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jueves, 5 de octubre de 2017

La isla del Dr. Moreau

El aire se poblaba de gritos y aullidos

De 1896 data la primera edición en inglés de La isla del Dr. Moreau, celebérrima novela del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946), punto de partida de citas y parafraseos cinematográficos y televisivos y de dibujos animados y de argumentos de infumables y soporíferos filmes basados en ella: el primero es una película silente de 1911 dirigida por Joe Hamman y la última, homónima de la novela y de 1996, es el horripilante churro dirigido por John Frankenheimer, protagonizado por Marlon Brando, Val Kilmer y David Thewlis. Tan implantados pululan los avatares y las fantasmagorías de la isla del doctor Moreau (en el inconsciente colectivo de los homúnculos que infestan las catacumbas de la laberíntica y recalentada aldea global) que resulta ineludible no recordar el vaticinio que el demiurgo Jorge Luis Borges articula al término de “El primer Wells” —ensayo publicado por él en el número 9 de la revista Los Anales de Buenos Aires (septiembre de 1946), luego compilado en su libro Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, 1952)—: “De la vasta y diversa bibliografía que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí [en la basta biblioteca paterna de innumerables libros ingleses donde creció, se infiere]; tal vez serán los últimos... Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien los escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos.”
(Alianza Editorial, 2ª ed., Madrid, 2014)
       La traducción al español de Catalina Martínez Muñoz de La isla del Dr. Moreau en la serie El libro de bolsillo de la madrileña Alianza Editorial (la primera data de 2003 y la segunda de 2014) no es una exhaustiva edición crítica, con prólogo, notas y bibliografía; no obstante, tiene seis pies de página. Por ejemplo, el que corresponde al apellido “Huxley” telegrafía al pie de la letra: “Thomas Henry Huxley (1825-1895), fisiólogo británico que, de 1846 a 1850, tomó parte en una expedición científica por el océano Pacífico y por Insulindia [el archipiélago malayo]. Amigo de [Charles] Darwin, fue un defensor de las teorías de éste.” Esto implica que con esa única y casi cifrada alusión novelística H.G. Wells le rinde un lúdico tributo a quien fue su mentor en The Normal School of Science de Londres. Allí, becado, estudió durante tres años, entre 1884 y 1887. Pero no se tituló y sólo lo hizo a fines de 1889 —dice el propio Wells en su Experimento de autobiografía (Espasa Calpe, 1943)— al recibir un “diploma de licenciado del Colegio de Profesores”, “con honores sólo en Zoología”. Entrañable y seminal circunstancia pedagógica que Borges menciona en su prólogo a La puerta en el muro (La Biblioteca de Babel núm. 11, Ediciones Siruela, 1984), antología de cinco cuentos de H.G. Wells: “Fue discípulo de Thomas Huxley, apodado el bulldog del darwinismo.” 

   
(Espasa Calpe, Buenos Aires, 1943)
         Y que el propio H.G. Wells refiere en su Experimento de autobiografía, precisamente en el subcapítulo “El profesor Huxley y la biología (1884-1885)”: “El día en que caminé desde mi alojamiento por el parque de Westbourne y a través de los jardines de Kensington, hasta la Escuela Normal de Ciencias, firmé a la entrada de aquel enorme edificio de ladrillos y terracota, y subí por el ascensor al laboratorio de biología, fue uno de los días más grandes de mi vida. Todos mis conocimientos hasta entonces habían sido de segunda mano, sino de tercera o cuarta. Había leído mucho, me había atestado de libros de texto, me había examinado por escrito con la convicción de que estaba muy lejos de los hechos concretos y más lejos aún de las observaciones en los pensamientos, de las cualificaciones vivientes y de las teorías de primera mano que constituyen la realidad científica. Hasta entonces yo no había tenido más que los informes impresos e insuficientes, y descuidadamente escritos con frecuencia, de los libros de texto, reproducidos en unos cuantos diagramas y grabados. Ahora, por una serie de circunstancias favorables, había obtenido el derecho de ponerme en contacto con todo aquello de que sólo había oído hablar. Aquí había microscopios, disecciones, modelos, diagramas al lado de los objetos que aclaraban, ejemplos, museos, respuestas inmediatas, explicaciones, discusiones. Y aquí estaba a la sombra de Huxley, el observador más agudo, el más generalizador, el gran maestro, el más lúcido y valiente de los controversistas. Me habían asignado a su curso de biología  elemental, y después había de ir con él también a estudiar zoología.” 

 
Thomas Henry Huxley

Retrato en Experimento de autobiografía (Espasa Calpe, 1943)
       Y Anthony West (hijo de Rebeca West y H.G. Wells) algo alude de tal circunstancia pedagógica en su libro de memorias H.G. Wells. Aspectos de una vida (Circe, 1993). En este sentido, en Experimento de autobiografía (publicado en inglés en 1934 y traducido en México por León Felipe) se observa un retrato de Thomas Henry Huxley donde posa con grandes patillas, tres voluminosos libros y un cráneo humano en la mano; mientras que Anthony West ilustra el episodio con una imagen donde el joven Wells posa con un cráneo humano en la mano y con el esqueleto de un gorila junto a él, cuyo pie de foto reza: “H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kensington [en Londres], como alumno del curso de biología elemental del gran Thomas Henry Huxley.”

H.G. Wells en la Escuela Normal de South Kemsington, como alumno del
curso de biología elemental del gran Thomas Henry Huxley.

Retrato y pie en H.G. Wells. Aspectos de una vida (Circe, 1993)
    Lo cual remite a dos pasajes de citado subcapítulo del Experimento de autobiografía; en el primero, H.G. Wells evoca: “Aquel año que pasé en la clase de Huxley fue, sin duda, el año más educativo de mi vida. [...] Trabajé mucho en realidad todo aquel primer año. El escenario de mis trabajos estaba en el piso alto de la Escuela Normal, el Real Colegio de Ciencias, como se llama ahora, un piso que hoy se dedica a otros menesteres. Había un gran laboratorio con ventanas que daban a las escuelas de arte, provisto de mesas, pilas, grifos; y enfrente de las ventanas, estantes de preparaciones coronados por diagramas y dibujos de disección. En las mesas estaban nuestros microscopios, los reactivos, las cápsulas, animales disecados... En nuestros libros de notas apuntábamos nuestros resultados. Sobre las puertas había encerados, donde el ayudante G.B. Howes, que después fue el profesor Howes, un dibujante maravilloso y diligente, dibujaba con tizas de colores. Era un hombre, este Mr. Howes, pálido, de barba negra y muy nervioso, una especie de Svengali con gafas; ligero y vívido, y precipitado siempre, contrastaba notablemente con la reposada reflexión del maestro. El mismo Huxley daba las clases en el salón de conferencias adyacente al laboratorio, una habitación cuadrada, cubierta de estantes negros que contenían esqueletos de mamíferos y cráneos expuestos para mostrar sus homologías, una serie de modelos en cera del crecimiento de un pollo y otros materiales por el estilo. Cuando yo conocí a Huxley era un hombre viejo, de faz amarilla y cuadrada, con ojos pequeños, pardos y brillantes, agazapados en sus cuencas bajo las cejas espesas y grises, y patillas grises también. Hablaba con una voz clara y firme, sin prisa y sin rezagos, volviéndose al encerado que estaba detrás de él para dibujar algún diagrama, y sacudiéndose siempre el polvo de la tiza que se le quedaba entre los dedos, con un gesto de disgusto antes de resumir. Por entonces estaba enfermo, y Howes, inquieto, nervioso y brillante, tomaba su puesto, hablando y dibujando sin respiro y dejando el encerado siempre lleno de líneas graciosas de colores. Detrás del auditorio había cortinas que daban al museo dedicado a los vertebrados. Se decía que cuando Huxley daba clases, Carlos Darwin solía a veces sentarse detrás de aquellas cortinas a escuchar, hasta que su amigo y compañero terminaba. Entonces sólo hacía un año, poco más o menos, que había muerto Darwin (murió en 1882).” En el segundo pasaje, Wells apunta: “Este curso de biología de Huxley era pura y estrictamente de carácter científico. No tenía más fin que el crecimiento, el escrutinio y la perfección de la ciencia dentro de su campo. Jamás supe de aplicaciones prácticas o negocios a donde llevar lo que estábamos aprendiendo allí, y, sin embargo, los beneficios de la economía y de la higiene que han surgido de la labor biológica en los últimos cuarenta años han sido inmensos. Pero estos aspectos eran desdeñados en nuestro estudio. Durante aquel año me encontré cada vez más pobre. Mal alimentado y no muy bien alojado. Pero esto no me importaba nada cuando consideraba la vida que estaba surgiendo en mi mente. Trabajé sin descanso y pasé un año, más feliz aún, que el que había pasado en Midhurst. Me vi un poco embarazado por la irregularidad y la inseguridad de mi educación general, pero, a pesar de ello, fui uno de los tres estudiantes que componía la primera clase en los exámenes de zoología que sirvieron de prueba a nuestra labor.”  
   
H.G. Wells en 1876

Retrato en Experimento de autobiografía (Espasa Calpe, 1943)
       Vale añadir que páginas antes, Wells bosqueja su estancia en Midhurst, pueblito del condado de West Sussex, donde entre 1883 y 1884 fue profesor de niños en una casa-escuela, y donde dio una nocturna y rudimentaria clase sobre varias de las “materias del plan científico del Departamento de Educación”, y donde en secreto concursó para obtener la beca que lo convirtió en alumno de Huxley (influjo que se refleja en el hecho de que su primer libro publicado, dice, fue un pedagógico y escolar Texto de biología): “El Departamento de Educación de aquella época no estaba muy satisfecho con la clase de ciencia que enseñaba en el país, y trataba de reunir sus clases desperdigadas en escuelas de ciencia organizada para producir así un tipo mejor de maestro que el de los graduados clásicos, clérigos, etc., en quienes había confiado hasta entonces. Se enviaron con este objeto circulares a los que en los exámenes habían obtenido mejores notas, y en estas circulares se ofrecía un número determinado de becas, libres de todo gasto, para estudiantes en la Escuela Normal de Ciencias en South Kensington, con una guinea a la semana para el mantenimiento durante el curso y un billete de segunda clase para ir a la capital. Yo leí aquel papel azul con desconfianza, lo llené en secreto y con nerviosidad y me encontré de pronto que me habían aceptado como ‘teacher in training’ por un año en el curso biológico del profesor Huxley, el gran profesor Huxley cuyo nombre veía en los periódicos y era conocido en todo el mundo.”
H. G. Wells
           Vale puntualizar, entonces, que Edward Prendick, el náufrago británico que incidentalmente se refugia en la minúscula isla del doctor Moreau, en su primera conversación le dice “que había pasado algunos años en el Royal College of Science [nombre posterior de la citada Normal School of Science de Londres], y que había llevado a cabo ciertas investigaciones biológicas bajo la dirección de Huxley”. Lo cual calma un poco el agresivo recelo, la neurosis y la suspicacia de Moreau (estuvo a punto de abandonarlo en el mar), y por ello le dice falaz: “Da la casualidad de que todos los que estamos aquí somos biólogos. Esto es, en cierto modo, una estación biológica”. Y el hecho de la pequeña isla del doctor Moreau se localice en algún lugar del Océano Pacífico Sur (no muy lejos del entorno de Apia, puerto de la isla de Samoa), quizá también sea un guiño o un tributo o un homenaje a su inolvidable y vertebral maestro Thomas Henry Huxley. (Dice su memorioso discípulo en su Experimento de autobiografía: “Nuestra principal disciplina era el análisis riguroso de la estructura vertebrada, de la embriología vertebrada y de la sucesión de las formas vertebradas en el tiempo. Nosotros sentíamos que nuestra tarea particular era determinar relaciones de grupos mediante la crítica más aguda de la estructura.”) Quien, por cierto, fue abuelo del escritor Aldous Huxley (1894-1964), autor de la novela Un mundo feliz (1932), piedra angular en el devenir de la ciencia ficción durante el siglo XX y XXI, cuyo término en inglés sience-fiction se atribuye a Hugo Gernsback (1884-1967), editor de Amazing Stories, revista norteamericana, especializada en el género, que empezó a circular en Nueva York en abril de 1926. 

Aldous Huxley
     
(Nueva York, abril de 1926)
         La isla del Dr. Moreau
, una envolvente y fantástica novela de aventuras con su incipiente y anacrónica pátina de ciencia ficción, se divide en un prólogo y veintidós capítulos con números y apropiados rótulos. Ese preámbulo está escrito y firmado por Charles Edward Prendick, sobrino del otrora náufrago Edward Prendick, quien al parecer había decidido dedicarse en el Pacífico Sur “a las ciencias naturales para huir del aburrimiento de una holgada independencia”. El tío Edward Prendick ya murió y su sobrino halló, entre sus póstumos papeles, el manuscrito de las memorias que prologa y publica, pese a que el tío no dejó alguna “nota que indicara expresamente el deseo de su publicación”. Según dice el sobrino, “La única isla que se conoce en la zona en que mi tío fue rescatado es la Isla de Noble, un pequeño islote volcánico completamente deshabitado.” Y por lo que luego se pormenoriza a lo largo de las novelescas memorias del tío, ese “pequeño islote volcánico” sin arcilla fue el ámbito de su supervivencia y de los aventurados y crueles experimentos con animales hechos por el doctor Moreau. Según se lee en la “Introducción” del sobrino, “El 1 de febrero de 1887” su tío Edward Prendick (“un caballero particular”) zarpó del Callao (al parecer el puerto del Perú) a bordo del Lady Vain en calidad de pasajero; barco que “naufragó tras colisionar con un pecio cuando navegaba a 1° de latitud sur y 107° de longitud oeste”; y por ende el tío “había sido dado por muerto”. Según el sobrino, “El 5 de enero de 1888, es decir, once meses y cuatro días después” del naufragio del Lady Vain, su tío Edward Prendick “fue rescatado a 5° 3’ de latitud sur y 101° de longitud oeste en un pequeño bote cuyo nombre era ilegible, pero que al parecer perteneció a la desaparecida goleta Ipecacuanha. Su relato fue tan extraño que lo tomaron por loco.” 

    Vale adelantar que en el último capítulo de sus memorias, Edward Prendick dice que al tercer día de haber zarpado de la isla del doctor Moreau a bordo de ese bote del Ipecacuanha (con un comprensible aspecto de sucio salvaje y greñudo cavernícola delirante), “fue rescatado por un bergantín que cubría la ruta entre Apia y San Francisco.” Apia es el susodicho puerto de Samoa, isla de la Polinesia, en Oceanía; y San Francisco sin duda es el consabido puerto norteamericano de California. Pero Edward Prendick (especie de alter ego de H.G. Wells) regresó a Londres con cierta psicosis y muy misántropo y por ello, luego de una consecutiva terapia con un psiquiatra que durante varios años ha tratado de conjurar su fobia y sus esquizoides visiones (cuyos rescoldos no se apagan por completo y a veces brotan), concluye sus días terrenales viviendo en el campo (y no en Londres) distanciado de la gente y entregado a la lectura, a la experimentación química y a la observación de la bóveda celeste. Según apunta en el idílico y poético broche final de sus circulares memorias: “Me he alejado del caos de las ciudades y de las multitudes, y me paso el día rodeado de libros doctos, de ventanas llenas de luz en esta vida iluminada por las resplandecientes almas de los hombres. Veo a pocos extraños, y mi servicio doméstico es muy reducido. Dedico los días a la lectura y a los experimentos de química, y paso muchas noches claras en el laboratorio de astronomía. El brillo de las estrellas me produce, aunque no sepa cómo ni por qué, una sensación de paz y seguridad infinitas. Creo que es allí, en las vastas y eternas leyes de la materia, y no en las preocupaciones, en los pecados y en los problemas cotidianos de los hombres, donde lo que en nosotros pueda haber de superior al animal debe buscar el sosiego y la esperanza. Sin esa ilusión no podría vivir. Y así, en la esperanza y la soledad, concluye mi historia.”
   
H.G. Wells en Australia (1939)

Retrato en H.G. Wells. Aspectos de una vida (Circe, 1993)
      El doctor Moreau, el propietario y mandamás de la isla, de “por lo menos un metro ochenta” de estatura y el pelo blanco, tiene por mano derecha y segundo de a bordo a un tal Montgomery, quien es el joven treintañero que propició el rescate de Edward Prendick cuando solitario, sin agua, inconsciente y moribundo iba a la deriva en un bote tras el naufragio del Lady Vain. Al descubrirlo en el vaivén del mar, el rubio Montgomery y el negroide M’ling, su raro ayudante, iban de regreso a la isla del doctor Moreau a bordo de la citada goleta Ipecacuanha, propiedad de John Davies, su alcohólico, melenudo y pelirrojo capitán, “tocado con una gorra blanca”. Montgomery pudo auxiliarlo y reanimarlo con inyecciones y brebajes porque estudió medicina en Londres (cinco aciagos años, dice, de “mala comida, alojamientos miserables, ropas raídas, vicios lamentables”). Pero tras llegar a las inmediaciones de la isla del doctor Moreau, Edward Prendick de nuevo estuvo a punto de convertirse en un náufrago a bordo del mismo bote del Lady Vain (que había sido remolcado y “estaba medio lleno de agua, sin remos ni provisiones”), pues el irascible, borrachín, racista y lépero capitán John Davies se negó a transportarlo en su goleta (al parecer se dirigía a Hawai) y el necio y egocéntrico doctor Moreau se opuso a darle refugio en la isla. No obstante, tras un breve lapso de terror a la deriva, la lancha de Moreau, bajo la persuasión de Montgomery, regresó por él; barcaza donde previamente fue acarreado el cargamento de provisiones y de animales que Montgomery y su ayudante traían en la goleta Ipecacuanha. Según le dice Montgomery a Prendick en ese episodio preliminar, el Ipecacuanha “Es un pequeño mercante que viene de Arica y Callao”, y que él viene de Arica, que es un puerto de Chile. Pero más tarde Prendick sabrá que en realidad retornaba de un puerto de África, a donde Montgomery iba una vez al año, y donde “Apenas se relacionaba con la gente en aquel pueblecito marinero de mulatos españoles.”
    Ya en la isla y a regañadientes, el doctor Moreau dispone que Prendick se hospede en la habitación de Montgomery (donde hay una tumbona, una hamaca y una estantería con “libros viejos, principalmente obras de cirugía y ediciones de los clásicos latinos y griegos”), que es un cuarto que introduce a un patio interior y luego al recinto de piedra donde el doctor tiene su laboratorio y realiza sus experimentos. Un lugar prohibido para Prendick y por ende la puerta que da al patio interior y que lleva a él debe estar siempre cerrada con llave; “es una especie de cámara de Barba Azul”, le dice Moreau. 
    Ni Montgomery ni Moreau le revelan ipso facto qué tipo de investigaciones realiza el doctor en ese secreto laboratorio. Ante sus interrogantes, Montgomery, pese a que le dice que la “isla es un lugar infernal”, trata de despistarlo y le responde con tonteras y evasivas. Pero Edward Prendick, ineludiblemente y desde que llegó, al unísono de los rugidos y aullidos del puma (traído en una jaula en el Ipecacuanha) que constantemente oye desde su cuarto, elucubra sobre las rarezas físicas de los grotescos y feísimos habitantes que pueblan la isla (casi todos con las manos malhechas, deformes e incompletas, y dizque incapaces de reír), empezando por el negroide M’ling, el feo ayudante de Montgomery (que tiene “las orejas puntiagudas y cubiertas de un vello fino de color marrón”), y por los “tres hombres vendados”, oscuros y extraños, que iban en la citada lancha del doctor Moreau, los cuales ayudaron con el acarreo de las provisiones y de los animales (el puma, una llama, seis perros, una veintena de conejos), que “Hablaban entre sí en tono gutural” y que a él le parece “una lengua extranjera”.
    Pronto el retintín del apellido del doctor lo traslada a diez años antes en Londres, cuando Edward Prendick era “un chaval” y Moreau “debía tener” “unos cincuenta años” y “era un eminente cirujano”, célebre por sus descubrimientos “sobre la transfusión de sangre” y su “investigación sobre tumores malignos”. Entonces, según dice, supo de él a través de un folleto, publicado por un editor sensacionalista, que incitó su expulsión de Inglaterra tras exponer ante la opinión pública, y frente a la ética y a los escrúpulos de la comunidad médica, la “crueldad desmesurada” de sus experimentos. Según evoca, el titular del folleto voceaba: “¡Los horrores de Moreau!” Y, dice, “El mismo día de su publicación, un pobre perro, desollado y mutilado, escapó del laboratorio de Moreau.” El caso es que Prendick, que aún ignora lo que ocurre en la isla, se pregunta: “¿Qué significaría todo aquello? Un vivisector de mala fama y esos hombres tullidos y deformes...” 
    Llega el momento en que Edward Prendick, que desde su cuarto no ha dejado de oír los terribles y desquiciantes alaridos del puma (parece que lo martirizan), tiene la certeza de que en el laboratorio “¡Estaban torturando a un ser humano!” Entonces cruza la puerta prohibida y en el patio ve que “Un aterrorizado galgo de caza gañía y se retorcía de dolor” y que “En el fregadero había sangre, sangre oscura, mezclada con sangre escarlata”. Y “Luego” [dice], a través de una puerta abierta, bajo la imprecisa claridad de la penumbra interior, vislumbré algo dolorosamente atado a una estructura, lleno de cicatrices, rojo y vendado.” 
 
Fotograma de La isla del Dr. Moreau (1996)
        Aterrorizado, Prendick no tarda en suponer “que Moreau estaba practicando la vivisección con un ser humano” y que él es un cebado e inminente conejillo de Indias de “esos repugnantes canallas” (Montgomery y el doctor), y que “la isla sólo estaba habitada por los dos vivisectores y sus víctimas” (los grotescos y feos humanoides), y que algunas de ellas podrían ser obligadas a atacarlo. En su súbita huida del recinto, sólo lleva “una endeble estaca con un clavo en la punta, una ridícula parodia de maza”, que sin embargo no duda en emplear hasta que la pierde en una caída (ni tampoco duda en usar un revólver cuando lo tiene en su poder). No lleva alimentos ni agua y, pese a su formación biológica, desconoce “por completo la botánica”, por lo que no puede consumir “las raíces o los frutos que allí crecían”. Andando en la selvática floresta, se le acerca el Hombre Mono, o sea “la simiesca criatura que aguardaba a la lancha en la playa” cuando él llegó a la isla. Pese que el Hombre Mono habla con la legendaria y mítica torpeza de Tarzán y es “poco menos que idiota”, lo lleva a “las cabañas”, donde tiene su “casa” y hay comida.
     “Las cabañas” son en realidad una pestilente y oscura gruta donde los monstruos de la isla tienen sus guaridas. Según Prendick, “era un estrecho pasillo entre altas paredes de lava, con una abertura en su rugosa caída, y, a ambos lados, montones de palletes, hojas de palma en forma de abanico y cañas apoyadas contra la pared formaban un conjunto de impenetrables, toscas y oscuras madrigueras. El tortuoso sendero que ascendía por el barranco apenas superaba los tres metros de ancho y estaba cubierto de fruta podrida y otros desperdicios, lo que explicaba el desagradable hedor del lugar.” Pero el epicentro de ese reducto terrícola infestado de horrendas bestias es que allí se oficia, en la semioscuridad del semicircular hipogeo, un dogmático ritual que oficia “el Recitador de la Ley”, un supuesto “Hombre de Pelo Plateado”, es decir, un monstruo “cubierto de pelo gris, como un skye-terrier”, que habla con un “acento inglés” “asombrosamente correcto”. Prendick, como si estuviera preso en un campo de concentración enemigo, se ve obligado a repetir y a hacer la mímica de la “estúpida fórmula”; una cantinela que rezan y corean los miembros de la subterránea secta, mientras todos “se balanceaban hacia los lados, dándose con las manos en las rodillas”. Por ejemplo, repiten a capela: “No caminarás a cuatro patas: ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?” “No sorberás la bebida; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?” “No comerás carne ni pescado; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?” “No cazarás a otros Hombres; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?” Y a esa “larga lista de prohibiciones” (“demenciales, imposibles e indecentes”, que algunos quebrantan en secreto), añaden una especie de coda, un rezo donde rinden pleitesía y reconocimiento vocal a su tácito y todopoderoso Creador: “Suya es la Casa del Dolor.” “Suya es la Mano que crea.” “Suya es la Mano que hiere.” “Suya es la Mano que cura.” Y así, camuflado en la tribu (una parodia de etnia salvaje y cavernícola), atestigua las menudencias de esa extraña “ceremonia absolutamente demencial”. Según deduce allí, “Moreau, tras animalizar a aquellos hombres, había infectado sus cerebros enanos con una especie de deificación de sí mismo”. 
 
Fotograma de La isla del Dr. Moreau (1996)
      Edward Prendick al parecer no se equivoca en lo segundo, pero sí en lo primero. Es decir, cuando Moreau logra acercársele en la gruta y más o menos lo apacigua y le empieza a explicar con latinajos sus razones y el intríngulis de sus experimentos, le aclara que esos seres monstruosos (que se asustan y controlan con el chasquido del látigo y a latigazos) no son humanos sino animales viviseccionados, sometidos en el laboratorio a “Un proceso de transformación en seres humanos”, algunos hechos con trozos de distintos ejemplares. Por ejemplo, el negroide M’ling (el servil, tontorrón y poco diestro ayudante de Montgomery) es “un cruce de mono y cabra”, que además “vive en una perrera detrás del recinto”; el Hombre Mono, orgulloso de sus cinco dedos e incontinente parlanchín con dos dedos de frente, es “un oso mezclado con perro y buey”; y la Osa-Zorra, maloliente y desagradable, es una “mezcla de zorro y osa”.
   Pese a que no confía en Montgomery y mucho menos en Moreau, tras esa primera aclaración y tras recibir el par de revólveres de sus anfitriones, Prendick accede a regresar al recinto, donde el doctor, quizá sólo para oírse a sí mismo, o para que lo entienda y se vuelva cómplice y auxiliar suyo, le hace un recuento de su ideario y de sus experimentos hasta el presente; es decir, según le dice: su praxis “Desde hace veinte años (contando los nueve que pasé en Inglaterra)”. Según Montgomery, quien dejó la Gran Bretaña desde hace once o diez años siguiendo a Moreau, éste “En total había creado casi ciento veinte Monstruos”, de los cuales en ese momento hay “poco más de sesenta”, “sin contar las monstruosidades menores que vivían entre la maleza y carecían de forma humana” (en su huida Prendick llega a ver “Tres extraños saltamontes de color rosa, grandes como gatos”). Pero el egocéntrico, intrínseco y megalómano objetivo de los experimentos del doctor Moreau él mismo lo resume y proyecta en una frase que le suelta a su inesperado huésped: “Esta vez acabaré por completo con el animal, esta vez haré una criatura racional de mi propia invención.” Que para el caso es el puma que llegó a la isla al mismo tiempo que Prendick y que tanto lo horrorizó al oírlo desde su habitación y más todavía al descubrirlo sanguinolento y con vendas en el secreto laboratorio. “Tengo esperanzas en ese puma: he trabajado intensamente en su cabeza y en su cerebro...”, le dice.
 
Fotograma de La isla del Dr. Moreau (1996)
       Tras el señalamiento que le hace Prendick de que “estos animales hablan”, Moreau alude con vaguedad “la ciencia del hipnotismo”. Pero todo indica que le miente cuando le informa que él no es la causa de que los monstruos se agrupen en las guaridas y que tengan una especie de sociedad y un credo al que llaman “la Ley”: “Son ellos quienes se marchan. Los echo cuando empiezo a descubrir en ellos al animal, y lo cierto es que se van allí. Temen esta casa [la llaman ‘la Casa del Dolor’] y me temen a mí. Lo que hay allí es una especie de parodia de la humanidad [...] Es asunto suyo. A mí me producen una terrible sensación de fracaso. No me intereso por ellas. Supongo que siguen las directrices del misionero canaca y llevan un remedo de vida racional, ¡pobres bestias! Hay algo a lo que llaman la Ley. Cantan himnos, construyen sus propias guaridas, recogen fruta de los árboles y arrancan hierbas; incluso se casan. Pero yo veo más allá de todo eso, veo el interior de sus almas y sólo encuentro el alma de las bestias, bestias perecederas, su cólera y el deseo de vivir y satisfacerse a sí mismas... Y sin embargo, son extrañas, complejas, como todo ser vivo. Hay una especie de creciente rivalidad entre ellas, parte vanidad, parte instinto sexual inútil, parte curiosidad inútil. El resultado es para mí una vana burla.” 
   Vale acotar que ese misionero de raza amarilla que Moreau menciona en su perorata, era —según le dijo a Prendick en ese mismo recuento—, uno de los seis canacas, ya fallecidos, que llegaron a la ínsula, “Hace casi once años”, con él y Montgomery: “una especie de misionero que le enseñó a leer” al primer hombre que Moreau creó en la isla con un gorila, “o al menos a deletrear, y le inculcó ciertos conceptos morales básicos. Pero, al parecer, las costumbres de la bestia dejaban mucho que desear.”  
(Sur, Buenos Aires, 1952)
   En este sentido, vale observar que el dogmático, impositivo y totalitario credo de “la Ley”, además de proveerles de cierta socialización y cohesión grupal y de someter a los sectarios miembros de la horda a una especie de reglamentaria lobotomía en la que los monstruos apelan a una supuesta naturaleza humana que debe prevalecer en ellos sobre su intrínseca y salvaje animalidad, resulta, a todas luces y como lo observó Prendick, una especie de deificación que Moreau hizo de sí mismo, pues en el rito y en sus versículos lo adoran y deifican a él y no a otro; por ende, esa parodia de subterráneo culto judeocristiano y de hilarante parodia de tabla mosaica que recitan, danzan y percuten los monstruos en la oscuridad del semicircular hipogeo, no parece ser el producto de un proceso de enseñanza-aprendizaje inculcado por un bienintencionado misionero canaca, sino un híbrido y malévolo implante dizque humanizante y civilizatorio (pergeñado y acuñado para ejercer el dominio ideológico y la manipulación de la conducta) de un locuaz diosecillo bajuno o demiurgo menor idéntico al doctor Moreau, aspirante a monarca absolutista de su propia distopía y pretendido semidiós creador de su propia especie y progenie (no en vano Borges refleja ese oscuro y sectario culto en un corrosivo espejo: “conventículo de monstruos sentados que gangosean en su noche un credo servil es el Vaticano y es Lhasa”, y es el yihadista DAESH, añadiríamos ahora), más aún si se recuerda que Moreau le revela a Prendick en esa sesión explicativa: “Además, soy un hombre muy religioso, Prendick, como ha de ser todo hombre en su sano juicio. Puede que yo crea haber visto más caminos del Hacedor que usted, porque he seguido Sus leyes, a ‘mi manera’, durante toda mi vida, mientras que usted, según tengo entendido, se ha dedicado a coleccionar mariposas. Y le aseguro que el placer y el dolor no tienen nada que ver con el cielo o el infierno. ¡Placer y dolor! ¿Qué son sus éxtasis teológicos sino las huríes de Mahoma, pero en la oscuridad? Esta reserva de hombres y mujeres agredidos por el dolor y el placer, Prendick, llevan la marca de la bestia, la marca de la bestia de la cual proceden. ¡Dolor! El dolor y el placer serán para nosotros una característica sólo mientras nos movamos entre el polvo...”
   Apenas “siete u ocho semanas” (o “quizá más”) después de la llegada de Edward Prendick a la isla ocurre la sonora “catástrofe” que trastoca de raíz los cimientos del entorno. El torturado, tumefacto y sanguinolento puma rompe los grilletes y escapa del recinto. En la violenta huida, Prendick queda con un brazo roto. Y poco después él y Montgomery descubren los restos mortuorios de la bestia y del doctor Moreau. Para que no cunda el caos ante la pérdida de Moreau, Prendick, como si fuera el pitoniso de huitlacoche o el visionario profeta del nopal que vislumbra en un islote la víbora devorando una serpiente, proclama ante los crédulos monstruos que presencian el hallazgo de los restos del supuesto patriarca: “¡Hijos de la Ley! ¡Él ‘no’ ha muerto!” “Ha cambiado de forma. Ha cambiado de cuerpo”. “Durante algún tiempo no lo veréis. Está... allí” (señala “hacia lo alto” con su dedo flamígero), “y desde allí os vigila. Vosotros no lo veis, pero Él sí os ve a vosotros. ¡Respetad la Ley!”. El caso es que parece que los supersticiosos monstruos le creen, entre ellos el Recitador de la Ley, quien nombra a Prendick con pensamiento bíblico: “Hombre que camina por el mar”. Y esto parece el preludio de una época en la que él o Montgomery o algún monstruo representará la reencarnación o el glorioso regreso del soberano y diosecillo bajuno que ve y manda desde lo alto empuñando el cetro del poder y restallando su todopoderosa voz de trueno. Pero tal cosa no sucede y más bien se torna el preámbulo de la degradación y fin de la delirante invención de Moreau. 
   Montgomery, afectado desde el principio por su dipsomanía, escepticismo y apego a ciertos monstruos (e incapaz de huir de la isla, de sí mismo y de Moreau), no resulta nada razonable. Y en medio de una francachela con un grupo de monstruos que prueban los efectos del coñac que les brinda, organiza en la playa la quema del par de lanchas que hay en la ínsula, previendo y frustrando la posibilidad de que Prendick se fugue. Al salir precipitadamente hacia la hoguera en la playa, Prendick vuelca una lámpara sobre unos baúles, cuyas llamas provocan el incendio y destrucción de todo el recinto. Cerca de la fogata donde arden los tablones de las lanchas, Prendick ve el cuerpo degollado de M’ling; mientras Montgomery, tirado bajo el cadáver del Recitador de la Ley, agoniza y fallece con las garras de éste en el cogote. 
 
DVD de La isla del Dr. Moreau (1996)
       Látigo en mano y gritando recriminaciones, postraciones, amenazas y órdenes a mansalva (“¡Saludad!”, “¡Inclinaos ante mí!”) de nuevo parece que Prendick será el nuevo califa y barrigón reyezuelo de la isla de los monstruos. “El Maestro y la Casa del Dolor volverán otra vez. ¡Ay de aquel que quebrante la Ley!”, les amaga. Y si bien al inicio de ese período se le acerca un Hombre Perro (San Bernardo) que lo llama “Maestro” y se declara su fiel “esclavo” y lo tilda con un pensamiento mágico semejante al palimpsesto bíblico que le endilgara el Recitador de la Ley: “¡oh tú que caminas sobre las aguas!”, también reaparece, en el selvático y agreste escenario, un quebrantador de “la Ley” (¡oh Judas!), el feroz, peligroso, ágil y ovijerde Hombre Leopardo, que no reconoce su pretendida autoridad y por ello lo confronta y se convierte en su latente peor enemigo. Para protegerse y resguardarse, Prendick se va con los monstruos a subsistir en las guaridas del hediondo barroco.
    Según apunta Edward Prendick, “Así empezó el período más largo de mi estancia en la isla del doctor Moreau”; “diez meses que pasé en compañía de aquellas bestias semihumanas”. Sin embargo, no todo el tiempo estuvo confinado en las guaridas, ni se convirtió en el dictadorzuelo resucitado del “más allá”, ni en el nuevo revelador y recitador de “la Ley”. Paulatinamente los monstruos, todos con consubstanciales deficiencias mentales, perdieron su capacidad de hablar a la Tarzán (quizá les faltaba el “educativo” tratamiento hipnótico en dosis precisas y controladas) y poco a poco se fueron animalizando. Se convirtieron en monstruosos animales muy peligrosos para él (carnívoros y promiscuos) y por ende abandonó las pestilentes guaridas. Incluso olvidaron “el arte del fuego y sentían hacia él un renovado temor”. Lo cual le sirvió para protegerse, convertido ahora en un solitario fugitivo atrapado en una isla infestada de fieras salvajes (su fiel San Bernardo, ya sólo perro, muere en un ataque del Hombre Leopardo); un sigiloso y camuflado cavernícola que dormía de día y andaba alerta cada noche, pues según dice, cuando “No debían quedar más de veinte carnívoros”, “Casi todos pasaban el día durmiendo, y la isla le habría parecido desierta a cualquier recién llegado; pero de noche el aire se poblaba de gritos y aullidos.”
 
The Island of Dr. Moreau (London, 1896)
        Durante esos diez meses de pesadilla no dejó de otear y escudriñar el océano ni de suponer que algún navío podría rescatarlo. Por ello solía mantener el fuego de una fogata para que el humo diera visos de su presencia en la pequeña ínsula. También “Confiaba en el regreso anual del Ipecacuanha, pero nunca llegaba.” Pues Montgomery, a bordo de esa astrosa goleta (“cascarón”, la llamó), “Sólo una vez al año iba a África para negociar con el agente de Moreau, tratante de animales.” Pese a su torpeza manual, carencia de materiales y de herramientas e ignorancia de la carpintería, dos veces intentó construirse una balsa. La primera vez que lo logró, su “falta de sentido práctico” se hizo evidente porque la armó “a más de un kilómetro del mar, y antes de poder arrastrarla hasta la orilla se había hecho pedazos”. Pero su siempre anhelada salvación llega el sorpresivo día en que “Hacia el sudeste” atisba una vela (un intenso episodio contado con la detallista maestría, amena y visual, que distingue lo mejor de la narrativa de H.G. Wells, entre la que figura La isla del Dr. Moreau). Tras una noche en que trabaja sin descanso para mantener el fuego de una fogata que lo haga visible, cuando ya está cerca el bote que divisó el día anterior, ve que “Había dos hombres a bordo, uno en la proa y otro en el timón.” Prendick se agita con saltos y movimientos y se desgañita para que lo oigan y lo vean. Pero nada ocurre. Los hombres permanecen inmóviles y la barca va a la deriva, como en zigzag. Así que espera a que la corriente la arrastre hasta la arena. Según dice, “Los hombres que la ocupaban estaban muertos, llevaban muertos tanto tiempo que se cayeron a pedazos cuando intenté desembarcarlos. Uno de ellos tenía una melena roja como la del capitán del Ipecacuanha, y en el fondo del barco había una gorra blanca, muy sucia.” 
   
H.G. Wells con su primer traje de etiqueta (enero, 1895)

Retrato y pie en H.G. Wells. Aspectos de una vida (Circe, 1993)
      Esa errante barcaza con dos muertos (que evoca el barco errante repleto de hediondos cadáveres que atisba el náufrago Arthur Gordon Pym) es el bote que le sirve a Edward Prendick para irse por fin de la isla con un barril de agua y navegar “a la deriva durante tres días” con su pinta de esmirriado, greñudo, mugroso y loco troglodita, hasta que lo rescató el susodicho “bergantín que cubría la ruta entre Apia y San Francisco”.


Herbert George Wells, La isla del Dr. Moreau. Traducción del inglés al español y notas de Catalina Martínez Muñoz. El libro de bolsillo (L94), Alianza Editorial. 2ª edición. Madrid, 2014. 192 pp.


Pueblo de Dios y de Mandinga



Tiempo de irás y no volverás


Slim vivía en París. Allí, sumergido en un estado catatónico, tuvo una experiencia mística: a través de su cuerpo astral y navegando en la quinta dimensión, vio la destrucción del globo terráqueo: “era como si la tierra fuera un gigantesco tanque séptico, donde hervían y burbujeaban gases nocivos, mientras minúsculas figuras humanas trataban desesperadamente de salvarse agarrándose a balsas de excrementos o arrastrándose por islas de fango maloliente”. 
  Sólo con choques eléctricos el psiquiatra pudo regresarlo; y Slim, lo primero que le espetó a quemarropa fue: “Déjeme en paz”, “¿no se da cuenta que no tengo intención de regresar a este maldito mundo?” 
  Slim es medio científico y bibliófago del sufismo. Sigue pensando que la catástrofe planetaria está cerca, quizá secuela de una guerra termonuclear. Por ello en la Bibliothèque Nationale de París consulta libros de cosmología y geografía. Y luego de ciertos cálculos supone que el nuevo Polo Norte estará en el territorio de lo que todavía es Los Ángeles, California; y que la latitud de la ínsula de Mallorca, en las Islas Baleares, el nuevo Ecuador, asegura la sobrevivencia. 
  Esa es la demencial e insólita razón por la que Slim y Marcia, hace más o menos diez años, llegaron a Deyá, en la isla de Mallorca, el principal escenario de Pueblo de Dios y de Mandinga, novela breve de la escritora nicaragüense Claribel Alegría (Estelí, mayo 12 de 1924), publicada en México, en 1985, por Ediciones Era.
 
Claribel Alegría
        Son los años 70 del siglo XX. El dictador Francisco Franco no tarda en fallecer (muere a los 82 años el 20 de noviembre de 1975). Y Deyá, un pueblito plagado de cerros, con pocos vecinos y ancianos centenarios, está signado por las misteriosas fuerzas que oscilan en una especie de triángulo maldito o sagrado, según se vea: Deyá, Sóller y Fornalutx. Allí los muertos se aparecen y deambulan, los vivos pueden corporificar sus propios fantasmas, el espíritu de un muerto antediluviano puede surgir en el sueño de alguien y hablar con éste; hay videntes, iluminados, encantamientos, maleficios, conjuros, exorcismos, yoguis, gurús, quienes saltan y viajan a través del tiempo y los que buscan la piedra filosofal. 

En síntesis, ocurren y son posibles las cosas más extrañas y sorprendentes; y es por esto, se dice, que Deyá significa pueblo de Dios, pero también de Mandinga, es decir, del Diablo. 
   Tal novela de la narradora y poeta Claribel Alegría se desarrolla a través de fragmentos capitulares repletos de sucedidos extraordinarios: un cúmulo de fantásticos cuentos breves. Allí se dibujan los rasgos de una fauna numerosa en la que descuellan los personajes célebres: Raimundo Lulio y Robert Graves; pero los otros también tienen lo suyo.
       
(Era, México, 1985)
      Claribel Alegría, con dotes de maga y alquimista, escribió Pueblo de Dios y de Mandinga como lo sugiere la asonancia de su nombre: con claridad y alegría. Sus páginas atrapan y parecen poseer las palabras precisas, siempre en simbiosis con su visión lúdica, fantástica, a veces caricaturesca e incluso erudita. Sin embargo, como se vio al inicio de la nota, esto también implica una visión trágica, desencantada y catastrofista del hombre y su destino, que es un síndrome engendrado por la masiva destrucción causada durante la Segunda Guerra Mundial, pero también por otras guerras que ponen en entredicho la ética y el progreso de la civilización no sólo de Occidente: la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil de España, e incluso la Guerra de Vietnam; y allí está la plaga de estrafalarios hippies para evidenciarlo con sus trillados slogans (tácitos en la obra) de “peace and love”, “haz el amor y no la guerra”, y con sus fantaseos comunales, escapismos y búsquedas misticoides por la India, iluminaciones en LSD y en otros alcaloides y yerbas. Es decir, tal síndrome implica las psicosis y las fobias individuales y colectivas que conjeturan la ineludible e inminente destrucción del mundo, lo que también es un eco deformado de antiguos milenarismos, predicciones apocalípticas y mitos del eterno retorno.

      Por el año 1274, Mahmet, un místico sufí, auxiliado por su discípulo Raimundo Lulio, entonces un humilde monje franciscano, hicieron una piedra filosofal, misma que se tragó a éste haciéndolo viajar por el tiempo. Antes de que Slim y Stephen localizaran la antiquísima piedra filosofal en el jardín de Robert Graves, Deyá es un pequeño, romántico e idílico paraíso terrenal: además de los nativos con genealogía muy antigua, quienes son los que preservan las viejas costumbres, los rituales, los mitos y supersticiones, reside allí una pequeña comunidad de advenedizos: intelectuales, filósofos, científicos, músicos, hippies atraídos por la onda de vibraciones, visionarios y otros bichos definidos por su trivialidad: el escritor de noveletas porno que organiza orgías y misas negras; o por su psicosis: la actriz jubilada y solitaria que todas las tardes se viste de largo para conversar con los amigos imaginarios de sus antiguas glorias hollywoodenses, y la veinteañera francesa que se dedica a curar las heridas del mundo colocando vendas sobre las grietas del asfalto. Todos conviven en santa paz, a imagen y semejanza de angelitos alados y mofletudos, pese a los crímenes, accidentes y maleficios que llegan a ocurrir. 
  Marcia fue una flower girl; ante su consubstancial misterio y femenina imantación, Robert Graves le revela su índole arcana y sobrenatural: ella es una hamadríade, es decir, una ninfa de los bosques, por lo que tiene su árbol y su inasible custodio: el espíritu de un arcaico shamán. Marcia, además, es un modelo de fiel compañera intelectual, que escribe su tesis y un montón de cuadernos que en conjunto son su diario: “cuaderno de pobladores autóctonos”, “cuaderno de antropología comparada”, “cuaderno de observaciones personales”, “cuaderno de leyendas locales”, “cuaderno de trabajo” y “cuaderno de residentes extranjeros”. 
   Slim, aparte de sus lecturas sufistas, dizque escribe la novela definitiva de Deyá, pese a que cabalísticamente durante siete años se haya empantanado en el capítulo tres. Como secuela de su pesadillesca experiencia mística en París, agudizada por el magnetismo de Deyá, vive atrapado en una onírica ventana abierta al fluir del tiempo; es decir, que sin que pueda controlarlo, vive y vuelve a vivir el futuro o el pasado como si fuera el presente. 
  Cuando le cuenta tal embrollo onírico y mental a Stephen, éste le confiesa que encontró un manuscrito: Conversaciones con Raimundo Lulio, donde Robert Graves relata que Raimundo Lulio se materializó, habló con él y le dijo que buscaba su monasterio y la piedra filosofal que en el pasado se lo tragó y que desde entonces busca para retornar a su tiempo. Robert Graves lo guió hasta el monasterio y Raimundo Lulio halló la piedra y, a imagen y semejanza de un agujero de gusano, se deslizó por ella. El manuscrito, además, tiene la arcana receta para elaborar la piedra filosofal, que resulta ser una especie de “puente de Einstein-Rosen” o agujero negro de bolsillo, invisible, un laberíntico túnel del tiempo que devora o desaparece cualquier cosa, así sean toneladas de rocas y que puede trasladar a un distraído a épocas lejanas. 
   Stephen es un metalúrgico nuclear y padece de bibliofilia astrofísica. Trabajó en los Estados Unidos en la construcción de la bomba atómica. Su nombre tal vez sea un guiño al físico británico Stephen Hawking, autor del celebérrimo best-seller Breve historia del tiempo (1988) y famoso indagador de los agujeros negros. Stephen, siguiendo la receta, trata de elaborar la piedra filosofal, pero no puede porque no es filósofo ni se halla en estado de gracia. 
   Stephen, Slim y Marcia descubren que Robert Graves guarda la antigua piedra que crearon Mahmet y Raimundo Lulio. La tiene en una pequeña jaula, tal si fuera un cachivache inútil, un trebejo que sólo sirve para tragar lo que se le ponga enfrente. Cuando por un risible descuido se les escapa, Stephen calcula que el planeta Tierra se acabará en una semana. 
Los poetas nicaragüenses Claribel Alegría y Ernesto Cardenal
  Se equivocó, es obvio, pues los humanoides siguen vivitos y coleando. Pero además se hace evidente que la antigua piedra filosofal, atrapada en la jaulita a imagen y semejanza de pajarraco invisible y oculta en el jardín de Robert Graves, era una especie de centro gravitacional. Con su extravío, al triángulo misterioso de la isla se le esfuma la magia y la poesía; la peste de la modernización lo destruye como si destruyera el mundo: extranjeros compran las antiguas casas, instalan fábricas, hoteles para turistas, autopistas, supermercados con letreros luminosos, bancos, discotecas, tiendas, boutiques, los nativos olvidan sus tradiciones y venden las reliquias, los intelectuales huyen, los hippies se pulverizan, los brujos y visionarios desaparecen, y Robert Graves, como en la antesala de la muerte, frente a la destrucción definitiva, se encierra en sí mismo (quizá preludio del Alzheimer que empezó a borrarlo del mapa).
 El agujero negro o piedra filosofal, por su parte, luego de propiciar el Gran Derrumbe de Deyá, queda vagando quién sabe por qué vericuetos y entretelones de la laberíntica red espacio-tiempo; lo que es una latente amenaza, dado que tarde o temprano, al parecer, caerá en el centro del globo terráqueo y lo desaparecerá, por lo menos del presente sistema solar. 
 La esperanza, no obstante, radica en que Marcia, que es hamadríade y posee la sabiduría y el milenario alfabeto de los árboles, en Centroamérica tiene su ceiba (tal vez un cumplido presagio del shamán que en Deyá custodiaba su árbol), pues quizá tal comunión metafísica, secreta, no sea tan incierta, si se piensa en las dimensiones que no se ven, pero que están allí, y en que “el planeta, la bola de tierra”, dice Slim, “es apenas un telón de fondo frente al cual vivimos una serie infinita de realidades”.


Claribel Alegría, Pueblo de Dios y de Mandinga. Ediciones Era. México, 1985. 88 pp.



viernes, 18 de agosto de 2017

Frankenstein o El moderno Prometeo (1 de 2)

Llevaba un infierno en mis entrañas


                                             A los gemelos Bonny y Dolly,
                                                 sosias de sí mismos.
        
                                               
I de XII
De 1996 data la primera edición de Frankenstein o El moderno Prometeo, la celebérrima novela de la escritora británica Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851), publicada en Madrid con el número 230 de la Colección Letras Universales de Ediciones Cátedra. La traducción del inglés al español es de María Engracia Pujals; y el erudito prólogo, la bibliografía y las notas son de Isabel Burdiel, acuciosa investigadora y catedrática de la Universidad de Valencia. Y la cuarta edición data de 2003 y no se salva de las dispersas y vistosas erratas, reprochables de por sí, pero más aún por tratarse de una edición crítica y anotada repleta de minucias. Junto a la breve iconografía en blanco y negro, y al enriquecedor bagaje crítico, y pese a que “No se conserva”, dice Burdiel, “el manuscrito final que Mary Shelley entregó a la imprenta” para la primera edición de 1818 —con las correcciones, cambios y añadidos del poeta y ensayista Percy Bysshe Shelley (1792-1822)—, lo singular y relevante de la presente traducción y edición (inextricable al ensayístico preámbulo y a las puntuales notas de Isabel Burdiel) es que “se basa, íntegramente, en la primera edición anónima de 1818 publicada en Londres, en tres volúmenes, por Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones”[1] —que algunos atribuyeron a Percy Shelley—, y no en la tercera edición de la novela (la “definitiva”), revisada, corregida e introducida sólo por Mary W. Shelley, impresa en Londres, en 1831[2], en un volumen de lujo ilustrado con grabados del británico Theodor von Holst (1810-1844), editado “por Henry Colburn y Richard Bently” en la serie Standard Novels[3], la cual es la que por lo regular sirve de base, tácitamente o no, para las traducciones y ediciones que se pergeñan y pululan en el globalizado y disperso ámbito del idioma español; y por ello suelen comprender veinticuatro capítulos numerados con romanos o arábicos, más el anónimo “Prólogo” de la edición de 1818 firmado en “Marlow, septiembre de 1817” (escrito por Percy Shelley) y la “Introducción” de Mary W. Shelley, ex profesa para la tercera edición, y por ello está firmada con sus siglas en “Londres, 15 de octubre de 1831”, donde, curiosamente, descuella una consabida mentira (entre otras) sobre la legendaria y difuminada participación y colaboración de Percy Bysshe Shelley en la génesis, revisión y retoque de la obra: “Ciertamente no le debo una sola sugerencia o una mera línea a mi marido, y sin embargo, si no hubiese sido por su estímulo mi historia nunca hubiese tomado la forma en que fue presentada al mundo.”[4]
    
Frankenstein (London, 1831)
Grabados de Theodor von Holst
     “La polémica sobre la cantidad, y la calidad, de la indudable aportación de Percy Shelley a la composición de Frankenstein sigue viva entre los estudiosos”, afirma Isabel Burdiel. De ahí que en Inglaterra, “Para la preparación de esta edición”, Burdiel haya “consultado los fondos propiedad de Lord Abinger depositados en la Bodleian Library de Oxford que contienen, en dos secciones, largos fragmentos de los manuscritos preparatorios de la obra con correcciones, tanto de Mary, como de Percy Shelley”. Intríngulis que Burdiel bosqueja en su anotada y sesuda “Introducción” y que consecutivamente indica (con comillas) en el texto de la novela y en sus puntuales y correspondientes notas a pie de página[5]. En este sentido, apunta en los últimos párrafos de su breve nota preliminar a “Esta edición”:
    
Frankenstein; or, The Modern Prometheus (London, 1818)
Volumen I de la edición príncipe
    “El conflicto acerca de la edición más autorizada implica, de hecho, un conflicto acerca de la identidad de la autora y de su capacidad de controlar un texto que ya se había hecho famoso y que, según se sabe ahora, fue corregido ampliamente por su marido, Percy B. Shelley. Implica también una consideración acerca del sentido de la obra en la medida en que, tanto la Introducción como las revisiones de 1831, tendieron a enfatizar los aspectos más conservadores y pesimistas de la misma y a limar algunos de sus supuestos más escandalosos.
“De esta forma, las dos convenciones clásicas que avalan como más autorizada la última versión de una obra (la preservación de la integridad de sentido del texto original y el carácter de la autoría del mismo) son objeto de un debate no concluido acerca del ‘verdadero Frankenstein’ del cual esta edición participa.
     “Mientras en España [y en América Latina] las ediciones disponibles reproducen casi invariablemente el texto de 1831, la importante investigación realizada sobre los manuscritos originales de la obra de Mary Shelley —consultados asimismo al preparar esta edición— ha ido otorgando creciente autoridad académica al texto de 1818. La joven autora de 18 años que comenzó a escribir en el verano de 1816 (y aceptó las correcciones de su futuro marido) tenía poco que ver con la melancólica viuda que, en 1831, quiso expresar sus reservas ideológicas respecto al clima intelectual y personal que hizo posible su primer impulso narrativo.
     “Nuestra elección se justifica, pues, por la oportunidad crítica de ofrecer al lector español aquel impulso imaginativo original que hizo nacer el mito de Frankenstein. Fue precisamente la popularidad inmediata y continuada del mismo la que hizo sentir a Mary Shelley la necesidad de una nueva edición revisada que no hubiese tenido lugar, ni el sentido que tuvo, si ‘el primer Frankenstein’ no se hubiese convertido ya en un mito popular. Con ello concedemos al texto de 1818 la atención crítica que la gran mayoría de los estudiosos de la obra de Mary W. Shelley le otorgan hoy en día.”


II de XII

Letras Universales núm. 230, Ediciones Cátedra
Cuarta edición
Madrid, 2003
Puesto que en la edición urdida para la serie Letras Universales de Ediciones Cátedra no se acredita, quizá la fuente bibliográfica de la traductora María Engracia Pujals haya sido la edición crítica y anotada que James Rieger publicó, en 1974 (y en 1984), en la editora de la Chicago Univsersity Press: Frankenstein; or, The Modern Prometheus (The 1818 Text); o tal vez haya sido la homónima edición crítica y anotada que Marilyn Butler dio a conocer en Londres, en 1993, en la colección Pickering Women’s Classics. El caso es que, según se lee en la presente traducción al español, el Volumen I del Frankenstein o El moderno Prometeo de 1818 lleva por epígrafe un fragmento de El Paraíso perdido (1667), del poeta y ensayista inglés John Milton (1608-1674):

¿Te pedí,
Por ventura, Creador, que transformaras
En hombre este barro del que vengo?
¿Te imploré alguna vez que me sacaras
De la oscuridad?[6]

 Y de manera anónima el libro está dedicado por “La Autora” a William Godwin (1756-1836), utopista político y filósofo radical, narrador, polígrafo y editor —esposo de la pensadora y feminista radical Mary Wollstonecraft (1759-1797)—, y padre de Mary Wollstonecraft Shelley, quien —dice Isabel Burdiel— “por razones financieras propias e intentado capitalizar el éxito de la primera versión teatral” basada en el libro de su hija (montada en “la English Opera House”), autorizó la “segunda edición de la obra, en dos volúmenes”, impresa en Londres, en 1823, por G. and W.B. Whittaker. No obstante, Burdiel no apunta si esa segunda edición también fue anónima y si tuvo enmiendas o no[7].
   
Los padres de Mary W. Shelley:
William Godwin y Mary Wollstonecraft
     Luego sigue el anónimo “Prólogo”, escrito por Percy Shelley[8], quien, afirma Isabel Burdiel, “se ocupó de todo lo relacionado con la primera publicación de Frankenstein” y a quien “le fue atribuida inicialmente en ciertos círculos literarios”; pero —ojo— al final del “Prólogo” (tal vez se trate de una errata de los subterráneos galeotes de Ediciones Cátedra) no figura el sitio de Inglaterra ni la fecha con que normalmente se data y se lee en las traducciones al español de la tercera edición de 1831: “Marlow, septiembre de 1817”. Lugar y fecha que implican que Mary y Percy Shelley —quienes el 30 de diciembre de 1816 se casaron “en la iglesia londinense de Santa Mildred”[9]—, durante varios meses de 1817 tuvieron una rentada “casa propia” en Marlow: “Albion House 18”[10], donde (se infiere) la narradora concluyó el borrador del primer Frankenstein, pues según apunta Ángela Pérez, en marzo de 1817 “los Shelley se instalan en Marlow” y “Mary trabajó [en su manuscrito] hasta mayo de 1817”[11].
Villa Diodati
   Según dice Percy Shelley en ese “Prologo” como si fuera Mary: “Pasé el verano de 1816 en los alrededores de Ginebra.” Legendaria fecha y ámbito que tácitamente alude a la no menos legendaria Villa Diodati[12], rentada por lord Byron en Cologny, próxima a las orillas del lago de Ginebra (o Lago Léman) y muy cerca de la Maison Chapuis donde se alojaron Mary y Percy Shelley, y Claire Clairmont[13], hermanastra no consanguínea de ella (embarazada de Byron), y donde la escritora, aún con 18 años de edad[14], tras el lúdico reto[15] (de nocturno petit comité) de escribir un “cuento de fantasmas”[16], empezó a fermentar la onírica simiente del gigantesco y horrorosísimo monstruo “mientras se quedaba de nuevo embarazada”. Durante el proceso de escritura de Frankenstein, dice Burdiel, “comenzó a recuperarse de la muerte de su primogénita, crió a su segundo hijo y dio a luz a un tercero. Cambió de residencia y de país varias veces y se casó.”[17]
“La temporada era fría y lluviosa[18], y por las noches nos agrupábamos en torno a la chimenea”, continúa Percy Shelley en el “Prologo” (como si fuera Mary). “Ocasionalmente nos divertíamos con historias alemanas de fantasmas, que casualmente caían en nuestras manos. Aquellas narraciones despertaron en nosotros un deseo juguetón de emularlos.[19] Otros dos amigos (cualquier relato de la pluma de uno de ellos resultaría bastante más grato para el lector que nada de lo que yo jamás pueda aspirar a crear) y yo nos comprometimos a escribir un cuento cada uno, basado en algún acontecimiento sobrenatural.
 “Sin embargo, el tiempo de repente mejoró, y mis dos amigos partieron de viaje hacia los Alpes donde olvidaron, en aquellos magníficos parajes, cualquier recuerdo de sus espectrales visiones. El relato que sigue es el único que se terminó.”
     Ante esto, Isabel Burdiel anota que “según la Introducción a la edición de 1831 y los Diarios de J.W. Polidori[20], los reunidos [en Villa Diodati] eran Percy B. Shelley, Lord Byron, Mary Shelley, su hermanastra Claire Clairmont y el médico de Byron, John William Polidori”[21]. Y que “Poco después de la publicación de Frankenstein, J.W. Polidori publicó su contribución a aquella apuesta de salón, The Vampyre, A Tale (1819)”, “atribuida inicialmente a Lord Byron”. Es decir, en abril de 1819 apareció en la revista londinense New Monthly Magazine “con el nombre de Byron”[22], “errónea o intencionadamente”[23], y por ende Byron se irritó, protestó con agresividad y tildó “la operación de ‘vulgar impostura comercial’”[24]. Y, sin proponérselo, el cuento de Polidori “inició la tradición del vampiro aristocrático y se convirtió en un gran éxito literario y teatral”[25].
     
Los conjurados en Villa Diodati
      
Vale comentar que, por ello, el cuento de John William Polidori (1795-1821)[26], no menos inmortal que la novela[27] de Mary Shelley, suele figurar en acopios temáticos; por ejemplo, El vampiro (Siruela, 2001), antología con “Edición y prólogos del Conde de Siruela” (Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo); y Frenesí Gótico (Valdemar, 2004), antología con “Selección, traducción, prólogo y notas” de Juan Antonio Molina Foix, autor de la novela El vampiro de la calle Méjico (Anagrama, 2012), cuyo sonoro título parafrasea el rótulo de la novela (de temática gay) de Luis Zapata: El vampiro de la colonia Roma (Grijalbo, 1979). Y que, curiosamente, con el citado título La noche de los monstruos (Edhasa, 2012) —volumen con pocas erratas— y edición de Ángela Pérez, se reunieron el Frankenstein de 1831, con traducción de Mercedes Rosúa, hecha de la edición que Michael Kennedy Joseph publicó, en 1969, a través de la Oxford University Press, cuya fuente es la edición original de 1831 revisada e introducida por Mary Shelley; más “Augustus Darvell, fragmento”, de lord Byron (1788-1824), embrionario y trunco episodio[28], al parecer de una narración de vampiros (o supuesta novela) nunca escrita, publicado en Londres, en 1819, “al final de la primera edición del poema Mazeppa[29]; y “El Vampiro”, el susodicho relato de Polidori —derivado del fragmento de Byron—, traducidos por la editora y ensayista Ángela Pérez; quien además incluyó una “Introducción”, “Notas biográficas”, cartas y fragmentos de diarios, “Bibliografía consultada”, una “Cronología”, y la póstuma reseña (laudatoria y parcial) en torno al primer Frankenstein que Percy Shelley escribió en 1817[30] (se infiere que en Albion House, su alquilada casa familiar en Marlow). Trilogía literaria que es el fruto de las legendarias, novelescas, cinematográficas y fantasmagóricas “veladas en Villa Diodati” ocurridas en aquel lluvioso y “extraño verano de 1816”[31] en que germinó la inmortal simiente del Frankenstein de 1818. Mítica y legendaria anécdota que la propia Mary W. Shelley evoca en su “Introducción” de 1831, incluida como “Apéndice” en la presente cuarta edición en la serie Letras Universales de Ediciones Cátedra (pero, ojo, sin la susodicha y consabida datación con que la autora la rubricó al término):
La noche de los monstruos (Edhasa, 2012)
Contraportada de la sobrecubierta
 “Muchas y largas fueron las conversaciones entre Lord Byron y Shelley en las cuales yo era una devota pero casi siempre silenciosa oyente. Durante una de esas conversaciones fueron discutidas varias doctrinas filosóficas y, entre otras, las referidas a la naturaleza del principio de la vida y si sería posible que hubiese alguna probabilidad de que alguna vez fuese descubierto y comunicado. Hablaron de los experimentos del doctor [Erasmus] Darwin[32] (hablo no de lo que el doctor realmente dijo o hizo, sino de lo que se decía entonces que había hecho), el cual fue capaz de preservar un trozo de vermicelli[33] en una caja de cristal hasta que, por algún medio extraordinario, éste comenzó a moverse por voluntad propia. No de esta forma, pero quizás de otra, se podía dar la vida. Quizás un cadáver podría ser reanimado; el galvanismo había dado pruebas de esa posibilidad: quizás se podrían fabricar los elementos que componen a una criatura, unirlos entre sí y dotarles del calor vital.
     “La noche fue desvaneciéndose en esta conversación e incluso la hora de las brujas pasó antes de que nos retirásemos a descansar. Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada no pude dormir, tampoco podría decir que estuviese pensando. Mi imaginación, sin ser rogada, me poseyó y me guió, dotando a las imágenes que surgían en mi mente de una intensidad que estaba más allá de las fronteras del sueño. Vi —con los ojos cerrados pero mediante una aguda visión mental—, vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre extendido y, entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello mostró signos de vida y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento. Era espantoso porque supremamente espantosas deben ser las consecuencias de cualquier tentativa humana de imitar el asombroso mecanismo del Creador del mundo. El artista quedó horrorizado ante su éxito y huyó de su odiosa creación sacudido por el horror. Esperaba que, dejada a su suerte, la débil chispa vital que le había trasmitido se extinguiese y que la cosa que había recibido aquella animación tan imperfecta volvería a convertirse en materia muerta, y que él podría dormir con la creencia de que el silencio de la tumba apagaría para siempre la fugaz existencia de aquel horrendo cadáver que él había considerado la cuna de la vida. Se durmió; pero volvió a despertarse; y vio a aquella cosa horrible de pie junto a su lecho abriendo las cortinas y mirándole con sus ojos amarillos, acuosos y estúpidos.”


III de XII
El Volumen I del Frankenstein de 1818 se divide en cuatro cartas y siete capítulos. Las cartas son el relato que Robert Walton —un joven de 28 años, trotamundos, aventurero, acaudalado, soltero y solitario— le dirige a su hermana Margaret (la señora Saville, radicada en Londres, con hijos y marido), principalmente desde San Petersburgo y el puerto ruso de Arkángel. 
 
Ilustración de Acamonchi en Frankenstein (Mirlo, 2017)
      En primer término descuella el hecho de que Walton se distingue por sus entrenamientos en el mar, pulsiones e ideales de explorador y descubridor de secretos científicos, de lugares nunca antes pisados por un ser humano y de rutas que dejen huella para futuros exploradores, viajeros y mercaderes. Es por ello que en el puerto de Arkángel renta y pertrecha un barco, y contrata a la tripulación, con el objetivo de “descubrir, cerca del Polo [Norte], una ruta hacia aquellos países a los que actualmente se tarda mucho en llegar”. Es decir, tras zarpar a fines de junio (según planea), tiene “el propósito de llegar al Océano Pacífico Norte a través de los mares que rodean al Polo”. Y además: “desvelar el secreto del imán”. Según le dice a su hermana Margaret en la primera carta fechada en “San Petersburgo, 11 de diciembre de 17...”: “Puede que allí encuentre la maravillosa fuerza que mueve la brújula; podría incluso llegar a comprobar mil observaciones celestes que requieren sólo este viaje para deshacer para siempre sus aparentes contradicciones. Saciaré mi ardiente curiosidad viendo una parte del mundo jamás hasta hora visitada, y pisaré una tierra donde nunca antes ha dejado huella el hombre.” E incluso, según le escribe en su segunda carta, fechada en “Arkángel, 28 de marzo de 17...”, además de navegar “hacia lugares inexplorados, hacia ‘la región de la bruma y la nieve’”
[34], sueña con hacer una especie de prolongada, aventurera e imprecisa circunnavegación: “¿Te encontraré de nuevo, tras cruzar inmensos mares y rodear los cabos de África y América? No me atrevo a esperar tal éxito, y no obstante no puedo soportar la idea del fracaso.”
    
Ilustración de Acamonchi en Frankenstein (Mirlo, 2017)
(Detalle)
      Sin embargo, el propósito inicial de Robert Walton se posterga (y se eclipsa) a partir del atasco del navío entre los glaciares y témpanos de hielo, lo cual coincide con una inusitada observación desde el barco y con un consecutivo e imprevisto hallazgo y rescate. Según le reporta a su hermana Margaret en la cuarta carta, con fecha del “5 de agosto de 17...”, “El lunes pasado (31 de julio)”, cuando el barco se hallaba rodeado de hielo y “Hacia las dos de la tarde, la niebla se levantó”, vieron, “Como a media milla y en dirección al norte”, “un vehículo de poca altura, sujeto a un trineo y tirado por perros. Un ser de apariencia humana, pero de gigantesca estatura, iba sentado en el trineo y dirigía los perros. Observamos con el catalejo el rápido avance del viajero hasta que se perdió entre los lejanos montículos de hielo.” Según le dice, “Esa visión provocó nuestro asombro total. Nos creíamos a muchas millas de cualquier tierra, pero esta aparición parecía demostrar que en realidad no nos encontrábamos tan lejos como suponíamos. Pero, cercados como estábamos por el hielo, era imposible seguir el rastro de aquel hombre al que habíamos observado con la mayor atención.” Y a la mañana siguiente, tras subir a cubierta, oye que la tripulación habla con alguien que se halla “sobre un gran fragmento de hielo, que se nos había acercado durante la noche”, y observa que el trineo que está sobre el témpano es semejante al que habían visto, pero sólo un perro queda vivo y el hombre que está allí “No parecía, como el viajero de la noche anterior[35], un habitante salvaje procedente de alguna isla inexplorada, sino un europeo”, que habla el inglés con “acento extranjero” (que resulta ser el filósofo naturalista Victor Frankenstein, aunque todavía no revela su nombre ni su especialidad ni Walton lo apunta), quien, convaleciente, débil y melancólico, se transforma en un huésped amable y culto, muy querido y apreciado por el patrón del barco, al que los rudos marineros consideran y escuchan con respeto. La cuarta carta, entonces, con dos entradas fechadas el “13” y el “19 de agosto de 17...”, se trueca en el diario de Robert Walton, donde bosqueja, para su hermana Margaret, que el rescatado viajero le contará su insólita y aleccionadora historia “durante el día” (la cual implica que en el momento de sucederse el rescate iba en pos de alguien que, afirma, huyó de él). Memorias oídas que Robert Walton, dice, escribirá “cada noche, cuando no esté ocupado”, “empleando en lo posible sus propias palabras”. De ahí que en los siguientes siete capítulos del Volumen I (repletos de suspense, de romanticismo y de episodios melodramáticos) sea, centralmente, la voz del propio Victor Frankenstein la que en primera persona narre los pormenores y las menudencias de la aciaga, dramática y patética historia de su singular vida.

IV de XII
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein o el moderno Prometeo (Sexto Piso, 2013)
Nacido en Ginebra y primogénito de tres hermanos, el cultísimo y políglota Victor Frankenstein vivió allí su infancia, su adolescencia y su primera juventud hasta los 17 años, cuando partió en diligencia hacia “la tierra de la sabiduría”[36], precisamente a estudiar filosofía natural[37] en la Universidad de Ingolstadt[38], alentado por su padre el juez Alphonse Frankenstein, quien hacia los 15 años de su vástago “Construyó una pequeña máquina eléctrica y realizó algunos experimentos”, e “hizo una cometa con cable y cuerda que arrancaba de las nubes ese fluido”[39]. Tras dos años en la Universidad de Ingolstadt, donde fue discípulo del profesor Waldman, consiguió “mejorar algunos instrumentos químicos” (pues la química —y no la anatomía ni la medicina[40]— es la ciencia que más le interesa y la que domina su mentor), lo que le “valió gran admiración y reconocimiento en la universidad”. “Nos ha superado a todos”, “se ha puesto a la cabeza de la universidad”, pregona de él el profesor Krempe, quien a su llegada a Ingolstadt ridiculizara su cándido e impúber entusiasmo por las anacrónicas y obsoletas obras de Cornelio Agrippa, Paracelso y Alberto Magno, que Victor Frankenstein leía en su temprana adolescencia al empeñarse —semejante a un lego Fausto cuasiilluminati— en la esotérica búsqueda de la piedra filosofal y del elixir de la vida, consecuencia de su infantil interés por las “ciencias ocultas”, y de su ingenua y fantasiosa creencia de que se podía “Provocar la aparición de fantasmas y demonios”. Superstición paralela a su interés por los “fenómenos naturales que a diario tienen lugar”, y a procesos fisicoquímicos como “La destilación y los maravillosos efectos del vapor”.
    
Jardín de la Universidad de Ingolstadt, famosa por sus profesores de
anatomía, donde Frankenstein adquiere los conocimientos que le
permiten crear al 'monstruo´. En esta universidad floreció la secta
de los iluministas de la que Victor parece adepto.


Imagen y nota en Frankenstein (Vicens Vives, 2006)
       Pero luego de esos dos años en la Universidad de Ingolstadt, tras advertir que ha descubierto nada menos que “el origen de la generación de la vida”, y que él “mismo estaba capacitado para infundir vida en la materia inerte”, en vez de regresar a Ginebra —donde lo esperan su padre, sus dos hermanos, y su prometida y prima hermana Elizabeth Lavenza—, se aboca a “la creación de un ser humano”, precisamente “en un cuarto solitario” en la universidad, “una celda, en la parte más alta de la casa”, donde instala su taller, su oculto laboratorio de negras e “impías artes”, y de manera secreta e ilícita se entrega a crear “una criatura de dimensiones gigantescas; es decir, de unos ocho pies de estatura[41] y correctamente proporcionada”. Sería un ejemplar de una “nueva especie” de “muchos seres felices y maravillosos” que a él, como si fuera un padre o un dios, le deberían la existencia. Derrotero romántico, megalómano e idealista que quizá lo llevaría a “devolver la vida a aquellos cuerpos que, aparentemente, la muerte había entregado a la corrupción”. Así que durante “casi dos años” experimenta en secreto y prepara los materiales obtenidos en los cementerios, en las tumbas, en los osarios, en “la sala de disección y el matadero”.
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein o el moderno Prometeo (Sexto Piso, 2013)


V de XII
Vale observar, entre paréntesis, que Elizabeth Lavenza, en la edición de 1818, vive desde su niñez en el núcleo familiar de los Frankenstein en Ginebra, luego de que —siendo hija única de la única hermana de su tío el juez Alphonse Frankenstein—, su progenitor, “un caballero italiano”, le escribiera desde Italia al padre de Victor para que se hiciera responsable de la niña, puesto que “tenía la intención de casarse con una dama italiana”. Mientras que en la versión de 1831, para eludir el mojigato prurito del supuesto incesto, Elizabeth Lavenza (“una niña más hermosa que los querubines de los cuadros”) no es su prima hermana, sino una huérfana recogida y adoptada en Italia (“en las orillas de lago Como”) desde la infancia de ambos niños; es decir, cuando Victor (un año mayor que ella) “tenía unos cinco años”. La madre de la rubia Elizabeth Lavenza era una alemana que “había muerto al darla a luz”; y su padre “era uno de esos italianos alimentado con los recuerdos de la antigua gloria de Italia, uno entre los schiavi ognor frementi[42] que luchaban para conseguir la libertad de su país”. Por ende, “No se sabía si había muerto o languidecía aún en los calabozos de Austria. Sus propiedades fueron confiscadas, [y] su hija quedó huérfana y mendiga.”
    
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein o el moderno Prometeo (Sexto Piso, 2013)
        Ese notorio cambio, edulcorado y melifluo en su concepto y composición melodramática, es parte —junto a la “larga Introducción aclaratoria” que la narradora pergeñó para la “tercera y definitiva edición” de 1831— de la “significativa serie de correcciones en el texto original que [observa Burdiel] dan cuenta de la evolución personal de una Mary Shelley triste, desilusionada y conservadora, deseosa de hacer olvidar los escándalos de su adolescencia romántica y de asegurar, para ella y para su hijo, la respetabilidad que siempre había deseado.” Es decir, junto a su empeño por cultivar y preservar una impoluta imagen honorable y respetable ante el establishment, y en hacer menos difícil la relación con su padre (“frío y distante”), el objetivo de Mary Shelley, dice Burdiel, era “asegurar la herencia de su hijo Percy Florence Shelley[43] como el único nieto vivo de Sir Timothy Shelley tras la muerte de los [dos] hijos de Harriet[44]. Sus esfuerzos por proporcionar a Percy Florence una educación acorde con el título y la fortuna del caballero que quería que llegase a ser ocuparon la mayor y más consistente parte de sus esfuerzos emocionales e intelectuales[45]. Finalmente, en 1840, Percy Florence Shelley se graduó (sin honores) por Cambridge y en 1844, a la muerte de Sir Timothy, heredó sus propiedades y la posición social que su madre había añorado siempre.”


VI de XII
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein o el moderno Prometeo (Sexto Piso, 2013)
Tras “casi dos años” de trabajo oculto, insomne e infatigable (cuyas menudencias y peculiaridades no son narradas ni pormenorizadas), “Una desapacible noche de noviembre” (quizá del fúnebre Día de los Muertos[46]), a “la una de la madrugada”, Victor Frankenstein ve que la gigantesca y diabólica criatura creada por él “abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo.” Según le dice a Walton del gigantesco engendro, “Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos”. Pero luego, contradiciéndose (y asombra y es ilógico que no lo advirtiera durante el largo proceso de elaboración científica), observa que son parte de una monstruosa y cadavérica fealdad que lo horroriza: “Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios.”
    
Ilustración de Acamonchi en Frankenstein (Mirlo, 2017)
     Despavorido y nervioso, Victor deja el laboratorio y se va a su habitación, allí mismo en la universidad. En su recámara deambula pensativo hasta que el cansancio lo hunde en el sueño, donde en una lasciva, incestuosa y necrófila pesadilla[47] se mezclan la imagen de su prima hermana Elizabeth Lavenza y el cadáver de su propia madre Caroline Beaufort (fallecida de escarlatina a los 17 años de él). Según dice Victor Frankenstein:
“Me desperté horrorizado; un sudor frío me bañaba la frente, me castañeteaban los dientes y movimientos convulsivos me sacudían los miembros. A la pálida y amarillenta luz de la luna que se filtraba por entre las contraventanas, vi al engendro, al monstruo[48] miserable que había creado. Tenía levantada la cortina de la cama, y sus ojos, si así podían llamarse, me miraban fijamente. Entreabrió la mandíbula y murmuró unos sonidos inteligibles, a la vez que una mueca arrugaba sus mejillas. Puede que hablara, pero no lo oí. Tendía hacia mí una mano, como si intentara detenerme, pero esquivándola me precipité escaleras abajo. Me refugié en el patio de la casa, donde permanecí el resto de la noche, paseando arriba y abajo, profundamente agitado, escuchando con atención, temiendo cada ruido como si fuera a anunciarme la llegada del cadáver demoníaco al que tan fatalmente había dado vida.
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein o el moderno Prometeo (Sexto Piso, 2013)
“¡Ay!, ningún mortal podría soportar el horror que inspiraba aquel rostro. Ni una momia reanimada podría ser tan espantosa como aquel engendro. Lo había observado cuando aún estaba incompleto, y ya entonces era repugnante; pero cuando sus músculos y articulaciones tuvieron movimiento, se convirtió en algo que ni siquiera Dante hubiera podido concebir.”
     Tras el funesto amanecer, el portero abre las puertas del patio de la casa universitaria donde el aterrorizado Victor Frankenstein pasó a la intemperie el resto de la madrugada. Pese a la lluvia, no regresa a su dormitorio, sino que vagabundea por las callejuelas de Ingolstadt, y andando recita para sí unos versos en los que se ve reflejado:

     Como alguien que, en un solitario camino,
     Avanza con miedo y terror,
     Y habiéndose vuelto una vez, continúa,
     Sin volver la cabeza ya más,
     Porque sabe que cerca, detrás,
     Tiene un terrible enemigo.

Versos que, apunta Isabel Burdiel, pertenecen a La balada del viejo marinero, el poema de Coleridge editado en 1798, a quien la niña (o adolescente) Mary Wollstonecraft Godwin escuchó recitarlo de su voz “en el salón de su casa”, pues el poeta era amigo de su padre William Godwin[49]. Pero el caso es que Victor camina bajo la lluvia hasta el “albergue donde solían detenerse las diligencias y carruajes”. Y al llegar allí ve acercarse “una diligencia suiza” de la que desciende Henry Clerval, hijo de un obtuso e iletrado comerciante, y amigo de él y de Elizabeth Lavenza desde su compartida infancia en Ginebra, quien le informa que ha llegado para inscribirse en la universidad; no obstante, a Clerval no le interesa la ciencia, sino el estudio de las lenguas: “el persa, el árabe y hebreo”[50]. Por ende, pese a su fobia y a la probabilidad de encontrarse con el horripilante engendro, Victor lo lleva a su dormitorio en la casa de estudios, donde el criado les sirve el desayuno; pero pronto cae al piso por “un ataque de nervios”, preludio de la “fiebre nerviosa”[51] que lo mantiene débil y enfermo en la cama durante varios meses (desde noviembre hasta la primavera). Henry Clerval cuida de él con esmero y afecto. Y apenas casi recuperado, Clerval le entrega una carta de su prima hermana Elizabeth Lavenza, firmada en “Ginebra, 18 de marzo de 17...”[52], donde le habla de su preocupación por la magnitud de su padecimiento, pues desde hace varios meses no reciben cartas escritas de su puño y letra, sino sólo las dictadas a Clerval (que obviamente éste escribió motu proprio para tranquilizar a los Frankenstein), y donde, entre otras cosas, le da noticias de la buena salud de su padre y de sus hermanos (Ernst y William), del mundillo social en Ginebra, y de las melodramáticas idas y venidas de la singular y agridulce vida de Justine Moritz, una sirvienta muy apreciada por ella y por su tía, la fallecida madre de Victor Frankenstein, a quien emula. No obstante, Victor, pese a que le responde la carta (escrita con dificultades físicas por su enfermedad), posterga el regreso a su ginebrina casa familiar desde esa primavera hasta la primavera siguiente. Y antes del previsto retorno, ya “Entrado mayo”, con su fraterno y entrañable amigo Henry Clerval hace “una excursión a pie por los alrededores de Ingolstadt”, que dura una quincena. Cuando ambos regresan a la universidad, a Victor lo espera una carta de su padre firmada en “Ginebra, 12 de mayo de 17...”, donde le pide que vaya a casa. Pero centralmente le informa que el pequeño William, el benjamín de los tres hermanos y de su prima hermana, fue estrangulado el pasado 7 de mayo durante un paseo en Plainpalais, donde además le robaron del cuello una miniatura que había pertenecido a la madre de los tres hermanos Frankenstein. El pequeño William desapareció durante el paseo; lo empezaron a buscar; pero su cuerpo, ya muerto, sólo fue hallado hasta “Alrededor de las cinco de la madrugada”.
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein o el moderno Prometeo (Sexto Piso, 2013)
Por tal aciago motivo, tras “casi seis años” de ausencia, Victor Frankenstein (con casi 23 años), emprende el largo viaje en calesa que lo lleva de Ingolstadt a Ginebra. Se detiene dos días en Lausana. Y bordeando el lago llega hasta “las afueras de Ginebra”. Pero como las puertas de Ginebra ya están cerradas (se cierran a las 22 horas), pasa “la noche en Secheron, un pueblecito a media legua de la ciudad”. Allí decide ir al sitio donde fue asesinado su hermano William. Y como no puede atravesar Ginebra, en un bote cruza el lago hasta Plainpalais. Cuando ya está en la zona donde ocurrió el crimen —mientras se sucede una sonora tormenta en derredor y en lontananza[53] (los rayos alumbran la cordillera, los montes y picachos)—, formula una elegiaca endecha en memoria del pequeño William; entonces ve “en la oscuridad una figura que emergía subrepticiamente de un bosquecillo cercano”. Reconoce la “gigantesca estatura y su aspecto deformado”. Casi de inmediato lo supone el asesino del pequeño William. Pero el monstruo no se acerca a él ni le dice nada, sino que se aleja veloz. Y luego lo descubre “trepando por las rocas de la abrupta ladera del monte Salêve, el monte que limita Plainpalais por el sur. Rápidamente escaló la cima y desapareció.”
 Ya en su casa familiar en Ginebra, su hermano Ernest (de 16 años), su padre y su prima hermana lo ponen al tanto de otra dramática desventura que se suma al asesinato del pequeño William. Justine Moritz, la joven sirvienta, muy querida por Elizabeth Lavenza y por toda la familia Frankenstein, ha sido acusada del crimen y encarcelada, pues otra sirvienta (que la denunció) encontró en uno de sus bolsillos la miniatura robada (un retrato de la madre de Victor), que es el supuesto “móvil del asesinato”. Ese día se efectuará (y se efectúa) el juicio. En el proceso Justine Moritz, persuadida por las amenazas de su confesor, se declara culpable (para “obtener la absolución” divina, dice) y es condenada a muerte, pese a que con reticencias y estiras y aflojas resulta y es inocente para los miembros de la familia del pequeño William. Victor Frankenstein se siente el verdadero culpable al unísono que culpa al engendro del cruento y cruel embrollo. Pero, angustiosa y depresivamente, a nadie ha revelado (ni revela) su descubrimiento científico para “infundir vida en la materia inerte”, ni sus sombríos y ocultos experimentos ilegales con hurtados y remendados trozos de cadáveres, ni siquiera a Henry Clerval, ni muchos menos la creación y existencia del diabólico, gigantesco y espantoso monstruo del que premonitoriamente dijera tras verlo alejarse de prisa, en medio de la tormenta, del nocturno lugar de Plainpalais donde fue hallado el cadáver del pequeño William: “mi propio vampiro, mi propia alma escapada de la tumba, destinada a destruir todo lo que me era querido.”

VII de XII
El Volumen II del Frankenstein de 1818 se divide en nueve capítulos. Los dos primeros son narrados por la apesadumbrada y depresiva voz del joven Victor Frankenstein. Pero en la última parte del segundo capítulo el monstruo lo alcanza y sorprende. Ásperamente se insultan, maldicen, amenazan y conversan; y el engendro le exige que escuche el relato de su infausta y corta vida. Del tercero al octavo capítulo del Volumen II el monstruo le narra su historia; y, amenazante y coercitivo, le formula su angular e inapelable exigencia: le impone crearle una compañera, tan horrible como él, con la que planea, sueña e imagina vivir (amoroso, tierno, querido y feliz), muy distante de los humanos que lo agreden y rechazan por su aberrante corpulencia y monstruosa y repulsiva fealdad. Y en el capítulo noveno del Volumen II se vuelve a oír la voz de Victor Frankenstein, pero también la voz del engendro, pues ambos acuerdan encontrarse cuando en el laboratorio ya esté hecha la futura mujer del monstruo.
   
El monstruo y su novia
(Boris Karloff y Elsa Lanchester)
Fotograma de La novia de Frankenstein (1935)
      
A mediados de agosto, casi dos meses después” de la injusta ejecución de Justine Moritz[54], Victor Frankenstein y los suyos (su padre, su prima hermana Elizabeth Lavenza y su hermano Ernest) hacen una convaleciente excursión al valle de Chamonix[55]; primero se transportan en carruaje y luego en mula[56]. Al segundo día de su llegada al albergue, Victor, pese a la lluvia torrencial, al frío y a la densa niebla, decide ascender a pie, él solo, la escabrosa y agreste ruta que lo lleva a la cima del Montanvert, que ya conoce, desde donde se otea “el famoso Mar de Hielo[57]”. Según dice: “Recordaba la impresión que el inmenso glaciar en constante movimiento me había causado la primera vez que lo vi.” Cuando Victor ya está en la cima del Montanvert observa el mar de hielo; luego desciende y atraviesa, durante “cerca de dos horas”, ese “campo de hielo” que “tiene casi una legua de anchura”. [...] “La montaña del otro extremo es una roca desnuda y escarpada.” Dice. “Desde donde me encontraba, Montanvert se alzaba justo enfrente, a una legua, y por encima de él se levantaba el Mont Blanc, en su tremenda majestuosidad. Permanecí en un entrante de la roca admirando la impresionante escena. El mar, o mejor dicho: el inmenso río de hielo, serpenteaba por entre sus circundantes montañas, cuyas altivas cimas dominaban el grandioso abismo. Traspasando las nubes, las heladas y relucientes cumbres brillaban al sol. Mi corazón, repleto hasta entonces de tristeza, se hinchó de gozo y exclamé:
     “—Espíritus errantes, si en verdad existís y no descansáis en vuestros estrechos lechos, concededme esta pequeña felicidad, o llevadme con vosotros como compañero vuestro, lejos de los goces de la vida.”
     Al concluir tal invocación —que recuerda la solitaria circunstancia de la mortuoria endecha pronunciada, en medio de la tormenta, en el nocturno sitio de Plainpalais donde se halló el estrangulado cadáver del pequeño William—, ve que el gigantesco monstruo se acerca a él a gran velocidad, dando enormes saltos en los témpanos. En medio del violento, amenazante, ampuloso y retórico diálogo con que discuten y hablan, descuella el inicial hecho de que Victor confirma que “su diabólica fealdad hacía imposible mirarlo”. Y al unísono se observa (y se reitera con los hechos) que a Victor —fóbico, obnubilado, egocéntrico y neurótico— no le resta ninguna minucia de su primigenia pulsión idealista, romántica y megalómana: crear el primer ejemplar de una “nueva especie” de “muchos seres felices y maravillosos” que le deberían la existencia. Ni tampoco le queda ni un grumo de la elemental y básica curiosidad científica y cognoscitiva ante el singular y único ser elaborado por sus descubrimientos y procedimientos en el secreto e ilícito laboratorio; y que en él sólo bulle una visceral repulsión, un rechazo irreflexivo y ciego, un odio sin freno, y un incontrolable deseo de matarlo y vengar el asesinato del pequeño William y la incriminación y ejecución de Justine Moritz. El monstruo podría hacerlo trizas en un santiamén (bastaría con un manotazo); no obstante, su premeditado y único objetivo inmediato (tras perseguirlo a hurtadillas, observarlo desde el camuflaje y emboscarlo) es que Victor Frankenstein, su creador (ídem su padre o el dios de su particular cosmos), oiga lo que tiene que contarle y exigirle con terribles amenazas de muerte y terror. Según le vocifera: “Si aceptáis mis condiciones, os dejaré a vos y a ellos [su familia y el resto de la humanidad]; pero si rehusáis, llenaré hasta saciarlo el buche de la muerte con la sangre de tus amigos.” [...] “Una venganza que devorará en los remolinos de su cólera no sólo a ti y a tu familia, sino a millares de seres más”, le reitera. Y para desahogar e ilustrar los pormenores de su largo y tenebroso discurso sobre su desgraciada e infeliz vida, lo conmina a que lo escuche en una choza[58] cercana donde Victor Frankenstein, sin la fortaleza y sin la resistencia física del engendro, podrá resguardarse y protegerse de las inclemencias de la mortal y deletérea intemperie. La narración del monstruo dura hasta casi la puesta del sol. Y el joven Victor Frankenstein regresa a la aldea de Chamonix después del amanecer del día siguiente.

VIII de XII
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein o el moderno Prometeo (Sexto Piso, 2013)
Luego de deambular y sobrevivir en el bosque (ignorante y confuso sobre su existencia y sobre la naturaleza que lo rodea y de la que se alimenta), y después de ser agredido en un villorrio donde su altura y monstruosidad asusta y horroriza a niños, mujeres y hombres, el engendro se esconde en un estrecho y bajo cobertizo adosado a una solitaria cabaña ubicada en un bosque cercano a Ingolstadt. Ese minúsculo y bajo espacio, sin luz y con piso de tierra, es para el monstruo un refugio y un aula o alveolo escolar donde aprende con celeridad los códigos afectivos, morales, lingüísticos e ideológicos de su laxo, dogmático e inflexible pensamiento, e incluso el secreto de su origen en el laboratorio del filósofo naturalista Victor Frankenstein. A través de un orificio o camuflada hendidura entre un par de tablones del cobertizo, observa y escucha el día a día del pequeño y melancólico grupo familiar que, en el interior de la cabaña, sobrevive en la patética y doliente pobreza. Esa lastimera familia, originaria de París y exiliada allí, está integrada por tres sombríos miembros: el ciego y anciano De Lacey y sus jóvenes hijos: Agatha y Félix. Al principio no entiende lo que hablan (en francés), pero el gigantesco monstruo es sensible ante su indigencia y frente al trato amable y amoroso que media entre ellos. Así que, sin que lo vean ni lo oigan (ídem un fantasma), durante las noches los provee de leña y comestibles y los auxilia con las rudas tareas de los cultivos. Sus beneficiados y protegidos, a quienes el monstruo llama “mis protectores”, suponen que la “mano invisible” que los ayuda es un “espíritu bueno y maravilloso”. A ese bello, afligido, sentimental, dulce y lacrimoso cuadro romántico se le suma, poco después del asentamiento del monstruo, una hermosa fémina que arriba montada en un corcel, guiada por un campesino (como surgida de una vaporosa página de un cuento árabe de las arquetípicas Les mille et une nuits reunidas y traducidas al francés por Antoine Galland). Se trata de Safie, una joven turca, oriunda de Constantinopla, que sólo habla árabe, pero aún así es la enamorada novia y prometida de Félix.
Ilustración de Lynd Ward en
Frankenstein o el moderno Prometeo  (Sexto Piso, 2013)



                                                  Continúa y termina en Frankenstein o
                                                         El moderno Prometeo (2 de 2)





[1] Según Isabel Burdiel salió de la imprenta el “11 de marzo de 1818” y según apunta Ángela Pérez en la “Cronología” de La noche de los monstruos (Edhasa, 2012) fue el primero de enero de ese año y tuvo “una tirada de quinientos ejemplares”. Y James Rieger, en su “Introducción” a Frankenstein (Vicens Vives, 2006) dice que “Tras algunos intentos fallidos de encontrar editor, Frankenstein fue vendida a una editorial de dudosa reputación, que la publicó anónimamente el 11 de marzo de 1818. La novela tuvo un éxito inmediato.”
[2] Según James Rieger (op. cit.), “Por razones artísticas y económicas, Mary también quería revisar y reeditar Frankenstein. La novela no la había dejado del todo satisfecha, pues el diario de la autora nos revela que había estado intentando corregirla desde diciembre de 1818, apenas transcurridos ocho meses de su publicación. De hecho, en julio de 1823 entregó [en Londres] un ejemplar corregido y anotado de la obra a una amiga suya [Mrs. Thomas], y buena parte de las observaciones y enmiendas contenidas en ese ejemplar las incorporó más adelante a la versión definitiva de 1831.”
[3] “Con una tirada de 3.500 ejemplares”, dice Ángela Pérez.
[4] En torno a la “Contribución de Percy Shelley”, James Rieger apunta en su citada “Introducción” al Frankenstein de 1831 editado en 2006, en Barcelona, con el número 38 de la serie Aula de Literatura de Ediciones Vicens Vives: “[…] Mayor importancia tiene la falsa pretensión de Mary de que, pese a reconocer que Shelley la ‘incitó’ a escribir Frankenstein y que fue él quien redactó el Prefacio a la primera edición, ‘no debo a mi esposo la sugerencia de una sola idea, ni siquiera de un sentimiento’. En primer lugar, las metáforas que Shelley acuñó para el monstruoso Poder que aquel mes de julio [de 1816] percibió en el Mont Blanc durante su visita a Chamonix y al glaciar Montanvert con Mary y Claire [Clairmont], vieron la luz en el capítulo X de Frankenstein, al igual que en su propio poema filosófico ‘Mont Blanc’. Pero Shelley, además, revisó a fondo el manuscrito de su esposa. No sólo corrigió sus habituales errores sintácticos, su ortografía y su redacción, sino que los fragmentos conservados del manuscrito contienen multitud de sugerencias para mejorar la narración, interpolaciones que se extienden durante varias frases y revisiones finales de las últimas páginas. Entre las muchas aportaciones de Shelley a la novela está la sugerencia de que Frankenstein viajara a Inglaterra con el objeto de crear una pareja femenina para el monstruo./ Shelley ayudó también a perfilar la figura del joven científico, dotándola de ideas y rasgos del temperamento del propio Shelley, y le añadió otros rasgos que contraponen la personalidad de Frankenstein con la de Elizabeth [Lavenza] en el capítulo II. Asimismo, desarrolló las características que distinguen la república ginebrina de otras naciones menos ‘afortunadas’ (cap. VI). Pero lo más importante es que Shelley corrigió el desenlace de la novela, desde el último párrafo del discurso de Frankenstein hasta la desaparición del monstruo en la ‘oscura lejanía’. Por último, en 1817 corrigió las pruebas con ‘carta blanca [de su esposa] para hacer cuantas modificaciones deseara’. Su contribución en cada etapa del progreso del libro fue tan significativa que es difícil discernir si actuó simplemente como editor o como un colaborador menor de la novela.”
[5] Remiten con precisión a los manuscritos de la Albinger Collection, resguardados en la Bodleian Library de la Universidad de Oxford.
[6] La traducción al español es de Esteban Pujals (ver la ficha de El Paraíso perdido en la postrera Bibliografía complementaria de la presente reseña). Mary W. Shelley lo preservó en la edición de 1831 y le añadió la cifra: “(X. 743-5)”, la cual remite al fragmento del Libro X de El Paraíso perdido de donde fue transcrito. Sobre tal epígrafe anota Isabel Burdiel: “La elección de la cita inaugural, procede del Libro X de El paraíso perdido de John Milton (1608-1674) en el que Adán se lamenta ante su Creador después de la caída, refuerza la conexión entre el mito de Prometeo y la obra de Milton en la configuración del culto al héroe transgresor y satánico del romanticismo.”
[7] Al respecto, Ángela Pérez dice en su “Introducción” a La noche de los monstruos: “En 1823, William Godwin aprovechó el inminente estreno de una versión teatral [de Frankenstein] para preparar y negociar (tras consultarlo con su hija, que seguía en Italia) una segunda edición (Whittaker) en dos volúmenes, con algunas correcciones, en la que figuraba el nombre de la autora: Mary W. Shelley.” Y según reporta en su “Cronología”, apareció el 11 de agosto de 1823.
[8] “Hasta donde puedo recordar fue escrito íntegramente por él”, dice Mary en su “Introducción” de 1831.
[9] Apenas el 10 de diciembre de 1816, Harriet (Westbrook, de soltera), la primera joven esposa de Percy Shelley desde el 28 de agosto de 1811 (ella tenía 15 años y él 19 cuando se casaron), “apareció ahogada en el Lago Serpentine del Hyde Park de Londres”, “supuestamente embarazada” (de alguien desconocido). Y la custodia del par de pequeños hijos que tenían (Ianthe y Charles), en marzo de 1817 le fue denegada a Percy “por resolución del lord canciller Elton”. Se adujo “el supuesto ateísmo e inmoralidad del poeta”, matiza James Rieger (op. cit.).
[10] Apuntan Juan Abeleira y Alejandro Valero en la “Cronología” del poemario antológico y bilingüe de Percy Bysshe Shelley: No despertéis a la serpiente (Hyperión, 1997), en el que no se lee el poema filosófico “Mont Blanc” (ver el pie 4); pero sí una versión de “Mutability” (1815), del que figura un depresivo y melancólico fragmento en el “Capítulo 2” del Volumen II del Frankenstein de 1818, precisamente en el episodio donde Victor asciende hacia la cima del Montanvert; mientras que en la edición de 1831 se lee en el “Capítulo X”.
[11] James Rieger (op. cit.) dice que “En aquel lugar dio Mary remate a Frankenstein el 14 de mayo [de 1817], y en septiembre nació su hija Clara Everina.”
[12] “Había sido también de John Milton”, dice Isabel Burdiel.
[13] Hija de la “supuesta viuda” Mary Jane Clairmont —la segunda esposa del filósofo William Godwin desde el 21 de diciembre de 1801, su nombre real era Jane Clairmont. Y pese a la hija que tuvo con lord Byron el 12 de enero de 1817 (Allegra, que moriría el 19 de abril de 1822), sus salidas y aventuras sexuales con Percy Shelley fueron un dolor de cabeza para Mary, según se transluce en pasajes de cartas y en fragmentos de su diario antologados en La noche de los monstruos. Y según se lee en la citada “Cronología” de No despertéis a la serpiente, Percy, en 1818, tuvo una hija con Claire, llamada Elena Adelaida, que moriría en junio de 1820 “al cuidado de una familia napolitana”. Vale añadir que Byron, aunque separado y con fama de donjuán y lúbrica leyenda negra, desde el 2 de enero de 1815 estaba casado con Annabella Milbanke (“su Princesa de los Paralelogramos”) y ambos tenían una hija, Augusta Ada Byron, nacida el 10 de diciembre de ese año, a la que él sólo vio “unas semanas”, y que en la adultez sería una célebre y trascendente matemática, conocida como Ada Lovelace o Condesa Lovelace. Según James Rieger (op. cit.), Claire (al parecer de 17 años) “se ofreció a sí misma por carta a lord Byron”, quien la dejó embarazada cuando “en abril [de 1816] abandonó Inglaterra para siempre. Al cabo de diez días Claire lo siguió hasta Ginebra, arrastrando tras ellos a los Shelley. Para escapar a la curiosidad de otros turistas ingleses (que los vigilaban con catalejos y explicaban a sus allegados que el grupo organizaba orgías), lord Byron y los Shelley se mudaron respectivamente a la Villa Diodati y a la Maison Chapuis, que se encontraban a orillas del lago Léman y a pocos minutos una de otra. Fue allí donde surgió Frankenstein y en donde se ambienta una parte de la novela.”
[14] Según Burdiel, Mary Shelley “A los nueve años escribió una versión propia de la balada infantil Mounseer Nongtongpaw (1808), suficientemente popular como para merecer cuatro reediciones antes de 1812 y, en 1830, una nueva edición con ilustraciones de Robert Cruikshank.” No obstante, ese poema infantil, basado en la homónima canción de Charles Dibdin (1745-1814),  y pese a que originalmente fue editado por William Godwin en su colección Juvenile Library con ilustraciones en color de William Mulready (1786-1863) , póstumamente se desveló que era una falsa atribución creada y alimentada por el propio Godwin (se infiere que con fines pecuniarios).
[15] En su “Introducción” de 1831, Mary dice que lo formuló Byron: “Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas”.
[16] Al parecer esa mítica y legendaria noche ocurrió a mediados de junio de 1816. “Lo más probable es que Byron propusiera la idea del concurso la noche del 16 de junio”, apunta James Rieger (op. cit.). Y según se lee en La noche de los monstruos, Polidori anotó en su diario en la entrada del 17 de junio de ese año: “Todos menos yo han empezado a escribir los cuentos de fantasmas.” Y en la entrada del siguiente día apuntó: “Empecé mi cuento de fantasmas después del té. Doce en punto, empezó conversación realmente fantasmal.” Y al siguiente día repite: “He empezado mi cuento de fantasmas.” No obstante, según Ángela Pérez, Polidori no se  refiere a “El vampiro”, sino “al titulado Ernestus Berchtold o el Edipo moderno, que publicó poco después que El Vampiro, y en el que no aparece la mujer castigada por curiosa que menciona Mary en la Introducción” (de 1831).
[17] Según apunta Ángela Pérez en su “Cronología”, el 22 de febrero de 1815 “Mary W. Godwin da a luz a una niña que muere a los pocos días”. En enero de 1816 “Mary da a luz a un niño: William”, que muere en junio de 1819 en Roma. El 2 de septiembre de 1817 “Mary da a luz a una niña (Clara Everina), que morirá un año después en Venecia” (el 24 de septiembre de 1818). Y el 12 de noviembre de 1819 da a luz en Florencia a Percy Florence Shelley, el único sobreviviente de los cuatro hijos que tuvo con Percy Shelley (quien por arreglo y conveniencia se casaría en 1848 con la joven viuda Jane Saint John y moriría a los 70 años el 5 de diciembre de 1889). Vale añadir que el 16 de junio de 1822, “Mary tuvo un aborto que estuvo a punto de costarle la vida” (desde mayo de ese año los Shelley compartían vivienda con “Edward y Jane Williams en la Casa Magni, situada junto a la playa y cerca de Lerici”, provincia de La Spezia). Y el 8 de julio siguiente, a los 29 años, Percy Shelley, que no sabía nadar y padecía crisis nerviosas y alucinaciones, se ahogó (con toda la tripulación) al irse a pique el velero Ariel en el golfo de La Spezia, el célebre Golfo de los poetas, ubicado en la ribera del mar de Liguria, en el noroeste de Italia.  Percy iba con su amigo Edward Williams, que también falleció durante la tormenta que hizo zozobrar la nave (en cuyas velas aún se leía su flamante anterior nombre: Don Juan) cuando regresaban a la Casa Magni desde Leghorn.
[18] Según Ángela Pérez, “El año 1816 ha pasado a la historia como ‘el año sin verano’ en el hemisferio Norte, por la bajas temperaturas registradas en Europa y en la región nororiental de América, con brumas, nieblas, heladas, tormentas, ventiscas y lluvias torrenciales. Se perdieron muchas cosechas, hubo hambruna y problemas sociales. Tan extrañas alteraciones climáticas se han identificado a posteriori como efecto de la prolongada erupción del monte Tambora (en la isla Sumbawa del archipiélago de la Sonda, Indonesia) el año anterior, cuyas explosiones se oyeron a dos mil kilómetros, y que causó directa e indirectamente más de cien mil muertos en la región. La enorme cantidad de polvo y gases volcánicos que habían lanzado a la estratosfera llevaban  meses desplazándose sobre el planeta.”
[19] Según Burdiel (en esto coindice con Ángela Pérez), quien cita como fuente informativa el póstumo y expurgado diario de Polidori, se trata de “la colección Fantasmagoriana, ou Recueil d’histoires d’apparitions de spectres, revenans, fantômes, etc.”, “Traduit de l’allemand, par un Amateur (Paris, Lenormant et Schoell, 1812)” —Fantasmagoriana, o una recopilación de historias de apariciones, espectros, revenidos, fantasmas, etc.; traducidos del alemán por un amateur—, cuyo anónimo antólogo y traductor era el geógrafo francés Jean-Baptiste Benoît Eyriès (1767-1846), quien hizo la selección de los cinco volúmenes del Libro de los fantasmas (Das Gespensterbuch), editados en alemán, entre 1811 y 1815, por Friedich Laun seudónimo de Friedich August Schulze (1770-1849) y Johann August Apel (1771-1816).
[20] Isabel Burdiel y Ángela Pérez consultaron la misma edición: “The Diary of Dr. John William Polidori, 1816, relating to Byron, Shelley, etc., editado por William Michael Rossetti, Londres, Elkin Mathews, 1911.” Según informa Ángela Pérez, Rossetti preparó esa póstuma edición a partir de la expurgada copia que del diario hizo Charlotte Lydia Polidori, tía del médico y escritor, “antes de romperlo, y en la que no incluyó los pasajes que le parecieron indecorosos”. Vale añadir que el crítico y editor William Michael Rossetti (hermano del poeta y pintor Dante Gabriel Rossetti y de la poetisa Christina Rossetti) era sobrino del extinto doctor y escritor John William Polidori, pues su madre Frances Polidori (Fanny) era hermana de éste.
[21] Polidori compró la Fantasmagoriana “en una de sus escapadas a Ginebra”, afirma Antonio José Navarro en Sanguinarius. 13 historias de vampiros (Valdemar, 2005); quien además apunta que la legendaria reunión en Villa Diodati (en torno a la chimenea), rodeados por “una lluvia fina e incesante”, sucedió “La noche del 17 de junio de 1818” (el Conde de Siruela dice que fue el “18 de junio”); y que “En aquella sombría velada”, los susodichos contertulios “estaban acompañados por la condesa Potocka (1776-1867) —dama de la alta nobleza polaca, sobrina nieta del rey Estanislao II de Polonia y, según se comentaba, antigua amante de Napoleón—,  y por un gran amigo de Byron, Matthew Gregory Lewis (1773-1818), autor de una de las obras capitales de la literatura gótica, El monje (The Monk, 1795), que escribió con tan sólo veinte años. Juntos empezaron a leer los relatos de fantasmas contenidos en el libro Phantasmagoriana […]”
[22] Pero ya por entonces el pobre Polidori estaba distanciado de Byron, pues según anota Ángela Pérez, “acababa de cumplir veintiún años cuando se despidió de Cologny y de lord Byron (que había decidido prescindir de sus servicios el 16 de septiembre [de 1816] ‘a las seis de la mañana’, según consta en su diario, que termina el 30 de diciembre en Pisa.” Es decir, Polidori trabajó con Byron escasos seis meses, dado que apenas “el 24 de abril de 1816, inició entusiasmado el viaje como médico personal de Byron y un diario por el que John Murray, el editor del poeta, le había ofrecido la considerable suma de 500 libras”, según dice Ángela Pérez.  En este sentido, en La noche de los monstruos, en un fragmento del diario de Polidori correspondiente a la entrada del “5 de septiembre” de 1816, se lee: “L[ord] B[yron] ha decidido que nos separemos, no es que hayamos reñido, pero no somos del todo compatibles. Me ha pagado 70 libras, 50 por tres meses y 20 para el viaje […] He saldado muchas cuentas y he pensado ponerme en marcha: decidido a ir a Italia. Madame de Staël me ha dado tres cartas de presentación. Madame B. lloró, y la mayoría parecía lamentarlo.” Vale añadir que en un pasaje de la antologada carta que Polidori le dirigió a su hermana Fanny (Francis Polidori), fechada en “Bruselas, 2 de mayo de 1816”, se lee sobre el origen de ese póstumo, legendario y expurgado diario: “en algún momento verás mi Diario escrito o impreso, pues [John] Murray [el citado editor de Byron en Londres] me ha ofrecido 500 guineas por escribirlo.” Nótese que apuntó “guineas” y no “libras” (las guineas equivalían a la vigésima parte de una libra). Y añade contento y rimbombante: “Lord Byron me regalará el manuscrito de los nuevos cantos de Childe Harold cuando se impriman.”
[23] Dice Ángela Pérez, quien antologó fragmentos de una carta que Byron le dirigió a John Murray, su editor en Londres, datada en “Venecia 15 de mayo de 1819”, donde le refuta: “He recibido el extracto y el ‘Vampiro’. Huelga decir que no es mío. Hay una norma infalible: mi editor eres tú (hasta que riñamos) y lo que no está publicado por ti no está escrito por mí.”
[24] Dice el Conde de Siruela.
[25] Más o menos a la mitad de su nota 42, Isabel Burdiel dice en su “Introducción”: “En su interesado recuerdo de los hechos, Mary W. Shelley minimiza constantemente la presencia del médico de Byron, un hombre extraordinariamente endeble emocionalmente, pero que, además de ser el único con formación científica suficiente, fue también el único (con ella) que completó su ‘cuento de fantasmas’. The Vampyre, A Tale (1819) fue atribuido a Byron, sin que el pobre Polidori pudiera evitarlo ni evitar las acusaciones de libelo y fraude ante una opinión pública que quiso reconocer en su personaje los rasgos demoníacos de su paciente. En cualquier caso, fue un éxito inmediato; tan solo en el año de su publicación se produjeron cinco ediciones inglesas de la obra y fue el gran acontecimiento teatral de París y Londres durante la temporada de 1820. Con aquel relato se consolidaron los rasgos del vampiro aristocrático que permitieron, en buena medida, la fijación del mito a partir del Drácula de Bram Stoker publicado en 1897.”
[26] El 24 de agosto de 1821, poco antes de cumplir 26 años, Polidori, “Al parecer, se suicidó con ácido prúsico, aunque la nota oficial certificaba muerte por causas naturales”, dice Ángela Pérez.
[27] “Una historia que casi nadie ha leído y que todos hemos visto alguna vez”, dice Burdiel. En este sentido, si durante el siglo XIX, tras sus correspondientes publicaciones, se multiplicaron los montajes teatrales basados en el cuento de Polidori y los basados en la novela de Mary Shelley, de 1910 data la primera versión cinematográfica y silente basada en la novela, producida por Thomas Alva Edison, dirigida por J. Searle Dowley y con Charles Ogle en el papel del monstruo. Pero la imagen más perdurable y popular de éste, inoculado en el inconsciente colectivo de todos los lugares y tiempos, es la caracterización de Boris Karloff en los dos filmes dirigidos por James Whale: Frankenstein (1931) y La novia de Frankenstein (1935). Vale añadir que de la imagen que corporificó Boris Karloff deviene la popular imagen de German Munster, el cómico y gigantón personaje de La familia Monster (telecomedia de la CBS, producida entre 1964 y 1966), caracterizado por el actor Fred Gwynne.
[28] Conocido como Fragment of a Novel, “Un fragmento” o “El enterramiento, un fragmento”.
[29] Mary Shelley lo menciona en su “Introducción” de 1831.
[30] Con el título “Sobre Frankenstein (1817)” esa reseña también se lee en el libro de Percy Bysshe Shelley: Crítica filosófica y literaria (Akal, 2002), antología con edición y prólogo de José Montoya e Inmaculada Tormo. Pero, en contraste con las pretensiones académicas y perfeccionistas de éstos, en el pie de página correspondiente a la novela Frankenstein o The Modern Prometheus, la traductora (Inmaculada Torno) yerra al decir, telegráficamente, que Mary Shelley “la reconoció como suya tras la muerte de su marido”. Al parecer alude la segunda edición de Frankenstein, gestionada por William Godwin, ya no anónima, sino con el nombre de la autora, publicada en Londres en 1823; año en que Mary W. Shelley  (viuda y con un hijo) regresó a Inglaterra, que fue cuando, según Burdiel, “asistió a la primera versión teatral de su novela (que estuvo en cartel hasta finales de siglo) y descubrió que se había vuelto famosa”. No obstante, pese a la aparente negligencia y pasividad pública en torno a la autoría y al destino de Frankenstein desde 1818, Mary no estuvo inactiva ni desdeñosa. Según reporta Burdiel, “los Diarios de Mary Shelley muestran que, a finales de 1818, ya estaba de nuevo intentado revisar aquella obra cuya reescritura no abandonó hasta 1831. James Rieger ha publicado, en su edición del texto de 1818, una consistente relación de los cambios introducidos a lo largo de aquellos años y que Mary Shelley entregó a su amiga Mrs. Thomas en 1823. Aquellos cambios no vieron la luz y fueron, de nuevo, revisados para la tercera edición de 1831, de la que Mary Shelley es íntegramente responsable.”
[31] Ver Remando al viento (1988), película dirigida y guionizada por Gonzalo Suárez, que recrea, limita y reinventa con muchas libertades ese legendario y mítico verano de 1816.
[32] Al inicio de su citada nota 42, observa Burdiel: “De hecho, según James Rieger, la conversación en torno a los experimentos de Darwin se produjo antes de la apuesta de Byron y, por lo tanto, no fue la causa inmediata del famoso ‘sueño’ de una Mary Shelley impotente para escribir. Por otra parte, el interlocutor principal de Percy Shelley en aquel tipo de conversaciones no era Byron, sino, casi con toda seguridad, el siempre menospreciado doctor Polidori.” Cuya tesis, además, presentada a sus 19 años “en la prestigiosa escuela de medicina de Edimburgo”, versó sobre onirodinia y sonambulismo, apunta Ángela Pérez; mientras que el Conde de Siruela dice que el tema de “su disertación de fin de carrera” fue “el sonambulismo y el mesmerismo, indicio claro de su temprana curiosidad por lo extraño”.
[33] Mercedes Rosúa traduce el vocablo italiano vermicelli como “un puñado de fideos” (literalmente, aplicado a la pasta comestible con forma de fideos, significa pequeños gusanos), pero, obviamente, al aludir los experimentos del fisiólogo y naturalista Erasmus Darwin (1731-1802), Mary usó esa palabra no en sentido literal, sino figurado, para decir “un trozo de gusano” (así lo tradujo Rafael Torres en la versión del Frankenstein de 1831 editada en  2013 por Sexto Piso). Una minucia, claro está, que recuerda otra que se lee en la traducción de la “Introducción” de 1831 hecha por María Engracia Pujals: “Los hindúes le dan al mundo un elefante para que lo sostenga, pero hacen que el elefante esté sobre una tortuga.” Lo correcto sería: “Los hindúes le dan el mundo a un elefante para que lo sostenga”; en este sentido, es más acertada la traducción de Mercedes Rosúa, pero no muy eufónica: “Los hindúes dicen que el mundo es sostenido por un elefante, pero que el elefante está de pie sobre una tortuga.”
[34] Frase que, anota Isabel Burdiel, es una referencia a La balada del viejo marinero (1798), poema de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), cuya “fecha de publicación”, dice, “es una de las utilizadas para fijar la acción de la novela en los últimos años del siglo XVIII”.
[35] Líneas antes dijo que lo vieron “Hacia las dos de la tarde” del día anterior y no en la “noche anterior”. Contradicción corregida en la edición de 1831.
[36] Alemania, “patria de los poetas, filósofos y científicos más admirados por los románticos ingleses”,  anota Isabel Burdiel.
[37] “Lo que hoy conocemos como ciencias naturales”, anota Burdiel.
[38] “Famosa por sus profesores de anatomía, donde Frankenstein adquiere los conocimientos que le permiten crear al ‘monstruo’”, se dice en un pie de grabado en la citada edición en la serie Aula de Literatura de Ediciones Vicens Vives, y se añade: “En esta universidad floreció la secta de los iluministas de la que Victor parece adepto.” Pero sólo “parece” desde tal óptica, pues tal intríngulis no se narra en la obra ni se sugiere.
[39] Estereotipada imagen de xilografía y litografía, de almanaque y estampilla escolar que evoca la arquetípica imagen de Benjamin Franklin (1706-1790) empinando un papalote, a quien Immanuel Kant (1724-1804) llamó el nuevo Prometeo, recuerda Burdiel.
[40] El apelativo “doctor” popular, oral y tradicionalmente aplicado a Frankenstein no se apunta ni se dice en la novela, sino en la homónima versión cinematográfica estrenada en 1931y en La novia de Frankenstein (1935), ambas bajo la dirección de James Whale.
[41] O sea: de casi dos metros y medio.
[42] Frase no traducida en Cátedra, ni en Edhasa ni en Sexto Piso, pero sí en un pie de página en la edición de Vicens Vives, donde se lee: shiavi ognor frementi: ‘esclavos siempre furiosos’. La frase alude al sometimiento del pueblo italiano por el imperio austro-húngaro.” Mientras que en la edición de Mirlo se traduce y apunta en un pie: "'Esclavos siempre temblando'. En este contexto, la frase hace referencia al 'temblor' de la población italiana cuando estaban bajo el dominio austriaco en los siglos XVIII y XIX."
[43] “Un niño gordo y flemático”, dice de él James Rieger (op. cit.).
[44] La fallecida primera esposa de Percy Shelley, aludida por el reseñista en el pie 9.
[45] “Según su propia madre,” —apunta James Rieger (op. cit.)— “Percy no tenía vicio alguno y ‘carecía por completo de voluntad y ambición’. Cuando lo llevaba consigo a las reuniones sociales, ‘ponía una cara de estúpido que echaba para atrás’. En 1840, y de nuevo en 1842 y 1843, ‘lo llevé al extranjero… pero no le sirvió de nada’. En 1844 murió finalmente el abuelo, Sir Timothy, y en 1848 Sir Percy Florence Shelley fue inducido a casarse con la ‘tranquila y hogareña’ Jane St. John, una viuda devota de la poesía de Percy Shelley y que, según su suegra, era ‘la criatura más dulce que he conocido… tan afectuosa, tan delicada, tan amable…’.  Pero el matrimonio no tuvo descendencia.”
[46] Cuando los fantasmas de los difuntos salen de sus tumbas…
[47] Mary Shelley la preservó en la edición de 1831.
[48] En su nota 49, correspondiente a la palabra monstruo, Isabel Burdiel apunta: “El término monstruo, que aparece aquí por primera vez, no lo hará más de siete veces a lo largo de la novela, siendo frecuentemente sustituido por términos como ‘demonio’, ‘villano’, ‘ser vil’, ‘criatura’ o, incluso, ‘el primer ser’.” Pero el reseñista de marras, además de subrayarlo con cursivas, lo halló más de siete veces, precisamente en las páginas 170, 171, 173, 174 (dos veces), 209, 217, 231, 238, 248, 249, 252, 261 (dos veces), 264, 273 (dos veces), 286, 291, 299, 304, 306, 311, 313, 319, 321, 323, 325, 329, 332 (dos veces) y 341.
[49] Coleridge, no obstante, según apunta y transcribe Burdiel, “se llevó de ellos una imagen menos grata y encontró ‘el cadavérico silencio de los niños de Godwin bastante siniestro’”. La prole de cadavéricos “niños” eran Mary Wollstonecraft Godwin y sus hermanastros: Fanny Imlay, hija ilegítima de Mary Wollstonecraft y Gilbert Imlay; Charles y Jane (luego Claire), hijos de la “supuesta viuda” Mary Jane Clairmont (al parecer de distinto padre), con quien William Godwin se casó el 21 de diciembre de 1801; más William, el único hijo que ambos tuvieron, nacido en 1803.
[50] En la edición de 1831, Henry Clerval, de hecho, quiere convertirse en “maestro de lenguas orientales” y le interesa el estudio de “la lengua persa, la árabe y el sánscrito”.
[51] Síndrome de un nebuloso trastorno neurótico y psíquico que suele atacarlo en álgidos episodios.
[52] Carta modificada por Mary Shelley en la edición de 1831. Por ejemplo, eliminó las referencias a Ernest, “que va a cumplir los dieciséis años”; donde al contarle que habló con su padre sobre sobre el futuro profesional de éste, descuella su corrosiva perspectiva sobre el oficio de abogado y de juez: “Yo sugiero que se haga granjero; ya sabes, primero, que esto ha sido un sueño que siempre ha acariciado. La vida del granjero es sana y feliz y es la profesión menos dañina, mejor dicho, más beneficiosa de todas. Mi tío pensaba en la abogacía para que, con su influencia, pudiera luego hacerse juez. Pero, aparte de que no está capacitado para ello en absoluto, creo que es más honroso cultivar la tierra para sustento de la humanidad que ser el confidente e incluso el cómplice de sus vicios, que es la tarea del abogado. Dije que la labor de un granjero próspero, si no más honrosa, sí al menos era más grata que la de un juez, cuya triste suerte es la de andar siempre inmiscuido en la parte más sórdida de la naturaleza humana. Ante esto, mi tío esbozó una sonrisa, comentando que yo era la que debía ser abogado, lo que puso fin a la conversación.”
[53] Obvia atmósfera y escenario de tinte gótico.
[54] Elizabeth Lavenza, en la edición de 1831, menciona “el cadalso”, pero no en la edición de 1818 y por ende se infiere que Justine Moritz fue ejecutada en la horca.
[55] Mary, Percy y Claire visitaron Chamonix en julio de 1816, apuntan Ángela Pérez y James Rieger (op. cit.).
[56] En la edición de 1831, Victor va solo al valle de Chamonix, a caballo y luego en mula.
[57] Nota y cursivas de Burdiel y apelativo que remite a la portada del Frankenstein de Ediciones Cátedra, donde se observa un detalle de El mar de hielo (El naufragio del Esperanza) (1823-1824), óleo sobre lienzo del pintor Caspar David Friedrich (1774-1840), también conocido como El mar glacial, El océano glacial o El mar helado. Ver el pie xxxi de la entrega 2 de 2 de la presente reseña.
[58] En la edición de 1831 el engendro, que suele refugiarse en las solitarias y agrestes “cavernas de hielo”, lo lleva a la gruta que habita en la montaña.