domingo, 3 de mayo de 2026

Borges a contra luz (2 de 5)

 Soy una discípula de Bernard Shaw


II de IX

Además de María Esther Vázquez, otros biógrafos (y comentaristas) más o menos han bosquejado el papel y las actividades de Borges como director de la Biblioteca Nacional durante esos 18 años: de finales de octubre de 1955 a inicios de octubre de 1973. German Álvarez —codirector junto a Laura Rosato del Centro de Estudio y Documentación Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional, quienes gestionaron, durante siete años, para que en septiembre de 2017 se integraran al acervo “los 17.000 ejemplares que pertenecían a Bioy y a Silvina” (hay allí primeras ediciones, ejemplares anotados, libros raros y libros que Borges dejó en su residencia)— le dice al periodista Patricio Zunini en la página 151 de Borges en la Biblioteca:

   

Borges en el acto de asunción como director de la
Biblioteca Nacional (octubre 26 de 1955)

        “[...] Apenas llegó Borges, consiguió un aumento presupuestario y extendió el horario para que el público trabajador pudiera ir a estudiar. Varias veces repite que él, al contrario del gobierno peronista que fomentaba la idiotez, quería hacer en la Biblioteca Nacional una extensión cultural para la gente. Arman cursos, empiezan a dar conferencias los fines de semana. Eso que era para muy pocos en la época de Groussac [enero 18 de 1885-junio 27 de 1929] y que no existía en la de Martínez Zuviría [octubre 30 de 1931-octubre 8 de 1955], Borges la hace para todos. Y es algo que llega hasta hoy, con un Departamento de Extensión que da talleres y hace muestras.”

    Pero, según le comenta Álvarez a Zunini —cuyo apellido tiene una asonancia con Zunni, el abogado del poeta Carlos Argentino Daneri, que iba a ser el doctor Zuppo Zugasti Zunni“El Aleph” de Jorge Luis Borges. Edición crítica y facsimilar (México, CM, 2ª ed., 2008, p. 61)— y al unísono con sus contendientes Zunino y Zungri, los propietarios de la casa de la calle Garay (quienes propugnan su próxima demolición) en cuyo sótano se oculta la pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor— no todo era albricias y miel sobre hojuelas en la relación Borges-Clemente, ni en las circunstancias técnicas y salariales de los empleados al principio de la gestión del dúo dinámico, ni en las condiciones físicas del vetusto edificio, estilo Beaux-Arts, proyectado en 1899 por el arquitecto italiano Carlo Morra como sede de la Lotería Nacional, pero que, entre 1901 y 1996, fue el albergue de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno en el número 564 de la calle México del barrio de Monserrat. Y según Álvarez (que lo sabrá de oídas y de lecturas bibliográficas y documentales, pues es más o menos contemporáneo a Zunini, quien es porteño del 74), Borges sólo iba por las tardes a la Biblioteca. En este sentido se lee en la página 147 de Borges en la Biblioteca:

    “—Si Borges se llegaba a la tarde y se ponía a escribir en su despacho, el director en funciones era Clemente.

   “—Clemente llegaba a la mañana, se ocupaba de las tareas de cada día y a la tarde le hacían firmar todo a Borges. En el archivo de la Biblioteca hay documentos con las formalidades administrativas cotidianas. Nunca como ahí vi una firma tan garabateada de Borges. Estaba totalmente ciego y se ve que le daban los papeles y él los firmaba.

  “—¿Qué firmaba?

 

Borges con frío en la Biblioteca

        “—Todo, hasta las compras del carbón para los braceros, porque te morías de frío en la Biblioteca. La calefacción no funcionaba, se cortaba la luz, se inundaba. El edificio estaba muy venido a menos, se caía a pedazos. La Biblioteca estaba adormilada. Atrás de cada puerta había pilas de libros. Como ya no había lugar, se alquilaban unos galpones de la Fuerza Aérea en [el aeropuerto] Ezeiza para poner las publicaciones periódicas. Clemente primero lo estabilizaba y después lo convence a Borges de la importancia de mudar la Biblioteca. Y hace otra cosa muy importante, que es modernizar la Biblioteca con una característica bibliotecnológica de la que Borges, no sólo carecía, sino que tampoco le importaba mucho. [¿De veras? ¿Por qué?] En el 56 crean la Escuela de Bibliotecarios, empiezan a profesionalizar a los empleados y cuatro años después dan los primeros diplomas.”

   

(Galerna, 2023)

          Borges en la Biblioteca
es un libro misceláneo y errado en algunos datos y afirmaciones. Por ejemplo, en la página 82 Zunini dice que “El Aleph” “salió en La Nación en 1945”; pero fue en la revista Sur en septiembre de ese año; que “La edición original de El Aleph contenía unos quince cuentos”; pero fueron 13. Y según afirma de Borges en la 88: “Las poquísimas mujeres de sus cuentos están masculinizadas; o mejor, dicho, tienen las cualidades que él entendía por masculinas.” Habría que preguntarle si el prejuicioso y miope yerro “masculinizadas” o “masculinas” se lo aplica o se lo embona sin chistar a Ulrica; a la alumna Beatriz Frost de 19 años y a Nora Erfjord, la secretaria del Congreso; a Beatriz Viterbo; a Teodelina Villar y a Julia de Abascal, su hermana menor, recluida en el psiquiátrico; a las pintoras Clara Glencairn y Marta Pizarro; a la centenaria María Justina Rubio de Jáuregui y a su hija Julia; a la decimonónica abuela inglesa y a la cautiva aindiada oriunda de Yorkshire; a la Cautiva que desvirga al campesino que aún no cumple los 13; a la novia de Avelino Arredondo y a la parda que lo atiende; a la posadera que recibe al presunto Alejandro Villari y a la mujer de tipo alemán que acompaña al joven con el que tropieza al volver del cinematógrafo; a la madre de Ireneo Funes; a la obrera textil Emma Zunz de 18 y a sus colegas Elsa Urstein y Perla Kronfuss; a la Lujanera; a Juliana Burgos y a la anónima muchacha que Eduardo Nilsen recoge en el camino y luego echa de la casa; a Delia Elena San Marco; a Matilde Urbach. No obstante, quizá pegaría de brincos con la aguerrida viuda de Ching, pirata que operó en las aguas del Asia, desde el Mar Amarillo hasta los ríos de la frontera del Annam. Y con Anne Bonney, pirata del siglo XVIII en el entorno de las islas del Mar Caribe, “que era una irlandesa resplandeciente, de senos altos y de pelo fogoso, que más de una vez arriesgó su cuerpo en el abordaje de naves”. Compañera de armas de Mary Read, quien declaró una vez que la profesión de pirata no era para cualquiera, y que, para ejercerla con dignidad, era preciso ser un hombre de coraje, como ella.     

 

Miguel de Torre Borges

     Pero el caso es que Zunini también incluyó la síntesis de una entrevista que le hizo a Miguel de Torre Borges, que fue una de las últimas entrevistas que dio, quizá la última, pues dice: “tengo 83 años”; la edad de su muerte, sucedida el 9 de septiembre de 2022. Pero en este caso, Zunini no presenta preguntas y respuestas precedidas por una crónica o comentario, sino que comprime el resultado en ocho fragmentos con número en los que Miguel monologa en primera persona sus recuerdos, conjeturas y opiniones. Por ser sobrino de Borges —un adolescente al que su tío regalaba libros desde la infancia— asistió al acto oficial en que Borges, el 26 de octubre de 1955, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional: “Yo estaba en quinto año. Me sacaron del colegio para ir al acto, que se hizo en la mañana.” Dice en la 125. “Fuimos con mi abuela y mi madre. Estaban casi todos los amigos de él, estaba el ministro, que le dijo ‘José Luis Borges’. Estaba Cornelia Groussac”, hija de Paul Groussac, etc.

 

Doña Leonor ve el saludo de Borges a Cornelia, hija de Paul Groussac, el día de su 
asunción como director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
Buenos Aires, octubre 26 de 1955

       
Bioy

       (Al respecto, apunta Bioy en la entrada del miércoles 26 de octubre de 1955 del ladrillesco Borges: “En la Biblioteca, Borges recibe su nombramiento. Saravia dice un discursito, habla a José Luis Borges, lo titula profesor Borges y hacia el final lo doctora. Después del discurso, recorremos la casa, que parece una pesadilla.”)

Borges entre Arnoldo Listre y su sobrino Miguel
Plaza San Martín, julio de 1958

          Miguel, dice, empezó a trabajar en la Oficina de Referencia de la Biblioteca a los 17 años, en 1957. (Año en que en la revista La Biblioteca, correspondiente al primer trimestre, su tío publicó tres prosas breves: “Delia Elena San Marco”, “El simulacro” y el espléndido poema en prosa “Borges y yo”; textos que tres años después integraría a El hacedor.) Y su laburo, que comprendió otras tareas, concluyó “en el sesenta y pico, 62, 63”. “Una cosa muy buena que hizo la Biblioteca, que creo fue idea de él, fue dar conferencias los sábados. Mi tío amplió el horario de la Biblioteca hasta las nueve de la noche para que pudiera ir la gente que volvía de los trabajos y también hizo que abriera los sábados y domingos. Los sábados la Biblioteca cerraba a las seis o siete de la tarde y alguien daba una conferencia. Atrás había un salón grande, un anfiteatro que se usaba para las charlas. Yo trabajaba de lunes a viernes, pero iba los sábados porque me divertía.” Además, dice, en la Biblioteca conoció a su mujer —Babo (1940-2019)— con la que estuvo casado 50 años y con quien tuvo tres hijos: Mariana, Gonzalo y Fernando; de quienes nacieron sus nietos: Juana, Isabel, Lorenzo y Josefina.

   

Borges y Vlady Kociancich (c. 1960)
Foto: Bioy Casares

       “Me acuerdo de algunas mujeres. [Dice en la 136.] Él estudiaba anglosajón. Estudiaba en su casa y en la Biblioteca, y la que iba mucho a la Biblioteca era una mujer muy simpática, muy culta, muy inteligente, que se llamaba Vlady Kociancich. Murió hace poco. Estudiaban anglosajón, inglés antiguo, islandés. También iba mucho María Esther Vázquez. ¿María Kodama? Prefiero no hablar de ella; a lo mejor se conocían de antes.” En contraste, brinda buenos recuerdos del subdirector, pues dice entre la 137 y 138:

   “Administrativamente, la Biblioteca era de José Clemente, que era el subdirector. Él era el que se ocupaba de los horarios, de la disciplina, de que se pagaran los sueldos. En esa época, pasaba el contador Elizalde y te daba la plata en un sobre. Ahora sería imposible, te asaltan a la salida.

 

Borges y José Edmundo Clemente

         “Clemente era una persona fantástica; yo lo quería mucho. Además, era un experto. Se había recibido de bibliotecario en el Museo Social Argentino, en la calle Corrientes, que todavía existe. Ese título le sirvió para que le dieran el nombramiento. Él sabía de las cuestiones administrativas y, entonces, si recibía un expediente, sabía cómo y a quién contestarle. Conocía el lenguaje. Mi tío no entendía nada, no tenía ni la menor idea. No recuerdo haberlo visto sentado con un papel. Clemente redactaba las notas, se las leía a mí tío y él las firmaba. Y las veces que mi tío tenía que ir a encontrarse con un ministro, iban los dos. Hacían una pareja muy buena.”

   Se recordará que en Un ensayo autobiográfico (op. cit., p. 76), Borges rememora el aciago período en que ejercía un cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur: la Biblioteca Municipal Miguel Cané: “Estuve en la biblioteca durante unos nueve años. [Entre 1937 y 1946.] Fueron nueve años de absoluta infelicidad. En el trabajo, los otros hombres no se interesaban en otra cosa que no fueran las carreras de caballos, el fútbol y las historias obscenas. Una vez una mujer, una de las lectoras, fue violada cuando se dirigía hacia el lavabo de las damas. Todos dijeron que esas cosas tenían que ocurrir, porque los lavabos de damas y de caballeros eran contiguos.”

   

Bustos Domecq. Serie de composiciones fotográficas,
inspiradas en ideas de Francis Galton, realizada por Silvina Ocampo.
Mar del Plata, 1942

          Viene a cuento esto (que podría ser tema de nota roja, de una manifestación feminista o de un cuento policial de Bustos Domecq) porque ese desinterés por los libros y la lectura también pululaba entre los empleados de la Biblioteca Nacional. En la página 130 de Borges en la Biblioteca, Miguel dice sobre sus inicios en el 57: “Creía que todos los que trabajaban ahí estaban interesados en los libros, pero no era así. Eran empleados. Tenían el ambiente de una oficina pública. Para ellos, el libro era un número, nada más. Por supuesto, había excepciones. Un 10% de la gente se interesaba por los libros.” A esto se suma lo que ocurría tras bambalinas, matizado con un latente indicio de crimen e intriga policial, cuyo enigma y caso (“Cadáver en la Biblioteca”, podría titularse tributando a Agatha Christie) quizá habría podido despejar Isidro Parodi desde la celda 273 de la Penitenciaría de Buenos Aires:

  “Algo que nunca supo [Borges], es que, a veces, después de cerrar, se armaban timbas de truco y generala entre los empleados. No siempre, no quiero manchar a nadie. Nos quedábamos en el sótano. Había cocinas y se armaban unas comilonas. La Biblioteca me gustaba realmente, me sentía muy cómodo y aprendí mucho. Ahí aprendí muchas cosas, mucho lunfardo. Descubrí una cantidad de palabras y situaciones que no conocía. Fue una revelación. Hasta había un pasador de quiniela. Era un mundo. En la esquina había un almacén: era un bar-restaurant y una vez un compañero me dijo que iba a matar a otro y yo le pregunté cómo lo pensaba hacer y sacó un revólver.” 

   

(Biblioteca Nacional, 2017)

        Entre el acervo bibliográfico sobre Borges en la Biblioteca destaca el título Borges, libros y lecturas (Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2017), con “Edición, estudio preliminar y notas” de Laura Rosato y Germán Álvarez, cuya edición prínceps apareció en 2010. En síntesis, se trata del “Catálogo de la colección Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional”. Es decir, del registro técnico, bibliográfico y reseñístico de una parte de los libros de la biblioteca personal de Borges, con anotaciones suyas, donados por él (“casi mil volúmenes”, se pregona en la cuarta de forros) el año en que el fermento de las confabulaciones políticas e intestinas y la denuncia del 71 (“un empleado lo había acusado de sustraer libros de la Biblioteca”: “La investigación contra Borges llevó varios meses, de mayo a octubre” y “la acusación terminó siendo desestimada”, apunta Zunini, op. cit., p. 186) lo obligaron a solicitar su jubilación “el 8 de octubre de 1973”, que se hizo efectiva en tiempo récord: “el día 11 del mismo mes”.

   Según reporta Patricio Zunini en la página 199 de Borges en la Biblioteca: “El jueves 11 de octubre de 1973, La Nación publicaba un suelto informando que le habían otorgado la jubilación a Borges. La fecha no podía ser más significativa: al día siguiente, Juan Perón asumía la presidencia por tercera vez.”

   Y buscando corroborar la fecha, dice Zunini, envió “un correo a la Administración Nacional de la Seguridad Social”, cuya respuesta, remitida por Rafael Pralong, director del Archivo General de la ANSES, transcribe en la página siguiente, en cuya parte medular se lee:

  “Jorge Luis Borges inició el trámite de jubilación ordinaria con fecha 26/08/1973. El beneficio requerido se otorgó con fecha 20/11/1973. Los servicios certificados como Director de la Biblioteca Nacional, comprenden desde el 26/10/1955 al 30/06/1973.”

  Ante tal información, apunta Zunini: “Estoy seguro de que Pralong no era consciente del temblor que iba a provocar con su mensaje. ¡Las fechas diferían completamente! Después de pensar mucho en el tema, mi hipótesis es que Borges inició el trámite sin contárselo a nadie —Bioy Casares estaba en París; José Clemente ya se había ido de la Biblioteca— y siguió yendo hasta el 8 de octubre. [‘Yo pienso —es una conjetura—’, dice Álvarez en la página 149, ‘que Borges se reclinaba en los dos o tres capitanejos que tenía, que sabían muy bien cómo administrar una biblioteca. Pero ya se veía que mucho más no le iba[n] a dar.’] De ser así, sería la ficción borgiana más perfecta de todas.”

Otra ficción borgiana no menos “perfecta” es la que postula María Esther Vázquez en su biografía, pues para ella (el reseñista lo tecleó en la parte I): los 18 años de Borges en la Biblioteca fueron los más felices de su vida: de finales de octubre del 55 a inicios de octubre del 73 y en mancuerna con José Edmundo Clemente. En este sentido, si en su biografía no habla de la salida del subdirector en el 71, ni de las discrepancias con el director, ni de la acusación del robo de libros de la que Borges fue víctima, en la página 22 de La memoria de los días. Mis amigos, los escritores (Buenos Aires, Emecé, 2004), dice María Esther Vázquez:

(Emecé, 2004)

En la foto: Borges, María Esther Vázquez, la niña
Marta Bioy Ocampo y atrás: Silvina Ocampo.
Playa San Jorge, Mar del Plata, 1964.

     “He contado esto para mostrar cuáles eran el carácter y los sentimientos de José Edmundo Clemente.

  “Siempre hubo en él una lealdad absoluta a sus principios; esa misma lealdad que fue puesta al servicio de Borges en muchas ocasiones. Por ejemplo, cuando en 1973 con el advenimiento del segundo peronismo, Borges se vio conminado a pedir la jubilación, un empleado sinvergüenza lo acusó de robar libros. Clemente manejó con tal destreza la acusación que acabó por revertirla, hacerle un sumario al mismo denunciante y separarlo de sus funciones.”    

 

(Emecé, 2003)

     Véase que entre las páginas 294-296 de Textos recobrados 1956-1986 se lee una carta de Borges publicada en el diario Clarín el 10 de marzo de 1973, dirigida a la directora de éste, en la que, en su calidad de director de la Biblioteca Nacional, responde a las críticas y quejas de un lector —que debieron punzar—, publicadas en una carta “en la edición del 22 de febrero”. Es probable que Borges se enterara del contenido de la misiva del quejoso por alguien de la Biblioteca que leyó la sección “Cartas al País”, y que él redactara su respuesta con el auxilio de una secretaria o de uno de los dos o tres capitanejos que, según conjetura Álvarez, lo apoyaban en la administración tras la salida de Clemente en el 71. El caso es que Borges, sabedor de los reglamentos internos y de la forma en que opera y se administra la Biblioteca, explica y defiende el trabajo y las jornadas de los empleados (incluso la suya); puntualiza que se “Extendió su horario que era de 14 a 22 horas al actual de 8 a 24 horas desde mediados de 1967” (con excepción de la hemeroteca cuyo cierre “es la hora 21”); que hay “servicio de fotoduplicación en el acto desde hace más de dos años”; y que “En el año 1972 incrementó en forma superlativa su programa de extensión cultural con exposiciones y conferencias, concretándose un operativo conjunto con el Consejo Nacional de Educación que llevó el patrimonio del organismo al interior de nuestras escuelas primarias, dándose clases especializadas en ellas y recibiéndose la visita guiada de cerca de 9.000 escolares de 6° y 7° grado. Con estas menciones muy sintéticas quiero expresar a usted la envergadura cultural y de servicio público que presta la Biblioteca Nacional, posible solamente merced al espíritu de sacrificio de su personal, muy escaso en número y con escasa remuneración, pero que se halla consustanciado con la misión docente que de ella emana.”

    Pero, para los efectos del meollo de la presente cibernota, vale destacar, también, que entre las páginas 124-125 de Borges, libros y lecturas los investigadores consignan que en el papel de la guarda posterior del libro de Francis Robinson Gladstone Duckworth: Browning: Background and Conflict (London, Ernest Benn Limited, 1931) se lee la “firma de Jorge Luis Borges, 1942, Buenos Aires y notas manuscritas”. Y en la portadilla: una “nota manuscrita de Estela Canto” que reza: . Jueves 2 de agosto, lugar y hora (3 ½) habitual. Te siento intensamente. Igualmente te quiero. Y comentan: “La nota manuscrita en la portadilla de este ejemplar, perteneciente a Estela Canto, fue registrada con posteridad a la fecha de lectura indicada en la rúbrica, ya que Borges la conoció en casa de los Bioy en agosto de 1944.”

Borges, libros y lecturas (Biblioteca Nacional, 2017), p. 386

       Tal singular nota manuscrita aparece reproducida en la página 386, precisamente en la postrera iconografía denominada “Figuras”. Y puesto que no tiene firma ni fecha se infiere que, para sostener lo que dicen, hicieron el previo cotejo con la grafía de Estela Canto. Véase que en la página 19 de Los Canto (Buenos Aires, Emecé, 2024), Daniel Mecca comenta y transcribe un par de —semejantes y telegráficas— anotaciones manuscritas en un par de libros que no figuran datados en el catálogo de Álvarez y Rosato, volumen que al parecer no hojeó:

(Emecé, 2024)

         “En la Biblioteca Nacional Mariano Moreno (BN), ubicada en Buenos Aires, hay dos ejemplares que pertenecen a la Colección Jorge Luis Borges donde está la presencia de Estela: en la edición de La Divina Commedia (L’Inferno) con comentarios de Guido Vitali (Garzanti-Milano, 1943) leemos en la última hoja una anotación manuscrita en lápiz negro que dice:
Domingo a las 5 ½ Constitución. Estela Canto. Definitivamente no es la letra de hormiga de Borges y se asemeja, por cierto, a la letra de Estela. También en la Colección Borges de la BN hay un ejemplar en inglés de 1923 que lleva la firma de Fanny H. de Borges —abuela inglesa de Jorge Luis—, pero que en la hoja anterior tiene por escrito lo siguiente: miércoles 28, a las 3 ½. Proveinace Midy; El lunes, a las 4 ½ en 51 y 8. La Platense. Está comprobado [¿por quién?] que se trata de la letra de Estela Canto. El libro se llama Riceyman steps, de Arnold Bennet. ¿Será este último caso, por ejemplo, un libro que Borges le prestó a Estela y en el cual ella dejó registrada anotaciones de la cotidianeidad?”

  Siendo las cosas así, lo relevante, frente a lo que ella afirma y reafirma en Borges a contraluz: que no fue novia de Borges (“no me consideraba ‘novia’ de Georgie”, p. 110; “nunca me consideré tal”, p. 99; “yo no le amaba”, p. 152; “yo no podía amarlo”, p. 81; “Sexualmente me era indiferente”, p. 83; “no me sentía atraída por él como hombre”, p. 77; “nunca me he sentido atraída por los hombres de letras”, p. 22), la nota del volumen de Álvarez y Rosato transluce (a contraluz) que sí hubo entre ellos una recíproca complicidad afectiva, propia del noviazgo y, por ello, Estela le escribía cartas al Borges enamorado (que él menciona y le agradece en las suyas), a quien también regaló una bufanda a cuadros. En este sentido, quizá la nota manuscrita (en el libro sobre Browning que era de Borges) fue rotulada un día de 1945, cuando Estela hacía caminatas y coloquiales debates con el iluso y enamorado Georgie que con su derechueca y diminuta letra de enano liliputiense escribía “El Aleph” pensando en ella y en involucrarla en la escritura (se publicó en la revista Sur en septiembre de 1945), mientras Estela, en secreto, tenía por amante a un furtivo “espía británico que se desplazaba continuamente por la Argentina y por Brasil”, y por el Uruguay en algún momento de la segunda mitad de diciembre del 44 y principios del 45, donde probablemente se vio con él, según cita, conjetura y narra Edwin Williamson en “La ‘nueva Beatriz’ (1944-1946)”, “Capítulo 19” de su biografía: Borges, una vida (Buenos Aries, Seix Barral, 2006). (“Espía inglés”, un tal “Dick”, del que ella habló, apunta Edwin, en una entrevista publicada en La Nación el 7 de octubre de 1990 —que Mecca también cita—. Y a quien no menciona en sus “memorias”. Ni a Lorenzo Varela, el ex miliciano español, poeta y periodista con quien tuvo un tormentoso amorío, al parecer entre 1947 y 1952, apunta Mecca, op. cit., p. 87.) “No sé cuándo leerás estas líneas, no sé si estás aquí o en el Uruguay.” Le dice Borges en la primera carta fechada “Hoy, viernes 18”, que ella supone debe ser de diciembre 1944. Mes en el que empezaron a salir a partir de su imprevista primera charla y larga caminata nocturna (hasta muy entrada la madrugada sentados en el ruinoso anfiteatro del Parque Lezama, desde donde veían la cúpula azul, en forma de cebolla, de la iglesia ortodoxa rusa), sucedida, apunta Edwin en la página 309, “alrededor de la fecha en que se publicó Ficciones, el 4 de diciembre”.

        

(Seix Barral, 2006)

        Quizá en el peyorativo y citado acuse de Estela Canto: Borges prácticamente no hizo nada por la Biblioteca, subyace la bochornosa desventura y el vergonzante papel, para ella, que se sucedió en ese entorno, según cuenta María Esther Vázquez en la 186 de su biografía:

 

María Esther Vázquez

Foto: Horacio Armani

       “En 1955, al ser nombrado director de la Biblioteca Nacional y luego profesor en la Universidad de Buenos Aires [1956-1966], la posición económica de Borges mejoró sensiblemente. Estela tenía cuarenta años [cumplidos el 4 de septiembre del 55] y estaba sola. El, con dieciséis más y casi ciego [sic], se mantenía bien y la alegría de vivir en la Biblioteca lo había rejuvenecido; por otra parte su fama crecía día a día y era bien conocido en el exterior por sus pares. (Eugenio Montale, el poeta italiano Premio Nobel [1975], escribió en esa época que ‘Borges era alguien capaz de meter el Universo en una caja de fósforos’.) Estela creyó entonces conveniente avivar el antiguo fuego, pero se equivocó; Borges había aventado las cenizas. Sucesivos rostros habían desplazado al suyo, además había algo en esa Estela madura que le disgustaba profundamente: su afición al alcohol. A menudo, ella lo esperaba en la puerta de la Biblioteca Nacional, México 564, y con voz alterada lo instaba a cumplir sus antiguas promesas de matrimonio y, además, lo apremiaba a gritos para que se afiliara al Partido Comunista. Con frecuencia lo perseguía por los andenes de la estación Independencia del tren subterráneo, insultándolo; para evitarla, Borges tomó el hábito de abordar el tren en la estación Moreno. Casi todos los amigos de esa época, que frecuentaban la Biblioteca Nacional, solían acompañarlo hasta la calle a fin de ayudarlo a huir si veían a Estela más o menos cerca. Ella se apostaba en el bar de la esquina de Bolívar y México, donde Borges acostumbraba a tomar algo, y allí lo esperaba durante horas. Un día armó un mayúsculo escándalo en la cervecería Munich, en Constitución, donde él estaba con algunos amigos.

  “La indiferencia desdeñosa de Borges, quien nunca le contestaba, le cansó y abandonó la estéril persecución. Llena de piedad hacia sí misma, Estela olvidó estos episodios vergonzosos en el momento de escribir su libro.”

 

(Emecé, 2000)

      Un botón de muestra de ese acoso y persecución se lee en lo que Bioy encapsula en un fragmento de la entrada del sábado 10 de noviembre de 1956 del ladrillesco Borges. Allí, Estela, en lugar del diálogo, busca la confrontación con el insulto y el vulgar escándalo de conventillo. Se ve que lo buscó para echarle en cara su ira y condena por lo dicho por él en una entrevista que le hicieron verbalmente en su despacho de la Biblioteca Nacional, publicada el 2 de noviembre de 1956 en la revista El Hogar, donde Borges expresa su filiación y apoyo proselitista a la Revolución Libertadora que derrocó a Perón —se lee entre la 178-181 de Borges en El Hogar 1935-1958 (Buenos, Emecé, 2000)—. Y el subyacente y controvertido contexto ideológico, social y político del episodio está bosquejado por Williamson en el “Capítulo 23, La Revolución Libertadora (1955-1959)” de su citada biografía. Pero lo que aquí vale observar, casi como en un sketch teatral o cinematográfico, es la caricaturesca e irrisoria situación de los contendientes en la hacinada localización del subte; y la patética actitud de ella, inextricable al vocabulario soez, irascible e intolerante:

 

(Destino, 2006)

         “Cuenta que se encontró con Estela: ‘No le dije nada a Madre, porque ya le tiene bastante rabia; no hay para qué darle más motivos para que la aborrezca. Me vio en la estación del subterráneo y me gritó: ‘Hijo de puta, no te me vas a escapar’. Corrí y me metí en el subterráneo; Estela corrió detrás y se metió también. Sólo después pensé, como Estela ve muy poco, si me hubiera hecho a un lado y me hubiese quedado inmóvil, tal vez la hubiera perdido. Delante de toda la gente, me habló a gritos’. Tuvieron este diálogo: ESTELA: ‘No te me vas a escapar, hijo de puta. Vas a hablar conmigo’. BORGES: ‘Con esa conversación hecha de lugares comunes va a ser difícil e inútil hablar’. ESTELA: ‘Tenemos que hablar. Porque sos un hijo de puta y un gran escritor. He leído las inmundicias que decís en ese reportaje de El Hogar. En tu servilismo al gobierno has llegado hasta lo más bajo. Vos no estarías del lado de Martín Fierro, sino de la partida. Sin embargo, cuando triunfemos, no te van a degollar, porque yo voy a salvarte’. BORGES: ‘En cambio, si triunfamos nosotros, nadie va tener que salvar a nadie. A nadie vamos a matar’. ESTELA: ‘Nosotros sí. Lo que te pasa es que no querés hablar conmigo porque sabés que tengo razón. Vos escribís lo que escribís pensando en mí. Lo escribís para vengarte de mí. Siempre pensás en mí’. BORGES: ‘No. Escribo pensando en Frontini’ (Frontini ha escrito con María Rosa Olivier un libro en defensa de la China comunista [Lo que sabemos hablamos... (Buenos Aires, Botella al Mar, 1955)]. ESTELA (furiosa): ‘No vas a tener la última palabra. Sos un hijo de puta. Ya te has salvado de mí, porque me bajo en Independencia’.”   

(Botella al Mar, 1955)


Nota: continuará en la entrada Borges a contraluz (3 de 5)