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sábado, 5 de agosto de 2017

Borges el memorioso

Cómo leer a Borges y no morir en el intento

Editada por el FCE, la primera edición argentina de Borges el memorioso data de 1982. Y la segunda edición impresa en México, corregida, pero con erratas, data de 1983. El libro reúne la adaptada y depurada transcripción de las diez entrevistas que Antonio Carrizo le hizo a Jorge Luis Borges para Radio Rivadavia, estación comercial del cuadrante radiofónico de Buenos Aires (no hay indicios de los cortes comerciales, ni de la edición de las grabaciones, ni de los balbuceos y titubeos que distinguían el estilo oral de Borges). Las diez entrevistas, llamadas “mañanas”, se grabaron entre julio y agosto de 1979, dentro del contexto de las celebraciones argentinas con motivo de los 80 años de Borges (tributado, apapachado y deificado como gloria nacional), y se transmitieron ciertos días de agosto, dado que el 24 de agosto era (y es) el día del aniversario de su nacimiento, ocurrido, en Buenos Aires, en 1899. 
(FCE, 2a. ed., México, 1983)
        El plan de trabajo y la edición de las grabaciones fue obra de Antonio Carrizo —cuyo nombre real era Antonio Carrozzi Abascal, nacido en General Villegas, Provincia de Buenos Aires, el 15 de septiembre de 1926, y fallecido en la capital argentina el 1° de enero de 2016—, productor y locutor de La vida y el canto, programa de Radio Rivadavia, que se transmitía todos los días, de 12 a 15:30 horas. Pero a pesar de que al inicio de la primera entrevista en un pie de página se acredita la identidad y concurrencia de Roy Bartholomew: “escritor argentino, diplomático, periodista. Su presencia en alguna de estas conversaciones se debe a la amistad que lo une con Borges y Carrizo”, en realidad así se minimiza la participación de Bartholomew, pues éste no se halla “en alguna”, sino en cinco de las diez entrevistas del libro, además de reflejar e implicar, con relación a Carrizo, mayor conocimiento de la vida y obra de Borges. En este sentido, la riqueza y el rumbo del libro hubieran sido otros si Bartholomew no mete su cuchara.

     
Antonio Carrizo
(1926-2016)
        Esto no quiere decir que Antonio Carrizo era el típico locutor que, desconocedor de la obra y relevancia de su entrevistado, pregunta cualquier tontera dizque fingiendo que no se le hunde y naufraga el programa en un pantano de ignorancia. Carrizo, además de mostrar conocimientos literarios y de la vida literaria, también denota e implica su particular lectura de la obra de Borges. A ello se añade el que ambos, Carrizo y Bartholomew, eran viejos lectores y seguidores de Borges, quien murió en Ginebra el sábado 14 de junio de 1986 (complicación de un enfisema pulmonar, de un fallo cardíaco y del cáncer hepático que padecía) y allí, el miércoles 18, fueron enterrados sus restos en el Cementerio de Plainpalais, ante el desconcierto de familiares y amigos del escritor que suponían que sería sepultado en el Cementerio de la Recoleta, en la capital argentina.
Héctor Bianciotti, María Kodama y Aurora Bernárdez en el entierro de Borges
Cementerio de Plainpalais, Ginebra
Miércoles 18 de junio de 1986
  En la “Otra mañana”, que es el epílogo de Borges el memorioso, Antonio Carrizo apunta que “el 19 de noviembre de 1955”, en la sede de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), en un homenaje a Vicente Barbieri (que había sido nombrado director de la revista El Hogar), él asistió para grabar entrevistas a los prestigiosos nombres de las letras argentinas, las cuales serían transmitidas por Radio el Mundo de Buenos Aires. Allí, dice, pudo entrevistar por primera vez a Borges (después lo haría muchas veces). Y enseguida reproduce esa minúscula entrevista hecha para los que no habían leído a Borges, cuyas desmesuradas preguntas proyectan a un reportero radiofónico que aún no ha profundizado ni en la literatura ni en la obra de Borges.  

     
(FCE, 4a. ed., México, 1982)
          Mientras que en el “Epílogo” de
Siete noches (FCE,  México, 1980) —libro que reúne la transcripción, revisada y corregida con el autor, de las siete conferencias que Borges dictó, en 1977, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires—, Roy Bartholomew, su amanuense para el caso, anota que él estuvo entre quienes asistieron a la primera conferencia que Borges dio en su vida, de viva voz, y no a través de la lectura de un amigo (Pedro Henríquez Ureña, por ejemplo) o de un encomendado, tal y como había ocurrido y como ocurrió en octubre de 1945, en Montevideo, el día que Emir Rodríguez Monegal lo conoció —según dice en Borges. Una biografía intelectual (FCE, México, 1987)—, pues Borges, quien recién había publicado con Silvina Bullrich Palenque la breve antología: El compadrito, su destino, sus barrios, su música (Emecé, Buenos Aires, 1945), “Había sido invitado por el servicio cultural del Ministerio de Instrucción Pública [del Uruguay] para dar en la universidad una charla sobre literatura gauchesca”. Así, dice, “Mientras José Pedro Díaz, un joven profesor de literatura, leía el largo discurso con dicción impecable y una voz bella y sonora, Borges permanecía sentado al fondo, apuntándole el texto invisible e inaudiblemente. Fue una curiosa función, como la de un ventrílocuo que controlara a su muñeco desde cierta distancia.”  
 
Compadrito de la edá de oro (1928)
Dibujo de Jorge Luis Borges en
Un ensayo autobiográfico (GG/CL/Emecé, 1999)
       Emir Rodríguez Monegal, que seguía a Borges desde que en su adolescencia lo descubriera, “hacia 1936”, “en sus artículos y reseñas en El Hogar”, era entonces un joven “a cargo de las páginas literarias de Marcha, un semanario de izquierda que comenzaba a hacerse conocido fuera del Uruguay”, y por ende, apunta, le pidió su “autorización para transcribir el texto completo de la charla en una edición inmediata de Marcha”. Borges fue generoso, según dice: “me dio el original del texto y me autorizó a transcribirlo en Marcha”. 
Borges, César Fernández Moreno y Emir Rodríguez Monegal
Montevideo, c. 1948
     Pero el caso es que la primera conferencia que Borges dijo, con su propia voz y no a través de la voz de otro, se desarrolló en Buenos Aires, en el Colegio Libre de Estudios Superiores, en 1946, y trató sobre Nathaniel Hawthorne, cuya exposición oral transformó en el ensayo reunido por Borges en Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, Buenos Aires, 1952). Dice Roy Bartholomew: “Fue la primera vez que lo vi. Habló lentamente, con muchas vacilaciones, en voz baja; todo el tiempo mantuvo las manos unidas en actitud de orante. ‘Seguro que estaba rogando para que no se desplomara el techo’, me comentó hace poco, cuando le recordé aquella remota tarde de hace siete lustros. ‘La verdad es que estaba aterrado’, agregó.”
       
VIII Premio Comillas de biografía, autobiografía y memorias
(Tusquets, Barcelona, febrero de 1996)
        Casi sobra decir que 1946 y 1955 son años axiales dentro de la vida de Borges. En 1946, tras subir Juan Domingo Perón al poder, y debido al encono de oscuros burócratas peronistas que querían humillarlo por su postura y por sus declaraciones y firmas antiperonistas, Borges fue destituido del mísero puesto que tenía en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, donde fue un empleado subalterno durante ocho aciagos años: entre el 8 de enero de 1938 y el 15 de julio de 1946 
—precisa Edwin Williamson en Borges, una vida (Seix Barral, Buenos Aires, 2006) y nombrado “inspector de aves, conejos y huevos en un mercado de la calle Córdoba”, reza la leyenda que repiten y varían algunos biógrafos y con ellos los lectores (y el reseñista), a la que contribuyó el propio Borges, según se leía en diversas entrevistas y en el Autobiographical Essay de éste, y según colige María Esther Vázquez en su biografía Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, Barcelona, 1996) y esboza Emir Rodríguez Monegal en la suya, la susodicha, que resultó doblemente póstuma en la versión al español, traducida del inglés por Homero Alsina Thevenet, con correcciones ex profesas del biógrafo, pues éste murió de cáncer el 14 de noviembre de 1985 y el biografiado el 14 de junio de 1986. Según dice Monegal, el “cargo de inspector de aves y conejos en el mercado público de la calle Córdoba” implica “una forma de humillación típica de la zona rioplatense. Perón y sus amigos eran maestros en el arte de la cachada (es decir, de la burla contra alguien que está inadvertido). Promover a uno de los principales intelectuales argentinos a inspector de gallinas y de conejos suponía una broma lingüística. Gallinas y conejos son, se sabe, animales emblemáticos de la cobardía. Pero Borges decidió desdeñar la afrenta y entender la promoción como un signo de la vasta ignorancia del régimen sobre los usos del idioma. Puntualmente renunció, pero al hacerlo formuló una declaración pública en la que recontó el episodio con total precisión. Monegal se refiere al breve discurso que Borges dijo en el “banquete de desagravio presidido por Leónidas Barletta”, “un escritor comunista”, que le brindó la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) —en la página 45 de Genio y figura de Jorge Luis Borges (Eudeba, Buenos Aires, 1964), Alicia Jurado dice que el banquete lo organizó “el poeta Roberto Ledesma” y “tuvo lugar en el Marconi, en Plaza Once, colmado por cuantos significaban algo en las letras—;  y a continuación Monegal transcribe sólo el penúltimo párrafo del discurso, publicado con el título “Déle, déle”, en Argentina libre, el 15 de agosto de 1946, y en el número 142 de la revista Sur, correspondiente al mismo mes y al mismo año, con el encabezado: “Palabras pronunciadas por Jorge Luis Borges en la comida que le ofrecieron los escritores”; discurso, fechado el “8 de agosto de 1946”, que Borges compiló en su libro (con un prefacio de Alicia Jurado): Páginas de Jorge Luis Borges seleccionadas por el autor (Celtia, Buenos Aires, 1982) y Monegal en Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (FCE, México, 1985), con “Edición, introducción, prólogos y notas” suyas, y en el que se observa una pizca de la leyenda, creada por Borges con un dejo kafkiano, de que trabajó nueve infaustos años en la infame Biblioteca Miguel Cané, número que poéticamente equivale a los nueve círculos del Infierno de Dante (y que obedece o coincide con su “predilección supersticiosa por el tres y sus múltiplos”, que alude María Esther Vázquez):

(FCE, México, 1987)
  “Hace un día o un mes o un año platónico (tan invasor es el olvido, tan insignificante el episodio que voy a referir) yo desempeñaba, aunque indigno, el cargo de auxiliar tercero en una biblioteca municipal de los arrabales del Sur. Nueve años concurrí a esa biblioteca, nueve años que serán en el recuerdo una sola tarde, una tarde monstruosa en cuyo decurso clasifiqué un número infinito de libros y el Reich devoró a Francia y el Reich no devoró las Islas Británicas y el nazismo, arrojado a Berlín, buscó nuevas regiones. En algún resquicio de esa tarde única, yo temerariamente firmé alguna declaración democrática: hace un día o un mes o un año platónico, me ordenaron que prestara servicios en la policía municipal. Maravillado por ese brusco avatar administrativo, fui a la Intendencia. Me confiaron ahí que esa metamorfosis era un castigo por haber firmado aquellas declaraciones. Mientras yo recibía la noticia con debido interés, me distrajo un cartel que decoraba la solemne oficina. Era rectangular y lacónico, de formato considerable, y registraba el interesante epigrama ‘Déle, Déle’. No recuerdo la cara de mi interlocutor, no recuerdo su nombre, pero hasta el día de mi muerte recordaré esa estrafalaria inscripción. ‘Tendré que renunciar’, repetí, al bajar las escaleras de la Intendencia, pero mi destino personal me importaba menos que ese cartel simbólico. 
       “No sé hasta dónde el episodio que he referido es una parábola. Sospecho, sin embargo, que la memoria y el olvido son dioses que saben bien lo que hacen. Si han extraviado lo demás y si retienen esa absurda leyenda, alguna justificación los asiste. La formulo así: las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a los lectores de Martín Fierro y de Don Segundo que el individualismo es una vieja virtud argentina?
      “Quiero también decirles mi orgullo por esta noche numerosa y por esta activa amistad.
   
Borges con pose de compadrito
        El caso es que Borges se quedó sin empleo al renunciar a su flamante y distinguido nombramiento de “inspector de gallinas”, pero gracias a la mediación de Victoria Ocampo (la directora de la revista Sur, que fue su amiga, pero nunca su amiga íntima) y de Esther Zemborain —quien sería su secretaria y colaboradora en Introducción a la literatura norteamericana (Columba, Buenos Aires, 1967)— pudo iniciarse, sin ningún título académico, como profesor y conferencista.  
Victoria Ocampo y el joven Georgie
Mar del Plata, marzo 17 de 1935
        María Esther Vázquez lo esboza así: “Victoria Ocampo y Esther Zemborain de Torres Duggan decidieron por él y lo recomendaron primero como profesor de Literatura inglesa en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y después de Literatura norteamericana ante el Colegio Libre de Estudios Superiores, donde le pidieron un curso de conferencias. Recuerda el escritor en su Autobiografía: ‘Como este par de ofertas me llegó tres meses antes de la apertura de los cursos, acepté, creyéndome bastante seguro. Sin embargo, a medida que la fecha se acercaba, me sentí cada vez peor. Mi serie de charlas debía comprender Hawthorne, Poe, Thoreau, Emerson, Melville, Whitman, Twain, Henry James y Veblen. Escribí la primera, pero no tuve tiempo de escribir la segunda. Además, como pensaba en esa primera conferencia como en el Día del Juicio Final, sentía que sólo la eternidad vendría después. La primera salió bastante bien, milagrosamente. Dos noches antes de la segunda, llevé a mi madre a dar un largo paseo por las afueras de Adrogué e hice que me tomara el tiempo. Me dijo que le parecía demasiado larga. ‘Estoy salvado’, contesté: mi temor era quedarme, a cierta altura, sin nada que decir. Así, a los 47 años, descubrí que se abría delante de mí una vida nueva y de gran interés.’” 

     
Norman Thomas di Giovanni y Borges
         
Vale observar que la Autobiografía que cita María Esther Vázquez es el legendario Autobiographical Essay que Borges dictó en inglés por instancias e insistencias de su secretario y traductor a la lengua inglesa Norman Thomas di Giovanni, mismo que fue publicado por primera vez el 19 de septiembre de 1970 en la revista The New Yorker  con el rótulo Autobiographical Notes y con el título An Autobiographical Essay fue incluido en The Aleph and other stories 1933-1969, antología narrativa de Borges en inglés editada en Nueva York en 1970 por Dutton y en Londres en 1971 por Jonathan Cape. Borges nunca autorizó la traducción al español del Autobiographical essay; no obstante, sus biógrafos solían traducirlo y citarlo fragmentariamente; además de que el 17 de septiembre de 1974, “en el periódico bonaerense La Opinión”, para celebrar el surgimiento del tomo de las Obras completas. 1923-1972 (Emecé, Buenos Aires, 1974) de Borges y el número 1000 del diario, “se publicó en lengua española una traducción anónima” (“gracias a los oficios de Emecé”) titulada “Las memorias de Borges”. Pero con motivo del centenario del nacimiento de Borges, María Kodama, su viuda y heredera universal de sus derechos de autor, con el título: Un ensayo autobiográfico, lo hizo traducir y prologar por Aníbal González e imprimir en España, en 1999, por Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores, con una rica iconografía en sepia y en blanco y negro, y un memorioso epílogo de ella. 

 
(España, 1999)
       De modo que en el capítulo “Una vida nueva” de Un ensayo autobiográfico, el lector puede leer que, según rememora el propio Borges: “Algunos meses antes [de quedarse sin el empleo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané], una anciana dama inglesa me había leído el destino en las hojas de té y pronosticó que muy pronto yo viajaría, que hablaría, y que con ello ganaría grandes sumas de dinero. Cuando se lo conté a mi madre, ambos nos reímos [quizá hasta mostrar las muelas del juicio, como ocurre en ‘Historia de los dos que soñaron’], porque hablar en público era algo que estaba más allá de mis posibilidades.” El vaticinio se cumplió, pues el propio Borges añade: “Así, a los cuarenta y siete años, descubrí que se me habría por delante una vida nueva y de gran interés. Viajé de un extremo a otro de Argentina y Uruguay, hablando de Swedenborg, Blake, los místicos persas y chinos, el budismo, la poesía gauchesca, Martin Buber, la Cábala, Las mil y una noches, T.E. Lawrence, la poesía alemana medieval, las sagas de Islandia, Heine, Dante, el expresionismo, Cervantes. Iba de una ciudad a otra, parando de noche en hoteles que no volvería a ver. A veces me acompañaba mi madre o un amigo. No sólo terminé por ganar más dinero del que cobraba en la biblioteca, sino que disfruté de ese trabajo y me sentí justificado.”
   
Borges y  doña Leonor, su madre
Londres, 1963
       En cuanto a 1955, baste recordar que es el año en que a Borges, dado el deterioro de su vista, se le prohíbe leer y escribir, y que tras la caída de Perón fue hecho director de la Biblioteca Nacional de la Argentina por el “gobierno de la revolución militar” (se jubiló, pese a él, en 1973, tras el retorno de Perón al poder), nombramiento en el que vuelven a descollar las nobles diligencias de Esther Zemborain y de Victoria Ocampo. Este episodio Borges lo evoca y boceta, ante Carrizo y Bartholomew, en un pasaje de la octava entrevista de Borges el memorioso:
       
Jorge Luis Borges al pie de la Biblioteca Nacional
Foto de Eduardo Comesaña en la cuarta de forros de
Un ensayo autobiográfico (GG/CL/Emecé, 1999)
      “[...] Ahora, personalmente, tengo los mejores recuerdos de Victoria Ocampo... Yo le debo a Victoria Ocampo y a Esther Zemborain de Torres el haber sido nombrado Director de la Biblioteca Nacional por el Gobierno de la Revolución Libertadora. Porque fue una ocurrencia de Esther Zemborain, y luego ella la llamó por teléfono, un sábado por la mañana, a Victoria Ocampo; Victoria Ocampo se encargó del asunto, y al día siguiente ya estaba el petitorio en manos del Presidente y luego de una semana o diez días de agitación periodística el Gobierno de la Revolución Libertadora me nombró director. Además que sabían, conocían mis opiniones, sabían que podían nombrarme. Yo tengo tantos recuerdos de Victoria Ocampo... Y desde hace mucho tiempo. Yo he parado en su quinta, ella me invitó, en San Isidro. Y hemos tenido muchas discusiones también. Porque no siempre estábamos de acuerdo. Lo cual es una prueba de amistad, desde luego.”

   
Borges con estudiantes de la Universidad de Michigan (1976)
         Consciente de la trascendencia de Borges, Carrizo, en la décima entrevista, fantasea sobre el valor documental de los programas: “En el año 2079, un grupo de estudiantes, en una universidad, podrá escuchar estas conversaciones que quedan grabadas en los archivos de Radio Rivadavia”. Pero además, ante la mención y comentario de “Funes el memorioso”, revela, en la octava entrevista, que ya ha acuñado el título que tiene el libro. Sin embargo, si bien Carrizo, o Carrizo y Bartholomew, hacen que Borges recuerde minucias y pasajes de su vida, citas y libros de otros autores de su preferencia o no, o que comente (ya con elogios, ya con críticas) sus propios libros, cuentos y poemas, e incluso leyéndolos ahí (por lo regular Carrizo) mientras Borges intercala comentarios autobiográficos, o reproduciendo la voz de Borges de un acetato que tiene las mismas grabaciones del elepé que en México, en 1968, editó el Departamento de Voz Viva de Difusión Cultural de la UNAM (Visor de Poesía en 1999 hizo en España una edición de las mismas grabaciones, pero en disco compacto y sin el ensayo ex profeso de Salvador Elizondo), todo esto y más, parece ser un azaroso pero previsible bosquejo iniciático sobre la vida, la obra, los comentarios y la personalidad de Borges; pero no destinado a los eruditos borgeanos ni a los académicos retorcidos, flemáticos y obtusos, sino a un público heterogéneo, de mil y un rostros, que parece ser ese público anónimo que Roy Bartholomew esboza en su “Epílogo” de Siete noches: “El público se ha ido acostumbrando a oír a Borges en los últimos años. Sus pasos son seguidos por la prensa escrita y oral, los periodistas no se dan tregua para pedirle su opinión sobre los asuntos más disímiles, la televisión prodiga su imagen y su palabra. No hay registro de todo lo que se ha escrito y escribe sobre él y sería inútil intentarlo. Expresiones suyas han ingresado en el habla popular y cotidiana de su pueblo. En Buenos Aires, y no sólo en Buenos Aires, no puede salir a la calle sin que a cada momento lo detengan personas de toda clase para saludarlo, incluyendo a las que nunca lo han leído. (‘No me saludan a mí, saludan a un señor que se parece a otro cuya fotografía vieron en una revista.’)”
Las niñas y Borges
  Así que resulta consecuente y comprensible que cierto público anónimo le haga llegar a Borges el comentario de que ha estado muy simpático e incluso, al final de la novena entrevista, una señora con su hijita llegan a saludarlo a la radiodifusora y le dicen que lo han oído muy emocionadas todos los días. Circunstancia que recuerda el caso de María Kodama, pues según ella (nacida el 10 de marzo de 1937), cuando tenía doce años, a un lado de su padre (“Yosaburo Kodama, un químico japonés”), vio y oyó por primera vez a Borges y desde entonces quedó seducida y flechada por siempre jamás.

       
Borges y María Kodama
Buenos Aires, 1970
      “Para el artista todo es un don. Todo es arcilla para la obra; todos son instrumentos para la obra.” “Todo son experiencias, y toda experiencia es capaz de ser usada estéticamente”. Dice Borges, que no elude los axiomas; y muchas páginas suyas que se mencionan, comentan, o se leen aquí, lo reiteran hasta la saciedad. 


Jorge Luis Borges, Borges el memorioso. Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. Colección Tierra Firme, FCE. 2ª edición. México, febrero 17 de 1983. 318 pp. 


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sábado, 1 de julio de 2017

Éramos unos niños




Tenía uno de los caballos ganadores

                                   
I de II
Nacida el 30 de diciembre de 1946 en el North Side de Chicago, Patti Smith, fuera de los Estados Unidos, es conocida sobre todo por su faceta de cantante de rock desde que empezó a hacer boom después de su primer elepé: Horses (1975). Pero también es poeta, compositora y artista gráfica. En su país, su libro de memorias en inglés Just Kids apareció el 19 de enero de 2010 editado por Ecco; y con traducción al español de Rosa Pérez y el título Éramos unos niños, Random House Mondadori lo publicó en España en junio de 2010 y en México en abril de 2012 con el sello de Lumen. En sus notas preliminares y en los postreros “Agradecimientos”, Patti Smith deja claro que sus memorias giran en torno a su entrañable vínculo con Robert Mapplethorpe, el controvertido fotógrafo nacido en Nueva York el 4 de noviembre de 1946, muerto por el SIDA, a los 42 años, el 9 de marzo de 1989, cuya biografía ha sido crítica y minuciosamente expuesta por Patricia Morrisroe en un volumen publicado en inglés en 1995 y en español en 1996 por Circe Ediciones, con traducción de Gian Castelli Gair.
Patti Smith y Robert Mapplethorpe en la portada de Just Kids
(Ecco, 2010)
  Ilustrado con 3 dibujos y 27 fotografías en blanco y negro (reproducidas con baja resolución), Éramos unos niños está dividido en cinco capítulos. Patti Smith alude un diario que dejó de llevar poco después de que a fines de septiembre de 1986 se enterara de que Robert Mapplethorpe padecía de SIDA; es posible que dicho diario haya incidido en el ejercicio mnemónico y cronológico que implicó hilar las anécdotas, los datos y fechas que conforman su libro. Pero inextricable a ello se advierte que no en vano pasó el tiempo: sus memorias, ineludiblemente parciales y no exhaustivas, están matizadas y maceradas por la perspectiva y el cedazo, no de una chavala roquera y lectora (con aspiraciones de poeta y artista gráfica) que en el entorno neoyorquino busca afirmase a sí misma entre 1967 y 1979, sino de una mujer culta, serena y creyente que, casi a cada paso de sus recuerdos y relatos, recurre a la cita de un libro, de una película, de un disco, de un músico, de un escritor, de un pintor, de una obra de arte, de una fecha, de un dato histórico, etcétera. De tal modo que tales cultivados condimentos son los que le dan sabor, contraste, sustancia y sustento.

Robert Mapplethorpe y Patti Smith en la portada de
Éramos unos niños (Lumen, 2012)
  Pese a que el punto gravitacional de Éramos unos niños es su relación con Robert Mapplethorpe, sus memorias, narradas en primera persona, mucho tienen de autobiografía y por ende ella es la protagonista. “Nacidos en lunes”, el título del primer capítulo alude la coincidencia de que ambos nacieron un lunes de 1946: Robert de principios de noviembre y Patti de fines de diciembre. Además de las anécdotas personales y sobre la infancia de ambos, tal capítulo casi concluye con el relato de su embarazo, no premeditado, a sus 19 años (fines del verano de 1966) y el hecho de que dio el bebé en adopción. Tal episodio, con su cariz traumático, a mediados de 1967 marca su ida (no huida) de su casa familiar en Nuera Jersey rumbo a Nueva York, donde busca empleo y ser autosuficiente, y donde en torno a la muerte de John Coltrane (murió el 17 de julio de 1967) y otros hechos, conoce a Robert. 

John Colttrane
   
Patti Smith de niña

      “Unos niños”, el segundo capítulo, se denomina así (y por ende el libro) por un incidente sucedido en el otoño de 1967 cuando ambos, ataviados con su “ropa preferida” (“yo con mis sandalias beatnik y mis pañuelos deshilachados, y Robert con sus collares de cuentas y su chaleco de piel de carnero”), pasaron la tarde vagando por Washington Square y la mujer de “un matrimonio maduro”, al ver su facha de “artistas”, le pidió a su marido que les tomara una foto, quien apostrofó: “Solo son unos niños.” Vale objetar que tal calificativo exagera, pues eran unos jóvenes de 20 años que eran pareja y vivían juntos y que Robert ya consumía LSD. Precisamente viajaba en ácido el día del verano de 1967 que se hicieron amigos cuando inesperadamente él la rescató de las garras de un galancete (dizque escritor) que la había invitado a cenar y al parque de Tompkins Square. Por esas coincidencias y premoniciones que signan su libro, Patti Smith, que era cajera de una librería Bretano’s, previamente lo había conocido cuando él compró “un modesto collar de Persia”, el favorito de ella, quien al dárselo le dijo: “No se lo regales a ninguna chica que no sea yo”. El día de tal rescate, luego de un largo paseo, cuando ya era de madrugada y se habían confesado que no tenían dónde dormir, se introdujeron en el departamento de un amigo de Robert donde éste le mostró unos dibujos suyos (signados por otras coincidencias). Al día siguiente ella supo que ya eran pareja. 

   
Robert y Patti en el departamento de Hall Street 160


         Luego de unas semanas en ese departamento en Waverly Avenue, que era  de Patrick y Margaret Kennedy, Patti y Robert se mudaron al número 160 de Hall Street, que fue el primer departamento que compartieron, hasta que las contrariedades los separaron sin que se perdiera su lazo amistoso (fue entonces cuando se desencadenó la homosexualidad de él y su proclividad a hacer collages con recortes de revistas gay). Vale observar que las anécdotas de la separación (y otras) difieren en rasgos y detalles de lo que bosqueja Patricia Morrisroe en su citada biografía de Robert Mapplethorpe. En este sentido, en “Unos niños” Patti dice que después de la Semana Santa de 1969 viajó a París con su hermana Linda (allí fueron músicas callejeras y ella vivió la muerte de Brian Jones, quien murió el 3 de julio de 1969, escribiendo una serie de poemas dedicados a éste donde por primera vez expresó en su obra su “pasión por el rock and roll”) y que al regresar a Nueva York el 21 de julio de 1969 buscó a Robert y lo halló en circunstancias lamentables: “Tenía una gingivitis ulcerosa y fiebre alta y había adelgazado.” Y así enfermo y exangüe, luego de un asesinato ocurrido frente a la puerta del piso donde subsistía, se fueron al astroso y sucio “hotel Allerton de la Quinta Avenida”, donde además de descubrir los “signos de gonorrea” que lo atosigaban, luego de casi una semana, al no tener con qué pagar, salieron huyendo en un taxi rumbo al Hotel Chelsea, prometiéndose no separarse hasta que pudieran valerse por sí mismos.  


Entrada del Hotel Chelsea 




II de II
“Hotel Chelsea”, el tercer capítulo de Éramos unos niños, es el más largo del libro. Según dice Patti Smith, “Cuando nos registramos yo no tenía idea de cómo sería vivir en el hotel Chelsea, pero me di cuenta de que terminar allí había sido un formidable golpe de suerte.” Y vaya que si lo fue, pues además de la legendaria fauna que lo habitaba o que pasó por allí y por su contiguo bar El Quixote y que incidió en su vida y aprendizaje, en ese entorno empezaron a forjar con mayor énfasis las habilidades artísticas que luego desarrollarían. En lo que concierne a Robert Mapplethorpe, obstinado en sus dibujos, en sus objetos y especies de intervenidos ready mades y en sus collages con recortes de revistas gay (ante los que Patti solía decirle que él debería hacer las fotos), y al no lograr que ninguna galería se interesa por exhibir su obra, fue allí, en la suite de Stanley Amos, donde el 4 de noviembre de 1970 montó su primera muestra individual de “collages centrados en fenómenos de feria”. Pero además fue con la Polaroid de Sandy Daley, inquilina del Chelsea y su principal entusiasta, con la que ejercitó sus primeras rudimentarias fotos con visos artísticos.   
Patti y Robert en la escalera de incendios del edificio de la Calle
Veintitrés Oeste donde compartieron un loft sin regadera ni retrete
  Pese a que a fines de mayo de 1970 dejaron el Hotel Chelsea, el período en torno a éste concluye el 20 de octubre de 1972, día que Patti y Robert se fueron del loft (sin regadera ni retrete) que habían rentado en la Calle Veintitrés Oeste. Robert, además de sus andanzas de prostituto y golfillo en bares sadomasoquistas, ya había sido pareja del modelo David Croland y oscuro objeto del deseo de John MacKendry, director de fotografía del Museo Metropolitano de Arte (quien le regaló una Polaroid y le suministró “todo el dinero que necesitaba” para las películas), y por entonces ya era pareja de Sam Wagstaff, riquísimo coleccionista, 25 años mayor que él, quien se convirtió en su principal mecenas por el resto de su vida y por ello le había comprado un loft ubicado “en el número 24 de Bond Street”, sitio al que se cambió. Patti, por su parte, se fue a la calle Diez Este donde Allen Lainer, teclista de un grupo de rock y su pareja, había rentado un departamento. 

Patti Smith en un balcón del Hotel Chelsea
  Abundan las anécdotas sobre cómo Patti Smith va conformando su ruta vinculada al rock and roll, ya como poeta interesada en fusionar la poesía con la música (desde que vio a Jim Morrison), ya como reseñista de discos en revistas de rock, e incluso como letrista y compositora, pues, por ejemplo, al etnomusicólogo Harry Smith, allí en el Hotel Chelsea, tras oír unas “grabaciones [que éste le puso] de los rituales del peyote de los indios kiowa y canciones populares del oeste de Virginia”, sintió una afinidad con tales voces que compuso una canción y se la cantó. Y a mediados de julio de 1970, luego de cubrir el último pago de su primera guitarra, comenzó a ejercitarse con un cancionero de Bob Dylan, hasta que compuso una canción y se la tocó y cantó a Sandy Daley y a Robert Mapplethorpe. Y en agosto de 1970, tras un concierto de Janis Joplin sucedido en Central Park alrededor de dos meses antes de su muerte, Patti Smith la acompañó a su suit en el Chelsea y le cantó una canción que le había hecho, cuya letra se lee en el libro (en inglés y en español).

Janis Joplin en la entrada del Hotel Chelsea
  Y además de que en una suite del Hotel Chelsea vio a un grupo de músicos componer, en torno y con Janis Joplin, las rolas de su último disco, luego, cuando ella inesperadamente murió en Los Ángeles el 4 de octubre de 1970, a sus 27 años, allí mismo en el Chelsea le tocó llorarla con el guitarrista Johnny Winter, con quien un día antes había llorado y recordado la muerte de Jimi Hendrix, muerto en Londres, a los 27 años, el 18 septiembre de 1970, en cuyo sepelio él tocó.

Jimi Hendrix y Janis Joplin
 
Janis Joplin y Johnny Winter
     
Johnny Winter y Janis Joplin
     
Jimi Hendrix y Johnny Winter
         
Cuando a mediados de agosto de 1970 en Nueva York se sucedía la multitudinaria ebullición del Festival de Woodstock, Patti Smith, sin conocerlos personalmente, en el bar El Quixote había visto, entre otros roqueros, a Janis Joplin y a Jimi Hendrix. El 28 de agosto de 1970, previo al vuelo de Hendrix a Londres “para tocar en el festival de la isla de Wight”, tuvo un sorpresivo y breve diálogo con él en las escaleras del Wartoke Concern; según dice, Jimi “Soñaba con reunir a músicos de todo el mundo en Woodstock”. Pero el caso es que en el capítulo cuarto: “Cada uno por su lado”, cuando ya Patti Smith había dado recitales en bares y lugares públicos en los que hacía coincidir la música del rock y la poesía (uno dedicado a Jim Morrison y varios a Arthur Rimbaud), en abril de 1974, cuando grabó su primer single (pagado por Robert Mapplethorpe) lo hizo en Electric Lady, “el estudio de Jimi Hendrix”, y para homenajearlo ella y sus músicos grabaron “Hey, Joe”. En este sentido, dice Patti: “Antes de empezar, susurré ‘Hola, Jimi’ al micrófono.”  
Portada del primer single de Patti Smith grabado
en los estudios de Electric Lady en abril de 1974
  Imposible resumir todas anécdotas, sesgos y detalles que Patti Smith evoca y narra en Éramos unos niños. Baste decir que cuando “el 2 de septiembre de 1975” abrió las puertas del estudio Electric Lady para iniciar la grabación de Horses, su susodicho primer elepé, no pudo “evitar recordar la vez en que Jimi Hendrix se había parado ha hablar con una tímida muchacha”. En el cuarto capítulo, además, narra una serie de minucias que giran y subyacen en torno al celebérrimo retrato que le tomó Robert Mapplethorpe para ilustrar la portada de Horses.

Portada de Horses (1975), primer elepé de Patti Smith
Foto: Robert Mapplethorpe
  Vale añadir, a modo de mínima alusión, que en “De la mano de Dios”, el quinto y último capítulo del libro inicia cuando a finales de septiembre de 1986, residente en Detroit desde 1979 y casada con el guitarrista Fred Sonic Smith, embarazada y con un pequeño hijo, luego de varios años de no ver a Robert Mapplethorpe, pretendía contactar con él por teléfono para que hiciera la foto de la portada de su elepé Dream of Life (1988). Además de los pormenores que narra relativos a la toma de la imagen que lo ilustra, fue entonces cuando supo que Robert “Había estado hospitalizado con una neumonía asociada al SIDA”.



Portada de Dream of Life (1988)
Foto: Robert Mapplethorpe




Patti Smith, Éramos unos niños. Traducción del inglés al español y notas de Rosa Pérez. Iconografía en blanco y negro. Lumen. México, 2012. 304 pp.




domingo, 9 de octubre de 2016

Bioygrafía

Todo pasado está igualmente cerca

I de XIV
Editado por Tusquets en la Colección Andanzas, el libro Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares apareció en Argentina en “abril de 2016” y en México en “junio de 2016”. Silvia Renée Arias (Tres Arroyos, Buenos Aires, 1963), su autora, apunta en su “Nota preliminar” que frecuentó a Bioy “A lo largo de los cinco últimos años de su vida” y que estuvo presente el día de su fallecimiento a sus 85 años, ocurrido en el CEMIC de Las Heras, en Buenos Aires, a las 18:50 horas del “lunes 8 de marzo de 1999” (“pude darle el beso del adiós minutos antes de que partiera definitivamente de este mundo”, dice). Pero además tiene en su haber dos libros previos a éste, donde también explora y bosqueja vertientes y entresijos de la vida y obra de Adolfito, el legendario héroe de las mujeres, esposo de Silvina Ocampo desde el 15 de enero de 1940 (hasta que ella murió, a los 90 años, “el martes 14 de diciembre de 1993”), y entrañable amigo de Jorge Luis Borges desde “1931 o 32” (hasta que éste murió, casi a los 87 años, el sábado 14 de junio de 1986): Bioy en privado, impreso en 1998, en Buenos Aires, por Lázara Grupo Editor, de escasa o nula circulación fuera de la Argentina, urdido con conversaciones que ella sostuvo con Bioy, más “testimonios de sus más queridos amigos” y “una colección de fotos de automóviles clásicos citados en varias de sus obras”; y Los Bioy, centralmente las memorias y vivencias de Jovita Iglesias, el ama de llaves y asistente doméstica de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares en el piso de Posadas 1650 durante más de cinco décadas (1949-2001), finalista en España del XIV Premio Comillas de biografía, autobiografía y memorias, publicado en Buenos Aires por Tusquets, en 2002, en la Colección Andanzas, y en Barcelona, en 2003, en la Colección Fábula. Libros que la nutrieron y cita en las páginas de su Bioygrafía, a lo que se añade el intrínseco hecho que declara en su “Nota preliminar”: “esta Bioygrafía está basada —además de los recuerdos personales—, en material que fui guardando a lo largo de veinte años, desde aquel lejano 1994, cuando lo conocí.”
Adolfo Bioy Casares y Silvia Renée Arias
  Amén de la “Nota preliminar”, la Bioygrafía de Silvia Renée Arias comprende una breve iconografía en blanco y negro con deficiente resolución, más las postreras “Notas”, la “Bibliografía” y los “Agradecimientos”. Y está dividida en once capítulos, a su vez subdivididos en breves subcapítulos con rótulos, lo cual facilita la consulta temática y cronológica: “Capítulo I (1914-1926)”, “Capítulo II (1926-1931)”, “Capítulo III (1931-1940)”, “Capítulo IV (1940-1949)”, “Capítulo V (1950-1955)”, “Capítulo VI (1956-1967)”, “Capítulo VII (1967-1973)”, “Capítulo VIII (1974-1986)”, “Capítulo IX (1986-1992)”, “Capítulo X (1992-1996)” y “Capítulo XI (1996-1999)”.

Colección Andanzas, Tusquets Editores
México, junio de 2016
  Como a priori se puede inferir, Silvina Renée Arias esboza pormenores de la biografía de Adolfo Bioy Casares desde su nacimiento en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914 en el seno de una acaudalada familia estanciera (por las vías materna y paterna), hasta su fallecimiento. Y al unísono bosqueja detalles de su persona y personalidad, y minucias del contenido o de la escritura y edición de buena parte de los libros que publicó en vida, desde su primer libro de cuentos: Prólogo, editado en 1929 con el sello de imprenta Biblos, que él firmó como Adolfo V. Bioy (la V por su segundo nombre: Vicente), cuya edición de 300 ejemplares pagó el Dr. Bioy, su padre; hasta el último: De las cosas maravillosas, que pese haber sido editado en 1999, en Buenos Aires, por Temas Grupo Editorial, Bioy ya no vio. Sin excluir la obra editada y escrita a cuatro manos con Borges, y la novela policial urdida con Silvina Ocampo, más la póstuma edición de sus diarios a cargo de Daniel Martino: Descanso de caminantes. Diarios íntimos (Sudamericana, 2001) y el voluminoso Borges (Destino, 2006), los cuales se sumaron al primero que cuidó y editó con Bioy: De jardines ajenos (Tusquets, 1997).

Contraportada
  Vale subrayar, no obstante, que la biografía de Bioy escrita por Silvia Renée Arias, con grandes huecos y omisiones, y datos apenas o a medias esbozados, no es exhaustiva, y sí ligeramente polémica (por ejemplo, la infidelidad y el donjuanismo de Bioy, la descalificación de la obra de Ernesto Sabato y la recíproca antipatía, las desavenencias de él y Borges con Victoria Ocampo, y lo que se le adjudica a María Kodama como generadora del distanciamiento entre él y Borges, y la decisión de enterrarlo en Ginebra). Ni tampoco es, en torno a su obra, un libro ensayístico ni analítico, sino anecdótico, parcial, laudatorio y fragmentario, de lectura amena y envolvente, y muy poco crítico. Pero también dramática y dolorosa, por ejemplo, cuando bosqueja el declive y el deceso de Silvina Ocampo; la súbita muerte de su hija Marta tras ser atropellada por un auto cuando aún tenía 39 años y a escasas tres semanas del fallecimiento de Silvina; y las enfermedades y dolencias físicas del propio Bioy, paulatinamente agudizadas a partir de “La mañana del sábado 24 de octubre de 1992”, cuando en su piso de Posadas se cayó de un banquito al que se había subido “para buscar un rollo de hilo dental, y resbaló”. Según apunta la biógrafa: “El golpe le había producido la fractura del fémur derecho, y una parte de ese hueso se había incrustado en la pelvis. Lo que no sabemos es si Bioy tomó conocimiento de que la caída se produjo a raíz de la rotura del fémur, y en consecuencia, si en ese u otro momento, con el paso de los días, le anunciaron que padecía un cáncer en los huesos. Lo único cierto es que poco después estaba en una cama del CEMIC, con un sistema de pesas para los huesos, una tracción en la rodilla, un clavo de lado a lado, una pesa y la pierna colgada.”

Pero lo que desconcierta en la Bioygrafía y demerita el acopio y la glosa no son las erratas de la edición ni la baja calidad de las imágenes (asunto que se le puede achacar a la empresa editorial), sino los errores y descuidos de la propia autora, mismos que se observan a lo largo de su libro. Por ejemplo, en la página 28, en el bosquejo del cortejo fúnebre del ex presidente Victorino de la Plaza, fallecido el 2 de octubre de 1919, y que el niño Bioy, de cinco años, presenció, dice: “Varios hombres, entre ellos Julio A. Roca, y un grupo de señoras y señoritas de la sociedad, llevaban los cordones del féretro. El cortejo desfiló por la avenida y se detuvo en el sitio donde se ensanchaba, formando un amplio círculo. Bioy nunca olvidaría la congoja que sintió.” Pero el general Julio Argentino Roca, alias el Zorro, dos veces presidente de la Argentina, había muerto el 14 de octubre de 1914, un mes después de que Adolfito naciera. 

II de XIV
En su esbozo del primer encuentro de Borges y Bioy en la regia quinta de San Isidro, donde vivía Victoria Ocampo, sucedido, dice en la página 61 de su Bioygrafía, en “la primavera de 1931, noviembre tal vez”, apunta con presteza en la página 62: “Adolfito sí sabía de quién se trataba: [Borges] había publicado cuatro libros de ensayos, una biografía y tres poemarios, y obtenido el Segundo Premio Municipal de Prosa por El idioma de los argentinos, publicado en 1928.” Pero hacia noviembre de 1931, Borges sólo había publicado tres libros de ensayos de escaso tiraje y no cuatro: Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1928); y, efectivamente, una biografía (no ortodoxa): Evaristo Carriego (1930), y tres poemarios: Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). Ese Segundo Premio Municipal, Borges lo alude en la página 62 de su Ensayo autobiográfico (GG/CC/Emecé, 1999), cuya primera edición en inglés data de 1970: “En 1929 [sic] ese tercer libro de ensayos ganó el segundo Premio Municipal, que consistía en tres mil pesos, lo cual en aquella época era una suma señorial de dinero.” Vale recordar que algunos biógrafos de Borges repiten más o menos esto y otros afirman que el premio fue por Cuaderno San Martín; es por ello que James Woodall apunta en la página 121 de La vida de Jorge Luis Borges. El hombre en el espejo del libro (Gedisa, 1998): “A principios de 1929 o a fines de ese año (no poseemos datos precisos sobre ese punto) Borges ganó un premio literario; sólo podemos decir que lo ganó, o bien por El idioma de los argentinos o bien por Cuaderno San Martín o, posiblemente, cada uno de estos haya ganado premios.” Cosa que, curiosamente, registra Horacio Jorge Becco en su “Cronología bibliográfica” incluida en Jorge Luis Borges. Bibliografía total 1923-1973 (Pardo, 1973): “1928”: “Reúne algunos ensayos en su libro, El idioma de los argentinos, con el cual mereció el Segundo Premio Municipal de Prosa”; “1929”: “El tercer libro de poemas: Cuaderno San Martín. Se le otorga el Segundo Premio Municipal de Poesía.”
Jorge Guillermo Borges y El Caudillo (Palma de Mallorca, 1921).
En la página 59 de Borges. Fotografías y manuscritos (Renglón, 1987).
       Pero el caso es que en la citada página 62 de su Bioygrafía, al referirse a Fervor de Buenos Aires (1923) y a Luna de enfrente (1925), Silvia Renée Arias afirma: “Esos libros no fueron los primeros que Borges escribió, sino el cuarto y el quinto publicados.” Lo cual no es así, pues Fervor de Buenos Aires es el primero y Luna de enfrente el tercero. Líneas después, en la misma página 62, Silvia dice que el padre de Borges “escribió una novela, El caudillo, publicada por Tor”; pero si bien Ediciones Tor, con el número 3 de la Colección Megáfono, publicó, en 1935, Historia universal de la infamia —el primer libro de narrativa breve de Borges—, El Caudillo, la novela de su padre, Jorge Guillermo Borges, no la publicó Tor, sino que fue una edición privada impresa, en 1921, en Palma de Mallorca. En la página 59 de Borges. Fotografías y manuscritos (Renglón, 1987), con “Recopilación y ordenamiento de Miguel de Torre Borges” y “Prólogo” de Bioy, se observa la “Portada y página 7 de El Caudillo, de Jorge G. Borges. Palma de Mallorca, 1921.” Y una foto de éste “por la época” en que la publicó. Luego, en la misma página 62 de la Bioygrafía, al referir el diálogo inicial que Borges y Bioy tuvieron en “los salones de San Isidro”, Georgie con 32 años y Adolfito con 17, la biógrafa dice que “Bioy recordaba que Borges le preguntó qué escritores prefería, y él le contestó que sentía especial preferencia por Gabriel Miró, Azorín, Cancela y Joyce. ‘Sí, Joyce es una intención, un acto de fe, una promesa, la promesa de cuando lo lean les va a gustar’, le dijo Borges.” Consabido episodio que Bioy alude en “Libros y amistad”, artículo autobiográfico escrito en francés ex profeso para el número  monográfico que L’Herne, en 1964, en París, le dedicó a Borges, y que Bioy compiló, en español, en su libro de ensayos La otra aventura, que Alberto Manguel le publicó, en 1968, en Buenos Aires, en la Editorial Galerna. Pero si bien el Ulysses de Joyce se publicó en 1922 y Borges lo había reseñado en Inquisiciones (no obstante dice allí: “Confieso no haber desbrozado las setecientas páginas que lo integran, confieso haberlo practicado solamente a retazos y sin embargo sé lo que es”) —y los dos, con Silvina Ocampo, elegirían un fragmento en la edición de 1940 de la Antología de la literatura fantástica, al que en la edición de 1965 añadirían otro, pese a que en ambos casos erradamente fechan el Ulysses en 1921—, la equivocada minucia de la biógrafa se lee al ubicar el Finnegan’s Wake en 1931, pues data de 1939: “Borges tenía razón: la gente admiraba a Joyce, pero no lo leía. ¿Cuántos habían leído esos mamotretos ‘oscuros y tan viejos como la vanguardia’ llamados Ulises y Finnegan’s Wake? Bioy admirada el Ulises, le atraía como a toda la gente de su época, pero con los años iba a desaprobarlo.”


III de XIV
En la página 72 de la Bioygrafía, comprendida en el “Capítulo III (1931-1940)”, cuando acaba de referir el inicio del vínculo amoroso entre Silvina Ocampo y Bioy (“Silvina iba a cumplir treinta y un años, y Adolfito, veinte”), afirma que, “en general”, los “cuentos [de él] seguían siendo meras adaptaciones de sueños”. Y líneas abajo añade: “Ya llegaría el día en que publicaría, junto a Jorge Luis Borges, en la Antología de relatos breves, la historia de Chua Tsú [sic], sobre la idea del sueño encadenado y tal vez infinito, el sueño y su indescifrable ambigüedad: ‘Chua Tzú [sic] soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre’.” Vale observar que la antología que refiere la biógrafa en cursivas no se titula así, sino Cuentos breves y extraordinarios, libro impreso por Raigal, en Buenos Aires, en 1955, tal y como aparece datado en la correspondiente nota 19. Ese lapsus remite a la página 58 donde escribe “Enciclopedia Larrouse”, en vez de Larousse; y al lapsus que comete cada vez que cita El jardín de senderos que se bifurcan (páginas 104, 109, 147 y 299), libro de cuentos de Borges editado por Sur el “30 de diciembre de 1941” (no enlistado en su “Bibliografía”), pues ella le inserta el artículo “los” antes de senderos. La versión transcrita por la biógrafa es, efectivamente, la que figura en Cuentos breves y extraordinarios, pero allí el nombre del filósofo chino no figura como “Chua Tsú” ni “Chua Tzú”, sino Chuang Tzu, de ahí que esté titulada “El sueño de Chuang Tzu”. Tal versión, hecha de la traducción inglesa de Herbert Allen Giles datada en 1889, quizá la hizo sólo Borges, pues él, en solitario y tal cual, la compiló en su Libro de sueños, antología de narrativa breve publicada en Buenos Aires, en 1976, por Torres Agüero. Pero el mero día de publicar a cuatro manos (o a seis) ese celebérrimo y minúsculo relato de Chuang Tzu llegó 15 años antes de los Cuentos breves y extraordinarios, pues en la página 240 de la susodicha Antología de la literatura fantástica, editada por Sudamericana el 24 de diciembre de 1940 (se lee en colofón), Borges, Bioy y Silvina publicaron, sin título y dizque “Del libro de Chuang Tzu (300 A.C.)”, una versión ligeramente distinta, menos bella y menos eufónica: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.” Vale añadir que en la edición de 1965 de la Antología —que es la sucesivamente reeditada hasta el presente— se reitera la misma variante de 1940, pero titulada “Sueño de la mariposa”. 
Antología de la literatura fantástica (Sudamericana, 1940)
Páginas 240-241

IV de XIV
Entre las páginas 84-85, apunta la biógrafa: “A propósito de Borges, el 29 de abril de ese año [1936] publicó en Viau y Zona su tercer libro de ensayos, Historia de la eternidad, y poco después llevó a Bioy a la casa de Manuel Peyrou, para que lo conociera. Peyrou vivía en la calle Austria, tenía treinta y dos años y era abogado como su padre, que se había recibido en la misma promoción que el Dr. Bioy, aunque Manuel no ejerció nunca.” Vale observar que Historia de la eternidad no es el “tercer libro de ensayos” de Borges, sino el sexto o el séptimo, según se vea; es decir, había publicado los siguientes cinco libros de ensayos: Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926), El idioma de los argentinos (1928), Evaristo Carriego (1930) —que es un esbozo biográfico, pero también un compendio de ensayos (con numerosas variantes y añadidos en la edición de 1955 impresa por Emecé), Discusión (1932), y luego el sexto o séptimo: Historia de la eternidad (1936), pues recogió el ensayo titulado Las kenningar, una delgada plaquette de 26 páginas editada en 1933, en Buenos Aires, por Francisco A. Colombo. Y yerra al decir que Manuel Peyrou “tenía 32 años”, pues nacido en San Nicolás de los Arroyos el 23 de mayo de 1902, en 1936 cumplió 34 años. Además, no bosqueja la hilarante y simpática anécdota de que Adolfito, ingenuo “aspirante a escritor”, leyó en Historia de la eternidad la “falsa reseña de El acercamiento a Almotásim y pidió la novela inexistente a un librero de Londres”, según apunta Edwin Williamson en la página 247 de Borges, una vida (Seix Barral, 2004).  
     
(Seix Barral, 2006)
         Y líneas abajo, en la página 85, apunta Silvia Renée Arias: “En 1936 también apareció la revista Destiempo, que Bioy publicó con Borges y Ernesto Pissavini, aunque en realidad de Pissavini —conserje, ordenanza del Dr. Bioy, a quien mucho apreciaban— utilizaron, en una broma privada, su nombre, convirtiéndolo en el director de la revista.” Y, según anota, “la revista sobrevivió a solo tres números (octubre, noviembre y diciembre de 1936)”. Pero según el bosquejo que Williamson hace entre las páginas 254-255 de su citada biografía de Borges, “el tercer número de Destiempo, planeado para diciembre [de 1936], no llegó a aparecer. Bioy, su puntual financiero, había sido llamado con urgencia a su estancia [Rincón Viejo, en Pardo] para enfrentar un brote de enfermedad que amenazaba con liquidar sus manadas de ovejas. Esto llevó a una suspensión indefinida de la revista cuando Bioy tuvo que permanecer en la estancia para poder luchar contra una propuesta de construir una carretera que pasaría por el medio de sus propiedades. A Bioy le llevaría todo un año despejar los problemas de su estancia.” Y por ende, apunta Williamson, “A fines de 1937, Borges y Bioy hicieron otro intento de lanzar Destiempo. En diciembre apareció un tercer número [el último] en el mismo formato que los anteriores [...]”. 
     
(Emecé, 2002)
       Vale señalar que en la página 49 del póstumo Museo. Textos inéditos, de Borges y Bioy, impreso en 2002, en Buenos Aires, por Emecé, con acopio, notas y “Edición al cuidado de Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Socchi”, se lee al inicio del pie de página 1: “Destiempo era un pliego de seis hojas en formato mayor, desplegable como la primera Proa e ilustrado por Xul Solar. Figura como secretario Ernesto Pissavini”. Y en la página 50 se reproduce la hoja 1 del número 3 de Destiempo, datada en “Buenos Aires, Diciembre de 1937”, donde Ernesto Pissavini, efectivamente, “Figura como secretario” y no como “director”.
   
Detalle del número 3 de Destiempo (diciembre, 1937)
En Museo. Textos inéditos (Emecé, 2002)
         Por si no bastara, en la misma página 85, tras nombrar cuatro cuentos de Bioy que “unos meses después integrarían Luis Greve, muerto”, la biógrafa dice que éste es “su quinto libro”, pero es el sexto, como bien puede recordarse: Prólogo (1929), 17 disparos contra lo porvenir (1933) —que firmó con el pseudónimo de Martín Sacastrú, y cuya edición también pagó su padre—, Caos (1934), La nueva tormenta o La vida múltiple de Juan Ruteno (1935), La estatua casera (1936) y Luis Greve, muerto (1937), editado por Destiempo, editorial financiada por Bioy “a pesar del fracaso de la revista”. Pero además, Borges comentó los dos últimos en la revista Sur: La estatua casera en el número 18, de marzo de 1936; y Luis Greve, muerto en el número 39, de diciembre de 1937; artículos póstumamente compilados en Borges en Sur (Emecé, 1999) por Sara Luisa del Carril y Mercedes Rubio de Socchi.

V de XIV
En la página 94 de su Bioygrafía, sin precisar el lugar y el tiempo, pero ubicándolo más o menos entre 1936 y 1937, Silvia Renée Arias apunta: “Bioy se abocó a planear con Borges un cuento que sería el origen de los Seis problemas para don Isidro Parodi.” Libro publicado por Sur en 1942, firmado con el pseudónimo de H. Bustos Domecq. Y enseguida bosqueja: “La idea fue de Borges. Trata de un filántropo (en algunas fuentes alemán, en otras holandés), en todo caso, del doctor Pretorius, un sádico director de un colegio que, a través de juegos en los que no faltan la música y los bailes, tortura y mata niños que integran una colonia de vacaciones. Muchos años después Daniel Martino, albacea de Bioy, encontró ese cuento inacabado entre sus papeles y fue publicado el 4 de noviembre de 1990 en el diario La Nación, según consta en la bibliografía del propio Martino, bajo el título ‘El doctor Pretorius’.” No obstante, la biógrafa no precisa ni data el libro donde se halla tal bibliografía y el único que consigna de Daniel Martino en su propia “Bibliografía” es anterior a 1990: ABC de Adolfo Bioy Casares, editado en Buenos Aires, por Emecé, en 1989.
     
(París, 1964)
         Aquí vale recordar que, para el caso, la fuente primigenia de la evocación de ese seminal e inconcluso intento de cuento a cuatro manos es el propio Bioy, que precisamente lo refiere en el citado artículo memorioso y autobiográfico “Lettres et amitiés”, escrito en francés,
ex profeso para el número IV de la revista L’Herne (Paris, 1964), y luego incluido en español en La otra aventura (Galerna, 1968), donde el doctor no es “Pretorius”, sino “Praetorius”. Bioy apunta allí:
 
(Galerna, 1968)
    “En 1935 o 36 fuimos a pasar una semana en una estancia en Pardo, con el propósito de escribir en colaboración un folleto comercial, aparentemente científico, sobre los méritos de un alimento más o menos búlgaro. Hacía frío, la casa estaba en ruinas, no salíamos del comedor, en cuya chimenea crepitaban ramas de eucaliptos.
    “Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje; después de su redacción yo era otro escritor, más experimentado y avezado. Toda colaboración con Borges equivale a años de trabajo.
    “Intentamos también un soneto enumerativo, en cuyos tercetos no recuerdo cómo justificamos el verso
    los molinos, los ángeles las eles
    “y proyectamos un cuento policial —las ideas eran de Borges— que trataba de un doctor Praetorius, un alemán vasto y suave, director de un colegio, donde por medios hedónicos (juegos obligatorios, música a toda hora), torturaba y mataba niños. Este argumento, nunca escrito, es el punto de partida de toda la obra de Bustos Domecq y Suárez Lynch.” 
   
Portada de La leche cuajada de La Martona (c. 1935-1937).
En la foto: Borges y Bioy en la librería de Alberto Casares,  la 
última vez
que se vieron en Buenos Aires (noviembre 27 de 1985).

En la p. 24 de Museo se dice que la viñeta es “la marca del ganado” y también
“el logo de la Industria Láctea La Martona, fundada en 1889”.
Y en la siguiente página se lee:
“Según Daniel Martino el folleto tuvo dos ediciones y se repartió en la
cadena de lecherías La Martona (dato de Gastón Gallo).
         Vale señalar que esa “estancia en Pardo” es Rincón Viejo, propiedad del padre de Bioy, donde Adolfito, dice, entrevió “el argumento de La invención de Morel”, y que por entonces empezaba a administrar; y el “folleto comercial” que Borges y él escribieron es el legendario folleto de La leche cuajada de la Martona (nombre de la poderosa empresa lechera fundada por el padre de Marta Casares, la madre de Bioy, quien le puso ese nombre en homenaje a su hija), compilado, junto con el fragmento inconcluso de “El doctor Praetorius”, en el susodicho Museo. Textos inéditos, libro que no cita Silvina Renée Arias y que al parecer no consultó. En Mueso, el folleto está datado entre corchetes en “[invierno de 1935 o 1936]”; y en su correspondiente pie de página se lee: “Este es el primer trabajo que Borges y Bioy realizaron en común, anterior a la publicación de Destiempo, octubre de 1936. En L’Herne (1964), Bioy da la fecha 1934-1935. En 1968, corrige por 1935-1936.” En Museo, el texto titulado “El doctor Praetorius” está precedido por un pasaje del citado fragmento de “Libros y amistad” (que además, completo, preludia el acopio del libro), cuyo pie de página 1 remite a La otra aventura; mientras que en el pie de página 2 se lee: “En el texto de La Nación dice ‘Preetorius’, pero Bioy Casares, que revisó las pruebas de La otra aventura, 1983, escribe ‘Praetorius’.” Ciertamente, La otra aventura tuvo una segunda edición en 1983, en Emecé, cuya tercera edición Emecé imprimió en 2004; pero el artículo “Libros y amistad” y por ende el nombre del doctor Praetorius ya estaba allí en la primera edición que hizo Galerna en 1968, en cuya “Nota preliminar”, fechada en “Buenos Aires, julio de 1968”, Bioy apuntó: “En cuanto a los artículos, bastará decir que la revista L’Herne publicó Letras y amistad [sic] en el número dedicado a Jorge Luis Borges y que los demás aparecieron en La Nación.” Y el nombre de “Preetorius” que aluden las editoras de Museo se confirma en la “Bibliografía” que Daniel Martino elaboró para la edición conjunta de La invención de Morel, Plan de evasión y La trama celeste, editada en Caracas, en 2002, en el número 225 de la Biblioteca Ayacucho; allí, en la página 379, en el apartado “b. Primeras apariciones”, se lee: “‘El doctor Preetorius’. La Nación, 4 de noviembre de 1990.” Y más aún, en la “Cronología”, en la entrada de “1935”, anota Martino: “Hacia mediados de ese año, escribe, junto a Borges, un folleto sobre la leche cuajada, un soneto y tres páginas de un cuento (‘El doctor Preetorius’) que no concluirán.” No obstante, en Museo, en el asterisco al término del fragmento inconcluso titulado “El doctor Praetorius”, apuntaron las editoras: “En La Nación, Buenos Aires, 4 de noviembre de 1990, con el título ‘El joven Bustos Domecq’, por Daniel Martino. Y en: Unicornio, Mar del Plata, Año 1, N° 2, agosto-septiembre de 1992, con el título ‘El joven Bustos Domecq’, por Daniel Martino.” Pero lo no menos curioso y revelador es el pie de página 3, que corresponde a la datación del texto entre corchetes: “[Pardo, Provincia de Buenos Aires, invierno de 1935 o 1936]”: “Nótese que en 1935 se estrenó La novia de Frankenstein, película dirigida por James Whale, donde aparece el malvado doctor Praetorius que pretende crear a una compañera para el monstruo.” No obstante, en el filme, caracterizado por Ernest Thesiger, el doctor no es “Praetorius”, sino Pretorius.
(Colección Andanzas núm. 210, Tusquets Editores, abril de 1994)
En la foto: Bioy en Rincón Viejo, su estancia paterna en Pardo,
provincia de Buenos Aires (noviembre de 1971).
         Silvia Renée Arias quizá retomó y optó por el nombre del “doctor Pretorius” al leer el libro 1 de las Memorias de Bioy (y a la postre el único) —que cita varias veces—, publicado en abril de 1994, en Barcelona, por Tusquets Editores, con el número 210 de la Colección Andanzas, urdido “Con la colaboración de Marcelo Pichon Rivière y Cristina Castro Cranwell”, donde figura así: “doctor Pretorius” (quizá debido a una “enmienda” de los editores de Tusquets), pese a que es claro y evidente el uso, con técnica de collage y palimpsesto, del citado artículo “Libros y amistad” y de la “Autocronología” que Bioy escribió para Guía de Bioy Casares, libro ensayístico de Suzanne Jill Levine, editado en 1982, en Madrid, por Fundamentos. “Autocronología” que Bioy revisó y amplió para La invención y la trama, antología de su obra con “Selección, introducción y notas de Marcelo Pichon Rivière”, publicado en 1988, en México, por el FCE en la serie Tierra Firme; donde también se halla el artículo “Libros y amistad”, tal y como apareció, en 1968, en La otra aventura; en este sentido, en su revisada “Autocronología”, Adolfo Bioy Casares reitera entre lo que corresponde a “1937”:  

     “En invierno, Borges pasa una semana en el campo conmigo. Escribimos un folleto sobre la leche cuajada (nuestro primer trabajo en colaboración). Planeamos un cuento, que nunca escribiremos, que es el origen de los ‘Seis problemas para don Isidro Parodi’, sobre un filántropo alemán, el doctor Praetorius, que por medios hedónicos —música, juegos incesantes— mata niños.”  
    Al parecer, ese fecha de “1937” obedece a lo que Bioy apunta y recuerda en “Aprendizaje”, artículo memorioso y autobiográfico, erradamente incluido en La invención y la trama antes que “Libros y amistad” y que Marcelo Pichon Rivière no data en ninguna nota del volumen, amén de que su antología carece de bibliografía y de que sus notas suelen ser vagas y con poca o nula precisión bibliográfica. Dice Bioy en “Aprendizaje”, tácita e implícitamente aludiendo a “Libros y amistad”:
(FCE, 1988)
        “En un artículo sobre Borges digo:

“En 1935 o 36 —ahora descubro que fue en 1937— fuimos a pasar una semana en una estancia en Pardo, con el propósito de escribir en colaboración un folleto comercial, aparentemente científico, sobre los méritos de un alimento más o menos búlgaro. Hacía frío, la casa estaba en ruinas, no salíamos del comedor, en cuya chimenea crepitaban ramas de eucaliptos. Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje; después de su redacción yo fui un escritor más experimentado y avezado. Toda colaboración con Borges equivale a años de trabajo.” 
   
Imagen en Borges (Destino, 2006).

El pie de  foto  de Daniel Martino reza:

“Cubierta de la edición original (1935) del folleto
Leche cuajada, primera colaboración entre Borges y ABC.
La ilustración es de Silvina Ocampo.
        Quizá esa falta de datación en “Aprendizaje” se deba a lo que el antólogo apunta al final de su nota a la “Autocronología” de Bioy, dispuesta al término de la sección “Escritos autobiográficos”, que agrupa los artículos: “Adolfo Bioy, después del 900”, “Aprendizaje”, “Libros y amistad” y “Autocronología”. Marcelo Pichon Rivière dice allí e ineludiblemente da indicios de lo que unos años después conformarían el citado libro 1 de las Memorias de Adolfo Bioy Casares: 
“El autor de estas notas trabajó con Bioy Casares en un borrador de sus memorias. Durante 1985, todos los sábados por la mañana, Bioy hablaba al grabador, dictaba al amanuense, corregía, y volvía a hablar y a dictar. El resultado no fue satisfactorio. Como una forma de que muchas revelaciones no se pierdan, se ha decidido insertar ciertos tramos de esa autobiografía en este libro.
“Los fragmentos grabados (y luego, por supuesto, corregidos por Bioy) y esta autocronología, no dejan de ser fragmentarios, pero conforman —junto a los escritos mencionados— un texto provisorio. Un conjunto de revelaciones que ayudan a conocer los diarios afanes que acompañan las invenciones, ficciones y sátiras de Adolfo Bioy Casares.”

VI de XIV
No obstante a que Emecé en 1943 había publicado Los mejores cuentos policiales, antología de Bioy y Borges, donde de éste se incluyó el magistral “La muerte y la brújula”, en la página 107 de la Bioygrafía se lee: “A pesar de que en principio la editorial [Emecé] no había querido aceptar por entender que una novela policial no era literatura, ‘El Séptimo Círculo’ fue la primera en su género de habla hispana, y Borges y Bioy la dirigirían hasta fines de la década del cincuenta, al cabo de los cuales editarían unas cien obras.” Pero Daniel Martino, en su “Cronología” urdida para la citada edición conjunta en el número 221 de la Biblioteca Ayacucho, apunta en la entrada de “1945”: “Febrero: aparece, traducido por J.R. Wilcock, La bestia debe morir, primer volumen de El séptimo círculo, colección (1945-1955) dirigida junto a Borges.” Cuyo nombre al parecer eligió Borges porque remitía al círculo de los violentos, según el Infierno de Dante. Vale añadir que La bestia debe morir apareció en inglés, en 1938, firmada por Nicholas Blake, pseudónimo del poeta británico Cecil Day-Lewis. Y que Los que aman, odian, la única novela policial escrita por Bioy y Silvina Ocampo, apareció, en El Séptimo Círculo, el 8 de agosto de 1946. 
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.
Foto de Mariano Roca que ilustra la 2
ª de forros de
Los que aman, odian (Tusquets, 1989).
         Luego, en la página 114 de la Bioygrafía, Silvia Renée Arias apunta que “Perón asumió [el poder] el 4 de junio de aquel año” de 1946 y que “Pocas semanas después Jorge Luis Borges —al cabo de casi nueve años de trabajo en la biblioteca Miguel Cané, en la calle Carlos Calvo— fue ‘ascendido’ a inspector de Aves, Conejos y Huevos en los mercados municipales.” Aquí vale recordar que Borges mismo fue quien acuñó la leyenda de que trabajó nueve años en la Biblioteca Miguel Cané, y lo hizo desde que renunció, según se lee en el discurso con que agradeció el banquete de desagravio y en su honor que le brindaron los miembros de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) “en el Marconi, en Plaza Once”: “Nueve años concurrí a esa biblioteca, nueve años que serán en el recuerdo una sola tarde, una tarde monstruosa en cuyo curso clasifiqué un número infinito de libros”. Discurso —firmado el “8 de agosto de 1946”— que preparó “para la ocasión”, recuerda el propio Borges en la página 78 de su citado Ensayo autobiográfico, pero que, dice, “sabiendo que era demasiado tímido para leerlo yo mismo, le pedí a mi amigo Pedro Henríquez Ureña que lo hiciera por mí”; no obstante, Pedro Henríquez Ureña, con quien Borges publicó su primer libro antológico a cuatro manos: Antología clásica de la literatura argentina (Kapeluz, 1937), había muerto de un infarto, el 11 de mayo de ese año mientras viajaba en un tranvía. Discurso que Borges publicó el 15 de agosto de 1946 en Argentina Libre y en el número 142 de la revista Sur, correspondiente a agosto de 1946, y que figura antologado en tres libros: Páginas de Jorge Luis Borges seleccionadas por su autor (Celtia, 1982), con prólogo de Alicia Jurado; Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (FCE, 1985), con edición, prefacios y notas de Emir Rodríguez Monegal; y en el citado Borges en Sur. Pero si bien ese número nueve obedece a que Borges equiparaba esos supuestos nueve años con los nueve círculos del Infierno de Dante, cuyas vivencias transmutaría en el argumento kafkiano, laberíntico, pesadillesco, metafísico, infinito, desolado y eterno que se entrevé en su cuento “La Biblioteca de Babel”, a estas alturas del siglo XXI ya es muy consabido que en realidad fue un empleado menor en la Biblioteca Miguel Cané un promedio de ocho años; por ejemplo, Edwin Williamson, en la página 261 de su citada biografía apunta que “El 8 de enero de 1938 empezó a trabajar en el Biblioteca Miguel Cané”; y en la página 327 refiere que presentó su renuncia en la Municipalidad al día siguiente de que el 15 de julio de 1946 se enterara de que había sido “ascendido” a “inspector de aves y conejos en los mercados”. 

       
(Colección Andanzas núm. 261, Tusquets Editores, 1996)
       Pero quizá ese número nueve obedezca, también, a la peculiaridad que María Esther Vázquez apunta en la página 175 de Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, 1996), biografía que, dice Silvia Renée Arias, le gustaba mucho a Bioy: “Borges hubiera deseado nacer a los nueve meses de gestación; tenía una predilección supersticiosa por el tres y sus múltiplos. Se advertía en los actos más triviales: cuando viajaba en avión, en el momento de despegue, recatadamente, daba tres golpecitos con los nudillos en el brazo del asiento. Cuando uno le preguntaba el por qué, evadía la respuesta con una sonrisita maliciosa y hablaba de las virtudes mágicas del tres, del nueve y del treinta y tres. Recordaba que Adán nació a los treinta y tres años y que Jesucristo murió a esa edad. En cuando al número nueve, los versos del poema que cierra su libro El oro de los tigres, dicen: ‘El anillo que cada nueve noches/ Engendra nueve anillos y éstos, nueve...’.”


VII de XIV
En la página 121 de su Bioygrafía, al comenzar “Amor en París: Bioy y Garro”, que es el primer subcapítulo del “Capítulo V (1950-1955)”, apunta Silvia Renée Arias:
“El mexicano Octavio Paz le dedicó a Silvina Ocampo, en 1946, el poema ‘Arcos’, y ella a su vez, “Frente al Sena”, donde rememora el Río de la Plata. Si bien se conocieron en París, Silvina ya sabía quién era él por referencias de amigos, y le parecía una persona encantadora. Por su parte, Bioy no conoció a Octavio Paz sino cuatro años después y fue en el Hotel George V de París, el más elegante de la ciudad. Y también a Helena Garro, su esposa.
  “Helena y Octavio tenían una hija de nueve años, Laura Elena, apodada La Chata. Helena (después dejaría caer la ‘h’ de su nombre, nosotros lo hacemos a partir de ahora) tenía veintinueve años. Bioy todavía no había cumplido treinta y cinco. Ella era una joven alegre, popular, ajena a los convencionalismos, sofisticada en su vestimenta, dueña de una distinguida belleza y, al parecer, una destacada escritora.” 
       
Octavio Paz, Elena Garro y su hija Laura Helena Paz Garro
(París, Francia)
Foto en Memorias (Océano, 2003)
   
Elena Garro de joven
        Aquí se observan varias imprecisiones. El poema “Arcos” está fechado por Paz en “1947” y no en “1946”. Y ese viaje a Europa y a París que Bioy hizo en compañía de Silvina Ocampo y de Genca (Angélica García Victorica), sobrina de Silvina y amante de Adolfito, que al inicio del presente capítulo parece que data de 1950, empezó en “Enero de 1949, en un viaje que iba a durar cinco meses”, cuando emprendieron “una travesía rumbo a Estados Unidos en un barco de la compañía Moore McCormack”, se lee en la página 117 de la Bioygrafía. Es decir, sin que diga las razones del por qué, dice que Bioy conoció a Elena Garro en París, en 1949; pero también conoció a Octavio Paz; de ahí que la biógrafa apunte que “Bioy todavía no había cumplido treinta y cinco” (cosa que ocurriría el 15 de septiembre de ese año). Pero yerra cuando dice que Elena Garro “tenía veintinueve años”, pues nacida en Puebla el 11 de diciembre de 1916, a fines de 1949 cumpliría 33. Es verdad que durante toda su vida de dramaturga, narradora y polemista, Garro dijo haber nacido en 1920, de ahí que esto se repitiera ad nauseam. Elena Garro murió en Cuernavaca el 22 de agosto de 1998. Y según apunta Lucía Melgar en la “Nota aclaratoria” que precede a su “Cronología” urdida para el volumen I de las póstumas Obras reunidas de Elena Garro, tomo editado en México, en 2006, por el FCE, “Casi al final de su vida”, la publicación de su testamento “aclara que nació en 1916”. 

   
Dedicatoria en el anverso
      Al parecer el nombre real de Elena Garro era María Helena Garro Navarro y desde joven prescindía de la hache muda. Pero el segundo nombre de la hija que tuvo con Octavio Paz, sí lleva la hache: Laura Helena Paz Garro. Muerta el 30 de marzo de 2014, un día antes de que se cumpliera el centenario del nacimiento de su padre, había nacido el 12 de diciembre de 1939; por ende, cuando su madre y Bioy se conocieron en París aún tenía 8 años. Notable poetisa menor que solía firmar sus libros sin su primer nombre, en 2003 publicó unas polémicas Memorias, editadas en México por Océano y con iconografía en blanco y negro, donde, para el caso, aborda el amorío de su madre con Adolfito. Libro que Silvia no consultó. Esto se observa, por ejemplo, cuando en la página 150 refiere la última vez que Bioy y Elena Garro se vieron, dice. Episodio sucedido en Nueva York, cuando Adolfito, desde “principios de enero de 1957” se encontraba allí acompañando a su padre “en un viaje que iba a durar dos meses”, pues el Dr. Bioy presidía “la Embajada argentina ante la ONU” (y allí Octavio Paz estaba “comisionado en la delegación mexicana”):  

   
Elena Garro, Adolfo Bioy Casares, Octavio Paz y Helena Paz Garro
(Nueva York, 1957)
          “Una foto atestigua el encuentro de Bioy y Garro. Sentados en una confitería, tomando café, aparecen de un mismo lado de la mesa, y frente a ellos Octavio y su hija la Chata, en cuya sonrisa Bioy tiene posada una mirada que se diría tierna. Muchos años después Bioy confesaría que, aunque era muy probable que Octavio Paz hubiese sabido de sus amores con la que por entonces era su mujer, porque habían sido ‘grandes amigos’, nunca habían habla de eso: ‘Era algo tácito’.”  
 
(Océano, 2003)
      Además de que en las Memorias de Helena Paz Garro se reproduce esa célebre foto divida en dos partes: en la página 390 se ve el ángulo donde posan Octavio Paz y su hija y en la página 414 donde posan Bioy y Elena Garro, en sus anécdotas y evocaciones, repletas de infidencias, veneno y mala leche, testimonia que su padre sí sabía del amorío de Bioy y Elena Garro y que además impidió que ella se fuera a la Argentina a reunirse con él. En este sentido, se lee en la página 302:
“También pienso, después de haber visto cómo se vengó de una querida que lo abandonó por otro, años después, cuando volvimos a París, que en su mentalidad de niño excesivamente mimado por su madre, y también muy querido por los Paz, se había acostumbrado a ser una especie de reyecito en su hogar, y no toleraba la más mínima ofensa. Para él era normal tener amantes, amigos, aventuras, cosas que no le permitía a mi madre, a quien nunca le perdonó que prefiriera a Bioy Casares.
“A pesar de su aparente liberalismo, y hasta de inmoralidad sobre el amor en sus libros de ensayos, una cosa era la letra impresa y otra que le quitaran algo que, a lo mejor, no amaba, pero sí admiraba y, en todo caso, le pertenecía, como mi madre.”
En la citada página 150 de la Bioygrafía, en lo referente a 1957, dice la biógrafa: “Elena había escrito Un hogar sólido, obra teatral en un acto, que se representaría en julio de ese mismo año y sería publicada como libro, con el mismo título, un año después.” Según apunta el historiador y crítico teatral Antonio Magaña-Esquivel en el libro V de Teatro mexicano del siglo XX (FCE, 1970), cuando Octavio Paz “aparecía como director literario, en el cuarto programa, de Poesía en Voz Alta, se montaron tres pequeñas obras, en un acto, de ella: Andarse por las ramas, Los pilares de doña Blanca y Un hogar sólido. Fueron estrenadas en el Teatro Moderno [de la capital mexicana] el 19 de julio de 1957, también bajo la dirección de Héctor Mendoza.” Quien dirigió “en el Teatro del Caballito, en 1956, en el segundo programa de Poesía en Voz Alta”, la puesta en escena de La hija de Rappaccini, adaptación teatral del cuento homónimo de Nathaniel Hawthorne hecha por Octavio Paz. Y, efectivamente, el libreto teatral “Un hogar sólido” se publicó, en 1958, en un libro homónimo que reunió seis libretos de un acto. Fue el primer libro de Elena Garro, editado en Xalapa por la Universidad Veracruzana con el número 5 de la Colección Ficción, que había iniciado ese año con la publicación de la novela Polvos de arroz, de Sergio Galindo, y donde Gabriel García Márquez publicaría, en 1962, con el número 34 de la serie, Los funerales de la mamá grande, su primer libro de cuentos y su primer libro editado en México, apenas un año después de haberse instalado en la capital del país, donde “desde julio de 1965 hasta julio o agosto de 1966” escribiría Cien años de soledad (Sudamericana, 1967); editora universitaria y provinciana, fundada y dirigida por Sergio Galindo, que en 1964 publicó La semana de colores, el primer libro de cuentos de Elena Garro, con el número 58 de la Colección Ficción, luego de que obtuviera el sonoro Premio Xavier Villaurrutia por Los recuerdos del porvenir (Joaquín Mortiz, 1963), su primera novela, que según la leyenda, Octavio Paz, pese a que estaban divorciados desde “el 15 de julio de 1959”, sacó del baúl y llevó a la editorial. Pero sólo hasta el “3 de enero de 1983”, en la misma Colección Ficción, ya sin número, se publicó la segunda edición de Un hogar sólido, aumentada con seis libretos e ilustrada con dibujos del pintor Juan Soriano, de quien es la viñeta de la portada de la edición príncipe.
(Sudamericana, 1965)
         Entre las páginas 164-165 de la Bioygrafía, Silvia Renée Arias alude la inclusión de “Un hogar sólido” en la segunda edición, revisada y aumentada, de la Antología de la literatura fantástica, impresa en Buenos Aries, por Sudamericana, en 1965. No es difícil inferir que tal incorporación la promovió Bioy el amoroso, quien por ende también incidió para que “Un hogar sólido” se publicara en el número 251 de la revista Sur, correspondiente a marzo-abril de 1958. Dato y episodio que, curiosamente, omite la biógrafa.

     En este sentido, vale subrayar que en el fragmentario, breve y disperso esbozo del vínculo erótico y afectivo entre Bioy y Elena Garro, descuellan los amorosos pasajes de varias misivas que él le envió a ella (en un lapso de 20 años), y que, según data, la biógrafa leyó en las “Cartas de Adolfo Bioy Casares a Elena Garro”, publicadas por Pascal Beltrán del Río el “30 de noviembre de 1997” en el periódico bonaerense La Nación. Es decir, se entrevé que no consultó el archivo, abierto a los investigadores, de la “correspondencia y manuscritos que Garro vendió [en 1997] a la Universidad de Princeton, enriquecido después por Helena Paz, con diarios, memorias y otros documentos”.
Y entre las páginas 149-150, la biógrafa apunta: “Ese viaje a Nueva York [iniciado ‘a principios de enero de 1957’], que sería el último que emprendería con su padre [y ‘que iba a durar dos meses’], quedaría para siempre en el recuerdo de Bioy también a causa de haberle permitido reencontrarse con Elena Garro, quien un año antes había sido la artífice, junto a Octavio Paz, de la publicación, en México, de su libro Historia prodigiosa, que en la Argentina se publicaría en 1961.” Cierto, la primera edición de Historia prodigiosa se publicó en México en 1956 y la segunda edición la publicó Emecé en Buenos Aires, en 1961, y la biógrafa la cita en su “Bibliografía”; pero omite la sobria pero preciosista y cuidada tercera edición, impresa en Madrid, en 1991, por las Ediciones de la Universidad de Alcalá de Henares —ya como rimbombante Premio Cervantes 1990— y en el contexto de las inminentes celebraciones del Quinto Centenario. Y también omite algunos de los detalles que Bioy bosqueja en la “Nota preliminar” con que la signó:
(EUAH, 1991)
         “Todas las piezas incluidas en el presente volumen corresponden al género fantástico, salvo la última —en mi opinión, la mejor—, que es una alegoría. Cabe la advertencia, porque el Homenaje a Francisco Almeyra acaso parezca trunco a los lectores que esperan materia sobrenatural. En Pardo, en marzo o abril de 1952, en un momento de extrema desolación, pensé que para quienes mueren durante una tiranía el tirano es eterno y entreví mi relato de unitarios y federales. Dos veces, en el año 1954, lo publiqué: en la revista Sur y, por separado, en un librito de la editorial Destiempo.

Historia prodigiosa apareció en México, en 1956, con un pie de imprenta de Obregón; pocos ejemplares llegaron a Buenos Aires. En esta edición, como en la argentina de 1961, agrego a la serie original un nuevo cuento, Los dos lados.”  
     Cuyo título en el interior del libro es “De los dos lados”; y según la citada bibliografía de Daniel Martino, con el título “De cada lado”, se publicó antes en La Habana, en 1956, en el número 5 de Ciclón.
   
Adolfito y su madre Marta Casares
(Buenos Aires, c. 1950)
          Vale añadir que en su Bioygrafía la autora bosqueja el deterioro físico de Marta Casares en 1952, la madre de Adolfito, debido al cáncer que padecía, quien falleció, apunta en la página 137, el “lunes 25 de agosto” de ese año y fue enterrada “Al día siguiente, a las once de la mañana, en la Recoleta”. Y “Esa misma noche, a las 20.25, se oyó en la ciudad un agudo toque de clarín. Una extensa columna portadora de antorchas desfiló desde la Avenida 9 de Julio y Moreno hasta la sede de la Confederación del Trabajo. Era un homenaje a Eva Perón, muerta un mes antes [el 26 de julio]. Esto le hizo pensar a Bioy, como él mismo contaría en numerosas oportunidades, que porque había muerto ‘paralelamente’ a Evita, en épocas del gobierno de Perón, su madre, como el poeta Francisco Almeyra, degollado por un soldado rosista, había muerto pensando que habría dictadura para siempre. A modo de homenaje, entonces, se puso a escribir ‘Homenaje a Francisco Almeyra’, una especie de metáfora sobre las dictaduras en general.”

VIII de XIV
En la página 138 de la Bioygrafía se lee: “En los primeros días de marzo de 1953, el Dr. Bioy —que tras la muerte de su esposa se había mudado por unos meses con su hijo y Silvina a Aguado 2863, aunque seguían frecuentando la casa de Santa Fe y Ecuador— se reunió con ellos en Mar del Plata, y todavía estaban allí cuando el 8 de mayo la policía del régimen peronista se llevó detenida a Victoria Ocampo, acusándola de ocultar armas que, por su puesto, como recordaba María Esther Vázquez, jamás encontraron. Victoria pasó casi un mes en la cárcel femenina El Buen Pastor, de San Telmo, recluida entre prostitutas y delincuentes comunes. Según dirá después, allí su vida tocó fondo. También Norah, la hermana de Borges, y su madre, doña Leonor, de setenta y siete años, fueron detenidas y arrestadas —aunque temporalmente—, acusadas de escándalo público.” 
Josefina Dorado, Bioy, Victoria Ocampo y Borges
(Mar del Plata, marzo 17 de 1935)

Foto en Borges (Destino, 2006). 

Según el pie:“Al dorso de la fotografía, de mano de ABC, se lee:
Ese mismo año 1935, dos o tres meses después.
comenzó la colaboración de JLB y ABC
”.
  Cierto es que la reclusión de Victoria Ocampo en la cárcel de mujeres El Buen Pastor, acusada de participar “en un atentado”, se sucedió entre el 8 de mayo y el 2 junio de 1953; encierro que suscitó protestas y críticas de intelectuales contra el régimen de Perón, tanto en Argentina, en Estados Unidos y en Francia, según lo bosquejan Laura Ayerza de Castillo y Odile Felgine entre las páginas 253-256 de su biografía Victoria Ocampo (Circe bolsillo, 1998). Pero el arresto de doña Leonor y de su hija Norah ocurrió “El 8 de septiembre de 1948” y no en 1953, por ende la madre de Borges, nacida en 1876, tenía 72 años y no 77. Tal episodio lo esboza María Esther Vázquez entre las páginas 197-198 de su citada biografía de Borges. Según dice: “Leonor Acevedo de Borges y su hija Norah estaban en la calle Florida con un grupo de amigas. De pronto, todas empezaron a cantar el Himno nacional al mismo tiempo que repartían panfletos objetando la reforma de la Constitución (por la cual Perón podría ser reelegido). La gente, queriendo enterarse de qué pasaba, las rodeó. Llegó la policía y, como no tenían permiso para hacer una reunión en ‘la vía pública’, se las llevaron a la comisaría de la calle Lavalle. De la comisaría fueron derivadas a la cárcel El Buen Pastor, donde iban a parar delincuentes comunes, prostitutas y presas políticas. Norah y Adela Grondona estuvieron un mes confinadas y Leonor, como ya tenía 72 años, se la condenó a treinta días de arresto domiciliario.”

Doña Leonor y su hijo Borges en la entrada de Maipú 994, en cuyo
departamento B del sexto piso vivían desde mediados de los años 40.
        En la misma página 138 de la Bioygrafía, después del párrafo anterior, se lee: “Ese mismo año [1953] Silvina recibió el segundo Premio Nacional por Los nombres; aunque lo publicaría diez años después, Elena Garro escribió Recuerdos del porvenir en Berna, Suiza, una novela sobre las revueltas de los cristeros en México, y se publicó la traducción francesa de La invención de Morel. Desde entonces y hasta fines de 1967, Laffont sería el editor francés de Bioy Casares. Sin embargo, no había indicios de que El sueño de los héroes fuera a publicarse. Losada había editado La invención de Morel, pero una discusión había provocado un distanciamiento. Aunque ese libro se había agotado rápidamente, en lugar de lanzar una segunda edición, Losada le había dicho a Bioy que era el dueño del libro y que podía hacer con él lo que quisiera. Justo a él que, como Silvina, era incapaz de tomarse el desagradable trabajo de ofrecer sus propios libros.”

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
  Vale observar que Silvina Ocampo, con su poemario Los nombres, publicado en Buenos Aires, en 1953, por Emecé, obtuvo el segundo Premio Nacional de Poesía de 1953, año en que, según decía la propia Elena Garro, escribió, en Berna, Suiza, su novela Los recuerdos del porvenir y la guardó en un baúl. Y Losada publicó en Buenos Aires, en noviembre de 1940, la primera edición de La invención de Morel; cuya traducción al francés, según dice Bioy en su citada “Autocronología”, se publicó en 1953; no obstante, en la página 129 de sus Memorias, dice aludiendo a Robert Laffont, su editor francés en París: “Laffont publicó en 1952 La invención de Morel.” Pero si en realidad hubo ese pleito con Losada que impedía publicar la segunda edición de La invención de Morel, lo cierto es que la segunda edición la había editado Sur en 1948 y la tercera Emecé en 1953. Y si en 1953 “no había indicios de que El sueño de los héroes fuera a publicarse”, tal libro lo editó la “perdularia” y dizque renuente Losada en 1954. 

Y al inicio del siguiente párrafo de la misma página 138 la biógrafa apunta: “También ese año [1953] Torres Ríos y Torre Nilsson filmaron El crimen de Oribe con el argumento de El perjurio de la nieve. Este hecho mereció un festejo que se llevó a cabo en el departamento de Santa Fe y Ecuador.” Y enseguida esboza algunas menudencias irrisorias de tal celebración. Vale observar que el cuento “El perjurio de la nieve” lo editó Emecé, en 1944, en los Cuadernos de la Quimera, y luego fue incluido en La trama celeste, libro editado por Sur en 1948. Pero El crimen de Oribe, filme en blanco y negro, data de 1950 y su estreno ocurrió el 13 de abril de tal año y por ende no fue rodado en 1953.

IX de XIV
En la página 139 de la Bioygrafía, Silvia Renée Arias dice que Bioy y Silvina Ocampo viajaron a Europa “desde mediados de julio hasta fines de noviembre” de 1953. Y en la página 141 cuenta que, en París, Julio Cortázar y Aurora Bernárdez, quienes se habían casado “hacía un año”, invitaron a comer a Bioy; pero la boda de Aurora Bernárdez y Julio Cortázar ocurrió el 22 de agosto de 1953, se lee en la página 98 de Julio Cortázar. La biografía (Seix Barral, 1998), de Mario Goloboff, quien corroboró la fecha con Aurora. Y según apunta de Cortázar en la misma página 141: “Hacía unos ocho años que había publicado en Sur, a instancias de Borges —que ya en ese tiempo colaboraba en la revista—, ‘Casa tomada’, un cuento en los que muchos veían la imagen del peronismo como invasión de la casa paterna. Ese cuento estaba incluido en Bestiario, libro que a Bioy le había gustado mucho.” 
En ese párrafo la biógrafa olvida que Borges colaboraba en la revista Sur desde el primer número, editado en enero de 1931. Y si bien “Casa tomada” había sido incluido en Bestiario, libro impreso en 1951, en Buenos Aires, por Sudamericana, no fue “publicado en Sur”, sino en el número 11 de la revista Los Anales de Buenos Aires, correspondiente a diciembre de 1946; o sea: casi siete años antes y no “Hacía unos ocho años”. Curiosamente, en la página 108 de Museo se reproduce en blanco y negro la portada de ese número 11, donde, en la nómina de colaboradores, está enlistado Julio Cortázar.  
     
Portada del núm. 11 de Los Anales de Buenos Aires (diciembre de 1946)
Imagen en Museo. Textos inéditos (Emecé, 2002)
       
Aurora Bernárdez  y Julio Cortázar
   Según apunta María Esther Vázquez en la página 196 de su citada biografía: “En marzo de 1946 Borges se hizo cargo de la dirección de Los Anales de Buenos Aires, revista literaria que ya había sacado dos números.” Borges, dice, publicó “a sus contemporáneos de talento, incluyendo a sus amigos y a los que no lo eran”. “Pero Borges descubrió también a nuevos escritores y entre estos desconocidos hubo dos realmente importantes: el uruguayo Felisberto Hernández, que era pianista y se ganaba la vida ofreciendo conciertos, y el argentino Julio Cortázar, de quien publicó ‘Casa tomada’.” Y en la página 197 anota: “Los Anales de Buenos Aires editó veintitrés números. El primero, en enero de 1946; el último, que Borges tampoco organizó, apareció en diciembre de 1948 y estuvo dedicado a Juan Ramón Jiménez.”
Vale recordar que al inicio del celebérrimo prólogo que Borges escribió ex profeso para los Cuentos de Cortázar, número 1 de la Colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, libro editado en 1985, en Madrid, por Hyspamérica, vagamente rememora el episodio:
“Hacia mil novecientos cuarenta y tantos, yo era secretario de redacción de una revista literaria, más o menos secreta. Una tarde, una tarde como las otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde ‘Casa tomada’ con dos ilustraciones a lápiz de Norah Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento.”
      Y según dice Silvina Renée Arias en la citada página 141 de su Bioygrafía: “sin duda lo más importante de aquel viaje fue que en noviembre [Adolfito y Silvina Ocampo] regresaron a Buenos Aires con Marta, una beba de cuatro meses, hija de Bioy y de María Teresa von der Lahr. Su nacimiento, producido el 8 de julio de ese 1954, había tenido lugar —según un hijo de Margot Bioy, prima de Adolfito— en Pau, Francia, en la clínica de Eduardo Bioy.”
   
Marta Bioy Ocampo en el piso de Posadas
(septiembre de 1960)
Foto: Adolfo Bioy Casares
          O sea que en “Una niña llegada de París: Marta Bioy”, el subcapítulo donde se lee esto, inicia así en la página 139:
      “En mayo de 1953, un mes después de pasar unos días en Mar del Plata, Jovita Iglesias se casó con José Pepe Montes, que por entonces realizaba trabajos en Obras Sanitarias [y que también sería empleado de los Bioy hasta el fin]. La fiesta tuvo lugar en el patio de la casa donde vivían, en el barrio de Villa Urquiza. Poco más tarde se instalarían definitivamente con Silvina y Bioy en el piso de Posadas.
      “El viaje que los Bioy hicieron aquel año a Europa se prolongaría desde mediados de julio hasta fines de noviembre.”
      Es decir, Silvia Renée Arias, en la página 139, inicia el primer párrafo de ese subcapítulo situándolo en “mayo de 1953” y en el siguiente párrafo (y en el par de páginas que siguen) habla del viaje que los Bioy hicieron aquel año a Europa” (desde mediados de julio hasta fines de noviembre”); y es allí donde radica el yerro que suscita los yerros subsiguientes, pues empieza hablando de hechos ocurridos en “mayo de 1953” (hasta fines de noviembre”) y luego,  en el transcurso y sin especificarlo debidamente, salta a 1954. Y esto sólo advierte cuando en la página 141 refiere la fecha del nacimiento de Marta Bioy Ocampo: 8 de julio de 1954.
 
(Nueva Imagen, 1983)
      Y en lo que concierne a Julio Cortázar, en la página 198 de la Bioygrafía la autora dice: “A propósito de buenos libros, en marzo de 1982 Vlady Kociancich le dio a Bioy un ejemplar de Deshoras, de Julio Cortázar, donde en uno de sus cuentos (‘Diario para un cuento’) Cortázar había escrito: ‘Quisiera ser Bioy porque siempre lo admiré como escritor y lo estimé como persona, [...]’.” Pero además de que Deshoras se publicó casi un año después, “en febrero de 1983”, en México, por Editorial Nueva Imagen, la primera entrada de esa especie de diario que es “Diario para un cuento” está fechada el “2 de febrero, 1982”, y allí es donde Cortázar escribió: “me gustaría ser Adolfo Bioy Casares” y “Quisiera ser Bioy”, etcétera. Por si no bastara, en la página 199 también yerra al decir que “el autor de Rayuela murió en París” “el 12 de febrero de 1994”, pues fue diez años antes. 




X de XIV
En la página 153 de la Bioygrafía, Silvia Renée Arias apunta: “Pocos meses después, a mediados de 1960, [Bioy] asistió en Río de Janeiro, Brasil, a la reunión del PEN Club. Más de una noche comió en el restaurante italiano de Copacabana junto a Alberto Moravia y su mujer, Elsa Morante, y también con Giorgio Bassani y otros. Llevó un diario sobre esta estadía de apenas una semana, del 23 al 30 de julio, bajo el título Unos días en el Brasil, que se imprimió sólo en trescientos ejemplares, para los amigos, porque muchos de los allí mencionados todavía estaban vivos y Bioy decía no tener la intención de ofender a nadie. Once años después de la muerte de Bioy, sería reeditado por La Compañía de los Libros, y algunas críticas le darían la razón a Bioy acerca de su temor a la ofensa. No serían pocos los que juzgarían que allí se revela un Bioy maledicente, como en su Borges [Destino, 2006], que ocultaba, bajo su cortesía en sociedad, un ánimo de venganza que practicaba en sus diarios. Pero como siempre, lo redimían, de alguna manera, el sentido del humor y la ironía.”
(Destino, 2006)
        No obstante, yerra al decir que se publicó “Once años después de la muerte de Bioy”, pues no sólo él aún vivito y coleando fue editado en 1991, con el título Unos días en el Brasil (Diario de viaje), en la serie Escritura de Hoy del Grupo Editor Latinoamericano.



XI de XIV
Entre las páginas 156-157 de la Bioygrafía apunta: 
        “Sin embargo, lo curioso de El lado de la sombra es que incluye ‘Un viaje o el mago inmortal’, que Bioy escribió en un hotel de Portofino mientras leía a Dante, y que es casi idéntico a ‘La puerta condenada’, que unos pocos años antes había escrito Julio Cortázar mientras leía un libro de vampiros en una casa en un bosque de Francia. En la introducción a un exhaustivo trabajo, observa Vlady Kociancich: 
“‘Salvo como truco de la memoria, ¿interesa que una página de Maupassant se filtrara en El negro del Narciso, de Joseph Conrad? ¿Deslumbra menos El Aleph de Borges porque sigue las huellas de El cuento más hermoso del mundo de Kipling? Reflejos de una común identidad irisan la máscara bruñida de toda obra literaria. Nadie lo ignora. Tampoco dos autores argentinos, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar. A ellos, sin embargo, estas livianas coincidencias un día se les dieron con creces. Escribieron dos cuentos idénticos...’.”
Borges y Vlady Kociancich (c. 1960)
Foto: Adolfo Bioy Casares
En Borges (Destino, 2006)
        Según la correspondiente nota, ese ensayo de Vlady Kociancich apareció el “10 de febrero de 1994” en el periódico porteño Clarín. Habría que precisar qué página de Maupassant se “filtra” en esa novela de Joseph Conrad, quizá como una especie de consciente y translúcido palimpsesto. Pero es una enorme mentira que la visión cósmica y simultánea que el personaje Borges vislumbra en el sótano a través del diminuto Aleph “sigue la huellas” de ese cuento de Kipling, donde se narra un caso de metempsicosis y sus fragmentarias, inconscientes y evanescentes manifestaciones oníricas, con cuyos episodios —que son anécdotas de anteriores reencarnaciones de un joven aprendiz de escritor—, un escritor pretende redactar “El cuento más hermoso del mundo”. En “El Aleph”, a partir de las imágenes que el poeta Carlos Argentino Daneri ve a través de esa “pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”, está componiendo el larguísimo e interminable poema La Tierra, que es “una descripción del planeta”; es decir, “se proponía versificar toda la redondez del planeta”. Pero esto no es metempsicosis. Y “Un viaje o el mago inmortal” y “La puerta condenada” no son “dos cuentos idénticos”. Cierto es que ambos poseen situaciones y planteamientos muy parecidos, por la tácita e implícita razón de que Bioy tributa a Cortázar (e incluso lo parafrasea cuando el personaje argentino, en Montevideo, juraría haberle ordenado al taxista: “Al hotel Cervantes”); pero el cuento de Cortázar es mucho mejor y muy eufónico, amén de que fue incluido entre los nueve cuentos que integraron Final del juego, libro editado en México, en 1956, en la colección Los presentes, que editaba y dirigía Juan José Arreola.

 
(Emecé, 1962)
         El libro El lado de la sombra, donde se incluyó “Un viaje o el mago inmortal”, lo editó Emecé, en Buenos Aires, en 1962. En la página 157, la biógrafa comenta y cita un fragmento de una reseña sobre El lado de la sombra que Alicia Jurado publicó “en Sur”, en “agosto de 1963”. Y, según dice, pese a lo laudatorio, “esta reseña no agradó a Bioy”. No obstante, la biógrafa, como en otros pasajes de su libro, descuida y contradice la sucesión cronológica, pues luego de aludir ciertas anotaciones de Bioy “en su diario”, bosqueja que Bioy se disponía a hablar con Alicia Jurado en “julio de 1963” sobre su reseña publicada en “agosto de 1963”, o sea: el mes siguiente: “Registró también que le comentó su disconformidad a Silvina, aclarándole que iba a hablar con Alicia, y le pidió que no dijera nada por su cuenta. Pero esa misma noche (era julio de 1963), yendo a una comida para despedir a Leónidas de Vedia que partía de viaje, pasaron a buscar a Alicia y lo primero que le dijo Silvina fue que su reseña no les había gustado nada por parecerles que no le hacía justicia ni era generosa.”  


XII de XIV
En la página 176 de la Bioygrafía, Silvia Renée Arias dice: “las historias de amor no eran incumbencia de la literatura de Borges, mientras que ya sabemos lo importante que resultaban en” la obra de Bioy. Cierto es que “las historias de amor” no son programáticas en “la literatura de Borges”, pero el tema del amor, sus formas y variantes sí están presentes, de manera dispersa y muchas veces tácita e implícita, a lo largo de su obra (poemas, cuentos, ensayos, prólogos, conferencias, dedicatorias). Baste recordar, por ejemplo, que el personaje Borges que en “El Aleph” asiste a la casa de la calle Garay cada “30 de abril”, lo hace porque considera ese día la conmemoración del cumpleaños de Beatriz Viterbo, fallecida en 1929, prima hermana del poeta Carlos Argentino Daneri, de la que Borges sigue infructuosa y patéticamente enamorado, y de la que él, en la visión simultánea del universo que le brinda el Aleph, ve “cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino”. O que en medio de un pie de página de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges, o el personaje Borges, anota: “Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre.” El cual, en la versión de la Antología de la literatura fantástica de 1940, dice: “Todos los hombres, en el instante poderoso del coito, son el mismo hombre.” O que en la serie de íntimas respuestas a la inicial pregunta “¿Qué será Buenos Aires?”, que se leen en su poema “Buenos Aires”, incluido en Elogio de la sombra (Emecé, 1969), hay un versículo que reza: “Es la mano de Norah, trazando el rostro de una/ amiga que es también el de un ángel.” Y otro: “Es el día que dejamos a una mujer y el día en/ que una mujer nos dejó.” O que en el cuento “La intrusa”, dos rústicos “orilleros antiguos” y decimonónicos, los Nilsen, que son hermanos, comparten los favores sexuales de una misma mujer y al final uno la mata. O que en “El muerto”, en el destino fatal del compadrito Benjamín Otálora, se le haya “permitido el amor” de “la mujer de pelo reluciente”, que no es otra que la mujer de su jefe: el bandolero y forajido Azevedo Bandeira. O que en “Le regret d’Heraclite”, versículo en El hacedor (Emecé 1960), se lea: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.” O que en la primera de las “Tankas” de El oro de los tigres (Emecé, 1972) cante: “Alto en la cumbre/ Todo el jardín es luna,/ Luna de oro./ Más preciso es el roce/ De tu boca en la sombra.” Y al final del homónimo poema que cierra tal poemario, el viejo y ciego poeta revela: “Con los años fueron dejándome/ los otros hermosos colores/ y ahora sólo me quedan/ la vaga luz, la inextricable sombra/ y el oro del principio./ Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores/ del mito y de la épica,/ oh un oro más preciso, tu cabello/ que ansían estas manos.” Y entre numerosos y azarosos ejemplos podría transcribirse “Ausencia”, poema de Fervor de Buenos Aires (1923), su primer libro; y por lo menos el final de “Haydee Lange” (de quien otrora estuvo enamorado y con la que soñó y quiso casarse), poema de Los conjurados (Alianza, 1985), su último poemario: “Esas cosas,/ sin nombrarte te nombran.”
Haydée Lange y Borges, de barba y boina, recuperándose
del accidente sufrido el 24 de diciembre de 1938.


En Borges. Fotografias y manuscritos (Renglón, 1987)
        Y ¿cómo olvidar “La flor de Coleridge”?, fragmento y comentario que se lee en su ensayo reunido en Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952); según apunta, ignora si esa “nota” Coleridge “la escribió a fines del siglo XVIII o a principios del XIX. Dice, literalmente: ‘Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?’

“No sé qué opinará mi lector de esa imaginación; yo la juzgo perfecta. Usarla como base de otras invenciones felices, parece previsiblemente imposible; tiene la integridad y la unidad de un terminus ad quem, de una meta. Claro está que los es; en el orden de la literatura, como en los otros, no hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y un manantial de una infinita serie de efectos. Detrás de la invención de Coleridge está la general y antigua invención de las generaciones de amantes que pidieron como prenda una flor.”

XIII de XIV
En la página 193 de la Bioygrafía apunta: “En lo que respecta a la literatura, Nuevos cuentos de Bustos Domecq estaba casi listo para ser publicado al año siguiente, en 1978”. Pero tal libro no se publicó en 1978, sino en 1977, en Buenos Aires, por las Ediciones Librería La Ciudad, con ilustraciones de Fernández Chelo. Una minucia, claro está, que recuerda otra que se lee en la página 231: “Aquellos viajes por México y Uruguay se coronaron con otra grata sorpresa: Bioy supo que su candidatura al Premio Cervantes había sido propuesta por la Academia de Letras de México y la de Uruguay, dos países que tanto quería.” Pero si bien la uruguaya se llama Academia Nacional de Letras de Uruguay, la de México se denomina Academia Mexicana de la Lengua.
Luego, en la página 206, anota: “A fines de diciembre de 1983, cuando el radical Raúl Alfonsín asumió la presidencia de la Nación, al cabo de una dictadura criminal, el período más negro de la historia argentina, Bioy se sintió esperanzado y escéptico.” Pero Raúl Alfonsín no inició su presidencia “A fines de diciembre de 1983”, sino el 10 de diciembre.
“Elvira de Alvear, amiga de Borges de la alta sociedad y autora
de un libro de poemas para el que éste escribió un prólogo. Solía
visitar a Borges en la Biblioteca Miguel Cané. Murió loca en
1959. En su memoria, Borges escribió un poema que fue inscrito
en su lápida. Fue tal vez el modelo de Beatriz Viterbo en su
relato El Aleph.


Foto y pie en Un ensayo autobiográfico (GG/CL/E, 1999).
El poema 
“Elvira de Alvear” se lee en El hacedor (1960)
y el prólogo a Reposo (Gleizer, 1937), el poemario de
Elvira de Alvear, se halla compilado en el volumen
 Jorge Luis Borges. Textos recobrados 1931-1955 (Emecé, 2001).
          Y en la página 209 dice: “Algunas interpretaciones —alentando la inevitable comparación— observaron que su ‘nóumeno’ se aproximaba mucho al aleph de Borges.” Y sintéticamente, apoyada por esas lecturas que no precisa, discurre un poco por esa falaz vertiente. 

     
Página legal e índice de Historias desaforadas
(
1ª reimpresión en Alianza Tres, Madrid, 1988)
En su 
“Autocronología” para La invención y la trama (FCE, 1988)
Bioy apunta en la entrada de 
“1986”: “Concluyo 'El nóumeno'”, con minúscula
y acento en la o. Y en la página 196 de sus Memorias (Tusquets, 1994) lo cita
con mayúscula y acento en la u: 
“El Nóumeno”.
Y según reporta Daniel Martino en su citada bibliografía para la Biblioteca Ayacucho,

“El Nóumeno”, además de en Historias desaforadas (Emecé, 1986),
se publicó el mismo año en el número 42 de Crisis.
          Pero basta leer “El Nóumeno”, cuento de Bioy incluido en Historias desaforadas (Emecé, 1986), para advertir que el tema de un “cinematógrafo unipersonal” etiquetado El Nóumeno de M. Canter (un artilugio de feria o parque de diversiones para adolescentes remisos que se toman al pie de la letra eso de que se trata de “Una novedad bastante vieja: la máquina de pensar de Raimundo Lulio, puesta al día”), al que se accede “en el Parque Japonés”, previo pago del boleto y de manera individual, y donde en “Menos de un cuarto de hora” dizque cada uno descubre algo único de sí mismo, muy poco o casi nada tiene que ver con la visión cósmica, mágica, minuciosa y simultánea que brinda el minúsculo y esférico Aleph en la parte inferior del decimonoveno escalón de la escalera del oscuro sótano de la casa de la calle Garay, donde vivió Beatriz Viterbo y donde vive el poeta Carlos Argentino Daneri y que está a punto de ser derruida por las ambiciones expansionistas de Zunino y Zungri.


XIV de XIV
Silvia Renée Arias
Foto en la 2
ª  de forros de la Bioygrafía (Tusquets, 2016)

Corolario. Lo expuesto arbitrariamente a cuentagotas no agrupa todo el cúmulo de equivocaciones y descuidos que se leen en la Bioygrafía de Silvia Renée Arias. No obstante, vale repetirlo, su lectura es amena y absorbente. Pero con la inesperada sorpresa del errado bagaje —muy cuestionable en una biógrafa— incita al lector a la suspicacia, al continuo estado de alerta y al cotejo. 


Silvia Renée Arias, Bioygrafía. Vida y obra de Adolfo Bioy Casares. Iconografía en blanco y negro. Colección Andanzas, Tusquets Editores. 1ª edición mexicana. México, junio de 2016. 344 pp.