jueves, 19 de diciembre de 2019

Gaspar, Melchor y Baltasar



        Nació de una ternera virgen a la que fecundó un trueno


I de III
En 1980, Michel Tournier (París, diciembre 19 de 1924-Choisel, enero 18 de 2016), en Éditions Gallimard, publicó, en francés y en Francia, su novela Gaspard, Melchior & Balthazar; y traducida al español por Carlos Pujol en 1996 apareció en España editada por Edhasa. Se trata, como lo indica el sonoro título, de una obra sobre los legendarios y míticos tres Reyes Magos, cuyo punto nodal es la noche de la Adoración, en un humilde pesebre de Belén, prosternados a los pies de José, de María y del recién nacido Niño Jesús, a quien le entregan, signados por una deslumbrante estrella en el cielo, el oro, el incienso y la mirra.
Narrativas contemporáneas núm. 147, Edhasa
Barcelona, mayo de 1996
Michel Tournier, desde luego, no hizo una novela de acérrima fe católica o cristiana, sino una obra fantástica, extraordinaria, libre, caprichosa, repleta de minucias y episodios lúdicos, poéticos y palimpsésticos, en cuyo trasfondo y tesitura circulan y laten una serie de mitos, leyendas, tradiciones, atavismos, supercherías, usos, costumbres, faunas, floras, geografías, arquitecturas, ruinas arqueológicas, historias, libros sagrados y no, Evangelios apócrifos, collages; en este sentido, en su postrero “Post-scriptum” alude cierta bibliografía que alimentó su imaginación y trascribe los versículos de “San Mateo, capítulo 2”, los únicos pasajes de la Biblia donde escuetamente se habla de los Magos de Oriente y su ofrenda.
Michel Tournier
Los tres primeros capítulos de la novela son: “Gaspar, rey de Meroe” (en el actual Sudán), “Baltasar, rey de Nippur” (en el actual Irak) y “Melchor, príncipe de Palmirena” (en la actual Siria). Cada uno traza los rasgos personales y las características biográficas e incidentales de cada majestad y las distintas e intrínsecas razones que los mueven y hacen viajar a Hebrón, donde coinciden —sin antes conocerse ni tener noticia uno de otro ni del Niño que pronto nacerá en un establo de Belén—. Y luego, ya juntos, se encaminan a Jerusalén, donde Herodes, rey de los judíos, los acoge en su palacio, opulento y espectacular lugar en el que impera una atmósfera de terror y sangrienta crueldad. 
Después de diez días de ser huéspedes en su gigantesco palacio, el viejo y enfermo Herodes por fin los recibe en una audiencia y con un fastuoso banquete, donde la voz narrativa y el propio monarca empiezan a esbozar las siniestras y macabras peculiaridades de su genocida, autoritario e intolerante poder (tiene 74 años de edad y 37 en el trono). Posee ojos y oídos por todas partes (incluso bajo las piedras y en los recodos de los caminos), por ende conoce la catadura y las secretas e íntimas pulsiones de los tres soberanos que lo visitan. Herodes ordena que “el narrador oriental Sangali”, con su laúd, les narre una historia sobre “un rey que ya es viejo y que se preocupa por su herencia”; pero ante todo lo amenaza con desorejarlo, si no lo hace reír o si delata “algún secreto de Estado”. Tal historia se titula “Barbadeoro o la sucesión”; es el cuarto capítulo de la novela y es un cuento maravilloso, urdido en la mejor tradición de las narraciones de origen oral compiladas en Las mil y una noches y por ende es sólo una gota de oro del excepcional talento narrativo de Michel Tournier. 
Prosigue el quinto capítulo de la novela: “Herodes el Grande”, que bosqueja el origen marginal y no judío del déspota, su cruento itinerario, su maligna entraña (“la ley del poder: ser el primero en matar a la menor duda”), la infeliz disgregación y eliminación de su consanguínea estirpe, y el hecho de que ya es un viejo achacoso y enfermo. Y dado que no confía en nadie de sus allegados y colaboradores, nombra, con su latente e implícita amenaza asesina, “plenipotenciarios del reino de Judea”, al negro Gaspar, al anciano y culto Baltasar y al joven y desposeído Melchor. Su misión: averiguar el secreto de su sucesión; pues Manahem, su nigromante, además de señalarle la aparición del “astro nuevo y caprichoso” (que desde sus respectivas e íntimas razones y vórtices geográficos siguen Gaspar y Baltasar, pero no Melchor), le habló de “una profecía de Miqueas que sitúa en Belén —pueblo natal de David— el nacimiento del salvador del pueblo judío.” 
“Id allí [les ordena], cercioraos de la identidad y del lugar exacto del nacimiento del Heredero. Prosternaos en mi nombre ante él. Y luego volved para contármelo todo. Sobre todo no dejéis de volver aquí [...] No se os ocurra traicionarme, ¿me oís? Creo haber hablado con mucha claridad esta noche, evocando para vosotros algunos episodios de mi vida. Sí, es cierto, tengo ya la costumbre de que me traicionen, siempre he sido traicionado. Pero ahora vosotros lo sabéis: cuando me engañan, me vengo, y aprisa, sin compasión. Os ordeno... no, os conjuro, os suplico: haced que en el umbral de mi muerte, una vez, una sola vez, no sea traicionado. Hacedme este último óbolo: un acto de fidelidad y de buena fe, gracias al cual no entraré en el más allá con un corazón totalmente desesperado.”
El sexto capítulo de Gaspar, Melchor y Baltasar se titula “El asno y el buey” y es una especie de fábula. Se trata de dos animales privilegiados por Dios, pues a tal buey y a tal borrico les toca, allí en el improvisado y humilde establo de Belén, ser testigos del nacimiento del Niño Jesús (mientras en el pueblo se sucede el censo de los judíos y por lo tanto proliferan los numerosos y efímeros fuereños). “El buey”, su breve preludio, es una especie de proemio donde la omnisciente y ubicua voz narrativa comienza diciendo no sin translúcida, agnóstica y lúdica acritud: “El asno es un poeta, un literato, un charlatán. El buey no dice nada. Es un rumiante, un meditativo, un taciturno. No dice nada, pero eso no quiere decir que no piense. Reflexiona y recuerda. Imágenes inmemoriales flotan en su cabeza, pesada y maciza como una roca. La más venerable viene del antiguo Egipto. Es la del Buey Apis. Nació de una ternera virgen a la que fecundó un trueno. Lleva una media luna en la frente y un buitre en el lomo. Bajo su lengua está oculto un escarabajo. Le alimentan en un templo. Después de eso, ¿verdad?, un pequeño dios nacido en un establo de una doncella y del Espíritu Santo no va a sorprender a un buey.”
Pero el meollo de tal capítulo se lee en lo que “El asno dice”, pues allí, el hablantín y reportero burro, llamado Kadi Chuya (“el sabio que no es nada”), narra ciertos pormenores de la Natividad, como son la aparición del cometa que en el misterio de la bóveda celeste señala e ilumina el sitio exacto del nacimiento (porque en la novela de Michel Tournier la luminosa estrella tiene cauda):
“Y bruscamente, en un momento, se produjo un acontecimiento formidable. Un estremecimiento de alegría irreprimible recorrió el cielo y la tierra. Un rumor de alas innombrables demostró que nubes de ángeles mensajeros se lanzaban en todas direcciones. La paja que nos cubría quedó iluminada por la deslumbrante luz de un cometa. Se oyó la risa cristalina de los arroyos y la majestuosa de los ríos. En el desierto de Judá un leve temblor de la arena cosquilleó los costados de las dunas. Una ovación que ascendía los bosques de terebintos se mezcló con los aplausos ahogados de los búhos. La naturaleza entera exultaba.
Natividad mística (temple sobre lienzo, 1500)
Sandro Botticelli (1445-1510)
Galería Nacional de Londres
“¿Qué había pasado? Casi nada. Se había oído, saliendo de la cálida sombra de la paja un ligero grito, y desde luego aquel grito no era ni del hombre ni de la mujer. Era el dulce vagido de un niño pequeñísimo. Al mismo tiempo una columna de luz apareció en medio del establo, el arcángel Gabriel, el ángel de la guarda de Jesús, ya estaba allí, y en cierto modo tomaba la dirección de las operaciones. Además, la puerta no tardó en abrirse, y se vio entrar a una de las criadas de la posada vecina, que llevaba apoyado en la cadera un lebrillo de agua tibia. Sin vacilar, se arrodilló y bañó al niño. Luego lo frotó con sal, a fin de fortalecerle la piel, y una vez envuelto en pañales, lo tendió a José, quien se lo puso sobre las rodillas, señal de reconocimiento paternal.”
Y además de varias digresiones de sabiondo testigo y clarividente y de otras proverbiales y coloridas anécdotas relativas a la Natividad, el parlanchín borrico testimonia que fue el arcángel San Gabriel quien “convenció a los Reyes Magos para que no fueran a informar a Herodes, y además organizó la huida a Egipto de la pequeña familia”.



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El azúcar salado es más azucarado que el azúcar azucarado

                                  
II de II
“Taor, príncipe de Mangalore” es el séptimo y último capítulo de Gaspar, Melchor y Baltasar (Edhasa, Barcelona, 1996), novela de Michel Tournier, y se divide en dos partes. En la primera: “La edad del azúcar”, se narran las singularidades personales y biográficas de Taor, joven y caprichoso príncipe de veinte años, aficionado a los dulces y pasteles, cuya madre, la maharaní Taor Mamoré, procura mantenerlo frívolo y alejado del poder que ella ostenta y manipula. Siri Akbar, el esclavo y ambicioso consejero del príncipe Taor, le hace probar “un rahat-lukum de pistacho” (un laborioso cubito de azúcar con sabor a pistache), comprado en un cofrecillo a “unos navegantes árabes”. Tal dulcecillo encandila al joven e infantil Taor y quiere conocer la receta. Así que Siri, previsible, hizo que “dos hombre suyos” se embarcaran con los navegantes árabes en busca de la fórmula. Al cabo de varios meses de navegación y rastreo terrestre, los enviados regresan hasta la costa Malabar, al reino de Mangalore (en la actual India), sin la receta del rahat-lukum de pistacho, pero con dos cosas. Una es la noticia, oída entre los “anacoretas, estilistas y profetas solitarios” de “las tierras áridas de Judea y en los montes desolados de Neftalí”, de “la invención inminente de un manjar trascendente” que creará “el Divino Confitero”, a quien “Se le esperaba incesantemente en el pueblo de Judea, y algunos pensaban, apoyándose en ciertos textos sagrados, que nacería en Belén, un pueblo situado a dos días de camino al sur de la capital, donde había visto la luz el rey David.” La otra es un rústico tarro donde le trajeron al príncipe la golosina con que se alimentan tales ermitaños: “saltamontes confitados en miel silvestre”, que a Taor, tras catar y paladear, le hace decir y repetir en coro con sus rebuznantes súbditos: “El azúcar salado es más azucarado que el azúcar azucarado”. Es así que el joven Taor tiene la idea de una expedición (que aprueba su madre con tal de alejarlo del cetro y del trono) en busca de esas “maravillas que sólo se encuentran en el Occidente”, y de paso quizá hallen el “secreto del rahat-lukum” y algunos otros. Son cinco barcos, cada uno con un elefante, los que acometen esa travesía, esa miliunanochesca aventura que va del puerto de Mangalore al Mar Rojo y luego hasta el puerto idumeo de Elat, donde dejarán los navíos y en una caravana emprenderán la ruta a Belén. 
Son muchos los pormenores de esa aventura, no exenta de peligros y pérdidas (por ejemplo, un barco queda a la deriva con el paquidermo consumido por los quebrantahuesos; la elefanta albina se convierte en diosa de una tribu de baobalíes; otro elefante muere, en el camino a Belén, por el ataque de feroces avispas; y los dos últimos fallecen petrificados por las saladísimas aguas del Mar Muerto). Baste decir que en Etam, en torno a los estanques llamados pilones de Salomón, Taor se encuentra con Gaspar, Melchor y Baltasar, quienes le testimonian sobre quien aún supone “el Divino Confitero”: “Es un niño muy pequeño nacido sobre la paja de un establo, entre un buey y un asno”. Y además de que Melchor le dice que “el arcángel San Gabriel, que hacía de mayordomo del Pesebre”, les recomendó no regresar ni pasar por Jerusalén porque “Herodes albergaba intenciones criminales respecto al Niño”, cada uno le narra lo vivido ante el bebé, la entrega del correspondiente tributo (el oro, el incienso y la mirra) y la incidencia de su divino influjo en la secreta psique y código existencial de cada uno. De modo que tras oírlos, Taor colige que el Niño responde “con exactísima adivinación de nuestra íntima personalidad. Por eso lo que dice a uno en el secreto de su corazón es ininteligible para los demás.” 
Es así que el viejo, opulento y culto Baltasar, rey de Nippur, quien otorgó la mirra (un bloque guardado desde infancia que le regalara el entomólogo Maalek, especializado en mariposas) y quien en contra de la intolerante y violenta religión iconofóbica de su reino (ubicado en las inmediaciones del Éufrates, cerca de la actual Bagdad) por más de 50 años ha sido un coleccionista de arte al que sus fanáticos súbditos recién le destruyeron su museo (el Balthazareum), se propone reconstruirlo, pero no con “obras modernas”, sino con “las primeras obras maestras del arte cristiano”. Y “la primera pintura cristiana” será, le dice, “La Adoración de los Magos, tres personajes cargados de oro y de púrpura que vienen de un Oriente fabuloso para prosternarse en un miserable establo ante un niño recién nacido.” 
La Adoración de los Reyes Magos (óleo sobre tabla, 1504)
Alberto Durero (1471-1528)
Galería de los Oficios de Florencia
El príncipe Melchor, veinteañero, despojado, desterrado y fugitivo, que depositó “a los pies del Niño la moneda de oro acuñada con la efigie” de su padre, el rey Teodemo (recién envenenado por su tío Atmar, príncipe de Hama), que además, le dice, “Era mi único tesoro, el único documento que atestiguaba mi calidad de heredero de Palmira” (en la actual Siria), le narra que renuncia a tal reino para ir en pos del reino que le “prometió el Salvador. Me retiraré al desierto con mi fiel Baktiar [su tutor y único acompañante a pie]. Fundaremos una comunidad con todos los que quieran unirse a nosotros. Será la primera ciudad de Dios, toda ella recogida en la espera del Advenimiento. Una comunidad de hombres libres cuya única ley común será la ley del amor...”
Por su parte, Gaspar, rey de Meroe (en el actual Sudán), que es de raza negra, muy rico, sujeto de epifanías y observador de secretas visiones fantásticas, quien emprendió el viaje desde su palacio-fortaleza con una caravana de camellos, le testimonia: 
“Al acercarme al Pesebre, deposité en primer lugar el cofrecillo de incienso a los pies del Niño, único ser en verdad que merece ese homenaje sagrado [‘El incienso armoniza con la corona, como el viento con el sol’]. Me arrodillé. Toqué con mis labios mis dedos, e hice ademán de enviar ese beso al Niño. Sonrió. Me tendió los brazos. Entonces supe lo que era el encuentro total del amante y del amado, esa veneración temblorosa, ese himno de júbilo, esa fascinación maravillada.
“Y había algo más que para mí, Gaspar de Meroe, sobrepasaba a todo en belleza, una sorpresa milagrosa que la Sagrada Familia evidentemente había preparado pensando tan sólo en mi llegada.”
Y esto es que Gaspar, nativo de la desértica África negra en las inmediaciones del Nilo, ve un “Jesús negro”, un bebé africano de nariz chata, hijo de María y José, que son blancos. Pero el efecto es que inducido por esa “primera lección de amor cristiano”, decide brindarles la libertad a una pareja de rubios y blancos fenicios, esclavos suyos, prisioneros en su fortaleza (donde en su harén tiene 17 mujeres negras), tras descubrir que no eran hermanos y que ella, Biltina, lo engañaba y traicionaba con él. Doloroso y ferviente amor no correspondido (Biltina, además, vomita de asco tras la primera cópula), que fue el leitmotiv que le hizo emprender, como una especie de terapia, la expedición en pos del cometa, el astro cabelludo, con “melena dorada”, del que le habló y señaló Barka Mai, su astrólogo de cabecera, quien oyó el anuncio de un viajero llegado “de las fuentes del Nilo”.  
Al día siguiente, Taor, que dice entender poco de los propósitos de cada monarca (“El arte, la política y el amor”), toma el camino a Belén con su caravana, porque supone que el Niño tiene una respuesta sólo para él (“El Niño me espera con su respuesta ya preparada para el príncipe de lo azucarado, que acude a él desde la costa de Malabar”). Y ya en Belén, con su séquito (quedan dos elefantes que asombran a la alharaquienta prole de chiquillos callejeros), el posadero que dio cobijo a José y a María en un improvisado y aledaño establo le informa que, tras el “censo oficial”, la pareja, con el bebé, debió tomar el camino “a Nazaret, de donde habían venido”. Pero “la moza de la posada”, que asistió el parto, le dice que los oyó decir “que iban a descender hacia el sur, en dirección a Egipto, para escapar a un gran peligro del que alguien les había avisado”. Taor se acuerda de la amenaza de Herodes y Siri Akbar, a quien le urge el regreso, le recomienda tomar “a la vez la dirección de Elat y la de la huida de la Sagrada Familia”. 
Pero ya a esas alturas del viaje, Taor ha madurado lo suficiente para deducir que “El Salvador no es como nosotros suponíamos”, que no se trata del Divino Confitero al que iban a ofrendar con las golosinas que llevan consigo. Así que antes de partir, decide deshacerse de toda esa carga organizando un gran banquete para los niños de Belén mayores de dos años. “En el bosque de cedros que domina la ciudad”, levantan un campamento y sus pasteleros y confiteros preparan esa merienda nocturna, cuyo meollo de las delicias es el pastel gigante que transportan cuatro hombres en una camilla, “obra maestra de la arquitectura repostera”, pues “estaba formado por almendrado, mazapán, caramelo y fruta escarchada, una fiel reproducción en miniatura del palacio de Mangalore, con estanques de jarabe, estatuas de membrillo y árboles de angélica. Ni siquiera habían olvidado a los cinco elefantes del viaje, modelados en pasta almendrada con colmillos de azúcar cande.”
Cuando el festín está en su apogeo y los chiquillos se dan la gran vida, oyen “el eco lejano de un gran clamor doloroso que venía de la invisible aldea” de Belén. Y es el esclavo Siri Akbar, “irreconocible, manchado de ceniza y de sangre, con las vestiduras desgarradas”, el que llega y le informa: “Hace una hora que los solados de Herodes han invadido la aldea, y matan, matan, matan sin compasión”. “Parecen tener órdenes de no dar muerte más que a los niños varones de menos de dos años.” 
La matanza de los inocentes, según un códice del siglo X
Y con tal convite y sangrienta matanza concluye para Taor, príncipe de Mangalore, “el fin de una edad, la del azúcar”.



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Era agua dulce, la primera gota no salada que bebía

                                  
III de III
La última y segunda parte del séptimo y último capítulo de Gaspar, Melchor y Baltasar (Edhasa, Barcelona, 1996), novela de Michel Tournier, se titula: “El infierno de la sal” y es un descenso al fondo del laberíntico, subterráneo, espeluznante, salino y oscuro infierno. “En Belén —dijo sombríamente Siri— franqueamos las puertas del Infierno. Desde entonces no dejamos de adentrarnos en el Imperio de Satán.”
La matanza de los inocentes
Después de la sádica y horrenda matanza en Belén de los niños menores de dos años “ejecutada por la legión cimeria de Herodes, un cuerpo de mercenarios de roja pelambrera”, el esclavo Siri Akbar, ansioso por regresar al puerto de Elat (donde se hallan los restantes cuatro navíos de la expedición que partió de la costa de Malabar, precisamente del puerto de Mangalore), le sugiere al príncipe Taor, que para eludir “las guarniciones militares de Hebrón y de Beersheba”, tomen el camino hacia la “aridez del desierto de Judá y de las estepas del Mar Muerto”. 
Y es allí, en los saladares del Mar Muerto (“que el profeta llamó ‘el gran lago de la cólera de Dios’), donde erigen un efímero campamento y mueren, tras bañarse en las mortíferas y saladas aguas, los dos últimos paquidermos (“dos enormes hongos de sal en forma de elefante se habían añadido a las demás concreciones salinas que llenaban la playa”). 
Luego de varios días de caminar en tal ámbito solitario y deletéreo, llegan a un paraje de “acantilados gigantescos perforados por grutas, algunas de las cuales [tiempo ha] habían debido de estar habitadas.”
Y más adelante, donde las “orillas del lago [el Mar Muerto] se iban acercando”, arriban a una magnífica ciudad desierta que parece haber sido “fulminada en un instante”. “Ni un ruido, ni un movimiento despertaban a esa inmensa necrópolis”, que Siri califica como el “último círculo del infierno”. En el resto de un altar de piedra de un derruido templo, Taor ordena y proclama la libertad de su séquito: “Esclavos, os doy la libertad”. Y durante la noche, mientras duermen en los escombros de una quinta, Taor ve, entre el sueño y la vigilia, a un hombre alto, con ropas negras seguido por un hombre desnudo, despellejado y teñido de rojo sangre y con un “pesado bastón en la mano”. El hombre de negro los hojea con una linterna y les da la socarrona bienvenida. “¡Nobles extranjeros —dijo—, sed bienvenidos en Sodoma!” 
Tras el amanecer y haber percibido y oído una ferviente y apresurada actividad nocturna en las calles de Sodoma, Taor advierte que sus hombres, ahora libertos, se han marchado a hurtadillas y que sólo resta uno: Draoma, que también se hubiera ido, pero por ser el “tesorero-contable de la expedición”, tuvo que quedarse porque está obligado a rendir cuentas a la maharaní Taor Mamoré, madre del príncipe. 
Ya en camino y por “el sur de la ciudad” los atrae un rumor en una explanada donde, en una caravana de camellos que transportan sal, un hombre, a instancias a otro que lleva “anudado a la cintura el rosario de calcular de los mercaderes”, es detenido y llevado “ante el juez de los miércoles”, pues por sus deudas, será juzgado y condenado a las minas de sal. Taor y Draoma se introducen entre la multitud que mira el subterráneo y perentorio juicio. El príncipe observa que el acusado tiene mujer y cuatro hijos pequeños. Levanta la mano y solicita pagar la deuda. El juez y el mercader convienen en que 33 talentos la saldan. Taor ordena a Draoma que pague, pero el dinero resulta mínimo. La gente se ríe de él. Taor vuelve a pedir la palabra; y dado que es joven (tiene 20 años) y fuerte y no tiene familia, se ofrece para cumplir la condena. El juez acepta. El acusado celebra la libertad con sus seres queridos y los verdugos empiezan a colocar grilletes en los pies de Taor, quien se despide de Draoma y le indica que se lleve el resto del dinero y que allá, en el reino de Mangalore (en la actual India), no diga nada de lo ocurrido. Cuando éste ya se ha marchado, Taor, cándido e ignorante, le pregunta al juez, quien “ya estaba estudiando el legajo de otro asunto”, por el tiempo que necesita un preso salinero para pagar 33 talentos. La respuesta literalmente lo derrumba y deja inconsciente: “¡Pues nada más sencillo de calcular, treinta y tres años!”
A partir de ese momento los días y las condiciones físicas de Taor se hacen auténticamente infernales. Michel Tournier, con su extraordinario poder imaginativo y narrativo (magnético, muy visual, y repleto de múltiples menudencias y detalles), cuenta las mil y una peripecias de ese avérnico y doloroso drama, salpimentado por las descripciones de las subterráneas galerías y de las orillas del Mar Muerto (en cuyas mortíferas aguas se realiza una letal pesca) y por los relatos de los atavismos, las costumbres y la vida social de los sodomitas (“la sodomía gozaba de particular favor entre las mujeres”). Primero porque ese subterráneo laberinto de minas salineras (97 minas, cuya carga transportan “las dos caravanas que cada semana salían de Sodoma”) se halla precisamente bajo las calles y construcciones de esa “ciudad maldita”, donde todos son sodomitas, “habitantes secretos”, ignorados por sus vecinos (en “virtud de una convención tácita”), “supervivientes de una población exterminada por el fuego del cielo mil años atrás”, quienes rinden culto a una fémina: “la esposa de Lot”, “aquel sodomita, que había renegado de su ciudad y elegido el bando de Yahvé, y que luego había sido embriagado y violado por sus propias hijas”.
Taor, porque así es la regla carcelaria, es recluido en una celda individual para evitar “la gran crisis inicial de la desesperación”. Encierro que puede durar “de seis días a seis meses”; al preso, además, “Si era necesario, le alimentaban a la fuerza por medio de una cánula”. Y más aún, “el salinero no debía volver a ver la luz del sol antes de cinco años” y la dieta de siempre se limita a dos invariables cosas: “salazón de pescado y agua salobre”. Y es ahí donde “Taor, —el príncipe del azúcar— fue donde tuvo que hacer la reforma más penosa de sus gustos y costumbres. Desde el primer día tuvo la garganta inflamada por una sed ardiente, pero aún no era más que una sed de garganta, localizada y superficial. Poco a poco desapareció, pero para ser sustituida por otra sed, menos dolorosa quizá, pero más profunda, esencial. Ya no eran su boca y su garganta las que reclamaban agua dulce, era todo su organismo, cada una de sus células que sufrían una deshidratación fundamental y se reunían en un clamor silencioso y unánime. Sabía bien que esa sed, cuando la oía surgir en su interior, iba a necesitar todo el resto de su vida para saciarse, si le ponían en libertad antes de su muerte.”
“La mina”, dice la omnisciente y ubicua voz narrativa, “no deja fácilmente a los que la sirven. El fuerte sol, al cual aquellos hombres ya no estaban acostumbrados, les quemaba la piel y los ojos, y tenían que volver a la penumbra subterránea con lesiones cutáneas o una oftalmia incurables. El colmo de la degeneración era adaptarse a la degeneración hasta el punto de que cualquier mejora resultaba imposible. Bajo la acción permanente de la humedad saturada de sodio, algunos mineros veían cómo su piel de desgastaba, se hacía más delgada, hasta convertirse completamente diáfana —como la que recubre una herida recién cicatrizada—, y eso les hacía parecer despellejados. Les llamaban los hombres rojos, y uno de ellos era el que había visto Taor la noche en que llegó a Sodoma. Generalmente iban desnudos —porque no soportaban ninguna ropa, y menos aún las de la mina, que debido a la sal eran muy ásperas—, y si se aventuraban a salir al exterior era en plena noche, por horror al sol. Sin duda debido a sus orígenes indios, Taor no conoció esa excoriación general, pero sus labios se apergaminaron, la boca se le resecó, los ojos se le llenaron de purulencias que no dejaban de supurar a los largo de las mejillas. Al mismo tiempo veía desaparecer su vientre, y el cuerpo se le convirtió en el de un viejo encorvado y encogido.”
Pasan los años y durante una breve semana, Taor tiene por compañero de celda a un tal Cleofante, “oriundo de Antioquía de Pisidia, ciudad de la Frigia gálica”, quien se dice “confitero de oficio” y “especialista en dulces orientales”. Una noche, Taor le pregunta por el rahat-lukum; y Cleofante, que es hablantín y detallista, les explica el proceso de elaboración de esa delicia, incluida la variedad del “rahat-lukum con pistacho”, que otrora incitó al príncipe de Mangalore a emprender su lejana expedición en busca del Confitero Divino.
Pero el encuentro trascendental en las infernales minas de Sodoma le ocurre a Taor cuando ya ronda los 33 años de su pena carcelaria. Dema, un pescador “oriundo de Merom, a orillas del pequeño lago Huleh que atraviesa el Jordán”, quien sólo estuvo allí un breve tiempo, “hizo una alusión incidental a cierto predicador al que había oído a orillas del lago de Tiberíades y en los alrededores de la ciudad de Cafarnaúm, y al que las gentes solían llamar el Nazareno”. Tras oírlo, Taor “comprendió que se trataba del mismo a quien no había podido encontrar en Belén, y por quien se había negado a regresar con sus compañeros”.
A través de las anécdotas que recita Dema con “las palabras del Nazareno”, Taor se entera de los milagros que ha hecho y oye los proverbios que ha esparcido y siente “que sin duda alguna era el mismo Jesús quien se dirigía a él por medio del pescador de Merom”. 
“Dijo: ‘Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra’.
“—¿Qué más dijo? —preguntó Taor en voz baja.
“—Dijo: ‘Bienaventurados quienes tienen sed de justicia porque ellos serán saciados’.
“Ninguna frase podía dirigirse más personalmente a Taor, el hombre que sufría sed desde hacía tanto tiempo para que se hiciera justicia. Suplicó a Dema que repitiera una y otra vez aquellas mismas palabras en las que se contenía toda su vida. Luego dejó que su cabeza reposara hacia atrás, apoyándola en la pared lisa y malva de su nicho, y entonces se produjo un milagro. ¡Oh, un milagro discreto, ínfimo, del que sólo podía ser testigo Taor!: de sus ojos corroídos, de sus párpados purulentos cayó una lágrima, que rodó por su mejilla y luego cayó en sus labios. Y probó el sabor de aquella lágrima: era dulce, la primera gota de agua no salada que bebía hacía más de treinta años.”
Poco después muere Dema y Taor es liberado. Pobre, disminuido y maltrecho se dirige a pie en pos de Jesús. Al duodécimo día llega a Betania preguntando por él. Y aún le toma otro tiempo para llegar a Jerusalén de “noche cerrada”. Pero como era la noche en que los judíos celebran la Pascua, le abrieron las puertas donde tocó y preguntó por “la casa de José de Arimatea”, donde Jesús, con sus amigos, se había reunido. Pero Taor llegó tarde: “La sala estaba vacía”: “Sobre la mesa quedaban también pedazos de aquel pan si levadura que los judíos comen en esa noche en recuerdo de la salida de Egipto de sus padres.”
“Taor sintió vértigo: ¡pan y vino! Alargó una mano hacia una copa y la alzó hasta sus labios. Luego cogió un trozo de pan ácimo y lo comió. Entonces se precipitó hacia adelante, pero sin llegar a caer. Los dos ángeles que velaban por él desde su liberación lo sostuvieron con sus grandes alas, mientras el cielo nocturno se cubría de inmensos fulgores, se llevaron a aquél que después de haber sido el último, el que siempre llegaba con retraso, acababa de ser el primero en recibir la eucaristía.”
Michel Tournier
(París, diciembre 19 de 1924-Choisel, enero 18 de 2016)


Michel Tournier, Gaspar, Melchor y Baltasar. Traducción del francés al español de Carlos Pujol. Serie Narrativas contemporáneas (147), Edhasa. Barcelona, mayo de 1996. 272 pp.


viernes, 13 de diciembre de 2019

La máquina del tiempo

Viaje al centro de las tinieblas

Signadas por un par de históricos preámbulos del autor de “El Aleph” (el prefacio de la colección y el breve prólogo del libro), con el número 14 de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, en 1985 se publicó en Madrid y en Buenos Aires, por Hyspamérica, la edición conjunta —plagada de erratas— de La máquina del tiempo (1895) y de El hombre invisible (1897), celebérrimas novelas del escritor británico Herbert George Wells (1866-1946), uno de los precursores de la literatura de ciencia-ficción del siglo XX. Obras que en esa edición conjunta (de tapas negras, letras doradas y logo dorado con el croquis del perfil de Borges) circularon en los estanquillos y puestos de periódicos y revistas de España e Hispanoamérica; y que, casi resulta tautológico decirlo, han sido el punto de partida, o parte de la médula o la referencia, de varios argumentos cinematográficos que pueblan los sueños y el imaginario colectivo de la populosa aldea global. 
Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges número 14
Hyspamérica Ediciones
Madrid, 1985
        Con traducción al español de Nellie Manso, La máquina del tiempo se divide en dieciséis capítulos con números romanos y rótulos, más un “Epílogo”. Si bien el epicentro de la novela es la narración del reciente viaje en la Máquina del Tiempo que en primera persona el protagonista les hace a un grupo de comensales reunidos en el salón de fumar de su casa en Richmond, tal relato está enmarcado, al principio y al final, por la voz de otro narrador, quien además de ser uno de los comensales, es quien recoge la historia del viajero y la matiza con el postrero hecho de que “hace tres años” desapareció con su Máquina en su último viaje por el tiempo (el artilugio partió del laboratorio ubicado en el sótano de la casa del viajero), el cual emprendió en busca de pruebas fehacientes que lo acreditaran frente a sus escépticos amigos y conocidos. La última vez que lo vio, el viajero le dijo que volvería en “media hora”, que lo esperara allí en su casa, a la que recién llegó en una visita imprevista. Para traer esas pruebas del futuro, el viajero llevaba consigo “un pequeño aparato fotográfico”, que con probabilidad es la cámara Kodax que echó de menos en su primer viaje, precisamente cuando accede al siniestro y espeluznante Mundo Subterráneo de la supuesta “Edad de Oro”, y que probablemente es un modelo de la Kodax 100 Vista que empezó a popularizarse en 1888. 

Kodax 100 Vista
        Según apunta el narrador, él y los otros oyentes guardaron silencio, sin interrumpir, para escuchar la historia del viajero recién llegado. Y la oyeron en la penumbra, como en una pequeña sala de cine, cuya pantalla circular, en la que ven correr las proyectadas imágenes de la película (con la voz en off), es el iluminado rostro del viajero: “...Y con esto el Viajero a través del Tiempo comenzó su relato tal como lo transcribo a continuación. Se echó hacia atrás en su sillón al principio, y habló como un hombre rendido. Después se mostró más animado. Al poner esto por escrito siento tan sólo con mucha agudeza la insuficiencia de la pluma y la tinta y, sobre todo, mi propia insuficiencia para expresarlo en su valor. Supongo que lo leerán ustedes con la suficiente atención; pero no pueden ver al pálido narrador ni su franco rostro en el brillante círculo de la lamparita, ni oír el tono de su voz. ¡No pueden ustedes conocer cómo su expresión seguía las fases de su relato! Muchos de nosotros sus oyentes estábamos en la sombra, pues las bujías del salón de fumar no habían sido encendidas, y únicamente la cara del periodista y las piernas del Hombre Silencioso, desde las rodillas para abajo, estaban iluminadas. Al principio nos mirábamos de cuando en cuando, unos a otros. Pasado un rato dejamos de hacerlo, y contemplamos tan sólo el rostro del Viajero a través del Tiempo.”

   
Un viajero con una Kodax 100 Vista
       Ni ese narrador ni el viajero dicen su nombre ni precisan sus estudios ni su profesión, pese a que casi al término el narrador alude una inminente cita con un tal “Richardson, el editor”. Pero lo que sí es obvio es que el viajero posee hábitos, costumbres, porte, maneras, lenguaje e idiosincrasia de un elegante gentleman victoriano y una holgada posición económica de buen burgués: se viste de etiqueta para cenar en su casa con sus informales y azarosos invitados y llama con un timbre a la servidumbre que encabeza la señora Watchett, el ama de llaves. Y ante todo le sobra inventiva e intelecto: aparte de la ingeniosa Máquina del Tiempo (“rechoncha, fea”, “un artefacto de bronce, ébano, marfil y cuarzo translúcido y reluciente”), diseñó los sillones donde conversan, y dice ser autor de “diecisiete trabajos sobre física óptica”, y de ciertas investigaciones sobre la “geometría de Cuatro Dimensiones”, donde “el Tiempo es únicamente una especie de Espacio” donde se puede ir y venir.
Fotograma de Time after time (1979)
  Un jueves, ante el grupo de caballerosos comensales reunidos frente al fuego de la chimenea, el viajero les muestra un modelo a escala de la Máquina del Tiempo, la cual activa (bajando una palanquita con el dedo del psicólogo) y desaparece, casi como un número de ilusionista de salón, ante la incredulidad del corro. En su laboratorio ya tiene casi concluida la Máquina del Tiempo, que tardó dos años en construir, la cual les muestra tomando una lámpara y guiándolos al sótano de su casa. Así que el siguiente jueves, ya pasadas las 19:30, los comensales han sido convocados para cenar con el viajero. Del grupo reunido el anterior jueves sólo están de nuevo el doctor, el psicólogo y el narrador; y se han incorporado el director de un periódico, un periodista y un joven silencioso, quienes no estuvieron presentes en la primera reunión. Minutos después de que el doctor tocara el timbre para iniciar la degustación de la espléndida cena sin el viajero, llega éste con claros visos de haber deambulado en la intemperie, casi a imagen y semejanza de un vagabundo. Según reporta el narrador:

“Aparecía nuestro anfitrión en un estado asombroso. Su chaqueta estaba polvorienta y sucia, manchada de verde en las mangas, y su pelo enmarañado me pareció gris, ya fuera por el polvo y la suciedad o porque estuviese ahora descolorido. Tenía la cara atrozmente pálida; y en su mentón un corte oscuro, a medio cicatrizar; su expresión era ansiosa y descompuesta, como por un intenso sufrimiento. Durante un instante vaciló en el umbral, como si lo cegase la luz. Luego entró en la habitación. Vi que andaba exactamente como un cojo que tiene los pies doloridos de vagabundear. Lo miramos en silencio, esperando a que hablase.”  
    Y luego de un breve diálogo, de beber con rapidez un par de copas de vino y de anunciarles que volverá para cenar y hablar con ellos del viaje después de asearse, añade el narrador sobre su anfitrión: “Dejó su copa, y fue hacia la puerta de la escalera. Noté de nuevo su cojera y el pesado ruido de sus pisadas y, levantándome en mi sitio, vi sus pies al salir. No llevaba en ellos más que unos calcetines harapientos y manchados de sangre. Luego la puerta se cerró tras él.”
     
H.G. Wells en 1901
       “Si el Tiempo es tan sólo una cuarta dimensión del Espacio” y en ese ámbito se puede viajar “indistintamente en todas las direcciones” a la velocidad de un pestañeo, en cámara lenta o un instantáneo tris (casi como si volara a la velocidad de la luz sobre una miliunanochesca alfombra mágica), el viajero lo hace hacia el futuro a “más de un año por minuto”. Según lo indican los diminutos cuadrantes de la Máquina, el viajero arriba al “año ochocientos dos mil setecientos uno”. Y el entorno geográfico donde aterriza y se halla, según observa, es el perímetro del Támesis y de la otrora capital inglesa de fines del siglo XIX. Y en las peripecias y angustias de sus inesperadas y azarosas aventuras llega a pie (en compañía de una mujercita-niña llamada Weena) hasta un ciclópeo edificio que denomina “Palacio Verde de Porcelana”, que resulta ser las vetustas y abandonadas ruinas de lo que en una lejana época fue un museo: “algún South Kensington”, dice; y que según el correspondiente pie de página de la traductora es “El famoso Museo londinense de Bellas Artes, Antropología, Arte Decorativo, etc.”; mientras que el traductor de la edición de Valdemar (impresa en Madrid, en “marzo de 2001”) apunta que “South Kensington” es una “Alusión al conjunto de museos (Natural History Museum, Victoria and Albert Museum) situados en esa zona de Londres. Junto a ellos está el Imperial College en el que estudió Wells y donde sitúa varios de sus relatos.”
(Valdemar, Madrid, 2001)
        Las sorpresivas e inesperadas aventuras y zozobras de esa breve estancia en esa zona, en el año 802 701, son las que ocupan la mayor parte de la novela. El viajero las relata en primera persona y sus pormenores y observaciones están matizadas por sus comentarios y falaces interpretaciones, conjeturas e hipótesis sobre lo que social, histórica y biológicamente pudo haberle ocurrido a la humanidad para llegar a ese estadio de decadencia que primero denomina “Edad de Oro”. Esto es así porque la psique, el intelecto y la conducta de los Eloi, la tribu de los uniformados habitantes que pueblan el supuesto Mundo Superior, se ha vuelto muy ingenua e infantil, a tal extremo que todos parecen niños con deficiencia mental, incapaces de ver más allá de sus narices, de sus fobias y de su terror a la noche, a la oscuridad y a las sombras, incapaces de retener nada en la memoria, incapaces de leer y de escribir, incapaces de interesarse por el arte y el conocimiento, incapaces de dialogar y de comunicarse con el extraño, e incapaces de realizar ninguna actividad que no sea reír y jugar en manada, de comer en manada y de dormir en manada en grandes edificios abandonados que semejan palacios. Al parecer, todos son rubicundos: bellísimas niñas y bellísimos niños ataviados con túnicas y sandalias. No hay viejos ni achacosos entre ellos, ni indicios de cremación ni de sepulturas. No hay talleres ni maquinaria ni herramientas y al parecer ninguno trabaja ni cultivan absolutamente ningún fruto ni hortaliza, ni siquiera las flores con que suelen juguetear. Son vegetarianos y la naturaleza silvestre, al parecer genéticamente modificada y mejorada (no vuela ni zumba un zancudo ni una mosca), les provee los alimentos. Y pulula allí cierta paradójica ambigüedad e indefinición en el hecho de que no parece haber diferencia entre quienes son adultos y quienes son escuincles. No obstante, pudiera ser que todos los preservados en ese “paraíso” artificial: los Eloi, sean chiquillos y chiquillas.  

     Weena, la pequeña mujercita que sigue al viajero, se hace amiga de él cuando está a punto de ahogarse ante la indiferencia de los Eloi, que la hubieran dejado morir sin inmutarse ni chistar; pero él la rescata. El viajero le toma afecto (y viceversa) y la protege; e incluso, ante las incertidumbres y los peligros del entorno, divaga en la posibilidad de regresar con ella a su presente. No obstante, lo único que trajo consigo, sin proponérselo, fueron las dos extrañas flores blancas (llegaron marchitas) que Weena, jugando, le introdujo en uno de sus bolsillos. Según el doctor, que las observa, “El gineceo es raro” e ignora “a qué género pertenecen”. Flores que a la postre el narrador resguarda, aún después de que “hace tres años” el viajero desapareciera con su cámara fotográfica y su Máquina del Tiempo. 
Fotograma de The time machine (1960)
  La furtiva ocultación de su artilugio, al pie de la marmórea Esfinge Blanca, lugar donde aterrizó con cierta brusquedad, es el primer hecho que trastoca ese paradójico y onírico statu quo que semeja un anodino, aséptico, pacífico y perdido Jardín del Edén. Según infiere, su Máquina fue movida e introducida dentro del pedestal de bronce de la marmórea Esfinge Blanca a través de las semicamufladas puertas. Infructuosamente intenta abrirlas e infructuosamente intenta que los Eloi le den alguna pista y lo ayuden a recuperarla.  

Un día antes de salvar a Weena, en el difuso amanecer, le “pareció divisar una criatura solitaria, blanca, con el aspecto de un mono, subiendo más bien rápidamente por la colina”. Y luego, pese a que los supone “fantasmas” (lúdica y quizá no tan sorprendente conjetura en la mentalidad racional de un científico que cree en Dios), vio “tres de aquellas figuras arrastrando un cuerpo oscuro”. Según les reporta a sus atentos, silenciosos y fumadores escuchas: “Se movían velozmente. Y no pude ver qué fue de ellas. Parecieron desvanecerse entre la maleza. El alba era todavía incierta, como ustedes comprenderán. Y yo tenía esa sensación helada, confusa, del despuntar del alba que ustedes conocen tal vez. Dudaba de mis ojos.”
Pero esa duda se torna certidumbre cuando en una oscura y “estrecha galería” se topa con “una extraña figurilla de aspecto simiesco”, “de un blanco desvaído”, con “unos grandes y extraños ojos, de un gris rojizo”, y “unos cabellos rubios que le caían por la espalda”, que al parecer “corría a cuatro pies, o tan sólo manteniendo sus antebrazos muy bajos”. Se trata de un menudo ejemplar de un ser que parece una “araña humana”, semejante a un Lémur blancuzco, que, no sin tropiezos, huye de él y rápidamente desciende por la pared de un pozo, donde hay “una serie de soportes y de asas de metal formando una especie de escala, que se hundía en la abertura”. 
    Según deduce, ese pozo es parte de la serie de dispersos pozos y de dispersas altas torres de ventilación que ya había observado por el territorio de los diversos palacios abandonados y que conectan el Mundo Superior con el Mundo Subterráneo. Se formula, entonces, nuevas preguntas y deducciones, con falacias y silogismos con tintes más o menos sociológicos y biológicos, sobre el aciago destino de la humanidad dividida en dos especies o razas contrapuestas: los angelicales, tontorrones, bellos e infantiles Eloi, habitantes del Mundo Superior; y los subterráneos, aviesos, feos y nocturnos Morlocks, habitantes del Mundo Inferior.
   Para recuperar su artefacto y poder irse de allí a la velocidad de un segundo, el viajero, pese a sus inseguridades y miedos, baja por uno de los pozos ante la desaprobación y la fobia que refleja y manifiesta Weena. Ese breve descenso a las tinieblas y profundidades del pozo le brinda terribles y macabros indicios sobre el horror y la violencia que predomina y prolifera en ese mundo de pesadilla y barbarie que para nada es una aséptica y candorosa “Edad de Oro”. 
    Según las observaciones, reflexiones e inferencias del viajero, y para glosar sintéticamente esa antagónica dicotomía, los Eloi descienden de los amos, de la clase patronal, de los dueños y poseedores de la infraestructura productiva; mientras que los Morlocks descienden de la esclavizada clase trabajadora, de quienes sometieron sus subterráneas fuerzas y vidas al dominio y servicio de los primeros. Pero alguna sublevación y degeneración atávica y biológica ocurrió en el transcurrir del tiempo, pues según deduce, los infantiles Eloi, como si fueran vacas o suculentas gallinas de Guinea o exquisitos lechones Pata Negra, son mantenidos y criados en esos rebaños por los carnívoros y animalescos Morlocks, quienes los acosan y cazan por las noches. Según entrevió dentro del pozo, además de los indicios de que devoran carne cruda y fresca, allí ronronea y resuena maquinaria, por lo que deduce que los Morlocks son quienes confeccionan las túnicas y las sandalias que visten los Eloi. Y puesto que los Morlocks algo entienden de mecánica, cuando a modo de señuelo para atraparlo, aparentemente le facilitan el acceso a su Máquina del Tiempo dejando abiertas las puertas de bronce del pedestal de la Esfinge Blanca, el viajero observa que “había sido cuidadosamente engrasada y limpiada”. Y por ende, luego colige que “los Morlocks la habían desmontado en parte, intentando a su insegura manera averiguar para qué servía”. 
     
The time machine (London, 1895)
     Pero a pesar de sus habilidades en la mecánica y de poseer un idioma propio distinto al idioma de los Eloi, los Morlocks tampoco son muy listos y su conducta animalesca y salvaje, más que humanoide, es más bien instintiva y no racional, impregnada de fantasmagoría, quizá mítica. Además de su agilidad y de su apariencia de pequeño mono encorvado, un rasgo que los caracteriza es el hecho de que por vivir en la oscuridad y en las tinieblas sus ojos son “de un tamaño anormal y muy sensibles, como lo son las pupilas de los peces de los fondos abisales”, y por ende pueden ver muy bien en lo oscuro, pero se ciegan y no puedan ver nada ante la luz del sol. Otro rasgo, sorprendente en unos seres tan mezquinos, malvados y de nula empatía, es que se asustan con la inofensiva llama de una cerilla, tal si fueran bárbaros supersticiosos o niños idiotas que por el miedo defecan y se hacen pipí. Esto accidentalmente lo descubre el viajero, quien supone que “En aquella época de decadencia, además, el arte de hacer el fuego había sido olvidado en la tierra.” De modo que la llamita de un cerillo o la llama de un papel se convierten en una volátil arma para asustar a los temerosos Morlocks; mientras que la llama de una cerilla, como si fuese chisporroteo y la festiva pirotecnia de Navidad, asombra y divierte a los Eloi. Y cuando el viajero hace una fogata en el bosque cercano al Palacio Verde de Porcelana, dice que “Las rojas lenguas que subían lamiendo mi montón de leña eran para Weena una cosa nueva y extraña por completo.” “Quería cogerlas y jugar con ellas. Creo que se hubiese arrojado dentro de no haberla yo contenido. Pero la levanté y, pese a sus esfuerzos, me adentré osadamente en el bosque.”
    No obstante, esa incidental fogata, hecha para asustar y ahuyentar a los Morlocks, no hubiera sido abandonada con tal descuido por un primerizo niño explorador (una especie de boy scout británico, ¡siempre listo!), de modo que provoca un tremendo y voraz incendio que se transforma en una terrible pesadilla donde el viajero corre y huye con Weena, donde lo hostigan los Morlocks (mientras otros sucumben cegados por la luz y en zafarrancho), donde él mata a varios con golpes, no sólo de su garrote de metal (sustituto del rupestre basto del ancestral troglodita de las cavernas), y donde finalmente pierde a la pequeña Eloi. Según supone, los Morlocks “habían abandonado su pobre cuerpecillo en la selva.”
    Otra característica animal y brutal de los Morlocks, indicio de su mínima y funesta inteligencia, es el hecho de que si bien son pequeños en relación a la estatura del viajero y su fuerza física es muy menor, los monoides son muchos: una numerosa y alharaquienta tribu que podría cazar y matar al extraño, quien sólo es uno. Es decir, si bien ligera y violentamente lo acosan, manosean y atacan, no logran atraparlo ni vencerlo, pese que no hubiera sido muy difícil. No obstante, hay que reconocerlo, la susodicha trampa donde simulan rendirse y devolverle la Máquina del Tiempo, falla por un pelo de rana calva en la oscuridad del interior del pedestal de bronce de la Esfinge Blanca (allí estuvieron a punto de atraparlo y convertirlo en nutritivo fiambre) porque el viajero logra colocar las palancas, que llevaba consigo, en las conexiones de la Máquina, y por ende la pone en marcha y, medio acomodado en el sillín, se fuga desapareciendo en un santiamén. Según les dice a sus oyentes: “Las manos que me asían se desprendieron de mí. Las tinieblas se disiparon luego ante mis ojos. Y me encontré en la misma luz grisácea y entre el mismo tumulto que ya he descrito.”
   
Fotograma de Time after time (1979)
        Según reflexiona ante sus escuchas: “He pensado después lo mal equipado que estaba yo para semejante experiencia. Cuando la inicié con la Máquina del Tiempo, lo hice en la absurda suposición de que todos los hombres del futuro debían ser infinitamente superiores a nosotros en todos los artefactos. Había llegado sin armas, sin medicinas, sin nada que fumar —¡a veces notaba atrozmente la falta de tabaco!—; hasta sin suficientes cerillas.” E incluso emprendió el viaje sin la ropa y el calzado apropiado para explorar, pues cuando va por el valle del Támesis rumbo al Palacio de Porcelana Verde en busca de refugio con “Weena como una niña sobre mi hombro”, dice: “perdí el tacón de una de mis botas, y un clavo penetraba a través de la suela —eran una botas viejas, cómodas, que usaba en casa—, por lo que cojeaba. Y fue largo rato después de ponerse el sol cuando llegué a la vista del palacio, que se recortaba en negro sobre el amarillo pálido del cielo.” Y más aún: tampoco llevó una elemental lámpara sorda ni una elemental brújula, pese a que dice haber hecho un “ensayo de montañismo”; de modo que en medio de las tinieblas del humo, del ataque de los Morlocks y del fragor del susodicho incendio, descubre que en vez de alejarse de allí, ha andado en círculo. 
 
Fotograma de The time machine (2002)
        Antes de retornar al confort de su casa en Richmond, donde lo esperan sus comensales para la cena y para oír sus asombrosas aventuras, el viajero todavía hace otras breves incursiones a través del espacio-tiempo de la Cuarta Dimensión. Primero, en la pavorosa huida de los Morlocks, en vez de dar marcha atrás, fue con celeridad hacia adelante. Se detiene en una época del futuro donde no vislumbra vida humana ni vestigios humanos, pero sí un insólito y enorme sol rojo, minúscula y rara flora en las rocas, y monstruosa fauna en el aire y a la orilla de una playa (parece el extraño paraje de otro planeta). Luego avanza un mes; ve el mismo inquietante paisaje y viaja cien años más y sucede algo parecido. Entonces se va, siempre hacia el futuro, “a zancadas de mil años o más”, hasta arribar “a más de treinta millones de años de aquí”, según dice. Además del sangriento y cercano sol y del légamo verde, observa un peculiar eclipse. Y pese a la rápida oscuridad que propicia éste, al frío, a la extrema desolación, a la dificultad para respirar y a las grandes tinieblas del entorno, baja de la Máquina y observa aún más ese excepcional horizonte y ese misterioso panorama frente al mar (también parece otro planeta), donde entrevé una horrorosísima forma de vida que le provoca un terrible pánico que lo induce a regresar de inmediato, antes de caer desmayado:
    “...Al final, rápidamente, uno tras otros, los blancos picachos de las lejanas colinas se desvanecieron en la oscuridad. La brisa se convirtió en un viento quejumbroso. Vi la negra sombra central del eclipse difundirse hacia mí. En otro momento sólo las pálidas estrellas fueron visibles. Todo lo demás estaba sumido en las tinieblas. El cielo era completamente negro.
   “Me invadió el horror de aquellas grandes tinieblas. El frío que me penetraba hasta los tuétanos y el dolor que sentía al respirar, me vencieron. Me estremecí, y una náusea mortal se apoderó de mí. Entonces, como un arco candente en el cielo, apareció el borde del sol. Bajé de la máquina para reanimarme. Me sentía aturdido e incapaz de afrontar el viaje de vuelta. Mientras permanecía así, angustiado y confuso, vi de nuevo aquella cosa movible sobre el banco [de arena] —no había ahora equivocación posible de que la cosa se movía— resaltar contra el agua roja del mar. Era una cosa redonda, del tamaño de un balón de fútbol, quizás, o acaso mayor, con unos tentáculos que la arrastraban por detrás; parecía negra contra las agitadas aguas rojo sangre, y brincaba torpemente de aquí para allá. Entonces sentí que me iba a desmayar. Pero un terror espantoso a quedar tendido e impotente en aquel crepúsculo remoto y tremendo me sostuvo mientras trepaba sobre el sillín.”


Herbert George Wells, La máquina del tiempo. El hombre invisible. Traducción del inglés al español de Nellie Manso y Julio Gómez de la Serna. Prólogos de Jorge Luis Borges. Colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges núm. 14, Hyspamérica Ediciones. Madrid, 1985. 300 pp.

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lunes, 2 de diciembre de 2019

El ponche de los deseos


                
¿Qué cuesta el mundo entero?
¡Dinero! ¡Dinero!


                                   Para Rebeca Madrid, dotada para lo visual

Escrita en alemán y traducida al español por Jesús Larriba y Marinella Terzi, El ponche de los deseos (1989), novela para niños, adolescentes y adultos, del germano Michael Ende (1929-1995), es un abrazo de Año Nuevo: los buenos deseos (imposibles de realizar) de un moralista que quisiera un mundo mejor. 


Michael Ende
    El ponche de los deseos ocurre durante unas horas de un solo día: de las 5 de la tarde a las 12 de la noche, es decir, hasta el momento en que las campanas de la Iglesia anuncian el punto de la celebración de San Silvestre y el comienzo del Año Nuevo. Al mago Belcebú Sarcasmo, Consejero Secreto de Magia y distinguido Miembro de la Academia de Negras Artes, precisamente a las 17 horas con 11 minutos, lo visita el burócrata Maledictus Oruga, enviado nada menos que por el mero Belcebú (de quien el mago es tocayo), el mero Ministro de las Tinieblas Supremas. Maledictus Oruga le recuerda a Belcebú Sarcasmo que no ha cumplido con su cuota de maldades pactadas en un contrato, cuyo plazo vence a la medianoche, y que de no cumplir (lo cual es poco probable), será secuestrado y remitido por siempre jamás al horrorosísimo Infierno. Esta es una de las razones por las cuales cada capítulo de la obra está precedido por el dibujo de la carátula de un reloj, cuyas manecillas van indicando el avance inmisericorde del tiempo.
   
(Ediciones SM/Thienemann, Madrid, 1989)
     El mago Belcebú Sarcasmo egresó del Instituto de Sodoma y Gomorra y de la Universidad de Técnicas Mágicas de Hediondburgo; ahora es Encargado de la Cátedra de Infamia Aplicada, Doctor Horroris Causa y Miembro del Consejo Supremo de Aquelarres. Paralelamente a su infausto destino, ocurre que su tía Tirania Vampir también ha recibido la visita del mismo burócrata Maledictus Oruga, y que ella, como bruja multiplicadineros, tampoco ha cumplido con su contrato, mismo que por igual vence a la medianoche.
      Ante los males que diezman la flora y la fauna del globo terráqueo, el Consejo Supremo de los Animales ha distribuido espías por todos los rumbos del planeta. Su cometido es indagar quiénes son los malandrines que los causan. Así, el mago Belcebú Sarcasmo y la bruja Tirania Vampir cohabitan, cada uno en su respectiva mansión, con su correspondiente espía: el cuervo Jacobo Osadías, vagabundo, perspicaz y pesimista, convive con la bruja; y el gato Félix —medio tonto, megalómano y gordinflón, quien se hace llamar Maurizio di Mauro— con el mago.
     Belcebú Sarcasmo se halla deprimido ante la certidumbre de que no salvará su maligno pellejo. Así, escribe su testamento. De pronto lo visita su tía Tirania Vampir. Entre la lucha que implica el egoísmo y la ambición sin límite de ambos, la bruja le confiesa que trae la mitad de una receta (la del ponche de los deseos) que con toda probabilidad salvará a quien lo tome y le cumplirá todos los negros y crueles propósitos que pronuncie. Pero hay un pero: el ponche tiene que ser preparado y bebido antes de la primera campanada de la medianoche de San Silvestre; si no es así, su poder de inversión se torna nulo. 
El poder de inversión del ponche consiste en que, por ejemplo, si el santo bebedor recita a gaznate pelado: 

                            Que diez mil árboles enfermos
                            vuelvan a brotar 

      En realidad está deseando y ordenando lo contrario.
  Belcebú Sarcasmo tiene la otra mitad de la receta del ponche de los deseos. Como el tiempo corre vertiginoso y sin que nadie lo detenga, no les queda más que pactar entre sí. El mago hace que las dos mitades de la receta se unan; ésta resulta ser una serpiente de pergamino con más de cinco metros de largo (¡una auténtica mazacuata prieta!). Mientras efectúan el complicado proceso de desciframiento y preparación del ponche de los deseos, la pugna entre ambos permanece latente; es decir, llegado el momento, cada uno pretenderá exterminar al otro y ser el único que lo tome.
      Cuando el gato Félix y el cuervo Jacobo Osadías, que no eran amigos, oyen, ocultos en un depósito de residuos especiales, los nefastos planes de la bruja y del mago, se unen y emprenden una azarosa búsqueda del medio que los auxilie para impedir la hecatombe mundial. Así, transformados en representantes del Bien, en previsibles héroes y salvadores del planeta Tierra, trepan, no sin esfuerzos que ponen en peligro sus deterioradas vidas, hasta lo alto de la torre de la Iglesia, con el fin de adelantar la campanada que vuelva nulo el poder de inversión del ponche de los deseos. San Silvestre, quien reside, convertido en piedra, en lo alto de la torre de la Iglesia, cobra vida para ejecutar su tradicional concierto de 12 campanadas. Debido a las explicaciones y peticiones del cuervo y del gato, San Silvestre les regala, congelada en un trozo de hielo, la primera de las 12 campanadas, que deberán mezclar al ponche de los deseos. 
  El cuervo Jacobo Osadías y el gato Félix lo hacen, no sin eludir otros inconvenientes, y así anulan el poder de inversión del ponche. De este modo, la bruja y el mago, que se embriagan bebiendo la pócima e improvisando y vociferando versos. Por ejemplo: 

     Ponche de los ponches, cumple mis deseos:
     ¡Se acabó la matanza de focas, fuera el comercio de marfil!
    ¡Salvemos las ballenas, quedan pocas! ¡Abajo el tratante vil!

   Pues así deben cifrar los negros y malvados deseos, y por ende, sin saberlo, firman el acta de su condena transmutados en benefactores del planeta Tierra, de todos los animales y de la humanidad entera, pese a que nadie lo sepa.  
       
Michael Ende
(1929-1995)
       Se trata, como se ve, de una proverbial y edificante lucha entre el Bien y el Mal, en la que el triunfo del Bien, reza la cuentística y ancestral tradición, beneficia y premia a los héroes, pequeños y de origen humilde, que lucharon por él: el cuervo Jacobo Osadías, de debilucho y desplumado, queda convertido en un pajarraco fuerte y con el plumaje de un galán de cine; mientras que el gato Félix, de gordito, enano, con ridículos colores, sin voz, se transfigura en un bicho musculoso y atractivo, con dotes de cantante de ópera. 

   La fantástica novela-fábula El ponche de los deseos expresa una victoria utópica, idealista, un sueño evanescente e inasible, desde luego, acentuada por la nota angelical (el elemento clave del triunfo) que a los animales les regala San Silvestre. Sin embargo, en el transcurso, la obra no elude flechazos críticos y cáusticos, que son parte de la carga moral, quizá concientizadora. De pasadita se dice que los rincones de la Iglesia no sirven de escondite, porque es posible que los funcionarios infernales entren y salgan de allí con toda libertad. Se dice que un jefe de estado (arquetipo de la demagogia, de la insaciable corrupción, de las impolutas Casitas Blancas y de los pseudodemocráticos pactos del blablabá), cliente del malvado mago Belcebú Sarcasmo, le encargaba lágrimas de cocodrilo. Se dice que siempre ha habido, y sigue habiendo, hombres que no retroceden ante nada con tal de conseguir el poder y el dominio sobre los otros.
        Entre las sanguinarias y apestosas especialidades del mago Belcebú Sarcasmo se cuentan la contaminación del aire, el envenenamiento de mares y ríos, la destrucción de bosques y campos, las enfermedades de humanos y fauna, pero también el congelamiento de los espíritus elementales (que no pueden morir), como los gnomos, los elfos, las ondinas, los juzgalibros (seres diminutos y prescindibles que suelen pasar su somnífera vida poniendo reparos a los libros, a veces en un blog en la web). El mago Belcebú Sarcasmo, como arquetipo y cerebro de laboratorio, es el paradigma del científico involucrado, moral y políticamente, en empresas privadas e instituciones públicas, cuyos experimentos e investigaciones inciden en la polución atmosférica, en el exterminio de las especies y en la degradación de los ecosistemas. Esto se subraya al referir su cuota contractual y al cifrar sus supuestos buenos deseos mientras bebe el ponche (y en ello no se encuentra ni por encima ni por debajo de la bruja), pero también se transluce en las maldiciones que lanza en sus explosivos enojos, pataletas y berrinches: “por todos los pesticidas”; “por la lluvia ácida”; “por el estroncio radiactivo”; “por todos los genes clonizados”. Mientras que la bruja Tirania Vampir, como arquetipo multiplicadineros, es el paradigma de los grandes capitalistas y especuladores bursátiles (que emplean técnicos, economistas y científicos): los banqueros con estratosféricos aguinaldos (gordinflones, pelotudos, sin ningún catarrito, tránsfugas y fanáticos, detrás de la barrera, de los trumpistas cortos de terror), los manipuladores de la bolsa, los poseedores de las acciones de las empresas e industrias transnacionales que dañan el orbe y propician el cambio climático: el ultracacareado calentamiento de la aldea global con sus consabidos desastres, exterminios y tragedias. Así, la villana Tirania Vampir presume ser la presidenta de la Sociedad Internacional de Níquel Corrosivo e intenta que su malévolo sobrino Belcebú Sarcasmo jure por el Tenebroso Banco-Palacio de Plutón. Y en una de sus cantaletas radiográficas, grita: 

           ¿Qué cuesta el mundo entero?
           ¡Dinero! ¡Dinero!” 
Michael Ende
  En este sentido, ante sus pestilentes negocios y confabulaciones, el cuervo, metido a filósofo de cine, le dice al gato: “Entre los hombres, te lo aseguro, el dinero es el punto capital, especialmente en el caso de tu maestro y mi madam. Hacen todo por dinero, y con dinero pueden hacer todo. Es el peor instrumento mágico que existe.”

      Como se advierte, El ponche de los deseos es una caricaturesca novela-fábula, placentera, que además celebra los juegos de palabras y la improvisación que implica el verso popular. Por ejemplo: 

           Ponche de los ponches, cumple mis deseos:
           Las acciones de Talar y Hermanos comenzarán a bajar
           y sólo como papel higiénico
           se podrán utilizar.
    
     De cumplirse los buenos deseos de Año Nuevo que, sin querer, expresan los horrorosísimos malvados (y que en realidad son los del recóndito espíritu de Michael Ende), se estaría ante la reinvención del Paraíso Terrenal y quizá en vías del regreso al auténtico Jardín del Edén, a esa eternidad, que según San Silvestre, como si escuchara a San Agustín, está más allá del tiempo, de la dualidad del mundo, donde sólo existe el Bien sin contrincante. 
  La descripción de los personajes, de los objetos, de las escenas, refrendan que Michael Ende era un colorista, un magnífico tejedor de fantasías, de filigranas, un dotado para lo visual. Es por ello, en parte, por lo que sus novelas Momo (1973) y La historia interminable (1979) fueron adaptadas al cine. Y es por ello, al parecer, que el binomio Ediciones SM/Thienemann reza en las solapas que Michael Ende se sentía influido por su padre Edgar Ende (pintor surrealista), por El Bosco, por Brueghel y por Klee.




Michael Ende, El ponche de los deseos. Traducción del alemán al español de Jesús Larriba y Marinella Terzi. Viñetas en blanco y negro. Colección Gran Angular (101), Ediciones SM/Thienemann. Madrid, 1989. 242 pp. 


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Enlace a "La jota de la jota", canción de Cri-Cri interpretada por Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler).
Enlace a "Las brujas", canción de Cri-Cri interpretada por Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler).