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domingo, 2 de diciembre de 2018

La amargura del condenado

En busca del rinconcito perdido

Con el número 5011/11 de la colección Biblioteca Maigret y dentro de la serie de bolsillo Booket, Tusquets Editores publicó en Barcelona, en 2003, La amargura del condenado, novela policíaca del inagotable narrador belga Georges Simenon (1903-1989), traducida al español por Joaquín Jordá, cuya primera edición en francés (La guinguette à deux sous) data de 1931. Y cuenta con dos adaptaciones a la pantalla chica: The Wedding Guest (1962), filme de la BBC para la televisión británica dirigido por Terence Williams, con Rupert Davies en el papel del inspector Maigret; y La guinguette à deux sous (1975), película de la televisión francesa dirigida por René Lucot, con Jean Richard en la caracterización del comisario Maigret.
(Tusquets, Barcelona, 2003)
       La intriga policial de La amargura del condenado se desglosa en once capítulos con rótulos. La tarde del “27 de junio” (un día muy luminoso) el comisario Maigret va a la prisión Santé. Su objetivo (como si fuera el defensor de oficio) es informarle a “Jean Lenoir, el joven jefe de la banda de Belleville”, que el presidente de la República rechazó su indulto y que su ejecución en la guillotina “tendrá lugar mañana al amanecer”. Acojonadora y sonora noticia (con cuenta regresiva) que “A esa misma hora” se puede leer “en los diarios de la tarde que corrían por las terrazas de los cafés” de París.

Según la voz narrativa, “Había sido precisamente Maigret quien, tres meses antes, había echado el guante a Lenoir en un hotel de la Rue Saint-Antoine. Un segundo más, y la bala que el delincuente disparó contra él le habría alcanzado de pleno en lugar de perderse en el techo.” El condenado a muerte, Jean Lenoir, es un joven malhechor de 24 años que desde los 15 colecciona delitos y condenas. Su autoimpuesto “código de honor” le impide delatar a sus cómplices. Y en un instante de amargura exclama: “¡Si al menos me acompañaran todos los que se lo merecen!” Cuyo deshago es la anécdota que le narra al comisario Maigret en torno a un hecho impune que él, a sus 16 años, dice, presenció junto a su colega Victor (que ya tosía, por la tuberculosis, y que “debe estar ahora en un sanatorio”). Es decir, hace ocho años, vagando por las calles de París, a eso de las “tres de la madrugada” vieron que un tipo sacó un cadáver de una casa, lo subió a un coche, manejó un trayecto y luego lo arrojó a las aguas del canal Saint-Martin. Algo muy pesado debió llevar en los bolsillos porque el cuerpo se hundió de inmediato. Hecho esto, le dice Lenoir, “En la Place de la République, el hombre se detuvo para tomar una copa de ron en el único café que seguía abierto. Luego llevó el coche al garaje y se metió en su casa. Mientras se desnudaba, vimos su silueta recortada en las cortinas.”  
    Los jovenzuelos pudieron seguir al tipo y averiguar el sitio donde vivía porque se subieron al parachoques del auto. Y según añade el condenado: “Victor y yo lo chantajeamos durante dos años. Éramos novatos. Y como teníamos miedo de pedir demasiado, exigíamos cien francos cada vez. Un día el tipo se mudó y no logramos dar con él. Hace menos de tres meses lo vi por casualidad en el Merendero de Cuatro Cuartos y él ni siquiera me reconoció.”
     El comisario Maigret ignora dónde se halla el Merendero de Cuatro Cuartos. Y pese a que en los “archivos de los asuntos sin resolver  de aquel año” ve que “en el canal Saint-Martin habían encontrado por lo menos siete cadáveres”, esa anécdota carcelaria, contada en la antesala de la muerte, hubiera caído en el olvido si el comisario no se hubiera tropezado con una circunstancia fortuita. El sábado 23 de julio, casi un mes después de la ejecución de Jean Lenoir, Maigret se alista para viajar en ferrocarril a Alsacia, pues su esposa ha ido allí “a casa de su hermana, donde, como todos los veranos, pasaría un mes”. Puesto que el bombín que usa está roto y su mujer le ha “dicho cientos de veces que se comprara otro” (“¡Acabarán por darte limosna en la calle!”), Maigret entra en una sombrerería del Boulevard Saint-Michel “para probarse sombreros hongos”. Allí, un cliente de unos 35 años, con un “traje gris muy corriente”, solicita una chistera de modelo antiguo, pues, le dice al vendedor, “es para una broma, una boda de mentira que hemos organizado unos amigos en el Merendero de Cuatro Cuartos. Habrá una novia, una suegra, testigos y todo lo demás. ¡Como en una boda de pueblo, vaya! ¿Comprende ahora lo que necesito? Yo hago de alcalde del pueblo.”
   
Georges Simenon
(1903-1989)
          Dentro de la sombrerería, el comisario Maigret, todo oídos, aún no ha “experimentado lo que solía llamar la ‘vuelta de llave’”, “aquel pequeño pellizco” [debajo de la tetilla izquierda, diría el teniente investigador Mario Conde], aquel desfase, en suma, aquella vuelta de llave que lo zambullía en la atmósfera de un caso”. Pero el hecho de oír el retintín del nombre del Merendero de Cuatro Cuartos y dado su intrínseco instinto y pulsión de sabueso, empieza a seguir al hombre de la chistera y traje gris. A bordo de un taxi persigue el coche del tipo, que se detiene en la Rue Vieille-du-Temple, donde entra “en una tienda de ropa de segunda mano y al cabo de media hora salió con una enorme caja alargada y plana que debía contener el traje adecuado para la chistera”. “Después enfilaron a los Campos Elíseos, luego a la Avenue de Wagram. Un bar pequeñito, en una esquina. Sólo pasó allí cinco minutos y salió en compañía de una mujer de unos treinta años, rellenita y alegre.” El coche donde va la pareja se detiene “en la Avenue Niel, delante de un hotelito” de paso, en cuya “placa de cobre” se anuncia: “Se alquilan habitaciones por meses y por días”. “En la recepción, que olía a adulterio elegante”, Maigret muestra su placa de la Policía Judicial y la “encargada perfumada” le dice, sobre “la pareja que acaba de entrar”, que “Son personas muy correctas, casadas los dos, que vienen dos veces por semana”. Mientras los amantes están refocilándose en el cuarto, Maigret lee en “la cédula del vehículo” el nombre y la dirección del galán de marras: “Marcel Basso. Quai d’Austerliz, número 32, París”. 
  Tras salir del hotel de paso, los tortolitos se van en el auto de Marcel Basso y se detienen “en la Place des Ternes. Se les veía besarse a través de la ventanilla trasera. Seguían cogidos de la mano cuando, con el coche al ralentí, la mujer salió del vehículo y paró un taxi.” Maigret, por su parte, le ordena a su taxista que vaya a Quai d’Austerliz, donde lee en un “cartel enorme” más datos sobre el galancete: “MARCEL BASSO. IMPORTADOR DE CARBONES DE TODAS LAS PROCEDENCIAS. VENTA AL POR MAYOR Y AL DETALL. REPARTO A DOMICILIO. PRECIOS DE VERANO.” Allí, “Una empalizada negruzca rodeaba unos almacenes de carbón. Enfrente, al otro lado de la calle, había un muelle de descarga de la misma compañía y garrabas inmóviles junto a los montones de carbón descargados ese mismo día.
     “En medio de los depósitos de carbón se alzaba una gran casa con jardín. Monsieur Basso aparcó el coche, con un gesto maquinal se aseguró de que no llevaba cabellos de mujer en los hombros y entró en su casa.
    “Maigret lo vio reaparecer en una habitación del primer piso, que tenía las ventanas abiertas de par en par, en compañía de una mujer alta, rubia y bonita. Los dos reían. Hablaban animadamente. Monsieur Basso se probaba la chistera y se miraba en un espejo.
   “Metían ropa en unas maletas. Apareció una sirvienta con delantal blanco.
   “Un cuarto de hora después —eran las cinco— la familia bajó. Un niño de diez años, con una escopeta de aire comprimido, abría la comitiva. Lo seguían la sirvienta, Madame Basso, su marido y un jardinero con las maletas.”
    En el auto de Marcel (que no es “de lujo”, pero sí “casi nuevo”), los Basso “se dirigieron a Villeneuve-Saint-Georges”. Maigret los sigue en el taxi. “Después tomaron la carretera de Corbeil. Cruzaron esa ciudad y enfilaron un camino lleno de baches, paralelo al Sena.” Y su destino final es una casa de campo llamada “El Reposo”, ubicada entre los poblados Morsang y Seine-Port. Maigret le pregunta al taxista si “¿Hay algún hotel o fonda por los alrededores?” Y el taxista le responde que “En Morsang está el Vieux Garçon. Y Marius, más arriba, en Seine-Port.” Pero ignora si en el Merendero de Cuatro Cuartos rentan habitaciones. 
 
En el centro:
Georges Simenon y Josephine Baker
        Para no desvelar todas las menudencias de la narración, vale resumir que ese ámbito cercano a París es un entorno de descanso y recreación para una multitud de gente clasemediera y pequeñoburguesa que suele ir allí los fines de semana a reposar, divertirse, convivir, comer, beber, pescar y navegar en el Sena, ya en bote o en embarcaciones de distinta catadura. Y Marcel Basso y los suyos (una de las pocas familias que poseen casa de campo y por ende no se resguardan en los hoteles) forman parte de una pandilla de conocidos entre sí que tienen al Merendero de Cuatro Cuartos (una modestísima taberna) como el punto central de sus comilonas y francachelas. Y Maigret, infiltrado entre ellos con su traje oscuro de ciudad (o sea: el notorio frijol en la sopa de letras campiranas), observa que, efectivamente, en el Merendero de Cuatro Cuartos se celebra una boda de broma en la que los alegres comensales están disfrazados. Marcel Basso caracteriza al alcalde de pueblo y la novia de la boda es nada menos que su amante furtiva, la misma fémina treintañera con que unas horas antes se regocijó en el hotelito de paso de la Avenue Niel, esposa, además de Feinstein, un cincuentón, muy serio y canoso, que está disfrazado de vieja, dueño de una camisería en el Boulevard des Capucines (en “la zona de los grandes bulevares” de París). Esa mujer, llamada Mado, era “la más ruidosa de todos. Estaba claramente borracha y se distinguía por su pasmosa exuberancia. Bailaba con Basso, tan pegada a él que Maigret desvió la mirada.” Y la cereza del pastel de bodas es otra escena pícara y libertina, pues la falsa novia y el falso novio son empujados al cuartito de la luna de miel, “y luego lo cerraron con llave”. Hay que recalcar que Marcel Basso, pese a la obvia y descarada cachondez en el baile frente a las narices del camisero, no es el falso novio, y por su papel de alcalde del pueblo le toca cortar “la liga de recuerdo” y repartirla en pedacitos; mientras que el falso novio, “con la cara embadurnada de blanco y maquillada”, “Iba disfrazado de campesino granujiento y risueño”.
 
Josephine Baker
(1906-1975)
      James, un británico, miembro de la pandilla, quien bebe y bebe sin caerse ni perder lucidez, es el que trata a Maigret como si fuera un invitado más del grupo e incluso le ofrece su habitación de hotel sino encuentra sitio en el Vieux Garçon. Maigret supone que entre esos alegres comensales hay un asesino camuflado y por ciertas miradas que le dirigen algunos, colige que saben que es policía. 
   La tarde del día siguiente, domingo 24 de julio, Maigret es invitado a jugar bridge en la casa de campo de Marcel Basso, la cual se localiza exactamente frente al Merendero de Cuatro Cuartos; es decir, cruzando el Sena en bote de remos, en balandro de vela o en lancha de motor. Luego de unas dos horas de jugar, beber y bailar en la casa de los Basso, la pandilla decide regresar al Merendero. Maigret lo hace en el balandro de vela de James, pero van remando con lentitud porque no sopla viento. Mientras que el camisero Feinstein y Marcel Basso en unos instantes cruzan el río en la lancha de éste. Cuando James y Maigret están cerca de la orilla se oye un disparo. El comisario se apresura batiendo los remos. Y detrás del Merendero observa la escena del sorpresivo crimen: el camisero Feinstein yace en el suelo y Marcel Basso, que empuña “un pequeño revólver con culata de nácar”, pregunta por su esposa (quien vestida de marinero se ha quedado en la casa de campo con el hijo) y repite fóbico y angustiado: “¡No he sido yo! ¡No he sido yo!”
  El comisario Maigret anuncia al corro que es de la Policía Judicial e inicia las diligencias policiales. Al médico (miembro de la pandilla) le ordena que vigile que nadie toque el cadáver. Y dado que no hay teléfono en la casa de los Basso ni en el Merendero, le ordena al tabernero que vaya en bicicleta a la esclusa y llame por teléfono a la gendarmería. Y puesto que Maigret “no estaba en misión oficial”, antes de irse delega “las responsabilidades” en los gendarmes, quienes detienen a Marcel Basso y avisan “al juez de instrucción”. Pero “Una hora después”, Marcel Basso, “sentado en la pequeña estación de ferrocarril de Seine-Port, flanqueado por dos brigadas”, empuja “a sus guardianes” y escapa corriendo entre la muchedumbre, cruza la vía y se pierde “en un bosque cercano”.
  Por orden del juez de instrucción, el comisario Maigret se hace cargo de las pesquisas de ese caso y al unísono investiga el crimen impune ocurrido hace “ocho años”, pues está seguro que el asesino (otrora chantajeado por Jean Lenoir y su compinche tuberculoso) es uno de los miembros de la pandilla del Merendero de Cuatro Cuartos.
  En el transcurso de los días, “El juez de instrucción encargado del asunto del Merendero” presiona a Maigret y lo mismo hace el Jefe de la Policía Judicial, pues por las vacaciones de verano “tenía pocos hombres disponibles, y éstos debían vigilar todos los lugares en los que el fugitivo podía presentarse”. El comisario Maigret, desde luego, resuelve ambos casos en unos cuantos días, pues ya muy entrada la noche del miércoles 3 de agosto va en tren, por fin, rumbo a Alsacia, donde en la estación lo esperan su esposa y la hermana de ésta; incluso su mujer lo recibe con unos “zuecos pintados”, adquiridos para él en Colmar. “Eran unos preciosos zuecos amarillos, y Maigret quiso probárselos antes incluso de quitarse el traje oscuro con el que había llegado, procedente de París.”
  Así como el sábado 23 de julio el azar llevó a Maigret a una sombrerería donde oyó hablar del Merendero de Cuatro Cuartos, en éste, la mañana del domingo 31 de julio (una semana después del asesinato de Feinstein) al oír la tos de un jovenzuelo (de unos 25 años) con pinta de vagabundo, infiere que se trata del cómplice de Jean Lenoir, que sin duda está ahí para cobrar el chantaje y por ende le pide su documentación. En su “mugrienta cartilla militar” lee que se llama Victor Gaillard. Y su última dirección, le dice el rapaz, fue el “Sanatorio municipal de Gien”, que abandonó “Hace un mes”. Y añade: “Estaba sin un céntimo. Por el camino he trabajado haciendo algunas chapuzas. Puede usted detenerme por vagabundeo, pero tendrá que enviarme a un sanatorio. Sólo me queda un pulmón.” Victor Gaillard niega haber conocido a Jean Lenoir y haber recibido de él una carta (enviada desde la cárcel) donde le indicó el sitio donde hallaría al tipo que otrora arrojó un cadáver al canal de Saint-Martin y que para él y Lenoir (durante dos años) fue la gallina de los huevos de oro. Y como Victor se obstina en no revelarle nada, Maigret lo encierra en una celda del Quai des Orfèvres. Allí lo interroga. Y como sólo puede acusarlo de vagabundeo, ordena que lo liberen a la una de la madrugada (del martes 2 de agosto) y que lo siga el brigada Lucas.  
   Victor, que merodea por Les Halles y luego duerme en un banco hasta que a las cinco de la madruga lo despierta un gendarme, sabe que un poli lo sigue. Y temprano en la mañana de ese martes 2 de agosto, Lucas le deja un aviso a Maigret para que acuda a la Rue des Blancs-Manteaux. De su oficina en el Quai des Orfèvres, el comisario va a pie a esa calle del barrio judío donde se ubican “la mayoría de las tiendas de objetos usados, a la sombra del Monte de Piedad”. Victor, que se hace el remolón y merodea frente al escaparte del tendejón donde se anuncia: “HANS GOLBERG, COMPRA, VENTA, OCASIONES DE TODO TIPO”, no le revela al comisario Maigret por qué hizo que el brigada Lucas lo siguiera hasta allí y él se apersonara en ese sitio. Entonces Maigret le ordena a Lucas que no lo pierda de vista y él entra al tendejón e inicia las averiguaciones en torno al propietario: el judío Hans Golberg, dueño del negocio desde “Algo más de cinco años”; y sobre el anterior propietario: el tío Ulrich,  judío, también dedicado a la compraventa de cachivaches y usurero clandestino, misteriosamente desaparecido del mapa. 
  “Sumergido entre viejos archivos” policiales, Maigret halla algunos datos sobre el tío Ulrich que resume en “una hoja de papel”:
  “Jacob Ephraim Levy, llamado Ulrich, sesenta y dos años, natural de la Alta Silesia, chamarilero, Rue des Blancs-Manteaux, sospechoso de practicar regularmente la usura.
  “Desaparece el 20 de marzo, pero los vecinos no acuden a la comisaría para denunciar su ausencia hasta el día 22.
  “En la casa no se encuentra ningún indicio. No ha desaparecido ningún objeto. Se descubre la suma de 40.000 francos en el colchón del chamarilero.
  “Este, al parecer, salió de su casa la noche del día 19, como hacía con frecuencia.
  “No hay información sobre su vida privada. Las investigaciones realizadas en París y provincias no dan resultado alguno. Escriben a la Alta Silesia y, un mes después, una hermana del desaparecido llega a París y pide entrar en posesión de la herencia.
  “Al cabo de seis meses la hermana consigue un certificado de desaparición de Ulrich.”
Luego, hacia el mediodía de ese martes 2 de agosto, Maigret, en la comisaría de La Villete, recaba información sobre un cadáver sacado el “1 de julio” del canal Saint-Martin, después “Trasladado al Instituto de Medicina Legal”, donde “no pudo ser identificado”. No obstante, pese a los pocos indicios, Maigret concluye que “Poseía datos sólidos”: “El tío Ulrich es el hombre al que asesinaron hace seis años y al que arrojaron después al canal Saint-Martin.” Vale observar, no obstante, que Jean Lenoir, ejecutado en la guillotina el pasado 28 de junio a los 24 años, le contó que ese asesinato ocurrió a sus 16 años, o sea hace ocho años y no hace seis.
   A Maigret ahora sólo le resta indagar por qué lo mataron y quién es el asesino, sin duda oculto entre los miembros de la pandilla del Merendero de Cuatro Cuartos, de la que James, el inglés, es el cofrade fundador (hace “siete u ocho años”) y “el más popular”.
  Sobre el cadáver del camisero Feinstein, muerto por una diminuta bala salida del pequeño revólver de su joven y licenciosa esposa, “El martes [26 de julio] por la mañana, el médico forense entregó su informe: el disparo se había efectuado a una distancia de unos treinta centímetros. Era imposible determinar si el autor del disparo era el propio Feinstein o Monsieur Basso.” 
  El jueves 28 de julio la policía aún no atrapa al prófugo y presunto homicida. Y la tarde de ese jueves, sentado con James frente a una mesa de la Taverne Royale, Maigret murmura “como para sus adentros”: “La hipótesis más sencilla, la que sugieren los periódicos”, “es que Feinstein, por algún motivo, atacó a Basso, y éste se apoderó del arma apuntada contra él, disparando sobre el camisero”. 
   
Plaza Vendôme
       El británico James “trabaja en un banco inglés, en la Place Vendôme”. Y al término de la jornada, de lunes a sábado, a las cuatro de la tarde, se va a la Taverne Royale, donde entre las cinco y las ocho de la noche lee y bebe en su “rinconcito propio”: una “mesita de mármol” en la terraza de la Taverne Royale, desde donde observa “la columnata de la Madeleine a lo lejos, el delantal blanco de los camareros, la multitud de transeúntes y los coches en movimiento”.
Columnata de La Madelaine
  Marthe, su mujer, también es del grupo que los fines de semana se reúnen a retozar y a beber en Morsang y en el Merendero de Cuatro Cuartos. Llevan ocho años casados y no tienen hijos. Y al visitar a James en su estrecho departamento en el cuarto piso de un edificio de la Rue Championnet, Maigret entrevé las minucias y matices de ese matrimonio gris, insípido y asfixiante, donde cada uno hace su vida aparte, sin amor y sin comunicación. Y por ello comprende por qué James, filósofo de la abulia y de la aburrición, necesita ese “rinconcito propio”, “en la terraza de la Taverne Royale, delante de un Pernod”, donde tiene “un mundo propio, que creaba de pies a cabeza, a base de Pernods o de coñacs, y en el que se movía impasible e indiferente a la realidad”: “Un mundo un poco borroso, bullicioso como un hormiguero, poblado de sombras inconsistentes, en el que nada tenía importancia, nada servía para nada, donde caminaba sin rumbo, sin esfuerzo, sin alegría, sin tristeza, en una neblina algodonosa.”
   James, sin proponérselo, desde que conoce a Maigret la tarde del sábado 24 de julio en el Merendero de Cuatro Cuartos, se convierte en su principal informante. Por ejemplo, le dice que Mado, la esposa de Feinstein, “necesitaba hombres”, que había tenido aventuras con “la mayoría de los habituales de Morsang”; y que el camisero “pedía dinero a los amantes de su mujer” y “¡Les debía dinero a todos!” 
   Y sobre la bala que mató al camisero, James le dice a Maigret: “¡Entiendo tan bien lo que ha ocurrido! Feinstein necesitaba dinero y acechaba a Basso desde la tarde anterior [a su muerte], en espera del momento propicio. Incluso durante la falsa boda, cuando iba vestido de anciana, pensaba en sus letras, ¿me entiende? Miraba cómo Basso bailaba con su mujer... y al día siguiente habla con él. Basso, que ya le ha prestado dinero en otras ocasiones, se niega. El otro insiste, lloriquea: ¡la miseria!, ¡la deshonra!, mejor el suicidio... Le juro que debió ser una comedia de ese tipo. Todo transcurrió en un hermoso domingo con barquitas en el Sena.”
   Por órdenes de Maigret, el “experto en contabilidad” de la Policía Judicial revisa “la contabilidad de la camisería en los últimos siete años” y observa que Feinstein ha subsistido debiéndole a los proveedores, pero pagando sus deudas y siempre con el agua al cuello y al borde de la quiebra. Según ese contable, “En los libros de hace siete años aparece por primera vez el nombre de Ulrich. Préstamo de dos mil francos, un día de vencimiento.” Y después de una serie de préstamos y devoluciones (con intereses), pues “Feinstein es honrado”, “En el mes de marzo [de hace seis años], Feinstein debía treinta y dos mil francos a Ulrich.” Y el camisero no los retribuyó (porque el tío Ulrich despareció de su tienda en el barrio judío). Y “A partir de ese momento, ya no hay rastro de Ulrich en los libros.” 
  El sábado 30 de julio, Maigret, a las cinco de la tarde, entra a la Taverne Royale y habla con James, quien irá a Morsang (y por ende al Merendero de Cuatro Cuartos), “como todos los sábados”, pese a las dramáticas ausencias del camisero Feinstein y de Marcel Basso, quien sigue fugitivo. Un camarero le dice a Maigret que le hablan por teléfono. Al ir a la cabina telefónica descubre que es un engaño. Y alcanza a ver que James dialoga con Basso, quien viste ropas que le quedan chicas, y por ello parece “achicado, como si hubiera sufrido una transformación”, mientras “acechaba con ojos febriles la puerta de la cabina”. Al ver que Maigret lo ha descubierto, huye entre la multitud.
  James no le revela a Maigret lo que habló con Marcel Basso. Y pese a que “podría acusarlo de complicidad”, le dice, va con él a Morsang y ambos se instalan en el hotel Vieux Garçon. El comisario observa la fauna de los habituales, quienes lo evitan. Y al anochecer va a la casa de campo de los Basso, donde, bajo la vigilancia de sus agentes, han estado viviendo la esposa del rico carbonero y su hijo. 
 
Georges Simenon
    La mañana del domingo 31 de julio, mientras Maigret interroga a Victor Gaillard tras haberlo descubierto en el Merendero, se oye un disparo. Maigret le ordena al vagabundo tísico que no se mueva del Merendero y él va hacia la casa de campo de los Basso (donde se oyó el tiro) y se entera que James, manejando el coche nuevo del médico, se llevó, hecho un bólido, a la esposa de Marcel y a su hijo. Empieza la búsqueda del auto por todas las arterias. Y hacia las cinco de la tarde, Maigret recibe una llamada desde Montlhéry y le dicen que el auto corría en el autódromo y que el piloto era James. 
  Maigret va hacia allá con el médico, por ser el dueño del coche. No detiene a James, pero sí el auto, para que los expertos lo analicen. La respuesta de los peritos llega hasta las tres de la tarde del lunes 1 de agosto: el cemento Portland hallado en las llantas ha sido utilizado en la carretera que va de La Ferté-Alais a Arpajon, y por ende el rastreo policial se concentra en la zona de La Ferté-Alais, donde el martes 2 de agosto, por una circunstancia azarosa, los Basso son localizados ocultos en una pobrísima casucha. (Es decir, una humilde y solitaria anciana fue a comprar a una tienda del mercado “¡Veintidós francos de jamón!” y la empleada le dijo: “¡Parece que desde hace algún tiempo se cuida usted más!”, “¿Y piensa comérselo todo usted sola?”. Esto lo oyó el brigada Piquart, quien estaba allí enviado por su mujer para comprar cebollas, y por ello siguió a la vieja y avisó a la gendarmería.) Pero además, el lunes 1 de agosto, según indaga y descubre Maigret, a eso de las diez de la mañana, en el banco que negocia con la empresa de Marcel Basso (“La Banque du Nord, en el Boulevard Haussmann”), James se presentó en la ventanilla y cobró “un cheque de trescientos mil francos firmado por Marcel Basso”, fechado “cuatro días antes”; o sea: el viernes 29 de julio. Dinero que Basso, al parecer, iba a usar para su huida al extranjero. 
 Mientras ocurre la detención de los Basso en la zona de La Ferté-Alais, Maigret ha ido a la empresa de carbón en el Quai d’Austerliz. Y guiado por la secretaria, en el archivo personal de Marcel Basso el comisario hojea (y luego decomisa) un cuaderno de direcciones de “por lo menos quince años”, donde encuentra “Una dirección vergonzante, pues el comerciante de carbón no se había atrevido a escribir el nombre entero: ‘UL., Rue des Blancs-Manteaux, 13 bis’.”
 Luego el comisario Maigret va a la casucha donde los gendarmes mantienen detenido al carbonero. Allí, Marcel Basso le confiesa que solía prestarle dinero a Feinstein y que el domingo 25 de julio le pedía 50 mil francos; que durante la patética y lacrimosa petición amenazó con suicidarse con el pequeño revólver de su esposa, y que en el forcejeo para que lo no hiciera un tiro se disparó.  
  Sobre esa confesión Maigret le dice: “Creo que mató a Feinstein de manera involuntaria”. No obstante, quiere que le diga si Feinstein, para chantajearlo, “contaba con un arma más contundente que la infidelidad de su mujer”. Y mostrándole su viejo cuaderno de direcciones y abriéndolo “por la letra U”, le dice: “En pocas palabras, me gustaría saber quién mató hace seis años a un tal Ulrich, que vivía en la Rue des Blancs-Manteaux, y quién arrojó después su cadáver al canal Saint-Martin.”
  Esto provoca en Marcel Basso tal conmoción que se deshace en lágrimas repitiendo la palabra “¡Dios! ¡Dios!” Su mujer sale estrepitosamente del cuarto contiguo y grita: “¡Marcel! ¡Marcel! ¡Eso no es verdad! ¡Di que no es verdad!” Ambos lloran y el chiquillo también. E incluso la vieja (“la tía Mathilde”), que “a pasitos cortos y rápidos, sin dejar de resoplar, fue a colocar de nuevo la cacerola sobre el fuego, que avivó con un atizador”.
  Para resolver ese enigma y desvelar quién mató al usurero Ulrich hace seis años, Maigret, el miércoles 3 de agosto, hace coincidir a James y a Marcel Basso en una celda del Quai des Orfèvres, donde también encierra al vagabundo Victor Gaillard, quien le había exigido al comisario 30 mil francos (y luego 25 mil) para revelarte la identidad del asesino y todos los pormenores del chantaje. 
  

       Vale añadir que el misterio del asesinato del usurero judío en esa celda se aclara de un modo imprevisto; es decir, matizado por los yerros, las ambiciones, las contradicciones, las lealtades amistosas, las tentaciones sexuales y las debilidades humanas de James y Marcel Basso. Y que el otrora imprudente culpable, previo al arribo del juez de instrucción, le solicita al comisario Maigret: “Oiga, ¿me haría el favor de comentarle el caso? ¡Pídale simplemente que se dé prisa! Confesaré todo lo que quiera, pero que me manden lo antes posible a un rincón.”


Georges Simenon, La amargura del condenado. Traducción del francés al español de Joaquín Jordá. Colección Biblioteca Maigret, serie Booket número 5011/11, Tusquets Editores. Barcelona, 2003. 184 pp.  


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Josephine Baker, Sirena de los trópicos.

lunes, 23 de abril de 2018

La transparencia del tiempo

La gente vive con el cuchillo en los dientes

El prolífico y celebérrimo narrador cubano Leonardo Padura Fuentes (La Habana, octubre 9 de 1955), Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, rubrica su novela La transparencia del tiempo (Tusquets, 2018) en “Mantilla, 17 de diciembre de 2014-10 de agosto de 2017”. Y la dedica, como buena parte de sus libros, a su esposa Lucía López Coll (“ya se sabe cómo y por qué”). El protagonista de la novela es, de nuevo, el detective Mario Conde. Un detective singular, con olfato de sabueso callejero y propenso a las intuiciones y premoniciones, de Radio Bemba; es decir, sin oficina acreditada en La Habana y al margen y a la saga de las “nuevas tecnologías” (Internet, el teléfono celular, las computadoras portátiles), que tal vez sea (entre la economía informal y la boyante picaresca) “el primer detective privado cubano desde 1959” (según apostrofa la china cubana Karla Choy); cuyo ínfimo oficio, para subsistir casi en la inopia con su perro Basura II (precisamente en la casa donde nació y creció), es el de ambulante voceador y comprador de libros viejos y antiguos, cuya venta comercializa y potencia su hábil socio y negociante Yoyi el Palomo (“el ex ingeniero Jorge Reutilio Casamayor Riquelmes”), 20 o 25 años más joven que el Conde, y poseedor de un rutilante “Chevrolet Bel Air descapotable de 1957”.
  
(Tusquets, México, 2018)
        La transparencia del tiempo se desarrolla en dos vertientes narrativas entreveradas en capítulos alternos. Una se sucede, principalmente en La Habana, entre el “4 de septiembre de 2014” y el “17 de diciembre de 2014, día de San Lázaro” (capítulos numerados, con fechas y rótulos: 1, 3, 4, 6, 7, 8, 10, 11, 13, 14, 16, 17, 18, 20, más el “Epílogo”). Y es el ámbito temporal, social y existencial donde Mario Conde, a punto de cumplir los infaustos 60 años, vive y convive su día a día y donde investiga el robo de una supuesta Virgen de Regla, recién hurtada a un tal Bobby (Roberto Roque Rosell), marchante de arte y desinhibido homosexual, otrora en el clóset y contemporáneo suyo en el pre de La Víbora y en los estudios universitarios, truncos para ambos, cuando en 1978 iban “a terminar el tercer año de la carrera”.  

     La otra vertiente narrativa inicia en 1989, el día que fallece, en un cuartucho en La Habana, un tal Antoni Barral, un solitario y humilde anciano en silla de ruedas, postrado ante “la imagen negra de Nuestra Señora de La Vall”; que, siendo un adolescente de 16 años, “carbonero y pastor de cabras montaraces”, en medio de los sorpresivos y cruentos embates suscitados por la Guerra Civil en España, en 1936 huyó de su caserío: Sant Jaume de la Vall, una “pequeña aldea de la Carrotxa catalana”, llevando con él, “dentro de una saca nueva de carbón”, la talla en madera de esa virgen negra con fama de milagrosa, el objeto más sagrado y valioso del pequeño villorrio y de la minúscula ermita, de la que se decía había aparecido en el interior de una encina con forma de cruz, muerta y seca por un rayo celestial.   
    Vale observar que en esa vertiente narrativa el oscilar en el tiempo es regresivo (capítulos: “2. Antoni Barral, 1989-1936”, “5. Antoni Barral, 1936”, “9. Antoni Barral, 1472”, “12. Antoni Barral, 1314-1308” y “15. Antoni Barral, 1291”). Es decir, se trata de una especie de viaje a la semilla (con cierta ascendencia de Alejo Carpentier). Y va de regreso, en flash-back, con fantástica y magnética mixtura de histórico palimpsesto, hasta el esbozo del año axial: 1291, cuando los furiosos “ejércitos de infantes y caballeros musulmanes convocados por el joven sultán Khalil al-Ashraf”, causaron la sangrienta caída de la babélica y populosa metrópoli de San Juan de Acre (puerto en el Mediterráneo en lo que ahora es Israel), y el fráter Antoni Barral, corpulento caballero de la Orden del Templo de Salomón, rescató esa virgen negra de la iglesia de San Marcos, donde había estado “desde que la imagen fuera traída de Jerusalén junto con otras reliquias cuando la urbe sagrada terminó siendo conquistada por Saladino” (lo cual ocurrió entre el 20 de septiembre y el 2 de octubre de 1181). Por si fuera poco, esa “imagen negra de Nuestra Señora”, tallada en el norte de África “en los tiempos de los últimos faraones de Egipto [c. 51 a.C.-47 a.C.] y famosa por ser pródiga en la realización de milagros”, según “contaban viejos caballeros, había sido hallada muchos años atrás entre los cimientos del que por más de un siglo había sido el cuartel general de los templarios, ubicado en el sitio preciso en donde las crónicas más fiables aseguraban se había erguido el Templo del rey Salomón y había estado en custodia el Arca de la Alianza”.  
    Frente a la inminente caída y pérdida de San Juan de Acre, el fráter Antoni Barral pensaba que sería “el último día de su vida”, no obstante “valía arriesgar la vida” por esa virgen negra. “Y así lo habían decidido él y tres de sus hermanos, cuyas espadas, durante la realización del rescate, habían hecho correr la sangre musulmana hasta que fluyó más allá de las puertas de la iglesia de San Marcos. Encargado por sus cofrades de transportar la virgen en virtud de su corpulencia, al disponerse a salir del recinto sagrado Antoni debió ver cómo sus tres compañeros de armas y juramentos, apenas puesto un pie en el atrio, caían fulminados por una lluvia de lanzas, piedras y flechas que, en cambio, pasaban por encima de su cabeza y por los lados de su cuerpo sin rozarlo, como si los proyectiles evitaran buscarlo a él, el encargado de cargar la virgen.” Halo protector y milagroso que se reitera y clarifica en la capilla del fuerte de los templarios, cuando el fráter Antoni Barral, que aún suponía “iba a ser el último día de su vida”, se postra al pie de esa virgen negra dispuesto a rezar y a “confesarle a Ella todos sus pecados”. Mientras discurre esa comunión (y paroxismo) y llega hasta él la estridencia de los musulmanes que se saben vencedores, Antoni Barral empezó “a percibir cómo su cuerpo penetraba en un refugio amable, envolvente, una condición física desconocida que lo hacía leve, a salvo de la parafernalia circundante, inmune al caos del momento final. Justo cuando se sentía más arropado en aquel refugio, con su cuerpo incluso elevado unos centímetros del suelo, recibió sobre su frente la presión nítida e inconfundible de unos dedos cálidos capaces de hacerle perder el equilibrio y caer de espaldas, provocando el retumbante sonido de sus metales ofensivos y defensivos. Tendido en el suelo abrió los ojos y comprobó que, ante él, solo estaban, en su sitio de siempre, la cruz y la figura de la Madre, con su rostro negro, brillante y hierático en el que resplandecían unas pupilas azules, casi con vida, de cuyas órbitas, podía jurarlo, en ese instante vio brotar y correr dos lágrimas. Y Antoni Barral recibió la vibrante premonición de que aún le quedaban tareas por cumplir en el Reino de este Mundo. Supo que al menos él había sido blindado por un poder superior y no moriría en esa jornada terrible en la que se celebraría la última batalla antes de que se concretara la pérdida definitiva de la que había sido por décadas la ciudad más pérfida y rutilante del mundo conocido: la ciudad que por sus muchos pecados se había condenado a sí misma. Conociendo cuál era su misión, el objetivo superior para el cual seguiría con vida, el caballero se puso de pie, se acomodó el casco y la espada y avanzó hacia el altar.” Resulta consecuente, entonces, que “el último día de existencia cristiana” de la pecaminosa, multicultural y engreída San Juan de Acre, el secreto custodio de la virgen negra, el fráter Antoni Barral, haya “visto arder [la urbe] desde el puente de mando de El Halcón del Temple, el poderoso navío [bajo las órdenes del capitán Roger de Flor] hasta el cual había llegado luego de lanzarse al mar desde los restos de las murallas de la ciudad en llamas, cuando había sido atrapado por una ola enorme e imprevista que lo depositó junto a la embarcación ya en retirada.”
 
Leonardo Padura
Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015
          En sus dos vertientes narrativas, con dos estilos distintos, La transparencia del tiempo es una novela signada por la intriga y el suspense. Paralelo a los sucesos del año 2014 en La Habana, el regresivo decurso narrativo que protagonizan los personajes con el mismo nombre (Antoni Barral), parece que articulan, en un ámbito de realismo mágico, aventura y translúcida documentación histórica, el itinerario de la virgen negra robada a Bobby, quien, lo jura (y perjura) por “Yemayá toca el suelo y luego se besa la yema de los dedos”, es milagrosa y a él lo curó de un cáncer en el seno. Esto es así hasta el capítulo “15. Antoni Barral, 1291”, pues en el capítulo “19. Antoni Barral, 8 de octubre de 2014”, Leonardo Padura, a través de su alter ego Mario Conde (que al día siguiente cumplirá 60 años), da un giro sorpresivo o vuelta de tuerca. Pues resulta que en realidad no se trata de la ruta histórica (real maravillosa) de la virgen negra robada a Bobby, pese a que lo parece o podría ser, dado que el propio Bobby acredita la antigüedad y el origen de esa talla en madera con dos libros que le muestra al Conde, “uno de ellos de gran formato, empastado en piel”, donde se observa una foto de la valiosa pieza y se lee: “Nuestra señora de La Vall... Escultura románica del siglo XII. Desaparecida de su ermita en 1936. Paradero desconocido.” Invaluable y antigua pieza (de museo, de coleccionista o del disperso patrimonio cultural de España) que Bobby, según le dice al Conde, heredó de su casi abuelo, “un español que había salido huyendo de la Guerra Civil” llevando consigo esa románica virgen negra, quien en su entorno inmediato y doméstico en La Habana, donde la mantuvo recluida y resguardada, la hacía pasar por su particular y milagrosa Virgen de Regla (pese a que no reproduce el consabido cliché de una popular Virgen de Regla), quien, dice Bobby, con el falso nombre de Josep Maria Bonet, fue el “segundo marido” de su abuela materna Consuelo. 
     Es decir, se trata de una historia imaginada, documentada y escrita nada menos que por el lenguaraz y ateo detective privado Mario Conde, escritor latente y frustrado, siempre onírico y deseoso de escribir un relato semejante a los relatos de Hemingway o de Salinger. Y lo hizo muy rápido, entre el “16 de septiembre de 2014” y el siguiente 8 de octubre (un día antes de su fatídico 60 aniversario), durante su convalecencia y abstinencia etílica en la casa de Tamara (su amante y compañera desde que en 1989 dejó la policía), precisamente sobre el “generoso buró de caoba” que fuera del embajador Valdemira, el padre de Tamara y de su hermana gemela Aymara, rodeado de la “bien poblada biblioteca, que él mismo había seguido nutriendo con algunas joyas caídas en sus manos de tratante de libros viejos”. Pero la escribió tecleando “la prehistórica Underwood heredada” de su padre, que es la “vieja máquina Underwood” que utilizara en el “Otoño de 1989” para escribir (luego de renunciar a la policía) el inicio de una historia que titularía Pasado perfecto, según se lee al término de Paisaje de otoño (Tusquets, 1998), novela de Leonardo Padura, perteneciente a la tetralogía “Las cuatro estaciones”, con la que en España, durante la Semana Negra de Gijón, obtuvo el Premio Internacional Dashiell Hammett 1998 y en Francia el Premio de las Islas 2000.
 
(Tusquets, México, 1998)
        En una charla sobre las vírgenes negras del Medioevo procedentes del norte de África y del Medio Oriente y su legendaria y mítica índole milagrosa, y sobre la presunta curación de Bobby gracias al poderoso influjo de la virgen negra que le robaron, el Flaco Carlos, uno de los íntimos compinches del Conde, comenta el hecho y enumera consabidos autores del “Realismo mágico”: “El que quiere creer ve y siente cosas que el descreído no ve ni siente. Por eso no me extraña que si Bobby es creyente de verdad esté convencido de que la virgen lo curó... Realismo mágico. Rulfo, García Márquez, Carpentier”. 
   
(FCE, México, 2002)
         Abrevadero latinoamericano y canónico autor cubano sobre el que Leonardo Padura tiene un erudito libro ensayístico: Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso (FCE, 2002). Que además signa La transparencia del tiempo con un epígrafe transcrito de “El camino de Santiago”, cuento de Alejo Carpentier (1904-1980) que forma parte de su trilogía cuentística Guerra del tiempo (CGE, 1958): “Dice ahora, a quien quiera oírlo, que regresa de donde nunca estuvo.” Aún lo ignoran (y se quedarían boquiabiertos y con la baba caída), pero los entrañables compinches del Conde quizá podrían ubicarlo en la vertiente del realismo mágico o de lo real maravilloso. Léase, por ejemplo, el capítulo “Antoni Barral, 1472”, donde el escudero Antoni Barral y el caballero Jaume Pallard, “Después de diez años de ausencia”, regresan al valle de donde partieron; el escudero sano y el caballero a punto de morir por la peste negra. Pero por obra y gracia de la virgen negra, oculta durante 164 años en el interior del tronco de una enorme encina con forma de cruz, seca y renegrida por un rayo, se sucede el milagro: el escudero muere atacado por la peste negra y el caballero recupera la salud y se promete “levantar en ese mismo sitio un monumento para albergar y honrar a aquella virgen milagrosa que le había devuelto la vida”. Virgen negra dejada al descubierto por un rayo divino que cae sobre la encina renegrida y seca (impacto que quiebra una de sus ramas con forma de cruz y que cae sobre él y lo deja inconsciente) y entonces comprende “el porqué de la postura orante del cadáver seco junto al árbol renegrido”. Lo que el caballero Jaume Pallard ignora es que esa virgen, negra y milagrosa, estaba oculta en el tronco del árbol con forma de cruz desde 1308, y que fue escondida allí por el sexagenario fráter Antoni Barral cuando regresaba a la aldea de la que salió siendo un adolescente; y que ese cadáver al pie del árbol recién fracturado (por el rayo divino) son los restos de un ermitaño: fray Jean de Cruzy, fallecido, “postrado” y “congelado”, en el “invierno de 1314”, con quien el proscrito ex templario convivió; pero a quien nunca reveló, pese al intercambio de confidencias, la cercana presencia de la poderosa virgen negra, rescatada por él durante la cruenta caída de San Juan de Acre en 1291. A esto se añade el inescrutable hado de que a través del tiempo los individuos que se llaman Antoni Barral se distinguen, entre los aldeanos analfabetas y romos campesinos de su entorno, por su inteligencia y valentía, por aprender a leer y a escribir, por viajar y alejarse de las tareas prescritas por la tradición. Pero, además, descuella el capítulo “Antoni Barral, 1936”, donde se relata el arrojo, la sagacidad y las aventuras marineras del astuto e intuitivo adolescente (el único jovenzuelo que sabe leer y escribir) que huye desde el Pirineo catalán hacia un destino incierto llevando consigo (y en secreto) el objeto más sagrado de su ermita y de su aldea: la talla en madera negra de Nuestra Señora de La Vall.
     Vale recapitular que ese período de abstinencia y convalecencia en casa de Tamara (que desencadena al latente escritor que lleva dentro) no se debe a una enfermedad, sino a que Mario Conde, el “14 de septiembre de 2014” recibió un balazo por parte del ratero, quien en el paupérrimo asentamiento de los orientales en San Miguel del Padrón (miserable “zona a la que le dicen las Alturas del Mirador”) había escondido la virgen negra dentro del “tronco voluminoso de un árbol, tal vez un falso laurel, del que sólo salían dos ramas que le daban una extraña forma de cruz”. Es decir, el detective por vocación Mario Conde, ineludiblemente apoyado por el mayor Manuel Palacios (y viceversa), quien es el “jefe de la sección de Delitos Mayores” de la “Central de Investigaciones Criminales”, y con quien “Veinticinco años atrás” (entre 1979 y 1989) conformó “la pareja de policías más eficientes”, logra dar con el autor intelectual del robo entre la fauna de marchantes de arte donde se mueve Bobby (Elizardo Soler, René Águila y Karla Choy), adinerados, competitivos y ambiciosos; más aún porque durante el rastreo de la pieza ocurren dos asesinatos y la misteriosa desaparición de Jordi Puigventós, un marchante catalán (y galán) recién llegado a La Habana con la obvia intención de comprar (en el mercado negro) la valiosa virgen negra. 
    Según lo acordado a través de Yoyi el Palomo (quien funge de promotor y gestor de las actividades mercantiles y profesionales de Mario Conde), Bobby debía pagarle al sabueso habanero cien dólares diarios, “más los gastos y dos mil por la virgen”. Pero, promovido por Yoyi (a petición del Conde) el día que Bobby va “a entregarle los dos mil dólares pactados”, que es el día del cumpleaños del Conde, y pese a que la virgen negra está en manos de la policía y su recuperación es incierta, el ex policía decide no aceptar el total. Iracundo, cuestiona la inmoralidad rapaz de Bobby, sus muchas mentiras y tejemanejes, la venta en Miami de cuadros falsos, y, antes de correrlo, coge del sobre “cuatro billetes de cien dólares” y le devuelve el resto diciéndole: “Me debías tres días de trabajo y gastos, nada más.”
    Ese código ético de Mario Conde (no exento de una perspectiva crítica ante los antagónicos contrastes sociales y frente a las contradicciones políticas y económicas del statu quo cubano en 2014) está en consonancia con su índole afectiva, sentimental, solidaria, generosa y desprendida. Por ejemplo, con los dólares recién recibidos, a Candito el Rojo y a Cuqui, su mujer, les lleva un envoltorio donde va un paquete de café, una bolsa de detergente y una botella de aceite de oliva. Además de que se trata de una previsible y repetitiva rutina en la que el Conde se embriaga, fuma como chacuaco y charla con sus amiguetes sobre el caso que investiga, con los dólares recién pagados, compra el ron y los ingredientes del banquete que comparte con el Conejo y el Flaco Carlos (sus compinches desde el pre de La Víbora), con tal de que Josefina, la madre éste, esa noche no se ponga el delantal. Le preocupa la magra subsistencia del Flaco Carlos y su madre Josefina (él en silla de ruedas desde hace unos 30 años y ella ya octogenaria) y por ende los apoya; la anciana lo ve y trata como si también fuera su hijo y el Conde así lo percibe. En una cafetería de nuevo cuño (“nacida sobre los restos de lo que había sido el quiosco donde de niño compraba masarreales de guayaba, pasteles de coco y jugos de melón rojo en los descansos de los interminables juegos de pelota en los cuales invirtió todas las horas posibles de su infancia”) compra cuatro hamburguesas para llevar (“y calculó que ese gasto significaba algo así como el salario de cuatro o cinco días de un compatriota proletario”); menos de dos hamburguesas son para él y más de dos son para su perro Basura II. El otrora mayor Antonio Rangel, quien fuera el jefe de la Central de Investigaciones Criminales durante la década (1979-1989) en que fue el teniente investigador Mario Conde (el mejor policía de la corporación), en 2009 sufrió “un violento derrame cerebral que le robó casi toda la movilidad y el habla”, y entonces él exigió a las hijas “encargarse del cuidado nocturno del enfermo”. Puesto que el mayor Rangel fumaba habanos de la mejor calidad (Montecristo N° 5), el Conde, cuando lo visita, suele fumar un habano frente a él para que aspire el humo. Y eso hace el “10 de septiembre de 2014”, pero no sólo para que el Viejo se deleite con esas odoríficas emanaciones, sino también para consultarlo sobre el caso que investiga; pero como el Viejo no habla, le responde levantado “ligeramente su dedo índice”. A un vagabundo, “desgreñado y sucio”, que por las calles de su barrio suele desplazarse con bolsas de plástico en los pies, le regala los zapatos que lleva puestos (vagabundo que al término de la obra, yendo “de regreso de donde nunca estuvo”, corporifica una ambigua nota de lo real maravilloso). Y pese a que egocéntricamente le duele e inquieta que el Conejo (con su mujer) deje La Habana para siempre y se asiente en Miami (donde vive su hija), el Conde le dice que cuando Bobby le pague (los dos mil dólares por el rescate de la virgen negra) cuente con ese dinero. De ahí que en el hospital (“herido de bala”) buena parte de sus seres queridos (que no son consanguíneos) lo arropen y se preocupen por su salud y bienestar. Y pese al desasosiego que para él implica cumplir 60 años, conforman un petit comité que, no sin retórica ironía “revolucionaria”, Aymara bautizó: “Comisión Organizadora del Sesenta Cumpleaños del compañero Mario Conde”. 
   
Leonardo Padura y Lucía López Coll
       Vale añadir que en la sui géneris indagación detectivesca que emprende el ex policía Mario Conde, además del mayor Manuel Palacios (con reparos y estiras y aflojas), los amigos del Conde (Candito el Rojo, Yoyi el Palomo, el Conejo y el Flaco Carlos) también participan, ya sea con algún comentario, reflexión o información, o acompañándolo en uno u otro episodio peliagudo. A lo que se añade la cátedra sobre el origen de las “vírgenes negras medievales” que al Conejo y al Conde les brinda, en Regla, el sabihondo sacerdote Gonzalo Rinaldi, párroco del Santuario de la Virgen de Regla.
    Pese a la angustia, al malestar y a lo aciago que implica el inminente cumpleaños número 60 de Mario Conde, a los crímenes y a los cuestionamientos críticos sobre el panorama cubano (“En este país la gente vive con el cuchillo en los dientes, porque si no, no vive”, dictamina el escritor que no escribe Miki Cara de Jeva, quien también le dice al Condenado: “pensándolo bien, brother, aquí las cosas se han puesto tan jodidas que cualquiera hace cualquier cosa por salir a flote”), La transparencia del tiempo no es una novela depresiva ni desesperanzadora. Todo lo contrario. Además de la extraordinaria vertiente culterana e imaginativa supuestamente escrita por Mario Conde, se trata de una novela gozosa, rebosante de lúdicos pormenores, muchas veces ligera en su jocoso vocabulario repleto de cubanismos, vulgarismos, modismos y coloquialismos. Donde además de las referencias a episodios o detalles que Leonardo Padura ha tocado o narrado en sus anteriores novelas protagonizadas por Mario Conde, e incluso en La novela de mi vida (Tusquets, 2002), no faltan los episodios eróticos ni las alusiones escatológicas.


Leonardo Padura, La transparencia del tiempo. Colección Andanzas número 690/8, Serie Mario Conde, Tusquets Editores. México, febrero de 2018. 446 pp.



viernes, 9 de marzo de 2018

Vientos de Cuaresma




No hay más remedio que acostumbrarse al fracaso

Firmada en “Mantilla, 1992”, Vientos de Cuaresma, novela del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), obtuvo en Cuba, en 1993, el Premio Nacional de Novela “Cirilo Villaverde” otorgado por la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba). Y Tusquets Editores la publicó en Barcelona, en marzo de 2001, con el número 434 de la Colección Andanzas. Fue (y es) su cuarto libro publicado por tal prestigiosa editorial con el que completó la tetralogía de novelas policiales “Las cuatro estaciones” (ubicadas en La Habana) protagonizadas por el teniente investigador Mario Conde. En este sentido, Vientos de Cuaresma (2001) se sucede en la “Primavera de 1989”, Máscaras (1997) en el “Verano de 1989”, Paisaje de otoño (1998) en el “Otoño de 1989” y Pasado perfecto (2000) en el “Invierno de 1989”. 
      Vale añadir que a estas alturas del siglo XXI, Tusquets Editores ha publicado en la Colección Andanzas otras cinco novelas policiales del prolífico Leonardo Padura (Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015) en las que el protagonista es el mismo Mario Conde: La neblina del ayer (2005), Adiós, Hemingway (2006), La cola de la serpiente (2011), Herejes (2013) y La transparencia del deseo (2018).  Conjunto al que se añaden: La novela de mi vida (2002), sobre la biografía del poeta cubano José María Heredia (1803-1839); El hombre que amaba a los perros (2009)sobre el exilio y el asesinato de León Trotsky (1879-1940); el libro de cuentos Aquello estaba deseando ocurrir (2015); y la novela El regreso a Ítaca (2016), escrita a cuatro manos con el cineasta francés Laurent Cantet (Melle, 1961); una obra que noveliza el guión de la homónima película, urdido por ambos (con algunos parlamentos de La novela de mi vida) y dirigida por Cantet, estrenada en el Festival Internacional de Cine de Venecia de 2014, donde “ganó el Premio de los Días de Venecia”, y luego fue “Fue proyectada en la sección de Presentaciones Especiales del Festival de Cine Internacional de Toronto 2014”.


(Tusquets, Barcelona, 2001)
Pese a los recurrentes episodios eróticos y culinarios, a la lúdica ironía y a la procacidad coloquial, a la íntima disección idiosincrásica y a la proverbial desfachatez de Mario Conde (que comparte con sus compinches de siempre, en particular con el Flaco Carlos, condenado a una silla de ruedas), Vientos de Cuaresma es una novela melancólica, repleta de un existencial pesimismo, que linda, boga o hace agua en los hediondos y anquilosados miasmas del fracaso. 
Una vertiente narrativa oscila en torno al esclarecimiento del crimen, cuya investigación policial encabezan el teniente Mario Conde y su adjunto el sargento Manuel Palacios. Se trata de descubrir quién mató a Lissette Núñez Delgado y por qué. Lissette, quien aún no cumplía 25 años, era una profesora de química en el Pre de La Víbora (el mismo Pre donde el Conde y sus compinches de siempre estudiaron “entre 1972 y 1975”). Según le informa a Mario Conde el mayor Rangel, el jefe de la Central de Investigaciones Criminales, Lissette era soltera y militante de la Juventud Comunista (con un notable e impoluto currículum); “la asfixiaron con una toalla, pero antes le dieron golpes de todos los colores, le fracturaron una costilla y dos falanges de un dedo y la violaron al menos dos hombres. No se llevaron nada de valor, aparentemente: ni ropa, ni equipos eléctricos... Y en el agua del inodoro de la casa aparecieron fibras de un cigarro de marihuana.” Y según se lee en la página 36, “En la casa [un cómodo departamento en el cuarto piso de un edificio de Santos Suárez] habían aparecido huellas frescas de cinco personas, sin contar a la muchacha, pero ninguna estaba registrada. Sólo el vecino del tercer piso había dicho algo ligeramente útil: escuchó música y sintió las pisadas rítmicas de un baile la noche de la muerte, el 19 de marzo de 1989.” 
A tales latitudes de la novela —que aún son las iniciales—, tal fecha incide en que el lector conjeture las fechas de los consecutivos días, no precisadas por el autor, pues el crimen se resuelve en una semana. En la página 102 el teniente Mario Conde le afirma a Pupy (Pedro Ordónez Martell), uno de los investigados: “A Lissette la mataron el martes”. Y por ende, considerando la citada fecha, se da por entendido que fue el martes 19 de marzo de 1989. De nuevo, sin precisar, el Conde le comenta al sargento Manuel Palacios que el crimen fue “el martes por la noche”. Pero hasta la página 145 se dice que fue el “martes 18”. Y a partir de la página 202, a punto de desvelar al asesino, se reitera y repite tal cambio de fecha: “Lissette fue asesinada el martes 18, alrededor de las doce de la noche”. 


Leonardo Padura
Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015
Siendo tal la flagrante contradicción y la reiteración del cambio de fecha, al lector no le queda más que optar porque el crimen ocurrió el martes 18 y no el martes 19. En este sentido, el tiempo presente de la novela (dividida en siete capítulos sin rótulos) transcurre entre el Miércoles de Ceniza, es decir, el 19 de marzo de 1989, día del inicio de la Cuaresma, (cuando el Conde conoce a Karina, una ingeniera de 28 años), y el siguiente martes 25, día del entierro del capitán Jorrín y de los últimos puntos sobre las íes en torno al trasfondo del asesinato. Más dos o tres días después, cuando, luego de haber ido a presenciar un catártico juego de béisbol con sus compinches de siempre (el Flaco Carlos, Andrés y el Conejo), el Conde, ya en su casa y en la cama, se sumerge en un sueño que reitera y varía el meollo de su recurrente y frustrado sueño guajiro: “soñó que vivía frente al mar, en una casa de madera y tejas [donde siempre se ve escribiendo, él, que es un escritor frustrado] y que amaba a una mujer de pelo rojo y senos pequeños [que corporificó la fugaz Karina], con la piel tostada por el sol. En el sueño siempre veía el mar como a contraluz, dorado y agradecido. En la casa asaban un pez rojo y brillante, que olía como el mar, y hacían el amor bajo la ducha, que de pronto desaparecía para dejarlos sobre la arena, amándose más, hasta quedar dormidos y soñar entonces que la felicidad era posible. Fue un sueño largo, asordinado y nítido, del que despertó sin sobresaltos, cuando la luz del sol volvía a entrar por su ventana.”
Vale decir que el caso del asesinato de la profesora Lissette no destapa, al interior del Pre de La Víbora, una amplia urdimbre de descomposición sistémica (más allá de las aulas) semejante a la que rememora el Conde de su época de estudiante y que él y otros alumnos apodaron “Waterpre” (lúdico parafraseo al sonoro escándalo que suscitó, el 8 de agosto de 1974, la caída del presidente Richard Nixon), pero sí hay visos de una cómplice y promiscua permisividad, coronada por la corrupción de ciertos alumnos. Es decir, Lissette, pese a su imagen e inmaculado currículum de militante de la Juventud Comunista, es una libertina y una interesada negociadora en cierto mercado negro: lo mismo se acuesta con uno de sus amantes para obtener unos tenis o con el director para conseguir impunidad ante ciertas corruptelas a ojos vistas; le gusta toquetear a los estudiantes y hacer fiestas con ellos en su departamento en el cuarto piso del edificio de Santos Suárez y llevarse a alguno a la cama; se embriaga y baila allí en su departamento y no le importa el ruido y el respeto a sus inmediatos vecinos. La cereza del pastel, no obstante, no la protagoniza el director o alguno de los maestros, sino el alumno que “vendía a cinco pesos la respuesta de los exámenes”, empeñado en que Lissette le consiguiera “los exámenes de física y matemáticas”.
El Miércoles de Ceniza —un día antes de que el Conde se entere por el mayor Rangel y empiece a investigar el caso del asesinato de Lissette—, se sucede el citado encuentro con Karina, a quien conoce porque a ella se le pincha una llanta de su Fiat polaco y, con torpeza, la auxilia. Karina, quien además de ingeniera toca el saxo, se va a Matanzas para cumplir una tarea en una fábrica de fertilizantes y acuerdan verse el viernes a su regreso. El Conde queda flechado: desde el inicio de los “tres días de espera” se imagina “todo: matrimonio y niños incluidos, pasando, como etapa previa, por actos amatorios en camas, playas, hierbazales tropicales y prados británicos, hoteles de diversos estrellatos, noches con y sin luna, amaneceres y Fiats polacos, y después, todavía desnuda, la veía colocarse el saxo entre las piernas y chupar la boquilla, para atacar una melodía pastosa, dorada y tibia. No podía hacer otra cosa que imaginar y esperar, y masturbarse cuando la imagen de Karina, saxofón en ristre, resultaba insoportablemente erógena”.
En este sentido, la otra vertiente narrativa de Vientos de Cuaresma discurre en torno a la espera de Karina (y los dos encuentros sexuales que tiene con ella: el sábado 23 y el domingo 24), imbricada a la interacción del Conde con su orbe doméstico y cotidiano —sobre todo con el Flaco Carlos en silla de ruedas desde lo balearon en la Guerra de Angola (1975-1991) y las comilonas que para ambos prepara Josefina, la madre de su compinche—. Pero también figuran Andrés (médico), el Conejo (historiador), y Candito el Rojo (zapatero, quien ha sido y es su secreto informante), más las íntimas evocaciones de su genealogía y biografía. Y es allí donde descuella su recurrente sueño guajiro: “Se conformaba, entonces, con soñar —sabiendo que sólo soñaba— que alguna vez viviría frente al mar, en una casa de madera y tejas siempre expuesta al olor de la sal. En aquella casa escribiría un libro —una historia simple y conmovedora sobre la amistad y el amor— y dedicaría las tardes, después de la siesta —que tampoco había escapado a sus cálculos— en el largo portal abierto a las brisas y terrales, a lanzar cordeles al agua y a pensar, como ahora, con las olas batiéndole los tobillos, en los misterios de la mar.”
El lunes 25, Mario Conde espera ansioso el telefonema de Karina (“Estoy asquerosamente enamorado”); pero ésta no lo hace y él, en el entorno de la cercana casa de la madre de ella, observa la ausencia del Fiat polaco. El martes 26, luego de desvelar la identidad del asesino de Lissette, el Conde la halla en casa de su progenitora y Karina le revela el trasfondo de su ausencia: tiene marido y vuelve a él. Es decir, Karina es otra variante de la “alegre buscona de fines del siglo XX”, quien además de enfatizarle: “Me sentía sola, me caíste bien, me hacía falta acostarme con un hombre”, le reprocha: “Te enamoras”.
El Conde, vil perro apaleado, todavía dice: “Llámame alguna vez”. No obstante, “Piensa que no hay más remedio que acostumbrarse al fracaso”.
El teniente investigador Mario Conde, con 35 años de edad y estudios universitarios truncos, sin mujer y sin hijos (vive solo con un autista y solitario pez recluido en su circular pecera), fumador empedernido, bebedor voraz que ronda el alcoholismo (suicida vicio que comparte con el Flaco Carlos, preso en la silla de ruedas desde hace una década), coincidiendo con la muerte del capitán Jorrín (decano de la Central, quien era su estimado amigo) y con la bronca callejera que tuvo con el teniente Fabricio (motivo por lo que el mayor Rangel, tras resolver el caso de Lissette, lo suspende en espera de la comisión disciplinaria y del proceso), piensa que su ciclo en la policía ya concluyó: “Quiero irme de aquí —dijo, y abrió las manos para abarcar el espacio que lo agredía”. 


Leonardo Padura
(La Habana, octubre 9 de 1955)
Si tales son los resumidos rasgos de un fracaso individual e íntimo (siente que su destino está ligado al incierto destino del Flaco Carlos y su madre Josefina), está inextricablemente inmerso en el fracaso social, político y económico de su generación y del régimen autoritario que gobierna Cuba en 1989. El Conde —que borracho se ve atosigado por la angustia de un triste llanto sin control— no se opone al statu quo (que traza los estertores del “socialismo” dictatorial dependiente de la hegemonía de la URSS) ni busca huir de la isla, pese a la falta de libertades, a su inveterada pobreza y a que en su fuero interno cuestione muchas anomalías. En este sentido, la conciencia autocrítica del grupo la formula Andrés (“el perfecto, el inteligente, el equilibrado, el triunfador”) en una perorata que es un doméstico deshago verbal ante sus compinches de siempre: “Carlos: estás jodido, te jodieron. Y yo que camino también estoy jodido: no fui pelotero, soy un médico del montón en un hospital del montón, me casé con una mujer que también es del montón y trabaja en una oficina de mierda donde se llenan papeles de mierda para que se limpien con ellos otras oficinas de mierda...”


Leonardo Padura, Vientos de Cuaresma. Colección Andanzas (438), Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2001. 232 pp.

martes, 26 de diciembre de 2017

Herejes




Sólo la cuchara sabe lo que hay dentro de la olla


Firmada en “Mantilla, noviembre de 2009-marzo de 2013”, Herejes, la última novela del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), empezó a circular, en España y México, en septiembre de 2013, con un cintillo donde Tusquets pregona a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “ÉXITO INTERNACIONAL, DERECHOS DE TRADUCCIÓN VENDIDOS A 6 PAÍSES ANTES DE SU PUBLICACIÓN”. “Vuelve el autor de El hombre que amaba a los perros [2009] con una absorbente novela en torno a un cuadro de Rembrandt que, de Ámsterdam a La Habana, recorre varias épocas y vidas rebeldes.” No sorprende tal alarde publicitario: Herejes, con una profusa investigación imbricada en sus entresijos y virtudes literarias, está a la altura de su novela sobre el asesinato de León Trotsky (y su asesino) y sin duda es una de sus mejores obras.
Colección Andanzas núm. 813, Tusquets Editores
Primera edición en México: septiembre de 2013
  Tal si se tratase de libros sagrados o de evangelios apócrifos, Herejes se divide en cuatro partes de sonoros nombres: “Libro de Daniel”, “Libro de Elías”, “Libro de Judith” y “Génesis”. El tiempo presente transcurre principalmente en La Habana y se sucede en tres de sus cuatro partes: en la primera, en la tercera y en la cuarta, entre septiembre de 2007 y abril de 2009. El protagonista es Mario Conde, quien al principio tiene 54 años; dos décadas de haber dejado la policía (sirvió en ella diez años); y cuya azarosa ocupación (a veces muy magra e ingrata) es la compra y venta de libros viejos (algunos auténticas joyas bibliográficas que negocia y contrabandea con el auxilio táctico y logístico de Yoyi el Palomo, dueño de un rutilante descapotable Chevrolet Bel Air 1957). Vale decir, entonces, que Mario Conde es un personaje recurrente en la obra de Leonardo Padura y por ello en Herejes reaparece con sus camaradas de siempre, compinchados desde el Pre de La Víbora: el Flaco Carlos, el Conejo, Candito el Rojo y Andrés, quien vive en Miami hace casi 20 años y desde allí se hace presente con una carta dirigida al Conde y luego con un telefonema el día que el corro (y anexas) celebra el cumpleaños de las mellizas Aymara y Tamara y que es el día en que el Conde y ésta, después de 20 años de ejercer el amor libre, formalizan su noviazgo. Es decir, en Herejes se aluden o recrean consabidos clichés y episodios narrados en anteriores novelas de Leonardo Padura y por ende Tusquets lo subraya con asteriscos que remiten a varias de ellas: La neblina del ayer (2005), Paisaje de otoño (1998), Pasado perfecto (2000), Máscaras (1997) y La cola de la serpiente (2011). Pero esto no es riguroso pues, por ejemplo, en la página 415, en el tendejón que el Conde llama “Bar de los Desesperados”, al comprarse un trago de ron casero, un pestilente y astroso teporocho le mendiga uno, quien al apostrofarlo por su antigua labor (“Tú tienes cara de ser tremendo singao”, “Porque fuiste policía”), lo reconoce como al otrora teniente Fabricio, con quien tuvo roces y una broca callejera que preludia su salida de la policía, y que son anécdotas que se narran en Vientos de Cuaresma (2001).


     
Leonardo Padura
        Pero el caso es que en septiembre de 2007, Mario Conde es visitado por un tal Elías Kaminsky, un judío gringo de 44 años, quien le trae una carta del médico Andrés (fechada en “Miami, 2 de septiembre de 2007”) donde le pide que, por 100 dólares diarios, lo auxilie. Elías Kaminsky quiere dar con el sitio de Cuba donde estuvo oculto un Rembrandt de 1647, un lienzo que es un estudio preparatorio de Los peregrinos de Emaús (1648). Tal perdido Rembrandt, le dice Elías al Conde, recién se intentó subastar en Londres “con un precio de salida de un millón doscientos mil dólares”, pero él detuvo el remate con una antigua foto que demuestra (sic) que pertenece a su familia asesinada por los nazis y ahora quiere recuperarlo para donarlo a un museo (quizá al Museo del Holocausto). Tal reliquia, le dice, estuvo en manos de su familia paterna desde 1648, cuando un rabino sefardí que huía, atacado por la peste, se lo entregó en Cracovia al médico Moshé Kaminsky. A fines de mayo de 1939, su abuelo el médico Isaías Kaminsky, quien desde Hamburgo venía en un trasatlántico entre 937 judíos que huían de los nazis, se lo confió a alguien de inmigración que facilitaría el desembarco en La Habana de él y su esposa Esther Kellerstein y su pequeña hija Judith. Pero no desembarcaron; Isaías y Esther murieron en Auschwitz y de Judith nunca se supo nada. El 2 de junio de 1939, Daniel, su padre, quien entonces tenía 9 años, junto con su tío Joseph Kaminsky, vieron desde el muelle cómo ese buque, el Saint Louis, se alejaba para siempre con su melancólica y trágica carga. 

         Daniel, el padre del gringo Elías Kaminsky, quien había llegado de Cracovia a Cuba en 1938, vivió en la isla hasta abril de 1958, cuando, intempestivamente, salió de La Habana a Miami junto con su esposa Marta Arnáez. En este sentido, el gringo, un gigantón con coleta, de oficio pintor, quiere saber si su padre “le cortó el cuello a un hombre”. 
        Mario Conde, haciendo una especie de indagación detectivesca y de cicerone, se gana 600 dolarotes y la amistad y la estima de Elías Kaminsky. Los padres del gringo recién murieron en Miami, precisamente en la residencia geriátrica de Coral Gables donde labora Andrés; su padre murió en abril de 2006 y su madre en 2007, “hace unos meses”. Pero sin duda, sobre todo su padre, le narraron un sin número de pormenores de su vida en Cuba, pues Elías posee una memoria prodigiosa para narrárselos al Conde, quien a su vez se los narra a sus compinches.
Acompañado de Elías, Mario Conde se entera que un tal Román Mejías era el funcionario de inmigración que en mayo de 1939 se quedó con el Rembrandt de 1647, quien fue brutalmente asesinado en abril de 1958, precisamente el día que Daniel Kaminsky se disponía a matarlo tras descubrir que en su casa se exhibía tal reliquia y que él se había propuesto recuperar. En la plática con Roberto Fariñas, otrora entrañable amigo de Daniel, y luego con el médico Ricardo Kaminsky, hijo adoptivo del tío Joseph Kaminsky (Cracovia, 1898-La Habana, 1965), y por ende primo político del mastodonte gringo, éste y el Conde descubren la sorpresiva identidad del asesino de Román Mejías, pero ningún rastro del sitio donde estuvo escondido el Rembrandt ni la identidad de quien desde el anonimato lo puso en subasta en Londres.
Rembrandt Harmenszoon van Rijn
Autorretrato de 1669
(Óleo sobre lienzo, 86 x 70.05 cm)
Londres, The National Gallery
  El “Libro de Elías”, la segunda parte de Herejes, sucede en Ámsterdam, entre 1643 y principios de 1648, y centralmente narra lo que concierne a Elías Ambrosius Montalbo de Ávila, un joven sefardí que en contra de los atavismos y prohibiciones del judaísmo, clandestinamente logra, entre sus 17 y 21 años, hacerse sirviente y alumno (y luego colega) del afamado, controvertido y gruñón Rembrandt Harmenszoon van Rijn. Sin aludir la impresionante riqueza narrativa y reflexiva que tal vertiente implica, vale destacar que ese joven judío, cuya talento pictórico él concibe como un don de Dios, fue el modelo para el Cristo que figura en ese pequeño estudio pintado por Rembrandt en 1647 (y por ende para el Cristo que se observa en Los peregrinos de Emaús) y que éste le regalara y con el cual abandonó Ámsterdam tras descubrirse su supuesta herejía, previa a su inminente proceso, excomunión y muerte en vida.

Los peregrinos de Emaús (1648)
Óleo sobre madera (68 x 65 cm) de Rembrandt
Musée du Louvre
  El “Libro de Judith”, la tercera parte de Herejes, ocurre básicamente en La Habana, entre junio y agosto de 2008. Previsiblemente, Mario Conde prosigue inmiscuido en sus devaneos íntimos y domésticos y en sus tareas de comprador-vendedor de libros viejos y particularmente abrumado por la idea de pedirle matrimonio a Tamara, precisamente el día que el grupo (y anexas) celebrará el aniversario 52 de las jimaguas. La nota inesperada empieza a entretejerse cuando Yadine, de 17 años, nieta del médico Ricardo Kaminsky, con su pinta de chava gótica, acude a él para que, en su papel de presunto detective privado, busque a Judy, su amiga del preuniversitario, desaparecida hace diez días.

Inextricable a la indagación bibliográfica e in situ que implica y transluce la trama de Herejes, descuellan los rasgos del poder narrativo y persuasivo de Leonardo Padura (un verdadero artista) para recrear minucias de la vida, la pintura y la personalidad mundana de Rembrandt y el ámbito histórico, religioso y social de los judíos avecinados en la Ámsterdam del siglo XVII (toda una veta densa y copiosa). Pero también —junto a su destreza para la intriga, el suspense, los engaños al lector y los giros sorpresivos— su infalible ironía, ligereza y humor negro al deambular por diversas etapas de la Cuba supuestamente socialista y por ciertos meandros habaneros que trazan una amalgama social que implica, críticamente, el desencanto de su generación, el nihilismo de las nuevas generaciones y el asfixiante fracaso económico y político de la Revolución, con sus innumerables visos de carencias, atraso, pobreza, demagogia, corrupción burocrática, y con las libertades acotadas y restringidas, aún en el siglo XXI.
Leonardo Padura
Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015
  Para resolver el intríngulis de la desaparición de Judy, una joven de 18 años, lectora y pitonisa de la tribu emo a la que pertenece, Mario Conde acude, después de dos décadas de no pisarla, a la Central de Investigaciones Criminales donde fue teniente investigador, entonces asistido por el sargento Manuel Palacios, quien ahora es mayor, y por ende, con estiras y aflojas, le muestra el expediente policial de la joven emo e incluso lo acompaña en momentos claves de la pesquisa. 

Al margen de los pormenores del caso, de las premoniciones del Conde y de las tribus urbanas que infestan la calle G, lo trascendente en el contexto de la novela y como si se tratase de una conjunción cósmica, es el hecho de que en la casa de Alcides Torres, el padre de Judy, quien fue “uno de los jefes de la cooperación cubana en Venezuela”, el Conde observa que en las paredes de la sala, donde el epicentro es “una gigantesca foto del Máximo Líder, sonriente, calzada por la consigna DONDE SEA, COMO SEA, PARA LO QUE SEA, COMANDANTE EN JEFE, ¡ORDENE!”, figuran un conjunto de copias (de buena factura) de cuadros de pintores holandeses del siglo XVII, coleccionados por Coralia, la madre de Alcides, fallecida en 2004, quien vivió en silla de ruedas hasta los 96 años. La cosa hubiera quedado allí, pero una llamada telefónica que le hace Elías Kaminsky donde le informa que sus abogados, quienes en Nueva York pelean la recuperación del Rembrandt de 1647, descubrieron que el lienzo no salió de Los Ángeles, como se suponía, sino de Miami, y que a Estados Unidos lo llevó una joven cubana que en 2004 llegó en balsa. Al oírlo, el Conde ata cabos y le pregunta si se llama María José y el mastodonte se lo confirma. Es decir, se trata de la hermana de Judy, quien vagamente había dicho que su padre andaba en un negocio que “le daría mucho dinero” (“algo que sacó de Cuba”). Dicho de otro modo, Coralia, ya por entonces en silla de ruedas, era la hermana de Román Mejías a quien Daniel Kaminsky también vio en abril de 1958.   
Cristo en Emaús (1648)
Detalle
  “Génesis”, la última parte de Herejes, ocurre en La Habana, en abril de 2009, cuando el Conde recibe de Ámsterdam una larga carta de Elías Kaminsky, donde, le dice, en un mercadillo de pulgas recién se halló una serie de apuntes gráficos de un estudiante de pintura del siglo XVII, en cuya “portadilla de cuero del cuaderno, muy maltratadas por el tiempo, aparecían grabadas las letras E.A.” Y, entre varias obras, el pedazo final de una carta que “E.A.” (Elías Ambrosius) le dirigió a Rembrandt, donde además de las matanzas de judíos, le habla de un rabino, sobreviviente en Zamosc, al que le pidió que le llevara a Rembrandt, residente en Ámsterdam, el lienzo donde éste lo retrató encarnando la figura de Cristo. “He construido un estuche de cuero para mejor preservarlas. Confío en que este hombre santo y sabio salve su vida, y con ella, los tesoros que le he entregado.” Él, por su parte, de Zamosc proseguirá rumbo a Palestina para unirse a las huestes de un tal Sabbatai Zeví, quien se dice “el verdadero Mesías capaz de redimirlos”, y por ende indicio del fin del mundo y del Juicio Final.

Contraportada


Leonardo Padura, Herejes. Colección Andanzas (813), Tusquets Editores. México, septiembre de 2013. 520 pp.