miércoles, 7 de diciembre de 2016

El último día de Terranova

Chetos mirándose el ombligo

Nacido en La Coruña el 25 de octubre de 1957, el prolífico narrador Manuel Rivas escribió en gallego su novela El último día de Terranova. Y traducida al español por María Dolores Torres París fue editada en España, por Alfaguara, en noviembre de 2015, y, en México, en abril de 2016. En “Liquidación Final/ Galicia, otoño de 2014” —el primero de los 28 capítulos con rótulos que la integran—, el viejo Vicenzo Fontana, el protagonista, quien se desplaza con muletas frente al mar, bosqueja pormenores de su persona y personalidad, y rememora algunos rasgos y episodios trascendentales de su pretérito que lo marcaron para siempre (como la juvenil imagen de “Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas”, y la poliomielitis que él contrajo en la infancia, en 1957, y que lo confinó una temporada en el infierno de un estrecho e inmovilizante “Pulmón de Acero, en el Sanatorio Marítimo”). Pero el drama inmediato que lo confronta al desasosiego de su incierto destino está cifrado en el letrero que escribió en el escaparate de Terranova, la vieja y entrañable librería familiar (abierta en 1946, por Comba Ponte, su madre, en el número 24 de Atlantis, en el puerto de La Coruña), que ha heredado y de la que es responsable: Liquidación final de existencias por cierre inminente
Primera edición mexicana, abril de 2016
        La novela El último día de Terranova es un puzle repleto de anécdotas y digresiones, salpimentado y recamado con abundantes citas y florituras librescas de erudito gourmet, en cuya urdimbre narrativa (poco verista) bullen los nombres, las fechas, los hechos y los episodios extirpados de la globalizada historia de la literatura y de la globalizada historia social y política. Si bien el decurso del presente (relativo a 2014) es progresivo y oscila en torno al probable descalabro de la librería (debido a la amenaza de desahucio y lanzamiento por parte de los propietarios del inmueble: Old Nick y Nick Junior, asociados a un oscuro y ambicioso Máster), Manuel Rivas, de manera alterna, hace incursiones a diversos pasados en distintos ámbitos temporales y narrativos. En este sentido, descuella lo que concierne a Garúa (una joven argentina) en los años 70 del siglo XX, a quien Vicenzo Fontana conoce en noviembre de 1975, en Madrid, y con quien viaja en tren a La Coruña, directamente a la librería Terranova (que además es casa familiar y refugio de menesterosos y de la idiosincrasia republicana), precisamente el día que en la capital española se efectúan las multitudinarias exequias del generalísimo Francisco Franco. Período y estancia en Terranova que concluye en 1979, cuando Garúa se marcha para siempre de allí (y a quien nunca vuelve a ver), luego de que Rodolfo Almirón, un sanguinario agente de la extemporánea Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), guiado y acompañado por Pedrés, “inspector de la Brigada Político-Social”, respaldados por un grupo de policías que rodearon la librería, asombrosamente no la detienen el día que se presentan para llevársela, pese a que con antelación la tenían ubicada e identificada con fotos de su historial en las huestes clandestinas de los Montoneros, con quienes desde La Coruña mantenía contacto secreto por correo y por teléfono desde una cabina pública cercana al Faro, y por ende un par de ellos, “en un Mini Morris rojo con techo blanco”, pasan a recogerla en Chor, sitio de la Casa Grande de los Fontana que ella eligió para despedirse del núcleo familiar, donde dizque alfabetizó a Expectación, la criada que amamantó a Vicenzo de una teta (mientras de la otra teta amamantaba a Dombodán, su propio hijo), quien dizque desde que aprendió a leer, sólo ha leído un libro: no la Biblia, sino Pedro Páramo, dizque “diez o quince veces”; mientras que Garúa, de la librería Terranova sólo se lleva “La Odisea en braille”. Es decir, Garúa, liada con los Montoneros (guerrilleros o terroristas, o la dos cosas a la vez), está en España porque “Consiguió huir de Argentina cuando iban a cazarla” (incluso “le pusieron una bomba al apartamento donde vivía”). Y ese “asesino Almirón, el gorila que visitó Terranova y que anda de pistolero suelto por España”, obviamente la rastreó y localizó (era él quien traía las fotos de ella); no obstante, luego de apersonarse en la librería no la sigue (en solitario o con otros pistoleros), no la embosca ni la caza ni la secuestra ni la mata, pese a que, según le dijo Garúa a Vicenzo, era “un policía corrupto con un horrible historial, uno de los organizadores de la Triple A, que con la guerra sucia abrió paso a la Dictadura argentina, mercenario en actos terroristas en España, como el de Montejurra, en esa primavera de 1976”. Y Garúa, repartidora de libros en bicicleta, junto a su apariencia de no matar una mosca ni morder un plátano, algo sabe (y podría ser torturada para que hable y delate a sus correligionarios), pues se incorporó en misiones de inteligencia para los Montoneros, luego de que “un día de diciembre de 1974”, en “una casa paqueta en Buena Vista”, en Buenos Aires, donde daba de clases de piano a una niña convaleciente, descubriera, sin proponérselo y oculta tras una mirilla de cristal, las reuniones secretas, cruentas y exterminadoras que una fauna de informantes y miembros de la Triple A periódicamente tenían en un salón. “Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros...”, oyó Garúa que planea el Almirante Cero. Quien en la vida real (Emilio Eduardo Massera) dirigió la tenebrosa ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) y fue parte de la junta miliar que el 24 de marzo de 1976 derrocó a Isabelita (la presidenta María Estela Martínez de Perón). Y según le confiesa Garúa a Vicenzo antes de marcharse de Terranova, las fotos que el Negro Tero (un camarada de ella) reveló en Madrid en torno a la capilla ardiente de Franco, precisamente en el piso del teatro abandonado donde Vicenzo subsistía con la pinta y el maquillaje del Duque Blanco Cojo (un híbrido de David Bowie y Alice Cooper), eran explosivos documentos reveladores y comprometedores: “¿Sabés de quiénes eran las fotos que revelamos en Madrid? Coincidiendo con los funerales de Franco, se juntaron jefes de los servicios de Inteligencia y policiales de las dictaduras latinoamericanas, agentes de la CIA y miembros de grupos neofascistas, como el italiano Delle Chiaie. Allí se dejó atada, y no después, la Operación Cóndor. La caza de huidos y exiliados para ser intercambiados por los aparatos represivos. También colabora la policía franquista. Hay torturadores en mi país que recibieron cursos en España. Cursos de tortura. ¿Qué te parece? ¿Y a qué vas de viaje, cariño? A un cursillo de tortura.” 

Vale observar que el cometido de apresar a la Mata Hari de los Montoneros en la librería Terranova se frustra porque Eliseo, el tío materno de Vicenzo, confronta, él sólo y con un revólver, al inspector Pedrés, a su adjunto Cotón y a tal Rodolfo (mientras en el exterior los uniformados policías se chupan el dedo y sólo esperan órdenes). Y además de que se marchan con las manazas vacías en tanto el inspector Pedrés alude la consabida y supuesta enfermedad del tío Eliseo Ponte, el hilarante detalle (quizá inverosímil) radica en que “el Seis Luces no tenía balas”, y quien lo advierte no es ninguno de los tres rapaces agentes, sino Vicenzo. 
Ese supuesto padecimiento del tío Eliseo es su homosexualidad, lo cual implica, ante las autoridades responsables, un vínculo de soborno, tolerancia y corrupción sistémica en ámbitos del franquismo, pues Eliseo ha sido confinado, supuestamente, en un manicomio. Es decir, el tío Eliseo había sido detenido “varias veces en redadas policiales por homosexual. Y lo del psiquiatra era una forma de evitar la cárcel”. Y eso se arreglaba “con la comprensión de un juez. Y pagando, por supuesto.” Así que el sanatorio mental en el que Eliseo ha estado, no es, precisamente, una rigurosa, dura, claustrofóbica y torturante clínica psiquiátrica parecida a la clínica de Santander donde en 1940 estuvo recluida Leonora Carrington (por órdenes de su padre), sino que, según le explica Vicenzo a Garúa, “En el sanatorio del doctor Esquerdo, en las afueras de Madrid, además de los pabellones de los enfermos había un espacio con chalés donde residía gente como Eliseo. Gente que podía pagarlo, claro. Era una zona, por así decir, de descanso. No podían salir, pero hacían su vida. Había médicos reaccionarios que consideraban la homosexualidad una tara, pero también los había que combatían esa represión. Recuerdo una ocasión en que fuimos a visitarlo, nos dijo: ¡Estoy leyendo cien libros a la vez! Y era cierto. Allí, con aquellas compañías tan especiales, compartía libros que en muchos casos hallaron refugio final en Terranova.”
Y esto, al parecer, es así. Pues cuando Vicenzo aún ignoraba la inclinación sexual del tío Eliseo, éste le decía, y se le decía, que había ido de viaje a Francia o a países de América Latina y que desde donde andaba enviaba cartas y libros a Terranova; librería donde entonces oficiaba Amaro Fontana, alias Polytropos (el padre de Vicenzo), “El hombre que más sabe de Ulises”, conocido en la comisaría de La Coruña por ser “El mayor abastecedor de libros prohibidos en Galicia” (los cuales llegaban de contrabando ocultos en embalajes y maletas con doble fondo). Pero el meollo del caso es que, pese a sus cartas, a las historias de sus viajes, de sus estadías en varios países, de sus vívidas andanzas con escritores legendarios y celebérrimos, y a los envíos de libros censurados y prohibidos, el tío Eliseo, en realidad, “no estuvo nunca” en los lugares donde decía haber estado: “No estuvo en América”, “Ni en Argentina, ni en México, ni en Cuba. Aparte de un viaje a Barcelona invitado por el editor Janés, sólo estuvo en Portugal. A Lisboa y a Amarante sí que fue.” Le revela Comba Ponte a Garúa.
Manuel Rivas
(Foto de Sol Mariño en la 2
ª de forros )
        Es decir, si Manuel Rivas pone particular énfasis en la descripción y relato de las peculiaridades de sus personajes y su coloquial manera de apodar y apostrofar, el rasgo más acusado del tío Eliseo es su facilidad para fantasear, inventar y contar historias, cualidad con la que otrora embelesó al niño Vicenzo confinado en el Nautilus (el Pulmón de Acero), e incluso a Garúa durante su estancia en Terranova, y que despliega, ante el juez, en el microrrelato sobre la supuesta Operação Papagaio (dizque una “revolución” en ciernes “del grupo surrealista del café Gelo”, en 1962 y en Portugal, para “pasar a la acción y poner fin” a “la Dictadura de Salazar”), donde iba a usar “el Seis Luces”, “pero sin munición”. Virtud de cuentero oral que también transluce Garúa (cuyo ventrílocuo y titiritero es Manuel Rivas) y que saca a relucir, en la librería Terranova (e incluso imita la manera de andar “de Chaplin, de Carlitos el Pibe”), al contar el histriónico, trapecista y circense episodio de cuando en la primavera de 1973, a sus 21 años, se exhibió y presentó ante Borges (rubricando su salida con una chaplinesca pantomima), quien estaba en una mesa de La Biela, el famoso café de Buenos Aires cercano al cementerio de la Recoleta. 

     Así que después de la sorpresiva visita del sanguinario agente de la Triple A y del inspector Pedrés y su coreográfico grupo de policías, “Eliseo se fue ‘de viaje’. Habían llegado a esa componenda. Esta vez las cosas eran más complicadas, con el enfrentamiento policial de por medio. Iba a ser un viaje muy largo. Y ya no volvería a Terranova.” Y según rememora el viejo Vicenzo Fontana, no volvió, pero no dejó de enviar cartas, las cuales empezaron a espaciarse después de que “en la primavera de 1980” se fugó, sin violencia, del sanatorio. La última carta data de “la primavera de 1989”. Y “en mayo de 1990” un enorme paquete remitido de París (con su retrospectiva clave y toque poético en el interior), le notificó la muerte del tío Eliseo en un asilo.  
Aunado a ello, 1990 fue un año muy álgido para Vicenzo Fontana, pues pese a los intríngulis simbólicos, rituales y crípticos del acto, su padre, que era diabético, en el otoño se quitó la vida. Y lo hizo en el “cementerio donde está enterrado su amigo Atlas. Se aposentó allí. Enterró la Piedra del Rayo. Se inyectó la insulina de la diabetes. No la dosis prescrita, sino doble. Se cubrió con una manta. Y se quedó dormido. Ya no despertó.” El tal Atlas era un cantero fortachón llamado Henrique Lira, nativo de Chor, el pueblo donde también nació Amaro Fontana. Y en una excavación arqueológica del Seminario de Estudios Gallegos, donde brillaba el joven maestro universitario Amaro Fontana (egregio miembro de la “Generación de las Estrellas”), fue Atlas quien halló “el bifaz”, “la Piedra del Rayo”, un “hacha paleolítica” (con forma acorazonada) resguardada como reliquia en la librería Terranova. Y según le explica Amaro a Garúa, “Había una leyenda. Los románticos creían que esas piedras no eran tallas humanas. Habían sido fecundadas por el rayo al penetrar la tierra. Quien tuviese la piedra, protegía a todos.” No obstante, según le dice, “En el verano del treinta y seis, una de las primeras medidas de los golpistas en Galicia fue destruir el Seminario de Estudios. Asesinaron a diecisiete miembros, y treinta y uno consiguieron huir al exilio”. Y Garúa, además del “bifaz”, observó un par de viejas fotos, una de estudio, “posterior a la excavación”, datada en “junio de 1936”, donde posan el tío Eliseo, Atlas y Amaro Fontana muy atildados, y otra de un grupo numeroso del Seminario de Estudios. Y en torno a Atlas, Amaro le revela a Garúa algo del inefable e indeleble carozo de la mazorca: “El tercero por el que preguntas fue asesinado”. “Creo que lo mataron porque me tenían que matar a mí. Pero a mí no me mataron. Mis padres pagaron para que no me matasen. Fue así. Éramos amigos. Éramos felices. Y en minutos, en horas, él estaba sin vida. Y yo era un ‘topo’. Él encontró la Piedra del Rayo, pero había insistido en que yo la custodiase.” 
     
Manuel Rivas
         En el decurso de El último día de Terranova, Vicenzo Fontana alude cierto distanciamiento con su padre (peyorativamente lo llamaba “el Hombre Borrado”), vertiente que Manuel Rivas no ahonda ni desarrolla, pese al seminal indicio (entro otros) de que cuando estuvo prisionero en el batiscafo (el Pulmón de Acero) casi no lo visitó (y casi no le habló) y a que hubo un tiempo en que sólo se comunicaban por escrito. Y en contraste y contradicción, lo que sobresale y disemina a lo largo de las páginas es la admiración que Vicenzo siente ante las cualidades intelectuales y polígrafas de Amaro Fontana, de cuya impronta, cobijo y protección nunca busca destetarse. Y amén de mencionarlo, tampoco narra anécdotas donde se vea al tío Eliseo y a Amaro Fontana de “topos” en la librería Terranova, no en un subterráneo o camuflado escondrijo, sino deambulando vestidos de mujer. Y nada sobre las agresiones que los falangistas infringieron contra la librería Terranova. Y ningún episodio sobre la homosexualidad del tío Eliseo. Y fuera de referirlo e ilustrarlo con una anécdota (el viaje en LSD, con Dombodán, en el tejado de la catedral de Santiago en la “primavera de 1974”, preludio de su desplazamiento a Madrid), tampoco explora el trasfondo y los matices de la juvenil drogadicción de Vicenzo. Pero sí narra el modo en que la vieja librería Terranova —por azares y coincidencias del destino en el que juega un papel audaz un ex sacerdote armado con un rifle (refugiado en Terranova), más las revelaciones delincuenciales de una marginal pareja de jóvenes: Vania y Zas (los últimos refugiados, padres de la bebé Estela Marina, “La primera nativa de Terranova”)— logra defenderse ante las perentorias amenazas de lanzamiento y del criminal y furtivo intento de incendio promovido por el mafioso Máster a través de dos matones (Boca di Fumo y el Bate), estrategia defensiva donde descuella cierta reflexión detectivesca, intuición y olfato de Vicenzo y su parcial buena estrella (paradójicamente signada por una Virgen Grávida, una pieza religiosa del siglo XIV que otrora estuvo en la Casa Grande de Chor, preservada en ultrasecreto por la vieja matrona Expectación). 


Manuel Rivas, El último día de Terranova. Traducción del gallego al español de María Dolores Torres París. Alfaguara. 1ª edición mexicana. México, abril de 2016. 290 pp.



Vida y época de Michael K



Tan insustancial como el aire

El sudafricano John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, febrero 9 de 1940), Premio Nobel de Literatura 2003, obtuvo en Francia el Premio Fémina a la mejor novela extranjera y en 1983 su primer Booker (“el premio más prestigioso de la literatura inglesa”) con su obra Vida y época de Michael K, “el libro que le valió fama internacional”.
J.M. Coetzee
Premio Nobel de Literatura 2003
Pese al título, J.M. Coetzee no elabora la total cronología biográfica de Michael K, ni tampoco un minucioso análisis o esquema de los marcos sociopolíticos de las etapas que vive en Sudáfrica (donde nace y muere). Es decir, si bien vierte pasajes retrospectivos, anécdotas y pinceladas sobre la génesis y la genealogía del personaje, el tiempo presente de la novela y su entorno social, que es el que predomina, se constriñe alrededor de un año (o un poquitín más), entre los 31 y los 32 años del protagonista, lapso en el que su patético y lastimero itinerario traza un zigzagueante círculo concéntrico.
A sus 31 años, Michael K, quien es un jardinero en un parque circunscrito al “departamento municipal de Parques y Jardines de Ciudad del Cabo”, es requerido por Anna K, su madre enferma de hidropesía y casi desahuciada, quien (por la misericordia de sus nebulosos y luego ausentes patrones) subsiste en un cuartucho de Côte d’Azur, un edificio en Sea Point que colinda con el mar.
Después de que un sangriento accidente de tráfico provocado por un jeep del ejército convirtió la zona de Côte d’Azur en un violento y  peligroso polvorín, Anna K, ante su miseria y la enfermedad y los destrozos circunvecinos, y frente a las truncas y ominosas perspectivas del futuro inmediato y a largo plazo, decide que ambos irán a vivir a Prince Albert (no le dice a su hijo, pero ella, quien siente cercana la muerte, quiere morir allí), el distrito donde estuvo la granja en la que nació y vivió de niña. Y con ello comienza el último periplo de la triste y desventurada odisea del protagonista, cuyo objetivo entreve y fermenta con una visión onírica y paradisíaca que el tiempo y los terribles sucesos tornarán inasible: “una casa de campo encalada en el extenso veld, el humo saliendo de la chimenea, y en la puerta a su madre sonriente y sana preparada para darle la bienvenida a casa después de un largo día”.
No es fortuito que Vida y época de Michael K inicie con un epígrafe que reza: “La guerra de todos es padre y de todos es rey./ Muestra a unos dioses y a otros hombres./ Hace a unos esclavos y a otros libres.” Es decir, el drama anecdótico y personal de Michael K no estriba únicamente en ser un tipo de labio leporino, con dificultades para el habla y con un limitado coeficiente intelectual, hijo de una pobrísima criada que ya no puede caminar (quien de niño lo dejara en un orfanato hasta sus quince años), sino también en la coercitiva circunstancia de que en tal Sudáfrica del siglo XX se sucede una cruenta guerra intestina signada por el dictatorial poder militar y su consecuente dominio y restricción de las libertades individuales y sociales; por ende impera el toque de queda y proliferan los campos de concentración de todo tipo (de desplazados, de reeducación, de trabajos forzados y de castigo).
Así, Michael K, sin papeles de identidad y sin el permiso oficial para desplazarse de un lugar a otro, emprende el viaje de Ciudad del Cabo a Prince Albert llevando a su madre en una rudimentaria carreta habilitada por sus incompetentes manos; pero durante el accidentado y más o menos subrepticio trayecto Anna K muere en el hospital de Stellenbosch, por lo que él se propone llevar sus cenizas al distrito de Prince Albert, cosa que no sin peripecias y a su debido tiempo logra y en consecuencia las esparce en el fértil sitio donde supone estuvo el ámbito de la granja donde ella naciera y creciera.
Premio Booker 1983
Premio Fémina 1983
(Mondadori, 1ª edición mexicana, junio de 2006)
      Vida y época de Michael K (traducida al español por Concha Manella) se divide en tres partes. La primera está narrada por una voz omnisciente y ubicua, la cual concluye cuando un grupo de soldados, al rastrear la zona del Karaoo donde se halla la granja de los Visagie en el distrito de Prince Albert, descubren a K (casi un kafkiano insecto) subsistiendo en un rudimentario habitáculo al ras de la tierra (mal construido por él). Estúpidamente los militares creen que escamotea contactos con los guerrilleros, es decir, que cultiva las calabazas para éstos y que esconde víveres y armamento. Por ende, minan la pila y la bomba del agua, el disperso sembradío de calabazas y la abandonada y astrosa casa de los Visagie y explosionan el conjunto.
La segunda parte de la novela es contada por la voz y la perspectiva de un joven farmacéutico que en el antiguo hipódromo de Kenilworth, dispuesto a modo de campo de reeducación (con alrededor de 600 descalzos prisioneros), sirve de médico militar encargado de la escuálida enfermería, donde conoce a K (flaquísimo e incapaz de ingerir alimentos) y a quien todos llaman Michaels, gracias a que así lo reconoció y bautizó el rubio capitán Oosthuizen, quien lo identifica como fugado de Jakkalsdrif, el mísero y humillante campo de trabajo donde K estuvo recluido y donde absurdamente se le acusa de ser de los pirómanos que atacaron Prince Albert.
Tal idealista doctor se obsesiona con K y tanto sus actividades médicas y burocráticas, como sus reflexiones y divagaciones personales, denotan e implican una gran calidad humana y ética que en algunos puntos se imbrican con la postura moral y el fastidio del viejo Noël, el jefe militar del campo, quienes reveladoramente llaman “Castillo” al despótico y kafkiano cuartel general.
En la tercera y última parte de la novela, la omnisciente y ubicua voz narrativa retoma el hilo conductor. Michael K, después de tres meses en Kenilworth (esquelético, enfermo y desahuciado), se ha escapado y retorna al edificio de Côte d’Azur con la intención de introducirse en el cuartucho donde vivió su madre (quizá inconscientemente buscando refugio y sentido en el otrora seno materno). Pero antes de lograrlo, en la playa, conoce a tres vagos que se le acercan: un proxeneta y dos mujerzuelas (una de ellas con un bebé); durante la noche, el delincuente intenta robarle el saquito que guarda en su overol (pero sólo lleva semillas). Y al día siguiente una de las rameras, por lástima, lo manosea y le hace una felación, lo cual, al parecer, a sus 32 años de pálida y borrosa vida ha sido su única vivencia sexual con una hembra. 
Por último, K, sin autorización y subrepticiamente, penetra en el cuartucho de Côte d’Azur y todo sugiere que, dada su debilidad y fragilidad, vivirá los últimos estertores de sus lastimeros días de prescindible y minúsculo insecto (“el más oscuro de los oscuros”), en los que se vio impelido a esconderse en el campo, a comer aves cazadas con su resortera, raíces, bulbos, puñados de flores, lagartijas y larvas de hormigas, lo cual implica su deficiencia mental (su creciente solipsismo que colinda o se entronca con una especie de autismo) y las rémoras de su introspectiva imaginación con gérmenes de pensamiento mítico (ve los frutos y semillas que cultiva como su descendencia personal). Pero también el hecho de que como citadino ratonzuelo de fétida y oscura alcantarilla no pudo subsistir solitario en el campo, pues el bagaje práctico, cognoscitivo y comunitario de la civilización le era necesario para sobrevivir y para atacar la ignorancia, las carencias y los padecimientos que sufrió durante su estadía de bicho ermitaño. 
Viéndolo cadavérico, con su organismo negado a alimentarse y ausente en sí mismo (como preparándose para el último suspiro en el otrora reducto materno), cabe citar un pasaje de las reflexiones del médico donde lo visualiza así (casi un defectuoso, torpe y rabínico golem o un homúnculo liliputiense manufacturado por un aprendiz de alquimista que no aprobó ni de panzazo):
“Cuando miraba a Michaels, siempre me parecía que alguien había cogido un puñado de polvo, había escupido en él y le había dado la forma de un hombre rudimentario, cometiendo uno o dos errores (la boca, y sin duda el contenido de la cabeza), y olvidando uno o dos detalles (el sexo), pero logrando finalmente la forma de un hombrecillo genuino de barro, como los hombrecillos que se ven en algunas figuras de la artesanía popular salir al mundo de entre los muslos abiertos de su madre, los dedos ya torcidos, la espalda ya doblada, preparados para una vida de labranza, un ser que pasa su vida consciente inclinado sobre la tierra, que cuando llega al fin su hora cava su propia tumba, se desliza en ella y arroja la tierra pesada sobre su cabeza como una manta, sonriendo por última vez, y se vuelve dejándose llevar por el sueño, al fin en casa, mientras que, más inadvertida que nunca en algún lugar lejano, la rueda de la historia continúa girando.”


J.M. Coetzee, Vida y época de Michael K. Traducción del inglés al español de Concha Manella. Literatura Mondadori (297). 1ª edición mexicana. México, junio de 2006. 292 pp.



El ruido y la furia



La vida no es más que una sombra

William Faulkner
(1897-1962)
The Sound and the Fury, novela del norteamericano William Faulkner (1897-1962), fue editada en Nueva York, en 1929, por Jonathan Cape & Harrison Smith. Al español, al parecer desde 1947, no pocos traductores han traducido el título como El sonido y la furia, sin prescindir del “Apéndice” que el novelista escribió ex profeso para The Portable Faulkner (Viking Press, Nueva York, 1946), antología de Malcolm Cowley, mismo que el autor incorporó en su novela a partir de la “edición corregida” que Random House publicó en 1946 en la serie Modern Library.  Pero Ana Antón-Pacheco, cuya traducción data de 1986, optó por El ruido y la furia para estar más acorde con lo tempestivo y dramático de la trama, pese a que no ignora que, se dice, Faulkner tomó el título de un parlamento de una versión de Macbeth (“Acto V, Escena V”) que en español reza así:


                               ¡La vida no es más que una sombra...
                               un cuento narrado por un idiota,
                               lleno de sonido y furia
                               que nada significa!
 
Reeditada en España, en 1995, por Ediciones Cátedra con el número 226 de la serie Letras Universales, la traducción al español de Ana Antón-Pacheco, profesora de Filología Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid, figura con bibliografía y notas incorporadas por la prologuista María Eugenia Díaz Sánchez, profesora de Filología Inglesa en la Universidad de Salamanca, ya de su cosecha o transcritas “de las que David Minter preparó para la edición crítica de Norton en 1987”.
(Cátedra, 7ª edición, Madrid, 2008)
  No obstante, las notas no son exhaustivas ni agotan las menudencias que podrían ser comentadas o aclaradas. Además hay ciertas ligerezas y descuidos que se leen en el prólogo; por ejemplo, Díaz Sánchez dice que Faulkner recibió el Nobel en 1950, pero fue en 1949; o da por hecho que Borges no tradujo The Wild Palms (Random House, 1938), sino su madre, tomando como prueba un artículo de Douglas Day que sólo alude y no cita con precisión, amén de que, según dice, “Las palmeras salvajes en 1940 tuvo una repercusión muy favorable en el público de habla hispana en general”; pero la traducción de Borges de Las palmeras salvajes (le haya ayudado su madre o no) data de 1944 y no de 1940 y fue impresa en Buenos Aires, por primera vez, por Editorial Sudamericana en la Colección Horizonte. Sin embargo, el prólogo de la profesora y los árboles genealógicos de la familia Compson y de la familia Gibson propuestos por el profesor Cleanth Brooks, son muy necesarios para introducirse en el complejo ámbito narrativo de El ruido y la furia
Las palmeras salvajes, novela de William Faulkner
Traducción de Jorge Luis Borges
Colección Horizonte, Editorial Sudamericana
Buenos Aires, 1944
        En su prefacio, Díaz Sánchez alude las peculiaridades idiomáticas que caracterizan el habla de los personajes creados por Faulkner en inglés y las numerosas libertades y caprichos que se permitió para construir (o deconstruir) la sintaxis y las normas de la puntuación. Urdida con un estilo elíptico, arbitrario y fragmentario y con constantes cambios de tiempo y de voces —sobre todo en las dos primeras partes— comprende cuatro capítulos que compendian los cuatro principales puntos de vista a través de los cuales el lector, especie de ojo avizor, arma el intrincado rompecabezas de los sucesos, en cuyos episodios incide el drama idiosincrásico, atávico y cotidiano del par de susodichos núcleos familiares venidos a menos: la familia Compson, de blancos, cuya astrosa casona se halla en las inmediaciones de Jefferson, Mississippi (pueblo ficticio cuyo modelo parece ser Oxford, Mississippi), y la humilde familia Gibson, de negros, al servicio de los primeros.
En “Siete de abril de 1928”, el primer capítulo, predomina la perspectiva de Benjy, el menor de los cuatro hermanos Compson, quien ese día, Sábado de Gloria, cumple 33 años de edad; pero es un idiota de nacimiento con la mente y la conducta de un escuincle de tres, por ello es pastoreado por Luster, un adolescente negro, nieto de Dilsey Gibson, la anciana sirvienta que le da cierta cohesión y estabilidad al inestable, egoísta, patético, mórbido y neurótico entramado familiar de los Compson (de hecho, es ella quien compra el pastel con que celebra el aniversario de Benjy). A esas alturas del tiempo ya murió el alcohólico señor Compson (en 1912); Caroline, su mujer, hipocondríaca y eternamente enferma, ha delegado la responsabilidad de la casona y el manejo de su dinero en Jason, su hijo predilecto, nacido en 1894, quien es un maldito y un auténtico pillo; Quentin, el primogénito, se suicidó a los 20 años de edad (el 2 de junio de 1910) cuando era estudiante en la Universidad de Harvard; Caddy, la hija nacida en 1892, ha sido proscrita del hogar y maldecida por su madre (de furcia no la baja) tras el fracaso de su interesado matrimonio con Sydney Herbert Head, un ricachón que supuestamente le habría dado holguras pecuniarias a la familia si además Jason hubiera trabajado en su banco, pero esto se truncó tras descubrir que el embarazo de su esposa no era cosa suya y por ende se separó de ella; Benjy alguna vez fue castrado (solía asustar a las niñas con uniforme entre las que berreando buscaba a Caddy); la adolescente Quentin, hija natural de Caddy, nacida en 1911, vive en la casona desde bebé, odiada y acosada por su tío Jason; y el tío Maury Bascomb es el vividor e inútil hermano de Caroline, quien escribe cartas con regularidad anunciando que ha sustraído un dizque préstamo de la cuenta bancaria de ella y que nunca repone.
En ese entorno, Benjy, tolerado por su madre y despreciado por Jason (para él su sitio está en el manicomio de Jackson), pasa el día de su cumpleaños en lo que queda del prado (el resto fue vendido y ahora es un campo de golf) berreando al recordar a su amorosa hermana Caddy (se calma oliendo una de sus viejas zapatillas: “Caddy olía como las hojas”, Caddy olía como las hojas cuando llueve”), mientras Luster busca obtener 25 centavos para la función en una carpa de cómicos itinerantes donde se presenta un músico que toca un serrucho y que admira e imita.
“Dos de junio de 1910”, el segundo capítulo, está concebido desde la muy fragmentaria perspectiva de Quentin Compson, el estudiante de Harvard, quien ese día orquesta su suicidio y se mata arrojándose al río Charles con dos planchas. Al parecer, entre el oscuro leitmotiv que suscitó tal decisión, muy por encima de la deuda moral ante sus progenitores (su padre vendió tierras para costearle los estudios), descuella un anacrónico y obtuso sentido del honor ante la consabida y presunta promiscuidad de su hermana Caddy (y quizá cierta inconfesable e irracional frustración incestuosa), casada apenas el 25 de abril de 1910, en Jefferson, Mississippi, con Sydney Herbert Head. 
Si en la traducción al español se han perdido los tonos y modismos coloquiales y el habla de los personajes (el acento de los negros, por ejemplo, o la torpe manera de parlotear de Jason), la cualidad de prosa poética de la segunda parte se ha esfumado y sólo queda un fragmentario, caprichoso, arbitrario, telegráfico, elíptico y constantemente interrumpido puzzle a veces abstruso e inteligible, pero otras no.  
“Seis de abril de 1928”, el tercer capítulo de El ruido y la furia, formula la perspectiva de Jason Compson durante ese Viernes Santo, amén de que brinda datos sobre la geografía y la población de Jefferson (Jason es empleado en una tienda) y en torno a lo que se bosqueja en los dos primeros capítulos; pero también eso ocurre en el cuarto capítulo, que lo iguala en legibilidad y donde se leen más datos sobre el pueblo, por ejemplo, en lo que concierne a las casuchas del sector llamado la Cañada de los Negros y a las ropas que éstos visten en su segregada iglesia durante la ceremonia del Domingo de Resurrección. 
        Jason es el villano de la novela, un egocéntrico y un egoísta que encarna el mal. Inculto, malhablado, racista, sarcástico, misógino y megalómano. Siempre resentido ante la suerte que le tocó vivir y envidioso ante la suerte de quienes lo rodean, no quiere a nadie que no sea él mismo. Desde su mediocre postura se camufla como empleado en la antedicha tienda en Jefferson (tiene su propio auto y dizque deposita su salario en la cuenta de su madre, de quien es su apoderado) y desde la oficina de telégrafos trata de capitalizar en la bolsa de Nueva York el dinero que, hipócritamente y con engaños, le ha venido robando a su progenitora y a su sobrina Quentin, quien con periodicidad recibe cheques de Caddy, pero él monta la farsa para hacerles creer, a su sobrina y a su madre, que son quemados por ésta (“salario del pecado”, lo llama ella). Sin embargo, el destino parece castigar sus latrocinios y fechorías, pues casi al unísono de la pérdida en la bolsa, su sobrina Quentin sustrae de su recámara tres mil dólares que él ocultaba en una caja cerrada y huye con su recién enamorado, músico o actor en la carpa, la cual ese mismo día se ha ido a Mottson, un pueblo cercano.  
En “Ocho de abril de 1928”, el cuarto y último capítulo, predomina la perspectiva de Dilsey durante ese Domingo de Resurrección. Además de que se amplían los datos de la geografía física y humana de Jefferson, también se bocetan los rasgos corpóreos de varios de los protagonistas. Y en contraste con la decadencia, con lo patológico, con el odio y la maldad que pulula y repta entre los Compson (con excepción de Benjy), la negra y anciana Dilsey encarna el bien y la bondad, y es la fuerza moral y afectiva que hace que el desvencijado ámbito de los Compson no se venga abajo en un tris. En este sentido descuella toda la escena final, cuando en el destartalado birlocho, por indicaciones de su abuela, Luster lleva de paseo a Benjy rumbo al cementerio, pero al cruzar por la plaza de Jefferson, donde se halla la estatua del soldado confederado, de pronto Benjy empieza a berrear como si viera al mismo diablo, y es que el colérico y frustrado Jason intempestivamente a toda carrera los aborda y ataca, repartiendo puñetazos, insultos y amenazas.  

William Faulkner
Premio Nobel de Literatura 1949
Tiene razón la profesora y prologuista cuando dice que el “Apéndice” “no forma parte de la novela”. Y el lector puede leerlo o no, o tomar de él lo que le parezca. Y no sólo por antojo, sino por lo que ella dice en su prefacio, pese a que en la novela nunca se menciona el imaginario Condado de Yoknapatawpha: “El ‘Apéndice’ relata la cronología de los Compson desde 1699, pasando por la llegada a Estados Unidos en 1745 (batalla de Culloden), hasta 1945. Faulkner está creando la historia dentro de la ficción, quiere que sus personajes tengan coordenadas históricas, porque en su visión personal del entramado de Yoknapatawpha estos personajes son auténticos seres con vida propia. La introducción del ‘Apéndice’ destruye parte de su naturaleza elíptica, incluye nuevos datos biográficos que no están explícitos en el texto, y en lugar de aportar beneficios a la novela crea discrepancias [por ejemplo, dice que Quentin antes de suicidarse esperó ‘completar el curso académico’, pero en realidad lo interrumpe y abandona]: muchas fechas son incorrectas, hay datos que no conocíamos en la novela y por tanto modifican datos de una novela que ya creíamos fijada con anterioridad. Habrá también quienes opinen que este ‘Apéndice’ es positivo porque incrementa y hace más verosímil la sensación de comunidad ligada al condado de Yoknapatawpha.”


William Faulkner, El ruido y la furia. Prólogo, notas y bibliografía de María Eugenia Díaz Sánchez. Traducción del inglés al español de Ana Antón-Pacheco. Iconografía en blanco y negro. Letras Universales (226), Ediciones Cátedra. 7ª edición. Madrid, 2008. 360 pp.



jueves, 1 de diciembre de 2016

Contar cuentos



     Donde se encantan víboras prietas
 y semejanzas por el estilo

Impresa por primera vez en inglés en 2004 y lanzada en la glamurosa y rimbombante sede de la ONU en Nueva York con el beneplácito de Kofi Annan, su entonces secretario general y Premio Nobel de la Paz en 2001, Contar cuentos es una antología editada e introducida por la escritora sudafricana Nadine Gordimer –Premio Nobel de Literatura 1991– que reúne 21 narraciones de 21 escritores de primer orden (entre ellos cuatro Premios Nobel más), cuya descollante prerrogativa es que han donado la venta internacional de sus relatos a la lucha contra el VIH/SIDA, particularmente en África, que es donde habitan y subsisten dos tercios de los más de 40 millones de infectados en todo el minúsculo pero descomunal y solitario globo terráqueo (niños, mujeres, hombres). 
Nadine Gordimer
(1923-2014)
Puntualiza Nadine Gordimer en su “Introducción”: “Todas las ganancias y regalías que resulten de la venta de Contar cuentos en todo el mundo serán destinadas a la educación preventiva contra el VIH/SIDA y al tratamiento de las personas que viven con esta infección pandémica y con el sufrimiento que causa en nuestro mundo contemporáneo. Así que, al comprar esta antología única de reconocidos narradores, ya sea como obsequio o para el deleite personal de su lectura, están además obsequiando el dinero que han pagado por el libro al combate de la plaga de nuestro nuevo milenio.”
Es por ello que en la portada –encima del logotipo del listón que en toda la aldea global abandera la beligerancia contra tal pandemia y cuyo Día Mundial desde 1998 se conmemora cada primero de diciembre– se lee en un cintillo que a la letra dice: “Todas las ganancias serán destinadas a la Treatment Action Campaign en pro de la lucha contra el VIH/SIDA”.
Y para el lector-donante que se pregunta qué es y cómo se come tal ONG, en la segunda de forros se le informa: 
“Treatment Action Campaign, conocida como TAC, es una organización no lucrativa independiente cuyos recursos se utilizan para dar tratamiento y apoyo a gente que sufre de VIH/SIDA y para la prevención de la enfermedad en la región más afectada del mundo, el sur de África.
“TAC es dirigida por Zackie Achmat, quien padece de SIDA y da su dedicación total a los objetivos de TAC: acceso a un tratamiento costeable para gente con VIH/SIDA, educación preventiva e incremento de la conciencia de las condiciones de vida de pobreza que exacerban el sufrimiento y que no pueden proveer la alimentación necesaria para responder al tratamiento.
“Achmat y TAC fueron nominados para el Premio Nobel 2004 y en 2003 la organización ganó el prestigioso Nelson Mandela Award de Salud y Derechos Humanos, así como el National Press Club Award for Newsmaker of the Year. El incansable esfuerzo del grupo continúa movilizando no sólo a países del sur de África sino a la comunidad global en cuanto a la conciencia de las desigualdades en el acceso al tratamiento; con el apoyo de grupos eclesiásticos, grupos civiles y gente famosa, TAC se ha convertido en el principal grupo de presión contra el SIDA en Sudáfrica y, a través de Zackie Achmat, en una muy convincente voz mundial para gente con la enfermedad.
“Las ganancias de los editores derivadas de las ventas mundiales de Contar cuentos serán destinadas a la TAC.
“Para mayor información, visitar TAC en www.tac.org.za
(Sexto Piso,   reimpresión, México, 2007)
Con la traducción al español de varios traductores que lo hicieron de distintos idiomas y cuyos nombres figuran al pie de veinte relatos, Contar cuentos apareció en México, en “noviembre de 2006”, impreso y distribuido por Sexto Piso “sin obtener ganancias”, pero con un excelente diseño y muy bien cuidado. En tal humanitario y cantarino tenor, ya había sido impreso en otras partes del mundo por connotadas y ricachonas compañías editoriales; por ejemplo, Bloomsbury Publications, de Inglaterra; Farrar, Strauss & Giroux y Picador, de Estados Unidos; Berlin Verlag, de Alemania; Giangiacomo Feltrinelli Editore, de Italia; Éditions Grasset et Fasquelle, de Francia; Yilin Press, de la República Popular China; Sophia Publishing House, de Rusia; Locus Publishing, de Taiwan; Companhia das Letras, de Brasil; Kastaniotis, de Grecia; Ulpius-Haz, de Hungría; De Geus, de Holanda; y Miskal, de Israel; entre otras más “en proceso de hacer lo mismo”.
Por orden de aparición, en Contar cuentos los 21 relatos y sus autores son los siguientes: “Bulldog”, de Arthur Miller; “Centauro”, de José Saramago; “En la calle tranquila”, de Es’kia Mphahlele; “El nido del pájaro de fuego”, de Salman Rushdie; “Teléfono celular”, de Ingo Schulze; “Muerte constante más allá del amor”, de Gabriel García Márquez –el único escrito en español y por ende no necesitó de traductor–; “La edad del plomo”, de Margaret Atwood; “Testigos de una era”, de Günter Grass; “El viaje de los muertos”, de John Updike; “Nene de azúcar”, de Chinua Achebe; “El camino del viento”, de Amos Oz; “Perros tibios”, de Paul Theroux; “El asno y el buey”, de Michel Tournier; “La muerte de un hijo”, de Njabulo S. Ndebele; “La escena de la carta”, de Susan Sontag; “El haber sido”, de Claudio Magris; “Por fin un encuentro”, de Hanif Kureishi; “Asociaciones en azul”, de Christa Wolf; “El rechazo”, de Woody Allen; “Lo último en safaris”, de Nadine Gordimer; y “Los niños abandonados de este planeta”, de Kenzaburo Oé.
Tiene razón Nadine Gordimer cuando afirma que las historias de Contar cuentos “abarcan el amplio espectro de emociones y situaciones de nuestro universo humano: tragedia, comedia, fantasía, sátira, dramas del amor sexual y de la guerra, en los distintos continentes y las distintas culturas”. Pero quizá por el hecho de que el lector mínima y vagamente ha contribuido con la lucha contra el VIH/SIDA en el África, está más inclinado a advertir las desigualdades y la dramática vulnerabilidad del género humano en medio de las eternas contradicciones económicas, políticas y sociales en las diferentes latitudes y tiempos históricos, donde por lo regular el hombre es el lobo del hombre, la petulante víbora prieta dispuesta a dominar, humillar, explotar o exterminar al más débil.
Nadine Gordimer
Premio Nobel de Literatura 1991
Por ejemplo, “Lo último en safaris”, el cuento de Nadine Gordimer de irónico título, pues es la dramática reminiscencia de una niña negra de unos once años (al término), quien en medio de la desoladora y devastadora guerra civil en el país de Mozambique, evoca y relata su extrema y conmovedora pobreza, la pérdida de sus padres, la huída de la aldea con sus abuelos y sus pequeños hermanos, quienes para llegar a un miserable y discriminativo campo de refugiados al otro lado de la frontera (cuya patética y astrosa cotidianidad también es narrada), durante varios días cruzan a hurtadillas el parque Kruger (allí muere el abuelo, casi del octavo día), donde habitan animales salvajes, protegidos y alimentados hasta la saciedad para la diversión y el boyante safari de los blancos vacacionistas. 
Njabulo S. Ndebele
O “La muerte de un hijo”, el cuento de Njabulo S. Ndebele, situado también en el contexto de una guerra civil –aparentemente “normal” y de supuesta baja intensidad– en Johannesburgo, donde la voz narrativa es la de una joven negra, moderna, reportera en un diario y con agringados sueños consumistas (típicos del american way of life), quien cuenta, como lo indica el título, los dramáticos entresijos del fallecimiento de su pequeño vástago (y los avatares para recuperar el cuerpo confiscado por la policía), muerto por una bala perdida disparada desde un vehículo policíaco-militar que patrullaba las calles. Sin embargo, uno de sus matices, no menos estremecedor y doloroso, es lo que concierne a la virulenta discriminación racial que impera en el entorno matizado por la implícita política del apartheid. Ya cuando un fornido bóer, con su mujer e hijos, le propina a ella un violento empujón para dizque abrirse paso en la calle; o cuando en el mismo paseo sabatino sucedido durante el tiempo no tan lejano de su inicial noviazgo con Buntu, su joven y negro esposo, presenciaron un súbito ataque de unos niños blancos, aparentemente inocuo (una astilla del xenófobo, represivo y colonialista iceberg), contra tres negritas cucurumbés, sin que ambos hubieran dicho una palabra ni movido un dedo:  
“Mientras caminábamos vimos delante de nosotros a tres niñas sentadas en la banqueta que compartían una orden de pescado y papas fritas que acaban de comprar en el cafecito portugués de enfrente.
“–Yo también quiero pescado con papas fritas –dijo Buntu.
“–Con que ver es desear, ¿eh? –contesté yo–. ¡Ya me doy cuenta de que mi novio es antojadizo!
“Los dos nos echamos a reír y todavía recuerdo cómo me apretó la mano. ¡Me apretó con tal fuerza! Pero entonces llegaron dos niños blancos que corrieron hacia las niñas y, sin ninguna advertencia, uno de ellos pateó la mano de la niña que tenía el pescado con papas; el otro niño pateó los restos que habían caído al piso. La niña se levantó rápido meneando la mano como si quisiera así deshacerse del dolor que sentía, luego la metió bajo la axila como para exprimirle el dolor a su mano. Los dos niños se alejaron riendo a carcajadas. El pescado y las papas fritas habían quedado regados por toda la banqueta y por toda la calle como si fueran barcos encallados en un río que de pronto se había secado.”


Contar cuentos. 21 relatos de 21 autores editados e introducidos por Nadine Gordimer. Traducciones al español de Laura Emilia Pacheco, Miguel Sáenz y otros. Serie Narrativa Sexto Piso (21), Editorial Sexto Piso. 2ª reimpresión. México, febrero de 2007. 328 pp.



Voces del desierto


                                   
Las mil Lailas y una Laila

Nélida Piñón
Traducida al español por Mario Merlino e impresa por Alfaguara en “marzo de 2006”, Voces del desierto es una novela de Nélida Piñón (Río de Janeiro, mayo 3 de 1937) cuyo primer tiraje en portugués data de 2004. En ella la narradora brasileña (Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe “Juan Rulfo” en 1995 y Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2005) reinventa una genésica, arcaica y ancestral historia paulatinamente germinada y arraigada en la memoria colectiva y en el imaginario culto y popular de Occidente a partir de que a inicios del siglo XVIII se publicaron y popularizaron en París (luego en Europa y en el Oriente Medio) Les mille et une nuits. Contes arabes (12 tomos editados entre 1704 y 1717) que el orientalista y numismático Antoine Galland (1649-1715) tradujo y adaptó del árabe al francés (de un manuscrito, c. siglos XIV-XV, adquirido por él en uno de sus recorridos y estancias por el Oriente y de los relatos que de viva voz le contó, en París, Hanna Diap, un maronita de Alepo). Se trata, principalmente, de la supuesta cotidianidad que Scherezade, la mítica y arquetípica narradora oral de Las mil y una noches, vive y padece cautiva en el palacio del monarca —en este caso el Califa de Bagdad y alrededores (sin ningún cornudo hermano ni pariente visible)—, mientras noche a noche, después de ser sometida a la rutinaria cópula, le narra los sucesivos cuentos, que antes de cada amanecer, dados los puntos suspensivos y el interés del monarca, permiten que ella siga subsistiendo prisionera y bajo amenaza de muerte, y que por ende el Califa interrumpa (sin derogar) la ejecución de más doncellas después de desvirgarlas durante la primera noche, una sangrienta y macabra venganza, vuelta un terrorista decreto inapelable, contra la mujer y contra el pueblo musulmán, iniciada tras descubrir que la Sultana, su esposa, allí mismo en el palacio, se refocilaba con un esclavo negro. (¿Cuántas ex vírgenes habrá matado?, ¿mil y una?).
  Pese a tratarse de una ficción, Voces del desierto no narra ni implica circunstancias ni linderos ni elementos extraordinariamente fantásticos, maravillosos, sobrenaturales, felices, mágicos y poéticos, tal y como por antonomasia ocurre en los consabidos relatos de Las mil y una noches (“Aladino o lámpara maravillosa”, “Alí Babá y los cuarenta ladrones”, “Simbad el marino”, “Historia de Kamaralzamán y la princesa Budur”, etcétera), es decir, no hay genios encerrados en una botella ni talismanes ni fórmulas mágicas ni alfombras voladoras ni los animales parlotean entre sí, sino que todo se desglosa con un tratamiento, un matiz y un decurso supuestamente realista, muy reiterativo, gris, sin humor, somnífero, patético, empantanado, opresivo y desolador. 
 
(Alfaguara, México, marzo de 2006)
       Es decir, Voces del desierto no es una novela con un apoteósico final feliz, en la que Scherezada (ídem Scherezade), después de narrar durante mil lúbricas noches y una noche, logra que para siempre se elimine su sentencia de muerte (y la dictada contra las muchachitas vírgenes), además de haber logrado que el soberano se enamorara de ella y que tras mostrarle los tres chiquitines engendrados con él durante las nocturnas sesiones (y que no había visto), acepte al conjunto y los proclame y eleve a familia real. Ni su padre, el gran Visir, cada amanecer (insomne, lacrimoso, prosternado, sumiso, y con el correspondiente sudario entre las temblorosas manos), no espera la noticia (quizá atroz) de si su hija fue descabezada por la cimitarra del ansioso verdugo. Nada de eso. Sino que en este caso el despótico Califa de Bagdad, quezque de la dinastía abasí y descendiente de Mahoma y de Harum al-Rashid, es un maldito y un egoísta por los cuatro costados, la auténtica hez de la canalla. No oye a nadie que no sean sus pensamientos, atavismos, fobias y pesadillas de misógino y misántropo. Reina con mano dura sin conocer los rostros y los problemas de los pobladores del desierto y de Bagdad (una ciudad a orillas del río Tigris y cercana al Éufrates, con murallas redondas y cuatro portones). Está incapacitado para amar a nadie que no sea él y su cómodo trono. Y además de gordinflón, con espesa barba y “nariz ganchuda de águila”, de “cimitarra asesina”, ya es un vejete y en consecuencia sus facultades viriles empiezan a menguar y a convertir el sexo en una farsa que en secreto detesta y que busca eludir. (No obstante, tiene su exclusivo harén, sitio al que no entra nadie que no sea él y la recua de alharaquientos eunucos). 

  Scherezade, en cambio, aún no cumple los veinte años (quizá con la belleza de una hurí), pero es culta, dado que por ser la hija menor del Visir (el principal administrador del Califa) y dadas sus virtudes innatas para la narración oral, desde niña recibió una educación regia y palaciega (prohibida e inaccesible para la mayoría de las musulmanas), matizada por los incentivos de su fallecida madre y por el subrepticio magisterio e influjo que en ella ejerció Fátima, su nodriza, quien sin autorización del Visir la llevaba, aún adolescente, disfrazada a la medina de Bagdad (emulando al legendario Harum al-Rashid), para que oyera historias orales, voces, timbres, y se impregnara del entorno y su gente, de los tufos, fragancias y efluvios.
  Entre el Califa y Scherezade nunca se establece una comunicación humana y amistosa. Nunca se quieren ni se quisieron. Él siempre es el distante, odioso, frío y temible soberano que dicta e impone la rutina: auxiliada por su hermana mayor Dinazarda, a la que pronto se suma la esclava Jasmine, Scherezade tiene prohibido salir de los aposentos (de día y de noche), y su papel, de vil esclava y no de cónyuge, se reduce a dos cosas nocturnas: la preliminar fornicación, que el Califa realiza semivestio, de manera rapidita y light (mientras puede), además de que ella no se mueve ni debe decir nada: ni mu ni pío ni emitir suspiros ni pujiditos (pues esto le recuerda a la lujuriosa Sultana y podría costarle el cogote), y luego sigue la sesión de los cuentos que ella debe narrar hasta el límite de la aurora, siempre bajo la espeluznante amenaza de que el Califa, por distintas razones, decida, por fin, borrarla del mapa, precisamente en el enorme cadalso erigido junto a los aposentos para matar a las doncellas desvirgadas por su real falo. 
No asombra, entonces, que Scherezade, desde el principio no lo ame y que aún recién llegada al palacio piense en marcharse y narrar en otra latitud, entre su gente, dado que para ella el Califa semeja un “vil sicario”, la encarnación del mal, pues “en nombre del honor ofendido, se había olvidado de la doctrina del Islam”. 
Con el apoyo logístico de la esclava Jasmine y de su hermana Dinazarda (quien ha adquirido cierto poder administrativo ante los áulicos del palacio), Scherezade, quien ya no soporta ni tolera el cuerpo del Califa moviéndose sobre el suyo, urden que Djaura, una favorita del harén, la sustituya en el preliminar y desabrido ayuntamiento del monarca. El Califa, no obstante, no cae en el engaño y sin decir una palabra permite que prosiga la intriga, porque además de descubrir cierto placer que creía extinto, también, desde hace un buen tiempo, está harto del obligado y fársico coito con la narradora. 
  Algo parecido ocurre al final de la novela, cuando la trilogía (Scherezade-Dinazarda-Jasmine) trama que la contadora de historias subrepticiamente se fugue del palacio (va en pos de la edénica casita donde al parecer aún vive la anciana Fátima, su otrora nodriza). “El Califa no saldría en su busca. Había descubierto en él señales de agotamiento. Casi suplicándole que desapareciese de su vista, pues no quería entregarla al verdugo.” Esto, claro está, se planea y ocurre cuando el monarca por fin ha abolido la terrorífica y sangrienta sentencia dictada contra las familias y doncellas del califato; cuando Dinazarda ha aumentado sus ambiciones y su palaciego poder administrativo (tal vez se convierta en la flamante esposa del chocho Califa); y Jasmine quizá sea la nueva favorita y narradora oral del soberano, pues también tiene sus aspiraciones y sueños, y puesto que había mostrado ciertas dotes e inquietudes por la narración oral, amén de que era ella quien a veces iba al zoco de Bagdad a comprar historias orales (en particular a un anciano y ciego derviche) que nutrieran la a veces fatigada memoria e imaginación de Scherezade.
 
Contraportada
         Pese a lo expuesto y a algunas pinceladas eróticas de índole rupestre y tosca, Voces del desierto es una novela muy superficial, esquemática y reiterativa, casi sin tripas y descafeinada, con muy poco suspense y con mínimas dosis de enredo y poquísimos giros sorpresivos. Se suceden páginas y páginas en las que con ligeras variantes se narra lo mismo, una y otra vez (descuella el arranque de la infausta historia entre el soberano y la narradora). Nunca se construye una dinámica y visual escena donde Scherezade le cuenta al Califa, sólo se dice que le narra de viva voz y que una y otra vez le habla de Simbad, de Zoneida, de Aladino, de Alí Babá, de modo que parece que nunca avanza y que sólo le relata sobre tales personajes, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Nunca se precisa qué relatos Jasmine le compra al derviche ciego y cómo y en qué dosis y matices se los transmite a Scherezade a través del tamiz de Dinazarda. Nunca se ve al Califa en medio de la problemática de su imperio y del ejercicio del poder en el salón del diván con sus visires y embajadores en semicírculo y prácticamente lo suele posponer o delegar a partir de que adquiere el nocturno vicio de oír, casi flotando en una nube de opio, los cuentos que le relata Scherezade en la intimidad de sus aposentos. 

  Además, dado el tratamiento supuestamente realista de la novela (distante de la fantástica y fabulosa tradición de Las mil y una noches), resulta inverosímil y contradictorio que en una monarquía musulmana, falocéntrica, autoritaria y misógina, el poderoso Visir, de clase alta y principal administrador del Califa de Bagdad, haya permitido que sus hijas, las invaluables niñas de sus ojos, expusieran sus vidas ante el sanguinario monarca, motu propio y por encima de su autoridad. Sólo baste entrever, entre líneas, los implícitos vasos comunicantes y el trasfondo atávico y social en un fragmento que la sabihonda y ubicua voz narrativa apunta en la página 283 de Voces del desierto
    Scherezade amaba, en particular, la epifanía de aquellas horas, cuando, a la luz de una vela, los hombres del califato asociaban la astucia nocturna a la naturaleza de la mujer, de quien se podía esperar toda suerte de señuelos, de mentiras e ilusiones. Creyendo el propio Califa en la demoníaca habilidad de la hembra para suscitar en él el extravío de la carne, doblegar su virilidad de varón, devorar su falo. Tal vez por ello sea común, en el mundo islámico, darle a la mujer el nombre de Laila, equivalente a noche en árabe.

Nélida Piñón, Voces del desierto. Traducción del portugués al español de Mario Merlino. Alfaguara. México, marzo de 2006. 320 pp.



El cielo protector



La diferencia entre algo y nada es nada



Paul Bowles
De 1949 data la primera edición en inglés de El cielo protector, quizá la más célebre de las obras del norteamericano Paul Bowles (1910-1999), cuya traducción al español, de Aurora Bernárdez (legendaria traductora y compañera de Julio Cortázar), apareció por primera vez en 1977. Sin duda, en tal celebridad (a estas alturas del siglo XXI) incide la adaptación cinematográfica que en 1990 estrenó Bernardo Bertolucci (a partir de un guión suyo y de Mark Peploe), porque además de ser un filme extraordinario, tanto al principio, como al final, entre los parroquianos del cafetín norteafricano donde se parla francés (en la novela es el café Eckmül-Noiseux, en Argel) figura el propio Paul Bowles, observando y reflexionando en silencio (con su voz en off).  
  Es tan magnética, sugestiva e impresionante la película de Bernardo Bertolucci, que ineludiblemente no pocos lectores de ahora, y de diversos idiomas y latitudes, leen y leerán la novela enlistando coincidencias y diferencias entre ésta y el filme, lo cual puede suscitar cierta intriga y suspense, si primero se observa el largometraje de 138 minutos (que no deja de ser una adaptación muy parcial de la novela y con significativas variantes y disimilitudes) y luego se asimila toda la riqueza de la obra literaria con la morosidad y los interludios que normalmente requiere la lectura de un libro. 
DVD de El cielo protector (1990), filme dirigido por Bernardo Bertolucci,
basado en la homónima novela de Paul Bowles.
        En 2006 la Editorial Seix Barral, en su ibérica página web, anunció la publicación, en la serie Biblioteca Formentor, de una nueva traducción de El cielo protector que, al parecer, supera la hecha por Aurora Bernárdez, pues incluye “el prólogo escrito por Bowles para la última edición americana que preparó en vida”. No obstante, tal libro sólo ha circulado en España, pero no en el país mexicano; y la versión que ahora mismo se puede encontrar en ciertas librerías es la impresa por Punto de lectura con el susodicho y legendario trabajo de Aurora Bernárdez (pero sin el prefacio de Paul Bowles), cuya “Primera edición en México” data de “mayo de 2001”. Sin embargo, para quien no es políglota, el inconveniente de tal traducción radica en que las numerosas palabras y frases, ya en francés o en árabe –usadas por Paul Bowles en su original–, no incluyen su traducción al español, lo cual pudo hacerse con una serie de pertinentes pies de página. 

Paul Bowles
(1910-1999)
Dividida en tres partes y treinta capítulos y firmada en Fez (Marruecos) por un tal Bab el Hadid, los protagonistas de la novela son tres jóvenes norteamericanos con solvencia económica, quienes en el contexto inmediato y aún reciente del término de la Segunda Guerra Mundial y con las rutas turísticas interrumpidas o destruidas en Europa, han podido trasladarse en un carguero, desde Nueva York a Argel, para emprender un azaroso e impreciso recorrido por África del Norte. 
En el momento de su desembarco en Argel, Port y Kit, los Moresby, ya tienen doce años de casados. Y Tunner, el amigo, sin ser íntimo ni incondicional de la pareja, fue invitado por Port “en el último minuto”, y prácticamente desembarca con ellos convertido en una presencia incómoda y molesta sobre todo para Port, quien más rápido que tarde trata de alejarlo de él y de su mujer, sin que nunca llegue a sospechar ni a descubrir la infidelidad en que Kit y Tunner se enredan durante un trayecto de once horas en tren, de Argel a Boussif. Muy poco suspicaz, Port hace tal paralelo recorrido en cinco horas, viajando en el Mercedes de los Lyle, hijo y madre (al parecer), australianos con pasaporte inglés, quienes en la novela son aún más abominables y repulsivos, ya por su racismo, su venenosa lengua y su horrenda personalidad, y por el hecho de que Eric, el torpe y retorcido vástago, se roba los pasaportes de Port y Tunner para venderlos en el mercado negro que en Messad se cultiva y fermenta en los cuarteles de la Legión Extranjera, latrocinio que adereza el obstinado alejamiento de Tunner que Port conjura comulgando en solitario consigo mismo. 
El incitador y el motor de la petulante y pretenciosa “expedición a lo desconocido” es Port, quien gracias a la herencia que le dejó su padre, vive sin trabajar y ya ha viajado por África del Norte, entre Trípoli y Dakar; él es el epicentro de los tres, el que define las categorías que supuestamente diferencian a un turista de un viajero, y quien denota, en buena parte de la novela, la carga idiosincrásica, existencial, corrosiva, nihilista, anarca y egocéntrica que lo caracteriza sólo viéndose la nariz. Por ejemplo, en Boussif, hablando de “política europea de posguerra”, sin mencionar las matanzas y devastaciones en Hiroshima y Nagasaki, dice: “Europa ha destruido al mundo entero.” “Tenemos que agradecerlo y lamentarlo. Espero que se borre ella misma del mapa”. Y unos renglones después: “¿Quién es la humanidad? Te lo diré. La humanidad es todos salvo uno mismo. Entonces, ¿qué interés puede tener para nadie?” [...] “Tú no eres nunca la humanidad; tú sólo eres tu propio yo desesperadamente aislado”. 
Síndrome solipsista que se trasmina en el hecho de que al empezar el viaje no se vacunó contra ninguna enfermedad. En el rasgo de que en su pasaporte haya dejado en blanco el registro de su profesión y que en los trámites del desembarco, al tratar de hacer lo mismo, Kit declare que es “escritor”. Y él, divagando sobre ello (antes de darse de topes contra la presencia de Tunner que frustra el fantaseo de la probable redacción), se divierte con “la idea de escribir un libro. Un diario en el que anotaría cada noche los pensamientos del día, cuidadosamente condimentados con notas de color local, en el cual quedaría clara y tranquilamente demostrada la verdad absoluta del teorema que anunciaría el principio, a saber, que la diferencia entre algo y nada es nada”.
Sentencia que ineluctable y dramáticamente se cumple y cobra agudo sentido cuando la tifoidea (que él ignoraba que tenía y que tal vez pescó entre el mosquerío y las inmundicias que infestan el mísero poblado de Aïn Krorfa) lo transforma de algo en nada, cuando Port, amortajado por el Capitán Broussard en un cuartucho del fuerte de Sbâ, es encontrado así por Kit, quien no presenció su muerte; y entonces la omnisciente y ubicua voz narrativa inserta una reflexión, con un tinte filosófico, que a ella le dijo Port sobre la vida y la muerte, dicha por él hace más de un año y que Kit no recuerda en ese momento: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión horrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena? Quizá veinte. Y, sin embargo, todo parece ilimitado.”
Y sí que sólo lo parece, pues durante un paseo en bicicleta por los pétreos y desérticos alrededores de Boussif, observando en lontananza lo aparentemente “ilimitado”, Port cavila y le habla a Kit de lo que ve y siente: “el cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay de detrás.” Y entonces Kit, al oírlo, da un revulsivo paso al marasmo de la angustia y el desasosiego y quiere que le revele “lo que hay detrás”. Pero la respuesta de Port no puede ser menos contundente, desoladora, lapidaria y premonitoria: “Nada, supongo. Solamente oscuridad. La noche absoluta.”
Después del fallecimiento de Port y de la subrepticia fuga de Sbâ que emprende Kit (abandona el cadáver, elude a Tunner y a la autoridad militar francesa), la novela, en contraste con los atavismos del orbe occidental, se torna aún más corrosiva e iconoclasta, pues si bien Tunner, buscándola e indagando sobre su paradero desde Bou Noura, en realidad se queda allí deambulando en torno a sus personales y egocéntricos prejuicios que oscilan y se agitan dentro de él y el mundillo dejado en Estados Unidos, Kit, prendida a su auténtica identidad que resume y resguarda en el neceser con que huye (pasaporte, cheques de viajero, billetes de mil francos, alguna ropa y cierto maquillaje), se enrola con una caravana de camelleros que se internan por el Sáhara, donde la mayoría son criados y sólo un par “los amos”, uno más viejo y otro más joven, llamado Belqassim, quienes inician con ella una relación sexual en la que alternativamente la comparten. 
(Punto de lectura, México, mayo de 2001)
      Y cuando la caravana llega por fin a su lejano destino en un puerto del Sudán, Kit poco a poco tiene indicios del mundo medievalesco en el que se halla inmersa: la rica familia de Belqassim conduce caravanas entre lugares de Argelia y el Sudán; 
la laberíntica casa es de su padre, allí, además de las criadas y las esclavas, hay 22 esposas que pertenecen a sus hermanos y a su progenitor, entre ellas tres esposas del propio Belqassim, más otra que tiene hacia el Norte, en Mecheria.
Al principio, disfrazada de muchacho árabe, Belqassim la esconde y encierra en un cuartucho de techo bajo donde la alimenta y la utiliza; pero llega el momento en que las tres esposas (a quienes excita la presencia del supuesto joven y que su esposo duerma y se revuelque con él) descubren su naturaleza femenina y Belqassim, con una ceremonia y joyas, la hace su cuarta esposa. La certidumbre de que le pertenece, hace que éste aumente su ímpetu sexual, y Kit, que ha gozado con él desde el inicio, ahora goza más siendo poseída así, incluso hasta un límite quizá enfermizo, pues cuando Belqassim falta a las citas, ella padece una especie de síndrome de abstinencia y ansiedad y la negra que la custodia, para calmarla, le prepara una especie de somnífero.
Cabe decir que por circunstancias favorables, Kit logra salir de allí auxiliada por las tres esposas de Belqassim, para sin buscarlo ni quererlo, volver a caer en otras manos árabes que finalmente le roban los miles de francos que guardaba en el neceser, menos lo que lleva puesto y su pasaporte, el cual le sirve a las monjas de un hospital para que su identidad sea ubicada en ese puerto del Sudán y rescatada por el consulado norteamericano, quien a través de una tal Miss Ferry, ya de regreso en Argel, la traslade en un taxi, del aeropuerto al pie del hotel Majestic, donde le anuncia la probabilidad de que Tunner se encuentre allí esperándola. Sorpresiva e inesperada noticia que a Kit no le cae nada bien, por lo que quizá al lector no le resulte extraño que, sin decir agua va, de nueva cuenta se esfume en el anonimato.

Paul Bowles, El cielo protector. Traducción del inglés al español de Aurora Bernárdez. Punto de lectura, serie Biblioteca de bolsillo. 1ª edición mexicana, mayo de 2001. 412 pp.


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Enlace a un trailer de El cielo protector (1990), filme dirigido por Bernardo Bertolucci, basado en la novela homónima de Paul Bowles.