martes, 26 de diciembre de 2017

American Noir


Con una aguja clavada en el corazón

The Best American Noir of the Century apareció por primera vez en Estados Unidos, en 2010, editado por Houghton Mifflin Harcourt, con sede principal en Boston. Se trata de una antología de diez cuentos de narrativa negra norteamericana pergeñada entre el editor Otto Penzler (Nueva York, 1942) y el narrador James Ellroy (Los Ángeles, 1948). Y en noviembre de 2014, en Barcelona, España, Navona Editorial, con el título American Noir publicó su traducción al español a cargo del escritor y traductor Enrique de Hériz (Barcelona, 1964). 
Colección Navona Negra núm. 16, Navona Editorial
(Barcelona, 2ª edición, diciembre de 2014)
  Estropeada con visibles, flagrantes, chambonas y torpes erratas, la antología American Noir, número 16 de la Colección Navona Negra (con pastas duras y sobrecubierta), está precedida por un “Prólogo” de Otto Penzler fechado en “Mayo de 2009” y por una “Introducción” de James Ellroy datada en “Junio de 2009”, muy reconocido y recordado —más allá de los Estados Unidos y del orbe del inglés y del español— por la homónima adaptación al cine de su novela L.A. Confidential (1990), protagonizada por Russel Crowe, Kim Basinger, Guy Pearce, Kevin Spacey, Danny DeVito, James Cromwell y David Strathairn.

Otto Penzler
  Pese a que no están todos los que son, Otto Penzler dice en su “Prólogo” que “Este volumen está dedicado a la narrativa breve de género negro del siglo pasado” —no obstante, el relato que cierra el libro data de 2002—. Y con sobradas razones afirma: “resulta imposible divorciar el género literario por completo de su contrapartida fílmica”. En este sentido, cada uno de los diez cuentos, que corresponden a diez autores, está antecedido por un breve esbozo curricular (quizá urdidos a cuatro manos) donde se suelen mencionar o destacar las adaptaciones cinematográficas e incluso las televisivas, y cuyos trazos biográficos no pocas veces resultan novelescos y peliculescos.   

James Ellroy
  Todo indica que la subversión de las normas, la oquedad ética, la violencia, el crimen y el asesinato son consubstanciales al predador género humano que infesta los restos y recovecos del recalentado y contaminado planeta tierra. La narrativa negra y criminal —egregia descendiente de la “escuela hard-boiled” y pariente de las populares revistas pulp—, con trazo ágil y visual ausculta esas zonas oscuras y underground de la psique humana, pero lo hace o lo suele hacer a imagen y semejanza de un divertimento (a veces sutil en el trasfondo de un drama), de un espejo retrovisor que induce al lector a horrorizarse o a reírse de sí mismo y de los otros. De ahí que James Ellroy, como si oprimiera un alfiler en la víscera cardíaca del insaciable y empecinado lector, le diga en el fragmento que concluye su prefacio: “Los relatos de este volumen son una gozada. Ponga a trabajar su malsana curiosidad y léalos todos. Encontrará repulsión y atracción. Soportará el abandono moral. La condena es diversión. Usted es un pervertido por leer esta introducción. Lea el libro entero y terminará muriendo en una camilla, con una aguja clavada en el corazón.” Se puede decir, entonces, parafraseando el consabido y cantarín estribillo de ladrillescos volúmenes (tipo Pequeño Larousse ilustrado) con los que se podría matar de un golpe en la cabeza, que American Noir reúne los diez cuentos de narrativa negra norteamericana que hay que leer antes de morir.

James M. Cain
(1892-1977)
  “Pastorale”, el primero de los diez relatos del libro, de James M. Cain (1892-1977), data de 1928 y por ende se observa que la antología, elegida y dispuesta cronológicamente, va de tal año al 2002, que es la fecha del décimo y último cuento. Es probable que a James M. Cain sobre todo se le recuerde, en toda la aldea global, por El cartero siempre llama dos veces (1934), su primera novela; de ahí que en la nota biográfica que precede al cuento se diga de ésta: “gozó de un enorme éxito comercial y pasó a la gran pantalla en producción de la MGM (con guión de Raymond Chandler) en 1946, protagonizada por Lana Turner y John Gardfield, y de nuevo en 1981, esta vez con Jessica Lange y Jack Nicholson.” Su cuento “Pastorale” es narrado por la omnisciente voz de un testigo cercano a Burbie, quien es un joven pueblerino de pocas luces y pocas destrezas que se involucra en amoríos clandestinos con Lida, coterránea suya, casada con un viejo, dueño de una granja solitaria y alejada del pueblo. Burbie planea con Lida, estúpida y miedosamente, el asesinato del ruco. Según se reporta en la nota, “Cain no escribía historias de detectives, pero se lo suele agrupar con otros escritores de la vertiente más dura del género por sus rudas historias de criminales, llenas de sexo y violencia, la mayor parte de las cuales siguen un patrón habitual, en el que un hombre se enamora de una mujer y eso lo lleva a involucrarse en una trama criminal para luego verse traicionado por ella.” No obstante, en el cuento, Lida no traiciona a Burbie, sino que el crimen, en el que participa un tal Hutch, toma un derrotero inesperado y más violento que lo induce, tras la muerte de éste, a la creencia en Dios y a la confesión pública de sus actos, que ignoraba el pueblo, preámbulo de su condena a la horca, anunciada en la primera línea: “Bueno, pues parece que van a colgar a Burbie.”

 
Mickey Spillane
(1918-2006)
    El segundo cuento: “¡Muere!, dijo la dama” (1953) es de Mickey Spillane, pseudónimo de Frank Morrison Spillane (1918-2006). Entre las películas basadas en sus novelas en la nota se destacan tres: Yo, el jurado (1953), con Biff Elliot caracterizando al detective Mike Hammer, “su personaje más famoso”, en sus libros, en el cine y en la televisión; “El beso mortal (1955), un clásico del cine negro en el que Ralf Meeker interpretaba a Hammer; y Cazadores de mujeres (1965) donde el propio Spillane interpretaba al detective”. 
   “¡Muere!, dijo la dama” se sitúa en un elegante club neoyorquino, donde Chester Duncan, magnate financiero, recibe a Early, inspector de la policía, donde le narra los pormenores que subyacen en el recién suicidio de Walter Harrison, también magnate financiero, quien fue su condiscípulo en la universidad y su compinche en francachelas de bebida y faldas, y luego su furioso competidor, no sólo en Wall Street, pues otrora conquistó y le quitó a su prometida, la mujer de sus sueños, para quien había edificado una onírica mansión que llama “mi casa de la Isla”. El sorpresivo suicidio de Walter Harrison —le platica Chester Duncan al inspector Early— indujo al orbe financiero a suponer “que las acciones que él había financiado ya no tenían valor y quiso deshacerse de ellas. Resulta que yo era uno de los pocos que sabía que valían como el oro y compré tantas como pude. Y, por su puesto, corrí la voz entre mis amigos. Alguien tenía que beneficiarse de la muerte de... De una rata”, entre ellos el inspector Early, quien se lo agradece. Sin embargo, lo que no le agradecería es saber que en ello operó un delito que incrimine por asesinato a su benefactor; entonces tendría que actuar como policía. Walter Harrison se lanzó por la ventana de un hotel de la Quinta Avenida al saber que su amor por Evelyn Vaughn era imposible. Desde luego que en ello obró una planificada jugada de ajedrez, una vengativa trampa que Duncan le tendió a Harrison para cobrarse la afrenta y la revancha por haberle “robado” a su prometida. No obstante, vale objetar que, pese a tratarse de un artilugio literario (de un divertimento), el súbito suicidio de Harrison resulta inverosímil, pues además de un donjuán irredento, era un competitivo y boyante magnate acostumbrado a perder y a ganar. Evelyn Vaughn tiene la inefable belleza, el costoso atavío y la figura de una inasible diosa del cine, pero es deficiente mental de nacimiento y el saberlo es lo que literalmente “asesina” a Walter Harrison de un flechazo, para regocijo y satisfacción de Chester Duncan, muy pagado de sí mismo. 
David Goodis
(1917-1967)
  El tercer cuento: “Un profesional” (1953) es de David Goodis (1917-1967), con un buen número de novelas adaptadas al cine; es el caso del filme La senda tenebrosa (1947), dirigido por Delmer Daves (con quien la guionizó), protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall; y de la película Disparen al pianista (1960), dirigida por François Truffaut. “Un profesional” —se reporta en la nota— “se proyectó como episodio de la serie televisiva ‘Fallen Angels’ (Ángeles caídos) el 15 de octubre de 1995.” El relato ocurre en Filadelfia, donde Freddy Lamb, de 33 años, es “el favorito de los cinco ascensoristas del Chambers Trust Building”. De apariencia pulcra, modesta, discreta y amable, lleva una doble vida, pues por las noches es un elegante y frío asesino, hábil con la navaja, que aprendió a usar en el reformatorio, donde cayó a los once años. Pero no mata por su cuenta, sino que está al servicio y bajo las órdenes de Herman Charn, un duro y dictador mafioso que opera en su propio antro: el Yellow Cat, un club nocturno al sur de Filadelfia, con orquesta de jazz, desnudistas, alcohol y drogas. Esto lo hace, coaccionado, desde hace quince meses, pues de no hacerlo a él y a Ziggy, su timorato y débil compinche, “los hubieran borrado del mapa”. Así que luego de liquidar de un navajazo en el cogote a Billy Donofrio en el Billy’s Hut (el cliente pagó a Herman Charn mil quinientos dólares: mil para él y quinientos para Freddy Lamb), en el privado de su rudo y fortachón jefe añora los viejos tiempos de su romántica independencia: “la época en que Ziggy era inmune a cualquier daño, cuando tanto Ziggy como él eran sus propios jefes y se encargaban de toda la ingeniería en los muelles. Había mucha gente en los muelles dispuesta a pagar buenas cantidades de dinero por ver a alguien tumbado en una camilla, o en un ataúd. En aquella época se cobraban tarifas de quince dólares por una mandíbula rota, treinta por una fractura de pelvis y cien por un completo. Ziggy se encargaba de la porra y de las balas, mientras que Freddy se ocupaba de funciones especiales, como el navajazo, el chorro de lejía en los ojos y diversos polvos o píldoras disueltas en una cerveza, en una copa de vino o en un café. En aquellos tiempos se ofrecían todas clase de encargos.”

Lauren Bacall, David Goodis y Humphrey Bogart
  Aunque aparentemente no es así, las cosas se empiezan a poner difíciles para Freddy Lamb cuando Herman Charn le ordena que deje a Pearl, una de las siete desnudistas del Yellow Cat, rubia y con un tentador cuerpo de pecado, de 23 años, pero ya con su historial de prostitución, trapicheo de cocaína y “un tiempito en el trullo”. La razón: Herman Charn quiere que Pearl sea sólo para él; pero ella lo rechaza, aunque le dice: “Tienes mi cuerpo, Herman. Puedes tomar mi cuerpo siempre que quieras.” Por resentimiento y venganza, Herman le ordena a Freddy que la mate. Dos órdenes que obedece como todo un profesional que no quiere perder su reputación en el inframundo del hampa (“experto de grado A que nunca fallaba un encargo”). No obstante, en el parque Fairmount se suicida luego de matar a Pearl de un navajazo en el cuello. Un suicidio quizá también inverosímil, pero quizá no. 

Jim Thompson
(1906-1977)
  El cuarto cuento: “Para siempre jamás” (1960) es de Jim Thompson, pseudónimo de James Myers Thompson (1906-1977), con una errática y azarosa trayectoria, tanto en sus novelas, como en las adaptaciones al cine de éstas, entre las que se hallan: La huida (1972), dirigida por Sam Peckinpah y su homónimo remake de 1994 dirigido por Roger Donaldson; El asesino dentro de mí (1976), dirigida por Burt Kennedy y su homónimo remake de 2010 dirigido por Michael Winterbottom; Los timadores (1990), con la dirección de Stephen Frears; y Casta de malditos (1956) y Senderos de gloria (1957), ambas dirigidas por Stanley Kubrick, en cuyos guiones Jim Thompson participó. 

   En “Para siempre jamás”, Ardis Clinton, una ama de casa clasemediera, después de 15 años de soporífero matrimonio con Bill Clinton, un maquinista de unos 45 años al que desprecia y de quien recibe un trato áspero y machista y nada afectivo, ha planeado su asesinato, que además de librarla de él, le brindará “los veinte mil del seguro de vida”; dólares que piensa compartir con Tony, su joven amante y cómplice, quien es lavaplatos “en el Joe’s Diner, que quedaba justo al otro lado del callejón”. “Tendrás tu propio negocio”, le susurra en la oreja, “tu restaurante pequeño y elegante con eso que llaman zona íntima de barra. Y sólo tendrás que dirigirlo, te pasearás por ahí vestido con un buen traje...” Así que poco antes de las cinco de la tarde, cuando el marido aún no está en la casa, Tony arriba con un cuchillo oculto en la cintura, arma que usará para ultimarlo en el baño. 
Todo parece salir a pedir de boca. Bill Clinton llega de su trabajo con la fiambrera y Ardis lo recibe vestida con un sugerente baby doll. Bill Clinton repite las frases de siempre y va a la ducha. Allí, Tony lo acuchilla. Le asegura a ella que lo mató. Ardis llama a la policía denunciando el asesinato. Tony le da a Ardis un golpe en la cara, dizque para que parezca un robo; la deja inconsciente y se va. Cuando recupera el sentido, ve frente a ella a un doctor de bata blanca con un estetoscopio en el pescuezo y al teniente Powers, quien con su raciocinación e interrogatorio desmonta lo ocurrido. No obstante, la difusa vuelta de tuerca que cierra el cuento indica que todo ha sido un fantaseo de Ardis (quizá psicótico), atrapada sin salida en su gris y asfixiante rutina, pues Bill Clinton no está muerto, sino que regresa de su trabajo vivito y coleando y repitiendo las frases de siempre.
Patricia Highsmith
(1921-1995)
  El quinto cuento: “Lenta, lentamente al viento” (1976) es de Patricia Highsmith, nom de plume de Mary Patricia Plangman (1921-1995), quien en el ámbito del orbe del castellano es la estrella del elenco entre los diez escritores de narrativa negra reunidos en American Noir. Pues además de que buena parte de sus novelas, cuentos y ensayos están traducidos al español y sucesivamente circulando en el mercado, en la nota que precede al relato vagamente se comenta: “Hay más de veinte películas basadas en sus treinta libros (veintidós novelas y ocho colecciones de relatos), muchas de ellas rodadas en Francia.” Entre los filmes basados en sus libros descuella Extraños en un tren (1951), de Alfred Hitchcock, homónima adaptación de su primera novela, editada en 1950 (“escrita cuando aún no había cumplido los treinta”), y la primera adaptación fílmica de sus obras, que la sacó de las sombras gringas y la catapultó a nivel internacional. Vale destacar A pleno sol (1960), dirigida por René Clément, basada en su novela El talento de Mr. Ripley (1955), cuyo homónimo remake, de 1999, lo dirigió Anthony Minghella. Asimismo su novela El juego de Ripley (1974) tiene dos adaptaciones cinematográficas: El amigo americano (1977), dirigida por Win Wenders, y la homónima del libro, de 2002, dirigida por Liliana Cavani.

“Lenta, lentamente al viento” centralmente ocurre en Maine, más que nada en “un complejo agrícola de casi tres hectáreas llamado Coldstream Heights”, un rancho cercano a Bangor, recién adquirido por Edward Skipperton, un adinerado viejo de 52 años, asesor de empresas de profesión, cuyos médicos, tras un infarto, le recomendaron retirarse y dejar de beber y fumar. De carácter dominante y signado por fúricos arrebatos, está divorciado y tiene una hija de 19 años que estudia en un internado en Suiza (luego de “su colegio privado en Nueva York”). Su único empleado para las faenas es Andy Humbert, un lugareño que vive allí en una cabaña. Y su inmediata ambición es hacerse de un riachuelo contiguo a sus tierras “llamado Coldstream”, donde quiere “pescar de vez en cuando” y “poder presentarse como propietario de aquel paisaje y afirmar que tenía derechos ribereños”. Pero tal arroyo pertenece a Peter Frosby, un viejo con un solo hijo, que se llama como él, quien se niega a vendérselo, pese a la jugosa oferta, pues según le dice: “Los Frosby no venden sus tierras.” “Hemos tenido la misma propiedad durante casi trescientos años y el río siempre ha sido nuestro.”
El trato hosco, rudo y vengativo se traduce en la intolerancia de Skipperton cuando algún animal de los Frosby entra a su territorio, pues lo mata con su rifle, y el viejo Peter Frosby lo denuncia ante el juez. El asunto se complica cuando Margaret, su hija, arriba al rancho de vacaciones de verano y, sin que él pueda evitarlo, se hace amiga de Peter Junior. Obviamente Skipperton truena y le prohíbe tal vínculo. No obstante, la amistad sigue y llega el momento en que aprovechando la salida a un nocturno baile, Margaret se fuga con Peter Junior y desde Boston le envía una carta donde le dice que ella y su novio se aman y que se van a casar. Skipperton, agrio y furioso, no tarda en pergeñar el asesinato del viejo Peter Frosby y oculta el cadáver bajo las ropas del espantapájaros del sembradío. Lógicamente la policía y el entorno se alarman e interrogan ante la extraña desaparición del viejo Frosby e incluso hacia la medianoche del domingo en que ocurre la desaparición y el asesinato, Margaret lo llama por teléfono desde Boston. 
Patricia Highsmith
  Pese a la búsqueda policíaca: revisan la casa, las tierras y los dos rifles de Skipperton y anotan los calibres y los números de serie, no hallan el cuerpo del delito. Pasan los días y Andy Humbert, su empleado, le dice: “Sé lo que hay en el espantapájaros”. Y pese a que su patrón se lo ofrece, no acepta ningún pago por su silencio. Pero llega la noche de Halloween (hay “fiesta en Coldstream, en casa de los Frosby”) y una hielera de niños, con linternas o antorchas (“una oruga negra con una luz naranja en la cabeza y otras pocas luces repartidas por el cuerpo”), entran al rancho y se encaminan por el sembradío cantando hacia el espantapájaros. Skipperton, irritado y gritando desde su casa, oye que “Los críos cantaban alguna locura con voces agudas y sin la menor afinación. Era sólo como un cántico agudo” y le parece oír que en su cantinela vociferan: “Vamos a quemar el espantapájaros”. Entonces, ante el hecho de que los chiquillos han descubierto los restos mortuorios (los gritos y alaridos se lo indican), no soporta la inminencia del oprobio, colige que ha llegado su final, y por ende se mete en la boca el cañón de un rifle y se pega un explosivo morreo.    

James Ellroy
(Los Ángeles, 1948)
  El sexto cuento: “Desde que no te tengo” (1988) es del antólogo James Ellroy, pseudónimo de Lee Earle Ellroy (Los Ángeles, 1948). El título es una línea de Since I don´t have you (en YouTube se oye y se ve una versión de Guns and Roses), popular rola que The Skyliners lanzaron en 1958. Según la nota que precede al relato: “Ellroy es el escritor de novela criminal más influyente de Estados Unidos a fines del siglo XX; el estilo potente de su prosa, implacablemente oscuro, compuesto por frases sincopadas, cargadas de un argot específicamente americano que golpea cada frase, ha sido imitado en incontables ocasiones por jóvenes autores de historias duras.” Oralidad, tesitura y jerga que obviamente se pierden en la traducción al español. De las novelas que integran su “Cuarto de Los Ángeles”: La dalia negra (1987), El gran desierto (1988), L.A. Confidencial (1990) y Jazz blanco (1992), las más celebres son el par adaptado al cine con homónimos rótulos: La Dalia Negra (2006), dirigida por Brian de Palma, y L.A. Confidencial (1997), dirigida por Curtis Hanson; y por ende el lector, más allá del ámbito norteamericano y del inglés, reconoce los clisés, los gags y los nombres que pueblan su narrativa vertida al cine. La voz narrativa es la de Turner Meeks, alias Buzz, un viejo, otrora ex policía, que como tal sirvió —al unísono y haciendo todo tipo de trabajos sucios, duros, violentos y detectivescos—, a dos de los gángsteres más poderosos de Los Ángeles: Howard Hughes, magnate de la aviación y del cine, quien es el “cuarto hombre más rico de América”; y el judío Mickey Cohen, “gran señor de los chanchullos y pretendido capo de clubes nocturnos” de L.A. Ambos están obsesionados por la misma fémina: Gretchen Rae Shoftel, una rubia de 19 años de busto generoso, quien sostenía relaciones con los dos y que ha huido de ellos. Y por ende, paralelamente, cada gángster lo contrata para que la halle ipso facto. La búsqueda inicia y se remonta al “15 de enero de 1949”, cuando Buzz tenía 41 años y “los periódicos aventaban el segundo aniversario del caso del asesinato de la dalia negra: nadie lo había resuelto; todos seguían especulando.” Y aquí vale decir que en la nota también se dice que cuando el autor “tenía diez años, su madre murió asesinada; nunca se pudo detener al asesino. El caso tenía ciertas similitudes con el famoso asesinato de Elizabeth Short, conocida como ‘La dalia negra’, y ambos crímenes obsesionaron a Ellroy durante muchos años.” Y por ello “Escribió una versión inventada de la muerte de Betty Short”, la susodicha novela de 1987, “que entró en las listas de ventas de The New York Times, así como un relato de los quince meses que pasó buscando al asesino de su madre, Mis rincones oscuros (1996).”

       
Ficha policial de Elizabeth Short
(Santa Bárbara, septiembre 23 de 1943)
Apodo póstumo: La Dalia Negra
Hallada muerta a los 22 años el 15 de enero de 1947
en Leimert Park, Los Ángeles, California 
        Pero fuera de la citada alusión, en el cuento no se habla más de “la dalia negra”. Y las indagaciones detectivescas de Buzz, no exentas de referencias a la corrupción policíaca, política y sistémica, de cadáveres y enfrentamientos a golpes y balazos, lo llevan a localizar a Gretchen en medio del intríngulis delictivo donde se mueve con su facilidad para los cálculos matemáticos, quien no opta por ninguno de los dos gángsteres que la quieren, cada uno sólo para él, sino por Sid Weingerg, director de un filme de terror, en cuya fiesta de estreno se despejan los rumbos del par de anhelantes mafiosos y donde Buzz sirve de guarura para evitar que “los buscadores de autógrafos se vuelvan locos”. 

DVD de L.A. Confidential (1997)
  Además del nombre y del apelativo del ex policía Buzz y del capo Michael Cohen, quien también tiene entre sus pistoleros a Johnny Stompanato (“con su ricito de pavo ensalivado colgando por delante de la cara de guapo”) “encoñado con Lana Turner” (la auténtica), descuellan otros clisés. Por ejemplo, Howard Hughes —el magnate dueño de los estudios RKO Pictures, que alguna vez apareció “en el Romanoff, vendado como una momia, con Ava Gardner del brazo”, tras perder el control de uno de sus aviones— tiene un picadero encubierto en South Lucerne, que llama “la casa del cine”, donde se filman películas porno, que luego exhibe ante “los asesores de la defensa”, sus “colegas del Pentágono”, de los que luego se beneficiará fabricando aviones durante la guerra de Corea (1950-1953). Howard Hughes, además, atento de lo que se ventile de él (hush-hush, diría el clásico) en el Confidential (se “insinuaba que mis buscadores de talento sacan fotos en topless y que me gustan las mujeres con mucho pecho”, dice), fue cliente, con tales militares, en un burdel de Milwaukee, en Wisconsin, regentado por “un contable y antiguo pistolero de la banda de Jerry Katzenbach”, donde las prostitutas, si bien no han sido objeto de cirugías plásticas para convertirlas en réplicas exactas de las esculturales y elegantes diosas del cine, son “chochos menores de edad, disfrazadas de estrellas de Hollywood: novatas peinadas, maquilladas y vestidas para parecerse a Rita Hayworth, Ann Sheridan, Verónica Lake y otras por el estilo”, como Jean Arthur, que es la chicuela que le gustó al magnate. 

     
Joyce Carol Oates
(Lockport, Nueva York, 1938)
    El séptimo cuento: “Infiel” (1997) es de la prolífica narradora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938). En consonancia con el título, muy pronto el lector colige un posible crimen de género, de violencia machista. La voz narrativa y evocativa es la de Bethany, nacida en 1951, quien a los 44 años, en 1995, aún se interroga por el intríngulis que operó y rodeó la brusca desaparición de Gretel Nissenbaum, de 27 años, casada con John Nissenbaum, de 41, con quien tenía dos niñas: Constance, de 8, y Cornelia, de 5, quien era la futura mamá de Bethany. 
    La desaparición de Gretel Nissenbaum ocurrió “el 11 de abril de 1923”. Y la última vez que las niñas Connie y Nelia vieron a su madre, aún en la cama (cuando ya debía estar levantada), lucía claros visos de haber recibido una golpiza (“Tenía el ojo derecho inflado y amoratado y se veían marcas rojas recientes en la frente”).
Los hechos ocurrieron en la solitaria y rústica granja de John Nissenbaum, ubicada en el valle de Chautauqua, a 15 kilómetros del río de Chautauqua y a 11 km del pueblo de Ransomville, donde supuestamente Gretel pudo tomar el tren hacia Chautauqua Falls, a “casi cien kilómetros al sur”, donde radicaban “los Hauser, su familia”.
John Nissenbaum, el abuelo de Bethany, murió “en 1972, en un asilo de Yewville”; y Cornelia, su madre, murió en 1981 creyendo que Gretel “Era basura”, “una infiel” que la abandonó cuando ella tenía 5 años y su hermana 8, y por ende nunca supo que Gretel Nissenbaum no huyó con un amante —cosa que piensan los ñoños pobladores de Ransomville—, pues “en abril de 1983” se hallaron sus restos durante un desbordamiento de “un arroyo que cruza las antiguas propiedades de los Nissenbaum”. Es decir, “quedó a la vista un esqueleto humano, virtualmente intacto pese a sus décadas de antigüedad”, que “Al parecer lo habían enterrado a menos de un kilómetro de la granja de los Nissenbaum”. 
       Además de que los objetos desenterrados indican que se trata de los restos de Gretel, los forenses del condado de Chautauqua dictaminaron “que el esqueleto pertenecía a una mujer, aparentemente muerta por haber recibido abundantes golpes en la cabeza (con un martillo, o con el lado romo de un hacha) que le habían partido el cráneo como un melón”.
Joyce Carol Oates
  Vale subrayar que si la develación del crimen es la sorpresiva y visual vuelta de tuerca que cierra el relato, el mello de la narración implica los sinsabores, pestilencias y avatares que signaron la dura y afanosa infancia y adultez de Constance y Cornelia, particularmente de ésta; el trazo de la cerrada y hosca personalidad del abuelo John Nissenbaum; y el conjunto de atavismos, costumbres e idiosincrasia de los romos pobladores de Ransomville, presididos por un prejuicioso y condenatorio reverendo de la Primera Iglesia Luterana, cuya esposa, más alta que él, dicta la catequesis al par de humildes “niñas de granja” supuestamente abandonadas por su casquivana madre. 

Lawrence Block
(Búfalo, Nueva York, 1938)
  El octavo cuento: “Como un hueso en la garganta” (1998) es del no menos prolífico y versátil escritor Lawrence Block (Buffalo, Nueva York, 1938). Desde la primera página el lector advierte que también se trata un asesinato de género, de violencia machista, pero con secuestro, violación, tortura, y mucha rudeza, saña y envilecimiento. William Charles Croydon, el guapo asesino, tiene 30 años y está siendo procesado. Karen Dandridge, la víctima, era una universitaria de 20 años y Paul, de 27, su único familiar y su único hermano, está entre los asistentes al juicio, cuyo jurado refrenda por unanimidad la acusación de “asesinato en primer grado” que hace el fiscal y por ende el asesino es sentenciado a “muerte por inyección letal”.

Croydon es trasladado a una cómoda celda del corredor de la muerte, donde pide y le proporcionan una máquina de escribir. El decurso del relato denota, mientras su defensa apela la permutación a cadena perpetua (con vías a obtener la libertad condicional), el cinismo y la intrínseca psicopatía del feminicida, que aunada a la maniática correspondencia que sostiene con varias fanáticas (les pide, para saciar sus fantasías y su onanismo, que le narren anécdotas lascivas de ellas y que le envíen fotos suyas con poses cachondas), tiene en su oculto haber el ataque, la violación y el asesinato de otras dos jóvenes, impunes feminicidios de los que nadie supo nada. En un momento de su lúcida hipocresía y de su hobby de tecleador impenitente, decide escribirle una carta a Paul Dandridge, donde le narra los sádicos y misóginos pormenores que precedieron y rodearon la violación y el asesinato de Karen. Pero tal carta no la envía, sino que decide guardarla y escribirle otra donde le miente y con la que inicia una correspondencia amistosa en la que Paul Dandridge poco a poco, para sorpresa y desconcierto del lector, se hace amigo del asesino de su hermana y definitivamente lo perdona cuando ya han transcurrido 15 años del asesinato (es decir, Croydon tiene ahora 45 años y Paul 42).
Es entonces cuando se avecina un tribunal de apelación y Paul Dandridge, a favor del preso, organiza y financia tres testimonios: el de un siquiatra, el de la maestra de cuarto curso de Croydon y el suyo, que es el más trascendente e incide en la decisión del gobernador para conmutar la pena de muerte por cadena perpetua. El dieciseisavo día de su muda a “una celda con los presos comunes”, tres gandayas lo violan y al día siguiente pide su “traslado al bloque B”, donde pasa encerrado 23 horas al día y continúa su correspondencia con Paul Dandridge, quien le envía libros de filosofía (Kierkegaard, Martin Buber) que lo inducen a llamarse a sí mismo “el Filósofo de la Cárcel” y con los que junto a su soledad y a su correspondencia con Paul, según le reporta a éste, logra construirse “una vida interior, una vida del espíritu, superior a cuanto tuve en mi vida como hombre libre...”
El caso es que William Charles Croydon se pregunta si Paul Dandridge “¿Se lo estaba tragando?” Y parece que sí, pues Paul no ceja por ganar la libertad condicional del asesino de su única hermana. Y cuando por fin lo logra y lo va a recoger en su coche a la salida de la prisión, ahí mismo en el vehículo le invita un trago de “Johnnie Walker, etiqueta negra”, que ha llevado consigo. Pero el whisky tiene algo que duerme a Croydon y cuando se despierta está atado a una silla en una cabaña en medio del bosque, semejante a la solitaria y rústica cabaña donde él, durante tres interminables días, secuestró, ató, torturó, violó y finalmente mató a Karen Dandridge. “La tumba ya está excavada” —le dice Paul— “Me ocupé de eso antes de ir a recogerte a la cárcel.” Pero Croydon, que en el fondo tampoco ha dejado ser el mismo, tiene tiempo de recitarle las cínicas y sádicas minucias de la primera carta que otrora le escribió y no le envió.
Dennis Lehane
(Dorchester, Boston, Massachusetts, 1965)
  El noveno cuento: “Quedarse sin perros” (1999) es de Dennis Lehane (Dorchester, Boston, Massachusetts, 1965). Entre sus obras descuellan tres novelas que han sido adaptadas al cine con homónimos títulos: Mystic River (2001), su primer best seller, cuya adaptación, de 2003, dirigió Clint Eastwood, tuvo crítica favorable y “fue nominada a 6 premios Oscar de los cuales obtuvo dos: al mejor actor (Sean Penn) y al mejor actor secundario (Tim Robbins)”; Gone Baby Gone (1998) —en Latinoamérica: Desapareció una noche—, cuya adaptación, de 2007, es la primera película dirigida por el actor Ben Affleck; y Shutter Island (2003), cuya adaptación, de 2009, dirigió Martin Scorsese.

“Quedarse sin perros” se desarrolla en Edén, un pueblo mal avenido de Carolina del Sur, en cuyo entorno oscilan ex combatientes en Vietnam y jaurías de perros salvajes y por ello el Gran Bobby Vargas, el alcalde —por instancia del gobernador y de los inversores que han proyectado la edificación del “Edén Falls, un gran parque en plan carnaval, con montañas rusas y toboganes de agua y cosas así”— busca tiradores que los eliminen. Elgin Bern, ex combatiente en Vietnam y albañil en las obras del Edén Falls, sería un cazador ideal. Pero éste no se interesa por el trabajo y en cambio, Blue, su amigo y coterráneo desde la infancia y un friki y marginado en el pueblo (se da por supuesto que “Nunca ha estado bien de la cabeza”), sí acepta y desempeña el oficio que parece perfecto para él (pues desde chico se entrenó torturando y matando insectos y animales) y que aspira proseguir en Australia con su rifle que luce una nueva y potente mira telescópica y un sistema de amplificación de luz para operaciones nocturnas. Elgin Bern tiene por novia a Shelley Briggs, que es recepcionista en Auto Emporium, negocio del ricachón Perkin Lut. Y al unísono tiene encuentros subrepticios con Jewel Lut, la esposa de éste, pero con mayor jocosidad e ímpetu sexual que con Shelley Briggs. Jewel, además, también es contemporánea de Elgin y Blue, puesto que los tres se criaron en el pobretón “parque de caravanas”. Y para Blue, que es de baja estatura, feo y flacucho y que nunca ha tenido una novia, Jewel es la mujer de sus sueños. Así que luego de la violenta y vergonzosa escena pública en la que Perkin Lut golpea a Jewel en el Chuck’s Diner (se oyó “un follón de vasos y platos caídos” y “Jewel estaba ya en el suelo, con los codos rodeados de añicos de cristal y de porcelana”), Blue, tras amenazar a Perkin, se siente flotando y realizado cuando Jewel, “con un buen cardenal marrón debajo del ojo”, se refugia un par de días en su caravana, que es una sucia y estrecha pocilga que hiede a podredumbre y a perro muerto. Jewel, como lo previó Elgin, regresa a la seguridad y comodidad que le brindan los dólares de Perkin Lut. Pero días después aparece asesinada en las obras en ciernes del Edén Falls: “Encontraron su cuerpo colgado del andamio que habían levantado junto al esqueleto de las montañas rusas. Estaba desnuda, colgada boca abajo de una cuerda atada a sus tobillos. El cuello tenía un corte tan profundo que el forense dijo que era un milagro que la cabeza todavía estuviera engancha al cuerpo cuando lo encontraron. El ayudante del forense, un tipo llamado Chris Gleason, cuanto se tomaba unas copas explicaba que en el coche fúnebre se les había caído la cabeza cuando bajaban por la calle mayor hacia la morgue. Decía que había oído un grito.” 
Dennis Lehane
  Por el crimen, Perkin Lut fue detenido, recluido y liberado (“el tribunal decidió no acusarlo”), pues la vox populi supone que “que quien había matado a Jewel era Blue”. Y a éste, el mismo día que hallaron el cadáver de Jewel, Elgin lo mató de un disparo con el rifle que le quitó de las manos, pese a que desde niños lo protegió y defendió. Elgin fue encarcelado; pero sólo por un tiempo, “gracias a su historial de guerra y a las circunstancia de quién era Blue, pero la cárcel es la cárcel.” Y cuando Elgin Bern salió, Shelley Briggs, su novia con la que iba a casarse e irse a Florida o a Georgia, “se había ido, se había mudado al norte nada menos que con Perkin Lut”. 

Por otra parte, antes de que Elgin Bern desapareciera para siempre de allí y nunca nadie supiera más de él, las obras del futuro parque de diversiones quedaron truncas. Pero “El esqueleto de Edén Falls sigue asentado en la media hectárea de tierra que queda justo al este de Brimmer’s Point, cubierto de un óxido grueso como la carne. Hay quien dice que fue por el nivel de yodo que el inspector de medio ambiente encontró en el agua subterránea lo que ahuyentó a los inversores iniciales. Otros, que fue el hundimiento de la economía estatal, o el fracaso del gobernador en las elecciones. Algunos dicen que Edén Falls era un nombre sencillamente estúpido, demasiado bíblico. Y luego, claro, había muchos que afirmaban que lo que ahuyentó a todos los trabajadores fue el fantasma de Jewel Lut.” 
Elmore Leonard
(1925-2013)
  El décimo y último cuento de American Noir: “Cuando las mujeres salen a bailar” (2002) es de Elmore Leonard, nom de plume de Elmore John Leonard, Jr. (1925-2013). De su obra adaptada al cine se pueden citar las películas: Un hombre (1967), dirigida por Martin Ritt y protagonizada por Paul Newman, Fredic March y Richard Bonne; 52-Pickup (1986), dirigida por John Frankenheimer, con guión de Elmore Leonard y John Steppling, y protagonizada por Roy Scheider y Ann-Margret; El cazador de gatos (1989), dirigida por Abel Ferrara, con guión de Elmore Leonard y James Borelli, y protagonizada por Peter Weller y Kelly MacGillis; y Get Shorty (1995), o Cómo conquistar Hollywood, dirigida por Barry Sonnenfeld, y protagonizada por John Travolta, Gene Hackman, Rene Russo y Danny DeVito. 

“Cuando las mujeres salen a bailar” ocurre en South Florida, donde Lourdes, una colombiana de 35 años, por recomendación de Viviana (también colombiana) llega a trabajar a una mansión de “Ocean Drive, a pocas manzanas de la de Donald Trump” (el folclórico, petulante y nefasto candidato republicano que ganó el retrete de la Casa Blanca, célebre no sólo porque odia y discrimina a los inmigrantes mexicanos). Su empleadora es la “señora Mahmood, esposa del doctor Wasim Mahmood”, un adinerado y lujurioso cirujano plástico, pakistaní y musulmán de nacimiento, a quien le gusta bañarse desnudo en la alberca y andar en pelotas por la casa, luciendo su “extraño pene negro” en medio de las asustadizas criadas filipinas. Su empleadora, una gringa con “el cabello rojo corto” que no aparenta “más de treinta”, la quiere de asistente personal; le ofrece un trato ligero (le pide que la llame Ginger) y no tarda en confesarle que fue stripper y que así, contoneándose por dinero, conoció a su marido el doctor Wasim Mahmood: “me sacaba más bailándoles encima a los tíos, o participando en fiestas privadas [...] y entonces tenía veintisiete años, ya era más vieja que todas las demás. Woz [el doctor Mahmood] llegaba con sus colegas, todos de traje y corbata, tan empeñados en no parecer del tercer mundo. La primera vez agitó un billete de cincuenta en el aire para llamarme y yo le dediqué un poco de strip hop tribal de bien cerquita. Le dije: ‘Doctor, si te vuelves a poner los ojos en sus cuencas me verás mejor.’ Le encaba que le hablara así. Más o menos a la cuarta visita le hice lo que se conoce como la paja del millón de dólares y me convertí en la señora Mahmood.”
    Sin embargo, ahora desprecia al doctor Mahmood y la tiene hasta la coronilla, pues, según le dice a Lourdes, tiene una amante y es un donjuán que se va por allí “Con ella o con otra”; además de que teme que le eche ácido en la cara, como hacen con las mujeres en Pakistán, dice, o que la asesine en “en una pira funeraria”; muerte semejante a la de su primera esposa, quien al parecer murió en Rawalpindi al prenderse “fuego por accidente en los fogones”. 
La señora Mahmood sabe que Viviana y Lourdes fueron “novias por correspondencia” y se muestra muy interesada en los detalles de su casorio con el señor Zimmer, un conductor de una hormigonera que trabajaba “para un contratista en obras de pavimentación hasta su muerte, dos años después de su matrimonio”, cuando Lourdes ya tenía el permiso de residencia y estaba harta de las palizas que le daba su marido, que era un gringo fuerte, pese a sus 58 años; pues, según le dice a su patrona, “bebía demasiado” y la golpeaba “Si no tenía cuidado con lo que decía”.
La señora Mahmood quiere saber sobre el asesinato del señor Zimmer, del que le habló Viviana. Así que Lourdes le dice: “Despareció unos cuantos días, hasta que encontraron su hormigonera cerca de Hialeah, junto a un montón de cemento. No había ninguna razón para que estuviera allí, porque no tenía ningún encargo para entregar por esa zona. Así que la policía hizo reventar el cemento y dentro encontró al señor Zimmer.”
El caso es que en las más o menos íntimas charlas, la señora Mahmood le dice a su asistente: “El mayor error de mi vida ha sido casarme con un tipo de otra cultura, con una toalla en la cabeza.” Y en medio de la cháchara, Lourdes le apostrofa: “No quiere seguir con él”, “pero quiere vivir en esta casa”. Y más aún, porque deduce que la ex stripper sabe o intuye el meollo del asesinato del señor Zimmer, le brinda una ayudita preguntándole: “¿Cómo se sentiría si a su marido le cayera encima una carga de cemento fresco encima?” “¿Cuánto cuesta hoy día una carga de cemento fresco?”, le pregunta la señora Mahmood. “Treinta mil”, le contesta Lourdes ipso facto. No obstante, el acuerdo queda en “casi veinte mil en efectivo hoy, ahora mismo”. 
Elmore Leonard
  La misma noche del acuerdo, el doctor Wasim Mahmood no regresa a la mansión de Ocean Drive. “Ni la noche siguiente. A la siguiente mañana, llegaron dos agentes de la oficina del sheriff del condado de Palm Beach” y le dieron la noticia a la señora Mahmood. Noticia que Lourdes lee “en el periódico, según la cual el doctor Wasim Mahmood, prominente etcétera, etc., había sufrido heridas de bala en el transcurso de lo que parecía un asalto para robarle el coche en la calle Flagler, cerca del parque Currie, y había ingresado cadáver en el Good Samaritan. El mercedes había aparecido abandonado en la calle, en Delray Beach.”

Y “tras una salida informal con sus viejas amigas para tomar unas copas”, la viuda Mahmood, al regresar a la intimidad de su casa en Ocean Drive, ve que “En la encimera había ron y cócteles, limas, un cuenco lleno de cubitos de hielo.” Y que “Del patio llegaba un ritmo latino [una cumbia]. Siguió aquel sonido para acercarse a un círculo de velas encendidas, donde vio a Lourdes con un bañador verde [que es suyo y no de su asistente], moviéndose al ritmo de la música con los brazos en alto, batiendo las caderas con sutileza.” “Sentados a la mesa había dos tipos fumando que no hicieron ademán de levantarse al ver a la señora Mahmood.” Se trata de los colombianos, del par de sicarios, que están allí para cobrarse el plus. “Es una fiesta para ti, Ginger” —le dice Lourdes, usando el nom de guerre con que la llaman sus amigas— “Los colombianos han venido a verte bailar.”
Enrique de Hériz
(Barcelona, 1964)



Otto Penzler y James Ellroy, American Noir. Traducción al español de Enrique de Hériz. Colección Navona Negra núm. 16, Navona Editorial. 2ª edición. Barcelona, diciembre de 2014. 340 pp.


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