viernes, 12 de abril de 2019

El cantor de tango


                           
La voz en los laberintos que una y mil veces se bifurcan


El escritor argentino Tomás Eloy Martínez, nacido en Tucumán el 16 de juicio de 1934, falleció en Buenos Aires, aquejado por el cáncer, el 31 de enero de 2010. En su novela El cantor de tango (Planeta, 2004), semanas antes de que el 11 de septiembre de 2001 un par de aviones derrumbaran las Torres Gemelas de Nueva York, Bruno Cadogan, desde tal urbe, ha arribado a Buenos Aires tras un largo vuelo, subsidiado por dos becas: la Fulbright y la de su universidad neoyorquina. Como desde Nueva York prepara una tesis doctoral “sobre los ensayos que Jorge Luis Borges dedicó a los orígenes del tango” (y se halla atorado) y puesto que allí Jean Franco (quien dizque “supo que Borges iba a ser Borges antes que él mismo”) en una librería le dio visos de Julio Martel, un cantor de tango casi anónimo (del cual, pese a nunca haber grabado un elepé, se dice que es mejor que Carlos Gardel), para destrabar y darle aliento a su escrito decidió buscarlo en los meandros de la capital argentina, lo que de inmediato se torna laberíntico, repleto de obstáculos y quizá improbable. Esto le permite al autor Tomás Eloy Martínez describir el rito de danzar el tango y de cantarlo (cuyas inflexiones a veces reseña como si hablara del cante jondo y no del tango) y reinventar espacios, recodos, pasajes y menudencias de la fundación e historia de Buenos Aires, una ciudad porteña de solitarios cafés nocturnos que nunca cierran, donde los insomnes y ávidos lectores, dada la abundante pobreza, empiezan a leer un libro era una librería y lo siguen en otra y luego en otra, “de diez páginas en diez o de capítulo en capítulo” hasta que lo concluyen.
Tomás Eloy Martínez
Foto: Gonzalo Martínez
  En el aeropuerto Ezeiza “un muchacho desgarbado y mustio” (el Tucumano) aborda a Bruno y lo guía a una astrosa pensión, casi un conventillo, ubicada en la calle Garay, la misma legendaria calle donde a unos cuantos pasos estuvo la casa de Carlos Argentino Daneri (el primo de la esquiva Beatriz Viterbo), en cuya escalera del sótano, precisamente en el escalón 19, el personaje Borges descubre en la oscuridad el diminuto aleph (“una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” y en ella, en un instante y “sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”); casa destruida en 1941 por Zunino y Zungri, los propietarios del inmueble.

     
"Elvira de Alvear, amiga de Borges de la alta sociedad y autora
de un libro de poemas para el que éste escribió un prólogo.
Solía visitar a Borges en la Biblioteca Miguel Cané. Murió loca
en 1959. En su memoria, Borges escribió un poema que fue
escrito en su lápida. Fue tal vez el modelo de
Beatriz Viterbo en su relato El Aleph".

Foto y pie en Un ensayo autobiográfico (GG/CL/Emecé, 1999)
         Esto no resulta fortuito. Bruno se instala en la pensión de la calle Garay. Y pronto observa que en medio de la crisis económica, política y social que agobia al país, se organiza un
tour municipal para turistas extranjeros que sigue una ruta de supuestos sitios borgesanos, entre ellos la pensión donde él se hospeda, ante la cual, la cicerone asegura que es semejante a la casa de “El Aleph”; y en ella también hay un sótano con una escalera de 19 escalones, pero habitado, desde 1970, por un mísero engendro: Sesostris Bonorino, “un empleado de la Biblioteca Municipal de Montserrat”, quien desde entonces escribe una Enciclopedia Patria que no puede concluir, el cual, según dice la matrona de la pensión, sí ha visto el aleph y lo que ha observado lo anota en las numerosas fichas que infestan las escaleras, las paredes, los trebejos y rincones de la covacha. 
Jorge Luis Borges
Director de la Biblioteca Nacional entre 1955 y 1973
Foto: Eduardo Comesaña
  Frente a tal lúdico tributo a Borges, cabe decir que mientras éste escribía “El Aleph” con su “letra de enano” y estaba enamorado de Estela Canto (a quien dedicó el cuento y regaló el manuscrito que terminó en la Biblioteca Nacional de España), era un miserable empleado subalterno de la Biblioteca Municipal Miguel Cané (estuvo allí casi nueve años infaustos: entre el 
8 de enero de 1938 y el 15 de julio de 1946, que el equiparó a los nueve círculos del Infierno) y que para jugar y burlarse de sí mismo, a su petulante y neurótico personaje Carlos Argentino Daneri lo colocó como un empleado “subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur”: “la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur”, quien en la realidad fue un antepasado de Borges y “uno de los primeros poetas argentinos”.
En la amplia pleitesía borgesana que trasmina las páginas de El cantor de tango descuella la forma del laberinto y su metamorfosis. Bruno Cadogan descubre que Buenos Aires (la ciudad, su gente, el tiempo) son un laberinto que implica mil y un laberintos en incesante movimiento y transformación, cuyo onírico y pesadillesco clímax él lo vive y padece en Parque Chas, donde las calles son “una sucesión de círculos —si acaso los círculos pueden ser sucesivos; no obstante, es allí donde se encuentra con Alcira Villar, la única Ariadna que posee el hilo invisible que puede sacarlo del movedizo e inestable laberinto y guiarlo hasta donde se halla Julio Martel.
        No asombra, entonces, que casi al inicio de esa dantesca y kafkiana infelicidad en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, en agosto de 1939, en el número 59 de la revista Sur, Borges haya publicado un  artículo cuyo pesadillesco final anticipa y prefigura la visión pesadillesca, kafkiana, opresiva y metafísica que trasmina las páginas de La biblioteca de Babel, cuento de su libro El jardín de senderos que se bifurcan (Sur, 1941).
        “Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles. Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al Infierno, ha imaginado las ideas platónicas, la quimera, la esfinge, los anormales números transfinitos (donde la parte no es menos copiosa que el todo), las máscaras, los espejos, las óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espectro insoluble, articulados en un solo organismo… Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse por otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como un divinidad que delira.
El cantor de tango, la novela de Tomás Eloy Martínez, es una obra magistral. Difícil es aludir y resumir todas las digresiones y el total de su riqueza anecdótica. Baste reiterar que para Bruno Cadogan el acceso al aleph y la búsqueda de Julio Martel (para oír su voz y las historias de los viejos tangos que interpreta y descifrar el mapa de su itinerario) constituyen lo central de su estancia en Buenos Aires.
(Planeta, México, agosto de 2004)

  Para poseer la visión del aleph, Bruno se asocia al Tucumano; pero mientras éste, que es un muchacho iletrado y bugarrón, lo concibe como una chuchería de feria explotable ante los turistas extranjeros que siguen el tour de Borges, al gringo le interesa por sus posibilidades metafísicas.
Casi sin buscarlo, Bruno habla con Bonorino y baja (o vuela) con él al sótano. Además de las pistas que observa en el cuartucho y que le parecen “los fragmentos dispersos de un diccionario sin fin”: ve “dibujos que copiaban a la perfección las entrañas de un Stradivarius, o indicaban cómo se distribuye la energía de alto voltaje a partir de un núcleo de hierro, o repetían una máscara de los indios querandíes, o reproducían escrituras que jamás había visto ni imaginado”, la conversación con el subterráneo y deforme “bibliotecario Quasimodo” le da más indicios de la inequívoca existencia del aleph: le pide prestado un libro sobre los laberintos que sólo Bruno sabe que guarda en su maleta. Cuando lo hojea, el bibliotecario repite una lúdica jitanjáfora que pudo citar Alfonso Reyes en su legendario y canónico artículo de 1929: “Si quiero llegar al centro no debo apartarme del costado, si quiero caminar por el costado no puedo moverme del centro”; que evoca el aforismo de Alanus de Insulis que cita Borges en “El Aleph”: “una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”). Y entre otros ejemplos, Bonorino le cuenta ínfimos pormenores (que recuerdan el descomunal “vaciadero de basura” que es la indeleble memoria del joven tullido Ireneo Funes): que la noche de 1944 en que Borges y Estela Canto fueron detenidos unas horas en la cárcel por besarse en lo oscurito del anfiteatro del Parque Lezama, ella “llevaba en su cartera un paquete de cigarrillos Condal” y “había fumado dos de los nueve que le quedaban”, y él ocultaba en los bolsillos del saco “dos caramelos, varios billetes color herrumbre de un peso, y un papel en el que había copiado un verso de Yeats:” 
           Busco la cara que tuve
           antes de que el mundo existiera
      Lo cual remite a las secretas e infinitesimales minucias que Borges observara en el aleph, algunas funestas: “vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino”. 
Sin embargo, cuando la pensión de la calle Garay súbita e imprevistamente tiene que ser desalojada de inmediato, pues al parecer ha sido vendida a “un estudio de arquitectos”, Bonorino, ante la pregunta de Bruno, se echa a reír y le niega la irrefutable existencia del aleph. El bibliotecario le entrega la libreta que contiene sus notas sobre la interminable Enciclopedia Patria y antes de refugiarse, con otros pensionados, en Fuerte Apache (que es otro dédalo de laberintos donde subsisten en la miseria más de 60 mil infrahumanos), batiendo las palmas le canta “un rap villero”: 
           Y vas a ver que en el Fuerte
           se nos revienta la vida.
           Si vivo, vivo donde todo apesta.
           Si muero, será por una bala perdida. 
Y es el 30 de diciembre de 2001, leyendo en un periódico la lista de recién fallecidos en Fuerte Apache, cuando Bruno se entera de la muerte de Bonorino. Si ya daba por descartada la existencia del aleph, el vaticinio o visión de su propio fin que el bibliotecario le cantó, vuelve a dar fe de que el aleph sí existe. Bruno, quien para entonces (bajo las instrucciones de Alcira Villar) espera que Julio Martel sobreviva en el hospital a la terapia intensiva, retorna a la calle Garay y encuentra la pensión convertida en escombros; pero a pesar de sus angustiosos y desesperados intentos, no halla el modo de verificar y contemplar ese minúsculo punto del espacio “que contiene todos los puntos” habidos y por haber.
Borges y el aleph
  Si la búsqueda del aleph constituye un rotundo fracaso, quizá en lo que concierne a Martel no haya fracasado tanto, pues si antes de que ocurra la muerte del cantor logra sostener un brevísimo diálogo con él, las únicas palabras que le oye cantar (nunca logra oírlo en sus azarosas y sorpresivas presentaciones, pese a que lo busca y lo sigue), se las canta al oído en su lecho de muerte: “Buenos Aires, cuando lejos me vi.” Y que son, según leyó Bruno en un anuncio, las primeras palabras que registra el cine sonoro argentino, que él oyera en Tango!, película, dizque de 1933, que días antes vio “en la salita del teatro San Martín”.
Y aquí cabe decir que si una parte de los lúdicos ingredientes que hacen amena esta novela de Tomás Eloy Martínez son las constantes alusiones, referencias y correlaciones librescas y literarias, otra parte son las numerosas alusiones y referencias cinéfilas; y más aún, muchos de sus detalles, bromas y sesgos resultan peliculescos (como la descripción inicial del Tucumano), por lo que parece que el autor imaginó y pensó en una posible adaptación cinematográfica. 
Según los testimonios recopilados por Bruno (sobre todo a través de Alcira Villar, quien es la atractiva mujer que amó y cuidó al enfermizo, feo, liliputiense, casi inválido y desahuciado Julio Martel), la voz del peculiar cantor, además de magnífica (“plena como una esfera”) y de ser una especie de aleph fónico circunscrito al pasado histórico de la Argentina, producía trastornos sobrenaturales e incluso epifanías, como la vez que cantó desde un balcón de un hotel de paso “que había en la calle Azcuénaga, detrás del cementerio de la Recoleta. Muchas parejas interrumpieron el fragor de sus pasiones y oyeron cómo la voz poderosa se infiltraba por las ventanas y bañaba para siempre sus cuerpos con un tango cuyo lenguaje no entendían ni habían oído jamás, pero que reconocían como si les viniera de una vida anterior. Uno de los testigos le contó a Virgili [el dueño de la sonora librería El Rufián Melancólico donde se canta y danza tango] que sobre las cruces y arcángeles del cementerio se abrió el arco de una aurora boreal, y que después del canto todos los que estaban allí sintieron una paz sin culpas.”
Según colige Bruno, los sitios que Martel elige para cantar (algunos laberínticos) trazan un mapa cuyo dibujo y sentido secreto trata de descifrar. Sin embargo, después de la breve y única plática que tuvo con él, concluye: “El mapa, entonces, era más simple de lo que imaginé. No dibujaba una figura alquímica ni ocultaba el nombre de Dios o repetía las cifras de la Cábala, sino que seguía, al azar, el itinerario de los crímenes impunes que se habían cometido en la ciudad de Buenos Aires. Era una lista que contenía un infinito número de nombres y eso era lo que más había atraído a Martel, porque le servía como un conjuro contra la crueldad y la injusticia, que también son infinitas.”


Tomás Eloy Martínez, El cantor de tango. Serie Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta. México, agosto de 2004. 254 pp.

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