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lunes, 3 de septiembre de 2018

Un mundo feliz

Vivimos dentro de un frasco

I de V
Con el número 9 de la serie Letras populares de Ediciones Cátedra apareció en Madrid, en 2013, Un mundo feliz, la celebérrima novela del escritor británico Aldous Huxley (1894-1963), cuya primera edición en inglés: Brave New World, fue publicada en 1932, en Londres, por Chatto & Windus; y en Nueva York, por Doubleday. Jesús Isaías Gómez López (Gójar, Granada, 1965), el traductor de Un mundo feliz para Letras populares —excepto de las líneas y versos de William Shakespeare (1564-1616) insertados en la obra por Huxley—, precede su versión con un extenso y analítico ensayo, complementado por la bibliografía y por el conjunto de sus notas (en el prefacio y en la novela).  
Letras populares núm. 9, Ediciones Cátedra
Madrid, 2013
        Si bien es consabido que el rótulo Brave New World procede de un verso de la “escena única del quinto acto de La tempestad de Shakespeare”, Jesús Isaías Gómez López le recuerda al lector del siglo XXI (o le da noticia) que el título Un mundo feliz (que pulula en el globalizado inconsciente colectivo del idioma español) fue elegido por el dedo flamígero de Luis Narciso Gregorio Gutiérrez Santa Marina (1898-1980), el traductor, periodista y “poeta falangista cántabro” (que solía firmar como Luys Santamarina). La canónica y seminal versión de Santa Marina —que fue la primera que se hizo en español— apareció en Barcelona, en 1935, en la Colección Centauro de Luis Miracle, Editor; y tuvo dos ediciones, la príncipe en septiembre y la segunda en diciembre. Tal título fue retomado por el borroso Ramón Hernández para su mutilada y aséptica versión de Un mundo feliz, publicada en 1969, en Barcelona, en la Colección Rotativa, extinta serie de bolsillo de Plaza & Janés, Editores (muy popular, incluso, en Latinoamérica). Pero en el ínterin de ambas versiones estalló la cruenta Guerra Civil Española (1936-1939) y tras ella la dictadura de Francisco Franco (1939-1975) y por ende la impúdica e impune censura; o sea: “la eliminación por completo de toda huella del asunto sexual en las posteriores ediciones que Santa Marina revisa de la novela en español”. De ahí que Jesús Isaías apunte en su ensayo: “advertimos a un Santa Marina que [‘pese a su sólida formación católica’] aborda el tema sin prejuicios y con absoluta naturalidad en las dos primeras ediciones de 1935 (septiembre y diciembre), antes de la Guerra Civil, y a otro Santa Marina que, a partir de 1947, en plena dictadura franquista, elimina de la traducción toda connotación sexual para las siguientes ediciones de la novela. Por desgracia, las dos primeras ediciones de 1935 no son precisamente las que han contado con un mayor número de lectores. Desde 1947, en que volviera a editarse Un mundo feliz, en la editorial José Janés, hasta 1979, ha habido trece ediciones de la novela en las que es notoria la poderosa huella de la censura franquista. Sin duda, la inmensa mayoría de lectores de esta primera [sic] traducción de la novela de Huxley se han perdido de una parte esencial, el elemento sexual que Santa Marina sí había podido tratar en las primeras ediciones de 1935. Con todo, en líneas generales, las siguientes revisiones de Santa Marina siguen reflejando el talento, el buen gusto estilístico y el sentido de un intelectual que, en numerosas escenas, convierte la traducción en una tarea artística. La supresión del tema sexual, en cambio, hace que el resultado final pierda una perspectiva crucial de la obra original. En este sentido, considero necesaria la enumeración de diversos ejemplos, a modo ilustrativo, con los que el lector se encuentra ante esta traducción desde 1947.”

Vale resumir, entonces, que Jesús Isaías glosa a continuación escuetas líneas que contrastan lo expuesto por Santa Marina en 1935 y lo eliminado por él a partir de 1947 en la edición impresa por José Janés. Y más aún: hace un breve bosquejo y una pertinente crítica sobre las escandalosas e hipócritas amputaciones realizadas por el verdugo Ramón Hernández para su insípida versión editada en 1969 por Plaza & Janés en la colección Rotativa. 
Pero lo que Jesús Isaías no hace es precisar, pese a su largo y sesudo ensayo, a la bibliografía y a sus notas, de qué edición en inglés tradujo. Ni tampoco dice que Luys Santamarina, al pie de página de sus traducciones de las líneas y versos de Shakespeare (señaladas con cursivas), transcribió los textos en inglés e indicó las obras de donde fueron tomadas. Esto se observa en una edición impresa en México, en 1980, por Editorial Época; y pese a que no se indica en la página legal, se advierte, por las señaladas alusiones sexuales, que se trata de la legendaria versión de Un mundo feliz que Luys Santamarina tradujo en 1935. Pero además incluye una nota preliminar (sin fecha) que firma con sus siglas (“L.S.M.”), en cuya cuarta y última parte dice: 
Editorial Época
México, 1980
      “Es difícil traducir tal autor y tal libro. El contraste entre el inglés moderno y el shakespeariano, que Huxley señala en el prólogo de la traducción francesa, se pierde por completo, y no podía ser por menos. Las canciones de niños —las nursery rhymes— nada nos dicen a los hispanos que jamás las hemos oído. Y lo mismo los pormenores topográficos de Londres y del Surrey nativo.

El Cisne del Avon en la época acutal
     “Otro escollo eran los versos de Shakespeare. Los hubiera dejado en prosa de muy buena gana; pero dado el carácter mágico, de vero conjuro que el autor les presta, como suma, como quintaescencia, como arquetipo de pasiones, exigían el ritmo. Los traduje bien que mal en verso blanco; que el Cisne del Avon me perdone.”

Obras Completas de Aldous Huxley
Tomo 1
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
      Vale mencionar que en el tomo 1 de las Obras Completas de Aldous Huxley editado en 1970, en Barcelona, por Plaza & Janes, Editores, con un “Prólogo” (sin fecha) del crítico mallorquín Joan Estelrich (1896-1958), en cuya página legal se afirma que Brave New World es “Traducción de Ramón Hernández” —pero al término del libro contradictoriamente se dice que es “Traducción de Luys Santamarina”—, se advierte, no sólo por el referido bagaje bibliográfico en torno a las citas de las obras de Shakespeare (cosa que omitió y no hizo Ramón Hernández), que se trata de la versión censurada en 1947 por Santa Marina. No obstante, en el capítulo V de la novela se lee: Calvin Stopes y sus dieciséis sexofonistas (ídem en la versión de 1935, reedita en 1980 por Editorial Época), e incluso la palabra “sexófonos” (que también se lee en el capítulo XI, durante la proyección de Tres semanas en helicóptero). Por ende, al principio de su nota 110 (correspondiente a la novela), Jesús Isaías, si no yerra sobre Ramón Hernández, se equivoca sobre Santamarina; según apunta: “En anteriores traducciones de esta obra al español se ha optado por ‘saxofonistas’ (Luys Santa Marina y Ramón Hernández). En el original leemos: ‘CALVIN STOPES AND HIS SIXTEEN SEXOPHONISTS’.”  

   
Obras Completas de Aldous Huxley
Tomo 1
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
          Casi sobra añadir que en el apartado de su bibliografía: “Brave New World, en español”, Jesús Isaías enumera, con vaguedad e imprecisión, la “traducción de Luys Santamarina” editada en México, en 1998, por Editorial Porrúa. La cual se halla en el número 587 de la serie “Sepan cuantos...”, en la que también se leen las citadas y censuradas palabras “sexofonistas” y “sexófonos”. Cuya primera edición en tal serie, barata y popular en México, data de 1990 y la última de 2017; y está precedida por un “Prólogo” (sin fecha) del filósofo alemán Teodoro W. Adorno (1903-1969) y por una “Cronología” (sin firma); a lo que se agrega, para cerrar el libro, el extenso ensayo de Aldous Huxley: “Retorno a un mundo feliz” (Brave New World Revisited, 1958).

Sepan cuantos… núm. 587, Editorial Porrúa
Sexta reimpresión, México, 2016

II de V
       Si bien el rótulo Un mundo feliz elegido por Luys Santa Marina en 1935 inició y marcó un canon indeleble en el orbe del idioma español, la prologada y anotada traducción de Jesús Isaías —que lo retoma (ídem toda una secuela de traductores)—, junto a su breve revisión crítica de las traducciones de Santa Marina y de Ramón Hernández, está signada por algunos diseminados lapsus que ponen en alerta y suspicaz al lector frente a todo el andamiaje crítico y anotado; lo cual, para disipar las dudas y puesto que no se engulle en un tris ni en una sentada, implicaría hacer una laboriosa y meticulosa revisión y cotejo de todos sus asertos y citas, pues a todas luces no son del todo imputables a los subterráneos y oscuros galeotes de Ediciones Cátedra. Por ejemplo, de sobra es consabido que John F. Kennedy y Aldous Huxley fallecieron el mismo día: 22 de noviembre de 1963. No obstante, en su prólogo (página 36) Jesús Isaías dos veces afirma que esto ocurrió el “22 de noviembre de 1962”; en la segunda vez apunta: “A las cinco y media de la tarde del 22 de noviembre de 1962, cinco horas y media después del asesinato del presidente Kennedy, fallece Aldous Huxley en su hogar [...]”. 
Edición príncipe
(Chatto & Windus, London, 1932)
        Otro ejemplo se lee en el “Capítulo VIII” de la novela (página 327), donde debería leerse “Linda” en lugar de “Lenina”; pues allí, Linda, la mugrienta, alcohólica, drogadicta y obesa madre del niño John (el Salvaje), le da a leer a éste el manual técnico-científico que ella utilizara en Londres cuando, en su calidad de “Beta-Menos”, “Trabajaba en la Unidad de Fecundación” (El condicionamiento químico y bacteriológico del embrión: Instrucciones prácticas para trabajadores Betas de depósitos de embriones); mismo que llevó consigo en su “gran maleta de madera” (quizá para un ejercicio mnemónico) cuando otrora viajó de paseo al pueblo de Malpaís, en la reserva india de Nuevo México, en compañía del Director de Incubación y Condicionamiento de la Central londinense. Pero, sin proponérselo, se quedó varada y olvidada allí (entre los indios y mestizos) tras perderse y accidentarse durante una excursión a caballo; pero sobre todo por su embarazo (sorpresivo e inesperado dado el riguroso consumo de los reglamentarios anticonceptivos y por “los ejercicios maltusianos”) y por dar a luz a su hijo John; pues embarazarse, parir, amamantar a un bebé y formar una familia ha sido prohibido y condenado por la obtusa y rígida dictadura del Estado Mundial. La traducción de Jesús Isaías erradamente dice así:

“—A lo mejor no lo encuentras muy interesante —dijo Lenina—, pero es lo único que tengo —Lenina suspiró—. ¡Ay, si pudieras ver las maravillosas máquinas de leer que teníamos en Londres!”
Vale observar que en sus correspondientes versiones ni Luys Santa Marina ni el pálido y encapuchado Ramón Hernández erraron en ese fragmento. Santa Marina tradujo: “‘Temo que no lo encuentres interesante —dijo—, pero es lo único que tengo’. Suspiró. —‘¡Si pudieras ver las hermosas máquinas de leer que teníamos en Londres!’—”. Y Ramón Hernández: “—Temo que no lo encontrarás muy apasionante —dijo Linda—, pero es lo único que tengo. —Y suspiró—. ¡Si pudieras ver las estupendas máquinas de leer que teníamos en Londres!” 
Aldous Huxley
(1894-1963)

Tomo 1 de las Obras Completas de Aldous Huxley
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
         Pero el rasgo distintivo e inextricable de la traducción al español que hizo Jesús Isaías de Un mundo feliz (quizá ineludible) es el uso y aderezo idiosincrásico de palabras, frases, muletillas y expresiones propias del habla promedio en España. Por ejemplo, los vocablos “follón”, “hala”, “apearse” y “vale” (entre otros); o el “tío” o “tía” con que parlotean Fanny Crowne y Lenina Crowne: “Está horriblemente mal eso de salir tanto tiempo con el mismo tío”, le dice Fanny a Lenina en la página 241; o en la página 315 piensa ésta al ver el “cuerpazo” “tan macizo” del joven John (el Salvaje): “¡Qué tío tan guapo!” O en la página 365 Fanny le dice a Lenina al verla entrar “cantando en el vestuario”: “Vienes más contenta que unas castañuelas”; hilarante locución que evoca la folclórica y tipificada imagen de las Manolas y Manoletes de España. Casi sobra decir, entonces, que esas sonoras y risibles castañuelas están ausentes en las versiones de Santa Marina y Ramón Hernández. Santa Marina tradujo: “Parece que estás contenta”. Y Ramón Hernández: “Pareces encantada de la vida”.


III de V
La traducción al español hecha por Jesús Isaías Gómez López de Un mundo feliz comprende los dieciocho capítulos que integran la novela, más 230 notas del traductor y ensayista. Y la precede un epígrafe en francés del filósofo ruso Nicolás Berdiaeff (1874-1948), que, extrañamente, no incluye ninguna nota sobre éste ni la traducción al pie de su texto. Así como Jesús Isaías hizo uso de traducciones ajenas de los versos de Shakespeare insertados en la obra por el novelista, o aceptó la sugerencia de un amigo suyo (Javier Hernández) para acuñar el vocablo “oligorgía” (por orgy-porgy, en el libro en inglés de Huxley), pudo incluir la traducción de ese fragmento realizada por otro traductor y pudo especificar a qué libro o ensayo pertenece.
Nicolás Berdiaeff
(1874-1948)
        Luego sigue un “Prólogo” de Aldous Huxley datado en “1946”, que, pese a las 25 notas del traductor y comentarista, éste no informa ni precisa de qué edición procede y por qué el autor lo coloco allí. 

Aldous Huxley
        Han corrido arduas disquisiciones y ríos y ríos de tinta en torno a la supuesta cualidad visionaria, futurista y profética de la distopía y del género humano de laboratorio y probeta que vive y subsiste en el supuesto futuro que bosqueja Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz. No obstante, no se trata de un planteamiento sociológico de índole realista, sino de literatura fantástica con elementos de ciencia-ficción, salpimentada con visos paródicos, burlescos, iconoclastas, lúdicos, cómicos y eróticos, y con un dejo infantil y adolescente. Huxley no hace una escrupulosa y global injerencia en el supuesto proceso histórico que explique la instauración de la dictadura del Estado Mundial, manipulada por una decena de mafiosos y despóticos titiriteros o reyezuelos de baja estofa: los “Diez Controladores Mundiales”, de los cuales la obra sólo exhibe a uno (especie de pseudopaternal, fanfarrón y egocéntrico Mefistófeles) que vive y manipula el poder apoltronado en Londres: Mustapha Mond, “El controlador residente de la Europa Occidental”. Ni tampoco hace una analítica y global intromisión en la estructura geográfica, política, social y cultural que impera en ese solitario, expoliado y globalizado planeta Tierra, ni en las relaciones racistas, pseudorreligiosas y piramidales de esa deshumanizada distopía cuyos acontecimientos del presente ocurren en el año “632 después de Ford”. Sólo ofrece un parcial, fragmentario, disperso e incompleto bosquejo: un rompecabezas al que le faltan fichas. Y más aún: sólo brinda pinceladas y ligeros datos de la psique y de la vida íntima y sexual de sus principales personajes de castas superiores de piel blanca (apenas trazados). Y casi nada de las castas inferiores de piel oscura, con un bajísimo y preconcebido cociente intelectual (algunos rayando la idiocia o con patente idiocia), proclives al mutuo y grupal tocamiento erótico desde la infancia: los tontorrones, coreográficos y fantasmales “grupos de Bokanovsky” producidos, en masivas series, en el laboratorio: series de idénticos gemelos, fecundados, diseñados y “condicionados” (casi lobotomía) para todo tipo de trabajo fabril, servil o manual. Y sólo un esbozo del pintoresco sincretismo, de la hedionda insalubridad y del rezago generalizado que pulula en la ágrafa y supersticiosa reserva india de Nuevo México (donde se halla el pueblo de Malpaís), que es un campo de concentración bajo la férula del Estado Mundial, vigilado y vallado con cables de alta tensión para que no escape ninguno de los casi “sesenta mil indios y mestizos”, permanentemente sujetos a la violenta, mortal y represiva amenaza de las bombas de gas. Y nada de las dispersas islas del globo terráqueo a donde son exiliados los engendros de las castas superiores de piel blanca (también producidos en serie en el laboratorio, pero con mayor cociente intelectual y características físicas que los diferencian entre sí), que no obstante su temprano y extenso condicionamiento hipnopédico (y a sus puestos privilegiados en el escalafón laboral) “han alcanzado demasiada conciencia de su propia individualidad”, están en desacuerdo “con la ortodoxia”, “tienen sus propias ideas” y por ende “son alguien”. 

Fotograma de Metrópolis (1927)
        Pese a que Jesús Isaías no lo dice ni lo sugiere, al parecer en el panorama urbano y futurista de Un mundo feliz hay cierto influjo visual del panorama urbano y futurista de Metrópolis (1927), el largometraje silente y expresionista del director alemán Fritz Lang (1890-1976). Piénsese en los altísimos y descomunales rascacielos que proliferan en el Londres del año “632 después de Ford” (entre los que circulan aviones, helicópteros y taxicópteros que aterrizan en las azoteas, más los terrestres “trenes monorraíles ligeros” en los que se apiñan las castas inferiores) y en las aeronaves que se mueven por los aires de la urbe poblada de rascacielos, puentes entre las alturas de los edificios donde corren ferrocarriles y coches, y múltiples automóviles, camionetas y trenes que transitan en las atestadas avenidas que se aprecian en la película. Y más aún: en la coreografía de utilitarias, uniformadas, cosificadas y silenciosas masas de sombríos obreros que se observan en el filme: todos iguales, idénticos y cabizbajos (quizá sin conciencia de clase, de sus derechos y de su individualidad), que salen y entran en manada, a las catacumbas industriales, marchando al unísono con el mismo “condicionado” paso y con la misma “condicionada” y patética pose, sometidos al rigor y al cruento peligro de la preconcebida mecánica jornada laboral, impuesta y dictada por el ogro capitalista.

Fotograma de Metrópolis (1927)
     
Popular núm. 722, FCE
México, 2015
           Admirado y glorificado ad naueseam por cierta intelligentsia y por “condicionadas” muchedumbres de su época (la persuasiva y repetitiva mercadotecnia en los mass media hacía lo suyo), corría la leyenda y el runrún de que Aldous Huxley era “el novelista más inteligente de su tiempo”. Sin duda poesía un destacado IQ, visible (aún ahora) en la diversidad temática de sus ensayos. Pero en ello también se advierte que era un pensador proclive al sofisma; un individuo con sus particulares atavismos, prejuicios, creencias, lagunas, ignorancias, defectos y yerros. Y como prueba fehaciente allí están sus ensayos sobre los supuestos poderes metafísicos y cognoscitivos de ciertas drogas alucinógenas (el ácido lisérgico y la mescalina, por ejemplo). Y su desconocedor, racista, misógino y corrosivo libro de viaje Más allá del Golfo de México (Beyond The Mexique Bay, 1934), editado en la Ciudad de México, en 2015, por el FCE, con traducción de alguien que se oculta con un pseudónimo (“Leal Rey”), y precedido por un endogámico, crítico y ombliguista “Antiprólogo” del profesor y narrador mexicano Hernán Lara Zavala. 

     
Edhasa
Barcelona, 2009
        Así que no asombra que en “Un mundo feliz revisitado” —artículo datado en “julio de 1956”, reunido en el volumen Si mi biblioteca ardiera esta noche. Ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas (Edhasa, 2009), con “Selección, prólogo y traducción de Matías Serra Branford”—, Huxley diga lapidario (tal cuchillo sin hoja al que le falta el mango): “La dictadura descrita en Un mundo feliz era global y, a su particular modo, benevolente.” 
Pues a todas luces no tiene un pelo de “benevolente”. Es todo lo contrario: un globo malevolente donde no hay bibliotecas (las series de especímenes de laboratorio y probeta son condicionados a una “aversión instintiva a los libros”) ni centros culturales ni memoria histórica, ni libertad individual ni colectiva, ni libertad de pensamiento ni de creación artística ni de investigación científica. Es decir, es una perversa creación e implantación artificial dentro de un cristalino matraz (con toda una infraestructura ciclópea y numerosos utensilios tecnológicos de índole doméstica, deportiva, turística y comunicativa) articulada, manipulada y mangoneada por los diez energúmenos deshumanizados y ególatras que monopolizan y controlan el poder y las decisiones del Estado Mundial. Uno de los cuales: Mustapha Mond, rebuzna sobre la totalidad del supuesto “mundo feliz”: “todos nosotros vivimos dentro de un frasco”; “La población óptima es como un iceberg: ocho novenas partes bajo el agua y una novena parte encima”. O sea: esas subterráneas y utilitarias “ocho novenas partes” son las uniformadas, masificadas, cosificadas y pesadillescas series de gemelos idénticos (con el mismo rostro y bajísimo IQ), concebidos y diseñados en el laboratorio con el “método Bokanovsky” (la reproducción vivípara está prohibida para todas las castas y a todos les resulta inmoral, nauseabunda y obscena dado el hipnopéidco lavado de cerebro); todos condicionados en grupos —desde que son “bebés en relucientes frascos” (entre “las interminables filas de bebés en relucientes frascos”)— con las oníricas y sonoras sesiones de hipnopedia (el método neopavloviano que monótonamente repite y repite frasecitas falaces y tontorronas mientras duermen), cuyo objetivo es que no piensen más allá de sus genitales, del sexo libre y sin ataduras, del estrecho ideario pseudorreligioso preconcebido e implantado por el clero al servicio del Estado Mundial, de la dependencia y adicción al soma, de los hábitos neodeportivos y consumistas, y de los empleos subalternos para los que han sido diseñados y predestinados por la maquiavélica mente policéfala y totalitaria que organiza y orquesta la manipulación industrial del trabajo, del consumo, del pensamiento y de la inconsciencia (que en ese año “632 después de Ford” es una monstruosa hidra con diez malévolas cabezotas); con un planificado promedio de vida de seis décadas con apariencia de vivaracha y eterna juventud de 17 años; sometidos (incluso las castas superiores con mayor IQ) a una dinámica que oscila entre la jornada laboral de ocho horas, los diversos neodeportes, el consumo desmedido, el sexo con quien deseen (entre dos o más) —pero sin conformar inextricables y amorosas parejas y mucho menos familias (las mujeres fértiles, además, portan las reglamentarias cartucheras donde llevan anticonceptivos para la efímera promiscuidad que se ofrezca)—; reventones multitudinarios en odoríficos y enervantes centros nocturnos donde se oyen los sugerentes y melodiosos sexófonos (uno ocurre en el “recién inaugurado cabaré de la abadía de Westminster”, otrora la antigua e histórica iglesia anglicana, recinto de coronaciones y de sepulcros ilustres); sonoros y sensitivos sensofilmes, estereoscópicos y pornográficos, en comunales y odoríficas salas de sensocine (se transluce que se trata de churros de baja calidad que estandarizan el masificado y manipulado mal gusto); delirantes y obligatorias sesiones pseudorreligiosas que parodian el arquetipo de la última cena de Cristo (los comunitarios dizque “Servicios de Solidaridad” que orgiásticamente celebran el “Día de Ford”); e infalibles e inagotables dosis de soma (una droga sintética que produce y provee el Estado Mundial) para que las castas superiores e inferiores sientan placer y éxtasis, y así amortigüen y conjuren la angustia, el desasosiego, la ansiedad, el nerviosismo, la neurosis y la agresividad; e incluso para que se abandonen y sumerjan en la placentera inconsciencia (al parecer alucinatoria, puesto que implica un supuesto viaje de vacaciones a la falaz y feliz eternidad del instante); es decir, para que huyan del vacío existencial y de las frustraciones que conlleva el imperfecto y supuesto “mundo feliz”, donde dizque “Ahora todo el mundo es feliz”.
Fotograma de Metrópolis  (1927)
       La novena parte de ese pesadillesco iceberg lo conforman las castas superiores de piel blanca, con mayor estatura y mayor IQ, que, pese a sus privilegios y mejor diseño físico y cerebral, también están marcadas por sus limitaciones psíquicas e intelectuales. Dos elocuentes ejemplares con nombres propios son Bernard Marx y Helmholtz Watson. Ambos son especímenes de la casta “Alfa-Más”. Marx dizque es psicólogo de la Agencia Psicológica (pero el que a gritos necesita psicoanálisis y psicólogo conductista es él) y Watson es “profesor en la Escuela de Ingenieros de Emociones (Departamento de Escritura)” y redactor de “guiones de sensocine”, de articulitos periodísticos (que aprueba la censura), de poemoides y frasecitas hipnopédicas. Sin embargo, pese al supuesto alto nivel de su intelecto y raciocinio y de su personal crítica al statu quo, no pueden eludir la reprobación sistémica y el castigo que les impone Mustapha Mond, quien les habla y los trata (en su oficina) como hijos putativos y eternos niñatos con dilemas de adolescentes. Vamos, ni quiera lo intentan. Marx, desvergonzado, chilla, ruega y patalea para que no lo envíen a Islandia (prácticamente lo sacan de la oficina con camisa de fuerza). Y Watson, resignado y estoico, dobla las manitas y elige las Islas Malvinas para su exilio, que no son lejanas, puesto que en ese orbe del futuro un cohete puede trasladarlo por allí en poco tiempo. En la vida real, Charles Lindbergh (1902-1974), apenas en 1927 había cruzado el Océano Atlántico en un vuelo sin escalas de 32 horas y 33 minutos (de Nueva York a París) tripulando en solitario el legendario Espíritu de San Luis (un aeroplano semejante a los que se aprecian en la citada película Metrópolis). Pero en el orbe del año “632 después de Ford”, para ir a pasear y a curiosear al pueblo indio de Malpaís (sólo con salvoconducto membretado y firmado por el petulante Mustapha Mond) —ubicado en el corazón de la reserva india de Nuevo México—, Bernard Marx y Lenina Crowne, vuelan casi seis horas y media en el “cohete Blue Pacific” de Londres a Santa Fe. 

Fotograma de Metrópolis (1927)
         Y la tácita, pero obvia décima parte del iceberg es la cúspide con el más alto pedorraje, el pestilente e inmoral pináculo constituido por los Diez Controladores Mundiales. En este sentido, en el Estado Mundial, detrás del falaz precepto comunitario y cuasibolchevique de que “Todo el mundo trabaja para todo el mundo” (o “todo el mundo pertenece a todo el mundo”), Mustapha Mond puede elegir y llevarse para un efímero acostón a la chica que se le antoje (por ejemplo, a la muy neumática y deseable Lenina Crowne, entre cuyos senos flamea una lúbrica T de oro, íntimo regalo del Arzocomunal Cantor de Canterbury); hacer la popularizada y generalizada señal de la T (parodia de la señal de la Cruz) sobre su cabeza y no sobre su estómago (tal y como lo hace el susodicho jerarca pseudoeclesiástico); heréticamente leer a pierna suelta (y dándole al cogote al pollo) los libros antiguos y prohibidos que resguarda y atesora en su oficina (entre ellos la Sagrada Biblia, “toda una colección de antiguos libros pornográficos” y las centenarias obras de Shakespeare); pensar, recordar y tergiversar la historia (“La historia son pamplinas”, rebuzna y repite estipulando que es una “hermosa e inspirada máxima de nuestro Ford”); y hacer, como todo un pachá de huitlacoche, lo que le dé la gana y como se le antoje entre mullidos cojines, fumarolas de incienso y sobredosis de soma, y por ende puede decidir quién tiene (o no) “libertad para ser una clavija redonda en un agujero cuadrado” (o sea: el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección). “Como yo soy quien hace aquí las leyes, también puedo quebrantarlas. Con impunidad”, les rebuzna y canta autoritario a los regañados y carantoños niñatos de Watson y Marx, después de rebuznarles su ideario y su oportunista biografía, preludio de su forzoso exilio a una a isla habitada por otros réprobos que dizque son “alguien”. “Yo soy yo y ojalá no lo fuera”, sentencia, contradictorio, Bernard Marx.

   
Fotograma de Metrópolis (1927)
        El maquiavélico y trepador Mustapha Mond, que dejó la ciencia por el poder y que se proyecta al rebuznar: “La ciencia es peligrosa: tenemos que atarla minuciosamente con cadenas y ponerle un bozal”, podría decir con el añejo refrán: “Más vale ser cabeza de ratón, que cola de león.” Y puesto que en ese paradójico espléndido mundo nuevo (que bulle sin cesar dentro de un frasco de laboratorio) “Todos los hombres son físico-químicamente iguales”, el “docto” y rubio Henry Foster —quien recita esto al grupo de bobalicones alumnos adolescentes que recorren las salas del Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres (un rascacielos de tan sólo 34 plantas)—, podría acotar con el proverbio decimonónico en boga entre las élites, europeizadas y blancas, del siglo XIX del México postcolonial: “Todos somos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro.” Pues además de las utilitarias y significativas diferencias entre las castas superiores y las castas bajas, la menospreciada, constreñida y reprimida bacinilla de ese espléndido mundo nuevo es la reserva india de Nuevo México (donde se reproducen de manera vivípara las familias y las tribus de indios y mestizos, donde hay ancianos arrugadísimos y desdentados, y donde abunda la fauna salvaje y se hallan los pueblos de Santa Fe y Malpaís), que resulta un fétido, nauseabundo, vomitivo y patógeno frasco de miasma dentro del esterilizado y aséptico frasco de “felicidad”. 

IV de V
Para los objetivos fantásticos y novelísticos de Aldous Huxley resulta necesaria la existencia de la reserva india de Nuevo México, cuyo territorio, además de los pueblos de Santa Fe y Malpaís, comprende otros poblados de los que el lector sólo oye el tamborileo de su nombre: “Taos, Tesuque, Nambe, Picuris, Pojoaque, Sia, Cochiti, Laguna, Acoma, Enchanted Mesa, Zuñi, Cibola y Ojo Caliente.” Pero ante y dentro de la artificiosa idiosincrasia del espléndido mundo nuevo la reserva india es una anomalía, un reducido y reprimido vestigio de la variopinta y vivípara humanidad que otrora habitó el pestífero planeta Tierra. ¿Por qué la dictadura absolutista del Estado Mundial la ha preservado con todas sus presuntas taras e inconvenientes, si una de sus premisas fundacionales es ocultar el pasado y la historia e imponer todo lo que implica el falaz y ficticio credo de la era de la “estabilidad “después de Ford”, que es la única que importa? Pueden formularse varias respuestas. Pero por lo pronto vale decir que no todos los homúnculos creados en los laboratorios de los Centros de Incubación y Condicionamiento del Estado Mundial pueden viajar a la reserva india de Nuevo México y entrar pedaleando y restallando flatulencias y escupitajos como Pedro en su casa. En primera instancia se necesita un salvoconducto membretado que ostente la todopoderosa y flamante firma de alguna de sus “Forderías”: los Diez Controladores Mundiales, pues casi resulta tautológico decir que no hay más ruta que su culo de alcancía y que todos los caminos llevan a su culo. El salvoconducto lo refrenda, en Santa Fe, el alcaide de la reserva, que en ese año “632 después de Ford” es un parlanchín “Alfa-Menos, rubio y braquicéfalo”. De Santa Fe, donde hay un hotel con modernas comodidades al último grito londinense, a Bernard Marx y a Lenina Crowne, un “mestizo de uniforme verde, de Gamma,” los lleva en avión hasta “el valle de Malpaís”, donde se resguardan en la hospedería, situada a cierta distancia del homónimo pueblo. Es decir, la reserva india de Nuevo México es un lugar turístico, en el que sólo algunos privilegiados especímenes del espléndido mundo nuevo hacen camping en un entorno rupestre y salvaje, y donde sólo falta el rudimentario tendejón con souvenirs a la venta y una máquina de fotomatón para autorretratarse insertado en un telón de fondo: con indios con penachos en derredor, por ejemplo.
   
Indios zuñi 
        Por el fanfarrón cortejo sexual, Bernard Marx invita a Lenina Crowne al pueblo de Malpaís, pero también por sus pulsiones heterodoxas e ínfulas de ser “alguien”. Y Lenina, siempre lista con la cartuchera de anticonceptivos —y cuya prerrogativa “neumática” está cifrada en el miliunanochesco refrán que reza: “La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne”— desea y acepta la aventura sexual con el “raro”. Sin embargo, pese a que se supone que Marx es un psicólogo “Alfa-Más” de la Agencia Psicológica, denota que no ve más allá de sus narices y que su cerebro carbura muy poco, pues ante Lenina, que es “Beta”, no es perspicaz ni intuitivo ni formula ninguna analítica inferencia, dado que ella, previsiblemente, todo lo que ve y halla en Malpaís le resulta abstruso, maloliente, asqueroso, inmoral y desquiciante (con excepción del paquete corporal de John el Salvaje), y por ende, durante el paseo por el pueblo, añora ansiosa las tabletas de soma que dejó olvidadas en la hospedería, y al regresar a ésta se hunde y escapa, en la cama, a un comatoso y feliz viaje de vacaciones con una buena somnífera dosis. Marx, por su parte, viendo y oyendo lo que hasta por los codos parlotean Linda y su hijo John (que son blancos y rubios), deduce que el padre natural de éste es nada menos que el Director de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres, mismo que, previo al viaje a la reserva india, lo amenazara con enviarlo a Islandia. Así que es Marx —con tal de vengarse y defenestrar al DIC—, quien gestiona, desde Santa Fe y vía telefónica, la autorización de Mustapha Mond para que Linda y John viajen a Londres. 
 
Indias zuñi
        En el abigarrado pintoresquismo y sincretismo, racial y cultural, de la reserva india de Nuevo México se transluce una mezcla de ancestrales y paganos resabios preeuropeos y cristianos. Parece una congelada cápsula del tiempo donde bulle la ignorancia, el atraso, la insalubridad y la involución; donde la comunidad indígena y mestiza es ágrafa, supersticiosa, endogámica, xenófoba y cerrada ante los blancos. En ese contexto, Linda, hará unos 18 o veintitantos años, fue rescatada por los indios tras caer a un barranco durante un paseo a caballo. Los indios, pese a su piel blanca y a que es una obvia aberración femenina del Estado Mundial que los aprisiona, oprime y reprime (incluso mata), la curaron y le permitieron vivir entre ellos con cierta marginalidad. Y en esa marginalidad ella dio a luz a su hijo John, que es blanco, rubio y de ojos azules. No obstante, su rescate y presencia allí son una notoria paradoja. El DIC la dio por “perdida” (o muerta) y muy campechanamente regresó a Londres. Pero los inspectores de la reserva (a las órdenes del alcaide) debieron ser quieren la rastrearan y encontraran, viva o muerta. Y debieron ser tales inspectores quienes la ubicaran, con su chiquillo o sin él, entre los indios y mestizos. Tómese en cuenta que si al fallecer en Londres, poco después de regresar con su hijo John, ella tiene sólo 44 años, pese a su imagen de astroso vejestorio (gorda, cariada, con sarro y feísima), cuando otrora el DIC la dio por “perdida” en el valle de Malpaís era una joven rubia, y, según dice él: “era muy neumática, particularmente neumática”. O sea: bastante notable (algo así como un atractivo y erógeno frijol blanco navegando en un caldoso plato de frijoles negros). Y su “gran maleta de madera” (donde llevaba su manual técnico y sus vestidos) debió quedarse en la hospedería de Malpaís y no con ella, pues obviamente no salió a cabalgar de paseo cargando su equipaje. Es absurdo. 
   
Indio zuñi
        Y absurdo o inverosímil resulta que haya sido el indio Popé quien llevó, al muy sucio y descuidado jacal de Linda, el viejo y estropeado ejemplar de las Obras completas de Shakespeare, que el niño John empezó a leer a sus 12 años. Ese ejemplar dizque estaba abandonado “en uno de los cofres de la Kiva de los Antílopes”. Puede que haya sido así. Algún blanco pudo haberlo dejado por allí, antes o después del inicio de la Era Ford, o pudo ser hurtado a un forastero de otra época. Pero Popé es iletrado y Linda, además de su nula inteligencia de “Beta-Menos”, no tiene ningún interés intelectual ni poético. No entiende a Shakespeare. Tras echarle una hojeada le “parece todo un disparate”, “Incivilizado”. No obstante, dictamina que a John le servirá para practicar la lectura. En tal inverosimilitud converge el relevante hecho de que Popé y Linda son incontinentes bebedores de mezcal (empinan el codo hasta dormir la despatarrada mona) y suelen abandonarse a las alucinaciones del peyote. Popé la visita para beber, intoxicarse y fornicar con ella en el camastro del jacal. Y por ello el niño John lo odia e intenta atacarlo. Y Linda, dado su libertino “condicionamiento” forjado desde la cuna en el espléndido mundo nuevo, fornica no sólo con Pope, sino con cualquier indio o mestizo que la visite. Para Linda, ayuntar con quien se le antoje y sin lazos afectivos, no es promiscuidad, sino una aceptable norma civilizada y de cohesión social. 
     
India zuñi
        Y aquí vale preguntarse ¿por qué Linda no engendró un bastardo mestizo o toda una prole de bastardos mestizos?, si desde que llegó no dejó de liarse con el nativo que se le pusiera enfrente, pues en algún momento, alcoholizada o no, tuvo que quedarse sin los anticonceptivos que traía en su cartuchera reglamentaria, del mismo modo que se le agotaron las pastillas de su añorado soma. Desenfreno sexual que agudiza y exacerba el desdén de las indígenas hacia ella (incapaz de tejer y remendar entre ellas) y por ende, tres indias, por revolcarse con “sus hombres”, se meten en su choza, la apañan y la golpean con un látigo y hasta tunden a John, quien entonces era un mocoso que intenta defender a su madre. 
Por esa mala fama los chiquillos “le hicieron a Linda una canción que no dejaban de cantar”. John les tiró piedras y los escuincles lo apedrearon y le dieron en la cara. Ese bullying, pese a que John jugaba con ellos, se hizo extensivo a las burlas por los harapos que vestía y por ser hijo de la popular y despreciada ramera. Y ya muchacho se refrenda y signa su marginalidad, distancia, ensimismamiento y soledad ante la tribu, cuando entre los jóvenes indios intenta bajar a la subterránea “Kiva de los Antílopes”, donde les serán revelados ciertos secretos de la etnia. Los gritos de un indio mayor —que preludian su expulsión con empujones y golpes, risotadas y lluvia de piedras— son muy reveladores: “¡Eso no es para ti, peliblanco! ¡No es para el hijo de la perra!”.
   
Viejo zuñi
      La excepción de ese consubstancial y generalizado rechazo y hostigamiento es el buen trato del anciano Mitsima, que le habla en “lengua india”; y además de enseñarle a hacer arcos y flechas para la caza, a sus 15 años le enseña el oficio de la alfarería tradicional de Malpaís. No obstante, John —que se siente indio y viste y lleva el pelo trenzado como ellos— hace patente su frustración por tener prohibido corporificar al flagelado protagonista de la cruenta danza de las serpientes negras (un rito de hombría y de fertilidad de la tierra) que se representa en la plaza de Malpaís y que observan, horrorizados, Marx y Lenina. Es entonces cuando el muchacho John ve a Lenina por primera vez y queda boquiabierto y flechado; mello que luego incide en que se entusiasme e ilusione ante la propuesta de Marx de viajar a Londres con su madre. “¡Oh, espléndido mundo nuevo que alberga tan bellas criaturas! ¡Vayámonos ya!”, dice exultante (parafraseando a Shakespeare) al saber, por el propio Marx, que Lenina no está casada con él “para siempre”. Según la voz narrativa: “Dio un fuerte suspiro y se quedó en silencio, mirando boquiabierto. Acaba de ver, por primera vez en su vida, la cara de una muchacha cuyas mejillas no eran de color de chocolate o de piel de perro, cuyos cabellos eran castaños y ondulados, y cuya expresión (¡pasmosa novedad!) era de un benévolo interés.”
     Sin embargo, esa mutua y visual atracción es el preludio de una serie de equívocos y malentendidos, y de un cómico enredo escenográfico que revela, además de la recíproca ausencia de empatía y falta de suspicacia, las limitaciones personales, intuitivas e idiosincrásicas de cada uno, totalmente antagónicas. Lenina Crowne, “condicionada” para la liberalidad sexual en un orbe de laboratorio y probeta donde no hay parejas ni matrimonios ni familias ni enamoramiento, lo que espera y busca del Salvaje, con su cartuchera de anticonceptivos y una buena dosis de soma, es un lúbrico acostón o una serie de voluptuosos acostones y punto (o sea: pa lo que te truje, Chincha, y sanseacabó). John el Salvaje, por su parte, contrario a las adicciones y a la promiscuidad de su madre, y frente al hecho de que la tradicional y ritual monogamia entre las familias de indios y mestizos de Malpaís es quebrantada por los polígamos, posee —inextricable a su inmadurez, a su falta de experiencia, a su reducido ideario y a su nula perspicacia—, un conjunto de prejuicios, complejos y represiones psíquicas que obnubilan su estrecho concepto de sí mismo, de la mujer, del amor, del sexo, de la pareja, del mundo, de la vida, de la muerte y del cosmos.  
   
El Cisne del Avon
         Vale observar que en su habla y perspectiva, John el Salvaje suele citar los versos que evoca de su particular lectura e interpretación de las obras de Shakespeare (su refugio y guarida ante el bullying de la tribu india, pues él es el único que lee desde chiquillo), e incluso rememorando los versos y pasajes de Shakespeare equipara y evalúa lo que vive, oye, dialoga y observa en Londres. No obstante, en la praxis del día a día, confrontado a las vicisitudes del espléndido mundo nuevo, ese bagaje literario, fuera del tamiz de loro de pueblo, de nada le sirve más allá de sus divagaciones y fantasías. Ante Lenina, que toma la iniciativa y lo busca en su cuarto, él, deslumbrado y atontado, se siente “indigno”. Elude que ella lo bese en la boca y le canta, farfullando, su idealizado objetivo de casare con ella “para siempre”: “En Malpaís hay que ofrecerle a la chica la piel de un puma o de un lobo si la pides en matrimonio”. Le dice. Y más aún, le enfatiza dizque sumiso: “Barrería el suelo si me lo pides”. Pero cuando Lenina se lanza al agasajo carnal y se desnuda, John se aterroriza, se torna violento, misógino y machista. En este sentido, además de insultarla gritándole con su florido vocabulario shakesperiano (“¡Impúdica ramera! ¡Impúdica ramera! El demonio de la lujuria con su gordo trasero y su croqueta de patata...”, etcétera), la tira al suelo de un empujón. Y luego la corre de su cuarto amenazándola estentóreamente (“¡Vete de mi vista o te mato!”) y le planta un estrepitoso manazo en la espalda, cuya dolorosa y ardiente impronta Lenina observa, reflejada en el espejo del baño, al volver su cabeza “por encima de su hombro izquierdo”: “la huella de una mano abierta, nítida y escarlata, en su carne nacarada”.
     El dramático corolario de ese ingrato malentendido (narrado con jocosidad por Huxley) se lee al final de la novela. Puesto que en el espléndido mundo nuevo no vuela una mosca ni nadie respira ni da un paso sin la autorización de uno de los Diez Controladores Mundiales, el Salvaje —que en Londres es una llamativa curiosidad antropológica de salón— no obtiene el permiso de “su Fordería” Mustapha Mond para irse “a las islas” con sus jóvenes amiguetes Helmholtz Watson y Bernard Marx, y ordena que se quede allí “para continuar con el experimento”. Así que John el Salvaje, ya sin sus compinches y luego de purgarse y dizque “purificarse” de tanta “civilización”, a la manera india, ingiriendo “un poco de mostaza con agua caliente”, decide huir a un ámbito expiatorio y dizque solitario, porque según él no es nadie “para vivir en la visible presencia de Dios”; y según colige: “El único sito donde él se merecía vivir era una asquerosa pocilga, en un hoyo escondido bajo tierra.” Pero el Salvaje, que compra herramientas y alimentos de la nefasta “civilización”, no va muy lejos de Londres ni de los visibles rascacielos, ni se hunde en un pestilente chiquero ni se entierra ni clausura en una cueva subterránea. En el condado de Surrey, cerca de las poblaciones de Puttenham y Elstead, elige de ermita un viejo faro (quizá emulando a un asceta de arcaico y legendario cuño indio), donde se someterá a extremas autodisciplinas y dizque  “purificaciones”; cuyas menudencias, además de parodiar el arquetipo del mítico Simeón el Estilita (c. 359-459), denotan su índole supersticiosa, masoquista, ingenua y psicótica. Según la voz narrativa: “Su primera noche en la ermita fue, deliberadamente, una noche en vela. Se pasó las horas de rodillas, rezando, ya a ese Cielo al que el culpable Claudio había perdido perdón, o a Awonawilona en zuñi; ya a Jesús y Pookong o a su propio animal guardián, el águila. A ratos habría los brazos en cruz y los mantenía así durante muchos minutos, aguantando un dolor que aumentaba gradualmente hasta convertirse en una trémula y angustiosa agonía. Los mantenía así, en voluntaria crucifixión, mientras con los dientes apretados y el sudor chorreándole por la cara repetía sin cesar, hasta casi desfallecer de dolor: ‘¡Oh, perdóname! ¡Oh, purifícame! ¡Oh, ayúdame a ser bueno!’”
 
Plancha metálica del siglo VI que muestra a Simeón el Estilita sobre su columna.
La serpiente representa al demonio tratando de tentarlo.
Museo del Louvre
        John el Salvaje, que supone que con ese martirio se ganó “el derecho de habitar el faro”, comienza a prepararse para ello. Además de algún cultivo que piensa cosechar en primavera, empieza a fabricarse un arco y flechas para cazar conejos y aves acuáticas. Pero al descubrirse a sí mismo cantando en esa labor, se dice que “no había ido allí para cantar y divertirse, sino para escapar lejos de la inmunda contaminación de la vida civilizada, para purificarse y hacerse bueno, para subsanar sus errores de una manera activa.” De modo que, “desnudo hasta la cintura”, se azota “con un látigo de cuerdas anudadas”. Patética, dolorosa y lacerante escena a campo abierto, observada por “tres peones de labranza Delta-Menos de uno de los grupos Bokanovsky de Puttenham, que dio la casualidad que se dirigían en camión hacia Elstead”. Ven, con ojos de plato y la quijada caída, que “Tenía la espalda horizontalmente veteada con surcos granates, y entre los verdugones corrían hilos de sangre. El conductor del camión paró a un lado de la carretera y, con sus dos compañeros, contempló boquiabierto el extraordinario espectáculo. Uno, dos, tres... Contaron los azotes. Al octavo, el joven interrumpió su autocastigo para salir corriendo hacia el bosque a vomitar violentamente. [El masoco y crédulo Salvaje, además, previamente se purgó tomando mostaza en agua caliente.] Cuando terminó, volvió a coger el látigo y continuó azotándose: nueve, diez, once, doce...”
   
Flagelante
     “Tres días después, como buitres carroñeros, llegaron los periodistas.” La fama del Salvaje, entonces, corre como reguero de pólvora entre la chismografía londinense y aún más allá: en el continente europeo (y tácitamente en los rascacielos y sótanos del poder del Estado Mundial); fenómeno de circo mediático, exacerbado, aún más, con el sensofilme estereoscópico titulado El Salvaje de Surrey que filma, camuflado, un “experto de la Compañía Productora de Sensofilmes”. Docuchurro que “doce días después” “podía verse, oírse y sentirse en todas las salas de sensocines de primera categoría de Europa occidental”. 
    Vale señalar que el leitmotiv e ímpetu central de la autoflagelación del Salvaje, la filmada por el sensocineasta con “cámaras telescópicas”, lo incitan las pulsiones y ensoñaciones sexuales que no puede eludir al recordar y desear —somnoliento y recostado— a la suculenta Lenina, a quien ve “desnuda y tangible”, diciéndole seductoras palabras. La consecutiva escena de autoflagelación, misógina y lastimera, habla por sí sola de la represión psíquica, del desorden mental y moral que lo agobia, de su ignorancia de sí mismo, y de lo que contradictoriamente bulle en su cuerpo y en su interior: 
    “—¡Ramera! ¡Ramera! —gritaba a cada azote, como si fuera a Lenina (¡y con qué frenesí, sin saberlo, deseaba que lo fuera!), la blanca, cálida, perfumada, infame Lenina, a quien flagelaba—. ¡Ramera! —Y después, con voz desesperada—: ¡Ay, Linda, perdóname! ¡Perdóname, Dios mío! Soy malo. Soy perverso. Soy... No, no... ¡Tú, tú, ramera, ramera!”
   

Flagelante
(Grabado del Medioevo)
       Vale añadir que el sensofilme atrae a toda una horda de ansiosos y babeantes voyeristas que se desplazan en manadas de helicópteros a presenciar “El show del látigo”; y coreando a gaznate pelado se lo demandan: “¡El show del látigo! ¡El show del látigo! ¡El show del látigo!” El número se desata cuando —¡Ford, mío! ¡Hágase tu voluntad!— llegan en helicóptero el rubio Henry Foster y la muy neumática y despampanante Lenina Crowne. Pues el Salvaje, ni tardo ni perezoso se lanza contra ella azotándola con “su látigo de cuerdas anudadas”, y gritándole estentóreas palabrotas: “¡Ramera!”, “¡Arde, lujuria, arde!”, “¡Oh, la carne!”, “¡Muere! ¡Muere!”  
   El clímax y la catarsis orgiástica del violento numerito, no obstante, se desencadenan cuando entre los voyeristas se desata una especie de hipnótico delirio y psicosis colectiva. Según la voz narrativa:
   “Arrastrados por la horrorosa fascinación del dolor e íntimamente impelidos por el hábito de cooperación, por ese deseo de unánime expiación que su condicionamiento había implantado en ellos de un modo tan inexpugnable, empezaron a imitar el frenesí de sus gestos, golpeándose unos a otros tal y como el Salvaje golpeaba su propia carne rebelde o aquella rolliza encarnación de la inmoralidad que se retorcía entre la maleza, a sus pies.
   “—¡Muere, muere, muere! —seguía gritando el Salvaje. Entonces, de pronto, alguien empezó a cantar: ‘Oligorgía’, y al momento todos repitieron el estribillo y empezaron a bailar. ‘Oligorgía’, dando vueltas sin parar, golpeándose unos a otros al compás de seis por ocho. ‘Oligorgía...’
    “Fue después de la medianoche cuando el último de los helicópteros emprendió el vuelo. Atontado por el soma, y exhausto por el prolongado frenesí de sensualidad, el Salvaje [¡que era abstemio, virgen y puritano!] yacía durmiendo en el brezal. El sol estaba ya muy alto cuando despertó. Siguió tumbado un momento, parpadeando ante la luz con indiferencia de búho; luego, súbitamente, lo recordó todo.
    “—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! —y se tapó los ojos con una mano.”
    Vale añadir que con su escenográfico suicidio John el Salvaje pone punto final al fardo de sus complejos e infundadas culpas y al “experimento” de “su Fordería”, pues resulta lógico que el todopoderoso y autoritario Mustapha Mond no dejó de observarlo en un burbujeante tubo de ensayo. Tómese en cuenta que ninguna fuerza represiva fue por él, que nadie detuvo el circo mediático en el entorno del faro ni la transitoria locura grupal. Pero pudo suceder, si alguien daba la orden, que llegara la policía que vela por la “COMUNIDAD, IDENTIDAD, ESTABILIDAD” (según reza “la divisa del Estado Mundial”), lista para que nadie, fuera de sí y sin control, riegue el tepache o haga pipí a un lado de la bacinilla. Piénsese, por ejemplo, que para contener la trifulca grupal que provoca John el Salvaje en el Hospital de Moribundos de Park Lane al lanzar por la ventana las dosis de soma, la policía, para contener y apaciguar a la multitud de idénticos gemelos Deltas, llega, intimidatoria, “con sus máscaras con hocicos de puercos y ojos saltones”, y actúa con método:
Policías de Taiwán con máscaras
   “[...] Tres agentes que portaban aparatos pulverizadores en la espalda bombardearon espesas nubes de vapor de soma por los aires. Otros dos se encargaban del aparato de música sintética portátil. Otros cuatro, armados con pistolas de agua cargadas con un potente anestésico, se habían abierto paso en la multitud y derribaban metódicamente, con un chorro tras otro, a los más violentos.” [...] 
    “Harto de sus chillidos [del psicólogo Bernard Marx], uno de los policías le lanzó un disparo con su pistola de agua. Bernard estuvo tambaleándose durante uno o dos segundos. Sus piernas parecían haber perdido los huesos, los tendones y los músculos; parecían haberse convertido en simples palillos de gelatina que al final se hacían agua. Se desplomó en el suelo como un bulto.
   “Súbitamente, una voz empezó a hablar desde el aparato de música sintética. La Voz de la Razón, la Voz de los Buenos Sentimientos. La cinta sonora formulaba su discurso sintético antidisturbios número 2 (grado medio). Directamente desde las entrañas de un inexistente corazón, la voz decía:
   “—¡Amigos míos, amigos míos!
   “Era una voz tan conmovedora, con aquel matiz de reproche tan infinitamente tierno que, detrás de sus máscaras antigás, hasta los ojos de los policías rebosaban de lágrimas al instante.” 
    [...]
   “Dos minutos después, la voz y los vapores de soma habían producido su efecto. Llorando, los Deltas se besaban y acariciaban unos a otros: media docena de gemelos juntos en un amplio abrazo. Incluso Helmholtz y el Salvaje estaban a punto de llorar. El Tesorero Central hizo llegar una nueva provisión de pastilleros con soma. Se repartieron apresuradamente y, al son de la abaritonada despedida de la cariñosísima voz, los gemelos se dispersaron, lloriqueando como si se les partiese el alma.” 

V de V
El lector puede preguntarse qué fue de los jóvenes Helmholtz Watson y Bernard Marx exiliados, al parecer, en una misma isla. Y qué ocurre en esas ínsulas, que son prisiones, donde están agrupados los humanoides, de castas superiores, que desarrollaron una marcada individualidad y capacidad de pensar más allá del dogma y de sus narices, pese a haber sido preconcebidos y procreados en los laboratorios de los Centros de Incubación y Condicionamiento del Estado Mundial y a su consecutivo, dizque “sabihondo” y dizque infalible condicionamiento hipnopédico. ¿Cómo los ubicuos y dizque omniscientes Diez Controladores Mundiales dirigen y orquestan el control y la dictatorial vigilancia en el interior de ese disperso archipiélago de soledades? ¿De qué tipo de limitadas libertades gozan? ¿Cómo transcurre su cotidianidad de ser “alguien”? ¿Les brindan reguladas dosis del adictivo e imprescindible soma? ¿Siguen con su apariencia de jovenzuelos de 17 años hasta el inicio de la sexta década?, pues en el caso de la madre del Salvaje no fue así. ¿Continúan sometidos y contentos con su ombligo y consigo mismos? ¿Son puros ejemplares machos o también hay hembras? ¿Y si acaso hay hembras fértiles, aún están obligadas al “condicionado” uso de los anticonceptivos? ¿Formulan algún tipo de filosofía radical y de pensamiento emancipador? ¿Son parte de alguna clandestina y subterránea resistencia? ¿Organizarán alguna revolución social y política que derroque a la “benevolente” dictadura del Estado Mundial? 
Henry Ford
(1863-1947)
        Vale decir, por último, que en esa oscura y malévola Era Ford, el consubstancial Dios al que adoran y tributan las castas superiores e inferiores a través de la ficticia, impuesta, obligatoria y única pseudorreligión (el fordismo) —la religión es el opio de los pueblos, Karl Marx dixit—, no parece ser el norteamericano Henry Ford (1863-1947), introductor, en la vida real, de la cinta de montaje en la fabricación de autos y con ello precursor de la industrial producción en masa, específicamente, en el contexto de la novela, del celebérrimo Modelo T (fabricado por la Ford Motor Company entre 1908 y 1927) —de ahí que los humanoides, producidos en masa y en series, se persignen (quizá con el dedo eréctil) haciendo la señal de la T (parodia de la señal de la Cruz), que el símbolo de la T se observe por todas partes (en lo alto de la Torre de Charing-T, por ejemplo), y que en el laboratorio los envases para varones sean etiquetados con una T—, sino que el mero e intangible Dios (el supuesto ser divino tras el pestilente cómodo de sus “Forderías”) —ubicuo, tácito e implícito— parece ser el ruso Iván Pávlov (1849-1936), pues el “método neopavloviano” trasmina el “método de la hipnopedia” con que dogmáticamente son “condicionadas” —desde que son “interminables filas de bebés en frascos”— las castas superiores e inferiores, tanto en su conducta, individual y grupal, como en sus limitadas y preconcebidas facultades físicas y niveles cognoscitivos.  



Iván Pávlov
(1848-1936)
  


Aldous Huxley, Un mundo feliz. Traducción del inglés al español, prólogo, notas y bibliografía de Jesús Isaías Gómez López. Letras populares núm. 9, Ediciones Cátedra. Madrid, 2013. 496 pp.


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Metrópolis (1927), largometraje dirigido por Fritz Lang (versión restaurada y con rótulos en español).

sábado, 21 de julio de 2018

Los primeros hombres en la Luna

Náufrago en aquel inmenso mar de agitada entomología

De 1901 data la primera edición en inglés de Los primeros hombres en la Luna (The first men in the Moon), celebérrima y fantástica novela de aventuras y ciencia ficción del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946) —varias veces recordada por Jorge Luis Borges—, donde hay una mínima y elíptica alusión a las no menos célebres novelas del escritor francés Julio Verne (1828-1905): De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune, 1865) y Viaje alrededor de la Luna (Autour de la Lune, 1870). Lo cual evoca el influjo que esos libros ejercieron en la lúdica imaginación del cineasta Georges Méliès (1861-1938) para crear su ultracelebérrima y caricaturesca película Viaje a la Luna (Le voyage dans la lune, 1902). Baste recordar en el filme, sobre lo que concierne a Verne, la nave que transporta a los estrafalarios y locuaces astrónomos: una especie de rudimentaria, enorme y hueca bala metálica (construida por operarios que golpean y laboran sobre un yunque y sobre el metal de la estructura) que es disparada por un descomunal cañón tras encender la mecha con un largo mechero; y en lo que corresponde a Wells: las cavernas de la Luna, la exuberante vegetación lunar en la que descuellan los enormes hongos, y las características físicas de la tribu de selenitas (en particular sus manazas semejantes a pinzas y sus ojos parecidos a los ojos de las aves) y sus rupestres lanzas, quienes incluso llevan prisioneros a los terrícolas, con las manos atadas por detrás, frente a su monarca: una especie de Gran Lunar apoltronado en su trono, rodeado por la guardia real (armada con lanzas) y por edecanes (quizá concubinas) de apariencia terrestre. 
Fotograma de Le voyage dans la lune (1902)
        Traducida al español por Jaime Elías y publicada en Barcelona, en 1971, por Plaza & Janés en la extinta colección de libros de bolsillo: Rotativa, Los primeros hombres en la Luna —la novela de H.G. Wells que incidió (con el conjunto de su obra) en que la Unión Astronómica Internacional le otorgara su nombre a un cráter de la Luna—, se divide en veintiséis capítulos con títulos y números romanos (impresos con liliputiense tipografía y salpimentados con algunas erratas, sin duda implantes de algún chocarrero duende lunar con rostro de hormiga alienígena). La novela es un supuesto relato testimonial escrito y contado por un tal Bedford; y en el decurso narrativo se distinguen dos momentos. En el primero, el tal Bedford, que es británico, se halla en Italia, en Amalfi, donde rememora y relata cómo recién llegado a Lympne —pueblo del condado de Kent, en Inglaterra— conoció a un tal Cavor (un peculiar científico e inventor), y cómo con él realizó un inesperado y sorprendente viaje a la Luna (poco después de que el 14 de junio de 1899 quedara descubierta la fórmula exacta para elaborar la cavorita) y cómo regresó solo a la Tierra, cayendo la esfera (el vehículo en que se transportaron a la Luna) en las aguas del Canal de la Mancha, cuya marea la lleva flotando a la playa de Littlestone, en el condado de Kent, donde, con el aspecto de un desaseado y hediondo salvaje en harapos, se hospeda en el balneario; y, para que un acreedor no lo localice y así no pagarle nada, con el apellido Blake  —neurótico, imperativo y gritón— contrata el depósito, en el Banco de New Romney, de las pesadas barras de oro y las cadenas del mismo metal que trajo de la Luna. Luego, tras perder la esfera que ideara y construyera Cavor (un chiquillo travieso la activó y se fue en ella), se traslada a Amalfi, donde escribe el relato (homónimo de la novela de H.G. Wells), el cual publica por entregas en el Strand Magazine. De Amalfi se va a Argel. Y después de seis meses de estar allí, Julius Wendigee, un lejano y borroso ingeniero electricista holandés que al parecer leyó la historia escrita por Bedford, se pone en contacto con él porque “estaba recibiendo, día tras día, un mensaje fragmentario en inglés, que sin duda procedía de Cavor, desde la Luna”.

(Plaza & Janés, Barcelona, 1971)
       Esto es así porque Julius Wendigee posee un pequeño observatorio en San Gotardo, en Suiza, “en la falda del Monte Rosa”, donde “estaba haciendo experimentos con ciertos aparatos semejantes a los que Tesla utiliza en Norteamérica en sus intentos de descubrir algún método de comunicación con Marte”. Según reporta Bedford: “Mr. Wendigee recibió el primer mensaje cuando se hallaba ocupado en una investigación completamente distinta. El lector recordará, sin duda, el estado de excitación en que se sumió el mundo a principios de siglo, cuando Nikola Tesla, el célebre electricista americano [de origen serbio], anunció que había recibido un mensaje de Marte. Esta declaración atrajo de nuevo la atención pública a un hecho que, desde tiempo atrás, había sido familiar a los hombres de ciencia, es decir, al descubrimiento de que desde algún punto desconocido del espacio llegan continuamente a la Tierra ondas electromagnéticas, totalmente semejantes a las utilizadas por Marconi para su telegrafía sin hilos. Además de Tesla, otros muchos investigadores han estado perfeccionando aparatos para recibir y registrar vibraciones, aunque muy pocos se atreven a afirmar que son mensajes procedentes de algún lugar extraterrestre. Pero entre esos pocos debemos contar a Mr. Wendigee, que desde el año 1898 se había consagrado casi enteramente a este asunto, y que, por ser hombre de abundantes medios pecuniarios, ha erigido un observatorio en la falda del Monte Rosa, en una situación perfectamente adecuada para tales observaciones.”

Nikola Tesla
(1856-1943)
Según apunta Bedford, apenas han transcurrido dos años desde que Cavor se quedó en la Luna (con los secretos para elaborar la cavorita y la esfera). Y él y Julius Wendigee, antes de una última interrupción y silencio final de Cavor (se disponía a transmitir la fórmula de la cavorita), sólo recibieron “dieciocho largas descripciones lunares” (marconigramas en código Morse, se infiere, dado que utilizó “la clave usual en telegrafía”), que son fragmentarias e interrumpidas, de las que ambos, “el próximo mes de enero”, publicarán “una edición completa y con anotaciones”, “junto con una detallada descripción de los instrumentos empleados”, que será un “informe completo y científico”, del cual Bedford, para los atónitos, boquiabiertos, estrábicos y sedientos lectores, hace “un resumen”. En este sentido, el segundo gran momento de la novela lo conforman las fragmentarias, pero minuciosas descripciones y observaciones que en primera persona hace Cavor sobre el maravilloso e increíble orbe multitudinario descubierto en el laberíntico y cavernoso interior de la Luna; reportes apostrofados con los comentarios, abreviaciones, síntesis, discrepancias e ironías de Bedford.

Guillermo Marconi
(1875-1956)
  Pese a que Bedford declara sobre su relato: “he adulterado muy poco la verdad y no he suprimido nada”, desde el inicio de la historia no tiene escrúpulos ni rubor en aludir y exhibir su naturaleza pícara y oportunista, incluso inmoral (quizá porque Wells quiso esbozar un estereotipo de esas características), propia de alguien que busca el monopolio de la riqueza y del poder en un santiamén (haiga sido como haiga sido). “Mágico metal que da a su poseedor el dominio sobre los demás hombres”, dice exultante del oro descubierto en la Luna (donde abunda), del que se hubiera traído todo lo posible y luego regresado por más y más; y quizá desencadenado entre la caterva de insaciables y codiciosos terrícolas una belicosa fiebre del oro lunar, y tal vez una quimérica traslación del mito del Dorado. 

     
Cartel alemán de La mujer en la Luna (1929
       Por otra parte, valga la digresión, la existencia de ese oro lunar imaginado por H.G. Wells quizá influyó en el leitmotiv del argumento de La mujer en la Luna (Frau im Mond, 1929), largometraje silente, del expresionismo alemán, con cierta comicidad, intriga y melodrama amoroso, dirigido por Fritz Lang (1890-1976), con guion de él y Thea von Harbou (1888-1954), donde un anciano y empobrecido astrónomo dio, hace 30 años, el jueves 17 de agosto de 1896, una conferencia ante el Congreso Astronómico Internacional en la que expuso su Hipótesis sobre el contenido aurífero en las montañas de la Luna, la cual suscitó burlas y risotadas. Para el caso, hay que destacar que el cohete para el viaje a la Luna se logra construir no sin la intromisión y coacción delincuencial de un consorcio mafioso que pretende el monopolio del mercado del oro lunar, por ende entromete en el proyecto a un agente suyo hábil para los disfraces (viaja con facha de militar nazi y pelo parecido al de Hitler), quien hace el aventurado viaje con el grupo de cosmonautas: el anciano astrónomo (que lleva en una jaula a su adorada ratoncita), el ingeniero que diseñó la nave espacial, el ingeniero amigo de éste (jefe de los Astilleros Aéreos Helius) y su bella prometida (que es astrónoma), y un chiquillo polizón con fantasías de astronauta. 

     
Fotograma de La mujer en la Luna (1929)
         Para el caso, vale destacar que entre las historietas que lleva el niño hay una donde se lucha contra vacas lunares. Que en las profundidades de la Luna 
“el astrónomo W.H. Pickering, director del Observatorio Astronómico de Mandeville, en Jamaica, cree haber observado enjambres de insectos”. Y que Helius, el apellido del constructor de la nave espacial (y propietario de los Astilleros Aéreos Helius), tiene una notable y reveladora asonancia con la palabra “helio”, que es el elemento clave para la elaboración de la cavorita, que, según la lega y postrera información que reporta Bedford, se lo enviaron al científico desde Londres en tarros de porcelana herméticamente cerrados”. Según comenta Bedford: Ha habido dudas sobre este punto, pero yo estoy casi seguro de que era helio lo que le enviaban desde Londres en tarros de porcelana. Se trataba, ciertamente, de algo gaseoso y tenue. Si yo hubiera pensado en tomar apuntes...
Bedford, sin conocimientos científicos ni formación científica, llegó a Lympne huyendo de sus malos negocios y de un acreedor y rentó, por tres años, “un hotelito” (en realidad una casa) donde se dispone a escribir un libreto teatral que le dé dinero. En ese neurótico quebradero de cabeza se halla cuando a través de la ventana observa la singular figura de Cavor, que le resulta molesta e irritante (“¡Maldito sea!”, piensa, “¡Cualquiera diría que está ensayado para convertirse en marioneta!”) y a quien se le acerca para ahuyentarlo de ahí (como si fuera una fastidiosa y golosa mosca) y después para incluirlo como “personaje cómico-sentimental” de su obra. Según Bedford, “Era un individuo de baja estatura, grueso de cuerpo y flaco de piernas, que se movía con ademanes espasmódicos. A su extraordinaria imaginación le había parecido conveniente adoptar como indumentaria una gorra de cricket, chaqueta, pantalón corto y calcetines de ciclista [atavío del día a día con que luego viaja a explorar la Luna; no obstante, en un reporte dice que los calcetines eran ‘de jugar golf’]. Era una fortuita concurrencia de prendas, cuya causa nunca me fue conocida. Gesticulaba con brazos y manos, sacudía la cabeza de un lado a otro y zumbaba. Zumbaba como si fuera un instrumento eléctrico. Nunca he oído un zumbido semejante. Y de vez en cuando se aclaraba la garganta haciendo todo el ruido posible.”
(George Newnes & Co., London, 1901)
        El caso es que de visita en la casona del científico (quien quiere comprarle el “hotelito” al recién llegado para que lo deje a sus anchas en sus cotidianos paseos y meditaciones por el rumbo), el aspirante a dramaturgo descubre que Cavor, pese a “su aspecto de loco”, tiene su vivienda convertida en taller y laboratorio (casi de alquimista y ciencias ocultas), donde trabaja con el auxilio manual de tres ayudantes adiestrados y dirigidos por él; y que su objetivo inmediato es fabricar una “sustancia opaca a la gravitación valiéndose de una complicada aleación de metales y de algo nuevo”. Oyendo al científico (quien parlotea hasta la saciedad para pensar y oírse a sí mismo y por carecer de alguien que comprenda sus conocimientos y pesquisas), Bedford entrevé las múltiples posibilidades para aplicar y capitalizar la sustancia que luego llaman cavorita. Según dice, “Después de mi primera visita a aquella casa, no recuerdo haber dedicado a mi drama una hora completa de trabajo. Parecía que no existían límites para los alcances de tal sustancia; cualquiera que fuese el objeto al que imaginara aplicarla, me hacía pensar en milagros y revoluciones. Por ejemplo, si uno deseaba alzar un peso, por enorme que fuese, con sólo poner debajo de él una lámina de aquella sustancia, podría levantarlo como una paja. Mi primer impulso natural fue aplicar este principio a cañones y acorazados y a todos los materiales y métodos de guerra; de aquí pasé a la navegación mercante, a la locomoción, a la construcción y a todas las formas concebibles de la industria humana. La casualidad que me había conducido a la misma cuna de los nuevos tiempos —porque el descubrimiento marcaría una época— era una de esas casualidades que se presentan una vez cada mil años. El asunto se desarrollaba, se extendía, se concretaba. Entre otras cosas vi en ello mi retorno a los negocios. Vi ya creada una compañía principal y compañías secundarias, patentes a la derecha, patentes a la izquierda, sindicatos, privilegios y concesiones que brotaban y se esparcían hasta que una vasta y magnífica compañía Cavorita manejaba y gobernaba al mundo. ¡Y yo estaba mezclado en ello!” 

H.G. Wells (c. 19005)
        Bedford —ambicioso y megalómano y frotándose las manos— empieza a hablarle al científico dando por hecho que él ya es parte angular e imprescindible del proyecto. Abandona la escritura de su drama y se propone ayudarlo en la fabricación y capitalización del negocio, pues según dice, Cavor “pensaba como un niño”; sólo pensaba que “Si llegaba a fabricar la materia, pasaría a la posteridad con el nombre de Cavorina o Cavorita”; que se le otorgaría un título de “Miembro de la Real Sociedad de Ciencias” y que “su retrato aparecería en La Nature”. Según supone Bedford, “su invento hubiera sido desdeñado o sólo apreciado a medias, como otros descubrimientos de no pequeña importancia que los hombres de ciencia han regalado al universo”. (Para el caso, el modelo de ese lugar común podría ser el Nikola Tesla de la vida real.) De modo que, apunta, “Me puse en pie de un salto y comencé a recorrer la habitación de un lado para otro gesticulando como si [el científico] tuviera veinte años. Intenté hacerle comprender sus deberes y responsabilidades. Le aseguré que podríamos adquirir suficientes riquezas para poner en práctica cualquier clase de revolución social, que podríamos ser poderosos y dar órdenes en el mundo entero. Le hablé de compañías, patentes y garantías para mantener el secreto de nuestras fórmulas. Todo esto le resultaba tan incomprensible como sus matemáticas lo habían sido para mí. En su rubicunda cara se retrató la perplejidad. Balbuceó algo sobre su indiferencia hacia las riquezas, pero refuté sus palabras. Tenía que hacerse rico, y de nada servirían sus titubeos.”

Casi como si se tratase de una receta mágica y se hubiera cocinado a fuego lento en el oculto caldero del brujo (con gorro de cucurucho y larga túnica estampada con estrellas, cometas y mediaslunas), la fórmula exacta de la cavorita queda descubierta al producirse, por accidente, una especie de gran explosión que hace despegar por los aires buena parte de la casona del científico (e incendia el resto), cuyo estruendo y onda expansiva provoca destrozos de árboles, fauna y casas del entorno (seguramente habitadas); incluso Cavor, que caminaba rumbo a la casa de Bedford, sale volando y dando piruetas por el espacio, y antes de caer con maromas e indemne en un bosquecillo sigue pensando “en resolver ciertos interesantes problemas relativos a una máquina de volar”. Esto implica y transluce un lado oscuro y antiético en el ideario del científico, pues para proseguir con sus indagaciones y planes sin pagar un solo clavo ni asumir la mínima responsabilidad por nada, Cavor escurre el bulto ante los daños causados (“por valor de miles de libras”, amén de las tácitas vidas) y le propone a Bedford, callar el meollo y atribuir los destrozos y las pérdidas a un supuesto ciclón. A esta indiferencia y frialdad se añade el menosprecio que hace de sus operarios (dizque “tres mártires de la ciencia”): “Mis tres ayudantes pueden o no haber perecido. De suyo, no tiene importancia. Si han muerto, la pérdida no es muy grande porque eran más trabajadores que inteligentes, y este prematuro acontecimiento es debido, seguramente, a su descuido del horno. Si no han parecido, dudo que tengan la inteligencia suficiente para explicar el asunto. También ellos aceptarán la historia del ciclón.”
Cavor, entonces, se instala en la casa de Bedford, donde reconstruyen el laboratorio y prosigue con su inventiva labor de Ciro Peraloca (la fabricación de la cavorita y la construcción de la esfera para viajar a la Luna) y a él se le añaden los tres operarios, quienes no murieron ni se perdieron más allá de la atmósfera terrestre (ídem la celebérrima y legendaria perra Laika) por haber ido a la taberna a discutir sus responsabilidades en los menesteres del horno.
La perra Laika en una estampilla rumana de 1959
La leyenda dice: Laika, primera viajera al Cosmos
          Desde su óptica, Bedford narra los incidentes y los pormenores del despegue de la esfera, del viaje a la Luna y del alunizaje en el fondo de un cráter: “Nos hallábamos en un enorme anfiteatro, una extensa planicie circular que constituía el fondo del gigantesco cráter. Sus muros rocosos nos rodeaban por todas partes.” (De ahí las mil y una razones por las que un cráter de impacto situado en la cara oculta de la Luna haya sido bautizado con el nombre de H.G. Wells —justo al sureste de éste se localiza un cráter de impacto de menor tamaño denominado Tesla, por Nikola Tesla—; bautizo que, curiosamente, contrasta con la idea de Bedford: “Algún día mandaré poner una inscripción en este lugar”.) 

     
Cráter lunar H.G. Wells
     
Cráteres lunares H.G. Wells y Tesla
         Al salir de la esfera, luego de que su respiración se adecúa al oxígeno y a la atmósfera de la Luna, entre lo que descubren descuella el hecho de que al dar un paso, con un solo impulso avanzan “siete u ocho metros” o “cosa de unos diez” (lo cual evoca las célebres “botas de siete leguas” que calzan Pulgarcito y Maese Gato), por ende vuelan con cada tranco y por instantes se quedan suspendidos en el aire y pueden observar lo que hay en derredor. A esto se añade la inestabilidad de la vegetación: crece con rapidez y sin cesar; fenómeno que sólo ocurre durante el caluroso día lunar y desaparece, con la totalidad de la flora, durante la helada y larga noche lunar. Intríngulis que incide en que pierdan la esfera y se esmeren por encontrarla. Y lo más sorprendente: observan una manada de carneros lunares y a un pastor selenita. Según dice Bedford del primer ejemplar de ese tipo de res: “El diámetro de su cuerpo sería de unos veinticuatro metros, y su longitud de unos sesenta. Sus flancos se elevaban y caían bajo el impulso de su fatigosa respiración. Observé que su gigantesco cuerpo se hallaba pegado al suelo y que su piel era de un color blanco que se hacía más oscuro en el lomo. No pudimos verle las patas.” “Por contraste con los carneros”, dice, “el selenita parecía un ser insignificante, una simple hormiga de un metro y medio de altura”. Y según él: “Nuestra primera impresión fue que aquélla era una criatura compacta y erizada, con muchas de las características de un complicado insecto: tentáculos en forma de látigos y un brazo que surgía de su reluciente y cilíndrico cuerpo. La forma de la cabeza quedaba oculta por un enorme yelmo provisto de innumerables puntas (más tarde descubrimos que utilizaban aquellas puntas para dominar a las reses indómitas). Un par de gafas de cristal oscuro, daban una apariencia de pájaro al artefacto metálico que le cubría la cabeza. Sus brazos no se proyectaban más allá del cuerpo, y andaba sobre unas piernas muy cortas, que aunque cubiertas con gruesas telas, a nuestros ojos terrestres nos parecieron extraordinariamente delgadas. Los muslos eran muy cortos, las tibias larguísimas y los pies pequeños.”

En la búsqueda de la esfera, llegan a una “zona circular que no era otra cosa que una gigantesca tapa que en aquel momento se deslizaba encima de la enorme abertura que cubría, y se introducía en una ranura preparada para ello.” Se trata, efectivamente, de un profundo pozo que conduce a un ámbito subterráneo donde se sucede y se oye una incesante actividad que apenas logran entrever y que a Cavor le hace pensar en “¡Fábricas...! Deben vivir en esas cavernas durante la noche y salir durante el día.” Lo que de inmediato recuerda la trágica división que, en La máquina del tiempo (1895), el viajero halla en el futuro del planeta Tierra (en el otrora ámbito londinense): dos razas y dos orbes contrapuestos: el Mundo Superior (donde son mantenidos y criados, como en granjas de lechones Pata Negra, los infantiles, angelicales, bellos, desmemoriados, fóbicos y tontorrones Eloi) y el Mundo Subterráneo, donde se pertrechan y agrupan los feos, malditos, sádicos, nocturnos, supersticiosos y carnívoros Morlocks, que algo saben de mecánica y procedimientos fabriles y por ende en sus oscuros linderos zumba maquinaria. Pero el caso es que en la Luna, si bien hay una serie de profundos pozos artificiales que conducen a un orbe subterráneo, cavernoso y laberíntico —carozo de la mazorca que intuye y deduce Cavor, y luego, sobre todo, descubre y reporta él en solitario— no hay en ella una sangrienta y feroz guerra de dos mundos antagónicos (pese a las armas que poseen), ni la guerra de un mundo que acosa y expolia a otro mundo más débil y vulnerable (tal y como hacen los Morlocks con los Eloi), sino algo distinto: un complejo y único orden social monárquico y entomológico (con visos absolutistas y totalitarios) evolucionado, multiplicado, macerado, cultivado y meticulosamente diseñado (con la incubación, el invernadero y el laboratorio) a través de la infinita e insondable noche de los tiempos, y una intrínseca y utilitaria idiosincrasia que rechaza la guerra y por ende la belicosidad del género humano les resulta peligrosa y adversa para su organismo. 
 
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         En la infructuosa búsqueda de la esfera el hambre los agobia y, pese a ciertos reparos de Cavor, ambos ingieren una variedad de hongos anaranjados o amarillos que les causa una especie de embriaguez. En su tóxico delirio, Bedford no deja de fantasear con el leitmotiv de su ambición y megalomanía (y nunca lo hace ni lo hará): “Tenemos que anexionarnos esta Luna” “y dejarnos de tonterías. Esto es una parte de los dominios del hombre blanco. Cavor... nosotros somos... ¡hip...! unos sátra... unos sátrapas. Un imperio como el que Cesar nunca soñó. Lo pu... lo publicarán todos los periódicos. Cavorecia. Bebfordecia, Bebfordecia... ¡hip...! Sociedad limita. ¡Quiero decir...ilimitada...!” Pero ese hilarante y turbio episodio culmina cuando seis selenitas los descubren y encierran en una oscura y subterránea celda donde recuperan el sentido tras la inconsciencia de la borrachera. Les han quitado los zapatos; tienen las “chaquetas desabrochadas” y están encadenados “de pies y manos, extenuados y sucios, con una barba de tres centímetros y la cara ensangrentada y llena de arañazos”. Allí, de pronto, con una previa luz azul que ilumina la mazmorra, ven que un selenita ha ido a observarlos por unos momentos. Según dice Bedford, “Permanecimos en silencio, de espaldas a aquella extraña luz azul, mirando a un monstruo que parecía un engendro de Durero.” Ese espeluznante selenita es el primero que ven de cerca. En su breve estancia en la Luna, Bedford, con el científico, verá otros ejemplares de selenitas; pero sólo Cavor observará, en el asombroso y laberíntico interior de la Luna, toda una gama de múltiples formas y tamaños de selenitas (incluso minúsculos), cuya morfología y taxonomía de cada espécimen y serie de prototipos (ya originados través del proceso evolutivo y de adaptación biológica, o de una manera eugenésica, inducida y cultivada desde la incubación y el infantil criadero, o en el paréntesis del impasse y latencia del invernáculo, e incluso intervenida y diseñada con cirugía y en el laboratorio) corresponde a su función y trabajo en el complejo ecosistema y organigrama sociológico, industrial y arquitectónico de ese orbe orgánico, subterráneo y laberíntico que le hace pensar en la complejidad de una colmena y de un hormiguero, donde el epicentro de la vida, del pensamiento, de la filosofía y del poder es el monarca.
 
Selenitas (1902)
Dibujo de 
Georges Méliès 
        Según Bedford, ese primer selenita tenía el “cuerpo flaco y enjuto” y “la cabeza hundida entre los hombros. No llevaba puesto el casco ni las vestiduras que usaban en el exterior.” [...] “Saltaba como un pájaro, y al hacerlo sus pies caían uno delante del otro.” [...] “Aquello no parecía una cara, sino una máscara, un horror, una deformidad que de un momento a otro sería borrada o transformada en algo más normal. No tenía nariz, pero sí dos grandes ojos saltones situados uno a cada lado de la cabeza. Al ver su contorno recortado contra la luz, había imaginado que aquello serían las orejas. No tenía orejas... He intentado dibujar una de aquellas cabezas, pero no me ha sido posible conseguirlo. Tenía la boca curvada hacia abajo, como una boca humana en una cara que nos mirara con ferocidad.” [...] “El cuello sobre el que la cabeza descansaba tenía articulaciones semejantes a las que poseen los cangrejos en las patas. No pudimos ver las articulaciones de los demás miembros porque los llevaba envueltos en una especie de vendas que constituían su única vestimenta.” “¡Y aquello nos miraba fijamente!”
     En ese oscuro calabozo, Cavor infiere que los selenitas “son criaturas razonables”. Y puesto que allí “El aire es más denso”, supone que deben “estar a una profundidad de casi una milla de la superficie de la Luna.” Pero lo más sorprendente y relevante es que Cavor colige que “La Luna debe ser enormemente cavernosa y debe tener una atmósfera interior y un mar en el centro de la caverna”. (No se equivoca, vale adelantarlo; pero el lector sólo descubre lo extraño y las maravillosas minucias de ese mundo subterráneo al leer la transcripción y el resumen de sus postreros e interrumpidos reportes.) Y añade: “Sabíamos que la Luna tenía una gravitación específica menor que la de la Tierra, sabíamos que en su superficie exterior había poco aire y poca agua; sabíamos también que era un planeta semejante a la Tierra y que era inadmisible la idea de que su composición fuera diferente a la de nuestro planeta. La deducción de que está hueca hubiera debido resultarnos tan clara como la luz; no obstante, nunca se nos ocurrió pensar en ello. Kepler, naturalmente...” [...] “Kepler tenía razón con sus ‘subvolvani’” (sic).
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         En la oscuridad de esa celda, Bedford y el científico discuten con rispidez, pero son interrumpidos por varios selenitas que les llevan de comer en unos recipientes metálicos. Ambos devoran la “materia blanquecina” que tal vez haya sido una especie soma o magma de carnero y hongos. Pero lo curioso es que los brazos que les sirven el alimento y les aflojan las cadenas para que coman, no terminan “en manos, sino en una especie de pinza carnosa, parecida al extremo de la trompa de un elefante”. Saciada esa imprescindible necesidad biológica, les vuelven a encadenar las manos, les aflojan la cadena de los tobillos y les sueltan la cadena que rodea su cintura. Y uno de los selenitas, el “más bajo y mucho más grueso que los demás”, para comunicarse con ellos, no hace uso de alguna línea o figura geométrica, como Cavor había pensado hacer recurriendo a las “proposiciones de Euclides”, sino de la más llana y elemental mímica. De modo que forman un cortejo (con visos policíacos o militares) para conducirlos, presos, a algún sitio. Según dice Bedford, “Vimos que cuatro de los selenitas que se hallaban inmóviles junto a la puerta, eran más altos que los demás y estaban vestidos del mismo modo que los que habíamos visto en el cráter, es decir, con yelmos redondos y puntiagudos, y con forros o cajas cilíndricas alrededor del tronco. Vimos también que cada uno de ellos llevaba una especie de lanza cuya punta era del mismo metal que las cazuelas. Los cuatro se nos acercaron, colocándose a ambos lados de nosotros mientras salíamos de la cámara en la que nos encontrábamos para entrar a la caverna de donde procedía la luz.”
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
       En ese trayecto, maniatados con cadenas y con grilletes en los tobillos y sin zapatos, observan una “vasta maquinaria en movimiento” que los impresiona, donde laboran maquinales selenitas que parecen enanos compenetrados en el mecanismo. Por lo que apunta Bedford, el lector infiere que con esa clase de ciclópea maquinaria (cuya función él no comprende) se produce la sustancia fosforescente y azul que corre por conductos e ilumina todos los vericuetos, pozos, túneles y cavernas del interior de la Luna; una sustancia que puede untarse en los pantalones del terrícola y delatar su presencia o hacer luminosos a los selenitas. Por lo que con posteridad observa y reporta Cavor en solitario —además de las “plantas fungoideas” (sic) que emiten luz brillante, “algunas muy parecidas a nuestros hongos terrestres, pero tanto o más altas que un hombre”—, en las inmediaciones del agitado y subterráneo “Mar Lunar” —que es “una región de fosforescencia” iluminada por arroyos y cascadas de agua azul que “corrían cada vez con más abundancia hacía el mar central”—, esas aguas azules “sin duda contenían algún organismo fosforescente”. Por ende puede deducirse que esa especie de organismos fosforescentes (microscópicos al parecer) son utilizados por los selenitas en la gigantesca maquinaria que observan por primera vez los patidifusos terrícolas. Según dice Bedford, “Por entre todas aquellas piezas [de la maquinaria] se movían diminutas figuras que nos parecieron algo distintas de los seres que nos rodeaban. Cada vez que los tres brazos de la máquina se hundían, se oía un gran estruendo, y por encima del cilindro vertical se desbordaba una sustancia incandescente que iluminaba el local y corría como corre la leche que hierve en una vasija. Aquella materia se derramaba después sobre un depósito luminoso situado debajo. Era una luz fría y azul, una especie de fulgor fosforescente pero infinitamente más intensa que la fosforescencia terrestre, y desde los depósitos en que caía corría por conductos a través de la caverna.” [...] “Tuf, tuf, tuf, hacían los grandes vasos del complicado aparato mientras la sustancia luminosa silbaba y se desbordaba. Al principio me pareció que la maquinaria tenía un tamaño razonable, pero al ver lo pequeños que parecían los selenitas que trabajaban en ella, comprendí la inmensidad de la caverna y del aparato.”
     Pese al interés intelectual que el científico expresa con ademanes  frente a la maquinaria y hablando a la Tarzán (trata de demostrar que son seres inteligentes y no animales), los selenitas hacen caso omiso, y a empellones y pinchazos de los lanceros los conducen hasta el límite de lo que parece un delgadísimo puente o “cuerda floja” sobre un abismo que deben cruzar a pata pelada, pese al vértigo que les suscita. (Posteriormente el científico deduce que los conducían al interior de un globo.) Mientras Cavor trata de conservar la cabeza fría, puesto que infiere que sus anfitriones son razonables y por ende de recíproco interés científico, Bedford, que logra liberar sus manos mientras avanzan, reacciona con voces agresivas ante los empujones y pinchazos; de modo que ante un segundo pinchazo, en lugar de obedecer y cruzar el puente, según dice, “Dirigí un potente puñetazo al rostro del selenita de la lanza. Al hacerlo tenía la cadena enrollada en la mano.” Entonces, para sorpresa suya y para la sorpresa de los boquiabiertos lectores, descubren la vulnerabilidad física de los selenitas y su nula habilidad para el combate cuerpo a cuerpo: “Mi puño pareció atravesarle. Su cara se aplastó como un merengue duro por fuera y líquido por dentro. Era como si hubiera golpeado a un enorme sapo. Su cuerpo salió disparado unos doce metros por el aire y cayó produciendo un ruido sordo. Quedé estupefacto, sin poder creer que un ser viviente ofreciera tan poca resistencia. Por un instante me pareció que todo aquello era un sueño.” 
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         Tal asesinato suscita expectación en el corro y es el inicio de un episodio de violencia y acción: un lancero ataca a Bedford; éste lo confronta y termina aplastándolo con un pie, mientras los otros dos lanceros salen huyendo. Bedford libera de las cadenas a Cavor e inician el escape hacia la superficie de la Luna. En ese subterráneo trayecto, no exento de sorpresas y peligros, para el regocijo y la onírica ambición de Bedford, advierten que las cadenas que llevan son de oro. Cavor, por su parte, prosigue con sus casi certeras deducciones de raciocinador empedernido; según colige: “Su mundo central, su mundo civilizado, debe estar más abajo, en la profundas cavernas que rodean su océano. La región de la corteza, en la que nos encontramos, no es más que un distrito remoto, una zona rural. Estoy convencido de ello. Los selenitas que hemos visto, equivalen, en cierto modo, a los cowboys o a los obreros que trabajan en fábricas aisladas de los núcleos urbanos. El uso de estas lanzas (que probablemente utilizan para dirigir a las reses), la falta de imaginación que demuestran al creer que nosotros podemos hacer lo que ellos hacen [cruzar el delgado puente sin sentir vértigo, por ejemplo], su indiscutible brutalidad, todo parece indicar algo por ese estilo. Pero si soportáramos...”
       El caso es que trepan a un declive desde donde observan una caverna, iluminada por “tres arroyos de fluido azul”, en la que una clase de parlanchines selenitas “estaban descuartizando reses lunares, del mismo modo que la tripulación de un barco ballenero descuartiza las ballenas. Cortaban la carne a tiras, y en algunos de los cuerpos más lejanos aparecían ya desnudas las blancas costillas. El sonido que habíamos oído desde abajo, era producido por sus hachas. Un poco más lejos, una especie de vagoneta cargada de trozos de carne corría hacia arriba por el inclinado suelo de la caverna. Aquella enorme acumulación de cuerpos destinados a convertirse en alimento, nos dio la idea de la vasta población lunar.” Y más aún: Bedford ve que el mobiliario del matadero, el vehículo y las herramientas de esos matarifes son de oro.
   
Selenitas (1902)
Dibujo de 
Georges Méliès 
        Observando esa labor, unos lanceros les dan alcance por la grieta que subieron para llegar al declive y a través de una rejilla empiezan a atacarlos. Esto es el principio de otro episodio de violencia y acción (narrado con agilidad y visualidad por H.G. Wells) que culmina con una masacre de selenitas y la dispersión de una multitud. Con torpeza y poco tino, los pastores los acosan y atacan con sus lanzas y los carniceros con pequeños machetes. En la pelea, Bedford, que es herido sin grandes complicaciones (una jabalina le da en el hombro, la lleva clavada por unos instantes y luego se la arranca), se arma con dos palancas de oro (de “unos dos metros de longitud”) que los carniceros utilizan “para dar vuelta a las reses muertas” (que son las pesadas barras de oro con que luego regresa a la Tierra, ligeras para él en la Luna). Pero además de la especie de ballesta que lanzaba “una especie de jabalina”, los selenitas los agreden con “una de sus rápidas ballestas-ametralladoras” que disparaba “tres o cuatro flechas”. No obstante, ambos salieron indemnes de la escaramuza. Según dice Bedford:
    “Durante cosa de un minuto, aquello fue una verdadera matanza. Yo estaba demasiado furioso para tener compasión, y los selenitas demasiado asustados para defenderse. En realidad, ni siquiera llegaron a atacarme. Ebrio de ira, irrumpí entre aquellos insectos de cuero segando y golpeando a diestro y siniestro. A un lado y a otro saltaban pequeñas gotas pegajosas. Mis pies caían sobre cosas que se aplastaban, se hundían y me hacían resbalar. Los selenitas no tenían plan de defensa. Cierto que me lanzaron algunas flechas y que una me alcanzó en el brazo y otra en la oreja, pero eso no lo descubrí hasta más tarde, cuando la sangre tuvo tiempo de brotar y enfriarse.
    “No sé lo que hizo Cavor. Por mi parte, llegó un momento en que tuve la impresión de que el combate había durado un siglo, y de que se prolongaría para siempre; después, de pronto, todo terminó y no vi más que los cogotes de los selenitas, que subían y bajaban alejándose en todas direcciones... No había sido herido de gravedad. Avancé unos pasos, grité, y luego me volví. Estaba atónito.
    “Mis saltos me habían llevado al mismo centro del grupo, y todos habían echado a correr de aquí para allá intentando esconderse.
     “Sentí un enorme asombro y no poco orgullo ante el resultado del gran combate en que me había enzarzado. No pensé que lo que había descubierto era la inesperada debilidad de los selenitas, sino mi gran fortaleza. Me eché a reír estúpidamente. ¡Aquella Luna era fantástica!
    “Contemplé durante un momento los aplastados cuerpos de los selenitas que se retorcían desparramados por la caverna, y luego me precipité detrás de Cavor.”
    El caso es que logran escabullirse a la superficie de la Luna; y lo hacen cruzando pasadizos, cavernas y túneles, y subiendo y trepando por la espiral de un profundo pozo que, infiere Cavor, es el mismo que descubrieron al correrse la enorme tapa circular (orificio por donde salen y entran los selenitas y las reses lunares) y que además se prolonga hacia abajo hasta el abismal mar central, según infiere entre lo que oyen y entrevén tras el tamiz del resplandor azul. Afuera del hoyo es de día, pero se ven las estrellas y el sol y hace mucho calor; y descubren que buena parte de las selváticas “plantas habían perdido su tierno verdor, y que, ennegrecidas, secas y duras, se perdían de vista formando una espesa maraña sobre las rocas”. Según calcula Bedford, llevan en la Luna “Dos días de la Tierra, quizá” (y sólo han comido una vez, enfatiza); pero según calcula Cavor (cuyo cerebro bulle en reflexiones y deducciones no sólo al observar la posición de las estrellas) llevan allí casi diez días lunares: “El sol ha pasado su cenit y se inclina ya hacia poniente. Dentro de cuatro días o menos, empezará la noche lunar.” Dice y por ende contemplan “el avanzado otoño de la tarde lunar”. 
     En ese episodio Cavor decide la estrategia para localizar la esfera, necesaria para su perentorio regreso a la Tierra. Dando saltos, cada uno busca por distinto lado del cráter, luego de atar un pañuelo a un arbusto (el punto de partida y reencuentro). La búsqueda concluye cuando Bedford halla la esfera. Entonces empieza a localizar al científico; pero en lugar de encontrarlo ve tirada “la gorra de cricket que Cavor usaba” y “un pedazo de papel arrugado” con manchas de sangre, donde éste le dejó un mensaje, escrito de prisa con lápiz, en el que le dice que se hirió la rodilla (luego reporta que se fracturó la rótula) y por ende no puede correr ni arrastrarse, que lo persiguió y atrapó “una clase de selenitas completamente distinta”, y que no le han disparado ni hecho daño. Pero ante el repentino y vertiginoso hecho de que el cielo se nubla y se oscurece, baja la temperatura y empieza a nevar, Bedford da por perdido a Cavor; y, dando saltos que le parece “cada uno duraba siete siglos”, logra, con tropiezos y caídas, dirigirse hacia la esfera, introducirse en ella, atornillar la tapa y activarla, pese que ignora “el manejo de los registros” y a que “ni siquiera los había tocado en el viaje de ida”.
   
Borges y el aleph
       En el previo diálogo que el científico y Bedford sostienen antes de buscar la esfera para irse a la Tierra, descuellan dos pasajes. En uno —con una mezcla de conjetura y presagio (como si viera a través de un aleph borgeseano o la superficie y las minucias del interior del globo lunar comprimido en una mágica bola de cristal), donde también se reitera su prejuiciosa supremacía al menospreciar y minusvalorar a los trabajadores manuales— Cavor se lamenta y reflexiona sobre el subterráneo orbe que, supone (y casi no se equivoca), existe en el interior de la Luna: “[...] pero ya nunca tendremos ocasión de llevar a cabo lo que ha estado en nuestras manos hacer. Bajo nuestros pies hay un mundo. ¡Imagine lo que debe de ser ese mundo! ¡Recuerde aquella máquina, la inmensa tapa, el arroyo azul! Y esas cosas estaban situadas a gran distancia del centro; las criaturas que hemos visto y contra las que hemos luchado, no eran más que ignorantes campesinos, habitantes de las capas exteriores, patanes y labradores semejantes a animales. ¡Pero más abajo...! Cavernas bajo cavernas, túneles, construcciones, caminos... Este mundo debe abrirse y ensancharse haciéndose cada vez más grande y populoso cuanto mayor es su profundidad. No me cabe duda: debe descender hasta llegar al mar central que se agita en el mismo corazón de la Luna. ¡Figúrese sus negras aguas bajo el resplandor de las luces! ¡Eso, por supuesto, en el caso de que necesiten luces! ¡Las cascadas tributarias que se precipitan hacia el centro para alimentar ese mar! ¡Las mareas de su superficie, sus oleajes y temporales! Es posible que tengan barcos para navegar sobre él; acaso allá dentro haya grandes ciudades, regidas por un orden y una sabiduría superiores a los del hombre. ¡Y pensar que podemos morir aquí arriba, sin llegar a ver nunca a los dueños de todo esto! Podemos helarnos y morir aquí; el aire se congelará y entonces... Entonces nos encontrarán, encontrarán nuestros cuerpos inmóviles y silenciosos, encontrarán nuestra esfera perdida, y comprenderán al fin, demasiado tarde, todo el esfuerzo que con nuestra muerte se habrá desperdiciado en un desenlace estéril.”
    En el otro pasaje, con su conjetural perspectiva de oráculo, Cavor sopesa la desmedida ambición del género humano y su inextricable, intrínseca y consubstancial belicosidad, que supone trasladaría a la Luna y en consecuencia haría añicos la vida y el universo subterráneo de ese planeta (¡habría una guerra de los mundos!); lo cual Bedford (arquetipo de la índole predadora, racista y expoliadora del hombre y del corsario inglés con o sin patente de corso) reitera al termino de unos de sus comentarios entreverados entre los reportes de Cavor: “una extraña raza contra la que, inevitablemente, tendremos que luchar... Allí el oro es tan común como aquí el hierro o la madera...”. Intríngulis que —oyendo en el palacio real las explicaciones y relatos de Cavor sobre “las historia de las guerras terrestres”, sobre las poderosas armas y sobre el hecho de que para la “raza anglosajona” la guerra es “el acto más glorioso de la vida”— “el Gran Lunar, que es el dueño y Señor de la Luna”, también colige y lo horroriza, y por ende las misivas telegráficas del terrícola fueron vigiladas, interferidas y bloqueadas sin que él pudiera advertirlo ni impedirlo. Le dice Cavor a Bedford antes de separarse en busca de la esfera: “Yo fui quien encontró la manera de venir aquí, pero encontrar un camino no es siempre dominarlo. Si vuelvo a la Tierra con el secreto, ¿qué sucederá? No creo que pueda guardarlo durante un año, ni siquiera durante medio año. Más pronto o más tarde saldrá a la luz, y entonces... Gobiernos y Estados lucharán unos contra otros por venir aquí, lucharán entre sí y contra los habitantes de la Luna; mi secreto sólo servirá para aumentar los odios y multiplicar los motivos de guerra. Si revelo mi secreto, dentro de poco, dentro de muy poco este planeta quedará cubierto de cadáveres hasta lo más profundo de sus galerías. Hay muchas cosas que admiten dudas, pero ésta es indiscutible. Y, sin embargo, la Luna servirá de muy poco a los hombres. Porque, en resumen, ¿qué han hecho de su propio planeta? Convertirlo en campo de batalla, en el escenario de sus insensateces y locuras. Pequeño como es su mundo y corto como es el plazo de sus vidas, los hombres tienen demasiado que hacer en la Tierra para ocuparse de cosas nuevas. ¡No! La ciencia ha trabajado demasiado creando armas para ponerlas en manos del hombre. Ya es tiempo que suspenda esa labor. Que los hombres descubran el secreto por sí mismos... dentro de mil años. [...] Hemos empleado la violencia contra los habitantes de la Luna, les hemos demostrado de lo que somos capaces, y las perspectivas que ahora tenemos ante nosotros son las mismas que tendría un tigre que se hubiera escapado y hubiera matado a un hombre en Hyde Park. La noticia de nuestra actuación debe ir corriendo de galería en galería, hacia las regiones centrales... Después de haber visto nuestro comportamiento ningún selenita que esté en sus cabales nos permitirá que llevemos de nuevo la esfera a la Tierra.”
     

      Para trasladarlo de la superficie hacia abajo, los selenitas llevan a Cavor a bordo de un globo, que es un vehículo común entre ellos para bajar por los “pozos verticales” e ir y venir por los vericuetos de caracol, túneles transversales y cavernas de la Luna. (Algunos selenitas, además, para descender por los pozos usan paraguas como si fueran paracaídas.) Por órdenes del Gran Lunar, el soberano absoluto y el cerebro más grande y poderoso de la Luna, instalaron a Cavor en una celda, donde le asignaron dos mentores que de él aprendieron el inglés (pero no le enseñaron el habla selenita) y donde poco a poco ganó cierta libertad; misma que le sirvió para, con la anuncia de los selenitas, manipular sus “juguetes eléctricos” y el aparato con que hizo los envíos telegráficos (o marconigramas) a los terrícolas. Según supone Bedford, “En algún lugar de la Luna, Cavor debió tener acceso durante mucho tiempo a una gran cantidad de aparatos eléctricos, y es de creer que logró construir (quizá furtivamente) un artefacto emisor del tipo de los de Marconi.” No obstante, Bedford y Julius Wendigee, si bien captaron sus mensajes a través del “aparato detector de trastornos electromagnéticos” de éste, nunca lograron comunicarse directamente con él: nunca conversaron. Quizá por la preventiva y secreta interferencia utilizada por la invisible inteligencia selenita, que si bien permitió que Cavor enviara mensajes a la Tierra, acabó bloqueándolo e impidiendo que transmitiera la fórmula de la cavorita. Vale puntualizar, entonces, que el científico nunca supo quién recibía sus mensajes y cuál fue el destino de Bedford y de la esfera.
     
Cráter lunar Jules Verne
        Con sus parámetros y analogías terrestres, la descripción de las características de la fauna selenita que hacen Bedford y sobre todo Cavor (“aquí, una criatura mitad insecto y mitad vertebrado, por la menor gravitación de la Luna, logra alcanzar dimensiones humanas y ultrahumanas”, dice) sin duda se ubica en el inagotable abrevadero de la antigua tradición fantástica (incluso mítica) de todos los lugares y tiempos. 

  
Éduard Riou:
Voyage au centre de la Terre (1864)
      Y en el caso particular de las subterráneas cavernas y del mar en el centro de la Luna, al parecer hay un influjo del Viaje al centro de la tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864), la celebérrima y popular novela de Julio Verne (punto de partida de varios filmes), pues en ésta, mucho antes de arribar al laberíntico y peligrosísimo límite de la subterránea y azarosa expedición, los tres exploradores —que hace 47 días descendieron por el cráter del Sneffels, un volcán en Islandia (y luego por una chimenea cuyo fondo se bifurca en dos linderos, etcétera)— descubren, iluminados por una subterránea y continua “aurora boreal” de extraño “origen eléctrico”, titánicas cavernas de granito, nubes, cascadas de agua dulce, copiosa vegetación (entre ella un bosque de colosales hongos), grandes huesos y enormes osamentas de animales “de la segunda época del mundo” (del mastodonte, del dinoterio, del megaterio), y un mar con marea, furiosas tempestades con rayos y truenos, y fauna marina (no sólo monstruosa, antediluviana y gigantesca, como el plesiosauro y el ictiosauro) entre la que se puede pescar arcaicos y extintos peces ciegos, y navegar en una magnífica almadía armada con “madera fósil” por el nativo guía (que incluso prepara un “delicioso moka”), y descubrir, en medio de ese océano, un solitario “islote volcánico” con forma de “inmenso cetáceo” en reposo, del que constantemente brota un sonoro y enorme géiser cuya agua tiene “un calor de 163°”. Y luego, tras cruzar ese mar en el que estuvieron a punto de irse a pique, el científico y su sobrino hallan una “vasta llanura de osamentas” de “animales prehistóricos”, incluidos fósiles intactos de hombres de la “época cuaternaria”; y más adelante un bosque sin sombras cuya gigantesca y pálida vegetación parece de la “época terciaria”; y luego ven, estupefactos, “un rebaño de mastodontes vivos”, custodiados por un rupestre y gigantesco “pastor antediluviano” que 
“Blandía con la mano un tronco enorme” a manera de cayado. Intacta y natural cápsula del tiempo de la que huyen despavoridos como si hubieran visto al Coco o al todopoderoso Diablo rojo con su amenazante tridente y con una pata de macho cabrío y la otra de gallo salvaje, y esa visión no fuera indicio de una tribu y quizá de una civilización primitiva, y como si no los animara la sapiente curiosidad ni el espíritu científico y expedicionario. De ahí que el joven Axel —la voz narrativa y oriundo de Hamburgo, quien al ver por primera vez esas colosales cavernas evoca “la gruta de Guachara, en Colombia,” y “la inmensa caverna de Mammouth [sic], en Kentucky”)— apunte atónito como si viera, con desmesurados ojos de plato y los pelos de punta, el paisaje de un planeta nunca antes visto por un infinitesimal terrícola: “Contemplaba silencioso tan grandes maravillas, faltándome palabras para transmitir mis sensaciones. Creía hallarme en algún planeta lejano, en Urano o en Neptuno, contemplando fenómenos de los que mi naturaleza terrenal no tenía conciencia. Nuevas sensaciones requerían nuevas palabras, que mi imaginación no me prestaba. Contemplaba, pensaba, admiraba con asombro algo mezclado de espanto.” 
     
Julio Verne
(1828-1905)
        Según se lee en la transcripción de Bedford:  
    “Este Mar Lunar —sigue Cavor— no es un océano estancado; una marea solar le empuja en perpetuo flujo hacia el eje lunar, y en sus aguas se desarrollan extrañas tormentas, hervores y agitaciones. A veces hay vientos fríos y truenos que ascienden por las populosas vías de esta especie de hormiguero. El agua de este mar sólo irradia luz cuando está en movimiento; en sus raros períodos de calma, es completamente negra. Por regla general, sus olas se alzan y se arremolinan formando en la aceitosa superficie grandes y espesas capas de espuma. Los selenitas navegan por sus cavernosos estrechos y lagunas en pequeños botes parecidos a las canoas terrestres; aún antes de mi viaje a las galerías que rodean al Gran Lunar, que es el Señor de la Luna, se me permitió hacer una breve excursión por estas aguas.
“Las cavernas y los pasadizos son muy tortuosos. Gran parte de esas vías sólo son conocidas por los más expertos pescadores y ocurre con frecuencia que los selenitas se pierdan en sus laberintos. Según me han dicho, en las regiones más remotas hay extraños animales, algunos de ellos terribles y peligrosos, a los que toda la ciencia de la Luna ha sido incapaz de exterminar. El más notable es el Rapha, inexplicable masa de tentáculos que al romperse en pedazos se multiplica; también está el Tzee, un animal velocísimo que nadie ha podido ver, tan sutil y repentinamente mata...” Bestezuelas lunares (amén de la estirpe de selenitas soñados por H.G. Wells) que tal vez deberían figurar en alguna nota o en algún pie de página de un célebre bestiario; por ejemplo, el Manual de zoología fantástica (1957) y El libro de los seres imaginarios (1967), etcétera.
[...]
Itiocentauro
(Tinta y acuarela sobre papel, 1983)
Obra de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica (FCE, 1984)
      “Esta excursión [sigue Cavor] me recordó lo que he leído acerca de las cuevas de Mammoth [se hallan en el centro de Kentucky, Estados Unidos]; si hubiera tenido luz amarilla en lugar de la eterna luz azul y un remero de apariencia terrenal en lugar de un selenita con cara de insecto, sentado en un extremo de la canoa, podría haberme imaginado que había vuelto a la Tierra de improviso. Las rocas que nos rodeaban eran muy variadas: a veces negras, a veces de un azul veteado, y en cierta ocasión brillaron y refulgieron como si hubiéramos entrado en una mina de zafiros. Por las oscuras aguas vi pasar y desvanecerse en las fosforescentes profundidades un gran número de peces también luminosos y fantasmagóricos. Luego, de pronto, tropezábamos con la corriente de uno de los canales de tráfico, con un desembarcadero o con uno de aquellos enormes pozos verticales.

“En un vasto espacio lleno de estalactitas, un grupo de selenitas se ocupaba en sus labores de pesca. Nos acercamos a una de las barcas y pude contemplar a aquellas criaturas de largos brazos en el momento en que sacaban una red. Eran seres pequeños y jorobados, de brazos muy fuertes, piernas cortas envueltas en tela, y caras arrugadas. Mientras tiraban de la red, ésta me pareció la cosa más sólida de la Luna; estaba terriblemente cargada, y tardaron mucho tiempo en extraerla porque en aquellas aguas los peces más grandes y exquisitos se hallan en el fondo. Los que la red había aprisionado salieron como sale a veces la Luna en el cielo terrestre, teñidos de un azul refulgente.
La Peluda de la Ferte-Bernard
(Tinta sobre papel, 1983)
Obra de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica (FCE, 1984)
  “Entre lo que habían pescado se hallaba un animal de muchos tentáculos y de ojillos malignos, que se agitaba ferozmente y cuya aparición fue recibida con gritos y murmullos. En el acto le hicieron pedazos valiéndose de unas pequeñas hachas que manejaban con movimientos rápidos y nerviosos. Una vez descuartizado el monstruo, sus miembros continuaron retorciéndose y azotando el aire de un modo amenazador. Más tarde, cuando caí presa de la fiebre, soñé una y otra vez con ese agresivo y furioso animal que surgió de las profundidades de aquel mar desconocido. Ése ha sido el más maligno y repelente de cuantos seres vivientes he conocido en este mundo interior de la Luna... 

   “La superficie de este mar debe hallarse a unas doscientas millas bajo la superficie de la Luna; he sabido que todas las ciudades de la Luna se levantan inmediatamente encima del mar central, en espaciosas cavernas y galerías artificiales como las que he descrito, y que se comunican con el exterior por enormes pozos verticales que desembocan invariablemente en lo que los astrónomos de la Tierra llaman ‘cráteres’ de la Luna. En el transcurso de las exploraciones que precedieron a mi captura, vi la plataforma que cerraba una de tales aberturas.” 
    El científico no reporta nada de las capas intermedias de la Luna, es decir, de los túneles, serpentinos pasadizos y cavernas que se hallan entre el mar central y la superficie lunar. Zonas que no conoce (con excepción de la celda en la que estuvo preso con Bedford y del matadero que ambos observaron); de ahí que sobre ellas el propio Cavor podría repetir: “Hasta ahora, mi conocimiento de estas cosas es el mismo que un zulú podría tener en Londres de las reservas de cereales en el Imperio Británico.” No obstante, para el científico la Luna “es una especie de esponja rocosa”: “Esta porosidad —dice Cavor— es en parte natural, pero se debe casi toda a la enorme industria de los selenitas en tiempos pasados. Los grandes montes circulares formados por rocas y tierra, constituyen en torno de los túneles los ‘volcanes’, como les llaman los astrónomos terrestres, engañados por su falsa analogía.”
    Vale observar, además, que en la pintoresca y utilitaria estratificación de la diversidad biológica y de la múltiple tipología selenita que reporta Cavor, desde la abundante y variada “clase obrera”, hasta los más complejos y complicados cerebros, cada espécimen  “Ama su trabajo y cumple, completamente feliz, las obligaciones que justifican su existencia” planificada, diseñada y ordenada en ese orbe único. 
   
Aldous Huxley
(1894-1963)
          Se trata, entonces y en cierto modo, de una especie de embrionaria anticipación orgánica, biológica, química, eugenésica, política, ideológica y social de la pesadillesca distopía terrestre, futurista y totalitaria de Un mundo feliz (Brave New World, 1932), la celebérrima novela de Aldous Huxley (1894-1963). 
Entre la variedad de tipos de selenitas destacan los “intelectuales”, “especie de aristocracia”, cuyas peculiaridades resultan lúdicas e hilarantes caricaturas de consabidos estereotipos de terrícolas; por ejemplo, el dibujante, el matemático y los eruditos, egocéntricos y abstraídos en su especialidad cultivada y premeditada desde su nacimiento, adaptación y desarrollo (lo cual comprende el gineceo, el parvulario, el laboratorio, la cirugía y los narcóticos). A los distinguidos y apapachados “intelectuales” pertenecen Phi-oo y Tsi-puff, los dos “fantásticos hombres-insectos”, “de grandes cabezas”, designados por el propio Gran Lunar “para vigilarle, estudiarle y establecer con él la comunicación verbal que fuera posible”, auxiliados por un dibujante y por un experto con “una enorme cabeza en forma de balón de fútbol” (que descifra “complicadas analogías”). Phi-oo pertenece a la clase de “los administradores” (“selenitas de considerable iniciativa y versatilidad”) y Tsi-puff a la clase de “los eruditos” (“depositarios de todos los conocimientos”), quien se convirtió en “el primer profesor lunar de lenguas terrestres”. No obstante, cuando Cavor por fin comparece y dialoga con el Gran Lunar, es Phi-oo quien hace el papel de traductor y Tsi-puff de instantáneo diccionario parlante. En este sentido, sobre “los eruditos” descuella una relevante singularidad que reporta Cavor: “es curioso observar que el ilimitado desarrollo del cerebro ha hecho innecesaria la invención de las ayudas mecánicas para el trabajo cerebral, que han sido siempre imprescindibles para el hombre. No existen libros, archivos, bibliotecas ni instituciones culturales. Todo conocimiento está almacenado en cerebros distendidos, del mismo modo que las hormigas melíferas de Texas almacenan la miel en sus abdómenes. El Archivo Histórico de la Luna y su Biblioteca Nacional, son colecciones de cerebros vivientes...”
   Así, cuando Cavor por fin es conducido ante al trono (en medio de un impresionante, masivo y alharaquiento cortejo y desfile) para acceder a la esperada “entrevista trascendental” con el Gran Lunar —“cuya caja craneana debía tener muchos metros de diámetro” y por ende una serie de criados en semicírculo le sostienen la cabeza y otros le riegan el “gran cerebro con un líquido refrescante”—, además de las ineludibles presencias de Phi-oo y Tsi-puff, los acompañan “un escogido grupo de sabias cabezas, una especie de enciclopedia viviente” que el Gran Lunar (con su cuerpo diminuto y “encogido y miembros de insecto, peludos y blancos”) puede consultar en un tris. Y que quizá en el actual (pero ya vetusto y arcaico) período del siglo XXI, esa poderosa “enciclopédica galaxia de sabios” hubiera sido sustituida por una minúscula terminal de la computadora más potente de la Luna y quizá del Sistema Solar.
   
Fotograma de Le voyage dans la lune (1902)
           Vale añadir, por último, que el curioso inventor y científico en medio del “inmenso hormiguero” —que es la masiva y abigarrada multitud de espeluznantes selenitas que asisten a la regia ceremonia— llega a sentirse horrorizado y fóbico como un “náufrago en aquel inmenso mar de agitada entomología”. No obstante, en calidad de “huésped de honor”, fue trasladado en un navío por los canales del mar central (con toda una comitiva cargada de objetos y lacayos) y luego sentado en una litera hacia la serie de excavaciones y cavernas que conforman el “palacio del Gran Lunar”. Pero lamentablemente para él es que en medio del fasto y de la regia y sonora pompa va a prosternase y a comparecer ante Su Graciosa Majestad con la risible pinta de un pestilente pordiosero desarrapado recién salido de la alcantarilla. Según reporta: “Debo confesar que todo aquello me hizo considerarme miserable e indigno. No estaba afeitado ni peinado (no tenía navaja de afeitar) y una enmarañada barba me cubría la boca. En la Tierra siempre me sentí inclinado a desdeñar toda exhibición de pulcritud que no fuese absolutamente necesaria, pero en aquellas excepcionales circunstancias, en virtud de las cuales era el representante de mi planeta y de la especie humana, hubiera dado cualquier cosa por llevar algo más presentable y artístico que los harapos que me cubrían. Había estado tan seguro de que la Luna no era habitable, que no había tomado ninguna precaución en este sentido. Iba vestido con una chaqueta de franela, calzón corto, calcetines de jugar al golf, manchados con toda la suciedad que puede encontrarse en la Luna; zapatillas (por cierto que había perdido el tacón de la izquierda) [deben ser zapatillas lunares, pues los zapatos terrestres se quedaron en la celda donde estuvo encerrado con Bedford], y una manta con un agujero en medio, por el que sacaba la cabeza. (Naturalmente, sigo vistiendo las mismas ropas.) Las barbas, que me habían crecido libremente, podían serlo todo menos una mejora en mi rostro, ya de por sí nada bello; en un flanco del calzón llevaba un gran roto que se veía perfectamente cada vez que me movía, y el calcetín de la pierna derecha persistía en caérseme, a pesar de mis esfuerzos por impedirlo. Me hago completo cargo del mal lugar en que mi aspecto dejó a la Humanidad, y si de algún modo hubiera podido hacerme más presentable, lo hubiera hecho. Pero eso no estaba en mi mano. Me las arreglé lo mejor que pude con la manta, envolviéndome en ella como si fuera una toga, y me mantuve tan erguido como me lo permitió el balanceo de la litera.”




Herbert George Wells, Los primeros hombres en la Luna. Traducción del inglés al español de Jaime Elías. Colección Rotativa, Plaza & Janés. Barcelona, 1971. 190 pp. 

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