martes, 7 de julio de 2026

Borges a contraluz (6 de 7)

 Soy una discípula de Bernard Shaw


VII de X

Borges y Emir Rodríguez Monegal

Estela Canto vendió el manuscrito de “El Aleph” para proveerse de recursos monetarios. En la 248 de Borges a contraluz dice que le dijo cuando en revistas universitarias de Estados Unidos se publicaron las fotocopias del principio y fin del manuscrito del “Aleph” que ella le dio al crítico uruguayo para que dizque observara su microscópica letra: “‘Pienso vender el manuscrito cuando estés muerto, Georgie.’ Él lanzó una carcajada y dijo: ‘Caramba, ¡si yo fuera un perfecto caballero iría ahora mismo al cuarto de caballeros y, al cabo de unos segundos, se oiría un disparo[!]’ El Aleph lo vendí de todos modos, pero cuando él estaba en vida.” ¿Habrá vendido el “retrato” con la nariz de Guillermo de Torre que le hizo Norah? ¿Lo habrá hecho con las fotografías y con los soportes originales de las catorce cartas manuscritas del Borges enamorado que transcribe y comenta en su libro?

Reunidas en la sección “Cartas de Borges” se advierte, en las catorce imágenes de ellas, la letra manuscrita de Georgie, ilegible en su mayor parte por las dimensiones y la baja resolución en blanco y negro. La mayoría son los reversos de tarjetas postales. (Las fotos de los anversos no se reprodujeron.) Sólo una tiene un timbre postal en el ángulo superior derecho (p. 145) y un sello ilegible que lo toca al unísono del nombre y la dirección de la destinataria que él escribió a mano: Señorita Estela Canto/ Tacuarí 704 ­­_ 3 F/ Buenos Aires. Y al pie, casi en el ángulo inferior izquierdo y en letra de imprenta, se data la imagen del anverso: “Iglesia San Francisco, Santiago del Estero/ (República Argentina)/ Nº 607”. 

Borges a contraluz (Espasa Calpe, 1989), p. 145

         Dos cartas, en fondo gris (p. 147 y 149), no tienen ningún timbre ni sello ni el consabido e infalible anuncio en letra de imprenta: “TARJETA POSTAL”; por ende, y por lo que le escribe Borges, quizá se trate del dorso de fotografías enviadas por correo dentro de un sobre. Lo cual tiene que haber ocurrido con la única escrita a mano en una hoja con el membrete del Hotel Cory de Denver Colorado (p. 126); hoja hallada por Borges en Las Nubes, la estancia de Enrique Amorim en Uruguay —escritor y esposo de Esther Haedo, prima de Georgie— donde vacacionaba y pasaba el verano. 

Borges a contraluz (Espasa Calpe, 1989), p. 126

        Y las restantes quizá también fueron enviadas por correo dentro de un sobre o dejadas por él (dentro de un sobre o no) en el domicilio de ella cuando no estaba en casa. O quizá las dejó en el piso de los Bioy, dado que en la 94 apunta: “A fines del verano de 1945, en marzo, yo acaba de llegar de Mar del Plata, salimos una noche. Entre tanto yo había recibido varias cartas suyas en casa de los Bioy, donde estaba invitada.” Pues si bien las indicaciones gráficas denotan que se trata de los reversos de tarjetas postales, no tienen sello ni timbre y más aún: Georgie escribió a mano sobre los recuadros de puntos donde el remitente debería pegar el timbre de correos. Cada carta fue transcrita en letra de molde por Estela, quien además tradujo las escritas en inglés —y los fragmentos en ese idioma cuando los hay— y a cada una le destina un comentario. Y, al parecer, hubo más de esas catorce cartas manuscritas, pues en la página 51 dice: “En una ocasión se hizo tomar una instantánea nadando en el río Uruguay y me la envió con los cuatro versos del Poema del tercer elemento escritos detrás:

 

         Agua, te lo suplico. Por este soñoliento

                      enlace de numéricas palabras que te digo,

                      acuérdate de Borges, tu nadador tu amigo.

                     No faltes a mis labios en el postrer momento.”

    

   Y en la página 60 se reproduce esa foto anónima —no reproducida en la reedición de Borges a contraluz que Emecé publicó en 2023— cuyo pie reza: “Borges nadando en el río Uruguay”. 

     

Borges a contraluz (Espasa Calpe, 1989), p. 60

     Y en la 61 se reproduce el reverso donde, casi una excepción, se logra leer toda la derechueca y diminuta letra manuscrita de Georgie. Y en el pie
canta ella: “Los primeros versos del Poema del Tercer Elemento, escritos en el dorso de la foto anterior.”  

Borges a contraluz (Espasa Calpe, 1989), p. 61

       
(Emecé, 1964)

        Véase —en las bibliografías de Nicolás Helft— que el “Poema del tercer elemento”, Borges lo publicó el 5 de marzo de 1944 en La Nación. Y que le cambió el título en “Otras composiciones”, sección de Poemas 1923-1953, el citado acopio impreso por Emecé en 1954 como volumen 2 de sus Obras Completas, cuya edición cuidaba José Edmundo Clemente. Y que diez años después fue reunido en El otro, el mismo (poemario inédito hasta entonces) en la 4ª edición de su Obra poética 1923-1964 editada en Buenos Aires por Emecé; y, por ende, figura en las páginas 869-870 del tomo de las Obras completas con el título “Poema del cuarto elemento”. Pero el fragmento que comenta y cita Estela no son “los primeros versos”, sino los últimos.

    Entre las páginas 207-209 de Los Canto, Elena Padín Olinik, dueña de la librería anticuaria Helena de Buenos Aires, cuenta que alrededor de 2002, el dueño de un departamento —que luego supo había sido la casa de Estela Canto- la buscó para ofrecerle unos libros de segunda mano. Elena dice que cerró la librería que en ese momento tenía en Florida y Córdoba y fue con él a ese lugar cercano que le pareció bastante pequeño y ambientado como una oficina

 Elena Padín Olinik

Foto de Carolina Clerici

       Dice que hojeó y le compró algunos libros. Y en uno de ellos encontró la letra de Borges en una postal y por ello supone: “Yo creo que todos los libros que estaban ahí habían sido de Estela”. Pero el meollo es que revela que esa tarjeta postal con la letra de Borges: “fue vendida a un colega francés que me abrió las puertas en el mercado europeo, sobre todo en el parisino”. Y según dice Mecca en una nota al pie sobre esa postal perdida en esa venta: “La postal hallada por Elena Padín Olinik se encuentra entre las reproducciones publicadas en el libro Borges a contraluz. Según Estela Canto, debe ser de diciembre de 1944. Le dice Borges en esa postal:
Nunca, Estela, me he sentido más cerca de ti; te imagino y te pienso continuamente, pero siempre de espaldas o de perfil.”

Borges a contraluz, p. 124

       Véase que es la primera de las catorce cartas (p. 124 y 125), donde Georgie apunta al inicio:
Hoy, viernes 18./ Querida Estela:/ No sé cuándo leerás estas líneas, no sé si estás aquí o en el Uruguay. (Parece que, ansioso y en el laberinto del desasosiego, la buscó en su casa y al no hallarla escribió el texto —casi un azaroso mensaje en la botella—, incluso sobre el vacío recuadro de puntos donde debería ir el timbre, y la dejó, quizá dentro de un sobre.) Y concluye diciéndole después de rotular su apelativo: Tengo un décimo de lotería para nosotros dos, una curiosa multiplicación de la incertidumbre. (“De qué hubieran vivido... Eran dos personas irreales, digamos. Caminaban y boludeaban.” Le dice Miguel de Torre Borges a Mecca en el café de la esquina del barrio porteño de Belgrano —un mediodía de febrero de 2021, Los Canto, p. 258—, sobre el supuesto de que Borges y Estela se hubieran casado.) 


(Gedisa, 1998)

     
Podría suponerse, entonces, que tal vez las otras cartas de Georgie a Chichí también se perdieron. Pero en la página 333 de su biografía, James Woodall pregona el aviso a navegantes:

 “Las cartas que Borges le escribió a Estela se encuentran en la Colección San Telmo de Buenos Aires: Jorge Helft las adquirió en diciembre de 1994 en una subasta de Sotheby [sic].

 “La colección de Helft también comprende otras cartas y notas que Borges escribió para preparar sus conferencias. Pude ver las cartas de Estela Canto (trece de las catorce reproducidas en su libro) poco antes de la Navidad de 1994 en un hotel de París, adonde las llevó Helft después de la subasta. Helft me permitió verlas privadamente, en su presencia, por supuesto.”

   Véase, entre paréntesis, que en la 259 de su biografía, María Esther Vázquez transcribe dos cartas manuscritas que Borges le escribió a Elsa Astete Millán —su efímera novia hacia 1927 en La Plata, cuando ella tenía diecisiete años— quien entonces era la conservadora y doméstica esposa de un militar lejanamente emparentado con Sarmiento: un tal Ricardo Albarracín, “muerto de cáncer pulmonar en 1964” (dice Woodall en la 272 de su biografía), con quien tuvo un hijo homónimo. Misivas compradas por Jorge Helft a éste, quien, burlonamente, llamaba a Borges “papi” cuando estaba casado con su madre. Una carta a Elsa data del último día de 1943 y la otra del 4 de febrero de 1944. Las cuales traslucen un platónico, iluso y apasionado enamoramiento no menor, en palabras, al que luego expresaría en las cartas a Estela. Léase, por ejemplo, la del último día de 1943:

Borges y Elsa Astete Millán

     Querida Elsa: La mañana de ayer, la tarde de ayer, siguen pareciéndome inverosímiles hasta lo increíble y lo casi inimaginable. Haber visto nacer y morir su lenta sonrisa, haber escuchado las queridas inflexiones de su voz, haber recuperado por unas horas la compleja delicia de su presencia, todo eso es como un secreto regalo que me tenían reservado los años. Ayer no he sabido decírselo; hoy, apenas alcanzo a indicarlo. Desgraciadamente para mi dicha, usted no sólo es un agradable milagro; Elsa, usted es imprescindible, también. Una cosa vuelvo a pedirle: que no se vaya de mi vida. No sé lo que usted puede darme; yo le pido esto: la certidumbre de ser yo alguien para usted, la visita de su voz, de sus palabras escritas, un minuto suyo, Elsa, una tarde suya. Júzgueme el más oscuro de sus amigos, el más intolerable, pero siga salvándome de esta inutilidad, de esta soledad (...). Pienso, para consolarme, que aquí he pensado infinitamente en usted; que algún día habrá en esta mesa una carta suya. También está esperando el teléfono que lo anime y lo justifique su voz. Venga pronto, Elsa. ¡Qué felicidad pensar que tal vez la veré dentro de unos días, qué insoportable pensar que para verla tendré que esperar unos días! No se ría demasiada de esta insegura y trémula dicha. Suyo, irreparablemente suyo, Jorge Luis Borges. 

  Y léase, también como aviso a navegantes, que en su nota 8 de la página 336 de su biografía, Woodall comenta: “Una parte del material que posee Helft fue comprado a Miguel de Torre quien, antes de vender los manuscritos y fotografías de su tío, los reprodujo en su libro llamado Jorge Luis Borges: manuscritos y fotografías, publicado en 1987, y que ahora es un producto de coleccionistas.”

(Renglón, 1987)

           
(Cátedra, 14ª ed., 2001)

         Esto evoca el fragmento, en la página 279, donde Estela Canto veladamente alude a las personas allegadas a Borges que “vendieron papeles [y ‘cosas’] de él en la casa Sotheby’s de Nueva York, donde yo misma había vendido en mayo de 1985 el manuscrito de El Aleph”. Lo cual remite al insidioso comentario que Marcos-Ricardo Barnatán le destina a esa iconografía de Miguel de Torre Borges impresa en Buenos Aires por Renglón el 20 de noviembre de 1987, precisamente en la página 62 de su “Introducción” a Narraciones (Madrid, Cátedra, 14ª ed., 2001), antología de veinte cuentos de Borges pergeñada y anotada por Barnatán: “a falta de herencias más suculentas, Miguel de Torre, uno de sus sobrinos, ha publicado en Buenos Aires un simulacro de homenaje reuniendo fotos de familia, libros que formaron parte de la biblioteca del escritor, postales y otros testimonios gráficos que tuvieron que ver con su famoso tío, con fines que no tardaron en revelarse exclusivamente crematísticos cuando aparecieron ofrecidos a los coleccionistas de objetos prestigiosos por el genio, en el seno de una famosa casa de subastas de Nueva York.”

       Si eso es para Barnatán algo inmoral, reprochable y denunciable en el prefacio de una antología de cuentos de Borges que no hizo Borges, sí lo es que, dando cátedra y muy “docto”, venda gato por libre. Es decir, en la “Nota a esta nueva edición” de Narraciones (que data de 1990, pues en la 62 dice: “Se acaban de cumplir ya cuatro años desde la muerte en Ginebra de Jorge Luis Borges”) alude los tres libros que llevaba sobre la obra de Borges, “publicados en España a partir de 1972”. A saber: Borges (Madrid, Espesa, 1972); Jorge Luis Borges (Madrid, Júcar, 1972; 2ª ed., 1976); y Conocer Borges y su obra (Barcelona, Dopesa, 1978), retitulado Borges (Barcelona, Barcanova, 1984) —antecedentes de su citada Biografía total de 1995—. A lo que se añade su “Introducción” a Narraciones (cuya edición prínceps data de 1980) y su “Introducción” a los Nueve ensayos dantescos (Madrid, Espasa Calpe, 1982), de cuya edición, Monegal, en su nota 65 del Ficcionario, correspondiente a “El encuentro en sueño” —ensayo que Borges publicó en La Nación el 3 de octubre de 1948—, observa:

(Espasa-Calpe, 1983)

“Al recopilar el texto en Nueve ensayos dantes, la editorial mutiló la conclusión de dos de ellos, entre los que se cuenta éste, volviendo incomprensible la argumentación de Borges.” Pero el estridente bemol (ídem el rumboso negrito bailarín en la sopa de letras argentinas) no es que en la “Nota a esta nueva edición” de Narraciones se jacte de llevar más de veinticinco años de lecturas y pesquisas, ni que la mayoría de sus notas sobre las primeras ediciones de los veinte cuentos antologados por él —las marcadas con asteriscos— sean bastante chambonas y negligentes, sino que en la página 115 asegure, muy chipocludo, al inicio del asterisco correspondiente a “Funes el memorioso”: “Como los anteriores, este cuento se publicó por primera vez en libro en Jardín de senderos que se bifurcan, y fue incorporado en 1944 a la primera parte de Ficciones.” Pues basta asomarse a las citadas bibliografías de Nicolás Helft para constatar que esto no es cierto; incluso a la precursora de Jorge Horacio Becco: Jorge Luis Borges. Bibliografía total 1923-1973 (Buenos Aires, Casa Pardo, 1973), que fue una edición especial de homenaje al cincuenta aniversario de Fervor de Buenos Aires.

 

(Sur, 1941)

           Veamos. Editorial Sur publicó El jardín de senderos que se bifurcan en 1941, en Buenos Aires. Según registra Helft: “El colofón dice 30 de diciembre de 1941, el copyright 1942.” Y en él no figuró “Funes el memorioso”, puesto que fue impreso por primera vez el 7 de junio de 1942 en el periódico La Nación. (De ahí que en la p. 490 de las Obras completas esté datado en “1942”.) El libro Ficciones fue editado por Sur el 4 de diciembre de 1944. —Antonio Fernández Ferrer transcribe el colofón en la página 79 de Ficciones de Borges—. La primera parte de Ficciones, con un prólogo del autor, es homónima del susodicho libro de 1941. Y la segunda parte: Artificios (1944), inicia con “Funes el memorioso”, en cuyo prólogo ex profeso datado en Buenos Aires, 29 de agosto de 1944 —se lee en la página 483 del tomo de las Obras completas— Borges dice de él: es una larga metáfora del insomnio.

     

Ficciones (Sur, 1944)

Colofón

      Quizá Barnatán hubiera aprobado que el sobrino (al que tunde duro) preservara los libros y documentos manuscritos y gráficos de su celebérrimo tío, no en su particular vitrina doméstica (ni en la caja fuerte de 9 cerrojos donde Vaccaro resguardaría el manuscrito Borges), sino que se los entregara cabizbajo, sin chistar y por ningún clavo, a la peleonera viuda y voraz heredera universal de Borges, pues entre las páginas 63-64 de Narraciones, alega y expone atizando el folletón:

    

María Kodama y Marcos-Ricardo Barnatán

       “La imagen de una María Kodama dedicada en cuerpo y alma a preservar la obra y la memoria de Borges, acudiendo a encuentros universitarios o a homenajes internacionales; creando una fundación destinada a divulgar su obra y a premiar escritores; adquiriendo en las subastas los objetos que pertenecieron a Borges y que sus últimos propietarios ansiaban convertir con rapidez en dinero, no parece gustar a quienes hubieran preferido que Borges nunca se casara [en segundas nupcias y por poder el 26 de abril de 1986, desde Ginebra y en un remoto pueblo del Paraguay, ya viejecito, enfermo y desahuciado, o sea: con un pie en la tumba; léase el libro-reportaje de Juan Gasparini: Borges: la posesión póstuma (Madrid, Foca, 2000)]  y hubiera muerto en Buenos
Acta del casamiento de Borges y Kodama

La posesión póstuma (Foca, 2000), p.37

Aires preso en el múltiple cerco de su ceguera, una criada salida del mejor cine negro [o del mejor cuento policial de Honorio Bustos Domecq], y unos familiares a los que había demostrado repetidas veces su desconfianza y con los que mantenía una pésima relación. [Lo cual contradice y echa tirria y leña a las palabras que Norah Borges publicó en una carta, en La Nación, el mismo día del sepelio en Ginebra, transcrita por María Esther Vázquez en la página 331 de su biografía: ‘Me he enterado por los diarios que mi hermano ha muerto en Ginebra, lejos de nosotros y de muchos amigos, de una enfermedad que no sabíamos que tuviera. Me extraña mucho que su última voluntad fuera ser enterrado ahí, ya que siempre quiso estar con sus antepasados y con nuestra madre en la Recoleta (no en el Cementerio Británico como dice el apoderado). Aunque él esté muerto, los recuerdos de toda una vida nos siguen uniendo.’ No obstante, ante la supuesta desconfianza y la presunta pésima relación con sus familiares, salta del pantano la leyenda negra que desencadenó el quiebre de Borges con sus sobrinos Luis y Miguel, cuya versión Woodall resume en la página 332 de su biografía: ‘En 1979, Luis, con la connivencia de Miguel, extrajo fondos de la cuenta bancaria de Borges para financiar la compra de una propiedad; Borges se enteró de este hecho sólo cuando un empleado del banco lo llamó por teléfono para verificar si verdaderamente se había propuesto vaciar su cuenta. Aunque Borges continuó viendo a Norah, a quien quiso hasta el último momento, nunca volvió a encontrarse con sus sobrinos.’ Leyenda negra de la que María Esther Vázquez da su versión entre las páginas 303-304 de su biografía aludiendo la atmósfera depresiva causada, en noviembre de 1974, por el ahogamiento de la niña Angélica, sobrina nieta de Borges de tan solo 4 o 5 años, a quien dedicó el poema ‘En memoria de Angélica’, publicado en La Nación el 19 de enero de 1975: ‘A fines de abril de 1979, la tragedia que había empezado en la casa de Luis de Torre —el sobrino mayor de Borges— con la muerte de Angélica, no había terminado. Inés, la mujer de Luis, había perdido otras dos criaturas y estaba deprimida. Entonces, por consejo médico, decidieron mudarse; sentían que en ese lugar ya no eran felices ni la suerte los acompañaba. Para señar la nueva casa en la que iban a vivir, Luis libró un cheque sobre la cuenta conjunta que tenían el escritor, su madre, cuando vivía, Norah y sus dos hijos: Luis y Miguel. El cheque tenía una fecha adelantada y, como ha sucedido a menudo, quienes lo recibieron no respetaron el día señalado sino que lo depositaron enseguida. Veinticuatro horas después, llamaron a Borges del Banco de Galicia para avisarle que había librado un cheque sin fondos. La suma era importante, sin ser tampoco excesiva. Desconcertado al principio y enceguecido de furia después, Borges increpó a toda la familia, pero temiendo que Luis fuera a la cárcel, desesperado, llamó a Carlos Frías, quien atendía sus asuntos en la editorial Emecé, y le pidió un adelanto sobre sus derechos de autor. Frías le aseguró a Borges que antes de tres días (el Banco le había acordado ese plazo) tendría el dinero en la cuenta. Pero cuando fueron a hacer el depósito, se les avisó que ya había sido hecho; Luis había sacado el dinero de donde pudo. No obstante, Borges seguía enojadísimo y no sólo excluyó a los sobrinos y a su hermana de la cuenta corriente (Norah y Miguel no habían tenido nada que ver), sino que una mañana fui testigo de cómo despidió a su hermana y a una de sus sobrinas políticas, Babo, la casada con Miguel, pidiéndoles que no volvieran nunca.’] 

Borges entre Carlos Hugo Christensen y Carlos V. Frías
firmando el contrato del filme brasileño A intrusa (1979),
basado en su cuento “La intrusa” (1966).

Borges va al cine (Libraria, 2016), p. 124

      “Pero el folletón tiene también sus imprevisibles tintes necrófilos, en los que se mezclan esa turbia tradición de la novela inglesa en la que los estudiantes de medicina asaltaban con nocturnidad los cementerios [sin menoscabar ni hacerle cara de fuchi a la narrativa argentina que generó la turbia necrofilia de los milicos argentinos que la noche del 22 de noviembre de 1955 asaltaron la sede de la CGT para robarse y secuestrar el cadáver embalsamado de Eva Perón], y la vieja coartada chauvinista de la vuelta a la patria de las cenizas de un prócer ilustre. Porque la descabellada y última
Pedro Ara, el médico que embalsamó el 
cadáver de Evita por orden de Perón

pretensión parece ser ahora la de exhumar los restos de su tío, de Borges, que se hallan enterrados en el ginebrino cementerio de ilustres de Plainpalais, señalados con los caracteres rúnicos de una saga, en una hermosa piedra blanca sin labrar. Incinerados y trasladados presumiblemente al cementerio bonaerense de La Recoleta, donde los Borges tienen en propiedad un blasonado panteón. [Lo cual evoca los dos últimos versos de ‘La Recoleta’, poema de Fervor de Buenos Aires: Estas cosas pensé en La Recoleta,/ en el lugar de mi ceniza; y las últimas cuatro líneas del homónimo poema en prosa de Atlas: Aquí no estaré yo. Estarán mi pelo y mis uñas, que no sabrán/ que lo demás ha muerto, y seguirán creciendo y serán polvo./ Aquí no estaré yo, que seré parte del olvido que es la tenue sustancia de que está hecho el universo.] Operación que además de contradecir la voluntad expresa del interesado, es difícil conjeturar qué clase de beneficio puede reportar a su nada anónimo iniciador. Sólo sabemos que Borges como esa criatura de sus sueños que se llama Menard ‘abominaba de esos carnavales inútiles’, y que el destino de sus restos, algo más que sus huesos, pero también sus huesos, no puede estar sujeto al capricho venal de quienes sólo pueden ostentar una conflictiva consanguineidad.” (Ahora, por lo menos —sin duda: “por lo de menos” y sin ningún conflicto ético ni jurídico— el destino crematístico de los restos literarios de Borges: el copyright de su obra, está sujeto al capricho venal de quienes no pueden ostentar consanguineidad con él, pero sí con la marca Kodama: Mariana del Socorro Kodama, Martín Nicolás Kodama, María Victoria Kodama, Matías Kodama y María Belén Kodama.)

Los cinco magníficos:
los sobrinos y herederos de María Kodama


Lápida de Borges en el Cementerio de Plainpalais
Ginebra, Suiza

      Vale contrastar —ante las alusiones de que los restos mortales de Borges estarían en la Recoleta— que entre las páginas 315-316 de su biografía, María Esther Vázquez bosqueja la disposición testamentaria de Borges de ser incinerado, en cuyo documento, legalizado y firmado en Buenos Aires, el 2 de septiembre de 1982, se lee: “Por la presente, yo, Jorge Luis Borges, C.I. 662621 de la Policía Federal, autorizo a Sara Kriner de Haines a efectuar todos los trámites necesarios para que a mi muerte se preceda a la incineración de mi cuerpo.” De ahí que en la página 331 apunte la biógrafa: “Dos años después de la desaparición de Borges, la señora Sara Kriner de Haines, tras el envío de la documentación pertinente, pidió a Ginebra un presupuesto para cremar los restos del escritor, tal como había sido su voluntad. El Servicio de Pompas Fúnebres de Ginebra se lo hizo llegar, firmado por el asistente administrativo, Jean-Paul Larpin, con fecha del 15 de septiembre de 1988. La serie de los diez pasos previos para hacer efectiva la cremación costaba dos mil quinientos francos suizos; el suplemento para formalizar la expedición de las cenizas a la Argentina era otros quinientos. Se había dado curso al trámite, hasta que Kodama lo suspendió, invocando su carácter de viuda.”


Continuará y concluirá en la entrada Borges a contraluz (7 de 7).