Soy una discípula de Bernard Shaw
I de IX
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| (Espasa Calpe, 1989) |
La escritora argentina Estela Canto nació en Buenos Aires el 4 de septiembre de 1915 y falleció el 3 de junio de 1994, tres meses antes de cumplir 79 años. En la “Nota preliminar” de sus caprichosas, infames y corrosivas “memorias”: Borges a contraluz —publicadas en 1989 por Espasa Calpe, en Madrid, con el número 93 de la Colección Austral—, dice: “Este libro no tiene bibliografía.” Lo cual no es así; pues si bien no presenta el tradicional y postrero listado bibliográfico, a lo largo de su relato cita títulos, autores, líneas, fragmentos, fechas. Además: hace glosas y presuntos análisis, no siempre con aciertos y a veces con infundios, ínfulas, tergiversaciones, golpes bajos o mucha malaleche. De hecho, los rótulos de cinco capítulos son homónimos de cinco cuentos de Borges: “Funes el memorioso”, “El Zahír” (sic), “El Aleph”, “La escritura del dios” y “La intrusa”. Por ejemplo, dice que conoció “a Borges en el mes de agosto de 1944” en una reunión en el tríplex que Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares tenían “en la esquina de Santa Fe y Ecuador”: “cuando las conversaciones se habían generalizado, aparecieron Borges y Bioy Casares, que hasta el último momento habían estado trabajando en la redacción de Seis problemas para Isidro Parodi, una saga de cuentos policiales que escribían juntos, en el piso bajo del tríplex.” Pero ese bufo y paródico libro de cuentos había aparecido en 1942, editado por Sur, con el seudónimo de H. Bustos Domecq; meollo de sobra consabido cuando ella urdió sus “memorias”.
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| (Sur, 1942) |
Si la noche de agosto de 1944 que Estela dice que conoció a Borges, éste y Bioy realmente habían estado escribiendo en el piso bajo del tríplex, a priori podría suponerse que se trataba de alguno de los textos que conformaron Dos fantasías memorables, puesto que, con el pseudónimo de H. Bustos Domecq, tal plaquette, de 34 páginas, fue publicada, en 1946, a través de la editorial apócrifa: Oportet & Haereses, quizá financiada por Bioy. Pero tal vez no fue así, pues “El testigo” está datado en Pujato, 11 de septiembre de 1946; y “El signo” en Pujato, 19 de octubre de 1946. Lo más probable es que se tratase —si realmente estaban escribiendo alguna de sus ficciones— de Un modelo para la muerte, libro publicado con el pseudónimo de B. Suárez Lynch, con 86 páginas y viñetas de Xul Solar, impreso en Buenos Aires, en 1946, a través de la misma editorial inexistente: Oportet & Haereses. Cuyo prefacio, nada menos que del Bicho Feo: H. Bustos Domecq, está datado en Pujato, 11 de octubre de 1945. Y en cuyo listado del preliminar Dramatis personae descuella el telegráfico apunte sobre “DON ISIDRO PARODI: Antiguo peluquero del barrio Sur, hoy recluso en la Penitenciaría Nacional. Desde su celda, resuelve enigmas policiales.”
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| (Librería La Ciudad, 1977) |
Recuérdese o véase que de Honorio Bustos Domecq, Borges y Bioy sólo publicarían en Buenos Aires dos libros más, cuando la identidad de ese hipostático ser de dos cabezas y cuatro manos ya era del dominio público: en 1967, a través de Losada: Crónicas de Bustos Domecq. Y en 1977, a través de Librería La Ciudad: Nuevos cuentos de Bustos Domecq, con ilustraciones de Fernández Chelo.
Otro
ejemplo: en medio de una diatriba en contra de la madre de Borges y la mítica
precocidad de Georgie en la temprana niñez, Estela Canto sentencia, en la
página 54, con el título de un ensayo reunido en Otras inquisiciones, publicado el 6 de noviembre de 1949 en La Nación: “Borges sólo apreció las
‘magias parciales del Quijote’ en la
edad madura”. Aseveración que repite en la 252: “sólo se reconcilió con
Cervantes en su edad madura”. Lo cual no es así, pese a que Borges, en la
revista Realidad de
septiembre-octubre de 1947 —Número de homenaje a Cervantes—, publicó, con aliento periodístico y
popular, una breve “Nota sobre el Quijote” donde hace una vindicación de éste:
“Antes
de Don Quijote, los héroes creados por el arte eran personajes propuestos a la
piedad o a la admiración de los hombres; Don Quijote es el primero que merece y
que gana su amistad. Dulcemente ha ganado la amistad del género humano, desde
que ganó, hace tres siglos, la del valeroso y pobre Cervantes.”
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| Presunto retrato de Miguel de Cervantes Saavedra Lienzo de 1600 atribuido a Juan de Jáuregui |
Artículo —compilado en Textos recobrados 1931-1955 (Bogotá, Emecé, 2001)— que ella pudo haber leído, como es probable que leyera el prólogo a las Novelas ejemplares, volumen de 647 páginas editado por Emecé en 1946, dado que en la primera de las catorce cartas que ella antologa en sus “memorias”, Borges se lo menciona entre sus tareas. También pudo haber leído el ensayo sobre la vida y obra de Nathaniel Hawthorne, impreso en el volumen 35 de Cursos y conferencias, editado en 1949 por el Colegio Libre de Estudios Superiores; luego reunido en Otras inquisiciones (1937-1952) (Buenos Aires, Sur, 1952), donde, entre la 674-675 del tomo de las Obras completas (Buenos Aires, Emecé, 1974), se lee una crítica variante de las “magias parciales del Quijote”:
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| Ilustración de Picasso |
“Las aventuras del Quijote no están muy bien ideadas, los lentos y antiéticos diálogos —razonamientos, creo que los llama el autor— pecan de inverosímiles, pero no cabe duda de que Cervantes conocía bien a Don Quijote y podría creer en él. Nuestra creencia en la creencia del novelista salva todas las negligencias y fallas. Qué importan hechos increíbles o torpes si nos consta que el autor los ha ideado, no para sorprender nuestra buena fe, sino para definir a sus personajes.”
Pero
además pudo haber leído (pese a que parece que no lo hizo) “La supersticiosa
ética del lector” y “La postulación de la realidad”, eruditos ensayos del joven
Borges, el primero datado en “1930” (cuya primera versión publicó en La Prensa el 22 de abril de 1928 con el
título “El estilo y el tiempo”) y el segundo en “1931”, impreso ese año en la
revista Azul de enero-febrero, ambos
incluidos en el tomo de sus Obras
completas dentro libro Discusión
(1932). Y es probable que tampoco leyera “Una sentencia del Quijote”, ensayo
que el joven Borges de 34 años publicó en octubre de 1933 en el Boletín de la Biblioteca Popular —exhumado en el susodicho Textos recobrados— donde también vindica, con aliento
popular, las “magias parciales del Quijote”:
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| Ilustración de Saura |
“Una observación última. Si la vida póstuma de Cervantes nos interesa, debemos rescatarla del purgatorio extraño que sufre. Su novela, su única novela, el Quijote —lenta presentación total de una gran persona, a través de muchísimas aventuras, para que la conozcamos mejor— ha sido denigrada a libro de texto, a ocasión de banquetes y de brindis, a inspiración de cuadros vivos, de suplementos dominicales en rotograbado, de obscenas ediciones de lujo, de libros que más parecen muebles que libros, de alegorías evidentes, de versos de todos tamaños, estatuas. Es la común tarifa de la gloria, se me dirá. Pero hay algo peor. La Gramática —que es el presente sucedáneo español de la Inquisición— se ha identificado con el Quijote, nunca sabré porqué. El Purismo, no menos inexplicable y violento, lo ha hecho suyo también —pese a las aficiones itálicas de Cervantes.
“Contra
la burda calidad de esa fama, un solo medio de defensa hay posible. Leer el
Quijote.”
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| Ilustración de Gustave Doré |
Reivindicativa incitación (e invitación) que el profesor Borges hace extensiva, como si estuviera en un anfiteatro repleto de alumnas y alumnos boquiabiertos, en “Análisis del último capítulo del ‘Quijote’”, ensayo impreso en el número de enero-marzo de 1956 de la Revista de la Universidad de Buenos Aires, compilado en Páginas de Jorge Luis Borges seleccionadas por el autor (Buenos Aires, Celtia, 1982) y póstumamente en Textos recobrados 1956-1986 (Buenos Aires, Emecé, 2003).
Pero además
de que el joven Georgie reflexiona y cita el
Quijote en “Ejercicio de análisis”, ensayo impreso en diciembre de 1925 en
la revista Proa, reunido en su
segundo libro de ensayos: El tamaño de
mi esperanza (Buenos Aires, Proa, 1926), y de que se ocupa de él en “La
conducta novelística de Cervantes”, ensayo impreso el 15 de marzo de 1928 en Criterio, compilado en su tercer libro
de ensayos: El idioma de los argentinos
(Buenos Aires, Gleizer, 1928), en una carta datada en “Ginebra, 11 marzo 1916”,
reunida, transcrita y corregida por Alejandro Vaccaro en Borges, cartas a Godel (Buenos Aires, Emecé, 2024), el Georgie de
16 años le dice a Roberto Godel, su ex condiscípulo escolar y amigo desde la infancia
radicado en Buenos Aires —de quien habría de prologar su poemario Nacimiento del fuego (Buenos Aires,
Colombo, 1932); además de incluirlo, con Bioy y Silvina Ocampo, en la Antología poética argentina (Buenos
Aires, Sudamericana, 1941); y mencionarlo, con un dato autobiográfico, al
término del primer párrafo de “Juan Muraña” (“compartimos el mismo banco en una
escuela de la calle Thames, Roberto Godel lo recordará”), cuento de El informe de Brodi (Buenos Aires,
Emecé, 1970):
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| Ilustración de Saura |
“Veo que estás entusiasmado con la segunda parte del Quijote, que por cierto aventaja de mucho a la primera. La trama es más variada, los protagonistas están mejor estudiados y contiene capítulos magníficos como aquellos en que describe el gobierno de Sancho en la ínsula de Barataria, la vuelta de Don Quijote a su aldea y su muerte. Yo creo que uno de los principales encantos del Quijote reside en el estilo y en el idioma. He hojeado hace poco una traducción francesa: no puedes figurarte la ñoñería infligida a la obra maestra de Cervantes. En cuanto a los ‘Capítulos que se le olvidaron a Cervantes’ jamás los he leído y con la guerra resultaría muy difícil encargarlos de España.”
No
obstante —si Estela Canto y su hermano Patricio fueron (en algún tiempo) los
anacrónicos enfants terribles que
oscilaban en los márgenes de las señoronas y señorones de las cúpulas de la
revista Sur— quizá se hubiera
regocijado con la iconoclasta blasfemia que el joven ultraísta Georgie
(propenso a épater le bourgeois) le
escribe en una carta a su amiguete Maurice Abramowicz —de Palma de Mallorca a Ginebra (c. junio de 1920)— cuando por entonces solía trasnochar,
empinando el codo, en tertulias en bares
y prostíbulos palmesanos: “Ayer a la noche [...] levanté una verdadera
tormenta declarando que, a mi modo de ver, el Don Quijote no era más que una novela mediocre y burguesa. Casi me
destrozan. Al final hubo una escena de reconciliación. Me he divertido
imperialmente...” —Fragmento citado por Carlos García en la página 325 de El joven Borges 1906-1930 (Sevilla,
Renacimiento, 2024).
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| Rue Malagnou 17, Ginebra |
Pero ese Quijote, leído por el adolescente Georgie en Ginebra, quizá en la Biblioteca Municipal donde conoció a Maurice Abramowicz (Carlos García dixit) o en el domicilio de la familia Borges en el número 17 de la rue Malagnou, frente a la iglesia rusa, es, sin duda, la edición de la casa Garnier que en febrero de 1969, en una banca frente al río Charles, en Cambridge, el viejo y ciego Borges le señala al joven Georgie que al unísono está en Ginebra, en 1918, en un banco frente al río Ródano, según se lee en “El otro”, cuento de El libro de arena (1975). Quijote, en español, que Borges rememora en Un ensayo autobiográfico (Barcelona, GG/CL/Emecé, 1999) de un modo controvertido, mitómano o engañoso, pues, por ejemplo, en la página 40 dice que cuando él y los suyos emigraron de Ginebra a Lugano: “yo había alcanzado mi grado de bachillerato”; algo que nunca ocurrió, según lo han investigado y expuesto varios biógrafos. Pero el caso es que en la página 16 dice que primero leyó el Quijote en inglés (no obstante, no alude si era o no una adaptación infantil o juvenil o imaginaria): “Cuando después leí Don Quijote en su lengua original, me sonó como una mala traducción. Todavía recuerdo aquellos volúmenes rojos con letras doradas de la edición Garnier. En algún momento, la biblioteca de mi padre fue dispersada, y cuando leí el Quijote en otra edición tuve la sensación de que ése no era el verdadero Quijote. Más tarde, un amigo me consiguió el Garnier, con los mismos grabados en acero, las mismas notas al pie y también las mismas erratas. Todas esas cosas forman para mí parte del libro: el que considero como verdadero Quijote.”
Ese Quijote en español de la casa Garnier —que al parecer leyó en la biblioteca de ilimitados libros ingleses que su padre acumulaba en la casona art nouveau de la calle Serrano 2147 (c. 1901-1902 hasta antes de zarpar rumbo a Europa el 3 de febrero de 1914)— hizo mella en la imaginación del pequeño Georgie, pues en la página 18 evoca:
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| Georgie (c. 1910) |
“Comencé a escribir cuando tenía seis o siete años. Procuré imitar a los escritores clásicos españoles: a Miguel de Cervantes, por ejemplo. Había compuesto en mal inglés una suerte de manual de mitología griega, sin duda plagiado de Lemprière. Ésa puede que haya sido mi primera aventura literaria. Mi primer cuento fue un texto bastante tonto, hecho a la manera de Cervantes: un anticuado relato titulado ‘La visera fatal’. Escribí esas cosas, con mucha nitidez, en cuadernos. Mi padre nunca interfirió. Quería que yo cometiera todos los errores, y una vez dijo: ‘Los hijos educan a sus padres y no al revés’. Cuanto tenía unos nueve años, traduje al español ‘El príncipe feliz’ de Oscar Wilde, que se publicó en El País, un diario de Buenos Aires. [Fue el 25 de junio de 1910 y fue su primera publicación en un medio impreso, gracias a la mediación de Álvaro Melián Lafinur, primo segundo de Jorge Guillermo Borges, su progenitor.] Como sólo había firmado ‘Jorge Borges’, la gente supuso naturalmente que esa traducción era de mi padre.”
En la citada página 54 de sus “memorias”, Estela Canto dice: “Desde su infancia Georgie fue destinado a ser escritor”. Que Jorge Borges, su padre, “educó a su hijo para ser literato. Este fue el primero de los mandatos que recibió Georgie”. Y pese a que el 23 de abril de 1980, Borges, al recibir en Madrid el Premio Cervantes 1979, dice en medio de su breve discurso de recepción: “Yo ahora me siento más que justificado, me llega este premio, que lleva el nombre, el máximo nombre de Miguel de Cervantes, y recuerdo la primera vez que leí el Quijote, allá por los años 1908 o 1907” —Jorge Luis Borges. Premio “Miguel de Cervantes” 1979 (Barcelona, Anthropos, 1989), p. 80 y Textos recobrados 1956-1986, p. 300—, ella no se traga el mito de la precocidad del chico, pues a continuación fustiga, pone en entredicho y miente: “se empezó a crear una especie de mitología en torno a las capacidades literarias del niño. Cuando su madre contaba, más de medio siglo después, que su hijo había leído el Quijote a los siete años y había escrito como resultado un cuento al estilo de La gloria de don Ramiro [novela de 1908 en la que el argentino Enrique Larreta hace una reconstrucción histórica y literaria de la España de Felipe II], podemos creer que su memoria y la gloria actual de su hijo la confundían. Georgie debe de haber escrito algo que las personas mayores retocaron y ampliaron. Me baso en el hecho de que Borges sólo apreció ‘las magias parciales del Quijote’ a la edad madura.” Y remata con sarcasmo, quizá pataleando y a quijada batiente: “la hazaña recuerda demasiado a Jesús a los doce años, dando cátedra entre los doctores, o a Adelina Patti en su jardín, a los nueve, entablando un duetto prolongado con los ruiseñores.”
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| Adelina Patti (1843-1919) |
En el mismo sentido, quizá hubiera sacado a relucir, carcajeándose y quizá derramando el güisqui, que en el prólogo a las Venturas y desventuras de la famosa Moll Flanders —novela de Daniel Defoe publicada por Hyspamérica en 1986 dentro de la serie Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges— Georgie el memorioso dice (por lo siglos de los siglos): “que yo recuerde, no llueve una sola vez en todo el Quijote.” Y de inmediato hubiera esculcado, entre los viejos libros (abichados y arruinados) que acumulaba en su ruinoso departamento en el octavo piso de la calle San Martín, para señalar que en un lugar del Quijote, de cuyo capítulo no quiero acordarme (pero allí se habla de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino), se lee: “[...] venía el barbero y traía una bacía de azófar [bacía de latón]; y quiso la suerte que al tiempo que venía comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza, y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba.”
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| Ganancia del yelmo de Mambrino Ilustración: Salvador Dalí |
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| Carlos V. Frías y Borges Parque Lezama (abril 14 de 1974) Foto: Bioy Casares |
Pero el yerro más relevante y sonoro de los gazapos de Estela Canto es el que concierne a las Obras completas de Borges, volumen publicado en Buenos Aires por Emecé, en julio de 1974, con la dirección editorial y el cuidado de Carlos V. Frías, quien hizo la revisión con el autor en un promedio de un par de años y que se restringe al lapso 1923-1972, del que quedaron excluidos, por Georgie, sus tres primeros libros de ensayos impresos en Buenos Aires: Inquisiciones (Proa, 1925), El tamaño de mi esperanza (Proa, 1926) y El idioma de los argentinos (Gleizer, 1928). (Reeditados póstumamente por María Kodama a través de Seix Barral: los dos primeros en 1993 y el tercero en 1994.) Borges signa e inicia el tomo de 1161 páginas (sucesivamente reeditado en offset hasta la muerte del autor) con una nota dedica A Leonor Acevedo de Borges, su madre; quien el 8 de julio de 1975 habría de fallecer en su cama del departamento B del sexto piso de Maipú 994, a los 99 años, después de una agonía de dos años; y en cuyo buró de noche era visible y descansaba el grueso volumen único encuadernado y en papel biblia de las Obras completas de su hijo. (En la entrada del jueves 6 de enero de 1972 del póstumo Borges —ladrillesco tomo editado en Buenos Aires por Destino en septiembre de 2006—, registra Bioy: “Hablo por teléfono con Borges, a quien hallo muy bien; animoso, despierto, lúcido. Su madre, en cambio, está sorda, está perdiendo la vista, sólo puede tragar lo que sale de la licuadora, se cansa enseguida, está muy triste, muy desanimada.” Y en la entrada del siguiente lunes 10 de enero, apunta: “Come en casa Borges. Me da a entender que su madre se acerca a la muerte, desvaría, se perdió anoche en la casa. Fanny, la mucama, dice: ‘Ahí la señora está variando’. Agrega Borges: ‘Es una situación como la de tu cuento. [‘Alusión al asunto de la novela Dormir al sol (1973).’] La miro y no sé si es la misma’.”) Cada vez que la memoriosa cita el tomo de las Obras completas para dar un zarpazo o proferir una serie de mentiras y mandobles lo data en “1972”, pese a que lo tenía a la mano, quizá en el polvoriento librero o en su doméstica mesa de trabajo junto a las moronas de papitas y al infalible vaso de whisky del caballito blanco, pues, por ejemplo, en la página 56 cita a Georgie y data: “‘Olvidadizo de que ya lo era, quise también ser argentino’ (prólogo de 1969), pág. 55, Obras completas).” Y en efecto: esa frase de Borges está en la página 55 al inicio del segundo párrafo del “Prólogo” al poemario Luna de enfrente (1925), datado en Buenos Aires, 25 de agosto de 1969. Algo parecido ocurre con el epígrafe que se lee en la 177: “...no nos une el amor, sino el espanto/ será por eso que la quiero tanto.”/ “(Buenos Aires, O.C., pág. 947.)” Y efectivamente: son los dos últimos versos del poema “Buenos Aires”, fijo en la página 947 del tomo de las Obras completas de Borges.
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| (Buenos Aires, Emecé, 14a ed., 1984) |
Pero inextricable a tal repetitivo gazapo, en la página 90 canta lo vertebral de los mil y un dichos que compendia en sus “memorias”:
“[...]
yo iba a descubrir, como todas las personas que estuvieron cerca de Borges, la
tremenda influencia que doña Leonor ejercía sobre su hijo. No sólo una
influencia: ella daba por supuesto que intervenir en la vida de Georgie,
manejarlo, era su derecho, algo normal, indiscutible, que entraba en el orden
del mundo. Lo que es más, Georgie nunca cuestionó ese derecho. Ni siquiera
después de la muerte de ella, cuando él tenía setenta y seis años.
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| Borges y su madre |
“En 1972 [sic], al publicar sus Obras Completas, Borges dedicó el volumen a su madre, quien había seleccionado, revisado y podado la edición (hacía ya años que él estaba ciego). Por ejemplo, falta en esta edición un brillante artículo de los tiempos de Crítica [sic], ‘Nuestras imposibilidades’ (incluido en Discusión), que él eliminó de las Obras Completas con el pretexto de que era un artículo ‘débil’.
“Lo
cierto es que se trata de un artículo muy fuerte, en el cual comentaba
mordazmente ciertas deficiencias del carácter nacional. Doña Leonor, una
columna de corrección y respetabilidad, no pudo tolerar los indecorosos
alfilerazos de su hijo y se plegó a la convención.
“No
debemos reprochárselo, ya que el disimulo es una de las características
principales de la manera de ser argentina. Y el disimilo requiere, por
supuesto, el secreto. La dedicatoria de las Obras
Completas demuestra en todo caso que las otras dedicatorias de los diversos
poemas y cuentos, a mujeres que amó o a amigos que le ayudaron, son nombres de
fantasmas, figuras sin sustancia.”
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| Estela Canto en 1990 |
En la 628 de las Obras completas, al pie del cuento “El Aleph” se lee la indeleble dedicatoria: A Estela Canto. Cabe suponer, entonces, que sin ningún melindre se colgaría en el cogote la etiqueta: “figura sin sustancia” o la menos peor: “fantasma”. Véase que en varias cronologías y en el subtítulo de Borges en Revista Multicolor. Obras, reseñas y traducciones inéditas (Buenos Aires, Atlántida, 1995) —libro con acopio de Irma Zangara (cuestionado por Alejandro Vaccaro en un par de libros) y nota y prefacio de María Kodama—, se datan “los tiempos de Crítica”: “Diario Crítica: Revista Multicolor de los Sábados 1933-1934”. Donde Borges, con la excepción de “El asesino desinteresado Bill Harrigan” (que era inédito), publicó doce de los trece cuentos que integraron Historia universal de la infamia (Buenos Aires, Tor, 1935), entre ellos: “Hombres de las orillas” (septiembre de 1933), firmado con el seudónimo F. Bustos, que en ese libro cambió a “Hombre de la esquina rosada”; cuyo antecedente es “Leyenda policial” —su primer cuento publicado— impreso el 26 de febrero de 1927 en la revista Martín Fierro, reunido en 1928 —con el título “Hombres pelearon”— en su citado libro de ensayos El idioma de los argentinos; y sin firma: “2 que soñaron” (junio 23 de 1934), que allí cambió a “Historia de los dos que soñaron”, lúdicamente atribuido a Gustavo Weil en la Antología de la literatura fantástica (Buenos Aires, Sudamericana, 1940). Y véase, sobre todo, que el ensayo “Nuestras imposibilidades”, incluido en Discusión (Buenos Aires, Manuel Gleizer, 1932), no se publicó en el suplemento del diario Crítica (que Borges codirigía con Ulises Petit de Murat), sino en la revista Sur, en la primavera de 1931. Esto se puede cotejar en Borges en Sur. 1931-1980 (Buenos Aires, Emecé, 1999) y en el Ficcionario (México, FCE, 1985), acopios donde está antologado y por ende se lee. En el Ficcionario, en medio de la correspondiente nota 11, Emir Rodríguez Monegal apunta: “Cuando el libro que contenía ‘Nuestras imposibilidades’ fue reeditado en 1957, Borges eliminó tácitamente este ensayo porque era entonces más optimista sobre el papel político de los militares. Al fin y al cabo habían liberado Argentina de Perón, hecho que él no podía pasar por alto [...] Recientemente, Borges ha tenido que rectificar, con el fiasco de las Malvinas y el tratamiento de los desaparecidos, aquella opinión favorable a los militares argentinos.”
Esa eliminación
que hizo Borges en 1957 —no por
orden de su madre— está registrada, además,
en las dos bibliografías de Nicolás Helft: página 256 de Jorge Luis Borges: bibliografía completa (Buenos Aires, FCE, 1997)
y página 618 de Jorge Luis Borges.
Bibliografía e índice (Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2013).
Luego,
en la 275 de Borges a contraluz,
antes de descalificar y hacer trizas el Lunario
sentimental (1909) y de repudiar las posturas ideológico-políticas de
Leopoldo Lugones, su autor (“Lugones había sido un hombre de extrema derecha,
un admirador de Hitler y Mussolini, un nacionalista ultracatólico, un
militarista”), canta Estela Canto:
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| Leopoldo Lugones practicando esgrima |
“Contaré una anécdota que, pese a ser de los últimos días de 1985, dará una idea cabal de lo que quiero decir.
“Él
siempre había admirado a Leopoldo Lugones. Durante años yo había intentado
infructuosamente minar su lealtad a esta figura literaria sobreestimada.
“Él
había decidido admirar a Lugones y en
las Obras Completas de 1972 [sic] lo evoca con admirativa docilidad.
Era una actitud canónicamente establecida.”
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| (Gleizer, 1926) |
Y según canta en la siguiente página: “Una noche de noviembre de 1985” comieron en el hotel Dorá y ella, que había llevado “el Lunario sentimental de Lugones” para disparar a bocajarro, le leyó “unos cuantos poemas al azar” y logró retractarlo; o sea, persuadirlo y convenir con él de que eran “horribles”. Y entonces dizque Georgie dijo “con una nueva entonación: ‘¡Pensar que la gente de mi generación creía que escribir bien era escribir como Lugones!’” Y dizque luego comentó, casi un lapidario cierre de caja: “En esos versos no hay una sola percepción real. Está buscando la rima, el efecto, y eso es todo. Ahí no hay nada sentido, vivido.”
Obsérvese,
a priori, que la simiente de la
lectura de la obra de Lugones que hizo Borges a lo largo de su vida se remonta
a su período de aprendizaje y formación en Buenos Aires, en Europa y en
Argentina tras su regreso en marzo de 1921. Esto está cifrado en una línea del
prólogo, datado en Buenos Aries, 18
agosto de 1969, que preludia la edición de Fervor de Buenos Aires (se lee en la página 13 del tomo de sus Obras completas) que ese año hizo Emecé
con ilustraciones de Norah Borges, pues al enumerar las aspiraciones poéticas
del Georgie de 1921-1923, dice: Yo, por
ejemplo, me propuse demasiados fines: remedar ciertas fealdades (que me
gustaban) de Miguel de Unamuno, ser un escritor español del siglo XVII, ser
Macedonio Fernández, descubrir las metáforas que Lugones ya había descubierto,
cantar un Buenos Aires de casas bajas, y hacia el poniente o hacia el Sur de
quintas con verjas. Meollo e influjo del Lunario sentimental en la génesis de su primer poemario y en el
segundo: Luna de enfrente (Buenos
Aires, Proa, 1925) y en la juvenil generación argentina de Prisma
y Proa (1921-1926)— que él bosqueja
en “Las ‘nuevas generaciones’ literarias”, ensayo impreso el 26 de febrero de 1937 en El Hogar, compilado, con Betina
Edelberg, en su libro Leopoldo Lugones
(Buenos Aires, Troquel, 1955) —póstumamente antologado en Textos cautivos (Barcelona, Tusquets, 1986)—. Y si
bien la nota necrológica sobre Lugones que publicó en Sur en febrero de 1938 —se lee en Borges en Sur y parcialmente en el citado libro ensayístico— la
inicia con un énfasis retórico: “Decir que acaba de morir el primer escritor de
nuestra república, decir que acaba de morir el primer escritor de nuestro idioma,
es decir la estricta verdad y decir muy poco.” La concluye con un apunte personal,
íntimo y autobiográfico: “En mi vida, en la vida de mis padres, están
entreverados sus versos.”
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| Los Borges recién llegados a Ginebra en 1914 Album Borges (Paris, Gallimard, 1999), p. 47 |
Pero esa lectura consanguínea y doméstica desde la infancia y la adolescencia no estuvo ceñida a una admirativa docilidad, ni fue inamovible ni acrítica. Esto se advierte en los conceptos antirrubenistas y provanguardistas de su “Prólogo” al Índice de la nueva poesía americana (Buenos Aires, El Inca, 1926) —se lee Textos recobrados 1919-1929 (Barcelona, Emecé, 1997)— y en el “Prólogo” a la citada Antología poética argentina de 1941 —se lee en Textos recobrados 1931-1955—, pues allí refiere “Las fealdades endémicas de Lugones, sus lapsos de mal gusto” y transcribe ejemplos. En contraste, fue elegido por él, Bioy y Silvina en la citada Antología de la literatura fantástica de fines de 1940 con el cuento “Los caballos de Abdera”. Y el profesor Borges (consubstancial del viejo Georgie) —que con el auxilio de Betina Edelberg urdió el citado Leopoldo Lugones (librito de 99 páginas)— dice en el primer párrafo de la preliminar “Advertencia” firmada por ambos: Este libro es una introducción a la obra de Leopoldo Lugones. Situar esta obra en la historia de la literatura argentina y de la literatura hispanoamericana, proponerla a la curiosidad del lector y esbozar un principio de orientación por su poblado ámbito, son los propósitos fundamentales de este trabajo. Tal actitud profesoral se extendió en el tiempo y más allá del Cono Sur, pues en el Curso de literatura argentina (Buenos Aries, Sudamericana, 2024) —póstumo libro con edición, prólogo y notas de Nicolás Helft— que Borges dictó en español, entre enero y marzo de 1976, en la Universidad de Michigan (invitado por Donald Yates, profesor en esa universidad y uno de sus primeros traductores al inglés), la obra de Lugones fue tema de dos de sus diez clases.
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| (Alianza, 1982) |
En resumidas cuentas, ya en los años 80, o sea: cerca de los últimos días de 1985 (Borges, con María Kodama, de asistente y lazarilla, voló a Milán el 28 de noviembre de ese año y ya nunca regresó a Buenos Aires) el viejo Georgie seguía evocando a Lugones y prologando su obra. Por ejemplo, en 1982 seleccionó y prologó una Antología poética de Leopoldo Lugones editada en Madrid, por Alianza, con el número 885 de El libro de bolsillo. Y en “Buenos Aires, 15 de septiembre de 1982”, de mismo poeta, Borges dató el prólogo a Romances del Río Seco, libro de 254 páginas editado en Córdoba, en 1984, por Alción, con ilustraciones de Carlos Alonso. De ahí que desentone el canto que en la 282 agrega al citado episodio de la retracción en el Hotel Dorá: “Esa fue la noche, creo, en la que me reconoció que los poemas de Lugones eran ‘horribles’, desprovistos de sentimientos reales. Sin embargo, él se había sometido a la corriente que convertía a aquel hombrecito de quevedos y polainas en un gran poeta.”
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| (Alción, 1984) |
Pero como si los cantos de la memoriosa fueran vaporosas burbujas o un cero a la izquierda, Borges, el 9 de junio de 1982 prologó Yzur, cuento fantástico editado por Ediciones de Arte Gaglianone con 22 páginas e ilustraciones de Raúl Soldi. Y en Atlas —en cuya foto de la sobrecubierta: María Kodama y el viejo y ciego Borges están dentro de la canasta de un globo aerostático iniciando “El viaje en globo”— (librote en cartoné editado por Sudamericana en Buenos Aires, en 1984, con fotografías a color y en blanco y negro) lo evoca y cita al inicio de “Las fuentes”: “Entre tantas cosas, Leopoldo Lugones nos ha dejado estos firmes versos: Yo, que soy montañés, sé lo que vale la amistad de la piedra para el alma.” Y en 1985, elegido y prologado por el viejo Georgie en la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, publicó en Madrid, a través de Hyspamérica —y sin el aporte gráfico original— El imperio jesuítico, ensayo histórico de Lugones sobre los resabios y ruinas de las misiones jesuíticas en la región de Posadas, publicado, en 1904, luego de una investigación de campo, documental y bibliográfica que duró un año. Y también en 1985 y en Madrid, con selección y prólogo de Borges, Siruela publicó en la serie La Biblioteca de Babel: La estatua de sal, antología de seis cuentos fantásticos de Lugones que incluye: “Yzur”, “La lluvia de fuego”, el homónimo del título, “Los caballos de Abdera”, “Un fenómeno inexplicable” y “Abuela Julieta”.
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| (Arte Gaglianone, 1982) |
En este sentido, casi sobra decir que la evocación de Lugones en el tomo de las Obras completas se concentra y casi se delimita al texto de la dedicatoria A Leopoldo Lugones, prosa poética datada en Buenos Aires, 9 de agosto de 1960, que preludia a El hacedor en la página 779. Dicha de memoria por Borges en Jorge Luis Borges por él mismo, elepé grabado en Buenos Aires, en 1967, por J. AMB, Discografía. Grabación reeditada en México, en 1968 y en 1982, con el número 13 de Voz Viva de América Latina, serie de elepés que producía el Departamento de Voz Viva de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM. Y en 1999, en Madrid, en un disco compacto (acompañado de un librito) con el número 428 de la Colección Visor de Poesía y el título: Borges por él mismo. Veinte textos recitados por Borges (siete precedidos por un improvisado comentario autobiográfico: “Poema conjetural”; “Fundación mítica de Buenos Aires”; “El Golem”; “Milonga de dos hermanos” y “Milonga de Jacinto Chiclana”; “Límites”; y “Poema de los dones”) que ahora, en el siglo XXI, navegan a sus anchas por el ciberespacio y, por ende, casi desde cualquier infinitesimal punto de la aldea global, se pueden oír a través de una tablet o de un teléfono móvil.
| (UNAM, 2a ed., 1982) |
Pero sobre Lugones canta Estela Canto en la página 245 de sus “memorias” con un botón de muestra de sus numerosos e infalibles yerros:
“[...]
La Revolución Libertadora —como se autotituló el golpe de Estado militar que derrocó
a Perón [el 16 de septiembre de 1955]— lo nombró director de la Biblioteca
Nacional. [Nombramiento urdido, no por los “cultísimos” milicos ni por la
intelectualidad castrense (si es que la había), sino por la intelligentsia civil entre quienes
descollaba la voz y el poderoso dedo flamígero de Victoria Ocampo.]
“Él
estaba encantado con el cargo, aunque prácticamente no hizo nada por la
Biblioteca. No tenía la menor idea de lo que era una organización
administrativa y su vista no le permitía trabajar. De todas maneras, se sentía
honrado por suceder en el cargo a Groussac y a Lugones.”
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| (Buenos Aires, Emecé, 14a ed., 1984), p. 809 |
En la página 809 de sus Obras completas, Borges dedica el “Poema de los dones” A María Esther Vázquez. Ese poema, con “Los espejos” y “El otro tigre”, fue publicado por primera vez, en 1959, en una plaquette privada titulada Poemas, de cuya edición de 23 páginas se tiraron 25 ejemplares, cada uno con una témpora de Rómulo Macció. Luego, en 1960, fue incluido en El hacedor editado por Emecé y en 1961 en su Antología personal editada por Sur. Y la célebre dedicatoria A María Esther Vázquez apareció por primera vez en 1964 en El otro, el mismo —cuando Borges la pretendía y aspiraba a casarse con ella—, poemario aparecido por primera vez en la 4ª edición de Obra poética 1923-1964, elaborada en conmemoración del 25 aniversario de Emecé, impresa en papel Witcel Ledger, con ilustraciones de Héctor Basaldúa, Norah Borges, Horacio Butler y Raúl Soldi. Dedicatoria póstumamente extirpada de la página 809 del volumen de las Obras completas, casi con un puñal de compadrito, por la orden, la envidia y los celos de su viuda y heredera universal María Kodama —fallecida a los 86 años el 26 de marzo de 2023—, quien aumentó y dividió las Obras completas en cuatro tomos; lo cual alteró y desvirtuó el plan original creado por el autor (no por su madre) con el amanuense auxilio y la dirección editorial de Carlos V. Frías. Eufónico y melancólico poema escrito desde la ceguera, que no existiría si no hubiera sido designado director de la Biblioteca cuando ya era un viejo que ya no podía leer (ni escribir) por sí mismo —de ello habla en su conferencia “La ceguera” (revisada y corregida con el auxilio de Roy Bartholomew) reunida en Siete noches (Buenos Aires/México, FCE, 1980), dicha el 3 de agosto de 1977 en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, transcrita y publicada en La Opinión Semanal el 2 de septiembre de 1977. En su biografía: Borges, esplendor y derrota (Barcelona, Tusquets, 1996), María Esther Vázquez (Buenos Aires, agosto 4 de 1937-marzo 25 de 2017) bosqueja el papel del ciego Borges como director de la Biblioteca Nacional, sucedido entre finales de octubre de 1955 e inicios de octubre de 1973. En la página 207 narra:
“[...]
El subdirector era José Edmundo Clemente. Borges estuvo allí dieciocho años
rodeado de libros; fueron los más felices de su vida. Y es lógico que lo hayan
sido: no tenía ningún tipo de responsabilidades, ya que todas las funciones
administrativas recaían en Clemente, quien resolvía problemas, inquietudes,
manejaba al personal y hacía lo indecible para que Borges estuviera contento.
“Borges
pasaba los días recibiendo a amigos viejos y nuevos, a admiradores, a
delegaciones nativas y extranjeras, a personajes y a interlocutores
inteligentes, a estudiantes y posgraduados que empezaban a hacer tesis sobre su
obra. Siempre había alguien a mano dispuesto a tomar nota de sus dictados, a
leerle lo que quisiera o a compartir su delectación por el estudio y relectura
de los textos anglosajones. Por primera vez en su vida le pagaban por existir,
por ser Borges. Y Borges hizo conocer la Biblioteca Nacional dentro y fuera del
país.”
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| José Edmundo Clemente, Borges y García Lupo Biblioteca Nacional, 1955 |
Vale recordar que José Edmundo Clemente (1918-2013) fue el subdirector durante casi todo el período en que Borges ejercía la dirección con su garabateada firma y en la toma de decisiones fundamentales (y no). Clemente se fue en 1971, al parecer en medio de una ríspida discordia o controversia, pues en la entrada del 1 de septiembre de ese año, Bioy reporta en el póstumo y voluminoso Borges: “Dice que Clemente, que venía de una reunión en la Dirección de Cultura, lo trató con cierta frialdad y que parecía incómodo de estar cerca de él: ‘Sin duda, es un mal signo. Habrán resuelto desprenderse de mí. Yo no les voy a facilitar el trabajo. No voy a renunciar. Dejaré que me echen y que carguen con la impopularidad de la opinión mundial que el hecho pueda traerles. Que me haya tratado así Clemente, es más bien un punto favorable para él. Tal vez sea mal amigo, pero no hipócrita. Yo hice más por él que él por mí. No creo que sea trigo limpio’.”
Sin
embargo, José Edmundo Clemente regresó como director durante la dictadura que
derrocó a María Estela Martínez de Perón con el golpe militar del 24 de marzo
de 1976. Germán Álvarez —en una entrevista que Patricio Zunini fecha el “Martes
28 de febrero de 2023”, reunida en Borges
en la Biblioteca (Buenos Aires, Galerna, 2023)— dice que Clemente “regresó
a la Biblioteca en el 78”. No obstante, en la “Nómina de directores” de la
Biblioteca Nacional Mariano Moreno que se lee en Wikipedia, se data su período entre
“marzo de 1976” y el “19 de junio de 1979”. Y en el incompleto archivo web de la “Galería de
directores” generado por la propia institución (llega hasta el período de
Horacio González: 2005-2015) se dice que “La última dictadura militar lo
designó director de la Biblioteca Nacional, apenas producido el golpe de
Estado.” Pero el caso es que Clemente publicó con Borges un librito de 59
páginas editado en 1952, por Peña y Del Giudice, que conjuntó “El idioma de Buenos Aires”, ensayo de él,
y “El idioma de los argentinos”, el ensayo de Borges incluido en su homónimo
libro de 1928; que fue su primera
conferencia —leída el 23 de septiembre
de 1927 por Manuel Rojas Silveyra, dada
su fobia para leer en público—
publicada al día siguiente en La Prensa
con el título “Sobre el idioma de los argentinos” y en el tomo 13 de los Anales del Instituto Popular de
Conferencias (1927). Borges, al final del prólogo a Historia de la eternidad (1936) que se lee en la página 351 de sus Obras completas, dice: El mérito o la culpa de la resurrección de
estas páginas no tocará por cierto a mi karma, sino a la de mi generoso y tenaz amigo José Edmundo Clemente. Quien
además, para Emecé, cuidó la edición de los libros sueltos de las Obras Completas de Borges, cuyo volumen 1, editado en 1953, fue,
precisamente, Historia de la eternidad.
En una nota que se lee en la página 84 de Ficciones
de Borges. En las galerías del laberinto (Madrid, Cátedra, 2009), Antonio
Fernández Ferrer dice y cita: “[...] Desde 1950, Clemente fue asesor de la
editorial Emecé y ha relatado así las dificultades que tuvo la edición de la
serie de volúmenes individuales de las primeras ‘Obras Completas’ de Borges:
‘Cuando yo trabajaba en Emecé, yo ya había leído toda la obra de Borges. Por
entonces Borges no era leído, nadie lo leía. Sur había publicado Ficciones en quinientos ejemplares, y es
gracioso que en el depósito había quinientos sesenta, es decir que los
ejemplares extra que se habían hecho para enviar como publicidad tampoco se
habían mandado. Cuando yo propongo hacer las Obras Completas de Borges en Emecé, Emecé no las quiere hacer.
Porque no se vendía. Borges era un escritor para intelectuales. Y sigue
siéndolo’ [...]”
Pero además las actividades de Borges y Clemente en la Biblioteca, María Esther Vázquez, de joven veinteañera, las conoció desde dentro, pues entre 1957 y 1958 laboró en el Departamento de Extensión Cultural de la Biblioteca (ella era la única empleada y el poeta Horacio Armani su jefe y su futuro marido desde el 15 de diciembre de 1965 hasta que él falleció el 31 de mayo de 2013). Misceláneo laburo que incluía fungir de amanuense en la escritura de ciertos poemas y prosas que le dictaba el director, e incluso de textos dictados por el subdirector, que además fue quien la examinó y puso a prueba (con repetitivas y absurdas tareas kafkianas) para consolidarse en el empleo. Entre las páginas 212-213 de su biografía, narra María Esther Vázquez:
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| (Tusquets, 1996) |
“Tres o cuatro años después de que el dúo Borges-Clemente se hiciera cargo de la biblioteca, inauguraron un departamento que se llamó ‘extensión cultural’ en el cual se organizaron cursos gratuitos para empleados y obreros, dictados entre las ocho y diez de la noche por los amigos personales del director y del subdirector porque, por supuesto, los profesores no cobraban un centavo. Se trataba de una patriada entusiasta: Norah enseñaba dibujo, Clemente se encargaba de tratar los presocráticos; Wally Zenner impartía nociones de teatro; Gregorio Weinberg dictaba historia de la cultura; Borges hablaba de literatura, y hasta creo que había cursos de inglés y de francés. Todo era muy casero: el alumnado, supuestamente compuesto por empleados y obreros, estaba constituido por los vecinos del barrio, que llegaban en cantidades superlativas y se interesaban en todas las materias. Hubo cursos que llegaron a contar con ochenta alumnos, y esto lo sé de primera mano porque mi trabajo consistía, precisamente, en inscribirlos y darles la matrícula. A fin de año se daban unos diplomas de asistencia bastante pintorescos con muchos sellos y firmas, papeles que, como todos los de esa clase, no tienen ninguna finalidad práctica y acaban perdiéndose o tirándose en las mudanzas. Para albergar a los alumnos se habilitó la Sala Paul Groussac, un ambiente grande que se abría a un delicioso patio pompeyano donde una palmera altísima competía en gracia con la estatua de Diana Cazadora. Hoy ya no existen ni el patio ni la palmera ni la Diana, sólo han quedado en el recuerdo de quienes alguna vez estuvimos allí.
“Es
probable que Borges y Clemente hayan querido imitar a Groussac o, por lo menos,
seguir el camino que él había abierto; Groussac daba conferencias sobre música
y luego las ilustraba con conciertos públicos y gratuitos. Borges, que era un
sordo absoluto en materia musical, prefirió otros temas e inauguró sus cursos
para empleados y obreros. Los sábados, además, en el salón central de lectura
se ofrecían conferencias sobre los más diversos temas, que, como no eran
remuneradas, daban sus amigos.
“Al
frente del salón central había un estrado. Durante toda la semana y detrás de
una gran mesa, se ubicaban los empleados que recibían los pedidos de libros y
los entregaban. Los sábados la mesa elevaba su dignidad: se vestía con una
gruesa felpa morada, las sillas se cambiaban por tres sillones obispales y allí
se acomodaban Borges y Clemente, a los costados, y en el centro el orador de
turno ante un micrófono ligeramente obsoleto, que emitía silbidos
reprobatorios.
“Abajo,
en la improvisada platea, la primera fila era ocupada por las personalidades
asistentes, la familia de Borges y algún amigo dilecto. De la segunda fila
hacia atrás, se podía localizar a los empleados calificados, que hacían número,
y al público propiamente dicho.
“Borges,
luego de los primeros cinco minutos y ya presentado el conferenciante (casi
siempre por Clemente), se aislaba en sus pensamientos mientras jugaba y hacía
sonar las monedas ocultas en el bolsillo de su saco. Cuando el orador hacía la
pausa para respirar, se oía claramente el tintineo del metal. La cabeza
levantada, la mirada perdida en el techo envuelto en la niebla azulada que
veía, Borges se daba cuenta de que la charla había terminado cuando oía los
aplausos y entonces batía las palmas con entusiasmo y quizá con satisfacción.
“Después,
las autoridades y el grupo de la primera fila, en el que se contaban las amigas
y algunas señoras que habían sido en el pasado objeto del amor de Borges,
subían a Dirección a tomar una copa. Todo duraba una hora y media. Durante ese
tiempo, entre los empleados calificados, se cruzaban apuestas acerca de cuál de
aquellas señoras conseguiría llevarse a Borges con ella.
“Siguiendo
las huellas de Groussac, se reeditó la revista La Biblioteca, que aquél había fundado [1896-1898]. Pero salieron
pocos números y luego la escasez de fondos obligó a suspender la publicación.”
Y si a priori resulta inverosímil la marca de fuego que Estela Canto asesta
de un manotazo: “prácticamente no hizo nada por la Biblioteca”. Eso de que “se
sentía horado por suceder en el cargo a Groussac y a Lugones” es algo que le
endilga ella a Borges. Sin duda: sí sentía honrado de suceder a José Mármol,
tras enterarse de que dirigió la Biblioteca Nacional estando ciego. (Fue
director entre el 23 de octubre de 1858 y el 12 de agosto de 1871.) Pero sobre
todo de suceder al ciego Groussac, de quien supo en su niñez cuando su padre lo
llevaba a la Biblioteca Nacional y de quien fue un fervoroso lector desde antes
del ensayo (homónimo del apellido Groussac) publicado en julio de 1929 en Nosotros, reunido tres años después en Discusión con el título “Paul Groussac”
y a quien evoca en el “Poema de los dones” confundiéndose con él. De quien
además hizo la antología: Jorge Luis
Borges selecciona lo mejor de Paul Groussac (Buenos Aires, Fraterna, 1981),
cuyo prefacio fue un homenaje a Groussac
a los 50 años de su desaparición, artículo publicado en La Prensa el 11 de noviembre de 1979; y
a quien prologó y seleccionó en la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges: Crítica literaria (Madrid, Hyspamérica,
1985). Pero él nunca hubiera pensado en Lugones como su antecesor en ese puesto
que desempeñó entre 1955 y 1973.
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| Leopoldo Lugones |
Veamos. Lugones no fue director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, conocida com
Cuando,
en Ginebra o Zürich, la fortuna
Quiso que yo también fuera poeta,
Me impuse, como todos, la secreta
Obligación de definir la luna.
Con una suerte de estudiosa pena
Agotaba modestas variaciones,
Bajo el vivo temor de que Lugones
Ya hubiera usado el ámbar o la arena.
Lo cual se lee en la página 54 de Borges. Fotografías y manuscritos (Buenos Aires, Renglón, 1987), iconografía de Miguel de Torre Borges, prologada por Bioy. Y ya de activo ultraísta, aún en Europa, lo había sopesado, se colige por una carta a Maurice Abramowicz (quien estaba en Ginebra) datada en “[Palma de Mallorca] 1 de noviembre de [1]920”, reunida en Cartas del fervor (Barcelona, GG/CL/Emecé, 1999): “Todos los poetas argentinos actuales (Lugones, Arrieta, Capdevilla, Banchs...) son románticos o parnasianos.” Y ya en Buenos Aires, de aguerrido ultraísta, criticó con acritud el Romancero (1924) en un breve artículo publicado en enero de 1926 en Inicial, reunido en El tamaño de mi esperanza (Proa, 1926); por ende se lee en la edición que Seix Barral hizo, en Buenos Aires, en noviembre de 1993. Y participó en el “Romancillo, cuasi romance del ‘Roman-Cero’ a la izquierda”, burlesca parodia colectiva y epigramática publicada el 8 de julio de 1926 en Martín Fierro con el seudónimo Mar-Bor-Vall-Men, reproducida en Textos recobrados 1919-1929, que termina cantando con el machacón estribillo de un par de versos que se repiten al final de las cuatro estrofas:
Dijo
el Caballero a Borges:
—¡Qué
malo es el “Roman-Cero”
De Don Leogoldo Lupones!
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| (GG/CL/Emecé, 1999) |
No obstante, el ultraísta y agitador Georgie admiraba al poeta, según lo indica el final de una carta a Jacobo Sureda, datada en “[Buenos Aires] 25 [de] julio [de] 1922” en Cartas del fervor:
“Para abrillantar un tanto estos renglones opacos, finalizaré copiando alguna buena estrofa de Lugones, cuya armonía de raro cuño paladearás ante tu cielo germánico y tus montañas.
“Ligero
sueño de los crepúsculos, suave
“como
la negra madurez del higo;
“sueño
lunar que ya se goza consigo
“mismo,
como en su propia ala duerme el ave.
“Lugones
scripsit anno 1909
“Escríbeme
pronto
“Te
abraza
Jorge-Luis”
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| Jacobo Sureda (c. 1925) |
Y por lo que Borges le cuenta a Pitín Sureda en la carta datada en “[Buenos Aires, 29 de marzo de 1922]”, se infiere que Eduardo González Lanuza y él visitaron a Lugones en su oficina de la Biblioteca Nacional de Maestros —ubicada en el decimonónico Palacio Sarmiento—, para cuadrarse y rendirle pleitesía con sus vanguardistas poemas:
“[...]
Antiayer le llevamos unos ejemplares de Prisma
(1 y 2) a don Leopoldo Lugones, el mayor taita literario de aquí. Don Leopoldo
(el hombre que dijo: ‘El jardín, con sus íntimos retiros – dará a tu alado
ensueño, fácil jaula – donde la luna te abrirá su aula – y yo seré tu profesor
de suspiros’) se manifestó asaz entusiasmado con Prisma, aplaudió la idea de una revista mural, encontró muy bueno
tu poema ‘Angustia’, ‘Aldea’ mío y los de Garfias y Adriano, y finalmente se
declaró césped pisoteado y cementerio repleto (claro que no con esas palabras)
ante ‘Se izaron las pausas como antorchas’ y demás neblinas de tu poema. Opinó
que parecía una traducción de algo persa o hindú. En lo que a mí atañe,
confieso que tu poema me entusiasma, pero a la manera de la música, sin
entenderlo, sintiéndolo nomás.
“Saldremos a pegar Prisma dentro de cuatro o cinco noches. Te supongo ya en posesión del 2° número. No albergo enormes esperanzas de que salga otro, pero por si acaso envíame poemas tuyos a vuelta de correo.
*********
Nota: continuará en la entrada Borges a contraluz (2 de 4)
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