jueves, 13 de febrero de 2020

Medianoche de amor

Érase una vez el cuento de nunca acabar

“Un libro es algo que se hace como un mueble, por paciente ajuste de piezas y trozos”, les explica un arquetipo de escritor a los presos de la cárcel de Cléricourt. Y el narrador Michel Tournier (1924-2016), el ventrílocuo y responsable del cuento donde se cifra tal aforismo, quien de sobra conocía el meollo, encontró, en Medianoche de amor, una fórmula —de inequívocas y ancestrales reminiscencias— para ajustar las piezas y trozos del libro, quizá extraídos de apuntes y relatos que yacían en su gaveta de sastre-carpintero o en su memoria particular, inextricable al inconsciente colectivo eurocéntrico y occidental. 
(Alfaguara, 4ª edición, Madrid, 1992)
     De 1989 data la edición príncipe en francés de Medianoche de amor, impresa en París por Éditions Gallimard; y de septiembre de 1991 la primera edición en español, editada en Madrid por Alfaguara, con traducción de Santiago Martín Bermúdez. Medianoche de amor reúne veinte cuentos breves; y “Los amantes taciturnos”, el primero de ellos, es un proemio que anuncia y unifica la serie. Allí, Yves y Nadège, cada uno naufragando en su monólogo interior, paralelo, distante y ajeno al naufragio del otro, concluyen que la rutina, la sombría, soporífera y diaria repetición del mismo cuento de nunca acabar los ha carcomido hasta los huesos y la médula, y por ende ya nada tienen que decirse el uno al otro como para continuar viviendo en pareja y bajo el mismo claustrofóbico y asfixiante techo. Organizan, entonces, en su onírica y cinematográfica casa frente al mar de Mont-Saint-Michel, una medianoche: una cena de antología, una ceremonia del adiós a la que convocan a sus entrañables amigos para anunciarles su separación definitiva. 

Sin advertir el preciso instante, los invitados comienzan a contar historias, una serie de relatos que hechizan a Yves y a Nadège, de tal modo que los inducen a grabarlos y cuya transcripción ahora el lector tiene en sus manos. Pero lo más significativo y trascendente es que esas construcciones verbales, especulares e imaginarias salvan a la moribunda pareja: les brindan la clave para insuflar su vida y deshacerse del vacío y de la monotonía de su opresiva e irrespirable rutina cotidiana. 
Michel Tournier y los niños
       Si por antonomasia los niños que escuchan y parlotean relatos saben que la repetición es parte de la cantaleta y del juego de nunca acabar (Éste era un gato/ con su colita de trapo/ y sus ojos al revés./ ¿Quieres que te lo cuente otra vez?/ Este era un gato con su colita de trapo/ y sus ojos al revés./ ¿Quieres que te lo cuente otra vez?/...), los cónyuges, a través de la literatura, se proponen elevar “los gestos repetidos cada día y cada noche a la altura de una ceremonia ferviente e íntima”; es decir, esa casa de palabras e historias que no poseían les ha devuelto una parte olvidada, mágica, estética y esencial de su infancia; la infancia que ahora habitan, reviven y repiten con un imperativo religioso. (Salí de México un día/ camino de Santa Fe/ y en el camino encontré/ un letrero que decía:/ Salí de México un día/ camino de Santa Fe/ y en el camino encontré/ un letrero que decía:/ Salí de México un día/ camino de Santa Fe/...). 

     Antes de la magia de los cuentos (el ábrete sésamo), Ives y Nadège reproducen el gastado y consabido estereotipo de las parejas infelices, cansadas y aburridas que cualquier mortal puede observar en sí mismo o en su domicilio o en las decrépitas y somníferas iglesias o entre el mobiliario y la utilería de cualquier restaurante del orbe, rumiando en silencio, con cara de palo o de flatulencia, o con uno que otro monosílabo prescindible y convencional. Pero afirmar o proponer que la literatura es la tabla de salvación de los muertos en vida, o la ambrosía, o la panacea o el afrodisíaco de las parejas decadentes, rancias y apolilladas, resulta tan idealista, infantil y utópico como suponer que Dios es amor o que todas las religiones del mundo cumplen, al pie de la letra, sus cometidos terrenales y metafísicos. 
      
Michel Tournier
(1924-2016)
       Michel Tournier era un virtuoso, un erudito y un conocedor de la sordidez y perfidia humana y de las debilidades y contradicciones que signan su sino y psique. Pese a que los cuentos de Medianoche de amor son menores a los alcances de sus novelas Viernes o los limbos del Pacífico (1967) —Gran Premio de Novela de la Academia Francesa— y El Rey de los Alisos (1970) —Premio Goncourt—, su poder verbal e imaginario es tan vigoroso (aun en la traducción al español), que se tiene la certidumbre de vivir las páginas de un autor de primer orden. El libro Medianoche de amor no relata lo que ocurre en dicha cena ni describe a los invitados que narran las historias. Simplemente, después del proemio, dispone la serie de los cuentos y, con el último, como se anunció en el primero, se aclara y cierra el círculo concéntrico

       Cada uno de los textos es un divertimento; unos fantásticos, otros con un remanente paródico (las nouvelles, diría Michel Tournier siguiendo a Charles Perrault), pero todos seducen a quien los lee. Si en varios descuella la maestría con que el narrador arma el intrincado y la sorpresa final (“Théobald o El crimen perfecto”, “Pirotecnia o La conmemoración”, “Lucie o La mujer sin sombra”, “Angus”), en otros, como en los cuentos de El urogallo (1978), es notable el parafraseo, la reescrituración y el palimpsesto de antiguos mitos y leyendas populares de tradición oral y escrita. 
     
(Alfaguara, Madrid, 1988)
        El acto de la lectura —y por su puesto el de la escritura (“toda lectura reescribe el texto”, repetía Borges)— es un acto de repetición, un juego y un hábito intelectual, imaginativo y estético que tiene sus raíces en los juegos de la infancia, cuyo antiguo e ineludible abrevadero es la ancestral tradición oral. (Bartolo tenía una flauta/ con un agujero solo/ y su madre le decía:/ toca la flauta/ Bartolo tenía una flauta/ con un agujero solo/ y su madre le decía: toca la flauta/ Bartolo tenía una flauta/ con un agujero solo/...) En este sentido, no es fortuito que Michel Tournier haya escrito varios libros para niños y adolescentes, entre ellos una colección de ensayos: Les vertes lectures (2007); y una versión de su novela Viernes o los limbos del Pacífico titulada Viernes o la vida salvaje (1971), cuyas narraciones, como los lectores saben o infieren, reinventan y varían la historia del Robinson Crusoe que Daniel Defoe publicó por primera vez el 25 de abril de 1719. Sus parafraseos y reescrituraciones para adultos, a través de la repetición y del juego de nunca acabar, apelan a la primera infancia; pero también a la inefable y arquetípica: la de los primeros tiempos que registran las mitologías y las cosmogonías de casi todas las latitudes, la que subyace en la herencia, en la tradición y en el inconsciente colectivo e íntimo de todo lector perdido en las catacumbas de la infinitesimal aldea global. 

(Valdemar, Madrid, 2002)
        Así, “Los dos banquetes o La conmemoración”, que es el cuento que les revela a los esposados que “lo sacro no existe sino por la repetición, y gana en eminencia con cada repetición”, comienza con el clásico retintín del imperecedero Érase una vez. Con la misma eufónica frase comienza la parte axial de “La leyenda de la pintura”, y ambos dan la impresión de haber sido arrancados de un libro de milenarias raíces orientales semejante al infinito libro de Las mil y una noches

Portada del estuche con tres tomos
(Atalanta, Girona, 2014)
      Otros, con el mismo efluvio infantil, acuden al Génesis: en “La leyenda de la música y de la danza” se relata una variante de la creación de Adán y Eva, la caída, y el supuesto hecho de que a través de la historia los grandes músicos evocan la ancestral y perdida música que otrora emitieron las esferas de la bóveda celeste. En “La leyenda de los perfumes” se cuenta una variación más de lo primigenio; pero aquí se tiene noticia de que cada perfume que conciben los grandes perfumistas de todos los tiempos, son también reminiscencias de los aromas del Paraíso perdido. De nueva cuenta con el cantarín Érase una vez, en “La leyenda del pan” se asiste a la creación de los primeros panes del planeta Tierra compuestos “por una corteza dorada que rodea la masa suave y blanca de la miga” y a la de “los primeros panecillos de chocolate de la historia” habida y por haber. 

La creación (1987)
Tlacuitlapa, Guerrero, México
Foto: Flor Garduño
        Si Michel Tournier tiene un angular libro que remite a la Adoración de los Reyes Magos: Gaspar, Melchor et Balthazar (1980), aquí “El rey Fausto” sigue también una estrella hasta Bethléem y descubre la verdad en el rostro del celebérrimo Niño; mientras que en “Un bebé en la paja” existe la iconoclasta, revulsiva y escandalosa amenaza (para la falocracia y el statu quo) de que una chiquilla nacerá en la mismas condiciones en que nació el Niño Jesús. 

En la justa que emprenden los héroes de “Angus”, especie de leyenda caballeresca, aletean los espíritus de David y Goliat. Y “Lucie o La mujer sin sombra” da pie para que la voz narrativa vuelva a relatar el nacimiento de Afrodita y un destello del pájaro de Minerva.
      
Reyes de bastos (1981)
Tulancingo, Hidalgo, México
Foto: Flor Garduño
        El cuento del panadero, la lavandera, el arlequín, los colores y la Luna, que es “Pierrot o Los secretos de la noche”, ostenta un indiscutible encanto y candor infantil. Y como es obvio, en los que no sobresale tal esencia, no por ello prescinden de ella. 

Alicia Liddell disfrazada de mendiga
(Deanery Garden, Christ Church, Oxford, verano de 1858)
Foto: Lewis Carroll
        El protagonista de “Los mojardones de Todos los Santos” peregrina al ámbito de su primera niñez. El fotógrafo de “Blandine o La visita del padre” tiene la misma inclinación fotográfica ante las niñas que tenía el reverendo Charles Dogson (Lewis Carroll). El hombre que narra “La mujer sin sombra” evoca la sensualidad de su maestra Lucie (siempre maniatada a una muñeca-fetiche que conserva desde su infancia) y la noche en que durmió con ella. En “Aventuras africanas” hay un homosexual cazador de niños (que no es un cura pederasta). En “El coche fantasma” se dan indicios de un auto-vampiro que, como dicta el clisé que en mayo de 1897 inmortalizó Bram Stoker con su inmortal conde Drácula —y como se aprecia en La danza de los vampiros (1967) en un horrorosísimo instante peliagudo— no se refleja en un espejo.  

Jack MacGowran, Roman Polanski y Sharon Tate.
Fotograma de La danza de los vampiros (1967), filme dirigido por Roman Polanski.
Aquí, los tres humanos son los únicos que se reflejan en el espejo
y por ende han sido sorprendidos por la horda de vampiros.
  Y “El mendigo de las estrellas” se halla plagado de ampulosas citas y pedantes reseñas; es decir, es el cuento, el juego de nunca acabar que repiten, escriben y reescriben los reseñistas de marras (ídem el presente tecleador), y que cualquier lector puede vislumbrar en el par de epígrafes (uno de Raymond Queneau y el otro de Louis Scuténaire) con que Michel Tournier preludia su libro de “Notas de lectura”: El vuelo del vampiro (impreso en francés en 1981 y en español en 1988 con traducción de José Luis Rivas): “Al leer nos convertimos en enredaderas”. “Dados una hoja de papel y una muchacha, un muchacho, un anciano, un enfermo, un enamorado, un avaro, etcétera, ¿qué hacer a fin de que tal hoja de papel se convierta para ellos en objeto de belleza, placer, deseo, horror, espanto, pesadumbre, melancolía?”.

Contraportada de El vuelo del vampiro (FCE, 1988)



Michel Tournier, Medianoche de amor. Traducción del francés al español de Santiago Martín Bermúdez. Alfaguara Literaturas núm. 332. 4ª edición. Madrid, junio de 1992. 248 pp.


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El cuento de la isla desconocida



La pareja ideal y la isla que fue el Paraíso

Traducido del portugués al español por Pilar del Río, mujer del autor, El cuento de la isla desconocida (1999), de José Saramago [1922-2010], impreso en México por Alfaguara, incluye en la cubierta un cintillo que anuncia: “Los beneficios de esta edición se destinarán íntegramente a ayudar a los damnificados de Centroamérica”. Y al término, luego del colofón, figura otra nota en la que se acredita el nombre de las compañías y de las personas que hicieron posible tal proyecto. Es decir, con este ardid publicitario (y humanitario, al parecer) que en primera instancia beneficia y publicita la imagen pública e internacional de la editora y de José Saramago y la venta de sus libros no sólo en lengua castellana, el lector anónimo compra la idea de que ha contribuido con una causa noble manejada quién sabe por cuál de todas las organizaciones humanitarias, que en este caso, pese a las particularidades geográficas, sociales, económicas y políticas de cada país centroamericano, no duda en meter en un solo costal a todos los damnificados de Centroamérica.
(Alfaguara, México, 1999)
   El cuento de la isla desconocida es una minúscula gota del desbordante y descomunal talento narrativo que distingue al Premio Nobel de Literatura 1998. Se trata de una narración fantástica y onírica, aderezada con un efluvio de antiguo cuento de tradición oral, cuya urdimbre apela a mitos, arquetipos y símbolos cosmogónicos y genésicos que habitan el inconsciente colectivo, y a viejos interrogantes existenciales que suelen atosigar ya a la mujer o al hombre que se busca a sí mismo a través de su actividad y destino definitorio, ya al hombre y a la mujer que buscan ser pareja sin jamás encontrarse (pese a estar el uno frente al otro), pero que acaso llegan a coincidir en un sueño (inasible y volátil) que implica la nostalgia del Paraíso Perdido, el retorno a la Tierra de Nunca Jamás, la reinvención de la isla desconocida que navega hacia un destino incierto y que de algún modo prefigura (o puede prefigurar) el silencio, la isla desierta habitada por la pareja arquetipo, cada uno aislado en la soledad, desolación e incomunicación más extrema: “todo hombre es una isla”, reza el robinsoniano y lapidario adagio.
José Saramago y Pilar del Río
Hay una pátina kafkiana en el inicio de El cuento de la isla desconocida, precisamente cuando el simple mortal, el espécimen de la masa anónima se dirige a la casa del rey de la ciudad para solicitarle un barco. El rey, un egocéntrico y fetichista hasta los huesos, se pasa el día sentado a la puerta de los obsequios, lamiendo al placer de recibir y coleccionar regalos. Así, hace caso omiso ante las solicitudes que le llegan a través de la puerta de las peticiones, delegando el trabajo a una pirámide burocrática que termina en la mujer de la limpieza, quien es la que atiende al hombre que pide un barco, el cual, ante la negligencia del rey, decide apostarse frente a la puerta de las peticiones. El rey, movido por la posibilidad de incrementar el flujo de regalos y no por satisfacer al hombre, va a hablar con él en persona y no tarda en otorgarle un navío para que halle la isla desconocida, más que nada inducido por el clamor popular que se arma frente a la puerta. 
La mujer de la limpieza abandona la casa del rey y sin que el hombre del barco lo sepa, sigue a éste, que va hacia el muelle donde el capitán del puerto, tras leer la tarjeta del rey, le entrega una nave que fue carabela, es decir, “del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas”. Así, en el presente del relato ya es el tiempo en que las islas desconocidas dejaron de existir, lo cual le refrenda el capitán del puerto a ese hombre que además desconoce el oficio de la marinería y de la navegación oceánica. Sin embargo, el hombre le espeta una declaración de principios que parece irrebatible: “todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas”. Pero que no obstante olvida, como el más burro entre los burros, según le informa a la mujer sobre su fracaso para reclutar marinos: “Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco”. 
Mientras el hombre de la carabela fue a enganchar marinos para la delirante travesía, la mujer de la limpieza comienza a desempeñarse en su oficio; pero además, a la larga, deja ver que en relación al hombre es mucho más práctica y pragmática, aparte de colegir y aprender mucho más rápido el arte de la marinería. La mujer siguió al hombre porque fue seducida por el sueño de encontrar con él la isla desconocida. Pero al hombre, más que aspiraciones geográficas y fundacionales, parecen impulsarlo resortes interiores, existenciales, que pueden ser falaces o no: “quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella”, le dice; “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres”; “Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros”. Sin embargo, la travesía que emprenden en ese barco/isla que aún se halla atracado en el puerto y sólo con ellos dos a bordo, es un viaje onírico, interior, que han emprendido despiertos, ya intercambiando acuerdos, anécdotas e ideas, y con el aleteo de la incipiente, distante y mutua seducción, mismo que continua cuando uno se va a dormir a babor y el otro a estribor. 
   En el sueño del protagonista la carabela lleva tiempo navegando. A bordo hay tantas mujeres como marinos, hartos ya de navegar hacia un destino incierto y bajo una razón absurda, pues se da por entendido que la isla desconocida sólo existe en la cabeza del hombre del navío. La mujer de la limpieza decidió no ir en el último minuto. La carabela transporta tal variedad de flora y fauna que parece un Arca de Noé, una isla/navegante que va a fundar un Mundo Nuevo en una latitud desconocida; tal carga evoca la flora y fauna del Daphne, el navío aparentemente desierto de La isla del día de antes (Lumen, 1995), novela de Umberto Eco, al que Roberto de la Grive arriba como un náufrago amarrado a un tablón cierto día de 1643, cuyo objetivo primordial, el de la nave, era y es resolver el misterio de las longitudes, es decir, el modo de fijar el antimeridiano de la Isla del Hierro (el 180) y al unísono acceder a los tesoros de las Islas de Salomón. Cuando en el relato de José Saramago las mujeres y los marinos abandonan la carabela, se llevan los animales: patos, conejos, gallinas, bueyes, burros, caballos, gaviotas y gaviotillas, y sólo dejan “los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones”. Así, la isla/carabela, con un solitario Robinson Crusoe al timón, prefigura el ámbito de la utopía, donde la primera mujer quizá brote de su onírica costilla. “Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor [lo cual sugiere que se trata de otro sueño, pero de un sueño en el que confluyen el sueño que cada uno sueña en su camastro]. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.”

(Joaquín Mortiz, México, 1979)
Sobre el trazo y el sueño de una isla y el dibujo y el sueño de la pareja arquetipo, escribe Julieta Campos (1932-2007) casi al inicio de El miedo de perder a Eurídice (Joaquín Mortiz, 1979), seductora y poética novela signada por su extraordinario bagaje literario, insular y onírico, en la que se halla implícito el cuento de José Saramago: “Eranse una vez, un hombre y una mujer. El hombre y la mujer soñaban. El hombre y la mujer se habían soñado y al soñarse se habían inventado. Voy a contar, pues, la historia de un sueño: Erase una vez una pareja: la pareja ideal, la pareja perfecta, la pareja arquetípica, la que reuniría en su doble rostro los rasgos de todos los amantes de la historia, de los que hubieran podido amarse, de los que han imaginado los poetas y de los que no han sido imaginados todavía. Eran (serían) a un tiempo [...] La historia podría comenzar en cualquier momento. Acaso así: La isla surgió al mismo tiempo en la fantasía de ambos que, irreflexivamente, decidieron en ese instante convertirla en el espacio de su amor. Fue entonces el lugar del encuentro soñado y el lugar soñado del encuentro. O bien: Fue entonces cuando la isla empezó a brotar dulcemente del mar como una Venus con los pies mojados por las ondas. Engendrada en una noche tormentosa, nació predestinada. Sería ingenuo evocar una aurora: la creación es un misterio y el paisaje de los misterios es familiar de las tinieblas [...] El sueño de él y el sueño de ella coinciden en más de un punto, de tal modo que resulta difícil determinar cuándo es él quien sueña y cuándo es ella. Todavía no sé si se aman porque sueñan o si sueñan porque se aman. Contarlos y contar la historia de su sueño será, sospecho, la única manera de descubrirlo”.

José Sarmago y Pilar del Río


José Saramago, El cuento de la isla desconocida. Traducción del portugués al español de Pilar del Río. Diseño gráfico e ilustraciones en color de Manuel Estrada. Alfaguara. México, 1999. 54 pp.


viernes, 10 de enero de 2020

Las hijas del Capitán

Gracia tienen para parar un tren

I de VII
Editada por Planeta en la serie Autores Españoles e Iberoamericanos, en mayo de 2018 se publicó la primera reimpresión mexicana de Las hijas del Capitán, cuarta novela de la narradora española María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964), dividida en 105 capítulos distribuidos en seis partes, más un “Epílogo”. En la tercera línea de su dedicatoria, María Dueñas, desde el alto, sonoro y panóptico minarete de su prestigio narrativo, proclama ante los cuatro pestíferos vientos de la recalentada y expoliada aldea global: A todos aquellos a los que la vida empujó a emigrar. Esto no es gratuito, pues a través de los vulnerables y humanizados protagonistas de su obra, centralmente ubicados en territorio neoyorquino en 1936 (antes de que en España estalle la cruenta Guerra Civil), hace un tributo memorioso y anecdótico en torno a las generaciones de trabajadores y soñadores que desde inicios del siglo XX, y fines del XIX, emigraron de Europa a Estados Unidos de América en busca de un prometedor futuro; es decir, del consabido e idealizado american dream, particularmente desde distintas regiones de la Península Ibérica. No obstante, vale destacarlo, no faltan por allí los ejemplares de origen italiano, chino, cubano, puertorriqueño y mexicano.  
   
María Dueñas
          Y para trazar el mapa de los pintorescos y populares barrios de los emigrantes españoles asentados en Nueva York (pero también de las privilegiadas zonas y los lujosos sitios donde viven y se mueven los acaudalados y los ricachos), María Dueñas, como es su costumbre, hizo una laboriosa investigación testimonial, documental, bibliográfica e in situ, lo cual alude en sus postreros “Agradecimientos”. En este sentido, vale subrayar que así como en la urdimbre de la trama descuellan las calles, las avenidas, los imponentes rascacielos, los fastuosos hoteles y los escenarios transcritos (y retocados) de la realidad y de los anales de la geografía y de la historia (ineluctables la emblemática, fotogénica y cinematográfica Estatua de la Libertad, el celebérrimo Central Park y el característico Puente de Brooklyn), también se distinguen los personajes que fueron de carne y hueso; por ejemplo, el asturiano Benito Collado, fundador y dueño del night-club El Chico; el catalán Xavier Cugat, músico y director de orquesta —activo en la obra en el comedor del Hotel Waldorf Astoria, en cuyos muros aún se aprecian las 15 pinturas que el artista catalán Josep María Sert creara ex profeso en 1929 a partir del quijotesco tema de Las bodas de Camacho—; y el madrileño, hemofílico y dramático Alfonso de Borbón y Battenberg, ex Príncipe de Asturias y Conde de Covadonga, quien sólo vivió 31 años; y cuyo esbozo biográfico María Dueñas bosqueja, ensambla y menudea con hábil cuño palimpséstico. 
Alfonso de Borbón y Battenberg con Edelmira Sampedro y Robato
       El malagueño Emilio Arenas, un trotamundos impenitente de 52 años y con mil oficios y lugares a cuestas, subsiste recalado en Nueva York desde 1929 (antes de la Gran Depresión), y plancha la oreja “en un cuarto de alquiler en la zona de Cherry Street, el asentamiento de españoles más antiguo de la ciudad.” Y para que el desocupado lector de la aldea global sepa de qué nodo geográfico y fundacional se trata, la omnisciente y ubicua voz narrativa puntualiza: “Allí, en el extremo sureste de la isla de Manhattan, frente al waterfront, junto a los muelles, bajo el ruido estrepitoso del arranque del puente de Brooklyn, se concentraban desde finales del siglo pasado varios miles de almas procedentes del mismo rincón del globo. En un principio eran sobre todo gentes del mar: fogoneros y engrasadores, cocineros, estibadores, meros buscadores de inciertas fortunas y montones de simples marineros que embarcaban y desembarcaban en un constante vaivén. La colonia fue después creciendo y diversificando ocupaciones, llegaron parientes, paisanos, cada vez más mujeres, hasta familias enteras que se amontonaron en pisos baratos por las calles cercanas: Water, Catherine, Monroe, Roosevelt, Oliver, James...”

        El caso es que desde “la primavera de 1935”, Emilio Arenas trabaja de multichambas y comodín en La Valenciana, el variopinto negocio del alicantino Paco Sendra, y recepción y resguardo de la correspondencia de españoles itinerantes, ubicado “en la esquina de Cherry con Catherine”. Es así que una mañana de “principios de noviembre de 1935”, allí en el comedor de La Valenciana, en que el malagueño les sirve “sendos vasos de vino y unas rodajas de butifarra” a Paco Sendra y a un desconocido con acento del norte de España, tras oír la conversación de éste con su patrón, Emilio se quita el mandil y alcanza en la calle al tal Venancio, un envejecido y solitario cántabro, quien por estar a punto de retornar a su añorado terruño, vende los muebles y los enseres de “Una pequeña casa de comidas ubicada en un semisótano cerca ya de la Octava avenida, en los bajos de un vulgar edificio de tres plantas sin lustre ni atractivo aparente. Sin el menor signo externo de nada prometedor.” Emilio, iluso, exhuma sus ahorros y le compra los deteriorados trastos y trebejos al tal Venancio; paga el primer mes de renta y se instala “a vivir en el almacén trasero” de local. Y, patéticamente, a las letras del astroso y desvencijado letrero del que fuera “El Cántabro” sólo se le restan “El Ca...”; así que barajea probables nombres para bautizar el minúsculo changarro y se decide por “El Capitán”, que se convierte en su mote y luego matiza el apodo de sus hijas entre la gente del suburbio de la calle Catorce: “Las hijas del Capitán”. 
Las hijas del Capitán, p. 7
         Y con la idea de arraigar y sentar cabeza ante su mujer y sus tres hijas, desde La Valenciana envía una carta a Málaga para que su familia se traslade a Nueva York; pero, al unísono, Remedios, su analfabeta mujer, le envía una misiva donde le dice que “Ha muerto Mama Pepa” (la madre de ella, a cuyas expensas han vivido en extrema pobreza), y que por ende las desahucian del mísero corralón (ubicado “en el modesto barrio de La Trinidad”) y que no tienen a dónde ir. Así que perentorio, Emilio Arenas, pese a que ignora cuándo podrá pagarle, le pide prestado a Paco Sendra los dólares para costear los cuatro pasajes para traer por barco a Remedios, su ágrafa y necia esposa de menos de 43 años, y a sus tres veinteañeras, esbeltas y atractivas hijas a las que de manera breve e intermitente poco ha visto: Victoria (la mayor), Mona (la de en medio) y Luz (la benjamina). 


II de VII
Las hijas de Emilio Arenas viajan a Nueva York en contra de su voluntad y no porque algo las ilusione o entusiasme dando brinquitos y pegando grititos de alegría, sino porque las llevan a la fuerza. Mona, por ejemplo, con tal de “poder quedarse [en Málaga], se buscó en el paseo del Limonar una casa buena para servir como criada con derecho a la habitación.” Y según dice la voz narrativa: “Las broncas fueron monumentales y se oyeron por medio barrio de La Trinidad; tuvieron que intervenir los vecinos del corralón en que vivían, la familia próxima y la lejana, la madre de rodillas ante la imagen del Cautivo en la iglesia medio arrasada desde el 31 —y en última instancia— hasta una pareja de la Guardia Civil. Alertados por un vecino de peso de un potencial desacato a la autoridad paterna, un par de agentes uniformados no las perdió de vista hasta tenerlas a bordo del buque Manuel Arnús en su escala malagueña entre Barcelona y el Nuevo Mundo, puestas a recaudo del capitán médico de la tripulación.”
Primera reimpresión en México
Mayo de 2018
         Para dar cobijo a su mujer y a sus hijas, quienes llegan a Nueva York “una heladora mañana de enero” de 1936 tras “Once días” de viaje “con humildes pasajes para literas de entrepuente”, Emilio Arenas renta un minúsculo “apartamento de dos habitaciones en el último piso de un edificio de ladrillo rojo en la esquina entre la Catorce y la Séptima avenida”, que por lo menos tiene “cuatro bombillas eléctricas, agua corriente y un diminuto cuarto de baño propio”, inauditas excentricidades y lujos de la modernidad inexistentes en el magro y pobretón vecindario donde subsistían y por ello ya no tendrán “que salir cada dos por tres a compartir retrete con los vecinos”. 

Endeudado y auxiliado por su mujer, pero no por sus peleoneras, egocéntricas y engreídas hijas, que al principio se niegan a mover un brazo y cuyas riñas y gritos lo obligan a volver a dormir sobre un jergón en el almacén del Capitán, Emilio Arenas hace todo lo posible por remozar, arrancar y hacer productivo y conocido el pequeño restaurante. Incluso imprime y reparte volantes e inserta un anuncio en La Prensa, “el único diario en español de la ciudad”, “el diario que cada mañana leía la colonia española e hispana extendida por toda Nueva York”. Pero el negocio da poco, nada o casi nada. Y en la búsqueda de adquirir a bajo precio unos birlados galones de aceite de oliva, un “sábado de finales de marzo” de 1936 se desplaza “al familiar muelle 8 del East River”, porque sabe que el trasatlántico Marqués de Comillas arriba “con el buche lleno de pasajeros y mercancías”. Pero tales son sus preocupaciones y su ensimismamiento, que no oye el estrépito de los contiguos ruidos ni los gritos de advertencia; de modo que una mala “maniobra de estiba” propicia que “una grandiosa red repleta de bultos” se precipite sobre él y le quiebre el cráneo. 

III de VII
La instantánea e inesperada muerte de Emilio Arenas trastoca la estancia y las expectativas de Remedios y sus hijas, quienes no tienen un clavo en el bolsillo para solventar el sepelio, las deudas del difunto, las del Capitán y los boletos del regreso a Málaga. Pero para su desconcierto, los gastos de la funeraria, del velatorio y del entierro se resuelven como por arte de birlibirloque, sin que ellas hayan tenido que soltar un solo centavo y sin decir esta boca es mía. Incluso con costosos visos en el “ataúd que parecía como de ministro”, en la ornamentación fúnebre, en el traslado en autos relucientes y en el inaudito entierro en el cementerio de Queens. Es decir, “alguien les había dicho que La Nacional, la Sociedad Española de Beneficencia a la que el padre pertenecía, cubriría los gastos básicos del entierro como afiliado que era, pero lo que el día anterior vieron se les antojó desbordado, ostentosamente excesivo.” Así que ese día en que las tres hermanas devuelven los cacharros de las vecinas que colaboraron con viandas y asistieron a la velación y al entierro, dejan para lo último la asistencia a la “funeraria Hernández”, “casi vecina del Centro Asturiano”, donde el dueño, el puertorriqueño Fidel Hernández, les informa, para su sorpresa, que todo ha sido cubierto por la “Compañía Trasatlántica Española. New York Agency”. Y según les puntualiza: “De haberse tratado de unas exequias comunes, [a Emilio Arenas] lo habríamos enterrado en una parcela colectiva y grabado su nombre al final de una lista de infortunados compatriotas, no habría habido despliegue de detalles estéticos y ustedes tendrían que haber acompañado al féretro en el coche de algún vecino. Recordarán en cambio que el trato y los aditamentos fueron muy distintos y podrán comprobar asimismo que esta factura incluye una lápida de mármol individual de primera calidad pendiente aún de encargo: estoy a la espera de que ustedes me detallen los datos del finado y elijan los ornamentos.”
Tal es el bajo nivel cultural y lingüístico de las hermanas Arenas que “No tenían ni la más remota idea de lo que significaba la palabra ornamento, ni se imaginaban que, al mencionar al finado, el propietario del negocio se estaba refiriendo a su pobre padre sepultado bajo el barro.” Pero si librar tales gastos les da cierto alivio, el resultado de las inesperadas visitas, que discretamente con los nudillos tocan la puerta del departamentucho, les causa un desbordante regocijo y alharaca que Remedios tiene que controlar, pues ya se ven regresando a Málaga ipso facto. Es decir, sin buscarlo ni preverlo llegan dos impecables cuarentones que “empezaban a peinar canas y se comportaban con la más exquisita corrección”, y que luego, para ellas, corporifican “el equivalente neoyorkino de la Santísima Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con su bondad infinita y su magnanimidad gloriosa”. El principal y la voz cantante es don Santiago Lemos, “agente y máximo responsable de la Compañía Trasatlántica Española en su delegación de Nueva York”, quien “vestía de calle con corbata a rayas y elegante terno gris”; y el otro es “don Enrique Arnaldos, capitán del vapor Marqués de Comillas”, quien lleva “uniforme: chaqueta cruzada azul marino, galones dorados en las hombreras y bocamangas, [y] gorra de plato en la mano.” Además del darles el pésame y de confirmar el pago de los gastos fúnebres por parte de la Compañía Trasatlántica, les entregan “un efectivo de doscientos dólares por familiar dependiente para afrontar otros gastos sobrevenidos por el deceso, así como cuatro pasajes” de primera clase para que retornen a Málaga cuando lo deseen. 
       
Las hijas del Capitán (p. 11)
        Pero luego, como para agriarles el atole ante el “botín” (nunca antes habían visto tanto dinero junto en billetes nuevos de cincuenta dólares) y como si se tratase de una opereta de barrio o de un tragicómico sainete, unos momentos después, tras interrumpir el alborozo y asustarlas con la brusquedad del estridente timbre, arriba al escenario del minúsculo y pobretón apartamento un tal Fabrizio Mazza, un casi cuarentón que parla el español con acento y vocablos italianos, que pese al perfume masculino, al tacuche, a la llamativa corbata y al pelo engominado, tiene una estereotipada pinta de hampón de baja estofa. Con su untuosa verborrea les dice que es un abogado, que está “del lado de los más perjudicados”, que “pueden confiar plenamente” en él, que no toquen los boletos ni el dinero, que puede conseguirles “diez veces más”, una jugosa “Indemnización”, “un acuerdo económico muy superior al ofrecido por la Trasatlántica”. 

A las timoratas e ignorantes Arenas, obviamente, se les corta el entusiasmo en el cogote. Y entre las preguntas y el runrún para despejar las dudas y la confusión sobre lo que deben hacer, la vieja Milagros Couceiro, su vecina gallega, con más de cuarenta años en Manhattan, pese a los ríspidos y groseros roces del principio de la mutua convivencia en el hacinado edificio de la calle Catorce, las lleva a pie a un sitio cercano a La Nacional, precisamente a Casa María, un convento y orfanato femenino operado por monjas, donde sor Lito, su antigua y legendaria comadre, es una peculiar religiosa; es decir, viste sin toca “el hábito de las Siervas de María” y por ello luce “una cabeza de cabello entrecano cortado a trasquilones”; y lo más singular: es una caricaturesca enana que usa botitas de niña y fuma como chacuaco en medio de su desordenada oficina. Pero lo relevante y trascendente es que sor Lito es abogada, “la primera religiosa católica que se sentó en las aulas de la cercana Universidad de Nueva York”. Y como posee una puntillosa y corrosiva labia, y una crítica mirada que sondea y cuestiona la conducta humana y el drenaje y los albañales del entorno neoyorquino, les dice que no acepten ninguna de las dos ofertas. De Fabrizio Mazza, cuya ascendencia, sucios tejemanejes y pestilentes movidas conoce de sobra, les dice que “iría a despellejarlas sin contemplaciones”. Y sobre el representante de la Compañía Trasatlántica les receta con una sarcástica sonrisa: “Lo que el agente de la Trasatlántica ha pretendido básicamente es comprar el silencio de ustedes, nada más. Que no haya demanda, eso es lo que quiere. Que el buen nombre de la ilustre naviera no se manche con ninguna publicidad negativa, que nada trascienda más allá de lo estrictamente necesario. Si en unos días se las quitan a ustedes de en medio y las facturan al otro lado del Atlántico, todos respirarán tranquilos: muerto el perro, se acabó la rabia. You follow me, right?” Así que sor Lito les ofrece representarlas y llevar su caso; y “a modo de honorarios”, les dice, espera quedarse “con la mitad del dinero que les consiga”.
Según dibuja la voz narrativa, el azoro en el rostro de las Arenas “hizo soltar a la viejas amigas”, Milagros y sor Lito, “otra carcajada”.
“—¡Cambien esa cara, por el amor de Dios! —les gritó sor Lito. Después apagó su último cigarrillo en la tierra de la famélica maceta—. Un cincuenta por ciento puede parecerles mucho de entrada, pero ¿cómo creen ustedes que se mantiene esta casa y con qué medios pretenden que atendamos a tanta pobre desgraciada como viene por aquí?”
María Dueñas
        Vale subrayar que es imposible comprimir y aludir en una simple y parcial reseña todas las minucias, entresijos y digresiones narrativas de Las hijas del Capitán. Baste decir que las historias de las duras y miserables vidas de Milagros Couceiro y sor Lito son ejemplos de los muchos relatos que proliferan en la obra no sólo sobre los tristes itinerarios de los inmigrantes pobres de origen español. Pero ante todo, y sobre todo, y pese a lo dramático, la escritura de María Dueñas (amena, magnética, envolvente, repleta de sabiduría, algo como la sangre late y circula en ella) transluce una intrínseca pulsión lúdica, un contagioso y gozoso divertimento que hace vivos y peliculescos a sus personajes, pese a que el lector no oiga el acento malagueño de las Arenas ni el torpe modo en que las hermanas llegan a morder el inglés.


IV de VII
Las Arenas deciden quedarse en Nueva York y dejar la demanda en las manos de sor Lito y por ende acuerdan reabrir El Capitán. Victoria y Remedios laboran allí de tiempo completo; Luz se emplea en la cercana lavandería del matrimonio Irigaray; y Mona sobre todo se ocupa de las compras para abastecer el negocio, luego del único día que sirvió de uniformada camarera en el lujoso piso “en la planta diecisiete del edificio The Majestic”. (Ganó tres volátiles dólares por más de seis horas de trabajo.) Día en que la monárquica y pomposa madrileña “Doña Esperanza Carrera y de la Mata, marquesa de la Vega Real”, organizó un elitista cocktail party para agasajar al primogénito de Alfonso XIII, nada menos que el achacoso y débil ex Príncipe de Asturias y Conde de Covadonga, sin que Mona, dada su tremenda ignorancia y desinformación, se haya percatado de la identidad de tal histórico y legendario personaje (y mucho menos de la antipatía y las explosivas connotaciones políticas e ideológicas que tal identidad suscita entre la mayoritaria comunidad republicana, o prorrepublicana, de sus paisanos inmigrantes de clase humilde y trabajadora), pese a que ya en la avenida, ella intervino espontáneamente, dado el súbito y agresivo acoso de un fotógrafo y un reportero de la chismografía del corazón amarillista, para que el conde, en medio de la insidiosa y violenta escaramuza, no se diera un mortal porrazo contra el asfalto. Y a modo de gratitud, él le dijo ya acomodado en el interior del “elegante Lincoln” manejado por su chofer: “Le quedo infinitamente agradecido; aquí tiene mis coordenadas, por si en algo puedo servirla alguna vez.” Y por ende le obsequió su tarjeta, tachando la dirección francesa y anotando con su real grafía: “St Moritz Hotel”, “New York”. 
      
Las hijas del Capitán
Detalle de la tercera de forros
      Sorpresivo incidente callejero que la deja sola en la intemperie “frente a la gigantesca oscuridad de Central Park”. (Sus desesperadas, gritonas y egoístas colegas regresaron en la furgoneta conducida por un desesperado “chico del barrio” que, dando claxonazos, no quiso esperarla.) Y de nuevo por su ignorancia, incluso del inglés, inextricable a su fobia al subway (“ni muerta estaba dispuesta a bajar sola a esas cavernas donde decían que los trenes pululaban como gusanos por las entrañas de la ciudad”), se ve obligada a regresar a pie, pese a la madrugada, desde el “115 de Central Park West” hasta la Catorce, caminando “en línea recta a lo largo de casi sesenta manzanas”.



V de VII
Todo indica que el matrimonio Irigaray, de origen vasco, en cuya lavandería trabaja Luz, se percató del talento para el baile y el canto de su empleada, pues son ellos quienes la animan a que se presente al casting para una zarzuela que por las noches se ensayará en La Nacional. “Gracia tienes para parar un tren”, la elogia cantarín don Enrique. “El año pasado representaron La Revoltosa, contó [doña Concha] mientras sacudía una camisa impoluta; el anterior, La rosa del azafrán. Todos los participantes eran meros aficionados, se ensayaba en los locales de La Nacional y después, para el estreno, se alquilaba el teatro San José de la Quinta avenida, y las entradas se agotaban, y no había hablante de español en Nueva York que no acudiera y no aplaudiera a rabiar.” “Para este año tienen en mente Luisa Fernanda”, añade.
Al compartirle a su madre que irá a la selección, Remedios, atávica y obtusa, le impone su negativa alegando “el trabajo” y, sobre todo, el luto por la muerte de Emilio Arenas. Y en la gresca a voces, Luz afirma su postura con su aceitada lengua: “¿Sabe lo que le digo, madre? Que trabajo nueve horas al día y con eso ya cumplo con mi parte; si este negocio [El Capitán] no funciona, no es culpa mía. Y, además, si soy capaz de ganarme yo sola un jornal, lo mismo puedo decidir en qué otras cosas gasto el poco tiempo que me sobra.” Y le recalca puntillosa: “¡Decido que no tengo por qué mostrar una pena que no siento!”
Estando las cosas así de tensas, el matrimonio Irigaray, casi sus padrinos, la acompañan al multitudinario casting; y Mona, por su cuenta, va a curiosear casi de manera furtiva. Según relata la voz narrativa:
“Eran más de las diez de la noche cuando a Luz le llegó el turno, para entonces la sala estaba llena de sillas descolocadas, huecos vacíos y caras que rezumaban cansancio y aburrimiento. Tan pronto la vio subir a la tarima, Mona se sacudió la modorra y enderezó la espalda. Ahí estaba su hermana pequeña, ese rabo de lagartija que fue de niña convertida ahora en una espléndida mujer embutida en el vestido de tela barata que Mama Pepa le cosió a mano un par de meses antes de marcharse al otro barrio. Sobre los hombros llevaba un mantoncillo prestado; en los labios, algo de carmín. Lo demás —el talle, la soltura y el brillo que irradiaba— lo traía de natural.
“Arrancó el piano por enésima vez, Luz miró al techo y cogió aire, barrió la sala con los ojos, sonrió segura y empezó a cantar. Y de pronto, todo pareció despertar de una densa somnolencia. Ahí estaba la hija pequeña del desgraciado del Capitán, peleando como una jabata por el papel de la joven Rosita, la que abría Luisa Fernanda con su canto chispeante y desenfadado.

                  Mi madre me criaba pa chalequera,
                  pero yo le he salido pantalonera...

“Toda la gracia del sur, todo el sol de su tierra parecían haberse concentrado en ella a pesar de no haber cantado en su vida zarzuela: ahora giraba un hombro, ahora acunaba las caderas, luego requebraba al pianista y le lanzaba un guiño. Con desparpajo y movimientos entre airosos y seductores, Luz dominó el escenario como si no hubiera hecho otra cosa desde que Remedios la trajo al mundo.
“El salón entero la aplaudió de pie.
“Mona, en cambio, no fue capaz de dar más de tres lentas palmadas: tantos sentimientos se le habían juntado dentro, que se le puso la piel de gallina.”
Las hijas del Capitán (p. 167)
        Viene a colación tal pasaje porque el talento para el canto y el baile es algo consubstancial en Luz; siempre que lo hace descuella y llama la atención. Un talento que, no obstante, habría que desarrollar, diversificar y pulir a base de práctica y estudio, y, llegado el caso, convertir en modus vivendi. Esto lo advierte una tal Marita Reid al observarla en un ensayo en La Nacional y por ende la convoca a una prueba en el Chanin Theatre. Altanera, gibraltareña de nacimiento, con más de cincuenta años de edad, Marita Reid, quien le hace la prueba tocando el piano, tiene a cuestas una larga trayectoria en las tablas y en los escenarios, según les recita de carrerilla a Luz y a Mona, quien acompaña a su hermana a la prueba de esa extraña que no le despierta mucha confianza y cuyo intríngulis de su verbosidad poco entienden, dada su incultura: “Pisé mis primeras tablas con una troupe de cómicos antes de cumplir los siete años, recorrí media España en carromato haciendo espectáculos ambulantes, a lo dieciséis me vine para New York en un carguero italiano que tocó el puerto de Algeciras, todo el mundo decía que aquí había un futuro prometedor, por eso habréis venido vosotras también, ¿no? [...] Estuve con la Compañía de Teatro Español desde que Zárraga la fundó en el 21 —prosiguió—, fui la Malvaloca de los Álvarez Quintero y la María en El nido ajeno de Benavente, me sumé a los montajes que Narcisín Ibáñez Menta se trajo de Buenos Aires, conocí al poeta García Lorca cuando estuvo aquí hace unos años fascinado con los negros de Harlem; he hecho sainete, astracanada, opereta y vodevil, Fortunio Bonanova quiso llevarme a Hollywood en el 32 y le dije nanay...”

     Luz, obviamente, pasa la prueba y tendrá que decidir “en un par de días, tres a lo sumo”, si se integra (o no) a ese mundillo de la farándula que apenas capta y que Marita Reid les puntualiza: “Se llama espectáculo de variedades ambulante, sweetheart: un poquito de zarzuela como la que estáis ensayando en la Catorce, algo de humor que les haga reír, buenas dosis de folklore, un par de números de guitarra, un galán que recite unos versos bien sentidos, una artista algo descolocada que cante el cuplé con picardía... Y a ti, después de haberte visto hoy, te quiero para que aportes la cuota andaluza ligera, la de la copla y la tonadilla, ya sabéis...” 
 
Las hijas del Capitán (p. 223)
     Esa experiencia, aunada a la que viven las tres hermanas en El Chico (“inclasificable mezcla de cabaret, mesón sofisticado, pequeña sala de fiestas y célebre night-club”) al que van en taxi invitadas por el modesto vendedor de tabaco Luciano Barona (tras la sugerencia terapéutica de sor Lito), donde fueron “las mujeres peor vestidas de la noche”, incita a Mona emprender (sin decirle nada a su explosiva y prejuiciosa madre, pero sí a sus hermanas) la azarosa, onírica y aventurera tarea de convertir el casi improductivo restaurancito en un boyante night-club basado, además, en la empresa formulada por Marita Reid, quien se ríe de ella y cuestiona sus ingenuas intenciones cuando Mona la busca, sin dinero para financiar el proyecto, para que monte en El Capitán su “espectáculo de variedades”. 
   Ante la negativa de Marita Reid, Mona no se da por vencida en su quimérico empeño y empieza, apoyada por un viejo guitarrista retirado y sobre todo por el jovenzuelo Fidel Hernández (el homónimo hijo del susodicho funerario e imitador de Gardel que fracasara en su intención de ganarse un lugar en El Chico), a organizar un casting en una azotea cercana al edificio de la Catorce, con el objetivo de seleccionar un elenco que se presentará en el inminente estreno del night-club bautizado por ella: Las hijas del Capitán, cuyo acondicionamiento y publicidad también planea y organiza endeudándose por aquí y por allá, apoyada en todo por Fidel, quien además de aportar su imitación de Gardel, pone sus ahorros y contribuye con ideas y tareas. Y es en tal azotea de populoso vecindario donde un desconocido, tras oír y ver la interpretación de Luz, pese a que la adula y celebra, les sorraja al corro su criterio demoledor diciéndoles que “van directos a un fracaso seguro”, que “su estilo tiene muy poco futuro aquí”, porque dizque “todo el mundo está loco” por “la música del Caribe”, que no llegarán “a ningún sitio fuera de los círculos de inmigrantes y de algunos wealthy snobs, algunos ricos que regresan de sus tours por Europa y quieren hacerse los entendidos”. El caso es que mandan al carajo a ese tipejo aguafiestas, quien al despedirse rebuzna su nombre para que lo sepan hasta las piedras de las catacumbas: Franz Kruzan, y dizque es popular “en cualquier tienda de música del Uptown”.
   
Xavier Cugat y Abbe Lane
        Mona, que además de las compras del Capitán y de servir de asistente de la vieja Máxima Osorio (una ricachona española en silla de ruedas: tirana, engreída, pretenciosa, cleptómana, embustera, culocéntrica, manipuladora, y con proclividad para el insulto y la soez humillación verborreica), sigue adelante ilusionada y bregando para lograr sus oníricos propósitos en torno al futuro night-club. Pero el gusanillo deja incómoda a Luz y por ende busca a ese supuesto experto que se dice “buscador de talentos”, que si bien, dado que ella no tiene ni calderilla, le paga un astroso maestro cubano con el que está compinchado y que le enseña a bailar los ritmos tropicales del Caribe, lo que busca, además del nauseabundo deshago y abuso sexual, es manipularla, dominarla y explotarla a largo plazo únicamente para sus bolsillos. De modo que le prohíbe que participe en el programa con el que Mona planea inaugurar Las hijas del Capitán y para el colmo del machismo ramplón, troglodita e inveterado: la golpea, le deja un elocuente moretón en un pómulo. (“Amoratado, hinchado, siniestramente feo.”) Es de decir, se trata de un vulgar vividor, de un auténtico pelafustán, de un hipócrita que además maltrata a su esposa. Y si Luz, con determinación, hace patente su individualidad y su derecho a ser ella misma ante los castrantes prejuicios de su madre, e incluso se depila las cejas y se tiñe de pelirroja frente al agrio desacuerdo de las Arenas, carece de madurez, malicia y suspicacia para discernir, por sí misma y sin ayuda de nadie, que ese patético y supuesto mánager que la usa y mangonea, además de ser un reverendo hijo de puta que le dora la píldora diciéndole que será una gran artista, una gran estrella que brillará y deslumbrará en el firmamento, está en la vil ruina.
   
Detalle de Las bodas de Camacho (1929)
Grisalla en negro sobre lienzo de Josep Maria Sert,
otrora exhibido en el Sert Room del hotel Waldorf Astoria.
        El talento para el baile de los ritmos caribeños que recién ha aprendido con el desastrado maestro cubano (al parecer bailarín y coreógrafo), se hace patente, sin buscar la aprobación, la noche en que Luz, Mona y Tony Carreño (el cicerone y lazarillo para ellas en el laberinto neoyorquino y en el idioma inglés) asisten inesperadamente invitados, por el frágil Alfonso de Borbón, “al imponente Sert Room del hotel Waldorf Astoria”. (Mona, ingenua e ignorante ante la comunidad republicana y prorrepublicana asentada en Nueva York, pretende que el ex Príncipe de Asturias, dada su fama, apadrine y publicite la apertura de Las hijas del Capitán; y para la sorpresiva invitación a cenar en el Sert Room del Waldorf Astoria, luego de colarse hasta la habitación del hotel St Moritz donde se hospeda el desvalido, aburrido y solitario conde, los tres se ataviaron
ex profeso en la casa de empeños de un prestamista y chamarilero judío, del que Tony es conocido y asiduo cliente, quien además las llevó con una peluquera conocida de él.) Bilingüe y pícaro con mucha calle neoyorquina, astucia y olfato de perro callejero, y facilidad para el mimetismo, el camuflaje y la teatralización, Tony, nacido en Tampa de padre español y madre cubana, baila con Luz “con una gracia y un desparpajo que llamaba la atención”. Tal es así que el director de la orquesta (que toca El manisero, Cachita, Amapola y Siboney), nada menos que el legendario Xavier Cugat (conocido “ya por toda América” “Como el rey de la rumba”, “el Rhumba King”) al acercarse a la mesa a saludar al Conde de Covadonga, le dice a ella sin que le pregunten y como mostrándole un espejo para que observe y mejore su estilo y su imagen: “Te he visto bailar, nena. Y lo haces molt bé, molt bé... Me recuerdas mucho a una noia de origen español a la que conocí no hace mucho en el casino Agua Caliente de Tijuana. Tenía un número con el seu pare, un bailarín sevillano; un cosa que llamaban ‘Tardes mexicanas’ aunque ninguno de los dos conocía México ni de lejos. La noia prometía, pero le chirriaban algunas cosas. El color de pelo, por ejemplo, y algo de peso de más. Le faltaba también sofisticación, no era seductora al caminar ni sabía mover las manos y tenía un apellido feo, poco apropiado para la rapidez con la que todo transcurre en este país; por eso yo mismo le propuse cambiárselo: de Cansino a Hayworth, que aquí suena molt millor. Fixa’t tú la suerte que le traje, que ya está rodando films en Hollywood con la Columbia…” 
   
Rita Hayworth y Xavier Cugat
        Y como para que el elogio no suene a palabrería ni a vil adulación, ni caiga en saco roto y se escurra por la hedionda alcantarilla, le dice con su catador ojo de buen cubero: “Estoy montando un espectáculo nuevo para dentro de unos meses, nena; si necesitas trabajo y estás dispuesta a pulirte y a trabajar duro, búscame. No tengo tarjeras, no las necesito, me conoce tothom. Tan sólo averigua por dónde ando y pregunta por mí.”
 
Las hijas del Capitán
Detalle de la tercera de forros
        Así que en un posterior episodio, Tony, para que Luz se realice y se aleje del méndigo golpeador y manipulador de Franz Kruzan, la anima a que busque a Xavier Cugat, quien la recibe “en una sala subterránea del majestuoso Waldorf Astoria, al compás de una orquesta de seis verdaderos profesionales”. Y tras “un par de temas”, Cugat le da su dictamen: “Tienes potencial, nena, pero estás encara una mica verda. Para primera artista no me sirves, aunque no te digo que en un futuro no puedas llegar.” Y añade: “Lo que puede ofrecerte de momento es un puesto de chica de conjunto en el sexteto que va a acompañarnos.” “Pero antes de decidirte, nena, hay una cosa importante que debes tener en cuenta. El show vamos a prepararlo a lo largo del verano acá en New York, pero a finales de agosto empezaremos a hacer un coast-to-coast que durará al menos todo el otoño.” Y como Luz Arenas no entiende esas palabrejas en inglés: “coast-to-coast”, Xavier Cugat, tras la sonora carcajada le dice: “Nada raro, reina, no te asustes: un coast-to-coast, una gira atravesando el país de costa a cosa, ¿entiendes?”



VI de VII
Sin revelar el discurrir de la obra y su desenlace, ni todos los vericuetos y entresijos de la novela Las hijas del Capitán, ni el total de sus personajes (con sus correspondientes peculiaridades y anécdotas) ni sus varias líneas de paulatino y dosificado suspense, se observa que Victoria, la mayor de las Arenas, es la que única que opta por ajustar el destino de su infausta vida con los romos prejuicios y anacrónicos atavismos de su inculta, iracunda, supersticiosa, broncuda, cretina, egocéntrica, castrante, lenguaraz y viperina madre, quien piensa que el subway, las bombillas eléctricas y los timbres eléctricos son cosa del demonio, y que “un varón siempre da buena sombra por malo que sea” y que lo ideal para sus hijas, que llama “niñas” o “chicas”, son “hombres que les saquen un puñado años”. Pues como para complacerla y darle “a la familia un poco de seguridad”, Victoria, pese a que no siente amor ni está enamorada, acepta casarse con el viudo Luciano Barona, el cincuentón y ambulante vendedor de tabaco, con una pequeña casa en Brooklyn, que empieza por volverse asiduo del restaurancito. Pero el día de la boda, al presentarse Chano, el homónimo hijo del tabaquero, un joven y musculoso ex boxeador, brota entre éste y Victoria una recíproca, soterrada y candente atracción erótica que enturbia su equilibrio mental, y luego la intimidad y fidelidad de su matrimonio. 

VII de VII
Vale concluir la fragmentaria nota apuntando que las ambiciones, la vileza y la malicia del abogado Fabrizio Mazza son tales, que no ceja en acosar a las Arenas para dizque representarlas en la demanda contra la Compañía Trasatlántica, ni por descarrilar y arrebatarle el caso a sor Lito. Por ejemplo, en complicidad con su sobrino Tomasso, quien con fuerza la sube a un auto, secuestra por unas horas a Mona e intenta manosearla. (La dejan abandonada en un solitario muelle cercano al Puente de Brooklyn, “donde un cuerpo podía quedar tirado como un bulto hasta la mañana siguiente”.) En El Capitán, Fabrizio Mazza está a punto de golpear a Victoria, pero las rudas manazas y el puñetazo del tabaquero Luciano Barona lo frustran. Hace que un par de mozalbetes empujen a la liliputiense monja por las escaleras del subway, maltrato que parece haber incidido en el extraño dolor en un costado que va minando su salud, bienestar y optimismo, a tal punto que, antes de fallecer, traspasa la representación de las Arenas a un abogado traicionero y sin escrúpulos que, que sin que la religiosa y ellas lo sepan, le vende el archivo y la representación a Fabrizio Mazza. La madrugada del “viernes 26 de junio de 1936”, el esperado y soñado día en que iba a efectuarse la inauguración del minúsculo night-club Las hijas del Capitán, hace que sus matones lo hagan trizas, por fuera y por dentro. Y cuando, sin que las Arenas lo sepan, Luciano Barona, con su atado de tabacos, va a pie hasta su oficina en el barrio italiano para reclamarle el artero y delincuencial hecho, Fabrizio Mazza lo mata de tres balazos a quemarropa. Y ya en la madrugada, los mismos matones que destruyeron el nonato night-club, arrojan el cadáver, enrollado en una manta, a una fuente inmediata al edificio. 
Las hijas del Capitán, p. 450
        Deprimidas, dolientes y desmoralizadas las hermanas Arenas, tras discutir y sopesar durante una madrugada los impunes y criminales actos del abogado Fabrizio Mazza (recién descubrieron la subrepticia compra del expediente de la demanda y que el italiano es el asesino de Luciano Barona y que la policía no dio pie con bola), urden un teatral y peliculesco plan vengativo para cazarlo y desaparecerlo del mapa en un solitario cobertizo de una naviera noruega en los desérticos muelles de Brooklyn, logística y tácticamente apoyadas y respaldadas por los tres hombres que las quieren hasta el tuétano: Chano, Tony y Fidel. Pero cuando cada una empuña una pistola contra el ensangrentado picapleitos (ya el ex boxeador le dio una buena golpiza en memoria de su padre), pese a que se trata de la odiada y pestilente hez de la canalla que ha estado hostigando y fastidiando su vida y su futuro, descubren que no tienen la frialdad necesaria para apretar los tres gatillos y perforarlo a balazos. Y si bien una inesperada y súbita intervención las salva de ser ellas las ejecutoras del asesinato (y a ellos también), no dejan de estar moralmente comprometidas e involucradas.



María Dueñas, Las hijas del Capitán. Iconografía en blanco y negro. Autores Españoles e Iberoamericanos, Editorial Planeta. 1ª reimpresión en México, mayo de 2018. 624 pp.