viernes, 13 de diciembre de 2019

La máquina del tiempo

Viaje al centro de las tinieblas

Signadas por un par de históricos preámbulos del autor de “El Aleph” (el prefacio de la colección y el breve prólogo del libro), con el número 14 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, en 1985 se publicó en Madrid y en Buenos Aires, por Hyspamérica, la edición conjunta —plagada de erratas— de La máquina del tiempo (1895) y de El hombre invisible (1897), celebérrimas novelas del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946), uno de los precursores de la literatura de ciencia-ficción del siglo XX. Obras que en esa edición conjunta (de tapas negras, letras doradas y logo dorado con el croquis del perfil de Borges) circularon en los estanquillos y puestos de periódicos y revistas de España e Hispanoamérica; y que, casi resulta tautológico decirlo, han sido el punto de partida, o parte de la médula o la referencia, de varios argumentos cinematográficos que pueblan los sueños y el imaginario colectivo de la populosa aldea global. 
Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges número 14
Hyspamérica Ediciones
Madrid, 1985
        Con traducción al español de Nellie Manso, La máquina del tiempo se divide en dieciséis capítulos con números romanos y rótulos, más un “Epílogo”. Si bien el epicentro de la novela es la narración del reciente viaje en la Máquina del Tiempo que en primera persona el protagonista les hace a un grupo de comensales reunidos en el salón de fumar de su casa en Richmond, tal relato está enmarcado, al principio y al final, por la voz de otro narrador, quien además de ser uno de los comensales, es quien recoge la historia del viajero y la matiza con el postrero hecho de que “hace tres años” desapareció con su Máquina en su último viaje por el tiempo (el artilugio partió del laboratorio ubicado en el sótano de la casa del viajero), el cual emprendió en busca de pruebas fehacientes que lo acreditaran frente a sus escépticos amigos y conocidos. La última vez que lo vio, el viajero le dijo que volvería en “media hora”, que lo esperara allí en su casa, a la que recién llegó en una visita imprevista. Para traer esas pruebas del futuro, el viajero llevaba consigo “un pequeño aparato fotográfico”, que con probabilidad es la cámara Kodax que echó de menos en su primer viaje, precisamente cuando accede al siniestro y espeluznante Mundo Subterráneo de la supuesta “Edad de Oro”, y que probablemente es un modelo de la Kodax 100 Vista que empezó a popularizarse en 1888. 

Kodax 100 Vista
        Según apunta el narrador, él y los otros oyentes guardaron silencio, sin interrumpir, para escuchar la historia del viajero recién llegado. Y la oyeron en la penumbra, como en una pequeña sala de cine, cuya pantalla circular, en la que ven correr las proyectadas imágenes de la película (con la voz en off), es el iluminado rostro del viajero: “...Y con esto el Viajero a través del Tiempo comenzó su relato tal como lo transcribo a continuación. Se echó hacia atrás en su sillón al principio, y habló como un hombre rendido. Después se mostró más animado. Al poner esto por escrito siento tan sólo con mucha agudeza la insuficiencia de la pluma y la tinta y, sobre todo, mi propia insuficiencia para expresarlo en su valor. Supongo que lo leerán ustedes con la suficiente atención; pero no pueden ver al pálido narrador ni su franco rostro en el brillante círculo de la lamparita, ni oír el tono de su voz. ¡No pueden ustedes conocer cómo su expresión seguía las fases de su relato! Muchos de nosotros sus oyentes estábamos en la sombra, pues las bujías del salón de fumar no habían sido encendidas, y únicamente la cara del periodista y las piernas del Hombre Silencioso, desde las rodillas para abajo, estaban iluminadas. Al principio nos mirábamos de cuando en cuando, unos a otros. Pasado un rato dejamos de hacerlo, y contemplamos tan sólo el rostro del Viajero a través del Tiempo.”

   
Un viajero con una Kodax 100 Vista
       Ni ese narrador ni el viajero dicen su nombre ni precisan sus estudios ni su profesión, pese a que casi al término el narrador alude una inminente cita con un tal “Richardson, el editor”. Pero lo que sí es obvio es que el viajero posee hábitos, costumbres, porte, maneras, lenguaje e idiosincrasia de un elegante gentleman victoriano y una holgada posición económica de buen burgués: se viste de etiqueta para cenar en su casa con sus informales y azarosos invitados y llama con un timbre a la servidumbre que encabeza la señora Watchett, el ama de llaves. Y ante todo le sobra inventiva e intelecto: aparte de la ingeniosa Máquina del Tiempo (“rechoncha, fea”, “un artefacto de bronce, ébano, marfil y cuarzo translúcido y reluciente”), diseñó los sillones donde conversan, y dice ser autor de “diecisiete trabajos sobre física óptica”, y de ciertas investigaciones sobre la “geometría de Cuatro Dimensiones”, donde “el Tiempo es únicamente una especie de Espacio” donde se puede ir y venir.
Fotograma de Time after time (1979)
  Un jueves, ante el grupo de caballerosos comensales reunidos frente al fuego de la chimenea, el viajero les muestra un modelo a escala de la Máquina del Tiempo, la cual activa (bajando una palanquita con el dedo del psicólogo) y desaparece, casi como un número de ilusionista de salón, ante la incredulidad del corro. En su laboratorio ya tiene casi concluida la Máquina del Tiempo, que tardó dos años en construir, la cual les muestra tomando una lámpara y guiándolos al sótano de su casa. Así que el siguiente jueves, ya pasadas las 19:30, los comensales han sido convocados para cenar con el viajero. Del grupo reunido el anterior jueves sólo están de nuevo el doctor, el psicólogo y el narrador; y se han incorporado el director de un periódico, un periodista y un joven silencioso, quienes no estuvieron presentes en la primera reunión. Minutos después de que el doctor tocara el timbre para iniciar la degustación de la espléndida cena sin el viajero, llega éste con claros visos de haber deambulado en la intemperie, casi a imagen y semejanza de un vagabundo. Según reporta el narrador:

“Aparecía nuestro anfitrión en un estado asombroso. Su chaqueta estaba polvorienta y sucia, manchada de verde en las mangas, y su pelo enmarañado me pareció gris, ya fuera por el polvo y la suciedad o porque estuviese ahora descolorido. Tenía la cara atrozmente pálida; y en su mentón un corte oscuro, a medio cicatrizar; su expresión era ansiosa y descompuesta, como por un intenso sufrimiento. Durante un instante vaciló en el umbral, como si lo cegase la luz. Luego entró en la habitación. Vi que andaba exactamente como un cojo que tiene los pies doloridos de vagabundear. Lo miramos en silencio, esperando a que hablase.”  
    Y luego de un breve diálogo, de beber con rapidez un par de copas de vino y de anunciarles que volverá para cenar y hablar con ellos del viaje después de asearse, añade el narrador sobre su anfitrión: “Dejó su copa, y fue hacia la puerta de la escalera. Noté de nuevo su cojera y el pesado ruido de sus pisadas y, levantándome en mi sitio, vi sus pies al salir. No llevaba en ellos más que unos calcetines harapientos y manchados de sangre. Luego la puerta se cerró tras él.”
     
H.G. Wells en 1901
       “Si el Tiempo es tan sólo una cuarta dimensión del Espacio” y en ese ámbito se puede viajar “indistintamente en todas las direcciones” a la velocidad de un pestañeo, en cámara lenta o un instantáneo tris (casi como si volara a la velocidad de la luz sobre una miliunanochesca alfombra mágica), el viajero lo hace hacia el futuro a “más de un año por minuto”. Según lo indican los diminutos cuadrantes de la Máquina, el viajero arriba al “año ochocientos dos mil setecientos uno”. Y el entorno geográfico donde aterriza y se halla, según observa, es el perímetro del Támesis y de la otrora capital inglesa de fines del siglo XIX. Y en las peripecias y angustias de sus inesperadas y azarosas aventuras llega a pie (en compañía de una mujercita-niña llamada Weena) hasta un ciclópeo edificio que denomina “Palacio Verde de Porcelana”, que resulta ser las vetustas y abandonadas ruinas de lo que en una lejana época fue un museo: “algún South Kensington”, dice; y que según el correspondiente pie de página de la traductora es “El famoso Museo londinense de Bellas Artes, Antropología, Arte Decorativo, etc.”; mientras que el traductor de la edición de Valdemar (impresa en Madrid, en “marzo de 2001”) apunta que “South Kensington” es una “Alusión al conjunto de museos (Natural History Museum, Victoria and Albert Museum) situados en esa zona de Londres. Junto a ellos está el Imperial College en el que estudió Wells y donde sitúa varios de sus relatos.”
(Valdemar, Madrid, 2001)
        Las sorpresivas e inesperadas aventuras y zozobras de esa breve estancia en esa zona, en el año 802 701, son las que ocupan la mayor parte de la novela. El viajero las relata en primera persona y sus pormenores y observaciones están matizadas por sus comentarios y falaces interpretaciones, conjeturas e hipótesis sobre lo que social, histórica y biológicamente pudo haberle ocurrido a la humanidad para llegar a ese estadio de decadencia que primero denomina “Edad de Oro”. Esto es así porque la psique, el intelecto y la conducta de los Eloi, la tribu de los uniformados habitantes que pueblan el supuesto Mundo Superior, se ha vuelto muy ingenua e infantil, a tal extremo que todos parecen niños con deficiencia mental, incapaces de ver más allá de sus narices, de sus fobias y de su terror a la noche, a la oscuridad y a las sombras, incapaces de retener nada en la memoria, incapaces de leer y de escribir, incapaces de interesarse por el arte y el conocimiento, incapaces de dialogar y de comunicarse con el extraño, e incapaces de realizar ninguna actividad que no sea reír y jugar en manada, de comer en manada y de dormir en manada en grandes edificios abandonados que semejan palacios. Al parecer, todos son rubicundos: bellísimas niñas y bellísimos niños ataviados con túnicas y sandalias. No hay viejos ni achacosos entre ellos, ni indicios de cremación ni de sepulturas. No hay talleres ni maquinaria ni herramientas y al parecer ninguno trabaja ni cultivan absolutamente ningún fruto ni hortaliza, ni siquiera las flores con que suelen juguetear. Son vegetarianos y la naturaleza silvestre, al parecer genéticamente modificada y mejorada (no vuela ni zumba un zancudo ni una mosca), les provee los alimentos. Y pulula allí cierta paradójica ambigüedad e indefinición en el hecho de que no parece haber diferencia entre quienes son adultos y quienes son escuincles. No obstante, pudiera ser que todos los preservados en ese “paraíso” artificial: los Eloi, sean chiquillos y chiquillas.  

     Weena, la pequeña mujercita que sigue al viajero, se hace amiga de él cuando está a punto de ahogarse ante la indiferencia de los Eloi, que la hubieran dejado morir sin inmutarse ni chistar; pero él la rescata. El viajero le toma afecto (y viceversa) y la protege; e incluso, ante las incertidumbres y los peligros del entorno, divaga en la posibilidad de regresar con ella a su presente. No obstante, lo único que trajo consigo, sin proponérselo, fueron las dos extrañas flores blancas (llegaron marchitas) que Weena, jugando, le introdujo en uno de sus bolsillos. Según el doctor, que las observa, “El gineceo es raro” e ignora “a qué género pertenecen”. Flores que a la postre el narrador resguarda, aún después de que “hace tres años” el viajero desapareciera con su cámara fotográfica y su Máquina del Tiempo. 
Fotograma de The time machine (1960)
  La furtiva ocultación de su artilugio, al pie de la marmórea Esfinge Blanca, lugar donde aterrizó con cierta brusquedad, es el primer hecho que trastoca ese paradójico y onírico statu quo que semeja un anodino, aséptico, pacífico y perdido Jardín del Edén. Según infiere, su Máquina fue movida e introducida dentro del pedestal de bronce de la marmórea Esfinge Blanca a través de las semicamufladas puertas. Infructuosamente intenta abrirlas e infructuosamente intenta que los Eloi le den alguna pista y lo ayuden a recuperarla.  

Un día antes de salvar a Weena, en el difuso amanecer, le “pareció divisar una criatura solitaria, blanca, con el aspecto de un mono, subiendo más bien rápidamente por la colina”. Y luego, pese a que los supone “fantasmas” (lúdica y quizá no tan sorprendente conjetura en la mentalidad racional de un científico que cree en Dios), vio “tres de aquellas figuras arrastrando un cuerpo oscuro”. Según les reporta a sus atentos, silenciosos y fumadores escuchas: “Se movían velozmente. Y no pude ver qué fue de ellas. Parecieron desvanecerse entre la maleza. El alba era todavía incierta, como ustedes comprenderán. Y yo tenía esa sensación helada, confusa, del despuntar del alba que ustedes conocen tal vez. Dudaba de mis ojos.”
Pero esa duda se torna certidumbre cuando en una oscura y “estrecha galería” se topa con “una extraña figurilla de aspecto simiesco”, “de un blanco desvaído”, con “unos grandes y extraños ojos, de un gris rojizo”, y “unos cabellos rubios que le caían por la espalda”, que al parecer “corría a cuatro pies, o tan sólo manteniendo sus antebrazos muy bajos”. Se trata de un menudo ejemplar de un ser que parece una “araña humana”, semejante a un Lémur blancuzco, que, no sin tropiezos, huye de él y rápidamente desciende por la pared de un pozo, donde hay “una serie de soportes y de asas de metal formando una especie de escala, que se hundía en la abertura”. 
    Según deduce, ese pozo es parte de la serie de dispersos pozos y de dispersas altas torres de ventilación que ya había observado por el territorio de los diversos palacios abandonados y que conectan el Mundo Superior con el Mundo Subterráneo. Se formula, entonces, nuevas preguntas y deducciones, con falacias y silogismos con tintes más o menos sociológicos y biológicos, sobre el aciago destino de la humanidad dividida en dos especies o razas contrapuestas: los angelicales, tontorrones, bellos e infantiles Eloi, habitantes del Mundo Superior; y los subterráneos, aviesos, feos y nocturnos Morlocks, habitantes del Mundo Inferior.
   Para recuperar su artefacto y poder irse de allí a la velocidad de un segundo, el viajero, pese a sus inseguridades y miedos, baja por uno de los pozos ante la desaprobación y la fobia que refleja y manifiesta Weena. Ese breve descenso a las tinieblas y profundidades del pozo le brinda terribles y macabros indicios sobre el horror y la violencia que predomina y prolifera en ese mundo de pesadilla y barbarie que para nada es una aséptica y candorosa “Edad de Oro”. 
    Según las observaciones, reflexiones e inferencias del viajero, y para glosar sintéticamente esa antagónica dicotomía, los Eloi descienden de los amos, de la clase patronal, de los dueños y poseedores de la infraestructura productiva; mientras que los Morlocks descienden de la esclavizada clase trabajadora, de quienes sometieron sus subterráneas fuerzas y vidas al dominio y servicio de los primeros. Pero alguna sublevación y degeneración atávica y biológica ocurrió en el transcurrir del tiempo, pues según deduce, los infantiles Eloi, como si fueran vacas o suculentas gallinas de Guinea o exquisitos lechones Pata Negra, son mantenidos y criados en esos rebaños por los carnívoros y animalescos Morlocks, quienes los acosan y cazan por las noches. Según entrevió dentro del pozo, además de los indicios de que devoran carne cruda y fresca, allí ronronea y resuena maquinaria, por lo que deduce que los Morlocks son quienes confeccionan las túnicas y las sandalias que visten los Eloi. Y puesto que los Morlocks algo entienden de mecánica, cuando a modo de señuelo para atraparlo, aparentemente le facilitan el acceso a su Máquina del Tiempo dejando abiertas las puertas de bronce del pedestal de la Esfinge Blanca, el viajero observa que “había sido cuidadosamente engrasada y limpiada”. Y por ende, luego colige que “los Morlocks la habían desmontado en parte, intentando a su insegura manera averiguar para qué servía”. 
     
The time machine (London, 1895)
     Pero a pesar de sus habilidades en la mecánica y de poseer un idioma propio distinto al idioma de los Eloi, los Morlocks tampoco son muy listos y su conducta animalesca y salvaje, más que humanoide, es más bien instintiva y no racional, impregnada de fantasmagoría, quizá mítica. Además de su agilidad y de su apariencia de pequeño mono encorvado, un rasgo que los caracteriza es el hecho de que por vivir en la oscuridad y en las tinieblas sus ojos son “de un tamaño anormal y muy sensibles, como lo son las pupilas de los peces de los fondos abisales”, y por ende pueden ver muy bien en lo oscuro, pero se ciegan y no puedan ver nada ante la luz del sol. Otro rasgo, sorprendente en unos seres tan mezquinos, malvados y de nula empatía, es que se asustan con la inofensiva llama de una cerilla, tal si fueran bárbaros supersticiosos o niños idiotas que por el miedo defecan y se hacen pipí. Esto accidentalmente lo descubre el viajero, quien supone que “En aquella época de decadencia, además, el arte de hacer el fuego había sido olvidado en la tierra.” De modo que la llamita de un cerillo o la llama de un papel se convierten en una volátil arma para asustar a los temerosos Morlocks; mientras que la llama de una cerilla, como si fuese chisporroteo y la festiva pirotecnia de Navidad, asombra y divierte a los Eloi. Y cuando el viajero hace una fogata en el bosque cercano al Palacio Verde de Porcelana, dice que “Las rojas lenguas que subían lamiendo mi montón de leña eran para Weena una cosa nueva y extraña por completo.” “Quería cogerlas y jugar con ellas. Creo que se hubiese arrojado dentro de no haberla yo contenido. Pero la levanté y, pese a sus esfuerzos, me adentré osadamente en el bosque.”
    No obstante, esa incidental fogata, hecha para asustar y ahuyentar a los Morlocks, no hubiera sido abandonada con tal descuido por un primerizo niño explorador (una especie de boy scout británico, ¡siempre listo!), de modo que provoca un tremendo y voraz incendio que se transforma en una terrible pesadilla donde el viajero corre y huye con Weena, donde lo hostigan los Morlocks (mientras otros sucumben cegados por la luz y en zafarrancho), donde él mata a varios con golpes, no sólo de su garrote de metal (sustituto del rupestre basto del ancestral troglodita de las cavernas), y donde finalmente pierde a la pequeña Eloi. Según supone, los Morlocks “habían abandonado su pobre cuerpecillo en la selva.”
    Otra característica animal y brutal de los Morlocks, indicio de su mínima y funesta inteligencia, es el hecho de que si bien son pequeños en relación a la estatura del viajero y su fuerza física es muy menor, los monoides son muchos: una numerosa y alharaquienta tribu que podría cazar y matar al extraño, quien sólo es uno. Es decir, si bien ligera y violentamente lo acosan, manosean y atacan, no logran atraparlo ni vencerlo, pese que no hubiera sido muy difícil. No obstante, hay que reconocerlo, la susodicha trampa donde simulan rendirse y devolverle la Máquina del Tiempo, falla por un pelo de rana calva en la oscuridad del interior del pedestal de bronce de la Esfinge Blanca (allí estuvieron a punto de atraparlo y convertirlo en nutritivo fiambre) porque el viajero logra colocar las palancas, que llevaba consigo, en las conexiones de la Máquina, y por ende la pone en marcha y, medio acomodado en el sillín, se fuga desapareciendo en un santiamén. Según les dice a sus oyentes: “Las manos que me asían se desprendieron de mí. Las tinieblas se disiparon luego ante mis ojos. Y me encontré en la misma luz grisácea y entre el mismo tumulto que ya he descrito.”
   
Fotograma de Time after time (1979)
        Según reflexiona ante sus escuchas: “He pensado después lo mal equipado que estaba yo para semejante experiencia. Cuando la inicié con la Máquina del Tiempo, lo hice en la absurda suposición de que todos los hombres del futuro debían ser infinitamente superiores a nosotros en todos los artefactos. Había llegado sin armas, sin medicinas, sin nada que fumar —¡a veces notaba atrozmente la falta de tabaco!—; hasta sin suficientes cerillas.” E incluso emprendió el viaje sin la ropa y el calzado apropiado para explorar, pues cuando va por el valle del Támesis rumbo al Palacio de Porcelana Verde en busca de refugio con “Weena como una niña sobre mi hombro”, dice: “perdí el tacón de una de mis botas, y un clavo penetraba a través de la suela —eran una botas viejas, cómodas, que usaba en casa—, por lo que cojeaba. Y fue largo rato después de ponerse el sol cuando llegué a la vista del palacio, que se recortaba en negro sobre el amarillo pálido del cielo.” Y más aún: tampoco llevó una elemental lámpara sorda ni una elemental brújula, pese a que dice haber hecho un “ensayo de montañismo”; de modo que en medio de las tinieblas del humo, del ataque de los Morlocks y del fragor del susodicho incendio, descubre que en vez de alejarse de allí, ha andado en círculo. 
 
Fotograma de The time machine (2002)
        Antes de retornar al confort de su casa en Richmond, donde lo esperan sus comensales para la cena y para oír sus asombrosas aventuras, el viajero todavía hace otras breves incursiones a través del espacio-tiempo de la Cuarta Dimensión. Primero, en la pavorosa huida de los Morlocks, en vez de dar marcha atrás, fue con celeridad hacia adelante. Se detiene en una época del futuro donde no vislumbra vida humana ni vestigios humanos, pero sí un insólito y enorme sol rojo, minúscula y rara flora en las rocas, y monstruosa fauna en el aire y a la orilla de una playa (parece el extraño paraje de otro planeta). Luego avanza un mes; ve el mismo inquietante paisaje y viaja cien años más y sucede algo parecido. Entonces se va, siempre hacia el futuro, “a zancadas de mil años o más”, hasta arribar “a más de treinta millones de años de aquí”, según dice. Además del sangriento y cercano sol y del légamo verde, observa un peculiar eclipse. Y pese a la rápida oscuridad que propicia éste, al frío, a la extrema desolación, a la dificultad para respirar y a las grandes tinieblas del entorno, baja de la Máquina y observa aún más ese excepcional horizonte y ese misterioso panorama frente al mar (también parece otro planeta), donde entrevé una horrorosísima forma de vida que le provoca un terrible pánico que lo induce a regresar de inmediato, antes de caer desmayado:
    “...Al final, rápidamente, uno tras otros, los blancos picachos de las lejanas colinas se desvanecieron en la oscuridad. La brisa se convirtió en un viento quejumbroso. Vi la negra sombra central del eclipse difundirse hacia mí. En otro momento sólo las pálidas estrellas fueron visibles. Todo lo demás estaba sumido en las tinieblas. El cielo era completamente negro.
   “Me invadió el horror de aquellas grandes tinieblas. El frío que me penetraba hasta los tuétanos y el dolor que sentía al respirar, me vencieron. Me estremecí, y una náusea mortal se apoderó de mí. Entonces, como un arco candente en el cielo, apareció el borde del sol. Bajé de la máquina para reanimarme. Me sentía aturdido e incapaz de afrontar el viaje de vuelta. Mientras permanecía así, angustiado y confuso, vi de nuevo aquella cosa movible sobre el banco [de arena] —no había ahora equivocación posible de que la cosa se movía— resaltar contra el agua roja del mar. Era una cosa redonda, del tamaño de un balón de fútbol, quizás, o acaso mayor, con unos tentáculos que la arrastraban por detrás; parecía negra contra las agitadas aguas rojo sangre, y brincaba torpemente de aquí para allá. Entonces sentí que me iba a desmayar. Pero un terror espantoso a quedar tendido e impotente en aquel crepúsculo remoto y tremendo me sostuvo mientras trepaba sobre el sillín.”


Herbert George Wells, La máquina del tiempo. El hombre invisible. Traducción del inglés al español de Nellie Manso y Julio Gómez de la Serna. Prólogos de Jorge Luis Borges. Colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges núm. 14, Hyspamérica Ediciones. Madrid, 1985. 300 pp.

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lunes, 2 de diciembre de 2019

El tiempo entre costuras

Era como estar de vuelta en casa



I de II
Editada por Ediciones Temas de Hoy (“sello editorial de Ediciones Planeta”) e impresa en España en “junio de 2009” y en México en “julio de 2010”, El tiempo entre costuras es la ópera prima de la escritora española María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964); novela con la que hizo boom en el ámbito de la aldea global del idioma español (y más allá de ella), éxito que incidió en las superventas y en la homónima y consabida adaptación televisiva (con sus obvios cambios y variantes) “producida por Boomerang TV para el canal [español] Antena 3” (2013-2014). Serie que en México se pudo coleccionar en formato DVD y Blu-Ray y apreciar en la plataforma online Netflix.  
Ediciones Temas de Hoy
Primera edición mexicana, julio de 2010
       Dividida en “69” capítulos distribuidos en cuatro partes, más un “Epílogo”, la novela El tiempo entre costuras es el tiempo de la memoria, el tiempo de mirar hacia el pasado y contar lo que era y lo que sucedió. En sus páginas, “Sira Quiroga Martín, nacida en Madrid el 25 de junio de 1911”, es la voz narrativa, la voz cantante que evoca desde el presente y urde las mil y una minucias, vivencias, desventuras y aventuras de su vida cotidiana, personal y familiar ya pasada, inextricable al contexto de los sucesos históricos en que se ve inmersa y que trastocaron y convulsionaron a España y al Protectorado Español de Marruecos durante la Segunda República (1931-1939), la Guerra Civil (1936-1939) y la expansión nazi de la preguerra y de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). 

 
María Dueñas y su novela a los diez años
       De índole realista, El tiempo entre costuras no es una novela histórica; no obstante, para la meticulosa urdimbre de la trama, de la intriga y del suspense, y de las mil y una anécdotas e incidentes —ya en Madrid, Tánger, Tetuán y Portugal—, hizo uso de espacios geográficos y arquitectónicos, y de numerosos episodios, fechas y personajes transcritos de la historia, cuyo compendio y abrevadero, dada la experiencia y formación académica de María Dueñas, ventila en la postrera “Bibliografía”. En este sentido, descuella Rosalinda Fox, espía de la inteligencia británica y amante de José Luis Beigbeder, quien tras el levantamiento militar en Marruecos el 17 y 18 de julio de 1936, fuera nombrado, en Tetuán, Delegado de Asuntos Indígenas, y luego, el 13 de abril de 1937, Alto Comisario del Protectorado español, y, con el empoderamiento de generalísismo Francisco Franco y del cuñadísimo Ramón Serrano Suñer, primer Ministro de Asuntos Exteriores de España (lo fue entre el 9 de agosto de 1939 y el 16 de octubre de 1940).
 
Sira y su madre Dolores Quiroga
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
      El talento para la costura y la moda (de ahí el regodeo de telas, vestimentas y atavíos), Sira Quiroga lo cultivó en Madrid, desde pequeña, precisamente en el taller de doña Manuela Godina, donde su madre, Dolores, era oficiala, y por ende, a sus doce años, empezó de aprendiza. En medio de la agitación social, económica y política sucedida in crescendo tras el arribo, el 14 de abril de 1931, de la Segunda República, el taller de costura de doña Manuela empezó a venirse a menos hasta que en 1935 se vio obligado a cerrar. Luego de su breve noviazgo con Ignacio Montes, “Dos años mayor” que ella, Sira y él planean casarse el “8 de junio” de ese año. Y por ello doña Manuela “volvería a coger los hilos para” regalarle a Sira “su última obra en forma de traje de novia”. 
 
Sira y su noviecito
(Adriana Ugarte y Raúl Arévalo)
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
       Ignacio Montes recién había aprobado, por fin, las oposiciones para obtener un empleo de “funcionario” en la administración pública y pensó que un destino semejante podría ser el futuro de su inminente esposa. Así que los prometidos y enamorados fueron juntitos a la “casa Hispano-Olivetti” a adquirir una máquina de escribir para el aprendizaje de la mecanografía de la futura secretaria. Pero en ese negocio, Ramiro Arribas, “el gerente de la casa”, quien les recomienda una “Lettera 35 portátil”, empieza un galanteo y una rápida seducción que da al traste con el ilusionado matrimonio y con el incierto porvenir de mecanógrafa en alguna oficina de la “administración de la República”. 
   
Ignacio, Sira y Ramiro Arribas
(Raúl Arévalo, Adriana Ugarte y Rubén Cortada)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
      Sira ignoraba la identidad de su padre y quizá nunca hubiera sabido quién fue, si su madre, pese a que despreciaba a Ramiro Arribas y el hecho de que su hija viviera con él sin casarse, no la hubiera visitado con la noticia de que su progenitor quiere que lo conozca. En contraste con la modesta casa donde creció y vivía con su madre y su abuelo materno —sin habla, “sin piernas ni luces, mutilado de cuerpo y ánimo en la guerra de Filipinas” (1896-1898)—, Gonzalo Alvarado, su padre, vive en una lujosa casona. “Es ingeniero” y “dueño de una fundición”; tiene esposa y dos hijos varones, ya jóvenes. Además de enterarse de ciertos detalles del breve e ingrato romance vivido entre sus progenitores, el meollo de esa entrevista es que ante el dudoso porvenir de su fábrica en medio de la excitación obrera y social, Gonzalo Alvarado teme por su vida y por ende de algún modo anhela reivindicarse ante Sira, y por ello, a manera de perentoria herencia, le entrega un conjunto de joyas familiares, certificadas y notariadas; “casi ciento cincuenta mil pesetas”; y un documento notariado que da fe de que ella es su hija. 
 
Ramiro Arribas y Sira Quiroga
(Rubén Cortada y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         El caso es que ese dinero, y las costosas joyas, catapultan los ambiciosos devaneos de Ramiro Arribas, pues poco después le propone a Sira montar en Marruecos, “en Tánger o en el Protectorado”, una sucursal de las argentinas Academias Pitman, donde se enseñará “mecanografía, taquigrafía y contabilidad con métodos revolucionarios”. Así, ya dorada la píldora con su verborrea de encantador de víboras y mazacuatas prietas en medio de la multitudinaria plazuela, dejan “Madrid a finales de marzo de 1936” y desembarcan en “Tánger un mediodía ventoso del principio de la primavera”. Se hospedan “en el hotel Continental, sobre el puerto y al borde de la medina”, y empieza para Sira un escueto período marcado por la espera del supuesto inicio de la prometedora empresa y el frenesí erótico y festivo y las ínfulas de bon vivant de él, que concluye con un solitario vacío existencial e intempestivamente cuando Ramiro Arribas huye con el dinero y las joyas, dejándola sola, sin un clavo, y sin “liquidar la factura de los últimos meses en el hotel”. 
    Sira Quiroga, casi zombi, se escabulle del hotel con una maleta y se sube a un autobús. Cuando recobra el sentido (débil por un aborto involuntario), está postrada en una cama del Hospital de Civil de Tetuán. Y la voz de un hombre (luego sabrá que se trata del comisario Claudio Vázquez) le informa que es imposible el regreso a Madrid, pues “El tránsito con el Estrecho [de Gibraltar] está interrumpido. Han declarado el estado de guerra” (tras el inicio del alzamiento militar del 17 de julio). En el posterior diálogo que sostiene con Sira, el comisario Vázquez coteja los datos que ha investigado sobre ella y Ramiro Arribas Querol y la pone al tanto de su controvertida situación ante la policía. Que Sira llegó “a Tetuán el pasado 15 de julio procedente de Tánger”. Que “En Tánger estuvo hospedada desde el día 23 de marzo en el hotel Continental”. Que allí ella y Ramiro Arribas “dejaron una factura pendiente de mil setecientos ochenta y nueve francos franceses” y por ende la administración del hotel la ha demandado. Que en Madrid tiene “una denuncia de la casa Hispano-Olivetti por estafa de veinticuatro mil ochocientas noventa pesetas”. (Luego le dice que “La versión oficial de los hechos es que usted figura como dueña de un negocio que ha recibido una cantidad de máquinas de escribir que nunca han sido pagadas.”) Y por si fuera poco: tiene “una orden de búsqueda por la sustracción de unas joyas de considerable valor en un domicilio particular de Madrid”.
   
El comisario Vázquez y Sira Quiroga
(Francesc Garrido y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         Vale resumir que el comisario Vázquez infiere e intuye que Sira es, sobre todo, “la incauta víctima de un canalla” sin escrúpulos. Así que ante el bloqueo en el Estrecho y la cruenta guerra en Madrid, le echa una mano para eludir la prisión y al unísono para que se restituya en Tetuán: le consigue una prórroga de un año para que trabaje, ahorre y liquide la deuda con el hotel Continental y le consigue alojamiento gratuito en la astrosa pensión de una tal Candelaria; no obstante, le dice, vigilará su conducta y le retendrá su pasaporte. 
     La pensión de Candelaria la matutera se ubica en la calle La Luneta, adjunta a la judería y a la medina. Una calle “estrecha, ruidosa, irregular y bullanguera, llena de gente, tabernas, cafés y bazares alborotados en los que todo se compraba y todo se vendía.”
    Hay que subrayar que la amenidad narrativa de María Dueñas, repleta de menudencias visuales, auditivas y socioculturales, está salpimentada con los modismos y coloquialismos del habla que caracterizan la idiosincrasia y los modos de hablar de sus personajes; por ejemplo, la índole popular y deslenguada de Candelaria la matutera (quien es una rechoncha y pechugona andaluza de 47 años), el origen árabe de la adolescente Jamila (criada de Candelaria y luego de Sira), y el especie de spanglish con palabras en portugués con que se expresa y parlotea hasta por los codos Rosalinda Fox.  
 
Jamila y Candelaria la matutera
(Alba Flores y Mari Carmen Sánchez)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        El microcosmos que conforma la singular y cómica fauna refugiada en la pensión de Candelaria, además de los implícitos dramas personales que los aglutinan ahí, reflejan, al unísono y en un hilarante divertimento, las beligerantes y sangrientas confrontaciones que se suceden en España: nacionales versus republicanos. En esa estancia, Sira, al principio, no halla el modo de empezar a valerse por sí misma y remunerar su pensión. Pero, tras advertir que posee sorprendentes e indiscutibles dotes para la costura y la moda, Candelaria la matutera, con su carácter dicharachero y bonachón, olfato de perra callejera y un pálpito visionario, le propone a Sira vender, de un modo secreto y clandestino, un conjunto de pistolas que un inquilino (un supuesto “agente de aduanas”) recién dejó ocultas y abandonadas en la pensión. Con el dinero de la venta montarán un taller de alta costura en el corazón de Tetuán; Sira gestionará y llevará las riendas del taller, pero las ganancias en dinero de distinta nominación (siempre cambiadas a libras esterlinas por la matutera) se dividirán entre las dos.
   Candelaria, pese a que “El ejército tiene vigilados todos los accesos a Tetuán por carretera”, pacta la venta de las armas a ciertos “hombres que venían desde Larache a recoger la mercancía” a salto de mata y jugándose el pellejo. Candelaria, que había llevado las 19 pistolas ocultas bajo un largo gabán, fracasa en la entrega. Pero como aún es de madrugada y el negocio tiene que hacerse de un modo o de otro, con estiras y aflojas, Sira, pese al terror, se ve impelida a llevar las armas adheridas a su cuerpo con tiras de sábanas y a disfrazarse de mora con un amplio jaique y las babuchas de Jamila. En ese aventurero y arriesgado episodio a paso de tortuga rumbo a la estación del tren (donde se hace el intercambio), no exento de laberínticos vericuetos, peligros, tensión y giros inesperados, Sira, que se juega la libertad y la vida en el filo de la navaja, logra salir airosa. 
 
Sira disfrazada de mora
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         Así, un “mediodía de octubre” de 1936, Sira Quiroga entra al sitio que será su “local de trabajo y residencia” (que ella dispuso y amuebló evocando el taller madrileño de doña Manuela): “un gran piso en la Calle Sidi Mandri [rentado al ‘hebreo Jacob Benchimol’], en un edificio con fachada de azulejos cercano al Casino Español, el Pasaje Benarroch y el hotel Nacional, no lejos de la plaza de España, la Alta Comisaría y el palacio del jalifa con sus guardias imponentes vigilando la entrada, un despliegue exótico de turbantes y capas suntuosas mecidas por el aire.” Allí, Sira, con el auxilio de la adolescente Jamila, que será su criada, se dispone a presentarse ante cierta élite como “la modista llegada de la capital de España para montar en el Protectorado la más soberbia casa de modas que la zona nunca hubiera conocido.”
 
Jamila y Sira en su taller de Tetuán
(Alba Flores y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
      En ese empeño incide, casi sin buscarlo y como dispuesto por el cielo que ilumina su buena estrella, el joven Félix Aranda, su vecino, quien vive con su horripilante madre en el mismo primer piso, exactamente en el departamento de enfrente. Pero Sira no se acerca a él porque sea su vecino, sino porque Frau Heinz, una alemana recién llegada a Tetuán, le solicita la confección de varias prendas, entre ellas “un conjunto para jugar al tenis”. Y Sira dice que sí, que lo hará; pero no sabe “cómo demonios sería un conjunto para tal actividad”. 
 
Lilí Álvarez en shorts diseñados
por Shiaparelli (1931)
        En el acopio de información para visualizar un modelo, Candelaria, a través de Jamila, le provee de varias revistas, entre ellas una en francés (idioma que Sira ignora), pero de 1931, donde alcanza a entender que se habla de “la tenista Lilí Álvarez”, de “la diseñadora Elsa Schiaparelli” y de “un lugar llamado Wimbledon”. 
Y para el colmo, Sira es torpe para el dibujo, de modo que no podría copiar un modelo, hacerlo pasar como suyo y presentarle a su clienta varios figurines para elegir. En busca de apoyo para el dibujo, Sira acude a don Anselmo, el maestro republicano retirado e inquilino de Candelaria, quien le dice que vaya a la escuela de “Mariano Bertuchi, el gran pintor de Marruecos”. Y es allí donde Félix Aranda (parlanchín, “Curioso, directo y levemente amanerado”) la reconoce como su “hermosa vecina”. Y en el diálogo, Sira le dice: “Tengo unas fotografías de hace unos años y quiero que me dibujen unos figurines basados en ellas. Como ya sabrá, soy modista. Son para un modelo que debo coser para una clienta; antes tengo que mostrárselo para que lo apruebe.” Félix se ofrece a dibujarlos. Y cuando le entrega el “encarguito”, Sira canturrea: “Tres cartulinas dibujadas en lápiz y pastel mostraban desde distintos ángulos y poses a una modelo estilizada hasta lo irreal, luciendo el estrambótico modelo de la falda que no lo era. La satisfacción debió de reflejarse en mi cara de forma instantánea.”
   
Sira Quiroga y Félix Aranda
(Adriana Ugarte y Carlos Santos)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         El caso es que Sira Quiroga y Félix Aranda inician una complicidad amistosa, en la que él, además de ofrecerle dibujar para ella y de sugerirle estrambóticos y surrealistas diseños (y de revelarle ciertas intimidades relativas a su horrorosísima madre y a él y su sigilosa vida nocturna fuera de casa), dada su cultura, conocimientos y curiosidad infinita y chismográfica, la instruye, la culturiza, afrancesa su vocabulario con palabras y expresiones hechas, le enseña los valores monetarios, cómo elaborar una factura, e incluso bautiza a su negocio. En este sentido, Sira canturrea: “Por indicación de Félix mandé también hacer para la puerta una placa dorada con la inscripción en letra inglesa Chez Sirah-Grand couturier. En la Papelera Africana encargué una caja de tarjetas en blanco marfileño con el nombre y la dirección del negocio. Así era, según él como se denominaban las mejores casas de la moda francesa de entonces. Lo de la h final fue otro toque suyo para dotar al taller de un mayor aroma internacional, dijo. Le seguí el juego, por qué no, al fin y al cabo, a nadie dañaba con aquella folie de grandeur.”
   
Félix Aranda y Sira Quiroga
(Carlos Santos y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        Entre las clientas de Sira se distinguen las esposas de militares nazis de alto pedorraje establecidos en Tetuán; pero quien cobra relevancia para ella es la inglesa Rosalinda Fox, conocida a través de su clienta alemana Frau Langenheim. La amistad entre ambas empieza a consolidarse cuando Sira la saca de un aprieto. Rosalinda acude a ella, nerviosa y sin avisar, porque requiere “un traje espectacular” para la noche de ese día, pues ha sido invitada a la recepción del cónsul alemán y será la primeva vez que públicamente asistirá “a un evento acompañando” a una persona importante para ella. Sira le explica que no tiene ningún vestido de noche en stock, que no podría prestarle alguno suyo porque dizque toda su ropa se “quedó en Madrid al estallar la guerra”, que ella confecciona sobre pedido, y que necesitaría “al menos tres o cuatro días” para hacerlo. El caso es que Rosalinda Fox se marcha con su preocupación y Sira se queda pensando en la incertidumbre de su clienta; pero al hojear “un ejemplar de primavera de Madame Figaro” la foto de una modelo le resulta “remotamente familiar”. El foco mental se le enciende y le ordena ipso facto a Jamila: “Vete volando a la casa de Frau Langenheim y pídele que localice a la señora Fox. Tiene que venir inmediatamente; dile que se trata de un asunto de máxima urgencia.”
     El meollo de la perentoria cita radica en que Sira evocó el día en que en el taller de Madrid, ante los ojos de doña Manuela, de su madre y de ella, una clienta desplegó “de una pequeña caja lo que parecía un tubo reliado de tela color sangre” y les dijo: “Quiero una copia de esto.” “Esto, señoras, es un Delphos, un vestido único. Es una creación del artista Fortuny: se hacen en Venecia y se venden en algunos establecimientos selectísimos en las grandes ciudades europeas.” Así que Sira le propone a Rosalinda Fox confeccionarle, vertiginosamente, “Un falso Delphos” que, como en un cuento de hadas, sólo le servirá para esa fulgurante noche y por ende le dice sabiendo que el evento inicia a las veinte horas: “Tendrá que venir aquí a vestirse [...] Llegue sobre las siete y media, maquillada, peinada, lista para salir, con los zapatos y las joyas que vaya a ponerse. Le aconsejo que no sean muchas ni excesivamente vistosas: el vestido no las demanda, quedará mucho más elegante con complementos sobrios, ¿me entiende?” 
 
Sira y Rosalinda Fox probándose el falso Delphos
(Adriana Ugarte y Hannah New)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        De un modo entrañable e indeleble, Sira Quiroga narra las menudencias para confeccionar, a toda prisa y en unas horas, ese efímero “falso Delphos” con el auxilio de Jamila. Rosalinda Fox quedó esplendorosa y lista apenas diez minutos antes de las ocho. Pero es hasta al día siguiente, por la tarde, cuando imprevistamente Félix Aranda toca a su puerta para cotorrear sobre la “rubia flaca”, la “dama etérea” con la que acaba de cruzarse en el portal. Y en el parloteo, Félix le revela que la inglesa Rosalinda Fox “es la amante del teniente coronel Juan Luis Beigbeder y Atienza, alto comisario de España en Marruecos y gobernador general de las Plazas de Soberanía. El cargo militar y administrativo más importante de todo el Protectorado”, y que además le auspicia a su querida “una villa con piscina en el paseo de las Palmeras”. Pero también el muy marisabidillo la alecciona en torno al “falso Delphos”, “tumbado en el sofá mientras en sus manos mantenía la revista que había disparado” la memoria de Sira: “El creador del modelo, querida ignorante mía, es Mariano Fortuny y Madrazo, hijo del gran Mariano Fortuny, quien probablemente sea el mejor pintor del siglo XIX tras Goya. Fue un artista fantástico, muy vinculado a Marruecos, por cierto. Vino durante la guerra de África [1859-1860], quedó deslumbrado por la luz y el exotismo de esta tierra y se encargó de plasmarlo en muchos de sus cuadros; una de sus pinturas más conocidas es, de hecho, La batalla de Tetuán [1862-1864]. Pero si Fortuny padre fue un pintor magistral, el hijo es un auténtico genio. Pinta también, pero en su taller veneciano diseña además escenografías para obras de teatro, y es fotógrafo, inventor, estudioso de técnicas clásicas y diseñador de telas y vestidos, como el mítico Delphos que tú, pequeña farsante, acabas de fusilarte en una reinterpretación doméstica intuyo que de lo más lograda.”

Delphos de Mariano Fortuny y Madrazo


II de II
      Al oír, “Una tarde de mediados de julio” de 1937, en las escaleras y en un departamento aledaño del edificio donde vive y tiene su taller de costura, el estridente y feliz arribo de unos familiares de los Herrera que huyeron de la “zona roja” en España, Sira Quiroga se ilusiona con la posibilidad de rescatar a su madre de la guerra en Madrid y traerla a Tetuán, capital del Protectorado español en Marruecos. Con tal propósito en mente, Sira, que ha ahorrado para saldar la deuda con el hotel Continental, planea pedir otra prórroga al gerente; y para ello el comisario Claudio Vázquez le extiende un salvoconducto para que vaya a Tánger a resolver esa cuestión y le da su pasaporte. (Tiene doce horas para ir y venir). Pero Sira no viaja en La Valenciana, el autobús que rutinariamente de ida y vuelta hace el trayecto de unos 70 kilómetros entre Tetuán y Tánger, como era su intención, sino inesperadamente con la hablantina Rosalinda Fox, que maneja un descapotable Dodge Roadster negro (“un regalo del director de la Banca Hassan de Tetuán que Juan Luis” Beigbeder decidió que sea de ella y que no es el “automóvil rojo intenso”, el “coche inglés con volante a la derecha”, el “Austin 7” con que Rosalinda Fox llegó manejando y se fue tristona y preocupada de su taller el día que luego Sira tuvo la súbita idea de hacer el “falso Delphos” y la sacó de apuros; ni mucho menos el “automóvil negro, brillante, imponente, con banderines en su parte delantera”, que en la noche de ese día pasó a recogerla, y de cuyo “lado del copiloto” vio descender, desde la ventana de su taller, “un hombre uniformado”, “quien abrió con rapidez la puerta trasera” y “Se mantuvo marcial a su espera hasta que ella, elegante y majestuosa, salió a la calle y se acercó al auto con pasos breves.”)
 
Juan Luis Beigbeder y Rosalinda Fox luciendo el falso Delphos
(Tristán Ulloa y Hannah New)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         Poco después de que Sira salda la deuda con el hotel Continental (no logró la prórroga) y que el comisario Vázquez le haya dejado de manera definitiva su pasaporte y extendido otro salvoconducto para viajar a Tánger, y ya encarriladas las migas y las mutuas confidencias biográficas entre la española y la inglesa (quien tiene un hijo de 5 años viviendo con ella y un esposo británico en Calcuta), llega el momento, ese mismo verano de 1937, en que Rosalinda Fox le propone a Sira llevarla con un inglés que sabe del contacto para sacar a su madre de la beligerante “zona roja” en Madrid y traerla a Tetuán. Ese inglés es el gibraltareño Leo Martin, “director del Bank of London and South America en Tánger”, quien desde su oficina habla por teléfono con Eric Gordon, residente en Londres y que otrora trabajaba en la sucursal bancaria en Madrid. Y ese Eric Gordon es quien conoce a “un periodista que ha regresado a Inglaterra”, “herido”, al parecer, pero podría “facilitarles el contacto con el hombre que se dedica a evacuar refugiados”. Pero ese periodista inglés solicita hablar directamente por teléfono con Rosalinda Fox, a quien formula sus condiciones, mismas que ella le resume a Sira: “Una entrevista personal con Juan Luis [Beigbeder] y unas semanas de acceso preferente a la vida oficial de Tetuán. A cambio, se compromete a ponernos en contacto con la persona que necesitamos en Madrid.”
   
Félix Aranda, Rosalinda Fox y Marcus Logan
(Carlos Santos, Hannah New y Peter Vives)
        Vale resumir que Marcus Logan, el presunto periodista inglés, que efectivamente llega a Tetuán maltratado del cuerpo y del rostro, cumple al pie de la letra su promesa y sin cobrar un quinto por ello. Y se va de Tetuán cuando la madre de Sira está a punto de llegar. Y si esa estancia en el Protectorado queda signada por el mutuo y reticente enamoramiento entre Marcus Logan y Sira Quiroga, un modo galante y amistoso (al parecer) se sucede cuando él le pide a ella, a manera de recompensa por sus servicios, que lo acompañe a la recepción de Ramón Serrano Suñer, el poderoso y maquiavélico cuñadísimo de Francisco Franco, donde ella podrá ayudarlo “a identificar a personas relevantes”. El evento de gala, presidido por el coronel Juan Luis Beigbeder, será en la Alta Comisaría y en ella estarán presentes los mandos nazis con sus deslumbrantes esposas. Sira, que nunca ha asistido a un suceso de tal envergadura, se confecciona un vestido ex profeso. Y Félix Aranda, en el ínterin, le brinda información sobre el currículum y la leyenda de Ramón Serrano Suñer y sobre la fauna que asistirá a la recepción y por ello apunta Sira: “así, a lo largo de varias noches, Félix me fue desgranando los perfiles de los invitados más destacados, y uno a uno fui memorizando sus nombres, puestos y cargos y, en numerosas ocasiones, también sus caras gracias al despliegue de periódicos, revistas, fotografías y anuarios que él trajo. De esa manera supe dónde vivían, a qué se dedicaban, cuántos posibles tenían y cuáles eran sus posiciones en el orden local.”
   
Félix Aranda y Sira Quiroga en Tetuán
(Carlos Santos y Adriana Ugarte)
      Pero además, Félix Aranda, lúdico y dicharachero, le da minuciosas instrucciones protocolarias para que no se comporte como una mona fuera de la jaula ni riegue el tepache en el mantel, en su vestido o en la corbata de un nazi: “No hables con la boca llena, no hagas ruido al comer y no te limpies con la manga, ni te metas el tenedor hasta la campanilla, ni te bebas el vino de un trago, ni alces la copa chisteando al camarero para que te la vuelva a llenar.” [...] “Si algo te causa asombro o te complace enormemente, di sólo ‘admirable’, ‘impresionante’ o un adjetivo similar; en ningún momento muestres tu entusiasmo con aspavientos, ni con palmadas en el muslo o frases como ‘talmente un milagro’, ‘arrea mi madre’ o ‘me he quedao pasmá’. Si algún comentario te parece gracioso, no te rías a carcajadas enseñando las muelas del juicio ni dobles el cuerpo sujetándote la barriga. Tan sólo sonríe, pestañea y evita comentario alguno. Y no des tu opinión cuanto no te la pidan, ni hagas intervenciones indiscretas del tipo ‘¿usted quién es, buen hombre?’ o ‘no me diga que esa gorda es su señora’.”
 
Marcus Logan y Sira Quiroga
(Peter Vives y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        Ya en la pomposa recepción plagada de uniformes y cruces gamadas, Marcus Logan le pide a Sira que se acerque y vea qué le están mostrando un grupo de nazis a Ramón Serrano Suñer; y ella le pide que averigüe dónde está Rosalinda Fox, puesto que no la ve por ningún lado. Pero el punto culminante de su capacidad para la improvisación y teatralización se puntualiza al azar, cuando Sira, en busca de un lavabo, se introduce en la Alta Comisaria y en un breve extravío, ante unas voces que se acercan por un pasillo, se mete a una sala en la que se ve impelida a ocultarse tirada bajo un sofá. Allí oye una sigilosa conversación, a espaldas de Beigbeder, entre el alemán Johannes Bernhardt y Serrano Suñer, en la que pactan un “crédito sustancioso del gobierno alemán” al ejército de Francisco Franco a cambio de facilitar la instalación de unas grandes antenas para “interceptar el tráfico aéreo y marítimo en el Estrecho y contrarrestar la presencia de los ingleses en Gibraltar”. Y según le informa Sira al supuesto periodista Marcus Logan: “Están negociando su montaje junto a las ruinas de Tamuda, a unos kilómetros de aquí.” Y que “Toda la gestión se hará a través de la empresa HISMA, de la que es socio principal Johannes Bernhardt.”
 
Rosalinda Fox y Sira Quiroga
(Hannah New y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        Rosalinda Fox se va de Tetuán a Madrid un día antes del “3 de septiembre de 1939”, puesto que el 9 de agosto el coronel José Luis Beigbeder había sido nombrado Ministro de Asuntos Exteriores. (Ella vivirá en una onerosa residencia rentada “en la calle Casado del Alisal, entre el parque del Retiro y el Museo del Prado, a un paso de la iglesia de los Jerónimos.” Y Juan Luis Beigbeder “en un destartalado palacete anexo al ministerio”, cuya sede es “el viejo palacio de Santa Cruz”, otrora Cárcel de Corte.) Y no obstante a algunas cartas de Rosalinda Fox enviadas desde España, Sira no la vuelve a ver hasta que de manera furtiva y clandestina el primero de septiembre de 1940 la cita en Tánger, a las 19 horas, en el Dean’s Bar, donde, ocultas en la bodeguita, le propone espiar para los ingleses. Según le dice Rosalinda Fox: “Estamos ayudando a montar en Madrid una red de colaboradores clandestinos asociados al Servicio Secreto británico. Colaboradores desvinculados de la vida política, diplomática o militar. Gente poco conocida que, bajo la apariencia de una vida normal, se entere de cosas y después las transmita al SOE.” O sea: al “Special Operations Executive. Una nueva organización dentro del Servicio Secreto recién creada por Churchill, destinada a asuntos relacionas con la guerra y al margen de los operativos de siempre. Están captando gente por toda Europa. Digamos que se trata de un servicio de espionaje poco ortodoxo. Poco convencional.” Es decir, los ingleses, para que espíe a los militares alemanes, le instalarán un suntuoso taller en Madrid y coserá “para las mujeres de los altos cargos nazis”. Un tanto indecisa ante los argumentos de Rosalinda Fox, Sira Quiroga opta por aceptar tras el consentimiento de su madre, quien se queda a cargo del taller de costura en Tetuán. 
   
Sira Quiroga caracterizando a Arish Agoriuq
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
          Sira, muy elegante y con un ostentoso equipaje, arriba a Madrid, al hotel Palace (repleto de nazis), “un mediodía de septiembre de 1940”. Porta un pasaporte marroquí que acredita su nueva identidad: Arish Agoriuq (su nombre al revés). El lujoso y amplio taller estará en un “alquilado piso en la calle Núñez de Balboa”, donde será asistida por Dora y Martina, “dos jóvenes de diecisiete y diecinueve años que entienden y hablan alemán”, quienes tomarán nota de las habladurías de sus clientas nazis. Durante el previo acopio de las telas y enseres para el taller en Madrid, Sira, en “la Legación Americana en Tánger”, es instruida, en una larga charla, comida y sobremesa, por “Alan Hillgarth, agregado naval de la embajada británica en Madrid y coordinador de las actividades del Servicio Secreto en España.” De todas las instrucciones, con visos de película de espías (ahora Sira es “la agente especial del SOE con nombre clave Sidi y base de operaciones en España”), descuella el modo en que, a través de la representación gráfica del código morse, ella encriptará la información en los contornos de supuestos patrones: de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. Modalidad que Sira resuelve rápido y con creces.
   
Arish Agoriuq y sus dos asistentes en el taller de Madrid
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
           Pero el episodio más peliagudo de su espionaje para el “Servicio Secreto británico en España”, no ocurre en Madrid, sino en Portugal, donde en Lisboa vive Rosalinda Fox, tras la sonora defenestración de Juan Luis Beigbeder en octubre de 1940. Allí, en dos semanas de mayo de 1941, sola y sin cobertura del espionaje británico, tiene por misión seducir e indagar al empresario y galante Manuel da Silva, pues al parecer está haciendo un doble juego con los ingleses y los alemanes, y ella tiene que indagar qué es lo que maquina con los nazis. (Entretanto, doña Manuela y el par de chicas bilingües, se quedan a cargo del taller de Madrid.) Así que Sira Quiroga, con la máscara y la personalidad de Arish Agoriuq, se acerca a Manuel da Silva dizque para comprarle telas difíciles de adquirir en España, como la seda de Macao.) En ese peligroso espionaje (Manuel da Silva actúa como un frío y sanguinario gánster con dos pistoleros a sueldo) su destino se entrecruza con el destino de Marcus Logan, sin que ninguno de los dos lo haya premeditado. Sira, con habilidad, osadía y suerte, se entera de las menudencias de los secretos y ventajosos contratos con los rústicos propietarios de “unas minas en la Beira”, mismos que orquesta Manuel da Silva para enajenar la venta del wolframio (o “baba de lobo”) sólo a los nazis y al unísono excluir a los británicos y asesinar a varios ingleses entrometidos e indeseables. (Esa palabrita: “wolframio” le evoca a Sira una de las previas indicaciones que le formulara Alan Hillgarth en la Legación Americana en Tánger: “Un mineral de importancia vital para la manufactura de componentes destinados a los proyectiles de artillería para la guerra.”[...] “Recuerde: wol-fra-mio. Y a veces también se llama tungsteno. Aquí está anotado, en la sección Bernhardt —dijo señalando con el dedo el documento”, que ella tendrá que memorizar, con todo el legajo informativo, y luego destruir.) 
   
Sira Quiroga caracterizando a Arish Agoriuq
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        Pero el colofón de ese capítulo de espionaje lo pergeña Sira Quiroga para reivindicarse a sí misma; por un lado, entregándole a Alan Hillgarth su estropeado “cuaderno de patrones” donde encriptó todas las minucias acordadas entre Manuel da Silva, los mineros de la Beira, los nazis y el empresario alemán Johannes Bernhardt; pormenores de los que no se enteró ni pudo informarle con antelación el curtido y británico agente del SIS (Secret Intelligence Service) que la madrugó, el sagaz y supuesto “pata negra”, el “agente de absoluta solidez con bastantes años de experiencia” con quien ella coincidió en Portugal y regresó a Madrid en un auto durante la madrugada, luego de burlar, en el tren nocturno, a los pistoleros de Manuel da Silva que querían matarla. Por el otro, haciendo coincidir en una reunión, sin advertirles para qué, a Alan Hillgarth y su esposa, a Marcus Logan, y a su padre Gonzalo Alvarado.  
   
Sira y Marcus huyendo de los pistoleros
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
      Vale concluir la nota diciendo que en el “Epílogo” de El tiempo entre costuras, María Dueñas, a través de su memoriosa protagonista Sira Quiroga, incita al lector a elegir e imaginar cuál pudo ser el destino de ella y Marcus Logan. 



María Dueñas, El tiempo entre costuras. Ediciones Temas de Hoy. 1ª edición mexicana. México, julio de 2010. 640 pp.


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