jueves, 24 de abril de 2014

Todo México


La mamá de los pollitos
(o por mi espíritu hablará la raza)

En A ustedes les consta. Antología de la crónica en México (Era, 1980), Carlos Monsiváis apunta que Palabras cruzadas es la “única recopilación existente” de las entrevistas que la mexicana Elena Poniatowska (París, mayo 19 de 1932) emprendió al iniciarse “en el periodismo en 1954”. Amén de que en realidad se inició en 1953, un año antes de que Juan José Arreola le publicara Lilus Kikus —su primer libro de narrativa— en la colección Los Presentes, el libro Palabras cruzadas (Era, 1961), por inconseguible, se tornó fantasmal y tan legendario y borroso como lo es su inicio en el periodismo y quizá por ello en 2013 —el año de su medalla de Bellas Artes y del sonoro Premio Cervantes— en Ediciones Era publicó una nueva edición, revisada y aumentada.
   
(Era, 2da. ed., México, 1981)
      El primer tomo de Todo México (Diana, 1990) —dijo por entonces la autora— es el primero de doce volúmenes que exhuman y reúnen, sin sujeción temática ni cronológica, muchas de las entrevistas hechas por ella desde 1953. En este primer libro entrevista a Luis Barragán, a Luis Buñuel, a Manuel Benítez El Cordobés, a Jorge Luis Borges, a María Félix, a Gabriel García Márquez, a Yolanda Montes Tongolele, a El Santo, y a Lola Beltrán.

Elena Poniatowska en 1962
Foto: Kati Horna
        Según se lee, la más vieja data de 1964 y la más reciente de 1980 (no obstante, Jorge Luis Borges viajó a México en 1981 para llevarse el Premio Ollin Yoliztli). Ninguna menciona (pero lo debió hacer) el medio en que se publicó. Todas concluyen con una ficha anecdótica y pedagógica que resume algo de la vida y obra del personaje, y en cuyo acopio y resúmenes intervino Adriana Navarro. Las entrevistas, además, están ilustradas con fotos en blanco y negro (cuya impresión es de baja calidad) que hubieran funcionado mejor con pies o comentarios puntuales y esclarecedores. 

Lo que quizá moleste a los acostumbrados a leer de corrido, es el hecho de que las entrevistas están interrumpidas por numerosos subtítulos, separadores, llamadas de atención o descansos (o como se quiera nombrarles), muy adecuados para los que no leen ni su nombre, pese a que de tacuche y con el copetín engominado pregonen en la feria del libro que leyeron la Biblia de cabo a rabo.
(Diana, México, 1990)
        Libro misceláneo, libro tutti frutti, de chile, de dulce y de manteca. ¡Qué canal de las estrellas ni qué ocho cuartos! En Todo México los nombres resplandecen en lo alto de la bóveda celeste de toditito el país (y más allá de él): ¡puro chingonauta!, ¡de auténtica cepa! Así, el consumidor y coleccionista puede atesorar sus palabras como piedras imán, pegaditas a la víscera cardíaca. Y si compró algunos o todos los libros de la serie, puede atesorarlos en fila india en uno de los estantes de su sacrosanto y tercermundista librero (pese a que terminan desgajados dada la deficiente y fraudulenta factura de Editorial Diana), pues todos los personajes son parte de la memoria, del corazón y del ser colectivo del mexicano, todos tienen que ver con el folclor, con la historia y la cultura nacional.

Elena Poniatowska no es únicamente la espantada ama de casa que va a las luchas por primera vez al Toreo de Cuatro Caminos cuando se inaugura la Gran Temporada 1977 de Lucha Libre; la mamá de los pequeños Felipe y Paula a quienes invitó nada menos y nada más que El Santo, el meritito Enmascarado de plata, el mismo de las historietas y de los soporíferos churros; la madre temerosa que se persigna en medio del fragor de las leperadas que grita y vocifera el respetable; y que ante los golpes, las manitas de puerco y los porrazos que se propinan los luchadores se le ocurre pensar lo siguiente, mientras allá en lo alto “pasa un jet haciendo retumbar los cielos”: “Miren nada más, allá está pasando uno de los más bellos inventos del hombre, y nosotros aquí dándonos de catorrazos, medio matándonos como trucutús en la época de las cavernas”, olvidando en su regaño y jalón de orejas que esos “bellos inventos” son también algunas de las más siniestras y destructivas armas “convencionales” que ha inventado el “progreso” del genocida y troglodita género humano para la expansión y dominio de los más cruentos y beligerantes circos, negocios, maromas y teatros, no únicamente del más poderoso país de la vapuleada aldea global.
Elena Poniatowska
      Elena Poniatowska es una de las más queridas mamás que tiene el territorio mexicano. Su calidad ética es inapelable. Merece todos los respetos y reconocimientos. Entre las escritoras y periodistas mexicanas casi nadie la iguala (su virtud moral es semejante a la de Cristina Pacheco o a la de Rosario Ibarra de Piedra). Con sus crónicas y comentarios ha velado por la dignidad de los hijos de México. Si no fuera por ella, no escucharíamos las voces de quienes sobrevivieron a la masacre de la larga Noche de Tlatelolco; las de los niños que medran y duermen en las calles; las de los presos políticos y la de quienes sufrieron la destrucción de los temblores de septiembre de 1985.

La madre Poniatowska tiene corazón de masa, ni duda cabe. Pensando en sus hijos se le espanta el sueño, vela por su dolor, orfandad y desamparo. Gabriel García Márquez “piensa que su verdadera vocación es la de ser padre”; en este sentido, no es difícil suponer que la vocación innata de la madre Poniatowska es la de ser mamá. 
Así, pese a la lección de cortesía que ya Borges le había dado en 1973 cuando voló a México para recibir el Premio Internacional Alfonso Reyes, no puede reprimir —cuando el argentino regresa en 1981 por el Premio Ollin Yoliztli— el impulso de preguntarle a bocajarro por sus otros hijos, los torturados, encarcelados y asesinados en el Cono Sur: “¿por qué recibió un premio de manos de Pinochet?”
No obstante, hay que decirlo, la madre Poniatowska, que bien sabe que Fuerte es el silencio y el olvido, no es la que está en primer plano en el tomo uno de Todo México, aunque ineludiblemente a veces emerge de la sombra. Por ejemplo, María Félix en su entrevista dice como si fuera la alcaldesa de Macondo en sus tiempos más ingratos: “¡Cada día es más notorio el progreso de mi país, cada día las cosas están mejor! Y es que hemos tenido muy buenos gobernantes.” A lo que la madre Poniatowska responde: “Ay, ¿a poco? Esto que dice usted no se lo creo ni yendo a bailar a Chalma. ¿No es demagogia?”
Elena Poniatowska
Foto: Rogelio Cuéllar
         En Todo México está presente esa Elenita Poniatowska que Juan García Ponce saludaba así: “¿Qué dices, taradita?” Es decir, a sus reseñas y preguntas las alienta su sonrisa dientes de conejo (Luis Buñuel solía llevarla al súper de Félix Cuevas donde frente a las jaulas de los hámsteres le decía: “te pareces a ellos”), su rostro aparentemente ingenuo de “yo no mato una mosca” (“ni muerdo un plátano”). No se trata de parecer inteligente, sino ligera, medio tontuela y tontorrona (tanto así que después de mucha plática Borges le dice que por sus preguntas pensó que no había leído sus cuentos y quizá, pues allí está, como fulgurante frijol en la sopa de letras, el apócrifo poema “Instantes” que Elena supone Borges escribió), espontánea, coloquial, y sobre todo: tierna y divertida, por lo que nunca falta una broma, el tono femenino, e incluso alguna alusión chusca sobre sí misma. Por ejemplo, al referir la altura de Luis Barragán, dice: “Pensé que no podría ser sacerdote porque besaba mucho a las mujeres llamándolas ‘linda’ y mirándolas con cariño. Se doblaba en dos para abrazarlas porque siempre eran más pequeñas, a veces se doblaba en cuatro, y en mi caso hasta en seis, porque siempre he sido del tamaño de un perro sentado.”

Otra lúdica ocurrencia es preguntarle a María Félix el cuestionario que aparece en el capítulo “Las golondrinas” de Zona sagrada (1967), obra donde Carlos Fuentes novelizó a la actriz con el nombre de Carla Nervo. Pero lo que suscita rechazo son las preguntas insidiosas (de chismosita light de nota rosa) con que mortificó a la pobre de Tongolele (¿qué piensa de Fulanita?, ¿qué de Perenganita?).
Y lo que más le agrada al presente tecleador es la entrevista que le hizo a Gabriel García Márquez (fechada en “Septiembre de 1973”). Allí, entre otras cosas, Gabo le narra la atmósfera mágica que rodeó a la “Cueva de la Mafia”, como en Historia de un deicidio (1971) Mario Vargas Llosa apuntó que así llamaban al habitáculo de la casa de San Ángel Inn donde el colombiano escribió Cien años de soledad (1967): “La ‘Cueva de la Mafia’ es el escritorio de García Márquez, en su casa del barrio de San Ángel Inn, el recinto donde permanecerá poco menos que amurallado el año y medio que le llevó escribir la novela, después de pedirle a Mercedes que no lo interrumpiera con ningún motivo (sobe todo, con problemas económicos). Sus hijos lo ven apenas en las noches, cuando sale de su escritorio, intoxicado de cigarrillos, después de jornadas extenuantes de ocho y diez horas frente a la máquina de escribir, al cabo de las cuales algunas veces sólo ha avanzado un párrafo del libro. La ‘Cueva de la Mafia’ es un hogar dentro del hogar de los García Márquez, un enclave auto-suficiente: hay un diván, un bañito propio, un minúsculo jardín...”
Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa
       Todo mundo contribuyó con Cien años de soledad: el barrio; el carnicero al que debían cinco mil duros pesotes; el propietario de la casa, quien esperó ocho meses el pago de la renta; Mercedes Barcha Pardo, que hacía milagros; Pera, la mecanógrafa que se ocupó de su pésima ortografía; y sobre todo sus amigos: 

“Para hacer Cien años de soledad [Gabo le dice a la Poni] consulté médicos, abogados, y junté en mi casa una enorme cantidad de libros de medicina, alquimia, filosofía, enciclopedias, botánica y zoología, para que cada dato estuviera muy bien verificado y comprobado; no quería un solo error, a no ser las faltas de ortografía, que quedaban en manos de Pera. No podía detenerme en lo que estaba escribiendo para ponerme a estudiar alquimia; entonces escribía inventándolo todo y en la noche buscaba libros sobre la materia, que los amigos me habían conseguido, e incorporaba los datos que allí encontraba, pero lo que me resulta curioso es que yo no estaba equivocado o lejos de la verdad de mis invenciones. La obra me llevaba a tal velocidad que yo no me podía parar, y a partir de ese momento se creó una especie de equipo solidario alrededor del libro, y todos mis amigos me ayudaron. Yo le hablaba a José Emilio Pacheco: ‘Mira, hazme el favor de estudiarme exactamente cómo era la cosa de la piedra filosofal’, y a Juan Vicente Melo también lo ponía a investigar propiedades de plantas y le daba una semana de plazo. A un colombiano le pedí: ‘Haz el favor de investigarme cómo fueron todos los problemas de las guerras civiles en Colombia’, a otro le pedí la mayor cantidad de datos sobre las guerras federales en América Latina y siempre tuve amigos haciéndome tareas de este tipo; todo el trabajo poético, por ejemplo, que me hizo Álvaro Mutis, es invaluable. Cuando yo llegué [a México] en 1961, el grupo que estaba en Difusión Cultural [de la UNAM]: Pacheco, Monsiváis, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, y por otro lado, Jomí García Ascot y Álvaro Mutis, trabajaron para mí —y se ríe—. Ahora me doy cuenta de verdad que todos ellos estaban trabajando en Cien años de soledad, y no sólo no lo sabían entonces, sino que tengo la impresión de que no lo saben todavía.”



Elena Poniatowska, Todo México. Tomo 1. Editorial Diana. México 1990. 318 pp.




Presentación de Palabras Cruzadas en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2013



viernes, 18 de abril de 2014

El otoño del patriarca




El poder corrompe 
y el poder absoluto corrompe de un modo absoluto


La primera edición de El otoño del patriarca apareció en Barcelona, en 1975, editada por Plaza & Janés. Es la novela que el colombiano Gabriel García Márquez (Aracataca, marzo 6 de 1927-México, abril 17 de 2014) escribió después del vertiginoso éxito obtenido con Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967) y por ende aún en la segunda edición que La Oveja Negra editó en Bogotá, en noviembre de 1979, con 10,500 ejemplares, concluye con la datación del lapso en que fue urdida: “1968-1975”. 
(La Oveja Negra,  2ª ed., Bogotá, 1979)
Portada
   
(La Oveja Negra, 2ª ed., Bogotá, 1979)
Contraportada
 
  (Diana, 16ª edición, México, septiembre de 2002)
         En México, Editorial Diana ha acaparado la continua edición de la mayoría de los libros de Gabriel García Márquez, pese a que normalmente son libros feotes y con erratas, como es el caso de la dieciseisava edición de El otoño del patriarca, concluida “el 9 de septiembre de 2002”, la cual, además de las infalibles erratas, mochó la datación que figura al final.

Dispuesta en seis capítulos sin títulos ni números, El otoño del patriarca es un divertimento, la novela más bufa, caricaturesca, hilarante y experimental de Gabriel García Márquez, pues además de que tales capítulos son seis largos y apretados bloques narrativos en los que las reglas de la puntuación han sido trastocadas y usadas de manera arbitraria, sucesivamente la secuencia narrativa se rompe y cambia de tiempos y de voces. No obstante, la polifonía y el conjunto narrativo trazan un círculo concéntrico, pues inicia con el descubrimiento del cadáver del anciano dictador (carcomido por los zopilotes) en la ruinosa casa presidencial infestada de vacas y gallinas, y concluye con el relato en el que por fin fallece, preámbulo del primer capítulo.
Gabriel García Márquez escribiendo El otoño del patriarca
Barcelona, años 70
Foto: Rodrigo García Barcha
       Con El otoño del patriarca la poderosa imaginación de Gabriel García Márquez vive uno de sus momentos más líricos y exultantes, pues pese a bosquejar el supuesto contexto social y la siniestra y cruenta trayectoria de un supuesto hombre que despóticamente gobierna un hipotético país caribeño, lo que campea y predomina en cada página es un constante sentido del humor, ya en el uso de la hipérbole y del eufónico vocabulario (que no excluye coloquialismos, palabrotas y juegos de palabras), en sus exageradísimas, caricaturescas y fantásticas anécdotas, y en sus incesantes y abigarradas imágenes poéticas, insólitas, absurdas, kafkianas, surrealistas e imposibles.  

Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez en 1959
         Pese a que la idea de la novela del dictador la tuvo Gabo por primera vez cuando en enero de 1958 (como reportero de la revista Momento) vivió en Caracas la caída y la salida al exilio del dictador Marcos Pérez Jiménez, y a que su obra implica y supone “una síntesis de todos los dictadores latinoamericanos, pero en especial del Caribe”, con mil y un remantes extirpados de la historia y de la realidad, El otoño del patriarca no tiene un grumo de realista ni de historicista ni de sociología ni de análisis y conflicto político, pese a los genocidios y crímenes políticos y a que durante una aciaga coyuntura haya cedido, por fin, la entrega del Mar Caribe a los gringos con tal de saldar la impagable deuda externa. Pero esto no supone la ocupación y explotación de tales aguas territoriales que se observan desde su casona, sino que literalmente dejaron un desierto y se lo llevaron a territorio norteamericano: “o vienen los infantes o nos llevamos el mar, no hay otra, excelencia, no había otra, madre, de modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro, mi general, con el reflejo de nuestras ciudades [...]” 

Y no fue una entrega fácil, pues el vejete replicó, aún rejego y egocéntrico: “qué haría yo solo en esta casa tan grande si no pudiera verlo ahora como siempre a esta hora como una ciénega en llamas, qué haría sin los vientos de diciembre que se meten ladrando por los vidrios rotos, cómo podría vivir sin las ráfagas verdes del faro, yo que abandoné mis páramos de niebla y me enrolé agonizando de calenturas en el tumulto de la guerra federal, y no crea usted que lo hice por el patriotismo que dice el diccionario, ni por espíritu de aventura, ni menos porque me importaran un carajo los principios federalistas que Dios tenga en su santo reino, no mi querido Wilson, todo eso lo hice por conocer el mar, de modo que piense en otra vaina, decía”.


Gabriel García Márquez
        El trazo legendario y mítico de ese abominable vejestorio rodeado siempre de lacayos (aún antes de morir casi como lo pronosticaron las pitonisas de los lebrillos) reza que vivió más de cien años con una salud de hierro (sólo padeció de fiebres tercianas durante la guerra y cuando arribó por primera vez a la casa presidencial), de hecho se dice que “había seguido creciendo hasta los cien años y que a los ciento cincuenta había tenido una tercera dentición” y que tuvo “una edad indefinida entre los 107 y los 232 años”, cosa probable dentro de la desmesurada, movediza y delirante lógica de la novela, pues durante el sanguinario período de terror en que el dandy y políglota José Ignacio Sáenz de la Barra controla los aparatos de inteligencia y las fuerzas represivas, se celebra “el primer centenario de su ascenso al poder”.
Vale apuntar que el entorno de su casona casi siempre está rodeado de hordas de leprosos, ciegos y paralíticos; y esto es así porque se le atribuyen poderes ultraterrenos. De modo que él evoca: “no me dejaban caminar con la conduerma de que écheme en el cuerpo la sal de la salud mi general, que me bautice al muchacho a ver si se le quita la diarrea porque decían que mi imposición tenía virtudes aprietativas más eficaces que el plátano verde, que ponga la mano aquí a ver si se me quitan las palpitaciones que ya no tengo ánimos para vivir con este eterno temblor de tierra, que fijara la vista en el mar mi general para que se devuelvan los huracanes, que la levante hacia el cielo para que se arrepientan los eclipses, que la baje hacia la tierra para espantar a la peste porque decían que yo era el benemérito que le infundía respeto a la naturaleza y enderezaba el orden del universo y le había bajado los humos a la Divina Providencia”. Así, no extraña que en los postreros límites de su vida y de la novela haya quienes digan: “y en el instante en que nos tocaba recuperábamos la salud del cuerpo y el sosiego del alma y recobrábamos la fuerza y la conformidad de vivir, y vimos a los ciegos encandilados por el fulgor de las rosas, vimos a los tullidos dando traspiés en las escaleras y vimos esta mi propia piel de recién nacido que voy mostrando por las ferias del mundo entero para que nadie se quede sin conocer la noticia del prodigio y esta fragancia de lirios prematuros de las cicatrices de mis llagas que voy regando por la faz de la tierra para escarnio de infieles y escarmiento de libertinos, lo gritaban por ciudades y veredas, en fandangos y procesiones, tratando de infundir en las muchedumbres el pavor del milagro, pero nadie pensaba que fuera cierto, pensábamos que era uno más de los tantos áulicos que mandaban a los pueblos con un viejo bando de merolicos para tratar de convencernos de lo último que nos faltaba creer que él había devuelto el cutis a los leprosos, la luz a los ciegos, la habilidad a los paralíticos, pensábamos que era el último recurso del régimen para llamar la atención sobre un presidente improbable cuya guardia personal estaba reducida a una patrulla [...]”
Gabriel García Márquez
        Se dice que “Se estimaba que en el transcurso de su vida debió tener más de cinco mil hijos, todos sietemesinos, con las incontables amantes sin amor que se sucedieron en su serrallo hasta que él estuvo en condiciones de complacerse con ellas, pero ninguno llevó su nombre ni su apellido, salvo el que tuvo con Leticia Nazareno que fue nombrado general de división con jurisdicción y mando en el momento de nacer, porque él consideraba que nadie era hijo de nadie más que de su madre, y sólo de ella.” Es así que la “proclamó por decreto matriarca de la patria”. Bendición Alvarado, su madre, pajarera ambulante y pintora de oropéndolas, con risibles hábitos y prejuicios de mujer doméstica de pocas luces, fue la persona que más lo quiso (o quizá la única), y a quien él amorosamente recuerda durante toda su ancianidad, incluso mucho después de que por todos los rincones del país se sucediera la peregrinación post mortem y de cuerpo presente que buscó proclamarla santa. Pero cuando aún está en los últimos suspiros trata de revelarle  minucias de su concepción y nacimiento: “cómo le echaron su placenta a los cochinos, señor, cómo fue que nunca pude establecer cuál de tantos fugitivos de vereda había sido tu padre, trataba de decirle para la historia que lo había engendrado de pie sin quitarse el sombrero por el tormento de las moscas metálicas de los pellejos de melaza fermentada de una trastienda de cantina, lo había parido mal en un amanecer de agosto en el zaguán de un monasterio, [...] y sólo una adivina de circo cayó en la cuenta de que el recién nacido no tenía líneas en la palma de la mano y eso quería decir que había nacido para ser rey, y así era”. 

Ahora que si el vejete estuvo estúpidamente enamorado de Manuela Sánchez, “reina de la belleza de los pobres”, que lo desdeñó y se esfumó de sus garras durante un manipulado eclipse, la joven Leticia Nazareno, por orden suya, fue secuestrada en un monasterio de Jamaica y traída en barco hasta su casona, donde con el tiempo se convirtió en su amante y luego en la esposa que le dio el hijo que él reconoció y cuyo espeluznante asesinato (mueren descuartizados por 60 perros) precede al susodicho período de terror dirigido por el todopoderoso José Ignacio Sáenz de la Barra (“lo hizo dueño absoluto de un imperio secreto dentro de su propio imperio privado, un servicio invisible de represión y exterminio”), cuya vengativa ejecución por las muchedumbres: “macerado a golpes, colgado de los tobillos en un farol de la Plaza de Armas y con sus propios órganos genitales metidos en la boca, tal como lo había previsto mi general”, evoca otra ejecución orquestada por éste, la del general de división Rodrigo de Aguilar, su otrora compañero de armas y luego su ministro de la defensa, servido en bandeja de plata al estado mayor de sus guardias presidenciales: “puesto cual largo fue sobre una guarnición de coliflores y laureles, macerado en especias, dorado al horno, aderezado con el uniforme de cinco almendras de oro de las ocasiones solemnes y las presillas del valor sin límites en la manga del medio brazo, catorce libras de medallas en el pecho y una ramita de perejil en la boca, listo par ser servido en banquete de compañeros por los destazadores oficiales ante la petrificación de horror de los invitados que presenciamos sin respirar la exquisita ceremonia del descuartizamiento y el reparto, y cuando hubo en cada plato una ración igual de ministro de la defensa con relleno de piñones y hierbas de olor, él dio la orden de empezar, buen provecho señores.”
Gabriel García Márquez
         Y además de que con Leticia Nazareno vive episodios de intenso placer sexual coronados por las nauseabundas y pestilentes secreciones excrementicias de él, fue ella la que, pese a su decrepitud, le enseñó a leer y escribir y por ende durante su larga senilidad a veces evoca y canturrea infantiles cantaletas de alfabetización mnemónica, pero no puede evitar las fallas ortográficas en lo que rotula en la puerta del hediondo retrete: “prohibido haser porcerías en los escusados”. 




Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca. Editorial Diana. 16ª edición. México, septiembre de 2002. 304 pp.








Gabriel García Márquez. Una vida


       
Yo seré lo que tú digas que soy

Dividido en tres partes y veinticuatro capítulos (más la iconografía en blanco y negro, los “Agradecimientos”, los “Mapas”, el “Prefacio”, el “Prólogo”, el “Epílogo”, los “Árboles genealógicos”, las “Notas”, la “Bibliografía”, las “Referencias de las ilustraciones y los textos citados” y el “Índice alfabético”), el volumen Gabriel García Márquez. Una vida, del británico Gerald Martin (Londres, 1944), apareció en octubre de 2009 impreso en Colombia por Debate, traducido al español por Eugenia Vázquez Nacarino, puesto que en 2008 la primera edición en inglés fue impresa en Inglaterra por Bloomsbury Publishing Plc.
Gabriel García Márquez. Una vida
(Debate, Colombia, 2009)
Todo indica que se trata de la biografía más gruesa, ladrillesca y ambiciosa escrita hasta el momento sobre la ascendencia, la vida, la obra y el itinerario ideológico y político del colombiano Gabriel García Márquez [Aracataca, marzo 6 de 1927-México, abril 17 de 2014], el celebérrimo autor de Cien años de soledad (Sudamericana, Buenos Aires, 1967), Premio Nobel de Literatura 1982.
Según Gerald Martin trabajó en ella durante diecisiete años. Sus marcos temporales parten del siglo XIX (con alusiones relativas a la época prehispánica, a la Conquista y a la Colonia) y llega hasta el año 2007, precisamente en el contexto de la celebración en Cartagena de Indias, Colombia, del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, cuando el 26 de marzo le fue entregado el primer ejemplar (de un millón) de la Edición Conmemorativa de Cien años de soledad, editada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española.
Si tal es un episodio feliz en la trascendencia de la obra de García Márquez, esbozado en torno a la dramática e íntima esfera de su declive personal y creativo (a partir del cáncer que le diagnosticaron en enero de 1999 y de la esporádica y paulatina pérdida de la memoria), en el volumen descuellan otros dos episodios apoteósicos, más exultantes y novelescos por las minucias y por el hecho de haber ocurrido en el mediodía de la vida y la salud del personaje. Uno es lo que atañe a la noticia y a la recepción del Premio Nobel en 1982 (dizque Borges fue de los primeros en felicitarlo, lo cual quizá no sea cierto). El otro es todo lo que concierne a la magia que se fue gestando al escribirla y al boom que suscitó la aparición de Cien años de soledad en 1967, capítulos que abarcan la mayor parte del volumen, pues el génesis de la novela (no sólo lo relativo a su escritura, entre 1965 y 1966, en el estudio de la casa que los García Márquez rentaban en el barrio de San Ángel, en la Ciudad de México) se remonta a sus ancestros y a su genealogía y a todo lo vivido y narrado por Gabo con anterioridad. 
Gerald Martin apunta, en el “Prefacio” y en el “Epílogo”, que en 2006 Gabo públicamente dijo que él era su “biógrafo oficial”. Quizá esto significa que, con tal espaldarazo, se considera el biógrafo canónico, el apapachado, el cómplice, el de la última e inapelable palabra. 
Sin embargo, todo sugiere que esto último no puede ser así. Pues si bien Gabo, en septiembre de 1993, en su casa en el Pedral de San Ángel, le dijo que “todo el mundo tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta” (por ende se negó a revelarle detalles del amour fou vivido con la española Tachia Quintana, en París, en 1956), y que “Yo seré lo que tú digas que soy”, su biografía resulta parcial en numerosos aspectos y subjetiva en otros tantos, muy matizada con sus propias interpretaciones y juicios, tan arbitrarios y discutibles como cuando Álvaro Mutis, en su nota preliminar incluida en la susodicha Edición Conmemorativa de Cien años de soledad, declara categórico: “Sigo pensando que su obra más acabada y perfecta es El coronel no tiene quien le escriba; la que se considera su obra prima” (sic).
En este sentido, Gerald Martin, por ejemplo, con su particular glosa e idiosincrasia, interpreta y sopesa en un grado superlativo el cuento “Los funerales de la Mamá Grande” (homónimo del libro editado en Xalapa por la UV en 1962) y la novela El otoño del patriarca (1975), a la cual, incluso, glorifica a la altura de Cien años de soledad.
 Gabriel García Márquez y Fidel Castro convaleciente en La Habana, en 2007,
poco antes de que Gabo viajara a Cartagena de Indias para los festejos de su
       80 aniversario, donde le entregarían el ejemplar número uno de la
Edición Conmemorativa de Cien años de soledad
Otro aspecto no menos controvertido (pero más intrincado, farragoso, parcial y fragmentario) es todo lo que concierne al ideario socialista y de izquierdas de Gabo (y su viraje hacia la derecha en los años 90) y al itinerario de sus posicionamientos políticos ante ciertos sucesos y entornos (ya en Colombia, la URSS, Europa, Cuba, México, Latinoamérica, España, Angola, Vietnam, etcétera) o frente a ciertos hombres del poder (Omar Torrijos, Felipe González, François Mitterrand, Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox, Bill Clinton, etcétera), descollando en ello su largo vínculo con el dictador cubano Fidel Castro. Si Gerald Martin yerra cuando dice que Simón Bolívar “es el político más destacado de América Latina” (p. 537), no es menos falaz y demagogo al apuntar: “Cuando escribió El general en su laberinto [1989], García Márquez mantenía desde hacía tiempo una estrecha relación con Fidel Castro, un indudable candidato de excepción para ocupar el segundo puesto —después de Bolívar— en la lista de los grandes hombres de América Latina. Aunque sólo sea por su longevidad política —casi medio siglo en el poder—, el récord de Fidel Castro está fuera de toda duda. Y Fidel, me dijo García Márquez en una ocasión, es ‘un rey’” (p. 531).
Vale decir, entonces, que ineludiblemente el lector tiene que hacer criba y llenar huecos al discurrir por las páginas de tal biografía, pues amén de que Gerald Martin matiza y mete su cuchara en primera persona, también escamotea o toma partido por su biografiado ante distintas controversias, lo cual puede ejemplificarse con la manera en que aborda el legendario pleito (sucedido “el 12 de febrero de 1976” en el aeropuerto de la Ciudad de México) que truncó la amistad personal que desde 1967 cultivaban Gabo y Mario Vargas Llosa (y por ende se coloca al lado de su gallo cada que vez puede, como cuando recuerda que en distintos foros el peruano llamó “lacayo de Fidel” a García Márquez):
“La política, el sexo y la rivalidad personal hacen un cóctel sumamente fuerte, sean cuales sean las proporciones en que se mezclen. Tras el evidente sentimiento de traición de Vargas Llosa, tal vez acechara la preocupación de que aquel colombiano de corta estatura y escaso atractivo le había tomado la delantera. El extraordinario y merecido éxito del propio Mario, su apostura de galán, tal vez no bastaran en sí mismos; así que quizá la única arma que le quedó fue aquel tremendo puñetazo. Y probablemente sólo podía acometerlo con el beneficio de la sorpresa: imaginemos a un García Márquez prevenido corriendo a su alrededor, como Charlie Chaplin, y dándole puntapiés en el culo una y otra vez. No importa lo bien que escribiera Mario, ni cuánta publicidad recibiera, porque era de García Márquez de quien los periódicos y el público deseaban oír hablar; y por muy justificado que Mario se considerara en su rechazo de Castro y de Cuba, García Márquez parecía haber reaparecido sin un solo rasguño tras el caso Padilla [sic] y se había convertido en el paladín literario de la izquierda latinoamericana [sic]. Tuvo que ser sumamente frustrante. Los dos hombres no volverían a encontrarse nunca más” (p. 436).
En la segunda de forros del presente volumen, se pregona a los cuatro pestíferos vientos de la recalentada aldea global que Gerald Martín es un académico con una larga y reputada trayectoria en Estados Unidos, Inglaterra y Francia. En este sentido, su biografía denota, con todo su aparato de notas, entrevistas y citas bibliográficas y hemerográficas, que no da paso sin guarache, que todo lo asentado e interpretado por él tiene una base documental y fehaciente. Esto sin duda es así. Y en México a un lector de a pie (incluso sin ser un gabomaníaco de hueso colorado) puede no darle mucho trabajo ir haciendo el cotejo de las notas y citas, pues la parte vertebral (la obra narrativa y periodística del biografiado) está publicada y es de fácil acceso. Sin embargo, es notorio que a la traducción al español impresa por Debate le faltó revisión (lo cual refleja un vil chambismo antiacadémico y antigarciamarquista, si se piensa que Gabo solía tirar a la basura la hoja si daba un mal teclazo en la máquina de escribir). Y esto se halla en numerosos detalles; por ejemplo, cuando en Bogotá hacia 1947-1948 el desgarbado costeño García Márquez era un alumno irregular de Derecho que vagabundeaba en los cafetines estudiantiles, se lee: “Plinio dice que muchos lo miraban con desdén, como una ‘causa perdida’” (p. 128); pero allí debió leerse “caso perdido”, tal y como lo ha contado el propio Plinio Apuleyo Mendoza en libros como La llama y el hielo (1989) y Aquellos tiempos con Gabo (2000). O cuando se lee que en 1975, “Durante el verano la familia se reunió en México. García Márquez y Mercedes [su esposa desde el 21 de marzo de 1958] habían encontrado una casa enclavada en el sur de la ciudad en la calle Fuego, en la zona del Pedregal del Ángel, justo detrás de la Universidad Nacional” (p. 434); pero allí, como se sabe, debió leerse “Pedregal de San Ángel”. O cuando se lee que “El 4 de noviembre García Márquez le llevó un ejemplar [de Vivir para contarla, recién salida del horno ‘el 8 de octubre de 2002’] al presidente Fox, al palacio de Los Pinos de Ciudad de México” (p. 604-605); pero tal residencia presidencial no es un palacio. O cuando se lee que “Saldívar, García Márquez: el viaje a la semilla [1997], es la fuente más completa sobre la época de GGM en el Colegio San Juan” (p. 649); pero debió leerse San José, el colegio de Barranquilla donde Gabito hizo estudios secundarios entre 1940 y 1942, y en cuya revista Juventud publicó sus primeras crónicas y sus primeros versos.
También hay contradicciones muy burras y obvias, como la que sigue. Entre las páginas 95 y 96 se narra que cuando “Acababa de estallar la Segunda Guerra Mundial”, en medio de la pobreza y de la continua ausencia de Gabriel Eligio —el padre de Gabito—, éste, pese a ser un niño, se vio impelido a orquestar el traslado de la familia de Barranquilla hasta Sucre, el pueblo ribereño elegido por su progenitor en su delirante papel de agente viajero de una firma farmacéutica: “Como de costumbre, Gabriel Eligio se adelantó al nuevo destino y dejó a Luisa, de nuevo embarazada, a cargo del traslado o la venta de los efectos familiares —en esta ocasión vendió la mayoría— y de sus siete hijos. Gabito, a quien ya se le habían encomendado tareas impropias para su edad cuando [desde Aracataca] fue a sondear el terreno a Barranquilla con su padre un año y medio antes, ahora se vio realzado en su papel de hombre de la familia. Se ocupó de prácticamente todos los preparativos, entre ellos hacer las maletas, contratar el camión de mudanzas y comprar los billetes del vapor para llevar a su familia río arriba hasta Sucre.” Pero si se cotejan los mapas de las páginas preliminares, claramente se observa que Sucre, en relación a Barranquilla, se ubica río abajo, hacia el sur del río Magdalena, y no “río arriba”. En fin: leerla para contarla.


Gerald Martin, Gabriel García Márquez. Una vida. Traducción del inglés al español de Eugenia Vázquez Nacarino. Iconografía en blanco y negro. Debate/Random House Mondadori. Colombia, octubre de 2009. 768 pp.


Enlace al discurso de Gabriel García Márquez leído al recibir el Premio Nobel el 8 de diciembre de 1982:  http://www.nobelprize.org/mediaplayer/index.php?id=1496




jueves, 27 de marzo de 2014

Octavio Paz. Las palabras del árbol




Mi árbol y yo


Octavio Paz nació el 31 de marzo de 1914 y falleció el domingo 19 de abril de 1998, un mes después de que apareciera la primera edición de Octavio Paz. Las palabras del árbol, libro de la mexicana de origen polaco Elena Poniatowska (París, mayo 19 de 1932), donde le rindió y le rinde pleitesía al Premio Nobel de Literatura 1990, al poeta y otrora director de las revistas Plural (1971-1976) y Vuelta (1976-1998), quien en vida, además de virtuoso, siempre fue polémico y beligerante, capaz de desencadenar encendidas y arduas discusiones intelectuales, insultos, panfletos, riñas de callejón, deificaciones y demonizaciones. 
      “¡Qué bueno que sigas gallito [le celebra Elena Poniatowska en una página ante le coraje y el ímpetu que preservaba en la vejez], que no se te vean trazas de convertirte en una solemne estatua de ti mismo!”
  Octavio Paz, “el peor de todos”, alguna vez fue quemado en efigie durante un abominable y ciego auto de fe cuya ardiente multitud vociferaba: “¡Reagan rapaz/ tu amigo es Octavio Paz!” El mismo que no podía presentarse en un restaurante de lujo, sin que uno a uno de los espontáneos admiradores lo tributaran en fila india y brindaran por él enviándole a su mesa una serie de las mejores botellas.
 Sabedora de su propia celebridad y prestigio en la república de las letras mexicanas, Elena Poniatowska, teniendo como eje la vida y obra de Octavio Paz y hablándole de tú, ha urdido una crónica memoriosa, personal, autocomplaciente, fragmentaria, cuyos 25 mil ejemplares de la primera edición prefiguraron su instantánea índole de best seller.
(Plaza & Janés, México, marzo de 1998)
  Ilustrado en la portada con una foto que Lola Álvarez Bravo le tomó a Octavio Paz, en Central Park, en Nueva York, en “septiembre de 1945”, Elena Poniatowska inicia su libro evocando una fiesta de 1953 (el año en que empezó a hacer periodismo) en casa de los papis del joven Carlos Fuentes, sitio donde le fue presentado el poeta Octavio Paz (recién regresado del extranjero). A partir de tal encuentro (inicio de la recíproca amistad), la crónica memoriosa deambula por dos principales linderos que son, al unísono y entreverados entre sí, el mismo lindero. 
Octavio Paz entrevistado por Elena Poniatowska
tras su ingreso al Colegio Nacional en 1967
Foto: Héctor García
  Por un lado, la novelista y versátil entrevistadora recuerda un puñado de episodios que dan cuenta de ciertas vivencias, entrevistas, aventuras y aprendizajes que compartió con el poeta, desde los años felices del principio, pasando por el tiempo en que la relación se enfrió y distanció, lejanía signada por un rudo comentario al hígado que Paz publicó en el número 82 de la revista Vuelta (septiembre de 1983) en contra de la novela sobre la vida y obra de Tina Modotti que ya desde entonces pergeñaba Elena Poniatowska (misma que publicaría en 1992, en Ediciones Era, con el título Tinísima), hasta el momento en que Marie-José Tramini, la esposa de Octavio Paz, con su virtud conciliadora, dio pie a la distensión y reinicio del diálogo directo.
Octavio Paz y Marie-José en 1971
Foto: Nadine Markova
      Por otro lado, Elena hace un sintético y apretado recuento de algunos de los principales sucesos que registra la más elemental y consabida cronología del poeta, resumida, por ejemplo y de modo didáctico, por Alberto Ruy Sánchez en Una introducción a Octavio Paz (Joaquín Mortiz, 1990), la cual fue corregida y aumentada para su edición en la serie Breviarios del FCE, impresa en octubre de 2013 con 5 mil ejemplares. Es decir, desde su nacimiento en la casa que su abuelo paterno Ireneo Paz Flores tenía en Mixcoac, pasando por su temprana infancia en Estados Unidos en pos de su padre Octavio Paz Solórzano; el regreso a México; el período en San Ildefonso y las tempranas revistas juveniles; el abandono de la Facultad de Derecho y su ida a Yucatán; su boda con Elena Garro y el viaje a la España de 1937 en plena Guerra Civil (con motivo del Segundo Congreso Internacional de Escritores e Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura) y la primera estancia en Europa. Y entre otros episodios, la beca Guggenheim y su retorno a los Estados Unidos. Su inicio en el Servicio Exterior Mexicano. Su primera etapa en París. El movimiento Poesía en Voz Alta y su libreto teatral “La hija de Rappaccini. Los años de embajador de México en la India y su renuncia en 1968 tras la masacre de estudiantes del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Su ingreso al Colegio Nacional en 1967. Su divorcio de Elena Garro en 1959 y su boda con Marie-José Tramini en 1964. Las fundaciones y objetivos de las revistas Plural y Vuelta. Los numerosos premios, desde el Villaurrutia de 1956, hasta el Nobel de 1990. Su incursión en la televisión mexicana, desde los Nuevos Filósofos (1978), hasta “El siglo XX: la experiencia de la libertad” (1990). El “Coloquio de Invierno” (1992) del grupo de intelectuales orgánicos de la revista Nexos y el intríngulis del patrocinio (con fondos de la UNAM y del CONACULTA) que provocó el enojo y la furia mediática de Octavio Paz porque no lo invitaron a tiempo. La glosa (y a veces la cita) de algunos de sus libros de poesía y ensayo, desde los primeros, hasta Vislumbres de la India (Seix Barral, 1995) y sus Obras completas coeditadas por Círculo de Lectores, de Barcelona, y el FCE, de México; más el comentario de su presencia en el ciberespacio y en una abrumadora bibliografía que se ocupa de su obra. Pero no llega al incendio que la noche del 21 de diciembre de 1996 consumió parte de la biblioteca del escritor en su casa en Paseo de la Reforma 369; ni a su legado reunido en la incipiente Fundación Octavio Paz, inaugurada el 17 de diciembre de 1997 en la Casa de Alvarado (donde hoy se halla la Fonoteca Nacional), ubicada en Francisco Sosa 383, en el Barrio de Santa Catarina, en el corazón de Coyoacán; ni mucho menos a la reseña de su muerte por el cáncer, ni a las multitudinarias honras fúnebres en el Palacio de Bellas Artes.
 
Elena Poniatowska y Octavio Paz en Atlixco, Puebla (1970)
Foto: Héctor García
  Durante toda la fragmentaria retrospectiva, Elena le habla de tú a Paz, tal si se tratara de una larga carta o de un largo e íntimo monólogo donde charla con el poeta y que únicamente le dirige a él. Ya cuando evoca sus andanzas particulares, lecturas y aprendizajes; ya al reseñar y transcribir las dedicatorias de los libros que a ella le obsequió el propio Paz; algunas cartas que mutuamente se enviaron desde el extranjero; la diseminada colección o antología de fragmentos con árboles hallados en los poemas del autor de La estación violenta (FCE, 1958); al bosquejar y transcribir fragmentos de varias entrevistas que ella le hizo en distintos tiempos; y entre otras cosas, cuando boceta e inserta ciertos pasajes de Octavio Paz y de diferentes autores, como es el caso de una respuesta de Carlos Monsiváis, suscitada durante la legendaria polémica que éste sostuvo con el poeta en 1977.
Pero aunado a la carencia de análisis y de perspectiva crítica (pese a algunos tímidos, sentimentales, esporádicos y breves señalamientos), lo que marca la tónica del libro es la extrema adoración e idolatría de Elena Poniatowska hacia Octavio Paz, el exultante y melcochoso panegírico con que una y mil veces lo deifica. Si es verdad que alguna vez Juan José Arreola dijo que a Octavio Paz le decían “el becerro de oro”, “porque todos acudían a adorarlo”, Elena Poniatowska lo hace hasta el hartazgo, siempre aderezando sus líneas y citas con mil y una zalamerías, chistecitos sentimentaloides y expresiones populares, condimento y relleno tolerable si el lector es cómplice de su estilo y de su condición sentimental y arbórea que ella misma radiografía y cifra al decir: “Ya de por sí las mujeres somos sauces llorones en la orillita de la catarata desbordante del sentimiento.”
El árbol es la constante que más atrae a Elena Poniatowska en la poesía de Octavio Paz; de ahí que vea sus poemas como las hojas de un gran árbol y al mismo poeta corporificado en la figura de uno: “en vez de piernas tienes tronco y hojas de árbol en vez de cabellos”. Tótem, demiurgo y oráculo al que acudían de rodillas y en fila india los iniciados, ungidos y aborregados de la generación (no toda perdida) de la periodista y narradora: “Éramos muchos los que íbamos a buscarte; para todos nosotros eras una arboleda, un bosque que camina. Nos arrimábamos al buen árbol para que tu buena sombra nos cobijara, como esos borregos que se apelotonan en el vacío de la llanura bajo la redondez del único árbol.” “Éramos jóvenes, no pesábamos, teníamos agua en los ojos; la única mirada definitiva era la tuya y en cierta forma pendíamos de ella como la miseria sobre el mundo.”
En este sentido, si Las palabras del árbol es también una declaración de amor de Elena Poniatowska hacia la obra del poeta y al hombre, lo es también por Marie-José, la esposa y viuda de Octavio Paz de la que éste dijo: “Yo me buscaba a mí mismo y en esa búsqueda encontré a mi complemento contradictorio, a ese tú que se vuelve yo: las dos sílabas de la palabra ‘tuyo’.” “Después de nacer es lo más importante que me ha pasado.” Así, Elena Poniatowska ve a Marie-José como la bella “árbola” del poeta; incluso en una imagen que implica el final feliz y por siempre jamás de un sonoro cuento de hadas de los hermanos Grimm: “Huele a jabón, huele a ropa recién lavada. Huele bonito. Su cabello es larguísmo y rubio. Todas las noches se asoma al balcón como Rapunzel y Octavio sube por el cabello de Marie-José hasta entrar a la recámara. Son madejas de cabello fuerte, hermoso, macizo. Una enramada.”
Marie-José y Octavio Paz en Atlixco, Puebla (1970)
Foto: María García
    Cabe decir que los postreros listados de “Premios, distinciones y obras” de Octavio Paz apoyan y guían la lectura, más aún si se trata de un lector recién iniciado en la vida y obra del multipremiado y polémico poeta, ensayista, articulista y editor. A esto se añade el hecho de que la nutrida antología de fotos en blanco y negro (legible la mayoría de las veces, pero no muy óptima ni bien datada) ofrece un contrapunto visual que ilustra un buen número de los episodios y de las anécdotas que aborda Elena Poniatowska, pese a que no falta el duende. Por ejemplo, hay una foto de Lola Álvarez Bravo tomada en 1942, en Xalapa, en la que confluyen tres poetas: Jorge González Durán (1918-1986), Xavier Villaurrutia (1903-1950) y el joven Paz, misma que fue publicada en la iconografía del ensayo que a éste, el “25 de agosto de 1978”, el FCE le editó: Xavier Villaurrutia en persona y en obra; el pie de la oscura foto de tal libro reza que fue captada “en el parque Díaz Mirón de Jalapa, Ver.”, lo cual es un error suscitado, quizá, por el hecho de que frente al parque Hidalgo (así se llama, pero desde siempre la vox populi le dice “Los Berros”) se localiza el muro de la Quinta Rosa que habitó el poeta Salvador Díaz Mirón (1853-1928), autor del célebre “Paquito”, en cuya entrada hay una anónima escultura de su cabeza (reproduce su greña y su mostacho a la Nietzsche) y una placa que dice: 
 “En esta casa vivió el insigne poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón, cuando escribió Lascas. Publicado en esta ciudad en 1901. Gracias a la amistosa intervención de don Teodoro A. Dehesa, gobernador del Estado.
 “Placa colocada durante la gestión del H. Ayuntamiento de Xalapa, año 1960.”
  Pero el pie de la oscura foto reproducida en Las palabras del árbol, además de omitir el sitio donde fue realizada, rebautizó a Jorge González Durán como “José González Hurón”.
Jorge González Durán, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz en Xalapa
Septiembre de 1942
Foto: Lola Álvarez Bravo
  Vale añadir que tal foto de Lola Álvarez Bravo (1907-1993), con el mismo mal encuadre del lado izquierdo, con mucho mejor resolución y sin los ángulos recortados, se observa en Octavio Paz, entre la imagen y el hombre (CONACULTA, 2010), iconografía en blanco y negro antologada y prologada por Rafael Vargas, quien repite el yerro del nombre del parque. Según él, “Lola fotografía a Octavio Paz por primera vez en septiembre de 1942 en el parque Salvador Díaz Mirón, en Xalapa, ciudad a la que ambos habían viajado junto con Xavier Villaurrutia, Jorge González Durán y algunos otros escritores, como parte de las giras culturales por los estados organizadas por Benito Coquet, entonces jefe del Departamento de Educación Extraescolar y Estética, de la Secretaría de Educación Pública.”

Elena Poniatowska, Octavio Paz. Las palabras del árbol. Iconografía en blanco y negro. Plaza & Janés Editores. México, marzo de 1998. 238 pp. 


jueves, 20 de marzo de 2014

El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica



La pastilla del cine hace feliz

Es célebre la afición roquera del otrora joven Juan Villoro (México, septiembre 24 de 1956). Entre sus haberes relacionados con esa gama fónica puede citarse su legendario programa en Radio Educación: El lado oscuro de la luna (1977-1981); su coautoría en El rock del silencio; ciertas crónicas imaginarias de Tiempo transcurrido (1986); “Los días del futuro pasado”, artículo impreso en Entremés, revista de periodismo cultural, cuyo número 4 (mayo-junio de 1992) se ocupó del rock; y una entrevista que le hizo a su Satanísima Majestad: Mick Jagger, publicada en la revista El País Semanal (noviembre 4 de 2001), suplemento del diario español El País. Y además de sus traducciones, de sus artículos y de sus libros para adultos, en la vertiente de los relatos infantiles es autor de Las golosinas secretas (1985), de El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica (1992) y de Baterista numeroso (1997).

(CONACULTA/Alfaguara, México, 1992)
       Con El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica, excelente relato o novela corta para niños y adolescentes de 8 a 99 años, Juan Villoro celebra, al unísono, “el rock pesado” y la milenaria tradición de contar fábulas y narraciones infantiles. Se trata de un divertimento (ilustrado con dibujos y viñetas del Fisgón) que hace migas con el bien, tan lúdico, tierno y sentimental, como caricaturesco e hilarante. Juan Villoro demuestra sus virtudes narrativas y su facilidad para el chiste y la fantasía. Al armar su modelo acudió a un puñado de estereotipos reconocibles, sin dificultad, en la mitología roquera, en caricaturas televisivas y cinematográficas, en cómics y en narraciones de ascendencia oral y clásica.

El profesor Cremallerus
Ilustración: El Fisgón
       El profesor Cremallerus es el malo de la película. Destroza entre sus dientes galletas de animalitos, su alimento preferido. Desciende de brujos, magos y alquimistas. Es un científico e inventor cuyo mayor gozo es hacer el mal. En su laboratorio burbujean constantemente los tubos de ensayo. Y en las estanterías hay frascos con etiquetas que advierten: Cápsulas de rencor, Furia en polvo, Hojuelas vengativas, Mortadela salvaje. Su antípoda es el profesor Zíper, especie de Ciro Peraloca, autor de numerosos y estrafalarios inventos, entre los que se halla una cuerda de sol para guitarra eléctrica. El malvado Cremallerus odia al buenazo de Zíper, a quien envidia y considera su más peligroso competidor. Pero como es un hipocondríaco, tan paranoico como calvo, berrinchudo y fanático del rock, no puede tolerar el éxito del grupo Nube Líquida (se sabe de memoria todas sus canciones), sobre todo al guitarrista Ricky Coyote, puesto que además de ser el cerebro y el corazón del grupo, es él quien hace cimbrar la cuerda de sol inventada por el profesor Zíper. Nadie más en el mundo puede tocarla, dado que por las conjunciones cósmicas y los secretos que domina el científico, tiene en ella impresas las huellas digitales de Ricky Coyote.



Juan Villoro
        Zíper vive retirado en el pueblito de Mich., Mich. (Michigan, Michoacán). Su casa, construida con la arquitectura quecosaédrica inventada por él, se halla en medio de un sembradío de brócoli. Es tan distraído, infantil y benevolente, como aficionado al fútbol, al cine y al rock pesado. Su principal anhelo es crear la pastilla para ver películas. No se trata de un ácido lisérgico o de un alcaloide por el estilo, sino de una pastilla con sabor a palomita de maíz, en cuya médula se encuentran sintetizadas todas las películas filmadas en todos los lugares y tiempos. El que ingiere una de tales pastillas debe ver la película que desee; sin embargo, algo falla, porque el que toma la pastilla ve la película favorita de otro y no la suya. 

        El profesor Cremallerus logra convertir en un roquero y bello durmiente a Ricky Coyote. Es entonces cuando salta a la escena, casi de manera infalible, el niño Pablo (alter ego de los lectores), hermano menor de Ricky. El chaval Pablo, para salvar al grupo Nube Líquida, se transforma en un pequeño caballero armado con una navaja suiza (una de sus hojas sirve para partir pizzas y otra para untar mostaza en las hamburguesas), rompe su cochinito, deja a su abuelita, y emprende la travesía. Después de tropezar con dédalos kafkiano-burocráticos: la Asociación Mundial de Genios y el Instituto de Científicos Pipiricuánticos, más dispuestos al soborno y a la venta de títulos que a otra cosa, el niño Pablo llega por fin frente al locuaz del profesor Zíper y, no podía ser de otro modo, deduce y le da al científico la clave para arreglar el acelerador de voluntades, que era lo que fallaba en el perfeccionamiento de la pastilla para ver películas.
       Como todo héroe bueno que lucha por acceder a los beneficios mágicos, el chiquillo Pablo pasa por una serie de pruebas y obstáculos. Entre éstos se cuenta el recorrido por el lado oscuro del bosque de brócoli. Allí, perdido en ese oscuro laberinto, atestado de ruidos, ecos y alimañas, logra vencer el miedo y se domina a sí mismo al mencionar “la palabra más corta y maravillosa que conocía”: rock. Entonces se produce el destello mágico: la cuerda de sol emite un resplandor. Y mientras Pablo la utiliza como lámpara y escudriña los secretos del lado oscuro del brócoli, sus huellas digitales son impresas en la cuerda; es decir, por esa serie de asociaciones astrales y benévolas (entre ellas el chocolate con aceite de castor que brinda seguridad y los rezos que el profesor Zíper le dedica a Santa Pantufla, patrona de Michigan, Mich.), sólo él, en toditito el mundo, podrá tocar esa cuerda de sol.
      El niño Pablo, convertido en un prodigioso guitarrista, salva de la ruina al grupo Nube Líquida; y el profesor Zíper, inducido por la belleza de Azul, la niña que Pablo se anda ligando y que “está como para chuparse los dedos de las manos y los pies”, alivia a Ricky de su sueño interminable al darle a probar una cucharadita de su propio chocolate: le acerca al oído un radio de transistores que transmite el concierto donde el escuincle Pablo interpreta “Labios de chocolate”, el éxito más popular del grupo.
      El bien triunfa sobre el mal. El profesor Zíper reta a un duelo de inventos al profesor Cremallerus; y sin que éste lo advierta, Zíper lo hace tragar una de sus pastillas con sabor a palomita de maíz. El profesor Cremallerus empieza a ver películas de terror: experimenta así una felicidad nunca antes conocida por él. La pastilla inventada por el profesor Zíper es, entonces, una especie de panacea catártica o de elixir del bienestar. Cremallerus, que era “el más científico entre los malvados y el más malvado entre los científicos”, renuncia a su villanía. Para ser feliz ya no tendrá que hacer de las suyas, le bastará con ver películas espantosas plagadas de murciélagos, de “momias contra fantasmas”. Sólo le pide a Zíper que las pastillas que le dé no sepan a palomita de maíz, sino a galleta de animalito.
     



Juan Villoro
      Dos podrían ser las candorosas moralejas implícitas en este divertimento que no se propuso articular ninguna enseñanza. La primera (que podría dirigirse a los melcochosos y ñoños) es que el rock pesado, además de negocio multimillonario, puede no ser una estridencia que enerve o haga volar la tapa de los sesos, sino algo que divierte y produce placer, desahogos, descanso, cofradías, declaraciones amorosas y la ilusión de estar unido al género humano y al universo; y la segunda: pese a que sea difícil conseguir un chocolate con aceite de castor batido a la velocidad de Neptuno, más vale templar el miedo y las fantasías provocadas por la falta de seguridad en uno mismo, si es que el ingenuo lector se ha propuesto conseguir cierto objetivo.



Juan Villoro, El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica. Dibujos y viñetas del Fisgón. Colección Botella al Mar, Alfaguara/CONACULTA. México, 1992. 96 pp. 





Enlace a Labios de chocolate, rola de Walo Walalo: http://www.youtube.com/watch?v=bG6aVafSuFM

Enlace a Chocolate, rola de Jessie y Joy: http://www.youtube.com/watch?v=0qC7EbjkxzU

Enlace a Labios de chocolate, asegún Big House: http://www.youtube.com/watch?v=EpJPN_9V7mI

Enlace a Labios de chocolate, rola de Mc Ozdo: http://www.youtube.com/watch?v=MRXeHwnG_G0