domingo, 1 de julio de 2018

Los perros duros no bailan

Estoy aquí para morir matando

Signada por un epígrafe transcrito de El coloquio de los perros de Miguel de Cervantes, dedicada a una élite canina y dividida en doce capítulos con títulos, en junio de 2018 se publicó la primera edición mexicana del divertimento Los perros duros no bailan, caricaturesca fábula (novelística, crítica y negra) del escritor español Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, noviembre 25 de 1951), autor de los artículos testimoniales y autobiográficos reunidos en Perros e hijos de perra (Alfaguara, 2014). El protagonista de la obra es el Negro, un perro mestizo (“cruce de mastín español y fila brasileño”), que además es el héroe y la voz narrativa.  
Alfaguara, 5ª edición española
Valladolid, abril de 2015
    Reza el consabido dicho que los perros se parecen a sus dueños; y aquí, en el bestiario perruno que pulula en las páginas de la novela, esto es norma e hilarante tipología, pues la humanizada caracterización y conducta del catálogo de perros (incluso su habla, proclive a los refranes y a los aforismos) es radiográfica parodia de la conducta humana y de ciertos modos de hablar, vociferar, insultar y maldecir. En este sentido, el perro que al parecer se parece al novelista Arturo Pérez-Reverte (“miembro de la Real Academia Española”) es Agilulfo, “un podenco flaco, filósofo y culto” (que además de recitador de mitos, leyendas y atavismos, suele pontificar con frases en latín y en español), cuyo “dueño es un humano con biblioteca grande y que va mucho al cine”. “Ser o no ser, como dijo el bardo”, sentencia en su idioma canino.
   
Arturo Pérez-Reverte, Tintín y Milu
            El principal escenario de las aventuras y sucesos que evoca y narra el Negro (con paneos y encuadres cinematográficos) son ciertos márgenes de un prototipo de ciudad española (quizá Madrid). Al igual que otros pulgosos (La pulga hace guitarrista al perro), el Negro y Agilulfo suelen ir al “Abrevadero de Margot”, una especie de peña y bar perruno que se halla “junto a la destilería de anís que vierte su desagüe en el río”, donde se ponen a medias tintas o hasta las chanclas dándole “lengüetazos al canalillo”. Y se infiere que fue bautizado así porque la cantinera es “Margot la Porteña, la boyera de Flandes”, quien además de su origen argentino (por ende habla con los modismos y apócopes de un boludo de por allá), cuida el reducto de la contaminación: “limpia las basuras y los plásticos, y mantiene alejados a los gatos y sus meadas y a las palomas y sus cagadas”.
     Agasajándose con el anisado, Agilulfo y el Negro comentan la misteriosa desaparición, desde hace dos semanas, de Teo y Boris el Guapo. Teo es un sabueso rodesiano que era el mejor amigo del Negro, cuyo distanciamiento empezó al estrecharse el vínculo sexual que Teo estableció con Dido, “una setter irlandesa tirando a rubia, de andares elegantes”. Según jadea el Negro con los párpados a media asta y lamiéndose los bigotes: “Dido era un definitivo pedazo de hembra. Estaba tan buena que derretía el asfalto con sólo mover el rabo, y bastaba con verla caminar para comprender que lo sabía. Ellas, las perras, siempre lo saben.” Y del efebo Boris el Guapo, “un lebrel ruso de ojos dorados”, baste apuntar que “había ganado premios” y que “lo cruzaban de vez en cuando con espléndidas hembras de pelo rubio y largas patas, de esas que sólo ves fotografiadas en la revista Perros y Perras”.
       
Arnold Schwarzenegger
        El Negro es un perrazo de ocho años con poderosas mandíbulas y con la fortaleza de Arnold Schwarzenegger (y quizá con su musculatura), cuya ascendencia se la recitó Agilulfo, el “filósofo y culto que sabe de estas cosas”. Según reporta el Negro: “asegura que nací para el combate; que soy un guerrero antiguo con una estirpe gladiadora tan vieja como la historia de los humanos. Por lo visto, mis antepasados destripaban osos y lobos en las montañas, leones en el Coliseo, acompañaron a las legiones romanas y despedazaron bárbaros en las selvas de Germania y el limes del Danubio, cazaron indios en el Caribe y esclavos negros fugitivos en las selvas amazónicas. Todo un currículum, dice Agilulfo. Quizá por eso, añade, los perros de mi casta, ya desde cachorros, tenemos ojos de viejo, alma llena de costurones y mirada resignada, hecha de siglos de sangre y fatalidad.”
      Durante un par de años el Negro fue un aguerrido perro de pelea; un temible campeón, célebre entre las jaurías (y entre la pestilente hez de la canalla: las hordas de negociantes clandestinos y apostadores del género infrahumano). Ahora es un ex combatiente a quien a veces se le va la chaveta con pesadillescas visiones de encarnecidas riñas y se pone rabioso, como ladrándole a la Luna sin ton ni son (obvio síndrome postraumático). Logró retirarse del coso de arena, y convertirse en un perro guardián de garaje doméstico, mediante una estratagema que narra. Apenas “cosa de un año atrás, recién retirado yo de los garitos de pelea”, dice, fue cuando allí, lengüeteando en el Abrevadero de Margot, conoció a Teo: “una noche en que cada uno bebía en el canalillo por su cuenta”.
      Por lealtad a esa amistad es que el Negro emprende la detectivesca búsqueda de Teo y de Boris el Guapo (“Un perro no es más que una lealtad en busca de una causa”). El Negro no le tema a nada, salvo a las furgonetas verdes de la perrera municipal, pues el apaño de esos empleados municipales implica el “camino de la Puerta Sin Retorno, la inyección letal y la Orilla Oscura”. El norte del sitio al que fueron a parar Teo y Boris se lo brinda Rufus, un galgo español, consejero de Tequila, “una xoloitzcuintle mexicana, inmigrante”, cuya “banda de perros callejeros controlaba todo el tráfico de huesos y restos de carnicería aprovechables al otro lado del río, cerca del puente nuevo”. El precio por la información (que no circuló a través de la frecuencia de Radio Perro) fue el robo de un solomillo (de unos tres kilos) que colgaba en la carnicería al fondo del “supermercado junto al puente”.
     El caricaturesco, jocoso y paródico trazo de la imagen y de la leyenda de la perra Tequila (descendiente de Xólotl) ilustran (aún más) por dónde van los ladridos de la narración. Custodiada en un callejón “por dos mastines del Pirineo grandes como hipopótamos, uno blanco y otro negro, que daban miedo con sólo mirarlos”, la madriguera de la mexicana es un característico “garaje abandonado”. Según ladra el Negro: 
 
Tequila
         “Uno de los mastines me empujó con el hocico contra una pared cubierta de grafitis mientras el otro iba a pedir instrucciones. Y al rato me dejaron pasar. Tequila estaba dentro del garaje, tumbada encima de unas cubiertas de neumáticos. Era fea de cojones. Una xoloitzcuintle de pura raza, de esos perros que se conservan en su tierra como algo especial aunque tienen la piel pelada y gris, excepto un mechón de pelo entre las orejas. Sin embargo, descienden directamente de los que tenían los aztecas, o una de esas tribus antiguas de allí, así que son muy valorados. Se contaba que Tequila había llegado a España de polizón en un barco portacontenedores, tras escaparse de un parque de la capital [quizá cercano a la Casa Azul de Coyoacán] y largarse a pata a Veracruz, con un par. Era despiadada y lista, y en menos de un año se había hecho dueña de aquella parte de la ciudad. La jefa de jefes. Su nombre real era Lupe, pero la apodaban la Reina Tequila; y hasta Los Chuchos del Norte le habían compuesto aquel perro-corrido que decía:

     También las cánidas pueden
     ladrarte peligrosas.
     Cuando se enojan son fieras
     esas caritas preciosas...”

      Vale añadir, entre paréntesis, que ese prototipo de inmigrante no es el único. Por ejemplo, hay por allí “Un tal Moro”, “un chucho flaco y pulgoso”, “venido de Marruecos o de un sitio de ésos escondido en un camión”, a quien tres bestias neonazis (dos dóberman y un pastor belga) están a punto de destripar; pero el Negro y Mórtimer, un pequeño teckel, los surten. Helmut, el líder de esas tres bestias neonazis, dice peyorativo de Tequila: “esa traficante panchita de mierda”. Y sobre su pandilla perruna ladra una consubstancial supremacía racista y una xenofobia de puertas cerradas parecida a la que el megalómano y egocéntrico Donald Trump ladra sobre los inmigrantes sin papeles (de origen mexicano y centroamericano) en Estados Unidos: “Tiene pulgas la cosa. Esos inmigrantes vienen y se instalan aquí como en su casa. Delincuentes, es lo que son. Escoria. Y nadie hace nada... Europa se va al carajo y nadie hace nada.”
     
Donald Trump 
        Así que Rufus, el galgo español y sabihondo consejero de Tequila, le dice al Negro sobre el sitio a donde fueron llevados Teo y Boris el Guapo: “Hay unas chabolas en la Cañada Negra. Allí los guardan en jaulas y los entrenan. No tiene pérdida, porque oyes los ladridos desde lejos. A los campeones los llevan al Desolladero.” 
    Para no desvelar todos los vericuetos de la travesía para rescatar a Teo y a Boris el Guapo, vale resumir que el Negro, quien dice y repite que no es muy listo (pero esto nadie lo cree ni yendo a bailar a Chalma), logra infiltrarse en la Cañada Negra, un asentamiento irregular de miserables chabolas en los sucios márgenes de la urbe, donde un grupúsculo delincuencial tiene sus camuflados reales. Allí, custodiadas por un dogo mestizo (el guardia de seguridad), hay una serie de jaulas en las que subsisten encerrados una veintena de perros de distinta catadura (cada uno en su correspondiente jaula), robados o capturados en la calle para que sirvan de sparrings (carne de cañón) ante un perro de pelea. Y, eventualmente, si poseen la debida fortaleza y ferocidad (es decir, si matan a su contrincante), son trasladados a la Barranca, donde sólo hay dos o tres jaulas con los auténticos perros de combate, los cuales son entrenados, alimentados y dopados para confrontarlos a muerte en el Desolladero. O sea al mismo cruento sitio (más o menos encubierto) donde el Negro peleó y fue campeón durante dos años. Y que al oírlo pronunciar por Rufus, apunta: “Aquella palabra siniestra me hizo volver de nuevo atrás. El Desolladero: una nave industrial abandonada en las afueras de la ciudad, donde se celebraban las peleas de perros. Prohibidas por las leyes de los humanos, pero con la policía —ella sabría por qué— haciendo la vista gorda. Humo de cigarros, sudor, griterío cruel, billetes grasientos que cambiaban de dueño. Allí no tenías enfrente a sparrings más o menos indefensos, sino a perros entrenados como tú. Profesionales de colmillos aguzados, músculos duros e instinto ciego de matar, ante los que te situabas vaciando la mente de todo cuanto no fuera pelear para sobrevivir. Para esquivar una vez más, sin saber cuántas veces aún podrías conseguirlo, la Orilla Oscura.”
   
Alfaguara, 1ª edición mexicana
México, junio de 2018
       Luego de ganarse una jaula en la Cañada Negra con sus cualidades de imbatible perro de pelea, el Negro traza una semblanza de ese caserío (con visos de basurero) donde se vende y consume droga (tal vez heroína adulterada) y donde la vestimenta de las mujeres quizá se deba a un origen étnico, marginal e inmigrante:
    “Durante la noche me habían puesto un cacharro con agua y unos pocos restos de comida de humanos en un cuenco. Despaché con apetito la comida, me enjuagué el hocico dolorido con el agua antes de bebérmela toda, y luego, sin prisas, estudié los alrededores; chabolas, coches grandes nuevos y viejos, abollados y polvorientos, objetos inservibles y amontonados: frigoríficos, televisores, lavadoras. Unos niños de aspecto sucio jugaban entre ellos, y un grupo de mujeres de faldas largas y pañuelos en la cabeza charlaban a lo lejos. A veces, ante la indiferencia de los críos y las mujeres, algún humano de mal aspecto, flaco y cochambroso, se acercaba por el camino que llevaba a la carretera de la ciudad, entraba en una chabola, salía al poco rato para sentarse cerca y se metía algo con una jeringuilla en un brazo y o en los muslos, o los tobillos. Todo tenía un aspecto sórdido y siniestro.” 
    Luego de exhibir aún más sus virtudes de perro de pelea, el cancerbero de las jaulas de la Cañada Negra, el dogo mestizo, se acerca a la jaula del Negro para averiguar quién cagarrutas es y le da la información que busca. Sobre Teo le dice: “no deja enemigo vivo”. “Lo tienen en el Desolladero.” “Por lo que cuentan, ha hecho ganar un costal de dinero a sus amos. Vive allí y pelea casi cada noche... Según parece, es un luchador nato. Un killer.” Y esa misma noche le facilita la salida del encierro y lo lleva a la jaula donde tienen preso a Boris el Guapo, que no es sparring ni mucho menos guerrero, sino un semental de lujo al que cruzan con perras finas para que el grupúsculo gansteril venda los costosos cachorros. Según le dice el propio Boris encerrado en una jaula con tres perras: “Estoy hecho una mierda, Negro. [‘Exprimido como un limón de paella’] Todo el día que te pego, y no paran de traerlas... Son insaciables, oye. Tremendas. No sabes cómo son, de verdad. Y cuando se juntan, ni te digo —miró de soslayo a las hembras dormidas—. Aquí tiras un cipote al aire y no toca el suelo.” 
   
Brad Pitt
        Según ladra el Negro al verlo echado en la penumbra: “tardé en reconocerlo porque parecía otro. El Brad Pitt perruno al que yo había conocido semanas atrás, el de los ojos de oro aterciopelados, el del pelo rubio y sedoso de lebrel ruso con pedigrí y abuelos en la corte de los zares, el nacido para posar haciendo posturitas en las portadas de las revistas caninas, era ahora un despojo demacrado, con unas ojeras que le llegaban al hocico, la trufa descolorida y la piel pegada a los huesos.” No obstante, el trío de perras que están encerradas con Boris el esmirriado no cantan mal las rancheras, pues según aúlla el Negro: “las tres cánidas estaban de aquí te espero. O sea. Espectaculares de la muerte. Una, la que había ladrado primero, era una pastora shetland que quitaba el hipo, esbelta y de largas patas. Una especie de Charlize Theron perruna, para que me entiendan. Y las otras, ya digo: una afgana de orejas con melena hasta el lomo y patas que parecían bailar cuando caminaba, y una Beagle regordetilla pero compacta, con mucho donde apoyarse. Las tres espléndidas, en todo lo suyo. Y olían a perra en celo desde veinte patas de distancia.”
   
Charlize Theron
        Pero el objetivo del Negro no es liberar a Boris con pasito tun tun a dos patas y perder la crinolina ipso facto, sino que los mafiosos lo entrenen y lo lleven al Desolladero y lo confronten con Teo el despiadado killer. Ya en el Desolladero y para colocarse frente a Teo, el Negro se obstina en que no lo saquen del circular coso en una sesión de tres peleas consecutivas (“Estoy aquí para morir matando”). Primero derrota a “un moloso negro con patas marrones” y luego a “un pastor francés”, cuyo previo diálogo está de ladrido loco:
     “—Date pog muegto, peggo español —gruñó el gabacho, bajito pero claro.
    “—Antes me vas a chupar el ciruelo —respondí—. Franchute de mierda.
    “Parpadeó, confuso.
    “—¿El cigüelo?
    “—La polla, subnormal.”
   Vale ladrar que el aspecto de Teo es otro, el de un perro marcial que ha vivido una terrible temporada en el infierno, en lo profundo del corazón de las tinieblas. Según reporta el Negro: “Apenas lo reconocí. Le habían recortado las orejas y el rabo, y se veía más flaco y musculoso. Su pelo trigueño rojizo estaba rapado por todo el cuerpo, y en la piel del lomo, el pecho, las patas y el hocico tenía marcas y cicatrices recientes. Pero lo que me costó más trabajo de identificar fueron sus ojos: siempre habían sido de color castaño oscuro, con reflejos dorados —a Dido la volvían loca esos reflejos—, aunque ahora parecían haber cambiado de tonalidad, como si en las últimas semanas las cosas vistas y los horrores vividos los hubieran decolorado hasta convertirlos en dos círculos fríos de escarcha pálida, que miraban el mundo y me miraban a mí como si nada tuviera consistencia real.”  
   
Perros de pelea
        Y además parece que Teo no lo reconoce, que está ido, que algo borró su memoria y que habrá bronca mortal. Pero luego de un furioso encontronazo, de un principio de sanguinaria pelea a muerte (el Negro vaticina su derrota), el nombre de Dido apacigua a Teo y parece que los recuerdos de su vida pasada vuelven a su entrecejo; de modo que ambos acuerdan huir del Desolladero, no sin causar a mansalva destrozos y muertes de infrahumanos; una encarnizada matanza. De allí se van trotando hacia la Cañada Negra; y, con apoyo del dogo custodio, liberan a todos los perros enjaulados, incluidos los canes de la Barranca. El Negro se propuso no matar ninguna persona de la Cañada Negra, mucho menos a menores de edad (los cachorros); pero Teo no asumió tal postura. El Negro da por hecho que Teo regresará con él (antes del secuestro vivía con una viejecita que le daba de comer y a quien le cuidaba la casa); pero Teo, inspirado en la rebelión emancipadora de Espartaco (el esclavo, quizá encarnado por Kirk Douglas, de cuya leyenda contra el imperio romano les habló el culto Agilulfo), decide irse al monte y se va a pata pelada seguido de la mayor parte de la alharaquienta jauría, incluidos el dogo custodio, Boris el esmirriado y sus tres perras. 
 
Espartaco
(Kirk Douglas)
            Según le dijo Teo, “Aún quedan campos, bosques y montañas donde una jauría resuelta puede refugiarse. Arroyos donde encontrar agua, conejos que atrapar, ganado al que atacar para comer... Lugares donde ser libres, como nuestros primos los lobos.” No obstante, esa imagen ideal, utópica y onírica (ajena a la quintaesencia y al non plus ultra de la ancestral ley de la selva: o matas o te matan) no fue piedra angular, fundacional y ontológica de su tribu salvaje, “que, poco a poco, engrosó con la llegada de otros proscritos abandonados o fugitivos”. Pues en lugar de mantenerse distantes de los asentamientos humanos (libres de la esclavitud del hombre) y hacer una vida silvestre, esquiva y furtiva, se dedicaron, con ímpetu vengativo, a asediarlos y atacarlos con empeño y descaro, como si el Gran Perro les hubiera soplado al oído el milenario y eterno axioma que contrapone no sólo a las especies: “Mataos los unos contra los otros, por lo siglos de los siglos”. En este sentido, reporta el Negro: “con el paso del tiempo, aquella jauría se había vuelto aún más dañina que una manada de lobos. Una especie de peligrosa guerrilla perruna. A menudo recibíamos, a través del mundo de los humanos, noticias de sus incursiones: periódicos arrugados con fotos, alguna imagen entrevista en la televisión de nuestros amos o en las tiendas de electrodomésticos con escaparates a la calle. Perros echados al monte causan estragos, decían. Bandoleros de cuatro patas asolan el campo. Protestan los ganaderos, pastores y demás. Imágenes de caballos, terneras y ovejas destrozados, apriscos y establos ensangrentados. Los perros asilvestrados siembran el terror. Etcétera.”
   Así que “ocho meses después” de que Teo emprendiera su fuga al monte seguido por su tribu de bestezuelas depredadoras, Fido, el perro policía, les da la mala noticia cuando el Negro salía “del Abrevadero de Margot con Agilulfo y Mórtimer, el teckel”: “Les tendió una emboscada esa policía rural de los humanos, la Guardia Civil. Pillaron a varios atacando un redil de ovejas. Se estaban dando un banquetazo cuando les fueron encima. Teo estaba con ellos... Era el jefe, claro.”
   Ante la deprimente y lastimera imagen que implica el “camino de la Orilla Oscura” (o sea: “perrera, inyección y a dormir el sueño eterno”), Agilulfo, exultante y proclive a imaginar y recitar mitos y leyendas, les puntualiza dando una vuelta de tuerca: “¿Pobre, dices?... ¿Teo?... Nada de eso. Pensadlo un poco. Ha sido feliz ocho meses, corriendo por los montes y los campos. Como él quería: libre. Un maquis canino. Con sus camaradas perros.” “Y sus camaradas perras”, añade Mórtimer, “relamiéndose el hocico”, “Que no habrán sido, reguau, mala compañía durante todo ese tiempo.”
   
Espartaco
(Kirk Douglas)
         El caso es que ya separados de Fido, el perro policía, los tres amigos (el Negro, Agilulfo y Mórtimer) observan, en el escaparate de “una tienda de electrodomésticos”, la emisión de un telediario que exhibe los recientes destrozos causados por la pandilla de Teo el killer. Según reporta el Negro: “Pegamos los tres el hocico al escaparate. Las imágenes mostraban un paisaje parecido a un campo de batalla: las puertas de un aprisco rotas, el suelo ensangrentado y media docena de ovejas panza arriba con cara de panolis, hechas cisco a dentelladas. Más muertas que mi abuela. Era evidente que alguien se había dado un buen festín con ellas. Después salía un pastor muy enfadado, hablándole al micrófono mientras señalaba la matanza. Y al cabo, entre dos humanos guardias civiles que vigilaban, la cámara se acercaba a la reja de una jaula.”
   En esa jaula hay dos cánidos presos, quizá los únicos sobrevivientes de la guerrilla. Uno es un perro chicuelo y el otro es Teo el frío killer. Según apunta el Negro: “A diferencia del pequeñajo, al que superaba en tres palmaos de estatura, mi antiguo amigo no intentaba congraciarse con nadie. Miraba a la cámara erguido y firme, desafiante, como diciendo: ‘Lo haría otra vez en cuanto me soltarais’. Nunca lo había visto tan imperturbable, tan seguro de sí. Permanecía sentado sobre las patas traseras, musculoso y duro, con las fauces ensangrentadas y aquellos ojos que seguían pareciendo cuajados de escarcha, pero que ahora mostraban un brillo entre resignado y divertido. Un relampagueo irónico.”
 
Espartaco
(Kirk Douglas)

Fotograma de Spartacus (1960)
        “Como Espartaco”, pontifica Agilulfo con admiración ante la mitificada imagen del esclavo rebelde e indómito, seguido hasta la muerte por su infame turba de nocturnas aves, las irrefrenables bestezuelas de la noche. Y esto basta para que también el Negro vea en la elección de Teo (y en su corto destino) una imagen indeleble y una historia poética y feliz que lo regocija y congratula. Que además es matizada y potenciada por la melancólica perspectiva de Agilulfo, que con su tendencia mitómana y cinéfila lo sitúa mucho más allá del planeta Tierra, en una lejana latitud de la bóveda celeste, que tal vez sólo ha sido vislumbrada por la perra Laika en su fugaz viaje sin retorno. “Ha visto atacar naves en llamas más allá de Orión”, ladra, parafraseando una de las últimas frases que, antes de morir, reza Roy Batty (el último androide Nexus 6) casi al final de la película de culto Blade Runner.
Roy Batty
(Rutger Hauer)


Fotograma de Blade Runner (1982)



Arturo Pérez-Reverte, Los perros duros no bailan. Alfaguara. 1ª edición mexicana. México, junio de 2018. 168 pp.



Knock Out, tres historias de boxeo

Había algo venenoso en sus ojos

I de III
Editado en Barcelona, en “septiembre de 2011”, por Libros del Zorro Rojo (“con una subvención de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura [de España], para su préstamo público en Bibliotecas Públicas”), el título Knock Out, tres historias de boxeo reúne una trilogía de legendarios cuentos del legendario narrador norteamericano Jack London (1876-1916) en los que el box es el leitmotiv y el espectáculo visual: “Un bistec” (A piece of steak, 1909), “El mexicano” (The mexican, 1911) y “El combate” (The game, 1905). 
Libros del Zorro Rojo
Barcelona, septiembre de 2011
       Con pastas duras, sobrecubierta, generosa tipografía (recamada con una preciosa errata en la página 55), buen papel y buen tamaño (24.07 x 17 cm), los tres cuentos de Knock Out están traducidos del inglés por Patricia Willson. Y cada uno ha sido ilustrado ex profeso por el argentino Enrique Breccia con imágenes en blanco y negro que semejan grabados en madera: “Un bistec” (cinco estampas), “El mexicano” (seis estampas) y “El combate” (cinco estampas).

Jack London
(1876-1916)
      “Un bistec” tiene la contundencia de un veloz gancho al hígado, de un puñetazo que disloca la quijada y manda a la lona; y al unísono cada página exhuma la melancolía de un nostálgico y patético blues. Tom King es un buenazo sin antecedentes delictivos, un gigantón veterano de cuarenta años con más de dos décadas de experiencia en el cuadrilátero. Alguna vez fue “el campeón de los pesos pesados en Nueva Gales del Sur” y sus bolsillos estuvieron repletos de libras. El box ha sido su único oficio (y beneficio). Y en los últimos tiempos, para subsistir en la miseria (y en la ruina), ha tenido que emplearse de peón. Y ahora, poco después de las ocho de la noche, va a boxear (y boxea) con un tal Sandel, un joven inexperto oriundo de Nueva Zelandia, quizá con un futuro abundante en triunfos y dinero. (Por lo pronto, “El joven Pronto”, “del norte de Sydney, reta al ganador de esta pelea por cincuenta libras de apuesta”.)  

 
 Un bistec”

Ilustración: Enrique Breccia
       Tom King no tiene un clavo en bolsillo ni tabaco para su pipa. Viste ropa raída y unos zapatones (de Frankenstein) muy gastados. El secretario del Gayety Club (donde se halla el ring) ya le adelantó las tres libras del perdedor y Tom King ya se las gastó. Si le ganara al joven Sandel, ganaría treinta flamantes libras y pagaría sus deudas y la renta del cuchitril. Si pierde, regresará sin nada. Por su falta de dinero no ha tenido un buen entrenamiento con un sparring, ni tampoco una buena alimentación. Previo a la pelea con el joven Sandel ha estado deseando y suspirando por un bistec. Lizzie, su esposa, acostó a los dos chiquillos para que olvidaran el vacío en el estómago. El único malcomido es Tom King: un plato de harina con migajas de pan. La harina, Lizzie la obtuvo prestada con un vecino del conventillo. Por sus deudas, nadie quiso fiarle, ni siquiera el carnicero. Al despedirlo y desearle “Buena suerte”, Lizzie “se atrevió a besarlo, abrazándolo y obligándolo a inclinar su cara hasta la de ella. Parecía muy pequeña al lado de aquel gigante.” 
   Esas dos millas que Tom King hace a pie rumbo al cuadrilátero del Gayety Club resultan contraproducentes para la pelea. Y aunque con astucia y “táctica de economía” domina a su joven oponente y varias veces lo envía a la lona (hay que leer el relato de la contienda para verlo), la falta de ese plus (el suculento y jugoso bistec) incide en el drástico final.
“Un bistec”

Ilustración: Enrique Breccia
        La descripción de la testa y de la cara de ogro de ese veterano (sobreviviente de mil peleas) brindan una poderosa imagen para visualizar a ese gigantón moviéndose en el ring: “era la cara de Tom King lo que revelaba inconfundiblemente a qué se dedicaba. Era la cara de un típico boxeador por dinero, de uno que había estado durante largos años al servicio del cuadrilátero y que, por ello, había desarrollado y acentuado todas las marcas de las bestias de pelea. Tenía un semblante particularmente sombrío, y para que ninguna de sus facciones pasara inadvertida, iba bien rasurado. Los labios carecían de forma y constituían una boca hosca en exceso, como un tajo en la cara. La mandíbula era agresiva, brutal, pesada. Los ojos, de movimientos lentos y con pesados párpados, carecían casi de expresión bajo las hirsutas y tupidas cejas. En ese puro animal que era, los ojos resultaban el rasgo más animal de todos. Eran somnolientos, como los de un león: los ojos de una bestia de pelea. La frente se inclinaba abruptamente hacia el cabello que, cortado al ras, mostraba cada protuberancia de la horrible cabeza. Completaban el cuadro una nariz dos veces rota y moldeada por incontables golpes, y orejas deformadas, hinchadas y distorsionadas al doble de su tamaño, mientras la barba, aunque recién afeitada, ya surgía de la piel, dándole al rostro una sombra negra y azulada.”


II de III
Casi resulta tautológico apuntar que el protagonista del cuento “El mexicano” es un boxeador nacido en México y que el clímax de la narración es el espectáculo de las vicisitudes del combate boxístico en un cuadrilátero ubicado en Los Ángeles, California. Para urdir el cuento (dividido en cuatro partes numeradas con romanos) Jack London hizo uso de algunos datos, nombres y noticias en torno a la Revolución Mexicana (in progress) que en 1911 eran tempranas. Felipe Rivera, un joven mestizo de unos 18 años (se infiere que inmigrante sin papeles), se ha incorporado a una Junta de revolucionarios que en Los Ángeles opera y conspira en pro de la Revolución Mexicana; agrupación civil (que incluso publica un semanario) al parecer inspirada en la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano fundada el 28 de septiembre de 1905, en San Luis, Misuri, por los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, cuyo órgano ideológico y propagandístico era el periódico Regeneración
Ricardo y Enrique Flores Magón
        Felipe Rivera (que en realidad se llama Juan Fernández), por su carácter hermético, callado, inescrutable y sereno (de arcaica pieza prehispánica), y mirada de fría y venenosa mazacuata prieta, suscita aversión, fobia y suspicacia entre los miembros de la Junta; en el peor de los casos lo suponen un maiceado espía del dictador Porfirio Díaz (presidente de México entre el 1° de diciembre de 1884 y el 25 de mayo de 1911) y por ende no le permiten dormir en la casa de la Junta y al llegar le asignan el trabajo de un simple criado analfabeta: fregar los pisos, limpiar las ventanas, y lavar las saliveras y los retretes. Una vez le ofrecen dos dólares por el trabajo; pero Felipe Rivera no los acepta y declara patriótico: “Trabajo por la Revolución”. Pero lo más relevante son las aportaciones pecuniarias que hace, pese a los andrajos que viste: deja “sesenta dólares en oro” para el pago de la renta (la Junta debía dos meses y el propietario amenazó con echarlos). Incluso realiza alguna contribución furtiva: para el envío de 300 cartas (la Junta carecía de fondos para las estampillas), primero desaparece el reloj de oro de Paulino Vera y luego “el anillo de oro del dedo anular de May Sethby”. Y al regresar de la calle, les entrega “mil sellos de dos centavos”. Ante esto, Vera se pregunta y les pregunta a los camaradas de la Junta: “si no será el oro maldito de Díaz”.

Además de los aportes que el muchacho de la limpieza les deja en dólares y en monedas de oro, sin revelar cómo y dónde obtiene ese dinero, Felipe Rivera consigue que le asignen la peligrosa y temeraria encomienda de reabrir la comunicación entre Los Ángeles y Baja California (donde hay “recién incorporados a la Causa”), bloqueada por las sanguinarias huestes de “Juan Alvarado, el comandante federal”. El joven de la limpieza logra el cometido clavándole al comandante un cuchillo en el pecho.  
    En la Junta (de revolucionarios de oficina) cunde la fama del supuesto “mal genio” y “pendenciero” de Felipe Rivera, pues luego de periódicas ausencias, que pueden ser de una semana e incluso un mes, además de las “monedas de oro que les deja en el escritorio de May Sethby”, observan en él indicios físicos de que pelea en la calle o en algún sitio (quizá en una cantina, en un antro de juego o en un burdel): “A veces aparecía con el labio cortado, con una mejilla amoratada, con un ojo hinchado. Era evidente que había peleado, en algún lugar del mundo exterior donde comía y dormía, ganaba dinero y se movía de maneras desconocidas para ellos. Con el paso del tiempo, se encargó de mecanografiar el libelo revolucionario que publicaban semanalmente. Había ocasiones en que era incapaz de teclear, cuando sus nudillos estaban magullados y tumefactos, cuando sus pulgares estaban heridos e inmóviles, cuando uno de sus brazos pendía cansadamente a un costado, mientras en su cara se dibujaba un dolor silencioso.”
    Esto provoca, además de las preguntas que se hacen, y del recelo y de la desconfianza, que le teman y lo mitifiquen: “Me siento como un niño ante él”, confiesa Ramos. “Para mí, él es el poder, es el hombre primitivo, el lobo salvaje, la serpiente de cascabel, el ponzoñoso ciempiés”, dice Arrellano. Y Paulino Vera claramente lo deifica con retóricas metáforas: “Es la Revolución encarnada.” “Es su llama y su espíritu, el grito insaciable de venganza, un grito silencioso que mata sin hacer ruido. Es un ángel destructor que se desliza entre los guardias inmóviles de la noche.” De ahí el atroz pavor que siente ante él: “Me ha mirado con esos ojos suyos que no aman sino que amenazan; son salvajes como los de un tigre. Sé que si yo fuera infiel a la Causa, él me mataría. No tiene corazón. Es despiadado como el acero, filoso y frío como la escarcha. Se parece a la luz de la luna en una noche de invierno, cuando uno se congela hasta morir en la cima de una montaña desolada. No temo a Díaz ni a ninguno de sus matones, pero a este muchacho sí le temo. Ésa es la verdad, le tengo miedo. Es como el aliento de la muerte.”
   El caso es que, efectivamente y en secreto, Felipe Rivera pelea; pero lo hace en el ring y con guantes de boxeador, no por el dinero que obtiene, sino para contribuir con la Revolución Mexicana y vengar así las injusticias sociales, políticas y económicas, y el asesinato de sus propios progenitores, pues su padre era empleado en la fábrica textil de Río Blanco (en Veracruz, México) y por ende estuvo entre los obreros que desencadenaron la huelga (en la vida real fue el 7 de enero de 1907) y luego fueron masacrados. Dramático y cruento episodio que recuerda (en flashback) durante el combate boxístico que cierra el relato: “Vio las paredes blancas de las factorías con energía hidráulica de Río Blanco. Vio a los seis mil obreros, hambrientos y entristecidos, y a los niños, de siete y ocho años, que soportaban largas jornadas de trabajo por diez centavos al día. Vio los cuerpos en los carros, las atroces cabezas de los muertos que se afanaban en los talleres de tintura. Recordó que su padre había llamado a esos talleres los ‘agujeros del suicidio’, y en uno de ellos había muerto.” Incluso evoca cómo halló los cadáveres de sus padres: “Y luego, la pesadilla: la explanada frente al almacén de la compañía, los miles de obreros hambrientos, el general Rosalino Martínez y los soldados de Porfirio Díaz y los mortíferos rifles que parecían no dejar nunca de dispararse, mientras las faltas de los obreros eran lavadas y vueltas a lavar con su propia sangre. ¡Y aquella noche! Vio los vagones de carga donde se apilaban los cuerpos de la matanza, enviados a Veracruz como alimento para los tiburones de la bahía. Nuevamente se encaramó en los atroces montones, buscando y encontrando, desnudos y mutilados, los cuerpos de su padre y de su madre. Recordaba sobre todo a su madre; sólo se le veía la cara, pues el cuerpo estaba aplastado por el peso de decenas de cadáveres. Los rifles de los soldados de Porfirio Díaz volvieron a tronar, y él de nuevo saltó al suelo y se escabulló como un coyote herido entre las sierras.”
     Fue el gringo Roberts, entrenador y borrachín, el que descubrió al azar las cualidades pugilistas de Felipe Rivera. Según le dice a Michael Kelly, director de “las apuestas de Yellowstone” y hermano de un promotor boxístico: “Había visto a un famélico chico mexicano rondando por allí, y estaba desesperado. De modo que lo llamé [para que sirviera de sparring], le puse los guantes y lo subí al ring. Prayne [el boxeador profesional que se entrenaba] lo puso contra las cuerdas. Pero él resistió dos rounds durísimos y luego se desmayó. Estaba muerto de hambre, eso era todo. ¡Una paliza! Quedó irreconocible. Le di medio dólar y una comida abundante. Tendrías que haber visto cómo tragaba. No había probado bocado en dos días. Pensé que ahí se acababa todo, pero al día siguiente volvió, tieso y adolorido, listo para otro medio dólar y otra comida abundante. Y fue mejorando con el tiempo. Es un peleador nato, increíblemente duro. No tiene corazón. Es un pedazo de hielo. Y nunca ha dicho más de unas pocas palabras seguidas desde que lo conozco. Es de buena madera y hace su trabajo.” 
     Así que Felipe Rivera se fogueó como sparring. Y trabajando para la Revolución Mexicana a través de la Junta, en secreto y durante “los últimos meses”, ha peleado “en clubes pequeños” donde, por el dinero, ha estado “despachando a pequeños boxeadores locales”. No obstante, ante el hecho de que el boxeador Billy Carthey se fracturó un brazo y por ello el boxeador Danny Ward, de Nueva York, se quedó sin contrincante en una pelea organizada y publicitada con antelación (“Y ya están vendidas la mitad de las entradas”), el entrenador Roberts le propone a Michael Kelly que sea Felipe Rivera el que se confronte a Danny Ward.
   Todos suponen que el experimentado Danny Ward será el vencedor (incluidos los trúhanes asistentes del mexicano, el réferi, la mayoría de los apostadores y los diez mil gringos que asisten a la pelea). Y dirigiéndose a Rivera, Kelly le dice: “la bolsa será el sesenta y cinco por ciento de la recaudación. Eres un boxeador desconocido. Tú y Danny se repartirán la ganancia: veinte por ciento para ti y ochenta para Danny.” Pero por muy mudo y retrasado mental que les parezca, Rivera se obstina en su postura: “El vencedor se queda con todo.” Y entre las amenazas, el menosprecio, los insultos, los dimes y diretes, Rivera pica a Danny Ward en su orgullo y acepta el reto, no sin alardear: “Te noquearé y caerás muerto en el ring, muchacho, ya que te burlas de mí. Anúncialo en la prensa, Kelly. El ganador se lleva todo. Que salga en las columnas de deportes. Diles que será un combate de revancha. Voy a enseñarle a este chico un par de cosas.”
   
“El mexicano

Ilustración: Enrique Breccia
          El famoso boxeador Danny Ward (futuro campeón), de 24 años, tiene el pellejo blanco, cuerpo de fisiculturista y es “el héroe popular obligado a ganar” (casi todos apostaron por él, empezando por Michael Kelly). El advenedizo y desconocido boxeador Felipe Rivera, de 18 años, es prieto, de sangre india y no despliega la musculatura de su contrincante; por ende el público no “pudo adivinar la resistencia de las fibras, la instantánea explosión de los músculos, la precisión de los nervios que conectaban cada una de sus partes para convertirlo en un espléndido mecanismo de pelea”. Spider Hagerty, el jefe de sus asistentes —quien da por hecho que Rivera perderá, que se hace pipí y popó del miedo y se rendirá en un tris—, le rebuzna en su esquina del ring antes del inicio de la pelea: “Hazlo durar todo lo que puedas, son las instrucciones de Kelly. Si no lo haces, los periódicos dirán que es otra pelea amañada y hablarán pestes del boxeo de Los Ángeles.” Y luego añade: “No tengas miedo”. “Y recuerda las instrucciones. Tienes que durar. No te rindas. Si te rindes tenemos instrucciones de darte una paliza en los vestuarios. ¿Entendido? ¡Tienes que pelear!” 
     Las diez mil gargantas gritan a gaznate pelado como si cada uno tuviera un ardiente aguijón en el culo; y, a modo de teatral preámbulo de la pelea, Danny Ward, siempre sonriendo, se le acerca al banquillo donde aún, impasible y sin mover un músculo, está sentado Felipe Rivera (ídem una escultura sedente precortesiana) y parece que le brinda un saludo deportivo. Pero sólo Rivera oye la amenaza y el insulto xenófobo (propia de Donald Trump) que le receta a quemarropa: “Pequeña rata mexicana. Aplastaré al cobarde que tienes dentro.” Lo cual queda rubricado por el soez ladrido que le escupe “un hombre desde detrás de las cuerdas”: “Levántate, perro”.
     Antes de esa tensa y espectacular pelea de box, la Junta, sin un céntimo, necesita un montón de dólares para adquirir armas y municiones para la Revolución en México. Y Rivera, el “harapiento fregón”, oyéndoles parlotear el desasosiego de las últimas noticias, dejó de lavar el piso que cepillaba de rodillas. Preguntó si bastarían cinco mil dólares y les dijo que volvería en tres semanas con esa cantidad. “En tres semanas pidan las armas”, dijo. Inextricable a su intrínseca y secreta venganza personal, ese es el leitmotiv que galvaniza y catapulta al boxeador y revolucionario Felipe Rivera. De ahí que lo evoque durante la pelea y que a sí mismo se aliente y glorifique para no perder: “Rivera resistió, y el aturdimiento desapareció de su cerebro. Estaba entero. Los otros eran los odiados gringos, y todos ellos jugaban sucio. En lo peor del combate, las visiones seguían centelleando en su cabeza —largas líneas de ferrocarril que se recalentaban en el desierto; los rurales y los terratenientes americanos, las cárceles y los calabozos; las trampas en los tanques de agua—, todo el sórdido y doloroso panorama de su odisea después de lo de Río Blanco y la huelga. Y, resplandeciente y gloriosa, vio la gran Revolución roja, esparciéndose por su tierra. Las armas estaban ante él. Cada rostro odiado era un arma. Peleaba por las armas. Él era las armas. Él era la Revolución. Peleaba por todo México.”
   
“El mexicano

Ilustración: Enrique Breccia
(detealle)
        Pese a los diez mil gringos gritando y desgañitándose en su contra, a las dilaciones y trampas del réferi, y a los intentos de soborno de Kelly para que Rivera se dé por vencido y pierda, el mexicano derrota al gringo por nocaut en el decimoséptimo round
   
“El mexicano

Ilustración: Enrique Breccia
       
Grabado de José Guadalupe Posada
Detalle de hoja volante impresa por Antonio Vanegas Arroyo
(México, 1913)
     
Estampa incluida en la Monografía de las obras de José Guadalupe Posada,
publicada en México, en 1930, por Mexican Folkways,
con introducción de Diego Rivera.
       
Detalle de Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947).
mural de Diego Rivera.

José Martí, Frida Kahlo, el niño Diego Rivera,
la Calavera Catrina y José Guadalupe Posada.
           Vale observar que entre las ilustraciones que Enrique Breccia hizo para “El mexicano” descuella el obvio tributo que rinde al grabador hidrocálido José Guadalupe Posada (1852-1913) y al muralista Diego Rivera (1886-1957) en el trazo de dos Calaveras Catrinas; pues Posada es el creador de la popular y celebérrima estampa del cráneo de la Calavera Catrina con sombrero, de afrancesada y elegante dama decimonónica, adornado con flores y plumas, pese a que originalmente se llamó La Garbancera (c. 1910), “en alusión a las indias que vendían garbanza y se daban aires de mujeres finas”; y Diego Rivera, en el epicentro de su icónico mural Sueño de una tarde dominical en el Alameda Central (1947), le puso a la Calavera Catrina un largo vestido y una larga estola de serpiente emplumada. Pero además, al parecer, también hay un homenaje al pintor y caricaturista José Clemente Orozco (1883-1949) en el trazo que Breccia hizo del prototipo de revolucionario de huaraches, gran sombrero de palma, carabina 30 30 y cartucheras cruzadas en el pecho, el cual se aprecia entre las estampas que ilustran el mismo cuento.

“El mexicano

Ilustración: Enrique Breccia


III de III
Dividido en cinco partes numeradas con romanos, el cuento “El combate” es, al unísono, una patética y triste historia de amor y una pelea boxística con un desenlace desafortunado y fatal. Joe Fleming, el protagonista, un joven boxeador de 21 años, célebre entre los chiquillos, jóvenes y rucos de West Oakland, está a punto de casarse con Genevieve Pritchard, una joven de 18 años, empleada en la pequeña dulcería de los Silverstein, un matrimonio judío de origen alemán. 
Pese a que el cuento data de 1905, los atavismos y los prejuicios, propios de la ñoña y mojigata idiosincrasia de la época (ahora anticuados, rancios y obsoletos), translucen una impronta decimonónica. Y esto se observa, sobre todo, en los escrúpulos, ofuscaciones, tabúes y represiones psíquicas que trasminan y limitan la conducta, el ideario, las erradas e ingenuas nociones de la desnudez, del deseo sexual y del sexo, y las divagaciones y ensoñaciones íntimas e inconfesables de ambos enamorados. 
Jack London
         Al parecer “El combate” es deudor de cierta vertiente narrativa que deviene del británico Charles Dickens (1812-1870) y del francés Victor Hugo (1802-1885). Y esto se observa tanto en el romanticismo que precede y signa el cortejo y el vínculo amoroso, como en el origen humilde de ambos personajes (“aristócratas de la clase obrera”). La gentil y bellísima Genevieve Pritchard, además de su empleo en la dulcería de los Silverstein, desde los 12 años de edad vive en el apartamento de ese matrimonio judío, ubicado encima de la tienda, pues quedó huérfana. Es decir, era “hija única de una madre inválida de la que se ocupaba, [y por ende] no había compartido las travesuras y los juegos callejeros con los chicos del vecindario.” Y “Su padre, un pobre empleado anémico, de contextura frágil y temperamento tranquilo, hogareño por su incapacidad para mezclarse con los hombres, se había dedicado a darle a su hogar una atmósfera de ternura y suavidad.” Sin embargo, pese a que los Silverstein le dieron cobijo y empleo (sobre todo para trabaje durante el Sabbath), no la adoptaron ni la convirtieron al judaísmo. Y la leyenda de abnegación y filantropía del joven boxeador Joe Fleming la sabe al dedillo el señor Silverstein, ante la sorpresa y la irritada desaprobación de su esposa, pues él también apuesta en los tugurios donde boxea y gana “Joe Fleming, el orgullo de West Oakland”. Según dice: después de que “Su padre murió, fue a trabajar con Hansen, el que hace velas para barcos [en un taller fabril]. Hermanos y hermanas, tiene seis, todos más jóvenes. Es el padrecito para todos. Trabaja duro, sin descanso. Compra el pan, la carne, paga el alquiler. El sábado por la noche vuelve a la casa con diez dólares. Si Hansen le da doce, ¿qué hace? Es el padrecito, le da todo a la mamá. Si trabaja doble, cobra veinte, ¿y qué hace? Lo lleva a la casa. Los hermanitos van a la escuela, tienen ropa de buena calidad, comen pan y carne de lo mejor. La mamá aprovecha, se ve la alegría en sus ojos, está orgullosa de su hijo Joe. No es todo: tiene un cuerpo magnífico —mein Gott, ¡magnífico!—, más fuerte que un buey, más rápido que una pantera, la cabeza más fría que un glacial, ojos que ven todo, ¡todo lo ven...! Hace entrenamiento con otros muchachos en el taller, es como un almacén. Va al club, pone nocaut a La Araña, un golpe directo, un solo golpe. La prima es de cinco dólares, y ¿qué hace? Se lo lleva a la casa, a su mamá. Va mucho a los clubes y junta muchos premios, diez dólares, cincuenta dólares, cien dólares. ¿Y qué hace? Hay que verlo. ¿Abandona el empleo con Hansen? ¿Se va de farra con los amigos? ¡No! Es un buen muchacho. Sigue trabajando todo el día, por la noche solamente va al club para el combate. Dice así: ‘¿Para qué sirve que pague el alquiler?’, me lo dice a mí, Silverstein, perfectamente. Bueno, le respondo que no se preocupe, pero compra una buena casa a la madre. Todo el tiempo que trabaja con Hansen y pelea en los clubes, todo para la casa. Compra un piano para las hermanitas, alfombras para los suelos y cuadros para las paredes. Siempre esa así, decidido. Apuesta por sí mismo, es un buen signo. Cuando se ve que el hombre pone el dinero sobre sí, entonces, tiene que apostar uno también.”

El caso es que previo al inminente matrimonio y a la compra de una alfombra para el futuro nidito de amor, Genevieve Pritchard, que pretende “dominarlo utilizando los métodos de las mujeres”, le ha arrancado “la promesa de dejar el boxeo”. Y el joven boxeador Joe Fleming se comprometió a ello; pero dejará el box después de realizar su última pelea, por la que obtendrá (está seguro) cien dólares. No obstante, para sus adentros, intuye y piensa que en algún momento regresará al cuadrilátero. 
“El combate”
Ilustración: Enrique Breccia
        Con el auxilio de Lottie, hermana de Joe, atavían con ropa y zapatos de hombre a la muy femenina Genevieve Pritchard, quien nunca ha visto una pelea de box e ignoraba la fama local de su amado Joe (el vendedor de alfombras, incluso, lo reconoció y le dio un precio especial). Y así disfrazada él la lleva al sitio donde será el combate y se apuestan dólares; un lugar medio reglamentado, pues entre la concurrencia de empedernidos fumadores hay periodistas, policías de uniforme e incluso “el joven jefe de la policía”. Dado que está prohibida la entrada a las mujeres, Joe, con apoyo de sus conocidos y fanáticos, introduce a Genevieve a un camarín frente al ring, donde a través de un orificio observa a los boxeadores y todas las minucias de la contienda.

Jack London
       Joe Fleming, “el orgullo de West Oakland”, es el favorito del público. Es blanco, lampiño, fornido y efebo (angelical para su angelical novia) y pesa 128 libras. Y su contrincante, John Ponta, “del club atlético de West Bay”, pesa 140 libras, y su apariencia de bestia salvaje y peludo troglodita resulta tan terrible para los ojos de Genevieve Pritchard que “quedó aterrada. En él sí veía al boxeador: un animal de frente estrecha, con ojos centelleantes bajo unas cejas enmarañadas y tupidas, con la nariz chata, los labios gruesos y la boca amenazadora. Tenía mandíbulas prominentes, un cuello de toro, y sus cabellos cortos y tiesos parecían, a la vista asustada de Genevieve, las cerdas recias del jabalí. Había en él tosquedad y brutalidad —una criatura salvaje, primordial, feroz—. Era tan moreno que parecía negro, y su cuerpo estaba cubierto de un vello que, a la altura del pecho y de los hombros, era más abundante, como el de los perros. Tenía el pecho ancho, las piernas gruesas y grandes músculos carentes de esbeltez. Sus músculos eran nudosos, como toda su persona, desprovista de belleza por el exceso de robustez.”

“El combate”

Ilustración: Enrique Breccia
        La pelea sigue el curso previsto por Joe Fleming, cantado a su novia mientras se dirigían al combate. Es decir, Ponta, durante los primeros rounds, lo ataca furiosamente e intenta noquearlo. Joe sobre todo se defiende y Ponta domina la pelea. Pero, según le dijo a Genevieve, llegaría un momento (y llega) en que lo vería atacar a su oponente. Esto empieza a ocurrir en el noveno round. Ahora es Joe el que ataca y domina la pelea. Pero Joe también le dijo a su novia que “siempre puede haber un golpe de suerte, un accidente... Las casualidades abundan...” Así que en el decimocuarto round, cuando todo indica (y se ve) que Joe Fleming está a punto de vencer y noquear a John Ponta, ocurre lo sorpresivo e inesperado. Según la voz narrativa, Ponta, “Dolorido, jadeante, titubeante, con los ojos brillosos y el aliento entrecortado, grotesco y heroico, peleaba hasta el final, esforzándose por alcanzar a su antagonista que lo paseaba por todo el ring. En ese momento, el pie de Joe resbaló sobre la lona mojada. Los ojos vivaces de Ponta lo vieron y reconocieron la ocasión favorable. Todas las fuerzas exhaustas de su cuerpo se juntaron para asestar, con la rapidez del rayo, el golpe de suerte. En el momento mismo en que Joe resbalaba, el otro lo golpeó violentamente en la punta del mentón. Joe osciló hacia atrás. Genevieve vio sus músculos relajarse mientras todavía estaba en el aire y oyó el ruido seco de su cabeza contra la lona del ring.”

Vale apuntar que “Los gritos de la multitud se apagaron súbitamente” en el instante de la caída de Joe Fleming. La cuenta del referí terminó y nadie del demudado y estático público aplaudió al exhausto y tambaleante vencedor John Ponta. A Joe Fleming, inconsciente y al parecer en un “coma mortal” (con “¡Toda la parte posterior del cráneo!” dañada), lo sacaron en camilla y se lo llevaron en una ambulancia tirada por caballos.
“El combate”

Ilustración: Enrique Breccia
        Lo que queda un poco ambiguo y turbio es el origen y la permanencia de esa agua en la lona del cuadrilátero. Esto ocurre al inicio del decimotercer round, cuando Joe Fleming domina la pelea. Según la voz narrativa: “Estaban mojando a Ponta. El gong sonó en el instante preciso en que uno de sus ayudantes le vertía una nueva botella de agua sobre la cabeza. Ponta avanzó hacia el centro del ring, seguido por su asistente que tenía la botella con la boca hacia abajo. Cuando el árbitro le gritó, el ayudante la dejó caer y abandonó el ring a toda velocidad. La botella rodó por el suelo, el agua se escapaba a pequeños borbotones, hasta que el árbitro la envió fuera de las cuerdas con un rápido puntapié.”

Curiosamente, el réferi Eddy Jones al inicio del combate también goza de prestigio entre el gentío que corea su nombre. Pero ¿por qué no detuvo la pelea para que los ayudantes secaran la lona con una elemental e infalible jerga? Quizá Joe Fleming no hubiera resbalado y John Ponta no hubiera fugazmente entrevisto su volátil oportunidad para lazar ese vertiginoso, certero y dramático “golpe de suerte”. 


Jack London, Knock Out, tres historias de boxeo. Traducción del inglés al español de Patricia Willson. Ilustraciones en blanco y negro de Enrique Breccia. Libros del Zorro Rojo. Barcelona, septiembre de 2011. 130 pp.