jueves, 3 de abril de 2025

Los cachorros


Haciendo el paso de la muerte

I de II
De cuando en cuando, desde hace un buen número de años, suelen editarse en distintas editoriales y de manera conjunta: el libro de cuentos Los jefes (1959) y el relato Los cachorros (1967), el primero y el cuarto de los libros de ficción publicados —en España y en el globo terráqueo— por el peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936), signados, desde el inicio, por la buena estrella que siempre lo ha distinguido.
    
Mario Vargas Llosa el día de su boda con su prima Patricia Llosa.
A la izquierda: su suegro, el tío Lucho, y su suegra, la tía Olga.
A la derecha: Dora Llosa, la madre del escritor.
(Miraflores, mayo de 1965)
        
            Entre las anécdotas de 1952 que narra en “El tío Lucho”, el IX capítulo de su libro de memorias El pez en el agua (Seix Barral, 1993), apunta que a sus 16 años vivió en Piura, en casa de sus tíos Lucho y Olga, entre abril y diciembre, lapso en que trabajó en el periódico La Industria y cursó “el quinto año de secundaria en el colegio San Miguel”, donde gracias al profesor de literatura y al director de la escuela pudo montar y dirigir nada menos que su primer libreto teatral: La huida del inca (aún inédito), que él escribió en Lima en 1951 y con el que obtuvo el segundo lugar del “Tercer Concurso de Teatro Escolar y Radioteatro Infantil organizado por el Ministerio de Educación Pública”, cuyo estreno ocurrió el 17 de julio de 1952 en el teatro Variedades de Piura. “El éxito de La huida del inca [apunta en la página 198] hizo que diéramos, la siguiente semana, dos funciones más, a una de la cuales pude meter a mis primas Wanda y Patricia de contrabando [la primea de nueve años y la segunda de siete, quien sería su segunda esposa y la madre de sus tres hijos], pues la censura había calificado la obra de ‘mayores de quince años’”.
Cartel del estreno de La huida del inca en el Teatro Variedades de Piura
Julio 17 de 1952
  Sobre tal libreto, urdido tras leer en La Crónica la convocatoria del concurso y cuando aún era alumno del Colegio Militar Leoncio Prado (lo fue entre 1950 y 1951), dice en la página 122, casi al término de “El cadete de la suerte”, el V capítulo de El pez en el agua

     
Joven anónimo y el adolescente Mario Vargas Llosa en 1952 tecleando
en una máquina Underwood, quien luego de dos años en el Colegio
Militar Leoncio Prado (entre 1950 y 1951) y tras su paso por La Crónica
[en Lima, unos tres meses], trabaja en el diario La Industria de Piura
a donde se muda 
[tras cumplir 16 años] para terminar la secundaria”. 
        
        “No sé cuántas veces escribí, rompí, reescribí, volví a romper y a reescribir La huida del inca. Como mi actividad de escriba de cartas amorosas y de novelitas eróticas me había ganado entre mis compañeros leonciopadradinos el derecho de ser escritor, no lo hacía ocultándome, sino en las horas de estudio, o después de las clases, o en ellas mismas y durante mis turnos de imaginaria. El abuelito Pedro tenía una vieja máquina de escribir Underwood, que lo acompañaba desde los tiempos de Bolivia, y los fines de semana me pasaba las horas mecanografiando en ella con dos dedos, el original y las copias para el concurso. Al terminarla, se la leí a los abuelos y a los tíos Juan y Laura. El abuelito se encargó de llevar La huida del inca al ministerio de Educación.
“Esa obrita fue, hasta donde yo recuerdo, el primer texto que escribí de la misma manera que escribiría después todas mis novelas: reescribiendo y corrigiendo, rehaciendo una y mil veces un muy confuso borrador, que, poco a poco, a fuerza de enmiendas, tomaría forma definitiva. Pasaron semanas y meses sin noticias de la suerte que había tenido en el concurso, y cuando terminé el cuarto de media, y, a fines de diciembre o comienzos de enero de 1952, entré a trabajar a La Crónica, ya no pensaba casi en mi obra —espantosamente subtitulada Drama incaico en tres actos, con prólogo y epílogo en la época actual— ni en el certamen al que la presenté.”
Mario Vargas Llosa con la tía Julia en 1958
  Ya en España —a donde el joven Mario llegó en 1958 casado con su primera esposa Julia Urquidi Illanes (1926-2010), hermana de su tía Olga, y con el apoyo de la beca Javier Prado para doctorarse en la Universidad Complutense de Madrid—, no tardó en ganar, en 1959, el Premio Leopoldo Alas “Clarín” con su libro de cuentos Los jefes, que fue impreso ese año, en Barcelona, por la Editorial Rocas. Y en “El sartrecillo valiente”, el XIII capítulo de El pez en el agua, evoca que con una primera versión del cuento que titula y abre tal librito (más otro relato sobre “la casa verde”, el inmortal burdel de su infancia y adolescencia en Piura, en 1946 y en 1952, luego hecho trizas) fracasó en “un concurso de cuentos convocado por la Facultad de Letras de San Marcos”, pero lo reescribió y lo propuso “al historiador César Pacheco Vélez, que dirigía Mercurio Peruano. Lo aceptó, lo publicó (en febrero de 1957) y me hizo cincuenta separatas que distribuí entre los amigos. Fue mi primer relato publicado y el que daría título a mi primer libro.” Y lo acota y matiza en la página 291: “Ese cuento prefigura mucho de lo que hice después como novelista: usar una experiencia personal como punto de partida para la fantasía; emplear una forma que finge el realismo mediante precisiones geográficas y urbanas; una objetividad lograda a través de diálogos y descripciones hechas desde un punto de vista impersonal, borrando las huellas de autor y, por último, una actitud crítica de cierta problemática que es el contexto u horizonte de la anécdota.”

César Vallejo y Georgette
        Pero además, en “El viaje a París”, el XIX capítulo de El pez en el agua, relata anécdotas y pormenores alrededor de “El desafío”, el segundo cuento de Los jefes, con el que hacia noviembre de 1957 ganó un concurso de La Revue Française “cuyo premio era un viaje de quince días a París”, que emprendió “una mañana de enero de 1958”, pero se quedó dos semanas más viviendo y disfrutando novelescas aventuras (gracias a un préstamo de mil dólares que le hizo su tío Lucho). Por si fuera poco, la traducción al francés de “El desafío” hecha por André Coyné (1891-1960), que se publicó en tal revista y se presentó en la capital francesa, la “revisó y pulió” Georgette (1908-1984), la viuda y albacea de la obra de César Vallejo (1892-1938), quien vivía en Lima y a la que el joven Mario, con Julia, frecuentó y luego se carteó desde Francia.

Con su segundo libro: La ciudad y los perros (Seix Barral, Barcelona, 1963), obtuvo en 1962 el Premio Biblioteca Breve y en 1963 el Premio de la Crítica Española y el segundo lugar del Premio Formentor y con ella se convirtió, a los 26 años de edad, en un escritor de fama y renombre en el contexto del boom de la literatura latinoamericana en Europa y América Latina, lo cual se reafirmó con su tercer libro: La Casa Verde (Seix Barral, Barcelona, 1965), con la que en 1966 ganó el Premio de la Crítica Española y en 1967 el Premio Nacional de Novela del Perú y el Premio Internacional de Literatura “Rómulo Gallegos”, en Venezuela.
Portada de la primera edición de Los cachorros (1967)
  Los cachorros, su cuarto libro, no obtuvo ningún sonoro y rutilante galardón. Y normalmente se olvida u omite que fue publicado por primera vez en 1967, en Barcelona, por la editorial Lumen, junto con una serie de imágenes del fotógrafo barcelonés Xavier Miserachs (1937-1998), urdido ex profeso para la serie Palabra e Imagen, “creada a principios de los sesenta por Esther y Oscar Tusquets”.  

Fotografía de Xavier Miserachs que ilustra la portada de
Los cachorros

Colección Palabra e Imagen, La Fábrica Editorial
Madrid, 2010
  En 2010, meses antes de que a Mario Vargas Llosa la Academia Sueca le otorgara el Premio Nobel de Literatura, La Fábrica Editorial, en Madrid, con Esther Tusquets (1936-2012) en el papel de directora de la homónima colección y con un prólogo suyo, reeditó Los cachorros con las fotos de Xavier Miserachs. No se trata de una edición facsimilar, pero sí de una edición muy visual y cuidada. De pastas duras, cubiertas, cintillo, buen tamaño (22.05 x 21.07 cm), con un atractivo diseño, buenos papeles y buena combinación, y buena calidad en la impresión fotográfica y tipográfica. 

Esther Tusquets con su cachorro
         En su prefacio titulado “Casi cincuenta años después”, Esther Tusquets habla del renacimiento de Lumen durante la dictadura del general Francisco Franco (“pues como empresa consagrada a los libros de religión y al apoyo de la causa franquista existía desde la Guerra Civil”) y del origen y acuñación de la serie Palabra e Imagen. Y del hecho de que los conjurados en la pequeña empresa de su padre (ella, su hermano Oscar y Lluís Clotet) decidieron invitar a un conjunto de escritores y fotógrafos cuyos trabajos confluyeran en una colección de libros. Dice que Mario Vargas Llosa ya era una figura de las letras y que para invitarlo pidió el visto bueno de Carlos Barral (1928-1989), su promotor y editor en Seix Barral, quien además de dárselo, escribió un prólogo ex profeso para Los cachorros del que cita pasajes. Dice que ella y su hermano Oscar conocieron “a Vargas Llosa en París. Nos citó en Les Deux Magots. Joven, guapo, educadísimo. Se decidió que escribiría para nosotros un cuento que entonces se llamaba ‘Pichula Cuéllar’; un título que fue imposible que pasara la censura. Nos contó la historia y nos aseguró que nos la enviaría muy pronto terminada. Pero le llevó mucho tiempo y ni siquiera la última versión le gustaba demasiado. Ya dice Carlos que este tipo de escritor es ‘un eterno insatisfecho de su obra, de la que las partes escritas no le parecen sino insuficientes ensayos’.”

Mario Vargas Llosa en 1967
  El caso es que Mario Vargas Llosa vivía en París y allí escribió su cuento ubicado en una Lima de los años 40, 50 e inicios de los 60 del siglo XX. Y Xavier Miserachs vivía en Barcelona y cada uno trabajó en su ámbito idiosincrásico. El fotógrafo no hizo una ilustración puntual del cuento (algo así como una fotonovela), sino un ensayo fotográfico (en blanco y negro) que dialoga, traslada y reinventa el sentido del relato en un entorno europeo de los años 60, cuyo look ahora resulta muy demodé, con una ineludible y magnética pátina que Hugo Hiriart denominaría “estética de la obsolescencia”. 

     
Xavier Miserachs (1937-1998)
Foto: Pilar Aymerich
        
             Quienes hayan leído o lean Los cachorros no extrañarán que en las fotos iniciales de Xavier Miserachs se vean a escolares de primaria educados por curas con sotana; que las segundas aludan los infantiles juegos de pelota, el futbolito y el fulbito; luego sus correrías callejeras, diversiones, fiestas y galanteos juveniles, incluso en la playa; más tarde los compromisos matrimoniales; y por último las locuras y la intemperancia en el veloz Porsche (un “pequeño bastardo” que evoca el minúsculo Porsche Spyder 550 de James Dean) y la obvia colisión. 
     
Foto de Xavier Miserachs para Los cachorros (1967)
      
        La última espléndida y panorámica imagen en gran angular (distribuida en las postreras guardas y con un baño de color) podría titularse “La ciudad y los perros”, pues allí un difuso hombre, a un lado de la cinta asfáltica de la gran urbe, lleva y guía con sus correas a diez “Malpapeados” y peligrosos daneses (debieron ser nueve, el número de los círculos del infierno), algunos con bozal, y parece contrastar con el nombre del cuento y aludir el destino del tremendo y feroz Judas, que es un danés, cuyo cruento ataque inocula el apodo del emasculado Pichulita Cuéllar y hace de su vida una angustia permanente, una neurosis continua, un vacío, una fobia y un infierno in crescendo

     
Portada del DVD de Los cachorros, película de 1973 dirigida por Jorge Fons,
basada en el relato homónimo de Mario Vargas Llosa.
          
         El sobrio y sugestivo ensayo fotográfico del español Xavier Miserachs recuerda el infumable y homónimo churro “orgullosamente mexicano”: la libre adaptación y pésima reinvención fílmica del relato de Mario Vargas Llosa que el tuxpeño Jorge Fons —el estupendo director de Rojo amanecer (1989) y de El callejón de los milagros (1995)— estrenó, en México, en 1973 (aún circula en DVD y en YouTube), en cuyo elenco figuran José Alonso, Helena Rojo, Carmen Montejo, Augusto Benedico, Gabriel Retes, Arsenio Campos, Dunia Saldívar, Pedro Damián, Silvia Mariscal y Cecilia Pezet.



II de II   
                 
Sebastián Sañazar Bondy
(1924-1965)
           Mario Vargas Llosa dedicó Los cachorros “A la memoria de Sebastián Salazar Bondy” (1924-1965), poeta y polígrafo peruano a quien el joven Mario frecuentó en Lima durante sus años en la Universidad de San Marcos, quien fue miembro del jurado del susodicho concurso de La Revue Française que ganó en 1957 y por ende le “decía, envidioso: ‘Te pasa lo mejor que le puede pasar a nadie en el mundo: ¡Irse a París!’”. Y como Salazar Bondy recién había estado unos meses en Francia, le “preparó una lista de cosas imprescindibles para hacer y ver en la capital francesa”, entre ello la dirección de un hotelito del Barrio Latino a donde Mario, en enero de 1958, pensaba mudarse después de los 15 días del premio pasados en el hotel de lujo Napoleón, desde cuyo cuarto con balconcito veía el Arco del Triunfo; pero a la hora de despedirse el gerente le dijo que se “quedara allí [los otros 15 días] pagando lo que iba a pagar en el hotel de Seine”. 
Después de todo el despliegue de recursos técnicos que implica el puzzle y la magistral urdimbre de intrincadas y fragmentarias tramas de su novela La Casa Verde (1965), el relato Los cachorros (1967) parece un ejercicio de estilo, un divertimento sin un pelo de “literatura comprometida”, el canon sartreano que fue credo de Mario Vargas Llosa desde los años 50 hasta mediados de los 60 y por ende sus coterráneos en Lima: Luis Loayza (“el borgiano Petit Thouars”) y Abelardo Oquendo (“el Delfín”) lo apodaban “el sartrecillo valiente”.
Luis Loayza  (el borgiano Petit Thouars) y Abelardo Oquendo (el Delfín) ,
amigos de Mario Vargas Llosa, quienes lo llamaban 
el sartrecillo valiente.
(Lima, 1956)
  Los cachorros, dividido en seis capítulos y con cinco personajes principales (Choto, Mañuco, Chingolo, Lalo y Pichula, el protagonista), de relato tradicional sólo implica el hecho de que de manera progresiva en el tiempo tiene un inicio, un medio y un desenlace, de la infancia a la joven adultez de los protagonistas, decurso signado por el drama, la pesadumbre, los miedos, las inseguridades, la inmoderación y el desprecio por la vida y la muerte de Pichula Cuéllar y su trágico fallecimiento. Así, lo singular es la forma narrativa consubstancial e inextricable al sentido, la manera en que el autor acomete y desarrolla el cuento en una Lima de los años 40, 50 y principios de los 60, vista a través de la educación, las costumbres, los hábitos, los usos, los prejuicios y la idiosincrasia de un grupo de clase media y alta (niños, adolescentes, jóvenes, adultos) que inicia su aprendizaje existencial en el Colegio Champagnat, de sacerdotes maristas. 

Aderezado con lúdicas onomatopeyas, con jerigonza y coloquiales peruanismos, apócopes y frases hechas, marcas de objetos y golosinas e iconos de la época, el relato es narrado de manera polifónica por un conjunto de voces (incluida la omnisciente voz narrativa) que sucesivamente cambian de enunciado en enunciado y en un mismo párrafo (de persona y de personaje) y que se urden entre sí alterando ciertas convenciones en el uso (y no uso) de los signos de puntuación, todo lo cual le da a la narración un ritmo y una eufonía vertiginosa y envolvente. 
De ahí que en el fragmento inicial se lea: “Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambullirnos desde el segundo trampolín del Terrazas, y eran traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles, voraces. Ese año, cuando Cuéllar entró al Colegio Champagnat.”
       Y en el último: “Eran hombres hechos y derechos ya y teníamos todos mujer, carro, hijos que estudiaban en el Champagnat, la Inmaculada o el Santa María, y se estaban construyendo una casita para el verano en Ancón, Santa Rosa o las playas del sur, y comenzábamos a engordar y a tener canas, barriguitas, cuerpos blandos, a usar anteojos para leer, a sentir malestares después de comer y de beber y aparecían ya en su pieles algunas pequitas, ciertas arruguitas.”
      Es probable que esa Lima y los personajes del cuento y sus ámbitos geográficos y urbanos nunca hayan existido como tales, al pie de la letra. Pero no es difícil inferir que el autor utilizó su “experiencia personal como punto de partida para la fantasía”, como es, por ejemplo, la afición generacional por los mambos y su popular ídolo Dámaso Pérez Prado (el celebérrimo e inmortal Cara de foca), por las guarachas, los boleros y valses que los protagonistas cultivan en su adolescencia. 
   
Maritza Angulo y Mario Vargas Llosa bailando en una fiesta
(Miraflores, 1952)
      
          Se recordará, otro ejemplo, al Hermano Leoncio, el primer sacerdote marista que figura en el relato, quien con un manazo suele quitarse el mechón de pelo que se le viene al rostro y quien es uno de los curas que acuden —él vociferando palabrotas en español y francés— a auxiliar al niño Cuéllar cuando es atacado por el perro Judas mientras se bañaba desnudo tras un entrenamiento de fútbol, y a quien le toca perseguir, atrapar y enjaular a la virulenta mascota. Pues bien, en “Lima la horrible”, el III capítulo de su libro de memorias El pez en el agua (1993) y homónimo de un ensayo de Salazar Bondy, Mario Vargas Llosa evoca los tres años que estudió en el católico colegio La Salle, en la capital peruana, entre 1947 y 1950, donde alude, en la página 57, a un sacerdote que a todas luces es el modelo del sacerdote del cuento: “El Hermano Leoncio, nuestro profesor de sexto de primaria, un francés colorado y sesentón, bastante cascarrabias, de alborotados cabellos blancos, con un enorme rulo que estaba todo el tiempo cayéndose sobre la frente y que él se echaba atrás con equinos movimientos de cabeza, que nos hacía aprendernos de memoria poesías de fray Luis de León (‘Y dejas, pastor santo...’).” Personaje, quizá olvidable, que cobra relevancia por el conato pedófilo que evoca el ahora Premio Nobel de Literatura 2010 entre las páginas 75 y 76 de sus memorias, más aún a la luz de los sucesivos y multiplicados casos de pederastia que infestan a las legiones de sacerdotes católicos en toda la aldea global y que no ignoran, sin dolores de cabeza, ni el Papa Ratzinger ni el Papa Francisco: 
Foto de Xavier Miserachs para Los cachorros (1967)
  “No pude ir a recoger la libreta de notas, ese fin de año de 1948, por alguna razón. Fui al día siguiente. El colegio estaba sin alumnos. Me entregaron mi libreta en la dirección y ya partía cuando apareció el Hermano Leoncio, muy risueño. Me preguntó por mis notas y mis planes para las vacaciones. Pese a su fama de viejito cascarrabias, al Hermano Leoncio, que solía darnos un coscacho cuando nos portábamos mal, todos lo queríamos, por su figura pintoresca, su cara colorada, su rulo saltarín y su español afrancesado. Me comía a preguntas, sin darme un intervalo para despedirme, y de pronto me dijo que quería mostrarme algo y que viniera con él. Me llevó hasta el último piso del colegio, donde los Hermanos tenían sus habitaciones, un lugar al que los alumnos nunca subíamos. Abrió una puerta y era su dormitorio: una pequeña cámara con una cama, un ropero, una mesita de trabajo, y en las paredes estampas religiosas y fotos. Lo notaba muy excitado, hablando de prisa, sobre el pecado, el demonio o algo así, a la vez que escarbaba en su ropero. Comencé a sentirme incómodo. Por fin sacó un alto de revistas y me las alcanzó. La primera que abrí se llamaba Vea y estaba llena de mujeres desnudas. Sentí gran sorpresa, mezclada con vergüenza. No me atrevía a alzar la cabeza, ni a responder, pues, hablando siempre de manera atropellada, el Hermano Leoncio se me había acercado, me preguntaba si conocía esas revistas, si yo y mis amigos las comprábamos y las hojeábamos a solas. Y, de pronto, sentí su mano en mi bragueta. Trataba de abrírmela a la vez que, con torpeza, por encima del pantalón me frotaba el pene. Recuerdo su cara congestionada, su voz trémula, un hilito de baba en su boca. A él yo no le tenía miedo, como a mi papá. Empecé a gritar ‘¡Suélteme, suélteme!’ con todas mis fuerzas y el Hermano, en un instante, pasó de colorado a lívido. Me abrió la puerta y murmuró algo como ‘pero por qué te asustas’. Salí corriendo hasta la calle.

“¡Pobre Hermano Leoncio! Qué vergüenza pasaría también él, luego del episodio. Al año siguiente, el último que estuve en La Salle, cuando me lo cruzaba en el patio, sus ojos me evitaban y había incomodidad en su cara.
“A partir de entonces, de una manera gradual, fui dejando de interesarme en la religión y en Dios [...]”
Foto de Xavier Miserachs para Los cachorros (1967)
  Vale puntualizar que en Los cachorros no figura ningún cura pederasta, pero sí cierto atisbo de mariconería y pederastia en la perturbada y vertiginosa etapa terminal del protagonista: “Cuando Lalo se casó con Chabuca, el mismo año que Mañuco y Chingolo se recibían de Ingenieros” y “Cuéllar ya había tenido varios accidentes y su Volvo andaba siempre abollado, despintado, las lunas rajadas.” Periodo en que lleva una oscura vida noctámbula en tabernas y tugurios donde concurren mafiosos y homosexuales; “pero en el día vagabundeaba de un barrio de Miraflores a otro y se lo veía en las esquinas, vestido como James Dean (blue jeans ajustados, camisita de colores abierta desde el pescuezo hasta el ombligo, en el pecho una cadenita de oro bailando y enredándose entre los vellitos, mocasines blancos), jugando trompo con los cocacolas, pateando pelota en un garaje, tocando rondín. Su carro andaba siempre repleto de rocanroleros de trece, catorce, quince años y, los domingos, se aparecía en el Waikiki”, donde frecuentaba “pandillas de criaturas”, que “uno por uno los subía a su tabla hawaiana y se metía con ellos más allá de la reventazón [...]” 

James Dean y el pequeño bastardo
  El parangón con el actor James Dean (1931-1955), estrella del emblemático filme Rebelde sin causa (1953) no es gratuita, pues su impronta hollywoodense y la leyenda negra y los equívocos de su acelerada y arquetípica vida y muerte estaban muy presentes en el imaginario colectivo de la juventud de la época, y, a su modo, el argumento de Los cachorros y la personalidad de Pichula Cuéllar lo parafrasean y tributan. 

Hay que subrayar que el perfil psicológico de Pichula Cuéllar está muy bien trazado: resulta persuasivo y convincente, desde el sorpresivo ataque del perro Judas que de niño le destroza o le arranca el pene, pasando por miedos, inseguridades y pleitos infantiles, su cambio de alumno ejemplar a uno perezoso que consienten y procuran los sacerdotes, de un sometido a la voluntad paterna a un dictadorzuelo que obliga a sus progenitores a perdonarle sus travesuras y a cumplirle sus caprichos de niño bien; sus celos ante los galanteos y conquistas de sus compinches ya adolescentes, sus actitudes esquivas ante las féminas, sus locuras, sus majaderías, sus borracheras, su temeridad y su desprecio por la vida y la muerte corriendo con la tabla mortales olas y luego veloces autos con los que ejecuta carreras, suertes y competencias y con los que tiene varios accidentes, en el último de los cuales se mata.
James Dean en el pequeño bastardo
  Si la leyenda de James Dean reza que era bisexual, lo mismo podría decirse de Pichula Cuéllar. A los dos les gusta correr autos y competir en confrontaciones automovilísticas y ambos, aún jóvenes, mueren en un súbito choque. En ese sentido, si en Rebelde sin causa el jovenzuelo e inofensivo Jim Stark (James Dean) se ve obligado a enfrentarse a otro (con pose de matón) en una veloz carrera hasta un precipicio donde pierde el primero que salta del coche a toda máquina, en Los cachorros el jovenzuelo Pichula Cuéllar, por osadía y diversión, tiene “su primer accidente grave [ya había tenido otros] haciendo el paso de la muerte 
—las manos amarradas al volante, los ojos vendados— en la Avenida Angamos.”


Mario Vargas Llosa, Los cachorros. Prólogo de Esther Tusquets. Fotos en blanco y negro de Xavier Miserachs. Colección Palabra e Imagen, La Fábrica Editorial. Madrid, 2010. 114 pp.


*********
Enlace a Los cachorros (1973), película dirigida por Jorge Fons, basada en la narración homónima de Mario Vargas Llosa.
"James Dean", rolita de Eagles, incluida en su disco On the border (1974).


martes, 18 de marzo de 2025

Conversación en La Catedral

Una pobre mierdecita entre los dos

I de VI
Conversación en La Catedral, la tercera novela del peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936), Premio Nobel de Literatura 2010, “apareció a fines de noviembre de 1969” en dos libros editados en Barcelona por Seix Barral, con un tiraje de cinco mil ejemplares. Y “en noviembre de 2019”, Alfaguara, con una notoria estrategia de mercadotecnia, publicó en México la Edición Especial por su 50 Aniversario, en cuyo cintillo canturrea el autor a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y envirulada aldea global: “Si tuviera que salvar del fuego una sola de las novelas que he escrito, salvaría ésta.” 
     

         Palabras transcritas del fragmento con que el novelista concluye su “Prologo” firmado en “Londres, junio de 1998”, que a la letra dice: “Ninguna otra novela me ha dado tanto trabajo; por eso, si tuviera que salvar del fuego una sola de las novelas que he escrito, salvaría ésta.” Planteamiento que repite al final de la aún más breve: “Nota a esta edición”: “es la novela que más trabajo me costó escribir y con la que me quedaría si tuviera que elegir una sola entre las que he escrito.” No obstante, en “La novela del guardaespaldas”, la postrera sección complementaria con que se celebra y publicita el cincuentenario de Conversación en La Catedral, el profesor y bloguero Carlos Aguirre, ante la afirmación de que “ésta es la novela que más trabajo le dio”, pese a que parece coincidir con él al apuntar: “para mi gusto, la mejor de las que ha escrito”, replica que Mario Vargas Llosa “a veces ha dicho lo mismo de La guerra del fin del mundo”, su sexta novela, editada en Barcelona, por Seix Barral, en octubre de 1981. 

Editorial Seix Barral, Barcelona
Primera edición: octubre de 1981
     Entre lo que Carlos Aguirre apunta en su nota introductoria se lee que las primeras cuatro ediciones de Conversación en La Catedral “aparecieron en dos volúmenes con portadas ilustradas por el fotógrafo catalán César Malet”. (Las cuales se reproducen, en pequeñas estampas, en la página 746.) 

       

         Que “a partir de la quinta edición: se empezó a usar mayúscula para ‘La’ en el título (hasta la cuarta edición, el título aparecía como Conversación en la Catedral).” Y que “A partir de la sexta edición (agosto de 1972), se publicó en un solo volumen de 669 páginas, y fue ésta también la primera vez que se utilizó en la portada la icónica fotografía de los dos vasos de cerveza y los humeantes puchos de cigarrillos, del propio Malet.” (Portada que se observa en la página 747, cuya fotografía es la misma que ilustra la presente Edición Especial del cincuentenario de la obra.) 

Narrativa Hispánica, Alfaguara
Primera edición mexicana en este formato:
noviembre de 2019
        Pero para dar inicio a la parte medular de la antológica miscelánea que Carlos Aguirre tituló “La novela del guardaespaldas”, dice: “Lo que sigue es una colección de fragmentos de cartas y entrevistas, tanto del propio Vargas Llosa como de algunos personajes de su entorno, gracias a los cuales se puede reconstruir, a veces con bastante intimidad, el fatigoso proceso de redacción y la recepción inicial de una novela que está entre las más importantes del siglo XX en cualquier idioma.” Fragmento que tiene un par de asteriscos que remiten a una nota al pie en la que apunta: “La mayoría de cartas citadas se encuentran en diferentes secciones de la división de Libros Raros y Colecciones Especiales de la Universidad de Princeton. En algunos casos se han introducido ligeros cambios para uniformizar la redacción. Las cartas de Julio Cortázar han sido tomadas de los volúmenes 3 y 4 de Cartas editadas por Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga (Madrid, Alfaguara, 2012).” Vale decir, entonces, que, con algunas anotaciones del antólogo, se compilan cartas (o fragmentos de cartas) de Mario Vargas Llosa a Abelardo Oquendo, a Wolfgang Luchting, a José Donoso, y a Carmen Balcells; fragmentos de entrevistas donde habla Mario Vargas Llosa; la transcripción del “Informe de la oficina de censura sobre Conversación en La Catedral, 4 de diciembre de 1969”; una nota de Luis Harss transcrita de Los nuestros (Buenos Aires, Sudamericana, 1966); cartas (o fragmentos de cartas) que le dirigieron al peruano: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Barral, Roberto Fernández Retamar, Emilio Adolfo Westphalen, Francisco Moncloa, Álvaro Mutis y Carlos Fuentes, quien el “24 de noviembre de 1970” le dice exultante y deificante: “De nuevo, Mario, mis felicitaciones y admiración por tu Conversación en La Catedral. Creo que no sólo es tu mejor libro, sino la única gran novela política que se ha escrito en castellano.” 

Carlos Fuentes con sus dos Premios Nobel


II de VI
En la dedicatoria de la cincuentenaria obra se lee: “A Luis Loayza, el borgiano de Petit Thouars, y a Abelardo Oquendo, el Delfín, con todo el cariño del sartrecillo valiente, su hermano de entonces y de todavía.” 


Luis Loayza y Abelardo Oquendo
En la repisa: Mario Vargas Llosa
Lima, 1956

       Pues bien, en sus memorias El pez en el agua (Barcelona, Seix Barral, 1993), Mario Vargas Llosa evoca anécdotas y episodios de su vínculo amistoso con Luis Loayza (1934-2018) y Abelardo Oquendo (1930-2018) y de las irónicas razones por las que a él fraternal y lúdicamente lo apodaron el sartrecillo valiente, con quienes soñaba “con sacar una revista literaria que fuera nuestra tribuna y el signo visible de nuestra amistad”. “Así nació Literatura, de la que apenas saldrían tres números”. Camaradería que germina y se asienta en el contexto de la dictadura del general Manuel Odría (1948-1956) —cuyo golpe de estado (dizque la Revolución Restauradora) el 27 de octubre de 1948 suscitó la caída del presidente democrático y constitucional José Luis Bustamante y Rivero, tío del escritor—.
     
José Luis Bustamante y Rivero, presidente del Perú,
entre el 28 de julio de 1945 y el 27 de octubre de 1948
          Pero al unísono esa amistad se ubica en el contexto de sus estudios en la Universidad de San Marcos (Literatura y Derecho) y de su militancia en Cahuide (nombre del proscrito, clandestino, ortodoxo y minúsculo Partido Comunista). En este sentido, en lo que concierne a tales estudios universitarios y a su subterránea instrucción y activismo político (durante un año) como militante de Cahuide, en El pez en el agua alude a las personas de la vida real (y las anécdotas) que le sirvieron de modelo para, en Conversación en La Catedral, acuñar a los personajes con los que el joven Santiago Zavala, aún menor de edad, coincide y convive durante su estancia en San Marcos y en Cahuide. 

Biblioteca Breve, Seix Barral
Segunda reimpresión en México: junio de 1993
      Pero también en El pez en el agua bosqueja vivencias y espacios físicos de su temprano y seminal paso en La Crónica: tres meses de 1952, cuando Mario Vargas Llosa aún no cumplía sus 16 años. 
 
Antiguo local de La Crónica
en la calle Pando, Lima
   De modo que en sus memorias se lee sobre su iniciación periodística y sobre arcaicos procedimientos periodísticos, sobre perfiles de periodistas, y anécdotas bohemias y prostibularias de los reporteros de la vida real que le sirvieron de modelo para crear varios personajes de Conversación en La Catedral, incluso homónimos: el periodista Carlitos Ney, poeta trunco y crónico borrachín, con quien en el Negro-Negro, decorado por portadas de The New Yorker,  Santiago Zavala se hace amiguete y compinche; Becerrita, beodo, corrupto y pendenciero jefe de la página policial de La Crónica; y Norwin, también de policiales, pero de Última Hora, vespertino de La Prensa. En este sentido, apunta Mario Vargas Llosa poco antes de concluir ese capítulo de sus memorias que se titula “Periodismo y bohema”: “La despedida fue también la celebración de mi cumpleaños, el 28 de marzo de 1952, tomando cerveza con Carlitos Ney, Milton von Hesse y Norwin Sánchez Geny, en una chifa de la calle Capón, el barrio chino de Lima. Fue una despedida lúgubre, porque eran amigos que llegué a apreciar y porque tal vez intuía que no volvería a compartir con ellos esas afiebradas experiencias con las que puse final a mi infancia. Así fue. Al año siguiente, al regresar a Lima [de Piura, y para ingresar a San Marcos], no volví a frecuentarlos ni a ellos ni esos ambientes, que mi memoria conservaría, sin embargo, con agridulce sabor, y que traté de recrear mucho después, con fantaseosos retoques, en Conversación en La Catedral.” 
   
Un joven y Mario Vargas Llosa de reportero en La Industria
Piura, 1952
         Vale observar, además, que a lo largo de
El pez en el agua se advierten minucias de la historia y geografía del Perú (y de Lima) y de la vida del autor (y de su ideario y postura y actividad política) transpuestos en el puzle de la caudalosa trama de Conversación en La Catedral, algunas nimias (y otras quizá desapercibidas para no pocos lectores). Por ejemplo, durante su segunda estancia en Piura (“entre abril y diciembre de 1952”), cuando vivió “en casa del tío Lucho y de la tía Olga” (los padres de su prima Patricia Llosa Urquidi), mientras estudiaba el quinto año de secundaria en el Colegio Nacional San Miguel y escribía artículos en La Industria, lo instalaron en el cuarto donde estaban “los libros del tío Lucho”, que, según dice, “estoy seguro de haber leído de principio a fin, ese año de voraces lecturas”. Pero para la presente nota lo singular es que reseña: “Entre los libros del tío Lucho encontré una autobiografía, publicada por la editorial Diana, de México, que me tuvo desvelado muchas noches y que me produjo un sacudón político: La noche quedó atrás, de Jan Valtin. Su autor había sido un comunista alemán, en tiempos del nazismo, y su autobiografía, llena de episodios de militancia clandestina, de sacrificadas peripecias revolucionarias y de atroces abusos, fue, para mí, un detonante, algo que me hizo pensar por primera vez, con cierto detenimiento, en la justicia, en la acción política, en la revolución. Aunque, al final del libro, Valtin criticaba mucho al partido comunista, que sacrificó a su mujer y actuó con él de manera cínica, recuerdo haber terminado la lectura sintiendo gran admiración por esos santos laicos que, a pesar del riesgo de ser torturados, decapitados o de pasarse la vida en las mazmorras nazis, dedicaban su vida a luchar por el socialismo.” Mítico e idealizado ideal con el que el adolescente Mario Vargas Llosa sueña y fermenta en Piura y con el que ingresa a San Marcos en 1953, donde coincide con Lea Barba y Félix Arias Schreiber, dos jóvenes idealistas que también soñaban con ser comunistas y revolucionarios, y por ende el trío se instruye y afilia con camaradas del clandestino, disperso y conspirativo Cahuide. Descuellan en los ritos de iniciación y elemental instrucción en los círculos de Cahuide: Washington Durán Abarca y Héctor Béjar, quien evoca ese período sanmarquino en un ensayo compilado por Albert Bensoussan en Mario Vargas Llosa. Vida que es palabra (México, Nueva Imagen, 2006). Vale decir, entonces, que Lea Barba y Félix Arias Schreiber, y lo que el futuro novelista vivió con ellos en las minúsculas células de Cahuide, en San Marcos y fuera de las aulas, son la simiente de lo que Santiago Zavala vive con sus amiguetes Aída y Jacobo (que luego se convierten en pareja), y que en el amistoso intercambio de libros Santiago le presta a Aída su leído ejemplar de La noche quedó atrás.
Con tal sobrecubierta, la primera edición de Diana, impresa en México, data
de diciembre de 1952. Y la cuarta de abril de 1960, con traducción de Juan
Rodríguez Chicano, pastas duras, 804 páginas y tres mil ejemplares.
      Pero si en El pez en el agua destaca lo que el novelista dice de Esparza Zañartu, quien en la vida real como “director de Gobierno” de la dictadura de Odría fue el brazo represor de éste, y que en Conversación en La Catedral es el modelo de la gris y obscena personalidad de Cayo Mierda y de sus fechorías (la maquiavélica y apestosa hez de la canalla) haciendo y deshaciendo más allá de la Ley de Seguridad Interior, descuella una anécdota donde figura el perrito Batuque y la tía Julia Urquidi Illanes (con quien el escritor se casó a mediados de 1955) y la simiente del astroso y pestilente baretucho (y bulín) donde a lo largo de Conversación en La Catedral dialogan, junto al Batuque (yo está aquí, echado a mis pies,/ mirándose mirarme mirado), Santiago Zavala y el zambo Ambrosio Pardo, mientras fuman y beben cerveza.
   
La tía Julia, Mario Vargas Llosa y el perrito Batuque
       “Un día, al mediodía, al regresar a la casa, encontré a Julia bañada en llanto. La perrera se había llevado al Batuque. Los del camión se lo habían arrancado poco menos de sus brazos. Salí volando a buscarlo, al galpón de la perrera, que estaba por el Puente del Ejército. Pude llegar a tiempo y rescatar al pobre Batuque, que, apenas lo sacaron de la jaula y lo cargué, me llenó de pis y caca y se quedó temblando en mis brazos. El espectáculo de la perrera me dejó tan espantado como a él: dos zambos, empleados del lugar, mataban a palazos, ahí mismo, a vista de los perros enjaulados, a los animales que no habían sido reclamados por sus dueños luego de unos días. Medio descompuesto con lo que había visto, fui con el Batuque a sentarme en el primer cafetucho que encontré. Se llamaba La Catedral. Y allí se me vino a la cabeza la idea de empezar con una escena así esa novela que escribiría algún día, inspirada en Esparza Zañartu y en esa dictadura de Odría, que, en 1956, daba las últimas boqueadas.”
   
Mario Vargas Llosa en la puerta del bar La Catedral
           Resulta consecuente, entonces, que en el primer capítulo de Conversación en La Catedral, Santiago Zavala —quien abandonó San Marcos tras una redada policial de apristas y comunistas, ya tiene 31 años y teclea editoriales en La Crónica (ubicada en la Avenida Tacna)—, al ir a rescatar al Batuque de la perrera, allá por Puente del Ejército, un zambo del par de zambos que estuvieron a punto de matar a palazos al perrito Batuque metido en un costal, resulta ser Ambrosio Pardo, otrora chofer de su padre ricachón (Bola de Oro) y antes de Cayo Mierda, quien luego de escudriñarlo lo reconoce como “el niño”; y como accede a charlar con él, el zambo le propone ir a un bar cercano: “La Catedral, uno de pobres, no sé si le gustará”, le dice.
Mario Vargas Llosa en el bar La Catedral
Foto: Félix Nakamura
    Previamente Ana, la esposa de Santiago Zavala, enfermera de 26 años y recién despedida de la Clínica Delgado, lo recibió alarmada en la casita de tejas rojas que comparten en “la quinta de los duendes” de la calle Porta: “Me lo arrancaron de las manos —solloza Ana—. Unos negros asquerosos, amor. Lo metieron al camión. Se lo robaron, se lo robaron.” Escena inspirada, obviamente, en lo que Mario vivió con la tía Julia, precisamente cuando convivían con el Batuque en “la quinta de los duendes”, de la que en El pez en el agua apunta: “Vivimos más de dos años allí y creo que, a pesar de mi agobiante ritmo, fue una temporada con muchas compensaciones, la mejor de las cuales resultó, sin la menor duda, la amistad de Luis Loayza y Abelardo Oquendo. Constituimos un triunvirato irrompible. Pasábamos juntos los fines de semana, en mi casa, o en casa de Abelardo y de Pupi, en la avenida Angamos, o salíamos a comer a una chifa, salidas a las que se unían, a veces, otros amigos, como Sebastián Salazar Bondy, José Miguel Oviedo —quien empezaba a hacer sus primeras armas de crítico literario—”, y era amigo de Mario desde la infancia en Lima, o sea: desde los tres años que estudió en el Colegio La Salle, y quien es, dice, “el primer crítico que escribió un libro sobre mí”: Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad (Barcelona, Seix Barral, 1970). Es decir, “la quinta de los duendes” era “una quinta color ocre, de casitas tan pequeñas que parecían de juguete, al final de la calle Porta”; la cual, en la vida real, según cuenta en sus memorias, la localizó y consiguió su prima Nancy, cuando Julia aún estaba refugiada en Chile, en Antofagasta, dada las obtusas bravuconadas y amenazas asesinas del padre de Mario. —Episodio transpuesto en la trama de La tía Julia y el escribidor (Barcelona, Seix Barral, 1977), su quinta novela—. En Conversación, el jardinero de la Clínica Delgado le regaló el cachorrito a Ana poco antes de que un segundo infarto borrara del mapa a Fermín Zavala, el padre de Santiago: 
     “Había sido poco después de la adopción del Batuque, Zavalita. Una tarde, Ana volvió a la Clínica Delgado con una cajita de zapatos que se movía; la abrió y Santiago vio saltar una cosita blanca: el jardinero se lo había regalado con tanto cariño que no había podido decirle que no, amor. Al principio, fue un fastidio, motivo de discusiones. Se orinaba en la salita, en las camas, en el cuarto de baño, y cuando Ana, para enseñarle a hacer sus cosas fuera, le daba un manazo en el trasero y le hundía el hocico en el charco de caquita y pis, Santiago salía en su defensa y se peleaban, y cuando empezaba a mordisquear algún libro y Santiago le pegaba, Ana salía en su defensa y se peleaban. Al poco tiempo aprendió: rascaba la puerta de la calle cuando quería orinar y miraba el estante como si estuviera electrizado. Los primeros días durmió en la cocina, sobre un crudo, pero en las noches aullaba y venía a ulular ante la puerta del dormitorio, así que acabaron por instalarlo en un rincón, junto a los zapatos. Poco a poco fue conquistando el derecho de subir a la cama. Esa mañana se había metido al cajón de la ropa sucia y estaba tratando de salir, Zavalita, y tú lo estabas mirando. Se había encaramado, apoyado las patas en el borde, estaba descargando todo su peso hacia ese lado y el cajón comenzó a oscilar y por fin se volcó. Luego de unos segundos de inmovilidad, agitó la colita, avanzó hacia la libertad y en eso los golpes en la ventana y la cara de Popeye.” 
 

         Según cuenta en El pez en el agua, Mario, cuando era reportero de la “sección de locales” de La Crónica, lo enviaron a Trujillo a entrevistar al millonario ganador “de la ‘polla’ y el ‘pollón’”; por ende marchó en una camioneta del periódico, con un chofer y un fotógrafo. Pero “En el kilómetro 70 o 71 de la carretera, un camión que venía en dirección contraria obligó a nuestro chofer a salirse de la pista.” Y el fotógrafo y Mario fueron internados en “la Maison de Santé” con heridas leves. En Conversación en La Catedral, Arispe, el jefe de redacción, envía a Zavalita a Trujillo, con Periquito, el fotógrafo, y Darío, el chofer, para que, como reportero de locales, entreviste “al ganador del millón y medio de la Polla”. A la altura del kilómetro 83, un mastodóntico camión, que venía en sentido contrario, obliga a la camioneta de La Crónica a salirse de la carretera y por ello da unas volteretas en los arenales. El chofer y el fotógrafo salieron ilesos, pero Santiago fue internado en La Maison de Santé, donde conoce a Ana (“cinco años menor” que él): “La enfermera le trajo otro desayuno completo y se quedó en la habitación, observándolo mientras comía. Ahí estaba, Zavalita: tan morena [tan chola y huachafa para la racista y megalómana madre de Santiago], tan aseada y tan joven en su albo uniforme sin arrugas, con sus medias blancas, sus cortos cabellos de muchacho y toca almidonada, parada al pie de la cama con sus piernas esbeltas y su cuerpo filiforme de maniquí, sonriendo con sus dientecillos voraces.” La complicidad y simpatía que brota entre Santiago y Ana (ella lo provee de cigarros, pese a la prohibición) incide en la amistad y en el noviazgo que viven ya fuera de La Maison de Santé; el cual tiene un episodio dramático y crucial cuando Ana queda embarazada. Y ante el rechazo de Santiago optan por el aborto. (El sueldo de La Crónica sólo es útil para subsistir con el agua al cuello, además de que se hospeda en el estrecho cuartito de una pensión desde que abandonó su casa familiar tras haber sido rescatado de la Prefectura por su influyente padre, donde estuvo preso por la redada de apristas y comunistas ordenada por Cayo Mierda en el contexto del apoyo universitario a una huelga de tranviarios, de cuyo modelo, según dice el autor en El pez

    
Sin título (1978)
Óleo sobre tela de Botero
       “En Cahuide el único episodio que me dio la sensación de estar trabajando por la revolución fue la huelga de San Marcos en solidaridad con los tranviarios.”) Frente a esa prueba de desamor, Ana decide cortar el vínculo y se va a Ica, donde nació y residen sus padres. Santiago, atosigado por la culpa y el afecto, le pide un apresurado matrimonio y deciden casarse en Ica, ante la presencia de los padres de Ana, pero sin notificar ni invitar a la engreída y prejuiciosa familia burguesa de Santiago: Zoila y Fermín, sus progenitores; y el Chispas y la Teté, sus hermanos.
    En este sentido, se infiere que el perrito Batuque es el sustituto del hijo que Santiago y Ana pudieron tener; lo cual refleja la vida real, pues a Mario Vargas Llosa y a la tía Julia (trece años mayor que él) alguien les obsequió el perrito Batuque poco después de que ella perdiera un bebé tras su regreso de Chile, pues según evoca el novelista en El pez en el agua: “Creo que fue por ese tiempo que alguien nos regaló un perrito. Era chusco y simpatiquísimo, aunque algo neurótico, y le pusimos Batuque. Pequeño y movedizo, me recibía dando saltos y solía echarse en mis rodillas mientras yo leía. Pero lo sobrecogían rabias intempestivas y se lanzaba a veces contra una de nuestras vecinas de la calle Porta, la poetisa y escritora María Teresa Llona, que vivía sola, y cuyas pantorrillas, no sé por qué, atraían y enfurecían a Batuque. Ella lo tomaba con elegancia pero nosotros pasábamos muchas vergüenzas.”


La tía Julia y Mario Vargas Llosa



III de VI
En Conversación en Princeton con Rubén Gallo (México, Alfaguara, 2017), Mario Vargas Llosa dice sobre Conversación en Catedral: “Yo quería que la historia se fuera formando en la memoria del lector a medida que éste colocara cada figura en su lugar, como si se tratara de un gran rompecabezas.” Y unas páginas adelante añade: “Puede resultar confuso en una primera lectura, sin duda, pero la memoria del lector va reconstruyendo la cronología y la va integrando a la trama, quizá no siempre de una manera totalmente precisa, pero eso no afecta al sentido más amplio de la historia.”
Tiene razón el novelista: sólo al ir avanzando en la lectura del voluminoso libro el lector, despistado por la intrincada trama (plagada de huecos y lagunas intencionales, de saltos en el tiempo y en el espacio: adelante y hacia atrás), logra y puede ubicar (e inferir), en la memoria y en la novela, los distintos espacios y tiempos (incluido lo omitido, lo oculto, implícito, tácito o sólo sugerido), la sucesión de múltiples voces, escenas, monólogos interiores y diálogos aparentemente inconexos en no pocos casos, que se suceden de manera imprevista, intercalada y acumulativa a lo largo de las páginas. De tal modo que esto, a veces, se torna una prueba de resistencia, una kilométrica y fatigosa caminata y exploración de fondo por túneles y pasajes donde abunda la paja, la abulia y la somnolencia, y no sólo cuando en páginas y páginas se plantean y se suceden las maquinaciones y los soporíferos embrollos de quienes manipulan y urden el poder (o aspiran a él con un golpe de estado, traición o madruguete), o cuando las voces están ceñidas de atavismos, romos prejuicios y sonoridades pueblerinas, signadas por un aliento popular, melodramático y tremendista, como son los casos de ciertos parloteos del zambo Ambrosio Pardo y de Amalia, mujer de un mitómano de filiación aprista (torturado y asesinado por los esbirros de Cayo Mierda: Hipólito y Ludovico Pantoja) y luego mujer del zambo (con la que tuvo una hija y con la que vivió en Pucallpa y allí murió), quien fuera fámula en la burguesa casona de los Zavala en Miraflores y luego en la casa de San Miguel, la abastecida leonera de lujo que Cayo Mierda le montó, aparentemente a la Musa, pues no lo hizo por ella ni para ella, sino para sus tejemanejes de espionaje, intriga, complicidad, chantaje y coacción entre militares, políticos y empresarios de alto pedorraje que promueven y protegen sus intereses y los intereses y negocios norteamericanos (de los que Cayo saca taja contante y sonante), y al unísono para las borracheras y orgías lésbicas en las que él es un patético, nauseabundo, fantasioso y minúsculo voyeur. De ahí que no pocas veces el lector de marras evoque, boqueando, casi sin aliento y pidiendo esquina, ese consabido e indeleble precepto y apólogo de Borges que se lee en el prefacio a El jardín de senderos que se bifurcan, firmado por él en “Buenos Aires, 10 de noviembre de 1941”: 
   
Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y Alicia Jurado
        
“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario. Así procedió Carlyle en
Sartor Resartus; así Butler en The Fair Haven; obras que tienen la imperfección de ser libros también, no menos tautológicos que los otros. Más razonable, más inepto, más haragán he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios.” Dificultad y fatigosa lectura que en Conversación en Princeton se refleja cuando Mario Vargas Llosa evoca: “La novela no tuvo éxito, sobre todo si se compara con otros libros míos, precisamente por la dificultad.” No obstante, observa: “Curiosamente ha ido ganando lectores con el tiempo, se ha ido reeditando y ahora está más viva que otros libros míos. Ha ido conquistando poco a poco a los lectores. Eso me alienta mucho. Si se hace una valoración de las cosas que yo he escrito, este libro debería figurara como uno de los principales.”

IV de VI
Un punto nodal del suspense y del enorme puzle narrativo que es Conversación en La Catedral (cuyo armatoste el lector se ve impelido a reconstruir en la memoria) gira en torno al asesinato de la Musa, quien fuera la mantenida y aparente querida de Cayo Mierda, cuando éste (diminuto, feo y enclenque) era el todopoderoso brazo represor de la dictadura del general Odría, quien en la polifónica obra es una ubicua y todopoderosa sombra tutelar, pero nunca habla con su voz de trueno ni se corporifica ni elimina en un tris con su fulgurante e incandescente mirada. 
       
Odría con miembros del clero y de las fuerzas armadas
       El crimen de la Musa ocurrió en 1958, cuando el presidente del Perú era Manuel Prado y Cayo Mierda, ya sin poder, está en el exilio. Santiago Zavala, quien trabaja en la sección de locales de La Crónica, dada la ausencia de Becerrita y de los dateros de la página policial, es enviado por Arispe, el jefe de redacción, al lugar del asesinato. Zavalita va con Darío, el chofer, y con Periquito, el fotógrafo.

       
La orquesta
Óleo sobre tela de Botero
         A la Musa, ex Reina de la Farándula, que fue hermosa (lesbiana, alcohólica y drogadicta) y tuvo celebridad como cantante no sólo en el Embassy y en Radio El Sol, le dieron “Ocho chavetazos” (o sea: fue un asesinato con saña) y sobrevivía en la pobreza en Jesús María (“General Garzón 311”), asistida por Amalia, su perruna y fiel criada que la sigue desde la casa de San Miguel. Y Santiago Zavala, mientras bebe, fuma, charla y rememora con el zambo Ambrosio en La Catedral, lleva ya “Diez años soñándote con ella, Zavalita, si Anita supiera creería que te enamoraste de la Musa y tendría celos.” Es decir, el efímero diálogo en La Catedral, y por ende el moroso presente de la novela (“El crítico hispano-dominicano Carlos Esteban Deive” contó “setenta personajes”), donde también se halla el inolvidable perruchito Batuque, ocurre durante unas cuatro horas de un día de 1968. Y Ambrosio, luego de charlar con él durante esas horas, quizá siga, con el zambo Pancras, matando perros a palos en la perrera municipal. 
O quizá no, pues casi al inicio del libro (en algún momento de la prolongada charla) Santiago le dijo: “En La Crónica necesitan un portero”. (Buscando que el zambo, ya ebrio, suelte la sopa y toda la recontrasopa en torno al asesinato de la Musa.) “Es un trabajo menos fregado que la perrera. Yo haré que te tomen sin papeles. Estarías mucho mejor. Pero, por favor, deja un ratito de hacerte el cojudo.” 
Dibujo de Miguel Covarrubias
          Pero el caso es que para supuestamente indagar las causas y el trasfondo del crimen de la Musa y ventilarlo y explotarlo hasta la náusea en la populachera y amarillista página policial de La Crónica, Becerrita se pone a la cabeza y escoge de supuesto reportero a Santiago (que se siente elegido por los hediondos demonios del Infierno). Y en el interrogatorio que Becerrita le hace a Queta (en el Montmartre, el burdel de la vieja Ivonne), ella, que fue cercana a la Musa y participante en los prostibularios guateques que Cayo Mierda orquestaba en la casa de San Miguel, declara algo que nunca sale a la luz pública (y que es parte de la impunidad del crimen), pero que descoloca a Zavalita e intriga al lector y a Santiago por el resto de sus días terrenales: “Bola de Oro lo mandó matar”, “El matón es su cachero. Se llama Ambrosio.” “Hortensia [o sea: la Musa, la ex querida de Cayo Mierda] le sacaba plata, lo amenazaba con su mujer, con contar por calles y plazas la historia de su chofer.” Y en la ríspida discusión con Becerrita, Queta y la madama Ivonne —quien se opone a que su protegida suelte la viperina y venenosa lengua bífida—, para que el ingenuo Zavalita (hijo de Bola de Oro) no oiga esos bochornosos intríngulis cuyo meollo asesino desconoce e ignora (incluso, pese a su inocua y larga charla con Ambrosio en La Catedral), Becerrita lo saca de allí: “¿Usted tenía algo que hacer, no? —gruñó Becerrita, mirando su reloj, la voz angustiosamente natural—. Váyase nomás, Zavalita.” 

Primera edición en México: octubre de 2017
          Curiosamente, casi al inicio de la sesión donde en Conversación en Princeton abordan los meandros de Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa, al hablar de la estructura de su reputada obra, revela uno de los secretos mejor guardados, candentes y postergados de su cincuentenario libro, que desde luego gira en torno al asesinato de la Musa y al secreto que Ambrosio no le revela al “niño” Santiago Zavala. A estas alturas del medio siglo de su novela esto quizá no tenga la menor importancia, más aún, o sobre todo, porque numerosos thrillers y novelas policiacas comienzan la intriga y el suspense con la descripción de la espeluznante escena de un crimen, como es el caso de su novela ¿Quién mató a Palomino Molero? (México, Seix Barral, 1986). En este sentido, el catedrático y cicerone novelista les dice a sus atentos feligreses (corro del seminario “Literatura y política en la obra de Mario Vargas Llosa”), que pueden visualizarse con las orejas bien erectas, las cejas alzadas y los ojos como platos: 

   
Dibujo de Covarrubias
        
“Ésa es la estructura de Conversación en La Catedral: una conversación entre Zavalita y Ambrosio, el guardaespaldas que fue chofer y amante de su padre. Esa conversación ocurre después de que Zavalita va a rescatar a su perro a la perrera municipal y se encuentra con Ambrosio, que ha caído al fondo más bajo de la ruina y trabaja matando perros. Los dos se van a tomar una cerveza a ese barcito cerca de la perrera que se llama La Catedral. Ése es el eje de la historia: una conversación que aparece y luego desaparece durante largos intervalos pero que siempre vuelve a reaparecer. Esa columna vertebral va llamando otras historias que se desplazan en el espacio, en el tiempo, y de un personaje a otro. Un personaje que surge en la conversación entre Zavalita y Ambrosio puede llamar a otro personaje y evocar una historia que los dos vivieron en el pasado, para luego regresar a la historia central, llamar a otro personaje, y así sucesivamente.
   “La conversación central entre Zavalita y Ambrosio es como una especie de tronco del que van surgiendo muchas ramas, y esas distintas ramas al final van dibujando ese árbol que es la totalidad de la historia. No me importó que eso pudiera crear confusión en el lector. Al contrario, yo pensé que esa confusión era necesaria para que la historia fuera creíble. Si la historia hubiera sido clara desde el principio, no sería aceptada por el lector. Había demasiada truculencia, demasiados excesos en todo lo que ocurrió y era mejor que esa historia fuera llegando de una manera nublada para que el propio lector, impulsado por la curiosidad y por el deseo de saber, fuera contribuyendo de una manera creativa a establecer la trama.”

V de VI
Entresacando fragmentos del voluminoso puzle de Conversación en La Catedral (dividido en cuatro partes con sus correspondientes capítulos), se puede ver que el zambo Ambrosio Pardo, pese a que es un redomado tontorrón con tres dedos de frente, sobre el leitmotiv o trasfondo del asesinato de la Musa sólo le dijo a Santiago Zavala lo que el “niño” puede oír de él: que Ambrosio la mató motu propio, sin consultar a Bola de Oro, su querido, venerado, respetado e idolatrado patrón, dizque para defenderlo y liberarlo para siempre de la desalmada, insaciable y voraz extorsión de la Musa (en la última etapa de su vida le exigía cien mil soles), pues en la página 61, cuando el lector aún ignora de qué chinitas se habla, se lee:
        “—¿Lo hiciste por mí? —dijo don Fermín—. ¿Por mí, negro? Pobre infeliz, pobre loco.” Lo cual se corresponde con dos parlamentos donde le habla don Fermín al zambo, quien está en mutis (quizá llorando), y por ello no se hace presente ni le contesta, los cuales se leen en la página 215. En el primero se lee: “—Ya sé por qué lo hiciste, infeliz —dijo don Fermín—. No porque me sacaba plata, no porque me chantajeaba.” Y en el segundo, cuatro fragmentos abajo, añade: “—Sino por el anónimo que me mandó contándome lo de tu mujer —dijo don Fermín—. No por vengarme a mí. Por vengarte tú, infeliz.” O sea: para que Amalia, mujer de Ambrosio (a quien él considera su única mujer, incluso durante el tiempo que era la mujer del psicótico, torturado y asesinado aprista), nunca supiera que él tenía relaciones homosexuales con don Fermín, en cuya mansión en Miraflores fue sirvienta (donde Ambrosio la desvirgó en su cuarto, reducto individual por su servicio de chofer, a donde Amalia solía ir a escondidas hasta que el zambo se lo prohibió y truncó el supuesto noviazgo) y luego obrera en el laboratorio de su patrón, el Bola de Oro, al que la Musa chantajeaba, extorsionaba y amenazaba con hacer circular una carta donde exponía esos vínculos lascivos y vergonzosos: “Van a recibir la misma carta tus parientes, tus amigos, tus hijos. La misma que tu mujer. Tus empleados.” 
      El caso es que muchas hojas después, hasta en la página 621, por el asesinato que cometió y la mujer que irremediablemente tiene (con una bebé recién parida), don Fermín lo indemniza o compensa y le ordena que se vaya de Lima y deje de lloriquear: “—Veinte mil soles —había dicho don Fermín—. Sí, tuyos, para ti. Te ayudarán a empezar de nuevo, a desaparecer, pobre infeliz. Nada de llantos, Ambrosio. Anda vete. Que Dios te bendiga, Ambrosio.” 
   
Dibujo de Covarrubias
        Y para librarse del poli que supuestamente investiga el asesinato de la Musa, o sea, del oficial de tercera Ludovico Pantoja, de la División de Homicidios, quien más o menos es su compinche desde los tiempos represivos de Cayo Mierda, Ambrosio lo soborna con veinte mil soles, la mitad de los cuales, le dice (mintiéndole), se los otorga don Fermín Zavala, según se lee en la página 575: 
“—Él te regala diez mil, y yo diez mil, de mis ahorros —dijo Ambrosio—. Sí, está bien, me iré de Lima y nunca más te daré cara, Ludovico. Está bien, me llevo a Amalia también. No volveremos a pisar esta ciudad, hermano, de acuerdo.” Y como botón de supuesta buenaventura y buena voluntad, Ludovico Pantoja —matón infiltrado y sobreviviente de la Revolución de Arequipa que suscitó la caída de Cayo Mierda y la constitución de un “gabinete militar” que no duró mucho— le recomienda que se vaya con su mujer a Pucallpa, porque allí Hilario Morales, su tío, lo empleará de chofer en Trasportes Morales, su empresa. Y el crédulo zambo va hacia ya con su bebé recién nacida (Amalia Hortensia) y con su mujer Amalia, quien además de ignorar que el asesino es Ambrosio, cree que la busca y persigue la policía (creencia que el zambo alimenta) para confinarla en la cárcel por el asesinato de la Musa, su patrona, pese a que cuando ocurrió el crimen ella estaba de parto en el hospital, totalmente solitaria, y luego recuperándose allí durante varios días.
    En Pucallpa las expectativas no salen bien. El caricaturesco, sucio y zaparrastroso Hilario Morales resulta ser un malandrín de baja estofa, polígamo y ladrón, quien, con el cariado colmillo muy retorcido, cala la estúpida sesera del zambo Ambrosio, de tal modo que prácticamente de un manazo le arrebata quince mil soles para supuestamente invertirlos en la escuálida e improductiva funeraria Ataúdes Limbo y como chofer lo hace ir y venir (a imagen y semejanza de un condenado Sísifo o burro de noria) de Pucallpa a Tingo María en una lastimosa y destartalada carcocha de risible y sonoro nombre: “El Rayo de la Montaña”. En Pucallpa, Ambrosio deja abandonada a su pequeña hija con la vecina que enseñó a sembrar a Amalia, luego de que ésta muriera tras el parto de un bebé que murió al nacer o nació muerto. No obstante, y pese a que Ambrosio está en harapos y en la miseria, tendría que pagarle al hospital dos mil soles que no tiene. Y tras sus patéticas y humillantes peticiones a Hilario Morales para que lo auxilie, decide robarle “El Rayo de la Montaña”; carcocha que vende en Tingo Maria por “Cuatrocientos soles”, “Lo justo para llegar a Lima, niño.”  
      
Dibujo de Covarrubias
   Oriundo de la ranchería de Grocio Prado (la aldea donde el joven Mario se casó con la tía Julia), en cuya zona se hizo chofer, e hijo de la negra Tomasa, Ambrosio Pardo es un “zambo grande”, “musculoso” y tontorrón a más no poder; es decir, posee una corpulencia, una estatura y una fortaleza semejante a la del negro Trifulcio, su padre, quien en calidad de ex presidiario y matón a sueldo murió en la susodicha Revolución de Arequipa. Pero inextricable a ese impresionante tamaño y musculatura de jugador de basquetbol de la NBA, sus atavismos y su cerebro del tamaño de un minúsculo cacahuate, repleto de taras y complejos, lo hacen comportarse y pensar a imagen y semejanza de un torpe niñote del octavo día. Esto, obviamente, lo sabía Cayo Mierda, puesto que lo conoce desde que en Chincha, junto con el Serrano —el futuro coronel Espina y ministro de Gobierno que empleó a Cayo como “director de Gobierno” de la dictadura de Odría—, cuando los tres eran unos mozalbetes de rancho, lo ayudó a robarse a la hija de la lechera, horrenda mujer sin hijos, con la que Cayo Mierda está casado hasta la yunta. Y con sus correspondientes variantes lo deduce Queta la primera vez que lo ve con suspicacia en el Montmartre; y también don Fermín, su patrón y amante, quien lo observa en una borrachera en la casa de San Miguel, cuando el zambo es el chofer de Cayo Mierda. 

   
Homenaje a Bonnard (1972)
Óleo sobre lienzo de Botero
        Ambrosio suspira y babea por la escultural Queta y cabizbajo le habla de “usted”. Y ella, que lo ve servil, agachón y más bruto que un cabestro, lo menosprecia y le pone las cosas difíciles, lo tutea y le sube la tarifa. Y varias veces le da unos revolcones verbales que lo radiografían por dentro y por fuera. Más aún porque el zambo, cuando ya logró los pagados y eventuales favores sexuales de Queta, le confiesa sus secretos. Hablan, desde luego, de su vínculo homosexual con don Fermín; de su relación con Amalia, que durante años hizo lo posible por ocultársela a don Cayo, a la Musa, a don Fermín Zavala, pero no a su amiguete Ludovico Pantoja, quien le prestaba su cuarto para los acostones con Amalia en sus días libres y de fin de semana. “Qué malos ratos habrás pasado, Ambrosio, cómo me habrás odiado —dijo don Fermín—. Teniendo que disimular así lo de tu mujer, tantos años. ¿Cuántos Ambrosio?” “¿Creías que iba a resentirme contigo, pobre infeliz? —dijo don Fermín—. No, Ambrosio. Saca a tu mujer de esa casa [la de la Musa], ten tus hijos. Puedes trabajar aquí [de chofer en la residencia de Miraflores] todo el tiempo que quieras. Y olvídate de Ancón y de todo eso, Ambrosio.”
     En este sentido, Queta le machaca: “Se dio cuenta que te morías de miedo”, “Que no harías nada, que contigo podía hacer lo que quería.” “Tenías miedo porque eres servil”, “Porque él es blanco y tú no, porque él es rico y tú no. Porque estás acostumbrado a que hagan contigo lo que quieran.” Y despotrica con asco (antes o después): “Jugando contigo como el gato con el ratón.” “A ti te gusta eso, ya me he dado cuenta. Ser el ratón. Que te pisen, que te traten mal. Si yo no te hubiera tratado mal no te pasarías la vida juntando plata para subir aquí a contarme tus penas. ¿Tus penas? Las primeras veces creía que sí, ahora ya no. A ti todo lo que te pasa te gusta.” “Te ha vuelto a ti también”, “No es porque te paga bien ni por miedo. Te gusta estar con él.” “¿Y cuando se baja los pantalones y te dice cumple tus obligaciones?”, “¿Te gusta también?”
   
Foto: Robert Mapplethorpe
         Queta, ojo clínico y avizor, no se equivoca. La primera vez que don Fermín ve al zambo de cerca en la casa San Miguel no le quita los resbalosos ojos de encima, y Cayo, astuto y maquiavélico zorro, dispone que su chofer, el grandulón y servil Ambrosio, lo lleve a su casa. Y ya en el auto, el patrón Bola de Oro le agarra el miembro y le ordena que así maneje y así lo lleve sin chistar ni rebuznar, no a su respetable y honorable residencia familiar en Miraflores, sino a su solitaria casa de descanso en Ancón, que se convierte en el nidito de sus lúbricos encuentros y desahogos sexuales con el zambo. Se transluce en ello un lujurioso vínculo de dominio y sometimiento, con cierto matiz y entretelones sadomasoquistas. “Haciéndome sentir una basura, haciéndome sentir no sé qué”, gime y se queja con Queta “golpeando la cama con fuerza”, cuando va con ella para humillarse y rogarle que persuada a la Musa de no extorsionar más a su querido y respetable patrón: “A la única persona que se ha portado bien, al único que la ayudó sin tener por qué.” Y sobre todo, pese a que no lo enfatiza, para que no haga circular la amenazante y reveladora carta de cuyos pormenores podría enterarse Amalia (su mujer de los días de asueto, embarazada de él sin que a él le importe un comino el embarazo y con la que nunca ha conformado un hogar ni enfrentado al opresivo mundo), pues esa revelación, pública y multitudinaria, al unísono reventaría la cloaca y desquebrajaría para siempre su privilegiado y oculto vínculo homosexual con ese “verdadero señor”, de apariencia regia y “Presidencial” para él, que además le brinda un buen estatus social: “Me gusta ser su chofer”, “Tengo mi cuarto, gano más que antes, y todos me tratan con consideración.”
 
Estudio de un modelo masculino (1972)
Pastel sobre papel de Botero
        El caso es que para ponerlo calenturiento y gozar al máximo y sacarle todo el manjar blanco al garañón, don Fermín, el patrón, le mete “yobimbina” al enorme zambo y él también se la mete, no faltaba más, pese a cierta teatralización de culpabilidad y remordimiento del supuestamente atormentado Bola de Oro, que también le lloriquea de rodillas: “déjame ser una puta, Ambrosio”, “Que te toque, que te lo bese”. 
Melancolía (1989)
Óleo sobre tela de Botero
        Mítico y legendario afrodisíaco que también usaron Santiago Zavala y su futuro cuñado el pecoso y pelirrojo Popeye Arévalo (hijo de un connotado y ricachón senador odriísta), cuando ambos, ingenuos mocosos, quisieron poner calenturienta a “la chola” cuando en la mansión de Miraflores estaban ausentes los papás de Zavalita, es decir, a la criada Amalia, y darse un festín sexual con ella. Ese impúber episodio (que le costó la chamba a Amalia) se colige inspirado en lo que también evoca el novelista en El pez en el agua en torno a la “yobimbina”, precisamente en la época en que era adolescente y cadete del Colegio Militar Leoncio Prado:

       
Mario Vargas Llosa entre los cadetes
del Colegio Militar Leoncio Prado
           “A mis amigos del barrio, en Miraflores, los veía a veces, los días de salida, e iba con ellos a alguna fiesta de los sábados, o de los domingos, a la matinée y alguna vez al fútbol. Pero el colegio militar me fue apartando insensiblemente de ellos, hasta convertir la entrañable fraternidad de antes en una relación esporádica y distante. Sin suda por mi culpa: me parecían demasiado niños, con sus ritos dominicales —matinée, Cream Rica, pista de patinaje, parque Salazar— y sus castos enamoramientos, ahora que yo estaba en un colegio de hombres que hacían barbaridades y ahora que iba al jirón Huatica [la zona de tolerancia]. Buen número de los amigos del barrio seguían siendo vírgenes y esperaban desvirgarse con las sirvientas de sus casas. Recuerdo una conversación, uno de esos sábados o domingos por la tarde, en la esquina de Colón y Juan Fanning, en la que, en rueda de barrio, uno de ellos nos contó cómo se había ‘tirado a la chola’, luego de darle, con mañas, a tomar ‘yobimbina’ (unos polvitos que, decían, volvían locas a las mujeres, de los que hablábamos sin cesar como de algo mágico, y que, por lo demás, yo nunca vi). Y recuerdo otra tarde en que unos primos me relataron la maquiavélica estrategia que tenían urdida para ‘emboscarse’ a una sirvienta, un día que sus padres estaban ausentes. Y recuerdo mi malestar profundo en ambas ocasiones y siempre que mis amigos, de Miraflores o del colegio, se jactaban de tirarse a las cholas de sus casas.” 

VI de VI
Cuando en 1958 ocurrió el crimen de la Musa, Santiago Zavala ya sabía que su padre era marica. (“¿Echándose vaselina, piensa, jadeando y babeando como una parturienta debajo de él?”) Esto queda claro en la borrachera y diálogo que Zavalita tiene con Carlitos Ney en el sombrío Negro-Negro, luego de que Becerrita lo expulsara del Montmartre para que no siguiera oyendo las barbaridades que vociferaba Queta sobre el zambo y Bola de Oro, supuesto autor intelectual del asesinato de la Musa. De ahí que Santiago, inextricable a su aversión a la hipocresía e impostura del buen burgués (cuyos abominables y repelentes arquetipos son para él don Fermín y Zoila, sus progenitores), rechaza como herencia paterna la casa de Ancón, que también rechaza su madre viuda (al parecer leyó la carta de la Musa donde la puso al tanto de las relaciones homosexuales de su marido y el zambo chofer), y que no quiera recibir absolutamente nada de las acciones y negocios legados por don Fermín (ni un quinto), pese que a siga viviendo muy apretado en la casita de los duendes con el perrito Batuque y Ana, quien se enoja y desaprueba el rechazo de esa casa en Ancón, y a que su mediocre salario en La Crónica a penas le alcanza para sobrevivir haciendo agua, y a que su trabajo como editorialista de La Crónica le resulte deleznable, no menos excrementicio que Lima y el Perú.
   
La casa de Mariduque (1970)
Óleo sobre lienzo de Botero
        Tal derrotismo y visión pesimista de su persona, de sus padres, de su empleo, de sus colegas, de la política y de su entorno limeño se advierte desde el inicio de la novela y perdura hasta el punto final, luego de unas cuatro horas o más de conversación en La Catedral, (sin que el zambo le haya revelado al “niño” la catadura homosexual de su padre y sus amoríos con él). Por ejemplo, al acercarse al Depósito Municipal de Perros para rescatar al perruchito Batuque, ve “Un gran canchón rodeado de un muro ruin de adobes color caca —el color de Lima, piensa, el color del Perú—, flanqueado por chozas que, a lo lejos, se van mezclando y espesando hasta convertirse en un laberinto de esteras, cañas, tejas, calaminas.” Y sobre su chamba como editorialista de temas locales (no de política, porque la política no le interesa para nada), se dice a sí mismo, ahora que ya no hace reporterismo nocturno: “Vengo temprano, me dan mi tema, me tapo la nariz y en dos o tres horas, listo, jalo la cadena y ya está.”

   
Página 6 del ejemplar mecanografiado más antiguo que se
conserva de Conversación en La Catedral
Archivo Princeton University Libraries
        Pestilencia y hedor social e individual que también percibe en él, en el envejecido y astroso zambo y en los comensales de La Catedral: “El Batuque ladra una vez, ladra cien veces. Un remolino interior, una efervescencia en el corazón del corazón, una sensación de tiempo suspendido y tufo. ¿Hablan? La radiola deja de tronar, truena de nuevo. El corpulento río de olores parece fragmentarse en ramales de tabaco, cerveza, piel humana y restos de comida que circulan tibiamente por el aire macizo de La Catedral, y de pronto son absorbidos por una invencible pestilencia superior: ni tú ni yo teníamos razón papá, es el olor de la derrota papá”. 
Página 5 del ejemplar mecanografiado más antiguo que se
conserva de Conversación en La Catedral
Archivo Princeton University Libraries
       De ahí que en esa conversación en La Catedral, Santiago le diga a Ambrosio: “en este país el que no se jode, jode a los demás”. Y que sea Carlitos Ney, ebrio, el que le ponga sello indeleble e irrebatible catalogación de “cacógrafos” a su subterráneo y pálido oficio de supuestos periodistas librepensadores en un periodicucho amarillista que es propiedad de los intereses, políticos y mercantiles, de la familia de Manuel Prado, cuyo gobierno se volvió se volvió “una mafia terrible”. En este sentido, el crónico e incurable “cacógrafo” y borrachín Carlitos Ney encarna y refleja el futuro de Santiago Zavala como periodista hundido hasta las cejas en ese fecal marasmo: “entré a La Crónica y ahí mismo descubrí la tumba de la poesía, Zavalita”. “Entras y no sales, son arenas movedizas”. “Te vas hundiendo, te vas hundiendo. Lo odias pero no puedes librarte. Lo odias y, de repente, estás dispuesto a cualquier cosa por conseguir una primicia. A pasarte las noches en vela, a meterte en sitios increíbles. Es un vicio, Zavalita.” “Nosotros los cacógrafos”, “Todos reventaremos echando espuma, como Becerrita. A tu salud, Zavalita.” 

En El pez en el agua, Mario Vargas Llosa habla de la camaradería, del influjo y del magisterio que Carlitos Ney, lector aventajado y voraz, ejerció sobre él. De ahí que diga: 
Reportaje de Mario Vargas Llosa en La Crónica
Lima, marzo 27 de 1952
         “Hablar de libros, de autores, de poesía, con Carlitos Ney en los cuchitriles inmundos del centro de Lima, o en los bulliciosos y promiscuos burdeles, era exaltante. Porque Carlos era sensible e inteligente y le tenía un amor desmesurado a la literatura, la que, por cierto, debía representar para él algo más profundo y central que ese periodismo al que consagraría toda su vida. Siempre creí que, en algún momento, Carlitos Ney publicaría un libro de poemas que revelaría al mundo ese talento enorme que parecía ocultar y del que, en lo más avanzado de la noche, cuando el alcohol y el desvelo habían evaporado en él toda timidez y sentido autocrítico, nos dejaba entrever unas briznas. Que no lo haya hecho, y su vida haya transcurrido, más bien, sospecho, entre las frustrantes oficinas de redacción de los periódicos limeños y las ‘noches de inquieta bohemia’, no es algo que me sorprenda, ahora. Pues la verdad es que, como a Carlitos Ney, he visto a otros amigos de juventud, que parecían llamados a ser los príncipes de nuestra república de las letras, irse inhibiendo y marchitando, por esa falta de convicción, ese pesimismo prematuro y esencial que es la enfermedad por excelencia, en el Perú, de los mejores, una curiosa manera, se diría, que tienen los que más valen de defenderse de la mediocridad, las imposturas y las frustraciones que ofrece la vida intelectual y artística en un medio tan pobre.”

       

        Casi resulta tautológico decir que, a sus 31 años, Santiago Zavala es un mediocre. “Ni proletario ni burgués. Sólo una pobre mierdecita entre los dos”, lo cata y diagnostica Carlitos Ney. Y que tal vez esa mediocridad sea el signo definitorio del resto de sus días. Pues pese a que casi al inicio de la novela a Norwin, en el Bar Zela, le resume su rutina y supuestas aspiraciones: “Leo, duermo siestas”, “Quizá me matricule otra vez en Derecho”, lo más probable es que nunca lo haga, pese a sus numerosas menciones de hacerlo y no hacerlo, puesto que detesta el Derecho y la abogacía. Y porque al ingresar a
La Crónica por recomendación de su tío Clodomiro, el solterón y mediocre hermano de don Fermín, Vallejo, el director (cuyo apellido sin duda es un homenaje que Mario Vargas Llosa le hizo a César Vallejo, pues lo empezó a leer en la época en que era reportero de La Crónica, “seguramente por consejo de Carlos Ney”), como si viera su futuro en una nítida e inequívoca bola de cristal, le dice sobre tales aspiraciones de trabajar de periodista y “seguir asistiendo a las clases de Derecho”: “Desde que estoy aquí no he visto a muchos periodistas que sigan estudiando”. “Tengo que advertirle algo, por si no lo sabe. El periodismo es la profesión peor pagada. La que da más amarguras, también.” (En México, Manuel Buendía, un celebérrimo periodista, y maestro de periodistas, asesinado el 30 de mayo de 1984, solía decirle a sus alumnos: “el periodismo es la profesión del hombre que se quedó sin profesión”.)
El sastrecillo valiente
Ilustración: Dugina y Dugin
       Pese a que el “flaco”, o sea: Zavalita, era el intelectual de la familia y por ello el Chispas y la Teté irónica o afectuosamente lo llaman “supersabio” a lo largo del libro, carece de aspiraciones intelectuales y creativas, y se distingue por su afición al derrotismo, a los cafetines, a los bares, a los antros, al tabaco, al trago y al jalón de pichicata. Nada parecido al ambicioso y soñador Mario Vargas Llosa en su época de estudiante en San Marcos y militante de Cahuide; pues el novelista, según cuenta en El pez, mientras era el sartrecillo valiente y vivía en la casita de los duendes de la calle Porta, con el Batuque y la tía Julia, llegó a tener siete trabajos (
ídem al cabalístico siete de un golpe del sastrecillo de los hermanos Grimm), (en el Congreso, como asistente del senador Raúl Porras Barrenechea, cobró seis meses sin trabajar, dice, “Ese medio año fue mi primera y última experiencia de funcionario público”), nunca perdió la fe en llegar a ser escritor (“aunque me muriera de hambre”) y se propuso terminar “las dos facultades que seguía” (Literatura y Derecho), hacer a toda velocidad la tesis sobre Rubén Darío, ganarse una beca para doctorarse en la Complutense de Madrid (“nadie nacía novelista, uno se hacía escritor, también en literatura uno elegía lo que iba a ser”), y luego recalar en el idilio de París y quedarse a vivir en Europa para siempre. 


Mario Vargas Llosa durante su primer día en España,
luego de desembarcar en Barcelona, con Luis Loayza y
Julia en el restaurante Tobogán, octubre de 1958.




Mario Vargas Llosa, Conversación en La Catedral. Prefacios del autor. Nota y antología de Carlos Aguirre. Iconografía en color y en blanco y negro. Narrativa Hispánica, Alfaguara. Primera edición mexicana en este formato, noviembre de 2019. 784 pp.


*********
Mario Vargas Llosa conversa con Juan Cruz sobre Conversación en La Catedral.