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sábado, 5 de agosto de 2017

Los que aman, odian


El cuarto cerrado y el tufillo del crimen

A estas alturas del siglo XXI son más que consabidas la amistad, las afinidades electivas y las complicidades literarias que sostuvieron los escritores argentinos Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Jorge Luis Borges (1899-1986). En lo referente al género policíaco, además de practicarlo a cuatro manos al confluir con pseudónimos —B. Suárez Lynch: Un modelo para la muerte (Oportet y Haereses, Buenos Aires, 1946), y H. Bustos Domecq: Seis problemas para don Isidro Parodi (Sur, Buenos Aires, 1942), Dos fantasías memorables (Oportet y Haereses, Buenos Aires, 1946), Crónicas de Bustos Domecq (Losada, Buenos Aires, 1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (Librería La Ciudad, Buenos Aires, 1977)—, se propusieron, como un lúdico y hedonista tributo a sus autores y fuentes, promover la lectura de los clásicos (y sus epígonos) al editar, sin prólogo, la antología Los mejores cuentos policiales, la cual, con 16 cuentos (y traducciones de ambos), fue impresa por Emecé en 1943 en la capital argentina; y la homónima segunda serie, con 14 cuentos y sin prefacio, fue impresa por Emecé en 1952, con alguna modificación diez años después, y es la que ahora, coeditada por Alianza y Emecé, se conoce como Los mejores cuentos policiales 1, pues la antología Los mejores cuentos policiales (2), reelaboración de la primera de 1943, se coeditó, con 15 cuentos, hasta 1983, en Madrid, por Alianza Editorial y Emecé, con un “Prólogo”, que aunque firmado por los dos en “Buenos Aires, 19 de octubre de 1981”, parece haber sido escrito únicamente por Borges, pues además de que el aliento es suyo, se formulan tópicos que éste repitió a lo largo de su vida (en prólogos, reseñas, entrevistas, clases y conferencias), entre ello lo relativo a la génesis del género policíaco: 
(Alianza/Emecé, Madrid, 1983)
         “A partir de 1841, fecha de la publicación de The Murders in the Rue Morgue, primer ejemplo y de algún modo arquetipo del género policial, éste se ha enriquecido y ramificado considerablemente. Edgar Allan Poe tenía el hábito de escribir relatos fantásticos; lo más probable es que al emprender la redacción del texto precitado sólo se proponía agregar, a una ya larga serie de sueños, un sueño más. No podía prever que inauguraba un género nuevo; no podía prever la vasta sombra que esa historia proyectaría. Esta historia para su autor no habrá sido muy distinta de The Fall of the House of Usher y de Berenice. Tal vez corrobora este acierto la circunstancia de que el crimen y su investigador hayan sido situados en París, lejana ciudad fuera del control de la mayoría de sus lectores [...] 

“En The Murders in the Rue Morgue, en The Purloined Letter y The Mystery of Marie Roget, Edgar Allan Poe crea la convención de un hombre pensativo y sedentario que, por medio de razonamientos, resuelve crímenes enigmáticos, y de un amigo menos inteligente, que refiere la historia. Esos dos personajes, meras abstracciones en los textos de Poe, se convertirán con el tiempo en Sherlock Holmes y en Watson, que todos conocemos y queremos. Algunos autores —baste recordar a A.E.W. Mason y a Agatha Christie— proponen un detective extranjero y un narrador inglés, más bien estólido.”
(Emecé, Buenos Aires, 1946)
         Y para contribuir aún más con la transgresión de los límites porteños de los años 40 del siglo XX, en 1945, para Emecé, Borges y Bioy empezaron a dirigir y a editar la legendaria serie policíaca El Séptimo Círculo (duró hasta 1955) —nombre elegido por Borges que alude “el círculo de los violentos en el infierno de Dante”—, misma que el 8 de agosto de 1946 publicó la primera edición de Los que aman, odian, única novela policial escrita entre Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo (1903-1993), con quien se había casado el 15 de enero de 1940 (con Borges entre los testigos), el año de la célebre Antología de la literatura fantástica (Sudamericana, Buenos Aires, 1940), que conformaron los tres, y el de La invención de Morel (Losada, Buenos Aires, 1940), la novela más famosa de Bioy, prologada por Borges.

Con el equívoco y la ambigüedad que transluce el título Los que aman, odian, Silvina y Bioy se revelan contagiados por la empatía y el entusiasmo emprendido entre Adolfito y Georgie al escribir a cuatro manos como si fueran un sólo autor, y toman la estafeta de los ingredientes esenciales de la clásica narración policial para tributar al a veces llamado “género menor” y “género negro” cuando se incluyen situaciones de violencia que ineludiblemente recuerdan las tutelares narraciones negras de Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Leslie Charteris (el creador del popular Simón Templar, alias El Santo).
(Tusquets, Barcelona, septiembre de 1989)
  Al inicio de Los que aman, odian, el doctor Humberto Huberman, el narrador y protagonista, anuncia a los cuatro pestíferos vientos del Cono Sur que va a relatar “la historia del asesinato de Bosque del Mar”. A partir de tal declaración evocativa que posterga el punto nodal de la obra, se inocula la intriga y el suspense. Al insaciable lector, como gancho preliminar y para que empiece a formularse las preguntas cuyas respuestas irán cambiando con los datos y giros de la secuencia, se le atrae con el tufillo del crimen. Casi de entrada intuye que entre los personajes que deambulan en el cuarto cerrado que es el subterráneo Hotel Central (“caserón cerrado como en un barco en el fondo del mar, o más exactamente, como en un submarino que se ha ido a pique”) —ubicado en el balneario Bosque del Mar, casi frente al agitado océano y a cierta distancia de la estación ferroviaria de Salinas, a donde se va y viene en un viejo Rickenbacker— mínimamente habrá un muerto y un asesino, con sus lógicas dosis de misterio, de ambigüedades, de enredo, de engaños al lector, de truculencias, de posibles culpables, de giros sorpresivos, y con las imprescindibles e inteligentísimas inferencias y deducciones detectivescas que arma y desarma el racionicinador por antonomasia.

     
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
Foto: Mariano Roca
        La escritura de Los que aman, odian está concebida con sobriedad, mimo, esmero, humorística parodia y fina ironía. En cada uno de los 34 capítulos breves es elocuente la búsqueda de las palabras precisas y limadas. Las necesarias para contar lo debido desde una cortesía y elegancia que proyecta la psicología convencional del protagonista (a imagen y semejanza de un culto gentleman argentino con ínfulas británicas). La maniática y egocéntrica personalidad del doctor Humberto Huberman (adicto a los glóbulos de arsénico, a las citas librescas y contrario a la farmacopea alopática), no sólo implica humor en lo que respecta a su moral conservadora y a sus prejuicios de raigambre decimonónica, en sus latinajos y extranjerismos de inveterado políglota, en el hecho de que escribió la narración como una crónica testimonial para las amigas de su madre (sus únicas amigas), en sus arraigados hábitos culinarios y domésticos de señor flemático y urbano entrado en años, que se las da de respetable, de autoridad ética, con “cualidades de conductor espiritual”, de culto y descubridor de los hilos negros que, según él, ocultan los trasfondos de los hechos delictivos: “Yo era, en ese limitado mundo de Bosque del Mar, la inteligencia dominante, y mis declaraciones habían orientado la investigación.” Sino que también sus rasgos adquieren matices radiográficos cuando haciendo agua en el flébil terror a la muerte al descubrirse extraviado en medio de la tormenta de arena, entre la inclemencia y los cangrejales que rodean el Hotel Central del balneario Bosque del Mar (dizque “el paraíso del hombre de letras”), el incontinente torbellino de su monólogo expresa la dimensión de su cobardía, de su fobia e inmoralidad que oculta y maquilla tras su imagen de doctor respetable metido a detective de salón y sobremesa.

    
(Alianza/Emecé, 5a ed., Madrid, 1985)
           En tales proyecciones especulares descuella el carácter novelesco de la obra. Se trata de una ficción, de un divertimento, feliz e inocuo, frente al hecho, muchas veces jaculatorio, de que la narración policíaca, aunque no se lo proponga, siempre resulta crítica por el lance de aludir a una sociedad enferma, pestilente y corrompida que se incrimina y castiga a sí misma, muchas veces desde parámetros que ponen en tela de juicio los procedimientos arbitrarios e ilegales de la policía y los designios dudosos de la llamada “Justicia”, sobre todo cuando no se incurre en el detestable e infantil maniqueísmo (por lo regular norteamericano y de churro hollywoodense) de confrontar a los buenos (los detectives) contra los malos (los criminales). De ahí que resulte ineludible citar el lapidario epígrafe de Honoré de Balzac que preludia a El Padrino (1969), la gran novela sobre la mafia de Mario Puzo adaptada al cine: “Detrás de cada fortuna hay un crimen”.  

Atrás: Silvina Ocampo y Cecilia Boldarin
Al frente: Georgie, María Esther Vázquez, Marta Bioy Ocampo y Adolfito
Mar del Plata, febrero 21 de 1964
  El doctor Humberto Huberman ha ido al Hotel Central de Bosque del Mar a pasar unas vacaciones y para aprovechar el retiro y la soledad que le permitan escribir la adaptación cinematográfica, nada menos que del Satyricón de Cayo Petronio, “a la época actual y a la escena argentina”, encargo ex profeso de la Gaucho Film, Inc. Allí, en ese sitio rodeado de tormentas de arena, de nidos repletos de cangrejos, de arenales movedizos y de un océano enloquecido cuya marea sube vertiginosamente devorando grandes distancias, al ocurrir el envenenamiento de una fémina y mientras se dilucida si fue suicidio o asesinato y quién es el asesino o los asesinos o los cómplices, le toca permanecer encerrado con los otros vacacionistas y con el personal del hotel, a quienes luego se añaden el hombre de las pompas fúnebres, dos gendarmes, el comisario Raimundo Aubry y el doctor Cecilio Montes, su alcohólico adjunto —traídos ex profeso de Salinas en el Rickenbacker del hotel—, los encargados de las pesquisas policiales, en cuyos rasgos se proyectan las célebres sombras imaginadas en 1887 por el escocés sir Arthur Conan Doyle: Sherlock Holmes y el doctor Watson, que sin buscarlo le sugirió Edgar Allan Poe (Borges dixit). Mientras se esclarece el meollo del crimen a través de varias investigaciones e hipótesis detectivescas —no sólo de los policías—, en un margen de seis días ocurren una serie de situaciones equívocas y difusas que aparentemente señalan como culpable (o cómplice) ya a alguno, ya a otro de los circunstantes, y que continuamente dan giros y sorpresas inesperadas, quitando y añadiendo datos y matices.

       
Silvina Ocampo en 1959
Foto: Adolfo Bioy Casares
     Hay que subrayar, sintéticamente, que la naturaleza libresca y la condición de escritores que definían a Silvina Ocampo y a Adolfo Bioy Casares está lúdicamente cernida en la anécdota y en la delineación de sus personajes, e implícita en frases como la siguiente que apunta el doctor Huberman: “El destino de todos nosotros, los escritores que obedecemos al llamado de la vocación y no al afán del lucro, es una continua busca de pretextos para diferir el momento de tomar la pluma.”

 
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
  El doctor Humberto Huberman, además de médico y adaptador de obras literarias a guiones cinematográficos —Borges y Bioy publicaron dos guiones de cine en un mismo libro: Los orilleros y El paraíso de los creyentes (Losada, Buenos Aires, 1955)— es un conocedor de literatura que sostiene diálogos literarios con el comisario Raimundo Aubry; éste, al hablar sobre el laberinto de sus reflexiones detectivescas, salpica sus palabras con citas de Victor Hugo. Mary —la envenenada con estricnina diluida en una taza de chocolate— era una solterona y maniática traductora de obras policíacas que llevaba siempre consigo todos los libros traducidos por ella, las versiones originales del autor, sus versiones manuscritas, las mecanografiadas y las pruebas de imprenta. Al Hotel Central, próximo al Hotel Nuevo Ostende, no sólo cargó con todo esto, sino que también se encontraba allí traduciendo un libro de Michael Innes, mientras departía con su hermana Emilia y el novio de ésta. Y es precisamente un fragmento de una novela de Eden Phillpotts donde se habla de suicidio (desde luego tomado de un manuscrito hecha por la misma mujer), uno de los elementos clave, junto con el robo de las joyas de la envenenada, utilizados por un personaje con doble identidad (Enrique Atuel e inspector Atwell) para alterar el sentido de los hechos y el rumbo de la investigación policíaca. El solitario niño Miguel Fernández, con “cara de laucha”, sobrino de la patrona del Hotel Central, extraño y tenebroso taxidermista, tiene su habitáculo en el cuarto de los baúles (un rincón sombrío y apartado de la hostería) y utiliza como un punto de sus oscuros y cruentos juegos el Joseph K, un velero encallado en la playa. Navío, que no obstante su inutilidad, al término de la novela desaparece del mapa durante la tormenta de arena que mantuvo a los circunstantes encerrados en el hotel —con calor, falta de aire y moscas perseguidas por el matamoscas de una obesa dactilógrafa (“atareada encarnación de Muscarius, el dios que alejaba a las moscas de los alteres”)—, llevándose así los enigmas más enigmáticos del niño, pese a los secretos que revela en una póstuma carta que le deja a Paulino Rocha, el boticario de la Farmacia Los Pinos del balneario Bosque del Mar, quien le enseñara el procedimiento de “la conservación de las algas”.


Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Los que aman, odian. Colección Andanzas núm. 101, Tusquets Editores. Barcelona, septiembre de 1989. 160 pp.

sábado, 1 de julio de 2017

Máscaras



Todos usamos máscaras


Firmada en “Mantilla, 1994-1995”, Máscaras, novela del cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), además de que en España obtuvo el “Premio Café Gijón de Novela 1995, convocado por el Ayuntamiento de Gijón y patrocinado por la Caja de Asturias”, ha sido traducida al francés, al italiano y al alemán. Máscaras apareció por primera vez en Barcelona, en febrero de 1997, impreso por Tusquets Editores con el número 292 de la Colección Andanzas; y es el primero de sus libros publicados por tal editorial. Máscaras (1997)  —con Paisaje de otoño (1998), Pasado perfecto (2000) y Vientos de Cuaresma (2001)—, integra la tetralogía de novelas policíacas “Las cuatro estaciones” (ubicadas en Cuba, en 1989), protagonizadas por el teniente Mario Conde, quien también es protagonista en La neblina del ayer (2005), en Adiós, Hemingway (2006), en La cola de la serpiente (2011) y en Herejes (2013).

Leonardo Padura
  La investigación detectivesca que el teniente Mario Conde encabeza en Máscaras apenas comprende cuatro calurosos días de verano en la capital de Cuba: entre el jueves 7 de agosto de 1989, cuando en Bosque de La Habana se descubre el cadáver de un travesti asesinado el día anterior, y el domingo 10 de agosto de 1989, día en que se desvela la identidad del asesino. No obstante, la serie de anécdotas y digresiones, aunadas a lo que concierne a la vida íntima, amatoria y personal de Mario Conde y a varios de sus entrañables compinches (en este caso: Candito el Rojo, y el Flaco Carlos y su madre Josefina), trazan un esbozo que es una auscultación crítica sobre los delitos, las carencias, las diferencias de clase, las restricciones y represiones hacia la cultura y las libertades individuales (incluido el pensamiento y la preferencia sexual de los homosexuales), y por ende sobre los antagonismos y prohibiciones en el entorno social, económico, político y cultural de la empobrecida isla de Cuba signada por el socialismo prosoviético adoptado por la imperativa y dictatorial Revolución Cubana.
Contraportada
        Si la pesquisa por la muerte de Alexis Arayán Rodríguez, el travesti asesinado en Bosque de La Habana, revela que es hijo de “Faustino Arayán, último representante cubano en la Unicef, diplomático de largas misiones” y “personaje de altas esferas”, y que su deceso por asfixia es un crimen del fuero común (cometido por un funcionario enmascarado en su alta y privilegiada posición política y social), la indagación detectivesca pone al descubierto, ante la intrínseca memoria y la íntima reflexión del policía Mario Conde (y por ende ante los ojos del lector), el carácter represivo, policíaco e intolerante del régimen dizque “socialista” y antidemocrático que ha gobernado la isla de Cuba. 
Mientras el teniente Mario Conde y su auxiliar el sargento Manuel Palacios vestidos de civil investigan el asesinato de Alexis, en el interior de la Central de Policía, precedida por el mayor Antonio Rangel, se sucede una averiguación realizada por un poder policíaco alterno y paralelo: Investigaciones Internas, cuyos agentes (“vestidos con traje de campaña, sin grados en los hombros”) indagan y escrutan vida y milagros de cada policía sospechoso. Pese a sus más de diez años de policía y a que el mayor Rangel lo considera “su mejor hombre” del Departamento de Homicidios y “confiaba en él”, el Conde no puede eludir una “molesta sensación de miedo”. Por ende, además de pesadillas, ante el Flaco Carlos elucubra sobre su inminente jubilación a sus 35 años de edad; a Candito el Rojo, quien después de abandonar “el negocio de hacer zapatos” (quizá con piel robada), oculto en un miserable y hacinado vecindario regentea un barcito clandestino, le pide que lo desmonte y que se deshaga de la mulatica la Cuqui; con Manuel Palacios comenta que lo interrogarán sobre él; y el propio Conde consulta al mayor Rangel, quien también se siente y se ve investigado. No obstante, nada hay contra ellos y el único que resulta suspendido por Investigaciones Internas y luego preso por múltiples corruptelas y fechorías (“tráfico de divisas, soborno e investigaciones trucadas”, “extorsión y contrabando”) es el “capitán Jesús Contreras, jefe del departamento del Tráfico de Divisas de la Central”, con “veinte años de policía”, a quien Mario Conde, por su máscara de gordinflón bonachón, tenía por “su amigo”, “uno de los mejores policías que había conocido”.
La investigación del asesinato de Alexis Arayán conduce a Mario Conde hasta la astrosa casona donde subsiste el proscrito Alberto Marqués, un legendario homosexual, otrora reputado dramaturgo y director teatral, en cuyo domicilio vivía Alexis tras las sucesivas discrepancias padecidas en su mansión familiar, sobre todo ante su padre, el diplomático encumbrado desde el triunfo de la Revolución.
Alberto Marqués le revela a Mario Conde que el vestido rojo que llevaba puesto Alexis en el momento de su estrangulamiento con una banda de seda roja de la cintura es el viejo vestuario que el dramaturgo diseñó, en París —una insomne noche de abril de 1969—, para la protagonista homónima de su montaje de Electra Garrigó, el libreto teatral de Virgilio Piñera, luego de que durante una correría nocturna con un par de gays cubanos (el Recio y el Otro Muchacho), vieron, desde un restaurante griego en Montparnasse, la magnética, furtiva y vaporosa imagen de un travesti vestido de rojo. Tal dato y otros que le confiesa y expone Marqués sobre la personalidad de Alexis y su amistad con él, inciden en el curso que toma la investigación. Pero paralelamente, además de prestarle El rostro y la máscara, el libro escrito por el Recio, que tal vez le dé “algunas claves de lo que había sucedido” y ciertas luces “sobre el mundo oscuro de la homosexualidad”, lo lleva a una breve y efímera incursión por los subterráneos meandros de ciertos homosexuales y travestis de La Habana; y le cuenta, en varios encuentros, los culteranos y sarcásticos episodios de esa período en París, el último vivido allí, y que a la postre significó el preámbulo de su proscripción en Cuba (y del mundo), pues la idea de su transgresora y provocativa versión de Electra Garrigó se completó, cuando a la siguiente noche del diseño del susodicho vestido de la protagonista, los tres lindos cubanos, en el cabaret Les femmes, en el Barrio Latino, vieron actuar a toda una variedad de travestis. 
A partir de tal estancia parisina, y ya en Cuba, comenzó a pergeñar, con actores travestidos, lo que iba ser su apoteósico montaje de Electra Garrigó, que debía estrenarse “en La Habana y en el Teatro de las Naciones de París en 1971”. Pero ya avanzado el trabajo, Marqués, tal año, fue “parametrado”; es decir, en el coercitivo régimen del realismo socialista, de la intolerancia, del terror y del castigo a la homosexualidad, fue sometido a un juicio que lo expulsó “de la asociación de teatristas” y del grupo de teatro que él fundara y diera nombre. En el proceso, allí en el teatro, “de los veintiséis presentes, veinticuatro alzaron la mano, pidiendo mi expulsión” —le dice al Conde— “y dos, sólo dos, no pudieron resistir aquello y salieron del teatro”. Y después de exhibir su incapacidad proletaria en una fábrica a la que fue remitido (para que se purificara “con el contacto de la clase obrera”, dice), lo “pusieron a trabajar en una biblioteca pequeñita que está en Marianao, clasificando libros”. Y allí ha estado, castrando a Cronos, vil ratón de biblioteca que a veces, le confiesa al poli, se roba libros y los atesora en la biblioteca de su casona, como El Paraíso perdido, de Milton, con ilustraciones de Gustav Doré. 
La represión urdida contra Marqués le recuerda al policía —que es un escritor frustrado—, la vivida por él mismo cuando a sus 16 años, en 1971, era alumno del Pre de La Víbora y pergeñó su primer relato: “Su pobre cuento se titulaba ‘Domingos’ y fue escogido para figurar en el número cero de La Viboreña, la revista del taller literario del Pre. El cuento relataba una historia simple, que el Conde conocía muy bien: su experiencia inolvidable, cada despertar de domingo, cuando su madre lo obligaba a asistir a la iglesia del barrio, mientras el resto de sus amigos disfrutaba la única mañana libre jugando pelota en la esquina de la casa. El Conde quiso hablar, así, de la represión que conocía, o al menos de la que él mismo había sufrido en los tiempos más remotos de su educación sentimental, aunque, mientras lo escribía no se formuló el tema en esos términos precisos. Lo frustrante, sin embargo, fue la represión que desató aquella revista que nunca llegó al número uno —y dentro de ella, también su cuento—. Cada que vez que lo recuerda, el Conde recupera una vergüenza lejana pero imborrable, muy propia, toda suya, que lo invade físicamente: siente un sopor maligno, unos deseos asfixiantes de gritar lo que no gritó el día en que los reunieron para clausurar la revista y el taller, acusándolos de escribir relatos idealistas, poemas evasivos, críticas inadmisibles, historias ajenas a las necesidades actuales del país, enfrascado en la construcción de un hombre nuevo y una sociedad nueva”.
La información que el Conde tiene del Marqués se completa y contrasta con la que le brinda Miki Cara de Jeva en la burocrática y oficialista Unión de Escritores (obvia y elusiva alusión a la consabida UNEAC). Por Miki se entera que después de una década de proscripción, Marqués fue reivindicado, pero optó por seguir en la sombra y en el silencio y sin buscar irse de la isla. Por todo ello ahora lo admiran y catalogan de paladín de la resistencia, de la dignidad y el orgullo.
 
Colección Andanzas núm. 292, Tusquets Editores
Barcelona, mayo de 2005
        El contacto con el culto Marqués y su historia, reviven en el Conde su adormecido anhelo de ser escritor y casi de un tirón escribe un cuento (se lee en el libro) que le celebran el Flaco Carlos con su afición al ron y su madre Josefina con sus delirios culinarios; y que además lo aprueba el propio Marqués cuando en su casona se lo enseña el domingo 10 de agosto de 1989, ya descubierta por el policía la identidad del asesino de Alexis. Entonces, dado que el Marqués dice admirar al Conde tanto por escritor como por detective, le brinda dos revelaciones más. Una: su secreta obra escrita durante los años de silencio y marginalidad subterránea: “ocho obras de teatro” y “un ensayo de trescientas páginas sobre la recreación de los mitos griegos en el teatro occidental del siglo XX”, que resguarda, en su vasta biblioteca, dentro de “una carpeta roja, atada con cintas que alguna vez fueron blancas y ahora lucían varias capas de suciedad.” “No me dejaron publicar ni dirigir, pero nadie me podía impedir que escribiera y que pensara”, le dice casi como una declaración de principios. La otra: el secreto móvil del crimen (que se aúna al retorcido hecho de que todo indica que Alexis se dejó asfixiar, es decir, buscó que el asesino lo matara vestido de mujer, él, que en su vida cotidiana era gay, católico y potencial suicida, pero no travesti). Según Marqués, Alexis confrontó a su asesino con el hecho de que sabía que en 1959 había falsificado unos documentos y que con “un par de testigos falsos” que atestiguaron que “había luchado en la clandestinidad contra Batista”, “se montó [con altos vuelos] en el carro de la Revolución”. 


Leonardo Padura, Máscaras. Colección Andanzas (292), Tusquets Editores. 3ª edición. Barcelona, mayo de 2005. 240 pp. 


martes, 6 de junio de 2017

El secreto de sus ojos

Las miradas se cargan de palabras

I de II
En la narrativa del escritor argentino Eduardo Sacheri (Castelar, 1967) —Premio Alfaguara de Novela 2016 por La noche de Usina—, su novela El secreto de sus ojos es un best seller, su gallina de los huevos de oro, fulgurante en todos los rincones y resquicios del planeta Tierra. La primera edición (impresa en Buenos Aires por Galerna) data de 2005 y entonces se titulaba La pregunta de sus ojos, que es la sugerente frase con que concluye (abierta a la imaginación del lector). Pero a raíz del masivo y estridente boom del filme dirigido por Juan José Campanella, estrenado en 2009 —con guion del novelista y del director—, ganador del Oscar, en 2010, a la mejor película extranjera (entre otros premios y nominaciones), en algún momento la novela (editada por Alfaguara y elegida por la empresa en su 50 aniversario entre los 50 títulos imprescindibles de su historia) pasó a llamarse igual que la película. Elemental y transparente mercadotecnia biunívoca.  
Primera edición en Debolsillo
México, noviembre de 2015
    Una estrategia de ventas parecida es la utilizada en la primera edición mexicana de El secreto de sus ojos en Debolsillo, impresa en noviembre de 2015, pues el diseño del frontispicio (con el tautológico y circular sello que refrenda su índole de best seller) reproduce la imagen con que en DVD se comercializó Secret in their eyes (2015), filme dirigido por Bill Ray. Allí se observa una panorámica nocturna de luminosos rascacielos de Los Ángeles, California (época actual), encabezada por los rostros de los actores que lo protagonizan: Julia Roberts, Nicole Kidman y Chiwetel Ejiofor. Y encima de éstos figura un cintillo que pregona a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: “Llevada a la pantalla grande como Secretos de una obsesión”. Lo cual es una reverenda mentira del tamaño de la croqueta del mundo, porque tal filme no es una adaptación de la novela de Eduardo Sacheri, como tampoco lo es la película dirigida por Juan José Campanella. El largometraje de Campanella, hablado con el español de la Argentina y ubicado en un Buenos Aires que oscila entre 1974 y 25 años después, está basado en el libro de Sacheri, pero no es una adaptación en sentido estricto. 
   
DVD de la película El secreto de sus ojos (2009)
      Entre las variantes y diferencias entre la obra literaria y la obra fílmica se pueden enumerar, por ejemplo, varios nombres. El protagonista del filme se llama Benjamín Espósito (Ricardo Darín) y en la novela se llama Benjamín Miguel Chaparro; en la película la abogada (y luego jueza) se llama Irene Menéndez Hastings (Soledad Villamil) y en la novela lleva por nombre Irene Hornos y su itinerario es otro. Quien en el libro provoca la confesión del violador y asesino es Pablo Sandoval (entrañable amigo y auxiliar de Benjamín Chaparro en el “Juzgado de Instrucción en lo Criminal” donde laboran), mientras que en el filme es Irene. En el libro el viudo, en la época de la violación y asesinato de su joven esposa, es alto y rubio, y en el filme tiene el cabello negro y una estatura promedio. En el libro esa joven mujer era oriunda de Tucumán y en el filme de Chivilcoy. Las fotos del matrimonio y de ella antes de casarse con Morales, en la novela éste se propone destruirlas luego de enseñárselas a Chaparro en el bar de la calle Tucumán: “no puedo tolerar ver su rostro sin que ella pueda devolverme la mirada”, le dice; mientras que en la película el viudo las preserva en su casa y las contempla sin descanso porque para él son un íntimo y valioso tesoro; pero en ambos casos del conjunto de fotos Benjamín selecciona varias donde un individuo mira bobalicón y embelesado a Liliana Colotto (él sabe de esos íntimos y secretos menesteres de la mirada porque a sí mismo se ve mirando bobalicón y embelesado a Irene), observación que permite identificar a Isidoro Gómez, que resulta ser el violador y asesino. En la novela el policía Alfredo Báez juega un papel protagónico y muy inmiscuido en las primeras deducciones que arrojan las pistas del caso recabadas por Chaparro, en otras investigaciones detectivescas y en las incertidumbres que ponen en peligro la vida de éste en el contexto de la guerra sucia en 1976 (por ende lo esconde en una pensión y le organiza su viaje y exilio en el Juzgado Federal San Salvador de Jujuy, exilio que se prolonga siete años y donde Chaparro conoce a su segunda esposa), mientras que en el filme desempeña un papel muy secundario, casi decorativo y coreográfico. Y en el desenlace de la trama y en el destino del asesino (y del viudo) hay grandes y trascendentales diferencias entre la novela y la versión fílmica.  
   
DVD del filme Secretos de una obsesión (2015)
      Por su parte, Secretos de una obsesión es una película “Inspirada en la ganadora del Oscar El secreto de sus ojos” —no en la novela—, tal y como se lee al término del filme y en el encabezado de la portada del DVD de la versión con subtítulos en español. Es decir, el argumento de Secretos de una obsesión, con guion de Bill Ray, retoma y reinventa situaciones y planteamientos (e incluso frases) de la película  guionizada por Sacheri y Campanella, pero es otra cosa, una obra distinta, no una adaptación. En ella se suceden dos tiempos ubicados en Los Ángeles, California. Uno se remonta a la época en que ocurrió la violación y asesinato de la hija de la policía Jessica Jess Cobb (Julia Roberts), en el contexto de la propagación de la islamofobia, de la intestina corrupción policíaca impregnada de la psicosis colectiva antiislamista y antiterrorista, secuela del atentado a las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York sucedido el 11 de septiembre de 2001; y el otro, el presente, ocurre trece años después, cuando Raymond Ray Kasten (Chiwetel Ejiofor), otrora agente del FBI, dice haber identificado al asesino y promueve su localización y cacería.

II de II
Firmada en “Ituzaingó, septiembre de 2005”, y con una postrera “Nota del autor”, la primera edición mexicana de El secreto de sus ojos editada en Debolsillo (en noviembre de 2015) se divide en cuarenta y cinco capítulos numerados con arábigos, entreverados por doce capítulos con rótulos. Es 1999, en Buenos Aires, y Benjamín Miguel Chaparro, de 60 años, recién se ha jubilado tras 40 años de labor en Tribunales, 33 de ellos en el quinto piso del Palacio de Justicia (7 en el Juzgado Federal de San Salvador de Jujuy), la mayoría como prosecretario de la “Secretaría n.° 19” del “Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Criminal de Instrucción n.° 41”. Sobreviviente de dos matrimonios sin hijos, en la solitaria comodidad de su casa en Castelar (herencia de sus padres), Chaparro, pese a que no es un escritor de oficio y beneficio, empieza a escribir un libro manuscrito y luego aporreando una arqueológica Remington (facilitada ex profeso de la Secretaría por la jueza Irene Hornos), que resulta ser un libro testimonial (con perspectivas, condimentos y sesgos autobiográficos) sobre un caso que lo impresionó, donde hubo la subrepticia y agresiva violación de una joven y hermosa mujer y su asesinato por estrangulamiento, espeluznante e indeleble escena en el dormitorio de una minúscula vivienda; crimen ocurrido hace 31 años, precisamente la mañana del martes “30 de mayo de 1968”, que “fue el último día en que Ricardo Agustín Morales desayunó con Liliana Colotto”. La joven y modesta pareja estaba casada desde principios de 1967 y vivían en el reducido departamento de una vieja casa de Palermo transformada en conventillo; ella era una maestra de 23 años de edad que ejerció en Tucumán sólo un año (antes de trasladarse a Buenos Aires) y él, de 24, era un cajero del Banco Provincia. 
Eduardo Sacheri
       Signada por su pulsión desenfadada y por su lúdico y florido vocabulario repleto de jerga leguleya, vulgarismos, coloquialismos y modismos característicos o propios del habla argentino, vale decir —sin desvelar todos los pormenores y menudencias de los giros sorpresivos y del carozo de la mazorca— que El secreto de sus ojos, la novela de Eduardo Sacheri, se desarrolla en dos vertientes paralelas, pero que se tocan. Una, la numerada con los números arábigos, es lo que corresponde al contenido del libro que gira en torno a la violación y el asesinato de Liliana Colotto ocurrido la mañana del martes 30 de mayo de 1968, que, con sentido cronológico, va escribiendo Benjamín Chaparro durante once meses en la Remington propiedad de la Secretaría del Juzgado. Cuyas evocativas anécdotas concluyen en 1996, luego de que el jueves 26 de septiembre de ese año, Chaparro recibiera en su Secretaría una carta del viudo Ricardo Morales, a quien no veía desde 1973, precisamente desde la última reunión que tuvo con él en el bar de la calle Tucumán donde solía citarlo; que fue la vez que hablaron de la recién amnistía de los presos políticos decretada el 25 de mayo de 1973 por el presidente Cámpora (en la vida real ese día tomó el poder de su breve período), y que no tan sorpresivamente para el pesimista viudo (su prerrogativa existencial era: “Todo lo que pueda salir mal va a salir mal. Y su corolario. Todo lo que parezca marchar bien, tarde o temprano se irá al carajo.”), puso en libertad a Isidoro Gómez, el violador y asesino de su bellísima esposa Liliana Colotto, preso en la cárcel de Devoto por tal delito del fuero común (y no político), cuya confesión del crimen el jueves 26 de abril de 1972 el propio Chaparro redactó en la misma Remington que 27 años después utiliza para escribir su libro.  

     
Benjamín Espósito y el viudo Ricardo Morales
(Ricardo Darín y Pablo Rago)
Fotograma de El secreto de sus ojos (2009)
       Las últimas noticias sobre el viudo Ricardo Agustín Morales las tuvo en 1976, cuando “en la estación de Rafael Carrillo”, el día que se marchó rumbo a su exilio de 7 años en San Salvador de Jujuy, habló con Báez, el policía, y éste lo puso al tanto del “testimonio de los viejos de Villa Lugano” (recabado por él), quienes vieron en la madrugada que Morales metía en la cajuela de un auto el cuerpo inconsciente, pero vivo, de Isidoro Gómez. Es decir, el “28 de julio de 1976” Isidoro Gómez desapareció del mapa y esbirros sin escrúpulos hicieron trizas el interior del departamento de Chaparro y le dejaron en el espejo una amenaza: “Esta vez te salvaste, Chaparro hijo de puta. La próxima sos boleta.” Según las indagaciones de Báez, Pedro Romano en persona quiso matarlo porque supuso que Chaparro mató a Gómez. Hipótesis que parece descabellada y exagerada, pues Chaparro, por muy boludo que sea, no carga pistola ni canta esas rancheras (vamos, no mata ni una mosca). El meollo es que Pedro Romano, cuando también era prosecretario de una Secretaría vecina a la Secretaría del prosecretario Chaparro, se hizo enemigo de éste en torno al asesinato de Liliana Colotto, pues por inmoral y corrupto, y apoyado por el negligente policía Sicora, intentó cerrar el caso inculpando a dos albañiles que no tenían nada que ver en el crimen (en ello subyace un dejo xenofóbico y racista, y una belicosa competencia contra su colega). Ante esto, y por la goliza que recibieron los albañiles en la celda, Chaparro lo denunció ante la Cámara y se peleó con él; la denuncia no prosperó por los contactos de Romano (su suegro era entonces un influyente coronel de infantería “en la Argentina de Onganía”, militar golpista que ascendió al poder el 29 de junio de 1966). Y por ende, ya miembro de la corrupta, sucia e impune policía política, fue quien protegió a Gómez en la cárcel de Devoto, lo cual lo ubicó entre los beneficiados con la citada amnistía a los presos políticos que lo puso en libertad el 25 de mayo de 1973. Según las pesquisas de Báez, Pedro Romano (en el tácito e implícito cruento período de la dictadura militar que encabeza el general Videla con el golpe que derrocó a Isabelita el 24 de marzo de 1976) controla un grupo de agentes secretos (“fuerzas de la inteligencia antisubversiva”), pero Romano dizque hace “Inteligencia de base, o inteligencia de fondo”; es decir, no sale a las calles de tacuche y empistolado, con lentes oscuros, pelo engominado, esposas en el cinto y veloz auto sin placas y cristales polarizados, sino que “comanda las sesiones de tortura en las que sacan los nombres de los detenidos”; y Gómez era uno de sus rijosos agentes que hacen “el trabajo callejero” y dizque supuso que Chaparro lo mató ese “28 de julio de 1976”. 
     
Benjamín Espósito y el inspector Báez
(Ricardo Darín y José Luis Gioia)
Fotograma de El secreto de sus ojos (2009)
        Así que para salvar su vida, esconderse una semana en una pensión en San Telmo y alejarse de Buenos Aires, contó con el apoyo estratégico y con las indagaciones del policía Báez, quien le dijo que esa “pareja de viejitos” (a quienes presionó para que hablaran) vieron, esa noche del “28 de julio de 1976”, “a un muchacho al que conocen de ver entrar cada madrugada del edificio de enfrente”; y que “de repente sale un tipo desde atrás de un cantero lleno de arbustos y le pega un soberano fierrazo en la cabeza que al pibe lo deja desparramado en el piso. Y que el agresor (un tipo alto, rubión parece, aunque muy bien no lo vieron) saca una llave de un bolsillo y abre el baúl de un auto blanco estacionado contra el cordón, ahí al lado.” Mete en el baúl el cuerpo desvanecido y se aleja. Según Báez, “Los viejos no saben mucho de marcas de autos. Dijeron que era grande para Fitito y chico para Ford Falcon.” Ante lo que Chaparro le comenta al policía: “Morales tiene, o tenía, no sé, un Fiat 1500 blanco.” En esa conversación con Báez, éste conjetura que Morales, luego de ejecutar a Gómez, enterró su cuerpo en un sitio difícil de descubrir, elegido con antelación y cuidado. 
 
Pablo Sandoval (Guillermo Francella)
Fotograma de El secreto de sus ojos (2009)
        Vale agregar que la citada carta que Chaparro recibe de Morales el jueves 26 de septiembre de 1996, luego de dos décadas de no saber nada de él, está fechada en Villegas, el 21 de septiembre de ese año. A través de la misiva se entera que, además de pedirle que le entregue cierto dinero a la viuda de Sandoval (quien murió por su alcoholismo en mayo de 1982), lo ha hecho heredero de su propiedad cercana al pueblo (onerosas “treinta hectáreas de buenos campos”) —donde ha vivido 23 años—, y de su “automóvil en buen estado de conservación pero muy antiguo” (que resulta ser el flamante Fiat 1500 blanco). Por ende colige que Morales se había ido a Villegas “poco después de la amnistía del ’73”, donde los lugareños “llevaban años y años viéndolo detrás del vidrio de la caja del tesorero de la sucursal de Villegas del Banco Provincia”. En la carta le pide que vaya allí el siguiente sábado 28 de septiembre y por lo que le informa sobre su delicado estado de salud, infiere que Morales se va a suicidar. La madrugada de ese sábado 28, Chaparro sale de Buenos Aires manejando un auto y alrededor de las once de la mañana ya ha llegado a ese apartado y extenso terreno, en cuya casa, precisamente en la recámara, observa el aún incorrupto cadáver de Morales, cuya piel tiene “una marcada tonalidad azul”. Y más aún, entre los frascos de medicinas que pueblan “la mesa de luz”, halla un sobre con su nombre y una petición del suicida que reza: “Por favor, léala antes de llamar a la policía.” El asunto es que en esa segunda carta Morales le revela que, inducido por su extrema debilidad física, se ha inyectado una sobredosis de morfina y lo prepara, con solicitudes y sugerencias, para preservar su imagen inofensiva y “su buen nombre” entre los pobladores de Villegas que lo respetan y conocen por ermitaño y decente (sin nunca haber intimado con él), y por ende sobre lo que debe de hacer cuando se dirija al galpón y se tope con lo que se oculta allí en el más absoluto secreto. Es así que en ese galpón protegido y asilado por un conjunto de densos y altos eucaliptos, Chaparro descubre “la celda construida en el centro”, y dentro de ella un camastro donde observa que “El cadáver de Isidoro Antonio Gómez tenía el mismo tinte azulado que el de Morales.” Según apunta, “Estaba un poco más gordo, naturalmente más viejo, ligeramente canoso, pero por lo demás no estaba muy distinto a como era veinticinco años antes, cuando le tomé declaración indagatoria.” Lo cual ocurrió exactamente el citado jueves 26 de abril de 1972, casi cuatro años después de que despiadadamente golpeara, violara y estrangulara a Liliana Colotto. Y fue detenido, no por el “inteligente” rastreo policial, sino por una inesperada e intempestiva imprudencia de él; es decir, prófugo de la justicia, “el lunes 23 de abril de 1972” se había colado en el tren de Sarmiento sin pagar su boleto, y una súbita y violenta gresca con el colérico y futbolero guarda Saturnino Petrucci (quien terminó con “Fractura de tabique nasal” y Gómez con “fractura de metacarpo”), derivó en su detención e identificación, pues la policía tenía contra él “una orden de captura” “por homicidio”.
   
Benjamín Espósito y la doctora Irene Menéndez Hastings
(Ricardo Darín y Soledad Villamil)
Fotograma de El secreto de sus ojos (2009)
         La otra entreverada vertiente de El secreto de sus ojos la conforman los doce capítulos con rótulos. En ella Benjamín Miguel Chaparro bosqueja aspectos de su pasado, de sus recuerdos, de sus matrimonios, de su presente, de su individualidad, de lo que piensa y cavila; y refiere sus especulaciones e inseguridades entorno al libro que está escribiendo con la Remington del Juzgado. Pero lo que descuella y a la postre trasciende es lo que corresponde a la vieja atracción y al añejo enamoramiento que siente por la jueza Irene Hornos, el cual se remonta y ha perdurado (latente y oculto en su mirada) desde octubre de 1967, cuando en la Secretaría él ya era prosecretario (con estudios truncos) y se la presentaron como meritoria y estudiante de Derecho. En este sentido, el préstamo de la Remington, las lecturas (en el archivo del Juzgado) de las fojas de la causa, y el libro que está escribiendo, cuyos capítulos le da a leer en sesiones semanarias de visita en su despacho, son pretextos y formas de acercarse a ella, de estar con ella, de verla y oírla hablar, de charlar y tomar café por el llano disfrute de la amistad, de iniciar un subrepticio cortejo, pese a que está casada con un ingeniero desde 1974 y a que tiene tres hijas de él. Es así que “sospecha”, y es obvio para el lector, que el libro lo escribe “Para dárselo a ella, para que ella sepa algo de él, que tenga algo de él, piense en él, aunque sea mientras lee.” Resulta consecuente (y previsible) que ya terminado el libro, y porque que se siente y colige correspondido, que súbitamente vaya hecho un candente bólido al despacho de la jueza Irene Hornos, porque “necesita responderle a esa mujer, de una vez y para siempre, la pregunta de sus ojos”.
Fotograma de El secreto de sus ojos (2009)


Eduardo Sacheri, El secreto de sus ojos. 1ª edición en Debolsillo. Penguin Random House Grupo Editorial. México, noviembre de 2015. 320 pp. 


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sábado, 22 de abril de 2017

Misterioso asesinato en casa de Cervantes

El dinero no conoce patria ni religión

I de II
Misterioso asesinato en casa de Cervantes, novela del español Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, marzo 7 de 1948), obtuvo en España el Premio Primavera de Novela 2015, convocado por Espasa (editorial del Grupo Planeta) y Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Se trata de un lúdico, festivo, erótico e hilarante homenaje a don Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), el autor del inmortal don Quijote en sus dos vertientes: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) y El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615); más de La Galatea (1585), de las Novelas ejemplares (1613) y de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617).
Supuesto retrato de Miguel de Cervantes Saavedra
atribuido a Juan de Jáuregui
  Los comentaristas y prologuistas de la obra central de Cervantes suelen aludir —palabras más, palabras menos— un aciago y borroso incidente ocurrido la noche del 27 de junio de 1605 al pie de la casa donde en Valladolid vivía el escritor con su familia. Jean Canavaggio, por ejemplo, en el “Resumen cronológico de la vida de Cervantes” incluido en el volumen Don Quijote de la Mancha (Crítica, 2001) —“Edición de Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradellas”— escuetamente dice: “1605 [...] El 27 de junio en Valladolid, es testigo del proceso de la muerte de don Gaspar de Ezpeleta, herido de muerte a las puertas de su casa. Sus hermanas y su hija vienen a ser blanco de malintencionadas insinuaciones de una vecina. El 29 del mismo mes, el juez Villarroel lo hace detener con los suyos, para luego soltarlos el 1 de julio.” Mientras que Martín de Riquer, en “Cervantes y el ‘Quijote’” —su ensayo urdido para la Edición del IV Centenario de Don Quijote de la Mancha, editada en 2004 por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española— apunta: “La noche del 27 de junio de 1605 es herido mortalmente por un desconocido, ante la puerta de la casa del escritor, el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta. El propio Cervantes acudió a auxiliarle, pero a los dos días un arbitrario juez, para favorecer a un escribano que tenía motivos para odiar a Ezpeleta y que por lo tanto quería desviar de sí toda sospecha, ordena la detención de todos los vecinos de la casa, entre ellos Cervantes y parte de su familia. El encarcelamiento debió de durar un sólo día; pero en las declaraciones del proceso sobre el caso queda suspecta la moralidad del hogar del escritor, en el cual entraban caballeros de noche y de día. Vivían con Cervantes su mujer, sus hermanas Andrea y Magdalena, Constanza, hija natural de Andrea, e Isabel, hija natural del escritor. En Valladolid las llamaban, despectivamente, ‘las Cervantas’; y en el proceso, entre otras cosas, se descubren amores irregulares de Isabel con un portugués.” Y César Vidal, en su Enciclopedia del Quijote (Planeta, 1999), bosqueja: “El 27 de junio de 1605 se produjo un episodio que resultaría especialmente desagradable para Cervantes y su familia, que ahora estaba formada por su esposa Catalina, sus hermanas Andrea y Magdalena, su hija Isabel, su sobrina Constanza y una criada. Hacia las once de la noche, uno de los vecinos de la casa en que vivía Cervantes oyó un ruido en la calle. Al bajar con un hermano suyo se encontró a un hombre herido, con la espada desenvainada. Cervantes se despertó también y entre él y sus dos vecinos ayudaron al hombre a subir a la casa de estos últimos. El herido era don Gaspar de Ezpeleta, un caballero de la Orden de Santiago, al que Góngora se refirió en una de sus poesías. Interrogado Ezpeleta por dos jueces y un magistrado, manifestó que mientras paseaba por la calle un transeúnte le había insultado terminando ambos por batirse. El 29 de junio Ezpeleta expiró sin haber declarado nada más aunque todo hacía pensar que el duelo había sido ocasionado por los devaneos que el fallecido mantenía con una mujer casada a su vez con un hombre influyente. El magistrado no deseaba crearse problemas con los poderosos pero tampoco podía permitirse el dar la sensación de que era pasivo en su función. Optó así por intentar demostrar que la casa donde vivía Cervantes era un nido de vicio. Tras interrogar durante la noche del 27 de junio y la mañana del 28 a Cervantes, a su familia y a buena parte de los vecinos de su casa y de las cercanas, el 29, sin ningún tipo de pruebas, ordenó que se encarcelara al escritor, a Andrea, Isabel, Constanza y algunos vecinos de los que uno de ellos ni siquiera estaba en la noche de autos en el inmueble. La supuesta razón era que las visitas masculinas recibidas en aquella vivienda no eran honorables. Una vez en prisión, los cuatro magistrados que tomaron declaración a los detenidos quedaron convencidos de su inocencia y el 1 de julio los pusieron en libertad. Sin embargo la cuestión distaba de quedar zanjada. A Cervantes se le fijó una fianza y a las mujeres de la casa se les conminó a permanecer en la misma bajo arresto.”  

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605)

II de II
Si bien la trama de Misterioso asesinato en casa de Cervantes implica cierto acopio documental y bibliográfico y por ende tiene algo de palimpsesto, es, ante todo y al unísono, una aventura del lenguaje y una novela de intriga de índole fantástica. Se desarrolla en 41 capítulos breves, cuyos largos rótulos cervantinos evocan y remiten directamente a Don Quijote (el 2, por ejemplo, canturrea: “En el que se da noticia de la ilustre ciudad de Valladolid, corte de las Españas, así como de la visita del pesquisidor a la duquesa de Arjona en hábito femenil”), más un “Apéndice”, un Dramatis Personae, y la concisa y vaga “Bibliografía”. El cronista omnisciente y ubicuo, que es la voz narrativa, suele aludir a los supuestos “cronistas de esta verdadera historia”; el cual narra con una sintaxis y un vocabulario arcaizante, es decir, salpimentado de fórmulas barrocas y palabras antiguas y poco usuales, frases hechas y modismos remotos y añejos o de su propio cuño, con lo que vierte el sonoro matiz y la eufonía de que se lee y se oye el habla de la época de Cervantes, con su implícita idiosincrasia, atavismos, costumbres, usos, tradiciones y prejuicios imperantes, inextricables a las vestimentas, a las armas, a las monedas corrientes, a todo tipo de utensilios domésticos y laborales, a los hábitos culinarios, taberneros y sexuales, y a la descripción geográfica y urbanística y de los espacios interiores.
Felipe III (c. 1601)
Retrato de Juan Pantoja de la Cruz
Museo de Historia del Arte de Viena
  Hace tres años, persuadido por el poderoso duque de Lerma, el rey Felipe III mudó la corte a Valladolid. Y desde allí, donde reside el epicentro del reino y del imperio español, doña Teresa, la duquesa de Arjona, hace venir de Sevilla a la joven Dorotea de Osuna para que en calidad de pesquisidora indague el asesinato de Gaspar de Ezpeleta, quien fue herido, en un pleito de armas blancas, “pasadas las once de la noche del lunes veintisiete de junio de este año de 1605”, frente a la casa de don Miguel de Cervantes ubicada “en la calle del Rastro de los Carneros”, quien por tal presunta causa fue hecho preso por “el alcalde y juez de casa y corte, don Cristóbal de Villarroel”, junto a las Cervantas y a otras vecinas y vecinos residentes en el mismo inmueble. El objetivo de la indagatoria es restituirles la libertad y la honorabilidad, a don Miguel y a los suyos, despejando el intríngulis del crimen, “pues don Gaspar de Ezpeleta falleció a las seis de la mañana del día veintinueve, miércoles, sin decir palabra alguna que esclareciera su muerte”.

Primera edición impresa en México
Julio de 2015
(Ámbito Cultural/Espasa/Planeta Mexicana)
  De esto se tiene noticia poco después de iniciada la lectura de la obra, junto al hecho de que doña Dorotea de Osuna, para moverse por el mundo y realizar sus pesquisas, oscila entre tal identidad y el masculino disfraz de don Teodoro de Anuso. Esto preludia y signa lo mucho que la novela tiene de farsa y ópera bufa, pues aunado al transparente anagrama que ostenta el nombre de tal caballero andante, su disfraz de caballero pudiente no podría ocultar la feminidad de su voz y la feminidad de su naturaleza física, dado que se trata de una bella, frágil y seductora joven de unos treinta años, a quien hay que verle “los pies blancos y delicados” al lavárselos en “una jofaina de agua fresca del pozo” de la venta de Palomares y desnuda por completo tras instalarse en la casa que la duquesa de Arjona le brinda de posada en el corazón de Valladolid: “Ido el muchacho [el mozuelo Dieguillo], el caballero cerró la puerta con la retranca y yendo al patinillo sacó agua del pozo hasta llenar la pileta. Con esto se despojó de la ropa y apareció la bellísima y hermosa joven que en realidad era, doña Dorotea de Osuna, la cual andaba por el mundo en hábito de hombre cuando sus negocios aconsejaban ocultar su naturaleza femenina. Soltó la redecilla en la que recogía el cabello debajo del chambergo y se desprendió en cascada una melena castaña que casi le alcanzaba la cintura. La lavó con yema de huevo y vinagre y, tras asearse del polvo del camino las otras partes del cuerpo con gran placer, pues era de mucho deleite el agua fresca del pozo en tan grandes calores, salió de la pileta tan bella y limpia como Venus de la concha.”

Tal es así, que Dieguillo, quien es “un rapazuelo de quince o dieciséis años”, al verla salir bañada y oronda en atuendo de mujer le declara: “Ay, señora, que no me parece sino que estoy viendo a una santa hermosa de las que pintan para los altares. Con traje de hombre no parecíais tan bella.” Paradójicamente menos perspicaz, Chiquiznaque, un desarrapado ladrón y curtido asesino a sueldo, cree que doña Dorotea es hermana de don Teodoro de Anuso, quien le parece “un pisaverde amujerado, para mí que marica”, dice. De ahí que Franz Dahlmann, un alabardero del rey de origen alemán, alto, guapetón y corpulento, pero sodomita pasivo, al ver “la belleza de don Teodoro”, lo cree “de su misma inclinación”.
Don Quijote y Sancho Panza
Ilustración de Picasso
  Disfrazada del flamante y pudiente caballero andante, doña Dorotea de Osuna viaja a caballo de Sevilla a Valladolid; de modo que en el íncipit de la novela se lee: “Viernes primero de agosto, pasada la hora de las grandes calores, cuando el sol declina y las sombras se alargan, un joven caballero de gentil talle descabalgó en el patio empedrado de la venta de Palomares, a una legua de Valladolid.” Tal inicio reporta e implica —aunado a lo que se narra a continuación— que ya pasó un mes desde la muerte de Ezpeleta y de la subsiguiente prisión de Cervantes y de las Cervantas; pero páginas adelante, ante el desconcierto del lector y la contradicción de lo narrado, ya no transcurre agosto de 1605, como en rigor debería ser, sino que se está a principios de julio de ese año, según se cuenta en el primer párrafo del capítulo 16: “Seis de julio, don Miguel y sus hermanas, las Cervantas, junto con las otras mujeres de la casa encerradas en ella por cárcel particular, elevaron una instancia a la autoridad alegando que ‘en cosa ninguna, como a vuesa señoría es notorio, no tienen culpa, por lo cual suplicaban se les alzase la carcelería soltándolos libremente’.”

Tal lapsus temporal reduce el tiempo del encierro de Cervantes y los suyos en la cárcel real (donde Dorotea de Osuna lo visita y oye por primera vez sus doctas palabras de viva voz) y su cambio por la prisión domiciliaria, gracias al soborno que la duquesa de Arjona paga al alcalde Villarroel. De ahí que resulte congruente que la duquesa le haya dicho a Dorotea el día de su llegada: “no hay más justicia que la que compras”, lo cual es indicio de la corrupción que prolifera por doquier y por ende Cervantes, preso en su casa del Rastro de los Carneros, le sentencia a Dorotea: “La vileza, el abuso y el mal gobierno son, señora, manzanas podridas que malogran las sanas, por eso esta España que las consiente nunca levanta cabeza”. Definitoria y crónica descomposición social que bulle y abunda al unísono de la vida disoluta, de las persignadas imposturas, de las iglesias y conventos, de los garitos y prostíbulos, de los nobles ricos y empobrecidos, vividores y holgazanes, de los cofrades de Caco y de los asesinatos por encargo, de las muchedumbres de pordioseros y menesterosos, de vagabundos, desempleados y pícaros, de las sanguinarias venganzas entre españoles, y de las intrigas nobiliarias y palaciegas e internacionales que a la postre son las que explican el trasfondo del asesinato de don Gaspar de Ezpeleta y su oculta doble identidad y el hecho de que el crimen haya ocurrido precisamente frente a la casa de don Miguel de Cervantes Saavedra.
La visión de don Quijote
Ilustración de Goya
  Es decir, aunque a priori no lo parece y la mayoría rumore y suponga que a Ezpeleta lo mataron por una venganza de cuernos (tenía fama de conquistador de solteras y casadas), detrás de tal asesinato operó una ambiciosa conjura expansionista, monetaria y política para asesinar a don Carlos Hobard, conde de Hontinghan y almirante británico, quien en su investidura de embajador de Jacobo I, rey de Inglaterra e Irlanda y rey de Escocia y señor de las Islas, recién estuvo de visita en Valladolid para “la firma de paces entre España e Inglaterra”, y para “las celebraciones por el nacimiento del primer hijo varón de su majestad Felipe III”, cuyo desmesurado derroche vació las arcas del reino en detrimento, sobre todo, de los más pobres y necesitados. Con el asesinato del embajador inglés, dos veces trunco de una manera chusca e hilarante, se pretendía provocar una nueva guerra entre España e Inglaterra, que luego derivaría en la derrota del debilitado imperio español y por ende en la toma y apoderamiento de su territorio en el Viejo Continente y de las jugosas y valiosísimas riquezas del Nuevo Mundo. 

Vale subrayar que doña Dorotea de Osuna, en su papel de pesquisidora, ya vestida de dama o disfrazada de caballero andante, no resulta muy ducha, sino una detective aficionada y sin mucha experiencia vital y deductiva, cuyos razonamientos, inferencias y actos son complementados o matizados por la duquesa de Arjona. No obstante, para lograr sus fines no duda en el trabajo sucio o en saltarse las reglas; por ejemplo, contrata al valentón Chiquiznaque para aterrorizar y hacer confesar a Muzio Malatesta, “el maestro de esgrima que tiene abierta una academia en San Leandro”, quien, por un pago, fue el espadachín que dejó a Ezpeleta herido de muerte. Y para robar la carta que Muzio Malatesta debió robarle a Ezpeleta tras asesinarlo, planea y realiza, con el apoyo logístico de la duquesa de Arjona y la participación del valentón Chiquiznaque, del adolescente Dieguillo y del anciano Ambrosio —ambos criados de la duquesa— el nocturno y peliagudo asalto a “la Casa del Cerrojo, un palacio de la calle Renedo, cerca de la Puerta de la Pólvora, donde tiene sus oficinas y almacenes” don Renzo Grimaldo, quien según le informa la duquesa a Dorotea, “Es el cónsul de Génova en la corte, un hombre enredador en todos los apaños. Y rico hasta decir basta. Además de su propio peculio, administra los empréstitos que los banqueros genoveses conceden a la Corona y a los ricoshombres que no lo son tanto. Según dicen, la mitad de los dineros que vienen de las Indias se van a sus bolsillos, en pago de intereses atrasados.” 
El duque de Lerma (c. 1600)
Retrato de Juan Pantoja de la Cruz
  Ahora que si bien, gracias a la estrategia del asalto y al rudo Chiquiznaque, logran sustraer la carta ensangrentada y otros papeles en clave que Renzo Grimaldo guardaba en un cofre fuerte, Dorotea de Osuna, con la ayuda de la duquesa de Arjona, no consigue descifrar la misiva ni logra desembrollar ni entender todos los hilos de la madeja. Es entonces cuando un servidor del todopoderoso duque de Lerma, “Don Juan Velázquez de Velasco, espía mayor de la corte y superintendente general de las inteligencias secretas”, envía una dueña y un regio carruaje al palacio de la duquesa para que doña Dorotea de Osuna se entreviste con él “en la quinta de Su Majestad”. En su despacho, Velasco le revela que la espía desde que llegó a Valladolid y que ha seguido los pasos y actos de su doble identidad y por ello está enterado de todo lo que ha hecho para aclarar el asesinato de Ezpeleta con el fin de limpiar el prestigio de Cervantes y de las Cervantas. En tal conversación, Velasco, que también es un entusiasta lector de las aventuras de don Quijote, le pide la carta ensangrentada y los otros papeles en clave, que ella acuerda darle, y le explica y le narra todos los pormenores internacionales, españoles, militares y mercantiles que subyacieron en el asesinato de don Gaspar de Ezpeleta y en el intento de difamar y ensuciar el nombre y la honorabilidad del escritor y su familia.

Juan Eslava Galán
  Junto a los episodios eróticos y licenciosos, a las risibles leperadas y maldiciones del valentón Chiquiznaque, a las anécdotas jocosas y escatológicas, a la sarcástica y crítica caricatura de la beata Isabel de Ayala —la principal difamadora de Cervantes y de las Cervantas—, a la reivindicación educativa y libertaria de la mujer que hace don Miguel, pero también su sobrina Constanza de Ovando y Dorotea de Osuna —quienes se hacen amigas por coincidir en edad, en gustos, soltería e ideas—, Misterioso asesinato en casa de Cervantes también tiene matices y volutas de narración popular, de arquetípico cuento hadas; por ejemplo, cuando se narra el fasto y la pompa de la boda del hijo del banquero Simón Sauli con la hija natural del rico mercader Jerónimo Brizzi de Menchaca, la cual se celebra en el vetusto palacio del duque de Frías, en cuyo banquete y baile de gallardas y pavanas sólo faltó la Cenicienta con sus zapatillas de cristal y el regio carruaje que su hada madrina hizo presente tras tocar con su varita mágica unos ratones y una calabaza. Lo cual se refrenda en el “Apéndice”, cuando doña Andrea de Cervantes, hermana del escritor, “aderezada con su corpiño de las fiestas, su saya de raso y su toca sevillana”, va al palacio de la duquesa de Arjona, para entregarle a ésta y a doña Dorotea de Osuna, unas almendras garrapiñadas y unos justillos bordados, como una forma de agradecerles todos los favores. Según cuenta la voz narrativa:

“Doña Andrea no halló el palacio. Recorrió dos veces la manzana detrás de la Plaza Mayor, pero en lugar de la entrada blasonada y el balcón con hachones en forma de dragón que había visto hacía tan solo unos días, cuando visitó a la duquesa, solo encontró las carcomidas bardas del huerto de Santiago con dos añosos cipreses asomando por encima. Preguntó a varios transeúntes por el palacio de los duques de Arjona y ninguno le supo dar razón.
“‘Parece cosa de encantamiento’, se dijo.”



Juan Eslava Galán, Misterioso asesinato en casa de Cervantes. Ámbito Cultural/Espasa/Editorial Planeta Mexicana. 1ª edición impresa en México, julio de 2015. 284 pp.