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domingo, 2 de diciembre de 2018

La amargura del condenado

En busca del rinconcito perdido

Con el número 5011/11 de la colección Biblioteca Maigret y dentro de la serie de bolsillo Booket, Tusquets Editores publicó en Barcelona, en 2003, La amargura del condenado, novela policíaca del inagotable narrador belga Georges Simenon (1903-1989), traducida al español por Joaquín Jordá, cuya primera edición en francés (La guinguette à deux sous) data de 1931. Y cuenta con dos adaptaciones a la pantalla chica: The Wedding Guest (1962), filme de la BBC para la televisión británica dirigido por Terence Williams, con Rupert Davies en el papel del inspector Maigret; y La guinguette à deux sous (1975), película de la televisión francesa dirigida por René Lucot, con Jean Richard en la caracterización del comisario Maigret.
(Tusquets, Barcelona, 2003)
       La intriga policial de La amargura del condenado se desglosa en once capítulos con rótulos. La tarde del “27 de junio” (un día muy luminoso) el comisario Maigret va a la prisión Santé. Su objetivo (como si fuera el defensor de oficio) es informarle a “Jean Lenoir, el joven jefe de la banda de Belleville”, que el presidente de la República rechazó su indulto y que su ejecución en la guillotina “tendrá lugar mañana al amanecer”. Acojonadora y sonora noticia (con cuenta regresiva) que “A esa misma hora” se puede leer “en los diarios de la tarde que corrían por las terrazas de los cafés” de París.

Según la voz narrativa, “Había sido precisamente Maigret quien, tres meses antes, había echado el guante a Lenoir en un hotel de la Rue Saint-Antoine. Un segundo más, y la bala que el delincuente disparó contra él le habría alcanzado de pleno en lugar de perderse en el techo.” El condenado a muerte, Jean Lenoir, es un joven malhechor de 24 años que desde los 15 colecciona delitos y condenas. Su autoimpuesto “código de honor” le impide delatar a sus cómplices. Y en un instante de amargura exclama: “¡Si al menos me acompañaran todos los que se lo merecen!” Cuyo deshago es la anécdota que le narra al comisario Maigret en torno a un hecho impune que él, a sus 16 años, dice, presenció junto a su colega Victor (que ya tosía, por la tuberculosis, y que “debe estar ahora en un sanatorio”). Es decir, hace ocho años, vagando por las calles de París, a eso de las “tres de la madrugada” vieron que un tipo sacó un cadáver de una casa, lo subió a un coche, manejó un trayecto y luego lo arrojó a las aguas del canal Saint-Martin. Algo muy pesado debió llevar en los bolsillos porque el cuerpo se hundió de inmediato. Hecho esto, le dice Lenoir, “En la Place de la République, el hombre se detuvo para tomar una copa de ron en el único café que seguía abierto. Luego llevó el coche al garaje y se metió en su casa. Mientras se desnudaba, vimos su silueta recortada en las cortinas.”  
    Los jovenzuelos pudieron seguir al tipo y averiguar el sitio donde vivía porque se subieron al parachoques del auto. Y según añade el condenado: “Victor y yo lo chantajeamos durante dos años. Éramos novatos. Y como teníamos miedo de pedir demasiado, exigíamos cien francos cada vez. Un día el tipo se mudó y no logramos dar con él. Hace menos de tres meses lo vi por casualidad en el Merendero de Cuatro Cuartos y él ni siquiera me reconoció.”
     El comisario Maigret ignora dónde se halla el Merendero de Cuatro Cuartos. Y pese a que en los “archivos de los asuntos sin resolver  de aquel año” ve que “en el canal Saint-Martin habían encontrado por lo menos siete cadáveres”, esa anécdota carcelaria, contada en la antesala de la muerte, hubiera caído en el olvido si el comisario no se hubiera tropezado con una circunstancia fortuita. El sábado 23 de julio, casi un mes después de la ejecución de Jean Lenoir, Maigret se alista para viajar en ferrocarril a Alsacia, pues su esposa ha ido allí “a casa de su hermana, donde, como todos los veranos, pasaría un mes”. Puesto que el bombín que usa está roto y su mujer le ha “dicho cientos de veces que se comprara otro” (“¡Acabarán por darte limosna en la calle!”), Maigret entra en una sombrerería del Boulevard Saint-Michel “para probarse sombreros hongos”. Allí, un cliente de unos 35 años, con un “traje gris muy corriente”, solicita una chistera de modelo antiguo, pues, le dice al vendedor, “es para una broma, una boda de mentira que hemos organizado unos amigos en el Merendero de Cuatro Cuartos. Habrá una novia, una suegra, testigos y todo lo demás. ¡Como en una boda de pueblo, vaya! ¿Comprende ahora lo que necesito? Yo hago de alcalde del pueblo.”
   
Georges Simenon
(1903-1989)
          Dentro de la sombrerería, el comisario Maigret, todo oídos, aún no ha “experimentado lo que solía llamar la ‘vuelta de llave’”, “aquel pequeño pellizco” [debajo de la tetilla izquierda, diría el teniente investigador Mario Conde], aquel desfase, en suma, aquella vuelta de llave que lo zambullía en la atmósfera de un caso”. Pero el hecho de oír el retintín del nombre del Merendero de Cuatro Cuartos y dado su intrínseco instinto y pulsión de sabueso, empieza a seguir al hombre de la chistera y traje gris. A bordo de un taxi persigue el coche del tipo, que se detiene en la Rue Vieille-du-Temple, donde entra “en una tienda de ropa de segunda mano y al cabo de media hora salió con una enorme caja alargada y plana que debía contener el traje adecuado para la chistera”. “Después enfilaron a los Campos Elíseos, luego a la Avenue de Wagram. Un bar pequeñito, en una esquina. Sólo pasó allí cinco minutos y salió en compañía de una mujer de unos treinta años, rellenita y alegre.” El coche donde va la pareja se detiene “en la Avenue Niel, delante de un hotelito” de paso, en cuya “placa de cobre” se anuncia: “Se alquilan habitaciones por meses y por días”. “En la recepción, que olía a adulterio elegante”, Maigret muestra su placa de la Policía Judicial y la “encargada perfumada” le dice, sobre “la pareja que acaba de entrar”, que “Son personas muy correctas, casadas los dos, que vienen dos veces por semana”. Mientras los amantes están refocilándose en el cuarto, Maigret lee en “la cédula del vehículo” el nombre y la dirección del galán de marras: “Marcel Basso. Quai d’Austerliz, número 32, París”. 
  Tras salir del hotel de paso, los tortolitos se van en el auto de Marcel Basso y se detienen “en la Place des Ternes. Se les veía besarse a través de la ventanilla trasera. Seguían cogidos de la mano cuando, con el coche al ralentí, la mujer salió del vehículo y paró un taxi.” Maigret, por su parte, le ordena a su taxista que vaya a Quai d’Austerliz, donde lee en un “cartel enorme” más datos sobre el galancete: “MARCEL BASSO. IMPORTADOR DE CARBONES DE TODAS LAS PROCEDENCIAS. VENTA AL POR MAYOR Y AL DETALL. REPARTO A DOMICILIO. PRECIOS DE VERANO.” Allí, “Una empalizada negruzca rodeaba unos almacenes de carbón. Enfrente, al otro lado de la calle, había un muelle de descarga de la misma compañía y garrabas inmóviles junto a los montones de carbón descargados ese mismo día.
     “En medio de los depósitos de carbón se alzaba una gran casa con jardín. Monsieur Basso aparcó el coche, con un gesto maquinal se aseguró de que no llevaba cabellos de mujer en los hombros y entró en su casa.
    “Maigret lo vio reaparecer en una habitación del primer piso, que tenía las ventanas abiertas de par en par, en compañía de una mujer alta, rubia y bonita. Los dos reían. Hablaban animadamente. Monsieur Basso se probaba la chistera y se miraba en un espejo.
   “Metían ropa en unas maletas. Apareció una sirvienta con delantal blanco.
   “Un cuarto de hora después —eran las cinco— la familia bajó. Un niño de diez años, con una escopeta de aire comprimido, abría la comitiva. Lo seguían la sirvienta, Madame Basso, su marido y un jardinero con las maletas.”
    En el auto de Marcel (que no es “de lujo”, pero sí “casi nuevo”), los Basso “se dirigieron a Villeneuve-Saint-Georges”. Maigret los sigue en el taxi. “Después tomaron la carretera de Corbeil. Cruzaron esa ciudad y enfilaron un camino lleno de baches, paralelo al Sena.” Y su destino final es una casa de campo llamada “El Reposo”, ubicada entre los poblados Morsang y Seine-Port. Maigret le pregunta al taxista si “¿Hay algún hotel o fonda por los alrededores?” Y el taxista le responde que “En Morsang está el Vieux Garçon. Y Marius, más arriba, en Seine-Port.” Pero ignora si en el Merendero de Cuatro Cuartos rentan habitaciones. 
 
En el centro:
Georges Simenon y Josephine Baker
        Para no desvelar todas las menudencias de la narración, vale resumir que ese ámbito cercano a París es un entorno de descanso y recreación para una multitud de gente clasemediera y pequeñoburguesa que suele ir allí los fines de semana a reposar, divertirse, convivir, comer, beber, pescar y navegar en el Sena, ya en bote o en embarcaciones de distinta catadura. Y Marcel Basso y los suyos (una de las pocas familias que poseen casa de campo y por ende no se resguardan en los hoteles) forman parte de una pandilla de conocidos entre sí que tienen al Merendero de Cuatro Cuartos (una modestísima taberna) como el punto central de sus comilonas y francachelas. Y Maigret, infiltrado entre ellos con su traje oscuro de ciudad (o sea: el notorio frijol en la sopa de letras campiranas), observa que, efectivamente, en el Merendero de Cuatro Cuartos se celebra una boda de broma en la que los alegres comensales están disfrazados. Marcel Basso caracteriza al alcalde de pueblo y la novia de la boda es nada menos que su amante furtiva, la misma fémina treintañera con que unas horas antes se regocijó en el hotelito de paso de la Avenue Niel, esposa, además de Feinstein, un cincuentón, muy serio y canoso, que está disfrazado de vieja, dueño de una camisería en el Boulevard des Capucines (en “la zona de los grandes bulevares” de París). Esa mujer, llamada Mado, era “la más ruidosa de todos. Estaba claramente borracha y se distinguía por su pasmosa exuberancia. Bailaba con Basso, tan pegada a él que Maigret desvió la mirada.” Y la cereza del pastel de bodas es otra escena pícara y libertina, pues la falsa novia y el falso novio son empujados al cuartito de la luna de miel, “y luego lo cerraron con llave”. Hay que recalcar que Marcel Basso, pese a la obvia y descarada cachondez en el baile frente a las narices del camisero, no es el falso novio, y por su papel de alcalde del pueblo le toca cortar “la liga de recuerdo” y repartirla en pedacitos; mientras que el falso novio, “con la cara embadurnada de blanco y maquillada”, “Iba disfrazado de campesino granujiento y risueño”.
 
Josephine Baker
(1906-1975)
      James, un británico, miembro de la pandilla, quien bebe y bebe sin caerse ni perder lucidez, es el que trata a Maigret como si fuera un invitado más del grupo e incluso le ofrece su habitación de hotel sino encuentra sitio en el Vieux Garçon. Maigret supone que entre esos alegres comensales hay un asesino camuflado y por ciertas miradas que le dirigen algunos, colige que saben que es policía. 
   La tarde del día siguiente, domingo 24 de julio, Maigret es invitado a jugar bridge en la casa de campo de Marcel Basso, la cual se localiza exactamente frente al Merendero de Cuatro Cuartos; es decir, cruzando el Sena en bote de remos, en balandro de vela o en lancha de motor. Luego de unas dos horas de jugar, beber y bailar en la casa de los Basso, la pandilla decide regresar al Merendero. Maigret lo hace en el balandro de vela de James, pero van remando con lentitud porque no sopla viento. Mientras que el camisero Feinstein y Marcel Basso en unos instantes cruzan el río en la lancha de éste. Cuando James y Maigret están cerca de la orilla se oye un disparo. El comisario se apresura batiendo los remos. Y detrás del Merendero observa la escena del sorpresivo crimen: el camisero Feinstein yace en el suelo y Marcel Basso, que empuña “un pequeño revólver con culata de nácar”, pregunta por su esposa (quien vestida de marinero se ha quedado en la casa de campo con el hijo) y repite fóbico y angustiado: “¡No he sido yo! ¡No he sido yo!”
  El comisario Maigret anuncia al corro que es de la Policía Judicial e inicia las diligencias policiales. Al médico (miembro de la pandilla) le ordena que vigile que nadie toque el cadáver. Y dado que no hay teléfono en la casa de los Basso ni en el Merendero, le ordena al tabernero que vaya en bicicleta a la esclusa y llame por teléfono a la gendarmería. Y puesto que Maigret “no estaba en misión oficial”, antes de irse delega “las responsabilidades” en los gendarmes, quienes detienen a Marcel Basso y avisan “al juez de instrucción”. Pero “Una hora después”, Marcel Basso, “sentado en la pequeña estación de ferrocarril de Seine-Port, flanqueado por dos brigadas”, empuja “a sus guardianes” y escapa corriendo entre la muchedumbre, cruza la vía y se pierde “en un bosque cercano”.
  Por orden del juez de instrucción, el comisario Maigret se hace cargo de las pesquisas de ese caso y al unísono investiga el crimen impune ocurrido hace “ocho años”, pues está seguro que el asesino (otrora chantajeado por Jean Lenoir y su compinche tuberculoso) es uno de los miembros de la pandilla del Merendero de Cuatro Cuartos.
  En el transcurso de los días, “El juez de instrucción encargado del asunto del Merendero” presiona a Maigret y lo mismo hace el Jefe de la Policía Judicial, pues por las vacaciones de verano “tenía pocos hombres disponibles, y éstos debían vigilar todos los lugares en los que el fugitivo podía presentarse”. El comisario Maigret, desde luego, resuelve ambos casos en unos cuantos días, pues ya muy entrada la noche del miércoles 3 de agosto va en tren, por fin, rumbo a Alsacia, donde en la estación lo esperan su esposa y la hermana de ésta; incluso su mujer lo recibe con unos “zuecos pintados”, adquiridos para él en Colmar. “Eran unos preciosos zuecos amarillos, y Maigret quiso probárselos antes incluso de quitarse el traje oscuro con el que había llegado, procedente de París.”
  Así como el sábado 23 de julio el azar llevó a Maigret a una sombrerería donde oyó hablar del Merendero de Cuatro Cuartos, en éste, la mañana del domingo 31 de julio (una semana después del asesinato de Feinstein) al oír la tos de un jovenzuelo (de unos 25 años) con pinta de vagabundo, infiere que se trata del cómplice de Jean Lenoir, que sin duda está ahí para cobrar el chantaje y por ende le pide su documentación. En su “mugrienta cartilla militar” lee que se llama Victor Gaillard. Y su última dirección, le dice el rapaz, fue el “Sanatorio municipal de Gien”, que abandonó “Hace un mes”. Y añade: “Estaba sin un céntimo. Por el camino he trabajado haciendo algunas chapuzas. Puede usted detenerme por vagabundeo, pero tendrá que enviarme a un sanatorio. Sólo me queda un pulmón.” Victor Gaillard niega haber conocido a Jean Lenoir y haber recibido de él una carta (enviada desde la cárcel) donde le indicó el sitio donde hallaría al tipo que otrora arrojó un cadáver al canal de Saint-Martin y que para él y Lenoir (durante dos años) fue la gallina de los huevos de oro. Y como Victor se obstina en no revelarle nada, Maigret lo encierra en una celda del Quai des Orfèvres. Allí lo interroga. Y como sólo puede acusarlo de vagabundeo, ordena que lo liberen a la una de la madrugada (del martes 2 de agosto) y que lo siga el brigada Lucas.  
   Victor, que merodea por Les Halles y luego duerme en un banco hasta que a las cinco de la madruga lo despierta un gendarme, sabe que un poli lo sigue. Y temprano en la mañana de ese martes 2 de agosto, Lucas le deja un aviso a Maigret para que acuda a la Rue des Blancs-Manteaux. De su oficina en el Quai des Orfèvres, el comisario va a pie a esa calle del barrio judío donde se ubican “la mayoría de las tiendas de objetos usados, a la sombra del Monte de Piedad”. Victor, que se hace el remolón y merodea frente al escaparte del tendejón donde se anuncia: “HANS GOLBERG, COMPRA, VENTA, OCASIONES DE TODO TIPO”, no le revela al comisario Maigret por qué hizo que el brigada Lucas lo siguiera hasta allí y él se apersonara en ese sitio. Entonces Maigret le ordena a Lucas que no lo pierda de vista y él entra al tendejón e inicia las averiguaciones en torno al propietario: el judío Hans Golberg, dueño del negocio desde “Algo más de cinco años”; y sobre el anterior propietario: el tío Ulrich,  judío, también dedicado a la compraventa de cachivaches y usurero clandestino, misteriosamente desaparecido del mapa. 
  “Sumergido entre viejos archivos” policiales, Maigret halla algunos datos sobre el tío Ulrich que resume en “una hoja de papel”:
  “Jacob Ephraim Levy, llamado Ulrich, sesenta y dos años, natural de la Alta Silesia, chamarilero, Rue des Blancs-Manteaux, sospechoso de practicar regularmente la usura.
  “Desaparece el 20 de marzo, pero los vecinos no acuden a la comisaría para denunciar su ausencia hasta el día 22.
  “En la casa no se encuentra ningún indicio. No ha desaparecido ningún objeto. Se descubre la suma de 40.000 francos en el colchón del chamarilero.
  “Este, al parecer, salió de su casa la noche del día 19, como hacía con frecuencia.
  “No hay información sobre su vida privada. Las investigaciones realizadas en París y provincias no dan resultado alguno. Escriben a la Alta Silesia y, un mes después, una hermana del desaparecido llega a París y pide entrar en posesión de la herencia.
  “Al cabo de seis meses la hermana consigue un certificado de desaparición de Ulrich.”
Luego, hacia el mediodía de ese martes 2 de agosto, Maigret, en la comisaría de La Villete, recaba información sobre un cadáver sacado el “1 de julio” del canal Saint-Martin, después “Trasladado al Instituto de Medicina Legal”, donde “no pudo ser identificado”. No obstante, pese a los pocos indicios, Maigret concluye que “Poseía datos sólidos”: “El tío Ulrich es el hombre al que asesinaron hace seis años y al que arrojaron después al canal Saint-Martin.” Vale observar, no obstante, que Jean Lenoir, ejecutado en la guillotina el pasado 28 de junio a los 24 años, le contó que ese asesinato ocurrió a sus 16 años, o sea hace ocho años y no hace seis.
   A Maigret ahora sólo le resta indagar por qué lo mataron y quién es el asesino, sin duda oculto entre los miembros de la pandilla del Merendero de Cuatro Cuartos, de la que James, el inglés, es el cofrade fundador (hace “siete u ocho años”) y “el más popular”.
  Sobre el cadáver del camisero Feinstein, muerto por una diminuta bala salida del pequeño revólver de su joven y licenciosa esposa, “El martes [26 de julio] por la mañana, el médico forense entregó su informe: el disparo se había efectuado a una distancia de unos treinta centímetros. Era imposible determinar si el autor del disparo era el propio Feinstein o Monsieur Basso.” 
  El jueves 28 de julio la policía aún no atrapa al prófugo y presunto homicida. Y la tarde de ese jueves, sentado con James frente a una mesa de la Taverne Royale, Maigret murmura “como para sus adentros”: “La hipótesis más sencilla, la que sugieren los periódicos”, “es que Feinstein, por algún motivo, atacó a Basso, y éste se apoderó del arma apuntada contra él, disparando sobre el camisero”. 
   
Plaza Vendôme
       El británico James “trabaja en un banco inglés, en la Place Vendôme”. Y al término de la jornada, de lunes a sábado, a las cuatro de la tarde, se va a la Taverne Royale, donde entre las cinco y las ocho de la noche lee y bebe en su “rinconcito propio”: una “mesita de mármol” en la terraza de la Taverne Royale, desde donde observa “la columnata de la Madeleine a lo lejos, el delantal blanco de los camareros, la multitud de transeúntes y los coches en movimiento”.
Columnata de La Madelaine
  Marthe, su mujer, también es del grupo que los fines de semana se reúnen a retozar y a beber en Morsang y en el Merendero de Cuatro Cuartos. Llevan ocho años casados y no tienen hijos. Y al visitar a James en su estrecho departamento en el cuarto piso de un edificio de la Rue Championnet, Maigret entrevé las minucias y matices de ese matrimonio gris, insípido y asfixiante, donde cada uno hace su vida aparte, sin amor y sin comunicación. Y por ello comprende por qué James, filósofo de la abulia y de la aburrición, necesita ese “rinconcito propio”, “en la terraza de la Taverne Royale, delante de un Pernod”, donde tiene “un mundo propio, que creaba de pies a cabeza, a base de Pernods o de coñacs, y en el que se movía impasible e indiferente a la realidad”: “Un mundo un poco borroso, bullicioso como un hormiguero, poblado de sombras inconsistentes, en el que nada tenía importancia, nada servía para nada, donde caminaba sin rumbo, sin esfuerzo, sin alegría, sin tristeza, en una neblina algodonosa.”
   James, sin proponérselo, desde que conoce a Maigret la tarde del sábado 24 de julio en el Merendero de Cuatro Cuartos, se convierte en su principal informante. Por ejemplo, le dice que Mado, la esposa de Feinstein, “necesitaba hombres”, que había tenido aventuras con “la mayoría de los habituales de Morsang”; y que el camisero “pedía dinero a los amantes de su mujer” y “¡Les debía dinero a todos!” 
   Y sobre la bala que mató al camisero, James le dice a Maigret: “¡Entiendo tan bien lo que ha ocurrido! Feinstein necesitaba dinero y acechaba a Basso desde la tarde anterior [a su muerte], en espera del momento propicio. Incluso durante la falsa boda, cuando iba vestido de anciana, pensaba en sus letras, ¿me entiende? Miraba cómo Basso bailaba con su mujer... y al día siguiente habla con él. Basso, que ya le ha prestado dinero en otras ocasiones, se niega. El otro insiste, lloriquea: ¡la miseria!, ¡la deshonra!, mejor el suicidio... Le juro que debió ser una comedia de ese tipo. Todo transcurrió en un hermoso domingo con barquitas en el Sena.”
   Por órdenes de Maigret, el “experto en contabilidad” de la Policía Judicial revisa “la contabilidad de la camisería en los últimos siete años” y observa que Feinstein ha subsistido debiéndole a los proveedores, pero pagando sus deudas y siempre con el agua al cuello y al borde de la quiebra. Según ese contable, “En los libros de hace siete años aparece por primera vez el nombre de Ulrich. Préstamo de dos mil francos, un día de vencimiento.” Y después de una serie de préstamos y devoluciones (con intereses), pues “Feinstein es honrado”, “En el mes de marzo [de hace seis años], Feinstein debía treinta y dos mil francos a Ulrich.” Y el camisero no los retribuyó (porque el tío Ulrich despareció de su tienda en el barrio judío). Y “A partir de ese momento, ya no hay rastro de Ulrich en los libros.” 
  El sábado 30 de julio, Maigret, a las cinco de la tarde, entra a la Taverne Royale y habla con James, quien irá a Morsang (y por ende al Merendero de Cuatro Cuartos), “como todos los sábados”, pese a las dramáticas ausencias del camisero Feinstein y de Marcel Basso, quien sigue fugitivo. Un camarero le dice a Maigret que le hablan por teléfono. Al ir a la cabina telefónica descubre que es un engaño. Y alcanza a ver que James dialoga con Basso, quien viste ropas que le quedan chicas, y por ello parece “achicado, como si hubiera sufrido una transformación”, mientras “acechaba con ojos febriles la puerta de la cabina”. Al ver que Maigret lo ha descubierto, huye entre la multitud.
  James no le revela a Maigret lo que habló con Marcel Basso. Y pese a que “podría acusarlo de complicidad”, le dice, va con él a Morsang y ambos se instalan en el hotel Vieux Garçon. El comisario observa la fauna de los habituales, quienes lo evitan. Y al anochecer va a la casa de campo de los Basso, donde, bajo la vigilancia de sus agentes, han estado viviendo la esposa del rico carbonero y su hijo. 
 
Georges Simenon
    La mañana del domingo 31 de julio, mientras Maigret interroga a Victor Gaillard tras haberlo descubierto en el Merendero, se oye un disparo. Maigret le ordena al vagabundo tísico que no se mueva del Merendero y él va hacia la casa de campo de los Basso (donde se oyó el tiro) y se entera que James, manejando el coche nuevo del médico, se llevó, hecho un bólido, a la esposa de Marcel y a su hijo. Empieza la búsqueda del auto por todas las arterias. Y hacia las cinco de la tarde, Maigret recibe una llamada desde Montlhéry y le dicen que el auto corría en el autódromo y que el piloto era James. 
  Maigret va hacia allá con el médico, por ser el dueño del coche. No detiene a James, pero sí el auto, para que los expertos lo analicen. La respuesta de los peritos llega hasta las tres de la tarde del lunes 1 de agosto: el cemento Portland hallado en las llantas ha sido utilizado en la carretera que va de La Ferté-Alais a Arpajon, y por ende el rastreo policial se concentra en la zona de La Ferté-Alais, donde el martes 2 de agosto, por una circunstancia azarosa, los Basso son localizados ocultos en una pobrísima casucha. (Es decir, una humilde y solitaria anciana fue a comprar a una tienda del mercado “¡Veintidós francos de jamón!” y la empleada le dijo: “¡Parece que desde hace algún tiempo se cuida usted más!”, “¿Y piensa comérselo todo usted sola?”. Esto lo oyó el brigada Piquart, quien estaba allí enviado por su mujer para comprar cebollas, y por ello siguió a la vieja y avisó a la gendarmería.) Pero además, el lunes 1 de agosto, según indaga y descubre Maigret, a eso de las diez de la mañana, en el banco que negocia con la empresa de Marcel Basso (“La Banque du Nord, en el Boulevard Haussmann”), James se presentó en la ventanilla y cobró “un cheque de trescientos mil francos firmado por Marcel Basso”, fechado “cuatro días antes”; o sea: el viernes 29 de julio. Dinero que Basso, al parecer, iba a usar para su huida al extranjero. 
 Mientras ocurre la detención de los Basso en la zona de La Ferté-Alais, Maigret ha ido a la empresa de carbón en el Quai d’Austerliz. Y guiado por la secretaria, en el archivo personal de Marcel Basso el comisario hojea (y luego decomisa) un cuaderno de direcciones de “por lo menos quince años”, donde encuentra “Una dirección vergonzante, pues el comerciante de carbón no se había atrevido a escribir el nombre entero: ‘UL., Rue des Blancs-Manteaux, 13 bis’.”
 Luego el comisario Maigret va a la casucha donde los gendarmes mantienen detenido al carbonero. Allí, Marcel Basso le confiesa que solía prestarle dinero a Feinstein y que el domingo 25 de julio le pedía 50 mil francos; que durante la patética y lacrimosa petición amenazó con suicidarse con el pequeño revólver de su esposa, y que en el forcejeo para que lo no hiciera un tiro se disparó.  
  Sobre esa confesión Maigret le dice: “Creo que mató a Feinstein de manera involuntaria”. No obstante, quiere que le diga si Feinstein, para chantajearlo, “contaba con un arma más contundente que la infidelidad de su mujer”. Y mostrándole su viejo cuaderno de direcciones y abriéndolo “por la letra U”, le dice: “En pocas palabras, me gustaría saber quién mató hace seis años a un tal Ulrich, que vivía en la Rue des Blancs-Manteaux, y quién arrojó después su cadáver al canal Saint-Martin.”
  Esto provoca en Marcel Basso tal conmoción que se deshace en lágrimas repitiendo la palabra “¡Dios! ¡Dios!” Su mujer sale estrepitosamente del cuarto contiguo y grita: “¡Marcel! ¡Marcel! ¡Eso no es verdad! ¡Di que no es verdad!” Ambos lloran y el chiquillo también. E incluso la vieja (“la tía Mathilde”), que “a pasitos cortos y rápidos, sin dejar de resoplar, fue a colocar de nuevo la cacerola sobre el fuego, que avivó con un atizador”.
  Para resolver ese enigma y desvelar quién mató al usurero Ulrich hace seis años, Maigret, el miércoles 3 de agosto, hace coincidir a James y a Marcel Basso en una celda del Quai des Orfèvres, donde también encierra al vagabundo Victor Gaillard, quien le había exigido al comisario 30 mil francos (y luego 25 mil) para revelarte la identidad del asesino y todos los pormenores del chantaje. 
  

       Vale añadir que el misterio del asesinato del usurero judío en esa celda se aclara de un modo imprevisto; es decir, matizado por los yerros, las ambiciones, las contradicciones, las lealtades amistosas, las tentaciones sexuales y las debilidades humanas de James y Marcel Basso. Y que el otrora imprudente culpable, previo al arribo del juez de instrucción, le solicita al comisario Maigret: “Oiga, ¿me haría el favor de comentarle el caso? ¡Pídale simplemente que se dé prisa! Confesaré todo lo que quiera, pero que me manden lo antes posible a un rincón.”


Georges Simenon, La amargura del condenado. Traducción del francés al español de Joaquín Jordá. Colección Biblioteca Maigret, serie Booket número 5011/11, Tusquets Editores. Barcelona, 2003. 184 pp.  


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Josephine Baker, Sirena de los trópicos.

Los que aman, odian


El cuarto cerrado y el tufillo del crimen

A estas alturas del siglo XXI son más que consabidas la amistad, las afinidades electivas y las complicidades literarias que sostuvieron los escritores argentinos Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Jorge Luis Borges (1899-1986). En lo referente al género policíaco, además de practicarlo a cuatro manos al confluir con pseudónimos —B. Suárez Lynch: Un modelo para la muerte (Oportet y Haereses, Buenos Aires, 1946), y H. Bustos Domecq: Seis problemas para don Isidro Parodi (Sur, Buenos Aires, 1942), Dos fantasías memorables (Oportet y Haereses, Buenos Aires, 1946), Crónicas de Bustos Domecq (Losada, Buenos Aires, 1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (Librería La Ciudad, Buenos Aires, 1977)—, se propusieron, como un lúdico y hedonista tributo a sus autores y fuentes, promover la lectura de los clásicos (y sus epígonos) al editar, sin prólogo, la antología Los mejores cuentos policiales, la cual, con 16 cuentos (y traducciones de ambos), fue impresa por Emecé en 1943 en la capital argentina; y la homónima segunda serie, con 14 cuentos y sin prefacio, fue impresa por Emecé en 1952, con alguna modificación diez años después, y es la que ahora, coeditada por Alianza y Emecé, se conoce como Los mejores cuentos policiales 1, pues la antología Los mejores cuentos policiales (2), reelaboración de la primera de 1943, se coeditó, con 15 cuentos, hasta 1983, en Madrid, por Alianza Editorial y Emecé, con un “Prólogo”, que aunque firmado por los dos en “Buenos Aires, 19 de octubre de 1981”, parece haber sido escrito únicamente por Borges, pues además de que el aliento es suyo, se formulan tópicos que éste repitió a lo largo de su vida (en prólogos, reseñas, entrevistas, clases y conferencias), entre ello lo relativo a la génesis del género policíaco: 
(Alianza/Emecé, Madrid, 1983)
         “A partir de 1841, fecha de la publicación de The Murders in the Rue Morgue, primer ejemplo y de algún modo arquetipo del género policial, éste se ha enriquecido y ramificado considerablemente. Edgar Allan Poe tenía el hábito de escribir relatos fantásticos; lo más probable es que al emprender la redacción del texto precitado sólo se proponía agregar, a una ya larga serie de sueños, un sueño más. No podía prever que inauguraba un género nuevo; no podía prever la vasta sombra que esa historia proyectaría. Esta historia para su autor no habrá sido muy distinta de The Fall of the House of Usher y de Berenice. Tal vez corrobora este acierto la circunstancia de que el crimen y su investigador hayan sido situados en París, lejana ciudad fuera del control de la mayoría de sus lectores [...] 

“En The Murders in the Rue Morgue, en The Purloined Letter y The Mystery of Marie Roget, Edgar Allan Poe crea la convención de un hombre pensativo y sedentario que, por medio de razonamientos, resuelve crímenes enigmáticos, y de un amigo menos inteligente, que refiere la historia. Esos dos personajes, meras abstracciones en los textos de Poe, se convertirán con el tiempo en Sherlock Holmes y en Watson, que todos conocemos y queremos. Algunos autores —baste recordar a A.E.W. Mason y a Agatha Christie— proponen un detective extranjero y un narrador inglés, más bien estólido.”
(Emecé, Buenos Aires, 1946)
         Y para contribuir aún más con la transgresión de los límites porteños de los años 40 del siglo XX, en 1945, para Emecé, Borges y Bioy empezaron a dirigir y a editar la legendaria serie policíaca El Séptimo Círculo (duró hasta 1955) —nombre elegido por Borges que alude “el círculo de los violentos en el infierno de Dante”—, misma que el 8 de agosto de 1946 publicó, con el número 31, la primera edición de Los que aman, odian, única novela policial escrita entre Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo (1903-1993), con quien se había casado el 15 de enero de 1940 (con Borges entre los testigos), el año de la célebre Antología de la literatura fantástica (Sudamericana, Buenos Aires, 1940), que conformaron los tres, y el de La invención de Morel (Losada, Buenos Aires, 1940), la novela más famosa de Bioy, prologada por Borges.

Con el equívoco y la ambigüedad que transluce el título Los que aman, odian, Silvina y Bioy se revelan contagiados por la empatía y el entusiasmo emprendido entre Adolfito y Georgie al escribir a cuatro manos como si fueran un sólo autor, y toman la estafeta de los ingredientes esenciales de la clásica narración policial para tributar al a veces llamado “género menor” y “género negro” cuando se incluyen situaciones de violencia que ineludiblemente recuerdan las tutelares narraciones negras de Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Leslie Charteris (el creador del popular Simón Templar, alias El Santo).
(Tusquets, Barcelona, septiembre de 1989)
  Al inicio de Los que aman, odian, el doctor Humberto Huberman, el narrador y protagonista, anuncia a los cuatro pestíferos vientos del Cono Sur que va a relatar “la historia del asesinato de Bosque del Mar”. A partir de tal declaración evocativa que posterga el punto nodal de la obra, se inocula la intriga y el suspense. Al insaciable lector, como gancho preliminar y para que empiece a formularse las preguntas cuyas respuestas irán cambiando con los datos y giros de la secuencia, se le atrae con el tufillo del crimen. Casi de entrada intuye que entre los personajes que deambulan en el cuarto cerrado que es el subterráneo Hotel Central (“caserón cerrado como en un barco en el fondo del mar, o más exactamente, como en un submarino que se ha ido a pique”) —ubicado en el balneario Bosque del Mar, casi frente al agitado océano y a cierta distancia de la estación ferroviaria de Salinas, a donde se va y viene en un viejo Rickenbacker— mínimamente habrá un muerto y un asesino, con sus lógicas dosis de misterio, de ambigüedades, de enredo, de engaños al lector, de truculencias, de posibles culpables, de giros sorpresivos, y con las imprescindibles e inteligentísimas inferencias y deducciones detectivescas que arma y desarma el racionicinador por antonomasia.

     
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
Foto: Mariano Roca
        La escritura de Los que aman, odian está concebida con sobriedad, mimo, esmero, humorística parodia y fina ironía. En cada uno de los 34 capítulos breves es elocuente la búsqueda de las palabras precisas y limadas. Las necesarias para contar lo debido desde una cortesía y elegancia que proyecta la psicología convencional del protagonista (a imagen y semejanza de un culto gentleman argentino con ínfulas británicas). La maniática y egocéntrica personalidad del doctor Humberto Huberman (adicto a los glóbulos de arsénico, a las citas librescas y contrario a la farmacopea alopática), no sólo implica humor en lo que respecta a su moral conservadora y a sus prejuicios de raigambre decimonónica, en sus latinajos y extranjerismos de inveterado políglota, en el hecho de que escribió la narración como una crónica testimonial para las amigas de su madre (sus únicas amigas), en sus arraigados hábitos culinarios y domésticos de señor flemático y urbano entrado en años, que se las da de respetable, de autoridad ética, con “cualidades de conductor espiritual”, de culto y descubridor de los hilos negros que, según él, ocultan los trasfondos de los hechos delictivos: “Yo era, en ese limitado mundo de Bosque del Mar, la inteligencia dominante, y mis declaraciones habían orientado la investigación.” Sino que también sus rasgos adquieren matices radiográficos cuando haciendo agua en el flébil terror a la muerte al descubrirse extraviado en medio de la tormenta de arena, entre la inclemencia y los cangrejales que rodean el Hotel Central del balneario Bosque del Mar (dizque “el paraíso del hombre de letras”), el incontinente torbellino de su monólogo expresa la dimensión de su cobardía, de su fobia e inmoralidad que oculta y maquilla tras su imagen de doctor respetable metido a detective de salón y sobremesa.

    
(Alianza/Emecé, 5a ed., Madrid, 1985)
           En tales proyecciones especulares descuella el carácter novelesco de la obra. Se trata de una ficción, de un divertimento, feliz e inocuo, frente al hecho, muchas veces jaculatorio, de que la narración policíaca, aunque no se lo proponga, siempre resulta crítica por el lance de aludir a una sociedad enferma, pestilente y corrompida que se incrimina y castiga a sí misma, muchas veces desde parámetros que ponen en tela de juicio los procedimientos arbitrarios e ilegales de la policía y los designios dudosos de la llamada “Justicia”, sobre todo cuando no se incurre en el detestable e infantil maniqueísmo (por lo regular norteamericano y de churro hollywoodense) de confrontar a los buenos (los detectives) contra los malos (los criminales). De ahí que resulte ineludible citar el lapidario epígrafe de Honoré de Balzac que preludia a El Padrino (1969), la gran novela sobre la mafia de Mario Puzo adaptada al cine: “Detrás de cada fortuna hay un crimen”.  

Atrás: Silvina Ocampo y Cecilia Boldarin
Al frente: Georgie, María Esther Vázquez, Marta Bioy Ocampo y Adolfito
Mar del Plata, febrero 21 de 1964
  El doctor Humberto Huberman ha ido al Hotel Central de Bosque del Mar a pasar unas vacaciones y para aprovechar el retiro y la soledad que le permitan escribir la adaptación cinematográfica, nada menos que del Satyricón de Cayo Petronio, “a la época actual y a la escena argentina”, encargo ex profeso de la Gaucho Film, Inc. Allí, en ese sitio rodeado de tormentas de arena, de nidos repletos de cangrejos, de arenales movedizos y de un océano enloquecido cuya marea sube vertiginosamente devorando grandes distancias, al ocurrir el envenenamiento de una fémina y mientras se dilucida si fue suicidio o asesinato y quién es el asesino o los asesinos o los cómplices, le toca permanecer encerrado con los otros vacacionistas y con el personal del hotel, a quienes luego se añaden el hombre de las pompas fúnebres, dos gendarmes, el comisario Raimundo Aubry y el doctor Cecilio Montes, su alcohólico adjunto —traídos ex profeso de Salinas en el Rickenbacker del hotel—, los encargados de las pesquisas policiales, en cuyos rasgos se proyectan las célebres sombras imaginadas en 1887 por el escocés sir Arthur Conan Doyle: Sherlock Holmes y el doctor Watson, que sin buscarlo le sugirió Edgar Allan Poe (Borges dixit). Mientras se esclarece el meollo del crimen a través de varias investigaciones e hipótesis detectivescas —no sólo de los policías—, en un margen de seis días ocurren una serie de situaciones equívocas y difusas que aparentemente señalan como culpable (o cómplice) ya a alguno, ya a otro de los circunstantes, y que continuamente dan giros y sorpresas inesperadas, quitando y añadiendo datos y matices.

       
Silvina Ocampo en 1959
Foto: Adolfo Bioy Casares
     Hay que subrayar, sintéticamente, que la naturaleza libresca y la condición de escritores que definían a Silvina Ocampo y a Adolfo Bioy Casares está lúdicamente cernida en la anécdota y en la delineación de sus personajes, e implícita en frases como la siguiente que apunta el doctor Huberman: “El destino de todos nosotros, los escritores que obedecemos al llamado de la vocación y no al afán del lucro, es una continua busca de pretextos para diferir el momento de tomar la pluma.”

 
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares
  El doctor Humberto Huberman, además de médico y adaptador de obras literarias a guiones cinematográficos —Borges y Bioy publicaron dos guiones de cine en un mismo libro: Los orilleros y El paraíso de los creyentes (Losada, Buenos Aires, 1955)— es un conocedor de literatura que sostiene diálogos literarios con el comisario Raimundo Aubry; éste, al hablar sobre el laberinto de sus reflexiones detectivescas, salpica sus palabras con citas de Victor Hugo. Mary —la envenenada con estricnina diluida en una taza de chocolate— era una solterona y maniática traductora de obras policíacas que llevaba siempre consigo todos los libros traducidos por ella, las versiones originales del autor, sus versiones manuscritas, las mecanografiadas y las pruebas de imprenta. Al Hotel Central, próximo al Hotel Nuevo Ostende, no sólo cargó con todo esto, sino que también se encontraba allí traduciendo un libro de Michael Innes, mientras departía con su hermana Emilia y el novio de ésta. Y es precisamente un fragmento de una novela de Eden Phillpotts donde se habla de suicidio (desde luego tomado de un manuscrito hecha por la misma mujer), uno de los elementos clave, junto con el robo de las joyas de la envenenada, utilizados por un personaje con doble identidad (Enrique Atuel e inspector Atwell) para alterar el sentido de los hechos y el rumbo de la investigación policíaca. El solitario niño Miguel Fernández, con “cara de laucha”, sobrino de la patrona del Hotel Central, extraño y tenebroso taxidermista, tiene su habitáculo en el cuarto de los baúles (un rincón sombrío y apartado de la hostería) y utiliza como un punto de sus oscuros y cruentos juegos el Joseph K, un velero encallado en la playa. Navío, que no obstante su inutilidad, al término de la novela desaparece del mapa durante la tormenta de arena que mantuvo a los circunstantes encerrados en el hotel —con calor, falta de aire y moscas perseguidas por el matamoscas de una obesa dactilógrafa (“atareada encarnación de Muscarius, el dios que alejaba a las moscas de los alteres”)—, llevándose así los enigmas más enigmáticos del niño, pese a los secretos que revela en una póstuma carta que le deja a Paulino Rocha, el boticario de la Farmacia Los Pinos del balneario Bosque del Mar, quien le enseñara el procedimiento de “la conservación de las algas”.


Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Los que aman, odian. Colección Andanzas núm. 101, Tusquets Editores. Barcelona, septiembre de 1989. 160 pp.

jueves, 11 de octubre de 2018

Cuentos de imaginación y misterio

Las mil y una andanzas de la versión cortazariana

En el diseminado ámbito global del idioma español son celebérrimas y canónicas las traducciones que el argentino Julio Cortázar (1914-1984) hizo de buena parte de la obra del norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849). Vale recordar que 67 relatos de Poe, traducidos por Cortázar, desde 1970 han sido sucesivamente reeditados en Madrid por Alianza Editorial en dos tomitos titulados Cuentos 1 y Cuentos 2, números 277 y 278 de la serie El libro de bolsillo; acopios que circulan en España, en Iberoamérica e Hispanoamérica (y aún más allá) signados por una nota anónima que a la letra dice: “Esta obra fue publicada en 1956 por Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, en colaboración con la Revista de Occidente, con el título Obras en Prosa I. Cuentos de Edgar Allan Poe. La actual edición de Alianza Editorial ha sido revisada y corregida por el traductor.”  
 
El libro de bolsillo núm. 277, Alianza Editorial, 11ª edición
Madrid, 1984
        Pero además de arbitrariamente reordenarlos ex profeso por cierto sentido temático (y no sujeto al orden cronológico), Cortázar los precedió con un novelesco esbozo biográfico: “Vida de Edgar Allan Poe”, dividido en cinco partes: “Infancia”, “Adolescencia”, “Juventud”, “Madurez” y “Final”. Sobre tal bosquejo, entre las páginas 95-96 del volumen Narrativa completa (Madrid, Bibliotheca AVREA, Ediciones Cátedra, 2011), de Edgar Allan Poe, Margarita Rigal Aragón cuestiona que “se trata de una biografía hoy día obsoleta”; según repite (siguiendo una nota al pie de página): “la fuente usada por Cortázar es la legendaria biografía de Hervey Allen, 1926” (vale repetir que también usó la no menos legendaria de Arthur Hobson Quinn, 1941); no obstante, pondera: “es de una importancia singular para dar a conocer la figura de Poe en España.” Ante tal corsé o atavismo endogámico, casi resulta tautológico puntualizar que el esbozo biográfico de Poe, escrito por Cortázar, también ha sido relevante en Hispanoamérica y en los remotos y dispersos rincones de la aldea global donde el español se habla y es moneda corriente.  
   
El libro de bolsillo núm. 278, Alianza Editorial, 8ª edición
Madrid, 1983
       Y al final del tomo 2 de los Cuentos de Poe, en el apartado “Notas”, el propio Cortázar resume el criterio de su ordenación de los relatos que Poe publicó entre el “14 de enero de 1832” y el “9 de junio de 1849”, e incluye 67 apostillas (una por cada narración) sobre las que apunta: “En las notas siguientes, luego del título original de cada cuento, se menciona la primera publicación del mismo. La cifra entre paréntesis indica el orden cronológico de cada publicación con referencia al total (67 cuentos). Así, William Wilson, publicado en 1840, es el vigésimo tercer relato publicado de Poe. Este dato puede servir para situar aproximadamente la fecha de composición de los cuentos, aunque esto último es materia de abundante controversia.”
El libro de bolsillo núm. 341, Alianza Editorial, 13ª edición
Madrid, 1998
       Con menos reediciones que el par de tomitos que reúnen los 67 cuentos de Poe traducidos por Cortázar, en 1971, con el número 341 de la serie El libro de bolsillo, Alianza Editorial publicó en Madrid la Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket, el cuarto libro publicado por Poe en 1838), con prólogo y traducción de Julio Cortázar, en cuya página legal también figura una nota anónima del editor donde se canturrea: “Esta obra fue publicada en 1956 por Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, en colaboración con la Revista de Occidente, con el título Obras en Prosa II. Narración de A.G. Pym, Ensayos y críticas, Eureka. La actual edición de Alianza Editorial ha sido revisada y corregida por Julio Cortázar.”

El libro de bolsillo núm. 384, Alianza Editorial, 6ª edición
Madrid, 1997
         En este sentido, Alianza Editorial, con esa misma nota en su correspondiente página legal, publicó, en 1972 y con el número 384 de la serie El libro de bolsillo, el ensayo de Poe: Eureka, con la traducción y un breve prefacio de Julio Cortázar. Y en 1973, con el número 464 de El libro de bolsillo, Alianza editó el título antológico Ensayos y críticas, de Edgar Allan Poe; pero la nota anónima se achicó: “Esta obra fue publicada en 1956 por Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, en colaboración con la Revista de Occidente, con el título Obras en Prosa II. Ensayos y críticas. La actual edición de Alianza Editorial ha sido revisada y corregida por el traductor.” En contraste con tal achicamiento, Julio Cortázar precede su traducción con una nota “Al lector”, seguida de una “Introducción” titulada “El poeta, el narrador y el crítico”, un largo y sesudo estudio y análisis de la obra de Edgar Allan Poe (y sus nexos), que resulta el particular breviario poemaníaco del Gran Cronopio, oráculo de las subterráneas y masivas legiones de lectores de Poe en español.

El libro de bolsillo núm. 464, Alianza Editorial, 2ª edición
Madrid, 1987
       Entre esos lectores de marras (que infestan las laberínticas y oscuras catacumbas de la aldea global) es consabido que además de las sucesivas reediciones del par de tomitos de Alianza Editorial que compilan los 67 Cuentos de Poe traducidos, prologados y anotados por Cortázar, otras editoriales, en busca de dividendos crematísticos (y a veces destacando alguna variante o aportación), suelen hacer uso del prestigio y celebridad de tales traducciones.

       Por ejemplo, en 2004, en España, Aguilar publicó el tomo 1 de las Obras completas de Edgar Allan Poe (volumen que también circuló en Hispanoamérica, incluso en estanquillos de periódicos), el cual, al inicio, presenta el susodicho esbozo biográfico de Poe que Cortázar pergeñó para encabezar los 67 relatos editados por Alianza Editorial en dos tomitos. Luego sigue la Narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket, precedida por el prólogo que Cortázar, ex profeso, redactó para ésta. Y a continuación, con el título Cuentos, figuran los 67 relatos de Poe, dispuestos en el orden proyectado por Cortázar, seguidos por las correspondientes 67 “Notas” escritas por él. 
(Madrid, Aguilar, 2004)
         Si ese volumen de Aguilar (tipo biblia) es una modesta edición (de precio accesible para un lector de a pie) cuyas páginas se desprenden durante la lectura (pese al cartoné y a su listón-separador), el par de tomos editados en Barcelona, en 2004, por Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores son un oneroso lujo, exclusivo para coleccionistas con parné y vacaciones de cinco estrellas en el Mediterráneo. Retitulados Todos los cuentos 1 y Todos los cuentos 2, los 67 relatos de Edgar Allan Poe traducidos por Cortázar, con ilustraciones ex profesas de Joan-Pere Viladecans, figuran allí con el mismo orden planteado por el traductor, precedidos por el mismo esbozo biográfico y con las mismas postreras notas.

(Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores)
       En 2008, en España y en México, Páginas de Espuma publicó el volumen Cuentos completos. Edición comentada, que comprende los 67 relatos de Poe traducidos por Cortázar. Se trata de una edición coordinada y prologada por Fernando Iwasaki y Jorge Volpi; la cual incluye una “Presentación” de Carlos Fuentes y un prefacio de Mario Vargas Llosa rotulado “Poe y Cortázar”, donde laudatoriamente sopesa y categoriza sobre la trascendencia y el cualitativo e intrínseco valor de las traducciones del Gran Cronopio en el orbe del idioma español: 

(México, Páginas de Espuma, 2008)
       “La traducción que hizo Cortázar de los cuentos, ensayos y novelas cortas de Poe merece figurar entre las obras maestras de la literatura contemporánea en lengua española, así como la traducción de los cuentos de Poe por Baudelaire es reconocida como uno de los momentos literarios de la lengua francesa. Esta traducción, al mismo tiempo que una maestría absoluta en el dominio del inglés y el español y un conocimiento exhaustivo de la obra de Poe, delata una cercanía intelectual y un amor apasionado de Cortázar por el mundo, la fantasía, los fantasmas y los traumas con los que el genio de Poe construyó su obra. Su mayor mérito es que ella en ningún momento parece una traducción pues Cortázar ha conseguido recrear dentro del espíritu de la lengua de Cervantes y de Borges el lenguaje de Edgar Allan Poe, encontrando equivalencias lingüísticas y reconstruyendo dentro del genio de nuestra lengua las peculiaridades estilísticas inglesas y la riquísima orfebrería léxica con que Poe elaboró todos sus textos. Quiero decir que, como todas las grandes traducciones, la versión que el autor de Rayuela da de la obra del norteamericano pertenece tanto a Poe como al propio Cortázar.”



Aurora Bernárdez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y unos amigos
Grecia, 1967
          Pero además, someramente, Mario Vargas Llosa da tenues visos del legendario y borroso origen de la versión cortazariana de la obra de Edgar Allan Poe:
“Muchas veces me pregunté a qué circunstancias o factores se debió el hecho de que Cortázar dedicara dos años de su vida, trabajando de tiempo completo, a esa extraordinaria mudanza que llevó a cabo de la obra de Poe al español. La razón primera, claro está, fue la admiración que sintió desde muy joven por el gran escritor que fue Poe. Pero la razón práctica sólo la descubrí años después de leer con pasión los cuentos de Poe en su versión cortazariana, mientras enseñaba en la Universidad de Río Piedras, en Puerto Rico. Allí supe que fue gracias a Francisco Ayala, quien había conocido a Cortázar en Buenos Aires, donde Ayala pasó parte de su exilio, que la universidad puertorriqueña, entonces bajo el rectorado de Jaime Benítez, encargó a Cortázar la traducción de la obra completa de Poe en prosa. Gracias a este contrato Julio y Aurora Cortázar pudieron vivir sin muchos apuros sus primeros años europeos, entre Francia e Italia, trabajando en esta traducción en la que seguramente los consejos y la ayuda de Aurora, traductora extraordinaria también, contribuyeron al éxito de esta noble empresa literaria.” 
     
Aurora Bernárdez y Mario Vargas Llosa
charlando  en torno a Julio Cortázar
(Madrid, julio 3 de 2013)
          No obstante, si el volumen Cuentos completos. Edición comentada incluye el esbozo biográfico escrito por Cortázar (“Vida de Edgar Allan Poe”) y respeta el orden de los cuentos propuesto por el argentino nacido en Bélgica, los editores (se infiere que Iwasaki y Volpi) prescindieron de las postreras 67 “Notas” del traductor e incluyeron, antes de cada cuento, un azaroso comentario que 67 veces dizque abre el apetito del sediento y ansioso lector (un misceláneo y quesque exquisito y sustancio entremés); es decir, 67 escritores invitados (entre ellos Iwasaki y Volpi) comentan, ex profeso para tal edición, los 67 cuentos de Poe traducidos por el Gran Cronopio. Si bien algunos comentarios (variantes del egotismo) resultan sugestivos, informados y magnéticos, otros son secos topes de burro, auténticos patinazos que ipso facto envían al panteón de la eterna risotada o mandan a la tumba hundidos en la somnífera catalepsia (absolutamente vergonzantes, hilarantes y prescindibles).

En 2009, Edhasa, en Barcelona, publicó el tomo Cuentos completos, de Edgar Allan Poe, donde figuran los 67 cuentos de Poe traducidos por el Gran Cronopio. De hecho esto es un gancho publicitario anunciado desde la portada: “Traducción de JULIO CORTÁZAR”. No obstante, en el interior descuella una falacia (a todas luces intencional) al anunciarse: “Traducción y notas de Julio Cortázar”; pues este volumen no incluye ninguna nota de él, ni sus postreras y consabidas 67 “Notas”, ni tampoco su preliminar esbozo biográfico (“Vida de Edgar Allan Poe”). Y más aún: no se respetó el orden de los cuentos dispuesto por el traductor argentino, pues el objetivo de tal edición de los Cuentos completos de Poe (traducidos por Cortázar) se advierte y resume en una anónima y preliminar “Nota del Editor”: 
 
(Barcelona, Edhasa, 4ª reimpresión, 2015)
           “Se presentan en este volumen los cuentos de Edgar Allan Poe en su orden cronológico, siguiendo la edición llevada a cabo por Patrick E. Quinn y G.R. Thompson para The Library of America (Poe, Poetry, Tales & Selected Essays, Nueva York, 1984). Sólo en el caso de los textos creados para acompañar grabados no se ha respetado ese orden, y aparecen aquí a continuación del conjunto de los cuentos.
     “Las fechas de composición o de las versiones definitivas que han servido para establecer la cronología de los textos, así como precisiones acerca de los firmados con el seudónimo Littleton Barry, los sucesivos cambios de título, las refundiciones, etc., pueden encontrase al final de la obra (pp. 1.007-1.115).”
     
(Barcelona, Edhasa, 4ª reimpresión, 2015)
       En este sentido, tal volumen de los Cuentos completos de Poe se divide en tres partes. La primera agrupa 66 relatos, precedidos por un par de prólogos del propio Edgar Allan Poe, traducidos al español por Gregorio Cantera: “Prefacio a Cuentos grotescos y fantásticos (1840)” y “El Club del Libro en Folio”. De esos 66 relatos de Poe, 63 son traducción de Cortázar y 3 de Gregorio Cantera: “Instinto versus razón. La gata negra”, “Filosofía del mobiliario” y “El faro”. La segunda parte del volumen, titulada “Estampas”, comprende cuatro relatos de Poe, de los cuales dos son traducción de Cortázar: “La isla del hada” y “El alce”; y dos de Gregorio Cantera: “A propósito de Stonehenge. La danza del Gigante” y “Byron y miss Chaworth”. Y por último, cierra el volumen la sección bibliográfica anunciada en la “Nota del Editor”: “Procedencia de los cuentos”, cuya autoría también es anónima.
     Frente a tales acopios (Poe-Cortázar) el más ambicioso (y apoteósico) es el citado volumen Narrativa completa, de Edgar Allan Poe, impreso en Madrid, en 2011, por Ediciones Cátedra, dentro la colección Bibliotheca AVREA. La “Edición, introducción y notas” son de Margarita Rigal Aragón. Y al hojearlo se advierten dos grandes secciones. En la primera, Margarita Rigal Aragón expone una “Introducción general”, que es un bosquejo y análisis de la vida y obra de “Edgar Allan Poe (1809-1849)”, dividido en los siguientes apartados: “Marco histórico-social”, “Marco literario”, “Desmitificando el mito”, “Vida de Poe”, “Obra”, “A. Obra poética y ensayística”, “B. Narrativa. Novelas”, “C. Narrativa. Cuentos”, “C.1. Poe y el relato policiaco”, “C.2. Teoría de Poe en torno al cuento”, “C.3. Leyendo los cuentos de Poe: la configuración de los relatos”, “C.3.1. Estructuras”, “C.3.2. Narradores”, “C.3.3. Personajes” y “C.3.4. Tiempo y espacio”.
   
(Madrid, Cátedra, 2011)
       En la misma “Introducción general”, Margarita Rigal Aragón prosigue con una “Cronología” sobre la vida y obra de Poe y con una “Relación de los lugares en los que Poe vivió”. Luego presenta una nota sobre los criterios de su edición y una parcialmente comentada “Selección bibliográfica”, dividida en ocho interesantísimas partes.  
   La segunda (y última) gran sección del volumen se titula “Narrativa completa de Edgar Allan Poe”, la cual se divide en tres partes. En la primera se presentan los 67 cuentos de Poe traducidos por Cortázar, pero ordenados cronológicamente y no en el orden dispuesto por el argentino. Y en lugar de las postreras 67 notas de Cortázar, a cada cuento le corresponden 67 notas pergeñadas ex profeso por Margarita Rigal Aragón, en las que ella suele destacar los presuntos influjos literarios que al parecer incidieron en la escritura de cada texto. 
     En la segunda parte (de esa segunda gran sección del volumen) se lee la Narración de Arthur Gordon Pym traducida por Cortázar, pero sin su correspondiente prólogo; no obstante, salpimentada por 16 notas de Margarita Rigal Aragón en las que, pese a sus observaciones y erudición, no falta algún lapsus. Por ejemplo, al final de su tercera nota apunta: “Una semana después del rescate de los dos jóvenes [tras el naufragio del Ariel], estos inician una segunda aventura a bordo del Grampus.” Pues esto no ocurre “Una semana después” sino “Unos dieciocho meses después” del naufragio del Ariel, tal y como se lee en la página 796 al inicio del segundo párrafo: “Unos dieciocho meses después del desastre del Ariel, la firma de Lloyd y Vredenburgh (casa vinculada en cierto modo con los señores Enderby, creo que de Liverpool) se ocupaba de reparar y aparejar el bergantín Grampus para la caza de la ballena. Se trataba de una vieja carraca casi inútil para la navegación, a pesar de todas la reparaciones que se le habían hecho.” 
   O sea que los duendes no existen, pero de que los hay, los hay. Véase otro ejemplo: en la página 92 del catedrático volumen Narrativa completa se lee que el segundo libro que Poe publicó en vida (Al Aaraaf, Tamerlane, and Minor Poems) se editó en Baltimore en “1929” y no en 1829.
 
(Contraportada)
         El caso es que la tercera parte, de la segunda gran sección del volumen, cierra la Narrativa completa de Poe con El diario de Julius Rodman, cuasi novela inconclusa (dividida en seis capítulos) traducida por Margarita Rigal Aragón, quien la aderezó y documentó con 13 notas. En la primera apunta: “Esta ‘novela’ inacabada de Poe iba a constar de 12 capítulos pero solo seis de ellos fueron escritos y publicados. En vida del autor el diario apareció en seis entregas en la Burton’s Gentleman’s Magazine de Nueva York en el año 1840 y no iba firmado por Edgar A. Poe. Con posteridad a la muerte del autor, su autoría no sería reconocida hasta que el británico John Henry Ingram descubrió entre los manuscritos de Poe el de The Journal of Julius Rodman, obra que incluyó en su The Works of Edgar Allan Poe, aparecida entre 1874 y 1875.” 
   
Poe. Una vida truncada (Barcelona, Edhasa, 2009)
Página 5 de la iconografía
       Como dato curioso y controvertido, vale apuntar (y contraponer) que en la breve iconografía que ilustra el libro Poe. Una vida truncada (Barcelona, Edhasa, 2009), biografía del británico Peter Ackroyd, se observa una deficiente foto en blanco y negro del Gentleman’s Magazine, coeditado por William E. Burton y Edgar A. Poe, correspondiente a julio-diciembre de 1839, donde claramente se lee que la sede del Gentleman’s Magazine estaba en Filadelfia y no en Nueva York.    


(Barcelona, Seix Barral, 2006)
     El azaroso y póstumo destino de la versión cortazariana de la obra de Edgar Allan Poe comprende, también, los libros que entresacan y destacan alguna parte del todo. Por ejemplo, La trilogía Dupin (Barcelona, Seix Barral, 2006) reúne los consabidos tres cuentos policiales con los que, estipulan y proclaman los doctos, Poe inauguró el género policíaco en el orbe occidental. Es decir, aquí se leen (sin las postreras y correspondientes notas cortazarianas) la celebérrima traducción que Cortázar hizo de “Los crímenes de la calle Morgue”, de “El misterio de Marie Rogêt (continuación de ‘Los crímenes de la calle Morgue’)” y de “La carta robada”. 
     
(México, Seix Barral, 2006)
        Vale añadir que el prólogo de La trilogía Dupin es de Matthew Pearl, escritor norteamericano en cuya obra destaca su novela La sombra de Poe (México, Seix Barral, 2006), una mixtura de sustrato biográfico e histórico, thriller policíaco, novela negra y de aventuras, divertimento e historia de amor, donde escudriña y especula sobre los entresijos de la temprana y oscura muerte de Poe en Baltimore, sucedida, a sus 40 años, el 7 de octubre de 1849 en el hospital universitario Washington, tras haber sido hallado, cuatro días antes, en graves circunstancias etílicas en la taberna y hotel Ryan’s. Pero también, Matthew Pearl imagina la existencia de Quentin Hobson Clark, un joven abogado de Baltimore (fervoroso lector, admirador y contemporáneo de Poe), quien en 1851 se empeña en localizar en París al personaje de carne y hueso que puede desentrañar los misterios de tal fallecimiento y que no es otro que el individuo en que supuestamente se basó Poe para crear a su detectivesco raciocinador; pero en tal búsqueda se tropieza con dos candidatos que explosiva y encarnizadamente compiten entre sí para resolver el caso y, al parecer, por demostrar quién es el verdadero y único modelo inspirador: Auguste Duponte y el barón Claude Dupin. Curiosamente, el título de la obra de Matthew Pearl: La sombra de Poe, y la novela en sí, evocan o remiten a unas líneas de Jorge Luis Borges que se leen en “El cuento policial”, una de sus cinco conferencias editadas en Borges oral (Buenos Aires, Emecé/Universidad de Belgrano, 1979): “Poe es un proyector de sombras múltiples. ¿Cuántas cosas surgen de Poe?”
   
Antología de la literatura fantástica
Colección Laberinto núm. 1, Editorial Sudamericana
Buenos Aires, diciembre 24 de 1940
Páginas 226-227
         Y también, curiosamente, Borges, quien con Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares antologó “La verdad sobre el caso de M. Valdemar” en la celebérrima Antología de la literatura fantástica (Buenos Aires, Col. Laberinto, núm. 1, Editorial Sudamericana, 1940), y que desde luego ultrasabía de la celebridad y calidad de la versión cortazariana de la obra de Poe, no eligió las traducciones de Cortázar para las no menos célebres antologías reeditadas, revisadas y anotadas a cuatro manos con Bioy: Los mejores cuentos policiales 1 (Buenos Aires, Emecé, 1962) y Los mejores cuentos policiales 2 (Madrid, Libro de bolsillo, núm. 950, Emecé/Alianza, 1983); ésta con un “Prólogo” (firmado por el porteño dúo dinámico en “Buenos Aires, 19 de octubre de 1981”) donde destacan el seminal y consabido aporte de Poe en la narrativa policíaca (y por ello seleccionaron “La carta robada”). Y tampoco lo hizo en las antologías del autor de “El cuervo” seleccionadas y prologadas por Borges en solitario (con el auxilio de una amanuense): La carta robada (Madrid, La Biblioteca de Babel, núm. 18, Ediciones Siruela, 1985); y Cuentos de Poe (Madrid, Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, núm. 65, Hyspamérica Ediciones, 1986). La curiosidad se amplía por el hecho de que Borges tenía en óptima estima los cuentos fantásticos del Gran Cronopio. Prueba de ello es el indeleble y laudatorio prólogo que preludia la antología de Cuentos de Cortázar (Madrid, Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, núm. 1, Hyspamérica Ediciones, 1985), en donde evoca el legendario y mítico episodio que remite a la publicación del cuento “Casa tomada” en el número 11 de la revista Los Anales de Buenos Aires (diciembre de 1946): 
     “Hacia mil novecientos cuarenta y tantos, yo era secretario de redacción de una revista literaria, más o menos secreta. Una tarde, una tarde como las otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde Casa Tomada con dos ilustraciones a lápiz de Norah Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento.”
     
Borges en la Casa Museo Edgar Allan Poe (Baltimore, 1983)

Foto de María Kodama incluida en
Jorge Luis Borges. Un ensayo autobiográfico (España,GG/CL/Emecé, 1999)
        No extraña, entonces, que el cuento “Casa tomada” haya sido incorporado a la segunda edición (revisada, modificada y ampliada) de la susodicha Antología de la literatura fantástica, impresa en Buenos Aires, en septiembre de 1965, por Editorial Sudamericana; que es la que se ha venido reeditando hasta el presente (por varias editoriales) y por ende incluye, tanto el “Prólogo” de Bioy publicado en 1940, como el que firmó el “16 de marzo de 1965” en “Rincón Viejo, Pardo”.
   En el tomito segundo de la no menos célebre antología Cuentos fantásticos del XIX (Madrid, El ojo sin párpado, núm. 2, Ediciones Siruela, 1987), Italo Calvino seleccionó y prologó el cuento de Poe: The Tell-Tale Heart (1843). Además de que el título en inglés figura allí alterado por un duende más ciego que un topo de alguna fétida, humeante y deletérea alcantarilla de la Casa Usher: The Tale-Tell Heart, la traducción al español: “El corazón revelador”, hecha por un tal “J. Maestre”, es mucho menos afortunada que la traducción del tal J. Cortázar, rotulada (e inmortalizada) por éste: “El corazón delator”.
   
Cuentos fantásticos del XIX
Volumen segundo
Col. El ojo sin párpado núm.2, Ediciones Siruela
Madrid, 1987
(Página 9)
           Desde luego que no para curarse en salud por ese yerro (y quizá desdén ante la versión cortazariana), Jacobo Siruela, el fundador y ex dueño de Ediciones Siruela, en su prologada y voluminosa Antología universal del relato fantástico (Girona, Ars Brevis, núm. 78, Ediciones Atalanta, 2013) escogió (para la isla desierta) la traducción de Cortázar del “Manuscrito hallado en una botella” (Jacobo lo fecha entre paréntesis en “1831”; pero Cortázar, en su correspondiente nota, apunta que se publicó el “19 de octubre de 1833” en el semanario Baltimore Saturday Visiter; y en esto Margarita Rigal Aragón coincide con él, pese a su errata en la e de Visiter); uno de los cuentos de Poe más célebres, alucinantes, envolventes, vertiginosos y sobrecogedores, del que Ignacio Padilla, en el citado volumen Cuentos completos. Edición comentada, brinda un ameno y sugerente aperitivo. 



Antología universal del relato fantástico 
Col. Ars Brevis núm. 78, Ediciones Atalanta
Girona, 2013
(Página 165)
    Pero además, como para no reparar en gastos y tributos ante la mancuerna Poe-Cortázar, el nocturno, pálido y larguirucho dedo flamígero del Conde de Siruela eligió el “Axolotl” para su Antología universal, cuento que Julio Cortázar compiló en su cuarto libro: Final del juego, cuya primera edición apareció en México, en 1956, en la serie Los Presentes, editorial alentada y dirigida por Juan José Arreola. 
   
Antología universal del relato fantástico 
Col. Ars Brevis núm. 78, Ediciones Atalanta
Girona, 2013
(Página 1121)
        No obstante, según reporta Roger Bartra en una nota que se lee en página 281 del vistoso volumen antológico Axolotiada. Vida y mito de un anfibio mexicano (México, SEMARNAT/INAH/FCE, 2011): “La primera versión del cuento ‘Axolotl’ se publicó en el primer número de la revista Buenos Aires Literaria, en octubre de 1952.” Pero según apuntó Saúl Yurkievich (“Con la colaboración de Gladis Anchieri”) en la página 1119 del póstumo volumen de Julio Cortázar: Obras completas I. Cuentos (Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, 2003) fue dos años después, y no en el primero, sino en el tercer número de tal revista: “‘Axolotl’ [apareció] en Buenos Aires Literaria, núm. 3, 1954”.
 
Axolotiada. Vida y mito de un anfibio mexicano
SEMARNAT/INAH/FCE
México, 2011
(Página 281)
       Por su parte, Libros del Zorro Rojo, con el prólogo y la traducción de Cortázar, publicó, en enero de 2015, la Narración de Arthur Gordon Pym, editada en Barcelona e impresa en Polonia por Zapolex. Edición que descuella por su excelente diseño con solapas y guardas a dos tintas y buenas dimensiones (23.09 x 16.05 cm), profusa y espléndidamente ilustrada en blanco y negro por el artista argentino Luis Scafati.
     
(Polonia, Libros del Zorrojo, 2015)
      Pero ya en septiembre de 2009, Libros del Zorro Rojo había editado el volumen Cuentos de imaginación y misterio; una anónima antología de 22 cuentos de Poe traducidos por Cortázar, ilustrados en blanco y negro por el artista irlandés Harry Clarke (1889-1931). Se trata, también, de un volumen de dimensiones generosas (18.07 x 24.06 cm), buen diseño con sobrecubierta en blanco y negro, y tapas negras en cartoné con la tipografía en blanco. Y al igual que la Narración de Arthur Gordon Pym, Libros del Zorro Rojo cierra la magnífica edición con una nota que constata el aporte del Gobierno de España a través del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte: “Esta obra ha sido publicada con una subvención del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, para su préstamo público en Bibliotecas Públicas, de acuerdo con lo previsto en el artículo 37.2 de la Ley de Propiedad Intelectual.”
     
( Polonia, Libros del Zorro Rojo, 5ª reimpresión, septiembre de 2016)
         
(3ª de forros)
          Datos sobre la vida y la trayectoria de Edgar Allan Poe, en el volumen Cuentos de imaginación y misterio, se resumen y exhiben en la segunda de forros y sobre Harry Clarke en la tercera, cada nota encabezada por un correspondiente retrato del autor en óvalo. Y en la cuarta de forros, Libros del Zorro Rojo pondera y pregona (con bombo, flautín, pandereta y platillos) a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global: 
       “Hacia 1917 el eximio artista irlandés HARRY CLARKE emprendió uno de los trabajos que determinaría su fama: la ilustración de TALES OF MYSTERY AND IMAGINATION, una antología de los más altos relatos de EDGAR ALLAN POE preparada por la editorial Harrap. La edición, publicada en Londres en 1919, fue reconocida inmediatamente como una de las joyas bibliográficas de la época. Desde entonces, las estampas de Clarke siguen ejerciendo un extraño magnetismo, fruto de una exquisita y laboriosa ejecución, que hizo honor a las sublimes historias que la inspiraron. Libros del Zorro Rojo recupera para sus lectores esta obra mítica, con traducción de JULIO CORTÁZAR y un notable prefacio de su autoría.” 
   
(2ª de forros)
               Los 22 relatos de Edgar Allan Poe, caprichosamente antologados por una mano anónima en Cuentos de imaginación y misterio, son los siguientes: “William Wilson” (1839), “El pozo y el péndulo” (1842), “Manuscrito hallado en una botella” (1833), “El gato negro” (1843), “La verdad sobre el caso del señor Valdemar” (1845), “El corazón delator” (1843), “Un descenso al Maelström” (1841), “El tonel de amontillado” (1846), “La máscara de la Muerte Roja” (1842), “El entierro prematuro” (1844), “La cita” (1834), “Morella” (1835), “Berenice” (1835), “Ligeia” (1838), “La caída de la casa Usher” (1839), “El coloquio de Monos y Una” (1841), “Silencio” (1837), “El escarabajo de oro” (1843), “Los crímenes de la calle Morgue” (1841), “El misterio de Marie Rogêt” (1843), “El Rey Peste” (1835) y “Los l
eones” (1835). 
        Vale añadir que además de las diseminadas viñetas de Harry Clarke, cada una de las estampas que ilustran las narraciones de Poe, y el “Prefacio” de Cortázar, se aprecian en una página completa. Y curiosamente, aquí, en el postrero apartado “Notas”, sí se incluyeron las correspondientes apostillas escritas ex profeso por el Gran Cronopio. Un lúdico y somero cotejo entre la ordenación cronológica que Margarita Rigal Aragón registra en Narrativa completa y la numeración cronológica que Cortázar consigna entre paréntesis en cada una de sus “Notas”, revela veinte coincidencias y sólo dos diferencias. Según Cortázar, “Ligeia” es el cuento 18 y según Margarita es el 17. Para Cortázar “Silencio” es el cuento 17 y para Margarita es el 16. En fin, cuento de nunca acabar (e indicios de la “abundante controversia”).     
   
(Cuarta de forros)
       En la nota de “La cita”, un cuento de impronta y tesitura romántica que tácita e implícitamente tributa a lord Byron (exiliado en Venecia), llama la atención la autocrítica y modestia de Cortázar ante su traducción de los versos de Poe: “Digamos del poema The one in Paradise que Poe intercaló en el cuento, que su versión española no pasa de un equivalente aproximado, que busca salvar algo del ritmo original. Lo mismo cabe decir de los poemas que aparecen en Ligeia y en La caída de la casa Usher.”
     Y en cuanto a la nota que le destinó al “Rey Peste”, quizá Cortázar no entendió del todo el sentido humorístico, bufonesco y paródico de Poe, pues se trata de uno de sus cuentos más chocarreros e hilarantes desarrollado en un fantástico entorno pseudomacabro, teatral y fársico (sin un grumo ni un pelo realista), y francamente lo interpreta como un chasco y por ende, con un preliminar e interpósito escupitajo de malaleche y una postrera pústula de interpósita moralina, lo pone a imagen y semejanza de un hediondo camote de Puebla: “Shanks ha visto aquí ‘una bufonada increíblemente estúpida e ineficaz’. Quizá cupiera ver también un gran fracaso; la primera mitad del relato es excelente, y la descripción de Londres bajo la peste parece digna de cualquiera de los buenos cuentos de Poe; pero hay algo de callejón sin salida al final, y hasta podría pensarse en una resolución vertiginosa como la de los sueños, un brusco viraje que echa abajo el castillo de naipes. Baldini ve en este cuento algún eco de I Promessi Sposi, de Manzoni, que Poe había reseñado unos meses antes. Para R.L. Stevenson, ‘el ser capaz de escribir El Rey Peste había dejado de ser humano’.” 
     
Aurora Bernárdez y Julio Cortázar

Foto incluida en Cortázar. Iconografía (México, FCE, 1985)
      Vale concluir la nota diciendo que el “Prefacio” de Julio Cortázar que preludia el presente volumen de los Cuentos de imaginación y misterio, crítico y no complaciente con la personalidad de Edgar Allan Poe, está fechado por él en 1972. Y se infiere que Cortázar lo escribió en inglés y no español, pues el copyright “de la traducción del prefacio”, datado en 2009, le pertenece a Aurora Bernárdez (1920-2014), la legendaria traductora y primera esposa de Cortázar (y postrera albacea de su legado documental, bibliográfico y literario), cómplice suya durante la prolongada, absorbente y meticulosa escritura de la inmortal versión cortazariana de la inmortal obra de 
Edgar Allan Poe.

Aurora Bermnárdez
(1920-2014)



Edgar Allan Poe, Cuentos de imaginación y misterio. Prefacio, traducción y notas de Julio Cortázar. Traducción del prefacio de Aurora Bernárdez. Ilustraciones en blanco y negro de Harry Clarke. Libros del Zorro Rojo. 5ª reimpresión. Polonia, septiembre de 2016. 430 pp. 


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Aurora Bernárdez y Mario Vargas Llosa charlan en torno a Julio Cortázar, el boom y otros temas.