lunes, 17 de septiembre de 2018

La memoria de Shakespeare


  Ser muchos y nadie
                        
I de VI
Nacido el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, Argentina, y muerto en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986 a “consecuencia de un enfisema pulmonar y de cáncer hepático”, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo publicó en 1974 el célebre tomo Obras completas, “un grueso volumen único encuadernado y en papel biblia” impreso en Buenos Aires por Emecé (que en distintas partes del mundo y en diferentes idiomas logró sucesivas ediciones masivas en offset), con dos textos originales ex profesos: el “Prólogo” y el “Epílogo”, donde reunió 18 libros escritos entre 1923 y 1972 —revisados entre 1972 y 1974 para el tomo—, que él dedicó a doña Leonor Acevedo de Borges, su madre, quien habría de morir a los 99 años el 8 de julio de 1975, y que ella conservaba amorosamente en la cabecera de la cama donde dormía y falleció, precisamente en el legendario departamento B del sexto piso de la calle Maipú 994, “a dos pasos de la Plaza San Martín”, donde madre e hijo vivieron desde 1944, pues Jorge Guillermo Borges, el padre del escritor, había fallecido a los 64 años el 24 de febrero de 1938 “a consecuencia de una hemiplejía y tras vivir ciego sus últimos años”.


(Emecé, 14ª ed., Buenos Aires, septiembre de 1984)
   
Borges y su madre doña Leonor Acevedo de Borges al pie de uno de sus
libreros en el departamento B del sexto piso de la calle Maipú 994
     La memoria de Shakespeare
, por su parte, es uno de los diez libros de Borges reunidos en el póstumo tomo II de sus Obras completas, impreso en Buenos Aires, en 1989, por Emecé. Pero sólo nueve de los diez libros fueron publicados por el autor cuando aún vivía: El libro de arena (Emecé, Buenos Aires, 1975), La rosa profunda (Emecé, Buenos Aires, 1975), La moneda de hierro (Emecé, Buenos Aires, 1976), Historia de la noche (Emecé, Buenos Aires, 1977), Siete noches (FCE, México, 1980), La cifra (Emecé, Buenos Aires, 1981), Nueve ensayos dantescos (Espasa-Calpe, Madrid, 1982), Atlas (Sudamericana, Buenos Aires, 1984) —con fotografías de María Kodama— y Los conjurados (Alianza Editorial, Madrid, 1985).
   
(Emecé, Buenos Aires, febrero de 1989)
    En este sentido, en el póstumo tomo II de las Obras completas de Borges, con el título La memoria de Shakespeare, Emecé Editores y María Kodama, la viuda y heredera universal de sus derechos de autor, compilaron cuatro cuentos dispersos de su ex marido, precedidos por una minúscula y vaga nota que no precisa las fechas y los sitios donde fueron publicados por primera vez: “Comprende tres cuentos aparecidos en distintas publicaciones, anteriores a 1983, y un cuento titulado ‘La memoria de Shakespeare’ (1980) no incluido hasta ahora en libro.” No obstante, “La memoria de Shakespeare”, con un tiraje de 36 ejemplares e ilustraciones de Mirta Ripoll, se publicó en Buenos Aires, en 1982, en una plaquette editada por Dos Amigos con el número 1 de la Colección Valle de las Leñas. Y “La rosa de Paracelso” y “Tigres azules” fueron publicados en 1977 por Sedmay, en Barcelona, en un libro sin paginar titulado Rosa y Azul, con ilustraciones de Alfredo González; y luego en otro de 74 páginas editado por Swan en 1986, en Barcelona, con el número 11 de la Colección El Compás de Oro. Pero además, para enmendar las omisiones, la edición del libro La memoria de Shakespeare —“al cuidado de Sara Luisa del Carril”— impresa en 2004, en Buenos Aires, por Emecé, está precedida por una nota que a la letra dice:
 
(Emecé, Buenos Aires, agosto de 2004)
    “Este libro reúne los últimos cuatro cuentos de Jorge Luis Borges, ya recogidos en el volumen III de sus Obras Completas. Ofrecemos aquí ‘Agosto 25, 1983’ y ‘Tigres azules’, a partir de los textos del diario La Nación; ‘La rosa de Paracelso’, según fue publicado en Rosa y azul, 1977, y ‘La memoria de Shakespeare’ que se reproduce del diario Clarín. Los textos presentan leves variantes de los publicados en las Obras Completas.” Y por ende al final de cada cuento se incluyeron datos y fechas que no figuran en los citados tomos de Obras Completas: ni en la edición de 1989 ni en la edición de 2005. Es decir, al final de “Agosto 25, 1983” se lee: “[Buenos Aires, 1977]”, “En La Nación, Buenos Aires, 27 de marzo de 1983.” Y al final de “Tigres azules” se lee: “En La Nación, Buenos Aires, 19 de febrero de 1978, con el título ‘El milagro perdido’.” Y al final de “La rosa de Paracelso” se lee: “En Jorge Luis Borges, Rosa y azul, Madrid, Sedmay ediciones, 1977.” Y al final de “La memoria de Shakespeare” se lee: “En Clarín, Buenos Aires, 15 de mayo de 1980.” 
   Vale puntualizar, además, que tal “volumen III de sus Obras Completas” no es el susodicho tomo II de 1989, sino el tomo 3 editado por Emecé en 2005, en Buenos Aires, correspondiente a la redistribución y revisión de las Obras Completas de Borges en 4 volúmenes “al cuidado de Sara Luisa del Carril”. 
(Emecé, Buenos Aires, abril de 2005)


II de VI
El cuento “25 de Agosto, 1983” (que en el libro de 2004 y en el tomo 3 de 2005 se titula “Agosto 25, 1983”) es el primero de los cuatro cuentos que figuran en La memoria de Shakespeare, libro creado y antologado ex profeso para el póstumo volumen II de las Obras completas de Borges. Según apunta Emir Rodríguez Monegal en la página 423 de Jorge Luis Borges. Ficcionario. Una antología de sus texto (FCE, México, 1985) —con “Edición, introducción, prólogos y notas” del crítico uruguayo fallecido por el cáncer el 14 de noviembre de 1985—, tal cuento se publicó el 27 de marzo de 1983 en el periódico La Nación y dizque “ya había sido anticipado en italiano por Franco Maria Ricci en 1977, en un volumen homónimo de la colección La Biblioteca di Babele”. Dato curioso y equivocado, pues en la página 146 de la biografía Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, Barcelona, 1996), María Esther Vázquez, quien fue secretaria y colaboradora de Borges en Introducción a la literatura inglesa (Columba, Buenos Aires, 1965) y en Literaturas germánicas medievales (Falbo, Buenos Aires, 1965), dice que le fue dictado por el autor “en diciembre del 78”. Y según anota en la “Cronología” incluida al término de Borges, sus días y su tiempo (Punto de lectura, España, 2001), en 1975, “En Italia, el editor Franco Maria Ricci inicia una colección titulada La Biblioteca di Babele de literatura fantástica dirigida por Borges, con la colaboración de María Esther Vázquez y que reuniría veintinueve títulos. Aparecen ese año tres volúmenes elegidos y prologados por Borges: Le morti concentriche, de Jack London; Lo specchio che fugge, de Giovanni Papini, y Storie sgradevoli, de Léon Bloy.” Pero además, en Prólogos de La Biblioteca de Babel (Alianza, Madrid, 2001), compilación prologada y anotada por Antonio Fernández Ferrer, se acredita que “Veinticinco Agosto, 1983”, en italiano y en Italia, se editó en el libro Venticinque Agosto 1983 e altri racconti inediti, impreso en 1980 con el número 19 de la serie La Biblioteca di Babele, junto con “La rosa de Paracelso”, “Tigres azules”, “Utopía de un hombre que está cansado”, “Borges igual a sí mismo (entrevista de María Esther Vázquez)”, una “Cronología” y una “Aproximación a la bibliografía borgiana”. Vale observar que Antonio Fernández Ferrer, además de ser el erudito autor de Ficciones de Borges. En las galerías del laberinto (Cátedra, Madrid, 2009), hizo la compilación de Borges A/Z, número 33 de La Biblioteca de Babel —el último de la serie—, editado en Madrid, en 1988; antología que corresponde a la versión en italiano del título Jorge Luis Borges A/Z dizionario a cura di Gianni Guadalupi, número 33 de La Biblioteca di Babele editado en Italia en 1985.   
   
(Siruela, Madrid, 1983)
       Dado el precio del libro, el limitado tiraje y la difícil distribución fuera de España, pocos mexicanos del siglo XX pudieron leer el libro Veinticinco Agosto 1983 y otros cuentos, número 2 de La Biblioteca de Babel editado en 1983, en Madrid, por Ediciones Siruela, con 136 páginas. Vale recapitular, entonces, que La Biblioteca de Babel, editada por Siruela, es la “colección de lecturas fantásticas dirigida por Jorge Luis Borges”, reedición en español de los 33 títulos que la integran, 30 de ellos prologados por Borges, dados a la luz pública entre 1983 y 1988, en cuya segunda de forros se repetía: 
    “Después de algunos días pasados con Borges en Buenos Aires, el editor Franco Maria Ricchi concibió la idea de una colección de literatura fantástica única en el panorama editorial contemporáneo.
  “Cada volumen, dedicado a la obra de un escritor, sería seleccionado y prologado por el gran escritor argentino. A lo largo de sus treinta títulos, el lector seguramente se verá sorprendido por una coherente reunión de textos insólitos, donde junto a las generosas fuentes orientales hallará algunos escritores secretos de Occidente y otros muy famosos que serán redescubiertos por el saber y la sensibilidad borgianos.
  “Para esta edición se ha querido respetar el diseño gráfico original haciendo honor a la colección ideada por Ricchi, así como recopilar todas la traducciones existentes de Borges para su Biblioteca personal, que será, sin duda, una apreciada rareza bibliográfica para los años futuros.”
   Es decir, Franco María Ricci primero los editó en italiano, impresos en Parma y en Milán entre 1975 y 1985. Pero además, en español y en Buenos Aires, Ediciones Librería de La Ciudad publicó seis títulos de la serie, entre 1978 y 1979.


III de VI
En el cuento “25 de Agosto, 1983”, Borges imagina o sueña a un Borges con 61 años cumplidos un día antes (es decir, el 24 de agosto de 1960), que llega a instalarse a la pieza 19 del hotel Las Delicias, en Adrogué. Para su sorpresa, allí se espejea con otro Borges idéntico a él, pero más viejo; un doble que al unísono es otro y él mismo, que está recostado en la cama, un día después de haber cumplido 84 años, junto al frasco vacío que implica su suicidio. La índole onírica y ambigua del encuentro se enfatiza cada vez más. Entre los dos dilucidan que hablan y se ven en un sueño. El Borges de 61 años, que vio su nombre ya escrito en el registro y subió las escaleras para encontrase con el otro, insiste en que están en la habitación 19 del hotel; pero el Borges más viejo le dice que él está soñando en el piso de la calle Maipú, en Buenos Aires, en la recámara que fue de Leonor Acevedo, su madre, y que además él está muriéndose. Los dos evocan la escritura de un lejano borrador que en realidad implica y escamotea un frustrado intento de suicidio del Borges de 1935, el día de su aniversario número 36, ocurrido allí mismo en la habitación 19 del hotel Las Delicias, en Adrogué, a donde había ido con una botella de ginebra, una novela policial y un revólver, pero no tuvo el coraje y lloró. 
   
Norman Thomas di Govanni y Borges
    El diálogo sobre el futuro, el olvido y los sueños que le esperan al Borges menos viejo, recuerda la conversación que sostienen los dos Borges de “El otro”, cuento de El libro de arena (Emecé, Buenos Aires, 1975) —urdido con el amanuense auxilio de Norman Thomas di Govanni—, donde al unísono, sentados en una banca frente al río, confluyen en dos tiempos y dos lugares distintos: el Borges ciego y viejo que narra se halla en 1969, en Cambridge, frente al río Charles; y el otro, el joven Borges, que puede ver, está en 1918, en Ginebra, frente al río Ródano, “un río verde y helado que corre por el centro mismo de la ciudad y que atraviesan siete puentes totalmente distintos entre sí”. El mayor en la vigilia y el menor en un sueño. 
    Pero en el caso de “25 de Agosto, 1983” la confluencia, materia y tiempo onírico queda refrendado aún más cuando el Borges más viejo concluye el diálogo profético, su último sueño y su suicido: 
     “Dejó de hablar, comprendí que había muerto. En cierto modo yo moría con él; me incliné acongojado sobre la almohada y ya no había nadie.
   “Huí de la pieza. Afuera no estaba el patio, ni las escaleras de mármol, ni la gran casa silenciosa, ni los eucaliptus, ni las estatuas, ni la glorieta, ni las fuentes, ni el portón de la verja de la quinta en el pueblo de Adrogué.
  “Afuera me esperaban otros sueños.”


IV de VI
En “Tigres azules”, el segundo cuento de La memoria de Shakespeare, Borges esboza los recuerdos de lector, los pensamientos y sueños, y el itinerario de la aventura de Alexander Craigie, la voz narrativa, un escocés radicado en el Punjab, donde es profesor de lógica occidental y estudioso de la oriental en la Universidad de Lahore, donde además consagra los domingos a un seminario sobre Spinoza. Baste decir que las minucias de la filiación libresca y los sueños de cazador que Alexander Craigie cultiva y colecciona desde la infancia ante la figura del mítico tigre, provienen de la legendaria y libresca atracción por el tigre vivida y soñada por Borges desde la niñez, presente en su obra y en sus memorias a lo largo de su vida. Todo sugiere y revela que el viejo magnetismo por el tigre es lo que hizo al profesor Craigie instalarse en Lahore. La noticia que lee a fines de 1904 sobre una variedad de tigres azules recién descubierta en la zona del delta del Ganges, más los sueños donde ve un tigre de un azul nunca antes visto por él (“sé que era casi negro”), y la información que le da un colega sobre una aldea lejana al Ganges en la que oyó hablar de los tigres azules, son, en resumen, los incentivos que lo llevan a aventurarse a esa remota y arcaica aldea de hindúes situada al pie de un cerro más ancho que alto, de la que anota con humor borgeseano: “En alguna página de Kipling tiene que estar el villorrio de mi aventura ya que en ellas está toda la India, y de algún modo todo el orbe.” 


Tigre dibujado por el pequeño Gegorgie
    En la aldea, Alexander Craigie sigue soñando con el tigre y se obstina en la caza del tigre azul, pese a que conjetura que los hindúes se lo esconden. Ante la propuesta de ir de caza a lo alto del cerro, el más viejo le advierte que la cumbre es sagrada y repleta de obstáculos mágicos: “Quienes la hollaban con pies mortales corrían el albur de ver la divinidad y de quedarse locos o ciegos.” Sin embargo, Alexander Craigie, solitario y furtivo, sube de noche a la cumbre, que resulta ser la terraza del flanco de una montaña. En el suelo descubre una nervadura de grietas y en ellas abundantes piedrecillas con el azul de sus sueños: “todas iguales, circulares, muy lisas y de pocos centímetros de diámetro”. Las piedrecillas azules, cuya maleabilidad recuerda al mercurio, tienen la virtud de multiplicarse, dividirse, sumarse o restarse a sí mismas. Esto aterroriza a los hindúes, quienes las llaman “las piedras que engendran”, cuyo azul “sólo es permitido ver en los sueños”. Alexander Craigie trata de comprender la insondable lógica de las piedras, que según él niegan la aritmética y el cálculo de probabilidades. Y el sueño que lo persigue y agobia, con el epicentro de las piedras, es la pesadilla del laberinto (de clara prosapia y estirpe borgeana) que podría abocetar Piranesi o Escher: “Una baranda y unos escalones de hierro que bajaban en espiral y luego un sótano o un sistema de sótanos que se ahondaban en otras escaleras cortadas casi a pico, en herrerías, en cerrajerías, en calabozos y en pantanos. En el fondo, en su esperada grieta, las piedras, que eran también Behemoth o Leviathan, los animales que significaban en la Escritura que el Señor es irracional. Yo me despertaba temblando y ahí estaban las piedras en el cajón, listas a transformarse.” 
   
Borges examina tigres en el laberinto
Ilustración de Osvaldo
     Así, Alexander Craigie, que fracasa en sus experimentos por entender la conducta de las piedras azules, sólo logra deshacerse de ellas y del desasosiego que le producen cuando durante un alba insomne entra en la mezquita de Wazil Khan (quizá un antiguo palacio azul que de algún modo evoca a la antigua Mezquita Azul de Estambul), y allí, pensando que “Dios y Alá son dos nombres de un solo Ser inconcebible”, pide ser librado de ellas. Un mendigo ciego se le acerca (al parecer una súbita forma adoptada por la Divinidad) y le pide de limosna las piedras azules (que quizá impliquen la secreta e insondable escritura del Dios). 
    “Mi limosna puede ser espantosa”, le dice Alexander Craigie. Pero la respuesta del ciego da visos de que la pesadilla donde el profesor Craigie se halla y queda no es menos terrible y enigmática: “No sé cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo.” 


V de VI
En “La rosa de Paracelso”, el tercer cuento del libro La memoria de Shakespeare, Borges, de las cenizas de la historia hace un palimpsesto de la leyenda (leída en el tomo XIII de Thomas de Quincey) que supone que Paracelso, el alquimista y médico suizo (1493-1541), podía incendiar una rosa y revivirla de las cenizas, misma que el joven Borges alude en “La rosa”, poema de Fervor de Buenos Aires (Edición de autor, Buenos Aires, 1923), su primer libro, financiado por su padre Jorge Guillermo Borges y con una ilustración de su hermana Norah en la portada. 
Paracelso
  Paracelso, radicado en Basilea y con la facultad de transmutar la piedra en oro, pide “a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios”, que le envíe un discípulo. Y como si lo hubiera oído, incluso antes de que rece la solicitud, repentinamente llega a su rústico y subterráneo taller un joven, Johannes Grisebach, dispuesto a ser su discípulo; pero le pide, a cambio de entregarle su vida abandonada al aprendizaje, que ejecute, ante sus ojos, el prodigio de quemar y revivir la rosa que ha llevado consigo. Paracelso se niega y en el diálogo lo encuentra indigno de ser su discípulo. Y cuando el joven se ha ido, con una sola palabra dicha en voz baja hace renacer la rosa de un puñado de ceniza. 
La rosa de Paracelso



VI de VI
Borges y María Esther Vázquez
“La memoria de Shakespeare”,  el cuarto texto del libro, es el último cuento que escribió Borges en su vida. Esto lo afirman los biógrafos, entre ellos María Esther Vázquez, quien entre las páginas 306 y 308 de su citada biografía Borges. Esplendor y derrota, señala que fue publicado el “15 de mayo de 1980” en el diario Clarín, de Buenos Aires, y que el nombre de Hermann Soergel, el protagonista que narra el cuento, es el nombre de un crítico de Gustav Meyrinck. Cosa posible, pues El Golem (1915), novela de Gustav Meyrinck (1868-1932), es el primer libro que el joven Borges (aún en Europa) descifró en alemán, después de habérselo enseñado a sí mismo con el auxilio de un diccionario alemán-inglés y Lyriches Intermezzo (1823), de los primeros poemas de Heinrich Heine (1797-1856).  
    Pese a que en la segunda conversación de Borges el memorioso (FCE, México, 2ª ed. corregida, 1983), Borges les dice, a Antonio Carrizo y a Roy Bartholomew, que recién ha concluido el cuento “La memoria de Shakespeare” y que lo empezó en Michigan al soñar la frase “Te vendo la memoria de Shakespeare”, en realidad parece surgir de un cuento que según Hermann Soergel narra el mayor Barclay durante esa noche de los años 20 que los reúne en la taberna después de asistir al congreso shakesperiano: “En el Punjab me indicaron un pordiosero. Una tradición del Islam atribuye al rey Salomón una sortija que le permitía entender la lengua de los pájaros. Era fama que el pordiosero tenía en su poder la sortija. Su valor era tan inapreciable que no pudo nunca venderla y murió en uno de los patios de la mezquita de Wazil Kahn, en Lahore.”
   Y esto es así porque la memoria de Shakespeare es un don que se obtiene, posee y regala como un objeto mágico e invisible. Es decir, el que da la memoria la entrega sólo con decir: “Te doy la memoria de Shakespeare”. El que la acepta, la recibe; y el que la otorga, la pierde para siempre. Así, después de que el mayor Barclay se ha marchado, Daniel Thorpe, que exhuma una mórbida melancolía, le ofrece a Soergel “la sortija del rey”: “Le ofrezco la memoria de Shakespeare desde los días más pueriles y antiguos hasta los del principio de abril de 1616.” 
   Hermann Soergel, el flemático académico que supone que Shakespeare es su destino, acepta la memoria, que empieza a poseer en la medida en que Daniel Thorpe comienza a olvidarla, más aún con los estímulos de la lectura y relectura de la obra. “Shakespeare sería mío, como nadie lo fue de nadie, ni en el amor, ni en la amistad, ni siquiera en el odio. De algún modo yo sería Shakespeare. No escribiría las tragedias ni los intrincados sonetos, pero recordaría el instante en que me fueron reveladas las brujas, que también son las parcas, y aquel otro en que me fueron dadas las vastas líneas...”
   Pero al cabo de un mes, cuando “la memoria del muerto lo anima”, Hermann Soergel comprende la futilidad del bagaje, pues sólo le revela los entretelones humanos de Shakespeare, en contraposición al hecho trascendental de que “lo que importa es la obra que ejecutó con ese material deleznable”. Así, también discierne lo vano de escribir una novela biográfica, quizá tan inútil como la que escribió Daniel Thorpe. Pero además tal memoria (un vaciadero de basura semejante a la indeleble y descomunal memoria cinematográfica del memorioso Funes) se convierte en una carga terrible, pesadillesca, laberíntica y opresiva que invade y anula zonas de su propia memoria y personalidad. 
  En este sentido, Hermann Soergel se afirma a sí mismo con unas palabras que parafrasean y evocan un fragmento de “Borges y yo”: “Todas las cosas quieren perseverar en su ser, ha escrito Spinoza. La piedra quiere ser una piedra, el tigre un tigre, yo quería volver a ser Hermann Soergel.” 
 Y auxiliado con el oscuro azar que implica el directorio telefónico y el teléfono, ofrece la memoria de Shakespeare a “una voz culta” que la acepta. Y más adelante, dice, acude a la música de Bach para conjurar los rescoldos. Pero de vez en cuando, de un modo fugaz, onírico o no, descubre que no se apagan por completo.
Borges escucha la culta voz de María Kodama

Jorge Luis Borges, La memoria de Shakespeare, en Obras completas, tomo II, p. 375-392, Emecé Editores. Buenos Aires, 1989.


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lunes, 3 de septiembre de 2018

El cantor de tango


                           
La voz en los laberintos que mil y una veces se bifurcan


En El cantor de tango (Planeta, 2004), novela del argentino Tomás Eloy Martínez [Tucumán, julio 16 de 1934-Buenos Aires, enero 31 de 2010], semanas antes de que el 11 de septiembre de 2001 un par de aviones derrumbaran las Torres Gemelas de Nueva York, Bruno Cadogan, desde tal urbe, ha arribado a Buenos Aires tras un largo vuelo, subsidiado por dos becas: la Fulbright y la de su universidad neoyorquina. Como desde Nueva York prepara una tesis doctoral “sobre los ensayos que Jorge Luis Borges dedicó a los orígenes del tango” (y se halla atorado) y puesto que allí Jean Franco (quien dizque “supo que Borges iba a ser Borges antes que él mismo”) en una librería le dio visos de Julio Martel, un cantor de tango casi anónimo (del cual, pese a nunca haber grabado un elepé, se dice que es mejor que Carlos Gardel), para darle aliento a su escrito decidió buscarlo en los meandros de la capital argentina, lo que de inmediato se torna laberíntico, repleto de obstáculos y quizá improbable. Esto le permite al autor describir el rito de danzar el tango y de cantarlo (cuyas inflexiones a veces reseña como si hablara del cante jondo y no del tango) y reinventar espacios, recodos, pasajes y menudencias de la fundación e historia de Buenos Aires, una ciudad porteña de solitarios cafés nocturnos que nunca cierran y donde los insomnes y ávidos lectores, dada la abundante pobreza, empiezan a leer un libro era una librería y lo siguen en otra y luego en otra, “de diez páginas en diez o de capítulo en capítulo” hasta que lo concluyen.
Tomás Eloy Martínez
Foto: Gonzalo Martínez
  En el aeropuerto Ezeiza “un muchacho desgarbado y mustio” (el Tucumano) aborda a Bruno y lo guía a una astrosa pensión, casi un conventillo, ubicada en la calle Garay, la misma legendaria calle donde a unos cuantos pasos estuvo la casa de Carlos Argentino Daneri (el primo de la esquiva Beatriz Viterbo), en cuya escalera del sótano, precisamente en el escalón 19, el personaje Borges descubre en la oscuridad el diminuto aleph (“una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” y en ella, en un instante y “sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”); casa destruida en 1941 por Zunino y Zungri, los propietarios del inmueble.

     
"Elvira de Alvear, amiga de Borges de la alta sociedad y autora
de un libro de poemas para el que éste escribió un prólogo.
Solía visitar a Borges en la Biblioteca Miguel Cané. Murió loca
en 1959. En su memoria, Borges escribió un poema que fue
escrito en su lápida. Fue tal vez el modelo de
Beatriz Viterbo en su relato El Aleph".

Foto y pie en Un ensayo autobiográfico (GG/CL/Emecé, 1999)
         Esto no resulta fortuito. Bruno se instala en la pensión de la calle Garay. Y pronto observa que en medio de la crisis económica, política y social que agobia al país, se organiza un
tour municipal para turistas extranjeros que sigue una ruta de supuestos sitios borgeanos, entre ellos la pensión donde él se hospeda, ante la cual, la cicerone asegura que es semejante a la casa de “El Aleph”; y en ella también hay un sótano con una escalera de 19 escalones, pero habitado, desde 1970, por un mísero engendro: Sesostris Bonorino, “un empleado de la Biblioteca Municipal de Montserrat”, quien desde entonces escribe una Enciclopedia Patria que no puede concluir, el cual, según dice la matrona de la pensión, sí ha visto el aleph y lo que ha observado lo anota en las numerosas fichas que infestan las escaleras, las paredes, los trebejos y rincones de la covacha. 
Jorge Luis Borges
Director de la Biblioteca Nacional entre 1955 y 1973
Foto: Eduardo Comesaña
  Frente a tal lúdico tributo a Borges, cabe decir que mientras éste escribía “El Aleph” con su “letra de enano” y estaba enamorado de Estela Canto, era un miserable empleado de la Biblioteca Municipal Miguel Cané y que para jugar y burlarse de sí mismo, a su petulante personaje Carlos Argentino Daneri lo colocó como un empleado “subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur”: “la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur”, quien en realidad fue un antepasado de Borges y “uno de los primeros poetas argentinos”.
En la amplia pleitesía borgeana que trasmina las páginas de El cantor de tango descuella la forma del laberinto y su metamorfosis. Bruno Cadogan descubre que Buenos Aires (la ciudad, su gente, el tiempo) son un laberinto que implica mil y un laberintos en incesante movimiento y transformación, cuyo onírico y pesadillesco clímax él lo vive y padece en Parque Chas, donde las calles son “una sucesión de círculos —si acaso los círculos pueden ser sucesivos“; no obstante, es allí donde se encuentra con Alcira Villar, la única Ariadna que posee el hilo que puede sacarlo del movedizo e inestable laberinto y guiarlo hasta donde se halla Julio Martel.
El cantor de tango es una novela magistral. Difícil es aludir y resumir todas las digresiones y el total de su riqueza anecdótica. Baste reiterar que para Bruno Cadogan el acceso al aleph y la búsqueda de Julio Martel (para oír su voz y las historias de los viejos tangos que interpreta y descifrar el mapa de su itinerario) constituyen lo central de su estancia en Buenos Aires.
(Planeta, México, agosto de 2004)

  Para poseer la visión del aleph, Bruno se asocia al Tucumano; pero mientras éste, que es iletrado, lo concibe como una chuchería de feria explotable ante los turistas extranjeros que siguen el tour de Borges, al gringo le interesa por sus posibilidades metafísicas.
Casi sin buscarlo, Bruno habla con Bonorino y baja (o vuela) con él al sótano. Además de las pistas que observa en el cuartucho y que le parecen “los fragmentos dispersos de un diccionario sin fin”: ve “dibujos que copiaban a la perfección las entrañas de un Stradivarius, o indicaban cómo se distribuye la energía de alto voltaje a partir de un núcleo de hierro, o repetían una máscara de los indios querandíes, o reproducían escrituras que jamás había visto ni imaginado”, la conversación con el subterráneo y deforme “bibliotecario Quasimodo” le da más indicios de la inequívoca existencia del aleph: le pide prestado un libro sobre los laberintos que sólo Bruno sabe que guarda en su maleta (cuando lo hojea, el bibliotecario repite una jitanjáfora: “Si quiero llegar al centro no debo apartarme del costado, si quiero caminar por el costado no puedo moverme del centro”, que evoca el aforismo de Alanus de Insulis que cita Borges en “El Aleph”: “una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”). Y entre otros ejemplos, Bonorino le cuenta ínfimos pormenores (que recuerdan el descomunal “vaciadero de basura” que es la indeleble memoria de Funes): que la noche de 1944 en que Borges y Estela Canto fueron detenidos unas horas en la cárcel por besarse en lo oscurito del anfiteatro del Parque Lezama, ella “llevaba en su cartera un paquete de cigarrillos Condal” y “había fumado dos de los nueve que le quedaban”, y él ocultaba en los bolsillos del saco “dos caramelos, varios billetes color herrumbre de un peso, y un papel en el que había copiado un verso de Yeats:” 
           Busco la cara que tuve
           antes de que el mundo existiera
      Lo cual remite a las secretas minucias que Borges observara en el aleph, algunas funestas: “vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino”. 
Sin embargo, cuando la pensión de la calle Garay súbita e imprevistamente tiene que ser desalojada de inmediato, pues al parecer ha sido vendida a “un estudio de arquitectos”, Bonorino, ante la pregunta de Bruno, se echa a reír y le niega la irrefutable existencia del aleph. El bibliotecario le entrega la libreta que contiene sus notas sobre la interminable Enciclopedia Patria y antes de refugiarse, con otros pensionados, en Fuerte Apache (que es otro dédalo de laberintos donde subsisten en la miseria más de 60 mil infrahumanos), batiendo las palmas le canta “un rap villero”: 
           Y vas a ver que en el Fuerte
           se nos revienta la vida.
           Si vivo, vivo donde todo apesta.
           Si muero, será por una bala perdida. 
Y es el 30 de diciembre de 2001, leyendo en un periódico la lista de recién fallecidos en Fuerte Apache, cuando Bruno se entera de la muerte de Bonorino. Si ya daba por descartada la existencia del aleph, el vaticinio o visión de su propio fin que el bibliotecario le cantó, vuelve a dar fe de que el aleph sí existe. Bruno, quien para entonces (bajo las instrucciones de Alcira Villar) espera que Julio Martel sobreviva en el hospital a la terapia intensiva, retorna a la calle Garay y encuentra la pensión convertida en escombros; pero a pesar de sus angustiosos y desesperados intentos, no halla el modo de verificar y contemplar ese minúsculo punto del espacio “que contiene todos los puntos” habidos y por haber.
Borges y el aleph
  Si la búsqueda del aleph constituye un rotundo fracaso, quizá en lo que concierne a Martel no haya fracasado tanto, pues si antes de que ocurra la muerte del cantor logra sostener un brevísimo diálogo con él, las únicas palabras que le oye cantar (nunca logra oírlo en sus azarosas y sorpresivas presentaciones, pese a que lo busca y lo sigue), se las canta al oído en su lecho de muerte: “Buenos Aires, cuando lejos me vi.” Y que son, según leyó Bruno en un anuncio, las primeras palabras que registra el cine sonoro argentino, que él oyera en Tango!, película, dizque de 1933, que días antes vio “en la salita del teatro San Martín”.
Y aquí cabe decir que si una parte de los lúdicos ingredientes que hacen amena esta novela de Tomás Eloy Martínez son las constantes alusiones, referencias y correlaciones librescas y literarias, otra parte son las numerosas alusiones y referencias cinéfilas; y más aún, muchos de sus detalles, bromas y sesgos resultan peliculescos (como la descripción inicial del Tucumano), por lo que parece que el autor imaginó y pensó en una posible adaptación cinematográfica. 
Según los testimonios recopilados por Bruno (sobre todo a través de Alcira Villar, quien es la atractiva mujer que amó y cuidó al enfermizo, feo, liliputiense, casi inválido y desahuciado Julio Martel), la voz del peculiar cantor, además de magnífica (“plena como una esfera”) y de ser una especie de aleph fónico circunscrito al pasado histórico de la Argentina, producía trastornos sobrenaturales e incluso epifanías, como la vez que cantó desde un balcón de un hotel de paso “que había en la calle Azcuénaga, detrás del cementerio de la Recoleta. Muchas parejas interrumpieron el fragor de sus pasiones y oyeron cómo la voz poderosa se infiltraba por las ventanas y bañaba para siempre sus cuerpos con un tango cuyo lenguaje no entendían ni habían oído jamás, pero que reconocían como si les viniera de una vida anterior. Uno de los testigos le contó a Virgili [el dueño de la sonora librería El Rufián Melancólico donde se canta y danza tango] que sobre las cruces y arcángeles del cementerio se abrió el arco de una aurora boreal, y que después del canto todos los que estaban allí sintieron una paz sin culpas.”
Según colige Bruno, los sitios que Martel elige para cantar (algunos laberínticos) trazan un mapa cuyo dibujo y sentido secreto trata de descifrar. Sin embargo, después de la breve y única plática que tuvo con él, concluye: “El mapa, entonces, era más simple de lo que imaginé. No dibujaba una figura alquímica ni ocultaba el nombre de Dios o repetía las cifras de la Cábala, sino que seguía, al azar, el itinerario de los crímenes impunes que se habían cometido en la ciudad de Buenos Aires. Era una lista que contenía un infinito número de nombres y eso era lo que más había atraído a Martel, porque le servía como un conjuro contra la crueldad y la injusticia, que también son infinitas.”


Tomás Eloy Martínez, El cantor de tango. Serie Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta. México, agosto de 2004. 254 pp.

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Un mundo feliz

Vivimos dentro de un frasco

I de V
Con el número 9 de la serie Letras populares de Ediciones Cátedra apareció en Madrid, en 2013, Un mundo feliz, la celebérrima novela del escritor británico Aldous Huxley (1894-1963), cuya primera edición en inglés: Brave New World, fue publicada en 1932, en Londres, por Chatto & Windus; y en Nueva York, por Doubleday. Jesús Isaías Gómez López (Gójar, Granada, 1965), el traductor de Un mundo feliz para Letras populares —excepto de las líneas y versos de William Shakespeare (1564-1616) insertados en la obra por Huxley—, precede su versión con un extenso y analítico ensayo, complementado por la bibliografía y por el conjunto de sus notas (en el prefacio y en la novela).  
Letras populares núm. 9, Ediciones Cátedra
Madrid, 2013
        Si bien es consabido que el rótulo Brave New World procede de un verso de la “escena única del quinto acto de La tempestad de Shakespeare”, Jesús Isaías Gómez López le recuerda al lector del siglo XXI (o le da noticia) que el título Un mundo feliz (que pulula en el globalizado inconsciente colectivo del idioma español) fue elegido por el dedo flamígero de Luis Narciso Gregorio Gutiérrez Santa Marina (1898-1980), el traductor, periodista y “poeta falangista cántabro” (que solía firmar como Luys Santamarina). La canónica y seminal versión de Santa Marina —que fue la primera que se hizo en español— apareció en Barcelona, en 1935, en la Colección Centauro de Luis Miracle, Editor; y tuvo dos ediciones, la príncipe en septiembre y la segunda en diciembre. Tal título fue retomado por el borroso Ramón Hernández para su mutilada y aséptica versión de Un mundo feliz, publicada en 1969, en Barcelona, en la Colección Rotativa, extinta serie de bolsillo de Plaza & Janés, Editores (muy popular, incluso, en Latinoamérica). Pero en el ínterin de ambas versiones estalló la cruenta Guerra Civil Española (1936-1939) y tras ella la dictadura de Francisco Franco (1939-1975) y por ende la impúdica e impune censura; o sea: “la eliminación por completo de toda huella del asunto sexual en las posteriores ediciones que Santa Marina revisa de la novela en español”. De ahí que Jesús Isaías apunte en su ensayo: “advertimos a un Santa Marina que [‘pese a su sólida formación católica’] aborda el tema sin prejuicios y con absoluta naturalidad en las dos primeras ediciones de 1935 (septiembre y diciembre), antes de la Guerra Civil, y a otro Santa Marina que, a partir de 1947, en plena dictadura franquista, elimina de la traducción toda connotación sexual para las siguientes ediciones de la novela. Por desgracia, las dos primeras ediciones de 1935 no son precisamente las que han contado con un mayor número de lectores. Desde 1947, en que volviera a editarse Un mundo feliz, en la editorial José Janés, hasta 1979, ha habido trece ediciones de la novela en las que es notoria la poderosa huella de la censura franquista. Sin duda, la inmensa mayoría de lectores de esta primera [sic] traducción de la novela de Huxley se han perdido de una parte esencial, el elemento sexual que Santa Marina sí había podido tratar en las primeras ediciones de 1935. Con todo, en líneas generales, las siguientes revisiones de Santa Marina siguen reflejando el talento, el buen gusto estilístico y el sentido de un intelectual que, en numerosas escenas, convierte la traducción en una tarea artística. La supresión del tema sexual, en cambio, hace que el resultado final pierda una perspectiva crucial de la obra original. En este sentido, considero necesaria la enumeración de diversos ejemplos, a modo ilustrativo, con los que el lector se encuentra ante esta traducción desde 1947.”

Vale resumir, entonces, que Jesús Isaías glosa a continuación escuetas líneas que contrastan lo expuesto por Santa Marina en 1935 y lo eliminado por él a partir de 1947 en la edición impresa por José Janés. Y más aún: hace un breve bosquejo y una pertinente crítica sobre las escandalosas e hipócritas amputaciones realizadas por el verdugo Ramón Hernández para su insípida versión editada en 1969 por Plaza & Janés en la colección Rotativa. 
Pero lo que Jesús Isaías no hace es precisar, pese a su largo y sesudo ensayo, a la bibliografía y a sus notas, de qué edición en inglés tradujo. Ni tampoco dice que Luys Santamarina, al pie de página de sus traducciones de las líneas y versos de Shakespeare (señaladas con cursivas), transcribió los textos en inglés e indicó las obras de donde fueron tomadas. Esto se observa en una edición impresa en México, en 1980, por Editorial Época; y pese a que no se indica en la página legal, se advierte, por las señaladas alusiones sexuales, que se trata de la legendaria versión de Un mundo feliz que Luys Santamarina tradujo en 1935. Pero además incluye una nota preliminar (sin fecha) que firma con sus siglas (“L.S.M.”), en cuya cuarta y última parte dice: 
Editorial Época
México, 1980
      “Es difícil traducir tal autor y tal libro. El contraste entre el inglés moderno y el shakespeariano, que Huxley señala en el prólogo de la traducción francesa, se pierde por completo, y no podía ser por menos. Las canciones de niños —las nursery rhymes— nada nos dicen a los hispanos que jamás las hemos oído. Y lo mismo los pormenores topográficos de Londres y del Surrey nativo.

El Cisne del Avon en la época acutal
     “Otro escollo eran los versos de Shakespeare. Los hubiera dejado en prosa de muy buena gana; pero dado el carácter mágico, de vero conjuro que el autor les presta, como suma, como quintaescencia, como arquetipo de pasiones, exigían el ritmo. Los traduje bien que mal en verso blanco; que el Cisne del Avon me perdone.”

Obras Completas de Aldous Huxley
Tomo 1
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
      Vale mencionar que en el tomo 1 de las Obras Completas de Aldous Huxley editado en 1970, en Barcelona, por Plaza & Janes, Editores, con un “Prólogo” (sin fecha) del crítico mallorquín Joan Estelrich (1896-1958), en cuya página legal se afirma que Brave New World es “Traducción de Ramón Hernández” —pero al término del libro contradictoriamente se dice que es “Traducción de Luys Santamarina”—, se advierte, no sólo por el referido bagaje bibliográfico en torno a las citas de las obras de Shakespeare (cosa que omitió y no hizo Ramón Hernández), que se trata de la versión censurada en 1947 por Santa Marina. No obstante, en el capítulo V de la novela se lee: Calvin Stopes y sus dieciséis sexofonistas (ídem en la versión de 1935, reedita en 1980 por Editorial Época), e incluso la palabra “sexófonos” (que también se lee en el capítulo XI, durante la proyección de Tres semanas en helicóptero). Por ende, al principio de su nota 110 (correspondiente a la novela), Jesús Isaías, si no yerra sobre Ramón Hernández, se equivoca sobre Santamarina; según apunta: “En anteriores traducciones de esta obra al español se ha optado por ‘saxofonistas’ (Luys Santa Marina y Ramón Hernández). En el original leemos: ‘CALVIN STOPES AND HIS SIXTEEN SEXOPHONISTS’.”  

   
Obras Completas de Aldous Huxley
Tomo 1
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
          Casi sobra añadir que en el apartado de su bibliografía: “Brave New World, en español”, Jesús Isaías enumera, con vaguedad e imprecisión, la “traducción de Luys Santamarina” editada en México, en 1998, por Editorial Porrúa. La cual se halla en el número 587 de la serie “Sepan cuantos...”, en la que también se leen las citadas y censuradas palabras “sexofonistas” y “sexófonos”. Cuya primera edición en tal serie, barata y popular en México, data de 1990 y la última de 2017; y está precedida por un “Prólogo” (sin fecha) del filósofo alemán Teodoro W. Adorno (1903-1969) y por una “Cronología” (sin firma); a lo que se agrega, para cerrar el libro, el extenso ensayo de Aldous Huxley: “Retorno a un mundo feliz” (Brave New World Revisited, 1958).

Sepan cuantos… núm. 587, Editorial Porrúa
Sexta reimpresión, México, 2016

II de V
       Si bien el rótulo Un mundo feliz elegido por Luys Santa Marina en 1935 inició y marcó un canon indeleble en el orbe del idioma español, la prologada y anotada traducción de Jesús Isaías —que lo retoma (ídem toda una secuela de traductores)—, junto a su breve revisión crítica de las traducciones de Santa Marina y de Ramón Hernández, está signada por algunos diseminados lapsus que ponen en alerta y suspicaz al lector frente a todo el andamiaje crítico y anotado; lo cual, para disipar las dudas y puesto que no se engulle en un tris ni en una sentada, implicaría hacer una laboriosa y meticulosa revisión y cotejo de todos sus asertos y citas, pues a todas luces no son del todo imputables a los subterráneos y oscuros galeotes de Ediciones Cátedra. Por ejemplo, de sobra es consabido que John F. Kennedy y Aldous Huxley fallecieron el mismo día: 22 de noviembre de 1963. No obstante, en su prólogo (página 36) Jesús Isaías dos veces afirma que esto ocurrió el “22 de noviembre de 1962”; en la segunda vez apunta: “A las cinco y media de la tarde del 22 de noviembre de 1962, cinco horas y media después del asesinato del presidente Kennedy, fallece Aldous Huxley en su hogar [...]”. 
Edición príncipe
(Chatto & Windus, London, 1932)
        Otro ejemplo se lee en el “Capítulo VIII” de la novela (página 327), donde debería leerse “Linda” en lugar de “Lenina”; pues allí, Linda, la mugrienta, alcohólica, drogadicta y obesa madre del niño John (el Salvaje), le da a leer a éste el manual técnico-científico que ella utilizara en Londres cuando, en su calidad de “Beta-Menos”, “Trabajaba en la Unidad de Fecundación” (El condicionamiento químico y bacteriológico del embrión: Instrucciones prácticas para trabajadores Betas de depósitos de embriones); mismo que llevó consigo en su “gran maleta de madera” (quizá para un ejercicio mnemónico) cuando otrora viajó de paseo al pueblo de Malpaís, en la reserva india de Nuevo México, en compañía del Director de Incubación y Condicionamiento de la Central londinense. Pero, sin proponérselo, se quedó varada y olvidada allí (entre los indios y mestizos) tras perderse y accidentarse durante una excursión a caballo; pero sobre todo por su embarazo (sorpresivo e inesperado dado el riguroso consumo de los reglamentarios anticonceptivos y por “los ejercicios maltusianos”) y por dar a luz a su hijo John; pues embarazarse, parir, amamantar a un bebé y formar una familia ha sido prohibido y condenado por la obtusa y rígida dictadura del Estado Mundial. La traducción de Jesús Isaías erradamente dice así:

“—A lo mejor no lo encuentras muy interesante —dijo Lenina—, pero es lo único que tengo —Lenina suspiró—. ¡Ay, si pudieras ver las maravillosas máquinas de leer que teníamos en Londres!”
Vale observar que en sus correspondientes versiones ni Luys Santa Marina ni el pálido y encapuchado Ramón Hernández erraron en ese fragmento. Santa Marina tradujo: “‘Temo que no lo encuentres interesante —dijo—, pero es lo único que tengo’. Suspiró. —‘¡Si pudieras ver las hermosas máquinas de leer que teníamos en Londres!’—”. Y Ramón Hernández: “—Temo que no lo encontrarás muy apasionante —dijo Linda—, pero es lo único que tengo. —Y suspiró—. ¡Si pudieras ver las estupendas máquinas de leer que teníamos en Londres!” 
Aldous Huxley
(1894-1963)

Tomo 1 de las Obras Completas de Aldous Huxley
Los clásicos del siglo XX, Plaza & Janés, Editores
Barcelona, 1970
         Pero el rasgo distintivo e inextricable de la traducción al español que hizo Jesús Isaías de Un mundo feliz (quizá ineludible) es el uso y aderezo idiosincrásico de palabras, frases, muletillas y expresiones propias del habla promedio en España. Por ejemplo, los vocablos “follón”, “hala”, “apearse” y “vale” (entre otros); o el “tío” o “tía” con que parlotean Fanny Crowne y Lenina Crowne: “Está horriblemente mal eso de salir tanto tiempo con el mismo tío”, le dice Fanny a Lenina en la página 241; o en la página 315 piensa ésta al ver el “cuerpazo” “tan macizo” del joven John (el Salvaje): “¡Qué tío tan guapo!” O en la página 365 Fanny le dice a Lenina al verla entrar “cantando en el vestuario”: “Vienes más contenta que unas castañuelas”; hilarante locución que evoca la folclórica y tipificada imagen de las Manolas y Manoletes de España. Casi sobra decir, entonces, que esas sonoras y risibles castañuelas están ausentes en las versiones de Santa Marina y Ramón Hernández. Santa Marina tradujo: “Parece que estás contenta”. Y Ramón Hernández: “Pareces encantada de la vida”.


III de V
La traducción al español hecha por Jesús Isaías Gómez López de Un mundo feliz comprende los dieciocho capítulos que integran la novela, más 230 notas del traductor y ensayista. Y la precede un epígrafe en francés del filósofo ruso Nicolás Berdiaeff (1874-1948), que, extrañamente, no incluye ninguna nota sobre éste ni la traducción al pie de su texto. Así como Jesús Isaías hizo uso de traducciones ajenas de los versos de Shakespeare insertados en la obra por el novelista, o aceptó la sugerencia de un amigo suyo (Javier Hernández) para acuñar el vocablo “oligorgía” (por orgy-porgy, en el libro en inglés de Huxley), pudo incluir la traducción de ese fragmento realizada por otro traductor y pudo especificar a qué libro o ensayo pertenece.
Nicolás Berdiaeff
(1874-1948)
        Luego sigue un “Prólogo” de Aldous Huxley datado en “1946”, que, pese a las 25 notas del traductor y comentarista, éste no informa ni precisa de qué edición procede y por qué el autor lo coloco allí. 

Aldous Huxley
        Han corrido arduas disquisiciones y ríos y ríos de tinta en torno a la supuesta cualidad visionaria, futurista y profética de la distopía y del género humano de laboratorio y probeta que vive y subsiste en el supuesto futuro que bosqueja Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz. No obstante, no se trata de un planteamiento sociológico de índole realista, sino de literatura fantástica con elementos de ciencia-ficción, salpimentada con visos paródicos, burlescos, iconoclastas, lúdicos, cómicos y eróticos, y con un dejo infantil y adolescente. Huxley no hace una escrupulosa y global injerencia en el supuesto proceso histórico que explique la instauración de la dictadura del Estado Mundial, manipulada por una decena de mafiosos y despóticos titiriteros o reyezuelos de baja estofa: los “Diez Controladores Mundiales”, de los cuales la obra sólo exhibe a uno (especie de pseudopaternal, fanfarrón y egocéntrico Mefistófeles) que vive y manipula el poder apoltronado en Londres: Mustapha Mond, “El controlador residente de la Europa Occidental”. Ni tampoco hace una analítica y global intromisión en la estructura geográfica, política, social y cultural que impera en ese solitario, expoliado y globalizado planeta Tierra, ni en las relaciones racistas, pseudorreligiosas y piramidales de esa deshumanizada distopía cuyos acontecimientos del presente ocurren en el año “632 después de Ford”. Sólo ofrece un parcial, fragmentario, disperso e incompleto bosquejo: un rompecabezas al que le faltan fichas. Y más aún: sólo brinda pinceladas y ligeros datos de la psique y de la vida íntima y sexual de sus principales personajes de castas superiores de piel blanca (apenas trazados). Y casi nada de las castas inferiores de piel oscura, con un bajísimo y preconcebido cociente intelectual (algunos rayando la idiocia o con patente idiocia), proclives al mutuo y grupal tocamiento erótico desde la infancia: los tontorrones, coreográficos y fantasmales “grupos de Bokanovsky” producidos, en masivas series, en el laboratorio: series de idénticos gemelos, fecundados, diseñados y “condicionados” (casi lobotomía) para todo tipo de trabajo fabril, servil o manual. Y sólo un esbozo del pintoresco sincretismo, de la hedionda insalubridad y del rezago generalizado que pulula en la ágrafa y supersticiosa reserva india de Nuevo México (donde se halla el pueblo de Malpaís), que es un campo de concentración bajo la férula del Estado Mundial, vigilado y vallado con cables de alta tensión para que no escape ninguno de los casi “sesenta mil indios y mestizos”, permanentemente sujetos a la violenta, mortal y represiva amenaza de las bombas de gas. Y nada de las dispersas islas del globo terráqueo a donde son exiliados los engendros de las castas superiores de piel blanca (también producidos en serie en el laboratorio, pero con mayor cociente intelectual y características físicas que los diferencian entre sí), que no obstante su temprano y extenso condicionamiento hipnopédico (y a sus puestos privilegiados en el escalafón laboral) “han alcanzado demasiada conciencia de su propia individualidad”, están en desacuerdo “con la ortodoxia”, “tienen sus propias ideas” y por ende “son alguien”. 

Fotograma de Metrópolis (1927)
        Pese a que Jesús Isaías no lo dice ni lo sugiere, al parecer en el panorama urbano y futurista de Un mundo feliz hay cierto influjo visual del panorama urbano y futurista de Metrópolis (1927), el largometraje silente y expresionista del director alemán Fritz Lang (1890-1976). Piénsese en los altísimos y descomunales rascacielos que proliferan en el Londres del año “632 después de Ford” (entre los que circulan aviones, helicópteros y taxicópteros que aterrizan en las azoteas, más los terrestres “trenes monorraíles ligeros” en los que se apiñan las castas inferiores) y en las aeronaves que se mueven por los aires de la urbe poblada de rascacielos, puentes entre las alturas de los edificios donde corren ferrocarriles y coches, y múltiples automóviles, camionetas y trenes que transitan en las atestadas avenidas que se aprecian en la película. Y más aún: en la coreografía de utilitarias, uniformadas, cosificadas y silenciosas masas de sombríos obreros que se observan en el filme: todos iguales, idénticos y cabizbajos (quizá sin conciencia de clase, de sus derechos y de su individualidad), que salen y entran en manada, a las catacumbas industriales, marchando al unísono con el mismo “condicionado” paso y con la misma “condicionada” y patética pose, sometidos al rigor y al cruento peligro de la preconcebida mecánica jornada laboral, impuesta y dictada por el ogro capitalista.

Fotograma de Metrópolis (1927)
     
Popular núm. 722, FCE
México, 2015
           Admirado y glorificado ad naueseam por cierta intelligentsia y por “condicionadas” muchedumbres de su época (la persuasiva y repetitiva mercadotecnia en los mass media hacía lo suyo), corría la leyenda y el runrún de que Aldous Huxley era “el novelista más inteligente de su tiempo”. Sin duda poesía un destacado IQ, visible (aún ahora) en la diversidad temática de sus ensayos. Pero en ello también se advierte que era un pensador proclive al sofisma; un individuo con sus particulares atavismos, prejuicios, creencias, lagunas, ignorancias, defectos y yerros. Y como prueba fehaciente allí están sus ensayos sobre los supuestos poderes metafísicos y cognoscitivos de ciertas drogas alucinógenas (el ácido lisérgico y la mescalina, por ejemplo). Y su desconocedor, racista, misógino y corrosivo libro de viaje Más allá del Golfo de México (Beyond The Mexique Bay, 1934), editado en la Ciudad de México, en 2015, por el FCE, con traducción de alguien que se oculta con un pseudónimo (“Leal Rey”), y precedido por un endogámico, crítico y ombliguista “Antiprólogo” del profesor y narrador mexicano Hernán Lara Zavala. 

     
Edhasa
Barcelona, 2009
        Así que no asombra que en “Un mundo feliz revisitado” —artículo datado en “julio de 1956”, reunido en el volumen Si mi biblioteca ardiera esta noche. Ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas (Edhasa, 2009), con “Selección, prólogo y traducción de Matías Serra Branford”—, Huxley diga lapidario (tal cuchillo sin hoja al que le falta el mango): “La dictadura descrita en Un mundo feliz era global y, a su particular modo, benevolente.” 
Pues a todas luces no tiene un pelo de “benevolente”. Es todo lo contrario: un globo malevolente donde no hay bibliotecas (las series de especímenes de laboratorio y probeta son condicionados a una “aversión instintiva a los libros”) ni centros culturales ni memoria histórica, ni libertad individual ni colectiva, ni libertad de pensamiento ni de creación artística ni de investigación científica. Es decir, es una perversa creación e implantación artificial dentro de un cristalino matraz (con toda una infraestructura ciclópea y numerosos utensilios tecnológicos de índole doméstica, deportiva, turística y comunicativa) articulada, manipulada y mangoneada por los diez energúmenos deshumanizados y ególatras que monopolizan y controlan el poder y las decisiones del Estado Mundial. Uno de los cuales: Mustapha Mond, rebuzna sobre la totalidad del supuesto “mundo feliz”: “todos nosotros vivimos dentro de un frasco”; “La población óptima es como un iceberg: ocho novenas partes bajo el agua y una novena parte encima”. O sea: esas subterráneas y utilitarias “ocho novenas partes” son las uniformadas, masificadas, cosificadas y pesadillescas series de gemelos idénticos (con el mismo rostro y bajísimo IQ), concebidos y diseñados en el laboratorio con el “método Bokanovsky” (la reproducción vivípara está prohibida para todas las castas y a todos les resulta inmoral, nauseabunda y obscena dado el hipnopéidco lavado de cerebro); todos condicionados en grupos —desde que son “bebés en relucientes frascos” (entre “las interminables filas de bebés en relucientes frascos”)— con las oníricas y sonoras sesiones de hipnopedia (el método neopavloviano que monótonamente repite y repite frasecitas falaces y tontorronas mientras duermen), cuyo objetivo es que no piensen más allá de sus genitales, del sexo libre y sin ataduras, del estrecho ideario pseudorreligioso preconcebido e implantado por el clero al servicio del Estado Mundial, de la dependencia y adicción al soma, de los hábitos neodeportivos y consumistas, y de los empleos subalternos para los que han sido diseñados y predestinados por la maquiavélica mente policéfala y totalitaria que organiza y orquesta la manipulación industrial del trabajo, del consumo, del pensamiento y de la inconsciencia (que en ese año “632 después de Ford” es una monstruosa hidra con diez malévolas cabezotas); con un planificado promedio de vida de seis décadas con apariencia de vivaracha y eterna juventud de 17 años; sometidos (incluso las castas superiores con mayor IQ) a una dinámica que oscila entre la jornada laboral de ocho horas, los diversos neodeportes, el consumo desmedido, el sexo con quien deseen (entre dos o más) —pero sin conformar inextricables y amorosas parejas y mucho menos familias (las mujeres fértiles, además, portan las reglamentarias cartucheras donde llevan anticonceptivos para la efímera promiscuidad que se ofrezca)—; reventones multitudinarios en odoríficos y enervantes centros nocturnos donde se oyen los sugerentes y melodiosos sexófonos (uno ocurre en el “recién inaugurado cabaré de la abadía de Westminster”, otrora la antigua e histórica iglesia anglicana, recinto de coronaciones y de sepulcros ilustres); sonoros y sensitivos sensofilmes, estereoscópicos y pornográficos, en comunales y odoríficas salas de sensocine (se transluce que se trata de churros de baja calidad que estandarizan el masificado y manipulado mal gusto); delirantes y obligatorias sesiones pseudorreligiosas que parodian el arquetipo de la última cena de Cristo (los comunitarios dizque “Servicios de Solidaridad” que orgiásticamente celebran el “Día de Ford”); e infalibles e inagotables dosis de soma (una droga sintética que produce y provee el Estado Mundial) para que las castas superiores e inferiores sientan placer y éxtasis, y así amortigüen y conjuren la angustia, el desasosiego, la ansiedad, el nerviosismo, la neurosis y la agresividad; e incluso para que se abandonen y sumerjan en la placentera inconsciencia (al parecer alucinatoria, puesto que implica un supuesto viaje de vacaciones a la falaz y feliz eternidad del instante); es decir, para que huyan del vacío existencial y de las frustraciones que conlleva el imperfecto y supuesto “mundo feliz”, donde dizque “Ahora todo el mundo es feliz”.
Fotograma de Metrópolis  (1927)
       La novena parte de ese pesadillesco iceberg lo conforman las castas superiores de piel blanca, con mayor estatura y mayor IQ, que, pese a sus privilegios y mejor diseño físico y cerebral, también están marcadas por sus limitaciones psíquicas e intelectuales. Dos elocuentes ejemplares con nombres propios son Bernard Marx y Helmholtz Watson. Ambos son especímenes de la casta “Alfa-Más”. Marx dizque es psicólogo de la Agencia Psicológica (pero el que a gritos necesita psicoanálisis y psicólogo conductista es él) y Watson es “profesor en la Escuela de Ingenieros de Emociones (Departamento de Escritura)” y redactor de “guiones de sensocine”, de articulitos periodísticos (que aprueba la censura), de poemoides y frasecitas hipnopédicas. Sin embargo, pese al supuesto alto nivel de su intelecto y raciocinio y de su personal crítica al statu quo, no pueden eludir la reprobación sistémica y el castigo que les impone Mustapha Mond, quien les habla y los trata (en su oficina) como hijos putativos y eternos niñatos con dilemas de adolescentes. Vamos, ni quiera lo intentan. Marx, desvergonzado, chilla, ruega y patalea para que no lo envíen a Islandia (prácticamente lo sacan de la oficina con camisa de fuerza). Y Watson, resignado y estoico, dobla las manitas y elige las Islas Malvinas para su exilio, que no son lejanas, puesto que en ese orbe del futuro un cohete puede trasladarlo por allí en poco tiempo. En la vida real, Charles Lindbergh (1902-1974), apenas en 1927 había cruzado el Océano Atlántico en un vuelo sin escalas de 32 horas y 33 minutos (de Nueva York a París) tripulando en solitario el legendario Espíritu de San Luis (un aeroplano semejante a los que se aprecian en la citada película Metrópolis). Pero en el orbe del año “632 después de Ford”, para ir a pasear y a curiosear al pueblo indio de Malpaís (sólo con salvoconducto membretado y firmado por el petulante Mustapha Mond) —ubicado en el corazón de la reserva india de Nuevo México—, Bernard Marx y Lenina Crowne, vuelan casi seis horas y media en el “cohete Blue Pacific” de Londres a Santa Fe. 

Fotograma de Metrópolis (1927)
         Y la tácita, pero obvia décima parte del iceberg es la cúspide con el más alto pedorraje, el pestilente e inmoral pináculo constituido por los Diez Controladores Mundiales. En este sentido, en el Estado Mundial, detrás del falaz precepto comunitario y cuasibolchevique de que “Todo el mundo trabaja para todo el mundo” (o “todo el mundo pertenece a todo el mundo”), Mustapha Mond puede elegir y llevarse para un efímero acostón a la chica que se le antoje (por ejemplo, a la muy neumática y deseable Lenina Crowne, entre cuyos senos flamea una lúbrica T de oro, íntimo regalo del Arzocomunal Cantor de Canterbury); hacer la popularizada y generalizada señal de la T (parodia de la señal de la Cruz) sobre su cabeza y no sobre su estómago (tal y como lo hace el susodicho jerarca pseudoeclesiástico); heréticamente leer a pierna suelta (y dándole al cogote al pollo) los libros antiguos y prohibidos que resguarda y atesora en su oficina (entre ellos la Sagrada Biblia, “toda una colección de antiguos libros pornográficos” y las centenarias obras de Shakespeare); pensar, recordar y tergiversar la historia (“La historia son pamplinas”, rebuzna y repite estipulando que es una “hermosa e inspirada máxima de nuestro Ford”); y hacer, como todo un pachá de huitlacoche, lo que le dé la gana y como se le antoje entre mullidos cojines, fumarolas de incienso y sobredosis de soma, y por ende puede decidir quién tiene (o no) “libertad para ser una clavija redonda en un agujero cuadrado” (o sea: el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección). “Como yo soy quien hace aquí las leyes, también puedo quebrantarlas. Con impunidad”, les rebuzna y canta autoritario a los regañados y carantoños niñatos de Watson y Marx, después de rebuznarles su ideario y su oportunista biografía, preludio de su forzoso exilio a una a isla habitada por otros réprobos que dizque son “alguien”. “Yo soy yo y ojalá no lo fuera”, sentencia, contradictorio, Bernard Marx.

   
Fotograma de Metrópolis (1927)
        El maquiavélico y trepador Mustapha Mond, que dejó la ciencia por el poder y que se proyecta al rebuznar: “La ciencia es peligrosa: tenemos que atarla minuciosamente con cadenas y ponerle un bozal”, podría decir con el añejo refrán: “Más vale ser cabeza de ratón, que cola de león.” Y puesto que en ese paradójico espléndido mundo nuevo (que bulle sin cesar dentro de un frasco de laboratorio) “Todos los hombres son físico-químicamente iguales”, el “docto” y rubio Henry Foster —quien recita esto al grupo de bobalicones alumnos adolescentes que recorren las salas del Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres (un rascacielos de tan sólo 34 plantas)—, podría acotar con el proverbio decimonónico en boga entre las élites, europeizadas y blancas, del siglo XIX del México postcolonial: “Todos somos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro.” Pues además de las utilitarias y significativas diferencias entre las castas superiores y las castas bajas, la menospreciada, constreñida y reprimida bacinilla de ese espléndido mundo nuevo es la reserva india de Nuevo México (donde se reproducen de manera vivípara las familias y las tribus de indios y mestizos, donde hay ancianos arrugadísimos y desdentados, y donde abunda la fauna salvaje y se hallan los pueblos de Santa Fe y Malpaís), que resulta un fétido, nauseabundo, vomitivo y patógeno frasco de miasma dentro del esterilizado y aséptico frasco de “felicidad”. 

IV de V
Para los objetivos fantásticos y novelísticos de Aldous Huxley resulta necesaria la existencia de la reserva india de Nuevo México, cuyo territorio, además de los pueblos de Santa Fe y Malpaís, comprende otros poblados de los que el lector sólo oye el tamborileo de su nombre: “Taos, Tesuque, Nambe, Picuris, Pojoaque, Sia, Cochiti, Laguna, Acoma, Enchanted Mesa, Zuñi, Cibola y Ojo Caliente.” Pero ante y dentro de la artificiosa idiosincrasia del espléndido mundo nuevo la reserva india es una anomalía, un reducido y reprimido vestigio de la variopinta y vivípara humanidad que otrora habitó el pestífero planeta Tierra. ¿Por qué la dictadura absolutista del Estado Mundial la ha preservado con todas sus presuntas taras e inconvenientes, si una de sus premisas fundacionales es ocultar el pasado y la historia e imponer todo lo que implica el falaz y ficticio credo de la era de la “estabilidad “después de Ford”, que es la única que importa? Pueden formularse varias respuestas. Pero por lo pronto vale decir que no todos los homúnculos creados en los laboratorios de los Centros de Incubación y Condicionamiento del Estado Mundial pueden viajar a la reserva india de Nuevo México y entrar pedaleando y restallando flatulencias y escupitajos como Pedro en su casa. En primera instancia se necesita un salvoconducto membretado que ostente la todopoderosa y flamante firma de alguna de sus “Forderías”: los Diez Controladores Mundiales, pues casi resulta tautológico decir que no hay más ruta que su culo de alcancía y que todos los caminos llevan a su culo. El salvoconducto lo refrenda, en Santa Fe, el alcaide de la reserva, que en ese año “632 después de Ford” es un parlanchín “Alfa-Menos, rubio y braquicéfalo”. De Santa Fe, donde hay un hotel con modernas comodidades al último grito londinense, a Bernard Marx y a Lenina Crowne, un “mestizo de uniforme verde, de Gamma,” los lleva en avión hasta “el valle de Malpaís”, donde se resguardan en la hospedería, situada a cierta distancia del homónimo pueblo. Es decir, la reserva india de Nuevo México es un lugar turístico, en el que sólo algunos privilegiados especímenes del espléndido mundo nuevo hacen camping en un entorno rupestre y salvaje, y donde sólo falta el rudimentario tendejón con souvenirs a la venta y una máquina de fotomatón para autorretratarse insertado en un telón de fondo: con indios con penachos en derredor, por ejemplo.
   
Indios zuñi 
        Por el fanfarrón cortejo sexual, Bernard Marx invita a Lenina Crowne al pueblo de Malpaís, pero también por sus pulsiones heterodoxas e ínfulas de ser “alguien”. Y Lenina, siempre lista con la cartuchera de anticonceptivos —y cuya prerrogativa “neumática” está cifrada en el miliunanochesco refrán que reza: “La delicia de la vida en tres cosas se cifra: en comer carne, montar sobre carne y hacer entrar la carne en la carne”— desea y acepta la aventura sexual con el “raro”. Sin embargo, pese a que se supone que Marx es un psicólogo “Alfa-Más” de la Agencia Psicológica, denota que no ve más allá de sus narices y que su cerebro carbura muy poco, pues ante Lenina, que es “Beta”, no es perspicaz ni intuitivo ni formula ninguna analítica inferencia, dado que ella, previsiblemente, todo lo que ve y halla en Malpaís le resulta abstruso, maloliente, asqueroso, inmoral y desquiciante (con excepción del paquete corporal de John el Salvaje), y por ende, durante el paseo por el pueblo, añora ansiosa las tabletas de soma que dejó olvidadas en la hospedería, y al regresar a ésta se hunde y escapa, en la cama, a un comatoso y feliz viaje de vacaciones con una buena somnífera dosis. Marx, por su parte, viendo y oyendo lo que hasta por los codos parlotean Linda y su hijo John (que son blancos y rubios), deduce que el padre natural de éste es nada menos que el Director de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres, mismo que, previo al viaje a la reserva india, lo amenazara con enviarlo a Islandia. Así que es Marx —con tal de vengarse y defenestrar al DIC—, quien gestiona, desde Santa Fe y vía telefónica, la autorización de Mustapha Mond para que Linda y John viajen a Londres. 
 
Indias zuñi
        En el abigarrado pintoresquismo y sincretismo, racial y cultural, de la reserva india de Nuevo México se transluce una mezcla de ancestrales y paganos resabios preeuropeos y cristianos. Parece una congelada cápsula del tiempo donde bulle la ignorancia, el atraso, la insalubridad y la involución; donde la comunidad indígena y mestiza es ágrafa, supersticiosa, endogámica, xenófoba y cerrada ante los blancos. En ese contexto, Linda, hará unos 18 o veintitantos años, fue rescatada por los indios tras caer a un barranco durante un paseo a caballo. Los indios, pese a su piel blanca y a que es una obvia aberración femenina del Estado Mundial que los aprisiona, oprime y reprime (incluso mata), la curaron y le permitieron vivir entre ellos con cierta marginalidad. Y en esa marginalidad ella dio a luz a su hijo John, que es blanco, rubio y de ojos azules. No obstante, su rescate y presencia allí son una notoria paradoja. El DIC la dio por “perdida” (o muerta) y muy campechanamente regresó a Londres. Pero los inspectores de la reserva (a las órdenes del alcaide) debieron ser quieren la rastrearan y encontraran, viva o muerta. Y debieron ser tales inspectores quienes la ubicaran, con su chiquillo o sin él, entre los indios y mestizos. Tómese en cuenta que si al fallecer en Londres, poco después de regresar con su hijo John, ella tiene sólo 44 años, pese a su imagen de astroso vejestorio (gorda, cariada, con sarro y feísima), cuando otrora el DIC la dio por “perdida” en el valle de Malpaís era una joven rubia, y, según dice él: “era muy neumática, particularmente neumática”. O sea: bastante notable (algo así como un atractivo y erógeno frijol blanco navegando en un caldoso plato de frijoles negros). Y su “gran maleta de madera” (donde llevaba su manual técnico y sus vestidos) debió quedarse en la hospedería de Malpaís y no con ella, pues obviamente no salió a cabalgar de paseo cargando su equipaje. Es absurdo. 
   
Indio zuñi
        Y absurdo o inverosímil resulta que haya sido el indio Popé quien llevó, al muy sucio y descuidado jacal de Linda, el viejo y estropeado ejemplar de las Obras completas de Shakespeare, que el niño John empezó a leer a sus 12 años. Ese ejemplar dizque estaba abandonado “en uno de los cofres de la Kiva de los Antílopes”. Puede que haya sido así. Algún blanco pudo haberlo dejado por allí, antes o después del inicio de la Era Ford, o pudo ser hurtado a un forastero de otra época. Pero Popé es iletrado y Linda, además de su nula inteligencia de “Beta-Menos”, no tiene ningún interés intelectual ni poético. No entiende a Shakespeare. Tras echarle una hojeada le “parece todo un disparate”, “Incivilizado”. No obstante, dictamina que a John le servirá para practicar la lectura. En tal inverosimilitud converge el relevante hecho de que Popé y Linda son incontinentes bebedores de mezcal (empinan el codo hasta dormir la despatarrada mona) y suelen abandonarse a las alucinaciones del peyote. Popé la visita para beber, intoxicarse y fornicar con ella en el camastro del jacal. Y por ello el niño John lo odia e intenta atacarlo. Y Linda, dado su libertino “condicionamiento” forjado desde la cuna en el espléndido mundo nuevo, fornica no sólo con Pope, sino con cualquier indio o mestizo que la visite. Para Linda, ayuntar con quien se le antoje y sin lazos afectivos, no es promiscuidad, sino una aceptable norma civilizada y de cohesión social. 
     
India zuñi
        Y aquí vale preguntarse ¿por qué Linda no engendró un bastardo mestizo o toda una prole de bastardos mestizos?, si desde que llegó no dejó de liarse con el nativo que se le pusiera enfrente, pues en algún momento, alcoholizada o no, tuvo que quedarse sin los anticonceptivos que traía en su cartuchera reglamentaria, del mismo modo que se le agotaron las pastillas de su añorado soma. Desenfreno sexual que agudiza y exacerba el desdén de las indígenas hacia ella (incapaz de tejer y remendar entre ellas) y por ende, tres indias, por revolcarse con “sus hombres”, se meten en su choza, la apañan y la golpean con un látigo y hasta tunden a John, quien entonces era un mocoso que intenta defender a su madre. 
Por esa mala fama los chiquillos “le hicieron a Linda una canción que no dejaban de cantar”. John les tiró piedras y los escuincles lo apedrearon y le dieron en la cara. Ese bullying, pese a que John jugaba con ellos, se hizo extensivo a las burlas por los harapos que vestía y por ser hijo de la popular y despreciada ramera. Y ya muchacho se refrenda y signa su marginalidad, distancia, ensimismamiento y soledad ante la tribu, cuando entre los jóvenes indios intenta bajar a la subterránea “Kiva de los Antílopes”, donde les serán revelados ciertos secretos de la etnia. Los gritos de un indio mayor —que preludian su expulsión con empujones y golpes, risotadas y lluvia de piedras— son muy reveladores: “¡Eso no es para ti, peliblanco! ¡No es para el hijo de la perra!”.
   
Viejo zuñi
      La excepción de ese consubstancial y generalizado rechazo y hostigamiento es el buen trato del anciano Mitsima, que le habla en “lengua india”; y además de enseñarle a hacer arcos y flechas para la caza, a sus 15 años le enseña el oficio de la alfarería tradicional de Malpaís. No obstante, John —que se siente indio y viste y lleva el pelo trenzado como ellos— hace patente su frustración por tener prohibido corporificar al flagelado protagonista de la cruenta danza de las serpientes negras (un rito de hombría y de fertilidad de la tierra) que se representa en la plaza de Malpaís y que observan, horrorizados, Marx y Lenina. Es entonces cuando el muchacho John ve a Lenina por primera vez y queda boquiabierto y flechado; mello que luego incide en que se entusiasme e ilusione ante la propuesta de Marx de viajar a Londres con su madre. “¡Oh, espléndido mundo nuevo que alberga tan bellas criaturas! ¡Vayámonos ya!”, dice exultante (parafraseando a Shakespeare) al saber, por el propio Marx, que Lenina no está casada con él “para siempre”. Según la voz narrativa: “Dio un fuerte suspiro y se quedó en silencio, mirando boquiabierto. Acaba de ver, por primera vez en su vida, la cara de una muchacha cuyas mejillas no eran de color de chocolate o de piel de perro, cuyos cabellos eran castaños y ondulados, y cuya expresión (¡pasmosa novedad!) era de un benévolo interés.”
     Sin embargo, esa mutua y visual atracción es el preludio de una serie de equívocos y malentendidos, y de un cómico enredo escenográfico que revela, además de la recíproca ausencia de empatía y falta de suspicacia, las limitaciones personales, intuitivas e idiosincrásicas de cada uno, totalmente antagónicas. Lenina Crowne, “condicionada” para la liberalidad sexual en un orbe de laboratorio y probeta donde no hay parejas ni matrimonios ni familias ni enamoramiento, lo que espera y busca del Salvaje, con su cartuchera de anticonceptivos y una buena dosis de soma, es un lúbrico acostón o una serie de voluptuosos acostones y punto (o sea: pa lo que te truje, Chincha, y sanseacabó). John el Salvaje, por su parte, contrario a las adicciones y a la promiscuidad de su madre, y frente al hecho de que la tradicional y ritual monogamia entre las familias de indios y mestizos de Malpaís es quebrantada por los polígamos, posee —inextricable a su inmadurez, a su falta de experiencia, a su reducido ideario y a su nula perspicacia—, un conjunto de prejuicios, complejos y represiones psíquicas que obnubilan su estrecho concepto de sí mismo, de la mujer, del amor, del sexo, de la pareja, del mundo, de la vida, de la muerte y del cosmos.  
   
El Cisne del Avon
         Vale observar que en su habla y perspectiva, John el Salvaje suele citar los versos que evoca de su particular lectura e interpretación de las obras de Shakespeare (su refugio y guarida ante el bullying de la tribu india, pues él es el único que lee desde chiquillo), e incluso rememorando los versos y pasajes de Shakespeare equipara y evalúa lo que vive, oye, dialoga y observa en Londres. No obstante, en la praxis del día a día, confrontado a las vicisitudes del espléndido mundo nuevo, ese bagaje literario, fuera del tamiz de loro de pueblo, de nada le sirve más allá de sus divagaciones y fantasías. Ante Lenina, que toma la iniciativa y lo busca en su cuarto, él, deslumbrado y atontado, se siente “indigno”. Elude que ella lo bese en la boca y le canta, farfullando, su idealizado objetivo de casare con ella “para siempre”: “En Malpaís hay que ofrecerle a la chica la piel de un puma o de un lobo si la pides en matrimonio”. Le dice. Y más aún, le enfatiza dizque sumiso: “Barrería el suelo si me lo pides”. Pero cuando Lenina se lanza al agasajo carnal y se desnuda, John se aterroriza, se torna violento, misógino y machista. En este sentido, además de insultarla gritándole con su florido vocabulario shakesperiano (“¡Impúdica ramera! ¡Impúdica ramera! El demonio de la lujuria con su gordo trasero y su croqueta de patata...”, etcétera), la tira al suelo de un empujón. Y luego la corre de su cuarto amenazándola estentóreamente (“¡Vete de mi vista o te mato!”) y le planta un estrepitoso manazo en la espalda, cuya dolorosa y ardiente impronta Lenina observa, reflejada en el espejo del baño, al volver su cabeza “por encima de su hombro izquierdo”: “la huella de una mano abierta, nítida y escarlata, en su carne nacarada”.
     El dramático corolario de ese ingrato malentendido (narrado con jocosidad por Huxley) se lee al final de la novela. Puesto que en el espléndido mundo nuevo no vuela una mosca ni nadie respira ni da un paso sin la autorización de uno de los Diez Controladores Mundiales, el Salvaje —que en Londres es una llamativa curiosidad antropológica de salón— no obtiene el permiso de “su Fordería” Mustapha Mond para irse “a las islas” con sus jóvenes amiguetes Helmholtz Watson y Bernard Marx, y ordena que se quede allí “para continuar con el experimento”. Así que John el Salvaje, ya sin sus compinches y luego de purgarse y dizque “purificarse” de tanta “civilización”, a la manera india, ingiriendo “un poco de mostaza con agua caliente”, decide huir a un ámbito expiatorio y dizque solitario, porque según él no es nadie “para vivir en la visible presencia de Dios”; y según colige: “El único sito donde él se merecía vivir era una asquerosa pocilga, en un hoyo escondido bajo tierra.” Pero el Salvaje, que compra herramientas y alimentos de la nefasta “civilización”, no va muy lejos de Londres ni de los visibles rascacielos, ni se hunde en un pestilente chiquero ni se entierra ni clausura en una cueva subterránea. En el condado de Surrey, cerca de las poblaciones de Puttenham y Elstead, elige de ermita un viejo faro (quizá emulando a un asceta de arcaico y legendario cuño indio), donde se someterá a extremas autodisciplinas y dizque  “purificaciones”; cuyas menudencias, además de parodiar el arquetipo del mítico Simeón el Estilita (c. 359-459), denotan su índole supersticiosa, masoquista, ingenua y psicótica. Según la voz narrativa: “Su primera noche en la ermita fue, deliberadamente, una noche en vela. Se pasó las horas de rodillas, rezando, ya a ese Cielo al que el culpable Claudio había perdido perdón, o a Awonawilona en zuñi; ya a Jesús y Pookong o a su propio animal guardián, el águila. A ratos habría los brazos en cruz y los mantenía así durante muchos minutos, aguantando un dolor que aumentaba gradualmente hasta convertirse en una trémula y angustiosa agonía. Los mantenía así, en voluntaria crucifixión, mientras con los dientes apretados y el sudor chorreándole por la cara repetía sin cesar, hasta casi desfallecer de dolor: ‘¡Oh, perdóname! ¡Oh, purifícame! ¡Oh, ayúdame a ser bueno!’”
 
Plancha metálica del siglo VI que muestra a Simeón el Estilita sobre su columna.
La serpiente representa al demonio tratando de tentarlo.
Museo del Louvre
        John el Salvaje, que supone que con ese martirio se ganó “el derecho de habitar el faro”, comienza a prepararse para ello. Además de algún cultivo que piensa cosechar en primavera, empieza a fabricarse un arco y flechas para cazar conejos y aves acuáticas. Pero al descubrirse a sí mismo cantando en esa labor, se dice que “no había ido allí para cantar y divertirse, sino para escapar lejos de la inmunda contaminación de la vida civilizada, para purificarse y hacerse bueno, para subsanar sus errores de una manera activa.” De modo que, “desnudo hasta la cintura”, se azota “con un látigo de cuerdas anudadas”. Patética, dolorosa y lacerante escena a campo abierto, observada por “tres peones de labranza Delta-Menos de uno de los grupos Bokanovsky de Puttenham, que dio la casualidad que se dirigían en camión hacia Elstead”. Ven, con ojos de plato y la quijada caída, que “Tenía la espalda horizontalmente veteada con surcos granates, y entre los verdugones corrían hilos de sangre. El conductor del camión paró a un lado de la carretera y, con sus dos compañeros, contempló boquiabierto el extraordinario espectáculo. Uno, dos, tres... Contaron los azotes. Al octavo, el joven interrumpió su autocastigo para salir corriendo hacia el bosque a vomitar violentamente. [El masoco y crédulo Salvaje, además, previamente se purgó tomando mostaza en agua caliente.] Cuando terminó, volvió a coger el látigo y continuó azotándose: nueve, diez, once, doce...”
   
Flagelante
     “Tres días después, como buitres carroñeros, llegaron los periodistas.” La fama del Salvaje, entonces, corre como reguero de pólvora entre la chismografía londinense y aún más allá: en el continente europeo (y tácitamente en los rascacielos y sótanos del poder del Estado Mundial); fenómeno de circo mediático, exacerbado, aún más, con el sensofilme estereoscópico titulado El Salvaje de Surrey que filma, camuflado, un “experto de la Compañía Productora de Sensofilmes”. Docuchurro que “doce días después” “podía verse, oírse y sentirse en todas las salas de sensocines de primera categoría de Europa occidental”. 
    Vale señalar que el leitmotiv e ímpetu central de la autoflagelación del Salvaje, la filmada por el sensocineasta con “cámaras telescópicas”, lo incitan las pulsiones y ensoñaciones sexuales que no puede eludir al recordar y desear —somnoliento y recostado— a la suculenta Lenina, a quien ve “desnuda y tangible”, diciéndole seductoras palabras. La consecutiva escena de autoflagelación, misógina y lastimera, habla por sí sola de la represión psíquica, del desorden mental y moral que lo agobia, de su ignorancia de sí mismo, y de lo que contradictoriamente bulle en su cuerpo y en su interior: 
    “—¡Ramera! ¡Ramera! —gritaba a cada azote, como si fuera a Lenina (¡y con qué frenesí, sin saberlo, deseaba que lo fuera!), la blanca, cálida, perfumada, infame Lenina, a quien flagelaba—. ¡Ramera! —Y después, con voz desesperada—: ¡Ay, Linda, perdóname! ¡Perdóname, Dios mío! Soy malo. Soy perverso. Soy... No, no... ¡Tú, tú, ramera, ramera!”
   

Flagelante
(Grabado del Medioevo)
       Vale añadir que el sensofilme atrae a toda una horda de ansiosos y babeantes voyeristas que se desplazan en manadas de helicópteros a presenciar “El show del látigo”; y coreando a gaznate pelado se lo demandan: “¡El show del látigo! ¡El show del látigo! ¡El show del látigo!” El número se desata cuando —¡Ford, mío! ¡Hágase tu voluntad!— llegan en helicóptero el rubio Henry Foster y la muy neumática y despampanante Lenina Crowne. Pues el Salvaje, ni tardo ni perezoso se lanza contra ella azotándola con “su látigo de cuerdas anudadas”, y gritándole estentóreas palabrotas: “¡Ramera!”, “¡Arde, lujuria, arde!”, “¡Oh, la carne!”, “¡Muere! ¡Muere!”  
   El clímax y la catarsis orgiástica del violento numerito, no obstante, se desencadenan cuando entre los voyeristas se desata una especie de hipnótico delirio y psicosis colectiva. Según la voz narrativa:
   “Arrastrados por la horrorosa fascinación del dolor e íntimamente impelidos por el hábito de cooperación, por ese deseo de unánime expiación que su condicionamiento había implantado en ellos de un modo tan inexpugnable, empezaron a imitar el frenesí de sus gestos, golpeándose unos a otros tal y como el Salvaje golpeaba su propia carne rebelde o aquella rolliza encarnación de la inmoralidad que se retorcía entre la maleza, a sus pies.
   “—¡Muere, muere, muere! —seguía gritando el Salvaje. Entonces, de pronto, alguien empezó a cantar: ‘Oligorgía’, y al momento todos repitieron el estribillo y empezaron a bailar. ‘Oligorgía’, dando vueltas sin parar, golpeándose unos a otros al compás de seis por ocho. ‘Oligorgía...’
    “Fue después de la medianoche cuando el último de los helicópteros emprendió el vuelo. Atontado por el soma, y exhausto por el prolongado frenesí de sensualidad, el Salvaje [¡que era abstemio, virgen y puritano!] yacía durmiendo en el brezal. El sol estaba ya muy alto cuando despertó. Siguió tumbado un momento, parpadeando ante la luz con indiferencia de búho; luego, súbitamente, lo recordó todo.
    “—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! —y se tapó los ojos con una mano.”
    Vale añadir que con su escenográfico suicidio John el Salvaje pone punto final al fardo de sus complejos e infundadas culpas y al “experimento” de “su Fordería”, pues resulta lógico que el todopoderoso y autoritario Mustapha Mond no dejó de observarlo en un burbujeante tubo de ensayo. Tómese en cuenta que ninguna fuerza represiva fue por él, que nadie detuvo el circo mediático en el entorno del faro ni la transitoria locura grupal. Pero pudo suceder, si alguien daba la orden, que llegara la policía que vela por la “COMUNIDAD, IDENTIDAD, ESTABILIDAD” (según reza “la divisa del Estado Mundial”), lista para que nadie, fuera de sí y sin control, riegue el tepache o haga pipí a un lado de la bacinilla. Piénsese, por ejemplo, que para contener la trifulca grupal que provoca John el Salvaje en el Hospital de Moribundos de Park Lane al lanzar por la ventana las dosis de soma, la policía, para contener y apaciguar a la multitud de idénticos gemelos Deltas, llega, intimidatoria, “con sus máscaras con hocicos de puercos y ojos saltones”, y actúa con método:
Policías de Taiwán con máscaras
   “[...] Tres agentes que portaban aparatos pulverizadores en la espalda bombardearon espesas nubes de vapor de soma por los aires. Otros dos se encargaban del aparato de música sintética portátil. Otros cuatro, armados con pistolas de agua cargadas con un potente anestésico, se habían abierto paso en la multitud y derribaban metódicamente, con un chorro tras otro, a los más violentos.” [...] 
    “Harto de sus chillidos [del psicólogo Bernard Marx], uno de los policías le lanzó un disparo con su pistola de agua. Bernard estuvo tambaleándose durante uno o dos segundos. Sus piernas parecían haber perdido los huesos, los tendones y los músculos; parecían haberse convertido en simples palillos de gelatina que al final se hacían agua. Se desplomó en el suelo como un bulto.
   “Súbitamente, una voz empezó a hablar desde el aparato de música sintética. La Voz de la Razón, la Voz de los Buenos Sentimientos. La cinta sonora formulaba su discurso sintético antidisturbios número 2 (grado medio). Directamente desde las entrañas de un inexistente corazón, la voz decía:
   “—¡Amigos míos, amigos míos!
   “Era una voz tan conmovedora, con aquel matiz de reproche tan infinitamente tierno que, detrás de sus máscaras antigás, hasta los ojos de los policías rebosaban de lágrimas al instante.” 
    [...]
   “Dos minutos después, la voz y los vapores de soma habían producido su efecto. Llorando, los Deltas se besaban y acariciaban unos a otros: media docena de gemelos juntos en un amplio abrazo. Incluso Helmholtz y el Salvaje estaban a punto de llorar. El Tesorero Central hizo llegar una nueva provisión de pastilleros con soma. Se repartieron apresuradamente y, al son de la abaritonada despedida de la cariñosísima voz, los gemelos se dispersaron, lloriqueando como si se les partiese el alma.” 

V de V
El lector puede preguntarse qué fue de los jóvenes Helmholtz Watson y Bernard Marx exiliados, al parecer, en una misma isla. Y qué ocurre en esas ínsulas, que son prisiones, donde están agrupados los humanoides, de castas superiores, que desarrollaron una marcada individualidad y capacidad de pensar más allá del dogma y de sus narices, pese a haber sido preconcebidos y procreados en los laboratorios de los Centros de Incubación y Condicionamiento del Estado Mundial y a su consecutivo, dizque “sabihondo” y dizque infalible condicionamiento hipnopédico. ¿Cómo los ubicuos y dizque omniscientes Diez Controladores Mundiales dirigen y orquestan el control y la dictatorial vigilancia en el interior de ese disperso archipiélago de soledades? ¿De qué tipo de limitadas libertades gozan? ¿Cómo transcurre su cotidianidad de ser “alguien”? ¿Les brindan reguladas dosis del adictivo e imprescindible soma? ¿Siguen con su apariencia de jovenzuelos de 17 años hasta el inicio de la sexta década?, pues en el caso de la madre del Salvaje no fue así. ¿Continúan sometidos y contentos con su ombligo y consigo mismos? ¿Son puros ejemplares machos o también hay hembras? ¿Y si acaso hay hembras fértiles, aún están obligadas al “condicionado” uso de los anticonceptivos? ¿Formulan algún tipo de filosofía radical y de pensamiento emancipador? ¿Son parte de alguna clandestina y subterránea resistencia? ¿Organizarán alguna revolución social y política que derroque a la “benevolente” dictadura del Estado Mundial? 
Henry Ford
(1863-1947)
        Vale decir, por último, que en esa oscura y malévola Era Ford, el consubstancial Dios al que adoran y tributan las castas superiores e inferiores a través de la ficticia, impuesta, obligatoria y única pseudorreligión (el fordismo) —la religión es el opio de los pueblos, Karl Marx dixit—, no parece ser el norteamericano Henry Ford (1863-1947), introductor, en la vida real, de la cinta de montaje en la fabricación de autos y con ello precursor de la industrial producción en masa, específicamente, en el contexto de la novela, del celebérrimo Modelo T (fabricado por la Ford Motor Company entre 1908 y 1927) —de ahí que los humanoides, producidos en masa y en series, se persignen (quizá con el dedo eréctil) haciendo la señal de la T (parodia de la señal de la Cruz), que el símbolo de la T se observe por todas partes (en lo alto de la Torre de Charing-T, por ejemplo), y que en el laboratorio los envases para varones sean etiquetados con una T—, sino que el mero e intangible Dios (el supuesto ser divino tras el pestilente cómodo de sus “Forderías”) —ubicuo, tácito e implícito— parece ser el ruso Iván Pávlov (1849-1936), pues el “método neopavloviano” trasmina el “método de la hipnopedia” con que dogmáticamente son “condicionadas” —desde que son “interminables filas de bebés en frascos”— las castas superiores e inferiores, tanto en su conducta, individual y grupal, como en sus limitadas y preconcebidas facultades físicas y niveles cognoscitivos.  



Iván Pávlov
(1848-1936)
  


Aldous Huxley, Un mundo feliz. Traducción del inglés al español, prólogo, notas y bibliografía de Jesús Isaías Gómez López. Letras populares núm. 9, Ediciones Cátedra. Madrid, 2013. 496 pp.


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Metrópolis (1927), largometraje dirigido por Fritz Lang (versión restaurada y con rótulos en español).