domingo, 14 de junio de 2026

Borges a contraluz (4 de 7)

 Soy una discípula de Bernard Shaw


IV de X

Véase que en la época del galanteo de Borges y de la escritura de “El Aleph”, Chichi (Alba Estela) compartía el dormitorio con su hermano Pato (Patricio Armando). (¿Cada uno en su cama individual o los dos en la misma cama?) De ahí la célebre y jocosa leyenda del incesto transpuesta, se dice, en las cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz Viterbo dirigiera a su primo hermano Carlos Argentino Daneri. Leyenda que al parecer subyace en la génesis del cuento, dado que el manuscrito revela que la idea en ciernes de Borges era que Beatriz Viterbo y su primo eran hermanos. 

       

Estela Canto y su hermano Patricio

Sobre tales fotos apunta Daniel Mecca en la p. 147 de Los Canto (Emecé, 2024):
“El número especial de Sur 192, 193 y 194 [octubre-noviembre-diciembre de 1950]
—publicado por el vigésimo aniversario de la revista— se terminó de imprimir el 7
de diciembre de 1950. Allí, en la nómina de fotos (tipo carnet) de colaboradores
argentinos aparecen las imágenes de Patricio y Estela.”



        Esto lo dejan entrever Ortega y Del Río —sin proponérselo ex profeso— en varias notas al margen de su Edición crítica y facsimilar del manuscrito de “El Aleph”. Una nota se lee en la página 52: “El primer comienzo reza: ‘Carlos Argentino, su hermano’, aunque remitiendo al margen, donde aparece: ‘Argentino Daneri, su primo hermano, era un’. Tachado, puede leerse: ‘Uslanghi, [¿Ubasti?] su primo hermano, era un acto de fe’.” Otra se lee en la página 60: “En el ms., tachado: ‘que el hermano de Beatriz’.” Y otra en la página 62: “En el ms., ‘padres’ sin tachar”, corresponde al pasaje donde Carlos Argentino Daneri le habla al personaje Borges de cuando en su infancia descubrió el aleph en la oscuridad del sótano: “Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano.” (¿Y por qué sus tíos?, si antes exclamó: “¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay!”) A esto se añade que en la página 56, al margen del párrafo donde el personaje Borges comenta las “Otras muchas estrofas” que Daneri le leyó de La Tierra —su ampuloso y volumétrico poema en ciernes—, precisamente en torno al pasaje donde critica: “En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores.” Apuntan (tal si se fuera un palimpsesto) lo que trasluce la primigenia y borrada hermandad de Carlos y Beatriz: “En el ms. aparece sistemáticamente tachado ‘Viterbo’, siendo sustituido por ‘Daneri’ a partir de aquí, por lo que eludimos la nota específica en cada caso.” Y más aún: cuando a fines de octubre de 1941 Daneri telefonea a Borges para, agitadísimo, informarle de la inminente demolición de la casa de la calle Garay y decide ir a ver el aleph ipso facto, narra: “Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás...” O sea: Daneri, el primo hermano de Beatriz —que iba a ser su hermano— es un Viterbo, puesto que Borges sigue narrado: “Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable [¿habrá visto a través del aleph?], pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.”

Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios/El Colegio de México
(México, 2ª ed., enero de 2008)

         Si el hecho de que Daneri es un Viterbo quedó en el cuento como un remanente de la idea preliminar de que Carlos y Beatriz eran hermanos, quizá también lo es la presencia de la galería de retratos que adornan la abarrotada salita de la casa de la calle Garay, cuyos detalles Borges describe cuando el 30 de abril de 1929 visita a Carlos Argentino Daneri y a su padre para conmemorar, con ellos, el cumpleaños de ella, pese a que recién falleció una candente mañana de febrero. Casa de la que Daneri dice, alarmado, en el susodicho telefonema de fines de octubre del 41: “¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay!”, “repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.” Así que cuando Borges llega a la casa de la calle Garay para husmear y ver el aleph y espera en la abarrotada salita a que aparezca el niño (dizque está, como siempre, en el sótano, revelando fotografías, según le dice la sirvienta), Borges narra:

   

Elvira de Alvear

(Probable arquetipo de Beatriz Viterbo)

        “[...] Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

    “—Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.”

Acendrada pasión platónica e infructuosa debilidad amorosa de sobra consabida por Daneri, dado que le dice, en el comedor, sobre el microcosmo de alquimistas y cabalistas que en breves momentos verá acostado en la oscuridad del sótano:

“—Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.”

   

Borges a contraluz, p. 135

      Véase que en la página 617 del tomo de las
Obras completas se lee que el personaje Borges ritualmente visita la casa de la calle Garay para conmemorar, cada 30 de abril, el cumpleaños de Beatriz Viterbo, fallecida una candente mañana de febrero de 1929. No obstante, en la página 211 de sus “memorias”, dentro del capítulo “El Aleph”, Estela la cantora afirma: “En El Aleph, en ese sótano de una casa de la calle Brasil [sic], el autor trasciende la carne.” Si bien en la carta del lunes 5, que ella ubica en el mes de febrero de 1945 (p. 135 y 136), Borges le dice: Esta semana concluiré el borrador de la historia que me gustaría dedicarte: la de un lugar (en la calle Brasil) donde están todos los lugares del mundo, el cambio a calle Garay ya está en el manuscrito que Borges dejó en su casa cuando ella mecanografió el cuento (con las correcciones dictadas por él), cuyas hojas mecanográficas (quizá pasadas en limpio por segunda vez por ella tras las enmiendas hechas a mano por Borges a la primera versión mecanográfica) fueron llevadas a la revista Sur —donde se publicó entre las páginas 52 y 66 del número 131 de septiembre de 1945—. Manuscrito que, cuarenta años más tarde, ella vendió en Nueva York a través de Sotheby’s, cuyo facsímil (lo acaba de teclear el reseñista en la parte III) fue publicado en 2001 (y en 2008) por El Colegio de México en la Edición crítica y facsimilar preparada por Julio Ortega y Elena del Río Parra, coincidiendo, dicen en la 23, “con el centenario de Borges”, pese a que a nivel global se celebró con bombo y platillo y a toda orquesta en 1999. No obstante, permite advertir la mentira o fabulación que Estela canta en la página 210 de sus “memorias” sobre lo que supuestamente dijo el personaje Borges tras emerger del sótano:

  “Al salir del sótano dice a Daneri que no ha visto nada.

   “Esta era la primera versión de El Aleph. La otra, la definitiva, que está en las Obras Completas de 1972 [sic], es más mansa e indirecta. Borges no niega haber visto el aleph; su respuesta es ambigua. Le quita importancia. Carlos Argentino puede suponer que lo ha visto o no. En todo caso, le hace sentir que no tiene el alcance que él le ha dado. Disminuir al aleph, o negarlo, es la venganza de Borges. En todo caso, hay aquí algo que se quiere ocultar.”

   

(Losada, 1949)

              Pues basta cotejar el episodio que refiere Estela —página 68 y 69 de la Edición crítica y página 626 de las Obras completas— para advertir que casi son idénticos y que el personaje Borges nunca dijo que no ha visto nada. Más aún porque en la misma página 69 Ortega y Del Río aluden “la edición de Losada, que seguimos”, que es la editada en 1949 en el libro homónimo, según acreditan en la postrera “Bibliografía” y puntualizan en el prefacio “Nuestra edición”: “Borges regaló el manuscrito de ‘El Aleph’ a Estela Canto [el original quedó en casa, dice ella en la 208 de sus ‘memorias’], a quien está dedicado el cuento; ella lo vendió en 1985 a la casa de subastas Sotheby’s donde la Biblioteca [Nacional de España] lo adquirió. En esta edición hemos anotado las variantes que corresponden a dicho manuscrito, teniendo como base la primera publicación del cuento en libro, como parte de Al Aleph (1949), en la editorial Losada. Hemos utilizado como punto de partida el texto en esa edición por incluir cambios [mínimos] con respecto a su edición en Sur (1945), indicando las variantes frente a su publicación en la revista.”

  En este sentido, véase que en la página 68 de la Edición crítica de Ortega y Del Río se lee:

  “—Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman —dijo una voz aborrecida y jovial—. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!

 “Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:

 “—Formidable. Sí, formidable.”

Borges y el aleph

      O sea: Borges le confirma que sí vio el aleph acostado en la obscuridad del sótano, precisamente en la parte inferior del escalón diecinueve, hacia la derecha. (Tuvo por humildosa almohada una bolsa de lona doblada y acomodada en un sitio preciso por el propio Daneri.)

  En la página 626 de las Obras completas en lugar de “Los pies” se lee “Los zapatos” (cambio que no aluden Ortega y Del Río) y el citado resto es idéntico. Y también es idéntico el consecutivo pasaje de la página 69 de la Edición crítica y el siguiente pasaje definitivo que se lee en la página 626 de las Obras completas:

“La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:

  “—¿Lo viste todo bien, en colores?

  “En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli, que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos.

 “En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido.”      

Obsérvese, además, que la Edición crítica y facsimilar de Ortega y Del Río no está exenta de algunos yerros. Por ejemplo, en la página 80 datan el año del nacimiento de Estela Canto en 1919; pero nació el 4 de septiembre de 1915, por ende tenía casi 29 años en agosto de 1944 cuando conoció a Georgie. (Según apunta Mecca en la 11 de Los Canto: “Estela solo había publicado hasta ese momento tres cuentos: dos en la revista Sur y uno en el suplemento de La Nación.”

Acta de bautismo de Estela Canto en la iconografía de Los Canto (Emecé, 2024)

        Y pese a que en la 81 de sus “memorias” ella canta: “Yo tenía 28 años cuando encontré a Borges”, ya tenía 29 cuando a principios de diciembre del 44 inició el verdadero encuentro tête-à-tête y el consecuente enamoramiento de él.) En la 74 dicen que el poeta argentino Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824) fue “tío abuelo de Jorge Luis Borges”; pero fue su tío bisabuelo, dado que era hermano de María del Carmen Lafinur (1808-1876), esposa del portugués Francisco Borges (1782-1837), padres de su abuelo el coronel Francisco Isidoro Borges (1833-1874), esposo de su abuela inglesa Fanny: Francis Anne Haslam (1842-1935). En la 75 que Álvaro Melián Lafinur (1889-1958) era “primo del padre de Borges”; pero era primo segundo. Y en la misma 75 dicen: “J-P. Bernès indica el origen de estos adjetivos en el Diccionario etimológico del castellano actual, que Lugones edita en 1944.” Pero Lugones se suicidó seis años antes: el 18 de febrero de 1938.

(FCE, 1957)

         Y además de alguna vistosa errata, no falta la negligencia. Por ejemplo, sobre la alusión que se lee en el fragmento: “para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros” (p. 65), en su correspondiente nota 27 bosquejan la identidad del autor del Coloquio de los pájaros; tres veces denominan Simorg al Simurg y comentan: “Borges hace referencia a esta ave en Manual de zoología fantástica (Fondo de Cultura Económica, 1997, pág. 134).” Pues además de que omiten que la edición prínceps del Manual, número 125 de la colección Breviarios del FCE, data del 30 de marzo de 1957 (desde entonces y en las sucesivas reediciones el texto de “El simurg” figura en las páginas 134-135 con una viñeta de Xul Solar sin su crédito en ninguna parte del libro, incluida la conmemorativa del 50 aniversario, impresa y encuadernada en marzo de 2007), no consignan que en la 418 del tomo de las Obras completas —que es la última página del cuento “El acercamiento a Almotásim”—, Borges alude el “Coloquio de los pájaros de Farid ud-din Attar” y que en la nota al pie resume el mito del Simurg, que 22 años después de haberlo redactado volvería a resumir en el Manual con la complicidad de Margarita Guerrero.

Manual de zoología fantástica (FCE, 1957), p. 134-135

       
(Viau Zona, 1936)

          Veamos. Borges, con sutil humor, publicó “El acercamiento a Almotásim” en la postrera sección Dos notas de su libro de ensayos Historia de la eternidad (Buenos Aires, Viau y Zona, 1936). De ahí que diga entre las páginas 77-78 de su citado Ensayo autobiográfico: “Mi siguiente cuento ‘El acercamiento a Almotásim’, escrito en 1935, es a la vez un engaño y un pseudoensayo. Finge ser la reseña de un libro publicado por primera vez en Bombay, tres años antes. Doté a su segunda y apócrifa edición de un editor real, Victor Gollancz, y de un prefacio de una escritora real, Dorothy L. Sayers. Pero autor y libro son enteramente de mi invención. Aporté el argumento y ciertos detalles de algunos capítulos —tomando cosas prestadas a Kipling e introduciendo a un místico persa del siglo XII, Farid al-Din Attar— y luego puntualicé cuidadosamente sus limitaciones. El cuento apareció al año siguiente en un volumen de ensayos, Historia de la eternidad, semioculto al final del libro, junto a un artículo sobre el ‘Arte de injuriar’. Quienes leyeron ‘El acercamiento a Almotásim’ lo tomaron en serio, y uno de mis amigos [el joven Adolfito de 21 o 22 años] llegó a solicitar la compra de un ejemplar a Londres. No fue hasta 1942 cuando lo publiqué abiertamente como cuento, en mi primera colección de cuentos, El jardín de senderos que se bifurcan [Buenos Aires, Sur, 1941; ‘El colofón dice 30 de diciembre de 1941, el copyright 1942’, Nicolás Helft dixit]. Quizás he sido injusto con ese texto; ahora me parece que pronostica y hasta fija la pauta de otros cuentos que de alguna manera me estaban esperando, y en los que luego se basaría mi reputación de cuentista.”

(Emecé, 1953)

      Véase que, por tal razón, cuando Editorial Sur publicó Ficciones el 4 de diciembre de 1944, “El acercamiento a Almotásim” apareció en la primera parte del libro: El jardín de senderos que se bifurcan. No obstante, permaneció en la citada reedición de 1953 que Emecé hizo de Historia de la eternidad (volumen 1 de la colección Obras Completas de Jorge Luis Borges cuidadas por José Edmundo Clemente) con el prólogo (citado en la parte I de la presente cibernota) donde Borges menciona al organizador de tal resurrección:

 “El acercamiento a Almotásim es de 1935; he leído hace poco The Sacred Fount (1901), cuyo argumento general es tal vez análogo. El narrador, en la delicada novela de James, indaga si en B influyen A o C; en El acercamiento a Almotásim, presiente o adivina a través de B la remotísima existencia de Z, a quien B no conoce.

 “El mérito o la culpa de la resurrección de estas páginas no tocará por cierto a mi karma, sino al de mi generoso y tenaz amigo José Edmundo Clemente.”

  Por ende, en el momento de organizar (con el editor de Emecé Carlos V. Frías) la edición del tomo de las Obras completas de 1974, “El acercamiento a Almotásim” fue suprimido de El jardín de senderos que se bifurcan y preservado en el sitio que tuvo en 1936 y en 1953.

El simurg

Ilustración de Francisco Toledo para el
Manual de zoología fantástica editado
en 1984 en la colección Tezontle de FCE.



Continuará en la entrada Borges a contraluz (5 de 7).     


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