domingo, 27 de mayo de 2018

Adiós, muñeca



Tenía el corazón tan grande 
como las caderas de Mae West

Con traducción del inglés al español de César Aira y Juan Manuel Ibeas y con dispersas erratas —por ejemplo en la página 283 el apellido del entonces popular Philo Vance, el detective privado creado en 1920 por S.S. Van Dine, pseudónimo del novelista y crítico de arte Willard Huntington Wright (1888-1939), figura como “Vanee”—, la presente edición de Adiós, muñeca (1940) impresa en México por Debolsillo en mayo de 2014 —quizá la novela negra más célebre del norteamericano Raymond Chandler (1888-1959)—, incluye, en la postrera sección “Extra”, “los tres relatos pulp, publicados en las revistas Black Mask y Dime Detective, que Chandler canibalizó para escribir la novela: ‘El hombre que amaba a los perros’ (1936), ‘Busquen a la chica’ (1937) y ‘El jade del mandarín’ (1937)”. En este sentido, la previa lectura de los tres cuentos permite observar y comparar las anécdotas, las frases, los nombres y las características de los personajes que el autor transcribió, reescribió o varió en la urdiembre de su novela Adiós, muñeca (adaptada al cine en una homónima película de 1975 dirigida por Dick Richards y con Robert Mitchum en el papel de Philip Marlowe). Sin embargo, el rasgo más relevante y trascendente es la segunda aparición del detective privado Philip Marlowe, protagonista de El sueño eterno (1939), su primera novela ubicada en Hollywood y en Los Ángeles, California, pues aunque son casi idénticos y los ámbitos geográficos y políticos son los mismos, el detective privado de “El jade del mandarín” se llama John Dalmas, y el detective privado de “El hombre que amaba a los perros” y de “Busquen a la chica” se apellida Carmady, quien también es protagonista en “El telón” (1936), cuento que, junto a “Asesino bajo la lluvia” (1935) —en éste el detective sin nombre podría ser John Dalmas—, son “los dos relatos pulp, publicados en la revista Black Mask, que Chandler canibalizó para escribir” su citada novela El sueño eterno.
(Debolsillo, México, junio de 2014)
  Narrada en primera persona y repleta de lúdica ironía y burlona mordacidad, Adiós, muñeca comprende 41 capítulos numerados y se sucede en unos cuantos días de 1939 o de 1940. Esto se colige cuando Philip Marlowe, al indagar la identidad del otrora dueño del Florian’s, “un antro de negros” ubicado en la mezclada Central Avenue de Los Ángeles, el negro recepcionista del hotel Sans Souci, “un hotel de negros”, le informa que Mike Florian era el dueño del Florian’s cuando era un antro de blancos, el cual murió en 1934 o en 1935. Y cuando ese mismo día Marlowe visita a la astrosa y alcohólica viuda Jessie Florian, ésta le vocifera que “Hace cinco años que Mike está muerto”.

     Todo inicia el caluroso jueves 30 de marzo, cuando Philip Marlowe se halla en la Central Avenue tratando de encontrar a Dimitrios Aleidis, un peluquero que abandonó a su esposa. Desde la puerta de la peluquería ve que un hombretón de llamativa vestimenta y de casi dos metros (“una tarántula en la papilla de un bebé”) observa el anuncio de neón del Florian’s (“como un saludable inmigrante viendo por primera vez la estatua de la Libertad”). Luego de que el gigantón entra por la puerta que da a la escalera, sale expulsado en volandas un atildado joven negro que aterriza en la calle; Marlowe, al asomarse, es llevado al piso superior por una manaza del enorme fortachón, cuya súbita presencia suscita el silencio de los negros parroquianos y luego su silenciosa y fantasmal salida del cubil tras la bronca que se desata cuando el negro vigilante le dice que se vaya: “No es para blancos, hermano. Sólo para gente de color. Lo siento.” Pero el hombretón lo que quiere es que le digan ipso facto “dónde está Velma”. Una pelirroja que cantaba allí cuando el antro era de blancos y que iba a casarse con él cuando lo pusieron tras las rejas. Según le dice a Marlowe, él es Moose Malloy y pasó ocho años en la cárcel por “El asunto del banco de Great Bend. Cuatro grandes. Yo solo.” Obnubilado y fúrico en su imperioso reclamo, entra a “la oficina del señor Montgomery”, el jefe del Florian’s, quien no tarda en morir por una bala salida del revólver “Colt del ejército, calibre 45” que Moose Malloy lleva en la mano cuando sale de la oficina de Montgomery y huye antes de que llegue la policía. El caso le toca a Nulty, un teniente detective de la división de la calle Setenta y siete, ante quien declara Marlowe. Por tratarse de otro asesinato de un negro, Nulty preconiza la negligencia racista y la abulia e inoperancia que lo caracteriza. Y por una apuesta casi de honor ante éste, Philip Marlowe se propone hallar a la pelirroja que busca Moose Malloy, porque supone que ella lo llevará a éste.
Raymond Chandler en los estudios de la Paramount (1943)
Foto: Ralph Crane
  Ese mismo jueves 30 de marzo, Marlowe, cuya diminuta y no muy pulcra oficina se halla en el “615 edificio Cahuenga” en Hollywood Boulevard, recibe una llamada telefónica de un tal Lindsay Marriott, quien lo cita a las 19 horas en su casa de “la calle Cabrillo 4212, Montemar Vista”, privilegiada zona en Bay City. La oscura índole del trabajo se la explica hasta que Marlowe está allí. Por cien dólares (que Marriott le da por adelantado), Marlowe debe acompañarlo sin un arma a un punto cercano (que será fijado con una llamada telefónica que llega pasadas las 22 horas) para pagar ocho mil dólares por el rescate de un valioso collar de jade Fei Tsui (valuado entre 80 y 90 mil dólares) robado, por una banda, a una dama cuya identidad se reserva. El sitio elegido, no muy lejos de Montemar Vista, es en los bajos del cañón de la Purissima, donde huele a mar y se observan en lo alto de un acantilado las luces del Club de Playa Belvedere. En los instantes en que Marlowe busca la presencia de los ladrones que recibirán el pago, alguien lo golea en la nuca con una porra y queda inconsciente. Cuando recupera el sentido, no tiene el sobre amarillo con los ocho mil dólares, pero aún porta su pistola y su cartera con los cien dólares y el fúnebre auto de Marriott ha desaparecido. Casi de inmediato se acerca, con las luces apagadas, un minúsculo cupé del que desciende una chica empuñando un arma pequeña (“parecía un pequeño Colt automático, de bolsillo”). En el ríspido diálogo que entablan, Philip Marlowe le dice que es detective privado, que lo acaban de golpear; y entre ambos descubren el cuerpo muerto de Lindsay Marriott “con el cerebro por toda la cara”.

En la oficina del capitán del cuartel de policía de Los Ángeles Oeste, Philip Marlowe le da un testimonio parcial a Randall (no le revela la presencia de la joven en la escena del crimen), detective “de la patrulla central de homicidios de Los Ángeles” que investigará el asesinato de Lindsay Marriott y lo que concierne al presunto robo del collar de jade y de los ocho mil dólares y le pide a Marlowe que se mantenga distante de las pesquisas de la policía. 
Al parecer, el asesinato de Lindsay Marriott y la identidad de Velma Valento, la escurridiza pelirroja que busca el ex convicto y asesino Moose Malloy, no tienen nada que ver entre sí. Y así lo parece durante buena parte de la intriga y del suspense de la novela, salpimentada por recurrentes engaños al lector, pistas falsas y giros sorpresivos, y por las escenas de aventura y violencia que confronta Philip Marlowe, ya cuando el viernes 31 de marzo es goleado y vejado en la residencia de Jules Amthor, un estafador, supuesto “consultor psíquico” de clienta adinerada, cuya modernista casona de lujo parece salida de una película de Alejandro Jodorowsky (más aún en la versión de “El jade del mandarín”). Y cuando de allí es sacado a la fuerza por dos duros policías de Bay City (el detective Galbraith y el capitán Blane), quienes lo dejan, inconsciente por otro sorpresivo golpe de porra en la cabeza, en una aparente clínica privada de desintoxicación alcohólica (también en Bay City) que dirige un tal doctor Sonderborg (quizá traficante al menudeo de fármacos y marihuana), donde permanece secuestrado, drogado y alucinando alrededor de 48 horas, y de la cual logra salir la noche del domingo 2 de abril gracias a la astucia con que somete y noquea al supuesto enfermero y custodio, no sin antes observar que allí está escondido, como tranquilo huésped, Moose Malloy.  
Contraportada
  En el decurso de la novela y de la indagación en torno al asesinato de Lindsay Marriott, Anne Riordan, la chica que apareció en la escena del asesinato de éste, trata de involucrarse, como auxiliar, en el trabajo de Philip Marlowe (proclive al trago) e incluso investiga y le brinda pistas y le consigue una entrevista —con vías para que lo contrate— con la dueña del collar de jade: la señora Grayle, una atractiva y elegante rubia treintañera, casada desde hace cinco años con Lewin Lockridge Grayle, un anciano acaudalado que tolera sus infidelidades y su inclinación por el whisky y sus salidas nocturnas, quien era dueño de la emisora de radio KFDK, en Beverly Hills, donde se conocieron, y donde Lindsay Marriott era locutor y por ende era amigo de la señora Grayle. No obstante, según le revela al detective, Marriott “era un chantajista de clase”, “vivía de las mujeres”.  

Jessie Florian y Philip Marlowe
(Sylvia Miles y Robert Mitchum)
Fotograma de Adiós, muñeca (1975)
       El lunes 3 de abril, el detective Randall visita a Philip Marlowe en su departamento y ambos descubren que la viuda Jessie Florian, cuya andrajosa y sucia casa estaba sobrevaluada con un crédito impagado a Lindsay Marriott, fue asesinada en la recámara de su casa por Moose Malloy la noche del domingo. Y pese a que Randall le vuelve a repetir a Marlowe que no se meta en los asuntos de la policía, su olfato, las omisiones y los fragmentos de datos obtenidos de Randall, de John Wax, jefe de la policía de Bay City (donde prolifera la corrupción), y del detective Galbraith, lo inducen a introducirse en el Montecito, uno de los dos casinos flotantes (un par de barcos ubicados más allá de la jurisdicción territorial de Bay City y con bandera panameña), cuyo dueño, el rico y mafioso tahúr Laird Brunette, también es propietario del Club de Playa Belvedere, y de quien se dice “puso treinta mil para la elección del alcalde” y dizque es quien manda en Bay City. Su primer intento, a través de un taxi acuático, fracasa porque el matón que lo cachea en la entrada del casino flotante descubre su pistola. En las inmediaciones del embarcadero, Red Norgaard, un hombretón pelirrojo y bonachón, que dice ser ex policía, le ofrece llevarlo a hurtadillas e indicarle cómo entrar al Montecito de manera clandestina. Por 25 dólares lo hace. Y ya abordo y luego de sortear la tensión de los vigilantes armados, Marlowe habla con Laird Brunette. Éste no le niega ni le afirma la presencia de Moose Malloy, pero promete entregarle la nota que Marlowe le deja en una de sus tarjetas, que, se infiere, alude a Velma Valente, a quien la vieja Jessie Florian creía muerta en Dalhart, Texas, por “un resfriado que se le fue a los pulmones”, pero de quien guardaba en un baúl, dentro de un sobre especial, una foto donde se observa a una atractiva cabaretera disfrazada “de Pierrot de la cintura para arriba”, y de la cintura para abajo “sólo piernas, y piernas muy bien formadas”.

       
El detective Philip Marlowe
(Robert Mitchum)
Fotograma de Adiós, muñeca (1975)
       Ya en su departamento, cerca de las 22 horas de ese mismo lunes 3 de abril, Marlowe llama al número telefónico de la señora Grayle en su mansión de Bay City (con quien bebió whisky escocés y tuvo un erótico agasajo el viernes 31 de marzo que lo contrató para dizque dar con el collar de jade y por ende con la banda de ladrones de joyas). Antes de que la señora Grayle llegue, abre la puerta del edificio y la puerta de su departamento, se baña, se pone el pijama, se acuesta, se duerme y sueña. Y quien lo despierta no es la fémina, sino Moose Malloy empuñando el revólver Colt calibre 45; pero entablan un diálogo con visos de completar lo que le escribió en la nota que le dejó en el 
Montecito. La conversación es interrumpida por la llegada de la señora Grayle, quien habla con Marlowe mientras Malloy escucha oculto en el vestidor.
Raymond Chandler
        Vale decir que, a imagen y semejanza del buen detective de factura novelesca y fílmica, es por el olfato de sabueso de Philip Marlowe y por su inextricable inteligencia deductiva y capacidad para raciocinar en silencio y en voz alta, por lo que logra atar los cabos e inferir los entresijos del meollo de la intriga y servir los delitos en bandeja de plata (pinchos delicatessen para saciar al lector y a la seducida Anne Riordan), pese a ciertos hilos sueltos y a que el crimen que ocurre en su departamento no sea premeditado y se le escape de las manos. Al unísono de todo el embrollo, la trama se mueve en un contexto social, político, atávico y prejuicioso donde impera la discriminación y el sometimiento de la raza negra, la supremacía de los blancos, la minusvalía del mexicano, la corrupción policíaca y de la autoridad pública, y el poder de la clase alta y de los adinerados para incidir en las decisiones políticas y en la administración de la justicia.





Raymond Chandler, Adiós, muñeca. Seguida de los cuentos “El hombre que amaba a los perros”, “Busquen a la chica” y “El jade del mandarín”. Traducción del inglés al español de César Aira y Juan Manuel Ibeas. Serie Contemporánea, Debolsillo/Random House. México, junio de 2014. 472 pp. 


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El club Dante



A la mitad del camino de la vida
en una selva oscura

El norteamericano Matthew Pearl (Nueva York, octubre 2 de 1975), autor de La sombra de Poe (Seix Barral, 2006) y del prólogo a La trilogía Dupin (Seix Barral, 2006), en 2003 publicó en inglés El club Dante, su primer best seller con el que hizo boom en los Estados Unidos (y más allá de sus fronteras), cuya traducción al español de Vicente Villacampa data de “mayo de 2004”.
(Seix Barral, México, 2004)
En la novela El club Dante, la cruenta y devastadora Guerra Civil norteamericana (1861-1865) terminó apenas hace seis meses y el asesinato del presidente Abraham Lincoln aún es noticia (recibió un disparo el 14 de abril de 1865 en un palco del Teatro Ford, en la ciudad de Washington, y murió el día 15). Y en las inmediaciones de la Universidad de Harvard, en Cambridge, no muy lejos de Boston, un grupo de emblemáticos intelectuales prepara, desde 1861, la primera traducción, del italiano al inglés, de la Divina Comedia, la obra monumental y universal de Dante Alighieri (1265-1321), probablemente escrita entre 1307 y el año de su fallecimiento. Tal grupo se denomina a sí mismo: el club Dante y cada miércoles por la noche se reúne en la casa Craigie, en Cambridge, histórica casona que muestra una “profusión de esculturas y pinturas de George Washington”, pues fue cuartel de éste al inicio de la Guerra de la Independencia (1775-1783). El club Dante está integrado por Henry Wadsworth Longfellow, poeta y figura patriarcal y tutelar que dirige y firma la traducción y quien vive en la casa Craigie; por Oliver Wendell Holmes, narrador y médico que imparte la cátedra Parkman en la facultad de Medicina de Harvard; por James Russell Lowell, poeta, profesor y cabeza de la sección de lenguas modernas y literatura en Harvard; por J.T. Fields, el exitoso y rico empresario que publicará la traducción con el rubro de su editorial; y por Georges Washington Greene, historiador enfermizo que ya chochea y tiene una particular interpretación de la vida y obra de Dante (para él, el poeta florentino sí hizo un auténtico viaje al Infierno). 
Dados los obtusos e intolerantes prejuicios protestantes, xenófobos, puritanos y antipapistas, con la figura de Augustus Manning a la cabeza —tesorero de la corporación Harvard— se entreteje una soterrada y maquiavélica conjura (que no excluye el soborno, el espionaje, el chantaje y los golpes bajos) para impedir que el profesor James Russell Lowell siga impartiendo su seminario de Dante y sobre todo para frustrar la inminente publicación en inglés de la Divina Comedia, que a toda orquesta se quiere editar como parte de los académicos e italianos festejos del sexto centenario del nacimiento del poeta florentino.
Tal virulencia intestina es trastocada cuando dos espeluznantes y escenográficos asesinatos (el de Artemus Prescott Healey, juez presidente de los tribunales de Massachusetts, y el de el reverendo Elisha Talbot, ministro de la Segunda Iglesia Unitarista de Cambridge) brindan, para el club Dante, claros indicios de estar meticulosamente inspirados en precisos pasajes del Infierno del poeta florentino, pues las causalidades y las circunstancias propician que, sin buscarlo ni quererlo, lo sepan y se involucren en la raciocinadora, detectivesca y secreta búsqueda del criminal, a quien durante un buen tiempo suponen un erudito dantista y que, según coligen en cierto momento, compite con ellos: el club traduciendo con palabras y el asesino con sangre.
Matthew Pearl
En la segunda de forros, se dice que Matthew Pearl, “En 1998, ganó el prestigioso Premio Dante de la Sociedad Dante de Estados Unidos”, y que “es responsable de la edición para la Modern Library del Infierno de Dante, traducido por Henry Wadsworth Longfellow”. Esto no resulta gratuito, pues a lo largo de la trama el autor disemina y urde sus conocimientos de la biografía y obra de Dante, e inextricable a ello, implica una rica indagación del entorno arquitectónico y geográfico de Boston y de Cambridge en el siglo XIX, de numerosas menudencias de la historia política y social norteamericana en tal centuria, así como de atavismos racistas y religiosos, y de ciertos usos y costumbres que signaban la vida cotidiana, ya en la universidad, ya en las calles y tabernas, ya en la cárcel, ya en las iglesias y en los hogares de ayuda a los veteranos de la guerra, cuyas dantescas y sangrientas trincheras también son descritas con pelos, moscas, gusanos y señales.
La investigación detectivesca que realiza el club Dante (con sus propias polémicas y tensiones), se entrecruza con la que paralelamente efectúa el patrullero Nicholas Rey, el primer policía negro de Boston (respaldado por el jefe de la policía John Kurtz), cuyo color de piel implica desventajas oficiales (no usa uniforme y va desarmado), fricciones y agresiones frente a los racistas policías blancos, pero que paulatinamente, dado su olfato y virtud para raciocinar, se une al club Dante en la búsqueda del escurridizo criminal.
Sintéticamente hay que decir, con bombo y platillo, que Matthew Pearl —autor de El último Dickens (Alfaguara, 2009)— ha creado con El club Dante un thriller magistral, inteligente, lúdico, culto y erudito, repleto de recovecos y múltiples detalles y minucias, de suspense, misterio, enigmas y numerosas intrigas, pistas falsas y engaños al lector, con acción, escenarios peliculescos y constantes giros sorpresivos, lo cual mantiene, in crescendo, enganchado y asombrado al insaciable y desocupado lector, ya paladeando la trama, ya ansioso e insomne por descubrir, entre los posibles sospechosos, al dantesco criminal; y cuando por fin es descubierta su identidad por los miembros del club Dante —entre ellos destaca el papel del médico Oliver Wendell Holmes— (y el lector tiene acceso a los motivos intrínsecos que gestaron e incitaron el psicótico y escenográfico modus operandi del asesino en cada caso), para presenciar si lo atrapan, o quién atrapa a quién, o quién muere en el acoso y persecución (si es que alguien muere), y en resumidas cuentas cómo concluye este apasionante y dinámico artilugio novelístico, que además cuenta con ilustrativas notas del traductor.

Matthew Pearl, El club Dante. Notas y traducción del inglés al español de Vicente Villacampa. Seix Barral. 4ª reimpresión. México, noviembre de 2004. 472 pp.


jueves, 10 de mayo de 2018

Leche del sueño


Las cosas son de quien más las necesita

En abril de 2013, el Fondo de Cultura Económica publicó dos póstumas ediciones de Leche del sueño, delgado libro de la pintora y escritora británica Leonora Carrington (1917-2011), que reúne nueve cuentos para niños escritos e ilustrados por ella. Con dos mil ejemplares de tiraje, uno es la edición facsimilar de las páginas de una “Libreta” concebida, principalmente, para el divertimento infantil y doméstico del par de hijos que en la Ciudad de México tuvo con el fotógrafo húngaro Emerico Chiki Weisz (1912-2007): Gabriel (julio 14 de 1946), poeta y doctor en literatura comparada, y Pablo (noviembre 14 de 1947), pintor y médico de profesión, donde la artista escribió a mano, en español y con descuidos y fallas ortográficas y sintácticas, lo cual transluce el poco dominio que tenía del idioma. Con un estuche-caja de cartón, pastas duras forradas en piel negra y logo y rótulos repujados, la edición facsimilar de Leche del sueño (25.3 x 29.2 cm), diseñada por Miguel Venegas, está precedida por “Entre cuentos y bestias sin nombre”, breve prefacio de Gabriel Weisz firmado en “Coyoacán, 4 de diciembre de 2012”, donde le habla de tú a su madre, evoca su niñez en la casa de la calle Chihuahua y alude cierta lectura de algunos de los cuentos de la “Libreta” que su hijo Pablo, en compañía de su hijo Daniel, le hizo a su abuela Leonora cuando aún no estaba tan viejita y aún no se había “alejado a un mundo completamente ajeno”. Luego sigue el prólogo del narrador Ignacio Padilla: “Contar cuentos cóncavos”. Y a continuación figura el contenido de la “Libreta” dispuesto del siguiente modo alterno: en una página se halla la transcripción del cuento con caracteres de imprenta, supeditada lo más posible a la caprichosa manera con que lo escribió Leonora Carrington (lo cual facilita la lectura), y en la siguiente página se aprecia la reproducción facsímil de la página correspondiente, con su letra manuscrita caligrafiada con pluma con tinta sepia (más varias correcciones con lápiz que no se incluyen en la transcripción) y las ilustraciones, en sepia y/o con colores, e incluso con la reproducción de ciertas marcas, arrugas y trazos que el hojeo, el uso y el tiempo dejaron en las hojas de la “Libreta” original. Vale decir que las viñetas y dibujos, algunos contrapunteados con su letra de niña y su torpe español de chiquilla traviesa que aún no aprende a escribir bien, oscilan entre sencillos trazos infantiles (que parodian los garabatos que los niños hacen en cuadernos y paredes) e ilustraciones naïf de kindergarten o muy elaboradas con su magistral virtud y toque personal de pintora surrealista reconocida en todo el globo terráqueo. 
Detalle de la portada del estuche de la edición facsímil de Leche del sueño (FCE, 2013),
 “Libreta con textos e ilustraciones de Leonora Carrington
   
Leonora Carrington con sus hijos Gabriel y Pablo
   


Emerico Chiki Weisz con sus hijos Gabriel y Pablo
Alejandro Jodorowsky
        Y por último, a modo de epílogo, la “Libreta” es cerrada por “Las cosas son de quien más las necesita”, nota evocativa y autobiográfica del polígrafo, mimo, cineasta y director teatral Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, Chile, febrero 17 de 1929), donde alude la entrañable y nutriente amistad que cultivó, en México, con Leonora Carrington en los ya lejanos años 60 del siglo XX. Así que “cuando me iba a vivir a París [dice], me regaló un libro de cuentos escritos e ilustrados por ella, con los que había entretenido a sus hijos, Gaby y Pablo [y por ende quizá daten de los años 50]. Empasté esa reliquia; la encuaderné con tapas de cuero negro, agregándole las cartas que la Maga me había enviado.” Pasaron 20 años, se apunta en la contraportada del estuche, y “Un día [dice Jodorowsky] me vino a visitar Gaby. Movido por un sentimiento que me era incomprensible, le mostré el valioso tesoro. ‘Es una lástima que sea sólo yo el que conozca esta maravilla’, le dije. Y de pronto, como un rayo lúcido que me atravesara la cabeza y estallara en mi corazón, me di cuenta de que era absolutamente injusto que yo fuera dueño de unos cuentos que le pertenecían a él... Vi en la mirada de Gaby cuánto le dolía no poseer ese esencial recuerdo, por lo que le entregué los cuentos diciéndole: ‘Esto te pertenece, llévatelo’... Fue tan grande su emoción que simplemente apretó el libro contra su pecho en silencio y se fue. Hasta el día de hoy no lo he vuelto a ver [...] Darle a ese niño adulto los cuentos, me hizo sentir como si extrajera de mi cuerpo una víscera sagrada que él necesitaba más que yo.” 
Portada de Leche del sueño (FCE, 2013), de Leonora Carrington
Adaptación infantil en la serie
Los especiales de A la orilla del viento 
        La otra edición de Leche del sueño (18.2 x 18.1), con pastas duras, seis mil ejemplares de tiraje y sin ningún prólogo ni nota, fue publicada en la serie Los especiales de A la orilla del viento. Se trata de una atractiva y vistosa “adaptación infantil” de los nueve cuentos cuyos títulos son: “Juan sin cabeza”, “El niño Jorge”, “Humberto el Bonito”, “El monstruo de Chihuahua”, “El cuento feo de las carnitas”, “Cuento feo del té de manzanilla”, “Negro cuento de la mujer blanca”, “La gelatina y el zopilote” y “Cuento repugnante de las rosas”. Si en la edición facsimilar no se acredita al autor de la transcripción (quizá fue Eliana Pasarán, la editora), en la “adaptación infantil” tampoco se precisa quién la pergeñó (quizá fue Mariana Mendía, la editora, o tal vez Gabriel Weisz). Impresos a dos tintas y con una buena manipulación y edición de las ilustraciones creadas por Leonora Carrington (cuyo diseño es del susodicho Miguel Venegas), los nueve cuentos fueron corregidos y aumentados con algunas palabras, e incluso con notorios cambios, como es el caso de “La gelatina y el zopilote”, que en su versión manuscrita dice “jaletina”; o el caso del final de “El cuento feo de las carnitas”, cuyo humorístico detalle escatológico fue adecentado; o el caso de la conversión en moraleja del elíptico y cortante fin del “Cuento feo del té de manzanilla”. En fin.

Ilustración de Leonora Carrington en  la adaptación infantil de
“El cuento feo de las carnitas [Cuento del señor José Horna, por Norita]
   


Ilustración de Leonora Carrigton en la adaptación infantil de
“El Monstruo de Chihuahua”
   
Ilustración de Leonora Carrigton en la adaptación infantil de
“El Monstruo de Chihuahua”
     
Ilustración de Leonora Carrigton en la adaptación infantil de
“El Monstruo de Chihuahua”
      Vale observar que ni Gabriel Weisz ni Ignacio Padilla ni Alejandro Jodorowsky ni los editores revelan que cinco versiones de los nueve cuentos de la “Libreta” fueron publicadas, en 1962, en la revista S.NOB, cuyas anónimas enmiendas (quizá de Salvador Elizondo) siguen a pie juntillas las versiones manuscritas, amén de que las ilustraciones a tinta negra que las acompañan, concebidas ex profeso por Leonora Carrington para S.NOB, no son las que trazó en la “Libreta”. 

Portada de la edición facsímil de la revista S.NOB
Del número 1 al 7, junio-octubre de 1962
Dibujo de Leonora Carrigton
       
De pie:  dos jóvenes y Gabriel Weisz Carrington
Sentados: Salvador Elizondo, María Reyero, Leonora Carrington,
Marie-José y Octavio Paz
       Dirigida por Salvador Elizondo (1936-2006), la revista S.NOB sólo publicó siete números datados en 1962, cuya edición facsimilar apareció en “septiembre de 2004”, coeditada por Editorial Aldus y el FONCA del CONACULTA. Los primeros seis números se hicieron con el patrocinio del productor de cine Gustavo Alatriste (1922-2006) y el séptimo con el subsidio del británico Edward James (1907-1984), el excéntrico mecenas y coleccionista de arte que erigió las construcciones surrealistas de Las Pozas de Xilitla en la Huasteca potosina y en cuyo “Castillo”, la casona en la calle Ocampo del pueblo donde vivía su administrador Plutarco Gastélum (1914-1991), Leonora pintó en un muro un par de fantásticas figuras femeninas, desnudas y con cabeza de anubis-carnero barbado. 

Leonora Carrington pintando en un muro del “Castillo”,
la casona de Edward James en Xilitla
     Quizá no fue casualidad, pero Alejandro Jodorowsky colaboró con un artículo, en su sección “Science fiction”, en cada uno de los primeros seis números de S.NOB; mientras que Leonora Carrington también colaboró en seis números, pero del siguiente modo: el número 1 de S.NOB data del “20 de junio” y en él no publicó; el número 2 data del “27 de junio” y allí Leonora inaugura su sección “Children’s corner” con “El cuento feo de la manzanilla”; el número 3 data del “4 de julio” y en la sección “La ciudad” publicó el cuento fantástico-surrealista “De cómo fundé una industria o el sarcófago de huele”, que ella escribió en español y que posteriormente compiló en su libro El séptimo caballo y otros cuentos (Siglo XXI, México, 1992), cuya primera edición en inglés apareció en Nueva York, en 1988, publicada por E.P. Dutton; el número 4 data del “11 de julio” y en él prosigue su sección “Children’s corner” con el “Cuento negro de la mujer blanca” (cuyo ritmo suena mejor que la versión que se lee en la “adaptación infantil”); el número 5 data del “18 de julio” y en la sección “Children’s corner” figura “El cuento feo de las carnitas”, del que entre paréntesis se dice que fue escrito “en colaboración con José Horna”, lo cual puede ser cierto o una íntima broma, pues el español José Horna (1909-1963), esposo de la fotógrafa húngara Kati Horna (1912-2000), quien también colaboró en S.NOB con la sección fotográfica “Fetiche”, fueron amigos cercanos de Leonora, desde que en 1943 llegó de Nueva York a México casada con el poeta y periodista mexicano Renato Leduc (1897-1986). Y es por ello que cuando en 1946 abandonó a éste para irse con Emerico Chiki Weisz, primero se refugió en el departamento que Remedios Varo (1908-1963) y Benjamin Péret (1899-1959) tenían en la calle Gabino Barreda, en la Colonia San Rafael; pero cuando ese mismo año se casó con Chiki, festejaron la boda en la casa que los Horna tenían en la calle Tabasco de la Colonia Roma. 

     
Leonora Carrington el día de su boda, en 1946, en casa de los Horna
en la calle Tabasco 198, Colonia Roma, Ciudad de México
Foto: Kati Horna
     
En la ventana: Benjamin Péret y Miriam Wolf
Sentados: Kati Horna, Chiki y Leonora (día de su boda), y Gunther Gerszo
     
Día de la boda de Emerico Chiki Weisz y Leonra Carrington
Detrás: Gerardo Lizárraga, José Horna, Remedios Varo y Gunther Gerszo
Al frente: Chiki, Leonora, Benjamin Péret y Miriam Wolf
Foto: Kati Horna
        Además de las celebérrimas fotos en blanco y negro de Kati Horna que documentan tal boda, hay ejemplos de obra artística que visiblemente aluden e implican la retroalimentación y colaboración que hubo entre los miembros de ese legendario grupo de exiliados europeos (y anexas). Un ejemplo es la cuna de madera, con forma de barco de vela, que hacia 1949 diseñó, talló y ensambló José Horna, incluyendo red, cordón y argollas de metal, cuyos fantásticos decorados al óleo en la quilla los pintó Leonora Carrington. Además de que tal obra ahora pertenece al acervo del MUNAL, hay una foto de Kati Horna donde se ve a su hija, la pequeña Norita, dentro de la cuna. Viene a cuento esto porque en la edición facsimilar de la “Libreta” “El cuento feo de las carnitas” tiene por subtítulo, escrito a mano por la autora: “Cuento de señor José Horna por Norita” (sin la ele en “de”); y en la anónima corrección a lápiz (quizá de Jodorowsky), además de la raya sobre el subtítulo, se apunta: “En colaboración con José Horna”. Por ende se colige que la pequeña Norita, anunciada como intérprete por Leonora, también fue destinataria de los cuentos de la “Libreta”. De modo que en la “adaptación infantil” de Leche del sueño el subtítulo de “El cuento feo de las carnitas”, que no figura en el índice, pero sí en el interior, proclama entre paréntesis: “Cuento del señor José Horna, por Norita”.

La cuna (c. 1949)
José Horna diseñó y ensambló
(madera tallada, red, cordón y argollas de metal)
Leonora Carrington pintó al óleo
     
Norita Horna en la cuna (México, c. 1949)
Foto: Kati Horna
         Regresando al desglose de Leonora Carrington en S.NOB, en el número 6 datado el “25 de julio”, en “Children’s corner” se lee “El monstruo de Chihuahua”, pero sólo el primer párrafo, pues tal cuento se complementa con ilustraciones y fragmentos escritos a mano. El número 7 de S.NOB, el último, en mayor medida dedicado a las drogas, apareció hasta el “15 de octubre” y en “Children’s corner” figura el cuento “Juan sin cabeza”. Pero además la portada fue ilustrada con un espléndido dibujo a tinta de Leonora Carrington, que también ilustra la portada de la edición facsimilar de S.NOB (pero a dos tintas). Por si fuera poco, “Cuando cumplí cincuenta años”, el artículo autobiográfico de Edward James, donde bosqueja su conocimiento de los hongos alucinógenos de la sierra de Oaxaca y un mal viaje que tuvo en una habitación de un hotel de la Ciudad de México, está ilustrado con un retrato fotográfico sin crédito perteneciente a una serie que Kati Horna le hizo en 1962, más un dibujo de José Horna, dos de Leonora Carrington y una pésima reproducción del Cristo muerto (c. 1431) de Andrea Mantegna, pintor del Quattrocento. Vale añadir que Edward James, controvertido amigo de la pintora y coleccionista de su obra, fue quien promovió la primera muestra individual de ella en la Galería Pierre Matisse de Nueva York en 1948, cuyo folleto prologó.

Edward James (México, 1962)
Foto: Kati Horna

Ilustración de Leonora Carrigton en la adaptación infantil del
“Negro cuento de la mujer blanca”


Leonora Carrington, Leche del sueño. Edición facsimilar. Iconografía a color. Notas de Gabriel Weisz, Ignacio Padilla y Alejandro Jodorowsky. FCE. México, abril de 2013. S/n de p.

Leonora Carrington, Leche del sueño. Adaptación infantil. Iconografía a color. Los especiales de A la orilla del viento, FCE. México, abril de 2013. 45 pp.