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domingo, 1 de marzo de 2020

Terra Alta

El día que no jodo a nadie, no soy feliz

I de VI
En “noviembre de 2019”, en la serie Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta publicó, en España y en México, Terra Alta, novela policíaca del escritor español Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962), ganadora del “Premio Planeta 2019, concedido por el siguiente jurado: Alberto Blecua, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer, Carmen Posadas, Rosa Regàs y Belén López Celada.”
Editorial Planeta Mexicana
Primera edición impresa en México
Noviembre de 2019
       Los sucesos de la novela Terra Alta se desglosan en dos partes, cada una de cinco capítulos. Y en el decurso narrativo se distinguen dos vertientes paralelas. Una es el esbozo biográfico e íntimo de Melchor Marín, el protagonista de la obra, un joven detective o policía de investigación destinado en la comisaría de “Nou Barris, un distrito de emigración situado al norte de Barcelona”, donde dizque lo persigue “una fama antitética de matón intelectual”. Pero la escandalosa fama mediática que podría convertirlo en un volátil blanco (detonada por el oportunismo gubernamental y político, inextricable al lucrativo y propagandístico negocio de los manipuladores mass media), lo sorprende de un modo imprevisto, cuando “a mediados de agosto de 2017”, “Poco después de la una de la madrugada”, se halla manejando “a veinte kilómetros de Tarragona”, donde recibe otra llamada de la comisaría que le ordena desviarse “hacia Cambrils”, pues “Parece que puede haber otro atentado terrorista”. Y, en efecto, lo hay. (En la vida real esto ocurrió horas después de los atentados en Barcelona del 17 agosto de 2017, precisamente la madrugada del 18 de agosto.) Y Melchor, que va con las pilas cargadas de adrenalina y frustración ante la imposibilidad de hallar y castigar a los criminales que violaron, torturaron y mataron a su madre, en una escena de acción peliculesca o de popular serie televisiva donde impera la ley del revólver del viejo, lejano y salvaje Oeste, balea a cuatro yihadistas con su atronadora y humeante arma de cargo (su poderosa “Walter P99 de 9 milímetros”), “mientras una frase de Los miserables no paraba de martillearle el cerebro: ‘Era un hombre que hace el bien a tiros’”. Según reporta la voz narrativa, “El balance de los ataques fue devastador: dieciséis muertos y un centenar de heridos en Barcelona; un muerto y seis heridos en Cambrils. En total, seis terroristas abatidos, cuatro de ellos por Melchor. (El resto de los terroristas de la célula que organizó los hechos, hasta llegar a doce, también resultaron muertos o apresados.) Para Melchor, en cambio, el balance fue distinto. A pesar de que desde el primer momento se intentó preservar el secreto de su identidad, a fin de evitar posibles represalias islamistas, de un día para otro se convirtió en el héroe oficial del cuerpo: le llovían felicitaciones de sus compañeros, de sus mandos policiales y de sus mandos políticos, que en seguida buscaron la forma de explotar su hazaña. Lo bautizaron como ‘el héroe de Cambrils’, y no tardaron en circular rumores sobre él: se dijo que era una mujer, se dijo que había sido legionario y que por eso era un experto en el manejo de las armas y había reaccionado como lo había hecho, se dio por supuesto que estaba adscrito a la comisaría de Cambrils.” Incluso “el gobierno catalán” filtró “a la prensa algunos datos personales y una imagen de Melchor, de espaldas y casi de perfil, recibiendo el aplauso de sus compañeros, de sus mandos y hasta del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont”.

Carles Puigdemont en la marcha contra el terrorismo en Barcelona
Sábado 26 de agosto de 2017
        Y es precisamente por el peligro que implica esa leyenda y fama mediática que Melchor acaba refugiándose en la comarca de la Terra Alta, precisamente en la pequeña comisaría de Gandesa, pueblo, donde se suele recordar y rumiar la cruenta Batalla del Ebro (julio 25-noviembre 16 de 1938) y donde promedia el consenso social y policíaco de que allí “nunca pasa nada”; y donde, en principio, sólo sus jefes: el subinspector Barrera y el sargento Blai, oficialmente saben que es “el héroe de Cambrils”.

En este sentido, la otra vertiente narrativa transcurre cuatro años después de 2017, con epicentro en Gandesa, donde Melchor, que aún no cumple 30 años de edad, tiene una pequeña hija llamada Cosette, producto de su matrimonio con Olga Ribera, nativa de la Terra Alta, lectora insaciable y bibliotecaria de la biblioteca pública (se casaron por el embarazo cuando ella tenía 40 años y él 25). Y es precisamente esa vertiente narrativa la que inicia esta novela de Javier Cercas de un modo recurrente y consabido en el género negro: la descripción de la cruenta escena de un crimen, la cual inaugura la intriga, el suspense, las pesadillas y el insomnio del lector tras formularse la implícita e ineludible pregunta: ¿quién mató a fulanito de tal? Pues un domingo de junio, poco después del amanecer, Melchor, al que le tocó guardia nocturna, recibe una llamada telefónica que le informa que “hay dos muertos en la masía de los Adell”. O sea en el hábitat de los acaudalados propietarios de Gráficas Adell, cuya masía se localiza fuera del perímetro de Gandesa, “Junto a la carretera de Vilalba dels Arcs”. 
Javier Cercas
       Así que Melchor, con la pistola en la sobaquera, va en su Opel Corsa hacia allá. Y como llega solo y antes que el sargento Blai y que el subinspector Barrera, al frente de uno de los dos patrulleros apostados en los accesos de la masía, entra a ésta, hojea los recodos de la casona de tres plantas y la espeluznante escena del crimen, que parece rubricada por un minucioso y sangriento ritual narcosatánico:

  “Es la primera escena de un asesinato que presencia Melchor desde que llegó a la Terra Alta, pero antes presenció muchas y no recuerda nada semejante.
“Dos amasijos ensangrentados de carne roja y violácea se hallan  frente a frente, en un sofá y un sillón empapados de un líquido grumoso —mezcla de sangre, vísceras, cartílagos, piel— que ha salpicado asimismo las paredes, el suelo y hasta la campana de la chimenea. En el aire flota un violento olor a sangre, a carne atormentada y a suplicio, y una sensación rara, como si aquellas cuatro paredes hubieran preservado los aullidos del calvario al que asistieron; pero, al mismo tiempo, Melchor cree percibir en la atmósfera de la estancia —y esto quizá es lo que más le perturba— un cierto aroma de exultación o de euforia, algo que no tiene palabras con que definir o que, si las tuviese, tal vez definiría como la estela festiva de un carnaval macabro, de un rito demente, de un gozoso sacrificio humano.
“Fascinado, Melchor avanza hacia ese doble revoltijo espantoso, tratando de no pisar evidencias (en el suelo hay dos trozos de tela desgarrados y empapados de sangre, que sin duda han servido para amordazar a alguien), y, al llegar al sofá, advierte a simple vista que los dos bultos sanguinolentos son los dos cadáveres meticulosamente torturados y mutilados de un hombre y una mujer. Les han sacado los ojos, les han arrancado las uñas, los dientes y las orejas, les han cortado los pezones, les han abierto el vientre en canal y luego han descuajado sus tripas y las han esparcido alrededor. Por lo demás, sólo hay que ver el gris blanquecino de su pelo y la flacidez descarnada de sus miembros (o de lo que queda de ellos) para comprender que se trata de dos ancianos.” 
A tales cadáveres se les suma otro, el de “la criada rumana”, observada por Melchor en otra habitación y sin indicios de tortura, la cual “lleva encima un camisón color crema y una bata azul, y tiene los ojos abiertos como si hubiera visto al diablo y un orificio del tamaño de una moneda de diez centímetros en la frente, del que baja hacia la nariz y la boca un reguero perpendicular de sangre seca.” 
Para desfacer el sanguinolento y diabólico entuerto (un patrullero suelta una vomitona e incluso el subinspector Barrera), la escueta Unidad de Investigación de la Terra Alta se ve impelida a solicitar el apoyo de la Unidad de Investigación Territorial de Tortosa, cuyo jefe, el subinspector Gomà, que parece muy sagaz y profesional, es quien se pone al mando de la pesquisa y por ende conforma un equipo abocado exclusivamente a “investigar los crímenes de la masía de los Adell”. La sargento Pires, dice, “va a ser la encargada de llevar la investigación y de redactar el atestado”. Y solicita “que un policía científico de la Terra Alta centralice la recogida de pruebas a fin de entregárselas a ella”. Y para esa tarea el sargento Blai escoge a Sirvent. Y además les pide que le presten otros dos elementos de la Terra Alta; uno es Melchor, elegido por el propio Gomà, pues dizque en secreto conoce la secreta identidad y el calibre del “héroe de Cambrils”. Y como el requisito del otro es “que conozca bien la comarca y que viva aquí”, el sargento Blai escoge al caporal Salom, quien además “Es amigo de la familia.” Es decir, conoce a Rosa Adell, la hija del matrimonio asesinado; y sobre todo a Albert Ferrer, el yerno y su contemporáneo. No obstante, pese a tratarse de una colaboración entre dos unidades de investigación policial, el subinspector Gomà, en pos del secreto del sumario, excluye del grupo al subinspector Barrera y al sargento Blai, mandos de la Unidad de Investigación de la Terra Alta.  

II de VI
Vale resumir que pese al protocolo y a la parafernalia detectivesca y científica, aparentemente muy chipocluda, infalible y chingonauta, la investigación policíaca fracasa. No da pie con bola para aclarar el triple crimen. Así que un día de julio, “seis semanas dedicados a éste”, el juez y el subinspector Gomà “de común acuerdo deciden cerrar el caso Adell”. Obviamente, Melchor, “el héroe de Cambrils” y justiciero héroe de la novela, no queda satisfecho y hace lo que está en su criterio y en sus manos para saltarse las normas e indagar por su cuenta.
Javier Cercas
       Y eso de saltarse las normas, en medio de la corrupción sistémica, resulta ser un repetitivo cliché que trasmina la conducta y la ética de buena parte de los protagonistas de esta novela de Javier Cercas. Por ejemplo, Melchor, con sus años carcelarios y su expediente delictivo (en el clímax de sus fechorías fue pistolero y guardaespaldas de un cártel de narcos colombianos que lo entrenó para proteger y matar a sangre fría), no hubiera podido ingresar, en Barcelona, a la escuela de policía, o sea: al Instituto de Seguridad Pública de Cataluña. Pero lo pudo hacer porque Domingo Vivales, el abogado que le contactó su madre para que lo defendiera en el juicio y que paulatinamente se convierte en su protectora e infalible figura paterna, tras cumplir su condena (luego del “tercer grado penitenciario, lo que significaba que únicamente debía dormir en prisión”), le entregó un falso “certificado de cancelación de antecedentes penales” e hizo desaparecer, sin temor al delito y como por arte de birlibirloque, su expediente “de los archivos policiales”. Y el sarcástico policía de Asuntos Internos que, como salido del retrete, lo acosó (de un modo latente y amenazante) restregándole en la cara que pasó “unos años en la cárcel”, que su “certificado de penales” es “una falsificación”, que su expediente desapareció de los archivos policiales, pero “no de los del juzgado” y ahí sigue (quizá se proponía chantajearlo o coaccionarlo para algo sucio), tras convertirse en el mediático y sonoro “héroe de Cambrils”, le anuncia que está “limpio”, que su expediente penitenciario también desapareció del juzgado (y todos tan contentos con el tejemaneje tras bambalinas de la luz pública). Así que le sorraja el muy valentón: “Si por mí fuera, te habría empapelado. Pero órdenes son órdenes.” O sea: además de que un mando chantajea, soborna o coacciona a ese policía de Asuntos Internos para que cierre el hocico, se meta la lengua por el fondillo y no mueva un dedo, un poderoso y oscuro interés sistémico opta por hacerse de la vista gorda ante el pasado delictivo del flamante, capitalizable y explotable “héroe de Cambrils”.


III de VI
En la índole literaria del policía Melchor Marín descuella el hecho de que durante su estancia “en la cárcel de Quatre Camins, muy cerca de Barcelona”, se hizo empedernido lector de novelas del siglo XIX, gracias al circunstancial magisterio e influjo del encargado de la biblioteca de la prisión, “el Francés”, un cretino (que se las da de sabihondo) que mató a martillazos a su mujer y a su amante. El caso es que por la influencia de ese verborreico, lenguaraz, iconoclasta, culocéntrico y aforístico criminal, Melchor descubre Los miserables, la celebérrima e inmortal novela de Victor Hugo, de la que se vuelve adicto. Fantasiosa y onírica adicción que se entronca con el asesinato de su madre, prostituta de oficio. La noticia, en la cárcel, se la dio el abogado Domingo Vivales: “le contó a Melchor lo que sabía: al amanecer habían encontrado el cuerpo sin vida de su madre en un descampado de La Sagrera, en Sant Andreu, todo indicaba que la muerte había tenido lugar aquella misma noche”. Y Melchor pudo ver el cadáver en la capilla ardiente: “a pesar de los esfuerzos de los embalsamadores de la funeraria, que lo habían lavado, limpiado y maquillado, la muerte había reducido a su madre a un espanto irreconocible, con el cráneo y la nariz rotos y el cuerpo tatuado de hematomas”. Algo que lo desborda de ira y rabia (restalla aullidos, relinchos, patadas y puñetazos), muy doloroso y traumático para él. 
Según dice la voz narrativa: “A raíz del asesinato de su madre, Melchor abandonó los talleres que frecuentaba y dejó de practicar deporte en las canchas de la cárcel. Se encerró en sí mismo. Engordó. No acertaba a controlar su pensamiento, así que era su pensamiento quien lo controlaba a él, un pensamiento mórbido e inalterable, obsesionado con lo que le había ocurrido. Las dos únicas actividades que aliviaban en apariencia su fijación eran las que más la alimentaban: hablar con Vivales y leer Los miserables, que en aquellos días de luto dejó de ser para él una novela y se transformó en otra cosa, una cosa sin nombre o con muchos nombres, un vademécum vital o filosófico, un libro oracular o sapiencial, un objeto de reflexión al que dar vueltas como un calidoscopio infinitamente inteligente, un espejo y un hacha.” Pero el meollo de esa envolvente lectura y relectura (“La mitad de un libro la pone el escritor, la otra la pones tú”, le rebuznó el didáctico Francés) es que Melchor decide convertirse en policía debido a la impronta del policía Javert, el eterno perseguidor de Jean Valjean. Así que Melchor “sobre todo pensaba en Javert, en la rectitud alucinada de Javert, en la integridad y el desprecio por el mal de Javert, en el sentido de la justicia de Javert, en que Javert, nunca permitiría que el asesinato de su madre quedara impune.”
Así que cuatro años después de ese impune crimen, cuando ya está asignado en la comisaría de Nou Barris, para indagar por su cuenta y riesgo (o sea: saltándose las normas), le pide a Vicente Bigara —un mosso d’esquadra que fue su compañero durante “sus prácticas de patrullero en Cornellà de Llobregat”—, que le consiga tras bambalinas, en la comisaría de Sant Andreu, copia del expediente de su madre, cosa que pudo hacer por sus contactos y porque era “treinta años mayor que” él y porque “no creía en su oficio y se burlaba del reglamento”. Según le había dicho el abogado Vivales cuando Melchor estaba en la cárcel, “su madre había sido asesinada a pedradas, pero no había sido violada”; pero ahora lee y descubre que “el fallecimiento había tenido lugar después de que la víctima hubiera sido violada varias veces, anal y vaginalmente, lo que le había provocado diversas desgarraduras en ambos orificios”. Melchor habla con el forense y con los tres testigos nombrados en el sumario: un proxeneta y dos prostitutas, las cuales “añadieron un dato decisivo, que para estupefacción de Melchor no figuraba en el expediente: la prostituta que acompañaba a su madre cuando negociaba con sus últimos clientes se llamaba Carmen Lucas.” Así que rastrea y por fin logra hallar a Carmen Lucas retirada en Llano de Molina, “una pedanía de Molina de Segura, una ciudad situada a quince kilómetros de Murcia y a seis horas en coche de Barcelona”. De quien fraternamente se despide unas horas antes de convertirse (sin buscarlo) en “el héroe de Cambrils”, el mediático y condecorable matón de terroristas. Pero Carmen sólo recuerda que el auto al que su madre esa noche se subió pasó dos veces. La primera vez no lo hizo. Carmen le preguntó “quiénes eran”; y ella le respondió que “Nadie”. “Una panda de niños bien que han salido a divertirse con el coche de papá. No me fío.” Así que le extrañó que “ya hacia las tres y media o las cuatro, con la jornada de trabajo acabándose”, se subiera. No recuerda la matrícula, pero sí que “era un coche oscuro, de gama alta y con los vidrios de las ventanillas tintados, y que dentro habían varios hombres.”

IV de VI
Ante la inicial opinión del subinspector Gomà de que los ricos suelen tener enemigos: “Cuanto más ricos, más enemigos”, el caporal Salom le contrapone y canta las supuestas bondades de los Adell, dueños de Gráficas Adell y de “media Gandesa”: “Piense que daban trabajo a mucha gente, la mitad de la comarca trabaja para ellos. Además eran personas muy religiosas. Se habían hecho del Opus Dei, aunque lo llevaban con mucha discreción. Eran así, discretos. Y austeros. Y se relacionaban con todo el mundo. Y ayudaban a la gente. No, yo creo que aquí más bien se los quería. Y a su familia también.” Pues lo que luego cobra relevancia e incide en la intriga y en la infructuosa indagación policial para desvelar la identidad de los asesinos y del autor intelectual, es que el viejo Paco Adell, ya nonagenario, no tenía amigos y era una especie de autoritario y caprichoso cacique, que además de voraz acaparador en múltiples renglones de la economía de la Terra Alta (y más allá de las fronteras españolas: en Europa y en Latinoamérica), ninguneaba y tiranizaba a todos sus subalternos, directivos y gerentes, incluidos el viejo Josep Grau, su eterno mano derecha y segundo de a bordo; y Albert Ferrer, su menospreciado yerno y decorativo consejero delegado de Gráficas Adell.
    Así que siendo la ubicua familia Adell “la más acaudalada de la comarca” (oscila hasta en las alcantarillas y el drenaje profundo), sorprende y resulta inverosímil que después de cuatro años en Gandesa “el héroe de Cambrils”, perspicaz sabueso de investigación y justiciero miserablesco, no supiera casi nada de las propiedades de los Adell y de la maligna y venenosa calaña de ese personaje (maquillado de benefactor por Salom ante el subinspector Gomà) y que sea su mujer, Olga Ribera, en la intimidad del amoroso y dulce hogar, quien le resume la negra entraña del viejo Adell. Por ejemplo, le dice que “era huérfano”, que “a su padre lo mataron en la guerra”; que “De chico se ganaba la vida recogiendo metralla en las sierras, como mi padre y como tanta gente en la comarca, después de la guerra el campo estaba sembrado de metralla. Luego Adell se hizo chatarrero, y en los años sesenta o setenta compró por cuatro duros una empresa de artes gráficas en quiebra. Ahí empezó a hacer su fortuna.” Que su padre siempre le contaba que cuando él y Adell eran amigos, éste le solía repetir: ‘Mira, Miquel, el día que no jodo a nadie, no soy feliz.’” Lo cual, por lo que luego se narra, resulta su angular declaración de ambiciosos y voraces principios empresariales y pseudoéticos. Y ante la ingenua y bobalicona observación de Melchor (que repite lo dicho por Salom a Gomà): “Por lo menos dan trabajo a mucha gente”, Olga, muy docta, le replica lo que el sabueso callejero y cibernauta debería saber al respirar, pedalear, transpirar, hacer pipí y consumir Coca-Colas en Gandesa: “Los sueldos que pagan son bajísimos, porque los pactan con los demás empresarios de la comarca, y sus fábricas ni siquiera tienen comités de empresa. Quien quiera quedarse en la Terra Alta se tiene que conformar con la miseria que les dan. Eso lo sabes tú mejor que yo [ídem Salom, que se queja y lloriquea como una desconsolada Magdalena por su bajo salario]. ¿Cuántos trabajadores forasteros debe de haber ahora mismo en la Terra Alta por cada trabajador de aquí?
   “—Tres o cuatro —contesta Melchor—. La mayoría rumanos y muchos ilegales.
   “—O sea —explica Olga—, pobre gente dispuesta a trabajar por tres veces menos dinero que los de aquí.” Y para que el cabezota entienda y no se dé furiosos topes de cabra contra la pared, añade: “Mira, Melchor”, “Los Adell son como un árbol que da mucha sombra, pero no deja crecer nada a su alrededor. Lo controlan todo. Tienen propiedades por toda la Terra Alta, y media Gandesa es suya, así que dan trabajo a la gente en sus empresas, les venden las casas donde viven y hasta los muebles con que las llenan, ¿de quién te crees que es Muebles Terra Alta? En fin, la verdad es que Adell era un cacique. Eso no es hablar mal de él, es describirlo.”

V de VI
El justiciero Melchor Marín, que tiene por norma saltarse las normas, busca en Tortosa a un tal Luciano Barón, el ex marido de Olga Ribera, y por haberla maltratado (“Le dejaba unos moretones tremendos”) le aplica una golpiza, lo humilla y lo amenaza. Y ante el caso Adell, cerrado e irresuelto, sigue investigando por su cuenta. Y por ende persuade al caporal Salom, su compañero y amigo desde que llegó a Gandesa, para que también se pase las normas por el arco del triunfo y le consiga las llaves para ingresar de noche a las oficinas de Josep Grau, puesto que lo supone “el principal sospechoso”. Así que Salom, amiguete y compinche de Albert Ferrer, sin revelare cómo lo hizo, le entrega “un llavín argentado, de cabeza rectangular y cuerpo liso”, que “abre todas las puertas de Gráficas Adell, salvo la del patio”. Y además, “una tarjeta plastificada a nombre de Albert Ferrer, con una foto tamaño carné de su dueño y dos palabras estampadas en ella: ‘Consejero delegado’”, la cual “sirve para la barrera de entrada, para la del vestíbulo y para conectar los ordenadores”. Pero cuando Melchor, tras su sigilosa y peliculesca introducción nocturna “en el polígono de La Plana, en las afueras de Gandesa”, concluye la lectura de los mensajes en la computadora de Joseph Grau, lo sorprende Albert Ferrer.
Además de que no hubo denuncia formal (dizque Salom persuadió a Ferrer para que no lo hiciera), el subinspector Barrera no le abre un expediente, pues los superiores de Melchor, el sargento Blai y el caporal Salom, lo defendieron “a ultranza”; y más aún, le dice, “Hasta el comisario Ferrer ha llamado desde la central, alguien ha debido de avisarle, por lo que sigue usted significando algo en el cuerpo...” Y en la perorata del sermón y del jalón de orejas, para que deje de saltarse la normativa y de indagar por su cuenta en ese caso cerrado por un juez, el subinspector Barrera, quien ya es un sesentón con cuarenta años de experiencia y a punto de jubilarse, le resume el punto medio y el sentido moral de su postura: “Mire, hacer justicia es bueno. Para eso nos hicimos policías. Pero lo bueno llevado al extremo se convierte en malo. Eso he aprendido en estos años. Y también otra cosa. Que la justicia no es sólo cuestión de fondo. Sobre todo, es cuestión de forma. Así que no respetar las formas de la justicia es lo mismo que no respetar la justicia. Lo comprende, ¿verdad? [...] Bueno ya lo comprenderá. Pero acuérdese de lo que le digo, Marín: la justicia absoluta puede ser la más absoluta de las injusticias.”
Referéndum independentista en Cataluña
Octubre 1 de 2017
       Ese dogma, además, coincide con la declaración de principios ontológicos que el sargento Blai vocifera en torno al histórico “referéndum independentista del 1 de octubre” de 2017, ocurrido días después del arribo del “héroe de Cambrils” a la Terra Alta, pues “cuando el Tribunal Constitucional suspendió la consulta, los jueces ordenaron a los Mossos d’Esquadra que impidieran la votación y, presionados por los políticos independentistas que habían convocado el plebiscito ilegal desde el gobierno autónomo, los mandos del cuerpo dieron a sus subordinados instrucciones soterradas pero suficientes de que no obedecieran a los jueces, o no demasiado, o no del todo. Esta discrepancia entre las órdenes explícitas de la judicatura y las órdenes implícitas de los mandos provocó tensiones en casi todas las comisarías del cuerpo; también en la de la Terra Alta. Quien más las padeció fue el sargento Blai, que se enzarzó en varios altercados verbales con compañeros de Seguridad Ciudadana partidarios de facilitar la celebración del referéndum, como mínimo de no impedirlo. Melchor y Salom asistieron a una de esas trifulcas mientras tomaban café una mañana en el comedor de la comisaría; luego, ya a solas los tres, el caporal trató de apaciguar al sargento quitando hierro a la disputa y bromeando con su condición de independentista. La broma acabó de soliviantar a Blai.” Quien en el panel de corcho de su oficina tiene (y sigue teniendo cuatro años después) “en un extremo, bien visible, una pegatina con la bandera independentista catalana”, cuya leyenda proclama a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “Catalonia is not Spain”. 

       
        
       No obstante, en las afueras de la comisaría de Gandesa ondean paralelas, hermanadas (o rencorosas) y casi pegadas de cachetito, las banderas de España y de Cataluña.

 
      “—Me cago en Dios, Salom —dijo [Blai], agarrando al caporal de la solapa de su camisa—. Yo soy independentista desde que mi madre me parió, no como esta panda de conversos que nos gobiernan y que nos dejarán en la estacada en cuanto puedan. Pero antes que independentista soy policía y los policías estamos para hacer cumplir la ley, o sea para hacer lo que digan los jueces, no lo que nos salga de los cojones, yo me pongo en primer tiempo de saludo, me meto mi independentismo por el culo, cierro los colegios electorales y en paz. ¿Ha quedado claro?”
Referéndum independentista en Cataluña
Octubre 1 de 2017
        No obstante, pese a la orden del juez y al jalón de orejas, Melchor no ceja en investigar por su cuenta el caso Adell; más aún cuando ocurre el asesinato de Olga Ribera: un auto, que se dio a la fuga, se subió a la banqueta para atropellarla y luego falleció en el quirófano. Después del entierro, Melchor le pide a Vivales que se lleve y cuide a su hija en Barcelona; deja su casa familiar en Gandesa (que era la casa donde vivía Olga desde antes de que se casara con él) y se instala en el minimalista cuartucho de un edificio en Vilalba dels Arcs. Allí lo visita el caporal Salom, quien además de llevarle un mensaje del subinspector Barrera: que se tome el tiempo que necesite, trata de persuadirlo de que el asesinato de Olga “pudo ser cosa de islamistas”, pues dizque mucha gente sabe que él es quien mató a los terroristas en el paseo de Cambrils, y se ofrece a dizque ayudarlo a investigar. Pero Melchor opta por hacerlo solo sin tener muy claro por dónde ir. Y tras casi 24 horas sin comer ni dormir encerrado en su cuartucho, al disponerse a salir para desayunar algo, ve que en su computadora entra en mensaje anónimo titulado “La respuesta”: “La respuesta a su pregunta está en la investigación.” Y él “deduce que la pregunta a la que alude el correo es la pregunta sobre la muerte de Olga”. Así que Melchor acude al sargento Blai, a quien además de pedirle que averigüe “de quién es esa dirección de correo”, para eludir su huella informática, le pide que le permita “revisar otra vez la investigación del caso Adell”, pues Blai sí tiene autorización para husmear en el expediente. Así, durante una guardia nocturna, además de facilitarle su contraseña y de indicarle que nadie debe verlo, introduce a Melchor por la puerta trasera de la comisaría, “tumbado en el asiento trasero” de su coche. Pero Melchor, exhausto, no halla nada. Y un tanto desalentado, teclea un mensaje dirigido al remitente anónimo que lo llevó allí: “¿La investigación donde está la respuesta es la del caso Adell?” Y unas horas después, de nuevo en la computadora de su casa, lee la respuesta: “Revise las huellas dactilares”. Y otra vez con el subrepticio apoyo del sargento Blai, “restringe su búsqueda a las huellas dactilares recogidas en la masía de los Adell durante las horas siguientes al asesinato”. De modo que la ampliación de una foto de la huella encontrada en el cuarto de las alarmas de la masía le parece emborronada, quizá a propósito o por insólita torpeza. La amplía de nuevo y descubre que coincide con las huellas de Albert Ferrer. Y como Sirvent fue el policía científico de la Terra Alta formalmente encargado de reunir la recogida de pruebas para entregárselas a la sargento Pires, supone que el responsable fue Sirvent. Así que Melchor, muy airado, tras llamarlo por teléfono, va a la casa de éste en Móra d’Ebre y agarrándolo del cogote le exige explicaciones. Pero Sirvent afirma que él no fue y que sólo pudo ser Salom, quien por su experiencia como policía científico se ofreció, con autorización del subinspector Gomà, a echarles una mano ese mismo domingo de junio en que se descubrieron los cadáveres de los Adell y de la criada rumana. Y le puntualiza y revela: “El domingo Salom acabó siendo el encargado de reunir los indicios y hacérselos llegar a Pires. Y luego, al otro día, siguió supervisándolo todo. Había empezado él a hacerlo y lo mejor era que él también lo terminara. Yo me ocupé de recoger las pruebas en casa de los Adell, pero Salom las organizó en comisaría y se las mandó a Pires. Nadie más. Te digo que el único que pudo hacer esa ampliación fue él.” 

    Esa misma madrugada de noviembre, cinco meses después del triple asesinato, Melchor regresa a Gandesa rumbo al departamento de Salom, su supuesto amiguete, guía y compañero policial desde que hace cuatro años se instaló en esa comisaría de la Terra Alta. Con algunos golpes y sin mucho esfuerzo, Salom, regordete, de unos 47 o 48 años, viudo, solitario, pobretón y con dos hijas universitarias en Barcelona, le confiesa el móvil y los pormenores de su complicidad en el asesinato de los Adell, pagado a sicarios por Albert Ferrer. Pero niega su participación en el asesinato de Olga. Dice que Ferrer no quería matarla, sino sólo asustarlo a él para que dejara de investigar. 
Según la voz narrativa, “El interrogatorio de Salom y Ferrer se desarrolla en la comisaría de Tortosa y se prolonga durante los tres días preceptivos. Melchor no toma parte en él. Lo lleva en persona el subinspector Gomà, apoyado por la sargento Pires y el sargento Blai. Él es oficialmente quien ha resuelto el caso al dar con la pista de la ampliación defectuosa de la huella de Ferrer mientras consultaba el expediente por otro caso [¿cuál?, si no había ninguno], y acto seguido desenmascaró a Salom con la ayuda de Melchor y de Sirvent.”

VI de VI
Así como el teniente investigador Mario Conde, allá en La Habana, suele tener una infalible corazonada debajo de la tetilla izquierda, “Melchor tiene la certeza (una certeza que le desasosiega profundamente, pero que no comparte con nadie) de que en realidad el caso Adell no está del todo resuelto, o de que se ha resuelto en falso.” A tal inquietud contribuye la información que le da el sargento Blai (convertido en el mediático y pavoneante héroe del caso Adell) sobre el anónimo mensaje que recibió; “es imposible saber quién creó esa cuenta”, le dice, pero “los de la central” “están seguros de que el mensaje te lo mandaron desde una dirección de Ciudad de México”. Eso contribuye a “fortalecer la desazón que le carcome”. Por ende planea hablar con Rosa Adell; pero no lo hace porque “todavía debe de encontrarse en estado de shock por la detención de su marido [padre de sus cuatro hijas], acusado del asesinato de sus padres”. “Otro día” planea hablar con el gerente Josep Grau “sobre la filial de Gráficas Adell en México”, pero tampoco lo hace. Y luego, una noche, ya pasadas las once, a punto de abrir la puerta del edificio donde vive en Vilalba dels Arcs, lo secuestran; es decir, le dan “un golpe seco en la cabeza” y le aplican “un pinchazo en el cuello”.
La Torre Glòries
       Atado de las manos y los pies, sin celular y sin pistola, cuatro guaruras lo llevan “sentado en el asiento trasero de un coche provisto de vidrios polarizados que circula a velocidad de crucero por una autopista” rumbo a Barcelona; precisamente a una espaciosa y lujosa suite en el piso 21 del “hotel Arts”, desde donde se otea “la Torre Glòries, con su forma de supositorio”. Allí, tumbado en una otomana, lo recibe un viejo octogenario, decrépito y convaleciente, atendido como todo un pachá por enfermeras y serviles guardaespaldas lameculos. El mafioso vejestorio, que “habla con acento mexicano”, dice llamarse Daniel Armengol, y según él: “en México hasta los escuincles han oído hablar de mí” y “la gente sabe quién soy en cuanto pisa México”. Y es tan legendario y poderoso que, dice, le “atribuyen la capacidad de poner y quitar presidentes”. Quizá, pues según le dice: “Conocí a Albert Ferrer hará cosa de cuatro o cinco año, en una recepción que dio el presidente Peña Nieto en el Palacio Nacional.”

 
Los tres magníficos”:
Emilio Lozoya Austin, Javier Duarte y Enrique Peña Nieto
      Pero previo a lo que el vejete le narra in extenso con pelos y señales (y sin temor a que lo delate con las autoridades), Melchor infiere que fue él quien le envió los anónimos mensajes con los que pudo resolver el caso Adell. Y para compensarlo (incluso por la pérdida de Olga, que no fue cosa suya), el todopoderoso capo mexicano ha decidido revelarle el intrínseco y secreto motivo que hizo que decidiera organizar la rocambolesca tortura y el asesinato de los ancianos Adell manipulando a Albert Ferrer, de quien dice: “es un hombre transparente, no sabe engañar, su sonrisita de arribista lo delata, otro pendejo como el presidente Peña Nieto, peor que Peña Nieto, el hombre más manipulable del mundo, porque no hay nadie más manipulable que un arribista.”
Peña Nieto aplaude las triquiñuelas y chanchullos de Emilio Lozoya
       Según afirma el mafioso vejestorio, “Peña Nieto es un pendejo, pero cuando estaba en el poder, no paraba de pedirme favores, y yo era incapaz de negárselos. Es uno de los muchos inconvenientes que tiene ser un patriota, ¿sabe usted? El caso es que aquel día el presidente me pidió que asistiera a una recepción de empresarios españoles interesados en México, la mayor parte gente que ya había invertido en el país y a la que había que seducir para que invirtiera más y colaborara con empresas mexicanas. Una vaina de ese estilo. No sé quién me presentó a Ferrer, pero recuerdo muy bien que me lo presentó como consejero delegado de Gráficas Adell, una importante empresa de artes gráficas catalana que había fundado una filial en Puebla.” Y ante el retintín del apellido Adell, el mafioso descubre en el diálogo, con táctica de ajedrecista de parque público, que el suegro de Albert Ferrer es Francisco Adell, el dueño de Gráficas Adell. Y en esa identidad es donde radica el mortífero quid de la cruenta venganza y del embrollo criminal, pues en 1942, cuando Armengol tenía 6 años y Adell una década más, en el corazón de Bot, un pueblo de la Terra Alta, mató a tiros al autor de sus días: “Un día su padre y su madre caminaban cogidos del brazo por la plaza del pueblo. Era domingo, la plaza estaba llena y su padre acababa de regresar a Bot tras cuatro años de exilio. De repente, alguien gritó su nombre, y un muchacho levantó la pistola que empuñaba en una mano, pronunció unas palabras que nadie entendió o que todo el mundo quiso olvidar al instante, y le descerrajó un tiro en la cabeza al padre de Armengol. Luego, de pie junto al cuerpo tendido en la tierra, lo remató de dos tiros. Todo eso ocurrió a la vista del pueblo entero, sin que nadie moviera un músculo para impedirlo, como si todos estuvieran paralizados por el miedo o como si aquello no fuera un asesinato sino una ceremonia.” 

    Ese impune asesinato que demudó a los lugareños de Bot (oprimidos bajo la bota de la violenta y sanguinaria dictadura franquista) hizo “que huyeran de la Terra Alta, su madre ingresó en el sanatorio psiquiátrico de Tarragona y, como sus tíos” eran muy humildes, “él ingresó en un orfanato”. Y “Su madre murió de tuberculosis año y medio más tarde.”
    Según le puntualiza el documentado mafioso a Melchor, el único “delito” de su padre fue haber sido “el único miembro del Ayuntamiento republicano que volvió al pueblo después de la guerra”. Es decir, su padre, “un militante de Esquerra Republicana”, “había aceptado ser concejal del Ayuntamiento”. Y huyó de Bot “en la primavera del treinta y ocho” cuando los franquistas entraron “al caer el frente de Aragón”. Según el mafioso, su padre “se pasó el resto de la guerra en Barcelona, trabajando en la construcción de refugios antiaéreos y, cuando la guerra terminó, se marchó a Francia”, donde estuvo “tres años”. Según le comenta a Melchor, “hizo muy bien en marcharse, porque al volver al pueblo, los rebeldes [franquistas] responsabilizaron de los asesinatos [de la gente de derechas] a todos los republicanos que estaban en el Ayuntamiento, aunque sabían muy bien que la decisión de a quién matar y a quién no la habían tomado los comités de los partidos, no ellos. El problema fue que no encontraron a nadie a quien responsabilizar, porque toda la gente que había tenido alguna relación política o sindical con la República se había marchado, igual que había hecho mi padre. Estaban asustados, creían que los franquistas volvían para vengarse, y tenían razón.” No obstante, su crédulo padre volvió a Bot porque se tragó “la propaganda franquista, esa que decía que los republicanos que no tuvieran las manos manchas de sangre no tenían nada que temer, y que podían volver a casa sin que nadie los molestase.”
   
Javier Cercas
       

        Pero el adolescente Francisco Adell, al matar a sangre fría al padre de Domingo Armengol, vengó el impune asesinato de su padre, que era un humilde “jornalero que trabajaba para el hombre más rico del pueblo, el propietario de Ca Paladella”. Según narra Armengol, “En las primeras jornadas de la guerra los republicanos locales fusilaron a doce o trece personas a un kilómetro de Corbera d’Ebre, en una larga recta de la carretera por la que, conjetura el viejo, Melchor ha debido de pasar mil veces, y en la que hasta hace poco tiempo una cruz recordaba los asesinatos. Entre esas doce o trece personas, paisanos de los criminales, convecinos suyos, se hallaba el padre de Francisco Adell. No se sabe a ciencia cierta por qué lo mataron: quizá porque era fiel como un perro a su amo y, como no encontraron al amo, lo mataron a él; quizá porque era católico y los domingos iba a misa; quizá porque alguien quería vengarse de él.”
    Luego de revelarle toda la verdad y nada más que la verdad (eso parece), el gánster mexicano deja ir a Melchor sin que nadie lo toque ni lo despeine, incluso los gorilas le devuelven su pistola y el celular. Y enredado en sus cavilaciones miserablescas: denunciar al viejo o no denunciarlo, lo más probable es que no lo haga, y no sólo por el notorio y patético estado terminal del parlanchín vejestorio, que, según le dijo, recién llegó a Barcelona y se instalará en Bot, lugar donde nació en 1936, y donde vivieron y yacen sus mayores.


Javier Cercas, Terra Alta. Serie Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta Mexicana. 1ª edición impresa en México, noviembre de 2019. 384 pp.
     

Vientos de Cuaresma




No hay más remedio que acostumbrarse al fracaso

Firmada en “Mantilla, 1992”, Vientos de Cuaresma, novela del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), obtuvo en Cuba, en 1993, el Premio Nacional de Novela “Cirilo Villaverde” otorgado por la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba). Y Tusquets Editores la publicó en Barcelona, en marzo de 2001, con el número 434 de la Colección Andanzas. Fue (y es) su cuarto libro publicado por tal prestigiosa editorial con el que completó la tetralogía de novelas policiales “Las cuatro estaciones” (ubicadas en La Habana) protagonizadas por el teniente investigador Mario Conde. En este sentido, Vientos de Cuaresma (2001) se sucede en la “Primavera de 1989”, Máscaras (1997) en el “Verano de 1989”, Paisaje de otoño (1998) en el “Otoño de 1989” y Pasado perfecto (2000) en el “Invierno de 1989”. Célebre tetralogía adaptada a una miniserie televisiva o cinematográfica titulada Cuatro estaciones en La Habana (2016), dirigida por Félix Viscarret, con guion del propio Leonardo Padura y de su esposa Lucía López Coll, la cual se puede apreciar online en la plataforma Netflix.
     
Leonardo Padura y Lucía López Coll
         Vale añadir que a estas alturas del siglo XXI, Tusquets Editores ha publicado en la Colección Andanzas otras cinco novelas policiales del prolífico Leonardo Padura (Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015) en las que el protagonista es el mismo Mario Conde: 
La neblina del ayer (2005), Adiós, Hemingway (2006), La cola de la serpiente (2011), Herejes (2013) y La transparencia del deseo (2018).  Conjunto al que se añaden: La novela de mi vida (2002), sobre la biografía del poeta cubano José María Heredia (1803-1839); El hombre que amaba a los perros (2009)sobre el exilio y el asesinato de León Trotsky (1879-1940); el libro de cuentos Aquello estaba deseando ocurrir (2015); y la novela El regreso a Ítaca (2016), escrita a cuatro manos con el cineasta francés Laurent Cantet (Melle, 1961); una obra que noveliza el guión de la homónima película, urdido por ambos (con algunos parlamentos de La novela de mi vida) y dirigida por Cantet, estrenada en el Festival Internacional de Cine de Venecia de 2014, donde “ganó el Premio de los Días de Venecia”, y luego fue “Fue proyectada en la sección de Presentaciones Especiales del Festival de Cine Internacional de Toronto 2014”. A todo ello se suma el libro ensayístico, memorioso y autobiográfico (también publicado por Tusquets): Agua por todas partes (2019).


(Tusquets, Barcelona, 2001)
Pese a los recurrentes episodios eróticos y culinarios, a la lúdica ironía y a la procacidad coloquial, a la íntima disección idiosincrásica y a la proverbial desfachatez de Mario Conde (que comparte con sus compinches de siempre, en particular con el Flaco Carlos, condenado a una silla de ruedas), Vientos de Cuaresma es una novela melancólica, repleta de un existencial pesimismo, que linda, boga o hace agua en los hediondos y anquilosados miasmas del fracaso. 
Una vertiente narrativa oscila en torno al esclarecimiento del crimen, cuya investigación policial encabezan el teniente Mario Conde y su adjunto el sargento Manuel Palacios. Se trata de descubrir quién mató a Lissette Núñez Delgado y por qué. Lissette, quien aún no cumplía 25 años, era una profesora de química en el Pre de La Víbora (el mismo Pre donde el Conde y sus compinches de siempre estudiaron “entre 1972 y 1975”). Según le informa a Mario Conde el mayor Rangel, el jefe de la Central de Investigaciones Criminales, Lissette era soltera y militante de la Juventud Comunista (con un notable e impoluto currículum); “la asfixiaron con una toalla, pero antes le dieron golpes de todos los colores, le fracturaron una costilla y dos falanges de un dedo y la violaron al menos dos hombres. No se llevaron nada de valor, aparentemente: ni ropa, ni equipos eléctricos... Y en el agua del inodoro de la casa aparecieron fibras de un cigarro de marihuana.” Y según se lee en la página 36, “En la casa [un cómodo departamento en el cuarto piso de un edificio de Santos Suárez] habían aparecido huellas frescas de cinco personas, sin contar a la muchacha, pero ninguna estaba registrada. Sólo el vecino del tercer piso había dicho algo ligeramente útil: escuchó música y sintió las pisadas rítmicas de un baile la noche de la muerte, el 19 de marzo de 1989.” 
A tales latitudes de la novela —que aún son las iniciales—, tal fecha incide en que el lector conjeture las fechas de los consecutivos días, no precisadas por el autor, pues el crimen se resuelve en una semana. En la página 102 el teniente Mario Conde le afirma a Pupy (Pedro Ordónez Martell), uno de los investigados: “A Lissette la mataron el martes”. Y por ende, considerando la citada fecha, se da por entendido que fue el martes 19 de marzo de 1989. De nuevo, sin precisar, el Conde le comenta al sargento Manuel Palacios que el crimen fue “el martes por la noche”. Pero hasta la página 145 se dice que fue el “martes 18”. Y a partir de la página 202, a punto de desvelar al asesino, se reitera y repite tal cambio de fecha: “Lissette fue asesinada el martes 18, alrededor de las doce de la noche”. 


Leonardo Padura
Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015
Siendo tal la flagrante contradicción y la reiteración del cambio de fecha, al lector no le queda más que optar porque el crimen ocurrió el martes 18 y no el martes 19. En este sentido, el tiempo presente de la novela (dividida en siete capítulos sin rótulos) transcurre entre el Miércoles de Ceniza, es decir, el 19 de marzo de 1989, día del inicio de la Cuaresma, (cuando el Conde conoce a Karina, una ingeniera de 28 años), y el siguiente martes 25, día del entierro del capitán Jorrín y de los últimos puntos sobre las íes en torno al trasfondo del asesinato. Más dos o tres días después, cuando, luego de haber ido a presenciar un catártico juego de béisbol con sus compinches de siempre (el Flaco Carlos, Andrés y el Conejo), el Conde, ya en su casa y en la cama, se sumerge en un sueño que reitera y varía el meollo de su recurrente y frustrado sueño guajiro: “soñó que vivía frente al mar, en una casa de madera y tejas [donde siempre se ve escribiendo, él, que es un escritor frustrado] y que amaba a una mujer de pelo rojo y senos pequeños [que corporificó la fugaz Karina], con la piel tostada por el sol. En el sueño siempre veía el mar como a contraluz, dorado y agradecido. En la casa asaban un pez rojo y brillante, que olía como el mar, y hacían el amor bajo la ducha, que de pronto desaparecía para dejarlos sobre la arena, amándose más, hasta quedar dormidos y soñar entonces que la felicidad era posible. Fue un sueño largo, asordinado y nítido, del que despertó sin sobresaltos, cuando la luz del sol volvía a entrar por su ventana.”
Vale decir que el caso del asesinato de la profesora Lissette no destapa, al interior del Pre de La Víbora, una amplia urdimbre de descomposición sistémica (más allá de las aulas) semejante a la que rememora el Conde de su época de estudiante y que él y otros alumnos apodaron “Waterpre” (lúdico parafraseo al sonoro escándalo que suscitó, el 8 de agosto de 1974, la caída del presidente Richard Nixon), pero sí hay visos de una cómplice y promiscua permisividad, coronada por la corrupción de ciertos alumnos. Es decir, Lissette, pese a su imagen e inmaculado currículum de militante de la Juventud Comunista, es una libertina y una interesada negociadora en cierto mercado negro: lo mismo se acuesta con uno de sus amantes para obtener unos tenis o con el director para conseguir impunidad ante ciertas corruptelas a ojos vistas; le gusta toquetear a los estudiantes y hacer fiestas con ellos en su departamento en el cuarto piso del edificio de Santos Suárez y llevarse a alguno a la cama; se embriaga y baila allí en su departamento y no le importa el ruido y el respeto a sus inmediatos vecinos. La cereza del pastel, no obstante, no la protagoniza el director o alguno de los maestros, sino el alumno que “vendía a cinco pesos la respuesta de los exámenes”, empeñado en que Lissette le consiguiera “los exámenes de física y matemáticas”.
El Miércoles de Ceniza —un día antes de que el Conde se entere por el mayor Rangel y empiece a investigar el caso del asesinato de Lissette—, se sucede el citado encuentro con Karina, a quien conoce porque a ella se le pincha una llanta de su Fiat polaco y, con torpeza, la auxilia. Karina, quien además de ingeniera toca el saxo, se va a Matanzas para cumplir una tarea en una fábrica de fertilizantes y acuerdan verse el viernes a su regreso. El Conde queda flechado: desde el inicio de los “tres días de espera” se imagina “todo: matrimonio y niños incluidos, pasando, como etapa previa, por actos amatorios en camas, playas, hierbazales tropicales y prados británicos, hoteles de diversos estrellatos, noches con y sin luna, amaneceres y Fiats polacos, y después, todavía desnuda, la veía colocarse el saxo entre las piernas y chupar la boquilla, para atacar una melodía pastosa, dorada y tibia. No podía hacer otra cosa que imaginar y esperar, y masturbarse cuando la imagen de Karina, saxofón en ristre, resultaba insoportablemente erógena”.
En este sentido, la otra vertiente narrativa de Vientos de Cuaresma discurre en torno a la espera de Karina (y los dos encuentros sexuales que tiene con ella: el sábado 23 y el domingo 24), imbricada a la interacción del Conde con su orbe doméstico y cotidiano, sobre todo con el Flaco Carlos en silla de ruedas desde lo balearon en la Guerra de Angola (1975-1991) y las comilonas que para ambos prepara Josefina, la madre de su compinche. Pero también figuran Andrés (médico), el Conejo (historiador), y Candito el Rojo (zapatero, quien ha sido y es su secreto informante), más las íntimas evocaciones de su genealogía y biografía. Y es allí donde descuella su recurrente sueño guajiro: “Se conformaba, entonces, con soñar —sabiendo que sólo soñaba— que alguna vez viviría frente al mar, en una casa de madera y tejas siempre expuesta al olor de la sal. En aquella casa escribiría un libro —una historia simple y conmovedora sobre la amistad y el amor— y dedicaría las tardes, después de la siesta —que tampoco había escapado a sus cálculos— en el largo portal abierto a las brisas y terrales, a lanzar cordeles al agua y a pensar, como ahora, con las olas batiéndole los tobillos, en los misterios de la mar.”
El lunes 25, Mario Conde espera ansioso el telefonema de Karina (“Estoy asquerosamente enamorado”); pero ésta no lo hace y él, en el entorno de la cercana casa de la madre de ella, observa la ausencia del Fiat polaco. El martes 26, luego de desvelar la identidad del asesino de Lissette, el Conde la halla en casa de su progenitora y Karina le revela el trasfondo de su ausencia: tiene marido y vuelve a él. Es decir, Karina es otra variante de la “alegre buscona de fines del siglo XX”, quien además de enfatizarle: “Me sentía sola, me caíste bien, me hacía falta acostarme con un hombre”, le reprocha: “Te enamoras”.
El Conde, vil perro apaleado, todavía dice: “Llámame alguna vez”. No obstante, “Piensa que no hay más remedio que acostumbrarse al fracaso”.
El teniente investigador Mario Conde, con 35 años de edad y estudios universitarios truncos, sin mujer y sin hijos (vive solo con un autista y solitario pez recluido en su circular pecera), fumador empedernido, bebedor voraz que ronda el alcoholismo (suicida vicio que comparte con el Flaco Carlos, preso en la silla de ruedas desde hace una década), coincidiendo con la muerte del capitán Jorrín (decano de la Central, quien era su estimado amigo) y con la bronca callejera que tuvo con el teniente Fabricio (motivo por lo que el mayor Rangel, tras resolver el caso de Lissette, lo suspende en espera de la comisión disciplinaria y del proceso), piensa que su ciclo en la policía ya concluyó: “Quiero irme de aquí —dijo, y abrió las manos para abarcar el espacio que lo agredía”. 


Leonardo Padura
(La Habana, octubre 9 de 1955)
Si tales son los resumidos rasgos de un fracaso individual e íntimo (siente que su destino está ligado al incierto destino del Flaco Carlos y su madre Josefina), está inextricablemente inmerso en el fracaso social, político y económico de su generación y del régimen autoritario que gobierna Cuba en 1989. El Conde —que borracho se ve atosigado por la angustia de un triste llanto sin control— no se opone al statu quo (que traza los estertores del “socialismo” dictatorial dependiente de la hegemonía de la URSS) ni busca huir de la isla, pese a la falta de libertades, a su inveterada pobreza y a que en su fuero interno cuestione muchas anomalías. En este sentido, la conciencia autocrítica del grupo la formula Andrés (“el perfecto, el inteligente, el equilibrado, el triunfador”) en una perorata que es un doméstico deshago verbal ante sus compinches de siempre: “Carlos: estás jodido, te jodieron. Y yo que camino también estoy jodido: no fui pelotero, soy un médico del montón en un hospital del montón, me casé con una mujer que también es del montón y trabaja en una oficina de mierda donde se llenan papeles de mierda para que se limpien con ellos otras oficinas de mierda...”


Leonardo Padura, Vientos de Cuaresma. Colección Andanzas (438), Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2001. 232 pp.

domingo, 2 de diciembre de 2018

La amargura del condenado

En busca del rinconcito perdido

Con el número 5011/11 de la colección Biblioteca Maigret y dentro de la serie de bolsillo Booket, Tusquets Editores publicó en Barcelona, en 2003, La amargura del condenado, novela policíaca del inagotable narrador belga Georges Simenon (1903-1989), traducida al español por Joaquín Jordá, cuya primera edición en francés (La guinguette à deux sous) data de 1931. Y cuenta con dos adaptaciones a la pantalla chica: The Wedding Guest (1962), filme de la BBC para la televisión británica dirigido por Terence Williams, con Rupert Davies en el papel del inspector Maigret; y La guinguette à deux sous (1975), película de la televisión francesa dirigida por René Lucot, con Jean Richard en la caracterización del comisario Maigret.
(Tusquets, Barcelona, 2003)
       La intriga policial de La amargura del condenado se desglosa en once capítulos con rótulos. La tarde del “27 de junio” (un día muy luminoso) el comisario Maigret va a la prisión Santé. Su objetivo (como si fuera el defensor de oficio) es informarle a “Jean Lenoir, el joven jefe de la banda de Belleville”, que el presidente de la República rechazó su indulto y que su ejecución en la guillotina “tendrá lugar mañana al amanecer”. Acojonadora y sonora noticia (con cuenta regresiva) que “A esa misma hora” se puede leer “en los diarios de la tarde que corrían por las terrazas de los cafés” de París.

Según la voz narrativa, “Había sido precisamente Maigret quien, tres meses antes, había echado el guante a Lenoir en un hotel de la Rue Saint-Antoine. Un segundo más, y la bala que el delincuente disparó contra él le habría alcanzado de pleno en lugar de perderse en el techo.” El condenado a muerte, Jean Lenoir, es un joven malhechor de 24 años que desde los 15 colecciona delitos y condenas. Su autoimpuesto “código de honor” le impide delatar a sus cómplices. Y en un instante de amargura exclama: “¡Si al menos me acompañaran todos los que se lo merecen!” Cuyo deshago es la anécdota que le narra al comisario Maigret en torno a un hecho impune que él, a sus 16 años, dice, presenció junto a su colega Victor (que ya tosía, por la tuberculosis, y que “debe estar ahora en un sanatorio”). Es decir, hace ocho años, vagando por las calles de París, a eso de las “tres de la madrugada” vieron que un tipo sacó un cadáver de una casa, lo subió a un coche, manejó un trayecto y luego lo arrojó a las aguas del canal Saint-Martin. Algo muy pesado debió llevar en los bolsillos porque el cuerpo se hundió de inmediato. Hecho esto, le dice Lenoir, “En la Place de la République, el hombre se detuvo para tomar una copa de ron en el único café que seguía abierto. Luego llevó el coche al garaje y se metió en su casa. Mientras se desnudaba, vimos su silueta recortada en las cortinas.”  
    Los jovenzuelos pudieron seguir al tipo y averiguar el sitio donde vivía porque se subieron al parachoques del auto. Y según añade el condenado: “Victor y yo lo chantajeamos durante dos años. Éramos novatos. Y como teníamos miedo de pedir demasiado, exigíamos cien francos cada vez. Un día el tipo se mudó y no logramos dar con él. Hace menos de tres meses lo vi por casualidad en el Merendero de Cuatro Cuartos y él ni siquiera me reconoció.”
     El comisario Maigret ignora dónde se halla el Merendero de Cuatro Cuartos. Y pese a que en los “archivos de los asuntos sin resolver  de aquel año” ve que “en el canal Saint-Martin habían encontrado por lo menos siete cadáveres”, esa anécdota carcelaria, contada en la antesala de la muerte, hubiera caído en el olvido si el comisario no se hubiera tropezado con una circunstancia fortuita. El sábado 23 de julio, casi un mes después de la ejecución de Jean Lenoir, Maigret se alista para viajar en ferrocarril a Alsacia, pues su esposa ha ido allí “a casa de su hermana, donde, como todos los veranos, pasaría un mes”. Puesto que el bombín que usa está roto y su mujer le ha “dicho cientos de veces que se comprara otro” (“¡Acabarán por darte limosna en la calle!”), Maigret entra en una sombrerería del Boulevard Saint-Michel “para probarse sombreros hongos”. Allí, un cliente de unos 35 años, con un “traje gris muy corriente”, solicita una chistera de modelo antiguo, pues, le dice al vendedor, “es para una broma, una boda de mentira que hemos organizado unos amigos en el Merendero de Cuatro Cuartos. Habrá una novia, una suegra, testigos y todo lo demás. ¡Como en una boda de pueblo, vaya! ¿Comprende ahora lo que necesito? Yo hago de alcalde del pueblo.”
   
Georges Simenon
(1903-1989)
          Dentro de la sombrerería, el comisario Maigret, todo oídos, aún no ha “experimentado lo que solía llamar la ‘vuelta de llave’”, “aquel pequeño pellizco” [debajo de la tetilla izquierda, diría el teniente investigador Mario Conde], aquel desfase, en suma, aquella vuelta de llave que lo zambullía en la atmósfera de un caso”. Pero el hecho de oír el retintín del nombre del Merendero de Cuatro Cuartos y dado su intrínseco instinto y pulsión de sabueso, empieza a seguir al hombre de la chistera y traje gris. A bordo de un taxi persigue el coche del tipo, que se detiene en la Rue Vieille-du-Temple, donde entra “en una tienda de ropa de segunda mano y al cabo de media hora salió con una enorme caja alargada y plana que debía contener el traje adecuado para la chistera”. “Después enfilaron a los Campos Elíseos, luego a la Avenue de Wagram. Un bar pequeñito, en una esquina. Sólo pasó allí cinco minutos y salió en compañía de una mujer de unos treinta años, rellenita y alegre.” El coche donde va la pareja se detiene “en la Avenue Niel, delante de un hotelito” de paso, en cuya “placa de cobre” se anuncia: “Se alquilan habitaciones por meses y por días”. “En la recepción, que olía a adulterio elegante”, Maigret muestra su placa de la Policía Judicial y la “encargada perfumada” le dice, sobre “la pareja que acaba de entrar”, que “Son personas muy correctas, casadas los dos, que vienen dos veces por semana”. Mientras los amantes están refocilándose en el cuarto, Maigret lee en “la cédula del vehículo” el nombre y la dirección del galán de marras: “Marcel Basso. Quai d’Austerliz, número 32, París”. 
  Tras salir del hotel de paso, los tortolitos se van en el auto de Marcel Basso y se detienen “en la Place des Ternes. Se les veía besarse a través de la ventanilla trasera. Seguían cogidos de la mano cuando, con el coche al ralentí, la mujer salió del vehículo y paró un taxi.” Maigret, por su parte, le ordena a su taxista que vaya a Quai d’Austerliz, donde lee en un “cartel enorme” más datos sobre el galancete: “MARCEL BASSO. IMPORTADOR DE CARBONES DE TODAS LAS PROCEDENCIAS. VENTA AL POR MAYOR Y AL DETALL. REPARTO A DOMICILIO. PRECIOS DE VERANO.” Allí, “Una empalizada negruzca rodeaba unos almacenes de carbón. Enfrente, al otro lado de la calle, había un muelle de descarga de la misma compañía y garrabas inmóviles junto a los montones de carbón descargados ese mismo día.
     “En medio de los depósitos de carbón se alzaba una gran casa con jardín. Monsieur Basso aparcó el coche, con un gesto maquinal se aseguró de que no llevaba cabellos de mujer en los hombros y entró en su casa.
    “Maigret lo vio reaparecer en una habitación del primer piso, que tenía las ventanas abiertas de par en par, en compañía de una mujer alta, rubia y bonita. Los dos reían. Hablaban animadamente. Monsieur Basso se probaba la chistera y se miraba en un espejo.
   “Metían ropa en unas maletas. Apareció una sirvienta con delantal blanco.
   “Un cuarto de hora después —eran las cinco— la familia bajó. Un niño de diez años, con una escopeta de aire comprimido, abría la comitiva. Lo seguían la sirvienta, Madame Basso, su marido y un jardinero con las maletas.”
    En el auto de Marcel (que no es “de lujo”, pero sí “casi nuevo”), los Basso “se dirigieron a Villeneuve-Saint-Georges”. Maigret los sigue en el taxi. “Después tomaron la carretera de Corbeil. Cruzaron esa ciudad y enfilaron un camino lleno de baches, paralelo al Sena.” Y su destino final es una casa de campo llamada “El Reposo”, ubicada entre los poblados Morsang y Seine-Port. Maigret le pregunta al taxista si “¿Hay algún hotel o fonda por los alrededores?” Y el taxista le responde que “En Morsang está el Vieux Garçon. Y Marius, más arriba, en Seine-Port.” Pero ignora si en el Merendero de Cuatro Cuartos rentan habitaciones. 
 
En el centro:
Georges Simenon y Josephine Baker
        Para no desvelar todas las menudencias de la narración, vale resumir que ese ámbito cercano a París es un entorno de descanso y recreación para una multitud de gente clasemediera y pequeñoburguesa que suele ir allí los fines de semana a reposar, divertirse, convivir, comer, beber, pescar y navegar en el Sena, ya en bote o en embarcaciones de distinta catadura. Y Marcel Basso y los suyos (una de las pocas familias que poseen casa de campo y por ende no se resguardan en los hoteles) forman parte de una pandilla de conocidos entre sí que tienen al Merendero de Cuatro Cuartos (una modestísima taberna) como el punto central de sus comilonas y francachelas. Y Maigret, infiltrado entre ellos con su traje oscuro de ciudad (o sea: el notorio frijol en la sopa de letras campiranas), observa que, efectivamente, en el Merendero de Cuatro Cuartos se celebra una boda de broma en la que los alegres comensales están disfrazados. Marcel Basso caracteriza al alcalde de pueblo y la novia de la boda es nada menos que su amante furtiva, la misma fémina treintañera con que unas horas antes se regocijó en el hotelito de paso de la Avenue Niel, esposa, además de Feinstein, un cincuentón, muy serio y canoso, que está disfrazado de vieja, dueño de una camisería en el Boulevard des Capucines (en “la zona de los grandes bulevares” de París). Esa mujer, llamada Mado, era “la más ruidosa de todos. Estaba claramente borracha y se distinguía por su pasmosa exuberancia. Bailaba con Basso, tan pegada a él que Maigret desvió la mirada.” Y la cereza del pastel de bodas es otra escena pícara y libertina, pues la falsa novia y el falso novio son empujados al cuartito de la luna de miel, “y luego lo cerraron con llave”. Hay que recalcar que Marcel Basso, pese a la obvia y descarada cachondez en el baile frente a las narices del camisero, no es el falso novio, y por su papel de alcalde del pueblo le toca cortar “la liga de recuerdo” y repartirla en pedacitos; mientras que el falso novio, “con la cara embadurnada de blanco y maquillada”, “Iba disfrazado de campesino granujiento y risueño”.
 
Josephine Baker
(1906-1975)
      James, un británico, miembro de la pandilla, quien bebe y bebe sin caerse ni perder lucidez, es el que trata a Maigret como si fuera un invitado más del grupo e incluso le ofrece su habitación de hotel sino encuentra sitio en el Vieux Garçon. Maigret supone que entre esos alegres comensales hay un asesino camuflado y por ciertas miradas que le dirigen algunos, colige que saben que es policía. 
   La tarde del día siguiente, domingo 24 de julio, Maigret es invitado a jugar bridge en la casa de campo de Marcel Basso, la cual se localiza exactamente frente al Merendero de Cuatro Cuartos; es decir, cruzando el Sena en bote de remos, en balandro de vela o en lancha de motor. Luego de unas dos horas de jugar, beber y bailar en la casa de los Basso, la pandilla decide regresar al Merendero. Maigret lo hace en el balandro de vela de James, pero van remando con lentitud porque no sopla viento. Mientras que el camisero Feinstein y Marcel Basso en unos instantes cruzan el río en la lancha de éste. Cuando James y Maigret están cerca de la orilla se oye un disparo. El comisario se apresura batiendo los remos. Y detrás del Merendero observa la escena del sorpresivo crimen: el camisero Feinstein yace en el suelo y Marcel Basso, que empuña “un pequeño revólver con culata de nácar”, pregunta por su esposa (quien vestida de marinero se ha quedado en la casa de campo con el hijo) y repite fóbico y angustiado: “¡No he sido yo! ¡No he sido yo!”
  El comisario Maigret anuncia al corro que es de la Policía Judicial e inicia las diligencias policiales. Al médico (miembro de la pandilla) le ordena que vigile que nadie toque el cadáver. Y dado que no hay teléfono en la casa de los Basso ni en el Merendero, le ordena al tabernero que vaya en bicicleta a la esclusa y llame por teléfono a la gendarmería. Y puesto que Maigret “no estaba en misión oficial”, antes de irse delega “las responsabilidades” en los gendarmes, quienes detienen a Marcel Basso y avisan “al juez de instrucción”. Pero “Una hora después”, Marcel Basso, “sentado en la pequeña estación de ferrocarril de Seine-Port, flanqueado por dos brigadas”, empuja “a sus guardianes” y escapa corriendo entre la muchedumbre, cruza la vía y se pierde “en un bosque cercano”.
  Por orden del juez de instrucción, el comisario Maigret se hace cargo de las pesquisas de ese caso y al unísono investiga el crimen impune ocurrido hace “ocho años”, pues está seguro que el asesino (otrora chantajeado por Jean Lenoir y su compinche tuberculoso) es uno de los miembros de la pandilla del Merendero de Cuatro Cuartos.
  En el transcurso de los días, “El juez de instrucción encargado del asunto del Merendero” presiona a Maigret y lo mismo hace el Jefe de la Policía Judicial, pues por las vacaciones de verano “tenía pocos hombres disponibles, y éstos debían vigilar todos los lugares en los que el fugitivo podía presentarse”. El comisario Maigret, desde luego, resuelve ambos casos en unos cuantos días, pues ya muy entrada la noche del miércoles 3 de agosto va en tren, por fin, rumbo a Alsacia, donde en la estación lo esperan su esposa y la hermana de ésta; incluso su mujer lo recibe con unos “zuecos pintados”, adquiridos para él en Colmar. “Eran unos preciosos zuecos amarillos, y Maigret quiso probárselos antes incluso de quitarse el traje oscuro con el que había llegado, procedente de París.”
  Así como el sábado 23 de julio el azar llevó a Maigret a una sombrerería donde oyó hablar del Merendero de Cuatro Cuartos, en éste, la mañana del domingo 31 de julio (una semana después del asesinato de Feinstein) al oír la tos de un jovenzuelo (de unos 25 años) con pinta de vagabundo, infiere que se trata del cómplice de Jean Lenoir, que sin duda está ahí para cobrar el chantaje y por ende le pide su documentación. En su “mugrienta cartilla militar” lee que se llama Victor Gaillard. Y su última dirección, le dice el rapaz, fue el “Sanatorio municipal de Gien”, que abandonó “Hace un mes”. Y añade: “Estaba sin un céntimo. Por el camino he trabajado haciendo algunas chapuzas. Puede usted detenerme por vagabundeo, pero tendrá que enviarme a un sanatorio. Sólo me queda un pulmón.” Victor Gaillard niega haber conocido a Jean Lenoir y haber recibido de él una carta (enviada desde la cárcel) donde le indicó el sitio donde hallaría al tipo que otrora arrojó un cadáver al canal de Saint-Martin y que para él y Lenoir (durante dos años) fue la gallina de los huevos de oro. Y como Victor se obstina en no revelarle nada, Maigret lo encierra en una celda del Quai des Orfèvres. Allí lo interroga. Y como sólo puede acusarlo de vagabundeo, ordena que lo liberen a la una de la madrugada (del martes 2 de agosto) y que lo siga el brigada Lucas.  
   Victor, que merodea por Les Halles y luego duerme en un banco hasta que a las cinco de la madruga lo despierta un gendarme, sabe que un poli lo sigue. Y temprano en la mañana de ese martes 2 de agosto, Lucas le deja un aviso a Maigret para que acuda a la Rue des Blancs-Manteaux. De su oficina en el Quai des Orfèvres, el comisario va a pie a esa calle del barrio judío donde se ubican “la mayoría de las tiendas de objetos usados, a la sombra del Monte de Piedad”. Victor, que se hace el remolón y merodea frente al escaparte del tendejón donde se anuncia: “HANS GOLBERG, COMPRA, VENTA, OCASIONES DE TODO TIPO”, no le revela al comisario Maigret por qué hizo que el brigada Lucas lo siguiera hasta allí y él se apersonara en ese sitio. Entonces Maigret le ordena a Lucas que no lo pierda de vista y él entra al tendejón e inicia las averiguaciones en torno al propietario: el judío Hans Golberg, dueño del negocio desde “Algo más de cinco años”; y sobre el anterior propietario: el tío Ulrich,  judío, también dedicado a la compraventa de cachivaches y usurero clandestino, misteriosamente desaparecido del mapa. 
  “Sumergido entre viejos archivos” policiales, Maigret halla algunos datos sobre el tío Ulrich que resume en “una hoja de papel”:
  “Jacob Ephraim Levy, llamado Ulrich, sesenta y dos años, natural de la Alta Silesia, chamarilero, Rue des Blancs-Manteaux, sospechoso de practicar regularmente la usura.
  “Desaparece el 20 de marzo, pero los vecinos no acuden a la comisaría para denunciar su ausencia hasta el día 22.
  “En la casa no se encuentra ningún indicio. No ha desaparecido ningún objeto. Se descubre la suma de 40.000 francos en el colchón del chamarilero.
  “Este, al parecer, salió de su casa la noche del día 19, como hacía con frecuencia.
  “No hay información sobre su vida privada. Las investigaciones realizadas en París y provincias no dan resultado alguno. Escriben a la Alta Silesia y, un mes después, una hermana del desaparecido llega a París y pide entrar en posesión de la herencia.
  “Al cabo de seis meses la hermana consigue un certificado de desaparición de Ulrich.”
Luego, hacia el mediodía de ese martes 2 de agosto, Maigret, en la comisaría de La Villete, recaba información sobre un cadáver sacado el “1 de julio” del canal Saint-Martin, después “Trasladado al Instituto de Medicina Legal”, donde “no pudo ser identificado”. No obstante, pese a los pocos indicios, Maigret concluye que “Poseía datos sólidos”: “El tío Ulrich es el hombre al que asesinaron hace seis años y al que arrojaron después al canal Saint-Martin.” Vale observar, no obstante, que Jean Lenoir, ejecutado en la guillotina el pasado 28 de junio a los 24 años, le contó que ese asesinato ocurrió a sus 16 años, o sea hace ocho años y no hace seis.
   A Maigret ahora sólo le resta indagar por qué lo mataron y quién es el asesino, sin duda oculto entre los miembros de la pandilla del Merendero de Cuatro Cuartos, de la que James, el inglés, es el cofrade fundador (hace “siete u ocho años”) y “el más popular”.
  Sobre el cadáver del camisero Feinstein, muerto por una diminuta bala salida del pequeño revólver de su joven y licenciosa esposa, “El martes [26 de julio] por la mañana, el médico forense entregó su informe: el disparo se había efectuado a una distancia de unos treinta centímetros. Era imposible determinar si el autor del disparo era el propio Feinstein o Monsieur Basso.” 
  El jueves 28 de julio la policía aún no atrapa al prófugo y presunto homicida. Y la tarde de ese jueves, sentado con James frente a una mesa de la Taverne Royale, Maigret murmura “como para sus adentros”: “La hipótesis más sencilla, la que sugieren los periódicos”, “es que Feinstein, por algún motivo, atacó a Basso, y éste se apoderó del arma apuntada contra él, disparando sobre el camisero”. 
   
Plaza Vendôme
       El británico James “trabaja en un banco inglés, en la Place Vendôme”. Y al término de la jornada, de lunes a sábado, a las cuatro de la tarde, se va a la Taverne Royale, donde entre las cinco y las ocho de la noche lee y bebe en su “rinconcito propio”: una “mesita de mármol” en la terraza de la Taverne Royale, desde donde observa “la columnata de la Madeleine a lo lejos, el delantal blanco de los camareros, la multitud de transeúntes y los coches en movimiento”.
Columnata de La Madelaine
  Marthe, su mujer, también es del grupo que los fines de semana se reúnen a retozar y a beber en Morsang y en el Merendero de Cuatro Cuartos. Llevan ocho años casados y no tienen hijos. Y al visitar a James en su estrecho departamento en el cuarto piso de un edificio de la Rue Championnet, Maigret entrevé las minucias y matices de ese matrimonio gris, insípido y asfixiante, donde cada uno hace su vida aparte, sin amor y sin comunicación. Y por ello comprende por qué James, filósofo de la abulia y de la aburrición, necesita ese “rinconcito propio”, “en la terraza de la Taverne Royale, delante de un Pernod”, donde tiene “un mundo propio, que creaba de pies a cabeza, a base de Pernods o de coñacs, y en el que se movía impasible e indiferente a la realidad”: “Un mundo un poco borroso, bullicioso como un hormiguero, poblado de sombras inconsistentes, en el que nada tenía importancia, nada servía para nada, donde caminaba sin rumbo, sin esfuerzo, sin alegría, sin tristeza, en una neblina algodonosa.”
   James, sin proponérselo, desde que conoce a Maigret la tarde del sábado 24 de julio en el Merendero de Cuatro Cuartos, se convierte en su principal informante. Por ejemplo, le dice que Mado, la esposa de Feinstein, “necesitaba hombres”, que había tenido aventuras con “la mayoría de los habituales de Morsang”; y que el camisero “pedía dinero a los amantes de su mujer” y “¡Les debía dinero a todos!” 
   Y sobre la bala que mató al camisero, James le dice a Maigret: “¡Entiendo tan bien lo que ha ocurrido! Feinstein necesitaba dinero y acechaba a Basso desde la tarde anterior [a su muerte], en espera del momento propicio. Incluso durante la falsa boda, cuando iba vestido de anciana, pensaba en sus letras, ¿me entiende? Miraba cómo Basso bailaba con su mujer... y al día siguiente habla con él. Basso, que ya le ha prestado dinero en otras ocasiones, se niega. El otro insiste, lloriquea: ¡la miseria!, ¡la deshonra!, mejor el suicidio... Le juro que debió ser una comedia de ese tipo. Todo transcurrió en un hermoso domingo con barquitas en el Sena.”
   Por órdenes de Maigret, el “experto en contabilidad” de la Policía Judicial revisa “la contabilidad de la camisería en los últimos siete años” y observa que Feinstein ha subsistido debiéndole a los proveedores, pero pagando sus deudas y siempre con el agua al cuello y al borde de la quiebra. Según ese contable, “En los libros de hace siete años aparece por primera vez el nombre de Ulrich. Préstamo de dos mil francos, un día de vencimiento.” Y después de una serie de préstamos y devoluciones (con intereses), pues “Feinstein es honrado”, “En el mes de marzo [de hace seis años], Feinstein debía treinta y dos mil francos a Ulrich.” Y el camisero no los retribuyó (porque el tío Ulrich despareció de su tienda en el barrio judío). Y “A partir de ese momento, ya no hay rastro de Ulrich en los libros.” 
  El sábado 30 de julio, Maigret, a las cinco de la tarde, entra a la Taverne Royale y habla con James, quien irá a Morsang (y por ende al Merendero de Cuatro Cuartos), “como todos los sábados”, pese a las dramáticas ausencias del camisero Feinstein y de Marcel Basso, quien sigue fugitivo. Un camarero le dice a Maigret que le hablan por teléfono. Al ir a la cabina telefónica descubre que es un engaño. Y alcanza a ver que James dialoga con Basso, quien viste ropas que le quedan chicas, y por ello parece “achicado, como si hubiera sufrido una transformación”, mientras “acechaba con ojos febriles la puerta de la cabina”. Al ver que Maigret lo ha descubierto, huye entre la multitud.
  James no le revela a Maigret lo que habló con Marcel Basso. Y pese a que “podría acusarlo de complicidad”, le dice, va con él a Morsang y ambos se instalan en el hotel Vieux Garçon. El comisario observa la fauna de los habituales, quienes lo evitan. Y al anochecer va a la casa de campo de los Basso, donde, bajo la vigilancia de sus agentes, han estado viviendo la esposa del rico carbonero y su hijo. 
 
Georges Simenon
    La mañana del domingo 31 de julio, mientras Maigret interroga a Victor Gaillard tras haberlo descubierto en el Merendero, se oye un disparo. Maigret le ordena al vagabundo tísico que no se mueva del Merendero y él va hacia la casa de campo de los Basso (donde se oyó el tiro) y se entera que James, manejando el coche nuevo del médico, se llevó, hecho un bólido, a la esposa de Marcel y a su hijo. Empieza la búsqueda del auto por todas las arterias. Y hacia las cinco de la tarde, Maigret recibe una llamada desde Montlhéry y le dicen que el auto corría en el autódromo y que el piloto era James. 
  Maigret va hacia allá con el médico, por ser el dueño del coche. No detiene a James, pero sí el auto, para que los expertos lo analicen. La respuesta de los peritos llega hasta las tres de la tarde del lunes 1 de agosto: el cemento Portland hallado en las llantas ha sido utilizado en la carretera que va de La Ferté-Alais a Arpajon, y por ende el rastreo policial se concentra en la zona de La Ferté-Alais, donde el martes 2 de agosto, por una circunstancia azarosa, los Basso son localizados ocultos en una pobrísima casucha. (Es decir, una humilde y solitaria anciana fue a comprar a una tienda del mercado “¡Veintidós francos de jamón!” y la empleada le dijo: “¡Parece que desde hace algún tiempo se cuida usted más!”, “¿Y piensa comérselo todo usted sola?”. Esto lo oyó el brigada Piquart, quien estaba allí enviado por su mujer para comprar cebollas, y por ello siguió a la vieja y avisó a la gendarmería.) Pero además, el lunes 1 de agosto, según indaga y descubre Maigret, a eso de las diez de la mañana, en el banco que negocia con la empresa de Marcel Basso (“La Banque du Nord, en el Boulevard Haussmann”), James se presentó en la ventanilla y cobró “un cheque de trescientos mil francos firmado por Marcel Basso”, fechado “cuatro días antes”; o sea: el viernes 29 de julio. Dinero que Basso, al parecer, iba a usar para su huida al extranjero. 
 Mientras ocurre la detención de los Basso en la zona de La Ferté-Alais, Maigret ha ido a la empresa de carbón en el Quai d’Austerliz. Y guiado por la secretaria, en el archivo personal de Marcel Basso el comisario hojea (y luego decomisa) un cuaderno de direcciones de “por lo menos quince años”, donde encuentra “Una dirección vergonzante, pues el comerciante de carbón no se había atrevido a escribir el nombre entero: ‘UL., Rue des Blancs-Manteaux, 13 bis’.”
 Luego el comisario Maigret va a la casucha donde los gendarmes mantienen detenido al carbonero. Allí, Marcel Basso le confiesa que solía prestarle dinero a Feinstein y que el domingo 25 de julio le pedía 50 mil francos; que durante la patética y lacrimosa petición amenazó con suicidarse con el pequeño revólver de su esposa, y que en el forcejeo para que lo no hiciera un tiro se disparó.  
  Sobre esa confesión Maigret le dice: “Creo que mató a Feinstein de manera involuntaria”. No obstante, quiere que le diga si Feinstein, para chantajearlo, “contaba con un arma más contundente que la infidelidad de su mujer”. Y mostrándole su viejo cuaderno de direcciones y abriéndolo “por la letra U”, le dice: “En pocas palabras, me gustaría saber quién mató hace seis años a un tal Ulrich, que vivía en la Rue des Blancs-Manteaux, y quién arrojó después su cadáver al canal Saint-Martin.”
  Esto provoca en Marcel Basso tal conmoción que se deshace en lágrimas repitiendo la palabra “¡Dios! ¡Dios!” Su mujer sale estrepitosamente del cuarto contiguo y grita: “¡Marcel! ¡Marcel! ¡Eso no es verdad! ¡Di que no es verdad!” Ambos lloran y el chiquillo también. E incluso la vieja (“la tía Mathilde”), que “a pasitos cortos y rápidos, sin dejar de resoplar, fue a colocar de nuevo la cacerola sobre el fuego, que avivó con un atizador”.
  Para resolver ese enigma y desvelar quién mató al usurero Ulrich hace seis años, Maigret, el miércoles 3 de agosto, hace coincidir a James y a Marcel Basso en una celda del Quai des Orfèvres, donde también encierra al vagabundo Victor Gaillard, quien le había exigido al comisario 30 mil francos (y luego 25 mil) para revelarte la identidad del asesino y todos los pormenores del chantaje. 
  

       Vale añadir que el misterio del asesinato del usurero judío en esa celda se aclara de un modo imprevisto; es decir, matizado por los yerros, las ambiciones, las contradicciones, las lealtades amistosas, las tentaciones sexuales y las debilidades humanas de James y Marcel Basso. Y que el otrora imprudente culpable, previo al arribo del juez de instrucción, le solicita al comisario Maigret: “Oiga, ¿me haría el favor de comentarle el caso? ¡Pídale simplemente que se dé prisa! Confesaré todo lo que quiera, pero que me manden lo antes posible a un rincón.”


Georges Simenon, La amargura del condenado. Traducción del francés al español de Joaquín Jordá. Colección Biblioteca Maigret, serie Booket número 5011/11, Tusquets Editores. Barcelona, 2003. 184 pp.  


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Josephine Baker, Sirena de los trópicos.