Soy una discípula de Bernard Shaw
V de X
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| Borges a contraluz, p. 131 |
Queda claro, en Borges a contraluz, que Estela Canto se veía a sí misma atractiva y atrayente. “En aquellos días yo daba por supuesto que los hombres tenían que impresionarse conmigo”, canta en la página 24. Y Borges, por lo que le escribe en sus misivas, ya enamorado y haciendo el bizco, también la vio así. En la carta de la página 131-132, al parecer de 1945 —donde menciona a Patricio Canto, que le prometió algunas notas para Los Anales de Buenos Aires, revista que pronto dirigirá (lo hizo entre enero del 46 y octubre del 47)—, la equipara y la ve más allá de la estratosférica y sensual imagen de una diosa del cine hollywoodense: “En las estaciones del subterráneo, una efigie de Dorothy Lamour momentáneamente consigue parecerse a vos. (Y firma: “Muy inexistente pero tuyo,/ Jorge Luis Borges”.) Y por lo que se aprecia, sobre todo en las poses de las fotos (de fotógrafo de estudio) que encuadran el rostro de la joven Estela Canto —que ella exhibe en sus “memorias”: p. 59 y 227—, parece que la asociación cinéfila de Georgie no era sólo un lúdico fantaseo onírico y verbal (y quizá onanista).
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| Borges a contraluz, p. 59 |
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| Dorothy Lamour |
Pero la seducción de Georgie, por lo que narra la cantora, no germinó por los encantos físicos de ella, sino porque en su primera caminata nocturna en diciembre de 1944, que fue la primera de sus conversaciones a pie (y la más larga), citó a Bernard Shaw en inglés. Y ya en la mesa de un bar, dice en la página 27: “él me escudriñó con la mirada, como si me estuviera viendo por primera vez (exactamente lo que estaba pasando) y dijo en inglés: ‘La sonrisa de la Gioconda y los movimientos de un caballito de ajedrez.’” Tal eufónico e indeleble aforismo, al parecer improvisado por Borges para seducirla (después de oír la hechizante tesitura angloporteña del canto de la sirena) remite a la novelesca y cinematográfica frase que Estela Canto le dijo a él tres meses después (marzo de 1945), entre la estación ferrocarrilera de Mármol y la de Adrogué, sentado en una banca de cemento: Borges, con titubeos y balbuceos, le propuso matrimonio y ella le respondió “en inglés, parte en broma, parte en serio [dice en la página 98]: ‘Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos.’
“El inglés, idioma que usábamos en los
momentos trascendentales, no mitigó al parecer la impresión de esta respuesta.
Sin embargo, no podía sorprenderse demasiado. Él sabía que yo no era una de las
niñas asomadas a balcones rosados y celestes que pintaba su hermana Norah.
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| Las trenzas (1942) Óleo de Norah Borges |
“Caminábamos tomados de la mano, nos besábamos y nos abrazábamos, pero él nunca había intentado ir más allá, ni siquiera cuando estaba excitado —y se excitaba como cualquier hombre normal. La relación sexual era aterradora para él.”
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| (Emecé, 1975) |
María Esther Vázquez, en la página 184 de su biografía, duda que Estela haya dicho esa frase al rechazar la propuesta matrimonial de Borges. Y quizá no la dijo o quizá sí, pero en un ámbito imaginativo, pues parece un parafraseo literario (de imaginación razonada) o un palimpsesto de frases que se leen en un par de cuentos de El libro de arena (Buenos Aires, Emecé, 1975). En “Ulrica”, Benjamín Otálora, colombiano y profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá, tiene, a unas millas de York, un fugaz y único encuentro sexual con una joven noruega (“en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises”), libre y aventurera (ídem la Estela del 44 y 45, pues según canta en la página 82: “Había llevado una vida agitada y me sentía atraída por la aventura”; y en la 83: “Me gustaban los hombres libres y con gusto por la aventura, como yo. Naturalmente, casi todos eran extranjeros... y no siempre libres y aventureros”), quien toma la iniciativa para que el amor fluya en la sombra con ese extranjero latinoamericano recién “conocido”:
“—Seré tuya en la posada de Thorgate. Te
pido mientras tanto que no me toques. Es mejor que así sea.
“Para un hombre célibe entrado en años, el
ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer
condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayan y en una muchacha de Texas,
clara y esbelta como Ulrica, que me había negado su amor.
“No incurrí en el error de preguntarle si me
quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura,
acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y
resuelta discípula de Ibsen.”
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| (El Archibrazo, 1971) |
Y en “El Congreso” —cuento cuya lenta gestación se remonta a febrero del 45 (véase Textos recobrados 1931-1955, p. 353-354 y Un ensayo autobiográfico, p. 97), impreso por primera vez en Buenos Aires, en 1971, en un librito de 79 páginas editado por El Archibrazo— el septuagenario Alejandro Ferri, autor de Breve examen del idioma analítico de John Wilkins —libro cuyo rótulo trasluce el título del ensayo reunido por Borges en el compendio que dedicó A Margot Guerrero: Otras inquisiciones (1937-1952)—, que yace “en algún oscuro anaquel de la Biblioteca Nacional de la calle México”, cuyo nuevo director, le han dicho (pues él lo desconoce), “es un literato que se ha consagrado al estudio de las lenguas antiguas” “y a la exaltación demagógica de un imaginario Buenos Aires de cuchilleros”, evoca la remota época de su juventud durante la segunda década del siglo XX, cuando, en Londres, en la biblioteca del Museo Británico indagaba ex profeso sobre el “idioma que fuera digno del Congreso del Mundo” y por ello se había instalado en “una módica pensión a espaldas del Museo Británico”. Según recuerda el viejo Ferri:
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| (Troquel, 1955) |
“No descuidé las lenguas universales; me asomé al esperanto —que el Lunario sentimental califica de ‘equitativo, simple y económico’ [esto debió repatear a Estela, como quizá la irritó el citado Leopoldo Lugones, el librito de 96 páginas de Editorial Troquel que Borges publicó en 1955 con Betina Edelberg] y al volapük, que quiere explorar todas las posibilidades lingüísticas, declinando los verbos y conjugando los sustantivos. Consideré los argumentos en pro y en contra de resucitar el latín, cuya nostalgia no ha cesado de perdurar al cabo de los siglos. Me demoré asimismo en el examen del idioma analítico de John Wilkins, donde la definición de cada palabra está en las letras que la forman. Fue bajo la alta cúpula de la sala que conocí a Beatriz.
“Ésta es
la historia general del Congreso del Mundo, no la de Alejandro Ferri, la mía,
pero la primera abarca a la última, como a todas las otras. Beatriz era alta,
esbelta, de rasgos puros y de una cabellera bermeja [...] No había cumplido los
veinte años. Había dejado uno de los condados del Norte para ser alumna de
letras de la universidad. Su origen, como el mío, era humilde. Ser de cepa
italiana en Buenos Aires era aún desdoroso; en Londres descubrí que para muchos
era un atributo romántico. Pocas tardes tardamos en ser amantes; le pedí que se
casara conmigo, pero Beatriz Frost, como Nora Erfjord [la joven noruega que en
Argentina fungía de secretaria del Congreso en ciernes, cuyo apellido es
homónimo del segundo apellido de las hermanas Lange: Norah y Haydée, amigas de
Georgie (por quienes latió su corazón de poeta) y primas de Willie (Juan
Guillermo Borges), hijo de su tío Francisco Borges y de Estela Erfjord, hermana
de Berta, la madre de las hermanas Lange], era devota de la fe predicada por
Ibsen y no quería atarse a nadie. De su boca nació la palabra que yo no me
atrevía a decir. Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que
fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que
cada uno es los dos, oh inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en que
nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del
día y yo contemplándola.”
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| Las hermanas Lange: Haydée y Norah |
Según reflexiona Estela Canto en la misma página 98: “Por supuesto, yo debía haber dicho honrada y directamente: ‘Georgie: no te quiero lo bastante como para casarme contigo. Podemos ser amigos y, si quieres, algo más’. Mi falta de sinceridad, por desgracia, suscitó una reacción grave y patética.” Pues “a partir de esa noche” —dice en la siguiente página— “yo me convertí en la ‘novia’ de Borges, aunque nunca me consideré como tal. No me gustaba la idea de ser ‘novia’ en el antiguo sentido de la palabra. Pero la pasión y la dedicación de Borges eran halagadoras y yo las aceptaba.” Por ende dijo en la 95:
“Él siguió escribiendo el cuento [sobre el
‘objeto que mostraba todos los objetos
del mundo’]. Me telefoneaba todas las mañanas y me mandaba notas y postales
anunciándome —redundantemente— que nos íbamos a ver esa noche.
“Me repetía que él era Dante, que yo era
Beatrice y que habría de liberarlo del infierno, aunque yo no conociera la
naturaleza de ese infierno.”
Sin embargo, por lo que apunta y se advierte en varias fotos, y no sólo en líneas y entrelíneas, Chichi o Chichí (cariñosos apelativos de Estela Canto) sí jugaba con el papel de la novia de manita sudada (la de Georgie), con infalibles besos y espontáneos apapachos; quizá en lo oscurito del Parque Lezama o caminando por la Costanera o por el Jardín Zoológico. No obstante —como si fuera una nonagenaria y acartonada doña Leonor del siglo XIX y no la liberal que entre la 81-82 se jacta: “Yo tenía veintiocho años cuando encontré a Borges [en realidad ya tenía 29 y él 46 cuando empezaron a salir en diciembre del 45]. Del amor conocía ‘los arquetipos y los esplendores’, también los desentendimientos, los errores, las fuerzas ciegas que se apoderan a veces de nosotros. En otro nivel, estaba al tanto de sus aspectos más ligeros. Había llevado una vida agitada y me sentía atraída por la aventura.” O como si encarnara el estereotipo de la mojigata de celuloide que posa de “decente” y antagónica de la presunta “promiscua, según el juicio de Silvina Bullrich”, que “alardeaba de dos cosas: pertenecer al Partido Comunista y no ser virgen” (MEV, op. cit., p. 183), en la página 107 de sus “memorias” (¡oh sorprais!) canta muy modosita, reprimida y conservadora: “siempre he sido contraria a cualquier efusión en público. Las caricias en la calle siempre me han parecido una provocación, no una manifestación espontánea”. Ídem el espontáneo abrazo y beso en la boca de un marino y una enfermera en pleno Times Square, en Nueva York, el 14 de agosto de 1945, Día de la victoria sobre Japón, captado por una de las cámaras Leica que el fotorreportero Alfred Elsenstaedt traía colgadas en el cogote.
Imagen espontánea, efusiva, callejera, icónica e inmortal desde su publicación en la revista Life. Según el testimonio de Elsenstaedt que se lee en la página 134 de LIFE. Los grandes fotógrafos (Barcelona, Lunwerg, 2012): “Había miles de personas pululando, en las calles y por todas partes. Se besaban unas a otras... Y también había un marino que corría, agarraba a todo el mundo, ¿sabe?, y repartía besos. Eché a correr delante de él porque llevaba unas cámaras Leica colgadas del cuello, enfocadas desde tres metros al infinito. Uno no tenía más que disparar... Ni siquiera supe lo que estaba sucediendo, hasta que él agarró algo blanco. Y allí me quedé y ellos se besaron. Y disparé cinco veces.” Icónica imagen que probablemente Borges vio con exultante y populoso entusiasmo, puesto que en la revista Sur de octubre del 44 publicó “Anotación al 23 de agosto de 1944”, breve reflexión (y vaticinio de la derrota de Hitler) en torno a la noticia de la liberación de París, que luego reuniría en Otras inquisiciones.
Es decir, en sus paseos y caminatas, y
salidas al café, al bar y al cine (tête-à-tête)
había espontáneos apapachos y efusivos picoretes por aquí y por allá. Pero no
tanto ni mucho menos abajito del ombligo y sin llegar a la intocable, olorosa y
húmeda cachuchita —para decirlo con
la palabra acuñada por María Muratore, la protagonista del siglo XVI de Río de las congojas (Buenos Aires, Losada,
1981), novela de la argentina Libertad Demitrópulos (1922-1998), reeditada en
2014 por el FCE (con un prólogo de Ricardo Piglia), en cuya página 50 narra:
“[...] Algo nuevo venía ocurriéndole a mi cachuchita desde que seguía a los
perros en sus travesuras y juegos de rojeces, algo nuevo le venía ocurriendo, y
yo sin madre para averiguarlo. ¿Qué le ocurría para ponerse como un bicho
picudo, peludo y chorreante? Eso me hacía gritar por las noches, según la negra
Encarnación. Eso a él debió gustarle, porque desde aquella noche vino muchas
más a buscar a mi cachuchita, y a besarla, y a hacerla hablar y quejarse y
suspirar y, a veces, hasta la hacía gritar y no de miedo sino de placer, porque
después de aquella noche el silencio ya no le importaba a él ni a mi cachuchita.”
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| La buena fama durmiendo (1939) Fotografía de Manuel Álvarez Bravo |
En este sentido, la memoriosa canta a los cuatro pestíferos vientos de la aldea global: “Cuando me apretaba entre sus brazos, yo podía sentir su virilidad, pero nunca fue más allá de unos cuantos besos.” Y por lo que canta entre la 109 y 110, lo culpa y responsabiliza de que se propagara el presunto equívoco de que era la novia de Borges:
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| (Losada, 1945) |
“Esa primavera obtuve el Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Ares por mi novela El muro de mármol [Losada, 1945]. Nuestra relación ya no era la que había sido. [Vivieron cierta rispidez e incomodidad y acortamiento de sus caminatas y salidas al cine, tras ser retenidos en la comisaría 14, en la calle Bolívar, durante tres o cuatro horas de la madrugada —un gendarme (en busca de una coima) los detuvo en el Parque Lezama por su presunta actitud indecorosa y por no llevar el carnet de identidad—, meollo y embrollo en el que ella, para variar, culpó a doña Leonor de la actitud de su hijo. Que además evoca un pasaje de una carta a Godel (op., cit., p. 178), quizá de los primeros meses de 1919, que el Georgie de 20 años le remite a Buenos Aires desde Barcelona: ‘Contrasta con esta vida noctámbula, la falta de parejas amorosas en las calles. En Ginebra nada más común, de tarde y de noche, que ver parejas y del brazo o enlazadas, y en los parques y jardines públicos, abrazándose y besándose con audacia magnífica. Nadie jamás se asombra ni se burla ni les dice nada. En Suiza nadie se mete con nadie. En cambio aquí desde mi llegada no he visto una sola pareja.’]
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| (Losada, 1950) |
Supongo que estaba un poco harta y, a finales de noviembre, me fui al Uruguay. Pasé tres meses muy felices [al parecer con el espía británico que era su amante clandestino en el momento de agosto de 1944 en que ella conoció a Borges (sin intimar con él), cita y bosqueja Edwin Williamson en el susodicho ‘Capítulo 19’ de su biografía] y escribí otra novela, El retrato y la imagen [Losada, 1950]. Tuve cartas de Borges, pero no me acuerdo lo que contesté, en caso de haber contestado. Mi mente estaba en otras cosas.
“Volví a Buenos Aires por dos o tres días,
entre Navidad y Año Nuevo. Fui al diario La
Nación y entregué un cuento a Eduardo Mallea, director del suplemento
literario. Mallea, emergiendo de su habitual reserva, me felicitó por estar de
‘novia’ con Borges. No supe cómo esto había podido llegar a sus oídos... Yo no
lo había comentado. Además no me consideraba ‘novia’ de Georgie, a quien no vi
en esos días.
“Un curioso noviazgo, en verdad.”
Casi al principio de su libro, Chichi la cantora y, al unísono, la gran ocultadora (para rimarlo con el
rótulo de una iconografía de Frida Kahlo curada y prologada por Margaret Hooks),
canta de ella y Borges: “Nuestra
amistad es el relato de un amor frustrado”; “la historia de un desencuentro”,
sucedido, apunta, en un “período que va de 1945 a 1952”. “Fui su íntima amiga
desde sus cuarenta y cinco hasta sus cincuenta y dos años”, afirma en la 14. No
obstante, en la 238, situada en el mes de 1950 que pasó en Rincón Viejo, la
estancia de los Bioy en Pardo, donde también estaban Adolfito, sus padres, y
Silvina Ocampo, relata:
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| Haydée Lange y Georgie de barba |
“Adolfito me llamó a solas una tarde y me dijo que a su madre le incomodaba la desaliñada barba de Borges [que empezaba a crecer en manchones, como la de algunos grabados de Sancho Panza, dice]. En Buenos Aires, Georgie tenía un barbero que iba a su casa a afeitarlo todas las mañanas, ya que él no se sabía afeitar. Adolfito me preguntó: ‘¿Te atreves a hacerlo?’ Le dije que sí, siempre que me explicara minuciosamente los pasos a dar. Así lo hizo.
“A la mañana siguiente me trajeron una
palangana, jabón de afeitar, toallas y una maquinita.
“Georgie no opuso resistencia. Hice lo que
pude, sorprendida por la cantidad de recovecos que puede tener la barba de un
hombre. Por momentos creía haber terminado, pero aparecían nuevas zonas pilosas
bajo la nariz, junto a las orejas, en el pescuezo...
“Esta precaria operación se repitió dos o
tres veces, hasta que me encontraron un reemplazante más capaz.
“Este fue el contacto físico más íntimo que
iba a haber entre Jorge Luis Borges y Estela Canto.” (¡Vaya, che! ¡Más claro
que el agua!)
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| (Losada, 1955) |
En la parte de “1950” del póstumo Borges, Adolfito data esa estancia de Estela Canto y Georgie en Rincón Viejo, del “Viernes 10 al sábado 25 de febrero”, durante la cual él y Borges trabajaron “en el resumen del argumento para un film, El paraíso de los creyentes”; que Losada, con el guion Los orilleros, habría de publicar en 1955. En la breve iconografía de ese voluminoso y fragmentario diario (expurgado, retocado, anotado y editado por Daniel Martino), se observan dos fotos en blanco y negro, al parecer tomadas por Bioy dos días distintos, donde Borges y Estela parece que posan de pareja o sea: ¿de novios o de amantes? El pie reza: “Borges y Estela Canto en la estancia Rincón Viejo. Pardo, 1950.”
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| Fotos en la iconografía de Borges (Destino, 2006) |
Y en una entrada de marzo de ese año, Bioy forja una anécdota (casi de radioteatro) que coincide con la autopregonada liberalidad de esa presunta discípula de Bernard Shaw, que ella refrenda en sus “memorias” cuando dice que estaba dispuesta a entregarle su cuerpo, pero no a casarse con él:
“Estela quería que
Borges se acostara con ella. Una tarde, en la calle, se lo dijo brutalmente:
‘Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a
verte’. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: ‘Cómo, ¿entonces no me tenés
asco?’ y le pidió permiso para abrazarla. Llamó a un taxi. Ordenó al chofer: ‘A
Constitución’ y agregó, para Estela: ‘Vamos a comer a Constitución. We must celebrate’.”
Y, de inmediato y
sin respirar, hila Bioy otra anécdota en la que se trasmina la proyección de un
espejo teñido por un jocoso humor negro que resalta lo patético:
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| Silvina Bullrich |
“Borges estaba muy enamorado de Silvina Bullrich. [Con ella, en Emecé, había publicado el año que escribió y publicó ‘El Aleph’: El compadrito, su destino, sus barrios, su música.] Un día, ésta le preguntó: ‘¿Qué hiciste anoche, cuando volviste del Tigre?’. BORGES: ‘Fui caminando a casa, pero pasé frente a la tuya; tenía que pasar frente a tu casa esa noche’. Silvina le preguntó a qué hora había pasado. BORGES: ‘A las doce’. SILVINA: ‘A esa hora yo esta en mi cuarto, en mi cama, con un amante’.”
En la página 14 de sus “memorias”, Estela canta sobre la presunta fealdad del Georgie que vio de cuerpo presente por primera vez en agosto del 44: “Yo había oído que Borges no era exactamente buen mozo, que ni siquiera tenía un físico agradable. Sin embargo, estaba por debajo de lo que yo había esperado [...] Borges era regordete, más bien alto y erguido, con una cara pálida y carnosa, pies notablemente chicos y una mano que, al ser estrechada, parecía sin huesos, floja, como molesta por tener que soportar el inevitable contacto. La voz era temblorosa, parecía tantear y pedir permiso.” O sea: Borges no le gustó. Esto lo repite de varias formas, dejando entrever, no obstante, que se metió de cabeza en el equívoco de ser la fémina cortejada por él e, incluso, la presunta novia de Borges: “no me sentía atraída por él como hombre, pero sí halagada por su interés, acepté tácitamente la situación”, canta en la 77 y luego en la 83: “La actitud de Borges hacía mí me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente..., ni siquiera me desagradaba. Gozaba de su conversación, pero su convencionalismo me agobiaba. Sus besos, torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía.”
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| Capítulo 7 de Rayuela (1963) |
(O sea: no hubo química ni compatibilidad física. Nunca hubieran podido corporificar una erótica, poética, placentera, exultante, prolongada y repetitiva versión de la sensual cercanía y el largo beso que se vive y revive en el capítulo 7 de Rayuela. Ni qué decir del cuchicuchi o sea: de los mil y un ayuntamientos del milenario Kama-sutra, pese a que en la 97 canta del fofo Georgie: “Su cuerpo, tan blando, era flexible, capaz —creo— de lograr los difíciles asanas del yoga.”) No obstante, estaba dispuesta tener sexo con él, sin que esto implicara el convencional noviazgo ni mucho menos las ataduras del conservador y eclesiástico matrimonio: “Yo no podía amar a Borges como él quería ser amado [...] Yo sólo podía prestarle mi cuerpo, pero esto no era bastante y, en último término, las circunstancias se complicaron y ni siquiera eso pude darle.” Canta entre la 111 y la 112.
Pero inextricable a la incompatibilidad física, Estela la cantora repite que Borges le tenía terror al sexo. Y, según bosqueja, esa fobia (o tara psíquica) tuvo su origen (y supuesta repercusión a lo largo de su vida) en la traumática y vergonzante experiencia vivida en Ginebra, a sus 18 años, cuando Jorge Guillermo Borges, su padre, lo remitió a un burdel para que perdiera la virginidad con una puta que, al parecer, tenía comercio carnal con su propio progenitor. Por ende, en la página 121 resume, muy docta, su diagnóstico y dictamen de especialista en Bernard Shaw y en fugaces y aventureros affaires (de militante y liberal comunista de ultragüeso colorado), o sea: en el presunto y eventual sexo sin ataduras morales ni pequeñoburguesas, ni afectivas ni ideológicas ni de nacionalidad ni de lucha de clases ni de sexos:
“Hay que dejar
algo en claro: no fue doña Leonor quien castró a su hijo. Quien lo hizo fue su
padre. Pero ella aprovechó las debilidades de Georgie y lo hizo desdichado como
ser humano. A fin de cuentas, él nunca habría podido ser el Jorge Luis Borges
que conoce el mundo sin la rudeza, la crueldad, la devoción, la atención total,
la inquebrantable sed de poder de su madre.” (¡Asústame camaleón!)
VI de X
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| George Bernard Shaw en 1909 |
Al unísono de la incompatibilidad física, de la presunta fobia e inhibición de él, y del presunto anacronismo del Borges adulto sometido a la presunta autoridad de su presunta madre dominante, conservadora, ñoña, titiritera y ambiciosa, también se sucedió y entretejió, según bosqueja Estela Canto, una incompatibilidad idiosincrásica, estética y literaria. De la obra de George Bernard Shaw, dice, le interesaban aspectos y detalles que no eran del interés de Borges. Tampoco le gustó, ni le interesó, el primer libro que le llevó de regalo a su casa a la mañana siguiente de haber descubierto en su rostro la sonrisa de la Gioconda: Youth (Juventud), de Joseph Conrad; uno de los autores dizque “viriles”: “Chesterton, Melville, Quevedo”, “que Borges tenía en gran estima”, pero ella no. “No logró transmitirme su entusiasmo por Conrad o por Stevenson”, canta en la 78. Y tampoco lo hizo con James:
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| Henry James en 1910 |
“En relación a Henry James, casi tuvimos una pelea. Nunca he podido apreciar al retorcido y trabado Henry James; sus argumentos sentimentales, envueltos en una prosa intrincada y llena de rodeos, me parecen, en el plano literario, el equivalente de una reacción de miedo.” No obstante, en una de las fotos en blanco y negro que eligió para exhibir en su libro —la cual se observa en diversas biografías e iconografías y en la web— posa de novia de Borges (ambos sentados en el muro de la baranda paralela al Río de La Plata) sosteniendo a modo de trofeo —para que lo inmortalice la cámara— un libro en el que se lee: “Henry James”. (Seguramente un regalo de él, que la mira fascinado; y quizá con alguna amorosa dedicatoria en el interior.)
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| Borges a contraluz (Espasa Calpe, 1989), p. 226-227 |
En Borges a contraluz esa foto figura en la página 226; la baja resolución y el tamaño de la imagen no permiten leer el nombre del “retorcido” autor de Vuelta de tuerca. Pero en la página 103 de Borges. Fotografías y manuscritos —la citada iconografía de Miguel de Torre Borges—, se aprecia con mayor encuadre y mayor amplitud, de modo que sí se lee el nombre de Henry James en letras mayúsculas. (También se lee en la reproducción que se aprecia en la biografía de Woodall y en el polifónico libro de Mecca.) En las “memorias” de la cantora el pie reporta: “Borges y Estela Canto paseando por la Costanera, 1945”. Y en la iconografía del sobrino: “Con Estela Canto. Costanera Sur. Marzo de 1945.”
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| Con Estela Canto. Costanera Sur. Marzo de 1945 Borges, fotografías y manuscritos (Renglón, 1987), p. 103 |
Borges, con cabello corto, engominado hacia atrás y pegado al cráneo, va de traje oscuro y corbata. (Muy catrín, ¿no?, casi dispuesto a danzar un tango en El Rufián Melancólico y no a pedalear a pie por la Costanera.) Pero el gran detalle es que la mano derecha de ella —como si fuera la auténtica novia de Borges (y no una amiga que posa de “novia”)— oprime el dedo índice de la mano izquierda de él; dedo idéntico al dedo de la mano que, al ser estrechada, parecía sin huesos, floja, como molesta por tener que soportar el inevitable contacto; pero que (una discípula de Bernard Shaw lo sabe muy bien, más aún si posee la virtud oral de Sherezade y la seductora sonrisa de la Gioconda, que al unísono puede ser la sonrisa vertical), con ese contacto —que al primer roce saca lúbricas chispas y estremece todo el cuerpo, ídem una interna y exultante descarga de inefable placer—, puede despertarlo, hacerlo eréctil, duro y móvil instrumento que toca y penetra las zonas más íntimas y secretas de la fémina, más allá del llevado y traído punto ge-ge-gé. Y cumplir, así, al pie de la letra, el sentido del ancestral y milenario aforismo que Rafael Cansinos Assens (gurú del joven ultraísta en Madrid) antologó en el postrero “Refranero” de su arabista traducción de Las mil y una noches —reseñada y celebrada por Borges en un artículo impreso en La Nación el 10 de julio de 1960, exhumado en Textos recobrados 1956-1986: “La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne.” (Según canta en la 84, en cualquier restaurante él siempre pedía un menú que ella no compartía: “Caldo con arroz, un bife muy hecho, queso y dulce de membrillo..., con grandes cantidades de agua”. Y en un bar ella pedía café o una copa de whisky y él siempre un vaso de leche). Milenario y viril aforismo (machista desde la perspectiva actual) implícito en una línea que se lee en medio de la nota al pie de la página 81 de la Antología de la literatura fantástica del 24 de diciembre de 1940: “Todos los hombres, en el instante poderoso del coito, son el mismo hombre.” (Nota correspondiente a “Tlön”.)
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| Antología de la literatura fantástica (Sudamericana, 1940), p. 80-81 |
Línea que en algún momento Borges modificó (sin duda sin el presunto varapalo de su cejijunta madre), pues en la página 438 del tomo de sus Obras completas se lee así (para la perpetuidad): “Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre.” Lo cual evoca una aseveración de ella que se lee en la página 13 de sus “memorias”, con un falaz matiz y una descalificación a la mayoría de las entrevistas que le hicieron a él: “Borges insistió en casi todos sus cuentos, en sus poemas, hasta en algunas entrevistas deformadas —como son la mayoría— que un hombre es ‘todos los hombres’. Es decir, que el hombre encierra en sí todas las posibilidades; el hombre es el microcosmos.” (Tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo; OC, p. 489.) Además del coito y del sueño erótico, una de las posibilidades del día a día del infinitesimal y volátil microcosmos es el sonoro y vertiginoso instante de hacer chis. (Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres; OC, p. 493. Los cabalistas entendieron que el hombre es un microcosmo, un simbólico espejo de universo; OC, p. 595.) De ahí que Borges, arquetipo del microcosmos y espejo de universo, solía signar ese biológico e ineludible rito (mundano y humano) diciendo: “voy a saludar al obispo” o “le voy a dar la mano al obispo”, puesto que, por antonomasia, la mano del obispo es algo blando y fofo.
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| Borges saludando a monseñor (Antiguo Colegio de San Idelfonso, 1973) |
Y volteando la tortilla del microcosmo, quizá Borges —o cierto Borges (cualquier hombre es todos los hombres)— habría podido musitar, nostálgico, la música de la última estrofa del “Tango de viudo”, poema de Neruda que se canta y se oye en Residencia en la tierra:
Daría este viento de mar gigante por tu
brusca respiración
oída en
largas noches sin mezcla de olvido,
uniéndose
a la atmósfera como el látigo a la piel de caballo.
Y por
oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
como
vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
cuántas
veces entregaría este coro de sombras que poseo,
y el
ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
y la
paloma de sangre que está solitaria en mi frente
llamando
cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
substancias
extrañamente inseparables y perdidas.
En sus “memorias”,
Estela canta que Borges solía
regalarle un libro cuando iba de visita a su casa, incluso si ella no estaba y
entonces charlaba con su madre (Elina Durante), con quien trabó amistad muy pronto. Y por ello dice en la 31:
“Escudriñaba la biblioteca de mi hermano [Patricio, casi tres años menor que
ella, con quien compartía dormitorio y quizá la cama, según la leyenda del
incesto que ambos propagaron]. Aunque siempre traía libros, lo cierto es que
también se los llevaba, de tal modo que el intercambio estaba más o menos
equilibrado. Según mi hermano, fue más lo que sacó que lo que trajo. En lo que
se refiere a libros, tenía una naturaleza adquisitiva. Se sentaba en el suelo y
empezaba a retirar libros de los estantes más bajos. Los examinaba y los leía
con la página casi tocándose la nariz. (Le vi hacer esto en casa de los Bioy,
en la biblioteca pública en donde era un modesto empleado [la Biblioteca
Municipal Miguel Cané, entre 1937 y 1946] y en Mackern’s y en Mitchell’s, las
librerías inglesas, donde era conocido y se le permitía revolver todo lo que quisiera.)”
Pero no canta un gorgorito, y mucho menos un aria, sobre esa foto donde ella posa con el flamante libro del “trabado” Henry James a modo de trofeo, ni de ese paseo por la Costanera sucedido, al parecer, un día de marzo de 1945, el mes que Georgie, con titubeos, le pidió matrimonio (¿habrá sido ese día?), pese a que en la página 228 hay otra imagen de la misma ruta (¿habrá sido la vez que casi se pelearon al discutir sobre la obra del “retorcido” James?), obviamente tomada por el mismo fotógrafo anónimo: un disparador —y no un artista de la cámara y de la escena—, quizá callejero y ambulante; o tal vez contratado y retribuido por Borges, puesto que de los negativos se hicieron varios positivados.
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| Borges a contraluz (1989), p. 228 |
En ésta caminan por la Costanera posando de novios (¿comprometidos o a punto de estarlo?), dado que van de la mano (¿como sin saberlo practicaran el tramo del regreso del altar con la infalible Marcha Nupcial de Mendelssohn resonando en la bóveda?). Borges lleva el libro de Henry James. (Que ineludiblemente remite a La
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| (Emecé, 1945) |
humillación de los Northmore, cuento de James, con traducción de Haydée Lange, prólogo de Georgie y 57 páginas, que Emecé editó en 1945 con el número 12 de Cuadernos de la Quimera.) Y, sonriente, parece a punto de flotar llevado por ella y posar de Bardo Ciego que dialoga con el inescrutable macrocosmos, pues en 1945 aún veía algo más allá de la nariz (y no sólo la sonrisa de la Gioconda y el tentador cuerpo de pecado de Estela). Sostiene el libro en el límite del ángulo izquierdo inferior: para que la cámara capte en directo la elocuente portada, pese a que la malísima reproducción no permite verla ni leerla. Ella posa con una gran sonrisa y mira hacia el ojo de cíclope. (O sea: con la entreabierta sonrisa de la Gioconda que hechizó a Borges como si de un jalón —too pa’entro— hubiera ingerido, en el bar de la esquina de Chile y Tacuarí, un doble vasito de caña de durazno mezclado con toloache, maca andina, xoxogo y burro anís.) Y, muy coqueta, se toca la cabellera con la mano derecha.
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| (Emecé, 2023) |
En la página 225 se observa otra foto de ambos, no menos celebérrima que las anteriores. Reza el pie: “Borges y Estela Canto en el Jardín Zoológico, 1946”. Tal foto, retocada con color, ilustra la portada de Borges a contraluz que Emecé editó en Buenos Aires en agosto de 2023, con menos imágenes de las que se ven en la edición príncipe. Y en blanco y negro se observa en la página 220 —con mayor claridad y definición que en el libro de Espa Calpe de 1989— cuyo pie cincela en el tiempo: “Jorge Luis Borges y Estela Canto en el Jardín Zoológico, 1946.” (También se ve en la iconografía de Los Canto,
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| Fotos en Los Canto |
contrastada con la similar imagen, muy deficiente, donde ella posa con su amante español Lorenzo Varela.) En la imagen, ambos están de pie y miran el objetivo de un fotógrafo anónimo. El regordete y mofletudo Borges va de holgado traje oscuro, con el saco abotonado y bufanda a cuadros en el cuello y en la pechuga. Ella, “la novia”, se acerca a él con una leve inclinación de cadera y lo toma del brazo con su mano derecha. Su brazo izquierdo sostiene el bolso entre la axila y el antebrazo, mientras descansa los dedos de la mano en el bolsillo del saco de su sencillo traje sastre (a imagen y semejanza de una gris oficinista del Barrio Norte o de gris bibliotecaria subalterna en una ilegible biblioteca del Barrio Sur), que armoniza con las tobilleras bajas y los sencillos zapatos bajos (como de monja o de caminante impenitente).
En la página 317 de su biografía, Edwin Williamson ubica esa foto un año antes. O sea: más o menos en abril de 1945. Y por ello apunta: “Su ‘compromiso’ con Estela inundó ahora a Borges de un optimismo tremendo. Más o menos un mes después de la noche de ambos en Adrogué, la llevó al Zoo de Palermo. Llevaba una bufanda de tela escocesa que Estela le había regalado, y se la había atado al cuello con el estilo jactancioso de un compadrito. Después de hacerse sacar una foto frente a la jaula de los monos, fueron a ver los felinos, y mientras estaba mirando el gran tigre de Bengala en su jaula, Borges le contó a Estela la trama de un nuevo cuento en el que estaba trabajando, que llegaría a llamarse ‘La escritura del dios’.”
La memoriosa, en
la página 213, narra así esa anécdota (que reescribió Edwin porque su relato de
los entresijos del vínculo Borges-Estela Canto está basado, sobre todo, en las
cartas de él y en lo que ella narra en Borges
a contraluz):
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| Dibujo de Borges |
“La escritura del dios fue inventado una mañana de otoño en que paseábamos por el Jardín Zoológico. Nos hicimos retratar. En la instantánea Borges aparece con una bufanda atada al pescuezo, a la manera de los compadritos. Era un regalo que yo le había hecho. El diseño escocés no era bonito. Yo había procurado elegir colores discretos y el resultado había sido incoloro y aburrido. La bufanda sólo fue usada una o dos veces; probablemente doña Leonor la hizo desaparecer... con toda razón. A Georgie la bufanda le daba un aire desaliñado, justamente el aire que su madre quería evitar. [¿Acaso doña Leonor elegía, incluso, los calcetines y los holgados matapasiones o sea: los calzoncillos bóxer del regordete y mofletudo Georgie que aún veía más allá de la nariz?] De todos modos, quedó constancia del regalo, ya que nos fotografiamos cerca de la jaula de los monos.”
Continuará en la entrada Borges a contraluz (6 de 7)
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Capítulo 7 de Rayuela (1963), novela de Julio Cortázar.
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