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domingo, 26 de abril de 2020

Tiempos recios

Rapsodia del crimen de arte acá

I de IV
Editada por Alfaguara, en octubre de 2019 apareció en la Ciudad de México la primera edición mexicana de Tiempos recios, decimonovena novela del escritor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936), Premio Nobel de Literatura 2010, a la que se le otorgó, en Madrid, el Premio Francisco Umbral al Libro del Año 2019.
   
Primera edición mexicana
Alfaguara, octubre de 2019
         La novela Tiempos recios comprende treinta y dos capítulos numerados con romanos, enmarcados por un preludio denominado “Antes” y un epílogo titulado “Después”. Vistos en conjunto, el preludio y el epílogo comprimen y revelan la tónica y la esencia intrínseca de la obra, que es un artilugio literario para discurrir por distintos puntos de vista (y no sólo en torno a un mismo suceso), por diferentes voces e ideas, tiempos y lugares. Urdido con documentación histórica, en “Antes”, con una enciclopédica e impersonal perspectiva omnisciente, el novelista bosqueja las señas de identidad de los personajes extirpados de la exhumada realidad histórica, las fechas y los datos elementales que dan visos de por qué, en las oligopólicas e imperialistas entrañas de los megalómanos y colonialistas Estados Unidos de América se pergeñó, entre la extinta United Fruit Company, el petulante gobierno norteamericano y la bélica y sucia CIA —antes de que se entroncara y cundiera la Guerra Fría y el macartismo en los años 50—, una mentirosa, propagandística y difamatoria conspiración política, mafiosa, criminal, asesina, racista y mercenaria para impedir que en Guatemala se construyera un ámbito democrático y reformista, abierto al capitalismo y al libre comercio, primero frente al gobierno democrático del presidente Juan José Arévalo (1945-1951), emanado de las urnas y de la Revolución de Octubre (el movimiento cívico-militar que el 20 de octubre de 1944 derrocó el gobierno del general Federico Ponce Vaides), y luego encarnizada y belicosamente contra gobierno democrático del coronel Jacobo Árbenz (1951-1954), promotor e instaurador de una ley agraria (“el Decreto 900”), promulgada “el 17 de junio de 1952”, que expropió terrenos inactivos de la United Fruit, además de obligarla a pagar impuestos, cosa que nunca había hecho desde que en el siglo XIX, en Centroamérica y en el Caribe, paulatinamente la creara Sam Zemurray (1877-1961), un aventurero gringo de origen ruso y judío, quien para maquillar y encubrir de humanismo civilizatorio su sanguinario emporio trasnacional contrató, en 1948 y en un rutilante rascacielos de Manhattan, los servicios, el ideario y los nefandos tejemanejes y contactos políticos, jurídicos y empresariales de Edward Louis Bernays (1891-1995), judío de origen vienés y sobrino de Sigmund Freud (1856-1939), dizque el padre “de la publicidad y las relaciones públicas”, autor del canónico libro: Propaganda (1928), del que el novelista, a través de la voz narrativa, extrae un elocuente botón de muestra: “La consciente e inteligente manipulación de los hábitos organizados y las opiniones de las masas es un elemento importante de la sociedad democrática. Quienes manipulan este desconocido mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder en nuestro país... La inteligente minoría necesita hacer uso continuo y sistemático de la propaganda.” O sea, se trata de la manipulación industrial de las conciencias en las sociedades de consumo por un grupo minoritario en la cúpula, diría Hans Magnus Enzensberger; de la estandarización y cosificación del estereotipo del hombre masificado, del hombre masa
       
Edward Louis Bernays
        Y en el postrero “Después”, a modo de lúdico leitmotiv, el propio novelista, “don Mario”, se presenta como un escritor que “no muy lejos de Langley”, “entre Washington D.C. y Virginia”, donde “está la casa matriz de la CIA”, recaba información y contrasta y completa anecdóticos matices para el libro que el desocupado lector tiene en sus manos y está a punto de concluir. Es decir, en calidad de personaje de su novela (el mismo que en la página 337 dice haber llegado “a Piura en el año 1946, a mis diez años de edad”), Mario Vargas Llosa se halla por esos lares en la peculiar casa de la anciana Marta Borrero Parra con el objetivo de entrevistarla, gracias a la mediación de dos de los tres conocidos de él a quienes dedicó su libro: “Soledad Álvarez, una antigua amiga dominicana que es, además una magnífica poeta, y Tony Raful, poeta, periodista e historiador dominicano”. 
    En la novela, Marta Borrero Parra fue la muchachita guatemalteca que “a fines de 1949”, a sus 15 años de edad recién cumplidos, frente al quebranto moral y prejuicioso de su atávico y conservador padre el doctor Arturo Borrero Lamas, se descubrió embarazada, nada menos que por un contemporáneo suyo y amigo cercano desde la niñez (en el marista Colegio San José de los Infantes) que participaba en las anacrónicas partidas sabatinas de rocambor: el médico Efrén García Ardiles, en las que el corro solía charlar y chismear sobre la situación política en Guatemala. En 1955, tras abandonar a su pequeño hijo en la casa de su marido, Marta Borrero Parra, apodada Miss Guatemala desde que nació bellísima, quiso que su padre la perdonara y le diera cobijo. 
 
Carlos Castillo Armas y Richard Nixon
         Pero ante el rotundo rechazo y agresivo desprecio, fue directamente a la Casa Presidencial a pedirle apoyo al presidente de la República de Guatemala, el coronel Carlos Castillo Armas, nada menos que el cabecilla de las tropas mercenarias (el eufemístico Ejército Liberacionista), que con la participación y manipulación del Departamento de Estado de los Estados Unidos de América (a cargo de John Foster Dulles), de la CIA (a cargo del hermano de éste Allen Dulles), del embajador gringo (John Emil Peurifoy), de la Iglesia católica (mangoneada por el arzobispo Mariano Rossell y Arellano), y de sobornados y traidores mandos militares del ejército guatemalteco, propició el golpe militar y la renuncia, transmitida por radio en cadena nacional, del presidente Jacobo Árbenz, precisamente la noche del 27 de junio de 1954; acosado, además, por una orquestada, embustera y calumniadora propaganda (auspiciada por la United Fruit Company y liderada por Bernays) esparcida a través de relevantes mass media norteamericanos (“que leen y escuchan los demócratas”): “en The New York Times o en The Washington Post o en el semanario Time” (dizque progresistas y liberales), que lo acusaba y tipificaba de “comunista” y de querer convertir a Guatemala (un empobrecido, débil, pequeño y saqueado país bananero) en un peligrosísimo y beligerante satélite de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).
     
Jacobo Árbenz la noche de su renuncia
(Guatemala, junio 27 de 1954)
        Desde la primera noche que la recibió en la Casa Presidencial, Marta Borrero Parra fue la popular querida del coronel Carlos Castillo Armas (casado con Odilia Palomo), a quien incluso le puso casi chica. Y cuando en el escenario de esa dictadura guatemalteca aparece el teniente coronel Johnny Abbes García en calidad de agregado militar de la embajada dominicana en Guatemala, cuya secreta misión es matar a ese dictadorzuelo por órdenes del Chivo, es decir, del Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina, el dictador de República Dominicana desde 1930 (que también colaboró, con dinero y armamento, en la caída de Jacobo Árbenz), persuadida por un tal Mike, gringo y encubierto agente de la CIA compinchado con Johnny Abbes García, a espaldas de su amante el presidente Carlos Castillo Armas, no tarda en convertirse en espía e informante de “la Madrastra” (la CIA), seducida y enganchada por unos dólares que ella no tiene ni nadie le da.  
   
Trujillo y Johnny Abbes García
        Y cuando la noche del 26 de julio de 1957 ocurre el asesinato del presidente y dictador Carlos Castillo Armas, sin saber quién lo mató, e ignorante de por qué y para qué, Miss Guatemala, advertida por Mike de que su vida corre peligro y por ende tiene que huir ipso facto, es llevada subrepticiamente a San Salvador en un auto que maneja el cubano Carlos Gacel Castro (“el hombre más feo del mundo”), pistolero de Johnny Abbes García, quien más adelante, cuando ya patéticamente se ha satisfecho sexualmente con ella, le revela que tras el asesinato del Cara de Hacha (Castillo Armas), el teniente coronel Enrique Trinidad Oliva, jefe de Seguridad Nacional del gobierno de Guatemala, ordenó su detención acusándola de participar en el magnicidio. La tácita e implícita razón de esto: está compinchado con Odilia Palomo y aspira a convertirse en el presidente de ese país bananero. 
     
Carlos Castillo Armas y Odilia Palomo
        En Ciudad Trujillo, capital de República Dominicana, Marta Borrero Parra es la consabida amante del teniente coronel Johnny Abbes García, quien tiene por esposa a una lésbica y sádica mujer, mientras él, experto en torturas, asesinatos, masacres y exterminios, es ahora jefe del SIM (Servicio de Inteligencia Militar). En Ciudad Trujillo, Miss Guatemala se convierte en una popular comentarista política en la Voz Dominicana, una poderosa radiodifusora del régimen dictatorial con cobertura en Centroamérica y el Caribe, donde sus demagógicos temas son la adulación del gobierno del coronel Carlos Castillo Armas, el incendiario linchamiento del comunismo, y la apología y magnificación de todas las dictaduras militares, las del presente y las del pasado, incluidas las dictaduras del Cono Sur. Y por si fuera poco, el susodicho agente de la CIA, el mimético y escurridizo gringo llamado Mike, reaparece ante ella y por la información que le requiere le paga los convenientes y pactados dólares.
   
Trujillo manipulando al Negro
      La venturosa estancia en Ciudad Trujillo se interrumpe luego de que en 1960, el Negro (Héctor Bienvenido Trujillo Molina), el presidente fantoche de República Dominicana, la cita en el Palacio Nacional, donde le ofrece un cheque en blanco a cambio de servicios sexuales. Pero Marta Borrero Parra se siente ofendida no sólo por la impúdica manera con que la recorre y desnuda con los ojos, sino por la brutal forma en que le expone el trato. De modo que ataca al Negro y éste la encierra en un sótano del Palacio Nacional, donde pasa 48 horas cautiva en ese claustrofóbico y asfixiante cuartucho donde sólo hay una silla y un foco, nada que beber ni comer, ni dónde recostarse ni dónde hacer sus necesidades corporales. Del encierro y de las alucinantes pesadillas la rescata el propio Generalísimo en compañía de Abbes García. Y el modo en que Trujillo insulta, zarandea y humilla a su hermano, es una minucia de la repulsiva personalidad de ese legendario dictador que Mario Vargas Llosa explora, disecciona y mata en su celebérrima novela La fiesta del Chivo (Alfaguara, 2000). Luego de la escueta y timorata disculpa que el Generalísimo le ordena rebuznar al Negro, le vocifera: “Ésa es una pobre y mediocre manera de pedir perdón [...] Debiste decir, más bien: Me porté como un cerdo maleducado y un matón, y con las rodillas en el suelo, le pido perdón por haberla ofendido con esa grosería que le hice.” Y luego ladra rabioso e imperativo: “Ahora puedes irte [...] Pero, antes, recuerda una cosa muy importante, Negro. Tú no existes. Recuérdalo bien, sobre todo cuando te vengan ganas de hacer estupideces como la que le hiciste a esta señora. Tú no existes. Eres una invención mía. Y así como te inventé, te puede desinventar en cualquier momento.”
     
Richard Nixon y el dictador Trujillo
       Así que el teniente coronel Johnny Abbes García, obedeciendo las órdenes del Chivo, le dice a la maltrecha y casi desfalleciente Miss Guatemala: “Primero, pasa unos días en el Hotel Jaragua, tratada a cuerpo de rey por el Generalísimo”. Y añade “bajando mucho la voz”, casi en secreto (pues las paredes oyen y él es las paredes y las orejas del Chivo): “Apenas estés bien, hay que sacarte de aquí. El Jefe ha ofendido moralmente al Negro Trujillo y éste, que es un mulato rencoroso, tratará de hacerte matar. Ahora cálmate, descansa y recupérate. Hablaré con Mike y veremos la manera de que salgas de acá cuanto antes.”
     Vale inferir, entonces, que algo o mucho hizo el gringo Mike para salvar y beneficiar a Marta Borrero Parra en su papel de espía e informante de la CIA, pues en la susodicha entrevista en su casa que el personaje Mario Vargas Llosa narra en “Después”, éste observa elocuentes evidencias de sus andanzas por todo el globo terráqueo, de su irreductible filiación ideológica anticomunista y de su cercanía con las derechas del poder más poderoso de la recalentada y envirulada aldea global. En ese sentido, reporta de esa vivaz y serpentina viejecilla que tenía 83 años recién cumplidos cuando el megalómano, racista y nefasto Donald Trump llegó al cómodo de la Casa Blanca el 20 de enero de 2017: 
     
Donald Trump en el cómodo de la Casa Blanca
        “Está sentada junto a una gran foto en la que aparece abrazada con los Bush de tres generaciones, los dos que fueron presidentes de Estados Unidos y Jeb, el ex gobernador de Florida. Me dice que ella ha sido una activa militante del Partido Republicano, está afiliada a él, igual que al Partido Ortodoxo de los exiliados cubanos, y todavía trabaja para los republicanos entre los votantes latinos en todas las campañas electorales de los Estados Unidos, su segunda patria, a la que quiere tanto como a Guatemala. Ahora está muy contenta, no sólo porque Donald Trump se halla en la Casa Blanca haciendo lo que es debido, sino también porque unos bonos de China que, no me quedó muy claro, compró o heredó, han sido finalmente reconocidos por el gobierno de Beijing. De modo que, si todo sale bien, pronto será millonaria. Ya no le servirá de mucho por los años y achaques que tiene encima, pero dejará ese dinero en un fondo a las organizaciones anticomunistas de todo el mundo.” 

II de IV
Aunado al perfil íntimo y psicológico de sus protagonistas, y a la proclividad del autor por los diminutivos, los interrogantes y los apodos, en Tiempos recios también descuella el talento de Mario Vargas Llosa para narrar controvertidos y escabrosos entresijos de algunos de sus personajes, entre los que destaca Johnny Abbes García y sus recurrentes palabrotas y perversiones sexuales. Pero, sin duda, lo más relevante es lo que rodea y concierne a la personalidad y al ideario íntimo, democrático, humanista, reformista y liberal de Jacobo Árbenz (incluidas ciertas debilidades, contradicciones y episodios oscuros); e inextricable a ello: el modo mafioso, criminal, conspirativo e infamante en que se pergeña su caída y su renuncia, trasmitida por Radio Nacional la noche del 27 de junio de 1954; así como el asedio y el acoso que, desde sus intereses y trincheras, protagonizan el coronel Carlos Castillo Armas, el arzobispo Mariano Rossell y Arellano, la United Fruit Company, la CIA (“Operación PBSuccess”) y John Emil Peurifoy, el embajador norteamericano en Guatemala, empeñado en descarrilar al Cara de Hacha y sus mercenarios, y en encausar y subsidiar un corrupto, manipulable y supuesto “golpe institucional”.
   
Sam Zemurray
(1877-1961)
Fundador y presidente de la United Fruit Company
        En el mismo sentido, figuran los episodios peliculescos y las cinematográficas escenas bélicas sucedidas durante la invasión militar y mercenaria, por tierra, mar y aire, y por las ondas hertzianas a través de la mercenaria Radio Liberación. Y desde luego, el episodio audaz, defensivo, patriótico e idealista que encabeza y protagoniza el joven Crispín Carrasquilla, cadete de la Escuela Politécnica (donde otrora se formaron el coronel Carlos Castillo Armas y el coronel Jacobo Árbenz y otros militares cercanos a él), precisamente tras caer, el 25 de junio de 1954, “una bomba en el patio de honor de la Escuela Politécnica”, lanzada por uno de los dos Thunderbolt, pilotados por un par de gringos rapaces, que ese día causaron destrozos, muertos y heridos en la capital guatemalteca, pero también en Chiquimula y Zacapa.
   
El presidente Jacobo Árbenz y la plana mayor del Ejército de Guatemala
       Y entre los capítulos y episodios peliculescos, hay que contar el destino del teniente coronel Enrique Trinidad Oliva, jefe de Seguridad Nacional durante el régimen del dictadorzuelo Carlos Castillo Armas, desde que se avecina y ocurre el asesinato de éste, hasta que se sucede el suyo (perpetrado por una camuflada joven de una facción guerrillera y subterránea), después de cinco años de cárcel, de un tiempo con la facha de un hediondo y desarrapado vagabundo tras la amnistía que lo puso de patitas en la calle y sin un clavo en el bolsillo; y luego de que con otro nombre y otra apariencia trabajara para el Turco (Ahmed Kurony), un poderoso capo, corruptor sistémico y narcotraficante que controla el mercado de la cocaína y clandestinas casas de juego en Guatemala. Y, desde luego, el destino fatal de Johnny Abbes García, desde que “once días después del asesinato de Trujillo” (ocurrido el 30 de mayo de 1961) el presidente de República Dominicana, Joaquín Balaguer, lo destituye del SIM y de su rango militar y lo manda en un tris al exilio dándole un incierto y vaporoso empleo: cónsul en Tokio, hasta que luego de deambular por Suiza (donde tenía una cuenta secreta con más de un millón de dólares), París y Canadá, cuando en su papel de distinguido asesor militar del dictador de Haití (François Duvalier, alias Papa Doc) ya lleva un par de años impartiendo “clases sobre temas de seguridad” e infalibles técnicas de terrorismo y tortura en la Academia Militar de Pétionville, se sucede su espeluznante asesinato (narrado con sangrientos pelos y señales), junto con su nueva esposa y sus dos pequeñas hijas. Despiadada masacre ordenada por Papa Doc, y ejecutada sin chistar por sanguinarios y desalmados tonton macoutes que despotrican en créole y francés, tras descubrirlo involucrado en una estúpida conspiración liderada por el coronel Max Dominique y su esposa Dedé (Marie-Denise), hija de Papa Doc, quien mandó a éstos al exilio en la España del dictador Francisco Franco (donde Max Dominique será el “nuevo embajador”) e hizo “fusilar a diecinueve oficiales del Ejército por haber formado parte de un connato golpista”.
 
François Duvalier
        Vale apuntar que en esa postrera conversación que el personaje Mario Vargas Llosa tiene en “Después” con la parlanchina anciana Marta Borrero Parra, ella le comenta y matiza el destino triste, legendario y dramático de Jacobo Árbenz, ex presidente de Guatemala, y de su estirpe familiar condenada al exilio y al estigma:
    “—Esos años de exilio debieron ser terribles para él y su familia —suspira de nuevo—. Por todas partes donde iba, la izquierda y los comunistas le echaban en cara que hubiera sido un cobarde, que en vez de pelear renunciara y se fuera al extranjero. Fidel Castro se dio el gusto, incluso, de insultarlo en persona, en un discurso, por no haber resistido a Castillo Armas, yéndose a la montaña a formar guerrillas. Es decir, por no haberse hecho matar.
 
Jacobo Árbez y familia en el exilio
     “—¿O sea que ahora comprende usted que Árbenz nunca fue un comunista? —le pregunto—. Que era más bien un demócrata, algo ingenuo tal vez, que quería hacer de Guatemala un país moderno, una democracia capitalista. Aunque, ya en el exilio, se inscribiera en el Partido Guatemalteco del Trabajo, nunca fue un comunista de verdad. 
   “—Era un ingenuo, sí, pero al que lo rojos manipulaban a su gusto —me corrige—. A mí me dan pena él y su familia sólo por los años del exilio. Yendo de un lado al otro sin poder echar raíces en ninguna parte: México, Checoslovaquia, Rusia, China, Uruguay. En todas partes lo maltrataban y parece que hasta hambre pasó. Y, encima, las tragedias familiares. Su hija Arabella, que era tan hermosa, según todos los que la conocieron, se enamoró de Jaime Bravo, un torero muy mediocre, que encima la engañaba, y terminó pegándose un tiro en una boîte donde él estaba con la amante. Y hasta parece que la propia mujer de Árbenz, la famosa María Cristina Vilanova, que se [las] daba de intelectual y de artista, lo engañaba con un cubano, su profesor de alemán. Y que él lo supo y tuvo que tragarse los cuernos, calladito. Y, para colmo, su otra hija, Leonora, que estuvo en varios manicomios, también se suicidó hace pocos años. Todo eso acabó de destruirlo. Se entregó a la bebida y en una de esas borracheras terminó ahogándose en su propia bañera, allá en México. O, tal vez, suicidándose. En fin, espero que antes de morir se arrepintiera de sus crímenes y Dios pudiera acogerlo en su seno.”
   
María Cristina Vilanova y Jacobo Árbenez
       Según apunta el personaje Mario Vargas Llosa casi al término del libro, “Esa misma noche [luego de su entrevista con la parlanchina anciana Marta Borrero Parra], Soledad Álvarez y yo nos vamos a comentar la experiencia en un restaurant de Washington, el Café Milano, en Georgetown, un lugar muy animado, siempre lleno de gente muy ruidosa, donde se comen buenas pastas y se toman excelentes vinos italianos. Hemos pedido un reservado y aquí podemos charlar tranquilamente.”
    Y entre lo que conversan, destaca la compartida conclusión de los tres. Y la especie de evaluación y corte de caja que expresa y resume las ideas y la visión crítica y catedrática del auténtico Mario Vargas Llosa, coleccionista de doctorados y hacedor de novelas, libretos, ensayos, artículos periodísticos y conferencias magistrales:
   
Mario Vargas Llosa
       “Los tres coincidimos en que fue una gran torpeza de Estados Unidos preparar ese golpe militar contra Árbenz poniendo como testaferro al coronel Castillo Armas a la cabeza de la conspiración. El triunfo que obtuvieron fue pasajero, inútil y contraproducente. Hizo recrudecer el antinorteamericanismo en toda América Latina y fortaleció a los partidos marxistas, trotskistas y fidelistas. Y sirvió para radicalizar y empujar hacia el comunismo al Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro. Éste sacó las conclusiones más obvias de lo ocurrido en Guatemala. No hay que olvidar que el segundo hombre de la Revolución cubana, el Che Guevara, estaba en Guatemala durante la invasión, vendiendo enciclopedias de casa en casa para mantenerse. Allí conoció a la peruana Hilda Gadea, su primera mujer, y, cuando la invasión de Castillo Armas, trató de enrolarse en las milicias populares que Árbenz nunca llegó a formar. Y tuvo que asilarse en la embajada argentina para no caer en las redadas que desató la histeria anticomunista reinante en el país aquellos días. Pero de allí extrajo probablemente unas conclusiones que resultaron trágicas para Cuba: una revolución de verdad tenía que liquidar al Ejército para consolidarse, lo que explica sin duda esos fusilamientos masivos de militares en la Fortaleza de la Cabaña que el propio Ernesto Guevara dirigió. Y de allí saldría también la idea de que era indispensable para la Cuba revolucionaria aliarse con la Unión Soviética y asumir el comunismo, si la isla quería blindarse contra las presiones, boicots y posibles agresiones de los Estados Unidos. Otra hubiera podido ser la historia de Cuba si Estados Unidos aceptaba la modernización y democratización de Guatemala que intentaron Arévalo y Árbenz. Esa democratización y modernización era lo que decía querer Fidel Castro para la sociedad cubana cuando el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba. Estaba lejos entonces de los extremos colectivistas y dictatoriales que petrificarían a Cuba hasta ahora en una dictadura anacrónica y soldada contra todo asomo de libertad. Testimonio de ello es su discurso La historia me absolverá, leído ante el tribunal que lo juzgó por aquella intentona. Pero no menos grave fueron los efectos de la victoria de Castillo Armas para el resto de América Latina, y sobre toda Guatemala, donde, por varias décadas, proliferaron las guerrillas y el terrorismo y los gobiernos dictatoriales de militares que asesinaban, torturaban y saqueaban sus países, haciendo retroceder la opción democrática par medio siglo más. Hechas las sumas y las restas, la intervención norteamericana en Guatemala retrasó por decenas de años la democratización del continente y costó millares de muertos, pues contribuyó a popularizar el mito de la revolución armada y el socialismo en toda América Latina. Jóvenes de por lo menos tres generaciones mataron y se hicieron matar por otro sueño imposible, más radical y trágico todavía que el de Jacobo Árbenz.” 

III de IV
Vale observar que en la portada de Tiempos recios se aprecia un detalle central de Dualidad (1964), mural de Rufino Tamayo, donde una especie de descomunal, mítica y pesadillesca serpiente emplumada pelea a muerte con una especie de descomunal jaguar. 
     
Dualidad (1964)
Mural de Rufino Tamayo
       No obstante, Gloriosa victoria, mural de Diego Rivera, datado el 7 de noviembre de 1954, hubiera sido muchísimo más idóneo y preciso para ilustrar los forros de la novela, dado que el epicentro y su narrativa están en consonancia con lo que minuciosamente se narra en la obra de Mario Vargas Llosa. 

       
Gloriosa victoria (1954)
Mural de Diego Rivera
        En el centro del mural, en medio de indígenas maniatados y derrumbados, torturados y masacrados (menores de edad entre ellos), John Foster Dulles, el secretario de Estado de los Estados Unidos de América, posa con sombrero y ropas de campaña y mira directa y desafiante a los ojos del espectador (que son los escrutadores ojos del planeta y de la historia); al unísono, con su manaza izquierda sostiene una bomba aérea encajada en territorio guatemalteco formando un charco de sangre, la cual, en su vertical superficie cóncava, tiene trazado el fantasmal y sonriente rostro del presidente norteamericano Dwight Eisenhower, anuente testigo (desde el cómodo de la Casa Blanca) del cruento e impositivo hecho; y con la manaza derecha estrecha la mano del coronel Carlos Castillo Armas, cabecilla visible de las tropas militares y mercenarias que el 18 de junio de 1954 iniciaron el ataque y la invasión de Guatemala, por tierra, mar y aire. El coronel Carlos Castillo Armas (alias Cara de Hacha) hace una servil reverencia al estrechar la manaza del secretario de Estado norteamericano (nótese el anillo de oro en la mano izquierda con que abanica y sostiene su quepis); mientras en el bolsillo izquierdo de su chaqueta asoma un fajo de dólares y en el cinto deja ver la amenazante cacha de una pistola. Vale subrayar, que esa vestimenta de paisano, con la camisa a cuadros y el arma, es idéntica o semejante a la que usó, según documentan algunas fotografías de la época que ahora se pueden localizar en la web.

El coronel Carlos Castillo Armas
       Según se lee en “Antes”, el preludio de la novela de Mario Vargas Llosa, los hermanos John Foster Dulles y Allen Dulles eran “miembros de la importante firma de abogados Sullivan & Cromwell de Nueva York”, y a través de los oficios de Edward L. Bernays convinieron “en ser apoderados de la empresa”; es decir, de la United Fruit Company, también “llamada la Frutera y apodada el Pulpo”. En este sentido, vale observar que colocado detrás del hombro derecho de John Foster Dulles, su hermano Allen Dulles, director de la CIA, le secretea algo al oído (algo que debe ser inmoral, deslenguado, nauseabundo y sanguinario); su manaza derecha, indicando posesión, agarra un silla en la que hay una penca de plátanos verdes embalados y listos para el transporte, y junto a éstos, se ve un costal repleto de semillas con el rótulo “MADE IN USA”; y en la bolsa de cuero que lleva terciada sobre la chaqueta y la cadera, asoman fajos de dólares y por ende se logra ver que con la manaza izquierda soborna y gratifica con billetes a los mandos y oficiales militares que se hallan detrás y sobre la cabeza de Castillo Armas (véase que el militar con gorra de plato es el coronel Elfego Monzón, jefe de la Junta Militar tras la dimisión del coronel Carlos Enrique Díaz de León, presidente provisional y efímero sucesor de Jacobo Árbenz); y al unísono, el par de soldados que están detrás de la espalda de Castillo Armas, con una servil y perruna inclinación y con las palmas hacia arriba en actitud de viles limosneros, reciben su correspondiente fajo de los dedos flamígeros del Carnicero de Grecia.

     
John Emil Peurifoy
Es decir, de John Emil Peurifoy, el embajador norteamericano en Guatemala que jugó un maquiavélico y corruptor papel en la conspiración para urdir y manipular el golpe militar contra el presidente Jacobo Árbenz; e incluso, y pese a su criterio y a sus objeciones, en la asunción presidencial del vulgar e inculto dictadorzuelo Carlos Castillo Armas, del que sin duda, por excrementicio y por lo que se lee en la novela, hubiera dicho de éste lo mismo que dijo Howard Hunt, agente de la CIA (becario Guggenheim en 1946 y consabido fontanero en el histórico Watergate que el 8 de agosto de 1974 suscitó la caída y la renuncia del presidente Richard Nixon), y participante en la “Operación Éxito (PBSuccess)” que defendió la candidatura del Cara de Hacha, a quien sus coterráneos en la Escuela Politécnica apodaban “Caca” (por Carlos Castillo): “Míster Caca es algo aindiado y, no se olviden, la gran mayoría de los guatemaltecos son indios. ¡Estarán felices con el!”  

     Detrás del grupo central se observan las hojas de una plantación de plátanos que se prolonga en lontananza hasta las faldas del Volcán de Fuego. En el ángulo superior, del lado izquierdo del mural (visto de frente), asoma la proa y el borde de un barco atracado; tiene estampada una bandera norteamericana y míseros y esclavizados indios cabizbajos cargan hacia él enormes y embaladas pencas de plátanos verdes (uno con el calzón desarrapado), lo cual indica que paralelas e interminables filas de indios en harapos, salidas de lo profundo de la infinita plantación, lo están rellenando de la fruta que las buenas conciencias norteamericanas disfrutarán y disfrutan en su placentero, sacrosanto y cómodo “hogar dulce hogar”, ya en el desayuno, en la cena, o de postre o de simple golosina, no sólo para los chiquillos rubios, mofletudos y regordetes. En el ángulo inferior izquierdo, a los pies de un soldado malencarado y armado con una pistola, una metralleta y un rifle, yacen los cadáveres de una pareja de indios: hombre y mujer; ella sin huipil; es decir, yace bocabajo sobre el cuerpo de él, con la espalda desnuda y la larga cabellera sobre la cabeza; tiene las manos atadas hacia atrás, y sobre sus glúteos, para denigrarla aún más, el soldado reposa la culata de su fusil. 
Visto de frente, en el fondo del cuadro, del lado derecho de la plantación de plátanos y del Volcán de Fuego, asoma la Catedral de Guatemala, y junto a ella, el Palacio Nacional. Y ya en el ángulo superior derecho, detrás de una celda enrejada y signada por la bandera de Guatemala, un grupo de prisioneros guatemaltecos (sin duda presos políticos) observa los trágicos y dramáticos sucesos provocados en su país por la cruenta invasión imperialista, militar y mercenaria. Debajo de la celda, hay un grupo de milicianos atrincherados tras una cerca de troncos; dos se ven desfallecientes y a punto de caer; y otros dos empuñan un machete en actitud guerrera y de combate; y junto a éstos, una miliciana de camisa roja empuña una metralleta y dirige su mirada hacia los ojos del jefe de la CIA. (Su rostro sereno es el rostro de la joven Rina Lazo, una de los Fridos; pintora comunista, guatemalteca de nacimiento y asistente de Diego Rivera, junto a Ana Teresa Ordiales Fierro, en la factura del presente mural, quien por petición del muralista pintó la susodicha bandera de su país.) Del otro lado de la cerca, hacia el frente del espectador, tres dolientes indígenas lloran frente a su muertos masacrados y tirados en la tierra: dos mujeres inclinadas y un niño que se cubre los ojos con los puños; en los cadáveres yacentes se observan indicios de tortura y detención forzada; y los bancos derribados aluden el violento estropicio de la invasión y el bombardeo. Y entre la barricada de milicianos, y el grupo de militares sobornados por los gringos, se enarbola la ominosa y detestable figura del arzobispo Mariano Rossell y Arellano, dizque bendiciendo, con la Biblia abierta y la señal de la Cruz, a los masacrados y vejados en sus derechos humanos más elementales y esenciales. 
El arzobispo Mariano Rossel y Arellano
y el coronel Carlos Castillo Armas
(Guatemala, 1954)
          Según cuenta la novela de Mario Vargas Llosa, el arzobispo Mariano Rossell y Arellano fue condecorado “por su apoyo a la revolución liberacionista”; es decir, al eufemístico Ejército Liberacionista, las sanguinarias tropas mercenarias, asesinas y militares que encabezó el coronel Carlos Castillo Armas, cuya premio mayor fue la presidencia de la República de Guatemala, a la que siempre aspiró con sus turbias y delincuenciales maquinaciones, apoyadas, financiadas y orquestadas por la CIA, la United Fruit Company y el gobierno de los Estados Unidos de América; negra y sucia maquinación en cuya propaganda, logística y entrenamiento también participaron y contribuyeron Juan Manuel Gálvez (presidente de Honduras), Anastasio Somoza (dictador de Nicaragua) y Leónidas Trujillo (dictador de República Dominicana). Y dado que en su hipócrita campaña católica (contra el supuesto comunista Jacobo Árbenz) el arzobispo Rossell se abanderó con el Cristo Negro de Esquipulas, para asombro del realismo mágico y de la historia, el Cristo Negro, una figura de bulto que en la realidad se resguarda en la Basílica de Esquipulas, fue proclamado “General del Ejército de la Liberación Nacional con los entorchados correspondientes”.


IV de IV
Quizá vale recordar que, si bien ahora en páginas de la web desde cualquier parte del globo terráqueo (desbastado y asediado por el terrible Covid-19, la depresión económica, la corrupción sistémica y el cambio climático) se puede observar y analizar la narrativa y el simbolismo del mural Gloriosa victoria, era (o es) bastante legendario, puesto que además de que se daba por perdido desde finales de los años 50 del siglo XX, en las biografías y en las iconografías de la obra mural de Diego Rivera por lo regular no se reproduce, ni se dice nada o casi nada sobre él. Por ejemplo, en Diego Rivera. Obra mural completa (Taschen, 2007), que es un pesado y grandote volumen (44.07 x 29.08 cm) con hojas desplegables y 674 páginas, sólo se lee una breve información en la “Cronología”, urdida entre los críticos, curadores e historiadores de arte Juan Rafael Coronel Rivera, Luis-Martín Lozano y María Estela Duarte. En este sentido, en lo que corresponde al año “1954”, se lee:
Imagen incluida en el libro de Raquel Tibol:
Frida Kahlo, una vida abierta (Oasis, 1983).

En el pie de foto consignó:

El viernes 2 de julio de 1954 más de diez mil personas desfilaron
desde la Plaza de Santo Domingo al Zócalo, pasando por la Alameda
Central, para protestar por la caída del gobierno democrático de
Jacobo Árbenz en Guatemala. Desde su silla de ruedas Frida se
unió al coro multitudinario que exigía:
¡Gringos asesinos, fuera de Guatemala!
      “El 13 de julio fallece la pintora Frida Kahlo, y sus restos son velados en el Palacio de Bellas Artes. [La sorpresiva colocación de la bandera comunista sobre el ataúd por uno de los Fridos, el esposo de Rina Lazo, suscitó el despido del director del INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes).] El 25 de septiembre, Diego Rivera es finalmente readmitido en las filas del Partido Comunista Mexicano. A juzgar por las fotografías de la época, ese año comienza a trabajar en su estudio de Altavista [el hoy Museo Diego Rivera y Frida Kahlo], en San Ángel, una pintura de formato mural con tema político.

   
Diego Rivera, Juan O'Gorman y Frida Kahlo
(México, julio 2 de 1954)
       “Tras ser derrocado el gobierno del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, los intereses capitalistas de empresarios estadounidenses propiciaron la intervención militar en el país centroamericano, lo que resultó en el bombardeo a la ciudad de Guatemala. [En realidad la invasión militar y el bombardeo ocurrieron antes de la caída de Jacobo Árbenz.] Éste fue el tema que Rivera eligió para el encargo que le solicitó el Frente Nacional de Artes Plásticas de México, que deseaba integrar la obra en una exposición de arte mexicano a celebrarse en la República de Polonia. [Entonces bajo la dictatorial y totalitaria férula de la Unión Soviética.] Rivera resolvió la pintura a la manera de un mural trasportable de 2,60 x 4,50 m; lo tituló Gloriosa victoria y lo terminó el 7 de noviembre [de 1954]. En la composición pintó al coronel Castillo Armas en actitud sumisa frente al canciller de Estados Unidos, Fuster Dulles, y junto al embajador estadounidense en aquel país. El proyecto estuvo nuevamente involucrado en la polémica entre el artista y el personal de la embajada de Guatemala en México. Como Pesadilla de guerra [y sueño de paz (1950-1951)], el mural Gloriosa victoria se dio por perdido durante muchos años. En el año 2005, la entonces presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México, Sari Bermúdez, confirmó físicamente, tras varias gestiones, que el mural se encuentra en buenas condiciones en las bodegas del Museo Estatal de Bellas Artes A.S. Pushkin, en Moscú, desde 1958, como una donación del propio pintor. Durante la investigación de la obra mural de Diego Rivera, que se llevó a cabo en el Museo de Arte Moderno de México, en preparación a este libro, se descubrió una fotografía donde Diego Rivera está pintando en su estudio de Altavista, en San Ángel, a la modelo Lucía Retes en 1954; la fotografía también muestra una pintura de formato mural aún en proceso. Ahora sabemos que este proyecto [de] mural, nunca antes documentado, está pintado en la parte posterior, de la misma tela, en que Rivera ejecutó el mural de Gloriosa victoria; y por lo tanto también se encuentra en el Museo Estatal de Bellas Artes A.S. Pushkin, de Moscú. Todo parece indicar que esta composición inconclusa, con trazos de dibujo y pintura al óleo fue la primera propuesta iconográfica para el mural Gloriosa victoria, la cual se advierte con mayor dinamismo y marcados puntos de fuga en el manejo del espacio, así como el uso de una retórica gestual más violenta, que la versión final que el muralista terminó.”
    Cabe preguntarse, no obstante, si esa presunta donación al Museo Pushkin, datada por los críticos en “1958”, no es una fecha errada, pues si bien Diego Rivera, en compañía de Emma Hurtado, su cuarta y última esposa desde el “29 de julio de 1955”, en el mes siguiente viajó a Moscú para someterse a un tratamiento médico por el cáncer que padecía en los testículos y sólo regresó a México hasta el “4 de abril de 1956”, murió en su casa de San Ángel el 27 de noviembre de 1957. ¿O acaso fue una donación post mortem? ¿O lo donó durante su última estancia en la Unión Soviética?
   
Diego convaleciente con su esposa Emma Hurtado
(Moscú, invierno 1955-1956)
       Pero el caso es que Gloriosa victoria, título que con las imágenes cuestiona y pone en entredicho la cínica y envilecida declaración de John Foster Dulles tras el triunfo de la invasión mercenaria, sólo se exhibió en México por primera vez hasta el 27 de septiembre de 2007, día de la inauguración de la muestra “Diego Rivera, Epopeya Mural”, montada en el Museo del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, en cuya curaduría participó el citado Juan Rafael Coronel Rivera, nieto del muralista, e hijo del pintor Rafael Coronel y de la arquitecta Ruth Rivera Marín, una de las dos hijas que Diego Rivera tuvo con la celebérrima y legendaria Lupe Marín.

Diego Rivera retratando a su hija Ruth (San Ángel, 1948)



Mario Vargas Llosa, Tiempos recios. Narrativa Hispánica, Alfaguara. Primera edición mexicana. México, octubre de 2019. 360 pp.




jueves, 23 de abril de 2020

Misterioso asesinato en casa de Cervantes

El dinero no conoce patria ni religión

I de II
Misterioso asesinato en casa de Cervantes, novela del español Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, marzo 7 de 1948), obtuvo en España el Premio Primavera de Novela 2015, convocado por Espasa (editorial del Grupo Planeta) y Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Se trata de un lúdico, festivo, erótico e hilarante homenaje a don Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), el autor del inmortal don Quijote en sus dos vertientes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) y El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615); más de La Galatea (1585), de las Novelas ejemplares (1613) y de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617).
Supuesto retrato de Miguel de Cervantes Saavedra
atribuido a Juan de Jáuregui
  Los comentaristas y prologuistas de la obra central de Cervantes suelen aludir —palabras más, palabras menos— un aciago y borroso incidente ocurrido la noche del 27 de junio de 1605 al pie de la casa donde en Valladolid vivía el escritor con su familia. Jean Canavaggio, por ejemplo, en el “Resumen cronológico de la vida de Cervantes” incluido en el volumen Don Quijote de la Mancha (Crítica, 2001) —“Edición de Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradellas”— escuetamente dice: “1605 [...] El 27 de junio en Valladolid, es testigo del proceso de la muerte de don Gaspar de Ezpeleta, herido de muerte a las puertas de su casa. Sus hermanas y su hija vienen a ser blanco de malintencionadas insinuaciones de una vecina. El 29 del mismo mes, el juez Villarroel lo hace detener con los suyos, para luego soltarlos el 1 de julio.” Mientras que Martín de Riquer, en “Cervantes y el ‘Quijote’” —su ensayo urdido para la Edición del IV Centenario de Don Quijote de la Mancha, editada en 2004 por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española— apunta: “La noche del 27 de junio de 1605 es herido mortalmente por un desconocido, ante la puerta de la casa del escritor, el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta. El propio Cervantes acudió a auxiliarle, pero a los dos días un arbitrario juez, para favorecer a un escribano que tenía motivos para odiar a Ezpeleta y que por lo tanto quería desviar de sí toda sospecha, ordena la detención de todos los vecinos de la casa, entre ellos Cervantes y parte de su familia. El encarcelamiento debió de durar un sólo día; pero en las declaraciones del proceso sobre el caso queda suspecta la moralidad del hogar del escritor, en el cual entraban caballeros de noche y de día. Vivían con Cervantes su mujer, sus hermanas Andrea y Magdalena, Constanza, hija natural de Andrea, e Isabel, hija natural del escritor. En Valladolid las llamaban, despectivamente, ‘las Cervantas’; y en el proceso, entre otras cosas, se descubren amores irregulares de Isabel con un portugués.” Y César Vidal, en su Enciclopedia del Quijote (Planeta, 1999), bosqueja: “El 27 de junio de 1605 se produjo un episodio que resultaría especialmente desagradable para Cervantes y su familia, que ahora estaba formada por su esposa Catalina, sus hermanas Andrea y Magdalena, su hija Isabel, su sobrina Constanza y una criada. Hacia las once de la noche, uno de los vecinos de la casa en que vivía Cervantes oyó un ruido en la calle. Al bajar con un hermano suyo se encontró a un hombre herido, con la espada desenvainada. Cervantes se despertó también y entre él y sus dos vecinos ayudaron al hombre a subir a la casa de estos últimos. El herido era don Gaspar de Ezpeleta, un caballero de la Orden de Santiago, al que Góngora se refirió en una de sus poesías. Interrogado Ezpeleta por dos jueces y un magistrado, manifestó que mientras paseaba por la calle un transeúnte le había insultado terminando ambos por batirse. El 29 de junio Ezpeleta expiró sin haber declarado nada más aunque todo hacía pensar que el duelo había sido ocasionado por los devaneos que el fallecido mantenía con una mujer casada a su vez con un hombre influyente. El magistrado no deseaba crearse problemas con los poderosos pero tampoco podía permitirse el dar la sensación de que era pasivo en su función. Optó así por intentar demostrar que la casa donde vivía Cervantes era un nido de vicio. Tras interrogar durante la noche del 27 de junio y la mañana del 28 a Cervantes, a su familia y a buena parte de los vecinos de su casa y de las cercanas, el 29, sin ningún tipo de pruebas, ordenó que se encarcelara al escritor, a Andrea, Isabel, Constanza y algunos vecinos de los que uno de ellos ni siquiera estaba en la noche de autos en el inmueble. La supuesta razón era que las visitas masculinas recibidas en aquella vivienda no eran honorables. Una vez en prisión, los cuatro magistrados que tomaron declaración a los detenidos quedaron convencidos de su inocencia y el 1 de julio los pusieron en libertad. Sin embargo la cuestión distaba de quedar zanjada. A Cervantes se le fijó una fianza y a las mujeres de la casa se les conminó a permanecer en la misma bajo arresto.”  

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605)

II de II
Si bien la trama de Misterioso asesinato en casa de Cervantes implica cierto acopio documental y bibliográfico y por ende tiene algo de palimpsesto, es, ante todo y al unísono, una aventura del lenguaje y una novela de intriga de índole fantástica. Se desarrolla en 41 capítulos breves, cuyos largos rótulos cervantinos evocan y remiten directamente a Don Quijote (el 2, por ejemplo, canturrea: “En el que se da noticia de la ilustre ciudad de Valladolid, corte de las Españas, así como de la visita del pesquisidor a la duquesa de Arjona en hábito femenil”), más un “Apéndice”, un Dramatis Personae, y la concisa y vaga “Bibliografía”. El cronista omnisciente y ubicuo, que es la voz narrativa, suele aludir a los supuestos “cronistas de esta verdadera historia”; el cual narra con una sintaxis y un vocabulario arcaizante, es decir, salpimentado de fórmulas barrocas y palabras antiguas y poco usuales, frases hechas y modismos remotos y añejos o de su propio cuño, con lo que vierte el sonoro matiz y la eufonía de que se lee y se oye el habla de la época de Cervantes, con su implícita idiosincrasia, atavismos, costumbres, usos, tradiciones y prejuicios imperantes, inextricables a las vestimentas, a las armas, a las monedas corrientes, a todo tipo de utensilios domésticos y laborales, a los hábitos culinarios, taberneros y sexuales, y a la descripción geográfica y urbanística y de los espacios interiores.
Felipe III (c. 1601)
Retrato de Juan Pantoja de la Cruz
Museo de Historia del Arte de Viena
  Hace tres años, persuadido por el poderoso duque de Lerma, el rey Felipe III mudó la corte a Valladolid. Y desde allí, donde reside el epicentro del reino y del imperio español, doña Teresa, la duquesa de Arjona, hace venir de Sevilla a la joven Dorotea de Osuna para que en calidad de pesquisidora indague el asesinato de Gaspar de Ezpeleta, quien fue herido, en un pleito de armas blancas, “pasadas las once de la noche del lunes veintisiete de junio de este año de 1605”, frente a la casa de don Miguel de Cervantes ubicada “en la calle del Rastro de los Carneros”, quien por tal presunta causa fue hecho preso por “el alcalde y juez de casa y corte, don Cristóbal de Villarroel”, junto a las Cervantas y a otras vecinas y vecinos residentes en el mismo inmueble. El objetivo de la indagatoria es restituirles la libertad y la honorabilidad, a don Miguel y a los suyos, despejando el intríngulis del crimen, “pues don Gaspar de Ezpeleta falleció a las seis de la mañana del día veintinueve, miércoles, sin decir palabra alguna que esclareciera su muerte”.

Primera edición impresa en México
Julio de 2015
(Ámbito Cultural/Espasa/Planeta Mexicana)
  De esto se tiene noticia poco después de iniciada la lectura de la obra, junto al hecho de que doña Dorotea de Osuna, para moverse por el mundo y realizar sus pesquisas, oscila entre tal identidad y el masculino disfraz de don Teodoro de Anuso. Esto preludia y signa lo mucho que la novela tiene de farsa y ópera bufa, pues aunado al transparente anagrama que ostenta el nombre de tal caballero andante, su disfraz de caballero pudiente no podría ocultar la feminidad de su voz y la feminidad de su naturaleza física, dado que se trata de una bella, frágil y seductora joven de unos treinta años, a quien hay que verle “los pies blancos y delicados” al lavárselos en “una jofaina de agua fresca del pozo” de la venta de Palomares y desnuda por completo tras instalarse en la casa que la duquesa de Arjona le brinda de posada en el corazón de Valladolid: “Ido el muchacho [el mozuelo Dieguillo], el caballero cerró la puerta con la retranca y yendo al patinillo sacó agua del pozo hasta llenar la pileta. Con esto se despojó de la ropa y apareció la bellísima y hermosa joven que en realidad era, doña Dorotea de Osuna, la cual andaba por el mundo en hábito de hombre cuando sus negocios aconsejaban ocultar su naturaleza femenina. Soltó la redecilla en la que recogía el cabello debajo del chambergo y se desprendió en cascada una melena castaña que casi le alcanzaba la cintura. La lavó con yema de huevo y vinagre y, tras asearse del polvo del camino las otras partes del cuerpo con gran placer, pues era de mucho deleite el agua fresca del pozo en tan grandes calores, salió de la pileta tan bella y limpia como Venus de la concha.”

Tal es así, que Dieguillo, quien es “un rapazuelo de quince o dieciséis años”, al verla salir bañada y oronda en atuendo de mujer le declara: “Ay, señora, que no me parece sino que estoy viendo a una santa hermosa de las que pintan para los altares. Con traje de hombre no parecíais tan bella.” Paradójicamente menos perspicaz, Chiquiznaque, un desarrapado ladrón y curtido asesino a sueldo, cree que doña Dorotea es hermana de don Teodoro de Anuso, quien le parece “un pisaverde amujerado, para mí que marica”, dice. De ahí que Franz Dahlmann, un alabardero del rey de origen alemán, alto, guapetón y corpulento, pero sodomita pasivo, al ver “la belleza de don Teodoro”, lo cree “de su misma inclinación”.
Don Quijote y Sancho Panza
Ilustración de Picasso
  Disfrazada del flamante y pudiente caballero andante, doña Dorotea de Osuna viaja a caballo de Sevilla a Valladolid; de modo que en el íncipit de la novela se lee: “Viernes primero de agosto, pasada la hora de las grandes calores, cuando el sol declina y las sombras se alargan, un joven caballero de gentil talle descabalgó en el patio empedrado de la venta de Palomares, a una legua de Valladolid.” Tal inicio reporta e implica —aunado a lo que se narra a continuación— que ya pasó un mes desde la muerte de Ezpeleta y de la subsiguiente prisión de Cervantes y de las Cervantas; pero páginas adelante, ante el desconcierto del lector y la contradicción de lo narrado, ya no transcurre agosto de 1605, como en rigor debería ser, sino que se está a principios de julio de ese año, según se cuenta en el primer párrafo del capítulo 16: “Seis de julio, don Miguel y sus hermanas, las Cervantas, junto con las otras mujeres de la casa encerradas en ella por cárcel particular, elevaron una instancia a la autoridad alegando que ‘en cosa ninguna, como a vuesa señoría es notorio, no tienen culpa, por lo cual suplicaban se les alzase la carcelería soltándolos libremente’.”

Tal lapsus temporal reduce el tiempo del encierro de Cervantes y los suyos en la cárcel real (donde Dorotea de Osuna lo visita y oye por primera vez sus doctas palabras de viva voz) y su cambio por la prisión domiciliaria, gracias al soborno que la duquesa de Arjona paga al alcalde Villarroel. De ahí que resulte congruente que la duquesa le haya dicho a Dorotea el día de su llegada: “no hay más justicia que la que compras”, lo cual es indicio de la corrupción que prolifera por doquier y por ende Cervantes, preso en su casa del Rastro de los Carneros, le sentencia a Dorotea: “La vileza, el abuso y el mal gobierno son, señora, manzanas podridas que malogran las sanas, por eso esta España que las consiente nunca levanta cabeza”. Definitoria y crónica descomposición social que bulle y abunda al unísono de la vida disoluta, de las persignadas imposturas, de las iglesias y conventos, de los garitos y prostíbulos, de los nobles ricos y empobrecidos, vividores y holgazanes, de los cofrades de Caco y de los asesinatos por encargo, de las muchedumbres de pordioseros y menesterosos, de vagabundos, desempleados y pícaros, de las sanguinarias venganzas entre españoles, y de las intrigas nobiliarias y palaciegas e internacionales que a la postre son las que explican el trasfondo del asesinato de don Gaspar de Ezpeleta y su oculta doble identidad y el hecho de que el crimen haya ocurrido precisamente frente a la casa de don Miguel de Cervantes Saavedra.
La visión de don Quijote
Ilustración de Goya
  Es decir, aunque a priori no lo parece y la mayoría rumore y suponga que a Ezpeleta lo mataron por una venganza de cuernos (tenía fama de conquistador de solteras y casadas), detrás de tal asesinato operó una ambiciosa conjura expansionista, monetaria y política para asesinar a don Carlos Hobard, conde de Hontinghan y almirante británico, quien en su investidura de embajador de Jacobo I, rey de Inglaterra e Irlanda y rey de Escocia y señor de las Islas, recién estuvo de visita en Valladolid para “la firma de paces entre España e Inglaterra”, y para “las celebraciones por el nacimiento del primer hijo varón de su majestad Felipe III”, cuyo desmesurado derroche vació las arcas del reino en detrimento, sobre todo, de los más pobres y necesitados. Con el asesinato del embajador inglés, dos veces trunco de una manera chusca e hilarante, se pretendía provocar una nueva guerra entre España e Inglaterra, que luego derivaría en la derrota del debilitado imperio español y por ende en la toma y apoderamiento de su territorio en el Viejo Continente y de las jugosas y valiosísimas riquezas del Nuevo Mundo. 

Vale subrayar que doña Dorotea de Osuna, en su papel de pesquisidora, ya vestida de dama o disfrazada de caballero andante, no resulta muy ducha, sino una detective aficionada y sin mucha experiencia vital y deductiva, cuyos razonamientos, inferencias y actos son complementados o matizados por la duquesa de Arjona. No obstante, para lograr sus fines no duda en el trabajo sucio o en saltarse las reglas; por ejemplo, contrata al valentón Chiquiznaque para aterrorizar y hacer confesar a Muzio Malatesta, “el maestro de esgrima que tiene abierta una academia en San Leandro”, quien, por un pago, fue el espadachín que dejó a Ezpeleta herido de muerte. Y para robar la carta que Muzio Malatesta debió robarle a Ezpeleta tras asesinarlo, planea y realiza, con el apoyo logístico de la duquesa de Arjona y la participación del valentón Chiquiznaque, del adolescente Dieguillo y del anciano Ambrosio —ambos criados de la duquesa— el nocturno y peliagudo asalto a “la Casa del Cerrojo, un palacio de la calle Renedo, cerca de la Puerta de la Pólvora, donde tiene sus oficinas y almacenes” don Renzo Grimaldo, quien según le informa la duquesa a Dorotea, “Es el cónsul de Génova en la corte, un hombre enredador en todos los apaños. Y rico hasta decir basta. Además de su propio peculio, administra los empréstitos que los banqueros genoveses conceden a la Corona y a los ricoshombres que no lo son tanto. Según dicen, la mitad de los dineros que vienen de las Indias se van a sus bolsillos, en pago de intereses atrasados.” 
El duque de Lerma (c. 1600)
Retrato de Juan Pantoja de la Cruz
  Ahora que si bien, gracias a la estrategia del asalto y al rudo Chiquiznaque, logran sustraer la carta ensangrentada y otros papeles en clave que Renzo Grimaldo guardaba en un cofre fuerte, Dorotea de Osuna, con la ayuda de la duquesa de Arjona, no consigue descifrar la misiva ni logra desembrollar ni entender todos los hilos de la madeja. Es entonces cuando un servidor del todopoderoso duque de Lerma, “Don Juan Velázquez de Velasco, espía mayor de la corte y superintendente general de las inteligencias secretas”, envía una dueña y un regio carruaje al palacio de la duquesa para que doña Dorotea de Osuna se entreviste con él “en la quinta de Su Majestad”. En su despacho, Velasco le revela que la espía desde que llegó a Valladolid y que ha seguido los pasos y actos de su doble identidad y por ello está enterado de todo lo que ha hecho para aclarar el asesinato de Ezpeleta con el fin de limpiar el prestigio de Cervantes y de las Cervantas. En tal conversación, Velasco, que también es un entusiasta lector de las aventuras de don Quijote, le pide la carta ensangrentada y los otros papeles en clave, que ella acuerda darle, y le explica y le narra todos los pormenores internacionales, españoles, militares y mercantiles que subyacieron en el asesinato de don Gaspar de Ezpeleta y en el intento de difamar y ensuciar el nombre y la honorabilidad del escritor y su familia.

Juan Eslava Galán
  Junto a los episodios eróticos y licenciosos, a las risibles leperadas y maldiciones del valentón Chiquiznaque, a las anécdotas jocosas y escatológicas, a la sarcástica y crítica caricatura de la beata Isabel de Ayala —la principal difamadora de Cervantes y de las Cervantas—, a la reivindicación educativa y libertaria de la mujer que hace don Miguel, pero también su sobrina Constanza de Ovando y Dorotea de Osuna —quienes se hacen amigas por coincidir en edad, en gustos, soltería e ideas—, Misterioso asesinato en casa de Cervantes también tiene matices y volutas de narración popular, de arquetípico cuento de hadas; por ejemplo, cuando se narra el fasto y la pompa de la boda del hijo del banquero Simón Sauli con la hija natural del rico mercader Jerónimo Brizzi de Menchaca, la cual se celebra en el vetusto palacio del duque de Frías, en cuyo banquete y baile de gallardas y pavanas sólo faltó la Cenicienta con sus zapatillas de cristal y el regio carruaje que su hada madrina hizo presente tras tocar con su varita mágica unos ratones y una calabaza. Lo cual se refrenda en el “Apéndice”, cuando doña Andrea de Cervantes, hermana del escritor, “aderezada con su corpiño de las fiestas, su saya de raso y su toca sevillana”, va al palacio de la duquesa de Arjona, para entregarle a ésta y a doña Dorotea de Osuna, unas almendras garrapiñadas y unos justillos bordados, como una forma de agradecerles todos los favores. Según cuenta la voz narrativa:

“Doña Andrea no halló el palacio. Recorrió dos veces la manzana detrás de la Plaza Mayor, pero en lugar de la entrada blasonada y el balcón con hachones en forma de dragón que había visto hacía tan solo unos días, cuando visitó a la duquesa, solo encontró las carcomidas bardas del huerto de Santiago con dos añosos cipreses asomando por encima. Preguntó a varios transeúntes por el palacio de los duques de Arjona y ninguno le supo dar razón.
“‘Parece cosa de encantamiento’, se dijo.”



Juan Eslava Galán, Misterioso asesinato en casa de Cervantes. Ámbito Cultural/Espasa/Editorial Planeta Mexicana. 1ª edición impresa en México, julio de 2015. 284 pp.  
 

sábado, 18 de abril de 2020

La fiesta del Chivo

Eres un témpano de hielo

Editada por Alfaguara, en febrero del año 2000 apareció en México la primera edición mexicana de La fiesta del Chivo, treceava novela del escritor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, marzo 28 de 1936), cuya homónima y sintética adaptación cinematográfica en inglés, estrenada en 2006 bajo la batuta de su primo Luis Llosa Urquidi, resultó aburrida, gris y somnífera, pese a la magnética presencia de la actriz italiana Isabella Rosellini, quien caracteriza a Urania Cabral. Y entre el 22 de noviembre de 2019 y el 15 de marzo de 2020, se exhibió, en el madrileño Teatro Infanta Isabel, un homónimo y minimalista montaje teatral basado en la novela de Mario Vargas Llosa, con la adaptación y el libreto de Natalio Grueso, la dirección escénica del cineasta Carlos Saura y el actor español Juan Echánove en el protagonista papel del dictador dominicano Leónidas Trujillo, alias el Chivo. 
Mario Vargas Llosa y La fiesta del Chivo (2000)
      A estas alturas del globalizado siglo XXI ya han corrido ríos de tinta (e innumerables páginas web) sobre esta novela del Premio Nobel de Literatura 2010. En este sentido, aún antes de tocarla y hojearla el lector vargaslloseano ya sabe que el tema nodal es el asesinato del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina, el legendario y abyecto dictador de República Dominicana desde el 24 de mayo de 1930 hasta el día de su muerte, ocurrida 31 años después, precisamente el martes 30 de mayo de 1961. 

(New York, Macmillan Company, 1966)
       La fiesta del Chivo no compila ninguna postrera bibliografía y sólo en la página 76 desliza una críptica alusión en la voz de Urania Cabral, cuyo doloroso y traumático estigma (sucedido a mediados de mayo de 1961 cuando ella tenía 14 años y el Chivo 70) la convirtió, en Estados Unidos, en una obsesiva estudiosa y coleccionista de libros sobre la “Era Trujillo”, y por ende le apostilla a su padre (el otrora senador Agustín Cabral, colaborador y cómplice de los crímenes y trapacerías del déspota): “Lo contaba el propio Crassweller, el más conocido biógrafo de Trujillo”. Pues el periodista norteamericano Robert D. Crassweller es autor de un olvidado best seller que Bruguera publicó en Barcelona, en 1968, con un sonoro título: Trujillo. La trágica aventura del poder personal, traducido al español por Mario H. Calicchio. (La edición príncipe en inglés: Trujillo: The Life and Times of a Caribbean Dictator, Macmillan Company la publicó en Nueva York en 1966.) Viene a cuento esto porque en la minuciosa y maniática urdimbre del espléndido libro de Mario Vargas Llosa, pese a que no es una novela histórica, abundan y proliferan en ella los hechos, los datos, las idiosincrasias, los vocablos, los personajes y los episodios históricos (y los sitios y lugares extirpados de la realidad y de la historia), y por ello se entrevé que, para apuntalar y construir la verdad de las mentiras, es decir, la apretada y detallista filigrana y los innumerables pedúnculos umbelíferos de su obra, hizo una exhaustiva investigación bibliográfica, hemerográfica, documental e in situ

Primera edición mexicana
(Alfaguara, febrero de 2000)

En la portada: Alegoría del mal gobierno, detalle del mural
realizado por Ambrogio Lorenzetti, entre 1337 y 1340, en el
Palacio Público de Siena, Italia.
      Con veinticuatro capítulos numerados con romanos, la poliédrica y polifónica novela La fiesta del Chivo discurre en tres vertientes principales entreveradas entre sí, cada una con numerosos e intestinos flashbacks, aunados a distintos y convergentes puntos de vista. La primera vertiente narrativa se sucede en 1996 y la protagoniza la dominicana Urania Cabral, una exitosa y políglota abogada egresada de Harvard, de 49 años y residente en Nueva York, quien después de 35 años de exilio y de no ver ni hablar con su odiado padre, intempestivamente ha hecho un vuelo a Santo Domingo para pasar allí tres días; pero sólo el último día visita a su octogenario progenitor, quien en silla de ruedas desde hace una década y sin habla por un derrame cerebral, aún subsiste (atendido por una enfermera) en la ahora vetusta y deteriorada casa donde ella vivió su infancia y el inicio de su adolescencia; lo cual da pie a que también visite a su septuagenaria tía Adelina Cabral, empobrecida y con la cadera rota, y a sus dos primas, no menos empobrecidas: Manolita y Lucindita (ésta de su misma edad) y a su sobrina Marianita, a quien nunca había visto. Encuentro, cena y charla no premeditada, cuyos tensos giros suscitan que durante esa larga sobremesa les revele y pormenorice la embarazosa y secreta razón por la cual a mediados de mayo de 1961, cuando tenía 14 años, las monjas norteamericanas del Colegio Santo Domingo la resguardaron, protegieron y auxiliaron para que de inmediato pudiera salir del país becada en Adrian, Michigan, precisamente en la “Siena Heights University que tenían allí las Dominican Nuns”, donde pasó cuatro años. Infausto secreto que al unísono explica por qué detesta a su padre desde lo más recóndito e íntimo de su ser y de su pensamiento (“yo no lo he perdonado ni lo perdonaré”), por qué nunca contestó sus cartas ni sus llamadas telefónicas; por qué optó por mantenerse ajena, callada y distante de su tía y de sus primas; por qué ha permanecido soltera; por qué siente asco y rechaza y no tolera a los hombres que intentan seducirla, poseerla y conquistarla; como ese Steve, un galán pelirrojo y canadiense que quiso casarse con ella cuando era “su compañero en el Banco Mundial” (“¿1985 o 1986?”), quien la radiografió con una sentencia que cala y no olvida: “Eres un témpano de hielo. Tú sí que no pareces dominicana. Yo lo parezco más que tú.”

   
Urania Cabral (Isabella Rosellini)
Fotograma de La fiesta del chivo (2006)
       Y por qué en el epicentro de la áspera y resentida diatriba contra su padre y contra la “Era Trujillo” (que monologa y rememora ante él) descuella su incomprensión de por qué a sus cercanos colaboradores y cómplices “Trujillo les sacó del fondo del alma una vocación masoquista, de seres que necesitaban ser escupidos, maltratados, que sintiéndose abyectos se realizaban”, de tal modo que sin escrúpulos y sin reparos morales le entregaban su voluntad y sus esposas o sus hijas para que sexualmente hicieran lo que el Chivo quería y como quería en la Casa de Caoba, su lujosa leonera en San Cristóbal, ciudad donde nació y se celebró el ritual fúnebre que precedió a su entierro. “Esta noche, en la Casa de Caoba, haré chillar a una hembrita como hace veinte años”, se dijo a sí mismo el autócrata fantaseando en el inminente festín sexual que lo esperaba (pese a sus penurias con la próstata y con la improbable erección), precisamente la noche del martes que murió, acribillado por las balas de los conspiradores, en la carretera de Ciudad Trujillo a San Cristóbal. 
 
Trujillo (Juan Echánove), Mario Vargas Llosa y Carlos Saura
          En este sentido, Urania se dice a sí misma ante el mudo vejestorio que es su padre, el otrora dizque inteligentísimo Cerebrito Cabral, cuya precariedad y paulatino consumo en la pobreza ella subsidia a fuego lento y a cuentagotas desde Nueva York (“Prefiero que viva así, muerto en vida, sufriendo”): “No lo entiendes Urania. Hay muchas cosas de la Era que has llegado a entender, al principio, te parecían inextricables, pero, a fuerza de leer, escuchar, cotejar y pensar, has llegado a comprender que tantos millones de personas, machacadas por la propaganda, por la falta de información, embrutecidas por el adoctrinamiento, el aislamiento, despojadas de albedrío, de voluntad y hasta de curiosidad por el miedo y la práctica del servilismo y la obsecuencia, llegaran a divinizar a Trujillo. No sólo a temerlo, sino a quererlo, como llegan a querer los hijos a los padres autoritarios, a convencerse de que azotes y castigos son por su bien. Lo que nunca has llegado a entender es que los dominicanos más preparados, las cabezas del país, abogados, médicos, ingenieros, salidos a veces de muy buenas universidades de Estados Unidos o de Europa, sensibles, cultos, con experiencia, lecturas, ideas, presumiblemente un desarrollado sentido del ridículo, sentimientos, pruritos, aceptaran ser vejados de manera tan salvaje (o lo fueron todos alguna vez) como esa noche, en Barahona, don Froilán Arala.” Pues esa noche en Barahona, el Chivo, alharaquiento y vociferante epicentro de un concurrido grupúsculo de serviles machotes embriagados y fanfarrones, se jactó, en la cara de Froilán Arala, de fornicarse a su mujer: “la mejor, de todas las hembras que me tiré”. Esa fémina era muy bella y elegante y era amiga de la fallecida madre de Urania; y de niña le hacía cariños, le decía piropos y le daba regalos, pues vivía con su esposo frente a su casa y el Chivo solía visitarla para fornicársela, mientras Froilán Arala cumplía ex profeso misiones en el extranjero. 

     
Pedro Henríquez Ureña y familia
        No fue el caso del célebre e ilustre don Pedro Henríquez Ureña, secretario de Educación, al inicio del gobierno del Chivo, evoca Urania, pues ante una visita e intento semejante, prefirió renunciar e irse del país. Y aunque recuerda que Trujillo visitó a su madre y ésta no quiso recibirlo sin la presencia de su honorable y distinguido consorte, no está segura de si el Chivo lo hizo con su mamá o no, pues sí fue el caso su propio padre, el otrora secretario de Estado, ministro y presidente del senado Agustín Cabral, quien a sus 14 añitos, cuando su cama aún lucía un infantil “cubrecamas azul y los animalitos de Walt Disney”, se la entregó al Jefe acicalada ex profeso para el gran festín sexual del Chivo cabrío: un “vestido de organdí rosado” y “zapatos de tacón de aguja que le aumentaban la edad”, y en el colmo del cinismo: “el collarcito de plata con una esmeralda y los aretes bañados en oro, que habían sido de mamá y que, excepcionalmente, papá le permitió ponerse para la fiesta de Trujillo”, sólo para ella y él, muy juntitos y desnudos en la secreta intimidad y penumbra de la Casa de Caoba. Donde se sucedió el previsible, sádico y dramático estupro más allá de su ingenuidad e impúber comprensión, y donde lo oyó vociferar indelebles y sonoras procacidades e insolencias, entre ellas: “Romper el coñito de una virgen excita a los hombres. A Petán, a la bestia de Petán [su criminal hermano José Arismendy], lo excita más todavía con el dedo.”
   
Trujillo y Manuel de Moya Alonzo,
modelo del personaje Manuel Alonso, quien
en la vida real fue el alcahuete del Chivo, además
de elegirle 
los trajes, las camisas, las corbatas, los
zapatos, los perfumes y las cremas especiales para
blanquear la piel
”, dice Mario Vargas Llosa en
Conversación en Princeton (Alfaguara, 2017).
       La segunda vertiente narrativa de La fiesta del Chivo discurre por el último día de la abominable y nauseabunda vida del dictador Leónidas Trujillo, desde que despierta en su cama preocupado por el bochornoso descontrol prostático que lo acosa en cualquier momento y que lo obliga a cambiarse de ropa, hasta su muerte en la carretera hecho una sangrienta y pestilente coladera por la lluvia de balas. (Antes de que los caliés del SIM hallen su chorreante cadáver en la cajuela de un auto abandonado, en el lugar del asesinato encontraron botada su apestosa prótesis dental.) Y en tal vertiente narrativa, además de su patético estado de salud (se orina en los pantalones y lo agobia la disfunción eréctil), de la semblanza de su ideario, de sus prejuicios e idiosincrasia, del impuesto culto a su persona y a su madre, y de su autoritaria y criminal inmoralidad, egolatría y megalomanía para mandar, insultar, reprimir, violar, robar, despojar, corromper, sobornar, acumular dinero, sumar propiedades, torturar, aterrorizar, asesinar y manipular el poder y a sus serviles y rastreros subordinados, se ciernen datos, hechos, asesinatos, matanzas, genocidios (por ejemplo, el exterminio de los inmigrantes haitianos, denominada Masacre del Perejil, sucedida entre el 2 y el 8 de octubre de 1937) y numerosos episodios de la sórdida historia de República Dominicana en el siglo XX, de los horrendos y corruptos miembros de la estirpe del Chivo, de sus principales colaboradores y de su biografía. 

Trujillo, el Papa Pío XII y Jonny Abbes
García, jefe del SIM.
(Por ejemplo, a mediados de 1954, en Ciudad del Vaticano, el Papa Pío XII lo condecoró “con la Gran Cruz de la Orden Papal de San Gregorio”.) Pero también se ilustra y bosqueja la situación política, social y económica que atravesaba el país en el año 1961, cuestionado por la Iglesia católica a partir de “la Carta Pastoral del Episcopado” (leída en todas las misas dominicanas “el domingo 25 de enero de 1960”) y asfixiado por las sanciones políticas y económicas impuestas por Estados Unidos y la OEA, agudizadas después del infructuoso atentado contra Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela, ocurrido en Caracas, con un explosivo coche bomba, el 24 de junio de 1960; y local y socialmente por la tortura y el asesinado de las hermanas Mirabal el 25 de noviembre de 1960.
   
Las hermanas Mirabal
      La tercera vertiente narrativa de La fiesta del Chivo le corresponde a los conspiradores apostados en la carretera para emboscar y matar a balazos al dictador. Y además de los motivos personales, familiares, sentimentales, vengativos, ideológicos y políticos que los han convocado en esa dispersa y variopinta conjura clandestina (de la que sin conocer todos los detalles está enterado el presidente fantoche Joaquín Balaguer, a quien el pueblo dominicano le canturrea al verlo pasar: “Balaguer, muñequito de papel”), también se dan visos del contexto represivo, criminal, sanguinario, histórico, social, pseudocultural, político y económico que oprimía y sangraba a los habitantes de República Dominicana (y por ende se amplía el funesto y ominoso panorama de la “Era Trujillo”), y de algunos frustrados intentos para derrocar al régimen, como fue la intentona de la Legión del Caribe en el verano de 1947; y el trascendente caso del Movimiento Revolucionario del 14 de Junio, apoyado e inspirado por el reciente triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959. 
     Y si bien el Chivo fue asesinado y esto resultó piedra angular para empezar a urdir una incipiente transición a la democracia, hábilmente manipulada por el entonces presidente Joaquín Balaguer (con la venia de la Iglesia católica y del nuevo cónsul norteamericano), la conspiración para matar al Chivo (con subterráneo, contrabandista y magro apoyo de la CIA) y dar con ello un golpe de Estado, no fue una estrategia milimétricamente planificada y realizada a imagen y semejanza de un infalible artilugio de relojería suiza. El grupo de vanguardia cometió garrafales errores de principiantes (pese a que había entre ellos curtidos militares y expertos tiradores) y no tenía plan B de escape, ni lugar prefijado ni alternativo para esconderse como escurridizos zorros o huir sin dejar rastros si algo fallaba, ni equipo médico ni oculta clínica médica para socorrer a los lesionados (superficialmente o de gravedad), ni las suficientes agallas para ejecutar al probable herido y evitar así la tortura y la delación que desvelara la identidad y el objetivo de los conspiradores. 
 
Ramfis y Joaquín Balaguer
     Y el general Pupo Román, el flamante jefe de las Fuerzas Armadas que iba a encabezar el golpe de Estado y la transitoria “Junta cívico-militar”, por miedo a que los trujillistas lo mataran por traidor, los traicionó a los primeros indicios y por ende los conspiradores se tornaron en el objetivo del propio general Pupo Román y más aún del coronel Johnny Abbes García, el sangriento y sádico jefe del SIM (Servicio de Inteligencia Militar), y de la cruenta y torturadora venganza de Ramfis, el hijo predilecto del Chivo, a quien tras bambalinas el presidente y acomodadizo Balaguer le hizo creer que era el todopoderoso poder tras el cómodo de la presidencia y por ende aprobó su cometido de rastrear, torturar y eliminar a los asesinos de papi. Y para ello, a través del “nuevo líder parlamentario” (el acomodadizo y arribista senador Henry Chirinos”, apodado “la Inmundicia Viviente” por el inmundo Chivo), hizo que el Congreso aprobara una “moción dando al general Ramfis Trujillo los poderes supremos de la jerarquía castrense y autoridad máxima en todas las cuestiones militares y policiales de la República”.
   
Joaquín Balaguer
      Sin desvelar las minucias y vericuetos del desenlace de tal vertiente narrativa: cómo se encumbra el astuto, camaleónico y maquiavélico presidente Joaquín Balaguer “para capear el temporal y conducir la nave dominicana hacia el puerto de la democracia” (en contubernio con la clase política, la Iglesia católica y el gobierno de los Estados Unidos), vale apuntar que, para afianzarse ante el promisorio y democrático porvenir, premia a dos sobrevivientes conspiradores: Antonio Imbert y Luis Amiama (escondidos durante seis meses, el primero en el departamento de unos diplomáticos italianos y el segundo en un clóset), a quienes recibe en el Palacio Nacional con bombo y platillo, luego de que el Congreso, con la Inmundicia Viviente en la cabeza (también apodado el Constitucionalista Beodo), ha promulgado una ley que los nombra “generales de tres estrellas del Ejército Dominicano, por los servicios extraordinarios prestados a la Nación”.
   
Mario Vargas Llosa y su primo Luis Llosa Urquidi
     Para concluir la breve y azarosa nota, hay que decir que en La fiesta del Chivo refulgen, como frijolillos saltarines en la espesa sopa de letras, algunos sorprendentes e indelebles lapsus del experimentado y diestro narrador que es Mario Vargas Llosa (proclive a los diminutivos y a las negras, lúdicas y socarronas ironías), presentes en los episodios del asesinato del dictador. Veamos. No se trata de Los siete magníficos ni mucho menos de Los siete samuráis, pero en la página 103 se lee que hay un “grupo de siete hombres apostados en la carretera a San Cristóbal, esperando a Trujillo. Porque, además de los cuatro que aguardaban en el Chevrolet [Antonio Imbert, Antonio de la Maza, Salvador Estrella Sadhalá y Amadito García Guerrero], dos kilómetros más adelante se hallaban, en un auto prestado por Estrella Sadhalá, Pedro Livio Cedeño y Huáscar Tejeda Pimentel, y, un kilómetro más adelante, solo en su propio carro, Roberto Pastoriza Neret. De este modo, le cerrarían el paso y lo acribillarían con un fuego cerrado por delante y por atrás, si dejarle escapatoria.” En este sentido, en la página 247 se lee que “El Chevrolet Biscanye de Antonio de la Maza [que es el estruendoso bólido de la cuarteta de vanguardia] volaba sobre la carretera, acortando la distancia del Chevrolet Bel Air azul claro que Amadito García Guerrero [ayudante militar del Chivo] les había descrito tantas veces.” Es decir, sin ningún convoy de escoltas, el solitario Chevrolet Bel Air azul claro es donde viaja Trujillo con su chofer, que además es su viejo guardaespaldas; y el Chevrolet Biscanye, propiedad de Antonio de la Maza, es un auto importado de Gringolandia “hacía tres meses” y reforzado ex profeso para el asesinato del dictador. No obstante, entre las páginas 248-249 se lee: 
    “En pocos segundos el Chevrolet Biscanye recuperó la distancia y continuó acercándose. ¿Y los otros? ¿Por qué Pedro Livio y Huáscar Tejeda no aparecían? Estaban apostados, en el Oldsmobile —también de Antonio de la Maza—, sólo a un par de kilómetros, ya debían de haber interceptado el auto de Trujillo. ¿Olvidó Imbert apagar y prender los faros tres veces seguidas? Tampoco aparecía Fifí Pastoriza en el viejo Mercury de Salvador, emboscado otros dos kilómetros más adelante del Oldsmobile. Ya tenían que haber hecho dos, tres, cuatro o más kilómetros. ¿Dónde estaban?” 
   Es decir, en la página 103 Pedro Livio Cedeño y Huáscar Tejeda Pimentel están en “un auto prestado por Estrella Sadhalá”; pero en la página 249 ese coche es “también de Antonio de la Maza”. Y el tal Fifí Pastoriza en la página 103 se halla “solo en su propio carro”; pero en la página 249 ese auto es el “viejo Mercury de Salvador”.  
   Curiosas contradicciones. Quizá Mario Vargas Llosa, aporreando las teclas a toda velocidad en su nuevo festín de Esopo, sintiéndose el mero Jaguar del Leoncio Prado disparando ráfagas de metralleta, estaba muy excitado, exultante y obnubilado matando al Chivo (tal vez catapultado por un potente trago de mezcal con gusano de maguey y pólvora), pues en la página 313, ya muertos el déspota y su chofer, y herido en el suelo Pedro Livio Cedeño, se lee: 
   
El Jaguar (Juan Manuel Ochoa)
Cadete del Colegio Militar Leoncio Prado
Fotograma de La ciudad y los perros (1985)
    “Las sombras de sus amigos se afanaban, sacando el carro del Chivo fuera de la autopista. Los sentía jadear. Fifí Pastoriza silbó: ‘Quedó hecho una coladera, coño’.
 
Mezcal con gusano de maguey
      “Cuando sus amigos lo cargaron para meterlo en el Chevrolet Bel Air, el dolor fue tan vivo que perdió el sentido. Pero, por pocos segundos, pues cuando recuperó la conciencia aún no partían. Estaba en el asiento de atrás, Salvador le había pasado el brazo sobre el hombro y lo apoyaba en su pecho como una almohada. Reconoció, en el volante, a Tony Imbert, y, a su lado, a Antonio de la Maza. ¿Cómo estás, Pedro Livio? Quiso decirles: ‘Con ese pájaro muerto, mejor’, pero emitió sólo un murmullo.”
   Como ya habrá advertido el paciente y desocupado lector, el lapsus radica en que a Pedro Livio no lo subieron al coche del Chivo, sino al Chevrolet Biscanye de Antonio de la Maza, pues en ese momento el carro del dictador ya está afuera de la carretera. Incluso esto se sabe unos párrafos antes, pues en la página 312 Pedro Livio Cedeño, herido y tirado en el asfalto, “Percibió las siluetas de sus amigos cargando un bulto y echándolo en el baúl del Chevrolet de Antonio. ¡Trujillo, coño! Lo habían conseguido. No sintió alegría; más bien, alivio.” Y esto se hace así porque desde la página 173 se sabe que el pactado objetivo de la red de conspiradores es llevar el cadáver del Chivo ante los ojos del general Pupo Román, para que éste encabece el golpe de Estado y la “Junta cívico-militar”. 
   Y pese a que en la página 382 se reitera que el coche del Chivo es “el Chevrolet Bel Air 1957, color azul claro, de cuatro puertas, en el que siempre iba a San Cristóbal”, en la página 405 cambia de color: “En el kilómetro siete, cuando, en los haces de luz de las linternas de Moreno y Pou, [el general Pupo Román] reconoció el Chevrolet negro perforado, sus vidrios pulverizados y manchas de sangre en el asfalto entre los añicos y cascotes, supo que el atentado había tenido éxito. Sólo podía estar muerto luego de semejante balacera.”
 
Mario Vargas Llosa y La fiesta del Chivo (2000)
      En fin, qué lío. “Songo le dio a Borondongo/ Borondongo le dio a Bernabé/ Bernabé le pegó a Muchilanga le echó burundanga/ les jinchan los pies, Monina”. De cualquier manera: “El pueblo celebra/ con gran entusiasmo/ la Fiesta del Chivo/ el treinta de mayo.” Se lee en los versos de Mataron al Chivo, popular “Merengue dominicano” (que sin cesar cantaba jubiloso en la radio dominicana el Negrito Macabí con la Orquesta de Antonio Morel), que a manera de epígrafe preludia esta magnífica novela de Mario Vargas Llosa. “Mabambelé practica el amor/ Defiende al humano/ Porque ese es tu hermano, se vive mejor”.



Mario Vargas Llosa, La fiesta del Chivo. Primera edición en Alfaguara México. México, febrero de 2000. 520 pp.


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"Burundanga" (1953), Celia Cruz y la Sonora Matancera.
"Mataron al Chivo", canta el Negrito Macabí con la Orquesta de Antonio Morel.
La fiesta del Chivo, documental de Univisión sobre la dictadura de Trujillo.
La fiesta del Chivo (2006), trailer de la película basada en la novela homónima de Mario Vargas Llosa.
La fiesta del Chivo (2019), fragmento de un ensayo de la versión teatral basada en la novela homónima de Mario Vargas Llosa.
La ciudad y los perros (1985), trailer de la película basada en la novela homónima de Mario Vargas Llosa.