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domingo, 1 de julio de 2018

Los perros duros no bailan

Estoy aquí para morir matando

Signada por un epígrafe transcrito de El coloquio de los perros de Miguel de Cervantes, dedicada a una élite canina y dividida en doce capítulos con títulos, en junio de 2018 se publicó la primera edición mexicana del divertimento Los perros duros no bailan, caricaturesca fábula (novelística, crítica y negra) del escritor español Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, noviembre 25 de 1951), autor de los artículos testimoniales y autobiográficos reunidos en Perros e hijos de perra (Alfaguara, 2014). El protagonista de la obra es el Negro, un perro mestizo (“cruce de mastín español y fila brasileño”), que además es el héroe y la voz narrativa.  
Alfaguara, 5ª edición española
Valladolid, abril de 2015
    Reza el consabido dicho que los perros se parecen a sus dueños; y aquí, en el bestiario perruno que pulula en las páginas de la novela, esto es norma e hilarante tipología, pues la humanizada caracterización y conducta del catálogo de perros (incluso su habla, proclive a los refranes y a los aforismos) es radiográfica parodia de la conducta humana y de ciertos modos de hablar, vociferar, insultar y maldecir. En este sentido, el perro que al parecer se parece al novelista Arturo Pérez-Reverte (“miembro de la Real Academia Española”) es Agilulfo, “un podenco flaco, filósofo y culto” (que además de recitador de mitos, leyendas y atavismos, suele pontificar con frases en latín y en español), cuyo “dueño es un humano con biblioteca grande y que va mucho al cine”. “Ser o no ser, como dijo el bardo”, sentencia en su idioma canino.
   
Arturo Pérez-Reverte, Tintín y Milu
            El principal escenario de las aventuras y sucesos que evoca y narra el Negro (con paneos y encuadres cinematográficos) son ciertos márgenes de un prototipo de ciudad española (quizá Madrid). Al igual que otros pulgosos (La pulga hace guitarrista al perro), el Negro y Agilulfo suelen ir al “Abrevadero de Margot”, una especie de peña y bar perruno que se halla “junto a la destilería de anís que vierte su desagüe en el río”, donde se ponen a medias tintas o hasta las chanclas dándole “lengüetazos al canalillo”. Y se infiere que fue bautizado así porque la cantinera es “Margot la Porteña, la boyera de Flandes”, quien además de su origen argentino (por ende habla con los modismos y apócopes de un boludo de por allá), cuida el reducto de la contaminación: “limpia las basuras y los plásticos, y mantiene alejados a los gatos y sus meadas y a las palomas y sus cagadas”.
     Agasajándose con el anisado, Agilulfo y el Negro comentan la misteriosa desaparición, desde hace dos semanas, de Teo y Boris el Guapo. Teo es un sabueso rodesiano que era el mejor amigo del Negro, cuyo distanciamiento empezó al estrecharse el vínculo sexual que Teo estableció con Dido, “una setter irlandesa tirando a rubia, de andares elegantes”. Según jadea el Negro con los párpados a media asta y lamiéndose los bigotes: “Dido era un definitivo pedazo de hembra. Estaba tan buena que derretía el asfalto con sólo mover el rabo, y bastaba con verla caminar para comprender que lo sabía. Ellas, las perras, siempre lo saben.” Y del efebo Boris el Guapo, “un lebrel ruso de ojos dorados”, baste apuntar que “había ganado premios” y que “lo cruzaban de vez en cuando con espléndidas hembras de pelo rubio y largas patas, de esas que sólo ves fotografiadas en la revista Perros y Perras”.
       
Arnold Schwarzenegger
        El Negro es un perrazo de ocho años con poderosas mandíbulas y con la fortaleza de Arnold Schwarzenegger (y quizá con su musculatura), cuya ascendencia se la recitó Agilulfo, el “filósofo y culto que sabe de estas cosas”. Según reporta el Negro: “asegura que nací para el combate; que soy un guerrero antiguo con una estirpe gladiadora tan vieja como la historia de los humanos. Por lo visto, mis antepasados destripaban osos y lobos en las montañas, leones en el Coliseo, acompañaron a las legiones romanas y despedazaron bárbaros en las selvas de Germania y el limes del Danubio, cazaron indios en el Caribe y esclavos negros fugitivos en las selvas amazónicas. Todo un currículum, dice Agilulfo. Quizá por eso, añade, los perros de mi casta, ya desde cachorros, tenemos ojos de viejo, alma llena de costurones y mirada resignada, hecha de siglos de sangre y fatalidad.”
      Durante un par de años el Negro fue un aguerrido perro de pelea; un temible campeón, célebre entre las jaurías (y entre la pestilente hez de la canalla: las hordas de negociantes clandestinos y apostadores del género infrahumano). Ahora es un ex combatiente a quien a veces se le va la chaveta con pesadillescas visiones de encarnecidas riñas y se pone rabioso, como ladrándole a la Luna sin ton ni son (obvio síndrome postraumático). Logró retirarse del coso de arena, y convertirse en un perro guardián de garaje doméstico, mediante una estratagema que narra. Apenas “cosa de un año atrás, recién retirado yo de los garitos de pelea”, dice, fue cuando allí, lengüeteando en el Abrevadero de Margot, conoció a Teo: “una noche en que cada uno bebía en el canalillo por su cuenta”.
      Por lealtad a esa amistad es que el Negro emprende la detectivesca búsqueda de Teo y de Boris el Guapo (“Un perro no es más que una lealtad en busca de una causa”). El Negro no le tema a nada, salvo a las furgonetas verdes de la perrera municipal, pues el apaño de esos empleados municipales implica el “camino de la Puerta Sin Retorno, la inyección letal y la Orilla Oscura”. El norte del sitio al que fueron a parar Teo y Boris se lo brinda Rufus, un galgo español, consejero de Tequila, “una xoloitzcuintle mexicana, inmigrante”, cuya “banda de perros callejeros controlaba todo el tráfico de huesos y restos de carnicería aprovechables al otro lado del río, cerca del puente nuevo”. El precio por la información (que no circuló a través de la frecuencia de Radio Perro) fue el robo un solomillo (de unos tres kilos) que colgaba en la carnicería al fondo del “supermercado junto al puente”.
     El caricaturesco, jocoso y paródico trazo de la imagen y de la leyenda de la perra Tequila (descendiente de Xólotl) ilustran (aún más) por dónde van los ladridos de la narración. Custodiada en un callejón “por dos mastines del Pirineo grandes como hipopótamos, uno blanco y otro negro, que daban miedo con sólo mirarlos”, la madriguera de la mexicana es un característico “garaje abandonado”. Según ladra el Negro: 
 
Tequila
         “Uno de los mastines me empujó con el hocico contra una pared cubierta de grafitis mientras el otro iba a pedir instrucciones. Y al rato me dejaron pasar. Tequila estaba dentro del garaje, tumbada encima de unas cubiertas de neumáticos. Era fea de cojones. Una xoloitzcuintle de pura raza, de esos perros que se conservan en su tierra como algo especial aunque tienen la piel pelada y gris, excepto un mechón de pelo entre las orejas. Sin embargo, descienden directamente de los que tenían los aztecas, o una de esas tribus antiguas de allí, así que son muy valorados. Se contaba que Tequila había llegado a España de polizón en un barco portacontenedores, tras escaparse de un parque de la capital [quizá cercano a la Casa Azul de Coyoacán] y largarse a pata a Veracruz, con un par. Era despiadada y lista, y en menos de un año se había hecho dueña de aquella parte de la ciudad. La jefa de jefes. Su nombre real era Lupe, pero la apodaban la Reina Tequila; y hasta Los Chuchos del Norte le habían compuesto aquel perro-corrido que decía:

     También las cánidas pueden
     ladrarte peligrosas.
     Cuando se enojan son fieras
     esas caritas preciosas...”

      Vale añadir, entre paréntesis, que ese prototipo de inmigrante no es el único. Por ejemplo, hay por allí “Un tal Moro”, “un chucho flaco y pulgoso”, “venido de Marruecos o de un sitio de ésos escondido en un camión”, a quien tres bestias neonazis (dos dóberman y un pastor belga) están a punto de destripar; pero el Negro y Mórtimer, un pequeño teckel, los surten. Helmut, el líder de esas tres bestias neonazis, dice peyorativo de Tequila: “esa traficante panchita de mierda”. Y sobre su pandilla perruna ladra una consubstancial supremacía racista y una xenofobia de puertas cerradas parecida a la que el megalómano y egocéntrico Donald Trump ladra sobre los inmigrantes sin papeles (de origen mexicano y centroamericano) en Estados Unidos: “Tiene pulgas la cosa. Esos inmigrantes vienen y se instalan aquí como en su casa. Delincuentes, es lo que son. Escoria. Y nadie hace nada... Europa se va al carajo y nadie hace nada.”
     
Donald Trump 
        Así que Rufus, el galgo español y sabihondo consejero de Tequila, le dice al Negro sobre el sitio a donde fueron llevados Teo y Boris el Guapo: “Hay unas chabolas en la Cañada Negra. Allí los guardan en jaulas y los entrenan. No tiene pérdida, porque oyes los ladridos desde lejos. A los campeones los llevan al Desolladero.” 
    Para no desvelar todos los vericuetos de la travesía para rescatar a Teo y a Boris el Guapo, vale resumir que el Negro, quien dice y repite que no es muy listo (pero esto nadie lo cree ni yendo a bailar a Chalma), logra infiltrarse en la Cañada Negra, un asentamiento irregular de miserables chabolas en los sucios márgenes de la urbe, donde un grupúsculo delincuencial tiene sus camuflados reales. Allí, custodiadas por un dogo mestizo (el guardia de seguridad), hay una serie de jaulas en las que subsisten encerrados una veintena de perros de distinta catadura (cada uno en su correspondiente jaula), robados o capturados en la calle para que sirvan de sparrings (carne de cañón) ante un perro de pelea. Y, eventualmente, si poseen la debida fortaleza y ferocidad (es decir, si matan a su contrincante), son trasladados a la Barranca, donde sólo hay dos o tres jaulas con los auténticos perros de combate, los cuales son entrenados, alimentados y dopados para confrontarlos a muerte en el Desolladero. O sea al mismo cruento sitio (más o menos encubierto) donde el Negro peleó y fue campeón durante dos años. Y que al oírlo pronunciar por Rufus, apunta: “Aquella palabra siniestra me hizo volver de nuevo atrás. El Desolladero: una nave industrial abandonada en las afueras de la ciudad, donde se celebraban las peleas de perros. Prohibidas por las leyes de los humanos, pero con la policía —ella sabría por qué— haciendo la vista gorda. Humo de cigarros, sudor, griterío cruel, billetes grasientos que cambiaban de dueño. Allí no tenías enfrente a sparrings más o menos indefensos, sino a perros entrenados como tú. Profesionales de colmillos aguzados, músculos duros e instinto ciego de matar, ante los que te situabas vaciando la mente de todo cuanto no fuera pelear para sobrevivir. Para esquivar una vez más, sin saber cuántas veces aún podrías conseguirlo, la Orilla Oscura.”
   
Alfaguara, 1ª edición mexicana
México, junio de 2018
       Luego de ganarse una jaula en la Cañada Negra con sus cualidades de imbatible perro de pelea, el Negro traza una semblanza de ese caserío (con visos de basurero) donde se vende y consume droga (tal vez heroína adulterada) y donde la vestimenta de las mujeres quizá se deba a un origen étnico, marginal e inmigrante:
    “Durante la noche me habían puesto un cacharro con agua y unos pocos restos de comida de humanos en un cuenco. Despaché con apetito la comida, me enjuagué el hocico dolorido con el agua antes de bebérmela toda, y luego, sin prisas, estudié los alrededores; chabolas, coches grandes nuevos y viejos, abollados y polvorientos, objetos inservibles y amontonados: frigoríficos, televisores, lavadoras. Unos niños de aspecto sucio jugaban entre ellos, y un grupo de mujeres de faldas largas y pañuelos en la cabeza charlaban a lo lejos. A veces, ante la indiferencia de los críos y las mujeres, algún humano de mal aspecto, flaco y cochambroso, se acercaba por el camino que llevaba a la carretera de la ciudad, entraba en una chabola, salía al poco rato para sentarse cerca y se metía algo con una jeringuilla en un brazo y o en los muslos, o los tobillos. Todo tenía un aspecto sórdido y siniestro.” 
    Luego de exhibir aún más sus virtudes de perro de pelea, el cancerbero de las jaulas de la Cañada Negra, el dogo mestizo, se acerca a la jaula del Negro para averiguar quién cagarrutas es y le da la información que busca. Sobre Teo le dice: “no deja enemigo vivo”. “Lo tienen en el Desolladero.” “Por lo que cuentan, ha hecho ganar un costal de dinero a sus amos. Vive allí y pelea casi cada noche... Según parece, es un luchador nato. Un killer.” Y esa misma noche le facilita la salida del encierro y lo lleva a la jaula donde tienen preso a Boris el Guapo, que no es sparring ni mucho menos guerrero, sino un semental de lujo al que cruzan con perras finas para que el grupúsculo gansteril venda los costosos cachorros. Según le dice el propio Boris encerrado en una jaula con tres perras: “Estoy hecho una mierda, Negro. [‘Exprimido como un limón de paella’] Todo el día que te pego, y no paran de traerlas... Son insaciables, oye. Tremendas. No sabes cómo son, de verdad. Y cuando se juntan, ni te digo —miró de soslayo a las hembras dormidas—. Aquí tiras un cipote al aire y no toca el suelo.” 
   
Brad Pitt
        Según ladra el Negro al verlo echado en la penumbra: “tardé en reconocerlo porque parecía otro. El Brad Pitt perruno al que yo había conocido semanas atrás, el de los ojos de oro aterciopelados, el del pelo rubio y sedoso de lebrel ruso con pedigrí y abuelos en la corte de los zares, el nacido para posar haciendo posturitas en las portadas de las revistas caninas, era ahora un despojo demacrado, con unas ojeras que le llegaban al hocico, la trufa descolorida y la piel pegada a los huesos.” No obstante, el trío de perras que están encerradas con Boris el esmirriado no cantan mal las rancheras, pues según aúlla el Negro: “las tres cánidas estaban de aquí te espero. O sea. Espectaculares de la muerte. Una, la que había ladrado primero, era una pastora shetland que quitaba el hipo, esbelta y de largas patas. Una especie de Charlize Theron perruna, para que me entiendan. Y las otras, ya digo: una afgana de orejas con melena hasta el lomo y patas que parecían bailar cuando caminaba, y una Beagle regordetilla pero compacta, con mucho donde apoyarse. Las tres espléndidas, en todo lo suyo. Y olían a perra en celo desde veinte patas de distancia.”
   
Charlize Theron
        Pero el objetivo del Negro no es liberar a Boris con pasito tun tun a dos patas y perder la crinolina ipso facto, sino que los mafiosos lo entrenen y lo lleven al Desolladero y lo confronten con Teo el despiadado killer. Ya en el Desolladero y para colocarse frente a Teo, el Negro se obstina en que no lo saquen del circular coso en una sesión de tres peleas consecutivas (“Estoy aquí para morir matando”). Primero derrota a “un moloso negro con patas marrones” y luego a “un pastor francés”, cuyo previo diálogo está de ladrido loco:
     “—Date pog muegto, peggo español —gruñó el gabacho, bajito pero claro.
    “—Antes me vas a chupar el ciruelo —respondí—. Franchute de mierda.
    “Parpadeó, confuso.
    “—¿El cigüelo?
    “—La polla, subnormal.”
   Vale ladrar que el aspecto de Teo es otro, el de un perro marcial que ha vivido una terrible temporada en el infierno, en lo profundo del corazón de las tinieblas. Según reporta el Negro: “Apenas lo reconocí. Le habían recortado las orejas y el rabo, y se veía más flaco y musculoso. Su pelo trigueño rojizo estaba rapado por todo el cuerpo, y en la piel del lomo, el pecho, las patas y el hocico tenía marcas y cicatrices recientes. Pero lo que me costó más trabajo de identificar fueron sus ojos: siempre habían sido de color castaño oscuro, con reflejos dorados —a Dido la volvían loca esos reflejos—, aunque ahora parecían haber cambiado de tonalidad, como si en las últimas semanas las cosas vistas y los horrores vividos los hubieran decolorado hasta convertirlos en dos círculos fríos de escarcha pálida, que miraban el mundo y me miraban a mí como si nada tuviera consistencia real.”  
   
Perros de pelea
        Y además parece que Teo no lo reconoce, que está ido, que algo borró su memoria y que habrá bronca mortal. Pero luego de un furioso encontronazo, de un principio de sanguinaria pelea a muerte (el Negro vaticina su derrota), el nombre de Dido apacigua a Teo y parece que los recuerdos de su vida pasada vuelven a su entrecejo; de modo que ambos acuerdan huir del Desolladero, no sin causar a mansalva destrozos y muertes de infrahumanos; una encarnizada matanza. De allí se van trotando hacia la Cañada Negra; y, con apoyo del dogo custodio, liberan a todos los perros enjaulados, incluidos los canes de la Barranca. El Negro se propuso no matar ninguna persona de la Cañada Negra, mucho menos a menores de edad (los cachorros); pero Teo no asumió tal postura. El Negro da por hecho que Teo regresará con él (antes del secuestro vivía con una viejecita que le daba de comer y a quien le cuidaba la casa); pero Teo, inspirado en la rebelión emancipadora de Espartaco (el esclavo, quizá encarnado por Kirk Douglas, de cuya leyenda contra el imperio romano les habló el culto Agilulfo), decide irse al monte y se va a pata pelada seguido de la mayor parte de la alharaquienta jauría, incluidos el dogo custodio, Boris el esmirriado y sus tres perras. 
 
Espartaco
(Kirk Douglas)
            Según le dijo Teo, “Aún quedan campos, bosques y montañas donde una jauría resuelta puede refugiarse. Arroyos donde encontrar agua, conejos que atrapar, ganado al que atacar para comer... Lugares donde ser libres, como nuestros primos los lobos.” No obstante, esa imagen ideal, utópica y onírica (ajena a la quintaesencia y al non plus ultra de la ancestral ley de la selva: o matas o te matan) no fue piedra angular, fundacional y ontológica de su tribu salvaje, “que, poco a poco, engrosó con la llegada de otros proscritos abandonados o fugitivos”. Pues en lugar de mantenerse distantes de los asentamientos humanos (libres de la esclavitud del hombre) y hacer una vida silvestre, esquiva y furtiva, se dedicaron, con ímpetu vengativo, a asediarlos y atacarlos con empeño y descaro, como si el Gran Perro les hubiera soplado al oído el milenario y eterno axioma que contrapone no sólo a las especies: “Mataos los unos contra los otros, por lo siglos de los siglos”. En este sentido, reporta el Negro: “con el paso del tiempo, aquella jauría se había vuelto aún más dañina que una manada de lobos. Una especie de peligrosa guerrilla perruna. A menudo recibíamos, a través del mundo de los humanos, noticias de sus incursiones: periódicos arrugados con fotos, alguna imagen entrevista en la televisión de nuestros amos o en las tiendas de electrodomésticos con escaparates a la calle. Perros echados al monte causan estragos, decían. Bandoleros de cuatro patas asolan el campo. Protestan los ganaderos, pastores y demás. Imágenes de caballos, terneras y ovejas destrozados, apriscos y establos ensangrentados. Los perros asilvestrados siembran el terror. Etcétera.”
   Así que “ocho meses después” de que Teo emprendiera su fuga al monte seguido por su tribu de bestezuelas depredadoras, Fido, el perro policía, les da la mala noticia cuando el Negro salía “del Abrevadero de Margot con Agilulfo y Mórtimer, el teckel”: “Les tendió una emboscada esa policía rural de los humanos, la Guardia Civil. Pillaron a varios atacando un redil de ovejas. Se estaban dando un banquetazo cuando les fueron encima. Teo estaba con ellos... Era el jefe, claro.”
   Ante la deprimente y lastimera imagen que implica el “camino de la Orilla Oscura” (o sea: “perrera, inyección y a dormir el sueño eterno”), Agilulfo, exultante y proclive a imaginar y recitar mitos y leyendas, les puntualiza dando una vuelta de tuerca: “¿Pobre, dices?... ¿Teo?... Nada de eso. Pensadlo un poco. Ha sido feliz ocho meses, corriendo por los montes y los campos. Como él quería: libre. Un maquis canino. Con sus camaradas perros.” “Y sus camaradas perras”, añade Mórtimer, “relamiéndose el hocico”, “Que no habrán sido, reguau, mala compañía durante todo ese tiempo.”
   
Espartaco
(Kirk Douglas)
         El caso es que ya separados de Fido, el perro policía, los tres amigos (el Negro, Agilulfo y Mórtimer) observan, en el escaparate de “una tienda de electrodomésticos”, la emisión de un telediario que exhibe los recientes destrozos causados por la pandilla de Teo el killer. Según reporta el Negro: “Pegamos los tres el hocico al escaparate. Las imágenes mostraban un paisaje parecido a un campo de batalla: las puertas de un aprisco rotas, el suelo ensangrentado y media docena de ovejas panza arriba con cara de panolis, hechas cisco a dentelladas. Más muertas que mi abuela. Era evidente que alguien se había dado un buen festín con ellas. Después salía un pastor muy enfadado, hablándole al micrófono mientras señalaba la matanza. Y al cabo, entre dos humanos guardias civiles que vigilaban, la cámara se acercaba a la reja de una jaula.”
   En esa jaula hay dos cánidos presos, quizá los únicos sobrevivientes de la guerrilla. Uno es un perro chicuelo y el otro es Teo el frío killer. Según apunta el Negro: “A diferencia del pequeñajo, al que superaba en tres palmaos de estatura, mi antiguo amigo no intentaba congraciarse con nadie. Miraba a la cámara erguido y firme, desafiante, como diciendo: ‘Lo haría otra vez en cuanto me soltarais’. Nunca lo había visto tan imperturbable, tan seguro de sí. Permanecía sentado sobre las patas traseras, musculoso y duro, con las fauces ensangrentadas y aquellos ojos que seguían pareciendo cuajados de escarcha, pero que ahora mostraban un brillo entre resignado y divertido. Un relampagueo irónico.”
 
Espartaco
(Kirk Douglas)

Fotograma de Spartacus (1960)
        “Como Espartaco”, pontifica Agilulfo con admiración ante la mitificada imagen del esclavo rebelde e indómito, seguido hasta la muerte por su infame turba de nocturnas aves, las irrefrenables bestezuelas de la noche. Y esto basta para que también el Negro vea en la elección de Teo (y en su corto destino) una imagen indeleble y una historia poética y feliz que lo regocija y congratula. Que además es matizada y potenciada por la melancólica perspectiva de Agilulfo, que con su tendencia mitómana y cinéfila lo sitúa mucho más allá del planeta Tierra, en una lejana latitud de la bóveda celeste, que tal vez sólo ha sido vislumbrada por la perra Laika en su fugaz viaje sin retorno. “Ha visto atacar naves en llamas más allá de Orión”, ladra, parafraseando una de las últimas frases que, antes de morir, reza Roy Batty (el último androide Nexus 6) casi al final de la película de culto Blade Runner.
Roy Batty
(Rutger Hauer)


Fotograma de Blade Runner (1982)



Arturo Pérez-Reverte, Los perros duros no bailan. Alfaguara. 1ª edición mexicana. México, junio de 2018. 168 pp.



El perro canelo

El buzón de cartas había escupido un tiro

Con el número 29 de la Colección Acantilado bolsillo se publicó en Barcelona, en diciembre de 2012, El perro canelo (Le chien jaune), novela del prolífico narrador belga Georges Simenon (1903-1989), traducida del francés al español por Caridad Martínez. 
Colección Acantilado bolsillo número 29
Barcelona, diciembre de 2012
       En Pietr, el León (Pietr le Letton), novela policíaca de Georges Simenon editada en 1930, apareció por primera vez el célebre comisario Maigret, protagonista de 103 narraciones: “72 novelas y 31 relatos, publicados entre 1930 y 1972”. Y de 1931 data la primera edición de El perro canelo (impresa en París por Éditions Fayard), donde descuella el comisario Maigret y su infalible pipa; y de 1932 es la homónima versión cinematográfica en blanco y negro, dirigida por el cineasta galo Jean Tarride (1901-1980).  

 
Cartel del filme Le chien jaune (1932)
        Pese a que a estas alturas del siglo XXI ese mediometraje está prácticamente olvidado (sólo lo ven ciertos historiadores de cine y algunos curiosos), la vieja novela El perro canelo ha acentuado su tesitura antigua (demodé) y su sabor de añejo cuento peliculesco, lúdico y bufo. La amena obra se divide en once capítulos con números y rótulos; y de manera tenue (y a veces obvia) se trasmina en cada página (de supuesto realismo) una pulsión lúdica y bufa. 
El caso es que cerca de las once de la noche del “Viernes 7 de noviembre”, en Concarneau, un pequeño puerto bretón asediado por un temporal, uno de los trasnochados comensales del café del Hôtel de l’Amiral, tras salir a la calle (sin asfalto) bamboleándose y canturreando por el alcohol y la ventolera, recibe un balazo a quemarropa al detenerse en el portal de una casona deshabitada. La fuerza del viento le levantaba el abrigo y ya le había arrancado el sombrero hongo y sólo se detuvo en el portal para poder encender un puro. El único testigo de su caída fue “el aduanero de guardia”, quien “a menos de cien metros” estaba “aterido y acurrucado en su garita”; fue rápido hacia el hombre tirado y luego dio la voz de alarma corriendo hacia el café, donde entró seguido de un perro canelo que nadie conocía (surgido de algún sitio y con pinta de callejero) que se tumbó a los pies de Emma, la joven camarera (con cofia bretona) que estaba en la caja registradora. Ese es el hecho que desencadena la intriga y el misterio, porque la bala salió del buzón de la casa deshabitada y el herido en el vientre a bocajarro es monsieur Mostaguen, el “dueño del negocio de vinos más importante de Concarneau, un buenazo que sólo tiene amigos” (pero le teme a su esposa, quien cree que lo balearon por un “lío de faldas”). Frente a la agitación de Yves Le Pommeret y de Jean Servières (ambos de la élite de “alegres camaradas” y habituales del café con quienes departía el vinatero borrachín) y ante la obvia incapacidad de los policías del pueblo para investigar el intento de asesinato, el acalde, “alarmado”, hace una llamada telefónica que recibe el comisario Maigret, a quien “Hacía un mes le habían incorporado a la Brigada Móvil de Rennes, en la que había que reorganizar algunos servicios”.
Fotograma de Le chien jaune (1932)
       El curtido comisario Maigret llega a Concarneau en compañía del inspector Leroy, un joven de 25 años con el que nunca había trabajado, proclive al técnico acopio de pruebas para su examen científico en París; de ahí, por ejemplo, que envíe unas huellas digitales a través de un belinógrafo. El sábado 8 de noviembre, día de su llegada a Concarneau, Maigret y Leroy se alojan en el Hôtel de l’Amiral, cuyo café-bar se convierte en núcleo de operaciones y sucesos alrededor del crimen. Por ejemplo, la tarde de ese sábado 8 de noviembre, allí en el café, Maigret conversa (en realidad recaba información) con el doctor Ernest Michoux, quien departe con Le Pommeret y Jean Servières; entonces el doctor descubre indicios de estricnina en su copa, y Maigret, al hacer oscilar la botella de pernod y observarla a contraluz, ve “motas blancas flotando en el líquido”, y lo mismo ocurre al observar el frasco de calvados (“de panza ancha”) que le indicó uno de comensales. El farmacéutico, cuyo laboratorio está a unos pasos del café, examina todas las copas y las 48 botellas del bar; y sólo encuentra veneno en el pernod y en el calvados, que es lo que cada tarde suelen beber esos trasnochados y licenciosos habituales del café del l’Amiral, con quienes a veces se sienta el alcalde (u otros “principales”) para jugar cartas.

     La mañana del domingo 9 de noviembre, allí en el café del Hôtel de l’Amiral, el comisario Maigret lee la alarmante noticia, voceada por un chiquillo periodiquero, sobre la desaparición del periodista Jean Servières (quedaron “Manchas de sangre en su coche”) y sobre el supuesto miedo que ya se propaga, corre y “reina en Concarneau”.  
    Vale decir que los alarmantes titulares y la nota periodística se leen en la novela; y en ella se alude al “perro canelo que nadie conocía, que parece no tener amo y que reaparece a cada nueva desgracia”; el cual se asocia allí con la furtiva presencia de un vagabundo gigantón (el presunto criminal) “aún no identificado pero que ha dejado huellas curiosas en distintos lugares, la de unos pies mucho más grandes que la media normal”. 
   
Fotogramas de Le chien jaune (1932)
         Esa noticia publicada por Le Phare de Brest causa mucho revuelo, alharaca, cotilleos e inquietud entre los lugareños de Concarneau. De modo que en su ritual paseo durante el lluvioso domingo de su publicación se acercan al café y miran con curiosidad bobalicona por los glaucos cristales de las ventanas, y luego van (o viceversa) al sitio donde quedó el coche abandonado y con manchas de sangre, y ahí se quedan un buen rato y cuchichean entre sí. Y los jóvenes que se atreven a entrar al café, piden de tomar (orgullosos de su valentía), pero no ingieren un sorbo. Y en un momento cercano a las ocho de la noche, el inspector Leroy llama por teléfono al comisario Maigret para notificarle que un zapatero le disparó al perro canelo “en la ciudad vieja, junto al canal”, de donde le llama. Maigret va del café para allá y lo rescata de la masacre y ordena que lo trasladen, en una carretilla, para que el veterinario le extraiga la bala. Y luego, Maigret y Leroy lo resguardan en el hotel, donde “Habían puesto una manta vieja sobre la paja, en el cobertizo pavimentado con granito azul que daba al patio y a la escalera de la bodega”, pues el perro canelo estaba “incapaz de andar y hasta de arrastrase con el vendaje que le aprisionaba por los cuatro traseros”. No obstante, sin que nadie haya visto ni oído nada, el perro canelo desaparece de allí misteriosamente. 
     
Fotograma de Le chien jaune (1932)
        La susodicha noticia en Le Phare de Brest, además, atrae a varios reporteros de París que  se atrincheran en el Hôtel de l’Amiral (de Le Petit Parisien, de Le Journal..., incluso del propio Le Phare de Brest), listos para usar las mesas de escritorio y el teléfono para dictar sus notas y para que los fotógrafos disparen destellos con sus cámaras con explosivos flash de magnesio. Y a través de una llamada telefónica al periódico Le Phare de Brest, Maigret, además de solicitar el envío del manuscrito, se entera (por el director) que fue dejado sin firma la mañana del mismo domingo de su publicación (con el rótulo “Máxima urgencia”) y por ende deduce que se redactó antes de que fuera hallado el pequeño coche de Jean Servières, con manchas de sangre y supuestamente abandonado por un acto violento, “cerca del río Saint-Jacques” (donde, quizá, pudo ser ahogado por alguna deuda o después de robarle la billetera).
El lector, por su parte, sospecha (y luego Maigret lo corrobora) que ese artículo fue escrito por el propio Jean Servières (seudónimo de Jean Goyard), pues además de que el mismo Servières le presume al recién llegado comisario su otrora exitosa vida de periodista llevada en París, la noche del viernes 7, después del atentado contra el vinatero Mostaguen, la omnisciente y ubicua voz narrativa canta sobre él: “Monsieur Servières es un personajillo regordete, con chaqueta color piedra, que estaba con Le Pommeret en el Hôtel de l’Amiral. Es redactor de Le Phare de Brest, donde entre otras cosas publica todos los domingos una crónica humorística.” 
Pero el inquietante hecho que sobre todo marca ese lluvioso domingo 9 de noviembre es el sorpresivo asesinato del señorito Yves Le Pommeret, “el niño bonito de la familia”, el rimbombante vicecónsul de Dinamarca, con fama de “mujeriego impenitente”, con “Numerosas aventuras con obreras jovencitas” y algunos escándalos encubiertos. Siempre de porte impecable. Y un día antes de morir, al darle la mano a Maigret ahí en el café, “iba vestido de hidalgo campesino: pantalón de montar, a cuadros, polainas ceñidas, sin motas de barro, y corbata de plastrón de piqué blanco. Teína un buen bigote entrecano, el pelo bien atusado, una tez clara y las mejillas veteadas de cuperosis.” Cerca de las ocho de la noche de ese domingo 9 de noviembre, Le Pommeret dejó el café de l’Amiral y se fue a su casa a cenar. Su cuerpo (después de la cena) lo descubrió “la propietaria del inmueble”, quien llamó por teléfono al café para darle al comisario la noticia del deceso. Y el médico que observó su cadáver tirado en su recámara dedujo que fue envenado con una dosis de estricnina, ingerida, al parecer, entre media y dos horas antes.
Instigado por el acalde, quien con aires de poderoso influyente no ha dejado de exigirle a Maigret que detenga a alguien, el lunes 10 de noviembre el comisario detiene al doctor Ernest Michoux, flamante administrador de la controvertida Urbanización de Les Sables Blancs (donde el doctor y el alcalde tienen sus correspondientes mansiones) y ordena su encarcelamiento en la Gendarmería, que se halla en la zona antigua de Concarneau.
A priori, esa detención parece un tanto arbitraria y en cierto modo parece que protege al doctor Michoux de un posible atentado y de la fobia que lo angustia y consume. Y al unísono parece que el posible móvil del asesinato de Le Pommeret es una oscura venganza que tiene que ver con la vida bulliciosa, lasciva e impune que llevaba coludido a la élite de los habituales del café de l’Amiral. El mismo sábado 8 de noviembre, día de la llegada del comisario Maigret, Jean Servières le presume sobre el donjuanismo que caracterizaba a Le Pommeret: “¿Sabe cómo llamamos a la casa donde vive, frente a la lonja del pescado...? ¡La casa de la lascivia!” De ahí que cuando el comisario Maigret va a observar su cadáver ese domingo 9, vea, “En las paredes, fotos de actrices, cuadros con dibujos recortados de publicaciones eróticas y algunas dedicatorias de mujeres.” Y que la voz narrativa diga cantarina sobre el diván donde murió: “¡Aquel mismo diván que le había valido a la vivienda de Le Pommeret el sobrenombre de la casa de la lascivia! En torno a aquel mueble los grabados eróticos abundaban más que en ninguna otra parte. Una lamparita destilaba una media luz color de rosa.” 
   
Fotograma de Le chien jaune (1932)
         A esto se suma el testimonio informal (y circunstancial) que le brinda el joven policía de Concarneau con el que Maigret camina rumbo al “antiguo puesto de guardia de Le Cabélou”, donde estuvo oculto el furtivo gigantón vagabundo y su escurridizo perro canelo: “Depende de qué gente... La gente del pueblo, los obreros, los pescadores, no se alteran demasiado... Y hasta casi se alegran de lo que pasa... Porque el doctor [Michoux], monsieur Le Pommeret y monsieur Servières no tenían muy buena reputación... Eran señores, claro... Nadie se atrevía a decirles nada... Y ellos se aprovechaban, abusando de todas las chiquillas de las fábricas... En verano, con sus amigos de París, era aún peor... Siempre andaban bebiendo, metiendo ruido por la calle a las dos de la mañana, como si fueran los amos de la ciudad... Teníamos quejas a menudo... Sobre todo en lo referente a monsieur Le Pommeret, que era incapaz de ver unas faldas sin ponerse a cien... Es triste decirlo... Pero las fábricas apenas trabajan... Hay paro... Así que, con dinero... todas esas chicas...”
Y desde luego en esa (bochornosa y libertina) línea incide el testimonio, de índole confidencial, que a Maigret le charla Emma, la camarera de 24 años, quien vive en la buhardilla del Hôtel de l’Amiral. Ella también ha sido objeto del acoso sexual del doctor Michoux, que también ve a otras chicas. A veces le paga y a veces no. Y la hace ir a su casa (“Anteayer mismo”, le dice, “Aprovecha que su madre está de viaje”). O se alberga en una habitación del hotel, como lo hizo después de que él detectara (a ojo de buen cubero) la estricnina en su copa de pernod. Y sobre Le Pommeret ella le dice: “Igual... Sólo que no fui más que una vez a su casa, hace mucho..., estaba también una obrera de la fábrica de conservas y... ¡y yo no quise! Van cambiando cada semana.” Y sobre el articulista Jean Servières le dice que “no es lo mismo”, porque “está casado” y “Parece que para ir de juerga se va a Brest”. Que sólo le hace alguna broma o la pellizca al pasar.
       
Fotograma de Le chien jaune (1932)
       No obstante, esto resulta ser un engaño al lector, porque el intríngulis de la cadena criminal no va por allí. El comisario Maigret hace sus anotaciones detectivescas y el inspector Leroy hace las suyas. Y sobre todo reflexiona, une cabos, elabora conjeturas y formula hipótesis, como lo hace en voz alta (ídem todo un raciocinador de catadura inglesa) en la regia biblioteca de la mansión del alcalde, a donde fue con él en el coche de su anfitrión, ya muy entrada la noche del lunes 10 de noviembre, pues abandona el lujoso chalé alrededor de la “una de la madrugada”.  

     
Georges Simenon
(1903-1989)
           Y en varias pesquisas el inspector Leroy auxilia al comisario Maigret. Así que para no desvelar todos los vericuetos, las menudencias, las omisiones narrativas (de Georges Simenon) y los procedimientos detectivescos, vale decir que Maigret descubre la habitación (frente al Hôtel de l’Amiral) donde se oculta el vagabundo gigantón iluminado por una vela. Y encaramado sobre el techo del hotel más de tres horas, pese al frío nocturno, junto con Leroy, después de las once de la noche del lunes 10 de noviembre, descubre y observan (como en una pantalla de cine mudo en sepia) el escenario y la mímica del ríspido y luego apasionado amorío del vagabundo con la camarera Emma, preludio de su huida hacia los muelles. A esto se añade la información que Maigret recopila al registrar la buhardilla de la camarera: una foto de feria, tomada en Quimper, donde se le ve a ella, feliz y sonriendo, y a él robusto y “con una gorra de marinero”. Y lo más revelador: una amorosa carta del gigantón a Emma (se la envió de Quimper a Concarneau, y se lee en la novela), donde le habla de sus planes de casarse con ella en Quimper, que ya ha adquirido un barco que se llamará La Belle-Emma, que tiene que “ingresar en el banco diez mil francos al año” por el navío, y que piensa ganar lo suficiente para que el matrimonio se haga lo más pronto posible (“El transporte de cebollas a Inglaterra puede dar mucho dinero”, le dice ilusionado).
En resumidas cuentas, Maigret formula sus corazonadas e hipótesis en secreto: sólo él sabe lo que ata (y desata) y se propone con su intuición y olfato de sabueso. Así que el martes 12 de noviembre (un día con el cielo azul y sin las nubes del mal tiempo) cita y reúne en el patio de la Gendarmería a los involucrados en el entuerto que tiene en vilo a los habitantes de Concarneau. Frente a la cárcel se agrupa una multitud de curiosos y periodistas, pues además del arribo del alcalde en su lujoso coche con chofer, los gendarmes llevan detenidos a Emma y al gigantón (con esposas en las manos y con los pies atados); y también llega detenido el periodista Jean Servières (quien fue hecho preso en París y remitido a Concarneau por petición del comisario); y la madre del doctor Ernest Michoux, profiriendo ínfulas y amenazas, es traída ex profeso por el inspector Leroy que fue por ella a su casa; mientras que el doctor observa, participa y toma notas encerrado en su celda. Como si se tratara de un juicio (o parodia de juicio en un anfiteatro) y Maigret fuera, al unísono, el fiscal y el juez de instrucción, solicita sillas para sus invitados y al brigadier le pide que haga el papel de escribano y para ello le instalan una mesita.
Fotograma de Le chien jaune (1932)
        Maigret, fumando su pipa y yendo de un lado a otro, dirige el interrogatorio, que en su parte medular revela un entramado mafioso (ocurrido “hará unos cuatro o cinco años, tal vez seis”) que llevó a la ruina al barco La Belle-Emma (requisado en Estados Unidos por un alijo de cocaína de diez toneladas) y a la penitenciaría de Sing-Sing al marinero Léon Le Guérec que lo había hecho construir con un préstamo bancario. Léon, apremiado por las deudas, aceptó llevar un cargamento ilícito a “un pequeño puerto de Nueva York”. Léon, ingenuo, creía que era “contrabando de alcohol”, que otros hacían (algo regular) por la Ley Seca en la Unión Americana, y que a él le reportaría lo suficiente; de modo que, dice: “quedaría pagado el barco y aún me sobrarían veinte mil francos para mí”. 

Según afirma Léon, fue el periodista Jean Servières el que en un café de Brest le presentó a un americano que le propuso el trato y por ende unos oficiales instalaron “un motor semidiésel en La Belle-Emme”. Pero el negocio se torció y el americano y sus tres socios franceses (los inversionistas Jean Servières, Yves Le Pommeret y Ernest Michoux) lo dejaron solo. Según dice, lo condenaron “a dos años de trabajos forzados y a cien mil dólares de multa”. Y pudo salir de tal encierro porque un día vio “al americano de Brest” que visitaba a un recluso allí en Sing-Sing. El gringo le reveló, que además de traficar por su cuenta, era “agente del gobierno cuando la Ley Seca”. Y ese americano movió algunos hilos negros bajo el retrete, porque lo ayudó a salir de su condena en Sing-Sing (una cárcel donde “Había presos ricos que salían a pasear casi cada noche... ¡Y los demás les hacían de criados...!”). Y su objetivo en Concarneau, según dice, era mantenerse oculto y distante de Emma y aterrorizar al doctor Michoux, apareciéndose y desapareciendo, con su terrible pinta de astroso gigantón vagabundo, de modo que el doctor le disparara y terminara en la cárcel, pues según sabe, fue Michoux el que tomó la decisión de traicionarlo y dejarlo solo. 
El dramaturgo y actor Abel Tarride hizo el papel
del comisario Maigret en Le chien jaune (1932)
         El caso es que el comisario Maigret descubre con antelación a ese testimonio que, efectivamente, el doctor Ernest Michoux planeó e intentó matar al marinero Léon Le Guérec. Y esto lo hizo de un modo rocambolesco e hilarante, pues al observar el interior de la habitación número 3 del Hôtel de l’Amiral, en unas hojas de papel secante con el membrete del albergue, halló una “apenas salpicada de caracteres incompletos”, que para leerlos se necesita completarlos y proyectarlos en un espejo. Pero antes de que Leroy regrese con el espejo, Maigret reconstruye el críptico mensaje dirigido a Léon, escrito con la letra y la firma de Emma, porque el doctor maquiavélicamente se la dictó a ella. Tal mensaje dice a la letra: “Necesito verte. Ven mañana a las once a la casa deshabitada que hay en la plaza, poco más allá del hotel. Cuento totalmente contigo. Sólo tienes que llamar y te abriré.” De ahí que el buzón de cartas (de la casa deshabitada) escupiera una sorpresiva y misteriosa bala el viernes 7 de noviembre a las once de la noche y penetrara en la barriga de monsieur Mostaguen, y el perro canelo apareciera rondando por allí.   

     En su intervención, Maigret declara haber sido él el que introdujo el veneno en el frasco del pernod; pero deduce y explica al corro que fue el doctor Michoux el que, fóbico y desesperado, envenenó a Yves Le Pommeret. Así que para cerrar el cónclave, firma “una orden de detención contra el doctor Ernest Michoux por intento de asesinato y lesiones en la persona de monsieur Mostaguen y por envenenamiento voluntario de su amigo monsieur La Pommeret”; más “otra orden de arresto, contra madame Michoux, por agresión con agravante de nocturnidad”, pues ella, en un intento de confundir las cosas (para sacar a su hijo de la cárcel), la noche del lunes 10 noviembre disparó desde las sombras contra el susodicho aduanero, pero sólo lo rozó en una pierna (no obstante el tipo se aterrorizó creyendo que perdería una pata). Y, curiosamente, Maigret no expide ninguna orden de detención contra el periodista Jean Servières, pese a que a todas luces fue parte inicial y orgánica de la trama de traficantes de cocaína que llevó a la cárcel a Léon Le Guérec y a la pérdida de su barco, y a que su artículo periodístico, alarmante y persuasivo para los lectores de Concarneau (escrito, además, con la mano izquierda para que nadie reconociera su letra), predispuso a los lugareños a disparar contra el fantasmal vagabundo de pies grandes y contra su perro canelo. Así que sobre Servières sólo dictamina: “creo que sólo puede imputársele ultraje a la magistratura, por la comedia que representó”.   
     Y no presenta ningún cargo contra Léon Le Guérec ni contra Emma. Es decir, el comisario Maigret se hizo de la vista gorda y dictó “justicia” por su cuenta. Para alejarse de la Gendarmería y de la multitud, el alcalde le sede su coche al comisario, quien sube y se marcha con Léon Le Guérec y Emma. Y es allí donde la camarera le agradece al comisario no haber revelado que fue ella la que introdujo la estricnina en el pernod y en el calvados. Había descubierto que Léon andaba escondido en el pueblo y “Sabía que querían matarle”; y pese a que Léon no la quería ver (se moría de celos), ella lo seguía queriendo y terminaron reconciliándose. 
Fotograma de Le chien jaune (1932)
  Aún no saben a dónde irán. Quizá vayan hacia Le Havre y salgan de Francia en algún barco. “Al final me ganaba bien la vida en los muelles de Nueva York”, le dice León. Y puesto que los gendarmes no le devolvieron los once francos y la calderilla que le decomisaron, Maigret, próximo a una pequeña estación, golpea para que el chofer detenga el coche (y se bajen), y les regala “dos billetes de cien francos”: “¡Cójanlos...! Los pondré en mi cuenta de gastos”, dice, bonachón.

Por lo que resume la omnisciente voz narrativa en la última página de la novela, “El proceso [contra el doctor Michoux] duró un año” y fue “Condenado a veinte años de trabajos forzados por la audiencia de Le Finistère”. Mientras que su engreída y megalómana madre cumplió una pena de tres meses de cárcel. Y una “fotografía de hace apenas un mes, publicada en la prensa”, lo exhibía “cada vez más flaco y amarillento, con la nariz de través y el petate al hombro, embarcando rumbo a la isla de Ré en La Martinière, que lleva a ciento ochenta forzados a Cayenne” (o sea: a la Guyana Francesa).
Si esto semeja una ingrata imagen rumbo a los bajos fondos del ardiente infierno, el destino amoroso de Emma y del gigantón parece de cuento de hadas: “Léon Le Guérec pesca arenques en el mar del Norte, a bordo de La Francette, y su mujer está esperando un niño.”



Georges Simenon, El perro canelo. Traducción del francés al español de Caridad Martínez. Colección Acantilado bolsillo número 29, Editorial Acantilado. Barcelona, diciembre de 2012. 152 pp.




domingo, 24 de junio de 2018

La Dalia Negra

Sólo era una gran actriz en la cama

Rabiosamente autobautizado el perro diabólico de la literatura negra norteamericana, James Ellroy (Los Ángeles, marzo 4 de 1948) publicó, en 1987, su best seller La Dalia Negra, que con sus novelas El gran desierto (1988), L.A. Confidencial (1990) y Jazz blanco (1992) conforman su explosivo “Cuarteto de Los Ángeles” (mucho más sonoro y explosivo que “el pedo de una palomita de maíz”). Si bien el filme L.A. Confidential (1997), basado en la homónima novela y dirigido por Curtis Hanson, gozó (y goza) de aceptación entre las variopintas y dispersas masas de empedernidos cinéfilos de la aldea global, la película The Black Dahlia (2006), basada en el homónimo libro y dirigida por el experimentado y reputado Brian de Palma, no pasó de ser un largo y somnífero churro (con pésimas actuaciones), pese al calibre y a la fama mediática de los actores protagonistas. No obstante, en diciembre de 2015, en Barcelona, con traducción al español de Albert Solé, Ediciones B publicó (salpimentada con numerosas erratas) la segunda edición de La Dalia Negra en formato de bolsillo, en cuyas cubiertas se observan los retratos de las cuatro estrellas hollywoodenses del reparto fílmico: Hilary Swank (Madeleine Linscott), Aaron Eckhart (Lee Blanchard), Scarlett Johansson (Kay Lake) y Josh Hartnett (Bucky Bleichert).
(Ediciones B de bolsillo, 2ª edición, Barcelona, diciembre de 2015)
          Ofrendada a la autora de sus días Hilliker Ellroy (1915-1958) con un tinte diabólico (“Madre: veintinueve años después, esta despedida de sangre”), y precedida por un epígrafe de Anne Sexton, La Dalia Negra se divide en un “Prólogo” y 37 capítulos distribuidos en cuatro partes: “Fuego y Hielo”, “La Treinta y Nueve y Norton”, “Kay y Madeleine” y “Elizabeth”. Situada principalmente en Los Ángeles, California, entre 1942 y 1949, la minuciosa y maniática historia ha sido escrita, evocada y narrada por el ex boxeador y ex policía Bucky Bleichert. Y el epicentro de las reminiscencias, de la intriga, de las indagaciones detectivescas, y de los múltiples recovecos, digresiones, giros sorpresivos y vueltas de tuerca es la espeluznante aparición en un descampado, la mañana del miércoles 15 de enero de 1947, del desnudo cadáver de una joven, sádicamente torturada y viviseccionada en dos partes (y con la boca rajada de un oído a otro), cuyas huellas digitales revelaron su identidad: “Elizabeth Ann Short, nacida el veintinueve de julio de 1924, en Medford, Mass.” Quien había sido “Arrestada en Santa Bárbara en septiembre de 1943” “por beber alcohol siendo menor de edad”, y por ello “la devolvieron con su madre, en Massachusetts”. 

       
Elizabeth Short
(1924-1947)
       Y en medio del amarillista y sediento escándalo periodístico, el reportero Bevo Means la etiquetó con el rimbombante apelativo de La Dalia Negra (y se hizo vox populi y moneda corriente), porque el conserje de un hotel “le dijo que Betty Short siempre llevaba vestidos negros ceñidos”, y esto le hizo pensar en La Dalia Azul, la película de 1946 protagonizada por Verónica Lake y Alan Ladd, dirigida por George Marshall, con guion de Raymond Chandler (arquetipo de la novela negra norteamericana).

Alan Ladd y Veronica Lake

Fotograma de La Dalia Azul (1946)
       En primera instancia, La Dalia Negra es la inextricable historia de una entrañable amistad y de un triángulo amoroso (Lee Blanchard-Kay Lake-Bucky Bleichert) ineludiblemente trastocado por el ingrato y cruento destino de Betty Short, una joven ligera y atractiva, que vestida de negro solía comer y beber de gorra en los bares, subsistir en pensiones de baja estofa, pedir dinero prestado, contar mentiras y fantasías, y prostituirse (sin quitarse las medias) con marineros y militares uniformados (rebosantes de galones y medallas tirando a la general Patton), y cuyo mayor sueño era ser una rutilante actriz (quizá una diosa) de la bóveda celeste del cine de Hollywood. Para eludir la pelea con Ronnie Cordero (“cocinero de tacos”), un peso medio mexicano de 19 años que lo hubiera hecho polvo y besar la lona en un santiamén (no obstante su fogueo en “combates con pesos medios mexicanos repletos de tortilla en la Sala de la Legión de Eagle Rock”), y más aún para huir del peligro que implicaba ingresar a la Armada o a la Infantería de Marina tras el bombardeo de Pearl Harbor (ocurrido el 7 de diciembre de 1941), Bucky Bleichert (“cabello oscuro, un metro noventa de flaca musculatura”, “peso ligero, 36 victorias, ninguna derrota, y ningún nulo, colocado una vez en el puesto número diez del ranking, por la revista Ring, tal vez porque a Nat Fleicher [periodista] le divertía la mueca desafiante con que solía contemplar a mis adversarios, en una exhibición de mis dientes de caballo”, dice), deja el boxeo y se incorpora al Departamento de Policía de Los Ángeles. Y allí, poco después de haberse “graduado en la Academia, en agosto de 1942”, conoce al policía y ex boxeador Lee Blanchard, “rubio, de complexión sanguínea”, un “metro ochenta y dos” de estatura y “los hombros y el tórax enormes, con las piernas gruesas y arqueadas y el nacimiento de una tripa dura e hinchada”; otrora “peso pesado, 43 victorias, 4 derrotas y 2 nulos; con anterioridad, atracción regular en el estadio de la Legión de Hollywood” y con “rápidos ascensos” policiales, “conseguidos gracias a los combates privados [con jugosas apuestas] a los cuales asistían los peces gordos de la policía y sus amigotes de la política”.

James Ellroy
             Si bien Lee Blanchard y Bucky Bleichert conocían y oían sus correspondientes leyendas de boxeadores (incluso detalles controvertidos del itinerario de su vida privada y policial) que rumorean los otros polis y alguna que otra vez se saludaban en la División Central, la amistad entre ambos tiene como preludio el violento escenario de una represión racista: a “principios de junio de 1943” les toca poner “orden” frente a las escaramuzas callejeras suscitadas tras una gresca entre marineros y “mexicanos vestidos de cuero negro en el muelle Lick de Venice”. Ese episodio, donde el patrullero Bucky Bleichert busca salir indemne sin dar ni recibir un solo golpe, transluce y hace evidente los arraigados atavismos racistas, xenófobos e idiosincrásicos que trasminan a la sociedad norteamericana de los años cuarenta, visibles en otros episodios, en lo ríspido y soez de cierto peyorativo vocabulario y en numerosos detalles a lo largo de la novela. Según Bucky Bleichert:

“Corrían rumores de que uno de los chicos había perdido un ojo. Empezaron a producirse escaramuzas tierra adentro: personal de la marina procedente de la base naval de Barranco Chávez contra los pachucos de Alpine y Palo Verde. A los periódicos llegaron noticias de que los mexicanos llevaban insignias nazis [obvio infundio de la prensa racista], además de sus navajas de muelle, y centenares de soldados, infantes de marina y marineros de uniforme cayeron sobre las zonas bajas de Los Ángeles, armados con bates de béisbol y garrotes de madera. Se suponía que en la Brew 102 Brewery, en Boyle Heights, los pachuchos se agrupaban en número similar y con armamento parecido. Cada patrullero de la División Central fue llamado al cuartel y allí se le proporcionó un casco de latón de la Primera Guerra Mundial y una tranca enorme conocida como sacudenegros [a Rosa Parks en el autobús y al reverendo Martin Luther King Jr. se les hubieran erizado los rulos a la Don King].
Rosa Parks y Martin Luther King Jr. (c. 1955)
     
Don King
         “Al caer la noche, fuimos conducidos al campo de batalla en camiones que habían sido prestados por el ejército y se nos dio una sola orden: restaurar la paz. Nos habían quitado los revólveres reglamentarios en la comisaría; los jefazos no querían que ningún 38 cayera en manos de esa asquerosa y jodida ralea mexicano-argentina, los gángsteres morenos. Cuando saltamos del camión en Evergreen y Wabash, llevando en la mano sólo un garrote de kilo y medio con el mango recubierto de cinta adhesiva para que no resbalara, me sentí diez veces más asustado de lo que jamás había estado en el ring, y no porque el caos estuviera acercándose a nosotros desde todas las direcciones.

“Me sentí aterrado, porque, en realidad, los buenos eran los malos.
“Los marineros estaban reventado a patadas todas las ventanas de Evergreen; infantes de marina con sus uniformes azules destrozaban sistemáticamente las farolas, lo cual producía cada vez más y más oscuridad en la que poder trabajar. Soldados y marineros de agua dulce habían dejado de lado su rivalidad entre las distintas armas y volcaban los coches aparcados ante una bodega al tiempo que jovencitos de la mariana vestidos con sus acampanados pantalones blancos molían a palos a un grupo de mexicanos, al que superaban con mucho en número, en un portal de al lado. En la periferia de la acción pude ver cómo unos cuantos de mis compañeros se lo pasaban en grande con gente de la Patrulla Costera y policías militares.”
Bucky Blaichert
(Josh Hartnett)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
          En su escurrida del bulto, Bucky, sin esperarlo, oye que lo llaman a voces y entonces ve a Lee Blanchard (“el otro tipo que también había salido corriendo”) “enfrentándose a tres infantes de marina de uniforme azul y un pachuco con todos sus cueros de gala”. El caso es que Bucky ayuda a Lee a tundir y a noquear al trío de infantes de marina. Y por iniciativa de Lee se ocultan dentro de los destrozos de una casa abandonada por el zafarrancho, donde se alimentan, beben y refugian durante el resto de la noche. Lee, quien conoce y lleva preso al pachuco Tomás Dos Santos, le dice: “Es el noveno de su clase que pillo en 1943”; que hay contra él “una orden de busca y captura por homicidio” (pues a una anciana le robó el bolso y al caer le dio un infarto). Según añade Lee, “Está frito. Homicidio en segundo grado es un viaje a la cámara de gas para los chicanos. Este chaval dirá el ‘Gran Adiós’ dentro de seis semanas.” Lee no se equivoca en esto ni al asegurarle a Bucky que será ascendido a sargento e ingresará a la Criminal (en su currículum descuella su mediático papel en el atraco al banco del Boulevard-Citizens sucedido el “11 de febrero de 1939”), pues luego Blanchard “fue ascendido a sargento y trasladado a la Brigada Antivicio de Highland Park a primeros de agosto” de 1943. Y el latino “Tomás Dos Santos entró a la cámara de gas una semana más tarde.” A lo que se añade que “El Consejo Ciudadano de Los Ángeles declaró ilegal la cazadora de cuero” (característica de los pachucos), corolario reglamentario y discriminativo de ese “pintoresco motín racial de Los Ángeles este”.

Durante los tres años siguientes (entre 1943 y 1946), Bucky Bleichert, hijo de inmigrantes alemanes, casi sin pena ni gloria (y nadando de a muertito) siguió “metido en un patrullero con radio de la División Central”. Etapa precedida por los golpes bajos soportados durante su instrucción policíaca, pues tuvo que confrontar “la amenaza de expulsión de la Academia cuando se descubrió que su padre [proclive al nazismo] pertenecía al Bund germano-estadounidense”. Y ante “las presiones sufridas para que denunciara ante el Departamento de Extranjeros a los chicos de ascendencia japonesa con los cuales había crecido para así asegurar su posición dentro del Departamento de Policía de Los Ángeles”, denunció a dos de ellos: Hideo Ashida y Sam Murakami, quienes fueron esposados y remitidos al campo de concentración Manzanar (ubicado al pie de Sierra Nevada en el Valle Owens, California), donde uno de ellos murió (ante al resquemor de su consciencia). Así que una mañana de 1946, en el “tablón de ascensos y cambios de puesto” de la División Central, Bucky lee que el sargento Lee Blanchard será trasladado de la Brigada Antivicio de Highland Park a la Brigada Criminal Central, con efectividad el 15 de octubre de 1946.
Entre la fauna de polis se chismorrea y apuesta sobre un posible “combate Blanchard-Bleichert”. Y se rumora (y así parece) que el verdadero “jefe de la Criminal es Ellis Loew” (asistente del fiscal del distrito, judío, político republicano, manipulador y ambicioso arribista de 35 o 36 años), y que éste “Le consiguió el puesto a Blanchard”. 
       
Joe Louis
         Y además se comadrea que Loew dice “que él probaría con Joe Louis si fuera blanco” (barrabasada y petulancia racista, pues se trata nada menos que del legendario bombardero de Detroit, campeón mundial de peso pesado que dominó el firmamento del box “durante once años y ocho meses”, entre 1937 y 1949).  
Y como “Corre la voz de que los boxeadores lo enloquecen”, se dice que Ellis Loew quiere que Bucky Bleichert sea el compañero de Lee Blanchard en la Criminal. Así que Ellis Loew, apoyado por varios jefazos de la policía, urde una campaña en la prensa para publicitar una espectacular pelea entre el par de “buenos boxeadores de pura raza blanca”: el ex boxeador Lee Blanchard (“el señor Fuego”, de “32 años”, “sargento en la prestigiosa Brigada Criminal”) y el ex boxeador Bucky Bleichert (“el señor Hielo”, de “29 años, patrullero,” que “cubre el peligroso territorio de la zona sur de Los Ángeles”). Combate boxístico que se sucederá (y sucede) el 29 de octubre de 1946 en el gimnasio de la Academia de Policía; y que al unísono implica (además de las soterradas e intestinas apuestas en el gremio policíaco) que los ciudadanos el próximo 5 de noviembre saldrán a “votar una moción de conceder cinco millones de dólares al Departamento de Policía de Los Ángeles para modernizar su equipo y proporcionar un aumento de ocho por ciento de su paga a todo el personal.”
Además de que “La División Central Criminal estaba en la sexta planta del ayuntamiento, situada entre el Departamento de Homicidios de la Policía de Los Ángeles y la División Criminal de la oficina del fiscal del distrito”, para el patrullero Bucky Bleichert, según apunta, “La Criminal era la celebridad local para un poli. La Criminal era el traje de paisano, sin necesidad de llevar abrigo ni corbata, emoción, aventura y dietas por kilometraje en tu coche de civil. La Criminal era la persecución de los tipos realmente malos y no el tener que atrapar a los borrachos y a los vagabundos que se reunían delante de la Misión de Medianoche. La Criminal era el trabajo en la oficina del fiscal del distrito, con un pie metido en la categoría de los detectives y cenas tardías con el mayor Bowron [el alcalde], cuando él estuviera de buen humor y quisiera que se le contasen historias de guerra.” De modo que Bucky supone que tras el combate boxístico podría ascender a la Criminal y convertirse en el compañero de Lee Blanchard, lugar que por el que suspira y puja el codicioso y tontorrón Johnny Vogel, hijo del sargento Fritzie Vogel, coludido, junto con el sargento Bill Koening, a los oscuros tejemanejes y manipulaciones partidistas y autócratas de Ellis Loew, quien se mueve, conspira y urde proyectando convertirse (en un futuro cercano) en el todopoderoso fiscal del distrito.
En medio de los acontecimientos y ante la expectativa de la pelea, Lee Blanchard optaría por Bucky para compañero, por ello le dice: “Personalmente, casi espero que ganes. Si pierdes, me quedaré con Johnny Vogel. Está gordo, se tira pedos, le apesta el aliento y su papi es el capullo más grande de toda la Central. Siempre le hace recados al niño prodigio judío [...]” No obstante, Bucky, cavilando entre sus dudas, posibilidades y necesidades personales (su padre, incapaz de raciocinio, de valerse por sí mismo y casi sin reconocerlo, subsiste en una sucia pocilga, pues “sufrió un ataque, perdió su trabajo y su pensión y empezó a tomar papillas para bebé a través de una paja”), planea perder la pelea y su posible puesto en la Criminal; es decir, según apunta: “liquidé mi cuenta de ahorros, cobré mis bonos del Tesoro y pedí un préstamo bancario por dos de los grandes, usando mi Chevy casi nuevo del 46 como garantía”. Y a través de un amigo (Pete Lukins) apuesta por Blanchard. De modo que dice: “Si yo mordía la lona entre los asaltos ocho al diez ganaría 8.640 dólares... lo suficiente para mantener al viejo en un asilo de primera durante dos o tres años como mínimo”.
James Ellroy
El perro diabólico de la literatura negra norteamericana
        El espléndido relato de la pelea (a la que asisten los jefazos de la policía, el poderoso capo Mickey Cohen, “y toda una colección de peces gordos vestidos de civil”) ineludiblemente evoca el relato de otras confrontaciones boxísticas (Jack London, Julio Cortázar). Y pese al daño dado y recibido, Bucky se sale con la suya: al perder la pelea (fue noqueado en el octavo round) gana “cerca de nueve mil dólares en efectivo”, y por ende acompañado de Pete Lukins instala a su padre en un asilo “que parecía apto para que en él vivieran seres humanos”. Y luego, tras una semana (y con una prodigiosa recuperación física), Bucky “ya estaba impaciente por volver al trabajo”. Entonces Lee Blanchard lo visita en su casa y le da la buena noticia: está aprobado que Bucky Bleichert sea su compañero en la Criminal, circunstancia en la que al parecer incidió el espectáculo boxístico brindado a los votantes, pues el referéndum resultó positivo y la plantilla de la policía obtuvo un ocho por ciento de aumento salarial. 

   
Fotograma de La Dalia Negra (2006)
        Antes de ser amigos, Bucky Bleichert ya había oído que Lee Blanchard (durante el juicio a Bobby de Witt) “se enamoró de una de las chicas de los ladrones” que en 1939 asaltaron el banco del Boulevard-Citizens y que “la chica se fue a vivir con él”. Pero en el inicio del trato amistoso —precisamente durante la citada noche de represión contra los pachuchos ocurrida “a principios de 1943”— es cuando Bucky tiene los primeros visos de cómo lo ve Kay Lake, pues Lee le dice: “Mi chica te vio pelear en el Olímpico y dijo que se te vería muy bien si te arreglaras los dientes y que, tal vez, pudieras vencerme.” Pero además de que luego se entera que Kay Lake sabe su nombre de pila: Dwight (y siempre lo llama así), lo que a la postre cobra relevancia y trascendencia (al unísono de la mutua atracción) es la difuminada radiografía que ella le cifra al decirle a quemarropa: “Lee y yo no nos acostamos juntos”. En este sentido, el 10 de enero de 1947, tras haber abruptamente liquidado a balazos a cuatro sospechosos (un blanco y tres negros), y en el Mirror vespertino se vociferaba: “¡Policías boxeadores en una batalla a tiros! ¡¡Cuatro delincuentes muertos!!”, y Bucky Bleichert lleva cinco años de poli y en febrero llegará a la treintena y aspira a presentarse a “las pruebas para sargento”, y Bobby de Witt, el presunto “cerebro” del atraco del Boulevard-Citizens, es una inminente amenaza para Lee y Kay (pues está a punto de volver “a Los Ángeles tras 8 años de prisión” en San Quintín, dado que “durante el juicio juró matar a Lee y a los otros hombres que lo apresaron”), ella, en la intimidad de la lujosa casa donde vive con Lee Blanchard sin casarse y sin tener sexo, le muestra a Bucky ciertos elocuentes detalles de su desnudez: 
Kay Lake
(Scarlett Johansson)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
       “Kay se hallaba desnuda bajo la ducha. Su rostro se mantuvo inexpresivo, incluso cuando nuestros ojos se encontraron. Miré su cuerpo, recorriéndolo con la vista, desde los pecosos senos con sus oscuros pezones hasta las anchas caderas y el liso estómago; entonces, ella se dio la vuelta para ofrecerme la espalda. Vi las antiguas cicatrices de cuchillo que recorrían su espalda desde los muslos hasta la columna. Logré no temblar y me fui con el íntimo deseo de que no me hubiera mostrado eso el mismo día que había matado a dos hombres.”

Esas cicatrices son indicios del oscuro pasado de Kay Lake en las redes delincuenciales y sádicas de Bobby de Witt, traficante de drogas y proxeneta, pues según ella: “Me hacía acostarme con sus amigos [y tomaba fotos] y me pegaba con un afilador de navajas.” Es decir, “Katherine Lake, [entonces] de 19 años, venía del noreste, de Sioux Falls, Dakota del Sur, y llegó a Hollywood en 1936 no en busca del estrellato sino de una educación universitaria.” Pero “Lo que consiguió fue graduarse en la universidad de los más duros criminales.” No obstante, el policía Lee Blanchard, que la rescató del fango y se la llevó a vivir con él, le costeó dos carreras.
       
El sargento Lee Blanchart y el agente Bucky Bleichert
(Aaron Eckhart y Josh Harnett)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
          La mañana del miércoles 15 de enero de 1947 el dúo dinámico (el agente Bucky Bleichert y el sargento Lee Blanchard) rastrean en una sucia casucha las andanzas sexuales de Junior Nash, un criminal de raza blanca que recién mató a una anciana en un atraco, propenso a fornicar con jóvenes negras. A través de la ventana del cuartucho en el piso superior del picadero, Bucky ve “un grupo de policías de uniforme y hombres vestidos de civil que se encontraban en la acera de Norton, a mitad de la manzana que daba a la Treinta y Nueve. Todos contemplaban algo que se encontraba entre los hierbajos de un solar vacío; dos coches patrulla y uno policial sin señales identificadoras estaban estacionados en la acera.” Al ir allí a trote veloz observan los restos del cadáver de Betty Short, cuyo espeluznante escenario Bucky Bleichert describe con pelos y señales, y cuyas implícitas menudencias (y laberínticos vasos comunicantes y entresijos) se irán paulatinamente desvelando (y armando el barroco, psicótico y macabro puzle) a lo largo de la novela.

Fotograma de La Dalia Negra (2006)
         De manera inmediata el bestial y cruel asesinato de la Dalia Negra obsesiona a Lee, pero no a Bucky, quien preferiría concentrarse en la búsqueda y captura de Junior Nash. El proceso de investigación de ese crimen, además del alharaquiento escándalo mediático, suscita en la corporación policíaca una pugna intestina en la que descuella Ellis Loew tratando de manipular y maquillar el “caso Short” para sus propósitos electorales y autócratas. Y al unísono desvela una zona soterrada, retorcida, neurótica e inmoral en la personalidad y en la psique de Lee Blanchard, adicto a la benzedrina. En la maniática obnubilación por resolver el “caso Short” (incluso rompiendo las reglas) parece que Lee trata de expiar la lacerante, rancia e infundada culpa por la desaparición de su hermana menor Laurie cuando él tenía 15 años y su padre le había ordenado vigilarla. Según le dice a Bucky ese mismo día del descubrimiento del diseccionado cadáver de Betty Short, “Laurie fue asesinada. Algún degenerado la estranguló o la cortó en pedacitos. Y yo estaba pensando cosas horribles sobre ella cuando murió. Pensaba en cómo la odiaba porque papá la veía como a una princesa y a mí como un matón barato.” “Me imaginada a mi propia hermana igual que estaba el fiambre de esta mañana y me regodeaba con ello [...]”

Elizabeth Short
(Mia Kirshner)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
         Para dar con el asesino de la Dalia Negra al margen de las investigaciones oficiales (eso parece), Lee Blanchard roba pruebas, fotografías, documentos, copias del expediente, y resguarda el material en la habitación 204 del Hotel El Nido, en Santa Mónica y Wilcox, donde además le erige un altar. En el rastreo y reconstrucción de los pasos de Betty Short previos a su asesinato, Bucky descubre que solía vagabundear y gorronear en ciertos bares acompañada de Lorna Martilkova, una adolescente de 15 años que se hacía llamar Linda Martin; quien al ser localizada y detenida llevaba en su bolso una película pornográfica en la que actúan ella y Betty. El filme lésbico, supuestamente rodado en Tijuana por “un mexicano grasiento” en noviembre de 1946, tiene por título Esclavas del infierno. Y su proyección en la sala de informes de la Criminal reúne a Ellis Loew, a varios jefazos, al jefe de la policía y a los polis que investigan el “caso Short”, entre ellos Lee Blanchard y Bucky Bleichert. Lee lleva consigo un ejemplar del Daily News donde se lee: “El cerebro del Boulevard-Citizens es liberado mañana, vuelve a Los Ángeles tras 8 años de prisión”. La película en blanco y negro corre, los policías fuman, dicen alguna tontera, y ven que Betty Short, que sólo lleva medias, ejecuta “un bailecito de aficionada” y algunas impudicias. Y de pronto Lee entra en crisis neurótica: de una patada tira una silla, vocifera, tira la pantalla y el proyector y abandona la sala. El teniente Russ Millard le ordena a Bucky que lo detenga. Lee maneja a toda velocidad rumbo a los bares de lesbianas. Bucky lo sigue en otro auto. Lee se mete al bar el Escondite de La Verne (al parecer en busca de información sobre Betty Short y la película); y para sus adentros Bucky espera que no sepa nada de Madelaine Sprague (podrían acusarlo de suprimir pruebas), habitual de ese antro, “la chica de la coraza” (hija del mafioso y ricachón Emmett Sprague) con la que él ha iniciado un secreto romance sexual en el motel Flecha Roja, quien conocía a Linda Martin y a Betty Short y solía (y suele) vestirse de negro para parecerse a la Dalia Negra (y de hecho tiene cierto parecido a ella). 

       
Madeleine Linscott y Bucky Bleichert
(Hilary Swank y Josh Hartnett)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
         Bucky alcanza a Lee en el interior de La Verne; y tras un forcejeo entre ambos, llega quemando llantas Ellis Loew, quien regaña y saca del caso a Lee Blanchard. Éste replica que quiere “ir a Tijuana para buscar al tipo de la película”; pero Loew no lo autoriza. Destina a Tijuana a la servil y dura mancuerna de sus intereses: los sargentos Fritzie Vogel y Bill Koening; mientras Bucky Bleichert (pese a que no lo quiere) seguirá en el “caso Short” por orden de Ellis Loew. 

Yendo en su auto, Bucky oye por radio que Junior Nash ha sido muerto en un asalto. Puesto que Lee movió hilos para concentrarse en el “caso Short” y hacer a un lado la búsqueda y captura de Junior Nash (“la chica muerta es un plato mucho más jugoso que Junior Nash”, le dijo), Bucky se irrita de tal modo que a toda máquina va a la Criminal en busca de Lee y en los baños lo tunde a golpes hasta dejarlo inconsciente. Esa es la última vez que lo ve con vida. Lee Blanchard no asiste a la obligatoria cita de amonestación que ambos tenían con Thad Green, el jefe de detectives. Green le encomienda a Bucky decirle a Lee que debe devolver su arma y su placa, pues ha sido suspendido por el falso informe donde “afirmaba que Junior Nash se había largado de nuestra jurisdicción”. 
Por un telefonema a Libertades Condicionales, Bucky se entera que Bobby de Witt, en vez de viajar a Los Ángeles, se ha ido a Tijuana. El teniente Russ Millard —que con Harry Sears ha regresado de Tijuana sin hallar el sitio donde dizque se filmó la película porno de Betty Short— le dice: “Blanchard está en Tijuana. Un patrullero de la frontera con el que hablamos lo vio y lo reconoció gracias a toda la publicidad del combate. Andaba con un grupo de rurales [mexicanos] que parecía bastante duro.” 
Los dos viajes que Bucky Bleichert hace a territorio mexicano son auténticas aventuras peliculescas (con una pizca de road movie), donde prolifera la pintoresca miseria y la corrupción policíaca y generalizada. En Tijuana, en su primera incursión, Bucky localiza a Bobby de Witt y lo interroga. Según le dice el ex presidiario: “Vine aquí para conseguir un poco de caballo y llevármelo a Los Ángeles antes de presentarme a mi encargado de vigilancia”; y lo más corrosivo: “lo único que hay entre Blanchard y yo es que me tiraba a Kay Lake”. De pronto alguien que no ve golpea a Bucky y lo deja inconsciente. Al recobrar el sentido va con un grupo de polis mexicanos, más los sargentos gringos Fritzie Vogel y Bill Koenig, al cuchitril donde han sido baleados Bobby de Witt y el mexicano Félix Chasco, traficante de drogas. Se ignora quién los mató.
En Los Ángeles continúa la madeja de pesquisas para dar con el asesino de la Dalia Negra y Lee Blanchard sigue sin aparecer. Y el 4 de abril de 1947, Kay Lake recibe una carta donde se le informa que Lee ha sido “expulsado oficialmente del Departamento de Policía de Los Ángeles, con efectividad del 15/3/47”. En el ínterin, Bucky Bleichert revela aún más sus particulares dotes de sabueso y detective (y su buena suerte) y por ende descubre que el tontorrón Johnny Vogel tuvo un vínculo sadomasoquista con Betty Short y que su padre el sargento Fritzie Vogel lo sabía y que además tenía en su casa un nutrido archivo para ocultar pruebas y extorsionar. 
Dado que “Blanchard había estado en Tijuana a finales de enero” de 1947, en abril Bucky regresa a México a buscarlo. En Ensenada un detective privado de San Diego, Milton Dolphine, se mete a su cuarto de hotel cuando él estaba ausente y allí lo sorprende. Según le dice Milton, el pasado marzo una supuesta mexicana (“Dolores García”) originalmente lo contrató para localizar a Lee Blanchard en Tijuana o en Ensenada. Y además de brindarle una buena cantidad de datos e informes (cuyo trasfondo y sentido a la postre se clarifican), pretende asociarse a Bucky para hallar y repartirse el dinero que Lee traía consigo (gastaba enormes cantidades). Pero lo más relevante de ese episodio es que Bucky hace que Milton lo lleve al pozo en la playa donde la policía rural mexicana arroja cadáveres. Primero obliga a Milton a que cave. Y luego, cuando aparece el uniforme de un marinero, sigue él con la pala hasta hallar los restos de su ex compañero: “y entonces apareció una piel rosada a la que el sol había quemado y unas cejas rubias cubiertas de cicatrices que me resultaron familiares. Después, Lee sonrió igual que la Dalia, con los gusanos que se arrastraban por entre sus labios y por los agujeros donde antes estaban sus ojos.”
Al regresar a Los Ángeles, Kay Lake lo persuade para que no dé parte a la policía del hallazgo de los restos de Lee y le revela el origen de esa fortuna que Blanchard dilapidaba en México y con la que construyó la casa y le costeó los estudios. En realidad, le confiesa Kay, no conoció a Lee durante el juicio a Bobby de Witt, sino antes. Bobby no participó en el atraco al banco del Boulevard-Citizens; sino que el cerebro fue Lee Blanchard, quien culpó y delató a Bobby para vengarse de lo que le hizo a ella. Cuatro fueron los ladrones; dos murieron en el asalto. Y el que quedó vivo (y había huido a Canadá) fue ejecutado por Lee (le exigía diez mil dólares). Era el hombre blanco (Baxter Fitch) que estaba con los tres negros marihuaneros que ambos mataron a balazos cuando el 10 de enero de 1947 supuestamente seguían la pista de Junior Nash y Lee había recibido un chivatazo dizque para hallar a éste (y dizque no a Baxter Fitch).
     
Kay Lake y Bucky Bleichert
(Scarlett Johansson y Josh Hartnett)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
       Kay Lake y Bucky Blanchard se casan “el 2 de mayo de 1947”. Y “Tras una rápida luna de miel en San Francisco”, Thad Green, en la División Central, lo asigna “al departamento de investigación científica como técnico encargado de recoger y analizar pruebas”. Kay da clases en una escuela para niños y viven en la casa edificada por Lee. Un día de 1948 se suelta un tablón del vestíbulo y en el agujero Bucky halla “dos mil dólares en billetes de cien sujetos con una goma”. Ante la enorme cantidad de dinero gastado y acumulado por Lee, Bucky se pregunta: “¿Cómo era posible que Lee hubiera comprado y amueblado esa casa, que le hubiera costeado la universidad a Kay y que siguiera conservando una suma tan importante cuando su parte del atraco no podía haber superado en mucho los cincuenta mil?”
     La respuesta a esa acumulación monetaria (y a esos interrogantes) Bucky posteriormente la encuentra sin proponérselo y lo hace en 1949 al retomar por su cuenta y riesgo la investigación del “caso Short”.
     Es decir, para decirlo rápidamente y sin desvelar todos los pasadizos, vericuetos, conjeturas, anécdotas, entresijos y minucias del embrollo detectivesco y criminal, Bucky descubre que Lee Blanchard había dado con la identidad del que parecía el único torturador y descuartizador de Betty Short. Y para no entregarlo a la policía, Lee extorsionó al viejo Emmett Sprague, el mafioso magnate que desde los años veinte “Ha construido la mitad de Hollywood y Long Beach” (y una serie de asentamientos con materiales de baja calidad en las inmediaciones del gigantesco letrero de HOLLYWOODLAND en Monte Lee), cercano al productor de cine y cineasta Mack Sennett y coludido al poderoso gángster Mickey Cohen, quien prácticamente tiene financiados y comprados los testículos de la policía de Los Ángeles. Y no porque el retorcido viejo Emmett Sprague sea precisamente el cerebro o el asesino material, sino porque el meollo del macabro y sádico crimen lo trastoca a él y a miembros clave de su perverso y psicótico núcleo familiar. Pero lo más espinoso para Bucky Bleichert es descubrir que Kay Lake supo que Lee Blanchard había dado con ese presunto único asesino de Betty Short (el verdadero quid del archivo oculto en la habitación 204 del Hotel El Nido) y que fue ella la encargada de presentarse ante el viejo Emmett Sprague para recoger los últimos cien mil dólares extorsionados, antes de que Lee se fuera a Tijuana tras la pista de Bobby de Witt para matarlo (y no para hallar el sitio donde presuntamente se había filmado la película porno de Betty Short).
      Y para poner el punto final a la presente nota, vale recapitular y añadir que Bucky Bleichert en 1949 desmonta y desentraña las minucias del crimen de la Dalia Negra (todo el siniestro y depravado intríngulis y el modus operandi) y en dos episodios da con el par de lunáticos que la torturaron, mataron y abandonaron sus restos en el descampado de la Treinta y Nueve y Norton. Pero las irregularidades de sus actos y de la investigación no oficial podrían salpicarlo. (Bucky, además, nunca llega a ser sargento ni detective, pese a que lo es con sagacidad; de “técnico encargado de recoger y analizar pruebas” es reducido a la “comisaría de la calle Newton”, “zona de guerra”, de negros que subsisten en la miseria, donde patrulla solitario, a pie y de noche.) De modo que opta por el silencio (con cierta complicidad del teniente Russ Millard, “el padre”, quien incendia el sitio donde Bucky peleó ferozmente por su vida y se vio impelido a matar al necrófilo y fetichista Georgie Tilden).  
 
Madeleine Linscott
(Hilary Swank)


Fotograma de La Dalia Negra (2006)
       No obstante, Bucky Bleichert logra detener y enviar a la cárcel a la autora confesa del asesinato de Lee Blanchard: nada menos que Madeleine Sprague, quien se disfrazó de la “mexicana” “Dolores García” para contratar en San Diego al detective privado Milton Dolphine y así disfrazada viajó a Ensenada para matarlo con un hacha y recuperar el dinero que le extorsionó a su padre; y quien además en Los Ángeles, por las noches, solía disfrazarse de la seductora
Dalia Negra y fornicar en moteles con militares uniformados ligados en los bares; y en cuya mansión Bucky vivió (durante junio de 1949) un tórrido e intenso amorío sexual y por ello Kay Lake, al descubrirlo, lo abandonó y él se recluyó en la habitación 204 del Hotel El Nido. No obstante, la distancia, la nostalgia, el amor, la reflexión y el encarcelamiento de Madeleine Sprague (y luego su condena psiquiátrica de diez años en el Hospital Estatal de Atascadero) en cierto modo lo redimen ante los ojos de Kay Lake, pues ella le escribió varias cartas y van a reunirse en Boston, luego de los siete años de policía de Bucky Bleichert (fue expulsado de la corporación policíaca y tuvo que emplearse con el vendedor de autos H.J. Caruso), donde hacia la Navidad de 1949 habrá de nacer el bebé de ambos.


James Ellroy, La Dalia Negra. Traducción del inglés al español de Albert Solé. Ediciones B de bolsillo. 2ª edición. Barcelona, diciembre de 2015. 464 pp.

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