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jueves, 10 de mayo de 2018

Leche del sueño


Las cosas son de quien más las necesita

En abril de 2013, el Fondo de Cultura Económica publicó dos póstumas ediciones de Leche del sueño, delgado libro de la pintora y escritora británica Leonora Carrington (1917-2011), que reúne nueve cuentos para niños escritos e ilustrados por ella. Con dos mil ejemplares de tiraje, uno es la edición facsimilar de las páginas de una “Libreta” concebida, principalmente, para el divertimento infantil y doméstico del par de hijos que en la Ciudad de México tuvo con el fotógrafo húngaro Emerico Chiki Weisz (1912-2007): Gabriel (julio 14 de 1946), poeta y doctor en literatura comparada, y Pablo (noviembre 14 de 1947), pintor y médico de profesión, donde la artista escribió a mano, en español y con descuidos y fallas ortográficas y sintácticas, lo cual transluce el poco dominio que tenía del idioma. Con un estuche-caja de cartón, pastas duras forradas en piel negra y logo y rótulos repujados, la edición facsimilar de Leche del sueño (25.3 x 29.2 cm), diseñada por Miguel Venegas, está precedida por “Entre cuentos y bestias sin nombre”, breve prefacio de Gabriel Weisz firmado en “Coyoacán, 4 de diciembre de 2012”, donde le habla de tú a su madre, evoca su niñez en la casa de la calle Chihuahua y alude cierta lectura de algunos de los cuentos de la “Libreta” que su hijo Pablo, en compañía de su hijo Daniel, le hizo a su abuela Leonora cuando aún no estaba tan viejita y aún no se había “alejado a un mundo completamente ajeno”. Luego sigue el prólogo del narrador Ignacio Padilla: “Contar cuentos cóncavos”. Y a continuación figura el contenido de la “Libreta” dispuesto del siguiente modo alterno: en una página se halla la transcripción del cuento con caracteres de imprenta, supeditada lo más posible a la caprichosa manera con que lo escribió Leonora Carrington (lo cual facilita la lectura), y en la siguiente página se aprecia la reproducción facsímil de la página correspondiente, con su letra manuscrita caligrafiada con pluma con tinta sepia (más varias correcciones con lápiz que no se incluyen en la transcripción) y las ilustraciones, en sepia y/o con colores, e incluso con la reproducción de ciertas marcas, arrugas y trazos que el hojeo, el uso y el tiempo dejaron en las hojas de la “Libreta” original. Vale decir que las viñetas y dibujos, algunos contrapunteados con su letra de niña y su torpe español de chiquilla traviesa que aún no aprende a escribir bien, oscilan entre sencillos trazos infantiles (que parodian los garabatos que los niños hacen en cuadernos y paredes) e ilustraciones naïf de kindergarten o muy elaboradas con su magistral virtud y toque personal de pintora surrealista reconocida en todo el globo terráqueo. 
Detalle de la portada del estuche de la edición facsímil de Leche del sueño (FCE, 2013),
 “Libreta con textos e ilustraciones de Leonora Carrington
   
Leonora Carrington con sus hijos Gabriel y Pablo
   


Emerico Chiki Weisz con sus hijos Gabriel y Pablo
Alejandro Jodorowsky
        Y por último, a modo de epílogo, la “Libreta” es cerrada por “Las cosas son de quien más las necesita”, nota evocativa y autobiográfica del polígrafo, mimo, cineasta y director teatral Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, Chile, febrero 17 de 1929), donde alude la entrañable y nutriente amistad que cultivó, en México, con Leonora Carrington en los ya lejanos años 60 del siglo XX. Así que “cuando me iba a vivir a París [dice], me regaló un libro de cuentos escritos e ilustrados por ella, con los que había entretenido a sus hijos, Gaby y Pablo [y por ende quizá daten de los años 50]. Empasté esa reliquia; la encuaderné con tapas de cuero negro, agregándole las cartas que la Maga me había enviado.” Pasaron 20 años, se apunta en la contraportada del estuche, y “Un día [dice Jodorowsky] me vino a visitar Gaby. Movido por un sentimiento que me era incomprensible, le mostré el valioso tesoro. ‘Es una lástima que sea sólo yo el que conozca esta maravilla’, le dije. Y de pronto, como un rayo lúcido que me atravesara la cabeza y estallara en mi corazón, me di cuenta de que era absolutamente injusto que yo fuera dueño de unos cuentos que le pertenecían a él... Vi en la mirada de Gaby cuánto le dolía no poseer ese esencial recuerdo, por lo que le entregué los cuentos diciéndole: ‘Esto te pertenece, llévatelo’... Fue tan grande su emoción que simplemente apretó el libro contra su pecho en silencio y se fue. Hasta el día de hoy no lo he vuelto a ver [...] Darle a ese niño adulto los cuentos, me hizo sentir como si extrajera de mi cuerpo una víscera sagrada que él necesitaba más que yo.” 
Portada de Leche del sueño (FCE, 2013), de Leonora Carrington
Adaptación infantil en la serie
Los especiales de A la orilla del viento 
        La otra edición de Leche del sueño (18.2 x 18.1), con pastas duras, seis mil ejemplares de tiraje y sin ningún prólogo ni nota, fue publicada en la serie Los especiales de A la orilla del viento. Se trata de una atractiva y vistosa “adaptación infantil” de los nueve cuentos cuyos títulos son: “Juan sin cabeza”, “El niño Jorge”, “Humberto el Bonito”, “El monstruo de Chihuahua”, “El cuento feo de las carnitas”, “Cuento feo del té de manzanilla”, “Negro cuento de la mujer blanca”, “La gelatina y el zopilote” y “Cuento repugnante de las rosas”. Si en la edición facsimilar no se acredita al autor de la transcripción (quizá fue Eliana Pasarán, la editora), en la “adaptación infantil” tampoco se precisa quién la pergeñó (quizá fue Mariana Mendía, la editora, o tal vez Gabriel Weisz). Impresos a dos tintas y con una buena manipulación y edición de las ilustraciones creadas por Leonora Carrington (cuyo diseño es del susodicho Miguel Venegas), los nueve cuentos fueron corregidos y aumentados con algunas palabras, e incluso con notorios cambios, como es el caso de “La gelatina y el zopilote”, que en su versión manuscrita dice “jaletina”; o el caso del final de “El cuento feo de las carnitas”, cuyo humorístico detalle escatológico fue adecentado; o el caso de la conversión en moraleja del elíptico y cortante fin del “Cuento feo del té de manzanilla”. En fin.

Ilustración de Leonora Carrington en  la adaptación infantil de
“El cuento feo de las carnitas [Cuento del señor José Horna, por Norita]
   


Ilustración de Leonora Carrigton en la adaptación infantil de
“El Monstruo de Chihuahua”
   
Ilustración de Leonora Carrigton en la adaptación infantil de
“El Monstruo de Chihuahua”
     
Ilustración de Leonora Carrigton en la adaptación infantil de
“El Monstruo de Chihuahua”
      Vale observar que ni Gabriel Weisz ni Ignacio Padilla ni Alejandro Jodorowsky ni los editores revelan que cinco versiones de los nueve cuentos de la “Libreta” fueron publicadas, en 1962, en la revista S.NOB, cuyas anónimas enmiendas (quizá de Salvador Elizondo) siguen a pie juntillas las versiones manuscritas, amén de que las ilustraciones a tinta negra que las acompañan, concebidas ex profeso por Leonora Carrington para S.NOB, no son las que trazó en la “Libreta”. 

Portada de la edición facsímil de la revista S.NOB
Del número 1 al 7, junio-octubre de 1962
Dibujo de Leonora Carrigton
       
De pie:  dos jóvenes y Gabriel Weisz Carrington
Sentados: Salvador Elizondo, María Reyero, Leonora Carrington,
Marie-José y Octavio Paz
       Dirigida por Salvador Elizondo (1936-2006), la revista S.NOB sólo publicó siete números datados en 1962, cuya edición facsimilar apareció en “septiembre de 2004”, coeditada por Editorial Aldus y el FONCA del CONACULTA. Los primeros seis números se hicieron con el patrocinio del productor de cine Gustavo Alatriste (1922-2006) y el séptimo con el subsidio del británico Edward James (1907-1984), el excéntrico mecenas y coleccionista de arte que erigió las construcciones surrealistas de Las Pozas de Xilitla en la Huasteca potosina y en cuyo “Castillo”, la casona en la calle Ocampo del pueblo donde vivía su administrador Plutarco Gastélum (1914-1991), Leonora pintó en un muro un par de fantásticas figuras femeninas, desnudas y con cabeza de anubis-carnero barbado. 

Leonora Carrington pintando en un muro del “Castillo”,
la casona de Edward James en Xilitla
     Quizá no fue casualidad, pero Alejandro Jodorowsky colaboró con un artículo, en su sección “Science fiction”, en cada uno de los primeros seis números de S.NOB; mientras que Leonora Carrington también colaboró en seis números, pero del siguiente modo: el número 1 de S.NOB data del “20 de junio” y en él no publicó; el número 2 data del “27 de junio” y allí Leonora inaugura su sección “Children’s corner” con “El cuento feo de la manzanilla”; el número 3 data del “4 de julio” y en la sección “La ciudad” publicó el cuento fantástico-surrealista “De cómo fundé una industria o el sarcófago de huele”, que ella escribió en español y que posteriormente compiló en su libro El séptimo caballo y otros cuentos (Siglo XXI, México, 1992), cuya primera edición en inglés apareció en Nueva York, en 1988, publicada por E.P. Dutton; el número 4 data del “11 de julio” y en él prosigue su sección “Children’s corner” con el “Cuento negro de la mujer blanca” (cuyo ritmo suena mejor que la versión que se lee en la “adaptación infantil”); el número 5 data del “18 de julio” y en la sección “Children’s corner” figura “El cuento feo de las carnitas”, del que entre paréntesis se dice que fue escrito “en colaboración con José Horna”, lo cual puede ser cierto o una íntima broma, pues el español José Horna (1909-1963), esposo de la fotógrafa húngara Kati Horna (1912-2000), quien también colaboró en S.NOB con la sección fotográfica “Fetiche”, fueron amigos cercanos de Leonora, desde que en 1943 llegó de Nueva York a México casada con el poeta y periodista mexicano Renato Leduc (1897-1986). Y es por ello que cuando en 1946 abandonó a éste para irse con Emerico Chiki Weisz, primero se refugió en el departamento que Remedios Varo (1908-1963) y Benjamin Péret (1899-1959) tenían en la calle Gabino Barreda, en la Colonia San Rafael; pero cuando ese mismo año se casó con Chiki, festejaron la boda en la casa que los Horna tenían en la calle Tabasco de la Colonia Roma. 

     
Leonora Carrington el día de su boda, en 1946, en casa de los Horna
en la calle Tabasco 198, Colonia Roma, Ciudad de México
Foto: Kati Horna
     
En la ventana: Benjamin Péret y Miriam Wolf
Sentados: Kati Horna, Chiki y Leonora (día de su boda), y Gunther Gerszo
     
Día de la boda de Emerico Chiki Weisz y Leonra Carrington
Detrás: Gerardo Lizárraga, José Horna, Remedios Varo y Gunther Gerszo
Al frente: Chiki, Leonora, Benjamin Péret y Miriam Wolf
Foto: Kati Horna
        Además de las celebérrimas fotos en blanco y negro de Kati Horna que documentan tal boda, hay ejemplos de obra artística que visiblemente aluden e implican la retroalimentación y colaboración que hubo entre los miembros de ese legendario grupo de exiliados europeos (y anexas). Un ejemplo es la cuna de madera, con forma de barco de vela, que hacia 1949 diseñó, talló y ensambló José Horna, incluyendo red, cordón y argollas de metal, cuyos fantásticos decorados al óleo en la quilla los pintó Leonora Carrington. Además de que tal obra ahora pertenece al acervo del MUNAL, hay una foto de Kati Horna donde se ve a su hija, la pequeña Norita, dentro de la cuna. Viene a cuento esto porque en la edición facsimilar de la “Libreta” “El cuento feo de las carnitas” tiene por subtítulo, escrito a mano por la autora: “Cuento de señor José Horna por Norita” (sin la ele en “de”); y en la anónima corrección a lápiz (quizá de Jodorowsky), además de la raya sobre el subtítulo, se apunta: “En colaboración con José Horna”. Por ende se colige que la pequeña Norita, anunciada como intérprete por Leonora, también fue destinataria de los cuentos de la “Libreta”. De modo que en la “adaptación infantil” de Leche del sueño el subtítulo de “El cuento feo de las carnitas”, que no figura en el índice, pero sí en el interior, proclama entre paréntesis: “Cuento del señor José Horna, por Norita”.

La cuna (c. 1949)
José Horna diseñó y ensambló
(madera tallada, red, cordón y argollas de metal)
Leonora Carrington pintó al óleo
     
Norita Horna en la cuna (México, c. 1949)
Foto: Kati Horna
         Regresando al desglose de Leonora Carrington en S.NOB, en el número 6 datado el “25 de julio”, en “Children’s corner” se lee “El monstruo de Chihuahua”, pero sólo el primer párrafo, pues tal cuento se complementa con ilustraciones y fragmentos escritos a mano. El número 7 de S.NOB, el último, en mayor medida dedicado a las drogas, apareció hasta el “15 de octubre” y en “Children’s corner” figura el cuento “Juan sin cabeza”. Pero además la portada fue ilustrada con un espléndido dibujo a tinta de Leonora Carrington, que también ilustra la portada de la edición facsimilar de S.NOB (pero a dos tintas). Por si fuera poco, “Cuando cumplí cincuenta años”, el artículo autobiográfico de Edward James, donde bosqueja su conocimiento de los hongos alucinógenos de la sierra de Oaxaca y un mal viaje que tuvo en una habitación de un hotel de la Ciudad de México, está ilustrado con un retrato fotográfico sin crédito perteneciente a una serie que Kati Horna le hizo en 1962, más un dibujo de José Horna, dos de Leonora Carrington y una pésima reproducción del Cristo muerto (c. 1431) de Andrea Mantegna, pintor del Quattrocento. Vale añadir que Edward James, controvertido amigo de la pintora y coleccionista de su obra, fue quien promovió la primera muestra individual de ella en la Galería Pierre Matisse de Nueva York en 1948, cuyo folleto prologó.

Edward James (México, 1962)
Foto: Kati Horna

Ilustración de Leonora Carrigton en la adaptación infantil del
“Negro cuento de la mujer blanca”


Leonora Carrington, Leche del sueño. Edición facsimilar. Iconografía a color. Notas de Gabriel Weisz, Ignacio Padilla y Alejandro Jodorowsky. FCE. México, abril de 2013. S/n de p.

Leonora Carrington, Leche del sueño. Adaptación infantil. Iconografía a color. Los especiales de A la orilla del viento, FCE. México, abril de 2013. 45 pp.


El fantasma tímido



Cómo forrarse de oro y no morir en el intento


Anita Brenner (1905-1974), la célebre autora de Ídolos tras los altares —publicado en inglés, en Nueva York, en 1929, con el sello de Payson & Clarke LTD— y Jean Charlot (1898-1979), uno de los iniciadores del muralismo mexicano, se conocieron en el México de los años 20. Durante un tiempo tuvieron un vínculo amoroso. En la p. 86 del libro-catálogo México en la obra de Jean Charlot (UNAM/CONACULTA/DDF, 1994) y en la p. 63 del libro-catálogo Anita Brenner, visión de una época (RM/CONACULTA, 2006) se aprecia una misma foto alusiva donde ambos comparten una hamaca, a un lado de una pareja anónima, durante el “viaje a Yucatán” (“ca. 1926” o “ca. 1927”); es decir, durante el período en que Jean Charlot, como dibujante y pintor, era parte de la expedición arqueológica, encabezada por Sylvanus Griswold Morley, que exploraba Chichén Itzá.
Jean Charlot y Anita Brenner en la hamaca
(Yucatán, c. 1926-1927)
La hidrocálida Anita Brenner y el francés Jean Charlot no se casaron, pero fueron amigos toda la vida. Fruto de esa amistad son varios libros de literatura infantil, que ella escribió inglés y publicó en Estados Unidos, con ilustraciones de Jean Charlot: The boy who could do anything & Other mexican folk tales (Young Scott Books Addison-Wesley Publishing Company, Inc., 1942), A hero by mistake (Young Scott Books Addison/Wesley Publishing Company, Inc., 1953) y The timid ghost or What would you do with a sackful of gold? (William R. Scott, Inc., New York, 1966), que ese año obtuvo el premio Boys’ Clubs of America Junior Book Award; el cual, además, es el único que ha sido traducido al español con el título El fantasma tímido o ¿Qué harías con un costal lleno de oro?, editado, en 2005, en Aguascalientes, por la Dirección Editorial del Instituto Cultural de Aguascalientes, con motivo del centenario del nacimiento de la autora. 
Anita Brenner y sus hijos Peter y Susannah (c. 1943)
Con traducción de Gustavo Vázquez Lozano, El fantasma tímido incluye, al final, unas escuetas notas “Sobre la autora y el artista”. Y al inicio un breve prefacio de Susannah Glusker Brenner, hija de la narradora, firmado en “Aguascalientes, mayo de 2005”, quien para el citado libro-catálogo Anita Brenner, visión de una época escribió un texto memorioso titulado “Mi madre”, donde revela una curiosa simiente de El fantasma tímido: “Anita fue una madre productiva, ausente en la rutina doméstica pero presente en las exigencias. Una vez que aprendí a manejar me tocaron todos los mandados y quehaceres posibles —el plomero, el veterinario, el super y la farmacia—. Poco a poco me fue dando otros, como por ejemplo el vender los espárragos y las verduras del rancho, o el escribir artículos cuando pensaba que yo lo podría hacer mejor que otro. El encargo más divertido era buscarle lugar para almacenar el oro que iba a encontrar en su rancho de Aguascalientes [se trata del ‘rancho La Barranca —orillas del río Los Pirules—’, otrora ‘cuartel general de las fuerzas de Pancho Villa’, que obligó a su familia a refugiarse en San Antonio, Texas]. Es inaudito que mi mamá, periodista, escritora, antropóloga, esposa, madre, agrónoma que introducía espárragos y alubias frescas al mercado de la Ciudad de México creyera con fe en los ovnis, los espantos y los espíritus, ¡pero así era! Todo un personaje que monta una operación de búsqueda de oro, ya que ‘la Espanta’ le había dicho que estaba allí. Había que cotizar el servicio de transporte y la bodega, y luego pedir referencias de doña Carmelita Martín del Campo, gerente de la sucursal del Banco del Centro. Las llamadas por teléfono de Aguascalientes eran a medianoche o en la madrugada, ¡a todas horas! ‘Ya estamos muy cerca, ¿tienes todo arreglado?’. Y yo le informaba que estaba apalabrando un transporte seguro y una bodega para guardar el tesoro. Iba en serio, pero desafortunadamente no se hizo. Esa ilusión se quedó en un cuento para niños en donde el espanto busca a quién darle el oro.” 
Edición con motivo del centenario de Anita Brenner
Instituto Cultural de Aguascalientes
Dirección Editorial
México, 2005
En la p. 115 del mismo libro-catálogo Anita Brenner, visión de una época se aprecia, a color, una pequeña reproducción fotográfica de la primera edición norteamericana de El fantasma tímido, la cual es idéntica a la portada del libro de pastas duras editado en Aguascalientes; sólo difieren en el idioma. Es decir, la presente edición de El fantasma tímido o ¿Qué harías con un costal lleno de oro? (28.4 x 21.2 cm) reproduce, con los dibujos a línea y en color, la maquetación creada por Jean Charlot. 
En la trama de El fantasma tímido se trasminan y entretejen varios mitos, leyendas y supersticiones populares. El mito de El Dorado que encandiló a tantos aventureros y conquistadores de origen español se advierte y comprime en la acumulación de oro que el fantasma Teodoro —un espanto de cepa campesina y mexicana— custodia en una cueva secreta: “Cubetas y costales, montones y cerros de oro. Pepitas y piedritas y piedrotas del tamaño de tu puño, todas hechas de oro puro.”
Dibujo de Jean Charlot
Tal deslumbrante amontonamiento de oro el propio Teodoro la llegó a reunir, en vida, cuando encarnó la imagen arquetípica de un gambusino decimonónico afectado por la fiebre de oro, ese padecimiento masivo, efervescente en varias regiones de Estados Unidos, indeleble y magistralmente vislumbrado, dramatizado y caricaturizado por Charles Chaplin en su película silente La quimera de oro (1925). 
Es por ello que “Hace trescientos años, cuando Teodoro estaba vivo, vestía como un gambusino, una de esas personas que buscan oro entre las piedritas y en las arenas de los arroyos.
“Usaba un sombrero suave y una chamarra con bolsas grandes forradas de piel, para que pudiera cargar las pepitas de oro. Se metía los pantalones de cuero dentro de las botas también de cuero, y traía un morral de piel colgado al hombro.
“También tenía una mula con dos morrales grandes de cuero, uno de cada lado, y ahí Teodoro cargaba su herramienta: una bandeja, cubetas y cosas; allí también cargaba comida y provisiones.
“Su bandeja tenía agujeros como colador en donde atrapaba y sacudía las piedras y la arena de los arroyos y ríos, dejando correr el agua, esperando siempre ver el brillo y resplandor del oro entre las arenas. Y cuando encontraba una piedrita o un granito totalmente dorado, se ponía muy feliz porque, como verán, una pepita de oro era suficiente para que pudiera vivir durante mucho tiempo.”
Dibujo de Jean Charlot
Ahora que su inicial propósito no era ultrarrellenar una especie de cóncava y laberíntica cueva de Alí-Babá (quizá blindada con las consabidas palabras mágicas: “Ábrete sésamo”, “Ciérrate sésamo”), sino el noble sueño de “un hombre solitario en busca de oro”, para con él realizar la íntima utopía, un amoroso cuento de hadas con final feliz: “tener lo necesario para cumplir su anhelo, que era vivir en una casita a la orilla del camino en un lugar tranquilo. Ahí tendría dos naranjos, dos vacas, un buen perro de caza y seis rosales: dos rojos, dos color de rosa y dos de un color muy especial —¿amarillo?, ¿durazno?, ¿blanco?— el color favorito de Rosita, la mujer a quien él quería. Ella se casaría con él y vendría a vivir a su casita, y si tenían suficiente oro —sólo lo suficiente, no hacía falta mucho— vivirían en paz y felices para siempre.”
Sin embargo, cierta vez, “a la orilla de un arroyo, al fondo de una barranca en Zacatecas (¿o sería en Marfil?)”, es la pesadillesca, incontinente e inesperada acumulación de oro lo que pierde y transforma en un espanto vagabundo, en el fantasma invisible que custodia su rutilante tesoro en una cueva, empeñado en compartirlo con la persona que sepa responderle la pregunta: “¿Qué harías con un costal lleno de oro?”; es decir, en cuya respuesta entrevea la probabilidad de que el beneficiado realice el sueño que él, en vida, no pudo realizar.
Así que ya pasados 200 años de repetir la pregunta y sin encontrar al beneficiario, “un jueves por la noche, afuerita de un pueblo cercano a la cueva”, Teodoro lo halla en un tal Gumersindo, quien además de advertir su naturaleza de espectro (quizá de índole diabólica), le dice la palabras que quiere oír y que reproducen, con moderadas apetencias, casi exactamente el íntimo y secreto sueño de su lejana vida.
Dibujo de Jean Charlot
Pasa el tiempo y resulta que Lupita, la mujer de Gumersindo, empieza a competir en objetos y caprichos contra Gloria, la mujer de un tal Calixto, cuya riqueza va en aumento, y del que se rumora que “encontró un tesoro”, “que le vendió su alma al diablo”; pero él se defiende diciendo que le va muy bien con el “negocio de las mulas de carga”, con las que “trae mercancía especial de Estados Unidos”. Y Gumersindo, para satisfacer los deseos de su mujer, se ve impelido a buscar, de nuevo, la cueva del fantasma Teodoro. Pero éste, que los observa y oye desde su invisibilidad, además de volar y de poder incidir en los fenómenos atmosféricos y climáticos, le echa una maldición al oro “para que desde ese momento todo aquel que pasara por la cueva (accidentalmente o traídos por el diablo) viera únicamente un montón de piedras de río.”
En resumidas cuentas, el enojo del fantasma Teodoro, aunado a sus poderes infernales, inciden en que Gumersindo, con su burro con las bolsas cargadas de oro, muera desabarrancado durante esa “noche de tormenta salvaje” en que fue a servirse a manos llenas. Desde entonces, son “dos espantos, Teodoro y Gumersindo, [los que andan] rondando de día y apareciéndose de noche en los senderos y en las cruces, en los bosques y en los caminos de México, buscando a la persona adecuada, la persona que sepa cómo contestar una... sencilla... pregunta:
“¿Qué harías si tuviera un costal lleno de oro?”
Vale observar que en los dibujos a línea de Jean Charlot predominan el color dorado y el azul, que es el color con el que se logra ver al fantasma cuando en la oscuridad le da la luz, aunque no deja de ser transparente. En este sentido, le dice la voz narrativa al pequeño lector:
Dibujo de Jean Charlot en la contraportada
“La manera de reconocer a Teodoro, si lo llegas a ver, es ésta, los fantasmas mexicanos, por lo general, se aparecen vestidos con la ropa que usaban cuando estaban vivos. Se aparecen con una luz brillante titilante que va y viene para llamar tu atención. Muchas veces la luz es de color azul. Así, la gente de México sabe, por lo general, que una luz azul brillante, candente y parpadeante como mariposa en algún lugar que está solo, como por ejemplo un patio viejo, una carretera o un cruce de caminos, significa que allí hay un espanto que te quiere saludar. Algunos espantos te tocan suavemente el brazo para tratar de llevarte a donde quieren que vayas, que es donde encontrarás un tesoro.
“Por eso, si de casualidad eres una de esas personas que se encuentran a Teodoro, debes saber cómo anda vestido. Quizá tú seas la persona que pueda darle descanso a ese espíritu y de paso quedarte bien contento con el oro que encuentres”.


Anita Brenner, El fantasma tímido o ¿Qué harías con un costal lleno de oro?. Traducción del inglés al español de Gustavo Vázquez Lozano. Diseño e ilustraciones a color de Jean Charlot. Dirección Editorial del Instituto Cultural de Aguascalientes. México, 2005. S/n de p.


miércoles, 4 de abril de 2018

Los zapatos de fierro



El tres, la costilla y el mordisco

Doña Gabriela Ferat de Fentanes, la abuela de Emilio Carballido [fallecido en Xalapa el lunes 11 de febrero de 2008 y cuyos restos descansan en el Mausoleo de Veracruzanos y Veracruzanas Ilustres, ubicado en la cima del Parque Ecológico Cerro de Macuiltépetl, que es el punto más alto de la ciudad], solía narrarles a sus nietos una serie de relatos y cosas que había leído, pero también cuentos populares de tradición oral, como es el caso de Los zapatos de fierro, que la abuela oyó por primera vez de labios de su nana. Blanca Rosa Fentanes de Carballido, la madre de Emilio, para que el cuento no se hundiera en el olvido, alguna vez lo escribió; pero la versión del dramaturgo y narrador es de su cosecha: remozada y pulida a partir de lo que escuchó de niño en Córdoba, Veracruz, lugar donde nació el 22 de mayo de 1925.

Emilio Carballido
(foto: Lourdes Almeida)
      Los zapatos de fierro es un cuento cargado de maravillas que ostenta varios absurdos y clisés característicos de los cuentos tradicionales e incluso clásicos. Después de leerlo se colige, por ejemplo, que si se navega por el río Papalopan sobre una lechuguilla embrujada, se llega a un reino donde tuvieron noticia del país de Irás y no Volverás, presente, desde la noche de los tiempos, en un sin fin de fantásticas historias.
       Sucede que en dicho pueblito, el del comienzo de Los zapatos de fierro, con sus jacales de techo de palma, hamacas y pisos de tierra, vive una familia de campesinos: un padre y una madre con tres hijas. Cierta vez la mayor de las hijas va al río a lavar la ropa; entonces una lechuguilla, cuya conducta es extraña (gira y se mueve contra corriente, como con vida propia), incita a la muchacha a que la tome entre sus manos, pero cuando intenta hacerlo la lechuguilla escapa. Al día siguiente va a lavar la ropa la hija de en medio; se repite la situación de manera parecida. Y es la menor de las tres hijas (siempre es el más pequeño de los tres, el lindo y cortés) la que actúa con cautela e inteligencia: de un manazo la atrapa y la arroja al suelo; al contacto, la lechuguilla se transforma en príncipe. Como premio y gratitud le propone a María (así se llama la hija menor) que se case con él, pero tienen que irse de inmediato, sin avisarle a sus papás y a sus dos hermanas. María dice que sí, pese a que la creerán ahogada. El príncipe se vuelve a transformar en lechuguilla y la joven María viaja sobre él como si lo hiciera sobre una veloz balsa mágica.
      Ya en el reino del príncipe, y tras el apoteósico recibimiento y casorio, María ve en un sueño el dolor que su desaparición causó entre su familia. Le pide al príncipe que la lleve a visitarlos. Este, otra vez con su forma de lechuguilla, la lleva, pero le advierte que todos están muertos (quizá el precio de convertirse en princesa) y sin mayor explicación le prohibe llorar. María, no obstante la prohibición, llora al ver el cuerpo de su fallecida madre. Regresan al reino y el príncipe ya no recobra su forma humana: el llanto de ella lo empujó, de nuevo, al hechizo que lo encierra en la forma de lechuguilla.
       Poco después nace el hijo de ambos. Y entonces ocurre que por las noches, el príncipe, como un fantasma al que no se le puede hablar, le da por aparecer en la recámara donde duermen María, la nana y el bebé. Cada vez que se presenta el fantasma del príncipe, toma entre sus brazos al chamaquito y repite una y otra vez la misma cantaleta: “Si los perros no ladraran, si los gallos no cantaran, si las doce de la noche no dieran, me amanecería con mi hijo entre los brazos.” El rey, padre del príncipe, se esconde en la recámara y confirma la aparición fantasmal de su heredero. Y para romper el hechizo e impedir que termine marchándose a la tierra de Irás y no Volverás, manda a matar a todos los perros y gallos, y destruir y detener todo tipo de relojes.
     El hechizo se interrumpe. Todo parece tomar un curso normal. Pero resulta que el príncipe usa un cinturoncillo que no se quita ni para dormir. María, cuando su esposo está en pelotas, le dice que se lo quite; él no accede e incluso se niega a revelarle el por qué lo lleva. Ante este nuevo fruto prohibido que el príncipe luce enroscado en su desnudez, María no resiste la tentación y lo muerde: espera a que su marido se duerma, le quita la hebilla y el cuerpo desnudo de éste se abre como una gran zanja. Entre aterrada y fascinada, mira, en la profundidad de ese barranco, todo un mundo en miniatura: bosquecillos, riachuelos y gente por allí. 
Los zapatos de fierro (FCE, 1998)
 El príncipe despierta y descubre la desobediencia de su costilla; otro hechizo se desencadena en el instante en que le dice: “Desgraciada, te has perdido y me has perdido. Me voy al país de Irás y no Volverás y zapatos de fierro tendrás que gastar para encontrarme.” Él se esfuma y caen, de la aparente nada, dos pesados y ridículos zapatos de fierro con los que María, vestida de peregrina y con tales zapatones que provocan la burla de los escuincles, inicia un largo andar y buscar por todo el orbe, sin que nadie sepa dónde carajos queda la tierra de Irás y no Volverás y sin que nadie pueda decirle una palabra, sólo una, siquiera una señal de humo, sobre tal sitio. 
    Como suele ocurrir en muchas narraciones de origen oral —abundan ejemplos en el ladrillesco volumen Cuentos populares italianos (Siruela, Madrid, 1993), laborioso acopio de Italo Calvino (1923-1925) cuyo término en lengua italiana data de septiembre de 1956—, en Los zapatos de fierro los vientos tienen características antropomórficas, de gigantescos ogros devoradores de carne humana. María, tal si consultara a tres sabihondos oráculos, se dirige a la Brisa, al Viento del Sur y al Viento del Norte. Cada viento tiene su casucha; y como hijos naturales, sólo viven con su anciana mamá, ante la cual, con notorio matiz edípico, no pueden evitar que les chorree la boca. En torno a cada viento los sucesos y diálogos son muy semejantes, pues los tres episodios ocurren de manera parecida. Así, cada viento recita lo mismo: “Madre, madre, a carne humana me huele aquí; si no me la das, te como a ti.”
      María es transportada por los aires por cada uno de ellos, pero los tres vientos ignoran dónde queda la tierra de Irás y no Volverás. El Viento del Norte supone que quizá sepa algo el Pajarero o una de las aves que custodia, y con él la lleva. “Todos los pájaros del mundo [le dicen a María], de todos los tamaños y razas, tienen un punto de reunión, y es con el Pajarero. Allí los cuidan, los educan, los curan cuando se enferman. Allí protegen y mejoran el destino de las especies.” Sin embargo, ninguna de las aves entrevistadas conoce el país de Irás y no Volverás.
  Todo parece perdido y la esperanza agonizar, cuando el Nopo Rey, debido al peso de su gran panza, pues ha comido demasiado, llega con retraso y dando tumbos y dice venir de la tierra de Irás y no Volverás, reino donde se celebra la boda entre la princesa de allí y un príncipe que desde hace años vive encantado. María reconoce a su marido en esas palabras y desesperada sale volando sobre el Nopo Rey, quien tiene que vomitar para poder hacerlo. Y por fin llega a ese reino largamente buscado y en medio de la celebración de la boda se esconde bajo la cama nupcial. Y cuando los recién casados, acostaditos, están a punto de consumar el matrimonio, María, en tres ocasiones (otra vez el mítico prestigio de tal número) da tres palmadas y repite: “Los zapatos de fierro se están rompiendo”, y con tal fórmula se desvanece el hechizo.
Los zapatos de fierro
(Grijalbo/CONCACULTA, 1993)
      María y el príncipe, su esposo, ya tienen arrugas; no obstante aún se aman y regresan al hogar. Su hijo ha crecido y gobierna el reino, mientras los reyes ya son un par de ancianos que no tardan en morir. Si una humilde lavandera quiere casarse con un príncipe azul, Los zapatos de fierro tiene una enseñanza que le sirve a todo tipo de fémina con aspiraciones semejantes: hay que ser inteligente y valerse de una estrategia para dar el mordisco en el lugar y en el instante debido. La moraleja es, además, un ejemplo ingenuo sobre lo que idealmente implica el amor y el último efluvio de la caja de Pandora, porque hay que estar bajo el influjo de tales yerbas para lanzarse por tierras y mares arrastrando unos pesados zapatos de fierro hasta dejarlos con las suelas agujeradas, como María dejó los suyos, invirtiendo en ello buena parte de sus mejores años. Pero también el cuento, como herencia arquetípica y atávica, es un recordatorio sobre los pesares (aquí muy elocuentes) que pueden causar las culpas, no necesariamente pecados, si no se controla la canija curiosidad (esa que condenó a Eva, a Pandora, a las mujeres de Barba Azul) y, sin pensar, una y ora vez se muerde el fruto prohibido, siempre el más tentador e irresistible, como puesto allí por un diosecillo juguetón y travieso, más que malévolo.
        Editorial Grijalbo, en 1983, imprimió por primera vez Los zapatos de fierro. Una década más tarde, con ilustraciones de Leticia Tarragó, apareció en la extinta serie Botella al Mar de la DGP del CONACULTA; sus dibujos son interpretaciones libres, concebidos con esa fantasía entre mágica, surrealista e infantil que define su estilo; es decir, además de las conjunciones insólitas, fantásticas y oníricas sugeridas por el texto, figura en ellos ese rostro de niña, o de niño o de ángel, que suele aparecer en sus dibujos, grabados, óleos y vitrales. Y en 1998 el FCE lo incluyó en la serie A la orilla del viento, cuyas ilustraciones de Carmen Cardemil también tienen su gracia. 
      Cabe enfatizar que además de su dramaturgia y narrativa, Emilio Carballido fue y es un valioso creador de literatura infantil, entre cuyos títulos se cuentan El pizarrón encantado (1998), Un enorme animal nube (1998) y El pabellón del doctor Leñaverde (2002).

Emilio Carballido, Los zapatos de fierro. Ilustraciones de Leticia Tarragó. Colección Botella al Mar. Grijalbo/CONACULTA. México, 1993. 104 pp.


La tienda de animalhombres del señor Larsen



Son de todos, pero no son de nadie


Aitana Carrasco
Entre los mil y un bestiarios acuñados para el lector infantil, La tienda de animalhombres del señor Larsen (CIDCLI, 2010) llama poderosamente la atención por su espléndido diseño y sus magníficas ilustraciones trazadas por Aitana Carrasco y por los sugestivos textos de Daniel Monedero. Pese a que se trata de una tienda, ésta no vende los engendros, sino que a través de las estampas dibujadas y de las estampas escritas se exhiben tal si se tratara de las vitrinas de un expendio, de una tienda de feria, quizá adjunta a algún circo nómada, donde se expone la niña sapa, el hombre elefante, el cara de pata, la mujer gorda y barbada, el niño de tres cabezas, la gladicroqueta, el tufi, el frijol, la güevarita, el salchichita y otros monstruos por el estilo. De modo que la voz cantante lo anuncia así en la marquesina de la portada y lo reitera en el primer texto: “¡Bienvenidos, damas y caballeros, niños y niñas, perros y gatos, unicornios y centauros, mesas y sillas, ángeles y demonios, a la única, a la sin par, a la fabulosa Tienda de Animales del Señor Larsen! Pasen y comprueben que ésta no es una tienda como las demás, pues ni siquiera tiene animales que mostrar. En ella se exhiben increíbles seres, pero no, no se equivoquen, porque no están en venta. Más que una tienda, es un museo, un catálogo vivo de personajes fantásticos que existen en realidad. Los Animalhombres son una curiosa mezcla de animal y de hombre o de hombre y animal, según como se quiera mirar. El señor Larsen viajó durante años para encontrar una ejemplar de cada especie. Cuando consiguió reunirlos a todos abrió este singular espacio donde se pueden ver tan increíbles seres. Y acompañan a estos extraordinarios especímenes algunos Animajetos, que no son animales con mucho jeto, sino una mezcla de animales y objetos. Abrir la puerta de la Tienda de Animales del Señor Larsen es entrar en un mundo totalmente diferente y sin igual. Pasen y vean, disfruten del maravilloso espectáculo único en el mundo mundial. Están invitados a entrar sin llamar, y no hace falta que les diga que el acceso con animales está totalmente permitido.”
(CIDCLI, Querétaro, abril de 2010)
Tiraje: 3,000 ejemplares
Por lo que se dice, se infiere que el señor Larsen le dio la vuelta al mundo en mil y un safaris para cazar los ejemplares de su tienda. Tal viajero e insaciable explorador evoca a otro viajero e insaciable explorador (ambos de visos decimonónicos), cuyas pesquisas, también acuñadas para el público infantil, se muestran en su propio catálogo: el Animalario Universal del Profesor Revillod. Almanaque ilustrado de la fauna mundial (FCE, 2003), con ilustraciones en blanco y negro de Javier Sáenz Castán y textos de Miguel Murugarren. En este caso, el niño lector (que por antonomasia es un niño poeta, dibujante y músico), al hojear tal “Joya bibliográfica de la zootecnia moderna”, puede ver las dibujadas y cambiantes estampas de “4096 fieras diferentes”; y al observar y escudriñar la combinación y permutación de sus maravillosas y fantásticas formas, va deletreando el nombre del ejemplar y el sitio del globo terráqueo donde se localiza.
(FCE, 3ra. reimpresión, México, 2006)
Tiraje: 14,700 ejemplares
Comatuna
(
Productivo mamífero de vida subterránea de ambientes malsanos)
En medio de la proliferación de la web, del photoshop, de los juegos en el iPhone y en el iPad, y de los iBooks, el Animalario Universal del Profesor Revillod (14,700 ejemplares en la 3ª reimpresión de 2006) y La tienda de animalhombres del señor Larsen (3,000 ejemplares tirados en abril de 2010) son un par de divertimentos, de libros-juego para niños cuadernícolas, esa plaga de traviesos y alharaquientos bichos, aún sin peligro de extinción, que, con sólo un lápiz (o un conjunto de colores) y un cuaderno, gustan rayonear, dibujar y escribir casi sin pensarlo, incluso sobre la pared o sobre un mueble que pase por allí. Hay quien dice que en el total conjunto de tales garabatos en movimiento subyace, inescrutable e inasible, el secreto demiurgo de la Creación Universal. 
En La tienda de animalhombres del señor Larsen se habla de la taxonomía, de la vida y la conducta de 19 ejemplares, cada uno recamado en su estampa y por una o varias viñetas: “El hombrecebra”, “Las jiraféminas”, “El gallohombre”, “El ruiseñor”, “El calamar de las palabras (en su tinta)”, “El garrapato”, “El dalmatarte”, “El hombresalmón”, “El lorohombre”, “El caracol (de ciudad)”, “El cobrador”, “El gorila (de discoteca)”, “La vacamundi”, “El colibrito de versos”, “El monociclo”, “La elefantetera”, “El camactorleón” y “El Pérez Oso”.
El ajolote (1944)
Ilustración: Gabriel Fernández Ledesma
Editado en 1944 por la SEP, el pintor y grabador Gabriel Fernández Ledesma, con el formato y el diseño de un cuaderno escolar, concibió un Álbum de animales mexicanos (en 1991 Ediciones Toledo, a través del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, hizo una edición facsimilar). Cada uno de sus 18 breves textos figura con una ilustración a color (“dibujos al temple sobre papel”) realizada como si fuera la estampa de un grabado en madera. En La tienda de animalhombres del señor Larsen, si bien las estampas fueron impresas a color, Aitana Carrasco hizo los dibujos centrales en blanco y negro, varios como si fueran collages, y por ende evocan los collages de Max Ernst y ciertos cadáveres exquisitos de factura surrealista, hechos en grupo o en solitario con recortes de revistas sobre papel. 
Homo Rodans (1959)
Obra de Remedios Varo construida con
huesos de pollo y pavo y raspas
de pescado y alambre
Y a propósito de surrealistas, Remedios Varo, que también hizo collages sobre papel, tiene dibujos y pinturas pobladas de seres fantásticos que en lugar de piernas tienen una rueda (alguna vez, burlándose y peyorativo, Luis Cardoza y Aragón dijo que “Aun en los mejores cuadros es inminente la aparición de Blanca Nieves”), e incluso una pequeña escultura: el Homo Rodans (1959), la estructura ósea de un supuesto homúnculo de esa índole, construida con “huesos de pollo, pavo y espinas de pescado”, vinculada a su libro de artista: De Homo Rodans (1959), urdido con el auxilio del médico Jan Somolinos (quien en 1965, con el sello de Calli-Nova, prologó un limitado tiraje facsimilar del manuscrito de Remedios Varo, reeditado en 1970), donde parodia a un apócrifo científico y explorador alemán que lo firma: Hälickcio von Fuhrängschmidt. Viene a cuento esto porque el dibujo de “El monociclo” (un mono que en vez de piernas tiene una rueda) recuerda al Homo Rodans y a los susodichos seres fantásticos de varios cuadros y dibujos de Remedios Varo, donde, en vez de piernas, tienen una rueda.
El monociclo
Ilustración: Aitana Carrasco
Ramón Gómez de la Serna, precursor de los ismos y de las vanguardias en España, fue el heresiarca que entre 1914 y 1936 oficiaba en la tertulia del Café Pombo de Madrid; en La tienda de animalhombres del señor Larsen es citado al inicio de “La elefantetera”: “La primera referencia de la Elefantetera aparece en una de las greguerías del escritor Ramón Gómez de la Serna, que dice: ‘El elefante es la enorme tetera del bosque’”; y tácito e implícito en “La vacamundi”, pues Ramón tiene una greguería que se lee en Zoológico de greguerías (El Naranjo, 2005) —antología de Agustín Jiménez, con dibujitos y viñetas de Aleida Ocegueda, dirigida a la dispersa horda de niños cuadernícolas— que a la letra dice: “Las vacas aprenden geografía mirándose unas a otras sus manchas blancas y negras”. En este sentido, además de que el dibujo de la estampa que acompaña a “La vacamundi” hace evidente que las manchas de tales ejemplares son los consabidos mapamundis del tercer planeta del Sistema Solar, el texto revela la ancestral antigüedad: 
“La Vacamundi es el antecesor directo del Mapamundi. Surgieron hace cientos de años, antes de las vacas y como las conocemos en la actualidad. Como todas las regiones del mundo están representadas en su piel, los pueblos antiguos las utilizaban para conocer los caminos que tenían que seguir. Lo mejor es que a este práctico Animajeto le encanta ver las noticias y estar siempre al día en los temas políticos y sociales, por lo que si un país se independiza de otro, las manchas de la Vacamundi también se separan.
“Hoy en día, sólo quedan unos pocos ejemplares disponibles. Uno de ellos pertenece al Señor Larsen, quien mira melancólico a su Vacamundi, recordando los maravillosos lugares en los que ha estado y anhelando los que le quedan por explorar. Otro de los ejemplares está en el museo de la Sociedad Geográfica de Londres. Y junto a él hay un documento que corresponde a un capítulo perdido de La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne. En ese capítulo se cuenta cómo Phileas Fogg estudió la piel de la Vacamundi para su vuelta al mundo. Por lo visto el Señor Verne omitió ese capítulo en la versión final del libro por parecerle demasiado fantástico y poco creíble.”
El texto que cierra el libro invita al pequeño lector-dibujante a imaginarse las características antropomórficas del escurridizo y nunca visto señor Larsen. Pero en general cada texto, con su estampa, invita a visualizar las peculiaridades del ejemplar y sus andanzas. La ilustración de “El colibrito de versos” muestra que es un ave diminuta cuyas alas son las hojas de un libro y su primer párrafo canta: 
El colibrito de versos
Ilustración: Aitana Carrasco
“El Colibrito de Versos es el Animajeto más bello que existe. Vuela con sus versos por el cielo y si uno los lee, vuela con ellos. Hay Colibritos de Luis Cernuda, de Pablo Neruda y del resto de grandes poetas. El Colibrito de Versos tiene un plumaje de colores variados y brillantes, y se alimenta del néctar de las flores y del pegamento de los libros. Gracias a la rápida vibración de sus páginas puede estar suspendido en el aire durante mucho tiempo. De ese modo facilita que pueda uno cogerlo y leer algunos de los versos que contiene. Pero una vez leídas sus páginas, hay que volver a soltarlo para que se vaya volando, pues los versos tienen que ir corriendo de mano en mano, porque son de todos, pero no son de nadie. Yo mismo he sido testigo de cómo varios ejemplares en cautividad han ido marchitándose en sus jaulas: la tinta de sus versos se va secando, sus páginas-alas se olvidan de volar y pierden su maravilloso canto.”
     Poniéndose a elegir (es otro juego), el mejor texto, con su estampa y sus viñetas, parece ser “El calamar de las palabras (en su tinta)”:
El calamar de las palabras (en su tinta)
Ilustración: Aitana Carrasco
“Cada ejemplar de Calamar de las Palabras (en su Tinta) tiene un número de tentáculos, dependiendo de la cantidad de tinta que fluya por sus venas. Cada uno de estos brazos crea una obra de estilo diferente. Con uno escribe novelas de aventuras, con otro poesía surrealista, con otro teatro de títeres, y con los demás cuentos fantásticos, libros infantiles, bestiarios y así hasta que se queda sin tentáculos.
“El Calamar de las Palabras (en su Tinta) vive hasta que se agota la tinta de su cuerpo. Y cuando llega ese día fatídico, con la última gota que derrama escribe la palabra ‘Fin’, en caso de que sea ateo. En cambio, si cree en la vida eterna escribirá con su último cartucho de tinta ‘Continuará...’
“Por desgracia, estos seres de corazón de tintero están en extinción, pues su labor con las palabras dicen que está pasada de moda, debido al éxito que tienen las imágenes. Pero yo creo que mientras quede un ser de veinte brazos sobre la tierra que escriba un poema, existirá otro con veinte ojos que lo lea.
“(Ojalá yo fuese un Calamar de las Palabras, tuviera ocho brazos y pudiese escribir todo este libro de un tirón. Así tendría tiempo para jugar con la nieve y cantar canciones en mi balcón).”

La tienda de animalhombres del señor Larsen. Textos de Daniel Monedero. Diseño, estampas y viñetas a color de Aitana Carrasco. CIDCLI. Querétaro, 2010. S/n de p.