Michel Tournier |
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(Alfaguara, Madrid, 1988) |
Michel Tournier |
Michel Tournier |
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(Alfaguara, Madrid, 1988) |
Michel Tournier |
Mi venganza será para mí solo
I de IV
Nicholas Blake es el consabido
seudónimo que el poeta irlandés Cecil Day-Lewis (1904-1972) utilizó para
escribir un conjunto de novelas policíacas protagonizadas por el detective
Nigel Strangeways. En el ámbito del idioma de Cervantes la más célebre es, al
parecer, La bestia debe morir, cuya
primera edición en el idioma de Shakespeare (The Beast Must Die) data de 1938. La traducción al español del
escritor argentino Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978), impresa por primera vez en
Buenos Aires el 22 de febrero de 1945, fue el número 1 de El Séptimo Círculo, la colección de novelas policiales que Jorge
Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dirigieron y editaron, para Emecé, entre 1945
y 1955. Misma que en Barcelona, en abril de 2011, la editorial RBA recuperó con el número 117
de la Serie Negra.
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(RBA, 2011) |
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(Emecé, 1945) |
II de IV
La novela de
Nicholas Blake: La bestia debe morir,
se divide en cuatro partes (con sus correspondientes capítulos y rótulos), más
un “Epílogo”. La “Primera parte” la conforma “El diario de Felix Lane” y está
narrada en primera persona por Frank Cairnes, viudo de 35 años y un metro 65 de
estatura (“hombrecito”, suelen tildarlo los grandotes y grandotas que lo observan),
quien, desde su casa de campo en las inmediaciones del pueblito de Sawyer’s
Cross, ha tenido por lucrativo y cómodo oficio la escritura de novelas
policíacas, las cuales firma con el seudónimo de Felix Lane. (El contrato con
el editor de sus libros, en Londres, implica que su verdadera identidad permanezca
oculta; mientras que en Sawyer’s Cross ha chismorreado, incluso a su criada,
que escribe una “biografía de Wordsworth”.) Las entradas de su diario van del
“20 de junio de 1937” al “20 de agosto” de ese año. Así, en el íncipit se
canturrea a sí mismo (el especular e hipócrita
lector: “mi compañero”, “mi hermano”) que cometerá un crimen: “Voy a matar
a un hombre. No sé cómo se llama, ni dónde vive, no sé cómo es. Pero lo
encontraré y lo mataré...”
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Nicholas Blake (Cecil Day-Lewis) |
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Fotograma de Que la bête meure (1969) |
Así, en lugar de encaminarse a Oxford, Frank Cairnes
se dirige al Cheltenham a averiguar sobre esas impúdicas Pantorrillas de criada que ponen de punta los vellos púbicos. Allí
ve que se trata de “una película inglesa”; y, según apunta peyorativo y gazmoño,
es típica “de la inclinación británica hacia la indecencia barata y vulgar”; ve
que la actriz (que se cubría la cara para que no la reconocieran en el
accidente en el río) se llama Lena Lawson; dizque “Es lo que llaman una
‘aspirante a estrella’”; y remata con petulancia de abuelita ñoña: “Dios,
¡menuda expresión!”. El caso es que, para grabarse el rostro de la actriz, al
día siguiente ve Pantorrillas de criada
en el Gloucester. Y antes de verla, cavilando en matar a Georges con precisión
de relojería suiza y sin dejar rastros que lo inculpen, apunta con una
inmoralidad e indiferencia que lo equiparan al asesino de su hijo Martie: “El
único peligro podría ser Lena; tal vez tenga que deshacerme de ella; espero que
no, aunque no tengo razones para suponer que su desaparición sea una pérdida
para el mundo.” Lo cual está en la misma tesitura del verborreico general
Shrivenham, su vecino, dispuesto a aterrorizar con su Winchester 44 a la
persona que a Frank Cairnes le deja en su casa anónimos de malaleche: “No es
que me importe matar a una mujer; hay tantas que es fácil matarlas por
equivocación, especialmente de perfil.”
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Cartel del filme La bestia debe morir (1952) |
Frank Cairnes se instala en Maida
Male, en Londres, en un departamento amueblado. Y como a Holt, su editor, le
informa que pretende ubicar su “nueva novela policíaca en un estudio
cinematográfico”, le da una tarjeta que lo contacta con un tal “Callaghan, no
sé qué de la British Regal Films Inc., la compañía donde trabaja Lena Lawson”,
quien le chismorrea sobre ella de un modo muy despectivo: “se cree una segunda
Harlow, todas lo creen”; y añade (quizá reprimido y con la lengua de fuera y
escurriendo baba): “De piernas para arriba... está muy bien como percha de
lencería”; no obstante, le parece “tonta”. Criterio misógino parecido al
criterio misógino, utilitarista y cosificante, de un tal Weinberg que Callaghan
parodia al rebuznar con impostada voz aguda y afeminada: “¡Oh, Weinberg quiere
que salga en todas las películas!”
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Alfred Hitchcock |
Así, el día que la lleva a su departamento londinense ella le parlotea los hirientes dichos del tal Weinberg: “¿Qué se ha creído que es? ¿Una actriz o una anguila embalsamada? No le pago para que intente parecer una piedra, ¿no? ¿Qué le pasa? ¿Se ha enamorado de alguien, gallina clueca?” (No extraña, entonces, que ante ese ríspido trato en el plató Lena Lawson haya escupido sobre él con veneno antisemita: “todos esos judíos están confabulados... Aquí no nos vendría mal un poco de Hitler, aunque a mí que no me vengan con cachiporras y esterilización.”)
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Fotograma de El gran dictador (1940) |
“¿George? ¿Quién es George?” Le pregunta el falso
Felix Lane y ella le responde: “Bueno, bueno, no tienes que saltarme encima,
celoso. Georges es solo... bueno, está casado con mi hermana.”
Esa revelación le indica a Frank Cairnes que no anda
desencaminado en sus vengativos y asesinos propósitos, y que su buena estrella
lo alienta y dirige hasta el epicentro del empantanado y pestilente miasma,
pues Lena Lawson, ahora sí para utilizar al barbudo Felix Lane (y retribuirlo
con la misma moneda: él la usa “como si fuera un peón de ajedrez”), lo invita a
Severnbridge, el pueblo pesquero del condado de Gloucestershire, donde George
Rattery tiene una mancomunado taller mecánico: Rattery & Carfax; una esposa
doméstica, maltratada y sumisa: Violeta; un resentido y traumatizado hijo de
unos doce años: Phil; y una repulsiva, serpentina y decrépita madre: Ethel Rattery,
viuda de un militar (fallecido en un manicomio), atávica, machista, metiche,
lenguaraz, intrigante, manipuladora, mandona, autoritaria, y con un falaz
concepto del honor y de la honra, de la guerra y del crimen: “En la guerra es
cuestión de honor”, dictamina, “no es asesinar, cuando se trata de honor”.
III de IV
Para no desvelar
todas las menudencias de la urdimbre narrativa de La bestia debe morir, vale resumir que en el “El diario de Felix
Lane”, Frank Cairnes reporta su arribo al pueblo de Severnbridge en compañía de
Lena Lawson, su hospedaje en el hotel Angler’s Arms, y luego en la casa del
asesino de su hijo Martie, y los dos intentos que pergeña para matarlo en un
supuesto e impune “crimen perfecto”. Uno: empujarlo por un acantilado (falla
porque, apunta, George Rattery en el instante peliagudo le dijo padecer
acrofobia). Dos: propiciar que se ahogue en el río, pues dizque no sabe nadar
ni conducir un bote. Asesinas tentativas que luego quedan trastocadas y hechas
trizas por el revelador hecho que el grandulón y voluminoso George Rattery le vocifera
y restriega en el rostro al ocurrente hombrecito Frank Cairnes: había leído su
escondido diario in progress y sabía
que planeaba borrarlo del mapa.
Pero “El diario de Felix Lane” también reporta que el
tal Georges Rattery es un patán y un machote en toda la extensión de la palabra;
de ahí que se comporte como “un gallo en su gallinero”, que además fanfarronea
y mueve el culo sintiéndose el matón del pueblo y el amo y señor del entorno
que pisa, cruza y siembra de escupitajos. Supremacía anacrónica y cerril que
apoya la colmilluda abuela Ethel Rattery recriminándole a su nieto Phil: “no
puede haber más de un dueño en la casa”. Pues Philip Rattery, blanco del odio,
del menosprecio y del maltrato de su agrio, cascarrabias y gruñón progenitor
(por ende su carcelario y desmantelado cuarto casi está vacío), se opone a que insulte
y golpee a su madre, y a que (delante de las narices de todo ese núcleo familiar,
incluido el matrimonio Carfax, con quienes suelen comer, departir y jugar tenis)
tenga por amante a tal Rodha, la esposa de James Harrison Carfax, su socio
mayoritario en el taller mecánico.
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Fotograma de Que la bête meure (1969) |
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Fotograma de Que la bête meure (1969) |
IV de IV
A partir de la
“Segunda parte” de la novela: “Plan en un río”, pasando por la “Tercera parte”:
“El cuerpo del delito”, y hasta la “Cuarta parte”: “La culpa se revela”, las
voces y sucesos de la trama de La bestia
debe morir son hilados por una ubicua e impersonal voz narrativa (incluido
el “Epílogo”).
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Fotograma de La bestia debe morir (1952) |
Con departamento en Londres, el detective
Nigel Strangeways, que rebasa la treintena y está casado con la atlética
Georgia desde hace un par de años, se traslada con su esposa al pesquero pueblo
de Severnbridge y se instalan en el hotel Angler’s Arms, donde también se
hospeda Frank Cairnes. Georgia es de índole viajera y aventurera; y en sus
actos, bromas y diálogos con Nigel refleja el aprecio, la confianza y el amor que
se tienen, y que ella es apoyo y complemento logístico y medular de sus
andanzas y reflexiones detectivescas. No obstante, en una puntillosa réplica
que Georgia le hace a Nigel alude el estereotipado y consubstancial machismo
que le otorga a la mujer un papel secundario y tipificado: “El lugar de la
mujer es la cocina. De ahora en adelante me quedaré allí. Estoy harta de tus
calumnias. Si quieres plantar víboras en los senos de la gente, ve y plántalas
tú mismo, para variar.”
La investigación oficial y policíaca la encabeza el inspector Blount, de la New Scotland Yard; quien es un viejo conocido del detective Nigel Strangeways. De tal modo que ambos dialogan, exploran y comparten datos y observaciones; no obstante, compiten entre sí. Y en los episodios que preceden al desvelamiento de la identidad de quien parece el verdadero asesino, siguen, cada uno por su lado, divergentes hipótesis.
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Edgar Allan Poe |
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Fotograma de Que la bête meure (1969) |
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Cecil Day-Lewis (Nicholas Blake) |
Nicholas Blake, La bestia debe morir. Traducción del
inglés al español de Juan Rodolfo Wilcock. Serie Negra número 117, RBA. Barcelona,
abril de 2011. 240 pp.
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Uno hogar sólido y otros piezas en un acto Colección Ficción núm. 5, Universidad Veracruzana Xalapa, 1958 |
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(Ediciones Era/El Colegio Nacional, 2008) |
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Elena Garro y Gabriel García Márquez bailando twist (México, 1964) |
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Un hogar sólido y otras piezas Col. Ficción, Universidad Veracruzana Xalapa, 1983 |
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(FCE, 2016) |
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La semana de colores Col. Ficción nún. 58, Universidad Veracruzana Xalapa, 1964 |
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Antología de la literatura fantástica Col. Piragua núm. 100, Sudamericana Buenos Aires, 1965 |
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Elena Garro y Adolfo Bioy Casares Octavio Paz y su hija Helena Paz Garro (Nueva York , 1956) |
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Elena Garro en 1964 (Foto: Kati Horna) |
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Antología de la literatura fantástica (Editorial Sudamericana, 16a edición especial, 1999) |
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(UV, 1958) |
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Viñeta de Juan Soriano (UV, 1958) |
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Viñeta de Juan Soriano (UV, 1958) |
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Elena Garro de “actuando” con Carlos Fuentes y Rita Macedo (México, 1964) |
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Arturo Ripstein y Elena Garro bailando rocanrol (México, 1964) |
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Octavio Paz, Elena Garro y su hija Helena Paz Garro (París, 1949) |
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Colofón de Uno hogar sólido y otros piezas en un acto Colección Ficción núm. 5, Universidad Veracruzana Xalapa, 1958 |