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martes, 2 de octubre de 2018

La noche de Tlatelolco



                 
Un fantasma recorre México: 
el fantasma del 2 de octubre


                                                                                                           In memoriam Luis González de Alba  


Tlatelolco, octubre 2 de 1968
El viernes 27 de septiembre de 2014 murió, por el cáncer, Raúl Álvarez Garín, legendario luchador social y visible político de izquierda, quien, como alumno del Instituto Politécnico Nacional, fue delegado de Consejo Nacional de Huelga del Movimiento Estudiantil de 1968 y como tal fue detenido la trágica noche del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y hecho preso en el Palacio Negro de Lecumberri. Pese a que Raúl Álvarez Garín es autor del libro La estela de Tlatelolco. Una reconstrucción histórica del movimiento estudiantil del 68 (Editorial Ítaca, 2002), todo indica que entre la extensa y creciente bibliografía sobre el Movimiento Estudiantil de 1968, el libro de Elena Poniatowska: La noche de Tlatelolco, cuya primera edición data de “febrero de 1971”, es el más emblemático, el más reeditado, el más popular, y tal vez el más trágico, espeluznante y doloroso que incide en la llama viva de un hecho fehaciente y contundente: la masacre del 2 de octubre no se olvida, su tétrico fantasma recorre México, está vivo en la luctuosa, histórica y democrática memoria colectiva del país.
La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)
Primeras fotos del libro
        El miércoles 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco, ya pasadas las 17:30, poco después de que desde el tercer piso del edificio Chihuahua los oradores en la tribuna dieran por concluido el mitin y de que anunciaran que, debido a la presencia militar en la zona, no se haría la manifestación al Casco de Santo Tomás del IPN (tomado por el ejército desde el 23 de septiembre), se vieron en lo alto unas luces de bengala e inició el asedio y los disparos, cundió el terror, la refriega y la estampida de la gente (“aproximadamente diez mil personas”: jóvenes, adultos, adolescentes, niños, mujeres, ancianos). Los soldados y policías de civil y guante y blanco (el Batallón Olimpia) salieron de apartamentos del edificio Chihuahua y de su camuflaje entre la multitud; detuvieron a los estudiantes de la tribuna y bloquearon los accesos al edificio. Hubo tal gritería, tal turbulencia de masas y tal confusión entre los destacamentos armados que fue ineludible el cruce de balas entre los de guante blanco, los militares, los granaderos, los policías y los francotiradores.
Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, a la cabeza
El Movimiento Estudiantil de 1968 tenía apenas dos meses y pico de haberse gestado in crescendo (con amplias adhesiones y repercusiones sociales en todo el país y protestas en el extranjero), debido a la constante represión policíaca y militar (exacerbada con la toma de CU el 18 de septiembre), a los asesinatos, y a las detenciones y secuestros de alumnos, maestros, militantes de izquierda y gente ajena, y a la relevante incapacidad política de las autoridades (empezando por el presidente Gustavo Díaz Ordaz y por el secretario de gobernación Luis Echeverría Álvarez) para establecer el diálogo público, los acuerdos en torno a los 6 puntos del pliego petitorio y por ende la paz. Lo ocurrido y los testimonios del libro sugieren que la matanza y el encarcelamiento masivo estaban planeados para tal día y en ese lugar, pues el 12 de octubre iniciarían los XIX Juegos Olímpicos y había que descabezar el movimiento y evitar que los disturbios estudiantiles (dizque de una conjura internacional comunista) continuaran durante éstos. 
   Mercedes Olivera, antropóloga, lo resume: “obviamente todo estaba preparado, el gobierno sabía lo que iba hacer. Se trataba de impedir cualquier manifestación o brote estudiantil antes y durante las Olimpiadas. Las luces de bengala fueron la orden de tirar y se disparó de todas partes y los supuestos francotiradores —y te lo digo, porque los que estuvimos allí y lo vimos podemos decirlo con toda conciencia sin temor a equivocarnos— los francotiradores eran parte de la organización gubernamental.”
(Ediciones Era, 37ª ed., México, 1980)
      La noche de Tlatelolco es un libro fragmentario, polifónico, colectivo, de ahí que se subtitule Testimonios de historia oral; pero fue Elena quien compiló, matizó y urdió el conjunto durante dos años. Hay en él trozos de entrevistas (muchos con terribles testimonios de asesinatos, torturas y vejaciones); panfletos transcritos de pancartas, de volantes, de pintas y de los coros durante las manifestaciones y mítines; versos de poemas; capitulares y fragmentos de artículos publicados en periódicos y revistas; pasajes de actas militares; declaraciones en contra, declaraciones a favor; voces anónimas; saldos de muertos, de heridos, de humillados y violentados en lo más elemental de sus libertarias garantías individuales y en lo más esencial de sus derechos humanos.


Elena Poniatowska
(foto: Rogelio Cuéllar)
       De nobiliario origen polaco, Elena nació el 19 de mayo de 1932 en París, pero hizo de México su patria, sus entrañas más entrañables donde nació y creció como periodista y narradora. De ahí que si su libro es de Todo México, también es muy suyo, muy de sus intimidades más íntimas. Ella lo dedicó “A Jan”, cuyas fechas de nacimiento y muerte, “1947-1968”, representan al joven asesinado el 2 de octubre o durante el Movimiento Estudiantil, pese a que se trata de su hermano “Jan Poniatowski Amor, estudiante de la Preparatoria Antonio Caso”, muerto en un accidente automovilístico el 8 de diciembre, en cuya segunda aparición afirma: “EL PRI no dialoga, monologa.”
Jan Poniatowski Amor
(1947-1968)
  También incluyó un par de pasajes, críticos y reflexivos, de dos cartas que el astrónomo Guillermo Haro, su marido, le envió desde Armenia, una el “22 de julio de 1970” y la otra el “28” del mismo mes. En el primer pasaje 
refiere su disgusto y desacuerdo con la prisión, en la cárcel de Lecumberri, de Demetrio Vallejo y Valentín Campa, líderes ferrocarrileros, sindicalistas y comunistas; y en el segundo pasaje le habla sobre la hipocresía y responsabilidad ética del científico mexicano en el contexto de la arcaica, consubstancial y sistémica corrupción política y gubernamental del PRI:
 
La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)
En el cartel se ve el rostro de Demetrio Vallejo
        “...Y me lleno de furia y pienso cómo se puede vivir sin ser furioso. Cómo se le puede entrar a la política mexicana y retenerte y modularte y repartir sonrisitas y quedar bien con todo el mundo y lograr puestecitos y puestezotes. No estoy de acuerdo con las declaraciones periodísticas de mis amigos; que el hombre de ciencia debe intervenir en la política. Sé lo que quieren decir. Piensan que intervenir en la política es ocupar puestos, ser influyente, tener éxito. Eso no es política, eso es estiércol, es ser mercader en el más vil sentido. A que no le entran a la política de oposición, a la política que no da puestos seguros, a la que pone en peligro tu vida y tu libertad. Claro que no se le puede pedir a un hombre, a otro hombre, que se sacrifique. Pero que tampoco nos vengan a señalar como deber sacrosanto y necesario el participar en ‘nuestra’ política priísta. No hay en ello nada noble, nada desinteresado, nada honesto. Y si uno le entra por pura conveniencia personal, por lo menos ser discreto, ser un honrado bandolero, no tratar de hacer comulgar a los demás con ruedas de molino. Nuestro deber como científicos es simplemente tratar de hacer buenos científicos, ayudar a los jóvenes, formar cuadros competentes, hacer verdadera política aunque esto implique —y lo implica— estar peleado a muerte con los ‘políticos’ burócratas. Claro que el no cortejar a los ‘políticos’, el no estar bien con ellos, dificulta la tarea. Pero en el fondo lo mismo da...
  “No es cierto que puedas ser un buen político cuando dejas de ser un buen médico. No es cierto que es preferible ser presidente de Chalchicomula que un mediocre ginecólogo. Si no puedes hacer bien una cosa que durante años has aparentado amar, no podrás hacer ninguna otra cosa mejor que la primera. Lo contrario es mentira, es la prueba más contundente de tu fracaso íntimo, de tu verdadera mediocridad. Pero, claro, existe el sagrado derecho de ser tan mediocre o tan pendejo como se quiera o como se pueda y eso independientemente de todos los éxitos o las glorias aparentes.”
   
Guillermo Haro y Elena Poniatowska
con su hijo Felipe
          Pero Elena Poniatowska 
también incluyó un fragmento de su madre Paula Amor de Poniatowski, donde habla de los muchachitos que vio el 13 de septiembre de 1968 durante la Marcha del Silencio que fue del Bosque de Chapultepec, frente al Museo Nacional de Antropología, al Zócalo (“300 mil personas”): “¿Sabes?, me gustaron, me cayeron bien, por hombrecitos. Muchos tenían esparadrapo en la boca, casi todos parecían gatos escaldados con sus suéteres viejos, sus camisas rotas pero decididos. Les eran simpáticos a la gente que estaba en las banquetas viéndolos, y muchos, además de aplaudirles, se les unían y cuando no se les daba propaganda la pedían, e incluso el público se ponía a repartir de mano en mano. Nunca había visto antes una manifestación tan vasta, tan de a de veras, tan hermosa. Toma, te traje unos volantes.
       
Las hermanas Elena y Kitzia  con su madre Paula Amor de Poniatowski
       Si tal testimonio es desde afuerita, el de Luis González de Alba, alumno de Filosofía y Letras de la UNAM y delegado del CNH (Consejo Nacional de Huelga) 
—fallecido a los 72 años el 2 de octubre de 2016, es desde dentro y más crítico que el pasaje parecido que se lee en su libro Los días y los años (Era, 1971): 

Cabeza de Vaca, Hernández Gamundi y Luis González de Alba,
tres líderes del Consejo Nacional de Huelga detenidos
“El helicóptero seguía volando casi al ras de las copas de los árboles. Finalmente, a la hora señalada, a las cuatro, se inició la marcha en absoluto silencio. Ahora no podrían oponer ni siquiera el pretexto de las ofensas. En el CNH habíamos discutido muchísimo. Unos delegados decían que de hacerse la manifestación no podría ser silenciosa porque le quitaría combatividad. Otros, que nadie guardaría silencio. ¿Quién se siente capaz de controlar y llevar callados a varios cientos de miles de muchachos escandalosos acostumbrados a cantar, gritar y echar porras en cada manifestación? ¡Es una tarea imposible y si no lo logramos el CNH mostrará debilidad! Por eso los más jóvenes llevaron esparadrapo en la boca. Ellos mismos lo eligieron: los unos a los otros se pusieron la tela adhesiva sobre los labios para asegurar su silencio. Les dijimos: ‘Si alguno falla, fallamos todos.’
Marcha del Silencio

Septiembre 13 de 1968
        “Salíamos apenas del Bosque, habíamos caminado sólo unas cuadras cuando las filas comenzaron a engrosarse. Todo el Paseo de la Reforma, banquetas, camellones, monumentos y hasta los árboles estaban cubiertos por una multitud que a lo largo de cien metros duplicaba el contingente inicial. Y de aquellas decenas y después cientos de miles sólo se oían los pasos... Pasos, pasos sobre el asfalto, pasos, el ruido de muchos pies que marchan, el ruido de miles de pies que avanzan. El silencio era más impresionante que la multitud. Parecía que íbamos pisoteando toda la verborrea de los políticos, todos sus discursos, siempre los mismos, toda la demagogia, la retórica, el montonal de palabras que los hechos jamás respaldan, el chorro de mentiras; las íbamos barriendo bajo nuestros pies... Ninguna manifestación me ha llegado tanto. Sentí un nudo en la garganta y apreté fuertemente los dientes. Con nuestros pasos vengábamos en cierta forma a Jaramillo, a su mujer embarazada, asesinados, a sus hijos muertos, vengábamos tantos años de crímenes a mansalva, silenciados, tipo gángster. Si los gritos, porras y cantos de otras manifestaciones les daban un aspecto de fiesta popular, la austeridad de la silenciosa me dio la sensación de estar dentro de una catedral. Ante la imposibilidad de hablar y gritar como en otras ocasiones, al oír por primera vez claramente los aplausos y voces de aliento de las gruesas vallas humanas que se nos unían, surgió el símbolo que pronto cubrió la ciudad y aun se coló a los actos públicos, a la televisión, a las ceremonias oficiales: la V de ‘Venceremos’ hecha con los dedos, formada por los muchachos al marchar en las manifestaciones, pintada después en casetas de teléfonos, autobuses, bardas. En los lugares más insólitos brotaba el símbolo de la voluntad inquebrantable, incorruptible, resistente a todo, hasta a la masacre que llegó después. Aún reciente Tlatelolco, la V continuó apareciendo hasta en las ceremonias olímpicas, en las manos del pueblo.”

Primera edición en Lecturas Mexicanas
Segunda Serie número 41
(Ediciones Era/SEP, 1986)
Los días y los años
1ª edición en Lecturas mexicanas, 2ª Serie, núm. 41
(Ediciones Era/SEP, 1986)
Contraportada
       La noche de Tlatelolco abre con 49 fotos en blanco y negro que dan visos de varios episodios que van de la confusa bronca del 22 de julio de 1968 en la que se mezclaron pandilleros (“Los ciudadelos” y “Los arañas”) y alumnos de la preparatoria Isaac Ochotorena y estudiantes de la Vocacional 2 del IPN (Instituto Politécnico Nacional), y que a la postre significó, dada la arbitraria golpiza emprendida por los granaderos, el inicio de la represión (exacerbada entre el 23 y el 26 de julio) y por ende del Movimiento Estudiantil. Y se culmina con una imagen nocturna en la que se observa a un grupo (hombres, mujeres, niños y jóvenes) de pie y arrodillados frente a veladoras y ofrendas mortuorias, en cuyo pie se lee: “El 2 de noviembre, día de los muertos, depositamos cempasuchitl y veladoras en la Plaza de las Tres Culturas... Muchos soldados nos vigilaban pero pronto se prendieron miles de veladoras y surgieron gentes de entre los árboles que comenzaron a rezar por sus hijos masacrados el 2 de octubre en Tlatelolco…”



La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)

       
Cadáveres en la morgue y niño asesinado en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968

La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)
      Entre el conjunto de fotografías, si bien hay algunas muy dramáticas y violentas, como la hilera de cadáveres en la morgue o el niño muerto aún tirado en las piedras del suelo de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, contrastan dos: una es la del par de alegres jóvenes vestidos de blanco dándole a una campana de la Catedral de México y que ineludiblemente remite al 13 de agosto de 1968, cuando la multitudinaria manifestación (unas “150 mil personas”) llegó por primera vez al Zócalo (el epicentro de los poderes y simbólico corazón del país mexicano) 
pero también a la del 27 de agosto (“más de 400 mil personas”); dice el pie: “¡Entramos al Zócalo! ¡Estaban repicando las campanas de catedral! Dos estudiantes de medicina subieron con el permiso del padre Jesús Pérez y también encendieron todas las luces de la fachada. Todo el mundo aplaudía sin parar.”
Iglesia de Santiago Tlatelolco
Octubre 2 de 1968
          La otra fotografía resulta un artero, masivo y cruento golpe de bayoneta o de bala expansiva, muy semejante a los golpes y proyectiles con que, según testimonios que se leen en el libro, se hirieron y mataron a jóvenes, a mujeres, a niños y ancianos durante la larga noche que duró el sitio y el acoso, militar y policíaco, en la Plaza de las Tres Culturas y en los edificios circunvecinos. Se trata de una panorámica en la que desde lo alto se observa a una multitud frente a la antigua Iglesia de Santiago Tlatelolco;  
el pie de Elena Poniatowska consigna: “Junto a la vieja Iglesia de Santiago Tlatelolco, se reunió confiada una multitud que media hora más tarde yacería desangrándose frente a las puertas del Convento que jamás se abrieron para albergar a niños, hombres y mujeres aterrados por la lluvia de balas...”
La “Primera parte” de La noche de Tlatelolco se titula “Ganar la calle” y la “Segunda” es homónima del libro y por ende los testimonios ponen mayor énfasis en lo ocurrido durante la masacre del 2 de octubre de 1968; pero también en ciertas secuelas inmediatas, como la angustiosa y desesperada búsqueda de los hijos desaparecidos (incluso niños) y la situación y el destino de los prisioneros, particularmente en el Campo Militar Número 1 y en el Palacio Negro de Lecumberri. Y se concluye con una breve “Cronología basada en los hechos a que se refieren los estudiantes en sus testimonios de historial oral”, la cual va del lunes 22 de julio de 1968 al siguiente jueves 31 de octubre, y que se puede completar con la información, los análisis y la angular y crítica bibliografía con la que ahora se cuenta, en 2018,  50 años después, incluida una ritual vista al Memorial del 68 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, ubicado en la histórica Plaza de las Tres Culturas. 
 
La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)
  
    

Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral. Iconografía en blanco y negro. Ediciones Era. Ejemplar 1019 de la 37ª edición. México, marzo 24 de 1980. 288 pp.

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La noche de Tlatelolco (Era, 37ª ed., México, 1980)

      Vale añadir que en agosto de 2012 Ediciones Era publicó una Edición Especial de La noche de Tlatelolco, con un “Prólogoex profeso de Elena Poniatowska, un nuevo y mejor diseño y mayor tamaño, 104 fotos en blanco y negro (con buena resolución) distribuidas a lo largo de las páginas (más dos postreras páginas de “Créditos de las fotografías”) y la ampliación de la “Cronología” hasta el viernes 13 de diciembre de 1968.

(Era, México, agosto 20 de 2012)


 
(Contraportada)


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Enlace a Masacre de Tlatelolco (2010), documental dirigido por Roberto Latorre.

Borges el memorioso

Cómo leer a Borges y no morir en el intento

Editada por el FCE, la primera edición argentina de Borges el memorioso data de 1982. Y la segunda edición impresa en México, corregida, pero con erratas, data de 1983. El libro reúne la adaptada y depurada transcripción de las diez entrevistas que Antonio Carrizo le hizo a Jorge Luis Borges para Radio Rivadavia, estación comercial del cuadrante radiofónico de Buenos Aires (no hay indicios de los cortes comerciales, ni de la edición de las grabaciones, ni de los balbuceos y titubeos que distinguían el estilo oral de Borges). Las diez entrevistas, llamadas “mañanas”, se grabaron entre julio y agosto de 1979, dentro del contexto de las celebraciones argentinas con motivo de los 80 años de Borges (tributado, apapachado y deificado como gloria nacional), y se transmitieron ciertos días de agosto, dado que el 24 de agosto era (y es) el día del aniversario de su nacimiento, ocurrido, en Buenos Aires, en 1899. 
(FCE, 2a. ed., México, 1983)
        El plan de trabajo y la edición de las grabaciones fue obra de Antonio Carrizo —cuyo nombre real era Antonio Carrozzi Abascal, nacido en General Villegas, Provincia de Buenos Aires, el 15 de septiembre de 1926, y fallecido en la capital argentina el 1° de enero de 2016—, productor y locutor de La vida y el canto, programa de Radio Rivadavia, que se transmitía todos los días, de 12 a 15:30 horas. Pero a pesar de que al inicio de la primera entrevista en un pie de página se acredita la identidad y concurrencia de Roy Bartholomew: “escritor argentino, diplomático, periodista. Su presencia en alguna de estas conversaciones se debe a la amistad que lo une con Borges y Carrizo”, en realidad así se minimiza la participación de Bartholomew, pues éste no se halla “en alguna”, sino en cinco de las diez entrevistas del libro, además de reflejar e implicar, con relación a Carrizo, mayor conocimiento de la vida y obra de Borges. En este sentido, la riqueza y el rumbo del libro hubieran sido otros si Bartholomew no mete su cuchara.

     
Antonio Carrizo
(1926-2016)
        Esto no quiere decir que Antonio Carrizo era el típico locutor que, desconocedor de la obra y relevancia de su entrevistado, pregunta cualquier tontera dizque fingiendo que no se le hunde y naufraga el programa en un pantano de ignorancia. Carrizo, además de mostrar conocimientos literarios y de la vida literaria, también denota e implica su particular lectura de la obra de Borges. A ello se añade el que ambos, Carrizo y Bartholomew, eran viejos lectores y seguidores de Borges, quien murió en Ginebra el sábado 14 de junio de 1986 (complicación de un enfisema pulmonar, de un fallo cardíaco y del cáncer hepático que padecía) y allí, el miércoles 18, fueron enterrados sus restos en el Cementerio de Plainpalais, ante el desconcierto de familiares y amigos del escritor que suponían que sería sepultado en el Cementerio de la Recoleta, en la capital argentina.
Héctor Bianciotti, María Kodama y Aurora Bernárdez en el entierro de Borges
Cementerio de Plainpalais, Ginebra
Miércoles 18 de junio de 1986
  En la “Otra mañana”, que es el epílogo de Borges el memorioso, Antonio Carrizo apunta que “el 19 de noviembre de 1955”, en la sede de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), en un homenaje a Vicente Barbieri (que había sido nombrado director de la revista El Hogar), él asistió para grabar entrevistas a los prestigiosos nombres de las letras argentinas, las cuales serían transmitidas por Radio el Mundo de Buenos Aires. Allí, dice, pudo entrevistar por primera vez a Borges (después lo haría muchas veces). Y enseguida reproduce esa minúscula entrevista hecha para los que no habían leído a Borges, cuyas desmesuradas preguntas proyectan a un reportero radiofónico que aún no ha profundizado ni en la literatura ni en la obra de Borges.  

     
(FCE, 4a. ed., México, 1982)
          Mientras que en el “Epílogo” de
Siete noches (FCE,  México, 1980) —libro que reúne la transcripción, revisada y corregida con el autor, de las siete conferencias que Borges dictó, en 1977, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires—, Roy Bartholomew, su amanuense para el caso, anota que él estuvo entre quienes asistieron a la primera conferencia que Borges dio en su vida, de viva voz, y no a través de la lectura de un amigo (Pedro Henríquez Ureña, por ejemplo) o de un encomendado, tal y como había ocurrido y como ocurrió en octubre de 1945, en Montevideo, el día que Emir Rodríguez Monegal lo conoció —según dice en Borges. Una biografía intelectual (FCE, México, 1987)—, pues Borges, quien recién había publicado con Silvina Bullrich Palenque la breve antología: El compadrito, su destino, sus barrios, su música (Emecé, Buenos Aires, 1945), “Había sido invitado por el servicio cultural del Ministerio de Instrucción Pública [del Uruguay] para dar en la universidad una charla sobre literatura gauchesca”. Así, dice, “Mientras José Pedro Díaz, un joven profesor de literatura, leía el largo discurso con dicción impecable y una voz bella y sonora, Borges permanecía sentado al fondo, apuntándole el texto invisible e inaudiblemente. Fue una curiosa función, como la de un ventrílocuo que controlara a su muñeco desde cierta distancia.”  
 
Compadrito de la edá de oro (1928)
Dibujo de Jorge Luis Borges en
Un ensayo autobiográfico (GG/CL/Emecé, 1999)
       Emir Rodríguez Monegal, que seguía a Borges desde que en su adolescencia lo descubriera, “hacia 1936”, “en sus artículos y reseñas en El Hogar”, era entonces un joven “a cargo de las páginas literarias de Marcha, un semanario de izquierda que comenzaba a hacerse conocido fuera del Uruguay”, y por ende, apunta, le pidió su “autorización para transcribir el texto completo de la charla en una edición inmediata de Marcha”. Borges fue generoso, según dice: “me dio el original del texto y me autorizó a transcribirlo en Marcha”. 
Borges, César Fernández Moreno y Emir Rodríguez Monegal
Montevideo, c. 1948
     Pero el caso es que la primera conferencia que Borges dijo, con su propia voz y no a través de la voz de otro, se desarrolló en Buenos Aires, en el Colegio Libre de Estudios Superiores, en 1946, y trató sobre Nathaniel Hawthorne, cuya exposición oral transformó en el ensayo reunido por Borges en Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, Buenos Aires, 1952). Dice Roy Bartholomew: “Fue la primera vez que lo vi. Habló lentamente, con muchas vacilaciones, en voz baja; todo el tiempo mantuvo las manos unidas en actitud de orante. ‘Seguro que estaba rogando para que no se desplomara el techo’, me comentó hace poco, cuando le recordé aquella remota tarde de hace siete lustros. ‘La verdad es que estaba aterrado’, agregó.”
       
VIII Premio Comillas de biografía, autobiografía y memorias
(Tusquets, Barcelona, febrero de 1996)
        Casi sobra decir que 1946 y 1955 son años axiales dentro de la vida de Borges. En 1946, tras subir Juan Domingo Perón al poder, y debido al encono de oscuros burócratas peronistas que querían humillarlo por su postura y por sus declaraciones y firmas antiperonistas, Borges fue destituido del mísero puesto que tenía en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, donde fue un empleado subalterno durante ocho aciagos años: entre el 8 de enero de 1938 y el 15 de julio de 1946 
—precisa Edwin Williamson en Borges, una vida (Seix Barral, Buenos Aires, 2006) y nombrado “inspector de aves, conejos y huevos en un mercado de la calle Córdoba”, reza la leyenda que repiten y varían algunos biógrafos y con ellos los lectores (y el reseñista), a la que contribuyó el propio Borges, según se leía en diversas entrevistas y en el Autobiographical Essay de éste, y según colige María Esther Vázquez en su biografía Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, Barcelona, 1996) y esboza Emir Rodríguez Monegal en la suya, la susodicha, que resultó doblemente póstuma en la versión al español, traducida del inglés por Homero Alsina Thevenet, con correcciones ex profesas del biógrafo, pues éste murió de cáncer el 14 de noviembre de 1985 y el biografiado el 14 de junio de 1986. Según dice Monegal, el “cargo de inspector de aves y conejos en el mercado público de la calle Córdoba” implica “una forma de humillación típica de la zona rioplatense. Perón y sus amigos eran maestros en el arte de la cachada (es decir, de la burla contra alguien que está inadvertido). Promover a uno de los principales intelectuales argentinos a inspector de gallinas y de conejos suponía una broma lingüística. Gallinas y conejos son, se sabe, animales emblemáticos de la cobardía. Pero Borges decidió desdeñar la afrenta y entender la promoción como un signo de la vasta ignorancia del régimen sobre los usos del idioma. Puntualmente renunció, pero al hacerlo formuló una declaración pública en la que recontó el episodio con total precisión. Monegal se refiere al breve discurso que Borges dijo en el “banquete de desagravio presidido por Leónidas Barletta”, “un escritor comunista”, que le brindó la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) —en la página 45 de Genio y figura de Jorge Luis Borges (Eudeba, Buenos Aires, 1964), Alicia Jurado dice que el banquete lo organizó “el poeta Roberto Ledesma” y “tuvo lugar en el Marconi, en Plaza Once, colmado por cuantos significaban algo en las letras—;  y a continuación Monegal transcribe sólo el penúltimo párrafo del discurso, publicado con el título “Déle, déle”, en Argentina libre, el 15 de agosto de 1946, y en el número 142 de la revista Sur, correspondiente al mismo mes y al mismo año, con el encabezado: “Palabras pronunciadas por Jorge Luis Borges en la comida que le ofrecieron los escritores”; discurso, fechado el “8 de agosto de 1946”, que Borges compiló en su libro (con un prefacio de Alicia Jurado): Páginas de Jorge Luis Borges seleccionadas por el autor (Celtia, Buenos Aires, 1982) y Monegal en Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (FCE, México, 1985), con “Edición, introducción, prólogos y notas” suyas, y en el que se observa una pizca de la leyenda, creada por Borges con un dejo kafkiano, de que trabajó nueve infaustos años en la infame Biblioteca Miguel Cané, número que poéticamente equivale a los nueve círculos del Infierno de Dante (y que obedece o coincide con su “predilección supersticiosa por el tres y sus múltiplos”, que alude María Esther Vázquez):

(FCE, México, 1987)
  “Hace un día o un mes o un año platónico (tan invasor es el olvido, tan insignificante el episodio que voy a referir) yo desempeñaba, aunque indigno, el cargo de auxiliar tercero en una biblioteca municipal de los arrabales del Sur. Nueve años concurrí a esa biblioteca, nueve años que serán en el recuerdo una sola tarde, una tarde monstruosa en cuyo decurso clasifiqué un número infinito de libros y el Reich devoró a Francia y el Reich no devoró las Islas Británicas y el nazismo, arrojado a Berlín, buscó nuevas regiones. En algún resquicio de esa tarde única, yo temerariamente firmé alguna declaración democrática: hace un día o un mes o un año platónico, me ordenaron que prestara servicios en la policía municipal. Maravillado por ese brusco avatar administrativo, fui a la Intendencia. Me confiaron ahí que esa metamorfosis era un castigo por haber firmado aquellas declaraciones. Mientras yo recibía la noticia con debido interés, me distrajo un cartel que decoraba la solemne oficina. Era rectangular y lacónico, de formato considerable, y registraba el interesante epigrama ‘Déle, Déle’. No recuerdo la cara de mi interlocutor, no recuerdo su nombre, pero hasta el día de mi muerte recordaré esa estrafalaria inscripción. ‘Tendré que renunciar’, repetí, al bajar las escaleras de la Intendencia, pero mi destino personal me importaba menos que ese cartel simbólico. 
       “No sé hasta dónde el episodio que he referido es una parábola. Sospecho, sin embargo, que la memoria y el olvido son dioses que saben bien lo que hacen. Si han extraviado lo demás y si retienen esa absurda leyenda, alguna justificación los asiste. La formulo así: las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a los lectores de Martín Fierro y de Don Segundo que el individualismo es una vieja virtud argentina?
      “Quiero también decirles mi orgullo por esta noche numerosa y por esta activa amistad.
   
Borges con pose de compadrito
        El caso es que Borges se quedó sin empleo al renunciar a su flamante y distinguido nombramiento de “inspector de gallinas”, pero gracias a la mediación de Victoria Ocampo (la directora de la revista Sur, que fue su amiga, pero nunca su amiga íntima) y de Esther Zemborain —quien sería su secretaria y colaboradora en Introducción a la literatura norteamericana (Columba, Buenos Aires, 1967)— pudo iniciarse, sin ningún título académico, como profesor y conferencista.  
Victoria Ocampo y el joven Georgie
Mar del Plata, marzo 17 de 1935
        María Esther Vázquez lo esboza así: “Victoria Ocampo y Esther Zemborain de Torres Duggan decidieron por él y lo recomendaron primero como profesor de Literatura inglesa en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y después de Literatura norteamericana ante el Colegio Libre de Estudios Superiores, donde le pidieron un curso de conferencias. Recuerda el escritor en su Autobiografía: ‘Como este par de ofertas me llegó tres meses antes de la apertura de los cursos, acepté, creyéndome bastante seguro. Sin embargo, a medida que la fecha se acercaba, me sentí cada vez peor. Mi serie de charlas debía comprender Hawthorne, Poe, Thoreau, Emerson, Melville, Whitman, Twain, Henry James y Veblen. Escribí la primera, pero no tuve tiempo de escribir la segunda. Además, como pensaba en esa primera conferencia como en el Día del Juicio Final, sentía que sólo la eternidad vendría después. La primera salió bastante bien, milagrosamente. Dos noches antes de la segunda, llevé a mi madre a dar un largo paseo por las afueras de Adrogué e hice que me tomara el tiempo. Me dijo que le parecía demasiado larga. ‘Estoy salvado’, contesté: mi temor era quedarme, a cierta altura, sin nada que decir. Así, a los 47 años, descubrí que se abría delante de mí una vida nueva y de gran interés.’” 

     
Norman Thomas di Giovanni y Borges
         
Vale observar que la Autobiografía que cita María Esther Vázquez es el legendario Autobiographical Essay que Borges dictó en inglés por instancias e insistencias de su secretario y traductor a la lengua inglesa Norman Thomas di Giovanni, mismo que fue publicado por primera vez el 19 de septiembre de 1970 en la revista The New Yorker  con el rótulo Autobiographical Notes y con el título An Autobiographical Essay fue incluido en The Aleph and other stories 1933-1969, antología narrativa de Borges en inglés editada en Nueva York en 1970 por Dutton y en Londres en 1971 por Jonathan Cape. Borges nunca autorizó la traducción al español del Autobiographical essay; no obstante, sus biógrafos solían traducirlo y citarlo fragmentariamente; además de que el 17 de septiembre de 1974, “en el periódico bonaerense La Opinión”, para celebrar el surgimiento del tomo de las Obras completas. 1923-1972 (Emecé, Buenos Aires, 1974) de Borges y el número 1000 del diario, “se publicó en lengua española una traducción anónima” (“gracias a los oficios de Emecé”) titulada “Las memorias de Borges”. Pero con motivo del centenario del nacimiento de Borges, María Kodama, su viuda y heredera universal de sus derechos de autor, con el título: Un ensayo autobiográfico, lo hizo traducir y prologar por Aníbal González e imprimir en España, en 1999, por Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores, con una rica iconografía en sepia y en blanco y negro, y un memorioso epílogo de ella. 

 
(España, 1999)
       De modo que en el capítulo “Una vida nueva” de Un ensayo autobiográfico, el lector puede leer que, según rememora el propio Borges: “Algunos meses antes [de quedarse sin el empleo en la Biblioteca Municipal Miguel Cané], una anciana dama inglesa me había leído el destino en las hojas de té y pronosticó que muy pronto yo viajaría, que hablaría, y que con ello ganaría grandes sumas de dinero. Cuando se lo conté a mi madre, ambos nos reímos [quizá hasta mostrar las muelas del juicio, como ocurre en ‘Historia de los dos que soñaron’], porque hablar en público era algo que estaba más allá de mis posibilidades.” El vaticinio se cumplió, pues el propio Borges añade: “Así, a los cuarenta y siete años, descubrí que se me habría por delante una vida nueva y de gran interés. Viajé de un extremo a otro de Argentina y Uruguay, hablando de Swedenborg, Blake, los místicos persas y chinos, el budismo, la poesía gauchesca, Martin Buber, la Cábala, Las mil y una noches, T.E. Lawrence, la poesía alemana medieval, las sagas de Islandia, Heine, Dante, el expresionismo, Cervantes. Iba de una ciudad a otra, parando de noche en hoteles que no volvería a ver. A veces me acompañaba mi madre o un amigo. No sólo terminé por ganar más dinero del que cobraba en la biblioteca, sino que disfruté de ese trabajo y me sentí justificado.”
   
Borges y  doña Leonor, su madre
Londres, 1963
       En cuanto a 1955, baste recordar que es el año en que a Borges, dado el deterioro de su vista, se le prohíbe leer y escribir, y que tras la caída de Perón fue hecho director de la Biblioteca Nacional de la Argentina por el “gobierno de la revolución militar” (se jubiló, pese a él, en 1973, tras el retorno de Perón al poder), nombramiento en el que vuelven a descollar las nobles diligencias de Esther Zemborain y de Victoria Ocampo. Este episodio Borges lo evoca y boceta, ante Carrizo y Bartholomew, en un pasaje de la octava entrevista de Borges el memorioso:
       
Jorge Luis Borges al pie de la Biblioteca Nacional
Foto de Eduardo Comesaña en la cuarta de forros de
Un ensayo autobiográfico (GG/CL/Emecé, 1999)
      “[...] Ahora, personalmente, tengo los mejores recuerdos de Victoria Ocampo... Yo le debo a Victoria Ocampo y a Esther Zemborain de Torres el haber sido nombrado Director de la Biblioteca Nacional por el Gobierno de la Revolución Libertadora. Porque fue una ocurrencia de Esther Zemborain, y luego ella la llamó por teléfono, un sábado por la mañana, a Victoria Ocampo; Victoria Ocampo se encargó del asunto, y al día siguiente ya estaba el petitorio en manos del Presidente y luego de una semana o diez días de agitación periodística el Gobierno de la Revolución Libertadora me nombró director. Además que sabían, conocían mis opiniones, sabían que podían nombrarme. Yo tengo tantos recuerdos de Victoria Ocampo... Y desde hace mucho tiempo. Yo he parado en su quinta, ella me invitó, en San Isidro. Y hemos tenido muchas discusiones también. Porque no siempre estábamos de acuerdo. Lo cual es una prueba de amistad, desde luego.”

   
Borges con estudiantes de la Universidad de Michigan (1976)
         Consciente de la trascendencia de Borges, Carrizo, en la décima entrevista, fantasea sobre el valor documental de los programas: “En el año 2079, un grupo de estudiantes, en una universidad, podrá escuchar estas conversaciones que quedan grabadas en los archivos de Radio Rivadavia”. Pero además, ante la mención y comentario de “Funes el memorioso”, revela, en la octava entrevista, que ya ha acuñado el título que tiene el libro. Sin embargo, si bien Carrizo, o Carrizo y Bartholomew, hacen que Borges recuerde minucias y pasajes de su vida, citas y libros de otros autores de su preferencia o no, o que comente (ya con elogios, ya con críticas) sus propios libros, cuentos y poemas, e incluso leyéndolos ahí (por lo regular Carrizo) mientras Borges intercala comentarios autobiográficos, o reproduciendo la voz de Borges de un acetato que tiene las mismas grabaciones del elepé que en México, en 1968, editó el Departamento de Voz Viva de Difusión Cultural de la UNAM (Visor de Poesía en 1999 hizo en España una edición de las mismas grabaciones, pero en disco compacto y sin el ensayo ex profeso de Salvador Elizondo), todo esto y más, parece ser un azaroso pero previsible bosquejo iniciático sobre la vida, la obra, los comentarios y la personalidad de Borges; pero no destinado a los eruditos borgeanos ni a los académicos retorcidos, flemáticos y obtusos, sino a un público heterogéneo, de mil y un rostros, que parece ser ese público anónimo que Roy Bartholomew esboza en su “Epílogo” de Siete noches: “El público se ha ido acostumbrando a oír a Borges en los últimos años. Sus pasos son seguidos por la prensa escrita y oral, los periodistas no se dan tregua para pedirle su opinión sobre los asuntos más disímiles, la televisión prodiga su imagen y su palabra. No hay registro de todo lo que se ha escrito y escribe sobre él y sería inútil intentarlo. Expresiones suyas han ingresado en el habla popular y cotidiana de su pueblo. En Buenos Aires, y no sólo en Buenos Aires, no puede salir a la calle sin que a cada momento lo detengan personas de toda clase para saludarlo, incluyendo a las que nunca lo han leído. (‘No me saludan a mí, saludan a un señor que se parece a otro cuya fotografía vieron en una revista.’)”
Las niñas y Borges
  Así que resulta consecuente y comprensible que cierto público anónimo le haga llegar a Borges el comentario de que ha estado muy simpático e incluso, al final de la novena entrevista, una señora con su hijita llegan a saludarlo a la radiodifusora y le dicen que lo han oído muy emocionadas todos los días. Circunstancia que recuerda el caso de María Kodama, pues según ella (nacida el 10 de marzo de 1937), cuando tenía doce años, a un lado de su padre (“Yosaburo Kodama, un químico japonés”), vio y oyó por primera vez a Borges y desde entonces quedó seducida y flechada por siempre jamás.

       
Borges y María Kodama
Buenos Aires, 1970
      “Para el artista todo es un don. Todo es arcilla para la obra; todos son instrumentos para la obra.” “Todo son experiencias, y toda experiencia es capaz de ser usada estéticamente”. Dice Borges, que no elude los axiomas; y muchas páginas suyas que se mencionan, comentan, o se leen aquí, lo reiteran hasta la saciedad. 


Jorge Luis Borges, Borges el memorioso. Conversaciones de Jorge Luis Borges con Antonio Carrizo. Colección Tierra Firme, FCE. 2ª edición. México, febrero 17 de 1983. 318 pp. 


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jueves, 8 de marzo de 2018

Historias de mujeres




Entre evanescentes costillas

En Historias de mujeres, cuya primera edición en Alfaguara data de noviembre de 1995, la española Rosa Montero (Madrid, enero 5 de 1951), periodista y narradora, ha reunido una serie de esbozos biográficos o retratos de mujeres, previamente publicados por entregas en El País Semanal, revista de El País, periódico de España que circula en la Ciudad de México y en algunos puntos de la provincia mexicana, como es el caso de Xalapa, capital del estado de Veracruz. Si la revista limitó la extensión de sus escritos, en el libro fueron ampliados, pero la iconografía, rica y a color en las primeras versiones, se constriñó, en blanco y negro, a una página por texto. 
(Alfaguara, 5ª ed., Madrid, 1996)
Rosa Montero
      Enmarcados por un prólogo y un epílogo, Rosa Montero, con afán sintético, boceta en 15 ensayos la vida y obra de Agatha Christie, Mary Wollstonecraft, Zenobia Camprubí, Simone de Beauvoir, Lady Ottoline Morrell, Alma Mahler, María Lejárraga, Laura Riding, George Sand, Isabelle Eberhardt, Frida Kahlo, Aurora y Hildegart Rodríguez, Margaret Mead, Camille Claudel, y las hermanas Brontë. Si en todas estas historias se da por supuesto que hay un trasfondo de documentada investigación (de ahí la bibliografía al pie de cada texto, entre los párrafos e incluso al pie del prólogo), también es cierto que a través de los sesgos subjetivos de la autora sus bocetos se leen como cuentos, sin duda aderezados con buenas dosis de leyenda, chisme y mitificación, pero sobre todo por su amenidad para matizar y narrar. Por ejemplo, de Margaret Mead (1901-1978), controvertida antropóloga que revolucionó su especialidad, dice: “Desde que en 1960 se rompiera una pierna, Margaret llevaba siempre consigo una larga horquilla de castaño. Viéndola en las fotos de esa época, redonda y pigmea hasta lo inverosímil y blandiendo su primitiva vara, la antropóloga parece un personaje de cuento de hadas: un gnomo, una bruja gruñona pero bondadosa, una hechicera arcaica. Una criatura no del todo humana, en cualquier caso, a medio camino entre el chiste y la leyenda.” De María Lejárraga (1874-1974), otro ejemplo, que fue la fiel y cornuda esposa de un famoso dramaturgo español de principios del siglo XX y a quien ella le escribía los libretos, ensayos y artículos que él firmaba y explotaba, apunta: “A los veintitrés años se echó su primero y último novio: Gregorio Martínez Sierra, el hijo de un vecino, un renacuajo de diecisiete años raquítico y tuberculoso (cinco de sus hermanos murieron del bacilo), un chico feísimo, él sí, cabezón, sin barbilla, las orejas desparramadas y todo el aspecto de un ratón. Pero le gustaba el teatro, y escribir poemas, y la literatura.”
Margaret Mead
María Lejárraga
      Pero también Rosa Montero, de manera intextricable, vierte una serie de datos y reflexiones de índole feminista (antifalocéntricas, pero no androfóbicas), un conjunto de bosquejos históricos y reivindicatorios de la situación y del papel de la mujer a través del tiempo y de la historia, a lo que se añade una serie de personales puntualizaciones que dan indicios de sus perspectivas e idiosincrasia. Por ejemplo, en un momento dice: “¿Quién podría hoy creer, en su sano juicio, que la literatura sirva para salvar el mundo, o siquiera que el mundo pueda ser susceptible de ser salvado de ningún modo?” O en otro: “el amor, en cualquier caso, consiste en cegarse ante el engaño y en ver al otro no como en realidad es, sino como dice ser, en su representación (igual que una actriz, igual que un actor) del papel que le adjudican nuestros deseos.” Esto ocurre en el prólogo y en el epílogo, en los textos donde habla de mujeres destacadas capaces de ser ellas mismas y contra viento y marea, como son los polémicos y legendarios casos de Agatha Christie, Simone de Beauvoir, George Sand, Margaret Mead, Frida Kahlo y Mary Wollstonecraft. 
Agatha Christie
Simone de Beauvoir
George Sand
Frida Kahlo
Foto: Manuel Álvarez Bravo
Mary Wollstonecraft
Isabelle Eberhardt
Zenobia Campubrí
Zenobia Campubrí y Juan Ramón Jiménez
Laura Riding
Camille Claudell
Lady Ottoline Morrell
Emily Brontë
Las hermanas Brontë
Alma Mahler
   Y desde luego, en los casos de las singulares mujeres cuyos destinos resultaron truncos, dolorosos y trágicos; tal es caso de la citada María Lejárraga; el de Isabelle Eberhardt (1877-1904), políglota de ascendencia rusa, incipiente escritora, musulmana conversa en busca de su fanático martirio, de equívocas y oscuras actividades en el norte de África, muerta en la miseria y con el cuerpo roído por la sífilis y el paludismo; el de Zenobia Camprubí (1887-1956), la mujer y musa de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), capaz de anularse a sí misma con tal de cumplir con las manías, caprichos y mezquindades de su dueño y señor; el de Frida Kahlo (1907-1954), sorprendida en 1918 por “un golpe en el pie derecho que le causa una atrofia ligera” y por la polio que la arroja a la cama durante nueve meses, y más tarde por el legendario accidente de 1925 y su larga, torturante y complicada secuela; el de Mary Wollstonecraft (1759-1797), narradora, demócrata, liberal y feminista enfrentada a las discriminaciones y miserias antepuestas por los atavismos sociales y machistas de su tiempo, quien antes de morir dio a luz a Mary Shelley (1797-1851), la famosa autora de Frankenstein (1816); el de Hidelgart Rodríguez (1915-1933), niña prodigio educada y asesinada de tres balazos por Aurora (1880-1955), su megalomaniaca y posesiva madre, cuyo patético declive, en la cárcel y en el manicomio (donde estuvo entre 1935 hasta su muerte), la autora también bosqueja; el de Laura Riding (1901-1991), cuyo delirio de bruja y sibila sedujo y arrastró a una cohorte de diocesillos bajunos (“escritores, pintores, fotógrafos”), entre ellos Robert Graves (1895-1985), quien le sirvió de perro y fiel lacayo en la legendaria casita de Deyá, en la isla de Mallorca (“le llevaba todos los días el desayuno a la cama, le liaba los cigarrillos, le hacía los recados, la inundaba de regalos”), pero a la que no obstante le dedicó La Diosa Blanca (1948), dizque inspirado en ella, diciendo en el epílogo: “Ningún poeta adquiere conciencia de la Musa sino por medio de su experiencia con una mujer en la que la Diosa reside hasta cierto punto”; el de Camille Claudel (1864-1943), hermana de Paul Claudel (1868-1955), siempre a la sombra de Auguste Rodin (1840-1917), confinada a la pobreza, a la pérdida y dispersión de su obra escultórica, a la falta de reconocimiento, al olvido y al manicomio durante 30 años, donde murió; el de Lady Ottoline Morrell (1873-1937), anacrónica y dieciochesca mecenas cercana no sólo al grupo de Bloomsbury, mal entendida y despreciada por sus agraciados y coterráneos, pese a la devoción de Bertrand Russell (“fue fundamental para la vida y obra del premio Nobel”), quien terminó solitaria, con su fortuna extinguida, y el rostro desfigurado tras una torpe operación de un cáncer en la cara que le descubrieron a los 55 años; el de Emily Brontë (1817-1848) y su novela Cumbres borrascosas (1847), destinada, por los siglos de los siglos, a atrer mil y un lectores de todos los calibres e idiomas, y por extensión a la lectura y relectura de la vida, obra y avatares de los miembros de su familia; el de Alma Mahler (1879-1964), que se negó por siempre jamás como pianista y compositora ante las obtusas exigencias de Gustav Mahler (1860-1911), su marido durante una década (de 1901 hasta la muerte de éste): “...¿Cómo te imaginas la vida matrimonial de un hombre y una mujer que son los dos compositores?”, le pregunta Gustav Mahler en el fragmentario fragmento de una carta de antología que contiene una serie de risibles y obsolescentes “razones” que Rosa Montero, con exultante espíritu crítico y deportivo, discute y combate una y otra vez a lo largo del libro: “¿Tienes alguna idea de lo ridícula y, con el tiempo, lo degradante que llegaría a ser inevitablemente para nosotros dos una relación tan competitiva como ésa? ¿Qué va a ocurrir si, justo cuando te llega la inspiración, te ves obligada a atender la casa o cualquier quehacer que se presentara, dado que, como tú has escrito, quisieras evitarme las menudencias de la vida cotidiana? ¿Significaría la destrucción de tu vida [...] si tuvieras que renunciar a tu música por completo a cambio de poseerme y de ser mía? [...] Tú no debes tener más que una sola profesión: la de hacerme feliz. Tienes que renunciar a todo eso que es superficial (todo lo que concierne a tu personalidad y tu trabajo). Debes entregarte a mí sin condiciones, debes someter tu vida futura en todos sus detalles a mis deseos y necesidades, y no debes desear nada más que mi amor.”
Rosa Montero


Rosa Montero, Historias de mujeres. Iconografía en blanco y negro. Extra Alfaguara. 5ª edición. Madrid, abril de 1996. 248 pp.