sábado, 28 de enero de 2023

Personas decentes

 

Esto es de pinga, socio

 

I de VI

Publicada en septiembre de 2022 en Santiago de Chile por Tusquets Editores con el número 690/9 de la Colección Andanzas, el escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955) firma Personas decentes en Mantilla, noviembre de 2020/mayo de 2022. Es la novena obra de la serie de novelas negras protagonizadas por el investigador delictivo Mario Conde. No obstante, comprende dos vertientes narrativas, intercaladas y paralelas —escritas con dos estilos narrativos distintos—, ubicadas en la capital cubana, pero en distantes espacios-tiempo. Diez capítulos con rótulos son la póstuma, reveladora e inédita memoria de un tal Arturo Saborit Amargó (nacido en Las Villas, en 1886), quien la firma en La Habana, 21 de noviembre de 1965; cuyo epicentro es el testimonio de lo vivido, investigado, sabido y hecho por él cuando era un joven policía, entorno a la magnética y envolvente personalidad de Alberto Yarini y Ponce de León, el rey de la prostitución en La Habana, a quien conoció, una “tarde de fines [de] septiembre de 1909”, en El Cosmopolita —el más célebre, bohemio y petulante café bar de “la populosa Acera de Louvre”—, y quien murió, a los 28 años, al día siguiente de haber sido baleado la noche del 21 de noviembre de 1910.

Leonardo Padura
(Foto: Raúl Prado)

          Según apunta Leonardo Padura en un fragmento de su postrera “Nota del autor”: “El relato protagonizado por Alberto Yarini, su vida, pasión y muerte, está basado en la exhaustiva investigación documental que comencé en mis días de reportero en el vespertino Juventud Rebelde, y se concretó en el reportaje ‘Yarini, el rey’, publicado en 1987 en dos entregas dominicales del diario.” El cual, datado en 1988 y subtitulado “Vida, pasión y muerte del más célebre proxeneta de Cuba”, figura compilado (y revisado al parecer) en El viaje más largo. En busca de la cubanía extraviada (Ned Ediciones, 2ª ed., 2015) —cuya edición príncipe data de 1994— y en Siempre la memoria, mejor que el olvido (Verbum, 2019). Y según se reporta (a cuatro manos) en el laudatorio y analítico ensayo (con descuidos y erratas) que precede la erudita y caprichosa edición anotada (dizque “definitiva”) de Máscaras (Cátedra, 2022): a partir de ese reportaje periodístico el autor hizo “un guion, que nunca llegó a convertirse en documento fílmico”; es decir, hizo “una reelaboración del artículo ‘Yarini, el Rey’ en forma de guion cinematográfico, sobre la vida de aquel curioso personaje de fines del XIX y comienzos del XX que quiso ser presidente de la recién fundada república cubana”; lo cual es una cita de “Entre tú y yo, el cine”, crónica memoriosa de Lucía López Coll —esposa y coguionista del narrador en el conjunto de los siete cortos (de siete directores) que conforman el filme 7 días en La Habana (2012) y en la miniserie Cuatro estaciones en La Habana (2016)— antologada en la valoración múltiple Los rostros de Leonardo Padura (Verbum, 2016.) Pero el meollo implica que Yarini, personaje de la leyenda y mitología habanera desde la primera década del siglo pasado —sobre quien en YouTube se pueden ver y oír (y en algunos casos sólo escuchar) varios audiovisuales de factura y cepa cubana—, aún sigue vivo y coleando no sólo en cierta bibliografía nativa, y en el coloquialismo y tesitura de la tradicional y popular radio bemba (bembita y bembón), y que en la potente imaginería novelesca de Leonardo Padura subyace, con filamento invisible e intertextual, un palimpsesto de palimpsestos.

Colección Andanzas núm. 690/9, Tusquets Editores
Santiago de Chile, septiembre de 2022

          Mientras que diez capítulos numerados con arábigos, urdidos a través del hilo conductor de un narrador omnisciente y ubicuo, corresponden a las vivencias, cavilaciones, investigaciones detectivescas, críticas, ensimismamientos y perspectivas del viejo Mario Conde, quien en marzo y abril de 2016 tiene 62 años y nunca ha salido de Cuba (lo puntualiza en la página 388: “tengo sesenta y dos años y los he vivido toditos aquí, toditos”) y hace 27 dejó de ser policía (“si huelo a mierda es porque trabajo en la mierda, me baño en la mierda y vivo en la mierda, como cualquier policía que se respete”, rezó alguna vez el Gordo Contreras sobre “el oficio policial, inevitablemente sucio”); es decir, según se lee en la página 23 de Máscaras (Tusquets, 1997), en agosto de 1989 el Conde ha sido poli “durante más de diez años” (y tiene “cara de policía” y no de guagüero con 28 años de guagüero, pese a que su padre lo fue y por ende dejó su “gorra de conductor de ómnibus con su chapa de identificación”); y en la página 102 de La neblina del ayer (Tusquets, 2005) —un día de septiembre de 2003— evoca, ya sin nostalgia ni remordimientos, los “los doce años que trabajó como policía”. Pero, como si con pasito tun tun el Conde acuñara el consabido y legendario apotegma de Borges el memorioso: la memoria es una forma del olvido, en la página 286 de esa misma novela dice: “lo fui durante diez años”. Y más aún: esto se reitera varias veces en Personas decentes, en cuya página 318 se lee que lo fue hasta “el ciclónico otoño de 1989” —meollo que se narra en Paisaje de otoño (Tusquets, 1998)—, tras el coercitivo retiro del mayor Antonio Rangel (“el Viejo”), bajo cuyas órdenes “había trabajado ocho [años] como investigador criminal”. Y a partir de tal desempleo se ha dedicado a la ambulante compraventa de libros antiguos y de segunda mano. El ejemplo más emblemático (y exultante) de esa tarea callejera, rastreadora y pregonera se lee en La neblina del ayer, precisamente por sus extraordinarios garbanzos de a libra; es decir, de biblióscopo y más aún de bibliognosia; o sea: por sus asombrosas alusiones bibliófilas y bibliófagas (e incluso melómanas y poéticas: la prosa es la poesía que la poesía no es, Pasolini dixit). Y por lo que se aprecia en la presente novela, esa azarosa y esporádica actividad ahora lo confina en la patética pobreza, de ahí que subsista en una descuidada, decadente y vetusta casucha que comparte con su perro Basura II. (Que es la casa, en constante deterioro y naufragio, donde nació y creció bajo la impronta de su abuelo el gallero Rufino el Conde.) Por ejemplo, bosqueja la voz narrativa cuando, con hambre y la barriga vacía, va “a bordo de un remotorizado, repintado y retapizado Oldsmovile 1951, dedicado al alquiler y encargado de cubrir la ruta entre su barrio periférico y la zona de El Vedado”:

   “Desde hacía años el negocio de la compra y venta de libros que Mario Conde había practicado apenas dejó su trabajo como investigador policial, casi treinta años atrás, se había ido secando, como el árbol al que se le niegan el sol y el agua. El hallazgo, cada vez más esporádico, de una biblioteca apetecible (la última jugosa había sido, casi un año atrás, la del difunto escritor X, vendida hasta la última página por su hija desalmada, un lote que incluía una papelería que alteró la sensibilidad del Conde) lo había obligado a diversificar sus áreas de influencias, y ahora él compraba de todo: ropa usada, equipos eléctricos averiados, vajillas incompletas, guitarras sin clavijas..., cualquier cosa que pudiera llevarle a su amigo Barbarito Esmeril, que luego era capaz de vender lo que fuese, siempre con alguna ganancia. Aquella labor de sanguijuela, que lo agotaba físicamente y lo devastaba espiritualmente, apenas lo mantenía con la nariz fuera del agua, y por eso debía aceptar cualquier encomienda, como la que, sin darle detalles, le había propuesto su viejo amigo Yoyi el Palomo, que ya lo esperaba en las instalaciones de su nuevo negocio: un bar restaurante que se nutría con una clientela de turistas de paso, nuevos ricos locales y las infalibles, imprescindibles, serviciales putas de la nueva promoción de una industria nacional que había sido revitalizada por la crisis agónica de la década de 1990.”

 

Premio Hammett 2006
Colección Andanzas núm. 577, Tusquets Editores
Ciudad de México, julio de 2005

           Vale recordar que en septiembre de 2003 —se lee en La neblina del ayer—, Yoyi el Palomo, a sus 28 años, es el socio capitalista y principal del Conde en el negocio de los libros de viejo, raros y antiguos; y si bien en esas páginas el expolicía tiene casi 48 años y pone y luce su “cara de hombre decente”, esto, al unísono, denota e implica la intrínseca catadura ética que lo distingue en los diversos menesteres en que se involucra, pese a algún ilícito, como robarse siete libros para sí y sus seres queridos, entre ellos “el Álbum pintoresco de la isla de Cuba [1856], con las ilustraciones de Bernardo May”, y “los dos tomos oscuros de la edición de las poesías de [José María] Heredia”, la “de Toluca, 1832. La más valiosa, la que tipografió con la ayuda de su esposa, la mejor...” De ahí que Yoyi lo elogie cuando, manejando su deslumbrante Chevrolet Bel Air 1956, lo lleva a dialogar con un crítico y musicólogo que tal vez le dé información sobre el oscuro destino de Violeta del Río, desaparecida cantante de boleros que anunció su retiro en “mayo de 1960” (luego de grabar “el single promocional Vete de mí, como adelanto de su long play Havana Fever”): “Tú eres el único tipo legal con quien trato en este y en todos mis negocios. Eres como un cabrón marciano. Como si fueras de mentira, vaya.” Pero el caso es que ese bar que en 2016 regenta el Yoyi se llama La Dulce Vida. Y la chamba que le propone al Conde es la de vigilante nocturno y abstemio; debe observar, y acaso descubrir, si alguno de los habituales trapichea allí con alguna droga (quizá Fabito, el Grillo o Toña la Negra), pues esto llevaría al traste ese boyante negocio que el Yoyi ha montado con “el Hombre Invisible”, su influyente socio y proveedor de licencias y elementos culinarios y etílicos. Más aún porque se avecinan tres inminentes sucesos que agitarán La Habana de manera multitudinaria con hartos turistas gringos (“una pila de yumas con dólares”) con ganas de empinar el codo (y algo más) y efímeros visitantes expatriados en Miami repletos de billetes verdes (entre ellos el Conejo y Dulcita, la novia del Flaco Carlos durante dos años en el Pre de La Víbora): la visita de Obama, el concierto de Sus Satánicas Majestades (los Rolling), y una pasarela de Chanel (para dejar con el ojo cuadrado y la baba caída a más de un habanero desarrapado y descamisado, diría Evita). (Eventos extraordinarios que el Conde reflexiona y observa con escepticismo y casi indiferencia, y en cuyos efervescentes núcleos no se apersonó.) Y para engatusarlo, y desquebrajar y hacer polvo su incipiente negativa, el Yoyi lo seduce con la tentación de la gula y la salivosa vía visual, presidida por el retintín pavloviano de la moneda americana (“la moneda del enemigo”):

  “—Diez dólares la noche y una completa como esa que viene por ahí...

  “Conde sintió la conmoción, que se multiplicó cuando Gerundio puso sobre el buró, frente a él, una baguette (parecía una baguette de verdad), por cuyas comisuras asomaban sus proporciones exageradas de queso fundido, el jamón cocido y la lengua marrón de lo que debía ser un bistec. Sin dejar tiempo para que Conde recuperara el aliento, depositó junto al sándwich la jarra con el batido de mamey y la cafetera humeante, olorosa a café bueno, de verdad.

  “—Sabroseando —afirmó el cocinero enfermo de barroquismo.

 “—Agradeciendo y comiendo —respondió Mario Conde, y asumió que su suerte estaba echada.”

   

¡Viva la Francia! (París, 1984)
Foto: Jeanloup Sieff

         Y aquí vale recordar que uno de los aderezos narrativos de la saga de Mario Conde han sido las anécdotas gastronómicas (de ascendencia lezamiana y montalbana, cantan algunos doctos); o sea: las lúdicas comilonas con sus viejos amigos (empedernidos militantes en el partido de la amistad eterna) que por tradición se organizaban en la casa del Flaco Carlos (tremendo gordo que lleva cuatro décadas culiatornillado en la silla de ruedas tras convertirse en un peón destrozado por una bala que a sus 28 años le dio en la espalda durante la Operación Carlota en Angola), con la viejecita Josefina, la madre de este, ahora ya nonagenaria, de espléndida cocinera y mesera de platillos cubanos de rechupete que rebasan los límites de las mil y una carencias de nunca acabar y de la libreta de abastecimientos. Vertiente que vive pasajes muy ilustrativos, y gustativos, en La neblina del ayer, y no sólo por las 800 páginas del recetario de cocina cubana del año 56 que el Conde, en su papel de librero de viejo, rescata ex profeso para Josefina del oculto e impoluto bibliotafio de una astrosa y umbrosa mansión en El Vedado, donde se ha preservado “la más insólita biblioteca privada que ningún cubano de su época jamás hubiera pisado” y hojeado (“Es la mejor biblioteca que vi y voy a ver en mi puta vida”), herméticamente cerrada, tras portones de espejo, en “soberbios anaqueles de madera, protegidos con puertas acristaladas”, que desde 1960 (hace 43 años) resguardan “cinco mil volúmenes, llegados de medio mundo para ocupar un sitio en esas estanterías inmunes a la humedad y el polvo”, entre ellos costosísimas o invaluables joyas bibliográficas de los siglos XVI al XIX y XX. En Personas decentes no sucede uno de esos encuentros culinarios (a veces sólo con el Flaco y el Conde de comensales de la mesa de Jose) donde el investigador criminal los pone al corriente de las facetas e intrigas del caso, y que pueden terminar con la música de los Creedence y varias botellas de ron para agarrar un buen peo y salir volando; pero sí el Conde, gastándose su paga y endeudándose antes de haberla cobrado (“dos semanas o más de su salario”), invita al Flaco Carlos y a Tamara (la jimagua de ojos verdes —Aquella muchacha que conoció en el Pre de La Víbora en 1972—, culo de bailarina de rumba y tetas con pezones de negra, quizá aún eréctiles y empeñados en perforar la leve tela de la blusa) a extasiarse de delicatessen una tarde de domingo en La Dulce Vida. Yoyi el Palomo pone el vino y las rolas de los Rolling a todo soniquete (con las que el Conde y el Flaco Carlos se desgañitan cantando de cachetito y a gaznate pelado y aguardentoso: Cause I try and I try and I try and I try/ I can’t get no, I can´t get no...); y además dispuso un guardadito para Josefina, que se quedó en casa (y quizá las sobras para Basura II, ¿no?). Esa sesión de hedónica, efímera y volátil felicidad el Conde se la propuso a Tamara un día antes, como despedida por su inminente viaje a Italia, donde vive su hijo y su hermana gemela:


      “[...] Podemos hacer, bueno, lo que tú sabes y, estaba pensando..., nada, que luego te invito a almorzar fuera. Coño, hace como treinta años que no podía decir eso. Te invito a comer..., a ti y al Flaco Carlos, aquí en La Dulce Vida. Para despedirte.  

 “—Ay, estás delirando Mario.

 “—De verdad lo digo...

 “—Es muy caro, chico.

 “—Al medio día es más barato... Y seguro Yoyi me fía... a cuenta de mi salario. A lo mejor hasta me da una rebaja de empleado...

 “—Estás más loco...

 “—No, estoy supercuerdo. Coño, Tamara, nada más de pensarlo, me vuelvo a sentir persona. En este país hasta eso a veces es difícil. Vamos a sentirnos personas... y vamos a comer como personas, igual que las cien gentes que están bailando ahora con Kelvis [‘la banda de Kelvis Ochoa’]. Aunque después regresemos a la miseria.”

 II de VI

Precisamente por la visita de Obama y su esposa Michelle, todas las policías de La Habana están abocadas en tareas de vigilancia y blindaje. De modo que el teniente coronel Manuel Palacios —otrora el flacucho y medio estrábico sargento Manolo, auxiliar y segundo del teniente investigador Mario Conde—, le solicita su apoyo (¡sin ninguna remuneración! o sea: trabajo voluntario en pos del establishment del presunto socialismo real revolucionario y por el implícito y tácito presupuesto de que “el tipo que una vez fue policía ni dándose candela deja de serlo”) para dilucidar, lo más rápido posible, el asesinato de un tal Reynaldo Quevedo (cuyo modelo sin duda es el nefando Luis Pavón Tamayo, presidente del Consejo Nacional de Cultura entre 1971 y 1976), un octogenario que en la década negra de los 70, y no sólo durante el quinquenio gris, fue la mano de hierro, dura y represora, encargada de marginar, expoliar, aterrorizar, incriminar, encarcelar, torturar, espiar y extinguir a los narradores, poetas, dramaturgos, actores, artistas plásticos, filósofos, historiadores, intelectuales, lesbianas, homosexuales, y católicos, tildados de contrarrevolucionarios (Dentro de la Revolución ¡todo!, contra la Revolución ¡nada!) e infectos desviacionistas del “Hombre Nuevo” (idealizado y totémico engendro parido en 1961, jijo del ateísmo soviético y su moscovita ortodoxia marxista-leninista). “Quevedo resumía el poder, todo el poder, Júpiter que tronaba y aplastaba, sin necesidad de juicio, sin posibilidad de defensa.” Dice de él el pintor Sindo Capote, quien cifra y cincela el radiográfico epitafio al enterarse del asesinato: “alguien mató a la cucaracha”. Ese horrendo vejestorio —la hedionda punta de un putrefacto iceberg de corrupción burocrática y sistémica, procreada y empantanada al son de la demagógica, doctrinaria y dictatorial verborrea de la Revolución Cubana— vivía, desde el año 72, en un expropiado y aburguesado departamento “del piso veinticinco de la torre de El Vedado”, que los herederos, su hija y su nieto, podrían rematar en un tris, “acá en Cuba”, en “más de medio millón de dólares” y largarse a los Yunaites en una balsa con motor ultrasónico. Allí tenía obra pictórica saqueada a los artistas reprimidos por él; misma que empezó a vender “en los años noventa, cuando el Período Especial” (escases y esclerosis económica, aunada al norteamericano y deshumanizado bloqueo de la isla, sucedida tras el derrumbe de la URSS y su antecedente la caída del muro de Berlín); tarea de marchante pro Sotheby’s en la que participaba su exyerno Marcel Robaina, un tipejo que en Cuba se hacía pasar por “el agente Néstor”, de la “Seguridad del Estado”, “la policía secreta, el G2”. Y en los Estados Unidos continúo de agente de ventas de los cuadros robados por Reynaldo, luego de que en el 92 huyera a Miami con una lancha robada y “Dos óleos de Cundo Bermúdez” robados a su exsuegro. No obstante, la venta (y supuesta legitimización) de la obra robada por el vejestorio también la venía operando, en La Habana, un tal Osmar, nieto de este e hijo de Marcel Robaina.

            Allí, en ese privilegiado departamento en las alturas de La Habana y frente al mar, el vejete Reynaldo Quevedo, donde saciaba su pantagruélica panza con comestibles y bebidas inaccesibles para la mayoría de los cubanos (incluida su criada y cocinera), murió al ser empujado por alguien: se golpeó en la parte posterior del cráneo al dar contra el filo de mármol de la mesa del comedor. Pero además con un cuchillo de la cocina le mutilaron los genitales y le cortaron tres dedos con un alicate que no se halla por ningún sitio. Y ya de colofón le robaron un par de los cuadros robados por él. Luego, en la Central de Investigaciones Criminales, “Flor de Muerto”, el forense, le comenta al “Conde de la Mierda” que “el occiso cargaba en distintas partes de su cuerpo con restos de ADN de dos personas, ambas del sexo masculino. La de uno de esos hombres apareció como escamas de epidermis bajo una uña del índice derecho, uno de los dedos cortados... La del otro, como semen en el recto.” Que ese “semen corresponde a un mestizo. Diría que más negro que blanco con unas gotas de chino...” Y que el ADN de las escamas bajo la uña corresponde a un hombre “blanco de piel, de unos cincuenta años o más, según nos dice el tejido encontrado bajo la uña del índice cortado, por lo que pienso, supongo, estimo..., que ese hombre fue el que empujó al occiso, cuanto todavía no era occiso, por lo que, antes de caer hacia atrás tuvo algún contacto con su atacante y lo arañó.”

            A ese cuadro de nota roja pronto se le suma otro, cuando en un fétido vertedero de basura, que el Conde llama “el Imperio de la Mierda”, aparece el cadáver desnudo de Marcel Robaina, también mutilado de los genitales y con una cinta de colores atada en una de sus muñecas, en la que luego en el laboratorio se observan estampadas un par de huellas dactilares parciales. Según el forense, lleva muerto “Por lo menos una semana”; y abandonado allí: “Yo diría que por lo menos dos días”. Para complicar el asunto, Marcel Robaina, además de cubano de nacimiento, tiene la nacionalidad norteamericana. Así que, por orden del teniente coronel Manuel Palacios se suma a la indagatoria “el teniente Miguel Duque, la estrella rutilante entre los investigadores de la Central, el policía informático con el cual Conde había tenido ya algunos roces urticantes”. No obstante, el Duque y el Conde llevan la investigación en paz y comparten y dividen las tareas; pero algún resquemor y competitivo resentimiento oculta el Duque, pues en un episodio, cuando ambos interrogan a Aurora —la sirvienta y cocinera de Reynaldo Quevedo durante diecinueve años—, saca a relucir datos (e inferencias) de su expediente policial que con antelación no compartió con el Conde:

            “—Aurora, usted trabajaba como criada de Quevedo porque estuvo tres años presa por unas estafas y otras marañas que hicieron en las oficinas en donde trabajaba. La Dirección Nacional de la Vivienda. Cambalaches de todo tipo, con bastante dinero de por medio. Y creo que salió bien con que cumpliera solo tres años de los diez que le echaron, con la condena añadida de no poder volver a ocupar responsabilidades administrativas... Cuando salió de la prisión, en pleno Período Especial, nadie le dio un trabajo más o menos aceptable y terminó aquí con Quevedo. Porque, casualmente, casualmente, el hombre que había sido su jefe en la Vivienda también era amigo de Quevedo, y es posible que además lo fuera de Marcel Robaina. [Quizá, porque en un episodio clave para la indagatoria del presente, Marcel Robaina, en 1978, luego del suicidio de la poeta Natalia Poblet, se metió en su pequeño cuartucho en busca de algo valioso, haciéndose pasar por “el compañero Néstor” o por “el agente Néstor”, pero no de la Seguridad, sino de la Vivienda; testimonia y puntualiza el Gordo Contreras, en ese entonces capitán de la policía: dijo que “iba a censar y cerrar la casa... y se quedó con la llave”.] Un jefe [de la Vivienda] que, por cierto, salió indemne de la investigación, quizás porque usted no lo delató y... ese señor le hizo el favor de colocarla con Quevedo, a lo mejor hasta pactaron un buen salario para usted, mucho mejor que el que le pagaría el Estado, eso no lo sé... Y, claro, va y estoy equivocado en algún detalle, pero en lo esencial está aquí porque ya tuvo problemas con la justicia y...”

            Para esclarecer el misterio del asesinato de Reynaldo Quevedo y el picadillo que hicieron con sus genitales y tres dedos, Osmar, su nieto e hijo de Marcel Robaina, señala a Victorino Almeida como el probable dueño del semen descubierto en el recto del vejestorio. Esto lo supone Osmar porque tuvo o tiene un vínculo homosexual con Victorino Almeida y porque además es un prostituto al que su abuelo pagaba para que tuviera sexo con él. Para localizar al pinguero, Osmar le da al Conde una foto donde se le ve con “Victorino en una playa, sonrientes”. Con esa foto el Conde va al entorno del “Parque Central con su Martí siempre preocupado”, precisamente al sitio donde se merca con el sexo (ese oficio de tinieblas) desde la época de Yarini, donde “Bien conocía que desde hacía años aquella zona había devenido el coto de caza furtiva más explotado de la ciudad. Allí, como en la selva, los iniciados se comunicaban a través de códigos, para él indescifrables, que al parecer poseían claves universales, porque cubanos y extranjeros, habaneros y provincianos, debutantes y profesionales, jóvenes en flor y viejos podridos, habían practicado en esas inmediaciones y por décadas la montería sexual con muy frecuente beneficio. Carnal y económico.” Y si bien el Conde se declara incapaz de manejar un celular y burro en la “informática” de una computadora, parece que el anacronismo y el rezago tecnológico está muy generalizado en la isla, pues le entrega la foto al teniente coronel Manuel Palacios y éste no la fotografía con su teléfono móvil y con el mismo no lo envía ipso facto a la Central —para la inmediata búsqueda y localización y el rastreo en los archivos policiales—, sino que luego de hacer “un par de llamadas desde su celular, le entregó la foto de Victorino al jefe de seguridad del hotel de Inglaterra para que la recogiera alguno de sus subordinados”.

            Según reporta la omnisciente voz narrativa sobre la pinguera actividad de Victorino Almeida: “Los de su especialidad habían reaparecido en la isla durante los años arduos del llamado Período Especial, los tiempos de la Crisis con mayúsculas, cuando en el país casi faltó hasta el aire para respirar. Había sido el cierre de un paréntesis de tres décadas sin prostitución tarifada y su resurgimiento profesional tuvo los mismos orígenes de siempre: la búsqueda de un modo de ganarse la vida y, si se andaba con suerte, hasta de tener acceso a comidas, ropas y perfumes inalcanzables para el resto de sus compatriotas. Y si la fortuna se multiplicaba, pues incluso concretar un matrimonio que sacara al servidor sexual hacia el extranjero y otra vida, quizá mejor. La mayoría de las muchachas (las jineteras) y los muchachos (los pingueros) tenían incluso estudios, modales, educación, aspectos tan saludables como el de Victorino, y eso los hizo más atractivos para unos europeos descocados, viejos en su mayoría, aquejados de soledad y alienación, que de pronto se encontraban con un producto de primera calidad, bello, barato y saludable, refinado en ocasiones, que no solo les daba sexo real, sino también la ilusión de ser especiales, incluso de ser queridos.” Y “Victorino, ya sabían [el Conde y el Duque], andaba por sus veintiséis años y desde hacía siete u ocho, apenas llegado a La Habana desde Pinar del Río, se dedicaba a la prostitución de amplio espectro. Era un todoterreno, un estajanovista del pene y el ano. Con extranjeros y con cubanos, con hombres y con mujeres, con jóvenes y viejos, por delante, por detrás, por arriba, por abajo, de día y de noche, en invierno y en verano. El tiempo que no dedicaba a su profesión debía de invertirlo en el gimnasio, pues tenía un físico envidiable, coronado con una cabeza bien proporcionada y un rostro atractivo: la piel morena, los labios pulposos, los ojos de un verde oscuro y vidrioso, el pelo ensortijado formando un afro lanudo, de ovejo.” Todo lo cual evoca la magnética y seductora imagen corporal del chulo Alberto Yarini, el Gallo de San Isidro, según se lee en las póstumas memorias de Arturo Saborit Amargó; pues el joven Yarini, además de vestir de manera impecable e impoluta, de proteger y subvencionar a las rameras ancianas y en desuso, convivía en su casa particular con un harén de cinco putas (entre ellas estuvo Esmeralda la Zurda, luego esposa del expolicía Arturo Saborit Amargó); y según el testimonio de este, porque circunstancialmente lo vio, poseía una descomunal pinga: “Con el movimiento vi cómo el miembro de Yarini se balanceaba como si fuese el badajo de una campana. Y no es que sepa mucho sobre proporciones de los penes, aunque tengo el mío y haya visto el de algunos de cadáveres, pero es que el miembro colgante entre las piernas de aquel hombre tenía unas dimensiones y un grosor exagerados. Una pinga de ese calibre también explicaba muchas cosas.”

 

Imagen de la colección estereoscópica de Ava Vargas y Roberto Rochín:
La casa de citas en el barrio galante. Fotografías
mexicanas de la Bella Época
 (Grijalbo/CNC, 1991)

           Y si el pinguero Victorino Almeida tiene unos irresistibles y seductores ojos que da pánico soñar —diría José Joaquín Blanco en Función de medianoche (Era, 1981)—, el chulo Alberto Yarini tenía la mejor sonrisa de La Habana, según Saborit, con la que al unísono lucía la mejor dentadura de La Habana, y quizá de toda la isla y de todas las ínsulas del Caribe y del continente americano. Lo cual evoca, por ineludible asociación, la eterna sonrisa de anuncio de pasta de dientes con que en 2016 se mueve y exhibe Obama por el mundanal mundo y no sólo en Cuba; y que el Conde entrevé en el doméstico televisor con que Josefina y el Flaco Carlos siguen el reporte de la inusitada visita de Obama en la estropeada y lluviosa Habana Vieja; en ese momento epicentro de la aldea global y de la Cuba supuestamente socialista, tan solo por la presencia de un presidente de los Estados Unidos de América que además es negro.

           

Michelle y Obama en La Habana

            “—Pero de verdad es bonito —comentó Josefina, sin dejar de balancear su sillón.

           “—Coño, Jose, no es para tanto... Mira el par de orejas que tiene...

      “—No seas envidioso, Condesito —dijo ella y se concentró en el culebrón en marcha.”


III de VI

Cuatro estaciones en La Habana (2016)

Foto en la 2a de forros de  Máscaras (1997)

Pese a que en la miniserie televisiva Cuatro estaciones en La Habana (2016) —basada en la cuarteta de novelas de Leonardo Padura que integran Las cuatro estaciones (correspondientes a la primavera, verano, otoño e invierno de 1989): Vientos de Cuaresma (Andanzas 434, 2001), Máscaras (Andanzas 292, 1997), Paisaje de otoño (Andanzas 345, 1998) y Pasado perfecto (Andanzas 397, 2000)—, el indeleble rostro del teniente investigador Mario Conde es el rostro (y la voz) del actor cubano Jorge Perugorría —reconocible estrella de la churrería del recuerdo de la cinematografía cubana y española desde el boom de Fresa y chocolate (1993)—, no pocos lectores lo visualizarán con el rostro del novelista, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015 y Medalla Carlos Fuentes 2020 de la FIL de Guadalajara. (Remember que en agosto de 1989, según se lee en Máscaras, a sus casi 36 años ya es notoria “la calvicie amenazante del Conde y la gordura enfermiza del Flaco, que ya no era flaco”. Y en septiembre de 2003, casi al inicio de La neblina del ayer, se lee que el Conde está demacrado y enjuto: “El agotamiento facial de noches sucesivas de mucho ron y poco sueño, y su delgadez escuálida y conmovedora daban la impresión de que la ropa le hubiera crecido sobre el cuerpo.”) Más aún porque paulatinamente, en los sucesivos retratos del autor que se observan en la segunda de forros de sus libros paulatinamente publicados por Tusquets Editores en la Colección Andanzas, al unísono de lo que se narra en cada uno, su barba y sus cabellos, de color negro, se fueron despoblando y tornando canosos. Pero en lo que sí coinciden el Mario Conde de la miniserie y el Mario Conde de las novelas es en las intuiciones y premoniciones que el investigador criminal ubica “debajo de la tetilla izquierda”. Algo, muchas veces infalible, que era motivo de incomodidad, suspicacia, sorna, pullas y bromas entre sus colegas, desde la época en que estaba a las órdenes y deferencias del mayor Rangel.

       

Foto en la 2a de forros de 
Personas decentes (2022)

            
Entre las intuiciones y premoniciones del Conde que pueblan la trama que le concierne en Personas decentes, descuellan las relativas a Natalia Poblet (“una mujer que escribía poesías” antes de suicidarse en “mayo de 1978”) y las referentes a un pretendido “negocio” con “algo valioso, muy valioso” que tenía que ver con Napoleón Bonaparte; una “cosa valiosa” con la que el vejestorio Reynaldo Quevedo quería forrarse con “unos cuantos miles de dólares... ¿o de euros?”, según le sopla al Conde el pinguero Victorino Almeida, descartado como el asesino y castrador, sin que pueda revelarle algo más preciso y objetivo. Y aunque el vejestorio no le habló al prostituto del Museo Napoleónico de La Habana, el Conde va a hojear y a olfatear los muros y rincones de ese recinto. Y antes del cierre, charla de un modo informal con la celadora (una mujer “en sus cincuenta, negra, fornida”), quien no le aporta ningún dato relevante sobre algún objeto perdido o robado allí. Pero sí le dice que entre lo que se resguarda “La mascarilla mortuoria de Antommarchi es la más valiosa” (pues Francesco Antommarchi fue “El médico de cabecera del emperador en Santa Elena”). Pero también figura “el catalejo” y “la casaca del emperador”, “certificados como de su propiedad, sin duda alguna”. Y que “en el Museo de Arte de Matanzas hay un busto de Canova, y en Cárdenas una muestra de medallas”. Y antes de despedirse, la celadora le dice que “Hay un historiador..., Eduardo algo... Él sabe mucho de las cosas de Napoleón que llegaron a Cuba.” Y ya por último, esa mujer le pregunta si “sabe la historia del pene de Napoleón que estuvo en una subasta”. Asunto que el Conde ignora. “Sí”, añade la fémina, “porque al morir, al emperador le cortaron el pene. Y hace años esa cosa anda dando vueltas por ahí. Como alma en pena.” Y él apostilla: “O como alma en pene.”

         

Alfarero de pingas  (Juchitán, 1983)
Foto: Rafael Doniz

           
Miki Cara de Jeva —escritorzuelo de la UNEAC apapachado por el régimen dictatorial cubano (otrora promovido de cuerpo presente en los países del bloque socialista, sin duda por sus libros proletarios, didácticos y proselitistas, acordes con los manuales de la política cultural del estalinismo y el arte proletario) y alguna vez “el tipo más bonitillo del pre de La Víbora” (¡échale salsita!, camará), donde fue condiscípulo del Conde—, le informa que ese especialista en Napoleón es el historiador Eduardo Álvarez, quien, dice, ’tá loco del coco porque “hace unos años donó a un museo una colección de medallas napoleónicas”, que “podían valer como treinta mil dólares hace veinte años... ¡Como el doble ahora”. Pero además le pacta un encuentro con ese experto cincuentón que es miembro de “la Sociedad Internacional Napoleónica” y por ende, en su departamento de un feo edificio, sobre Napoleón y el imperio, acumula libros y más libros que el eventual librero avalúa con la bemba ’e cuchara escurriendo y achinados ojos de caja registradora del Barrio Chino. Según le dice: “Tengo más de mil libros sobre el tema. En español, francés e inglés. Y estoy estudiando alemán para leer también en ese idioma.” Y sobre la donación que hizo le canta (como si también cantara boleros): “mis medallas están en un museo de Cárdenas, porque yo soy de allá...”. Y si bien el historiador no habla del origen de tal exposesión, le da cátedra al Conde (y al unísono al desocupado lector) sobre un robo de objetos y reliquias napoleónicas ocurrido “en 1831, el 5 de noviembre”, “en el Cabinet des Médailles des Rois de France, el Gabinete de Mellas, de París”; botín que entró a Cuba, “en 1833”, a través del pintor Juan Bautista Leclerc de Beaume.       

           

Museo Napoleónico de La Habana

            Y a la pregunta expresa del Conde, porque busca alguna explicación sobre “las castraciones de Quevedo y Marcel Robaina” (y de paso por la castración del cadáver del emperador Bonaparte), el historiador lo alecciona: “Bueno, la mutilación genital se ha practicado en muchas culturas. Y hay una primera razón: es la forma de quitarle la virilidad al vencido. De robarle su valor... Hace tiempo leí que ciertas tribus de indios de Norteamérica practicaban la castración de los vencidos, porque ellos creían que el espíritu del enemigo pasaba a la otra forma de vida con los mismos atributos con que había muerto. Así, que el guerrero vencido se iba sin virilidad, sin valor y sin la posibilidad de obtener los placeres del acto sexual.”

            Y luego el Conde da un viraje de mambo sinuendo y a lo que te truje, chincha:

            “[...] Pero a lo que vine... Es que quizás haya algo muy valioso relacionado con esos asesinatos. Seguramente un objeto. Al parecer, y esto es pura suposición mía, no demasiado grande... Y el nombre de Napoleón sale a cada rato... Ya pasé por el museo y no saben si hay algo muy cotizado dando vueltas acá en Cuba. ¿Tienes idea de algo así?

    “—¿Un objeto valioso y no muy grande? Un sello de oro, un cuño —soltó sin pensarlo el historiador. Le brillaron los ojos—. Un sello que casi seguro llegó a Cuba, una pieza única que desde que la robaron nunca se ha sabido dónde está y que si todavía existe podría valer por lo menos cincuenta mil dólares. Por lo menos. ¿Y tú crees que alguien la tiene acá en Cuba? Sería genial, un palo... Si aparece, me lo tienes que decir a mí primero que a nadie. Voy a demostrar que Juan Bautista Leclerc trajo a Cuba más cosas de las que se piensan. Que a lo mejor hasta participó en el robo... ¡Ay, qué palo voy a dar! —Y el brillo de su mirada se convirtió en lágrimas de pura emoción histórica. Un ángel apasionado.”

 IV de VI

A partir de tal hipótesis y propuesta, el Conde empieza a direccionar la indagatoria del par de mutilaciones y asesinatos en torno a la búsqueda y localización del cuño de oro de Napoleón. Y en el citado interrogatorio que el Conde y el Duque le hacen a Aurora en el estratosférico penthouse “del piso veinticinco de la torre de El Vedado”, la sirvienta afloja la viperina y asegura:

  “—Si era una cosa así como un pisapapeles, lo vi una vez. Quevedo lo tenía sobre el buró. Me llamó la atención porque era un pisapapeles un poco extraño. Y nunca más volví a ver ese sello, cuño, lo que sea, si es que fue eso que yo vi. Eso pasó hace como diez años, más o menos. Lo que sí sé es que no lo guardaba en el buró. Y no, no lo vi nunca más ni supe qué era ni cuánto valía ni le hablé a nadie de él. Lo puedo jurar por lo que ustedes quieran que jure. Nunca más. ¿No habrá sido porque Quevedo también lo vendió, como su carro, como varios cuadros? No sé, nada más puedo decir que no volví a ver esa cosa de la que ustedes hablan.”

    Vale resumir, sin desvelar los vericuetos y las minucias del carozo de la mazorca, que detrás de las mutilaciones y asesinatos de Reynaldo Quevedo y Marcelo Robaina, sí figura el robo del cuño de oro de Napoleón Bonaparte, hurtado en “mayo de 1978” por el supuesto “agente Néstor” del mísero cuarto donde subsistía, muy marginada, maltratada y humillada, la infeliz poeta católica Natalia Poblet; cuño imperial que, junto a “un par de sortijas y un reloj de oro”, el vejestorio ocultaba “en el bolsillo de un jacket verde olivo viejo, uno que nadie se hubiera robado nunca”, ni tan siquiera para posar y desgañitarse en un masivo homenaje a Fidel Castro en la Plaza de la Revolución de Santiago de Cuba. No obstante, el motivo de las mutilaciones y asesinatos no fue la codicia por la posesión y venta (en el mercado negro) de la napoleónica pieza, sino una intrínseca venganza de alguien que padeció y sufrió la injusta degradación, humillación, separación y pérdida de un angular ser amado; y, al unísono y en carne propia, la infame e impune represión dictatorial y dogmática de los crueles y deshumanizados personeros de la Revolución Cubana.

  Vale puntualizar, entonces, que ese es el corrosivo y crítico intríngulis medular que subyace y trasmina la trama policíaca que, en Personas decentes, Mario Conde investiga, sopesa y medita en La Habana de abril de 2016 (año en que el patriarca Fidel Castro falleció el 24 de noviembre a los 90 años de edad). Y como telón de fondo bulle, por aquí y por allá (y en contraste con los que derrochan a manos llenas), el generalizado drama social de la pobreza y de las mil una carencias habidas y por haber; y las expectativas de quienes anhelan el exilio en Florida o planifican la fuga a Miami en busca del espejismo de ese american way of life que miles de cubanos han encontrado en la tierra de la gran promesa y de las mil y una oportunidades: el país de las maravillas del patilargo Tío Sam.

 


         Uno de esos reprimidos y condenados por el esbirro Reynaldo Quevedo es el pintor Sindo Capote (en abril de 2016 ya un anciano en silla de ruedas), de quien el vejestorio exhibía en el comedor una marina y ocultos en su estudio un par de cuadros abstractos. En el testimonio que le brinda al Conde, Capote le dice que “Hace como dos meses vino a verme un joven” (Osmar, el nieto de Quevedo), quien le ofreció 200 dólares si certificaba dos óleos suyos y le mostró las fotos de estos en su teléfono móvil. Según dice, son “de la serie de los ocho abstractos con elementos constructivistas que yo había pintado en 1969 para una oficina del Gobierno y de los que nunca volví a saber nada, por los que nunca me pagaron nada... Y me dijo que esos dos cuadros estaban en la casa de Reynaldo Quevedo. ¡En la casa de Quevedo! ¡Eran propiedad de Quevedo!” y etcétera. Obviamente, Capote lo mandó a la tiznada. Averiguó la dirección del vejestorio en el rascacielos y con la ayuda de su hija Luly (“La jamona”, por sus prominentes tetas, y con un “buen culo”, cata el Conde) se apersonó en el penthouse del piso 25 de la torre de El Vedado y soltó toda su contenida e incendiaria vomitona de endiablada rabia. Dijo maldiciones altisonantes e impronunciables que Aurora, modosita, no quiso repetir, ni Capote repetírselas al Conde.

     Según le testimonia el pintor: “A la mayoría de los condenados, como le pasó [en 1971] al Marqués [gay, dramaturgo, ensayista, director escénico y personaje en Máscaras], los encausaron públicamente, en un teatro o un salón lleno de otros acusados y de fiscales. Humillación multiplicada... A otros los sancionaban sin que nadie se dignara siquiera a leerles las causas de su condena [maldición kafkiana]: te estigmatizaban y ya, sin explicaciones de rigor... De un día para otro te dejaban sin trabajo, sin poder exhibir o publicar nada, sin que hablaran de ti, ya nadie te dirigía la palabra. Casi como si no existieras... A mí no. Antes de desaparecer, a mí me tocó ir a esa oficina de Quevedo, por la calle Calzada, cerca del teatro Hubert de Blanck, ¿te ubicas?... Durante años no pude pasar por ese lugar, hasta dejé de ir al teatro. Estar cerca de allí me enfermaba. O me daba miedo, que es peor.” Esa ominosa cita ocurrió “en 1971”. Y Quevedo le propuso que, para salvarse, espiara para el régimen: “Nada más tenía que hablar con un compañero que él me indicaría y, de vez en cuando, reunirme con él y contarle de qué cosas hablaban mis amigos artistas, qué decían de lo que estaba ocurriendo, cuáles eran sus actitudes, qué pensaban de los dirigentes... Quevedo me proponía que vigilara a mis colegas y los chivateara.” Y como Sindo Capote se negó a ser un cobarde chivato con doble vida de bolchevique y un vil espía del represivo statu quo, se fue de allí “cagado de miedo” [...] “Muerto de miedo. ¿Cuántas veces ya he pronunciado la palabra ‘miedo’?” Según dice:

    “De la oficina de Quevedo salí con un papel que debía presentar en un local donde se restauraban obras, en donde debía de trabajar desde entonces, donde trabajé diez años. Empecé barriendo el galpón y chapeando el jardín. También salí con la confirmación de que no podía exponer ni vender mis obras, mucho menos sacar alguna del país. Y con la advertencia de que nuestra conversación había sido confidencial, cuestión de seguridad, y cualquier comentario mío al respecto se consideraría un acto de contrarrevolución.

   “Como yo me podría imaginar, me dijo, y esta vez sí lo vi sonreír, otros amigos míos que habían pasado por su oficina habían sido mucho más inteligentes y conscientes de lo difícil del momento histórico y aceptado la propuesta rechazada. Gracias a esos buenos revolucionarios decididos a enmendarse, ellos se enteraban de todo, de todo.

“Y viví diez años de ostracismo. No tuve la fuerza del Marqués, que siguió escribiendo. [Pero oculto en su deteriorada casa, convertido en nada, enclaustrado como una babosa hostigada y refugiada en lo oscuro de su laberíntico y solitario caracol, subsistiendo con su salario de minúsculo y raquítico ratonzuelo de biblioteca municipal. Pero eso sí: muy megalómano: equipara el destino post mortem de su obra inédita al inmortal y universal destino de la obra de Milton y Dante: “ocho obras de teatro escritas durante estos años de silencio” y “un ensayo de trescientas páginas sobre la recreación de los mitos griegos en el teatro occidental del siglo veinte”.] Yo dejé de pintar. Y cuando volví a intentarlo, quince años después, había perdido ‘la mano’. Me la habían amputado, en realidad. Sindo Capote estaba vivo, pero la verdad es que estaba muerto, aniquilado como artista... pero no como persona, pues todavía me quedaban cosas por ver, y ahora estoy viendo cosas. Como decía aquel hombre que comentaba los juegos de pelota: el partido [de beis] ha guardado sus mejores emociones para los finales. ¿Verdad?”

Premio Café Gijón de Novela 1995
Colección Andanzas núm. 292, Tusquets Editores
Barcelona, febrero de 1997

        En la estigmatización de Sindo Capote, además de “un desnudo masculino muy velado” pintado por él (“Un cuadro definitivamente pornográfico y maricón”, acusó y sentenció Quevedo), “estaba el haber sido amigo de otros que ya eran considerados enemigos: Guillermito Cabrera Infante, el Bebo Padilla [protagonista del legendario e histórico caso Padilla que hizo boom internacional en abril de 1971], Carlos Franqui, gentes así, a las que conocía desde hacía veinte o treinta años ¡Y haber trabajado con el Marqués y ser amigo del Recio!” (Par de amiguetes gays, vale evocarlo, quienes del brazo del “Otro Muchacho” rumbo a Montparnasse, vislumbraron, en abril de 1969, al arquetipo de la mujer —casi un fugaz espejismo— que corporificaría la Electra Garrigó, travestida de rojo, que el Marqués planeaba escenificar con una estética travesti y 32 máscaras, en La Habana y en el parisino Teatro de las Naciones, con el libreto homónimo de Virgilio Piñera y el vestuario de la protagonista diseñado por él en la misma Ciudad Luz. Virgilio, en Cuba, vio los preparativos y los ensayos encaminados al estreno y le canturreó al dramaturgo y director: “Marqués, esto es mejor que lo que yo escribí, más intenso, más provocador, y me tienes así, todo anonadado, o sea con el culo en el agua... Pero viejo, es demasiado turbulenta y cruel y yo tengo un miedo que me cago...” Pero el estreno nunca llegó, primero porque los actores y técnicos fueron movilizados a la Gran Zafra Azucarera de 1970, la que buscaba producir en un tris diez millones de toneladas de azúcar para sacar a Cuba del subdesarrollo o sea: del rezago tercermundista, tropical y bicicletero; y luego porque en abril de 1971 el Marqués fue parametrado y puesto a chambear en una fábrica para que se purificara con el contacto de la clase obrera y, como no dio el ancho, lo pusieron a clasificar libros en una pequeña biblioteca municipal en Marianao.) Y sin pronunciar su nombre, Capote alude a la poeta suicida Natalia Poblet en ese bosquejo de la represión impuesta en la isla (durante la década negra de los 70) por la intolerancia dictatorial de los esbirros de la Revolución Cubana: “Y qué voy a decirte de la poeta amiga mía, la pobre, esa se volvió loca y, aunque era católica, no pudo aguantar más y se suicidó.” De ahí su consecuente comentario: “¿Mucho o poco delito? Hoy cualquiera se ríe de eso, pero en 1971 nadie se reía. Casi todo el mundo lloraba. Y con razón. La gente llora cuando le duele, cuando tiene miedo...”

 V de VI

Una semblanza del doloroso y humillante drama que padeció la poeta Natalia Poblet antes de suicidarse “en mayo de 1978”, la boceta, para el Conde y el teniente Duque (y al unísono para el desocupado lector), Sandalio, hermano de la escritora, un sesentón que tenía veinte años cuando ella se quitó la vida; quien recién vendió los libros de su hermana al citado Barbarito Esmeril: “había algunas cosas buenas en esa biblioteca... Libros de Lezama, Eliseo Diego, gentes así, casi todos firmados por ellos. Primeras ediciones.” Según testimonia, “Ellos [los esbirros de la ortodoxia] la acusaron de ser practicante activa de la religión [católica]. De ser una poeta intimista, como lo oyen, poeta intimista. Y hasta insinuaron que era lesbiana, porque dijeron que no se le conocía ningún novio... Inventaban cualquier mentira, sin pudor. Y cuando aquello, todo eso era muy grave. La botaron del trabajo que tenía en una editorial y la mandaron a limpiar los pisos y los baños en una Casa de Cultura..., en Alquízar..., con horario cerrado. Treinta kilómetros para allá, treinta para acá. Tenía que levantarse a las cinco de la mañana para estar allí a las siete, y luego llegaba a la casa a las siete o las ocho de la noche... La sofocaron. No, la asfixiaron.” Y sobre el claustrofóbico y minúsculo agujero donde se mató les dice: “En un cuartico que tenía en el Cerro. Un cura amigo de ella se lo había conseguido. La encontraron por la peste... Como se pasaba el día allá en Alquízar, nada más venía para acá los domingos, desde que la castigaron no veía a casi nadie [...]”

       Y como el cabezota del Duque no alcanza a comprender ni a inferir las íntimas y particulares razones que a Natalia la orillaron al suicidio siendo católica, Sandalio Poblet, fortachón y de oficio mecánico, le resume:

            “—Usted no sabe, ¿teniente me dijo?, bueno, da igual, usted no sabe lo que es vivir pensando que el castigo que te han puesto puede ser una cadena perpetua. Que nunca vas a volver a ser lo que fuiste, que te condenen nada más por ser lo que eres, sin que eso que eres haya sido agresivo para otras personas. Saber que no cabes en la sociedad en que vives y que, si acaso, te conceden un rincón: limpiando mierda, per secula seculorum, como dicen los curas, ¿no? Sentirse apestado, marginado, despreciado. Insinuaron que era tortillera. Y le dijeron lo peor: que era contrarrevolucionaria. La marcaron con una cruz negra en la frente... ¿Saben lo que hacía alguno de los aguerridos compañeros revolucionarios que trabajaba en esa Casa de Cultura? Pues para humillarla más, el tipo se cagaba en medio del baño, todos los días se cagaba y se meaba allí, para que mi hermana tuviera que recoger su mierda. Y cuando protestó, le dijeron que si no le convenía, tenían otro trabajo para ella: cocinera de los cazadores de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata..., y que si dejaba su trabajo, pues le aplicaban la Ley del Vago, o la de peligrosidad, no sé bien, y la metían cuatro años presa en un granja para que allí pudiera hacer todas las tortillas que quisiera con otras marimachos. Y no se lo decían jugando, no, así funcionaban las cosas en este país... Ah, claro, y le dijeron que se olvidara de publicar un poema más en Cuba, y menos fuera de Cuba, pues se consideraría un acto contra la Revolución. Teniente, ¿le parece suficiente para alguien que no agredió a nadie, que no robó nada, que no difamó, le parece mucho o poco para que esa persona se sienta tan agredida y acorralada que decida matarse? [...] Si todo eso no le resulta suficiente, pues añada esto: cuando mi hermana se mató, ya la habían matado... Eso es lo que puedo decir de Nati. Y puedo agregar algo de mi propia cosecha: ella era una mujer dulce y buena, que se podía sacrificar por otros, y a lo mejor era capaz de perdonar a los que la ofendieron, que, por cierto, nunca han pedido perdón por las barbaridades que hicieron... Pero yo, que no creo en nada, no puedo. Y tampoco quiero perdonar a los que dos años después, en el 80 [alusión al multitudinario éxodo del Mariel, sucedido entre el 15 de abril y el 31 de octubre de ese año], vinieron a esta casa [la de los padres de ambos] a gritarles insultos y tirarles huevos y hasta piedras a mi hermana Consuelo y a su marido porque se iban del país... Mi hermana enfermera y mi cuñado médico, dos personas que se dedicaban a curar a los otros y los vilipendiaron, los trataron de escorias, de antisociales, de puta y maricón... [¿Alguna tipificada horda de choque retóricamente etiquetada Comité de Defensa de la Revolución?] Todo eso pasó en este país... Y nadie me garantiza que no vuelva a pasar, ¿verdad que no? ¿Me dijeron que ya se iban?”

          

Liliana Morenza y dos gays en una UMAP
(Unidad Militar de Ayuda a la Producción
)

        Esa dramática semblanza de la poeta Natalia Poblet la complementa, en el curso de la investigación policial, el historiador JJ (José José Pérez Pérez), quien vive en una achacosa, austera y negligente casona en El Vedado, en cuyas paredes casi desnudas descuella un antiguo “sable o espada de empuñadura labrada y funda con ribetes dorados, muy cerca de un crucifijo de metal fundido, al parecer de bronce, al que [el Conde] le calculó un metro de altura y setenta centímetros de ancho entre sus brazos: un objeto más propio de un templo religioso que de una morada familiar”. Vetusto caserón ubicado “muy cerca del palacete burgués donde se había enclaustrado por largos años la poeta Dulce María Loynaz, la que no se había ido de Cuba por una razón contundente: ella había llegado primero, dijo al ser cuestionada.”—Declaración de permanencia y pertenencia que Padura hace suya en el prefacio a “La maldita circunstancia del agua por todas partes”, sección de ensayos compilados en su libro (con visos idiosincrásicos y autobiográficos) Agua por todas partes (Tusquets, 2019)—. JJ tiene 64 años y dos jóvenes hijos, es católico y viudo, y luce la tierna y dulce imagen de ser un hombre bueno, un pan de Dios, de alguien que no mata una mosca ni muerde un plátano. Y al jubilarse vendió sus libros de historia: “leer historia me entristece”, les dice. “Me demuestra que venimos del desastre y me revela que, como especie, vamos hacia desastres peores. Y no tenemos solución. Ya aprendí toda la Historia que necesitaba saber, y lo que aprendí se reduce a eso: el desastre sin solución.” Y Barbarito Esmeril, el ubicuo y voraz mercachifle de los mil y un pepenadores, fue quien le compró su biblioteca resguardaba en el garaje: “un mulato gordo y cabrón que me dio una mierda por mis libros”. Y los títulos que ahora lee un amigo suyo, el padre Román, se los carga en un Ereader, “un aparato de lectura electrónica”.

            De Natalia Poblet, JJ les dice que fue “Más que novio. Diez años..., nos conocimos en la universidad [...] Estudiábamos... Historia... En el 71 nos sacaron de la escuela... Porque éramos católicos practicantes y dijeron que la Historia era una especialidad ‘ideológica’. En esa época las cosas funcionaban así... Bueno, hasta nos daban cursos de Ateísmo Científico y Economía Política del Comunismo... El profesor de Filosofía se burlaba de Kant, Spinoza y Descartes porque no habían entendido que la lucha de clases es el motor de la Historia... Nada, que después, en los ochenta, las cosas cambiaron un poco, bueno, lo suficiente para que yo pudiera volver y terminar la carrera. Y aprobé la asignatura de Ateísmo Científico... Fue ahí donde conocí a la madre de mis hijos. Ya Natalia no estaba”. Y sobre la etapa en que la poeta se suicidó les dice: “andábamos medio distanciados, no peleados, estábamos como dándonos un tiempo. A mí me habían jodido mucho, pero a ella la habían jodido completa y cada vez estaba peor. No pudo terminar la carrera, no sabíamos si alguna vez podríamos hacerlo y tampoco podía publicar sus versos, y creo que eso era lo que más le dolía. Más incluso que alguna gente hasta insinuara que era lesbiana o que se acostaba con el padre Renato, el cura de la iglesia a donde ella iba, porque eran muy amigos... Alguien soltaba esos rumores, los regaban por ahí y mucha gente los creía. Hace poco descubrí que a eso le llaman asesinar una reputación. Y en esos años ese tipo de asesinato estuvo a la orden del día.”

            Y como el Duque le pregunta si “¿Natalia se suicidó porque estaba deprimida?”, JJ responde:

            “—Estaba destruida. Así es más preciso... Mire, creo que ahora algunas cuestiones no funcional igual en este país. No porque hoy en día el hecho de ser católico u homosexual ya no sea un problema. Sino porque la gente cree menos, aunque sean más los que van a las iglesias o millones los que practican la santería. Incluso yo diría que las personas tienen menos miedo, aunque tienen... Lo digo por mis hijos y sus amigos... Son un poco más libres, o por lo menos lo creen... Pero hace treinta años no había matices... Si te marginaban, te mataban como persona... Yo trabajé diez años cargando legajos en el Archivo Nacional. ¿Y saben qué? El director, un señor del Partido, muy humano y portavoz del internacionalismo proletario y la hermandad entre los pueblos, me prohibió leer ni un solo papel de los que trasegaba porque yo era un desviado ideológico. Esa era su forma de ser más revolucionario, más militante, de defender al país... Y yo no lo obedecí, claro, porque otras compañeras de allí cuidaban cuando me escondía a leer. Pero así funcionaban las cosas en este país. Cuando el poder es cruel, las mezquindades humanas están de fiesta. Aquí la fiesta ha sido muy larga y muy movidita... ¿Deprimida?”

            JJ les dice ignorar lo que “la Seguridad del Estado” buscó en el cuarto Natalia tras descubrirse su cadáver: “Como si ella fuera agente de la CIA o del Mossad...” Pero en ese interrogatorio en su casa les muestra y les recita (y se lee en la novela) “el último poema de Nati, un diálogo con Anna Ajmátova... Tal vez su testamento”; “escrito en la última página de su cuaderno”, que, les dice, “Yo recogí en el cuarto [después del suicidio]. Hacía tres años que ella no escribía poesía. La habían mutilado... Yo creo que para despedirse le habló a Anna Ajmátova... Ella amaba a la Ajmátova. Se identificaba con ella... Se miraba en su espejo. Admiraba su valor [para seguir escribiendo versos y quedarse en la URSS]. ¿Sabe lo que decía el comisario Zhdánov de la Ajmátova?... Decía que su poesía era un resto de la vieja cultura aristocrática y que ella era mitad monja, mitad ramera, más bien una monja ramera... Pero ella nunca se exilió. Es heroico tener valor hasta el fin en un país donde todo el mundo ha vivido con miedo... Nati no aguantó [...] Pobre Nati —susurró el amante abandonado— La mutilaron.”

           

Anna Ajmátova
(1889-1966)

            El caso es que en la segunda interpelación, ahora en un cubículo de la Central, JJ les narra, al Duque y al Conde (y al desocupado lector), el rocambolesco itinerario del cuño de oro de Bonaparte, desde que llegó a Cuba, “en 1833”, entre los objetos robados con que el pintor Juan Bautista Leclerc regresó de París, hasta que llegó a sus manos como un filial y fraterno regalo de su padrino y gran masón “Diosdado Ulloa, veterano del Ejército Liberador”, “dentista a los treinta años” (amigo de Cirilo, el hermano de Alberto Yarini), quien “en la década de 1920 pudo montar su propio gabinete en El Vedado” y “por la década de 1940” se convirtió en “una especie de Venerable Maestro eterno de la logia Luz y Constancia, una de las más conocidas y activas de La Habana”. “Y, claro, ese sello es el que, a falta de recursos y posibilidades de comprar un anillo, le entregué a mi novia Natalia Poblet en 1972, cuando nos habían depurado de la universidad y andábamos descentrados, aturdidos, amedrentados, pero enamorados uno del otro, y el padre Renato nos bendijo en la iglesia de Jesús del Monte con el sacramento matrimonial, que, como sabrán, es sagrado y solo se disuelve cuando la muerte separa a los cónyuges.”

            Pero lo que JJ ignora —y sí lo desvelan los investigadores policiales— es la identidad de quien a Reynaldo Quevedo le hurtó el cuño de oro de Napoleón Bonaparte cuando ya le habían hecho picadillo el pene y los testículos. No obstante, desconocen (junto al desocupado lector) dónde paró ese cuño de oro o por dónde anda, pues su inesperado poseedor se largó en una lancha a Miami en pos del american dream, sin que se sepa si lo vendió antes o después de salir de Cuba.

VI de VI

Alberto Yarini

Vale añadir que ciertas acotaciones, dirigidas al Conde, dejan entrever que JJ también conoce la historia del expolicía Arturo Saborit Amargó; en cuya citada memoria se lee que Saborit investigó y esclareció el asesinato y el descuartizamiento de dos jóvenes prostitutas: Margó la Tetona, canaria de las Islas Canarias; y Finita, cubanica oriunda de Cárdenas. Crímenes sucedidos en una enrarecida y corrompida atmósfera signada por la feroz competencia entre los proxenetas franceses y los cubanos: gabachos versus guayabitos. Indagaciones policiales (y forenses) que mucho lo acercaron al chulo Alberto Yarini, lo cual incidió en su ascenso: de teniente saltó a inspector. (Y quizá hubiera ascendido a la jefatura de la policía de la Niza de América si Yarini no hubiera sido asesinado, pues estaba a punto de llegar a la alcaldía de La Habana como segundo de Fernando Freyre de Andrade, doctor y general del Ejército Libertador.) Y al parecer esa póstuma e inédita memoria son los papeles sobre Yarini que, le dice el Conde a Manolo (el teniente coronel Manuel Palacios), recién halló; los cuales han despertado de su letargo, de nuevo, su siempre intermitente o pospuesto sueño de escribir una historia (¿escuálida y conmovedora?, ¿con amor y escualidez?, ¿con una pizca de poesía de amor del trópico, un poco picúa a veces?, ¿en una cabaña de madera frente al mar?, ¿a la Salinger o la Hemingway?), de quien en Máscaras se lee un relato: un camusiano crimen sin castigo ni culpa, firmado el “9 de agosto de 1989”, y cuya fósil y casi estéril simiente, tecleando la vieja y mastodóntica Underwood de su abuelo Rufino el Conde (quien, al igual que su padre, jamás se detuvo a abrir un libro en su vida), se remonta a la época lejana del Pre de La Víbora y su revista estudiantil La Viboreña, en cuyo número cero publicó, a los 16 años, su primer cuento: “Domingos”. (No obstante, nunca llegó al número 1 por la represión: en la oficina del director les dijeron que era “una revista inapropiada, inoportuna e inadmisible y les exigieron una retracción, literaria e ideológica”; oscurantista censura que desapareció, incluso, el taller literario de la escuela.) Pues además de que durante la pesquisa policial varias veces menciona al teniente Saborit, en un pasaje donde está sentado en el muro del Malecón, meditabundo en torno a ciertos interrogantes casi al inicio del caso, percibe el evanescente ectoplasma de
su inmediata y contigua presencia:

         “Con su interés absorbido por el tránsito de los turistas [ruidosos gringos que se desplazan en un ‘glorioso Impala 1958, del modelo descapotable’], Conde no supo en qué momento de su ensimismamiento, sin él advertirlo, se había acomodado en el muro, a unos metros de él, aquel tipo decididamente estrafalario, mucho más joven que él y vestido de traje, cuello y corbata, cubierto por un sombrero de pajilla que ya nadie llevaba en el mundo y que también observaba el paso del automóvil con profunda concentración. Mario Conde sintió entonces que atravesaba un extraño déjà vu, un lazo fatal de la historia que le provocó una patente rareza. ¿Habían nadado tanto y durante mucho tiempo para morir en la misma orilla, pero más esquilmados, más cansados y tragando un agua más turbia?”   

  Quizá vale cerrar la cibernota (perdida en el hoyo negro del ciberespacio) transcribiendo ese fotograma de alharaca y jolgorio que interrumpe el melancólico ensimismamiento del Conde sentado en el muro del Malecón (baila yambó sobre un pie) y que refleja el remanente histórico y el ojo clínico y crítico de este (y del autor):

         

Dulce vida (La Habana, 1951)
Foto: Constantino Arias

        
“[...] El glorioso Impala 1958, del modelo descapotable, se desplazaba a marcha lenta por la avenida. Cargaba con tres mujeres y dos hombres, armados con sombreros, pamelas y cervezas, gentes en pleno goce de la excursión que les ofrecía el conductor del vehículo. Las pieles blancas, ya enrojecidas por el sol del trópico, los atuendos y la exultante borrachera los identificaba: eran turistas, turistas norteamericanos, los norteamericanos que volvían a la isla para ser testigos de cómo se organizaba la existencia en aquel parque temático del socialismo real en donde sus abuelos habían pasado días de ron, música y sexo en los muchos cabarets, casinos, bares y prostíbulos de la ciudad abierta, pecaminosa, luego perdida gracias a una para ellos incomprensible voltereta de la Historia. Ahora regresaban y sus dólares valían más que nunca, podían comprarlo casi todo, incluso la alegría de ejecutar aquel paseo desde La Habana Vieja hasta la zona de los desaparecidos bares de la playa de Marianao y el extinto Coney Island, rodando en un antique a través de las espectaculares calzadas de la Quinta Avenida y el Malecón, alguna vez conocida como la avenida del Golfo.”

 

Leonardo Padura, Personas decentes. Colección Andanzas número 690/9, Tusquets Editores. Santiago de Chile, septiembre de 2022. 448 pp.

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Trailer de 7 días en La Habana (2012).

Trailer de Cuatro estaciones en La Habana (2016)