lunes, 2 de marzo de 2026

El pájaro pintado

Una pulguita negra como yo

 

I de IX

Sin duda El pájaro pintado (2019), largometraje de 169 minutos, rodado en 35 milímetros y en blanco negro, del guionista, productor y director checo Václav Marhoul, revitalizó, a nivel global y en diversos idiomas, la novela homónima del escritor polaco Jerzy Kosinski. No obstante, con su espléndida fotografía y sugestivas localizaciones (y un notable reparto en el que figuran estrellas de Hollywood), y hablada en checo, ruso, intereslavo y alemán, es sólo una resumida adaptación, con aleaciones y variantes, de la riqueza anecdótica y de los innumerables matices e intríngulis que se leen en la trama del libro que Kosinski, asentado en Nueva York desde 1957, escribió en inglés.

     

Houghton Mifflin
Boston, diciembre 15 de 1965

       De 1965 data la edición príncipe de The Painted Bird, impresa en Boston por la editorial Houghton Mifflin. Y de 1976 data la edición revisada y aumentada por el propio Kosinski. De ahí que en la traducción al español de Eduardo Goligorsky, editada en la Península Ibérica por Pomaire (con pastas duras, guardas y sobrecubierta), cuyo tiraje se terminó de imprimir en Badalona “el día 26 de octubre de 1977”, se lea una nota que reza: “Esta nueva edición de El pájaro pintado incorpora algunos materiales que no aparecieron en la primera.” Y que esté precedida por un prefacio que el narrador fechó en “Ciudad de Nueva York, 1976”.

     

Editorial Pomaire
Badalona, octubre 26 de 1977

        Vale apuntar que por entonces la extinta Editorial Pomaire tenía distribución en Argentina, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos, México, Uruguay y Venezuela. Y que la traducción de Eduardo Goligorsky resulta tan lograda, envolvente y persuasiva que se tornó canónica. De ahí que Debolsillo, sello editorial del consorcio transnacional Penguin Random House, la haya reeditado, en 2011, en formato físico e iBook.

II de IX

El pájaro pintado
(Pomaire, 1977)
3a de forros

En su prefacio, Jerzy Kosinski, de manera mínima y somera, pero muy ilustrativa, esboza la censura y proscripción de El pájaro pintado en su país natal y en los países del bloque “socialista” dominado por la bota militar y totalitaria de la URSS. “Nunca se publicó en mi patria”, dice, “ni se permitió su introducción”. Pero eso sí: “algunos diarios y revistas de Europa oriental emprendieron una campaña contra la obra”. Por ejemplo, afirma: “Indignados artículos de fondo de publicaciones controladas por el Estado denunciaban que las autoridades norteamericanas me habían ordenado escribir El pájaro pintado con fines políticos ocultos.” E incluso esa campaña le pisó los talones en su departamento de Manhattan, pues, dice, un día “Dos hombres robustos, vestidos con gruesas gabardinas”, se presentaron con “el artículo del New York Times sobre los ataques contra El pájaro pintado” y con un par “de tubos de acero envueltos en periódicos”. Los hombretones nunca lo habían visto y por ello no pudieron correlacionar la reproducción borrosa de una vieja foto suya que acompañaba el artículo, con la persona que tenían enfrente, quien se hizo pasar por un primo de Kosinski y los instó a esperarlo. Ese par de matones estaban allí, le dijeron, para “castigar a Kosinski por El pájaro pintado, un libro que injuriaba a su país y ridiculizaba a sus habitantes”. Maldecían al escritor y hablaban entre sí utilizando el dialecto rural que él entendía. Según dice: “Permanecí callado, estudiando sus anchos rostros campesinos, sus cuerpos rechonchos, sus gabardinas demasiado holgadas. Aunque separados por una generación de las chozas con techo de paja, de la fétida vegetación de las ciénegas y de los arados tirados por bueyes, continuaban siendo los campesinos que había conocido. Parecían haber salido de las páginas de El pájaro pintado.” Así que con unos tragos de vodka, un revólver oculto en el librero, varios disparos de la cámara fotográfica, y una buena dosis de astucia y teatralización, Kosinski logró que se largaran sin tocarle un pelo.

     

Jerzy Kosinski

      Según reporta el novelista: “La campaña contra el libro, que había sido generada en la capital del país [polaco], no tardó en difundirse por toda la nación. En el curso de pocas semanas, aparecieron varios centenares de artículos y un alud de chismes. La red de televisión controlada por el Estado presentó una serie, ‘Sobre los pasos de El pájaro pintado’, con entrevistas a personas que supuestamente habían estado en contacto conmigo o con mi familia durante los años de la guerra. El director del programa leía un pasaje de la novela, y luego presentaba al individuo que, según él decía, había inspirado al personaje ficticio. Estos testigos ofuscados, a menudo analfabetos, estaban despavoridos por lo que hipotéticamente habían hecho, y a medida que desfilaban se les oía despotricar coléricamente contra el libro y su autor.”

       Y por lo que relata, esa campaña mediática también proliferó en el mundillo intelectualoide prohijado y apapachado por el establishment polaco, pues, según narra, por instancias del PEN Club, en la Gran Manzana le sirvió de traductor y cicerón a una joven poeta que había llegado de Polonia para una cirugía cardíaca. Ya de regreso en su país, dice, “me envió una carta, por intermedio de otra persona, en la que me advertía que la unión nacional de escritores había descubierto nuestra amistad y le exigía que escribiera un cuento corto basado sobre su encuentro en Nueva York con el autor de El pájaro pintado. En la historia yo aparecía como un hombre desprovisto de moral, un pervertido que había jurado denigrar todo lo que su madre patria representaba. Al principio se había negado a escribirla, explicando que como no sabía inglés no había leído la novela, y que nunca había hablado de política conmigo. Pero sus colegas siguieron recordándole que la unión de escritores había sufragado la operación y le pagaba toda la atención médica postoperatoria. Insistieron en que, como era una poetisa descollante y ejercía considerable influencia sobre los jóvenes, tenía el deber de cumplir con su obligación patriótica y atacar, por escrito, al hombre que había traicionado a su país.

       “Unos amigos me enviaron la revista literaria semanal donde publicó el relato difamatorio solicitado. Yo intenté comunicarme con ella por intermedio de nuestros amigos comunes para hacerle saber que comprendía que la habían colocado en un compromiso ineludible, pero nunca contestó. Pocos meses más tarde me enteré de que había sufrido una crisis cardíaca que había producido su muerte.”

     

(Editions Flammarion, París, 1966)
Prix du Meilleur Livre Étranger 1966

       No menos patético y sintomático sobre la carencia de libertades, el control ideológico, la intolerancia, la manipulación, la coerción y la represión impuesta en ese sistema autoritario y antidemocrático, es el caso del notable escritor que elogió la novela y luego se vio obligado a desdecirse. Jerzy Kosinski, sin precisar, alude la versión francesa, traducida por Maurice Pons, editada en París, en 1966, por Flammarion, con el título L’oiseau bariolé, que ese año mereció el Prix du Meilleur Livre Étranger (Premio al mejor libro extranjero): “Uno de los mejores y más respetados autores de Europa oriental leyó la versión francesa de El pájaro pintado y elogió la novela en su reseña bibliográfica. Pronto la presión gubernamental lo obligó a retractarse. Publicó su opinión revisada y luego la completó con una ‘Carta abierta a Jerzy Kosinski’ que apareció en la revista que él mismo dirigía. En ella, me advertía que yo, como otro novelista premiado que había traicionado su lengua nativa para adoptar un idioma extranjero y alabar al decadente Occidente, terminaría mis días suicidándome en un sórdido hotel de la Riviera.” (Vale contrastar que Kosinski sí terminó suicidándose, pero por otros motivos. Lo hizo a los 58 años el 3 de mayo de 1991. Según se lee en Wikipedia, tomó “una dosis mortal de barbitúricos, su habitual ron con Coca Cola y asegurándose del resultado introduciendo su cabeza en una bolsa de plástico”. Y de irónico colofón “Dejó una nota” que se publicó el siguiente 13 de mayo en el Newsweek: “Me he ido a dormir por un rato mayor de lo habitual. Llamad Eternidad a ese rato.”)

      Pero el acoso a su madre, en Lodz —la ciudad polaca donde el escritor nació el 14 de junio de 1933— sin duda lo trastocó sobremanera. Según narra en su prefacio:

      “Cuando se publicó El pájaro pintado, mi madre, que era mi único familiar consanguíneo sobreviviente, ya frisaba los sesenta y había sido operada dos veces de cáncer. Al descubrir que aún vivía en la ciudad donde yo había nacido, el principal diario local publicó artículos injuriosos en los que la acusaban de ser la madre de un renegado, al mismo tiempo que instigaba a los fanáticos y a las multitudes de vecinos enardecidos a arremeter contra su casa. La policía se presentó a la llamada de la enfermera de mi madre, pero se limitó a permanecer de brazos cruzados, simulando controlar a quienes se autoerigían en defensores de la justicia.  

     

Jerzy Kosinski en 1973
(Foto: Rob Mierment)

      “Cuando un viejo condiscípulo me telefoneó a Nueva York para comunicarme, furtivamente, lo que sucedía, movilicé todo el apoyo que pude obtener de organizaciones internacionales, pero durante meses mis esfuerzos parecieron vanos, porque los vecinos coléricos, ninguno de los cuales había leído realmente mi libro, continuaron sus ataques. Por fin, los funcionarios gubernamentales, fastidiados por las presiones que ejercían las organizaciones extranjeras interesadas en el problema, ordenaron a las autoridades municipales que trasladaran a mi madre a otra ciudad. Permaneció allí durante algunas semanas, hasta que amainaron las agresiones, y después se trasladó a la capital, dejando todo atrás. Con la ayuda de algunos amigos pude mantenerme al tanto de su paradero y enviarle dinero regularmente.

       “Aunque la mayor parte de su familia había sido exterminada en el país que ahora la perseguía, mi madre se negaba a emigrar, e insistía en que deseaba morir y ser sepultada junto a mi padre, en la tierra donde había nacido y donde todos los suyos habían sucumbido. Cuando falleció, su muerte se utilizó como medio para abochornar e intimidar a sus amigos. Las autoridades no permitieron publicar ningún anuncio del funeral y la simple noticia de su fallecimiento sólo apareció varios días después del entierro.”

 III de IX

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

En su prefacio, Jerzy Kosinski refiere “una costumbre campesina que había observado durante mi infancia. El entretenimiento favorito de uno de los aldeanos consistía en atrapar aves, pintarles las plumas, y soltarlas luego para que se reunieran en bandadas. Cuando dichos pájaros refulgentes de colores buscaban la protección de sus semejantes, éstos los veían como intrusos amenazadores, atacaban a los descastados hasta matarlos. Resolví enmarcar yo también mi obra en un territorio mítico, en el presente ficticio intemporal, libre de las ataduras de la geografía y la historia. Mi novela se titularía El pájaro pintado.” Vale objetar, no obstante, que si bien la obra se sucede en un territorio mítico e imaginario: el de la novela contada por la omnisciente, minuciosa e ingenua voz de un niño, su presente ficticio no resulta intemporal, ni libre de las ataduras de la geografía y la historia. Esto se advierte desde el primer párrafo del primer capítulo, pues la obra inicia los veinte capítulos que la integran con un breve proemio en cursiva, que es la única parte en la que narra una impersonal voz narrativa que sitúa al lector en el tiempo y en el espacio: Durante las primeras semanas de la Segunda Guerra Mundial, en el otoño de 1939, los padres de un niño de seis años de una gran ciudad de la Europa oriental, lo enviaron, como a miles de otras criaturas, al abrigo de una lejana aldea. Lo cual se complementa con el hecho contundente de que la novela (con sus mil y un sucesos y minucias) concluye seis años después, en 1945, cuando el protagonista ya tiene doce años y los nazis han sido expulsados y derrotados por el ejército soviético, quien ahora controla ese territorio de la Europa oriental e impone la ideológica comunista y atea, deificando la emblemática figura de Stalin; y lo que se observa en el entorno donde ahora se mueve y narra el niño son los desastres de la postguerra; o sea, para decirlo con Andrezj Wajda: el paisaje después de la batalla.

     

Jerzy Kosinski con el actor polaco Daniel Olbryschki,
protagonista de Paisaje después de la batalla (1970),
película dirigida por el cineasta polaco Andrzej Wajda.

       Y en lo que corresponde a la transposición novelada de esa costumbre campesina de pintar un pájaro y soltarlo para que en el aire lo ataquen y maten sus congéneres, esto ocurre en el capítulo cinco, cuando el niño protagonista convive con el pajarero Lej. Lej, que imita el silbido de los pájaros y los atrapa con trampas para intercambiarlos por víveres y utensilios, sostiene un vínculo sexual con la Estúpida Ludmila; una mujer semidesnuda, alta y esbelta, de grandes pechos y fuertes pantorrillas, ninfómana y deficiente mental, que sobrevive escondida en el bosque aledaño a la aldea, acompañada por un enorme perro. Ludmila desparece un tiempo; y Lej, para atraerla hacia él, pinta un pájaro con pestilentes colores que él elabora y lo suelta al vuelo para que sus congéneres lo maten a picotazos en el aire. Esto lo repite varias veces y varios días sin que Ludmila se haga presente; mientras Lej, ansioso y deprimido, se pierde en el bosque para aturdirse con el vodka casero. Cuando reaparece Ludmila, a la fuerza y con algún cintarazo, intenta que el niño de siete años la fornique. Esto lo observan varios campesinos que dejan sus labores para desfogarse con ella. Un grupo de mujeres (quizá madres, esposas, hermanas o novias de esos aldeanos) se acercan a la fornicación armadas con rastrillos, palas y palos. Los hombres se alejan a la carrera y observan a la distancia. Las mujeres matan al perro con golpes salvajes de pala y someten y golpean a Ludmila:

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      “La Estúpida Ludmila sangraba profusamente. Sobre su cuerpo atormentado aparecieron hematomas azules. Gemía con voz potente, arqueaba la espalda y temblaba, esforzándose en vano por liberarse. Entonces se acercó una de las mujeres, empuñando una botella tapada y llena de estiércol negruzco. En medio de las risas roncas y los gritos de estímulo de sus compañeras, se arrodilló entre las piernas de Ludmila e insertó la botella dentro de la vagina maltratada y ultrajada, mientras ella chillaba como una bestia. De pronto, una de ellas pateó con todas sus fuerzas el fondo de la botella que asomaba por el bajo vientre de la Estúpida Ludmila. Se oyó el ruido apagado de vidrios que se hacían añicos dentro de ella. Luego todas las mujeres asestaron puntapiés y la sangre saltó a borbotones alrededor de sus botas y sus pantorrillas. Cuando acabaron con ese ejercicio, Ludmila estaba muerta.”

      En el suceder de la novela, esto es sólo un botón de muestra de la crudeza, crueldad, deshumanización e impunidad que pulula entre los romos habitantes de las aldeas (supersticiosas, xenofóbicas, rezagadas, incultas y analfabetas) entre las que se desplaza y subsiste el menor.

IV de IX

Jerzy Kosinski

A parecer, Jerzy Kosinski, quien era un niño durante la Segunda Guerra Mundial, también fue alejado de sus padres y escondido en una aldea para protegerlo de los nazis. Pero esto no significa que El pájaro pintado sea una novela autobiográfica, testimonial y realista en sentido estricto; suponerlo, a priori, además de entrar en un debate desenfocado, anacrónico y caduco, implica plantear una perogrullada, un inútil bizantinismo. No obstante, desde la imaginación y el cruento y cruel drama imaginario y literario, sí es una exploración de las zonas más oscuras y controvertidas que signan el comportamiento y la psique humana desde la noche de los tiempos. Y para lograrlo y condensarlo, se transluce que Kosinski se documentó en mil y una minucias relativas a la flora y fauna y a la geografía de la Europa oriental, a las creencias, cuentos populares, supersticiones y supercherías de los aldeanos fanáticos, xenofóbicos y de pocas luces; y no sólo en anécdotas, testimonios y documentos históricos concernientes a lo ocurrido en la zona durante la ocupación nazi, como son los campos de concentración y los crematorios distribuidos en el territorio; las casamatas militares abandonadas por los alemanes y los puestos artillados de éstos en los puentes de los ríos y en las estaciones del ferrocarril; más los trenes de carga, atestados de gitanos y judíos, que cruzaban los campos y las inmediaciones de las chozas de piso de tierra y sin luz eléctrica; y la satanización y persecución de gitanos y judíos ocultos en algún sitio de las aldeas.

       Sobre este último abrevadero, por ejemplo, en su prefacio transcribe el testimonio de “una sobreviviente de diecinueve años que describió el castigo aplicado a una aldea de Europa oriental que había concedido asilo a un enemigo del Reich: ‘Vi cómo los alemanes llegaban junto con los calmucos para pacificar la aldea —escribió la joven—. Fue una escena pavorosa, que perdurará en mi memoria hasta que muera. Después de rodear la aldea, empezaron a violar a las mujeres, y luego dieron la orden de quemarla junto con todos sus habitantes. Fuera de sí, aquellos salvajes acercaron teas a las casas, y quienes huían eran acribillados a tiros o arrojados nuevamente a las llamas. Les arrebatan los hijos a las madres y los lanzaban al fuego. Y cuando las mujeres desconsoladas corrían para salvar a sus niños, les pegaban un tiro primero en una pierna y luego en la otra. Sólo las mataban cuando consideraban que ya habían sufrido bastante. Esa orgía duró todo el día. Al anochecer, cuando los alemanes se fueron, los aldeanos regresaron lentamente para rescatar los despojos. Lo que vimos fue horrible: los maderos humeantes y los restos de los incinerados en las proximidades de las cabañas. Detrás de la aldea, los campos estaban cubiertos de cadáveres; aquí, una madre con su hijo en brazos y con la cara salpicada por los sesos de la criatura; más allá, un niño de diez años con su libro de lectura en la mano.’ Todas las aldeas de Europa oriental conocieron episodios de esa naturaleza, y centenares de comunidades corrieron una suerte parecida.” Comenta Jerzy Kosinski, quien en su prefacio dice: “Tal vez la mejor prueba de que no exageré la brutalidad y la crueldad que caracterizaron a los años de guerra en Europa oriental, la constituye el hecho de que algunos de mis antiguos compañeros de escuela, que consiguieron ejemplares clandestinos de El pájaro pintado, escribieron luego que la novela era un relato bucólico cuando se la comparaba con las experiencias que tantos de ellos y sus familias padecieron durante la conflagración.” Y en el capítulo quince narra, a través de los ojos del niño y de un modo muy visual, descarnado e impresionante, el brutal y feroz ataque a una aldea. 

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      En la película de Václav Marhoul lo hace una horda de cosacos a caballo. Pero en la novela de Kosinski se trata de una caterva de jinetes, llamados calmucos por sus rasgos mongoles, quienes arriban a galope tendido después de la huida de los nazis ante el avance y la inminente llegada del ejército soviético. Esos calmucos, armados de rifles y sables, portan “uniformes alemanes verdes con botones brillantes y quepis calados hasta los ojos”. Y según narra la cronista voz del niño: “Los campesinos decían que cuando el hasta entonces invencible ejército alemán había ocupado un vasto territorio soviético, se le habían sumado muchos calmucos, la mayoría de ellos voluntarios, y desertores del ejército ruso. Como odiaban a los soviéticos se aliaron a los alemanes, que les permitían saquear y violar según lo estipulado por sus costumbres guerreras y sus tradiciones varoniles. Por eso enviaban a los calmucos a las aldeas y ciudades a las que querían castigar por alguna transgresión, y sobre todo a aquellas que se levantaban en los lugares por donde debía pasar en su avance el ejército rojo.” Y de hecho, los asesinatos, torturas, destrozos, incendios de las chozas, y las frenéticas y delirantes violaciones de las mujeres (incluida una niña de unos cinco años) son interrumpidas por la llegada del ejército soviético. Los calmucos tratan de huir y esconderse. Y quienes no son ejecutados al rendirse, son colgados de los árboles. Según narra el niño:

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

        “A los calmucos se les veía desde lejos: colgaban de los árboles como piñas gigantescas, desprovistas de savia. Cada uno ocupaba un árbol distinto, suspendido por los tobillos, con las manos atadas detrás de la espalda. Los soldados soviéticos, de rostros cordiales y sonrientes, se paseaban liando cigarrillos con trozos de periódico. Aunque los soldados no permitían que los campesinos se acercaran, algunas mujeres, que reconocieron a sus martirizadores, empezaron a maldecirlos y a arrojar pedazos de madera y puñados de tierra contra los cuerpos que pendían fláccidamente.

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

        “Las hormigas y las moscas se paseaban sobre los calmucos colgados. Se metían en sus bocas abiertas, en sus fosas nasales y en sus ojos. Anidaban en sus orejas y pululaban sobre su pelo. Llegaban por millares y se disputaban el lugar más apetecible.

       “Los hombres se mecían a merced del viento y algunos de ellos giraban lentamente, como salchichas que se estuvieran ahumando sobre el fuego. Otros se estremecían y emitían un chillido o un susurro ronco. Varios parecían muertos. Colgaban con los ojos muy abiertos, sin parpadear, y las venas del cuello se les habían hinchado monstruosamente. Los campesinos encendieron una fogata cerca de allí, y familias íntegras miraban a los calmucos suspendidos, recordando sus crueldades y regocijándose ante el fin que habían encontrado.”

V de IX

En el citado proemio en cursiva se lee sobre el itinerario inicial del niño, quien corporifica la voz de un arquetipo infantil del que nunca se sabe su nombre:

       Los pueblos donde habría de pasar los cuatro años siguientes pertenecían a un grupo étnico distinto de su región natal. Los campesinos locales, aislados y unidos entre sí por lazos de consanguinidad, eran de tez blanca, rubios y de ojos azules o grises. El niño tenía la piel cetrina, pelo oscuro y ojos negros. Hablaba el lenguaje de la clase culta, apenas inteligible para los campesinos del Este.

      Pensaban que era un gitano o un judío fugitivo, y los individuos y las comunidades que daban asilo a gitanos o judíos, a quienes les estaban reservados los ghettos y campos de exterminio, corrían el riesgo de ser implacablemente castigados por los alemanes.

      Vale apuntar que debido a las actividades antinazis que el padre había protagonizado antes de la guerra, él y su mujer tuvieron que esconderse para evitar que los enviaran a un campo de trabajos forzados en Alemania o que los encerraran en un campo de concentración. Así que, para proteger al hijo se lo encomendaron, por una suma, a un hombre que le encontró refugio con una mujer (Marta) que muere dos meses después (al parecer de un infarto), dejando al chiquillo a la deriva tras el accidental incendio de la cabaña que él mismo provoca. Pero hay que objetar que el niño sobrevive más de cuatro años entre las aldeas, los bosques y las marismas, pues en la última aldea donde estuvo fue donde ocurrió el arribo de los calmucos, seguido del arribo de los soviéticos, quienes a la vera del río, donde estuvo un puente y una guarnición nazi, montan una posta de comunicaciones, dado que conforman un “regimiento de comunicaciones”. En el hospital de ese regimiento el niño convalece unas semanas, debido a la herida interior que le causó un calmuco con un culatazo en el pecho y lo dan de alta cuando ya “corría el otoño de 1944”. Los militares soviéticos lo protegen y son amistosos con él, sobre todo sus cercanos mentores: Gavrila, un oficial político del regimiento; y Mitka el Cuclillo, un experto francotirador e instructor de tiro que ostenta “el título de Héroe de la Unión Soviética”, y secreto y camuflado oficiante de la ley del talión. Gavrila es quien le enseña a leer el ruso, pese a su traumática mudez, cuando “ya tenía más de once años”. Al momento de despedirse, porque el regimiento se va y a él lo destinan a un orfanatorio ubicado en una “ciudad industrial, la mayor del país”, “la misma donde había vivido antes de la guerra” (quizá Lodz), le encarga ser un buen comunista y leer los libros rusos que le regala y el periódico Pravda; cosa que él hace con fidelidad, día a día —ataviado con su uniforme de soldado soviético a la medida (incluida “una pequeña pistola de madera, con el retrato de Stalin a un lado y el de Lenin al otro”)— para enterarse de las andanzas y avances del ejército de la URSS, entreviendo la promesa y la ilusión de que cuando termine la contienda, si nadie reclama su paternidad, Gavrila vaya por él al orfanatorio y se lo lleve a vivir al “paraíso humanitario” de la Unión Soviética. Según dice:

   

León Tolstói y Máximo Gorki

        “Mi primer libro lo leí con ayuda de Gravila. Se titulaba Mi infancia, y su protagonista, un niño como yo, perdía a su padre en la primera página. Leí el libro varias veces y me llenó de esperanza. Su protagonista tampoco había tenido una vida fácil. Después de la muerte de su madre quedó totalmente solo, pero, a pesar de las múltiples dificultades se convirtió, según dijo Gavrila, en un gran hombre. Se trataba de Máximo Gorki, uno de los mejores escritores soviéticos. Sus libros llenaban muchos estantes de la biblioteca del regimiento y eran conocidos en todo el mundo.”

 VI de IX

Si bien el niño tiene aspecto de gitano, al parecer no lo es, dado que no posee ni recuerda nada de la cultura y las tradiciones gitanas (ni de las judías). No obstante, los virulentos, obtusos y supersticiosos aldeanos lo tildan, fóbicos y con desprecio, de bastardo gitano o expósito gitano, y temen el supuesto poder maléfico y diabólico de sus ojos negros, y no dudarían en entregarlo a los nazis para que lo encierren o exterminen. De hecho, hay un episodio en el capítulo diez donde un par de aldeanos son comisionados, por un grupo guerrillero que expolia esa aldea robando cerdos, gallinas y otros víveres (ídem los nazis), para que lo trasladen atado en un carromato, junto a un judío ex terrateniente que estuvo oculto, y lo entreguen a un cuartel alemán. Allí el niño ve por primera vez a un rutilante y rubio oficial de las SS vestido con un uniforme negro como el hollín: “su rostro estaba iluminado por el sol, y era de una belleza prístina y cautivadora. Su tez tenía el color de la cera, y su pelo rubio era tan suave como el de un bebé. En otro tiempo, en una iglesia, había visto un rostro igualmente delicado. Estaba pintado sobre un muro, bañado en la música del órgano, y sólo lo acariciaba la luz de las vidrieras.” Al judío lo ejecutan ipso facto por gritarle “cerdo” al oficial de las SS; y el niño, por una extraña misericordia de ese oficial nazi, es expulsado del cuartel y prácticamente cae en los brazos del cura que minutos antes había defendido, al judío y al niño, de los insultos, golpes, escupitajos, basuras y piedras lanzados por la desarrapada e infame turba de nocturnas aves de rapiña. Y en el capítulo siete, el niño ha estado escondiéndose en la cabaña de un herrero para el que trabaja, cuando no hay moros con tranchetes, por la comida y el techo de paja; quizá hubo un chivatazo, pues un grupo guerrillero llega y hace un registro en la vivienda; golpean y torturan al herrero, a su esposa, a su hijo y a los dos jornaleros; y al niño, tras descubrirlo oculto en el desván, lo atan de pies y manos. Y en un carromato, por orden de esos guerrilleros, dos campesinos lo llevan hasta la posta alemana ubicada en la estación del tren. El joven oficial que lo observa, le ordena algo a un viejo soldado nazi, quien lo desata del carromato y atado se lo lleva de allí andando por las vías del tren, junto a una lata de gasolina que le entregaron. El niño, dice, “estaba seguro de que el soldado tenía la orden de pegarme un tiro, empapar mi cuerpo de gasolina y quemarlo”. Pero de eso se salva porque, a la mera hora, el viejo soldado nazi lo insta a que huya hacia el bosque y él lo hace corriendo a pata pelada (va descalzo). Y según dice:

       

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      “Mientras yacía escuchando los ruidos del bosque, oí dos detonaciones que provenían de la vía del ferrocarril. Al parecer, el soldado simulaba mi ejecución.

      “Los pájaros se despertaron y empezaron a agitarse entre el follaje. Una lagartija saltó de una raíz, junto a mí, y me miró atentamente.  Podría haberla reventado de un manotazo, pero estaba demasiado cansado.”

      Y sólo hasta el capítulo nueve, cuando ya ha corrido mucha tinta, el niño menciona que su padre era rubio y de ojos azules y su madre era morena. Es decir, es mestizo, si acaso no fue adoptado o quizá sólo es hijo biológico de ella. Y se infiere que sus padres antinazis tenían una posición acomodada, atea y culta, dada las características del apartamento familiar donde vivían antes de la guerra, y por los relatos y poemas que le leían y contaban su madre y alguna niñera. De ahí que en el capítulo ocho, pese que en esa aldea lo maltratan y menosprecian por suponerlo un bastardo gitano, su “amo” a veces lo utiliza de loro negro, o negro rapsoda, y por ello lo embriaga para que recite los poemas y cuentos que se sabe de memoria. Según narra:

      “Mi amo era muy respetado y le invitaban a menudo a las bodas y festejos locales. A veces, cuando los niños estaban de buen talante y ni su esposa ni su suegra se oponían, me llevaba también. En esas recepciones me ordenaba que hablara a los huéspedes en mi jerga urbana, y que recitara los poemas y las narraciones que mi madre y las niñeras me habían enseñado antes de la guerra. Comparado con el dialecto local, suave y arrastrado, mi lenguaje ciudadano, lleno de consonantes duras que tableteaban como fuego de ametralladoras, sonaba como una parodia. Antes de la función, mi granjero me obligaba a beber de un solo trago un vaso de vodka. Yo me tambaleaba, enredándome en los pies, y a duras penas conseguía llegar al centro de la estancia.

      “Iniciaba el espectáculo inmediatamente, esforzándome por no mirar  los ojos o los dientes de los invitados. [Creen que puede causarles algún mal y cada diente contado dizque significa un año menos de vida.] Siempre que recitaba poesías a toda velocidad, los campesinos abrían desmesuradamente los ojos, atónitos, y pensaban que yo estaba loco y que mi discurso atropellado era el síntoma de una dolencia.

   


       “Las fábulas y las historias en verso de animales les hacían prorrumpir en carcajadas. Cuando escuchaban la historia de la cabra que recorría el mundo en busca de la capital de Chivolandia, o las del gato con botas de siete leguas, del toro Ferdinando, de Blanca Nieves y los Siete Enanitos, el ratón Mickey y de Pinocho, los invitados reían, se atragantaban con la comida y espurreaban vodka.”

 

VII de IX

En el primer capítulo, cuando el niño convive con Marta —una supersticiosa, maloliente, harapienta e insalubre anciana solitaria—, es la primera en la obra que le restriega en el rostro el estigma de sus características físicas y el peligro que ello implica ante los atavismos y crueldades de los aldeanos blancos, rubios y ojiazules que infestan el entorno, por lo que debe procurar mantenerse alejado de ellos. Eso se lo vocifera cuando le niño le sugiere, que para aliviarse del dolor agudo que padece bajo las costillas (allí donde el corazón palpita eternamente enjaulado), cambie de piel, igual que lo hizo la serpiente que mantiene en una pequeña madriguera de piedra:

       “Cuando se lo sugerí se encolerizó y me maldijo por ser un asqueroso blasfemo gitano, pariente del Diablo. Dijo que la enfermedad ataca al ser humano cuando éste menos lo espera. Puede estar sentada detrás de ti en una carreta, o puede saltarte sobre los hombros cuando te inclinas para recoger bayas en el bosque, o pude reptar fuera de las aguas cuando atraviesas un río en un bote. La enfermedad se infiltra en el cuerpo subrepticia y taimadamente, a través del aire, del agua, o del contacto con un animal u otra persona, o incluso —al decir esto me miró con desconfianza— a través de un par de ojos negros engarzados junto a una nariz ganchuda. Esos ojos, conocidos por el nombre de ojos gitanos o de bruja, pueden producir la invalidez, la peste o la muerte. Por ello me prohibió que mirara directamente sus ojos y los de los animales domésticos. Me ordenó que si alguna vez miraba accidentalmente sus ojos o los de un animal, escupiera en seguida tres veces y me santiguara.”

      Marta, dice: “A menudo se enfurecía cuando la masa que sobaba para el pan se agriaba [dizque porque él la miró] y me dejaba dos días sin pan para castigarme.” También dice que “nunca bebía líquidos ni sonreía en mi presencia. Pensaba que si lo hacía, yo podría contarle los dientes, y cada diente contado restaría un año de su vida.” “Siempre dormía vestida”, dice. “Según ella, las ropas eran la mejor defensa contra la amenaza de las múltiples enfermedades que el aire fresco podía introducir en la habitación.” Y “Para proteger la salud, afirmaba, había que bañarse solamente dos veces al año, en Navidad y Pascua, y aun entonces muy superficialmente y sin desvestirse. Sólo utilizaba el agua caliente para reducir los infinitos callos, juanetes y uñeros de sus pies nudosos. Ésa era la única razón por la que los humedecía una o dos veces por semana.” Y al igual que otras mujeres que pueblan las aldeas de la zona, actúa de curandera y por ello, dizque para conjurar el dolor que periódicamente la aqueja bajo las costillas, “cogía un trozo de carne cruda, lo reducía a un picadillo fino, y lo colocaba en una vasija de barro. Luego vertía en su interior el agua extraída de un pozo poco antes del amanecer. La vasija la enterraba a mucha profundidad en un rincón de la choza. Gracias a este procedimiento, los dolores se mitigaban durante algunos días, según afirmaba, hasta que se descomponía la carne. Pero después, cuando reaparecían los dolores, repetía la trabajosa operación.”

   

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

        Pero es Olga la Sabia —una curandera comarcal que hablaba un dialecto extraño que el niño no comprende muy bien, cuya choza semeja el repleto cuchitril de una bruja salida de un cuento de hadas tradicional (o de un set de Hollywood o Disneylandia) y que lo compra a un campesino que lo fustigaba con ferocidad ante la diversión de otros—, quien le brinda mayores datos sobre el tenebroso entorno de supuestos seres invisibles, latentes y maléficos que los rodean, y sobre el supuesto poder de sus ojos negros. Según narra el niño: “Me llamaba el Negro. Ella fue la primera que me enseñó que yo estaba poseído por un espíritu maligno, y que se agazapaba dentro de mí como un topo en su madriguera profunda, y cuya presencia yo desconocía. A un moreno como yo, poseído por este espíritu maligno, se le identificaba por sus ojos negros embrujados que no parpadeaban cuando miraba otros ojos claros brillantes. Debido a ello, afirmaba Olga, yo podía mirar a los demás y hechizarlos inconscientemente.” Creencia que explica por qué los campesinos blancos, rubios y de ojos azules o grises, además de insultarlo, maldecirlo y atacarlo a voces o físicamente, escupen y se persignan al verlo. No obstante, Olga la Sabia, en misiones requeridas, utiliza el supuesto poder de sus ojos negros para “curar” algún padecimiento. Poder que parece nulo cuando una epidemia (que llaman peste) empieza a diezmar a la población de una aldea, que incluso, al parecer, contagia al niño, a quien ella supone un vampiro. Según cuenta el chaval:

      “Una noche empezó a arderme la cara y me vi sacudido por convulsiones incontrolables. Olga me miró fugazmente los ojos y apoyó su mano fría sobre mi frente. Luego, me arrastró rápida y silenciosamente hasta un campo apartado. Allí excavó un hoyo profundo, mi quitó las ropas y me ordenó que saltara dentro.

     “Una vez estuve dentro del hoyo, temblando de fiebre y de frío, Olga volvió a llenarlo de tierra y me sepultó hasta el cuello. A continuación pisoteó la tierra en derredor y la golpeó con la pala hasta dejar la superficie perfectamente lisa. Después de asegurarse de que no había hormigueros en las cercanías, encendió tres humeantes hogueras de turba.

    “Así plantado en el suelo helado, mi cuerpo se enfrió por completo en poco tiempo, como la raíz de una hierba marchita. Perdí toda conciencia. Como una col abandonada, pasé a formar parte de la tierra.”

 

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

       Ese episodio de la novela casi concluye con el ataque a picotazos de una parvada de negros cuervos que aletea y brinca en torno a su cabeza; espeluznante escena que la homónima película de Václav Marhoul, con su particular narrativa y mediática publicidad, tornó icónica.

   


      No menos sorprendente (o quizá más) resulta el procedimiento de otra curandera, ya mayor, para conjurar el bocio de un grupo de campesinos de otra aldea. Allí, durante la celebración de una boda en la que el niño hizo el citado papel de rapsoda, agazapado en un rincón cercano a la mesa de la cena para eludir la impertinencia de los briagos, ve que un par de amigos que se cuentan entre “los granjeros más prósperos de la aldea”, entran a mordisquear y compartir. Y “tal como lo estipulaba la costumbre, evitaron mirarse a los ojos y conversaron con talante serio”. Pero uno de ellos, mientras muerde un pedazo de salchicha, saca “un cuchillo de larga hoja puntiaguda” y se lo clava al otro en la espalda. El asesino “Abandonó la estancia sin mirar atrás, saboreando la salchicha con deleite.” Además de que el frío y traicionero asesino no fue desvelado (cabe suponer un complot para usar el cadáver), días después siguió entrando y saliendo y comiendo allí, tal si fuera Pedro en su bacinica. Y según cuenta el niño:

     “El cadáver del hombre asesinado no fue retirado de la casa inmediatamente después de la boda. Lo colocaron en uno de los aposentos laterales, mientras la familia del difunto se congregaba en la sala principal. Entre tanto, una de las mujeres más ancianas de la aldea desnudó el brazo izquierdo del cadáver y lo lavó con un mejunje marrón. Los hombres y las mujeres enfermos de bocio desfilaban por el aposento, de uno en uno, con las repugnantes protuberancias de carne tumefacta colgando bajo el mentón y extendiéndose sobre el cuello. La anciana los acercaba al cadáver, ejecutaba unos pases complicados sobre la zona enferma, y luego levantaba la mano sin vida para tocar siete veces la hinchazón. El paciente, pálido de miedo, debía repetir con ella: ‘Haz que la enfermedad vaya a donde irá esta mano’.

      “Después del tratamiento, los pacientes le pagaban a la familia del muerto por la cura. El cadáver permaneció en la habitación. La mano izquierda descansaba sobre el pecho, y en la diestra rígida le habían colocado un cirio sagrado. Al cabo de cuatro días, cuando en la estancia empezó a flotar un olor más intenso, llamaron a un sacerdote e iniciaron los preparativos para el entierro.”

VIII de IX

En el decurso de la novela, el niño es testigo de brutales y crueles episodios; por ejemplo: ve cómo un celoso molinero con una cuchara de hierro le saca los ojos a un muchacho que era su empleado. Ve cómo un carpintero, en el oscuro fondo de una casamata militar abandonada, es devorado por un mar negro y efervescente de ratas (caída que el niño propicia con astucia para librarse del maltrato, de los golpes y del inminente asesinato dentro de un saco). Ve el violento acto sexual entre un aldeano y una judía (huida de un tren) que iba a ser entregada a los nazis: extrañamente, el tipo no puede librarse de la vagina y mandan a llamar a una comadrona bruja para que los separe; la judía es asesinada y abandonan el cadáver en las vías del tren para que lo recoja la patrulla nazi. Ve, con horror, el ayuntamiento de una mujer desnuda que se mete debajo de un hediondo macho cabrío; orgiástico bestialismo en el que participan, desnudos, el hermano de ella y el supuesto padre de ambos. Por entonces, el jefe de esa aldea, tras ver que “no tenía llagas ni úlceras en el cuerpo” y que “sabía hacer el signo de la cruz”, le encontró acomodo (casi de esclavo) en la alejada granja de conejos del tal Makar, quien vive con sus hijos: Anton, de 20 años, y Ewka, de 19. Según narra el niño, a Makar no “le conocían muy bien en la aldea. Había llegado hacía pocos años y le trataban como a un forastero. Pero circulaban rumores de que evitaba a los demás porque pecaba tanto con el muchacho que pasaba por su hijo como con la chica que pasaba por su hija.” A lo que se añade el bestialismo que el pelirrojo Makar practica con la más grande y hermosa de sus conejas de ojos rosados; pero esto, por ingenuo, no lo infiere el niño. Según dice: a Ewka el “bocio empezaba a desfigurarle el cuello”; “Era alta, rubia y delgada, con pechos semejantes a peras aún no maduras y caderas que le permitían deslizarse fácilmente entre las estacas de una cerca.” Y antes de descubrir el secreto bestialismo con el apestoso macho cabrío y de alejarse de allí con la convicción de que se trata de un “pacto con el Diablo”, con Ewka, al margen de Anton y Makar, vive sus primeras y placenteras experiencias sexuales; e incluso fantasea enamorado: “No había nada que no estuviera dispuesto a hacer por Ewka. Olvidé mi destino de gitano mudo condenado a la hoguera. Dejé de ser un duende hostigado por los pastores, un duende que arrojaba maleficios sobre niños y animales. En sueños me convertía en un hombre alto, apuesto, de tez blanca y ojos azules, con una cabellera del color de las pálidas hojas otoñales. Me convertía en un oficial alemán de uniforme negro, ceñido. O en un cazador de pájaros, familiarizado con todos los senderos secreto de los bosques y las marismas.” Ve que un grupo de chavales patinadores lo persiguen y le dan alcance; al desvelar de cerca sus características físicas lo toman por “Un gitano”, por “Un bastardo gitano”; no obstante, intentan violarlo: “Alguien me aprisionó las piernas y los otros empezaron a arrancarme los pantalones. Sabía qué era lo que se proponían hacer. Había visto cómo una pandilla de pastores violaba a un chico de otra aldea que se había internado por azar en territorio ajeno. Comprendí que sólo un acontecimiento imprevisto podría salvarme.” Así que espera con astucia el instante del contraataque con los toscos patines que él se hizo y lleva puestos. “Puse los músculos en tensión, encogí ligeramente una pierna, le asesté una patada a uno de los muchachos que se inclinaban sobre mí. Algo crujió en su cabeza. Al principio pensé que había sido el patín, pero cuando lo despegué de su ojo estaba entero. Otro intentó asirme por las piernas, y le pequé con el patín en el cuello. Los dos gallitos cayeron sobre el hielo, sangrando profusamente. Sus compañeros se espantaron, y la mayoría de ellos empezaron a remolcar a los dos heridos hacia la aldea, dejando un reguero de sangre sobre el hielo. Cuatro de ellos se quedaron atrás.” Quienes son los que se orquestan, lo balancean y arrojan a un hueco en el hielo para que, sumergido, se ahogue o muera congelado.

     Pero el suceso más traumático para él ocurre cuando a los diez años de edad pierde la voz. Vale observar, primero, que el niño es bastante permeable e influenciable ante a lo que va viviendo y absorbiendo su idiosincrasia. (Casi lo último que aprende, previo a un sosegado pensamiento nihilista y misántropo, es el ideario ateo y comunista de la URSS de Stalin.) Por ejemplo, luego de que la vieja Marta le revela el supuesto poder aojador de sus ojos negros, él, además de que lo cree a pie juntillas de ahí en adelante, dice:

      “Con el afán de complacer a Marta y no mirarla a los ojos, caminaba por la choza con los míos cerrados, tropezando con los muebles y volcando cubos, y afuera pisoteaba los macizos de flores, llevándome todo por delante como una polilla enceguecida por un resplandor súbito. Mientras tanto, Marta recogía plumones de oca y los dispersaba sobre las brasas. El humo que desprendían lo aventaba por toda la habitación, entonando sortilegios para exorcizar el maleficio.”

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      En este sentido, y en ese idiosincrásico contexto de supersticiones medievalescas y mistificada religiosidad, en el capítulo once, cuando subsiste en la cabaña de Garbos, un granjero racista, endemoniado e irascible, que posee un enorme y agresivo perro de ojos inyectados llamado Judas, además de que lo tilda de “bastardo gitano sin bautizar” al verlo por primera vez, día a día lo tortura colgándolo y golpeándolo con un látigo, mientras el niño, por las amenazas y el terror, no se atreve a revelarle al cura el castigo y las humillaciones al que es sometido. Ese sacerdote es el que lo rescata tras el indulto del rutilante y rubio oficial de las SS. Y de ahí lo traslada en su carreta a otro caserío, dizque a protegerlo y a trabajar (de esclavo) en la aledaña granja del “amo” Garbos. Y más tarde lo inicia de monaguillo en la parroquia de la cercana aldea; donde, por su piel morena, pelo negro y ojos negros, es víctima de los atavismos y de la fanática xenofobia desde el primer día que el cura lo lleva en su carreta:

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

       “Bajo la luz creciente del alba, una multitud de ancianas esperaban frente a la iglesia. Tenían los pies y el cuerpo envueltos en tiras de tela y extraños embozos, y susurraban plegarias incesantes mientras sus dedos entumecidos por el frío hacían correr las cuentas del rosario. Al ver aproximarse al cura se pusieron torpemente en pie, balanceándose sobre sus bastones nudosos, y marcharon rápidamente a su encuentro, arrastrando los pies, y disputándose el honor de ser las primeras en besar su manga pringosa. Me mantuve a un lado tratando de pasar inadvertido. Pero las que tenían mejor vista me miraron con asco, me insultaron llamándome vampiro o expósito gitano, y escupieron tres veces en dirección a mí.”

     Durante ese duro y tormentoso período de tortura y catequización, el niño se esmera, inocente y crédulo, por ganarse, post mortem y para toda la Eternidad, los inescrutables favores de Dios. Pero todo se hace añicos cuando durante la misa de Corpus Christi, pese a que lo suponen un gitano sirviendo en el altar del Altísimo, le toca desplazar un pesado misal sobre un pesado atril. De pronto pierde el equilibrio y “El misal y su atril rebotaron por los escalones”. Según narra:

   

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

        “Unas manos toscas me levantaron del suelo y me empujaron hacia la puerta. La muchedumbre abrió paso, estupefacta. Desde el coro, una voz masculina aulló ‘¡Vampiro gitano!’, y otras repitieron el estribillo. Las manos atenazaron mi cuerpo con feroz violencia, desgarrándome la carne. Ya en el exterior quise gritar e implorar misericordia, pero de mi garganta no brotó ningún sonido. Repetí el intento. Me había quedado sin voz.”

     Según colige: “Estaban convencidos de que yo era un vampiro y de que la interrupción de la Santa Misa sólo podría traer desgracias a la aldea.” Así que con insultos y a la fuerza lo llevan a la única fosa séptica de la comarca, atestada, pestilente, mefítica y aledaña a la parroquia.

     “Nos detuvimos junto al borde del pozo. Su superficie marrón, ondulada, despedía una fetidez semejante a la que se desprende de la horrible película que se forma sobre un cuenco de sopa de alforfón caliente. Sobre aquella superficie bullía una miríada de gusanillos blancos, que tenían más o menos la longitud de una uña. Por encima revoloteaban nubes de moscas que zumbaban monótonamente, dotadas de bellos cuerpos azules y violetas que refulgían bajo el sol, entrechocándose, precipitándose fugazmente hacia el pozo, para luego volver a remontarse el aire.

     “Tuve arcadas. Los campesinos me columpiaron por las manos y los pies. Las nubes pálidas del cielo azul flotaron ante mis ojos. Caí en el centro mismo de la inmundicia marrón, que se abrió bajo de mi cuerpo para devorarme.

      “La luz del día desapareció sobre mí y empecé a ahogarme. Me debatí instintivamente en el espeso elemento, manoteando y pataleando. Toqué el fondo y reboté tan rápidamente como pude. Una tromba esponjosa me empujó hacia la superficie. Abrí la boca y aspiré una ráfaga de aire. Me sentí nuevamente succionado y volví a tomar impulso en el fondo. La boca del pozo medía poco más de un metro cuadrado. Reboté nuevamente, esta vez hacia el borde. En el último momento, cuando la onda de rechazo estaba a punto de tragarme, me aferré a un zarcillo de las fuertes y largas malezas que creían alrededor del pozo. Luché contra la succión de las fauces devoradoras y salí a duras penas, casi cegado por el légamo que me cubría los ojos.

      “Me arrastré fuera del cieno y casi inmediatamente me acometieron los calambres del vómito. Me sacudieron durante tanto tiempo que perdí todas mis fuerzas y me desplomé completamente exhausto sobre los matorrales cáusticos y quemantes de cardo, helechos y ortigas.

“Oí la música lejana del órgano y los cánticos humanos, y consideré que era probable que después de la misa los feligreses, al salir de la iglesia volvieran a ahogarme en el pozo si me veían vivo entre los arbustos. Debía huir y en consecuencia corrí hacia el bosque. El sol endureció la costra marrón que me cubría, y me acosaban nubes de moscardones y otros insectos.

     “Apenas me encontré a la sombra de los árboles comencé a rodar sobre el musgo fresco y húmedo, friccionándome con hojas frías. Raspé con trozos de corteza los restos de inmundicia. Me froté el pelo con arena y después me revolqué en la hierba y volvía a vomitar.

      “De pronto comprendí que algo le había sucedido a mi voz. Traté de gritar, pero la lengua aleteó infructuosamente en mi boca abierta. No tenía voz. Estaba despavorido y, cubierto de sudor frío, me negué a creer que esto fuera posible e intenté convencerme de que recuperaría el habla. Esperé un momento y repetí el ensayo. No sucedió nada. Sólo el zumbido de las moscas que me rondaban rompía el silencio del bosque.”

IX de IX

Sin aludir numerosos matices e intríngulis de la obra y otras anécdotas y episodios del chiquillo (como lo relativo a las linternas que llaman “cometas” y al catálogo de niñas y niños recluidos en el orfanatorio, con daños físicos y mutilaciones y trastornos psíquicos postraumáticos, entre quienes descuella su compinche delincuencial el Silencioso),  vale resumir, para concluir la nota, que al final del capítulo veinte y de la novela, el chaval, que aún tiene doce años (quizá cercano a los trece) y ya está con sus padres y un hermano menor adoptado, de pronto, al intentar responder una llamada telefónica, recupera la voz y es algo que le place y disfruta oyéndose a sí mismo. Según dice:

     “Abrí la boca e hice un esfuerzo. Los sonidos treparon dificultosamente por mi garganta. Tenso y concentrado empecé a ordenarlos en sílabas y palabras. Oí claramente que brotaban de mí unos y otros, como gigantes de una vaina reventada. Dejé el auricular a un lado, casi sin poder convencerme de que eso era cierto. Empecé a recitar palabras y oraciones, fragmentos de las canciones de Mitka. La voz perdida en la iglesia de una aldea remota había vuelto a encontrarme y llenaba la estancia. Hablé en voz alta e incesantemente como los campesinos, y después como la gente de la ciudad, fascinado por los sonidos que estaban grávidos de significado como la nieve húmeda lo está de agua, convenciéndome una y otra vez de que ya era dueño del habla y de que ésta no pretendía escapar por la puerta del balcón.”

      No obstante, a esto se aúna la previa certidumbre de la soledad del individuo y de la orfandad cosmogónica del ser humano, articulada cuando todavía es un doceañero mudo y por acuerdo de sus padres que buscan que crezca y dejé atrás su delgadez extrema, lo entrena un maestro con quien con vive en una cabaña entre las altas montañas:

      “Todas las mañanas nos levantábamos muy temprano. El profesor se arrodillaba para rezar mientras yo le miraba con indulgencia. Tenía ante mí a un hombre maduro, educado en la ciudad, que se comportaba como un palurdo y no se resignaba a aceptar que estaba solo en el mundo y que no podía esperar la ayuda de nadie. Todos estábamos solos, y cuanto antes se diera cuenta de que todos los Gavrilas, Mitkas y Silenciosos eran prescindibles, tanto mejor sería para él. Poco importaba la mudez: de todas maneras los seres humanos no se entendían. Chocaban con sus prójimos o los seducían, se abrazaban o se pisoteaban los unos a los otros, pero cada uno sólo se conocía a sí mismo. Sus emociones, recuerdos y sentidos los separaban de los demás tan nítidamente como el espeso juncal separa la corriente del río de la ribera cenagosa. Nos mirábamos como los picos montañosos que nos circundaban, separados por valles, demasiado altos para pasar inadvertidos, demasiado bajos para tocar el cielo.”

        Pero, páginas antes, cuando en el capítulo diecinueve tiene doce años y sus progenitores lo localizan en el orfanatorio (se infiere que estuvieron ocultos en la URSS, porque el niño oye que su padre habla el ruso con fluidez) y se niega, pese a su mudez, a aprender a leer y escribir el idioma de su país (se deduce que el polaco) y a quitarse, o a que le quiten a la fuerza, el uniforme de soldado soviético, dice:

      

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

     “Sabía que el reencuentro con mis padres implicaba el fin de todos mi sueños de convertirme en un gran inventor de espoletas para cambiar el color de la gente, de trabajar en el país de Gavrila y Mitka, donde el hoy ya era mañana.”

       Es decir, además de idealizar, entonces, el imperio totalitario de la Unión Soviética de Stalin y la supuesta hermandad de los camaradas comunistas (casi semejante al culmen de los alados y mofletudos coros proletarios de un Himno a la alegría idéntico al de Miguel Ríos), en su inocencia aún alberga la quimera de convertirse en el gran inventor de espoletas para cambiar el color de su piel, de su pelo y de sus ojos, que acuñó, casi al final del capítulo ocho, previo a la agresión que un domingo le propinan un grupo de niños rubios, blancos y ojizarcos, más altos que él, que volvían de la iglesia andando en suecos de madera y de la que se defiende, descalzo, con violencia y sagacidad; y que es el preludio de un linchamiento multitudinario (con guadañas, rastrillos, palos y palas) que se avecina en pos de él, del que se escabulle y salva metiéndose en el bosque y alejándose a la carrera de esa infausta aldea, porque, oculto en el granero y con astucia, hace estallar tres minas antipersona con una espoleta de acción retardada. Por entonces narra:

     

Fotograma de El pájaro pintado (2019)

      “Me adormecí pensando en los inventos que me habría gustado realizar. Por ejemplo, una espoleta para el cuerpo humano que, una vez encendida, trocara la piel vieja por otra nueva y alterara el color de los ojos y el cabello. Una espoleta que, insertada entre materiales de construcción, pudiera edificar en un día una casa más bella que cualquiera de las de la aldea. Una espoleta que sirviera para proteger a todo el mundo del mal de ojo. De esa forma, nadie me temería y mi existencia sería más fácil y agradable.”

 


Jerzy Kosinski, El pájaro pintado. Prólogo del autor. Traducción del inglés al español de Eduardo Goligorsky. Editorial Pomaire. Badalona, octubre 26 de 1977. 332 pp.

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Trailer de El pájaro pintado (2019), película dirigida por Václav Marhoul, basada en la novela homónima de Jerzy Kosinski.

sábado, 14 de febrero de 2026

Los que aman, odian

 

Algo aulló en la penumbra

 

I de V

En 1964, editado e impreso en París, el cuarto número de Cahiers de L’Herne estuvo destinado a la vida y obra de Jorge Luis Borges (1899-1986). 

     

Cuarto número de Cahiers de L’Herne
(París, 1964) 

       Adolfo Bioy Casares (1914-1999) publicó allí, ex profeso, “Libros y amistad” (Lettres et amitié), memorioso y celebérrimo texto que él compiló en su libro La obra aventura (Buenos Aires, Galerna, 1968), antologado por Marcelo Pichon Rivière en La invención y la trama (México, FCE, 1988) y por Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi en Museo. Textos inéditos (Buenos Aires, Emecé, 2002), antología de textos de Borges y Bioy, que en su mayoría se deben a Biorges, ese hipostático y evanescente ser de cuatro manos y dos cabezas que, ídem el genio de la botella, sólo se corporificaba durante las horas en que Borges y Bioy escribían juntos. E incluso un fragmento de “Libros y amistad” preludia el voluminoso Borges (Buenos Aires, Destino, 2006), la expurgada, retocada y ladrillesca compilación y edición póstuma de los “diarios” de Adolfo Bioy Casares “al cuidado de Daniel Martino”, quien con su controvertido y arbitrario criterio le mochó el título de Bioy y le puso “1931-1936”, además de que al consabido apellido del doctor Praetorius le “enmendó” una letra y por ende se lee “Preetorius”. Cosa que anteriormente hizo con el entonces fragmento inédito de Bioy y Borges al exhumarlo el “4 de noviembre de 1990” en La Nación, periódico de Buenos Aires, con el título: “El joven Bustos Domecq”; no obstante, en Museo, las editoras ya le habían objetado: “Bioy Casares, que revisó las pruebas de La otra aventura, 1983 [edición de Emecé], escribe ‘Praetorius’.” Además de que también así lo escribió en un memorioso texto breve donde habla de “cómo vino al mundo Honorio Bustos Domecq”, intercalado, en Museo, en una entrevista sobre la personalidad y los vaivenes de H. Bustos Domecq que, a Borges y a Bioy, les hizo Renée Salas, publicada en el número 629 de la porteña revista Gente el “11 de agosto de 1977” (por ende se infiere que el texto breve de Bioy apareció en un recuadro junto a la entrevista). Allí, en “Libros y amistad”, sobre el germen de los cuentos, prosas breves, prólogos, antologías, traducciones y guiones de cine a cuatro manos y dos cabezas, evoca Bioy:

           

Biorges
Dos retratos y superposición de Gisèle Freund
Album Borges (París, Gallimard, 1999)

         “En 1935 o 36 fuimos a pasar una semana a una estancia en Pardo [Rincón Viejo], con el propósito de escribir en colaboración un folleto comercial, aparentemente científico, sobre los méritos de un alimento más o menos búlgaro [La leche cuajada de La Martona, la empresa lechera de la familia materna del joven Adolfito, fundada en 1888 por Vicente Casares (1844-1910), cuyo vicepresidente, Miguel Casares, fue quien le hizo el encargo a su sobrino]. Hacía frío, la casa estaba en ruinas, no salíamos del comedor, en cuya chimenea crepitaban ramas de eucaliptos.

            “Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje; después de su redacción yo era otro escritor, más experimentado y avezado. Toda colaboración con Borges equivale a años de trabajo.

      “Intentamos también un soneto enumerativo, en cuyos tercetos no recuerdo cómo justificamos el verso

           “los molinos, los ángeles, las eles

          “y proyectamos un cuento policial —las ideas eran de Borges— que trataba de un doctor Praetorius, un alemán vasto y suave, director de un colegio, donde por medios hedónicos (juegos obligatorios, música a toda hora), torturaba y mataba niños. Este argumento, nunca escrito, es el punto de partida de toda la obra de Bustos Domecq y Suárez Lynch.”

           

(Buenos Aires, Emecé, 2002)

           De manera laudatoria, Borges, el “2 de noviembre de 1940” prologó La invención de Morel, novela editada por Losada que Bioy le dedicó, de la que en septiembre, en el número 72 de Sur, se publicó un fragmento. Y el 15 de enero de ese año, en Las Flores, Provincia de Buenos Aires, Bioy se casó con Silvina Ocampo (1903-1993) y Borges fue uno de los testigos de la boda. Y los tres (“el trío infernal”, Victoria Ocampo dixit) publicaron dos antologías en la porteña Editorial Sudamericana: a fines de 1940, con un “Prólogo” de Bioy, la Antología de la literatura fantástica, número 1 de la Colección Laberinto; y en 1941 el número 2 de ésta: la Antología poética argentina, con un “Prólogo” de Borges que se puede leer en Borges. Textos recobrados 1931-1955 (Bogotá, Emecé, 2001), volumen urdido por
Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Zocchi; quienes también editaron y cuidaron la antología Borges en Sur (Buenos Aires, Emecé, 1999), donde se lee la elogiosa reseña que hizo del segundo libro de Silvina Ocampo que al unísono era su primer poemario: Enumeración de la patria (Buenos Aires, Sur, 1942), publicada en el número 101 de la revista Sur (febrero de 1943), en la que pondera al final: “Hace mucho tiempo que las muchas literaturas cuyo idioma es el español no producen un libro tan diverso y tan continuamente admirable.” —Ponderación que se contrapone al categórico dardo venenoso que Alberto Manguel lanza en su fragmentario Con Borges (Buenos Aires, Siglo XXI, 2006): “Borges nunca vio en Silvina a alguien de igual peso intelectual: los intereses y los escritos de ella estaban lejos de los suyos.”— Si bien tales datos, más allá de la confluencia en la revista Sur (iniciada en enero de 1931, financiada y dirigida por Victoria Ocampo, la mayor de las cinco hermanas de Silvina, en cuya editorial, en 1937, publicó su primer libro de cuentos: Viaje olvidado), son indicios de una cercana amistad y colaboración intelectual, ante el susodicho intento de “cuento policial” de Borges y Bioy (en Museo se lee la transcripción del fragmento manuscrito que hasta 1990 se creyó perdido) resulta revelador que el primer título que ambos publicaron con el pseudónimo de H. Bustos Domecq sea, precisamente, un libro de cuentos policiales: Seis problemas para don Isidro Parodi (Buenos Aires, Sur, 1942). Y que el segundo de los seis cuentos de éste: “Las doce figuras del mundo”, haya sido antologado por Borges y Bioy en la Segunda serie de Los mejores cuentos policiales, editado, sin prólogo, en la capital argentina, en 1951, por Emecé.

(Madrid, Alianza/Emecé, 6ª ed., 1985)

          Vale observar, entre paréntesis, que sucesivamente coeditada en Madrid por Emecé y Alianza, esa Segunda serie, desde 1971 y sin prefacio, es el tomito 1, número 368 de la colección El libro de bolsillo; mientras que el tomito (2) de Los mejores cuentos policiales, número 950 de la colección El libro de bolsillo, coeditado en Madrid, en 1983, por Emecé y Alianza, con un canónico “Prólogo” que los antólogos fecharon en “Buenos Aires, 19 de octubre de 1981”, deviene (pues no es exactamente la misma antología original) de la que fue la primera serie editada en Buenos Aires, sin prefacio, en 1943 por Emecé. En esa edición príncipe antologaron “La muerte y la brújula”, cuento policial de Borges, sobreviviente de la criba a cuatro manos y por ende prevaleció en el tomito (2); magistral relato publicado por primera vez en el número 92 de la revista Sur (mayo de 1942), incluido por él en la segunda parte de Ficciones (Buenos Aires, Sur, 1944) y luego en La muerte y la brújula (Buenos Aires, Emecé, 1951), antología de cuentos de Borges “aparecidos anteriormente, revisados y corregidos para esta edición”, con un “Prólogo” suyo que no se lee en el citado tomo: Borges. Textos recobrados 1931-1955, pero sí en el erudito compendio de Antonio Fernández Ferrer: Ficciones de Borges. En las galerías del laberinto (Madrid, Cátedra, 2009). Y de Silvina Ocampo, para el tomito (2) el dúo dinámico eligió “El vástago”, reunido por ella en su tercer libro de cuentos: La furia (Buenos Aires, Sur, 1959), donde si bien hay un inducido crimen (Labuelo niño mata a Labuelo viejo), no es un cuento policial, ni en él hay una mente detectivesca o un raciocinador a imagen y semejanza del cuarentón Isidro Parodi, quien en “Las doce figuras del mundo”, otrora peluquero y preso desde hace 14 años en la celda 273 de la Penitenciaría de Buenos Aires, con el tango Naipe Marcado de fondo y leitmotiv, desvela el trasfondo y el oscuro tejemaneje del asesinato del doctor Abenjaldún, del que Aquiles Moliniari se descubría culpable.

 

(Buenos Aires, Sudamericana, 2ª ed., 2020)

          Cabe observar que en “noviembre de 2019” (y en “enero de 2020”) el todopoderoso consorcio transnacional Penguin Random House Grupo Editorial, con el sello de Sudamericana, publicó en Buenos Aires el título Los mejores cuentos policiales, con una preliminar y anónima “Nota del editor” que pregona a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y envirulada aldea global: “esta edición reúne en un único volumen la selección de cuentos publicada originalmente en dos (1943 y 1951) y en todos los casos sigue la última versión revisada por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (1981)”. Esto explica que el citado “Prólogo” que Borges y Bioy dataron en “Buenos Aires, 19 de octubre de 1981”, el cual preludia el susodicho tomito (2) —también compilado en Museo—, haya sido dispuesto a modo de prefacio general. Pero si bien la “Segunda serie” comprende los 14 cuentos (con sus correspondientes notas) que desde 1971 se leen en el tomito 1 sucesivamente coeditado en Madrid por Alianza y Emecé, la “Primera serie” agrupa 17 cuentos; es decir, a los 15 cuentos que desde 1983 se leen en el tomito (2) se le añadieron un par: “El marinero de Ámsterdam”, de Guillaume Apollinaire; y “La noche de los siete minutos”, de Georges Simenon. No obstante, la antología de 1943, con sólo 16 cuentos, fue distinta a la presente y a la del tomito (2), según lo testimonia y bosqueja el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal entre las páginas 340-341 de su póstumo libro Borges. Una biografía literaria (México, FCE, 1987).

Borges, César Ferández Moreno y Emir Rodríguez Monegal
(Montevideo, c. 1948)


 

II de V

Para Emecé Editores, entre 1945 y 1955, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dirigieron la legendaria colección de novelas policiales El Séptimo Círculo (hasta el número 120). Sobre la serie, en Museo se compila la breve glosa titulada “El Séptimo Círculo”, escrita entre Borges y Bioy, que además es una vindicación y declaración de principios del género policíaco, publicada en el Tomo VIII del Repertorio Bibliográfico Emecé. Catálogo General Perpetuo (Buenos Aires, Emecé, 1946), cuyo título es homónimo de un humorístico texto breve (escrito por el hipostático ser transfigurado en el seudónimo B. Lynch Davis) que se lee en la sección “Museo” —originalmente publicada en el número 5 de Los Anales de Buenos Aires (mayo de 1946)—, dizque transcrito “De Negations (1893), de Edwin Soames”, y que tal vez el doctor Humberto Huberman podría aprobar con beneplácito y una sonrisa autocomplaciente, dada su preliminar e inveterada aversión “a la novela policial” (y a “la novela fantástica”): “La lectura de novelas policiales no es conveniente. Todas las novelas, después, parecen novelas policiales frustradas; las novelas policiales también.” Y según dice Bioy en sus Memorias (Barcelona, Tusquets, 1994): “Borges dio el nombre, El Séptimo Círculo, el círculo de los violentos en el infierno de Dante, a la colección, y también el emblema del caballito de ajedrez. Es claro que al caballito lo había propuesto cuando todavía teníamos un título que permitía ese emblema. El diseño de la tapa, de Bonomi, nos gustó mucho y creo que le debemos buena parte del éxito.”

           

(Buenos Aires, Emecé, 1946)

           En El Séptimo Círculo, el 8 de agosto de 1946, con el número 31 de la serie y una ilustración en la tapa de José Bonomi, apareció la novela policíaca Los que aman, odian, la única obra que Adolfo Bioy Casares escribió en tándem con Silvina Ocampo. Ese año, el 4 de junio, Juan Domingo Perón arribó al poder de la Argentina; Borges, “el 15 de julio”, “por haber firmado unas declaraciones antiperonistas”, fue “promovido a inspector de aves y conejos en los mercados municipales” y por ende perdió su mísero y subterráneo empleo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, con cuyo magro sueldo subsistían él y su madre doña Leonor en el departamento B del sexto piso de Maipú 994. No obstante, en marzo, había comenzado a dirigir la revista Los Anales de Buenos Aires (lo haría durante dos años); y con Bioy, a través del hipostático y fugaz ser, publicó dos títulos en la editorial apócrifa Oportet y Haereses: Un modelo para la muerte, firmado con el pseudónimo de B. Suárez Lynch; y el segundo librito atribuido a H. Bustos Domecq: Dos fantasías memorables. Curiosamente, Daniel Martino no consideró relevante a Los que aman, odian como para citarla en el año “1946” de su “Cronología” que se lee en el voluminoso y susodicho Borges, donde además no hay ninguna entrada en la que Bioy la mencione; aunque sí la nombra en su telegráfica “Autocronología” compilada en La invención y la trama: “En colaboración con Silvina Ocampo escribo Los que aman, odian, novela policial”. De la cual, en “Silvina Ocampo”, el “Diálogo efectuado el 14 de septiembre de 1998” que cierra el libro de Noemí Ulla: Conversaciones con Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, Corregidor, 2000), éste comenta entre lo poco o nada anecdótico que revela: “creo que salió muy bien, que es una historia no muy importante, pero sí graciosa y agradable [...] Era en Mar del Plata después de la temporada, nos quedamos allí. Hacía un frío terrible. Conteniendo el frío, en un cuarto que yo tenía ahí, escribimos ese cuento [...] Lo armábamos conversando y escribíamos conversando. Vale decir que yo no puedo reconocer ‘esta frase es mía’ o ‘esta frase es de Silvina’.” En contraste, en sus truncas y citadas Memorias (libro 1, y a la postre único, que tuvo por amanuenses, transcriptores y urdidores a Cristina Castro Cranwell y a
Marcelo Pichon Rivière), Bioy es aún más parco y evasivo: “Los que aman, odian, que escribimos con Silvina”, es todo lo que dice; además de que el célebre (y llevado y traído) apellido del doctor Praetorius aparece “enmendado”: “Pretorius”, quizá para que al unísono (de un modo subyacente o subliminal) remita a su probable origen: el retintín del sonoro apellido del doctor Pretorios que figura en La novia de Frankenstein (1935), el celebérrimo filme dirigido por James Whale.

(Barcelona, Anagrama, 2018)

       La narradora Mariana Enríquez, en La hermana menor (Santiago de Chile, Universidad Diego Portales, 2014) —su anecdótico y rumoroso retrato [íntimo] de Silvina Ocampo (reeditado en 2018 por Anagrama de manera física y en iBook)— apunta entre lo poco que dice de Los que aman, odian: “En 1946 había escrito en Mar del Plata, y en menos de un mes, un libro en colaboración con Bioy, el policial de enigma Los que aman, odian (Emecé). Todos los escenarios del thriller —que tiene un final muy ocampiano, con niño perverso incluido— son marinos: los cangrejales de la boca del Río Salado, un hotel parcialmente sepultado por una tormenta de arena. Escribe Bioy en el prólogo a Los que aman, odian: ‘Nosotros nos quedábamos en Mar del Plata hasta el final del verano, cuando ya no había casi nadie, y en ese final de la estación empezamos y terminamos la novela. El método de trabajo fue muy parecido al que empleábamos con Borges: inventábamos episodios, alguien proponía una solución y yo escribía. Quisiera agregar que nunca hubo una discusión ni una pelea, ni con Silvina ni con Borges. Reconocíamos enseguida cuál era la mejor frase para el texto y la aceptábamos sin discusiones... En cuanto a la originalidad de la novela, sólo puedo decir que Silvina tenía una originalidad inevitable y que era un placer trabajar con ella. La verdad es que lamento no haber escrito otro libro con Silvina.’” Y, enseguida, Mariana Enríquez reprocha sentenciosa y lapidaria: “Cuando se publicó, nadie, absolutamente nadie reseñó Los que aman, odian, precursora de la novela policial argentina.” No obstante, en septiembre de 1946 la escritora española Rosa Chacel sí la reseñó entre las páginas 75 y 80 del número 143 de la revista Sur.

 

Índice del número 143 de la revista Sur (septiembre de 1946)


           
Por otro lado, Silvia Renée Arias, coautora, motor y redactora de Los Bioy (Buenos Aires, Tusquets, 2002), obtuvo y aporta alguna información anecdótica y relevante, pues sobre Los que aman, odian apunta en su Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares (México, Tusquets, 2016):  

       

(México, Tusquets, 2016)

      “
Al año siguiente [1946], en Mar del Plata, Bioy y Silvina decidieron quedarse hasta mayo. Animados por el especial entorno que sugería el desolado paisaje otoñal, imaginaron una historia a propósito de una anécdota que recordaban muy bien. Una vez, su amigo Ernesto Pissavini les había contado que fue a veranear a un pequeño balneario entre Mar del Plata y la boca del Salado. Se hospedó en un hotel de tres pisos, y al volver, cuatro años después, se encontró con que el mismo constaba de uno solo: los otros dos habían quedado enterrados en la arena. Este hecho lo había impresionado mucho, y el efecto se trasladó a Bioy y a Silvina. Así es que ese verano, hablando de eso en la desierta Mar del Plata, de pronto Bioy mencionó un recuerdo que tenía de su infancia: cuanto tenía alrededor de diez años, fue a la estancia Rincón de López, en la boca del Salado, propiedad de su bella tía Juana Sáenz Valiente de Casares, y allí vio unos cangrejales enormes. Sus sorprendidos ojos de niño vieron cómo las vacas y los caballos seguían unos estrechos caminitos y no se equivocaban nunca, porque de lo contrario se habrían hundido, con jinete y todo, en el fango de los cangrejales.

          

El niño Adolfito en Rincón Viejo
(Pardo, Provincia de Buenos Aires, c. 1922)

         
“Asociando todo esto, Bioy y Silvina comenzaron a escribir una novela policial que introducía estos elementos: ‘Y se abrió ante nosotros la horrenda y la más desesperada visión: una playa estremecida de cangrejos, negra, viscosa, interminable’. El personaje que cuenta la historia va en busca de la soledad para encontrarse a sí mismo. El libro les demandó menos de un mes porque, en palabras de Bioy, ‘cuando dos personas escriben juntas, las dificultades que pueden demorar a alguno de los dos están salvadas por el otro; si yo no encuentro la palabra justa, se le ocurre al otro y a la inversa’, y lo terminaron cuando volvieron a Buenos Aires. El título era Los que aman, odian, y a Bioy le gustaba recordarlo como un ejercicio del pensamiento, el fruto de la creación y de su vida en común. A partir de ese momento, Silvina le mostraría sus originales antes de mandarlos a la editorial (muchas veces se enojaba porque él no leía los suyos y sí los de ilustres desconocidos), y él haría lo mismo con sus textos.”

           

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
(Mar del Plata, c. 1950)

         Vale observar, no obstante, que el génesis de la escritura en la solitaria e íntima isla (el aislado “cuarto” en el frío Mar del Plata del que habla Bioy —tácitamente Villa Silvina, la mansión de los Bioy—, prolongado en el porteño departamento de Santa Fe 2606) y el instante (o los instantes) de la creación, son un enigma perdido en la noche de los tiempos (y en el laberinto de las hipótesis y de las difusas y vaporosas chismografías locales) y que ese misterio (entre los misterios) evoca, por ósmosis (algo como la sangre late y circula en ella), un arquetípico pasaje de El miedo a perder a Eurídice (México, Joaquín Mortiz, 1979), esa fascinante novela de la escritora cubana Julieta Campos que al unísono es un largo poema en prosa signado (y recamado) por fragmentos y aforismos de autores angulares:

         

(México, Joaquín Mortiz, 1979)


            
“La historia podría comenzar en cualquier momento. Acaso así:

            “La isla surgió al mismo tiempo en la fantasía de ambos, que irreflexivamente, decidieron en ese instante convertirla en el espacio de su amor. Fue desde entonces el lugar del encuentro soñado y el lugar soñado del encuentro.

            “O bien:

            “Fue entonces cuando la isla empezó a brotar dulcemente del mar como una Venus con los pies mojados por las ondas. Engendrada en una noche tormentosa, nació predestinada. Sería ingenuo evocar una aurora: la creación es un misterio y el paisaje de los misterios es familiar de las tinieblas.”

 

Villa Silvina, Mar del Plata

         Si el instante (o los instantes) de la creación (y del más allá) son un misterio (entre los misterios), también lo es el hecho de que de que Bioy y Silvina no hubieran gestado, concebido y procurado otra obra en tándem (quizá lo proyectaron y tal vez lo intentaron). Y que pese a las consecutivas infidelidades de Bioy (y a los sáficos y legendarios viajes a la solitaria isla de Lesbos que, se dice, hizo Silvina) hayan permanecido juntos hasta el final.

           

Silvina Ocampo y Marta Casares, madre de Bioy
(Mar del Plata, 1953)

             Una posible respuesta medular y angular (quizá el non plus ultra de la quintaescencia) se logra entrever en un pasaje compilado en las citadas Memorias de Bioy:

            “En el Rincón Viejo, un día le anuncié a mi querido amigo Oscar Pardo [empleado y consejero suyo en esa estancia paterna en la que Bioy fue un pésimo administrador]:

            “—Prepárate. Nos vamos a casar.

            “Corrió a su cuarto y volvió con una escopeta en mano. Entendió que íbamos a cazar. El casamiento fue en Las Flores [se habían conocido en 1933 o en 1934] y los testigos, además del mencionado Oscar Pardo, Drago Mitre [amigo de Bioy desde su infancia] y Borges. Ese día, en el estudio fotográfico Vetere, de aquella ciudad, nos fotografiamos. A veces me he preguntado, a lo largo de la vida, si no he sido muchas veces cruel con Silvina, porque por ella no me privé de otros amores. Un día en que le dije que la quería mucho, exclamó:

           

Boda de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
Testigos: Borges, Enrique Drago Mitre y Oscar Pardo.
(Las Flores, enero 15 de 1940)

         “—Lo sé. Has tenido una infinidad de mujeres, pero has vuelto siempre a mí. Creo que eso es una prueba de amor.”

            Y otra prueba de amor, por correspondencia biunívoca y recíproca, es el hecho de que Marta, la única hija de ambos (fallecida a los 39 años, el 4 de enero de 1994, en un accidente automovilístico) era, en realidad, la hija que Adolfo Bioy Casares tuvo con María Teresa von der Lahr.

 

Borges, María Esther Vázquez, Silvina Ocampo,
la niña Marta y Adolfo Bioy Casares.
(Playa San Jorge, Mar del Plata, 1964)

III de V

Alguna vez el tecleador de marras pudo reseñar en el ciberespacio (o sea: aquí en el blog) algo de Los que aman, odian en la edición que Tusquets editó en septiembre de 1989, en Barcelona, con el número 101 de la Colección Andanzas; en cuya primera solapa se observa una fotografía en blanco y negro de Mariano Roca, donde, ya viejitos, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares parecen dialogar en torno a una hoja mecanografiada o manuscrita (quizá por ambos).  

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
(Foto: Mariano Roca)

         Entre las diversas ediciones que ha tenido Los que aman, odian se halla la que ahora ocupa al reseñista, que, lamentablemente, no incluye el prólogo que Mariana Enríquez alude en La hermana menor. Se trata de una sobria edición impresa en Barcelona, en febrero de 2002, por Emecé, dentro de la serie Cruz del Sur, en cuyo cintillo se lee un tóxico y adictivo slogan que promete un crimen (o quizá la muerte del lector tras o durante la lectura): “Ocampo y Bioy/ Una pareja letal”.


        En el interior, al desplegar la solapa de la segunda de forros se descubre un retrato en blanco y negro de la joven, atractiva y seductora Silvina Ocampo, que Bioy tal vez le tomó en la estancia de Rincón Viejo, donde ya vivían juntos años antes de casarse y donde había unos sillones de mimbre; celebérrima fotografía que también ilustra la carátula del tomo I de los Cuentos completos de Silvina, editado por Emecé en “junio de 2006”, y la portada del volumen único de éstos editado en 
“julio de 2017” por la misma editorial (con un prólogo de Laura Ramos), y el frontis del susodicho libro de Mariana Enríquez: La hermana menor. 

 


           Y al desplegar la tercera de forros aparece un retrato en blanco y negro del sonriente y cautivador héroe de las mujeres: Adolfo Bioy Casares. Cada uno signado por la insondable e infinita noche (el negro) y el enigma que implica la sugerencia de la Constelación de la Cruz del Sur (el azul con estrellas blancas).

           


          En su “Prólogo”, Borges calificó de “perfecta” a La invención de Morel (cuya trama Bioy vislumbró sentado en uno de los sillones de mimbre de Rincón Viejo) y de ejemplo de “imaginación razonada”. Los que aman, odian quizá no sea “perfecta”, pero lo parece, y sin duda es un modelo de “imaginación razonada”. Por todo lo que se dice parece que en 1946 fue escrita con prontitud y editada con rapidez. Quizá sea así. Lo cierto es que se advierte que fue redactada, revisada y pulida con mimo y esmero; y en la urdimbre, pese al crimen, se transluce una intrínseca pulsión lúdica y libresca, con engaños al lector, bromas, ironías y juguetones giros sorpresivos; por lo que no es errado calificarla de feliz divertimento y por ende quizá no yerre suponer que Bioy y Silvina se divirtieron imaginándola y escribiéndola de principio a fin, y no sólo por las mofas y bufonadas, algunas sutiles y librescas
—como la fugaz alusión a Betteredge, personaje de La piedra lunar (1868)—, y otras muy obvias, como la que protagoniza la empleada del Hotel Central que el doctor Humberto Huberman apoda “dactilógrafa” y “Muscarius, el dios que alejaba las moscas de los altares”, pues, anciana y obesa, se dedica a perseguirlas por las habitaciones blandiendo y azotando un matamoscas, dado que infestan el asfixiante, claustrofóbico, caluroso y subterráneo hotel; quien llama a los huéspedes al comedor haciendo sonar un gong y quien, ante los aullidos de los perros del exterior y del ulular del viento que acompañan a la tormenta de arena, vaticina sintiéndose pitonisa: “¡Esta noche va ocurrir algo! ¡Esta noche va a ocurrir algo!” Y, efectivamente, ocurre.

 

(Buenos Aires, Emecé, 2004)

           
El doctor Humberto Huberman es la evocadora voz narrativa que (supuestamente) redactó “la historia del asesinato de Bosque del Mar” (que es la legendaria novela policial que el desocupado, intrigado e insomne lector tiene en sus manos). Y, según informa casi al término, la escribió por petición de varias amigas de su madre, (las únicas amigas que tiene), interesadas (y al parecer impresionadas) por su hablantina, presunta y presuntuosa labor detectivesca.

           

(Barcelona, Emecé, 2002)

          Se entrevé que el doctor Humberto Huberman (petulante, ridículo, solitario, maniático, citadino, fetichista, hedonista, egocéntrico, engreído, dizque “erudito” y supuesto poseedor de la “inteligencia dominante” en Bosque del Mar) es un consumado solterón, sin ningún enredo amoroso que le pise los talones y le agrie la yerba mate, los sueños o la fría tacita de cocoa (un día sí y otro también); quien en su “casa de la Capital” cada mañana se despierta y comporta como todo un pachá (repantigado en su otomana) atendido por sus añorados “enanos correntinos trayendo la bandeja pajiza, el té aromático, las tostadas y los bizcochos, el dulce y la miel”. Y, según revela con un dejo de intrínseca misantropía y quizá androfobia: “En general, me entiendo mejor con las mujeres que con los hombres [...] la sociedad que yo prefiero es la de mujeres maduras” (no la sociedad de las mujeres jóvenes y por ende en la plenitud de su atractivo y belleza física). No obstante, además de algún ancestral prejuicio misógino: menosprecia a las pelirrojas, comparte ciertos atavismos machistas (con un tinte psiconalistoide): “A las mujeres histéricas hay que dejarlas solas.” Admite y apunta: “Hay todo un tratado por escribir sobre el llanto de las mujeres; lo que uno cree la expresión de ternura es a veces una expresión de odio, y las más sinceras lágrimas suelen ser derramadas por mujeres que sólo se conmueven ante sí mismas.”

            Según apunta en su relato, es un boyante médico homeópata, adicto a los glóbulos de arsénico, quien ha viajado en el tren nocturno, de la capital a la calurosa Salinas, con destino al balneario Bosque del Mar, donde se halla el Hotel Central, propiedad de un matrimonio sin hijos (Esteban y Andrea), que son primos suyos y distantes, custodios de un sobrino de ella (el niño Miguel, de unos diez o doce años), a los que alguna vez les hizo un préstamo; lo que implica una postergada deuda que le permite no pagar el alojamiento y tratar a sus parientes con ciertas exigencias y contenida altanería. Su plan no es coincidir con nadie en ese hotel que a todas luces nunca había visitado ni visto, sino instalarse durante por lo menos dos meses de vacaciones en la playa, durante las cuales pretende escribir, en ese supuesto “paraíso del hombre de letras”, un sesudo guion cinematográfico, pues, según apunta, “la Gaucho Film Inc.” le ha pedido adaptar el “Satyricón, de Cayo Petronio”, “a la época actual y a la escena argentina”. Nada menos.

           

(Barcelona, Tusquets, 1989)

       El doctor Humberto Huberman viaja en el cómodo camarote del tren nocturno (al parecer a imagen y semejanza del cinematográfico y novelesco Orient Express, pues, según dice: “no hay que olvidarlo: en los trenes el té es de Ceylán”). Y tras su llegada a la solitaria estación del pueblerino Salinas (7:02 am y ya hace un tremendo calor) y luego de encargar en la oficina de correos que le remitan su correspondencia al Hotel Central del balneario Bosque del Mar, como único pasajero y en compañía de su equipaje y de unas gallinas enjauladas que llegaron con él en el tren, se desplaza encajado en un peliculesco y anacrónico Rickenbacker conducido por un chofer que él llama chauffeur; indicio de su proclividad a ciertos vocablos en franchute e inglés, (incluso alemán), a las frases en latín y francés, a las evocaciones librescas y a los fantaseos detectivescos o devaneos literarios (“he confundido la realidad con un libro”, llega a decir.) De ahí que en su índole irrisoria y ridícula, como si se tratase de la arquetípica y proustiana madeleine remojada en té, el maloliente tufillo de las gallinas que lo acompaña en el Rickenbacker lo remita a un grato e indeleble capítulo de su perdida niñez, pues según evoca: esa “efímera sensación olfativa traía a mi memoria un feliz episodio de la infancia, con mis padres, en los gallineros de mi tío, en Burzaco. ¿Confesaré que durante algunos minutos logré refugiarme, en medio de los sacudones y del calor, en la prístina visión de un huevo pasado por agua, en una taza de porcelana blanca?” Así, durante ese viaje de largas y calurosas horas en las que el Rickenbacker llega a cruzar, lentamente y sobre unos estrechos tablones, unos arenales por los que el coche podría caer y hundirse (“Si una rueda se desvía”), como ocurrió hace un año con “el caballo del farmacéutico”: “se metió en el pajonal” y, ante los ojos de los circunstantes, “despareció en el barro”. Pero el caso es que según dice el cantarín y “rapsoda” doctor Huberman trazando su particular, instantánea y evanescente épica: “Yo buscaba el mar, como un griego del Anabasis: ninguna pureza en el aire parecía anunciarlo.” Pero el pedúnculo umbelífero (o minúsculo intríngulis) de esa petulancia libresca es que la palabra anábasis refiere, por defecto y para el caso, una expedición de la costa hacia el interior de un territorio. Y catábasis es la palabra que alude el viaje desde el interior a la costa. Y cuando aún “heroicamente” montado en el Rickenbacker creer ver el mar (se trata de un espejismo de huitlacoche) exclama, exultante, a modo de homérico saludo: Thalassa!... Thalassa! (como si además del impetuoso y agitado océano viera emerger a la mitológica diosa del mar). Y cuando de nuevo cree verlo al divisar “una mancha violeta” dice, rumiando para sí, su particular, críptico y joyceano Ulises: Epi oinopa ponton. Pero como se trata de “flor morada”, según le aclara el rústico chofer, bien hubiera podido recitar al didáctico profesor Borges aludiendo la Odisea: “Los dioses les tejen adversidades a los hombres para que las futuras generaciones tengan algo que cantar.”

            Satisfecho consigo mismo y con su pequeña imagen, el doctor Humberto Huberman, tras su arribo al hotel, se autorretrata, envanecido y narcisista, para sus boquiabiertas lectoras (algo caricaturesco y esperpéntico, dadas las titiriteras manos que lo trazan y atildan):

            “Me desperté en la penumbra. No sabía dónde estaba ni siquiera qué hora era. Hice un esfuerzo, como quien trata de orientarse. Recordé: estaba en mi cuarto, en el Hotel Central. Entonces oí el mar.

            “Encendí la luz. Vi en mi cronógrafo —que yacía junto a los volúmenes de Chiron, de Kent, de Jahr, de Allen y de Hering, sobre la mesita de pino— que eran las cinco de la tarde. Pesadamente empecé a vestirme. ¡Qué descanso verme libre de la rigurosa indumentaria que nos imponen los convencionalismos de la vida urbana! Como un evadido de la ropa, me enfundé en mi camisa escocesa, en mi pantalón de franela, en mi saco de brin crudo, en el plegadizo panamá, en los viejos zapatones amarillos y en el bastón con empuñadura en cabeza de perro. Agaché la cabeza, con no disimulada satisfacción examiné en el espejo mi abultada frente de pensador, y otra vez convine con tanto observador imparcial: la similitud entre mis facciones y las de Goethe es auténtica. Por lo demás, no soy un hombre alto; para decirlo con un vocablo sugestivo, soy menudo —mis humores, mis reacciones y mis pensamientos no se extenúan ni se embotan a lo largo de una dilatada geografía—. Me precio de tener una cabellera agradable a la vista y al tacto, de poseer unas manos pequeñas y hermosas, de ser breve en las muñecas, en los tobillos, en la cintura. Mis pies, ‘frívolos viajeros’, ni cuando duermo descansan. La piel es blanca y rosada; el apetito, perfecto.”

        

Goethe

       
Cercano al mar, próximo a pantanosos médanos y a los peligrosos cangrejales, y no lejos del Hotel Nuevo Ostende, el Hotel Central ha sido víctima frecuente de las tormentas de viento y arena; de ahí que, pese al asfixiante y claustrofóbico calor, las ventanas de las recámaras hayan sido selladas; y que el piso que hace un par de años era la recepción, ahora es el sótano; y que los huéspedes, en vez de subir a sus alcobas bajen a ellas, incluso al comedor, donde hay una larga mesa en la que los pensionistas coinciden para la cena, amenizados con la música de la radio y luego con el piano que toca Emilia en medio de la intrínseca neurosis y agresiva rivalidad que la confronta y antagoniza con su hermana Mary.

Cuando a la mañana siguiente se descubre la sorpresiva muerte de la joven Mary, envenenada por estricnina, según el diagnóstico a priori del doctor Humberto Huberman (quien añade “que el deceso había ocurrido dentro de las últimas dos horas”) y aún no se sabe si se trata de un asesinato o de un suicidio, y puesto que en ese momento de la mañana (y desde la noche anterior) el Hotel Central sufre el furioso ataque de una furiosa y ululante tormenta de arena, todo indica, si acaso es un asesinato, que se trata de un crimen ocurrido en el oscuro vientre de esa “casa enterrada en la arena”, lo que equivale al crimen de cuarto cerrado —circunstancia clásica en una narración detectivesca y policial, aleccionó Borges, desde que Edgar Allan Poe, en 1841, publicó su cuento “Los crímenes de la calle Morgue”—, enfatizada cuando el doctor Huberman apunta: “Estábamos en ese caserón cerrado como en un barco en el fondo del mar, o, más exactamente, como en un submarino que se ha ido a pique.” Y por ende (indica el cliché) todos los habitantes del hotel, incluidos quienes viven y trabajan en él, son probables sospechosos. Para despejar el misterio, en un momento en que afloja la impetuosa y ululante tormenta de viento y arena, envían el Rickenbacker por la policía. Es así que unas horas después llegan al Hotel Central: el comisario Raimundo Aubry, memorioso diletante y citador de novelas del siglo XIX (sobre todo de Victor Hugo), y el doctor Cecilio Montes, “médico de la policía”, quien es un borrachín incurable, pringoso, misántropo e irascible; dos gendarmes y el hombre de la funeraria; más el ataúd, que instalan en el sótano.

   Pese a cierto reparo inicial, el doctor Montes coincide con el ojo clínico del doctor Huberman: la víctima murió envenenada con una dosis de estricnina, que, al parecer, tomó (o le dieron a tomar) antes de acostarse, pues solía beber una taza de chocolate frío antes de dormir; taza que, misteriosamente, no se halla en el lugar del crimen o suicidio; es decir, alguien la desapareció y por alguna razón dejó, según parece, “el frasco de los glóbulos que tomaba todas las mañanas” y el corcho en el suelo.

   El comisario Raimundo Aubry, antes de interrogar a los moradores del hotel, decide registrar sus habitaciones, empezando por la recámara del doctor Humberto Huberman, quien se ofende al suponerse sospechoso de algo o de esconder la estricnina; no obstante, en medio del escrutinio policial logra escamotear su “tubo de arsénico” focalizando la ruda y enfática búsqueda en los tubitos de su homeopático botiquín. El caso es que las pesquisas del comisario lo llevan a inferir que Emilia, la hermana de Mary, es la asesina. Y piensa detenerla y recluirla en la cárcel tan pronto amaine la tormenta de arena. La razón: había un traicionero y subrepticio lío sexual entre Mary y Enrique Atuel, el novio de Emilia. Esto lo refleja la pelea a gritos entre ambas, misma que Huberman oyó por casualidad; y lo acentúa la tensión neurótica que esgrimen entre sí durante la ríspida cena y durante el convivio entorno al piano, preludio de la súbita salida de Emilia del hotel, pese a la oscuridad y al peligro que implica la tormenta de viento y arena. Y más aún cuando el doctor Humberto Huberman, también sin proponérselo, previo a la grupal búsqueda de Emilia en el exterior, ve que Atuel y Mary se besan en lo oscurito; no obstante, puntualiza: “Autel se resistía; Mary lo asediaba apasionadamente.” Ante tan desventurada y lastimosa escena, comenta pomposo para sí: “‘¿Qué somos’, murmuré, ‘sino osamentas besadas por los dioses’? Con el alma apesadumbrada, seguí mi camino. Algo aulló en la penumbra. Era el niño. Yo había tropezado con él. Me miró un instante —¿qué había en su expresión: desprecio, odio, terror?—; después huyó.”

Mary
(Luisana Lopilato)
Foto alusiva al filme Los que aman, odian (2017)

          La muerta, la joven Mary, o sea: María Gutiérrez, fue paciente del doctor Humberto Huberman dos o tres veces en su consultorio, allá en la capital; y la recuerda por “el accrochecoerur en la frente”, porque él le dijo “somos almas gemelas”, dada su compartida adicción a los glóbulos de arsénico, y porque le recomendó, ese año, unas “vacaciones en Bosque del Mar”. Todo indica que coincidieron, sin premeditarlo, en el Hotel Central, pues las hermanas Gutiérrez, con la infancia en Tres Arroyos, pudieron hospedarse en el vecino, y no muy distante, Hotel Nuevo Ostende, donde está registrado y tiene su recámara (quizá sólo protocolaria) Enrique Atuel, cuya facha, al doctor Huberman, no le gusta nada. Según dice: es “joven, amulatado. A despecho de cierta vulgaridad en el hablar y de una apariencia que recordaba los cartelones del ‘tango en París’ [remember al icónico y popular Gardel y su ‘estilo del Alma que canta’] —pelo negro, lacio, ojos vivos, nariz aguileña— me pareció que ejercía sobre sus compañeros [Mary, Emilia y el doctor Cornejo] —nada brillantes, por lo demás— alguna superioridad intelectual.” Y de ninguna manera el doctor Huberman galantea ni pretende a Mary, ni tiene íntimas ensoñaciones con su cuerpo, “demasiado atlético para mi gusto”, dice y observa en ella “una animalidad que atrae a ciertos hombres sobre cuyas aficiones prefiero no opinar”. Mary, además de su sensualidad y magnetismo corporal (“alta, rubia”, “muy hermosa, con una impresionante blancura, con manchas rosadas”) era una traductora notoriamente fetichista y maniática: trajo consigo todos los libros traducidos por ella (que son narraciones policiales con tapas arlequinadas), “los manuscritos de las traducciones y los borradores de los manuscritos” e incluso “las pruebas de imprenta”; tambache al que se suman “las páginas escritas a mano” de la última traducción que estaba haciendo: “una novela de Michael Innes”. (Pseudónimo, cabe la digresión, del escocés John Innes McKintosch Steward, antologado por Borges y Bioy en la citada Segunda serie de Los mejores cuentos policiales con el relato 
“La tragedia del pañuelo” y de quien ambos editaron, en la legendaria serie policíaca El Séptimo Círculo, cuatro obras traducidas al español con los títulos: Los otros y el rector, ¡Hamlet, venganza!, La torre y la muerte, y El peso de la prueba.) 

Silvina Ocampo
(verano en Mar del Plata)

         Paralelo a la investigación policial del comisario Aubry, el doctor Huberman hace su propia labor detectivesca que, de hecho, empieza desde antes de la llegada de la policía y su comitiva. En tal vertiente, cuando Emilia es la presunta asesina de su hermana, le sorprende y alarma encontrar al doctor Manning y al galán Atuel muy despreocupados y desentendidos leyendo: “Manning leía la novela inglesa que Atuel había robado del cuarto de Mary [subrepticia y sospechosa sustracción que Huberman observó oculto]. Atuel leía una de esas novelas de tapa arlequinesca, que Mary había traducido. En una mesa interpuesta entre los lectores había papeles con anotaciones y lápices.” Y más aún, según dice: “¡Redactaban apostillas y notas a textos policiales!” El resultado de ese escrutinio lector, y de la lectura de los papeles que dejó la muerta en su cuarto, es que el doctor Manning le presenta al comisario Aubry la transcripción de una nota manuscrita, originalmente redactada por Mary en una “hoja de block”, donde anuncia su suicido y, según afirma categórico, “la frase no figura en ninguno de los libros” traducidos por Mary. Ese fragmento manuscrito, transcrito por Manning, parece eximir a Emilia de ser la presunta asesina. Aún así el comisario piensa llevarla presa a Salinas y hacerla hablar.

    No obstante, los posteriores giros sorpresivos y las rápidas vueltas de tuerca revelan que esa nota suicida en realidad sí es un fragmento de una novela policíaca traducida por Mary, que resulta ser otro libro sustraído por el sigiloso Atuel (al parecer se trata de una narración policial de Eden Phillpotts, otrora mentor de la joven y futura Agatha Christie), escondido por él en su recámara del Hotel Nuevo Ostende (¿por qué no la destruyó el muy boludo y listillo?), y luego localizado allí por el pálpito, la reflexión y las veladas dilucidaciones del doctor Manning, que en algún momento debió descubrirse manipulado por Atuel. Las razones que impulsaron a Atuel a hacer tal oscuro tejemaneje —incluso abandona al doctor Huberman en el violento y nebuloso arenal, y éste, desorientado, se alucina perdido en angustiosas y fóbicas pesadillas que coinciden con el desierto y la arquitectura del filme silente dirigido por Jacques Feyder: L’Atlantide (1921), y a expensas de los espeluznantes y horrorosísimos cangrejales— evidencian que creía que Emilia era la asesina y con sus artimañas quería exculparla del asesinato y de la condena carcelaria. Ante tales manipulaciones, vale puntualizar que el galán Atuel reveló ser, sólo ante el comisario y Manning (y no ante el ofendido Huberman), un famoso inspector de policía que vacaciona de incognito, quien dice trabajar “en la Sección de Investigaciones”, allá en “la Capital Federal”, y cuyo verdadero apellido es Atwell. Pero para que sus subrepticios y ocultos propósitos no se estropeen, induce, además, el simulacro de envenenamiento del doctor Cornejo con una dosis del tubo de veronal que había robado del maletín del doctor Montes y señala al desparecido niño Miguel, y al recién desaparecido doctor Manning, como al posible ladrón de las costosas joyas de la muerta, recién hurtadas a Emilia. Las cuales, antes de marcharse de Bosque del Mar de manera furtiva y sin despedirse de nadie y dado que se descubrieron sus numerosos ardides, a través de La Bruna (“un hombre parecido a Wagner”, según Huberman), quien es el dueño del vecino Hotel Nuevo Ostente, devuelve, en el Hotel Central, las joyas robadas envueltas en un paquete.

Wagner

       No obstante, pese a las detectivescas indagaciones, especulaciones y deducciones del doctor Manning, del doctor Huberman, del comisario Aubry y a las meteduras de pata del supuestamente fogueado y célebre inspector de policía Atwell (¿no se tratará de una impostura?), los puntos sobre las íes del enredo y del crimen sólo se aclaran, para el corro (y para los lectores), con la carta de despedida que el niño Miguel Fernández le dejó a su apreciado amigo y mentor el farmacéutico Paulino Rocha (se lee casi al término de la novela). Misiva que, motu proprio, el boticario lleva al Hotel Central para entregársela al comisario Aubry, una vez que la tormenta de viento y arena pareció extinguirse por arte de birlibirloque. Sólo entonces, ya desvelada la identidad del asesino y sus secretas y peculiares razones, es cuando Emilia revela que ella desapareció la taza de Mary, porque creyó que el asesino era Atwell y quiso protegerlo.

 

H. Bustos Domecq
Composiciones fotográficas de Silvina Ocampo,
basadas en ideas de Francis Galton.

IV de V

En el Hotel Central el niño Miguel era un marginado y un desdichado, y, al parecer, una molestia, un estorbo, y una penosa y despreciable carga para sus tíos, que no lo querían ni comprendían. Según le dijo Andrea a Huberman: “Miguel ha tenido una infancia triste. Es anémico, está mal desarrollado. Es muy chico para su edad. Cavila todo el tiempo. Mi hermano creía que el mar podía fortalecerlo...” No obstante, no le asignaron una adecuada habitación, propia para un chaval con los hábitos e inclinaciones de un probable o futuro naturalista, explorador y científico, sino que lo arrinconaron en el astroso y subterráneo cuarto de los baúles, donde además no hay luz eléctrica y por ende se iluminaba con una vela. No extraña, entonces, que no quiera a sus tíos y los desprecie, y que haya hecho su refugio y su “casita” en el Joseph K, el barco encallado y abandonado en la playa, donde pasaba mucho tiempo solo y donde, antes de partir durante la tormenta y la subida de la marea, ya tenía “allí muchas botellas de agua, bizcochos y una bolsita de yerba”. No obstante, el destino de su errático viaje (lo deja ver en su carta) no es una isla desierta con un tesoro enterrado por un pirata o un mundo utópico o mejor, sino el fondo del mar. Y por ello, en su posdata, le pide al boticario que envíe a sus padres el albatros embalsamado por él que dejó, ex profeso, en el cuarto de los baúles, donde, antes de que apareciera su reveladora carta, fue encontrado por el comisario Aubry: “Atada al pescuezo del pájaro con una cinta verde, colgaba una fotografía del niño, con la inscripción. A mis queridos padres, recuerdo de Miguel.” Lamentablemente no pudo llegar a tales manos, pues el doctor Huberman, en una de sus equivocas conjeturas, supuso que Miguel era el ladrón de las joyas de Mary y que las había escondido en el vientre del pájaro y por ello las manos del comisario lo destrozan y despanzurran.

    El caso es que el niño Miguel, a escondidas de sus tutores, aprendió del boticario el modo de conservar las algas marinas, pues la caza y la taxidermia las había aprendido de su padre. En el Hotel Central sus tíos le habían prohibido la “crueldad” con los animales. Quizá Miguel no haya sido cruel a la hora de cazar nutrias (con su padre) o el albatros. Eso se ignora, pues la caza es un milenario deporte (o ancestral oficio de sobrevivencia) y un ave o animal disecado puede ser un trofeo de caza y de habilidad y orgullo taxidermista. Pero el doctor Huberman, que lo ve con “cara de laucha” y que trató de evocar a Conrad para hablar de barcos con él, se alarma ante la rareza de encontrar bajo su catre, en el cuarto de los baúles, el albatros ensangrentado. Imprevisto descubrimiento que el niño rubrica pegando un grito, dándole a Huberman un zarpazo en el rostro y huyendo de allí. Indicio de una potencia anímica, neurótica, pasional, agresiva y mental que no controla ni domina, pese a la corrección y al sosiego con que redactó su carta de despedida, donde se lee que no está arrepentido de lo que hizo, ni de su decisión de borrarse del mapa:

            “Yo pensé: ‘Voy a hacer una cosa terrible’. Ahora comprendo que hice lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar.

            “Bajé a mi cuarto, busqué la estricnina, me fui al cuarto de Mary y eché la mitad del frasquito en la taza de chocolate frío que ella tomaba antes de dormirse. Revolví la cuchara para que el veneno se disolviera bien y cuando estaba secándola oí los pasos de Mary. Al escaparme se me cayó el frasco. No tuve tiempo de recogerlo. Me fui por el cuarto de Emilia.

            “Al día siguiente volví a buscar el frasco, pero no estaba. Yo quería tomar la estricnina, como la había tomado Mary.”

            Vale añadir, para no desvelar todo el carozo de la mazorca, que el niño Miguel se enamoró de Mary hasta el tuétano y la locura; que le resultaba doloroso e intolerable el maltrato que le endilgaba cuando estaban a solas, que rechazara y le disgustaran los besos que él le daba o intentaba darle, y para el colmo: su traicionero y subrepticio amorío con Atwell y las burlonas infidencias que, sobre el niño, se permitía con su casanova y polígamo. No obstante, antes de irse al más allá, el niño Miguel bajó al sótano, abrió el ataúd y besó en los labios el cadáver de Mary. Al inesperadamente descubrir ese cuadro mortuorio, el doctor Cornejo se impresionó y escandalizó e impresionó y escandalizó a los otros moradores del Hotel Central. No pudo, y no podía ver, que el niño enamorado, con ese amoroso, elegíaco y último beso, se despedía para siempre de su amada. Y sólo vio algo anómalo e inquietante, quizá con indicios de cierta necrofilia.

 

 

V de V

Cartel de la película argentina Los que aman, odian (2017), basada
en la novela homónima de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.

Vale añadir, a modo de corolario, que la novela Los que aman, odian ha sido adaptada al cine, de manera parcial y no muy afortunada (y sin una pizca de la erudición y del humor de la obra literaria) en la homónima y patética película de 2017, dirigida por el cineasta argentino Alejandro Maci
—director del filme El impostor (1997), basado en el cuento homónimo de Silvina Ocampo—, donde los lentes de sol que lucen las hermanas Fraga: Emilia y Mary, son un implícito y tácito homenaje a los lentes oscuros, de grandes y pesados armazones, que usaban las hermanas Ocampo: Victoria y Silvina. Entre los protagonistas descuella la actriz Luisana Lopilato como Mary Fraga (ese obscuro objeto del deseo), notable, además, en la caracterización de Pipa (Manuela Pelari), policía de investigación criminal en dos thrillers argentinos dirigidos por Alejandro Montiel: Perdida (2018) y La corazonada (2020). Y, desde luego, Guillermo Francella en el papel del doctor Hubermann, muy recordado por su brillante trabajo actoral en El secreto de sus ojos (2009), filme dirigido por Juan José Campanella, basado en La pregunta de sus ojos (Buenos Aires, Galerna, 2005), novela del escritor argentino Eduardo Sacheri, quien, por razones pecuniarias y de marketing, le cambió el título por el nombre de la película.

Silvina y Victoria Ocampo con Borges


 

 

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Los que aman, odian. Cruz del Sur, Emecé Editores. Barcelona, febrero de 2002. 136 pp.


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Trailer de Los que aman, odian (2017), película dirigida por Alejandro Maci, basada en la novela homónima de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.