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jueves, 13 de febrero de 2020

Misión Olvido

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas



I de IV
En “marzo de 2013” se imprimió en México la segunda edición de Misión Olvido, la segunda novela de la escritora española María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964) editada por el consorcio Planeta en Temas de Hoy, cuyas ediciones príncipes en España y en México datan de “septiembre de 2012”. Dividida en 45 capítulos (más los postreros “Agradecimientos”), Misión Olvido apareció bajo la impronta del globalizado boom de su primer best seller, de ahí que en el faldón de la portada se lea: “Vuelve la autora de EL TIEMPO ENTRE COSTURAS”.
     
(Temas de Hoy, 2013)
       Repleta de intriga y suspense, Misión Olvido es una novela de desamor y amor, y por ello,  pese a las minucias librescas, literarias, sociológicas e históricas, y a los entresijos de culterano entertainment, no está exenta de dosis patéticas, melodrama televisivo, sentimentalismo y cargas lacrimógenas. En el puzle de la trama se desarrollan tres vertientes narrativas. Una, narrada con una voz omnisciente, corresponde al español Andrés Fontana, un oscuro profesor de literatura que se quedó varado y asentado en Estados Unidos de América tras estallar en España la sangrienta y destructiva Guerra Civil (1936-1939), fallecido a los 56 años el 17 de mayo de 1969 cuando impartía clases en la pequeña Universidad de Santa Cecilia, un pueblo cercano a Sonoma, California. Otra, contada también por una voz omnisciente, corresponde al norteamericano Daniel Carter, un reputado hispanista en su país, otrora alumno del profesor Fontana en la Universidad de Pittsburg y trotamundos en la España franquista de fines de los años 50, quien en el último trimestre de 1999 tiene 64 años de edad. Y la otra, que es la vertiente principal, le atañe, en primera persona, al pensamiento femenino, a la idiosincrasia y a la voz de la española Blanca Perea, una exitosa profesora universitaria, quien en 1999, entre sus 44 y 45 años de edad, lleva en Madrid “dos décadas” bregando en su “área de trabajo”: “Lingüística aplicada, didáctica de lenguas” y “diseño curricular”. Pero al caerle encima la súbita y dramática ruptura de su matrimonio con un abogado tras casi 25 años de unión y dos hijos varones que inician ya sus vidas de adultos con 22 y 23 años de edad, opta por huir del doloroso y depresivo epicentro y por ello busca la oferta más alejada que fortuitamente se le presente. Según le dice con vaguedad la secretaria que explora en la computadora, se trata de una beca “destinada a gente con menos nivel profesional que tú”; allá en la remota “Universidad de Santa Cecilia, al norte, cerca de San Francisco”; “algo que tiene que ver con una recopilación de documentos, y buscan a alguien de nacionalidad española con grado de doctor en cualquier área de las humanidades”.

Allá cuelga mi vestido (1933)
Óleo y collage sobre masonite de Frida Kahlo
     Tras el largo vuelo que hace, en septiembre de 1999, desde Madrid hasta el aeropuerto de San Francisco, donde la recibe una tal Fanny Stern que retraída en sí misma maneja una camioneta (y que además será su auxiliar de oficina), la doctora Blanca Perea se instala en la Universidad de Santa Cecilia, precisamente en un minúsculo e impersonal departamento para profesores visitantes ubicado en el campus. Y ya en el Departamento de Lenguas Modernas, la secretaria del mismo, Rebecca Cullen, en ausencia del director, le esboza lo que ella poco sabe del oscuro y mediocre trabajo que hará durante tres meses enclaustrada en un estrecho y anacrónico cubículo: “una tarea subvencionada por una entidad privada de reciente creación, la Fundación de Acción Científica para Manuscritos Académicos Filológicos (FACMAF), cuyo objetivo consistía en la clasificación del legado de un antiguo miembro del claustro fallecido décadas atrás.” Quien resulta ser el susodicho y oscuro profesor español Andrés Fontana, cuyos papeles y documentos han permanecido, desde hace 30 años, olvidados, encajados, arrumbados y empolvados en un sombrío rincón del sótano del Guevara Hall. 

Intercalada en el decurso central de la obra, que va de septiembre a diciembre de 1999 sobre todo en Santa Cecilia, la vertiente narrativa que le corresponde al profesor Andrés Fontana bosqueja aspectos de su biografía, desde sus pobrísimos orígenes en un pueblo en el sur de La Mancha, donde era hijo de incultos padres casi analfabetos: él minero, violento, machista, torpe y alcohólico, y ella sirvienta en la ricachona casa de doña Manuelita —su proveedora de libros infantiles y juveniles, quien post mortem financió a cuentagotas, entre 1930 y 1935, sus estudios medios en el Instituto Cardenal Cisneros y los superiores en la Universidad Central de Madrid—, hasta los episodios en que como profesor de la Universidad de Pittsburg, orienta y promueve a su joven y atareado alumno Daniel Carter, primero para que obtenga una beca que le permita terminar sus cursos sin la imperiosa necesidad de trabajar para sobrevivir, y luego para que, con la beca Fulbright, que él le propone, a fines del verano de 1958 viaje a Madrid y explore en territorio español la ruta biográfica, geográfica y narrativa de la vida y obra de Ramón J. Sender, escritor prohibido y condenado por la dictadura franquista, con vías a realizar, al regreso y bajo su tutoría, su tesis doctoral sobre éste. De ahí que el profesor Fontana, que nunca retornó a la mojigata y represiva España de Franco, sentencie a la torera: “¡A ver cómo nos las arreglamos para envainársela a todos sin que se enteren!” 
Retrato de Ramón J. Sender (2015)
Óleo de Alejandro Cabeza
       Mientras que la vertiente que le corresponde al norteamericano Daniel Carter, igualmente entreverada en el decurso capitular de la obra, va de la ruptura paterna en “la pequeña ciudad de Morgantown, West Virginia”, donde creció, pues sus padres: él dentista y ella “una cultivada ama de casa”, esperaban con conservadora y convencional ilusión “Que al término de sus estudios universitarios iniciales” lograría ser “un brillante abogado o un prestigioso cirujano”, quizá egresado de la Universidad de Cornell. Pero él, contra el criterio paterno, se empeñó en formarse en literatura y lengua extranjera. Así que solicitó “una plaza para realizar estudios de posgrado en la Universidad de Pittsburg” y “logró ser aceptado en el programa de Lenguas Clásicas y Modernas”, donde su mentor y promotor fue Andrés Fontana. Y antes de la beca que éste le consiguió, para sostenerse y pagar sus estudios tuvo que emplearse de obrero, “a tiempo parcial”, “en Heinz, la gran fábrica de kétchup, judías cocidas y sopas enlatadas”. Tal vertiente comprende su ida a España a fines del verano de 1958, auspiciado con la beca Fulbright, para seguir los pasos de la vida y obra de Ramón J. Sender, donde tiene por tutor, en la Ciudad Universitaria de Madrid, al “Doctor don Domingo Cabeza de Vaca y Ramírez de Arellano”, un flemático y solemne catedrático (otrora condiscípulo de Andrés Fontana) que tiene toda la pinta y el entorno escenográfico de ser un católico y franquista redomado, autoritario, inflexible y obtuso, que, ante el joven Daniel Carter, a sí mismo se caricaturiza con melancólica ironía: “un Heroico Requeté y Caballero Mutilado por la Noble Causa de Dios, la Patria y los Fueros. Un iluso que no tuvo la suerte de su mentor, se tragó la milonga de la gran cruzada, y no supo quitarse de en medio en el momento oportuno.”    

     Esto es así porque en contraste con su impecable imagen conservadora, rígida y reaccionaria, oculto en su “profesión de medievalista”, Domingo Cabeza de Vaca preserva recuerdos, aprecio y reconocimiento a su antiguo condiscípulo Andrés Fontana, a quien no ve desde 1935. Y como recién ha tenido contacto con él por carta, le dice, luego de sondearlo fingiendo ser un intransigente déspota del establishment: “me he comprometido con Andrés Fontana no solo a actuar como su supervisor nominal para cumplir con los requisitos formales de su beca, señor Carter, sino también a ayudarle verdaderamente en todo lo que esté en mi mano.” En este sentido, además de sincerarse con el joven gringo y de revelarle infaustos detalles de su vida durante la Guerra Civil (“La guerra me arrebató a mi novia, dos hermanos y una pierna”), de su postura de entonces, de su elección académica y de su actual ideario, para que Carter realice su pesquisa sobre la vida y obra del proscrito Ramón J. Sender, y al unísono para burlar la censura franquista, lo apunta en dos clases que él imparte y por ello le dice:
    “Para que cubramos todos los requisitos académicos, le vamos a matricular en dos materias. Una será Paleografía visigoda, con especial atención al Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana. La imparto los lunes, martes y miércoles a las ocho de la mañana. La otra, Análisis comparativo de las Glosas Silenses y Emilianenses. Jueves y viernes, de siete y media a nueve de la noche.” Y ante los balbuceos e incipientes reparos de Carter en su torpe español, quien ya se ve encadenado a la yunta, añade: “Aunque quedará dispensado de asistir a las clases de ambas materias sin menoscabo de obtener en ellas la calificación de sobresaliente si le tengo aquí de vuelta el mes que viene y me cuenta qué tal le ha ido allá por el Alto Aragón.” Es decir, el profesor Cabeza de Vaca le da ala ancha para que vaya y venga por España sin reparos de su parte. Y con su retorcido y mordaz colmillo, para que comprenda y se sumerja con antelación en la provinciana españolidad que campea en los lares y recodos del franquismo, y como si se tratase de un irrebatible y veraz documento sociológico, le recomienda que vea Bienvenido, Míster Marshall, la satírica, paródica y cómica película dirigida por Luis García Berlanga: 
   
     
    “La estrenaron hace unos años, en el 53, si no recuerdo mal. Es divertida y amarga a la vez, desoladora en el fondo. Véala si tiene ocasión y reflexione después. Intente no hacer usted lo mismo que sus compatriotas en el film. Respete a este pueblo, muchacho. No pase por delante de nosotros sin pararse a entender quiénes somos. No se quede en la anécdota, no nos juzgue con simpleza. Confiamos en usted, Daniel Carter. No nos decepcione.”
       Pero el meollo de tal vertiente narrativa y de esa pintoresca estancia en la España franquista de fines de los años 50, no radica en lo que Daniel Carter vive en Madrid (apapachado y alimentado por la misma porteara que otrora le diera cobijo al adolescente y joven Andrés Fontana), ni en lo que, camuflado en un gringo papamoscas, descubre o no descubre en torno a la vida y obra de Ramón J. Sender, ni en los protocolarios reportes mensuales que le debe presentar a su tutor y padrino para seguir gozando en España la sustanciosa beca Fulbright, burlando, al unísono, la censura franquista, sino en el enamoramiento que lo sorprende y agobia en el puerto de Cartagena. Si en la vertiente narrativa que le corresponde al niño, adolescente y joven Andrés Fontana descuella el probado talento de María Dueñas para narrar las patéticas peculiaridades de la miseria y del rezago en la España de las primeras décadas del siglo XX, en la vertiente que le corresponde a Daniel Carter, aunada a ello, destaca su probada virtud para lo jocoso, paródico y risible. Habría que relatar, por ejemplo, las anécdotas de Daniel Carter, ya en Cartagena, en torno al chusco recepcionista del “hostal de la calle del Duque”, un absorto, alucinado y voraz lector de las populares novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía. 
       
Misión Olvido (Temas de Hoy, 2013)
Tercera de forros (detalle)
       Y todo lo que concierne a las voces nativas y a los personajes con que Carter tropieza (o no) en ese puerto del Mediterráneo (españoles y norteamericanos) y al modo en que, durante varios días de la Semana Santa de 1959, subrepticiamente y con celeridad se conspira y pergeña para que el joven extranjero Daniel Carter logre casarse con la joven española Aurora, entonces estudiante de farmacia en Madrid y vacacionista empleada en la botica de su padre el boticario Carranza. Es decir, tras el grosero menosprecio y el autoritario cerrazón de los padres Aurora, la locuaz, cómica, francófona y octogenaria abuela de ella le dijo que necesitaba “un padrino”. Y él, para conseguirlo, y sin conocer a nadie, se dirige, por instinto de perro apaleado, a sus paisanos del caserío gringo que, no muy lejos de Cartagena, han montado los marines de la base militar. Allí lo escuchan y acogen dos jóvenes gringas (con hijos pequeños) que sólo hablan inglés: Vivian y Rachel, esposas de marines ausentes, quienes lo llevan a la casa de Loretta Harris, una curtida y experimentada mujer que lleva “cinco lustros dando tumbos por el mundo como compañera de un bragado marino”, quien es el “capitán de navío David Harris” (también ausente), nada menos que el “jefe de la base” en Cartagena. Para sondear el intríngulis, Loretta Harris escucha en su casa al aquejado Daniel Carter. Pero la rápida pesquisa y resolución del caso lo completa con unas cuantas llamadas telefónicas de larga distancia, gracias a su nivel escalafonario y a “su compleja red de contactos”, auxiliada, además, por el sargento Ricardo Nieves, quien por “sus rasgos y hechuras” semejantes a las de un “miembro de la estirpe de Pancho Villa”, y dado su aceitado bilingüismo, competencia detectivesca y conocimiento del terreno, puede infiltrase y averiguar, pese los rituales de Semana Santa, los chismes y datos sociales y económicos de la familia de la novia, e incluso de los notables, adinerados e influyentes de Cartagena que serán invitados a un sorpresivo bufet gringo (modalidad del “sírvaselo usted mismo” nunca antes visto por los cartageneros, ídem las delicatessen que prueban y que nunca antes habían visto ni degustado). Es decir, montados en un jeep “Un par de soldados repartió a domicilio esa misma mañana [del Sábado Santo] los imponentes tarjetones con el escudo dorado y azul de la U.S. Navy”, pues se trata de una sorpresiva Cena de Amistad en la norteamericana casa de los Harris (con decoración muy moderna y estrambótica para los tradicionalistas y pacatos cartageneros), precisamente la noche de ese Sábado de Gloria, donde el joven Daniel Carter, apadrinado por los Harris, luce impecable embutido en “un esmoquin que, saltando baches y socavones, había llegado acompañando a los alimentos desde la base de Rota tras ser enviadas las medidas necesarias con toda su exactitud”; además de que previamente, mientras Loretta Harris fuma y observa, el sargento Nieves lo instruye, como si se tratase de un agente encubierto y para que no yerre ni meta la pata, sobre lo que debe decir y no decir, aliñado esto con la certera información de sus íntimas lecturas y de su vida privada y familiar en Morgantown, y de sus estudios y trabajo fabril en Pittsburg, de que en Madrid es huésped de la viuda de un anarquista, del proscrito tema de su beca y de su tutor en España; averiguación que parece el resultado de una secreta y minuciosa pesquisa elaborada con celeridad por una infalible red de espionaje de la CIA.   

     
La novia que se espanta de ver la vida abierta (1943)
Óleo sobre tela de Frida Kahlo
        La boda del norteamericano Daniel Carter con la española Aurora Carranza ocurre tres meses después de ese picaresco y bufo tejemaneje, “a medio día de un espléndido domingo de finales de junio”. Y “a primeros de agosto de 1959”, Carter regresa con ella a Estados Unidos, “a bordo de un vuelo sobre el Atlántico”, susurrándole al oído unos amorosos versos de Pedro Salinas que se leen en su libro La voz a ti debida (1933): 

          Te quiero pura, libre  
          irreductible: tú.
          Sé que cuando te llame
          entre todas las gentes del mundo,
          sólo tú serás tú.
          [...]
    
    Pero el culmen del divertimento y de la hilaridad a quijada batiente de ese cómico episodio se sucede al final del guateque con que se induce, engatusa y concerta el infalible bodorrio. Léase, para ejemplificar, el siguiente pasaje, tomando en cuenta la baja estatura del promedio de los españoles y que Daniel Carter mide más de un metro ochenta:
    “[El sargento Ricardo] Nieves localizó a los Carranza con una mirada presurosa. Se habían desplazado a una esquina, incómodos, descompuestos, sin saber qué hacer. Daniel, entretanto, continuaba en el centro del salón, flanqueado por los anfitriones [los Harris] mientras sostenía entre las manos el vaso vacío de un gin-tonic que acababa de beberse en tres tragos, disimulando con clase y empaque su estupor ante los halagos desorbitados que sobre su persona, raigambre y formidables perspectivas profesionales Loretta pregonaba a voz en grito en un español cada vez más pastoso.
  “El sargento fronterizo [Ricardo Nieves] supo entonces que había que actuar. Inmediatamente. El farmacéutico [Carraza] y su mujer [Marichu] estaban tan desconcertados que habían perdido cualquier capacidad de reacción. Tenía que ayudarles, pero no había tiempo para sutilezas y ni subterfugios. Circunvaló por eso la estancia con pasos raudos y se colocó a la espalda de la pareja sin que percibieran su presencia. Se aproximó entonces a ellos con sigilo, hasta que su cara quedó justo entre la oreja de ella y la izquierda de él. Y tras sacarse su sempiterno Farias de entre los dientes, despachó su mensaje:
  “—O se acercan al grupo de los Harris, o al gringo lo trinca la mujer del registrador para su hija Marité y la niña de ustedes se queda para vestir santos. Ándele nomás.
  “Ni el pinchazo de una navaja habría espoleado a Marichu Carranza con mayor eficacia. Todavía se estaba el boticario preguntando de dónde diantres había salido aquel tipo en uniforme de la U.S. Navy que hablaba el español como Cantinflas, cuando su mujer ya lo había agarrado del brazo y lo arrastraba hacia el grupo donde el rostro de Daniel destacaba por encima de las demás cabezas.
  “Del resto, una vez más, se encargó Loretta.
   
La conga de Jalisco
        “La fiesta acabó a las cuatro de la madrugada en el jardín, bailando todos La conga de Jalisco alrededor de la residencia. Nieves observaba satisfecho la escena en la oscuridad, abrazado a un árbol mientras apuraba a morro una botella de tequila Herradura. La señora Harris abría la comitiva con su vestido rojo arremangado hasta medio muslo. La seguía una larga hilera de cuerpos mezclados de las formas más inverosímiles. Daniel iba aferrado a la cintura de la madre de su novia y el farmacéutico Carranza levantaba las piernas desacompasadamente, agarrado a su vez a la chaqueta del esmoquin de su futuro yerno. El concejal de orden público [que ya había intentado ‘meter mano a la mujer de un capitán de corbeta de la U.S. Navy que andaba ya con una castaña monumental’], sudoroso, con la pajarita deshecha y la camisa medio desabotonada, babeaba emparedado entre el portentoso trasero de Vivian y la delantera exuberante de Rachel. El jefe de la base conjunta hispano-norteamericana [el capitán Harris] cerraba el desfile, inconsciente todavía de haber anotado un mérito más en el expediente de los históricos acuerdos bilaterales suscritos entre los gobiernos de España y los Estados Unidos en el Pacto de Madrid.” Firmado, en la vida real, el 23 de septiembre de 1953. No obstante, el presidente norteamericano, Eisenhower, sólo visitó la España del dictador Franco una vez: el 21 de diciembre de 1959.

La conga de Jalisco



II de IV
Ese episodio de manipulación, espionaje y persuasión gringa en Cartagena da visos de que la picaresca y el padrinazgo no son cotos exclusivos del arquetipo del español, pues obviamente ese grupo de norteamericanos usaron recursos pecuniarios e infraestructura militar (y al parecer de inteligencia) para apadrinar y beneficiar a un compatriota en un efímero dilema personal sin trascendencia táctica ni logística y al unísono para regocijarse y divertirse por la libre. Y, curiosamente, la picaresca, el padrinazgo, y el poder de la influencia y de la persuasión, pese a que no son temas nodales de la obra, reptan con notoria sinuosidad por las páginas de esta novela de María Dueñas.
   
María Dueñas
       Véanse otros ejemplos. Tras fallecer doña Manuelita “la víspera de la Nochebuena de 1929”, el adolescente Andrés Fontana, apadrinado por las disposiciones testamentarias de su madrina de facto, a principios de enero de 1930 se traslada a vivir en Madrid “como huésped en casa de los porteros de un inmueble” que era “propiedad [de la finada] en la calle de la Princesa” y sin pagar un solo quinto. Y cuando por primera vez va al Instituto Cardenal Cisneros acompañado por el hablantín esposo de la portera, el muchachito Andrés Fontana lleva consigo una carta de recomendación de doña Manuelita dirigida a “don Eladio de la Mata, el director”, y por ello los recibe en “su despacho repleto de libros, diplomas enmarcados y retratos de otros hombres igualmente notables que le habían precedido en el cargo”. Y según dice la voz narrativa, “El mismo tesón con el que logró superar el bachillerato guio al chico en la carrera [ya en la Facultad de Filosofía y Letras] destacando de tal forma que en su tercer año el profesor Enrique Fernández de la Hoz, catedrático de Gramática histórica, le propuso participar como becario colaborador en los cursos de español para extranjeros que se celebrarían en el siguiente trimestre.” Padrinazgo que fue un golpe de suerte para otro padrinazgo y golpe de suerte, pues al término de esa tarea de “lazarillo fiel en sus casi noventa días de andanzas” (entre “enero de 1935” y “finales de marzo”), una de las profesoras del grupo, “Sarah Burton, la rubia esbelta que siempre llevaba pantalón y fumaba sin parar dejando un borde perpetuo de carmín en las boquillas”, “le informó de que su universidad [en Michigan] tenía establecido un programa de becas anuales para auxiliares de conversación con extranjeros. Si estaba interesado, podría recomendarle. En caso de aceptar, además de enseñar su propia lengua, tendría la oportunidad de aprovechar el año para aprender inglés y continuar con su formación tomando clases relativamente afines a las de su titulación: lingüística, historia de América, literatura comparada. Al término del curso podría volver a Madrid y reincorporarse a su carrera tras haber visto algo de mundo, vivido otras experiencias y adquirido nuevos conocimientos.” Entrevisto así el prometedor panorama en el ignoto Mundo Nuevo, resulta consecuente que el joven Andrés Fontana haya seguido la pauta de esa recomendación (que tácitamente movió los hilos a su favor) y por ende “El 14 de julio de 1935” se “embarcó en el puerto de Cádiz en una litera de los sollados del Cristóbal Colón rumbo a un país inmenso y desconocido.”
     
Cathedral de Pittsburg
      Y ya en una época posterior, el largo y angular padrinazgo del profesor Andrés Fontana hacia su alumno y pupilo Daniel Carter, inicia en 1956, en la Universidad de Pittsburg, no por una cuestión académica, sino por una picaresca transacción extraescolar de claro influyentismo. En el aula, con su catedrática verbosidad el profesor Fontana expone y reflexiona con sus alumnos sobre un póstumo verso de Machado, “De pérdida y exilio, de letras trasterradas y del cordón umbilical de la memoria”, de “los poetas del 27 y la fascinación por el conflicto sangriento entre hermanos”, de las “Nanas de la cebolla” de Miguel Hernández, todo lo cual persuade a Daniel Carter a optar por el estudio de la “lengua y literaturas hispánicas”, en vez de elegir la lengua y literatura francesa. Y aún antes de saber exactamente para qué, levanta el dedo y se propone como el voluntario que el profesor solicita entre sus alumnos. En este sentido, le dice el maestro: “Lo voy a necesitar tres días. Vamos a celebrar un encuentro de profesores hispanistas, una especie de congreso. Nos reuniremos aquí desde el jueves, deberá tener total disposición de horario para cualquier cosa que precisemos hasta el sábado por la tarde, desde acompañar a los visitantes a sus hoteles hasta servirnos el café. ¿Sigo contando con usted o ya se ha arrepentido?” 
    Según la omnisciente voz narrativa, “A pesar de que Fontana les había hablado de lo que significaba el exilio al hilo del verso de Machado [Estos días azules y este sol de la infancia], Daniel apenas sabía nada por entonces de los numerosos catedráticos y ayudantes de la universidad española que dos décadas antes hubieron de emprender aquel amargo camino. Algunos se había marchado durante la contienda, otros lo hicieron a su término al ser destituidos de sus cargos. La mayor parte inició un periplo por la América Central y del Sur vagando de un país a otro hasta encontrar asiento permanente; un puñado de ellos se acabó estableciendo en los Estados Unidos. Hubo también quien regresó a España y se acomodó buenamente como pudo a los preceptos intransigentes del régimen. Hubo quien regresó y se mantuvo firme en sus principios a pesar de la crudeza de las represalias. Y hubo además quien nunca se fue y vivió un exilio interno, amargo, mudo [como es el caso del profesor Cabeza de Vaca]. La nómina de la diáspora intelectual fue bien nutrida y con algunos de ellos habría de reunirse Andrés Fontana tan solo unos días después.” Entre ellos vacas sagradas, como Américo Castro y Vicente Llorens. Vale observar, no obstante, el lapsus en que incurre la omnisciente voz narrativa en ese breve recuento, pues el omitido México, que no es “América Central”, no sólo fue un lugar directo y recurrente del exilio español ante la cruenta Guerra Civil y la represiva dictadura de Franco, sino que nutrió e incidió en el decurso y desarrollo de distintos ámbitos de la cultura mexicana del siglo XX, entre ellos: la educación básica, la academia universitaria, la ciencia, el arte y la producción editorial.
   
Arribo del Sinaia al puerto de Veracruz
Junio 13 de 1939
Fondo Hermanos Mayo
        Pero el caso es que el estudiante Daniel Carter trabaja de obrero en la fábrica Heinz y durante esos tres días tendría que cubrir “cinco horas con sus sesenta minutos íntegros durante cada una de aquellas noches”, así que hace los debidos ajustes, cambalaches y endeudamientos para que sus colegas lo cubran, y para que él, sin temor al despido, pueda entregarse de tiempo completo a ese requerimiento manejando el Oldsmobile del profesor Fontana. No obstante, no contaba con que tres hispanistas, la tarde del sábado, postergaran su retorno para el domingo y por ende lo necesitan de chofer y guía para esa noche. Y el profesor Fontana, que tiene una perentoria cita amorosa con una joven extranjera que maneja un Chevrolet blanco (quizá la “profesora de biología de origen húngaro” con la que tuvo “un breve matrimonio”), para convencerlo de manera irrebatible, y pese a que esa tarea no tiene ningún “mérito académico”, y dado que se sabe influyente y con poderoso dedo flamígero, le ofrece una “de las becas para el próximo curso”. Lo cual, por fin, lo libra de esa chamba nocturna hasta que concluye sus estudios en la Universidad de Pittsburg. 
   
       Pero esa noche de sábado esto aún es incierto: “tenía que doblar turno” para compensar a los obreros que lo han sustituido. De modo que con su instinto para la picaresca, con una sarta de mentiras y algunos dólares improvisa un caricaturesco número (quizá inverosímil) que lo saca del apuro. Es decir, lleva a los tres hispanistas a la fábrica Heinz; con mucha cháchara engaña al tontorrón vigilante diciéndole que se trata de “tres representantes europeos del sector agroalimentario” “en visita comercial a la mítica casa Heinz”. 
   

      Y como si los hispanistas fueran marcianos de tres ojos recién salidos de un platillo volador o zombis estrábicos con el botón en el ombligo, les da la bienvenida al “alma de América”, a “la esencia de la vida americana”, que no es otra cosa que “¡La hamburguesa, por supuesto!”, cuya “clave”, según les canturrea, no es la carne ni en el pan ni la lechuga ni la cebolla, sino que “La clave, señores, ¡es el kétchup! ¿Y dónde está el secreto del kétchup, el corazón del kétchup? ¡En Heinz!”. 
    Así que a uno de los hispanistas le rebuzna a grito pelado: “¡Pruebe, pruebe la gloria de América, profesor!”, e “insistió obligándole a meter la mano en el depósito.” Y en medio de ese picaresco cantinfleo, además de parlotearles del maravilloso funcionamiento de la maquinaria que él desconoce, les presenta a tres jóvenes obreras (quizá con tentadores cuerpos de pecado) que ya “Iban vestidas de calle, con los labios pintados, el uniforme recién quitado guardado en el bolso y el abrigo [de] cada una de un color”: “Señores, les presento a mis amigas Ruth-Ann, Gina y Mary-Lou. Las mujeres más hermosas de todo el South Side. Las empacadoras de latas de sopa más rápidas de toda la industria manufacturera mundial. Chicas, estáis ante tres hombres sabios.” Y mientras a la rubia le entrega “disimuladamente las llaves del coche de Fontana”, les ofrece “Cinco pavos para cada una si los entretenéis durante tres horas”, “Y el jueves por la tarde, os invito al cine.” Pero Mary-Lu replica que “Seis por cabeza”, “Y después del cine, a cenar.” Y Daniel Carter acepta sin “tiempo para calcular que en ello se le iba a ir el salario de una semana entera.” Así que les anuncia a los tres hispanistas, ya enfundado en su mono de obrero:
   “—Mis queridos profesores, estas encantadoras señoritas ansían continuar enseñándoles las instalaciones de nuestra magnífica empresa. Y, después, se ofrecen a llevarlos a bailar. No encontrarán mejor compañía en toda la ciudad, se los aseguro. Aunque me temo que yo estaría de sobra entre ustedes, así que, si me lo permiten les voy a ir dejando.


       “Atónitos quedaron los hispanistas al verle salir corriendo como un loco por el pasillo del almacén. Pero las chicas, con su gracia proletaria y el desparpajo de su juventud, entre latas de alubias, cócteles y pasos de chachachá, se ocuparon de que se olvidaran pronto  de él. Para siempre recordaría el trío de profesores aquel viaje a Pittsburg como un encuentro académico sin parangón.”

III de IV
El caso es que durante septiembre y diciembre de 1999 en que la doctora Blanca Perea, auspiciada por la beca de la FACMAF, ha estado ordenando y clasificando el legado del profesor Andrés Fontana, precisamente en su cubículo del Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Santa Cecilia, casi a punto de concluir, cuando en la última etapa de los años 60 observa que el profesor abandonó los temas literarios y se ocupó de pesquisas que tenían que ver con el otrora Camino Real, es decir, con la cadena de 21 misiones católicas que los franciscanos “fundaron a lo largo de toda California”, sin buscarlo ni preverlo, de pronto descubre que detrás de las siglas de la FACMAF hay una farsa, un picaresco engaño de Mago de Oz, una maquinación montada y operada tras bambalinas por el hispanista Daniel Carter.   
En el pueblito de San Cecilia, donde la plaza central tiene un “aire de poblachón español” y por default los encuentros no son tan casuales, Blanca Perea conoce a Daniel Carter en Meli’s Market, una tiendecilla ecológica, donde, patrocinada por Greenpeace, posaría Greta Thunberg para defender la zona verde Los Pinitos y al unísono para que la vieran y oyeran los todopoderosos de la cumbre de Davos y de Wall Street, y todas las alharaquientas tribus de las catacumbas de la aldea global preocupadas por el cambio climático y la preservación y el cuidado de los ecosistemas del planeta. 
   
Greta Thunberg
        Según narra Blanca Perea, “De camino a casa, me detuve a comprar algo para la cena. Solía cubrir mis necesidades domésticas en Meli’s Market, en un callejón junto a la plaza central. A pesar de la aparente falta de pretensión del local, con sus suelos de madera sin pulir, las paredes de ladrillo visto y aquel aire de viejo almacén de película del Oeste, las múltiples delicatessens y los productos orgánicos etiquetados con elegante simplicidad evidenciaban que se trataba de un establecimiento destinado a paladares sofisticados y buenos bolsillos, y no a estudiantes y familias medias con presupuestos ajustados para llegar a fin de mes.” Pues ocurre que en ese elitista changarro Daniel Carter anda de compras con Rebecca Cullen, la secretaria del Departamento de Lenguas Modernas, porque son viejos y entrañables amigos (desde que él dio clases allí entre 1966 y 1969, y Paul Cullen, el entonces esposo de Rebecca, era profesor de filosofía). Así que Rebecca le presenta a Daniel Carter. Y en la breve charla que tienen, Blanca se entera de que es “profesor de la Universidad de California en Santa Bárbara”, que, dice, disfruta de “un año sabático” y dizque anda “terminando un libro” sobre la “Narrativa española de fin de siglo”. Pero lo más relevante es que menciona su beneplácito porque la “misión” de Blanca sea el “rescate del legado de nuestro viejo profesor”, uno de sus “Grandes amigos españoles”, entre sus idas y venidas de España. Y el lector se pregunta por qué, si fueron “Grandes amigos”, en 30 años no dijo ni mu ni pío, ni movió un dedo para exhumar, desempolvar y ordenar ese legado y colocarlo en el sitio que le corresponde en la Universidad de Santa Cecilia. Intriga y suspense in crescendo durante el decurso de la novela, cuyo dramático trasfondo sólo se desvela casi al final de la estancia de Blanca Perea en Santa Cecilia.

El doctor Luis Zárate, el atildado cuarentón que dirige el Departamento de Lenguas Modernas, invita a la doctora Blanca Perea a que imparta un curso abierto e informal de extensión universitaria sobre “aspectos de la España actual”, que se anuncia con el rótulo de Español avanzado a través de la España contemporánea (“un seminario de cuatro horas semanales a lo largo de ocho semanas”). Esto lo acuerda; pero declina participar en el panel sobre “el mes de la Hispanidad” que, le dice, en EU se celebra cada año “entre el 15 de septiembre y el 15 de octubre”. No obstante, asiste al repleto salón de actos donde se efectúa el coloquio. Y entre los variopintos ponentes ella ve a Zárate y a Carter que luego sostienen una falsa y hueca polémica que evidencia una rivalidad y antipatía personal que parece divertir a Carter.
Viene a cuento esto porque en una cena que Luis Zárate tiene con Blanca en Los Olivos, entre la resentida y envilecida cháchara contra Daniel Carter, además de detalles sobre el perfil académico de éste que ella desconocía, le chismorrea que “A finales del curso pasado”, Carter lo llamó desde Santa Bárbara y luego lo visitó en su oficina para convencerlo de que el departamento que él dirige “interviniera activamente en el asunto [de Los Pinitos] con todos sus recursos”.  
    Es decir, Los Pinitos es una zona verde de Santa Cecilia, de propiedad incierta desde el siglo XIX (no hay documentos que certifiquen al propietario), donde los lugareños y alumnos de la universidad suelen hacer paseos a sus anchas, excursiones y picnics, y donde ahora, las autoridades, en connivencia con una poderoso consorcio, pretenden erigir un centro comercial con juegos tragamonedas para toda la tipificada, masificada y cosificada familia consumista, y el lapso para recurrir tal proyecto vence el 22 de diciembre de 1999. Y ante la inminente destrucción de Los Pinitos (y de esto ella ha tenido noticia a través de anuncios y pancartas clavadas en lugar, del periódico universitario, de carteles en los pasillos, de la TV local y del Santa Cecilia Chronicle) se opone una ruidosa plataforma ciudadana en la que participan alumnos y maestros universitarios, pero no Luis Zárate. Y por ello, pero sobre todo por la hostilidad contra Daniel Carter, además de afirmarle a Blanca que ignora a qué “recursos” se refería, le dice: “No lo sé, no le di opción a que me lo explicara. No sé si pretendía que todos los profesores firmáramos un manifiesto, o que movilizáramos a nuestros estudiantes, o que realizáramos donaciones para la causa... Me negué a seguir escuchándole antes de que entrara en detalles. Aquel asunto entonces me resultaba indiferente en la misma medida en que me resulta hoy. Pero no podía consentir que alguien totalmente desvinculado ya de esta universidad, por muy célebre que sea fuera de ella, viniera a coaccionarme. A decime lo que yo tengo o no que hacer en mi trabajo y las medidas que debo tomar en según qué cuestiones tan ajenas a nuestras competencias.” 
     Esa diatriba y perorata da pie a que Blanca Perea confirme en una computadora de la biblioteca, y en los estantes, el largo currículum bibliográfico del doctor Daniel Carter: “Aquello era el trabajo de un académico de enorme solvencia”, dice casi boquiabierta, “no el quehacer de un simple profesor aburrido sin más obligaciones que acompañar a una colega recién aterrizada a visitar misiones franciscanas y a beber cerveza en un pub irlandés” (en Sonoma). Y toda esa información la incita a unir cabos en torno al paulatino acercamiento hacia ella por parte del célebre hispanista y en torno a lo que le ha venido aconteciendo alrededor de su trabajo de ordenar y clasificar el legado del oscuro profesor Andrés Fontana; que sólo le empezó a interesar a partir de una foto del “verano del 68 en el Cabo San Lucas, en la Baja California”, en la que lo ve posar con los Carter y los Cullen, jóvenes parejas con facha de pacifistas jipis de los años 60 y por ende en el Festival de Woodstock. Es decir, por un lado se topó con que a los documentos de Fontana les falta la última parte referente a las 21 misiones franciscanas del Camino Real. Por el otro, interpreta el acercamiento de Carter, con visos amistosos y afectivos, como una manera de inducirla y manipularla. Por ejemplo, parecía estar de paso en Santa Cecilia, pero luego de conocerla renta un departamento para “quedarse más tiempo del que tenía planeado”. 

        Y tras conversar con él en el Selma’s Café —donde se oía una rolita de Déjà vu (1970), el emblemático elepé de Crosby, Stills, Nash & Young—, antes de introducirla en la manifestación en pro de la preservación de Los Pinitos que pasa por allí con una estridencia precedida por “El chico de las rastas y el bombo, como un flautista de Hamelín alternativo”, y de reiterarle que en ese lugar solía pasear Fontana, le comparte el número de su celular y el de su casa en Santa Cecilia. El día de su 45 aniversario le regala una ilustrativa historia de California que le brinda luz sobre las misiones franciscanas. Sin que ella se lo haya dicho, sabe que estudió en la Complutense. Y así como si nada le inocula el gusanillo de la curiosidad; es decir, le pregunta si entre los papeles de Fontana ha “encontrado alguna referencia a una supuesta misión Olvido”. Y luego la lleva en su Volvo a que visite los vestigios de la minúscula misión de Sonoma y a beber cerveza en el pub irlandés. En este sentido, ante el extraño hecho de que Carter no le quiso revelar el nombre de la mujer que murió en el mismo accidente automovilístico en que falleció Andrés Fontana el 17 de mayo de 1969 (manejaba su viejo Oldsmobile y llovía), una sospecha la mueve a ir a la hemeroteca de la universidad, donde el microfilm del Santa Cecilia Chronicle le desvela el secreto mejor guardado: Aurora Carter, de 32 años, esposa del profesor Daniel Carter, murió junto al profesor Andrés Fontana, quien tenía 56 años. En medio de la constatación y del nervioso desconcierto, teclea un mensaje electrónico a la secretaria que la auxilió en Madrid pidiéndole información sobre la FACMAF. Y esa secretaria en medio de su respuesta le dice: “he rescatado de la papelera el mensaje con el núm de tel de la persona de la FACMAF con la que entonces contacté, un tío muy enrollado que hablaba perfecto español.” Según narra Blanca Perea a continuación:
    “Aspiré con ansia una bocanada de oxígeno, levanté el auricular de mi viejo teléfono [la antigualla del cubículo] y marqué el número con el que Rosalía concluía su mensaje. Tal como me temía, al quinto tono saltó una voz grabada. Primero habló en su lengua. Después en la mía. Breve, rápido y conciso. Para qué más.
   “Este es el contestador automático del doctor Daniel Carter, departamento de Español y Portugués de la Universidad de California, Santa Bárbara. En estos momentos me encuentro ausente por motivos profesionales. Para dejar su recado, contacte con secretaría, por favor.”
    Esto provoca un airado reclamo contra Daniel Carter por parte de Blanca Perea; y él, para apaciguar y conciliar las turbulentas aguas, le da mil y una explicaciones positivas y persuasivas, pero parciales, entre las que sobresale el hecho de que, para burlar la susodicha negativa de Luis Zárate y al unísono vincular desde el anonimato al Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Santa Cecilia en la defensa de Los Pinitos, tuvo (como experimentado pícaro y titiritero) que inventar la supuesta e inexistente Fundación de Acción Científica para Manuscritos Académicos Filológicos, cuyas siglas: FACMAF, en realidad son un tributo a los fallecidos el mismo día, pues significan: Fondo Aurora Carter para la Memoria de Andrés Fontana, cuyo capital, que ha subvencionado la beca de Blanca Perea, según le dice, proviene de la mitad de los ahorros del profesor Fontana heredados a Aurora, y que al morir ella le correspondieron a él; pero, dice, nunca tocó el dinero hasta ahora y para tal subterfugio y cometido.
   El caso es que en tal discusión, con puntos aún oscuros para Blanca, incide la sorpresiva cita que a ambos les hace Darla, la madre de Fanny Stern, una anciana setentona en silla de ruedas, de repulsivo carácter y aspecto y aguda y sarcástica lengua viperina. Aquí vale advertir que Darla Stern, además de que fuera la secretaria del Departamento en los tiempos en que Fontana lo dirigía, era su íntima asistente y amante, y que él le tenía mucho cariño a la niña Fanny, pese al congénito retraso mental que la distingue (“torponcita”, la tilda Blanca Perea), y que además del aprecio, de los regalos, golosinas y paseos que de chiquilla le brindó el profesor, le dejó como herencia (según el testimonio de Carter) la otra mitad de su dinero, que al parecer se agotó, pues la cita que les hace Darla en su pobretón y sucio domicilio obedece al inminente regreso a España de Blanca Perea (se va en unos días: el 22 de diciembre), aunado al hecho de que al legado de Fontana le faltan los últimos documentos, los cuales ella conservó durante 30 años en cochambrosas cajas, y Darla se los ofrece en venta a Carter por un sustancioso precio: la cantidad que le permita adquirir “un apartamento de dos habitaciones en un complejo residencial para personas con necesidades especiales” (padece artrosis y a su ingenua hija, por lo visto, no le funciona del todo la sesera).
     Vale resumir que en la revisión y ordenamiento de los documentos, objetos y papeles que estaban en las cajas compradas a Darla Stern, labor que hacen Carter y Blanca a toda prisa bajo la batuta de ésta, los apremia el corto tiempo por dos cosas que se sucederán (y suceden) el mismo día 22 de diciembre de 1999: el fin del lapso para recurrir el proyecto comercial en Los Pinitos y el retorno de ella a España (su vuelo está programado a las seis de la tarde en el aeropuerto de San Francisco). Así que lo relevante contra el tiempo es hallar una prueba fehaciente que impida la destrucción de esa entrañable zona verde, pues las excavadoras ya están allí en espera del arranque y estudiantes y maestros han acampado para impedirlo. Y en los previos momentos que anteceden al fin del lapso para recurrir, llega la policía dispuesta a desalojar y a cargar contra lo que se les ponga enfrente.
     Puesto que la revisión documental la inician en el departamento de Daniel Carter, Luis Zárate va allí a exigirles la entrega de las cajas, que reclama como propiedad de la Universidad de Santa Cecilia. Y muy airado y con mucha malaleche los amenaza con varios reportes y chivatazos que dañarían su trayectoria y prestigio académico. Así que Daniel Carter, a modo de contraataque, saca a relucir la ardiente espina que subyace en la rivalidad y en esa perentoria exigencia: “Hace casi ocho años”, en “marzo de 1992”, el doctor Luis Zárate quiso ocupar un puesto en “Mountview University”, pero el dictamen negativo de Carter se lo impidió. Para hacerse oír entre los gritos y amenazas de los doctores, y para más o menos apaciguar a las fieras y aplicarles un bozal en un santiamén, la doctora quiebra una botella de cerveza “contra el quicio de una puerta”. Y entre lo que alega para que Zárate les dé un margen para trabajar, queda claro que de darse a conocer la inexistencia de la FACMAF, él también resultaría cuestionado, puesto que como director del Departamento de Lenguas Modernas, no verificó y dio consentimiento y luz verde al fraude.
     Sólo restan tres días para la ida de la doctora “y para el fin del plazo contra el proyecto de Los Pinitos”, cuando, por el acuerdo con Luis Zárate, la revisión del contenido de las cajas se traslada a la casa de Rebecca Cullen (dizque “territorio neutral”), donde Blanca ve, con sus reduccionistas, petulantes y peyorativos prejuicios, “un gran cuadro” que le recuerda “la estética naif de Frida Kahlo”. 
   
El venadito (1946)
Óleo sobre masinote de Frida Kahlo
      Pero la delirante y exhaustiva tarea parece indicar que no hay ningún documento que detenga a las excavadoras. No obstante, se presentan dos hechos que sí logran detenerlas. Por un lado, Blanca halla un sobre cerrado procedente de la Misión de Santa Bárbara, en cuyo interior hay dos textos manuscritos. Uno es una carta, fechada el “15 de mayo de 1969”, escrita por un fraile franciscano y dirigida al profesor Fontana, que da cuenta de la reciente visita que hizo éste al archivo junto a la “amable señora española que lo acompañaba” (o sea: Aurora Carter), donde le dice que al revisar los anaqueles un “simple pedazo de carta” “pasó al parecer por ustedes desapercibido, el cual, al no poder ser catalogado por carecer de datos suficientes, le hago llegar como mera curiosidad y testimonio de mi personal reconocimiento a su gran interés por la historia de nuestras queridas misiones.”
Vale subrayar que tal carta, en la presente novela de María Dueñas, figura completa e impresa con letra manuscrita; misiva que el profesor Fontana nunca leyó, puesto que además de que el sobre estaba cerrado, murió, junto con Aurora Carter, dos días después de haber sido fechada y escrita. Y tampoco leyó la hostia y carozo de la mazorca: el “pedazo de carta” que el franciscano le remitió, el cual da indicios de que el profesor no andaba desencaminado en su hipótesis de que, allí en Los Pinitos, hubo una “última misión franciscana del legendario Camino Real. La nunca catalogada, la que hacía el número veintidós: la más frágil y efímera, esa que Andrés Fontana, con fundamento o sin él, dio en llamar misión Olvido.” 
    Ese fragmento de carta manuscrita, que también figura completo, fue redactado por el fraile franciscano José Altimira con una letra tan diminuta que hay que leerlo con la lupa de Sherlock Holmes. Allí reporta que un grupo de indios, armados con “macanas y arcos con flechas”, destruyeron la “modesta construcción” y asesinaron a “siete neófitos” (o sea: a siete indios conversos que in illo tempore renegaron de su etnia, de su nombre indígena, de su ancestral identidad y cosmogonía, y se doblegaron y postraron a un dogma invasivo, destructor, conquistador y trasatlántico), “habiendo sido todos ellos enterrados entre pinos en la tierra basamentada de nuestra humilde misión bajo simples lozas grabadas con una cruz del Señor y las iniciales de su nombre cristiano y el año 1827 de su fatalidad.”
  Y ese trozo de carta se torna en el documento que detiene a las excavadoras cuando en Los Pinitos, de un modo imprevisto, aparecen los vestigios de ese “minúsculo cementerio de la misión”; las piedras “grabadas con torpeza”: las iniciales, la cruz y el año “1827”.
  Así que ya “pasadas las once y media de la mañana”, Daniel Carter, Blanca Perea y el coaccionado e inducido Luis Zárate ya están en Los Pinitos para efectuar el público y mediático anuncio ante “las cámaras de la televisión local” y los miembros de la plataforma: estudiantes, maestros y lugareños que se hallan congregados allí para impedir el paso de las excavadoras (“Todos llevaban sobre sus ropas las camisetas naranjas reivindicativas”). El trío dinámico acuerda que sea ella la portavoz que exponga en español y que Zárate traduzca al inglés. Y en el meollo de su discurso argumenta: 
 
María Dueñas
       “Desafiando una vez más a sus superiores, movido quizá por una mezcla de frustración y rebeldía o por la fuerza inquebrantable de su fe, el padre Altimira, uno de los últimos frailes en llegar a California desde la vieja España avanzó a pie hasta esta zona entonces inhóspita y, sin medios, ni ayuda, ni permiso alguno, fundó una modestísima misión. Le acompañaban tan solo unos cuantos indios, esos neófitos que junto a él habían sobrevivido al incendio de Sonoma y que ahora reposan bajo estas lápidas después de que perdieran la vida en un ataque indio posterior. Como veis, nada queda ahora de aquella construcción quebradiza e insignificante que Altimira levantó, a excepción de los restos de lo que fuera su cementerio. Su pervivencia fue fugaz, circunscrita como mucho a un puñado de meses. Y, aunque no tenemos constancia de ello, contagiados por la utopía de Andrés Fontana, queremos pensar que el padre Altimira, en una evocación a su propio desamparo, la consagró como la misión de Nuestra Señora del Olvido.”

IV de IV
En el citado faldón de la portada de Misión Olvido también se lee la siguiente frase en letra manuscrita: La mejor historia está siempre por vivir. Quizá. Porque rumbo al aeropuerto de San Francisco, Blanca Perea y Daniel Carter, quien la lleva en su Volvo, inician el preludio de un vínculo amoroso que parece prometedor. Pero tal vez no sea así. ¿Cómo saberlo? Y todo resulte incierto, vaporoso y evanescente, tal y como quizá ocurra con la defensa de Los Pinitos, pues en el país de la Coca-Cola y de las hamburguesas envueltas en plástico, de Disneylandia, de los casinos de Las Vegas, de la Segunda Enmienda, de la industria de las armas y su contrabando territorial y extraterritorial, del alto consumo de drogas y alcohol, de Wall Street y los grandes centros comerciales sin dilemas éticos ante la contaminación y el impacto ambiental y sociocultural, apenas está por iniciar “el complejísimo entramado jurídico que arrancaría una vez se presentara el recurso” antes de las dos de la tarde de ese día.
   
    
     Pero lo que resulta curioso es el hecho de que Blanca Perea, que tanto cuestionó la manipulación de Daniel Carter, también manipula e incurre en cierta picaresca. En alguna de las cajas que Daniel Carter le compró a Darla Stern hallan una cruz que, por lógica y por muy rústica e inútil que sea, forma parte del legado de Fontana, de sus objetos personales, puesto que luego de la revisión, el contenido de las cajas pasó al resguardo que obra en la Universidad de Santa Cecilia. Se trata de “Una humilde cruz de madera, apenas dos palos mal atados con un cordel hecho hilachos.” Primero ella y Carter la usan a modo de talismán o vigilante y protector fetiche de su pesquisa. Y luego ella se la queda. Y como si ofreciera un souvenir se la regala al mentado de Luis Zárate, a quien Los Pinitos y el legado de Fontana le importan un vil comino hundiéndose en el excusado; es decir, como si esa cruz fuera una baratija, un yoyo o la olvidada resortera de un chamaco que disfrazado de apache masacraba pájaros entre Los Pinitos. 
   
Misión Olvido (Temas de Hoy, 2013)
Segunda de forros (detalle)
         Pero lo más arbitrario y controvertido es que con el espíritu de Torquemada condena a la hoguera y extingue en las llamas un poema íntimo tecleado por Andrés Fontana, un documento que es parte de su legado y de su biografía, que Daniel Carter, pese a que es el heredero que testamentariamente heredó los libros de su mentor, pudo nunca leer ni enterarse de su existencia, puesto que es ajeno a las administrativas disposiciones de la Universidad de Santa Cecilia donde se resguarda y cataloga el legado documental, aunado al significativo hecho de que desconoce sus pormenores (y al parecer no pretende conocerlos) y de que durante tres décadas no le importó y se olvidó de él. Ese poema collage y larvario, quizá premonitorio de su fallecimiento, compuesto con aliteraciones y versos de la primera estrofa del poema “Donde habite el olvido”, perteneciente a Los placeres prohibidos (1931), libro del poeta sevillano Luis Cernuda, testimonia el profundo y apasionado enamoramiento (un candente amour fou) que el profesor Fontana vivió ante la joven y hermosa farmacéutica Aurora Carter (donde teclear su nombre, pronunciarlo, deletrearlo, desmenuzarlo y jugar con él implica hacerlo con ella más allá del límite del gozo y la delicuescencia, más allá del fin de los días terrenales y por toda la eternidad, como si hubiera vislumbrado y padecido el non plus ultra de la quintaescencia, una especie de Amor constante, más allá de la muerte: Polvo serán, más polvo enamorado); entresijos que por entonces y superficialmente no ignoraba el joven profesor y absorto ensayista Daniel Carter aporreando, como un poseso y cautivo, su máquina de escribir, según se entrevé entre la verborrea y los hirientes reproches que Darla Stern le sorraja a quemarropa durante el virulento entretanto que precede a la compra de las cajas. Intríngulis fracturado con la intempestiva muerte accidental de Fontana y Aurora, muy doloroso y traumático para Daniel Carter, puesto que huyó de Santa Cecilia y durante tres años, perdido en un pueblo cercano a Zihuatanejo y con la facha de un andrajoso vagabundo maloliente, se abandonó a la desidia y a la droga. Pero con ayuda de Paul Cullen, y de sí mismo, logró salir del pantano y del desasosiego. Y después de tres décadas del trágico suceso y de los 30 años en que condenó al olvido el legado documental de Fontana, parece tener ya la cabeza fría en torno esos neurálgicos menesteres y de haber puesto las cosas en su lugar.
     
Las dos Fridas (1939)
Óleo sobre tela de Frida Kahlo
        Haciendo conjeturas, y espoleada y catapultada por las agrias palabras de Darla Stern, la doctora Blanca Perea, después de su “última clase en Santa Cecilia”, va hacia su cubículo, como alma que lleva el diablo, a confirmar su “presentimiento”, su “pálpito”. Según narra:
    “Volví al despacho apretando el paso por los pasillos mientras mi convicción ganaba peso. Entré en tromba, me arrodillé ante uno de los montones de papeles y comencé a hurgar en sus entrañas a dos manos. Hasta que apareció. Una hoja de papel amarillenta en la que Fontana, con la tipografía de las antiguas máquinas, había mecanografiado una estrofa de un poema de Luis Cernuda. Un breve documento más, archivado como tantos entre sus escritos.
    “Los cuatro versos iniciales del poema Donde habite el olvido, con unas anotaciones adicionales.
   “Y entre ellos, la evidencia.” Que en esa página de la novela se lee completa, con una tipografía que imita los tipos del anacrónico artefacto con que fue tecleado por el profesor:

          “Donde habite el olvido,
          “En los vastos jardines sin aurora
               “s i n a u r o r a
                   “aurora – a-u-r-o-r-a – Aurora
               “sin aurora sin Aurora
                           “AURORA  A – U – R – O – R - A
          “Donde yo sólo sea memoria de una piedra sepultada
          “entre ortigas
          “Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
                                 “A – U – R – O – A
                                              “aurora
                                          “Sin Aurora
                                   “Jardines sin aurora
                                            “Sin Aurora
                                               “Aurora
                                                   “Tú”

    
(FCE, 2002)
      Y aquí vale recalcar lo obvio: cuando por esos lares andaba vivito y coleando, el profesor Andrés Fontana no era una impoluta y aséptica escultura de mármol. Y por ende casi resulta tautológico decir lo consabido: toda persona tiene claroscuros y contradicciones. Y que la debilidad sexual, afectiva y erótica, y las infidelidades están a la orden del día, desde la noche de los tiempos y por los siglos de los siglos, amén. La misma Blanca Perea lo confirma cuando resume coincidencias existenciales y melodramáticas entre ella (abandonada por su marido unos meses atrás), Darla Stern (abandonada por su amante el profesor Fontana cuando en el escenario de Santa Cecilia apareció la figura de Aurora Carter) y su admirada y querida Rebecca Cullen (periódicamente abandonada por su mujeriego marido hasta la separación definitiva). Todo ello a partir del subyacente runrún de una fotografía datada en Santa Cruz, Beach Boardwalk, summer 1966, en la que el profesor Andrés Fontana posa junto a la niña Fanny y su madre Darla Stern, quien parece bordear los 40 años de edad. Según dice Blanca de la imagen: “lo que más me llamó la atención fue la mano de él. En la cintura de ella. Con confianza, sin rigidez. Sosteniendo todavía el pitillo entre los dedos, como si aquel rincón del cuerpo de Darla le fuera un territorio del todo familiar.” De ahí que más adelante diga reflexionando al respecto:
El suicidio de Dorothy Hale (c. 1938)
Óleo sobre masonite de Frida Kahlo
       “Luz y sombra de la esencia humana en dos mujeres distintas desde la raíz del pelo a las uñas de los pies [Rebeca Cullen y Darla Stern]. La que asume y avanza frente a la que rumia el resentimiento como un chicle amargo al que, a pesar de las décadas, aún le queda sabor. Cruzando el campus casi vacío ya en puertas de la Navidad, de pronto fui consciente de que, a lo largo de la última media hora que pasé en el Guevara Hall, cada cual a su manera, las dos me habían llegado a conmover. Salvando sus diferencias, ambas habían peleado en su momento por un propósito similar. El mismo, en cierta forma, por el que yo había luchado durante veinticinco años también: ver crecer a nuestros hijos, tener cerca un compañero, construir un hogar en el que por las mañanas se colara la luz del sol. Los instintos primarios que desde que el mundo es mundo habían movido a las mujeres de la humanidad.

Autorretrato con pelo cortado (1940)
Óleo sobre tela de Frida Kahlo
       “Las tres, sin embargo, habíamos resbalado y caído al barro en algún momento inesperado. A las tres un mal día nos dejaron de querer. Ante el abandono y la incertidumbre, frente al desamor y la crudeza irreversible de la realidad, cada una se defendió como pudo y batalló con las armas que tuvo a su alcance. Con buenas o malas artes, con lo que el intelecto, las vísceras o el puro instinto de supervivencia nos pusieron a mano a cada cual. El reparto de talentos siempre fue arbitrario, a nadie le dieron a elegir.”



Unos cuantos piquetitos (1935)
Óleo sobre lámina de Frida Kahlo


María Dueñas, Misión Olvido. Ediciones Temas de Hoy. Segunda reimpresión mexicana. México, marzo de 2013. 512 pp. 


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viernes, 10 de enero de 2020

Las hijas del Capitán

Gracia tienen para parar un tren

I de VII
Editada por Planeta en la serie Autores Españoles e Iberoamericanos, en mayo de 2018 se publicó la primera reimpresión mexicana de Las hijas del Capitán, cuarta novela de la narradora española María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964), dividida en 105 capítulos distribuidos en seis partes, más un “Epílogo”. En la tercera línea de su dedicatoria, María Dueñas, desde el alto, sonoro y panóptico minarete de su prestigio narrativo, proclama ante los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y expoliada aldea global: A todos aquellos a los que la vida empujó a emigrar. Esto no es gratuito, pues a través de los vulnerables y humanizados protagonistas de su obra, centralmente ubicados en territorio neoyorquino en 1936 (antes de que en España estalle la cruenta Guerra Civil), hace un tributo memorioso y anecdótico en torno a las generaciones de trabajadores y soñadores que desde inicios del siglo XX, y fines del XIX, emigraron de Europa a Estados Unidos de América en busca de un prometedor futuro; es decir, del consabido e idealizado american dream, particularmente desde distintas regiones de la Península Ibérica. No obstante, vale destacarlo, no faltan por allí los ejemplares de origen italiano, chino, cubano, puertorriqueño y mexicano.  
   
María Dueñas
          Y para trazar el mapa de los pintorescos y populares barrios de los emigrantes españoles asentados en Nueva York (pero también de las privilegiadas zonas y los lujosos sitios donde viven y se mueven los acaudalados y los ricachos), María Dueñas, como es su costumbre, hizo una laboriosa investigación testimonial, documental, bibliográfica e in situ, lo cual alude en sus postreros “Agradecimientos”. En este sentido, vale subrayar que así como en la urdimbre de la trama descuellan las calles, las avenidas, los imponentes rascacielos, los fastuosos hoteles y los escenarios transcritos (y retocados) de la realidad y de los anales de la geografía y de la historia (ineluctables la emblemática, fotogénica y cinematográfica Estatua de la Libertad, el celebérrimo Central Park y el característico Puente de Brooklyn), también se distinguen los personajes que fueron de carne y hueso; por ejemplo, el asturiano Benito Collado, fundador y dueño del night-club El Chico; el catalán Xavier Cugat, músico y director de orquesta —activo en la obra en el comedor del Hotel Waldorf Astoria, en cuyos muros aún se aprecian las 15 pinturas que el artista catalán Josep María Sert creara ex profeso en 1929 a partir del quijotesco tema de Las bodas de Camacho—; y el madrileño, hemofílico y dramático Alfonso de Borbón y Battenberg, ex Príncipe de Asturias y Conde de Covadonga, quien sólo vivió 31 años; y cuyo esbozo biográfico María Dueñas bosqueja, ensambla y menudea con hábil cuño palimpséstico. 
Alfonso de Borbón y Battenberg con Edelmira Sampedro y Robato
       El malagueño Emilio Arenas, un trotamundos impenitente de 52 años y con mil oficios y lugares a cuestas, subsiste recalado en Nueva York desde 1929 (antes de la Gran Depresión), y plancha la oreja “en un cuarto de alquiler en la zona de Cherry Street, el asentamiento de españoles más antiguo de la ciudad.” Y para que el desocupado lector de la aldea global sepa de qué nodo geográfico y fundacional se trata, la omnisciente y ubicua voz narrativa puntualiza: “Allí, en el extremo sureste de la isla de Manhattan, frente al waterfront, junto a los muelles, bajo el ruido estrepitoso del arranque del puente de Brooklyn, se concentraban desde finales del siglo pasado varios miles de almas procedentes del mismo rincón del globo. En un principio eran sobre todo gentes del mar: fogoneros y engrasadores, cocineros, estibadores, meros buscadores de inciertas fortunas y montones de simples marineros que embarcaban y desembarcaban en un constante vaivén. La colonia fue después creciendo y diversificando ocupaciones, llegaron parientes, paisanos, cada vez más mujeres, hasta familias enteras que se amontonaron en pisos baratos por las calles cercanas: Water, Catherine, Monroe, Roosevelt, Oliver, James...”

        El caso es que desde “la primavera de 1935”, Emilio Arenas trabaja de multichambas y comodín en La Valenciana, el variopinto negocio del alicantino Paco Sendra, y recepción y resguardo de la correspondencia de españoles itinerantes, ubicado “en la esquina de Cherry con Catherine”. Es así que una mañana de “principios de noviembre de 1935”, allí en el comedor de La Valenciana, en que el malagueño les sirve “sendos vasos de vino y unas rodajas de butifarra” a Paco Sendra y a un desconocido con acento del norte de España, tras oír la conversación de éste con su patrón, Emilio se quita el mandil y alcanza en la calle al tal Venancio, un envejecido y solitario cántabro, quien por estar a punto de retornar a su añorado terruño, vende los muebles y los enseres de “Una pequeña casa de comidas ubicada en un semisótano cerca ya de la Octava avenida, en los bajos de un vulgar edificio de tres plantas sin lustre ni atractivo aparente. Sin el menor signo externo de nada prometedor.” Emilio, iluso, exhuma sus ahorros y le compra los deteriorados trastos y trebejos al tal Venancio; paga el primer mes de renta y se instala “a vivir en el almacén trasero” de local. Y, patéticamente, a las letras del astroso y desvencijado letrero del que fuera “El Cántabro” sólo se le restan “El Ca...”; así que barajea probables nombres para bautizar el minúsculo changarro y se decide por “El Capitán”, que se convierte en su mote y luego matiza el apodo de sus hijas entre la gente del suburbio de la calle Catorce: “Las hijas del Capitán”. 
Las hijas del Capitán, p. 7
         Y con la idea de arraigar y sentar cabeza ante su mujer y sus tres hijas, desde La Valenciana envía una carta a Málaga para que su familia se traslade a Nueva York; pero, al unísono, Remedios, su analfabeta mujer, le envía una misiva donde le dice que “Ha muerto Mama Pepa” (la madre de ella, a cuyas expensas han vivido en extrema pobreza), y que por ende las desahucian del mísero corralón (ubicado “en el modesto barrio de La Trinidad”) y que no tienen a dónde ir. Así que perentorio, Emilio Arenas, pese a que ignora cuándo podrá pagarle, le pide prestado a Paco Sendra los dólares para costear los cuatro pasajes para traer por barco a Remedios, su ágrafa y necia esposa de menos de 43 años, y a sus tres veinteañeras, esbeltas y atractivas hijas a las que de manera breve e intermitente poco ha visto: Victoria (la mayor), Mona (la de en medio) y Luz (la benjamina). 


II de VII
Las hijas de Emilio Arenas viajan a Nueva York en contra de su voluntad y no porque algo las ilusione o entusiasme dando brinquitos y pegando grititos de alegría, sino porque las llevan a la fuerza. Mona, por ejemplo, con tal de “poder quedarse [en Málaga], se buscó en el paseo del Limonar una casa buena para servir como criada con derecho a la habitación.” Y según dice la voz narrativa: “Las broncas fueron monumentales y se oyeron por medio barrio de La Trinidad; tuvieron que intervenir los vecinos del corralón en que vivían, la familia próxima y la lejana, la madre de rodillas ante la imagen del Cautivo en la iglesia medio arrasada desde el 31 —y en última instancia— hasta una pareja de la Guardia Civil. Alertados por un vecino de peso de un potencial desacato a la autoridad paterna, un par de agentes uniformados no las perdió de vista hasta tenerlas a bordo del buque Manuel Arnús en su escala malagueña entre Barcelona y el Nuevo Mundo, puestas a recaudo del capitán médico de la tripulación.”
Primera reimpresión en México
Mayo de 2018
         Para dar cobijo a su mujer y a sus hijas, quienes llegan a Nueva York “una heladora mañana de enero” de 1936 tras “Once días” de viaje “con humildes pasajes para literas de entrepuente”, Emilio Arenas renta un minúsculo “apartamento de dos habitaciones en el último piso de un edificio de ladrillo rojo en la esquina entre la Catorce y la Séptima avenida”, que por lo menos tiene “cuatro bombillas eléctricas, agua corriente y un diminuto cuarto de baño propio”, inauditas excentricidades y lujos de la modernidad inexistentes en el magro y pobretón vecindario donde subsistían y por ello ya no tendrán “que salir cada dos por tres a compartir retrete con los vecinos”. 

Endeudado y auxiliado por su mujer, pero no por sus peleoneras, egocéntricas y engreídas hijas, que al principio se niegan a mover un brazo y cuyas riñas y gritos lo obligan a volver a dormir sobre un jergón en el almacén del Capitán, Emilio Arenas hace todo lo posible por remozar, arrancar y hacer productivo y conocido el pequeño restaurante. Incluso imprime y reparte volantes e inserta un anuncio en La Prensa, “el único diario en español de la ciudad”, “el diario que cada mañana leía la colonia española e hispana extendida por toda Nueva York”. Pero el negocio da poco, nada o casi nada. Y en la búsqueda de adquirir a bajo precio unos birlados galones de aceite de oliva, un “sábado de finales de marzo” de 1936 se desplaza “al familiar muelle 8 del East River”, porque sabe que el trasatlántico Marqués de Comillas arriba “con el buche lleno de pasajeros y mercancías”. Pero tales son sus preocupaciones y su ensimismamiento, que no oye el estrépito de los contiguos ruidos ni los gritos de advertencia; de modo que una mala “maniobra de estiba” propicia que “una grandiosa red repleta de bultos” se precipite sobre él y le quiebre el cráneo. 

III de VII
La instantánea e inesperada muerte de Emilio Arenas trastoca la estancia y las expectativas de Remedios y sus hijas, quienes no tienen un clavo en el bolsillo para solventar el sepelio, las deudas del difunto, las del Capitán y los boletos del regreso a Málaga. Pero para su desconcierto, los gastos de la funeraria, del velatorio y del entierro se resuelven como por arte de birlibirloque, sin que ellas hayan tenido que soltar un solo centavo y sin decir esta boca es mía. Incluso con costosos visos en el “ataúd que parecía como de ministro”, en la ornamentación fúnebre, en el traslado en autos relucientes y en el inaudito entierro en el cementerio de Queens. Es decir, “alguien les había dicho que La Nacional, la Sociedad Española de Beneficencia a la que el padre pertenecía, cubriría los gastos básicos del entierro como afiliado que era, pero lo que el día anterior vieron se les antojó desbordado, ostentosamente excesivo.” Así que ese día en que las tres hermanas devuelven los cacharros de las vecinas que colaboraron con viandas y asistieron a la velación y al entierro, dejan para lo último la asistencia a la “funeraria Hernández”, “casi vecina del Centro Asturiano”, donde el dueño, el puertorriqueño Fidel Hernández, les informa, para su sorpresa, que todo ha sido cubierto por la “Compañía Trasatlántica Española. New York Agency”. Y según les puntualiza: “De haberse tratado de unas exequias comunes, [a Emilio Arenas] lo habríamos enterrado en una parcela colectiva y grabado su nombre al final de una lista de infortunados compatriotas, no habría habido despliegue de detalles estéticos y ustedes tendrían que haber acompañado al féretro en el coche de algún vecino. Recordarán en cambio que el trato y los aditamentos fueron muy distintos y podrán comprobar asimismo que esta factura incluye una lápida de mármol individual de primera calidad pendiente aún de encargo: estoy a la espera de que ustedes me detallen los datos del finado y elijan los ornamentos.”
Tal es el bajo nivel cultural y lingüístico de las hermanas Arenas que “No tenían ni la más remota idea de lo que significaba la palabra ornamento, ni se imaginaban que, al mencionar al finado, el propietario del negocio se estaba refiriendo a su pobre padre sepultado bajo el barro.” Pero si librar tales gastos les da cierto alivio, el resultado de las inesperadas visitas, que discretamente con los nudillos tocan la puerta del departamentucho, les causa un desbordante regocijo y alharaca que Remedios tiene que controlar, pues ya se ven regresando a Málaga ipso facto. Es decir, sin buscarlo ni preverlo llegan dos impecables cuarentones que “empezaban a peinar canas y se comportaban con la más exquisita corrección”, y que luego, para ellas, corporifican “el equivalente neoyorkino de la Santísima Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con su bondad infinita y su magnanimidad gloriosa”. El principal y la voz cantante es don Santiago Lemos, “agente y máximo responsable de la Compañía Trasatlántica Española en su delegación de Nueva York”, quien “vestía de calle con corbata a rayas y elegante terno gris”; y el otro es “don Enrique Arnaldos, capitán del vapor Marqués de Comillas”, quien lleva “uniforme: chaqueta cruzada azul marino, galones dorados en las hombreras y bocamangas, [y] gorra de plato en la mano.” Además del darles el pésame y de confirmar el pago de los gastos fúnebres por parte de la Compañía Trasatlántica, les entregan “un efectivo de doscientos dólares por familiar dependiente para afrontar otros gastos sobrevenidos por el deceso, así como cuatro pasajes” de primera clase para que retornen a Málaga cuando lo deseen. 
       
Las hijas del Capitán (p. 11)
        Pero luego, como para agriarles el atole ante el “botín” (nunca antes habían visto tanto dinero junto en billetes nuevos de cincuenta dólares) y como si se tratase de una opereta de barrio o de un tragicómico sainete, unos momentos después, tras interrumpir el alborozo y asustarlas con la brusquedad del estridente timbre, arriba al escenario del minúsculo y pobretón apartamento un tal Fabrizio Mazza, un casi cuarentón que parla el español con acento y vocablos italianos, que pese al perfume masculino, al tacuche, a la llamativa corbata y al pelo engominado, tiene una estereotipada pinta de hampón de baja estofa. Con su untuosa verborrea les dice que es un abogado, que está “del lado de los más perjudicados”, que “pueden confiar plenamente” en él, que no toquen los boletos ni el dinero, que puede conseguirles “diez veces más”, una jugosa “Indemnización”, “un acuerdo económico muy superior al ofrecido por la Trasatlántica”. 

A las timoratas e ignorantes Arenas, obviamente, se les corta el entusiasmo en el cogote. Y entre las preguntas y el runrún para despejar las dudas y la confusión sobre lo que deben hacer, la vieja Milagros Couceiro, su vecina gallega, con más de cuarenta años en Manhattan, pese a los ríspidos y groseros roces del principio de la mutua convivencia en el hacinado edificio de la calle Catorce, las lleva a pie a un sitio cercano a La Nacional, precisamente a Casa María, un convento y orfanato femenino operado por monjas, donde sor Lito, su antigua y legendaria comadre, es una peculiar religiosa; es decir, viste sin toca “el hábito de las Siervas de María” y por ello luce “una cabeza de cabello entrecano cortado a trasquilones”; y lo más singular: es una caricaturesca enana que usa botitas de niña y fuma como chacuaco en medio de su desordenada oficina. Pero lo relevante y trascendente es que sor Lito es abogada, “la primera religiosa católica que se sentó en las aulas de la cercana Universidad de Nueva York”. Y como posee una puntillosa y corrosiva labia, y una crítica mirada que sondea y cuestiona la conducta humana y el drenaje y los albañales del entorno neoyorquino, les dice que no acepten ninguna de las dos ofertas. De Fabrizio Mazza, cuya ascendencia, sucios tejemanejes y pestilentes movidas conoce de sobra, les dice que “iría a despellejarlas sin contemplaciones”. Y sobre el representante de la Compañía Trasatlántica les receta con una sarcástica sonrisa: “Lo que el agente de la Trasatlántica ha pretendido básicamente es comprar el silencio de ustedes, nada más. Que no haya demanda, eso es lo que quiere. Que el buen nombre de la ilustre naviera no se manche con ninguna publicidad negativa, que nada trascienda más allá de lo estrictamente necesario. Si en unos días se las quitan a ustedes de en medio y las facturan al otro lado del Atlántico, todos respirarán tranquilos: muerto el perro, se acabó la rabia. You follow me, right?” Así que sor Lito les ofrece representarlas y llevar su caso; y “a modo de honorarios”, les dice, espera quedarse “con la mitad del dinero que les consiga”.
Según dibuja la voz narrativa, el azoro en el rostro de las Arenas “hizo soltar a la viejas amigas”, Milagros y sor Lito, “otra carcajada”.
“—¡Cambien esa cara, por el amor de Dios! —les gritó sor Lito. Después apagó su último cigarrillo en la tierra de la famélica maceta—. Un cincuenta por ciento puede parecerles mucho de entrada, pero ¿cómo creen ustedes que se mantiene esta casa y con qué medios pretenden que atendamos a tanta pobre desgraciada como viene por aquí?”
María Dueñas
        Vale subrayar que es imposible comprimir y aludir en una simple y parcial reseña todas las minucias, entresijos y digresiones narrativas de Las hijas del Capitán. Baste decir que las historias de las duras y miserables vidas de Milagros Couceiro y sor Lito son ejemplos de los muchos relatos que proliferan en la obra no sólo sobre los tristes itinerarios de los inmigrantes pobres de origen español. Pero ante todo, y sobre todo, y pese a lo dramático, la escritura de María Dueñas (amena, magnética, envolvente, repleta de sabiduría, algo como la sangre late y circula en ella) transluce una intrínseca pulsión lúdica, un contagioso y gozoso divertimento que hace vivos y peliculescos a sus personajes, pese a que el lector no oiga el acento malagueño de las Arenas ni el torpe modo en que las hermanas llegan a morder el inglés.


IV de VII
Las Arenas deciden quedarse en Nueva York y dejar la demanda en las manos de sor Lito y por ende acuerdan reabrir El Capitán. Victoria y Remedios laboran allí de tiempo completo; Luz se emplea en la cercana lavandería del matrimonio Irigaray; y Mona sobre todo se ocupa de las compras para abastecer el negocio, luego del único día que sirvió de uniformada camarera en el lujoso piso “en la planta diecisiete del edificio The Majestic”. (Ganó tres volátiles dólares por más de seis horas de trabajo.) Día en que la monárquica y pomposa madrileña “Doña Esperanza Carrera y de la Mata, marquesa de la Vega Real”, organizó un elitista cocktail party para agasajar al primogénito de Alfonso XIII, nada menos que el achacoso y débil ex Príncipe de Asturias y Conde de Covadonga, sin que Mona, dada su tremenda ignorancia y desinformación, se haya percatado de la identidad de tal histórico y legendario personaje (y mucho menos de la antipatía y las explosivas connotaciones políticas e ideológicas que tal identidad suscita entre la mayoritaria comunidad republicana, o prorrepublicana, de sus paisanos inmigrantes de clase humilde y trabajadora), pese a que ya en la avenida, ella intervino espontáneamente, dado el súbito y agresivo acoso de un fotógrafo y un reportero de la chismografía del corazón amarillista, para que el conde, en medio de la insidiosa y violenta escaramuza, no se diera un mortal porrazo contra el asfalto. Y a modo de gratitud, él le dijo ya acomodado en el interior del “elegante Lincoln” manejado por su chofer: “Le quedo infinitamente agradecido; aquí tiene mis coordenadas, por si en algo puedo servirla alguna vez.” Y por ende le obsequió su tarjeta, tachando la dirección francesa y anotando con su real grafía: “St Moritz Hotel”, “New York”. 
      
Las hijas del Capitán
Detalle de la tercera de forros
      Sorpresivo incidente callejero que la deja sola en la intemperie “frente a la gigantesca oscuridad de Central Park”. (Sus desesperadas, gritonas y egoístas colegas regresaron en la furgoneta conducida por un desesperado “chico del barrio” que, dando claxonazos, no quiso esperarla.) Y de nuevo por su ignorancia, incluso del inglés, inextricable a su fobia al subway (“ni muerta estaba dispuesta a bajar sola a esas cavernas donde decían que los trenes pululaban como gusanos por las entrañas de la ciudad”), se ve obligada a regresar a pie, pese a la madrugada, desde el “115 de Central Park West” hasta la Catorce, caminando “en línea recta a lo largo de casi sesenta manzanas”.



V de VII
Todo indica que el matrimonio Irigaray, de origen vasco, en cuya lavandería trabaja Luz, se percató del talento para el baile y el canto de su empleada, pues son ellos quienes la animan a que se presente al casting para una zarzuela que por las noches se ensayará en La Nacional. “Gracia tienes para parar un tren”, la elogia cantarín don Enrique. “El año pasado representaron La Revoltosa, contó [doña Concha] mientras sacudía una camisa impoluta; el anterior, La rosa del azafrán. Todos los participantes eran meros aficionados, se ensayaba en los locales de La Nacional y después, para el estreno, se alquilaba el teatro San José de la Quinta avenida, y las entradas se agotaban, y no había hablante de español en Nueva York que no acudiera y no aplaudiera a rabiar.” “Para este año tienen en mente Luisa Fernanda”, añade.
Al compartirle a su madre que irá a la selección, Remedios, atávica y obtusa, le impone su negativa alegando “el trabajo” y, sobre todo, el luto por la muerte de Emilio Arenas. Y en la gresca a voces, Luz afirma su postura con su aceitada lengua: “¿Sabe lo que le digo, madre? Que trabajo nueve horas al día y con eso ya cumplo con mi parte; si este negocio [El Capitán] no funciona, no es culpa mía. Y, además, si soy capaz de ganarme yo sola un jornal, lo mismo puedo decidir en qué otras cosas gasto el poco tiempo que me sobra.” Y le recalca puntillosa: “¡Decido que no tengo por qué mostrar una pena que no siento!”
Estando las cosas así de tensas, el matrimonio Irigaray, casi sus padrinos, la acompañan al multitudinario casting; y Mona, por su cuenta, va a curiosear casi de manera furtiva. Según relata la voz narrativa:
“Eran más de las diez de la noche cuando a Luz le llegó el turno, para entonces la sala estaba llena de sillas descolocadas, huecos vacíos y caras que rezumaban cansancio y aburrimiento. Tan pronto la vio subir a la tarima, Mona se sacudió la modorra y enderezó la espalda. Ahí estaba su hermana pequeña, ese rabo de lagartija que fue de niña convertida ahora en una espléndida mujer embutida en el vestido de tela barata que Mama Pepa le cosió a mano un par de meses antes de marcharse al otro barrio. Sobre los hombros llevaba un mantoncillo prestado; en los labios, algo de carmín. Lo demás —el talle, la soltura y el brillo que irradiaba— lo traía de natural.
“Arrancó el piano por enésima vez, Luz miró al techo y cogió aire, barrió la sala con los ojos, sonrió segura y empezó a cantar. Y de pronto, todo pareció despertar de una densa somnolencia. Ahí estaba la hija pequeña del desgraciado del Capitán, peleando como una jabata por el papel de la joven Rosita, la que abría Luisa Fernanda con su canto chispeante y desenfadado.

                  Mi madre me criaba pa chalequera,
                  pero yo le he salido pantalonera...

“Toda la gracia del sur, todo el sol de su tierra parecían haberse concentrado en ella a pesar de no haber cantado en su vida zarzuela: ahora giraba un hombro, ahora acunaba las caderas, luego requebraba al pianista y le lanzaba un guiño. Con desparpajo y movimientos entre airosos y seductores, Luz dominó el escenario como si no hubiera hecho otra cosa desde que Remedios la trajo al mundo.
“El salón entero la aplaudió de pie.
“Mona, en cambio, no fue capaz de dar más de tres lentas palmadas: tantos sentimientos se le habían juntado dentro, que se le puso la piel de gallina.”
Las hijas del Capitán (p. 167)
        Viene a colación tal pasaje porque el talento para el canto y el baile es algo consubstancial en Luz; siempre que lo hace descuella y llama la atención. Un talento que, no obstante, habría que desarrollar, diversificar y pulir a base de práctica y estudio, y, llegado el caso, convertir en modus vivendi. Esto lo advierte una tal Marita Reid al observarla en un ensayo en La Nacional y por ende la convoca a una prueba en el Chanin Theatre. Altanera, gibraltareña de nacimiento, con más de cincuenta años de edad, Marita Reid, quien le hace la prueba tocando el piano, tiene a cuestas una larga trayectoria en las tablas y en los escenarios, según les recita de carrerilla a Luz y a Mona, quien acompaña a su hermana a la prueba de esa extraña que no le despierta mucha confianza y cuyo intríngulis de su verbosidad poco entienden, dada su incultura: “Pisé mis primeras tablas con una troupe de cómicos antes de cumplir los siete años, recorrí media España en carromato haciendo espectáculos ambulantes, a lo dieciséis me vine para New York en un carguero italiano que tocó el puerto de Algeciras, todo el mundo decía que aquí había un futuro prometedor, por eso habréis venido vosotras también, ¿no? [...] Estuve con la Compañía de Teatro Español desde que Zárraga la fundó en el 21 —prosiguió—, fui la Malvaloca de los Álvarez Quintero y la María en El nido ajeno de Benavente, me sumé a los montajes que Narcisín Ibáñez Menta se trajo de Buenos Aires, conocí al poeta García Lorca cuando estuvo aquí hace unos años fascinado con los negros de Harlem; he hecho sainete, astracanada, opereta y vodevil, Fortunio Bonanova quiso llevarme a Hollywood en el 32 y le dije nanay...”

     Luz, obviamente, pasa la prueba y tendrá que decidir “en un par de días, tres a lo sumo”, si se integra (o no) a ese mundillo de la farándula que apenas capta y que Marita Reid les puntualiza: “Se llama espectáculo de variedades ambulante, sweetheart: un poquito de zarzuela como la que estáis ensayando en la Catorce, algo de humor que les haga reír, buenas dosis de folklore, un par de números de guitarra, un galán que recite unos versos bien sentidos, una artista algo descolocada que cante el cuplé con picardía... Y a ti, después de haberte visto hoy, te quiero para que aportes la cuota andaluza ligera, la de la copla y la tonadilla, ya sabéis...” 
 
Las hijas del Capitán (p. 223)
     Esa experiencia, aunada a la que viven las tres hermanas en El Chico (“inclasificable mezcla de cabaret, mesón sofisticado, pequeña sala de fiestas y célebre night-club”) al que van en taxi invitadas por el modesto vendedor de tabaco Luciano Barona (tras la sugerencia terapéutica de sor Lito), donde fueron “las mujeres peor vestidas de la noche”, incita a Mona emprender (sin decirle nada a su explosiva y prejuiciosa madre, pero sí a sus hermanas) la azarosa, onírica y aventurera tarea de convertir el casi improductivo restaurancito en un boyante night-club basado, además, en la empresa formulada por Marita Reid, quien se ríe de ella y cuestiona sus ingenuas intenciones cuando Mona la busca, sin dinero para financiar el proyecto, para que monte en El Capitán su “espectáculo de variedades”. 
   Ante la negativa de Marita Reid, Mona no se da por vencida en su quimérico empeño y empieza, apoyada por un viejo guitarrista retirado y sobre todo por el jovenzuelo Fidel Hernández (el homónimo hijo del susodicho funerario e imitador de Gardel que fracasara en su intención de ganarse un lugar en El Chico), a organizar un casting en una azotea cercana al edificio de la Catorce, con el objetivo de seleccionar un elenco que se presentará en el inminente estreno del night-club bautizado por ella: Las hijas del Capitán, cuyo acondicionamiento y publicidad también planea y organiza endeudándose por aquí y por allá, apoyada en todo por Fidel, quien además de aportar su imitación de Gardel, pone sus ahorros y contribuye con ideas y tareas. Y es en tal azotea de populoso vecindario donde un desconocido, tras oír y ver la interpretación de Luz, pese a que la adula y celebra, les sorraja al corro su criterio demoledor diciéndoles que “van directos a un fracaso seguro”, que “su estilo tiene muy poco futuro aquí”, porque dizque “todo el mundo está loco” por “la música del Caribe”, que no llegarán “a ningún sitio fuera de los círculos de inmigrantes y de algunos wealthy snobs, algunos ricos que regresan de sus tours por Europa y quieren hacerse los entendidos”. El caso es que mandan al carajo a ese tipejo aguafiestas, quien al despedirse rebuzna su nombre para que lo sepan hasta las piedras de las catacumbas: Franz Kruzan, y dizque es popular “en cualquier tienda de música del Uptown”.
   
Xavier Cugat y Abbe Lane
        Mona, que además de las compras del Capitán y de servir de asistente de la vieja Máxima Osorio (una ricachona española en silla de ruedas: tirana, engreída, pretenciosa, cleptómana, embustera, culocéntrica, manipuladora, y con proclividad para el insulto y la soez humillación verborreica), sigue adelante ilusionada y bregando para lograr sus oníricos propósitos en torno al futuro night-club. Pero el gusanillo deja incómoda a Luz y por ende busca a ese supuesto experto que se dice “buscador de talentos”, que si bien, dado que ella no tiene ni calderilla, le paga un astroso maestro cubano con el que está compinchado y que le enseña a bailar los ritmos tropicales del Caribe, lo que busca, además del nauseabundo deshago y abuso sexual, es manipularla, dominarla y explotarla a largo plazo únicamente para sus bolsillos. De modo que le prohíbe que participe en el programa con el que Mona planea inaugurar Las hijas del Capitán y para el colmo del machismo ramplón, troglodita e inveterado: la golpea, le deja un elocuente moretón en un pómulo. (“Amoratado, hinchado, siniestramente feo.”) Es de decir, se trata de un vulgar vividor, de un auténtico pelafustán, de un hipócrita que además maltrata a su esposa. Y si Luz, con determinación, hace patente su individualidad y su derecho a ser ella misma ante los castrantes prejuicios de su madre, e incluso se depila las cejas y se tiñe de pelirroja frente al agrio desacuerdo de las Arenas, carece de madurez, malicia y suspicacia para discernir, por sí misma y sin ayuda de nadie, que ese patético y supuesto mánager que la usa y mangonea, además de ser un reverendo hijo de puta que le dora la píldora diciéndole que será una gran artista, una gran estrella que brillará y deslumbrará en el firmamento, está en la vil ruina.
   
Detalle de Las bodas de Camacho (1929)
Grisalla en negro sobre lienzo de Josep Maria Sert,
otrora exhibido en el Sert Room del hotel Waldorf Astoria.
        El talento para el baile de los ritmos caribeños que recién ha aprendido con el desastrado maestro cubano (al parecer bailarín y coreógrafo), se hace patente, sin buscar la aprobación, la noche en que Luz, Mona y Tony Carreño (el cicerone y lazarillo para ellas en el laberinto neoyorquino y en el idioma inglés) asisten inesperadamente invitados, por el frágil Alfonso de Borbón, “al imponente Sert Room del hotel Waldorf Astoria”. (Mona, ingenua e ignorante ante la comunidad republicana y prorrepublicana asentada en Nueva York, pretende que el ex Príncipe de Asturias, dada su fama, apadrine y publicite la apertura de Las hijas del Capitán; y para la sorpresiva invitación a cenar en el Sert Room del Waldorf Astoria, luego de colarse hasta la habitación del hotel St Moritz donde se hospeda el desvalido, aburrido y solitario conde, los tres se ataviaron
ex profeso en la casa de empeños de un prestamista y chamarilero judío, del que Tony es conocido y asiduo cliente, quien además las llevó con una peluquera conocida de él.) Bilingüe y pícaro con mucha calle neoyorquina, astucia y olfato de perro callejero, y facilidad para el mimetismo, el camuflaje y la teatralización, Tony, nacido en Tampa de padre español y madre cubana, baila con Luz “con una gracia y un desparpajo que llamaba la atención”. Tal es así que el director de la orquesta (que toca El manisero, Cachita, Amapola y Siboney), nada menos que el legendario Xavier Cugat (conocido “ya por toda América” “Como el rey de la rumba”, “el Rhumba King”) al acercarse a la mesa a saludar al Conde de Covadonga, le dice a ella sin que le pregunten y como mostrándole un espejo para que observe y mejore su estilo y su imagen: “Te he visto bailar, nena. Y lo haces molt bé, molt bé... Me recuerdas mucho a una noia de origen español a la que conocí no hace mucho en el casino Agua Caliente de Tijuana. Tenía un número con el seu pare, un bailarín sevillano; un cosa que llamaban ‘Tardes mexicanas’ aunque ninguno de los dos conocía México ni de lejos. La noia prometía, pero le chirriaban algunas cosas. El color de pelo, por ejemplo, y algo de peso de más. Le faltaba también sofisticación, no era seductora al caminar ni sabía mover las manos y tenía un apellido feo, poco apropiado para la rapidez con la que todo transcurre en este país; por eso yo mismo le propuse cambiárselo: de Cansino a Hayworth, que aquí suena molt millor. Fixa’t tú la suerte que le traje, que ya está rodando films en Hollywood con la Columbia…” 
   
Rita Hayworth y Xavier Cugat
        Y como para que el elogio no suene a palabrería ni a vil adulación, ni caiga en saco roto y se escurra por la hedionda alcantarilla, le dice con su catador ojo de buen cubero: “Estoy montando un espectáculo nuevo para dentro de unos meses, nena; si necesitas trabajo y estás dispuesta a pulirte y a trabajar duro, búscame. No tengo tarjeras, no las necesito, me conoce tothom. Tan sólo averigua por dónde ando y pregunta por mí.”
 
Las hijas del Capitán
Detalle de la tercera de forros
        Así que en un posterior episodio, Tony, para que Luz se realice y se aleje del méndigo golpeador y manipulador de Franz Kruzan, la anima a que busque a Xavier Cugat, quien la recibe “en una sala subterránea del majestuoso Waldorf Astoria, al compás de una orquesta de seis verdaderos profesionales”. Y tras “un par de temas”, Cugat le da su dictamen: “Tienes potencial, nena, pero estás encara una mica verda. Para primera artista no me sirves, aunque no te digo que en un futuro no puedas llegar.” Y añade: “Lo que puede ofrecerte de momento es un puesto de chica de conjunto en el sexteto que va a acompañarnos.” “Pero antes de decidirte, nena, hay una cosa importante que debes tener en cuenta. El show vamos a prepararlo a lo largo del verano acá en New York, pero a finales de agosto empezaremos a hacer un coast-to-coast que durará al menos todo el otoño.” Y como Luz Arenas no entiende esas palabrejas en inglés: “coast-to-coast”, Xavier Cugat, tras la sonora carcajada le dice: “Nada raro, reina, no te asustes: un coast-to-coast, una gira atravesando el país de costa a cosa, ¿entiendes?”



VI de VII
Sin revelar el discurrir de la obra y su desenlace, ni todos los vericuetos y entresijos de la novela Las hijas del Capitán, ni el total de sus personajes (con sus correspondientes peculiaridades y anécdotas) ni sus varias líneas de paulatino y dosificado suspense, se observa que Victoria, la mayor de las Arenas, es la que única que opta por ajustar el destino de su infausta vida con los romos prejuicios y anacrónicos atavismos de su inculta, iracunda, supersticiosa, broncuda, cretina, egocéntrica, castrante, lenguaraz y viperina madre, quien piensa que el subway, las bombillas eléctricas y los timbres eléctricos son cosa del demonio, y que “un varón siempre da buena sombra por malo que sea” y que lo ideal para sus hijas, que llama “niñas” o “chicas”, son “hombres que les saquen un puñado años”. Pues como para complacerla y darle “a la familia un poco de seguridad”, Victoria, pese a que no siente amor ni está enamorada, acepta casarse con el viudo Luciano Barona, el cincuentón y ambulante vendedor de tabaco, con una pequeña casa en Brooklyn, que empieza por volverse asiduo del restaurancito. Pero el día de la boda, al presentarse Chano, el homónimo hijo del tabaquero, un joven y musculoso ex boxeador, brota entre éste y Victoria una recíproca, soterrada y candente atracción erótica que enturbia su equilibrio mental, y luego la intimidad y fidelidad de su matrimonio. 

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Vale concluir la fragmentaria nota apuntando que las ambiciones, la vileza y la malicia del abogado Fabrizio Mazza son tales, que no ceja en acosar a las Arenas para dizque representarlas en la demanda contra la Compañía Trasatlántica, ni por descarrilar y arrebatarle el caso a sor Lito. Por ejemplo, en complicidad con su sobrino Tomasso, quien con fuerza la sube a un auto, secuestra por unas horas a Mona e intenta manosearla. (La dejan abandonada en un solitario muelle cercano al Puente de Brooklyn, “donde un cuerpo podía quedar tirado como un bulto hasta la mañana siguiente”.) En El Capitán, Fabrizio Mazza está a punto de golpear a Victoria, pero las rudas manazas y el puñetazo del tabaquero Luciano Barona lo frustran. Hace que un par de mozalbetes empujen a la liliputiense monja por las escaleras del subway, maltrato que parece haber incidido en el extraño dolor en un costado que va minando su salud, bienestar y optimismo, a tal punto que, antes de fallecer, traspasa la representación de las Arenas a un abogado traicionero y sin escrúpulos que, que sin que la religiosa y ellas lo sepan, le vende el archivo y la representación a Fabrizio Mazza. La madrugada del “viernes 26 de junio de 1936”, el esperado y soñado día en que iba a efectuarse la inauguración del minúsculo night-club Las hijas del Capitán, hace que sus matones lo hagan trizas, por fuera y por dentro. Y cuando, sin que las Arenas lo sepan, Luciano Barona, con su atado de tabacos, va a pie hasta su oficina en el barrio italiano para reclamarle el artero y delincuencial hecho, Fabrizio Mazza lo mata de tres balazos a quemarropa. Y ya en la madrugada, los mismos matones que destruyeron el nonato night-club, arrojan el cadáver, enrollado en una manta, a una fuente inmediata al edificio. 
Las hijas del Capitán, p. 450
        Deprimidas, dolientes y desmoralizadas las hermanas Arenas, tras discutir y sopesar durante una madrugada los impunes y criminales actos del abogado Fabrizio Mazza (recién descubrieron la subrepticia compra del expediente de la demanda y que el italiano es el asesino de Luciano Barona y que la policía no dio pie con bola), urden un teatral y peliculesco plan vengativo para cazarlo y desaparecerlo del mapa en un solitario cobertizo de una naviera noruega en los desérticos muelles de Brooklyn, logística y tácticamente apoyadas y respaldadas por los tres hombres que las quieren hasta el tuétano: Chano, Tony y Fidel. Pero cuando cada una empuña una pistola contra el ensangrentado picapleitos (ya el ex boxeador le dio una buena golpiza en memoria de su padre), pese a que se trata de la odiada y pestilente hez de la canalla que ha estado hostigando y fastidiando su vida y su futuro, descubren que no tienen la frialdad necesaria para apretar los tres gatillos y perforarlo a balazos. Y si bien una inesperada y súbita intervención las salva de ser ellas las ejecutoras del asesinato (y a ellos también), no dejan de estar moralmente comprometidas e involucradas.



María Dueñas, Las hijas del Capitán. Iconografía en blanco y negro. Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta. 1ª reimpresión en México, mayo de 2018. 624 pp.