sábado, 30 de noviembre de 2024

La novela de mi vida

 

Yo te llevo dentro

 

I de X

Precedida por una nota de “Agradecimientos” y editada en marzo de 2002 en Barcelona por Tusquets Editores con el número 470 de la Colección Andanzas, La novela de mi vida, del escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, octubre 9 de 1955), comprende dos grandes segmentos: “Primera parte: El mar y los regresos” y “Segunda parte: Los destierros”; más un epílogo rotulado “Noticia histórica” (cuya fecha al calce es la datación de la obra en el barrio donde vive y escribe: Mantilla, 1 de enero de 1999-23 de junio de 2001), en cuyo último párrafo canta el habanero Cantor de Mantilla convertido en omnisciente voz narrativa:

          

Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores
Barcelona, marzo de 2002

          
“En las cataratas del Niágara, como homenaje a su gran cantor, ha sido colocada una placa de bronce con los versos de la famosa oda. En Toluca [Estado de México], existe una estatua de José María Heredia. En 1902, al proclamarse la independencia de la isla, la calle de Santiago de Cuba donde nació Heredia fue definitivamente bautizada con su nombre y muchos lo consideraron el Poeta Nacional. A dos siglos de su nacimiento su poesía sigue siendo estimada como la primera gran clarinada de la cubanía literaria y del romanticismo hispanoamericano, y poemas suyos como la oda ‘Niágara’ [de la que existen dos versiones: la Primera versión y la Versión definitiva], ‘En el teocalli de Cholula’, ‘Himno del desterrado’ y ‘La estrella de Cuba’ son estudiados como los más altos ejemplos de la naciente lírica del país, y citados por especialistas y lectores. Sus versos patrióticos hacen de José María Heredia el primer gran poeta civil de Cuba y el gran romántico de América, como lo reconoció José Martí, al evocar la memoria del poeta muerto en la miseria y el olvido.”

           

José María Heredia. Obra poética
Editorial Letras Cubanas
La Habana, abril de 1993
(contraportada)

          En este sentido, vale puntualizar que el eje o principal intriga de la urdimbre de La novela de mi vida —Premio Casa de Teatro 2001 en República Dominicana y Premio de la Crítica 2002 en España— es el manuscrito de las memorias autobiográficas que el Cantor del Niágara, el poeta cubano e independentista José María Heredia y Heredia, redactó —tuberculoso, miserable y moribundo—, con el auxilio de su esposa Jacoba Yáñez. (Vertiente narrativa en la que, por la soberana y libre decisión del autor, predomina el poder imaginativo y la conjetura, sobre el acopio bibliográfico y los datos y nombres históricos.) Y por ende es ella, ya viuda, quien las cierra con una nota fechada en “Ciudad de México, 12 de mayo de 1839”, que reza a la letra:

            “Después de tres días de delirios y agonía, murió José María Heredia y Heredia, a las diez de la mañana del jueves 7 de mayo de 1839, en la casa de la calle del Hospicio de San Nicolás, número 15. Al morir tenía treinta y cinco años, cuatro meses y siete días de vida. Fue enterrado esa misma tarde, en la mayor pobreza, con la presencia de unos pocos amigos y sin ningún reconocimiento oficial, a pesar de su antigua condición de diputado de la nación [mexicana]. Su cadáver reposa en el Panteón del Santuario de María Santísima de los Ángeles, en el cementerio de Santa Paula. La prensa mexicana no publicó una sola esquela mortuoria. Al día siguiente de su muerte, el Diario del Gobierno de la República Mexicana estampó una convocatoria para ocupar la vacante por él dejada.

            “Su última voluntad fue que estos documentos fueran entregados a la señora Dolores Junco, en Matanzas, isla de Cuba, para que ella los hiciera llegar, cuando creyera oportuno, al señor Esteban Junco.

            “Yo atestiguo, ante Dios y la posteridad, que hasta donde conozco, ésta es la verdadera historia de la vida de José María Heredia, hombre que disfrutó la gloria y murió en el olvido. Fue el Cantor del Niágara, de las palmas y de la estrella de Cuba, la patria que amó cada día de su vida y por cuya independencia sufrió destierro. Descanse en paz su alma.”

           

UAEM/Ayuntamiento de Toluca
Biblioteca Nacional de Cuba José Martí/UNEAC
Toluca, 2017

               Pero si bien el epicentro de La novela de mi vida son las memorias autobiográficas que Heredia narra en primera persona, las dos grandes partes de la caudalosa y minuciosa obra comprenden tres puzles: tres vertientes narrativas, paralelas y entreveradas entre sí en sucesivos capítulos sin rótulos. Una es, precisamente, la que narra la vida de Heredia a través de su evocativa y reflexiva voz, hasta los patéticos momentos que preceden a su muerte. Otra es la que corresponde al póstumo, misterioso y azaroso destino de esas desconocidas e inéditas memorias manuscritas, que tiene como punto de partida el día 11 de abril de 1921, cuando el viejecillo y empobrecido José de Jesús Heredia, hijo del Cantor del Niágara, a sus 85 años de edad y porque presiente su muerte, entrega el sobre de Manila, atado con una cinta malva, a la logia masónica Hijos de Cuba con sede en Matanzas, quien a partir de entonces tiene por cometido su resguardo en el más absoluto secreto de los secretos, hasta que se cumpla el centenario de la muerte del poeta. Meollo no previsto por éste, sino ordenado por su madre, María de la Merced Heredia, en la casa matancera de su hijo Ignacio, tras la muerte por tuberculosis de Jacoba Yáñez —días después de su arribo desde México—, fallecida a los 33 años el 17 de junio de 1844, dejando allí en orfandad a dos de los cinco hijos que tuvo con el poeta: Loreto, la segunda, y José de Jesús, el quinto, quien cumplió tres años un día antes de que su padre muriera, y quien por su hermana Loreto supo del manuscrito hasta 1904 y entonces lo leyó y se convirtió en su albacea y en vigilante y censor de la imagen pública de su padre. Pero cuando en 1926, a sus 90 años, el viejecillo José de Jesús Heredia está en el lecho de muerte hospitalizado en la Quinta de Nuestra Santísima Virgen de Covadonga, al oír e inferir, de manera fortuita y circunstancial, que las cosas podrían torcerse con la súbita muerte de Ramiro Junco —nieto del poeta y su sobrino nieto—, les pide a Carlos Manuel Cernuda y a Cristóbal Aquino, dos viejos masones matanceros, que destruyan los papeles; pero sólo Cristóbal Aquino acepta la subrepticia y destructiva misión. Sin embargo, tras leer de un tirón las ciento dieciocho hojas —pese a que lo tenía prohibido—, decide preservarlas, en la secrecía de la logia, por su valor histórico, testimonial y documental. Pero en 1932, ante el inminente saqueo y destrucción de los esbirros que obedecen al dictador Machado, para salvaguardar el manuscrito, auxiliado por su hijo Salvador Aquino, pergeña un teatral, camuflado y escurridizo numerito con una falsa acta mecanografiada al vapor y decide, solitario y en secreto, entregárselo a Ricardito Junco, hijo del fallecido Ramiro Junco, un pillo enriquecido bajo la férula de la dictadura machadista y por sus voraces tejemanejes como gobernador de la provincia de Matanzas, quien durante seis años lo oculta en la caja fuerte del señorial palacio de Junco, donde vive. Pero como en 1938 sus fondos se han evaporado y su pariente Dominguito Vélez de la Riva y del Monte aspira a la presidencia de la República de Cuba y dado que faltan ocho meses para el 7 de mayo de 1939, día que los papeles deberían hacerse públicos, se los da a leer en una copia y los originales se los vende, en total secrecía, por 500 mil dólares contantes y sonantes, más la inextricable “promesa de que si difundía otra copia del manuscrito pagaría toda su fortuna a un asesino para que no dejara vivo a uno solo de los Junco”.    

   

Leonardo Padura en el cintillo de La novela de mi vida (Tusquets, 2002)

            Y la otra vertiente —la más cercana a los actuales tiempos del siglo XXI, iniciados con la caída de Batista y el triunfo de la Revolución Cubana el 1 de enero de 1959— es la que protagoniza el solterón Fernando Terry Álvarez, un eventual poeta del montón, ex marielito y desterrado profesor en Madrid de 48 años de edad, quien regresa a La Habana, con un mes de permiso para moverse en la ínsula supuestamente socialista, tras 18 años de exilio iniciado en mayo de 1980 por el puerto del Mariel, la embajada del Perú, y “el antiguo bar Cuatro Ruedas, donde estuvieron abiertas las oficinas para que todo el que se reconociera como una escoria antisocial diera el salto definitivo al exilio”: cuatro años de residencia en Estados Unidos (los tres primeros meses subsistiendo en una calurosa y asfixiante carpa en los jardines del Orange Bowl de Miami, capital de Florida donde un año trabajó de albañil y los tres siguientes de “custodio de los fondos del Museo Guggenheim”, en Nueva York, mientras residía en un departamentico en Union City, New Jersey) y los catorce restantes en un ático en la capital española, donde empezó de “acomodador de libros en una biblioteca” y al año de profesor de español y literatura en un liceo. La razón de ese perentorio retorno a la nostálgica y entrañable Isla Perdida (Se escucha música de guitarra, laúd, maracas y bongó. Es una melodía sensual, mulata, con olor a monte y sabor a ron, que engañosamente induce a pensar cálidos placeres, hasta que de tanto escucharla se llega a perder la conciencia de que nos acompaña.) obedece a que el doctor Mendoza, su otrora profesor de latín en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, ya jubilado y convertido en bibliotecario de la Gran Logia, recién rescató “varias cajas de documentos masónicos traspapelados en un sótano del Archivo Nacional y entre los papeles había hallado uno capaz de córtale la respiración: se trataba del acta donde se registraba el homenaje que en 1921 le rindiera la logia matancera Hijos de Cuba a José de Jesús Heredia, y donde se aseguraba que el viejo masón había entregado al Venerable Maestro un sobre sellado que contenía un valioso documento escrito por su padre, el cual debía quedar, desde entonces y hasta 1939, bajo la custodia de aquel templo, heredero del que había iniciado al poeta independentista en 1822”. Lo cual induce al profesor Terry a suponer que ese documento valioso “no podría ser otro que la presunta novela perdida de Heredia que por años —y sin el menor éxito— había tratado de localizar.” Quince días después de recibida la escueta información que desde La Habana le enviara por carta su amigo el poeta Álvaro Almazán, Terry “se presentó en el consulado cubano dispuesto a iniciar los trámites para obtener un visado que le permitiera el retorno temporal a su patria.”

II de X

El drama del destierro de Fernando Terry empezó a enmarañarse de manera burda y grotesca con un infundio, casi una especie de venenosa broma de malaleche, pero sin duda: un síntoma de la carencia de libertades y de la represión dictatorial, ideológica e intolerante que, no sólo su generación, vivía en Cuba durante la década negra de los años 70. Terry, muy chipocludo y donjuán en un insaciable y deportivo festín sexual con maestras y alumnas, llevaba dos años impartiendo clases en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. “Su tesis de grado sobre la invención lírica de los símbolos y representaciones de la cubanía en las obras de José María Heredia”, había recibido la máxima calificación (summa cum laude, se infiere); y el tribunal examinador dispuso que su tesis “debía publicarse y convertirse en texto de consulta para los estudiantes”, y que él, hijo pródigo del alma mater coronado con laureles y fanfarrias, “se quedaría trabajando como profesor de la Escuela de Letras. Mientras, al cumplir los requisitos necesarios, se le iniciaría un expediente como candidato a doctor en Ciencias Filológicas para que preparara, como trabajo científico, una nueva edición crítica de las poesías de Heredia, comentadas y anotadas desde la novedosa perspectiva de su estudio de graduado”.

            Y en esas lides estaba, preparando su “tesis doctoral sobre la poesía y la ética de José María Heredia” —que se quedó truca—, cuando, mientras trinaba una clase con su cantarina voz de sinsonte de mil cuatrocientas voces, fue interrumpido por la secretaria de la escuela, quien “le pidió que bajara con urgencia a la oficina del decanato”. Pero allí no lo esperaba la doctora Santori (su tutora y un poder en la universidad que pudo salvarlo de la purga), sino “un mulato fornido, varios años mayor que Fernando”, quien “se presentó como el compañero Ramón, teniente de la Seguridad del Estado que atendía la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana”. (Luego, con otro pseudónimo, lo haría en el Ministerio de Cultura, tácita e implícitamente mangoneado por el represor Luis Pavón Tamayo, presidente del Consejo Nacional de Cultura durante el quinquenio gris: 1971-1976). Y sin decir agua va, buscando el aturdimiento o el fulminante nocaut de un batazo, el agente “le informó sin más preámbulos que en las investigaciones realizadas a raíz del intento de salida clandestina del país del ciudadano Enrique Arias Martínez, éste había confesado que entre las personas enteradas de su proyecto se encontraba Fernando Terry Álvarez.” Y esta es, por increíble que resulte, la descomunal e imperdonable “falta administrativa” (casi un “delito”) que supuestamente ha cometido el boquiabierto y lelo profesor, porque —le echa en cara ese policía— motu proprio debió informar a las “instancias correspondientes”. Y además, para presionarlo, arrinconarlo y tupirlo en la lona, le dice que ha espiado al grupo: “nosotros sabemos que usted y varios de sus amigos tienen opiniones respecto a algunas medidas que se han tomado en los últimos años” (y a la postre sabrá que particularmente vigilaba al negro Miguel Ángel, por su militancia en la Juventud Comunista), y que está específicamente enterado de los poemas que escriben él y Álvaro Almazán. “Una lectura de sus poesías demuestra que usted no es precisamente un hombre politizado. Y sepa que ésa no es nuestra opinión: es la de la dirección de la escuela y la de alguien del núcleo del Partido...”  

        Y si bien Fernando Terry, en ese ríspido interrogatorio, se niega a espiar y a ser un chivato al servicio del régimen castrista, baja la guardia, se le ablanda la sesera y afloja la viperina, pese a él, pues declara: “Una vez Enrique estaba molesto por algo que le había pasado, ni me acuerdo qué fue, y me dijo que cualquier día se montaba en una lancha y se iba... Era una de esas perretas que le dan a él, cuando se ponía histérico..., porque, bueno, él es maricón. Por eso yo ni le hice caso.” Es decir, se trata de una traicionera delación de Fernando Terry, pues Enrique Arias, en uno de los encuentros en la azotea, les confesó a los Socarrones —porque confiaba en ellos—, que era marica desde los doce años. (Íntima y secreta revelación que fue motivo de anécdotas autobiográficas, chismes y bromas, como la del “aguerrido secretario de la Juventud Comunista de la Facultad, a quien desde entonces bautizaron como el dulce pájaro de la Juventud”). Señalamiento grave, comprometedor y peligroso en el intolerante y represivo contexto social y político de Cuba: “en la Escuela de Letras eran asoladoras y cíclicas las purgas de homosexuales”, inextricable al hecho de que se trata de una vigilada y espiada “facultad donde la ideología tiene un peso tan importante”. De ahí que Enrique Arias, actor estudiantil y dramaturgo con un libro premiado y publicado —y un activo homosexual casi en el armario—, por su intento de fuga en una lancha (siguiendo a su novio, el ladrón del bote), haya estado preso año y medio en una granja —quizá una de las llamadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción, donde por su homosexualidad, lesbianismo, desviación ideológica o socarronería autosuficiente, eran recluidos intelectuales y artistas—, pero allí no le extirparon lo marica ni las ganas de largarse de la isla perdida de la que nadie puede salir. Y Fernando Terry, luego del interrogatorio de ese policía de la Seguridad del Estado, regresó al aula a impartir la que sería su última cantarina conferencia (El ave canta aunque la rama cruja) —casi la última carcajada de la cumbancha—, pues “Al día siguiente, cuando la decana lo llamó a su oficina”, se enteró “que quedaba temporalmente suspendido de su trabajo”.

            Fernando Terry y Enrique Arias sólo pudieron discutir sobre el escatológico y neurálgico intríngulis hasta que año y medio después éste quedó “libre” y estigmatizado y excluido de por vida. “Nos engañaron a los dos”, fue la persuasiva hipótesis de Enrique. (Después hubo otra charla, en 1978 —cuando llevaba “Más de un año sin verlo”—, la última, luego de que Terry, maltratado y humillado, decide no regresar a la chamba de corrector de galeras en la revista TabaCuba, carcelaria, burocrática, roma y oficialista.) Y aunque el profesor Terry esperó con ansiedad y añoranza una misiva de rectificación, nunca pudo reincorporarse a su trabajo de maestro universitario. (La última vez que estuvo en la facultad fue el “día de diciembre de 1976 en que esperó en vano toda una tarde para conversar sobre su caso con la decana”, la doctora Santori, que lo dejó plantado, solo, solitario y fóbico ante el acoso sistémico. En el ínterin al exilio, tuvo que emplearse de operador del montacargas de la rotativa de un periódico, donde además hizo servil e hipócrita “trabajo voluntario” para demostrar su afinidad ideológica al “socialismo científico” del régimen castrista, como “encargarse de la actualización del mural del sindicato y de la redacción de los discursos del secretario del Partido, el de la Juventud y los del administrador”; de negro, con grilletes en los tobillos, en la citada revista TabaCuba; y de ayudante de un carpintero vinculado al comercio clandestino, temiendo, con los pelos de punta, “que el presidente del Comité de Defensa de su cuadra pudiera comunicar que no tenía vinculación laboral” y por ende sería “fichado como vago o antisocial”.) Y Enrique, un paria, marginado para publicar y emplearse en el área de sus estudios, “Cuatro meses después” de la última charla que tuvo con él, murió, a los 30 años, en la avenida del Malecón, una noche de 1979, atropellado y destrozado por la mole de acero de un KP3 soviético —pesado vehículo de carga que es un indicio de la sovietización imperante en Cuba desde 1963 hasta la disolución de la URSS en 1991, lo que dio paso a la escasez y esclerosis económica del llamado Período Especial—. (¿Un alevoso suicidio o un simple capricho de un azar fabricado?, oscuro meollo del que Terry se lamenta y se culpa.) “Tú todavía puedes esperar algo, Fernando, pero a mí lo que me queda es esto —y señaló hacia las calles sucias y despintadas, especialmente sórdidas en aquel rincón de la ciudad [el entorno del parque Central y de ‘los portales siempre infectados de orines del antiguo Centro Asturiano de La Habana’]—. Si me agarran tratando de montarme otra vez en una lancha, me pueden meter preso no sé cuántos años. Si presento un libro a una editorial, no me lo publican cuando sepan quién soy. No me van a dar trabajo en nada que tenga que ver con lo que estudiamos. Yo sí no tengo base para donde virarme y ni siquiera tengo alma de mártir. Además como soy maricón y ya no me escondo para serlo... Estoy preso en las cuatro paredes de esta isla. Y creo que después de todo me lo merezco: mi ‘tragicomedia’ tiene que ver con una isla perdida de la que nadie puede salir. ¿Es casi simpático, no? Tanto joder con la literatura, y la literatura termina vengándose de uno. Y de contra todavía piensas que soy el culpable de todo lo que te ha pasado, ¿verdad?” Fue de lo último que le dijo en ese último diálogo.

III de X

Durante sus estudios universitarios, el grupo de los Socarrones (que empezó siendo una especie de juvenil club de Tobi prohibido para la pequeña Lulú) tenía como lugar de encuentro y tertulia —para sus textículos literarios y sus cuitas existencialistas con ron y tabaco (una idiosincrásica y habanera variante de la deslenguada fenomenología del relajo cubano)—, la azotea del astroso edificio donde vivía y aún vive Álvaro Almazán (con el techo a punto de derrumbarse sobre él), quien en el presente es un cincuentón y oscuro poeta con obra breve (dos poemarios), con tres hijos desperdigados de infaustos matrimonios, sin fémina de planta e inclinado al trago hasta las heces y las últimas consecuencias. (Estiro el brazo/ encojo el codo/ Y a la salud de too/ me lo bebo too.) Pero durante la época universitaria los ilusos Socarrones “vivían convencidos de poder cambiar el destino literario del país”. No lo lograron. No son el magnético círculo literario de los Socarrones autosuficientes de La Habana, materia de estudio de epígonos y académicos de toda ralea. (No hay entre ellos —pese a las prebendas y al reconocimiento del establishment, quizá algo artificial, del que goza y se beneficia el poeta Arcadio Ferret con “ocho volúmenes, ampliamente difundidos, premiados y comentados”—, ningún prolífico Príncipe de Asturias de las Letras con rutilantes preseas en Cuba y en otras latitudes e idiomas de la recalentada aldea global.) Y ahora son, sin excluir la cacofonía y al desterrado (De un tumulto de males cercado), una generación perdida, una más (escondida, sin rostro, sin cojones), apaleada y sumergida hasta la calva (o el copete) en sus individuales tareas de Sísifo en Isla Perdida (donde proliferan los tácitos e implícitos letreros que ordenan: PROHIBIDO), ya profesionales con mediocres salarios, ya con cierto éxito, suerte, picaresca, oportunismo y arribismo, y la mayoría con rastros de supervivencia y resiliencia, e ineludible o necia continuidad haciendo agua o nadando de a muertito en el hediondo y estancado pantano. No obstante, al parecer, la generación perdida de los Socarrones prometía, según lo transluce el elogio de la sombra del jubilado doctor Mendoza (“Total, ahora soy un viejo de mierda, con un retiro que no me alcanza ni para empezar a vivir, y si tomo leche y como carne es porque mi hijo más chiquito, el que no estudió, tiene una tarima en un mercado campesino y gana como quinientos pesos al día vendiendo carne de puerco y robándole a todo dios. Gana en un día casi tres veces mi retiro de un mes...”), otrora el profe de latín en la universidad, quien le canta a Terry como si percutiera una evanescente escultura fónica con un tambó de la arcaica y ancestral Isla Perdida: “A pesar de lo socarrones que ustedes podían ser, nunca volví a tener un grupo de estudiantes como aquél. Desde que empecé a darles clase, yo sabía que no eran gente común.”   

   

Foto de Padura en la 2a de forros

            Para celebrar el regreso sin gloria de Fernando Terry (Volver/ Con la frente marchita/ Las nieves del tiempo platearon mi sien), Álvaro Almazán, el Varo (cuyo apócope e índole evoca aquel epigrama con que era fustigado y desollado vivo el más triste de los alquimistas: Cuesta cuesta lo que Cuesta), pese a los reparos del bienvenido (Cuba, Cuba, que vida me diste), quien sólo quería verlo a él y al Negro, convoca a una reunión de espectros allí en la azotea (desde donde se otea el Capitolio y el mar y llega su olor), que él apostrofa: “la penúltima cena de los Socarrones”, maiceada con los dólares que aporta el desterrado (banquete, escuálido y conmovedor, que haría las delicias de Mario Conde y del Flaco Carlos, siempre hambrientos y glotones, escuálidos y conmovedores): “una meza presidida por una cazuela de arroz moro brillante y desgranado, custodiado por una fuente abarrotada de masas de puerco fritas, una docena de tamales en hoja, una pirámide de plátanos maduros fritos, la florida ensalada de lechuga, tomates y pepinos, además del flan de calabaza dormido en un piélago de caramelo de azúcar, todo preparado por una vecina de Álvaro que había encontrado una forma de vida en su maestría para la comida criolla, pues su salario de especialista A en Planificación apenas le alcanzaba para sobrevivir. La bebida —dos cajas de cerveza, tres botellas de ron y dos de vino tinto— era el aporte del guajiro Conrado, que lépero como siempre, se negó a revelar el origen del botín.”

       Además de Terry y del Varo, se apersonan ese lépero Conrado Peláez, tremendo gordo con cara de ternero de tres papadas, que ha hecho montones de dólares a la Rico McPato, apoyándose en la picaresca y en los ilegales tejemanejes, a través de una empresa cubano-española de exportación-importación y por ello tiene viajes a España, “casa en Miramar, auto japonés climatizado, reloj suizo de oro, mujer y dos amantes, ropa elegantemente informal y un envolvente aroma de colonias indelebles”; el poeta Ferret: el bello Arcadio, “considerado por muchos una de las voces más notables de su generación, e incluso se hablaba de la influencia ejercida en los más jóvenes: sin vanidad pero con orgullo [...] aceptaba elogios, viajes, medallas, autos asignados y hasta precoces homenajes, convencido de que los merecía”; Miguel Ángel, el Negro (el Hígado Negro de la literatura cubana: “Ser negro en Cuba ha sido más difícil que ser maricón”, pontifica en la azotea la tarde del “23 de octubre de 1974”, cuando escribía un cuento “Sobre un negro que ahora mismo se siente discriminado”), perestroiko ex militante del Partido, con esposa y dos hijos estudiantes de medicina, con algún cuento impreso en México y España, y un par de novelas (editadas en Francia “Por una editorial de mierda que paga una mierda”) que para Terry “eran escalones de un aprendizaje capaz de colocarlo al borde de lograr algo grande”, y la tercera en ciernes (un “texto amargo y esperanzador, donde se revelaba el trauma histórico [y decimonónico] de una raza esclavizada y discriminada”), más algunos artículos críticos del statu quo cubano difundidos fuera de Isla Perdida, y a quien conoce desde el cuarto grado de primaria, cuando “Aquel negrito fuerte, más alto que el resto de sus compañeros”, que él veía “como una especie de guardia rojo”, “se empeñó desde el principio en ser el jefe del destacamento pioneril y el alumno más destacado del grupo”; el profe Tomás Hernández, quien preserva el físico de Charles Atlas sin panza, pese a que lleva dos décadas dando clases en la carrera de la que Terry fue defenestrado en un tris, y sin dar golpe en los formidables artículos, ensayos y novelas que, decía, iba a escribir; y a quien Terry, sin descartar a los otros (incluidos el par de muertos), supone el probable chivato que lo delató y por ello —en una tensa discusión (sucedida cinco días antes de irse de Cuba) sobre ese oscuro y maloliente meollo que aletea gasificado y agudo en la atmósfera del grupo y que induce a cada uno (cada uno en su turno, incluido el difunto Víctor a través de las postreras revelaciones de Delfina) a hablar del punto neurálgico, purulento y controversial, puntualizando no ser el delator—, Tomás, furioso, le resume a quemarropa y vocinglero lo que piensa de él y el drama de su día a día en la isla perdida de la que nadie puede salir:  

“—De verdad creo que estás loco pal carajo, Fernando. ¿Qué ganaba yo con chivatearte, dime? ¿Y de qué coño te iba a acusar y con quién?

“—Eso mismo dicen Miguel Ángel y los otros.”

“—Pues yo no fui, y no jodas más con eso. ¿Qué coño tú te has creído que yo soy?

“—Ahora mismo no lo sé...

“Tomás no pudo evitar sonreír, y parecía más confiado.

“—¿Tú sabes lo que te pasa a ti? Pues que eres un trágico y te gusta tenerte lástima. Te encanta ver la mierda de los demás y no hueles la tuya... Mira, nunca te lo he dicho, pero yo hablé con Enrique y él me dijo que tú lo acusaste de maricón. ¿O se te olvidó eso? Ya, ya sé que se te descojonó la vida y toda esa historia, pero si hubieras sido un poco más inteligente y menos trágico te hubiera ido mucho mejor. ¿Qué hice yo desde el principio? Cogerlo todo como venía y no complicarme la vida. Uno ya es bastante viejo para creer que los muertos salen, que la poesía sirve para algo, que Heredia no era un comemierda que se metió en una camisa de once varas y después se pasó la vida lamentándose, igualito que tú. ¿Y tú qué aprendiste de todo eso? Ni cojones, Fernando, ni cojones. Has vivido amargado y jodido, y te consuelas viendo y creyendo lo que te conviene ver y creer...

“—¿De qué coño estás hablando? ¿Qué sabes tú de mi vida?

“—Eso mismo digo yo —lo interrumpió Tomás, alterado—: ¿Qué sabes tú de mi vida? Óyeme un momento, mi socio, ya que estamos metiéndonos en la mierda, vamos a revolcarnos de verdad: ¿tú sabes lo que es ser profesor de la bicentenaria y benemérita Universidad de La Habana y tener que desayunar con un cocimiento de hojas de naranja? ¿Tú has comido picadillo de cáscaras de plátano? ¿Tú has ido en bicicleta de tu casa a tu trabajo, todos los días, durante cuatro años? ¿Tú has visto a tu madre enfermarse de neuritis o de qué coño sé yo y quedarse ciega en dos semanas? [La polineuritis cegadora que, como una plaga silenciosa, comenzó a invadir la Isla durante el Período Especial.] ¿Y has tenido miedo de que tu hija termine metiéndose de puta? ¿O sabes lo que es reírle las gracias y servirle de chofer a un extranjero comemierda que hace lo mismo que tú pero gana cien veces más dinero que tú? Mira, Fernando, yo lo he aguantado todo y no tengo nada: un carro viejo sin gasolina, una casa despintada y unos cuantos libros, porque cuando la cosa se puso en candela les vendí los vendibles a esos mismos profesores extranjeros para comprar aceite y leche en polvo y un poco de carne para mis hijos y mi madre. En cuarenta años me he comido un barco de chícharos y he ido a más reuniones que el presidente de la ONU. Pero no me paso el día llorando por los rincones y lamentándome de cómo podía haber sido mi vida... ¿De qué tragedia me vas hablar tú a mí?

“—Pero yo tuve que irme...

“—¿Y yo tengo la culpa de eso? ¿O la tiene el Negro, o el Varo, o quién coño la tiene?”

IV de X

Penúltima cena de los espectrales Socarrones, después de unos 25 años de no reunirse en la azotea, a la que sólo faltaron el par de difuntos que Álvaro hace presentes con dos velas encendidas: Enrique Arias y Victor Duarte, quien murió en 1981 cuando voló en pedazos al más allá. Víctor tenía 32 años al morir; al término de la carrera empezó de asistente en el Instituto de Cine, donde se hizo director de cortos y andaba de corresponsal de guerra en Angola cuando murió, “víctima de una mina antitanques colocada en una de las carreteras del sur”. Por cierto: el novelista también fue corresponsal en Angola, enviado del periódico Juventud Rebelde, según habla de ello con anécdotas en Leonardo Padura, una historia escuálida y conmovedora (2019), excelente documental biográfico, opera prima de la joven cubana Náyare Menoyo Florián; además de que lo apunta en su crónica “La generación que soñó con el futuro”, compilada en su libro Agua por todas partes (Tusquets, 2019): “Mi generación fue, también, la que nutrió de soldados a los ejércitos cubanos en las guerras internacionalistas de Etiopía y Angola, en las que participaron miles de jóvenes (incluso en edad de servicio militar, o sea, algo más de dieciséis años), y en las que yo mismo me vi envuelto, pues debí trabajar un año en Angola, por fortuna como corresponsal civil, por lo que merecí la distinción de Trabajador Internacionalista que guardo en mi casa.” Y ya encarrerado el gato con las citas tutti frutti, en un barco de papel por el mar de las Antillas, el poeta Nicolás Guillén se desgañitó recitando a voz en cuello el panfletario estribillo del “Son de Angola”: “¡Muera el gringo, viva Angola,/ viva el son!”

   

Editorial Letras Cubanas
La Habana, julio de 1982

         Según recapitula Fernando Terry, Víctor Duarte, con quien compartió “aula y equipo de pelota en la secundaria básica”, era el mejor de los Socarrones: un “mulato alto y fornido, bello y saludable”, discreto, moderado y sin aspavientos. Y quizá por ello Delfina se hizo novia de él y luego se casaron. Pero tras 18 años de nostálgico destierro, “Fernando creía que seguía enamorado de Delfina [Sentir/ Que es un soplo la vida/ Que veinte años no es nada/ Que febril la mirada/ Errante en las sombras, te busca y te nombra], como lo había estado desde que la conoció, al iniciarse el curso universitario de 1969, y como lo seguiría estando después, a pesar de haberse convertido en la mujer de Víctor.”

     Según la omnisciente voz narrativa, “Desde que apareció en sus vidas, Delfina fue como un imán capaz de alarmar los instintos masculinos de los Socarrones: aun cuando no era ni la más hermosa, ni la más elegante, ni la más culta de las treinta y seis muchachas que iniciaron el curso, era la más atractiva de todas por el desenfado y la sobriedad con que asumía la vida y su feminidad, y por la sensación de realidad que la envolvía, como halo magnético. En las conversaciones extraliterarias que solían tener en la azotea de Álvaro, cada uno de ellos fue confesando la atracción que ejercía Delfina [...] Sólo Víctor se abstuvo de hacer comentarios y tampoco los hizo después de aquella noche de septiembre, apenas iniciado el segundo año de la carrera, cuando llegó a la casa de Álvaro con Delfina tomada de su brazo: el asombro aturdió a los Socarrones al ver a la muchacha en sus predios, pero la sorpresa se multiplicó cuando vieron cómo Víctor la sentaba a su lado y le tomaba la mano, mientras ella colocaba una de las suyas sobre un muslo del afortunado.”

   El club de Tobi: “Los Socarrones, puestos de acuerdo, fueron crueles y vengativos. Encabezados por el propio Fernando, que taimadamente minó el terreno sin dar nunca la cara, buscaron la manera de que Víctor no apareciera más en las tertulias con su novia, aunque poco a poco terminaron por hacerse a la idea de que Delfina no iba a ser la mujer de los mosqueteros —Tomás dixit—: una para todos. Y al final la admitieron, como si fuera posible aceptar lo inaceptable, al menos para Fernando, quien a pesar de su fidelidad a Víctor y de todos sus triunfos en amores, siempre sintió un escozor al pensar en ella, hasta admitir que estaba jodida y definitivamente enamorado de aquella mujer... [Y tras los 18 años de destierro], ¿Seguía enamorado?, se preguntó, después de darle un beso en cada mejilla, a la usanza española. Entonces la tomó por los brazos y dio un paso, para contemplarla a una distancia más propia.” (Guardo escondida una esperanza humilde/ Que es toda la fortuna de mi corazón).

   

Wifredo Lam

              Ahora Delfina tiene 47 años y se pinta el pelo aún largo; no se volvió a casar; no tiene hijos ni amante fijo o visible desde hace unos tres años; cuida la endeble salud de su padre y se desplaza en guaguas. Aún trabaja como especialista en artes plásticas y tiene “un libro sobre los pintores cubanos de los ochenta”. Y por su especialidad, luego invita a Terry a una muestra de artistas jóvenes, curada e inaugurada por ella, “que se exhibía en uno de los palacios habaneros rescatados de la muerte segura”; misma que el desterrado, muy chingonauta, menosprecia o desprecia con ojo agrio de comisario bolchevique poniéndole tachas a Wifredo Lam con el ceño fruncido (y de paso a la selección de Delfina) y dizque muy sapiente y trotamundos: “Demasiado esnobismo, proporciones excesivas de posmodernidad forzada, necesidad evidente de estar más a la vanguardia que los centros generadores de vanguardia, nublaban la vista de unos pintores más parisinos, o neoyorquinos, o milaneses que cubanos, y con los cuales no había logrado establecer comunicación ni empatía.”

V de X

Vale resumir que Fernando Terry, en La Habana, tiene a Carmela, su mamita (al parecer es hijo único), quien aún vive en la misma casa donde cuela un buen café (Si no fuera por Emiliana/ Nos quedaríamos con las ganas/ De tomar café, de tomar café [...] Se levanta muy tempranito/ Y en un ratito cuela el café/ Y reparte en cada buchito/ Todo lo bueno que usted le dé), mismo que el Negro ha degustado, de buchito en buchito, en las sucesivas visitas que le ha hecho durante los 18 años del destierro de su hijo (¡Ay mamá Iné!/ ¡Ay mamá Iné¡/ Todo lo negro tomamo café); donde hay árboles plantados por su padre muerto y están las sepulturas de varios perros de su infancia y juventud: Coco, Negrito, Mocho y Canelo; y donde dejó encajadas algunas cosas relativas a la vida que llevaba como escritor de poemas, artículos y relatos, a su pesquisa sobre la vida y obra de Heredia, y a su vínculo literario con los Socarrones, como es la copia definitiva de la Tragicomedia cubana (novela teatral), el libreto inédito de Enrique Arias Martínez, que después de su muerte, “le fue entregada por los padres de su amigo, con una breve nota que terminó de alarmar sus lacerantes sospechas: ‘Esto es para Fernando’, decía el papel, sin más órdenes ni deseos, sólo firmado por una E muy redonda, casi tanto como la rueda del camión que acabó con la vida de su amigo”. Obra revulsiva, crítica, secreta e íntima, sacada a relucir por el ortodoxo policía de la Seguridad del Estado durante el interrogatorio a Enrique; quien le puso la grabación donde se oye que Fernando Terry (obnubilado por la furia de saberse supuestamente denunciado por su amigo), aflojó la sesera y la viperina delatando la naturaleza de maricón de Enrique y de querer irse de Cuba en una lancha. Y en contrapartida de esa filosa cuchillada trapera, Enrique, la última vez que habló con Terry, le echó en cara el hecho de que el policía Ramón no le puso una grabación en la que él delatara que Fernando Terry sabía que quería irse de Cuba: “Te sacó de paso y tú mismo dijiste lo que ellos querían oír decir. Pero fíjate una cosa, él no te puso ninguna grabación mía.” Oculto meollo que Fernando Terry sabe tan cierto como el “Himno del desterrado” y la oda “Niágara”.

    En síntesis, los tres objetivos de Fernando Terry durante su mes de permiso en Cuba son: hallar el manuscrito de Heredia; descubrir quién de los Socarrones fue el presunto delator que presuntamente lo descarriló de la dulce vita en la universidad y por ello lo encaminó al inframundo y al azar del destierro (errante y proscrito me miro); y descubrir qué vínculo amoroso puede suceder con Delfina, pese a que a sí mismo se ve medio calvo, barrigón y con ojeras permanentes (Vivir/ Con el alma aferrada/ A un dulce recuerdo que lloro otra vez).

VI de X

En este sentido, también vale resumir que en la pesquisa para hallar el manuscrito de Heredia se involucran —acompañándolo, interrogando y especulando conjeturas e hipótesis—, algunos de los Socarrones, como es el caso de Álvaro Almazán y Arcadio Ferret (pese al inveterado pique que media entre ambos), con quienes hace el primer viaje a Matanzas, en el auto de éste, y enseguida a Colón. Donde, en la búsqueda del nonagenario masón Salvador Aquino —hijo del citado Cristóbal Aquino, quien de la matancera logia Hijos de Cuba sacó en secreto, en 1932, el sobre Manila, atado con una cinta malva—, localizan, como director del museo de Colón, al ojiazul Roberto Aquino, nieto del anciano, lector de “la voluminosa biografía de Camus de Olivier Todd”, enterado de la obra poética del célebre y bello Arcadio, y estudioso de las venturas y desventuras biográficas y legendarias de Heredia y de la logia matancera Hijos de Cuba, donde la noche del 21 de septiembre de 1822, a los 18 años, el Cantor del Niágara se hizo masón en una ceremonia secreta, y luego secreto conspirador independentista y antiesclavista.

          

Placa conmemorativa de José María Heredia y Heredia
en las Cataratas del Niágara

         
Sobre los manuscritos secretos de Heredia, el nonagenario Salvador Aquino —muy lúcido, glotón y fumador de enormes puros—, quien se inició en la masonería en 1924, a los 18 años, y en 1930 empezó de secretario de la logia matancera Hijos de Cuba, les dice sobre Cristóbal Aquino, su padre, y sobre los papeles de Heredia, que nunca vio ni hojeó:

      “Si de algo estoy seguro es de que él no cogió nunca esos papeles y ni siquiera los leyó, aunque sí me habló de que en el nicho del cuarto de los maestros estuvo mucho tiempo el sobre amarillo, amarrado con un cordón morado.”

       Y además de parlotear y especular sobre dónde quedó la bolita, o sea: dónde pueden estar los papeles o quién pudo sacarlos o tomarlos y ocultarlos, también abordan aspectos de la leyenda y biografía de Heredia. Por ejemplo, comenta el museógrafo Roberto Aquino:

     “—Por eso pienso que ese manuscrito no era una novela como se comentó una vez, sino más bien unas memorias o algo por el estilo. Pero lo importante ahora es que por más que la familia Junco trató de ocultar las cosas, en Matanzas se comentó que Lola había tenido un hijo antes de casarse con Felipe Gómez...

    “—De Heredia se decían muchas cosas —protestó Álvaro—. También que se acostaba con la mulata Luisa Montes, y que cuando el marido se enteró la mató a puñaladas.

   “—Yo conozco esa leyenda, aunque esto es distinto, sobre todo porque casi no se habló del asunto... Pero el niño que se supone podía ser hijo de Lola nació en enero de 1824, tres meses después de que Heredia se fue de Cuba. Entonces debió de haber sido concebido en abril del 23...

   “—¿En abril? —preguntó Fernando, pero en realidad hablaba consigo mismo—. En esa época él estaba en Matanzas...

   “En junio [de 1823] la familia sacó a Lola de la ciudad [de Matanzas] y la trajeron a vivir al ingenio Miraflores, que estaba por aquí, muy cerca de Colón, y Heredia nunca la volvió a ver. El acta de bautismo dice que el niño era hijo de Rubén, el hermano mayor de Lola, y le pusieron Esteban Junco. Y Esteban era el padre de Ramiro. Si el comentario es cierto, entonces Esteban era hijo de Lola Junco, y Ramiro era su nieto...

  “Y tú piensas que Ramiro también era nieto de Heredia —remató Fernando la idea, cuando sintió que el cigarro, olvidado entre sus dedos, empezaba a quemarle la piel.

“Si el manuscrito son unas memorias —siguió Roberto— y Ramiro las leyó, lo más posible es que haya encontrado esta historia, si ocurrió como estamos suponiendo. Entonces, todo lo que la familia había tratado de esconder durante un siglo, se iba a saber cuando los papeles salieran a la luz.

“—Tiene que ser, tiene que ser —se empeñó Arcadio.

“—No jodas, Arcadio, eso parece una telenovela mexicana —comentó Álvaro.”

      Pero más bien parece el atávico enredo de una radionovela cubana que evoca la adictiva, legendaria y lacrimógena historia decimonónica El derecho de nacer, la melodramática serie de radio creada por Félix B. Caignet para la CMQ. (“Trescientos catorce capítulos de veinte minutos cada uno, que arrojan una duración total de 6 280 minutos: 104 horas de transmisión; un récord jamás superado en la historia del melodrama radiofónico.”) La cual, en las ondas hertzianas, “Se inicia en Cuba, allá por 1948, cuando La Habana era todavía un gran hotel de Estados Unidos.” Y se oía, paralizando la respiración y las actividades de los escuchas como si fuera la final de la champions de beisbol (la Serie Mundial de Grandes Ligas) entre los Industriales de La Habana y los Yankees de Nueva York (“Posiblemente explote la olla exprés, quizá el niño ruede por las escaleras o los grandes del mundo se declaren la guerra, hay otra guerra más importante”) “a través de 800 000 aparatos de radio distribuidos en los hogares de La Habana, Matanzas, Santa Clara, Santiago de Cuba...” Por la que el señor Caignet, ya célebre, “será llamado el Shakespeare del melodrama, el Sófocles de los pobres, ¡el escritor más humano!” —Apunta Vicente Leñero en “El derecho de llorar”, su lúdica e hilarante parodia de guion radiofónico, que es una crónica periodística datada en 1970, compilada por Carlos Monsiváis en A ustedes les consta. Antología de la crónica en México (Era, 1980)—.

   

Serie Crónicas/Biblioteca Era
Ediciones Era, 2a ed., México, 1981

       Vicente Leñero, a un lado del expreso colado a la cubana y con un enorme Montecristo haciendo humo entre los dientes, dibuja una enorme sonrisa de Negrito Sandía (Del verano, roja y fría/ carcajada,/ rebanada de sandía), se frota las palmas y con sus dedos largos, levemente puntiagudos y lampiños aporrea veloz las teclas de la Olivetti de su oficina, en la Zona Rosa, repleta de libros, periódicos y revistas Claudia:

   

Vicente Leñero

           “El señor Caignet coloca sus dedos velludos y ligeramente chatos sobre la rémington y comienza a dar a luz (efectos de sonido: ruido de teclas) la conmovedora historia de Elena del Junco [nótese y óigase el sonoro y coincidente apellido de alto pelaje]: una linda cubana de la más aristocrática sociedad habanera, primogénita del aristocrático chapado a la antigua y no menos rígido don Rafael del Junco, quien enamorada del hijo del peor enemigo de don Rafael (recuérdese Romeo y Julieta) se entrega a él en un rapto de amor, de locura, de éxtasis, de inexperiencia, y concibe en sus entrañas (ya no se siga recordando a Romeo y Julieta) un ser inocente, un angelito, una criatura de Dios a la que por cobardes prejuicios sociales el canalla seductor desea privar de su existencia (acorde musical dramático). ¡Jamás lo permitiré! —responde Elena, iracunda—. ¡Jamás! Esta criatura que palpita ya en mis entrañas es una víctima de nuestro pecado, es inocente y tiene... tiene... —titubea Elena tomando bríos— ¡el derecho de nacer! (nuevo acorde musical dramático).”

     Vale contrastar que, según revela el Cantor del Niágara en sus memorias, Lola Junco, a quien le escribe poemas y llama: ninfa del Yumurí, también se entrega, virgen, “en un rapto de amor, de locura, de éxtasis, de inexperiencia”. Lo cual fue el inicio de una clandestina y entrañable pasión amorosa en el secreto ámbito del Yumurí, pues Lola Junco ya estaba comprometida con ese Felipillo Gómez, de familia negrera. Se transluce que la pudiente y conservadora familia Junco sí dispuso que ese inocente angelito, que se formaba en el vientre de Lola (¡válgame Dios!), sí tenía el derecho de nacer, pero no el derecho de ser el hijo de ella y del pobretón poeta Heredia (por muy famosillo y galán que fuera en los salones de alto pedorraje), ni de mancillar el honorable honor ni el rimbombante nombre de la presuntuosa familia Junco. Y por ende se ordenó que Lola, embarazada, se trasladara de Matanzas al ingenio familiar de Miraflores a concebir en secreto, siempre acompañada de la negrita Teté, su joven esclava, confidente y cómplice en los encuentros clandestinos en el Yumurí, quien podría haber hecho el papel protector de la negra Mamá Dolores ocultado el fruto del secreto amorío de su ama. Pero con conocimiento de causa y una abultada dote, la familia Junco tramó y orquestó el matrimonio de Lola con el Felipillo Gómez. Y que el inocente angelito: Esteban Junco, con indiscutible, feliz y cristiano derecho de nacer, figurara a la luz pública como hijo de Ramón (¡aleluya!), el hermano mayor de Lola. Por una carta de ella que le entregó la negrita Teté, Heredia supo del embarazo cuando aún estaba en Matanzas. Y antes de partir al exilio en 1823, en otra carta le dijo que el bebé había muerto y dio por cancelada la relación amorosa. Es decir, el desterrado Heredia sólo supo de Esteban Junco, trece años después, porque a mediados de 1836 obtuvo dos meses de permiso para visitar Cuba, otorgados por el gobernador de la isla, nada menos que el autoritario capitán general Miguel Tacón. Es decir, sólo la mañana del 26 de diciembre de 1836, día de San Esteban, logró verla y hablar con ella en un umbroso recodo de la catedral de Matanzas. Según narra el poeta en sus memorias:

 

José María Heredia y Heredia

         “Apenas clareaba cuando ocupé mi puesto de vigilancia. A pesar del frío, me sudaban las manos y las piernas me temblaban, como en los viejos tiempos. Faltando diez minutos para las siete la vi salir de su casa, acompañada por una esclava para mí desconocida. Aunque sólo tenía treinta años, la señora que vi andar hacia la iglesia, vestida de negro hasta el cuello cerrado, sin adornos ni joyas visibles, parecía mayor. Una huella de amargura había marcado su boca, con un triste descenso de las comisuras: aquella boca hermosa, que tanto besé. El pelo, recogido hacia atrás con rigor, mostraba las vetas blancas de un prematuro encanecimiento. Una desazón angustiosa me tocó el pecho al ver lo que había quedado de la ninfa del Yumurí, la más bella alhaja del cofre matancero, la muchacha suave y bien armada de carnes con la que viví los más intensos días de mi amor juvenil.”

    En el clandestino diálogo en una banca del patio interior de la iglesia repleto de naranjos, signado por un furtivo beso preliminar en los labios y uno apasionado al término (obviamente ella lloró: ¡tenía el derecho de llorar!), pudo enterarse de que Lola y él fueron víctimas de las órdenes y atavismos de la todopoderosa familia Junco; que desde entonces y desde siempre ella lo ama y lo seguía amando (Yo te llevo dentro/ Hasta la raíz/ Y por más que crezca/ Vas a estar aquí/ Aunque yo me oculte tras la montaña/ Y encuentre un campo lleno de cañas/ No habrá manera ni rayo de luna que tú te vayas/ Que tú te vayas). Y que todo el tiempo su matrimonio con el negrero Felipe Gómez ha sido una infeliz e ingrata farsa, vengativa y machista; incluso le arrebató a la negrita Teté (Métete Teté, que te metas Teté) y la envió al ingenio a cortar caña. (La chiquita que yo tengo/ tan negra como e,/ no la cambio po ninguna,/ po ni ninguna otra mujé./ /Ella laba, plancha, cose,/ y sobre to, caballero, ¡cómo cocina!)

   Ese doloroso episodio explica por qué Heredia, enfermo y moribundo, dispuso que sus memorias fueran entregadas a Esteban Junco, el hijo que no conoció, quien tal vez nunca supo quiénes eran sus verdaderos padres. Y de hecho, en las postreras páginas de sus memorias, Heredia se dirige a él. No obstante, al parecer, ese destinatario nunca se enteró del manuscrito. Y al día siguiente de que el anciano José de Jesús Heredia depositara las memorias en la matancera logia Hijos de Cuba el 11 de abril de 1921, le pide a Ramiro Junco —hijo de Esteban Junco— que se haga cargo de ellas al cumplirse el centenario de la muerte del poeta el 7 de mayo de 1939. Pero Ramiro Junco, sin saber que moriría de un infarto en 1926, unas horas antes del fallecimiento del nonagenario José de Jesús Heredia, no acepta el encargo; él quiere seguir siendo el que siempre ha sido (la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre) y no está dispuesto a mover un dedo ni un ápice por las memorias de su auténtico padre por muy Heredia que haya sido y sea en sus poemas y en la historia de Cuba. No obstante, desde la distancia y el mutismo, le enviaba algún dinerillo al viejecito José de Jesús, su empobrecido tío abuelo, descubierto como tal en ese solitario y áspero diálogo, en los márgenes del Yumurí, en que rechazó el papel de albacea.   

       

Editorial Letras Cubanas
La Habana, abril de 1993

         Vale resumir que si bien el desocupado lector (lectora o lectore) lee las inéditas y serpenteantes memorias del poeta José María Heredia y Heredia a lo largo de la novela, Fernando Terry no logra dar con ellas; supone que por alguna desconocida razón ya no existen, quizá por un acto destructivo. No obstante, en la víspera de su regreso a la buhardilla madrileña, la sesentona doña Carmencita Junco (Carmen Alodia Junco y Vélez de la Riva) —hija de Anselmo de la Caridad Junco y Ponce de León, hijo del susodicho Ramiro Junco, y sobrina del citado malandrín y ladronzuelo Ricardito Junco—, matrona del restaurante Palmar de Junco en El Vedado (a donde Terry y el Varo previamente acudieron a dialogar y a preguntarle por el manuscrito del Cantor del Niágara), lo llama por teléfono a la casa de su madre para que en la abigarrada recepción del paladar (que semeja un bazar de objetos y trebejos usados, viejos y antiguos), comprometiéndolo a no hablar a nadie de ello, lea en secreto la desconocida, secreta, y última carta manuscrita que Heredia le dejó a Lola Junco, rubricada y datada en México, 3 de mayo de 1839, donde además de hablarle de la escritura de sus memorias y de la íntima confianza, complicidad y auxilio de su querida esposa Jacoba Yáñez, le puntualiza que están destinadas a ella y a Esteban Junco, el hijo de ambos: “dejo a su juicio y voluntad el destino final de estos papeles: él debe decidir si se hacen públicos o si considera preferible hacerlos desaparecer y cubrir la verdad —que no sólo su verdad y la de su padre— con el manto del silencio.”

VII de X

Cabe resumir que Fernando Terry, cuando le restan unos doce días en Cuba, sí templa con ese obscuro objeto del deseo; o sea: sí pega el chicle y se empata con Delfina. Y llega el erótico instante en que, enamorado, siente que ella es “su mujer”. Pero Delfina, se transluce, no piensa ni siente que Terry es “su hombre”, pues ella no lo seguirá a su minúsculo ático en el corazón de Madrid, porque, se ve, no tiene los resortes afectivos ni los tornillos y parámetros mentales para hacerlo: no está enamorada y en ella pesa mucho el recuerdo de Víctor después de 17 años de muerto: “Yo lo quería mucho, Fernando. Víctor fue mi novio y mi marido y era el mejor hombre del mundo. No merecía morirse, y mucho menos sintiendo que yo iba a sufrir...”. Intríngulis inextricable al hecho de que está muy arraigada en La Habana (“Quiero seguir aquí aunque me esté comiendo un cable. No me da la gana irme...”) y allí tiene su empleo (relativo a las artes plásticas) y un buen departamento (codiciado por la danza de galanes, donde vive sola) y procura la alimentación y la salud de su padre. Un Madrid donde todo indica que en su pequeña e insular buhardilla él reproduce Cuba, su nostálgica y particular Cuba dentro de esa íntima isla de cuatro paredes; un carcelero e íntimo exilio interior semejante, en el nom plus ultra de la quintaesencia, al carcelero exilio interior del octogenario poeta Eugenio Florit, quien si bien había salido de Cuba hacía más de treinta años, jamás había salido de la isla, pues recreó su particular ínsula cubana en un cerrado y climatizado habitáculo de cuatro por seis metros (...esa que os parece isla no es tal, sino un gran pez que se tumbó a descansar en medio del mar...), dentro de los márgenes de la liliputiense casa en el South West de Miami, donde el viejo Florit residía con su hermano Gerardo (y la hija de éste, loca de atar) cuando Terry lo visitó para conocerlo, “mientras trabajaba como albañil en las obras del Downtown de Miami”. Si antes de despedirse, el anciano Florit tocó en el piano Linda cubana, pieza del musicólogo y compositor Eduardo Sánchez de Fuentes de la que no necesitaría en el atril la “manoseada partitura”, Terry, de vuelta en Madrid, podría volver a oírla, nostálgico, en el vinilo de mercadillo colocado en el plato de su prehistórico tocadiscos evocando la sensual geografía humana de Delfina saliendo de la regadera, desnuda bajando la escalera o dormida en la cama (...vemos la hermosura de la isla, precisamente cuando no vemos la isla...), quien de los fenecidos rescoldos de sí mismo revivió sus aires de poeta.

VIII de X

A los 27 días de su regreso, cuando le quedan un par de días de su permiso en Cuba, muere el doctor Mendoza. A la ceremonia fúnebre y masónica en la Gran Logia acuden Delfina y los seis Socarrones: Terry, el Varo, el Negro, el bello Arcadio, el lépero Conrado y el profe Tomás. Y sin buscarlo ni preverlo, de pronto observa que junto al hijo menor del doctor Mendoza se halla un mulato fortachón y canoso, con “dedos ensortijados” y “dos gruesas cadenas de oro” en el cogote, en quien reconoce “los ojos incisivos” y la jeta de perro en que “Tantas veces su memoria había vomitado”, “incluso en el infierno lo habría reconocido”. Es decir, se trata del “compañero Ramón”, aquel polimorfo “teniente de la Seguridad del Estado” que propició la pérdida de su empleo en la universidad y su destierro y el encarcelamiento de Enrique en una granja por haber intentado huir de la isla en una lancha robada. Así que, en el momento propicio, cuando el mulato sale de la logia para fumar, Terry lo sigue y se le acerca y en el áspero diálogo no tarda en confrontarlo preguntándole: “¿Quién fue el que me chivateó y dijo que yo sabía que mi amigo se iba?” Y el bato, porque le va bien con las triquiñuelas vendiendo carne de puerco con Jorgito Mendoza (y quizá con otros tejemanejes en el mercado negro) y porque hace diez años lo despidieron (con una patada en el culo) de esa represiva policía de espionaje ideológico y político al servicio de la ortodoxia del “socialismo científico”, no tiene empacho ni escrúpulos para revelarle el hediondo intríngulis de la hez de la canalla:

            “Ramón parecía divertido y miraba a Fernando como a un ser extraño.

            “—¿Quién te dijo que alguien te chivateó?

            “—Tú me lo diste a entender.

            “—O tú lo quisiste entender. Mira, que yo me acuerde, lo que hice fue tirarte un anzuelo. Nosotros sabíamos que ustedes se reunían, que hacían sus tertulias y que se mataban a poemas. Tratamos de captar a uno de ustedes, no me acuerdo cómo se llama, un negrito él...

            “—¿Miguel Ángel?

            “—No me acuerdo el nombre. Era un supermilitante. Y el hombre nos mandó a cagar. Entonces pasó lo del que quiso irse en una lancha y vi el cielo abierto. Te tiré el anzuelo, a ver si querías colaborar, pero tú no quisiste y te enredaste en las patas de los caballos. Yo hice un informe, para que te halaran las orejas y te tuvieron amarrado cortico, pero alguien en la universidad se acobardó y decidieron sacarte de la escuela.

       “—Eso es mentira.

       “—¿Mentira? ¿Por qué yo iba decirte una mentira ahora? Mentiras te dije ese día y tú te las tragaste. Nadie dijo nadie de ti. Ni el mariconcito que estaba preso ni ninguno de tus amigos. Te embarraste tú solo y los de la universidad te aplicaron la máxima, porque también se apendejaron.

       “—Sigo sin creerte. No puedo creerte.”

     No obstante, parece que hay algo de cierto en las palabras del ex agente de la Seguridad de Estado. Y en tal sentido resulta razonable que el Varo le haya dicho a Terry con antelación: “Mira, Fernando, yo también te lo dije cuando llegaste: no fue nadie. Y no porque seamos más guapos, ni más bárbaros ni nada de eso: si nos apretaban, cualquiera de nosotros podía decir lo que fuera y acusarte de cualquier cosa. Pero dio la casualidad de que no nos preguntaron...” Es decir, al único al que interrogaron y soltó la sopa cuando Enrique ya estaba preso fue, precisamente, Fernando Terry, el cantor de letrina.

   No obstante, ni el rector universitario ni la decana ni los alumnos ni sus colegas movieron un dedo ni chistaron. Nadie. Se quedó solo y acojonado en el mierdero y oscuro laberinto de la soledad. El doctor Mendoza, por lo menos, se disculpó a posteriori: “Yo lamenté mucho que te sacaran de la escuela... Aquello me pareció un disparate y se lo dije a la decana, aunque no me atreví a hacer nada. ¿Qué podía hacer yo? Pero siento que tenía que haber hecho algo.” Y la doctora Santori, su tutora y decana en esa época —ya en el retiro, pero aún dando clases en la facultad y por ello ya lleva unos 50 años con la investigación y la docencia—, insiste en hablar con él, antes de que se marche de Cuba, para pedirle perdón. De eso se entera Terry cuatro días antes de irse, cuando la localiza en el tercer piso de la Escuela de Letras, dando cátedra en el aula número 19, la misma aula donde él cantó su última clase con su cantarina voz de sinsonte de mil cuatrocientas voces. “Creo que conmigo se lavó las manos y dejó que me cortaran el cuello. Si ella se mete en candela no me hubieran botado”, les revira al Negro y al profe Tomás, quien fue el mensajero de la perentoria cita: “La Santori te espera mañana a las diez, después de que termine sus clases. Ve si te sale de los cojones...”

    Al parecer, Fernando Terry fue un discípulo preferido y promovido por la doctora Santori, pues le dice en el diálogo: “Nunca he vuelto a tener un alumno como tú. Ni siquiera Enrique fue tan bueno [...] Ni antes ni después. Por eso quise que te quedaras de profesor en la escuela. Yo pensaba que tú serías mi mejor sustituto.”

    “Yo podía haberte salvado”, le confiesa, pero anteponiendo su renuncia, y no se atrevió a hacerlo (por miedo o cobardía o por las dos cosas) y ahora se arrepiente y le pide perdón. No obstante, al parecer movió la pirinola tras bambalinas sin decirle a él ni mu ni pío, pues le asegura: “Protesté, le escribí al rector, al ministro, al ideológico del Partido, pero no renuncié...”

    “—No sabía eso. ¿Y qué le respondieron, profe?

    “—Me daban largas. Decían que tú habías cometido un error, que el compañero de la Seguridad había hecho un informe, que después tu actitud no había sido la más correcta, que esperáramos un tiempo... Hasta que me encabroné y dije que si no arreglaban las cosas iba a ver a quien tuviera que ver. Y por fin te mandaron esa carta, pero ya era tarde.” Y sí que lo era, pues la “reparadora rectificación” a Terry le “llegó mes y medio después de haberse iniciado su exilio”. Es decir, cuando a voces ya había sido vilipendiado de “escoria antisocial” y marielito por las alharaquientas hordas de la ortodoxia, e incluso por la vocinglera xenofobia de otros intolerantes cubanos exiliados y residentes en Miami.

    “—Todo fue un estupidez. Alguien le dijo al policía que yo sabía que Enrique quería irse.

    “—¿Sabes una cosa? Yo no estoy tan segura de eso. Para mí fue una trampa que te pusieron. Cuando fui a ver a la gente de la Seguridad que atendían la universidad, ellos me dijeron que tú mismo te habías acusado...

    “—¿Pero cómo es posible?

     “—Eso dije yo, y entonces me pusieron una grabación tuya diciendo que a Enrique le había pasado algo y dijo que cualquier día se montaba en una lancha... Yo les dije que no era posible que por una tontería así te troncharan tu carrera... y entonces me enseñaron un informe sobre ti de la revista TabaCuba. Ahí te acusaban de desviado ideológico, de autosuficiente, de tener mala actitud ante el trabajo y en las tareas políticas, todas esas cosas de las que pueden acusar a cualquier persona inteligente. Ellos mismos me dijeron que nada de eso era grave, que en un par de años, quizá menos, podías volver a la escuela. Y en ese momento no hice lo que tenía que hacer: poner mi renuncia contra tu regreso... Cuando Tomás me dijo que te habías ido por el Mariel me sentí tan culpable que casi me enfermo. Me di cuenta de que todos nosotros, los que podíamos haber hecho algo, pero sobre todo yo, éramos culpables de perderte.

     “Fernando sintió cómo se le secaba la garganta. La posibilidad, tantas veces soñada en sus días de marginación, de que recibía una llamada telefónica y le pedían que volviera a la escuela, había estado más cerca de lo que él imaginara, y podía haber llegado mucho antes de aquel mes de mayo de 1980, cuando se embarcó hacia el exilio. Su vida, entonces, se habría reencauzado, y todo hubiera sido diferente. Pero resultó que una confesión estúpida, el extremismo implacable de unas personas y la falta de decisión de otras habían ganado la batalla, sin necesidad, siquiera, de que alguien lo hubiera delatado. El absurdo de su destino le parecía ahora simplemente ridículo.”

       No obstante, pese a lo acertado de ese razonamiento, le dice a la Santori:

       “—No, doctora, yo sigo creyendo que alguien me acusó...

    “—Cuando te fuiste, yo vi al rector y se lo dije: que nosotros te habíamos botado del país. Pero él me respondió que tú mismo le habías dado la razón a los que te acusaron...

IX de X

Delfina y los seis Socarrones acompañan a Fernando Terry hasta el último minuto de su mes de permiso en Cuba, pues la última tertulia en la azotea se sucede durante la noche, la madrugada y el amanecer de despedida a la que él llevó, como sorpresa y para ser leída entre ellos, la copia definitiva de la Tragicomedia cubana (novela teatral), legada a él por Enrique Arias Martínez. Obra inédita, sacada a relucir por éste en la tensa discusión que ambos tuvieron después de que pasara el año y medio preso en la granja, donde la conjetura central del actor y dramaturgo quedó cifrada en la frase: “Nos engañaron a los dos”:

     “—Nos engañaron a los dos —repitió el otro, y por fin lo miró de frente: en sus ojos había una humedad alarmante y un reto sostenido.

     “Fernando creyó que podría agredirlo. La insistencia de Enrique en aquella idea del engaño le generaba una exasperación homicida, pero la estampa casi desvalida de su antiguo compañero lo contuvo.

“—¿Qué ganaba yo con decir una mentira? Dime, ¿qué ganaba si de todas maneras me iban a meter preso?... Yo no te acusé de nada. Pero ellos sí me dijeron que tú les habías dicho que yo escribía cosas que no eran revolucionarias y que...

“—¿De qué estás hablando? —Fernando saltó cuando sintió la puñalada en un costado.

“—Tú lo sabes bien: tú fuiste el único que leyó una parte de la ‘Tragicomedia cubana’. Y según ellos, tú les dijiste que eso era una obra de un resentido político...

“—¿De dónde tú sacas toda esa mierda? —Lentamente Fernando se puso de pie.

“—De lo que me dijeron ellos, coño —gritó, y también abandonó su sillón. De pronto, la cautela y la vergüenza de Enrique parecieron esfumarse—. ¿Pero es que no entiendes? Nos engañaron, nos jodieron a los dos. Óyeme bien, Fernando: o nos pusieron una trampa o me acusó alguno que sabía lo que yo estaba escribiendo, y ese mismo te acusó a ti de...”

 X de X

En su vieja recámara, dentro del cajón, “[...] Ahora Fernando descubrió que, flotando sobre su poesía, se hallaba una carpeta rotulada como C-O-P-I-A-D-E-F-I-N-I-T-I-V-A de la Tragicomedia cubana (novela teatral), y sintió que no estaba preparado para aquella profanación. [Obra aún en ciernes la tarde del ‘23 de octubre de 1974’, mencionada, pero no sacada a relucir en el jolgorio y relajo vespertino de los Socarrones en la azotea fumando y bebiendo: ‘Hasta que no la termine no leo nada. Ya lo advertí, ¿no?’, dijo Enrique; y el Negro le reviró: ‘Oye, Enrique, procura que esa cosa sea buena, porque llevas como un año jodiendo con eso, y nunca la terminas.’] Pero una fuerza exterior, empeñada en violar su voluntad, lo obligó a extraer la carpeta. En una primera hoja Enrique repetía el título de su texto, sin agregar su nombre. Como si no quisiera hacerlo, Fernando pasó la hoja y se enfrentó a las letras mecanografiadas, desvaídas por el tiempo, y penetró un mundo sin fondo en el que comenzó a caer sin tener el mínimo consuelo de un asidero:

            “Se escucha música de guitarra, laúd, maracas y bongó. Es una melodía sensual, mulata, con olor a monte y sabor a ron, que engañosamente induce a pensar cálidos placeres, hasta que de tanto escucharla se llega a perder la conciencia de que nos acompaña. El sol comienza a nacer, tropical y alegremente, mientras el cielo, negro, se va pintando de gris hasta dar paso a un resplandor azul. Con la claridad gradual empieza a dibujarse el contorno de Isla Perdida: montañas al fondo, entre las que se despliegan valles verdes poblados de palmas deliciosas, ceibas, júcaros, caobos y majaguas. Los mangos y los ciruelos están florecidos y entre sus ramas vuelan sinsontes, tomeguines y discretas bijiritas, todos despreocupados y al parecer felices, tal como debió ocurrir en los días anteriores a la definitiva expulsión.

            “En el primer plano del espacio escénico se ven casas, de diversa arquitectura y antigüedad, dispuestas en calles estrechas y opresivas. Un cierto aspecto de abandono, de pueblo fantasma, da carácter al lugar en el que no se advierte ninguna presencia humana, aunque por todas partes se leen carteles en los que aparece la palabra PROHIBIDO.

            “El proscenio ha sido inundado con un agua intensamente azul que reverbera: es el mar, siempre proceloso, que demarca el mínimo espacio de Isla Perdida, rodeándola, oprimiéndola, cerrándola en sí misma. Este mar es un elemento importante, y se repetirá como un leitmotiv a lo largo de la trama, pues complementa el sino de los personajes y determinará incluso su ser histórico, marcado por esa indestructible circunstancia insular.” (La maldita circunstancia del agua por todas partes.)

 

Leonardo Padura, La novela de mi vida. Colección Andanzas núm. 470, Tusquets Editores. Barcelona, marzo de 2002. 352 pp.

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"Hasta la raíz", amorosa canción de Natalia Lafourcade.

"Leonardo Padura: Una historia escuálida y conmovedora" (2019), documental biográfico de Náyare Menoyo Florián.

"Hasta la raíz", intérpretes: Susana Baca y los nueve gladiolos.

sábado, 2 de noviembre de 2024

El gato negro y otros relatos de terror

Con la lengua de fuera y los ojos al revés

 

No pocos lectores (de la recalentada y envirulada aldea global) recordarán la infantil cantaleta de ese cuento de nunca acabar que se repite y repite hasta la consumación de todos los tiempos: “Éste era un gato con su colita de trapo y sus ojos al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez? Éste era un gato con su colita de trapo...” Y así ad infinitum. Esto evoca los mil y un libros de nunca acabar dedicados a contar y a volver contar —o sea: a explotar y a difundir en español— aspectos o vertientes de la inmortal obra del norteamericano Edgar Allan Poe, quien, fallecido a los cuarenta años el 7 de octubre de 1849 en Baltimore (precisamente en una desolada, fría y oscura celda del Washington College Hospital), parece estar más vivo que nunca con su controvertida y vaporosa leyenda negra.

       

Libros del Zorro Rojo
(China, febrero de 2021)

           Uno de esos insaciables y numerosos títulos de nunca acabar es El gato negro y otros relatos de terror. Se trata de una preciosista antología impresa en China en “febrero de 2021”, editada con mucho mimo por Libros del Zorro Rojo (presente en Barcelona, Buenos Aires y Ciudad de México), “Con la colaboración del Institut Català de les Empreses Culturals” y espléndidas ilustraciones en blanco y negro del artista gráfico Luis Scafati (Mendoza, 1947), quien también ilustró la celebérrima Narración de Arthur Gordon Pym (Libros del Zorro Rojo, 2015), con prólogo y traducción de Julio Cortázar. De 2005 data la primera edición en formato más o menos bolsillo con pastas blandas y solapas; pero la presente (quizá una especie de libro objeto no sólo para bibliófilos y fetichistas) es más grande: mide 21.01 x 24.01 centímetros. Y además de que fue encuadernada en cartoné con tela negra en el lomo y de que las ilustraciones se aprecian mucho mejor (debido a la amplitud del libro y pese a que a varias las fracturan las líneas divisorias de las páginas), luce unas viñetas y dibujos de gatos en las guardas rojas, más otras en el interior y en la página aleñada a la destinada a los retratos y a los créditos del escritor y del artista gráfico.

Viñetas de Scafati

         Quizá por privilegiado antojo, el anónimo antólogo de la presente antojolía optó por reunir sólo tres de los 67 cuentos de Edgar Allan Poe: “El gato negro”, “El pozo y el péndulo” y “El entierro prematuro”, traducidos del inglés por Elvio E. Gandolfo. Y dado que en el libro únicamente se lee una brevísima ficha anónima sobre la vida y obra del autor de “El cuervo” (y otra sobre Luis Scafati), el nocturno e insomne bibliófago, aterrorizado y con los pelos de punta a la punketa de huitlacoche, se ve inducido a buscar algunos datos biográficos y bibliográficos. Muy útil, para ese desvelo con un candelabro de siete brazos, puede ser el volumen de Edgar Allan Poe editado por Cátedra en la Bibliotheca AVREA: Narrativa completa (Madrid, 2011), que comprende las celebérrimas traducciones que Julio Cortázar hizo de los 67 cuentos y de La narración de Arthur Gordon Pym; más Julius Rodman, traducido por Margarita Rigal Aragón, quien además es la erudita autora del muy documentado y extenso aparato crítico: “Edición, introducción y notas”, etc.

   

Bibliotheca AVREA, Ediciones Cátedra
(Madrid, octubre 7 de 2011)

         Con el título “The Black Cat” —apunta Margarita—, “El gato negro” se publicó el “19 de agosto de 1843” en United States Saturday Post. Y según reporta: “Algunos críticos han apuntado la presencia de elementos autobiográficos en este magistral cuento de Poe, pues de niño mató a palos un cervatillo, propiedad de Mrs. Allan”; quizá un desquite o neurótica y transpuesta descarga, pues ese míster era su autoritario, opulento, desamorado, intolerante y odioso padrastro durante su infancia, adolescencia y primera juventud.

    Con el título “The Pit and the Pendulum”, “El pozo y el péndulo”, —anota Margarita—, se publicó en “Octubre de 1842” en The Gift: A Christmas and New Year’s Present for 1843. Pero además tradujo el epígrafe en latín que lo preludia; fragmento que normalmente los traductores pasan por alto (incluidos Gandolfo y Cortázar), pues suelen limitarse a la apostilla de Poe que lo prosigue; mismo que Elvio E. Gandolfo colocó al pie de página y que a la letra reza: “Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que debía alzarse sobre el emplazamiento del Club Jacobino de París.” Mientras que Cortázar lo colocó a la cabeza: después de las líneas en latín y entre paréntesis: “(Cuarteto compuesto para las puertas de un mercado que había de ser erigido en el emplazamiento del Club de los Jacobinos en París.)” En este sentido, Margarita Rigal Aragón traduce y apunta: “‘Aquí la malvada muchedumbre, insaciable, desde hacía mucho tiempo anhelaba el derramamiento de sangre inocente. Ahora que la patria ha sido salvada y la gruta de la muerte destruida, allí donde reinaba la nefasta muerte, florecen ahora la salud y la vida’. (Según Baudelaire, el mercado al que alude Poe es el de St. Honoré, pero no tuvo puertas y tal inscripción.)”

Baudelaire

       Dejando de lado al decimonónico introductor de la obra de Poe en el imaginario y habla francófona (nada menos que el demiurgo de Las flores del mal y de los poetas malditos), vale añadir y contrastar que Félix Martín, en la antología crítica de trece Relatos de Poe (traducidos por Doris Rolfe y Julio Gómez de la Serna) que hizo para Cátedra (Letras Universales, 1988; Mil Letras, 2009), también se lee una traducción de ese “(Cuarteto compuesto para las puertas del mercado que había de ser construido en el emplazamiento del Club de los Jacobinos de París.)” Pero no de él, sino del “traductor” y con arbitrarias perpendiculares: “Aquí la turba impía de verdugos/ alimentó con sangre de inocentes/ su gran furor y no quedó nada./ Salvada ya la patria, quebrantado/ el antro de la muerte,/ donde reinaba el crimen monstruoso/ la vida y la salud ahora florecen.” Y entre sus eruditas notas destaca la novena y última de ese relato, pues si bien se trata de un cuento fantástico en el que se narran y descuellan los pavorosos tormentos del condenado en Toledo por la sádica e inhumana Inquisición y al unísono (o quizá sobre todo) el subterráneo, pesadillesco e inaudito artilugio de paulatina tortura y muerte, brinda contexto histórico a los sucesos sólo al puntualizar una alusión que puede pasar desapercibida. Apunta telegráficamente el crítico: “El general Antonine Lasalle (1775-1809), conde de Lasalle, entró en Toledo durante la campaña de Napoleón en España, en 1808.” 

   

Mil Letras, Ediciones Cátedra
(Madrid, 2009)

              Es decir, cuando casi al final todo parece perdido y el réprobo (quien es la angustiada y atormentada voz narrativa) está punto de morir quemado y despanzurrado por las ardientes paredes metálicas que de cuadradas poco a poco se han ido cerrando en un rombo, reporta repleto de aleluyas y exultación:

   “¡Y escuché un zumbido discordante de voces humanas! ¡Resonó un fuerte toque de muchas trompetas! ¡Oí un áspero chirriar como de mil truenos! ¡Las ardientes paredes retrocedieron! Una mano extendida cogió la mía, cuando, desvanecido, caía al abismo. Era la del general Lasalle. El ejército francés acaba de entrar en Toledo. La Inquisición había caído en manos de sus enemigos.”

   

Ilustración de Luis Scafati

            Y a propósito de los incesantes cuentos de nunca acabar, Borges, en el prólogo que preludia su antología de relatos de Poe publicada en 1985, en Madrid, con el número 18 de La Biblioteca de Babel de Ediciones Siruela, sigue diciendo sobre “El pozo y el péndulo”:

 

Borges palpando la lápida de Poe
(Baltimore, 1983)

       “Hace casi setenta años, sentado en el último peldaño de una escalera que ya no existe, leí ‘The Pit and the Pendulum’; he olvidado cuántas veces lo he releído o me lo he hecho leer; sé que no he llegado a la última y que regresaré a la cárcel cuadrangular que se estrecha y al abismo del fondo.”

 

Ilustración de Luis Scafati

       
Ilustración de Scafati

                Cabe mencionar, por otro lado, que en lo que corresponde a “El gato”, Félix Martín, entre sus notas, aporta una que brinda un significativo y singular matiz que trasmina los oscuros y sobrenaturales acontecimientos del relato. El reo que narra el cuento (preso por el asesinato de su esposa y enfático para que no lo tomen por loco) dice haber sido familiarmente aficionado a los animales y mascotas desde la infancia; noble, tierna y conmovedora inclinación que pudo enriquecer y afectivamente compartir y cultivar con la mujer que se casó con él, quien, dice, “hacía alusiones frecuentes a la antigua idea popular, según la cual todos los gatos negros eran brujas disfrazadas”. Quizá el enorme gato negro, la mascota preferida del narrador, no sea una bruja transmutada en gato (¿o tal vez sí?). Y quizá de ninguna manera ese gato negro, vuelto tuerto por el sadismo y la locura de su dueño y luego ahorcado por éste, tampoco sea una reencarnación o corporificada transmutación en el cuerpo del segundo gato negro —tuerto, enorme y con una gran mancha blanca en el pecho que semeja una acusatoria horca— que inesperada e inexplicablemente aparece sobre el cráneo del emparedado cadáver de su asesinada esposa, y cuyos terroríficos y delatores maullidos ante la policía que rastrea a su desaparecida mujer, suscitan el descubrimiento del crimen y su caída en la cárcel. El amante de los animales y del par de enormes gatos negros, si bien se dice inclinado al trago y a los nocturnos tugurios y bares de baja estofa (igual que Poe, quien además iba a los fumaderos de opio de los bajos fondos) y proclive al demonio de la perversidad, cosa que puede interpretarse como cierta psicosis que lo induce a la incontenible crueldad y al asesinato, también, quizá (¿por qué no?) puede ser víctima e instrumento de poderosas e inescrutables fuerzas infernales. Y esto se advierte (o se sospecha) no sólo porque el día que el beodo ahorcó (con remordimientos y sentimientos encontrados) al primer gato negro, su casa, donde cohabitaba con su mujer y sus mascotas, fue devorada por el fuego durante la noche; y en el único muro que quedó en pie, donde otrora se ubicaba el respaldo de su cama, apareció una inculpatoria y terrorífica imagen (o sea: la rúbrica o el ideográfico mensaje de la maligna vendetta desde el más allá). Según narra el asesino: “Me acerqué y vi, como si estuviera gravada en bajorrelieve sobre la superficie blanca, la figura de un gigantesco gato. La impresión era transmitida con una precisión maravillosa. Una cuerda rodeaba el cuello del animal.” De ahí que el signo definitorio de esas fuerzas oscuras, insondables, malignas y malévolas, esté cifrado en el nombre con que el ebrio bautiza a su querido primer gato negro: Pluto; pues sobre tal apunta Félix Martín en su tercera nota al pie de página: “Nombre referido al rey de los infiernos o Hades en la antigüedad clásica.”

 

Viñeta de Scafatti

         No obstante, ese implícito, subterráneo y casi inadvertido matiz quizá se pierde en las traducciones de Cortázar y Gandolfo, pues ambos tradujeron Plutón por Pluto.  

   

Viñeta de Scafati

             Por otra parte, con el rótulo “The Premature Burial”, “El entierro prematuro” —dice Margarita Rigal Aragón—, se publicó el “31 de julio de 1844” en Dollar Neswpaper. Y anota: “Puede que una muestra (que tuvo lugar durante la feria anual del ‘American Institute’ de Nueva York en 1843) sirviese a Poe como fuente de inspiración de esta historia; se mostraba allí un ataúd, diseñado por Christian Henry Eisenbrandt, que estaba preparado para que la persona enterrada pudiese liberarse, en caso de seguir viva, con un simple movimiento de su cabeza.”

     La crítica y editora formula esa hipótesis porque en “El entierro prematuro”, cuento narrado por la voz de un paranoico que padece una extrema y delirante fobia debido a la posibilidad de sumergirse en un estado cataléptico (cosa que ya le ha ocurrido) y que ninguna persona de su entorno (fortuito o no) lo perciba; es decir, sería enterrado vivo porque lo creerían muerto; y luego se despertaría, para morir de asfixia (pataleando, arañando y gritando) dentro del oscuro, estrecho, horrorosísimo y claustrofóbico ataúd. Y para eludir esa terrorífica experiencia que preludiaría su horrorosísima e irremediable muerte, se hace construir un féretro con comodidades, mecanismos y vías de escape, por si acaso.

 

Ilustración de Luis Scafatti

          Y si Margarita Rigal Aragón desliza la legendaria posibilidad de que Poe, para escribir “El gato negro”, se “inspiró” en la masacre a palos del cervatillo de su odioso y maltratador padrastro, si se piensa en la legendaria y novelesca imagen del adolescente Poe enamorado de Jane Stanard, la madre de un condiscípulo escolar en Richmond, quien murió pronto y cuya tumba visitaba a diario, esa supuesta aventura romántica nocturna quizá subyace en el germen de la imagen (no menos romántica, nocturna, novelesca, poeniana y cuasi necrófila) del pobre litterateur, joven y desdichado que, en Francia, va a medianoche (sin duda vestido de negro) al sepulcro de su amada (que lo menospreció, desdeñó y se casó con un ruco con poder y dinero) y descubre que aún está viva dentro del ataúd. Tal anécdota es uno de los cuatro casos de catalepsia que el narrador de “El entierro prematuro” evoca antes de contar el aleluya de su curativa pero terrorífica y onírica vivencia cataléptica:

 

Ilustración de Luis Scafati

            “En el año 1810 ocurrió un caso de inhumación en vida en Francia, acompañado de circunstancias que confirman en gran medida que lo verdadero es, por cierto, más extraño que la ficción. La heroína de la historia fue una tal Mademoiselle Victorine Lafourcade, una joven muchacha de familia ilustre, rica y de gran belleza personal. Entre sus numerosos pretendientes estaba Julien Bossuet, un pobre litterateur [‘Literato. En francés en el original.’], o periodista, de París. Sus talentos y amabilidad general habían llamado la atención de la heredera, por quien parece haber sido realmente amado; pero su orgullo de cuna parece haberla decidido finalmente a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur Rénelle, banquero y diplomático de cierta nota. Después del casamiento, sin embargo, este caballero la descuidó y, tal vez, incluso llegó a maltratarla. Después de pasar con él algunos años desdichados, la muchacha murió: al menos su condición se asemejaba con tanta cercanía a la muerte como para engañar a todos lo que la vieron. La enterraron, no en un panteón sino en una tumba común en la aldea donde había nacido. Lleno de desesperación, y aún inflamado por el recuerdo de un apego profundo, el amante viaja a la remota provincia donde está la aldea, con el propósito romántico de desenterrar el cadáver y hacerse dueño de sus trenzas espléndidas. Llega a la tumba. A medianoche desentierra el ataúd, lo abre, y está ocupado en la tarea de cortar el cabello, cuando lo detienen los ojos de ella al abrirse. En concreto, la dama había sido enterrada viva. La vitalidad no había partido por completo; y las caricias de su amante la despertaron del letargo que habían confundido con la muerte. El muchacho la llevó frenético a sus habitaciones en la aldea. Empleó ciertos restaurativos sugeridos por sus considerables conocimientos médicos. Por fin, ella revivió. La mujer reconoció a su protector. Se quedó con él hasta que, poco a poco, recobró la salud original. Su corazón femenino no se mantuvo inflexible, y aquella última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo otorgó a Bossuet. No regresó con su marido, sino que ocultó su resurrección y huyó con el amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama que sus amigos serían incapaces de reconocerla. Se equivocaron, sin embargo, porque en el primer encuentro, Monsieur Rénelle reconoció y reclamó a su esposa. Ella rechazó el reclamo; y un tribunal judicial la apoyó, decidiendo que las circunstancias peculiares, más el largo período transcurrido, habían extinguido no solo de modo natural sino también legal la autoridad del esposo.”

   

Ilustración de Luis Scafatti

   Y aquí vale comentar que a un lado de ese trasnochado y romántico episodio (casi de folletín) figura, ex profeso, una ilustración de Luis Scafati en la que el pobre literato está sacando a su amada del ataúd. Y esto es así porque el artista gráfico hizo, precisamente, ilustraciones relativas a lo que se narra en el cuento; pero al unísono bosqueja interpretaciones, dialoga con el texto.  

Ilustración de Luis Scafati

           Valdría citar la estampa donde tres rostros observan el rostro de un cadáver: uno de ellos es la inequívoca figura de la esquelética calaca con su guadaña, cabeza de calavera y capucha de monje loco y envilecido. 
O sea: Scafati va más allá de lo que se narra. 

Ilustración de Luis Scafati
(detalle)

         Por ejemplo, obsérvese la imagen del muerto con bombín quien, agarrándose dentro de su ataúd e incorporando la cabeza, observa la kilométrica fila de un fantasmagórico y larguísimo cortejo fúnebre signado al final por el réquiem de una trompeta, que es, al unísono, un artístico memento mori, una reminiscencia de la ancestral danza macabra de la antigua tradición europea.


Edgar Allan Poe, El gato negro y otros relatos de terror. Traducción del inglés de Elvio E. Gandolfo. Ilustraciones y viñetas de Luis Scafati. Libros del Zorro Rojo. China, febrero de 2021. 64 pp.

Cárcel de los sueños

 La muerte siempre presente

 

Con elitista y privilegiado “apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes” de México, y a través de Casa de las Imágenes, el Centro de la Imagen y la Dirección General de Publicaciones del CONACULTA (el extinto Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), “el 2 de noviembre de 1997” se terminó de imprimir Cárcel de los sueños, un libro con formato de cuaderno escolar (17 x 24 cm), con sobrecubierta y pastas duras con tela café y el título repujado, que reúne un conjunto de imágenes en blanco y negro de la fotógrafa mexicana Vida Yovanovich. Prologado por la narradora y periodista Elena Poniatowska, la tipografía se debe a Claudia Rodríguez Borja, y el diseño y la puesta en página al fotógrafo y editor Pablo Ortiz Monasterio.

        

Casa de las Imágenes/Centro de la Imagen/ DGP del CONACULTA
México, noviembre 2 de 1997

         Hace un buen rato que Vida Yovanovich palpita en el ajo de la foto que se factura en México (al parecer desde principios de los años 80 del siglo XX, tras acercarse al Consejo Mexicano de Fotografía, entonces encabezado por el fotógrafo Pedro Meyer); esto lo saben los curadores, críticos e historiadores de la fotografía, las sucesivas generaciones de fotógrafos, y los que ven imágenes en galerías, museos, libros, diarios, revistas y en la web. Por ejemplo, en 1989, en el Museo de San Carlos, estuvo entre quienes conformaron la muestra Mujer x Mujer/22 fotógrafas, organizada por el CONACULTA y el INBA como parte de la conmemoración y celebración de los 150 años de la fotografía. Pero sobre todo tienen celebridad sus autorretratos construidos y la serie de imágenes de ancianas abandonadas en un mísero asilo ubicado en algún rincón de la Ciudad de México. Verbigracia, varios autorretratos reunidos en Cárcel de los sueños fueron parte de la serie Interior/Autorretrato (1986-1992) con que en 1994 obtuvo una de las seis menciones honoríficas de la VI Bienal de Fotografía; y seis fotos de la serie Autorretrato interior (1993) con que en 1996 participó en la Muestra de Fotografía Latinoamericana se ven en el presente título. Y según se lee en la página 122 del número 13 de la revista fotográfica Luna Córnea (CI/CNCA, sep-dic de 1997)
dedicado a la “Identidad y Memoria”, la serie Cárcel de los sueños (homónima del libro), “integrada por 46 fotografías”, se vio en la Galería de Artes y Ciencias de la Universidad de Sonora: “del 4 al 30 de septiembre de 1997”.

        Por aquel entonces, en el Centro de la Imagen y con el mismo tema de las ancianas en la antesala de la muerte, Vida Yovanovich exhibió una instalación: una especie de memento mori o círculo concéntrico signado por una música de antaño que emergía del entorno y por el espejo de un tocador-altar que reflejaba el cadavérico rostro del efímero visitante.

      

Vida Yovanovich:
Autorretrato (detalle)

           Sin embargo, quizá buena parte de los dispersos lectores (de la aldea mexicana) que agotaron los dos mil ejemplares de Cárcel de los sueños (cuya edición cuidó la fotógrafa) desconocen su origen (sus padres eran yugoslavos y nació La Habana, en 1949), aprendizaje, ideas, actividades e itinerario, entre ello lo que concierne a las fotos del libro. De ahí que sea una descortesía para el lector que adquirió el libro (muchos años antes del boom de la web y de las chismosas y amarillistas redes sociales) que no se haya incorporado una ficha informativa sobre Vida Yovanovich y su trabajo fotográfico. Oquedad e interrogantes que ahora pueden sustanciarse con la entrevista que cierra el libro de Claudi Carreras: Conversaciones con fotógrafos mexicanos (Barcelona, FotoGGrafía, Editorial Gustavo Gili, 2007), donde las respuestas están complementadas con fotos de los 22 fotógrafos entrevistados por él (9 mujeres y 13 hombres), con retratos que a éstos les hizo Ernesto Peñaloza, y con las postreras y enciclopédicas “Notas biográficas de los fotógrafos”, resultado de la investigación y redacción de Estela Treviño. En la nota que le corresponde a Vida Yovanovich se lee:

     

(Gustavo Gili, 2007)

         
“Originaria de La Habana, reside en México desde la infancia. Su trabajo ha abordado la situación de la mujer, prestando especial interés al paso del tiempo, la soledad y el abandono. Su ensayo fotográfico Cárcel de los sueños es una referencia clave para acercarse al trabajo de esta autora. Este trabajo fue objeto de una exposición itinerante en la República Mexicana y se editó en un libro prologado por Elena Poniatowska. También realizó la muestra itinerante Fragmentos completos a finales de los años noventa en España, Holanda, Austria, Eslovenia, República Checa y Dinamarca.

       “Como fotógrafa, ha expuesto individualmente en Cuaba, Austria, Yugoslavia, Estados Unidos, España y México. Desde 1983 ha participado en más de noventa exposiciones colectivas de todo el mundo, y ha recibido diversas becas y distinciones, como el reconocimiento de la Fundación Guggenheim a su trayectoria en el año 2000. Su obra figura en las colecciones del Museo de Bellas Artes de Houston (EE UU), en la Caja de Ahorros de Asturias (España) y en el Salón Fotografije Belgrado (Yugoslavia), entre otras.”

        En Cárcel de los sueños las imágenes no tienen título y no acreditan las técnicas empleadas por la fotógrafa, ni el lugar ni la fecha, ni el nombre ni la edad de las ancianas. El único rótulo es el nombre del libro. Y los únicos comentarios sobre Vida Yovanovich y sus fotos son los que vierte Elena Poniatowska en su prólogo; entre ello algunas palabras de la fotógrafa, al parecer recogidas en una entrevista, como ese fragmento que da ligeros visos del tiempo que duró su pesquisa fotográfica “en el único asilo en el que le permitieron trabajar”:

       

Cárcel de los sueños

        
“A través de los años me volví transparente. Me volví una de ellas, me volví parte del lugar. Era impresionante quedarse allí durante la noche. En la oscuridad, las mujeres que durante el día habían sido mis amigas, se convertían en mis enemigas y me gritaban que me fuera. Pasaron tres años antes de que yo fotografiara un cuerpo desnudo. Tomar a una anciana desnuda fue una maravilla, fue mi liberación, porque como mujer, ver el de otra destruido por el tiempo es muy impactante. Fue para mí un verdadero examen de conciencia. Me acostumbré a la decrepitud y dejó de aterrarme.”

       

Cárcel de los sueños

          
En Cárcel de los sueños las fotos se dividen en dos series. La primera, entre el ensayo y el testimonio fotográfico, la integran las imágenes de las anónimas ancianas. Así, el hecho de no acreditar el asilo, ni el nombre ni la edad de las abuelas, ni el tiempo en que realizó su trabajo, implica
—inextricable al trastoque visual de varias de sus tomas— que, más que documentales, son subjetivas, dramáticas, atemporales y arquetípicas; lo cual parece responder a esa premisa que le confesó a Claudi Carreras: “He redescubierto que la fotografía sí es pintar con luz.” Se observa, además, que pocas veces son imágenes esteticistas. En este sentido, cobra notable relevancia el caso de la foto que ilustra la portada, donde una anciana de espaldas, sentada ante su plato de comer, recibe la visita (¿o la anunciación?) de dos palomas que posan en el quicio de la entreabierta ventana. O sea: parece o resulta una terrenal, instantánea, volátil y poética epifanía. En torno a esa foto, Vida Yovanovich le dice a Claudi Carreras:

           

Cárcel de los sueños

          “[...] en Cárcel de los sueños la muerte está muy presente. Las palomas no solamente son la libertad de forma simbólica sino que, de alguna manera, son la representación de esa muerte, la muerte siempre presente. La primera vez que llegué al asilo estaba lleno de palomas. Sólo me dejaban estar durante una hora, cuando las mujeres tomaban el sol en el jardín. La vejez es tan lenta que las palomas iban y venían, se detenían en los brazos de las sillas o, sin mayor susto en los regazos de las mujeres mismas. La fotografía de la portada del libro fue un regalo que me dio la vida. Llevaba yo ya tiempo de visitar el asilo. La mujer comía en el mismo sitio todos los días, las palomas por la ventana se acercaban y comían de su plato, o a veces ella les daba un poco de tortilla. Un día llegué como siempre y con mi tripié me paré justo detrás, las palomas se espantaron... Estuve inmóvil mucho tiempo, por fin las palomas empezaron a entrar y, con emoción, suavemente, empecé a tomar una y otra fotografía, 36 del mismo rollo y, como siempre pasa, la última fue la mejor. Justo al tomarla sentí cómo el rollo se atoraba. ‘¡No puede ser!’, me dije... Salí corriendo a casa para revelar el rollo y asegurarme de que sí la tenía. El rollo definitivamente se había terminado, pero la imagen alcanzó a entrar en el cuadro con la pequeña parte nebulosa al final de la película. Funcionó muy bien para la portada, lo nebuloso remitiendo a los sueños del título.”

        

Cárcel de los sueños

         La muerte toma siempre la forma de la alcoba/ que nos contiene, reza Xavier Villaurrutia al inicio del “Nocturno de la alcoba”, uno de sus poemas de Nostalgia de la muerte (1938). Y tal fragmento podría ser el epígrafe del libro, dado que la mayoría de las ancianas se halla en la recámara-antesala-de-la-muerte, con los cuerpos decrépitos, enfermos, seniles, lastimosos, desahuciados; e incluso, entre las yacentes en la cama, no faltan las que reproducen posturas mortuorias y rasgos y rictus cadavéricos; por lo que posiblemente sea una negra y macabra ironía (como pelarle los dientes a la pelona
—un humor muy mexicano—) que el libro se haya terminado “de imprimir el 2 de noviembre de 1997”.

            Se ven tan patéticas, tan dolorosas, tan abandonadas, tan solitarias, tan restos de naufragios, que difícilmente ante ellas se puede pensar en un arte de bien morir y mucho menos suponer que sus estertores preludian la eterna e infinita comunión amorosa que se idealiza, se sueña y se canta en los dos últimos endecasílabos de “Amor más allá de la muerte”, soneto de Góngora: serán ceniza, mas tendrán sentido;/ polvo serán, más polvo enamorado.

          

Cárcel de los sueños

          
Cada una, prisionera en el laberinto de sus rasgados sueños, parece susurrar con palabras de Villaurrutia: estoy muerta de sueño/ en la alcoba de un mundo en el que todo ha muerto (de “Nocturno de la estatua” y “Nocturno amor”). Así, o si acaso es así, cifran su propia nostalgia de la muerte, no sólo con su penosa vejez, a veces terrible y obscena (como un escupitajo al rostro del voyeur o del fortuito intruso que observa sin pudor por el ojo de la cerradura... o de la cámara), sino también con un fragmento que se lee en la contraportada y que representa (quizá) la voz de todas ancianas habidas y por haber: “Yo ya me quiero morir... pero Dios no me quiere llevar, es porque estoy pagando mis culpas pero, ¿sabes qué?... Ya ni me acuerdo cuáles son.”

         

Cárcel de los sueños (1997)
Contraportada

         
Rosario Castellanos (1962)
Foto: Kati Horna

           ¿Qué se hace a la hora de morir?, se sigue interrogando Rosario Castellanos desde la ventana del más allá. ¿Cuál es el rito de esta ceremonia?/ ¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?/ ¿Quién aparta el espejo sin empañar?/ /Porque a esta hora no hay madre y deudos./ /Ya no hay sollozo. Nada más que un silencio atroz.

            Y lo mismo (al parecer) se pregunta y afirma Vida Yovanovich al espejearse en las ancianas de sus retratos, de quien dice Elena Poniatowska: “Ella quiso verse a sí misma vieja antes de tiempo. Quiso mirarse en el espejo, quiso volverse una anciana en un asilo dejado de la mano de Dios. Quiso retratarse al retratar a otras.”

            Pero también se lo formula y poetiza en los construidos y teatralizados autorretratos que conforman la segunda serie de Cárcel de los sueños, más sugestiva y magnética que la primera. Está allí, por ejemplo, el fragmento de su rostro que prefigura el rictus de su futuro cadáver; su rostro cubierto con la mortaja de un trozo de gasa-máscara; su evanescente fantasma difuminado en la pared del baño; su onírica silueta que deambula sonámbula en medio de una escarapelada recámara; el ensayo de un crimen que es su imaginario y simbólico suicidio al pseudocolgarse del techo de la alcoba; su cabeza enterrada en una pared derruida; llegando incorpórea por la ventana (como proyección de linterna mágica) a una pieza donde una cadavérica anciana, acostada en el camastro, conjura los últimos suspiros al pie de dos dramáticos tanques de oxígeno; con un espejo en la mano, cuyo reflejo, que no se ve, contrasta su rostro y las arrugas de la borrosa anciana que la acompaña; su evanescente faz, en medio de un fondo negro, con un grito congelado, desgarrado y silencioso, de claustrofóbica pesadilla, que implica la angustia, el dolor y el miedo ante la existencia y el deceso, y cuya circundante negrura supone y prefigura lo oscuro e insondable de la vida y de la muerte, esas formas de la inasible y abstrusa eternidad, que ha estado allí cifrando un enigma, desde siempre.

           

Autorretrato de Vida Yovanovich

         En fin, siempre la muerte sin fin; la muerte no siempre catrina (de hecho, en un autorretrato el cabello de Vida Yovanovich y su cortado rostro sin ojos parafrasean a la Calavera Catrina, el celebérrimo y popular grabado de Posada), la misma muerte que se refleja en la gastada inscripción escrita en el cráneo de un esqueleto, según se lee en “Inscripciones en una calavera”, poema de José Emilio Pacheco: Este cráneo se vio como hoy nos ve/ Como hoy lo vemos/ nos veremos un día.

         

Cárcel de los sueños

        Tiene razón Elena Poniatowska cuando dice que “Vida Yovanovich nos regala una visión desencantada de la etapa final de la vida. La muerte prematura suele considerarse trágica. Vida lo contradice y nos hace cuestionarnos acerca del drama que significa vivir solo, pachucho y abandonado en un asilo donde la muerte es tan atroz como la que les toca a los que mueren de hambre. Aquí los ancianos mueren de sí mismos, de necesidad, de desamor. Solos se matan y solos se van muriendo. Ya no se hacen falta y se dejan ir. No pueden más que abandonarse a la muerte. Sus cuerpos, esa materia fofa, blanda, extinguida, son una envoltura de desecho, feos, listos para la basura. En el asilo, los ancianos ya no entienden nada y han perdido la habilidad de decirle sí a la vida. Acorralados, es imposible levantarse de la cama, de la silla, del banco bajo la regadera. La muerte es un gran escándalo. Aúlla. La vida también es cruel, pero menos que la cámara que revela las arrugas, ensancha los poros de la piel, las manchas cafés que son señal inequívoca de agotamiento. La misión de la cámara no es estética ni moralista. Vida nos muestra el camino, enseña con toda crudeza lo que nos espera.”

     

Elena Poniatowska (1962)
Foto: Kati Horna

           
Pero lo que resulta improbable es que las ancianas de las fotos, tan ruinosas y hasta en silla de ruedas, sin una pierna o condenadas a cama perpetua, se tiren una azarosa canita al aire bailando mambo, danzón y chachachá (“algunos se mueven como si fuera cumbia y quebradita”, dice la Poni), durante el bailongo (¿otra forma de la subyacente, ineluctable y medievalesca danza de la muerte?) que año con año organizaba el entonces Instituto Nacional de la Senectud con el jocoso y freudiano rótulo: “Una cana al aire”.

            Pero sí: para algunas es justo y necesario mover el esqueleto al bailar “de vez en cuando un pasito tun-tun en el Salón Colonia o en el California Dancing Club” o en otro sitio donde no las tomen por locas de atar. No obstante, en caso de hacerlo, las decrépitas y enclenques viejecitas no cometerían un delito y tal vez ni siquiera un deleite (que sería lo de menos y lo más apropiado para la última carcajada de la cumbancha), sino un suicidio por bailar el chachachá.

 

Vida Yovanovich, Cárcel de los sueños. Fotografías y autorretratos en blanco y negro de Vida Yovanovich. Prólogo de Elena Poniatowska. Casa de las Imágenes/Centro de la Imagen/ Dirección General de Publicaciones del CONACULTA. México, noviembre 2 de 1997. 100 pp.