lunes, 26 de enero de 2026

El maravilloso mago de Oz

Matar y engañar y no morir en el intento

A mediados de 1900, en Chicago y en Nueva York, George M. Hill Company publicó en inglés, con las ilustraciones en color de William Wallace Denslow (1856-1915), El maravilloso mago de Oz, novela fantástica dirigida al lector infantil, escrita por el polifacético Lyman Frank Baum (1856-1919), que se hizo popular casi al unísono de la versión musical estrenada el 16 de junio de 1900 “en el teatro de Clark Street de Chicago”. (“La obra recaudó en sus primeros ocho años cerca de cinco millones y medio de dólares y fue vista por más de seis millones de personas, unos números sensacionales para su época.”) Y a la postre tal título fue el primero de una serie de catorce libros para niños (editados entre 1900 y 1920) sobre las vivencias y aventuras en el fantástico, maravilloso y caricaturesco mundo de Oz.  
   
Totó y Judy Garland en el papel de Dorothy
Fotograma de El mago de Oz (1939)
       
A estas alturas del siglo XXI casi resulta tautológico recordar que generaciones y generaciones de lectores del orbe —chicos y grandes— se acercan al libro de Baum (que es el único que pulula más allá de los EU) seducidos o incitados por la celebérrima película musical producida por la Metro-Goldwyn-Mayer, cuyo estreno data de 1939, protagonizada por Judy Garland en el papel de Dorothy, la niña campesina de Kansas que, casi al inicio, melancólica y añorante canta Over the Rainbow; sin descartar, claro está, al rutilante e icónico elenco y a la perrita que caracterizó al perrito Totó. (El Totó de la película es, además, el único que se parece al modelo trazado por Denslow en el libro). 
 
Judy Garland vestida de Dorothy y leyendo en inglés
El maravilloso mago de Oz
     
  Y un claro ejemplo de ello es la versión en español de El maravilloso mago de Oz editada en Madrid, en 2014, con el número 15 de la serie Letras populares de Ediciones Cátedra, con iconografía en blanco y negro, bibliografía, prólogo, traducción y notas de la española Ana Belén Ramos (Córdoba, 1979). Pues si bien no es ni pretende ser una exhaustiva y erudita edición anotada, sí es un libro que resume y compendia información básica sobre la novela, sobre la trayectoria del novelista y del ilustrador, y sobre la variante fílmica, cuyo director más notable fue Victor Fleming, ultracelebérrimo, también, en la sucesiva dirección de la mastodóntica Lo que el viento se llevó (1939). En este sentido, descuella que en medio de la nota 10 de su sesudo prefacio la traductora diga: “Perrault, en Francia, designó sus cuentos de hadas con el término tradicional Contes de ma mère l’Oye.” Pues de sobra es consabido que en “enero de 1697”, cuando en París, en la “imprenta de Claude Barbin”, se concluyó el tiraje de la primera edición de los cuentos en prosa de Perrault, no llevó por título Contes de ma mère l’Oye, sino Histories ou contes du temps passé, avec des moralités; y en tal “libro no figuraba el nombre del autor”: Charles Perrault (1628-1703), sino el nombre de P. Darmancour (su hijo “Pierre Perrault Darmancour, nacido el 21 de marzo de 1678”), quien en la dedicatoria a Mademoiselle “dice que un ‘niño’ se ha complacido en componerlos”. “Esta Mademoiselle a quien van dedicados los Cuentos de antaño es Elisabeth-Charlotte d’Orléans (1676-1744), sobrina de Luis XIV, a quien llamaban ‘Mademoiselle’. Casada con el duque de Lorena en 1698, fue abuela de la reina María Antonieta, la desgraciada esposa de Luis XVI, que murió con él en la guillotina durante la Revolución francesa.” Vale añadir que sobre tales minucias históricas (y otras) puede consultarse el volumen Cuentos completos de Charles Perrault (Anaya, Madrid, 1997), con “Traducción y notas” de Joëlle Eyheramonno y Emilio Pascual, “Apéndice” de éste, “Introducción” de Gustavo Martín Garzo, y magníficas láminas en color de doce ilustradores.
   
Colección Letras populares número 15, Ediciones Cátedra
Madrid, 2014
      
  Recamada con alguna preciosa errata, la traducción de El maravilloso mago de Oz es aceptable, pese a varios descuidos. Por ejemplo, en el penúltimo párrafo del “Capítulo V”, “El rescate del Leñador de Hojalata”, se lee en torno al egocentrismo e individualismo de la niña: “Dorothy no dijo nada, estaba intentando descifrar cuál de sus dos amigos llevaba la razón. Llegó a la conclusión de que si podía volver a Kansas con tía Em el hecho de que el Leñador careciera de cerebro y el Espantapájaros de corazón o, por el contrario, que los dos cumplieran su deseo dejaría de tener mucha importancia.” Es decir —y es lo que previamente discuten—, quien carece de cerebro, y quiere uno, es el listillo del Espantapájaros; y quien desea un corazón, porque no lo tiene, es el  sentimentalista del Leñador de Hojalata. Y en el “Capítulo VIII”, “El Mortífero Campo de Amapolas”, cuando el grupo va en medio de ese plantío deletéreo rumbo a Ciudad Esmeralda, dice el Leñador de Hojalata: “si no conseguimos llegar a tierra, seremos arrastrados al país de la Malvada Bruja del Este, y ella nos hechizará y nos convertirá en sus esclavos.” Pero a esas alturas del relato y del viaje, la Bruja del Este ya no existe (¿quién padece Alzheimer?), fue eliminada, y por ende no puede esclavizarlos, pues cuando la casa de Dorothy, traída por los aires desde Kansas por la fuerza y las oscilaciones del tornado, cayó en el “País de los Munchkins”, la mató y así liberó de la esclavitud a esos pequeños seres que parecen gnomos azules y la creen hechicera; y después de que los restos de la Bruja del Este se esfumaron por lo rayos del sol (era muy vieja y estaba aplastada), de ella sólo quedaron los mágicos Zapatos Plateados que la Bruja del Norte, que es buena, le entrega a la niña. Vale apuntar, que la diminuta Bruja del Norte, que al principio tutela a Dorothy, le explica que “en toda la Tierra de Oz” había cuatro brujas. La del Norte y la del Sur son buenas; y como la Malvada Bruja del Este murió aplanada y se deshizo por los rayos del sol, ahora sólo queda una mala: la Malvada Bruja del Oeste, quien tiene esclavizados a los amarillos Winkies (y podría esclavizar a Dorothy y a sus amigos). 
   
DVD de El mago de Oz (1939)
      
 Entre las principales diferencias entre la película y el libro descuella el hecho de que en el filme el viaje de Dorothy y Totó al mundo de Oz es un sueño de ella (tras recibir un golpe durante el tornado), signado por la añoranza de su casa en Kansas y por la postrera revaloración afectiva del querido hogar (“Hogar dulce hogar”), mientras que en el libro es literalmente un viaje a la Tierra de Oz, en cuyo mapa la Ciudad Esmeralda está en el centro. Y si bien Dorothy, en el libro, añora su pequeña casucha en el entorno árido y grisáceo de Kansas, con la tía Em y el tío Henry, está ausente la carga emotiva y sentimental de la película. Los Zapatos Plateados que la pequeña Bruja del Norte entrega a la niña Dorothy, claves para su retorno a Kansas, en el filme son rojos y de rubí (y son los objetos mágicos que codicia y desea poseer la Malvada Bruja del Oeste y por ello la persigue y acosa). En la película sólo aparece una bruja buena: Glinda, la Bruja Buena del Norte, caracterizada por Billie Burke, quien se desplaza en una burbuja (o con forma de burbuja) y con su apariencia de maternal hada madrina con corona de plata y varita mágica con una estrella en la punta repleta de gemas, tutela y protege a Dorothy al inicio, en el sembradío de flores somníferas, ante la Malvada Bruja del Oeste y al final. Y en el libro, la Bruja del Norte, cuyo nombre no se menciona, tutela a Dorothy sólo al principio y la protege con un beso en la frente que le deja una marca indeleble; y al final lo hace Glinda, la bellísima Bruja del Sur, monarca del País de los Quadlings (que son bajos, gordos, mofletudos, amables y vestidos de rojo), quien además es la Bruja que signa el regreso a Kansas de Dorothy y Totó (le revela el mágico poder de los Zapatos Plateados para viajar en un instante: con solo “dar tres golpecitos con los talones y ordenar a los zapatos que te lleven a donde quieras ir”); y más aún: con el uso de los tres poderes mágicos del Birrete Dorado y de los veloces Monos Alados, facilita y favorece el transporte y el destino de sus amigos en la Tierra de Oz: el Espantapájaros regresará a Ciudad Esmeralda, donde los verdosos habitantes lo aceptaron como su monarca tras irse el Mago de Oz en el globo areotástico que también debió transportar a Dorothy y a Totó; el León Cobarde irá a la selva “Detrás de la montaña de los Cabeza-Martillo”, porque allí lo hicieron Rey de los Animales del Bosque tras descabezar y matar a una gigantesca araña que los aterrorizaba; y el Leñador de Hojalata retornará al País de los Winkies, porque estos seres amarillos lo hicieron su Rey luego de que la Malvada Bruja del Oeste muriera al derretirse cuando súbitamente Dorothy le arrojó un balde de agua. 

Fotograma de El mago de Oz  (1939)
    
  En el filme, caracterizada por Margaret Hamilton, la Malvada Bruja del Oeste es verde, viste de negro, usa un sombrero puntiagudo, vuela en una veloz escoba y tiene los dos ojos. Mientras que en el libro la Malvada Bruja del Oeste lleva siempre un paraguas negro, no vuela en escoba (ni la tiene) ni restalla risotadas y sólo tiene un ojo, pero “más potente que un telescopio, y además podía verlo todo”; poder parecido a la tipificada bola de cristal con que en el filme la Bruja observa a Dorothy y a su grupo. En el libro, en Ciudad Esmeralda los habitantes y visitantes deben usar unas gafas verdes que a cada uno le asegura con una llave el Guardián de las Puertas; en la película esto no es así.
   
Baum como actor en
The Maid of Arran (1882)
(Cátedra, 2014)
         Con una “Introducción” firmada por Lyman Frank Baum en “Chicago, abril de 1900”, y dedicada a su querida esposa Maud Gage, la presente traducción y edición de la novela El maravilloso mago de Oz, además del “Colofón de la primera edición” (datado el 15 de mayo de 1900), reproduce las 24 láminas originales de William Wallace Denslow (contando la portada), pero en blanco y negro, más el dibujo de la Malvada Bruja del Oeste. Y se divide en 24 capítulos con números romanos y rótulos, más las 15 “Notas” de la traductora y prologuista. En el círculo que traza la trama de la novela (salida y regreso a Kansas) se advierte una pugna entre el Bien y el Mal, representada sobremanera por la agresiva beligerancia que en la Tierra de Oz confronta a las brujas buenas contra las brujas malas (arpías que esclavizan a los países conquistados por ellas), meollo donde a la postre triunfa el Bien que beneficia y premia a los héroes de la travesía. No obstante, no se trata de una novela moralista ni moralizante. El terrible y todopoderoso Mago de Oz, que supuestamente puede ayudar a los necesitados y desvalidos (regresar a Kansas a Dorothy y a su perrito Totó, darle un cerebro al Espantapájaros, un corazón al Leñador de Hojalata y valor al León Cobarde) es realidad un antihéroe, un estafador que busca y ha buscado beneficiarse de los demás y en grandes y desmesuradas proporciones e incluso sin ensuciarse ni marcharse las manos de ave de rapiña. Cuando el viejecillo y pequeño Mago de Oz era joven en Omaha trabajaba allí anunciando el espectáculo de un circo desde un globo aerostático; y por accidente las corrientes de aire llevaron el globo hasta ese lejano y desconocido lugar, donde los lugareños, al verlo descender de las nubes, lo creyeron “un gran mago”. Y como le tenían miedo (tal si se tratase de un pueblo ágrafo, de pensamiento mítico y supersticioso del octavo día que lo cree un poderoso semidiós), prometieron obedecerlo. Así que se convirtió en su monarca, los hizo construir para él la ciclópea y deslumbrante Ciudad Esmeralda, donde tiene un fastuoso castillo para él solo, su culo y su ombligo. Y con sus dotes de ventrílocuo y prestidigitador sin escrúpulos los persuadió para que creyeran en el uso obligatorio de las gafas verdes en Ciudad Esmeralda, so pena de perder la vista por el esplendor de las piedras preciosas. Y puesto que es un gran farsante y un gran mentiroso, procura que sus súbditos nunca lo vean y por ende la mayor parte del tiempo se la pasa escondido.
     

Oz sorprendido tran el biombo
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
        
 Por si fuera poco, la autoritaria e inapelable prerrogativa para supuestamente concederle a Dorothy la ayuda que le solicita implica que ipso facto la convierte en asesina: “Mata a la Malvada Bruja del Oeste”, exclama y le ordena en la Sala del Trono, como si fuera un despótico pachá echado en su otomana (salido de una página de Las mil y una noches) y la niña un rudo mercenario de la CIA entrenado en West Point. (En la película esa sanguinaria orden queda atenuada y encubierta por el hecho de que al aterrorizado grupo le impone traerle el palo de la escoba de la bruja.) Y lo mismo le rebuzna, a cada uno por separado y representado distintas formas de manifestarse, al Espantapájaros, al Leñador de Hojalata y al León Cobarde. Pero como todo eso es un vil engaño para consumar una rancia y personal venganza sin poner en peligro su pellejo y cuando los solicitantes ya han destruido a la Malvada Bruja del Oeste (que otrora lo había derrotado y expulsado “de la tierra del Oeste”) y ya están de regreso en Ciudad Esmeralda y se empeñan en que el Mago de Oz cumpla su palabra y les conceda sus peticiones, a cada uno le da una pócima de translúcido atolito con el dedo, a cambio de que no releven a nadie que es un farsante, más un cómodo soborno en el ínterin: “mi pueblo os servirá y obedecerá hasta el más mínimo deseo”, les dice. Al listillo del Espantapájaros le otorga un cerebro quitándole la cabeza y sacándole la paja y luego metiéndole allí una mezcla de salvado con agujas y alfileres y más paja (por ende queda convertido en un cabezota pero con el cerebro dizque “salvado” y con ideas dizque agudas y dizque puntillosas). Al sollozante Leñador de Hojalata le hace una abertura en el pecho, le introduce “un bonito corazón, hecho enteramente de seda y relleno de serrín” y la cierra con un parche. Al León Cobarde quesque lo llena de valor dándole de beber en un plato el contenido de “una botella verde cuadrada”. Y como el Mago de Oz ignora dónde se localiza Kansas ni sabe qué dirección tomar para llegar allí, alista el globo aerostático para cruzar el desierto y luego verán por dónde ir, pues él, para sorpresa de Dorothy, también se irá para siempre de la Tierra de Oz. “Estoy cansado de ser un farsante”, le confiesa. “Si salgo de este palacio, mi pueblo no tardará en descubrir que no soy un mago y entonces se enfadarán conmigo por haberles engañado. Así que debo permanecer todo el día encerrado en estas habitaciones, y se hace pesado. Preferiría volver a Kansas contigo y regresar otra vez al circo.” Así, como si los habitantes de Ciudad Esmeralda no tuvieran la menor capacidad de decisión y ni un grumo de masa gris en su mollera de niños pequeños con síndrome de Down, delega el poder en el Espantapájaros y rubrica su ida con otra gran mentira: “Oz informó a su gente de que iba a hacerle una visita a su gran hermano mago que vivía en las nubes. La noticia se difundió rápidamente por la ciudad y todo el mundo fue a contemplar la maravillosa visión.” Pero al momento del despegue Totó no aparece por ningún lado y Oz termina yéndose solo.
   
El Espantapájaros, Rey de Ciudad Esmeralda
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
     
  Quizá las páginas del Maravilloso mago de Oz son, sin proponérselo, una caricaturesca metáfora de los Estados Unidos, del mundo real, del predador ser humano y de su inextricable índole peleonera y belicosa. Pues el credo ético que impera en ese beligerante ámbito de selvas y autoritarias monarquías parece resumirse en la consabida frase de que el fin justifica los medios. Para salirse con la suya y vivir holgadamente a expensas de sus conquistados y supersticiosos súbditos, el supuesto Mago de Oz, en base a embustes y mentiras, construyó ese deslumbrante, fortificado y fastuoso imperio de Ciudad Esmeralda, signado por la retorcida y siniestra fama de un régimen de terror: “Hace muchos años que nadie me pide ver a Oz”, les dice el Guardián de las Puertas a los recién llegados, “agitando su cabeza con perplejidad”. “Es poderoso y terrible, y, si venís con un propósito tonto o trivial a molestar las sabias reflexiones del Gran Mago, puede que se enfade mucho y os destruya al instante.” ¡Gulp! 

Fotograma de El mago de Oz (1939)
(Cátedra, 2014)
   
Aunado y consubstancial a esa facilidad para matar por capricho, aburrimiento, berrinche o malhumor, en la Tierra de Oz prolifera la ley de la selva, la ley del más fuerte, la ley del empistolado salvaje Oeste. Allí te matan o matas. O puedes matar para comer, por ejemplo, carne de ciervo o de siervo. En este sentido, pese a que Dorothy le replica al Mago que nunca ha matado a una mosca y que no podría matar a la Malvada Bruja del Oeste, lo cierto es que, dado que implícitamente el fin justifica los medios (y ella quiere regresar a Kansas con su tía Em y el tío Henry), va con su grupo al peligroso Oeste, al País de los Winkies, decidida a eliminar al maligno bicho, pese a cierta ambigüedad moral: “Supongo que debemos intentarlo”, dice, “pero de lo que estoy segura es de que yo no quiero matar a nadie, ni siquiera para volver a ver a tía Em.” 
   
El Espantapájaros observado por Dorothy y el perrito Totó
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
         
Y esa facilidad para matar sin remilgos se observa, también, tanto en el precedente viaje a Ciudad Esmeralda, como en el posterior viaje al País de los Quadlings, donde reina Glinda, la Bruja Buena del Sur. Por ejemplo, cuando el grupo va rumbo a Ciudad Esmeralda en busca del todopoderoso Mago de Oz, son atacados por un par de feroces Kalidahs, que son unos “enormes animales con cuerpo de oso y cabeza de tigre”. Y pese a que el sentimental del descorazonado Leñador de Hojalata se conmueve hasta las lágrimas por pisar un escarabajo o una hormiga (podría volver a oxidarse y petrificarse con la humedad de su llanto), no duda en blandir su hacha para destrozar el tronco de un árbol, caído sobre un precipicio, por donde corren los Kalidahs para matarlos (y quizá para comerse vivos a la niña, al perrito y al león), de modo que “a punto de terminar de cruzar, el árbol cayó con estrépito en el abismo [brillante idea defensiva y exterminadora del descerebrado Espantapájaros], llevándose con él las feas y rugientes bestias, que se destrozaron ambas con las afiladas rocas del fondo.” 
 
Los Kalidahs cayendo en el abismo
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
      
 Y cuando el grupo de héroes va en pos de matar a la Malvada Bruja del Oeste con tal de que el Mago de Oz les cumpla sus fervorosos e intrínsecos deseos, la Bruja, que los mira desde la distancia con su poderoso ojo telescópico, intenta matarlos antes de que la maten a ella. Primero ordena que en la noche “una manada de grandes lobos” los hagan pedazos. Pero el Leñador de Hojalata descabeza con su hacha, uno por uno, a los 40 lobos de la feroz manada. De modo que cuando a la mañana siguiente Dorothy se despierta (durmió sin despertarse acurrucada con Totó y el León Cobarde), ve ese sanguinolento montón de 40 lobos descabezados, seguramente maloliente y horrorosísimo. Ella, más bien tranquila, desayuna allí. Imagen de sangre fría, a la Michael Corleone, que ineludiblemente recuerda la antigua y espeluznante estampa donde Vlad Tepes el Empalador, no muy lejos de su castillo y sentado en el campo frente a una rústica mesa, se dispone a almorzar carne humana al pie de un grupo de cuerpos desnudos y cadáveres empalados (su alacena alimenticia al aire libre) y de una especie de hombre de hojalata que blandiendo en lo alto un hacha le prepara un guiso (en un caldero puesto al fuego) con trozos de cuerpos despedazados en su derredor (cabezas, pies, manos, troncos). Es así que el Espantapájaros y el Leñador de Hojalata, que nunca duermen ni comen, “Esperaron a que Dorothy se despertara a la mañana siguiente. La niña se asustó mucho cuando vio la gran pila de lobos peludos, pero el Leñador de Hojalata se lo contó todo. Ella le dio las gracias por salvarlos y se sentó a desayunar, después de lo cual volvieron a continuar su viaje.”
 

Vlad Tepes almuerza rodeado de empalados
Grabado en el libro de Ralf-Peter Märtin: 
Los Drácula”.
Vlad Tepes, El Empalador (Tusquets, 2014)

       Luego de la matanza de los 40 lobos, la Malvada Bruja del Oeste envía una parvada de cuervos con la orden de sacarles los ojos y hacerlos pedazos. Pero es el listillo del Espantapájaros quien asusta al primer cuervo simulando la rigidez de un espantapájaros en medio de un sembradío de maíz; y luego, uno por uno mata, retorciéndoles el cogote, a esa infame turba de nocturnas aves (40 cuervos, ¡Nunca más!). Cuando con su telescópico ojo la Bruja ve el montón de cuervos muertos, manda “un enjambre de abejas negras”. Y nuevamente descuella la astucia y el brillante plan del descerebrado Espantapájaros: le pide al Leñador de Hojalata que le saque la paja para proteger con ella a Dorothy, a Totó y al León Cobarde. Así que las burras abejas, como si fueran zumbantes suicidas kamikazes de la Segunda Guerra Mundial, se lanzan a toda máquina a picar al Leñador, pero como es de hojalata, sus aguijones se hacen añicos. Y al no poder vivir sin ellos, las mensas abejas terminan “esparcidas en una gruesa capa alrededor del Leñador, como pequeños montones de carbonilla”. Entonces la Malvada Bruja del Oeste envía “una docena de esclavos”, doce Winkies armados con “lanzas afiladas” con orden de destrozarlos. Pero el León Cobarde asusta a la tribu salvaje y asesina lanzando “un enorme rugido” y dando “un salto hacia ellos”. Frente a tales pérdidas y derrotas, la Bruja se ve impelida a usar el “conjuro del Birrete Dorado”, que sólo puede utilizarse tres veces. La primera vez que lo hizo fue para esclavizar a los amarillos Winkies; la segunda cuando derrotó y desterró al Mago de Oz. Así que luego de realizar las poses del caricaturesco rito y al unísono recitar el jocoso nonsense del conjuro, se presenta la matona banda de los Monos Alados dispuestos a cumplir esa última orden, que consiste en matar a todos menos al León, pues planea hacerlo trabajar con arreos de caballo. Los alharaquientos Monos Alados destrozan y dejan botados por allí los restos del Espantapájaros y del Leñador de Hojalata; pero con Dorothy no se atreven, pues ven en su frente la marca indeleble del beso de la Bruja Buena del Norte, lo cual implica que “la protegen los Poderes del Bien, que son más poderosos que los poderes del Mal”. 
 
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
      
  De modo que delicadamente, como si fueran una tierna abuela tejiendo una chambrita de bebé o haciendo tru-tru, la transportan, junto con Totó, hasta las puertas del castillo de la Malvada Bruja del Oeste; y al León Cobarde lo amarran con cuerdas y así atado —igual a una bestia de circo romano, donde ineludiblemente se confrontaría a un fiero y hercúleo gladiador—, lo transportan por los aires y se lo entregan para que haga con él lo que le plazca.
 
Ilustración de W.W. Denslow
(Cátedra, 2014)
        
   El maravilloso mago de Oz, fantástica novela-fábula que es un clásico de la literatura infantil y juvenil que divierte y entretiene con las aventuras y peligros que sortean los héroes de la trama; pero ineludiblemente invita a pensar en las oscuras contradicciones y perennes rasgos de la condición humana que infesta el planeta Tierra. 



L. Frank Baum, El maravilloso mago de Oz. Prólogo, bibliografía, traducción del inglés y notas de Ana Belén Ramos. Miscelánea iconográfica e ilustraciones en blanco y negro de W.W. Denslow. Letras populares núm. 15, Ediciones Cátedra. 1ª edición. Madrid, 2014. 256 pp.



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Barba Azul



La curiosidad no siempre mata al gato


(París, enero 12 de 1628-París, mayo 16 de 1703)

Normalmente los pequeños lectores del ámbito del habla española (y quizá de otros idiomas) tienen noticia de los cuentos del francés Charles Perrault (1628-1703) a través de las adaptaciones de toda laya que, de forma dispersa y masiva y por lo regular muy arbitraria, no dejan de proliferar (fílmicas, caricaturescas, en libros con ilustraciones, etcétera). Es decir, sin tomar en cuenta el nombre y la identidad del autor aprenden una pizca o las legendarias menudencias de “La bella durmiente”, de “Caperucita Roja”, de “Barba Azul”, de “El gato con botas”, de la “Cenicienta”, de “Pulgarcito”, que son 6 de las 8 narraciones de Charles Perrault aparecidas en 1697, en París y en francés, en el libro: Historias o cuentos de antaño. Con moralejas, otrora popularmente conocido como Cuentos de mi madre la Oca o Cuentos de mamá Oca, debido a una imagen que alguna vez en lengua gala tuvo en la portada y “que es toda una deliciosa estampa evocadora de un viejo romance”, según dice María Edmée Álvarez en Cuentos de Perrault (Porrúa, México, 1974), “en que esa Mamá Oca de la fábula, convoca a sus patitos para relatarles aleccionadoras historias y prevenirlos contra las asechanzas de la vida”. A ello se añade la confusión sobre la primigenia autoría escrita que, sobre varios relatos, suscita o puede suscitar el hecho de que también abundan las variantes generadas a partir de las homónimas versiones (o más o menos homónimas) que en el ámbito del alemán compilaron los Hermanos Grimm: Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859), cuya última edición (la séptima) impresa en Berlín, con 201 cuentos infantiles y 10 leyendas religiosas para niños, data de 1857. Y más aún: junto a los 8 cuentos del citado libro de Perrault hay ediciones en las que se incluye una anónima versión en prosa de “Piel de asno” (data de 1781), cuento en verso que el autor —anotan Joëlle Eyheramonno y Emilio Pascual en Cuentos completos de Charles Perrault (Anaya, Madrid, 1997)— publicó en un libro, en 1694, junto con sus otros dos cuentos en cuentos en verso: “Grisélidis” (1691) y “Los deseos ridículos” (1693), y que fue la versión que en 1862 ilustró el francés Gustave Doré (1832-1883); pero no sólo se trata de una arbitraria traslación del verso a la prosa, sino que además se modifica el cuento en minucias sustanciales; por ejemplo, además de que las alusiones a la mitología grecolatina fueron eliminadas, la presencia del casuista dispuesto a presidir el prohibitivo e incestuoso casorio (el rey está empeñado en casarse con su única hija) es cambiada por un druida; y, entre otros pormenores, la princesa, al ir en busca de su hada protectora, se marcha “en un bello cabriolé dirigido por un carnero que conocía todos los caminos del reino”, detalle que, pese a la ilustración de Gustave Doré, no está en la versión original. 

Ilustración de Gustave Doré
        Dentro de esa constante avalancha destinada al lector infantil figura la versión de Barba Azul publicada en México, “en febrero de 2012”, por el Fondo de Cultura Económica, dentro de la serie Clásicos del Fondo. Se trata de un libro de pastas duras (21.3 x 15.7 cm) con ilustraciones en blanco y negro de Christoph Wischniowski. 

Clásicos del Fondo, FCE
México, febrero de 2012
       Traducido del francés por Mariana Mendía, en la portada se anuncia que se trata de una “Adaptación del texto de Charles Perrault”, con lo cual se cura en salud en el sentido de que se advierte al lector que no es el texto tal cual y por ende no tienen que desconcertar las variantes ni las minucias ni el hecho de que se hayan omitido el par de moralejas que figuran al término del cuento original.
Fuera del nombre de Charles Perrault, al niño no se le brinda ningún dato biográfico ni bibliográfico sobre él, ni tampoco se le dice una sola palabra sobre el ilustrador Christoph Wischniowski (no se apunta que es un alemán nacido en Dresden, en 1974, y que ha ilustrado otros libros infantiles).
Resulta razonable y persuasiva la oscuridad que predomina en los oscuros y caricaturescos dibujos de Christoph Wischniowski, cuyo clímax ilustran dos terribles episodios del relato: los colgantes cuerpos, desnudos y sin cabeza, de las esposas que Barba Azul ha asesinado y que colecciona y oculta en el cuarto prohibido de su casona; y el instante en que el par de intrépidos y veloces hermanos de su última esposa ya han matado, atravesándolo con sus espadas, al machista, misógino y asesino serial de Barba Azul.

Ilustración de Christoph Wischniowski
Ilustración de Christoph Wischniowski
          Todo indica que el machismo que denota y despotrica el inhumano ogro que casi al término de su correspondiente cuento logra vencer el avispado Pulgarcito, era un atavismo muy arraigado en la Europa de fines del siglo XVII y no sólo en la Francia del Rey Sol, cuando la mujer, casi un cero a la izquierda, tenía que obedecer, a ciegas y fielmente, las órdenes y caprichos del marido. La derrota que le inflinge Pulgarcito implica, además, la exacerbación de la sangrienta crueldad que lo distingue y caracteriza, semejante a la crueldad del parlanchín lobo que en un santiamén devora a la abuela y luego a Caperucita; pues Pulgarcito, para huir de la casa del ogro con sus 6 hermanos y evitar así que se los coma en un banquete con sus amigotes (comilona que tendría que preparar la obediente, insultada y temerosa esposa del monstruo), mientras éste duerme (se pasó de tragos) intercambia los gorros de él y sus 6 hermanos con las coronas de oro de las 7 pequeñas hijas del ogro, quienes duermen en una cama contigua y no se despiertan durante el quita y pone; de modo que cuando el gigantón ogro hace un paréntesis en el sueño para degollar a los 7 chiquillos que se comerán (él y sus amigotes) tras ser cocinados por su cónyuge y que supone duermen en una cama inmediata a la cama donde duermen sus 7 pequeñas ogresas, sin advertirlo, degüella “sin vacilar”, con un filoso cuchillo, a sus colmilludas ogresas y las deja “nadando en su propia sangre”.

Ilustración de Gustave Doré
         No menos misógino, sanguinario, brutal y cruel es Barba Azul. Todo indica que tal ricachón, desagradable y feo para las mujeres por el color de su barba, no busca casarse con una doncella hermosa o con la dama de sus sueños y vivir feliz y enamorado en medio de sus casonas y posesiones y tener hijos y nietos y hacer viajes por el mundo, sino tender un repetido cedazo en el que previsiblemente cae una nueva fémina que destinará a su colección de cuerpos sangrantes que cuelga en el cuarto prohibido de su fortín. Y así como un encantamiento es el que hace que a la pequeña llave que abre tal habitación no se le pueda quitar la sangre después de ser usada por la respectiva víctima que cae en la trampa (la sangre desaparece y reaparece al ser restregada), también hay un tácito e implícito hechizo en el cuarto de las muertas sin cabeza, pues además de que la sangre de todas ellas está coagulada, los cuerpos, que son los de sus anteriores esposas, no están en descomposición y por ende ningún olor fétido e intolerante le advirtió de lo que se ocultaba allí: 
“Al principio no vio nada porque las cortinas estaban cerradas, pero al cabo de unos instantes empezó a ver que el suelo estaba completamente cubierto de sangre coagulada y que en la sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas, sujetadas a las paredes. Eran las jóvenes a las que Barba Azul había desposado y que había degollado una tras otra. Creyó morir de miedo, y la llave del gabinete se le cayó de la mano.

Ilustración de Christoph Wischniowski
     “Después de haber recobrado el aliento, recogió la llave, cerró la puerta y subió a su habitación para calmarse un poco; pero estaba tan perturbada que no lo logró.
“Entonces vio que la llave del gabinete estaba manchada de sangre y, aunque la limpió muchas veces, la sangre no desaparecía. Por más que la lavó y la frotó, la mancha continuaba ahí, pues la llave estaba hechizada y no había forma de limpiarla: cuando quitaba la sangre de un lado, reaparecía en el otro.”

Ilustración de Christoph Wischniowski
       Apenas un mes después de la apresurada boda, Barba Azul le anuncia a su esposa que hará un viaje y que tardará “al menos seis semanas en volver” (casi sobra decir que regresa ese mismo día y la sorprende prácticamente con las manos en la masa y si su par de hermanos no hubieran llegado en el instante decisivo, le hubiera cortado el cuello y hubiera pasado a ser un ejemplar más de su colección de cuerpos colgantes y sin cabeza). Antes de partir, Barba Azul le da todas las llaves y le indica que puede entrar y salir por donde se le antoje y escudriñar todos los armarios, baúles, bargueños y recovecos, incluso con sus amigas; pero de ninguna manera debe hacerlo en el cuarto cerrado y prohibido, cuya llave más pequeña también le entrega. Tal tentadora prohibición excita la curiosidad de la esposa, la cual, según la lógica del cuento, caracteriza a todas las mujeres habidas y por haber, meollo que Charles Perrault subraya en la “Moraleja”: 

           Es la curiosidad una manía
           que, pese a su atractivo y apetencia,
           cuesta muchos disgustos con frecuencia,
           y de ello hay mil ejemplos cada día.
           Es, pese a las mujeres, un placer
           ligero y harto avaro,
           que en probándolo ya deja de ser,
           y siempre cuesta demasiado caro.

     No obstante, en la “Otra moraleja” atenúa tal prejuicio y la carga misógina de la narración: 

            Por poco hombre sensato que uno sea
            y del mundo conozca un poco el paño,
            es muy lógico que en seguida vea
            que esta historia sólo es cuento de antaño.
            Ya no queda esposo tan terrible,
            ni tampoco que pida lo imposible,
            por celoso que sea y esquinado.
            Cerca de su mujer hila delgado,
            y, sea como quiera
            el color de su barba, yo proclamo
            que apenas hay manera
            de ver quién de los dos allí es el amo.

Barba Azul y su esposa
Ilustración de Gustave Doré
        En fin, se trata de una edificante historia de sangre macerada con un asesinato y con final feliz, muy útil para dormir a los niños: la viuda de Barba Azul hereda su fortuna, que le sirve para casar a su hermana “con un joven que la amaba desde hacía tiempo”, para casarse ella misma “con un hombre honesto” y para comprar “el grado de capitán para sus hermanos”, pues “uno era dragón y el otro era mosquetero”.
Ahora que si tras oír el cuento y quedarse dormidos, los traviesos chiquillos tienen alharaquientas pesadillas en las que se ven encerrados en el cruento gabinete prohibido de Barba Azul o perseguidos por éste blandiendo su filoso cuchillo rebana cogotes, la solución, para despertarlos en un santiamén, se halla en el citado cuento de Pulgarcito, pues allí, cuando la esposa del ogro “vio a sus siete hijas degolladas y nadando en sangre”, “Empezó por desmayarse (pues es éste el primer recurso que encuentran casi todas las mujeres en tales situaciones)”, comenta la docta y misógina voz narrativa; y el ogro, para despertarla y enmendar el agravio, le “Echó en seguida un jarro de agua en las narices de su mujer y, habiéndola hecho volver en sí, le dijo:
“—Dame rápidamente las botas de siete leguas para ir a atraparlos.”

Ilustración de Wischniowski



Charles Perrault, Barba Azul. Traducción del francés al español de Mariana Mendía. Ilustraciones en blanco y negro de Christoph Wischniowski. Serie Clásicos del Fondo, FCE. México, febrero de 2012. 46 pp.


jueves, 8 de enero de 2026

El lector

Una actitud cómoda y egoísta

 

I de VII

En 1995, en Zúrich, a través de Diogenes Verlag, el escritor alemán Bernhard Schlink (Bielefeld, julio 6 de 1944) publicó en su idioma su novela más célebre: El lector, cuya traducción al español de Joan Parra Contreras fue editada por primera vez en 1997, en Barcelona, por Anagrama. Según pregona esta editorial en la segunda de forros de la Edición Limitada del año 2000, desde el inicio fue recibida “como un gran acontecimiento literario tanto en Alemania como en sus 30 traducciones y se convirtió en un extraordinario best seller internacional, un clásico moderno. Fue galardonada con diversos premios, como el Hans Fallada, el Welt de literatura, el Ehrengabe de la Sociedad Heinrich Heine, así como el Grinzane Cavour en Italia y el Laure Bataillon en Francia.” Rimbombantes reconocimientos a los que se suma The Reader (2008), la sugestiva y poderosa variante cinematográfica en inglés basada en la novela, con guion de David Hare y un estupendo elenco dirigido por Stephen Daldry.



II de VII

La novela El lector comprende tres partes, cada una dispuesta en una serie de numerados capítulos breves y ligeros. Se trata de las reflexivas memorias autobiográficas de Michael Berg en torno a la controvertida personalidad de Hanna Schmitz, una mujer a la que conoció de un modo imprevisto cuando él tenía 15 años y ella 36, y con la que vivió un tórrido anecdotario erótico y un traumático y trascendental romance que duró menos de medio año, súbitamente interrumpido en el verano de 1959. Tal lapso se precisa en la obra porque al inicio de la declaración de ella durante el juicio que la juzga por sus crímenes nazis y que la condena a cadena perpetua a fines de junio de 1966, ella declara tener 43 años y haber nacido “el 22 de octubre de 1922” en “Hermannstadt, actualmente Sibiu, Rumania,” y haber “trabajado en la empresa Siemens en Berlín” (un conglomerado industrial tácita e implícitamente al servicio del Tercer Reich) e “ingresado en las SS en 1943”, para las que sirvió y laboró como guardiana en dos campos de concentración: “hasta la primavera de 1944 en Auschwitz y hasta el invierno siguiente en un campo más pequeño, cerca de Cracovia”, donde había “una fábrica de munición”, y a donde “Cada mes llegaban de Auschwitz unas sesenta mujeres, y debían enviarse de vuelta otras tantas [directo a la cámara de gas y al crematorio], descontando las que hubieran muerto”. Y por ello Hanna Schmitz estaba entre las guardianas cuando los mandos nazis ordenaron desmantelar y abandonar el campo y marchar a pie hacia el oeste custodiando a las presas. Trote o marcha de la muerte en la que los militares y las guardianas conducían en fila india a un total de unas mil doscientas famélicas y harapientas judías endeblemente calzadas, de las que Al cabo de una semana habían muerto casi la mitad: por el hambre, por el cansancio, o por el frío de las bajas de temperaturas y de la nieve; y los varios centenares restantes murieron encerradas en la iglesia de un anónimo pueblo cuando se suscitó un incendio provocado por un bombardeo nocturno que atacó la aguja del campanario, cuyo fuego se propagó, al interior de la nave, al caer sobre la techumbre de tejas del recinto. Según los testimonios, los militares nazis se fugaron durante la noche (bajo la excusa de “llevar a los heridos a un hospital de campaña”) y las cinco guardianas enjuiciadas, ya solas, pudieron abrir las puertas y evitar que todas esas judías encerradas murieran bajo la acción destructiva de las llamas y del humo; pero no chistaron ni movieron un dedo.

Edición Limitada, Editorial Anagrama
Barcelona, 2000

            Según consigna Michael Berg, “Se suponía que ninguna de las prisioneras había sobrevivido al bombardeo nocturno. Pero en realidad había dos supervivientes, madre e hija”, quienes sobrevivieron ocultas en lo alto de la tribuna próxima a las vigas. “La tribuna era estrecha, tanto que las vigas incendiadas apenas la rozaron al caer. La madre y la hija se quedaron acurrucadas contra la pared, viendo y oyendo las llamas. Al día siguiente no se atrevieron a bajar ni a salir de la iglesia. Por la noche tampoco, pues temían perder pie al bajar por la escalera o extraviarse en la oscuridad. Al amanecer del día siguiente, cuando salieron de la iglesia, se encontraron con unos cuantos aldeanos que, pasmados y mudos de asombro, les dieron ropa y comida y las dejaron marchar.” Y esa “hija había escrito [en inglés] y publicado en Estados Unidos un libro sobre el campo de concentración y la marcha hacia el oeste.” Mismo que los participantes en el juicio leyeron en alemán (menos Hanna Schmitz), cuando tal traducción aún no había sido publicada en Alemania. En este sentido, “Los testigos más importantes eran la hija, que había venido a Alemania para el juicio, y la madre, que se había quedado en Israel.” Así que “Para tomar declaración a la madre, los miembros del tribunal, los fiscales y los defensores viajaron a Israel”. Allí estuvieron dos semanas de junio. “La toma de declaración les ocupó sólo unos pocos días, pero el juez y los fiscales quisieron unir lo judicial con lo turístico, y se dieron una vuelta por Jerusalén, Tel-Aviv, el Néguev y el Mar Rojo. Sin duda, no había nada que objetar desde el punto de vista legal, laboral y económico. Pero aun así me pareció fuera de lugar.” Acota Michael Berg; quien como estudiante de derecho y alumno del “seminario de Auschwitz”, asistió, de lunes a jueves, a todas las sesiones del juicio, con excepción de esa única parte. Paréntesis que él aprovechó para ver en persona un campo de concentración. Y puesto que para ingresar a Auschwitz había que conseguir un visado y esperar semanas, se fue de aventón a Alsacia, donde observó los museográficos vestigios del “Campo de concentración Struthof-Natzweiler”; en cuya ruta por carretera lo lleva un camionero bebedor de cerveza y luego un tipo que conducía un Mercedes con guantes blancos, quien, con su acento extranjero, le relata una espeluznante anécdota en torno a una foto de una matanza de judíos en una cantera en Rusia. (“Los judíos esperan en fila, desnudos; algunos están al borde de una fosa, y los soldados se les acercan por detrás y les disparan en la nuca con el fusil.”) Cuyas menudencias lo proyectan, al parecer, en el deshumanizado y rutinario oficio de verdugo e indiferente oficial que daba las órdenes, cumpliendo con su aburrida chamba —“sentado en un hueco de la pared, con las piernas colgando en el aire y fumándose un cigarrillo”—, antes de irse a casa a descansar sin remordimientos.   

           

Campo de concentración Natzweiler- Struthof

         A los 18 años de su condena en una cárcel modélica, Hanna Schmitz obtuvo el indulto. O sea: estuvo presa entre 1966 y 1984 (entre sus 43 y 60 años de edad). Y si bien se ahorcó al amanecer del día que saldría en libertad, Michael Berg evoca todo aquello, por escrito, diez años después. O sea: en 1994; de ahí el remanente y la perspectiva temporal con que en un pasaje sopesa y mira el pasado histórico en el contexto en que en un perpetuo continuum se revisa, revisita, divulga y explota hasta la saciedad (y con hartos dividendos) el tópico del Holocausto y del Tercer Reich inmerso en las pesadillas del homo sapiens y en el imaginario colectivo (de la recalentada) aldea global, pese a que su idiosincrasia y a que sus parámetros mentales son muy germanos y localistas:

           

Entrada a Auschwitz con la frase:
El trabajo hace libre

             “Hoy, cuando pienso en aquellos años, me doy cuenta de lo escasa que era la carga visual, de lo escasas que eran las imágenes que documentaban la vida y la muerte (o, mejor dicho, el asesinato) en los campos de exterminio. De Auschwitz conocíamos la puerta principal, con la famosa inscripción ‘El trabajo os hará libres’, las literas de madera, los montones de pelo, gafas y maletas; de Birkenau, el edificio de la entrada, con su torre, sus dependencias laterales y el hueco para que pasaran los trenes; y de Bergen-Belsen, las montañas de cadáveres que los aliados encontraron y fotografiaron cuando liberaron el campo. Conocíamos algunos relatos de prisioneros, pero muchos de ellos salieron a la luz poco después de acabada la guerra y no volvieron a ser publicados hasta los años ochenta, pues durante mucho tiempo no interesaron a las editoriales. Hoy en día hay tantos libros y películas sobre el tema, que el mundo de los campos de exterminio forma ya parte del imaginario colectivo que complementa el mundo real. Nuestra fantasía está acostumbrada a internarse en él, y desde la serie de televisión Holocausto [1973] y películas como La decisión de Sophie [1982] y especialmente La lista de Schindler [1993], no sólo se mueve en su interior, no se limita a percibir, sino que ha empezado a añadir y decorar por su cuenta. Por aquel entonces la fantasía apenas se movía; teníamos la sensación de que la conmoción que había producido el mundo de los campos de exterminio no era compatible con la fantasía. La imaginación se limitaba a contemplar una y otra vez las pocas imágenes que le habían proporcionado las fotografías de los aliados y los relatos de los prisioneros, hasta que se convirtieron en tópicos fosilizados.”

Campo de concentración de Bergen-Belsen (abril de 1945)
Foto: George Rodger

III de VII

En 1959 —en una anónima ciudad del suroeste de Alemania Occidental (de cuyo nombre el memorioso no quiso acordarse)—, a sus 15 años (cumplidos en junio del año anterior) el chaval Michael Berg vivía en el departamento familiar (“el segundo piso de una espaciosa casa de finales del siglo pasado, en la Blumenstrasse”), donde confluían su hermano mayor, sus dos hermanas, su madre y su padre, catedrático de filosofía en la universidad, autor de un libro sobre Kant y otro sobre Hegel; quien durante el Tercer Reich perdió su “puesto de profesor universitario al anunciar un curso sobre Spinoza, por tratarse de un filósofo judío, y que durante la guerra se había mantenido a flote a sí mismo y a toda la familia trabajando en una editorial de mapas y guías para excursionistas”.  

    Un lunes de octubre del 58, de regreso del colegio, Michel Berg se puso a vomitar al pie del portón de una casona en la Bahnhofstrasse. La mujer que lo auxilió y luego lo acompañó a pie hasta su casa (“La Bahnhofstrasse está cerca de la Blumenstrasse”) resultó ser Frau Schmitz, quien vivía en un minúsculo y modesto apartamento en el tercer piso de esa vetusta casona que es un populoso vecindario, donde incluso hay una carpintería. Pero esto sólo lo supo hasta un día de finales de febrero del 59, luego de recuperarse de la hepatitis e ir a agradecerle su auxilio con un ramo de flores.

          

Fotograma de The Reader (2008)

              En la candente relación erótica, Hanna Schmitz, obsesionada con la limpieza y la disciplina, juega un papel mandón y dominante y lleva la batuta en todo: es ella la que impone la voz y las reglas (nunca debe abordarla durante su trabajo en el tranvía) y el orden de los encuentros lascivos, placenteros y clandestinos: baño, lectura, sexo, y holgazanear en la cama. Porque Michael Berg descubrió que a Hanna le entusiasma y embelesa que él le lea en voz alta y es algo que le antepone; del mismo modo que también le antepuso ponerse a estudiar para aprobar el sexto del bachillerato, a punto de perderlo por haber faltado durante su convalecencia. Y esto se lo dijo enfática y colérica: “Fuera —dijo retirando el edredón— Fuera de mi cama. Y no vuelvas hasta que te pongas a estudiar. ¿Dices que ir al colegio es para imbéciles? ¿Para imbéciles? ¡Pero qué sabrás tú! ¿Tú sabes lo que es pasarse el día vendiendo billetes de tranvía?” Y para que le quede claro la mediocridad del día a día de esa labor y lo que le espera si abandona los estudios, hace una pantomima:

 

The Reader (2008)

          “Se puso de pie, desnuda en medio de la cocina y empezó a hacer de revisora. Abrió con la mano izquierda la carterita en la que llevaba los talonarios de billetes, arrancó dos billetes con el dedo pulgar de la misma mano —enfundado en un dedal de goma—, balanceó la mano derecha para agarrar la perforadora que le colgaba de la muñeca y la pulsó dos veces.

   “—Dos a Rohrbach.

   “Soltó la perforadora, extendió la mano, cogió unas monedas, abrió el monedero que llevaba colgado sobre el vientre, metió las monedas dentro, cerró el monedero y devolvió el cambio sacándolo del distribuidor de monedas fijado al monedero.

    “—Billetes por favor.

 “Me miró.

   “—¿Para imbéciles? No tienes ni idea.”

      No obstante, mientras ese ardiente y tormentoso vínculo erótico y afectivo dura hasta finales de junio, Michael Berg no descubre que Hanna Schmitz es analfabeta. Y pese a que esa minusvalía intelectual y cognoscitiva dificulta la movilidad por las calles y las posibilidades de empleo y el ascenso laboral, puede trabajar de uniformada revisora del tranvía e incluso ir al cine, aunque nunca fueron juntos porque ella no quiso ir con él. Según reporta: “A veces hablábamos de películas que habíamos visto los dos. En cuestión de cine, parecía tener los gustos más variopintos: veía toda clase se películas, desde bélicas o folklóricas alemanas hasta la nouvelle vague, pasando por las del Oeste. A mí lo que me gustaba era todo lo que venía de Hollywood, fueran películas de romanos o de vaqueros. Había una del Oeste que nos gustaba especialmente; salía Richard Widmark en el papel de un sheriff que debe afrontar un duelo que no tiene ninguna posibilidad de ganar; al anochecer llama a la puerta de Dorothy Malone, que le ha aconsejado huir, aunque él no le ha hecho caso. Ella abre la puerta. ‘¿Qué quieres? ¿Toda tu vida en una noche?’ A veces, cuando yo llegaba rebosante de deseo, Hanna se burlaba de mí: ‘¿Qué quieres? ¿Toda tu vida en una hora?’”

 


          Vale observar, entre paréntesis, que sin duda se trata de Warlock (1959), western titulado en español El hombre de las pistolas de oro, en el que actúan Richard Widmark (Johnny Gannon) y Dorothy Malone (Lily Dollar); no obstante, la anécdota fílmica no es exactamente así como la evoca Michael Berg.

   

Fotograma de The Reader (2008)

          Y más aún: no lo detecta en abril, cuando una semana después de Pascua, a partir del Domingo de Resurrección, hacen un recorrido de cuatro días en bicicleta por “Wimpfen, Amorbach y Miltenberg”, tres pueblos circunvecinos de la llanura del Rin y de la Selva del Oden, haciéndose pasar por madre e hijo. Según evoca Michael Berg: “Hanna no sólo dejaba en mis manos la tarea de elegir la dirección y la carretera; también me encargaba yo de buscar alojamiento para pasar la noche, de registrarnos como madre e hijo en los formularios, que ella se limitaba a firmar, y de escoger en el menú la comida no sólo para mí, sino también para ella.” ¿Y cómo? Si no sabía ni leer ni escribir.

IV de VII

Cuando Michael Berg egresó de la carrera de derecho tenía nulas o grises opciones profesionales para él, que empezaron a encaminarse cuando “el catedrático de historia del Derecho” le “ofreció una plaza de interino en su departamento”. Y de ahí saltó a un centro de investigación en el que pudo dedicarse a la historia del Derecho, donde, dice, “Una de mis áreas de investigación era el Derecho en la época del Tercer Reich”. No obstante, cuando era un jovencillo eligió esa carrera por no saber qué otra cosa escoger. Y se matriculó en el “seminario de Auschwitz” por pura curiosidad, sin saber que Hanna Schmitz estaba entre las cinco guardianas nazis enjuiciadas (en una ciudad vecina a su ciudad) hasta que oyó su nombre en una audiencia. Según narra: “No la reconocí hasta que la llamaron, se puso de pie y dio un paso adelante. Por supuesto reconocí el nombre de inmediato: Hanna Schmitz. Luego reconocí la figura, la cabeza, que me resultaba extraña con el pelo recogido en un moño, la nunca, las anchas espaldas y los brazos robustos. Estaba muy erguida. Se mantenía firme sobre las dos piernas. Los brazos le colgaban relajados. Llevaba un vestido gris de manga corta. La reconocí, pero no sentí nada. No sentí nada.”

           

Guardianas nazis enjuiciadas

          No obstante, sí sintió algo mucho más que la sorpresa y el desconcierto, el hielo en las venas, y el autoinculpatorio devaneo moral y leguleyo, cuyo meollo se agudiza cuando a través de las declaraciones infiere que Hanna Schmitz era y es analfabeta. Es decir, que por esa vergüenza, para ella sumamente vergonzosa, intrínseca e intolerable, súbitamente renunció a su puesto de revisora de tranvías (quince días antes el responsable del departamento de personal de la compañía tranviaria le había ofrecido hacer un cursillo para ascender a conductora; y por ello también renunció, deduce, al “ascenso en Siemens y se convirtió en guardiana de campo de concentración”), cerró el contrato de renta del minúsculo departamento amueblado donde vivía, y se largó sin decirle a él nada: ni mu ni pío, ni good bye, baby. Quien por entonces se culpaba de haberla traicionado por no revelarla y mostrarla ante sus amigos y amigas de la adolescencia y de la piscina veraniega; más aún porque el último día que la vio él estaba en la alberca con el grupo y sólo la miró y se puso de pie sin atreverse tan siquiera a saludarla. Según evoca, Hanna “Estaba a unos veinte o treinta metros, con pantalones cortos y una blusa desabrochada, anudada en la cintura, y me miraba. Yo la miré a ella. A aquella distancia no pude interpretar la expresión de su cara. En vez de levantarme de un salto y correr hacia ella, me quedé quieto preguntándome qué hacía ella en la piscina, si acaso quería que yo la viera, que nos vieran juntos, si quería yo que nos viesen juntos. Nunca nos habíamos encontrado casualmente y no sabía qué hacer. Y entonces me puse de pie. En el breve instante en que aparté la vista de ella al levantarme, Hanna se fue.

            “Hanna con pantalones cortos y blusa anudada a la cintura, mirándome con una cara que no consigo interpretar: otra imagen que me ha quedado de ella.”

            Pero el intríngulis, para él, más íntimo y trascendente de la oculta condición de analfabeta de Hanna Schmitz se le desvela en el juicio, cuando, confabuladas contra ella las otras guardianas y sus abogados defensores (belicosos ex nazis) la acusan de tener favoritas entre las presas, de apapacharlas por un tiempo, y luego destinarlas con frialdad entre las 60 mujeres que regresarían a morir en Auschwitz. Acusación que incita a que la hija sobreviviente, ya instalada entre el público, se ponga de pie y desde allí amplíe su declaración:

 

Guardianas nazis

          “—Sí, tenía favoritas, siempre alguna de las más jóvenes, alguna chica débil y delicada. Las ponía bajo su protección y se encargaba de que no tuvieran que trabajar [en ese campo las mujeres no eran obreras en la fábrica de munición, sino que se dedicaban a la reconstrucción de la nave], las alojaba en sitios más cómodos y las alimentaba y las mimaba, y por la noche se las llevaba a su habitación. Les tenía prohibido contar lo que hacían con ella por la noche, y todas pensábamos que... Estábamos convencidas de que se divertía con ellas y luego cuando se cansaba, las metía en el siguiente envío. Pero no era así; un día una de las chicas habló, y nos enteramos de que sólo las obligaba a leerle libros, noche tras noche. No era tan malo como nos lo habíamos imaginado... Y también eran mejor que tenerlas en la obra trabajando hasta reventar, debí de pensar que era mejor, si no no se me habría olvidado tan fácilmente. Pero ahora me pregunto si de verdad era mejor.

       “Y se sentó.

            “Entonces Hanna se volvió y me miró. Su mirada me localizó de inmediato, y comprendí que ella había sabido todo el tiempo que yo estaba allí. Se limitó a mirarme. Su cara no pedía nada. Se mostraba, eso era todo. Me di cuenta de lo tensa y agotada que estaba. Tenía ojeras, y las mejillas cruzadas de arriba abajo por una arruga que yo no conocía, que aún no era honda, pero ya la marcaba como una cicatriz. Al verme enrojecer, apartó la mirada y volvió a fijarla en el tribunal.”

     Pero entre lo que Michael Berg cavila y sopesa sobre esa escena,  aletea lo que supone debió preguntarle a Hanna Schmitz su abogado defensor y que transluce el probable, subyacente y minúsculo grumo humanitario de la servil, disciplinada, limpísima y obediente guardiana, quien para oír y acatar la sentencia final portó un impecable atavío (quizá de revisora de tranvía) que recuerda o semeja el uniforme de una fiel, gruñona y severa celadora nazi:

   

Guardianas nazis luego de su arresto (abril de 1945)

         “Pregúntele si escogía a las chicas más débiles y delicadas porque sabía que no resistirían el trabajo en la obra y de todos modos iban a volver a Auschwitz en el siguiente envío, y ella quería hacerles más grato el último mes de su vida. Díselo, Hanna. Diles que por eso escogías precisamente a las más delicadas y débiles. Que no había otro motivo ni podría haberlo.

            “Pero el abogado no preguntó nada, y Hanna también calló.”

            Y no dijo una sola palabra porque el obtuso e inveterado prejuicio existencial de Hanna Schmitz es ocultar su analfabetismo a toda costa y al precio que sea, ya sea como sádica operadora en el sanguinario genocidio sistémico, supremacista, xenofóbico, paramilitar y militar del Tercer Reich, o confinada en una cárcel por el resto de sus días. Tal es así que cuando en el rifirrafe y en la virulencia del juicio es señalada y acusada de ser la guardiana que decidía, la que mandaba, la que tenía la sartén por el mango, y la única que escribía los reportes y, por ello, de ser la única que redactó el informe sobre lo sucedido en la matanza de las judías durante el incendio en la iglesia, para eludir que el análisis de un grafólogo revele su analfabetismo y por ende la exhiban y pongan en ridículo en ese canibalesco círculo concéntrico (solitario punto central del círculo solitario), ella asume la responsabilidad y la culpa de todo: “No hace falta que llamen a ningún experto. Confieso que el informe lo escribí yo.” Dando por resultado que las otras guardianas fueran condenadas a penas menores y ella a perpetuidad.

 V de VII

Evoca Michael Berg que “Cuando estaba trabajando en la tesina, murió el catedrático que había organizado el seminario de Auschwitz.” Y fue al sepelio, pese a que no le gustan los entierros y a que, dice, “aquel profesor y yo nunca nos habíamos entendido muy bien”. Y se casó con Gertrude, una condiscípula de la carrera de derecho de su generación, porque ella se quedó embarazada cuando ambos estaban haciendo las prácticas. Y se divorciaron, dice, “sin amarguras”, cuando su hija Julia cumplió cinco años. Y según revela: “Nunca conseguí dejar de comparar lo que sentía cuando estaba con Gertrude con lo que sentía con Hanna, y una y otra vez, cuando andábamos cogidos del brazo, me asaltaba la sensación de que algo fallaba, concretamente en ella: no tenía el tacto ni las vibraciones adecuadas, ni el olor ni el sabor adecuado. Pensaba que con el tiempo se me pasaría. Sinceramente, lo esperaba. Quería librarme de Hanna. Pero esa sensación de que algo fallaba no desparecía.”

   

Fotograma de The Reader (2008)

         Y no despareció ni logró librarse de Hanna Schmitz. Nunca. Cuando recién se fue y la buscaba por todas partes, elegía y abría un libro preguntándose “si sería una buena lectura para Hanna”. Y luego, según dice: “Acabé reconociendo que, para poder sentirme a gusto al lado de una mujer, necesitaba que tuviera un tacto y unas vibraciones un poco como los de Hanna, que su olor y su sabor se parecieran a los de Hanna. Y empecé a hablarles de ella a otras mujeres.” E incluso les habló de sí mismo hasta que se le agotó el regusto de ser escuchado y comprendido.

   

Fotograma de The Reader (2008)

       En este sentido, Hanna Schmitz siguió estando en él entre ceja y ceja, en sueños, pesadillas y divagaciones. Resulta consecuente entonces, para él, que averiguara la dirección de la cárcel donde Hanna Schmitz cumplía su condena, con el objetivo de enviarle un aparato reproductor de casetes para que ella oyera su voz leyéndole una serie de libros. (No narra si sólo leía y grababa con ciertas inflexiones o hacía lecturas dramatizadas impostando voces.) Tarea que hizo durante diez años: entre 1974 y 1984. O sea: a partir del octavo año de su condena, hasta el decimoctavo, que fue cuando obtuvo el indulto. Pero ella se ahorcó.

 

Fotograma de The Reader (2008)

            Según reporta, en una libreta llevó un registro de los libros que le leía en voz alta y le enviaba grabados: “En conjunto, los títulos en la libreta encajan en el sólido candor de los gustos de la burguesía culta. Tampoco recuerdo haberme planteado nunca ir más allá de Kafka, Max Frisch, Uwe Johnson, Ingebor Bachmann y Siegfried Lenz; nunca grabé literatura experimental, esa literatura en la que no soy capaz de identificar una historia y no me gusta ninguno de los personajes. Para mí estaba claro que con lo que experimenta la literatura experimental es con el lector, y eso era algo que Hanna y yo podíamos prescindir perfectamente.”

     Pero además, dice que también le envió grabaciones de textos escritos por él; con lo cual narra que, además de investigador de “la historia del Derecho”, se hizo escritor. Y más aún: que en el epicentro del proceso creativo y del punto final, listo para enviar el manuscrito a la editorial, siempre estaba Hanna Schmitz:

   

Bernhard Schlink

         “Cuando empecé a escribir yo, le leía también cosas mías. Esperaba hasta haber dictado el manuscrito y revisado la versión escrita a máquina, hasta que tenía la sensación de que aquello ya estaba acabado. Al leer en voz alta sabía si conseguía el efecto deseado. Si no lo conseguía, podía revisarlo todo y volver a grabar encima de lo que ya estaba grabado. Pero no me gustaba hacerlo. Quería cerrar el círculo de la grabación. Hanna se convertía en la entidad para la que ponía en juego todas mis fuerzas, toda mi creatividad, toda mi fantasía crítica. Luego podía enviar el manuscrito a la editorial.”

     No obstante, Michael Berg no se propuso establecer con Hanna Schmitz un vínculo recíproco, más personal, afectivo e íntimo. Pues además de que nunca la visitó motu proprio, nunca le escribió ni le leyó grabada una sola carta escrita por él. Según dice sobre su particular y antepuesta ley del hielo: “No hacía ningún comentario personal en las cintas; ni le preguntaba a Hanna cómo le iban las cosas, ni le contaba cómo me iban a mí. Leía el título, el nombre del autor y el texto. Cuando se acababa el texto, esperaba un momento, cerraba el libro y pulsaba la tecla de parada.” Es decir, asumió una actitud cómoda y egoísta, cuyo egocentrismo él mismo puntualiza: “Le había reservado a Hanna un rincón, un rincón que para mí era importante, que me aportaba algo y por el que estaba dispuesto a hacer algo, pero no a concederle un lugar en mi vida.”

     Incluso no quebrantó su ley del hielo cuando al cuarto año de enviarle los audiolibros con su voz, Hanna Schmitz le remitió un mensaje redactado por ella misma, indicio de que ya ha aprendido a escribir, y donde lo llama con el cariñoso apelativo con que se dirigía a él cuando tenía 15 años y vivieron su tórrido romance: “La última historia me ha gustado mucho, chiquillo. Gracias. Hanna.”

     Michael Berg atesoró cada uno de los mensajes que Hanna Schmitz le escribió y envió durante seis años y fue observando la evolución de su escritura: “Tengo guardados todos sus saludos por escrito. La escritura va cambiando. Empieza forzando a las letras a alinearse todas en la misma dirección oblicua y a adoptar la altura y anchura correctas. Una vez conseguido eso, se hace más ligera y más segura. Nunca suelta. Pero adquiere algo de la severa belleza propia de la letra de los ancianos que han escrito poco en su vida.” Y entre las líneas que comenta de Hanna, antologa algunos elogios literarios y ciertas pullas (cuchillos sin hoja a los que les falta el mango, diría Lichtenberg): “Sus observaciones sobre literatura eran a menudo asombrosamente acertadas. ‘Schnitzler es perro ladrador y poco mordedor, y Stefan Zweig lleva el rabo entre las patas’, o ‘Keller lo que necesita es una mujer’, o ‘Las poesías de Goethe son como pequeñas estampas enmarcadas en oro’, o ‘Estoy segura que Lenz escribe a máquina’.”

 VI de VII

Esa rutina, cómoda y egoísta, de sólo enviarle los audiolibros con su voz tiene visos de interrumpirse cuando la directora de la prisión le escribe una carta donde le anuncia que Hanna Schmitz, el año próximo, saldrá en libertad “después de una estancia de dieciocho años en nuestra institución”. Y en resumidas cuentas le solicita que apoye y guíe a Hanna al salir de la cárcel, no sólo en lo que concierne a una vivienda, a un trabajo y al ocio. Pero además le dice: “ahora es imprescindible que venga usted a verla antes de que recupere la libertad. Le ruego que en tal caso no deje de pasar por mi despacho.” Sin embargo, si bien Michael Berg le buscó y amuebló una casita, le encontró trabajo con un sastre griego, y planeó para ella algunas actividades recreativas y culturales, pasó el año y no visitó la prisión. Y sólo fue hasta que la directora le habló por teléfono y le dijo que “Hanna iba a salir en una semana.”

            Así que el domingo siguiente, Michael Berg fue a la cárcel. Y ya en el interior, la vio sentada, a la sombra de un castaño, en uno de los bancos del jardín con árboles y césped, bastante concurrido:

     “¿Hanna? ¿La mujer del banco era Hanna? Pelo blanco, hondos surcos verticales en la frente, en las mejillas, alrededor de la boca, y un cuerpo pesado. Llevaba un vestido azul celeste que le venía pequeño y le marcaba el pecho, el vientre y los muslos. Tenía las manos en el regazo, sosteniendo un libro. No lo leía. Miraba por encima de la montura de sus gafas de lectura a una mujer que echaba migajas de pan a los gorriones. Luego se dio cuenta de que la miraba y giró la cara hacia mí.

            “Vi la emoción en su rostro, lo vi resplandecer de alegría al reconocerme, vi sus ojos tantear toda mi cara. Y cuando me acerqué los vi buscar, preguntar, y enseguida volverse inseguros y tristes, hasta que se apagó el resplandor. Cuando llegué junto a ella, me sonrió con amabilidad, pero con gesto cansado.

            “—Te has hecho mayor, chiquillo.

            “Me senté a su lado y ella me cogió la mano.”

            Y luego de evocar (en un intercalado pasaje) las menudencias eróticas y lascivas del olor y los efluvios odoríficos que de ella le fascinaban cuando él era el chaval quinceañero en ebullición, dice del aroma a viejecita que percibe: “Ahora, sentado junto a Hanna, olí a una anciana. No sé de dónde sale ese olor que conozco de las abuelas y las tías entradas en años, y que flota como una maldición en las habitaciones y los pasillos de los asilos. Hanna era demasiado joven para aquel olor.” Quizá, pero el próximo 21 de octubre de 1984 hubiera cumplido 61 años.

            Ese breve y melancólico encuentro y parco diálogo concluye con el acuerdo de ir por ella “la semana que viene”, “sin hacer ruido”. Y según dice él: “La abracé, pero fue como abrazar algo inanimado.” Así que un día antes de pasar por Hanna, Michael Berg le habla por teléfono para saber qué le apetece hacer mañana: “¿Quieres que te lleve a casa directamente o prefieres ir a dar un paseo por el bosque o por la orilla del río?” Ella le responde con su voz aún juvenil: “Me lo pensaré.” Pero nada grato ocurrió. “A la mañana siguiente, Hanna estaba muerta. Se había ahorcado al amanecer.”

 VII de VII

El mazazo de su muerte fue lo que recibió a Michael Berg al ir a recogerla a la cárcel. Entre el conjunto de recriminaciones, testimonios y preguntas que le formula la directora del penal, le echa en cara, como un balde de agua hirviendo, que nunca le escribió una carta: “Tenía ganas de que usted le escribiera... Sólo recibía correspondencia de usted, y cuando repartían el correo preguntaba: ‘¿No hay carta para mí?’, y le aseguro que no se refería al habitual paquete de cintas. ¿Por qué no le escribió nunca?”

            Michael Berg, sin contestarle, aguantándose el llanto y haciendo de tripas corazón, le pide ver el cadáver y la directora se lo muestra en la enfermería. Pero también le resume el declive anímico y físico de Hanna y su tiempo en esa cárcel, donde vivió una especie de mediodía de aprecio entre las presas: “Con las otras mujeres era amable pero distante, y ellas le tenían mucho respeto. Es más, tenía autoridad, le pedían consejo cuando había problemas, y cuando había alguna disputa ella intervenía y todas decían amén. Hasta que hace unos años empezó a abandonarse.” También le dice que trabajaba en la sala de costura y que “hizo una vez una huelga de brazos caídos hasta que se retiró el proyecto de reducir el presupuesto de la biblioteca”. Y que “solía prestarle cintas al servicio de ayuda a los internos invidentes”. Y esto se lo dice cuando lo ha llevado a observar las minucias personales de la celda donde Hanna dormía, oía los casetes, tomaba café o té, y donde aprendió a leer y a escribir auxiliándose con las cintas que él le enviaba, cuyo método de autoaprendizaje le resume; bastante rápido e inverosímil, por cierto, —pero es una novela—. Proceso en el que la directora la apoyó con la reparación del reproductor de casetes, cuando se averiaba, y con un libro de caligrafía. Y al mirar los recortes de frases e imágenes con que Hanna decoró su estrecho hábitat, Michael Berg dice: “En una foto recortada de un periódico aparecían un hombre mayor y otro más joven, vestidos de oscuro, dándose la mano, y en el joven, que hacía una reverencia ante el mayor, me reconocí a mí mismo. Acababa de terminar el bachillerato, y la foto era de la ceremonia correspondiente, en la que el director me entregó un premio. Fue bastante después de que Hanna se marchara de la ciudad. ¿Podía ser que ella, la analfabeta, estuviera suscrita al periódico local en el que había aparecido la foto? En cualquier caso, algún esfuerzo debía haber hecho para averiguar que la foto existía. ¿Y la tenía durante el juicio? ¿La llevaba encima, quizá?”

            Allí en la celda, Michael Berg descubre y entrevé que Hanna Schmitz, como lectora, pensaba, examinaba, estudiaba y conjeturaba sin él y tenía sus propias expectativas intelectuales, éticas e ideológicas, pues según reporta: 

         

La Trilogía de Auschwitz de Primo Levi

         “Me acerqué a la estantería. Primo Levi, Elie Wiesel, Tadeusz Borowski, Jean Améry: la literatura de las víctimas y, junto a ella, las memorias de Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, el ensayo de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén [1963] y varios libros sobre los campos de exterminio.” Bagaje que lo induce a preguntarle a la directora: “¿Hanna leía estas cosas?” Y ella le responde: “Por lo menos cuando pidió los libros sabía muy bien lo que hacía. Hace varios años ya me pidió que le diera bibliografía general sobre los campos de exterminio, y luego, hace un año o dos, me preguntó si había libros sobre las mujeres de los campos, tanto las prisioneras como las guardianas. Escribí al Instituto de Historia Contemporánea y me enviaron una bibliografía especial sobre el tema. Lo primero que se puso a leer Frau Schmitz cuando aprendió fueron libros sobre los campos de exterminio.”

           

Hannah Arendt

            Pero también la directora, allí en la celda, luego de tomar en sus manos un bote de té de hojalata, le lee el breve fragmento de una carta testamentaria que Hanna le dejó a ella y que le concierne a él:

            “En el bote de té de color lila hay más dinero. Déselo a Michael Berg para que él se lo entregue, junto con los siete mil marcos de mi libreta de ahorro, a la hija superviviente del incendio. Que haga con el dinero lo que quiera. Y a él dele recuerdos de mi parte.”

            Así que Michael Berg luego cumple su misión en Nueva York, donde vive la hija “en una calle pequeña cerca de Central Park”. La hija le hace preguntas sobre él y su vínculo con Hanna Schmitz, la guardiana nazi de las SS. Pero, por ser una dolida víctima del Holocausto, no acepta el dinero, porque, le dice: “me parece como una especie de absolución, y yo no puedo ni quiero darla”. No obstante, sí se queda con la lata de té porque se parece a una que le robaron en el campo de concentración y que contenía, le dice, “lo típico: un mechón de mi perro, entradas de la ópera a las que me había llevado mi padre, un anillo ganado no sé dónde o que reglaban con algún producto... No me lo robaron por el contenido. En el campo un bote era un objeto de valor por sí mismo y por lo que se podía hacer con él.”

            Así que por iniciativa de Michael Berg, y con la anuencia de la hija, acuerdan donar el dinero, a nombre de Hanna Schmitz, a una sociedad o fundación benéfica judía que apoye a los “analfabetos que quieren aprender a leer y escribir”, pese al miope y ampuloso prejuicio que expresa ella: “Aunque, eso sí, el analfabetismo no es precisamente un problema que afecte a los judíos.” En este sentido, Michael Berg reporta en el fragmento que cierra su memoria:

            “En cuanto volví de Nueva York, envié el dinero de Hanna, a su nombre, a la Jewish League Against Illiteracy. Recuerdo una breve carta escrita con ordenador, en la que la Jewish League agradecía a Mrs. Hanna Schmitz su donativo. Con la carta en el bolsillo me fui al cementerio, a la tumba de Hanna. Fue la primera y la única vez que estuve ante su tumba.”

 

Bernhard Schlink, El lector. Traducción del alemán al español de Joan Parra Contreras. Edición Limitada, Editorial Anagrama. Barcelona, 2000. 204 pp.

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Trailer oficial de The Reader (2008), película dirigida por Stephen Daldry, basada en la novela homónima de Bernhard Schlink.