lunes, 2 de diciembre de 2019

El ponche de los deseos


                
¿Qué cuesta el mundo entero?
¡Dinero! ¡Dinero!


                                   Para Rebeca Madrid, dotada para lo visual

Escrita en alemán y traducida al español por Jesús Larriba y Marinella Terzi, El ponche de los deseos (1989), novela para niños, adolescentes y adultos, del germano Michael Ende (1929-1995), es un abrazo de Año Nuevo: los buenos deseos (imposibles de realizar) de un moralista que quisiera un mundo mejor. 


Michael Ende
    El ponche de los deseos ocurre durante unas horas de un solo día: de las 5 de la tarde a las 12 de la noche, es decir, hasta el momento en que las campanas de la Iglesia anuncian el punto de la celebración de San Silvestre y el comienzo del Año Nuevo. Al mago Belcebú Sarcasmo, Consejero Secreto de Magia y distinguido Miembro de la Academia de Negras Artes, precisamente a las 17 horas con 11 minutos, lo visita el burócrata Maledictus Oruga, enviado nada menos que por el mero Belcebú (de quien el mago es tocayo), el mero Ministro de las Tinieblas Supremas. Maledictus Oruga le recuerda a Belcebú Sarcasmo que no ha cumplido con su cuota de maldades pactadas en un contrato, cuyo plazo vence a la medianoche, y que de no cumplir (lo cual es poco probable), será secuestrado y remitido por siempre jamás al horrorosísimo Infierno. Esta es una de las razones por las cuales cada capítulo de la obra está precedido por el dibujo de la carátula de un reloj, cuyas manecillas van indicando el avance inmisericorde del tiempo.
   
(Ediciones SM/Thienemann, Madrid, 1989)
     El mago Belcebú Sarcasmo egresó del Instituto de Sodoma y Gomorra y de la Universidad de Técnicas Mágicas de Hediondburgo; ahora es Encargado de la Cátedra de Infamia Aplicada, Doctor Horroris Causa y Miembro del Consejo Supremo de Aquelarres. Paralelamente a su infausto destino, ocurre que su tía Tirania Vampir también ha recibido la visita del mismo burócrata Maledictus Oruga, y que ella, como bruja multiplicadineros, tampoco ha cumplido con su contrato, mismo que por igual vence a la medianoche.
      Ante los males que diezman la flora y la fauna del globo terráqueo, el Consejo Supremo de los Animales ha distribuido espías por todos los rumbos del planeta. Su cometido es indagar quiénes son los malandrines que los causan. Así, el mago Belcebú Sarcasmo y la bruja Tirania Vampir cohabitan, cada uno en su respectiva mansión, con su correspondiente espía: el cuervo Jacobo Osadías, vagabundo, perspicaz y pesimista, convive con la bruja; y el gato Félix —medio tonto, megalómano y gordinflón, quien se hace llamar Maurizio di Mauro— con el mago.
     Belcebú Sarcasmo se halla deprimido ante la certidumbre de que no salvará su maligno pellejo. Así, escribe su testamento. De pronto lo visita su tía Tirania Vampir. Entre la lucha que implica el egoísmo y la ambición sin límite de ambos, la bruja le confiesa que trae la mitad de una receta (la del ponche de los deseos) que con toda probabilidad salvará a quien lo tome y le cumplirá todos los negros y crueles propósitos que pronuncie. Pero hay un pero: el ponche tiene que ser preparado y bebido antes de la primera campanada de la medianoche de San Silvestre; si no es así, su poder de inversión se torna nulo. 
El poder de inversión del ponche consiste en que, por ejemplo, si el santo bebedor recita a gaznate pelado: 

                            Que diez mil árboles enfermos
                            vuelvan a brotar 

      En realidad está deseando y ordenando lo contrario.
  Belcebú Sarcasmo tiene la otra mitad de la receta del ponche de los deseos. Como el tiempo corre vertiginoso y sin que nadie lo detenga, no les queda más que pactar entre sí. El mago hace que las dos mitades de la receta se unan; ésta resulta ser una serpiente de pergamino con más de cinco metros de largo (¡una auténtica mazacuata prieta!). Mientras efectúan el complicado proceso de desciframiento y preparación del ponche de los deseos, la pugna entre ambos permanece latente; es decir, llegado el momento, cada uno pretenderá exterminar al otro y ser el único que lo tome.
      Cuando el gato Félix y el cuervo Jacobo Osadías, que no eran amigos, oyen, ocultos en un depósito de residuos especiales, los nefastos planes de la bruja y del mago, se unen y emprenden una azarosa búsqueda del medio que los auxilie para impedir la hecatombe mundial. Así, transformados en representantes del Bien, en previsibles héroes y salvadores del planeta Tierra, trepan, no sin esfuerzos que ponen en peligro sus deterioradas vidas, hasta lo alto de la torre de la Iglesia, con el fin de adelantar la campanada que vuelva nulo el poder de inversión del ponche de los deseos. San Silvestre, quien reside, convertido en piedra, en lo alto de la torre de la Iglesia, cobra vida para ejecutar su tradicional concierto de 12 campanadas. Debido a las explicaciones y peticiones del cuervo y del gato, San Silvestre les regala, congelada en un trozo de hielo, la primera de las 12 campanadas, que deberán mezclar al ponche de los deseos. 
  El cuervo Jacobo Osadías y el gato Félix lo hacen, no sin eludir otros inconvenientes, y así anulan el poder de inversión del ponche. De este modo, la bruja y el mago, que se embriagan bebiendo la pócima e improvisando y vociferando versos. Por ejemplo: 

     Ponche de los ponches, cumple mis deseos:
     ¡Se acabó la matanza de focas, fuera el comercio de marfil!
    ¡Salvemos las ballenas, quedan pocas! ¡Abajo el tratante vil!

   Pues así deben cifrar los negros y malvados deseos, y por ende, sin saberlo, firman el acta de su condena transmutados en benefactores del planeta Tierra, de todos los animales y de la humanidad entera, pese a que nadie lo sepa.  
       
Michael Ende
(1929-1995)
       Se trata, como se ve, de una proverbial y edificante lucha entre el Bien y el Mal, en la que el triunfo del Bien, reza la cuentística y ancestral tradición, beneficia y premia a los héroes, pequeños y de origen humilde, que lucharon por él: el cuervo Jacobo Osadías, de debilucho y desplumado, queda convertido en un pajarraco fuerte y con el plumaje de un galán de cine; mientras que el gato Félix, de gordito, enano, con ridículos colores, sin voz, se transfigura en un bicho musculoso y atractivo, con dotes de cantante de ópera. 

   La fantástica novela-fábula El ponche de los deseos expresa una victoria utópica, idealista, un sueño evanescente e inasible, desde luego, acentuada por la nota angelical (el elemento clave del triunfo) que a los animales les regala San Silvestre. Sin embargo, en el transcurso, la obra no elude flechazos críticos y cáusticos, que son parte de la carga moral, quizá concientizadora. De pasadita se dice que los rincones de la Iglesia no sirven de escondite, porque es posible que los funcionarios infernales entren y salgan de allí con toda libertad. Se dice que un jefe de estado (arquetipo de la demagogia, de la insaciable corrupción, de las impolutas Casitas Blancas y de los pseudodemocráticos pactos del blablabá), cliente del malvado mago Belcebú Sarcasmo, le encargaba lágrimas de cocodrilo. Se dice que siempre ha habido, y sigue habiendo, hombres que no retroceden ante nada con tal de conseguir el poder y el dominio sobre los otros.
        Entre las sanguinarias y apestosas especialidades del mago Belcebú Sarcasmo se cuentan la contaminación del aire, el envenenamiento de mares y ríos, la destrucción de bosques y campos, las enfermedades de humanos y fauna, pero también el congelamiento de los espíritus elementales (que no pueden morir), como los gnomos, los elfos, las ondinas, los juzgalibros (seres diminutos y prescindibles que suelen pasar su somnífera vida poniendo reparos a los libros, a veces en un blog en la web). El mago Belcebú Sarcasmo, como arquetipo y cerebro de laboratorio, es el paradigma del científico involucrado, moral y políticamente, en empresas privadas e instituciones públicas, cuyos experimentos e investigaciones inciden en la polución atmosférica, en el exterminio de las especies y en la degradación de los ecosistemas. Esto se subraya al referir su cuota contractual y al cifrar sus supuestos buenos deseos mientras bebe el ponche (y en ello no se encuentra ni por encima ni por debajo de la bruja), pero también se transluce en las maldiciones que lanza en sus explosivos enojos, pataletas y berrinches: “por todos los pesticidas”; “por la lluvia ácida”; “por el estroncio radiactivo”; “por todos los genes clonizados”. Mientras que la bruja Tirania Vampir, como arquetipo multiplicadineros, es el paradigma de los grandes capitalistas y especuladores bursátiles (que emplean técnicos, economistas y científicos): los banqueros con estratosféricos aguinaldos (gordinflones, pelotudos, sin ningún catarrito, tránsfugas y fanáticos, detrás de la barrera, de los trumpistas cortos de terror), los manipuladores de la bolsa, los poseedores de las acciones de las empresas e industrias transnacionales que dañan el orbe y propician el cambio climático: el ultracacareado calentamiento de la aldea global con sus consabidos desastres, exterminios y tragedias. Así, la villana Tirania Vampir presume ser la presidenta de la Sociedad Internacional de Níquel Corrosivo e intenta que su malévolo sobrino Belcebú Sarcasmo jure por el Tenebroso Banco-Palacio de Plutón. Y en una de sus cantaletas radiográficas, grita: 

           ¿Qué cuesta el mundo entero?
           ¡Dinero! ¡Dinero!” 
Michael Ende
  En este sentido, ante sus pestilentes negocios y confabulaciones, el cuervo, metido a filósofo de cine, le dice al gato: “Entre los hombres, te lo aseguro, el dinero es el punto capital, especialmente en el caso de tu maestro y mi madam. Hacen todo por dinero, y con dinero pueden hacer todo. Es el peor instrumento mágico que existe.”

      Como se advierte, El ponche de los deseos es una caricaturesca novela-fábula, placentera, que además celebra los juegos de palabras y la improvisación que implica el verso popular. Por ejemplo: 

           Ponche de los ponches, cumple mis deseos:
           Las acciones de Talar y Hermanos comenzarán a bajar
           y sólo como papel higiénico
           se podrán utilizar.
    
     De cumplirse los buenos deseos de Año Nuevo que, sin querer, expresan los horrorosísimos malvados (y que en realidad son los del recóndito espíritu de Michael Ende), se estaría ante la reinvención del Paraíso Terrenal y quizá en vías del regreso al auténtico Jardín del Edén, a esa eternidad, que según San Silvestre, como si escuchara a San Agustín, está más allá del tiempo, de la dualidad del mundo, donde sólo existe el Bien sin contrincante. 
  La descripción de los personajes, de los objetos, de las escenas, refrendan que Michael Ende era un colorista, un magnífico tejedor de fantasías, de filigranas, un dotado para lo visual. Es por ello, en parte, por lo que sus novelas Momo (1973) y La historia interminable (1979) fueron adaptadas al cine. Y es por ello, al parecer, que el binomio Ediciones SM/Thienemann reza en las solapas que Michael Ende se sentía influido por su padre Edgar Ende (pintor surrealista), por El Bosco, por Brueghel y por Klee.




Michael Ende, El ponche de los deseos. Traducción del alemán al español de Jesús Larriba y Marinella Terzi. Viñetas en blanco y negro. Colección Gran Angular (101), Ediciones SM/Thienemann. Madrid, 1989. 242 pp. 


*********
Enlace a "La jota de la jota", canción de Cri-Cri interpretada por Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler).
Enlace a "Las brujas", canción de Cri-Cri interpretada por Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler).

El tiempo entre costuras

Era como estar de vuelta en casa



I de II
Editada por Ediciones Temas de Hoy (“sello editorial de Ediciones Planeta”) e impresa en España en “junio de 2009” y en México en “julio de 2010”, El tiempo entre costuras es la ópera prima de la escritora española María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964); novela con la que hizo boom en el ámbito de la aldea global del idioma español (y más allá de ella), éxito que incidió en las superventas y en la homónima y consabida adaptación televisiva (con sus obvios cambios y variantes) “producida por Boomerang TV para el canal [español] Antena 3” (2013-2014). Serie que en México se pudo coleccionar en formato DVD y Blu-Ray y apreciar en la plataforma online Netflix.  
Ediciones Temas de Hoy
Primera edición mexicana, julio de 2010
       Dividida en “69” capítulos distribuidos en cuatro partes, más un “Epílogo”, la novela El tiempo entre costuras es el tiempo de la memoria, el tiempo de mirar hacia el pasado y contar lo que era y lo que sucedió. En sus páginas, “Sira Quiroga Martín, nacida en Madrid el 25 de junio de 1911”, es la voz narrativa, la voz cantante que evoca desde el presente y urde las mil y una minucias, vivencias, desventuras y aventuras de su vida cotidiana, personal y familiar ya pasada, inextricable al contexto de los sucesos históricos en que se ve inmersa y que trastocaron y convulsionaron a España y al Protectorado Español de Marruecos durante la Segunda República (1931-1939), la Guerra Civil (1936-1939) y la expansión nazi de la preguerra y de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). 

 
María Dueñas y su novela a los diez años
       De índole realista, El tiempo entre costuras no es una novela histórica; no obstante, para la meticulosa urdimbre de la trama, de la intriga y del suspense, y de las mil y una anécdotas e incidentes —ya en Madrid, Tánger, Tetuán y Portugal—, hizo uso de espacios geográficos y arquitectónicos, y de numerosos episodios, fechas y personajes transcritos de la historia, cuyo compendio y abrevadero, dada la experiencia y formación académica de María Dueñas, ventila en la postrera “Bibliografía”. En este sentido, descuella Rosalinda Fox, espía de la inteligencia británica y amante de José Luis Beigbeder, quien tras el levantamiento militar en Marruecos el 17 y 18 de julio de 1936, fuera nombrado, en Tetuán, Delegado de Asuntos Indígenas, y luego, el 13 de abril de 1937, Alto Comisario del Protectorado español, y, con el empoderamiento de generalísismo Francisco Franco y del cuñadísimo Ramón Serrano Suñer, primer Ministro de Asuntos Exteriores de España (lo fue entre el 9 de agosto de 1939 y el 16 de octubre de 1940).
 
Sira y su madre Dolores Quiroga
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
      El talento para la costura y la moda (de ahí el regodeo de telas, vestimentas y atavíos), Sira Quiroga lo cultivó en Madrid, desde pequeña, precisamente en el taller de doña Manuela Godina, donde su madre, Dolores, era oficiala, y por ende, a sus doce años, empezó de aprendiza. En medio de la agitación social, económica y política sucedida in crescendo tras el arribo, el 14 de abril de 1931, de la Segunda República, el taller de costura de doña Manuela empezó a venirse a menos hasta que en 1935 se vio obligado a cerrar. Luego de su breve noviazgo con Ignacio Montes, “Dos años mayor” que ella, Sira y él planean casarse el “8 de junio” de ese año. Y por ello doña Manuela “volvería a coger los hilos para” regalarle a Sira “su última obra en forma de traje de novia”. 
 
Sira y su noviecito
(Adriana Ugarte y Raúl Arévalo)
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
       Ignacio Montes recién había aprobado, por fin, las oposiciones para obtener un empleo de “funcionario” en la administración pública y pensó que un destino semejante podría ser el futuro de su inminente esposa. Así que los prometidos y enamorados fueron juntitos a la “casa Hispano-Olivetti” a adquirir una máquina de escribir para el aprendizaje de la mecanografía de la futura secretaria. Pero en ese negocio, Ramiro Arribas, “el gerente de la casa”, quien les recomienda una “Lettera 35 portátil”, empieza un galanteo y una rápida seducción que da al traste con el ilusionado matrimonio y con el incierto porvenir de mecanógrafa en alguna oficina de la “administración de la República”. 
   
Ignacio, Sira y Ramiro Arribas
(Raúl Arévalo, Adriana Ugarte y Rubén Cortada)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
      Sira ignoraba la identidad de su padre y quizá nunca hubiera sabido quién fue, si su madre, pese a que despreciaba a Ramiro Arribas y el hecho de que su hija viviera con él sin casarse, no la hubiera visitado con la noticia de que su progenitor quiere que lo conozca. En contraste con la modesta casa donde creció y vivía con su madre y su abuelo materno —sin habla, “sin piernas ni luces, mutilado de cuerpo y ánimo en la guerra de Filipinas” (1896-1898)—, Gonzalo Alvarado, su padre, vive en una lujosa casona. “Es ingeniero” y “dueño de una fundición”; tiene esposa y dos hijos varones, ya jóvenes. Además de enterarse de ciertos detalles del breve e ingrato romance vivido entre sus progenitores, el meollo de esa entrevista es que ante el dudoso porvenir de su fábrica en medio de la excitación obrera y social, Gonzalo Alvarado teme por su vida y por ende de algún modo anhela reivindicarse ante Sira, y por ello, a manera de perentoria herencia, le entrega un conjunto de joyas familiares, certificadas y notariadas; “casi ciento cincuenta mil pesetas”; y un documento notariado que da fe de que ella es su hija. 
 
Ramiro Arribas y Sira Quiroga
(Rubén Cortada y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         El caso es que ese dinero, y las costosas joyas, catapultan los ambiciosos devaneos de Ramiro Arribas, pues poco después le propone a Sira montar en Marruecos, “en Tánger o en el Protectorado”, una sucursal de las argentinas Academias Pitman, donde se enseñará “mecanografía, taquigrafía y contabilidad con métodos revolucionarios”. Así, ya dorada la píldora con su verborrea de encantador de víboras y mazacuatas prietas en medio de la multitudinaria plazuela, dejan “Madrid a finales de marzo de 1936” y desembarcan en “Tánger un mediodía ventoso del principio de la primavera”. Se hospedan “en el hotel Continental, sobre el puerto y al borde de la medina”, y empieza para Sira un escueto período marcado por la espera del supuesto inicio de la prometedora empresa y el frenesí erótico y festivo y las ínfulas de bon vivant de él, que concluye con un solitario vacío existencial e intempestivamente cuando Ramiro Arribas huye con el dinero y las joyas, dejándola sola, sin un clavo, y sin “liquidar la factura de los últimos meses en el hotel”. 
    Sira Quiroga, casi zombi, se escabulle del hotel con una maleta y se sube a un autobús. Cuando recobra el sentido (débil por un aborto involuntario), está postrada en una cama del Hospital de Civil de Tetuán. Y la voz de un hombre (luego sabrá que se trata del comisario Claudio Vázquez) le informa que es imposible el regreso a Madrid, pues “El tránsito con el Estrecho [de Gibraltar] está interrumpido. Han declarado el estado de guerra” (tras el inicio del alzamiento militar del 17 de julio). En el posterior diálogo que sostiene con Sira, el comisario Vázquez coteja los datos que ha investigado sobre ella y Ramiro Arribas Querol y la pone al tanto de su controvertida situación ante la policía. Que Sira llegó “a Tetuán el pasado 15 de julio procedente de Tánger”. Que “En Tánger estuvo hospedada desde el día 23 de marzo en el hotel Continental”. Que allí ella y Ramiro Arribas “dejaron una factura pendiente de mil setecientos ochenta y nueve francos franceses” y por ende la administración del hotel la ha demandado. Que en Madrid tiene “una denuncia de la casa Hispano-Olivetti por estafa de veinticuatro mil ochocientas noventa pesetas”. (Luego le dice que “La versión oficial de los hechos es que usted figura como dueña de un negocio que ha recibido una cantidad de máquinas de escribir que nunca han sido pagadas.”) Y por si fuera poco: tiene “una orden de búsqueda por la sustracción de unas joyas de considerable valor en un domicilio particular de Madrid”.
   
El comisario Vázquez y Sira Quiroga
(Francesc Garrido y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         Vale resumir que el comisario Vázquez infiere e intuye que Sira es, sobre todo, “la incauta víctima de un canalla” sin escrúpulos. Así que ante el bloqueo en el Estrecho y la cruenta guerra en Madrid, le echa una mano para eludir la prisión y al unísono para que se restituya en Tetuán: le consigue una prórroga de un año para que trabaje, ahorre y liquide la deuda con el hotel Continental y le consigue alojamiento gratuito en la astrosa pensión de una tal Candelaria; no obstante, le dice, vigilará su conducta y le retendrá su pasaporte. 
     La pensión de Candelaria la matutera se ubica en la calle La Luneta, adjunta a la judería y a la medina. Una calle “estrecha, ruidosa, irregular y bullanguera, llena de gente, tabernas, cafés y bazares alborotados en los que todo se compraba y todo se vendía.”
    Hay que subrayar que la amenidad narrativa de María Dueñas, repleta de menudencias visuales, auditivas y socioculturales, está salpimentada con los modismos y coloquialismos del habla que caracterizan la idiosincrasia y los modos de hablar de sus personajes; por ejemplo, la índole popular y deslenguada de Candelaria la matutera (quien es una rechoncha y pechugona andaluza de 47 años), el origen árabe de la adolescente Jamila (criada de Candelaria y luego de Sira), y el especie de spanglish con palabras en portugués con que se expresa y parlotea hasta por los codos Rosalinda Fox.  
 
Jamila y Candelaria la matutera
(Alba Flores y Mari Carmen Sánchez)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        El microcosmos que conforma la singular y cómica fauna refugiada en la pensión de Candelaria, además de los implícitos dramas personales que los aglutinan ahí, reflejan, al unísono y en un hilarante divertimento, las beligerantes y sangrientas confrontaciones que se suceden en España: nacionales versus republicanos. En esa estancia, Sira, al principio, no halla el modo de empezar a valerse por sí misma y remunerar su pensión. Pero, tras advertir que posee sorprendentes e indiscutibles dotes para la costura y la moda, Candelaria la matutera, con su carácter dicharachero y bonachón, olfato de perra callejera y un pálpito visionario, le propone a Sira vender, de un modo secreto y clandestino, un conjunto de pistolas que un inquilino (un supuesto “agente de aduanas”) recién dejó ocultas y abandonadas en la pensión. Con el dinero de la venta montarán un taller de alta costura en el corazón de Tetuán; Sira gestionará y llevará las riendas del taller, pero las ganancias en dinero de distinta nominación (siempre cambiadas a libras esterlinas por la matutera) se dividirán entre las dos.
   Candelaria, pese a que “El ejército tiene vigilados todos los accesos a Tetuán por carretera”, pacta la venta de las armas a ciertos “hombres que venían desde Larache a recoger la mercancía” a salto de mata y jugándose el pellejo. Candelaria, que había llevado las 19 pistolas ocultas bajo un largo gabán, fracasa en la entrega. Pero como aún es de madrugada y el negocio tiene que hacerse de un modo o de otro, con estiras y aflojas, Sira, pese al terror, se ve impelida a llevar las armas adheridas a su cuerpo con tiras de sábanas y a disfrazarse de mora con un amplio jaique y las babuchas de Jamila. En ese aventurero y arriesgado episodio a paso de tortuga rumbo a la estación del tren (donde se hace el intercambio), no exento de laberínticos vericuetos, peligros, tensión y giros inesperados, Sira, que se juega la libertad y la vida en el filo de la navaja, logra salir airosa. 
 
Sira disfrazada de mora
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         Así, un “mediodía de octubre” de 1936, Sira Quiroga entra al sitio que será su “local de trabajo y residencia” (que ella dispuso y amuebló evocando el taller madrileño de doña Manuela): “un gran piso en la Calle Sidi Mandri [rentado al ‘hebreo Jacob Benchimol’], en un edificio con fachada de azulejos cercano al Casino Español, el Pasaje Benarroch y el hotel Nacional, no lejos de la plaza de España, la Alta Comisaría y el palacio del jalifa con sus guardias imponentes vigilando la entrada, un despliegue exótico de turbantes y capas suntuosas mecidas por el aire.” Allí, Sira, con el auxilio de la adolescente Jamila, que será su criada, se dispone a presentarse ante cierta élite como “la modista llegada de la capital de España para montar en el Protectorado la más soberbia casa de modas que la zona nunca hubiera conocido.”
 
Jamila y Sira en su taller de Tetuán
(Alba Flores y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
      En ese empeño incide, casi sin buscarlo y como dispuesto por el cielo que ilumina su buena estrella, el joven Félix Aranda, su vecino, quien vive con su horripilante madre en el mismo primer piso, exactamente en el departamento de enfrente. Pero Sira no se acerca a él porque sea su vecino, sino porque Frau Heinz, una alemana recién llegada a Tetuán, le solicita la confección de varias prendas, entre ellas “un conjunto para jugar al tenis”. Y Sira dice que sí, que lo hará; pero no sabe “cómo demonios sería un conjunto para tal actividad”. 
 
Lilí Álvarez en shorts diseñados
por Shiaparelli (1931)
        En el acopio de información para visualizar un modelo, Candelaria, a través de Jamila, le provee de varias revistas, entre ellas una en francés (idioma que Sira ignora), pero de 1931, donde alcanza a entender que se habla de “la tenista Lilí Álvarez”, de “la diseñadora Elsa Schiaparelli” y de “un lugar llamado Wimbledon”. 
Y para el colmo, Sira es torpe para el dibujo, de modo que no podría copiar un modelo, hacerlo pasar como suyo y presentarle a su clienta varios figurines para elegir. En busca de apoyo para el dibujo, Sira acude a don Anselmo, el maestro republicano retirado e inquilino de Candelaria, quien le dice que vaya a la escuela de “Mariano Bertuchi, el gran pintor de Marruecos”. Y es allí donde Félix Aranda (parlanchín, “Curioso, directo y levemente amanerado”) la reconoce como su “hermosa vecina”. Y en el diálogo, Sira le dice: “Tengo unas fotografías de hace unos años y quiero que me dibujen unos figurines basados en ellas. Como ya sabrá, soy modista. Son para un modelo que debo coser para una clienta; antes tengo que mostrárselo para que lo apruebe.” Félix se ofrece a dibujarlos. Y cuando le entrega el “encarguito”, Sira canturrea: “Tres cartulinas dibujadas en lápiz y pastel mostraban desde distintos ángulos y poses a una modelo estilizada hasta lo irreal, luciendo el estrambótico modelo de la falda que no lo era. La satisfacción debió de reflejarse en mi cara de forma instantánea.”
   
Sira Quiroga y Félix Aranda
(Adriana Ugarte y Carlos Santos)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         El caso es que Sira Quiroga y Félix Aranda inician una complicidad amistosa, en la que él, además de ofrecerle dibujar para ella y de sugerirle estrambóticos y surrealistas diseños (y de revelarle ciertas intimidades relativas a su horrorosísima madre y a él y su sigilosa vida nocturna fuera de casa), dada su cultura, conocimientos y curiosidad infinita y chismográfica, la instruye, la culturiza, afrancesa su vocabulario con palabras y expresiones hechas, le enseña los valores monetarios, cómo elaborar una factura, e incluso bautiza a su negocio. En este sentido, Sira canturrea: “Por indicación de Félix mandé también hacer para la puerta una placa dorada con la inscripción en letra inglesa Chez Sirah-Grand couturier. En la Papelera Africana encargué una caja de tarjetas en blanco marfileño con el nombre y la dirección del negocio. Así era, según él como se denominaban las mejores casas de la moda francesa de entonces. Lo de la h final fue otro toque suyo para dotar al taller de un mayor aroma internacional, dijo. Le seguí el juego, por qué no, al fin y al cabo, a nadie dañaba con aquella folie de grandeur.”
   
Félix Aranda y Sira Quiroga
(Carlos Santos y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        Entre las clientas de Sira se distinguen las esposas de militares nazis de alto pedorraje establecidos en Tetuán; pero quien cobra relevancia para ella es la inglesa Rosalinda Fox, conocida a través de su clienta alemana Frau Langenheim. La amistad entre ambas empieza a consolidarse cuando Sira la saca de un aprieto. Rosalinda acude a ella, nerviosa y sin avisar, porque requiere “un traje espectacular” para la noche de ese día, pues ha sido invitada a la recepción del cónsul alemán y será la primeva vez que públicamente asistirá “a un evento acompañando” a una persona importante para ella. Sira le explica que no tiene ningún vestido de noche en stock, que no podría prestarle alguno suyo porque dizque toda su ropa se “quedó en Madrid al estallar la guerra”, que ella confecciona sobre pedido, y que necesitaría “al menos tres o cuatro días” para hacerlo. El caso es que Rosalinda Fox se marcha con su preocupación y Sira se queda pensando en la incertidumbre de su clienta; pero al hojear “un ejemplar de primavera de Madame Figaro” la foto de una modelo le resulta “remotamente familiar”. El foco mental se le enciende y le ordena ipso facto a Jamila: “Vete volando a la casa de Frau Langenheim y pídele que localice a la señora Fox. Tiene que venir inmediatamente; dile que se trata de un asunto de máxima urgencia.”
     El meollo de la perentoria cita radica en que Sira evocó el día en que en el taller de Madrid, ante los ojos de doña Manuela, de su madre y de ella, una clienta desplegó “de una pequeña caja lo que parecía un tubo reliado de tela color sangre” y les dijo: “Quiero una copia de esto.” “Esto, señoras, es un Delphos, un vestido único. Es una creación del artista Fortuny: se hacen en Venecia y se venden en algunos establecimientos selectísimos en las grandes ciudades europeas.” Así que Sira le propone a Rosalinda Fox confeccionarle, vertiginosamente, “Un falso Delphos” que, como en un cuento de hadas, sólo le servirá para esa fulgurante noche y por ende le dice sabiendo que el evento inicia a las veinte horas: “Tendrá que venir aquí a vestirse [...] Llegue sobre las siete y media, maquillada, peinada, lista para salir, con los zapatos y las joyas que vaya a ponerse. Le aconsejo que no sean muchas ni excesivamente vistosas: el vestido no las demanda, quedará mucho más elegante con complementos sobrios, ¿me entiende?” 
 
Sira y Rosalinda Fox probándose el falso Delphos
(Adriana Ugarte y Hannah New)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        De un modo entrañable e indeleble, Sira Quiroga narra las menudencias para confeccionar, a toda prisa y en unas horas, ese efímero “falso Delphos” con el auxilio de Jamila. Rosalinda Fox quedó esplendorosa y lista apenas diez minutos antes de las ocho. Pero es hasta al día siguiente, por la tarde, cuando imprevistamente Félix Aranda toca a su puerta para cotorrear sobre la “rubia flaca”, la “dama etérea” con la que acaba de cruzarse en el portal. Y en el parloteo, Félix le revela que la inglesa Rosalinda Fox “es la amante del teniente coronel Juan Luis Beigbeder y Atienza, alto comisario de España en Marruecos y gobernador general de las Plazas de Soberanía. El cargo militar y administrativo más importante de todo el Protectorado”, y que además le auspicia a su querida “una villa con piscina en el paseo de las Palmeras”. Pero también el muy marisabidillo la alecciona en torno al “falso Delphos”, “tumbado en el sofá mientras en sus manos mantenía la revista que había disparado” la memoria de Sira: “El creador del modelo, querida ignorante mía, es Mariano Fortuny y Madrazo, hijo del gran Mariano Fortuny, quien probablemente sea el mejor pintor del siglo XIX tras Goya. Fue un artista fantástico, muy vinculado a Marruecos, por cierto. Vino durante la guerra de África [1859-1860], quedó deslumbrado por la luz y el exotismo de esta tierra y se encargó de plasmarlo en muchos de sus cuadros; una de sus pinturas más conocidas es, de hecho, La batalla de Tetuán [1862-1864]. Pero si Fortuny padre fue un pintor magistral, el hijo es un auténtico genio. Pinta también, pero en su taller veneciano diseña además escenografías para obras de teatro, y es fotógrafo, inventor, estudioso de técnicas clásicas y diseñador de telas y vestidos, como el mítico Delphos que tú, pequeña farsante, acabas de fusilarte en una reinterpretación doméstica intuyo que de lo más lograda.”

Delphos de Mariano Fortuny y Madrazo


II de II
      Al oír, “Una tarde de mediados de julio” de 1937, en las escaleras y en un departamento aledaño del edificio donde vive y tiene su taller de costura, el estridente y feliz arribo de unos familiares de los Herrera que huyeron de la “zona roja” en España, Sira Quiroga se ilusiona con la posibilidad de rescatar a su madre de la guerra en Madrid y traerla a Tetuán, capital del Protectorado español en Marruecos. Con tal propósito en mente, Sira, que ha ahorrado para saldar la deuda con el hotel Continental, planea pedir otra prórroga al gerente; y para ello el comisario Claudio Vázquez le extiende un salvoconducto para que vaya a Tánger a resolver esa cuestión y le da su pasaporte. (Tiene doce horas para ir y venir). Pero Sira no viaja en La Valenciana, el autobús que rutinariamente de ida y vuelta hace el trayecto de unos 70 kilómetros entre Tetuán y Tánger, como era su intención, sino inesperadamente con la hablantina Rosalinda Fox, que maneja un descapotable Dodge Roadster negro (“un regalo del director de la Banca Hassan de Tetuán que Juan Luis” Beigbeder decidió que sea de ella y que no es el “automóvil rojo intenso”, el “coche inglés con volante a la derecha”, el “Austin 7” con que Rosalinda Fox llegó manejando y se fue tristona y preocupada de su taller el día que luego Sira tuvo la súbita idea de hacer el “falso Delphos” y la sacó de apuros; ni mucho menos el “automóvil negro, brillante, imponente, con banderines en su parte delantera”, que en la noche de ese día pasó a recogerla, y de cuyo “lado del copiloto” vio descender, desde la ventana de su taller, “un hombre uniformado”, “quien abrió con rapidez la puerta trasera” y “Se mantuvo marcial a su espera hasta que ella, elegante y majestuosa, salió a la calle y se acercó al auto con pasos breves.”)
 
Juan Luis Beigbeder y Rosalinda Fox luciendo el falso Delphos
(Tristán Ulloa y Hannah New)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
         Poco después de que Sira salda la deuda con el hotel Continental (no logró la prórroga) y que el comisario Vázquez le haya dejado de manera definitiva su pasaporte y extendido otro salvoconducto para viajar a Tánger, y ya encarriladas las migas y las mutuas confidencias biográficas entre la española y la inglesa (quien tiene un hijo de 5 años viviendo con ella y un esposo británico en Calcuta), llega el momento, ese mismo verano de 1937, en que Rosalinda Fox le propone a Sira llevarla con un inglés que sabe del contacto para sacar a su madre de la beligerante “zona roja” en Madrid y traerla a Tetuán. Ese inglés es el gibraltareño Leo Martin, “director del Bank of London and South America en Tánger”, quien desde su oficina habla por teléfono con Eric Gordon, residente en Londres y que otrora trabajaba en la sucursal bancaria en Madrid. Y ese Eric Gordon es quien conoce a “un periodista que ha regresado a Inglaterra”, “herido”, al parecer, pero podría “facilitarles el contacto con el hombre que se dedica a evacuar refugiados”. Pero ese periodista inglés solicita hablar directamente por teléfono con Rosalinda Fox, a quien formula sus condiciones, mismas que ella le resume a Sira: “Una entrevista personal con Juan Luis [Beigbeder] y unas semanas de acceso preferente a la vida oficial de Tetuán. A cambio, se compromete a ponernos en contacto con la persona que necesitamos en Madrid.”
   
Félix Aranda, Rosalinda Fox y Marcus Logan
(Carlos Santos, Hannah New y Peter Vives)
        Vale resumir que Marcus Logan, el presunto periodista inglés, que efectivamente llega a Tetuán maltratado del cuerpo y del rostro, cumple al pie de la letra su promesa y sin cobrar un quinto por ello. Y se va de Tetuán cuando la madre de Sira está a punto de llegar. Y si esa estancia en el Protectorado queda signada por el mutuo y reticente enamoramiento entre Marcus Logan y Sira Quiroga, un modo galante y amistoso (al parecer) se sucede cuando él le pide a ella, a manera de recompensa por sus servicios, que lo acompañe a la recepción de Ramón Serrano Suñer, el poderoso y maquiavélico cuñadísimo de Francisco Franco, donde ella podrá ayudarlo “a identificar a personas relevantes”. El evento de gala, presidido por el coronel Juan Luis Beigbeder, será en la Alta Comisaría y en ella estarán presentes los mandos nazis con sus deslumbrantes esposas. Sira, que nunca ha asistido a un suceso de tal envergadura, se confecciona un vestido ex profeso. Y Félix Aranda, en el ínterin, le brinda información sobre el currículum y la leyenda de Ramón Serrano Suñer y sobre la fauna que asistirá a la recepción y por ello apunta Sira: “así, a lo largo de varias noches, Félix me fue desgranando los perfiles de los invitados más destacados, y uno a uno fui memorizando sus nombres, puestos y cargos y, en numerosas ocasiones, también sus caras gracias al despliegue de periódicos, revistas, fotografías y anuarios que él trajo. De esa manera supe dónde vivían, a qué se dedicaban, cuántos posibles tenían y cuáles eran sus posiciones en el orden local.”
   
Félix Aranda y Sira Quiroga en Tetuán
(Carlos Santos y Adriana Ugarte)
      Pero además, Félix Aranda, lúdico y dicharachero, le da minuciosas instrucciones protocolarias para que no se comporte como una mona fuera de la jaula ni riegue el tepache en el mantel, en su vestido o en la corbata de un nazi: “No hables con la boca llena, no hagas ruido al comer y no te limpies con la manga, ni te metas el tenedor hasta la campanilla, ni te bebas el vino de un trago, ni alces la copa chisteando al camarero para que te la vuelva a llenar.” [...] “Si algo te causa asombro o te complace enormemente, di sólo ‘admirable’, ‘impresionante’ o un adjetivo similar; en ningún momento muestres tu entusiasmo con aspavientos, ni con palmadas en el muslo o frases como ‘talmente un milagro’, ‘arrea mi madre’ o ‘me he quedao pasmá’. Si algún comentario te parece gracioso, no te rías a carcajadas enseñando las muelas del juicio ni dobles el cuerpo sujetándote la barriga. Tan sólo sonríe, pestañea y evita comentario alguno. Y no des tu opinión cuanto no te la pidan, ni hagas intervenciones indiscretas del tipo ‘¿usted quién es, buen hombre?’ o ‘no me diga que esa gorda es su señora’.”
 
Marcus Logan y Sira Quiroga
(Peter Vives y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        Ya en la pomposa recepción plagada de uniformes y cruces gamadas, Marcus Logan le pide a Sira que se acerque y vea qué le están mostrando un grupo de nazis a Ramón Serrano Suñer; y ella le pide que averigüe dónde está Rosalinda Fox, puesto que no la ve por ningún lado. Pero el punto culminante de su capacidad para la improvisación y teatralización se puntualiza al azar, cuando Sira, en busca de un lavabo, se introduce en la Alta Comisaria y en un breve extravío, ante unas voces que se acercan por un pasillo, se mete a una sala en la que se ve impelida a ocultarse tirada bajo un sofá. Allí oye una sigilosa conversación, a espaldas de Beigbeder, entre el alemán Johannes Bernhardt y Serrano Suñer, en la que pactan un “crédito sustancioso del gobierno alemán” al ejército de Francisco Franco a cambio de facilitar la instalación de unas grandes antenas para “interceptar el tráfico aéreo y marítimo en el Estrecho y contrarrestar la presencia de los ingleses en Gibraltar”. Y según le informa Sira al supuesto periodista Marcus Logan: “Están negociando su montaje junto a las ruinas de Tamuda, a unos kilómetros de aquí.” Y que “Toda la gestión se hará a través de la empresa HISMA, de la que es socio principal Johannes Bernhardt.”
 
Rosalinda Fox y Sira Quiroga
(Hannah New y Adriana Ugarte)

Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        Rosalinda Fox se va de Tetuán a Madrid un día antes del “3 de septiembre de 1939”, puesto que el 9 de agosto el coronel José Luis Beigbeder había sido nombrado Ministro de Asuntos Exteriores. (Ella vivirá en una onerosa residencia rentada “en la calle Casado del Alisal, entre el parque del Retiro y el Museo del Prado, a un paso de la iglesia de los Jerónimos.” Y Juan Luis Beigbeder “en un destartalado palacete anexo al ministerio”, cuya sede es “el viejo palacio de Santa Cruz”, otrora Cárcel de Corte.) Y no obstante a algunas cartas de Rosalinda Fox enviadas desde España, Sira no la vuelve a ver hasta que de manera furtiva y clandestina el primero de septiembre de 1940 la cita en Tánger, a las 19 horas, en el Dean’s Bar, donde, ocultas en la bodeguita, le propone espiar para los ingleses. Según le dice Rosalinda Fox: “Estamos ayudando a montar en Madrid una red de colaboradores clandestinos asociados al Servicio Secreto británico. Colaboradores desvinculados de la vida política, diplomática o militar. Gente poco conocida que, bajo la apariencia de una vida normal, se entere de cosas y después las transmita al SOE.” O sea: al “Special Operations Executive. Una nueva organización dentro del Servicio Secreto recién creada por Churchill, destinada a asuntos relacionas con la guerra y al margen de los operativos de siempre. Están captando gente por toda Europa. Digamos que se trata de un servicio de espionaje poco ortodoxo. Poco convencional.” Es decir, los ingleses, para que espíe a los militares alemanes, le instalarán un suntuoso taller en Madrid y coserá “para las mujeres de los altos cargos nazis”. Un tanto indecisa ante los argumentos de Rosalinda Fox, Sira Quiroga opta por aceptar tras el consentimiento de su madre, quien se queda a cargo del taller de costura en Tetuán. 
   
Sira Quiroga caracterizando a Arish Agoriuq
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
          Sira, muy elegante y con un ostentoso equipaje, arriba a Madrid, al hotel Palace (repleto de nazis), “un mediodía de septiembre de 1940”. Porta un pasaporte marroquí que acredita su nueva identidad: Arish Agoriuq (su nombre al revés). El lujoso y amplio taller estará en un “alquilado piso en la calle Núñez de Balboa”, donde será asistida por Dora y Martina, “dos jóvenes de diecisiete y diecinueve años que entienden y hablan alemán”, quienes tomarán nota de las habladurías de sus clientas nazis. Durante el previo acopio de las telas y enseres para el taller en Madrid, Sira, en “la Legación Americana en Tánger”, es instruida, en una larga charla, comida y sobremesa, por “Alan Hillgarth, agregado naval de la embajada británica en Madrid y coordinador de las actividades del Servicio Secreto en España.” De todas las instrucciones, con visos de película de espías (ahora Sira es “la agente especial del SOE con nombre clave Sidi y base de operaciones en España”), descuella el modo en que, a través de la representación gráfica del código morse, ella encriptará la información en los contornos de supuestos patrones: de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda. Modalidad que Sira resuelve rápido y con creces.
   
Arish Agoriuq y sus dos asistentes en el taller de Madrid
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
           Pero el episodio más peliagudo de su espionaje para el “Servicio Secreto británico en España”, no ocurre en Madrid, sino en Portugal, donde en Lisboa vive Rosalinda Fox, tras la sonora defenestración de Juan Luis Beigbeder en octubre de 1940. Allí, en dos semanas de mayo de 1941, sola y sin cobertura del espionaje británico, tiene por misión seducir e indagar al empresario y galante Manuel da Silva, pues al parecer está haciendo un doble juego con los ingleses y los alemanes, y ella tiene que indagar qué es lo que maquina con los nazis. (Entretanto, doña Manuela y el par de chicas bilingües, se quedan a cargo del taller de Madrid.) Así que Sira Quiroga, con la máscara y la personalidad de Arish Agoriuq, se acerca a Manuel da Silva dizque para comprarle telas difíciles de adquirir en España, como la seda de Macao.) En ese peligroso espionaje (Manuel da Silva actúa como un frío y sanguinario gánster con dos pistoleros a sueldo) su destino se entrecruza con el destino de Marcus Logan, sin que ninguno de los dos lo haya premeditado. Sira, con habilidad, osadía y suerte, se entera de las menudencias de los secretos y ventajosos contratos con los rústicos propietarios de “unas minas en la Beira”, mismos que orquesta Manuel da Silva para enajenar la venta del wolframio (o “baba de lobo”) sólo a los nazis y al unísono excluir a los británicos y asesinar a varios ingleses entrometidos e indeseables. (Esa palabrita: “wolframio” le evoca a Sira una de las previas indicaciones que le formulara Alan Hillgarth en la Legación Americana en Tánger: “Un mineral de importancia vital para la manufactura de componentes destinados a los proyectiles de artillería para la guerra.”[...] “Recuerde: wol-fra-mio. Y a veces también se llama tungsteno. Aquí está anotado, en la sección Bernhardt —dijo señalando con el dedo el documento”, que ella tendrá que memorizar, con todo el legajo informativo, y luego destruir.) 
   
Sira Quiroga caracterizando a Arish Agoriuq
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
        Pero el colofón de ese capítulo de espionaje lo pergeña Sira Quiroga para reivindicarse a sí misma; por un lado, entregándole a Alan Hillgarth su estropeado “cuaderno de patrones” donde encriptó todas las minucias acordadas entre Manuel da Silva, los mineros de la Beira, los nazis y el empresario alemán Johannes Bernhardt; pormenores de los que no se enteró ni pudo informarle con antelación el curtido y británico agente del SIS (Secret Intelligence Service) que la madrugó, el sagaz y supuesto “pata negra”, el “agente de absoluta solidez con bastantes años de experiencia” con quien ella coincidió en Portugal y regresó a Madrid en un auto durante la madrugada, luego de burlar, en el tren nocturno, a los pistoleros de Manuel da Silva que querían matarla. Por el otro, haciendo coincidir en una reunión, sin advertirles para qué, a Alan Hillgarth y su esposa, a Marcus Logan, y a su padre Gonzalo Alvarado.  
   
Sira y Marcus huyendo de los pistoleros
Fotograma de El tiempo entre costuras (2013-2014)
      Vale concluir la nota diciendo que en el “Epílogo” de El tiempo entre costuras, María Dueñas, a través de su memoriosa protagonista Sira Quiroga, incita al lector a elegir e imaginar cuál pudo ser el destino de ella y Marcus Logan. 



María Dueñas, El tiempo entre costuras. Ediciones Temas de Hoy. 1ª edición mexicana. México, julio de 2010. 640 pp.


********




La vuelta de tuerca

 ¡Y todos tan contentos!

En “diciembre de 1996”, con el número 8 de Clásicos para Hoy, colección editada por la Dirección General de Publicaciones del CONACULTA, se publicó, en la Ciudad de México, La vuelta de tuerca, la traducción que Sergio Pitol hizo de The Turn of the Screw, la celebérrima novela corta del narrador norteamericano Henry James (1843-1916), precedida por una “Presentación” de Carlos Bonfil. Y en “agosto de 2007”, sin ningún prefacio, inició, con el número 1, la colección Sergio Pitol Traductor, editada en Xalapa por la Universidad Veracruzana. Tal serie, “en marzo de 2016”, llegó al número 20 con Crimen premeditado y otros cuentos, título antológico de Witold Gombrowicz. Y en ella Sergio Pitol ha publicado otras dos novelas de Henry James traducidas por él: con el número 16, Washington Square, datada en el colofón “en agosto de 2010”; y con el número 18, Los papeles de Aspern, fechada en el colofón “en agosto de 2012”.
Colección Sergio Pitol Traductor núm. 1
UV/CONACULTA, 2ª ed., México, febrero de 2011
          Coeditada por la UV y la DGP del CONACULTA, en “febrero de 2011” apareció la segunda edición de La vuelta de tuerca en la serie Sergio Pitol Traductor, con un tiraje de nueve mil ejemplares, “más sobrantes para reposición”. Si bien en la cuarta de forros se dice que 1898 es el año de su publicación, en ninguna parte del libro se acredita de qué edición en inglés tradujo el autor de Adicción a los ingleses. Vida y obra de diez novelistas (Lectorum, 2002). Cosa muy distinta ocurre en Vuelta de tuerca, la edición traducida, anotada, recamada y prologada por Juan Antonio Molina Foix, impresa por primera vez en 2004, en Madrid, por Ediciones Cátedra, con el número 372 de la serie Letras Universales, cuya tercera edición data de 2009; la cual resulta, hoy por hoy (pese a alguno que otro yerro y algún error), la versión en español más ambiciosa, informativa y documentada (incluso con una breve iconografía y filmografía). No obstante, vale subrayarlo, con sus ineludibles variantes y diferencias ambas traducciones son excelentes y sugestivas, y, si se quiere, se complementan.

 Colección Letras Universales núm. 372
Ediciones Cátedra, 3ª ed., Madrid, 2009
         Molina Foix apunta que “James acabó de escribir Vuelta de tuerca a finales de noviembre de 1897”. “Que el nuevo director de Collier´s Weekly le había pedido un cuento de ocho a diez mil palabras para el siguiente número navideño, y el relato creció más y más (como era habitual en él) hasta convertirse en una nouvelle que serializó en doce episodios”. Así, “Durante el mes de diciembre James corrigió pruebas y la primera entrega apareció en Estados Unidos el 27 de enero de 1898” y la última en “abril de 1898”. “Simultáneamente depositó una edición del libro en el British Museum para asegurarse el copyright en Inglaterra, pero no llegó a publicarse. Las planchas de esta edición, que contenían el texto completo, se utilizarían más tarde para la primera edición inglesa (Heinemann) de The Two Magics, que incluía a continuación otra historia larga, Covering End, y apareció en octubre de aquel mismo año seguida inmediatamente de otra edición estadounidense (Macmillan).”

“Para estas nuevas ediciones James introdujo algunos cambios [...] Así pues, técnicamente, en 1898 hubo tres ediciones pero sólo dos versiones.” Pero “Las mayores revisiones aparecieron en la llamada edición de Nueva York, que publicó en dicha ciudad Charles Scribner’s Sons en 1908.” “Además [James] incluyó un largo prefacio” del que Molina Foix en su postrero “Apéndice II” tradujo un “extracto”. 
Se entiende, entonces, que “la llamada edición de Nueva York”, y las precedentes, han sido consultas y utilizadas para varias ediciones críticas y canónicas en inglés (semejantes a la edición crítica que el profesor Robert Kimbrough publicó en 1966 en la Universidad de Wisconsin), mismas que Molina Foix consultó y empleó para su ensayo preliminar, para las notas y su traducción de Vuelta de tuerca.
Estreno en Venecia (1954) de The Turn of the Screw, ópera
de Benjamin Britten basada en la novela de Henry James.
(Acto II, escena 8: en primer plano David Hemmings)
Foto en Vuelta de tuerca (2009)
        A estas alturas del siglo XXI, The Turn of the Screw es, quizá, la obra más leída y reeditada de Henry James, la más adaptada al teatro, al cine y a la televisión (pero también a la ópera), la más traducida y sujeta a múltiples lecturas, ensayos e interpretaciones que conforman una basta, laberíntica y polémica biblioteca. De ahí que esto evoque el aserto de Borges sobre Henry James y su obra (que se lee en su prólogo a “La lección del maestro”, “La vida privada” y “La figura en la alfombra”, cuentos de James que integran el número 42 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, libro publicado en Madrid, en 1985, por Hyspamérica): “A diferencia de Conrad o Dickens, no fue un creador de caracteres; creó situaciones deliberadamente ambiguas y complejas, capaces de indefinidas y casi infinitas lecturas. Sus libros, sus muchos libros, han sido escritos para la morosa delectación del análisis.”  

   
Henry James
Retrato de John Singer Sargent (1913)
National Portrait Gallery, Londres
        La vuelta de tuerca
traducida por Sergio Pitol se divide en un proemio sin título y veinticuatro capítulos numerados con romanos. En ese prefacio la voz narrativa, alter ego de Henry James, es la de un hombre que ha transcrito, “muchos años más tarde” y para los anónimos lectores (que son generaciones y generaciones), el viejo y vahído manuscrito que antes de morir le enviara una institutriz a su amigo Douglas, ya fallecido, quien a su vez antes de morir se lo entregó a él. Ese narrador (alter ego de Henry James) dice haber oído, leída en varias sesiones por Douglas, la infausta y horrible historia escrita por la institutriz, cuya “elegante claridad” de voz “parecía comunicar al oído la belleza de la caligrafía de la autora”. Por entonces, el narrador, con un grupo de festivas y bromistas personas, se hallaba en una residencia campestre cercana a Londres dispuestos a escuchar y a regocijarse, alrededor del fuego, con una historia “en vísperas de Navidad”. Douglas les dijo que esa atractiva mujer, muerta “hace veinte años”, también fue institutriz de su hermana; que era diez años mayor que él; que la conoció un verano al regresar de Oxford para sus “segundas vacaciones”, por ende se infiere que Douglas era entonces un adolescente internado en el Trinity College de Oxford (“Yo estaba en Oxford”, dice en la traducción de Pitol; mientras que en la traducción de Molina Foix declara: “Yo estaba en el Trinity”). Y fue en ese período cuando ella le contó a Douglas la historia que años después le enviaría escrita en “un álbum delgado, de estilo antiguo y tapas de un rojo desvanecido”; que él preservó en una gaveta (bajo llave) en su casa de Londres y que hizo traer ex profeso para ser leída ante ese “pequeño círculo”. Según el narrador (alter ego de Henry James), la institutriz tenía veinte años cuando vivió su historia y era “la más joven de varias hijas de un párroco rural” (“una tímida y oscura muchacha salida de una vicaría de Hampshire”, que no obstante tiene sus doctas lecturas). Y un anuncio y la “breve correspondencia con el anunciante” fue lo que la llevó a una regia “casa de Harley Street”, en Londres, donde un caballero (riquísimo, apuesto, elegante y soltero) la contrató, por un jugoso sueldo, para que se hiciera cargo de la educación de sus dos pequeños sobrinos (huérfanos de padres muertos en la India), instalados por el tío en “su residencia campestre, una antigua mansión en Essex”. Allí la joven aya tendrá “la autoridad suprema”, el auxilio del ama de llaves (la señora Grose) y de la servidumbre. Pero la misteriosa prohibición, inalterable e irrevocable (como en un cuento de hadas), es que por ningún motivo debe molestarlo. Ella debe resolver absolutamente todo.
   
Fotograma de The Innocents (GB, 1961)
Filme dirigido por Jack Clayton, basado en
The Turn of the Screw
Guión de Truman Capote, William Archibald y John Mortimer
Actores:
Deborah Kerr, Michel Redgrave, Pamela Franklin y Martin Stephens
Imagen en Vuelta de tuerca (2009)
        Es así que la historia que el desocupado lector lee en los siguientes XXIV capítulos, repleta de insinuaciones, sobreentendidos, elipsis, zonas oscuras y controvertidas, equívocos y ambigüedades (susceptibles de diversas e interminables interpretaciones), y de infalibles vueltas de tuerca, es nada menos que la transcripción del manuscrito de la institutriz hecha por el narrador (alter ego de Henry James), las páginas donde ella narra su punto de vista. En este sentido, Borges, en su prólogo a Los amigos de los amigos (número 23 de La Biblioteca de Babel, libro publicado por Siruela en 1986, en Madrid, que además del cuento que le da título contiene otros tres relatos de Henry James: “La vida privada”, “Owen Wingrave” y “La humillación de los Northmore”), sigue diciendo: “Fue un insuperado maestro de la ambigüedad y de la indecisión, tan cotidianas hoy en el arte. Antes de James, el novelista era un ser omnisciente, que penetraba hasta en los sueños del alba, que el hombre olvida al despertar. Partiendo, acaso sin saberlo, de la novela epistolar del siglo XVIII, James descubre el punto de vista, el hecho de que la fábula se narra a través de un observador, que puede y suele ser falible. Este observador define a los otros, pero, sin darse cuenta, está definiéndose. Los lectores de James se ven obligados a una continua y lúcida suspicacia que, a veces, constituye un deleite y otras su desesperación. El texto puede falsear los hechos, o no entenderlos, o sencillamente mentir.” 
   
Lamb House, casa de Henry James en Rye, Sussex
Foto en Vuelta de tuerca (2009)
        La historia de horrorosísimos y silenciosos fantasmas que aparecen y desaparecen —que evoca, matiza y comenta la institutriz—, ocurrió hace mucho tiempo en esa antigua casona alejada del pueblo, que posee un parque propio, ambientación victoriana, “habitaciones vacías”, “oscuros corredores”, “escaleras crujientes”, y dos torres con almenas (características de la arquitectura neogótica), que al principio le parece “la visión de un castillo de novela, habitado por un hada color de rosa, de un lugar con todo el colorido de los libros de historias fantásticas”. Y se sucedió entre junio y noviembre de un año quizá de mediados de siglo XIX, pues en el capítulo IX dice que “Había en Bly [el nombre de la residencia] una habitación llena de libros antiguos, novelas del siglo pasado, alguna de las cuales conocía de oídas”; y “que el libro que tenía en la mano era Amelia, de Henry Fielding”, del que según la nota de Juan Antonio Molina Foix es la “Última novela de Henry Fielding (1707-1754), publicada en 1751”. 
   
Vestíbulo de Lamb House
Foto de Alvin Langdon Coburn en
Vuelta de tuerca (2009)
        Ya sea que lo invente por una insondable maleficencia o que lo alucine por un tipo de psicosis (o por una mezcla de ambas cosas) —¿o acaso se trata de una inescrutable e inefable posesión demoníaca?—, la institutriz dice ver ciertas apariciones y desapariciones de los fantasmas de Peter Quint y de la señorita Jessel, cuyos nombres, detalles físicos (ambos eran hermosos) y supuesta concupiscencia, maldad y perversidad (e implícita y tácita lascivia) elabora con sus palabras y supuestos y condimenta con lo que le informa y aporta la señora Grose. Es decir, la señora Grose (quien otrora fue doncella de la madre del tío) es brutalmente analfabeta y cree en la presencia de los malignos fantasmas, pero no los ve; y al parecer se deja inducir, asustar y sugestionar por lo que le dice y le puntualiza la joven aya, quien suele conjeturar, adjetivar y mentir sobre las apariciones y sus presuntos maléficos objetivos. Pero la señora Grose, como si le echara fuego al fuego, además de darle los nombres, es quien le dice que la señorita Jessel era la anterior institutriz (“una dama”) y Peter Quint un empleado de menor rango (“atrozmente plebeyo”), que sostenían una cuestionable relación (se infiere que erótica y clandestina), que murieron en extrañas circunstancias (él al parecer en un accidente ocurrido durante una alcoholizada parranda o quizá asesinado), y que “Ambos eran infames”, malvados, sin escrúpulos, capaces de cualquier cosa, sobre todo Peter Quint, quien solía pasar mucho tiempo con el niño, y etcétera, etcétera, como la alharaquienta lengua viperina de la chiquilla: “dice cada cosa”; “cosas que rebasan todo límite, algo inconcebible en una niña. No sé dónde pudo haberlo aprendido.” O el supuesto hecho de que “Miles puede ser malo” y que para ella “no es un niño”.
 
Deborah Kerr
Fotograma de The Innocents (GB, 1961)
Imagen en Vuelta de tuerca (2009)
       El primer fantasma que ve la institutriz se le aparece, según narra, en lo alto de la torre vieja, mientras ella, una tarde, pasea por el jardín de la residencia. Al respecto, al principio del capítulo IV dice: “No se me puede culpar de que no esperara más en aquella ocasión, pues permanecí tan firmemente plantada en el suelo como estremecida. ¿Existía un secreto en Bly... quizá un familiar inmencionable recluido en un insospechado confinamiento? No puedo decir cuánto tiempo permanecí en aquel lugar asaltada por una mezcla de curiosidad y temor; sólo recuerdo que cuando volví a la casa era ya noche cerrada. La agitación se había apoderado de mí, pues debí de caminar cerca de tres millas dando vueltas alrededor.” Pero el caso es que esa pregunta que se hace la institutriz en la traducción de Molina Foix se lee así: “¿Había un ‘secreto’ en Bly... un misterio como el de Udolfo o un familiar loco, del que no se podía hablar, que estaba recluido en un lugar desconocido?” En cuyo inicio de su correspondiente nota dice Molina Foix: “En la célebre novela gótica de Ann Radcliffe The Mysteries of Udolpho (1794), la heroína, una virtuosa doncella huérfana, perseguida y ultrajada por un cruel villano, huye de un tenebroso castillo en los Apeninos para caer en otro no menos siniestro, repleto de portentos y horrores, de los que sólo se librará al esclarecer finalmente un secreto que estaba envuelto en el misterio de su nacimiento. En Jane Eyre [novela de Charlotte Brontë publicada en 1847], la heroína es una institutriz huérfana que se enamora de su siniestro y sarcástico patrón y, cuando están a punto de casarse, descubre que éste oculta a su esposa, loca de atar, en el piso superior de su mansión.”


Fotograma de The Innocents (GB, 1961)
Imagen en Vuelta de tuerca (2009)
     Flora, la niña, tiene ocho años; y Miles, el niño, es un poco mayor. Ambos son bellísimos, angelicales, principescos, con un encanto consubstancial y una conducta casi bien portada e irreprochable, e incluso son cultos, si se piensa en el oído para la música que tiene él (toca el piano) y en las representaciones teatrales a las que suelen jugar (“personajes de Shakespeare”, por ejemplo), pese a que la niña al principio (¡oh contradicción!) todavía hace elementales ejercicios de caligrafía. Y casi al inicio del arribo de la institutriz, Miles llega del internado escolar para pasar las vacaciones del verano. Pero el oscuro y enigmático meollo es que una carta del colegio informa que el niño ha sido expulsado. Las causas de la perentoria expulsión nunca llegan a conocerse; pero las hipótesis y las calenturientas cavilaciones de la institutriz y las maledicentes afirmaciones de la señora Grose en torno a que “Miles puede ser malo” y a que Peter Quint “lo echaba a perder” (¿lujuriosamente?), hacen suponer, a priori, que Miles dijo o hizo algo reprobable, soez e inmoral (quizá lascivo), si es que la expulsión no encubre una perniciosa calumnia o una especie de intolerante mojigatería puritana o de bullying parecido al acoso que sufre Pinocho cuando en la escuela, en su afán de dejar de ser un muñeco de madera y de convertirse en niño, estudia y se porta bien.
   
Ingrid Bergman
Fotograma de The Turn of the Screw (EU, 1959).
Episodio de la serie de TV Ford Star Time, escrito por
James Costigan, dirigido por John Frankenheimer y
protagonizado por Ingrid Bergman.
Imagen en Vuelta de tuerca (2009)
      Según lo que formula la institutriz (con hipótesis e infundios), los horrorosos espectros: el de Peter Quint y el de la señorita Jessel, reflejan y translucen perversidad y maldad, características que, según la señora Grose, tenían en vida. Peter Quint, supuestamente, busca y se le aparece a Miles. Y la señorita Jessel busca y se le aparece a Flora, quien, según dice la institutriz, finge, ante ella, no advertir la presencia de la aparición cuando está próxima. Y, según dictamina, además de que el cometido final de los espectros es apoderarse de los niños y destruirlos, constantemente se aparecen y están con ellos. “Por amor a toda la maldad que, en aquellos días terribles, la pareja inculcó en ellos. Y para jugar con ellos y con esa maldad, para preservar su obra demoníaca. Es por eso que vuelven.” Dice. Y conjetura (o inventa) que los chiquillos, entre sí, cuchichean y hablan en secreto de las apariciones. La vuelta de tuerca de esto es el hecho, incontestable, de que los escuincles no ven tales fantasmas; y que éstos, por ser los espíritus de Peter Quint y de la señorita Jessel, que están muertos y enterrados, les resultan espeluznantes y sumamente aterradores. El terrorífico episodio que le corresponde a Flora (quien grita y se aleja ipso facto de la institutriz y cae enferma) implica que no quiera volver a verla ni hablar con ella, y que la señora Grose se vea persuadida y moralmente obligada a llevársela con prisa de allí (rumbo a la casa del tío en Londres). Mientras que el patético, horrorosísimo e indeleble episodio que le corresponde a Miles, pese a su inteligencia y precoz suspicacia, culmina con un pavoroso colapso que le corta la vida en un tris. 



Fotograma de The Turn of the Screw (EU, 1959)
Imagen en Vuelta de tuerca (2009)




Henry James, La vuelta de tuerca. Traducción del inglés al español de Sergio Pitol. Colección Sergio Pitol Traductor núm. 1, UV/CONACULTA. 2ª edición. México, febrero de 2011. 160 pp.
Henry James, Vuelta de tuerca. Edición, ensayo, notas y traducción del inglés al español de Juan Antonio Molina Foix. Iconografía en blanco y negro. Colección Letras Universales núm. 372, Ediciones Cátedra. 3ª edición. Madrid, 2009. 304 pp.