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lunes, 17 de agosto de 2020

Pantaleón y las visitadoras

Un pendejo de siete suelas

I de III
Con motivo del 80 aniversario del escritor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936) en febrero de 2016, en Villatuerta, Navarra, el consorcio Penguin Random House, a través de Alfaguara, terminó de imprimir su novela Pantalón y las visitadoras en una vistosa “Edición limitada”, cuya sobrecubierta y pastas duras fueron ilustradas con detalles de un prostibulario bailongo: Cuatro mujeres (1987), óleo sobre lienzo de Fernando Botero, celebérrimo pintor colombiano, que incluso tiene en su voluminoso y monumental haber un retrato del Premio Nobel de Literatura 2010, donde se le ve, algo caricaturesco, tecleando una minúscula máquina de escribir con regordetas manos y un ligero parecido al joven narrador de los años del boom en Barcelona.
Mario Vargas Llosa mirando su retrato pintado por Botero
        Tal “Edición limitada” tiene, además, un “Prólogo” que el novelista firmó en “Londres, 29 de junio de 1999”, donde queda claro su afán lúdico y ficcional (inextricable al marketing), translúcido no sólo en el quimérico cierre: “Algunos años después de publicado el libro —con un éxito de público que no tuve antes ni he vuelto a tener— recibí una llamada misteriosa, en Lima: ‘Yo soy el capitán Pantaleón Pantoja’, me dijo la enérgica voz. ‘Veámonos para que me explique cómo conoció mi historia’. Me negué a verlo fiel a mi creencia de que los personajes de la ficción no deben entrometerse en la vida real.”

Edición limitada con portada de Fernando Botero
Alfaguara, 2016
         Al principio del “Prólogo”, Mario Vargas Llosa declara a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y envirulada aldea global: “Escribí esta novela en una apretada casita de Sarrià, en Barcelona, entre 1973 y 1974, al mismo tiempo que su versión cinematográfica. Debía filmarla José María Gutiérrez, pero, por los absurdos malabares del cine, terminé dirigiendo la película al alimón con él (acepto toda la responsabilidad de la catástrofe).” Al parecer, la simiente del amistoso pacto de filmar el guion surgió del hecho de que José María Gutiérrez (cineasta español fallecido casi a los 74 años el 5 de febrero de 2007) estuvo cerca del génesis de la novela (y por ende se la dedicó), pues más adelante apunta el narrador: “A diferencia de mis libros anteriores, que me hicieron sudar tinta, escribí esta novela con facilidad, divirtiéndome mucho, y leyendo los capítulos a medida que los terminaba a José María Gutiérrez, y a Patricia Grieve y Fernando Tola, mis vecinos de la calle Osio.” 

       
Mario Vargas Llosa y José Sacristán durante el
rodaje de Pantaleón y las visitadoras (1975)
       Además de codirigirla y de actuar en un papel de militar del Ejército peruano, esa homónima versión fílmica, rodada en Santo Domingo con actores profesionales (José Sacristán, Katy Jurado) y estrenada en 1975, resultó un chasco y no tuvo la resonancia y el éxito de la parcial adaptación de la novela que el cineasta Francisco Lombardi estrenó en 1999. (Ni el focalizado éxito de la versión escénica que el actor y director Jorge Alí Triana estrenó, en 2009, en el teatro Repertorio Español de Nueva York. A la que se sumó la versión musical que, dirigida por Juan Carlos Fisher, se estrenó el 24 de mayo de 2019 en el Teatro Peruano Japonés, en Lima.) No obstante, se infiere que Mario el memorioso (la memoria es un forma del olvido, Borges dixit) no la escribió “entre 1973 y 1974”, pues la primera edición de Pantaleón y las visitadoras, su cuarta novela, Carlos Barral, a través de Seix Barral, la publicó en Barcelona en “mayo de 1973”. 

   
Primera edición en Seix Barral
(Barcelona, mayo de 1973)
        Y ya encarrerado con la infalible mercadotecnia del ficcional “olvido”, apunta al inicio del segundo párrafo de su “Prólogo”: “La historia está basada en un hecho real —un ‘servicio de visitadoras’ organizado por el Ejército peruano para desahogar las ansias sexuales de las guarniciones amazónicas—, que conocí de cerca en dos viajes a la Amazonía —en 1958 y 1962—, magnificado y distorsionado hasta convertirse en una farsa truculenta.” Vale recordar que en El pez en el agua (Seix Barral, 1993), Mario Vargas Llosa evoca que el primer viaje a la Amazonía lo hizo, efectivamente, en 1958, cuando él, casado con la tía Julia desde mediados de 1956, estaba en Lima organizándose y preparándose para viajar a Europa donde haría su doctorado en la Complutense tras obtener, ex profeso y en la Universidad de San Marcos, la beca Javier Prado. E imprevistamente lo invitaron a viajar a la Amazonía (de cuya estancia de tres semanas en la selva escribiría, en un hotel en Río de Janeiro y ya rumbo a Europa, una crónica para la revista Cultura Peruana, por petición de José Flórez Aráoz, su director, quien también viajó a la Amazonía en el mismo hidroavión, además del antropólogo mexicano José Matos Mar y del antropólogo y folclorista ayacuchano Efraín Morote Best): “Cuando ya estaban muy avanzados los preparativos, un día, en la Facultad de Letras, Rosita Corpancho [la secretaria] me preguntó si no me tentaba un viaje a la Amazonía. Estaba por llegar al Perú un antropólogo mexicano de origen español, Juan Comas, y con ese motivo el Instituto Lingüístico de Verano y San Marcos habían organizado una expedición hacia la región del Alto Marañón, donde las tribus aguarunas y huambisas, por las que él se interesaba. Acepté, y gracias a ese corto viaje conocí la selva peruana, y vi paisajes y gente, y oí historias que, más tarde, sería la materia prima de por lo menos tres de mis novelas: La casa verde [1966], Pantaleón y las visitadoras [1973] y El hablador [1987].”
     
Cuadernos marginales 21
Tusquets Editor
(Barcelona, 1971)
       Y la segunda vez que Mario Vargas Llosa viajó a la Amazonía no lo hizo en “1962”, sino en 1964; de sobra es consabido y así se data y documenta con fotos en el volumen colectivo Mario Vargas Llosa. La libertad y la vida (Editorial Planeta Perú/Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008). Y así él lo registró en su conferencia, reflexiva y autobiográfica, Historia secreta de una novela, publicada en 1971, en Barcelona, por Tusquets Editor, con el número 21 de Cuadernos marginales (serie con portadas doradas), impresa con tinta verde y dedicada al escritor mexicano Carlos Fuentes, de la cual consigna al inicio en un breve fragmento: “Esta conferencia, originalmente escrita en un rudimentario inglés que mi amigo Robert B. Knox mejoró, fue leía en Washington State University (Pullman Washington, el 11 de diciembre de 1968.” (Sic.) Ese segundo viaje, Mario Vargas Llosa lo hizo por iniciativa propia, cuando aún tenía en sus manos el barajeado y trabajado borrador de La Casa Verde (obra que lo catapultaría aún más por la chismográfica aldea global: Premio de la Crítica en 1966, invitación al “congreso mundial del PEN Club en Nueva York”, y Premio Rómulo Gallegos en 1967) y quería constatar, de cuerpo presente y para su obra en ciernes, ese territorio mítico y legendario que desde 1958 bullía en su memoria y en su novelística imaginación: “Cuando terminé la novela, en 1964, me sentí inseguro, lleno de zozobra respecto al libro. Desconfiaba principalmente de los capítulos situados en Santa María de Nieva. Mi intención no había sido, desde luego, escribir un documento sociológico, un ensayo disfrazado de novela. Pero tenía la molesta sensación de que, a pesar de mis esfuerzos, había idealizado (para bien y para mal) el ambiente y la vida de la región amazónica. Tomé la determinación de no publicar el libro mientras no hubiera retornado a la selva. Ese año volví a Lima. Esa vez no fue tan fácil llegar a Santa María de Nieva, por la falta de comunicaciones. Seis años antes había viajado por la selva muy cómodamente, en el hidroavión-renacuajo del Instituto Lingüístico de Verano. Esta vez viajé por mi cuenta y acompañado de un amigo, el antropólogo José Matos Mar, que había formado parte de la expedición la primera vez.”

Mario Vargas Llosa con un nativo de Santa María de Nieva
(Perú, 1964)


II de III
Distanciado de la estructura tradicional de La ciudad y los perros (Seix Barral, 1963), con La Casa Verde (Seix Barral, 1966) y Conversación en La Catedral (Seix Barral, 1969), su segunda y tercera novela, y con su relato Los cachorros (Lumen, 1967), Mario Vargas Llosa les dijo, a los dispersos lectores del mundanal orbe, que no estaba dispuesto a urdir sus obras de una manera facilona y predecible. Y pese a que Pantaleón y las visitadoras es una ópera bufa, un divertimento risible y cómico (no obstante los incidentes, trasfondos y linderos dramáticos), muy accesible en relación a la laberíntica urdimbre y a las dificultades de lectura de las dos novelas precedentes, no por ello dejó de explorar varios procedimientos narrativos que parecían innovadores. A saber: el súbito y caprichoso cambio de voces y tiempos entre los párrafos y capítulos (algo muy frecuente en sus libros); recurrentes elipsis y estilística y repetitiva ruptura del orden lógico y sintáctico en numerosos enunciados; parodias de maneras de hablar y de escribir con yerros ortográficos o sin ellos; parodias de partes y órdenes militares; parodias de oficios y cartas; parodias de pesadillas y de alucinaciones por bebedizos y alcaloides; parodia de guion radiofónico y de reportajes periodísticos; abundancia de nombres y apodos en diminutivos; un sobrenombre (Pan-Pan), el par de apellidos de un coronel (López López) y los rótulos de un par de bares (Mao Mao y Camu Camu) parecen devenir y conmemorar el nombre del Negro Negro, ese mítico, oscuro y sombrío antro limeño que el autor conoció en los años 50, decorado con portadas de The New Yorker y donde él, con colegas de La Crónica y de Última Hora, se sentía bohemio y bebiendo y trasnochando en una boîte parisina; todo salpimentado con peruanismos, localismos, modismos y vulgarismos del habla cotidiana y popular; a lo que se añaden los episodios y entresijos eróticos y libertinos; las leyendas de bebedizos afrodisíacos y curativos y de seres míticos e híbridos del entorno selvático y amazónico de Iquitos; y la parodia e invención de un sangriento y fanático culto religioso y apocalíptico que sacrifica y crucifica animales, insectos, reptiles y seres humanos. De modo que el lector, de nueva cuenta, se ve inducido a reconstruir y a armar en la memoria el lúdico puzle narrativo. 
Mario Vargas Llosa entre Katy Jurado y José Sacristan
durante el rodaje de Pantaleón y las visitadoras (1975)
        Según dice Vargas Llosa en su “Prólogo”: “Por increíble que parezca, pervertido como yo estaba por la teoría del compromiso en su versión sartreana, intenté al principio contar esta historia en serio. Descubrí que era imposible, que ella exigía la burla y la carcajada. Fue una experiencia liberadora, que me reveló —¡sólo entonces!— las posibilidades del juego y el humor en la literatura.” Tal es así que en lo que va del siglo XXI y de sus 19 novelas, Pantaleón y las visitadoras —seguida por las vertientes lúdicas y humorísticas de La tía Julia y el escribidor (Seix Barral, 1977)— es la más divertida, desenfadada, imposible e hilarante. De modo que no puede catalogarse de realista (de estricta transposición de la realidad a un libro), sino partícipe y contagiada del realismo mágico (y fantástico) del boom latinoamericano que en América Latina y Europa eclosionó la deslumbrante aparición de Cien años de soledad (Sudamericana, 1967), la novela central de Gabriel García Márquez y del idioma español del siglo XX, eje de Historia de un deicidio (Barral Editores/Monte Ávila Editores, 1971), la voluminosa investigación de Mario Vargas Llosa (que fue su tesis doctoral).

Barral Editores/Monte Ávila Editores
(Barcelona/Caracas, 1971)
      Los hechos medulares de Pantaleón y las visitadoras se sitúan en un promedio de tres años: entre 1956 y 1959. En el libro, cuando en 1959 casi concluye el tempo novelístico, el capitán Pantaleón Pantoja, reprendido en la oficina del general Collazos, rígido, sin mover los labios, “cuenta seis, ocho, doce condecoraciones en el frac del primer mandatario” que observa en un tácito retrato. Tal imagen, por defecto, remite a la estereotipada imagen del general Odría con la guerrera chapada de mellas (ídem el general Porfirio Díaz o algún histórico káiser), pues fue dictador del Perú durante el llamado ochenio (1948-1956); y por ende puede suponerse que en el Perú de la novela aún sigue siendo el “primer mandatario”. ¿O acaso la imagen del “primer mandatario” que observa el demudado capitán Pantalón Pantoja es el retrato del ministro de Guerra? En la vida real, en 1959, el presidente del Perú ya no era un militar, sino un civil, ingeniero de profesión: Manuel Prado. En la novela, además, la religión católica es la religión oficial y por ende la religión de las fuerzas armadas. De modo que en la jerarquía militar está imbricada la jerarquía católica. En este sentido, cuando el capitán Pantaleón Pantoja arriba a Iquitos con la secreta misión de organizar y dirigir un trashumante prostíbulo que dé servicio sexual a los calenturientos e irrefrenables soldados de las “Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines”, sus primeros cuestionadores y opositores (en el mojigato e hipócrita entorno) son el par de jefes ante los que se cuadra y entrevista: el general Roger Scavino, “comandante en jefe de la V Región (Amazonía)”, y sobre todo el sacerdote y comandante Godofredo Beltrán Calila, “jefe del Cuerpo de Capellanes Castrenses de la V Región (Amazonía)”. No obstante, pese a sus objeciones, acatan las órdenes y se muerden la lengua; pero la moralina y el resquemor del cura son tales, que a la postre solicita su baja del Ejército (oficio que se lee en la obra). 

El capitán Pantaleón Pantoja y la Brasileña entre cachacos
(José Sacristán y Camucha Negrete)
Pantaleón y las visitadoras (1975)
         Según el dictamen del general Collazos: “soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca”. Y esto ocurre, dice, por el clima caluroso de la Amazonía, lo cual refleja la proliferación de violaciones, embarazos no deseados y abusos sexuales de todo tipo que sucesivamente comenten los cachacos, incluso en iglesias y lugares públicos, no importándoles que sus víctimas sean casadas, jóvenes o respetables ancianas. En este sentido, para canalizar y controlar ese caos y desenfreno, en Lima, el Tigre Collazos, o sea: “el general Felipe Collazos, jefe de Administración, Intendencia y Servicios Varios”, y su adjunto el coronel López López, “jefe del Departamento de Contabilidad y Finanzas”, (obviamente con la tácita e implícita anuencia del ministro de Guerra y del Estado Mayor), dada la impecable foja de formación e irreprochable conducta en la Escuela Militar de Chorrillos (“el único cadete que se lustraba los zapatos para salir a embarrárselos en las maniobras”) y la excelencia organizativa y administrativa recién demostrada en la Guarnición de Chiclayo, eligen al teniente Pantaleón Pantoja, recién ascendido a capitán de Intendencia, para que organice a todo vapor y ponga en funcionamiento el Servicio de Visitadoras.

Fotograma de Pantaleón y las visitadoras (1999)
         El capitán Pantaleón Pantoja viaja a Iquitos con la señora Leonor, su madre, y con Pochita, su esposa. Apenas bajan del avión y el matrimonio ocupa una recámara del Hotel Lima, Panta, casi poseso, pone en acción la mítica incidencia del clima caluroso y caliente de la Amazonía, pues aún antes de experimentar con afrodisíacos tradicionales y regionales, ni tardo ni perezoso induce a Pochita con una fogosidad nunca antes demostrada y con visos de concebir al cadetito cuanto antes. Encuentros sexuales que se intensifican y se hacen aún más frecuentes y exhaustivos cuando Panta, por sus investigaciones de campo, prueba diversos afrodisíacos, que incluso lo orillan al compulsivo onanismo. Es así que en la extensa carta que Pochita le envía a Chichi, su hermana, le cuenta sobre la índole sensual, cachonda y desinhibida de las féminas de Iquitos, y sobre los notorios e insaciables cambios de su marido: “Panta pisó la selva y se volvió un volcán”; lo cual confirma el supuesto dicho del general al subalterno: “la selva vuelve a los hombres unos fosforitos”. De modo que parece que en la Amazonía peruana tienen muy presente (y ponen en práctica día a día, noche tras noche y año tras año) ese milenario y sapientísimo axioma que se lee en el tercer tomo de Las mil y una noches (Aguilar, 1955), anotadas y traducidas del árabe por Rafael Cansinos Assens (el pontífice del madrileño Café Colonial, quien “podía saludar a las estrellas en once idiomas”, autor de un libro de psalmos eróticos editado por Renacimiento en 1914: El candelabro de los siete brazos, preceptor del joven Borges en el Madrid de 1919, quien cifró y cinceló en un pie que se lee en “Tlön” por toda la eternidad: “Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre.”): “La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne.”  

Borges en Mallorca (1919)
      El caso es que el capitán Pantaleón Pantoja, un joven recto y sin vicios, es un obseso y maniático del orden y de la disciplina militar; ya en la manera en que planifica y ordena el Servicio de Visitadoras en todos sus renglones y menudencias, incluida la conducta y los vocablos de las rameras y de sus colaboradores, las responsabilidades laborales y sanitarias, los desplazamientos por agua y aire de cada convoy, el tipo, el lugar y el tiempo de cada sexoservicio, y los colores del vestuario de ellas (verde y rojo); ya en la verborrea y retórica castrense de sus minuciosos y risibles reportes y reglamentos; ya en la propuesta (y enmienda) del jocoso y chusco “Himno de las visitadoras”, cuyos versos se leen en la novela y que ellas cantan y corean con música de La Raspa; pero también en sus quiméricos proyectos para súper acrecentarlo y diversificarlo entre soldados, suboficiales y oficiales de toda laya.

Fotograma de Pantaleón y las visitadoras (1999)
        En un sucio y abandonado depósito del Ejército (que incluso fue reducto clandestino y escenario de un “brujo o curandero” y de los antihigiénicos ritos de un grupúsculo de la Hermandad del Arca), Panta, camuflado de civil y auxiliado por dos cachacos de civil sin inclinaciones por el sexo opuesto, limpia y acondiciona ese almacén ubicado en las inmediaciones del río Itaya. Él lo llama “centro logístico” (y la vox populi Pantilandia) y a su oficina “puesto de mando”. Solicita al Ejército y lo proveen de un barco y de una avioneta, que él camufla y bautiza con nombres de resonancias bíblicas y pecaminosas: Eva y Dalila; y ordena que los pinten de rojo y verde. Dispuesto por el general Scavino, el teniente Bacacorzo es su contacto con éste y su guía en los bares y bulines de Iquitos. A través de Bacacorzo contacta con el chino Wong, conocido como “el Fumanchú de Belén”, o sea: del “barrio de las casas flotantes, la Venecia de la Amazonía”; cuya divisa canturrea: Chino que nace pobletón/ Muele cafiche o ladlón. Personaje que “Consigue lavanderas a domicilio” y por ende se convierte en su “enganchador” a sueldo, quien lo pone en contacto con la patrona de Casa Chuchupe, o sea, con la madama Chuchupe, su “jefa de personal” en el Servicio de Visitadoras, quien se suma a la empresa junto con Chupito, un enano, su amante, mascota y socio. Y entre las rameras contratadas por Panta descuellan tres: Luisa Cánepa, que era sirvienta del teniente Bacacorzo, y, según dice, “la violó un sargento, y después un cabo y después un soldado raso [...] La cosa le gustó o qué se yo, mi comandante, pero lo cierto es que ahora se dedica al puterío con el nombre de Pechuga y tiene como cafiche a un marica que le dicen Milcaras.” Pechuga, además, tiene un hijo al que bautiza en el templo de San Agustín con el nombre de su padrino: Pantaleón, presente en la ceremonia, pese al pasmo de doña Leonor. Maclovia, quien antes de ser visitadora fue lavandera; o sea: hacía la calle pregonando su consabido servicio (el más antiguo del mundo) por callejuelas y barriadas de Iquitos. Y estando de visitadora en la Guarnición de Borja huyó, por amor, con el sargento primero Teófilo. Se casaron en Santa María de Nieva; allí, ella, creyente de la fanática secta de la Hermandad del Arca, lo convirtió a él; pero cuando los atraparon, Panta la despidió. Y a Teófilo, además de degradarlo a soldado raso, lo castigaron “con ciento veinte días de calabozo a pan y agua”. Pero en la celda se tornó puritano y fanático; así, decidido a convertirse en apóstol del Hermano Francisco, el mesías y profeta de la Hermandad del Arca, renuncia al sexo y a sus deberes matrimoniales. Maclovia, por su parte, para reinsertarse en el Servicio de Visitadoras y para visitar a Teófilo en la cárcel y para que sea restituido, infructuosamente le ruega a don Pantaleón Pantoja. Y para que incida en el criterio de éste, habla con Pocha en su casa, dando por supuesto que ella sabía que Panta era el cafiche de la boyante y famosa Pantilandia (“Zar de Pantilandia”, “Califa de Pantilandia”, “Farouk criollo”, “Gran Macró de la Amazonía”, “Emperador del Vicio”, “Barba Azul del río Itaya”, truena el Sinchi vociferando contra él, a todo gaznate y por toda la Amazonía, a través de las ondas hertzianas). Pero Pocha, al igual que doña Leonor, ignoraba el oficio de su marido y que no hacía encubierta inteligencia militar. Pocha se indigna y encolerizada y se larga de Iquitos con su hija, la pequeña y mofletuda Gladys, quien ya cumplió un añito. Por si fuera poca la adversidad, Maclovia es entrevistada en algún lugar por el Sinchi, el desvergonzado chantajista y lenguaraz pseudorreportero radiofónico, cuyo popular, sensacionalista e hipócrita programa se oye por todos los recovecos del departamento de Loreto y de la Amazonía a través de Radio Amazonas. Maclovia, que no es nada lista ni prudente, y sí extremadamente parlanchina, parlotea, sin pudor y sin pelos en la lengua, de todo lo que, para favorecerse, no debería parlotear. 

Fotograma de Pantaleón y las visitadoras (1999)
       Y por último la más notoria: la Brasileña, peruana de nacimiento (Olga Arellano Rosaura), pero apodada así por su etapa en los burdeles de Manaos. La Brasileña es la puta más atractiva y cachonda; la que trastorna los sentidos e induce al crimen; la más deseada, la más bella y requerida de las meretrices del Servicio de Visitadoras. (“En una noche del Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del cielo y es más dulce el agua de los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo que esa tarde sentí.”) Y la que trasmina las normas, el temple, el criterio, el sosiego y los deseos eróticos del capitán Pantaleón Pantoja, y la que, sin proponérselo, suscita que se resquebraje y haga trizas y polvo esa empresa solicitada, subvencionada y tolerada, en secreto, por el Ejército del Perú. Es decir, el 2 de enero de 1959, en un sorpresivo y violento asalto al barco Eva en las inmediaciones de Nauta (cuyo propósito era someter y fornicarse a las seis visitadoras del convoy), la Brasileña resultó asesinada en el tiroteo y luego, para inculpar a los fanáticos de la Hermandad del Arca, su cuerpo fue “clavado en el tronco de una lupuna”.

Pochita, Panta y la Brasileña
Pantaleón y las visitadoras: El musical (2019)
       La Brasileña fue velada en Pantilandia. Y el cortejo fúnebre desfiló por las calles, precedido por la “carroza de lujo de la principal agencia funeraria de Iquitos, la Modus Vivendi”; y su entierro se hizo en el “cementerio general”, en cuyo umbral esperaba, desde temprano, una multitud de curiosos y una escolta de seis soldados encabezados por el “teniente de Infantería Luis Bacacorzo”, que luego marcharía, en torno al féretro, rindiéndole solemnes honores como si se tratase de “un soldado caído en acción”. Pero la cereza del pastel de las pompas fúnebres es que el capitán Pantaleón Pantoja salió a la luz y comidilla pública ataviado con su flamante uniforme militar y de lentes oscuros, y así pronunció su sentida y conmovedora elegía con lagrimones en el rostro (se lee en la novela), reproducida por El Oriente, periódico que hizo, en un Número especial, una pormenorizada crónica y seguimiento de todos los sucesos que rodearon el hecho. Pese a su malhumor y a su contrariedad, “el ex capellán del Ejército y actual párroco encargado del cementerio de Iquitos, padre Godofredo Beltrán Calila”, “ofició con exagerada rapidez los responsos fúnebres, no pronunció sermón alguno, como se esperaba de él, y abandonó el lugar sin esperar el término de la ceremonia”.

El escándalo mediático de ese asesinato y llamativo entierro llegó a Lima y a las altas esferas del Estado Mayor y del ministro de Guerra. El Servicio de Visitadoras es cesado ipso facto. Por ende, Panta, a través del general Scavino, recibe la orden de desmantelar Pantilandia de inmediato, volar a la capital del Perú y presentarse en las oficinas del Ministerio. Ya allí, después de más de tres horas de espera en la antesala, el coronel López López “no le da la mano, no le hace una venia” y “le vuelve la espalda”. Y lo primero que le sorraja el Tigre Collazos reza al pie de la letra: “Creíamos que no mataba una mosca y resultó un pendejo de siete suelas”. Y entre lo que le echan en cara y le cuestionan revolcándolo hasta la saciedad (“Todavía no descubro si es usted un pelotudo angelical o un cínico de la gran flauta”), el coronel López López, el general Victoria y el Tigre Collazos ya tenían acordado que el capitán Pantalón Pantoja solicitara su baja del Ejército, porque allí tiene poco o ningún futuro. Pero Panta se niega. Y por sus “antecedentes personales” y para no acrecentar aún más el escándalo, lo confinan a la Puna, por “lo menos un año”. “La Guarnición de Pomata está necesitando un intendente”, dice el coronel López López. “En vez del río Amazonas tendrá el lago Titicaca.” “Y en vez del calor de la selva, el frío de la puna”, añade el general Victoria. “Y en vez de visitadoras, llamitas y vicuñas”, remata el Tigre Collazos.

III de III
En cuanto a las andanzas y sucedidos del Hermano Francisco y de los fanáticos de la Hermandad del Arca, se tienen visos y noticas desde la primera página de la novela, cuando Panta, Pochita y doña Leonor aún ignoran cuál es el intríngulis de esa supuesta “fraternidad religiosa” y cuál será su nuevo destino después de la Guarnición de Chiclayo, precisamente cuando Pocha les comenta: “Qué graciosa esta noticia en El Comercio”, “En Leticia un tipo se crucificó para anunciar el fin del mundo. Lo metieron al manicomio pero la gente lo sacó a la fuerza porque creen que es santo.”
Que hayan confinado al psiquiátrico al Hermano Francisco implica que la sociedad “normal” lo ve, clasifica y etiqueta como un loco. Al parecer, su cosmovisión, inextricable a su particular e insondable sesera, sí la signa alguna psicosis y megalomanía, pues por lo que fragmentariamente se va leyendo en el transcurso de la novela (incluida su “epístola” reproducida en El Oriente) se sabe que se siente mesías y profeta, un elegido que oye voces, y por ende es un itinerante misionero, supuestamente cristiano, que a sus feligreses les vaticina el inminente fin del mundo y el advenimiento del Juicio Final, y que ha conformado una especie de disperso y laberíntico culto religioso denominado la Hermanad del Arca. (En realidad es una vil superstición que se multiplica y degenera y que los protestantes y los católicos catalogarían de herejía.) Esto es así porque llaman “arcas” a los locales pueblerinos y a los reductos de la selva y de los caseríos donde el Hermano Francisco se presenta para sermonear y profetizar el fin del mundo. Pero el delirante meollo es que el Hermano Francisco, de origen incierto (al parecer brasileño), políglota que incluso habla en “lenguas de chunchos”, dicta sus homilías amarrado a una gran cruz. Y el culmen de los ritos, adoratorios y altares de la Hermandad del Arca es que se complementan con el sacrificio de seres vivos, entre los que descuellan los seres humanos, quienes son clavados en una cruz erigida ex profeso; y aún vivos son paulatinamente desangrados, mientras los “hermanos” dizque se “purifican” bañándose con esa sangre o embadurnándose con ella o bebiéndola.  
     
Marlon Brando
             En la carta a su hermana Chichi, Pocha le dice del fundador de la Hermandad del Arca: “En la Amazonía es más famoso que Marlon Brando”. De ahí que, por curiosidad, ella y su suegra hayan ido a verlo y a escucharlo en Moronacocha. Según le cuenta a Chichi en su carta: “Había muchísima gente, lo impresionante era que hablaba crucificado como Cristo, ni más ni menos. Anunciaba el fin del mundo, pedía a la gente que hiciera ofrendas y sacrificios para el Juicio Final. No se le entendía mucho, habla un español dificilísimo. Pero la gente lo oía hipnotizada, las mujeres lloraban y se ponían de rodillas. Yo misma me contagié de emoción y hasta solté mis lagrimones, y mi suegra no te imaginas, a sollozo vivo y no la podíamos calmar, el brujo la flechó Chichi. Después en la casa decía maravillas del Hermano Francisco y al día siguiente volvió al arca de Moronacocha para hablar con los hermanos y ahora resulta que la vieja también se ha hecho hermana. Mira por dónde le vino a salir el tiro: ella que nunca le hizo mucho caso a la religión verdadera, termina de beata de herejías. Figúrate que su cuarto está lleno de crucecitas de madera, y si fuera sólo eso tanto mejor que se distraiga, pero lo cochino del asunto es que la manía de esa religión es crucificar animales y eso ya no me gusta, porque en sus crucecitas cada mañana me encuentro pegadas cucarachas, mariposas, arañas y el otro día, hasta un ratón, qué asco espantoso.”
   
La madama Chuchupe y Pantaleón Pantoja
(Katy Jurado y José Sacristán)
Fotograma de Pantaleón y las visitadoras (1975)
          Doña Leonor no fue testigo del infanticidio, o sea, del momento en que un menor fue crucificado allí en el arca de Moronacocha, pero sí lo vio clavado en la cruz. “Tenía sus ojitos cerrados, la cabecita caída sobre el corazón, como un Cristo chiquito”. Dice. “De lejos parecía un monito, pero el cuerpo tan blanco me llamó la atención. Me fui acercando, llegué al pie de la cruz y entonces me di cuenta. Ay, Pochita, me estaré muriendo y todavía veré al pobre angelito.”

   
Marlon Brando y un niño de la selva
         Y al perecer será así, pues ese pequeño, bautizado por la vox populi como el “niño mártir de Moronacocha”, al que se le atribuyen milagros y poderes divinos, es reproducido en figurillas de bulto (“estatuas del niño mártir”), en medallas y en estampas que se llevan como protectores o milagrosos talismanes, se le hacen rezos y en su memoria un panadero, que es “hermano”, factura y comercia con unos panecillos llamados “panes del niño”, “panes del niño mártir de Moronacocha”, que, tras catarlos no sin cierta aprensión inicial, doña Leonor estipula con los carrillos batientes y repletos: “el pan del niño es el más rico de Iquitos”. Algo parecido ocurre con la imagen de una tal santa Ignacia, quien en vida fue la honorable “anciana Ignacia Curdimbre Peláez”, clavada viva en una cruz montada “en la placita de Dos de Mayo siendo las doce de la noche y estando presentes los doscientos catorce habitantes de la localidad [...] A dos guardias civiles que trataron de disuadir a los hermanos, les dieron una paliza terrible. Según los testimonios, la agonía de la viejita duró hasta el amanecer [...] La gente se embadurnaba caras y cuerpos con la sangre de la cruz y hasta se la bebían. Ahora han comenzado a adorar a la víctima. Ya circulan estampitas de la santa Ignacia.” Así que doña Leonor, cuando junto a su hijo se prepara y hace las maletas para irse de Iquitos, se surte de baratijas y artesanías amazónicas, “compra medallas del niño mártir, estampas de santa Ignacia, cruces del Hermano Francisco”.
Pantaleón y las visitadoras: El musical (2019)
Teatro Peruano Japonés
Lima, Perú
       Pese al poder de la Iglesia católica y a la serie de capellanes incrustados en la jerarquía del Ejército, la propagación de la Hermandad del Arca se disemina a vuelo de pájaro negro y nocturno (ídem el coronavirus del siglo XXI) entre los habitantes de la Amazonía (incluidos soldados y visitadoras; de ahí que el féretro de la Brasileña tenga forma de cruz y no la forma del consabido ataúd rectangular) y hay indicios de que, como peste negra o plaga de langostas, ya llegó hasta Lima, la “civilizada” capital del Perú. Sin embargo, pese a los sacrificios humanos y a los actos violentos de los fanáticos de la Hermandad del Arca, ni los militares ni la guardia civil tienen prioritario echarle el guante al Hermano Francisco y hacerle manita de puerco y encerrarlo en una mazmorra con aparatos de inquisidora tortura: el potro y la rueda. Pero la situación cambia cuando ocurre la crucifixión, en contra de su voluntad, del suboficial Avelino Miranda que iba de civil “en el caserío de Frailecillos”. Cuando por fin detienen al Hermano Francisco “por el río Napo, cerca de Mazán”, los fanáticos de Mazán, que son todos los habitantes del caserío, lo rescatan del encierro y se fugan con él a la selva. En Iquitos, al director de El Oriente, los fanáticos de la secta “le quemaron el auto y casi le queman la casa” porque lo suponen el delator del sitio donde se escondía. Pero en la huida, y para que no lo vuelvan a detener (y quizá enjuiciar o confinar de nuevo en el manicomio), el Hermano Francisco les ordena a sus feligreses que, vivito y coleando, lo claven “en las afueras de Indiana”. “Él mismo escogió el árbol”. “Bebe el cocimiento” (quizá que para amortiguar o suprimir el dolor y anular la conciencia); “se golpea el pecho” (quizá para bajar y soportar el buche impregnado y repleto de la amargura del bebedizo, y no por su culpa, por su gran culpa). “Dijo éste, córtenlo y hagan la cruz de este tamaño. Él mismo escogió el sitio, uno bonito, junto al río. Les dijo párenla, aquí ha de ser, así lo manda el cielo.”

La cruz donde poco a poco murió desangrado el Hermano Francisco no se tornará epicentro mundial de hormigueantes peregrinaciones de los fanáticos de la Hermandad del Arca, puesto “que los soldados se abrieron campo hasta la cruz a culatazos”, “la tiraron al suelo con un hacha” y la botaron al río para que las pirañas devoraran los malolientes restos del profeta, quien estuvo crucificado varios días. Pero el sitio quizá sí y el Hermano Francisco un aura divina, una presencia inmortal para los fanáticos. “Y dicen que en el mismo momento que murió se apagó el cielo, eran sólo las cuatro, todo se puso tiniebla, comenzó a llover, la gente estaba ciega con los rayos y sorda con los truenos”. “Los animales del monte se pusieron a gruñir, a rugir, y los peces se salían del agua para despedir al Hermano Francisco que subía”, pregona la ex visitadora Coca, quien “atiende el bar del Mao Mao, viaja en busca de clientes a campamentos madereros” y “se enamora de un afilador”. “Tenía la cabeza sobre el corazón, los ojitos cerrados, se le habían afilado las facciones y estaba muy pálido”; “Con la lluvia se había lavado la sangre de la cruz, pero los hermanos recogían esa agua santa en trapos, baldes, platos, se la tomaban y quedaban puros de pecado.” Testimonia y divulga la ex visitadora Rita, que “cambia tres veces de cafiche”. “Lo vi todo, yo estaba ahí, tomé una gota de su sangre y se me quitó el cansancio de caminar horas y horas por el monte. Nunca más probaré hombre ni mujer. Ay, otra vez siento que me llama, que subo, que soy ofrenda.” Dice el adicto al sexo y polimorfo Milcaras, el ex cafiche de Pechuga que alguna vez se vistió de mujer y se infiltró y camufló entre las visitadoras para que los cachacos, en fila india, lo sodomizaran hasta el cansancio o la náusea.
   
Elenco de Pantaleón y las visitadoras: El musical (2019)
Teatro Peruano Japonés
Lima, Perú
           Vale observar que si al capitán Pantaleón Pantoja le faltó malicia, agudeza, suspicacia, astucia y sigilo de jugador de ajedrez, y teatralización para capotear y sortear a su favor todas las amenazas e inconvenientes que dieron al traste con su querido puesto de jefe del Servicio de Visitadoras (él aprobaba sus cuerpos mirándolas desnudas o dándose un lujurioso festín), sí tuvo la inicial perspicacia para observar, reportar y sugerir sobre el Hermano Francisco y la Hermandad del Arca, según se lee en su Parte número uno, fechado el “12 de agosto de 1956”: 
“Que una semana para el acondicionamiento del lugar podría parecer excesivo, sintomático de lenidad o pereza, pero lo cierto es que el emplazamiento se encontraba en condiciones inutilizables, y, con permiso de la expresión, inmundas, por las razones que se exponen: aprovechando que el Ejército lo tenía abandonado, este depósito había venido sirviendo para prácticas heterogéneas e ilegales. Es así que se habían posesionado de él unos seguidores del Hermano Francisco, sujeto de origen extranjero, fundador de una nueva religión y presunto hacedor de milagros, que recorre a pie y en balsa la Amazonía brasileña, colombiana, ecuatoriana y peruana, alzando cruces en las localidades por donde pasa, y hasta haciéndose crucificar él mismo, para predicar en esta extravagante postura, sea en portugués, español o lenguas de chunchos. Acostumbra anunciar catástrofes y exhortar a sus devotos (innúmeros, pese a la hostilidad que le profesa la Iglesia católica y las protestantes, debido al carisma del sujeto, sin duda muy grande, pues su prédica no sólo hace mella en gente simple e inculta, sino también en personas de educación, como ha ocurrido por ejemplo y por desgracia con la propia madre del suscrito), a desprenderse de sus bienes y a construir cruces de madera y hacer ofrendas para cuando llegue el fin del mundo, lo que asegura será prontísimo. Aquí en Iquitos, por donde el Hermano Francisco ha pasado estos días, existen numerosas arcas (así llaman los templos de la secta creada por este individuo en quien, si la superioridad lo juzga adecuado, el Servicio de Inteligencia debería quizás interesarse) y un grupo de hermanos y hermanas, como se dicen entre ellos, habían convertido este depósito en arca. Tenían instalada una cruz para sus antihigiénicas y crueles ceremonias, que consisten en crucificar toda clase de animales a fin de que su sangre bañe a los adictos arrodillados al pie de la cruz. Es así que el suscrito encontró en el local incontables cadáveres de monos, perros, tigrillos y hasta loros y garzas, lamparones y manchas de sangre por doquier y, sin duda, enjambres de gérmenes infecciosos. Que el día que el suscrito ocupó el local hubo que recurrir a la fuerza pública para desalojar a los hermanos del Arca, en el momento que se disponían a clavar un lagarto, el mismo que fue decomisado y entregado a la Proveeduría Militar de la V Región;
  “Que, anteriormente, este infortunado local había sido usado por un brujo o curandero, al que los hermanos expulsaron por métodos compulsivos, el maestro Poncio, quien celebraba aquí ceremonias nocturnas con ese cocimiento de cortezas, la ayahuasca, que, al parecer, cura enfermedades y provoca alucinaciones, pero también, lamentablemente, trastornos físicos instantáneos, como abundantes esputos, caudalosos orines y masiva diarrea, excrecencias que, junto con los posteriores cadáveres de animales sacrificados y los muchos gallinazos y alimañas que llegaban hasta aquí, imantados por los desperdicios y la carroña, habían convertido este lugar en un verdadero infierno para la vista y el olfato.”



Mario Vargas Llosa, Pantalón y las visitadoras. Prólogo del autor. Portada de Fernando Botero. Edición limitada. Alfaguara/Penguin Random House Grupo Editorial. Febrero de 2016, Villatuerta, Navarra. 338 pp. 


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miércoles, 1 de julio de 2020

Conversación en La Catedral

Una pobre mierdecita entre los dos

I de VI
Conversación en La Catedral, la tercera novela del peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936), Premio Nobel de Literatura 2010, “apareció a fines de noviembre de 1969” en dos libros editados en Barcelona por Seix Barral, con un tiraje de cinco mil ejemplares. Y “en noviembre de 2019”, Alfaguara, con una notoria estrategia de mercadotecnia, publicó en México la Edición Especial por su 50 Aniversario, en cuyo cintillo canturrea el autor a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y envirulada aldea global: “Si tuviera que salvar del fuego una sola de las novelas que he escrito, salvaría ésta.” 
     

         Palabras transcritas del fragmento con que el novelista concluye su “Prologo” firmado en “Londres, junio de 1998”, que a la letra dice: “Ninguna otra novela me ha dado tanto trabajo; por eso, si tuviera que salvar del fuego una sola de las novelas que he escrito, salvaría ésta.” Planteamiento que repite al final de la aún más breve: “Nota a esta edición”: “es la novela que más trabajo me costó escribir y con la que me quedaría si tuviera que elegir una sola entre las que he escrito.” No obstante, en “La novela del guardaespaldas”, la postrera sección complementaria con que se celebra y publicita el cincuentenario de Conversación en La Catedral, el profesor y bloguero Carlos Aguirre, ante la afirmación de que “ésta es la novela que más trabajo le dio”, pese a que parece coincidir con él al apuntar: “para mi gusto, la mejor de las que ha escrito”, replica que Mario Vargas Llosa “a veces ha dicho lo mismo de La guerra del fin del mundo”, su sexta novela, editada en Barcelona, por Seix Barral, en octubre de 1981. 

Editorial Seix Barral, Barcelona
Primera edición: octubre de 1981
     Entre lo que Carlos Aguirre apunta en su nota introductoria se lee que las primeras cuatro ediciones de Conversación en La Catedral “aparecieron en dos volúmenes con portadas ilustradas por el fotógrafo catalán César Malet”. (Las cuales se reproducen, en pequeñas estampas, en la página 746.) 

       

         Que “a partir de la quinta edición: se empezó a usar mayúscula para ‘La’ en el título (hasta la cuarta edición, el título aparecía como Conversación en la Catedral).” Y que “A partir de la sexta edición (agosto de 1972), se publicó en un solo volumen de 669 páginas, y fue ésta también la primera vez que se utilizó en la portada la icónica fotografía de los dos vasos de cerveza y los humeantes puchos de cigarrillos, del propio Malet.” (Portada que se observa en la página 747, cuya fotografía es la misma que ilustra la presente Edición Especial del cincuentenario de la obra.) 

Narrativa Hispánica, Alfaguara
Primera edición mexicana en este formato:
noviembre de 2019
        Pero para dar inicio a la parte medular de la antológica miscelánea que Carlos Aguirre tituló “La novela del guardaespaldas”, dice: “Lo que sigue es una colección de fragmentos de cartas y entrevistas, tanto del propio Vargas Llosa como de algunos personajes de su entorno, gracias a los cuales se puede reconstruir, a veces con bastante intimidad, el fatigoso proceso de redacción y la recepción inicial de una novela que está entre las más importantes del siglo XX en cualquier idioma.” Fragmento que tiene un par de asteriscos que remiten a una nota al pie en la que apunta: “La mayoría de cartas citadas se encuentran en diferentes secciones de la división de Libros Raros y Colecciones Especiales de la Universidad de Princeton. En algunos casos se han introducido ligeros cambios para uniformizar la redacción. Las cartas de Julio Cortázar han sido tomadas de los volúmenes 3 y 4 de Cartas editadas por Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga (Madrid, Alfaguara, 2012).” Vale decir, entonces, que, con algunas anotaciones del antólogo, se compilan cartas (o fragmentos de cartas) de Mario Vargas Llosa a Abelardo Oquendo, a Wolfgang Luchting, a José Donoso, y a Carmen Balcells; fragmentos de entrevistas donde habla Mario Vargas Llosa; la transcripción del “Informe de la oficina de censura sobre Conversación en La Catedral, 4 de diciembre de 1969”; una nota de Luis Harss transcrita de Los nuestros (Buenos Aires, Sudamericana, 1966); cartas (o fragmentos de cartas) que le dirigieron al peruano: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Barral, Roberto Fernández Retamar, Emilio Adolfo Westphalen, Francisco Moncloa, Álvaro Mutis y Carlos Fuentes, quien el “24 de noviembre de 1970” le dice exultante y deificante: “De nuevo, Mario, mis felicitaciones y admiración por tu Conversación en La Catedral. Creo que no sólo es tu mejor libro, sino la única gran novela política que se ha escrito en castellano.” 

Carlos Fuentes con sus dos Premios Nobel


II de VI
En la dedicatoria de la cincuentenaria obra se lee: “A Luis Loayza, el borgiano de Petit Thouars, y a Abelardo Oquendo, el Delfín, con todo el cariño del sartrecillo valiente, su hermano de entonces y de todavía.” 


Luis Loayza y Abelardo Oquendo
En la repisa: Mario Vargas Llosa
Lima, 1956

       Pues bien, en sus memorias El pez en el agua (Barcelona, Seix Barral, 1993), Mario Vargas Llosa evoca anécdotas y episodios de su vínculo amistoso con Luis Loayza (1934-2018) y Abelardo Oquendo (1930-2018) y de las irónicas razones por las que a él fraternal y lúdicamente lo apodaron el sartrecillo valiente, con quienes soñaba “con sacar una revista literaria que fuera nuestra tribuna y el signo visible de nuestra amistad”. “Así nació Literatura, de la que apenas saldrían tres números”. Camaradería que germina y se asienta en el contexto de la dictadura del general Manuel Odría (1948-1956) —cuyo golpe de estado (dizque la Revolución Restauradora) el 27 de octubre de 1948 suscitó la caída del presidente democrático y constitucional José Luis Bustamante y Rivero, tío del escritor—.
     
José Luis Bustamante y Rivero, presidente del Perú,
entre el 28 de julio de 1945 y el 27 de octubre de 1948
          Pero al unísono esa amistad se ubica en el contexto de sus estudios en la Universidad de San Marcos (Literatura y Derecho) y de su militancia en Cahuide (nombre del proscrito, clandestino, ortodoxo y minúsculo Partido Comunista). En este sentido, en lo que concierne a tales estudios universitarios y a su subterránea instrucción y activismo político (durante un año) como militante de Cahuide, en El pez en el agua alude a las personas de la vida real (y las anécdotas) que le sirvieron de modelo para, en Conversación en La Catedral, acuñar a los personajes con los que el joven Santiago Zavala, aún menor de edad, coincide y convive durante su estancia en San Marcos y en Cahuide. 

Biblioteca Breve, Seix Barral
Segunda reimpresión en México: junio de 1993
      Pero también en El pez en el agua bosqueja vivencias y espacios físicos de su temprano y seminal paso en La Crónica: tres meses de 1952, cuando Mario Vargas Llosa aún no cumplía sus 16 años. 
 
Antiguo local de La Crónica
en la calle Pando, Lima
   De modo que en sus memorias se lee sobre su iniciación periodística y sobre arcaicos procedimientos periodísticos, sobre perfiles de periodistas, y anécdotas bohemias y prostibularias de los reporteros de la vida real que le sirvieron de modelo para crear varios personajes de Conversación en La Catedral, incluso homónimos: el periodista Carlitos Ney, poeta trunco y crónico borrachín, con quien en el Negro-Negro, decorado por portadas de The New Yorker,  Santiago Zavala se hace amiguete y compinche; Becerrita, beodo, corrupto y pendenciero jefe de la página policial de La Crónica; y Norwin, también de policiales, pero de Última Hora, vespertino de La Prensa. En este sentido, apunta Mario Vargas Llosa poco antes de concluir ese capítulo de sus memorias que se titula “Periodismo y bohema”: “La despedida fue también la celebración de mi cumpleaños, el 28 de marzo de 1952, tomando cerveza con Carlitos Ney, Milton von Hesse y Norwin Sánchez Geny, en una chifa de la calle Capón, el barrio chino de Lima. Fue una despedida lúgubre, porque eran amigos que llegué a apreciar y porque tal vez intuía que no volvería a compartir con ellos esas afiebradas experiencias con las que puse final a mi infancia. Así fue. Al año siguiente, al regresar a Lima [de Piura, y para ingresar a San Marcos], no volví a frecuentarlos ni a ellos ni esos ambientes, que mi memoria conservaría, sin embargo, con agridulce sabor, y que traté de recrear mucho después, con fantaseosos retoques, en Conversación en La Catedral.” 
   
Un joven y Mario Vargas Llosa de reportero en La Industria
Piura, 1952
         Vale observar, además, que a lo largo de
El pez en el agua se advierten minucias de la historia y geografía del Perú (y de Lima) y de la vida del autor (y de su ideario y postura y actividad política) transpuestos en el puzle de la caudalosa trama de Conversación en La Catedral, algunas nimias (y otras quizá desapercibidas para no pocos lectores). Por ejemplo, durante su segunda estancia en Piura (“entre abril y diciembre de 1952”), cuando vivió “en casa del tío Lucho y de la tía Olga” (los padres de su prima Patricia Llosa Urquidi), mientras estudiaba el quinto año de secundaria en el Colegio Nacional San Miguel y escribía artículos en La Industria, lo instalaron en el cuarto donde estaban “los libros del tío Lucho”, que, según dice, “estoy seguro de haber leído de principio a fin, ese año de voraces lecturas”. Pero para la presente nota lo singular es que reseña: “Entre los libros del tío Lucho encontré una autobiografía, publicada por la editorial Diana, de México, que me tuvo desvelado muchas noches y que me produjo un sacudón político: La noche quedó atrás, de Jan Valtin. Su autor había sido un comunista alemán, en tiempos del nazismo, y su autobiografía, llena de episodios de militancia clandestina, de sacrificadas peripecias revolucionarias y de atroces abusos, fue, para mí, un detonante, algo que me hizo pensar por primera vez, con cierto detenimiento, en la justicia, en la acción política, en la revolución. Aunque, al final del libro, Valtin criticaba mucho al partido comunista, que sacrificó a su mujer y actuó con él de manera cínica, recuerdo haber terminado la lectura sintiendo gran admiración por esos santos laicos que, a pesar del riesgo de ser torturados, decapitados o de pasarse la vida en las mazmorras nazis, dedicaban su vida a luchar por el socialismo.” Mítico e idealizado ideal con el que el adolescente Mario Vargas Llosa sueña y fermenta en Piura y con el que ingresa a San Marcos en 1953, donde coincide con Lea Barba y Félix Arias Schreiber, dos jóvenes idealistas que también soñaban con ser comunistas y revolucionarios, y por ende el trío se instruye y afilia con camaradas del clandestino, disperso y conspirativo Cahuide. Descuellan en los ritos de iniciación y elemental instrucción en los círculos de Cahuide: Washington Durán Abarca y Héctor Béjar, quien evoca ese período sanmarquino en un ensayo compilado por Albert Bensoussan en Mario Vargas Llosa. Vida que es palabra (México, Nueva Imagen, 2006). Vale decir, entonces, que Lea Barba y Félix Arias Schreiber, y lo que el futuro novelista vivió con ellos en las minúsculas células de Cahuide, en San Marcos y fuera de las aulas, son la simiente de lo que Santiago Zavala vive con sus amiguetes Aída y Jacobo (que luego se convierten en pareja), y que en el amistoso intercambio de libros Santiago le presta a Aída su leído ejemplar de La noche quedó atrás.
Con tal sobrecubierta, la primera edición de Diana, impresa en México, data
de diciembre de 1952. Y la cuarta de abril de 1960, con traducción de Juan
Rodríguez Chicano, pastas duras, 804 páginas y tres mil ejemplares.
      Pero si en El pez en el agua destaca lo que el novelista dice de Esparza Zañartu, quien en la vida real como “director de Gobierno” de la dictadura de Odría fue el brazo represor de éste, y que en Conversación en La Catedral es el modelo de la gris y obscena personalidad de Cayo Mierda y de sus fechorías (la maquiavélica y apestosa hez de la canalla) haciendo y deshaciendo más allá de la Ley de Seguridad Interior, descuella una anécdota donde figura el perrito Batuque y la tía Julia Urquidi Illanes (con quien el escritor se casó a mediados de 1955) y la simiente del astroso y pestilente baretucho (y bulín) donde a lo largo de Conversación en La Catedral dialogan, junto al Batuque (yo está aquí, echado a mis pies,/ mirándose mirarme mirado), Santiago Zavala y el zambo Ambrosio Pardo, mientras fuman y beben cerveza.
   
La tía Julia, Mario Vargas Llosa y el perrito Batuque
       “Un día, al mediodía, al regresar a la casa, encontré a Julia bañada en llanto. La perrera se había llevado al Batuque. Los del camión se lo habían arrancado poco menos de sus brazos. Salí volando a buscarlo, al galpón de la perrera, que estaba por el Puente del Ejército. Pude llegar a tiempo y rescatar al pobre Batuque, que, apenas lo sacaron de la jaula y lo cargué, me llenó de pis y caca y se quedó temblando en mis brazos. El espectáculo de la perrera me dejó tan espantado como a él: dos zambos, empleados del lugar, mataban a palazos, ahí mismo, a vista de los perros enjaulados, a los animales que no habían sido reclamados por sus dueños luego de unos días. Medio descompuesto con lo que había visto, fui con el Batuque a sentarme en el primer cafetucho que encontré. Se llamaba La Catedral. Y allí se me vino a la cabeza la idea de empezar con una escena así esa novela que escribiría algún día, inspirada en Esparza Zañartu y en esa dictadura de Odría, que, en 1956, daba las últimas boqueadas.”
   
Mario Vargas Llosa en la puerta del bar La Catedral
           Resulta consecuente, entonces, que en el primer capítulo de Conversación en La Catedral, Santiago Zavala —quien abandonó San Marcos tras una redada policial de apristas y comunistas, ya tiene 31 años y teclea editoriales en La Crónica (ubicada en la Avenida Tacna)—, al ir a rescatar al Batuque de la perrera, allá por Puente del Ejército, un zambo del par de zambos que estuvieron a punto de matar a palazos al perrito Batuque metido en un costal, resulta ser Ambrosio Pardo, otrora chofer de su padre ricachón (Bola de Oro) y antes de Cayo Mierda, quien luego de escudriñarlo lo reconoce como “el niño”; y como accede a charlar con él, el zambo le propone ir a un bar cercano: “La Catedral, uno de pobres, no sé si le gustará”, le dice.
Mario Vargas Llosa en el bar La Catedral
Foto: Félix Nakamura
    Previamente Ana, la esposa de Santiago Zavala, enfermera de 26 años y recién despedida de la Clínica Delgado, lo recibió alarmada en la casita de tejas rojas que comparten en “la quinta de los duendes” de la calle Porta: “Me lo arrancaron de las manos —solloza Ana—. Unos negros asquerosos, amor. Lo metieron al camión. Se lo robaron, se lo robaron.” Escena inspirada, obviamente, en lo que Mario vivió con la tía Julia, precisamente cuando convivían con el Batuque en “la quinta de los duendes”, de la que en El pez en el agua apunta: “Vivimos más de dos años allí y creo que, a pesar de mi agobiante ritmo, fue una temporada con muchas compensaciones, la mejor de las cuales resultó, sin la menor duda, la amistad de Luis Loayza y Abelardo Oquendo. Constituimos un triunvirato irrompible. Pasábamos juntos los fines de semana, en mi casa, o en casa de Abelardo y de Pupi, en la avenida Angamos, o salíamos a comer a una chifa, salidas a las que se unían, a veces, otros amigos, como Sebastián Salazar Bondy, José Miguel Oviedo —quien empezaba a hacer sus primeras armas de crítico literario—”, y era amigo de Mario desde la infancia en Lima, o sea: desde los tres años que estudió en el Colegio La Salle, y quien es, dice, “el primer crítico que escribió un libro sobre mí”: Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad (Barcelona, Seix Barral, 1970). Es decir, “la quinta de los duendes” era “una quinta color ocre, de casitas tan pequeñas que parecían de juguete, al final de la calle Porta”; la cual, en la vida real, según cuenta en sus memorias, la localizó y consiguió su prima Nancy, cuando Julia aún estaba refugiada en Chile, en Antofagasta, dada las obtusas bravuconadas y amenazas asesinas del padre de Mario. —Episodio transpuesto en la trama de La tía Julia y el escribidor (Barcelona, Seix Barral, 1977), su quinta novela—. En Conversación, el jardinero de la Clínica Delgado le regaló el cachorrito a Ana poco antes de que un segundo infarto borrara del mapa a Fermín Zavala, el padre de Santiago: 
     “Había sido poco después de la adopción del Batuque, Zavalita. Una tarde, Ana volvió a la Clínica Delgado con una cajita de zapatos que se movía; la abrió y Santiago vio saltar una cosita blanca: el jardinero se lo había regalado con tanto cariño que no había podido decirle que no, amor. Al principio, fue un fastidio, motivo de discusiones. Se orinaba en la salita, en las camas, en el cuarto de baño, y cuando Ana, para enseñarle a hacer sus cosas fuera, le daba un manazo en el trasero y le hundía el hocico en el charco de caquita y pis, Santiago salía en su defensa y se peleaban, y cuando empezaba a mordisquear algún libro y Santiago le pegaba, Ana salía en su defensa y se peleaban. Al poco tiempo aprendió: rascaba la puerta de la calle cuando quería orinar y miraba el estante como si estuviera electrizado. Los primeros días durmió en la cocina, sobre un crudo, pero en las noches aullaba y venía a ulular ante la puerta del dormitorio, así que acabaron por instalarlo en un rincón, junto a los zapatos. Poco a poco fue conquistando el derecho de subir a la cama. Esa mañana se había metido al cajón de la ropa sucia y estaba tratando de salir, Zavalita, y tú lo estabas mirando. Se había encaramado, apoyado las patas en el borde, estaba descargando todo su peso hacia ese lado y el cajón comenzó a oscilar y por fin se volcó. Luego de unos segundos de inmovilidad, agitó la colita, avanzó hacia la libertad y en eso los golpes en la ventana y la cara de Popeye.” 
 

         Según cuenta en El pez en el agua, Mario, cuando era reportero de la “sección de locales” de La Crónica, lo enviaron a Trujillo a entrevistar al millonario ganador “de la ‘polla’ y el ‘pollón’”; por ende marchó en una camioneta del periódico, con un chofer y un fotógrafo. Pero “En el kilómetro 70 o 71 de la carretera, un camión que venía en dirección contraria obligó a nuestro chofer a salirse de la pista.” Y el fotógrafo y Mario fueron internados en “la Maison de Santé” con heridas leves. En Conversación en La Catedral, Arispe, el jefe de redacción, envía a Zavalita a Trujillo, con Periquito, el fotógrafo, y Darío, el chofer, para que, como reportero de locales, entreviste “al ganador del millón y medio de la Polla”. A la altura del kilómetro 83, un mastodóntico camión, que venía en sentido contrario, obliga a la camioneta de La Crónica a salirse de la carretera y por ello da unas volteretas en los arenales. El chofer y el fotógrafo salieron ilesos, pero Santiago fue internado en La Maison de Santé, donde conoce a Ana (“cinco años menor” que él): “La enfermera le trajo otro desayuno completo y se quedó en la habitación, observándolo mientras comía. Ahí estaba, Zavalita: tan morena [tan chola y huachafa para la racista y megalómana madre de Santiago], tan aseada y tan joven en su albo uniforme sin arrugas, con sus medias blancas, sus cortos cabellos de muchacho y toca almidonada, parada al pie de la cama con sus piernas esbeltas y su cuerpo filiforme de maniquí, sonriendo con sus dientecillos voraces.” La complicidad y simpatía que brota entre Santiago y Ana (ella lo provee de cigarros, pese a la prohibición) incide en la amistad y en el noviazgo que viven ya fuera de La Maison de Santé; el cual tiene un episodio dramático y crucial cuando Ana queda embarazada. Y ante el rechazo de Santiago optan por el aborto. (El sueldo de La Crónica sólo es útil para subsistir con el agua al cuello, además de que se hospeda en el estrecho cuartito de una pensión desde que abandonó su casa familiar tras haber sido rescatado de la Prefectura por su influyente padre, donde estuvo preso por la redada de apristas y comunistas ordenada por Cayo Mierda en el contexto del apoyo universitario a una huelga de tranviarios, de cuyo modelo, según dice el autor en El pez

    
Sin título (1978)
Óleo sobre tela de Botero
       “En Cahuide el único episodio que me dio la sensación de estar trabajando por la revolución fue la huelga de San Marcos en solidaridad con los tranviarios.”) Frente a esa prueba de desamor, Ana decide cortar el vínculo y se va a Ica, donde nació y residen sus padres. Santiago, atosigado por la culpa y el afecto, le pide un apresurado matrimonio y deciden casarse en Ica, ante la presencia de los padres de Ana, pero sin notificar ni invitar a la engreída y prejuiciosa familia burguesa de Santiago: Zoila y Fermín, sus progenitores; y el Chispas y la Teté, sus hermanos.
    En este sentido, se infiere que el perrito Batuque es el sustituto del hijo que Santiago y Ana pudieron tener; lo cual refleja la vida real, pues a Mario Vargas Llosa y a la tía Julia (trece años mayor que él) alguien les obsequió el perrito Batuque poco después de que ella perdiera un bebé tras su regreso de Chile, pues según evoca el novelista en El pez en el agua: “Creo que fue por ese tiempo que alguien nos regaló un perrito. Era chusco y simpatiquísimo, aunque algo neurótico, y le pusimos Batuque. Pequeño y movedizo, me recibía dando saltos y solía echarse en mis rodillas mientras yo leía. Pero lo sobrecogían rabias intempestivas y se lanzaba a veces contra una de nuestras vecinas de la calle Porta, la poetisa y escritora María Teresa Llona, que vivía sola, y cuyas pantorrillas, no sé por qué, atraían y enfurecían a Batuque. Ella lo tomaba con elegancia pero nosotros pasábamos muchas vergüenzas.”


La tía Julia y Mario Vargas Llosa



III de VI
En Conversación en Princeton con Rubén Gallo (México, Alfaguara, 2017), Mario Vargas Llosa dice sobre Conversación en Catedral: “Yo quería que la historia se fuera formando en la memoria del lector a medida que éste colocara cada figura en su lugar, como si se tratara de un gran rompecabezas.” Y unas páginas adelante añade: “Puede resultar confuso en una primera lectura, sin duda, pero la memoria del lector va reconstruyendo la cronología y la va integrando a la trama, quizá no siempre de una manera totalmente precisa, pero eso no afecta al sentido más amplio de la historia.”
Tiene razón el novelista: sólo al ir avanzando en la lectura del voluminoso libro el lector, despistado por la intrincada trama (plagada de huecos y lagunas intencionales, de saltos en el tiempo y en el espacio: adelante y hacia atrás), logra y puede ubicar (e inferir), en la memoria y en la novela, los distintos espacios y tiempos (incluido lo omitido, lo oculto, implícito, tácito o sólo sugerido), la sucesión de múltiples voces, escenas, monólogos interiores y diálogos aparentemente inconexos en no pocos casos, que se suceden de manera imprevista, intercalada y acumulativa a lo largo de las páginas. De tal modo que esto, a veces, se torna una prueba de resistencia, una kilométrica y fatigosa caminata y exploración de fondo por túneles y pasajes donde abunda la paja, la abulia y la somnolencia, y no sólo cuando en páginas y páginas se plantean y se suceden las maquinaciones y los soporíferos embrollos de quienes manipulan y urden el poder (o aspiran a él con un golpe de estado, traición o madruguete), o cuando las voces están ceñidas de atavismos, romos prejuicios y sonoridades pueblerinas, signadas por un aliento popular, melodramático y tremendista, como son los casos de ciertos parloteos del zambo Ambrosio Pardo y de Amalia, mujer de un mitómano de filiación aprista (torturado y asesinado por los esbirros de Cayo Mierda: Hipólito y Ludovico Pantoja) y luego mujer del zambo (con la que tuvo una hija y con la que vivió en Pucallpa y allí murió), quien fuera fámula en la burguesa casona de los Zavala en Miraflores y luego en la casa de San Miguel, la abastecida leonera de lujo que Cayo Mierda le montó, aparentemente a la Musa, pues no lo hizo por ella ni para ella, sino para sus tejemanejes de espionaje, intriga, complicidad, chantaje y coacción entre militares, políticos y empresarios de alto pedorraje que promueven y protegen sus intereses y los intereses y negocios norteamericanos (de los que Cayo saca taja contante y sonante), y al unísono para las borracheras y orgías lésbicas en las que él es un patético, nauseabundo, fantasioso y minúsculo voyeur. De ahí que no pocas veces el lector de marras evoque, boqueando, casi sin aliento y pidiendo esquina, ese consabido e indeleble precepto y apólogo de Borges que se lee en el prefacio a El jardín de senderos que se bifurcan, firmado por él en “Buenos Aires, 10 de noviembre de 1941”: 
   
Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y Alicia Jurado
        
“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario. Así procedió Carlyle en
Sartor Resartus; así Butler en The Fair Haven; obras que tienen la imperfección de ser libros también, no menos tautológicos que los otros. Más razonable, más inepto, más haragán he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios.” Dificultad y fatigosa lectura que en Conversación en Princeton se refleja cuando Mario Vargas Llosa evoca: “La novela no tuvo éxito, sobre todo si se compara con otros libros míos, precisamente por la dificultad.” No obstante, observa: “Curiosamente ha ido ganando lectores con el tiempo, se ha ido reeditando y ahora está más viva que otros libros míos. Ha ido conquistando poco a poco a los lectores. Eso me alienta mucho. Si se hace una valoración de las cosas que yo he escrito, este libro debería figurara como uno de los principales.”

IV de VI
Un punto nodal del suspense y del enorme puzle narrativo que es Conversación en La Catedral (cuyo armatoste el lector se ve impelido a reconstruir en la memoria) gira en torno al asesinato de la Musa, quien fuera la mantenida y aparente querida de Cayo Mierda, cuando éste (diminuto, feo y enclenque) era el todopoderoso brazo represor de la dictadura del general Odría, quien en la polifónica obra es una ubicua y todopoderosa sombra tutelar, pero nunca habla con su voz de trueno ni se corporifica ni elimina en un tris con su fulgurante e incandescente mirada. 
       
Odría con miembros del clero y de las fuerzas armadas
       El crimen de la Musa ocurrió en 1958, cuando el presidente del Perú era Manuel Prado y Cayo Mierda, ya sin poder, está en el exilio. Santiago Zavala, quien trabaja en la sección de locales de La Crónica, dada la ausencia de Becerrita y de los dateros de la página policial, es enviado por Arispe, el jefe de redacción, al lugar del asesinato. Zavalita va con Darío, el chofer, y con Periquito, el fotógrafo.

       
La orquesta
Óleo sobre tela de Botero
         A la Musa, ex Reina de la Farándula, que fue hermosa (lesbiana, alcohólica y drogadicta) y tuvo celebridad como cantante no sólo en el Embassy y en Radio El Sol, le dieron “Ocho chavetazos” (o sea: fue un asesinato con saña) y sobrevivía en la pobreza en Jesús María (“General Garzón 311”), asistida por Amalia, su perruna y fiel criada que la sigue desde la casa de San Miguel. Y Santiago Zavala, mientras bebe, fuma, charla y rememora con el zambo Ambrosio en La Catedral, lleva ya “Diez años soñándote con ella, Zavalita, si Anita supiera creería que te enamoraste de la Musa y tendría celos.” Es decir, el efímero diálogo en La Catedral, y por ende el moroso presente de la novela (“El crítico hispano-dominicano Carlos Esteban Deive” contó “setenta personajes”), donde también se halla el inolvidable perruchito Batuque, ocurre durante unas cuatro horas de un día de 1968. Y Ambrosio, luego de charlar con él durante esas horas, quizá siga, con el zambo Pancras, matando perros a palos en la perrera municipal. 
O quizá no, pues casi al inicio del libro (en algún momento de la prolongada charla) Santiago le dijo: “En La Crónica necesitan un portero”. (Buscando que el zambo, ya ebrio, suelte la sopa y toda la recontrasopa en torno al asesinato de la Musa.) “Es un trabajo menos fregado que la perrera. Yo haré que te tomen sin papeles. Estarías mucho mejor. Pero, por favor, deja un ratito de hacerte el cojudo.” 
Dibujo de Miguel Covarrubias
          Pero el caso es que para supuestamente indagar las causas y el trasfondo del crimen de la Musa y ventilarlo y explotarlo hasta la náusea en la populachera y amarillista página policial de La Crónica, Becerrita se pone a la cabeza y escoge de supuesto reportero a Santiago (que se siente elegido por los hediondos demonios del Infierno). Y en el interrogatorio que Becerrita le hace a Queta (en el Montmartre, el burdel de la vieja Ivonne), ella, que fue cercana a la Musa y participante en los prostibularios guateques que Cayo Mierda orquestaba en la casa de San Miguel, declara algo que nunca sale a la luz pública (y que es parte de la impunidad del crimen), pero que descoloca a Zavalita e intriga al lector y a Santiago por el resto de sus días terrenales: “Bola de Oro lo mandó matar”, “El matón es su cachero. Se llama Ambrosio.” “Hortensia [o sea: la Musa, la ex querida de Cayo Mierda] le sacaba plata, lo amenazaba con su mujer, con contar por calles y plazas la historia de su chofer.” Y en la ríspida discusión con Becerrita, Queta y la madama Ivonne —quien se opone a que su protegida suelte la viperina y venenosa lengua bífida—, para que el ingenuo Zavalita (hijo de Bola de Oro) no oiga esos bochornosos intríngulis cuyo meollo asesino desconoce e ignora (incluso, pese a su inocua y larga charla con Ambrosio en La Catedral), Becerrita lo saca de allí: “¿Usted tenía algo que hacer, no? —gruñó Becerrita, mirando su reloj, la voz angustiosamente natural—. Váyase nomás, Zavalita.” 

Primera edición en México: octubre de 2017
          Curiosamente, casi al inicio de la sesión donde en Conversación en Princeton abordan los meandros de Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa, al hablar de la estructura de su reputada obra, revela uno de los secretos mejor guardados, candentes y postergados de su cincuentenario libro, que desde luego gira en torno al asesinato de la Musa y al secreto que Ambrosio no le revela al “niño” Santiago Zavala. A estas alturas del medio siglo de su novela esto quizá no tenga la menor importancia, más aún, o sobre todo, porque numerosos thrillers y novelas policiacas comienzan la intriga y el suspense con la descripción de la espeluznante escena de un crimen, como es el caso de su novela ¿Quién mató a Palomino Molero? (México, Seix Barral, 1986). En este sentido, el catedrático y cicerone novelista les dice a sus atentos feligreses (corro del seminario “Literatura y política en la obra de Mario Vargas Llosa”), que pueden visualizarse con las orejas bien erectas, las cejas alzadas y los ojos como platos: 

   
Dibujo de Covarrubias
        
“Ésa es la estructura de Conversación en La Catedral: una conversación entre Zavalita y Ambrosio, el guardaespaldas que fue chofer y amante de su padre. Esa conversación ocurre después de que Zavalita va a rescatar a su perro a la perrera municipal y se encuentra con Ambrosio, que ha caído al fondo más bajo de la ruina y trabaja matando perros. Los dos se van a tomar una cerveza a ese barcito cerca de la perrera que se llama La Catedral. Ése es el eje de la historia: una conversación que aparece y luego desaparece durante largos intervalos pero que siempre vuelve a reaparecer. Esa columna vertebral va llamando otras historias que se desplazan en el espacio, en el tiempo, y de un personaje a otro. Un personaje que surge en la conversación entre Zavalita y Ambrosio puede llamar a otro personaje y evocar una historia que los dos vivieron en el pasado, para luego regresar a la historia central, llamar a otro personaje, y así sucesivamente.
   “La conversación central entre Zavalita y Ambrosio es como una especie de tronco del que van surgiendo muchas ramas, y esas distintas ramas al final van dibujando ese árbol que es la totalidad de la historia. No me importó que eso pudiera crear confusión en el lector. Al contrario, yo pensé que esa confusión era necesaria para que la historia fuera creíble. Si la historia hubiera sido clara desde el principio, no sería aceptada por el lector. Había demasiada truculencia, demasiados excesos en todo lo que ocurrió y era mejor que esa historia fuera llegando de una manera nublada para que el propio lector, impulsado por la curiosidad y por el deseo de saber, fuera contribuyendo de una manera creativa a establecer la trama.”

V de VI
Entresacando fragmentos del voluminoso puzle de Conversación en La Catedral (dividido en cuatro partes con sus correspondientes capítulos), se puede ver que el zambo Ambrosio Pardo, pese a que es un redomado tontorrón con tres dedos de frente, sobre el leitmotiv o trasfondo del asesinato de la Musa sólo le dijo a Santiago Zavala lo que el “niño” puede oír de él: que Ambrosio la mató motu propio, sin consultar a Bola de Oro, su querido, venerado, respetado e idolatrado patrón, dizque para defenderlo y liberarlo para siempre de la desalmada, insaciable y voraz extorsión de la Musa (en la última etapa de su vida le exigía cien mil soles), pues en la página 61, cuando el lector aún ignora de qué chinitas se habla, se lee:
        “—¿Lo hiciste por mí? —dijo don Fermín—. ¿Por mí, negro? Pobre infeliz, pobre loco.” Lo cual se corresponde con dos parlamentos donde le habla don Fermín al zambo, quien está en mutis (quizá llorando), y por ello no se hace presente ni le contesta, los cuales se leen en la página 215. En el primero se lee: “—Ya sé por qué lo hiciste, infeliz —dijo don Fermín—. No porque me sacaba plata, no porque me chantajeaba.” Y en el segundo, cuatro fragmentos abajo, añade: “—Sino por el anónimo que me mandó contándome lo de tu mujer —dijo don Fermín—. No por vengarme a mí. Por vengarte tú, infeliz.” O sea: para que Amalia, mujer de Ambrosio (a quien él considera su única mujer, incluso durante el tiempo que era la mujer del psicótico, torturado y asesinado aprista), nunca supiera que él tenía relaciones homosexuales con don Fermín, en cuya mansión en Miraflores fue sirvienta (donde Ambrosio la desvirgó en su cuarto, reducto individual por su servicio de chofer, a donde Amalia solía ir a escondidas hasta que el zambo se lo prohibió y truncó el supuesto noviazgo) y luego obrera en el laboratorio de su patrón, el Bola de Oro, al que la Musa chantajeaba, extorsionaba y amenazaba con hacer circular una carta donde exponía esos vínculos lascivos y vergonzosos: “Van a recibir la misma carta tus parientes, tus amigos, tus hijos. La misma que tu mujer. Tus empleados.” 
      El caso es que muchas hojas después, hasta en la página 621, por el asesinato que cometió y la mujer que irremediablemente tiene (con una bebé recién parida), don Fermín lo indemniza o compensa y le ordena que se vaya de Lima y deje de lloriquear: “—Veinte mil soles —había dicho don Fermín—. Sí, tuyos, para ti. Te ayudarán a empezar de nuevo, a desaparecer, pobre infeliz. Nada de llantos, Ambrosio. Anda vete. Que Dios te bendiga, Ambrosio.” 
   
Dibujo de Covarrubias
        Y para librarse del poli que supuestamente investiga el asesinato de la Musa, o sea, del oficial de tercera Ludovico Pantoja, de la División de Homicidios, quien más o menos es su compinche desde los tiempos represivos de Cayo Mierda, Ambrosio lo soborna con veinte mil soles, la mitad de los cuales, le dice (mintiéndole), se los otorga don Fermín Zavala, según se lee en la página 575: 
“—Él te regala diez mil, y yo diez mil, de mis ahorros —dijo Ambrosio—. Sí, está bien, me iré de Lima y nunca más te daré cara, Ludovico. Está bien, me llevo a Amalia también. No volveremos a pisar esta ciudad, hermano, de acuerdo.” Y como botón de supuesta buenaventura y buena voluntad, Ludovico Pantoja —matón infiltrado y sobreviviente de la Revolución de Arequipa que suscitó la caída de Cayo Mierda y la constitución de un “gabinete militar” que no duró mucho— le recomienda que se vaya con su mujer a Pucallpa, porque allí Hilario Morales, su tío, lo empleará de chofer en Trasportes Morales, su empresa. Y el crédulo zambo va hacia ya con su bebé recién nacida (Amalia Hortensia) y con su mujer Amalia, quien además de ignorar que el asesino es Ambrosio, cree que la busca y persigue la policía (creencia que el zambo alimenta) para confinarla en la cárcel por el asesinato de la Musa, su patrona, pese a que cuando ocurrió el crimen ella estaba de parto en el hospital, totalmente solitaria, y luego recuperándose allí durante varios días.
    En Pucallpa las expectativas no salen bien. El caricaturesco, sucio y zaparrastroso Hilario Morales resulta ser un malandrín de baja estofa, polígamo y ladrón, quien, con el cariado colmillo muy retorcido, cala la estúpida sesera del zambo Ambrosio, de tal modo que prácticamente de un manazo le arrebata quince mil soles para supuestamente invertirlos en la escuálida e improductiva funeraria Ataúdes Limbo y como chofer lo hace ir y venir (a imagen y semejanza de un condenado Sísifo o burro de noria) de Pucallpa a Tingo María en una lastimosa y destartalada carcocha de risible y sonoro nombre: “El Rayo de la Montaña”. En Pucallpa, Ambrosio deja abandonada a su pequeña hija con la vecina que enseñó a sembrar a Amalia, luego de que ésta muriera tras el parto de un bebé que murió al nacer o nació muerto. No obstante, y pese a que Ambrosio está en harapos y en la miseria, tendría que pagarle al hospital dos mil soles que no tiene. Y tras sus patéticas y humillantes peticiones a Hilario Morales para que lo auxilie, decide robarle “El Rayo de la Montaña”; carcocha que vende en Tingo Maria por “Cuatrocientos soles”, “Lo justo para llegar a Lima, niño.”  
      
Dibujo de Covarrubias
   Oriundo de la ranchería de Grocio Prado (la aldea donde el joven Mario se casó con la tía Julia), en cuya zona se hizo chofer, e hijo de la negra Tomasa, Ambrosio Pardo es un “zambo grande”, “musculoso” y tontorrón a más no poder; es decir, posee una corpulencia, una estatura y una fortaleza semejante a la del negro Trifulcio, su padre, quien en calidad de ex presidiario y matón a sueldo murió en la susodicha Revolución de Arequipa. Pero inextricable a ese impresionante tamaño y musculatura de jugador de basquetbol de la NBA, sus atavismos y su cerebro del tamaño de un minúsculo cacahuate, repleto de taras y complejos, lo hacen comportarse y pensar a imagen y semejanza de un torpe niñote del octavo día. Esto, obviamente, lo sabía Cayo Mierda, puesto que lo conoce desde que en Chincha, junto con el Serrano —el futuro coronel Espina y ministro de Gobierno que empleó a Cayo como “director de Gobierno” de la dictadura de Odría—, cuando los tres eran unos mozalbetes de rancho, lo ayudó a robarse a la hija de la lechera, horrenda mujer sin hijos, con la que Cayo Mierda está casado hasta la yunta. Y con sus correspondientes variantes lo deduce Queta la primera vez que lo ve con suspicacia en el Montmartre; y también don Fermín, su patrón y amante, quien lo observa en una borrachera en la casa de San Miguel, cuando el zambo es el chofer de Cayo Mierda. 

   
Homenaje a Bonnard (1972)
Óleo sobre lienzo de Botero
        Ambrosio suspira y babea por la escultural Queta y cabizbajo le habla de “usted”. Y ella, que lo ve servil, agachón y más bruto que un cabestro, lo menosprecia y le pone las cosas difíciles, lo tutea y le sube la tarifa. Y varias veces le da unos revolcones verbales que lo radiografían por dentro y por fuera. Más aún porque el zambo, cuando ya logró los pagados y eventuales favores sexuales de Queta, le confiesa sus secretos. Hablan, desde luego, de su vínculo homosexual con don Fermín; de su relación con Amalia, que durante años hizo lo posible por ocultársela a don Cayo, a la Musa, a don Fermín Zavala, pero no a su amiguete Ludovico Pantoja, quien le prestaba su cuarto para los acostones con Amalia en sus días libres y de fin de semana. “Qué malos ratos habrás pasado, Ambrosio, cómo me habrás odiado —dijo don Fermín—. Teniendo que disimular así lo de tu mujer, tantos años. ¿Cuántos Ambrosio?” “¿Creías que iba a resentirme contigo, pobre infeliz? —dijo don Fermín—. No, Ambrosio. Saca a tu mujer de esa casa [la de la Musa], ten tus hijos. Puedes trabajar aquí [de chofer en la residencia de Miraflores] todo el tiempo que quieras. Y olvídate de Ancón y de todo eso, Ambrosio.”
     En este sentido, Queta le machaca: “Se dio cuenta que te morías de miedo”, “Que no harías nada, que contigo podía hacer lo que quería.” “Tenías miedo porque eres servil”, “Porque él es blanco y tú no, porque él es rico y tú no. Porque estás acostumbrado a que hagan contigo lo que quieran.” Y despotrica con asco (antes o después): “Jugando contigo como el gato con el ratón.” “A ti te gusta eso, ya me he dado cuenta. Ser el ratón. Que te pisen, que te traten mal. Si yo no te hubiera tratado mal no te pasarías la vida juntando plata para subir aquí a contarme tus penas. ¿Tus penas? Las primeras veces creía que sí, ahora ya no. A ti todo lo que te pasa te gusta.” “Te ha vuelto a ti también”, “No es porque te paga bien ni por miedo. Te gusta estar con él.” “¿Y cuando se baja los pantalones y te dice cumple tus obligaciones?”, “¿Te gusta también?”
   
Foto: Robert Mapplethorpe
         Queta, ojo clínico y avizor, no se equivoca. La primera vez que don Fermín ve al zambo de cerca en la casa San Miguel no le quita los resbalosos ojos de encima, y Cayo, astuto y maquiavélico zorro, dispone que su chofer, el grandulón y servil Ambrosio, lo lleve a su casa. Y ya en el auto, el patrón Bola de Oro le agarra el miembro y le ordena que así maneje y así lo lleve sin chistar ni rebuznar, no a su respetable y honorable residencia familiar en Miraflores, sino a su solitaria casa de descanso en Ancón, que se convierte en el nidito de sus lúbricos encuentros y desahogos sexuales con el zambo. Se transluce en ello un lujurioso vínculo de dominio y sometimiento, con cierto matiz y entretelones sadomasoquistas. “Haciéndome sentir una basura, haciéndome sentir no sé qué”, gime y se queja con Queta “golpeando la cama con fuerza”, cuando va con ella para humillarse y rogarle que persuada a la Musa de no extorsionar más a su querido y respetable patrón: “A la única persona que se ha portado bien, al único que la ayudó sin tener por qué.” Y sobre todo, pese a que no lo enfatiza, para que no haga circular la amenazante y reveladora carta de cuyos pormenores podría enterarse Amalia (su mujer de los días de asueto, embarazada de él sin que a él le importe un comino el embarazo y con la que nunca ha conformado un hogar ni enfrentado al opresivo mundo), pues esa revelación, pública y multitudinaria, al unísono reventaría la cloaca y desquebrajaría para siempre su privilegiado y oculto vínculo homosexual con ese “verdadero señor”, de apariencia regia y “Presidencial” para él, que además le brinda un buen estatus social: “Me gusta ser su chofer”, “Tengo mi cuarto, gano más que antes, y todos me tratan con consideración.”
 
Estudio de un modelo masculino (1972)
Pastel sobre papel de Botero
        El caso es que para ponerlo calenturiento y gozar al máximo y sacarle todo el manjar blanco al garañón, don Fermín, el patrón, le mete “yobimbina” al enorme zambo y él también se la mete, no faltaba más, pese a cierta teatralización de culpabilidad y remordimiento del supuestamente atormentado Bola de Oro, que también le lloriquea de rodillas: “déjame ser una puta, Ambrosio”, “Que te toque, que te lo bese”. 
Melancolía (1989)
Óleo sobre tela de Botero
        Mítico y legendario afrodisíaco que también usaron Santiago Zavala y su futuro cuñado el pecoso y pelirrojo Popeye Arévalo (hijo de un connotado y ricachón senador odriísta), cuando ambos, ingenuos mocosos, quisieron poner calenturienta a “la chola” cuando en la mansión de Miraflores estaban ausentes los papás de Zavalita, es decir, a la criada Amalia, y darse un festín sexual con ella. Ese impúber episodio (que le costó la chamba a Amalia) se colige inspirado en lo que también evoca el novelista en El pez en el agua en torno a la “yobimbina”, precisamente en la época en que era adolescente y cadete del Colegio Militar Leoncio Prado:

       
Mario Vargas Llosa entre los cadetes
del Colegio Militar Leoncio Prado
           “A mis amigos del barrio, en Miraflores, los veía a veces, los días de salida, e iba con ellos a alguna fiesta de los sábados, o de los domingos, a la matinée y alguna vez al fútbol. Pero el colegio militar me fue apartando insensiblemente de ellos, hasta convertir la entrañable fraternidad de antes en una relación esporádica y distante. Sin suda por mi culpa: me parecían demasiado niños, con sus ritos dominicales —matinée, Cream Rica, pista de patinaje, parque Salazar— y sus castos enamoramientos, ahora que yo estaba en un colegio de hombres que hacían barbaridades y ahora que iba al jirón Huatica [la zona de tolerancia]. Buen número de los amigos del barrio seguían siendo vírgenes y esperaban desvirgarse con las sirvientas de sus casas. Recuerdo una conversación, uno de esos sábados o domingos por la tarde, en la esquina de Colón y Juan Fanning, en la que, en rueda de barrio, uno de ellos nos contó cómo se había ‘tirado a la chola’, luego de darle, con mañas, a tomar ‘yobimbina’ (unos polvitos que, decían, volvían locas a las mujeres, de los que hablábamos sin cesar como de algo mágico, y que, por lo demás, yo nunca vi). Y recuerdo otra tarde en que unos primos me relataron la maquiavélica estrategia que tenían urdida para ‘emboscarse’ a una sirvienta, un día que sus padres estaban ausentes. Y recuerdo mi malestar profundo en ambas ocasiones y siempre que mis amigos, de Miraflores o del colegio, se jactaban de tirarse a las cholas de sus casas.” 

VI de VI
Cuando en 1958 ocurrió el crimen de la Musa, Santiago Zavala ya sabía que su padre era marica. (“¿Echándose vaselina, piensa, jadeando y babeando como una parturienta debajo de él?”) Esto queda claro en la borrachera y diálogo que Zavalita tiene con Carlitos Ney en el sombrío Negro-Negro, luego de que Becerrita lo expulsara del Montmartre para que no siguiera oyendo las barbaridades que vociferaba Queta sobre el zambo y Bola de Oro, supuesto autor intelectual del asesinato de la Musa. De ahí que Santiago, inextricable a su aversión a la hipocresía e impostura del buen burgués (cuyos abominables y repelentes arquetipos son para él don Fermín y Zoila, sus progenitores), rechaza como herencia paterna la casa de Ancón, que también rechaza su madre viuda (al parecer leyó la carta de la Musa donde la puso al tanto de las relaciones homosexuales de su marido y el zambo chofer), y que no quiera recibir absolutamente nada de las acciones y negocios legados por don Fermín (ni un quinto), pese que a siga viviendo muy apretado en la casita de los duendes con el perrito Batuque y Ana, quien se enoja y desaprueba el rechazo de esa casa en Ancón, y a que su mediocre salario en La Crónica a penas le alcanza para sobrevivir haciendo agua, y a que su trabajo como editorialista de La Crónica le resulte deleznable, no menos excrementicio que Lima y el Perú.
   
La casa de Mariduque (1970)
Óleo sobre lienzo de Botero
        Tal derrotismo y visión pesimista de su persona, de sus padres, de su empleo, de sus colegas, de la política y de su entorno limeño se advierte desde el inicio de la novela y perdura hasta el punto final, luego de unas cuatro horas o más de conversación en La Catedral, (sin que el zambo le haya revelado al “niño” la catadura homosexual de su padre y sus amoríos con él). Por ejemplo, al acercarse al Depósito Municipal de Perros para rescatar al perruchito Batuque, ve “Un gran canchón rodeado de un muro ruin de adobes color caca —el color de Lima, piensa, el color del Perú—, flanqueado por chozas que, a lo lejos, se van mezclando y espesando hasta convertirse en un laberinto de esteras, cañas, tejas, calaminas.” Y sobre su chamba como editorialista de temas locales (no de política, porque la política no le interesa para nada), se dice a sí mismo, ahora que ya no hace reporterismo nocturno: “Vengo temprano, me dan mi tema, me tapo la nariz y en dos o tres horas, listo, jalo la cadena y ya está.”

   
Página 6 del ejemplar mecanografiado más antiguo que se
conserva de Conversación en La Catedral
Archivo Princeton University Libraries
        Pestilencia y hedor social e individual que también percibe en él, en el envejecido y astroso zambo y en los comensales de La Catedral: “El Batuque ladra una vez, ladra cien veces. Un remolino interior, una efervescencia en el corazón del corazón, una sensación de tiempo suspendido y tufo. ¿Hablan? La radiola deja de tronar, truena de nuevo. El corpulento río de olores parece fragmentarse en ramales de tabaco, cerveza, piel humana y restos de comida que circulan tibiamente por el aire macizo de La Catedral, y de pronto son absorbidos por una invencible pestilencia superior: ni tú ni yo teníamos razón papá, es el olor de la derrota papá”. 
Página 5 del ejemplar mecanografiado más antiguo que se
conserva de Conversación en La Catedral
Archivo Princeton University Libraries
       De ahí que en esa conversación en La Catedral, Santiago le diga a Ambrosio: “en este país el que no se jode, jode a los demás”. Y que sea Carlitos Ney, ebrio, el que le ponga sello indeleble e irrebatible catalogación de “cacógrafos” a su subterráneo y pálido oficio de supuestos periodistas librepensadores en un periodicucho amarillista que es propiedad de los intereses, políticos y mercantiles, de la familia de Manuel Prado, cuyo gobierno se volvió se volvió “una mafia terrible”. En este sentido, el crónico e incurable “cacógrafo” y borrachín Carlitos Ney encarna y refleja el futuro de Santiago Zavala como periodista hundido hasta las cejas en ese fecal marasmo: “entré a La Crónica y ahí mismo descubrí la tumba de la poesía, Zavalita”. “Entras y no sales, son arenas movedizas”. “Te vas hundiendo, te vas hundiendo. Lo odias pero no puedes librarte. Lo odias y, de repente, estás dispuesto a cualquier cosa por conseguir una primicia. A pasarte las noches en vela, a meterte en sitios increíbles. Es un vicio, Zavalita.” “Nosotros los cacógrafos”, “Todos reventaremos echando espuma, como Becerrita. A tu salud, Zavalita.” 

En El pez en el agua, Mario Vargas Llosa habla de la camaradería, del influjo y del magisterio que Carlitos Ney, lector aventajado y voraz, ejerció sobre él. De ahí que diga: 
Reportaje de Mario Vargas Llosa en La Crónica
Lima, marzo 27 de 1952
         “Hablar de libros, de autores, de poesía, con Carlitos Ney en los cuchitriles inmundos del centro de Lima, o en los bulliciosos y promiscuos burdeles, era exaltante. Porque Carlos era sensible e inteligente y le tenía un amor desmesurado a la literatura, la que, por cierto, debía representar para él algo más profundo y central que ese periodismo al que consagraría toda su vida. Siempre creí que, en algún momento, Carlitos Ney publicaría un libro de poemas que revelaría al mundo ese talento enorme que parecía ocultar y del que, en lo más avanzado de la noche, cuando el alcohol y el desvelo habían evaporado en él toda timidez y sentido autocrítico, nos dejaba entrever unas briznas. Que no lo haya hecho, y su vida haya transcurrido, más bien, sospecho, entre las frustrantes oficinas de redacción de los periódicos limeños y las ‘noches de inquieta bohemia’, no es algo que me sorprenda, ahora. Pues la verdad es que, como a Carlitos Ney, he visto a otros amigos de juventud, que parecían llamados a ser los príncipes de nuestra república de las letras, irse inhibiendo y marchitando, por esa falta de convicción, ese pesimismo prematuro y esencial que es la enfermedad por excelencia, en el Perú, de los mejores, una curiosa manera, se diría, que tienen los que más valen de defenderse de la mediocridad, las imposturas y las frustraciones que ofrece la vida intelectual y artística en un medio tan pobre.”

       

        Casi resulta tautológico decir que, a sus 31 años, Santiago Zavala es un mediocre. “Ni proletario ni burgués. Sólo una pobre mierdecita entre los dos”, lo cata y diagnostica Carlitos Ney. Y que tal vez esa mediocridad sea el signo definitorio del resto de sus días. Pues pese a que casi al inicio de la novela a Norwin, en el Bar Zela, le resume su rutina y supuestas aspiraciones: “Leo, duermo siestas”, “Quizá me matricule otra vez en Derecho”, lo más probable es que nunca lo haga, pese a sus numerosas menciones de hacerlo y no hacerlo, puesto que detesta el Derecho y la abogacía. Y porque al ingresar a
La Crónica por recomendación de su tío Clodomiro, el solterón y mediocre hermano de don Fermín, Vallejo, el director (cuyo apellido sin duda es un homenaje que Mario Vargas Llosa le hizo a César Vallejo, pues lo empezó a leer en la época en que era reportero de La Crónica, “seguramente por consejo de Carlos Ney”), como si viera su futuro en una nítida e inequívoca bola de cristal, le dice sobre tales aspiraciones de trabajar de periodista y “seguir asistiendo a las clases de Derecho”: “Desde que estoy aquí no he visto a muchos periodistas que sigan estudiando”. “Tengo que advertirle algo, por si no lo sabe. El periodismo es la profesión peor pagada. La que da más amarguras, también.” (En México, Manuel Buendía, un celebérrimo periodista, y maestro de periodistas, asesinado el 30 de mayo de 1984, solía decirle a sus alumnos: “el periodismo es la profesión del hombre que se quedó sin profesión”.)
El sastrecillo valiente
Ilustración: Dugina y Dugin
       Pese a que el “flaco”, o sea: Zavalita, era el intelectual de la familia y por ello el Chispas y la Teté irónica o afectuosamente lo llaman “supersabio” a lo largo del libro, carece de aspiraciones intelectuales y creativas, y se distingue por su afición al derrotismo, a los cafetines, a los bares, a los antros, al tabaco, al trago y al jalón de pichicata. Nada parecido al ambicioso y soñador Mario Vargas Llosa en su época de estudiante en San Marcos y militante de Cahuide; pues el novelista, según cuenta en El pez, mientras era el sartrecillo valiente y vivía en la casita de los duendes de la calle Porta, con el Batuque y la tía Julia, llegó a tener siete trabajos (
ídem al cabalístico siete de un golpe del sastrecillo de los hermanos Grimm), (en el Congreso, como asistente del senador Raúl Porras Barrenechea, cobró seis meses sin trabajar, dice, “Ese medio año fue mi primera y última experiencia de funcionario público”), nunca perdió la fe en llegar a ser escritor (“aunque me muriera de hambre”) y se propuso terminar “las dos facultades que seguía” (Literatura y Derecho), hacer a toda velocidad la tesis sobre Rubén Darío, ganarse una beca para doctorarse en la Complutense de Madrid (“nadie nacía novelista, uno se hacía escritor, también en literatura uno elegía lo que iba a ser”), y luego recalar en el idilio de París y quedarse a vivir en Europa para siempre. 


Mario Vargas Llosa durante su primer día en España,
luego de desembarcar en Barcelona, con Luis Loayza y
Julia en el restaurante Tobogán, octubre de 1958.




Mario Vargas Llosa, Conversación en La Catedral. Prefacios del autor. Nota y antología de Carlos Aguirre. Iconografía en color y en blanco y negro. Narrativa Hispánica, Alfaguara. Primera edición mexicana en este formato, noviembre de 2019. 784 pp.


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Mario Vargas Llosa conversa con Juan Cruz sobre Conversación en La Catedral.