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domingo, 24 de junio de 2018

La Dalia Negra

Sólo era una gran actriz en la cama

Rabiosamente autobautizado el perro diabólico de la literatura negra norteamericana, James Ellroy (Los Ángeles, marzo 4 de 1948) publicó, en 1987, su best seller La Dalia Negra, que con sus novelas El gran desierto (1988), L.A. Confidencial (1990) y Jazz blanco (1992) conforman su explosivo “Cuarteto de Los Ángeles” (mucho más sonoro y explosivo que “el pedo de una palomita de maíz”). Si bien el filme L.A. Confidential (1997), basado en la homónima novela y dirigido por Curtis Hanson, gozó (y goza) de aceptación entre las variopintas y dispersas masas de empedernidos cinéfilos de la aldea global, la película The Black Dahlia (2006), basada en el homónimo libro y dirigida por el experimentado y reputado Brian de Palma, no pasó de ser un largo y somnífero churro (con pésimas actuaciones), pese al calibre y a la fama mediática de los actores protagonistas. No obstante, en diciembre de 2015, en Barcelona, con traducción al español de Albert Solé, Ediciones B publicó (salpimentada con numerosas erratas) la segunda edición de La Dalia Negra en formato de bolsillo, en cuyas cubiertas se observan los retratos de las cuatro estrellas hollywoodenses del reparto fílmico: Hilary Swank (Madeleine Linscott), Aaron Eckhart (Lee Blanchard), Scarlett Johansson (Kay Lake) y Josh Hartnett (Bucky Bleichert).
(Ediciones B de bolsillo, 2ª edición, Barcelona, diciembre de 2015)
          Ofrendada a la autora de sus días Hilliker Ellroy (1915-1958) con un tinte diabólico (“Madre: veintinueve años después, esta despedida de sangre”), y precedida por un epígrafe de Anne Sexton, La Dalia Negra se divide en un “Prólogo” y 37 capítulos distribuidos en cuatro partes: “Fuego y Hielo”, “La Treinta y Nueve y Norton”, “Kay y Madeleine” y “Elizabeth”. Situada principalmente en Los Ángeles, California, entre 1942 y 1949, la minuciosa y maniática historia ha sido escrita, evocada y narrada por el ex boxeador y ex policía Bucky Bleichert. Y el epicentro de las reminiscencias, de la intriga, de las indagaciones detectivescas, y de los múltiples recovecos, digresiones, giros sorpresivos y vueltas de tuerca es la espeluznante aparición en un descampado, la mañana del miércoles 15 de enero de 1947, del desnudo cadáver de una joven, sádicamente torturada y viviseccionada en dos partes (y con la boca rajada de un oído a otro), cuyas huellas digitales revelaron su identidad: “Elizabeth Ann Short, nacida el veintinueve de julio de 1924, en Medford, Mass.” Quien había sido “Arrestada en Santa Bárbara en septiembre de 1943” “por beber alcohol siendo menor de edad”, y por ello “la devolvieron con su madre, en Massachusetts”. 

       
Elizabeth Short
(1924-1947)
       Y en medio del amarillista y sediento escándalo periodístico, el reportero Bevo Means la etiquetó con el rimbombante apelativo de La Dalia Negra (y se hizo vox populi y moneda corriente), porque el conserje de un hotel “le dijo que Betty Short siempre llevaba vestidos negros ceñidos”, y esto le hizo pensar en La Dalia Azul, la película de 1946 protagonizada por Verónica Lake y Alan Ladd, dirigida por George Marshall, con guion de Raymond Chandler (arquetipo de la novela negra norteamericana).

Alan Ladd y Veronica Lake

Fotograma de La Dalia Azul (1946)
       En primera instancia, La Dalia Negra es la inextricable historia de una entrañable amistad y de un triángulo amoroso (Lee Blanchard-Kay Lake-Bucky Bleichert) ineludiblemente trastocado por el ingrato y cruento destino de Betty Short, una joven ligera y atractiva, que vestida de negro solía comer y beber de gorra en los bares, subsistir en pensiones de baja estofa, pedir dinero prestado, contar mentiras y fantasías, y prostituirse (sin quitarse las medias) con marineros y militares uniformados (rebosantes de galones y medallas tirando a la general Patton), y cuyo mayor sueño era ser una rutilante actriz (quizá una diosa) de la bóveda celeste del cine de Hollywood. Para eludir la pelea con Ronnie Cordero (“cocinero de tacos”), un peso medio mexicano de 19 años que lo hubiera hecho polvo y besar la lona en un santiamén (no obstante su fogueo en “combates con pesos medios mexicanos repletos de tortilla en la Sala de la Legión de Eagle Rock”), y más aún para huir del peligro que implicaba ingresar a la Armada o a la Infantería de Marina tras el bombardeo de Pearl Harbor (ocurrido el 7 de diciembre de 1941), Bucky Bleichert (“cabello oscuro, un metro noventa de flaca musculatura”, “peso ligero, 36 victorias, ninguna derrota, y ningún nulo, colocado una vez en el puesto número diez del ranking, por la revista Ring, tal vez porque a Nat Fleicher [periodista] le divertía la mueca desafiante con que solía contemplar a mis adversarios, en una exhibición de mis dientes de caballo”, dice), deja el boxeo y se incorpora al Departamento de Policía de Los Ángeles. Y allí, poco después de haberse “graduado en la Academia, en agosto de 1942”, conoce al policía y ex boxeador Lee Blanchard, “rubio, de complexión sanguínea”, un “metro ochenta y dos” de estatura y “los hombros y el tórax enormes, con las piernas gruesas y arqueadas y el nacimiento de una tripa dura e hinchada”; otrora “peso pesado, 43 victorias, 4 derrotas y 2 nulos; con anterioridad, atracción regular en el estadio de la Legión de Hollywood” y con “rápidos ascensos” policiales, “conseguidos gracias a los combates privados [con jugosas apuestas] a los cuales asistían los peces gordos de la policía y sus amigotes de la política”.

James Ellroy
             Si bien Lee Blanchard y Bucky Bleichert conocían y oían sus correspondientes leyendas de boxeadores (incluso detalles controvertidos del itinerario de su vida privada y policial) que rumorean los otros polis y alguna que otra vez se saludaban en la División Central, la amistad entre ambos tiene como preludio el violento escenario de una represión racista: a “principios de junio de 1943” les toca poner “orden” frente a las escaramuzas callejeras suscitadas tras una gresca entre marineros y “mexicanos vestidos de cuero negro en el muelle Lick de Venice”. Ese episodio, donde el patrullero Bucky Bleichert busca salir indemne sin dar ni recibir un solo golpe, transluce y hace evidente los arraigados atavismos racistas, xenófobos e idiosincrásicos que trasminan a la sociedad norteamericana de los años cuarenta, visibles en otros episodios, en lo ríspido y soez de cierto peyorativo vocabulario y en numerosos detalles a lo largo de la novela. Según Bucky Bleichert:

“Corrían rumores de que uno de los chicos había perdido un ojo. Empezaron a producirse escaramuzas tierra adentro: personal de la marina procedente de la base naval de Barranco Chávez contra los pachucos de Alpine y Palo Verde. A los periódicos llegaron noticias de que los mexicanos llevaban insignias nazis [obvio infundio de la prensa racista], además de sus navajas de muelle, y centenares de soldados, infantes de marina y marineros de uniforme cayeron sobre las zonas bajas de Los Ángeles, armados con bates de béisbol y garrotes de madera. Se suponía que en la Brew 102 Brewery, en Boyle Heights, los pachuchos se agrupaban en número similar y con armamento parecido. Cada patrullero de la División Central fue llamado al cuartel y allí se le proporcionó un casco de latón de la Primera Guerra Mundial y una tranca enorme conocida como sacudenegros [a Rosa Parks en el autobús y al reverendo Martin Luther King Jr. se les hubieran erizado los rulos a la Don King].
Rosa Parks y Martin Luther King Jr. (c. 1955)
     
Don King
         “Al caer la noche, fuimos conducidos al campo de batalla en camiones que habían sido prestados por el ejército y se nos dio una sola orden: restaurar la paz. Nos habían quitado los revólveres reglamentarios en la comisaría; los jefazos no querían que ningún 38 cayera en manos de esa asquerosa y jodida ralea mexicano-argentina, los gángsteres morenos. Cuando saltamos del camión en Evergreen y Wabash, llevando en la mano sólo un garrote de kilo y medio con el mango recubierto de cinta adhesiva para que no resbalara, me sentí diez veces más asustado de lo que jamás había estado en el ring, y no porque el caos estuviera acercándose a nosotros desde todas las direcciones.

“Me sentí aterrado, porque, en realidad, los buenos eran los malos.
“Los marineros estaban reventado a patadas todas las ventanas de Evergreen; infantes de marina con sus uniformes azules destrozaban sistemáticamente las farolas, lo cual producía cada vez más y más oscuridad en la que poder trabajar. Soldados y marineros de agua dulce habían dejado de lado su rivalidad entre las distintas armas y volcaban los coches aparcados ante una bodega al tiempo que jovencitos de la mariana vestidos con sus acampanados pantalones blancos molían a palos a un grupo de mexicanos, al que superaban con mucho en número, en un portal de al lado. En la periferia de la acción pude ver cómo unos cuantos de mis compañeros se lo pasaban en grande con gente de la Patrulla Costera y policías militares.”
Bucky Blaichert
(Josh Hartnett)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
          En su escurrida del bulto, Bucky, sin esperarlo, oye que lo llaman a voces y entonces ve a Lee Blanchard (“el otro tipo que también había salido corriendo”) “enfrentándose a tres infantes de marina de uniforme azul y un pachuco con todos sus cueros de gala”. El caso es que Bucky ayuda a Lee a tundir y a noquear al trío de infantes de marina. Y por iniciativa de Lee se ocultan dentro de los destrozos de una casa abandonada por el zafarrancho, donde se alimentan, beben y refugian durante el resto de la noche. Lee, quien conoce y lleva preso al pachuco Tomás Dos Santos, le dice: “Es el noveno de su clase que pillo en 1943”; que hay contra él “una orden de busca y captura por homicidio” (pues a una anciana le robó el bolso y al caer le dio un infarto). Según añade Lee, “Está frito. Homicidio en segundo grado es un viaje a la cámara de gas para los chicanos. Este chaval dirá el ‘Gran Adiós’ dentro de seis semanas.” Lee no se equivoca en esto ni al asegurarle a Bucky que será ascendido a sargento e ingresará a la Criminal (en su currículum descuella su mediático papel en el atraco al banco del Boulevard-Citizens sucedido el “11 de febrero de 1939”), pues luego Blanchard “fue ascendido a sargento y trasladado a la Brigada Antivicio de Highland Park a primeros de agosto” de 1943. Y el latino “Tomás Dos Santos entró a la cámara de gas una semana más tarde.” A lo que se añade que “El Consejo Ciudadano de Los Ángeles declaró ilegal la cazadora de cuero” (característica de los pachucos), corolario reglamentario y discriminativo de ese “pintoresco motín racial de Los Ángeles este”.

Durante los tres años siguientes (entre 1943 y 1946), Bucky Bleichert, hijo de inmigrantes alemanes, casi sin pena ni gloria (y nadando de a muertito) siguió “metido en un patrullero con radio de la División Central”. Etapa precedida por los golpes bajos soportados durante su instrucción policíaca, pues tuvo que confrontar “la amenaza de expulsión de la Academia cuando se descubrió que su padre [proclive al nazismo] pertenecía al Bund germano-estadounidense”. Y ante “las presiones sufridas para que denunciara ante el Departamento de Extranjeros a los chicos de ascendencia japonesa con los cuales había crecido para así asegurar su posición dentro del Departamento de Policía de Los Ángeles”, denunció a dos de ellos: Hideo Ashida y Sam Murakami, quienes fueron esposados y remitidos al campo de concentración Manzanar (ubicado al pie de Sierra Nevada en el Valle Owens, California), donde uno de ellos murió (ante al resquemor de su consciencia). Así que una mañana de 1946, en el “tablón de ascensos y cambios de puesto” de la División Central, Bucky lee que el sargento Lee Blanchard será trasladado de la Brigada Antivicio de Highland Park a la Brigada Criminal Central, con efectividad el 15 de octubre de 1946.
Entre la fauna de polis se chismorrea y apuesta sobre un posible “combate Blanchard-Bleichert”. Y se rumora (y así parece) que el verdadero “jefe de la Criminal es Ellis Loew” (asistente del fiscal del distrito, judío, político republicano, manipulador y ambicioso arribista de 35 o 36 años), y que éste “Le consiguió el puesto a Blanchard”. 
       
Joe Louis
         Y además se comadrea que Loew dice “que él probaría con Joe Louis si fuera blanco” (barrabasada y petulancia racista, pues se trata nada menos que del legendario bombardero de Detroit, campeón mundial de peso pesado que dominó el firmamento del box “durante once años y ocho meses”, entre 1937 y 1949).  
Y como “Corre la voz de que los boxeadores lo enloquecen”, se dice que Ellis Loew quiere que Bucky Bleichert sea el compañero de Lee Blanchard en la Criminal. Así que Ellis Loew, apoyado por varios jefazos de la policía, urde una campaña en la prensa para publicitar una espectacular pelea entre el par de “buenos boxeadores de pura raza blanca”: el ex boxeador Lee Blanchard (“el señor Fuego”, de “32 años”, “sargento en la prestigiosa Brigada Criminal”) y el ex boxeador Bucky Bleichert (“el señor Hielo”, de “29 años, patrullero,” que “cubre el peligroso territorio de la zona sur de Los Ángeles”). Combate boxístico que se sucederá (y sucede) el 29 de octubre de 1946 en el gimnasio de la Academia de Policía; y que al unísono implica (además de las soterradas e intestinas apuestas en el gremio policíaco) que los ciudadanos el próximo 5 de noviembre saldrán a “votar una moción de conceder cinco millones de dólares al Departamento de Policía de Los Ángeles para modernizar su equipo y proporcionar un aumento de ocho por ciento de su paga a todo el personal.”
Además de que “La División Central Criminal estaba en la sexta planta del ayuntamiento, situada entre el Departamento de Homicidios de la Policía de Los Ángeles y la División Criminal de la oficina del fiscal del distrito”, para el patrullero Bucky Bleichert, según apunta, “La Criminal era la celebridad local para un poli. La Criminal era el traje de paisano, sin necesidad de llevar abrigo ni corbata, emoción, aventura y dietas por kilometraje en tu coche de civil. La Criminal era la persecución de los tipos realmente malos y no el tener que atrapar a los borrachos y a los vagabundos que se reunían delante de la Misión de Medianoche. La Criminal era el trabajo en la oficina del fiscal del distrito, con un pie metido en la categoría de los detectives y cenas tardías con el mayor Bowron [el alcalde], cuando él estuviera de buen humor y quisiera que se le contasen historias de guerra.” De modo que Bucky supone que tras el combate boxístico podría ascender a la Criminal y convertirse en el compañero de Lee Blanchard, lugar que por el que suspira y puja el codicioso y tontorrón Johnny Vogel, hijo del sargento Fritzie Vogel, coludido, junto con el sargento Bill Koening, a los oscuros tejemanejes y manipulaciones partidistas y autócratas de Ellis Loew, quien se mueve, conspira y urde proyectando convertirse (en un futuro cercano) en el todopoderoso fiscal del distrito.
En medio de los acontecimientos y ante la expectativa de la pelea, Lee Blanchard optaría por Bucky para compañero, por ello le dice: “Personalmente, casi espero que ganes. Si pierdes, me quedaré con Johnny Vogel. Está gordo, se tira pedos, le apesta el aliento y su papi es el capullo más grande de toda la Central. Siempre le hace recados al niño prodigio judío [...]” No obstante, Bucky, cavilando entre sus dudas, posibilidades y necesidades personales (su padre, incapaz de raciocinio, de valerse por sí mismo y casi sin reconocerlo, subsiste en una sucia pocilga, pues “sufrió un ataque, perdió su trabajo y su pensión y empezó a tomar papillas para bebé a través de una paja”), planea perder la pelea y su posible puesto en la Criminal; es decir, según apunta: “liquidé mi cuenta de ahorros, cobré mis bonos del Tesoro y pedí un préstamo bancario por dos de los grandes, usando mi Chevy casi nuevo del 46 como garantía”. Y a través de un amigo (Pete Lukins) apuesta por Blanchard. De modo que dice: “Si yo mordía la lona entre los asaltos ocho al diez ganaría 8.640 dólares... lo suficiente para mantener al viejo en un asilo de primera durante dos o tres años como mínimo”.
James Ellroy
El perro diabólico de la literatura negra norteamericana
        El espléndido relato de la pelea (a la que asisten los jefazos de la policía, el poderoso capo Mickey Cohen, “y toda una colección de peces gordos vestidos de civil”) ineludiblemente evoca el relato de otras confrontaciones boxísticas (Jack London, Julio Cortázar). Y pese al daño dado y recibido, Bucky se sale con la suya: al perder la pelea (fue noqueado en el octavo round) gana “cerca de nueve mil dólares en efectivo”, y por ende acompañado de Pete Lukins instala a su padre en un asilo “que parecía apto para que en él vivieran seres humanos”. Y luego, tras una semana (y con una prodigiosa recuperación física), Bucky “ya estaba impaciente por volver al trabajo”. Entonces Lee Blanchard lo visita en su casa y le da la buena noticia: está aprobado que Bucky Bleichert sea su compañero en la Criminal, circunstancia en la que al parecer incidió el espectáculo boxístico brindado a los votantes, pues el referéndum resultó positivo y la plantilla de la policía obtuvo un ocho por ciento de aumento salarial. 

   
Fotograma de La Dalia Negra (2006)
        Antes de ser amigos, Bucky Bleichert ya había oído que Lee Blanchard (durante el juicio a Bobby de Witt) “se enamoró de una de las chicas de los ladrones” que en 1939 asaltaron el banco del Boulevard-Citizens y que “la chica se fue a vivir con él”. Pero en el inicio del trato amistoso —precisamente durante la citada noche de represión contra los pachuchos ocurrida “a principios de 1943”— es cuando Bucky tiene los primeros visos de cómo lo ve Kay Lake, pues Lee le dice: “Mi chica te vio pelear en el Olímpico y dijo que se te vería muy bien si te arreglaras los dientes y que, tal vez, pudieras vencerme.” Pero además de que luego se entera que Kay Lake sabe su nombre de pila: Dwight (y siempre lo llama así), lo que a la postre cobra relevancia y trascendencia (al unísono de la mutua atracción) es la difuminada radiografía que ella le cifra al decirle a quemarropa: “Lee y yo no nos acostamos juntos”. En este sentido, el 10 de enero de 1947, tras haber abruptamente liquidado a balazos a cuatro sospechosos (un blanco y tres negros), y en el Mirror vespertino se vociferaba: “¡Policías boxeadores en una batalla a tiros! ¡¡Cuatro delincuentes muertos!!”, y Bucky Bleichert lleva cinco años de poli y en febrero llegará a la treintena y aspira a presentarse a “las pruebas para sargento”, y Bobby de Witt, el presunto “cerebro” del atraco del Boulevard-Citizens, es una inminente amenaza para Lee y Kay (pues está a punto de volver “a Los Ángeles tras 8 años de prisión” en San Quintín, dado que “durante el juicio juró matar a Lee y a los otros hombres que lo apresaron”), ella, en la intimidad de la lujosa casa donde vive con Lee Blanchard sin casarse y sin tener sexo, le muestra a Bucky ciertos elocuentes detalles de su desnudez: 
Kay Lake
(Scarlett Johansson)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
       “Kay se hallaba desnuda bajo la ducha. Su rostro se mantuvo inexpresivo, incluso cuando nuestros ojos se encontraron. Miré su cuerpo, recorriéndolo con la vista, desde los pecosos senos con sus oscuros pezones hasta las anchas caderas y el liso estómago; entonces, ella se dio la vuelta para ofrecerme la espalda. Vi las antiguas cicatrices de cuchillo que recorrían su espalda desde los muslos hasta la columna. Logré no temblar y me fui con el íntimo deseo de que no me hubiera mostrado eso el mismo día que había matado a dos hombres.”

Esas cicatrices son indicios del oscuro pasado de Kay Lake en las redes delincuenciales y sádicas de Bobby de Witt, traficante de drogas y proxeneta, pues según ella: “Me hacía acostarme con sus amigos [y tomaba fotos] y me pegaba con un afilador de navajas.” Es decir, “Katherine Lake, [entonces] de 19 años, venía del noreste, de Sioux Falls, Dakota del Sur, y llegó a Hollywood en 1936 no en busca del estrellato sino de una educación universitaria.” Pero “Lo que consiguió fue graduarse en la universidad de los más duros criminales.” No obstante, el policía Lee Blanchard, que la rescató del fango y se la llevó a vivir con él, le costeó dos carreras.
       
El sargento Lee Blanchart y el agente Bucky Bleichert
(Aaron Eckhart y Josh Harnett)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
          La mañana del miércoles 15 de enero de 1947 el dúo dinámico (el agente Bucky Bleichert y el sargento Lee Blanchard) rastrean en una sucia casucha las andanzas sexuales de Junior Nash, un criminal de raza blanca que recién mató a una anciana en un atraco, propenso a fornicar con jóvenes negras. A través de la ventana del cuartucho en el piso superior del picadero, Bucky ve “un grupo de policías de uniforme y hombres vestidos de civil que se encontraban en la acera de Norton, a mitad de la manzana que daba a la Treinta y Nueve. Todos contemplaban algo que se encontraba entre los hierbajos de un solar vacío; dos coches patrulla y uno policial sin señales identificadoras estaban estacionados en la acera.” Al ir allí a trote veloz observan los restos del cadáver de Betty Short, cuyo espeluznante escenario Bucky Bleichert describe con pelos y señales, y cuyas implícitas menudencias (y laberínticos vasos comunicantes y entresijos) se irán paulatinamente desvelando (y armando el barroco, psicótico y macabro puzle) a lo largo de la novela.

Fotograma de La Dalia Negra (2006)
         De manera inmediata el bestial y cruel asesinato de la Dalia Negra obsesiona a Lee, pero no a Bucky, quien preferiría concentrarse en la búsqueda y captura de Junior Nash. El proceso de investigación de ese crimen, además del alharaquiento escándalo mediático, suscita en la corporación policíaca una pugna intestina en la que descuella Ellis Loew tratando de manipular y maquillar el “caso Short” para sus propósitos electorales y autócratas. Y al unísono desvela una zona soterrada, retorcida, neurótica e inmoral en la personalidad y en la psique de Lee Blanchard, adicto a la benzedrina. En la maniática obnubilación por resolver el “caso Short” (incluso rompiendo las reglas) parece que Lee trata de expiar la lacerante, rancia e infundada culpa por la desaparición de su hermana menor Laurie cuando él tenía 15 años y su padre le había ordenado vigilarla. Según le dice a Bucky ese mismo día del descubrimiento del diseccionado cadáver de Betty Short, “Laurie fue asesinada. Algún degenerado la estranguló o la cortó en pedacitos. Y yo estaba pensando cosas horribles sobre ella cuando murió. Pensaba en cómo la odiaba porque papá la veía como a una princesa y a mí como un matón barato.” “Me imaginada a mi propia hermana igual que estaba el fiambre de esta mañana y me regodeaba con ello [...]”

Elizabeth Short
(Mia Kirshner)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
         Para dar con el asesino de la Dalia Negra al margen de las investigaciones oficiales (eso parece), Lee Blanchard roba pruebas, fotografías, documentos, copias del expediente, y resguarda el material en la habitación 204 del Hotel El Nido, en Santa Mónica y Wilcox, donde además le erige un altar. En el rastreo y reconstrucción de los pasos de Betty Short previos a su asesinato, Bucky descubre que solía vagabundear y gorronear en ciertos bares acompañada de Lorna Martilkova, una adolescente de 15 años que se hacía llamar Linda Martin; quien al ser localizada y detenida llevaba en su bolso una película pornográfica en la que actúan ella y Betty. El filme lésbico, supuestamente rodado en Tijuana por “un mexicano grasiento” en noviembre de 1946, tiene por título Esclavas del infierno. Y su proyección en la sala de informes de la Criminal reúne a Ellis Loew, a varios jefazos, al jefe de la policía y a los polis que investigan el “caso Short”, entre ellos Lee Blanchard y Bucky Bleichert. Lee lleva consigo un ejemplar del Daily News donde se lee: “El cerebro del Boulevard-Citizens es liberado mañana, vuelve a Los Ángeles tras 8 años de prisión”. La película en blanco y negro corre, los policías fuman, dicen alguna tontera, y ven que Betty Short, que sólo lleva medias, ejecuta “un bailecito de aficionada” y algunas impudicias. Y de pronto Lee entra en crisis neurótica: de una patada tira una silla, vocifera, tira la pantalla y el proyector y abandona la sala. El teniente Russ Millard le ordena a Bucky que lo detenga. Lee maneja a toda velocidad rumbo a los bares de lesbianas. Bucky lo sigue en otro auto. Lee se mete al bar el Escondite de La Verne (al parecer en busca de información sobre Betty Short y la película); y para sus adentros Bucky espera que no sepa nada de Madelaine Sprague (podrían acusarlo de suprimir pruebas), habitual de ese antro, “la chica de la coraza” (hija del mafioso y ricachón Emmett Sprague) con la que él ha iniciado un secreto romance sexual en el motel Flecha Roja, quien conocía a Linda Martin y a Betty Short y solía (y suele) vestirse de negro para parecerse a la Dalia Negra (y de hecho tiene cierto parecido a ella). 

       
Madeleine Linscott y Bucky Bleichert
(Hilary Swank y Josh Hartnett)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
         Bucky alcanza a Lee en el interior de La Verne; y tras un forcejeo entre ambos, llega quemando llantas Ellis Loew, quien regaña y saca del caso a Lee Blanchard. Éste replica que quiere “ir a Tijuana para buscar al tipo de la película”; pero Loew no lo autoriza. Destina a Tijuana a la servil y dura mancuerna de sus intereses: los sargentos Fritzie Vogel y Bill Koening; mientras Bucky Bleichert (pese a que no lo quiere) seguirá en el “caso Short” por orden de Ellis Loew. 

Yendo en su auto, Bucky oye por radio que Junior Nash ha sido muerto en un asalto. Puesto que Lee movió hilos para concentrarse en el “caso Short” y hacer a un lado la búsqueda y captura de Junior Nash (“la chica muerta es un plato mucho más jugoso que Junior Nash”, le dijo), Bucky se irrita de tal modo que a toda máquina va a la Criminal en busca de Lee y en los baños lo tunde a golpes hasta dejarlo inconsciente. Esa es la última vez que lo ve con vida. Lee Blanchard no asiste a la obligatoria cita de amonestación que ambos tenían con Thad Green, el jefe de detectives. Green le encomienda a Bucky decirle a Lee que debe devolver su arma y su placa, pues ha sido suspendido por el falso informe donde “afirmaba que Junior Nash se había largado de nuestra jurisdicción”. 
Por un telefonema a Libertades Condicionales, Bucky se entera que Bobby de Witt, en vez de viajar a Los Ángeles, se ha ido a Tijuana. El teniente Russ Millard —que con Harry Sears ha regresado de Tijuana sin hallar el sitio donde dizque se filmó la película porno de Betty Short— le dice: “Blanchard está en Tijuana. Un patrullero de la frontera con el que hablamos lo vio y lo reconoció gracias a toda la publicidad del combate. Andaba con un grupo de rurales [mexicanos] que parecía bastante duro.” 
Los dos viajes que Bucky Bleichert hace a territorio mexicano son auténticas aventuras peliculescas (con una pizca de road movie), donde prolifera la pintoresca miseria y la corrupción policíaca y generalizada. En Tijuana, en su primera incursión, Bucky localiza a Bobby de Witt y lo interroga. Según le dice el ex presidiario: “Vine aquí para conseguir un poco de caballo y llevármelo a Los Ángeles antes de presentarme a mi encargado de vigilancia”; y lo más corrosivo: “lo único que hay entre Blanchard y yo es que me tiraba a Kay Lake”. De pronto alguien que no ve golpea a Bucky y lo deja inconsciente. Al recobrar el sentido va con un grupo de polis mexicanos, más los sargentos gringos Fritzie Vogel y Bill Koenig, al cuchitril donde han sido baleados Bobby de Witt y el mexicano Félix Chasco, traficante de drogas. Se ignora quién los mató.
En Los Ángeles continúa la madeja de pesquisas para dar con el asesino de la Dalia Negra y Lee Blanchard sigue sin aparecer. Y el 4 de abril de 1947, Kay Lake recibe una carta donde se le informa que Lee ha sido “expulsado oficialmente del Departamento de Policía de Los Ángeles, con efectividad del 15/3/47”. En el ínterin, Bucky Bleichert revela aún más sus particulares dotes de sabueso y detective (y su buena suerte) y por ende descubre que el tontorrón Johnny Vogel tuvo un vínculo sadomasoquista con Betty Short y que su padre el sargento Fritzie Vogel lo sabía y que además tenía en su casa un nutrido archivo para ocultar pruebas y extorsionar. 
Dado que “Blanchard había estado en Tijuana a finales de enero” de 1947, en abril Bucky regresa a México a buscarlo. En Ensenada un detective privado de San Diego, Milton Dolphine, se mete a su cuarto de hotel cuando él estaba ausente y allí lo sorprende. Según le dice Milton, el pasado marzo una supuesta mexicana (“Dolores García”) originalmente lo contrató para localizar a Lee Blanchard en Tijuana o en Ensenada. Y además de brindarle una buena cantidad de datos e informes (cuyo trasfondo y sentido a la postre se clarifican), pretende asociarse a Bucky para hallar y repartirse el dinero que Lee traía consigo (gastaba enormes cantidades). Pero lo más relevante de ese episodio es que Bucky hace que Milton lo lleve al pozo en la playa donde la policía rural mexicana arroja cadáveres. Primero obliga a Milton a que cave. Y luego, cuando aparece el uniforme de un marinero, sigue él con la pala hasta hallar los restos de su ex compañero: “y entonces apareció una piel rosada a la que el sol había quemado y unas cejas rubias cubiertas de cicatrices que me resultaron familiares. Después, Lee sonrió igual que la Dalia, con los gusanos que se arrastraban por entre sus labios y por los agujeros donde antes estaban sus ojos.”
Al regresar a Los Ángeles, Kay Lake lo persuade para que no dé parte a la policía del hallazgo de los restos de Lee y le revela el origen de esa fortuna que Blanchard dilapidaba en México y con la que construyó la casa y le costeó los estudios. En realidad, le confiesa Kay, no conoció a Lee durante el juicio a Bobby de Witt, sino antes. Bobby no participó en el atraco al banco del Boulevard-Citizens; sino que el cerebro fue Lee Blanchard, quien culpó y delató a Bobby para vengarse de lo que le hizo a ella. Cuatro fueron los ladrones; dos murieron en el asalto. Y el que quedó vivo (y había huido a Canadá) fue ejecutado por Lee (le exigía diez mil dólares). Era el hombre blanco (Baxter Fitch) que estaba con los tres negros marihuaneros que ambos mataron a balazos cuando el 10 de enero de 1947 supuestamente seguían la pista de Junior Nash y Lee había recibido un chivatazo dizque para hallar a éste (y dizque no a Baxter Fitch).
     
Kay Lake y Bucky Bleichert
(Scarlett Johansson y Josh Hartnett)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
       Kay Lake y Bucky Blanchard se casan “el 2 de mayo de 1947”. Y “Tras una rápida luna de miel en San Francisco”, Thad Green, en la División Central, lo asigna “al departamento de investigación científica como técnico encargado de recoger y analizar pruebas”. Kay da clases en una escuela para niños y viven en la casa edificada por Lee. Un día de 1948 se suelta un tablón del vestíbulo y en el agujero Bucky halla “dos mil dólares en billetes de cien sujetos con una goma”. Ante la enorme cantidad de dinero gastado y acumulado por Lee, Bucky se pregunta: “¿Cómo era posible que Lee hubiera comprado y amueblado esa casa, que le hubiera costeado la universidad a Kay y que siguiera conservando una suma tan importante cuando su parte del atraco no podía haber superado en mucho los cincuenta mil?”
     La respuesta a esa acumulación monetaria (y a esos interrogantes) Bucky posteriormente la encuentra sin proponérselo y lo hace en 1949 al retomar por su cuenta y riesgo la investigación del “caso Short”.
     Es decir, para decirlo rápidamente y sin desvelar todos los pasadizos, vericuetos, conjeturas, anécdotas, entresijos y minucias del embrollo detectivesco y criminal, Bucky descubre que Lee Blanchard había dado con la identidad del que parecía el único torturador y descuartizador de Betty Short. Y para no entregarlo a la policía, Lee extorsionó al viejo Emmett Sprague, el mafioso magnate que desde los años veinte “Ha construido la mitad de Hollywood y Long Beach” (y una serie de asentamientos con materiales de baja calidad en las inmediaciones del gigantesco letrero de HOLLYWOODLAND en Monte Lee), cercano al productor de cine y cineasta Mack Sennett y coludido al poderoso gángster Mickey Cohen, quien prácticamente tiene financiados y comprados los testículos de la policía de Los Ángeles. Y no porque el retorcido viejo Emmett Sprague sea precisamente el cerebro o el asesino material, sino porque el meollo del macabro y sádico crimen lo trastoca a él y a miembros clave de su perverso y psicótico núcleo familiar. Pero lo más espinoso para Bucky Bleichert es descubrir que Kay Lake supo que Lee Blanchard había dado con ese presunto único asesino de Betty Short (el verdadero quid del archivo oculto en la habitación 204 del Hotel El Nido) y que fue ella la encargada de presentarse ante el viejo Emmett Sprague para recoger los últimos cien mil dólares extorsionados, antes de que Lee se fuera a Tijuana tras la pista de Bobby de Witt para matarlo (y no para hallar el sitio donde presuntamente se había filmado la película porno de Betty Short).
      Y para poner el punto final a la presente nota, vale recapitular y añadir que Bucky Bleichert en 1949 desmonta y desentraña las minucias del crimen de la Dalia Negra (todo el siniestro y depravado intríngulis y el modus operandi) y en dos episodios da con el par de lunáticos que la torturaron, mataron y abandonaron sus restos en el descampado de la Treinta y Nueve y Norton. Pero las irregularidades de sus actos y de la investigación no oficial podrían salpicarlo. (Bucky, además, nunca llega a ser sargento ni detective, pese a que lo es con sagacidad; de “técnico encargado de recoger y analizar pruebas” es reducido a la “comisaría de la calle Newton”, “zona de guerra”, de negros que subsisten en la miseria, donde patrulla solitario, a pie y de noche.) De modo que opta por el silencio (con cierta complicidad del teniente Russ Millard, “el padre”, quien incendia el sitio donde Bucky peleó ferozmente por su vida y se vio impelido a matar al necrófilo y fetichista Georgie Tilden).  
 
Madeleine Linscott
(Hilary Swank)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
       No obstante, Bucky Bleichert logra detener y enviar a la cárcel a la autora confesa del asesinato de Lee Blanchard: nada menos que Madeleine Sprague, quien se disfrazó de la “mexicana” “Dolores García” para contratar en San Diego al detective privado Milton Dolphine y así disfrazada viajó a Ensenada para matarlo con un hacha y recuperar el dinero que le extorsionó a su padre; y quien además en Los Ángeles, por las noches, solía disfrazarse de la seductora
Dalia Negra y fornicar en moteles con militares uniformados ligados en los bares; y en cuya mansión Bucky vivió (durante junio de 1949) un tórrido e intenso amorío sexual y por ello Kay Lake, al descubrirlo, lo abandonó y él se recluyó en la habitación 204 del Hotel El Nido. No obstante, la distancia, la nostalgia, el amor, la reflexión y el encarcelamiento de Madeleine Sprague (y luego su condena psiquiátrica de diez años en el Hospital Estatal de Atascadero) en cierto modo lo redimen ante los ojos de Kay Lake, pues ella le escribió varias cartas y van a reunirse en Boston, luego de los siete años de policía de Bucky Bleichert (fue expulsado de la corporación policíaca y tuvo que emplearse con el vendedor de autos H.J. Caruso), donde hacia la Navidad de 1949 habrá de nacer el bebé de ambos.


James Ellroy, La Dalia Negra. Traducción del inglés al español de Albert Solé. Ediciones B de bolsillo. 2ª edición. Barcelona, diciembre de 2015. 464 pp.

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martes, 26 de diciembre de 2017

American Noir


Con una aguja clavada en el corazón

The Best American Noir of the Century apareció por primera vez en Estados Unidos, en 2010, editado por Houghton Mifflin Harcourt, con sede principal en Boston. Se trata de una antología de diez cuentos de narrativa negra norteamericana pergeñada entre el editor Otto Penzler (Nueva York, 1942) y el narrador James Ellroy (Los Ángeles, 1948). Y en noviembre de 2014, en Barcelona, España, Navona Editorial, con el título American Noir publicó su traducción al español a cargo del escritor y traductor Enrique de Hériz (Barcelona, 1964). 
Colección Navona Negra núm. 16, Navona Editorial
(Barcelona, 2ª edición, diciembre de 2014)
  Estropeada con visibles, flagrantes, chambonas y torpes erratas, la antología American Noir, número 16 de la Colección Navona Negra (con pastas duras y sobrecubierta), está precedida por un “Prólogo” de Otto Penzler fechado en “Mayo de 2009” y por una “Introducción” de James Ellroy datada en “Junio de 2009”, muy reconocido y recordado —más allá de los Estados Unidos y del orbe del inglés y del español— por la homónima adaptación al cine de su novela L.A. Confidential (1990), protagonizada por Russel Crowe, Kim Basinger, Guy Pearce, Kevin Spacey, Danny DeVito, James Cromwell y David Strathairn.

Otto Penzler
  Pese a que no están todos los que son, Otto Penzler dice en su “Prólogo” que “Este volumen está dedicado a la narrativa breve de género negro del siglo pasado” —no obstante, el relato que cierra el libro data de 2002—. Y con sobradas razones afirma: “resulta imposible divorciar el género literario por completo de su contrapartida fílmica”. En este sentido, cada uno de los diez cuentos, que corresponden a diez autores, está antecedido por un breve esbozo curricular (quizá urdidos a cuatro manos) donde se suelen mencionar o destacar las adaptaciones cinematográficas e incluso las televisivas, y cuyos trazos biográficos no pocas veces resultan novelescos y peliculescos.   

James Ellroy
  Todo indica que la subversión de las normas, la oquedad ética, la violencia, el crimen y el asesinato son consubstanciales al predador género humano que infesta los restos y recovecos del recalentado y contaminado planeta tierra. La narrativa negra y criminal —egregia descendiente de la “escuela hard-boiled” y pariente de las populares revistas pulp—, con trazo ágil y visual ausculta esas zonas oscuras y underground de la psique humana, pero lo hace o lo suele hacer a imagen y semejanza de un divertimento (a veces sutil en el trasfondo de un drama), de un espejo retrovisor que induce al lector a horrorizarse o a reírse de sí mismo y de los otros. De ahí que James Ellroy, como si oprimiera un alfiler en la víscera cardíaca del insaciable y empecinado lector, le diga en el fragmento que concluye su prefacio: “Los relatos de este volumen son una gozada. Ponga a trabajar su malsana curiosidad y léalos todos. Encontrará repulsión y atracción. Soportará el abandono moral. La condena es diversión. Usted es un pervertido por leer esta introducción. Lea el libro entero y terminará muriendo en una camilla, con una aguja clavada en el corazón.” Se puede decir, entonces, parafraseando el consabido y cantarín estribillo de ladrillescos volúmenes (tipo Pequeño Larousse ilustrado) con los que se podría matar de un golpe en la cabeza, que American Noir reúne los diez cuentos de narrativa negra norteamericana que hay que leer antes de morir.

James M. Cain
(1892-1977)
  “Pastorale”, el primero de los diez relatos del libro, de James M. Cain (1892-1977), data de 1928 y por ende se observa que la antología, elegida y dispuesta cronológicamente, va de tal año al 2002, que es la fecha del décimo y último cuento. Es probable que a James M. Cain sobre todo se le recuerde, en toda la aldea global, por El cartero siempre llama dos veces (1934), su primera novela; de ahí que en la nota biográfica que precede al cuento se diga de ésta: “gozó de un enorme éxito comercial y pasó a la gran pantalla en producción de la MGM (con guión de Raymond Chandler) en 1946, protagonizada por Lana Turner y John Gardfield, y de nuevo en 1981, esta vez con Jessica Lange y Jack Nicholson.” Su cuento “Pastorale” es narrado por la omnisciente voz de un testigo cercano a Burbie, quien es un joven pueblerino de pocas luces y pocas destrezas que se involucra en amoríos clandestinos con Lida, coterránea suya, casada con un viejo, dueño de una granja solitaria y alejada del pueblo. Burbie planea con Lida, estúpida y miedosamente, el asesinato del ruco. Según se reporta en la nota, “Cain no escribía historias de detectives, pero se lo suele agrupar con otros escritores de la vertiente más dura del género por sus rudas historias de criminales, llenas de sexo y violencia, la mayor parte de las cuales siguen un patrón habitual, en el que un hombre se enamora de una mujer y eso lo lleva a involucrarse en una trama criminal para luego verse traicionado por ella.” No obstante, en el cuento, Lida no traiciona a Burbie, sino que el crimen, en el que participa un tal Hutch, toma un derrotero inesperado y más violento que lo induce, tras la muerte de éste, a la creencia en Dios y a la confesión pública de sus actos, que ignoraba el pueblo, preámbulo de su condena a la horca, anunciada en la primera línea: “Bueno, pues parece que van a colgar a Burbie.”

 
Mickey Spillane
(1918-2006)
    El segundo cuento: “¡Muere!, dijo la dama” (1953) es de Mickey Spillane, pseudónimo de Frank Morrison Spillane (1918-2006). Entre las películas basadas en sus novelas en la nota se destacan tres: Yo, el jurado (1953), con Biff Elliot caracterizando al detective Mike Hammer, “su personaje más famoso”, en sus libros, en el cine y en la televisión; “El beso mortal (1955), un clásico del cine negro en el que Ralf Meeker interpretaba a Hammer; y Cazadores de mujeres (1965) donde el propio Spillane interpretaba al detective”. 
   “¡Muere!, dijo la dama” se sitúa en un elegante club neoyorquino, donde Chester Duncan, magnate financiero, recibe a Early, inspector de la policía, donde le narra los pormenores que subyacen en el recién suicidio de Walter Harrison, también magnate financiero, quien fue su condiscípulo en la universidad y su compinche en francachelas de bebida y faldas, y luego su furioso competidor, no sólo en Wall Street, pues otrora conquistó y le quitó a su prometida, la mujer de sus sueños, para quien había edificado una onírica mansión que llama “mi casa de la Isla”. El sorpresivo suicidio de Walter Harrison —le platica Chester Duncan al inspector Early— indujo al orbe financiero a suponer “que las acciones que él había financiado ya no tenían valor y quiso deshacerse de ellas. Resulta que yo era uno de los pocos que sabía que valían como el oro y compré tantas como pude. Y, por su puesto, corrí la voz entre mis amigos. Alguien tenía que beneficiarse de la muerte de... De una rata”, entre ellos el inspector Early, quien se lo agradece. Sin embargo, lo que no le agradecería es saber que en ello operó un delito que incrimine por asesinato a su benefactor; entonces tendría que actuar como policía. Walter Harrison se lanzó por la ventana de un hotel de la Quinta Avenida al saber que su amor por Evelyn Vaughn era imposible. Desde luego que en ello obró una planificada jugada de ajedrez, una vengativa trampa que Duncan le tendió a Harrison para cobrarse la afrenta y la revancha por haberle “robado” a su prometida. No obstante, vale objetar que, pese a tratarse de un artilugio literario (de un divertimento), el súbito suicidio de Harrison resulta inverosímil, pues además de un donjuán irredento, era un competitivo y boyante magnate acostumbrado a perder y a ganar. Evelyn Vaughn tiene la inefable belleza, el costoso atavío y la figura de una inasible diosa del cine, pero es deficiente mental de nacimiento y el saberlo es lo que literalmente “asesina” a Walter Harrison de un flechazo, para regocijo y satisfacción de Chester Duncan, muy pagado de sí mismo. 
David Goodis
(1917-1967)
  El tercer cuento: “Un profesional” (1953) es de David Goodis (1917-1967), con un buen número de novelas adaptadas al cine; es el caso del filme La senda tenebrosa (1947), dirigido por Delmer Daves (con quien la guionizó), protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall; y de la película Disparen al pianista (1960), dirigida por François Truffaut. “Un profesional” —se reporta en la nota— “se proyectó como episodio de la serie televisiva ‘Fallen Angels’ (Ángeles caídos) el 15 de octubre de 1995.” El relato ocurre en Filadelfia, donde Freddy Lamb, de 33 años, es “el favorito de los cinco ascensoristas del Chambers Trust Building”. De apariencia pulcra, modesta, discreta y amable, lleva una doble vida, pues por las noches es un elegante y frío asesino, hábil con la navaja, que aprendió a usar en el reformatorio, donde cayó a los once años. Pero no mata por su cuenta, sino que está al servicio y bajo las órdenes de Herman Charn, un duro y dictador mafioso que opera en su propio antro: el Yellow Cat, un club nocturno al sur de Filadelfia, con orquesta de jazz, desnudistas, alcohol y drogas. Esto lo hace, coaccionado, desde hace quince meses, pues de no hacerlo a él y a Ziggy, su timorato y débil compinche, “los hubieran borrado del mapa”. Así que luego de liquidar de un navajazo en el cogote a Billy Donofrio en el Billy’s Hut (el cliente pagó a Herman Charn mil quinientos dólares: mil para él y quinientos para Freddy Lamb), en el privado de su rudo y fortachón jefe añora los viejos tiempos de su romántica independencia: “la época en que Ziggy era inmune a cualquier daño, cuando tanto Ziggy como él eran sus propios jefes y se encargaban de toda la ingeniería en los muelles. Había mucha gente en los muelles dispuesta a pagar buenas cantidades de dinero por ver a alguien tumbado en una camilla, o en un ataúd. En aquella época se cobraban tarifas de quince dólares por una mandíbula rota, treinta por una fractura de pelvis y cien por un completo. Ziggy se encargaba de la porra y de las balas, mientras que Freddy se ocupaba de funciones especiales, como el navajazo, el chorro de lejía en los ojos y diversos polvos o píldoras disueltas en una cerveza, en una copa de vino o en un café. En aquellos tiempos se ofrecían todas clase de encargos.”

Lauren Bacall, David Goodis y Humphrey Bogart
  Aunque aparentemente no es así, las cosas se empiezan a poner difíciles para Freddy Lamb cuando Herman Charn le ordena que deje a Pearl, una de las siete desnudistas del Yellow Cat, rubia y con un tentador cuerpo de pecado, de 23 años, pero ya con su historial de prostitución, trapicheo de cocaína y “un tiempito en el trullo”. La razón: Herman Charn quiere que Pearl sea sólo para él; pero ella lo rechaza, aunque le dice: “Tienes mi cuerpo, Herman. Puedes tomar mi cuerpo siempre que quieras.” Por resentimiento y venganza, Herman le ordena a Freddy que la mate. Dos órdenes que obedece como todo un profesional que no quiere perder su reputación en el inframundo del hampa (“experto de grado A que nunca fallaba un encargo”). No obstante, en el parque Fairmount se suicida luego de matar a Pearl de un navajazo en el cuello. Un suicidio quizá también inverosímil, pero quizá no. 

Jim Thompson
(1906-1977)
  El cuarto cuento: “Para siempre jamás” (1960) es de Jim Thompson, pseudónimo de James Myers Thompson (1906-1977), con una errática y azarosa trayectoria, tanto en sus novelas, como en las adaptaciones al cine de éstas, entre las que se hallan: La huida (1972), dirigida por Sam Peckinpah y su homónimo remake de 1994 dirigido por Roger Donaldson; El asesino dentro de mí (1976), dirigida por Burt Kennedy y su homónimo remake de 2010 dirigido por Michael Winterbottom; Los timadores (1990), con la dirección de Stephen Frears; y Casta de malditos (1956) y Senderos de gloria (1957), ambas dirigidas por Stanley Kubrick, en cuyos guiones Jim Thompson participó. 

   En “Para siempre jamás”, Ardis Clinton, una ama de casa clasemediera, después de 15 años de soporífero matrimonio con Bill Clinton, un maquinista de unos 45 años al que desprecia y de quien recibe un trato áspero y machista y nada afectivo, ha planeado su asesinato, que además de librarla de él, le brindará “los veinte mil del seguro de vida”; dólares que piensa compartir con Tony, su joven amante y cómplice, quien es lavaplatos “en el Joe’s Diner, que quedaba justo al otro lado del callejón”. “Tendrás tu propio negocio”, le susurra en la oreja, “tu restaurante pequeño y elegante con eso que llaman zona íntima de barra. Y sólo tendrás que dirigirlo, te pasearás por ahí vestido con un buen traje...” Así que poco antes de las cinco de la tarde, cuando el marido aún no está en la casa, Tony arriba con un cuchillo oculto en la cintura, arma que usará para ultimarlo en el baño. 
Todo parece salir a pedir de boca. Bill Clinton llega de su trabajo con la fiambrera y Ardis lo recibe vestida con un sugerente baby doll. Bill Clinton repite las frases de siempre y va a la ducha. Allí, Tony lo acuchilla. Le asegura a ella que lo mató. Ardis llama a la policía denunciando el asesinato. Tony le da a Ardis un golpe en la cara, dizque para que parezca un robo; la deja inconsciente y se va. Cuando recupera el sentido, ve frente a ella a un doctor de bata blanca con un estetoscopio en el pescuezo y al teniente Powers, quien con su raciocinación e interrogatorio desmonta lo ocurrido. No obstante, la difusa vuelta de tuerca que cierra el cuento indica que todo ha sido un fantaseo de Ardis (quizá psicótico), atrapada sin salida en su gris y asfixiante rutina, pues Bill Clinton no está muerto, sino que regresa de su trabajo vivito y coleando y repitiendo las frases de siempre.
Patricia Highsmith
(1921-1995)
  El quinto cuento: “Lenta, lentamente al viento” (1976) es de Patricia Highsmith, nom de plume de Mary Patricia Plangman (1921-1995), quien en el ámbito del orbe del castellano es la estrella del elenco entre los diez escritores de narrativa negra reunidos en American Noir. Pues además de que buena parte de sus novelas, cuentos y ensayos están traducidos al español y sucesivamente circulando en el mercado, en la nota que precede al relato vagamente se comenta: “Hay más de veinte películas basadas en sus treinta libros (veintidós novelas y ocho colecciones de relatos), muchas de ellas rodadas en Francia.” Entre los filmes basados en sus libros descuella Extraños en un tren (1951), de Alfred Hitchcock, homónima adaptación de su primera novela, editada en 1950 (“escrita cuando aún no había cumplido los treinta”), y la primera adaptación fílmica de sus obras, que la sacó de las sombras gringas y la catapultó a nivel internacional. Vale destacar A pleno sol (1960), dirigida por René Clément, basada en su novela El talento de Mr. Ripley (1955), cuyo homónimo remake, de 1999, lo dirigió Anthony Minghella. Asimismo su novela El juego de Ripley (1974) tiene dos adaptaciones cinematográficas: El amigo americano (1977), dirigida por Win Wenders, y la homónima del libro, de 2002, dirigida por Liliana Cavani.

“Lenta, lentamente al viento” centralmente ocurre en Maine, más que nada en “un complejo agrícola de casi tres hectáreas llamado Coldstream Heights”, un rancho cercano a Bangor, recién adquirido por Edward Skipperton, un adinerado viejo de 52 años, asesor de empresas de profesión, cuyos médicos, tras un infarto, le recomendaron retirarse y dejar de beber y fumar. De carácter dominante y signado por fúricos arrebatos, está divorciado y tiene una hija de 19 años que estudia en un internado en Suiza (luego de “su colegio privado en Nueva York”). Su único empleado para las faenas es Andy Humbert, un lugareño que vive allí en una cabaña. Y su inmediata ambición es hacerse de un riachuelo contiguo a sus tierras “llamado Coldstream”, donde quiere “pescar de vez en cuando” y “poder presentarse como propietario de aquel paisaje y afirmar que tenía derechos ribereños”. Pero tal arroyo pertenece a Peter Frosby, un viejo con un solo hijo, que se llama como él, quien se niega a vendérselo, pese a la jugosa oferta, pues según le dice: “Los Frosby no venden sus tierras.” “Hemos tenido la misma propiedad durante casi trescientos años y el río siempre ha sido nuestro.”
El trato hosco, rudo y vengativo se traduce en la intolerancia de Skipperton cuando algún animal de los Frosby entra a su territorio, pues lo mata con su rifle, y el viejo Peter Frosby lo denuncia ante el juez. El asunto se complica cuando Margaret, su hija, arriba al rancho de vacaciones de verano y, sin que él pueda evitarlo, se hace amiga de Peter Junior. Obviamente Skipperton truena y le prohíbe tal vínculo. No obstante, la amistad sigue y llega el momento en que aprovechando la salida a un nocturno baile, Margaret se fuga con Peter Junior y desde Boston le envía una carta donde le dice que ella y su novio se aman y que se van a casar. Skipperton, agrio y furioso, no tarda en pergeñar el asesinato del viejo Peter Frosby y oculta el cadáver bajo las ropas del espantapájaros del sembradío. Lógicamente la policía y el entorno se alarman e interrogan ante la extraña desaparición del viejo Frosby e incluso hacia la medianoche del domingo en que ocurre la desaparición y el asesinato, Margaret lo llama por teléfono desde Boston. 
Patricia Highsmith
  Pese a la búsqueda policíaca: revisan la casa, las tierras y los dos rifles de Skipperton y anotan los calibres y los números de serie, no hallan el cuerpo del delito. Pasan los días y Andy Humbert, su empleado, le dice: “Sé lo que hay en el espantapájaros”. Y pese a que su patrón se lo ofrece, no acepta ningún pago por su silencio. Pero llega la noche de Halloween (hay “fiesta en Coldstream, en casa de los Frosby”) y una hielera de niños, con linternas o antorchas (“una oruga negra con una luz naranja en la cabeza y otras pocas luces repartidas por el cuerpo”), entran al rancho y se encaminan por el sembradío cantando hacia el espantapájaros. Skipperton, irritado y gritando desde su casa, oye que “Los críos cantaban alguna locura con voces agudas y sin la menor afinación. Era sólo como un cántico agudo” y le parece oír que en su cantinela vociferan: “Vamos a quemar el espantapájaros”. Entonces, ante el hecho de que los chiquillos han descubierto los restos mortuorios (los gritos y alaridos se lo indican), no soporta la inminencia del oprobio, colige que ha llegado su final, y por ende se mete en la boca el cañón de un rifle y se pega un explosivo morreo.    

James Ellroy
(Los Ángeles, 1948)
  El sexto cuento: “Desde que no te tengo” (1988) es del antólogo James Ellroy, pseudónimo de Lee Earle Ellroy (Los Ángeles, 1948). El título es una línea de Since I don´t have you (en YouTube se oye y se ve una versión de Guns and Roses), popular rola que The Skyliners lanzaron en 1958. Según la nota que precede al relato: “Ellroy es el escritor de novela criminal más influyente de Estados Unidos a fines del siglo XX; el estilo potente de su prosa, implacablemente oscuro, compuesto por frases sincopadas, cargadas de un argot específicamente americano que golpea cada frase, ha sido imitado en incontables ocasiones por jóvenes autores de historias duras.” Oralidad, tesitura y jerga que obviamente se pierden en la traducción al español. De las novelas que integran su “Cuarto de Los Ángeles”: La dalia negra (1987), El gran desierto (1988), L.A. Confidencial (1990) y Jazz blanco (1992), las más celebres son el par adaptado al cine con homónimos rótulos: La Dalia Negra (2006), dirigida por Brian de Palma, y L.A. Confidencial (1997), dirigida por Curtis Hanson; y por ende el lector, más allá del ámbito norteamericano y del inglés, reconoce los clisés, los gags y los nombres que pueblan su narrativa vertida al cine. La voz narrativa es la de Turner Meeks, alias Buzz, un viejo, otrora ex policía, que como tal sirvió —al unísono y haciendo todo tipo de trabajos sucios, duros, violentos y detectivescos—, a dos de los gángsteres más poderosos de Los Ángeles: Howard Hughes, magnate de la aviación y del cine, quien es el “cuarto hombre más rico de América”; y el judío Mickey Cohen, “gran señor de los chanchullos y pretendido capo de clubes nocturnos” de L.A. Ambos están obsesionados por la misma fémina: Gretchen Rae Shoftel, una rubia de 19 años de busto generoso, quien sostenía relaciones con los dos y que ha huido de ellos. Y por ende, paralelamente, cada gángster lo contrata para que la halle ipso facto. La búsqueda inicia y se remonta al “15 de enero de 1949”, cuando Buzz tenía 41 años y “los periódicos aventaban el segundo aniversario del caso del asesinato de la dalia negra: nadie lo había resuelto; todos seguían especulando.” Y aquí vale decir que en la nota también se dice que cuando el autor “tenía diez años, su madre murió asesinada; nunca se pudo detener al asesino. El caso tenía ciertas similitudes con el famoso asesinato de Elizabeth Short, conocida como ‘La dalia negra’, y ambos crímenes obsesionaron a Ellroy durante muchos años.” Y por ello “Escribió una versión inventada de la muerte de Betty Short”, la susodicha novela de 1987, “que entró en las listas de ventas de The New York Times, así como un relato de los quince meses que pasó buscando al asesino de su madre, Mis rincones oscuros (1996).”

       
Ficha policial de Elizabeth Short
(Santa Bárbara, septiembre 23 de 1943)
Apodo póstumo: La Dalia Negra
Hallada muerta a los 22 años el 15 de enero de 1947
en Leimert Park, Los Ángeles, California 
        Pero fuera de la citada alusión, en el cuento no se habla más de “la dalia negra”. Y las indagaciones detectivescas de Buzz, no exentas de referencias a la corrupción policíaca, política y sistémica, de cadáveres y enfrentamientos a golpes y balazos, lo llevan a localizar a Gretchen en medio del intríngulis delictivo donde se mueve con su facilidad para los cálculos matemáticos, quien no opta por ninguno de los dos gángsteres que la quieren, cada uno sólo para él, sino por Sid Weingerg, director de un filme de terror, en cuya fiesta de estreno se despejan los rumbos del par de anhelantes mafiosos y donde Buzz sirve de guarura para evitar que “los buscadores de autógrafos se vuelvan locos”. 

DVD de L.A. Confidential (1997)
  Además del nombre y del apelativo del ex policía Buzz y del capo Michael Cohen, quien también tiene entre sus pistoleros a Johnny Stompanato (“con su ricito de pavo ensalivado colgando por delante de la cara de guapo”) “encoñado con Lana Turner” (la auténtica), descuellan otros clisés. Por ejemplo, Howard Hughes —el magnate dueño de los estudios RKO Pictures, que alguna vez apareció “en el Romanoff, vendado como una momia, con Ava Gardner del brazo”, tras perder el control de uno de sus aviones— tiene un picadero encubierto en South Lucerne, que llama “la casa del cine”, donde se filman películas porno, que luego exhibe ante “los asesores de la defensa”, sus “colegas del Pentágono”, de los que luego se beneficiará fabricando aviones durante la guerra de Corea (1950-1953). Howard Hughes, además, atento de lo que se ventile de él (hush-hush, diría el clásico) en el Confidential (se “insinuaba que mis buscadores de talento sacan fotos en topless y que me gustan las mujeres con mucho pecho”, dice), fue cliente, con tales militares, en un burdel de Milwaukee, en Wisconsin, regentado por “un contable y antiguo pistolero de la banda de Jerry Katzenbach”, donde las prostitutas, si bien no han sido objeto de cirugías plásticas para convertirlas en réplicas exactas de las esculturales y elegantes diosas del cine, son “chochos menores de edad, disfrazadas de estrellas de Hollywood: novatas peinadas, maquilladas y vestidas para parecerse a Rita Hayworth, Ann Sheridan, Verónica Lake y otras por el estilo”, como Jean Arthur, que es la chicuela que le gustó al magnate. 

     
Joyce Carol Oates
(Lockport, Nueva York, 1938)
    El séptimo cuento: “Infiel” (1997) es de la prolífica narradora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938). En consonancia con el título, muy pronto el lector colige un posible crimen de género, de violencia machista. La voz narrativa y evocativa es la de Bethany, nacida en 1951, quien a los 44 años, en 1995, aún se interroga por el intríngulis que operó y rodeó la brusca desaparición de Gretel Nissenbaum, de 27 años, casada con John Nissenbaum, de 41, con quien tenía dos niñas: Constance, de 8, y Cornelia, de 5, quien era la futura mamá de Bethany. 
    La desaparición de Gretel Nissenbaum ocurrió “el 11 de abril de 1923”. Y la última vez que las niñas Connie y Nelia vieron a su madre, aún en la cama (cuando ya debía estar levantada), lucía claros visos de haber recibido una golpiza (“Tenía el ojo derecho inflado y amoratado y se veían marcas rojas recientes en la frente”).
Los hechos ocurrieron en la solitaria y rústica granja de John Nissenbaum, ubicada en el valle de Chautauqua, a 15 kilómetros del río de Chautauqua y a 11 km del pueblo de Ransomville, donde supuestamente Gretel pudo tomar el tren hacia Chautauqua Falls, a “casi cien kilómetros al sur”, donde radicaban “los Hauser, su familia”.
John Nissenbaum, el abuelo de Bethany, murió “en 1972, en un asilo de Yewville”; y Cornelia, su madre, murió en 1981 creyendo que Gretel “Era basura”, “una infiel” que la abandonó cuando ella tenía 5 años y su hermana 8, y por ende nunca supo que Gretel Nissenbaum no huyó con un amante —cosa que piensan los ñoños pobladores de Ransomville—, pues “en abril de 1983” se hallaron sus restos durante un desbordamiento de “un arroyo que cruza las antiguas propiedades de los Nissenbaum”. Es decir, “quedó a la vista un esqueleto humano, virtualmente intacto pese a sus décadas de antigüedad”, que “Al parecer lo habían enterrado a menos de un kilómetro de la granja de los Nissenbaum”. 
       Además de que los objetos desenterrados indican que se trata de los restos de Gretel, los forenses del condado de Chautauqua dictaminaron “que el esqueleto pertenecía a una mujer, aparentemente muerta por haber recibido abundantes golpes en la cabeza (con un martillo, o con el lado romo de un hacha) que le habían partido el cráneo como un melón”.
Joyce Carol Oates
  Vale subrayar que si la develación del crimen es la sorpresiva y visual vuelta de tuerca que cierra el relato, el mello de la narración implica los sinsabores, pestilencias y avatares que signaron la dura y afanosa infancia y adultez de Constance y Cornelia, particularmente de ésta; el trazo de la cerrada y hosca personalidad del abuelo John Nissenbaum; y el conjunto de atavismos, costumbres e idiosincrasia de los romos pobladores de Ransomville, presididos por un prejuicioso y condenatorio reverendo de la Primera Iglesia Luterana, cuya esposa, más alta que él, dicta la catequesis al par de humildes “niñas de granja” supuestamente abandonadas por su casquivana madre. 

Lawrence Block
(Búfalo, Nueva York, 1938)
  El octavo cuento: “Como un hueso en la garganta” (1998) es del no menos prolífico y versátil escritor Lawrence Block (Buffalo, Nueva York, 1938). Desde la primera página el lector advierte que también se trata un asesinato de género, de violencia machista, pero con secuestro, violación, tortura, y mucha rudeza, saña y envilecimiento. William Charles Croydon, el guapo asesino, tiene 30 años y está siendo procesado. Karen Dandridge, la víctima, era una universitaria de 20 años y Paul, de 27, su único familiar y su único hermano, está entre los asistentes al juicio, cuyo jurado refrenda por unanimidad la acusación de “asesinato en primer grado” que hace el fiscal y por ende el asesino es sentenciado a “muerte por inyección letal”.

Croydon es trasladado a una cómoda celda del corredor de la muerte, donde pide y le proporcionan una máquina de escribir. El decurso del relato denota, mientras su defensa apela la permutación a cadena perpetua (con vías a obtener la libertad condicional), el cinismo y la intrínseca psicopatía del feminicida, que aunada a la maniática correspondencia que sostiene con varias fanáticas (les pide, para saciar sus fantasías y su onanismo, que le narren anécdotas lascivas de ellas y que le envíen fotos suyas con poses cachondas), tiene en su oculto haber el ataque, la violación y el asesinato de otras dos jóvenes, impunes feminicidios de los que nadie supo nada. En un momento de su lúcida hipocresía y de su hobby de tecleador impenitente, decide escribirle una carta a Paul Dandridge, donde le narra los sádicos y misóginos pormenores que precedieron y rodearon la violación y el asesinato de Karen. Pero tal carta no la envía, sino que decide guardarla y escribirle otra donde le miente y con la que inicia una correspondencia amistosa en la que Paul Dandridge poco a poco, para sorpresa y desconcierto del lector, se hace amigo del asesino de su hermana y definitivamente lo perdona cuando ya han transcurrido 15 años del asesinato (es decir, Croydon tiene ahora 45 años y Paul 42).
Es entonces cuando se avecina un tribunal de apelación y Paul Dandridge, a favor del preso, organiza y financia tres testimonios: el de un siquiatra, el de la maestra de cuarto curso de Croydon y el suyo, que es el más trascendente e incide en la decisión del gobernador para conmutar la pena de muerte por cadena perpetua. El dieciseisavo día de su muda a “una celda con los presos comunes”, tres gandayas lo violan y al día siguiente pide su “traslado al bloque B”, donde pasa encerrado 23 horas al día y continúa su correspondencia con Paul Dandridge, quien le envía libros de filosofía (Kierkegaard, Martin Buber) que lo inducen a llamarse a sí mismo “el Filósofo de la Cárcel” y con los que junto a su soledad y a su correspondencia con Paul, según le reporta a éste, logra construirse “una vida interior, una vida del espíritu, superior a cuanto tuve en mi vida como hombre libre...”
El caso es que William Charles Croydon se pregunta si Paul Dandridge “¿Se lo estaba tragando?” Y parece que sí, pues Paul no ceja por ganar la libertad condicional del asesino de su única hermana. Y cuando por fin lo logra y lo va a recoger en su coche a la salida de la prisión, ahí mismo en el vehículo le invita un trago de “Johnnie Walker, etiqueta negra”, que ha llevado consigo. Pero el whisky tiene algo que duerme a Croydon y cuando se despierta está atado a una silla en una cabaña en medio del bosque, semejante a la solitaria y rústica cabaña donde él, durante tres interminables días, secuestró, ató, torturó, violó y finalmente mató a Karen Dandridge. “La tumba ya está excavada” —le dice Paul— “Me ocupé de eso antes de ir a recogerte a la cárcel.” Pero Croydon, que en el fondo tampoco ha dejado ser el mismo, tiene tiempo de recitarle las cínicas y sádicas minucias de la primera carta que otrora le escribió y no le envió.
Dennis Lehane
(Dorchester, Boston, Massachusetts, 1965)
  El noveno cuento: “Quedarse sin perros” (1999) es de Dennis Lehane (Dorchester, Boston, Massachusetts, 1965). Entre sus obras descuellan tres novelas que han sido adaptadas al cine con homónimos títulos: Mystic River (2001), su primer best seller, cuya adaptación, de 2003, dirigió Clint Eastwood, tuvo crítica favorable y “fue nominada a 6 premios Oscar de los cuales obtuvo dos: al mejor actor (Sean Penn) y al mejor actor secundario (Tim Robbins)”; Gone Baby Gone (1998) —en Latinoamérica: Desapareció una noche—, cuya adaptación, de 2007, es la primera película dirigida por el actor Ben Affleck; y Shutter Island (2003), cuya adaptación, de 2009, dirigió Martin Scorsese.

“Quedarse sin perros” se desarrolla en Edén, un pueblo mal avenido de Carolina del Sur, en cuyo entorno oscilan ex combatientes en Vietnam y jaurías de perros salvajes y por ello el Gran Bobby Vargas, el alcalde —por instancia del gobernador y de los inversores que han proyectado la edificación del “Edén Falls, un gran parque en plan carnaval, con montañas rusas y toboganes de agua y cosas así”— busca tiradores que los eliminen. Elgin Bern, ex combatiente en Vietnam y albañil en las obras del Edén Falls, sería un cazador ideal. Pero éste no se interesa por el trabajo y en cambio, Blue, su amigo y coterráneo desde la infancia y un friki y marginado en el pueblo (se da por supuesto que “Nunca ha estado bien de la cabeza”), sí acepta y desempeña el oficio que parece perfecto para él (pues desde chico se entrenó torturando y matando insectos y animales) y que aspira proseguir en Australia con su rifle que luce una nueva y potente mira telescópica y un sistema de amplificación de luz para operaciones nocturnas. Elgin Bern tiene por novia a Shelley Briggs, que es recepcionista en Auto Emporium, negocio del ricachón Perkin Lut. Y al unísono tiene encuentros subrepticios con Jewel Lut, la esposa de éste, pero con mayor jocosidad e ímpetu sexual que con Shelley Briggs. Jewel, además, también es contemporánea de Elgin y Blue, puesto que los tres se criaron en el pobretón “parque de caravanas”. Y para Blue, que es de baja estatura, feo y flacucho y que nunca ha tenido una novia, Jewel es la mujer de sus sueños. Así que luego de la violenta y vergonzosa escena pública en la que Perkin Lut golpea a Jewel en el Chuck’s Diner (se oyó “un follón de vasos y platos caídos” y “Jewel estaba ya en el suelo, con los codos rodeados de añicos de cristal y de porcelana”), Blue, tras amenazar a Perkin, se siente flotando y realizado cuando Jewel, “con un buen cardenal marrón debajo del ojo”, se refugia un par de días en su caravana, que es una sucia y estrecha pocilga que hiede a podredumbre y a perro muerto. Jewel, como lo previó Elgin, regresa a la seguridad y comodidad que le brindan los dólares de Perkin Lut. Pero días después aparece asesinada en las obras en ciernes del Edén Falls: “Encontraron su cuerpo colgado del andamio que habían levantado junto al esqueleto de las montañas rusas. Estaba desnuda, colgada boca abajo de una cuerda atada a sus tobillos. El cuello tenía un corte tan profundo que el forense dijo que era un milagro que la cabeza todavía estuviera engancha al cuerpo cuando lo encontraron. El ayudante del forense, un tipo llamado Chris Gleason, cuanto se tomaba unas copas explicaba que en el coche fúnebre se les había caído la cabeza cuando bajaban por la calle mayor hacia la morgue. Decía que había oído un grito.” 
Dennis Lehane
  Por el crimen, Perkin Lut fue detenido, recluido y liberado (“el tribunal decidió no acusarlo”), pues la vox populi supone que “que quien había matado a Jewel era Blue”. Y a éste, el mismo día que hallaron el cadáver de Jewel, Elgin lo mató de un disparo con el rifle que le quitó de las manos, pese a que desde niños lo protegió y defendió. Elgin fue encarcelado; pero sólo por un tiempo, “gracias a su historial de guerra y a las circunstancia de quién era Blue, pero la cárcel es la cárcel.” Y cuando Elgin Bern salió, Shelley Briggs, su novia con la que iba a casarse e irse a Florida o a Georgia, “se había ido, se había mudado al norte nada menos que con Perkin Lut”. 

Por otra parte, antes de que Elgin Bern desapareciera para siempre de allí y nunca nadie supiera más de él, las obras del futuro parque de diversiones quedaron truncas. Pero “El esqueleto de Edén Falls sigue asentado en la media hectárea de tierra que queda justo al este de Brimmer’s Point, cubierto de un óxido grueso como la carne. Hay quien dice que fue por el nivel de yodo que el inspector de medio ambiente encontró en el agua subterránea lo que ahuyentó a los inversores iniciales. Otros, que fue el hundimiento de la economía estatal, o el fracaso del gobernador en las elecciones. Algunos dicen que Edén Falls era un nombre sencillamente estúpido, demasiado bíblico. Y luego, claro, había muchos que afirmaban que lo que ahuyentó a todos los trabajadores fue el fantasma de Jewel Lut.” 
Elmore Leonard
(1925-2013)
  El décimo y último cuento de American Noir: “Cuando las mujeres salen a bailar” (2002) es de Elmore Leonard, nom de plume de Elmore John Leonard, Jr. (1925-2013). De su obra adaptada al cine se pueden citar las películas: Un hombre (1967), dirigida por Martin Ritt y protagonizada por Paul Newman, Fredic March y Richard Bonne; 52-Pickup (1986), dirigida por John Frankenheimer, con guión de Elmore Leonard y John Steppling, y protagonizada por Roy Scheider y Ann-Margret; El cazador de gatos (1989), dirigida por Abel Ferrara, con guión de Elmore Leonard y James Borelli, y protagonizada por Peter Weller y Kelly MacGillis; y Get Shorty (1995), o Cómo conquistar Hollywood, dirigida por Barry Sonnenfeld, y protagonizada por John Travolta, Gene Hackman, Rene Russo y Danny DeVito. 

“Cuando las mujeres salen a bailar” ocurre en South Florida, donde Lourdes, una colombiana de 35 años, por recomendación de Viviana (también colombiana) llega a trabajar a una mansión de “Ocean Drive, a pocas manzanas de la de Donald Trump” (el folclórico, petulante y nefasto candidato republicano que ganó el retrete de la Casa Blanca, célebre no sólo porque odia y discrimina a los inmigrantes mexicanos). Su empleadora es la “señora Mahmood, esposa del doctor Wasim Mahmood”, un adinerado y lujurioso cirujano plástico, pakistaní y musulmán de nacimiento, a quien le gusta bañarse desnudo en la alberca y andar en pelotas por la casa, luciendo su “extraño pene negro” en medio de las asustadizas criadas filipinas. Su empleadora, una gringa con “el cabello rojo corto” que no aparenta “más de treinta”, la quiere de asistente personal; le ofrece un trato ligero (le pide que la llame Ginger) y no tarda en confesarle que fue stripper y que así, contoneándose por dinero, conoció a su marido el doctor Wasim Mahmood: “me sacaba más bailándoles encima a los tíos, o participando en fiestas privadas [...] y entonces tenía veintisiete años, ya era más vieja que todas las demás. Woz [el doctor Mahmood] llegaba con sus colegas, todos de traje y corbata, tan empeñados en no parecer del tercer mundo. La primera vez agitó un billete de cincuenta en el aire para llamarme y yo le dediqué un poco de strip hop tribal de bien cerquita. Le dije: ‘Doctor, si te vuelves a poner los ojos en sus cuencas me verás mejor.’ Le encaba que le hablara así. Más o menos a la cuarta visita le hice lo que se conoce como la paja del millón de dólares y me convertí en la señora Mahmood.”
    Sin embargo, ahora desprecia al doctor Mahmood y la tiene hasta la coronilla, pues, según le dice a Lourdes, tiene una amante y es un donjuán que se va por allí “Con ella o con otra”; además de que teme que le eche ácido en la cara, como hacen con las mujeres en Pakistán, dice, o que la asesine en “en una pira funeraria”; muerte semejante a la de su primera esposa, quien al parecer murió en Rawalpindi al prenderse “fuego por accidente en los fogones”. 
La señora Mahmood sabe que Viviana y Lourdes fueron “novias por correspondencia” y se muestra muy interesada en los detalles de su casorio con el señor Zimmer, un conductor de una hormigonera que trabajaba “para un contratista en obras de pavimentación hasta su muerte, dos años después de su matrimonio”, cuando Lourdes ya tenía el permiso de residencia y estaba harta de las palizas que le daba su marido, que era un gringo fuerte, pese a sus 58 años; pues, según le dice a su patrona, “bebía demasiado” y la golpeaba “Si no tenía cuidado con lo que decía”.
La señora Mahmood quiere saber sobre el asesinato del señor Zimmer, del que le habló Viviana. Así que Lourdes le dice: “Despareció unos cuantos días, hasta que encontraron su hormigonera cerca de Hialeah, junto a un montón de cemento. No había ninguna razón para que estuviera allí, porque no tenía ningún encargo para entregar por esa zona. Así que la policía hizo reventar el cemento y dentro encontró al señor Zimmer.”
El caso es que en las más o menos íntimas charlas, la señora Mahmood le dice a su asistente: “El mayor error de mi vida ha sido casarme con un tipo de otra cultura, con una toalla en la cabeza.” Y en medio de la cháchara, Lourdes le apostrofa: “No quiere seguir con él”, “pero quiere vivir en esta casa”. Y más aún, porque deduce que la ex stripper sabe o intuye el meollo del asesinato del señor Zimmer, le brinda una ayudita preguntándole: “¿Cómo se sentiría si a su marido le cayera encima una carga de cemento fresco encima?” “¿Cuánto cuesta hoy día una carga de cemento fresco?”, le pregunta la señora Mahmood. “Treinta mil”, le contesta Lourdes ipso facto. No obstante, el acuerdo queda en “casi veinte mil en efectivo hoy, ahora mismo”. 
Elmore Leonard
  La misma noche del acuerdo, el doctor Wasim Mahmood no regresa a la mansión de Ocean Drive. “Ni la noche siguiente. A la siguiente mañana, llegaron dos agentes de la oficina del sheriff del condado de Palm Beach” y le dieron la noticia a la señora Mahmood. Noticia que Lourdes lee “en el periódico, según la cual el doctor Wasim Mahmood, prominente etcétera, etc., había sufrido heridas de bala en el transcurso de lo que parecía un asalto para robarle el coche en la calle Flagler, cerca del parque Currie, y había ingresado cadáver en el Good Samaritan. El mercedes había aparecido abandonado en la calle, en Delray Beach.”

Y “tras una salida informal con sus viejas amigas para tomar unas copas”, la viuda Mahmood, al regresar a la intimidad de su casa en Ocean Drive, ve que “En la encimera había ron y cócteles, limas, un cuenco lleno de cubitos de hielo.” Y que “Del patio llegaba un ritmo latino [una cumbia]. Siguió aquel sonido para acercarse a un círculo de velas encendidas, donde vio a Lourdes con un bañador verde [que es suyo y no de su asistente], moviéndose al ritmo de la música con los brazos en alto, batiendo las caderas con sutileza.” “Sentados a la mesa había dos tipos fumando que no hicieron ademán de levantarse al ver a la señora Mahmood.” Se trata de los colombianos, del par de sicarios, que están allí para cobrarse el plus. “Es una fiesta para ti, Ginger” —le dice Lourdes, usando el nom de guerre con que la llaman sus amigas— “Los colombianos han venido a verte bailar.”
Enrique de Hériz
(Barcelona, 1964)



Otto Penzler y James Ellroy, American Noir. Traducción al español de Enrique de Hériz. Colección Navona Negra núm. 16, Navona Editorial. 2ª edición. Barcelona, diciembre de 2014. 340 pp.


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