viernes, 4 de julio de 2014

Leviatán


                         
La Estatua de la Libertad y el ángel caído

El norteamericano Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, febrero 3 de 1947) —Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006— publicó en inglés, en 1992, su novela Leviatán, la cual en el Viejo Continente recibió el “Premio Médecis a la mejor novela extranjera publicada en Francia”. 

Paul Auster
         La voz narrativa de Leviatán es la de Peter Aaron, alter ego del autor, nacido el mismo año que éste, cuya supuesta primera novela: La luna, es una franca alusión a El palacio de la Luna (1989), la más exitosa novela del polígrafo y cineasta Paul Auster.
 


     
Inscripción en la Estatua de la Libertad
        Seis días antes del 4 de julio de 1990, Benjamin Sachs, el mejor amigo de Peter Aaron, murió en sanguinolentos pedazos, junto a un coche robado, al explotar una bomba al borde de una carretera del norte de Wisconsin. 

       Se ignora si lo mataron o se mató. 
       Peter Aaron se halla en la cabaña-estudio de una casona de campo en Vermont. Ese 4 de julio de 1990 y tras la visita de dos agentes del FBI que encontraron su número telefónico de Nueva York en los restos de los bolsillos de Benjamin Sachs, ha decidido escribir una especie de reporte destinado a esclarecer posibles confusiones en relación al pasado y a las actividades de su difunto amigo. 


       
         Sin embargo, el relato de Peter Aaron no es una suma de datos: un sobrio informe destinado a la policía, ni un testimonio que desembrolle el trasfondo psicológico, ideológico, anarca y político que llevó a Benjamin Sachs a convertirse en El fantasma de la Libertad, un clandestino y solitario rebelde que desde el 16 de enero de 1988 se dedicó, en distantes puntos de los Estados Unidos, a colocar bombas en las réplicas de la Estatua de la Libertad, siempre teniendo el cuidado de no poner en peligro la vida de nadie; y cuyas detonaciones y comunicados a través de los mass media despertaron antipatías y simpatías y el consecuente uso y comercialización propia del arquetipo de la sociedad de consumo: camisetas y chapas con la imagen de El fantasma de la Libertad, caricaturas políticas, tema de editoriales periodísticos, de sermones y de polémicas radiofónicas; e incluso, en Chicago, hubo “un número de cabaret en el que el Fantasma desnudaba lentamente a la Estatua de la Libertad y luego la seducía”. 



 
   
     
      
   
 
        Traducida al español por Maribel de Juan, la novela Leviatán es una especie de casona de dos aguas repleta de pasillos y pasillitos, habitáculos de muchos tamaños, escaleras que suben y bajan, desvanes, minucias y anécdotas sentimentales y melodramáticas. En este sentido, pese al activismo de Benjamin Sachs y a los sesgos críticos (light) de la novela de Paul Auster, no es de índole política ni cuestionadora de la idiosincrasia gringa (¡oh paradoja!), ni de ciertos cuadros de costumbres del consabido american way of life, ni del trasfondo y las historias negras y cruentas en que descansa ese grandísimo y totémico emblema de los megalómanos y autodeificados Estados Unidos: la Estatua de la Libertad, símbolo de democracia, de libertad e igualdad ante la ley.
       

       Peter Aaron, narrando asuntos sobre su propia vida doméstica y afectiva y sobre su desarrollo como escritor, cuenta la relación de los hechos desde que conoció a Benjamin Sachs en un bar de Nueva York, un día de 1975, no sin añadir algunos datos anteriores a tal fecha, como la circunstancia de que Sachs nació “el 6 de agosto de 1945”, por ende le gustaba pregonar que fue “el primer niño de Hiroshima nacido en Estados Unidos”; que se negó a ir a Vietnam, por lo que en 1968 lo encerraron en la cárcel durante más de un año, donde comenzó a escribir El nuevo coloso, concluida en 1973. Y según informa y reseña Peter Aaron, es una novela histórica sobre los Estados Unidos de entre 1876 y 1890, con personajes históricos, literarios y ficticios, en la que se exalta la figura de Henry David Thoreau (1817-1862), al cual Benjamin Sachs rindió pleitesía dejándose crecer el pelo y la barba. Y pese a que fue su primera novela (la única), lo colocó de inmediato en el mapa de los nuevos narradores, además de ser un prolífico autor de ensayos de todo tipo, notable entre la intelligentsia neoyorquina.

Henry David Thoreau (1817-1862)

          Frente al anarquismo que signó los últimos días de Benjamin Sachs, cabe destacar un fragmento de lo que Peter Aaron dice de El nuevo coloso: “La emoción dominante era la ira, una ira madura y lacerante que surgía casi en cada página: ira contra América, ira contra la hipocresía política, ira como arma para destruir los mitos nacionales”.
     
 
     
        
     
  
       Todo iba por rumbos y contrastes más o menos previsibles (nadando de a muertito), hasta que el 4 de julio de 1986, durante los festejos del primer centenario de la Estatua de la Libertad, Sachs se cayó de una altura que “estaba a cuatro pisos del suelo”. Un tendedero amortiguó el golpe y no murió, pero sí trastocó el sentido de su vida. Abandonó sus frenéticas tareas ensayísticas (tenía, incluso, una agente que resolvía el asunto de los dividendos de su acreditada firma), rompió con Fanny, su mujer por más de 20 años, y su caída literalmente lo convirtió en un ángel caído, en un energúmeno hundido y enredado en un oscuro y laberíntico conflicto de culpas individuales y sociales. 



         Buscando su rescate, Peter Aaron, con apoyo de una editora, en 1987 le propone a Benjamin Sachs que reúna sus artículos y los publique en un libro. Sachs acepta. Deja Nueva York y se va a la cabaña-estudio de la casona de campo en Vermont (la misma donde en 1990 se halla Aaron), pero en vez de preparar el libro de artículos, empieza a escribir Leviatán, una novela que queda inconclusa. 
Paul Auster
         Benjamin Sachs no la termina por un bemol imprevisto. Al rondar por un bosque cercano, absurdamente se pierde y presencia un crimen, el cual lo induce a cometer un asesinato imprudencial: de un batazo mata a Reed Dimaggio, según lee en el pasaporte de éste. 

Más tarde, en Nueva York, al enterarse por Maria Turner que el asesinado fue el marido de su amiga Lillian Stern y que además de asesino era un profesor universitario, Benjamin Sachs busca redimirse y viaja a Berkeley con la intención de entregarle a Lillian Stern el dinero de la bolsa de bolos (165 mil dólares) que halló en la cajuela del auto de Reed Dimaggio (una de sus maletas contenía utensilios para fabricar bombas). Sin embargo, en Berkeley se transforma en una especie de criado (con complejo de culpa) que limpia de arriba abajo las sucias y atiborradas habitaciones de la casa de Lillian Stern, bella ex prostituta, dizque masajista y modelo (que resucitaría a un muerto), quien vive con una hija que tuvo con Reed Dimaggio, de la que Sachs se hace un ferviente nano.
       Luego de la espinosa relación afectiva con Lillian Stern, Benjamin Sachs, al revisar los izquierdistas y anarcas libros y papeles de Reed Dimaggio, lee la copia de la tesis que hizo sobre Alexander Berkman, una apología de la vida y obra de tal judío de origen ruso, autor de Memorias carcelarias de un anarquista y Abecedario del anarquismo comunista
Paul Auster
        Y ante la imposibilidad de escribir una biografía sobre Reed Dimaggio (al que ahora admira), en su interior se enciende la delirante mecha y se lanza a la tarea que supone era la secreta y clandestina misión de Reed Dimaggio: construir bombas, hacer añicos las réplicas de la Estatua de la Libertad y rubricar los estallidos con moralistas mensajes, casi poemas para sus fanáticos que veían en él un predicador no siempre en el desierto: “un profeta angustiado de voz dulce”, un “héroe popular clandestino”, “casi bíblico”; pese a que en realidad era un loco anarquista con una postura suicida y nada consistente, “un chiflado, otra figura pasajera en los anales de la locura americana”. 

       Pero si a través del subjetivo testimonio de Peter Aaron no se explora el trasfondo psíquico de Benjamin Sachs: ¿cómo se engranan y desengranan los chips, los resortes, los tornillos, las tuercas, los alambres y los fluidos de esa sutil pulsión de relojería que transformaron su cerebro, sus ideas y su vida en un kamikaze o bomba de tiempo de carne y hueso?, por lo menos el lector sí tiene noticias de su azarosa y fragmentaria declaración de principios explosivos. 
        Por ejemplo, cuando Peter Aaron dice que Benjamin Sachs le dijo que se notaba que Reed Dimaggio “apoyaba a Berkman, que creía que existía una justificación moral para ciertas formas de violencia política. El terrorismo tenía un lugar en la lucha, por así decirlo. Si se usaba correctamente, podía ser un instrumento eficaz para llamar la atención sobre los temas en cuestión, para revelarle al público la naturaleza del poder institucional”.
        Así, resulta lógico que para rendirle un tributo más a los santos patronos de su secreta identidad de rebelde “con causa”, Benjamin Sachs haya alquilado “un apartamento barato en la zona sur de Chicago” usando el nombre de Alexander Berkman.



Paul Auster, Leviatán. Traducción del inglés al español de Maribel de Juan. Panorama de narrativas núm. 283, Editorial Anagrama. Barcelona, mayo de 1996. 272 pp.








sábado, 14 de junio de 2014

Manual de zoología fantástica



El bestiario y la flor evanescente

      
                                                                                                                                  
                                                                                                                                      
Si a Jorge Luis Borges ciertos amigos y seres queridos desde la infancia le decían Georgie, él cariñosamente llamaba Margot a Margarita Guerrero, a quien dedicó su libro de ensayos Otras inquisiciones (1937-1952) (Sur, Buenos Aires, 1952), y con la cual publicó el libro de ensayos sobre José Hernández (1834-1886) y su insigne poema gauchesco: El “Martí Fierro” (Columba, Buenos Aires, 1953), y el célebre Manual de zoología fantástica (FCE, México, 1957), impreso diez años después con otro título, un nuevo prólogo y 34 nuevos textos que se sumaron a los 82: El libro de los seres imaginarios (Kier, Buenos Aires, 1967).
Margarita Guerrero en 1945
(foto: Grete Stern)
En la iconografía borgesiana habita un magnífico retrato de la bella e inasible Margarita Guerrero que la fotógrafa alemana Grete Stern (entonces exiliada en Buenos Aires) le tomó en 1945. Éste se puede observar en la página 13 de La FotoGalería del Teatro San Martín (La Azotea, Buenos Aires, 1990), crónica antológica e iconográfica de la fotógrafa, galerista y editora argentina Sara Facio; y en la página 162 del Album Jorge Luis Borges (Gallimard, París, 1999), espléndida iconografía, con 280 imágenes en color y en blanco y negro, cuya selección y laboriosos comentarios en francés se deben a Jean Pierre Bernès.
Por lo regular, los biógrafos de Borges poco o nada dicen de Margarita Guerrero. Para Emir Rodríguez Monegal, en Borges. Una biografía literaria (FCE, México, 1987), sólo es el nombre de una borrosa fémina impreso en tres de sus libros. Para Ricardo-Marcos Barnatán, en Borges. Biografía total (Temas de Hoy, Madrid, 1995), sólo es su colaboradora en El “Martín Fierro” y en el Manual de zoología fantástica, pues no menciona El libro de los seres imaginarios. Para María Esther Vázquez, en Borges. Esplendor y derrota (Tusquets, Barcelona, 1996), es un ser inexistente. Volodia Teitelboim, en Los dos Borges (Hermes, México, 1996), tan sólo cita su colaboración en su nota sobre el Manual de zoología fantástica. Para Alicia Jurado, en Genio y figura de Jorge Luis Borges (EUDEBA, Buenos Aires, 1997), cuya primera edición data de 1964, si bien la nombra como colaboradora en los dos primeros, no existe cuando enumera El libro de los seres imaginarios. Para James Woodall, en La vida de Jorge Luis Borges. El hombre en el espejo del libro (Gedisa, Barcelona, 1998), era una “célebre beldad” de la que se rumoraba que pudo haber tenido una relación amorosa con el escritor y con la que aspiró a casarse; y según él, pero en esto yerra estrepitosamente, el Manual de zoología fantástica es el primer libro que dictó en su oficina de la Biblioteca Nacional, cuya dirección asumió en octubre de 1955, año en que la prescripción médica le prohibió leer y escribir. Para deshacer su argumento, a priori, sólo basta recordar que la creación del bestiario es anterior a tal puesto (pese a que se publicó en 1957) y un notorio indicio es la fecha con que el dúo dinámico rubricó el prólogo: “Martínez, 29 de enero de 1954”. Mientras que Alejandro Vaccaro, en su cronología ilustrada Una biografía en imágenes. Borges (Ediciones B, Buenos Aires, 2005), no reseña ninguno de los tres libros, pero menciona su colaboración con el escritor y ofrece pequeñas reproducciones en blanco y negro de las tres portadas de los libros donde ella participó, más un fragmento del prefacio del Manual de zoología fantástica.
Borges en 1951
(foto: Grete Stern)
Edwin Williamson, por su parte, en Borges, una vida (Seix Barral, Buenos Aires, 2006), sí bosqueja algo del vínculo afectivo entre Margarita Guerrero y el escritor; dice, entre varias lecturas en las que devela la intrínseca presencia de la fémina en ciertos textos y posturas anímicas e ideológicas de Borges, que “estaba perdidamente enamorado de Margot”; y que además de bailarina y amiga de Estela Canto, de Cecilia Ingenieros y de Betina Edelberg, era aficionada al ocultismo; y Borges, intrigado por esto, “se acostumbró a acompañarla a la librería Kier de la avenida Santa Fe, especializada en esas materias. Allí los dos pasaban el tiempo hojeando con satisfacción manuales de astrología, numerología, lectura de manos, y cosas por el estilo.” Por ende, en el proceso de seducción, dice el biógrafo, Borges “ideó un proyecto lo bastante extravagante como para competir con el interés de Margot por el ocultismo. Se puso a hacer un catálogo de los animales más extraños que la mente humana hubiera soñado, y convenció a Margot de ayudarlo a reunir este bestiario curioso”.
En el CD ROM adjunto al libro del argentino Nicolás Helft: Jorge Luis Borges. Bibliografía completa (FCE, Buenos Aires, 1997), se podían apreciar en color las tapas de El “Martín Fierro” y de las ediciones príncipe del par de bestiarios en los que colaboró Margarita Guerrero. Como se apuntó líneas arriba, el Manual de zoología fantástica apareció por primera vez en México, en 1957, editado por el Fondo de Cultura Económica con el número 125 de la serie Breviarios; y El libro de los seres imaginarios fue impreso en Buenos Aires, en 1967, por Kier, que es el nombre de la susodicha librería a la que Borges iba con Margot durante su galanteo y por ende se puede suponer que Borges haya elegido tal sello editorial como un forma de evocar y reafirmar los buenos tiempos.
Inducido y persuadido por su madre, reporta Edwin Williamson (y en esto coincide con otros biógrafos, pero con otros no), el 4 de agosto de 1967 el solterón, célebre y ciego Borges se casó por lo civil con la viuda Elsa Astete Millán y por la iglesia (y a toda orquesta) el siguiente 21 de septiembre (la aciaga separación ocurría el 7 de julio de 1970). Pero al parecer, en la búsqueda de la mujer ideal (la “nueva Beatriz”, dice Edwin), el escritor pensó antes en Margot. Williamson lo boceta así: “¿quién más podría ser una compañera adecuada para casarse? En la segunda mitad de 1966, Borges había reanudado su amistad con Margarita Guerrero y la había convencido de colaborar con él para realizar una segunda edición aumentada del Manual de zoología fantástica, el bestiario de criaturas imaginarias que habían realizado durante su breve amistad amorosa a comienzos de los años cincuenta. Borges, parece, contemplaba la posibilidad de revivir su relación con Margot, ¿pero duraría semejante unión? Era improbable, a juzgar por la evidencia pasada.” Es decir, según el biógrafo, ella, otrora, súbitamente cortó la relación y Borges la pasó muy mal; Betina Edelberg, su colaboradora en los ensayos de Leopoldo Lugones (Troquel, Buenos Aires, 1955), lo vio llorar; “le afectó terriblemente, terriblemente”, “sufrió muchísimo”, “estaba destrozado”, le dijo a Edwin. Borges pensó en el suicidio y en la muerte; y fruto de tal desasosiego es el poema “Mateo, XXV, 30”, reunido en El otro, el mismo (Emecé, Buenos Aires, 1964).
Manual de zoología fantástica (2007)
Portada: Pablo Rulfo
Por lo que argumenta Edwin Williamson se colige que Borges inició en solitario la zoología fantástica y luego convenció a Margarita Guerrero para que se sumara al acopio. Tal inferencia no riñe con una carta que no menciona el biógrafo (al parecer no la consultó) y que se halla en el archivo del FCE, cuyo facsímil la editora publicó en forma minúscula en su Gaceta de junio de 1996, precisamente en el apartado que reproduce cuatro misivas bajo el título “Algunas cartas de Borges y a Borges en el archivo del Fondo de Cultura Económica”. En 1951, en la serie Breviarios del FCE, Borges había publicado con Delia Ingenieros Antiguas literaturas germánicas (cuya tapa original también se veía a color en el CD ROM de la Bibliografía completa); y en la carta mecanográfica que Borges le dirige a Arnaldo Orfila Reynal, entonces director del FCE, fechada en “Buenos Aires, 9 de diciembre de 1952” (y recibida 7 días después, según el sello), si bien para los efectos de la nota lo que llama la atención es la postdata, pues allí Borges reporta: “Con Betina Edelberg trabajo asiduamente en la zoología fantástica”, lo cual indica o invita a suponer que por entonces su colaboradora de cabecera aún no era Margarita Guerrero; vale la pena transcribir su meollo central, pues allí el escritor bosqueja la gestación de una miscelánea que nunca se llevó a la imprenta (quizá sí se concluyó o permanece inclusa en alguna gaveta) y que resulta muy interesante y característica de su lúdico y  estético enciclopedismo piénsese, por ejemplo, en las antologías Libro del cielo y del infierno (Sur, Buenos Aires, 1960) y Libro de sueños (Torres Agüero, Buenos Aires, 1976), además de que también alude una selección en ciernes pergeñada por Silvina Ocampo:
“Estimado amigo:
“¿Cree usted que para la nueva serie de los Breviarios podría interesar un libro, de índole antológica, sobre el principio y el fin del mundo? Sus páginas registrarían las antiguas cosmogonías de los libros sagrados, de los filósofos y de los heresiarcas y las diversas hipótesis de la ciencia. Luego vendrían las doctrinas que niegan que el mundo tuvo principio; la teoría cíclica, en sus diversas formas y, finalmente, las profecías de la astronomía y de la religión sobre la muerte del universo.
“Tenemos bastante material reunido y, en breve, podríamos entregar el trabajo.
“Por su parte, Silvina Ocampo le propone un antología de los poetas traducidos por los poetas, obra que viene preparando desde hace tiempo.
“A la espera de sus noticias, lo saludamos muy cordialmente.”
El catoblepas
La cuarta de las tales misivas también es relativa al Manual de zoología fantástica, aún en proceso; con fecha del 30 de junio de 1954 (y recibida 8 días después, según el sello), Margarita Guerrero la redactó en forma manuscrita a Arnaldo Orfila Reynal. En lo que dice sobre el dibujo para “El catoblepas” (el cual en la página 49 precede al texto en las sucesivas reediciones), cabe destacar que se eligió para ilustrar la tapa de la primera edición (el diseño de la portada de la novena reimpresión, de 2007, es de Pablo Rulfo). Y pese a que el facsímil de la revista es muy deficiente, el presente tecleador cree no haber errado en su transcripción:
“Muy estimado Señor:
“Tengo el agrado de dirigirme a Ud en nombre de Borges y en el mío propio, acusando recibo de su muy atenta del 3 del actual
“Me es grato informarle que el jueves 24 de junio fueron entregadas las ilustraciones y dos artículos más para el libro en Independencia 802. Habrá que agregar en la ilustración del ‘El Catoblepas’ el nombre del dibujante: FABRIZIO CLERICI.
“En lo relativo al giro, debido a que Borges aún se encuentra en el país, juzgo conveniente que lo haga llegar a su domicilio particular: Maipú 994 Piso 6to.
“Por último, en cuanto a la suma por Ud anunciada en un primer momento, de acuerdo con lo que me informa Borges, es de 500 dólares. (Preferiríamos dólares, en lo posible).
“En mi nombre y en el de Borges, que no puede escribirle debido a una momentánea indisposición, me permito saludarlo atentamente.
“Margarita Guerrero”
Las cuatro misivas publicadas en tal Gaceta son un indicativo del borgesiano acervo documental que obra en los archivos del FCE y que bien puede brindar nuevas luces a futuros biógrafos e investigadores y por ende a los lectores de a pie difuminados en la masa anónima de la aldea global. 


Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, Manual de zoología fantástica. Breviarios (125), FCE. 9ª reimpresión. México, 2007. 160 pp.



domingo, 18 de mayo de 2014

Gabo. Cartas y recuerdos


              
De caso perdido a Premio Nobel de Literatura
   
                                   
I
Impreso en Barcelona, en febrero de 2013, por Ediciones B, Gabo. Cartas y recuerdos, parece, a simple vista, un nuevo libro donde el colombiano Plinio Apuleyo Mendoza (Tunja, 1932) evoca y tributa, una vez más, a su viejo amigo y compadre del alma Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-México, abril 17 de 2014). No es precisamente así, pues pese a que el autor y la editorial (por obvia mercadotecnia) no lo consignan en ningún sitio, Gabo. Cartas y recuerdos es casi el mismo libro que Aquellos tiempos con Gabo (Plaza & Janés Editores. Barcelona, 2000). Es decir, no obstante el cambio del título, se trata de una edición revisada de éste, con minúsculas y muy esporádicas omisiones, modificaciones y añadidos, a la que sólo se le agregó un “Prólogo”, once cartas que Gabo le escribió a Plinio, y una breve iconografía en separata (ocho fotos en blanco y negro y cuatro a color). 
(Ediciones B, Barcelona, febrero de 2013)
 
(Plaza & Janés, Barcelona, febrero de 2000)
   
"Tres celebridades de Colombia fotografiadas en una calle de Bogotá en
1959: el escritor Álvaro Mutis, el pintor Fernando Botero y García Márquez."
Reza el pie de foto que se lee en la iconografía que ilustra Gabo. Cartas y
recuerdos
(Ediciones B, 2013); no obstante, la datación yerra, pues el
poeta y narrador Álvaro Mutis, entre "el 22 de septiembre de 1958" y "el
21 de diciembre de 1959", estuvo preso en el
Palacio Negro de Lecumberri de la Ciudad de México.
        Curiosamente, en la segunda foto en blanco y negro se observa en una calle a tres personajes caminando en animada conversación, cuyo pie reza: “Tres celebridades de Colombia fotografiadas en una calle de Bogotá en 1959: el escritor Álvaro Mutis, el pintor Fernando Botero y García Márquez.” Pero todo indica que “1959” es una fecha errada y “Bogotá” un lugar equivocado, pues casi al inicio del “Capítulo 13” de García Márquez. El viaje a la semilla (Alfaguara, Madrid, 1997), el también colombiano Dasso Saldívar apunta que Álvaro Mutis (quien en “enero de 1954”, “desde su puesto de relaciones públicas de la Esso en Bogotá, había ‘rescatado’ a su amigo de la bohemia de Barranquilla, enviándole dos pasajes de avión y alojándolo en su casa, hasta conseguir que los dueños de El Espectador lo contrataran como redactor de planta, donde se convertía en el reportero estrella que “el viernes 15 de julio de 1955” viajaría a Europa como corresponsal) abandonó Colombia, “de forma precipitada”, “la mañana del 21 octubre de 1956” (“mientras García Márquez corregía compulsivamente El coronel no tiene quien le escriba en una buhardilla de París”) y tres días después llegó a la Ciudad de México vía Medellín y Panamá; se hospedó “las primeras semanas en la casa del pintor Fernando Botero y su esposa Gloria Zea” y “empezó a trabajar como ejecutivo de publicidad con Augusto Elías, de donde pasó un año después a la productora cinematográfica de Manuel Barbachano Ponce”. Puesto que incidiría en la ayuda que le brindó a Gabo para que en 1963 urdiera el guión de “El gallo de oro”, relato de Juan Rulfo, cuyos colombianismos fueron mexicanizados por Carlos Fuentes, y que acabó convirtiéndose en el mediometraje homónimo dirigido por Roberto Gavaldón, cuyo estreno data del “17 de diciembre de 1964”, según apunta el colombiano Eduardo García Aguilar en García Márquez: la tentación cinematográfica (UNAM, 1985).

(UNAM, México, 1985)
 
(Alfaguara, Madrid, 1997)
         Sobre el desfalco a la Standard Oil cometido por Álvaro Mutis, anota Dasso Saldívar: “Como jefe de relaciones públicas de la Esso colombiana, Mutis había manejado durante tres años un jugoso presupuesto destinado a las cosas más diversas: desde clubes y centros de beneficencia a toda clase de ayudas particulares. Sin embargo, de pronto el poeta empezó a invertir parte de aquel presupuesto en cosas que le salían del alma y de sus afanes de mecenas, como socorrer a los amigos que tenían problemas con la dictadura de Rojas Pinilla, auspiciar exposiciones de algunos pintores sin medios, pagar la edición del primer libro del poeta pobre de siempre, darle un billete de avión urgente a otro amigo que se iba, o celebrar los doscientos años del nacimiento del escritor y gastrónomo Brillat-Savarin, para lo cual hizo traer de París hasta el pan y la mantequilla. Cuando el gerente de la empresa lo llamó al orden, Mutis le dio unas explicaciones tan peregrinas, que en pocos días su caso pasó al criterio de los jueces. Gracias a la complicidad de sus amigos y de su hermano Leopoldo, el poeta pudo eludir la cárcel, viajando a México a través de Medellín y Panamá.” 

Pero sólo durante un tiempo, pues “el 22 de septiembre de 1958 apareció el heraldo negro de Lecumberri, y Álvaro Mutis fue llevado a prisión como paso previo a su extradición”. Cosa que no ocurrió, gracias a los tejemanejes de amigos y leguleyos. Y por fin “quedó libre el 21 de diciembre de 1959”. Constancia de ese período carcelero es su Diario de Lecumberri, libro editado en Xalapa, por la Universidad Veracruzana, con el número 19 de la colección Ficción, cuyo tiraje de dos mil ejemplares “se terminó de imprimir en los Talleres Gráficos de la Nación el 20 de octubre de 1960”; pero también las misivas de Álvaro Mutis y los sesgos, apologías, crónicas y chácharas de Elena Poniatowska que se leen en el libro de ésta (con una rica iconografía en blanco y negro): Cartas de Álvaro Mutis a Elena Poniatowska (Alfaguara, México, abril de 1998).
(UV, Xalapa, 1960)
 
(Alfaguara, México, 1998)
         Vale suponer que tal foto, si no fue captada en Bogotá antes de que “el viernes 15 de julio de 1955” Gabo volara a Europa, quizá fue hecha en diciembre de 1960 en una calle de la Ciudad de México, pues según apunta Gerald Martin en Gabriel García Márquez. Una vida (Debate/Random House Mondadori, Colombia, 2009), Gabo y el argentino Jorge Ricardo Masetti, periodistas de Prensa Latina, la agencia de Cuba, en un vuelo que venía de La Habana (rumbo a Lima), “Justo antes de las Navidades” de 1960 (año en que Gabo, entre septiembre y diciembre, hizo varios viajes de Bogotá a La Habana, el último fue el que nos ocupa), “Hicieron parada un día en Ciudad de México y García Márquez quedó obnubilado al ver por primera vez la majestuosa capital azteca, sin imaginar que en el futuro pasaría allí buena parte de su vida. Álvaro Mutis acababa de ser puesto en libertad de la penitenciaría de Lecumberri [en realidad ya tenía medio año fuera de la cárcel] tras catorce meses de condena por malversación de fondos en Colombia, donde había sido generoso en exceso con algunos amigos en relación con el presupuesto que sus empleadores de Esso le habían dado para llevar a cabo sus relaciones públicas. García Márquez le hizo una visita y su amigo le dispensó la acostumbrada bienvenida: Mutis demostró ser igual de hospitalario cuando los gastos corrían de su cuenta.” 

"Plinio y Gabo en 1959, cuando trabajaban juntos en la
agencia cubana de noticias Prensa Latina"
        Según pregonan los biógrafos de García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza también, éstos se conocieron en 1947 en un cafetín de Bogotá; pero empezaron a convivir y a ser amigos en París, en 1956, poco antes de que el cataquero, en la buhardilla del séptimo piso del Hôtel de Flandre, en la Rue Cujas del Barrio Latino, comenzara a escribir (y a reescribir en la máquina portátil roja que fuera de Plinio) lo que sería su segunda novela (fechada en “París, enero de 1957”): El coronel no tiene quien le escriba (Aguirre Editor, Medellín, Colombia, 1961). Sobre ese legendario tiempo en la Ciudad Luz, luego de que Gabo se quedara sin empleo y sin un quinto (en Bogotá el dictador Gustavo Rojas Pinilla clausuró El Espectador, del que era corresponsal, y él se gastó el dinero del boleto del avión de regreso), Plinio inicia su “Prólogo” con una estampa que, aunque no lo dice, está transcrita de la página 70 de El olor de la guayaba (Diana/La Oveja Negra, México, 1982), donde Gabo se ve a sí mismo y fugazmente reflejado en la imagen de otro:

(La Oveja Negra, Bogotá, 1982)
        “Había sido una noche muy larga, pues no tuve donde dormir, y me la pasé cabeceando en los escaños, calentándome en el calor providencial de las parrillas del metro, eludiendo los policías que me cargaban a golpes porque me confundían con un argelino [de hecho varias veces fue arrestado por la policía durante las redadas contra los argelinos, pues le veían cara de árabe]. De pronto, al amanecer, tuve la impresión de que todo rastro de vida había terminado, se acabó el olor de coliflores hervidos, el Sena se detuvo, y yo era el único ser viviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente de Saint Michel sentí los pasos de alguien que se me acercaba en sentido contrario, sentí que era un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante en que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando.”

Gabo y Plinio en París (1981)
        No es fortuito que Plinio Apuleyo Mendoza preludie su Gabo. Cartas y recuerdos con tal pasaje de El olor de la guayaba, del que casi al final apunta: “Cuando un editor francés me propuso hacer un libro de entrevistas con García Márquez (libro que se convertiría en El olor de la guayaba), él aprobó de inmediato la idea”. Pues ambos libros son el principal aporte bibliográfico que Plinio le ha destinado al hijo del telegrafista de Aracataca (“el mago de Macondo”), Premio Nobel de Literatura 1982, dado que “El caso perdido”, la principal y más larga de las cinco semblanzas biográficas reunidas en La llama y el hielo (Planeta, Bogotá, 1984), está contenida en Aquellos tiempos con Gabo. Pero si en El olor de la guayaba el protagonista es Gabriel García Márquez, en Gabo. Cartas y recuerdos el protagonismo es por pardita doble, pero matizado por el hecho de que las evocaciones y las puntualizaciones ideológicas, críticas y anecdóticas son de Plinio, aunadas a las reminiscencias y episodios que exclusivamente corresponden a la vida personal e íntima de éste. 

(Planeta, Bogotá, 1984)
     Pese a que el tiempo presente de Aquellos tiempos con Gabo (y por ende de Gabo. Cartas y recuerdos) se remonta a la segunda mitad de los años 90 del siglo XX, dos son los marcos temporales del libro (entre los que va y viene la memoria y el criterio de Plinio): desde la susodicha época en que se conocieron en un cafetín de Bogotá, en 1947, cuando “Luis Villar Borda, estudiante de primer año de Derecho”, lo tildó de “caso absolutamente perdido”, hasta la apoteósica ceremonia ocurrida el 8 de diciembre de 1982 cuando Gabo, en Estocolmo, “vestido de blanco liquiliqui de algodón”, “con una rosa amarilla en la mano, delante del rey y la reina” y “con las cámaras de televisión de 52 países fijas en él”, recibió el Premio Nobel de Literatura. 

Gabriel García Márquez
Premio Nobel de Literatura 1982
(Estocolmo, diciembre 8 de 1982)
        “La imagen queda fija [apunta Plinio], y yo vuelvo ahora atrás, al principio, al muchacho demacrado con un vistoso traje color crema que 35 años atrás, en un café sombrío de Bogotá, sin pedirnos permiso se ha sentado a nuestra mesa.

“El muchacho flaco y bohemio, con una carrera de Derecho abandonada, secreto devorador de libros en pensiones de mala muerte, pasajero de tranvías dominicales que no van a ninguna parte, ardoroso fabricante de sueños desesperados, considerado por su padre y sus amigos como un caso perdido.”



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II


       Varias biografías de Gabo, por ejemplo, la citada de Dasso Saldívar: García Márquez. El viaje a la semilla (Alfaguara, Madrid, 1997) y la de Gerald Martin: Gabriel García Márquez. Una vida (Debate/Random House Mondadori, Colombia, 2009), abundan sobre los peliculescos episodios vividos por el cataquero en París y en torno a la gestación de El coronel no tiene quien le escriba (Aguirre Editor, Medellín, 1961) y en México (“el lugar donde más tiempo ha residido”) y en torno a la gestación de Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967) y el boom que suscitó en la capital argentina y muy pronto en el orbe del español y en otras lenguas. Sobre tales sucesos (y algunos otros, como el viaje que Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez hicieron en 1957 por Alemania Oriental y la URSS), Gabo. Cartas y recuerdos no es nada profuso ni minucioso ni precisa numerosas fechas, nombres y datos; e incluso al autor a veces le falla la memoria. Por ejemplo, Plinio narra que en 1957 dejó el Viejo Continente y luego Gabo, ya rico y famoso, “lo traerá a Europa, de nuevo. Después de trece años de ausencia”; pues Gabo, ante el estancamiento de Plinio en Barranquilla y el deterioro de su matrimonio con Marvel Moreno (pese a sus dos pequeñas hijas: Carla y Camila), lo invitó, para empezar, “a reunirse con él y su familia en una isla perdida al sur de Sicilia, en Pantelaria” (luego recorrerían Sicilia en coche y el total de la península italiana y llegarían por carretera hasta París).
Plinio Apuleyo Mendoza, Gabriel García Márquez y Camila Mendoza Moreno (2000)
         “Recuerdo mi llegada a la isla [dice Plinio], el ardiente mediodía de agosto, los decrépitos hangares de aquel aeropuerto, que parecía una ciudad tropical, y Gabo, Gabo en mangas de camisa y Mercedes con una flotante túnica de colores, vistos por la ventanilla y el avión, a través del polvo que alzaba el anticuado avión de hélices que me trajo desde Sicilia.” 

Es decir, por lo que Plinio apunta, se infiere que corre el mes de agosto de 1970; pero unos párrafos más adelante, cuando Plinio aún está convaleciente en esa isla con los García Márquez (Gabo, Mercedes Barcha Pardo y sus hijos Rodrigo y Gonzalo, que era niños), anota: 
“Ellos habían comprendido y se trataba simplemente de estar ahí, nada más oyendo a Brahms o a los Beatles mientras el cielo desplegaba sobre la isla dormida su fiesta de estrellas; de proteger al amigo de su nueva soledad con los ritos cotidianos de la cocina, la mesa, el pan, el aceite, el vino, el plato de espaguetis humeantes, las risas, los niños, la televisión, solos en nuestra isla de encanto.
“Los cinco vimos maravillados, una noche, en la televisión, mientras afuera latía el mar, cómo el hombre había llegado a la luna por primera vez.” 
Neil Armstrong en la Luna
Julio 21 de 1969
    Y es con tal histórico, irrepetible e inolvidable suceso (el “pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”) donde descuella el pedúnculo umbelífero, pues Neil Armstrong piso la luna el 21 de julio de 1969 y no un día de agosto de 1970. 

     
Plinio Apuleyo Mendoza hojeando Gabo. Cartas y recuerdos (21013)
       Si El olor de la guayaba y Aquellos tiempos con Gabo son tributos y afectivos reconocimientos que Plinio Apuleyo Mendoza le rinde a un entrañable amigo, compadre y colega fuera de serie (“Antes de escribir cada capítulo, me lo contaba”; “Me enseñaba siempre sus manuscritos”, dice), Gabo. Cartas y recuerdos también es la anecdótica, resumida, arbitraria y esquemática crónica de varios fracasos y del crítico desencanto de Plinio el memorioso ante el totalitarismo engendrado por la Unión Soviética y frente a la burocratización y el pseudosocialismo que empantanó a la Revolución Cubana. En este sentido, el libro de Plinio también es un testimonio y una declaración de principios sobre el antagonismo ideológico y la filiación que, sobre Cuba y Fidel Castro, priva entre él y Gabriel García Márquez. 

Gabriel García Márquez y el dictador Fidel Castro
     
Plinio Apuleyo Mendoza
        Entre los fracasos que bosqueja Gabo. Cartas y recuerdos figuran los “saldos rojos” con que Plinio, varias veces, se ve a sí mismo; ya cuando aún no ha escrito la postergada novela; cuando se aleja y luego recupera y pierde a Marvel Moreno; cuando él y Gabo, entre fines de 1957 y mediados de 1958, comparten, en Caracas, responsabilidades periodísticas en la revista Momento (presencian y reportan la caída y el destierro del dictador Marcos Rojas Pinilla en enero de 1958), hasta el visceral meollo que los obligó a renunciar, ocurrido tras el repudio popular que suscitó (el 13 de mayo de 1958) la visita a Caracas de Richard Nixon, entonces vicepresidente republicano de los Estados Unidos; la etapa en que ambos trabajan para Prensa Latina, la agencia cubana surgida tras el triunfo de la Revolución en enero de 1959, periodo (repleto de intrigas, acosos y amenazas) que concluye con la impostergable salida de ambos; fue entonces cuando Gabo, de nuevo sin empleo y casi sin dinero, viajó por tierra (con Mercedes y su hijo el pequeño Rodrigo) desde Nueva York a la Ciudad de México (llegaron “el domingo 2 de julio de 1961”, día que suicidó Ernest Hemingway, reza la leyenda, y los recibió y acomodó Álvaro Mutis); y la época en París (entre 1971 y 1972) en que Plinio, con el español Juan Goytisolo, urdía la edición de la revista Libre (subsidiada por Albina du Boisrouvray, la Patiño), la cual, intestinalmente, se vería marcada y lastrada por las polémicas, las divisiones, las deserciones y los escándalos mediáticos y políticos que provocó el legendario “caso Padilla”, desencadenado, en La Habana, cuando el 20 de marzo de 1971, tras un recital en la sede de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba), fueron detenidos y encarcelados Heberto Padilla y su mujer Belkis Cuza Malé por presuntas “actividades subversivas”. 

Gabo "trabajando para Prensa Latina" (Bogotá, 1959)
"Él con su bigotito fino, nervioso."
 
Mercedes Barcha Pardo antes de casarse con Gabo "el 21 de marzo de 1958
a las once de la mañana en la iglesia del Perpetuo Socorro", en Barranquilla.

"Ella, con su increíble parecido a Sofía Loren."
      En resumidas cuentas, Gabo. Cartas y recuerdos es un libro memorioso, testimonial, anecdótico, caprichoso y elusivo en numerosos puntos e intríngulis, ahora contrapunteado y recamado con la breve iconografía y las once cartas, en las cuales, entre sus comentarios, anécdotas e intrínsecas características e implicaciones, se pueden entresacar algunas frases y fragmentos: “Trago tranquilizantes untados en el pan, como mantequilla”; “salí adelante con el corazón dando saltos como sapo loco”; “Mi antiguo y frustrado deseo de escribir un larguísimo poema de la vida cotidiana, ‘la novela donde ocurriera todo’, de que tanto te hablé, está a punto de cumplirse. Ojalá no me haya equivocado”; “Lo más difícil es el primer párrafo”; “ya Hemingway lo dijo en los consejos más útiles que he recibido en mi vida: corta siempre hoy cuando sepas cómo vas a seguir mañana”; “Si lo que estás haciendo te importa de veras, si crees en él, si estás convencido de que es una buena historia, no hay nada que te interese más en el mundo y te sientas a escribir porque es lo único que quieres hacer, aunque te esté esperando Sofía Loren” (lo que recuerda que recién casados en Barranquilla el 21 de marzo de 1958, Yiyo, el menor de los once hermanos García Márquez, los vio en Cartagena, en la casa grande del Pie de la Popa, flacos y fumando sin cesar, “Él con su bigotito fino, nervioso. Ella, con su increíble parecido a Sofía Loren”); “el deber revolucionario de un escritor es escribir bien”; “la novela como fusil para tumbar gobiernos, es una especie de aplanadora de tractor que no levanta una pluma a un centímetro del suelo. Y para colmo de vainas, ¡qué vaina!, tampoco tumba ningún gobierno”; “Ya puedes imaginarte la risa que me daba obligar a hacer cola en la puerta del apartamento a los críticos de Le Monde, Le Figaro, etc., once en total, y encontrarme después con que son como los Maldonaditos de allá, con las mismas manías, los mismos truquitos, la misma negligencia y las mismas pendejadas”; “Me ha tocado un destino de torero que ya no sé cómo conjurar”. 




Plinio Apuleyo Mendoza, Gabo. Cartas y recuerdos. Iconografía a color y en blanco y negro. Ediciones B. Barcelona, febrero de 2013. 264 pp.







Enlace a un documental donde Plinio Apuleyo Mendoza y otros evocan episodios de la vida de Gabriel García Márquez: http://www.youtube.com/watch?v=8qHCc2tn9Qg

Enlace a una entrevista a Gabriel García Márquez cuando aún era reciente su Premio Nobel de Literatura 1982: http://www.youtube.com/watch?v=YQimafhBqxg

Santuario



Una negra amenaza sin nombre

Reza la somera leyenda que después de publicada su novela The Sound and the Fury (Jonathan Cape & Harrison Smith, Nueva York, 1929), William Faulkner (1897-1962) escribió, en tres semanas de ese aciago año, la primera versión de Sanctuary, cuyo tremendismo a uno de los editores le pareció impublicable (“Ambos terminaríamos en la cárcel”) y a él “barata”, “concebida para hacer dinero”. Pero tras recibir las galeras, Faulkner la reescribió y fue publicada en Nueva York, en 1931, por Jonathan Cape & Harrison Smith. Su truculencia la convirtió en su obra más vendida y en 1933 fue traducida al francés y adaptada en Hollywood en un filme de la Paramount dirigido por Stephen Roberts y protagonizado por Miriam Hopkins: The Story of Temple Drake.  
William Faulkner en 1931
La presente traducción del inglés al castellano de Santuario hecha por José Luis López Muñoz de la edición revisada por Faulkner en 1958, ha sido ampliamente difundida en el ámbito del idioma español, ya porque la comercializa la poderosa trasnacional Grupo Santillana Ediciones Generales a través del sello de Alfaguara y porque figura cedida y antologada en el tomo I de las Obras completas de William Faulkner editado en España, en 2004, por Aguilar, donde es precedida por un prólogo de Michael Millgate. Tal traducción también fue impresa en 1982, en Barcelona, por Ediciones Orbis, con el número 1 de la serie Los Premios Nobel, cuya distribución se hizo a través de estanquillos de periódicos y revistas, incluso de la Ciudad de México y de Xalapa.
Serie los Premios Nobel
(Orbis, Barcelona, 1982)
Pese a que al término la novela se debilita con el esbozo biográfico del matón Popeye, Santuario es una obra maestra inscrita en la saga del condado de Yoknapatawpha. En tal imaginario ámbito geográfico de la zona sur del río Mississippi (que oscila entre las inmediaciones y las poblaciones de Jefferson, Kinston, Oxford, Jackson y Memphis), Faulkner comprime una visión crítica y corrosiva en torno a los atavismos, la idiosincrasia, los prejuicios puritanos e intolerantes, la xenofobia, el machismo, la misoginia, los hábitos, los usos, las costumbres, las tradiciones, la división de razas y clases sociales, y la podredumbre social del orbe sureño de Estados Unidos en medio de la prohibición (históricamente sucedida entre 1919 y 1933). Todo lo proscrito por la ley seca (fabricación, transporte, distribución, venta y consumo de alcohol, y tácitamente la exportación e importación) ha sido trastocado y en ese mercado negro confluyen fabricantes y contrabandistas, y toda una gama de civiles y autoridades policíacas, judiciales y políticas. En ese sentido descuella “la casa del Viejo Francés”, una astrosa casona “construida antes de la Guerra Civil” (1861-1865), ubicada en una demarcación rural no muy lejos de Oxford y de Jefferson, que es el escenario donde desde hace cuatro años opera Lee Goodwin, fabricante de whisky, y donde coincide un grupo de bandoleros y contrabandistas. Pero también la casa de citas que en Memphis regentea la vieja Reba Rivers, bebedora de cerveza y de ginebra, quien fanfarronea sobre su poder y fama: “Cualquier persona de Memphis te dirá quién es Reba Rivers. Pregunta a cualquiera que te encuentres por la calle, tanto si es un policía como si no. He tenido a algunas de las personas más importantes de Memphis en este casa: banqueros, abogados, médicos; todos han venido. Tuve a dos capitanes de la policía bebiendo cerveza en el comedor y a su jefe en el piso de arriba con una de mis chicas. Se emborracharon, tiraron la puerta abajo y se lo encontraron en cueros, bailando como un loco. Un hombre de cincuenta años, que medía siete pies, con la cabeza de un alfiler. Buena persona. Me conocía bien. Todos conocen a Reba Rivers. Se gastaban aquí el dinero a manos llenas, ya lo creo que sí. Todos me conocen. Nunca he engañado a nadie, corazón.”
Dispuesta en XXXI capítulos, Santuario dosifica las anécdotas, los datos, el perfil psicológico y la personalidad, los lugares y tiempos, los matices y el suspense con enorme maestría y riqueza narrativa (incluidos rasgos y pasajes humorísticos) y por ende el lector se mantiene en vilo armando el rompecabezas. Los episodios nodales se suceden entre mayo y junio. Gowan Stevens, joven nacido en Jefferson y egresado de la Universidad de Virginia (donde dizque aprendió a beber como un caballero), tras un baile nocturno y una necia borrachera sucedida un viernes en Oxford, al día siguiente lleva en su auto a la joven Temple Drake, de 17 años, hasta la casa del Viejo Francés, donde sólo quería comprar una botella (se desviaron de su ruta a Starkville donde asistirían a un festivo partido). Pero está tan briago que choca su auto contra el tronco que interrumpe la trocha que lleva a la casa. En la espera de conseguir un coche que los saque de allí, aumenta su borrachera y se suceden violentos altercados con los contrabandistas, quienes no dejan de percibir la inquietante, delgaducha, semianiñada y pelirroja presencia de Temple, débilmente protegida por Ruby Lamar, la humilde y astrosa mujer de Lee Goodwin con un sórdido historial, y por Tommy, quien descalzo y sigiloso sigue los pasos del matón Popeye. 
El caso es que el domingo por la mañana (casi al final de la novela se sabe que era el 12 de mayo), Gowan Stevens, con una mezcla de cobardía y vergüenza ante sus desfiguros, abandona allí a Temple (un taxi pagado por él debía recogerla, pero nunca llega). Ella, escondida por Ruby para eludir el posible abuso de alguno de los contrabandistas, pasó la noche en el tapanco del desvencijado granero. Poco después de que despierta, Popeye se introduce en éste y se desencadena lo atroz: Tommy es asesinado de un balazo en la cabeza y Temple violada y secuestrada por Popeye, quien se la lleva en su poderoso Packard y la conduce hasta una habitación que en Memphis le renta a Reba Rivers. 
Horace Benbow, nacido en Jefferson y abogado en Kinston, recién dejó a su mujer después de diez años de matrimonio, más que por el asco a las gambas que semanalmente adquiere ésta, por la atracción incestuosa que experimenta ante su hijastra, la pequeña Belle. En su regreso a Jefferson (tiene una casa allí y su hermana Narcissa vive a cuatro millas del pueblo) pasó bebiendo, sin proponérselo, una noche en la casa del Viejo Francés. Allí conoció al matón Popeye, a Tommy, a un anciano ciego y sordo, a Lee Goodwin y a Ruby, quien tiene un bebé de éste. Al enterarse de que Goodwin está en la cárcel de Jefferson y que se le imputa el homicidio de Tommy y por tal será condenado a la horca, intuye la identidad del verdadero asesino y por ende, dada su estima por Ruby y por un personal sentido de la justicia, se propone, como abogado defensor, reunir las pruebas que demuestren su inocencia.
Goodwin y Ruby, por miedo, no quieren señalar a Popeye como el asesino; pero ella le confiesa la presencia de Temple en el escenario del crimen. El senador Snopes le vende a Horace la información de que Temple está en el burdel de Reba Rivers. Horace viaja a Memphis y trata de convencerla para que su testimonio salve a Goodwin de la horca.
Ya durante el juicio, que empieza el 20 de junio y concluye el día siguiente, Horace espera que Temple libre al acusado. Temple aparece el día 21 acompañada por su padre, que es juez en Jackson, y por sus cuatro hermanos. Pero ella no revela la identidad del asesino, sino que culpa a Goodwin. Y no es que por pánico encubra a Popeye, sino que por tácitas instrucciones de su padre dizque protege la reputación de éste y el supuesto honor de ella, pues así se elude ahondar en torno a los trasfondos del objeto que el fiscal del distrito exhibe como prueba hallada en el lugar del crimen: una mazorca que parecía “haber sido sumergida en pintura de color marrón oscuro”: el instrumento con que Popeye violó a la joven de 17 años, preludio de su secuestro. 
Ese interés por maquillar la reputación del juez de Jackson y de la propia Temple no es más que un indicio de la generalizada hipocresía y del intolerante puritanismo que impera y trasmina el corrompido orbe del condado de Yoknapatawpha. Las bebidas alcohólicas están prohibidas, pero se producen, contrabandean y circulan a raudales, incluso entre los estudiantes de Oxford, de cuyo “gallinero” (la residencia femenina) solía escaparse por las noches la locuaz y libertina Temple Drake. El vínculo agresivo y sadomasoquista que ella entabla con el matón Popeye, no es el de una víctima martirizada en contra de su voluntad, sino el de una hembra que, inquilina en un prostíbulo, juega con su papel de mantenida y “amante” de un matón que es impotente y al que le gusta mirar cómo otro hace lo que él no puede hacer. Narcissa, la acomodada hermana de Horace Benbow, para protegerlo del qué dirán, trata de que no viva en la casa de Jefferson sino en su residencia y de que pronto regrese a Kinston con su mujer, y de que ante todo abandone la defensa del acusado y la protección pecuniaria que les brinda a Ruby Lamar y a su bebé, porque las habladurías en Jefferson dan por supuesto que Goodwin es un asesino y ella una furcia con la que Horace se acuesta y que para sostener tal circunstancia, no lo saca de la cárcel. Tal es así que Horace no puede, en su casa, darles refugio a Ruby y a su bebé. Los instala en un hotel, pero poco después un puritano comité de señoras de la Iglesia baptista presiona al dueño para que los expulse. Ruby y su bebé se resguardan en la cárcel, gracias a la bondad de una mujer. Horace les busca nuevo alojamiento y sólo lo encuentra en la marginal casucha de una humilde anciana a la que dan por loca y bruja que prepara bebedizos para los negros. Horas después de que Lee Goodwin fue condenado a la horca, ya pasadas las 12:30 de la noche, una horda de enardecidos e intolerantes habitantes de Jefferson incendia la cárcel y así queman vivo al supuesto asesino; y cuando aparece por allí Horace, se oyen voces que amenazan con quemarlo, sólo por haber buscado que declararan inocente al creen el homicida. 
Siendo así de predecibles y normales las cosas que suceden en tal mórbido y violento entorno, no sorprende que el matón Popeye, quien gasta a manos llenas (mientras su madre lo “creía recepcionista en un hotel de Memphis durante el turno nocturno”), haya ido de crimen en crimen con elocuente impunidad. Cuando en agosto de ese año Popeye es “detenido en Birmingham por el asesinato de un policía” ocurrido el “17 de junio” “en una pequeña ciudad de Alabama”, se da el caso de que en realidad ese día él estaba en otro sitio matando a otra persona. No obstante, Popeye —quien siempre viste un ajustado traje negro, fuma como chacuaco y no bebe una gota de alcohol— prácticamente no mueve un dedo para defenderse y por esa errada imputación es ahorcado. 


William Faulkner, Santuario. Traducción del inglés al español de José Luis López Muñoz. Serie Los Premios Nobel (1), Ediciones Orbis. Barcelona, 1982. 336 pp.