que tuvo con la fallecida Alba Margarita, ‘una de los Méndez-Figueredo, los dueños de dos centrales azucareros en Las Villas y ni se sabe de cuántas cosas más’, y quizá la dueña del recetario del 56, el año en que murió] y por eso se iba, pero pensaba volver en cuanto pudiera, porque tenía que arreglar aquí ciertas cosas. Y su chofer, el negro Ortelio [con aspecto de bóxer y boxeador, tal vez parecido al hercúleo y temible Mike Tyson y con la altura de Michael Jordan], se iba a ocupar de algunos de sus negocios y uno de ellos era que nadie revolviera la muerte de Lina o sus reuniones secretas con Lansky. Todo, como Lina, debía quedar muerto y sepultado hasta que él volviera y lo desenterrara. Por mi bien, me dijo, yo debía olvidarme de todo, especialmente de comentarle aquella conversación a la policía... Y lo dijo de una manera que todavía me espanta. Por eso cerré la boca y no averigüé más. Aquel hombre no era de los que te pedían algo por gusto y luego se olvidaban. No, nunca, fue de ésos...”

 VII de XIX

Parte de la intriga (o intrigas) de la novela La neblina del ayer la suscitan e implican las diez cartas en cursiva que “Tu Nena” (Nemesia Moré) le dirige a su “Querido mío” (Alcides Montes de Oca), las cuales se hallan entreveradas entre los capítulos de las dos partes de la obra: “Vete de mí” y “Me recordarás”. Fechadas, cronológicamente, entre el 2 de octubre (de 1960) y el 19 de marzo (de 1961), esas cartas (especie de páginas de un diario íntimo y secreto) nunca fueron enviadas a nadie y estuvieron ocultas entre los libros de la enorme biblioteca, donde luego aparece asesinado Dionisio Ferrer. Sorpresivo e inesperado crimen que suscita la intervención de la policía con el capitán Manuel Palacios a la cabeza de la investigación, que interrumpe el boyante negocio de compraventa de libros que estaban haciendo el Conde y su socio Yoyi el Palomo, y los coloca entre los sospechosos y por ende son fichados e interrogados en la Central. Y si bien el Conde llega a saber de la existencia de esas cartas, no pudo leerlas y enterarse de su contenido porque Amalia Ferrer las localizó y destruyó.

            Vale resumir que en varias de esas misivas Nemesia Moré, al unísono de que reporta un paulatino deterioro mental, lamenta que Alcides la suponga la asesina de la bolerista; pero luego habla del temor que él le suscitaba y de la posibilidad de que él sea quien la mató. Y casi por último, previo al comentario de la muerte de Alcides en Estados Unidos, refiere el descubrimiento, doloroso e inquietante para ella, de la persona (sangre de su sangre) que sustrajo dos píldoras de cianuro de una adquisición para combatir una plaga de ratones en el jardín.

            Vale subrayar que en septiembre de 2003, Nemesia Moré es una anciana nonagenaria recluida (y escamoteada) en una recámara de la casona de El Vedado, más que por su remota pérdida de la razón y del habla, por el oculto, empantanado y ponzoñoso sadismo de su hija Amalia Ferrer, inextricable a su evidente psicosis. Y el patético y lastimoso estado en que la descubren el Conde y el capitán Manuel Palacios es el pasaje más estremecedor, macabro y espeluznante de la obra:

            “Decidido a resolver aquel enigma pospuesto, Conde dio un paso hacia el interior del cuarto y estuvo a punto de soltar un alarido. Sobre la cama imperial de madera oscura, con sólidas columnas talladas de las que colgaban unas gasas deshechas, estaba el cadáver viviente, completamente desnudo, de lo que alguna vez había sido un ser humano. Imponiéndose a sus deseos de echar a correr, Conde hizo un acopio de fuerzas y observó el esqueleto yacente sobre el colchón desprovisto de sábanas. Sólo el levísimo movimiento del aire en el diafragma hundido advertía que allí quedaba algún aliento de vida, pero el cráneo, definitivamente cadavérico, sumergido en la almohada, parecía desprendido del resto de cuerpo, de donde se había evaporado toda fibra muscular, como devorada por un carroñero voraz. Los brazos y las piernas inertes parecían gajos secos, quebradizos, y con horror Conde vio la abertura morada y tumefacta del sexo, macerada por los ácidos de la orina, y la piel colgante, plegada una y otra vez sobre sí misma, que alguna vez estuviera poblada por el monte de Venus. La muerte tocaba todas las puertas de acceso a aquel deshecho humano y hasta en el aire se respiraba el aroma amargo de su presencia.”

 VIII de XIX

No obstante la serie de testimonios y conjeturas, quizá vale dudar del presunto enamoramiento de Violeta del Río y su presunta decisión de dejar de cantar por cantar para convertirse en la joven, bella y esplendorosa cónyuge de un burgués mafioso y cincuentón cubano autodesterrado en Florida. Según le dijo la ex madama Flor de Loto al Conde: “Lina no era puta ni tenía vocación de serlo”, pero “podía estar dispuesta a hacer lo necesario para alcanzar su meta”. ¿Y cuál era su meta? ¿Ser una profesional del bolero que además podía, y podría, cantar por cantar en el escenario donde la contrataran y donde le diera su regalada gana? ¿O sólo ser la querida o gratificada esposa de un viudo y rico mafioso con dos hijos adolescentes? ¿Estaba realmente enamorada de ese hombre que metía miedo y la agasajaba con caros caprichos? ¿Su “himno de combate” Vete de mí lo cantaba así, como si fueran cosas de su propia vida, como si le fuera la vida, porque en esa letra subyacía o le imprimía algo oscuro y desesperado, quizá maldito, de amor-odio y coercitivo por la implícita y tácita omertà? A priori, por lo pronto, parece que sí gozaba a lo grande con el señor Alcides Montes de Oca, pues Amalia Ferrer, quien entonces tenía la misma edad que Violeta del Río, con la copia de la llave que tenía Nemesia Moré en su calidad de administradora y ama de llaves, se metió a la lujosa leonera en Miramar, según les confiesa al Conde y a Manolo, quien porta su uniforme de capitán de la policía:  

    “Lo primero en sorprenderme fue comprobar lo bien que vivía: en comparación con esta casa [la deteriorada, desamueblada y vetusta mansión en El Vedado donde se resguardó, intocable y durante 43 años, la enorme biblioteca de tres generaciones de Montes de Oca: cinco mil volúmenes que van del siglo XVI al XX], aquél era un apartamento modesto, pero estaba montado a todo lujo. Para mí fue como un golpe en el estómago entrar en la habitación y encontrarme con una cama matrimonial de estilo, más grande que las camas normales, donde seguramente se revolcarían ella y el señor Alcides, viéndose fornicar como animales en un espejo que habían hecho colgar del techo. En varios cofrecitos tenía joyas finas, debían de valer una fortuna. Y la ropa: clósets llenos de ropa cara, zapatos de las mejores marcas, hasta abrigos de piel que nunca habría podido usar en Cuba... Todo eso lo había comprado con el dinero que nos pertenecía a mamá, a Dionisio y a mí, yo, que jamás había usado una ropa como aquella y no tuve otra joya que una cadenita de oro y un anillo, el regalo del señor Alcides por mis quince años.”

    Y luego añade en su varias veces estremecedor monólogo: “fui a la sala del apartamento y saqué de su sobre el disco que había visto al llegar. Era el que el señor Alcides había pagado para que le grabaran. Lo coloqué en el tocadiscos y lo puse a funcionar. Cuando oí su voz, sentí cómo me temblaban las piernas. Ella cantaba una canción, se llamaba Vete de mí, y de pronto tuve la impresión de que se dirigía a mí. Por eso, sin esperar más, tomé las precauciones que había aprendido del veterinario, trituré las cápsulas y las diluí en el jarabe. Luego lo limpié todo y salí de la casa.”

IX de IX

Aún en busca de respuestas, siguiendo su intuitiva e intrínseca pulsión, el Conde va a deambular, solitario, perruno apaleado y a pata pelada, por los noctámbulos sitios donde anduvo Violeta del Río con su tentador cuerpo de pecado (y donde previamente observó los actuales y variopintos ejemplares de la infame turba de nocturnas aves que pululan y talonean por allí):

            “Sin intenciones de buscar una respuesta satisfactoria, Conde se alejó del bullicio nocturno y tomó la pendiente de La Rampa, con los límites cronológicos de la nostalgia ubicados más allá de su memoria personal, mucho más allá de su más remoto recuerdo, y trató de encontrar los rastros todavía visibles de una ciudad rutilante y pervertida, un planeta lejano, conocido de oídas, escuchado en discos olvidados, descubierto en infinitas lecturas, y que en sus evocaciones siempre se le aparecía poblado de unas luces, clubes, cabarets, melodías y personajes que, ahora lo sabía, casi cincuenta años atrás debió de frecuentar Violeta del Río, con sus esperanzas a toda máquina, en busca de su lugar en el mundo.

       

Esperando el año
Hotel Nacional, La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

           “Transitó, sin detenerse, ante el lumínico revitalizado de La Zorra y el Cuervo, donde alguna vez cantó aquella mujer, vedado ahora a quienes no cargaran los cinco dólares norteamericanos capaces de abrir sus puertas y garantizarles una silla; contempló la entrada sólidamente clausura de La Gruta [donde en los 60 cantaba boleros la Violeta del Río del cuento], de la cual no salía ya ni el último eco de los acordes trasnochados que una vez hicieron retumbar aquella cueva musical cuando afuera comenzaba a salir el sol; miró sin emociones especiales las ruinas calcinadas del antiguo Montmartre, proletariamente rebautizado como Moscú y proféticamente devorado por un incendio unos años antes de la desintegración del imperio; pasó, como si huyera, frente al portón desangelado del cabaret Las Vegas, donde le llamó la atención la presencia de un hombre, más o menos de su edad [ídem el desterrado Fernando Terry en pos de la presunta novela perdida del poeta independentista José María Heredia y Heredia], que miraba con especial nostalgia el sitio ahora empapelado donde por tantísimos años se pudo beber el último café de las madrugadas habaneras; cruzó sin esperanzas ante la torre coronada por el Pico Blanco y no lo tocó ni un arpegio de guitarra; subió hacia el oscurecido Salón Rojo del Capri, con sus puertas atadas con una cadena, y por fin entró en los jardines del Hotel Nacional, atravesando la mirada hosca de los vigilantes, armados de walkie-talkies, que le perdonaron la vida cediéndole el paso sin hacerle preguntas, aunque visualmente lo acusaron de los cargos de ser cubano, de no tener dólares, de no ser del ambiente. Se detuvo unos minutos ante el pórtico lujoso y también dolarizado del Parisién, el cabaret donde alguna vez actuaron el inmortal Frank Sinatra —para que lo oyeran [el mafioso Lucky] Luciano, [Meyer] Lansky, Trafficante— y una joven olvidada que se hacía llamar Violeta del Río y cantaba por el gusto supremo de cantar.”

     

Frank Sinatra

          Pero si esa enigmática Violeta del Río, La Dama de 
la Noche de los 50, no hubiera muerto hace 43 años siendo una atractiva y seductora veinteañera que volvía locos a los hombres (y a las mujeres y demás fauna noctámbula), sin duda tendría una variante pizca (algo o mucho) de las ineludibles mutaciones (no me preguntes cómo pasa el tiempo) que el académico cubano (casi cincuentón) observa la noche del 16 de mayo de 1998, treinta años después, en la Violenta del Río que mira y escucha en la vaporosa y odorífica penumbra de La Cueva de Miami Beach cantando por cantar (o por el gusto supremo de cantar) el bolero La vida es un sueño:

           

Rita Montaner
La Habana, 1953
Foto: Constantino Arias

          “La señora que ahora remedaba el estilo dramático y despechado de la que alguna vez fue La Dama Triste del Bolero y animaba las noches perdidas de La Gruta, tenía sesenta años, algunas libras de más, un poco menos de su voz gruesa de entonces y el pelo de un rubio más exagerado, cayéndole ya sin furia sobre la cara. Sin embargo, dueña de sus posibilidades, el espectro de la mujer que una vez me había enloquecido, todavía conservaba una fascinante comunicación con sus canciones, siempre susurradas, como dichas al oído, con aquel sentimiento interior que tan bien sabía expresar Violeta del Río.”  

 

Constantino Arias y Raúl Corrales, Cuba. Dos épocas. Colección Río de Luz, FCE. Fotos en blanco y negro. Presentación de María E. Haya. Edición de Pablo Ortiz Monasterio. México, junio 15 de 1987. 72 pp.

Nacho López, Yo, el ciudadano, Colección Río de Luz, FCE. Fotos en blanco y negro. Presentación de Fernando Benítez. Edición de Pablo Ortiz Monasterio. México, agosto 30 de 1984. 80 pp.

Leonardo Padura, Aquello estaba deseando ocurrir. Colección Andanzas núm. 849, Tusquets Editores. México, mayo de 2015. 262 pp.

Leonardo Padura, La neblina del ayer. Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores. México, junio de 2005. 360 pp.

Leonardo Padura, La novela de mi vida. Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2002. 350 pp.

Leonardo Padura, Los rostros de la salsa. Colección Andanzas s/n, Tusquets Editores. México, marzo de 2020. 334 pp.

Leonardo Padura, Nueve noches con Violeta del Río. Ilustraciones en blanco y negro de Edu Molina. Colección Vientos del Pueblo, FCE. México, enero de 2022. 32 pp.

Xavier Villaurrutia, Obras. Poesía, teatro, prosas varias, críticas. Recopilación de textos de Miguel Capistrán, Alí Chumacero y Luis Mario Schneider. Bibliografía de Xavier Villaurrutia de Luis Mario Schneider.Letras Mexicanas, FCE. 1ª reimpresión, octubre 10 de 1974. México. 1096 pp.  

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Vete de mí (1966), corto, con Virgilio Expósito y la dirección de Alberto Ponce. 

domingo, 27 de septiembre de 2026

La novela de mi vida

 

Yo te llevo dentro

 

I de X

Precedida por una nota de “Agradecimientos” y editada en marzo de 2002 en Barcelona por Tusquets Editores con el número 470 de la Colección Andanzas, La novela de mi vida, del escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), comprende dos grandes segmentos: “Primera parte: El mar y los regresos” y “Segunda parte: Los destierros”; más un epílogo rotulado “Noticia histórica” (cuya fecha al calce es la datación de la obra en el barrio donde vive y escribe: Mantilla, 1 de enero de 1999-23 de junio de 2001), en cuyo último párrafo canta el habanero Cantor de Mantilla convertido en omnisciente voz narrativa:

          

Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores
Barcelona, marzo de 2002

          
“En las cataratas del Niágara, como homenaje a su gran cantor, ha sido colocada una placa de bronce con los versos de la famosa oda. En Toluca [Estado de México], existe una estatua de José María Heredia. En 1902, al proclamarse la independencia de la isla, la calle de Santiago de Cuba donde nació Heredia fue definitivamente bautizada con su nombre y muchos lo consideraron el Poeta Nacional. A dos siglos de su nacimiento su poesía sigue siendo estimada como la primera gran clarinada de la cubanía literaria y del romanticismo hispanoamericano, y poemas suyos como la oda ‘Niágara’ [de la que existen dos versiones: la Primera versión y la Versión definitiva], ‘En el teocalli de Cholula’, ‘Himno del desterrado’ y ‘La estrella de Cuba’ son estudiados como los más altos ejemplos de la naciente lírica del país, y citados por especialistas y lectores. Sus versos patrióticos hacen de José María Heredia el primer gran poeta civil de Cuba y el gran romántico de América, como lo reconoció José Martí, al evocar la memoria del poeta muerto en la miseria y el olvido.”

           

José María Heredia. Obra poética
Editorial Letras Cubanas
La Habana, abril de 1993
(contraportada)

          En este sentido, vale puntualizar que el eje o principal intriga de la urdimbre de La novela de mi vida —Premio Casa de Teatro 2001 en República Dominicana y Premio de la Crítica 2002 en España— es el manuscrito de las memorias autobiográficas que el Cantor del Niágara, el poeta cubano e independentista José María Heredia y Heredia, redactó —tuberculoso, miserable y moribundo—, con el auxilio de su esposa Jacoba Yáñez. (Vertiente narrativa en la que, por la soberana y libre decisión del autor, predomina el poder imaginativo y la conjetura, sobre el acopio bibliográfico y los datos y nombres históricos.) Y por ende es ella, ya viuda, quien las cierra con una nota fechada en “Ciudad de México, 12 de mayo de 1839”, que reza a la letra:

            “Después de tres días de delirios y agonía, murió José María Heredia y Heredia, a las diez de la mañana del jueves 7 de mayo de 1839, en la casa de la calle del Hospicio de San Nicolás, número 15. Al morir tenía treinta y cinco años, cuatro meses y siete días de vida. Fue enterrado esa misma tarde, en la mayor pobreza, con la presencia de unos pocos amigos y sin ningún reconocimiento oficial, a pesar de su antigua condición de diputado de la nación [mexicana]. Su cadáver reposa en el Panteón del Santuario de María Santísima de los Ángeles, en el cementerio de Santa Paula. La prensa mexicana no publicó una sola esquela mortuoria. Al día siguiente de su muerte, el Diario del Gobierno de la República Mexicana estampó una convocatoria para ocupar la vacante por él dejada.

            “Su última voluntad fue que estos documentos fueran entregados a la señora Dolores Junco, en Matanzas, isla de Cuba, para que ella los hiciera llegar, cuando creyera oportuno, al señor Esteban Junco.

            “Yo atestiguo, ante Dios y la posteridad, que hasta donde conozco, ésta es la verdadera historia de la vida de José María Heredia, hombre que disfrutó la gloria y murió en el olvido. Fue el Cantor del Niágara, de las palmas y de la estrella de Cuba, la patria que amó cada día de su vida y por cuya independencia sufrió destierro. Descanse en paz su alma.”

           

UAEM/Ayuntamiento de Toluca
Biblioteca Nacional de Cuba José Martí/UNEAC
Toluca, 2017

               Pero si bien el epicentro de La novela de mi vida son las memorias autobiográficas que Heredia narra en primera persona, las dos grandes partes de la caudalosa y minuciosa obra comprenden tres puzles: tres vertientes narrativas, paralelas y entreveradas entre sí en sucesivos capítulos sin rótulos. Una es, precisamente, la que narra la vida de Heredia a través de su evocativa y reflexiva voz, hasta los patéticos momentos que preceden a su muerte. Otra es la que corresponde al póstumo, misterioso y azaroso destino de esas desconocidas e inéditas memorias manuscritas, que tiene como punto de partida el día 11 de abril de 1921, cuando el viejecillo y empobrecido José de Jesús Heredia, hijo del Cantor del Niágara, a sus 85 años de edad y porque presiente su muerte, entrega el sobre de Manila, atado con una cinta malva, a la logia masónica Hijos de Cuba con sede en Matanzas, quien a partir de entonces tiene por cometido su resguardo en el más absoluto secreto de los secretos, hasta que se cumpla el centenario de la muerte del poeta. Meollo no previsto por éste, sino ordenado por su madre, María de la Merced Heredia, en la casa matancera de su hijo Ignacio, tras la muerte por tuberculosis de Jacoba Yáñez —días después de su arribo desde México—, fallecida a los 33 años el 17 de junio de 1844, dejando allí en orfandad a dos de los cinco hijos que tuvo con el poeta: Loreto, la segunda, y José de Jesús, el quinto, quien cumplió tres años un día antes de que su padre muriera, y quien por su hermana Loreto supo del manuscrito hasta 1904 y entonces lo leyó y se convirtió en su albacea y en vigilante y censor de la imagen pública de su padre. Pero cuando en 1926, a sus 90 años, el viejecillo José de Jesús Heredia está en el lecho de muerte hospitalizado en la Quinta de Nuestra Santísima Virgen de Covadonga, al oír e inferir, de manera fortuita y circunstancial, que las cosas podrían torcerse con la súbita muerte de Ramiro Junco —nieto del poeta y su sobrino nieto—, les pide a Carlos Manuel Cernuda y a Cristóbal Aquino, dos viejos masones matanceros, que destruyan los papeles; pero sólo Cristóbal Aquino acepta la subrepticia y destructiva misión. Sin embargo, tras leer de un tirón las ciento dieciocho hojas —pese a que lo tenía prohibido—, decide preservarlas, en la secrecía de la logia, por su valor histórico, testimonial y documental. Pero en 1932, ante el inminente saqueo y destrucción de los esbirros que obedecen al dictador Machado, para salvaguardar el manuscrito, auxiliado por su hijo Salvador Aquino, pergeña un teatral, camuflado y escurridizo numerito con una falsa acta mecanografiada al vapor y decide, solitario y en secreto, entregárselo a Ricardito Junco, hijo del fallecido Ramiro Junco, un pillo enriquecido bajo la férula de la dictadura machadista y por sus voraces tejemanejes como gobernador de la provincia de Matanzas, quien durante seis años lo oculta en la caja fuerte del señorial palacio de Junco, donde vive. Pero como en 1938 sus fondos se han evaporado y su pariente Dominguito Vélez de la Riva y del Monte aspira a la presidencia de la República de Cuba y dado que faltan ocho meses para el 7 de mayo de 1939, día que los papeles deberían hacerse públicos, se los da a leer en una copia y los originales se los vende, en total secrecía, por 500 mil dólares contantes y sonantes, más la inextricable “promesa de que si difundía otra copia del manuscrito pagaría toda su fortuna a un asesino para que no dejara vivo a uno solo de los Junco”.    

   

Leonardo Padura en el cintillo de La novela de mi vida (Tusquets, 2002)

            Y la otra vertiente —la más cercana a los actuales tiempos del siglo XXI, iniciados con la caída de Batista y el triunfo de la Revolución Cubana el 1 de enero de 1959— es la que protagoniza el solterón Fernando Terry Álvarez, un eventual poeta del montón, ex marielito y desterrado profesor en Madrid de 48 años de edad, quien regresa a La Habana, con un mes de permiso para moverse en la ínsula supuestamente socialista, tras 18 años de exilio iniciado en mayo de 1980 por el puerto del Mariel, la embajada del Perú, y “el antiguo bar Cuatro Ruedas, donde estuvieron abiertas las oficinas para que todo el que se reconociera como una escoria antisocial diera el salto definitivo al exilio”: cuatro años de residencia en Estados Unidos (los tres primeros meses subsistiendo en una calurosa y asfixiante carpa en los jardines del Orange Bowl de Miami, capital de Florida donde un año trabajó de albañil y los tres siguientes de “custodio de los fondos del Museo Guggenheim”, en Nueva York, mientras residía en un departamentico en Union City, New Jersey) y los catorce restantes en un ático en la capital española, donde empezó de “acomodador de libros en una biblioteca” y al año de profesor de español y literatura en un liceo. La razón de ese perentorio retorno a la nostálgica y entrañable Isla Perdida (Se escucha música de guitarra, laúd, maracas y bongó. Es una melodía sensual, mulata, con olor a monte y sabor a ron, que engañosamente induce a pensar cálidos placeres, hasta que de tanto escucharla se llega a perder la conciencia de que nos acompaña.) obedece a que el doctor Mendoza, su otrora profesor de latín en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, ya jubilado y convertido en bibliotecario de la Gran Logia, recién rescató “varias cajas de documentos masónicos traspapelados en un sótano del Archivo Nacional y entre los papeles había hallado uno capaz de córtale la respiración: se trataba del acta donde se registraba el homenaje que en 1921 le rindiera la logia matancera Hijos de Cuba a José de Jesús Heredia, y donde se aseguraba que el viejo masón había entregado al Venerable Maestro un sobre sellado que contenía un valioso documento escrito por su padre, el cual debía quedar, desde entonces y hasta 1939, bajo la custodia de aquel templo, heredero del que había iniciado al poeta independentista en 1822”. Lo cual induce al profesor Terry a suponer que ese documento valioso “no podría ser otro que la presunta novela perdida de Heredia que por años —y sin el menor éxito— había tratado de localizar.” Quince días después de recibida la escueta información que desde La Habana le enviara por carta su amigo el poeta Álvaro Almazán, Terry “se presentó en el consulado cubano dispuesto a iniciar los trámites para obtener un visado que le permitiera el retorno temporal a su patria.”

II de X

El drama del destierro de Fernando Terry empezó a enmarañarse de manera burda y grotesca con un infundio, casi una especie de venenosa broma de malaleche, pero sin duda: un síntoma de la carencia de libertades y de la represión dictatorial, ideológica e intolerante que, no sólo su generación, vivía en Cuba durante la década negra de los años 70. Terry, muy chipocludo y donjuán en un insaciable y deportivo festín sexual con maestras y alumnas, llevaba dos años impartiendo clases en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. “Su tesis de grado sobre la invención lírica de los símbolos y representaciones de la cubanía en las obras de José María Heredia”, había recibido la máxima calificación (summa cum laude, se infiere); y el tribunal examinador dispuso que su tesis “debía publicarse y convertirse en texto de consulta para los estudiantes”, y que él, hijo pródigo del alma mater coronado con laureles y fanfarrias, “se quedaría trabajando como profesor de la Escuela de Letras. Mientras, al cumplir los requisitos necesarios, se le iniciaría un expediente como candidato a doctor en Ciencias Filológicas para que preparara, como trabajo científico, una nueva edición crítica de las poesías de Heredia, comentadas y anotadas desde la novedosa perspectiva de su estudio de graduado”.

            Y en esas lides estaba, preparando su “tesis doctoral sobre la poesía y la ética de José María Heredia” —que se quedó truca—, cuando, mientras trinaba una clase con su cantarina voz de sinsonte de mil cuatrocientas voces, fue interrumpido por la secretaria de la escuela, quien “le pidió que bajara con urgencia a la oficina del decanato”. Pero allí no lo esperaba la doctora Santori (su tutora y un poder en la universidad que pudo salvarlo de la purga), sino “un mulato fornido, varios años mayor que Fernando”, quien “se presentó como el compañero Ramón, teniente de la Seguridad del Estado que atendía la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana”. (Luego, con otro pseudónimo, lo haría en el Ministerio de Cultura, tácita e implícitamente mangoneado por el represor Luis Pavón Tamayo, presidente del Consejo Nacional de Cultura durante el quinquenio gris: 1971-1976). Y sin decir agua va, buscando el aturdimiento o el fulminante nocaut de un batazo, el agente “le informó sin más preámbulos que en las investigaciones realizadas a raíz del intento de salida clandestina del país del ciudadano Enrique Arias Martínez, éste había confesado que entre las personas enteradas de su proyecto se encontraba Fernando Terry Álvarez.” Y esta es, por increíble que resulte, la descomunal e imperdonable “falta administrativa” (casi un “delito”) que supuestamente ha cometido el boquiabierto y lelo profesor, porque —le echa en cara ese policía— motu proprio debió informar a las “instancias correspondientes”. Y además, para presionarlo, arrinconarlo y tupirlo en la lona, le dice que ha espiado al grupo: “nosotros sabemos que usted y varios de sus amigos tienen opiniones respecto a algunas medidas que se han tomado en los últimos años” (y a la postre sabrá que particularmente vigilaba al negro Miguel Ángel, por su militancia en la Juventud Comunista), y que está específicamente enterado de los poemas que escriben él y Álvaro Almazán. “Una lectura de sus poesías demuestra que usted no es precisamente un hombre politizado. Y sepa que ésa no es nuestra opinión: es la de la dirección de la escuela y la de alguien del núcleo del Partido...”  

        Y si bien Fernando Terry, en ese ríspido interrogatorio, se niega a espiar y a ser un chivato al servicio del régimen castrista, baja la guardia, se le ablanda la sesera y afloja la viperina, pese a él, pues declara: “Una vez Enrique estaba molesto por algo que le había pasado, ni me acuerdo qué fue, y me dijo que cualquier día se montaba en una lancha y se iba... Era una de esas perretas que le dan a él, cuando se ponía histérico..., porque, bueno, él es maricón. Por eso yo ni le hice caso.” Es decir, se trata de una traicionera delación de Fernando Terry, pues Enrique Arias, en uno de los encuentros en la azotea, les confesó a los Socarrones —porque confiaba en ellos—, que era marica desde los doce años. (Íntima y secreta revelación que fue motivo de anécdotas autobiográficas, chismes y bromas, como la del “aguerrido secretario de la Juventud Comunista de la Facultad, a quien desde entonces bautizaron como el dulce pájaro de la Juventud”). Señalamiento grave, comprometedor y peligroso en el intolerante y represivo contexto social y político de Cuba: “en la Escuela de Letras eran asoladoras y cíclicas las purgas de homosexuales”, inextricable al hecho de que se trata de una vigilada y espiada “facultad donde la ideología tiene un peso tan importante”. De ahí que Enrique Arias, actor estudiantil y dramaturgo con un libro premiado y publicado —y un activo homosexual casi en el armario—, por su intento de fuga en una lancha (siguiendo a su novio, el ladrón del bote), haya estado preso año y medio en una granja —quizá una de las llamadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción, donde por su homosexualidad, lesbianismo, desviación ideológica o socarronería autosuficiente, eran recluidos intelectuales y artistas—, pero allí no le extirparon lo marica ni las ganas de largarse de la isla perdida de la que nadie puede salir. Y Fernando Terry, luego del interrogatorio de ese policía de la Seguridad del Estado, regresó al aula a impartir la que sería su última cantarina conferencia (El ave canta aunque la rama cruja) —casi la última carcajada de la cumbancha—, pues “Al día siguiente, cuando la decana lo llamó a su oficina”, se enteró “que quedaba temporalmente suspendido de su trabajo”.

            Fernando Terry y Enrique Arias sólo pudieron discutir sobre el escatológico y neurálgico intríngulis hasta que año y medio después éste quedó “libre” y estigmatizado y excluido de por vida. “Nos engañaron a los dos”, fue la persuasiva hipótesis de Enrique. (Después hubo otra charla, en 1978 —cuando llevaba “Más de un año sin verlo”—, la última, luego de que Terry, maltratado y humillado, decide no regresar a la chamba de corrector de galeras en la revista TabaCuba, carcelaria, burocrática, roma y oficialista.) Y aunque el profesor Terry esperó con ansiedad y añoranza una misiva de rectificación, nunca pudo reincorporarse a su trabajo de maestro universitario. (La última vez que estuvo en la facultad fue el “día de diciembre de 1976 en que esperó en vano toda una tarde para conversar sobre su caso con la decana”, la doctora Santori, que lo dejó plantado, solo, solitario y fóbico ante el acoso sistémico. En el ínterin al exilio, tuvo que emplearse de operador del montacargas de la rotativa de un periódico, donde además hizo servil e hipócrita “trabajo voluntario” para demostrar su afinidad ideológica al “socialismo científico” del régimen castrista, como “encargarse de la actualización del mural del sindicato y de la redacción de los discursos del secretario del Partido, el de la Juventud y los del administrador”; de negro, con grilletes en los tobillos, en la citada revista TabaCuba; y de ayudante de un carpintero vinculado al comercio clandestino, temiendo, con los pelos de punta, “que el presidente del Comité de Defensa de su cuadra pudiera comunicar que no tenía vinculación laboral” y por ende sería “fichado como vago o antisocial”.) Y Enrique, un paria, marginado para publicar y emplearse en el área de sus estudios, “Cuatro meses después” de la última charla que tuvo con él, murió, a los 30 años, en la avenida del Malecón, una noche de 1979, atropellado y destrozado por la mole de acero de un KP3 soviético —pesado vehículo de carga que es un indicio de la sovietización imperante en Cuba desde 1963 hasta la disolución de la URSS en 1991, lo que dio paso a la escasez y esclerosis económica del llamado Período Especial—. (¿Un alevoso suicidio o un simple capricho de un azar fabricado?, oscuro meollo del que Terry se lamenta y se culpa.) “Tú todavía puedes esperar algo, Fernando, pero a mí lo que me queda es esto —y señaló hacia las calles sucias y despintadas, especialmente sórdidas en aquel rincón de la ciudad [el entorno del parque Central y de ‘los portales siempre infectados de orines del antiguo Centro Asturiano de La Habana’]—. Si me agarran tratando de montarme otra vez en una lancha, me pueden meter preso no sé cuántos años. Si presento un libro a una editorial, no me lo publican cuando sepan quién soy. No me van a dar trabajo en nada que tenga que ver con lo que estudiamos. Yo sí no tengo base para donde virarme y ni siquiera tengo alma de mártir. Además como soy maricón y ya no me escondo para serlo... Estoy preso en las cuatro paredes de esta isla. Y creo que después de todo me lo merezco: mi ‘tragicomedia’ tiene que ver con una isla perdida de la que nadie puede salir. ¿Es casi simpático, no? Tanto joder con la literatura, y la literatura termina vengándose de uno. Y de contra todavía piensas que soy el culpable de todo lo que te ha pasado, ¿verdad?” Fue de lo último que le dijo en ese último diálogo.

III de X

Durante sus estudios universitarios, el grupo de los Socarrones (que empezó siendo una especie de juvenil club de Tobi prohibido para la pequeña Lulú) tenía como lugar de encuentro y tertulia —para sus textículos literarios y sus cuitas existencialistas con ron y tabaco (una idiosincrásica y habanera variante de la deslenguada fenomenología del relajo cubano)—, la azotea del astroso edificio donde vivía y aún vive Álvaro Almazán (con el techo a punto de derrumbarse sobre él), quien en el presente es un cincuentón y oscuro poeta con obra breve (dos poemarios), con tres hijos desperdigados de infaustos matrimonios, sin fémina de planta e inclinado al trago hasta las heces y las últimas consecuencias. (Estiro el brazo/ encojo el codo/ Y a la salud de too/ me lo bebo too.) Pero durante la época universitaria los ilusos Socarrones “vivían convencidos de poder cambiar el destino literario del país”. No lo lograron. No son el magnético círculo literario de los Socarrones autosuficientes de La Habana, materia de estudio de epígonos y académicos de toda ralea. (No hay entre ellos —pese a las prebendas y al reconocimiento del establishment, quizá algo artificial, del que goza y se beneficia el poeta Arcadio Ferret con “ocho volúmenes, ampliamente difundidos, premiados y comentados”—, ningún prolífico Príncipe de Asturias de las Letras con rutilantes preseas en Cuba y en otras latitudes e idiomas de la recalentada aldea global.) Y ahora son, sin excluir la cacofonía y al desterrado (De un tumulto de males cercado), una generación perdida, una más (escondida, sin rostro, sin cojones), apaleada y sumergida hasta la calva (o el copete) en sus individuales tareas de Sísifo en Isla Perdida (donde proliferan los tácitos e implícitos letreros que ordenan: PROHIBIDO), ya profesionales con mediocres salarios, ya con cierto éxito, suerte, picaresca, oportunismo y arribismo, y la mayoría con rastros de supervivencia y resiliencia, e ineludible o necia continuidad haciendo agua o nadando de a muertito en el hediondo y estancado pantano. No obstante, al parecer, la generación perdida de los Socarrones prometía, según lo transluce el elogio de la sombra del jubilado doctor Mendoza (“Total, ahora soy un viejo de mierda, con un retiro que no me alcanza ni para empezar a vivir, y si tomo leche y como carne es porque mi hijo más chiquito, el que no estudió, tiene una tarima en un mercado campesino y gana como quinientos pesos al día vendiendo carne de puerco y robándole a todo dios. Gana en un día casi tres veces mi retiro de un mes...”), otrora el profe de latín en la universidad, quien le canta a Terry como si percutiera una evanescente escultura fónica con un tambó de la arcaica y ancestral Isla Perdida: “A pesar de lo socarrones que ustedes podían ser, nunca volví a tener un grupo de estudiantes como aquél. Desde que empecé a darles clase, yo sabía que no eran gente común.”   

   

Foto de Padura en la 2a de forros

            Para celebrar el regreso sin gloria de Fernando Terry (Volver/ Con la frente marchita/ Las nieves del tiempo platearon mi sien), Álvaro Almazán, el Varo (cuyo apócope e índole evoca aquel epigrama con que era fustigado y desollado vivo el más triste de los alquimistas: Cuesta cuesta lo que Cuesta), pese a los reparos del bienvenido (Cuba, Cuba, que vida me diste), quien sólo quería verlo a él y al Negro, convoca a una reunión de espectros allí en la azotea (desde donde se otea el Capitolio y el mar y llega su olor), que él apostrofa: “la penúltima cena de los Socarrones”, maiceada con los dólares que aporta el desterrado (banquete, escuálido y conmovedor, que haría las delicias de Mario Conde y del Flaco Carlos, siempre hambrientos y glotones, escuálidos y conmovedores): “una meza presidida por una cazuela de arroz moro brillante y desgranado, custodiado por una fuente abarrotada de masas de puerco fritas, una docena de tamales en hoja, una pirámide de plátanos maduros fritos, la florida ensalada de lechuga, tomates y pepinos, además del flan de calabaza dormido en un piélago de caramelo de azúcar, todo preparado por una vecina de Álvaro que había encontrado una forma de vida en su maestría para la comida criolla, pues su salario de especialista A en Planificación apenas le alcanzaba para sobrevivir. La bebida —dos cajas de cerveza, tres botellas de ron y dos de vino tinto— era el aporte del guajiro Conrado, que lépero como siempre, se negó a revelar el origen del botín.”

       Además de Terry y del Varo, se apersonan ese lépero Conrado Peláez, tremendo gordo con cara de ternero de tres papadas, que ha hecho montones de dólares a la Rico McPato, apoyándose en la picaresca y en los ilegales tejemanejes, a través de una empresa cubano-española de exportación-importación y por ello tiene viajes a España, “casa en Miramar, auto japonés climatizado, reloj suizo de oro, mujer y dos amantes, ropa elegantemente informal y un envolvente aroma de colonias indelebles”; el poeta Ferret: el bello Arcadio, “considerado por muchos una de las voces más notables de su generación, e incluso se hablaba de la influencia ejercida en los más jóvenes: sin vanidad pero con orgullo [...] aceptaba elogios, viajes, medallas, autos asignados y hasta precoces homenajes, convencido de que los merecía”; Miguel Ángel, el Negro (el Hígado Negro de la literatura cubana: “Ser negro en Cuba ha sido más difícil que ser maricón”, pontifica en la azotea la tarde del “23 de octubre de 1974”, cuando escribía un cuento “Sobre un negro que ahora mismo se siente discriminado”), perestroiko ex militante del Partido, con esposa y dos hijos estudiantes de medicina, con algún cuento impreso en México y España, y un par de novelas (editadas en Francia “Por una editorial de mierda que paga una mierda”) que para Terry “eran escalones de un aprendizaje capaz de colocarlo al borde de lograr algo grande”, y la tercera en ciernes (un “texto amargo y esperanzador, donde se revelaba el trauma histórico [y decimonónico] de una raza esclavizada y discriminada”), más algunos artículos críticos del statu quo cubano difundidos fuera de Isla Perdida, y a quien conoce desde el cuarto grado de primaria, cuando “Aquel negrito fuerte, más alto que el resto de sus compañeros”, que él veía “como una especie de guardia rojo”, “se empeñó desde el principio en ser el jefe del destacamento pioneril y el alumno más destacado del grupo”; el profe Tomás Hernández, quien preserva el físico de Charles Atlas sin panza, pese a que lleva dos décadas dando clases en la carrera de la que Terry fue defenestrado en un tris, y sin dar golpe en los formidables artículos, ensayos y novelas que, decía, iba a escribir; y a quien Terry, sin descartar a los otros (incluidos el par de muertos), supone el probable chivato que lo delató y por ello —en una tensa discusión (sucedida cinco días antes de irse de Cuba) sobre ese oscuro y maloliente meollo que aletea gasificado y agudo en la atmósfera del grupo y que induce a cada uno (cada uno en su turno, incluido el difunto Víctor a través de las postreras revelaciones de Delfina) a hablar del punto neurálgico, purulento y controversial, puntualizando no ser el delator—, Tomás, furioso, le resume a quemarropa y vocinglero lo que piensa de él y el drama de su día a día en la isla perdida de la que nadie puede salir:  

“—De verdad creo que estás loco pal carajo, Fernando. ¿Qué ganaba yo con chivatearte, dime? ¿Y de qué coño te iba a acusar y con quién?

“—Eso mismo dicen Miguel Ángel y los otros.”

“—Pues yo no fui, y no jodas más con eso. ¿Qué coño tú te has creído que yo soy?

“—Ahora mismo no lo sé...

“Tomás no pudo evitar sonreír, y parecía más confiado.

“—¿Tú sabes lo que te pasa a ti? Pues que eres un trágico y te gusta tenerte lástima. Te encanta ver la mierda de los demás y no hueles la tuya... Mira, nunca te lo he dicho, pero yo hablé con Enrique y él me dijo que tú lo acusaste de maricón. ¿O se te olvidó eso? Ya, ya sé que se te descojonó la vida y toda esa historia, pero si hubieras sido un poco más inteligente y menos trágico te hubiera ido mucho mejor. ¿Qué hice yo desde el principio? Cogerlo todo como venía y no complicarme la vida. Uno ya es bastante viejo para creer que los muertos salen, que la poesía sirve para algo, que Heredia no era un comemierda que se metió en una camisa de once varas y después se pasó la vida lamentándose, igualito que tú. ¿Y tú qué aprendiste de todo eso? Ni cojones, Fernando, ni cojones. Has vivido amargado y jodido, y te consuelas viendo y creyendo lo que te conviene ver y creer...

“—¿De qué coño estás hablando? ¿Qué sabes tú de mi vida?

“—Eso mismo digo yo —lo interrumpió Tomás, alterado—: ¿Qué sabes tú de mi vida? Óyeme un momento, mi socio, ya que estamos metiéndonos en la mierda, vamos a revolcarnos de verdad: ¿tú sabes lo que es ser profesor de la bicentenaria y benemérita Universidad de La Habana y tener que desayunar con un cocimiento de hojas de naranja? ¿Tú has comido picadillo de cáscaras de plátano? ¿Tú has ido en bicicleta de tu casa a tu trabajo, todos los días, durante cuatro años? ¿Tú has visto a tu madre enfermarse de neuritis o de qué coño sé yo y quedarse ciega en dos semanas? [La polineuritis cegadora que, como una plaga silenciosa, comenzó a invadir la Isla durante el Período Especial.] ¿Y has tenido miedo de que tu hija termine metiéndose de puta? ¿O sabes lo que es reírle las gracias y servirle de chofer a un extranjero comemierda que hace lo mismo que tú pero gana cien veces más dinero que tú? Mira, Fernando, yo lo he aguantado todo y no tengo nada: un carro viejo sin gasolina, una casa despintada y unos cuantos libros, porque cuando la cosa se puso en candela les vendí los vendibles a esos mismos profesores extranjeros para comprar aceite y leche en polvo y un poco de carne para mis hijos y mi madre. En cuarenta años me he comido un barco de chícharos y he ido a más reuniones que el presidente de la ONU. Pero no me paso el día llorando por los rincones y lamentándome de cómo podía haber sido mi vida... ¿De qué tragedia me vas hablar tú a mí?

“—Pero yo tuve que irme...

“—¿Y yo tengo la culpa de eso? ¿O la tiene el Negro, o el Varo, o quién coño la tiene?”

IV de X

Penúltima cena de los espectrales Socarrones, después de unos 25 años de no reunirse en la azotea, a la que sólo faltaron el par de difuntos que Álvaro hace presentes con dos velas encendidas: Enrique Arias y Victor Duarte, quien murió en 1981 cuando voló en pedazos al más allá. Víctor tenía 32 años al morir; al término de la carrera empezó de asistente en el Instituto de Cine, donde se hizo director de cortos y andaba de corresponsal de guerra en Angola cuando murió, “víctima de una mina antitanques colocada en una de las carreteras del sur”. Por cierto: el novelista también fue corresponsal en Angola, enviado del periódico Juventud Rebelde, según habla de ello con anécdotas en Leonardo Padura, una historia escuálida y conmovedora (2019), excelente documental biográfico, opera prima de la joven cubana Náyare Menoyo Florián; además de que lo apunta en su crónica “La generación que soñó con el futuro”, compilada en su libro Agua por todas partes (Tusquets, 2019): “Mi generación fue, también, la que nutrió de soldados a los ejércitos cubanos en las guerras internacionalistas de Etiopía y Angola, en las que participaron miles de jóvenes (incluso en edad de servicio militar, o sea, algo más de dieciséis años), y en las que yo mismo me vi envuelto, pues debí trabajar un año en Angola, por fortuna como corresponsal civil, por lo que merecí la distinción de Trabajador Internacionalista que guardo en mi casa.” Y ya encarrerado el gato con las citas tutti frutti, en un barco de papel por el mar de las Antillas, el poeta Nicolás Guillén se desgañitó recitando a voz en cuello el panfletario estribillo del “Son de Angola”: “¡Muera el gringo, viva Angola,/ viva el son!”

   

Editorial Letras Cubanas
La Habana, julio de 1982

         Según recapitula Fernando Terry, Víctor Duarte, con quien compartió “aula y equipo de pelota en la secundaria básica”, era el mejor de los Socarrones: un “mulato alto y fornido, bello y saludable”, discreto, moderado y sin aspavientos. Y quizá por ello Delfina se hizo novia de él y luego se casaron. Pero tras 18 años de nostálgico destierro, “Fernando creía que seguía enamorado de Delfina [Sentir/ Que es un soplo la vida/ Que veinte años no es nada/ Que febril la mirada/ Errante en las sombras, te busca y te nombra], como lo había estado desde que la conoció, al iniciarse el curso universitario de 1969, y como lo seguiría estando después, a pesar de haberse convertido en la mujer de Víctor.”

     Según la omnisciente voz narrativa, “Desde que apareció en sus vidas, Delfina fue como un imán capaz de alarmar los instintos masculinos de los Socarrones: aun cuando no era ni la más hermosa, ni la más elegante, ni la más culta de las treinta y seis muchachas que iniciaron el curso, era la más atractiva de todas por el desenfado y la sobriedad con que asumía la vida y su feminidad, y por la sensación de realidad que la envolvía, como halo magnético. En las conversaciones extraliterarias que solían tener en la azotea de Álvaro, cada uno de ellos fue confesando la atracción que ejercía Delfina [...] Sólo Víctor se abstuvo de hacer comentarios y tampoco los hizo después de aquella noche de septiembre, apenas iniciado el segundo año de la carrera, cuando llegó a la casa de Álvaro con Delfina tomada de su brazo: el asombro aturdió a los Socarrones al ver a la muchacha en sus predios, pero la sorpresa se multiplicó cuando vieron cómo Víctor la sentaba a su lado y le tomaba la mano, mientras ella colocaba una de las suyas sobre un muslo del afortunado.”

   El club de Tobi: “Los Socarrones, puestos de acuerdo, fueron crueles y vengativos. Encabezados por el propio Fernando, que taimadamente minó el terreno sin dar nunca la cara, buscaron la manera de que Víctor no apareciera más en las tertulias con su novia, aunque poco a poco terminaron por hacerse a la idea de que Delfina no iba a ser la mujer de los mosqueteros —Tomás dixit—: una para todos. Y al final la admitieron, como si fuera posible aceptar lo inaceptable, al menos para Fernando, quien a pesar de su fidelidad a Víctor y de todos sus triunfos en amores, siempre sintió un escozor al pensar en ella, hasta admitir que estaba jodida y definitivamente enamorado de aquella mujer... [Y tras los 18 años de destierro], ¿Seguía enamorado?, se preguntó, después de darle un beso en cada mejilla, a la usanza española. Entonces la tomó por los brazos y dio un paso, para contemplarla a una distancia más propia.” (Guardo escondida una esperanza humilde/ Que es toda la fortuna de mi corazón).

   

Wifredo Lam

              Ahora Delfina tiene 47 años y se pinta el pelo aún largo; no se volvió a casar; no tiene hijos ni amante fijo o visible desde hace unos tres años; cuida la endeble salud de su padre y se desplaza en guaguas. Aún trabaja como especialista en artes plásticas y tiene “un libro sobre los pintores cubanos de los ochenta”. Y por su especialidad, luego invita a Terry a una muestra de artistas jóvenes, curada e inaugurada por ella, “que se exhibía en uno de los palacios habaneros rescatados de la muerte segura”; misma que el desterrado, muy chingonauta, menosprecia o desprecia con ojo agrio de comisario bolchevique poniéndole tachas a Wifredo Lam con el ceño fruncido (y de paso a la selección de Delfina) y dizque muy sapiente y trotamundos: “Demasiado esnobismo, proporciones excesivas de posmodernidad forzada, necesidad evidente de estar más a la vanguardia que los centros generadores de vanguardia, nublaban la vista de unos pintores más parisinos, o neoyorquinos, o milaneses que cubanos, y con los cuales no había logrado establecer comunicación ni empatía.”

V de X

Vale resumir que Fernando Terry, en La Habana, tiene a Carmela, su mamita (al parecer es hijo único), quien aún vive en la misma casa donde cuela un buen café (Si no fuera por Emiliana/ Nos quedaríamos con las ganas/ De tomar café, de tomar café [...] Se levanta muy tempranito/ Y en un ratito cuela el café/ Y reparte en cada buchito/ Todo lo bueno que usted le dé), mismo que el Negro ha degustado, de buchito en buchito, en las sucesivas visitas que le ha hecho durante los 18 años del destierro de su hijo (¡Ay mamá Iné!/ ¡Ay mamá Iné¡/ Todo lo negro tomamo café); donde hay árboles plantados por su padre muerto y están las sepulturas de varios perros de su infancia y juventud: Coco, Negrito, Mocho y Canelo; y donde dejó encajadas algunas cosas relativas a la vida que llevaba como escritor de poemas, artículos y relatos, a su pesquisa sobre la vida y obra de Heredia, y a su vínculo literario con los Socarrones, como es la copia definitiva de la Tragicomedia cubana (novela teatral), el libreto inédito de Enrique Arias Martínez, que después de su muerte, “le fue entregada por los padres de su amigo, con una breve nota que terminó de alarmar sus lacerantes sospechas: ‘Esto es para Fernando’, decía el papel, sin más órdenes ni deseos, sólo firmado por una E muy redonda, casi tanto como la rueda del camión que acabó con la vida de su amigo”. Obra revulsiva, crítica, secreta e íntima, sacada a relucir por el ortodoxo policía de la Seguridad del Estado durante el interrogatorio a Enrique; quien le puso la grabación donde se oye que Fernando Terry (obnubilado por la furia de saberse supuestamente denunciado por su amigo), aflojó la sesera y la viperina delatando la naturaleza de maricón de Enrique y de querer irse de Cuba en una lancha. Y en contrapartida de esa filosa cuchillada trapera, Enrique, la última vez que habló con Terry, le echó en cara el hecho de que el policía Ramón no le puso una grabación en la que él delatara que Fernando Terry sabía que quería irse de Cuba: “Te sacó de paso y tú mismo dijiste lo que ellos querían oír decir. Pero fíjate una cosa, él no te puso ninguna grabación mía.” Oculto meollo que Fernando Terry sabe tan cierto como el “Himno del desterrado” y la oda “Niágara”.

    En síntesis, los tres objetivos de Fernando Terry durante su mes de permiso en Cuba son: hallar el manuscrito de Heredia; descubrir quién de los Socarrones fue el presunto delator que presuntamente lo descarriló de la dulce vita en la universidad y por ello lo encaminó al inframundo y al azar del destierro (errante y proscrito me miro); y descubrir qué vínculo amoroso puede suceder con Delfina, pese a que a sí mismo se ve medio calvo, barrigón y con ojeras permanentes (Vivir/ Con el alma aferrada/ A un dulce recuerdo que lloro otra vez).

VI de X

En este sentido, también vale resumir que en la pesquisa para hallar el manuscrito de Heredia se involucran —acompañándolo, interrogando y especulando conjeturas e hipótesis—, algunos de los Socarrones, como es el caso de Álvaro Almazán y Arcadio Ferret (pese al inveterado pique que media entre ambos), con quienes hace el primer viaje a Matanzas, en el auto de éste, y enseguida a Colón. Donde, en la búsqueda del nonagenario masón Salvador Aquino —hijo del citado Cristóbal Aquino, quien de la matancera logia Hijos de Cuba sacó en secreto, en 1932, el sobre Manila, atado con una cinta malva—, localizan, como director del museo de Colón, al ojiazul Roberto Aquino, nieto del anciano, lector de “la voluminosa biografía de Camus de Olivier Todd”, enterado de la obra poética del célebre y bello Arcadio, y estudioso de las venturas y desventuras biográficas y legendarias de Heredia y de la logia matancera Hijos de Cuba, donde la noche del 21 de septiembre de 1822, a los 18 años, el Cantor del Niágara se hizo masón en una ceremonia secreta, y luego secreto conspirador independentista y antiesclavista.

          

Placa conmemorativa de José María Heredia y Heredia
en las Cataratas del Niágara

         
Sobre los manuscritos secretos de Heredia, el nonagenario Salvador Aquino —muy lúcido, glotón y fumador de enormes puros—, quien se inició en la masonería en 1924, a los 18 años, y en 1930 empezó de secretario de la logia matancera Hijos de Cuba, les dice sobre Cristóbal Aquino, su padre, y sobre los papeles de Heredia, que nunca vio ni hojeó:

      “Si de algo estoy seguro es de que él no cogió nunca esos papeles y ni siquiera los leyó, aunque sí me habló de que en el nicho del cuarto de los maestros estuvo mucho tiempo el sobre amarillo, amarrado con un cordón morado.”

       Y además de parlotear y especular sobre dónde quedó la bolita, o sea: dónde pueden estar los papeles o quién pudo sacarlos o tomarlos y ocultarlos, también abordan aspectos de la leyenda y biografía de Heredia. Por ejemplo, comenta el museógrafo Roberto Aquino:

     “—Por eso pienso que ese manuscrito no era una novela como se comentó una vez, sino más bien unas memorias o algo por el estilo. Pero lo importante ahora es que por más que la familia Junco trató de ocultar las cosas, en Matanzas se comentó que Lola había tenido un hijo antes de casarse con Felipe Gómez...

    “—De Heredia se decían muchas cosas —protestó Álvaro—. También que se acostaba con la mulata Luisa Montes, y que cuando el marido se enteró la mató a puñaladas.

   “—Yo conozco esa leyenda, aunque esto es distinto, sobre todo porque casi no se habló del asunto... Pero el niño que se supone podía ser hijo de Lola nació en enero de 1824, tres meses después de que Heredia se fue de Cuba. Entonces debió de haber sido concebido en abril del 23...

   “—¿En abril? —preguntó Fernando, pero en realidad hablaba consigo mismo—. En esa época él estaba en Matanzas...

   “En junio [de 1823] la familia sacó a Lola de la ciudad [de Matanzas] y la trajeron a vivir al ingenio Miraflores, que estaba por aquí, muy cerca de Colón, y Heredia nunca la volvió a ver. El acta de bautismo dice que el niño era hijo de Rubén, el hermano mayor de Lola, y le pusieron Esteban Junco. Y Esteban era el padre de Ramiro. Si el comentario es cierto, entonces Esteban era hijo de Lola Junco, y Ramiro era su nieto...

  “Y tú piensas que Ramiro también era nieto de Heredia —remató Fernando la idea, cuando sintió que el cigarro, olvidado entre sus dedos, empezaba a quemarle la piel.

“Si el manuscrito son unas memorias —siguió Roberto— y Ramiro las leyó, lo más posible es que haya encontrado esta historia, si ocurrió como estamos suponiendo. Entonces, todo lo que la familia había tratado de esconder durante un siglo, se iba a saber cuando los papeles salieran a la luz.

“—Tiene que ser, tiene que ser —se empeñó Arcadio.

“—No jodas, Arcadio, eso parece una telenovela mexicana —comentó Álvaro.”

      Pero más bien parece el atávico enredo de una radionovela cubana que evoca la adictiva, legendaria y lacrimógena historia decimonónica El derecho de nacer, la melodramática serie de radio creada por Félix B. Caignet para la CMQ. (“Trescientos catorce capítulos de veinte minutos cada uno, que arrojan una duración total de 6 280 minutos: 104 horas de transmisión; un récord jamás superado en la historia del melodrama radiofónico.”) La cual, en las ondas hertzianas, “Se inicia en Cuba, allá por 1948, cuando La Habana era todavía un gran hotel de Estados Unidos.” Y se oía, paralizando la respiración y las actividades de los escuchas como si fuera la final de la champions de beisbol (la Serie Mundial de Grandes Ligas) entre los Industriales de La Habana y los Yankees de Nueva York (“Posiblemente explote la olla exprés, quizá el niño ruede por las escaleras o los grandes del mundo se declaren la guerra, hay otra guerra más importante”) “a través de 800 000 aparatos de radio distribuidos en los hogares de La Habana, Matanzas, Santa Clara, Santiago de Cuba...” Por la que el señor Caignet, ya célebre, “será llamado el Shakespeare del melodrama, el Sófocles de los pobres, ¡el escritor más humano!” —Apunta Vicente Leñero en “El derecho de llorar”, su lúdica e hilarante parodia de guion radiofónico, que es una crónica periodística datada en 1970, compilada por Carlos Monsiváis en A ustedes les consta. Antología de la crónica en México (Era, 1980)—.

   

Serie Crónicas/Biblioteca Era
Ediciones Era, 2a ed., México, 1981

       Vicente Leñero, a un lado del expreso colado a la cubana y con un enorme Montecristo haciendo humo entre los dientes, dibuja una enorme sonrisa de Negrito Sandía (Del verano, roja y fría/ carcajada,/ rebanada de sandía), se frota las palmas y con sus dedos largos, levemente puntiagudos y lampiños aporrea veloz las teclas de la Olivetti de su oficina, en la Zona Rosa, repleta de libros, periódicos y revistas Claudia:

   

Vicente Leñero

           “El señor Caignet coloca sus dedos velludos y ligeramente chatos sobre la rémington y comienza a dar a luz (efectos de sonido: ruido de teclas) la conmovedora historia de Elena del Junco [nótese y óigase el sonoro y coincidente apellido de alto pelaje]: una linda cubana de la más aristocrática sociedad habanera, primogénita del aristocrático chapado a la antigua y no menos rígido don Rafael del Junco, quien enamorada del hijo del peor enemigo de don Rafael (recuérdese Romeo y Julieta) se entrega a él en un rapto de amor, de locura, de éxtasis, de inexperiencia, y concibe en sus entrañas (ya no se siga recordando a Romeo y Julieta) un ser inocente, un angelito, una criatura de Dios a la que por cobardes prejuicios sociales el canalla seductor desea privar de su existencia (acorde musical dramático). ¡Jamás lo permitiré! —responde Elena, iracunda—. ¡Jamás! Esta criatura que palpita ya en mis entrañas es una víctima de nuestro pecado, es inocente y tiene... tiene... —titubea Elena tomando bríos— ¡el derecho de nacer! (nuevo acorde musical dramático).”

     Vale contrastar que, según revela el Cantor del Niágara en sus memorias, Lola Junco, a quien le escribe poemas y llama: ninfa del Yumurí, también se entrega, virgen, “en un rapto de amor, de locura, de éxtasis, de inexperiencia”. Lo cual fue el inicio de una clandestina y entrañable pasión amorosa en el secreto ámbito del Yumurí, pues Lola Junco ya estaba comprometida con ese Felipillo Gómez, de familia negrera. Se transluce que la pudiente y conservadora familia Junco sí dispuso que ese inocente angelito, que se formaba en el vientre de Lola (¡válgame Dios!), sí tenía el derecho de nacer, pero no el derecho de ser el hijo de ella y del pobretón poeta Heredia (por muy famosillo y galán que fuera en los salones de alto pedorraje), ni de mancillar el honorable honor ni el rimbombante nombre de la presuntuosa familia Junco. Y por ende se ordenó que Lola, embarazada, se trasladara de Matanzas al ingenio familiar de Miraflores a concebir en secreto, siempre acompañada de la negrita Teté, su joven esclava, confidente y cómplice en los encuentros clandestinos en el Yumurí, quien podría haber hecho el papel protector de la negra Mamá Dolores ocultado el fruto del secreto amorío de su ama. Pero con conocimiento de causa y una abultada dote, la familia Junco tramó y orquestó el matrimonio de Lola con el Felipillo Gómez. Y que el inocente angelito: Esteban Junco, con indiscutible, feliz y cristiano derecho de nacer, figurara a la luz pública como hijo de Ramón (¡aleluya!), el hermano mayor de Lola. Por una carta de ella que le entregó la negrita Teté, Heredia supo del embarazo cuando aún estaba en Matanzas. Y antes de partir al exilio en 1823, en otra carta le dijo que el bebé había muerto y dio por cancelada la relación amorosa. Es decir, el desterrado Heredia sólo supo de Esteban Junco, trece años después, porque a mediados de 1836 obtuvo dos meses de permiso para visitar Cuba, otorgados por el gobernador de la isla, nada menos que el autoritario capitán general Miguel Tacón. Es decir, sólo la mañana del 26 de diciembre de 1836, día de San Esteban, logró verla y hablar con ella en un umbroso recodo de la catedral de Matanzas. Según narra el poeta en sus memorias:

 

José María Heredia y Heredia

         “Apenas clareaba cuando ocupé mi puesto de vigilancia. A pesar del frío, me sudaban las manos y las piernas me temblaban, como en los viejos tiempos. Faltando diez minutos para las siete la vi salir de su casa, acompañada por una esclava para mí desconocida. Aunque sólo tenía treinta años, la señora que vi andar hacia la iglesia, vestida de negro hasta el cuello cerrado, sin adornos ni joyas visibles, parecía mayor. Una huella de amargura había marcado su boca, con un triste descenso de las comisuras: aquella boca hermosa, que tanto besé. El pelo, recogido hacia atrás con rigor, mostraba las vetas blancas de un prematuro encanecimiento. Una desazón angustiosa me tocó el pecho al ver lo que había quedado de la ninfa del Yumurí, la más bella alhaja del cofre matancero, la muchacha suave y bien armada de carnes con la que viví los más intensos días de mi amor juvenil.”

    En el clandestino diálogo en una banca del patio interior de la iglesia repleto de naranjos, signado por un furtivo beso preliminar en los labios y uno apasionado al término (obviamente ella lloró: ¡tenía el derecho de llorar!), pudo enterarse de que Lola y él fueron víctimas de las órdenes y atavismos de la todopoderosa familia Junco; que desde entonces y desde siempre ella lo ama y lo seguía amando (Yo te llevo dentro/ Hasta la raíz/ Y por más que crezca/ Vas a estar aquí/ Aunque yo me oculte tras la montaña/ Y encuentre un campo lleno de cañas/ No habrá manera ni rayo de luna que tú te vayas/ Que tú te vayas). Y que todo el tiempo su matrimonio con el negrero Felipe Gómez ha sido una infeliz e ingrata farsa, vengativa y machista; incluso le arrebató a la negrita Teté (Métete Teté, que te metas Teté) y la envió al ingenio a cortar caña. (La chiquita que yo tengo/ tan negra como e,/ no la cambio po ninguna,/ po ni ninguna otra mujé./ /Ella laba, plancha, cose,/ y sobre to, caballero, ¡cómo cocina!)

   Ese doloroso episodio explica por qué Heredia, enfermo y moribundo, dispuso que sus memorias fueran entregadas a Esteban Junco, el hijo que no conoció, quien tal vez nunca supo quiénes eran sus verdaderos padres. Y de hecho, en las postreras páginas de sus memorias, Heredia se dirige a él. No obstante, al parecer, ese destinatario nunca se enteró del manuscrito. Y al día siguiente de que el anciano José de Jesús Heredia depositara las memorias en la matancera logia Hijos de Cuba el 11 de abril de 1921, le pide a Ramiro Junco —hijo de Esteban Junco— que se haga cargo de ellas al cumplirse el centenario de la muerte del poeta el 7 de mayo de 1939. Pero Ramiro Junco, sin saber que moriría de un infarto en 1926, unas horas antes del fallecimiento del nonagenario José de Jesús Heredia, no acepta el encargo; él quiere seguir siendo el que siempre ha sido (la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre) y no está dispuesto a mover un dedo ni un ápice por las memorias de su auténtico padre por muy Heredia que haya sido y sea en sus poemas y en la historia de Cuba. No obstante, desde la distancia y el mutismo, le enviaba algún dinerillo al viejecito José de Jesús, su empobrecido tío abuelo, descubierto como tal en ese solitario y áspero diálogo, en los márgenes del Yumurí, en que rechazó el papel de albacea.   

       

Editorial Letras Cubanas
La Habana, abril de 1993

         Vale resumir que si bien el desocupado lector (lectora o lectore) lee las inéditas y serpenteantes memorias del poeta José María Heredia y Heredia a lo largo de la novela, Fernando Terry no logra dar con ellas; supone que por alguna desconocida razón ya no existen, quizá por un acto destructivo. No obstante, en la víspera de su regreso a la buhardilla madrileña, la sesentona doña Carmencita Junco (Carmen Alodia Junco y Vélez de la Riva) —hija de Anselmo de la Caridad Junco y Ponce de León, hijo del susodicho Ramiro Junco, y sobrina del citado malandrín y ladronzuelo Ricardito Junco—, matrona del restaurante Palmar de Junco en El Vedado (a donde Terry y el Varo previamente acudieron a dialogar y a preguntarle por el manuscrito del Cantor del Niágara), lo llama por teléfono a la casa de su madre para que en la abigarrada recepción del paladar (que semeja un bazar de objetos y trebejos usados, viejos y antiguos), comprometiéndolo a no hablar a nadie de ello, lea en secreto la desconocida, secreta, y última carta manuscrita que Heredia le dejó a Lola Junco, rubricada y datada en México, 3 de mayo de 1839, donde además de hablarle de la escritura de sus memorias y de la íntima confianza, complicidad y auxilio de su querida esposa Jacoba Yáñez, le puntualiza que están destinadas a ella y a Esteban Junco, el hijo de ambos: “dejo a su juicio y voluntad el destino final de estos papeles: él debe decidir si se hacen públicos o si considera preferible hacerlos desaparecer y cubrir la verdad —que no sólo su verdad y la de su padre— con el manto del silencio.”

VII de X

Cabe resumir que Fernando Terry, cuando le restan unos doce días en Cuba, sí templa con ese obscuro objeto del deseo; o sea: sí pega el chicle y se empata con Delfina. Y llega el erótico instante en que, enamorado, siente que ella es “su mujer”. Pero Delfina, se transluce, no piensa ni siente que Terry es “su hombre”, pues ella no lo seguirá a su minúsculo ático en el corazón de Madrid, porque, se ve, no tiene los resortes afectivos ni los tornillos y parámetros mentales para hacerlo: no está enamorada y en ella pesa mucho el recuerdo de Víctor después de 17 años de muerto: “Yo lo quería mucho, Fernando. Víctor fue mi novio y mi marido y era el mejor hombre del mundo. No merecía morirse, y mucho menos sintiendo que yo iba a sufrir...”. Intríngulis inextricable al hecho de que está muy arraigada en La Habana (“Quiero seguir aquí aunque me esté comiendo un cable. No me da la gana irme...”) y allí tiene su empleo (relativo a las artes plásticas) y un buen departamento (codiciado por la danza de galanes, donde vive sola) y procura la alimentación y la salud de su padre. Un Madrid donde todo indica que en su pequeña e insular buhardilla él reproduce Cuba, su nostálgica y particular Cuba dentro de esa íntima isla de cuatro paredes; un carcelero e íntimo exilio interior semejante, en el nom plus ultra de la quintaesencia, al carcelero exilio interior del octogenario poeta Eugenio Florit, quien si bien había salido de Cuba hacía más de treinta años, jamás había salido de la isla, pues recreó su particular ínsula cubana en un cerrado y climatizado habitáculo de cuatro por seis metros (...esa que os parece isla no es tal, sino un gran pez que se tumbó a descansar en medio del mar...), dentro de los márgenes de la liliputiense casa en el South West de Miami, donde el viejo Florit residía con su hermano Gerardo (y la hija de éste, loca de atar) cuando Terry lo visitó para conocerlo, “mientras trabajaba como albañil en las obras del Downtown de Miami”. Si antes de despedirse, el anciano Florit tocó en el piano Linda cubana, pieza del musicólogo y compositor Eduardo Sánchez de Fuentes de la que no necesitaría en el atril la “manoseada partitura”, Terry, de vuelta en Madrid, podría volver a oírla, nostálgico, en el vinilo de mercadillo colocado en el plato de su prehistórico tocadiscos evocando la sensual geografía humana de Delfina saliendo de la regadera, desnuda bajando la escalera o dormida en la cama (...vemos la hermosura de la isla, precisamente cuando no vemos la isla...), quien de los fenecidos rescoldos de sí mismo revivió sus aires de poeta.

VIII de X

A los 27 días de su regreso, cuando le quedan un par de días de su permiso en Cuba, muere el doctor Mendoza. A la ceremonia fúnebre y masónica en la Gran Logia acuden Delfina y los seis Socarrones: Terry, el Varo, el Negro, el bello Arcadio, el lépero Conrado y el profe Tomás. Y sin buscarlo ni preverlo, de pronto observa que junto al hijo menor del doctor Mendoza se halla un mulato fortachón y canoso, con “dedos ensortijados” y “dos gruesas cadenas de oro” en el cogote, en quien reconoce “los ojos incisivos” y la jeta de perro en que “Tantas veces su memoria había vomitado”, “incluso en el infierno lo habría reconocido”. Es decir, se trata del “compañero Ramón”, aquel polimorfo “teniente de la Seguridad del Estado” que propició la pérdida de su empleo en la universidad y su destierro y el encarcelamiento de Enrique en una granja por haber intentado huir de la isla en una lancha robada. Así que, en el momento propicio, cuando el mulato sale de la logia para fumar, Terry lo sigue y se le acerca y en el áspero diálogo no tarda en confrontarlo preguntándole: “¿Quién fue el que me chivateó y dijo que yo sabía que mi amigo se iba?” Y el bato, porque le va bien con las triquiñuelas vendiendo carne de puerco con Jorgito Mendoza (y quizá con otros tejemanejes en el mercado negro) y porque hace diez años lo despidieron (con una patada en el culo) de esa represiva policía de espionaje ideológico y político al servicio de la ortodoxia del “socialismo científico”, no tiene empacho ni escrúpulos para revelarle el hediondo intríngulis de la hez de la canalla:

            “Ramón parecía divertido y miraba a Fernando como a un ser extraño.

            “—¿Quién te dijo que alguien te chivateó?

            “—Tú me lo diste a entender.

            “—O tú lo quisiste entender. Mira, que yo me acuerde, lo que hice fue tirarte un anzuelo. Nosotros sabíamos que ustedes se reunían, que hacían sus tertulias y que se mataban a poemas. Tratamos de captar a uno de ustedes, no me acuerdo cómo se llama, un negrito él...

            “—¿Miguel Ángel?

            “—No me acuerdo el nombre. Era un supermilitante. Y el hombre nos mandó a cagar. Entonces pasó lo del que quiso irse en una lancha y vi el cielo abierto. Te tiré el anzuelo, a ver si querías colaborar, pero tú no quisiste y te enredaste en las patas de los caballos. Yo hice un informe, para que te halaran las orejas y te tuvieron amarrado cortico, pero alguien en la universidad se acobardó y decidieron sacarte de la escuela.

       “—Eso es mentira.

       “—¿Mentira? ¿Por qué yo iba decirte una mentira ahora? Mentiras te dije ese día y tú te las tragaste. Nadie dijo nadie de ti. Ni el mariconcito que estaba preso ni ninguno de tus amigos. Te embarraste tú solo y los de la universidad te aplicaron la máxima, porque también se apendejaron.

       “—Sigo sin creerte. No puedo creerte.”

     No obstante, parece que hay algo de cierto en las palabras del ex agente de la Seguridad de Estado. Y en tal sentido resulta razonable que el Varo le haya dicho a Terry con antelación: “Mira, Fernando, yo también te lo dije cuando llegaste: no fue nadie. Y no porque seamos más guapos, ni más bárbaros ni nada de eso: si nos apretaban, cualquiera de nosotros podía decir lo que fuera y acusarte de cualquier cosa. Pero dio la casualidad de que no nos preguntaron...” Es decir, al único al que interrogaron y soltó la sopa cuando Enrique ya estaba preso fue, precisamente, Fernando Terry, el cantor de letrina.

   No obstante, ni el rector universitario ni la decana ni los alumnos ni sus colegas movieron un dedo ni chistaron. Nadie. Se quedó solo y acojonado en el mierdero y oscuro laberinto de la soledad. El doctor Mendoza, por lo menos, se disculpó a posteriori: “Yo lamenté mucho que te sacaran de la escuela... Aquello me pareció un disparate y se lo dije a la decana, aunque no me atreví a hacer nada. ¿Qué podía hacer yo? Pero siento que tenía que haber hecho algo.” Y la doctora Santori, su tutora y decana en esa época —ya en el retiro, pero aún dando clases en la facultad y por ello ya lleva unos 50 años con la investigación y la docencia—, insiste en hablar con él, antes de que se marche de Cuba, para pedirle perdón. De eso se entera Terry cuatro días antes de irse, cuando la localiza en el tercer piso de la Escuela de Letras, dando cátedra en el aula número 19, la misma aula donde él cantó su última clase con su cantarina voz de sinsonte de mil cuatrocientas voces. “Creo que conmigo se lavó las manos y dejó que me cortaran el cuello. Si ella se mete en candela no me hubieran botado”, les revira al Negro y al profe Tomás, quien fue el mensajero de la perentoria cita: “La Santori te espera mañana a las diez, después de que termine sus clases. Ve si te sale de los cojones...”

    Al parecer, Fernando Terry fue un discípulo preferido y promovido por la doctora Santori, pues le dice en el diálogo: “Nunca he vuelto a tener un alumno como tú. Ni siquiera Enrique fue tan bueno [...] Ni antes ni después. Por eso quise que te quedaras de profesor en la escuela. Yo pensaba que tú serías mi mejor sustituto.”

    “Yo podía haberte salvado”, le confiesa, pero anteponiendo su renuncia, y no se atrevió a hacerlo (por miedo o cobardía o por las dos cosas) y ahora se arrepiente y le pide perdón. No obstante, al parecer movió la pirinola tras bambalinas sin decirle a él ni mu ni pío, pues le asegura: “Protesté, le escribí al rector, al ministro, al ideológico del Partido, pero no renuncié...”

    “—No sabía eso. ¿Y qué le respondieron, profe?

    “—Me daban largas. Decían que tú habías cometido un error, que el compañero de la Seguridad había hecho un informe, que después tu actitud no había sido la más correcta, que esperáramos un tiempo... Hasta que me encabroné y dije que si no arreglaban las cosas iba a ver a quien tuviera que ver. Y por fin te mandaron esa carta, pero ya era tarde.” Y sí que lo era, pues la “reparadora rectificación” a Terry le “llegó mes y medio después de haberse iniciado su exilio”. Es decir, cuando a voces ya había sido vilipendiado de “escoria antisocial” y marielito por las alharaquientas hordas de la ortodoxia, e incluso por la vocinglera xenofobia de otros intolerantes cubanos exiliados y residentes en Miami.

    “—Todo fue un estupidez. Alguien le dijo al policía que yo sabía que Enrique quería irse.

    “—¿Sabes una cosa? Yo no estoy tan segura de eso. Para mí fue una trampa que te pusieron. Cuando fui a ver a la gente de la Seguridad que atendían la universidad, ellos me dijeron que tú mismo te habías acusado...

    “—¿Pero cómo es posible?

     “—Eso dije yo, y entonces me pusieron una grabación tuya diciendo que a Enrique le había pasado algo y dijo que cualquier día se montaba en una lancha... Yo les dije que no era posible que por una tontería así te troncharan tu carrera... y entonces me enseñaron un informe sobre ti de la revista TabaCuba. Ahí te acusaban de desviado ideológico, de autosuficiente, de tener mala actitud ante el trabajo y en las tareas políticas, todas esas cosas de las que pueden acusar a cualquier persona inteligente. Ellos mismos me dijeron que nada de eso era grave, que en un par de años, quizá menos, podías volver a la escuela. Y en ese momento no hice lo que tenía que hacer: poner mi renuncia contra tu regreso... Cuando Tomás me dijo que te habías ido por el Mariel me sentí tan culpable que casi me enfermo. Me di cuenta de que todos nosotros, los que podíamos haber hecho algo, pero sobre todo yo, éramos culpables de perderte.

     “Fernando sintió cómo se le secaba la garganta. La posibilidad, tantas veces soñada en sus días de marginación, de que recibía una llamada telefónica y le pedían que volviera a la escuela, había estado más cerca de lo que él imaginara, y podía haber llegado mucho antes de aquel mes de mayo de 1980, cuando se embarcó hacia el exilio. Su vida, entonces, se habría reencauzado, y todo hubiera sido diferente. Pero resultó que una confesión estúpida, el extremismo implacable de unas personas y la falta de decisión de otras habían ganado la batalla, sin necesidad, siquiera, de que alguien lo hubiera delatado. El absurdo de su destino le parecía ahora simplemente ridículo.”

       No obstante, pese a lo acertado de ese razonamiento, le dice a la Santori:

       “—No, doctora, yo sigo creyendo que alguien me acusó...

    “—Cuando te fuiste, yo vi al rector y se lo dije: que nosotros te habíamos botado del país. Pero él me respondió que tú mismo le habías dado la razón a los que te acusaron...”

IX de X

Delfina y los seis Socarrones acompañan a Fernando Terry hasta el último minuto de su mes de permiso en Cuba, pues la última tertulia en la azotea se sucede durante la noche, la madrugada y el amanecer de despedida a la que él llevó, como sorpresa y para ser leída entre ellos, la copia definitiva de la Tragicomedia cubana (novela teatral), legada a él por Enrique Arias Martínez. Obra inédita, sacada a relucir por éste en la tensa discusión que ambos tuvieron después de que pasara el año y medio preso en la granja, donde la conjetura central del actor y dramaturgo quedó cifrada en la frase: “Nos engañaron a los dos”:

     “—Nos engañaron a los dos —repitió el otro, y por fin lo miró de frente: en sus ojos había una humedad alarmante y un reto sostenido.

     “Fernando creyó que podría agredirlo. La insistencia de Enrique en aquella idea del engaño le generaba una exasperación homicida, pero la estampa casi desvalida de su antiguo compañero lo contuvo.

“—¿Qué ganaba yo con decir una mentira? Dime, ¿qué ganaba si de todas maneras me iban a meter preso?... Yo no te acusé de nada. Pero ellos sí me dijeron que tú les habías dicho que yo escribía cosas que no eran revolucionarias y que...

“—¿De qué estás hablando? —Fernando saltó cuando sintió la puñalada en un costado.

“—Tú lo sabes bien: tú fuiste el único que leyó una parte de la ‘Tragicomedia cubana’. Y según ellos, tú les dijiste que eso era una obra de un resentido político...

“—¿De dónde tú sacas toda esa mierda? —Lentamente Fernando se puso de pie.

“—De lo que me dijeron ellos, coño —gritó, y también abandonó su sillón. De pronto, la cautela y la vergüenza de Enrique parecieron esfumarse—. ¿Pero es que no entiendes? Nos engañaron, nos jodieron a los dos. Óyeme bien, Fernando: o nos pusieron una trampa o me acusó alguno que sabía lo que yo estaba escribiendo, y ese mismo te acusó a ti de...”

 X de X

En su vieja recámara, dentro del cajón, “[...] Ahora Fernando descubrió que, flotando sobre su poesía, se hallaba una carpeta rotulada como C-O-P-I-A-D-E-F-I-N-I-T-I-V-A de la Tragicomedia cubana (novela teatral), y sintió que no estaba preparado para aquella profanación. [Obra aún en ciernes la tarde del ‘23 de octubre de 1974’, mencionada, pero no sacada a relucir en el jolgorio y relajo vespertino de los Socarrones en la azotea fumando y bebiendo: ‘Hasta que no la termine no leo nada. Ya lo advertí, ¿no?’, dijo Enrique; y el Negro le reviró: ‘Oye, Enrique, procura que esa cosa sea buena, porque llevas como un año jodiendo con eso, y nunca la terminas.’] Pero una fuerza exterior, empeñada en violar su voluntad, lo obligó a extraer la carpeta. En una primera hoja Enrique repetía el título de su texto, sin agregar su nombre. Como si no quisiera hacerlo, Fernando pasó la hoja y se enfrentó a las letras mecanografiadas, desvaídas por el tiempo, y penetró un mundo sin fondo en el que comenzó a caer sin tener el mínimo consuelo de un asidero:

            “Se escucha música de guitarra, laúd, maracas y bongó. Es una melodía sensual, mulata, con olor a monte y sabor a ron, que engañosamente induce a pensar cálidos placeres, hasta que de tanto escucharla se llega a perder la conciencia de que nos acompaña. El sol comienza a nacer, tropical y alegremente, mientras el cielo, negro, se va pintando de gris hasta dar paso a un resplandor azul. Con la claridad gradual empieza a dibujarse el contorno de Isla Perdida: montañas al fondo, entre las que se despliegan valles verdes poblados de palmas deliciosas, ceibas, júcaros, caobos y majaguas. Los mangos y los ciruelos están florecidos y entre sus ramas vuelan sinsontes, tomeguines y discretas bijiritas, todos despreocupados y al parecer felices, tal como debió ocurrir en los días anteriores a la definitiva expulsión.

            “En el primer plano del espacio escénico se ven casas, de diversa arquitectura y antigüedad, dispuestas en calles estrechas y opresivas. Un cierto aspecto de abandono, de pueblo fantasma, da carácter al lugar en el que no se advierte ninguna presencia humana, aunque por todas partes se leen carteles en los que aparece la palabra PROHIBIDO.

            “El proscenio ha sido inundado con un agua intensamente azul que reverbera: es el mar, siempre proceloso, que demarca el mínimo espacio de Isla Perdida, rodeándola, oprimiéndola, cerrándola en sí misma. Este mar es un elemento importante, y se repetirá como un leitmotiv a lo largo de la trama, pues complementa el sino de los personajes y determinará incluso su ser histórico, marcado por esa indestructible circunstancia insular.” (La maldita circunstancia del agua por todas partes.)

 

Leonardo Padura, La novela de mi vida. Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2002. 352 pp.

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"Hasta la raíz", amorosa canción de Natalia Lafourcade.

"Leonardo Padura: Una historia escuálida y conmovedora" (2019), documental biográfico de Náyare Menoyo Florián.

"Hasta la raíz", intérpretes: Susana Baca y los nueve gladiolos.