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martes, 20 de agosto de 2019

Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos

 El laberinto, la telaraña y el círculo
 (algo tan necesario como respirar)

Nacido en Melo, Cerro Largo, el 28 de julio de 1921, el crítico y ensayista uruguayo Emir Rodríguez Monegal falleció de cáncer en New Haven el 14 de noviembre de 1985, 7 meses antes de que el argentino Jorge Luis Borges muriera en Ginebra el 14 de junio de 1986 (había nacido en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899). Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos (México, FCE, 1985) basada en la antología que Monegal publicó en inglés, en Estados Unidos, con la colaboración del escocés Alastair Reid (1926-2014), traductor de Borges: Borges. A reader. A selection from the writings of Jorge Luis Borges (New York, Dutton, 1981), y Borges. Una biografía literaria (México, FCE, 1987) originalmente escrita en inglés y publicada en Nueva York, en 1978, por Dutton, son el par de libros, editados en México por el Fondo de Cultura Económica, que el crítico, profesor y editor uruguayo destinó a la vida y obra del celebérrimo argentino que nunca recibió el Premio Nobel de Literatura.
(Dutton, New York, 1978)
     
(FCE, México, 1987)
         A Emir Rodríguez Monegal la muerte le impidió observar los cambios que preparara especialmente para la traducción al español que por encomienda suya hizo Homero Alsina Thevenet de su citada Biografía literaria. En contraste, la introducción, los prólogos, la cronología, la bibliografía y las notas del Ficcionario (compendio firmado en “Yale University”) los concibió en castellano, así como la edición de los textos de Borges. Sin embargo, quizá no haya visto el libro impreso (pero tal vez sí), puesto que la primera edición de diez mil ejemplares “se terminó de imprimir el 30 de agosto de 1985”. La muerte de Emir Rodríguez Monegal también se interpuso en la edición final de los Textos cautivos. Ensayos y reseñas en “El Hogar” (1936-1939) (Barcelona, Tusquets, 1986), antología de reseñas, biografías sintéticas y ensayos breves que Borges escribió en la revista bonaerense El Hogar, que el crítico uruguayo preparaba en la Universidad de Yale (donde era profesor de Literatura Iberoamericana) con la colaboración del cubano Enrique Sacerio-Garí (Sagua la Grande, Villa Clara, agosto 2 de 1945) y por ende fue éste quien la concluyó y prologó.

(Tusquets, Barcelona, 1986)
       La muerte de Monegal también interrumpió la escritura de sus memorias, proyecto iniciado después de que en marzo de 1985 supo que tenía cáncer (apunta Manuel Ulacia en la segunda de forros de Los Magos). Monegal había planeado escribir cinco tomos: “el primero destinado a su infancia y adolescencia; el segundo, a sus años como editor en el suplemento Marcha; el tercero, a su experiencia en Inglaterra; el cuarto, a sus años en París como director de Mundo Nuevo, y por último, el quinto, dedicado a su vida como profesor en los Estados Unidos”. Pero sólo alcanzó a escribir el primero, mismo que póstumamente publicó en México la extinta Editorial Vuelta, “el 30 de agosto de 1989”, con el título Las formas de la memoria (I): Los Magos.

     
(FCE, México, 1985)
        El ágil e interactivo sistema de llamadas-enlaces que en el Ficcionario llevan y traen al lector navegando de un lado a otro de la introducción, prólogos y notas de Emir Rodríguez Monegal y de los textos de Borges (incluidas la cronología y la bibliografía), hacía pensar, en los años 90 del siglo XX, en los botones interactivos de un CD-ROM (ahora anacrónico); y ya encarrerado el gato en lo que va del siglo XXI: en las páginas web que a través de Internet llevan y traen de un sitio a otro del ciberespacio. En este sentido, el Ficcionario traza un laberinto o telaraña que es “un círculo cuyo centro no está en ninguna parte y cuya circunferencia está en todas”; y por ende evoca o remite a la cabalística y ancestral “tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia) su noveno atributo, la eternidad —es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo”. Dicho de un modo quizá más elemental y especular: el Ficcionario es “una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía” Borges, donde al instante y simultáneamente convergen “infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos”. Es decir, “Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades.”

Jorge Luis Borges, César Fernández Moreno y Emir Rodríguez Monegal
Montevideo, c. 1948
  En su introducción al Ficcionario, Emir Rodríguez Monegal, entre lo que argumenta para justificar la elección-discriminación que hizo de los textos de Borges, dice, con algo de razón paleográfica y arqueológica, que “casi no hay texto suyo (como el hueso que un antropólogo encuentra en el barro) que no pueda ser usado para reconstruir la fábrica entera de su obra”. Pero una de sus tesis principales (
derivada de la tesis “desarrollada por Gérard Genette en 1964” y que trasmina el total de las páginas), se lee cuando afirma que Borges con “el cuento ‘Pierre Menard, autor del Quijote’ funda una teoría de la literatura. Allí se demuestra que el lector de un clásico se convierte, en cierto sentido, en colaborador del mismo: su lectura altera el texto.” [...] “En vez de mero consumidor, el lector debe convertirse en colaborador. Es decir: en escritor del texto”. 
Borges es un clásico (al menos eso cree y cultiva una mínima tribu que subyace dispersa entre los oscuros y amnésicos trogloditas de la laberíntica y subterránea Ciudad de los Inmortales), y bajo tal perspectiva el simple lector, en calidad de demiurgo menor, de diosecillo bajuno o de nanohomúnculo umbelífero, colabora con él, realiza una doble lectura (o quizá triple, cuádruple o quíntuple), reescribe sus textos de cabo a rabo, es uno más de los incesantes Pierres Menards, autores de la obra de Borges, que infestan las catacumbas de la recalentada y laberíntica aldea global y que sin cesar reescriben (leyendo) —palabra por palabra, línea a línea, párrafo tras párrafo— una obra efímera, mental, cuyo evanescente palimpsesto de rapsoda impenitente acaso coincide con exactitud (sin que se trate de una copia fiel) con la obra única de Borges. 
     
(Dutton, New York, 1981)
         El Ficcionario no es una antojolía crítica que se lee de una sentada. Es un libro de consulta que se lee y relee por un insaciable hedonismo cognoscitivo y estético, y no por una ampulosa aspiración pseudoacadémica. Desde luego que tiene yerros y minucias que el tiempo ha vuelto evidentes y caducas y otras con las que se puede estar en desacuerdo. Por ejemplo, Monegal dice que “El general Quiroga va en coche al muere” y “El Golem” son “poemas que son notas a pie de página de estudios eruditos escritos por otros”. Pero si bien el primero implica un pasaje histórico que aborda Faustino Sarmiento en Facundo, civilización y barbarie (1845), y el segundo la indirecta e implícita lectura de El Golem (1915) —el primer libro que el joven Georgie descifró en alemán (aún en Europa)—, pero sobre todo de las Principales tendencias del misticismo judío (1941), de Gershom Scholem (que Borges leyó en inglés), y “el libro de Frachtenberg sobre supersticiones judías” (dice en el consabido comentario que preludia su grabada recitación de su poema “El Golem” al referirse a la póstuma obra de Abraham von Franckenberg), no son, precisamente, “poemas que son notas a pie de página de estudios eruditos escritos por otros”.

       
(Alfaguara, México, 1998)
          Siendo las cosas más o menos así (o no), el lector puede hacer sus propias modificaciones, parodias y añadidos. Por ejemplo, colocar en el supuesto final de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” la datación “1940, Salto Oriental”, pues por un descuido editorial se mutiló. O seguir al pie de la letra (o no) las observaciones críticas que Augusto Monterroso señala en “El otro aleph” —ensayo reunido en su libro La vaca (Alfaguara, México, 1998)—, donde cuestiona y hace polvo lo que Monegal asienta, en su nota 51, sobre el argumento de “El Aleph” y sus presuntos vínculos con la Divina Comedia y con el nombre de Dante Alighieri. O quizá, con humor borgesano, insertar en la cronología lo que una mano anónima redactó en Destiempo de Borges, el polifónico y monográfico número 188 de La Gaceta del FCE, correspondiente a agosto de 1986, al comentar la noticia de la muerte del escritor: “Recientes investigaciones permiten suponer que Borges murió hacia 1986 en la ciudad de Ginebra. Hay quien aventura que la fecha precisa fue el 14 de junio. La Redacción se limita a dar noticia de estas especulaciones, no se hace responsable de su veracidad, toda vez que cierto encabezado rezaba al día siguiente a ocho columnas: ‘Borges no ha muerto’.”

El Ficcionario, no obstante, y pese al tiempo y a sus yerros, es un buen libro para descubrir y empezar a conocer la vida y obra de Borges. En este sentido, quizá no falte el recién iniciado al que le suceda lo mismo (o algo parecido) a lo que Monegal narra en Los Magos cuando siendo un adolescente en la habitación de una de sus tías, en Montevideo, se tropezó con una página de El Hogar firmada por un tal Borges. Monegal dice, con la pátina y el aderezo del tiempo, que fue en 1936, a sus 15 años; pero quizá haya sido en 1937, por lo que afirma a continuación y porque el primer número donde colaboró Borges data del “16 de octubre de 1936”: 
(Vuelta, México, 1989)
        “Ese mismo año, sin embargo, estando en el cuarto de mi tía Nilza, me puse a hojear una revista femenina que ella solía comprar, El Hogar, y entre fotos de señoras de la mejor sociedad argentina que lucían sus pieles en Buenos Aires o se ventilaban en Mar del Plata, encontré una sección bibliográfica, sobriamente titulada ‘Libros y Autores Extranjeros’, y firmada por un tal Jorge Luis Borges. Una mera hojeada me reveló que aquello era lo que precisamente andaba buscando desde hacía algunos años: noticias críticas sobre literatura contemporánea. En el espacio de una página compacta, este tal Borges se las ingeniaba para resumir en treinta o cuarenta líneas la biografía de Virginia Woolf, además de dar un fragmento del Orlando en su propia versión. Reseñas de libros de mediana extensión marginaban estos textos, y hasta había lugar para unas cómicas apostillas sobre la vida literaria. Lo que primero me impactó fue la gracia del estilo, el uso impecable de la ironía y la capacidad de definir a un escritor en términos tan precisos que de desconocido se convertía en conocido. Nunca había oído hablar de Mrs. Woolf, pero a partir de esa biografía no sólo sabía qué había escrito sino cuál era la singularidad de su obra. Revolví entre los viejos números de la revista y encontré otras páginas, con reseñas sobre Wells (cuyas primeras novelas de ciencia y ficción ya había leído en portugués, en Río), sobre Oswald Spengler, otro desconocido, sobre William Bluter Yeats (ídem de ídem). Después de leer a Borges sabía perfectamente qué se proponía el filósofo alemán y cuáles eran los puntos más flacos de la brillante coraza del vate irlandés. Con avidez, empecé a coleccionar esas páginas, saqueando todas la revistas de casa y otras amigas.”

Ese mismo año, bajo tal deslumbramiento y devoción, al revolver los estantes de una antigua librería de viejo cercana a su casa familiar de Montevideo, La Bolsa de los Libros, encontró, dice, “un ejemplar aún virgen de la Historia universal de la infamia de Borges, publicado en 1935 y en edición popular por la Editorial Tor, casa que me era muy familiar por sus ediciones de los clásicos.” [...] “Decir que la lectura de la Historia universal me trastornó del todo, es decir poco. De golpe descubrí que se podía escribir en español con el ingenio, la velocidad, y la puntería de la mejor literatura francesa o inglesa. Descubrí que no estábamos condenados a la cacofonía, al pleonasmo, o a las migajas de la oratoria del siglo XIX.” 
Colección Megáfono número 3
Editorial Tor, Buenos Aires, 1935
  Resulta consecuente, entonces, que “en una librería más grande y moderna, El Palacio del Libro”, al descubrir accidentalmente “una colección completa de la revista Sur” (cuyo primer número data de enero de 1931) a Monegal le pareciera “sagrada porque tenía a Borges de colaborador. Fue una revelación. Como mis recursos eran limitados, decidí someterme a un riguroso racionamiento: cada mes, compraba el nuevo ejemplar de Sur, y uno de los atrasados. Así llegué a poseer la colección completa de la revista.” [...] “La mera existencia de Borges me probaba que había otros niveles de crítica.”

Revista Sur número 1
Buenos Aires, enero de 1931
        Vale añadir que tal deslumbramiento y fascinación evoca, y en algo o mucho coincide, con lo que Augusto Monterroso (1921-2003) bosqueja al inicio de su ensayo “Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges”, reunido en su libro Movimiento perpetuo (México Joaquín Mortiz, 1972), y que remite a una época en que en América Latina los dispersos y reducidos círculos intelectuales descubrían a Franz Kafka a través de La metamorfosis (Buenos Aires, Losada, 1938), libro de narraciones prologado por Borges (con varias traducciones suyas), y cuando aún no aparecía su libro El Aleph (Losada, Buenos Aires, 1949) y aún eran recientes sus libros de cuentos publicados en la capital argentina por la editorial de la influyente revista Sur, de la que era, desde el primer número de enero de 1931, un distinguido y notable colaborador: El jardín de senderos que se bifurcan (1941) y Ficciones (1944):

(Joaquín Mortiz, México, 1972)
     


        “Cuando descubrí a Borges, en 1945, no lo entendía y más bien me chocó. Buscando a Kafka, encontré su prólogo a La metamorfosis y por primera vez me enfrenté a su mundo de laberintos metafísicos, de infinitos, de eternidades, de trivialidades trágicas, de relaciones domésticas equiparables al mejor imaginado infierno. Un nuevo universo, deslumbrante y ferozmente atractivo. Pasar de aquel prólogo a todo lo que viniera de Borges ha constituido para mí (y para tantos otros) algo tan necesario como respirar, al mismo tiempo que tan peligroso como acercarse más de lo prudente a un abismo. Seguirlo fue descubrir y descender a nuevos círculos: Chesterton, Melville, Bloy, Swedenborg, Joyce, Faulkner, Woolf; reanudar viejas relaciones: Cervantes, Quevedo, Hernández; y finalmente volver a ese ilusorio Paraíso de lo cotidiano: el barrio, el cine, la novela policial.
Colección La Pajarita de Papel número 1
Editorial Losada, Buenos Aires, 1938

En Jorge Luis Borges. Bibliografía completa (FCE, 1997),
Nicolás Helft dice que 
“Borges figura como traductor del libro,
pero los textos de La metamorfosis, Un artista del hambre
 y Un artista del trapecio no fueron traducidos por él.
       “Por otra parte, el lenguaje. Hoy lo recibimos con cierta naturalidad, pero entonces aquel español tan ceñido, tan conciso, tan elocuente, me produjo la misma impresión que experimentaría el que, acostumbrado a pensar que alguien está muerto y enterrado, lo ve de pronto en la calle, más vivo que nunca. Por algún arte misterioso, este idioma nuestro, tan muerto y enterrado para mi generación, adquiría de súbito una fuerza y una capacidad para las cuales lo considerábamos ya del todo negado. Ahora resultaba que era otra vez capaz de expresar belleza; que alguien nuestro podía contar nuevamente e interesarnos nuevamente en una aporía de Zenón, y que también alguien nuestro podía elevar (no sé si también nuevamente) un relato policial a categoría artística. Súbditos de resignadas colonias, escépticos ante la utilidad de nuestra exprimida lengua, debemos a Borges el habernos devuelto, a través de sus viajes por el inglés y el alemán, la fe en las posibilidades del ineludible español.”



Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus textos. Edición, introducción, prólogos, notas, cronología y bibliografía de Emir Rodríguez Monegal. Colección Tierra Firme, FCE. 1ª edición. México, agosto 30 de 1985. 488 pp.


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La memoria de Shakespeare


  Ser muchos y nadie
                        
I de VI
Nacido el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, Argentina, y muerto en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986 a “consecuencia de un enfisema pulmonar y de cáncer hepático”, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo publicó en 1974 el célebre tomo Obras completas, “un grueso volumen único encuadernado y en papel biblia” impreso en Buenos Aires por Emecé (que en distintas partes del mundo y en diferentes idiomas logró sucesivas ediciones masivas en offset), con dos textos originales ex profesos: el “Prólogo” y el “Epílogo”, donde reunió 18 libros escritos entre 1923 y 1972 —revisados entre 1972 y 1974 para el tomo—, que él dedicó a doña Leonor Acevedo de Borges, su madre, quien habría de morir a los 99 años el 8 de julio de 1975, y que ella conservaba amorosamente en la cabecera de la cama donde dormía y falleció, precisamente en el legendario departamento B del sexto piso de la calle Maipú 994, “a dos pasos de la Plaza San Martín”, donde madre e hijo vivieron desde 1944, pues Jorge Guillermo Borges, el padre del escritor, había fallecido a los 64 años el 24 de febrero de 1938 “a consecuencia de una hemiplejía y tras vivir ciego sus últimos años”.


(Emecé, 14ª ed., Buenos Aires, septiembre de 1984)
   
Borges y su madre doña Leonor Acevedo de Borges al pie de uno de sus
libreros en el departamento B del sexto piso de la calle Maipú 994
     La memoria de Shakespeare
, por su parte, es uno de los diez libros de Borges reunidos en el póstumo tomo II de sus Obras completas, impreso en Buenos Aires, en 1989, por Emecé. Pero sólo nueve de los diez libros fueron publicados por el autor cuando aún vivía: El libro de arena (Emecé, Buenos Aires, 1975), La rosa profunda (Emecé, Buenos Aires, 1975), La moneda de hierro (Emecé, Buenos Aires, 1976), Historia de la noche (Emecé, Buenos Aires, 1977), Siete noches (FCE, México, 1980), La cifra (Emecé, Buenos Aires, 1981), Nueve ensayos dantescos (Espasa-Calpe, Madrid, 1982), Atlas (Sudamericana, Buenos Aires, 1984) —con fotografías de María Kodama— y Los conjurados (Alianza Editorial, Madrid, 1985).
   
(Emecé, Buenos Aires, febrero de 1989)
    En este sentido, en el póstumo tomo II de las Obras completas de Borges, con el título La memoria de Shakespeare, Emecé Editores y María Kodama, la viuda y heredera universal de sus derechos de autor, compilaron cuatro cuentos dispersos de su ex marido, precedidos por una minúscula y vaga nota que no precisa las fechas y los sitios donde fueron publicados por primera vez: “Comprende tres cuentos aparecidos en distintas publicaciones, anteriores a 1983, y un cuento titulado ‘La memoria de Shakespeare’ (1980) no incluido hasta ahora en libro.” No obstante, “La memoria de Shakespeare”, con un tiraje de 36 ejemplares e ilustraciones de Mirta Ripoll, se publicó en Buenos Aires, en 1982, en una plaquette editada por Dos Amigos con el número 1 de la Colección Valle de las Leñas. Y “La rosa de Paracelso” y “Tigres azules” fueron publicados en 1977 por Sedmay, en Barcelona, en un libro sin paginar titulado Rosa y Azul, con ilustraciones de Alfredo González; y luego en otro de 74 páginas editado por Swan en 1986, en Barcelona, con el número 11 de la Colección El Compás de Oro. Pero además, para enmendar las omisiones, la edición del libro La memoria de Shakespeare —“al cuidado de Sara Luisa del Carril”— impresa en 2004, en Buenos Aires, por Emecé, está precedida por una nota que a la letra dice:
 
(Emecé, Buenos Aires, agosto de 2004)
    “Este libro reúne los últimos cuatro cuentos de Jorge Luis Borges, ya recogidos en el volumen III de sus Obras Completas. Ofrecemos aquí ‘Agosto 25, 1983’ y ‘Tigres azules’, a partir de los textos del diario La Nación; ‘La rosa de Paracelso’, según fue publicado en Rosa y azul, 1977, y ‘La memoria de Shakespeare’ que se reproduce del diario Clarín. Los textos presentan leves variantes de los publicados en las Obras Completas.” Y por ende al final de cada cuento se incluyeron datos y fechas que no figuran en los citados tomos de Obras Completas: ni en la edición de 1989 ni en la edición de 2005. Es decir, al final de “Agosto 25, 1983” se lee: “[Buenos Aires, 1977]”, “En La Nación, Buenos Aires, 27 de marzo de 1983.” Y al final de “Tigres azules” se lee: “En La Nación, Buenos Aires, 19 de febrero de 1978, con el título ‘El milagro perdido’.” Y al final de “La rosa de Paracelso” se lee: “En Jorge Luis Borges, Rosa y azul, Madrid, Sedmay ediciones, 1977.” Y al final de “La memoria de Shakespeare” se lee: “En Clarín, Buenos Aires, 15 de mayo de 1980.” 
   Vale puntualizar, además, que tal “volumen III de sus Obras Completas” no es el susodicho tomo II de 1989, sino el tomo 3 editado por Emecé en 2005, en Buenos Aires, correspondiente a la redistribución y revisión de las Obras Completas de Borges en 4 volúmenes “al cuidado de Sara Luisa del Carril”. 
(Emecé, Buenos Aires, abril de 2005)


II de VI
El cuento “25 de Agosto, 1983” (que en el libro de 2004 y en el tomo 3 de 2005 se titula “Agosto 25, 1983”) es el primero de los cuatro cuentos que figuran en La memoria de Shakespeare, libro creado y antologado ex profeso para el póstumo volumen II de las Obras completas de Borges. Según apunta Emir Rodríguez Monegal en la página 423 de Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus texto (FCE, México, 1985) —con “Edición, introducción, prólogos y notas” del crítico uruguayo fallecido por el cáncer el 14 de noviembre de 1985—, tal cuento se publicó el 27 de marzo de 1983 en el periódico La Nación y dizque “ya había sido anticipado en italiano por Franco Maria Ricci en 1977, en un volumen homónimo de la colección La Biblioteca di Babele”. Dato curioso y equivocado, pues en la página 146 de la biografía Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, Barcelona, 1996), María Esther Vázquez, quien fue secretaria y colaboradora de Borges en Introducción a la literatura inglesa (Columba, Buenos Aires, 1965) y en Literaturas germánicas medievales (Falbo, Buenos Aires, 1965), dice que le fue dictado por el autor “en diciembre del 78”. Y según anota en la “Cronología” incluida al término de Borges, sus días y su tiempo (Punto de lectura, España, 2001), en 1975, “En Italia, el editor Franco Maria Ricci inicia una colección titulada La Biblioteca di Babele de literatura fantástica dirigida por Borges, con la colaboración de María Esther Vázquez y que reuniría veintinueve títulos. Aparecen ese año tres volúmenes elegidos y prologados por Borges: Le morti concentriche, de Jack London; Lo specchio che fugge, de Giovanni Papini, y Storie sgradevoli, de Léon Bloy.” Pero además, en Prólogos de La Biblioteca de Babel (Alianza, Madrid, 2001), compilación prologada y anotada por Antonio Fernández Ferrer, se acredita que “Veinticinco Agosto, 1983”, en italiano y en Italia, se editó en el libro Venticinque Agosto 1983 e altri racconti inediti, impreso en 1980 con el número 19 de la serie La Biblioteca di Babele, junto con “La rosa de Paracelso”, “Tigres azules”, “Utopía de un hombre que está cansado”, “Borges igual a sí mismo (entrevista de María Esther Vázquez)”, una “Cronología” y una “Aproximación a la bibliografía borgiana”. Vale observar que Antonio Fernández Ferrer, además de ser el erudito autor de Ficciones de Borges. En las galerías del laberinto (Cátedra, Madrid, 2009), hizo la compilación de Borges A/Z, número 33 de La Biblioteca de Babel —el último de la serie—, editado en Madrid, en 1988; antología que corresponde a la versión en italiano del título Jorge Luis Borges A/Z dizionario a cura di Gianni Guadalupi, número 33 de La Biblioteca di Babele editado en Italia en 1985.   
   
(Siruela, Madrid, 1983)
       Dado el precio del libro, el limitado tiraje y la difícil distribución fuera de España, pocos mexicanos del siglo XX pudieron leer el libro Veinticinco Agosto 1983 y otros cuentos, número 2 de La Biblioteca de Babel editado en 1983, en Madrid, por Ediciones Siruela, con 136 páginas. Vale recapitular, entonces, que La Biblioteca de Babel, editada por Siruela, es la “colección de lecturas fantásticas dirigida por Jorge Luis Borges”, reedición en español de los 33 títulos que la integran, 30 de ellos prologados por Borges, dados a la luz pública entre 1983 y 1988, en cuya segunda de forros se repetía: 
    “Después de algunos días pasados con Borges en Buenos Aires, el editor Franco Maria Ricchi concibió la idea de una colección de literatura fantástica única en el panorama editorial contemporáneo.
  “Cada volumen, dedicado a la obra de un escritor, sería seleccionado y prologado por el gran escritor argentino. A lo largo de sus treinta títulos, el lector seguramente se verá sorprendido por una coherente reunión de textos insólitos, donde junto a las generosas fuentes orientales hallará algunos escritores secretos de Occidente y otros muy famosos que serán redescubiertos por el saber y la sensibilidad borgianos.
  “Para esta edición se ha querido respetar el diseño gráfico original haciendo honor a la colección ideada por Ricchi, así como recopilar todas la traducciones existentes de Borges para su Biblioteca personal, que será, sin duda, una apreciada rareza bibliográfica para los años futuros.”
   Es decir, Franco María Ricci primero los editó en italiano, impresos en Parma y en Milán entre 1975 y 1985. Pero además, en español y en Buenos Aires, Ediciones Librería de La Ciudad publicó seis títulos de la serie, entre 1978 y 1979.


III de VI
En el cuento “25 de Agosto, 1983”, Borges imagina o sueña a un Borges con 61 años cumplidos un día antes (es decir, el 24 de agosto de 1960), que llega a instalarse a la pieza 19 del hotel Las Delicias, en Adrogué. Para su sorpresa, allí se espejea con otro Borges idéntico a él, pero más viejo; un doble que al unísono es otro y él mismo, que está recostado en la cama, un día después de haber cumplido 84 años, junto al frasco vacío que implica su suicidio. La índole onírica y ambigua del encuentro se enfatiza cada vez más. Entre los dos dilucidan que hablan y se ven en un sueño. El Borges de 61 años, que vio su nombre ya escrito en el registro y subió las escaleras para encontrase con el otro, insiste en que están en la habitación 19 del hotel; pero el Borges más viejo le dice que él está soñando en el piso de la calle Maipú, en Buenos Aires, en la recámara que fue de Leonor Acevedo, su madre, y que además él está muriéndose. Los dos evocan la escritura de un lejano borrador que en realidad implica y escamotea un frustrado intento de suicidio del Borges de 1935, el día de su aniversario número 36, ocurrido allí mismo en la habitación 19 del hotel Las Delicias, en Adrogué, a donde había ido con una botella de ginebra, una novela policial y un revólver, pero no tuvo el coraje y lloró. 
   
Norman Thomas di Govanni y Borges
    El diálogo sobre el futuro, el olvido y los sueños que le esperan al Borges menos viejo, recuerda la conversación que sostienen los dos Borges de “El otro”, cuento de El libro de arena (Emecé, Buenos Aires, 1975) —urdido con el amanuense auxilio de Norman Thomas di Govanni—, donde al unísono, sentados en una banca frente al río, confluyen en dos tiempos y dos lugares distintos: el Borges ciego y viejo que narra se halla en 1969, en Cambridge, frente al río Charles; y el otro, el joven Borges, que puede ver, está en 1918, en Ginebra, frente al río Ródano, “un río verde y helado que corre por el centro mismo de la ciudad y que atraviesan siete puentes totalmente distintos entre sí”. El mayor en la vigilia y el menor en un sueño. 
    Pero en el caso de “25 de Agosto, 1983” la confluencia, materia y tiempo onírico queda refrendado aún más cuando el Borges más viejo concluye el diálogo profético, su último sueño y su suicido: 
     “Dejó de hablar, comprendí que había muerto. En cierto modo yo moría con él; me incliné acongojado sobre la almohada y ya no había nadie.
   “Huí de la pieza. Afuera no estaba el patio, ni las escaleras de mármol, ni la gran casa silenciosa, ni los eucaliptus, ni las estatuas, ni la glorieta, ni las fuentes, ni el portón de la verja de la quinta en el pueblo de Adrogué.
  “Afuera me esperaban otros sueños.”


IV de VI
En “Tigres azules”, el segundo cuento de La memoria de Shakespeare, Borges esboza los recuerdos de lector, los pensamientos y sueños, y el itinerario de la aventura de Alexander Craigie, la voz narrativa, un escocés radicado en el Punjab, donde es profesor de lógica occidental y estudioso de la oriental en la Universidad de Lahore, donde además consagra los domingos a un seminario sobre Spinoza. Baste decir que las minucias de la filiación libresca y los sueños de cazador que Alexander Craigie cultiva y colecciona desde la infancia ante la figura del mítico tigre, provienen de la legendaria y libresca atracción por el tigre vivida y soñada por Borges desde la niñez, presente en su obra y en sus memorias a lo largo de su vida. Todo sugiere y revela que el viejo magnetismo por el tigre es lo que hizo al profesor Craigie instalarse en Lahore. La noticia que lee a fines de 1904 sobre una variedad de tigres azules recién descubierta en la zona del delta del Ganges, más los sueños donde ve un tigre de un azul nunca antes visto por él (“sé que era casi negro”), y la información que le da un colega sobre una aldea lejana al Ganges en la que oyó hablar de los tigres azules, son, en resumen, los incentivos que lo llevan a aventurarse a esa remota y arcaica aldea de hindúes situada al pie de un cerro más ancho que alto, de la que anota con humor borgeseano: “En alguna página de Kipling tiene que estar el villorrio de mi aventura ya que en ellas está toda la India, y de algún modo todo el orbe.” 


Tigre dibujado por el pequeño Gegorgie
    En la aldea, Alexander Craigie sigue soñando con el tigre y se obstina en la caza del tigre azul, pese a que conjetura que los hindúes se lo esconden. Ante la propuesta de ir de caza a lo alto del cerro, el más viejo le advierte que la cumbre es sagrada y repleta de obstáculos mágicos: “Quienes la hollaban con pies mortales corrían el albur de ver la divinidad y de quedarse locos o ciegos.” Sin embargo, Alexander Craigie, solitario y furtivo, sube de noche a la cumbre, que resulta ser la terraza del flanco de una montaña. En el suelo descubre una nervadura de grietas y en ellas abundantes piedrecillas con el azul de sus sueños: “todas iguales, circulares, muy lisas y de pocos centímetros de diámetro”. Las piedrecillas azules, cuya maleabilidad recuerda al mercurio, tienen la virtud de multiplicarse, dividirse, sumarse o restarse a sí mismas. Esto aterroriza a los hindúes, quienes las llaman “las piedras que engendran”, cuyo azul “sólo es permitido ver en los sueños”. Alexander Craigie trata de comprender la insondable lógica de las piedras, que según él niegan la aritmética y el cálculo de probabilidades. Y el sueño que lo persigue y agobia, con el epicentro de las piedras, es la pesadilla del laberinto (de clara prosapia y estirpe borgeana) que podría abocetar Piranesi o Escher: “Una baranda y unos escalones de hierro que bajaban en espiral y luego un sótano o un sistema de sótanos que se ahondaban en otras escaleras cortadas casi a pico, en herrerías, en cerrajerías, en calabozos y en pantanos. En el fondo, en su esperada grieta, las piedras, que eran también Behemoth o Leviathan, los animales que significaban en la Escritura que el Señor es irracional. Yo me despertaba temblando y ahí estaban las piedras en el cajón, listas a transformarse.” 
   
Borges examina tigres en el laberinto
Ilustración de Osvaldo
     Así, Alexander Craigie, que fracasa en sus experimentos por entender la conducta de las piedras azules, sólo logra deshacerse de ellas y del desasosiego que le producen cuando durante un alba insomne entra en la mezquita de Wazil Khan (quizá un antiguo palacio azul que de algún modo evoca a la antigua Mezquita Azul de Estambul), y allí, pensando que “Dios y Alá son dos nombres de un solo Ser inconcebible”, pide ser librado de ellas. Un mendigo ciego se le acerca (al parecer una súbita forma adoptada por la Divinidad) y le pide de limosna las piedras azules (que quizá impliquen la secreta e insondable escritura del Dios). 
    “Mi limosna puede ser espantosa”, le dice Alexander Craigie. Pero la respuesta del ciego da visos de que la pesadilla donde el profesor Craigie se halla y queda no es menos terrible y enigmática: “No sé cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.” 


V de VI
En “La rosa de Paracelso”, el tercer cuento del libro La memoria de Shakespeare, Borges, de las cenizas de la historia hace un palimpsesto de la leyenda (leída en el tomo XIII de Thomas de Quincey) que supone que Paracelso, el alquimista y médico suizo (1493-1541), podía incendiar una rosa y revivirla de las cenizas, misma que el joven Borges alude en “La rosa”, poema de Fervor de Buenos Aires (Edición de autor, Buenos Aires, 1923), su primer libro, financiado por su padre Jorge Guillermo Borges y con una ilustración de su hermana Norah en la portada. 
Paracelso
  Paracelso, radicado en Basilea y con la facultad de transmutar la piedra en oro, pide “a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios”, que le envíe un discípulo. Y como si lo hubiera oído, incluso antes de que rece la solicitud, repentinamente llega a su rústico y subterráneo taller un joven, Johannes Grisebach, dispuesto a ser su discípulo; pero le pide, a cambio de entregarle su vida abandonada al aprendizaje, que ejecute, ante sus ojos, el prodigio de quemar y revivir la rosa que ha llevado consigo. Paracelso se niega y en el diálogo lo encuentra indigno de ser su discípulo. Y cuando el joven se ha ido, con una sola palabra dicha en voz baja hace renacer la rosa de un puñado de ceniza. 
La rosa de Paracelso



VI de VI
Borges y María Esther Vázquez
“La memoria de Shakespeare”,  el cuarto texto del libro, es el último cuento que escribió Borges en su vida. Esto lo afirman los biógrafos, entre ellos María Esther Vázquez, quien entre las páginas 306 y 308 de su citada biografía Borges. Esplendor y derrota, señala que fue publicado el “15 de mayo de 1980” en el diario Clarín, de Buenos Aires, y que el nombre de Hermann Soergel, el protagonista que narra el cuento, es el nombre de un crítico de Gustav Meyrinck. Cosa posible, pues El Golem (1915), novela de Gustav Meyrinck (1868-1932), es el primer libro que el joven Borges (aún en Europa) descifró en alemán, después de habérselo enseñado a sí mismo con el auxilio de un diccionario alemán-inglés y Lyriches Intermezzo (1823), de los primeros poemas de Heinrich Heine (1797-1856).  
    Pese a que en la segunda conversación de Borges el memorioso (FCE, México, 2ª ed. corregida, 1983), Borges les dice, a Antonio Carrizo y a Roy Bartholomew, que recién ha concluido el cuento “La memoria de Shakespeare” y que lo empezó en Michigan al soñar la frase “Te vendo la memoria de Shakespeare”, en realidad parece surgir de un cuento que según Hermann Soergel narra el mayor Barclay durante esa noche de los años 20 que los reúne en la taberna después de asistir al congreso shakesperiano: “En el Punjab me indicaron un pordiosero. Una tradición del Islam atribuye al rey Salomón una sortija que le permitía entender la lengua de los pájaros. Era fama que el pordiosero tenía en su poder la sortija. Su valor era tan inapreciable que no pudo nunca venderla y murió en uno de los patios de la mezquita de Wazil Kahn, en Lahore.”
   Y esto es así porque la memoria de Shakespeare es un don que se obtiene, posee y regala como un objeto mágico e invisible. Es decir, el que da la memoria la entrega sólo con decir: “Te doy la memoria de Shakespeare”. El que la acepta, la recibe; y el que la otorga, la pierde para siempre. Así, después de que el mayor Barclay se ha marchado, Daniel Thorpe, que exhuma una mórbida melancolía, le ofrece a Soergel “la sortija del rey”: “Le ofrezco la memoria de Shakespeare desde los días más pueriles y antiguos hasta los del principio de abril de 1616.” 
   Hermann Soergel, el flemático académico que supone que Shakespeare es su destino, acepta la memoria, que empieza a poseer en la medida en que Daniel Thorpe comienza a olvidarla, más aún con los estímulos de la lectura y relectura de la obra. “Shakespeare sería mío, como nadie lo fue de nadie, ni en el amor, ni en la amistad, ni siquiera en el odio. De algún modo yo sería Shakespeare. No escribiría las tragedias ni los intrincados sonetos, pero recordaría el instante en que me fueron reveladas las brujas, que también son las parcas, y aquel otro en que me fueron dadas las vastas líneas...”
   Pero al cabo de un mes, cuando “la memoria del muerto lo anima”, Hermann Soergel comprende la futilidad del bagaje, pues sólo le revela los entretelones humanos de Shakespeare, en contraposición al hecho trascendental de que “lo que importa es la obra que ejecutó con ese material deleznable”. Así, también discierne lo vano de escribir una novela biográfica, quizá tan inútil como la que escribió Daniel Thorpe. Pero además tal memoria (un vaciadero de basura semejante a la indeleble y descomunal memoria cinematográfica del memorioso Funes) se convierte en una carga terrible, pesadillesca, laberíntica y opresiva que invade y anula zonas de su propia memoria y personalidad. 
  En este sentido, Hermann Soergel se afirma a sí mismo con unas palabras que parafrasean y evocan un fragmento de “Borges y yo”: “Todas las cosas quieren perseverar en su ser, ha escrito Spinoza. La piedra quiere ser una piedra, el tigre un tigre, yo quería volver a ser Hermann Soergel.” 
 Y auxiliado con el oscuro azar que implica el directorio telefónico y el teléfono, ofrece la memoria de Shakespeare a “una voz culta” que la acepta. Y más adelante, dice, acude a la música de Bach para conjurar los rescoldos. Pero de vez en cuando, de un modo fugaz, onírico o no, descubre que no se apagan por completo.
Borges escucha la culta voz de María Kodama

Jorge Luis Borges, La memoria de Shakespeare, en Obras completas, tomo II, p. 375-392, Emecé Editores. Buenos Aires, 1989.


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martes, 16 de julio de 2019

Los primeros hombres en la Luna

Náufrago en aquel inmenso mar de agitada entomología

De 1901 data la primera edición en inglés de Los primeros hombres en la Luna (The first men in the Moon), celebérrima y fantástica novela de aventuras y ciencia ficción del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946) —varias veces recordada por Jorge Luis Borges—, donde hay una mínima y elíptica alusión a las no menos célebres novelas del escritor francés Julio Verne (1828-1905): De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune, 1865) y Viaje alrededor de la Luna (Autour de la Lune, 1870). Lo cual evoca el influjo que esos libros ejercieron en la lúdica imaginación del cineasta Georges Méliès (1861-1938) para crear su ultracelebérrima y caricaturesca película Viaje a la Luna (Le voyage dans la lune, 1902). Baste recordar en el filme, sobre lo que concierne a Verne, la nave que transporta a los estrafalarios y locuaces astrónomos: una especie de rudimentaria, enorme y hueca bala metálica (construida por operarios que golpean y laboran sobre un yunque y sobre el metal de la estructura) que es disparada por un descomunal cañón tras encender la mecha con un largo mechero; y en lo que corresponde a Wells: las cavernas de la Luna, la exuberante vegetación lunar en la que descuellan los enormes hongos, y las características físicas de la tribu de selenitas (en particular sus manazas semejantes a pinzas y sus ojos parecidos a los ojos de las aves) y sus rupestres lanzas, quienes incluso llevan prisioneros a los terrícolas, con las manos atadas por detrás, frente a su monarca: una especie de Gran Lunar apoltronado en su trono, rodeado por la guardia real (armada con lanzas) y por edecanes (quizá concubinas) de apariencia terrestre. 
Fotograma de Le voyage dans la lune (1902)
        Traducida al español por Jaime Elías y publicada en Barcelona, en 1971, por Plaza & Janés en la extinta colección de libros de bolsillo: Rotativa, Los primeros hombres en la Luna —la novela de H.G. Wells que incidió (con el conjunto de su obra) en que la Unión Astronómica Internacional le otorgara su nombre a un cráter de la Luna—, se divide en veintiséis capítulos con títulos y números romanos (impresos con liliputiense tipografía y salpimentados con algunas erratas, sin duda implantes de algún chocarrero duende lunar con rostro de hormiga alienígena). La novela es un supuesto relato testimonial escrito y contado por un tal Bedford; y en el decurso narrativo se distinguen dos momentos. En el primero, el tal Bedford, que es británico, se halla en Italia, en Amalfi, donde rememora y relata cómo recién llegado a Lympne —pueblo del condado de Kent, en Inglaterra— conoció a un tal Cavor (un peculiar científico e inventor), y cómo con él realizó un inesperado y sorprendente viaje a la Luna (poco después de que el 14 de junio de 1899 quedara descubierta la fórmula exacta para elaborar la cavorita) y cómo regresó solo a la Tierra, cayendo la esfera (el vehículo en que se transportaron a la Luna) en las aguas del Canal de la Mancha, cuya marea la lleva flotando a la playa de Littlestone, en el condado de Kent, donde, con el aspecto de un desaseado y hediondo salvaje en harapos, se hospeda en el balneario; y, para que un acreedor no lo localice y así no pagarle nada, con el apellido Blake  —neurótico, imperativo y gritón— contrata el depósito, en el Banco de New Romney, de las pesadas barras de oro y las cadenas del mismo metal que trajo de la Luna. Luego, tras perder la esfera que ideara y construyera Cavor (un chiquillo travieso la activó y se fue en ella), se traslada a Amalfi, donde escribe el relato (homónimo de la novela de H.G. Wells), el cual publica por entregas en el Strand Magazine. De Amalfi se va a Argel. Y después de seis meses de estar allí, Julius Wendigee, un lejano y borroso ingeniero electricista holandés que al parecer leyó la historia escrita por Bedford, se pone en contacto con él porque “estaba recibiendo, día tras día, un mensaje fragmentario en inglés, que sin duda procedía de Cavor, desde la Luna”.

(Plaza & Janés, Barcelona, 1971)
       Esto es así porque Julius Wendigee posee un pequeño observatorio en San Gotardo, en Suiza, “en la falda del Monte Rosa”, donde “estaba haciendo experimentos con ciertos aparatos semejantes a los que Tesla utiliza en Norteamérica en sus intentos de descubrir algún método de comunicación con Marte”. Según reporta Bedford: “Mr. Wendigee recibió el primer mensaje cuando se hallaba ocupado en una investigación completamente distinta. El lector recordará, sin duda, el estado de excitación en que se sumió el mundo a principios de siglo, cuando Nikola Tesla, el célebre electricista americano [de origen serbio], anunció que había recibido un mensaje de Marte. Esta declaración atrajo de nuevo la atención pública a un hecho que, desde tiempo atrás, había sido familiar a los hombres de ciencia, es decir, al descubrimiento de que desde algún punto desconocido del espacio llegan continuamente a la Tierra ondas electromagnéticas, totalmente semejantes a las utilizadas por Marconi para su telegrafía sin hilos. Además de Tesla, otros muchos investigadores han estado perfeccionando aparatos para recibir y registrar vibraciones, aunque muy pocos se atreven a afirmar que son mensajes procedentes de algún lugar extraterrestre. Pero entre esos pocos debemos contar a Mr. Wendigee, que desde el año 1898 se había consagrado casi enteramente a este asunto, y que, por ser hombre de abundantes medios pecuniarios, ha erigido un observatorio en la falda del Monte Rosa, en una situación perfectamente adecuada para tales observaciones.”

Nikola Tesla
(1856-1943)
Según apunta Bedford, apenas han transcurrido dos años desde que Cavor se quedó en la Luna (con los secretos para elaborar la cavorita y la esfera). Y él y Julius Wendigee, antes de una última interrupción y silencio final de Cavor (se disponía a transmitir la fórmula de la cavorita), sólo recibieron “dieciocho largas descripciones lunares” (marconigramas en código Morse, se infiere, dado que utilizó “la clave usual en telegrafía”), que son fragmentarias e interrumpidas, de las que ambos, “el próximo mes de enero”, publicarán “una edición completa y con anotaciones”, “junto con una detallada descripción de los instrumentos empleados”, que será un “informe completo y científico”, del cual Bedford, para los atónitos, boquiabiertos, estrábicos y sedientos lectores, hace “un resumen”. En este sentido, el segundo gran momento de la novela lo conforman las fragmentarias, pero minuciosas descripciones y observaciones que en primera persona hace Cavor sobre el maravilloso e increíble orbe multitudinario descubierto en el laberíntico y cavernoso interior de la Luna; reportes apostrofados con los comentarios, abreviaciones, síntesis, discrepancias e ironías de Bedford.

Guillermo Marconi
(1875-1956)
  Pese a que Bedford declara sobre su relato: “he adulterado muy poco la verdad y no he suprimido nada”, desde el inicio de la historia no tiene escrúpulos ni rubor en aludir y exhibir su naturaleza pícara y oportunista, incluso inmoral (quizá porque Wells quiso esbozar un estereotipo de esas características), propia de alguien que busca el monopolio de la riqueza y del poder en un santiamén (haiga sido como haiga sido). “Mágico metal que da a su poseedor el dominio sobre los demás hombres”, dice exultante del oro descubierto en la Luna (donde abunda), del que se hubiera traído todo lo posible y luego regresado por más y más; y quizá desencadenado entre la caterva de insaciables y codiciosos terrícolas una belicosa fiebre del oro lunar, y tal vez una quimérica traslación del mito del Dorado. 

     
Cartel alemán de La mujer en la Luna (1929
       Por otra parte, valga la digresión, la existencia de ese oro lunar imaginado por H.G. Wells quizá influyó en el leitmotiv del argumento de La mujer en la Luna (Frau im Mond, 1929), largometraje silente, del expresionismo alemán, con cierta comicidad, intriga y melodrama amoroso, dirigido por Fritz Lang (1890-1976), con guion de él y Thea von Harbou (1888-1954), donde un anciano y empobrecido astrónomo dio, hace 30 años, el jueves 17 de agosto de 1896, una conferencia ante el Congreso Astronómico Internacional en la que expuso su Hipótesis sobre el contenido aurífero en las montañas de la Luna, la cual suscitó burlas y risotadas. Para el caso, hay que destacar que el cohete para el viaje a la Luna se logra construir no sin la intromisión y coacción delincuencial de un consorcio mafioso que pretende el monopolio del mercado del oro lunar, por ende entromete en el proyecto a un agente suyo hábil para los disfraces (viaja con facha de militar nazi y pelo parecido al de Hitler), quien hace el aventurado viaje con el grupo de cosmonautas: el anciano astrónomo (que lleva en una jaula a su adorada ratoncita), el ingeniero que diseñó la nave espacial, el ingeniero amigo de éste (jefe de los Astilleros Aéreos Helius) y su bella prometida (que es astrónoma), y un chiquillo polizón con fantasías de astronauta. 

     
Fotograma de La mujer en la Luna (1929)
         Para el caso, vale destacar que entre las historietas que lleva el niño hay una donde se lucha contra vacas lunares. Que en las profundidades de la Luna 
“el astrónomo W.H. Pickering, director del Observatorio Astronómico de Mandeville, en Jamaica, cree haber observado enjambres de insectos”. Y que Helius, el apellido del constructor de la nave espacial (y propietario de los Astilleros Aéreos Helius), tiene una notable y reveladora asonancia con la palabra “helio”, que es el elemento clave para la elaboración de la cavorita, que, según la lega y postrera información que reporta Bedford, se lo enviaron al científico desde Londres en tarros de porcelana herméticamente cerrados”. Según comenta Bedford: Ha habido dudas sobre este punto, pero yo estoy casi seguro de que era helio lo que le enviaban desde Londres en tarros de porcelana. Se trataba, ciertamente, de algo gaseoso y tenue. Si yo hubiera pensado en tomar apuntes...
Bedford, sin conocimientos científicos ni formación científica, llegó a Lympne huyendo de sus malos negocios y de un acreedor y rentó, por tres años, “un hotelito” (en realidad una casa) donde se dispone a escribir un libreto teatral que le dé dinero. En ese neurótico quebradero de cabeza se halla cuando a través de la ventana observa la singular figura de Cavor, que le resulta molesta e irritante (“¡Maldito sea!”, piensa, “¡Cualquiera diría que está ensayado para convertirse en marioneta!”) y a quien se le acerca para ahuyentarlo de ahí (como si fuera una fastidiosa y golosa mosca) y después para incluirlo como “personaje cómico-sentimental” de su obra. Según Bedford, “Era un individuo de baja estatura, grueso de cuerpo y flaco de piernas, que se movía con ademanes espasmódicos. A su extraordinaria imaginación le había parecido conveniente adoptar como indumentaria una gorra de cricket, chaqueta, pantalón corto y calcetines de ciclista [atavío del día a día con que luego viaja a explorar la Luna; no obstante, en un reporte dice que los calcetines eran ‘de jugar golf’]. Era una fortuita concurrencia de prendas, cuya causa nunca me fue conocida. Gesticulaba con brazos y manos, sacudía la cabeza de un lado a otro y zumbaba. Zumbaba como si fuera un instrumento eléctrico. Nunca he oído un zumbido semejante. Y de vez en cuando se aclaraba la garganta haciendo todo el ruido posible.”
(George Newnes & Co., London, 1901)
        El caso es que de visita en la casona del científico (quien quiere comprarle el “hotelito” al recién llegado para que lo deje a sus anchas en sus cotidianos paseos y meditaciones por el rumbo), el aspirante a dramaturgo descubre que Cavor, pese a “su aspecto de loco”, tiene su vivienda convertida en taller y laboratorio (casi de alquimista y ciencias ocultas), donde trabaja con el auxilio manual de tres ayudantes adiestrados y dirigidos por él; y que su objetivo inmediato es fabricar una “sustancia opaca a la gravitación valiéndose de una complicada aleación de metales y de algo nuevo”. Oyendo al científico (quien parlotea hasta la saciedad para pensar y oírse a sí mismo y por carecer de alguien que comprenda sus conocimientos y pesquisas), Bedford entrevé las múltiples posibilidades para aplicar y capitalizar la sustancia que luego llaman cavorita. Según dice, “Después de mi primera visita a aquella casa, no recuerdo haber dedicado a mi drama una hora completa de trabajo. Parecía que no existían límites para los alcances de tal sustancia; cualquiera que fuese el objeto al que imaginara aplicarla, me hacía pensar en milagros y revoluciones. Por ejemplo, si uno deseaba alzar un peso, por enorme que fuese, con sólo poner debajo de él una lámina de aquella sustancia, podría levantarlo como una paja. Mi primer impulso natural fue aplicar este principio a cañones y acorazados y a todos los materiales y métodos de guerra; de aquí pasé a la navegación mercante, a la locomoción, a la construcción y a todas las formas concebibles de la industria humana. La casualidad que me había conducido a la misma cuna de los nuevos tiempos —porque el descubrimiento marcaría una época— era una de esas casualidades que se presentan una vez cada mil años. El asunto se desarrollaba, se extendía, se concretaba. Entre otras cosas vi en ello mi retorno a los negocios. Vi ya creada una compañía principal y compañías secundarias, patentes a la derecha, patentes a la izquierda, sindicatos, privilegios y concesiones que brotaban y se esparcían hasta que una vasta y magnífica compañía Cavorita manejaba y gobernaba al mundo. ¡Y yo estaba mezclado en ello!” 

H.G. Wells (c. 19005)
        Bedford —ambicioso y megalómano y frotándose las manos— empieza a hablarle al científico dando por hecho que él ya es parte angular e imprescindible del proyecto. Abandona la escritura de su drama y se propone ayudarlo en la fabricación y capitalización del negocio, pues según dice, Cavor “pensaba como un niño”; sólo pensaba que “Si llegaba a fabricar la materia, pasaría a la posteridad con el nombre de Cavorina o Cavorita”; que se le otorgaría un título de “Miembro de la Real Sociedad de Ciencias” y que “su retrato aparecería en La Nature”. Según supone Bedford, “su invento hubiera sido desdeñado o sólo apreciado a medias, como otros descubrimientos de no pequeña importancia que los hombres de ciencia han regalado al universo”. (Para el caso, el modelo de ese lugar común podría ser el Nikola Tesla de la vida real.) De modo que, apunta, “Me puse en pie de un salto y comencé a recorrer la habitación de un lado para otro gesticulando como si [el científico] tuviera veinte años. Intenté hacerle comprender sus deberes y responsabilidades. Le aseguré que podríamos adquirir suficientes riquezas para poner en práctica cualquier clase de revolución social, que podríamos ser poderosos y dar órdenes en el mundo entero. Le hablé de compañías, patentes y garantías para mantener el secreto de nuestras fórmulas. Todo esto le resultaba tan incomprensible como sus matemáticas lo habían sido para mí. En su rubicunda cara se retrató la perplejidad. Balbuceó algo sobre su indiferencia hacia las riquezas, pero refuté sus palabras. Tenía que hacerse rico, y de nada servirían sus titubeos.”

Casi como si se tratase de una receta mágica y se hubiera cocinado a fuego lento en el oculto caldero del brujo (con gorro de cucurucho y larga túnica estampada con estrellas, cometas y mediaslunas), la fórmula exacta de la cavorita queda descubierta al producirse, por accidente, una especie de gran explosión que hace despegar por los aires buena parte de la casona del científico (e incendia el resto), cuyo estruendo y onda expansiva provoca destrozos de árboles, fauna y casas del entorno (seguramente habitadas); incluso Cavor, que caminaba rumbo a la casa de Bedford, sale volando y dando piruetas por el espacio, y antes de caer con maromas e indemne en un bosquecillo sigue pensando “en resolver ciertos interesantes problemas relativos a una máquina de volar”. Esto implica y transluce un lado oscuro y antiético en el ideario del científico, pues para proseguir con sus indagaciones y planes sin pagar un solo clavo ni asumir la mínima responsabilidad por nada, Cavor escurre el bulto ante los daños causados (“por valor de miles de libras”, amén de las tácitas vidas) y le propone a Bedford, callar el meollo y atribuir los destrozos y las pérdidas a un supuesto ciclón. A esta indiferencia y frialdad se añade el menosprecio que hace de sus operarios (dizque “tres mártires de la ciencia”): “Mis tres ayudantes pueden o no haber perecido. De suyo, no tiene importancia. Si han muerto, la pérdida no es muy grande porque eran más trabajadores que inteligentes, y este prematuro acontecimiento es debido, seguramente, a su descuido del horno. Si no han parecido, dudo que tengan la inteligencia suficiente para explicar el asunto. También ellos aceptarán la historia del ciclón.”
Cavor, entonces, se instala en la casa de Bedford, donde reconstruyen el laboratorio y prosigue con su inventiva labor de Ciro Peraloca (la fabricación de la cavorita y la construcción de la esfera para viajar a la Luna) y a él se le añaden los tres operarios, quienes no murieron ni se perdieron más allá de la atmósfera terrestre (ídem la celebérrima y legendaria perra Laika) por haber ido a la taberna a discutir sus responsabilidades en los menesteres del horno.
La perra Laika en una estampilla rumana de 1959
La leyenda dice: Laika, primera viajera al Cosmos
          Desde su óptica, Bedford narra los incidentes y los pormenores del despegue de la esfera, del viaje a la Luna y del alunizaje en el fondo de un cráter: “Nos hallábamos en un enorme anfiteatro, una extensa planicie circular que constituía el fondo del gigantesco cráter. Sus muros rocosos nos rodeaban por todas partes.” (De ahí las mil y una razones por las que un cráter de impacto situado en la cara oculta de la Luna haya sido bautizado con el nombre de H.G. Wells —justo al sureste de éste se localiza un cráter de impacto de menor tamaño denominado Tesla, por Nikola Tesla—; bautizo que, curiosamente, contrasta con la idea de Bedford: “Algún día mandaré poner una inscripción en este lugar”.) 

     
Cráter lunar H.G. Wells
     
Cráteres lunares H.G. Wells y Tesla
         Al salir de la esfera, luego de que su respiración se adecúa al oxígeno y a la atmósfera de la Luna, entre lo que descubren descuella el hecho de que al dar un paso, con un solo impulso avanzan “siete u ocho metros” o “cosa de unos diez” (lo cual evoca las célebres “botas de siete leguas” que calzan Pulgarcito y Maese Gato), por ende vuelan con cada tranco y por instantes se quedan suspendidos en el aire y pueden observar lo que hay en derredor. A esto se añade la inestabilidad de la vegetación: crece con rapidez y sin cesar; fenómeno que sólo ocurre durante el caluroso día lunar y desaparece, con la totalidad de la flora, durante la helada y larga noche lunar. Intríngulis que incide en que pierdan la esfera y se esmeren por encontrarla. Y lo más sorprendente: observan una manada de carneros lunares y a un pastor selenita. Según dice Bedford del primer ejemplar de ese tipo de res: “El diámetro de su cuerpo sería de unos veinticuatro metros, y su longitud de unos sesenta. Sus flancos se elevaban y caían bajo el impulso de su fatigosa respiración. Observé que su gigantesco cuerpo se hallaba pegado al suelo y que su piel era de un color blanco que se hacía más oscuro en el lomo. No pudimos verle las patas.” “Por contraste con los carneros”, dice, “el selenita parecía un ser insignificante, una simple hormiga de un metro y medio de altura”. Y según él: “Nuestra primera impresión fue que aquélla era una criatura compacta y erizada, con muchas de las características de un complicado insecto: tentáculos en forma de látigos y un brazo que surgía de su reluciente y cilíndrico cuerpo. La forma de la cabeza quedaba oculta por un enorme yelmo provisto de innumerables puntas (más tarde descubrimos que utilizaban aquellas puntas para dominar a las reses indómitas). Un par de gafas de cristal oscuro, daban una apariencia de pájaro al artefacto metálico que le cubría la cabeza. Sus brazos no se proyectaban más allá del cuerpo, y andaba sobre unas piernas muy cortas, que aunque cubiertas con gruesas telas, a nuestros ojos terrestres nos parecieron extraordinariamente delgadas. Los muslos eran muy cortos, las tibias larguísimas y los pies pequeños.”

En la búsqueda de la esfera, llegan a una “zona circular que no era otra cosa que una gigantesca tapa que en aquel momento se deslizaba encima de la enorme abertura que cubría, y se introducía en una ranura preparada para ello.” Se trata, efectivamente, de un profundo pozo que conduce a un ámbito subterráneo donde se sucede y se oye una incesante actividad que apenas logran entrever y que a Cavor le hace pensar en “¡Fábricas...! Deben vivir en esas cavernas durante la noche y salir durante el día.” Lo que de inmediato recuerda la trágica división que, en La máquina del tiempo (1895), el viajero halla en el futuro del planeta Tierra (en el otrora ámbito londinense): dos razas y dos orbes contrapuestos: el Mundo Superior (donde son mantenidos y criados, como en granjas de lechones Pata Negra, los infantiles, angelicales, bellos, desmemoriados, fóbicos y tontorrones Eloi) y el Mundo Subterráneo, donde se pertrechan y agrupan los feos, malditos, sádicos, nocturnos, supersticiosos y carnívoros Morlocks, que algo saben de mecánica y procedimientos fabriles y por ende en sus oscuros linderos zumba maquinaria. Pero el caso es que en la Luna, si bien hay una serie de profundos pozos artificiales que conducen a un orbe subterráneo, cavernoso y laberíntico —carozo de la mazorca que intuye y deduce Cavor, y luego, sobre todo, descubre y reporta él en solitario— no hay en ella una sangrienta y feroz guerra de dos mundos antagónicos (pese a las armas que poseen), ni la guerra de un mundo que acosa y expolia a otro mundo más débil y vulnerable (tal y como hacen los Morlocks con los Eloi), sino algo distinto: un complejo y único orden social monárquico y entomológico (con visos absolutistas y totalitarios) evolucionado, multiplicado, macerado, cultivado y meticulosamente diseñado (con la incubación, el invernadero y el laboratorio) a través de la infinita e insondable noche de los tiempos, y una intrínseca y utilitaria idiosincrasia que rechaza la guerra y por ende la belicosidad del género humano les resulta peligrosa y adversa para su organismo. 
 
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         En la infructuosa búsqueda de la esfera el hambre los agobia y, pese a ciertos reparos de Cavor, ambos ingieren una variedad de hongos anaranjados o amarillos que les causa una especie de embriaguez. En su tóxico delirio, Bedford no deja de fantasear con el leitmotiv de su ambición y megalomanía (y nunca lo hace ni lo hará): “Tenemos que anexionarnos esta Luna” “y dejarnos de tonterías. Esto es una parte de los dominios del hombre blanco. Cavor... nosotros somos... ¡hip...! unos sátra... unos sátrapas. Un imperio como el que Cesar nunca soñó. Lo pu... lo publicarán todos los periódicos. Cavorecia. Bebfordecia, Bebfordecia... ¡hip...! Sociedad limita. ¡Quiero decir...ilimitada...!” Pero ese hilarante y turbio episodio culmina cuando seis selenitas los descubren y encierran en una oscura y subterránea celda donde recuperan el sentido tras la inconsciencia de la borrachera. Les han quitado los zapatos; tienen las “chaquetas desabrochadas” y están encadenados “de pies y manos, extenuados y sucios, con una barba de tres centímetros y la cara ensangrentada y llena de arañazos”. Allí, de pronto, con una previa luz azul que ilumina la mazmorra, ven que un selenita ha ido a observarlos por unos momentos. Según dice Bedford, “Permanecimos en silencio, de espaldas a aquella extraña luz azul, mirando a un monstruo que parecía un engendro de Durero.” Ese espeluznante selenita es el primero que ven de cerca. En su breve estancia en la Luna, Bedford, con el científico, verá otros ejemplares de selenitas; pero sólo Cavor observará, en el asombroso y laberíntico interior de la Luna, toda una gama de múltiples formas y tamaños de selenitas (incluso minúsculos), cuya morfología y taxonomía de cada espécimen y serie de prototipos (ya originados través del proceso evolutivo y de adaptación biológica, o de una manera eugenésica, inducida y cultivada desde la incubación y el infantil criadero, o en el paréntesis del impasse y latencia del invernáculo, e incluso intervenida y diseñada con cirugía y en el laboratorio) corresponde a su función y trabajo en el complejo ecosistema y organigrama sociológico, industrial y arquitectónico de ese orbe orgánico, subterráneo y laberíntico que le hace pensar en la complejidad de una colmena y de un hormiguero, donde el epicentro de la vida, del pensamiento, de la filosofía y del poder es el monarca.
 
Selenitas (1902)
Dibujo de 
Georges Méliès 
        Según Bedford, ese primer selenita tenía el “cuerpo flaco y enjuto” y “la cabeza hundida entre los hombros. No llevaba puesto el casco ni las vestiduras que usaban en el exterior.” [...] “Saltaba como un pájaro, y al hacerlo sus pies caían uno delante del otro.” [...] “Aquello no parecía una cara, sino una máscara, un horror, una deformidad que de un momento a otro sería borrada o transformada en algo más normal. No tenía nariz, pero sí dos grandes ojos saltones situados uno a cada lado de la cabeza. Al ver su contorno recortado contra la luz, había imaginado que aquello serían las orejas. No tenía orejas... He intentado dibujar una de aquellas cabezas, pero no me ha sido posible conseguirlo. Tenía la boca curvada hacia abajo, como una boca humana en una cara que nos mirara con ferocidad.” [...] “El cuello sobre el que la cabeza descansaba tenía articulaciones semejantes a las que poseen los cangrejos en las patas. No pudimos ver las articulaciones de los demás miembros porque los llevaba envueltos en una especie de vendas que constituían su única vestimenta.” “¡Y aquello nos miraba fijamente!”
     En ese oscuro calabozo, Cavor infiere que los selenitas “son criaturas razonables”. Y puesto que allí “El aire es más denso”, supone que deben “estar a una profundidad de casi una milla de la superficie de la Luna.” Pero lo más sorprendente y relevante es que Cavor colige que “La Luna debe ser enormemente cavernosa y debe tener una atmósfera interior y un mar en el centro de la caverna”. (No se equivoca, vale adelantarlo; pero el lector sólo descubre lo extraño y las maravillosas minucias de ese mundo subterráneo al leer la transcripción y el resumen de sus postreros e interrumpidos reportes.) Y añade: “Sabíamos que la Luna tenía una gravitación específica menor que la de la Tierra, sabíamos que en su superficie exterior había poco aire y poca agua; sabíamos también que era un planeta semejante a la Tierra y que era inadmisible la idea de que su composición fuera diferente a la de nuestro planeta. La deducción de que está hueca hubiera debido resultarnos tan clara como la luz; no obstante, nunca se nos ocurrió pensar en ello. Kepler, naturalmente...” [...] “Kepler tenía razón con sus ‘subvolvani’” (sic).
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         En la oscuridad de esa celda, Bedford y el científico discuten con rispidez, pero son interrumpidos por varios selenitas que les llevan de comer en unos recipientes metálicos. Ambos devoran la “materia blanquecina” que tal vez haya sido una especie soma o magma de carnero y hongos. Pero lo curioso es que los brazos que les sirven el alimento y les aflojan las cadenas para que coman, no terminan “en manos, sino en una especie de pinza carnosa, parecida al extremo de la trompa de un elefante”. Saciada esa imprescindible necesidad biológica, les vuelven a encadenar las manos, les aflojan la cadena de los tobillos y les sueltan la cadena que rodea su cintura. Y uno de los selenitas, el “más bajo y mucho más grueso que los demás”, para comunicarse con ellos, no hace uso de alguna línea o figura geométrica, como Cavor había pensado hacer recurriendo a las “proposiciones de Euclides”, sino de la más llana y elemental mímica. De modo que forman un cortejo (con visos policíacos o militares) para conducirlos, presos, a algún sitio. Según dice Bedford, “Vimos que cuatro de los selenitas que se hallaban inmóviles junto a la puerta, eran más altos que los demás y estaban vestidos del mismo modo que los que habíamos visto en el cráter, es decir, con yelmos redondos y puntiagudos, y con forros o cajas cilíndricas alrededor del tronco. Vimos también que cada uno de ellos llevaba una especie de lanza cuya punta era del mismo metal que las cazuelas. Los cuatro se nos acercaron, colocándose a ambos lados de nosotros mientras salíamos de la cámara en la que nos encontrábamos para entrar a la caverna de donde procedía la luz.”
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
       En ese trayecto, maniatados con cadenas y con grilletes en los tobillos y sin zapatos, observan una “vasta maquinaria en movimiento” que los impresiona, donde laboran maquinales selenitas que parecen enanos compenetrados en el mecanismo. Por lo que apunta Bedford, el lector infiere que con esa clase de ciclópea maquinaria (cuya función él no comprende) se produce la sustancia fosforescente y azul que corre por conductos e ilumina todos los vericuetos, pozos, túneles y cavernas del interior de la Luna; una sustancia que puede untarse en los pantalones del terrícola y delatar su presencia o hacer luminosos a los selenitas. Por lo que con posteridad observa y reporta Cavor en solitario —además de las “plantas fungoideas” (sic) que emiten luz brillante, “algunas muy parecidas a nuestros hongos terrestres, pero tanto o más altas que un hombre”—, en las inmediaciones del agitado y subterráneo “Mar Lunar” —que es “una región de fosforescencia” iluminada por arroyos y cascadas de agua azul que “corrían cada vez con más abundancia hacía el mar central”—, esas aguas azules “sin duda contenían algún organismo fosforescente”. Por ende puede deducirse que esa especie de organismos fosforescentes (microscópicos al parecer) son utilizados por los selenitas en la gigantesca maquinaria que observan por primera vez los patidifusos terrícolas. Según dice Bedford, “Por entre todas aquellas piezas [de la maquinaria] se movían diminutas figuras que nos parecieron algo distintas de los seres que nos rodeaban. Cada vez que los tres brazos de la máquina se hundían, se oía un gran estruendo, y por encima del cilindro vertical se desbordaba una sustancia incandescente que iluminaba el local y corría como corre la leche que hierve en una vasija. Aquella materia se derramaba después sobre un depósito luminoso situado debajo. Era una luz fría y azul, una especie de fulgor fosforescente pero infinitamente más intensa que la fosforescencia terrestre, y desde los depósitos en que caía corría por conductos a través de la caverna.” [...] “Tuf, tuf, tuf, hacían los grandes vasos del complicado aparato mientras la sustancia luminosa silbaba y se desbordaba. Al principio me pareció que la maquinaria tenía un tamaño razonable, pero al ver lo pequeños que parecían los selenitas que trabajaban en ella, comprendí la inmensidad de la caverna y del aparato.”
     Pese al interés intelectual que el científico expresa con ademanes  frente a la maquinaria y hablando a la Tarzán (trata de demostrar que son seres inteligentes y no animales), los selenitas hacen caso omiso, y a empellones y pinchazos de los lanceros los conducen hasta el límite de lo que parece un delgadísimo puente o “cuerda floja” sobre un abismo que deben cruzar a pata pelada, pese al vértigo que les suscita. (Posteriormente el científico deduce que los conducían al interior de un globo.) Mientras Cavor trata de conservar la cabeza fría, puesto que infiere que sus anfitriones son razonables y por ende de recíproco interés científico, Bedford, que logra liberar sus manos mientras avanzan, reacciona con voces agresivas ante los empujones y pinchazos; de modo que ante un segundo pinchazo, en lugar de obedecer y cruzar el puente, según dice, “Dirigí un potente puñetazo al rostro del selenita de la lanza. Al hacerlo tenía la cadena enrollada en la mano.” Entonces, para sorpresa suya y para la sorpresa de los boquiabiertos lectores, descubren la vulnerabilidad física de los selenitas y su nula habilidad para el combate cuerpo a cuerpo: “Mi puño pareció atravesarle. Su cara se aplastó como un merengue duro por fuera y líquido por dentro. Era como si hubiera golpeado a un enorme sapo. Su cuerpo salió disparado unos doce metros por el aire y cayó produciendo un ruido sordo. Quedé estupefacto, sin poder creer que un ser viviente ofreciera tan poca resistencia. Por un instante me pareció que todo aquello era un sueño.” 
   
Le voyage dans la lune (1902)
Georges Méliès 
         Tal asesinato suscita expectación en el corro y es el inicio de un episodio de violencia y acción: un lancero ataca a Bedford; éste lo confronta y termina aplastándolo con un pie, mientras los otros dos lanceros salen huyendo. Bedford libera de las cadenas a Cavor e inician el escape hacia la superficie de la Luna. En ese subterráneo trayecto, no exento de sorpresas y peligros, para el regocijo y la onírica ambición de Bedford, advierten que las cadenas que llevan son de oro. Cavor, por su parte, prosigue con sus casi certeras deducciones de raciocinador empedernido; según colige: “Su mundo central, su mundo civilizado, debe estar más abajo, en la profundas cavernas que rodean su océano. La región de la corteza, en la que nos encontramos, no es más que un distrito remoto, una zona rural. Estoy convencido de ello. Los selenitas que hemos visto, equivalen, en cierto modo, a los cowboys o a los obreros que trabajan en fábricas aisladas de los núcleos urbanos. El uso de estas lanzas (que probablemente utilizan para dirigir a las reses), la falta de imaginación que demuestran al creer que nosotros podemos hacer lo que ellos hacen [cruzar el delgado puente sin sentir vértigo, por ejemplo], su indiscutible brutalidad, todo parece indicar algo por ese estilo. Pero si soportáramos...”
       El caso es que trepan a un declive desde donde observan una caverna, iluminada por “tres arroyos de fluido azul”, en la que una clase de parlanchines selenitas “estaban descuartizando reses lunares, del mismo modo que la tripulación de un barco ballenero descuartiza las ballenas. Cortaban la carne a tiras, y en algunos de los cuerpos más lejanos aparecían ya desnudas las blancas costillas. El sonido que habíamos oído desde abajo, era producido por sus hachas. Un poco más lejos, una especie de vagoneta cargada de trozos de carne corría hacia arriba por el inclinado suelo de la caverna. Aquella enorme acumulación de cuerpos destinados a convertirse en alimento, nos dio la idea de la vasta población lunar.” Y más aún: Bedford ve que el mobiliario del matadero, el vehículo y las herramientas de esos matarifes son de oro.
   
Selenitas (1902)
Dibujo de 
Georges Méliès 
        Observando esa labor, unos lanceros les dan alcance por la grieta que subieron para llegar al declive y a través de una rejilla empiezan a atacarlos. Esto es el principio de otro episodio de violencia y acción (narrado con agilidad y visualidad por H.G. Wells) que culmina con una masacre de selenitas y la dispersión de una multitud. Con torpeza y poco tino, los pastores los acosan y atacan con sus lanzas y los carniceros con pequeños machetes. En la pelea, Bedford, que es herido sin grandes complicaciones (una jabalina le da en el hombro, la lleva clavada por unos instantes y luego se la arranca), se arma con dos palancas de oro (de “unos dos metros de longitud”) que los carniceros utilizan “para dar vuelta a las reses muertas” (que son las pesadas barras de oro con que luego regresa a la Tierra, ligeras para él en la Luna). Pero además de la especie de ballesta que lanzaba “una especie de jabalina”, los selenitas los agreden con “una de sus rápidas ballestas-ametralladoras” que disparaba “tres o cuatro flechas”. No obstante, ambos salieron indemnes de la escaramuza. Según dice Bedford:
    “Durante cosa de un minuto, aquello fue una verdadera matanza. Yo estaba demasiado furioso para tener compasión, y los selenitas demasiado asustados para defenderse. En realidad, ni siquiera llegaron a atacarme. Ebrio de ira, irrumpí entre aquellos insectos de cuero segando y golpeando a diestro y siniestro. A un lado y a otro saltaban pequeñas gotas pegajosas. Mis pies caían sobre cosas que se aplastaban, se hundían y me hacían resbalar. Los selenitas no tenían plan de defensa. Cierto que me lanzaron algunas flechas y que una me alcanzó en el brazo y otra en la oreja, pero eso no lo descubrí hasta más tarde, cuando la sangre tuvo tiempo de brotar y enfriarse.
    “No sé lo que hizo Cavor. Por mi parte, llegó un momento en que tuve la impresión de que el combate había durado un siglo, y de que se prolongaría para siempre; después, de pronto, todo terminó y no vi más que los cogotes de los selenitas, que subían y bajaban alejándose en todas direcciones... No había sido herido de gravedad. Avancé unos pasos, grité, y luego me volví. Estaba atónito.
    “Mis saltos me habían llevado al mismo centro del grupo, y todos habían echado a correr de aquí para allá intentando esconderse.
     “Sentí un enorme asombro y no poco orgullo ante el resultado del gran combate en que me había enzarzado. No pensé que lo que había descubierto era la inesperada debilidad de los selenitas, sino mi gran fortaleza. Me eché a reír estúpidamente. ¡Aquella Luna era fantástica!
    “Contemplé durante un momento los aplastados cuerpos de los selenitas que se retorcían desparramados por la caverna, y luego me precipité detrás de Cavor.”
    El caso es que logran escabullirse a la superficie de la Luna; y lo hacen cruzando pasadizos, cavernas y túneles, y subiendo y trepando por la espiral de un profundo pozo que, infiere Cavor, es el mismo que descubrieron al correrse la enorme tapa circular (orificio por donde salen y entran los selenitas y las reses lunares) y que además se prolonga hacia abajo hasta el abismal mar central, según infiere entre lo que oyen y entrevén tras el tamiz del resplandor azul. Afuera del hoyo es de día, pero se ven las estrellas y el sol y hace mucho calor; y descubren que buena parte de las selváticas “plantas habían perdido su tierno verdor, y que, ennegrecidas, secas y duras, se perdían de vista formando una espesa maraña sobre las rocas”. Según calcula Bedford, llevan en la Luna “Dos días de la Tierra, quizá” (y sólo han comido una vez, enfatiza); pero según calcula Cavor (cuyo cerebro bulle en reflexiones y deducciones no sólo al observar la posición de las estrellas) llevan allí casi diez días lunares: “El sol ha pasado su cenit y se inclina ya hacia poniente. Dentro de cuatro días o menos, empezará la noche lunar.” Dice y por ende contemplan “el avanzado otoño de la tarde lunar”. 
     En ese episodio Cavor decide la estrategia para localizar la esfera, necesaria para su perentorio regreso a la Tierra. Dando saltos, cada uno busca por distinto lado del cráter, luego de atar un pañuelo a un arbusto (el punto de partida y reencuentro). La búsqueda concluye cuando Bedford halla la esfera. Entonces empieza a localizar al científico; pero en lugar de encontrarlo ve tirada “la gorra de cricket que Cavor usaba” y “un pedazo de papel arrugado” con manchas de sangre, donde éste le dejó un mensaje, escrito de prisa con lápiz, en el que le dice que se hirió la rodilla (luego reporta que se fracturó la rótula) y por ende no puede correr ni arrastrarse, que lo persiguió y atrapó “una clase de selenitas completamente distinta”, y que no le han disparado ni hecho daño. Pero ante el repentino y vertiginoso hecho de que el cielo se nubla y se oscurece, baja la temperatura y empieza a nevar, Bedford da por perdido a Cavor; y, dando saltos que le parece “cada uno duraba siete siglos”, logra, con tropiezos y caídas, dirigirse hacia la esfera, introducirse en ella, atornillar la tapa y activarla, pese que ignora “el manejo de los registros” y a que “ni siquiera los había tocado en el viaje de ida”.
   
Borges y el aleph
       En el previo diálogo que el científico y Bedford sostienen antes de buscar la esfera para irse a la Tierra, descuellan dos pasajes. En uno —con una mezcla de conjetura y presagio (como si viera a través de un aleph borgeseano o la superficie y las minucias del interior del globo lunar comprimido en una mágica bola de cristal), donde también se reitera su prejuiciosa supremacía al menospreciar y minusvalorar a los trabajadores manuales— Cavor se lamenta y reflexiona sobre el subterráneo orbe que, supone (y casi no se equivoca), existe en el interior de la Luna: “[...] pero ya nunca tendremos ocasión de llevar a cabo lo que ha estado en nuestras manos hacer. Bajo nuestros pies hay un mundo. ¡Imagine lo que debe de ser ese mundo! ¡Recuerde aquella máquina, la inmensa tapa, el arroyo azul! Y esas cosas estaban situadas a gran distancia del centro; las criaturas que hemos visto y contra las que hemos luchado, no eran más que ignorantes campesinos, habitantes de las capas exteriores, patanes y labradores semejantes a animales. ¡Pero más abajo...! Cavernas bajo cavernas, túneles, construcciones, caminos... Este mundo debe abrirse y ensancharse haciéndose cada vez más grande y populoso cuanto mayor es su profundidad. No me cabe duda: debe descender hasta llegar al mar central que se agita en el mismo corazón de la Luna. ¡Figúrese sus negras aguas bajo el resplandor de las luces! ¡Eso, por supuesto, en el caso de que necesiten luces! ¡Las cascadas tributarias que se precipitan hacia el centro para alimentar ese mar! ¡Las mareas de su superficie, sus oleajes y temporales! Es posible que tengan barcos para navegar sobre él; acaso allá dentro haya grandes ciudades, regidas por un orden y una sabiduría superiores a los del hombre. ¡Y pensar que podemos morir aquí arriba, sin llegar a ver nunca a los dueños de todo esto! Podemos helarnos y morir aquí; el aire se congelará y entonces... Entonces nos encontrarán, encontrarán nuestros cuerpos inmóviles y silenciosos, encontrarán nuestra esfera perdida, y comprenderán al fin, demasiado tarde, todo el esfuerzo que con nuestra muerte se habrá desperdiciado en un desenlace estéril.”
    En el otro pasaje, con su conjetural perspectiva de oráculo, Cavor sopesa la desmedida ambición del género humano y su inextricable, intrínseca y consubstancial belicosidad, que supone trasladaría a la Luna y en consecuencia haría añicos la vida y el universo subterráneo de ese planeta (¡habría una guerra de los mundos!); lo cual Bedford (arquetipo de la índole predadora, racista y expoliadora del hombre y del corsario inglés con o sin patente de corso) reitera al termino de unos de sus comentarios entreverados entre los reportes de Cavor: “una extraña raza contra la que, inevitablemente, tendremos que luchar... Allí el oro es tan común como aquí el hierro o la madera...”. Intríngulis que —oyendo en el palacio real las explicaciones y relatos de Cavor sobre “las historia de las guerras terrestres”, sobre las poderosas armas y sobre el hecho de que para la “raza anglosajona” la guerra es “el acto más glorioso de la vida”— “el Gran Lunar, que es el dueño y Señor de la Luna”, también colige y lo horroriza, y por ende las misivas telegráficas del terrícola fueron vigiladas, interferidas y bloqueadas sin que él pudiera advertirlo ni impedirlo. Le dice Cavor a Bedford antes de separarse en busca de la esfera: “Yo fui quien encontró la manera de venir aquí, pero encontrar un camino no es siempre dominarlo. Si vuelvo a la Tierra con el secreto, ¿qué sucederá? No creo que pueda guardarlo durante un año, ni siquiera durante medio año. Más pronto o más tarde saldrá a la luz, y entonces... Gobiernos y Estados lucharán unos contra otros por venir aquí, lucharán entre sí y contra los habitantes de la Luna; mi secreto sólo servirá para aumentar los odios y multiplicar los motivos de guerra. Si revelo mi secreto, dentro de poco, dentro de muy poco este planeta quedará cubierto de cadáveres hasta lo más profundo de sus galerías. Hay muchas cosas que admiten dudas, pero ésta es indiscutible. Y, sin embargo, la Luna servirá de muy poco a los hombres. Porque, en resumen, ¿qué han hecho de su propio planeta? Convertirlo en campo de batalla, en el escenario de sus insensateces y locuras. Pequeño como es su mundo y corto como es el plazo de sus vidas, los hombres tienen demasiado que hacer en la Tierra para ocuparse de cosas nuevas. ¡No! La ciencia ha trabajado demasiado creando armas para ponerlas en manos del hombre. Ya es tiempo que suspenda esa labor. Que los hombres descubran el secreto por sí mismos... dentro de mil años. [...] Hemos empleado la violencia contra los habitantes de la Luna, les hemos demostrado de lo que somos capaces, y las perspectivas que ahora tenemos ante nosotros son las mismas que tendría un tigre que se hubiera escapado y hubiera matado a un hombre en Hyde Park. La noticia de nuestra actuación debe ir corriendo de galería en galería, hacia las regiones centrales... Después de haber visto nuestro comportamiento ningún selenita que esté en sus cabales nos permitirá que llevemos de nuevo la esfera a la Tierra.”
     

      Para trasladarlo de la superficie hacia abajo, los selenitas llevan a Cavor a bordo de un globo, que es un vehículo común entre ellos para bajar por los “pozos verticales” e ir y venir por los vericuetos de caracol, túneles transversales y cavernas de la Luna. (Algunos selenitas, además, para descender por los pozos usan paraguas como si fueran paracaídas.) Por órdenes del Gran Lunar, el soberano absoluto y el cerebro más grande y poderoso de la Luna, instalaron a Cavor en una celda, donde le asignaron dos mentores que de él aprendieron el inglés (pero no le enseñaron el habla selenita) y donde poco a poco ganó cierta libertad; misma que le sirvió para, con la anuncia de los selenitas, manipular sus “juguetes eléctricos” y el aparato con que hizo los envíos telegráficos (o marconigramas) a los terrícolas. Según supone Bedford, “En algún lugar de la Luna, Cavor debió tener acceso durante mucho tiempo a una gran cantidad de aparatos eléctricos, y es de creer que logró construir (quizá furtivamente) un artefacto emisor del tipo de los de Marconi.” No obstante, Bedford y Julius Wendigee, si bien captaron sus mensajes a través del “aparato detector de trastornos electromagnéticos” de éste, nunca lograron comunicarse directamente con él: nunca conversaron. Quizá por la preventiva y secreta interferencia utilizada por la invisible inteligencia selenita, que si bien permitió que Cavor enviara mensajes a la Tierra, acabó bloqueándolo e impidiendo que transmitiera la fórmula de la cavorita. Vale puntualizar, entonces, que el científico nunca supo quién recibía sus mensajes y cuál fue el destino de Bedford y de la esfera.
     
Cráter lunar Jules Verne
        Con sus parámetros y analogías terrestres, la descripción de las características de la fauna selenita que hacen Bedford y sobre todo Cavor (“aquí, una criatura mitad insecto y mitad vertebrado, por la menor gravitación de la Luna, logra alcanzar dimensiones humanas y ultrahumanas”, dice) sin duda se ubica en el inagotable abrevadero de la antigua tradición fantástica (incluso mítica) de todos los lugares y tiempos. 

  
Éduard Riou:
Voyage au centre de la Terre (1864)
      Y en el caso particular de las subterráneas cavernas y del mar en el centro de la Luna, al parecer hay un influjo del Viaje al centro de la tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864), la celebérrima y popular novela de Julio Verne (punto de partida de varios filmes), pues en ésta, mucho antes de arribar al laberíntico y peligrosísimo límite de la subterránea y azarosa expedición, los tres exploradores —que hace 47 días descendieron por el cráter del Sneffels, un volcán en Islandia (y luego por una chimenea cuyo fondo se bifurca en dos linderos, etcétera)— descubren, iluminados por una subterránea y continua “aurora boreal” de extraño “origen eléctrico”, titánicas cavernas de granito, nubes, cascadas de agua dulce, copiosa vegetación (entre ella un bosque de colosales hongos), grandes huesos y enormes osamentas de animales “de la segunda época del mundo” (del mastodonte, del dinoterio, del megaterio), y un mar con marea, furiosas tempestades con rayos y truenos, y fauna marina (no sólo monstruosa, antediluviana y gigantesca, como el plesiosauro y el ictiosauro) entre la que se puede pescar arcaicos y extintos peces ciegos, y navegar en una magnífica almadía armada con “madera fósil” por el nativo guía (que incluso prepara un “delicioso moka”), y descubrir, en medio de ese océano, un solitario “islote volcánico” con forma de “inmenso cetáceo” en reposo, del que constantemente brota un sonoro y enorme géiser cuya agua tiene “un calor de 163°”. Y luego, tras cruzar ese mar en el que estuvieron a punto de irse a pique, el científico y su sobrino hallan una “vasta llanura de osamentas” de “animales prehistóricos”, incluidos fósiles intactos de hombres de la “época cuaternaria”; y más adelante un bosque sin sombras cuya gigantesca y pálida vegetación parece de la “época terciaria”; y luego ven, estupefactos, “un rebaño de mastodontes vivos”, custodiados por un rupestre y gigantesco “pastor antediluviano” que 
“Blandía con la mano un tronco enorme” a manera de cayado. Intacta y natural cápsula del tiempo de la que huyen despavoridos como si hubieran visto al Coco o al todopoderoso Diablo rojo con su amenazante tridente y con una pata de macho cabrío y la otra de gallo salvaje, y esa visión no fuera indicio de una tribu y quizá de una civilización primitiva, y como si no los animara la sapiente curiosidad ni el espíritu científico y expedicionario. De ahí que el joven Axel —la voz narrativa y oriundo de Hamburgo, quien al ver por primera vez esas colosales cavernas evoca “la gruta de Guachara, en Colombia,” y “la inmensa caverna de Mammouth [sic], en Kentucky”)— apunte atónito como si viera, con desmesurados ojos de plato y los pelos de punta, el paisaje de un planeta nunca antes visto por un infinitesimal terrícola: “Contemplaba silencioso tan grandes maravillas, faltándome palabras para transmitir mis sensaciones. Creía hallarme en algún planeta lejano, en Urano o en Neptuno, contemplando fenómenos de los que mi naturaleza terrenal no tenía conciencia. Nuevas sensaciones requerían nuevas palabras, que mi imaginación no me prestaba. Contemplaba, pensaba, admiraba con asombro algo mezclado de espanto.” 
     
Julio Verne
(1828-1905)
        Según se lee en la transcripción de Bedford:  
    “Este Mar Lunar —sigue Cavor— no es un océano estancado; una marea solar le empuja en perpetuo flujo hacia el eje lunar, y en sus aguas se desarrollan extrañas tormentas, hervores y agitaciones. A veces hay vientos fríos y truenos que ascienden por las populosas vías de esta especie de hormiguero. El agua de este mar sólo irradia luz cuando está en movimiento; en sus raros períodos de calma, es completamente negra. Por regla general, sus olas se alzan y se arremolinan formando en la aceitosa superficie grandes y espesas capas de espuma. Los selenitas navegan por sus cavernosos estrechos y lagunas en pequeños botes parecidos a las canoas terrestres; aún antes de mi viaje a las galerías que rodean al Gran Lunar, que es el Señor de la Luna, se me permitió hacer una breve excursión por estas aguas.
“Las cavernas y los pasadizos son muy tortuosos. Gran parte de esas vías sólo son conocidas por los más expertos pescadores y ocurre con frecuencia que los selenitas se pierdan en sus laberintos. Según me han dicho, en las regiones más remotas hay extraños animales, algunos de ellos terribles y peligrosos, a los que toda la ciencia de la Luna ha sido incapaz de exterminar. El más notable es el Rapha, inexplicable masa de tentáculos que al romperse en pedazos se multiplica; también está el Tzee, un animal velocísimo que nadie ha podido ver, tan sutil y repentinamente mata...” Bestezuelas lunares (amén de la estirpe de selenitas soñados por H.G. Wells) que tal vez deberían figurar en alguna nota o en algún pie de página de un célebre bestiario; por ejemplo, el Manual de zoología fantástica (1957) y El libro de los seres imaginarios (1967), etcétera.
[...]
Itiocentauro
(Tinta y acuarela sobre papel, 1983)
Obra de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica (FCE, 1984)
      “Esta excursión [sigue Cavor] me recordó lo que he leído acerca de las cuevas de Mammoth [se hallan en el centro de Kentucky, Estados Unidos]; si hubiera tenido luz amarilla en lugar de la eterna luz azul y un remero de apariencia terrenal en lugar de un selenita con cara de insecto, sentado en un extremo de la canoa, podría haberme imaginado que había vuelto a la Tierra de improviso. Las rocas que nos rodeaban eran muy variadas: a veces negras, a veces de un azul veteado, y en cierta ocasión brillaron y refulgieron como si hubiéramos entrado en una mina de zafiros. Por las oscuras aguas vi pasar y desvanecerse en las fosforescentes profundidades un gran número de peces también luminosos y fantasmagóricos. Luego, de pronto, tropezábamos con la corriente de uno de los canales de tráfico, con un desembarcadero o con uno de aquellos enormes pozos verticales.

“En un vasto espacio lleno de estalactitas, un grupo de selenitas se ocupaba en sus labores de pesca. Nos acercamos a una de las barcas y pude contemplar a aquellas criaturas de largos brazos en el momento en que sacaban una red. Eran seres pequeños y jorobados, de brazos muy fuertes, piernas cortas envueltas en tela, y caras arrugadas. Mientras tiraban de la red, ésta me pareció la cosa más sólida de la Luna; estaba terriblemente cargada, y tardaron mucho tiempo en extraerla porque en aquellas aguas los peces más grandes y exquisitos se hallan en el fondo. Los que la red había aprisionado salieron como sale a veces la Luna en el cielo terrestre, teñidos de un azul refulgente.
La Peluda de la Ferte-Bernard
(Tinta sobre papel, 1983)
Obra de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica (FCE, 1984)
  “Entre lo que habían pescado se hallaba un animal de muchos tentáculos y de ojillos malignos, que se agitaba ferozmente y cuya aparición fue recibida con gritos y murmullos. En el acto le hicieron pedazos valiéndose de unas pequeñas hachas que manejaban con movimientos rápidos y nerviosos. Una vez descuartizado el monstruo, sus miembros continuaron retorciéndose y azotando el aire de un modo amenazador. Más tarde, cuando caí presa de la fiebre, soñé una y otra vez con ese agresivo y furioso animal que surgió de las profundidades de aquel mar desconocido. Ése ha sido el más maligno y repelente de cuantos seres vivientes he conocido en este mundo interior de la Luna... 

   “La superficie de este mar debe hallarse a unas doscientas millas bajo la superficie de la Luna; he sabido que todas las ciudades de la Luna se levantan inmediatamente encima del mar central, en espaciosas cavernas y galerías artificiales como las que he descrito, y que se comunican con el exterior por enormes pozos verticales que desembocan invariablemente en lo que los astrónomos de la Tierra llaman ‘cráteres’ de la Luna. En el transcurso de las exploraciones que precedieron a mi captura, vi la plataforma que cerraba una de tales aberturas.” 
    El científico no reporta nada de las capas intermedias de la Luna, es decir, de los túneles, serpentinos pasadizos y cavernas que se hallan entre el mar central y la superficie lunar. Zonas que no conoce (con excepción de la celda en la que estuvo preso con Bedford y del matadero que ambos observaron); de ahí que sobre ellas el propio Cavor podría repetir: “Hasta ahora, mi conocimiento de estas cosas es el mismo que un zulú podría tener en Londres de las reservas de cereales en el Imperio Británico.” No obstante, para el científico la Luna “es una especie de esponja rocosa”: “Esta porosidad —dice Cavor— es en parte natural, pero se debe casi toda a la enorme industria de los selenitas en tiempos pasados. Los grandes montes circulares formados por rocas y tierra, constituyen en torno de los túneles los ‘volcanes’, como les llaman los astrónomos terrestres, engañados por su falsa analogía.”
    Vale observar, además, que en la pintoresca y utilitaria estratificación de la diversidad biológica y de la múltiple tipología selenita que reporta Cavor, desde la abundante y variada “clase obrera”, hasta los más complejos y complicados cerebros, cada espécimen  “Ama su trabajo y cumple, completamente feliz, las obligaciones que justifican su existencia” planificada, diseñada y ordenada en ese orbe único. 
   
Aldous Huxley
(1894-1963)
          Se trata, entonces y en cierto modo, de una especie de embrionaria anticipación orgánica, biológica, química, eugenésica, política, ideológica y social de la pesadillesca distopía terrestre, futurista y totalitaria de Un mundo feliz (Brave New World, 1932), la celebérrima novela de Aldous Huxley (1894-1963). 
Entre la variedad de tipos de selenitas destacan los “intelectuales”, “especie de aristocracia”, cuyas peculiaridades resultan lúdicas e hilarantes caricaturas de consabidos estereotipos de terrícolas; por ejemplo, el dibujante, el matemático y los eruditos, egocéntricos y abstraídos en su especialidad cultivada y premeditada desde su nacimiento, adaptación y desarrollo (lo cual comprende el gineceo, el parvulario, el laboratorio, la cirugía y los narcóticos). A los distinguidos y apapachados “intelectuales” pertenecen Phi-oo y Tsi-puff, los dos “fantásticos hombres-insectos”, “de grandes cabezas”, designados por el propio Gran Lunar “para vigilarle, estudiarle y establecer con él la comunicación verbal que fuera posible”, auxiliados por un dibujante y por un experto con “una enorme cabeza en forma de balón de fútbol” (que descifra “complicadas analogías”). Phi-oo pertenece a la clase de “los administradores” (“selenitas de considerable iniciativa y versatilidad”) y Tsi-puff a la clase de “los eruditos” (“depositarios de todos los conocimientos”), quien se convirtió en “el primer profesor lunar de lenguas terrestres”. No obstante, cuando Cavor por fin comparece y dialoga con el Gran Lunar, es Phi-oo quien hace el papel de traductor y Tsi-puff de instantáneo diccionario parlante. En este sentido, sobre “los eruditos” descuella una relevante singularidad que reporta Cavor: “es curioso observar que el ilimitado desarrollo del cerebro ha hecho innecesaria la invención de las ayudas mecánicas para el trabajo cerebral, que han sido siempre imprescindibles para el hombre. No existen libros, archivos, bibliotecas ni instituciones culturales. Todo conocimiento está almacenado en cerebros distendidos, del mismo modo que las hormigas melíferas de Texas almacenan la miel en sus abdómenes. El Archivo Histórico de la Luna y su Biblioteca Nacional, son colecciones de cerebros vivientes...”
   Así, cuando Cavor por fin es conducido ante al trono (en medio de un impresionante, masivo y alharaquiento cortejo y desfile) para acceder a la esperada “entrevista trascendental” con el Gran Lunar —“cuya caja craneana debía tener muchos metros de diámetro” y por ende una serie de criados en semicírculo le sostienen la cabeza y otros le riegan el “gran cerebro con un líquido refrescante”—, además de las ineludibles presencias de Phi-oo y Tsi-puff, los acompañan “un escogido grupo de sabias cabezas, una especie de enciclopedia viviente” que el Gran Lunar (con su cuerpo diminuto y “encogido y miembros de insecto, peludos y blancos”) puede consultar en un tris. Y que quizá en el actual (pero ya vetusto y arcaico) período del siglo XXI, esa poderosa “enciclopédica galaxia de sabios” hubiera sido sustituida por una minúscula terminal de la computadora más potente de la Luna y quizá del Sistema Solar.
   
Fotograma de Le voyage dans la lune (1902)
           Vale añadir, por último, que el curioso inventor y científico en medio del “inmenso hormiguero” —que es la masiva y abigarrada multitud de espeluznantes selenitas que asisten a la regia ceremonia— llega a sentirse horrorizado y fóbico como un “náufrago en aquel inmenso mar de agitada entomología”. No obstante, en calidad de “huésped de honor”, fue trasladado en un navío por los canales del mar central (con toda una comitiva cargada de objetos y lacayos) y luego sentado en una litera hacia la serie de excavaciones y cavernas que conforman el “palacio del Gran Lunar”. Pero lamentablemente para él es que en medio del fasto y de la regia y sonora pompa va a prosternase y a comparecer ante Su Graciosa Majestad con la risible pinta de un pestilente pordiosero desarrapado recién salido de la alcantarilla. Según reporta: “Debo confesar que todo aquello me hizo considerarme miserable e indigno. No estaba afeitado ni peinado (no tenía navaja de afeitar) y una enmarañada barba me cubría la boca. En la Tierra siempre me sentí inclinado a desdeñar toda exhibición de pulcritud que no fuese absolutamente necesaria, pero en aquellas excepcionales circunstancias, en virtud de las cuales era el representante de mi planeta y de la especie humana, hubiera dado cualquier cosa por llevar algo más presentable y artístico que los harapos que me cubrían. Había estado tan seguro de que la Luna no era habitable, que no había tomado ninguna precaución en este sentido. Iba vestido con una chaqueta de franela, calzón corto, calcetines de jugar al golf, manchados con toda la suciedad que puede encontrarse en la Luna; zapatillas (por cierto que había perdido el tacón de la izquierda) [deben ser zapatillas lunares, pues los zapatos terrestres se quedaron en la celda donde estuvo encerrado con Bedford], y una manta con un agujero en medio, por el que sacaba la cabeza. (Naturalmente, sigo vistiendo las mismas ropas.) Las barbas, que me habían crecido libremente, podían serlo todo menos una mejora en mi rostro, ya de por sí nada bello; en un flanco del calzón llevaba un gran roto que se veía perfectamente cada vez que me movía, y el calcetín de la pierna derecha persistía en caérseme, a pesar de mis esfuerzos por impedirlo. Me hago completo cargo del mal lugar en que mi aspecto dejó a la Humanidad, y si de algún modo hubiera podido hacerme más presentable, lo hubiera hecho. Pero eso no estaba en mi mano. Me las arreglé lo mejor que pude con la manta, envolviéndome en ella como si fuera una toga, y me mantuve tan erguido como me lo permitió el balanceo de la litera.”




Herbert George Wells, Los primeros hombres en la Luna. Traducción del inglés al español de Jaime Elías. Colección Rotativa, Plaza & Janés. Barcelona, 1971. 190 pp. 

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Enlace a Le voyage dans la lune (1902), filme silente de Georges Méliès