Soy una discípula de Bernard Shaw
VIII de X
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| Borges y Estela Canto en 1985 Foto de Alberto Rojo en la iconografía de Los Canto (Emecé, 2024) |
Pero el caso es que el contante y sonante también fue el leitmotiv, se colige, de la escritura y publicación de las controvertidas “memorias” de Estela Canto sobre la obra, vida y personalidad de Borges (y la de su madre y padre) y sobre el íntimo galanteo e imposible vínculo sexual, amoroso y matrimonial entre Georgie y ella. En este sentido, en Borges a contraluz optó por la infidencia, el agravio post mortem, la puñalada trapera, el sarcasmo, la ridiculización, el insulto, la mentira y el escándalo callejero y de conventillo para exacerbar el morbo y la venta de su libraco. Y, aunado a esto, incurre, en torno a la obra de Borges, en una serie de yerros, desaciertos, omisiones y negligencias bibliográficas que trasminan y desacreditan sus aseveraciones y juicios críticos y criticones.
A veces parecen cosas
nimias las que narra, suelta o comenta sin rigor de memoriosa y cronista
aspirando a biógrafa. Por ejemplo, dice en la 195: “no creo aventurado afirmar
que Borges jamás pensó en la humanidad como humanidad, jamás se condolió o se
interesó por ella.” (¿Jamás de los jamases?) “Su parte humana, era bastante
deleznable, como en todos”, canta en
la 211. Y en la 253 sentencia (casi un epitafio): “No era un erudito.” Pero
Bioy, en la entrada del martes 5 de julio de 1949 del ladrillesco Borges, comenta: “Borges anda muy
ocupado con sus clases. No lee en público; habla. Ha dictado un curso sobre
escritores norteamericanos; dicta uno sobre escritores ingleses modernos, otro
sobre místicos, otro sobre literatura inglesa. Dio en Rosario una conferencia
sobre literatura fantástica; dará, en la ciudad de Córdoba, otra sobre Dante;
en otra parte una sobre Martín Fierro.
Interviene en debates públicos; improvisa en banquetes.”
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| Borges en 1947 |
Y sobre esa frenética actividad profesional de conferencista iniciada en 1949 por quien dizque no era un erudito, canta en la 160: “En las conferencias primeras la sensación de su desamparo se acentuaba. Aunque en ese entonces podía leer, jamás llevó notas a ninguna conferencia.” No obstante, en su Ensayo autobiográfico dice él: “Escribí la primera de esas charlas” (p. 78); que fue la de “Hawthorne”, quizá leída o memorizada por él para exponerla de manera oral el 23 de marzo de 1949, impresa en el volumen 35 de Cursos y conferencias (citado en la parte I), luego reunida en Otras inquisiciones (1937-1952); por ende, en la página 670 de las Obras completas, tiene un pie que reza hasta el día de hoy: “Este texto es el de una conferencia dictada en el Colegio Libre de Estudios Superiores, en marzo de 1949.”
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| Bioy en 1942 Foto de Gisèle Freund |
En la entrada del jueves 21 de julio de 1949 del voluminoso Borges, apunta Bioy: “Hoy, por primera vez, oí una conferencia de Borges. Habló sobre George Moore. Habló tan naturalmente que me hizo pensar que la dificultad de hablar en público debía de ser ficticia. No habla con énfasis de orador: conversa, razonando libre e inteligentemente.” No sería la única vez que lo oiría: “Anoche Borges dio una excelente conferencia sobre Swedenborg”, registra en la entrada del lunes 25 de julio de ese año. Pero según canta Estela Canto en la 160: “Bioy Casares y Manuel Peyrou, sus amigos más íntimos, nunca asistieron a esas conferencias. ¿Una forma tácita de desaprobación? Acaso. Aunque es posible que no les gustara el ambiente bullanguero que se formaba en torno a las conferencias.” (¿En dónde se armaba el estridente quilombo villero: en el Colegio Libre de Estudios Superiores o en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa?)
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| Borges y Peyrou el 26 de noviembre de 1960 Foto de Bioy en la iconografía de Borges (Destino, 2006) |
O dizque “testimonia”, en la 24, que Borges tenía “grandes ojos celestes”; pues el sobrino Miguel, en la carta manuscrita que le envió el 19 de febrero de 1991 a propósito de sus “memorias” —citada por Mecca en la 258 de Los Canto— le replica: “No. Tío tenía los ojos verdes tirando a castaño.” O sobre doña Leonor dice en la 89 cuando la conoció en un almuerzo ex profeso en el departamento B del sexto piso de Maipú 994: “Doña Leonor era una dama menuda, de unos setenta años, pulcramente vestida, con pelo blanco y ojos negros [ojitos negros y chispeantes, matiza en la 232], muy vivaces, atentos y escudriñadores. La cara, con mucha carne, como la de su hijo en esa época, no tenía planos nítidos.”
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| Leonor Acevedo de Borges |
Afirmaciones que María Esther Vázquez le cuestiona en la página 185 de su biografía: “Leonor tenía unos ojos clarísimos casi como agua, verdes-grisados, muy descoloridos en la ancianidad. Siempre fue muy flaca (aun en la época en que hacían furor las damas opulentas) y el rostro delgado y de rasgos afilados conservó hasta la muerte la delicadeza de líneas que muestran los retratos de juventud.”
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| Los Borges recién llegados a Ginebra en 1914 Album Borges (Gallimard, 1999), p. 56 |
O afirma en la 54: “Alrededor de 1913 los Borges se fueron a Europa. No fue un viaje de ida y vuelta, un viaje de placer o de ostentación. Fueron a quedarse a allá, pero los motivos no se conocen.” Pues además de que muchísimo antes de que el escritor muriera en Ginebra el sábado 14 de junio de 1986 —biógrafos (y comentaristas) le habían puesto fecha, y razones, a esa primera partida a Europa el 3 de febrero 1914 y a la del regreso a Buenos Aires el 24 de marzo de 1921— el propio Borges refiere el año y motivos en su Ensayo autobiográfico, escrito y publicado en inglés (con el amanuense auxilio de Norman Thomas Di Giovanni) el 19 de septiembre de 1970 en la revista The New Yorker y luego en el libro The Aleph and Other Histories (New York, Dutton, 1970). Autobiographical Essay traducido al español de manera anónima con el título Las memorias de Borges, publicadas en Buenos Aires el martes 17 de septiembre de 1974 —dos meses después de la publicación del tomo de sus Obras completas— en una separata del periódico La Opinión (Segunda edición), a propósito de éstas y del número mil del diario. Y en 1999, en el contexto de las globales celebraciones del centenario de Borges y con el susodicho título Un ensayo autobiográfico, fue coeditado en Barcelona por Galaxia Gutenberg, Círculo de lectores y Emecé, con prólogo y traducción de Aníbal González, epílogo de María Kodama, e iconografía (con notas) en blanco y negro.
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| (GG/CL//Emecé, 1999) |
Al principio del Ensayo autobiográfico, Borges habla de su niñez y de los juegos con su hermana Norah y de las lecturas de su infancia, adolescencia y primera juventud. También lo hizo en Norah, prólogo firmado en “Buenos Aires, julio de 1974”, publicado en el diario La Nación el 31 de diciembre de 1977; escrito ex profeso para un portafolio con 15 litografías de su hermana, impreso en Milán, en 1977, por Edizione Il Polifilo, con el texto de Borges en español y en italiano (traducido por Domenico Porzio), el cual se lee en el citado volumen Textos recobrados 1956-1986.
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| Dibujo y pie en Borges, vida y literatura (Emecé, 2023), biografía de Alejandro Vaccaro. |
Pero según dice Estela Canto en la página 53 de sus “memorias”: “El telón echado sobre su infancia nunca se levantó.” Ni siquiera ante célebres entrevistadores, podría decir, con quienes sí habló de su niñez: Victoria Ocampo: Diálogo con Borges (Buenos Aires, Sur, 1969); Antonio Carrizo: Borges el memorioso (Buenos Aires, FCE, 1982); María Esther Vázquez: Borges, sus días y su tiempo (Buenos Aires, Javier Vergara Editor, 1984). Por ende, también podría cantar —equivocándose o haciendo caso omiso— que tampoco lo hizo en el “Prólogo” datado en “Buenos Aires, enero de 1955” (datación extirpada de la página 109 del tomo de las Obras completas, ¡por orden de doña Leonor!, gritaría ella dando un puñetazo en la barra del bar), ex profeso para la edición de Evaristo Carriego impresa por Emecé, el 19 de abril de 1955, con el número 4 de la Colección Obras Comp
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| (Emecé, 1955) |
Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. Palermo del cuchillo y de la guitarra andaba (me aseguran) por las esquinas, pero quienes poblaron mis mañanas y dieron agradable horror a mis noches fueron el bucanero ciego de Stevenson, agonizando bajo las patas de los caballos, y el traidor que abandonó a su amigo en la luna, y el viajero del tiempo, que trajo del porvenir una flor marchita, y el genio encarcelado durante siglos en el cántaro salomónico, y el profeta velado del Jorasán, que detrás de las piedras y de la seda ocultaba la lepra.
¿Qué había, mientras tanto, del otro lado
de la verja con lanzas? [...]
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| Georgie, niño lector (Buenos Aires, c. 1910) |
Esa alusión a dos obras clásicas de H.G. Wells que Borges leyó en su infancia: The First Men in the Moon (1901) y The Time Machine (1895) —que casi calca o reescribre en el episodio sobre su niñez en el jardín de la casona de Palermo y en la paterna biblioteca de ilimitados libros ingleses (suelo pensar que, esencialmente, nunca he salido de esa biblioteca), dicho en el discurso de agradecimiento que Borges dijo en el banquete de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) le brindó al otorgarle el Gran Premio de Honor por su libro Ficciones (texto impreso en la revista Sur en julio de 1945, antologado en 1982 en Páginas de Jorge Luis Borges seleccionadas por el autor, y póstumamente reunido a fines del siglo XX en Borges en Sur)— remite al desacierto de la memoriosa al decir de él en la página 203: “Tampoco se sentía atraído por la ciencia-ficción y nunca le oí hablar de platos voladores o seres extraterrestres. Aunque una vez me comentó El hombre invisible, de Wells.” Algo sorprendente e increíble porque el término del “Epílogo” que cierra el libro El Aleph, fechado en Buenos Aires, 3 de mayo de 1949 (Obras completas, p. 629), Borges dice: “En El Zahir y El Aleph creo notar algún influjo del cuento The Cristal Egg (1899) de Wells.” (Vale resumir que el huevo de cristal —que se torna luminoso en la oscuridad por los efectos de un fino rayo de luz que ha de tener un diámetro de menos de un milímetro— es un pequeño e inmemorial artilugio marciano depositado en la Tierra en el cual, en la cerrada oscuridad, un terrícola inmóvil, con cierta acomodación ocular, observa a los habitantes del planeta Marte, su panorama natural y civilizatorio, e incluso los puntos cardinales y el mapa celeste determinado por las estrellas que veía de noche, y que, casi ídem al pequeño y esférico aleph o a la diminuta moneda de 20 centavos —el Zahir— genera una aprehensiva obsesión visual, vital, delirante y psíquica en quien ve, periódicamente, las imágenes en su interior.) Más aún porque un par de ensayos reunidos en Otras inquisiciones ponen en relieve el interés de Borges en la science-fiction y en la obra de Wells, ejercitado en los años 30 en la Revista Multicolor de los Sábados y en El Hogar, incluso en la revista Sur. Uno es “La flor
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| (Sur, 1952) |
de Coleridge”, publicado el 23 de septiembre de 1945 en La Nación. Y el otro: “El primer Wells”, publicado en septiembre de 1946 en Los Anales de Buenos Aires, donde, además de aludir The Cristal Egg en una línea: “un huevo de cristal que refleja los acontecimientos de Marte”, casi concluye diciendo de Wells: “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos...” Frase que repite al final del prólogo a la edición conjunta de La máquina del tiempo y El hombre invisible, impresa en 1985 por Hyspamérica Ediciones Argentina con el número 14 de la colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges: Las ficciones de Wells fueron los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos. Y más aún porque en La puerta en el muro —antología suya de cinco cuentos de Wells editada en 1986 en Madrid, por Siruela, con el número 11 de La Biblioteca de Babel: el homónimo del título, “El país de los ciegos”, “El caso Plattner”, “La historia del señor Evelsham” y “El huevo de cristal”— dice de éste en el prólogo: “Dos elementos muy diversos hay en ‘El huevo de cristal’: la desvalida condición del protagonista y una imprevisible proyección que abarca el universo. A una vaga memoria de esas páginas debo mi cuento ‘El Aleph’.” Y cierra remontándose a su infancia en un instantáneo vuelo y aterrizando en el presente de su vejez: “Lamento haber descubierto a Wells a principios de nuestro siglo: querría poder descubrirlo ahora para sentir aquella deslumbrada, y, a veces, terrible felicidad.”
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| Dibujo y pie en la biografía de Alejandro Vaccaro: Borges, vida y literatura (Emecé, 2023) |
Obsérvese que el personaje Borges, acostado en lo oscuro del sótano de una vieja casa a punto de ser derrumbada (tiene por almohada un bolsa de lona doblada y acomodada en un sitio preciso), tras contar diecinueve escalones, ve la pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor, en la parte inferior del escalón, hacia la derecha —como si en un tris o en un pestañeo brotara de la oscura nada—; y el viejecillo Cave, naturalista y anticuario, para encender o propiciar la intrínseca luminosidad del huevo de cristal y poder observar el luminoso movimiento dentro de él, se echa sobre la cabeza y las manos un viejo paño de terciopelo o se oculta en lo oscuro de un hueco debajo del mostrador de su heterogéneo y desvencijado bazar, cerrado —casi un derrumbe sepulcral— tras su próximo fallecimiento. En ambos casos el pequeño objeto, no menos misterioso que el universo, el sueño o la eternidad, se pierde en la noche de los tiempos.
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| H.G. Wells, niño lector |
En la página 12 del prólogo a la susodicha Edición crítica y facsimilar de “El Aleph”, Ortega y Del Río apuntan: “En el epílogo de El Aleph de 1949, Borges declara ‘notar algún influjo’ de ‘The Crystal Egg’, relato de H.G. Wells donde una esfera establecía conexión entre Marte y la Tierra. Sin embargo, las anotaciones del cuaderno no incluyen ninguna referencia a este cuento”. No obstante, son más que obvios los paralelismos (o el influjo notado por Borges) entre el “The Crystal Egg” (New Review, 1897) y “El Aleph” (revista Sur, 1945). Pero además de que el objeto en el cuento de Wells no es una pequeña esfera tornasola de casi intolerable fulgor que aparece y desaparece en la oscuridad de un sótano, sino un pequeño trozo de cristal tallado (o labrado) en forma de huevo (o sea: ovoide y no esférico) y pulido con un fulgor intenso, cuya secreta luminosidad se activa en lo oscuro proyectándole un milimétrico rayo de luz, es idéntico a otros huevos de cristal que el viejecillo Cave observa colocados en lo alto de una veintena de mástiles distribuidos en la terraza de un enorme edificio, a los que, periódicamente, se acercan por el aire, para observar el interior del huevo, unos marcianos alados y voladores, semejantes a pájaros, con cabezas redondas y curiosamente humanas. Y como en un instante los ojos de uno de ellos se topan con los ojos del viejecillo Cave, se conjetura, dado el auxilio racional y científico del joven Jacoby Wace, que ambos huevos de cristal poseían alguna peculiar relación de simpatía; es decir, que se hallaban, uno en Marte y el otro en la Tierra, relacionados de alguna manera física. Y por lo que se lee en la traducción de José Luis López Muñoz incluida en Los ojos de Davidson (Girona, Atalanta, 2006, p. 108), la impresión del viejecillo Cave fue muy vívida: “Y de pronto algo se agitó repetidamente en la imagen, como el agitar de un abanico cubierto de piedras preciosas o el batir de unas alas, y un rostro, o más bien la parte superior de un rostro de ojos muy grandes, se acercó mucho, por así decirlo, al suyo, como si se hallara al otro lado del cristal. El señor Cave se sorprendió tanto y le impresionó de tal manera la absoluta veracidad de aquellos ojos, que alzó la cabeza para mirar detrás del huevo. Estaba tan absorto en su contemplación que le sorprendió mucho encontrarse en la fresca oscuridad de su pequeña tienda, con el familiar olor a alcohol metílico, humedad y descomposición. Y mientras parpadeaba mirando a su alrededor, el cristal resplandeciente perdió intensidad hasta apagarse.”
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| (Minotauro, 1955) |
Si “La flor de Coleridge” y “El primer Wells” fueron escritos e impresos en torno a la época en que Borges cortejaba a Estela Canto, casi también lo es su prólogo a Crónicas marcianas, de Ray Bradbury —libro publicado en Buenos Aires, en 1955, con el número 1 de la serie Ciencia ficción editada por Minotauro—, donde dice al término: “Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe [el albergue de la angular biblioteca paterna de ilimitados libros ingleses], Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.”
Una década después, en 1965, con el número 20 de la serie Ciencia ficción editada en Buenos Aires por Minotauro, Borges prologó Hacedor de estrellas, novela de Olaf Stapledon, que el 20 de agosto de 1937 había reseñado en El Hogar; revista donde el 19 de noviembre de ese año publicó una biografía sintética sobre ese narrador inglés; incluido, además, en la Antología de la literatura fantástica de fines de 1940 con un fragmento de Star Maker (1937) titulado “Historias universales”, seguramente traducido por Borges.
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| Antología de la literatura fantástica, (Sudamericana, 1940), p. 182 (detalle) |
Algo más elaborado ocurrió con la Máquina del tiempo de Wells, pues en El libro de los seres imaginarios (Buenos Aires, Kier, 1967) —edición ampliada del Manual de zoología fantástica (México, FCE, 1957) urdido con Margarita Guerrero— figura una reseñística y breve descripción de “Los Eloi y los Morlocks”, las dos especies antagónicas del decadente y animalesco género humano que restan en el pesadillesco y distante futuro; más una alusión al inventor del artefacto y viajero en el tiempo que “logra huir al presente. Trae como único trofeo una flor desconocida y marchita, que se hace polvo y que florecerá al cabo de miles de siglos.”
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| (Kier, 1967) |
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| (Columba, 1967) |
Y si en Introducción a la literatura norteamericana —enciclopédico ensayo de profesor urdido con el auxilio de Esther Zemborain de Torres Duggan, publicado en Buenos Aires por Columba, en 1967, en un librito de 67 páginas, número 77 de la Colección Esquemas— Borges le destina breves comentarios a la science-fiction, en la página 77 de su Ensayo autobiográfico refiere la lectura de un legendario libro de ese género “menor” que incidió en el asentamiento terrícola del creador de ficciones que lo volverían celebérrimo en todos los idiomas del infinitesimal globo terráqueo:
“En la Navidad de 1938 —el mismo año que
falleció mi padre [el 18 de febrero]— sufrí un grave accidente. Subía por una
escalera y de pronto sentí que algo me rozaba el cuero cabelludo. Había chocado
con una ventana abierta y recién pintada. A pesar de los primeros auxilios, la
herida se infectó después, y durante una semana no pude dormir, sufrí
alucinaciones y tuve mucha fiebre. Una noche perdí el habla y tuve que ser
llevado al hospital para una operación de urgencia. Me amenazó una septicemia,
y durante un mes estuve, sin saberlo, entre la vida y la muerte. (Mucho después
escribí sobre esto en mi cuento ‘El Sur’.) Cuando comencé a recuperarme, temí
por mi integridad mental. Recuerdo que mi madre quiso leerme un libro que yo
había pedido un poco antes, Out of the
Silent Planet, de C.S. Lewis, pero durante dos o tres noches postergué la
lectura. Al final triunfó su insistencia, pero tras escuchar una página o dos
comencé a llorar. Mi madre me preguntó el motivo de mis lágrimas. ‘Lloro porque
comprendo’, le dije. Poco después me pregunté si podría llegar a escribir de
nuevo. Previamente había escrito algunos poemas y docenas de reseñas breves.
Pensé que si ahora intentaba escribir otra reseña, y fracasaba, estaría perdido
intelectualmente, pero que si intentaba algo que realmente nunca hubiera hecho
antes, y fallaba en eso, no sería entonces tan grave y hasta podría prepararme
para la revelación final. Decidí que intentaría un cuento. El resultado fue
‘Pierre Menard, autor del Quijote’.”
Véase que el 10 de febrero de 1939 en la revista El Hogar, Borges le destinó una reseña, crítica, a Out of the Silent Planet, donde coloca a Olaf Stapledon y a C.S. Lewis como continuados menores de la obra de H.G. Wells. Y que “Pierre Menard, autor del Quijote” fue publicado en mayo de 1939 en la revista Sur.
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| (FCE, 1985) |
Y un año después, también en Sur, apareció “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “El segundo relato escrito después del accidente de la Nochebuena de 1938” —apunta Monegal al inicio de la nota 34 del Ficcionario—. En cuya parte central dice: “El deliberado uso de procedimientos narrativos tomados del cuento policial y de los relatos de ciencia ficción puede atribuirse al entusiasmo de Borges por esos géneros ‘menores’. También al hecho de que el primer libro que leyó al recuperarse del accidente fue Out of the Silent Planet (Fuera del planeta silencioso), de C.S. Lewis. En esta novela, un lingüista de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, es llevado a Marte y allí tiene oportunidad, entre otras cosas, de estudiar las distintas lenguas locales. Hay alguna semejanza entre las invenciones lingüísticas de Lewis y las de Borges.”
IX de X
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| Borges y las mujeres |
En las páginas 27 y 28 de sus “memorias” canta Estela Canto sobre la presunta “actitud de Borges hacia las mujeres en general”: “Para él eran frágiles ‘diosas’ con intelectos débiles, sensibles y limitadas. Por cierto, una opinión poco original de este hombre original. Aunque se las arreglaba para ocultarlo a sus amigas mujeres, sólo sentía desdén por la literatura femenina, o mejor dicho, por lo que él consideraba la literatura femenina.” Un falaz señalamiento que repite en la 78: “Yo sabía que Borges tenía en gran estima a los autores ‘viriles’ (Conrad, Chesterton, Melville, Quevedo) y despreciaba lo que él consideraba ‘literatura para mujeres’.” Reduccionista y dicotómica perspectiva que parece compartir el sobrino Miguel, pues anota en la 54 del citado Apuntes de familia, cuya edición príncipe de Alberto Casares Editor data de 2004: “En su biblioteca no había libros de escritoras. Para él las mujeres eran seres a los que había que venerar,... mudo y absorto y de rodillas,/ como se adora a Dios en un altar, pero no leer.” Independientemente si esa supuesta prerrogativa ontológica era real o no, es consabido que en su doméstica biblioteca tampoco había libros suyos ni de sus amigos recientes. El tomo de sus Obras completas era de su madre, cuya recámara, tras su muerte, Borges preservó (como pieza de museo) con el auxilio de Fanny, la mucama. De ahí que Estela, guía de turistas, cante en la 277: “la casa estaba exactamente como la había dejado doña Leonor y nunca había habido sobre la cama de ella un batón lila, ‘como inventó el señor Vargas Llosa en un artículo’.”
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| (Alfaguara, 2020) |
Ese artículo-entrevista, “Borges en su casa”, firmado en Buenos Aires, junio de 1981, se publicó en varios medios latinoamericanos, entre ellos el diario argentino La Nación (agosto 23 de 1981). Y está compilado en Medio siglo con Borges (México, Alfaguara, 2020), en cuya página 23 reporta Mario: “El dormitorio de su madre, con quien vivió toda la vida, está intacto, incluso con un vestido lila extendido sobre la cama, listo para ponérselo. Pero la señora falleció hace varios años.” Celebérrimo en la rumorología, no por el vestido lila (que la cantora llama batón lila e invento), sino por el fragmento donde el peruano reporta lo que, se dice, irritó a Borges: “Los muebles son pocos, están raídos y la humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera en la mesa del comedor.” Pues según rumorea Piglia en la 116 de Borges por Piglia (Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014), Georgie, al comentar la entrevista, dijo con cuentera ironía: “Vino un peruano que debe trabajar en una inmobiliaria, porque quería que yo me mudara.”
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| (FCE, 3ª re., 1982) |
Pero el caso es que Roy Bartholomew testimonia en el “Epílogo” de Siete noches, firmado en “Adrogué, 12 de febrero de 1980”: “Excepto el ejemplar de Obras completas que su madre conservó junto a su cabecera hasta morir a los noventa y nueve años, ejemplar que ahora nadie toca, no hay en casa de Borges ningún libro suyo. Considera que es de mal gusto e intolerable vanidad mezclar volúmenes ‘sin importancia’ con los que ama y respeta. De ese rigor no se salvan los libros de sus amigos [y los de sus amigas, se infiere.] En su biblioteca, espejo de sí mismo como lo fue la de Montaigne, hay pocos autores de lengua española: Quevedo, Gracián, Cervantes, Garcilaso, San Juan, fray Luis, Saavedra Fajardo, Sarmiento, Groussac, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña. Los ejemplares que le llegan de sus ediciones en español o traducidas los regala de inmediato. Debo a esa escandalosa modestia el tener obras suyas en sueco, noruego, danés, inglés, francés, italiano, portugués, japonés, hebreo, farsí, griego, eslovaco, polaco, alemán, árabe, etc. ¿Cómo suponer que haya en su domicilio recortes de periódico?”
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| Borges y Luisa Mercedes Levinson |
Es inverosímil que, a través del tiempo, la conducta, la percepción y las ideas estéticas de Borges (el gran ocultador, acusa la gran ocultadora) hayan estado signadas por una supremacía machista y misógina, inextricable a una dicotomía tan limitada, rupestre y elemental, casi de compadrito venido a menos. En el diseminado grueso de sus obras en colaboración —sin descartar las antologías y su trabajo editorial—, si bien descuella Bioy Casares —su amigo desde que Adolfito tenía 17 años y Georgie 31 y su colaborador a cuatro manos desde el folleto sobre la leche cuajada de La Martona y el germen del trunco cuento sobre el doctor Praetorius que torturaba y mataba niños con juegos obligatorios y música a toda hora, ambos de 1935 —se leen en Museo. Textos inéditos (Buenos Aires, Emecé, 2002)—, destacan mujeres que no corporificaron el estereotipo de “frágiles ‘diosas’ con intelectos débiles, sensibles y limitadas”: Silvina Ocampo, Delia Ingenieros, Betina Edelberg, Margarita Guerrero, Silvina Bullrich, María Esther Vázquez, Alicia Jurado, Esther Zemborain de Torres Duggan, María Kodama, y Luisa Mercedes Levinson, con quien Borges publicó La hermana de Eloísa, librito de 71 páginas impreso en
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| (Ene, 1955) |
Buenos Aires, en 1955, por Ene Editorial, que reunió el cuento homónimo del título escrito por ambos (ahora olvidado y el único que escribió a cuatro manos con una mujer); más “Las escritura del dios” y “El fin”, de Borges; y de Levinson: “El doctor Sotiropoulos” y “El abra”. Según apunta María Esther Vázquez en la 199 de su biografía: “Lisa, como la llamaban sus íntimos [quien colaboró en El Hogar con el pseudónimo Lisa Lenson], le contagió a Borges su amor por los gatos; en las buenas épocas llegó a tener una veintena y no sólo sabía sus nombres, sino también las peculiaridades de cada uno.”
Entre las
páginas 75-76 de la citada Biografía
total, Barnatán bosqueja y transcribe el primer prólogo escrito por Georgie
a sus 15 años, lúdico y jocoso de cabo a rabo, que, curiosamente, es sobre un
ejemplar —único— de literatura
femenina creado por Norah, cariñoso apelativo de su hermana Leonor Fanny:
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| (Temas de Hoy, 2ª ed., 1998) |
“El 7 de abril de 1915, Norah Borges [de 14 años] reúne en un cuadernillo de veintiséis páginas, manuscrito por ella misma, ocho poemas suyos, ilustrados con igual número de dibujos a tinta china. Los textos infantiles llevan los siguientes títulos: ‘Sueña Sonia’, ‘La viejecita’, ‘La princesita’, ‘Noche’, ‘Lulú’, ‘Recuerdo’, ‘Amor lejano’ y ‘Las góndolas de Venecia’.
“Notas lejanas, de Norah F. Borges tiene
un prólogo de su hermano Georgie, el primero de los numerosos prólogos que
Jorge Luis Borges escribirá a lo largo de su vida. Un texto que tiene esa
curiosidad y, además, la de ser el primer texto con pretensiones literarias que
de él se conserva. El prólogo, manuscrito probablemente por doña Leonor, o por
otro adulto ya que la letra no coincide con la de Georgie de entonces, tiene
algunas faltas ortográficas notorias cuando no excentricidades ortográficas muy
a la moda. Recordemos que mucho más tarde, al publicar su primer libro de
poemas [en 1923] Borges hará uso y abuso de esas libertades, comenzando por su
nombre que lo escribirá Jorje. [De hecho firma así: Jorje Luis Borges.] El
estilo de este primer prólogo es harto sencillo, aunque se permitirá unas gotas
de ironía [y otras tantas de humor] y una cierta amenaza de erudición.”
Y en
seguida Barnatán lo transcribe. Y también lo hizo Vaccaro en la página 55 de Borges. Vida y literatura (Buenos Aires,
Edhasa, 2006). Y por igual se lee en una nota al pie en la página 187 de Textos recobrados 1956-1986, con un
apunte entre corchetes que reza: “Tomado del original con su ortografía
correspondiente.” Y entre las pretensiones literarias y la amenaza de erudición que refiere
Barnatán, obsérvese aquí el fragmento donde Georgie nombra a Lugones y por ello
exacerbaría los decibeles neurasténicos de Estela Canto (ídem el fragmento que le sigue):
PRÓLOGO
Amabilísimo lector. Se me ha honrrado
confiándome la agri-dulce taréa de presentar en la República de las letras este
volumen de poesías, que os puedo rreconmendar cinseramente.
Ya os imajino, o lector!, maltrecho,
al ver los tantos libros, folletos y pergaminos que llenan el Universo y exclamando
¡libros acá, libros ayá, y hasta cuando!
Os aseguro sin embargo que esta joya
no pertenece a este grupo, sino que es un tesoro, en la galanura del estilo, y
en la dulcura con que estan expresadas las idéas.
Su autora Norah F. Borges se a
inspirado entre los mas modernos autores argentinos, Lugones, Carriego; y entre
los españoles Góngora y del Valle Inclán y Moratin.
Leer estas pájinas es contemplar variados cuadros,
de la vida moderna, divujados con amor y arte.
Al leer ‘las góndolas de Venecia’ quedamos
admirados por la riqueza y la finura del lenguaje y por el colorido de la
ecxena
En este libro encuentranse todas las notas, desde
la brillante de Moratin, hasta la finura del Valle Inclan. Asi pues amabilísimo
lector,
VALE.
Jorje Luis Borges
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| (Losada, 1950) |
Además de los poemas, cuentos y libros dedicados a sus amigas y féminas de las que se enamoró o se sintió atraído o hechizado hasta los huesos, el insomnio y la poesía, Borges prologó libros de algunas de ellas y ninguno de Estela Canto. Ni siquiera prologó El retrato y la imagen, novela editada por Losada en 1950, de la que Juan José Sebreli dice entre las páginas 98-99 de Los Canto: se decía —y es muy factible— que Borges la ayudó con ese libro, por lo menos tiene ese estilo borgeano [...] es como la novela que nunca escribió Borges. La trama no valía gran cosa: un vendedor ambulante que hacía retratos que iba por las casas de barrio, el clima de barrio, del sur sobre todo, es muy borgeano y muy bueno, está muy bueno eso. No obstante, dado el enamoramiento de Borges y la cercanía afectiva en la génesis del cuento, le dedicó “El Aleph”. Y de un modo tácito e implícito la evoca (como último refugio existencial e íntimo consuelo ante la constatación de que María Esther Vázquez no se casaría con él) al término de la segunda estrofa (o segunda poesía) de “1964” (OC, p. 920), poema reunido en El otro, el mismo —del que ella transcribe: no tal cual— los últimos versos en la página 198 de sus “memorias”:
La
dicha que me diste
y me
quitaste debe ser borrada;
lo
que era todo tiene que ser nada.
Sólo
me que queda el goce de estar triste,
esa
vana costumbre que me inclina
al
Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
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| (Emecé, 6ª ed., 1966) |
Pero notoriamente la cantora omite el hecho, vale subrayarlo y repetirlo, de que el aciago e intrínseco leitmotiv no es ella (pese a que se espejé, con vanidad, en la tácita alusión a su presencia en el tercer piso de la esquina de Chile y Tacuarí), sino la desolada y dolorosa certidumbre de que la joven María Esther Vázquez de 27 años no se casaría con él (viejo y ciego). De hecho, la primera estrofa (o primer poema) había aparecido con el título “Al que está solo” el 9 de mayo de 1965 en La Nación y fue incorporada como parte “I” de “1964” en la 6ª edición de Obra poética 1923-1966 impresa en Buenos Aires por Emecé.
A esto se añade el
intrínseco y relevante hecho de que Borges no reseñó ni celebró las traducciones de
Estela Canto, pese a que en 1951, con el número 75 de El Séptimo Círculo, publicó, con Bioy, su traducción de Medida para la muerte (Measurement
for murder, 1945), novela
de Clifford Witting. No festejó el conjunto de sus relatos y novelas (ahora en
el arcón del olvido repleto de polillas y naftalina). No figura en el prólogo
ni en la selección de Cuentos argentinos
(Madrid, Siruela, 1986), donde sí están Silvina Ocampo, María Esther Vázquez, y
Pilar de Lusarreta en coautoría con Arturo Candela. Ni en la breve entrevista
que ella le hizo y publicó el 19 de octubre de 1946 en la revista Cabalgata (se lee en Textos recobrados 1931-1955). Pese a
que de entrada le pregunta: ¿Qué opina de
la novela argentina?, Borges hace mutis
ante El muro de mármol y sólo
destaca La invención de Morel. (¿O
acaso ella, sin una pulga de vanidad, escamoteó las loas a su ópera prima, premiada en 1945 por la municipalidad
de Buenos Aires, según dice en la 109 y 132? Pues comenta: Inmediatamente Borges nos hace una reseña más o menos completa de las
novelas, premiadas y no premiadas, publicadas en los últimos años. Parece,
indudablemente, satisfecho de la línea últimamente seguida por nuestra
novelesca incipiente.)
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| Elvira de Alvear |
Por ejemplo, Borges prologó La calle de la tarde (Buenos Aires, Samet, 1925), de Norah Lange; Reposo (Buenos Aires, Gleizer, 1934), de Elvira de Alvear —antologada por él, Bioy y Silvina Ocampo en la citada Antología poética argentina de 1941, de quien Estela canta en la 190: “nunca había sido bonita” (¡no cocol!); La prison de l’enfant (Buenos Aires, F.A. Colombo, 1935), de Gloria Alcorta —prólogo en francés y litografías de Basaldúa—; Arquitecturas del insomnio (Buenos Aires, Botella al Mar, 1948), de Emma Risso Platero; Antigua lumbre (Buenos Aires, F.A. Colombo, 1949), de Wally Zenner; Tres domingos (Buenos Aires, Emecé, 1957), de Susana Bombal; Los nombres de la muerte (Buenos Aires, Emecé, 1964) y Borges: imágenes, memorias, diálogos (Caracas, Monte Ávila, 1977), de María Esther Vázquez; en francés prologó Faits divers de la terre et du ciel (Paris, Gallimard, 1974, de Silvina Ocampo, y en español Autobiografía de Irene (1982) y Breve santoral (1984) —ambos editados en Buenos Aires por Ediciones de Arte Gaglianone—, de quien en febrero de 1943, en la revista Sur, Borges reseñó su poemario Enumeración de la patria (Buenos Aires, Sur, 1942). Y en inglés prologó New Islands and other stories (New York, Cornell University Press, 1982), de María Luisa Bombal, quien figuró en la Antología de la literatura fantástica de 1940 con el cuento “Las islas nuevas”, eliminado en la revisada y modifica edición de 1965, con una postdata de Bioy fechada el 16 de marzo de ese año en Rincón Viejo, que es la que se sigue reeditando hasta lo que va del siglo XXI, donde figura la mexicana Elena Garro con su libreto teatral “Un hogar sólido”. Por citar algo del extenso, misceláneo y disperso corpus borgeano que comprende, además, artículos y reseñas de libros escritos por mujeres —ejemplos ineludibles de la quintaescencia y del nom plus ultra de la literatura femenina— no encasillables (de un manotazo) con el machista cliché: “frágiles ‘diosas’ con intelectos débiles, sensibles y limitadas”.
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| Silvina Ocampo en 1959 Foto de Bioy Casares |
(¿O acaso Borges
era un gran hipócrita y un gran simulador que tras bambalinas decía una cosa y
en público otra?)
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| Virginia Woolf en 1939 Foto de Gisèle Freund |
Curiosamente —y contradiciendo, sin saberlo ni proponérselo, la estrechez de miras de Estela Canto (y del sobrino) y pese a que en la 253 chivatea: “más de una vez le oí atacar con saña a Virginia Woolf”— Borges tradujo del inglés dos obras de Virginia Woolf que resultaron emblemáticas en el devenir del feminismo y de la literatura escrita por mujeres: Un cuarto propio (A Room of One’s Own, 1929), ensayo donde discurre y reflexiona en torno a un tema nodal: “para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio”; y Orlando: una biografía (Orlando: A Biography, 1928), fantástica novela, cuyo protagonista —para decirlo con palabras que Borges dice (a dúo con María Esther) en Introducción a la literatura inglesa (Buenos Aires, Falbo, 1965)—, “vive trescientos años y en el largo tiempo de su historia cambia de sexo”: de hombre se metamorfosea en mujer y por lo tanto vive lo que vive una singular y particular fémina (en el ámbito biológico, corporal, sexual, psíquico, social, aventurero, amoroso y literario); pero no durante tres siglos, sino durante más de 400 años y por ende concluye sus días, no transfigurado en un viejecito senil, chocho, rancio, disminuido y vegetativo, sino transformado en una vital y pensativa fémina de tan sólo 36 años de edad, quien se casó dos veces (la primera como hombre y la segunda como mujer), tuvo un hijo salido de sí, y escribió un reconocido y premiado poema.
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| Victoria Ocampo en 1944 Foto de Gisèle Freund |
Se puede inferir, a priori, que Borges tradujo a petición pecuniaria de Victoria Ocampo (1890-1979), pues además de que Virginia Woolf (1882-1941) era una escritora de su interés personal (con quien tuvo correspondencia y a quien visitaba en sus viajes a Inglaterra), ambos libros fueron publicados por Sur: el ensayo en 1936 y la novela en 1937. Y pese a que Borges figura como traductor (y a que diversas editoriales así lo siguen acreditando hasta lo que va del siglo XXI), corrieron rumores de que doña Leonor fue quien tradujo y él la ayudó o pulió lo que ella hizo; o que tradujeron ambos y él se quedó con el crédito. En fin. Por ejemplo, en el diálogo de Borges y Sabato del “14 de diciembre de 1975” —compaginado y editado por Orlando Barone en Diálogos Borges Sabato (Buenos Aires, Emecé, 1976)— dice sobre “su traducción del Orlando, de Virginia Woolf”: “Bueno, la hizo mi madre... yo la ayudé.” Pero Borges ocasionalmente era mitómano no sólo de manera oral (ídem la cantora) y proclive al juego de las falsas atribuciones; por ende, unas veces decía una cosa y a veces otra.
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| Silvina Ocampo y Marta Casares (Mar del Plata, 1953) Fotos en Las reglas del secreto (FCE, 1992), antología de Silvina Ocampo con selección, prólogo y notas de Matilde Sánchez. |
Bioy, por su parte, dice entre las páginas 94-95 de sus Memorias (Barcelona, Tusquets, 1994): “De Virginia Woolf, admirada por mi madre y por Silvina, que se guiaban por sus gustos y no por las modas del momento, nunca tuve la suerte de leer un libro que me interesara; ni siquiera me gustó Orlando, del que Borges a pesar de haberlo traducido (tiene que ser muy buen texto para merecer la aprobación de su traductor) hablaba con elogio. Desde luego, sospecho a veces que lo tradujo vicariamente, como dicen los ingleses. Esto es, por interpósita persona, su madre.”
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| (Sur, 1937) |
Pues será melón, dado que en la biografía sintética sobre Virginia Woolf publicada el 30 de octubre de 1936 en la revista El Hogar (se lee en Textos cautivos), Borges —y no su madre— hace una enciclopédica y laudatoria reseña de los libros de esa primer novelista de Inglaterra, entre ellos Orlando: “En Orlando (1928) también hay la preocupación del tiempo. El héroe de esa novela originalísima —sin duda la más intensa de Virginia Woolf y una de las más singulares y desesperantes de nuestra época— vive trescientos años y es, a ratos, un símbolo de Inglaterra y de su poesía en particular. La magia, la amargura y la felicidad colaboran en ese libro. Es además, un libro musical, no solamente por las virtudes eufónicas de su prosa, sino por la estructura misma de su composición, hecha de un número limitado de temas que regresan y se combinan. También es una música la que oímos en A Room of One’s Own (1930) [sic], donde alternan el ensueño y la realidad y encuentran su equilibrio.” Pero además, junto a tal biografía sintética se publicaron, con el título “Una página de Virginia Woolf”, dos fragmentos del primer capítulo de Orlando traducidos por él —se leen en Borges en El Hogar 1935-1958—, los cuales son idénticos a los que se leen en la novela, con excepción del íncipit. En el acopio de El Hogar se lee: “...En la cumbre, Orlando se quedó contando, mirando, reconociendo. Ésa era la casa de su padre; ésa la de su tío.” Y en la novela: “...Por un instante, Orlando se quedó contando, mirando, reconociendo. Ésa era la casa de su padre; ésa la de su tío.”
Monegal, en el Ficcionario, antologó esa biografía
sintética de Virginia Woolf, de la que dice en su nota 27: “Con la misma
fórmula de la biografía de Spengler [...], Borges presenta a sus lectores la
vida y la obra de una escritora entonces muy poco conocida fuera de Inglaterra.
Un año más tarde publicaría en Ediciones Sur una traducción de uno de sus
ensayos, Un cuarto propio (1937) [sic],
y de una de sus novelas, la biografía imaginaria de Orlando (1937). Al
comentar esta última obra en su ‘Autobiografía’, Borges habría de afirmar que
era obra de su madre. Es difícil de creer que ésta, por sí sola, pudiera haber
redactado una versión que iguala, si no supera, la felicidad estilística del
original. Tal vez Borges quería reconocer, de esta manera modesta, la ayuda que
recibió de su madre en esta tarea. La iniciativa de traducir al español la obra
de Virginia Woolf no es de Borges y pertenece enteramente a Victoria Ocampo,
amiga y admiradora de la gran escritora inglesa.”
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| (FCE, 1987) |
Curiosamente, Monegal, entre las páginas 262-263 de su póstuma biografía, dice haber sabido de Georgie al leer esa biografía sintética de Virginia Woolf: “Fue en esa época cuando encontré por primera vez el nombre de Borges. Estaba leyendo El Hogar (30 de octubre de 1936) y hallé en la sección ‘Libros y autores extranjeros’ una pequeña biografía de Virginia Woolf, más una página de su Orlando, algunas reseñas sueltas —un libro de canciones del Mississippi, una novela policíaca de Ellery Queen, otra novela de Henry de Montherlant, una reedición sobre un estudio de los escritores neuróticos, de Arvède Barine— y también una nota encabezada como ‘Vida literaria’, que era dedicada a Joyce e incluía una anécdota de su encuentro con Yeats. (Se citaba a Joyce diciendo a Yeats que era una pena no haberse encontrado antes, porque ‘ahora van a decir que usted ha sido influido por mí’.) En aquel momento yo tenía sólo quince años y fui rápidamente seducido por el ingenio de Borges, por su impecable estilo, por la vasta gama de sus lecturas. Desde El Hogar ascendí a Sur y rápidamente hice el rastreo de las librerías de Montevideo, buscando los libros de Borges. Encontré uno de los muchos ejemplares sin vender que habían quedado de Historia universal de la infamia (1935) y un ejemplar de Inquisiciones (1925) de segunda mano. Durante 1936 o 1937 esos libros no eran aún la pieza para coleccionistas que son actualmente.”
Y entre las páginas 267-268, luego del bosquejo de
las reseñas de cine que Borges hizo en los años 30, dice de las traducciones
que le solicitó la dueña y directora de Sur (la revista y la editorial):
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| Victoria Ocampo |
“Si Victoria Ocampo necesitó ser persuadida de admitir en Sur las reseñas cinematográficas de Borges, estaba resuelta en cambio a que él hiciera la traducción de algunos autores que ella prefería. Encargó tres traducciones: Persephone de André Gide (que se publicó inicialmente en Sur [abril, 1936] y luego como fascículo separado de la misma revista, 1936) [‘Publicación gratuita de la revista Sur en homenaje a Igor Strawinsky’], A Room of One’s Own (libro conocido como Un cuarto propio y también como Una habitación propia) de Virginia Woolf (publicado como fascículo, 1937) [sic] y el Orlando de la misma autora (1937). La escritora inglesa ya había sido presentada por Borges a los lectores de El Hogar, con una breve biografía a la que agregó un fragmento de Orlando (30 de octubre de 1936). Al juzgar la novela subrayó su originalidad —‘sin duda la más intensa de Virginia Woolf y una de las más singulares y desesperantes de nuestra época’— agregando: ‘La magia, la amargura y la felicidad colaboran en ese libro. Es, además, un libro musical, no solamente por las virtudes eufónicas de su prosa, sino por la estructura misma de su composición, hecha de un número limitado de temas que regresan y se combinan’. La traducción se convertiría pronto en un modelo. Borges había conseguido mantener en español la cualidad musical de la prosa de Mrs. Woolf.
“Posteriormente, Borges intentó declinar la responsabilidad de esa traducción. Al escribir sobre las traducciones de inglés que hacía Madre, aduce en su autobiografía que ella fue la verdadera autora de las que se atribuyen a él, y menciona específicamente las de Melville, de Virginia Woolf y de William Faulkner (‘Autob.’, 1970, 207) ¿Un error de la memoria, una broma amistosa, un elogio filial? Es difícil decirlo. Lo probable es que Madre le haya ayudado con esas traducciones. Puede haber hecho un primer borrador. Pero el estilo en español es tan inequívocamente borgiano que a Madre le habría llevado años de dura tarea el imitarlo. Lo que cabe presumir con fundamento es que al ayudar a su hijo, ella se integró con su ya distinguido equipo de colaboradores.”
X de X
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| Bendito entre las mujeres |
¿Qué, realmente, le habrá dicho a Estela Canto el cuarentón y regordete Borges sobre las mujeres y “la literatura femenina”? ¿En su anacrónico e inseguro cortejo (y presunto noviazgo o no) incurría o incurrió en algún desliz verbal o petulancia misógina y machista? (El que esté libre de machismo y misoginia que tire la primera piedra, podría vocearse, desde la noche de los tiempos, con evanescente aliento feminista.) En la página 55 de Apuntes de familia, el sobrino Miguel dice del tío sin datar con exactitud: “(Cito su opinión sobre el ‘pensamiento de las mujeres’, en Otras inquisiciones: No digo que [Hawthorne] era estúpido; digo que pensaba por imágenes, por intuiciones, como suelen pensar las mujeres, no por un mecanismo dialéctico).” Y en la 17 de su biografía anota María Esther Vázquez: “Enrique Zuleta Álvarez me regaló una preciosa grabación de la década de los sesenta en la cual, Borges, hablando entre hombres, se expresa con una libertad que jamás utilizó ante las mujeres.”
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| Saludando a Pinochet |
¿Pero se puede tomar al pie de la letra lo que asegura y exhibe Estela Canto —con cierto afán denigratorio y vengativo— en medio de sus múltiples infundios, tergiversaciones, yerros, resentimientos y rencores? A lo largo de su vida, Borges no fue el mismo ni de una sola pieza y por ende mostró diversas facetas, algunas deleznables e inmorales, como su connivencia y conchabanza con el genocida Pinocho Pinochet y con los sangrientos militares de las desapariciones, las torturas, los asesinatos y los vuelos de la muerte: la supuesta “junta de caballeros” que encabezó la Pantera Rosa (Videla) tras el golpe de estado del 76.
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| Saludando a Videla |
Otra es su legendaria e irracional aversión hacia la raza negra. (Cuyo origen quizá reside en cierta medida en el ancestral atavismo idiosincrásico que refiere Estela Canto en la página 36 de sus “memorias”: “los argentinos se sentían superiores a los otros sudamericanos por no tener sangre negra e india en sus venas”; lo que implica metabolizar el lúdico y coloquial estigma que categoriza: “los argentinos descienden de los barcos”.) Y sobre ello, Rodolfo Braceli, en la página 101 de Borges-Bioy. Confesiones, confesiones (Buenos Aires, Sudamericana, 1997), cita (sin datar) una tronante e iracunda declaración en la que Borges incurre en lo absurdo y en la imbecilidad: Por supuesto que me resultan insoportables los negros... no me desdigo de lo que tantas veces afirmé: los norteamericanos cometieron un grave error al educarlos; como esclavos eran como chicos, eran más felices y menos molestos. Lo cual es una viperina variación de lo que Braceli cita en el “Catálogo de barbaridades tercerborgianas”, capítulo de su libro Don Borges, saque su cuchillo porque... (Buenos Aires, Galerna, 2ª ed., 1998). Meollo que evoca un apunte de Bioy en el ladrillesco Borges, precisamente en la entrada del viernes 12 de noviembre de 1971:
“BORGES: ‘Me
preguntaron si me gustaba el Brasil. Les dije que no, porque era un país lleno
de negros. Eso no les gustó nada. No se puede decir nada contra los negros. El
único mérito que tienen es el de haber sido maltratados y eso, como observó
Bernard Shaw, no es un mérito’.”
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| Fanny y Borges |
Y entre varias anécdotas dispersas hay una contada por Fanny, la célebre criada de Georgie y su madre en el departamento B del sexto piso de Maipú 994 (defenestrada por Edwin Williamson en su biografía y defendida y reivindicada por María Esther Vázquez en la suya), la cual se lee en la página 91 de El señor Borges (Barcelona, Edhasa, 2005), libro urdido por el coleccionista y biógrafo Alejandro Vaccaro:
“Había
una costumbre casi cotidiana en mi relación con el señor Borges. Cada vez que
recibía visitas, después que se habían ido, me preguntaba cómo eran esas
personas. En una ocasión vinieron a verlo unas mujeres, que tenían una
entrevista con él. Se sentaron a su alrededor y le hicieron un sinfín de
preguntas. El señor se divirtió mucho con ellas y estaba muy alegre. Cuando
ellas se fueron vino la pregunta de rigor: ‘Fanny, cómo eran estas mujeres que
me vinieron a ver’. ‘Bueno’ le contesté, ‘eran negritas, tenían la piel de color
negro’. La cara del señor se fue transformando de a poco y se enojó mucho
conmigo, por no haberle avisado, antes de que entraran, de que las alegres
chicas que lo habían entretenido durante casi toda la tarde eran de piel negra.
Eran actitudes extrañas, casi incomprensibles para mí.”
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| Borges a los 19 años (Mallorca, junio de 1919) |
Y en la página 174 de Cartas a Godel, en una misiva que Vaccaro ubica entre octubre e inicios de noviembre de 1918, el joven Georgie, de 19 años, transluce una pizca de ese racismo salpimentado de xenofobia y misoginia:
“Los
luganeses me resultan antipáticos. Son italianos puros, guarangos, gritones,
compadres. Al oírlos me parece que estoy en mi país.
“Las
luganesas son muy morenas y muy cursis. Es una idiosincrasia pero a mí las
morochas siempre me dan la idea de sucias. Sin duda pensarás que este mal humor
mío ha de tener raíces hondas y desconocidas.”
No menos
anecdótico es que en la misiva a Godel datada en Ginebra el “4 de diciembre de
1917” —si bien el joven
Georgie de 18 años celebra el magnífico ejemplo de la Revolución Rusa: Yo
deseo esta revolución con toda mi alma. Puedo asegurarte que la juventud intelectual
alemana saludaría esta revolución con entusiasmo. (De la que ya descree en la carta a Maurice
Abramowicz datada, en francés, en “Sevilla, 12 de enero de 1920”: Estoy de
acuerdo contigo en lo del bolchevismo. Es una sucia gentuza de arribistas, que
llegarán y harán de la Vida una inmundicia moral mediocre y monótona, op. cit., p. 73)— trasluce prejuicios xenófobos y misóginos ante las
chavalas de su entorno ginebrino:
Vengo de
dar una vuelta por el centro y vuelvo impresionado como siempre por la
extraordinaria fealdad de las muchachas suizas. Tienen las caras llenas de
pecas, son muy cursis, tienen manos y pies gigantescos y como nunca se lavan y están
sudando de patearla todo el día, tiene un olor que apestan. Da gracias a Dios
que no vives en Ginebra.
Y en la
carta datada (por Vaccaro) el “23 de mayo de 1918”, el joven Georgie le
pregunta a Godel sobre “el Gran Tema” (el amor ligado al sexo); le cuenta sus
vicisitudes en torno a una muchacha de Praga de la que se enamoró; y le
reporta sobre el citado efluvio maloliente que pulula por ahí:
“[...] ¿Y
tú oh mi hermano no tienes nada que contarme sobre el Gran Tema?
“[¿]Te
has enamorado ya, has dado vueltas y vueltas en la cama pensando en ella, has
preparado cumplidos que no te has atrevido a pronunciar, te has puesto colorado
al verla? Yo pasé todo esto el año pasado. Me enamoré de una muchacha de Praga
muy inteligente pero bastante fea que estudiaba conmigo. Felizmente ella no me
hizo caso y la crisis no duró más de unos tres meses. Ahora la veo con mucha
frecuencia y somos muy amigos y nada más. (Ella tendrá unos veinticinco años)
Actualmente busco compañera (Eso es moneda corriente en Ginebra). Las muchachas
fáciles pululan, pero tomando en cuenta que yo soy tímido con mujeres y que las
muchachas son muy cursis y tienen un olor que apesta (+ la fealdad extraordinaria
ya indicada) verás las dificultades que se oponen a mis deseos. Como siempre leo
mucho. Ahora estoy dedicado a novelas rusas. ¿Has leído el Crimen y Castigo de Fedor Dostoyevski? [...]”
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| Fotograma de Passione d’amore (1981) |
Esa muchacha de Praga de la que se enamoró el joven Georgie era la baronesa Hélène von Stummer (“inteligente pero bastante fea”). Quizá idéntica o parecida a la cultísima y sensible Fosca, caracterizada por Valeria D’Obici, quien en Passione d’amore (1981), el filme de Ettore Scola, seduce, desquicia y enferma a Giorgio Bacchetti (Bernard Giraudeau), un apuesto capitán de caballería. Quien hacia 1916, en Ginebra, le regaló un ejemplar de Der Golem (1915), la fantástica novela de Gustav Meyrink (casi recién salida del horno) que fue el primer libro que Borges descifró en alemán, según evoca en el improvisado comentario a la recitación de su poema “El Golem” (se oye en la web y en el citado disco compacto Borges por él mismo) y en el prólogo a El cardenal Napellus, libro de La Biblioteca de Babel, editado en Buenos Aires, en 1979, por Franco Maria Ricci y Librería La Ciudad (con traducción de María Esther Vázquez); y en 1984, en Madrid, por Ediciones Siruela. Hélène, además, fue incluida por él en la Antología
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| (La Ciudad/FMR, 1979) |
expresionista que publicó en la capital española, en octubre de 1920, en la revista Cervantes, con traducciones del alemán y notas suyas —se lee en Textos recobrados 1919-1929—. Se trata de “Epitalamio”, “(Del libro Leidenschaftliche Plakate, 1919)”, poema que cierra la selección de poesías de nueve poetas, rubricado con la críptica firma de H. v. Stummer. Lucas Adur, en la página 82 de Jorge Luis Borges. Un destino literario (Madrid, Cátedra, 2025), especula sobre la posibilidad de que “Epitalamio” sea un poema de él y no de ella y que, por ende, se trate de uno de sus primeros juegos con las falsas atribuciones y las citas apócrifas; por lo tanto, dice, “la inclusión del nombre puede leerse como un guiño del poeta a quien fue su primera amada”.
Pero se
trató de un enamoramiento no recíproco (al parecer) y enrarecido por los
vapores y entresijos domésticos, pues Bioy, en la entrada del jueves 11 de noviembre
de 1971 del ladrillo Borges,
registra: “Me habla de una baronesa checa que leía con él en Ginebra: ‘Estaba
enamorada de Padre. A Madre no le importaba, porque se daba cuenta de que a
Padre no le gustaba... Qué raro. Madre dice que los años de Ginebra fueron los
más felices de su vida. No podría ignorar, sin embargo, que Padre la engañaba
con todas las mujeres que tenía a tiro’.”
Entre ellas las sexoservidoras del barrio prostibulario de la cercana Place du Bourg-de-Four, donde lo mandó a perder la virginidad con una puta (y no pudo) y donde su progenitor solía ejercitase para mantener en forma la cintura y el miembro viril. Eran las costumbres machistas de la época (con remanentes decimonónicos, no sólo europeos, pamperos, gauchescos y patagónicos) de las que Georgie no estuvo exento en sus andanzas de joven bohemio y ultraísta en la península ibérica y en Palma, según se advierte en “Casa Elena (Hacia una estética del lupanar en España)”, crónica literaria y prosa poética publicada en Madrid, el 30 de octubre de 1921, en el número 17 de Ultra (se lee Textos recobrados 1919-1929). Y en un pasaje del ladrillo Borges, precisamente en la entrada del domingo 28 de mayo de 1972, donde Bioy registra: “Cuenta que en Madrid, cuando llegó de Suiza, con Garfias y otro amigo iban todas las tardes (o noches) a una pensión donde vivían unas chicas amigas. Pasaban una hora u hora y media en la sala, casi en la penumbra, cada uno con una chica sentada sobre las rodillas o abrazada. Las chicas hablaban de su pureza, de que irían vírgenes al matrimonio y mientras tanto los tocaban y masturbaban. Después de esos manoseos recíprocos salían ‘tembleques’ a la calle.”
Y dirigida a
Maurice Abramowicz (1901-1981) —uno de sus entrañables amigos ginebrinos (hasta
el fin de sus días), compañero suyo en el Collège Calvin, pero no de clase —apunta Carlos García en la
página 53 de Cartas del fervor—,
quien hizo posible que Georgie viera impresa su primera reseña bibliográfica escrita,
no en español, sino en francés: Chronique
des lettres espagnoles. Trois nouveaux livres; publicada en Ginebra, en La Feuille, el 20 de agosto de 1919 (se
lee, en edición bilingüe, en Textos
recobrados 1919-1929)— hay una misiva en Cartas del fervor, datada en “[Barcelona, 2 de marzo de 1921]”, donde
el gallito porteño (el poète maudit del
Cono Sur), dándoselas de guapo: quiquiriquea a gaznate pelado (con la pechuga inflada,
la cresta eréctil y los espolones afilados) en la traducción del francés al
español:
Querido hermano:
desde la ciudad rectangular e inmunda lanzo hacia ti mi corazón como una red.
Pasado mañana me voy. He dejado Palma con un inmenso pesar. Alomar, Sureda y yo
hicimos el Manifiesto que ya sabes y que provocó un asombro y un escándalo
espléndidos... Además en la ruleta gocé de una suerte inaudita —para mí (¡60
pesetas con un capital de una
peseta!) que me permitió triunfar 3 noches seguidas en el burdel. ¡Una rubia
suntuosamente cochina y una morena a la que llamamos La Princesa y sobre cuya
humanidad me enardecí como sobre un avión o un caballo! (¡Una catalana, perdóname!)
Ahora la gloria
se ha apagado. Me siento ‘como un huérfano pobre sin hermana mayor’.
Verdaderamente he amado a esta Luz que me trataba como a un niño y cuyos gestos
eran de una indecencia ingenua. Parecía una catedral y una perra.
Escríbeme a Poste
Restante, Buenos Aires.
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| Fosca (Valeria D’Obici) Fotograma de Passione d’amore (1981) |
Comparto tu aversión a Hélène. [¡La baronesa del Golem parecida a Fosca!, de quien en la misiva datada en “Palma de Mallorca, c. 16/17 de noviembre de 1920”, le replica con algo no menos deletéreo: Comparto tu juicio sobre Hélène.] No es ni natural —como Luz— ni sabiamente artificial como una joven de buena familia que cortejé en Palma y en quien cada palabra y cada silencio eran una obra de arte.
Quizá esa idílica y modélica joven de buena familia (que al parecer caminaba con sílabas contadas y que corporificó la rosa sin por qué, la evanescente y platónica rosa intemporal) era Elvira Sureda Montaner (muerta por la tuberculosis el 11 de octubre de 1922), hermana del poeta y pintor Pitín Sureda (quien habría de fallecer el 7 de junio de 1935 por la misma enfermedad), a la que Georgie le dedicó el poema “Distancia” —se lee en Textos recobrados 1919-1929—, publicado el 30 de abril de 1921 en el número 9 de Ultra, órgano literario y de agitación ultraísta con sede en Madrid.
[...] También he
leído algunos libros españoles, entre ellos uno de Silverio Lanza, que fue
amigo y maestro de Baroja. Hay cosas muy fuertes en Lanza. He aquí una muestra.
Escribe una vida imaginaria de Judas Iscariote y nos cuenta que su madre era
prostituta en Garizín... Judas abandona su ciudad para ir a Jerusalén y, hecho
un hombre, vuelve a Garizín. Entonces... ‘cerca de la ciudad y en las
proximidades del camino, encontró a una muchacha y concertó con ella el precio
del placer. Cuando lo hubo conseguido hablaron y como él le dijo quién era,
exclamó ella:
—¡Hijo mío!
Y Judas respondió:
—Pues si eres tú mi madre, devuélveme el
dinero’.
Un Georgie que, de regreso a Buenos Aires en 1921, se enamoró de Concepción Guerrero, una chavala de 16 años con la que soñó casarse e independizarse —se lee en biografías y en varias Cartas del fervor— y quizá engendrar Borgitos a cintura batiente. (Eso sí: ¿con ondulaciones decentes, conservadoras y políticamente correctas?). No obstante, no dejó de evocar sus ensueños y aspiraciones sexuales en Europa: ¿Has tenido la suerte de volver a ver a aquella lavandera de la cabellera rojizamente flameante que creí amar en un tiempo lejano? Me dio más plantones que neologismos hay en los poemas de Torre. Le pregunta y le dice a Pitín Sureda, en francés, en la misiva datada en “[Buenos Aires, c. marzo de 1922]”. Un Georgie muy distante del viejo conservador, ciego, puritano, inhibido y mojigato que despreció y tildó de pornográficas y escatológicas ciertas ilustraciones de la cosmología tantra que figuran en la megalujosa edición de Il congresso del mondo que en 1974 editó, en Milán, Franco Maria Ricci (véase el pie que se lee en la página 1494 del ladrillo Borges y la página 280 de la biografía de María Esther Vázquez).
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| Fotograma de A intrusa (1979) |
Intríngulis que
remite a lo que Bioy apunta y reflexiona el viernes 29 de diciembre de 1972 en
su citado ladrillo:
“[...] BORGES:
‘¿Sabés lo que me han propuesto? Hacer un film erótico con ‘La intrusa’.
Entonces no comprenden el cuento’. Después de una pausa, en el colmo de la
indignación, exclama: ‘¡Quieren mostrar a la protagonista desnuda en el baño!
Qué porquería: mujeres desnudas en el baño’. [Cuentan los hombres dignos de fe, pero Alá sabe más, que desde la noche de los tiempos el adolescente Aladino,
espiando en el hammam, siente, sueña,
imagina y piensa lo opuesto.] Para Borges el sexo es sucio. Por mucho tiempo me
dejé engañar, porque entendía que lo excluía, en literatura, por ser un expediente
fácil, socorrido y un poco necio. No; esa burla oculta, con alguna vergüenza de
que lo tomen por mojigato, un violento rechazo. La obscenidad le parece una
culpa atroz: puta no es la mujer que
cobra, sino la que se acuesta.”
Un Borges, a contraluz, no tan distinto del
anacrónico, torpe, inseguro, balbuceante, ceguetas, cachetón, pies chicos, cara
pálida, bebedor de leche, políglota, dizque no erudito, prolífico y creativo Georgie que cortejó a Estela Canto entre fines de 1944 y 1952 —pese a las presuntas, coercitivas e
inapelables órdenes de su autoritaria y manipuladora madre—; según chismorrea
y dictamina ella: con fobia al sexo y castrado e infeliz de por vida a partir
de la traumática vivencia —impuesta por su
padre— con una
prostituta que presuntamente fornicaba con éste.
Nota bene:
Como cantaría Estela Canto: esta reseña no tiene bibliografía. No obstante, todas las fuentes bibliográficas (y webs) consultadas por el reseñista están citadas o implícitas en el texto.
*********
"El Golem", poema comentado y recitado por Borges.
"El viaje a la Luna" (1902) de Georges Méliès.


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