martes, 14 de febrero de 2017

La invención de Morel



Una isla habitada por fantasmas artificiales

En noviembre de 2002, en Caracas, Venezuela, con el número 221 de la serie Biblioteca Ayacucho, se terminó de imprimir un tomo que reúne tres libros del narrador argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999): La invención de Morel (Losada, 1940), Plan de evasión (Emecé, 1945) y La trama celeste (Sur, 1948), cuya “Selección, prólogo, notas, cronología y bibliografía” se deben a Daniel Martino, autor del libro ABC de Adolfo Bioy Casares (Emecé, 1989), quien cuidó la edición del Libro abierto: De jardines ajenos (Tusquets, 1996), el primer volumen de los personales y secretos diarios de Adolfito; y editor del par de póstumos y expurgados volúmenes de los  Diarios íntimos de Adolfo Bioy Casares: Descanso de caminantes (Sudamericana, 2001) y el voluminoso Borges (Destino, 2006).
La invención de Morel
(Sur, Buenos Aires, 1948)
Según reporta Daniel Martino en su “Prólogo”, la segunda edición de La invención de Morel (Sur, 1948) “corrige vocablos y atenúa expresiones: su cotejo con la primera muestra que casi no hay línea que no haya sido modificada. Las dos ediciones siguientes, de 1953 y 1991, en cambio introducen un número considerablemente menor de variantes.” En este sentido, anuncia en su nota “Criterio de esta edición”: “La presente edición sigue la cuarta y definitiva, cuyo texto fue fijado por Daniel Martino en 1991. Únicamente se ha corregido la divisa que cita el náufrago [Hostinato rigore] para ajustarla a la grafía original leonardiana tal como la invoca Valéry y tal como aparecía en la primera edición de la novela. En las notas se incluyen sólo aquellas variantes que alteran contenidos.”
Daniel Martino y Adolfo Bioy Casares
(Madrid, 1991)
       En contraste con el rigor del “Prólogo” de Daniel Martino (un ensayo repleto de citas donde repasa la obra de Adolfo Bioy Casares), lo primero que extraña en la presente edición de La invención de Morel es la ausencia de la dedicatoria: “A Jorge Luis Borges”; es probable que se trate de una simple errata, de un craso descuido, pues se sabe que la amistad y la mutua estima entre ambos autores perduró hasta el fin de sus días; hipótesis que es reforzada por el hecho de que Plan de evasión sí incluye su dedicatoria: “A Silvina Ocampo”. Afortunadamente el célebre “Prólogo” de Borges, fechado en “Buenos Aires, 2 de noviembre de 1940”, sí fue incluido, memorable porque celebra la “imaginación razonada” de Bioy en términos deificantes: “He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído: no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.”
Día de la boda de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
Las Flores, enero 15 de 1940
Testigos: Jorge Luis Borges, Enrique Drago Mitre y Oscar Pardo
         En sus Memorias (Tusquets, 1994), Bioy recuerda que fue un mal administrador de Rincón Viejo, la estancia en Pardo, propiedad de su familia paterna, ubicada a 35 km de Las Flores (donde se casó con Silvina el 15 de enero de 1940) y a 214 km de Buenos Aires. En Rincón Viejo montaba a caballo y tenía sus perros; un gran danés, su favorito, se llamaba Áyax (1931-1942); en algún momento fueron nueve canes y Silvina Ocampo los tributó en “Nueve perros”, cuento dedicado a Bioy, reunido en su libro Los días de la noche (Sudamericana, 1970). En Rincón Viejo, Bioy leía mucho y allí escribió La invención de Morel. Según dice en la página 92 de sus Memorias: “Hacia 1937, cuando yo administraba el campo del Rincón Viejo, sentado en las sillas de paja, en el corredor de la casa del casco, entreví la idea de La invención de Morel. Yo creo que esa idea provino del deslumbramiento que me producía la visión del cuarto de vestir de mi madre, infinitamente repetido en las hondísimas perspectivas de las tres fases de su espejo veneciano.”
La invención de Morel
(Losada, noviembre 14 de 1940)
Sobrecubierta de Norah Borges
Por la notas de un supuesto editor y por lo que el protagonista anónimo narra en primera persona, el lector pronto descubre que los fragmentos de La invención de Morel son el póstumo testamento de un náufrago, el diario de un perseguido por la justicia (desde Caracas, Venezuela), que al huir de la sentencia a cadena perpetua llegó en bote, casi al azar (no sabía leer la brújula), a una isla desierta cercana a Rabaul, en Sicilia, que supura una terrorífica leyenda negra que en Calcuta le recitara Dalmacio Ombrellieri, un italiano vendedor de alfombras (alguna vez fue con él a un burdel de hetairas ciegas), quien le brindó la subrepticia ayuda para llegar allí como un objeto de contrabando: nadie la habita, de no ser un museo, una capilla y una alberca, conjunto abandonado más o menos en 1924. Le dijo, además, que esa isla solitaria, de malignos arrecifes y corales, de súbitas mareas y mórbida vegetación y fauna, es el foco de una extraña enfermedad que propicia la caída de las uñas, del pelo, de la piel y de las córneas de los ojos. “Los tripulantes de un vapor que había fondeado en la isla estaban despellejados, calvos, sin uñas —todos muertos—, cuando los encontró el crucero japonés Namura. El vapor fue hundido a cañonazos.” 
       La vida del condenado y perseguido en esa “corte de los vicios llamada civilización” era un oscuro y pestilente laberinto. Su tabla de salvación parecía ser la isla; pero también la ínsula, tan sólo por su salvaje y agreste naturaleza, es otro laberinto plagado de infortunios y pestes que agudizan sus carencias, padecimientos, fobias, delirios, sugestiones, fantaseos, pesadillas, sueños, deseos inasibles, inutilidad práctica e ignorancia, pese a su cultura, salpimentada por algún latinajo, y por su ampulosa y risible pretensión de “escribir la Defensa ante sobrevivientes y un Elogio de Malthus”; y, más aún, por sus falaces reflexiones metafísicas en torno a la inmortalidad, pues al recorrer por primera vez los libreros del hall del museo, dice: “Recorrí los estantes buscando ayuda para ciertas investigaciones que el proceso interrumpió y que en la soledad de la isla traté de continuar. Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Sólo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia.”
La invención de Morel
(Losada, noviembre 14 de 1940)
Portada de Norah Borges
La arquitectura del museo y sus detalles decorativos (el biombo de espejos de más de veinte hojas, por ejemplo) revelan que su asombrosa construcción es un enigma y otro laberinto. A esto se agrega la aparición de unos seres vestidos a la moda de los años veinte, que se divierten y matan el tiempo a imagen y semejanza de vacacionistas en un gran hotel. Hay entre ellos una fémina: Faustine, que ciertos crepúsculos posa en las rocas como si lo hiciera ante un fotógrafo invisible. El fugitivo, a escondidas y hecho un voyeur, se enamora de la fémina; y con claros y grotescos indicios de psicosis, en ella deposita sus quimeras e inciertas esperanzas. Cayendo en cursilerías y en humillaciones, el prófugo hace lo posible por conmover y conquistar a Faustine; pero ella y los demás (inquilinos y servidumbre) actúan como si él no existiera. Llega a suponer que todo es una teatral conjura contra él, urdida por esos “héroes del snobismo” o “pensionistas de un manicomio abandonado”, que tal vez lo entreguen a la policía, si es que la policía no es la responsable de todo...
       Oculto, una sombra furtiva, el astroso condenado espía y observa una misteriosa reunión nocturna convocada por Morel, el propietario de la isla y del museo. En las palabras que oye empieza a entrever el meollo del fantasmal asunto: esos seres que deambulan en la solitaria ínsula son reproducciones de una especie de máquina cinematográfica inventada por Morel. Repiten una y otra vez lo sucedido durante siete días, la semana que grabaron los receptores de actividad simultánea.
       El artilugio de Morel es activado con la energía que generan las mareas. Siempre y de un modo idéntico se repite ese tiempo circular: una semana. Infinitesimal y perniciosa inmortalidad y pesadillesco eterno retorno. Es el triunfo de Morel, su dicha y condena de científico loco. Lo cual, ineluctablemente, denota que pertenece a la estirpe de los científicos locos que habitan las obras no sólo de ciencia ficción (literarias y cinematográficas) habidas y por haber. 
     La proyección de los siete días, ubicua, se posesiona de la isla y pese a la superposición coexisten dos espacios y dos tiempos distintos. Las imágenes proyectadas, más que especulares, como de cuarta dimensión, son terriblemente verosímiles: tienen la exacta apariencia de lo real. El fugitivo percibe sonidos, aromas, hedores, volúmenes, epidermis; e incluso pasa por un episodio en el que vive la terrorífica certidumbre de que en la bóveda celeste han surgido dos soles y dos lunas. No obstante, su mayor tribulación es la fría indiferencia de Faustine y el modo de seducirla y conquistarla. Las imágenes del artificio no pueden atravesarse y son indestructibles en las horas de su proyección. Esto lo descubre en uno de sus momentos más angustiosos: cuando al buscar la manera de interrumpir el mecanismo, queda encerrado entre las paredes de porcelana celeste de la secreta habitación de las máquinas, que él por causalidad otrora descubrió (buscaba alimentos).
Biblioteca Ayacucho núm. 221
(Caracas, 2002)
      Además de los lúdicos pies de página del supuesto editor, el diario del fugitivo incluye la transcripción comentada de ciertas notas que dejó Morel; pero también esto implica la inextricable suma de sus deducciones. Esa enfermedad que mató a los tripulantes del vapor citado líneas arriba, no es otra cosa que los efectos causados por los receptores a la hora de grabar (los muertos eran Morel y su grupo). Luego de ser grabados, los árboles y las plantas quedan secos y los humanos pierden la vida, casi como supone el arcaico atavismo de ciertos pueblos primitivos: que al formarse la imagen fotográfica de un individuo, “el alma pasa a la imagen y la persona muere”.
       La Faustine de carne y hueso desdeñaba a Morel, observa el fugitivo (“Bella como la noche y fría como la Muerte”, decía Luis Buñuel ante la bellísima e inasible Catherine Deneuve). El único Paraíso y la única inmortalidad a la que logró acceder con Faustine son esos siete días, esos efímeros intentos de seducción destinados a repetirse una y otra vez, esos fugaces diálogos en los que desde el fondo de su conciencia (si es que vive en la imagen) la oye y contempla por siempre jamás. 
 
Silvina Ocampo
Foto: Adolfo Bioy Casares
       Para poseer a Faustine, para hacerla suya a perpetuidad, Morel inventó y construyó el artefacto; es decir, ante la índole inasible y evanescente de la fémina y frente a la frustración de sus deseos y sueños más íntimos: la mató, se mató y mató al grupo de amigos. “La hermosura de Faustine merece estas locuras, estos homenajes, estos crímenes”, se dice el fugitivo, muy identificado con la megalomanía y cruel apoteosis de Morel. De modo que proclama: “Yo soy el enamorado de Faustine; el capaz de matar y de matarse; yo soy el monstruo.”
       Así, el prófugo de la justicia, un hombre sin esperanza, que se dice escritor y con el erosionado anhelo de haber querido vivir en una isla desierta, perdido en el insular laberinto, enfermo y loco de amor y desahuciado ante la imagen de esa mujer que sabe imposible, decide morir y entregarse, también, a “la eterna contemplación de Faustine”. Durante quince días, siguiendo las imágenes de los siete días que grabó Morel, ensaya el libreto de su autoría: lo que serán sus actos y parlamentos con que matiza su papel de eterno voyeur. Luego, regraba las escenas de Morel con él incluido en el elenco y cambia los discos. Así, “las máquinas proyectarán la nueva semana, eternamente”.


Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares



Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel, Plan de evasión, La trama celeste. Selección, prólogo, notas, cronología y bibliografía de Daniel Martino. Biblioteca Ayacucho (221). Caracas, 2002. 396 pp.


El amor en los tiempos del cólera




El valse de la diosa coronada no tiene fin

El 5 de diciembre de 1985, editado por Diana con cien mil ejemplares, apareció en Colombia El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-México, abril 17 de 2014) publicada después de que el 8 de diciembre de 1982, en Estocolmo, recibiera el Premio Nobel de Literatura. Está dedicada a Mercedes Barcha Pardo (Magangué, noviembre 6 de 1932), su esposa desde el 21 de marzo de 1958, quien también es aludida casi al final, cuando el Nueva Fidelidad, el barco de vapor donde por el río La Magdalena viajan los enamorados ancianos Florentino Ariza y Fermina Daza, se detiene en Magangué a cargar leña. 
Mercedes Barcha Pardo y Gabriel García Márquez


       
(Editorial Diana. 1ª edición. Colombia, diciembre 5 de 1985)
        La novela tiene por epígrafe un par de versos de un tal Leandro Díaz (“trovador ciego del vallenato”, según Gerald Martin) que a la letra dicen: “En adelanto van estos lugares:/ ya tienen su diosa coronada”. Pues bien, tal deidad y rutilante monarca no es otra que Fermina Daza, tildada así por Florentino Ariza con un valse: “La Diosa Coronada”, que él compuso para ella en su adolescencia y que en nocturnas serenatas solía interpretar con su solitario violín desde las lomas del cementerio de los pobres, según la dirección del viento.

Florentino Ariza (Javier Bardem) en el Portal de los Escribanos
Fotograma del filme El amor en los tiempos del cólera (2007)
      Cuando la adolescente Fermina Daza, en Fonseca (alejada por su padre del puerto de Cartagena para frustrar su clandestino noviazgo con el joven telegrafista), quiere asistir “a su primer baile de adultos”, Florentino le reitera su permiso y su íntima divisa en un telegrama que cruza “siete estaciones intermedias”: “Dígale que se lo juro por la diosa coronada”. Pero cuando a sus 17 años ella ha regresado (traída por su padre, quien la supone aliviada de esa temprana fiebre amorosa que interrumpió sus estudios con las mojas) y explora los expendios del bullanguero Portal de los Escribanos y él le sopla al oído: “Este no es un buen lugar para una diosa coronada”, la respuesta de ella, al ver su triste y fea pinta, además de que para sus adentros piensa: “¡Dios mío, pobre hombre!”, lo tunde con un duro y frío rechazo: “No, por favor”, “Olvídelo”; cuyo remate es “una carta de dos líneas: Hoy, al verlo, me di cuenta que lo nuestro no es más que una ilusión”, y la perentoria exigencia de que le devuelva las cartas y los objetos que le regaló. Pero aún así rechazado y vapuleado, la víspera de su exilio al puesto de telegrafista en Villa de Leyva, “Se puso a la media noche su traje de domingo, y tocó a solas bajo el balcón de Fermina Daza el valse de amor que había compuesto para ella, que sólo ellos dos conocían, y que fue durante tres años el emblema de su complicidad contrariada.” 

Fermina Daza (Giovanna Mezzogiorno) y Florentino Ariza (Javier Bardem)
a bordo del Nueva Fidelidad
Fotograma de la película El amor en los tiempos del cólera (2007)
       Vale adelantar que su obsesión y persistencia en el endiosamiento de Fermina Daza, ya en la ancianidad de ambos, más de 53 años después del rechazo, él con 77 años y ella con 73, en ese viaje por el río de La Magdalena a bordo del Nueva Fidelidad, cuando el amor se ha tornado algo tangible, senil y recíproco, “con el violín de la orquesta, y en medio día fue capaz de ejecutar para ella el valse de La Diosa Coronada, y lo tocó durante horas hasta que lo hicieron parar a la fuerza”.

Florentino Ariza (Javier Bardem), Fermina Daza (Giovanna Mezzogiorno)
y Juvenal Urbino (Benjamin Bratt), protagonistas de El amor en los
tiempos del cólera
 ((2007), película dirigida por Mike Newell.
        Con una recargada y barroca mezcla de novela rosa, culebrón romántico y folletín decimonónico (mixtura salpimentada con los acentos insólitos y maravillosos característicos de la narrativa garciamarquiana e incluso con pinceladas de ciertas obsesiones temáticas: el tren amarillo, la compañía bananera, la matanza ocurrida en Ciénega en 1928, la Guerra de los Mil Días, la muerte de Simón Bolívar), El amor en los tiempos del cólera comprende seis capítulos sin títulos. Centralmente narra dos vertientes amorosas en torno a una misma mujer: Fermina Daza. Una la protagoniza Florentino Ariza, que a la postre y a lo largo de las páginas es la principal; y la otra el doctor Juvenal Urbino de la Calle, galán de rancio abolengo, con solvencia económica y estudios en París, afrancesado y culto, cuyo matrimonio con Fermina Daza dura más de medio siglo y concluye con la muerte de él al caerse de un árbol un domingo de Pentecostés (trataba de atrapar al políglota y parlanchín loro real de Paramaribo); entonces son los años 30 del siglo XX y Urbino tiene 81 años y ella 72. Y es precisamente al término del día del sepelio, “en su primera noche de viuda”, cuando Florentino Ariza le reitera su “juramento de fidelidad eterna y amor para siempre”.

     
Juvenal Urbino (Benjamin Bratt) y Fermina Daza (Giovanna Mezzogiorno)
el día de su boda
Fotograma del filme El amor en los tiempo del cólera (2007)
         Entre las peculiaridades y anacronismos de los personajes y en su índole literaria e imposible, descuellan las características físicas y ridículas de Florentino Ariza, sus fracasos, sus contradicciones y sus claroscuros. La nota sombría del doctor Juvenal Urbino, católico acérrimo, se restringe a sus amoríos con Bárbara Lynch, divorciada y doctora en teología que vive con su padre (un pastor protestante e itinerante) en una casa antillana “asentada sobre pilotes de madera en la marisma de la Mala Crianza”, ella con 28 años y Urbino con 58, casado y con un hijo y una hija (ambos casados) y la sonora reputación de ser el médico más notable de la ciudad; vínculo clandestino que fue la crisis más grave de su matrimonio y que empujó a Fermina Daza a exiliarse casi dos años en la hacienda que su prima Hildebranda Sánchez tenía cerca de Flores de María; y que al tener noticia de sus rasgos y color de piel provocó la exacerbación de sus atavismos racistas: 

“Y lo peor de todo, carajo, con una negra. Él corrigió: ‘Mulata’. Pero entonces toda precisión salía sobrando: ella había terminado.
“—Es la misma vaina —dijo—, y sólo ahora lo entiendo: era un olor de negra.” Subraya, refiriéndose a la tufarada que olía en la ropa de él.   
Florentino, por su parte, si bien a sí mismo se prometió mantenerse virgen y soltero y en espera de la oportunidad que lo redimiera ante los ojos y el amor de Fermina Daza, desde que súbitamente perdió la virginidad en el vapor que lo llevaba al exilio a Villa de Leyva (una fémina lo asalta y lo mete a su camarote y luego de desvirgarlo le ordena: “Ahora, váyase y olvídelo”, “Esto no sucedió nunca”) y tras el primer fogueo sexual con la viuda Nazaret que Tránsito Ariza, su madre, le introduce en su cuarto para que se cure de su amor malhadado, se convierte en un donjuán, incorregible y maniático, que en un cuaderno titulado Ellas empieza a anotar sus lúbricos encuentros. De modo que “Cincuenta años más tarde, cuando Fermina Daza queda libre de su condena sacramental, tenía unos veinticinco cuadernos con seiscientos veintidós registros de amores continuados, aparte de las incontables aventuras fugaces que no merecieron ni una nota de caridad.”
“Apenas diez años antes” de la viudez de Fermina Daza, o sea: a sus 66 años y cuando ya es un vejete ricachón que preside la Compañía Fluvial del Caribe, “había asaltado a una de sus criadas detrás de la escalera principal de la casa, vestida y de pie, y en menos tiempo que un gallo filipino la dejó en estado de gracia. Tuvo que regalarle una casa amueblada para que jurara que el autor de su deshonra fue un medio novio dominical que ni siquiera la había besado, y el padre y los tíos de ella, que eran buenos macheteros de zafra, los obligaron a casarse.”
Si esto es una maquiavélica jugarreta de alguien cuya moral es pasada y ventilada por el arco del triunfo, esto es aún más grave y patético en el caso de América Vicuña. Cuando el domingo de Pentecostés muere Juvenal Urbino y Fermina Daza queda viuda, al viejo Florentino Ariza, de 76 años, sólo le queda una amante, “con catorce años cumplidos, y con todo lo que ninguna otra había tenido hasta entonces para volverlo loco de amor”. Ella es “América Vicuña. Había venido dos años antes de la localidad marítima de Puerto Padre encomendada por su familia a Florentino Ariza, su acudiente, con quien tenía un parentesco consanguíneo reconocido. La mandaban con una beca del gobierno para hacer los estudios de maestra superior, con su petate y su baulito de hojalata que parecía de una muñeca, y desde que bajó del barco con sus botines blancos y su trenza dorada, él tuvo el presentimiento atroz de que iban a hacer juntos la siesta de muchos domingos. Todavía era una niña en todo sentido, con sierras en los dientes y peladuras de la escuela primaria en las rodillas, pero él vislumbró de inmediato la clase de mujer que iba a ser muy pronto, y la cultivó para él en un lento año de sábados de circo, de domingos de parques con helados, de atardeceres infantiles con los que se ganó su confianza, se ganó su cariño, se la fue llevando de la mano con una suave astucia de abuelo bondadoso hacia el matadero clandestino.” De modo que el libertino vejestorio, a los 13 años de la niña, la “desnudaba pieza por pieza con engañifas de bebé: primero estos zapatitos para el osito, después esta camisita para el perrito, después estos calzoncitos de flores para el conejito, y ahora un besito en la cuquita rica de su papá.” Y pese a la falacia de que “ahora era una mujer hecha y derecha a la que le gustaba llevar la iniciativa” en materia sexual, América Vicuña, a sus 14 años, juega y se comporta como niña y así es tratada por la servidumbre, por el chofer y por el personal del internado (del que sale cada sábado y domingo a la casona de la Calle de las Ventanas) y por sus distantes padres, a quienes el hipócrita, abusivo, depravado y traidor de Florentino Ariza, “a fines de cada mes”, envía “sus impresiones personales sobre la conducta, el ánimo y la salud de la niña, y la buena marcha de sus estudios”.
Cuando en torno a las cuatro de la tarde de ese aciago domingo de Pentecostés muere el doctor Juvenal Urbino, Florentino estaba desnudo fornicando con América Vicuña. Al oír los dobles de las campanas de la catedral que empiezan a llamar a duelo, colige que “Tiene que ser un tiburón muy grande para que lo doblen en la catedral”. Así que el vejete, con el pálpito de que pudo morir el doctor Urbino y Fermina quedar libre, no tarda en vestirse y en devolver a la niña al internado.
El caso es que ante la viudez de Fermina y el galanteo que inicia el mismo día del entierro, Florentino Ariza corta de tajo sus acostones dominicales con América Vicuña, quien dizque está enamorada de él. 
Florentino Ariza (Javier Bardem) y Fermina Daza (Giovanna Mezzogiorno)
Fotograma del filme El amor en los tiempos del cólera (20007)
        Para reconquistar a Fermina Daza, iracunda el día que él le reitera su “juramento de fidelidad eterna y amor para siempre”, inicia la escritura de una serie de cartas (dizque “meditaciones sobre la vida, el amor, la vejez, la muerte”) que acaban de encandilar a la viuda y por ende entra a su círculo doméstico y privado. Ofelia, la hija de Fermina, quien vive en Nueva Orleáns, ve entre los viejos “una forma viciosa de concubinato secreto” y por ende le grita a su hermano: “El amor es ridículo a nuestra edad”, “pero a la edad de ellos es una cochinada”. El doctor Urbino Daza no piensa lo mismo; pero no puede “disimular el desconcierto” cuando ve “que también Florentino Ariza se iba de viaje” a bordo del Nueva Fidelidad, el barco donde por fin se cumple su postergado anhelo de mutuamente amar a Fermina Daza. Viaje de nunca jamás, pues para continuar el idilio y eludir las insidias y censuras que los masacrarían tras su regreso, enarbolan la bandera amarilla del cólera, con tal de aislarse, “Toda la vida”, navegando de ida y vuelta, entre Cartagena y La Dorada, por un río acosado por los estragos de la deforestación y del deterioro de la flora y fauna. 

La nota discordante, que cae como una roca en la conciencia del viejo Florentino sin que lo dañe, es la telegráfica noticia de la muerte de América Vicuña, quien se suicida, a los 15 años, “con un frasco de láudano que se robó en la enfermería del colegio”. Vale observar que alguna vez “se encontró sola una tarde de sábado en el dormitorio de la Calle de las Ventanas, y sin haberlas buscado, por pura casualidad, descubrió dentro de un armario sin llave las copias mecanografiadas de la meditaciones de Florentino Ariza, y las cartas manuscritas de Fermina Daza.”
Es decir, ¡qué cólera!, pues en la muerte de América Vicuña no hay nada digno ni glorioso y por ende torna una falacia aquello que el joven Florentino le rebuznó al padre de Fermina cuando éste lo amenazó con “pegarle un tiro”: “No hay mayor gloria que morir por amor.”
      
Portada del DVD de la película El amor en los tiempos del cólera (2007)
basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera. Editorial Diana. 1ª edición. Colombia, diciembre 5 de 1985. 478 pp.

********

Trailer de El amor en los tiempos del cólera (2007), película dirigida por Mike Newell, basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez.



     

lunes, 6 de febrero de 2017

Travesuras de la niña mala



El cacaseno y la mantis religiosa

(Alfaguara, 2006)
El tema medular de Travesuras de la niña mala (Alfaguara, 2006), novela del peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936): una entreverada historia de amor que se sucede en un lapso de 38 o 39 años, podría resultar baladí y terriblemente melodramática, light y hasta cursi, pero en sus talentosas, cultas y experimentadas manos es un extraordinario divertimento sumamente ameno y placentero, salpimentado de peruanismos, modismos y palabras en francés.
     Que Ricardo Somocurcio, protagonista y voz narrativa, sea un peruano ilustrado, trotamundos y políglota, oriundo del limeño barrio de Miraflores, sintomáticamente contemporáneo del autor, deja claro que se trata de una especie de lúdico alter ego en cuyo destino, cultura e ideario Mario Vargas Llosa ha transpuesto una impronta personal (o una serie de improntas), sin que esto implique que su personaje sea autobiográfico.
      La obra inicia en el verano de 1950, cuando Ricardo Somocurcio es un quinceañero y un par de supuestas chilenitas recién llegadas trastocan la cotidianidad del grupo de adolescentes al que pertenece; al descubrirse la impostura durante una pomposa fiesta de 15 años, las escuinclas se esfuman. Pero Ricardo quedó enamorado de una, de la tal Lily, quien se movía con el mambo como ninguna otra.
      Ya por aquella época el sueño de Ricardo Somocurcio era vivir en París el resto de sus días. A sus 25 años, en 1960, ya está allí a punto de transformarse en un traductor en la UNESCO (lo que periódicamente, convertido en intérprete, lo hará viajar por Europa). Es entonces cuando inesperadamente coincide con tres revolucionarias peruanas, quienes luego de diez días en París, viajarán a Cuba para entrenarse en tácticas guerrilleras; pero en los rasgos de la camarada Arlette, una de ellas, reconoce a la falsa chilenita.
      Si en 1950 Ricardo quedó flechado y supurante ante la adolescente, el reencuentro en París preludia lo que será una larga pauta: él se siente enamorado y ella, fría y distante, sólo se entrega (o más o menos se entrega) para obtener algo a cambio, en este caso quedarse en Francia y no viajar a Cuba, lo cual no se logra negociar.
      El siguiente reencuentro, también fortuito, vuelve a ocurrir en París, en 1965, pero ahora la ex camarada es la elegante esposa de monsieur Robert Arnoux, un asesor del Director de la UNESCO. Y en una de las subrepticias reuniones lúbricas que Ricardo Somocurcio tiene con ella, ésta le vocifera su prerrogativa de batalla, más un botón de menosprecio: “Yo sólo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy, muy rico y poderoso. Tú nunca lo serás, por desgracia.”
      En este sentido, la ex chilenita y ex guerrillera pronto desvalija y abandona al diplomático francés y huye de París. Así, el próximo reencuentro, inicialmente azaroso y sorpresivo, ocurre en los años 70, a 50 millas de Londres, “en el paraíso equino de Newmarket”, donde ahora ella es Mrs. Richardson, la flamante esposa de un ricachón. De tal episodio la niña mala no pudo escaparse con los bolsillos repletos, pues la guerra del divorcio prácticamente la dejó sin un clavo y huyendo a salto de mata. 
Mario Vargas Llosa
      En 1980, cuando en París él tiene 45 años, la femme fatal le informa que está en Tokio, donde se hace llamar Kuriko y es una de las rutilantes concubinas del serrallo de un tal Fukuda, un ominoso sapo y gángster de la yakuza que al parecer trafica desde África con colmillos de elefante y cuernos de rinoceronte (para afrodisíacos), cuyo catálogo de nauseabundas perversiones, con la niña mala sometida y cómplice, implican el voyeurismo, el onanismo, el exhibicionismo, el sadomasoquismo, las orgías colectivas y las sonoras y pestilentes flatulencias a cuatro patas.
      A fines del parisino otoño de 1982, la peruana reaparece, pero ahora está desaliñada, pobrísima, enflaquecida y enferma. El cobijo en su pequeño departamento de la calle Joseph Granier y la cuasi recuperación física (y no tanto la mental) en una costosa clínica en Petit Clamart, no muy lejos de París, que Ricardo Somocurcio le brinda y le subsidia (endeudándose todo lo posible), le permite vivir los mejores meses de esa intermitente relación maldita, cuyo intríngulis de algún modo traza al confirmarle que él sustentará los gastos:
      “—Quién va a ser sino el cacaseno de costumbre —le dije, acomodándole las almohadas—. Tú eres mi mantis religiosa, ¿no lo sabías? Un insecto hembra que devora al macho mientras él le hace el amor. Él muere feliz, por lo visto. Mi caso, exactamente. No te preocupes por la plata. ¿No sabes que soy rico?”
       Pero la niña mala, más o menos recuperada en lo físico y en lo psicológico, sujeta a la ineludible y ciega obediencia nocturna de trepadora insaciable que la define, lo vuelve a dejar por un millonario, no sin haberle escenificado que lo quería un poquitín.
     Cuando a sus 53 o 54 años de edad Ricardo Somocurcio ahora está subsistiendo en un desvencijado habitáculo de un vetusto edificio del barrio de Lavapiés, en Madrid, y es un asiduo parroquiano del astroso cafetín Barbieri, la niña mala lo encuentra de nuevo. 
      Él ya ha vivido otras circunstancias nada venturosas, como un dizque “pequeño” ataque cerebral (que disminuyó sus facultades de intérprete y de traductor literario y por ende bajaron sus ingresos y su estatus económico); más también ha vivido una experiencia benévola: un vínculo erótico, amistoso y afectivo con una escenógrafa italiana 20 años menor que él. 
      Pero antes, aún en París, casualmente Martine (quien fuera jefa de la niña mala y quien le había dado trabajo en su empresa haciéndose de la vista gorda ante la irregularidad de sus papeles de identidad) le desveló que la peruana se había fugado nada menos que con su marido, un anciano repleto de billetes. 
     Tal decrépito magnate ya la dejó ir e incluso la indemnizó con unas acciones de la Electricidad de Francia y una onírica casita próxima a Sète, en el sur del territorio galo. Ahora, notoriamente flaca, débil y consumida por un padecimiento incurable, pretende que Ricardo Somocurcio firme los documentos para heredarle tales posesiones. 
     Al principio se resiste, pero ante el lastimoso y elocuente deterioro de la salud de la fémina, opta por hacerle caso a los profundos sentimientos (de cacaseno irremediable) que le dicta su corazón de poeta (de hecho es un eterno lector de la mejor poesía). 
      Sin embargo, tal último reencuentro sólo dura 38 días.
     Desde luego que no todo lo que ocurre en Travesuras de la niña mala está esbozado en la presente nota. Baste añadir que la feliz maestría y amenidad de Mario Vargas Llosa también se halla en un sinnúmero de anécdotas no sólo del entrañable entorno parisino de su protagonista y en el trazo de los contextos sociales, culturales y económicos de varios de sus episodios, como son las sucesivas contradicciones políticas en el Perú y la sangrienta quimera de la guerrilla, o el movimiento hippy en el Londres de los años 70; pero también se observa y disfruta en la sensualidad y el erotismo que Ricardo Somocurcio vive ante la inasible y evanescente ex chilenita.


Mario Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala. Alfaguara. 2ª edición mexicana. Querétaro, 2006. 376 pp.