martes, 26 de mayo de 2026

Borges a contraluz (3 de 6)

Soy una discípula de Bernard Shaw

III de IX

En la página 108 de Borges a contraluz dice Estela Canto: “Siempre lo he pensado: la vergüenza es lo imperdonable. La vergüenza es lo que más puede separar a dos seres humanos; no sólo odiamos a la persona que nos avergüenza, sino que este odio se extiende a los testigos casuales de nuestra vergüenza.” No obstante, entorno a las catorce “Cartas de Borges” (y a la diseminada iconografía) —que es lo relevante del libro, puesto que son anecdóticas pruebas del enamoramiento de Borges, de la génesis trasbambalinas de “El Aleph” y de la vanidad de la memoriosa—, lo que predomina —sobre las ácidas y arbitrarias críticas a aspectos de la obra de Borges, a su ideario, idiosincrasia, persona y personalidad— es un cáustico, criticón y chismográfico anecdotario destinado a avergonzar y a poner en ridículo a Georgie y a doña Leonor o más bien: la memoria e imagen post mortem de ellos, incluido el culto a sus ancestros practicado por ambos. Por ejemplo, entre la 101 y la 104, al exhibir y bosquejar el falso ataque de varicela (así lo traza) dizque sufrido por Georgie el 19 de septiembre de 1945 señalado día de una manifestación antiperonista (en la que no estuvo Borges) convocada por la efímera Unión Democrática (conservadores, radicales, socialistas y comunistas): “Victoria Ocampo marchó al frente de un grupo de estudiantes” y “Yo marchaba entre Eduardo Mallea y Leónidas Barletta”, la memoriosa, dice, que lo visitó en el departamento de Maipú los siguientes dos días: “Georgie no estaba en cama y tenía puesta una bata en vez de la chaqueta habitual. No tenía pústulas en la cara.” Y doña Leonor además de ponerse en medio y de privarlos de la elemental privacidad y de monopolizar la charla presumiendo de sus heroicos ancestros, cuyos retratos “estaban colgados en el Museo Histórico del Parque Lezama”: “Su sed de figurar era tan intensa que incesantemente, sin ningún pudor, hacía desfilar las tropas de sus antepasados” impidió que ocurriera la tercera visita propuesta por el presunto enfermo (en la que previsiblemente iba a suceder lo mismo) porque “Doña Leonor se puso de pie y meneando la cabeza” dijo: “No”. “Mañana no puede ser. Tengo que salir. No voy a estar aquí.” Según canta Estela:

       “Sólo al llegar abajo, en la entrada del edifico, entendí el significado de sus palabras.

       “Cuando él me telefoneó, yo le grité: ‘¿Qué me ha querido decir tu madre? ¿Qué voy a violarte si ella no está ahí? Esto es un insulto, etc., etc.’”

        Ridículo y risible episodio, quizá novelesco, que evoca el que se lee entre la 256-257, sucedido veinte años después: a finales de 1965, luego de que ella lo interceptara tras la presentación que él hizo del libro de un amigo. Según canta:

 
Borges y su madre
(Londres, 1961)

        “Leí en el diario un día, a finales de 1965, que Borges, a quien no veía desde hacía dos o tres años, iba a presentar el libro de un amigo. Fui a la presentación. Al terminar, el público le rodeó. Me abrí paso como pude y dije ‘Georgie’. No fue necesario añadir: ‘Soy Estela Canto.’

        “Dejó de lado a sus admiradores, me asió del brazo y me invitó salir. Al ver las caras de la gente mi vanidad, algo maltrecha esos días, se sentió [sic] halagada.

       “Salimos y empezamos —cuándo no— a caminar. Él se apoyaba en mi brazo y marchaba como si viera, como en sus buenos tiempos. Yo me puse a hablarle de mis frustradas experiencias con el comunismo argentino. Esto era una novedad. Nunca había hablado con él de política, salvo de aquello en que estábamos enteramente de acuerdo: el peronismo, el  nazismo, etcétera. Él me escuchaba, atento, sin hacer preguntas. Marchamos unas veinte cuadras y entramos al Richmond de Florida. Mientras traían mi whisky con hielo y el vaso de leche para él, Georgie se levantó, como siempre, y se dirigió al teléfono. Volvió con aire nervioso; cinco minutos después me pidió que le acompañara hasta su casa. Al llegar a la confitería St. James, a dos cuadras de su casa, me propuso que entráramos. Así lo hizo. Pedimos el whisky y la leche. Mientras esperábamos, él se levantó a telefonear. Unos siete minutos después se abrió una de las puertas del St. James y entró una señora menuda, de pelo blanco desmelenado, en batón, que se precipitó sobre nuestra mesa.

        “Al llegar vociferó: ‘¡Georgie: te están esperando!’ Él se puso colorado, después palideció y tartamudeó: ‘Madre: aquí está Estela Canto.’ Doña Leonor me golpeó el hombro —podía pasar por una palmada— y me dijo: ‘¿Cómo estás? ¡Vamos, Georgie!

       “Él llamó al mozo, pagó la cuenta y doña Leonor salió, seguida por su hijo, que apenas alcanzó a despedirse de mí.

        “Quedé sola en la confitería un rato: aún no me había terminado mi whisky.”

    Daniel Mecca —que entrevistó a Miguel de Torre un mediodía de febrero de 2021 y que tuvo acceso a una carta que éste le envió a Estela Canto el 19 de febrero de 1991 (que ella nunca le respondió), donde le señala desacuerdos, coincidencias, supuestos y errores en Borges a contraluz— apunta en la 269 de Los Canto que el sobrino dijo sobre ese episodio de finales de 1965: “Me parece muy raro que mi abuela haya salido, en 1965, sin sombrero y en batón. Aunque, para acentuar el dramatismo, pudo haberlo hecho. Seguramente había alguien, importante para la carrera de él, esperándolo en ese momento. Y mi abuela fue, mientras tuvo fuerzas, su mejor agente y promotor literario.”

    

Borges dictándole a su madre.

El secreter sobre el que escribe fue el regalo de primera
comunión de los padres de Leonor, en 1980. En él se
aprecias los retratos de su marido y sus hijos.

Un ensayo autobiográfico (GG/CL, Emecé, 1999), p. 98

           No obstante, en ese episodio parece que el iracundo cometido de doña Leonor, con 89 años, era separar ipso facto a su hijo, de 66, de la antipática, odiada y libertina Estela Canto; pues si en verdad había esperándolo alguien importante para la carrera de él, ¿por qué doña Leonor estaría en bata y desgreñada con tan importante visita? (¿Llevaría pantuflas?) Además de que Fanny, la criada y mandadera, vivía con ambos desde el 52 o 53 —véanse las p. 17-19 de El señor Borges (Barcelona, Edhasa, 2004), libro de Alejandro Vaccaro o sea: en el cuarto de servicio del departamento B del sexto piso de Maipú 994.

 

El coronel Isidoro Suárez
(1799-1846)

            Pero el meollo es que se trasluce el largo resentimiento de la memoriosa contra doña Leonor y, por ende, ridiculiza y carga con tirria contra la anciana (y su hijo) y su heroica ascendencia. En este sentido, en la 31 canta de Borges: “En una ocasión se detuvo en la esquina de Suárez y Necochea y me habló del coronel Suárez, un antepasado suyo no especialmente notable”. Ese mítico coronel (dizque “no especialmente notable”) fue Manuel Isidoro Suárez (1799-1846), bisabuelo materno de Georgie. En la página 39 de Apuntes de familia (Buenos Aires, Losada, 2019), Miguel de Torre Borges evoca del tío: “Qué gran caminador era. Caminar fue su única actividad física [...] Salíamos a dar vueltas por su querido barrio Sur y él, muchas veces, de alguna manera se las arreglaba para desembocar, como culminación del paseo, en la Escuela Coronel Suárez, de Venezuela al 700, donde, feliz, me mostraba el busto del bisabuelo.” A quien Borges recuerda en conferencias y entrevistas y en diversas partes de su obra. Por ejemplo, en la dedicatoria de “Inscripción sepulcral”, poema de Fervor de Buenos Aires (1923): Para mi bisabuelo, el coronel Isidoro Suárez; en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”, cuento de El Aleph (1949); en “Página para recordar al coronel Suárez, vencedor de Junín”, poema de El hacedor (1960); en “Guayaquil”, cuento de El informe de Brodi (1970); en “Coronel Suárez” y en “La suerte de la espada”, poemas de La moneda de hierro (1976); en “La Recoleta”, poema en prosa de Atlas (1984); y en un pasaje de Un ensayo autobiográfico (op. cit., p. 15) donde rememora al hablar de su madre: “Su abuelo fue el coronel Isidoro Suárez, quien en 1824, a la edad de veinticuatro años, encabezó una famosa carga de la caballería peruana y colombiana que cambió el rumbo de la batalla de Junín, en Perú. Esta fue la penúltima batalla de la guerra de independencia suramericana. Aunque Suárez era primo segundo de Juan Manuel Rosas, dictador de Argentina de 1835 a 1852, prefirió el exilio y la pobreza en Montevideo a vivir bajo una tiranía en Buenos Aires. Por supuesto, sus tierras le fueron confiscadas, y uno de sus hermanos fue ejecutado.”   

 

Norah Borges en 1942

Foto: Gisèle Freund

        Pero también Estela Canto refiere a una serie de personas que cita por su nombre o por omisión, y a quienes a veces insulta, hiere o menosprecia con sarcasmos. Por ejemplo, de Norah Borges (fallecida a los 97 años el 20 de julio de 1998 y madre de Luis y Miguel de Torre Borges) dice en la página 85: “Coloridas anécdotas circulaban sobre este desusado ser humano.” Y en la siguiente: “Norah se mostró muy amistosa. Dijo que quería hacerme un retrato y, sin más demora, fue en busca de papel y lápices. Esa única sesión fue suficiente. En su dibujo yo aparezco con una cara redonda (no es el caso) y la nariz de Guillermo de Torre (no es el caso).” Burlón e hiriente chistecito (sobre un fugaz dibujo que atesoró con orgullo, pese a que no lo exhibe en su libro), que más o menos repite cuando en la 92 cuestiona el antiperonismo de doña Leonor, doméstico y de petit comité, y boceta la legendaria vez que ésta y otras señoras se desgañitaron lanzando invectivas contra Perón y Evita y luego se pusieron a cantar el Himno en la calle Florida: “Norah Borges y Adela Grondona fueron llevadas a la cárcel del Buen Pastor, una prisión para prostitutas, donde Norah estuvo un mes confinada y empleó las horas vacías retratando a rameras y ladronas, todas parecidas a Guillermo de Torre.” (Si fuera así, ¿dónde y cuándo vio esos “retratos”?) Alejandro Vaccaro, entre la 469-472 de Borges. Vida y literatura (Buenos Aires, Edhasa, 2006), apunta y bosqueja que esa manifestación en la calle Florida ocurrió el 8 de septiembre de 1948; y que además del Himno, las mujeres repartieron volantes y lanzaron vítores a la Constitución de 1853.

     Y más adelante, sin eludir el aderezo del error, la lechuga de la leyenda y la miel idolátrica, canta la memoriosa en la página 246:

(Alianza, 2004)

      “Entre tanto, vertiginosamente, los honores empezaron a llover sobre él. Su fama crecía sin cesar. Dictó cursos en inglés antiguo en la Universidad de Buenos Aires. [Borges, entre 1956 y 1966 fue profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Si más de una cuarta parte del curso de 1966 expuso sobre el inglés antiguo o anglosajón: siglo V hasta 1066 (otra parte sobre el inglés medio: 1066-1500 y otra sobre el inglés moderno: 1500 hasta el presente, Martín Hadis dixit), no dictaba sus cursos en inglés antiguo
—pese a los vocablos y citas que llegara a articular—,
idioma que, además, él estudiaba los sábados en la Biblioteca Nacional con un grupo de alumnas y alumnos; algo que también haría con el islandés.] A esos cursos asistía una muchachita llamada María Kodama, hija de un japonés [Yosaburo Kodama, de quien heredó los rasgos faciales que evocan a Yoko Ono o a una geisha nipona dispuesta a urdir su íntimo y secreto libro de la almohada] y una uruguaya [María Antonia Schweizer, de ascendencia suizo-alemana, inglesa y española].”

 

Borges y María Kodama

       Vale contrastar que, basado en un par de entrevistas a María Kodama, Edwin Williamson apunta entre las páginas 409-410 de su biografía: Borges “tenía sus clases de anglosajón los sábados por la mañana en la Biblioteca Nacional, que seguían atrayendo a un fiel grupo de estudiantes”. En 1964 “había invitado a una muchacha llamada María Kodama a unirse al grupo”; quien como “estudiante en la Universidad de Buenos Aries, se anotó en la clase de Borges sobre épica”, que pensó abandonar, pero “Borges la alentó a perseverar y la invitó a su departamento por las tardes. [Para que le leyera y tomara el dictado.] Se acostumbraron a encontrarse de vez en cuando en confiterías para hablar de literatura, y con el tiempo él le pidió que se uniera a sus clases semanales de anglosajón.” Que con más tiempo derivarían en las traducciones y notas que conformaron las 26 páginas de Breve antología anglosajona (Santiago de Chile, La Ciudad, 1978), con un prefacio firmado por ambos en “Buenos Aires, 9 de julio de 1978”. Y en la traducción, prólogo y notas a La alucinación de Gylfi (Madrid, Alianza, 1984), Edda Menor de Snorri Sturluson (c. 1178-1241), escritor islandés seleccionado y prologado por él en la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges con la saga del siglo XIII, de tradición oral, que se le atribuye: Saga de Egil-Skallagrimsson (Madrid, Hyspamérica, 1986).     

   

Estela Canto

      Pero a continuación sigue cantando Estela en la 246: “De todos modos, Borges solía venir a casa. [¿Será?] Incluso, por unas breves semanas, hubo como un resurgimiento de la antica fiamma [¡Asústame camaleón! ¡Varias semanas encendido a la Príapo de huitlacoche!]. En uno de esos encuentros me dijo que finalmente había logrado tener relaciones sexuales completas con una mujer [¡por lo menos!], una bailarina muy bonita, aunque no era inteligente ni del medio social en que a él le gustaba moverse. La relación, al parecer, no tuvo mayor trascendencia, aunque el nombre de ella figura en alguna de las dedicatorias. Se refería a ella con cierto recato y un dejo de vergüenza.” Y según canta: “Ella no formaba parte del grupo de sus amigos y esto facilitó tal vez las cosas. Asimismo, su falta de inteligencia tal vez le quitara a él inhibiciones. La historia fue una especie de salto en el vacío. En los veintitantos años siguientes no volvió a nombrarla.”  

 

Cecilia Ingenieros en 1945

         Vaya manera de sobajar: la presunta falta de inteligencia de la bailarina y el supuesto medio social antagónico (quizá paupérrimo o popular) ¿le quitaría inhibiciones al culto y reprimido señorito que por fin tuvo relaciones sexuales completas con una tontorrona mujer? Pero el hecho de que cante: era una bailarina muy bonita y su nombre figura en alguna de las dedicatorias, induce a inferir, a priori, que se trata de Cecilia Ingenieros, articulista de danza, coreógrafa y bailarina con estudios dancísticos en el neoyorkino Centro Martha Graham de Danza Contemporánea, quien en el 46 o 47 creó en Buenos Aires una Compañía de Danza Moderna. Cecilia, además, actuó en el cine: en El pabellón argentino en la Ciudad Universidad de París (1949), corto de propaganda peronista y preludio de una beca que tuvo en la capital francesa; y en Marihuana (1950), mediometraje policial de León Klimovsky. Y tradujo del inglés: En la plaza oscura (Above the dark circus an adventure, 1931), novela de Hugh Walpole publicada por Emecé, en 1951, con el número 85 de El Séptimo Círculo, la serie de novelas policiales dirigida por Bioy y Georgie, quien más de tres décadas después la seleccionó y prologó ex profeso para la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, editada Madrid, en 1986, por Hyspamérica.

 


        Según deduce Williamson, el vínculo entre Cecilia y Georgie se sucedió entre 1947 y 1948. Roberto Alifano, entre las páginas 90-91 de Borges, biografía verbal (Barcelona, Plaza & Janés, 1988) dice que Georgie y ella se conocieron “a finales de la década del treinta” y que “el romance, al parecer, se prolongó un par de años”: antes de que él conociera a Estela Canto. Y cita un testimonio de Borges —al parecer recabado por el propio Alifano— sobre tal vínculo amoroso:

 

Cartel de Marihuana (1950)

        “Con Cecilia Ingenieros estuvimos a punto de casarnos. Yo estaba perdidamente enamorado de ella y las cosas marchaban bastante bien. Juntos, planeamos un viaje a Europa. Nos casaríamos allí; ésa era la idea. Pero una tarde nos encontramos en una confitería del centro, y Cecilia me dijo: ‘Dentro de dos semanas me voy a Europa’. ‘Nos vamos, querrás decir’, la corregí yo. ‘No, me voy sola
—respondió ella—. He decidido no casarme con vos.’ Así, terminó nuestro noviazgo.”

  No obstante, Williamson, en la 337 de su biografía, además de tal versión, cita otra dicha por Borges en una entrevista, en inglés, de Clark M. Zlotchew, editada por Richard Burgin en un libro impreso en 1998 por la Universidad de Mississippi:

“Ella interrumpió la relación de manera muy honorable. Me pidió que la encontrara en un salón de té que queda en Maipú y Córdoba [el St. James]. Hacía cierto tiempo que no hablaba con ella y pensé, ‘Qué extraño que me haya llamado’, y me estaba sintiendo muy feliz, y entonces me dijo, ‘Quiero decirte algo que vas a oír de todos modos, pero quiero que lo oigas primero de mis labios: me he comprometido y voy a casarme’. Así que la felicité, y eso fue todo.”


     Por su parte, James Woodall, entre la 204-205 de La vida de Jorge Luis Borges. El hombre en el espejo del libro (Barcelona, Gedisa, 1998), supone que Georgie cortejó a Cecilia entre el 41 y el 44; que llegó a proponerle matrimonio; que proyectaron viajar a Europa después de la guerra; y que la ruptura pudo deberse a la aparición de Estela Canto. Y siguiendo el cuento que la memoriosa canta en sus “memorias”, reporta que Borges le confesó a Estela “que por fin había logrado tener relaciones sexuales con una bailaría”
que era amiga de Cecilia, dice Woodall y por ello infiere inducido por la cantora: “Es probable que Borges haya tenido las únicas relaciones sexualmente íntimas de su vida adulta con una amiga de Cecilia.” (¿Las únicas?) Y añade engolosinado con el efímero y subterráneo affaire con esa bailaría (que se convirtió en astróloga, según apunta en la 221 que le dijo Esther Zemborain en una entrevista del 27 de noviembre del 94): “Es razonable suponer que esa mujer ofreció a Borges precisamente lo que Estela Canto le ofrecía; sólo que en el caso de ésta, él no aceptó; con la ayuda de Kohan Miller [el terapeuta que la cantora nombra Cohen-Miller] y de Estela [¿de veras?], por fin Borges fue capaz de entregarse con la amiga de Cecilia a los deseos carnales que tan frustrantes habían sido en su relación con Estela.” Y concluye muy “docto” ante el espejo de sí mismo: “Por fin Borges había conocido el acto sexual [¿por fin?]; es posible que el asunto no lo haya atraído gran cosa [¿no le gustó el sexo?; no obstante, en la 334, Woodall reporta que leyó una cita manuscrita por Borges, c. 1945, transcrita de George Bernard Shaw:
Me gusta el acto sexual a causa de su asombroso poder de producir una celestial oleada de emoción y exaltación de la existencia que, aunque fuera momentáneo, me daba una muestra de lo que algún día podría ser el estado normal de la humanidad en un éxtasis intelectual], pero por lo menos sabía lo que ese acto entrañaba, así como Emma [Zunz] sabe, desde el comienzo del cuento, a qué terrible acto iban a llevarle sus cálculos.”
Emma Zunz (Elisa Galvé)

Fotograma de Días de odio (1954)
 “Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo.” Revela la voz narrativa sobre la secreta entrega de su virginal sexo a un desconocido marinero (que ignora el español) elegido al azar por ella, 
quizá sueco o finlandé una herramienta para Emma como ésta lo fue para él—, fingiendo ser una prostituta. (Según reporta Woodall en la 333: hojeó “un borrador manuscrito por el propio Borges de ‘Emma Zunz’”, resguardado, con otros manuscritos y borradores de Georgie, por “Solange Sanguinetti, hija de Carlos Ordoñez, el abogado que ayudó a Borges a separarse legalmente de Elsa en 1970”.)

Borges en la Biblioteca Nacional

      Pero el quid es que en “Talismanes”, poema de La rosa profunda (1975) —se lee en la página 111 del póstumo Obras completas 1975-1985 (Buenos Aires, Emecé, 1989)—, el viejo Borges evoca a Cecilia en un verso que alude el globo terráqueo que lucía en su oficina de la Biblioteca Nacional, precisamente sobre el escritorio semicircular que fuera de Paul Groussac: “Un globo terráqueo de madera que me dio Cecilia Ingenieros y que fue de su padre.” (Globo, escritorio y modelo inmortalizados en icónicas fotos de Sara Facio que pululan en libros y en la web a menudo sin el crédito de la fotógrafa.) Cecilia, además, era la hermana menor de Delia Ingenieros, con quien Borges urdió Antiguas literaturas germánicas (México, FCE, 1951), su primer libro publicado en el país mexicano; que él revisaría y retitularía con María Esther Vázquez: Literaturas germánicas medievales (Buenos Aires, Falbo, 1965). El nombre de esa atractiva bailarina aparece dos veces en el libro El Aleph (1949): al inicio del postrero “Epílogo”: “[...] ‘Emma Zunz’ (cuyo argumento espléndido, tan superior a su ejecución temerosa, me fue dado por Cecilia Ingenieros)”. —Relato publicado por primera vez en septiembre de 1948 en la revista Sur
. Y en la postrera dedicatoria del cuento “El inmortal”: A Cecilia Ingenieros; que con el título “Los inmortales” había aparecido, en febrero de 1947, en Los Anales de Buenos Aires; revista que Borges menciona en tres de las catorce cartas manuscritas que la memoriosa exhibe y comenta en su libro; que él dirigió entre enero del 46 y octubre del 47 y que sólo tuvo 23 números bajo su dirección; donde, invitados por él, colaboraron Estela y su hermano Patricio. En cuyo número de febrero de 1946 Borges publicó “Casa tomada”, celebérrimo relato de Julio Cortázar, ilustrado con dos dibujos a lápiz de su hermana Norah Borges, según evoca al inicio del prólogo a la antología de los Cuentos del Gran Cronopio, publicada en 1985 por Hyspamérica, en Madrid, en la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges. Y en el número de julio de 1947 de Los Anales publicó “El Zahir”, relato que, según canta Estela en la 191: “es, literalmente, uno de los menos logrados de Borges”. Pero como ella es el ombligo y el epicentro de los cantos de sus “memorias”, canturrea entre la 192-193 confundiendo, de entrada, al personaje Borges del cuento con el bebedor de leche, timorato e inseguro de carne y hueso que la pretendía:

  “Yo vivía entonces en la esquina de Chile y Tacuarí, y es en un bar de Chile y Tacuarí donde le dan la moneda fantástica. [El maléfico Zahir porteño, de 20 centavos.]

 

Placa conmemorativa del cuento “El Zahir”

       “En ese ‘boliche’ [almacén en el cuento] solía hacer tiempo por las mañanas con su sempiterno vaso de leche o un ocasional vasito de caña de durazno si se sentía especialmente tímido. (Creo que la timidez de Borges aumentaba a medida que, de algún modo, aumentaba sus resistencias.)

   “No se atrevía muchas veces a cruzar la calle, subir al ascensor y llamar a la puerta de mi casa. La chica que nos servía —más que una criada, una persona de la familia— solía verle allí cuando iba al mercado. Esta muchacha, madre de Toño, destructor y beneficiario del aleph [el calidoscopio que Georgie le anuncia en una de sus cartas y que luego le llevó a su casa, dentro de un paquete, diciéndole que contenía el objeto que mostraba todos los objetos del mundo], venía y me decía: ‘Ahí está su enamorado desde hace media hora. ¿Quiere que le diga que suba?’

  “Lo cierto es que él, muchas veces, necesitaba este preámbulo para presentarse. Y no lo hacía entonces hasta las diez y media de la mañana, aunque me había telefoneado a las nueve y media y el viaje en subterráneo no llevaba más de diez minutos. Era una de sus delicadezas excesivas, esa delicadeza que envolvía muchos de sus actos, como si quisiera que le fueran perdonados, cuando no había nada que perdonar.

 “En todo caso fue en ese café donde le dieron de vuelta una moneda brillante de veinte centavos, recién acuñada, que él convirtió en el zahír [sic]. Me la mostró en la palma de la mano, admirado de su flamante fulgor.”

Borges y la bailarina

        Pero quizá
por celos y tal vez envidia, Estela Canto infravaloró a esa bailarina que traza de tonta y de extrarradio del círculo de Borges. (¿Bailaría la danza del vientre y la danza de los siete velos? ¿Haría un dancístico y seductor striptease?) Celos y envidia (¿o amnesia etílica?) que se pueden suponer, también, cuando dice de él en la 251: “La religión cristiana le dejaba frío y era más bien hostil al catolicismo, aunque veía con simpatía el estilo de vida de los protestantes; el hinduismo y el budismo le interesaron de pasada y nunca les dedicó tiempo.” Tan hostil que el 21 de septiembre de 1967 se casó, en la parroquia Nuestra Señora de las Vitorias, con la viuda Elsa Astete Millán, su efímera novia a fines de los años 20 cuando ella tenía 17 años. (Por orden de su madre, diría ella, agotando el vino de consagrar. No obstante, en la carta que Miguel le escribió a Estela el 19 de febrero de 1991 le aclara: “Mi abuela nunca la tragó a Elsa A.M. así que mal pudo haberle aconsejado o impuesto el casamiento a Tío. Pero se dio cuenta de que ella no servía para el papel y se sentó a esperar el fracaso y la vuelta del hijo, lo que ocurrió efectivamente.” Los Canto, p. 268.) Y en la foto de la misa, en la Iglesia del Socorro, por los 90 años de doña Leonor cumplidos el 22 de mayo de 1966, Georgie posa, con la ciega mirada hacia el Altísimo (quizá musitando versículos apócrifos), entre su madre y Alicia Jurado. Imagen reproducida en la página 125 de la citada iconografía de Miguel, que
trasluce su tolerancia doméstica y actitud familiar y comunitaria.

Borges, fotografías y manuscritos (Renglón, 1987), p. 125


             
(Columba, 1976)

      Pero sobre todo resulta increíble que Estela, que se las da de saber de Borges más que Borges mismo y que doña Leonor, no supiera que con Alicia Jurado se tomó un tiempito para urdir el libro Qué es el budismo (Buenos Aires, Columba, 1976), en cuya preliminar nota apunta ella: “Pertenecen a Borges el plan general de la obra, basada en gran parte en las notas para las conferencias sobre el budismo que pronunció en el Colegio Libre de Estudios Superiores”; actividad profesional que inició en 1949. Ítem implícito en “La personalidad y el Buddha”, ensayo que publicó en la revista Sur de noviembre-diciembre de 1950 —se lee en Borges en Sur—; cuya esencia no olvidó, pues además de las entrevistas en las que habla del budismo (con Osvaldo Ferrari, por ejemplo), en la cátedra del Miércoles 2 de noviembre de 1966 del curso de ese año que impartía en la UBA, inserta de manera memoriosa la leyenda del Buddha, según se lee en la transcripción pergeñada en Borges profesor. Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires (Buenos Aires, Emecé, 2000), con edición, investigación, notas y prólogos de Martín Arias y Martín Hadis. Pero además el 6 de julio de 1977, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, Borges dio una charla titulada “El budismo”, cuya anónima transcripción de la cinta magnetofónica se publicó el 5 de agosto de ese año en La Opinión Semanal; y luego, tras la revisión y corrección hecha, dos años después, con el amanuense apoyo de Roy Bartholomew, Borges reunió en Siete noches, el citado libro impreso en 1980 por el FCE en Buenos Aires y en México; en cuya exposición, Borges dice del budismo casi al final: “una doctrina a la cual he dedicado tantos años
—y de la que he entendido poco, realmente—“.

(Eudeba, 1964)

      Pero además descuella que Alicia Jurado, y no Estela Canto ni otra de sus amigas y sucesivas amanuenses y colaboradoras (ni siquiera el sobrino ni su polémica lazarilla, viuda y heredera), es quien se documentó y escribió la histórica primera biografía de Borges aparecida en el Cono Sur y en el mundanal mundo: Genio y figura de Jorge Luis Borges, publicada en octubre de 1964 por la Editorial Universitaria de Buenos Aires con el número 2 de la Colección Genio y Figura. Lo cual se pregona al cierre de la anónima nota de la cuarta de forros: “Su amistad con Borges le permite darnos un estudio crítico minucioso y la primera biografía de este escritor relatada por alguien que lo conoce en la intimidad.” Pequeño libro de 192 páginas, ilustrado con una rica y diseminada iconografía en blanco y negro; más un complemento antológico de poemas, cuentos y ensayos de Borges, y nueve opiniones laudatorias sobre su obra seleccionadas por ella (Ramón Gómez de la Serna, Victoria Ocampo, Pedro Enríquez Ureña, Francisco Romero, Amado Alonso, Enrique Anderson Imbert, André Maurois, Ernesto Sabato, Julián Marías) y la bibliografía. (Vale subrayar que la edición prínceps difiere, no sólo en la portada y en las imágenes, de las reimpresiones “actualizadas” que la Eudeba hizo en los años 90 del siglo XX.)

    

Jean de Milleret

        E
sto implica que Estela Canto, en sus cantos, omite o ventila los nombres por intrínsecas razones personales o viscerales e incluso mitómanas. Por ejemplo, entre la 247-248 bosqueja la aventura del robo del manuscrito del cuento “El Aleph” por parte del francés Jean de Milleret (1908-1980). Manuscrito que, dice, recuperó su “marido” sin que ella supiera cómo lo hizo. Es decir, no supo si ese “marido” sin nombre (y por ende encapuchado) aplicó alguna amenaza de la patota, alguna llave inglesa o del sumo japonés, la manita de puerco o la picana eléctrica de la que, se dice, fue experto e inventor el hijo homónimo de Leopoldo Lugones durante la dictadura de Uriburo (1930-1932). A priori puede inferirse que se trata de Georges Moentack, el belga y ex miliciano de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial al que ella llamaba “marido” y a quien dedicó sus “memorias” junto a su hermano Patricio, cuya deceso era reciente. Según dice Juan José Sebreli en la página 98 de Los Canto, Patricio y Estela, eran muy alcohólicos [...] en la última época él estaba destrozado [...] Patricio se fue a vivir a una casa de Punta del Este que era del marido de Estela [...] Vivía todo el año ahí, lleno de perros, hecho un ciruja. Este hombre salvó a Estela de morir en la ruina porque ella no tenía nada. Lo cual explica que en la dedicatoria de sus “memorias” ella cante:

      A mi hermano Patricio Canto, muerto el 26 de enero de 1989, sin cuya sagacidad y atinados consejos yo no habría escrito este libro.

    Y a Georges Moentack, que nos acompañó con su valor y energía inagotable, dándome también aliento para este libro.

    No obstante, ese “marido” —que al parecer tenía “esposa”—, muerto el 30 de diciembre de 2004, era ajeno a la literatura y nunca leyó a Borges ni el libro de la memoriosa, según se rumorea en Los Canto. Por ejemplo, en la 91 de éste se lee que respondió sobre Borges a contraluz: “A mí no me interesa, no leo literatura, nunca leí nada de Borges”. No obstante, según indagó Daniel Mecca en el Archivo Histórico de Chacarita, ese Moentack fue quien pagó el arrendamiento del lote, en el Cementerio de la Chacarita, donde Alba Estela Canto estuvo enterrada entre el 4 de junio de 1994 y el 4 de junio de 1998. Pero tras concluir los cuatro años de arrendamiento, nadie reclamó sus restos para ir a nicho o cremación. O sea: se perdieron.

Pero la vuelta de tuerca de ese canto del robo del manuscrito de “El Aleph” se desvela entre las páginas 117-119 de Los Canto, donde Daniel Mecca comenta y transcribe fragmentos de una entrevista que Graciela Musachi, el 11 de marzo de 2005, le hizo al cineasta argentino José Martínez Suárez (1925-2019), compilada en Georgie y yo. Lo que pasó con Estela Canto (Buenos Aires, Editores contemporáneos, 2005). 

José Martínez Suárez
Allí, Martínez cuenta que conoció a Estela durante el rodaje de Dar la cara (1962) filme del que en Wikipedia se pregona que aparece el bebé Mafalda, lo que motivó al historietista Quino a dar ese nombre a su famoso personaje—: “[...] Estela era vivaz, juvenil, divertida y cinéfila, había hecho radioteatro, locución. Yo, era desde mi juventud, un borgiano decidido a tal punto que, durante la conscripción y para alejar ciertos fantasmas promovidos por los oficiales, llevaba en los bolsillos de mi uniforme libros de Borges para leer, con una linternita, durante las solitarias noches de guardia. Enseguida Estela y yo simpatizamos y tuvimos una grata charla. Esas charlas se repitieron durante ese tiempo ya que nos encontrábamos en la Confitería Sarmiento de Plaza Italia o en su casa [el departamento F en el tercer piso de la esquina de Chile y Tacuarí 704; del que la traductora había tenido que ser desalojada, le dijo la portera a Mecca el viernes 3 de marzo de 2017; que estaba muy descuidado, polvoriento: hasta el jabón estaba sucio. La comida estaba muy mal preparada: abrió una lata de arvejas, puso un par de bifes en la asadera, y eso fue todo. Sirvió vino tinto, que yo no tomaba. Estábamos los dos solos y tuve la incómoda sensación de que estaba tratando de seducirme; canta Alberto Manguel en la página 77 de Los Canto sobre una invitación ocurrida en el 65 o 66, cuando ella tenía 50 años y él 18 y era un empleadito de la librería Pigmalión a la que acudía el ciego Borges]; lo cierto es que en determinado momento (yo estaba realizando el proceso de montaje de Dar la cara) me contó la historia de Jean de Milleret y me pidió que tratara de recuperar el original (me había tenido confianza, no sé por qué me lo pidió a mí.) Era un encargo incómodo, yo no sabía cómo era el personaje, no sabía cómo iba a reaccionar y, no hace falta decirlo, me sentía yo un protagonista de una de mis películas policiales. El personaje vivía en una mansión de tres cuartos de manzana en Zabala y Tres de Febrero, tenía dos plantas, una columnata al frente, un gran jardín y una campanilla que, algo intimidado, hice sonar en medio de la noche. Me atendió una mujer, pregunté por él (Jean de Milleret) explicando los motivos de mi visita, ella subió la notable escalera de roble y, al cabo, bajó él y me dijo: ‘Esto es para la señora Estela Canto’. De todas las variantes que yo había temido esta era una simple, elegante y fácil. Alcancé a ver que él era un hombre mayor que yo y me retiré”.

        Pero el cineasta no pudo devolverle el manuscrito porque ella estaba en Europa y retornaría en un mes. “Durante ese tiempo —apunta Mecca—, el director de cine puso el manuscrito en el anaquel de su biblioteca y se lo mostraba a sus hijas. Hasta que Estela regresó y el manuscrito volvió a su agradecida dueña.” Pero no tanto, pues enseguida Mecca transcribe lo no menos revelador que desmonta el mito que Estela la cantora vendió en sus “memorias” con conocimiento de causa:

Orlando Barone
 “No la volvía ver más ya que me fui a vivir a Chile por cinco años —siguió Martínez Suárez—. Cuando se anunció la venta de ‘El Aleph’ y salió un artículo de Orlando Barone en Tiempo Argentino contando que no se sabía quién había recuperado el manuscrito —tal como Estela cuenta en su libro [lo que ella canta entre la 247-248 reza así: ‘Finalmente le conté a mi marido lo que había pasado. Él se las arregló para recobrar el manuscrito, y hasta el día de hoy no sé cómo lo hizo’]— me dirigí a él mediante una carta aunque no obtuve que rectificara la información pero sí, a través de Patricio, obtuve la nueva dirección de Estela [en un octavo piso en la calle San Martín] y su teléfono. Le envié (a Estela) una copia de mi carta a Barone y su artículo y luego hablamos por teléfono, le recordé nuestro antiguo encuentro y le pedí que no me privara de la única historia con Borges. Allí recordó todo y me dio la razón prometiendo que, en una segunda edición del libro, enmendaría su olvido”. Algo que nunca ocurrió.

       Tal inclinación a mentir y fabular se advierte, también, en torno a la dedicatoria en inglés que preludia Historia universal de la infamia en la página 293 del tomo de las Obras completas, que ella traduce en la página 187 de sus “memorias”: “Dedico este libro a S.D., inglesa, innumerable y un ángel. También le ofrezco ese meollo de mi ser que he logrado conservar de algún modo, ese corazón central que se ocupa de palabras, no trafica con sueños y no es alcanzado por el tiempo, la dicha, la adversidad.” Pues dice (refiriéndose a finales de los 30 cuando Georgie “tenía una página de crítica literaria de autores extranjeros en la revista El Hogar”): “Por entonces escribió uno o dos poemas en inglés que tienen el mismo tono de la dedicatoria a S.D. Él me dijo que esos poemas eran para S.D. Le dije que las iniciales de la dedicatoria no coincidían. Me contestó que S.D. era una dama muy católica, con hijos, y que él había usado esas iniciales para no crearle molestias con su marido. Esto me lo dijo en el cuarenta y seis o cuarenta y siete. En las Obras completas, publicadas en 1972 [sic], los poemas ingleses aparecen dedicados a Beatriz Bibiloni de Bullrich, una mujer a quien, contrariamente a su costumbre, él nunca nombró. Y en la Historia universal de la infamia en las O.C. mantuvo las iniciales S.D., aunque ella ya había muerto.”

(Emecé, 1954)

     Véase que Two english poems, con la dedicatoria To Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich, si bien figuran en las páginas 861-862 del tomo de las Obras completas dentro del poemario El otro, el mismo (1964), están fechados en “1934” o sea: dos años antes de que Borges, a partir del 16 de octubre de 1936, se ocupara de la página Libros y autores extranjeros de la revista El Hogar. Y que se publicaron por primera vez —con ese título— en 1954, dentro de la compilación Poemas 1923-1953, que fue la primera edición de la obra poética de Georgie editada por Emecé como volumen 2 de las Obras Completas de Jorge Luis Borges bajo el cuidado de José Edmundo Clemente.
(Losada, 1943)

Pero antes aparecieron con el título Prose poems for I.J. dentro de “Otros poemas”, sección del libro Poemas (1922-1943), primera compilación de la obra poética de Borges publicada por Losada en 1943. No obstante, Estela canta en la página 188: “Él amaba a S.D. Pero como ese amor era imposible —o él creía que lo era— lo transfirió a BBB. La atmósfera de Historia universal de la infamia está impregnada por la presencia de S.D. [¿De veras?] Yo la conocí: era una mujer que justificaba el sentimiento que había inspirado a Borges: él mismo me la presentó llevándome un día a su casa.” Y, según canta entre la 186-187:

  “Naturalmente, Georgie se enamoró de esta mujer que reunía, además de un físico espectacular, características que lo conmovían: era de alta clase social, no muy feliz en su matrimonio, y adoraba la literatura inglesa. Además, la dama era muy religiosa lo cual añadía a su modo de ser, según él, una inocencia y puerilidad que le causaban gracia.

  “Ella tenía un salón literario en el cual se leían en alta voz autores ingleses. Es a ella a quien está dedicada la Historia universal de la infamia: ‘I inscribe this book to S.D. [...]”

   

(Megáfono, 1935)

       Pero lo contradictorio y por ende tampoco encaja en el tablero de su relato de amor imposible es que Historia universal de la infamia se publicó en 1935 o sea: un año antes de que Borges se ocupara de la susodicha página Libros y autores extranjeros, pues según canta entre las páginas 185-186, la incógnita S.D. se le acercó a Georgie, sin conocerlo, a fines de los 30 cuando él escribía en El Hogar:

  “A finales de la década de los treinta, Borges, como he dicho, tenía una página de crítica literaria de autores extranjeros en la revista El Hogar. Una mujer le llamó una vez por teléfono, sin darse a conocer. La mujer le dijo que admiraba sus críticas y sus poemas; era una persona culta, que había leído bastante y conocía bien la literatura inglesa. Borges quedó halagado y agradecido. Como todos los escritores argentinos [Estela Canto entre ellos], tenía avidez por ser valorado. Pero la voz de la mujer era desagradable: una voz ronca, dura.

  “La mujer siguió telefoneando. De acuerdo a la voz, él fue creando una imagen, la de una profesora poco agraciada, cincuentona, algo entrada en carnes, con anteojos de gruesos cristales.

  “Al cabo de unas semanas, la mujer sugirió un encuentro. Cautamente, él pidió que se describiera. Ella dijo que no era necesario, ya que ella le conocía a él de vista y se le iba a acercar.

Borges en 1943

Foto: Gisèle Freund

       “Borges vaciló bastante cuando tuvo que fijar el lugar del encuentro. Rechazó varias confiterías elegantes que ella propuso. No quería correr el riesgo —me dijo— de que le vieran con una mujer tan fea. Por tanto, con el pretexto de la discreción, no la citó en una confitería del Barrio Norte o del Centro. Eligió la Confitería del Molino, frente al edificio del Congreso Nacional, una típica confitería de clase media, que exhibía en sus vitrinas tortas de boda o de cumpleaños y alquilaba sus salones para fiestas de medio pelo. También concurrían allí algunos diputados y senadores, pero en la Argentina esta gente no suele ser elegante. Era, sobre todo, un lugar al que las señoras ociosas acudían por la tarde para tomar té y engullir masitas, señoras rotundas o francamente obesas, vestidas con una ostentación poco acertada.

“Pese a todas estas garantías, Borges, precavidamente, esperó a la dama a la puerta de la confitería.

“Su incomodidad iba en aumento. Mientras miraba los postres de los escaparates, tramaba una manera expedita de escapar del molesto encuentro. Su desazón llegó al máximo cuando, al levantar la cabeza, vio una mujer que avanzaba hacia la entrada.

“‘Era una diosa’, fue el comentario de Georgie. ‘Alta, esbelta, una morena que parecía rubia.’

“Él sintió vergüenza de que aquella ‘diosa’ fuera a verla con la horrible mujer que él estaba esperando. Sin más, se dio vuelta para huir. La ‘diosa’, al ver su gesto, corrió, le alcanzó, le tendió la mano y le dijo con voz ronca: ‘¿Cómo le va, Borges?’”

Silvina Ocampo en 1942

Foto: Gisèle Freund



     Lo cual contrasta con el comentario de Silvina Ocampo que Monegal cita en la 246 de su biografía, transcrito de “Image de Borges”, testimonio publicado en francés, en 1964, en el legendario volumen de los parisinos Cahiers de l’Herne dedicado a la vida y obra de Georgie: “Borges tiene un corazón de alcachofa. Le gustan las mujeres hermosas, especialmente si son feas, porque entonces puede inventar sus caras con mayor libertad. Se enamora de ellas.” Pero no menos curioso y revelador, a contraluz, es que en la página 243 de su biografía, Edwin Williamson observa:

“[...] Cuando Historia universal de la infamia se publicó en julio de 1935, apenas unas semanas después de la muerte de Fanny Haslam [el 20 de junio], llevaba una dedicatoria en inglés a una mujer desconocida:

Dedico este libro a I.J.: inglesa, innumerable y un Ángel. Además: ese carozo de mí mismo que he salvado, de algún modo: el corazón central que no tiene que ver con las palabras, ni trafica con sueños y está intocado por el tiempo, por el júbilo, por las adversidades.

Véase, entre paréntesis, que en la página 247 de su biografía, Monegal observa: “utilizó una parte del segundo poema [inglés] para la dedicatoria de su Historia universal de la infamia (1935).” Esto es el fragmento que en la página 862 de las Obras completas reza:

 

 I offer you that kernel of myself that I have saved, somehow the

             central heart that deals not in words, traffics not with

            dreams and is untouched by time, by joy, by adversities.

      

Norah Lange en 1944

Foto: Gisèle Freund

      Según dice Williamson: “Nadie ha identificado el [obscuro] objeto [del deseo] de esta dedicatoria apasionada, pero, en esas circunstancias, no tengo duda de que se trataba de Norah Lange.” Y además de que bosqueja las menudencias de tal hipótesis, en su correspondiente nota 23 consigna que el cambio de la dedicatoria: a I.J “a una igualmente desconocida S.D.” fue “efectuado en la edición de 1954 de Historia universal de la infamia” —libro impreso en Buenos Aires por Emecé como volumen 3 de la colección Obras Completas de Jorge Luis Borges (al cuidado de José Edmundo Clemente)—. Dato que Nicolás Helft registra en sus citadas bibliografías: página 263 y página 623.

Pero como corolario de la aventura del franchute mano larga, Estela canta con desprecio en la 248: “Jean de Milleret publicó un año después [del robo del manuscrito de “El Aleph”] un libro de conversaciones con él —Entretiens avec Borges— que pasó sin pena ni gloria.” Ese libro: Entretiens avec Jorge Luis Borges fue editado en 1967, en París, por Pierre Belfond. Y traducido al español fue impreso en Caracas por Monte Ávila Editores, en 1970, con el título Entrevistas con Jorge Luis Borges. Y sin mayor pena ni gloria algunos lectores y reconocidos críticos y biógrafos lo han leído, consultado, citado y coleccionado, ya en francés, ya en español. 

(Monte Ávila, 1970)
      Pero en el caso del crítico y biógrafo uruguayo Emir Rodríguez Monegal opta por no rotular su nombre. No obstante, se advierte que se trata de él, salpimentado en un barril de bilis viperina:

      “No terminaron aquí las desventuras con El Aleph.

 “Un crítico uruguayo, que iba a escribir un libro mal informado y farragoso sobre Borges, vino a verme y me pidió que le prestara el manuscrito de El Aleph, según él, para ver la ‘escritura’ de Borges. Escarmentada por lo que me había ocurrido con Milleret, le di unas fotocopias del principio y del fin del cuento. Estas fotocopias fueron publicadas en revistas universitarias de Estados Unidos.”

     Véase que Monegal, con una notable bibliografía borgeana (en francés, inglés y español), murió el 14 de noviembre de 1985 (siete meses antes de que Borges muriera el 14 de junio de 1986) y por ende no vio su póstumo libro Borges, una biografía literaria, publicado en México, por el FCE, el 15 de marzo de 1987; en cuya bibliografía, sección “Entrevistas con Borges”, figura la edición parisina del libro de Jean de Milleret, puesto que lo cita varias veces.

(Belfond, 1967)
Volumen de 475 páginas, de 23 x 15.05 cm, y minúscula y apretada tipografía, en la que el biógrafo uruguayo no narra el enamoramiento de Borges por Estela Canto (ni el desdén de ella); pero bosqueja el cuento “El Aleph” a la luz del influjo de la Divina Comedia. Cuya traducción al español, de Homero Alsina Thevenet, introdujo las modificaciones que el biógrafo hizo en la edición original en inglés editada en Nueva York, en 1978, por E.P. Dutton. Tampoco vio el libro Jorge-Luis Borges. Textos cautivos. Ensayos y reseñas en “El Hogar” (1936-1939), antología cuya edición concluyó y prologó el cubano Enrique Sacerio-Garí, impresa en Barcelona, en septiembre de 1986, con el número 92 de la colección Marginales de Tusquets Editores. Pero tal vez sí vio y hojeo el Ficcionario, su citada, prologada y anotada antología de textos de Borges, cuya edición del FCE se terminó de imprimir en México el 30 de agosto de 1985. Allí figura “El Aleph”, en cuya correspondiente nota 51 Monegal comenta al término: “El cuento estaba originalmente dedicado ‘A Estela Canto’, escritora argentina que era muy amiga del autor. Esta dedicatoria parecía aludir a un famoso verso de Dante: ‘Canto a las estrellas’ (stelle), como ha sugerido Haroldo de Campos. Pero la Beatriz del cuento está más relacionada con el estilo y la clase social de otra amiga de Borges, Elvira de Alvear [...] De todos modos, sea Estela o Elvira o ninguna de ellas la inspiradora del cuento, la verdadera musa es La divina comedia. Para agradecer la colaboración, tal vez involuntaria, de Estela Canto, le regaló una copia cuidadosamente caligrafiada por él mismo, del manuscrito.”

  Sin embargo, no faltan los que han cuestionado el influjo de Dante y de la Divina Comedia que refiere Monegal (con mayor amplitud en su biografía: páginas 372-375), entre ellos (fuera del disperso mundillo académico) Augusto Monterroso en “El otro aleph”, ensayo incluido en La vaca (México, Alfaguara, 1998); e incluso irónica y sutilmente el propio Borges en una nota para The Aleph and Other Stories (1970), transcrita y traducida por María Kodama, que se lee en la página 84 de la citada Edición crítica y facsimilar de “El Aleph”, donde no falta el matiz irónico y fabulador y el zarpazo crítico:

 

Dante Alighieri (1495)

Retrato de Botticelli


     “[...] Algunos críticos, yendo aún más lejos, han descubierto a Beatriz Portinari en Beatriz Viterbo, a Dante en Daneri y el descenso a los infiernos en el descenso al sótano. Por su supuesto, estoy sumamente agradecido por esos inesperados regalos.

 “Beatriz Viterbo existió en realidad y yo estaba desesperadamente enamorado de ella. Escribí el relato después de su muerte. Carlos Argentino Daneri es un amigo mío, aún vivo, que hasta el día de hoy jamás ha sospechado que está en el relato. Los versos son una parodia de su poesía. Por otra parte, el habla de Daneri no es una exageración, sino una transcripción fiel. La Academia Argentina de Letras es el hábitat de tales especímenes.”

Flemática institución que a fines de 1955 lo designó miembro de número, cuyo acto de recepción se celebraría hasta el 6 de agosto de 1962, y cuya biblioteca lleva el flamante nombre de Jorge Luis Borges desde el 14 de agosto de 1986. Al respecto anota el sobrino Miguel entre la 56-57 de Apuntes de familia:

 “Cuando aceptó ser académico de letras (recién sería incorporado en 1962, cuando resultaba escandaloso que el escritor más conocido no perteneciera todavía a la corporación), yo me escandalicé. Si siempre había sido el más talentoso e independiente hombre de letras, el enorme burlón de toda solemnidad —yo lo veneraba como a un Arlt, aunque de la especie cultivada, naturalmente—, ¿por qué ahora —como él me decía con sorna de buena parte de sus pares— se mezclaba con ‘vagos señores de los que nadie podría citar siquiera el título de sus libros’, con figurones que ya Bustos Domecq había ridiculizado para siempre en el personaje del doctor Gervasio Montenegro?

Borges

Ilustración de Marcelo Marchese

      “En 1972, en casa, viéndole a mi hijo Gonzalo de solo dos años armar una torre de cubos, dijo: ‘Me pregunto cuántos académicos de letras serían capaces de hacer lo mismo’. Pero las sesiones de la Academia, aunque le parecían tediosas, lo mantenían ocupado por unas horas... y eran una fuente inagotable para sus parodias y sarcasmos.

 “Aunque, claro, terminó por acostumbrarse al nuevo estado, porque ¿a quién le hubiera disgustado el merecido halago, después de los recuerdos intolerables, [...] la derrota, la humillación y las postergaciones?

 “Hacia el final, llegó a decir: Si sé que una persona ha obrado mal conmigo o habla mal de mí, yo hablo bien de él: esa viene a ser una forma de venganza y un modo de mostrarse invulnerable. También puede ser soberbia y: Sí, soy vanidoso con cierta astucia.”

Emir Rodríguez Monegal

Ilustración de Sabat

         Pero el caso es que el último fragmento de la citada nota 51 del Ficcionario revela que el crítico uruguayo no tuvo comunicación con Estela Canto. (En la página 273 de su biografía reitera: “Como homenaje privado le regaló el manuscrito, de microscópica letra.”) Primero, porque en tres de las catorce cartas a Estela, Borges menciona la escritura in progress de “El Aleph”:
Esta semana concluiré el borrador de la historia que me gustaría dedicarte: la de un lugar (en la calle Brasil) donde están todos los lugares del mundo, le dice en la misiva que, deduce ella, data de febrero de 1945. Segundo, porque Borges la invitó a colaborar en el cuento y ella se negó. Según canta en la página 94: “Al pasar ante una panadería de Constitución, aspiramos el perfume del pan caliente, recién horneado. Me dijo que quería escribir un cuento sobre un lugar que encerraba ‘todos los lugares del mundo’ y que quería dedicarme ese cuento. Fue la primera alusión a El Aleph. Yo me detuve y aspiré el olor reconfortante del pan seco en aquella noche húmeda. Él sugirió que yo podía ayudarlo en la enumeración de los objetos que quería nombrar. Le contesté que no podía ayudarlo. Y seguí negándome cuando él insistió, incluso por carta. Yo tenía la sensación de que estaba tratando de halagarme, que empleaba uno de sus procedimientos destinados a atraer poetisas en ciernes. [Como si el regordete Georgie de 45 años fuera un incorregible y maníaco donjuán de larga data, especializado en poetisas en ciernes, y más héroe de las mujeres que el apolíneo Adolfito que jugaba tenis, montaba a caballo y tenía sus célebres perros en Rincón Viejo; Silvina llegó a decir que se casó con Bioy porque estaba enamorada de Áyax, el gran danés de Adolfito fallecido en 1942]. No me gustaba estar en esa canasta. [¿Y por qué no? ¿No que muy aventurera y libre para compartir su cuerpo en un efímero y subterráneo affaire?, ya con un taxista parisino, con un colectivero, con un espía inglés, con un ex miliciano español antifranquista, o con un ex miliciano belga de la resistencia francesa.] Por otra parte, no me atrevía a sugerir nada. Cada cual tiene su propia visión del mundo, y la mía no concordaba con la de él. Cualquier cosa que yo dijera iba a ser transformada, cualquier sugerencia era inútil.” Y tercero porque en la página 208 narra:

    “El Aleph me está dedicado. Borges me dice en una de sus cartas que habrá de ser ‘el primero de una larga serie’; el destino no quiso que esto se realizara. De esa serie, que no fue ‘larga’, sólo escribió El Zahír [sic] y La escritura del dios. Pero El Zahír [sic; uno de los cuentos menos logrados de Borges, canta en la 191] iba a ser dedicado a Wally Zenner y La escritura del dios a Ema Risso Platero, sus amigas en momentos de angustia.

“El vino a casa con el manuscrito garabateado, lleno de borrones y tachaduras, y me lo fue dictando a la máquina. El original quedó en casa [nótese: quedó en casa o sea: el que se fue a la villa perdió su silla] y las hojas dactilografiadas fueron llevadas a la revista Sur, donde se publicó el cuento [en septiembre de 1945]. En 1949 se editó [en Losada], junto con otros relatos, en un volumen [de la Colección Prosistas de España y América] que lleva ese título.

“Borges me hablaba de los progresos que iba haciendo con El Aleph y, mientras me dictaba, se reía a carcajadas de los versos que endilgaba a Carlos Argentino.”

Luego, en la página 278, canta que “el manuscrito de El Aleph” lo vendió, “en mayo de 1985”, “en la casa Sotheby’s de Nueva York”. Año que repiten Julio Ortega y Elena del Río Parra; pues en un prefacio a “El Aleph” de Jorge Luis Borges, su citada Edición crítica y facsimilar impresa por el Colegio de México en 2001 (y en 2008), dicen en la página 23: “ella lo vendió en 1985 a la casa de subastas Sotheby’s”, donde lo adquirió la Biblioteca Nacional de España con sede en Madrid. Lo cual explica la presencia de un sello en la página “1” del facsímil— que reza: “Biblioteca Nacional/M8”. Esto en el ángulo inferior izquierdo y en el ángulo superior derecho se lee un número de folio manuscrito a lápiz.

“El Aleph” de Jorge Luis Borges (Colmex, 2008), p. 1

         Según consigna Marcos-Ricardo Barnatán en la 332 de Borges. Biografía total (Madrid, Temas de Hoy, 1995): Estela Canto “se vio obligada a subastarlo en mayo de 1984 en Sotheby’s de Nueva York. El Estado español pagó por él veinticinco mil setecientos sesenta dólares y hoy se encuentra en la sección de manuscritos del Museo del Libro de la Biblioteca Nacional de Madrid.” En la 333 de su citada biografía —cuya edición prínceps en inglés data de 1996— James Woodall coincide con Barnatán: “En la Biblioteca Nacional de Madrid se encuentra el manuscrito de ‘El Aleph’, vendido en mayo de 1984 en Sotheby [sic] de Nueva York por Estela Canto (a quien Borges le dio el original) al gobierno español por 25.760 dólares.”  
 

     Mientras que María Esther Vázquez dice en la página 187 de su biografía: “En 1984 Estela llamó a Borges por teléfono; quería pedirle permiso para vender el manuscrito, ya que su situación económica no era buena. El la invitó a almorzar y le dio su consentimiento. Al día siguiente hizo una sola reflexión: Estela se había tomado una botella de vino durante el almuerzo. Para alguien que había estado tan enamorado, era un comentario demasiado pobre. En mayo de 1985, la casa Sotheby’s de Londres [sic] vendió las dos versiones del manuscrito en veintisiete mil setecientos sesenta dólares.” No obstante, Ortega y Del Río, en la página 24, no datan dos versiones del manuscrito, sino sólo una: “se puede concluir que este es el primer y último manuscrito del cuento, mientras no aparezcan nuevas evidencias textuales.” 

    

“El Aleph” de Jorge Luis Borges (Colmex, 2008), p. 5

       Además de la distinta cifra y diferente ubicación de Sotheby’s, María Esther Vázquez alude dos versiones porque antes apunta: “Hacia 1944 [sic], sin sospechar las sorpresas que le depararía el futuro, Borges escribió ‘El Aleph’ y se lo dedicó a Estela; la idea de ese cuento, más que entusiasmarlo, le apasionaba. Debió de haberlo comentado mucho con ella, que por cierto compartía su entusiasmo. Cuando lo escribió, como siempre a mano en un cuaderno cuadriculado [cosa que se advierte en la mayoría de las páginas de la deficiente, ilegible y mal encuadrada reproducción facsímil del Colegio de México (sólo las páginas 5 y 6 carecen del cuadriculado), donde no hay ninguna con el membrete de la Municipalidad de Buenos Aires, pese a que en la página 73 de su libro apunta la cantora refiriéndose a la Miguel Cané: ‘En esta biblioteca escribió, en una hoja que lleva el membrete de la Municipalidad de Buenos Aires, una de las páginas de El Aleph’; meollo que se alude en una nota de Ortega y Del Río que en la página 55 de su Edición crítica reporta y revela que fue excluida del facsímil: Aquí comienza la hoja numerada como ‘5’ en el ms., en cuyo reverso figura el membrete ‘Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires’], Estela lo pasó a máquina y luego que Borges lo corrigió, volvió a copiarlo. En el departamento [F] de la familia Canto [ubicado en el tercer piso de la esquina de Chile y Tacuarí 704], que Estela compartía con su madre [Elina Durante Avellanal de Canto, fallecida el 21 de julio de 1954 a los 67 años] y su hermano Patricio [nacido el 7 abril de 1918 y muerto el 26 de enero de 1989], quedaron el manuscrito y la primera copia con las enmiendas hechas por el escritor; o Borges le regaló los originales o quedaron olvidados allí. Esto último debe ser lo más seguro.”

      Al respecto, Daniel Mecca, entre la 112-113 de Los Canto, cita y transcribe dos declaraciones de la memoriosa. Una la dijo en 1989 en una entrevista que Graciela Musachi le hizo en la Biblioteca freudiana de Vicente López: “No me regaló el manuscrito, lo dejó en casa. Él vino con las hojitas de cuaderno cuadriculadas, había una hojita también de la biblioteca [Municipal Miguel Cané] donde él trabajaba como tercer auxiliar en Boedo. Lo trajo, con las tachaduras y las cosas y todo... Bueno, entonces, vino, se sentó ahí y me empezó a dictar, me lo dictó a máquina para llevarlas a (la revista) Sur, porque eso era lo que tenía importancia; lo otro, ‘El Aleph’, así escrito por Borges en ese momento, no tenía ninguna importancia, por eso lo dejó ahí.” Y la otra la dijo en 1991 casi al final de Los 7 Locos, un programa de la TV argentina (subido a YouTube):

Estela Canto

Fotograma de Los 7 locos (1991)
 “No me lo regaló. El manuscrito quedó en casa. No se le olvidó. Él escribía con su letrita diminuta. Vino a que yo se lo pasara a máquina. Lo que importaba en ese momento no era el manuscrito, sino la copia que llevó a Sur y aquí quedó. Pasó el tiempo y mi madre lo guardó [pero hasta su muerte a mediados del 54]. Yo a él le dije algo, también de las cartas. Yo andaba algo mal de dinero en esa época. Entonces él me dijo: ‘si fuera un caballero iría al cuarto de caballeros y se oiría ahora un tiro’. Yo le dije: ‘Lo pienso vender cuando vos te mueras’, pero lo vendí cuando Georgie estaba vivo. Con autorización de él.” Y casi al cierre del programa añade: “Se vendió en Sotheby’s de Londres. Y ahí quedó. Él no quiso agarrar absolutamente nada del dinero. Fue un regalo que me hizo.” No obstante, Estela la cantora, para variar, cantó otra cosa en sus “memorias”, pues en la página 278 de Borges a contraluz dice que en mayo de 1985 vendió el manuscrito de “El Aleph” “en la casa Sotheby’s de Nueva York”.



Continuará en la entrada Borges a contraluz (4 de 6)

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Los 7 locos (1991), programa de la TV argentina donde casi al final Estela Canto habla del manuscrito de "El Aleph".


 

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